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de la IReal ficademia Española.
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IBafllie^Bailliéze é tiDíjoB, Editores
"pla^a oe Sanea ana, núm* lo.
1007
1
INTRODUCCIÓN
IX
COKXTOS Y NOVELAS GOBTAS. — TrADUOGIONBS DX BoCOACOIO, BaNDXLLO, OlBALDI ClKTHIO,
StBAPAROLA, DoRI, LcIS GuICOIARDIKI, BKLLXrOREST, ETG. — cSiLVA DX VARIA LECCIÓN», '
dx pxro mxzía, considerada bajo xl aspecto novelístico. — cmlsceláneaj», de don
Luis Zapata. — «Philosophia Vulgar», de Juan de Mal Lara: relaciones entre la
rabemiolooía y la novelística.— «sobremesa t alivio de gaminanteb», de juan de <
TiMONSDA.— cEl Patrañuelo»: estudio de sus FUENTES.— Otras colecciones de
CUENTOS: Alonso de Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Garibat.— •
cGlOBAS del SEBIIÓN DE AlJUBARROTAB, ATRIBUIDAS Á D. DiBQO HuRTADO DX MkNDO-
ZA. — cFloresta Española», de Melchor de Santa Cruz. — Libros de apotegmas: í^
Juan Rufo. — El cuento español en Francia. — «Silva Curiosa», dx Julián de Mx-
DR ANO.* «Clavellinas dx recreación», de Ambrosio de Salazar. — «Bodomuntadas
españolas». — CUXNTOS PORTUOUXSES, DX GoNZALO FERNÁNDEZ TrANCOSO.— El «FaBU-
LABIO», DX Sebastián Mxy. — «Diálogos dx apacible bntbetknimiento», dx Gaspar
Lucas Hidalgo. — «Noches dx invixbno», de Antonio de Eslava.
Los orígenes más remotos del cuento ó novela corta en la literatura española hay
que buscarlos en la Disciplina Clericalis^ de Pedro Alfonso, j en los libros de apólo-
gos 7 narraciones orientales traducidos 6 imitados en los siglos xui j xiv. Más inde-
pendiente el género, con grande j verdadera originalidad en el estilo j en la intención
moral, se muestra en El Conde Lucanor^ j episódicamente en algunos libros de Ramón
Lull 7 en la Disputa del asno^ de Fr. Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradi-
ción después del Arcipreste de Talavera, la novelística oriental 7 la espafiola rudimen-
taria que se había criado á sus pechos cede el puesto por más de una centuria á la ita-
liana. Este período do reposo 7 nueva preparación es el que rompió tríunfalmente
Miguel do Cervantes en 1813 con la publicación de sus Novelas Ejemplares^ que sir-
vieron de pauta á todas las innumerables que se escribieron en el siglo xvn. Entendida
como Jebe entenderse, es de rigurosa exactitud esta afirmación del príncipe de nuestros
ingenios: <Yo S07 el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas
> novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas estrangeras, 7
> estas son mias propias, no imitadas ni hurtadas; mi iugenio las engendró 7 las parió
i mi pluma, 7 van creciendo en los brazos de la estampa» .
Estas lenguas extranjeras se reduceu^ puede decirse, al italiano. Pero no se crea
que todos, ni siquiera la ma7or parte de los novellieri^ fuesen traducidos íntegros ó en
parte á nuestra lengua. Sólo alcanzaron esta honra Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio,
Straparola 7 algdn otro de menos cuenta. Por el número de estas versiones, que ade-
más fueron poco reimpresas, no puede juzgarse del grado de la influencia italiana. Era
tan &miliar á los españoles, que la ma7or parte de los aficionados á la lectura amena
gozaba de estos libros en su lengua original, desdeñando con razón las traducciones, que
solían ser tan incorrectas 7 adocenadas como las que ahora se hacen de novelas fran-
cesas. Pero al lado de estos intérpretes, que á veces ocultaban modestamente su nom-
bre, había imitadores 7 refundidores, como los valencianos Timoneda 7 Me7 7 el por-
tugués Trancóse, que, tomando por base las colecciones toscanas, manejaban más libré^
II ORÍGENES DE LA NOVELA
mente los argumentos y aun solían interpolarlos con anécdotas españolas y rasgos de
' nuestro folkrlore. Abundan éstos, sobre todo, en las colecciones de cuentos brevísimos
, y de forma casi esquemática, tales como el Sobremesa^ del mismo Timoneda; la Fio-
' resta Española^ de Melchor de Santa Cruz, y los apotegmas y dichos agudos ó chistosos
' que recopilaron Luis de Pinedo, D. Juan de Arguijo y otros ingenios, con quienes ya
> iremos trabando conocimiento. Son varias también las obras misceláneas que ofrecen
ocasionalmente materiales para el estudio de este género embrionario, que por su en-
lace con la novelística popular despierta en gran manera la curiosidad de los doctos.
Este aspecto muy interesante tenemos que relegarle á segundo término, porque no es-
cribimos de la novela como folkloristas^ sino como literatos, ni poseemos el caudal de
erudición suficiente para comparar entre sí las narraciones orales de los diversos pue-
blos. Ateniéndonos, pues, á los textos escritos, daremos razón ante todo de las traduc-
ciones de novelas italianas hechas en Espafia durante los siglos xv y xvi.
Ningunas más antiguas é interesantes que las de Boccaccio, aunque por ventura el
Decameran fue menos leído y citado que ninguna otra de sus obras latinas y vulgares;
menos seguramente que la Caída de Príncipes^ traducida en parte por el canciller
Ayala antes de 1407 y completada en 1422 por D. Alonso de Cartagena; menos que la
Fiammetta y el Corbaccio^ cuya profunda influencia en nuestra novela, ya sentimen-
tal, ya satírica, hemos procurado determinar en capítulos anteriores; menos que el libro
De claris mulieribtts^ imitado por D. Alvaro de Luna y por tantos otros; menos que
sus repertorios de mitología y geografía antigua (De Oenealogiis Deorum^ De inanii^
bus^ silvis^ lacubus, fluminibus^ stagnis et paludibus et de nominibus maris). De todas
estas y otras obras de Boccaccio existen traducciones castellanas ó catalanas en varios
códices y ediciones, y su difusión está atestiguada además por el uso constante que de
ellas hacen nuestros autores del siglo xv, citándolas con el mismo encarecimiento que
las de los clásicos antiguos, ó aprovechándolas muy gentilmente sin citarlas, como hizo
Bemat Metge en su Sompni (*).
El Decameron^ libro reprobado por su propio autor (^) y que contiene tantas histo-
rias deshonestas, tuvo que ser leído más en secreto y alegado con menos frecuencia. No
se encuentra imitación de ninguno de los cuentos hasta la mitad del siglo xvi, pero
todos ellos habían sido trasladados al catalán y al castellano en la centuria anterior.
(*) Con erudición verdaderamente admirable, no sólo por lo extensa, sino por lo minuciosa y
begura, y con agudeza y sagacidad critica todavía más nras que su erudición, discurre sobre todos
estos puntos Arturo Farinelli en su reciente opúsculo NoU stU Boccaccio in Ispagna nelV Eta Media^
Braunscbweig, 1906 (tirada aparte del Archivfür das studium der neuren Sprachen und Literaturen^
de L. Herrign), al cual debe añadirse su estudio sobre el Corhaccio en la España medioeval, publi-
cado en la Miscelánea Mussafia, Oreo que entre los hispanistas que boy viven nadie ha avanzado
tanto como Farinelli en el estudio comparativo de las letras españolas con las extranjeras, especial-
mente con la italiana y la alemana. Sus monografias son un tesoro, todavia no bastante apreciado en
Espafia, y la rica materia que contienen hubiera bastado á un escrit r menos docto y conciso para
escribir voluminosos libros.
(') Asi resulta de su célebre carta á Mainardo Gavalcanti , mariscal del reino de Sicilia, descu-
bierta en la biblioteca de Siena y publicada por Tiraboschi {Storia della UUeratura italiana, t. V,
pág. 844, ed. de Milán, 1823): c^ane quod ínclitas mulieres tuas domesticas meas legere permiseris,
>non laudo; quin imo qnseso per fídem tuam, ne fecerís... Cave igitor iteram meo mónita precibus-
>qoe| ne feceris... Et si decori dominarum tuamm parcere non yis, ptrce taltem honori meo, si adeo
INTRODUCCIÓN iii
La primera novela de Boccaccio que penetró en España, pero no en su forma ori-
ginal, sino en la refundición latina que había hecho el Petrarca con el título De obe^
dientia ac fide uxoria (*), fue la última del Decafneron^ es decir, la historia de la
humilde y paciente Griselda, tan recomendable por su intención moral. Bernat Meige,
secretario del rey D. Martín de Aragón y uno de los más elegantes y pulidos prosistas
catalanes, puso en lengua vulgar aquel sabroso aunque algo inverosímil cuento, para
obsequiar con él & Madona Isabel de Quimera (*). No se conoce exactamente la fecha
de esta versión, que en uno de los dos manuscritos que la contienen lleva el título de
Historia de las bellas virtuts^ pero de seguro es anterior á 1403, en que el mismo
autor compuso su célebre Sueño^ donde atestigua la gran popularidad que la novela de
la marquesa de Saluzzo había adquirido ya, hasta el punto de entretener las veladas
del invierno, mientras hilaban las mujeres en tomo del fuego («).
ün arreglo ó traducción abreviada de la misma historia, tomada también del Pe-
trarca, y no de Boccaccio, se encuentra en un libro castellano anónimo. Castigos y
dotrinas que un sabio dava a sus hijas (*). Es breve esta versión y tan apacible y gra-
»me diligis, ot lacrimas in pasaionibaB meis eff ondas. Existímabunt enim legentes me spurgidam,
ilenonein, ioceatuosum senem, impuruin hoininem, turpiloquum, inaledicum, et aliorum sceleram
>aridam relatorem. Non enim ubique est qui in ezcueationem menm consurgens dicat: juvenis acrip-
>8Ít, et roajoris coactus imperios.
Hago FÓBColo, en su precioso Discorso sul testo del Decamerone (Prose Letterarie^ t. III, ed. de
Florencia, 1850), supone con probabilidad que el mismo Boccaccio llegó á destruir el original autó-
grafo de su libro, lo cual explica la incorrección de las copias.
{}) Es cosa digna de repararse que el Petrarca, con ser tan amigo de Boccaccio, no recibió de
su parte el Decameron ni le vio más que por casualidad , ni elogió en él otra cosa que esta novela y
la descripción de la peste: cLibrum tuum, quem nostro materno eloquio, ut op¡nor,olim juvenis edi-
>didist¡, nescio quidem unde vel qualiter ad me delatum vidis.
Sin duda por haberse omitido la epístola proemial en algunas copias fue tenida la Qríselda
entre muchos humanistas por composicióu original del Petrarca, pero no creo que incurriesen en tal
error Bemai Metge, tan versado en las obras de Boccaccio, ni Cliaucer, que la imita en uno de los
CanUrbury TaUs, Pero la verdad es que procedieron como si ignoraran el verdadero autor de la
fábula.
(*) Hizo una elegantísima edición de este tratado D. Mariano Aguiló en su Bibliotlieca d' óbre-
les singulars del bon temps de nostra lengua materna estampades en letra lemosina (Barcelona, librería
de Verdaguer). La portada dice asi:
Historia de Valter e de la pacient Qriselda escrita en llati per Francesch Petrarcha: e arroman^
^adaper Bernat Metge. Estampada en Barcelona per w* Evarist Villaatres en V any M.DCCCA.xxxiij,
Dos códices tuvo presentes el Sr. Aguiló: uno de la Biblioteca Universitaria de Barcelona, y
otro, al parecer más antiguo, que él poseía, comprado en Cádiz al bibliófilo D. Joaquín Rubio. En
este segundo códice, el título era /«torta de Valter é de Griselda^ composta poi" Bernat Metge, la qual
raeita Petrarcha poheta laureat en les obres del qual io he singular afeccio.
Hay tres romances modernos escritos sobre el texto do la novela de Metge: Historia de Gri-
ulda la qual lo marques Valter prengué per muller essent una humil pastorela e isqué lo mes singular
exempU de la obediencia que tota dona casada deu teñir a son marit (Barcelona, 1895). Lleva las ini-
ciales A. B. T. (Antonio Bulbena y Tusell).
(*) cLa pascioncia, fortitut e amor conjugal de Griselda, la istoria de la qual fon per mi de lati
»en nostra lengua vulgar transportada, callare, car tant es notoria que ya la reciten per engañar les
loits en les vetles e com filen en ivern entorn del foch.:D
(*) Manuscrito de la Biblioteca Escurialense (a-IV-5), dado á luz por Hermán Knust en un tomo
de la Sociedad de Bibliófilos Españoles , Dos obras didácticas y dos leyendas,,, Madrid , 1878.
Vid. pp. 260.265.
IV orígenes de la novela
cíosa de lengua, que me parece bien ponerla aquí, para amenizar la aridez do estos
prolegómenos bibliográficos:
«Léese en im libro de las cosas viejas que en una parte de Italia en una tierra que
se llama de los Saludos ovo un marqués sennor de aquella tierra, el qual era muy vir-
tuoso y muy discreto, pero no curava de se casar, y commo ya fuese en tal hedat que
devia tomar muger, sus vasallos y cavalleros le suplicaron que se quisiese casar, porque
d61 quedase fruto que heredase aquella tierra. Y tanto gelo amonestaron que dixo que
lo plazía, pero que él quería escoger la muger que avia de tomar, y que ellos le prome-
tiesen de ser contentos con ella, los quales dixeron que les plazía. Y dende á poco
tiempo él tomó por su muger á una donzella hija de un vasallo suyo bien pobre, pero
de buen gesto y onestas y virtuosas costumbres. Y al tiempo que la ovo de tomar él se
fué á casa de su padre, al qual preguntó si le quería dar á su hija por muger. Y el
cavallero pobre, commo se maravillase de aquello, le rrespondió: «Sennor eres de mí y
»de mi hija. Faz á tu voluntad». Y luego el marqués preguntó á la donzella si quería
ser su muger, la qual con grant vergüenza le rrespondió: «Sennor, veo que soy yndigna
>para me casar contigo, pero si la voluntat de Dios es aquesta y mi ventura es tal, faz
» lo que te pluguiere, que yo contenta soy de lo que mandares» . El marqués le dixo
que, si con él avia de casar, que parase mientes que jamas avia de contradizir lo que
él quisiese, ni mostrar pesar por cosa que á él pluguiese ni mandase, mas que de todo
ello avia de ser plazentora^ la qual le dixo que así lo faría. Y luego el marqués en pre-
sencia de todos los cavalleros y vasallos suyos dixo que él quería á aquella por muger,
y que todos fuesen contentos con ella y la orneasen y sirviesen commo á su muger. Y
ellos rrespondieron que les plazía. Y luego la mandó vestir y aderes^ar commo á novia.
Y en aquel dia hizo sus bodas y sus fiestas grandes. Y bivieron después en uno muy
alegremente. La qual sallió y se mostró tanto buena y discreta y de tanta virtud que
todos se maravillavan. Y haziendo assy su vida el marqués y su muger, y teniendo una
hija pequenna muy hermosa, el marqués quiso provar á su muger hasta do podría
llegar su obediencia y bondat. Y dixo á su muger que sus vasallos estavan muy dos-
pagados del, diziendo que en ninguna manera no quedarían por sus sennores fijos de
muger de tan baxo linaje, que por esto le conplia quo no toviese más aquella hija, por-
que sus vasallos no so le rrevelasen, y que gelo hazia saber porque á ella pluguiese
dolió; la qual le respondió que pues era su sennor, que hiziese á su voluntad. Y el
marqués dende á poco enbió \m escudero suyo á su muger á demandarle la hija, la
qual, aunque pensó que la avian de matar, pero por ser obediente no mostró tristeza
ninguna, y miróla un poco y santiguóla y besóla y dióla al mensajero del marqués, al
qual rrogó quo tal manera toviessc commo no la comiesen bestias fieras, Siilvo si el
semior otra cosa le mandase. Y el marqués embió luego secretamente á su hija á Bo-
lonna d una su hermana que era casada con un conde dende, á la qual enbió rogar que
la críase y acostunbrase commo á su hija, sin que persona lo supiese que lo era. Y la
hermana hízolo assi. Y la muger commo quier que pensava que su hija era muerta,
jamas le dio á entender cosa ni le mostró su cara menos alegre que prímero por no
enojar á su marido. Y después parió un hijo muy hermoso. Y á cabo de dos anuos el
marqués dixo á su muger lo que primero por la hija, y en aquella misma manera lo
enbió á su hermana que lo criase. Ni nunca por esto esta noble muger mostró tristeza
alguna ni de ál curava sino de plazer hazer á su marido. Y commo quier que harto
INTRODUCCIÓN v
bastava esta espiriencia para provar el marqués la boudat de su muger, pero á cubo de
algunos annos, pensó de la provar más y enbió por sus hijos. Y dio á entender á la
muger que él se queiia casar con otra porque sus vasallos no querían que heredasen
sus hijos aquel sennorio, lo qual por cierto era por el contrario, antes eran muy con-
tentos y alegres con su sennora, y se maravillavan qué se avian hecho los hijos. Y el
marqués dixo á su muger que le era tratado casamiento con una hija de un conde, y
que le era forjado de se fazer, por ende que toviesse fuerte coragon para lo sofrir, y
que se tornase á su casa con su dote, y diese logar á la otra que venia cerca por el
camino ya, á lo qual ella rrespondió: «Mi sennor, yo siempre tove que entre tu gran-
>dezay mi humildat no avia ninguna proporción, ni jamás me sentí digna para tu ser-
> vicio, y tú me feziste digna desta tu casa, aunque á Dios hago testigo que en mi vo-
>luntad siempre quedé sierva. Y deste tiempo que en tanta honrra contigo estove sin
» mis merescimientos do gracias á Dios y á ti. El tienpo por venir aparejada estoy con
> buena voluntad de pasar por lo que me viniese y tú mandares. Y tornarmo he á la
>casa de mi padre á hazer mi vejez y muerte donde me crié y hize mi ninnez, pero
> siempre seré honrrada biuda, pues fuy muger de tal varón. A lo que dizes que lleve
> comigo mi dote, ya sabes, sennor, que no traxe ál sino la fe, y desnuda salli de casa
>de mi padre y vestida de tus pannos los quales me plaze desnudar ante ti; pero pídete
>por mercet siquiera, porque el vientre en que ando vieron tus hijos no paresca desnudo
> al pueblo, la camisa sola me dexes llevar» . Y commo quior que al marqués le vinieron
las lágrimas á los ojos mirando tanta bondat, pero bolvió la cara. Y yda su muger á
casa de su padre vistióse las rropas que avia dexado en su casa, las quales el padre
todavía guardó rrecelando lo mismo que veya. Las duennas todas de aquella cibdat do
grant compasión acompannavanla en su casa. Y commo y allegasen cerca do la cibdat
los fijos del marqués, embió por su muger y díxole: «Ya sabes commo viene esta don-
» celia con quien tengo de casar, y viene con ella un su hermano donzel pequenuo y usi-
> mismo el conde mi cunnado que los trae y otra mucha gente, y yo querría les fazer
» mucha onrra, y porque tú sabes de mis costumbres y de mi voluntad, querría que tú
>hizieses aparejar las cosas que son menester, y aunque no estés así bien vestida, las
> otras duennas estarán al rrecibimiento dellos y tú aderes^arás las cosas uescessarias» .
La qual le rrespondió: «Sennor, de buena voluntad y con grant desseo de te conplazer
tfaré lo que mandares». Y luego puso en obra lo que era nescesario. Y commo llegó el
conde con el donzel y con la donzella, luego la virtuosa duonna la saludó y dixo: «En
>ora buena venga mi sennora» . Y el marqués después que vido á su muger andar tan
solícita y tan alegre en lo que avia mandado, lo dixo ante todas: «Duenna, ¿qué vos
• paresce do aquesta donzella?» Y ella rrespondió: «Por cierto, sennor, yo creo que más
> hermosa que ésta no la podrías hallar, y si con ésta no te contentas, yo creo que jamás
> podrás ser contento con otra. Y espero en Dios que íarás vida pacífica con ella, mas
>rruégote que no des á ésta las tentaciones que á la otra, ca según su hedat pienso que
> DO las podrá comportar» . Y commo esto oyó el marqués, movido con gi'ant piedad y
considerando á la grande ofensa que avia hecho á su muger y commo ella lo avia con-
portado dixo: «O muy noble muger, conocida es á mí tu fé y obediencia, y no creo que
» so el cielo ovo otra que tanta esperiencia de sí mostrase. Yo no tengo ni terne otm
» muger sino á ti, y aquesta que pensavas que era mi esposa, tu hija es, y lo que pen-
»savas que avias perdido, juntamente lo has fallado». Y commo ella esto oyó con el
VI ORÍGENES DE LA NOVELA
grand gozo pareció sallir de seso y con lágrimas de grant plazer fué abracar á sus hijos.
A la qual luógo fueron traydas sus rropas, y en gran plazer y alegría pasaron algunos
dias. Y después siempre bivieron contentos y bienaventurados. T la grant fama y obe-
diencia desta sennora oy en dia tura en aquellas tierras» .
La indicación del «libro de las cosas viejas» nos hace pensar que el Sabio anónimo
autor de los Castigos pudo valerse de alguna compilación en que el cuento de Griselda
estaba extractado. Pero, como prueba con toda evidencia miss Bourland en su magistral
monografía (*), este texto, cualquiera que fuese, estaba tomado de la versión de Pe-
trarca y no de la de Boccaccio, puesto que conviene con la primera en todos los puntos
de detalle en que el imitador latino altera el original. Por su parte, el imitador caste-
llano no hace más que suprimir los nombres de los personaos, omitir ó abreviar con-
siderablemente algunos razonamientos y convertir al padre de Griselda, que en el origi-
nal es un pobre labrador, en un caballero pobre.
Es cosa digna de notarse que en las primitivas traducciones catalana y castellana
del Decameron^ que citaremos inmediatamente, la Oriselda* de Boccaccio está sustituida
con la del Petrarca, que sin duda se estimaba más por estar en latín. Y del Petrarca
proceden también por vía directa ó indirecta la Patraña 2.^, de Timoneda; la Comedia
muy ejemplar de la Marquesa de Saluxia, del representante Navarro (*), que sigue al
mismo Timoneda y al Suplemento de todas las crónicas del mundo («), y hasta los
romances vulgares de Oriselda y Oiuilteiv, que andan en pliegos de cordel todavía (*).
Sólo puede dudarse en cuanto á la comedia de Lope de Vega El exemplo de casadas y
prueba de la paciencia^ porque trató con mayor libertad este argumento, que según dice
61 mismo andaba figurado liasta en los naipes de Francia y Castilla. De este raro género
de popularidad disfrutaron también otros cuentos ds Boccaccio. Fernando de la Torre,
poeta del siglo xv, dice en una cierta invención suya sobre el juego de los naipes: «Ha
» de ser la figura del cavallero la ystoria de Guysmonda como le envia su padre un gen-
» til onbre en un cavallo e le trae el cora9on de su enemigo Rriscardo (Guiscardo), el
»qual con ciertas yerbas toma en una copa de oro e muere» (*).
Todas las novelas de Boccaccio (excepto la última, que fue sustituida con la Histo^
(*) Boccaccio and the Decameron in cagtilian and catalán literaiurc. Theiii pretenied to ike/acuUy
of Bryn Matar ColUge /or the degree of doctor of philo$ophy hy Caroline Broum Bourland, 190Ó
(Tirada aparte de la lievue Hispanique^ t. XII).
Tesis semejantes á ésta convendría que apareciesen de vez en cuando en las universidades espa*
Aolas. La joven doctora norteamericana examina y describe con tmio rigor bibliográfico loe códices
y ediciones espafiolas del Decameron y busca luego el rastro de Boccaccio en nuestra novelística y
dramaturgia de los siglos xv, xvi y xvii, analizando una por una, y en todos sus detalles, las imita-
ciones de cada cuento. £s un trabajo de investigación y de crítica digno de las mayores alabanzas.
Para no repetir lo que allí está inmejorsblemente dicho, abreviaré mucho la parte concerniente á
Boccaccio en estas páginas.
(') Ha sido reimpresa por miss Bourland en oí tomo IX de la Revue Hiepaniqué, conforme al
único ejemplar conocido de 1603.
^*) También ha reimpreso (ib,) la sefiorita Bourland este texto, tomado de la Suma de todae ¡ai
crónicai del mundo (Valenciai 1510), traducción hecha por Narcis Vineles del Suplemenium Chroni»
eorti/n, de Foresti.
(*) Ns. 1273, 1274 y 1275 del Romancero de Duran.
(') Nota comunicads á miss Bourland por D. Ramón Menéndez Pidal. La composición de Fer-
nando de la Torre está en un códice de la Biblioteca de Palacio.
INTRODUCCIÓN vii
ria de las bellas virtuts^ de Bemat Metge) fueron traducidas al catalán en 1429 por
autor anónimo, que residía en San Cagat del Valles, monje quizá de aquella célebre
casa benedictina. El precioso y solitario códice que nos ha conservado esta obra per-
teneció á D. Miguel Victoriano Amer y pertenece hoy á D. Isidro Bonsoms y Sicart,
que le guarda con tantas otras joyas literarias en su rica biblioteca de Barcelona (^).
Pronto será del dominio público esta interesante versión, que está imprimiendo para la
Biblioteca Hispánica el joven y docto catalanista D. J. Massó y Torrents. A su gene-
rosidad literaria debo algunas páginas de esta obra, que es no sólo un monumento de'
lengua, sino una traducción verdaderamente literaria, cosa rarísima en la Edad Media,
en que las versiones solían ser calcos groseros. Contiene no sólo las novelas, sino todas
las introducciones á las giomate y á cada una de las novelas en particular, y todos
los epílogos. Omite la baílala de la jornada décima, y en general todos los versos; pero
en las jomadas primera, quinta, sexta y octava las sustituye con poesías catalanas ori-
ginales, que no carecen de mérito. Muy linda es, por ejemplo, ésta, con que termina
la jomada octava:
Pus que vnyt joma stich, Senyora,
Que no us mir,
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la posada
Eu dich, Amor, qui us ha lunyada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
(') Una detallada é interesante descripción de este códice puede verse en el estadio de miss
Boorland. Para mi objeto basta con la sij^uiente nota, que me comunicaron los señores Bonsoms y
Massó y Torrents antes que la erudita señora diese á luz su trabajo:
cEs un manuscrito en papel que conserva su encuademación antigua, con señales de los clavos
ly cierres; en un tejuelo de papel pegado so lee: Las Cien,., manuscriptai catalán. La medida gene-
>ral de la página es de 295 X 216 milímetros. La foliación, que va de 1 á CX^Cxxiij, empieza en la
>1.* novela de la 1.* jornada, con las palabras Covinent cosa es mols cares dones. Contiene entero el
»Decameron, que termina en el folio CXXIxxxiij de esta manera:
:bE vosaltres gracioses dones ab la sua gracia romaniu enpau recordant vos de mi si d'alguna cosa
9de aqüestes que haureu legides per ventura vos ajudau,
:bFo acabada la present translacio dimarts que comptaven V dies del mes d' Abril en l'any de la
'hfructifieant Incamacio deljill de deu M.CCCCocxviiijf en la vila de 8ani Cugai de Valles,
:i^Aeifeneix la deena e derrera Jomada del libre appellat De (sic) Cameron, nominat lo Princep
^OaUot, en altra manera Lo cento novella,
iLos folios preliminares contienen el proemio y la introducción, de muneri^ que está completa
lia obra de Boccaccio. De los folios preliminares^, útiles, aparecen recortados la mayor parte y alte-
irado so orden 8 ff . blancos (el último de los cualus lleva alguna anotación ajena al texto) -{- 5 f f. de
-hTaula á 2 columnas -{- 2 ff. de introdúcelo + 2 ff. blancos -f 9 ff. de proemi y introducció,
»Hay letra de dos manos distintas, como si los redactores se hubiosen partido el trabajo. La
iprímera es más hermosa, aunque no cuidada. Escribe á renglón seguido y caligrafía alguna inicial,
alternando las tintas roja y azul : comprftnde la introducción , el proemio y el texto hasta el
>fol¡o OLxxxii (noTela 8.* de la 5.* jornada). La segunda mano escribe á dos columnas, y comprende
>todo el resto del manuscrito incluso la suscripción onal; es más corrida y no tiene inicial ninguns.
>Todo el manuscrito carece de epígrafes en tinta roja, habiéndose dejado en blanco el espacio corres-
ipondiente]».
Tin ORÍGENES DE LA NOVELA
Yo dioh, Amor, qui ns ha Innyada
Lo falp marit qui m' ha reptada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la pertida
Eu dich, Amor, qui us ha traliida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich. Amor, qui us ha traliida
Lo falp gelos qui m' ha ferida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Todavía os más primorosa, aunque algo liviana, la canción final de la jornada sexta:
No puch dormir soleta no,
;.Que m* fare lassa
Si no mi spassa?
Tant mi turmenta V amor.
Ay amich, mon dol^ amich,
Somiat vos he esta nit,
¿Que m' fare lassa?
Somiat vos he esta nit
Que us tenia en mon lit,
¿Que m' fare lassa?
Ay amat, mon dolQ ámat,
Anit vos he somiat
¿Que m' fare lassa?
Anit vos he somiat
Que US tenia en mon bra^,
¿Que m' fare lassa?
Así, por coincidencia de sentimiento ó de sensación, so repiten, á través de los siglos,
las quejas de la enamorada Safo: «I^ui l\ (ji¿vs xi6eú$u)i.
Es verosímil que estas composiciones sean anteriores á la traducción, y de autor ó
autores diversos, porque una de ellas, la de la jornada primera, no es más que la pri-
mera estancia de una canción más proveuzal que catalana, que Milá ha publicado como
de la Beina de Mallorca Dofia Constanza, hija de Alfonso lY de Aragón, casada
en 1325 (*).
Todavía es más curiosa la sustitución de los títulos ó primeras palabras de los can-
tos populares que cita el desvergonzadísimo Dioneo por otros catalanes, que á juzgar
por tan pequeña muestra no debían de ser menos picantes ni deshonestos. Por lo demás,
el anónimo intérprete no parece liaber sentido escrúpulo alguno durante su tarea, y es
(') Obras completa» de D. Manuel Milá y Fontanal»^ t. III, p. 457.
INTRODUCCIÓN xx
muy raro el caso en que cambia ó suprime algo, por ejemplo, las impías palabms con
que termina el cuento de Masetto de Lamporechio (primero de la tercera jornada). Al-
guna vez intercala proverbios, entre ellos uno aragonés (giam. 7, nov. 2): ^E por (;o
diu en Aittgo sobre cuernos cinco soeldos» .
Contemporánea y quizá anterior á esta traducción catalana, aunque muy inferior á
ella por todos respectos, fue la primitiva castellana, de la cual hoy sólo existe un códice
fragmentario en la Biblioteca del Escorial. Pero hay memoria de otros dos por lo menos.
En el inventario de los libros de la Reina Católica, que estaban en el alcázar de Segovia
á cargo de Rodrigo de Tordesillas en 1503, figura con el número 150 «otro libro en
y romance de mano, que son las novelas de Juan Bocacio, con unas tablas de papel
> forradas en cuero colorado» (*). Y en el inventario, mucho más antiguo (1440), do la
biblioteca del conde de Benavente D. Rodrigo Alfonso Pimentel, publicado por Fr. Li-
einiano Sáez (*), se mencionan «unos cuadernos do las cien novelas en papel cobtí
> menor». No se dice expresamente que estuviesen en castellano, pero la forma de cua-
dernos, que parecería impropia de un códice traído de Italia, y la calidad del papel tan
frecuente en España durante el siglo xiv y principios del xv, y enteramente desusado
después, hacen muy verosímil que las novelas estuviesen en castellano (3). Quizá la cir-
cunstancia de andar en cuadernos sueltos fue causa de que se hiciesen copias parciales
como la del Escorial, y que tanto en estas copias como en la edición completa del De--
canierofi castellano de 1496 y en todas las restantes se colocasen las novelas por un
orden enteramente caprichoso, que nada tiene que ver con el del texto italiano.
El manuscrito del Escorial, cuya letra es de mediados del siglo xv, tiene el siguiente
encabezamiento:
«Este libro es de las ciento novelas que conpuso Juan Boca(?io de Cercaldo, un grant
> poeta de Florencia, el qual libro, según en el prologo siguiente paresce, él fizo y enbió
>en especial a las nobles dueñas de Florencia y en general a todas las señoras y dueñas
> de qualquier nascion y Reyno que sea; pero en este presente libro non están más de
>la cinquenta e nueve novelas» .
En realidad sólo contiene cincuenta, la mitad exacta; pero el prólogo general está
partido en diez capítulos. Desaparece la división en jornadas y casi todo lo que no es
puramente narrativo. No es fácil adivinar el criterio con que la selección fue hecha,
pero seguramente no se detuvo el traductor por escrúpulos religiosos, puesto que
incluye la novela de Ser Ciappelleto, la del judío Abraham, la de Frate Cipolla y otras
tales, ni por razones de moralidad, puesto que admite la de Feronella, la de Tofano, la
del ruiseñor y alguna otra que no es preciso mencionar más expresamente. Sólo el
gusto personal del refundidor, ó acaso la circunstancia de no disponer de un códice
completo, sino de algunos cuadernos como los que tenía el conde de Benavente, pueden
explicar esto, lo mismo que la rara disposición en que colocó las historias. La traduc-
{}) Memoria» de la Real Academia de la Historia^ t. IV, p. 460.
O Demostración histórica del verdadero valor de todas las monedas que corrían en Castilla
durante el reynado del señor don Enrique ///(Madrid, 1796, pp. 374-379).
{*) Cf. MÍ88 Boiirland: alf the manuscript of the library o£ Benavente was in Spanish, the
iptpcl cebti menor on which it was written, would show tliat the Decameron was translated ínto
Mpaoish, at least in part, duriog the fourteenth or at the very dtawn of the fif teenth century».
(Pág, 24.)
X ORÍGENES DE LA NOVELA
ción es servilmente literal, y & veces confusa é ininteligible por torpeza del intérprete 6
por haberse valido do un códice incorrecto j estropeado. Miss Bourland publicó la tabla
de los capítulos, pero no s6 que ninguna de las novelas se haya impreso todavía. Por
mi parte, atendiendo & la antigüedad, no al mérito de la versión, pongo en nota la 9.*
de la quinta gioimata^ de donde tomó Lope de Vega el argumento de su comedia El
halcón de Federico (*).
(*) Capitulo Xlv de como Fadrique ama e non es amado e en cortesía despendiendo se consume el
qual non auiendo mas de un falcan a la dona suya lo dio,
Devedes pues saber que Oopo de Durgesi Dominíqne el qual fue en la nuestra 9¡bdat, por ven*
tura aun es, ombre de grand reveren9¡a e abtoridad, e de los nuestros por costumbres e por virtud
mucho mas que por nobleza de sangre caro e diño de eterna fama, e Fcyendo ya de aOos lleno espe-
jas vegadas de las cosas pasadas con sus vezinos e con otros de deleytavade rrazonnr, la qual cosa el
con mejor e mas orden e con ma^'or memoria apostado de fablar que otro ombre sopo fazer. Era usado
de dezir entre las otras sus bellas cosas que en Floren9Ía fue ya un mancebo llamado Fadrique e
fijo de MÍ9er Felipo Albergin en obra de armas e en cortesía pre9Íado sobre otro ombre donzel de
Toscana e quel, asi como á los mas de los gentiles ombres conte89e, de una gentil dona llamada
Madona Jovena se enamoró, en sus tiempos tenida de las mas bellas donas e de las mas gra9Í08a8
que en Floren9Ía fuesen e p9r quel amor della conquistar pediese justava e facía de armas e fazia
fiestas e dava lo suyo syn algund detenimiento, mas ella, non menos onesta de bella, de aquestas
cosas por ella fechas nin de aquel se corava que lo fazia. Despendiendo pues Fadrique allende de
todo su poder mucho, en ninguna cosa conquíetando, asi como de ligero cnntes9e las riquezas men-
guaron e el quedó pobre syn otra cosa serle quedado salvo un solo pequefio heredamiento de las
rrentas del qual muy estrechamente bevia, e allende de aquesto un solo falcon de los mejores del
mundo le avia quedado. Por que amando mas que nunca, no pares9Íendole mas 9Íbdadano ser como
deseava, a los campos allá donde el su pobre heredamiento era se fue a estar e aquí quando podía
ca9ando e syn alguna cosa rrequerir padescientemente la pobreza comportava. Ora acaeB9Ío que
seyendo así Fadrique e veniendo al estremo el marido de madona Jovena enfermó e veyendose á la
muerte venir fizo testamento e seyendo muy rico en ella dexó su heredero a un su fijo ya grandezi*
lio e después de aquesto aviendo mucho amada a Madona Jovena a ella, sy contes9¡ese aquel fijo syn
legítimo heredero muriese, su heredera sola e8table9'0, o muriese (sic). Queda la pues biuda Madona
Jovena, como usan9a es de las nuestras donas, el año adelante con aqueste su fijo se fue a un con-
dado en una su posesión asaz vezína aquel'ade Fadrique, por lo qual contes9Íoque aqueste mo9uelo
a amistar con Fadrique e deleytarse con aves e con canes e aviendo muchas vegadas visto el falcon
de Fadrique bolar. est[r]aña mente plaziendole, fuerte deseava de averio, mai después non osava
demandarlo veycndo a el ser tanto caro, e así estando la cosa contes9Ío quel man9ebo enfermó, de
que la dolorosa madre mucho temerosa como aquella que mas no tenia e lo amava qnanto mas se
podía fijo amar, (e) todo el día catándole en derredor non queda va de conortarlo espesas vegadas e
le prcguntava si alguna cosa era la qual desease, rogándole mucho qne gelo dixíese que por 9Íerto
sy posible fuese trabajaría de averio. £1 mo9uelo oydas muchas vegadas aquestas profíertas díxo:
madre mía, sy vos fazedes que yo aya el falcon de Fadrique, yo me creo prestamente guarir; la dona
oyendo aquesto algund tanto estovo e comencé a pensar aquello que fazer devia: ella sabia que
Fadrique luenga mente la avia amado e que jamas uu solo mirar della non avia ávido, porque dezia
como enbiaré 3*0 o y re a demandarle aqueste falcon que por lo que yo oygo es el mejor falcon que
ombres viesen e allende desto le mantiene en el mundo? E como yre yo nin seré en desconortar un
ombre gentil como este al qual ningund otro deleyte le es quedado e que aqueste le quiera tomar?
E asi fecho peuRamiento ocupada, aunque ella fuese 9¡erta de averio sy lo demandase, syn saber que
nvía de dezir non respondió al fijo, mas ultima mente tanto la ven9Ío el amor del fijo que ella con-
sigo dispuso de con9ertarlo como quiera que acae89Íese de non enbiar, mas ir ella mesma por el e
traerlo, e respondióle: fijo mió conortate e piensa de guarescer e aver fner9a, que yo te prometo que
la primera cosa que yo fare de mañana sera yr por el asy que te lo traeré. El mo9uelo de aquesto
alegre el dia mesmo mostró alguna mejoría; la dona de mañana seguiente tomada una muger en
conpañia por manera de deporte se fue a la pequefia casa de Fadrique e fizólo llamar, e el por que
INTRODUCCIÓN xi '
Sabido es que la imprenta madrugó mucho en Italia para difundir la peligrosa lec-
tura del Decameron, A una edición sin año, que se estima como la primera, sucedieron
la de Venecia, 1471; la de Mantua, 1472, y luego otras trece por lo menos dentro
del siglo XV, rarísimas todas, no sólo á título de incunables, sino por haber ardido mu-
chos ejemplares de ellas en la grande hoguera que el pueblo florentino, excitado por las
predicaciones de Fr. Jerónimo Savonarola 7 de su compañero Fr. Domingo da Pescia,
non era tiempo non ora y do aque] dia a ca^ar e era en un su huerto e fazía sur 9iertu8 lavores apa-
rejar, el qual oyendo que Madona Jovena lo Hamava a la puerta, maravíHandoee fuerte alegre corrió
allá, la qnal veyendolo venir, con una femínil plazenteria f uele delante aviendola ya Fadrique revé*
rente mente saludado, dixo: bien este Fadrique (faltan algunas palabras entre el fin de un folio y
comienzo de otro) e mas que non te fuere menester, e el satisfazimiento es tal que yo entiendo con
esta raí conpaQia en uno amigable mente contigo comer esta mañana. A la qual Fadrique oniil mente
respondió: señora, ningund don jamas me rrecuordo aver re89Íbido de vos salvo tanto de bien que
sy yo alguna cosa vali, por el vuestro amor e valor que valido tos he ha seydo e por (ierto esta
vuestra liberal venida me es mucho mas cara que non seria sy comien90 fuese a mi dado a espen-
der quanto en lo pasado he ya espendido, avnque a pobre huésped seades venida. £ asi dicho alegre
meóte dentro en casa la rre^^ibio e en un su huerto la llevó, e allí, non aviendo quien le fazer tener
oonpafiia, dixo: sefiora, pues que aqui non es otrie, aquesta mujer deste labrador vos terrna conpa-
fiía en tanto que yo vaya a facer poner la mesa. B el aunque la su pobreza fuese estrema non se era
tanto vista quanto nes9esario le fazia, ca el avia fuera de orden despendido sus rríquezas, mas aquesta
mafiana fallando ninguna cosa de que pediese a la dueña onrrar por amor de la qual el a infinitos
orobret onrrados avia fecho fuera de razón, congoxos entre sy mesmo maldiziendo la fortuna, como
ombre f aera de sy fuese agora acá agora allá corriendo, nin dineros nin prenda fallándose e seyendo
la ora tarde e el deseo grande de mucho onrrar la gentil dona e non queriendo a otro mas al su labra-
dor rrequerir, vido al su buen falcon en la su sala sobre el alcándara porque non aviendo otra cosa
a qne acorrerse tomólo e fallándolo grueso pensó aquel ser digna vianda de tal dueña e por tanto syn
mas pensar tiróle la cabera e a una su mo^a presta mente lo ñzo pelar e poner en un asador asaz dili-
gente mente. £ puesta la mesa con unos manteles muy blancos de los quales algunos avia, con alegre
cara tormo a la dueña en su huerto e el comer que fazer se podía dexolo aparejado. Entanto la dueña
€00 so compañera levantándose fue á la mesa e syn saber que se comia en uno con Fadrique, el qual
eoo muy grand fee la conbidara, comieron el buen falcon e levantados de la mesa ella algund tanto
eco plaziblea nazones conel estava e pares9Íendole a la dueña tiempo de dezir aquello por que era
lili venida, asy benina mente con Fadrique comen9o a fablar: Fadrique, recordándote tu de la pre-
térita vida [e] de la mi onostidad la qual por ventura tu as rreputado a dureza e crueldad yo non
dttbdo ninguna cosa que tu te devas maravillar de la mi pre8up(ri)9Íon scntiendo aquello por que
príD9tpal mente aqui venida so; mas si fijos ovieses ávido por los quales pedieses conos9er de quanta
fuerfa sea el amor que a ellos se ha, pares9eme ser 9ierta que en parte me averias por escusada; mas
eorao to non los tengas, yo que uno he, non puedo por ende las leyes comunes de las madres fuyr,
las quales fuer9as seguir conveniendome, convieneme allende del plazo tuyo e allende de toda
razón, quererte demandar un don el qual yo se que grave mente as caro e es razón ca ninguno otro
deleyte oin ninguna consola9ion dexada ha a ti la tu estráña fortuna, e aqueste don es el falcon
tuyo del qual el niño mió es tanto pagado que ly yo non golo lievo temo que lo agravie tanto en la
eofermedat que tiene que después le sigua cosa por la qual lo pierda. E por esto yo te rruego non
por el amor que tu me as al qual tu de ninguna cosa eras tenido mas por la alta nobleza la cual
en usar corteaya eres mayor que ninguno otro mostrando que te de va plazer de dármelo por que yo
por este don pueda dezir de aver re89ebido en vida mi fijo e por ende avertelo he sienprc obligado*
Fadrique oyendo aquello que la dona le demandava e sentiendo que servir non le podía por que a
comer gelo avia dado, comen90 en pre8en9ia a llorar ante que alguna palabra respondiese. La dueña
veyendo el graod llanto quel fazia, pensó que del dolor de ver de sy partirle el buen falcon veniese
mu que de otras cosas quasy fue por dezir que non lo quería; mas después del llanto rrespondiendo
Fadrique dixo asy: señora, después que a Dios plogo que en vos posiese raí amor en asaz me ha
reputado la fortuna contraría e some della dolido, mas todas son seydas ligeras en respeto de aque-
XII ORÍGENES DE LA NOVELA
encendió eii la plaza el último día de Carnaval de 1497, arrojando á ella todo género
de pinturas y libros deshonestos.
Por extraño que parezca, ninguna de estas primitivas ediciones de las Oien Novelas
sirvió de texto á la española, publicada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces
hasta mediar el siglo xvi (Toledo, 1524; Valladolid, 1539; Medina del Campo, 1543;
Valladolid, 1550) (*). Miss Bourland prueba, mediante una escrupulosa confi-ontación,
que el texto de la edición sevillana está muy estrechamente emparentado en el del
códice del Escorial para las cincuenta novelas que éste contiene. En muchos casos son
literalmente idénticos; convienen en la sustitución de algunos nombres propios á otros
del original italiano; tienen en algunos pacajes los mismos errores do traducción, los
mismos cambios y adiciones. Coinciden también en dividir la introducción en capítulos,
aunque no exactamente los mismos. Finalmente, se asemejan en la inaudita confusión
lio que ella me foze al presente por que con ella jamas paz nx'er non dcvo pensando que vos aquí a
la mi pobre cusa venida seades donde en tanto que rico fue venir desdeñastes, o de mi un pequeño
don quercdes e ella me aya asi fecho quedar que vos lo non puedo dar, e porque esto ser non puede
vos diré breve mente: como yo oy vy que vuestra merced comigo comer quería, avieado rreguardado
a vuestra ex^elengia e a vuestro valor reputé digna e conuenible cosa que con mas cara vianda
segund la mi posibilidad yo vos devicse onrrar que con aquello quo general mente por las otras pre-
sonas non se usa, por que rrecordandome del falcon que mo demandados e de la su bondad , ser
digno manjar de vos lo reputé e desta manera a el asado a vedes comido el qual yo por bien em-
pleado rreputé, mas veyendo agora que en otra manera lo dcReavades me es asy grande duelo pues
servir non vos puedo que jamas paz non puedo dar. E esto dicho las plumas e los pies e el pico le
fizo en testimonio lanzar delante, la qual cosa veyendo la dona e oyendo primero lo retraxo por dar
a comer a dona tan excelente falcun e después la grande noblezoi de su coraron la qual la pobreza
non avia podido nin podía contrastar (e) mucho entre sy mesma lo loo. Después de quedada fuera
do la esperanza de aver el falcon por la salud del fijo (e) entrada en pensamiento e rregra^iando
mucho a Fadrique el honor fecho e la su buena voluntad, toda malenconia en py fo partió e torrnó
al fijo, el qual por la malenconia quel falcon aver non podia e por la enfenncdud que mucho aquesto
le deviese aver traydo non pasaron muchos días que con grand dolor de la madre de aquesta vida
pasó, la qual después que llena de lagrimas e de amargura rref rigerada algnnd tanto, e seyendo muy
ríca quedada e aun (a) mo^a, muchas vegada [s] fue de los hermanos costreñida a torrnar a casar. La
qual aun que querido non lo oviese mas veycndose aquexada e rrecordandose del valor de Fadriqne
e de la su manifí^en^ta ultima, esto es do aver muerto un asi maravilloso falcon por onrrar a ella, dixo
a los hermanos: pues que asy vos plaze que yo case aunque toda vía de muy buena voluntad si vos
ploguiese syn maridar me estaría, mas sy a vosotros mas plnze que yo marido tome por ^ierto yo jamas
non tomaré ninguno sy non he a Fadrique de Harbegin. De lo qual los hermanos faziendo burla dixie-
ron: hermana, qué es esto que tu dizes, como quieres tu aquel quo non ha cosa del mando? A los quales
ella rrcspondio: hermanos mios, yo se bien que asi es como vos otros dezides, mas yo quiero antes om*
bre que aya menester riquezas que rriquezas que ayan menester ombre. Los hermanos oyendo el cora-
9on e voluntad della e conos^icndo que Fadrique era ouibre de mucho bien aunque pobre, an como
ella quería a el con todas sus rriquezas la dieron. El qual asy fecho la dona a quien tanto el amava
por muger ávida e allende de aquesto verse muy rico en alegría con ella mejor e mas sabio termino
tovo e los años suyos acabó.
(Debo a mt querido amigo D. Ramón Mcnéndez Pidal la copia de esta novela )
(') Las Cno\\vel(u de Jua Bocado (portada en grandes letras monacales).
(Al fin): Aqui se acaban las Ciento novellas de Mirerjuan bocacio^ poeta eloquéte. Impreessas en
la muy noble y muy leal eibdad de Seuilla:por Meynardo ungut alemana y Stanislao polono copañeros.
En el año de nro, señor Mili quatrQcietos noventa y seys: a ocho dias del mes de noviembre, (N.° 54 de
la Bibliografia ibérica del siglo XV do Haebler.)
2.^ ed.
Las C novelas de micer Juan Vocacio Florentino poeta eloquente. En las quales se hallara nota-
INTRODXTCCIüN xiii
y barullo en que presentan los cuentos, perdida del tedo la división en jomadas, y en
suprimir la mayor parte de los prólogos y epílogos que las sepamn, y por de contado,
todos los versos, á excepción de la hallata de la décima jomada, que está en el impreso,
pero no en el manuscrito (*).
Las otras cincuenta novelas están traducidas en el mismo estilo, no de fines, sino
de principios del siglo xv, y casi de seguro por el mismo traductor. De todo esto se
infiere con mucha verosimilitud que el Decameron de Se\illa, cuyo texto es un poco
menos incorrecto que el del manuscrito escurialonse, ya porque el editor lo cotejase y
enmendase con el italiano, lo cual no puedo creer, ya porque se valiese do un códice
mejor, representa aquella vieja traducción en cuadernos^ los cuales, trastrocados y
revueltos de uno en otro poseedor ó copista, llegaron á la extravagante mezcolanza
actual, en que hasta los nombres de los narradores aparecen cambiados en muchos
casos, y se altera el texto para justificar el nuevo enlace de las historias. Pero es impo-
We» exemplos y muy elegante estilo. Agora nuevamente ympressaa con'egidas y emendadas de muchos
Tocahlos y palabras viciosas.
(Al fin): Aqui se acaban las cient novellas,,. Fueron impressas en la Imperial cibdad de Tolledo,
por Juan de Villaquiran impresor de libros. A costa de Cosme damian. Acabóse a viij del mes de
Noviembre: Año del nascimienio de nuestro Salvador y Redemptor Jesu Christo de mili y quinientos y
3/ed.
Itas cient noveUas,,,
(Ck)IofoD)... Fueron impressas en la muy noble y leal villa de valladolid. Acabóse a veynie y qua^
tro dios del mes de Marro. Año de nuestro Salvador y redemptor Jesu Christo de Mili y Quinientos
y treynta y nueve años.
Las cient novellas,,,
(Colofón),.. Fueron impressas en la muy noble villa de Median (sic) del Campo: por Pedro de
Castro imprescr: a costa de Jua de espinosa mercader de libros» A orne dias del mes de agosto de
M, y D. XL. iif años.
Además de los ejemplares citados en el texto, existo uno en la Biblioteca Imperial de Vicna..
6.* ed.
Las cient novellas,,.
(Colofón)... Aqui se acaban las cient nouellas de Micer Juan bocado poeta eloqxiente. Fueron
impressas en la muy noble villa de Valladolid: en casa de Juan de Villaquiran impresor de libros: a
vottu de Juan espinosa, Acabosse a qvinze dias del mes de Deziembre, Año de mil y quinientos y cin-
quenta años.
Como moestra del estilo de esta traducción puede verse la novela del Fermoso escarnio de
Tofano (4.* de lu jornada 7.% numerada 72 por el traductor) que ha reimpreso el Sr. Farinelli (Notji
pp. 105«107) conforme al texto do la edición de Burgos. El códice escuriulense termina precisamente
con esta novela: «De como madona Quita, rauger de Cofano, pensando que ovicse embriagado a sa
»marido fue a cosa do su amante e alia fusta la media noche estovo, e de como Cofano cen'O la puerta
>por de dentro, e como torno su mugcr que non la quiso abrir* £t de V arte que ella fizo».
O Ed. de Medina del Campo, f oi. GLXXIV vuelto:
Parte te, amor, y vete al mi señor
Y cuenta le liis penas que sostengo
Y como por su causa ¿ muerte vengo
Gallando mi querer por gran temor...
(Está en la Novela XCV cde como una donzella so enamoro en Palermo del rey don Pedro de
Ara^fon, y como cayo en grande enfermedad por aquella causa y como después el rey la galardono
uiny bien>.)
XIV orígenes de la novela
siblo que la primitiva versión estuviese dispuesta así; lo que tenemos es un rífacimento^
una oorruptela, que tampoco puedo atribuir al editor de 1496, porque más fácil le
hubiera sido restablecer el orden italiano de las historias que armar tan extrafio embo-
lismo. So limitó, sin duda, á reproducir el manuscrito que tenía, 7 este manuscrito era
un centón de algún lector antiguo que, perdido en el laberinto de sus cuadernos, los
zurció 7 remendó como pudo, sin tener presente el original, que le hubiese salvado de
tal extravío.
Dos cosas m&s hay que notar en esta versión, aparte de otras muchas de que da
minuciosa cuenta miss Bourland. Contiene todas las novelas del Decameron^ incluso
las más licenciosas; únicamente suprime^ sin que pueda atinarse la causa, la novela 5.^
de la jornada 9.* (Calandrino)^ j la sustituye con otra novela de origen desconocido,
aunque probablemente italiano. La Griselda, como ya indicamos, no está traducida de
Boccaccio, sino de la paráfrasis latina del Petrarca.
A pesar de sus cinco ediciones, el Decamei^on castellano es uno de los libros más
peregrinos do cualquier literatura. Nuestra Biblioteca Nacional no posee, y eso por
reciente entrada de la librería de D. Pascual Gayangos, más que la penúltima edición,
la do Medina del Campo, y es también la única que se conserva en el Museo Británico.
En París sólo tienen la última de 1550. Mucho más afortunada la Biblioteca Nacional de
Bruselas, posee, no sólo el único ejemplar conocido de la edición incunable, sino también
la primera de Valladolid. El precioso volumen de Toledo no existe más que en la Biblio-
teca Magliabecchiana de Florencia.
Yino á cortar el vuelo á estas ediciones la prohibición fulminada por el Concilio de
Trente contra las Cien Novelas^ consignada en el índice de Paulo IV (Enero de 1559),
y trasladada por nuestro inquisidor general Valdés al suyo del mismo año. Más de cin-
cuenta ediciones iban publicadas hasta entonces en Italia. Sabido es que la prohibición
fue transitoria, puesto que San Pío V, á ruegos del Gran Duque Cosme de Médicis, per-
mitió á los académicos florentinos (llamados después de la Crusca) que corrigiesen el
Decameron de modo que pudiese correr sin escándalo en manos de los amantes de la
lengua toscana. Esta edición corregida no apareció hasta el año 1573, bajo el pontifi-
cado de Gregorio XIII; refundición bien extraña, por cierto, en que quedaron intactas
novelas indecentísimas sólo con cambiar las abadesas y monjas en matronas y doncellas,
los frailes en nigromantes y los clérigos en soldados. Bespetamos los altos motivos que
para ello hubo y nos hacemos cargo de la diferencia de los tiempos. Esta edición, llama-
da de los Deputati^ fue considerada desde luego como texto de lengua, y á ella se ajus-
tan todas las de aquel siglo y los dos siguientes, salvo alguna impresa en Holanda y
las que con falso pie de imprenta se estamparon en varias ciudades de Italia en el
siglo XVIII.
La Inquisición Española, por su parte, autorizó el uso de esta edición en el índice
de Quiroga (1583), donde sólo se prohiben las Cien Novelas siendo de las impresas
antes del Concilio: ^Boccacii Decades sive Decameron aut novelice cenium^ nisi fue"
> rint ex purgaiis et impressis ab anno 1572^ , fórmula que se repite en todos los índi-
ces posteriores (*). A la traducción castellana, como completa que era, le alcanzaba de
O Vid. la colección de Reusch Die índices Librorum Prohibiiorum dea \$echszehnten Jahrhun*
derti (tom. 176 de la Sociedad Literaria de Stuttgart), p. 394. £1 Decameron está pueBto entre los
libros latinos. Entre los que se prohiben en romance están las novelas de Juan Boccaccio (p. 437).
/
INTRODUCCIÓN xv
lleno la prohibición, y nadio pensó en expurgarla, ni hacía mucha falta, porque el De"
camerofi italiano corría con tal profusión (*) j era tan fácilmente entendido, que no se
echaba muy de menos aquella vieja traslación tan ruda j destartalada (^).
Precisamente la influencia de Boccaccio como cuentista y como mina de asuntos
dramáticos corresponde al siglo xvii más que al xví. Antes de la mitad de esta centu-
ria apenas se encuentra imitación formal de ninguna de las novelas. No es seguro que
el cuento de la piedra en el pozo, tal como se lee en el Corvacho del Arcipreste de
Talavera, proceda de la novela de Tofano (4.'' de la jornada YII); una y otra pueden
tener por fuente común á Pedro Alfonso (^). Todavía es más incierto, á pesar de la opi-*
nión de Landau (^), que el romance del Conde Dirlos^ que debe de ser de origen fran-
cés como todos los carolingios, tenga con la novela de Messer Torello (giom. X, n. 9)
más relación que el tema general de la vuelta del esposo, á quien se suponía perdido ó
muerto, y que llega á tiempo para impedir las segundas bodas de su mujer. El romance
carece enteramente de la parte mágica que hay en la novela de Boccaccio y no hay
Dada que recuerde la intervención de Saladino. En una versión juglaresca y muy tardía
del romance de El Cande Claros añadió el refundidor Antonio de Pansac una catás-
trofe trágica (el corazón del amante presentado en un plato), tomada, según creo, del
Decamerofi, ya en la novela de Ghismonda y Guiscardo (giom. lY, 1), ya en la de
GuigUelmo Rossiglione (Guillem de Cabestanh), que es la QJ" de la misma jornada (^).
Escasas son también las reminiscencias en los libros de caballerías, salvo en Tiran t
lo Blanch^ que tanto diñere de los demás, no sólo por la lengua, sino por el espíritu.
Además de varias frases y sentencias literalmente traducidas, Martorell reproduce una
novela entera (giom, 11, n. 4), la del mercader Landolfo Buffolo, que después de haber
perdido todos sus haberes en un naufragio, encuentra como tabla de salvamento una
cajita llena de piedras preciosas. Hay otras evidentes imitaciones de pormenor, que
recoge con admirable diligencia Arturo Farinelli, el primero que se ha fijado en ellas (^).
(') Eq nuestras biblioteca?, aun en latí menos conocidas, suelen encontrarse raros ejemplares del
Decameron. En la de las Escuelas Pías He San Fernando (Madrid) recuerdo haber visto, hace años,
la auténtica de Florencia de 1527, que es una de las más apreciadas y de las que han alcanzado pre-
cios más exorbitantes en las ventas.
(') El Decaineron fue mirado siempre con indulgencia aun por los varones más graves de nues-
tro siglo xvj. En un curioso dictamen que redactó como secretario del Santo Oficio sobre prohibi-
ción de libros, decía el gran historiador Jerónimo de Zurita: aEu las novelas de Juan Bocatio hay
«algunas muy deshonestas, y por esto será bien que se vede la translación deltas en romance sino
tfoese espurgándolas, porque las más deltas son ingeniosissimas y muy eloquentes, (Revista de Archi'
vos, BxblioUcas y Museos, 1903, t. VII, pp. 220 y ss.)
(') Sobre las imitaciones que Boccaccio hizo de Pedro Alfonso debe consultarse un erudito y
reciente trabajo de Letterio di Francia, Alcune novelle del Decameron illustrate nelle/onti. (Qiomale
Skrieo deüa leUeratura italiana, t. XLIV, p. 23 y ss.)
(^) Die Queüen des Dekameron, von Dr. Marcus Landau (2/ ed.); Stnttgart, 1884, p. 203.
ce mi Tratftdo de los romances viejos, t. II, pp. 425-426.
(*) Vid. Tratado de los romances viaos, t. II, p. 404. Corríjase la errata giomata tema en vez de
fuarta,
(*) El mismo Farinelli (p. 99) ha sorprendido en la otra novela catalana del siglo xv Curial y
Guelfa una cita muy detallada de la novela de Ghismonda y Guiscardo: cRecordats vos, senyora, de
lies páranles que dix Guismunda de Tancredi a son pare sobre lo fet de Guiscart, e de la dcscrípcio
>de noblesa?...!
En la Comedia de la Gloria de amor del comendador Rocaberu, en el Inferno dos namorados del
tefc'-. r.'- i^.■í"TÍ^ -M -Ti^aAafc*^»!^ i.x^ ■ " t-T' 'artjsrr . .c-l-íi^ -.. j ^ : * . < . »> »k mT^^^^^T^^^^^^^^^^^^^^^^^^^P
XVI ORÍGENES DE LA NOVELA
Otro libro de caballerías, excepcional también en algunas cosas, el Pálmerín de Ingla^
teira, de Francisco Moraes, contiene una imitación de la novela de Ghismonda: «Tomó
»la copa en las manos, y diziendo al corazón de Artibel palabras do mucho dolor, j
idiziendo muchas lástimas, la hinchió de lágrimas» (^).
El ejemplo más singular de la influencia de Boccaccio en España es la adaptación
completa de una novela, localizándose en ciudad determinada, enlazándose con apelli-«
dos históricos, complicándose con el hallazgo de unos restos humanos 6 imponiéndose
como creencia popular, viva todavía en la mente do los españoles. Tal es el caso de la
leyenda aragonesa de los Amantes de Teruel, cuya derivación de la novela de Girolamo
y Salvestra (giorn. IV, 8) es incuestionable y está hoy plenamente demostrada ('), sin
que valga en contra la tradición local, de la que no se encuentra vestigio antes de la
segunda mitad del siglo xvi, tradición que ya en 1619 impugnaba el cronista Blasco de
Lanuza {^) y que intentó reforzar con documentos apócrifos el escribano poeta Juan
Yagüo de Salas. El «papel de letra muy antigua» que él certifica haber copiado y lleva
por título Historia de los amores de Diego Juan Martinex de Marcilla é Isabel de
Segura^ año 1217, es ficción suya, poniendo en prosa, que ni siquiera tiene barniz de
antigua excepto al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo
poema publicado en 1616 (*), No por eso negamos la existencia de los Amantes, ni
siquiera es metafísicamente imposible que la realidad haya coincidido con la poesía,
pero sería preciso algún fundamento más serio que los que AntiUón deshizo con crítica
inexorable, aun sin conocer la fuente literaria de la leyenda.
portugués Duarte de Brito, y en otras composiciones análogas, figuran Ghismonda y Guiscardo entre
laa parejas enamoradas de trágica nombradla.
A la celebridad de esta novela contribuyó mucho la traducción latina de Leonardo Bruni de
Arezzo (Leonardo Aretino), cuyos escritos eran tan familiares á nuestros humanistas.
(') Para esta imitación vid. el libro de mins Bourland, pp. 95-97.
(') Véase nrincipalmento el artículo de D. Emilio Cotarelo Sobre el origen y desarrollo de ¡a
leyendci de Los Amantes de Teruel (Revista de Archivos, Bibliotecas y Mvseos^ n, 5, mayo de 1903,
pp. 343-377). Mis8 Bourland, cuya tesis se publicó en 1905, llega por su parte á las mismas conclu-
siones.
A la numcr.^sa serie de obras poéticas relativas á la historia de Los Amantes debe aüadirsc, y
es una de las más antiguas, la Silva sexta del poeta latino de Calatayud Antonio Serón ( nacido
en 1512). Falta, en el tomo de sus versos que publicó D. Ignacio de Asso en Amsterdam {Antonii
Scronis Bilbilitani Carmina, 1781), pero está en otras muclias composiciones suyas inéditas en el
mismo códice de la Biblioteca Nacional que sirvió á Asso para hacer su selección. Las noticias de la
vida de Serón alcanzan hasta 1567. ^
O cNo quiero tratar aquí de lo que se dice del suceso tan sonado y tan f!ontado de Marcilla y
X)Segura, que aunque no lo tengo por impossible creo ccrtissimamenté ser fabuloso, pues no huy
Dcscritor de autoridad y classico, ni aquellos Anales tantas veces citados con ser particulares de las
PC08US de Teruel, ni otro Auctor alguno que dello haga mención; sL bien algunos Pr.etas le han
^tomado por sujeto de sus versos, los quules creo que si hallaran en Archivos alguna cosa desto ó si
j>en las ruynas de la parroquial de San Pedro de Teruel (queriéndole reedificar) se hu viera hallado
^sepultura de marmol con inscripción de estos Amantes, i>o lo callaran. 9
{Historias eclesiásticas y seculares de Aragón,., Tomo IL Zaragoza, 1619, lib. III, cap, 14.)
(*) Vid. Noticias históricas sobre Les Amantes de Teruel por D, Isidoro de AntiUón, Madrid,
imp. de Fucntenebro, 1800. E^.te folleto, tan convincente y bien razonado como todos los escritos
históricos de su autor, nada perdió de su fuerza con el hallazgo de otra ftescritura pública», fabrica-
ción del mismo Yagiie, que publicó en 184*2 D. Esteban Gabarda en su Historia de los Amantes de
Teruel
INTRODUCCIÓN xvii
Antonio de Torquemada, en sus Coloquios Satíneos (1553), j Juan de Timoneda,
en su PatraiUielo (1566), son los primeros cuentistas del siglo xvi que empiezan á
explotar la mina de Boccaccio. Después de ellos, y sobre todo después del triunfo de ;
Cervantes, que nunca imita á Boccaccio directamente, pero que recibió de él una'
influencia formal y estilística muy honda y fue apellidado por Tirso «el Boccaccio
cspañoh , los imitadores son legión. El cuadro general de las novelas, tan apacible ó
ingenioso, y al mismo tiempo tan cómodo, se repite hasta la saciedad en Los Cigarra^
les de Toledo^ del mismo Tirso; en el Para iodos^ de Montalbán; en la Casa del placer
honesto^ de Salas Barbadillo; en las Tardes entretenidas^ Jomadas alegres^ Noches de
placer^ Huerta de Valencia^ Alivios de Calandra y Quinta de Laura, de Castillo
Solórzano; en las Novelas amorosas^ jde.Dpüa María de Zayas; en las Navidades de
Madrid, de Doña Mariana de Carvajal; en las Navidades de Zara^oxa, de D. Matías de
Aguirre; en las Auroras de Diana, de D. Pedro de Castro y Anaya; en las Meriendas
del ingenio, de Andrés de Prado; en los Gustos y digustos del Lentiscar de CaHagena,
de Ginés Campillo, y en otras muchas colecciones de novelas, y hasta de graves diser-
taciones, como los Día^ de jardín, del Dr. Alonso Cano.
Hubo también, aunque en menor número de lo que pudiera creerse, imitaciones de
novelas sueltas, escogiendo por de contado las más honestas y ejemplares. Matías de los
Reyes, autor de pobre inventiva y buen estilo, llevó la imitación hasta el plagio en El
Curial del Parnaso y en El Menandro. Alguna imitación ocasional se encuentra tam- .
bien en él Teatro Popular, de Lugo Dávila; en El Pasajero, de Cristóbal Suárez dePigue- i
roa, y en El Criticón, de Gradan. Puntualizar todo esto y seguir el rastro de Boccaccio Ül
hasta en nuestros cuentistas más oscuros es tarea ya brillantemente emprendida por
miss Bourland y que procuraremos completar cuando tratemos de cada uno de los auto-
res en la presente historia de la novela. Pero desde luego afirmaremos que las historias
de Boccaccio, aisladamente consideradas, dieron mayor contingente al teatro que á la
novela. De un pasaje de Ricardo del Turia se infiere que solían aprovecharse para
loas (•). Pero también servían para argumentos de comedias. Ocho, por lo menos, de
Lope de Vega tienen este origen, entre ellas dos verdaderamente deliciosas: El anzuelo
de Fenisa y El ruiseñor de Sevilla (*). Pero en esta parte no puede decirse que su
influencia fuese mayor que la de Bandello. De todos modos, lo que Boccaccio debía á
(1) Mi88 Bourland recuerda oporlunamoote esto pasaje de Ricardo de Turia en la loa que precede
á 8Q comedía La burladora hurlada:
La diversidad de asuntos
Cjue en las loas han tomado
Para pediros silencio
Nuestros Terencios y Plautos,
Ya contando alguna hazafia
De César ó de Alejandro,
Ya rofíriendo novelas
Del Ferrares ó el Bocacio...
El Ferrares debe de ser Giraldi Cinthio, Un precioso ejemplo de este género de loas tenemos
en la que precede á La Rueda de la Fortuna, del doctor Mira de Amescua, donde está referido aquel
mismo cuento de Bandello que fue germen de la admirable comedia de Lope El villano en su rincón,
(') Las restantes son: El llegar en ocasión, La discreta enamorada. El servir con mala estrella^
La boda entre dos maridos^ El exemplo de casadas,
ORtOBNBS DE LA NOVELA. — II.— ¿
XVIII ORÍGENES DE LA NOVELA
España por modio de Pedro Alfonso, quedó ampliamente compensado con lo que le
debieron nuestros mayores ingenios.
Hasta la mitad del siglo xvi no volvemos á encontrar traducciones de novelas ita-
lianas. Apenas me atrevo á incluir entre ellas La Zuca del Doni en español^ publicada
en Venecia, 1551, el mismo afio y por el mismo impresor que el texto original (*). Por-
(') La I Zueca \ del \ Doni \ En SpañoL
(Al fin): In Venetia \ Per Francesco \ Marcolini | II Mese d' Otiobre \ MDLL
8.® 166 pp. y 5 hR. sin foliar de índice. Con diez y seis grabados en madera.
(Dedicatoria): La Zuca del Doni de lengua Tkoacana en Castellano,
«AI IlluBtre SeRor Juan Bautista de Divicii, Abbad de Bibicna y de Stn Juan in Venere.
]»Entre las virtudes (Illustrc Señor) que a un hombre liazen perfeto y acabado, una y muy prin-
cipal, es el agradecimiento; porque por él venimos á caber con todo?, ganamos nuevas amistades,
conservamos las viejas, y de los enemigos hazeinos amigos. Tiene tanta fuerza esta virtud, que á los
hombres cobardes haze muy osados en el dar, á los que reciven (regocijados en el pagar y á los ava-
ros liberales. Buena cosa es ser agradecido, y malísima ser ingrato...
:»Siendo yo, pues, deudor por tantas partes á V. m. no he querido ser de los que p<igan luego
(ó por mejor dezir), no he podido serlo, ni tao poco de los que tardan en pagar, por no ser tachado
do hombre desconocido, nnsi queriendo yo tener el medio, por no errar: suscedió que estando con el
Doni (hombre como V. m. sabe, agudo) venimos a hablar de la Zueca, que él no ha muchos dias hizo
estampar: roguelo que me embiase una, porque no havia provado calaba^-as este año? él lo hizo como
amigo, agradóme la materia o argumento del libro (que sin dubda para entretener una conversación
un rato, os de los buenos que he leído). Encarecisele tanto al Señor Conde Fortunato de Martinen-
go, que él como deseoso de saber nuestro lenguaje, allende de ser tan afícionado a la nación espa-
ñola, me rogó con gran instancia le traduxete, poniendo me delante la utilidad y probecho que de
allí redundaría á muchos que carescen de la lengua Italiana. Conoscída su voluntad (aunque querría
mas escreuír do luio hí supiese que traduzirlo de otros) le otorgué lo que me pidió; acordémc des-
pués, que para hombre que podía poco, esto era el tiempo, ;lugar y coyuntura donde podria mostrar
la voluntad que tengo de servir a V. m. pagando en parte lo que en todo no puedo, y asi determiné
dedicarle este pequeño trabajo del traslado de la Zueca, dado que el original el Doni no lo ha^^a con-
sagrado a ninguno. Porque de mas de mostrar que reconozco la deuda, la obra vaya más segura y
amparada debaxo la sombra y favor de V. m. y asi le suplico la reciva en servicio: que yo soy cierto
que le agradará, confiado de su ingenio y buen natural, y si no le contentare, será más por el nom-
bre que por lo que la calabaza contiene. Está llena do muchas y provechosas sentencias, de muy
buenos excmplos, de sabrosos donaires, de apacibles chistes, de ingeniosas agudezas, de gustosas
boverias, de graciosos descuidos, de bien entendidos mot«s, de dichos y prestezas bien dignas de ser
sabidas, de manera que por ella se puede decir: (Cso el sayal hay al». Lo que se ve paresce cosa de
hurla, y de lo que no se paresce todo ó la maior parte es de veras. Es un repertorio de tiempos, una
red varredera que todos los estados, oficios, edades recoge en sí. Finalmente es un Sileno de Alci-
biades, a todos avisa, con todos habla, de suerte que asi grandes como pequeños, ricos y pobres, doc-
tos y ignorantes, señores y los que no lo son, viejos y mo^os, y en conclusión desde el Papa hasta
el que no tiene capa, sin sacar ninguno, pueden tacar desta Zuca tanto yumo que salgan llenos, y la
calaba^'Ki no quede menguada. Una cosa quiero advertir a quien esto librillo leerá, que la Zueca en el
vulgar italiano tiene tanta fuerza, que a penas se puede traduzír en otra lengua con tanta. La razón
es porque cada lengua tiene sus particulares maneras de hablar, de manera que lo que suena bien en
una, volviendo lo en otra, palabra por palabra, suena mal. Como paresce por muchos libros traduzí-
dos en esta lengua de italiano, y en los qne de latín y griego se traduzco en castellano; pero, como
el romance nuestro sea tan conforme al Toscano, por ser tan allegado al latín, aunque en algo difie-
ran, no en todo. No dexo de confesar que la lengua Toscana no sea muy abundante, rica y llena de
probervíos, chistes y otras sentenciosas invenciones de hablar: las quales en nuestro castellano nin-
guna fuerza tendrían. Como si dixescmos de uno que quieren ahorcar chan mandado los alcaldes
que le lleven a FulignoD. Esta palabra tiene dos sentidos, o que le mandan yr a nna ciudad, que se
llama Fuligno^ ó que le mandan ahorcar /une, quiero dezir soga ó cordel, %fio, lefio ó madero; quien
INTRODUCIÓN
XIX
que propiamente la Zueca 6 calabaza no es una colección de novelas, sino de anécdotas,
chistes, burlas, donaires y dichos agudos, repartidos en las varias secciones de cicala'
menti^ baie^ chiacchiere^ foglie^ fiori^ frutti (*). El anónimo traductor, que dedicó su
versión al abad de Bibbiena y de San Juan in Venere en un ingenioso y bien parlado
quisiere darle esta fuerza en castellano, temía bien qaé hazer; de manera que es meneater que en
algunas partes tomemos el sentido, y lo volvamos en otras palabras, y no queramos ir atados a la
letra como los judios. Por lo qual han hecho muchos errores algunos interpretes. Es averiguado
(como paresce) que ni ellos entendian los originales, ni sus traslados los que los leen, antes sé dezir
qne quedan embelesados, paresciendoles que leen cosas encantadas y sin pies ni cabe9a, a cuya causa
vienen a ser tenidos en poco los authores por aquellos que los leen mal traduzidos, en otra lengua
peregrina, allende que confunden con palabras grosera» el sentido que el author pretende y hazen
una disonancia t^n grande, que despertarían la risa al más grave y saturno, y sacarían de sus casi-
llas al más sufrido que se hallase. Por éstos se podría dezir: Habló el Buey y dixo mu. Quien qui-
líere experimentar lo dicho lea la traducion del Boccacio y del Plutarco, Quinto Curcio y otros mu*
dios authores, de los quales por no ser prolixo no hago memoria. Algunas veces solía yo leer (estando
en Hespafia) el Boccacio, pero sin duda las más no acertava la entrada, y si acaso atlnava, me perdía
por el libro, sin saber salir, digo que en una hora dava veinte tropezones, que bastavan confundir el
ingenio do Platón. He usado (Illustre señor) destos preámbulos y corolarios para venir a este punto.
Conviene a saber que mi intención no ha sido en la traducion deste libro llegarme mucho a la letra,
porque la letra mata, mas antes al spiritu, que da vida, sino es quando fuere menester. Desta manera,
yo fiador, que la calabaza no salga vana, ni los que la gustaren vuelvan desagradados, ni mal con-
tentos ó confusos. Pero dirá alguno: cen fin es calabaza»; yo lo conGeso, pero no por eso se ha de
dexar de comer de ella, que ni ella comida iiará mal estomago ni el nombre ha deponer miedo a
Dioguno. Escrito está que infinito es el número de las calabazas, y según mí opinión no hay hombre
qoe no lo sea, pero esta es la diferencia, que unos disimulan más que otros, y aun vecinos muchas
vezes que en la sobrehaz algunos parescen y son tenidos por calabazas y no lo son del todo, aunque
(como he dicho) lo sean en algo. Todas las cosas perfectas no son estimadas por de fuera. Natura-
leza es tan sabia y discreta que puso la virtud dellas debaxo de machas llaves. Como pareace en los
cielos y en la tierra: en la qual veemos que los arboles tienen su virtud ascendida, y asimesmo el
oro, y loa otros metales. ¿Qué diremos do las piedras preciosas, que se hazen en la mar? Pues lo
Desmo podremos dezir que acaesco entre los hombres: que los más sabios tienen su prudencia más
ttcondida, aunque en lo exterior sean tenidos por livianos. A éstos soy cierto que no les dará hastio
la corteza de la calaba9a, antes se holgarán de tocarla, porque saben que leyéndola gozarán de los
wcretoa interiores que debaxo de la corte9a, o por mexor dezir del nombre de calabaza están ence*
nidos. Reciva pues V. ra. este pequefio presente de la Zueca, o calabaza, que por haberla el Doni
sortado fresca con el roció de la mañana, temo que de mis manos no salga seca y sin 9umo. Verdad
es qoe be trabajado de conservarla en aquella frescura (ya que no he podido mejorarla) que el Doni
k cortó de bu propio jardín. £lla va a buena coyuntura: e que según me paresce agora es tiempo de
Im calabazas en esta tierra, aunque en otras sea en Setiembre. Pienso que tomará V. m. tanto gus-
to qae perdonará parte de la deuda en que estoy, y acceptará el presente en servicio... De Venecia
a XXV de Setiembre MD.LI.»
(*) Gran parte de los chistes ó cicalarMnios, batas y charheras del Doni (nombres que el traduc-
tor conserva) están fundados en piovcrbios ó tienden á dar sn explicación, por io cuai figura este
libro en la erudita Monografía sobre los refranes^ adagios, etc., del Sr. D. José María Sbarbi (1891),
donde paeden verse reproducidos algunos de estos cuentecillos (pp. 392-393). Entre ellos está el
uSQÍente, que ¿ los bibliófilos nos puede servir de defensa cuando parece que nos detenemos en
libros de poco momento.
cNo me paresce cosa justa (me dixo el Bíce) que en vuestra Librería hagáis memoria de algu-
nos authores de poca manera y poco crédito; poro yo le dixe: las plantas pareacen bien en un jardín,
pirqne aunque ellas no valgan nada, a lo menos hazen sombra en el verano. Siempre debríamos dis-
evrir por las cosas deete mnndo, por que tales cuales son siempre aprovechan para algo, por lo qual
melea dezir las viejas: cNo hay coea mala que no aproveche para algoi.
XX ORÍGENES DE LA NOVELA
prólogo, que pongo íntegro por nota, era amigo del Doni y debía de tener algún paren-
tesco de humor con él, porque le tradujo con verdadera gracia, sin ceñirse demasiado á
la letra. Razón tenía para desatarse en su prólogo contra los malos traductores^ haciendo
especial mención del de Boccaccio. Curiosísimo tipo liteiurio era el Doni, escritor de los
que hoy llamaríamos excéntricos ó humoristas y que entonces se llamaban heteroclitos
6 extravagantes, lleno de raras fantasías, tan desordenado en sus escritos como en su
vida, improvisador perpetuo, cuyas obras, como él mismo dice, «se leían antes de ser
escritas y se estampaban antes de ser compuestas» ; libelista cínico, digno rival del Are-
tino; desalmado sicofanta, capaz de delatar como reos de Estado á sus enemigos litera-
rios; traficante perpetuo en dedicatorias; aventurero con vena de loco; mediano poeta
cómico, cuentista agudo en el dialecto de Florencia y uno de los pocos que se salvaron
de la afectada imitación de Boccaccio (*). En medio de sus caprichos y bufonadas tiene
rasgos de verdadero talento. Sus dos Librerías 6 catálogos de impresos y manuscritos
con observaciones críticas se cuentan entre los más antiguos ensayos de bibliografía é
historia literaria. Y para los españoles, sus Mundos celestes^ ietrestres é infernales ('),
en que parodió la Divina Coynedia^ son curiosos, porque presentan alguna remota ana-
logía con los Sueños inmortales de Quevedo, aunque no puede llevarse muy lejos la
comparación.
Menos importancia literaria que la Zxvcca tienen las Horas de recreación^ de Luis
Guicciardini, sobrino del grande historiador Francisco. A Luis se le conoce y estima
principalmente por su descripción de los Países Bajos, que tuvo por intérprete nada
menos que á nuestro rey Felipe IV. A las Horas de recreacián^ que es una de tantas
colecciones de anécdotas y facecias, cupo traductor más humilde, el impresor Vicente
de Millis Godínez, que las publicó en Bilbao en 1580 {^).
De todos los novelistas italianos Mateo Bandello fue el más leído y estimado por los
españoles después de Boccaccio y el que mayor número de argumentos proporcionó á
nuestros dramáticos. Lope de Vega hacía profesión de admirarle, y en el prólogo de su
O Con las novelas esparcidas en las varias obras del Doni (que además hizo una imitación del
Calila y Dimna intitulándola Filosofia Morale (Venecía, 1552), formó una pequeña colección el eru-
dito Bartolomé Gamba, á quien tanto debe la bibliografía de la novelística italiana (Venecia, 1815).
Otra edición algo más amplia de estas novelas selectas hizo en Luca, 1852, Salvador Bongi, reim-
presa con otros opúsculos del Doni en la Biblioteca Rara de Daelli: Le Novelle di Antonfranceseo D<miy
giá pubblicate da Salvatore Bongi , nuova edixianef diligentemente rivista e corretía. Con V aggiun»
ta della Muía e della Chiave, dicerie^ e dello v.Stufajolo'h^ commedia^ del niedesimo Doni. Milán,
Daelli, 1863.
O Mondi celestíf terrestri^ e in/emaliy de gli Accademici Pellegrini, Gompotü dal Dom; Mondo
piccolo, grande, misto, risibile^ imaginato, de' Pazzi^ e Maestmo, Inferno de gli scolari, de molmart-
tcUif delle puttane e ruffiani, soldati e capitani poltroni, Dottor (sic) cattivi^ legiéii^ artisti, dé gli ueu»
raif de'poeti e compositori ignoranti, In Venetia, Appreeso Dominico Farri, MD,LXXV {Iblb),
O Horas de recreación^ recogidas por Ludovico Guicciardino, noble ciudadano de Florencia. TVa-
ducidíis de lengua Toscana. En que se hallaran dichos, hechos y exemplos de personas señaladas^ con
aplicación de diversas fábulas de que se puede sacar mucha doctrina, (Escudo del impresor.) Con
Licencia y Privilegio Real. En Bilbao, por Mathias Mares, Impressor d' el señorío de Vizcaya, Año
de use. 8.% 208 pp.
Censura de Lucas Gracián Dantisco: cPor mandado de los señores d* el Real Consejo he visto
este libro intitulado Horas de Recreación de Ludovico Guicciardino, traduzidas de Italiano «n Espa*
fiol, y le he conferido con su original impresso en Venecia, y hallo que no tiene cosa contra la fe|
INTRODUCCIÓN xxi
novela Las fortunas de Diaiía parece que quiere contraponerle maliciosamente á Cer-
rantes: «También hay libros de novelas, dellas traducidas de italianos y dellas propias,
^en que no faltó gracia y estilo á Miguel Cervantes. Confieso que son libros de grande
3 entretenimiento, y que podrían ser ejemplares, como algunas de las historias trágicas
y del Bandelo; pero habían de escribirlos hombres científicos, ó por lo menos grandes
> cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos> . Aparte
do estas palabras, cuya injusticia y mala fe es notoria, puesto que Cervantes, aunque no
fuese hombre científico ni gran co7'tesano, está á cien codos sobre Bandello y á muy
razonable altum sobre todos los novelistas del mundo, el estudio de las historias trági-
cas y cómicas del ingenioso dominico lombardo, superior á todos sus coetáneos en la
•
invención y en la variedad de situaciones, ya que no en el estilo, fue tan provechoso para
Lope como lo era simultáneamente para Shakespeare. Uno y otro encontraron allí á Ju-
lieta y Bomeo (Castelvines y Monteses)^ y Lope de Vega, además, el prodigioso Castigo
sin venganza^ sin contar otras obras maestras, como El villano en su rinc&n^ La viuda
valenciana y Si no vieran las mujeres.,, (*). Ya mucho antes de Lope el teatro español
ni contra buenan costiimhrea, ni deshonesta, antes ptira que vaya mas casta la letura le he testado
algunas cosas que van señalados, y emendado otras, sin las qiiales lo demás puede passar, por ner
lectura apacible, y al fin son todos apotegmas y dichos gustosos, y de buen excmplo para la vida
humana, y puestas en un breve y compendioso tratado... (Madrid, 4 de Julio de 1584.)
Licencia á Juan de Millis Godinez impresor (hijo de Vicente) paru imprimir lus Horas de
Recreación, las quides el avia hecho traduzir, (Madrid, 17 de Julio de 1584.)
Dedicatoria: «A la muy illustre señora dona Qincsa do Torrecilla, muger d' el muy Ilustre señor
Licenciado Duarte de Acuña, Corregidor d' el señorio de Vizcaya, Vicente de Millis Godinez, tra-
ductor de esta obru;».
No hay duda que esta edición es la primera, por lo que dice en 1n dedicatoria: <cy pareciéndome
que para sacarle esta primera vez á luz en nuestra lengua vulgar tenia necessidad assi él como yo de
itlir debaxo d' el amparo de quien las lenguas de los maldicientes estuviesen arrendadas, lo quise
litzer ossii por lo cual le dedico y le ofrezco á V. m ».
Es libro raro como todos los impresos en Bilbao nn el siglo xvi.
Sobre la familia de los Millis, que tanta importancia tiene en nuestros anales tipográficos, ha
recogido curiosas noticias D. Cristóbal Pérez Pastor en su excelente monografía sobre La Imprenta
en Medina del Campo (Madrid, 1895). Eran oriundos de Tridino, en Italia, y estuvieron dedicados al
trato y comercio de libros en Lyón y Medina del Campo simultáneamente. Guillermo de Millis, el
que podemos llamar patriarca de la dinastía española, empieza á figurar en Medina como librero
en 1630, como editor en 1540 y como impresor en 1555. Hijo suyo fue Vicente de Millis, librero é
ioipresor como su padre, aunque con imprenta pobre y decadente, que fue embargada por deudas
en 1572. Tal contratiempo le obliga á trasladarse á Salamanca, donde trabajó en la imprenta de los
liermooos Juntas, á quienes debió de seguir á Madrid en 1576. Allí parece que mejoró algo de for-
tuna, imprimiendo por cuenta propia algunos libros. Presumía de cierta literatura, puesto que ade-
más de las obras de Guicciardino y Bandello llevan su nombre Los ocho libros de los inventores de
¡as cosas de Polidoro Virgilio, pero lo que hizo fue apropiarse casi literalmente la traducción que
Francisco Thamara había hecho del mismo tratado (Amberes, 1550) expurgándola algo. De la que
tiene el nombre de Millis no he manejado edición anterior á la de Medina del Campo de 1599, pero de
•na mismos preliminares resulta que estaba traducida desde 1584. El privilegio de esta obra, lo mis-
mo que el de las Horas de Recreación, está Hado á favor de Juan Millis Qodines impressor^ que por
lo visto disfrutaba de situación más bonancible que su padre. Aparece como impresor en Salamanca,
en Vallodolid y en Medina del Campo hasta 1614. A la misma familia perteneció el acaudalado librero
de Medina Jerónimo de Millis, editor del Inventario de Antonio de Villegas en 1577.
O Añádanse La mayor victoria^ El mayordomo de la Duquesa de Amalfi^ Los bandos de Sena,
La quinta de Jfhrencia^ El desdén vengado^ El perseguido y alguna oira«
XXII orígenes de la novela
explotaba esta rica mina. La Duquesa de la Rosa^ de Alonso de la Vega, basta pam
probarlo (*).
Aunque la voluminosa colección del obispo de Agen, que comprende nada menos
que doscientas catorce novelas, fiíese continuamente manejada por nuestros dramatur-
gos y novelistas, sólo una pequeña parte de ella pasó á nuestra lengua, por diligencia
del impresor Vicente de Millis Godínez, antes citado, que ni siquiera se valió del origi-
nal italiano, sino de la paráfrasis francesa de Pedro Boaystau (por sobrenombre Laii-
nay) y Francisco de Belleforest, que habían estropeado el texto con fastidiosas é imper-
tinentes adiciones. Do estas novelas escogió Millis catorce, las que le parecieron do
mejor ejemplo, y con ellas formó un tomo, impreso en Salamanca en 1589 ('),
Los Hecatommithi^ de Giraldi Cinthio, otra mina de asuntos trágicos en que Sha-
(') Una de las más apreciables ediciones do las novelas de Bandello fue hecha por un español
italianizado, Alfonso de Ulloa, editor y traductor ambidextro. II primo volume del Bandello nova-
mente corretto el illustrato dal Sig, Alfonso Ülloa. In Venetia^ appresso Camillo Franceschini MDLVIy
4.° Del mismo año son los volúmenes segundo y tercero.
(■) Historias trágicas exemplares sacados de las obras del Bandello Verones. Xueuamente tradu'
zidas de las que en lengua Francesa adornaron Pieires Bouistau^ y Francisco de Belleforet, Contienense
en este libro catorze historias notables, repartidas por capitulos. Año 1689. Con Privilegio Real, En
Salanidcay por Pedro Lasso impressoi\ A costa de luán de Millis Oodinez. 8.*, 10 hs. prls. sin foliar,
y 373 pp.
Tasa-Summa del Privilegio: aa Juan de Millis Godínez, vezino de Medina del Campo, para que
Dpor tiempo de diez años... él y no otra ninguna persona pueda hazer imprimir la primera parte de laa
iHistorias Trágicas:D... (18 de Setiembre do 1584). Aprobación de Juan de Olave: <cno hallo en él
3>co8a que offenda a la religión catholica, ni mal sonante, antes muchos y muy buenos exemplos y
Draoralidad, fuera de algunas maneras de hablar algo desenvueltas que en la lengua Francesa (donde
»está mas estendido) deven permitirse, y en la nuestra no suenan bien, y assi las he testado, y emen-
»dado otrasD.
A D. Martin Idiaquez, Secretario del Conaejo de Estado del Rey nuestro seíior (dedicatoria) :
^Considerando pues el Bandello, natural de Verona (•), author grave, el fruto, y riquezas que
9se pueden grangear de lu historia... recogió muchas y muy notables, unas acontecidas en nuestra
«edad y otras poco antes, queriendo en esto imitar a algunos que tuvieron por mejor escrevir lo
ssuccedido en su tiempo, y debaxo de Principes que vieron, que volver a referir los hechos antiguos.
])Lo qual hazo con toda llaneza y tidelidad, sin procurar afeytes ni colores rethorícos, que nos encu-
mbran la verdad de los succcsos; y destas escogi catorce, que me parecieron a proposito para indus-
»triar y disciplinar la juventud de nuestro tiempo en actos de virtud, y apartar sus pensamientos de
Dvícios y peccados, y pareció me traduzirlas en la forma y estilo que están en la lengua Francesa,
aporque en ella Pierres Bovistau y Francisco de Belleforest las pusieron con más adorno, y en estilo
«muy dulce y sabroso, añadiendo a cada una un sumario con que las hazen más agradables y bien
«recebidas do todosD... (De Salamanca, en ocho de Julio 1589).
Al lector,,, «Me pareció no seria razón que la nuestra (lengua) careciesse de cosa de que se lo
«podia seguir tanto fruto, mayormente que no hay ninguna vulgar en que no anden, y assi las reco-
igí, añidiendo o quitando cosas supertíuas, y que en el Español no son tan honestas como devieran,
«attento que la Francesa tiene algunas solturas que acá no suenan bien. Hallarse han mudadas sen-
]»tencias por este respeto, y las historias puestas en capitulos porque la letura larga no canses...
Erratas, — Tabla de las Historias que se contienen en esta obra.
Historia primera. «De como Eduardo tercero Rey de Ingalaterra se enamoró de la Condesa de
Salberic, y como después de averia seguido por muchas vias se vino á casar con el las.
H. 2.* a De Mahometo Emperador Turco, tan enamorado de ana griega, que se olvidaba de los
negocios del imperio, tanto que se conjuraron sus vaasallos para quitarle el estado. Y cómo adver-
(*) Es error: Bandello nació en Castelnuovo en el Piamonte, j por sa educación M lombardo.
INTRODUCCIÓN xxiii
kespeare descubrió su Ótelo y Lope de Vega El püuhso veneciano (*), tenían para nues-
tra censura, más rígida que la do Itali^, y aun para el gusto general de nuestra gente,
la ventaja de no ser licenciosos, sino patéticos j dramáticos, con un género de interés
que compensaba en parte su inverosimilitud j falta de gracia en la narrativa. En 1590
imprimió en Toledo Juan Gaitán de Vozmediano la primera parte de las dos en que se
dividen estas historias, y en el prólogo dijo: <:Ya que hasta ahora se ha usado poco en
i España este género de libros, por no haber comenzado á traducir los de Italia y Fran-
>cia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los traduzca, pero será por
> ventura parte el ver que se estima esto tanto .en los estrangeros, para que los natura-
>les hagan lo que nunca han hecho, que es componer novela. Lo cual entendido, harán
> mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presento» (*), Palabras que
tido mandó jantar los Baxas y principales de su corte, y en su presencia él mismo le cortó la cabe-
va, por evitar la conjaracioniD.
H. 3.* «De dos enamorados , que el uno so mató con veneno y el otro murió de pesar de ver
muerto al otro». (Es la historia de Julieta y Romeo.)
11. 4,^ cDe una dama piamontesa, que avíendola tomado su marido en adulterio la castigó
cruelmente».
H. 5.* «De como un ca vallero valenciano, enamorado de una donzella, hija de un offícial par-
ticular, como DO pudiesse gozarla sino por via de matrimonio, se casó con ella, y después con otra
su igual, de que indinada la primera se vengó cruelmente del dicho cavalleroD.
H. 6.* <cDe como una Duquesa de Saboya fue acensada falsamente de adulterio por el Conde de
Pancaller su vassallo. Y como siendo condenada a muerte fue librada por el combate de don Juan
de Mendo9a caballero español. Y como después de muchos successos se vinieron los dos á casarj!>.
H. 7.* cDe Aleran de Saxonia y de Adelasia hija del Emperador Otton tercero. Su huyda a Ita-
lia, y como fueron conocidos y las casas que en Italia decionden dellos».
H. 8.* cDe una dama, la qual fue acensada de adulterio, y puesta y echada para pasto y manjar
de loa leones, y como fue librada, y su innocencia conocida, y el accusador llevó la pena que estava
aparejada para ella».
H. 9.^ cDe la crueldad de Pandora, dama milanesa, contra el propio fruto de su vientre, por
verse desamparada de quien le avia engendrado».
H. 10.* €En que se cuenta la barbara crueldad de un ca vallero Albanes, que estando en lo iil ti-
mo de su vida mató a su muger, temiendo que él muerto gozaría otro de su hermosura, que era
estremada. Y como queriendo tener compañia a su muger, se mató en acabándola de matar a ella».
H. 11.*^ cDe un Marques de Ferrara, que sin respeto del amor paternal hizo degollar a su propio
hijo, porque le halló en adulterio con su madrastra, a la qual hizo también coitar la cabe9a en la
cárcel». (Es el argumento de Parisina y de El Castigo sin vengansta,)
H. 12.* «cEn qu*i se cuenta un hecho generoso y notable de Alexandro de Mediéis , primero
Duque de Florencia, contra un cavallero privado suyo, que aviendo corrompido la hija de un pobre
molinero, se la hizo tomar por esposa, y que la dotasse ricamente».
H. 13.* <cDe Menguólo Lercaro genovés, el qual vengó justamente en el Emperador de Trapi«
tonda el agravio que avia recebido en su corte. Y la modestia de que usó con el que le avia offen-
dido, teniéndole en su poder».
H. 14.* «En que se cuenta como el señor de Virle, estuvo mudo tres años, por mandado de una
dtina a quien servia, y como al cabo se vengó de su termino».
Las dedicatorias de cada una de las novelas, parte esencialísima de la obra de Bandello, que
manifiestan el carácter histórico de la mayor parte de sus relatos, faltan en esta versión, como en la do
Belleforest.
(*) De Giraldi procede también otra comedia de Lope, /Serrir á señor discreto,
O Primera parte de las Cien Novelas de M, Ivan Baptista Giralda Cinthio: donde se hallaran
varios discursos de entretenimiento, doctrina moral y política, y sentencian, y avisos notables. Traduci-
das de su lengua Toscana, por Luys Qaytan de Vozmediano* Dirigidas á don Pedro Lasso de la Vega,
XXIV ORÍGENES DE LA NOVELA
coiiciierdan admirablemente con las del prólogo de Cervantes y prueban cuánto tardaba
en abrirse camino el nuevo género, tan asiduamente cultivado después.
Las Piacevoli Notti^ de Juan Francisco de Caravaggio, conocido por Straparola,
mucho más variadas, amenas y divertidas que los cien cuentos de Giraldi, aunque no
Mñor de las villas de Cuerva y Batres y los Arcos. (Escudo del Mecenas). Impresso en Toledo por
Pedro Eodriguez. 1590, A costa de Julián Martínez , mercader de libros.
Las señus de la impresíóa se repiten al fin.
4.», 288 hs.
Privilegio al traductor, vecino de Toledo, por ocho años. — Dedicatoria. — Prólogo al lector.—
Aprobación de Tomás Gracián Dantisco. — Canción del Maestro Cristóbal de Toledo. — Estancias del
Maestro Valdivielso. — Soneto del Licenciado Luis de la Cruz. — Texto. — Tabla sin foliar. — Noia final.
Esta traducción comprende sólo la introducción y las dos primeras décadas: en total treinta
cuentos ó exemplos, como el traductor los llama. No abarca, por consiguiente, toda la primera purte
italiana, que llega hasta la quinta década inclusive. Algunos pasajes están expurgados y una de las
novelas sustituida con otra de Sansovino. Los versos entretejidos en la prosa se traducen en verso.
Copiaré lo más sustancial del prólogo al lector^ porque contiene varias especies útiles, y el libro
es muy raro:
«Lo mesmo entiendo que debió de considerar Juan Baptista Giraldo Cinthio, quando quiso com-
poner esta obra, el qual viendo que si escrevia historia sola como la que hizo de Ferrara, no grangea-
ria sino las voluntades de aquellos pocos que le son affícionados, y si cosas de Poesia, como el Her-
cules en estancias, algunas tragedias, y muchos sonetos y canciones que compuso, no gustarían
dello sino los que naturalmente se inclinan a leerlo, quiso escrevir estas cien Novelas, con que enten-
dió agradar generalmente a todos. A los amigos de historia verdadera con la que pone esparcida por
toda la obra, a los afficionados a Philoáophia con el Dialogo de Amor que sirve de introducion en
esta prii^era parte, y los tres diálogos de la vida civil que están al principio de la segunda, a los que
tratan de Poesia con las canciones que dan fin a las Decadas, y a los que gustan de cuentos fabulo-
sos con ciento y diez que cuentan las personas que para esto introduce, pues en todos ellos debe de
haver muy pocos verdaderos, puesto que muy conformes a verdad y a razón, exemplares y honestos.
Honestos digo, respecto de los que andan en su lengua, que para lo que en la nuestra se usa no lo
son tanto que se permitieran imprimir sin hacer lo que se ha hecho, que fue quitarles lo que nota-
blemente era lascivo y deshonesto. Para lo qual uvo necessidad do quitar clausulas enteras, y aun
toda una novela, que es la segunda de la primera Decada, en cuyo lugar puse la del Maestro que
enseña a amar, tomada de las ciento que recopiló el Sansovino. Esto y otras cosas semejantes hallará
quitadas y mudadas el que confiriere la traduzion con el original, especialmente el Saco de Roma que
' se quitó por evitar algunos inconvenientes que pudieran seguirse de imprimirle. No quise poner en
esta primera parte mas de veynte novelas, y la introducion con sus diez exemplos, viendo que hazen
bastante volumen para un libro como este que por ser para todos ha de ser acomodado en el precio
y en el tamaño. Movióme a sacarle a luz el ser de gusto y entretenimiento, y ver que no ay en nues-
tra lengua cosa deste subjeto que sea de importancia, pues son de harto poca los que llaman éntrete*
nimientos de damas y galanes, y pesavame que a falta de otros mejores los tomasse en las manos
quien alcan9Óa ver las Novelas de Juan Bocacio que un tiempo anduvieron traduzidas, pues va de
uno a otro lo que de oro terso y pulido a hierro tosco y mal labrado. Aora también han salido algu-
nas de las historias trágicas traduzidas de francés, que son parte de las Novelas del Vandelo autor
italiano, y no han parecido mal. A cuya causa entiendo que ya que hasta aora se ha usado poco en
España este género de libros, por no aver comen9ado a traduzir los de Italia y Francia, no solo avrá
de aqui adelante quien por su gusto los traduzga, pero será por ventura parte el ver que se estima
esto tanto en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es compo-
ner Novelas. Lo qual entiendo harán mejor que todos ellos, y mas en tan venturosa edad qual la
presento, en que como vemos tiene nuestra España, no un sabio solo como los Hebreos a Salomón,
ni dos como los Romanos, conviene a saber Catón y Lelio, ni siete como los Griegos, cuyos nombres
son tan notorios, sino millares dellos cada ciudad que la ¡Ilustran y enriquezen. Entretanto yo que he
dado principio a la traduzion de esta obra del Giraldo la yre prosiguiendo hasta el fin, si viere que
se recibe con el gusto y aplauso que el ingenio de su auctor pide, y mi trabajo y voluntad mereceni*
INTRODUCCIÓN
XXV
siempre honestas ui siempre originales (puesto que el autor saqueó á manos llenas á
los novelistas anteriores, especialmente á Morlini), hablaban poderosamente á la imagi-
nación de toda casta de lectores con el empleo continuo de lo sobrenatural y de los
prestigios de la magia, asemejándose no poco á los cuentos orientales de encantamien-
tos y metamorfosis. Francisco Truchado, vecino de Baeza, tradujo en buen estilo estas
doce Nodies^ purgándolas de algunas de las muchas obscenidades que contienen, y esta
traducción, impresa en Granada por Reno Rabut, 1583, fue repetida en Madrid, 1598,
y en Madrid^ 1612, prueba inequívoca de la aceptación que lograron estos cuentos (*).
Juntamente con los libros italianos había penetrado alguno que otro francés, y y^L
hemos hecho memoria del rifaxdmento de las Histcn-ias Trágicas^ de Bandello, por
Boaystuau y Belleforest. No han de confundirse con ellas, á pesar de la semejanza del
título, las Historian prodigiosas y maravillosas de diversos sttccessos acaecidos en el
mundo que compilaron los mismos Boaystuau y Belleforest y Claudio Tesserant, y puso
en lengua castellana el célebre impresor de Sevilla Andrea Pescioni (^). Obsérvese que
(') Primera y segunda parte del honesto y agradable entretenimiento de damas y galarus^ com-
puesto por Juan Francisco Carva4:ho^ CavalUro Napolitano. Traduzido de lengua Toscana, en la nues'
tra vulgar, por Francisco Truchado, vezino de la ciudad de Baeqa, Con Privilegio^ En Madrid^ por
Luys Sánchez: Año M.D.XCVIII. A costa de Miguel Martínez^ mercader de libros,
8.^ 8 hs. prls. 287 pp.
Tassa. — Erratas. — Privilegio. — Dedicatoria. — AI discreto y prudente lector: «No os maravilléis,
amigo Lector, si á caso huvieredes leydo otra voz en lengua Toscana este agradable entretenimiento,
y agora le hallasedes en algunas partes (no del sentido) diferente: lo que hize por la necessidad que
en tales ocasiones se deve usar, pues bien sabéis la diferencia que liay entre la libertad Italiana y
la nuestra, lo qual entiendo será instrumento para que de mí se diga que por emendar faltas y
defetos ágenos saco en público los mios; por tanto (prudentissimo Letor) suplico os los corrí jays, y
amigablemente emendeys, porque mi voluntad y deseo fue de acertar con la verdadera sentencia,
y ponerlo en estilo más puro y casto que me fue possible, y que vos escardando estas peregrinas
plantas, cogiessedes dellas sus morales y virtuosas flores, sin hazer caso de cosas que sólo sirven al
gasto. Atrevime también a hermosear este honesto entretenimiento de damas y galanes, con estos
últimos y ágenos versos de divino juyzio compuestos. Y usar de diferente sentido, no menos gus-
toso y apacible que el suyo propio, porque assi convino, como en la segunda parte deste honesto
entretenimiento vereysD.
(E<st08 versos, que por lo visto no pertenecen á Truchado, y son por cierto detestables, sirven
para sustituir á los enigmas del original, que ofrecen casi siempre un sentido licencioso.)
Soneto de Juan Doncel.
No tengo ni he visto más que el primer tomo de esta edición.
— Primera parte del honesto y agradable entretenimiento.,, (ut supra). Con licencia. En Pamplo'
M, en casa de Nicolás de Assiayn^ Impressor del Reyno de Navarra. Año 1612, A costa de Juan de
Bonilla, Mercader de libros,
8.«, 203 pp.
Aprobación de Fr. Baltasar de Azevedo, de la Orden de San Agustin (4 de Septiembre de 1612).
—Erratas. — Licencia y Tassa. — Al discreto y prudente lector (prólogo). — Soneto de Gil de Cabrera,
— Segunda parte,,. Pamplona, Nicolás de Assiayn, 1612.
8.% 4 hs. prls., 203 foliadas y una en que se repiten las señas de la edición. Los preliminares son
idénticos, salvo el soneto, que es aquí el de Juan Doncel y no el de Gil de Cabrera.
O fis muy verosímil que las Historias prodigiosas se imprimiesen por primera vez en Sevilla,
donde tenía su establecimiento tipográñco Andrea Pescioni. Pero no encuentro noticia alguna de
esta edición, y sólo he manejado las dos siguientes:
— Historias prodigiosas y maravillosas de diversos svcessos acaescidos en el mundo, Escriptas en
lengua Francesa^ por Pedro Bouistau, Claudio Tesserant^ y Francisco Belleforest, Traducidos en
XXVI ORÍGENES DE LA NOVELA
casi siempre eran tipógrafos ó editores versados en el comercio de libros y en relacio-
nes frecuentes con sus colegas (á las veces parientes) de Italia y Francia los que intro-
ducían entre nosotros estas novedades de amena literatura, desempeñando á veces, y
no mal, el papel de intérpretes, aspecto muy curioso en la actividad intelectual del
siglo XVI. Andrea Pescioni, si es suya realmente la traducción que lleva su nombre,
demostró en ella condiciones muy superiores á las de Vicente de Millis en lenguaje y
romance CantellanOj por Andrea Pettcioni^ vezino de Seuilla. Dirigidas al muy lllustre señor Licenciado
Pero Diaz de Tudanca, dtl Consto de su Magestad, y Alcalde en la su casa y Corte, Con Privilegio,
En Medina del Campo, Por Francisco del Canto, A costa de Benito Boyer, mercader de libros,
MD,LXXXVI. r^},
S.% 391 folios.
Aprobación de Tomás Qracián Dantisco (Madrid, 10 de Noviembre de 1585). — Privilegio á
Andrea Pescioni por seis años (Monzón, 29 de Noviembre 1585). — Dedicatoria. — Al cristiano lector
(prólogo). — Texto-Tabla de capitules. — Tabla alfabética de todas las cosas más señaladas. — Catálogo
de los autores citados. — Fe de erratas.
— Historias prodigiosas,.. Con licencia. En Madrid, por Luis Sánchez, Año 1603. A costa de
Bautista López, mercader de libros.
8.^ 8 hs. prls., 402 pp. dobles y 5 hs más sin foliar para la tabla.
Tasa (Valladolid, 19 de Jallo 1613).
Aprobación de Gracián Dantisco. — Erratas. — Licencia (Valladolid, 15 de Mayo de 1603). —
Dedicatoria y prólogo, lo mismo que en la primera, de la cual ésta es copia exacta.
En el prólogo dice Pescioni:
«Algunos años ha que vi la primera parte de aquestas Historias Prodigiosas^ que en lengua
Francesa escrivio el docto y ilustre varón Pedro Bouaistau, señor de Launai, y me pareció obra que
merecía estar escrita en los cora9ones do los ñeles: porque con singular erudición, y con vivos y
maravillosos exemplos nos enseña y dotrína; y luego me dio voluntad de traduzirla y por entonces
no pude poner en exeoucion mi desseo, porque hallé que aquel libro estava imperfeto y defetuoso
de algunas hojas, de que avia tenido culpa la ignorancia de alguno, que por no aver conocido aquella
joya se las avia quitado, para desflorarla de algunas pinturas y retratos que en el principio de cada
capitulo tenia, que la curiosidad del autor avia fecho retratar, para con mayor facilidad representar
a los ojos do los letores las Historias y casos que en ellas se contenían: de que recibí no pequeño
desgusto, y procuré que de Francia me fuesse traydo otro de aquellos libros, y so passaron muchos
meses antes que huvíesse podido conseguir mi intento; pero con la mucha diligencia y cuydado que
en ello puse, le conseguí, y aun aventajadamente, porque me fue traydo el original de que he sacado
aquesta mi traducíoo, que no sólo lo fue de aquella obra que tanto avia deseado, mas uuu tuvo aña-
didas otras tres partes que tratan del mismo sugeto, que han escrito dos eruditos varones, quales son
Claudio Tesserant y Francisco Belleforest...
}i>En el traduzir no he guardado el rigor de la letra, porque como cada lengua tenga su frasis,
no tiene el de la una buena consonancia en la otra; sólo he procurado no apartarme del sentido que
tuvieron los que lo escrivieron, y aun en aquesto he excedido en algunos particulares casos, porque
dizen algunas cosas que en aquesta lengua no fueran bien reccbídas, y por la misma causa he cer-
cenado algunas dellas. También he dilatado otras algunas, por hazerlas más inteligibles, que estavan
cortas, porque el original las suple con los retratos de las figuras que en él están debuxadas, y en
esta traducion no se han podido estampar por la carestía assi del artifice como de la obra. Assimismo
he encubierto y dissimulado algunos nombres de personas que en el discurso de aquesta obra se citan,
por no ser católicos, que mí intento ha sido que no haya cosa con que las orejas de los píos puedan
ser ofendidas: aunque bien se conoce que el mismo intento tuvieron los autores originarios do
aquestas historias, mea en su natural patria les es concedido más libertad, debaxo de ser católicos^*.*,
Al fin añadió el traductor tres historias de su cosecha:
Cap. I: <eDo un monstruo que el año do mil y quinientos y cincuenta y cuatro nació en la villa
de Medina del Campoi».
Cap. II: (iDe un monstruo que el año 1563 nació en Jaenj). (Esta historia, verdaderamente mons-
INTRODUCCIÓN xxvii
estilo. Muy difícil será encontrar galicismos en la pura y tersa locución de las Hisio-
rias prodigiosas^ que salieron enteramente castellanizadas de manos del traductor,
imprimiéndoles el sello de su nativa ó adoptiva lengua, como cuadraba al señorío y
pujanza de nuestro romance en aquella edad venturosa, hasta cuando le manejaban
extranjeros de origen, que no hacían profesión de letras humanas como no fuese para
trancar con ellas, y aplicaban su industria á libros forasteros, que tampoco por la dic-
ción eran notables, ni se encaminaban al público más selecto. Libro de mera curiosidad
y entretenimiento es el de las HistoHas^ recopilación de casos prodigiosos y extraordí-
tniosa, de un sacerdote sacrilego recuerda la manera de los cuentos anticlericales qu§ Fr. Anselmo
de Tarmeda intercaló en su Disputa del A»no,)
Gap. III: itDe un prodigio que el aQo 1579 se vio en Vizcaya, cerca de la villa de BermeoD.
Además intercala en el texto alguno que otro párrafo suyo, por ejemplo éste (fol. 54 de la edi-
ción de Madrid), al tratar de ciertos peces voladores:
cUno de aquestos mismos pescados monstruosos, ó particular especie de voladores, he visto yo
el traductor de aqueste libro en el museo de Gonzalo Argote de Molina, ¡lustre cavallero de aquesta
ciudad de Sevilla y veynteiquatro de ella, provincial de la Santa Hermandad de la provincia del
Andaluzia, que tiene de muchos libros raros y otras varias curiosidades; cl qual después presentó a
Mateo Vázquez de Leca, secretario de la Magestad del Católico Rey don Felipe nuestro señor, único
protector de los virtuosos^».
Ocasionalmente traduce algunos versos de Virgilio, Horacio y Lucano, y también algunos de
RoDsard (pp. 254, 255, 384, 395), de Boysaiero (p. 388) y de otro poeta francés (en lengua latina)
cayo nombre no expresa (p. 292). Estas versiones no son inelegantes, como puede juzgarse por estas
dos cortísimas muestras del «famoso poeta Pedro Ronsardo, en algunos de sus graves versos que
lescribió, abundosos de admirables senlenciasD:
El valeroso padre siempre engendra
Al hijo imitador de su grandeza,
Y assi por solo el nombre de la raza
Es el joven caballo apetecido,
Y el podenco sagaz sigue al venado
Sólo imitando a sus progenitores.
Que es cona natural el heredarse
De los padres los vicios y virtudes.
Los malos acarrean en la tierra
Pestes, hambres, trabajos y tormentos,
Y causan en el aire mil rumores.
Para con el estruendo amedrentarnos,
Y vezes hay nos fingen a la vista
Dos Soles, o la Luna escura y negra,
Y bazen que las nubes lluevan sangre,
Y que horrendos prodigios se nos muestren.
Andrea Pescioni, sin duda oriundo de Italia, empieza á figurar en Sevilla como editor por los
años de 1572, dando trabajo á las prensas de Juan Gutiérrez y Alvaro Escribano, que estamparon á
su costa algunos libros, entre ellos el Solino, De las cosas maravillosas del mundo, traducido por Cris-
tóbal de las Casas (1573). Eq 1581 tenia ya imprenta propia, de la cual salieron una porción de libros
que hoy son joyas bibliográficas, como el Libro de la Montería de Alfonso XI y el Viaje ó Hiñera^
rio de Buy González de Cía vi jo en su embajada al Gran Tamerlán, publicados uno y otro por Argote
de Molina; la Crónica del Gran Capitán^ los Diálogos de Bernardino de Escalante, varias colecciones
poéticas de Juan do la Cueva, Joaquín Romero de Cepeda, Pedro de Padilla, y el rarínimo tomo que
contiene Algunas obras de Fernando de Herrera, Desde 1585 Pescioni aparece en sociedad con Junn
de León. Hasta 1687 se encuentra su nombre en portadas de libros.
(Vid. Escudero y Peroso, Tipografía Hispalense (Madrid, 1894), p. 33, y Hazañas y la Rúa, La
Imprenta en Sevilla (Sevilla, 1892), pp. 82-84.)
xxvili orígenes de la NOVELA
«
nanos, de fenómenos insólitos de la naturaleza, de supersticiones, fábulas y patrañas,
escoltadas siempre con algún testimonio clásico: «No escriviré caso fabuloso, ni histo-
» ría que no compruebe con el autoridad de algún escritor de crédito, ora sea sacro ó
» profano, griego ó latino» (p. 90 vuelta). Con esta salvedad pasa todo, ya bajo el pabe-
llón de Eliano, Julio Obsequente, Plinio y Solino, ya bajo la de médicos y naturalistas
del siglo XVI, como Conrado Gesnero y Jerónimo Cardano, á quien con especial predi-
lección se cita. Hasta la demonología neoplatónica de Miguel Psello, Porfirio, lámblico
y Proclo logra cabida en esta compilación, llena, por lo demás, de disertaciones orto-
doxas. Hay capítulos especiales sobre los terremotos, diluvios y grandes avenidas; sobre
los cometas y otros «prodigios y señales del ciclo»; sobre las erupciones volcánicas;
sobre las virtudes y propiedades de las piedras preciosas, de las plantas y de las aguas,
Pero el fuerte de los tres autores son los monstruos: su libro, de más de ochocientas
páginas, ofrece amplio material para la historia de las tradiciones teratológicas, desde
las clásicas de Sirenas, Tritones, Nereidas, Faunos, Sátiros y Centauros, hasta los par-
tos monstruosos, las criaturas dobles ligadas y conjuntas, los animales de figura huma-
na, los hombres que llevan al descubierto las entrañas, los cinocéfalos, los hermafrodi-
tas, los terneros y lechónos monstruosos y otra infinidad de seres anómalos que Belle-
forest y sus colaboradores dan por existentes ó nacidos en su tiempo, notando escru-
pulosamente la fecha y demás circunstancias.
Aparte de estas aberraciones, contiene el libro oti-as cosas de interés y de más
apacible lectura: curiosas anécdotas, narradas con garbo y bizarría. Así, en el capítulo
de los amores prodigiosos (XXH de la 1." parte) ingiere, entre otras que llamaríamos
novelas coi-tas, la de la cortesana Plangon de Mileto, tomada de Ateneo, historia de
refinado y sentimental decadentismo, que presenta una rarísima competencia de gene-
rosidad amorosa entre dos meretrices. Así, al tratar de los convites monstruosos, añade
Boaistuau á los referidos por los antiguos y á los que consigna Platina en su libro De
honesta voliiptate^ uno de que él fue testigo en Aviñón cuando «oía allí leyes del eru-
» ditísimo y docto varón Emilio Ferrete» (p. 96), página curiosa para la historia de la
gastronomía en la época del Renacimiento. En el largo capítulo del entendimiento y
fidelidad de los perros no olvida ni al de Montargis, cuya historia toma de Julio César
Scaligero, ni al famoso Becerril^ de que habla tanto Gonzalo Fernández de Oviedo en
su Historia de Indias.
No sólo las rarezas naturales y los casos extraños de vicios y virtudes, sino lo
sobrenatural propiamente dicho, abunda sobremanera en estas Historias, cuyo único
fin es sorprender y pasmar la imaginación por todos los medios posibles. Ninguno tan
eficaz como los cuentos de aparecidos, fantasmas, visiones nocturnas, sueños fatídicos,
travesuras de malignos espíritus, duendes y trasgos; combates de huestes aéreas, proce-
siones de almas en pena. De todo esto hay gran profusión, tomada de las fuentes más
diversas. A la antigüedad pertenecen muchas (los mancebos de Arcadia, en Valerio
Máximo; la tragedia de Cleonice, en Pausanias; el fantasma que se apareció al filósofo
Atenodoro, en Plinio el Joven). Otras son más modernas, enti'esacadas á veces de los
Días Geniales^ de Alexandro de Alexandro, como la visión de Cataldo, obispo de Tarento,
que anunció las desventuras de la casa aragonesa de Ñápeles (p. 103), ó de Jerónimo
Cardano, como la historia de Margarita la milanesa y de su espíritu familiar (p. 109).
Pero nada hay tan singular en este género como un caso de telepatía que Belleforest
INTRODUCCIÓN / xxix
relata, no por información ajena, sino por haberle acontecido á él mismo (p. 361), y
que no será inútil conocer hoy que este género de creencias, supersticiones ó lo que
fueren vuelven á estar en boga y se presentan con vestidura científica:
cAlgunos espíritus se han aparecido á hombres con quien en vida han tenido amis-
tad, y esto á manera de despedirse dellos, quando de aqueste mundo partian. Y de
aquesto yo doy fe que á mí mismo me ha acaecido, y no fue estando dormido ni soño-
liento, mas tan despierto como lo estoy ahora que escrivo aquesto, y el caso que digo
aver me acaecido, es que un dia de la Natividad de Nuestra Señora, que es á ocho de
Setiembre, unos amigos mios e yo fuymos a holgamos a un jardin, y siendo ya como
las once de la noche, solo me llegué a un peral para coger unas peras, y vi que se me
puso delante una figura blanca de un hombre, que excedía la común proporción, el
qual en el aspecto me pareció que era mi padre, y se me llegó para abra9arme: de que
yo me atemorizé, y di un grito, y a él acudieron aquellos mis amigos para ver lo que
me avia sucedido, y aviendo me preguntado qué avia ávido, les dixe lo que avia visto,
aunque ya se avia desaparecido, y que sin duda era mi padre. Mi ayo me dixo que sin
duda se devia de aver muerto, y fue assi, que murió en aquella hora misma que se me
representó, aunque estavamos lexos en harta distancia. Aquella fue una cosa que me
haze creer que la oculta ligadura de amistad que hay en los cora9ones de los que ver-
daderamente se aman puede ser causa do que se representen algunas especies, ó seme-
janzas de aparecimientos; y aun también puede ser que sean las almas mismas de
nuestros parientes ó amigos, ó sus Angeles custodes, que yo no me puedo persuadir
que sean espíritus malignos» .
Son de origen español algunos de los materiales que entraron en esta enorme com-
pilación francesa. A Fr. Antonio de Guevara siguen y traducen literalmente en la his-
toria del león de Androcles (epístola XXIY de las Familiares); en la de Lamia, Laida
y Plora, «tres enamoi-adas antiquísimas» (ep. LIX), y en el razonamiento celebérrimo
del Villano del Danubio^ esta vez sin indicar la fuente, que es q\' Marco Aurelio.
El obispo de Mondoñedo, con toda su retórica, no siempre de buena calidad, tenía
excelentes condiciones de narrador y hubiera brillado en la novela corta, á juzgar por
las anécdotas que suele intercalar en sus libros, y especialmente en las Epístolas Fa^
miliares. Recuérdese, por ejemplo, el precioso relato que pone en boca de un moro
viejo de Granada, testigo de la llorosa partida de Boabdil y de las imprecaciones de su
madre (ep. VI de la Segunda Parte).
Amplia materia suministró también á las Historias prodigiosas oti'o prosista espa-
ñol de la era de Carlos V, él magnífico caballero y cronista cesáreo Pero Mexía, com-
pilador histórico y moralista ameno como Guevara, pero nada semejante á él en los
procedimientos de su estilo (que es inafectado y aun desaliñado con cierto dejo de can-
didez sabrosa), ni menos en la puntualidad histórica, que nuestro Fr. Antonio afectaba
despreciar, y que, por el contrario, respetó siempre aquel docto y diligente sevillano,
digno de buena memoria entre los vulgarizadores del saber. Su Silva de varia lección^
publicada en 1540 y de cuyo éxito asombroso, que se sostuvo hasta mediados del
siglo xvii, dan testimonio tantas ediciones castellanas, tantas traducciones en todas las
lenguas cultas de Europa, es una do aquellas obras de carácter enciclopédico, do que el
Renacimiento gustaba tanto como la Edad Media, y que tenía precedentes clásicos tan
famoso^ como las Noches Áticas^ de Aulo Gelio; las Saturimles^ de Macrobio; el Ban-
XIX orígenes de LxV novela
qtiete de los sofistas^ de Ateneo. Los humanistas de Italia habían comenzado á imitar
este género de libros, aunque rara vez los componían en lengua vulgar. Pero Mexía,
amantísimo de la suya nativa, que procuró engrandecer por todos caminos, siguió este
nuevo y holgado sistema de componer con especies sueltas un libro útil y deleitable.
Los capítulos se suceden en el más apacible desorden, única cosa en que el libro se
asemeja á los Erisayos de Montaigne. Después de una disertación sobre la Biblia Üc
los Setenta, viene un discurso sobre los instintos y propiedades maravillosas de las hor-
migas: cHamc parecido escribir este libro (dice Mexía) por discursos y capítulos de
» diversos propósitos sin perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por
:> nombre Silva^ porque en las silvas y bosques están las plantas y árboles sin orden ni
» regla. Y auní^ue esta manera de escrivir sea nueva en nuestra lengua Castellana, y
>creo que soy yo el primero que en ella haya tomado esta invención, en la Griega y
» Latina muy grandes autores escrivieron, assi como fueron Ateneo... Aulo Gelio, Ma-
:>crobio, y aun en nuestros tiempos Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leonico y
» otros algunos. Y pues la lengua castellana no tiene (si bien se considera) por qué
i^ reconozca ventaja a otra ninguna, no sé por qué no osaremos en ella tomar las inven-
:> ciónos que en las otras, y tratar materias gmndes, como los italianos y otras naciones
:>lo hazen en las suyas, pues no faltan en España agudos y altos ingenios. Por lo qual
»yo, preciándome tanto de la lengua que aprendi de mis padres como de la que me
¿►mostraron preceptores,. quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros lati-
-> nos, y ellos principalmente quiero que me agradezcan este trabajo: pues son los más
-> y los que más necesidad y dcsseo suelen tener de saber estas cosas. Porque yo cierto
»he procurado hablar de materias (jue no fuessen muy comunes, ni anduviessen por el
^ vulgo, que ellas de sí fuessen grandes y provechosas, a lo monos a mi juyzio.
Para convencerse de lo mucho que Boaystuau, Tesserant y Bellcforest tomaron de
la obra de Mexía, traducida ya al francés en 1552, no hay más que cotejar los respec-
tivos capítulos de las Historias con lo que en la Silva se escribe cde los Tritones y
Nereydas» , «de algunos hombres muy crueles» , «de algunos exemplos de casados que
mucho y fielmente se amaron* , «de los extraños y admirables vicios del emperador
Heliogábalo, y de sus excesos y prodigalidades increíbles* , «de las propiedades mara-
villosas y singulares de algunos ríos, lagos y fuentes» , «de algunas cosas maravillosas
que aparecieron en cielo y tierra» y otros puntos que sería fácil señalar. Los testimo-
nios alegados son los mismos, suele serlo hasta el orden y las palabras con que so
declaran y los argumentos que se traen para hacer creíbles íau desaforados portentos.
Pero la Silva de varia lecciáñ es obra de plan mucho más vasto y también más
razonable que las Histoi'ias prodigiosas. No predomina aquí lo extraño, lo anormal,
lo increíble, ni se rmde tanto culto á la superstición, ya popular, ya científica. En rela-
ción con su época, Pero Mexía parece un espíritu culto y avisado, que procui-a guar-
darse de la nimia credulidad y muestra hasta vislumbres de espíritu crítico (*). Siem-
pre que tiene que contar hechos muy extraordinarios se resguarda con la autoridad
a.jena, y aim así osa contradecir algunas cosas de las que escriben los antiguos. No
quiere admitir, por ejemplo, aunque lo afirmen contestes nada menos que Plinio, Eliano,
Plutarco, Apuleyo y San Isidoro, que la víbora muei*a en el momento en que da á luz
(I) Capítulos XXXIV de la primera parte de la Silva, XV, XXIX, XXXÍ y XXXIII de la Silva,
INTRODUCCIÓN
XXXI
sus viboreznos ('). No parece muy persuadido de la existencia de hombres marinos y
tiene por cuento de viejas la historia del pece Nicolao, mostrando en esto mejor crítica
que el P. Feijoo, que todavía en el siglo xvin admitía la fábula del hombre-pez de
Liérganes (^). Claro es que no se emancipa, ni mucho menos, de la mala física de su
tiempo. Cree todavía en las propiedades ocultas y secretas de los cuerpos naturales y
adolece, sobre todo, de la superstición astrológica, que le dio cierta extravagante fama
entre sus conciudadanos, tan zumbones y despiertos de ingenio entonces como ahora.
«El astrífero Mexía» le llama, pienso que en burlas, Juan de la Cueva. Y es sabida
aquella anécdota que recogió Rodrigo Caro en sus Claros varanes en letras^ natura^
les de Sevilla: «Había adivinado Pero Mexía, por la posición de los astros de su naci-
> miento, que había de morir de un sereno, y andaba siempre abrigíuio con uno ó dos
- bonetes en la cabeza debajo de la gorra que entonces se usaba, por lo cual le llamaban
-» Siete bonetes; sed non atiguriis potuit depellere pestem; porque estando una noche
>en su aposento, sucedió á deshora un ruido grande en una casa vecina, y saliendo
>sin prevención al sereno, se le ocasionó su muerte, siendo de no muy madura edad».
Tan revuelta andaba en el siglo xvi la ciencia positiva con la quimérica, la astro-
logia judiciaria con la astronomía y las matemáticas, que no es de admirar que Mexía,
como Agripa y Cardano y tantos insignes varones del Renacimiento, cayese en esta
confusión deplorable, escribiendo algunos capítulos sobre la influencia de los siete pla-
netas en las siete edades y partes de la vida del hombre, sobre los días aciagos y años
climatéricos, sobre el punto y signo del Zodíaco en que estaban el sol y la luna cuando
fueron creados (^) y otras vanidades semejantes. Mexía, que era cosmógrafo de profe-
sión en un tiempo y en una ciudad en que no faltaban buenos cosmógrafos prácticos,
trata con mucho más tino las cuestiones hidrográficas y meteorológicas, y en vez do aque-
llas ridiculas historias de monstruos que ocupan la mitad del libro de Belleforest, aquí
se leen disertaciones elementales, pero sensatas, sobre los. vientos; sobre los artificios
útiles para comparar la densidad de las aguas y discernir su pureza; sobre la redondez y
ámbito do la tierra; sobre la medida de los grados terrestres y el modo de trazar la línea
meridiana, y sobre la indispensable reforma del calendario, que tardó bastantes años en
realizarse (*). No era Mexía un sabio, no era un investigador original; pero tenía linda
(•) cGosa muy contraria a la común orden de naturaleza, y por esto yo no la creo». (Oap. XI de
h tercera parte de la Silva,)
(*) Oap. XXIII de la primera parte de la Silva: Del admirable nadar de un Jiomhre, de do parece
que tuvo origen la fábula que el pueblo cuenta del pece Nicolao"»,,,
«Desde que me sé acordar, siempre oí contar a viejas no sé qué cuentos y consejas de un pece
Nicolao, que era hombre y andaba en la mar... Lo qual siempre lo jnzgué por mentira y fabnla como
otras muchas que asi se cuentan... Y en el caso presente he creydo qne esta fábula que dicen del
pece Nicolao trae su origen, y se levantó de lo que escriven dos hombres de mucha doctrina y ver-
dad: el uno 08 Joviano Pontano, varón dotissimo en letras de humanidad, y singular poeta y orador,
según sus ¡ibros lo testifican. Y el otro Alexandro de Alexandro, excelente jurisconsulto y muy
docto también en humanas letras, el qnal hizo un libro llamado Dias geniales, qne contiene muy
grandes autoridades:»...
O Oaps. XLIV y XLV de la primera parte de la Silva y XXVII de la tercera: «en el qual se
trata y determina en qné parte y signo del Zodiaco se hallaba el Sol en el instante do su creación, y
assi la Luna y otros planetas, y qué principio fue el del año y de los tiempos, y en qué parte de
nnestro año de agora fue aquel comien^oiD.
(*) Cape. XXII de la cuarta parte, XIX, XX y XXI de la tercera.
xxxíi orígenes de la NOVELA
manera para exponer las curiosidades de historia científica, por ejemplo, el problema de
la corona del rey Hierón j otros descubrimientos de Arquímedes(*), y bastante libertad
de espíritu para considerar como juegos y pasatiempos de la naturaleza los que otros
estimaban misteriosas señales grabadas en las piedras (^).
Pero lo que predomina en la Silva de vaii^a lección^ como podía esperarse de las
aficiones y estudios de su autor, es la erudición histórica, que se manifiesta de muy
varios modos, bien calculados para picar y entretener el apetito de quien lee: ya en
monografías de famosas ciudades, como Roma, Constan tinopla, Jerusalem; ya en sucin-
tas historias de los godos, de los turcos, de los templarios, de los güelfos y gibelinos; ya
en biografías de personajes sobresalientes en maldad ó en heroísmo, pero que ofrecen
siempre algo de pintoresco y original, como Timón el Misántropo, Diógenes el Cínico,
los siete Sabios de Grecia, Heráclito y Demócrito, el emperador Heliogábalo, el falso
profeta Mahoma y el gran Tamorlán (^); ya en anécdotas de toda procedencia, como la
tragedia de Alboino y Rosimunda, que toma de Paulo Diácono (*), y la absurda pero
entonces muy creída fábula de la Papisa Juana, que procura corroborar muy candida-
mente con el testimonio de Martín Polono, Sabellico, Platina y San Antonino de Flo-
rencia P).
(*) Cap. XLIII de la segunda parte: «De una muy subtil manera que tuvo Archímedes para ver
]»cómo un platero avia mezclado plata en una corona de oro y quanta cantidad, sin deshazer la coro-
:»na. Y otras algunas cosas deste notable varón».
La principal fuente de este capitulo es Vitruvio en el libro sexto de su Tratado de arquitectura'
(}) Gap. XII de la segunda parte: «Do se cuentan algunas cosas muy extrañas, que se hallaron
nen montes y piedras, que parece aver quedado desde el diluvio general, o a lo menos su causa es
i>muy obscura y incognitai).
(•) Parte primera. Cap. XX: «De la extraña y fiera condición de Timón ateniense inimicissirao
]»de todo el género humano, de su vida quál era, y dónde y cómo se mandó enterrar:». £h muy vero-
simil que este capítulo, traducido al inglés en el Palace qf Pleaueere de Painter {Of the straunge and
beagtlie nature of Timón of Athens^ ennemie to mankindef with hU death^ buriall and epitaphe), sea la
verdadera fuente del Timón de Atenas de Shakespeare, más bien que la Vida de Marco Antonio por
Plutarco.
Gap. XXVII: «De la extraña condición y vida de Diógenes Cínico philosopho, y de muchas sen*
}!>tencias notables suyas, y dichos, y respuestas muy agudas y graciosas».
Gap. XXXIX: «De la estrafia opinión y condición de dos philosophos, uno en llorar y otro en
»reyr, y por qué lo hazian, y otras cosas dellos».
Parte segunda. Cap. XXVIII: «Del excelentissimo capitán y muy poderoso rey el gran Tamor-
}!>lan, de los reynos y provincias que conquistó, de su disciplina y arte militan).
Gap. XXIX: «De los extraños y admirables vicios de Heliogábalo, Emperador que fue de Koma,
9y de sus excesos y prodigalidades increyblesx).
Parte priínera. Gap. XII L: «De qué linaje y de qué tierra fue Mahoma, y en qué tiempo comen9Ó
9SU malvada seta, que por pecado de los hombres tan extendida está por el mundo».
Parte cuarta. Caps. X y XI: «Historia de les siete sabios de Grecia»,
(^) Parte tercera. Cap. XXIV: «En que se contiene la hystoria de una gran crueldad que usó
]!> Alboyno Rey de los Longobardos con Rosimunda su muger, y la extraña manera y maldad con que
j>éQ vengó ella del mal sucesso que ella y los que fueron con ella o vieron d.
(*) Parte primera. Cap. IX: «De ana muger que andando en abitoA de hombre alcan9Ó a ser
)!)3umo Pontifico y papa en Roma, y del fin que uvo, y de otra muger que se hizo Emperador, y lo
}!>fue algún tiempo:». Esta patraña, que se encuentra en todas las ediciones de la Silva hasta la de
Lyon, 1556, que es la que manejo, desapareció en las del siglo xvii. Fue expurgada también en mu-
chos ejemplares del Libro de Juan Bocado que tracta de las iluetree mujeres, del cual existen, por lo
menos, dos ediciones góticas en lengua castellana.
INTRODUCCIÓN xxxiii
El libro de Pedro Mexía interesa á la novelística, no sólo por estas cortas narracio- [
nes, que son las más veces verdaderas leyendas, sino por ser un copioso repertorio de
ejemplos de vicios y virtudes, que el autor compila á diestro y siniestro, de todos los
autores clásicos, especialmente de Plutarco, Valerio Máximo y Aulo Gelio ('), sin olvi-
dar á Plinio, de quien entresaca las anécdotas de pintores (*), Alguno que otro episodio
de la historia patria refiere también, como la muerte súbita de los dos infantes D. Pedro
y D. Juan en la entrada que hicieron por la vega de Granada, ó el de Euy Páez de
Yiedma y Payo Rodríguez de Avila en tiempo de Alfonso XI (^), 6 las extrañas cir-
cunstancias que, según Muntaner, intervinieron en la concepción y nacimiento de
D. Jaime el Conquistador, asunto de una novela de Bandello y de una comedia de
Lope de Vega (*).
Otros capítulos de la Silva tienen carácter de arqueología recreativa, á imitación
de Polidoro Virgilio en su libro De invenioribiis rentm^ tan explotado por todos los
compiladores del siglo xvi (^). Pero aunque tomase mucho de Polidoro y de todos los que
le precedieron en la tarea de escribir misceláneas, Mexía se remontaba á las fuentes casi
siempre y las indica con puntualidad en todos los puntos que he comprobado. La Tabla
que pone al fin no es, como en tantos otros libros, una pedantesca añagaza. Había leído
mucho y bien, y tiene el mérito de traducir en buen castellano todas las autoridades
que alega. El círculo de sus lecturas se extendía desde el Quadripartito, de Tolomeo,
Y los cánones astronómicos de Aben Ragel, hasta las Historias fíore7itinas y los trata-
dos políticos de Maquiavelo, á quien cita y extracta en la vida de Castruccio Castra-
(') Entre los caentos tomados de las Noches Áticas^ algunos, corao el del león de Androcles,
habfaa sido utilizados ya por Fr. Antonio do Guevara. De Aulo Gelio procede también la anécdota
del litigio de Evathlo, tan popular en las antiguas escuelas de dialéctica y jurisprudencia. c^De un
ipleyto que huvo entre un discipulo y su maestro tan subtil y dudoso, que los jueces no supieron
idetermínarlo, y queda la determinación al juy/.io del discreto lector.)) (Parto primera. Cap. XVIII.)
(•) Cape. XVII, XVIII y XIX de la parte segunda de la Silva.
(*) Parte segunda. Cap. XI. cDe un notable trance y batalla que uvo entre dos cavalleros cas-
ftellanos, en el qual acaescio una cosa muy notable pocas vezes vista.»
[*) Parte tercera. Gap. XXV. «De un muy hermoso engaño que una rey na de Aragón hizo al
»Key su marido, y como fue engendrado el Key D. Jayme de Aragón su hijo.»
En el cap. VIII, parte primera, cSobre los inventores de la artillerías), cita un libro probablemente
tpócrífo pero muy anterior, como se vé, á Fr. Prudencio de Sandoval que c m frecuencia le alega. clEtí
>la corónica del rey don Alonso que ganó a Toledo escrive don Pedro Obispo de León, que eo una
•batalla de mar, que huvo entre el armada del rey de Túnez y la del rey de Sevilla, moros, a quien
.•favorecía el rey don Alonso, los navios del rey de Túnez trayan ciertos tiros de hierro o lombardas
Kon que tira van muchos truenos de fuego; lo qual si assi es, devia de ser artilleria, aunque no en la
•perfección de agora, y ha esto más de quatrocientos años.:»
{') Lo» ocho libros de Polidoro Vergilio, civdadano de Urbino, de los inventores de las cosas. Nue*
tamente traducido por Vicente de MilUs Godinez, de Latin en Romance, conforme al que Su Sanctidad
mandó emendar^ como por el Mota proprio que va al principio parece. Con privilegio real, en Medina
id Campo^ por Christoval Lasso Vaca. Ano M.D.LXXXXIX. 4."
De la popularidad persistente de este que pudiéramos llamar manual del erudito á la violeta en
el siglo XV] dan testimonio, en España, el ridiculo poema de Juan do la Cueva, De les inventores de
' las cosas, en cuatro libros y en verso suelto; e\ Suplemento á Virgilio Polidoro, que tenia hecho aquel
estudiante que acompañó á D. Quijote á la cueva de Montesinos, declarando por muy gentil estilo
cosas de gran sustancia, que el autor Dererum inventaribus se había dejado en el tintero, y la Repü'
blica Literaria de Saavedra Fajardo, en que Polidoro es uno de los guias del autor por las calles de
aquella república, juntamente con Marco Terencio Varrón.
OBÍQBMIS DB LA MOVKLA,— ll.-^C
kxxiv ORÍQElTES Dfi LA líOVEtA
caüi (') y á quien parece haber seguido también en el relato de la conjuración de los
Pazzi (% Aunque el secretaiio de Florencia pasaba ya por autor de sospechosa doctrina
y sus obras iban á ser muy pronto rigurosamente vedadas por el Concilio de Trento, se
ve que Mexía las manejaba sin grande escrúpulo, lo cual no es indicio del ánimo apo-
cado y supersticioso que le atribuyeron algunos luteranos españoles, enojados con ól
por haber sido uno de los primeros que descubrieron en Sevilla la herética pravedad
envuelta en las 'dulces pláticas de los doctores Egidio y Constantino (^).
Con todas sus faltas y sobras, la Silva de varia lección^ que hoy nos parece tan
llena de vulgaridades y errores científicos (*), representaba de tal modo el nivel medio de
la cultura de la época y ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas
hubo libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después. Veintiséis
I ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas, no sólo en la Península, sino en
Venecia, Amberes y Lyón, apenas bastaron á satisfacer la demanda de este libro can-
doroso y patriarcal, que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte do
autor anónimo (•»). No menos éxito tuvo la Silva en Francia, donde fue traducida por
(1) Parte cuarta. Cap. XXI. <iDc quan excelente capitán fue Castruclio Ástracano, su estraño
]»naciiniento y sus grandes hazañne, y como acabó.D
Al fin dice: ((Leonardo de Arccio, y Blondo, y sant Antonino, y Machabello (a quien yo inús he
98egutdo) lo escriven, a eUos me remito.»
(') Parte cuarta. Cap. XX. «Cn el qual se cuenta una conjuración muy grande, y súbito albo-
»roto acaecido en la ciudad de Florencia, y las muertes que en olla por él se siguieron. i>
(') Pctri Mexhv homlni}< ph'dotophi nomen absque ulUs bonis literia ridicule sibi arrogantiSf dice
de él con su habitual pasión Reinaldo González de Montes tratando de los enemigos del doctor
Egidio [InquUitionis Híspanicre Artes^ Ileidelberg, 1567, pág. 272 de la reimpresión do Usoz en el
tomo XIII de los Reformistoé antiguos españoles). Sí este testimonio puede recusarse por parcial y
sospechoso, parece, en cambio, algo exagerado el encomio de Juan de Mal-Lara, el cual dice que
Mexia «meresce ganar eterna fama, y ser tenido por el primero que en IlespaOa comento a abrir las
buenas letrasT) (Philosophia Vulgar^ foi. 109), pues aun entendiéndose abrir en el sentido de vulga-
rizar no fue el primero ni con mucho.
{*) Y ya se lo parecería sin duda á los hombres que podemos considerar como excepcionales en
su tiempo. D. Diego de Mendoza decía de ella, entre burlas y veras, en la segunda carta de El Bachi'
ller de Arcadia^ poniendo la picante censura en boca del asendereado capitán Pedro de Salazar: «Yo
veo que Pero Mexía agrada á todo el mundo con aquella su Silva de varia lección; pues ¡Cuerpo
ahora de San Julián! ¿por qué mi coronica no ha de agradar á todos muy mejor? Pues que aquella
Silva no es otra cosa sino un paramento viejo do remiendos y una ensalada de diversas [yerbas dulces
y amargas, y en mi libro no se hallará una vejez ni una antigüedad, aunque el dotor Castillo le des
tilase por todas sus alquitaras. Y Pero Mexia no puso en toda su Silva de su cosecha un árbol siquie-
ra...}> (Respuesta del capitán Salazar al Bachiller de Arcadia. — Sales españolas á^Vfiz y Melia, I, 88),
{^) Libro llamado Silva d* varia lecio dirigido a la S. C, C. M. d* I Emperador y rey ñro señor
do Carlos quinto desle nombre, Cópuesto por un cavallero de Sevilla llamado Pero Mexia,,, con privi-
legio imperial. M.D.XL,
(Aljin): alJeo graiias. Fue imprimido el presente libro en la muy noble y muy leal ciudad de
^Sevilla por Dominico de Robertis impressor, con licencia y facultad de los muy rcveredos señores
j>e\ señor liceciado del Corro inquisidor apostólico y canónigo y el señor liceciado Fes-miño (sic) pro-
]>visor general y canónigo d' st« dicha ciudad, aviendo sido examinado por su comission y mudado:
]Dpor los muy reverendos padres Rector y colegiales del colegio de Sto. Thomas de la ordé de Santo
^Domingo de la dicha ciudad. Acabosse en el mes d* Julio de mil y quinientos y qrenta años^.
Fol. let. gót. VIH hs. prls. y 136 foliadas.
El norteamericano Uarrisc es el único bibliógrafo que describe esta edición rarísima, en sus adi*
clones á la Biblioteca Americana Vetustissima^ y Branet copia la noticia en el Suplemento,
INTIIODÜOOIÓJÍ ixítv
Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por Antonio í)u Verdier y Luis
Ouyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis ediciones de Les divers leQons de Messie
enomerau los bibliógrafos y en las más de ellas figuran también sus Diálogos ('). Toda-
— Silva de varia lecion copuesta por un cavallero dt Sevilla llamado Pero Mexia segUda vez im-
presia y añadida por el mismo autor, M,D,XL,
(Aljin)i cFue impresso el presente libro en ]a muy noble y muy leal ciudad de Sevilla en las
icasas de Juan Cruberger, con licencia y facultad de los muy reveredos señores el ücéciado del Corro
^inquisidor apostólico y el señor licéciado Temiño, provisor r^cneral y canónigo desta dicha ciudad,
laviendo sido examinado por su comission y mandado. Año de mili y quinientos y cuarenta. A XII
tdias de Deciébrej».
Cata edición, aunque del mismo año que la primera, es enteramente distinta de ella, puesto que no
lólo tiene corregidas las erratas, sino añadidos diez capítulos, según expresad autor de la advertencia*
Lleva después del proemio una Tabla de los autores consultados, y un epigrama de Francisco
Leandro, que no sabemos si estará en la primera.
— Silva de varia lecion,.,
(Al fin): «Sevilla, Juan Gromberger, 1543^ a XXii dias del mes de Marqoy>,
En el encabezamiento del libro se dice que está <rnuevamonto agora corregido y emendado, y
añadidos algunos capitules por el mismo autori. La obra está dividida en tres partes, las dos primo-
rea tienen el mismo número de capítulos que los ediciones posteriores; la tercera sólo 26, á Ins cuales
M añadieron después 10. Acaso estén ya en las dos ediciones siguientes, quo no conozco:
-Sevilla, 1543.
— Anvers, 1544.
— 1547. La citan los traductores de Ticknor, sin especificar el lugar.
— #St7ra de varia lection copuesta por el magnifico cavallero Pero Mexia nuevamete agora en el año
de mil y quinientos y cincuenta y uno. Añadida en ella la quarta parte por el mismo autor: en la qual
te Uncían muchas cosas y mny agradables y curiosas. Valladolid, 1551, por Juan de Villaquirán.
Dudo que esta sea la primera edición en que apareció la cuarta parte, compuesta de 22 capítu-
los. Lo natural es que se imprimiese antes en Sevilla. £1 privilegio está dado á cD. Francisco Mexia,
liijo de Pero Mexia, nuestro coronista def uncto».
Todas las ediciones hasta aqui citadas son en folio y en letra gótica.
Entre las posteriores, casi todas en octavo y de letra redonda, debe hacerse especial mención do
lado Zaragoza, 1555, que contiene una quinta y sexta parte de autor anónimo, que al parecer tovie-
ion poco éxito, pues no. se las encuentra en las demás ediciones del siglo xvi. Estas son innúmera*
bles: Valencia, 1551; Vonecia, 1553, 1564, 1573; Anvers, 1555, 1564, 1593; Sevilla, 1563 y 1570;
Lérida, 1572... Como la mayor parte de estas ediciones están hechas en país extranjero, conservan
todavia el cuento de fa Papisa Juana, que se mandó expurgar en España, y que no sé cómo habían
dejado correr los inquisidores Corro y Temiño.
El curioso elogio de D. Fernando Colón, que hay en el capítulo de las librerías (III de la ter-
cera parte) y algún otro pasaje más ó menos relacionado con las Indias, ha hecho subir el precio y
estimación de las primeras ediciones do la Silva , buscadas con afán por los americanistas.
Entre las pocas ediciones del siglo xvu son curiosas las de Madrid, 1669 y 1673, por Mateo de
Kspinosa y Arteaga. Una y otra contienen la quinta y sexta parte de la edición de Zaragoza, que no
creemos auténticas, aunque el encabezamiento de la quinta dice que hay en ella «muchas y agrade*
•bles cosas, que dexó escriptas el mesmo autor, aora nuevamente añadidas con el mcsmo lenguaje
Mntigao en que se hallaron». El estilo no parece de Pero Mexia, pero los materiales históricos y
geográficos son del mismo género que los que él solía utilizar. Hay en estas adiciones una breve his-
toria del Ducado de Milán, dividida en cuatro capítulos; biografías de Agesilao, Alejandro Magno, Ho.
mero. Niño y Semíramis; disertaciones sobre antigüedades romanas y griegas, sobre las artes mágicas,
cobre los ritos funerales entre los indios de Nueva España; descripciones de la Scitia, de la Etiopía,
de la isla de Ceylán y otros países remotos; algunos fragmentos de historia natural sobre los elefan-
tes y dragones, y un tratado bastante extenso sobre los trabajos de Ilércules. El caudal novelístico
qoe puede entresacarse de todo este fárrago es muy escaso.
(>] Sobre estas ediciones consúltese el Manual de Brunet, sin olvidar el Suplemento,
XXXVI orígenes de LA NOVELA
vía eu 1675 un módico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de Pero
Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar las palabras anti-
cuadas de la traducción de Gruget ('). En Italia las cuatro partes de la Silva fueron
traducidas en 1556 por Mambrino Roseo da Fabbriano y adicionadas después por
Francisco Sansovino y Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser conocidos en
Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen en su texto original, y algunos
célebres compiladores de novelas empezaron á explotarlos. Fue uno do ellos William
Painter, que en su Palace ofpleasure (15(56) intercaló el extraño cuento del viudo de
veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos ('). Pero es mucho más
importante la Forest or collection of hisUn^yes^ de Thomas Fortescue (1571), porque en
esta versión inglesa de la Silva^ tomada de la francesa de Gruget, encontró el terrible
dramaturgo Cristóbal Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que
le sirneron para su primera tragedia Tamburlaine (^). No fue ésta la única vez que el
libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes ingenios la chispa dramática. Lope de
/ Vega le tenía muy estudiado, y de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición
j clásica de que hace alarde en su comedia Las mujeres sin fiambres (Las Amaxonas) (*).
En Liglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una traducción
italiana de la Silva está enteramente sacada la colección de once novelas de Lodge,
publicada con este título: The Ufe and death of William Longbeard \^), No sólo los
cuatro libros de Mexía, sino todo el enorme fái-rago de las adiciones italianas de Sanso-
vino y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo intérprete en
Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619 (The treasttrie of aneient
and modelóle times). La traducción alemana de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés
Math es la más moderna do todas (1668-1669) y procede del italiano (®).
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que ha yacido
(*) Encuentro esta noticia en la Biographie UniverselU de Míchatid, 1816, tomo XVII, pág. 452.
La obra de Ginirdet se titula CEuvres diverses ou V on remarque plusieurs tratts des Hisioires sainteSt
profanes el tuiturelles, Lyon, 1675, 12.^ Descubrió el plagio el abate d*Artigny.
(') Es el capitulo XXXVII de la primera parte de la Silva: cDe una muger que casó muchas
aveces y de otro hombre do la misma manera, que casó con ella al cabo, y en qué pararon; cuenta se
]»otro cuento de la incontinencia de otra muger)». Mexía, que siempre se apoya en alguna autoridad,
trae aquí la de San Jerónimo en su carta á Gerencia, viuda. Hay ana extraña novela anónima del
siglo XVII : «Discursos de la viuda de veinticuatro maridosi>, cuyo título parece sugerido por este
cuento de Pero Mexía.
(•) Vid. Garrett Underhill, Spanish literature in the England of the Tudors (New- York, 1899),
pp. 258«259. Parece que además de la Silva^ traducida por Fortescue, consultó Marlowe otra fuente.
Magni Tamerlanis vita de Pedro Perondino (Florencia, 1558).
{*) Las autoridades á que Lope se refiere en su dedicatoria son puntualmente las mismas en que
van fundados los capítulos X y XI de la primera parte de la Silva: cqnién fueron las bellicosisimas
^amazonas, y qué principio fué el suyo, y cómo conquistaron grandes provincias y ciudades, y algu«
]»na8 cosas particulares y notables suyas]».
(«) Vid. Farinelli (Arturo), Sulle ricerche ispano-italiane di DenedettoCroce (en la Rassegna Biblio-
gráfica della LeUeratura Italiana), 1899, pág 269.
No conozco el libro de E. Koeppel. Studien zur geschichte der italienischen Nooelle in der englischen
Literatur, Strasburgo, 1892, que allí se cita, y que, al parecer, da más detalles Fobro esta imitación.
(«) Vid. Adam Schneider, Spaniens Ánteil an der DeuUchen Litteratur des 16 und 1 7 Jahrhunderts,
Strasburgo, 1898, pp. 149-152.
INTRODUCCIÓN xxxvii
hasta tiempos muy modernos otra Miscelánea mucho más interesante para nosotros, por
haber sido compilada con materiales enteramente espafioles j anécdotas de la vida de
su propio autor, que á cada momento entra en escena con un desenfado familiar y sol-'
dadesco que hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de un perverso
poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos V (Cario famoso)^ curiosa, sin
embargo, 6 instructiva, por los pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estu-
viesen en prosa (*), retrajese en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, á su
casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda Espafia (al decir suyo), y aun
:> mejor que las de muchos grandes», y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin
orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo
mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico^ cuanto había visto, oído ó leído
en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello
con buena y limpia moral, como cuadraba á un caballero tan cuerdo y tan cristiano y
tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Re-
sultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio
inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo xvi, mina de curiosi-
dades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que
no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de
Relaciones y Avisos que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los tiempos de
decadencia del poderío español y de la casa de Austria. Para todo género de estudios
literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus
obras que en su vida íntima (*); para empresas y hazañas de justadores, torneadores y
alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes
y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de
lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y
desafios, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de
grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que consti-
tuía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo,
sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la
piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristia-
nismo ('), ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima y que todavía no ha
8Ído enteramente recogida en las trojes, á pesar de la frecuencia con que la han citado
los eruditos, desde que Pellicer comenzó á utilizarla en sus notas a;l Quijote^ y sobre
todo después que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual 6ayangos {*), Detallar
(') Recuérdense, por ejemplo, el viaje aéreo del mágico Torra! va (canto XXX y es.), la con-
tienda sobre las armas del marqués de Pescara entre Diego García de Paredes y el capitán Juan de
Urbina (canto XXVII: germen de una comedia de Lope do Vega), la caballeresca aventura que atri-
buye á Garcilaso (canto XLI) y otros varios trozos del Cario Famoso (Valencia, por Juan Mey, 1566).
('] Miscelánea f p. 57.
O Véanse, por ejemplo, las extrafias noticias del mágico Escoto, personaje distinto del Miguel
Eicoto tenido por nigromante en el siglo xiii {\ÍÍ8celánea^ 478-480), y el raro caso de espiritismo
qae da por sucedido en Llerona el año 1502 (pág. 99).
(^) En el tomo XI del Memorial Histárico Español que publica la Real Academia de la Historia,
Madrid, 1859. Ejv lástima que este tomo carezca de un índice razonado de materias y de personajes.
Kl ródice-íle la Biblioteca Nacional que sirvió para la edición (único que se conoce) no sólo está
xxxviii orígenes de LA NOVELA
todo lo que en los apuntes do Zapata importa á la novelística exigii-ía un volumen no
.menor que la misma Miscelánea, puesto que apenas hay capítulo que no contenga
varias historietas, no inventadas á capricho, sino fundadas en hechos reales que el
autor presenció ó de que tuvo noticia por personas dignas do crédito; lo cual no quita
que muchas veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el bueno
de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues, verdaderos cuentos
muchos de los casos maravillosos que nan-a, y su libro cae en esta parte bajo la juris-
dicción do la novela elemental é inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos per-
sonales, escritos con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho
en su libro, lo dan aspecto y carácter de verdaderas memorias^ á las cuales sólo falta
el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan los más preclaros varones de su
tiempo. Era Zapata lector apasionado de libros de caballerías (') y algo se contagió
su espíritu de tal lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero
juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar con especial abo-
rrecimiento los embelecos de la santidad fingida (*) y juzgar con raro tino algunos
fenómenos sociales do su tiempo. Dice, por ejemplo, hablando de la decadencia de la
clase nobiliaria, á la cual pertenecía: «El crescimiento do los reyes ha sido descreci-
» miento de los gi*andes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás
» antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á los gallos dicen
» que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma tranquilidad y paz, quitadas
>las alas de la soberbia, crecen en más renta y tranquilidad... Pues demos gracias á
»Dios que en estos reinos nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese,
» en manos está el cetro que hará á todos justicia igual» (%
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo mismo que
Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la superioridad de los antiguos
sobre los modernos. Es curiosísimo sobre esto su capítulo De invenciones nuevas: «Cuan
» enfadosa es la gala que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres
»de agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto va empeoran-
» do! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra edad, y mostrar cuanto en in-
» venciones y sotilezas al mundo de agora somos en cargo... En las ciencias y ^rtes hace
»el tiempo de agora al antiguo gi-andísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los anti-
» guos de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las admira-
falto de varias hojas, sino que debió de ser retocado ó interpolado muchos años después de la muerte
del autor, puesto que eu la pagina 16 están citados libros de Fr. Prudencio de Sandoval y de don
Alonso Núñez de Castro, los cuales do ninguna muñera pudo conocer D. Luis Zapata, que escribía
antes de 1592.
(*) «Aunque los libros de caballerías mienten, pero los buenos autores vánse á la sombra de la
verdad, aunque de la verdad ala sombra vaya mucho. Dicen que hendieron el yelmo, ya se ha visto,
Y que cortaron las mallas de las lorigas: ya también en nuestros tiempos se ha visto... Una higa part
todos los golpes que fingen de Amadis y los fieros hechos de loii gigantes, si hubiese en Bspafia quien
los de los españoles celebrasen!» (pp. 20 y 21). cDel autor del famoso libro poético do Ámadig no se
sabe hasta hoy el nombre, honra de la nación y lengua española, qae en ninguna lengua hay tal
poesía ni tan loablei> (p. 304).
(') De los alumbradoi do Llerena; de las dos monjas milagreras de Córdoba y Lisboa, Magda-
lena de la Cruz y Sor María de la Visitación, y de ciertos afalsos apóstoles:» que se presentaron en
las cercanías de Madrid, trata largamente en el capítulo «de invenciones engañosasp (pp. 69-76).
(*) Miiceláneaf pp. 831-834.
INTRODUCCIÓN xxxix
•>ron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y oti-os, á las estampas
>de agora de Miguel Augel, de Alberto Duroro, do Rafael de ürbino y do otros famo-
>sos modernos no pueden igualarse... Ni en la música so aventajaron los antiguos, que
>en ella en nuesti-a edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfión y Orfeo traían
>tras sí las ñeras y árboles, háse de entender con esta alegoría que eran fieras y plantas
>los que de la música de entonces, porque era cosa nueva, se espantaban; que agora de
■>las mara\illas de este ai-te, más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni
-> espantan. Pues ¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de
>Terencio y de Plauto?;> Y aquí comienza im largo capítulo de invenciones del Rena-
cimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por igual con el descubri-
miento de las Indias, con la circunnavegación del globo terráqueo, con la Imprenta y
la Artillería, que con el aceite de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas
para hacer tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia. Termina
este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas llevadas á cabo en
tíempo de Felipe 11, á quien da el dictado de «príncipe republicano» , (lue tan extraño
sonará en los oídos de muchos: <^Los príncipes piadosos y republicanos como el nues-
ttro, avivan los ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les debe
>la gloria como al capitán general de cuanto sus soldados hacen, aderezan y liman» (*).
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados erisayistas (y
él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne). No se compadece, por ejemplo,
tanto entusiasmo por las novedades de su siglo, entre las cuales pone la introducción
del verso toscano por Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que,
tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos son los roman-
>ces viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y sectas nuevas y de jueces nue-
iros» (*). Como casi todos los españoles de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satis-
fecho de la edad en que le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas
nuevas, á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los Ugueros
en el sitio de Pails de 1590, que hizo levantar el príncipe de Parma, llega hasta la
elocuencia (^). Profesa abiertamente la doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera
el fanático más feroz, la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de
> París á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y llegando á
• hablarle, le dio tres puñaladas, de que murió el rey, no de la guerra que suele «matar
»á hierro, á fuego, violenta y furiosamente, mas de la mansedumbre y santidad de un
> religioso de Dios y su siervo, al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro ca-
>ballos» (*J.
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una época ya
remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy cercanas, libros como el
de Zapata, escritos sin plan ni método, como gárrula conversación de un ^iejo, son do-
cumentos inapreciables, mayormente en nuestra literatura, donde este género de misce-
láneas fiamiliares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece materia de entre-
tenimiento por donde quiera que se la abra y es recurso infalible para las horas de
(«) PP. 850-360.
(») P. 365
(') Pág. 209| «De fe, firmeza y constancia]), y 224, dDel cerco de París ]>.
(*) Pág. 40.
XL ORÍGENES DE LA NOVELA
tedio, que no toleran otilas lecturas más graves. De aquel abigariudo conjunto brota una
visión histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho en recomen-
dación de este libro, que merecía una nueva edición, convenientemente anotada, así en
la parte histórica como en el material novelístico ó novelable que contiene, y que
generalmente no se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de
Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas, todavía debemos
consagrar un recuerdo á la Philosophia vulgar (1568), obra por tantos títulos memora-
ble del humanista sevillano Juan de Mal Lara, que, á imitación de los Adagios de
Erasmo, en cuvas ideas críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudi-
ción, agudo ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos, lle-
gando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada, de su vasta obra (}), En
ella derramó los tesoros de su cultura grecolatina, trayendo á su propósito innumera-
bles autoridades de poetas antiguos puestos por 61 en vei-so castellano, de filósofos,
moralistas 6 Jiistoriadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de cadu
proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos y todo género de narracio-
nes brevísimas, pero tan abundantes, que con entresacarlas del tomo en folio de la
Philosophia Vulgar podría formarse una floresta (jue alternase con el Sobremesa y el
Porta-Cuentos de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas esópicas; pero la
mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó inventadas adrede por el glosadoi-
para explicar el origen del refrán, poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos?
un poco más libres y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen
de intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que no quiso
revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se conservan inéditos otros
del mismo estilo y picante sabor (*). Pero de los cuentos en verso prescindimos ahora,
por no hacer interminable nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se atreverá á
decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la ciencia popular, en que
tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de los antiguos aprendió el valor moral é
histórico de los proverbios ó paremias. El mismo fenómeno observamos en otros grandes
humanistas, en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y con
ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán Núñez, infatigable
(') La Philosophia Vulgar de loan de Mal Lara^ vezino de Sevilla, Á la C, RM, del Rey Don
Philippe nuestro señor dirigida. Primera parte que contiene mil refranes glosados. En la calle de la
Sierpe. En casa de Hernando Diaz, Año 1568.
(Al fin); Acabo se de imprimir esta primera parte de la Philosophia Vulgar, que contiene mil refra-
nes de los que se usan en Hespaña. En casa de Hemado Diaz, Impressor de libros. En la muy noble
y muy leal ciudad de Sevilla, en la calle de la Sierpe, A veynie y cinco dias del mes de Abril 1668,
Tol. 80 ha. prls. y 294 folios.
Es la única edición en que el texto de Mal Lara está completo. Las de Madrid, por Juan de la
Cuesta, 1618, y Lérida, por Luis Menescal, 1621, afiaden los Refranes del Comendador Hernán
NúfieZy pero carecen de los importantísimos preámbulos de Mal Lara.
O Novelas cde la tinta», <tde las ñores]^, «del portazgo]), «de los bandos]», «del ahorcado», etcé-
tera. Creo que también pertenece á Tamariz la «del Corderiioi» (el «onxemplo do Pitas Payas» que
ya había contado el Arcipreste de Hita). Son varías las copias antiguas de estas TuweUis ó fábulas,
como también se intitulan.
INTRODUCCIÓN xli
colector de nuestros refranes, y en Eodrigo Caro, ilustrador de los juegos de los mucha-
chos. Creía Mal Lara, y todo su inestimable libro se encamina á probarlo, que
No hay arte ó ciencia en letras apartada,
Que el vulgo no la tenga decorada.
No se ha escrito programa más elocuente de folk'lore que aquel Preámbulo de la
Philosophia Vulgar^ en que con tanta claridad se discierno el carácter espontáneo y
precientífico del saber del vulgo, y se da por infalible su certeza, y se marcan las prin-
cipales condiciones de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.
«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes de aquella
adivina sabiduda heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced
>dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natu-
2 ral y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, según dize Aristóteles, pares-
? cen los Proverbios o Refranes ciei-tas reliquias de la antigua Philosophia, que se per-
idió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como antiguallas...
No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no és de
> burla, como dize Hesiodo» . Libro naitiral llama en otra parte á los refranes, que 61
pretende emparentar nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «An-
:>tes que hubiese filósofos en Gregia tenía España fundada la antigüedad de sus refra-
>nes... ¿Qué más probable razón habrá que lo que todos dizen y aprueban? ¿Qué más
> verisímil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones.
1 tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los
> campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se
» acaben los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más
> poderosos rey nos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reino dividido en
> todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en
•> boca, según moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá
3 vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la
^ señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio,
>que arrebatan los ojos con sus lumbres».
Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos, ni en lo
gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de explicar frases y dichos proverbiales
por anécdotas y chascarrillos a posteriori^ el célebre librero de Valencia Juan de limo-
neda, que en 1563, y quizá antes, había publicado el Sobremesa y alivio de caminan'-
tes (*), colección minúscula, que, ampliada en unas ediciones y expurgada en otras,
tiene en la más completa (Valencia, 1569) dos partes: la primera con noventa y tres J*
cuentos, la segunda con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de ^
(') El Sobremesa y alivio de caminante» de Joan Timoneda: en el qual $e contienen affable$ y
gradaos dichos, cuentos heroycos y de mucha sentencia y doctrina,
(Al fin): {¡aragoca^ en casa de Miguel de Guesa^ 1563, 8.**, let. gót. Las dos partes del Sobre-'
mesa tieDen respectivamente XXII y XXI hojas foliada». En otras 21 hojas sin foh'ar van, á modo
de apéndice, dos tratadillos de noticias históricas: Memoria hispana copilada por Joan Timoneda, en
la qual se hallaran cosas memorables y dignas de saber y en que año acontecieron, — Memoria Valentina.
Esta edición, descrita por Brunet, ha de ser, por lo menos, la segunda, reimpresa de una do
Valencia, donde Timoneda publicaba todos sus libros.
— AUrto d^ caminantes compuesto por luán de Timoneda, En esta última impression van quitadas
xLii orígenes Í)E LA NOVELA
la paremiologta. Tanto éstos como los demás están narrados con brevedad esquemática,
sin duda para que «el discreto relatador» pudiese amplificarlos y exornarlos á su guisa.
Pero esta misma concisión y simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:
Cuento XL (2.* parte). «Por qué se dijo: perdices me manda mi padre qtie cornac .
<ün padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de las cosas
> más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una vaca: dijéronle que
» diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo él entonces: según eso, perdices me
-> manda mi padre que coma» .
Cap. XLII. «Por qué se dijo: no hura sitio cenar y partirse» .
«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor la cena
» de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece apóstoles, y para disimu-
» lar su yerro, añadió al treceno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de su tra-
»bajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que había hecho en hacer trece
» apóstoles, respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está como
» correo no hará sino cenar y partirse:^ .
muchas cosas superJluaSy deshonestas y mal sonantes que en las otras impressiones estavan. Con Ucen*
cia. En Medina dtl Campo imprésso por Francisco del Canto, Año de 1563,
12.** Eq la hoja 3.* signat. t. 3 empiezan los cuentos de Joan Aragonés. (Salva.)
— El Sobremesa y alivio de caminantes de loan Timoneda... Agora de nuevo añadido por el mismo
autor, assi en los cuentos como en las memorias de España y Valencia (Retrato de Timoneda). Impreso
con licencia. Véndese en casa de Joan Timoneda,
(Al fin): «Acabo se de imprimir este libro del Sobremesa y Alivio de Caminantes en casa de
>Joun Navarro, a 6 de Mayo. Año do 1569».
8.° let. gót. sign. a g, todas de ocho hojas, menos la última, que tiene doce. (Salva.)
Además de las dos Memorias Hispana y Valentina^ contiene este raro librito una Memoria
Poética: que es mui breve compendio de algunos de los más señalados Poetan que hasta hoy ha hu-
vido (sic). (Ejemplar que fue de Salva y lioy pertenece á la Biblioteca Nacional).
— Valencia, por Pedro de Huete, 1570 fOitada por Ximeno, Escritores del reino de Valencia),
— Alivio de Caminantes, compuesto por Juan Timoneda, En esta ultima impresión van quitadas
muchas cosas superfluas, deshonestas y mal sonantes que en las otras estíwan. Con licencia, Imprésso en
Alcalá de Henares por Sebastid Martínez. Fuera de la puerta de los sanctos Martyres, M.D.LXXVI.
12.°, 72 pp. dobles.
Hasta setenta y cinco cuentos de los que hay en la edición de Valencia faltan en ésta.
^Epistola al lector. Curioso lector: Oomo oir, ver y leer sean tres causas principales, ejercitan-
adelas, por do el hombre viene a alcázar toda sciencia, esas mesmas han tenido fuerza para comigo
sen que me dispusiese a componer el libro presente, dicho AUvio de CaminanteSy en el qual se con-
>tienen diversos y graciosos cuentos, afables dichos y muy sentenciosos. Asi que fácilmente lo que
•yo en diversos años he oido, visto y leido, podras brevemente saber de coro, para decir algún
^cuento de los presentes. Pero lo que más importa para ti y para mí, porque no nos tengan por friá-
i»t¡cos, es que estando en conversación, y quieras decir algún contecillo, lo digas al propósito de lo
i»que trataren; y si en algunos he encubierto los nombres á quien aoontescieron, ha sido por celo de
^(honestidad y evitar contiendas. Por tanto, ansí por el uno como por el otro, te pido perdón, el cual
]»pien80 no se me podrá negar. Vale.i> (Biblioteca Nacional).
— Amberes, 1577. Sigue el texto de las expurgadas.
— Sevilla, en casa de Fernando de Lara, 1596. (Biblioteca Nacional, procedente de la de Qayan-
gos. Pertenece al número de las expurgadas).
— Pamplona, 1608 (Catálogo de Sora).
Aríbau reimprimió el Sobremesa, pero no integro, en el tomo de Novelistas anteriores á Cervan»
tes (3.° de Autoret Españoles), Sigo la numeración de los cuentos en esta edición, por ser la más
oorrieote*
INTRODUCCIÓN xliii
Cap. LXVIII. cPor qu6 se dijo: sin esto 7io sabrás guisallas» .
«Un caballero dio á iiu mozo suyo vizcaíno unas turmas de carnero para que se
>las guisase; j á causa de ser muy ignorante, dióle un papel por escripto cómo las
> había de guisar. El vizcaino púsolas sobre un poyo, vino un gato y llevóse las tui-mas;
>al fin, no pudiendo habellas, teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te
> aprovecha llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».
Con ser tan microscópicos estos que Timoueda llama «apacibles y graciosos cuen-
•> tos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para saberlos contar en esta buena
:>vida* , encontró manera de resumii* en algunos de ellos el argumento de novelas ente-
ras de otros autores. Tres del Decamerone (VI, 4; Vil, 7; X, 1) han sido reconocidas
por miss Bourland en El Sobremesa ('). Todas están en esqueleto: la facecia del coci-
nero que pretendía que las grullas no tienen más que una pata pierde su gracia y hasta
su sentido en Timoneda. Melchor de Santa Cruz, en su Floresta Española^ conserva
mejor los rasgos esenciales del cuento, aun abreviándole mucho (^). El de cornudo y
apaleado es por todo extremo ijiferior á una novela en redondillas que hay sobre el
mismo asunto en el Romancero General de 1600 [^). El que salió menos mal parado
de los tres cuentos decameronianos es el de la mala estrella del caballero Kugero; pero,
así y todo, es imposible acordarse de él después de la lindísima adaptación que hizo
Antonio de Torquemada en sus Coloquios Satíricos (%
(^) Bocccmcio atul the tiDecameronh in castilian and catalán literaiure, pp. 129, 133, 145.
(*) «Juan de Ayala, señor de la villa de Cebolla, voló una grulla: su cocinero la guisó, y dio
Doa pierna de ella á su mujer. Sirviéndosela á la mesa, dixo Juan de Ayala: <r¿Y la otra pierna?D
Respondió el cocinero: «No tenia más de una, porque todas las güilas no tienen sino una}D. Otro día,
Juan de Ájala mandó ir á caza al cocinero; y hallando una bandada de grullas que estaban todas en
UD pie, dixo el cocinero: o: Vea v. md. si es verdad lo que dixe». Juan de Ayala arremetió con su ca-
ballo, diciendo: <lox, oxp. Las grullas volaron y estendieron sus piernas, y dixo: «Bellaco, mira si
itieneo dos piernas ó una». Dixo el cocinero: aCuerpo de Dios, señor, dixérades «ox, ox]» á la que
iteniades en el plato, y entonces ella extendiera la pierna que tenia encogida:». (Floresta Españolat
cd.de Madrid, 1790, p. 73).
Casi en los mismos términos, pero sin atribuir la anécdota á persona determinada, se refiere en
los Cuento» de Curibay ^ y de allí la tomó probablemente Santa Cruz. (Sales Españolas^ de A. Paz y
Melia, tomo II, pág. 61).
(') Es la que comienza:
Huvo un cierto mercader
Que en Valladolid vivia,
El qual mercader tenia
Una hermosa mugcr...
(Romancero General, Madrid, por Luis Sánchez, 1600, fol. 344-345 vto.)
(^) cQuiero deziros en breves palabras una novela, que quando niño me acuerdo que me conta-
ron, ün Rey que huvo en los tiempos antiguos, de cuyo nombre no tengo memoria, tuvo un criado
qne le sirvió muchos años con aquel .cuidado y fidelidad que tenia obligación, y viéndose ya en la
vejez y que otros muchos que no avian servido tanto tiempo, ni tan bien como él, avian recevido
grandes premios y mercedes por sus servicios, y que el solo nunca avia sido galardonado, ni el Rey
le avia hecho merced ninguna, acordó de yrse a su tierra y passar la vida que le quedava en gran-
gear un poco de hazienda que tenia. Para esto pidió licencia, y se partió, y el Rey le mandó dar una
muía en que fuesse: y quedó considerando que nunca avia dado nada aquel criado suyo, y que
teniendo i-azon de agraviarse, se y va sin averie dicho ninguna palabra. Y para experimentar más su
paciencia ¡nvió otro criado suyo que haziendoso encontradizo con él fuese en su compañía dos o
tres jornadas y procurase de entender si se tenia por agraviado; el criado lo hizo assi y por mucho
xLiv ORÍGENES DE LA NOVELA
El mismo procodimiento aplica Timoneda á otros novellieri italiauos, dejándolos
materialmente eu los huesos. Como en su tiempo no estaban impresas las novelas de
Sacchetti, ni lo fueron hasta el siglo xviii, os claro que no procede de la novela 67 de
aquel célebre narrador florentino el gracioso dicho siguiente, que indudablemente está
tomado de las Facecias de Poggio (*):
''Fue convidado un nescio capitán, que venia de Italia, por un sefíor de Castilla á
comer, y después de comido, alabóle el señor al capitán un pajecillo que traia, muy
agudo y gran decidor de presto. Visto por el capitán, y maravillado de la agudeza del
pajecillo, dijo: «¿Vé vuestra merced estos rapaces cuan agudos son en la mocedad? Pues
que hizo nunca pudo saber lo que sentía, mas de que pausando por un arroyo la muía se paró a ori-
nar en él, y dándole con las espuelu», dixo: «Ilarre allá muía de la condición de «u duefio, que da
donde no ha de dar». Y passado de la otra parte, aquel criado del Rey que le seg^uia sacó una cédula
suya, por la qual le mandava que se bolviesüc, y él lo hizo luego, Y puesto en la presencia del Rey
(el qual estava ynforroado de lo que avia dicho) le preguntó la causa que le avia movido decir aque-
llo. El criado le respondió diciendo: cYo, señor, os he servido mucho tiempo lo mejor y más leal-
mente que he podido, nunca me aveis hecho merced ninguna, y a otros que no os han servido les
aveis hecho muchas y muy grandes mercedes, siendo más ricos y que tenian menos necessidad que
yo. Y assi dixe que la muía era de vuestra condición, que dava donde no avia de dar, pues dava
agua al agua, que no la avia menester, y dexava'de darla donde avia nccestiidad della. que era en la
tierra]». El Rey le respondió: €¿ Piensas que tengo yo toda la culpa? La mayor parte tiene tu ventura,
no quiero dczir dicha o depdicha, porque de verdad estos son nombres vanos, mas digo ventura, tu
negligencia y mal acertamiento fuera de sazón y oportunidad. Y porque lo creas quiero que hagas
la esperiencia dello:». Y assi lo metió en una cámara, y le mostró dos arcas yguales, ygualmentc ade-
rezadas, diziéudole: «La una está llena de moneda y joyas de oro y plata, y la otra de arena: escoge
una dellas, que aquella llevarás». El criado después de averias mirado muy bien, escogió la de la
arena. Y entonces el Rey le dixo: cUien as visto que la fortuna te haze el agravio tan bien como
yo, pero yo quiero poder esta vez más que la fortuna)», y assi le dio la otra arca rica con que fue
bienaventurado».
(Los colloquios gatiricos,., hechos por Antonio de Torquemada,,. 1553 (Mondoiledo), fols. IV y V).
(') Fac. COXI: ^Cuju$dam puerí miranda responsio in AngeloUum cardinaUmi^.
Algunas otras FacecioM del humanista florentino se encuentran también en el Sobremesa, por
ejemplo la 60.% que es el cuento primero en la colección de Timoneda: ^de eo qui uxorem influmine
peremptam quaerebai^,
cAlter, uxorem qnae in flumine perierat qnaerens, adversns aquam profíciscebatur. Tum qui-
»dam admiratus, cum deorsum secundum aquae cursum illam quaeri admoneret: «Nequáquam hoc
»modo reperietur», inquit. cita enim, dum vixit, diffícilis ac morosa fuit, reliquorumque moríbus
ycontraria. ut nunquam nisi contrario et adverso flumine etiam post mortem ambulasset».
The Facetiae orjocose Tales qf Poggio,,, París, Liseux, 1879, t. I, p. 100).
Algunas do estas Facecias estaban traducidas desdo el siglo xv en la colección del infunte
D. Enrique de Aragón. Aun en las últimas ediciones de las Fábulas de Esopo, v. g., en la de Sego-
via, 1813, se enouentrun en la última sección (<cFábuhs Goletas») las siguientes Facecias:
X. a De muliere quas virum defraudavits.^Fáhultí XV. «De la mujer y del marido encerrado en
el palomar».
I. €Fabula prima cujusdam Cajetani pauperís nauclerii>, — Fábula XVI. «De la mujer qne parió
un hijo, siendo su marido ausente».
II. aDe medico qui dementes et insanos curabatn, — Fábula XIX. «Del loco y del cavallero y ca-
zador».
XXXVI nDe Sacerdote qui caniculum sepelivit.-^TkhnXBL XX. «Del Sacerdote y de su perro, y
del Obispo».
En las ediciones antiguas hay más, entre ellas la indecentísima 43: siDe cuioleseeniula quüs rirwn
de parvo Priapo accit»(irit».
INTRODUCCIÓN xlv
> sepa que cuando grandes no hay mayores asnos en el mundos . Kespondió el pajecillo
al capitán: «Mas que agudo debia de ser vuestra merced cuando mochacho» (').
Tampoco se deriva de la novela 198 de Sacchetti, pero sí de la 43 de Girolamo
Morlini €De caeco qui amissos áureos suo astu recupei'aviU , el cuento 59 de la segun-
da parte del Alivio de Caminantes:
«Escondió un ciego cierta cantidad de dineros al pie de un árbol en un campo, el
cual era de un labrador riquísimo. Un dia yendo á visitallos, bailólos menos. Imagi-
nando que el labrador los hubiese tomado, fuóse á 61 mesmo, y díjole: «Señor, como
^me paresceis hombre de bien querría que me diósedes un consejo, y es: que yo tengo
? cierta cantidad de dinero escondida en un lugar bien seguro; agora tengo otra tanta,
^ no sé si la esconda donde tengo los otros ó en otra parte» . Bespondió el labrador:
«En verdad que yo no mudaría lugar, si tan seguro es ese como vos decís» . «Así lo
» pienso de hacer», dijo el ciego; y despedidos, el labrador tornó la cantidad que le habia
tomado en el mesmo lugar, por coger los otros. Vueltos, el ciego cogió sus dineros
que ya perdidos tenía, muy alegre, diciendo: «Nunca más perro al molino» . De aquesta
manera quedó escarmentado» (^).
En suma (y para no hacerme pesado en el examen de tan ligeras y fugaces produc-
ciones), el Sobremesa y alivio de caminantes^ según uso inroemoríal de los autores de
florestas y misceláneas^ está compilado de todas partes. En Baudello (parte 3.^ nov. 41)
salteó el cuento del caballero de los muchos apellidos, que no encuentra posada ]ibi*e
para tanta gente: en las Epístolas familiares^ de Fr. Antonio de Guevara, varios ejem-
plos de filósofos antiguos y las consabidas historietas de Lamia, Laida y Flora^ que
eran la quintaesencia del gusto mundano para los lindos y galancetes de entonces.
Preceden á los cuentos de Timoneda (') en las ediciones de Medina del Campo, 1563,
(') «Messer Valore qaaei tutto scornato, udendo le parole di questo faociullo, dice verso la brí*
»gata: c* non fu mai nessiin fanciullo savio da piccolino, che non f usse pazzo da grande. II fanciullo,
«adendo questo, diese: in fe di Dio, gentiluomo, voi dovest* essere un savio fantolino».
(Delle Noveüe di Franco Sacchetti Citladino Florentino. Parte Prima. In Firense^ 1724.
pp. 109-1 10. cMesser Valore de' Buondelmonti e conquiso e ritnaso scornato da una parola, che un
»fancinlIo gli dice, essendo in Roroagna»).
(') Novella O.XCVIIL cUn cieco da Urvieto con gli occhi mentali, essendoli furato cento fío-
iríni, fa tanto col suo senno, che chi gli ha tolti, gli rimettc donde gli ha levati».
(Delle Novelle di Franco Sacchetti .. Parte Seconda, pp. 142-147).
Ct. Hieronymi Morlini^ Parthenopei Novellae^ fabulae, eomoedia. Editlo tertia emendata et aucta.
París, Jannety 1855, p. 86.
(') Muy rápidamente he hablado de ellos. Su estudio más minucioso queda reservado para quien
publique el Fabulario ó Novelero español, empresa digna de tentar la ambición de cualquier afícío-
nado lo mismo á loa estudios populares que á los de tradición erudita. Apenas hay anécdota del
Sobremeea que no pueda dar motivo á una curioea nota. No quiero omitir que entre ellos figura (1.*
parte, caento 72) el apólogo clásico del poeta y el menestral que le estropeaba sus versos, aplicado
por D. Juan Manuel, en el prólogo general de sus obras, á un trovador de Perpifián, y por Sacchetti
á Dante:
«FilogenOy famosisímo poeta, viendo que unos cantareros cantaban sus versos trastrocando y
quebrando de ellos, con un báculo que llevaba dio en los jarros y quebrólos, diciendo: «Pues vos*
potros dañáis mis obras, yo también dañaré las vuestras]^.
Todavía es más curioso el siguiente ejemplo, en que un cuentecillo de Timoneda viene á ilustrar
un episodio de una comedia de Lope de Vega, cuyo argumento está tomado de la antigüedad romana.
En el tercer fascículo de la ZeiUchrift für romanieche Philologie (1905, t. XXIX) se ha publi-
XLVI OílíOfilíIlS t)t tA NOVBLA
y Alcalá, 1576, doce «de otro autor llamado Juan Aragonés, que sancta gloria haya»,
persona de quien no tenemos m'ás noticia. Es lástima que estos cuentecillos sean tan
pocos, porque tienen carácter más nacional que los de Timoneda. Dos de ellos son
dichos agudos del célebre poeta Garcl Sánchez de Badajoz, natural de Ecija; tres se
refieren á cierto juglar ó truhán del Rey Católico, llamado Velasquillo, digno predece-
sor de D, Francesillo de Zúñiga. Pero otros están tomados del fondo común de la nove-
lística, como el cuento del codicioso burlado, que tiene mucha analogía cwi la novela
195 de Sacchetti (*), con la fábula 3/ de la Séptima Noche de Straparola, con la ba-
cado una Dota de Stiefcl 8obre las fuentes del Episodio de la Gapa en el acto 2° de El Honrado
Hermano,
Está en Timoneda, Alivio de caminantes (núm. 29, parte 1.*) y en el Libro de chistes de Luis do
Pinedo (Sales Españolas de Paz y Melia, pp. 310 y 312).
Timoneda: «Venido un embajador de Venecia á la corle del gran turco, dándole audiencia á élt
juntamente con otros muchos que habia en su corte, mandó el gran turco que no le diosen silla al
embajador de Venecia, por cierto respecto. Entrados los embajadores, cada caal so sentó en su
debido lugar. Viendo el veneciano que para él faltaba silla, quitóse una ropa de majestad que traía
de brocado hasta el suelo, y asentóse encima del ¡a. Acabando todos de relatar sus embajadas, y hecho
su debido acatamiento al gran turco, salióse el embajador veneciano, dejando su ropa en el suelo. A
esto dijo el gran turco: «Mira, cristiano, que te dejas tu ropa». Hcspondió: aSepa su Majestad que
>Io8 embajadores de Venecia acostumbran dejarse las sillas en que se asientan)).
Pinedo: dcDicen que un Embajador de Venecia, en presencia de la Reina Doña Isabel, y visto
que no le daban silla, se desnudó la ropa rozagante que llevaba, y la puso en el suelo doblada, y
sentóse; y después que hubo negociado, se fué en cuerpo. La Reina envió un mozo de cámara que le
diese la ropa. El Embajador respondió: «Ya la Señoría no necesita de aquel escabeU. Y no quiso
tomar la ropas.
Pinedo (p. 312): «D. Juan de Velasco, hijo del Condestable D. Bernardino, entró á visitar al
Duque de Alba y á otros grandes. No le dieron luego silla: dobló su capa, y sentóse en el suelo».
Confieso que ambos textos se me pasaron por alto al escribir el prólogo de la comedia de El
Honrado Hermano en la colección académica, aunque tanto el libro de Timoneda^ como el de Pinedo,
me fuesen familiares; el primero desde mi infancia y el segundo desde que el Sr. Paz y Melia le sacó
del olvido. Pero también el Sr. Stiefel, que tan agriamente censura los descuidos ajenos, olvidó en
el presente caso otro librcjo todavía má^ vulgar en España, la Floresta de Melchor de Santa Cruz,
en cuya séptima parte {De dichos graciosos) se lee el mismísimo cuento, siendo verosímil que de all^
le tomase Lope, que cita más de una vez aquella colección popular de apotegmas y chascarrillos.
ecUn escudero fué á negociar con el Duque de Alba, y como no le diesen silla, quitóse la capa,
y asentóse en ella. El Duque le mandó dar silla« Dixo el Escudero: cV. Sefioria perdone mi mala
crianza, que como estoy acostumbrado en mi casa de asentarme, desvanecióseme la cabeza». Como
hubo negociado, salióse en cuerpo, sin cobijarse la capa. Trayéndosela un page, le dixo: «Servios de
»ella, que á mí rae ha servido de silla, y no quiero llevarla más á cuestas».
Los versos de Lope de Vega que corresponden á esto son los siguientes:
CuBiACio 1.** Vuelve, Horacio, fuerte.
IIoBACio. ¿A qué?
CuRiACio I.*» Toma el manto.
Horacio. ¿Para qué?
CüiUArio 1." Pues ¿por qué le has de dejar?
Horacio. No me acostumbro llevar
La silla en que me asenté.
(í) Novella OXOV. «Uno villano di Francia avendo preso uno sparviero del Re Filippo di Va-
»lois, e uno maestro uscicr del Re, volendo parte del dono a lai fatto, ha vcnticinque battiture».
(Sachetti, Novelle^ Parte 2.% pp. 134.137).
IIÍTROCÜCOIÓK xtvii
lada inglesa Sir Cleges y otros textos que enumera el doctísimo Félix Liebrecht (^),
uno de los ñmdadores de la novelística comparada.
«Solía un villano muy gracioso llevar á un rey muchos presentes de poco valor, y
el rey holgábase mucho, por cuanto le decía muchos donaires. Acaesció que una vez
que el villano tomó unas truchas, y llevólas (como solía) á presentar al rey, el portero
de la sala real, pensando que el rey haría mercedes al villano, por haber parte le dijo:
«No te tengo de dejar entrar si no me das la mitad de lo que el rey te mandare dar» .
El villano le dijo que le placia de muy buena voluntad, y así entró y presentó las tru-
chas al rey. Holgóse con el presente, y más con las gracias que el villano le dijo; y
muy contento, le dijo que le demandase mercedes. Entonces el villano dijo que no
quería otras mercedes sino que su alteza le mandase dar quinientos azotes. Espantado
el rey de lo que le pedía, le dijo que cuál era la causa por que aquello le demandaba.
Respondió el villano: «Señor, el portero de vuestra alteza me ha demandado la mitad
>de las mercedes, y no hallo otra mejor para que á él le quepan doscientos azotes».
Cayóle tanto en gi-acia al rey que luego le hizo mercedes, y al portero mandó cas-
tigara (2).
Dos ó tres de los cuentos del Sobremesa están en catalán, ó si se quiere en dialecto
vulgar de Valencia. Acaso hubiera algunos más en otra colección rarísima de Timo-
neda. El Buen aviso y portacuentos (1564), que Salva poseyó (^), pero de la cual no
hemos logrado hasta ahora más noticias que las contenidas en el Catálogo de su biblio-
teca: «El libro primero, intitulado Buen Aviso^ contiene setenta y un cuentos del mismo
género que los del Sobremesa^ con la diferencia de que la sentencia ó dicho agudo y
gracioso, y á veces una especie de moraleja de la historieta, van puestas en cinco ó seis
versos. El libro segundo, ó sea el Porta cuentos^ comprende ciento cuatro de éstos, do
igual clase, pero no tienen nada metrificado» . Algunos han confundido esta colección
con el Sobremesa^ pero el mismo Timoneda las distinguió perfectamente en la Epístola
al benigno lector que va al principio de la edición de 1564 de El Bue^i Aviso: «En
>dias pasados imprimí primera y segunda parte del Sobremesa y alivio de caminantes^
(•) Geichichie der Prosadichtungen. Berlín, 1851, p. 257.
(') En el Libro de los enxemploi (n. 146 de la ed. de Gayangos) hay un apólogo que tiene el
mismo sentido y que se haUa también en el Poema de Alexandre (coplas 2197-2201).
cEs enxemplo de un rey que conocía dos ornes, uno muy codicioso, otro muy invidíoso, é pro-
imetióles que les darie cualquier don que le demandasen, en tal manera que el postrimero liobiese
m1 don doblado. E esperando el uno al otro que demandase, el rey mandó al invidioso que deman-
^dasc primero, é demandó que le sacasen un ojo porque sacasen al otro amos los suyos, e non quiso
«pedir cosa buena porque el su prójimo non la hobiese dob]adaj!>.
{^) El Bue aviso y portacuentos de loan Timoneda: en el qual se contienen innum^ables y gra~
ciosQS dichos^ y apazihles acontescimientos para recreación de la vida humana, dirigidos al sabio y
discreto lector (Retrato de Timoneda, el mismo que va en el Sobremesa). Con priuilegio Real, Impresso
en Valencia en casa [de Ida Mey, M.D.LXitij (1564). Véndense en casa de loan Timoneda, 8.**, 56
folios.
La licencia del santo o6cio es de 12 de Setiembre do 1563.
En el fol. 29 comienza con nueva portada la «Segunda parte del Porta eventos de I van Tímo-
ineda, en el qual se contienen diversas sentencias, memorables dichos, y graciosos cuentos, agora
lonevamente compuestos. AQo 1564».
Ximeno cita una edición de Valencia, por Pedro de Huete, 1570, y Fuster otra de la misma
ciudad, por Juan Navarro, á 5 de Mayo de 1569.
xLviii ORÍGENES DE LA NOVELA
> y como este tratado haya sido muy acepto á muchos amigos y señores mios, me cou-
* vencieron que imprimiese el libro presente llamado Buen aviso y Porta cuentos^ á
» donde van encerrados y puestos extraños y muy facetos dichos» . Parece, sin embargo,
que ambas colecciones fueron refundidas en una sola (Recreación y pasatiempo de
caminantes)^ de la cual tuvo el mismo Salva un ejemplar sin principio ni fin, y por tanto
sin señas de impresión. La segunda y tercera parte de este librillo comprendían las
anécdotas del Btiefi Aviso ^ con numerosas variantes y muchas supresiones (').
Timoneda, cuyo nombre va unido á todos los géneros de nuestra literatura popular
6 popularizada, á los romances, al teatro sagrado y profano, á la poesía lírica en hojas
volantes, no se contentó con ensayar el cuento en la forma infantil y ruda del Sobre^
mesa y del Buen Aviso, A mayores alturas quiso elevarse en su femoso Patrafiuelo
(¿1566?), formando la primera colección española de novelas escritas á incitación de las
d^Italia, tomando de ellas el argumento y los principales pormenores, pero volviendo
á contarlas en una prosa familiar, sencilla, animada y no desagradable. En lo que no
hizo bien fue en darse por autor original de historias que ciertamente no había inventado,
diciendo en la Epístola al am^antísimo lector: «No te des á entender que lo que en el
» presente libro se contiene sea todo verdad, que lo inás es fingido y compuesto de núes-
» tro poco saber y bajo entendimiento; y por más aviso, el nombre del te manifiesta clara
» y distintamente lo que puede ser; porque Patrafiuelo se deriva de patraña, y patraña
» no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta que
>paresce que trae alguna apariencia de verdad» .
Infiérese del mismo prólogo que todavía el nombre de novelas no había prevalecido
en España, á pesar del ejemplo del traductor de Boccaccio y algún otro rarísimo: «Y
» así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana Rondalles^ y la tos-
»cana Novelas^ que quiere decir: Tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con
» algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van
» relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron com-
» puestos» (*).
(') ÁUvto de caminantes (jBLñi en hi parto superior de las páginas). La cuarta parte contiene cetros
i»cuentos sacados de la Floresta Española de Melchor de Sta. Cruz» y la Memoria Hispanea.
C) Sólo el canónigo Mayans, en su prólogo de El Pastor de Filida^ cita un Patraüuelo de Va-
lenciai 1566, pero la existencia de tan rara edición está indirectamente comprobada por la aprobación
que se copia en las siguientes (Valencia, 22 de Setiembre de 1566).
— Primera parte de las Palranyas en las quales se tratan admirables cuentos^ graciosas marañas
y delicadas invenciones para saber las contar el discreto relatador. Con licecia en Alcalá de Hena*
reSf en casa de Sebastian Martínez, 1576, (Biblioteca Nacional).
8.» 127 fols.
Tasa.— Aprobación de Joaquin Molina. — Licencia del canónigoTomásDasi.— Privilegio. — Soneto
centre el auctor y su plumaiD. — Soneto de Amador de Loaysa, en loor de la obra. — Epístola al nman*
tissimo Lector. — Texto. — Tabla. ^Una hoja sin foliar con dos quintillas tituladas «Disculpa de
2>Joan Timoneda a ios pan y aguados de la prudencia colegiales del provechoso Silencio».
— Barcelona. Afio 1578.
Al fin: cFue impresso el presente Patraüuelo en la insigne ciudad de Barcelona en casa de
DJayme Sendrat. Año 1578». 8.^ 103 folios. (Biblioteca Nacional, ejemplar de Salva).
— Bilbao, 1580. Por Matías Mares. (Biblioteca Nacional).
— El discreto tertuliante; primera parte de las Patrañas de Joan de Timoneda, en las cuales se
trata de admirables Cuentos graciosos^ Novelas templares, marañas y delicada» invenciones para saber
INTRODUCCIÓN
XLIX
No pasan de veintidós las patrañas de Timoneda, y á excepción de una sola, que
puede ser original (') y vale muy poco, todas tienen fuente conocida, que descubrió
antes quo nadie Liebrecht en sus adiciones á la traducción alemana de la Hisityi'y of
fictian de Dunlop (*). Estas fuentes son tan varias, que recorriendo una por una las
pairafUis puede hacerse en tan corto espacio un curso completo de novelística.
El padre de la historia entre los griegos, padre también de la narración novelesca
en pix)sa, por tantas y tan encantadoras leyendas como recogió en sus libros, pudo
suministrar á la patraña diez y seis el relato de la fabulosa infancia de Ciro (Clio^
107-123). Pero es seguro que Timoneda no le tomó de Herodoto, sino de Justino, que
trae la misma narración, aunque abreviada y con variantes, en el libro I de su epí-
tome de Trogo Pompeyo, traducido al castellano en 1540 por Jorge de Bustamante.
Algún detalle, que no está en Herodoto y sí en aquel compendiador (^), y la falta de
machos otros que se leen en el historiador griego, pero no en Justino^ prueban con
toda evidencia esta derivación. Por el contrario, Lope de Vega, en su notable comedia
Contra valor 7io hay desdicha^ tomó la historia de Herodoto por base principal de su
poema, sin excluir alguna circunstancia sacada de Justino (^).
Del gran repertorio del siglo xiv, Oesta Bomanorum, cuyo rastro se encuentra en
todas las literaturas de Europa, proceden mediata ó inmediatamente las pati-añas 5.*
y 11.% que corresponden á los capítulos 81 y 153 del Oesta. Trátase en el primero
cierta repugnante y fabulosa iiistoria del nacimiento é infancia del Papa San Gregorio
Uagno, á quien se suponía hijo incestuoso de dos hermanos ('*), arrojado al mar, donde
le encontró un pescador, y criado y adoctrinado por un abad. Esta bárbara leyenda,
eoniar el $ahio y discreto relatador. Sacadas segunda vez a luz por José de Afranca y Mendoza, Con
Ucencia en Madrid en la oficina de Manuel Martin, Se hallará en la librería de P, Tejero^ calle de
Atocha^ junto a San Sebastian (1759).
La licencia se dio dccon calidad de que no se imprima la patraña octaváis. Es edición incorrecta,
además de mutilada. El ridículo cambio del Patrañuelo en el Discreto Tertuliante no pasa de la por-
tada: en lo alto de las páginas so da al libro su título verdadero.
En el ejemplar que tuvo Salva un curioso moderno Imbía anotado las fuentes de varías patra-
ñas, pero no siempre son exactas sus indicaciones.
— El Patrañuelo está íntegramente reimpreso en la colección de Aribau (Novelistas anteriores á
Cervantes),
( ' ) Me refiero á la patraña novena.
(*) Gesckichte der prosadichtungen,,. pp. 500-501.
(*) «Indignado el rey de semejante traicionj juntó muy gran hueste y vino sobre Giro y llar«
pago, y llevándolos de vencida á los soldados que iban huyendo, salian las madres y sus mujeres al
eocuentro, qne volviesen á la batalla. Y viendo que no querían, alzándose las madres sus faldas y
mostrando sus vergüenzas, á voces altas decían: ({¿Qué es esto? ¿Otra vez queréis entrar en los vien-
itres de vuestras madres?» Los sOidados de vergüenza desto volvieron á la batalla con grande ánt-
mop (Timoneda).
€Pulsa itaque quum Persarum ocies paullatim cederet, matres et uxores eorum obviam occurrunt:
orant inpraelium revertantur, CunctantibuSy súblata veste, obscoena corporis ostendunt, rogantes anum
»in úteros matrum vel uxorum velint refagereit, Hac repressi castigatione, in proelium redeunt: et Jacta
ifnpressione, quos fugiebant, fugere compelluni» (Just., Jlist,^ I, 6).
{*) Vid. mis observaciones preliminares sobre esta comedia en el tomo VI de la edición acadé*
mica de Lope de Vega.
\^) Oesta Romanorum, ed, de Hermann Oesterley ^Berlín, 1872), pp. 399*409 (De mirabili divi-
na dispensatúme et ortti beati Gregorii Papae), y las versiones que cita el mismo Oesterley, p. 725.
oeíoihks db la novela. — lU—d
L ORÍGENES DE LA NOVELA
que, como otras muchas de su clase, tenía el sano propósito de mostrar patente la mise-
ricordia divina, aun con los más desaforados pecadores (puesto que Gregorio viene á
ser providencial instrumento de la salvación de su madre), parece ser de origen ale-
mán: á lo menos un poeta de aquella nación, Hartmanji von der Aue^ que vivía en el
siglo XIII, fue el primero que la consignó por escrito en un poema de 3.752 versos,
que sirvió de base á un libro de cordel muy difundido en los países teutónicos, San
Gregorio sobre la piedra. Los antiguos poemas ingleses Sir Degore j Sir Eglarnour of
Artois tienen análogo argumento y en ellos fundó Horacio Walpole su tragedia Th^
7nystenoiís mother. En francés existe una antigua vida de San Gregorio en verso,
publicada por Lazarche (Tours, 1857), que repite la misma fábula (*); y no debía de
ser ignorada en España, puesto que encontramos una reminiscencia de ella al principio
de la leyenda del abad Juan de Montemayor, que ha llegado hasta nuestros días en la
forma de libro de cordel (•). Para suavizar el cuento de San Gregorio, que ya comen-
zaba á ser intolerable en el siglo xvi, borró Timoneda en el protagonista la aureola de
santidad y la dignidad de Fapa, dejándole reducido á un Gregorio cualquiera.
La Patraña oncena^ que es la más larga de todas y quizá la mejor escrita, contiene
la novela de Apolonio de Tiro en redacción análoga á la del Oesia^ pero acaso indepen-
diente de este libro (^). Son tantos y tan varios los que contienen aquella famosa his-
toria bizantina de aventuras y naufragios, cuyo original griego se ha perdido, pero del
cual resta una traducción latina muy difundida en los tiempos medios, que no es fácil
atinar con la fuente directa de Timoneda. La suponemos italiana, puesto que de Italia
proceden casi todos sus cuentos. De fijo no tenía la menor noticia del Libi-e d'Apo*
llonío^ una de las más antiguas muestras de nuestra poesía narrativa en el género eru-
dito del mester de clerecía. Las semejanzas que pueden encontrarse nacen de la co-
munidad del argumento, y no de la lectura del vetusto poema, que yacía tan olvidado
como todos los de su clase en un solitario códice, no desenteri-ado hasta el siglo xix (*).
No puede negarse que el primitivo y rudo poeta castellano entendió mejor que Timo-
neda el verdadero carácter de aquel libro de caballerías del mundo clásico decadente,
en que no es el esfuerzo bélico, sino el ingenio, la prudencia y la retórica las cualida-
des que principalmente dominan en sus héroes, menos emprendedores y hazañosos que
pacientes, discretos y sufridos. En la escena capital del reconocimiento de Apolonio y
(*) L« VioUer des histotres romaines. Ancienne traduction frangoise dea aOesta Romanorumj>.
Nouvelle éditiorit revue et annotée par Ai. (/. Bninet (Paria, 1858), pp. 197-198.
(') «En tiempo desto dicho rey Don Ramiro liera abad de Montemayor un noble omne e grand
fídalgo e de buena vida, que avia nombre don Johan. Yendo un dia á maitines la noche de Navidad,
falló un niño que yacía á la puerta do la iglesia echado; este niño era fijo de dos hermanos, fecho en
grand peccado. Como el abad lo vio, ovo del grand piedad; tomólo en sus bra9os e metiólo en la
iglesia é fizólo bautizar o púsole nonbre Garfia. Oriolo muy viciosamente, atanto e más que si fuera
BU fijo».
Asi Diego Rodriguez de Almela, en su Compendio Historial, que es el primer texto que cor-
signa esta novela.
Vid. La leyenda del abad Don Juan de Montemayor^ publicada por R, Menéndez Pidal, Dres-
den, 1903 (t. II de la Gesellschaft für romanische literatur)^ p. 5.
(•) Cf. en el Gesta Romanorum^ ed. de Oesterley, pp. 510-532, y la lista de paradigmas, p. 737.
El Apolonio no formaba parte del primitivo texto del Gesta, Era una novela aislada: De tribulatione
iemporalif quae in gaudium sempiternum postremo conmutabitur.
(«) Por D. Pedro José Pidal en la Revista de Madrid, 1844.
INTRODUCCIÓN ti
BU hija llega á una poesfa de sentimiento que no alcanza jamás el compilador del
Patrañuelo; y el tipo de la hija de Apolonio, transformada en la juglaresa Tarsiana,
tiene más vida y más colorido español que la Politania de Timoneda. Prescindiendo de
esta comparación (que no toda resultaría en ventaja del poeta más antiguo), la novela
del librero valenciano es muy agradable, con mejor plan y traza que las otras suyas,
con un grado de elaboración artística superior. Para amenizarla intercala varias poe-
sías, un soneto y una octava al modo italiano, una canción octosilábica y un romance,
en que la truhaiiüla^ para darse á conocer á su padre Apolonio, Iiace el resumen de su
triste historia:
En tierra fui engendrada,- de dentro la mar nascida,
y en mi triste nacimiento— mi madre fué fallescida.
Echáronla en la mar - en un ataúd metida,
Con ricas ropas, corona,— como reina esclarecida...
Versos que recuerdan otros de Jorge de Montemayor (Diana^ libro V), imitados á
su vez de Bemaldim Eibeiro: .
Cuando yo triste nací,— luego nací desdichada,
Luego los hados mostraron— mi suerte desventurada.
El sol escondió sus rayos, — la luna quedó eclipsada,
Murió mi madre en pariendo,— moza, hermosa y mal lograda...
Nada hay que añadir á lo que con minuciosa y sagaz crítica expone miss Bour-
land O sobre las tres patrañas imitadas de tres novelas de Boccaccio. En la historia de
Griselda, que es la patraña 2.*, prefiere Timoneda, como casi todos los imitadores, la
refundición latina del Petrarca, traduciéndola á veces á la letra, pero introduciendo
algunas modificaciones para hacer menos brutal la conducta del protagonista. La patiuña
15.' corresponde, aunque con variantes caprichosas, á la novela 9.* de la segunda jor-
nada del Decameron^ célebre por haber servido de base al Cymbelino de Shakespeare,
Timoneda dice al acabar su relato: «Ueste cuento pasado hay hecha comedia, que se
> llama Eufemias . Si se refiere á la comedia de Lope de Rueda (y no conocemos ninguna
otra con el mismo título), la indicación no es enteramente exacta, porque la comedia y
la novela sólo tienen de común la estratagema usada por el calumniador para ganar la
apuesta, fingiendo haber lo¿,rado los favores de la inocente mujer de su amigo.
Timoneda había recorrido en toda su extensión la varia y rica, galería de los fiorc'
lUeri italianos, comenzando por los más antiguos. Ya dijimos que no conocía á Franco
Sacchetti, pero puso á contribución á otro cuentista de la segunda mitad del siglo xiv.
Ser üiovanni Florentino. Las dos últimas pairarías de la colección valenciana corres-
ponden á la novela 2." de la jornada 23 y á la 1.'' de la jornada 10 del Pecorone (*). Ni
una ni otra eran tampoco originales del autor italiano, si es que existe verdadera origi-
nalidad en esta clase de libros. El primero de esos cuentos reproduce el antiquísimo
tema folklórico de la madiastra que requiere de amores á su entenado y viendo recha-
(') £a 8U tesis tantas veces citada acerca de Boccaccio, pp. 84, 152, 163.
[*) Pudo manejarle en la edición de Milán, 1558. La de Venecia, I5tí5, es posterior al Pa^
traüuelo.
Lii ORÍGENES DE LA NOVELA
zada su incestuosa pasión le calumnia y procura envenenarle (*). La patraña 21 tiene
por fuente remotísima la narración poética francesa Florence de Borne, que ya á fines
del siglo XIV ó principios del xv Labia recibido vestidura castellana en el Cttento muy
fermoso del emperador Oltas et de la infanta Florencia su hija et del buen caballero
Esmeix (*). Pero la fuente inmediata para Timoneda no fue otra que el Pecorone^ alte-
rando los nombres, según su costumbre (^).
Dos 7i<yvellieri del siglo xv, ambos extraordinariamente licenciosos, Masuccio Saler-
nitano y Sabadino degli Arienti, suministran á la compilación que vamos examinando
dos anécdotas insignificantes, pero que á lo menos están limpias de aquel defecto (*).
No puede decirse lo mismo de la patraña octava, que es el escandalosísimo episo-
dio de Jocondo y el rey Astolío (tan semejante al cuento proemial de Ims Mil y Una
Noches) que Timoneda tomó del canto 28 del Oriundo Furioso^ sin mitigar en nada la
crudeza con que lo había presentado el Ariosto.
Mateo Bandello, el mayor de los novelistas de la península itálica después de Boc-
caccio, no podía quedar olvidado en el ameno mosaico que iba labrando con piedre-
cillas italianas nuestro ingenioso mercader de libros. D6s patrañas tienen su origen en
(') dcNovella 11. Una matrigna fa preparare da un suo scliíavo il veleno al figliastro perché non
Bvuol condescenderé alie sue voglie. Per iscambio lo heve un bqo proprio figliuolo minore d* eti\.
3>IL figliastro n' é accusato e lo sciiiavo depone centro di esao. Un vecchio medico comparisce, e con-
>fe88a aver egli dato alio schiavo quel beveraggio, che e un augo da far dormiré. Si corre allora alia
ssepoUura, ed il fanciullo é trovato vivo. Gondanna dello schiavo, e della donna.]»
11 Pecorone di Ser Oiovanni Florentino nel quale $i eontengono cinquanta novelle anttche helle
eC invenzione e di stile, Milán, 1804 (De la colección de Clásicos Italianos), tomo II, pág. 138.
(') Véase lo que de ella decimos en el tomo primero de los Origenes de la novela^ pág. CLIX.
(') cNovclla I. II Re d' Inghilterra sposa Dionigiu fígliuola d* un Be di Francia, che trova in
x>un convento dell' isola. Partorisce due moschi in lontananza del ninríto, ed obbligata, per calunnie
Dappostcle duUa suocera, a partirsi, con essi va a Roma. In quale occasione ricomobbero i due Ko
3>con estrema gioja, I' uno la moglie e Tal tro la BorelIu.i»
// Pecorone,., Tom. I, p. 203.
(^) Compárese la patraña tercera de Timoneda con la novela primera de Masuccio, cuyo argu-
mento dice asi:
«Mastro Diego é portato morto da mcsser Rodcrico al suo convento. Un altro fratre credendolo
yvivo gli dá con un sasso, c crtde averio morto. Lui fuggesi con una cavalla, e per uno strano caso
9se incontra col morto a ca valla in uno stallone, lo quale con la lanza alia resta, seguelo per tutta
]»la cittá. Lo vivo é pieso, confessa lui essere stato T omicida; vo!e8Í giustiziare. 11 cavaliere mani-
fiesta il vero, e al írutre é perdonata la non meritata morte.]»
II Novellino di Masuccio Salemitano restituito alia sua antica lezione da Luigi Settembrini, Ku-
poli, 1874. Pág. 7.
En Masuccio la acción de la novela pasa en Salamanca, y el protagonista es un fraile, el Maes-
tro Diego de Arévalo. Timoneda, que por otra parte abrevia mucho el cuento, le traslada á París y
el héroe es «un quistor llamado Sbarroya:».
La patraña 18 es la novela 20 de las Porretane de Sabadino degli Arienti:
«Misser Lorenzo Spaza ca valiere Araldo se la fa conveniro denanti al pretore da uno notaro: il
}»qual e dimostrato non esser in bono sen timen to: et Misser Lorenzo libero se parte lassando el notaro
Dscernito et denperato».
Fol. XVII de las Settanta Novelle.
(Al fin): Quifiniscono le dolce et amorose Settanta nouelle dú preclaro homo misser lohanne Sala»
diño degli Arienti Bolognese. Intitúlate a lo inuictissimo signare Bercule Estése Duca de Ferrara.
Nouam'ete historiad e et corréete per el doctissimo homo Sebastiano Manilio, Et con grande attentione in
la inclyta Cita de Venetia stampate. Xel M.CCCCCX (1610) a di XVI de Marzo,
INTRODUCCIÓN un
la vasta colección del obispo de Agen. En la 19 encontramos una imitación libre y muy
abreviada de la novela 22 de la Primera Parte (') (Amores de Felicia, Lionata y Tim-
breo de Cardona), sugerida en parte por el episodio de Ariodante y Ginebra, en el
canto V del Criando Fui^ioso^ como éste lo fue por un episodio análogo de Tirante el
Blanco (*). A su vez la novela de Bandello es fuente común de otra de Giraldi Cin-
thio, del cuento de Timoneda y de la comedia de Shakespeare Mttch ado about
noihing (*).
No tiene menos curiosidad para la historia de la poesía romántica la Pat?aña séti*
ma, «De este cuento pasado hay hecha comedia, llamada de la Duquesa de la Bosa» .
Esta comedia existe y es la más notable de las tres que nos quedan del famoso repre-
sentante Alonso de la Vega. Pero ni la novela está tomada de la comedia ni la comedia
de la novela. Alonso de la Vega y Juan de Timoneda tuvieron un mismo modelo, que
es la novela 44, parte 2.* de las de Bandello, titulada Amare di Don Oiovanni di Men^
doxa e delta Duchessa di Savoja^ con varíi e mirabili accidenti che v' inter lengona.
Bandello pone esta narración en boca de su amigo el noble milanos Filipo Baldo, que
decía habérsela oído á un caballero español cuando anduvo por estos reinos (*), y en
efecto, tiene semejanza con otras leyendas caballerescas españolas de origen ó aclima-
tadas muy de antiguo en nuestra literatura (^). El relato de Bandello es muy largo y
recargado de peripecias, las cuales en parte suprimen y en parte abrevian sus imitadores.
Uno y otro cambian el nombre de Don Juan de Mendoza, acaso porque no les pareció
conveniente hacer intervenir un apellido español de los más históricos en un asunto de
pura invención. Timoneda le llamó el Conde de Astre y Alonso de la Vega el infante
Dulcelirio de Castilla. Para borrar todas las huellas históricas, llamaron entrambos
duquesa de la Rosa á la de Saboya. Uno y otro convienen en suponerla hija del rey de
Dinamarca, y no hermana del rey de Inglaterra, como en Bandello. De los nombres de
la novela de éste Timoneda conservó únicamente el de Apiano y Alonso de la Vega
ninguno.
Timoneda hizo un pobrísimo extracto de la rica novela de Bandello: omitiendo el
viaje de la hermana de Don Juan de Mendoza á Italia, la fíngida enfermedad de la
duquesa y la intervención del módico, dejó casi sin explicación el viaje á Santiago;
(I) cNoveUa XXII. Narra íl sígn. Scípione Attellano come íl sig. Timbreo di Curlona, csseado
>col Re Fiero d* Ara/^ona in Messina, s' innamora di Fenicia Lionata, e i varii e fortunevoli accidenti
>che avennero prima che per moglie la prendesse.]»
Novelledi Matíeo Bandello, Milano, Silvestri, 1818. T. II, pp. 99-15G.
(*) Vid. Oiigenei de la novela^ t. I, p. OOLVII.
(») Dualop-Liebrecht, p. 288.
(*) «Vi narrerú una mirabile istoria che giá da un cavaliere Spagnuolo, essendo io altre volte in
ik-Spagna, mi fu narrata.]»
Vid. Novelle di Matteo Bandello,,, Volume sesio^ Milán, 1814, pp. 187-145.
O La más antigua é importante de estas leyendas es la de la libertad de la emperatriz de Ale-
mania por el Conde dA Barcelona, sobre la cual he escrito largamente en el tomo II do mi Tratado
de lo9 romanee» viejos (pp. 271-276). En la Rosa Gentil áe\ mismo Timoneda (n.° 1C2 de la Primavera
de Wolf) hay un largo y prosaico romance juglaresco sobre este tema.
Es leyenda de origen provenzal, y debió de popularizarse muy pronto en Cataluña; pero antes
que Desclot la consignase en su Crónica existia ya una variante castellana (la falsa acusación de la
Keina de Navarra defendida por su entenado D. Ramiro), que recogieron el arzobispo D. Rodrigo y
la Crónica general.
Liv ORÍGENES DE LA NOVELA
suprimió on el desenlace el reconocimiento por medio del anillo y en cuatro líneas secas
despachó el incidente tan dramático de la confesión. En cambio, añade de su cosecha
una impertinente carta de los embajadores de la duquesa de la Kosa al rey de Di-
namarca.
Alonso de la Vega, que dio en esta obra pruebas de verdadero talento, dispuso la
acción mucho mejor que Timoneda y que el mismo Bandello (*). No cae en el absurdo,
apenas tolerable en los cuentos orientales, de hacer que la duquesa se enamore loca-
mente de un caballero á quien no había risto en la vida y sólo conocía por fama, y
emprenda la más desatinada peregrinación para buscarle. Su pasión no es ni una insen-
sata veleidad romántica, como en Timoneda, ni un brutal capricho fisiológico, como en
Bandello, que la hace adúltera de intención, estropeando el tipo con su habitual cinis-
mo. Es el casto recuerdo de un inocente amor juvenil que no empana la intachable
pureza de la esposa fiel á sus deberes. Si emprende el viaje á Santiago es para implorar
del Apóstol la curación de sus dolencias. Su romería es un acto de piedad, el cumpli-
miento de un voto; no es una farsa torpe y liviana como en Bandello, preparada de
concierto con el médico, valiéndose de sacrilegas supercherías. Cuando la heroína de
Alonso de la Vega encuentra en Burgos al infante Dulcelirio, ni él ni ella se dan á
conocer: sus almas se comunican en silencio cuando el infante deja caer en la copa que
ofrece á la duquesa el anillo que había recibido de ella al despedirse de la corte de su
padre en días ya lejanos. La nobleza, la elevación moral de esta escena, honra mucho á
quien fue capaz de concebirla en la infancia del arte.
Como Timoneda y Alonso de la Vega, aunque con méritos desiguales, coinciden en
varias alteraciones del relato de Bandello, hay lugar para la suposición, apuntada
recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal (*), de un texto intermedio entre Ban-
dello y los dos autores españoles.
Otras dos patrañas, la 1.* y la 13.*, reproducen también argumentos de comedias,
según expresa declaración del autor; pero estas comedias, una de las cuales existe toda-
vía, eran seguramente de origen novelesco ó italiano. De la Feliciana no queda más
noticia que la que da Timoneda. La Tolomea es la primera de las tres que se conocen
de Alonso do la Vega, y sin duda una de las farsas más groseras y desatinadas que en
tiempo alguno so han visto sobre las tablas. Su autor se dio toda la maña posible para
estropear un cuento que ya en su origen era vulgar y repugnante. No pudo sacarle
del Patrañuelo^ obra impresa después de su muerte y donde está citada su comedia, de
la cual se toman literalmente varias frases. Hay que suponer, por tanto, un modelo
italiano, que no ha sido descubierto hasta ahora. Los dos resortes principales de la
comedia, el trueque de niños en la cuna y el incesto de hermanos (no lo eran realmente
Argentina y Tolomeo, pero por tales se tenían), pertenece al fondo común de los cuen-
tos populares (^).
La patraña cuarta^ aunque de antiquísimo origen oriental, fue localizada en Roma
por la fantasía de la Edad Media y forma parte de la arqueología fabulosa de aquella
ciudad. «Para entondimiento de la presente patraña es de saber que hay en Roma,
(*) Vid, Tres comedias de Alonso de la Vega, con un prólogo de D, Marcelino Menéndez y Pela-
yo. Dresden, 1905 {Gesellschaft fár romanische Uteraiur, Band. 6).
Q) Cultura Española, Mayo de 1906, pág. 467.
(^) Vid. los paradigmas que apunta Oesterley en sus notas al Gesta Romanoimm^ p. 730.
INTRODUCCIÓN lv
í dentro de los muros della, al pie del monte Aveutiiio, una piedra á modo de molino
•grande que en medio della tiene una cara casi la media de león y la media de hom-
»bre, con una boca abierta, la cual hoy en día se llama la piedra de la verdad... la cual
3 tenía tal propiedad, que los que iban á jurar para hacer alguna salva ó satisfacción de
>lo que les inculpaban, metían la mano en la boca, y si no decian verdad de lo que les
>era interrogado, el ídolo ó piedra cerraba la boca y les apretaba la mano de tal ma-
guera, que era imposible poderla sacar hasta que confesaban el delito en que hablan
>caido; y si no tenian culpa, ninguna tuerza los hacía la piedra, y ansí eran salvos y
-sueltos del crimen que les era impuesto, y con gran triunfo les volvían su fama y
> libei-tad» .
Esta piedra, que parece haber sido un mascarón de fuente, se ve todavía en el pór-
tico de la iglesia de Santa Marta in Cosmedino y conserva el nombre de Bocea della
Verit(\ que se da tambión á la plaza contigua. Ya en los Mirabüia urbis Roniae^ pri-
mer texto que la menciona, está considerada como la boca de un oráculo. íero la fan-
tasía avanzó más, haciendo entrar esta antigualla en el ciclo de las leyendas virgilia-
nas. El poeta Virgilio, tenido entonces por encantador y mago, había labrado aquella
efigie con el principal objeto de probar la lealtad conyugal y apretar los dedos á las
adúlteras que osasen prestar falso juramento. Una de ellas logró esquivar la prueba,
haciendo que su oculto amante se fingiese loco y la abrazase en el camino, con lo cual
pudo jurar sobre seguro que sólo su marido y aquel loco la habían tenido en los bra-
zos; Virgilio, que Heno de malicia contra el sexo femenino había imaginado aquel arti-
ficio mágico para descubrir sus astucias, tuvo que confesar que las mujeres sabían más
que él y podían dar lecciones á todos los nigromantes juntos.
Este cuento, como casi todos los que tratan de «engaños de mujeres» , fue primiti-
Tamente indio; se encuentra en el (^uhasaptati ó libro del Papagayo y en una colección
tibetana ó mongólica citada por Benfey. El mundo clásico conoció también una anéc-
dota muy semejante, pero sin intervención del elemento amoroso, que es común al
relato oriental y á la leyenda virgiliana. Comparettí, que ilustra doctamente esta leyen-
da en su obra acerca de Virgilio en la Edad Media, cita á este propósito un texto de
Macrobio (Sai, I, 6, 30). La atribución á Virgilio se encuentra por primera vez, según
el mismo filólogo, en una poesía alemana anónima del siglo xiv; pero hay muchos tex-
tos posteriores, en que para nada suena el nombre del poeta latino (*). uno de ellos es
el cuento de Timoneda, cuyo original verdadero no ha sido determinado hasta ahora,
ya que no puede serlo ninguna de las dos novelas italianas que Liebrecht apuntó. La
íábula 2.* de la cuarta Noche de Straparola (*) no pasa en Roma, sino en Atenas, y carece
de todos los detalles arqueológicos relativos á la Bocea della Veritá, los cuales Timo-
neda conservó escrupulosamente. Además, y esto prueba la independencia de las dos
versiones, no hay en la de Straparola rastro de dos circunstancias capitales en la de
límoneda: la intervención del nigromante Paludio y la herida en un pie que finge la
(t) Virgilio mi Medio Evo (Liorna, 1872), t. II, pp. 120-128.
O ((Argumento. Glauco cavallero de Alhenas recibió por adoptiva espoail a PliileniaCéturiona,
97 por el grande celo que delia tenia la acusó por adultera ante el juez, y por intercession y astucia
>de Hipólito 8u amigo fué libre, y Glauco sn marido condenado n muerte.i»
Parte primera del honesto y agradcihle entretenimiento de Damas y Galanes,., Pamplona, 1612,
p. 146 vta. Es la traducción de Francisco Truchado*
Lvi ORÍGENES DE LA NOVELA
mujer adúltem para que venga su amanto á sostenerla, no en traza y ademán de loco,
sino en hábito de \'iIIano. De la novela 98 de Celio Malespini no hay que hacer cuenta,
puesto que la primera edición que se cita de las Ducento Novelle de este autor es de
1609, y por tanto muy posterior al Patrañuelo (*).
Tampoco creo que la patraña 17 venga en línea recta de la 68 de las Genio Aoie-
lU Antiche^ porque esta novela es una de las diez y ocho que aparecieron por primera
vez en la edición de 1572, dirigida por Vincenzio Borghini (*), seis años después de
haber sido aprobado para la impresión el librillo de Timoneda. Más verosímil es que
éste la tomase del capítulo final (283) del Gesta Roinanoriim (^). Pero son tan nume-
rosos los libros profanos y devotos que contienen la ejemplar historia del calumniador
que ardió en el horno encendido para el inocente, que es casi superfina esta averigua-
ción, y todavía lo sería más insistir en una leyenda tan famosa y universalmente divul-
gada, que se remonta al Somadeva y á los cuentos de Los Siete Visires (sin contar
otras versiones en árabe, en bengalí y en turco), que tiene en la Edad Media tantos
paradigmas, desde el fablinu francés del rey que quiso hacer quemar al hijo de su
senescal, hasta nuestra leyenda del paje de Santa Isabel de Portugal, cantada ya por
Alfonso el Sabio (*), y que, después de pasar por infinitas transformaciones, toda\'ía
prestó argumento á Schiller para su bella balada Frí/iolin^ imitada do una novela de
Kestif de la Bretonne.
Lo que sí advertiremos es que el cuento de Timoneda, lo mismo que la versión
catalana del siglo xv, servilmente traducida del fabliau francés (*), pertenecen á la pri-
mitiva forma de la leyenda oriental, que es también la más grosera y menos poética,
en que el acusado no lo es de adulterio, como en las posteriores, sino de haber dicho
que el rey tenía lepra ó mal aliento (*').
La patraña catorcena es el cuento generalmente conocido en la literatura folkló^
rica con el título de El Rey Juaii y el Abad de Gantorbery. No creo, por la razón cro-
nológica ya expuesta, que Timoneda le tomase de la novela 4.* de Sacchetti {^\ que es
mucho más complicada por cierto, ni tampoco del canto 8.^ del Orlandino de Teófilo
Folengo, donde hay un episodio semejante. Este cuento vive en la tradición oral, y de
ella hubo de sacarle inmediatamente Timoneda, por lo cual tiene más gracia y frescura
(*) Vid. Gamba (Bartolommeo), Delle Novelle italiane in prosa. BihUografia. Florencia, 1835.
PP. 182-133.
O Sobre las diferencias de estas primitivas ediciones, véase el precioso estudio de Alejandro
de Ancona, Del Novellino e delle sue fonti (Studi di Critica e Storia Letteraria, Bolonia, 1880), pági-
nas 219-359.
(•) Gesta Romanorum, ed. Oesterley, p. 300, y una rica serie de referencias en la p, 749.
(*) Cantiga 78. Parece haber venido de Provenza. El conde de Tolosa es quien manda quemar
á su privado.
(') Publicada por Morel-Fatio en la Romanía, t. V, con una noticia muy interesante de Gastón
Paris.
(') Opina Gastón París que los cuentos occidentales de )a primera serie (lepra, mal aliento) pro-
ceden de una de las dos versiones árabes, y les de la segunda serie (adulterio) do la otra, por inter-
medio de un texto bizantino.
(^) QcMesser Bernabó signore di Melano comanda a uno Abate, che lo chiarisca di quattro cosa
»impo8sibili, di che uno mugnajo, vestitosi de* panni dello Abate, per lui le chiarisce in forma che
]»rimane Abate, e TAbate rimane mugnajo.»
(Novelle di Franco Sacchetti,,. T. I, pp. 7-10.
N.
INTRODUCCIÓN lvii
y al mismo tiempo más precisión esquemática que otros suyos, zurcidos laboriosamente
con imitaciones literarias. Todos hemos oído este cuento en la infancia y en nuestros
días le ha vuelto á escribir Trueba con el título de La Gramática parda (*). En Cata-
luña la solución de las tres preguntas se atribuye al Kector de Vallfogona, que carga
allí con la paternidad de todos los chistes, como Quevedo en Castilla. Quiero transcri-
bir la versión de Timoneda, no sólo por ser la más antigua de las publicadas en España
y qmzá la más fíel al dato tradicional, sino para dar una muestra do su estilo como
cuentista, más sabroso que limado.
«Queriendo cierto rey quitar el abadía á un muy honrado abad y darla á otro por
> ciertos revolvedores, llamóle y díxole: «Reverendo padre, porque soy informado que
no sois tan docto cual conviene y el estado vuestro requiere, por pacificación de mi
reino y descargo de mi consciencia, os quiero preguntar tres preguntas, las cuales, si
>por vos me son declaradas, haréis dos cosas: la una que queden mentirosas las perso-
3 ñas que tal os han levantado; la otra que os confirmaré para toda vuestra vida el aba-
'^día, y si no, habréis de perdonar^ . A lo cual respondió el abad: «Diga vuestra alteza,
5 que yo haré toda mi posibilidad de habellas de declarar». «Pues sus, dijo el rey. La
» primera que quiero que me declaréis es que me digáis yo cuánto valgo; y la segunda,
> que adonde está el medio del mundo, y la tercera, qué es lo que yo pienso. Y porque
5 no penséis que os quiero apremiar que me las declaréis de improviso, andad, que un
>mes 08 doy de tiempo para pensar en ello» .
> Vuelto el abad á su monesterio, por más que miró sus libros y diversos autores,
> por jamás halló para las tres preguntas respuesta ninguna que suficiente fuese. Con
?esta imaginación, como fuese por el monesterio argumentando entre sí mismo muy
5 elevado, díjole un dia su cocinero: «¿Qué es lo que tiene su paternidad?» Celándoselo
>el abad, tornó á replicar el cocinero diciendo: «No dexe de decírmelo, señor, porque á
> veces debajo de ruin capa yace buen bebedor, y las piedi*as chicas suelen mover las
agrandes carretas». Tanto se lo importunó, que se lo hubo de decir. Dicho, dixo el coci-
>nero: «Vuestra paternidad haga una cosa, y es que me preste sus ropas, y raparéme
>esta barba, y como le parezco algún tanto y vaya de par de noche en la presencia del
>rey, no se dará á cato del engaño; así que teniéndome por su paternidad, yo le pro-
3 meto de sacarle deste trabajo, á fe de quien soy».
» Concediéndoselo el abad, vistió el cocinero de sus ropas, y con su criado detrás,
>con toda aquella cerimonia que convenía, \ino en presencia del rey. El rey, como le
jvido, hízole sentar cabe de sí diciendo: «Pues ¿qué hay de nuevo, abad?» Respondió
= 61 cocinero: «Vengo delante de vuestra alteza para satisfacer por mi honra». «¿Así?
iídijo el rey: veamos qué respuesta traéis á mis tres preguntas». Respondió el cocinero:
¿Primeramente á lo que me preguntó vuestra alteza que cuánto valía, digo que vale
> veinte y nueve dineros, porque Cristo valió treinta. Lo segundo, que donde está el me-
3 dio mundo, es a do tiene su alteza los pies; la causa que como sea redondo como bola,
> adonde pusieren el pié es el medio del; y esto no se me puede negar. Lo tercero que
3 dice vuestra alteza, que diga qué es lo que piensa, es que cree hablar con el abad, y
>está hablando con su cocinero» . Admirado el rey desto, dixo: «Qué, ¿éso pasa en ver-
>dad?» Respondió: «Sí, señor, que soy su cocinero, que para semejantes preguntas era
(') En sus Cuentón Popularen.
Lviii orígenes de la novela
»yo suficiente, y no mi señor el abad». Viendo el rey la osadía y viveza del cocinero,
»no sólo le confirmó la abadía para todos los dias de su vida, pero hízole infinitas mer-
» cedes al cocinero».
Sobre el argumento de la, paira Ff a 12.'' versa una de las piezas (jue Timoneda pu-
blicó en su rarísima Turíana: Pa^o de dos ciegos y un moxo muy gracioso para la
noche de Navidad (V. Timoneda fue editor de estas obras, pero no consta con cci-teza
que todas salieran do su pluma. De cualquier modo, el Paso estaba escrito en 1563,
antes que el cuenteciilo de^i?/ Patrañuelo^ al cual aventaja mucho en desenfado y
chiste. Con ser tan breves el paw y la patraña, todavía es verosímil que procedan do
algiuia floresta cómica anterior (*).
Aunque Timoneda no sea precursor inmediato de Cervantes, puesto que entre
el PatraTiuelo y las Novelas Ejemplares se encuentran, por lo menos, cuatro colec-
ciones de alguna impoi-tancia, todas, excepto la portuguesa de Troncóse, pertenecen
á los primeros años del siglo xvii, por lo cual, antes de tratar de ellas, debo decir
dos palabras de los libros de anécdotas y chistes, análogos al Sobremesa^ que esca-
sean menos, si bien no todos llegaron á imprimirse y algunos han perecido sin dejar
rastro.
Tal acontece con dos libros de cuentos varios que D. Tomás Tamayo de Vargas cita
en su Junta dé\libros la mayor que España ha visto en su lengua, de donde pasó la
noticia á Nicolás Antonio. Fueron sus autores dos clarísimos ingenios toledanos: Alonso
de Villegas y Sebastián de Horozco, aventajado el primero en géneros tan distintos
como la prosa picaresca de la Comedia Selvagia y la narración hagiográfica del Flos
Sanctorum; poeta el segundo de festivo y picante humor en sus versos do burlas, inci-
piente dramaturgo en representaciones, entremeses y coloquios que tienen más de pro-
fano que de sagrado; narrador fácil y^ ameno de sucesos de su tiempo; colector incan-
sable de memorias históricas y de proverbios; ingenioso moralista con puntas de satírico
en sus glosas. Las particulares condiciones de estos autores, dotados uno y otro de la
facultad narrativa en grado no vulgar, hace muy sensible la pérdida de sus cuentos,
irreparable quizá para Alonso de Villegas, (|ue entregado á graves y religiosos pensa-
mientos en su edad madura, probablemente liaría desaparecer estos livianos ensayos de
su mocedad, así como pretendió con ahinco, aunque sin fruto, destruir todos los ejem-
(*) Saldrá reimpreso muy pronto por la Sociedad de Bíblióñlos de Valencia con las demás piezas
dramáticas de Timoneda.
(*) La patraña sexta tiene seguramente origen italiano, como casi todas; pero no puede ser la
novela cuarta de Sercarabi de Luca, citado á este propósito por Liebrecht, porque los cuentos de este
autor del siglo xv estuvieron inéditos hasta 1816, en que imprimió Gamba algunos de ellos. Más
bien puede pensarse en la novela nona de la primera década de los Hecatommithi de Giraldi Ohin-
thio: aFilargiro perde una borsa con molti scudi, promette, per publico bando, a chi gliela dá buen
iftguiderdone; poi che V ha ritrovata, cerca di non servar la promessa, et cgli perde i ritrovati denari
Din castigo della sna frode.D
(Hecatommithi ovvero Novele di M, Qiovanhattitta Giraldi Cinthio nohile ferrarese.,. Di nuovo
rivedutey corrette, et riformate in questa terza impreaione In Vinegia^ appresso Enea de A taris 1574»
PP. 84-85.
Es curiosa esta patraña de Timoneda, porque de ella pudo tomar Cervantes el chiste del asno
desrabado del aguador, para trasplantarle á La ilustre fregona^ como ya indicó Gallardo {Ensayo, III,
738). Por cierto que de este asno no hay rastro en la novela de Giraldi, que sólo tiene una seme-
janza genérica con la de Timoneda, y tampoco me parece su fuente directa.
INTRODUCCIÓN lix
piares de su Selvaf/ia^ comedia del género de las Celestinas (*). Pero no pueden presu-
mirse tilles escrúpulos en Sebastián de Horozco, que en su Cancionero tantas veces
traspasa la raya del decoro, y que toda su vida cultivó asiduamente la literatura pro-
ÍEma. Conservemos la esperanza de que algún día desentierre cualquier afortunado
investigador su Libido de cuentos; del modo que han ido apareciendo sus copiosas rela-
ciones históricas, su Recopilacián de refranes y adagios comunes y vulgares de Espaí/a,
que no en vano llamó «la mayor y más copiosa que liasta ahora se ha hecho» , puesto
que, aun incompleta como está, comprende más de ocho mil; y su Teatro universal de
proi^erbios^ glosados en verso, donde se encuentran incidentalmente algunos «cuentos
graciosos y fábulas moralizadas» , siguiendo el camino abierto por Juan de Mal Lara,
pero con la novedad de la forma métrica (2).
Jíin su entretenido libro Sales Españolas ha recopilado el docto bibliotecario D. An-
tonio Paz y Melia, á (luien tantos obsequios del mismo género deben nuestras letras,
varias pequeñas colecciones de cuentos, inéditas hasta el presente. Una de las más anti-
guas es la que lleva el título latino de Líber fa^etiarum el similitudi7ium Ludovici di
Pinedo et ami<ioruin, aunque esté en castellano todo el contexto (^). Las facecias do
Pinedo, como las de Poggio, parecen, en efecto, compuestas, no por una sola persona,
riño por una tertulia ó reunión de amigos de buen humor, comensales acaso do D. Diego
de Mendoza ó formados en su escuela, según conjetura el editor, citando palabras tex-
tuales de una carta de aquel grande hombre, que han pasado á uno de los cuentos (*).
(') MSelvagia Comedia ad Celestinee i'jnitationem olim confecerat, quam tamen supprimere luaxi-
>me voluit curavitque jam major annis, totusque aludió pietatis dedttus.]> (Bibl. Hisp. Nov., I, p. 55.)
(') Trati extensamente de ambas colecciones, inéditas aún, D. Antonio Martín Gamero en las
eruditas Cartas literarias que preceden al Cancionero de Sebastián de Horozco publicado por la Socie-
dad de Bibliófilos Andaluces (Sevilla, 1874).
Compuso Horozco otros opúsculos de curiosidad y donaire, entre ellos unos coloquios (en prosa)
de ranos personajes con el Eco. Dos de los interlocutores son un fraile contento y una monja des-
contenta (Vid. apéndice al Cancionero^ p. 263 y ss.).
Hijo de este ingenioso es'jritory heredero suyo en la tendencia humoristica y en la afición á los
prorerbios fue el famoso lexicó.e^rafo D. Sebastián de Oobarrnbias y Horozco, de cuyo Tesoro de la
kñgua castellana (Madrid, 1600), que para tantas cosas es brava mina, pueden extraerse picantes
anécdotas y chistosos ras<;08 de costumbres.
También en el Vocabulario de refranes del Maestro Gonzalo Correas, recientemente dado á luz
por el P. Mir, se encaentran datos útiles para la novelística. Sirva de ejemplo el cuento siguiente,
que corresponde al exemplo 43 de El Conde Lucanor («del cuerdo y del Iocod), pero que no está
tomado de aquel libro, sino de la tradición vulgar:
cEn Chinchilla, lugar cerca de Cuenca, había un loco que, persuadido de holgazanes, llevaba
un palo debajo de la falda, y en viniendo algún forastero, se llegaba á él con disimulación, pregun-
tándole de dónde era y á qué venía, le daba tres ó cuatro palos, con lo que los otros se reían, y luego
loi apaciguaban con la excusa de ser loco. Llegó un manchego, y tuvo noticia en la posada de lo
que bacía el loco, y prevínose de un palo, acomodado debajo de su capa, y fuese á la plaza á lo que
lubia menester. Llegósele el loco, y adelantóse el manchego y dióle muy buenos palos, con que le
hizo ir huyendo, dando voces y diciendo: ¡Gente, cuidado, que otro loco hay en Cliinchillu!».
Otros cuentos están tomados de la Floresta de Santa Cruz.
O Sales españolas ó a^idezas del ingenio nacional recogidas por A, Paz y Melia. Madrid, 1890.
(En la Colección de Escritores Castellanos, pp. 253-317.)
(^) cEo las Cortes de Toledo fuibteis de parecer que pechasen los hijodalgo; allí os acuchillas-
teis con un alguacil, y habéis casado vuestra hija con Sancho de Paz: no tratéis de honra, qu» el rey
tiene barta». (Curta ul Duque del Infantado.) (Cf» Pinedo, p. 27*2 )
Lx ORÍGENES DE LA NOVELA
De todos modos, la colección debió de ser formada en los primeros años del reinado de
Felipe lí, pues no alude á ningún suceso posterior á aquella fecha. El recopilador era,
al parecer, castellano viejo ó había hecho, á lo menos, larga residencia en tierra de
Campos, porque se muestra particularmente enterado de aquella comarca. El Libro de
chistes es anterior sin disputa al Sobremesa de Timoneda y tiene la ventaja de no con-
tener más que anécdotas españolas, salvo un pequeño apólogo de la Verdad y unos
problemas de aritmética recreativa. Y estas anécdotas se refieren casi siempre á los
personajes más famosos del tiempo de los Reyes Católicos y del Emperador, lo cual da
verdadero interés histórico á esta floresta. No creo ([uo Melchor de Santa Cruz la apro-
vechase, porque tienen muy pocos cuentos comunes, y aun éstos referidos con muy
diversas palabras, Pero los personajes de uno y otro cuentista suelen sor los mismos,
sin duda porque dejaron en Castilla tradicional reputación de sentenciosos y agudos, de
burlones ó do exti-avagantes: el médico Villalobos, el duque de Nájera, el Almirante de
Castilla, el poeta Garci Sánchez de Badajoz, que por una amorosa pasión adoleció del
seso. Por ser breves, citaré, sin particular elección, algunos de estos cuentecillos, para
dar idea de los restantes.
Sobre el saladísimo médico Villalobos hav varios, v en casi todos se alude á su
condición de judío converso, que él mismo convertía en materia de cliistes, como es de
ver á cada momento en sus cartas á los más encopetados personajes, á quienes trataba
con tan cruda familiaridad. Los dichos que se le atribuyen están confonnes con el
humor libre y desgarrado de sus escritos.
«El Dr. Villalobos tenía un acemilero mozo y vano, porque decía ser de la Montaña
y hidalgo. El dicho Doctor, por probarle, le dijo un día: «Ven acá, hulano; yo te querría
» casar con una hija mía, si tú lo tovieses por biem . El acemilero respondió: «En verdad,
» señor, que yo lo hiciese por haceros placer; mas ¿con qué cara tengo de volver á mi
atierra sabiendo mis parientes que soy casado con vuestra hija?» Villalobos le respon-
dió: «Por cierto tú haces bien, como hombre que tiene sangre en el ojo; mas yo te cer-
» tifíco que no entiendo ésta tu honra, ni aun la mía:» .
«Dijo el Duque de Alba D. Fadrique al doctor Villalobos: «Parésceme, señor doc-
»tor, que sois muy gran albeitar». Kespondió el doctor: «Tiene V. S.*" razón, pues cuix)
^ á un tan gran asno» .
«El doctor Villalobos, estando la corte en Toledo, entró en una iglesia á oir misa y
púsose á rezar en un altar de la Quinta Angustia, y á la sazón que él estaba rezando,
pasó por junto á él una señora de Toledo que se llama Doña Ana de Castilla, y como le
vio, comienza á decir: «Quitadme de cabo este judío que mató á mi marido», porque le
había curado en una enfermedad de la que murió. Un mozo llegóse al Doctor Villalobos
muy de prisa, y díjole: «Señor, por amor de Dios, que vays que está mi padre muy
» malo, á verle» . Respondió el doctor Villalobos: «Hermano, ¿vos no veis aquella que
»va allí vituperándome y llamándome judío porque maté á su marido?» Y señalando
al altar: «Y ésta que está aquí llorando y cabizbaja porque dice que le maté su hijo,
» ¿y queréis vos que vaya ahora á matar á vuestro padre?» .
El Duque de Nájera, á quien se refiere la curiosa anécdota que voy á transcribir, no
es el primero y más famoso de su título, D. Pedro Manrique de Lara, á quien por exce-
lencia llamaron el Fuerte^ sino un nieto suyo que heredó el ingenio más bien que la
foi'taleza caballeresca de su terrible abuelo. La anécdota es curiosa para la historia lite-
INTRODUCCIÓN lxi
luria, porque prueba el temor que infundía en su tiempo la pluma maldiciente y venal
de Pedro Aretino.
«El Duque de Nájera y el Conde de Benavente tienen estrecha amistad entre sí, y el
Conde do Benavente, aunque no es hombre sabio ni leído, ha dado, sólo por curiosidad,
en hacer librería, y no ha oído decir de libro nuevo cuando le merca y le pone en su li-
brería. El Duque de Nájera, por hacerle una burla, estando con él en Benavente, acordó
de hacerla desta manera: que hace una carta fingida con una memoria de libros nunca
oídos ni vistos ni que se verán, los cuales enviaba Pedro Aretino, italiano residente en
Venecia, el cual, por ser tan mordaz y satírico, tiene salario del Pontífice, Emperador,
Rey de Francia y otros Príncipes y grandes, y en llegando al tiempo de la paga, si no
nene luego, hace una sátira ó comedia ó otra obra (¡ue sepa á esto contra el tal.
• Esta carta y memoria de libros venía por mano de un mercader de Burgos, en la
cual carta decía que en recompensa de tan buena obm como á Su Señoría había hecho
Pedro Aretino, que sería bien enviarle algún presente, pues ya sabía quién era y cu^n
maldiciente. La carta se dio al Conde y la memoria, y como la leyese y no entendiese
la facultad de los libros, ni aun el autor, mostróla al Duque como á hombre más leído
y visto, el cual comienza á ensalzar la excelencia de las obras, y que luego ponga por
obra de gratificar tan buen beneficio á Pedro Aretino, que es muy justo. El Conde le
preguntó que qué le páresela se le debia enviar. El Duque respondió que cosa de cami-
sas ricas, lenzuelos, toallas, guantes aderezados y cosas de conserva y otras cosas do
este jaez. En fin, el Duque señalaba lo que más á su propósito hacía, como quien se
había de aprovechar de ello más que Pedro Aretino. El Conde puso luego por la obra
el hacer del presente, que tardai-on más de un mes la Condesa y sus damas y monaste-
rios y otras partes, y hecho todo, enviólo á hacer saber al Duque, y dase orden que so
lleve á Burgos, para que desde allí se encamine á Barcelona y á Venecia, y trayan los
libros de la memoria; la cual orden dio después mejor el Duque, que lo hizo encaminar
á su casa y recámara. Y andando el tiempo, vínolo á saber el Conde, y estuvo el más
congoxado y desabrido del mundo con la burla del Duque, esperando sazón para hacerle
otro para satisfacción de la recibidas .
Aun en libros de tan frivola apariencia como éste pueden encontrarse á veces curio-
sidades históricas Lo es, por ejemplo, el siguiente cuentecillo, quo prueba la persisten-
cia de los bandos de la Edad Media en las provincias septentrionales de España hasta
bien entrado el siglo xvi.
«En un lugar de la Montaña que llaman Lluena hay un clérigo que es cura del
lugar, que llaman Andrés Diaz, el cual es Gil, y tiene tan gran enemistad con los Ne-
gretes como el diablo con la cruz .. Estando un dia diciendo misa á unos novios que se
velaban, de los principales, y como fuese domingo y se volviese á echar las fiestas, y
viese entre los que habían venido á las bodas algunos Negretes, dijo: «Señores, yo que-
>rría echar las fiestas; mas vi los diablos y hánseme olvidado. Y sin más, volvióse y
acabó la misa; y al echar del agua bendita, no la quiso echar á los Negretes solos,
diciendo en lugar de aqua benedicta: «Diablos fuera > .
Con los nombres famosos de Suero de Quiñones y D. Enrique de Villena y las tra-
diciones relativas á la magia de éste se enlaza la siguiente conseja:
«Contaba Velasco de Quiñones que Suero de Quiñones, el que guardó el paso de
Orbigo por defender que él era el más esforzado, y Pedro de Quiñones y Diego, sus
Lxn ORÍGEKES DE LA NOVELA
hermanos, sabio y gentil hombre, rogó á D. Enrique de Villena le mostrase al demonio.
Negábase el de Villena; pero al cabo, vencido por sus ruegos, invitó un día á comer á
Suero, sirviéndoles de maestresala el demonio. Era tan gentil hombre, y tan bien ti-ac-
tado y puesto lo que traia, que Suero le envidiaba y decia á su hennano que era más
gentil hombre que cuantos hasta allí viera. Acabada la comida, preguntó enojado á
D. Enrique quión era aquel maestresala. D. Enrique se reía. Entró el maestresala en
la cámara donde se habia reti-aído, y arrimóse á una pared con gran continencia, y
preguntó otra vez quién era. Sonrióse D. Enrique y dijo: «El demonio». Volvió Suero
á mirarle, y como le vio, puestas las manos sobre los ojos, á grandes voces dijo: «jAy
» Jesús, ay Jesús!» T dio consigo en tierra por baxo de una mesa, de donde le levanta-
ron acontecido. ¡Qué hiciera á verlo en su terrible y abominable figura!» ,
En un libro de pasatiempo y chistes no podía faltar alguno á costa de los portugue-
ses. Hay varios en la floresta de Pinedo, entre los cuales elijo por menos insulso el
siguiente:
«Hacían en un lugar la remembranza del prendimiento de Jesucristo, y como acaso
fuesen por una calle y llevase la cruz á cuestas, y le fuesen dando de empujones y de
palos y puñadas, pasaba un portugués á caballo, y como lo vio apeóse, y poniendo mano
á la espada, comenzó á dar en los sayones de veras, los cuales, viendo la burla mala,
huyeron todos. El portugués dijo: «¡Corpo de Deus con esta ruyn gente castellana!* Y
vuelto al Cristo con enojo, le dijo: «E vos, home de bien, ¿por qué vos dejais cada año
> prender?;^ .
Pero la obra maestra de este género de pullas, cultivado recíprocamente por caste-
llanos y portugueses, y que ha contribuido más de lo que parece á fomentar la inquina
y mala voluntad entre los pueblos peninsulares (*), son las célebres Olosas al Sermón
de Aljubarrota^ atribuidas en manuscritos del siglo xvi á D. Diego Hurtado de Men-
doza, como otros varios papeles de donaire, algunos endentemente apócrifos. No res-
ponderó yo tampoco de la atribución de estas glosas^ puesto que en ellas mismas se dice
que el autor era italiano (*), si bien esto pudo ponei'se para disimular, siendo por
otra parte tan castizo el picante y espeso sabor de este opúsculo. Además, el autor,
quien quiera que fuese, supone haber oído el sermón en Lisboa el año de 1545 (^) y
(*) En el mismo tomo de las Sales (p. 331) puede verse una carta burlesca del portugués Thomé
Ka velo á su mujer, fecha en el cerco de Badajoz de 1(^58 , y una colección de epitafios y dichos por-
tugueses (p. 391). En cambio, un códice del siglo xvii que poseo está lleno de epitafios y versos
soeces contra los castellanos.
('j <iSeguiré como texto el proce)«o y propias palabras que el predicador llevó, y los puntos que
encareció, y esto en lengua portuguesa; y en lo castellano entretejeré como glosa interlineal ó comen«
to la declaración que me pareciere; aunque en estas lenguas temo cometer malos acentos, porque
Hiendo italiano de nación^ mal podré guardar rigor de elocuencia ajena, dado que en lo castellano seré
menos dificultoso, por ser gente muy tratada en Roma, que es nuestra común patria, y en Lisboa no
estuve ano entero. d
Sales Españolas^ I, p. 108.)
(•"') (cEste es un sermón que un reverendo Padre, portugués do nación, y profesión augustino,
predicó en Lisboa en Nuestra Señora de Qracia, vigilia de su Assumpcion... y vuelto á mi posada,
formé escrúpulo si dejaba de escribir lo que en el pulpito oi predicar... Viniéndome luego la via de
Castilla, poHÓ en Evora, do a la sazón estaba el Rey en la posada y casa del embajador de Castilla,
Lope Hurtado de Mendoza]». {Sales Españolas^ I, 104-107.) De aquí vendría probablemente la confu-
sión del Lope con D. Diego,
INTRODÜCOIÓN lxiii
precisamente durante todo aquel afio estuvo D. Diego de embajador en el Concilio de
Trento. Todas estas circunstancias hacen muy sospechosa la autenticidad de esta sátira,
aunque no menoscaben su indisputable gracejo.
El tal sermón de circunstiincias, lleno de hipérboles y fanfarronadas, en conmemo-
ración del triunfo del Maestre de Avís contra D. Juan I de Castilla, sirve de texto ó de
pretexto á una copiosa antología de chascarrillos, anécdotas, dicharachos extravagantes,
apodos, motes y pesadas zumbas, no todas contra portugueses, aunciue éstos lleven la
peor parte. El principal objeto del autor es hacer reir, y ciertamente lo consigue, pero
ui él ni sus lectores debían de ser muy escrupulosos en cuanto á las fuentes de la risa.
Algún cuento hay en estas glosas, el del portugués Kjiy de Meló, verbigracia, que por
lo cínico y brutal esüu-ía mejor entre las del Cancionero de Burlas; otros, sin llegar
á tanto, son nauseabundos y mal olientes; pero hay algunos indisputablemente gracio-
sos, sin mezcla de grosería; los hay hasta delicados, como el del huésped aragonés y el
castellano, rivales en cortesía y gentileza (*); y hay, finalmente (y es lo que da más
precio á este género de silvas y florestas), hechos y dichos curiosos de la tradición nacio-
nal. Basto citar el ejemplo siguiente, (jue tiene cierta fiereza épica:
cSólo quiero decir aquí de un gallego que se decía Alvaro González de Kibade-
neyra. (pe estando en la cama para morir, los hijos, con deseo de poner en cobro el
alma de su padre, fueron á la cama y preguntáronle si en las diferencias pasadas del
obispo de Lugo y las que tuvo con otros señores, si tenía algo mal ganado que lo decla-
rase, que ellos lo restituirían: por tanto, que dijese el título que á la hacienda dejaba y
tenía. Lo cual, como oyese el viejo, mandó ensillar un caballo, y levantóse como mejor
pudo, y subióse en él, y tomando una lanza, puso las piernas al caballo y envistió á la
pared y quebró la lanza en piezas, y volviendo á sus hijos, dijo: «El título con que os
>dejü ganada la hacienda y honra ha sido éste; si lo supiéredes sustentar, para vosotros
i será el provecho, y si no, quedad para ruines» . Y volvióse á la cama, y murió >.
{}) «Lo cual bien experimentó un francés españolado viniendo á Portugal, y fué que partiendo
de Narbona para Lisboa, le dijo un amigo suyo: Pues entráis en España, sed curioso en conocer los
gantes della, porque en Aragón, por donde primero habéis de pasar, veréis que la gente es muy
prima, y en Castilla nobles y bien criadosD... (suprimo lo relativo á Portugal, que es de una grose-
ría intolerable).
cPues comenzando su camino, que venia de priesa, rogó á su huésped aragonés que le llatnasc
catndo quisiese amanecer. £1 cual lo hizo así, poniendo al par de sí una caja con ciertas joyas do su
mujer; y como estuviese el cielo escuro, dijo el francés: ¿En qué conocéis que quiere amanecer,
leñor huésped? Y él dixo; Presto será de din, y véolo en el aljófar y perlas de mi mujer, que están
frías con la frescara del alba. El francés confesó hasta allí no haber sabido aquel primor.
fEntrando en Castilla, y llegando ú Toledo en casa de un ciudadano, que de su voluntad le llevó á
sa posada, rogóle también le despertase antes que amaneciese. Acostados, pues, el uno cerca del otro
en ana pieza grande, cuando quería amanecer, un papagayo que alli estaba hizo ruido con las alas,
Y como el huésped toledano sintiese que el francés estaba despierto, dixo, casi hablando entre hí:
Macho ruido hace este papagayo. El francés, que lo oyó, preguntó qué hora era. El toledano res-
pondió que presto amanecería. Pues ¿por qué no me lo habéis dicho? dijo el francés. El castellano
dixo: Pues me compeléis, yo os lo diré. Parecióme caso de menos valer, recibiendo yo en mí casa un
baéiped de mi voluntad, tal cual vuestra merced es, decirle se partiese della; y porque anoche me to-
ntea 08 despertase, sintiendo que estábades despierto, dije que el papagayo hacia ruido para que si
qaiiiésedea partiros entendíésedes que el pájaro se alteraba con la venida de la mañana, y si quísiése-
(Í6i reposar, lo hiciésedes, viendo que no aceleraba yo vuestra partida. Dixo el francés entonces: Agora
▼eo y conozco la buena cortesía y nobleza que de Castilla siempre me han dicho.)» (5a/e«, 1, 171-172.)
Lxiv ORÍGENES DE LA NOVELA
No nos detendremos en el cuaderno dé los Cuentos de tíaribay que poseo la Aca-
demia de la Historia (*), porque la mayor parte de estos cuentos pasaron casi literal-
mente á la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz. Si el recopilador de ellos
fue, como creemos, el historiador guipuzcoano del mismo apellido, que pasó en Toledo
la última parte de su vida, allí mismo pudo disfrutar Santa Cruz su pequeña colección
manuscrita é incorporarla en la suya, más rica y metódica que ninguna de las preceden-
tes y de las posteriores.
Poco sabemos de las circunstancias personales de este benemérito escritor, salvo
que era natural de la villa de Dueñas en Castilla la Vieja y vecino de la ciudad de
Toledo. Su condición debía de ser humilde y cortos sus estudios, puesto que dice en el
prólogo de sus den Tratados: «Mi principal intento fué solamente escribir para los
:* que no saben leer más de romance^ como yo^ y no para los doctos» . T dedicando al
Rey D. Felipe el Prudente la segunda parte de dicha obra, da á entender otra vez que
toda su lectura era de libros en lengua vulgar: «El sosiego tan grande y dichosa paz
que en los bienaventurados tiempos de Vuestra Magostad hay, son causa que florezcan
en ellos todas las buenas artes y honestos ejercicios; y que no solamente los hombres
doctos, mas los ignorantes como yo^ se ocupen en cosas ingeniosas y eruditas, cada
uno conforme á su posibilidad. Yo, poderosísimo señor, he sido siempre aficionado a
gastar el tiempo en leer buenos libros, principal los morales que en nuestra lengua yo
he podido haber (que no han sido pocos), de donde he sacado estas sentencias» .
Todos sus trabajos pertenecen, en efecto, á la literatura vulgar y paremiológica.
Los Cien Tratados (*) son una colección de máximas y sentencias morales en tercetos
ó ternarios de versos octosílabos, imitando hasta en el metro los Trexientos Prover^-
bios^ Consejos y avisos muy provechosos para el discurso de nuestra humana vida del
abogado valenciano D. Pedro Luis Sanz ('). Del mismo modo, la Floresta^ cuya primera
edición es de 1574 (*), fue indudablemente sugerida por el Sobf*emesa de Timoneda.
Pero el plan de Santa Cruz es más vasto y envuelve un conato de clasificación seguido
con bastante regularidad, que hace íácil el manejo de su librillo.
(>) Publicado por el Sr. Paz y Molía en el tomo JI do las Sales Españolas (pp. 36-OU)
(*) Libro primero de los cien tratados. Recopilado por Melchior de Sancta Ci*U2 de Dueiias, De
notables senteucias^ assi morales como naturales^ y singulares avisos para todos estados. En tercetos cas-
tellanos,— Libro segunda de los cien tratados^ etc. Ambas partes, impresas en Toledo» por Diego de
A y ala, 1576, son do gran rareza.
(^) Opúsculo góticOi sin lugar ni año, dedicado al Duque de Calabria. Salva, que poseía un ejem-
plar, le supone impreso en Valencia, hacia 1535. Los que Sanz y Santa Cruz llaman tercetos y
mejor se dirían ternarios para distinguirlos de los tercetos endecasílabos, están dispuestos en esta
forma, bastante frecuente en nuestra poesía gnómica:
No hallo mejor alquimia,
Más segura ni probada
Que la lengua refrenada.
(^) íloresta Española de apotegmas y senienciaSf sabia y graciosamente dichast de algunos espauo^
les; colegidas por Melchior de Santa Cruz de Dueñas, vecino de la citidad de Toledo. Dirigido al Exce-
lentísimo Sr, D. Juan de Austria, Impreso con licencia de la C, R, M, en Toledo en Casa de Francisco
de Guzmán, 1574, 8.« —272pp.
£1 catálogo más copioso de ediciones de la Floresta, que es el formado por Schneider, registra
las siguientes: Salamanca, 1576; Valencia, 1580; Salamanca, 1592; Toledo, 1596; Bruselas, 1596;
y 1598; Lyón, 1600 (en castellano y francés); Valencia, 1603; Toledo, 1605; Bruselas, 1605; Barce*
\
INTRODUCCIÓN
LXV
Aunque Melchor de Santa Cruz da á entender que no sabía más lengua que la pro-
pia, no le creo enteramente forastero en la italiana, de tan fácil inteligencia para todo
español, y me parece muy verosímil, aunque no he tenido ocasión de comprobarlo, que
conociese y aprovechara las colecciones de Faxecie^ motti^ buffonerie et burle del Pio-
vano Arlotto, del Gonella y del Barlacchia; las Facexie et inotti arguti di alctmi ecce--
llerUissimi ingegni de LudoWcico Domenichi (1547); las Hore di recreaxione de Ludo-
rico Guicciardini, no traducidas en aquella fecha al castellano, y algunas otras ligeras
producciones de la misma índole que la Floresta, Y aun suponiendo que no las hubiese
visto en su original, las conocía indirectamente á través de Timoneda, sin contar con
los chistes que se hubiesen incorporado en la tradición oral. Pero estos cuentos son fáci-
les de distinguir del fondo indígena de la Floresta^ cuyo verdadero carácter señala per-
fectamente el autor en su dedicatoria á D. Juan de Austiúa.
«En tanta multitud de libros como cada dia se imprimen y en tan diversas 6 inge-
niosas invenciones, que con la fertilidad de los buenos ingenios de nuestra nación se
inventan, me pareció se habían olvidado de una no menos agradable que importante
para quien es curioso y aficionado á las cosas propias de la patria, y es la recopilación
de sentencias y dichos notables de españoles. Los cuales, como no tengan menos agu-
deza, ni monos peso o gravedad que los que en libros antiguos están escriptos, antes en
parte, como luego diré, creo que son mejores, estoy maravillado qué ha sido la causa
que no haya habido quien en esto hasta ahora se haya ocupado. Yo, aunque hombre de
ningu?tas letras y de poco ingenio, así por intercesión de algunos amigos, que conocie-
ron que tenia inclinación á esto, como por la naturaleza, que de esta antigua y noble
ciudad de Toledo tengo (*), donde todo el primor y elegancia del buen decir florece, me
he atre^ido á tomar esta empresa. Y la dificultad que en escribir estos dichos hay es la
que se tiene en hallar moneda de buen metal y subida de quilates. Porque así como
aquella es más estimada que debaxo de menos materia contiene más valor^ así aquellos
son más excelentes dichos los que en pocas palabras tienen encerradas muchas y nota-
bles sentencias. Porque unos han de ser graves y entendidos; otros agudos y maliciosos;
looa, 1606; una de 1617, bíd lugar de impresión; Bruselas, 1614 (bilingüe); Cuenca, 1617; Huesca,
1618; Barcelona, 1621; Bruselas, 1629; Zaragoza, 1646; Bruselas, 1655.
Con ser tantas las ediciones antiguas de la FloresUiy rara vez se encuentran, sobre todo íntegras
y en buen estado. Suplen su falta las tres de Madrid, 1730, 1771 y 1790, copiadas, al parecer, de la
de Huesca, 1618, cuyos preliminares conservan. El editor Francisco Asensío añadió las partes
segunda y tercera, y prometió una cuarta: todo con el título general de Floresta Española y hermoso
rümilleU de agudezas, motes , sentencias y graciosos dichos de la discreción cortesana.
La traducción francesa de Pissevin apareció en Lyón, 1600, y fue reimpresa varias veces en Bru-
selas con el texto castellano: La Floresta spagnola, ou leplaisani hocage, contenant plusieurs comptes^
$09series, brocards, cassades et graves sentenees de personnes de tous e^tats, (Bruxelles, Rutger Vel-
pins et Hubert Anthoine, 1614.)
En una vasta colección alemana de apotegmas y dichos faceciosos, publicada en Tübingen^
tu 1630, tomada casi toda de fuentes italianas y españolas (entre ellas la Silva de Julián de Medrano,
está incorporada la mayor parte de la Floresta, Vid. Adam Sclineider Spaniens Anteil an der deuts'
chen litteratur (1898), pp. 133 139.
(') Parece que en estas palabras se declara Melchor de Santi Cruz natural de Toledo, aunque en
It portada de sus libros no se llama más que vecino, y Nicolás .Vntonio le da por patria la villa de
Daefias. De todos modos, si no era toledano do nacimiento, lo fue por adopción, que es una segunda
oataraleza.
OB/GXNM de la NOVBLA.— 11.^0
txvi orígenes de la novela
otros agradables y apacibles; otros donosos para mover á risa; otros que lo tengan todo, y
oti*os hay metaforizados, y que toda su gracia consiste en la semejanza de las cosas que
se apropia, de las quales el que no tiene noticia lo parece que es el dicho frió, y que
no tiene donayre, siendo muy al contrario para el que entiende. Otros tienen su sal eu
las diversas significaciones de un mismo vocablo; y para esto os menester que así el que
lo escribe, como el que lo lee, tenga ingenio para sentirlo y juicio para considerarlo...
»Eu lo que toca al estilo y propiedad con que se debe escribir, una cosa no me
puede dejai* de favorecer; y es el lugar donde lo escribo, cuya autoridad en las cosas
que toca al común hablar es tanta, que las leyes del Reino disponen que cuando en
alguna pai*te se dudare de algún vocablo castellano, lo determine el hombre toledano
que alli se hallare (*). Lo cual por justas causas se mandó juntamente: la primera por-
que esta ciudad está en el centro de toda España, donde es necesario que, como en el
corazón se producen más subtiles espíritus, por la sangre más delicada que allí se
envía; así también en el pueblo que es el corazón de alguna región está la habla y la
conversación más aprobada que en otra parte de aquel reino.
» La segunda, por estar lejos del mar, no hay ocasión, por causa del puerto, á que
gentes extrangeras hayan de hacer mucha morada en él; de donde se sigue corrupción
de la lengua, y aun también de las costumbres.
»La tercera, por la habilidad y buen ingenio de los momdores que en ella hay; los
cuales, o porque el aire con que respiran es delgado, o porque el clima y constelación
les ayuda, o porque ha sido lugar donde los Eeyes han residido, están tan despiertos
para notar cualquiera impropiedad que se hable, que no es menester se descuide el que
con ellos quisiere tratar desto...»
Es libro curiosísimo, en efecto, como texto de lengua; pero debe consultarse en las
ediciones del siglo xvi, pues en las posteriores, especialmente en las dos del siglo xviii,
se modernizó algo el lenguaje, además de haberse suprimido ó cercenado varios cuen-
tos que parecieron libres ó irreverentes, á pesar de la cuerda prevención que hacía el
mismo Santa Cruz en estos versos:
l)e aquesta Floresta, discreto lector,
Donde hay tanta copia de rosas y flores,
De mucha virtud, olor y colores,
Escoja el que es sabio de aquí lo mejor.
Las de liada vista y de buen sabor
Sirvan de salsa á las virtuosas,
Y no de manjar, si fueren viciosas,
Pues para esto las sembró el autor.
(') Nada puede decirse á ciencia cierta sobre estu fantástica ley tan traída y Uevada por nues-
tros antiguos escritores. Acaso nació de una errada interpretación de e?ta cláusula de San Fernando
en el Fuero General de Toledo: cTodos sus juicios dellos sean juzgados según el Fuero-Juzgo ante
sdicz de sus mejores o mas nobles, e mas sabios dellos que sean siempre con el alcalde de la cibdad;
]»e que a todos aiUeanden en testimonianzas en todo 9u regnoi>, (Et rd precedant omnea in tesÜmoniU in
universo regno illius, dice el original latino ) Claro es que en esto singularísimo privilegio concedido
ú los toledanos no se trata de disputas sobre vcoablos, sino de testimonios jurídicos; pero lo uno
pudo conducir á la invención de lo otro. Esta idea se me ocurrió leyendo el eruditísimo Informe de
la imperial ciudad de Toledo sobre pesos y medidas (1758), redactado, como es notorio, por el P. An*
drés Marcos Borriel. Vid. pág. 298.
INTRODUCCIÓN txvn
Las partes de la Floresta^ que fueron diez en la primera edición toledana y once
en la de Alcalá, 1576, llegaron definitivamente á doce, distribuidas por el orden si-
guiente:
«Primera Parte: Capítulo I. De Sumos Pontífices. — Cap. U. De Cardinales. — Capí-
tulo III. De Arzobispos. — Cap. IV. De Obispos. — Cap. V. De Clérigos. — Cap. VI. De
Fravles.
í Segunda Parte: Capítulo I. De Reyes. — Cap. II. De caballeros. — Cap. III. De capi-
tanes y soldados. — Cap. IV. De aposentadores. — Cap. V. De truhanes. — Cap. VI. Do
pajes.
> Tercera Parte: Capítulo I. De responder con la misma palabra. — Cap, 11. De res-
ponder con la copulativa antigua. — Cap. III. De gracia doblada. — Cap. IV. De dos sig-
nificaciones.— Cap. V. De responder al nombre propio. — Cap. VI. De enmiendas y
declaraciones de letras.
> Cuarta parte: Capítulo I. De jueces. — Cap. 11. De letrados. — Cap. III. De escriba-
nos.— Cap. IV. De alguaciles. — Cap. V. De huii^s. — Cap. VI. De justiciados. — Capí-
tulo VII. De médicos y cirujanos. — Cap. VIII. De estudiantes.
» Quinta parte: Capítulo I. De vizcaynos. — Cap. II. De mercaderes. — Cap. III. De
oficiales. — Cap. IV. De labradores. — Cap. V. De pobres.— Cap. VI. De moros.
* Sexta pai-te: Capítulo I. De amores. — Cap. II. De músicos. — Cap. lU. De locos. —
Cap. IV. De casamientos. — Cap. V. De sobrescriptos.— Cap. VI. De cortesía. — Cap. VII.
De juegos. — Cap. VIII. De mesa.
í Séptima parte: Capítulo I. De dichos graciosos.— Cap. U. De apodos. — Cap. III. Do
motejar de linaje. — Cap. IV. De motejar do loco. — Cap. V. De motejar do necio. — Capí-
tulo VI. De motejar de bestia. — Cap. VII. De motejar de escaso. — Cap. VIII. De mote-
jar de narices.
» Octava parte: Capítulo I. De ciegos. — Cap. II. De cliicos. — Cap. III. De largos. —
Cap. rv. De gordos. — Cap. V. De flacos. — Cap. VI. De corcobados. — Cap. Vil. De
cojos.
iNona parte: Capítulo I. De burlas y dislates. — Cap. II. De fieros. — Cap. III. De
camino. — Cap. IV. De mar y agua. — Cap. V. De retos y desafíos. — Cap. VI. De apodos
de algunos pueblos de España y de otras naciones.
» Décima parte: De dichos extravagantes.
» undécima parte: Capítulo I. De dichos avisados de mujeres. — Cap. U. De dichos
graciosos de mujeres. — Cap. III. De dichos á mujeres. — Cap. IV. De mujeres íeas. —
Cap. V. De viudas.
* Duodécima parte: Capítulo I. De niños. — Cap. U. De viejos. — Cap, III. De
enfennos:^ .
En una colección tan vasta do apotegmas no puede menos de haber muchos entera-
mente insulsos, como aquel que tanto hacía reirá Lope de Vega: «BLallé una vez en un
übríto gracioso que llaman Floresta Española una sentencia que había dicho un cierto
conde: «Que Vizcaya era pobre de pan y rica de manzanas» , y tenía puesto á la mai'-
gen algún hombre de buen gusto, cuyo había sido el libro: «Sí dirían , que me pareció
tíotable donayre» (*). Pero no por eso ha de menospreciarse el trabajo del buen Saiita-
(') En 8U novela Kl desdichado por la honra (tomo VIH de la edición de Sancha, p. 93).
Lxviii ORÍGENES DE LA NOVELA
cruz; del cual pueden sacarse varios géneros de diversión y provecho. Sirve, no sólo
para el estudio compai-atívo y genealógico de los cuentos populares, que allí están pre-
sentados con lapidaria concisión, sino para ver en juego, como en un libro de ejercicios
gramaticales, muchas agudezas y primores de la lengua castellana en su mejor tiempo,
registrados por un hombre no muy culto, pero limpio de toda influencia erudita, y que
no á los doctos, sino al vulgo, encaminaba sus tareas. Además de este interés lingüís-
tico y folklórico^ que es sin duda el principal, tiene la Floresta el mérito de haber reco-
gido una porción de dichos, más ó menos auténticos, de españoles célebres, que nos dan
á conocer muy al vivo su carácter, ó por lo menos la idea que de ellos se formaban sus
contemporáneos. Por donde quiera está sembrado el libro de curiosos rasgos de costum-
bres, tanto más dignos de atención cuanto que fueron recogidos sin ningún propósito
grave, y no aderezados ni aliñados en forma novelística. Las anécdotas relativas al doc-
tor Villalobos y al famoso truhán de Carlos V D. Fraucesillo de Ziiüiga, que tantas y
tan sabrosas intimidades de la corte del Emperador consignó en su Crónica burlesca ('),
completan la impresión que aquel extraño documento deja. Del arzobispo D. Alonso
Carrillo, del canónigo de Toledo Diego López de Ayala, del cronista Hernando del Pul-
gar, y aun del Gran Capitán y de los cardenales Mendoza y Cisueros, hay en este librillo
anécdotas interesantes. Aun para tiempos más antiguos puede ser útil consultar á veces
la Floresta, Por no haberlo hecho los que hemos tratado de las leyendas relativas al
rey Don Pedro, hemos retrasado hasta el siglo xvii la primera noticia del caso del
zapatero y el prebendado, que ya Melchor de Santa Cruz refirió en estos términos:
cUn arcediano de la Iglesia de Sevilla mató á un zapatero de la misma ciudad, y
un hijo suyo fué á pedir justicia; y condenóle el juez de la Iglesia en que no dixese
Misa un año. Dendo á pocos dias el Key D. Pedro vino á Sevilla, y el hijo del muerto
se fue al Rey, y le dixo cómo el arcediano de Sevilla había muerto á su padre. El rey
lo preguntó si habia pedido justicia. El le contó el caso como pasaba. El Rey le dixo:
«¿Serás tú hombre para matarle, pues no te hacen justicia?» Respondió: «Sí, señor».
«Pues hazlo así» , dixo el Rey. Esto era víspera de la fiesta del Corpus Christi. Y el dia
siguiente, como el Arcediano iba en la procesión cerca del Rey, dióle dos puñaladas, y
cayó muerto. Prendióle la justicia, y mandó el Rey que lo truxesen ante él. Y pregun-
tóle, ¿por qué habia muerto á aquel hombre? El mozo dixo: «Señor, porque mató á mi
padre, y aunque pedí justicia, no me la hicieron» . El juez de la Iglesia, que cerca estaba,
respondió por sí que se la había hecho, y muy cumplida. El Rey quiso saber la justicia
que se le habia hecho. El juez respondió que le habia condenado qup en un año no
dixese Misa. El Rey dixo á su alcalde: «Soltad este hombre, y yo le condeno que en un
» año no cosa zapatos» (^).
(1) No es verositni], ni aun creible, que el autor de esta Crónica sea el mismo D. Franccsillo,
eccriado privado, bienquisto y predicador del emperador Carlos Vd. Pero fuese quien quiera el que
tomó su nombre, aprovechando quizá sus apodos, comparaciones y extravagantes ocurrencias, era sin
duda persona de agudo ingenio y muy conocedor de los hombres, aunque no todas las alusiones sean
claras para nosotros por la distancia. Merecía un comentario histórico y una edición algo más esmo-
rada que la que logró en el tomo de Curiosidades Bibliográficas de la colección Kivadeneyra. Véase,
entretanto, la memoria de Fernando Wolf, tan interesante como todas las suyas: Ueber den Hof na-
rren Kaiser CarVs F, genannt El Conde don Francés de Zuñiga und seine Chronik {1650 en los Sitsungs-
berichte der philos. liistor, Clanse der kaiser L Ahademie der Wissenschaften),
(*) Cf. mi Tratado de los romances viejos^ tomo II, pág. 151 y ss.
«
INTRODUCCIÓN lxix
Es tambiéu la Floresta el más antiguo libro impreso en que recuerdo haber leído
la leyenda heroica de Pedro González de Mendoza, el que dicen que prestó su caballo á
D. Juan I para salvarse en la batalla de Aljubarrota (M. Por cierto que las últimas
palabras de este relato sencillo tienen más energía poética que el afectado y contrahecho
romance de Hurtado de Velarde Si el caballo vos han muerto. «Le tomó en su caballo
y le sacó de la batalla (dice Melchor de Santa Cruz); y de que le hubo puesto en salvo,
queriendo volver, el Rey en ninguna manera lo consentía. Mas se volvió diciendo: «No
> quiera Dios que las mujeres de Onadalaxara digan que saqué á sus maridos de sus
■r casas vivos y los dexo muertos y me vuelvo» .
Entre las muchas anécdotas relativas á Gonzalo Fernández de Córdoba es notable
por su delicadeza moral la siguiente:
«El Gi-an Capitán pasaba muchas veces por la puerta de dos doncellas, hijas de un
pobre escudero, do las quales mostraba estaba aficionado, porque en extremo eran her-
mosas. Entendiéndolo el padre de ellas, pareciéndole que seria buena ocasión para
remediar su necesidad, fuese al Gran Capitán, y suplicó le proveyese de algún cargo
fuera de la ciudad, en que se ocupase. Entendiendo el Gran Capitán que lo hacia por
dexar la casa desocupada, para que si él quisiese pudiese entrar libremente, le preguntó:
*¿Qué gente dexais en vuestra casa?» Respondió: «Señor, dos hijas doncellas». Díxole:
f Esperad aquí, que os sacaré la provisión»; y entró en una camaina, y sacó dos pañi-
zuelos, y en cada uno de ellos mil ducados, y dióselos, diciendo: «Veis aquí la provi-
>sion, casad luego con esto que va ahi vuestras hijas; y en lo que toca á vos, yo tendré
> cuidado de proveeros*.
La Floresta ha prestado abundante material á todo género de obras literarias. Sus
chistes y cuentecillos pasaron al teatro y á la conversación, y hoy mismo se repiten
muchos de ellos ó se estampan en periódicos y almanaques, sin que nadie se cuide de
su procedencia. Su brevedad sentenciosa contribuyó mucho á que se grabasen en la
memoria, y grandes ingenios no los desdeñaron. Aquel sabido romance de Que vedo,
que termina con los famosos versos:
Arrojar la cara importa,
(Jue el espejo no hay por qué,
tiene su origen en este chascarrillo de la Floresta (Parte 12.*j:
cUna vieja hallóse un espejo en un muladar, y como se miró en él y se vio tal,
echando la culpa al espejo, le arrojó diciendo: «Y aun por ser tal, estás en tal parte» .
Y aquel picaño soneto, excelente en su línea, que algunos han atribuido sin funda-
mento á Góngora y otros al licenciado Porras de la Cámara:
Casó de un Arzobispo el despensero...
no es más que la traducción en forma métrica y lengua libre de este cuentecillo de
borlas, que tal como está en la Floresta (Parte undécima, capítulo III), no puede escan-
dalizar á nadie, aunque bien se trasluce la malicia:
«ün criado de un obispo habia mucho tiempo que no habia visto á su mujer, y dióle
el obispo licencia que íuesse á su casa. El Maestresala, el Mayordomo y el Veedor, bur-
(•) Vid. en el mismo TraUído, II, 1G5 166.
/
Lxx ORÍGENES DE LA NOVELA
lándose con él, que eran muy amigos, rogáronle que en su nombre diese á su mujer la
primera noche que llegíiso un abrazo por cada uno. El se lo prometió, y como fué á su
casa, cumplió la palabra. Contándole el caso cómo lo habia prometido, preguntó la
mujer si tenia más criados el obispo; respondió el marido: Si, señora; mas los otros no
me dieron encomiendas» .
Abundan en la Floresta los insulsos juegos de palabras, pero hay también cuentos
de profunda intención satírica. Mucho antes que el licenciado Luque Fajardo, en su
curiosísimo libro Fiel desengaño canira la ociosidad y los juegos^ nos refiíiese la ejem-
plar liistoria de los Beatos de la Cabinlla (*), había contado otra enteramente análoga
Melchor de Santa Cruz (cuarta parte, cap. V):
«Un capitán do una quadrilla de ladrones, que andaban á asaltear, disculpábase
que no habia guerra y no sabia otro oficio. Tenia costumbre que todo lo que robaba
partia por medio con aquel á quien le tomaba. Robando á un pobre hombre, que no
trahia mas de siete' reales, le dixo: «Hermano, de éstos me pertenecen á mí no más de
tres y medio; llevaos vos los otros ti-es y medio. Mas ¿cómo haremos, que no hay medio
real que os volverV> El pobre hombre, que no voia la hora de verse escapado do sus
manos, dixo: «Señor, llevaos en buen hora los quatro, pues no hay trueque» . Respon-
dió el capitán: «Hermano, con lo mió me haga Dios merced» .
Con detención hemos tratado de un libro tan vulgar y corriente como la Floresta^
no sólo por ser el más rico en contenido de los de su clase, sino también por el éxito per-
sistente que obtuvo, del cual testifican veintidós ediciones por lo menos durante los
siglos XVI y XVII. Toda\ia en el siglo xviii la remozó, añadiéndola dos volúmenes, Fran-
cisco Asensio, uno de aquellos ingenios plebeyos y algo ramplones, pero castizos y sim-
páticos, que en la poesía festiva, en el entremés y en la fai-sa, en la pintura satírica de
costumbres, conservaban^ aunque muy degeneradas, las ti'adiciones de la centuria ante-
rior, á despecho de la tiesa rigidez de los reformadores del buen giisto. En Francia, la
Floresta fue traducida íntegramente por un Mr. de Pissevin en 1600; reimpresa varias
veces en ediciones bilingües, desde 1614; abreviada y saqueada por Ambrosio de Sala-
zar y otros maestros de lengua castellana. Hubo, finalmente, una traducción alemana,
no completa, pubUcíwda en Tubinga en 1630.
Por más que Melchor de Santa Cruz fuese hombre del pueblo y extraño al cultivo
de las humanidades, el título mismo de apotegmas que dio á las sentencias por él reco-
gidas prueba que le eran familiares los libros clásicos del mismo género que ya de tiem-
po atrás hablaban en lengua castellana, especialmente los Apotegmas de Plutarco, tra-
(*) (tLos años pasaados salieron una suerte de salteadores, que con habito reformado despoja-
van toda quanta gente podían avcra las manos, en esta forma: que haziendo cuenta con la bolsa,
tassadamente, les quitavan la mitad de la moneda, y los enviaban sin otro daño alguno. Aconteció
en aquellos días passar de camino un pobre labrador, y como no llevase mas de quinze reales, que
eran expensas de su viaje: hecha la cuenta, cabian a siete y medio, no hallava a la sazón trueque de
un real; y el buen labrador (que diera aquella cantidad, y otra de mas momento, por verse fuera de
sus manos) rogavales encarecidamente tomassen ocho reales, porque él se contentava con siete. De
ninguna manera (respondieron ellos), con lo que es nuestro nos haga Dios merced... Beatos llaman a
estos salteadores por el trage y modo de robar. El nombre de Oabrilla tomáronle de la mesma sierra
donde se recogían^.
(Fiel desengaño contra la ociosidad y loajuegoa,,. Por el licenciado Francisco de Luque Faxardo^
clérigo de Sevilla y ben^iado de Pilas, Año 1603. Madrid, en casa de Miguel Serrano de Vargas.)
INTRODUCCIÓN lxxi
(lucidos del griego eu 1533 por el secretario Diego Graciáii ('); la Vüla y excelentes
dichos de los más sainos phihsophos que hubo en este niundo^ de Hernando Díaz {^), y
la copiosa colección de Apofegmus de reyes, príncipes, capitanes, filósofos y oradores
de la antigüedad que recogió Erasmo de Roterdam y pusieron en nuestro romance
Juan de Jara va y el bachiller Francisco Thamara en 1549 (^),
Tampoco fue Melchor de Santa Cruz, á pesar de lo que insinúa en su prólogo, el
primero que, á imitación de estas colecciones clásicas, recopilase sentencias y dichos do
españoles ilustres. Ya en 1527 el bachiller Juan de Molina, que tanto hizo gemir las
prensas de Valencia con traducciones de todo gónero de libros religiosos y profanos,
había dado á luz el Libro de los dichos y hechos del Rey Dan Alonso, quinto de este
nombro en la casa de Aragón, conquistador del reino de Ñápeles y gran mecenas de
los humanistas de la península itálica que le apellidaron el Magnánimo {*). No fue esta
la única, aunque sí la más divulgada versión de los cuatro libros de Antonio Panor-
(*) Apothegmas del excelentesimo Philosopho y Orador Plutarcho Cheroneo Maestro del Empera-
dor Trajano: q son los dichos notables, biuos, y breu^ de Ion Emperadores^ Reyes^ Capitanes, Oradores,
Legisladores^ y Varones Illustres: assi Ghriegos, como Romanos, Persas, y Lacedemonios: traduzidos
de ügua Griega en Castellana; dirigidos a la S.C. C, M, por Diego Gradan, secretario del muy lUus-
tre y Reverendissimo Señor don Francisco de Mendoga Obispo de (^amora.
Colofón: a Fue impressa la presente obra en la insigne universidad de Alcalá de Henares en Casa
de Miguel de Egaia. Acabóse a treinta de Junio de Mil y Quinientos y Treinta y tres AQosd. 4.*' gót.
Reimpreso en los Morales de Plutarco traduzidos de lengua Griega en Castellana por el mismo
Diego Gracián (Alcalá do Henares, por Juan de Brocar, 1548, folios II á XLIII).
(') El autor ó más bien recopilador de este librejo, en que alternan las anécdotas y las senten-
CÍU| es el mismo que tradujo la novela sentimental de Peregrino y Ginebra, 'H.ay, por lo menos, tres
ediciones góticas de las Vidas de los filósofos (Sevilla, 1520; Toledo, 1527; Sevillaj 1541). Parece un
extracto de la compilación mucho más vasta de Gualtero Burley Liber de vita et moribus philosopho'
rum poeiarumque veterum, traducida al castellano y tan leida en el siglo xv con el título de La vida
3f las costumbres de los viejos filósofos («Crónica de las fazañas de los fílósofosi» la llamó Amador de
los Ríos). Hermann Knust publicó juntos el texto latino y la traducción castellana en el
tomo OLXXVII de la Bibliotek des litterarischen vereins de Stuttgart (Tübingen, 1886).
O El traductor primitivo fue Thamara. No he visto la primera edición, de Sevilla, 1548; pero
en la de Zaragoza, 1552, por Esteban de Nájera, se copian la aprobación de los Inquisidores, dada en
el castillo de Triana €0. 18 dias del mes de enero de 1548]>, y un Proemio y carta nuncupatoria, fir-
mada por cel bachiller Francisco Tliamara, catedrático de Cádiz, intérprete y copilador desta obrai».
En un mismo aQo, 1549, aparecen en Aml)crcs dos distintas ediciones de este libro de Erasmo
en castellano. Laque lleva el título de Apothegmas que son dichos graciosos y notables de muchos
Ttyt* y principes illustres, y de algunos philosophos insignes y memorables y de otros varones antiguos
qué lien hablaron para nuestra doctrina y exemplo; agora nuevamente traduzidos y recopilados en nues-
tra lengua castellana (Envers, por Martin Nució), reproduce el texto de Tiíamara y su Carta nuncu^
patma. La otra, cuya portada dice: Libro de vidas, y dichos graciosos, agudos y sentenciosos, de mu-
ékos notables varones Griegos y Romanos, ansí reyes y capitanes como phtlosophos, y oradores antiguos:
talos quáUs se contienen granes sentencias e auisos no menos provechosos que deleytables,,, (Anvers,
Jato SteelsiOy 1549), parece nueva traducción , ó por lo menos refundición de la anterior, hecha por
Joto Jarava, que añadió al fin la Tabla de Cebes.
{*) Libro de los dichos y hechos del Rey don alomo: aora nueuamente traduzido, 1527,
Al reverso de la portada principia una Epístola del bachiller Juan de Molina, ccsobre el presente
tratado, que de latín en lengua Española ha mudadoD.
Colofón: cFne impreso en Valécía. En casa de Juan Joffre ipressor. A XXI de Mayo de nuestra
reparación. M.D.XXVII». 4.« gót.
Hay reimpresiones de Burgos, por Juan de Junta, 1530; Zaragoza, 1552, y alguna más.
Lxxii ORÍGENES DE LA NOVELA
mita, De dictis et f aclis Alphonsi^ regis Aragoniim el Neapolü ('), que no es propia-
mente una historia de Alfonso V, sino una colección de anécdotas que pintan muy al
vivo su carácter j su corte. Unido al De dictis factisque del Panormita va casi siem-
pre el Cormnentariiis de Eneas Silvio, obispo de Siena cuando le escribió y luego Papa
con el nombre de Pío II (*).
Un solo pei'sonaje español del tiempo do los Reyes Católicos logró honores seme-
jantes, aunque otros los mereciesen más que él. Fue el primer duque de Nájera, don
Pedro Mani'ique de Lara, tipo arrogante de gran señor, en su doble condición de bmvo
guerrero y de moralista sentencioso y algo excéntrico. Un anónimo recopiló sus haza-
ñas valerosas y dichos discretos (^)\ y apenas hubo floresta del siglo xvi en que no se
consignase algdn i*asgo, ya de su mal humor, ya do su picante ingenio.
Al siglo XVII muy entrado pertenece el libro, en todos conceptos vulgarísimo, Dtchosi
y hechos del señor rey don Felipe segundo el prudente {♦), que reox)piló con mejoi-
voluntad que discernimiento el cum de Sacedón Baltasai» Porreño, autor también do
otros Dichos y hechos de Felipe III^ mucho menos conocidos porque sólo una vez, y
muy tardíamente, fueron impresos.
Son casi desconocidos en nuestra literatura aquellos libros comúnmente llamados
anas (Menagiana^ Scaligerana^ Bolaeana^ etc.), de que hubo plaga en Francia y Holan-
da durante el siglo xvii y que, á vueltas de muchas anécdotas apócrifas ó caprichosa-
mente atribuidas al personaje que da nombre al libro, suelen contener mil curiosos deta-
lles de historia política y literaria. El carácter español se presta poco á este género de
crónica menuda. Pero no faltaron autores, y entre ellos alguno bien ilustre, que hiciesen
colección de sus propios apotegmas. A este género puede reducirse El Licenciado Vi-
driera de Cervantes (•»), donde la sencillísima fábula novelesca sirve de pretexto para
(M Abundan las ediciones de este curioso libro: la elzevirianu de 1G4G lleva el título de Specu-
lum boni principis. Fue traducido repetidas veces al catalán y al castellano, una de ellan por el
jurisconsulto Fortún García de Ercilla, padre del poeta de la Araucana. Sobre el Panoiinita (célebre
con infame celebridad por su Hermaphroditus), véase especialmente Ramorino, Contributt alia storia
hiografica e criitca di A. Beccadelli (Palermo, 1883).
(*) Puede verse también en la colección general de sus obras (Basilea, 1571), en que hay muchas
que el historiador de Alfonso V debe tener presente».
(•) Hazañas valerosas y dichos discretos de D, Pedro Manrique de Lara^ primer Duque de Níi-
jera, Conde de Treviilo, Señor de las villas y tierras de Amusco, Navarreie, Redecilla, San Pedro de
YanguaSf Ocon, Villa de la Sierra, Senebrilla y Cabreros, (Impreso conforme á una copia de la colee-
ción Salazar en el tomo VI (pp. 121-146 del Memorial Histórico Español que publica la Reul Acade^
mia de la Historia^ Madrid, 1853). Salazar, que ya transcribió alguna parte de las noticias de este
cuaderno en las Prueban de su Historia Genealógica de la Casa de Lara, habia encoutnido el origi-
nal en el archivo de los Condes de Frigiliana.
(*) No conozco la fecha de la primera edición, pero algunas de las posteriores conservan la
aprobación de Gil González Dávila de febrero de 1627. Fue reimpresa en Sevilla, 1639; Madrid, 1663,
y otras varias veces, siempre con mal papel y tipos, exceptuando la elegante edición elzeviriana de
Bruselas, por Francisco Foppens, 1666. Muchas de las anécdoías que recopila bou pueriles y prueban
en su autor poca sindéresis.
Los Dichos y Hechos de Felipe III están on las Memorias para ki historia de aquel monarca,
que recopiló D. Juan Yáílez (Madrid, 1723); copiados de un manuscrito original que tenía todas las
licencias para estamparse en 1628.
(') Notó bien este carácter aforístico de El Licenciado Vidriera el Sr. D. Francisco A. de Icaza
en su elegante estudio sobre las Novelas Ejemplares de Cervantes (Madrid, 1901, pág, 161).
INTRODUCCIÓN lxxxxi
intercalar las sentencias de aquel cuerdo loco, así como Luciano había puesto las suyas
en boca del cínico Demonacte.
De Cervantes al jurado cordobés Juan Rufo, infeliz cantor de D. Juan de Austria,
es grande la distancia á pesar de la simpática benevolencia con que el primero habló
del segundo en el famoso escrutinio de los libros del hidalgo manchego. Pero no le juz-
guemos por la Austriada^ sino por Las seyscientas apotegmas que publicó en 1596 (*)
y por los versos que las acompañan, entre los cuales están la interesante leyenda de
Los Comendadores^ el poemita humorístico de la muerte del ratón^ la loa ó alabanza
de la comedia^ precursora de las de Agustín de Kojas, y sobre todo la Carta á su hijoy
que tiene pasajes bellísimos de ingenuidad y gracia sentenciosa. Juan Rufo, que tan
desacordadamente se empeñó en embocar la trompa épica, era un ingenio fino y dis-
creto, nacido para dar foi-ma elegante y concisa á las máximas morales que le había
sugerido la experiencia de la vida más bien que el trato de los libros. Sus apotegmas en
prosa testifican esto mismo, y cuando se forme la colección, que todavía no existe, de
nuestros moralistas prácticos y lacónicos, merecerán honroso lugar en ella. Sólo inciden-
talmente tocan á nuestro propósito, puesto que suelen ser breves anécdotas selladas con
un dicho agudo. Entre los contemporáneos de Rufo tuvieron mucho aplauso, aun antes
de ser impresos, y el agustino Fr. Basilio de León (sobrino de Fr. Luis y heredero de
su doctrina) los recomendó en estos encarecidos términos: <KLlegó á mis manos, antes
que se imprimiesse, el libro de las Apotegmas del lurado luán Rufo; con el qual verda-
deramente me juzgué rico, pues lo que enriqueze al entendimiento, es del hombre
riqueza verdadera. Y hay tanta, no sólo en todo el libro (que no es poco, según salen
muchos á luz, grandes en las hojas y en las cosas pequeños), sino lo que es más, en
qualquiera pai-te dól, por pequeña que sea, que con razón puede juzgarse por muy
grande, porque la pureza de las palabras, la elegancia dellas, junto con la armonía que
hazen las unas con las otras, es de tanta estimación en mis ojos quanto deseada en los
que escriven. Allegóse a esto la agudeza de los dichos, el sentido y la gravedad que tie-
nen, la philosophia y el particular discurso que descubren. De manera que al que dice
bien y tan bien como el autor deste libro, se le puede dar justissimamente un nuevo y
admirable nombre de maravillosa eloquencia: pues los que hablan mal son innumera-
bles, y él se aventaja á muchos do los que bien se han esplicado. El aver enxerido en
el donayre y dulzura de las palabras, lo que es amargo para las dañadas costumbres,
nació de particular juyzio y de prudencia. Como el otro que á una dama á quien, ó por
miedo, ó por melindre, espantava el hierro del barbero, la sangró disfra9andole astuta-
mente con la esponja. En fin, no entiendo que avrá ninguno de buen gusto que no le
tenga, y muy grande, con este libro, y Córdova no menor gozo, ^iendo cifrado en su
dueño todo lo que en sus claros hijos luze repartido».
Hemos visto que el título de Apotegmas había sido introducido por los tmductores
de Plutarco y Erasmo. Creemos que Juan Rufo fue el primero que le aplicó á una colec-
ción original, dando la razón de ello: «El nombre de Apotegmas es griego, como lo son
muchos vocablos recebidos ya en nuestra lengua; trúxole á ella, con la autoridad de
(') Las Seyscientas Apotegmas de luán Rufo, Y otras obras en verso Dirigidas al Principe núes»
tro Señor. Cm Privilegio, En Toledo por Pedro Rodríguez, impressor del Rey nuestro Señor, 1696,
8.** 9 hs. prU. y 270 fob'os, de los cuales 195 corresponden á los Apotegmas.
Lsxiv ORÍGENES DE LA NOVELA
grandes escritores, la necessidad que a\'ia deste término, porque significa breve y aguda
sentencia, dicho j respuesta; sentido que con menos palabras no se puede explicar» .
Para dar idea del carácter de este curioso librito, citaré sin particular elección unos
cuantos apotegmas, procurando que no sean de los que ya copió Gallardo, aunque no
siempre podrá evitarse la repetición, porque aquel incomparable bibliógrafo tenía parti-
cular talento para extraer la flor de cuanto libro viejo caía en sus manos.
«Oyendo cantar algunos romances de poetas enamorados, con relación especial de
sus desseos y pensamientos, y aun de sus obras, dixo (Ruto): Locos están estos hom-
bres, pues so confiesan a giitos.> (Fol. 4.)
«Un año después que estuvo oleado, le dixo un amigo, viéndole bueno: Harto mejor
estays de lo que os vi aora un afio. R. Mucha más salud tenía entonces, pues tenia más
un afio de vida. (Fol. 6 vuelto.)
«Mirando á una fea, martjT de enrubios, afeytes, mudas, y de vestirse y ataviarse
costosamente, y con estraña curiosidad, dixo que las feas son como los hongos, que no se
pueden comer si no en virtud de estar bien guisados, y con todo son ruyn vianda.» (F. 7.^
«Preguntólo un viejo de sesenta años si se teñirla la canas, y R. No borréis en una
hora lo que Dios ha escrito en sesenta años.» (Fol. 7 vuelto.)
«El agua encañada, quanto baxa sube, y la palabra de Dios entia por los oydos, y
penetra hasta el corazón, si sale del.» (Fol. 9.)
«Centava un cavallero una merienda que ciertos frayles tuvieron en un jardin del
susodicho; y que tras la abundancia de la vianda, y diferencias de vinos que huvo, fue
notable el gusto y alegría de todos aquellos reverendos. Y dezia también que uno
dellos (devoto y compuesto religioso) se puso de industria á pescar en un estanque, por
escusar la behetiia do los demás. Oydo lo qual, dixo: no se podra dezir por esse: no
sabe lo que se pesca.» (Fol. 13.)
«El duque de Osuna, D. Pedro Girón, tenia á la hora de su muerte junto á sí una
gran fuente de plata, llena de nieve y engastados en ella algunos vasos de agua, y dixo
el Condestable de Castilla, su yerno: Ningún consuelo hay para el Duque igual á tener
aquella nieve cerca de sí. R. Quiere morir en Sierra Nevada, porque no le pregunten
por D. Alonso de Aguilar» (*). (Fol. 15.)
«Huvo disciplinas en Madrid por la falta de agua ; y como ora en el mes de Mayo
y hazia calor, no sallan hasta que anochezia. De manera que toda la tarde no cabian las
calles por donde avian de pasar los disciplinantes, de damas y gente de á eavallu; y
andavan los passeos tan en forma, como si algún grande regocijo fuera la causa de
aquel concurso. Visto lo qual, al salir los penitentes, dixo que parecía entremés á lo
divino en comedia deshonesta.» (Fol. 18.)
«Tratándose del Cid, y de sus grandes proezas, dixo, que fue catredatico (sic) de
valentía, pues enseñó á ser esfor9ado á Martin Pelaez» (^). (Fol. 19.)
O Alude, con discreta malicia, que no debió de sentar bien á los do la casa de Osuna, á aquel
sabido cantarcillo:
Decit, buen comle de Ureña,
¿Don Alonso dónde queda?
(') La frase profesor de energía que Sthendhal inventó (según creo) para aplicármela á Napoleón,
y se ha repetido tanto después, recuerda bastante ésta de catedrático de vaUntia que Juan Rufo dijo
del Oid.
INTRODUCCIÓN lxxv
«El hombre que más largas narices tuvo en su tiempo, dezia otro amigo suyo, que
venia de Bui-gos á Madrid seis días avia, j que le espera va dentro de uua hora. No
puede ser, le respondió luán Rufo, pues no han llegado sus narices.» (Fol. 22.)
cEstando un carpintero labrando, aunque toscamente, los palos pai*a hazer una
horca, y otro vezino suyo murmurando de la obra del artífice, los puso en paz diziendo,
que los palos de la horca son puntales de la república.»
«Sentia ásperamente un ^gentil hombro el hacerse viejo, y corríase de verse algo
cano, como si fuera delito vergon(;oso. Y como fuesse su amigo, y le viesse que en
cierta conversación dava señales desto, le dixo para consuelo y reprehensión, los versos
que se siguen:
Si quando el seso florece
Yemos que el hombre encanece:
Las canas deven de ser
Flores que brota el saber
En quien no las aborrece.»
(Fol. 24 vuelto.)
«Sin duda este tiempo florece de poetas que hacen romances, y músicos que les dan
sonadas: lo uno y lo otro con notable gracia y aviso. Pues como es casi ordinario amol-
dar los músicos los tonos con la primera copla de cada romance, dixo á uno de los poetas
que mejor los componen que escusasc en el principio afecto ni estrañeza particular, si
en .todo el romance no pudiesse continualla; porque de no hazello resulta que el primer
cuarteto so lleva el mayorazgo de la propiedad de la sonada, y dexa pobres á todos los
demas.> (Fol. 26 vuelto.)
«Considerados los desasossiegos, escándalos y peligros, gastos de hazienda y menos-
cabos de salud, que proceden de amorosos devaneos, dixo que los passatiempos del
Amor son como el tesoro de los alquimistas, que costándoles mucho tiempo y trabajo,
gastan el oro que tienen por el que después no sacan.» (Fol. 67.)
«Alabando algunos justissimamente la rara habilidad del doctor Salinas ('), canó-
nigo de Segovia, dixo que era Salinas de gracia y donaire, con ingenio de a9ucar.»
(Fol. 74.)
«El (autor) y un amigo suyo, que le solia reprehender porque no componía la
s^unda parte de la Austriada^ passaron por donde estava un paxarillo destos que
suben la comida y la bevida con el pico, entre otros que estavan enjaulados. T como
todos cantassen, y aquel no, dixo: Veys aqui un retrato del silencio de mi pluma,
porque no soy paxaro enjaulado, . sino aquel que está con la cadena al cuello. Pre-
guntado por qué, dixo estos versos:
Para el hombre que no es rico
Cadena es el matrímonio,
Y tormento del demonio
Sustentarse por su pico.»
(Fol. 94.)
(<) Alude al Dr. Juan de Salinas, festivo poeta sevillano, cuyas Obras han sido publicadas por
la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.
LXivi orígenes de la novela
cDe quinientos ducados que el Rey le hizo de merced por su libro de la Austviada,
fue gastando en el sustento de su casa hasta que no le quedaban sino cincuenta, los
quales se puso á jugar (*). Y preguntado por qué hazia aquel excesso, R. Para que las
reliquias de mis soldados vengan, 6 mueran peleando, antes que el largo cerco los acabe
de consumir.» (Fol. 99 vuelto.)
«Como hay mujeres feas, que siendo ricas se dan á entender que á poder de atavios
han de suplir con curiosidad los defectos de naturaleza: de la misma manera piensan
algunos que por ser estudiosos y leydos, han de salir buenos poetas, siendo cosa, si no
del todo agena de sus ingenios, á lo menos cuesta arriba y llena de aspereza. Y para
más confirmación deste engaño, nunca les faltan aficionados que los desvanezcan. Pues
como un hombre que era apassionadissimo de un poeta por accidente, defendiesse sus
Mussas con dezir que era hombre que sabia, le dixo: No es todo uno ser maestro do
capilla y tener buena voz.» (Fol. 135.)
«Vivia en la corte un pintor (^) que ganava de comer largamente á hazer retratos,
y era el mejor pie de altar para su ganancia una caxa que traya con quarenta ó cin-
cuenta retratos pequeños de las más hermosas señoras de Castilla, cuyos traslados lo
pagavan muy bien, unos por afición y otios por sola curiosidad. Este le mostró un dia
todo aquel tabaque do rosas, y le confessó los muchos que le pedian copias dellas.
R. Soys el rufián más famoso del mundo, pues ganays de comer con cincuenta mujeres.»
(Fol. 136.)
«Armándose en Flandes D. Lope de Acuña, para un hecho de armas, algo de pries-
sa, dixo á dos criados que le ayudavan á armar que le pussiessen mejor la celada:
la qual como fuesse Borgoñona, y al cerralla le huviessen cogido una oreja, le dáva
mucho fastidio. Los criados le respondieron una, y dos, y más vezes, que no yva
sino muy en su lugar. Y como las ocasiones no lo davan para detenerse mucho, en-
tró assi en la refriega, que fué sangrienta. Y desarmándose después D. Lope, como
se le saliesse la una oreja assida á la celada, en vez de enojarse, dixo con mucha
mansedumbre á los que le armaron: ¿No os dezia yo que yva mal puesta la celada?»
(Fol. 148.)
«Acabando de leer unos papeles suyos, le dixo uno de los oyentes: No sé por qué
no os proveen en un corregimiento de los buenos de España; mas « fe que si en algo
errárades, y yo fuera presidente, que os avia de echar á galeras^ pues 7io podiades
haxello de ignorancia. R. Rigurosissimo andays conmigo, pues antes que acepte el cargo
me tomays la residencia» (^). (Fol. 155.)
«Desde que el señor don luán murió, que le hazia mucha merced, nunca tuvo
sucesso que fuesse de hombre bien afortunado, y tanto que era ya como proverbio su
(') Rufo debia de s^^r un jugador empedernido, y á esto aluden muchos pasajes do sus Ápo*
iegmas,
(*) ¿Sería Felipe de Liaffo, cuya especialidad eran los retrates pequeños, especialmente de
mujeres?
O Este apotegma tiene poco mérito, pero no he querido dejar de citarle, porque acaso nos pone
en camino de interpretar uno de los más oscuros pasajes del Quijote: el relativo á Tirante el Blanco,
Si suponemos que hay errata donde dice industria^ y leemos ignorancia^ como en el texto de Juan
liufo, queda claro el sentido. Sin duda Rufo y Cervantes usaron una misma frase hecha, y no es
creíble que el segundo lu alterase con menoscabo de la claridad.
i
K,
INTRODUCCIÓN Lxxvii
mala dicha. Estando, pues, uu dia cou dolor en un pie, dizióndole su doctor que era
gota, respondió:
Aunque pobre y en pelota,
Mal de ricos me importuna,
Porque al mar de mi fortuna
No le faltasse una gota.»
(Fol. 156.)
cTan fácil y proprio dixo que seria á los prelados gastar todas sus rentas en hazer
bien, como al sol el dar luz y calentar.» (Fol. 163.)
«Siendo su hijo de once años, le sucedió una noche quedársele dormido en dos ó
tres sitios muy desacomodados; por lo qual dixo uno que lo avia notado: Este niño halla
cama donde quiera, y deve de ser de bronco ó trae lana en las costillas. R.
Qué más bronce
Que afios once,
Y qué más lana
Que no pensar en mañana.»
(Fol. 189 vuelto) (*).
•
Los apotegmas no son seiscientos^ sino que llegan á setecientos, como expresa el
mismo Rufo en una advertencia final. A ésta como á casi todas las colecciones de sen-
tencias, aforismos y dichos agudos cuadra de lleno la sentencia de Marcial sobre sus
propios epigramas sunt bona^ stmt qiuedam viediocria^ sunt mala pitera. Pero aun-
que muchos puedan desecharse por ser insulsos juegos de vocablos, queda en los res-
tantes bastante materia curiosa, ya para ilustrar las costumbres de la época, ya para
conocer el carácter de su autor, poeta repentista, decidor discreto y que, como todos los
ingenios de su clase, tenía que brillar más en la conversación que en los escritos. El
mismo lo reconoce ingenuamente: «Importunándole que repitiesse los dichos de qne se
acordasse, dixo que no se podia hazer sin perderse por lo menos la hechura, como quien
vende oro viejo: pues quando el oro del buen dicho se estuviesse entero, era la hechura
la ocasión en que se dixo, el no esperarse entonces la admiración que causó. Y que en
fin, fuera de su primer lugar eran piedras desengastadas, que luzen mucho menos. O
como pelota de dos botes, que por bien que se toque no se ganan quinze» .
Tuvo Juan Rufo un imitador dentro de su propia casa en su hijo el pintor y poeta
cordobés D. Luis Rufo, cuyos quinientos apotegmas (en rigor 455) ha exhumado en
nnestros tiempos el erudito Sr. Sbarbi (*). Pero la fecha de este libro, dedicado al Prín-
cipe D. Baltasar Carlos (n. 1629, m. 1646), le saca fuera de los límites cronológicos del
presente estudio, donde por la misma razón tampoco pueden figurar los donosos Ouen'
(') Esta fácil y pronta respuesta se atribuye en Cataluña al Rector de Vallfog^ona, y dicen qne
elU bastó para que le reconociese Lope de Vega. El festivo poeta tortosíno habia nacido en 1582, é
hizo un solo viaje á Madrid, en 1623. Los Apotegmas estaban impresos desde 1596, y no contienen
mis qne dichos originales de Juan Rufo.
(*) Las quinierUds apotegmas de D, Luis Rufo^ hijo de D, Juan Rufo, jurado de Córdoba , diri^
gidas al Principe Nuestro Señor (Siglo xvii). Ahora por primera vez publicadas, Madrid, imprenta de
Foeotenebro, 1882, 12.»
Lxxvni ORÍGENES DE LA UOVELA
tos que notó D. Juan de Arguyo^ entre los cuales se leen algunas agudezas del Maestro
Farfán, agustiniano (*).
Volviendo ahora la vista fuera de las fronteras patrias, debemos hacer mérito de
algunas misceláneas de varia recreación impresas en Francia para uso de los estudio-
sos de la lengua castellana, cuando nadie, «ni varón ni mujer dejaba de aprenderla ,
según testifica Cervantes en el Persiles (Libro III, cap. XIU). Una porción de aventu-
reros españoles, á veces notables escritores, como el autor de La desordetiadn codicia
de los bienes ajenos j el segundo continuador del Laxanllo de Tormes^ vivían de ense-
riarla ó publicaban allí sus obras de imaginación. Otros, que no llegaban á tanto, se
limitaban á los rudimentos de la disciplina gramatical, hacían pequeños vocabularios,
manuales de conversación, centones y rapsodias, en que había muy poco de su cose-
cha. A este género pertenecen las obras de Julián de Medrano y de Ambrosio de
Salazar.
Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula en su
libro, era im caballero navarro que, después de haber rodado por muchas tierras de
España y de ambas Indias, aprendiendo, segán dice, *los más raros y curiosos secretos
»de natura», vivía cen la ermita del Bois de A'^incennes» , al servicio de la Reina Marga-
rita do Valois. A estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas
([ue en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio Juan Daurat
_ •
ó Dorat (loannes Auratus):
Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses,
A variis populis, a varioque mari,
Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri:
Thesaurus nunquam quantus ülyssis erit.
La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su Silva Curiosa^ cuya
primera y rarísima edición es de 1587 (*). Ue los siete libros que la portada anuncia,
sólo figui'a en el volumen el primero, que lleva el título de «dichos sentidos y motes
breves de amor» . Los otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de
su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la curiosidad. El
segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras virtudes^^ ; el tercero, de las piedras
preciosas; el cuarto, de los animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celes-
tes y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las muieres, y les
ofrece las más delicadas recetas:». Ni del tratado de los cosméticos, ni de la historia
natural recreativa que aquí so prometen, ha quedado ningún i-astro, pues aunque lleva
el nombre de Julio Iñiguez de Medrano cierta rarísima Histona del Can^ del Caballo^
(') Algunos de estos Cuentos, cuyo borrador se conserva en la Biblioteca Nacional, fueron publi-
cados por D. Juan £ugenio Hartzenbnsch, como apéndice á la primera edición de sus propios Cueti»
tos y fábulas (Madrid, 1861), y casi todos lo han sido por D. Antonio Paz y ^lelia (Salesldel ingenio
español, 2.* serie, 1902, pp. 91-211).
(*) La Silva Curiosa de Julián dt Medrano, cavallero navarro: en que se tratan diversas cosas
sotilissinuis, y curiosas, muí conuenientes para Damas y Cavalleros, en toda conuersation virtuosa y
hojie^ta, Diriijida a la muy Alta y Serenissima Reyna de Nauarra su sennora. Va dividida esta Silva
en siete libros diuersos, el sx^jetto de los quales veeras en la tabla siguiente. En Paris, Impresso en Casa
de Nicolás Chezneav en la calle de Santiago, a la insignia de Chesne verá, M,D,LXXXIII, Con Pri*
vilegio del Rei, S,**
INTRODUCCIÓN Lxxxx
OsOj Lobo^ Ciervo y del Elefante^ que se dice impresa en París, en 1583, este libro no
es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del can y del caba'
lio que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 15(38, sin que
para nada se bable del oso ni de los demás animales citados en la portada (^). La super-
chería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con 61, no desinteresa-
damente sin duda, al Duque de Epernon, da la piedida de su probidad literaria^ que
acaba de confirmarse con la lectura de la Silva^ especie de cajón de sastre, con algu-
nos retales buenos, salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen de
las «letras v motes» , de las preguntas, proverbios y sentencias morales; pero limitándo-
nos á lo que salta á la vista en cuanto se recorren algunas páginas de la Silva^ vemos
que Medrano estampa su nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de
Castillejo en su Diálogo de las condiciones de las mujeres^ y da por suyo de igual modo
aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que realmente es de Fray
llelchor de la Serna:
Dentro de un santo templo im hombre honrado...
Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos. Y lo mismo
sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas respuestas, cuentos muy
graciosos y recreativos, y epitafios curiosos» que recoge en la segunda parte de la Silva^
habían figui-ado antes en otras florestas, especialmente en el Sobremesa de Timoneda,
del cual copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de Juan
Aragonés (^).
Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y escritas, que sin
gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de Medrano. Una es cierta novela
pastoril de Coridón y Silvia; y aun en ella intercaló versos ajenos, como la canción de
Francisco de Figueroa:
Sale la aurora, de su fértil manto
Rosas suaves esparciendo y ñores...
La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones populares, es
un lai^ cuento de hechicerías y artes mágicas, que el autor supone haber presenciado
y«ttdo en romería á Santiago de Galicia.
No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba provecho
para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la Silva Curiosa el argumento
de su comedia Lo que ha de ser^ aunque al fin de ella alega «las crónicas africanas» .
(*) Vid. La Caza^ Estudios bibliográficos ^ por D. Francisco de ühagón y D. Enrique de Leguina
(Madrid, 1888), pág. 39.
(») Cuentos 3.*>, 5.«, 8.^ 9.» y 11.*» de Juan Aragonés; cuentos 24, 25, 26, 29, 30, 32, 33, 34, 39,
40, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 52, 54, 62, 63, 67, 68, 72 de la 2.* parte del Sobremesa; 31, 34, 39, 42,
47, 60, 52, 54, 60, 63, 67, 72, 73, 76 de la 1.» (ed. Rivadeneyra). Cf . pp. 144-166 de la Silva en la
reimpresión de Sbarbi. Como se ve, Medrano no se tomó siquiera el trabajo de cambiar el orden
de los cuentos, aunque puso los de la l.> parte después de los de la 2.* Además, en la pág. 91 trae el
cuento 53 de U 2.* parte (csi los rocines mueren de amores, — ¡triste de mi! ¿qué harán los hom-
bres?»); pero debe de estar tomado de otra parte, porque en Timoneda es más breve y no dice que
el'caso sucediese en Tudela.
#
Lxxx ORÍGENES DE LA NOVELA
Uico así el cuentecillo de la Silt'a, que no tengo por original, aunque hasta ahora no
puedo determinar su fuente:
«Un caballero de alta sangre, fué curioso de saber lo que las influencias ó inclina-
ciones de los cuerpos celestiales prometían á un hijo suyo que él tenia caro como su
propia vida, y así hizo sacar el juicio de la vida del mancebo (que era ya hombrecito) á
un astrólogo el más famoso de aquella tierra; el cual halló por su sciencia que el mozo
era amenazado y corría un grandísimo peligro, en el año siguiente, de recibir muerte
por una fiera cruel, la cual él nombró y (pasando los límites de su arte) dijo sería un
león; y que el peligro era tan mortal, que si este caballero no defendía la caza á su hijo
por todo aquel año, y no le ponia en algún castillo donde estuviese encerrado y muy
bien guardado hasta que el año pasase, que él tenia por cosa imposible que este man-
cebo escapase al peligro de muerte. El padre, deseando en todo y por todo seguir el
consejo del astrólogo (en quien él creia como en un oráculo verísimo), privando á su
hijo del ejercicio que él más amaba, que era la caza, lo encerró en una casa de placer
que tenia en el campo, y dejándole muy buenas guardas, y otras personas que le diesen
todo el pasatiempo posible, los defendió á todos, so pena de la vida, que no dejasen
salir á su hijo un solo paso fuera de la puei-ta del castillo. Pasando esta vida el pobre
mancebo en aquella cárcel tristísima, viéndose privado de su libertad, dice la historia
que un dia, paseándose dentro de su cámara, la cual estaba ricamente adornada y guar-
necida de tapicería muy hermosa, se puso á contemplar las diversas figui-as de hombres
y animales que en ella estaban, y viendo entre ellos un león figurado, principió á eno-
jarse con él como si vivo estuviera, diciendo: «¡Oh fiera cruel y maldita! Por ti me veo
^ aqui privado de los más dulces ejercicios de mi vida; por ti me han encerrado en esta
» prisión enojosa». Y arremetiendo con cólera contra esta figura, le dio con el puño
cerrado un golpe con toda la fuerza do su brazo; y su desventura fué tal que detrás de
la tapicería habia un clavo que salla de un madero ó tabla que alli estaba, con el cual
dando el golpe se atravesó un dedo; y aunque el mal no parecía muy grave al princi-
pio, fué tal todavía, que por haber tocado á un nervio, en un extremo tan sensible
como es el dedo, engendró al pobre mancebo un dolor tan grande, acompañado de una
calentura continua, que le causó la muerte» (^).
César Oudín, el mejor maestro de lengua castellana que tuvieron los franceses en
todo el siglo XVII y el más antiguo de los traductores del Quijote en cualquier lengua,
hizo en 1608 una reimpresión de la Silva^ añadiendo al fin, sin nombre de autor, la
novela de El Curioso Impertinente^ que aquel mismo año publicaba en texto español
y fnmcés Nicolás Baudouin (*). Por cierto que esta segunda edición do la Silva dio
pretexto á un erudito del siglo xviii para acusar á Cervantes de haber plagiado ¡á Me-
drano! Habiendo caído en manos del escolapio D. Pedro Estala un ejemplar de la Silva
de 1608, donde está la novela, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría
(*) P. 168 de la reproiluccióo do Sbarbi.
(*) La Silva Curiosa de Ivlian de Medrana, Cavallero Navarro: en que se tratan diuersas cosas
soiilissimas y curiosas, muy conuenientes para Dantas y Caualleros, en toda conuersacion virtuosa y
honesta. Corregida en esta nueua edición, y reduzida a mejor lectura por Cesar Ovdin. Véndese en Pa*
risy en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lion Rampant. M.DCVIII,
8.*' 8 hs. priesa, y 328 pp. La novela de El Curioso Impertinente empieza en la página 274.
Algunas cosas más que la novela agregó César Oudín al tckto primitivo de la Silva, Bn la pá-
INTRODUCCIÓN lxxxi
eu la de 1583, y echó á volar la especie de que Cervantes la había tomado de allí,
cno creyendo haber inconveniente 6 persuadido á que no se le descubriría el hurto,
/Si así debe llamarse». A esta calumniosa necedad, divulgada en 1787, ee opuso, con
la lógica del buen sentido, D. Tomás Antonio Sánchez, aun sin haber visto la primera
edición de la Silva^ de la cual sólo tuvo conocimiento por un amigo suyo residente en
París («).
Compilaciones del mismo género que la Silva son algunos de los numerosos libros
que publicó en Francia Ambrosio de Salazar, aventurero murciano que después de
haber militado en las guerras de la Liga, hallándose sin amparo ni fortuna, despedcb^
xado y roto^ como él dice, se dedicó en Buán á enseQar la lengua de Castilla, llagando
i ser maestro ó intérprete de Su Majestad Cristianísima. La vida y las obras de Salazar
han sido perfectamente expuestas por A. Morel-Fatio en una monografía tan sólida como
agradable, que agrupa en tomo de aquel curioso personaje todas las noticias que pue-
den apetecerse sobre el estudio del español en Francia durante el reinado de Luis XIII
V sobre las controversias entre los maestros de gramática indígenas y forasteros. Bemi-
tiendo á mis lectores á tan excelente trabajo {% hablaré sólo de aquellos opúsculos de
Salazar que tienen algún derecho para figurar entre las colecciojies de cuentos, aunque
sn fin inmediato fuese ofrecer textos de lengua familiar á los franceses.
Tenemos, en primer lugar. Las Clavellinas de Recreación^ donde se contienen sen^
tenciasj avisos, exemplos y Historias muy agradables para todo genero de personas
desseosas de leer cosas curiosas^ en dos lenguas^ Francesa y (Castellana; obrita impresa
dos veces en Ruán, 1614 y 1622, y reimpresa en Bruselas, 1625 (•). Es un ramillete
bastante pobre y sin ningún género de originalidad, utilizando las colecciones anterio-
res, especialmente la de Santa Cruz, con algunas anécdotas de origen italiano y otras
tomadas de los autores clásicos, especialmente de Valerio Máximo. Las Horas de i?e-
creacián de Guicciardini, el Oalateo Español de Lucas Gracián Dantisco (del cual
gtna 271 de bu edición pone esta advertencia: cEstOB dos epitafios siguientes fueron afiadidos á esta
Megunda impresión por Oesar Oadin, el qual los cobró de dos caballeros tedesoos sus discípulos. El
luDO es del Emperador Cdrlos V, y es hecho en latin; el otro es de la Verdad, escrito en Bspafiol, el
>qual es también traducido en francés por el dicho Cesar».
El Sr. D. José María Sbarbi ha reimpreso esta edición (suprimiendo la novela de Cervantes) en
d tomo X y último de su Refranero General Español (Madrid, imp. de A. Gómez Fuentene-
bro, 1778>.
(') Caria publicada en €El Correo de Madrid» injuriosa á la buena memoria de Miguel de Cer-
antet. Reimprímese con notas apologéticas. En Madrid, por D, Antonio de Sancha» Año de
M.DCCLXXXVIir.
O Ambrosio de Salazar et l'étude de Vespagnol en Franee sous Louis XIII^ por A. Morel-Fatio.
París, 1901.
(') Las Clavellinas de Recreación,,, Les OeuiUets de RecreaÜon. Oa sont conienüees sentenees^ ad»
m, tMempleSf et Histoires tres agreables pour toutes sortee de personnes desireuses de lire choses curieu^
M, ¿s deux langues Fraw;qi»e et Espagnole. Dedié d Monsieur M. Qobelin^ sieur de la Marche^ Con*
Ktller du Roy^ et Conirolleur general de ses finances en la generalité de Rouen, Por Ambrosio de
Sahzar, A Bouen, che» Adrián Morront, ienant sa boutique dans V Estre nostre Dame, 1622, Avec
Privilege du Roy, 8.* 6 hs. prles., 366 pp. y una hoja sin foliar.
Las Clavellinas de Recreación,.. Por Ambrosio de Salazar,,, A Brvsselles^ chez lean Pepermans
Librairejuré, et imprimeur de la Ville^ deméurant derire (sic) icelle Viüe a la Bible d^Or, 1025, Avee
Qrace et Privilege. 8.®
ORÍaBMES DB LA M0VILA.~1I.— /*
Lxxxii ORÍGENES DE LA NOVELA
hablaré más adelante), pueden contai*se también entre las fuentes de este libro, poco
estimable á pesar de su rareza (*).
Más interés ofrece, v es sin duda el más útil de los libros de Salazar, á lo menos
por los datos que consigna sobre la pronunciación de su tiempo y por las frases que
recopila é interpreta, su Espejo General de la Oramática en diálogos^ obra bilingüe
publicada en Ruán en 1614 y de cuyo éxito testifican varias reimpresiones en aquella
ciudad normanda y en París (*). Este Espejo^ que dio ocasión á una agria y curiosa
polémica entre su autor y César Oudín, no os propiamente una gramática ni un voca-
bulario, aunque de ambas cosas participa^ sino un método práctico y ameno para ense-
ñar la lengua castellana en cortísimo tiempo, ya que no en siete lecciones, como pudiera
inferirse do la poi'tada. La forma del coloquio escolar^ aplicado primeramente á las
lenguas clásicas, y que no se desdeñaron de cultivar Erasmo y Luis Vives, degeneró en
manos do los maestros de lenguas modernas, hasta convertirse en el pedestre manual
de conversación do nuestros días. Y todavía en este género la degradación fue lenta: los
Diálogos familiares que llevan el nombre de Juan de Luna, aunque no todos le perte-
necen, tienen mucha gracia y picante sabor, son verdaderos diálogos de costumbres que
pueden leerse por sí miamos, prescindiendo del fin pedagógico con que fueron trazados.
Los de Salazar, escritor muy incon-ecto en la lengua propia, y supongo que peor en la
francesa, valen mucho menos por su estilo y tienen además la desventaja de mezclar la
exposición gramatical directa, aunque en dosis homeopáticas, con el diálogo propiamente
dicho. De éste pueden entresacarse (como previene el autor) algunas «historias gracio-
sas y sentencias muy de notar»; por ejemplo, una biogratía anecdótica del negro Juan
Latino, que Morel-Fatio ha reproducido y comenta agradablemente en su estudio (•).
No importa á nuestro propósito, aunque el título induciría á creerlo, el lAbro de
flores diversas y curiosas en tres tratados (París, 1619), en que lo único curioso son
algunos modelos de estilo epistolar, sobre el cual poseemos otros formularios más anti-
guos, castizos é importantes, como el de Gaspar de Texeda. Salazar había pensado llenar
con cuentos la tercera parte de su libro; pero viendo que ocupaban muchas hojas y que
su librero no podía sufragar tanto gasto, guardó los cuentos para mejor ocasión y los
reemplazó con un diálogo entre un caballero y una dama (*).
Podemos suponer que estos cuentos serían los mismos que en número de ochenta
{}) El autor mismo confíeBa sin rebozo su falta de originalidad: cAmigo lectori qoando leye-
^res este librillo, ó parte del. no digas mal de las historias, porque no soy yo el Auctor; solo he ser*
Bvido de intérprete en ellas: de manera que el mal que dijeres no me morderá...»
(*) Knpexo General de la Gramática en Diálogos^ para saber la natural y perfecta pronunciación
de la lengua Castellana, Seruira también de Vocabulario para aprenderla con mas facilidad, con algu-
nas Historias graciosas y sentencias muy de notar. Todo repartido por los siete dias de la semana^
donde en la séptima son contenidas las phrasis de la dicha lengua hasta agora no vistas. Dirigido á la
Sacra y Real Magestad del Christianissimo Rey de Francia y de Nauarra, Por Ambrosio de Balazar. .
A Rouen, chez Adrien Morront^ dans V Estre nostre Dame^pres les Changes, 1614. 8.*
En la obra de Gallardo (m. 3773 á 8775) se describen otias tres ediciones, todas de Ruán (16i5|
1622, 1627).
(«) Pág. 73.
(*) Libro de flores dit^ersas y curiosas en tres TSratados,,, Dirigido al prudentissimo y generoso
Señor de Hauquincourt: Mayordomo Mayor de la Christianissima Reyna de Francia, Por A, de Sala*
*ar, Secretario, interprete de su Magestad, en la lengua Española, cerca de su Real persona. En Parts.
Se venden en casa de David Gil, delante el Cavallo de bronste y sobre él puente ntieiro» 1610,
INTRODUCCIÓN ljxxiii
y tres publicó en 1632, fonnando la segunda parte de sus Secretos de la gramática es"
pañola^ que ciertamente no aclaran ningún misterio fílológico. La parte teórica es toda-
vía mis elemental que en el Espejo^ j la porte práctica, los ejercicios de lectura como
diríamos hoy, est&n sacados, casi en su totalidad, de la Floi^esta Española de Melchor
de Santa Cruz, según honrada confesión del propio autor: «Lo que me ha movido á hacer
imprimir estos quentos ha sido porque veya que un librito que andava por aqui no se
podía hallar, aunque es verdad que primero vino de Espafia. Después se imprimió en
Brocelas (sic) en las dos lenguas, y aun creo que se ha impreso aqui en París, y he visto
que lo han siempre estimado del todo. Este librito se llama Floresta española de apogs^
amas (sic) y dichos graciosos^ del qual y de algunos otros he sacado este tratadillo» (*).
Salazar, que multiplicaba en apariencia más que en realidad las que apenas pode-
mos llamar sus obras, con cuyo producto, seguramente mezquino, iba sosteniendo su
trabqada vejez, formó con estos mismos cuentos un lAbro Curioso^ lleno de recreaeiotí
y eorUento^ que es uno de los tres Tratados propios para los que dessean saber la leU"
gua española (París, 1643), donde también pueden leerse dos diálogos, no s6 á punto
^ 8i suyos ó ajenos, tentre dos comadres amigas familiares, la una se llama Margarita
7 la otra Luciana» .
Mencionaremos, finalmente, el Thesoro de diversa lición (París, 1636), cuyo título
parece sugerido por la Silva de varia lección de Pedro Mejía, que le proporcionó la
mayor parte do sus materiales, puesto que no creo que Salazar acudiese personalmente á
Eliano, Plinio, Dioscórides y otros antiguos á quien se remite ('). El Thesoro viene á ser
una enciclopedia microscópica de geografía 6 historia natural, pero lleva al fin una serie
de Historias verdaderas sucedidas por algu7ios aninmleSy que entran de lleno en la lite-
retara novelística. Algunas son tan vulgares y sabidas como la del león de Androcles,
pero hay también cuentos españoles que tienen interés folklórico. Todos deben de
ttcontrarse en otros libros^ pero hoy por hoy no puedo determinar cuáles. La historia
dd prodigioso perro que tenía un maestro de capilla de Palencia en tiempo de Carlos Y
le lee en el Libro del Can y del Caballo del protonotario Luis Pérez (^), pero con nota-
Uee variantes. La leyenda genealógica de los Porceles de Murcia, que sirvió á Lope de
T^ para su comedia del mismo título (^), se encuentra referida en Salazar á Barce-
(*) Secretos de la Gramática E^Mñola^ con vn Tratado de algunoe Quentoe honesto» y graeioaoe,
Oin tanto para el eetudio como para echar de si todo enojo y pesadumbre,,, 1632. Sin lugar de impre-
nte, probablemente París.
O Thesoro de diverea UcioHf obra digna de ser vista, por su gran curiosidad} En el qual ay XXII
Bittoríae muy verdaderas^ y otras cosas tocantes a la salud del Cuerpo humano^ como se vera en la
tetía siguiente. Con una forma de Oramatica muy prouechosa para los curiosos^ . A Faris, che» Louys
BevÜanger^ rüe Sainct lacques, á VImage S, Louys. 1636.
8.^ 6 he. prU. eia follar, 270 pp. y 4 folios de tabla.
(*) Del can, y del eavallo^ y de sus calidades: dos animales, de gran instincto y sentido^ fldelissi*
mee amigos de los hombres. Por el Protonotario Luys Pérez ^ Clérigo^ vezino de Portillo. En Tallado^
U, impressopor Adrián Ghemart, 1568,
De este raro y carioso libro hizo una elegante reproducción en Sevilla (1888) D. José María de
Hoyos, tirando sólo cincuenta ejemplares.
Vid. p. 34, cDe un C^n que en Falencia uvo de estraño y marauilloso instincto, y cosa jamas
Myda: de qoe al presente ay sin numero los testigos».
(^ Véanse las advertencias preliminares que he puesto á esta comedia en el tomo XI de la edi«
ciÓQ académica de Lope de Vega.
Lxxxiv ORÍGENES DE LA NOVELA
lona, y acaso sea allí más antigua, puesto que en Provenza hallamos la misma leyenda
aplicada á los Pourcelet^ marqueses de Maiano (Maillane), poderosos señores en la villa
de Arles, cuyo apellido sonó mucho en las Cruzadas, en la guerra de los Albigenses,
en las Vísperas Sicilianas y en otros muchos sucesos, y de la cual es verosímil que pro-
cediesen el Guarner Porcel, el Porcelín Porcel y el Orrigo Porcel, que asistieron con
D. Jaime á la conquista de Murcia, y están inscritos en el libro de repartimiento de
aquella ciudad, puesto que el blasón de ambos linajes ostenta nueve lechoncillos (*).
Más curiosa todavía es otra leyenda catalana sobre la casa de Marcús, que Ambrosio
de Salazar nos refiere en estos términos:
«En la decendencia de los Marcuses, linage principal de Cataluña, se lee ima His-
toria de una Cabra y un Cabrito, que aunque fué sueño tubo un estraño efíecto, que
un Hidalgo llamado Marcus, por desgracias y vandos de sus antecessores, vino á una
grande pobreza y necessidad, tanto que lo hazia andar muy añigido y cuydadoso pen-
sando cómo podría echar de sí tan pesada carga. Y con tales pensamientos sucedió, que
durmiendo soñó un sueño que si dexava su tierra y se yva á Francia, en una Puente
que está junto á la Ciudad de Narbona hallaría un gran Thesoro. El qual despertando
(*) Oomo la versión de Ambrosio de Salazar no ha sido citada (que yo recuerde) en los qae han
escrito sobre leyendas de partos monstroosos (asunto de una reciente monografía del profesor danés
Kyrop), y el Thesoro es bastante raro, me parece oportuno transcribirla.
Pig. 21 3| Hiétoria y cuento donoso sucedido en Barcelona:
cEn la ciudad de Barcelona ay cierto linaje de personas que se llaman los Porceils, que quiere
dezir en la lengua castellana lechónos, que tomaron el apellido y sobrenombre destos animales gru-
ñidores por cierto caso que sucedió á dos casados en la dicha ciudad. Y el caso fue que cierta
Señora de mediano estado, se avia persuadido una cosa harto fuera de razón, y es, que le avian
dado á entender que la muger quo paria mas que un hijo de una vez era sefial de adultera, y que
avía tenido ¡lícito ayuntamiento con mas de un varón; y viéndose preñada y con muy grande
barriga, temió de parir mas que un hijo, porque no la tuviesseo por lo que ella indiscretamente avia
pensado. Al fin llegado el parto do esta Señora, sucedió que parió nuebe hijos varones, pues no ay
cosa impossible á la voluntad de Dios. Visto por la parida cosa tan estraña determinó persuadir á la
partera que dissimulasse y no dixesse que avia parido mas que un solo hijo, pensando hazer perecer
á los demás. Oon esta mala voluntad, llamó á una criada y mandóle que tomasse aquellos ocho niños
y los lleuase al campo fuera de la Ciudad y los enterrasse assf vivos. La criada los puso en ana
espuerta, y se yva con grande atrevimiento á cumplir el mandado de su ama, y Dios fue servido
que encontró en el camino con su amo, y avíendole preguntado dónde yva y qué llevaba en aquella
espuerta, la criada respondió en su lengua Catalana diziendo: cSenior porté uns porcells», de do
tomaron el apellido y sobrenombre deis Forcéis. £1 amo desseoso de verlos abatió la espuerta y
halló los ocho niños aun bullendo y muy hermosos, aunque pequeñitos y desmedrados; y viendo la
traycíon y mal desdignio luego sospeclió lo que podría ser, y preguntado á la criada si su ama avia
parido, respondió que si, dándole larga cuenta de lo que passava, y la causa por que los llevaba á
enterrar. Entonces el padre, como hombre discreto» los dio á criar, sin ser sabido de nadie mas que'
de la criada, á quien mandó y amenazó que no descubríesse lo que avia passado, como de hecho lo
cumplió. Al cabo de tres años, el dicho padre en cierto día mandó aparejar un combite sin que la
muger supiesse para quien se preparava. Ya que todo estava á punto, hizo venir los ocho hijos con
sus amas, sin otros que para el proposito avia combídado. Sentados á la mesa, declaró ol padre la
causa del combite, y todo como lo avemos contado, de que no poca afrenta y espanto recibió la
muger, aunque todo mezclado con un grandíssímo contento, por ver y entender que aquellos eran
sus hijos, á quien por su falsa imaginación á penas fueron nacidos quando los tuvo condenados á
muerte. El padre mandó que de ally adelante llamassen á aquellos niños los Forcéis, y oy en día se
llaman assí los descendientes dellos, por lo que la criada díxo quando los llevaba á enterrar que
llevaba porcells, que quiere dezir lechones».
INTRODUCCIÓN wxxv
estnbo pensando si aquello era suefio ó fantasía. Por entonces no quiso dar crédito al
suefio, pero bolviendo otras dos vezes al mesmo suefio determinó yr allá, y provar suefio
y ventura. Estando pues en la dicha Puente un dia entre otros muchos acaeció que
otro hidalgo de aquella ciudad, por la mafiana y a la tarde se salia por aquella Puente
passeando; y como notasse y viesse cada dia aquel Estrangero, y que por mucho que
él madrugase ya lo hallava ally, y por tarde que bolviesse también, determinó pregun-
tarle la causa, como de hecho se lo preguntó, rogándoselo muy encarecidamente.
>£1 hidalgo catalán después de bien importunado respondió diciendo: «A veis de
1 saber, sefior, que un Suefio me ha traydo aqui, y es éste: que si me venia a esta
Y Puente avia de hallar en ella un muy grande Thesoro, y esto lo sofié muchas vezes».
£1 Francés burlándose del Cathalan y de su suefio respondió riendo: «Bueno estuviera
>yo que dezara mi patria y casa por un suefio que sofié los dias passados, y era, que
>si me yva á la Ciudad de Barcelona en casa de imo que se llama Marcus, hallaría
» debajo una escalera un grandíssimo y famoso Thesoro»; el hidalgo catalán, que era el
mesmo Marcus, como oyó el suefio del Francés y su reprehensión, se despidió del sin
dársele á conocer y se bolvió á su casa. Luego que llegó comentó en secreto á cavar
debajo su escalera considerando que podria aver algún mysterío en aquellos suefios, y
á pocos dias ahondó cavando tanto que vino á descubrir un gran cofre de hierro ente-
rrado aUy, dentro del qual halló una Cabra muy grande y un cabrito de oro maci90,
que se creyó que avían sido Ídolos del tiempo de los Gtontiles. Con las quales dos pie9as,
aviendo pagado el quinto, salió de miseria, y fué rico toda su vida él y los suyos: y
instituyó cinco capellanías con sus rentas, que están aun oy día en la ciudad de Bar-
celona» {*).
Xo todos los librillos bilingües de anécdotas y chistes publicados en Francia á
fines del siglo xvi y principios del xvii tenían el útil é inofensivo objeto de ensefiar
prácticamente la lengua. Había también verdaderas diatribas, libelos y caricaturas en
que se desahogaba el odio engendrado por una guerra ya secular y por la preponderan-
cía de nuestras armas. A este género pertenecen las colecciones de ían&rronadas y fie^
ros en que alternan los dichos estupendos de soldados y rufianes. Escribían ó compila-
ban estos libros algunos franceses medianamente conocedores de nuestra lengua, como
Nicolás Baudoín, autor de las Rodomuniadas ccistellanas^ recopiladas de diversos autO'
res y mayormente del capitán Escarden Bonbard&n^ que en sustancia son el mismo
libro que las Rodomuntadas castellanas^ recopiladas de los commentarios de los muy
aspantosos (sic), terribles e invincibles capitanes Metamoros (sic), Crocodillo y Raja^
broqueles ('). Y en algunos casos también cultivaron este ramo de industria literaria
O PP. 195-199, con el titulo de cHistoría verdadera de la cabra y cabronj».
(*) Paria, Pierre Obevalier, 1607, 8.^ 80 pp. (Núm. 2144 de SaWá).
Bninet cita tres ediciones más:
RodomoñUideM e^pagnoUé^ rectteilUes de diten auteurs^ et notammerU du capUaine Bonbardon (por
Jao. Gkatier). Rouen, Gailloyé, 1612.
—Id. 1628.
—Id. 1637,
Algnnofl de estos libelos míso-hispanos tienen grabados en madera, como el titulado Emblesme*
tur le» actiofu^ perfections et moeurs du Segnor espagnol, traduU du castilien (Middelburg, por Simón
Molard, 1608. Rouen, 1687). Esta sátira grosera y virulenta está en verso. Vid. Morel-Fatio, Amhrom
iio de Sakuar (pp. 52-57).
iixxxTi OBÍGEKBS DE LA NOVELA
españoles refugiados por causas políticas ó religiosas, como el judío Francisco de C&ce-*
res, autor de los Nuevos fieros españoles (*).
En estos librojos pueden distinguirse dos elementos, el rufianesco j el soldadesco^
ambos de auténtica aunque degenerada tradición literaria. Venía el primero de las Celes-
tinas^ comenzando por el Centurio j el Trciso de la primera, siguiendo por el Pandulfo
de la segunda, por el Brumandiláfi de la tercera, por el Escalión de la Comedia Sel-
vagia^ para no mencionar otras. En casi todas aparece el tipo del rufián cobarde j jac-
tancioso, acrecentándose de una en otra los fi^ros^ desgarros, juramentos, porvidas 7
blasfemias que salen de sus vinosas bocas. Algo mitigado ó adecentado el tipo pasó á
las tablas del teatro popular con Lope de Rueda, que sobresalía en representar esta
figura cómica, la cual repite tres Teces por lo menos en la parte que conocemos de su
repertorio. El gusto del siglo xvii no la toleraba ya, y puede decirse que Lope de Vega
la enterró definitivamente en El Rufián Castrucho.
No puede confundirse con el rufián, reCLidor de fingidas pendencias y valiente de
embeleco, el soldado fanfarrón, el miles gloríosus^ cuya primera aparición en nuestra
escena data de la Comedia Soldadesca de Torres Naharro. Este nuevo personaje, aunque
tiene á veces pimtas y collares rufianescos y pocos escrúpulos en lo que no toca á su
oficio de las armas, suele ser un soldado de verdad, curtido en campanas sangrientas, y
que sólo resulta cómico por lo desgarrado y jactancioso de su lenguaje. Así le compren-
dió mejor que nadie BrantOmo en el libro, mucho más admirativo que malicioso, de sus
liodomaniad^s Espaignolles^ donde bajo un título común se reúnen dichos de arrogan-
cia heroica, con bravatas pomposas 6 hipérboles desaforadas. El libro de BrantOme más
que satírico es festivo, y en lo que tiene do serio fue dictado por la más cordial simpa-
tía y la admiración más sincera. El panegírico que hace del soldado espafiol no ha sido
superado nunca. Era un espafiolizante fervoroso; cada infante de nuestros tercios le
parecía un príncipe, y á los ingenios de nuestra gente, cuando quieren darse á las letras
y no á las armas, los encontraba eraros, excelentes, admirables, profundos y sutiles» .
Sus escritos están atestados de palabras castellanas, por lo general bien transcritas, y
61 mismo nos da testimonio de que la mayor parte de los franceses de su tiempo sabían
hablar ó por lo menos entendían nuestra lengua. No sólo le encantaba en los españoles
la bravura^ el garbo, la bizarría, sino esas mismas fierezas y baladronadas que recopila
cbelles paroles profferées á Timproviste» , que satisfacen su gusto gascón y no hacen
más que acrecentar su entusiasmo por esta nación «brave bravasche et vallereuse, et
fort prompte d'esprit*. Sigúese de aquí que aunque Brantóme fuese el inventor del
género de las Rodomotitadas^ y el primero que las coleccionó en un libro que no puede
llamarse bilingüe, puesto que las conserva en su lengua original sin traducción (^), lo
hizo sin la intención aviesa, siniestra y odiosa con que otros las extractaron y acrecen-
taron en tiempo de Luis XIIL
(«) Sin lugar, 12.«, 81 pp.
(') Dice Brantóme en la dedicatoria á la Reina Dofia Margarita:
]»Je les ay toutes mises en leur langage, sans m^amuser 2\ les traduire, autant par le comman-
idement que m*en fístes, que par ce que vous en parlez et entender la langue aussi bien que j'ai
:DJama¡s veu la feue reyne d'Espaigne vostre B(cur (Doña Isabel de la Paz): car vostre gentil esprit
icomprend tout et n*ignore rien, comme despuis peu je Tai encor mieux cogneuj>.
(OeuvreB Completes dt Fierre de BourdeiUe^ ahbé eéculier de Brantóme,,, París, 1842. (BdiciÓQ
INTRODUCCIÓN lmxvii
Hora es do que tomemos los ojos á nuestra Península, y abandonando por el mo-»
mentó los libros de anécdotas j chistes, nos fijemos más particularmente en las colee»
dones de cuentos y narraciones breves que en escaso número aparecen después de
Timoneda y antes de Cervantes. Una de estas colecciones está en lengua portuguesa, y
d no es la primera de su género en toda Espaíla, como pensó Manuel de Faria (*), es
lluramente la primera en Portugal, tierra fértilísima en variantes de cuentos popula-
res que la erudita diligencia de nuestros vecinos va recopilando (*), y no enteramente
desprovista de manifestaciones literarias de este género durante los tiempos medios,
aanque ninguna de ellas alcance la importancia del Calila y Scndebar castellanos, de
las obras de D. Juan Manuel ó de los libros catalanes de Ramón Lull y Turmeda (^),
El primer cuentista portugués con fin y propósito de tal es contemporáneo de Timo-
neda, pero publicó su colección después del Patrañuelo. Llamábase Gonzalo Femandeb
Trancoso, era natural del pueblo de su nombre en la provincia de Beira, maestro de
letras humanas en Lisboa, lo cual explica las tendencias retóricas de su estilo, y per-
lona de condición bastante oscura, apenas mencionado por sus contemporáneos. Aparte
de los cuentos, no se cita más trabajo suyo que un opúsculo de las cfiestas movibles»
{Testas mudaveis)^ dedicado en 1570 al Arzobispo de Lisboa.
A semejanza de Boccaccio, á quien la peste de Florencia dio ocasión y cuadro pam
enfilar las historias del Decam^ron^ Trancoso fue movido á buscar algún solaz en la
composición de las suyas con el terrible motivo de la llamada peste grande de Lisboa
en 1669, á la cual hay varias referencias en su libro. En el cuento 9." de la 2.' parte»
dice: «Assi a exemplo deste Márquez, iodos os que este anno de mil e quinhe?itos e
#
del Panteón Litetwrio), Tomo !!• Las RodomontadeM Espaignolles, con el aditamento de loa Serment
itJnnns Eipaignols^ ocupan las 67 pp* primeraa de eate tomo.
laveatígar las fuentes de las Rodomontadas de Brantdme es tarea que atafle á alguno de loa
éocUn hispanistas con que hoy cuenta Francia.
(') cEl primer libro de novelas en España fue el que llaman de Trancosoj» (Europa Portuguesa^
I* ed., 1680, tom. III, pág. 372).
(*) No dudo que en las provincias de lengua castellana puedan recogerse tantas ó más, pero
huta ahora los portugueses y también los catalanes han mostrado en esto más actividad y diligen*
eiaqae nosotros. Sólo de Portugal recuerdo las siguientes colecciones, todas importantes:
ContoB populares portuguezeif ccolligidos por F. A. Coelho:» (Lisboa, 1879).
Portuguese Folk'TaleSj ccollected by Consiglieri Pedroso, and transkted from original Ms. by
Henriqueta Monteiro, with an introduction by W. K. S. Ualstoni (Londres, 1882).
Conios tradicionaes do povo portugués^ ccon urna IntroducfAo e Notas comparativas, por Theo*
pbilo Braga» (Porto, 1883, 2 tomos).
Conloe naeionaes para criangas^ por F. A, Coelho (Porto» 1883).
Coníoe popularee do Braeil, «coUigidos pelo Dr. Sylvio Romero» (Lisboa, 1885).
Oontos populares portugueses, <irecolhidos por Z. Consiglieri Pedrnio» (tomo XIV de la Revue
Bispanique, 1906).
O Ya en el primer tomo de estos Orígenes de la novela (p. XXXVI) hemos hecho mérito
de la tmdacciún fxAtDgaesa del Barlaam y Josafat^ conservada en un códice de Alcobazá, debiendo
ifiadiraqui la noticia de su edición, que entonces no teníamos (Texto critico da leuda dos santó$
Barlaáo e Josafate, por 6. do Vasconcellos Abreu, Lisboa, 1898). Hubo también en Alcobazá y
otros monaaterios libros de ejemplos como el Orto do Sposo, del cistercienso Fr. Hermenegildo
Tascos (vid. OríQENRS, p. CIV). T. Braga, en su colección ya citada (II, 38*59) reproduce algunos
de estos onentos, entre los cuales sobresalen el ejemplo alegórico de la Redención (n. 132), qu»
pirece insfíirado por las leyendas del Santo Graal; y los temas históricos de la justicia de Tra^*
LXUTiii ORÍGENES DE LA NOVELA
y$e8senta e nave^ nesta peste perdemos mulheres, filhos e fazenda, nos esforfaremos e
>dSo nos entríste^amos tanto, que caíamos em caso de desesperadlo sem comer e sem
» paciencia, dando occasiao a nossa morte». Trancóse hizo la descripción de esta peste»
no en un proemio como el novelista florentino, sino en una Carta que dirigió á la
Reina Doña Catalina, viuda de D. Juan Ul y Regente del Reino. En esta carta, que
sólo se halla en la primera j rarísima edición de los Cantos de 1575 j fue omitida
malamente en las posteriores, refiere Trancóse haber perdido en aquella calamidad á
su mujer, á su hija, de veinticuatro afios, y á dos lujos, uno estudiante y otro niño de
coro. Agobiado por el peso de tantas desdichas, ni siquiera llegó á completar el nú-
mero de cuentos que se había propuesto escribir. De ellos publicó dos partes, que en
junto contienen veintiocho capítulos. Una tercera parte postuma, dada á luz por su hijo
Antonio Femandes, afiade otros diez.
Con el deseo de exagerar la antigüedad de los Cantos e historien de proveito e
exemplo^ supone Teófilo Braga que Trancóse había comenzado á escribirlos en 1544 (*).
Pero el texto que alega no confirma esta conjetura, puesto que en él habla Trancóse
de dicho año como de tiempo pasado: ce elle levaba consigo duzentos e vinte reales
de prata, que era ista a anno de 1544^ que havm quasi tudo reales^. Me parece evi-
dente que Trancóse no se refiere aquí al año en que él escribía, sino al año en que
pasa la acción de su novela. Tampoco hay el menor indicio de que la Primera Parte se
imprimiese suelta antes de 1575, en que apareció juntamente con la Segunda, reim-
primiéndose ambas en 1585 y 1589. La tercera es de 1596 ('). No cabe duda, pues, de
jano (n. 133), y de Rosimnnda y Alboino (n. 149); algunas l^endas religiosas, que tienen sus para-
digmas en las cantigas del Rey Sabio, como la del diablo escudero (o. 145) y la del caballero que
dio su mujer al diablo (n. 144). Otros pertenecen al fondo común de la novelística» como el de la
prueba de los amigos (Diiciplina ClericalU^ Gesta Romanorum^ Conde Lucanor,,,) y alguno, como
el cde la buena andanza de este mundoi» (n. 139), subsiste todavía en la tradición popular. £1 texto
de la Edad Media es muy curioso, porque viene á acrecentar el número de leyendas que se desenla-
zan por medio de convites fatídicos:
Un caballero, arrastrado por la insaciable codicia de la dama i quien servía, mata alevosamente
á un mercader y le roba toda su hacienda. Emplazado por una voz sobrenatural para dentro de
treinta afios si no hace penitencia, edifica en nn monte unas casas muy nobles y muy fuertes y
busca en aquella soledad el olvido de su crimen. cY estando él un día en aquel lugar comiendo con
su mujer y con sus hijos y con sus nietos en gran solaz con la buena andanza de este mundo, vino
un juglar y el caballero le hizo sentar á comer. Y en tanto que él comía, los sirvientes destemplaron
el instrumento del juglar y le untaron las cuerdas con grasa. Y acabado el yantar, tomó el juglar su
instrumento para tañerle, y nunca le pudo templar. Y el caballero y los que con él estaban comen*
zaron á escarnecer del juglar, y lanzáronle fuera de los palacios con vergüenza. Y luego vino un
viento grande como de tempestad y derribó las casas y al caballero con todos los que alli estaban. Y
fue hecho un grande lago. Y paró mientes el juglar tras de sí, y vio en cima del lago andar nadando
unos guantes y un sombrero, que se le quedaron en la casa del caballero, cuando le lanzaron
de ella».
Acrecientan el caudal de la primitiva novelística portuguesa las curiosísimas leyendas genealó*
gioas consignadas en el Nobiliario del Infante D. Pedro, sobre el cual nos referimos á lo que larga*
mente queda dicho en el primer tomo.
(}) Contoi tradicionaes do povo portuguez^ II, 19.
(') Sobre la fe de Teófilo Braga cito la edición de 1575, que no he visto ni encuentro descrita
en ninguna parte. Brunet dio por primera la de 1585 (Lisboa, por Marcos Borges, 1585, dos partes
en un Tolumen en 4.*, la primera de 2 + 50 pp. y la segunda de 2 + 52). Tampoco he visto ésta ni
INTRODUCCIÓN Lxxxix
la prioridad de Timoneda, cuyas Pairarlas estabau impresas desde 1566, tres años
antes de la peste de Lisboa. No creo, sin embargo, que Traucoso las utilizase mucho.
Las grandes semejanzas que el libro valenciano y el portugués tienen en la narración
de Griselda quizá puedan explicarse por una lección italiana común, algo distinta de
las de Boccaccio y Petrarca.
Trancoso adaptó al portugués varios cuentos italianos de Boccaccio, Bandello, Stra-
la de Lisboa^ 1589 (por Juan Alvares), á la cual se agregó la tercera parte impresa en 1596 por
Simóo Lopes. Nuestra Biblioteca Nacional sólo posee cinco ediciones, todas del siglo xvii, y al
parecer algo expurgadas.
— Primeira, ugunda e terebra parte dos contos e historias de proveito e exemplo. Dirigidos a Sen^
hora Dona loana D'AlburquerquSf molher que foy do Viso Rey da India, Ayres de Saldanha. E nesta
impre$$ño vSo emendados, (A continuación estos versos):
«Diversas Historias, et contos preciosos,
Que Gonzalo Fernandez Trancoso ajuntou,
De cousas que ouvio, aprendeo, et notou,
Ditos et feytos, prudentes, graciosos:
Os quaes coni exemplos bOs et virtuosos,
Ficfto en partes muy bem esmaltados:
Prudente Lector, lidos, et notados,
Oreo acharéis que sam proveitosos«
Anno 1008, Com lieenga da Sancta Inquisiqam. Em Lisboa, Per Antonio Alvarez.
4.% 4 hs. prls. y 68 pp, dobles.
Aprobación de Fr. Manuel Ooelho (9 de agosto de 1607). — Licencia de la Inquisición. — Escudo
del Impresor. — Dedicatoria del mismo Antonio Alvarez á dofia Juana de Alburquerque (29 de mayo
de 1608). — Soneto de Luis Brochado, en alabanza del libro.
Tiene este volumen tres foliaturas, 52 pp. dobles para |la 1/ parte, 58 para la 2.', 68 para la 3.*
Al principio de la segunda hay estos versos:
Se a parte primeira, muy^abio Lector,
Vistes c lestes da obra presente,
Lede a segunda, que muy humilmente,
Aqui vos presenta agora o Auctor:
PedevoB mnito, pois sois sabedor
Mostréis, senhor, ser discreto, prudente,
Suprindo o que falta, de ser eloquente,
Oom vossa eloquencia, saber e primor.
Procede este raro ejemplar de la biblioteca de D. Pascual de Gayangos.
— PrfJiMtro, segunda e terceira Parte dos Contos e Historias de Proveito, e exemplo,.. Anno 1624,
Cofn toda» as Ucengas et approuw^oes necessarias, Em Lisboa, Por lorge Rodríguez, Taixado em papel
em seis tiniens»
4.*, 4 hs. prls. y 140 pp. dobles.
Aprobación de Fr. Antonio de Seqneyra (16 de marzo de 1620). De ella se infiere que además
de las enmiendas que llevaba la edición anterior, so suprimió un pasaje en la Tercera Parte. — Licen-
cias, Tasa, etc. — Soneto de Luis Brochado. — Tabla.
Procede de la biblioteca de D. Agustín Duran,
— Anno 16SS, Com todas cu licengas e aprouaroes necessarias» Em Lisboa, Por Jorge Rodriguez,
Taisndo na mesa do Paxjo a seis vintens em papel.
Edición idéntica á la anterior.
— Anmú de 1646.», Em Lisboa^ por Ant^ Alvares, Impressor del Rey N, S,
8.*, 381 pp. de texto y tres de tabla. A la vuelta de la portada van las licencias y el soneto de
Lai8 Brochado.
— StstoTMM proveiiozas, Primeira, segunda e terceira parte. Que coniem Contos de proveito et exem-
xo ORÍGENES DE LA NOVELA
parola y Giraldi Cinthio, pero lo que caracteriza su colección y la da más valor folkló*
rico que á la de Timoneda es el haber acudido con frecuencia á la fuente de la tradi-
ción oral. La intención didáctica y moralizadora predomina en estos cuentos, y algunos
pueden calificarse de ejemplos piadosos, como el cdel ermitaño y el salteador de cami-
nos», que inculca la necesidad del concurso de las buenas obras para la justificación,
pío, para boa educagam da vida humana, Compostoa per Gonzalo Fernandez Trancoso, Leva no Jiña
Policía e ürhanidade Chrtítian, En Liíboa, na oficina de Domingos Carneiro, JQ81.
8.°, 343 pp.
La última obra que se cita en la portada tiene distinta pa<;:inac¡ón y frontis, que dice:
Policía e Ürhanidade Chrietiam. Composta pelos PP. do Collegio Monipontano da Companhia dé
Jesu, e traduzidaptr Joam da Costa, Lisboa^ 1681.
Tanto esta edición, como la anterior, llevan intercalado, entre la portada y el texto de los cuen-
tos, un pequeño Catecismo, que atestigua la gran popularidad del libro de Trancóse, al cual acom-
pañaba (Breve Recopilaqam da Doctrina dos Misterios mais importantes de nossa Sancta Fe, a qual
todo o Christáo he obrígado saber e crer com Fb explícita, quer dizer conhecimento distincto de cada
hum: recopilado pelo P. Antonio Rebello, irmáo profuso da 3,* Ordem de Nossa Senhora do Carmo).
Además de estas ediciones existen, por lo menos, las siguientes, enumeradas por Inocencio da
Silva, en su Diccionario bibUographico portuguez (III* 155-156; IX, 427).
— Coimbra, por Thomé Oarvalho, 1600, 8.*
— Lisboa, por Antonio Craesbeck de Mello, 1671.
—Por Felipe de Sousa Villela, 1710.
— Historias proveítotas: Primeira, segunda e terceira parte; que contem contos de proveito e txem*
pío, para boa educagáo da vida humana. Leva no Jim a Policía e ürhanidade chrisía, Lishoa^na off, de
Fiiippe de Sousa Villela, 1722. 8.», XVI + 383 pp.
—Por Manuel Fernandes da Costa, 1734, 8.®
En su ya citada obra Contos tradicionaes do povo portuguez (ti, pp. 63-128) ha reproducido
Teófilo Braga diez y nueve cuentoi de la colección de Trancóse, ilustrándolos con curiosas notas y
paradigmas. En todos ellos el erudito profesor suprime las moralidades y divagaciones retóricas de
Trancóse y abrevia mucho el texto. Tanto de estos caentos, como de los que omite, pondré el índice
por el orden que tienen en las ediciones del siglo xvu, únicas que he podido manejar
Parte 1/
cConto primeiro. Que diz que todos aquelles que rezáo aos Sánelos que roguem por elles, tem
necessidado de fazer de sua parte por conformarse com o que querem que os Sanctos Ihe alcancom.
Tratase hüa Historia de hum ErmitAo, et hum Salteador de caminhos:» (Está en Braga, n. 151).
Cont. II. aQue as fílhas devem tomar o conselho da sua boa may, e fa/er seus mandamentos.
Trata de hüa que o nfio fez, e a morte desastrada que ouve» (Braga, n. 152).
Oont. II [. cQue as donzellas, obedientes, devotas e virtuosas, que por guardar sua honra se
aventurfio a perigo da vida, chamando por Déos, elle les acode. Trata de hüa doazella tal que he
digno de ser lidoD (Braga, n. 153).
Cont. IV. «Que diz que as zombarias sAo perjudiciaes, e que he bom nfio usar delles, concluesse
autorizado con hum dito grave]».
Es meramente un dicho sentencioso de un caballero de la Corte de D. Juan III: «Senhor, nao
izorabo, porque o zombar tem respostaD.
Cont. V. cTrata do que aconteceo en hüa barca zombando, e hüa resposta sotib.
Son zumbas y motejes entre un corcobado y un narigudo, que acabaron mal.
Cont. VI. aQue en toda parceria se de ve tratar verdade, porque o engaño ha se de descobrir, e
deixa envergonhado seu mestre. Trata de dous rendeiros».
Historia insulsa que tiende á recomendar la buena fe en los contratos.
Cont. VII. (iQue aos Principes convem olhar por seus vassalos, para Ihe fazer merce. E os des-
pachadores sempre devem folgar disso, e nao impedir o bo despacho das partes. Trata hum dito gra-
vissimo de hum Rey que Déos temD.
Un Rey justiciero da á un mancebo de Tras os Montee el cargo de contador del almojarifazgo
iNTRODUCCIÓir xoi
tonque sin el profundo sentido teológico que admiramos en la parábola dramática de
El Oondenado por desconfiado^ ni la variedad j riqueza de sd acción, cuyas raices se
esconden en antiquísimos temas populares. Otros enuncian sencillas lecciones de eco-
nomía doméstica y de buenas costumbres, recomendando con especial encarecimiento
la honestidad y recato en las doncellas y la fidelidad conyugal, lo cual no deja de con-
trastar con la ligereza de los novellieri italianos, y aun de Timoneda, su imitador. El
qae tenia bu padre, y haciéndele alguna observ^ación su veedor de Ilacienda sobre la inutilidad del
otrgo, le replica: cSe nos nSo havemos mlster o contador, • mancebo ha mlster o offício:».
Ooat. VIH. tQue os Prelados socorram com suas esmolas a seus subditos, e os ofñciaes de sua
casi Ihe ajudem. Trata de hum Arcebispo e sed veador».
El Arzobispo de Toledo de quien se trata es D. Alonso Oarrillo, y el cuento procede de la Fio*
retía EMpoñola, como decimos en el texto: cVos fa^o saber que estes que me servem ham de fícar
lem casa, porque ea os ey mister, e estes que me nflo servem, tambem fícarflo, porque elles me hum
imiiter a mí».
Cent. IX. cQue ha hum genero de odios tam endurecido que parece enxerido pello demonio.
Trata de dous vezinhos envejosos hum do outro:» (Braga, II, 154).
Oont X. cQue nos mostra como os pobres com pouca cousa te alegram. E he hum dito que disse
hom homen pobre a seus filhos» (Braga, II}.
Cont. XI. cDo que acontece a quem quebranta os mandamentos de seu pay, e o proveyto que
▼em de dar esmolla, e o daño que socede aos ingratos. Trata de hum velho e seu filho:» (Braga, II,
157, con el título de O ségredo revelado),
Cont. XII. cQue offerecendosemos gestos ou perda, o sentimento ou nojo seja conforme a
ctnsa, concloindo con elle. Trata hum dito de hum Rey que mandou quebrar hüa baixella».
Coht. XIII. cQue os que buscam a Déos sempre o achilo. Trata de hum hermitan, e hum pobre
labrador que quis antes un real bem ganhado que cento mal ganhados» (Braga, n. 156).
Cont. XIV. cQje todo tabelliiSo e pessoa que da bua fe em juizo, deve attentar bem como a da.
Tnta hüa experiencia que fez hum senhor para hum offlcio de Tabellifio}» (Braga, n. 158).
Cont. XV. cQue os pobres nAo desesperem ñas demandas que Ihe armilo tyrannos. Trata de dous
innflos que competiam em demanda hum com outro, e outras pessoas» (Braga, 159).
Cont. XVI. cQue as molheres honradas e virtuosas devem ser calladas. Trata de hüa que fallou
Mm tempo e da reposta que Ihe derflo.
Anécdota insignificante, fundado en el dicho de una mujer de Llerena.
Cont. XVII. cOomo castiga Déos accusadores, e Hura os innocentes. Trata do hum Comendador
qae foy com falsidide acensado diante del Rey:» (Braga, n. 160, con el titulo do Don Simáo).
Oont XVIII. cDe quam bom he tomar conselho com sabedores e usar de!le. Trata de hum
msocebo que tomou fr» eontélhos, e o socessoíD (Braga, n. ICl).
Cont. XIX. cQoe he hüa carta do Autor a hüa senhora, com que acaba a prímeira parte destas
bíitorías e contos de proveito e exemplo. E logo cometa segunda, em que eatflo muitas historias
Bottveis, graciosas, e de muíto gosto, como so vera nellas.
Parte 2.»
Cont. I. cQne trata quanto val a boa sogra, e como por industria de hüa sogra estove a ñora bem
euada com o fíibo que a aborrecia» (Braga, n. 162).
Cont. II. cQue diz que honrar os Sanctos e suas Reliquias, e fazerlhe grandes f estas he muito
bem, e Déos e os Sanctos o pagáo. Trata de hum filho de hum mercader, que con ajuda de Déos e
dos Sanctos veo a ser Rey de Inglaterra]».
Cont. III. cQue diz nos conformemos com a vontade do Senhor. Trata de hum Medico que
dizia: Tudo o que Déos fez he por melhon> (Braga, n. 163).
Cont. IV. cQue diz que ninguem arme la^o que nSo caya nelle. Trata de hum que armou hüa
trampa para tomar a outro, e cahio elle mesmo nellai».
Ooüt. V. cQoe diz que a boa muiher he joya que nao tem pre9o, e he melhor para o homen que
toda a fazenda e saber do mundo como se prova claro ser assi no discorso do conto:^.
Bt on largo ejemplo moral.
xoii ORÍGENES DE LA NOVELA
tono de la coleccioncita portuguesa es constantemente grave y decoroso, y aun en esto
revela sus afinidades con ia genuina poesía popular, que nunca es inmoral de caso pen-
sado, aunque sea muchas veces libre y desnuda en la dicción.
El origen popular de algunos de estos relatos se comprueba también por los refra-
nes y estribillos, que les sirven de motivo 6 conclusión, v. gr.: f A mo9a virtuosa — Deas
Cont. VI. cQue nfto confíe nínguem em si que sera bom, porque ja o tem promettido: mas ande-
mos sobre aviso fuglndo das tentaíOes. Trata hum dito de hura arráez muito confiado:».
Cont. Vil. aQue nAo desesperemos nos trabalhos, e confiemos em Déos que nos preverá, como
fez a huma Rainha virtuosa con duas irmftas que o nfto erfto, do que se trata no contó seguinte»
(Braga, n. 164).
Cont. VIII. <Que o poderoso nfto seja tyraono, porque querendo tudo, ufio alcanza o honesto e
perde o que tem. Comci se ve em hüa sentenfa sotil em caso semelhante]» (Braga, n. 165).
Cont. IX. «Que diz que conformes com a vontade de Déos nosso Senhor Ihe demos louvores e
gra9as por tudo o que faz. Trata de hum dito do Márquez de Pliego, em tempo del Rey Don Fer-
nando Quinto de Castellai».
Terceira parte.
Cont. I. «Que todos sejamos sojeitos a razam, e por alteza de estado nfto ensoberbe^mos, nem
por baixeza desesperamos. Trata de hü Principe, que por soberbo hum seu vassallo pos as mftos nelle,
e o sucesso do caso he notavel» (Braga, n. 166).
Cont. II. «Que quem faz algum bem a outro, nfto Iho deve lanfar em rosto, e que sempre se
deve agradecer a quem nos da materia de bem obrar».
Trátase de una carestía de Córdoba, Este cuento, ó más bien dicho sentencioso y gnve contra
los que echan en cara los beneficios recibidos, parece de origen castellano.
Cont. III. «Que diz quanto val o juizo de hum homen sabio, e como por hum Rey tomar con
elle, o tiiou de huma duvida en que esUva com hum seu barbeiroi (Braga, n. 168).
El Rey invita á su barbero á que le pida cualquier ^lerced, prometiendo concedérsela. El bar«
bero le pide la mano de la princesa su hija. Sorprendido el rey de tal petición, consulta con un sabio,
el cual lo aconseja que mande abrir la tierra en el sitio donde había estado el barbero, porque sin
duda habría puesto los pies sobre un gran tesoro, que le daba humos para aspirar tan alto. El tesoro
aparece en efecto, y el rey lo reparte entre el barbero y el letrado que dio tan buen consejo. Ignoro
el origen de este absurdo cuento.
Cont. IV. cTrata como dous mancebos se quiseran em estremo grao, e como hum dellea por
guardar amizade se vio em grandes necessidades, e como foy guardado do outro amigo».
Cont. V. aQue inda que nos vejamos eni grandes estados nfto nos ensoberbe^amos, antes tenha-
mos 08 olhos onde nacemos para merecer despois a vir a ser grandes senhores, como aconteceo a
esta Marqueza de que he o contó seguinte». (Braga, n. 107, con el título de Constancia de
QriseUa).
Cont. VI. «Em que mostra de quanto prefo he a virtude ñas molhercs, especialmente ñas don-
zelas, e como iiüa pobre lavradora por estimar sua honra em muyto, veo a ser grande senhora».
Cont. VII. «NeHte contó atraz tratei húa grandeza de animo que por comprir justi9a usou
Álexandro de Medices Duque de Floreóla com hüa pobre Donzela, e porque este he de outra
nobreza sua que usou com hüa pobre viuva, a qual he o seguinte» (Braga, n. 169, O achado da
hoUa),
Cont. VIII. cEm que se conta que estando hüa Raynha muyto perseguida e sercada em seu
Reyno, foy liurada por hum cavaleyro de quem ella era en estremo enemiga, e ao fím velo a casar
com elle».
Cont. IX. aQue mostra de quanta perfei^fto he o amor nos bOs casados, e como hum homen
nobre se pos em perigo da morte por conservar a hura de sua molher, e por a liurar das miserias em
que vivia, e como Ihe pagou com o mesmo amor».
Cont. X. «Em o qual se trata de hum Portuguez chegar a cidade de FIoren9a, e o que passon
com o Duque senhor della, com hüa pe9a que Ihe deu a fazer, o qual he exemplo muy importante
para of ficiaes».
INTItODÜCOIÓN xoiii
a esposa» (cont. ni); cminha m&e, calQotes» (cont. X), y otros dichos que son tradicio-
nales todavía en Oporto j en la región del Miño.
Algunas de las anécdotas recogidas por Trancóse son meramente dichos agudos 7
sentenciosos que corrían de boca en boca, 7 no todos pueden ser calificados de portu-
gueses. Así el conocido rasgo clásico de la vajilla mandada romper por Got7s, re7 de
Tracia, que aquí se encuentra aplicado á un re7 de España. La fuente remota pero
indisputable de esta anécdota, que pasó á tantos centones, es Plutarco en sus Apo^
tegfféos^ que andaban traducidos al castellano desde 1533. Es verosímil, además, que
Trancóse manejase la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, impresa un año
antes que los Contos^ pues sólo así se explica la identidad casi literal de ambos textos
en alguna3 anécdotas 7 dichos de personajes castellanos. Puede compararse, por ejem-
plo, el cuento 8.* de la Parte Primeira del portugués con éste, que figura en el capí-
tulo in de la colección del toledano:
ۆn contador de este Arzobispo (D. Alonso Carrillo) le dixo que era tan grande el
gasto de su casa, que ningún término hallaba cómo se pudiese sustentar con la renta
que tenia. Dixo el Arzobispo: «¿Pues qué medio te parece que se tenga?» Respondió el
Contadon «Que despida Vuestra Señoria aquellos de quien no tiene necesidad» . Man-
dóle el Arzobispo que diese im memorial de los que le sobraban, 7 de los que se hablan
de quedar. El Contador puso primero aquellos que le parecian á él más necesarios 7 en
otra memoria los que no eran menester. El Arzobispo tuvo manera como le diese el
memorial delante de los más de sus criados, 7 le7éndole, dixo: «Estos queden, que 70
>los he menester, esotros ellos me han menester á mí» (^).
También pertenece á la historia castellana este dicho del Marqués de Priego, viendo
asolada una de sus fortalezas por mandado del He7 Católico: «Bendito 7 alabado sea
Dios que me dio paredes en que descargase la ira del Ee7». (Cont. IX, parte 1.' de
Trancóse.)
Llegando á los cuentos propiamente dichos, á las narraciones algo más extensas,
que pueden calificarse de novelas cortas, es patente que el autor portugués las recibió
casi siempre de la tradición oral, 7 no de los textos literarios. Por eso 7 por su relativa
antigüedad merecen singular aprecio sus versiones, aun tratándose de temas mu7 cono-
cidos, como el «del Re7 Juan 7 el abad de Cantorber7» (que aquí es un comendador
llamado D. Simón) ^ ó el de «la prueba de las naranjas», ó el de «los tres consejos»,
parábola de indiscutible origen oriental, que difiere profundamente de todas las demás
variantes conocidas 7 ofrece una peripecia análoga á la leyenda del paje de la Eeina
Santa Isabel (>).
Todavía tienen más hondas raíces en el subsuelo misterioso de la ti*adición piími-
tiva, común á los pueblos y razas más diversas, otros cuentos de Trancóse, por ejem-
plo, el de la reina virtuosa 7 la envidia de sus hermanas, que la acusan de parir di-
versos monstruos, con los cuales ellas suplantan las criaturas que la inocente heroina
va dando á luz. Innumerables son los paradigmas de esta conseja en la literatura oral
de todos los países, como puede verse en los eruditísimos trabajos de Beinhold Kühler
(*) Página 11 de la edición de FrancÍBCo Asenaio.
(') Vid. £. Gosquini La Légende du Pag$ de Sainte Elisabeíh de Portugal et le conté indien des
cBont ConeeiU^f en la Revue de Questions HistoriqueSf enero de 1903.
xoiv ORÍGENES DE LA NOVELA
y de Estanislao Prato (*), que recopilan á este propósito cuentos italianos, franceses,
alemanes, irlandeses, escandinavos, húngaros, eslavos, giiegos modernos, en número
enorme. Sin salir de nuestra Península, la encontramos en Andalucía, en Portugal, en
Cataluña, j ni siquiera falta una versión vasca recogida por Webster (^). La novelística
literaria ofrece este tema con igual profusión en Las Mil y una noches^ en Straparola
(n. 4, fáb. II[); en la Posilecheata del obispo Pompeyo Samelli, publicada por Imbria-
ni (cuento tercero); en Mad. D'Aulnoy, La Príncesse Belle-Etaile et le prince Chévi.
Garlos Gozzi le transportó al teatro en su célebre fiaba filosófica tL'Augellino belver"
de^^jB. Juan Valera le rejuveneció para el gusto español con la suave y candida
malicia de su deleitable prosa, ün nexo misterioso pero indudable, ya reconocido por
Grímm, enlaza este cuento con el del caballero del Cisne y con las poéticas tradicio-
nes relativas á Lohengrin, Tan extraordinaria y persistente difusión indica un simbo-
lismo primitivo, no fácil de rastrear, sin embargo, aun por la comparación de las ver-
siones más antiguas. La de Trancóse conserva cierta sencillez relativa, y no está muy
alejada de las que Leite do Vaaconc^llos y Teófilo Braga han recogido de boca del pue-
blo portugués en nuestros días.
Persisten del mismo modo en la viva voz del vulgo el cuento del real bien ganado que
conduce á un piadoso labriego al hallazgo de ima piedra preciosa, y el de «quien todo lo
quiere, todo lo pierde» , fundado en una estratagema jurídica que altera el valor de las
palabras. Y aunque todavía no se hayan registrado versiones populares de otras consegas,
puede traslucirse el mismo origen en la de «la buenit suegra» , que tanto contrasta con
el odioso papel que generalmente se atribuye á las suegras en cuentos y romances, y
que en su desarrollo ofrece una situación análoga á la astucia empleada en la comedia
de Shakespeare AWs ivell ihat ends well^ cuyo argumento está tomado, como se sabe,
del cuento decameroniano de Giletta de Narbona (n. 9, giom. lU). Obsérvese que Tran-»
coso conocía también á Boccaccio, pero en este caso no le imita, sino que coincide con él.
De El Cande Lueanor no creemos que tuviese conocimiento, puesto que la edición
de Argote es del mismo año que la primera de los tontos; pero en ambas colecciones
es casi idéntico el ejemplo moral que sirve para probar la piadosa máxima: «Bendito
sea Dios, ca pues 61 lo tizo, esto es lo mejor» ; salvo que en Trancóse queda reducido
á la condición de módico el resignado protagonista de la pierna quebrada, que en la
anécdota recogida por D. Juan Manuel tiene un nombre ilustre: D. Bodrigo Meléndez
de Yaldés, «caballero mucho honrado del reino de León» . Los nombres y circunstan-
cias históricas es lo primero que se borra en la tradición y en el canto popular.
El cuento «del hallazgo de la bolsa» se halla con circunstancias diversas en Ser-
cambi, en Giraldi Cinthio y en Timoneda (8); pero la versión de Trancoso parece inde-
pendiente y popular, como lo es también el cuento de «los dos hermanos» , que en al-
('} A las comparación C8 h'schas por el primero en sus notas á loe Awarische Texte de A.Schief-
ner (n. 12) hay que añadir la monografía del segundo sobre Quafro Novelline popolari livome$i
(Spoleto, 18S0). Una nota de Teóñlo Braga, que excuso repetir (II, 192-195), resume estas indaga*
ciones. Pero para estudiarlas á fondo, habrá que recurrir siempre á ios fundamentales trabajos de
Kolilcr {Kleinere Schri/ten zur Marchenforschung von Reinhold Kbhler, Herausgegebeti von lohannei
Bolte, Weimar, 1898, pp. 118, 143, 565 y ss.).
O Basque Legends: collected^ chiejiy in the Lahourd, hy JRev. Weutworth Web$ier„. Lon*
dres, 1879, pág. 176.
(*) Recuérdese lo que hemos dicho en la pégioa LVlli nots 2/
INTBODUCCIÓH . xcv
guna de sus peripecias (el pleito sobre la cola de la bestia, transportado por Timoneda
á la patrafia sexta y no olvidado por Cervantes en La Ilustre Fregona)^ pertenece al
yastísimo ciclo de ficciones del «justo juez», que Benfey j Kühler han estudiado minu-
ciosamente comparando versiones rusas, tibetanas, indias y germánicas.
La parte de invención personal en los cuentos de Trancóse debe de ser muy exigua,
aun en los casos en que no puede señalarse derivación directa. Nadie le creerá capaz de
haber inventado im cuento tan genuinamente popular como el «del falso príucipe y el
verdadero , puesto que son folklóricos todos sus elementos: la fuerza de la sangre, que
se revela por la valentía y arrojo en el verdadero príncipe, y por la cobardía en el falso
6 intruso, y el casamiento del héroe con una princesa, que permanece encantada dui-aute
cierto tiempo, en forma de vieja decrépita. Guando Trancóse intenta novelar de propia
minerva, lo cual raras veces le acontece, cae en lugares comunes y se arrastra lángui-
damente. Tal le sucede en el cuento del hijo de un mercader, que en recompensa de su
piedad llegó á ser rey de Inglaterra (cuento II de la 2.* parte). Trancóse parece haberle
compaginado con reminiscencias de libros caballerescos, especialmente del Olivero^ de
Ccísiilla. Es una nueva versión del tema del muerto agradecido. Los agradecidos son
aquí dos santos^ cuyas reliquias había rescatado en Berbería el héroe de la novela, y que
con cuerpos fantásticos le acompañan en su viaje y le hacen salir vencedor de las jus-
tas en que conquista la mano de la princesa de Inglaten*a.
Los cuentos de Trancóse en que debe admitirse imitación literaria son los monos.
De Boccaccio trasladó, no sólo la Oriselda^ sino también la historia de los fieles amigos
Tito y Gisipo (Decanieron^ gíom. X, n. 8), transportando la acción á Lisboa y Coimbra.
De BandellO; la novela XY de la Parte 2.", en que se relata aquel acto de justicia del
Duque Alejandro de Médicis, que sirve de argumento á la comedía de Lope de Vega
La Quinta de Florencia (*). De las Noches de Straparola tomó, recortándola mucho,
la primera novela, que persuade la conveniencia de guardar secreto, especialmente con
las miyeres, y de ser obediente á los consejos de los padres. El cuento está muy abre-
viado, pero no empeorado, por Trancoso, y el artificio de simular muerto un neblí ó
halcón predilecto del Marqués de Monfermto, para dar ocasión á que la miger impru-
dente y ofendida delate á su marido y ponga en grave riesgo su vida, es nota caracte-
rística de ambas versiones, y las separa do otras muchas ('), comenzando por la del
Gesta Bomanorum (*).
^
O Part. 1.% nov. XIV. cAlcBsaxidro duca di Firenze fa che Pietro sposa una mugnaja che
aveva rápita, e le fa far molto rícca dotep.
En el cuento siguiente de Trancoso (VII de la 3.' Parte) hay alguna reminiscencia (pero sólo al
prÍDcipioj de la novela XV, parte 2.*, de Bandello («Bell* atto di giustizia fatto da Alcssandro Medici,
daca di Firenze contra un suo favorito cortegianoD),
(') En las notas de Valentin Schmidt á su traducción alemana de algunas novelas de Straparola
puede verse ana indicación de ellas.
Mikrchen'Saal, Sammlung alter Mdrchen mit Anmerkungen; herausgegeben von Dr, Friedr, MVilh"
Val. Schmidt. Erster Band, Die Marchen des tHraparola, Berlin, 1817.
Pero es mucho más completo el trabajo de G. Búa, Intomo alie üPiactvoli XoUi» dello Strapa-
rola {Giomale Starico della Utteratura italiana^ vol. XV y XVI, 1890).
(') Cap. 124. «Quod mulicribus non est credenduní, ñeque archana committcndum, quoniam
tempore iracundiae celare non possunt:». Ed. Oesterley, p« 473. Trae copiosa lista de paradigmas en
la página 732.
zuTi . ORÍGENES DE LA NOVELA
Gíraldi Cinthio suministró á la colección portuguesa dos novelas, es á saber, la
quinta de la primera década, en que el homicida, cuya cabeza ha sido pregonada, viene
á ponerse en manos de la justicia para salvar de la miseria á su mujer é hijos con el
precio ofrecido á quien le entregue muerto ó vivo (*); y la primera de la década
segimda, cuyo argumento en Trancóse, que sólo ha cambiado los nombres, es el
siguiente: Aurelia, princesa de Castilla, promete su mano al que le traiga la cabeza del
que asesinó á su novio Pompeyo. El incógnito matador Felicio, que había cometido su
crimen por amor á Aurelia, vuelve del destierro con nombre supuesto, y después de
pi-estar á la Princesa grandes servicios en la guerra contra el Rey de Aragón su des-
pechado pi*etendiente, pone su vida en manos de la dama, la cual, no sólo le perdona,
sino que se casa con él, cumpliendo lo prometido ('). En la primera de estas leyendas
fundó Lope de Vega su comedia El Piadoso Veneciano.
Si á esta media docena de novelas añadimos el conocido apólogo del codicioso y el
envidioso, que puede leerse en muchos libros de ejemplos, pero que Trancóse, como
maestro de latinidad que era, tomó probablemente de la fábula 22 de Aviano, que es
el texto más antiguo en que se encuentra (^), tendremos apurado casi todo lo que en
su libro tiene visos de erudición y es fruto de sus lecturas, no muchas ni variadas, á
juzgar por la muestra. Ni estas imitaciones ocasionales, ni el fárrago de moralidades
impertinentes y frías que abruman los cuentos, bastan para borrar el sello hondamente
popular de este libro, que no sólo por la calidad de sus materiales, sino por su estilo
fi&cil, expresivo y gracioso, es singular en la literatura portuguesa del siglo xvi, donde
aparece sin precedentes ni imitadores. Los eruditos pudieron desdeñarle; pero el pueblo
siguió leyéndole con devoción hasta fines del siglo xviii, en que todavía le cita un
poeta tan culto y clásico como Filinto Elysio: «os Contos de Trancoso^ do tempo de
(*) ticPiBti é daonato per micidiale, e gli c levato tutto 1' hauere, e son proineasi premii a chi
r uccide, o vivo il dá nolle mani della giuBtitia; Egli si fá offerire a* Sigoori, e libera la familia da
dísagío, e se da pericolo. (Novella 5, prima deca de Gli Hecatommithi).
(') «Garitea ama Pompeo, Diego innamorato della giouane, V uccide; Blla promette di dani
per moglie a ciii le da il capo di Diego. Le mooe guerra il Re di Portogallo. Diego la difende, o
fa prígione il Re, poscia si pone in podestá della Donna, e ella lo pliglia per marito» [Novélla I *
éeconda deca),
(*) Júpiter ambiguas hominum praediscere mentes,
Ad térras Phoebum misit ab arce poli.
Tune dao diversis poscebant numina votis;
Namque alter cupidus, invidus alter erat.
Uis sese médium Titán: scrutatus utrumque,
Obtulit, et precibus ut peteretur, ait:
Praestabit facilis; nam quae speraverit unusí
Protinus haec alter congeminata feret.
8ed cui longa iecur nequeat satiare cupido,
Distulit admotas in nova lucra preces:
Spem sibi confídcns alieno crescere voto,
Seque ratus solum muñera ferré dúo.
Ule ubi captantem socium sua praemia vidit,
Supplicium proprii corporis optat ovans.
Nam petit extincto ut lumine degeret uno,
Alter ut, boc duplicans, vivat utroque carens.
Tune sortem sapiens humanam risit Apollo,
Invidiaeque malnm rettulit inde Jovi.
Quae dnm proventis aliorum gaudet iniquis,
Laetior infelix et sua damna cupit.
INTRODUCCIÓN xovii
nossos avoeugos» . Filinto se complacía en recordarlos y no desdeñaba tampoco (caso
raro en su tiempo) los de tradición oi*al, «contos que ouvi contar ba maís de setenta e
dois anuos» , como las Tres Cidras do Amor^ Joáo Ratáo j la Princesa Dotiinha. «Com
o titulo da Oata Borralkeira^ centava minha m&e a bistoria de Cendnllon. E nunca
minha mñe soube francez» (%
El cuento literario medró muy poco en Portugal después de Trancóse. Si alguno se
halla es meramente á título de ejemplo moral en libros ascéticos ó de materia predica-
ble, como el Baguio pastoral de Flores de Exemplos de Francisco Saraiva de Sousa
(1657), el Estimulo pratico^ la Xora floresta de varios Apophtegmas j otras obras
del P. Manuel Bernardos, ó en ciertas misceláneas eruditas del siglo xviii, como la
Academia Universal de varia erudicáo del P. Manuel Consciencia, j las Horas de
Secreio nos ferias de maiores estados del P. Juan Bautista de Castro (1770). Sólo los
estudios folklóricos de nuestros días han hecho reverdecer esta frondosa rama de la
tradición galaico-lusitana, cuya importancia, literaria por lo menos, ya sospechaba un
preclaro ingenio de principios del siglo xvii^ que intentó antes que otro alguno reducir
¿ reglas y preceptos el arte infantil de los contadores, dándonos de paso una teoría del
género y una indicación de sus principales temas. Me refiero al curioso libro de Fran<«
cisco Rodríguez Lobo Q^rie na aldea e noites de invernó^ de que más detenidamente
he de tratar en otra pai*te de los presentes estudios, puesto que por la fecha de su pri-
mera edición (1619) es ya posterior á las Novelas de Cervantes. Pero no quiero omitir
aquí la mención de los dos curiosísimos diálogos décimo y undécimo, en que presenta
dos tipos contrapuestos de narración, una al modo italiano (Histo)ia de los amores de
Aleramo y Adelasia — Historia de los amores de Manfredo y Enrice)^ otro al modo po-
pular «con más bordones y muletas que tiene una casa de romería, sin que falten térmi-
nos de viejas y remedios de los que usan los descuidados» . Con este motivo establece una
distinción Rodríguez Lobo enti-e los cuentos y las historias (sinónimo aquí de las novelle
toscanas), donde puede campear mejor «la buena descripción de las personas, relación
de los acontecimientos, razón de los tiempos y lugares, y una plática por parte de algunas
de las figuras que mueva más á compasión y piedad, que esto hace doblar después la ale-
gría del buen suceso» , en suma todos los recursos patéticos y toda la elegancia retórica
de Boccaccio y sus discípulos. «Esta diferencia me parece que se debe hacer de los cuen-
tos y de las historias, que aquéllas piden más palabras que éstos, y dan mayor lugar al
ornato y concierto de las razones, llevándolas de manera que vayan aficionando el deseo
de los oyentes, y los cuentos no quieren tanta retórica, porque lo principal en que con-
sisten está en la gracia del que habla y en la que tiene de suyo la cosa que se cuenta» .
«Son estos cuentos de tres maneras: unos fundados en descuidos y desatientos,
otros en mera ignorancia, otros en engaño y sutileza. Los primeros y segundos tienen
más gracia y provocan más á risa y constan de menos razones, porque solamente se ^ ^ I
cuenta el caso, diciendo el cortesano con gracia propia los yerros ajenos. Los tei*ceros
sufren más palabras, porque debe el que cuenta referir cómo se hubo el discreto con
otro que lo era menos ó que en la ocasión quedó más engañado...»
De todos ellos pone Rodríguez Lobo multiplicados ejemplos y continúa enumerando
otras variedades: «Demás destos tres órdenes de cuentos de. que tengo hablado hay
(«) Vid. T. Braga, II, 27.
ORÍOIMIS DB la MOVBLA. — II.— p
xcyiii orígenes DE LA NOVELA
otros muy graciosos y galanos, que por ser de descuidos de personas en quien había en
todas las cosas de haber mayor cuidado, no son dignos de entrar en regla ni de ser
traídos por ejemplo. Lo general es que el desatiento ó la ignorancia, donde menos se
espera, tiene mayor gracia. Después de los cuentos graciosos se siguen otros de suti-
leza, como son hurtos, engaños de guerra, otros de miedos, fantasmas, esfuerzo, libertad,
desprecio, largueza y otros semejantes, que obligan más á espanto que á alaría, y
puesto que se deben todos contar con el mismo término y lenguaje, se deben en ellos
Hsar palabras más graves que risueñas» .
Trata finalmente de los dichos sentenciosos, agudos y picantes, dando discretas
reglas sobre la oportunidad y sazón en que han' de ser empleados:' cLos cuentos y
dichos galanes deben ser en la conversación como los pasamanos y guarniciones en los
vestidos, que no parezca que cortaron la seda para ellos, sino que cayeron bien, y
salieron con el color de la seda ó del paño sobre que los pusieron; porque hay algunos
que quieren traer su cuento á fuerza de remos, cuando no les dan viento los oyentes, y
aunque con otras cosas les corten el hilo, vuelven á la tela, y lo hacen comer recalen-
tado, quitándole el gusto y gracia que pudiera tener si cayera á caso y á propósito, que
es cuando se habla en la materia de que se trata ó cuando se contó otro semejante. Y
si conviene mucha advertencia y decoro para decirlos, otra mayor se requiere para
cirios, porque hay muchos tan presurosos del cuento ó dicho que saben, que en oyén-
dolo comenzar á otro, se le adelantan ó le van ayudando á versos como si fuera salmo;
lo cual me parece notable yerro, porque puesto que le parezca á uno que contará
aquello mismo que oye con más gracia y mejor término, no se ha de fiar de sí, ni
sobre esa certeza querer mejorarse del que lo cuenta, antes oirle y festejarle con el
mismo aplauso como si fuera la primera vez que lo oyese, porque muchas veces es
prudencia fingir en algunas cosas ignorancia... Tampoco soy de opinión que si un hom-
bre supiese muchos cuentos ó dichos de la materia en que se habla, que los saque todos
á plaza, como jugador que sacó la runfla de algún metal, sino que deje lugar á los
demás, y no quiera ganar el de todos ni hacer la conversación consigo solo» (%
De estos «cuentos galantes, dichos graciosos y apodos risueños» proponía Rodríguez
Lobo que se formase «un nuevo Alivio de caminantes^ con mejor traza que el primero» .
Es la única colección que cita de las anteriores á su tiempo, aunque no debía de serle
ignorada la Floresta Española^ que es más copiosa y de «mejor traza» . Aunque Rodrí-
guez Lobo imita en cierto modo el plan de El Cortesa^w de Castiglione, donde también
hay preceptos y modelos de cuentos y chistes, sus advertencias recaen, como se ve,
sobre el cuento popular é indígena de su país, y prueban el mucho lugar que en
nuestras costumbres peninsulares tenía este ingenioso deporte, aunque rara vez pasase
á los libros.
Algunos seguían componiéndose, sin embargo, en lengua castellana.
El más curioso salió de las prensas de Valencia, lo mismo que el Patrañiielo^ y su
autor pertenecía á una familia de ilustres tipógrafos y editores, de origen flamenco, que
(') Sigo, con algún ligero cambio, lu antigua traducción castellana de Juan Bautista de Mora-
les, impresa por primera vez en 1622.
(Corte en aldea y noches de invierno de Francisco Rodríguez Lobo,.. En Valencia: en la oficina de
Salvador Fauli, afio 1793. Diálogo X. a De la materia de contar historias en conversación». Díalo*
go XI. €De los cuentos y dichos graciosos y agudos en la conversación». PP. 276*866.
INTRODUCCIÓN xoix
oonstítuyen al mismo tíempo una dinastía de humanistas (*). Aunque Sebastián Mey
no alcanzó tanta fama como otros de su sangre, especialmente su doctísimo padre FeUpe
Mey, poeta y traductor de Ovidio, filólogo y profesor de Griego en la Universidad de
Valencia, y hombre, en fin, que mereció tener por mecenas al grande arzobispo de
Tarragona Antonio Agustín, es indudable, por el único libro suyo que conocemos, que
tenía condiciones de prosista muy superiores á las de Timoneda, y que nadie, entre
los escasos cuentistas de aquella Edad, le supera en garbo y soltura narrativa. La
extraordinaria rareza de su Fabulario ('), del cual sólo conocemos dos ejemplares, uno
en la Biblioteca Nacional de Madrid y otro en la de París, ha podido hacer creer que
era meramente un libro de fábulas esópicas. Es cierto que las contiene en bastante
número, pero hay, entre los cincuenta y siete capítulos de que se compone, otros cuen-
tos y anécdotas de procedencia muy diversa y algunos ensayos de novela corta á la
manera italiana, por lo cual ofrece interés la indagación de sus fuentes,, sobre las cuales
acaba de publicar un interesante trabajo el joven erudito norteamericano Milton A. Bu-
chanan, de las Universidades de Toronto y Chicago (').
Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo de su Fabulario:
«Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están en los otros (libros), y los que
hay viejos están aquí por diferente estilo» . Aun los mismos apólogos clásicos, que toma
casi siempre de la antigua colección esópica (^), están remozados por él con estilo ori-
(*) Vid. Serrano y Morales, La Imprenta en Valencia .. pp. 285-327. En !a pág. 323 de este
precioao libro entá publicado el testamento de Felipe Mey, que nombra entre sus hijos á Sebastián,
con lo caal qneda plenamente confirmado lo que sobre este punto conjeturó D. Nicolás Antonio.
(') FaímUtríú en que té contienen fábula» y cuento» tU/erenta, alguno» nueuo» y parte »acado» de
otro» autoTñ»; por Sebaetian Mey, En Valencia. En la impre»»ion de Felipe Mey. A coeta de Filipo
Pineinali a la pla^ de Vilarata.
8.*, 4 hs. prls. y 184 pp.
Aprobación del Pavorde Rocafull, 20 de enero de 1613.— Escudo de Mey. — Prólogo.
cHarto trillado y notorio es, a lo menos a quien tiene mediana lición, lo que ordena Platón en
au República, encargando que las madres y amas no cuenten a los nifios patrafias ni cuentos que no
sean honestos. Y de aquí es que no da lugar a toda manera de Poetas. Oierto con razón, porque no
se habitué a vicios aquella tierna edad, en que fácilmente, como en blanda cera, se imprime toda
cona en loa ánimos, haviendo de costar después tanto y aun muchas vezes no haviendo remedio de
sacAfioa del min camino, a seguir ei cual nos inclina nuestra perversa naturaleza. A todas las perso-
nas de buen juicio^ y que tienen zelo de bien coman, les quadra mucho esta dotrina de aquel Filo-
sofo: como quepa en razón, que pues tanta cuenta se tiene en que se busque para sustento del
cuerpo del nifio la mejor leche, no se procure menos oí pasto y mantenimiento que ha de ser de
mayor provecho para sustentar el alma, que sin proporción es de muy mayor perfícion y quilate.
Pero el pnnto es la execucion, y este es el fin de los que tanto se han desvelado en aquellas bien-
aventuradas repúblicas, que al dia de hoy se hallan solamente en loa buenos libros. Por lo qual es
may acertada y santa coaa no consentir que lean los niños toda manera de libros, ni aprendan por
elloe. Uno de loa buenos para este efeto son las fábulas introduzidas ya de tiempo muy antigo, y
que siempre se han mantenido: porque a mas de entreteoimiento tienen dotrina saludable. Y entre
otros libros que hay deata materia, podra caber este: pue» tiene mucha» fábula» y cuento» nuevo» que
no caían en lo» oiro»^ y los que hay viejos están aquí por diferente estilo. Nuestro intento ha sido
aprovechar con él a la república. Dios favorezca nuestro deseo.:»
Oada ana de las fábulas lleva un grabadito en madera, pero algunos están repetidos.
('] Modem Languag» Note»^ Baltimore, junio y noviembre de 1906.
(^) Para que nada falte á la descripción de tan raro libro, pondremos los títulos de estas fábu*
laii, con sos moralidadea respectivas:
c ORÍGENES DE LA NOVELA
giual 7 con la libertad propia de los verdaderos fabulistas. Hubiera podido escribir sus
apólogos en verso, y no sin elegancia, como lo prueban los dísticos endecasílabos con
que expresa la moralidad de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto
que la compilación de Exemplos de Clemente Sánchez de Yercial debía de serle des«
conocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como estaba después del
Arcipreste de Hita la ti*adición de la fábula en verso, hubiera tenido que forjarse un
molde nuevo de estilo j dic<;ión, como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de
Ai'gensola en las pocas fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y
como lo lograron, cultivando el género más de propósito^ Samaniego é Iriarte en el
siglo XVIII, j creeqios que la pericia técnica de Sebastián Mey no alcanzaba á tanto.
Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con puntas de intención ,'satírica á veces,
desarrolla, de un modo vivo y pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejem-
plo la fábula de El lobo, la raposa y el asno:
«Teniendo hambre la raposa y el lobo^ se llagaron hazia los airábales de una aldea,
Fábula I. El Uihrador indiscreto. Es la fábula
del molinero, su hijo y el asno, tomada probable-
mente de El Conde Lucanor, cap. 24 de la edi*
ción de Argote.
Quien se sujeta á dichos de las gentes,
Ha de caer en mil inconvenientes.
Fáb. II. El gato y el gaüo. Hipócritas pretez*
tos del gato para matar al gallo y comérsele.
Con el ruin son por demás razones,
Que al cabo prevalecen sus pasiones.
Es la fábula 4.* del «Isopo de la traslación
nueva de Remigio» en la colección del infante
Don Enrique.
Fáb. III. El vi^o y la muerU.
Los hombres llaman á la muerte ausente,
Mas no la quieren ver quando presente.
Fáb. IV. La hormiga y la cigala.
Quando estés de tu edad en el verano,
Trabaja, porque huelgues cuando anciano.
Fáb« VI. El álamo y la caña.
Mas alcanza el humilde con paciencia,
Que no el soberbio haziendo resistencia.
Fáb. VIL La raposa y la rana.
De la voz entonada no te admires,
Sin que primero de quien sale mires.
Fáb. IX. La raposa y las uv<u.
Quando algo no podemos alcanzar,
Gordura disen que es dissimular.
Fáb. XI. El león, el asno y Iti raposa.
Quando vemos el dafio del vecino,
No escarmentar en él es desatino.
Fáb. XII. La mt^er y el lobo.
La muger es mudable como el viento:
De sus palabras no hagas fundamento.
Fáb. XIV. El gallo y el diamante.
No se precia una cosa, ni codicia,
Si no es donde hay de su valor noticia.
Fáb. XV. El cuervo y la raposa.
Cuando alguno te loa en tu presencia,
Piensa que es todo engaño y apariencia.
Fáb. XVII. El león y el ratón.
No quieras al menor menospreciar,
Pues te podrá valer en su lugar.
Fáb. XIX. La liebre y el galápago.
Hazíenda y honra ganarás obrando,
Y no con presunción emperezando.
Fáb. XXI. La rana y el buey.
Con los mayores no entres en debate,
Que se paga muy caro tal dislate.
Fáb. XXII. El asno y el lobo.
Entienda cada qual en su exerciciO|
Y no se meta en el ageno oficio.
Fáb. XXIV. El consejo de los ratones.
Ten por consejo vano y de indiscreto,
Aquel del qual no puede verse efeto.
Fáb. XXV. El grillo y la abefa.
De su trabajo el hombre se alimente,
Y á gente vagamunda no sustente.
INTRODUCCIÓN
01
por ver si hallarían alguna cosa a mal recado, y toparon con un asno bien gordo 7
Incido, que eslava paciendo en un prado; pero temiéndose que por estar tan cerca de
poblado corrían peligro si alli esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con
buenas razones podrían apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló
de esta suerte: cBorriquillo, borríquillo, que norabuena esteys, y os haga buen prove-
>cho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco, sabed pues que no he tenido yo
>en esta vida mayor amiga que vuestra madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre
>las dos pan partido. Agora venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel
> monte tiene su morada, en unas praderías que no las hay en el mundo tales: alli
>podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es misería. El nos ha embiado para
» que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os halleys vos en las bodas. Por
»e8ta cuesta airíba podemos ir juntos; que yo sé un atajo por donde acortaremos gran
>rato de camino» . £1 asno, aunque tosco y boval, era por estremo malicioso; y en vién-
dolos imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo quedo y sose-
gado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido a la raposa, aunque tuvo todo
lo que dezia por mentira, mostró mucho contento, y comentó a quexarse de su amo,
diziendo cómo dias havia le huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no
_r- Fáb. XXVII. El lobo, la rapaa y el asno.
7
Si fueres docto, y no seras discreto,
Serán tus letras de muy poco efeto.
Fáb. XXIX. Lof Kebret y la$ ranas.
Aunque tenf^ miseria muy notable,
Siempre hallarás quien es más miserable.
Fáb. XXX. El asnOf el gallo y el lean.
Quien presume de sí demasiado,
Del que aeeprecia viene á ser hollado.
Fáb. XXXI. La raposa y el león.
En aprender no tomes pesadumbre,
poes lo hace fácil todo la costumbre.
Fáb. XXXIII. El asno, el cuervo y el lobo.
Para bien negociar, favor procura:
Con él tu causa casi está segura.
Fáb. XXXIV. El amo y el lobo.
Uno que haziendo os mal ha envejecido,
Sí haaseros bien ofrece, no es creído.
Fáb. XXXV. El ratón de ciudad y el del campo.
Ten por mejor con quietud pobreza,
Que no desasosiegos con riqueza.
Fáb. XXXVI. La raposa y el vendimiador.
Si con las obras el traydor te vende,
Sn vano con palabras te defiende.
' Fáb. XXXVII. La vieja, las mogas y el gallo.
Huir de trabajar, es claro engaño,
Y de poco venir á grande daño.
Fáb. XXXIX. El asno y las ranas.
Quando un poco de mal te quita el tino.
Mira el que tienen otros de oontíno.
Fáb. XL. El pastor y el lobo.
Al que en mentir por su plazer se emplea.
Quando dize verdad, no hay quien le crea.
Fáb. XLII. El labrador y la encina.
Si favoreces al ruin, haz cuenta
Que en pago has de tener dolor y afrenta.
Fáb. XLIII. El león enamorado.
Los casamientos hechos por amores
Muchas vezes son causa de dolores.
Fáb. XLIV. La raposa y el espino.
Acudir por socorro es grande engaño
A quien vive de hazer á todos daño.
Fáb. XLVIII. El Astrólogo.
¿Qué certidumbre puede dar del cielo
£1 que á sus pies aun ver no puede el suelo?
Fáb. L. El león enfermo, el lobo y la raposa.
Algunas vezes urde cosa el malo
Que viene á ser de su castigo el pulo.
Fáb. LII. La raposa y la gata.
Un arte vale más aventajada
Que muchas si aprovechan poco ó nada.
Fáb. LIV. Los ratones y el cuervo.
Algunos, por inútiles contiendas.
Pierden la posesión de sus haziendos.
Olí ORÍGENES DE LA KOVELA
pagarle, de día en dia le traía en palabras, y que finalmente solo hayia podido alean-
(^T del que le hiziese una obligación de pagarle dentro de cierto tiempo, que pues no
podía por entonces cobrar, a lo menos quería informarse de un letrado, si era bastante
aquella escritura, la qual tenia en la ufia del pie, para tener s^ura su deuda. Bolriose
la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algún temporal) j le preguntó si sus
letras podían suplir en semejante menester. Pero él no entendiéndola de grosero, muerto
porque le tuviesen por letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en
Salamanca, y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartulóte y aun á Qaleno^ y se pre«
ciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en los negocios, y tan al
cabo de todo, que no daria ventaja en la pla^a a otro ninguno que mejores sangrias
hiziese; por el tanto amostrase la escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecía
ser su avogado para quando huviese de cobrar el dinero^ y hazer que le pagasen tam-
bién las costas, y que le empefiava sobre ello su palabra; que tuviese buena esperanza.
Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y quando el lobo estava mas
divertido en buscar la escritura, le asentó con entrambos pies un par de coces en el
caxco, que por poco le hiziera saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del
todo el sentido^ cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa entonces dán-
dose una palmada en la frente, díxo assi: cOh! cómo es verdadero aquel refrán antiguo,
» que tan grandes asnos hay con letras como sin letras» • Y en diziendo esto, echó a
huir cada qual por su cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea» .
Compárese esta linda adaptación cou el texto castellano del siglo xv, mandado tra-
ducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.' entre las extravagantes del hiso-
pa* j, y se comprenderá lo que habían adelantado la lengua y el arte de la narración
durante un siglo. Con no menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas
otras fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además de las esó-
picas, algunas de las que Mey sacó de Aviano. v. gr.: la de fure et parvo: cdel mozo
llorante y del ladrón» . Un muchacho engafia á un ladrón, haciéndole creer que se le
ha caído una jarra de plata en un pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al
pozo, despojándose antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado.
En la colección de Mey tiene el número 5.*" y esta moraleja:
Al que engafiado á todo el mundo ofende,
Quien menos piensa, alguna vez le vende.
De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no menos sencillos,
y por lo general de la misma procedencia clásica, en que intervienen, principal ó exclu-
sivamente, personajes racionales, por ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico» (*),
El avariento ('), «El padre y los hgos» , todas ellas de origen esópico. Baste como
muestra el último:
(*) Es la fábula XLI de Mey y termina con estos versos:
(•) Fábula XXIII:
Harta ceguera tiene la cuytada
Que tuvo hassienda y no ve suyo nada.
Si no he de aprovecliarme del dinero,
Una {ticdra enterrada tanto quiero.
INTRODUCCIÓN oni
cUn labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante bí a sus hijos; a los qua-
les habló desta suerte: cPnes se sirve Dios de que en esta dolencia tenga mi vida ñn,
> quiero, h\¡os mios, revelaros lo que hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo
> enterrado en la villa un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays dili-
»gencia en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta vida. Los
hijos, después de haver concluido con el entierro del padre^ fueron a la viña, y por
espacio de muchos dias nunca entendieron sino en cavarla, quando en una, quando en
otra parte, pero jamás hallaron lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla
cavado tanto, dio sin comparación más fruto aquel año que solia dar antes en muchos.
Tiendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a los otros:
cVerdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos, que el tesoro de la vifia
>de nuestro padre es nuestro trabajo.
En esta vida la mejor herencia
Es aplicar trabajo y diligencia» (').
Las relaciones novelísticas de Sebastián Mey con las colecciones de la Edad Media
no son tan fáciles de establecer como las que tiene con Esopo y Aviano. De D. Juan
Manuel no parece haber imitado más que un cuento, el del molinero, su h\jo y el asno.
Con Qilila y Dimna tiene comunes dos: El Amigo Desleal^ que es el apólogo cde los
mures que comieron fierro» (^), y El Mentiroso burlado; pero ni uno ni otro proceden
de la primitiva versión castellana derivada del árabe, ni del EocemplaiHo contra los
engaños y peligros del mundo^ traducido del Dit^ctorium viiae humunae de Juan de
Capua, sino de alguna de las imitaciones italianas, probablemente de la de Firenzuola:
Discorsi degli animali^ de quien toma literalmente alguna frase (^). Por ser tan raro
el texto de Mey le reproduzco aquí, para que se compare con el italiano, que puede
consultarse fácilmente en ediciones modernas:
Fábula XXYIU. Ll hombre verdadero y el mentiroso:
clvan caminando dos compafieros, entrambos de una tierra y conocidos: el uno de
ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro mentiroso y fingido. Acae-
ció, pues, que a un mismo tiempo viendo en el suelo un talegoncico, fueron entrambos
a echarle mano, y hallaron que estava lleno de doblones y de reales de a ocho. Quando
estuvieron cerca de la ciudad donde bivian, dixo el hombre de bien: cPartamos este
dinero, para que pueda cada uno hazer de su parte lo que le diere gusto» . El otro, que
ara bellaco, le respondió: «Por ventura si nos viesen con tanto dinero, seria dar alguna
»80spedia, y aun qui9a nos porniamos en peligro de que nos le robasen, porque no
»fiEdta en la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas agenas. Pareceme que seria lo
» mejor tomar alguna pequeña quantía por agora, y enterrar lo demás en lugar secreto^
» y quando se nos ofreciere después haver menester dineros, vernemos entramos juntos
(*) Fábula XXVI de Mey. Corresponde á la XVII del «Isopo de la traslación nueva de Remi-
gio», en la del infahte D. Enrique.
(') Calila é Dymna^ p. 33 en la edición de Qayangos (Escritore» en prosa anteriorei al siglo XV).
(*) Asi en Firenzuola: cil buen uomo, o pur come dicemmo, lo sciocco». En Mey: chI hombre
bueno, o si te sufre llamarle bovo».
También pudo consultar La moral Jllosophia del Doni (Venecia, 1552), que es una refundición
émí libro de Firenauola.
civ ORÍGENES DE LA NOVELA
»a sacarlos, y con esto nos quitaremos por aora de inconvenientes». El hombre bueno,
o si se sufre llamarle bovo, pues no cayó en la malicia ni engafio del otro, pretendiendo
que su intención era buena, fácilmente vino en ello, j tomando entonces alguna quanti-
dad cada uno dellos, enterraron lo demás a la raiz de un árbol que alli j un tico estava,
habiendo tenido mucha cuenta con que ninguno los mirase; j muy contentos y alegres
se bol vieron de alli a sus casas. Pero el engañoso compafiero venido el siguiente dia, puso
en ejecución su pensamiento, y bolviendo secretamente al sobredicho lugar, sin que per-
sona del mundo tuviese aliento dello, quando el otro estava más descuydado, se llevó el
talegoncico con todo el dinero a su casa. Pocos dias después el buen hombre y simple
con el vellaco y malicioso, le dixo: «Paréceme que ya será hora que saquemos de alli y
» repartamos aquellos dineros, porque yo he comprado una viña, y tengo de pagarla, y
» también he de acudir a otros menesteres que se me ofrecen» . El otro le respondió: «Yo
»ando también en compra de una heredad, y havia salido con intento de buscaros por
»esta ocasión». «No ha sido poca venturja toparnos (replicó el compañero), para poder
» luego ir juntos», como tenian concertado. «Que vamos en buen hora» (dixo el otro), y
sin gastar más razones se pusieron en camino. Llegados al árbol donde le avian ente-
rrado, por bien que cavaron alrededor, como no tuvo remedio de hallarle, no haviendo
señal de dinero; el mal hombre que le havia robado, comentó a hazer ademanes y ges-
tos de loco, y grandes estremos y quexas diciendo: «No hay el dia de hoy fe ni verdad
»en los hombres: el que pensays que os es mas amigo, esse os venderá mejor. De quién
» podremos fiar hoy en el mundo? ah traydor, vellaco, esto me teniades guardado? quién
»ha podido robar este dinero sino tu? ninguno havia que supiese del». Aquel simple-
zillo que tenia más razón de poderse quexar y de dolerse, por verse despedido en un
punto de toda su esperanza, por el contrarío se vio necesitado a dar satisfacion y des-
culparse, y con grandes juramentos protestava que no sabia en el robo arte ni parte,
aunque le aprovechaba poco^ porque mostrándose más indignado el otro y dando mayo-
res bozes dezia: «No pienses que te saldrás sin pagarlo: la justicia, la justicia lo ha de
> saber, y darte el castigo que merece tu maldad». Replicando el otro que estava ino-
cente de semejante delito, se fueron gritando y riñendo delante el juez, el qual tras
haver los dos altercado en su presencia grande rato, preguntó si estava presente alguno
quando escondían el dinero? Aquel tacaño, mostrando más confianza que si fuera un
santo, al momento respondió: «Señor, sí, un testigo havia que no sabe mentir, el qual
»es el mismo árbol entre cuyas raizes el dinero estava enterrado. Este por voluntad de
»Dios dirá toda la verdad como ha pasado, para que se vea la falsedad deste hombre, y
»sea la justicia ensalmada». El juez entonces (que quiera que lo moviese) ordenó de
hallarse las partes en el dicho lugar el siguiente día, para determinar alli la causa, y
asi por un ministro les hizo mandato so graves penas, que huviesen de comparecer y
presentarse, dando primero, como lo hicieron, buena seguridad. Parecióle muy a su
proposito esta deliberación del juez al malhechor, pretendiendo que cierto embuste que
iva tramando, ternia por semejante via efeto. Por donde bolviendose a su casa, y
llamando a su padre, le dixo assi: «Padre muy amado, un secreto quiero descubriros,
»que os he tenido hasta agora encubierto, por parecerme que assi convenia hazerse...
»Haveys de saber que yo propio he robado el tesoro que demando a mi compañero por
»justicia, para poder sustentaros a vos y a mi familia con más comodidad. Dense a
iDios las gracias y a mi buena industria, que ya está el negocio, en punto que solo-
INTRODUCCIÓN ot
>coii ajndar vos un poquito, será sin réplica ninguna nuestro». Y contóles todo lo que
havia passado, j lo que havia provehido el juez, a lo qual añadió:- «Lo que al presente
> os ruego, es que yays esta noche a esconderos en el hueco de aquel árbol: porque
>fiEuñlmente podreys entrar por la parte de arriba, y estar dentro muy a placer, sin que
> puedan veros, porque el árbol es gi*ueso y lo tengo yo muy bien notado. Y quando el
d jaez interrogare, disimulando entonces vos la boz que parezca de algún espíritu, res-
9 pondereys de la manera que conviene» . El mal viejo que havia criado a su hijo tal
qual era él, se convenció de presto de sus razones^ y sin temerse de peligro alguno,
aquella noche se escondió dentro el árbol. Vino alli el juez el dia siguiente con los dos
litigantes, y otros muchos que le acompafiavan, y habiendo debatido buen rato sobre el
negocio, al cabo preguntó en alta voz quién habia robado el tesoro. £1 ruin viejo, en
tono extraordinario y con boz horrible, dixo que aquel buen hombre^ Fue cosa esta
que causó al juez y a los presentes increíble admiración, y estuvieron suspensos un
rato sin hablar, al cabo del qual dixo el juez: cBendito sea el Seftor, que con milagro
»tan manifiesto ha querido mostrar quanta fuerc^ tiene la verdad. Para que desto quede
» perpetua memoria, como es razón, quiero de todo punto apurarlo. Porque me acuerdo
>que antiguamente havia Nimias en los arboles, verdad sea que nunca yo habia dado
> crédito a cosas semejantes^ sino que lo tenia todo por patrafias y fábulas de poetas.
>3Ias agora no sé qué dezirme, haviendo aqui en presencia de tantos testigos oido
> hablar a este árbol. En estremo me holgaría saber si es Nimia o espíritu, y ver qué
» talle tiene, y si es do aquella hermosura encarecida por los poetas. Pues caso que
> fuese una cosa destas, poco mal podríamos nosotros hazerle por ninguna via». Dicho
esto mandó amontonar al pie del árbol lefios secos que havia por alli hartos, y ponerles
fuego. Quién podrá declarar quál se paró el pobre viejo, quando comen9Ó el tronco a
calentarse, y el humo a ahogarle? Sólo sé dezir que se puso entonces con bozes muy
altas a gritar: cMiserícordia, misericordia; que me abraso, que me ahogo, que me quemo» .
Lo qual visto por el juez, y que no havia sido el milagro por virtud Divina, ni por haber
Xim& en el árbol, haziendole sacar de alli medio ahogado, y castigándole a él y a su
hijo, s^un merecían, mandó que le truxesssen alli todo el dinero, y entregósele al buen
hombre, que tan injustamente havian ellos infamado. As'si quedó premiada la verdad y
la mentira castigada.
La verdad finalmente prevalece,
Y la mentira con su autor perece».
Aunque el cuento en Calila y Dimna (*) no sea tan seco y esquemático como
otros muchos, lo es bastante para que no lamentemos el aliño con que Firenzuola y
Mej remediaron su aridez, haciendo correr por él la savia de un fácil y gracioso diá-
logo. Y no me parece que la versión del segundo, aunque inspirada por la del primero,
sea inferior á ella, á pesar de la amena y exquisita elegancia del monje de Yi^
Umnbrosa.
Sebastián Mey, aun en los raros casos en que traduce fielmente algún original cono-
(') Dd/also e del torpe.
Dixo Calila: cDos homeii eran en una compaña, et el uno dellos era torpe, e el otro falso, e fície-
roQ aparcería en una mercadería; et yendo por un camino fallaron ana bolsa en que habia mil mará*
Tedis, e tomáronla, e o vieron por bien de le tornar a la cibdat. Et qaindo fueron cerca de la cibdat,
ovx ORÍGENES DE LA NOVELA
cido, procura darle color local, introduciendo nombres espafioles de personas y lugares.
' I Tal acontece en el cuento 53, cLa Prueba de bien querer» , que es una paráfrasis ampli-
l i ficada de la facecia 116 de Poggio cDe viro quae suae uxori mortuum se ostendit> (*).
£n el cuento latino la escena pasa en Montevarchio, y el protagonista es un cierto
hortelano, chortulanus quidam». Mey castellaniza la anécdota en estos graciosos
términos:
«Antón Gk)n9alez Gallego era hombre que se bivia muy a plazer en la villa de Torre-
jon; tenia una mujera^a de mediano talle, y de una condiciona9a muy buena, de manera
que aunque él era un poquito refiidor^ ella siempre le abonan9ava, porque no le entrava
a ella el enojo de los dientes adentro; y assi eran presto apaziguados. Acaeció que bol-
viendo él un dia de labrar, halló que la mujer havia ido al río a lavar los pafios, por
donde se recostó sobre un poyo, esperando a que viniese, y como ella tardase, comentó
a divertir en pensamientos, y entre otros le acudió en quanta paz bivia con su muger, y
dezia en su imaginativa: «La causa está en ella, y en el amor que me tiene, porque
» hartas ocasiones le doy yo con mi reñir, pero quiéreme tanto que todo lo disimula con
»muy gran cordura a tnieco de tenerme contento. Pues si yo me muriese, qué haría
díxo el torpe al falso: «Toma la metad destoB dineroB, et tomaré yo la otrameatad». Et dixo el falso,
pensándose levar todos los maravedís: «Non fagamos asi, que metiendo los amibos sus faziendas en
9mino8 de btrí fazen más durar el amor entre ellos; mas tome cada uno de nos pora gastar, e sote-
erremos los otros que fincaren en algnn logar apartado, et quando hobiéremos menester dellos,
^tomarlos hemos», fi acordóse el torpe en aquello, et soterraron los maravedís so un árbol muy
grande, e fuéronse ende, e después tornó el falso por los maravedís, e levólos; e cuando fue días,
dixo el falso al torpe: «Vayamos por nuestros maravedís, que yo he menester que despienda». E
fuéronse para el logar que los posieron, e cavaron e non fallaron cosa; e comenzóse a me^ar el falso
6t a ferir en sus pechos, et comenzó a dezir: «Non se fíe home en ninguno desde aqui, nin se crea
»por éb. £ díxo al torpe: cTú tornaste aqui et tomaste los maravedís». Et comenzó el torpe a jurar e
confonderse que lo non feciera, e el falso diciendo*: cNon sopo ninguno de los maravedís salvo yo
»et tú, e tú los tomaste». E sobre esto fuéronse pora la cibdat, e pora el álcali, e el falso querellóse
al álcali cómo el torpe le habla tomado los maravedís, e dixo el álcali: €¿Tú has testigos?» Dixo el
torpe: cSí, que fio por Dios que el árbol me será testigo, e me afirmará en lo que yo digo». E sobre
esto mandó el álcali que se diesen fiadores, et dixoles: «Venid vos para mi e iremos al árbol que
»decídes». B fuese el íñho a su padre et f ízogeio saber e contóle toda su fazienda, et dízole: cYo no
»dixe al álcali esto que te he contado, salvo por una cosa que pensé; si tú acordares comigo, habré*
»mo8 ganado el haber». Dixo el padre: «¿Qué eb?» Dixo el falso: «Yo busqué el mas hueco árbol que
»pude fallar, e quiero que te vayas esta noche allá e que te nietas dentro aquel logar y donde pue-
»das caber, et cuando el álcali fuere ende, e preguntare quién tomó los maravedís, responde tú
»dentro que el torpe los tomó...
»Et non quedó de le rogar que lo fiziese fasta que g^lo otorgó. Et fuese a meter en el árbol, e
otro dia de mañana llegó el aloall con ellos al árbol, e preguntóle por los maravedís, e respondió el
padre del falso que estaba metido en el árbol, et dixo: «El torpe tomó los maiavedís». E maravillóse
de aquello el álcali e cuantos ende estaban, e andudo alrededor del árbol, e non víó cosa en que
dudase, e mandó meter y mucha lefia e ponerla en derredor del árbol, e fizo poner fuego. E cuando
llegó el fumo al viejo, e le dio la calor, escomenzó de dar muy grandes voces e demandar acorro ;et
entonces sacáronle de dentro del árbol medio muerto, e el álcali fizo su pesquisa e sopo toda la ver-
dat, e mandó justiciar al padre e al fijo e tornar los maravedís al torpe; e asi el falso perdió todos
los maravedís, e su padre fué justiciado por cabsa de la mala cobdícia que ovo et por la artería que
fizo», ((jalila e Dymna^ ed. Gayangos, pp. 32-38).
0£. JohanntB de Capua Directarium viioé humanae,.. ed. de Derenbourg, París, 18S7, pp. 90-92.
Agnolo Firenzuola, La prima vute de' diseorti dtgli animaU, ed. Camerini, pp. 241«242.
(1) The Facetioé orjítcoee tales qfPóggio... París, 1879, 1, 187.
INTRODUCCIÓN ovix
»ella? Creo que se moriria de tristeza. ¡O quién se hallase alli para ver los estremos qne
» haria^ y las palabras lastimeras qne echaría de aquella su boca! pues en verdad que
»lo he de provar, j asegurarme dello por la vista». Sintiendo en esto que la muger
venia, se tendia en el suelo como un muerto. Ella entró, y mirándole de cerca, y pro-
vando a levantarle, como 61 no hazia movimiento, y le vio sin resuello, creyó verdade-
ramente que era muerto, pero venia con hambre y no sabia resolverse en si comería
primero o lloraría la muerte del marído. En fin, constrefiida de la mucha gana que
traia, determinó comer prímero. Y poniendo sobre las brasas parte de im recuesto de
tocino que tenia alli colgado, se le comió en dos palabras sin bever por no se detener
tanto. Después tomó un jarro, y comenzó a baxar por la escalera, con intención de ir a
la bodega por vino; mas he aqui donde llega de improviso una vezina a buscar lumbre.
Ella que la sintió, dexa de presto el j arro, y como que huviese espirado entonces el
marido, oomien9a a mover gran llanto y a lamentar su muerte. Todo el barrio acudió
a loa gritos, hombres y mugeres; y espantados de muerte tan repentina (porque estava
él tendido con los ojos cerrados, y sin resollar de manera que parecía verdaderamente
muerto), consolavanla lo mejor que podian. Finalmente quando a él le pareció que se
havia ya satisfecho de lo que tanto deseava ver, y que huvo tomado un poco de gusto
con aquel alboroto; quando más la muger lamentava diciendo: «Ay marído mió de mi
» coraron, desdicliado ha sido el dia y la hora en que pierdo yo todo mi bien^ pero yo
»soy la desdichada, faltándome quien solia ser mi amparo; ya no temé quien se duela
> de mí, y me consuele en mis trabajos y fatigas; qué haré yo sin vos agora, desventu-
»rada de mí?» El entonces, abriendo súpitamente los ojos, respondió: «Ay muger mía
»de mis entrañas, qué haveys de hazer? sino que pues haveys comido, baxeys a bever
>a la bodega». Entonces todos los que esta van presentes, trocando la trísteza en rego-
cijo, dispararon en rein y más después quando el marido les contó el intento de la
burla, y como le havia salido.
Tal se pensó de veras ser amado,
Y burlando quedó desengañado» .
En las Facecias de Poggio se halla también (con el número 60 iDe eo qui uxorem
íd flumine peremptam quaerebat» ) la sabida anécdota que Mey volvió á contar con el
título de Ijü mujer ahogada y su marído (fábula XVIII). Pero no es seguro que la
tomase de allí, siendo tantos los libros que la contienen. Aun sin salir de nuestra lite-
ntura, podía encontrarla en el Arcipreste de Talavera, en el Sobremesa de Timoneda
j en otros varíes autores. Tanto la versión de Timoneda, como la de Poggio^ son secas
j esquemáticas; no así la de Mey, que amplificando galanamente, según su costumbre,
traslada el cuento cá la orílla de Henares» y con cuatro rasgos de vida española saca
de la abstracción del apólogo las figurillas vivas de Marína Gil, «lavandera de los estu-
diantes y muy hábil en su oficio» ; del buen Pero Alonso, su marido, y de su compadre
Antón Boyz.
El mismo procedimiento usa en otros cuentos, que parecerían indígenas, por el sabor
del terruño que tienen, si no supiésemos que son adaptaciones de otros italianos. Así
el de «El Dotor y el Capitán» (fáb. X), que según ha descubierto el Sr. Milton A. Bu-
duman, es la misma historía de «II capitano Piero da Nepi» y «M. Paolo dell'Ottanaio» ,
cviii ORÍGENES DE LA NOVELA
\\ inserta en el Diporto de' kimidanti de Cristoforo Zabata (>), obrilla an&loga, aun en el
i título, al Alivio de Caminantes de Timoneda; pero que no le sirvió de modelo, sino al
revés, puesto que es posterior en bastantes años. Es, en cambio^ anterior á Mey, y no
puede dudarse de la imitación, aunque muy disimulada.
«Llegaron juntos a comer a una venta el Dotor Calderón, famoso en Medicina, y el
Capitán Olmedo. Tuvieron a la mesa perdizes, y comian en im plato. Pero el Capitán
en columbrando las pechugas y los mejores bocados, torciendo a su proposito la platica,
y tomando lo mejor, dezia: «Con este bocado me ahogue, señor, Dotor, si no le digo
» verdad» . Disimuló el Dotor dos o tres vezes, pero a la quarta^ pareciendole algo pesada
la burla, al tiempo que alargava el Capitán la mano, diziendo «con este bocado me
» ahogue» , sin dexarle acabar de dezir, cogió con la una mano el plato y con la otra el
bocado a que tira va el Capitán, diziendole: «No jure, sefior Capitán, no jure, que sin
»jui'ar le creo. Y si de aqui adelante quisiere jiurar, sea que le derribe el primer arca-
»buzazo que los enemigos tiraren, porque es juramento más conveniente a un capitán
»y soldado viejo como vuesamerced» . Desta manera le enseñó al Capitán a tener el
término debido.
Alguna vez suele quedar burlado
El que con otros es desvergonzado» .
Un ejemplo de adaptación italiana mucho más directa, en algunos puntos casi lite-
ral y donde no se cambian ni el lugar de la escena ni el nombre de los personajes,
tenemos en la fábula LV El médico y su mujer^ cuya fuente inmediata, descubierta
igualmente por el Sr. Buchanan, es la novela 2.* de la cuarta jomada de Sansovino (*),
!la cual á su vez procede de las Cento novelle a7iticke (núm. 46), y debe de ser de ori-
gen provenzal, puesto que parece encontrarse una alusión á ella en estos versos del
trovador Pedro Cardenal:
Tais cuja aver fllh de s' esposa
Que no i a re plus que cel de Tolosa (*).
El cuento es algo libre y de picante sabor, pero precisamente por ser el unicorde su
género en el Fabulario^ creo que no debo omitirle, persuadido de que el donaire con
que está contado le hará pasar sin ceño de los eruditos, únicos para quienes se impri-
men libros como éste.
«Huvo en Tolosa un medico de mucha fama llamado Antonio de Gervas, hombre
rico y poderoso en aquellos tiempos. Este deseando mucho tener hijos, casó con una
sobrina del Govei*nador de aquella ciudad (^), y celebradas las bodas con grande fiesta
y aparato, según convenia a personas de tanta honrra^ se llevó la novia a su casa con
(*) Diporto de' Vindanti, nel quale si leggono Facetie^ MoU't e Burle^ raccolie da diversi e gravi
auiori, Pavia, Bartoli, 15S9, 8."
£<8ta 68 la más antigua de las ediciones mencionadas por Gamba en su bibliografía novelística.
(^) Cento Novelle de' piu nobili scrittori delta lingua volgare scelte da Francesco Sansovino,,.
Venezia^ appresso Francesco Sansovino^ 1561,
Hállase también en las ediciones de 1562, 1563, 1566, 1571, 1598, 1603 y 1610.
(') Ancona, Lefontí del NoveUino, p. 319.
(^) £n Sansovino no es el Gk>bernador sino el Arzobispo.
INTRODUCCIÓN cix
mucho r^ocijo, y no pasaron dos meses que la sefiora su muger pai-ió uua hija. Visto
esto por el Medico, no hizo sentimiento, ni mostró darse por ello pena; antes viendo a
la muger afligida, la consolava, ti*ab^jando por persuadirle con muchos argumentos
fondados en hi ciencia de su arte, que aquella mochacha según razón podia ser suya, y
con amoroso semblante y buenas palabras hizo de manera que la muger se sosegó,
honrrandola él mucho en todo el tiempo del parto y proveyéndola en abundancia de
todo quanto era necesario para su salud. Pero después que la muger convaleció, y se
levantó de la cama, le dixo el Medico un dia: «Señora, yo os he honrrado y servido
» desde que estays conmigo quanto me ha sido posible. Por amor de mi os suplico que
>08 bolvays a casa de vuestro padre, y os esteys alli de aqui adelante, que yo miraré
>por vuestra hija y la haré criar con mucha honn*a>. Oido esto por la muger, quedó
como fuera de sí; pero tomando esfuen^o, comentó a dolerse de su desventura, y a dezir
que no era honesto, ni parecía bien que la echase de aquella manera fuera de casa. Mas
no qaeriendo el Medico, por bien que ella hizo y dixo, mudar de parecer, vinieron a
términos las cosas que huvo de mezclarse el Governador entendiendo que el Medico en
todo caso quería divorcio con la sobrina, y assi embió por él. Venido el Medico, y hecho
el devido acatamiento, el governador (que era hombre de mucha autoridad) le habló
largamente sobre el negocio, diciendole que en los casos que tocan a la honn-a, con-
viene mirar mucho a los inconvenientes que se pueden seguir, y es menester que se
tenga mucha cuenta con que no tenga que dezir la gente, porque la honrra es cosa
muy delicada y la mancha que cae uua vez sobre ella por maravilla después hay reme-
dio de poder quitarla. Tentó juntamente de amedrentarle con algunas amenazas. Pero
quando huvo hablado a su plazer, le respondió el Medico: «Señor, yo me casé con
> vuestra sobrina creyendo que mi hacienda bastaría para sustentar a mi familia, y mi
^presupuesto era que cada año havia de tener un hijo no más, pero haviendo parido
>mi muger a cabo de dos meses, no estoy yo tan abastado, si cada dos meses ha de
atener el suyo, que pueda criarlos, ni darles de comer; y para vos no seria honrra nin-
>gaDa que viniese a pobreza vuestro linage. Y assi os pido por merced, que la deys a
'hombre que sea más rico que yo, para que pariendo tan amenudo, pueda criar y dexar
> rióos todos sus hijos, y a vos no os venga desonrra por ello». £1 Gtovernador, que era
discreto y sagaz, oyendo esto, quedó confuso, y replicóle que tenia ra^on en lo que
dezía, y con esto le despidió.
La hazienda que entre pocos es riqueza,
Repartida entre muchos es pobreza» .
No en todos los casos parece tan obvio el origen literario del cuento, por ser muy
vulgar la anécdota y no presentar en el texto de Mey ningún rasgo que arguya paren-
tesco directo con otras versiones. Tal sucede con la fábula LVI El co?n'idado acudido^
que figura, aunque con distintos accesorios, en el cuadernillo manuscrito de los
Cuentos de Oaribay y en la Floresta Española ('). Cotejando la versión de Mey que
O «Bd un gran banquete, que hizo un sefior á inuchoB caballerosi después de haber servido
moy diversos manjares, sacaron barbos enteros, y pusieron á un capitán de una Nao, que estaba al
ctbo de la mesa, un pese muy pequeño, y mientras que los otros comían de los grandes, tomó él el
pejeotllo y púdole á la oreja. El señor que hacía el banquete, paróse mientes, y pre«^untóle la causa.
Aespondió: tSefior, mi padre tenia el mismo oficio que yo tengo, y por su desdicha y mía anegase
ex orígenes DE LA NOVELA
pongo á coutinuación con la de Santa Cruz, que va por nota, se palpará la diferencia-
entre el estilo conciso y agudo del toledano y la manera más pintoresca, verbosa j fes*
tiva del impresor de Valencia.
cFrancisco Quintañón vezino de Bilbao, combidó, según acostumbrava cada año,
el dia del Santo de su nombre, en el qual havia nacido, a algunos amigos. IiOS quales
truxeron al combite a Luis Lo9ano, estudiante, hombre gracioso, bien entrañado, y que
si le Uamavan a un combite, no dezia de no, y por caer aquel año en Viernes el com-
bite, hubo de ser de pescado. A lo qual proveyó el Quintañón en abundancia y muy
bueno. Sentados a la mesa, dieron a cada uno su porción de vesugos, congrios y otros
pescados tales. Sólo a LoQano le dieron sardinas, y no sé qué pescadillos menudos, por
ventura por no haver sido de los llamados, sino que le havian traido. Gomo él vio
aquella menudencia en su plato, en lugar de comer como bazian los otros, tomava cada
pescadillo, y Uegavasele al oido, y bolviale después al plato. Reparando en aquello los
combidados, y preguntándole por qué hazia aquéllo? respondió: «Havrá seys años, que
> pasando un hermano mió a Flandes, y muriendo en el viaje, echaron su cuerpo en el
»mar, y nunca he podido saber dónde vino a parar, y si tuvo su cuerpo sepultura o no,
»y por eso se lo preguntava a estos pececillos, si por dicha lo sabian. Todos me respon-
»den en conformidad que no saben tal, porque en ese tiempo no havian ellos aun
» nacido: que se lo pregunte a esos otros pescados mayores que hay en la mesa, porque
» sin duda me darán relación» . Los combidados lo echaron en risa, entendiendo la
causa porque lo dezia; y Quintañón, echando a los mo90S la culpa que lo havrian hecho
por descuydo, mandó traerle un plato de lo mejor que havia.
Si en un combite fueres encogido,
Serás también sin duda mal servido» .
Otra anécdota mucho m^s conocida que la anterior es la de El truhán y el asno.
En el estudio del Sr. Buchanan pueden verse útiles indicaciones bibliográficas sobre
las transmigraciones de esta facecia^ que se repite en el Esopo de Waldis, en el
libro alemán Til Enlenspiegel^ en los Cuentos de Buenaventura Des Periers y en otras
muchas partes. Entre nosotros anda en la tradición oral, pero no conozco texto literario
anterior al de Mey, que es muy donoso por cierto.
«Delante del Duque de Bayona tomava el ayo un dia lición a los pages, entre los
quales havia uno de tan duro ingenio, que no podian entrarle las letras en la cabe9a.
De lo qual se quexava el ayo, diziendo que havia seys meses que le ensefiava y no
»eQ el mar y no sabemos adonde, y desde entonces á todos los peces que veo, pregunto si saban de
>él. Díoeme éste, que era chiquito, que no se acuerda».
{Floreaía Española.,. Sexta parte, Capítulo VIII, n. XII de cdiclios de mesa», pág. 254 de la
ed.de 1790.)
Pequefias variantes tiene el cuento de Garibay:
cSírvieron a la mesa del Sefior unos peces peqaefios y al Sefior grandes. Estaba a la meia un
fraile, y no hacia más que tomar de los peces chicos y ponellos al oido y echallos debajo de la me«a.
El Señor miró eft ello, y díjole: tPadre ¿huelen mal esos peces?» Respondió: cNo, señor, sino que
^pasando mi padre un rio, se ahogó, y preguntábales si se habian hallado a la muerte de mi padre.
}iEllo8 me respondieron que eran pequeños, que no, que esos de V. S.^ que eran mayores, podria ser
]»qae se hubiesen hallado». Entendido por el Señor, dióle de los peces grandes, diciéndole: «Tome, y
Ypregúntesle la muerte de su padre» (Sak$ Española»^ de Paai Mella, II, p. 52).
INTRODUCCIÓN oxí
sabia aun deletrear. Hallándose un truhán presente dixo: «Pues a un asno ensefiaré yo
>en sevs meses a leer». Oyéndolo el Duque, le dixo: «Pues yo te apostaré que no lo
lensefias ni en doze». Porfiando él que sí, dixo el Duque: «Pues sabes cómo te va?
> que me has de dar en un año un asno que sepa leer, so pena que si no lo hazes, has
>de recebir quatrocientos a9otes publicamente del verdugo, y si lo hazes y ganas, te
>haya yo de dar quatro mil ducados; por eso mira en lo que te has puesto por parlar» .
Pesóle al truhán de haber hablado; pero en fin vista la deliberación del Duque, procuró
despavilar el ingenio, y ver si tenia remedio de librarse del castigo. Mercó primeramente
un asnillo pequeño muy luzio y bien tratado, y púsole delante un librazo; mas por
bien que le bramava a las orejas A. b. c. no havia remedio más que si lo dixera a una
piedra, por donde viendo que esto era por demás, imaginó de hazer otra cosa. Puesto
sobre una mesa el dicho libro ^delante del asno, ochávale unos quantos granos de cevada
sobre una de las hojas y otros tantos sobre la otra hoja siguiente, y sobre la tercera
también. Después de haverse comido el asno los granos de la hoja primera, tenia el
truhán con la mano la hoja buen rato, y después dexavale que con el hozico se bol-
TÍ6S9; y a la otra hoja hazia lo mismo. Poco a poco habituó al asno a que sin echarle
cevada hiziese también aquello. Y quando le tuvo bien impuesto (que fue antes del
año) avisó al Duque cómo ya su asno sabia leer: que le señalase dia en que por sus
ojos viese la prueva. Aunque lo tuvo el Duque por imposible, y que saldria con algún
donayre, con todo eso le señaló dia, venido el qual, fue traido el asno a palacio, y en
medio de una quadra muy entoldada, haviendo acudido muchísima gente, pusieron
sobre ima mesa un grandísimo libro: el qual comeu9Ó el asno a cartear de la manera
que havia acostumbrado, estando un rato de la una hoja a la otra mirando el libro. Y
desta manera se entretuvo un grande rato. El Duque dixo entonces al truhán: «Cómo
>lee tu asno? td has perdido». «Antes he ganado (respondió el truhán) porque todo el
» mondo vee como lee. Y yo emprendí de enseñarle a leer solamente y no de hablar.
»Yo he cumplido ya con mi obligación, y lo protesto assi, requiriendo y llamando por
«testigos a todos los que están presentes, para que me liagan fe de aquesto. Si hallare
•vaestra Excelencia quien le enseñe a hablar, entonces podrá oirle claramente leer, y
»8i acaso huviere quien tal emprenda, seguramente puede ofrecerle vuestra Excelencia
»doze mil ducados, porque si sale con ello, los merecerá muy bien por su trabajo y
>habilidad». A todos les pareció que dezia bien el truhán, y el mismo Duque tenién-
dose por convencido, mandó darle los quatro mil ducados que le havian ofrecido.
Como tengas paciencia y perseveres,
Saldrás con cualquier cosa que emprendieres».
Algunos cuentecillos de Mey, como otros de Timoneda, son explicación ó comenta-
rio de algún dicho proverbial. Esta frase, por ejemplo. Parece á lo del ratón que 7io
iobe sino un agujero^ so comprueba con los dos ejemplos del pintor de retablos que no
sabía hacer más efigie que la de San Antonio, y con ella, ó con dos del mismo Santo,
peosaba satisfacer á quien le pedía la de San Cristóbal; y el del músico que no sabía
cantar más letrilla que la de «La mañana de San Juan- al punto que aIboi*eaba» (').
(«) Fáb. XVI.
De ser cantor no tenga presunoion
£1 que no sabe más de una canción.
cxii ORÍGENES DE LA NOVELA
El color local da frescura é interés á las más triyiales anécdotas del Fabulatio. Juey
huye siempre de lo abstracto y de lo impersonal. Así, el pintor de retablos no es un
pintor cualquiera, sino «Mase Rodrigo pintor que vivia en Toledo cabe la puerta de
Visagra» , y el cantor es «Juan Pie de Palo, privado de la vista corporal» . Una curiosa
alusión al héroe del libro de Cervantes realza la fábula XX, cuadríto muy agradable,
en que la vanidad del hidalgo y la torpeza de su criado producen el mismo efecto
cómico que las astucias de Caleb, el %iejo servidor del hidalgo arruinado, en la novela
de Walter-Scott The Bride of Lamm^rTnoor.
«Luis Campuzo, de tierra de la Mancha, y pajietite de D. (jiiijote, au7ique blaso'
nava de hidalgo de secutaría^ no acompafiavau el poder y hazienda a la magnánima
grandeva que en su conu^n i'eynava; mas si con las obras no podia, con las palabras
procurava de abultar las cosas, de manera que fuesen al mundo manifiestas y tuviesen
que hablar del. Era amigo de comer de bueno, aunque no de combidar a nadie; y para
que dello también se tuviesse noticia, hijos y mujer ayudavan a pregonarlo, diziendole
quando estava en conversación con otros hidalgos que las gallinas o perdices estaban
ya asadas, que entrase a cenar. Quando hijos y mcger se olvidavan, él tenia cuidado de
preguntarlo en presencia de ellos a un criado: que como de ordinario los mudava, no
podia tenerlos habituados a su condición y humor. Ha\iendo pues asentado Arguixo
con él, según acostumbraba con otros, le preguntó á vozes en presencia de sus amigos:
«Qué tenemos para cenar, hermano Arguixo?» £1 otro sin malicia ninguna respondió:
«Señor, una perdiz» , y bolviendo el otro dia con semejante demanda, quando le dixo:
«Qué hay esta noche de cenar?» el otro respondió: «Señor, un palomino» . Por donde
haviendole reñido el amo y dado una manezica sobre que no se sabia honrar ni hazer
tener, concluyó con enseñarle de qué manera havia de responderle de alli adelante,
diziendole: «Mirad, quando de aqui adelante os interrogare yo sobre el cenar, haveys
» de responder por el numero plural, aunque no haya sino una cosa; como si hay una
» perdiz, direys: perdízes^ perdizes; si un pollo: pollos, pollos; si un palomino: palomi-
» nos, palominos, y assi de todo lo demás» . Ni al criado se le olvidó la lición, ni dexó
él passar la ocasión de executarla, porque venida la tarde, antes que la junta de los
hidalgos se deshiziese, queriéndose honrrar como solia. en pi-esencia dellos, a bozes
preguntó: «Qué hay que cenar esta noche, Arguixo?» «Yacas, señor, vacas» , respondió
él: de que rieron los hidalgos; pero el amo indignado, bohiendose al moi^o, dixo: «Este
» vellaco es tan grosero, que no entiende aun que no hay regla sin excepción» . «¿Qué
> culpa tengo yo, replicó él, si vos no me enseñastes más Gramática?» Y haviendole
despedido el amo sobre el caso, fue causa que se vino a divulgai* el chiste de sus
grandezas.
Quien más se entera de lo que conviene,
Sin pensarlo a quedar burlado viene» .
Con la misma candorosa malicia están sazonados otros cuentos, en que ya no
puedo detenerme, como el de El mentiroso burlado (*), el de Los labradores codicio^
(') Fáb. XIII. Ks cuento de mentiras de cazadores.
No disiiiiiiles coa quien mucho miente,
Porque delante de otroi no te afrente.
INTRODUCCIÓN oxiii
908 (^), el de El cura de Torrejon (^) 7 sobre todo el de La porfía de los recien casa^
dos (*), que con gusto reimprimiría á no habérseme adelantado Mr. Buchanan. Es el
Túñyx spedmen que puede darse del gracejo picaresco 7 de la viveza expresiva 7 fami-
liar de su prosa, dotes que hubieran hecho de Mey un excelente novelista satírico de
la escuela del autor de El Lazarillo, si no hubiese encerrado constantemente su acti-
vidad en un cauce tan estrecho como el de la fábula 7 el proverbio moral. Su inten-
ción pedagógica no podía ser más honrada 7 cristiana, 7 bien lo prueba el piadoso
ejemplo (*) con que su libró termina; pero es lástima que no hubiese tenido más am-
bición en cuanto á la extensión 7 forma de sus narraciones 7 al desarrollo de la
paioología de sus personajes.
Dos veces ensa7Ó, sin embargo, la novela italiana; pero en el género de amores 7
aventuras, que era el menos adecuado á las condiciones de su ingenio observador 7
festivo. La primera de estas dos narraciones relativamente largas, El Emperculor y su
hyo ('), tiene alguna remota analogía con la anécdota clásica de Antíoco 7 Selenco, 7
en ciertos detalles recuerda también la novela de Bandello que dio argumento para el
asombroso drama de Lope El castigo sin venganza, pero va por distinto rumbo 7 es
mucho más complicada. El anciano Emperador de Trapisonda concierta casarse Qon
Florísena, hija del re7 de Natolia, enamorado de su beldad por un retrato que había
visto de ella. El re7 de Natolia, á trueco de tener 7erno tan poderoso, no repara en la
desproporción de edad, puesto que él pasaba de los sesenta 7 ella no llegaba á los
veinte. El Emperador envía á desposarse en nombre SU70 7 á traer la novia á su hijo
Arminto, gentil mozo en la flor de su edad, del cual se enamora locamente la princesa,
llegando á declararle su pasión por señas inequívocas 7 finalmente requiriéndole de
amores. El, aunque prendado de su hermosura, rechaza con horror la idea de hacer
tal ofensa á su padre, 7 hu7e desde entonces cuanto puede del trato 7 conversación
con la princesa. Frenética ella escribe al Emperador, quejándose del desvío 7 rustique-
za de su hijo, 7 el Emperador le ordena ser obediente 7 respetuoso con su madras-
tra; pero los deseos de la mala mujer siguen estrellándose en la virtuosa resistencia del
joven. Emprenden finalmente su viaje á la corte, 7 en el camino la princesa logra,
mediante una estratagema, atraer al joven una noche á su aposento, 7 rechazada otra
(') Fáb. XXXII.
(•) Fáb. XLVI.
(») Fáb. LI.
Habíale de ganancia al codicío80|
Si estás de hazerle burla deseoso.
Si hizieres al ingrato algún servicio,
Publicará que le hazes maleficio.
Harás que tu muger de ti se ría,
Si la dezas salir con su porfía.
(^ Fáb. LVII. El Maestro de escuela
Encomiéndate a Ohristo y a María,
A tu Ángel 7 a ta Santo cada dia.
O Fáb. XXXIV.
No cases con mocliacha si eres viejo;
Pebarte ha bi no tomas mi consejo.
ORÍOINIS DE LA NOVELA.— 11.— A
0X17 ORÍGENES DE LA NOVELA
vez por él, sale diciendo á voces que la había deshonrado. Conducidos á la presencia del
Emperador, el príncipe nada quiere decir en defensa propia, 7 cuando estaba á punto
de ser condenado á muerte, la Emperatriz reclama el privilegio de dar la sentencia,
haciendo jurar solemnemente al Emperador que pasará por lo que ella ordene. «Feli-
sena entonces dixo: «La verdad es que mi padre no me dio deste casamiento más razón
» de que me casa va con el Emperador de Trapisonda, sin dezirme de qué edad era, ni
» otras circunstancias; y en viendo yo al Principe crei que él era mi marido, y le cobró
» voluntad y amor de muger y no de madre: ni mi edad ni la suya lo requieren, y desde
» aquella hora nunca he parado hasta que al cabo le forzé a cumplir mi voluntad, de
> manera que yo le hice a él f ner9a y no él a mí: yo me desposé con él, y siempi-e con
» intención de que era verdadero esposo y no prestado. Siendo pues ya muger del hijo,
>no puedo en manera ninguna serlo del padre, pero quando no huviera nada desto,
» supuesto que ha de ser el casamiento voluntario y libre, y. no for90SO, digo que a mi
» señor el Emperador le serviré yo de rodillas como hija y nuera, pero no como muger.
, » Si es otra su voluntad, yo me bolveré a casa del Rey mi padre, y biuda esperaré á la
» que Dios querrá disponer de mí» . Los sabios del Consejo y todos los que estaban pre-
sentes interceden con el Emperador para que cumpla su juramento y renuncie á la
mano de la princesa en favor de su hijo. Hay en este cuento, como queda dicho y de
su simple exposición se infiere, algunos detalles comunes con el de Parisina, tal como
le trataron Bandello y Lope; pero el desenlace no es trágico, sino alegre y placentero,
aunque no lo fuese para el burlado Emperador de Trapisonda. Esto sin contar con la
inocencia del príncipe y otros rasgos que hacen enteramente diversas ambas historias.
También la de Mey es de corte italiano, aunque no puedo determinar ahora de cuál
de los novellUri está tomada ni Mr. Buchanan lo ha averiguado tampoco.
En cambio, se debe á este erudito investigador el haber determinado con toda preci-
sión la fuente de otra historia de Mey, El caballero leal a su señor (fáb. XLÍX), que
es un arreglo ó adaptación de la quincuagésima y última de Masuccio Salernitano (*),
con ligeras variantes, entre ellas el nombre de Pero López de Ayala cambiado en
Rodrigo y el de su hijo Aries ó Arias en Fadrique. El cuento parece de origen
español, como otros de Masuccio, el cual lo da por caso auténtico, aprendido de un
noble ultramontano (*); los afectos de honra v lealtad que en él dominan son idénticos
á los que campean en nuestras comedias heroicas, aunque fuera del título ninguna
semejanza se encuentra entre la comedia de Lope El Leal Oriado y este cuento de Mey,
(¡ue pongo aquí por última muestra de su estilo en un género enteramente diverso de
los anteriores:
«Muchos años ha que en la ciudad de Toledo huvo un cavallero llamado Rodrigo
López, tenido por hombre de mucha honrra y de buena hazienda. Tenia éste dos hijas,
y un hijo sólo llamado Fadrique, mo90 virtuoso y muy gentil hombre; pero preciavase
de valiente, y pegavasele de aqui algún resabio de altivez. Platicando éste y haziendo
(') // Novellino di Masuccio SalemiUinOy ed. de Settembrini, Ñapóles, 1874. Páj^s. 519 y 88.
(') Cercando últimamente tra virtuoai gesti^ de prossimo me é giá stato da uno nobile oliramontano
per autentico recontato^ che é ben tempo passato che in Toleto cita noteoole de Caétiglia fu un cavaliero
d' antiqtuí e generosa /amiglia chiainato miaser Piero Lopes d" Aialaf il quale avendo un suo único
Jigliolo molto leggiadro e bello e de gran core^ Aries nominato,..
£n el exordio dice también que su novela ha sido €de virtuosi oltramontatií geati fabMcatu'^.
INTRODUCCIÓN oxv.
camarada con otros cavalleros de su edad; acaeció que una uoche se halló en una quis-
tion con otros a causa de uno de sus compañeros: en la qual como los contrarios fuesen
major número, j esto fuese para él causa de indignación, j con ella le creciese el
denuedo, túvose de manera que mató a uno dellos. Y porque el muerto era de muy
principal linage, temiendo de la justicia, determinó de ausentarse y buscar por el
mundo su ventura. Lo qual comunicó con su padre^ y le pidió licencia, j su bendición.
El padre se la dio con lagrimas, y le aconsejó cómo se havia de regir, j juntamente le
proveyó de dineros y de criados, y le dio dos cavallos. En aquel tiempo tenia el rey de
Francia guerra contra Inglaterra, por I9 cual determinado de servirle, fue al campo del
Bey, y como su ventura quiso, asentó por hombre de armas con el Conde de Armifiac,
que era general del exército y pariente del Bey. Viniendo después las ocasiones, se
comen<^ a señalar, y a dar muestras de su valor, haziendo maravillosas proezas assi
en las batallas de campaña como en las baterías de castillos y ciudades, de manera
que assi entre los Franceses como entre los enemigos no se hablava sino de sus haza-
fias y valentía. Esto fue causa de ganarse la voluntad y gracia del General, y de que
le hiziese grandísimos &vores; y como siempre le alabava, y encarecía sus hechos en
presencia del Bey, pagado el Bey de su valor le quiso para su servicio; y le hizo su
Gentilhombre, y cavallero mejor del Campo, señalándole pla9a de grandísima ventaja,
y era el primero del Consejo de Guerra; y en fin hazia tanto caso dél^ que le parecía
que sin su Fadrique no se podía dar efeto a cosa de importancia. Pero venido el ivierno
retiró el Bey su Campo, y con la flor de sus cavalleros, llevando entre ellos a Fadrique,
se bolvió a París. Llegado alli, por dar plazer al pueblo y por las Vitorias alcan9adas
quiso hazer una fiesta: a la qual mandó que combidasen a los varones más señalados,
y a las más principales damas del reyno. Entre las damas que acudieron a esta fiesta,
qae foeron en gran número, vino una hija del Conde de Armíñac, a maravilla hermosa.
Dado pues principio a la fiesta con general contento de todos, y señalándose mucho en
ella Fadrique en los torneos, y en los otros exercícios de Cavalleria, la hija del Conde
poso los ojos en él, y por lo que había oido de sus proezas, como por lo que con sus
ojos vio, vino a quedar del muy enamorada; y con mirarle muy a menudo, y con otros
ademanes le manifestó su amor, de manera que Fadrique se dio acato dello; pero siendo
de sn inclinación virtuoso, y acordándose de los beneficios que havia recevido del
Conde su padre, hizo como quien no lo entendía, y passavalo en disimulación. Pero la
doDzella que le amava de cora9on, estava por esto medio desesperada, y hazia estremos
de loca. Y con esta turbación le pasó por el pensamiento escrivirle una carta; y ponién-
dolo en efeto, le pintó en ella su afición y pena con tanto encarecimiento y con tan
litstimeras razones, que bastara a ablandar el cora9on de una fiera; y llamando un
criado de quien fiava, y encargándole el secreto, le mandó que llevase a Fadrique
sqnella carta. El criado receloso de que no fuese alguna cosa que peijudícase a la
bonrra della, y temiendo del daño que a él se le podía seguir, en lugar de llevar a
fftdriqae la carta, se la llevó al Conde su señor. El qual leída la carta, y visto el
iütento de su higa, pensó de poder dar con la cabe9a por las paredes; imagínava si la
notaría, o si la cerraria en una prisión para toda su vida; pero reportado un poco, hizo
deliberación de provar a Fadrique, y ver cómo lo tomava. Y con este presupuesto bol-
^ió a cerrar la carta, y mandó al criado que muy cautelosamente se la diese a Fadri-
que de parte de su hija, y cobrase respuesta del. El criado se la llevó, y Fadrique
cxvi ORÍGENES DE LA NOVELA
entendido cuya era, la recibió algo mustiamente; j su respuesta era en suma, que le
suplicava se quitase aquella locura de la cabe9a; que la desigualdad era entre los dos
tanta, que no podian juntarse por via legitima, siendo él un pobre cavallero y ella hija
de señor tan principal^ y que a qualquier desgracia y trabajo, aunque fuese perder la
vida, se sugetaria él primero que ni en obi-a ni en pensamiento imaginase de ofender
al Conde su señor^ de quien tantas mercedes ha via recebido; que si no podia vencer del
todo su deseo, le moderase alómenos, y no diese de sí qué dezir, que la fortuna con el
tiempo lo podia remediai*, entibiándosele a ella o mudándosele como convenía la volun-
tad; o dándole a él tanta ventura, que por sus servicios haziendole nuevas mercedes el
Rey le subiese a mayor grado: que entonces podria ser que viniese bien su padre, y en
tal caso seria para él merced grandísima; pero que sin su consentimiento ni por el pre-
sente ni jamas tuviese esperan9a de lo que pretendía del. Esto contenia su respuesta. Y
después de haver cerrado muy bien la carta, se la dio al criado para que la llevase a
su señora. El se la llevó al Conde, como él propio se lo havia ordenado. £1 Conde la
leyó; y fue parte aquella carta no solo para que se le mitigasse el enojo contra la hija,
pero para que con nueva deliberación se fuese luego al Rey, y le contase todo quanto
havia pasado, hasta mostrarle las cartas, y le manifestase lo que havia determinado de
hazer. Oído el Rey todo esto, no se maravilló de la donzella, antes la desculpó, sabiendo
quanta fuerza tiene naturaleza en semejantes casos: pero quedó atónito de la modestia
y constancia del cavallero, y de aquí se le dobló la voluntad y afición que le tenia. Y
discurriendo con el Conde sobre la orden que se havia de tener, le mandó que pusiese
por obra, y diese cumplimiento a lo que havia deliberado: que en lo que a su parte
tocava, él le ofrecía de hazerlo como pertenecia a su Real persona, y assi lo cumplió.
Con esto mandaron llamar a Fadrique, y el Conde muy alegre en presencia del Rey le
dio a su hija por mujer. Y el día siguiente havíendo el Rey llamado a su palacio a los
Orandes que havia en Corte, los hizo desposar. Quién podria contar el contento que la
dama recibió, viendo que le davan por marido aquel por quien havia estado tan apasio-
nada, y sin esperan9a de alcan9arle? Fadrique quedó también muy contento. Las fies-
tas que se hizieron a sus bodas fuei*on muy grandes, y ellos bivieron con mucha paz
y quietud acompañados sus largos años.
Si a tu señor guardares lealtad,
Confía que temas prosperidad» .
La extraordinaria rareza del libro y la variedad é importancia de su contenido nos
han hecho dilatar tanto en las noticias y extractos del labulario^ del cual dio una idea
harto inexacta Puibusque, uno de los pocos escritores que le mencionan; puesto
que ni las fábulas están «literalmente traducidas de Fedro» (cuyos apólogos, no impre-
sos hasta 1596 y de uso poco frecuente en las escuelas de España antes del siglo xvni,
no es seguro que Sebastián Mey conociese), sino que están libremente imitadas de Eso-
po y Aviano; ni mucho menos constan «de versos fáciles y puros» , pues no hay más
versos en toda la obra que los dísticos con que termina cada uno de los capítulos. De
los cuentos, sí, juzgó rectamente Puibusque: «son ingeniosos y entretenidos (dice),
exhalan un fuerte olor del terruño y no carecen de intención filosóficas (*).
O Lt ComU Lucanor.., París, 1854, pág. 149.
INTRODUCCIÓN cxvii
Notable contraste ofrece con la tendencia moral y didáctica del Fábulaiix) otro libro
muy popular á principios del siglo xvii, y tejido de cuentos en su mayor parte. Su
autor, Gaspar Lucas Hidalgo, vecino de la villa de Madrid, de quien no tenemos más
noticia que su nombre, le tituló Diálogos de apacible entretenimiento^ y no llevaba
otro propósito que hacer una obra de puro pasatiempo, tan amena y regocijada y de
tan descompuesta y franca alegría como un sarao de Carnestolendas, que por contraste
picante colocó en la más grave y austera de las ciudades castellanas, en fiurgos. Dos
honrados matrimonios v un truhán de oficio llamado Castañeda son los únicos inter-
locutores de estos tres diálogos, que se desarrollan en las tres noches de Antruejo, y
que serían sabrosísimos por la gracia y ligereza de su estilo si la sal fuese menos espesa
y el chiste un poco más culto. Pero las opiniones sobre el decoro del lenguaje y la cali-
dad de las sales cómicas cambian tanto según los tiempos, que el censor Tomás Gra-
dan Dantisco, al aprobar este libro en 1603, no temió decir que «emendado como va
el original, no tiene cosa que ofenda; antes por su buen estilo, curiosidades y donayres
permitidos para pasatiempo y recreación, se podrá dar al autor el privilegio y licencia
que suplica> . No sabemos lo que se enmendaría, pero en el texto impreso quedaron
verdaderas enormidades, que indican la manga ancha del censor. No porque haya nin-
gún cuento positivamente torpe y obsceno, como sucede á menudo en las colecciones
italianas, sino por lo desvergonzadísimo de la expresión en muchos de ellos, y sobre
todo por las inmundicias escatológicas en que el autor se complace con especial frui-
ción. Su libro es de los más sucios y groseros que existen en castellano; pero lo es con
gracia, con verdadera gracia, que recuerda el Buscón^ de Quevedo^ siquiera sea en los
peores capítulos, más bien que la sistemática y desaliñada procacidad del Quijote de
Avellaneda. A un paladar delicado no puede menos de repugnar semejante literatura,
que en grandes ingenios, como el de nuestro D. Francisco ó el de Babelais, sólo se
tolera episódicamente, y al cual no dejó de pagar tributo Moliere en sus farsas satíri-
cas contra los médicos. Si por el tono de los coloquios de Gaspar Lucas Hidalgo hubié-
ramos de juzgar de lo que era la conversación de la clase media de su tiempo^ á la
cual pertenecen los personajes que pone en escena, formaríamos singular idea de la
cultora de aquellas damas^ calificadas de honestísimas, que en su casa autorizaban tales
saraos y recitaban en ellos tales cuentos y chascarrillos. T sin embargo, la conclusión
sería precipitada, porque aquella sociedad de tan libres formas era en el fondo más mo-
rigerada que la nuestra, y reservando la gravedad para las cosas graves, no temía lle-
gar hasta los últimos límites de la expansión en materia de burlas y donaires.
Por de pronto, los Diálogos de apacible entretenimiento no escandalizaron á nadie.
Desde 1605 á 1618 se hicieron á lo menos ocho ediciones (^), y si más tarde los llevó
(*) Dialogoi de apacible entretenimiento^ que contiene vnae Carnestolendae de Castilla, Diuidido en
^ tre$ noches del Domingo, LuneSy y Martes de Antruexo. Compvesto por Gaspar Lucas Hidalgo,
Pi^ocvra el avtor en este libro entretener al Letor con varias curiosidades de gusto, materia permitida
Alfa recrear penosos cuydados a todo genero de gentes^ Barcelona, en casa de Sebastian Gormcllas.
Afio 1605.
8.*, B he. prls. y 108 folios.
Según el Catálogo de Falvá(n. 1.847), hay ejemplares del mibino año y del mismo impresor, con
diverso número de hojas, pero con igual contenido.
Una y otra deben de ser copias de una de Valladolíd (¿1603?), según pnede conjeturarse por la
oxviii ORÍGENES DE LA NOVELA
la Liquisición á su Índice, fue de seguro por la irreverencia, verdaderamente intolera-
ble aun suponiéndola exenta de malicia, con que en ellos se trata de cosas y personas
eclesiásticas, por los cuentos de predicadores, por la parodia del rezo de las viejas, por
las aplicaciones bajas j profanas de algunos textos de la Sagrada Escritura, por las in-
decentes burlas del sacristán y el cura de Ribilla r otros pasajes análogos. Aunque
Qaspar Lucas Hidalgo escribía en los primeros afios del siglo xvii, se ve que su gusto
se había formado con los escritores más libres j deseu&dados del tiempo del Empera-
dor, tales como el médico Villalobos y el humanista autor del «Crótalon» .
En cambio no creo que hubiese frecuentado mucho la lectura de las novelas italia-
í ñas, como da á entender Ticknor. El cuadro de sus Diálogos, es decir, la reunión de
algunas personas en día de fiesta para divertirse juntas j contar historias, es cierta-
mente italiano, pero las costumbres que describe son de todo punto castizas y el libro
no contiene verdaderas novelas, sino cuentecillos muy breves, ocurrencias chistosas y
varios papeles de donaire y curiosidad, intercalados más 6 menos oportunamente.
Son, pues, los Diálogos de apacible entretenimiento una especie de miscelánea 6
floresta cómica; pero como predominan extraordinariamente los cuentos, aquí y no en
otra parte debe hacerse mención de ella. Escribiendo con el único fin de hacer reir, ni
siquiera aspiró Gaspar Lucas Hidalgo al lauro de la originalidad. Algunos de los capí-
tulos más extensos de su obrita estaban escritos ya, aunque no exactamente en la mis-
ma forma. cLa invención y letras» con que los roperos de Salamanca recibieron á los
Reyes D. Felipe IH y Doña Margarita cuando visitaron aquella ciudad en junio de 1600
' pertenece al género de las relaciones que solían imprimirse sueltas. El papel de los
gallos^ 6 sea vejamen universitario en el grado de un Padre Maestro Cornejo, de la
j Orden Carmelitana, celebrado en aquellas insignes escuelas con asistencia de dichos
Reyes, es seguramente auténtico y puede darse como tipo de estos desenfados claus-
trales que solían ser pesadísimas bromas para el graduando, obligado á soportar á
pie firme los vituperios y burlas de sus compañeros, como aguantaba el triunfador
aprobación He Graoián Dantisco y el privilegio, que están fechados en aqnella ciudad y en
aquel aQo.
— Diálogoi,., Con licencia. En Logroño, en casa de Matías Mares, afio de 1600.
8.^ 3 hs. prls. y 108 folios. (N.* 2 520 de Gallardo.)
— Barcelona, 1606. Citada por Nicolás Antonio.
— Barcelona, en casa de Hieroníino Margarít, en la calle de Pedrixol, en frente Nuestra SeQora
del Pino. Afio 1609.
8.*, 5 hs. prls., 120 pp. dobles y ana al fin, en que se repiten las señas de la impresión.
— Brusselas, por Roger Velpius, iinpressor jurado, afio 1610.
8.*, 2 hs. prls., 135 folios y una lioja más sin foliar.
—Afio 1618. En Madrid, por la viuda de Alonsso Martin. A costa de Domingo Qon9alez, merca-
der de libros.
8.*, 4 hs. prls. sin foliar y 112 pp. dobles.
—Con menos seguridad encuentro citadas las ediciones de Amberes, 1616, y Bruselas, 1618 1
que nunca he visto.
D. Adolfo de Castro reimprimró estos Diálogos en el tomo de Curio$idúde$ Bihliográflca$ de la
Biblioteca de Rivadeneyra, y también se han reproducido (suprimiendo el capitulo de las bubas) en
un tomo de la Biblioteca Clásica Española de la Casa Cortezo, Barcelona, 1884, que lleva el titulo
de Extravagantes, Opúsculos amenos y curiosos de ilustres autores.
INTRODUCCIÓN oxix
romano los cánticos insolentes de los soldados que rodeaban su carro (*). De otro veja-
men ó acius gallicus que todavía se conserva (') está arrancado este chistoso cuento
•(Diálogo 1.", cap. I): cYo me acuerdo que estando en un grado de maestro en Teolo-
gía de la Universidad de Salamanca, uno de aquellos maestros, como es costumbre, iba
.gaU^iido á cierto personaje, algo tosco en su talle y aun en sus razones, y hablando
•con los circunstantes dgo desta suerte: «Sepan vuesas mercedes que el señor Fulano
tenía, siendo mo2o, una imagen de cuando Cristo entraba en Jerusalem sobre el ju-
mento, 7 cada día, de rodillas delante desta imagen, decía esta oración:
¡Oh, asno que á Dios lleváis,
Ojalá yo fuera vos!
Suplicóos, Señor, me hagáis
Como ese asno en que vais.
Y dicen que le oyó Dios».
La «Historia fantástica» (Diálogo S.'', cap. lY) es imitación de la Carta del Mons"
truc Satírico^ publicada por Mussaiia conforme á un manuscrito de la Biblioteca Impe-
rial de Yiena ('), y se reduce á una insulsa combinación de palabras de doble sentido.
El monstruo tenía alma de cántaro, cabeza de proceso, un ojo de puente y otro de
aguja; la una mano de papel y la otra de almirez, etc. Este juguete de mal gusto tuvo va-
rias imitaciones, entre ellas la novela de El caballero invisible^ compuesta en equívocos
burlescos, que suele andar con las cinco novelas de la^ vocales y es digna de alternar
con ellas.
El capítulo tan libre como donoso que trata «de las excelencias de las bubas» (dis-
curso 3."^), es en el fondo la misma cosa que cierta «Paradoja en loor de las bubas, y
>que es razón que todos las procuren y estimen», escrita en 1569 por autor anónimoi
que algunos creen ser Cristóbal Mosquera de Figueroa (% Es cierto que Gaspar Lucas
Hidalgo la mejoró mucho, suprimiendo digresiones que sólo interesan á la historia de
(') Tiene este vejamen ana curiosa alusión al Brócense: cel maestro Sánobez, el retórico, el
griego, el hebreo, el músico, el médico y el filósofo, el jurista y el humanista tiene una cabeza, que
en todas estas ciencias es como Ginebra, en la diversidad de profesiones^. cEste maestro (aüade, á
modo de glosa, Qaspar Lucas Hidalgo), aunque sabía mucho, tenía peregrinas opiniones en todas
estas facultades».
La alusión á Ginebra no haría mucha gracia al Brócense, que ya en 1584 había tenido contesta-
ciones con el Santo Oficio y que volvió á tenerlas en aquel mismo año de 1600, postrero de su vida,
(*) .Aeius gallicw ad magistrum Franeiscum Sanctiunif «en el grado de Aguayo», per frafrtm
Ildephontum de Mendoza ÁugusUnum,
Está en el famoso códice AA-141-4 de la Biblioteca Colombina, que dio ocasión á D. Anreh'ano
Fernández Guerra para escribir tanto y tan ingeniosamente en el apéndice al primer tomo de la bi-
bliografía de Gallardo.
Si Maeetro Francisco Sánchez, de quien se trata, es persona distinta del Brócense, que asistió á
su grado juntamente con Fr. Luis de León y otros maestros famosos.
0) Über eine $pani9ch$ Handechrift der Wiener HofUhUoikeh (1867), pág. 89. Mussafía formó
un peqnefio glosario para inteligencia de esta composición.
También la reproduce el Sr. Paz y Melia en sus tialee Eepañolae (I, p. 249): «Carta increpando
•de. corto en lenguaje castellano, ó la carta del monstruo satírico de la lengua espaflolay.
(^) Hállase en el códice antes citado de la Biblioteca Colombina.
oxx orígenes de la ííOVELA
la medicina, y dando más viveza y animación al conjunto, pero el plan y los argumen^
tos de ambas obríllas son casi los mismos.
A esta literatura méduxhhumorisiica y al gran maestro de ella, Francisco de Villa*
lobos, debía de ser muy aficionado el maleante autor de los Diálogos de apacible éntrete^
nimiento^ puesto que le imita á menudo; y el cuento desvergonzadísimo de las ayudas
administradas al comendador Rute, de Ecija, por la duefia Benavides (Diálogo 2.'', ca-
pítulo ni), viene á ser una repetición, por todo extremo inferior, de la grotesca escena
que pasó entre el doctor Villalobos y el Conde de Benavente, y que aquel físico entre-
verado de juglar perpetuó, para solaz del Duque de Alba, en el libro de sus Problemas.
Aquel diálogo bufonesco, que puede considerarse como una especie de entremés ó farsa,
agradó tanto á los contemporáneos, á pesar de lo poco limpio del asunto, en que en-
tonces se reparaba menos, que los varones más graves se hideron lenguas en su alar
banza. El arzobispo de Santiago, D. Alonso de Fonseca, escribía al auton «Pocos dias
»lia que el señor don Gómez me mostró un diálogo vuestro, en que muy claramente
» vi que nuestra lengua castellana excede á todas las otras en la gracia y dulzura de la
> buena conversación de los hombres, porque en pocas palabras comprehendistes tantas
» diferencias de donaires, tan sabrosos motes, tantas delicias, tantas flores, tan agrada-
»bles demandas y respuestas^ tan sabias locuras, tantas locas veras, que son para dar
» alegría al más triste hombre del mundo». La popularidad del diálogo de Villalobos
continuaba en el siglo xvii, y si hemos de creer lo que se dice en un antiguo inventa-
rio, el mismo Velázquez empleó sus pinceles en representar tan sucia historia (*).
Entre los innumerables cuentecillos, no todos de ayudas y purgas afortunadamente,
que Gaspar Lucas Hidalgo recogió en su librejo, hay algunos que se encuentran tam-
bién en otros autores, como el que sirve de tema al conocido soneto:
Dentro de un santo templo un hombre honrado...
que Sedaño atribuyó á D. Diego de Mendoza, y que en alguna copia antigua he visto
á nombre de Fr. Melchor de la Sema, monje benedictino de San Vicente de Salamanca,
autor de las obras de burlas más desvergonzadas que se conocen eu nuestro Parnaso*
uno se encuentra también en El Bvlsc&h, de Quevedo (capítulo segundo), no impreso
hasta 1626, pero que, á juzgar por sus alusiones^ debía de estar escrito muchos años
antes, en 1607 lo más tarde. No creo, sin embargo, que Hidalgo le tomase de Quevedo
ni Quevedo de Hidalgo. El cuento de éste es como sigue: «Otro efeto de palabras mal
» entendidas me acuerdo que sucedió á unos muchachos de este barrio que dieron en
» perseguir á un hombre llamado Ponce Manrique, llamándole Poncio Pilato por las
» calles; el cual, como se fuera á quejar al maestro en cuya escuela andaban los mucha-
» chos, el maestro los azotó muy bien, mandándoles que no dijesen más desde ahí ade-
(') El Sr. Paz y Melia (Sales Españolas^ I, pág. VIII) cita un inventario manuscrito de loa
cuadros propios de D. Luis Méndez de Haro y Guzmán que pasaron á la Casa de Alba, en el cual se
lee lo siguiente:
«Un cuadro de un Duque de Alba enfermo, echando mano á la espada, y un médico con la
jeringa en la roano y en la otra el bonete encarnado de doctor. Es de mano de Diego Velázquez. De
dos varas y cuarta de alto y vara y cuarta de ancho».
Todavía se menciona este cuadro en otro inventario de 1755, pero luego se pierde toda noti-
cia de él.
INTRODUCCIÓN oxxi
fiante Poncio Pilato, sino Ponce Manrique. A tiempo que ya los querían soltar de la
» escuela, comenzaron á decir en voz alta la dotrina christiana, y cuando llegaban á
> decir Y padeció so el poder de Poncio Pilato, dijeron: «Y padeció so el poder de
» Ponce Manrique» (Diálogo 3.*", cap. IV).
F&cil sería, si la materia lo mereciese, registrar las florestas españolas y las colec-
ciones de facecias italianas, para iuTestigar los paradigmas que seguramente tendrán
algunos de los cuentecillos de Hidalgo. Pero me parece que casi todos proceden, no
de los libros^ sino de la tradición oral; recogida por él principalmente en Burgos,
donde acaso habría nacido, y donde es verosímil que escribiese su libro, puesto ({ue :
todas las alusiones son á la capital de Castilla la Vieja y ninguna á Madrid, de la cual i
se dice Tocino. Suelen todos los autores de cuentos citar con especial predilección á un
personige real ó ficticio, pero de seguro tradicional, á quien atribuyen los dichos más
picantes y felices. El famoso decidor á quien continuamente alega Gaspar Lucas Hi-
dalgo es «Colmenares, un tabernero muy rico que hubo en esta ciudad, de lindo humor
y dichos agudos» .
De una y otra cosa era rico el autor de los diálogos, y aun tenía ciertas puntas de
poeta. El romance en que el truhán Castañeda describe la algazara y bullicio dé las
Carnestolendas recuerda aquella viveza como de azogue que tiene el baile de la cha-
cona cantado por Cervantes en un romance análogo.
Los que con tanta ligereza suelen notar de pesados nuestros antiguos libros de en-
tretenimiento, no pondrán semejante tacha á estos Diálogos^ que si de algo pecan es
de ligeros en demasía. El autor, creyendo sin duda que el frío de tres noches de febrero
en Burgos no podía combatirse sino con estimulantes enérgicos, abusó del vino añejo
de la taberna de Colmenares, y espolvoreó sus platos de Antruejo con acre mostaza.
Pero el recio paladar de los lectores de entonces no hizo melindre alguno á tal ban-
quete, y la idea del libro gustó tanto, que á imitación suya se escribieron otros con
más decoro y mejor traza, pero con menos llaneza y con gracia más rebuscada, como
THempo de Regocijo y Carnestolendas de Madiid^ de D. Alonso del Castillo Solór-
zano (1627); Carnestolendas de Zaragoza en sus tres díus^ por el Maestro Antolínez
de Piedrabuena (1661), y Carnestolendas de Cádix^ por D. Alonso Chirino Bermú-
dez (1639).
Así como en Gaspar Lucas Hidalgo comienza el género de los Saraos de Carnes^
iolendas^ así en el libro del navarro Antonio de Eslava, natural de Sangüesa, aparece
por primera vez el cuadro novelesco de las Noches de Invierno^ que iba á ser no menos
abundante en la literatura del siglo xvii (*). Por lo demás, á esto se reduce la seme-
(') Parte primera del libro intitulado Nochee de Inuiemo. Compuesto por Antonio de Eslaua^
natural de la villa di Sangüeisa, Dedicado a don Miguel de Nauarra y Mauleon, Marque» de Corte» ,
y »eñor de Rada y Treyhuenos, En Pamplona, Impresso: por Carlos de Labayen, 1609.
8.®, 12 hs. prls., 239 pp. dobles y una en blanco.
Aprobaciones de Fr. Gil Cordón y el Licdó. Juan de Mendi (Pamplona, 27 de noviembre
de 1608 y 26 de junio de 1609). — Dedicatoria al Marqnés de Cortes: ... <He procurado siempre de
hablar con los muertos, leyendo diversos libros llenos de historias Antiguas, pues ellos son testigos
de los tiempos, y imágenes de la vida; y de los mas dellos y de la oficina de mi corto entendimiento,
he tacado con mi poco caudal, estos toscos y mal limados Diálogos: y viendo también qiian estra-
gado está el gusto de nuestra naturaleza, los he guisado con un saynete de deleytacion, para que
l!
oxxn ORÍGENES DE LA NOVELA
janza entre ambos autores, no menos lejanos entre sí por el estilo que por la materia
de sus relatos. Hidalgo es un modelo en la narración festiva, aunque sea trivial, baladi
y no pocas veces inmundo lo que cuenta. Eslava, cuyos argumentos suelen ser inte-
resantes, es uno de los autores más toscos y desaliñados que pueden encontrarse en
una época en que casi todo el mundo escribía bien, unos por estudio, otros por instinto.
Tienen, sin embargo, las Noches de invierno gran curiosidad bibliográfica, ya por el
remoto origen de algunas de sus fábulas, ya por la extraordinaria fortuna que alguna
de ellas, original al parecer, ha tenido en el orbe literario, prestando elementos á ima
de las creaciones de Shakespeare.
Todo en el libro de Eslava anuncia su filiación italiana; nadie diría que fue com-
puesto en Navarra. La escena se abre en el muelle de Yenecia: hablase ante todo de la
pérdida de un navio procedente de la isla de Gandía y del incendio de un galeón de
Pompeyo Colonna en Messina. Los cuatro ancianos que entretienen las noches de
invierno asando castañas, bebiendo vino de malvasía y contando aventuras portento-
sas, se llaman Silvio, Albanio, Torcato y Fabricio. Ninguna de las historias es de asunto
español, y las dos que trae pertenecientes al ciclo carolingio tampoco están tomadas de
despierte el apet¡tO| con título de Noches de Invierno: llevando por blanco de aliviar la pesadumbre
dellas; alagando los oydos al Lector, con algunas preguntas de la Philosophia natural y moral, inser-
tas en apacibles historias:».
Prólogo al discreto lector: «Advierte... una cosa que estás obligado a disimular conmigo, mas
que con ningún Autor, las faltas, los yerros, el poco ornato y retorica de estos mis Diálogos, atento
que mi voluntad con el ezercioio della, se ha opuesto a entretenerte y aliviarte de la gran pesadum-
bre de las noches del Invierno».
Soneto del uutor á su libro. Véanse los tercetos:
Acógete a la casa del discreto,
Del curioso, del sabio, del prudente
Que tienen su morada en la alta cumbre.
Que ellos te ternan con gran respeto,
Vestirán tu pobreza ricamente,
Y asiento te darán junto a la lumbre.
Soneto de D. Francisco de Paz Balboa, en alabanza del autor. — De un amigo al autor (redondi-
llas).— Sonetos laudatorios del Licenciado Morel y Vidaurreta, relator del Consejo Real de Navarra;
de Hernando Manojo; de Miguel de Hureta, criado del Oondestable de Navarra y Duque de Alba;
de Fr. Tomás de Avila y Paz, de la Orden de Santo Domingo; de un fraile francisco (que pone el
nombre de Eslava en todos los versos); de D. Juan de Ealava, racionero de la catedral de Vallado-
lid y hermano del autor (dos sonetos). — Textu. — Tabla de capítulos.— Tabla de cosas notables. —
Nota final.
— Parte primera del libro intitvlado Noches de Inuiemo, Compuesto,», (ut supra). Dirigido a don
loan Jorge Femando de fferedia Conde de Fuentes, señor de la Casa y varonia de Mora, Comenda-
dor de Villa/ranea, Gouemador de la orden de Cakttraua ,. Año 1609, En casa Hieronymo Margarit,
A costa de Miguel Meneseal, Mercader de Libros,
S."", 236 pp. dobles.
Aprobación de Fr. Juan Vicente (Santa (yatalina, 16 de setiembre de 1609). — Licencia del Ordi-
nario (18 de setiembre). Siguen los preliminares de la primera edición, aunque no completos.
— Parte primera,,, (ut supra). Dedicado a D. Miguel de Nauarra y Mauleon, Marque» (sio) de
Cortes,.. En Brvsellas. Por Roger Velpius y Huberto Antonio, Imprsssores de sus Altesas, á V Águila
dé oro, cerca de Palacio. 1610. Con licencia»
12.*, 258 hs. Reproduce todos los preliminares de la de Pamplona y aflade un Privilegio por seis
afios á favor de Boger Velpius y Huberto Antonio (Bruselas, 7 de mayo de 1610).
INTRODÜCCIÜN oxxiii
textos franceses, sino de una compilación italiana bien conocida j popular, I Reali di
Francia,
£1 capitulo X, «do se cuenta el nacimiento de Cario Magno, Rey de Francia» , es
una curiosa versión del tema novelesco de Berta ds los graiides pies^ es decir, de la sus-V
titución fraudulenta de una esposa á otra, cuento de folk-lore universal, puesto que sejl
ha recogido una variante de él hasta entre los zulús del África Meridional (^). Como
todas las leyendas de su clase, ésta ha sido objeto de interpretaciones míticas. Gktston
París quiere ver en ella un símbolo de la esposa del sol, cautiva ó desconocida durante
el invierno, pero que recobra sus derechos y majestad en la primavera ('). Sea de esto
lo que fuere, la Edad Medía convirtió el mito en leyenda épica y le enlazó, aunque tar-
díamente, con el gran ciclo de Cario Magno, suponiendo que Berta, madre del Empe-
rador, suplantada durante cierto tiempo por una sierva que fue madre de dos bastardos,
había sido reconocida al fin por su esposo Pipino, á consecuencia de un defecto de
conformación que tenía en los dedos de los pies. Esta leyenda no tiene de histórico
más que el nombre de la heroína, y sin recurrir al ya desacreditado mito solar, nos
inclinamos á creer con León Gautier (') que es una de las muchas variedades del .'
tipo de la esposa inocente, calumniada y por fin rehabilitada, que tanto abunda en
los cuentos populares, y al cual pertenecen las aventuras de la reina Sibila y de santa
Genoveva de Brabante.
En una memoria admirable, á pesar del tiempo que ha transcurrido desde 1833,
estudió comparativamente Fernando Wolf (*) las leyendas relativas á la madre de
Existe una tradaocíón alemana de las Noches de Invierno (Winiemachte,,, Aus dem Spanischen
in die Teutsche Sprache...) por Mateo Drummer (Viena, 1649; Nüremberg, 1666). Vid. Schneiden
Spaniens Anlsil an der DeuUchen Litteraíury p. 256.
Tabla de los capítulos en el libro de Eslava:
tCapitulo Primero. Do se cuenta la perdida del Navio de Albanio.
iCap. 2. Do se cuenta cómo fue descubierta la fuente del Desengafto.
»Gap. 3. Do se cuenta el incendio del Galeón de Pompeo Colona.
»Oap. 4. Do se cuenta la sobervia del Rey Niciforo, y incendio de sus Naves, y la Arte Mágica
del Rey Dardano.
»Oap 5. Do se cuenta la iusticia de Oelin Sultán gran Turco, y la \ engaza de Zayda.
»Oap. 6. Do se cuenta quien fue el esclavo Bernart.
»Cap. 7. Do se cuenta los trabajos y cautiverio del Rey Clodomiro y la Pastoral de Arcadia.
>Cap. 8. Do se cuenta el nacimiento de Roldan y sus nifierias.
>Cap. 9. Do defiende Camila el genero Femenino.
»Cap. 10. Do se cuenta el nacimiento de Cario Magno Rey de Francia.
>Oap. 11. Do se cuenta el nacimiento de la Reyna Telus de Tartaria]».
(') Fue publicada por el misionero inglés Henry Callaway, con otros cuentos de la misma pro-
cedencia, en la ^colonia de Natal, en 1868. Véase U. Husson, La Chatne tr<iditionnelle. Cantes et
Uffendes au point de vue myikique (París, 1874), p. 115. E^te libro, aunque excesivamente siste-
mático, sobre todo en la aplicación del mito solar, contiene, á diferencia de tantos otros, muchas
ideas y noticias en pocas palabras. No es indiferente para el estudio de los romances castellanos»
verbigracia: el de Delgadina (mito védico de Prajapati — leyenda bagiográfica de 8anta Dina ó
Dympna, hija del rey de Irlanda, ^novela de Doralice y Teobaldo, principe de Salerno, en Strapi-
rola), ó el de 2a Infantina^ emparentado con el cuento indio de Suria-Bai (pp. 57 y 111).
O Hietoire poétique de Charlemagne^ p. 432.
O Lee Epopéee Frangaieee^ t. III, p. 11.
{*) Ueber.die alt/rangóeischen HeldengedichU ana d^m KaroUngiechm Sagenkrem^ Viena, 1883.
cxxiv orígenes de LA NOVELA
Oarlomagno, sin olvidar el texto de Eslava. Los eruditos posteriores han acrecentado
el catálogo de las versiones, haciéndolas llegar al número de frece, pero sustancial-
mente no modifican las conclusiones de aquel excelente trabajo. No hay texto en prosa
anterior al de la Crónica de Saintonge, que es de principios del siglo xiii. Los poemas
más antiguos que la consignan son uno francoitálico de principios del mismo siglo
(Berta de li gran pié) ^ que forma parte de una compilación manuscrita de la biblioteca
de San Marcos de Yenecia, adaptación ó refundición de otro poema francés perdidoi
7 el mucho más célebre de Adenet li Boí, Román de Berte aus granspiés^ compuesto
por los años de 1275 y que tuvo la suerte no muy merecida de ser la primera canción
de gesta francesa que lograse los honores de la imprenta {*).
Con este relato del trovero Adenet ó Adenés se conforma en sustancia el de nuestra
Oran Conquista de Ultramar, mandada traducir por D. Sancho IV el Bravo sobre un
texto francés que seguramente estaba en prosa, pero que reproducía el argumento de
varios poemas y narraciones caballerescas de diversos ciclos. Las variantes de detalle
indican que esta narración era distinta de la de Adenet, y acaso más antigua y distinta
asimismo de la versión italiana. No es del caso transcribir tan prolija historia, pero con-
viene dar alguna idea para que se compare esta versión todavía tan poética con la infe-
licísima rapsodia de Eslava.
La leyenda de Berta, como todas las restantes, ha penetrado en la (}ran Conquista
de Ultramar por vía genealógica. En el capítulo XLIII del libro 11 se dice, hablando
de uno de los cruzados: «Aquel hombre era muy hidalgo é venía del linaje de Mayugot,
de París^ el que asó el pavón con Garlos Maynete, e dio en el rostro a uno de sus her-
manos de aquellos que eran hijos de la sierva que fuera hija del ama de Berta, que
tomara por miy er Pipino, el rey de Francia» .
Suponen los textos franceses que los padres de Berta, Flores y Blancaflor, eran reyes
de Hungría. La Conquista de Ultramar los trae á España y los hace reyes de Alme-
ría. La narración está muy abreviada en lo que toca al casamiento del rey Pipino y á
las astucias de la sierva, que era hija del ama de Berta. «Por ende el ama, su madre,
hizo prender á Berta en lugar de su hija, diciendo que quisiera matar a su señora, e
hizola condenar a muerte; asi que el ama mesma la dio a dos escuderos que la fuesen
a matar a una floresta do el rey cazaba; e mandóles que trajiesen el corazón della; e
ellos, con gran lástima que della hobieron, non la quisieron matar; mas atáronla a un
árbol en camisa, e en cabello, e dejáronla estar asi, e sacaron el corazón á un can que
traian e leváronlo al ama traidora en lugar de su fija; e desta manera creyó el ama que
era muerta su señora, e que quedaba su hija por reina de la tierra» .
Después de este seco resumen, la narración se anima, y la influencia, aunque remota,
del texto poético se siente al referir las aventuras de Berta en el bosque.
«Mas nuestro Señor Dios non quiso que tan gran traición como está fuese mucho
(*) Li Román» de Berte au$ grane piée, precede d'une Diesertation eur lee Romane dee douze paire ^
par M, Faulin Parte, de la Bihliothéque du Roi, París, Techener, 1832.
Hay otra edición más correcta, publicada por Augusto Scbeler, conforme al inanuacrito de la
Biblioteca del Arsenal de Paríii: Li Roumane de Berte aue grane piée, par Adénee le Roi (Bruse-
las, 1874).
Mussafía publicó en la Romanía (julio de 1874 y enero de 1875) el texto del poema franco-
italiano, anterior qnizá en ochenta afios al de Adenet.
INTRODUCCIÓN
•zxv
adelante, é como son sus juicios fuertes é maravillosos de conoscer á los hombres^
bascó manera extraña porque este mal se desficiese; é quiso así, que aquella noche
mesma que los escuderos levaron á Berta al monte é la ataron al árbol, asi como de
suso vistes, que el montanero del rey Pepino, que guardaba aquel monte, posaba cerca
de aquel lugar do la infanta Berta estaba atada, é cuando oyó las grandes voces que
daba, como aquella que estaba en punto de muerte, que era en el mes de enero, é que
no tenia otra cosa vestida sino la camisa, é sin esto, que estaba atada muy fuertemente
al árbol, fué corriendo hacia aquella parte; é cuando la vio espantóse, creyendo que
era fantasma ó otra cosa mala; pero cuando la oyó nombrar á nuestro Sefior é á Santa
María, entendió que era mujer cuitada, é llegóse á ella ó preguntóle qué cosa era ó qué
había. E ella respúsole que era mujer mezquina, é que estaba en aquel martirio por
sus pecados; é él díxole que no la desataría fasta que le contase todo su fecho por que
estaba así; é ella contógelo todo; é él entonce hobo muy gran piedad della, ó desatóla
luego, é levóla á aquellas casas del Rey en que él moraba, que eran en aquella mon-
tafia, é mandó á su mujer é á dos hijas muy hermosas, que eran de la edad della, que
le hiciesen mucha honra ó mucho placer, é mandóles que dixesen que era su hija, é
vestióla como á ellas, é castigó á las mozas que nunca la llamasen sino hermana. E'
aconteció así, que después bien de tres años fué el rey Pepino á cazar aquella mon-
taña. E' después que hobo corrido monte, fué á aquellas sus casas, é dióle aquel su
hombre muy bien de comer de muchos manjares. E ante que quitasen los manteles,
hizo á su. mujer é aquellas tres doncellas, que él llamaba hijas, que le levasen fruta; é
ellas supiéronlo hacer tan apuestamente, que el Rey fué muy contento. E paróles mien-
tes, é violas muy hermosas á todas tres, mas parescióle mejor Berta que las otras; ca
en aquella sazón la más hermosa mujer era que hobiese en ninguna pai*te del mundo.
E' cuando la hobo así parado mientes un gran rato, hizo llamar al montanero, é pregun-
tóle si eran todas tres sus hijas, é él dixo que sí. E cuando fué la noche, él fué á dor-
mir á vna cámara apartada de sus caballeros, é mandó á aquel montanero que le tra-
jese aquella su hija, é él hízolo asi. E Pepino hóbola esa noche é empreñóla de un hijo,
é aquel filé Garlos Maynete el Bueno. E al rey Pepino, cuando se hobo de ir, dióle de
sus dones, é hizo mucha mesura á aquella dueña, que creía que era hija del monta-
nero, é mandó á su padre que gela guardase muy bien, pero en manera que fuese muy
secreto.»
Prosigue narrando la Crónica de Ultramar cómo Blancaflor, madre de la verda-
dera Berta, descubrió la superchería del ama y de su hija, sirviendo de último signo
de reconocimiento el pequeño defecto de los pies, que en La Oran Conquista está más
especificado que en el poema de Adeiiet. «E Berta no habia otra fealdad sino los dos
dedos que había en los pies de medio, que eran cerrados (^). E por ende, cuando Blan-
caflor trabó dellos, vio ciertamente que no era aquella su hija, é con gran pesar que
hobo, tornóse así como mujer fuera de seso, é tomóla por los cabellos, é sacóla de la
cama fuera, é comenzóla de herir muy de recio á azotes é á puñadas, diciendo á gran-
(*) Tanto en el poema de Adenés, como en el texto franco-itálico, lo que distingue á Berta es
únicamente el tener loa pies demasiado grandes. En los Reali el tener un pie más grande que otro:
cAveva nome Berta del gran pié, perché ella avea maggiore un poco un pié che Taltro, e quello era
3i\ pié destrón (cap. I).
oxxvi orígenes de LA NOVELA
des voces: «¡ Aj Flores, mi señor, qué buena hija habernos perdido, é qué gran traición
nos ha hecho el rey Pepino é la su corte, que teníamos por las más leales cosas del
mundo; así que á la su verdad enviamos nuestra h^a, é agora hánnosla muerta, é la
sierva, hija de su ama, metieron en su lugar!»
Confesada por el ama la traición, j querellándose acerbamente Blaucafior de la
muerte de su hija, el Bey hace buscar á los escuderos que habían sido encargados del
crimen, y por ellos y por el montanero viene á descubrirse la verdad del caso y la
existencia de la verdadera Berta, que de su ayuntamiento con el Bey tenía ya un hijo
de seis afios, el futuro Garlo Magno. En el poema de Adenés, la aventara amorosa de
Pipino es posterior al descubrimiento del fraude, y efecto de este mismo descubri-
miento, siendo esta la principal diferencia entre ambos textos. El traductor castellano
sólo puso de su cosecha la donación que Blancaflor hizo á su nieto Carlos «del reino
>de Córdoba é de Almería é toda la otra tierra que había nombre Espaüa». Pero esta
donación no llegó á tener cumplimiento porque «luego hobo desacuerdo entre los de la
» tierra, de manera que non la pudieron defender, é con este desacuerdo que hobo entre
» ellos, ganáronla los reyes moros, que eran del linaje de Abenhumaya» (^).
La historia de Berta se presenta muy ampliada y enriquecida con accesorios nove-
lescos en la gran compilación italiana / Reali di Francia^ cuyo autor Andrea da Bar-
*beríno, nacido en 1370; vivía aún en 1431 ('). El sexto libro de esta obra tan popular
todavía en Italia como lo es entre nosotros la traducción del Fierabi'ás (vulgarmente
Uamada Historia de Carloniagno\ trata en diez y siete capítulos de las aventuras de
Berta y del nacimiento de Carlos. Pío Bajna supone que el autor conocía el poema de
Adenet, pero las diferencias son de bastante bulto y Gastón París se inclinaba á negarlo.
Los nombres no son ni los de Adenet ni los del compilador franco-itálico del manuscrito
de Yenecia. Los motivos de las aventuras son diferentes también, y algunos rasgos
parecen de grande antigüedad, como el de la concepción de Carlos Magno en un carro,
lo cual antes de él se había dicho de Carlos Martel (Iste fuit in caito natus) y es acaso
expresión simbólica de un nacimiento ilegítimo ('). En lo que convienen I Reali y el
manuscrito de Yenecia es en la idea genealógica de emparentar á la pértida sierva cou
los traidores de la casa de Maganza. Estas invenciones cíclicas sirvieron á los compi-
ladores de decadencia para establecer cierto lazo ficticio entre sus interminables fábu-
las. La de Berta, en tiempo de Adenet, corría todavía aislada, pues no hay rastro en
él de semejante parentesco.
La versión de / Reali fue la que adoptó, echándola á perder en su maldita prosa,
Antonio de Eslava, é introduciendo en ella algunas variantes arbitrarias é infelices,
que desfiguian y envilecen' el carácter de la heroína, y complican inútilmente el relato
de sus aventuras con circunstancias ociosas y ridiculas. Pipino se casa en terceras nup-
cias con Berta, siendo ya muy viejo y «casi impotente para el acto de la genera-
(') Ira Qran Conquista de Ultramar^ ed. de Oayangos, pp. 175-17S.
(') Sobre las fuentes de este fumoso libro, cuya primera edición se remonta á 1491, es magis-
tral y definitivo el trabajo de Rajna, Ricerche intomo ai Reali di Francia (Bolonia, 1872, en la
Collezione di Opere inedite o rare dei primi tre eecoli della lingua).
En la misma colección puede leerse el texto publicado por un discípulo de Kajna: / Reali di
Francia, di Andrea da Barberino, testo critico per cura di Giueeppe Vandelli (Bolonia, 190*2).
(*j Romania, julio de 1873, p. 363.
INTRODUCCIÓN oxxvii
cidn» (*). Para buscar novia entré las doncellas de cualquier linaje ó estado^ abre en
París una especie de certamen de hermosura, sefialando á cada dama mil escudos de
oro cpara el excesivo gasto que hiciesen en venir á las fiestas 7 juntas reales» que con
este motivo se celobran. cAUi tuviera harto que hazer el juyzio de París si avia de
> juzgar quál era más hermosa... Y entre éstas vino la hija del Conde de Melgaría,
> llamada Yerta, la del gran pie, hermana de Dudon Kev de Aquitania: Uamávase assi,
>por respecto que tenía el un pie mayor que el otro, en mucho estremo; mas dexada
«esta desproporción aparte, era la más hermosa j dispuesta criatura de todas las
» Damas.»
Eslava describe prolijamente su traje y atavío, cometiendo los más chistosos ana-
cronismos é incongruencias. Baste decir que, entre otras cosas, llevaba «por ayron y
>garzota un cupidülo misturado de olorosas pastillas, de tal suerte que despedía de sí
»un olor suavísimo». El viejo Emperador, como era natural, se enamora de ella en
cuanto la vé, mas «ella estava algo picada de Dudon de Lis, Almirante de Francia,
imozo galán y dispuesto, que en las fiestas se avia mostrado como valiente ca vallero» .
Este mismo Dudon de Lis es el que va en nombre del Emperador á pedir la novia, á
desposarse con ella por poderes y acompafiarla á Francia. «En este camino se urdió y
> tramó una de las' más fraudulentas marañas que jamás habrán oydo, y fué que la
» nueva Emperatriz traya consigo una donzella secretaria suya, hija de la casa de Ma-
»ganza, la qual en la edad y en el talle y hermosura le parecía tanto que los Corte-
» sanos de su Corte se engañaran muchas veces, si no fuera el desengaño la diferencia
»de los costosísimos vestidos que llevaba la Emperatriz; y esta se llamaba Fiameta, y
» era tan querida y amada de la hermosa Yerta, que con ella y con otra no comuni-
»cava sus íntimos secretos».
Y aquí comienza la más absurda perversión que Eslava hizo en la leyenda, pues
es la misma Berta la que, enamorada de Dudon de Lis y poco satisfecha con «el decré-
pito viejo» que la espera, sugiere á su doncella la estratagema de que la suplante en
el lecho nupcial, haciéndose ella pasar por secretaria, para poder de este modo casarse
con el almirante ('). Préstase á todo la falsa Fiameta (nombre de Boccaccio muy inopor-
tonamente sustituido al de Elisetta que tiene en / Reali y Alüie en el poema de Ade-
qH, pero temerosa de que el engaño llegue á descubrirse y ella deje de ser Empera-
triz, se decide á trabajar por cuenta propia y á deshacerse de Berta, después de consu-
nuda la superchería. La orden de matarla, el abandono en el bosque, la acogida que
encuentra en la cabana del montero del rey, el descubrimiento de la falsa Berta por la
(') No viejo ni cadaco, pero si pequeño y deforme era ya Pipino en el poema franco-itálico: cPor
^Qe eo sai petit e desformé:». «Petit homo est, mais grosao e quarré.»
(') Aunque el desatino de hacer enamorada á Berta pertenece, con todas t-us consecuencias, á
AotoDÍo de Eslava, debe advertirse que ya en el poema bilingüe de la Biblioteca Marciana, seguido
^Q esta parte por el compilador de / Realif era Berta la que proponía la sustitución y por un motivo
verdaderamente absurdo. Llegando á París fatigada del viaje, ruega á la hija del conde de Maganza
^lencer que la reemplace en el lecho de Pipino durante la primera noche de bodas, pero fíngién-
<Ioie enferma para que el rey no llegue á tocarla. Oon fingirlo ella misma se hubiera ahorrado el
hogaño de la falsa amiga. En la Crónica rimada de Felipe Mouskes, que escribía hacia 1243, la reina
tkgg un motivo obsceno para hacerse sustituir por su sierva Alista. En el poema de AdenéH, Berta
consiente en la saperchería, porque su sierva Margista (el ama de la Crónica Qeneral) la ha hecho
creer que el Rey quiere matarla en la primera noche de bodas.
cixviii ORÍGENES DE LA NOVELA
madre de la verdadera, la cacería del Bey j su aventara amorosa, no difieren mucho
de los datos de la leyenda antigua, pero están torpemente viciados con la grosera invero-
similitud de prestarse tan de buen grado la liviana Berta á los deseos de aquel mismo
viejo decrépito que tanto la repugnaba antes (^). El final de la historia concuerda ente-
ramente con el texto de I Reali^ incluso la disparatadísima etimología que da al nom-
bre de Garlo Magno: <Y assi mandó á Lipulo el Emperador que antes que los monte-
» ros cazadores llegasen á aquel asignado lugar, le hiziessen una cama en el campo
» orillas del rio Magno, en un carro que allí esta va, por el excessivo calor que hazia, y
»por estai* algo lexos del estruendo y vozes de tanto tumulto de gente, ...y assi fué
» cubierto el carro de muchas y frescas ramas, aviendo servido de acarrear piedra y
» lefia. En él se acostó el cansado Emperador, con su legítima mujer aunque no cono-
»cida... Desta hermosa Berta nació Garlo Magno, sucesor del Emperador Pipino su
» padre: llamóse assi porque fué engendrado (como dicho tengo) en un carro, orillas del
»rio Magno, y assi se llamó Garro Magno, aunque agora se llama Garlo Magno.
Esta rapsodia, que aun prescindiendo de lo adocenado de su estilo es claro testi-
monio de la degeneiución del sentido épico en los que ya sin cx)mprenderlas repetían
las leyendas de la Edad Media, tuvo tan escandalosa fortuna, que volviendo en el
siglo xviíi á Francia, donde estas narraciones estaban completamente olvidadas con
haber tenido allí su cuna, ocupó en 1777 las páginas de la Bibliothéque Univer selle
des Romans, y á favor de esta célebi-e compilación, se difundió por toda Europa, que
entonces volvió á enterarse (¡y de«qué manera!) de los infortunios de la pobre Berta,
tan calumniada por el refundidor español. Pero como no hay mal que por bien no
venga, acaso esta caricatura sirvió para despertar la curiosidad de los investigadores,
y hacer que se remontasen á las fuentes primitivas de esta narración poética.
Otro tanto aconteció con la historia €del nacimiento de Roldan y stis niñerías^ , que
llena el capítulo octavo de la cSegunda noche» de Eslava, y cuya fuente indudable es
también el libro de / Reali.
Los personajes de esta leyenda son carolingios , pero los primeros textos en que
aparece consignada no son franceses, sino franco-itálicos y de época bastante tardía.
Los italianos la reclaman por suya, y quizá nosotros podamos alegar algún dere-
cho preferente. Ante todo, se ha de advertir que la más antigua poesía épica nada supo
de estas mocedades de Roldan. Siempra se le tuvo por hijo de una hermana de Garlo-
magno, á quien unos Uaman Gisela ó Gisla y otros Berta, pero no había conformidad
en cuanto al nombre del padre, que en unos textos es el duque Milón de Angers y en
otros el mismo Garlomagno, á quien la bárbara y grosera fantasía de algunos juglares
atribuyó trato incestuoso con su propia hermana. Pero en ninguno de los poemas fran-
ceses conocidos hasta ahora hay nada que se parezca á la narración italiana de los
amores de Milón y Berta y de la infancia de Orlandino. Además la acción pasa en Ita-
lia y se enlaza con recuerdos de localidades italianas.
O ¡Cuan lejano está esto de la delicadeza y elevación moral del texto de Adenés! en que
Berta, que había hecho voto de no revelar su nombre más que cuando viese en peligro 8u castidad,
exclama, perseguida por el rey en el bosque de Mans: «Soy reina de Francia, mujer del rey Pipino,
bija del rey Flores y de la reina Blancaflor, y os prohibo, en nombre de Dios que gobierna el mun-
do, hacer ninguna cosa que pueda deshonrarme: antes preferiría ser muerta, y Dios venga en mi
ayuda:».
IXTRODUCOTON cxxix
Pero es el caso qae esta historia de ilegitimidad de Roldan, nacido de los amores
del coDde Milón de Angers ó de Auglante con Berta, hermana de Carlomagno, es idén-
tica en el fondo á nuestra leyenda épica de Bernardo del Carpió, nacido del furtivo
enlace del conde de Saldaña y de la infanta doña Jimena. La analogía se extiende tam-
bién á las empresas juveniles atribuidas á Roldan y á Bernardo. La relación entre am-
bas ficciones poéticas es tan grande que no se le ocultó á Lope de Vega, el cual trató
dramáticamente ambos asuntos, repitiéndose en algunas situaciones y estableciendo en
su comedia La Mocedad de Roldan un paralelo en forma entre ambos héroes.
Reconocido el parentesco entre las dos historias, lo primero que se ocurre (y así
opinó Gastón París) es que la de Roldan habrá servido de modelo á la de Bernardo.
Pero es el caso que los datos cronológicos no favorecen esta conjetura. El más antiguo
texto de las Enfances Roland no se remonta más allá del siglo xtu, y para entonces
nuestra fábula de Bernardo, no sólo estaba enteramente formada, sino que se había
incorporado en la historia, admitiéndola los más severos cronistas latinos, como don
Lucas de Tuy y el arzobispo don Rodrigo; andaba revuelta con hechos y nombres real-
mente históricos, y había adquirido un carácter épico y nacional que nunca pai*ece
haber logrado el tardío cuento italiano. Tres caminos pueden tomarse para explicar la
coincidencia. O se admite la hipótesis de un poema francés perdido que contase los
amores de Milón y Berta, hipótesis muy poco plausible^ no sólo por falta de pruebas,
sino por la contradicción que este relato envuelve con todos los poemas conocidos. O
se supone la transmisión de nuestra leyenda de Bernardo á Francia, y de Francia á Ita-
lia; caso improbable, pero no imposible, puesto que también puede suponerse en el May-
mte y hay que admitirla en el Anseis de Cariago y acaso en el Heii^aut de Belaunde.
O preferimos creer que estas mocedades no fueron al principio las de Bernardo ni las de
Roldan, sino un lugar común de novelística popular, un cuento que se aplicó á varios
héroes en diversos tiempos y países. La misma infancia de Giro, tal como la cuenta
HerodotO; pertenece al mismo ciclo de ficciones, que no faltará quien explique por el
socorrido mito solar ú otro procedimiento análogo.
Todos los textos de las mocedades de Roldan fueron escritos en Italia, como ([ueda
dicho. El más antiguo es el poema en decasílabos épicos, compuesto en un francés ita-
lianizado, es decir, en la jerga mixta que usaban los juglares bilingües del Norte de
Italia. Form^ parte del mismo manuscrito de la biblioteca de San Marcos de Veneciá
en que figuran Berta y el Karleto. En este relato Milón es un senescal de Carlomagno,
T los perseguidos amantes se refugian en Lombardía, pasando por los caminos todo
género de penalidades: hambre, sed, asalto de bandidos; hasta que Berta, desfallecida y
con los pies ensangrentados, se deja caer á la margen de una fuente, cerca de Imola,
donde da á luz á Roldan que, por su nacimiento, queda convertido en héroe italiano.
Milón, para sustentar á Berta y á su hijo, se hace leñador. Roldan se cría en los bos-
ques de Sutrí y adquiere fuerzas hercúleas. Su madre tiene en sueños la visión de su
gloria futura. Pasa por Sutrí Carlomagno, volviendo triunfante de Roma, y entre los
que acuden en tropel á recibir al Emperador y su hueste llama la atención de Garlos
un niño muy robusto y hermoso, que venía por capitán de otros treinta. El Emperador
le acaricia, le da de comer^ y el niño reserva una parte de ración pai^a sus padres. Esta
ternura filial, unida al noble y fiero aspecto del muchacho, que «tenía ojos de león, de
dragón marino ó de halcón» , conmueve al viejo Xamo, prudente consejero del Empera-
OBiOlfiNES DB LA MOVBLA. — 11. — i
oxxx ORÍGENES DE LA NOVELA
dor, 7 al Emperador mismo, quien manda seguir los pasos de Roldan hasta la cueva en
que vivían sus padres. El primer movimiento, al reconocer á su hija j al seductor, es
de terrible indignación, hasta el punto de sacar el cuchillo contra ellos; pero Roldan,
cachorro de león, se precipita sobre su abuelo y le desarma, apretándole tan fuerte-
mente la mano que le hace saltar sangre de las uñas. Esta brutalidad encantadora
«
reconcilia á Garlos con su nieto, y le hace prorrumpir en estas palabras: cserá el halcón
de la cristiandad» . Todo se arregla del mejor modo posible, y el juglar termina su na-
rración con este gracioso rasgo: cMientras estas cosas pasaban, volvía los ojos el niño
Rold&n á una j otra parte de la sala á ver si la mesa estaba ya puesta» (^).
En / Reali di Francia encontramos más complicación de elementos novelescos.
Para seducir á Berta, Milón entra en palacio disfrazado de mujer. El embarazo de Berta
se descubre pronto, y Carlos la encierra en una prisión, de donde su marido la saca,
protegiendo la fuga el consejero Ñamo. La aventura de los ladrones está suprimida en
/ Reali. El itinerario no es enteramente el mismo. Falta el sueño profótico de la madre.
En cambio, pertenecen á la novela en prosa, y pueden creerse inventadas por su autor
(si es que no las tomó de otro poema desconocido), las peleas de los mozuelos de Sutri,
en que Roldan ensaya sus primeras armas, y la infeliz idea de hacer desaparecer á
Milón en busca de aventuras, desamparando á la seducida princesa con el fruto de sus
amores. Esta variante, imaginada, según parece, para enlazar este asunto con el de la
Canción de A^prammite y atribuir á Milón grandes empresas en Oriente, persistió por
desgracia en todos los textos sucesivos, viciando por completo el relato y estropeando
el desenlace.
I La prosa de los Beáli di Financia fue puesta en octavas reales por un anónimo
jpoeta florentino del siglo xv y por otro del xvi, que apenas hizo más que refundir al
anterior. Las juveniles hazañas de Roldan dieron asunto á Ludovico Dolce para uno
de los varios poemas caballerescos que compuso á imitación del Ariosto: Le pinme im-
prese del conté Orlando (1572); pero de los 25 cantos de que este poema consta, sólo
los cuatro primeros tienen que ver con la leyenda antigua, siguiendo con bastante fíde-
lidad el texto de / Reali (*). El poema de Dolce fue traducido en prosa castellana (^)
por el regidor de Valladolid Pero López Henriquez de Calatayud (1594). Y de este
mismo poema ó del texto en prosa tomó argumento Lope de Vega para La Mocedad de
Roldan (% interesante y ameno poema dramático, que sería ia mejor de las obras com-
puestas sobre este argumento si no le arrebatase la palma la noble y gentil balada de
Luis ühland Der Klein Roland.
Posteriores á la comedia de Lope, que ya estaba escrita en 1604, son las Noches de
{}) Vid. G. Parii*, Histoire poiiique de Charlemagne, pp. 170-409; Giioasard, en la Bihliolheque
de VEcole des Chartee^ l85t*, pág. 393 y siguientes, y muy especialmente Hajna, Ricerche iniomo ai
Reali di Franciaj pág. 253 y ss.
(*) Le prime imprese del conté Orlando di Messer Lodovico Dolce^ da lui composte in ottava rima,
con argomenti ed allegorie. All'Illustriss» et Eccelleniiss. Signor Francesco Marta della Rovere Fren-
cipe d'ürhino, Vinegia^ appresso Gabriel Oiolito de Ferrari^ 1572. 4.**
^') El nascirniento y primeras Empressas del conde Orlando. Tradvzidas por Pero López Knri*
quezde Calatayud^ Regidor de Valladolid. Valladolid, por Diego Fernández de Córdoba y Oviedo. Sin
año, pero la fecha 1594 se infiere del privilegio.
(^) Impresa en la Parte 19.^ do sus Oomedias y en el tomo XIII de la edición académica.
INTRODUCCIÓN otxxi
Eslava^ cuyo reíalo, comparado con el de los Reali^ ofrece bastantes amplificaciones y
detalles, debidos sin duda al capricho del imitador y á su retórica perversa.
Enamorado Milón de Berta «con mucho secreto se vistió de hábito de viuda, y lo
pudo bien hazer, por ser muy mozo y sin barba, y con cierta ocasión de unas guarni-
ciones de oro, fué á palacio, al cuarto donde ella estaba, y las guardias entendiendo ser
muger, le dieron entrada... y no solamente fué esto una vez, mas muchas, con el dis-
frazado hábito de viuda, entraba á gozar de la belleza de Berta, engañando á los vigi-
lantes guardias, de tal suerte que la hermosa Berta de la desenvuelta viuda quedó pre-
ñada» . Indignación de Garlomagno; largo y empalagoso discurso de Berta^ solicitando
perdón y misericordia «pues se modera la culpa con no haber hecho cosa con Milon de
Anglante que no fuese consumación de matrimonio, y debaxo juramento y palabra de
esposo» . La acongojada dama so acuerda muy oportunamente de la clemencia de Nerva
y Teodosio y de la crueldad de Galígula; pero su hermano, que parece más dispuesto á
imitar al último que á los primeros, la contesta con otro razonamiento no menos eru-
ditO; en que salen á relucir Agripina y el Emperador Claudio, la cortesana Tais y el
incendio de Persépolis, Lais de Corinto, Pasiphae, Semíramis y el tirano Hermias, á
quien cambia el sexo, convirtiéndole en amiga de Aristóteles. En vista de todo lo cual
ia condena á muerte, encerrándola por de pronto en «el más alto alcázar de Palacio» .
Pero al tiempo que «el dios Morfeo esparcía su vaporoso licor entre las gentes» , fue
Milón de Anglante con ocultos amigos, y con largas y gruesas cuerdas apearon del alto
alcázar á Berta, y fueron huyendo solos los dos verdaderos amantes... y en este ínte-
rin, ya el claro lucero daba señales del alba, y en la espaciosa plaza de París andaban
soUcitos los obreros «haziendo el funesto cadahalso, adonde se habia de poner en exe-
cucion la rigurosa sentencia» .
Carlomagnp envía pregones á todas las ciudades, villas y lugares de su reino, ofre-
ciendo 100.000 escudos de oro á quien entregue á los fugitivos. «Y como llegase á
oidos del desdichado Milóu de Anglante, andaba con su amada Berta silvestre, incóg-
nito y temeroso-, caminando por ásperos montes y profundos valles, pedregosos cami-
nos y abrojosos senderos; vadeando rápidos y presurosos ríos; durmiendo sobre duras
rayces de los toscos y silvestres árboles, teniendo por lecho sus frondosas ramas; los
que estaban acostumbrados á pasear y á dormir en entoldados palacios, arropados de
cebellinas ropas, comiendo costosísimos y delicados manjares, ignorantes de la incle-
mencia de los elementos... y assi padeciendo infinitos trabajos, salieron de todo el
Reyno de Francia y entraron en el de Italia... Mas sintiéndose ella agravada de su
preñez y con dolores del parto, se quedaron en el campo, en una oscura cueva, lexos
una milla de la ciudad de Sena en la Toscana... Y á la mañana, al tiempo que el hijo
de Latona restauraba la robada color al mustio campo, salió de la cueva Milon de An-
filante á buscar por las campestres granjas algún mantenimiento, ropas y pañales para
poder cubrir la criatura.» Durante esta ausencia de su marido, Berta «parió con mucha
» facilidad un niño muy proporcionado y hermoso, el cual, así como nació del vientre
> de su madre, fué rodando con el cuerpo por la cueva, por estar algo cuesta abaxo» .
Por eso su padre, que llegó dos horas después, le llamó Rodando (sic), y «de allí fiíé
corrompido el nombre y lo llaman Orlando» .
Hasta aquí las variantes son pocas, pero luego se lanza la fantasía del autor con
desenfrenado vuelo. Milón perece ahogado al cruzar un río, y Eslava no nos perdona
oxxxii orígenes de LA NOVELA
la lamentación de Berta, qae se compara sucesivamente con Dido abandonada por
Eneas, con Cleopatra después de la muerte de Marco Antonio, con Olimpia engañada
por el infiel Yireno. Hay que leer este trozo para comprender hasta qué punto la mala
retórica puede estropear las más bellas invenciones del genio popular. Lo que sigue es
todavía peor: el sueño profetice de Berta pareció, sin duda, al novelista, muy tímida
cosa, y le sustituye con la aparición de una espantable sierpe, que resulta ser una prin-
cesa encantada hacía dos mil ¿ños por las malas artes del mágico Malagis, el cual la
había enseñado cel curso de los cielos móviles, y la influencia y constelacúni de todas
las estrellas, y por ellas los futuros sucesos y la intrínseca virtud de las hierbas, y otra
infinidad de secretos naturales» .
Contrastan estas ridiculas invenciones con el fondo de la narración, que en sustan-
cia es la de los Reali, sin omitir los pormenores más característicos, por ejemplo, la
confección del vestido de Orlando con paño de cuatro colores: «Y así un dia los mocha-
chos de Sena, yiéndolo casi desnudo, incitados del mucho amor que le tenían, se con-
certaron de vestirle entre todos, y para eso los de una parroquia ó quartel le compra-
ron un pedazo de paño negro, y los de las otras tres parroquias ó quarteles otros tres
pedazos de diferentes colores, y así le hizieron un vestido largo de los cuatro colores,
y en memoria desto se llamaba Orlando del Quartel; y no se contentaba con sólo esto,
antes más se hacía dar cierta cantidad de moneda cada dia, que bastase á sustentar á
su madre, pues era tanto el amor y temor que le tenían, que hurtaban los dineros los
mochachos á sus padres para dárselos á trueque de tenerlo de su bando» .
La narración prosigue limpia é interesante en el lance capital de la mesa de Garlo-
magno. «Estando, pues, en Sena, en su real palacio, acudían á él á su tiempo muchos
pobres por la limosna ordinaria de los Reyes, y entre ellos el niño Orlando... el qual
como un dia llegase tarde... se subió á palacio, y con mucha disimulación y atrevi-
miento entró en el aposento donde el Emperador estaba comiendo, y con lento paso se
allegó á la mesa y asió de un plato de cierta vianda, y se salió muy disimulado, como
si nadie lo hubiera visto, y así el Emperador gustó tanto de la osadía del mochacho, que
mandó á sus caballeros le dexasen ir y no se lo quitasen; y así fué con él á su madre
muy contento y pensando hacerla rica... El segundo dia, engolosinado del primero, ape-
nas se soltó de los brazos de su madre, cuando fué luego á Sena y al palacio del Empe-
rador y llegó á tiempo que el Emperador estaba comiendo, y entrando en su aposento,
nadie le estorbó la entrada habiendo visto que el Emperador gustó dól la primera vez,
y fuese allegando poco á poco á su mesa, y el Emperador, disimulando, quiso ver el
ánimo del mochacho, y al tiempo que el mochacho quiso asir de una rica fuente de oro,
el Emperador echó una grande voz, entendiéndole atemorizar con ella; mas el travieso
de Orlando, con ánimo increíble le asió con una mano de la cana barba y con la otra
tomó la fuente, y dixo al Emperador con semblante airado: «No bastan voces de Reyes á
espantarme» , y fuese, con la fuente, de palacio; mandando el Emperador le siguiesen
cuatro caballeros, sin hacerle daño, hasta do parase, y supiesen quién era.>
La escena del reconocimiento está dilatada con largas y pedantescas oraciones,
donde se cita á Tucídides y otros clásicos; todo lo cual hace singular contraste con la
brutalidad de Carlomagno, que da á su hermana un purUillaxo y la derriba por el
suelo, provocando así la justa cólera de Orlando. Al fin de la novela vuelve el autor á
extraviarse, regalándonos la estrafalaria descripción de un encantado palacio del Pia-
INTRODUCCIÓN cxxxiii
monte, doude residía cada seis meses^ recobrando su forma natural, la hermosísima don-
cella condenada por maligno nigromante á pasar en forma de sierpe la otra mitad del
afio. ¿Quién no ve aquí una reminiscencia de la Melusina de Juan de Arras, traducida
ya al castellano en el siglo xv? (^).
Si las dos novelas de Antonio de Eslava que hasta ahora llevamos examinadas des-
piertan la curiosidad del crítico como degenerada expresión del ideal caballeresco ya
fenecido, un género de interés muy distinto se liga al capítulo 4.* de la Primera noche^
en que el doctor Qarnett y otros eruditos ingleses modernos han creído ver el germen
del drama &ntástico de Shakespeare La Tempestad^ que es como el testamento poético
del gran dramaturgo ('). Ya antiguos comentadores, como Malone^ habían insinuado
la especie de una novela española utilizada por Shakespeare en esta ocasión, pero segu-
ramente habían errado la pista fijándose en Aurelio é Isabela^ 6 sea en la Historia de
Grisel y Mirabella de Juan de Flores, que ninguna relación tiene con tal argumento.
Más razonable ha sido buscarle en la historia que Antonio de Eslava escribió de cía I
soberbia del Rey Niciphoro y incendio de sus naves, y la Arte Mágica del Rey Darda-;
no> . Como esta f&bula no ha entrado todavía en la común noticia, por ser tan raro el
libro que la contiene, procede dar aquí alguna idea de ella.
El Emperador de Grecia Nicéforo, hombre altivo, soberbio y arrogante, exigió del
Rey Dárdano de Bulgaria su vecino que le hiciese donación de sus estados para uno
de sus hijos. Dárdano, que sólo tenía una hija llamada Serafina, se resistió á tal preten-
sión, á menos que Nicéforo consintiese en la boda de su primogénito con esta princesa.
El arrogante Nicéforo no quiso avenirse á ello, é hizo cruda guerra al de Bulgaria,
despojándole de su reino por fuerza de armas. cBien pudiera el sabio Rey Dardano ven-
>cer á Niciphoro si quisiera usar del Arte Mágica, porque en aquella era no avia mayor
(') Historia de la lin<ia Melosina de Juan de Arras,
Colofón: fenesce la ystoria de Melosina empremida en Tkolosa por los honorables e discretos
mttestros Juan paris e Estevan Clehat alemanes que con grand diligencia la hizieron pasar de francés
en Castellano, E después de muy emendada la mandaron imprimir. En el año del Señor de mili e qua»
trocientos e ochenta e nueue años a XIII días del mes de julio.
Hay otras ediciones de Valencia, 1512, y Sevilla, 1526.
O No conozco más que por referencias estos trabajos de Garnett, ni aun puedo recordar á punto
fijo dónde los he visto citados. Pero como no gusto de engalanarme con plumas ajenas, y se trata de
OD descubrimiento de alguna importancia, he creido justo indicar que un inglés había notado antes
que yo la analogía entre la novela de Eslava y La Tempestad. Los comentadores de Shakespeare
qne tengo á mano no señalan más fuentes que una relación de viajes y naufragios, impresa en 16X0
oon el título de The Discovery ofthe Bermudas or DeviVé Islandy y una comedia alemana del notario
de Nuremberg Jacobo Ayrer, La hermosa Sidea (Die Scháne Sidea)j fundada al parecer en otra
inglesa, que pudo conocer Shakespeare, y de la cual supone Tieck que el gran poeta tomó la idea de
la conexión que establece entre Próspero y Alonso, Miranda y Fernando. Pero, según Gervinus, á
esto ó poco más pe reduce la semejanza entre ambas obras. Vid. Shakespeare Commeniaries by
Dr. G, Oervinus,,. Translated,., by F, E, Bunnet, Londres, 1883, pág. 788.
Tampoco Ulrici acepta la conjetura de Tieck, y aun sin tener noticia de las Noches de Invierno^
se inclina á admitir la hipótesis de una novela española antigua que pudo servir de fuente ccmún á
Shakespeare y al autor de una antigua balada, descubierta por Collier, que la publicó en la Quarterly
Review^ 1840. Siento no conocer est^ balada.
Vid, Shakespeare*8 Dramatic Art^ History and character of Shakespeare Plays. By Dr. Hermann
Uhrieu Translated /rom the third edition ofthe Germán... by L Dora Sehmit». Londres, 1876 Tom. II,
pp. 38-39, nota.
oxxxiv ORÍGENES DE LA NOVELA
» nigromántico que él, sino que tenía ofrecido al Altissimo de no aprovecharse delia
»para ofensa de Dios ni dafio de tercero... Y assi viéndose fuera de su patria y reynoS)
» desamparado de sus exercitos, y de los cavalleros y nobles del, y ageno de sus inesti-
»mables riquezas, desterrado de los lisonjeros amigos, sin auxilio ni favor de nadie, so
1 ausentó con su amada hija...»
Retírase, pues, con ella á un espeso bosque, y después de hacer un largo y filosó-
fico razonamiento sobre la inconstancia y vanidad de las cosas del mundo, la declara
su propósito de apartarse del trato y compañía de los hombres, fabricando con su arte
mágica cun sumptuoso y rico palacio, debaxo del hondo abismo del mar, adonde aca-
»bemos y demos fin á esta caduca y corta vida, y adonde estemos con mayor quietud
»y regalo que en la fértil tierra» . Préstase de mejor ó peor grado Serafina, con ser tan
bella y moza, á lo que de ella exige su padre, el cual confirma con tremendos juramen-^
tos cal eterno Gaos» su resolución de huir «de la humana contratación de este mundo» .
«Y andando en estas razones, llegaron á la orilla del mar, adonde halló una bien
compuesta barca, en la qual entraron, asiendo el viejo rey los anchos remos, y rompien-
do con ellos la violencia de sus olas, se metió dentro del Adriático golfo, y estando en
él, pasó la ligera barca, sacudiendo á las aguas con una pequeña vara, por la qual
virtud abrió el mar sus senos á una parte y otra, haziendo con sus aguas dos fuertes
muros, por donde baxó la barca á los hondos suelos del mar, tomando puerto en un
admirable palacio, fabricado en aquellos hondos abismos, tan excelente y sumptuoso
quanto Rey ni Principe ha tenido en este mundo» . Hago gracia á mis lectores de la
absurda descripción de este palacio, pero lo que no puede ni debe omitirse es que la
hermosa Serafina era «con arte mágica servida de muchas Sirenas, Nereydes, Dríadas y
NinfiEts marinas, que con suaves y divinas mttsicas suspendían á los oyentes» .
Así pasaron dos años, pero, á pesar de tantos cánticos, músicas y regalos, algo
echaba de menos la bella Serafina, y un día se atrevió á confesárselo al rey Dárdano:
«Si en todas las cosas hay, amado padre, un efecto del amor natural, no es mucho, ni
» de admirar, que en esta vuestra solitaria hija obre los mismos efectos el mismo amor.
» Por algo deshonesta me tendreys con estas agudas razones, mas fuer9ame a dezirlas
>el verme sin esperan9a alguna de humana conversación, metida y encarcelada en
» estos hondos abismos; y assi os pido y suplico, ya que permitís que muera y fenezca
» mi joventud en estos vuestros Mágicos Palacios, que me deys conforme a mi estado y
» edad un varón illustre por marido» . El viejo [rey Dárdano, vencido de las eficaces
razones de su hija, promete casarla conforme á su dignidad y estado.
Entretanto había partido de esta vida el altivo emperador Nicéforo, conquistador
del reino de Bulgaria, dejando por sucesor á su hijo menor Juliano, muy semejante á
él en la aspereza y soberbia de su condición, y desheredando al mayor, llamado Valen-
tiniano, mozo de benigno carácter y mansas costumbres. El cual, viéndose desposeído
de los estados paternos, fue á pedir auxilio al emperador de Constantinopla. «Y para
» más disimular su intento, se partió solo, y arribó á un canal del mar Adriático^ á
» buscar embarcación para proseguir su intento, y solamente halló una ligera barca?
» que de un pesado viejo era regida y govemada, que le ofreció le pondria con mucha
> brevedad do pretendía» .
«Y sabreys, señores, que el dicho barquero era el viejo Rey Dárdano^ que quando
»tuvo al Principe Valentiniano dentro en el ancho golfo, hirió con su pequeña vara
INTRODUCCIÓN oxxxv
las saladas aguas, y luego se dividieron, haziendo dos fuertes murallas, y descendió
el espantado Principe al Mágico Palacio, el qual admirado de ver tan excelente fábrica
quedó muy contento de verse allí; y el Bey Dardano le informó t}uién era, y el res-
pecto porque alli habitava, y luego que vido á la Infanta Serafina, quedó tan preso
de su amor, que tuvo á mucha dicha el aver baxado aquellos hondos abismos del
mar, y pidióla con muchos ruegos al Rey su padre por su legítima esposa y mujer,
que del viejo padre luego le fue concedida su justa demanda, y con grande regocijo y
alboro90, se hicieron las Reales bodas por arte Mágica: pues vinieron á ellas mágica-
mente muchos Principes y Reyes, con hermosissimas Damas, que residían en todas
las islas del mar Occeano» .
Celebrándose estaban las mágicas bodas cuando estalló de pronto una furiosa tem-
pestad. «Comen9aron las olas del mar á ensoberbecerse, incitadas de un furioso Nord-
ueste: túrbase el cielo en un punto de muy obscuras y gruesas nubes; pelean contra-
rios vientos, de tal suerte que arranca y rompe los gruessos masteles, las carruchas y
gruessas gúmenas rechinan, los governalles se pierden, al cielo suben las proas, las
popas baxan al centro, las jarcias todas se rompen, las nubes disparan piedras, fuego,
rayos y relámpagos. Tragava las hambrientas olas la mayor parte de los navios; la
infinidad de rayos que cayeron abrasaron los que restaron, excepto cuatro en los
quales yva el nuevo Emperador Juliano y su nueva esposa, y algunos Príncipes
Griegos y Romanos, que con éstos quiso el cielo mostrarse piadoso. Davan los navios
sumergidos del agua, y abrasados del fuego, en los hondos abismos del mar, inquie-
tando con su estruendo á los que estavan en el mágico palacio» .
Entonces el rey Dárdano subió sobre las aguas cdescubriéndose hasta la cinta,
mostrando una antigua y venerable persona, con sus canas y largos cabellos, assi en
la cabe9a como en la barba, y vuelto á las naves que avian quedado, adonde yvan el
> Emperador y Príncipes, encendidos los ojos en rabiosa cólera» , les increpó por su
ambición y soberbia que les llevaba á inquietar los senos del mar después de haber
fatigado y estragado la tierra, y anunció á Juliano que no sería muy duradero su tirá-
nico y usurpado imperio. cY acabado que huvo el rey Dardano de hazer su parlamento,
>8e zambulló, sin aguardar respuesta, en las amargas aguas del mar, quedando el Em-
>perador Juliano de pechos en la dorada popa de su nave, acompañado de la nueva
> Emperatriz su mujer, y de algunos Príncipes que con él se avian embarcado».
Cumplióse á poco tiempo el vaticinio, muriendo el emperador apenas había llegado
á la ciudad de Delcia donde tenía su corte. El rey Dárdano, sabedor de la catástrofe
por sus artes mágicas, deshace su encantado palacio^ se embarca con su yerno y su
hqa y los pone en quieta y pacífica posesión del imperio de Constautinopla. Pero para
no quebrantar su juramento de no habitar nunca en tierra, manda labrar en el puerto
un palacio de madera flotante sobre cinco navios, y en él pasa sus últimos años.
Las semejanzas de este argumento con el de The Tenipest son tan obvias que parece
difícil dejar de admitir una imitación directa. El rey Dárdano es Próspero, su hija
Serafina es Miranda, Yalentiniano es Femando. Lo mismo el rey do Bulgaria que el
duque de Milán han sido desposeídos de sus estados por la deslealtad y la ambición.
uno y otro son doctos en las artes mágicas, y disponen de los elementos á su albedrío.
El encantado y submarino palacio del uno difiere poco de la isla también encantada
del otro, poblada de espíritus aéreos y resonante de música divina. La vara es el sím-
oxxxvi ORÍGENES DE LA NOVELA
bolo del mágico poder con que Dárdano lo mismo que Próspero obra sus maravillas. Va-
lentiniaüo es el esposo que Dárdauo destina para su hija j que atrae á su palacio á bordo
del mágico esquife, como Próspero atrae á su isla á Feruaudo por medio de la tempes-
tad para someterle á las duras pruebas que le hacen digno de la mano de Miranda.
Este es sin duda el esquema de la obra shakespiríana, pero ¡cuan lejos está de la
obra misma! Todo lo que tiene de profundo 7 simbólico, todo lo que tiene de musical
y etéreo, es creación propia del genio de Shakespeare, que nunca se mostró tan admi-
rablemente lírico como en esta prodigiosa fantasía, la cual, por su misma vaguedad,
sumerge el espíritu en inefable arrobamiento. Ninguna de las sutiles interpretaciones
que de ella se han dado puede agotar su riquísimo contenido poético. Ariel, el genio
de la poesía, sonoro 7 luminoso, emancipado por fín de la servidumbre utilitaria; Cali-'
ban, el monstruo terrible 7 grotesco, 7a se le considere como símbolo de la plebe^ 7a
de la bestia humana en estado salvaje, que no es humanidad primitiva sino humani-
dad degenerada; Qonzalo, el dulce utopista; Miranda, graciosa encarnación del más
ingenuo 7 virginal amor, Próspero, el gran educador de sí propio 7 de los demás, el
nigromante sereno 7 benévolo, irónico 7 dulce, artífice de su destino 7 de los ajenos,
harto conocedor de la vida para no estimarla en más de lo que vale, harto generoso
para derramar el bien sobre amigos 7 enemigos, antes de romper la vara de sus pres-
tigios 7 consagrarse á la meditación de la muerte: toda esta galería de criaturas inmor-
tales, que no dejan de parecer mu7 vivas aunque estén como veladas entre los vapores
de un sueño, claro es que no las encontró Shakespeare ni en la pobre rapsodia de
Eslava, ni en la relación del descubrimiento de las islas Bermudas, ni en el pasaje de
Montaigne sobre la vida salvaje, ni en las demás fuentes que se han indicado, entre
las cuales no debemos omitir el Espejo de PHncipes y Caballeros^ más comúnmente
llamado El Caballero del Febo^ en que recientemente se ha fijado un erudito norte-
americano (*).
Pero de^ todos estos orígenes, el más probable hasta ahora, 7 también el más impor-
tante, son las Noches de Invieimo^ puesto que contienen, aunque sólo en germen, datos
que son fundamentales en la acción de la pieza. A los eruditos ingleses toca explicar
cómo un libro no de mucha fama publicado en España en 1609 pudo llegar tan pronto
á conocimiento de Shakespeare, puesto que La Tempestad fue representada lo más
tarde en 1613. Traducción inglesa no se conoce que 70 sepa, pero cada día va pare-
ciendo más verosímil que Shakespeare tenía conocimiento de nuestra lengua. Ni la
Diana de Jorge de Montema7or estaba publicada en inglés cuando se representaron
Los dos hidalgos de Verona^ ni lo estaban los libros de Feliciano de Silva cuando
apareció el disfrazado pastor D. Florisel en el Cuento de hwierno (*).
No creo necesario detenerme en las restantes novelas de Eslava, que son por todo
extremo inferiores á las citadas. Mu7 ingeniosa sería, si estuviese mejor contada, la de
la Fuente del desengaño^ cujñs aguas tenían la virtud de retratar la persona ó cosa más
amada de quien en ellas se miraba. Y no son únicamente los interesantes enamorados
•
(*} Vid. Perott (Joseph de), The probable source of the plot of Sfuikespeare's €Tempeit9 (En las
Publicatiofu ofthe Clark Univusity lAbrary WorceMter, Masa, Octubre de 1905).
O No ha faltado quien sospechase, pero esto parece ya demasiada sutileza, que este mismo
titulo de una de las últimas comedias de Shakespeare {Winter's tale) era reminiHcencia de laH Noches
á% Eslava.
INTRODUCCIÓN oxxxvii
da la fábula los que se ven sujetos á tal percance, sino- el mismo Bey, á cuyo lado se
ve una hechicera feísima, que con sus artes diabólicas le tenia sorbido el seso, y los
mismos jueces que allí ven descubiertas sus secretas imperfecciones. cAl lado de uno
' que viudo era, una rolliza moza de cántaro, que parecía que con él quería agotar la
* fuente, en venganza de su afrenta; y al lado de otro muchíssimos libros abiertos en
> quienes tenia puesta toda su afición; y al lado de otro tres talegos abiertos, llenos de
> doblones, como aquel que tenia puesto su amor y pensamiento en ellos, y que muchas
» vezes juzgava por el dinero injustamente: de suerte que halltodose cada uno culpado,
»se rieron unos de otros, dándose entre ellos muchos y discretos motes y vexámenes».
Esta fuente nada tiene que ver con el ingenioso pero no sobrenatural modo de que
se vale el pastor Charino de la Arcadia de Sannazaro para hacer la declaración amo-
rosa á su zagala; tema de novelística popular que también encontramos en el Heptor-
meron de la reina de Navarra, donde la declaración se hace por medio de un espejo.
En cambio el cuento de Eslava está enlazado con otra serie de ficciones, en que ya
por una copa, ya por un espejo mágico, ya por un manto encantado, se prueba la vir-
tud femenina ó se descubren ocultos deslices.
Los demás capítulos de las Noches de invierno apenas merecen citarse. Un esclavo
cristiano, que ccon doce trompas de fuego sulphureo y de alquitrán» hace volar toda§
las galeras turcas; una nuera que para vengarse de su suegro le da á comer en una em-
panada los restos de su nieto; dos hermanos que sin conocerse lidian en público palen-
que; una princesa falsamente acusada, víctima de los mismos ardides que la reina Se-
villa, son los héroes de estas mal concertadas rapsodias que apenas pueden calificarse
de originales, puesto que están compaginadas con reminiscencias de todas partes. La
historia del rey Clodomiro, por ejemplo, no es más que una variante, echada á perder,
de la hermosa leyenda del Emperador Joviniano (cap. TJX del Oesta Bomanorum)^
sustituido por su ángel custodio, que toma su figura y sus vestiduras regias mientras
61 anda por el mundo haciendo penitencia de su soberbia y tiranía. En Eslava, toda
la poesía mística de la leyenda desaparece, pues no es un ángel quien hace la transfor-
mación, sino un viejo y ridículo nigromante.
Además de las novelas contiene el libro, de todas suertes curiosísimo, del poeta de
Sangüesa varias digresiones históricas y morales, una apología del sexo femenino y
una fábula alegórica del nacimiento de la reina Telus de Tartaria, que dice traducida
de lengua flamenca, citando como autor de ella á Juan de Yespure, de quien no tengo
la menor noticia.
Tal es, salvo omisión involuntaria (^ *, el pobre caudal de la novela corta durante
más de una centuria; y ciertamente que maravilla tal esterilidad si se compara con la
pcyanza y lozanía que iba á mostrar este género durante todo el siglo xvii, llegando á
^r uno de los más ricos del arte nacional. No faltan elementos indígenas en las coleccio-
nes que quedan reseñadas, pero lo que en ellas predomina es el gusto italiano. Y aun
pudieran multiplicarse las pruebas de esta imitación, mostrando cómo se infiltra y pene-
0) No he podido encontrar un rarísimo pliego suelto gótico que describe Salva (n. 1.179 de su
Catálogo) y contenia un cuento en prosa, Como vn rusHeo lahrador egaiío a vno$ mercadere$^ cuatro
hojas, sin lugar ni afio, hacia 1510, según el parecer de aquel bibliógrafo. Sir Thomas Grenvílle
tuvo otra edición del mismo pliego con el título algo diverso, Como tm rustico labrador oMtucioso con
co9^o de «ti m^fer engaño a vnos mercadere». Supongo que hoy parará en el Museo Británico.
0BÍQBNB8 DB LA MOYBLA.— 11.--/
cxxxviii ORÍGENES DE LA NOVELA
tra hasta en las obras de temple más castizo y que son sin duda emanación genuina
del ingenio peninsular. Así, el capítulo del buldero, uno de los más atrevidos del La;ta-
rilh) de Tormes^ tiene su germen en un cuento de Masuccio Salemitano (^). Así, las
novelas románticas intercaladas en el Ouxmán de Alfarache^ la de Dorido y Clori"
nia^ la de Bonifacio y Dorotea^ la de Don Luis de Castro y Don Rodrigo de Morí"
talvo^ están enteramente en la manera de los 7wvellieri italianos^ y la última de ellas
procede también de Masuócio (*). Así, la Diana de Jorge de Montemayor, que en su
ioudo debe más al bucolismo galaico-portugués que á la Arcadia de Sanuazaro, se enga-
lana con la historia de los amores de D. Félix y Felismena, imitada de Bandello (').
Novelas del mismo corte y origen se encuentran por incidencia en otros libros, cuya
materia principal no es novelesca, especialmente en los manuales de cortesía y buena
crianza, imitados ó traducidos del italiano. Prescindiendo por ahora del Cortesano de
Boscán, que es pura traducción, aunque admirable, y que tendrá más adecuado lugar
en otro capítulo de la presente historia, donde estudiaremos los diálogos que pintan
aspectos varios de la vida social, no podemos omitir la ingeniosa refundición que del
Oalateo de Messer Giovanni Della Casa hizo Lucas Gracián Dantisco en su Galateo
Español (1599), libro de los más populares, como lo acreditan sus numerosas edicio-
nes (*). El autor nos ofrece á un tiempo la teoría y la práctica de las novelas y ctienios^
dándonos curioso specimen de la conversación de su época.
(') Es el 4.*^ del Novellino. Notó antes que nadie esta semejanza Morel-Fatio.
«Fra Girolaino da Spoleto con un osso di corpo tnorto fa credere al popólo Sorrentino sia ii bra-
]»ccio di Santo Luca: il compagno gli dá contra: lui prega Iddio che ne dimostrí aiiracolo: il coni-
tpagno finge cascar inorto, ed esso oramai lo ritorna in vita; e per li doppi tniracoli raduna nssai
vmoneta, diventane prelato, e col compagno poltroneggia}».
(II Novellino di Mcuuccio Salemitano^ ed. de Settembrini, p. 53 y ss.)
('} Esta imitación fue ya indicada en la History of fiction de Dunlop (trad. alemana de Lie-
brecht, p. 268). Es la novela 41 de Masuccio (p. 425). Due cavalieri Jioreniini se innamorano de due
sorellejiorentihet son necessitati ritomarsi in Francia. Una delle quelle con una sentenziosa intramessa
de un falso diamante f a tuUi doi r ¿tornare in Fiorenza, e con una strana maniera godono a la fine di
loro amores.
Do estas y otras imitaciones trataré en sus lugares respectivos. Aquí basta indicarlas.
(') Véase el primer tomo de la presente obra, pág. OCCOLVIII.
(^) Las ediciones más antiguas del Qalateo que citan los bibliógrafos son: la de Zaragoza, 1593;
la de Barcelona. 1595, y la de Madrid, 1599; pero debo de haberlas algo anteriores, puesto que la
dedicatoria está firmada á 10 de enero de 1582. La más antigua de las que he manejado es la
siguiente:
— QakUeo Español, Agora de nuevo corregido y emendado. Autor Lucas Gradan Dantisco criado
de su Magestad, Impressó en Valencia^ en casa de Pedro Patricio Mey, 1601, A costa de BaUhasar
Simón mercader de libros.
8.^ 239 pp. (por errata 293).
Aprobación del Dr. Pedro Juan Asensio, por comisión del patriarca D. Juan de Ribera (20 de
marzo de 1601).
cA viendo visto en el discurso de mi vida, por esperiencia todas las reglas de este libro, me
pareció aprovecharme de las más, que para el tiempo de la juventud pueden ser de consideración,
trad nziend olas del Galateo Italiano, y añadiendo al proposito otros Cuentos y cosas que yo he visto
y oydo; los quales servirán de sainóte y halago, para pasar sin mal sabor las pildoras de una amable
reprehensión que este libro haze. Que aunque va embuelto en cuentos y donayres, no dexara de
aprovechar a quien tuviere necessidad de alguno destos avisos, si ya no tuviere tan amarga la boca,
y estragado el gusto, que nada le parezca bien...]»
INTRODUCCIÓN cxxxix
cAllende de las cosas dichas, procure el gentil hombre que se pone á contar algún I
cuento ó fábula, que sea tal que no tenga palabras desonestas, ni cosas suzias, ni tan \
puercas que puedan causar asco á quien le oye, pues se pueden dezir por rodeos y tér- '
minos limpios y honestos, sin nombrar claramente cosas semejantes; especialmente si
en el auditorio hubiesse mugeres, porque alli se deve tener más tiento, y ser la marafia
del tal cuento clara, y con tal artificio que vaya cevando el gusto hasta que con el
remate y paradero de la novela queden satisfechos sin duda. T tales pueden ser las
novelas y cuentos que aUende del entretenimiento y gusto, saquen dellas buenos exem-
plos y moralidades; como hazian los antiguos fabuladores, que tan artificiosamente
hablaron (como leemos en sus obras), y á su imitación deve procurar el que cuenta las
fábulas 7 consejas, o otro cualquier razonamiento, de yr hablando sin repetir muchas
vezes una misma palabra sin necesidad (que es lo que llaman bordón) y mientras pu-
diere no confundir los oyentes, ni trabajalles la memoria, excusando toda oscuridad,
especialmente de muchos nombres» (*).
Gomo muestra del modo de contar que tenía por más apacible, trae la ingeniosa
Novela del gran Soldán con los amores de la linda Axa y el Príncipe de Ñapóles.
Esta novela es seguramente de origen italiano, y en Castilla había pasado ya al teatro,
según nos informa Gracián Dantisco. cY pues en todas los cosas deste tratado procu-
> ramos traer comparaciones y exemplos al proposito, en este que se nos ofrece pon-
«dremos un cuento del cual, por aver parecido bien á unos discretos cómicos, se hizo
» una hermosa tragicomedia» (^).
Lucas Gracián Dantisco, que no es un mero traductor, sino que procura acomodar
el Oalateo toscano á las costumbres españolas, nos da suficiente testimonio de que el
ejercicio de novelar alternativamente varias personas en saraos y tertulias era ya cosa
Sonetos laudatorios del Licenciado Gaspar de Morales, de Lope de Vega y de un anónimo.
Todo el libro está lleno de ouentecillos, unos traducidos del italiano y otros originales de Gra-
cián Dantisco. •
— Oalateo Español. Agora nueuamente impressOy y emendado. Avior Lucas Gradan DanUsco,
criado de su Magestad. Y de nueuo va afíadido el destierro de la ignorancia^ que es Quatemario de
auisos eonuenienies a este nuestro Galateo, Y la vida de Lazarillo de Tormes. castigado. Con licencia.
En Valladolid, Por Luii Scmcksz. Año de 1603. A costa de Miguel Martínez.
8.**, 6 hs. prls. y 295 pp. dobles.
Pág. 171. ^Destierro de ignorancia» Nueuamente compuesto y sacado a luz en lengua Italiana por
Horacio Riminaldo Bolones, Y agora traduzido de lengua Italiana en Castellana. Con licencia. En
VaUadolid. Por Luye Sánchez. Año M.DCIII.
bEb obra muy prouechosa y de gran curiosidad y artificio; porque cifrándose todo lo que en ella
se contiene debaxo del numero de quatro, discurre con él por todo el Abecedario, conien9ando pri-
meramente por cosas que tienen por principio la letra A desta suerte. .]>
Fol. 217. Lazarillo de TormeSj castigado. Agora nueuamente impresso, y emendado.
Hay reimpresiones de 1632, 1637, 1664, 1722, 1728, 1746, 1769 y otras varían.
(«) Pág. 151 de ia ed. de Valencia, 1601.
(«) PP. 154-179.
Ksta novelita llegó á ser tan popular, que todavía se hizo de ella una edición de cordel á media-
dos del figlo XVIII.
Efistoria del Gran Soldán con los amores de la linda Axa y Principe de Ñapóles, Córdoba , Juan
Rodríguez de la Torre, Sin afio.
Modernamente la refundió Trueba en uno de sus Cuentos Populares que lleva por titulo El
Príncipe Desmemoriado,
oxL orígenes de la novela
corriente en su tiempo. cDeve también el que acaba de contar qualqaiera cuento o
» novela como ésta, aunque sepa muchas, y le oygan de buena gana, dar lugar á que
» cada qual diga la suya, j no enviciarse tanto en esto que le tengan por pesado o
^ importuno; no combidando siempre a dezillas, pues principalmente sirven para hen-
*chir con ellas el tiempo ocioso» (*).
Hemos seguido paso á paso esta incipiente literatura, sin desdeñar lo más menudo
de ella, aun exponiéndonos al dictado de micrófilOj para que se comprenda qué prodi-
gio fueron las Navelas Ejemplares de Cervantes, surgiendo de improviso como sol de
! verdad y de poesía entre tanta confusión y tanta niebla. La novela caballeresca, la
- novela pastoril, la novela dramática, la novela picaresca, habían nacido perfectas y
j adultas en el Amadís^ en la Diafia^ en la Celestina^ en el Lazarillo de Tormes^ sus
I primeros y nunca superados tipos. Pero la novela corta, el género de que simultánea-
' mente fueron precursores D. Juan Manuel y Boccaccio, no había producido en nuestra
literatura del siglo xvi narración alguna que pueda entrar en competencia con la más
endeble de las novelas de Cervantes: con el embrollo romántico de Las dos doncellas.
6 con el empalagoso ÁTnante Liberal^ que no deja de llevar, sin embargo, la garra del
lean, no tanto en el apostrofe retórico á las ruinas de la desdichada Nicosia como en
la primorosa miniatura de aquel imancebo galán, atildado, de blancas manos y rizos
^cabellos, de voz meliflua y amorosas palabras, y finalmente todo hecho de ámbar y de
> alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados». ¡Y qué abismos hay que
salvar desde estas imperfectas obras hasta el encanto de La Oitanilla^ poética idealiza-
ción de la vida nómada, ó la sentenciosa agudeza de El Licenciado Vidriara, 6 el brío
picaresco de La Ilustre Fregona^ 6 el interés dramático de La Señora Cornelia y de
La Fuerza de ía Sangre^ 6 la picante malicia de El Casamiento Engafioso^ 6 la pro-
funda ironía y la sal lucianesca del Coloquio de los Perros^ 6 la plenitud ardiente
de vida que redime y ennoblece para el arte las truhanescas escenas de Rinconete y
Cortadillo! Obras de regia estirpe son las novelas de Cervantes, y con razón dijo Fede-
rico Schlegel que quien no gustase de ellas y no las encontrase divinas jamás podría
<)ntender ni apreciar debidamente el Quijote, una autoridad literaria más grande que
ía suya y que ninguna otra de los tiempos modernos, Goethe, escribiendo á Schiller
en 17 de diciembre de 1795, precisamente cuando más ocupado andaba en la compo-
sición de Wilhelm Meister^ las había ensalzado como un verdadero tesoro de deleite y
de enseñanza, regocijándose de encontrar practicados en el autor español los mismos
principios de arte que á él le guiaban en sus propias creaciones, con ser éstas tan la-
boriosas y aquéllas tan espontáneas. ¡Divina espontaneidad la del genio que al forjarse
su propia estética adivina y columbra la estética del porvenir! (^).
M. Menéndkz y Pela yo.
.Santander^ Enero de 1907,
(•) PP. 179-180.
(' ) La extensión que ha tomado el presente capitulo me obliga á diferir para el volamen si-
guiente, que será el tercero de estos Orígknes de la novela, el estudio de las novelas de costum-
bres y do las novelas dramáticas anteriores á Cervantes. En él se encontrarán también las noticias
críticas y bibliográficas de algunos diálogos satíricos afines á la novela, cuyo texto va incluido en
el presente volumen.
ORÍGENES BE LA NOVELA
NOVBLAS Y LIBROS DE PASATIEMPO ANTERIORES Á CERVANTES
CÁRCEL DE AMOR
DIEGO DE SAN PEDRO
EL SEGUIENTE TRACTADO FUÉ HECHO A PEDIMIENTO
DEL SEÑOR DON DIEGO HERNANDES:
AT.CAYDE DE LOS DONZELES Y DE OTROS CAUALLEROS CORTESANOS:
LLÁMASE «CÁRCEL DE AMORD. CONPÚSOLO SAN PEDRO.
COMIENrA EL PROLOGO A8SI
Muy virtuoso señor:
Aunqne me falta sofrímicnto para callar, no
me f al lesee conoscímiento para yer quanto me
estaría meior preciarme de lo que callase que
arepcntirmc de lo que dixiesc; j puesto que assi
lo conozca, arnque yeo la verdad sigo la opi-
nión, y como hago lo peor nunca quedo sin cas-
t!,tco, jHírque si con rudeza yerro con yerguen^a
pa^o. Verdad es que en la obra presente no
tJUíío tanto cargo pues me puse en ella más por
necesi'lad de obedescer que con voluntad de es-
crt'uir. Porque de vuestra merced me fue dicho
que deuia hazer alguna obra del estilo de vna
oración que enbié a la señora doña Marina Ma-
nuel porque le parecia menos malo que el que
puse en otro tratado que vio mió. Assi que por
couplir su mandamiento pense hacerla, auien-
do por meior errar en el dezir, que en el desobe-
decer. Y también acorde enderevarla á vues-
tra merced, porque la fauorezca como señor y la
emiende como discreto. Como quiera que pri-
mero que me determinase, estuuc en grandes
dnbJas. Vista vuestra discreción temia, mirada
vuestra virtud osana. En lo uno hallaua el mie-
do, y en lo otro buscaim la seguridad, y en fin
oscoi,a lo más dañoso para mi verguenvíi, y lo
más jTovechoso para lo que deuia.
ÜRÍOEXES Di: LA MOyBLA. — 1
Podré ser reprehendido, si en lo que agora
escriño, tornare á dezir algunas razones, de las
que en otras cosas he dicho. De lo qual suplico
á vuestra merced me salue; porque como he
hecho otra escritura de la calicUid de cstA, no es
de marauillar que la memoria desfallesca. Y si
tal se hallare, por cierto más culpa tiene en ello
mi oluido que mi querer.
Sin dubda. Señor, considerado esto y otras
cosas que en lo que escriño se pueden hallar, yo
estaña determinado de cesar ya en ej metro y en
la prosa, por librar mi rudeza de juyzios, y mi
espíritu de trabaios. Y paresce quanto más
pienso hazerlo, que se me ofrecen mas cosas
para no poder conplirlo. Suplico á vuestra mer-
ced antes que condene mi falta, juzgue mi vo-
luntad, porque reciba el pago no scgund mi ra-
zón, mas segund mi deseo.
C0MIEy(;A LA OBRA
Después de hcclia la guerra del año pasado,
viniendo á tener el inuierno á mi pobre reposo,
pasando vna mañana, quando ya d sol queria
esclarecer la tierra, por vnos valles hondos y
osL'urfJS, que se hazon en la Sierra M<jrena, vi
salir á mi encuentro por entre unos robredales
do mi camino se hazia, vn cauallero assi feroz
do presencia como espantoso de vista, cubierto
todo de cabello á manera de saluaie. L^uaua en
ORÍGENES DE LA NOVELA
la mano ysqnicrda vn escudo de azero mny
fuerte j en la derecha una ymagen femenil, en-
tallada cu yna piedra muy clara, la qual era
de tan estrema hermosura, que me turbaua la
TÍ8ta; sallan della diuersos rayos de fuego que
leuaua encendido el cuerpo de vn onbre quel
cauallero forciblemcnte leuaua tra si. El qual
con un lastimado gemido de rato en rato dezia:
en mi fe se sufre todo.
Y como empareió comigo, dixome con mor-
tal angustia: caminante, por Dios te pido que
me sigas y me ayudes en tan grand cuyta. Yo
que en aquella sazón tenia más causa para te-
mor que razón para responder; puestos los oios
en la estraña rision estoue quedo, trastornando
en el corai/on diuersas consideraciones. Dexar
el camino que leuaua pareciame desuario, no
hazer el mogo de aquel que assi padecia figu-
rauastme inumanidaid. En siguille auia peli-
gro, y en dexalle flaqueza. Con la turbación
no sabia oscojer lo meior. Pero ya que el es-
panto doxü mi alteración en algund sosiego, vi
quanto era más obligado á la virtud que á la
vida: y empachado de mi mesmo por la dubda
en que cstuue, seguí la via de aquel que quiso
ayudarse de mi. Y oomo apresuré mi andar,
sin mucha tardanza alcancé a él y al que la
fuerya le hazia, y assi seguimos todos tres por
vnas partes no menos trabaiosas de andar, que
solas de plazer y de gente, y como el ruego del
forjado fué causa que lo siguiese, para acome-
ter al que lo leuaua faltábame aparejo y para
rogalle mercBcimiento, de manera que me falle-
cía consoio. Y después que reboluí el pensa-
miento en muchos acuerdos, tomé por el me-
ior ponerle en alguna plática, porque como él
me resi)ondiese, así yo determinase. Y con este
acuerdo supliqutUe con la mayor cortesia que
pude, me quisiese dezir quien era, á lo qual
assi me respondió: Caminante, segund mi na-
tural condición, ninguna respuesta quisiera
darte pí»rque mi oficio mas es para secutar
mal que para responder bien; pero como siempre
me crié entre onbres de buena crianza, vsaré
contigo de la gentileza que aprendí y no de la
braueza de mi natural. Tú sabrás pues lo quie-
res saber. Yo soy principal oficial en la casa
de am(»r, llamanme por nonjbre Deseo. Con la
fortaleza doste escudo defiendo las esperancas, y
con la licrmosura desta ymagen causo las aficio-
nes y con ellas quemo las vidas, como puedes
ver en este preso que lieuo á la cárcel de Amor
donde con solo morir se espera librar.
Quando estas cosas el atormentator cauallero
me yba dizicndo, sobiamos vna sierra de tanta
altura, que á mas andar mi f uerya desfallecía : y
ya que con mucho trabaio llegamos á lo alto
della, acabó su respuesta. Y como vido que en
más pláticas quería ponelle yo que comenyaua á I
dalle gracias por la merced rccebida, súpitamen-
te desapareció de mi presencia. Y como esto pa-
só a tienpo que la noche venia, ningnnd tino
pude tomar para saber donde guió: y como la
escuridad y la poca sabiduría de la tierra me
fuesen contrarias, tomé por propio conseio no
mudarme de aquel lugar. Allí comencé á mal-
dezir mi ventura, allí.desesperaua de toda espe-
ranya, allí csperaua mi perdimiento, allí en me-
dio de mi tribulación nunca me pesó de lo hecho;
porque es meior perder haziendo virtud, que
ganar dexandola de hazer. Y assi estuue toda
la noche en tristes y trabaiosas contemplaciones:
y quando ya la lumbre del día descubrió los
canpos, vi cerca de mí, en lo mas alto de la sier-
ra, vna torre de altura tan grande, que me pa-
recía llegar al cielo; era hecha por tal artificio,
que de la estrañeza della comencé á maraui-
llarme. Y puesto al pie, avnque el tienpo se me
ofrecia más para temer que para notar, miré la
nouedad de su lauor y de su edificio.
El cimiento sobre que estaua fundada, ers
vna piedra tan fuerte de su condición y tan cla-
ra de su natural, qual nunca otra tal iamás
auia visto: sobre la qual estañan firmados quatro
pilares de vn marmol morado muy hermoso de
mirar. Eran en tanta manera altos, que me es-
pantauacomo se podían sostener. Estaua encima
dellos la! irada vna torre de tres esquinas, la más
fuerte que se puede contemplar. Tenia en cada
esquina, en lo alto della, vna ymagen de nues-
tra umana hechura, de metal, pintada cada
vna de su color; la vna de leonado, y la otra
de negro, y la otra de pardillo. Tenia cada vna
dellas vna cadena en la mano asida con mucha
fuerya. Vi más encima de la torre vn chapitel
sobrél qual estaua vn águila que tenia el pico
y las alas llenas de claridad de vnos rayos de
lumbre que por dentro de la torre salían á ella.
Oya dos velas que nunca vn solo punto dexauan
de velar. Yo que de tales cosas iustamente me
marauillaua, ni sabia dellas qué pensase, ni de
mí qué hiziese; y estando conmigo en grandes
dubdas y confusión, vi trauada con los mármo-
les dichos vn escalera que llegaua á la puerta de
la torre, la qual tenia la entrada tan escura,
que parescia la sobida della á ningund onbre
posible. Pero ya deliberado quise antes perder-
me por sobir, que sainarme por estar, y forya-
da mi fortuna, comencé la sobida. Y á tres pa-
sos del escalera hallé vna puerta de hierro, de
lo que me certificó más el tiento de las manos
que la lumbre de la vista, segund las tinieblas
do estaua. Allegado pues á la puerta, hallé en-
ella vn portero, al qual pedí licencia para la en-
trada, y respondióme que lo hacia, pero que me
conuenía dexar las armas primero qui^ entrase;
y como le dami las que leuaua, segund cos-
tumbre de caminantes, dixome:
CÁRCEL DE AMOR
Amigo, bien paresce qae de la usanza desta
casa sabes poco. Las. armas que te pido, j te
oonuiene dexar, son aqaellas con que el corat¡on
se saele defender de tristeza, assi como Descan-
so, j E8peFan9a, j Contentamiento, porque con
tales condiciones ninguno pudo gozar de la de-
manda que pides.
Pues sabida su intención, sin detenerme en
echar iujzios sobre demanda tan nueua, res-
pondile que yo venia sin aquellas armas, y que
dello Ic daña seguridad. Pues como dello fue
cierto, abrió la puerta: y con mucho trabajo y
desatino llegué ya á lo alto de la torre donde
hallé otro guardador que me hizo las pregun-
tas del primero, y después que supo de mí lo
que el otro, diome lugar á que entrase. Y lle-
gado al aposentamiento de la casa, tí en medio
della Tua silla de fuego en la qual estaua asen-
tado aquel cuyo ruego de mi perdición fue cau-
sa. Pero como allí con la turbación descargaua
con los oíos, la lengua más entendía en mirar
marauillas que en hazer preguntas, y como la
rista no estaua despacio, tí que las tres ca-
denas de las ymágines que estañan en lo alto
de la torre tenían atado aquel triste que sien-
pre se quema ua y nunca se acabaña de quemar.
xíoté naás, que dos duefias lastimeras con ros-
tros llorosos y tristes le sernian y adomauan,
Souiendole con crueza en la cabeza rna corona
e mas puntas de hierro sin ninguna piedad,
que le traspasauan todo el celebro. Y después
desto miré que yn negro vestido de color amari-
lla Ycnia diuersas vezes á echalle una visarma, y
tí que le reccbía los golpes en m escudo que su-
{>itamente le salía de la cabera y le cobria hasta
06 píes. Vi más, que quando le trnxeron de co-
mer le pusieron yna mesa neg^^, c tres serni-
dorcs mucho diligentes, los qnales le daunn con
grane sentimiento de comer. Y bucltos los oíos
al TU lado de la mesa, vi vn rieio anciano sen-
tado en ma silla, echada la cabera sobre yna
mano en manera de onbre cuidoso, y ningu-
na destas cosas pudiera ver segund la escuri-
dad de la torre, sino fuera por vn claro resplan-
dor que le salía al preso del cora^n, que la es-
clarecía toda. El qual como me yió atónito de
rer cosas de tales misterios, yiendo como esta-
ua en tienpo de poder pagarme con su habla lo
poco que me deuia, por danne algund descanso,
mezclando las razones discretas con las lágri-
mas piadosas, comen^ en esta manera á de-
zinne:
EL PRESO AL AUGTOR
Alguna parte del coraron quisiera tener libre
de sentimiento pordolerme de tí, segimd yo de-
uiera y tú merecías. Pero ya tu vees en mi tri-
bulación, que no tengo poder para sentir otro
mal sino el mió. Pidote que tomes por satisfa-
cion no lo que hago, mas lo que deseo. Tu ve-
nida aquí yo la causé. El que viste traer preso
yo soy, y con la turbación que tienes, no as
podido conoscerme. Toma en tí tu repuso, so-
siega tu iuyzio porque estés atento á lo que te
quiero dezir. Tu venida fué por remediarme,
mi habla será por darte consuelo puesto que yo
del sepa poco. Quien yo soy quiero dezirte; de
los misterios que vees quiero informartt.>. La
causa de mi prisión quiero que sepas, que me
delibres quiero pedirte si por bien lo touieres.
Tú sabrás que yo soy Leriano, hijo del duque
Guersio, que Dios perdone, y de la duquesa Co-
leria. Mi naturaleza, es este reyno do estás, lla-
mado Macedonia. Ordenó mi ventura que me
enamorase de Laureola hija del rey Gaulo que
agora rcyna, pensamiento que yo deviera antes
huyr que buscar; pero como los primeros moui-
mientos no se puedan en los onbres escusar, en
lugar de desuíallos con la razón, confírmelos con
la voluntad, y assi de amor me vencí, que me tni-
xo á esta tu casa la qual se llama Cárcel de
Amor. Y como nunca perdona, viendo desple-
gadas las velas de mi deseo, púsome en el estado
que vees, y porque puedas notar nieior su fun-
damiento y todo lo que has visto, deues saber
que aquella piedra sobre quien la prisión está
fundada, es mi Fé que detemnuó de sofrir el
dolor de su pena por bien de su mal. Los quatro
pilares que asientan sobre ella son mi Entendi-
miento y mi Razón, y mi Memoria, y mi Volun-
tad. Los quales mandó Amor parescer en su
presencia antes que me sentenciase; y por hazer
de mi insta iusticia, preguntó por si á cada vno
si consentía que me prendiesen, porque si al-
guno no conseutiese me absoluería de la pena.
A lo qual respondieron todos en esta manera.
Dixo el Entendimiento: yo consiento al mal de
la pena por el bien de la causa, de cuya razón
es mi voto que se prenda. Dixo la Rayón : yo
no solamente do consentimiento en la prisión,
más ordeno que muera; que meior le estará la
dichosa muerte que la desesperada vida, segund
por quien se ha de sofrir. Dixo la Memoria:
pues el Entendimiento y la Razón consienten,
porque sin morir no pueda ser libre, yo prumeto
de nunca oluidar. Dixo la Voluntad: pues que
assi es, yo quiero ser llaue de su prisión y dc-
teroiino de sienprc querer. Pues oyendo Amor
que quien me auia de sainar me condenaua, dio
como insto esta sentencia cruel contra mí. Las
tres ymágines que viste encima de la torre cu-
biertas cada vna de su color, de leonado y negro y
pardillo, la vna es Tristeza, y la otni Congoxa. y
la otra Trabaio. Las cadenas que tenían en las
manos son sus fuereas, con las quales tiene atado
el coraron porque ningund descanso pueda rece-
bir. La claridad grande que tenia en el pico y
ORÍGENES DE LA NOVELA
alas el águila que Tiste sobre el chapitel, es mi
Pensamiento, del qnal sale tan clara luz por
quien está en él, que basta para esclarecer las ti-
nieblas (leste triste cárcel, j es tanta su fuerya
que para llegar al águila ningnnd impedimento
le haze lo grueso del muro, assi que andan
él j ella en y na coupañia, porque son las dos
cosas que más alto suben, de cuja causa está
mi prisión en la mayor alteza de la tierra.
Las dos velas que ojes velar con tal recaudo,
son Desdicha j Desamor. Traen tal aniso por-
que ninguna esperany-a me pueda entrar con
remedio. El escalera obscura por do sobiste es
el Angustia con que sobi donde me vees. El pri-
mero portero que hallaste, es el Deseo, el qual
4 todas tristezas abre la puerta, y por esso te
dixo que dexascs las armas do plazer si por caso
las trayas. El otro que acá en la torre hallaste,
es el Tormento que aqui me traxo, el qual
sigue en el cargo que tiene la condición del pri-
mero, porque esta de su mano. La silla de fuego
en que asentado me vees, es mi insta Afición
cuyas llamas siempre arden en mis entrañas.
Las dos dueñas que me dan como notas corona
de martyrio, se llaman la vna Ansia y la otra
Passion, y satisFayen á mi Fé con el galar-
dón presente. El vicio que vees asentado, que
tan cargado pensamiento representa, es el gra-
ue Cuy dado que iunto con los otros males pone
amenazas á la vida. El negro de vestiduras
amarillas que se trabaia por quitarme la vida,
se llama Desesperar; el escudo que me sale de
la cabey^k con que de sus golpes me defiendo, es
mi luyzio, el qual viendo que vo con desespe-
ración á matarme, dizeme que no lo haga, por-
que visto lo que merece Laureola antes deuo
desear larga vida por padecer, que la nmerte
para acabar. La mesa negra que para comer me
ponen, es la Firmeza con que como, y pienso y
duermo, en la qual sienpre están los nianiares
tristes de mis contenplaciones. Los tres solíci-
tos seruidoresque me seruian, son llamados Mal
y Pena y Dolor. El vuo trae la cuyta con que
coma y el otro trae la desesperanza en que viene
el maniar, y el otro trae la tribulación y con ella,
para que beua, trae el agua del coraron á los
oíos, y de los oios á la boca.
Si te parece que soy bien seniido tú lo iuzga;
6Í remedio he menester tú lo vees ; ruégete mu-
cho, pues en esta tierra eres venido, que tú me lo
busques y te duelas de mi. No te pido otro bien
siuj que sepa de tí Laureola, quál me viste, y
si por ventura te quisieres del lo eseusar por-
que me veos en tienpo que me falta sentido para
que te lo aj^radezca, no to escuses, que mayor
virtud es reden lir los atribulados (juo sostener
los prósperos. Assi sean tus obras que ni tú te
quexes de ti por lo que no lieziste, ni yo por lo
que pudieras hazer.
RESPUESTA DEL AUCTOB i LERIAKO
En tus palabras, señor, as mostrado que
pudo Amor prender tu libertad y no tu Tirtud,
lo qual se prueua porque segund te veo denes
tener mas gana de morir que de hablar, y por
proueer en mi fatiga forjaste tu voluntad, iuz-
gando por los trabaios pasados y por la cuyta
Í)resente que yo temía de bcnir poca esperanza,
o que sin duda era assi, pero causaste mi perdi-
ción como deseoso de remedio y remediastela
como perfeto de iuyzio. Por cierto no he ávido
menos plazer de oyrtc que dolor de verte, por-
que en tn persona se muestra tu pena y en tus
rayones se conosce tu bondad; siempre en la
peior fortuna socorren los virtuosos como tú
agora á mi heziste, que vistas las cosas desta tu
cárcel yo dnbdaua de mi saluacion creyendo ser
hechas mas por arte diabólica que por condi-
ción enamorada. La cuenta, señor, que me as
dado te tengo en merced; de saber quien eres
soy muy alegre; el trábalo por tí recebido he
por bien enpleado. La moralidad de todas es-
tas figuras me ha plazido saber puesto que di-
uersas vezes las vi; mas como no las pueida ver
sino corayon catino, quando le tenía tal conos-
cialas, y agora que estaña libre dubdaualas.
Mandasme, señor, que haga saber á Laureola
quál te vi, para lo qual hallo grandes inconue-
nientes porque un onbrc de nación estraña
¿qué forma se podrá dar para negociación se-
meiante? Y no solamente ay esta duda pero
otras muchas. La rudeya de mi engenio, la di-
ferencia de la lengua, la grandeza de Laureola,
la graueza del negocio, assi que en otra cosa no
hallo apareio sino en sola mi voluntad la qual
vence todos los inconueniontes dichos, que para
tu seruicio la tengo tan ofrecida como si ouiese
seydo tuyo después que nascí. Yo haré' de gra-
do lo que mandas. Plega á Dios que lieues
tal la dicha como el deseo, porque tu delibera-
ción sea testigo de mi diligencia. Tanta afición
te tengo y tanto me ha obligado á amarte tu
nobleza, que avría tu remedio por galardón
de mis trabaios. Entre tanto que vo, deues
tenplar tu sentimiento con mi csperanya por-
que quando bueluo, si algund bien te truxere,
tengas alguna bina con que puedas sentillo.
EL AÜCTOR
E como acabé de rosptuider á Tioriano en la
manera que es escrita, infórmeme del camino
de Suria, ciUlad donde estaña á la sazón el ley
do Macodonia, que era media iornada de la pri-
sión donde partí, y puesto en obra mi cíimino,
llegué á la corte y desjiuos quo ine aposenté
fiiy á palacio por ver ol trato y rstilo de la gente
cortesana, y tanbien paní mirar la forma del
CÁRCEL DE AMOR
Aposontamiento por saber donde me conplift yr
6 estar 6 aguardar para el negocio que quería
aprender. Y hize esto ciertos días por aprender
meior lo que nías me conuíniese, y quanto más
estudiaua en la forma que ternía, menos dispu-
sícíon se me ofrecía para lo que dcseaua; y
bascadas todas las maneras que me auian de
aprouechar, hallé la mas aparejada comunicar-
me con algunos mancebos cortesanos de los
principales que allí veya, y como generalmente
entre aquellos se suele hallar la buena crian9a,
asBÍ me trataron y dieron cabida que en poco
tienpo yo fui tan estimado entrellos como si
fuera de su natural nación, de forma que vine
á noticia de las damas; y assi, de poco en poco,
oae de ser cono9Ído de Laureola y auiendo ya
noticia de mí, por más participarme con ella,
contaoale las cosas marauillosas de Spaña, cosa
de que mucho holgaua, pues riéndome tratado
della como semidor, parecióme que le podría ya
dezir lo que quisiese; y yn día que la vi en vna
sala apartada de las damas, puesta la rodilla en
el snelo, dixelc lo siguiente:
EL AÜCTOR Á LAUREOLA
Xo les está menos bien el perdón á los po-
derosos quando son deseruidos, que á los pe-
queños la venganza quando son iniuríados; por-
que los ynos se emiendan por onrra y los otros
perdonan por yirtud, lo qual si á los grandes
ombres es deuido, mas y muy mas á las genero-
sas mugeres que tienen el cora9on real de su na-
cimiento y la piedad natural de su condición.
Digo esto, sefiora, porque para lo que te quie-
ro dezir halle osadia en tu grandeza, porque no
la puedes tener sin munifícen:ia. Verdad es que
primero que me determinase es tone dubdoso,
pero en el fin de mis dubdas toue por meior, si in-
umanamente me quisieses tratar, padecer pena
por dezir, que sofrilla por callar. Tú, señora,
sabrás que caminando yn día por unas aspere-
zas desiertas y i que por mandado del Amor le-
nauan preso á Leriano, hijo del duque Guersio,
el qual me rogó que en su cuyta le ayud«ase, de
cuya razón dexé el camino de mi reposo por to-
mar el de su trabaio; y después que largamente
con el caminé yile meter en rna prisión dulce
para su yolnntad y amarga para su yida, donde
todos los males del mundo sostiene, dolor le ator-
menta, pasión le persigue, desesperanya le des-
truye, muerte le amenaza, pena le secuta, pen-
samiento lo desuela, deseo le atribula, tristeza
le condena, fé no le salua, supe del que de todo
esto tú eres causa, iuzgué, segiind le vi, mayor
dolor el que en el sentimiento callaua que el que
con lagrimas descobría,y,yista tu presencia, ha-
llo su tormento insto. Con sospiros que le sacauan
las entrañas me rogó te liiziese sabidora de su
mal. Su ruego fue de lastima y mi obediencia de
compasión. En el sentimiento suyo te iuzgué
cruel, y en tu acatamiento te yco piadosa, lo
qual ya por razón que de tu hermosura se cree
lo vno y de tu condición se espera lo otro. Si
la pena que le causas con el merecer, le reme-
dias con la piedad, serás entre las mugeres na-
cidas la más alabada de quantas nacieron. Con-
tenpla y mira quanto es meior que te alaben
porque rcdcniiste, que no que te culpen por-
que mataste; mira en qué cargo eres á Leriano,
que ayn supassion te haze seniicio, pues si la re-
medias, te da causa que puedas hazcr lo mismo
que Dios, porque no es de menos estima el rede-
mir quel criar: assí que harás tú tanto en quitalle
la muerte, como Dios en darle la yida. No sé
que escusa pongas para no remediallo. Si no
crees que matar es yirtud, no te suplica que le
hagas otro bien sino que te pese de su mal, que
cosa grane para tí no creas que te la pidirya;
que por meior ayrá el penar que serte á tí cau-
sa de pena. Si por lo dicho mi atreuimiento me
condena, su dolor del que me enbía me asuel-
ue, el qual es tan grande que ningund mal me
podrá venir que yguale con el que me causa. Su-
plicóte sea tu respuesta conforme á la yirtud
que tienes y no /. la saña que muestras, porque
tú seas alabada, y yo buen mensaiero, y el ca-
tino Leriano libre.
RESPUESTA DE LAUREOLA
Así como fueron tus razones temerosas de de-
zir, assi son granes de perdonar. Si como eres
de Spaña fueras de Macedonia, tu razonamien-
to y tu yida acabaran á yn tiempo, assi que por
ser estraño no recebiras la pena que merecías,
y no menos por la piedad que de mi iiizgaste,
como quiera que en casos semeiantes tan de-
yida es la iusticia como la clemencia, la qual
en tí secutada pudiera causar dos bienes: el
y no, que otros escarmentaran, y el o<ro que las
altas mugeres fueran estimadas y tenidas se-
gund merecen. Pero si tu osadía pide el castigo,
mi mansedumbre consiente que te perdone, lo
qual ya fuera de todo derecho, porque no sola-
mente por el atreuimiento deuias morir, más por
la ofensa que á mi bondad hezistc, en la. qual
posiste dubda; porque si á noticia de algunos
lo que me desiste yeniese, más creería que fué
por el apareio que en mi hallaste que por la
pena que en Leriano yiste, lo que con razón
assí deue pensarse, yiendo ser tan insto que mi
grandeza te posiese miedo, como su mal osadia.
Si mas entiendes en procurar su libertad, bus-
cando remedio para él hallarás peligro para tí;
y auysote, avnque seas estraño en la nación, que
serás natural en la sepoltura. Y porque dete-
nerme en plática tan fea ofendo mi lengua, no
ORÍGENES DE LA NOVELA
digo más, que para que sepas lo que te cumple,
lo dicho basta. Y si alguna esperaiu/a te queda
porque te hable, en tal caso sea de poco beuir
si más de la embaxada pensares vsar.
EL AUCTOB
Q liando acabó Laureola su habla, tí, aruque
fue corta en razón, que fue larga en enoio, el
qual le enpedia la lengua; y despedido della co-
mencé á pensar diuersas cosas que grauemente
me atormentauan. Pensaua quan alongado es-
taña de Spaña, acordauaseme de la tardanca que
hazia, traja á la memoria el dolor de Leriano,
desconfíaua de su salud, y visto que no podía
cunplir lo que me dispuse á hazer sin mi peli-
gro ó su lil>ertad, determiné de seguir mi pro-
pósito hasta acabar la '\nda ó Icuar á Leriano
esperanza. Y con este acuerdo uolui otro día á
palacio para ver qué rostro hallaria en Lau-
reola, la cual como me vido, tratóme de la pri-
mera manera sin que ninguna mudan^'a hizie-
se: de cuja seguridad tomé grand«s sospechas.
Pensaua si lo hazía por no esquinarme, no
auiendo por mal que tornase á la razón comen-
yüda. Creía que disimulaua por tornar al pro-
pósito para tomar emienda de mi atreuimiento,
de manera que no sabia á qual de mis pensa-
mientos diese fé. En fin, pasado aquel dia j
otros muchos, hallaua en sus aparencias más
causa para osar que razón para temer, j con
este crédito, aguardé tiempo conuenible j hízele
otra habla mostrando miedo, puesto que lo tu-
uiese, porque en tal negociación j con semeiau-
tes personas conuiene fengir turbación: porque
en tales partes el desenpacho es anido por
desacatamieTito, j parece que no se estima ni
acata la grandeva j autoridad de quien oje con
la desvergüenza de quien dize; j por sainarme
deste jerro hablé con ella no segund desenpa-
chado, mas segund temeroso.
Finalmente, jo le dixe todo lo que me pare-
ció que con nenia para remedio de Leriano. Su
respuesta fue de la forma de la primera saluo
que ouo en ella menos saña, j como avnque
en sus palabras avía menos esquiuidad para
que deuies'e callar, en sus muestras hallaua li-
cencia para que osase dezir. Todas las vezes que
tenía lugar le suplicaoa se doliese de Leriano, j
todas Ifts vezes que gelo dezia, que fueron di-
nersas, hallaua áspero lo que respondía j sin
aspereza lo que mostraua; j como traja aviso
en todo lo que se esperaua prouecho, míraua en
ella algunas cosas en que se conosce el coraron
enamorado. Qnando estaua sola véjala pcnsa-
tiua, qnando estaua acompañada no muj ale-
gre; érale la compañía aborrecible j la soledad
agradable. Más vezes se quexaua que estaña
mal por hajr los plazeres. Quando era vista fen- I
gia algún dolor, quando la dexauan daoa gran-
des Suspiros. Si Leriano se nombrana en su pre-
sencia, desatinana de lo que dezía, boluiase sú-
pito colorada j después amarilla, tornauase ron-
ca su boz, secanasele la boca; por macho que
encobría sus mudanzas foryanala la pasión pia-
dosa á la disimulación discreta. Digo piadosa
porque sin dubda segund lo que después mostró
ella, rc^cebia estas alteraciones más de piedad
que de amor, pero como jo pensaua otra cosa
viendo en ella tales señales, tenia en mí despa-
cho algnna esperanza; j con tal pensamiento
partinie para Leriano j después que estensa-
mente todo lo pasado le reconté, dixele que se
esforzase á escreuir á Laureola, proferiéudomeá
dalle la carta, j puesto que él estaua más para
hazer memorial de su hacienda que carta de
su pasión, escriuio las razones de la qual eran
tales.
CABTA DE LERIANO Á LAUREOLA
Si ton ¡era tal razón para escrenirtc como
para quererte, sin miedo lo osara hazer. mas en
saber que escriño para tí, se tnrba el seso j se
pierde el sentido, j desta cansa antes que lo
comenzase toue conmigo grand confusión. Mi
fé dezia que osase, tu grandeza que temiese.
En lo 7no hallaua esperanza j por lo otro des-
esperaua, j en el cabo acordé esto; mas gnaj
de mí que comencé temprano á dolerme j tarde
á quexarme, porque á tal tiempo soj venido
que si alguna merced te mercsciese no aj en
mí cosa biua para sentilla sino sola mi fé. £1 co-
raeon está sin fuerza, j el alma sin poder, j el
iujcio sin memoria. Pero si tanta merced qui-
siesses hazerme que á estas razones te plu-
guiese responder, la fé con tal bien podría bas-
tar para nstituir las otras partes que destniiste.
Yo me culpo porque te pido galardón sin averte
hecho seniicio, aviiquc si recibes en cuenta de
servir el penar, por mucho que me pagues sien-
pre pensaré que me quedas en deuda.
Podras dezir que cómo pense escreuirte; no
te marauilles que tu hermosura causó el afición,
j el afición el deseo, j el deseo la pena, j la
pena el atreuimiento; j si porque lo hize te
pareciere que merezco muerte, mándamela dar,
que muj meior es morir por tu causa que beuir
sin tu esperanza. Y hablandote verdad, la
muerte sin que tú me la dieses jo mismo me
la daria, por hallar en ella la libertad que en la
vida busco, si tú no ouieses de quedar infama-
da por matadora, pues mal auen turado fuese el
remedio que á mí librase de pena j á ti te can-
sase culpa. Por quitar tales inconucnientes te
suplico que hagas tu carta galnnlon de mis
males, que avnque no me mate por lo que á ti
toca, no podré beuir por lo que jo sufro, j to-
CÁRCEL DE AMOR
daría qaedarás condenada. Si algund bien qui-
sieres hazcrmc no lo tardes, sino podra ser que
tengas tienpo de arrepcntirte y no lugar de
remediarme.
EL AÜCTOR
Annqne Leriano scgnnd su grane senti-
miento se quisiera más estender, vsando de la
discreción j no de la pena no escriuio más lar-
gamente; porqae para hazcr saber á Laureola
sa uial bastaua lo dicho, que quando las cartas
dcuen alargarse es quando se cree que ay tal
Toinntad para leellas quien las recibe como para
(>scriuillas quien las enbia; y porquél estnua
libre de tal presunción, no se estciidio más en
su carta. La qual después de acabada recebi con
tantA tristeza de uer las lágrimas con que Le-
riano me la dana, que pude sen tilla meior que
oontalla; y despedido del partime para Laureo-
la, y como llegué donde estaua, hallé propio
tienpo para poderle hablar, y antes que le diese
la carta díxele tales razones.
EL AUGTOR Á LAUREOLA
Primero que nada te diga, te suplico que
recibas la pena de aquel catino tuyo por des-
cargo de la inportunidad mia, que donde quiera
que me hallé siempre tone por costunbre de
semir antes que inportunar. Por cierto, seño-
ra, Leriano siente más el enoio que tú recibes
qae la pasión que el padece, y este tiene por el
maior mal que ay en su mal. De lo qual que-
ría escusarse, pero sí su voluntad por no cno-
iarte desea sufrir, su alma por no padecer quer-
ría quezar. Lo yno le dize que calle y lo otro
le haze dar bozes; y confiando en tu virtud,
apremiado del dolor, quiere poner sus males en
tu presencia, creyendo, avnqne por vna parte
te sea pesado, que por otra te causará conpa-
sion. Mira por quantas cosas te merece galar-
dón. Por olaidar su cuyta pide la muerte porque
no se diga que tú la consentiste. Desea la vida
porqae tú la hazes; llama bienauenturada su
pena por no sentirla; desea perder el iuyzio por
alabar tu hermosura; quería tener los ágenos
y el suyo. Mira quanto le eres obligada que se
precia de quien le destruye, tiene su memoria
por todo su bien y csle ocasión de todo su
mal. Si por ventura siendo yo tan desdichado
pierde por mi intercesión lo qnél merece por fé,
saplicote recibas vna carta suya, y si leella qui-
sieres, á él harás merced por lo que ha sufrido,
y á ti te culparás por lo que le as causado, viendo
claramente el mal que le queda en las palabras
que enbia, las quales avnque la l)Oca las dezia,
el dolor las onlenaua. Assf te dé Dios tanta
parte del cielo como mereces de la tierra, que
la recibas y le respondas y con sola esta merced
le podras redemir. Con ella esfort^^arás su fla-
queza, con ella afloxarás su tormento, con ella
fauoreccras su firmeza; pornaslc en estado que
ni quiera mas bien ni tema mas mal. Y si esto
no quisieres hazer por quien deues, que es él,
ni por quien lo suplica, que so yo, en tu vir-
tud tengo esperanza, que segund la vsas no
sabrás hazer otra cosa.
RESPUESTA DE LAUREOLA AL AUCTOR
En tanto estrecho me ponen tus porfías que
muchas vezes he dubdado sobre qual haré antes;
desterrar á ti de la tierra 6 á mí de mi fama en
darte lugar que digas lo que quisieres, y tengo
acordado de no hazer lo vno de compasión tuya,
porque si tu embaxada es mala, tu intención es
buena, pues la traes por remedio del querelloso.
Xi tanpoco quiero lo otro de lástima mía, por-
que no podría él ser libre de pena sin que yo
fuese condenada de culpa. Si pudiese remediar
su mal sin amanzillar mi onrra, no con menos
afición que tú lo pides yo lo haría, mas ya tú
conosces quanto las mugcres denen ser más obli-
gadas á su fama que á su vida, la qual denen
estimar en lo menos por razón de lo más que
es la bondad. Pues si el beuir de Leriano ha
de ser con la muerte desta, tú iuzga á quien
con mas razón deuo ser piadosa, á mí ó á su
mal. Y que esto todas las mugeres deucn assi
tener, en nmy más manera las de real naci-
miento, en las quales assi ponen los oios todas
las gentes, que antes se vec en ella la pequeña
manzilla que en las baias la grand fealdad.
Pues en tus palabras con la razón te conformas,
¿cómo cosa tan iniusta demandas?; mucho tie-
nes que agradecerme porque tanto comunico
contigo mis pensamientos, lo qual hago porque
si me enoia tu demanda me aplaze tu condición,
y he plazer de mostrarte mi cscusacion con
instas causas por sainarme de cargo.
La carta que dizes que reciba fuera bien es-
cusada, porque no tienen menos fuerza mis
defensas que confianya sus porfías. Porque tú
la traes plazeme de tomarla. La respuesta no la
esperes, ni trabagcs en pedirla, ni menos en mas
hablar en esto, porque no te quexes de mi safía
como te alabas de mi sofrimiento. Por dos cosas
me culpo de auerme tanto detenido contigo.
La vna porque la calidad de la plática me deza
muy enoiada, y la otra porque podras pensar
que huelgo de hablar en ella y creerás que de
Leriano me acuerdo. De lo qual no me mara-
uillo, que, como las palabras sean ymagen del
coraron, yrás contento por lo que iuzgaslo y le-
ñarás buen esperanza de lo que deseas; pues
por no ser condenada de tu pensamiento si tal
le touiercs, te tomo á requerir que sea esta la
8
ORÍGENES DE LA NOVELA
postrimera tcz que en este caso me hables; si
no, podra ser qae te arrepientas y que buscando
salud agena te falte remedio para la tuja.
BL AUCTOR
Tanta confusión me ponían las cosas de Lau-
reola que quando pensaua que más la enten-
día, menos sabía de su voluntad. Quando tenía
más esperanza me daua mayor desuío, quando
estaña seguro me ponia maiores miedos, sus
desatinos cegauan mi conocimiento. En el rece-
bir la carta me satisfizo, en el fin de su habla
me desesperó. No sabía qué camino siguiese en
que esperanza hallase, y como onbre sin con-
seio partime para Leriano con acuerdo de darle
algund consuelo entre tanto que bnscaua el me-
ior medio que para su mal conuenia, y llegado
donde estaña comencé á dezirle.
EL ÁÜOTOB Á LERIANO
Por el despacho que traygo se conoce que
donde falta la dicha no aprouecha la diligencia.
Encomendaste} tu remedio á mi que tan contra-
ria me ha sido la rentura que en mis propias
cosas la desprecio porque no me puede ser en
lo porvenir tan fauorable que me satisfaga lo
que en lo pasado me ha sido enemiga, puesto
que en este caso buena escnsa touiera para ayu-
darte, porque si yo era el mcnsaíero, tuyo era
el negocio.
Las cosas que con Laureola he pasado ni
pude entenderlas ni sabré dezirlas, porque son
de condición nueua. Mili vezes pensé venir á
darte remedio y otras tantas á darte la sepol-
tura. Todas las señales de voluntad vencida vi
en sus Hparencias, todos los desabrimientos de
muger sin amor vi en sus palabras; iuzgandola
me alegraua, oyéndola me entristecia; á las ve-
zes creya que lo hazia de sabida y á las vezes de
desamorada. Pero con todo viéndola mouible
creya su desamor, porque quando amor prende
haze el coraron constante y quando lo dexa libre
mudable. Por otra parte pensaua si lo hazia de
medrosa segund el brauo cora9on de su padre.
Qué dirás, ¿que recibió tu carta y recebida me
afrentó con amenazas de muerte si mas en tu
caso le hablaua? Mira qué cosa tan grane parece
en vn punto tales dos diferencias. Si por estenso
todo lo pasado te oviese de contar, antes fallece-
ría tiempo para dezir que cosas para que te di-
xiese. Suplicóte que esfuerce tu seso lo que en-
flaquece tu pasión, que segund estás mas as me-
nester sepoltura que consuelo. Si algund espacio
no te das, tus huesos querrás dexar en memoria
de tu fé, lo qual no deucs hnzer, que para satis-
facion de tí mismo más te conuiene beuir para
que sufras que morir para que no penes. Ésto
digo porque de tu pena te veo gloriar: segund tu
dolor gran corona es para tí que se diga que to-
uiste esfuerzo para sofrirlo. Los fuertes en las
grandes fortunas muestran mayor corayon ; nin-
guna diferencia entre buenos y malos arria si la
bondad no fuese tentada. Cata que con larga
vida todo se alcanza: ten esperanya en tu fé que
su propósito de Laureola se podra mudar y tu
firmeza nunca. No quiero dezirte todo lo que
para tu consolación pense, porque segund tus
lágrimas en lugar de amatar tus ansias las en-
ciendo. Quanto te pareciere que yo pueda hazer
mándalo, que no tengo menos voluntad de ser-
nir tu persona que remediar tu salud.
RESPONDE LERIANO
La dispusicion en que esto ya la vees, la pri-
uacion de mi sentido ya la conoces, la turbación
de mi lengua ya la notas; y, por esto, no te
marauilles si en mi respuesta ouiere mas lágri-
mas que concierto, las qual es, porque Laureola
las saca del coraron, son dulce manjar de mi
voluntad. Las cosas que con ella pasaste, pues
tú que tienes libre el iuyzio no las entiendes,
¿qué haré yo que para otra cosa no le tengo sino
para alabar su hermosura y por llamar bien-
auenturada mi fin? Estas querria que fuesen
las postrimeras palabras de mi vida porque son
en su alabanza. ¿Qué mayor bien ])ucde auer
en mi mal que querello ella? Si fuera tan dichoso
en el galardón que merezco como en la pena
que sufro, ¿quién me podiera ygualar? Meior me
es á mi morir, pues de ello es seruida, que beuir
si por ello ha de ser enoiada. Lo que mas sen-
tire quando muera, será saber que perecen los
oíos que la vieron y el corayon que la contempló,
lo qual segund quien ella es, va fuera de toda
razón. Digo esto porque veas que sus obras en
lugar de apocar amor acrecientan fé. Si en el
corayon catino las consolaciones hiziesen fruto,
la que tú me as dado bastara para esforyanne,
pero como los oydos de los tristes tienen cerra-
duras de pasión no ay por donde entren al alma
las palabras de consuelo. Para que pueda sofrir
mi mal como dizes, dame tú la fuerya y yo pome
la voluntad. Las cosas de onrra que pones de-
lante conozcolas con la razón y niegolas con
ella misma.
Digo que las conozco y aprueuo si las ha de
vsar onbre libre de mi pensamiento, y digo
que las niego para comigo pues pienso avnque
busque grane pena que escogí onrrada muerte.
El trabaio que por mi as recebido y el deseo
que te he visto me obliganan á ofrecer por tí la
vida todas las vezes que fuere menester, mas
pues lo menos della me queda de beuir seate
satis facion lo que quisiera y no lo que puedo.
Mucho te ruego pues esta será la final buena
CÁRCEL DE AMOR
obra qae tú me podras hnzer y yo rccebir que
quieras lenar á Laureola en yna carta mia nuc-
uas con que se alegre, porque della sepa como
me despido de la rida y de mas dalle enoio, la
qual en esfuerzo que la leñarás quiero comentar
en ta presencia y las razones della sean estas.
CARTA DE LBRIANO Á LAUREOLA
Pues el galardón de mis afanes auie de ser
mi sepoltura ya soy a tiempo de receñirlo. Morir
no creas que me desplaze, que aquel es de poco
iuyzio que aborrece lo que á& libertad. ¿Mas que
haré que acabará comigo el esperanza de verte
grane cosa para sentir? Dirás que cómo tan
presto en vn año ha o poco mas que ha que soy
tuyo desiallescio mi sofrímiento; no te deues
marauíllar que tu poca esperan9a y mi mucha pa-
sión podian bastar para más de quitar la fuerza
al sofrir, no pudiera pensar que á tal cosa dieras
lugar si tus obras no me lo certificaran.
Siempre crey que forjara tu condición piadosa
i tu voluntad porfiada, como quiera que en esto
B¡ mi vida recibe el daño mi dicha tiene la culpa,
espantado estoy cómo de ti misma no te dueles.
Dite la libertad, of recite el coraron, no quise
ser nada mió por serlo del todo tuyo, pues,
¿cómo te querrá seniir ni tener amor quien so-
piere que tus propias cosas destruyes? Por
cierto tú eres tu enemiga. Si no me querías
remediar porque me sainara yo, deuieraslo hazer
porque no te condenaras tú. Porque en mi per-
dición ouiese algund bien deseo que te pese
dclla, mas si el pesar te avie de dar pena no
lo quiero, que pues nunca hiñiendo te hize ser-
uicio no sería insto que moriendo te causase
enoio. Los qne ponen los oios en el sol quanto
mas lo miran mas se ciegan, y assi ({uanto yo
más contenplo tu hermosura mas ciego tengo el
Bentido. Esto digo porque de los desconciertos
escrítos no te marauilles: verdad es que á tal
tienpo oscnsado era tal descargo, porque segund
quedo mas est¿ en disposición de acabar la
rida que de descnipar las razones.
Pero quisiera que lo que tú auias de ver
fuera ordenado, porc^ue no ocuparas tu saber en
cosa ton fuera de tu condición. Si consientes
que muera porqne se publique que pudiste matar,
mal te aconseiaste, que sin esperiencia mia lo
certifícava la hermosura tuya; si lo tienes por
bien porque no era merecedor de tus mercedes,
pcnsaua alcanvar por íé lo que por desmerecer
perdióse, y, con este pensamiento, osé tomar tal
cuy dado. Si por ventura te plaze por parecerte
que no so podría remediar sin tu ofensa mi cnyta,
nunca pense pedirte merced que te causase culpa.
('Cómo auia de aprouecharme el bien que á ti
te viniese mal ? Solamente pedí tu respuesta por
prímero y postrímero galardón. Dexadas mas
largas te suplico, pues acabas la vida que onrres
la muerte, porque si en lugar donde van las
almas desesperadas ay algún bien, no pediré otro
sí no sentido para sentir que onrraste mis hue-
sos por gozar aquel poco espacio de gloria tan
grande.
EL AUCTOB
Acabada la habla y carta de Leriano, satisfa-
ziendo los oios por las palabras con muchas la-
grimas, sin poderle hablar despedime del, au ¡en-
de aquella, segund le vi, por la postrimera vez
que lo esperaua ver; y puesto en el camino puso
su sobrescrito á su carta porque Laureola (^n
soguridad de aquel la quisiese recebir. Y llegado
donde estaña, acordé de gela dar, la qual cre-
iendo que era de otra calidad recebio, y comento
y acabó leer; y como en todo aquel tiempo que
la leya nunca partiese de su rostro mi vista, vi
que quando acabó de leerla quedó tan enmu-
decida y turbada como si gran mal touiera, y
como su turbación de mirar la mia no le escu-
sase, por asegurarme hizo me preguntas y ha-
blas fuera de todo proposito, y para librarse de
la conpañia que en senieiantes tienpos es pe-
ligrosa, porque las mudanzas públicas no dts-
cubriessen los pensamientos, retraxosc. Y assí
estuuo a([uella noche sin hablarme nada en el
propósito, y otro dia de mañana mandóme llamar
y después que me dixo quantas razones l»asta-
uan para descargarse del consentimiento qne
daua en la pena de Liviano, dixome que le tenia
escrito paree ié 11 dolé inumanidad perder por tan
poco precio un onbre tal; y porque con el pla-
zer de lo que le oya estaña desatinado en lo que
hablaua, no escriño la dulceza y onestad que
ouo en su razonamiento. Quien quiera que la
oyera pudiera conocer que aquel estudio auie
vsado poco: ya de enpacliada estaña encendida,
ya de turbada se tomaua amarilla. Tenia tal al-
teración y tan sin aliento la habla como s¡ es-
perara sentencia de muerte; en tal manera le
tenblaua la Ivoz que no podía forjar con In dis-
creción al miedo. Mi respuesta fué breve por-
que el tienpo para alargarme no me díiua lui^ar,
y después de besalle las manos recebi su carta,
las razones de la qual eran tales.
CARTA DE LAUREOLA I LERIANO
La muerte que esperauas tú de penado me-
recía yo pur cul{)ada si en esto que hago pecase
mi voluntad, lo que cierto no es assí, (jue más te
escriño por redemir tu vida que por satisfazer
tu deseo. Mas, triste de mi, que este descargo
solamente aproueelia para conplir comigo, por-
que si deste pecado fuese acusada no tenijfo otro
testigo para saliuirme sino mi intención, y por
10
ORÍGENES DE LA NOVELA
ser parte tan principal no se tomaría en cncuta
su dulio, y con este miedo, la mano en el papel,
puse el coraron en el cielo, baziendo ¡uez de mi
fín aquel á quien la verdad de las cosas es ma-
nifíosta.
Todas las vezes que dudé en responderte fue
porque sin mi condenación no podías tú ser
asuelto. Como agora parece que puesto que tú
solo y ol leuad<»r de mi carta sepays que esoreui,
qué sé yo los iuycios que dareys sobre mi; y
di^^o que sean sanos sola mi sospecba me aman-
zilla.
II negóte mncbo quando con mi respuesta en
medio de tus plazeres estés mas vfano, que te
acuerdes de la fama de quien los causv), y aniso
te desto, porque semeiantes fauores desean pu-
blicarse teniendo mas acatamiento á la vitoría
delbs que á la fama de quien los da. Quauto
meior me estouiera ser afeada por cruel que
amanzillada por piadosa, tú lo conosces, y por re-
mediarte Tsé lo contrario. Ya tú tienes lo que
deseauas y yo lo que temía. Por Dios te pido
que enbueluas mi carta en tu fe, porque si es
tan cierta como confiesas no se te pierda ni de
nadie pueda ser vista, que quien viese lo que te
escriuu pensaría que te amo, y creería que mis
razones antes eran dicbas por disimulación de
la verdad que por la verdad. Lo qual es al renes,
que por cierto mas las digo, como ya be dicho,
con intención piadosa que con voluntad enamo-
rada. Por bazerte creer esto querría estenderme
y por no ponerte otra sospecha acabo, y para
que mis obras recibiesen galardón insto auía de
bazer la vida otro tanto.
EL AUCTOR
Recobida la carta de Laureola acordé de par-
tirme para Leriano, el qual camino quise hazer
acompañado, por leñar comigo quien 4 él y á
mi ayudase en la gloria de mí enbaxada, y por
animarlos para adelante llamé los mayores ene-
migos de nuestro negocio que eran Contenta-
miento, y Esperanza, y Descanso, y Plazer, y
Alegría, y IIolganí;a. Y ponjue si las guardas
de la prisión de Leriano quisiesen por leñar
conpañía defenderme la entrada, pense de yr en
orden de guerra, y con tal pensamiento, hecha
vníi batalla de toda mi conpañía, seguí mí ca-
mino, y allegado á vn alto donde se parecía la
prisión, viendo los guardadores della mi seña
que era verde y colorada, en lugar de defen-
derse pusiéronse en buyda tan grande que
quien mas huya mas cerca pensaua que yua del
peligro. Y como Leriano vído sobre á ora tal
rebato, no sabiendo qué cosa fuese, púsose á
vna ventana de la torre, hablando verdad, mas
con ñaqueza de espíritu que con esperanza de
socorro. Y como me vio venir en batalla de tan
hermosa gent^', conoció lo qae era, y lo Vno de
la poca fuerya y lo otro de súpito, bien perdido
el sentido, cayó en el suelo de dentro de la
casa. Pues yo que no leuaoa espacio, como
Uegaé al eiscalera por donde solia sobír eché á
descanso delante, el qual dio estraña claridad
á su tinibra, y subido á donde estaña el ya
bíenaueuturado, quando le vi en manera mor-
tal pense que yua á buen ticnpo para llorarlo
y tarde para darle remedio, pero socorrió luego
Esperanza que andana allí la mas diligente y
echándole vn poco de agua en el rostro tornó
en su acnerdo, y por más esforzarle dile la carta
de Laureola, y entre tanto que la leya tcxlos los
que leuana comigo procurauan su salud. Ale-
gría le alegraua el coraron. Descanso le con-
solaua el alma, Esperanza le bolvía el sentido.
Contentamiento le aclaraoa la vista, IIolgan^*a
le restituya la fnerpa, Plazer le abíiutuael enten-
dimiento, y en tal manera lo trataron que
quando lo que Laureola le cscrebió acabó de
leer estaua tan sano como si ninguna pasión
vuiera tenido. Y como ^ndo que mi diligencia le
dio libertad echábame muchas vezes loa brazos
encima, ofreciéndome á él y á todo lo suyo, y
parecíale poco precio segund lo que merecía mi
seruicio. De tal manera eran sus ofrecimientos
que no sabia responderle como yo deuia y quien
él era. Pues después que entre él y mí grandes
cosas pasaron, acordó de yrse á la corte, y antes
que fuesse estuuo algunos días en vna villa
suya por rehazerae de fuerzas y atan ios para
su partida, y como se vido en disposición de
poderse partir púsolo en obra, y sabido en la
corte como yua, todos los grandes señores y
mancebos cortesanos salieron á recebirle. Mas
como aquellas cerímonias vicias touiesse subi-
das, mas vfana le daua la gloría secreta que
la onrra pública, y así fue acompañado hasta
palacio. Quando besó las manos á Laureola pa-
saron cosas mucho de notar, en especial para
mí que sabía lo que entre ellos estaua: al vno le
sobraua turbación, al otro le faltaua color; ni él
sabie qué dezír, ni ella qué responder, que
tanta fuerya tienen las pasiones enamoradas
que sienpre traen el seso y discreción del^azo
de su Tandera; lo que allí vi por clara espe-
riencia.
Y puesto que de las mudanzas dellos ninguno
touiese noticia por la poca socpecha que de su
pendencia auía, Persio, hijo del señor de Ga-
via miró en ellas, trayendo el mismo pensa-
miento que Leríano traya; y como las sospechas
celosas escudriñan las cosas secretas , tünto
miró de allí adelante las hablas y señales dél,
que dio crédito a lo que sospechaua: y no sola-
mente dio fé á lo que Yeya,que no era naila, mas
á lo que ymaginaua él que era todo. Y con este
maluado pensamiento, sin más deliberación ni
CÁRCEL DE AMOR
11
conseio, apartó al rey en vn secreto lugar y
dixolc afíniíadamentG que Laureola y Leriano
Be amauan y que se Teyan todas las noches des-
Í>ae8 que él dormia, y que gelo hazia saber por
o que deuie á la onrra y á su seruicío. Tur-
bado el rey de cosa tal, estouo dubdoso y pcn-
satiuo sin luego determinarse á responder, y
después que mucho dormio sobre ello, toYolo
por Terdad, creyendo segund la virtud y aucto-
ridad de Persio que no le diria otra cosa. Pero
con todo esso primero que deliberase quiso
acordar lo que deuie hazer, y puesta Laureola
en vna cárcel mandó llamar á Persio y dixole
que acusase de traydor á Leriano, según sus
leyes, de cuyo mandamiento fue mucho afron-
tado. Mas como la calidad del negocio le for-
^■ana á otorgarlo, respondió al rey que aceutaua
su mando y que daua gracias á Dios que le
ofrecía caso para que fuesen sus manos testi-
monio de su bondad; y como semeiantes autos
se acuBtumbran en Macedonia hazer por car-
teles y no en presencia del rey, enbió en yno
Persio á Leriano las razones siguientes:
CARTEL DB PKRSIO PARA LERIANO
Pues procede de las virtuosas obras la loable
fama, insto es que la maldad se castigue por-
que la virtud se sostenga, y con tanta diligencia
deae ser la bondad anparada que los enemigos
della sí por voluntad no la obraren, por miedo
la vsen. Digo esto, Leriano, porque la pena que
recebirás de la culpa que cometiste sera castigo
para que tú pagues y otros teman , que si á ta-
les cosas se diese lugar no seria menos fauore-
cidm la desvirtud en los malos, que la nobleza
en los buenos.
Por cierto mal te as aprovechado de la lim-
pieza que ercdaste; tus mayores te mostra-
ron hazer bondad y tú aprendiste obrar tray-
zion; BU8 haessos se leuantarian contra tí si su-
piesen como ensuzioste por tal error sus nobles
obras. Pero venido eres á tienpo que recibieras
por lo hecho, fin en la vida y manzilla en la
fama. Malauenturados aqueUos como tú que no
saben escoger muerte onesta; sin mirar el ser-
uicío de tu rey y la obligación de tu sangre to-
uiste osada desuergnen^a para enamorarte de
Laureola, con la qnal en su cámara, después de
acostado el rey, diuersas vezes as hablado, cscu-
recíendo por seguir tu condición tu claro linage,
de cuya razón te rebto por traydor, y sobrcllo
te entiendo matar ó echar del caupo; ó lo que
digo hazer confesar por tu boca, donde quanto
el mundo durare seré en exenplo de lealtad; y
atreaome á tanto confiando en tu falsía y
mi verdad. Las armas escoge de la manera que
querrás y el canpo. Yo de parte del rey lo
hago seguro.
RESPUESTA DE LERIANO
Persio, mayor seria mi fortuna que tu mali-
cia si la culpa que me cargas con maldad no te
diese la pena que mereces por iusticia. Si fueras
tan discreto como malo, por quitarte de tal
peligro antes deuioras saber mi intención que
sentent'iar mis obras. A lo que agora conozco
de ti, mus curanas de parecer bueno que de
serlo. Teniéndote por cierto amigo todas mis
cosas comunicaua contigo y segund parece yo
confíaua de tu virtud y tú vsauas de tu condi-
ción. Como la bondad que mostranas concertó
el amistad, assi la falsedad que cncobrias causó
la enemiga. ¡O enemigo de ti mismo I que con
razón lo puedo dezir, pues por tu testimonio
dexarás la memoria con cargo y acabarás la
vida con mengua. ¿Por que pusiste la lengua en
Laureola que sola su bondad basta a si toda
la del mundo se perdiese para tornarla á co-
brar? Pues tú afínnas mentira clara y yo de-
fiendo causa insta, ella quedará libre de culpa
y tu onrra no de vergüenza. No quiero respon-
der á tus desmesuras porque hallo por mas
onesto camino vencerte con la persona que
satisfazerte con las palabras. Solamente quiero
venir a lo que haze al caso, pues alli está la
fuerya de nuestro debate. Acusasme do traydor
y afirmas que entré muchas vezos en su cámara
de Laureola después del rey retraydo. A lo vno
y á lo otro te digo que mientes, como quiera
que no niego que con voluntad enamonula la
mire'. Pero si fuerya de amor ordenó el pensa-
miento, lealtad virtuosa causó la lynpieza del;
assi que por ser della fauorecido y no por ál
lo pensé. Y para mas afearte te defenderé no
solo que no entré en su cámara, mas que pala-
bras de amores iamás le hablé, pues quando
la intención no peca saluo está el que se iuzga,
y porcjue la determinación desto ha de ser con
la muerte del vno y no con las lenguas den-
tramos, quede para el dia del hecho la senten-
cia, la qual fio en Dios se dará por un, porque
tú reutas con malicia y yo defiendo con razón
y la verdad determina con iusticia. Las armas
que á mi son de señalar sean a la bryda segund
nuestra costumbre, nosotros armados de todas
pieyas, los cauallos con cubiertas y cuello y
testera, lanyas ygnales y sendas espadas sin
ninguna otra arma de las vsadas, con las qua-
les defendiendo lo dicho, ó (te) haré desdezir ó
echaré del campo sobrello.
EL AUCTOR
Como la mala fortuna enbidiosa de los bie-
nes de Leriano vsase con él de su natural con-
dición, diole tal renes quando le vido mayor en
prosperidad. Sus desdichas causauan pasión á
12
ORÍGENES DE LA NOVELA
quiñi las vio y conbidan á pena á quien las
oye. Pues dexando su cuyta para hablar en su
rcuto, después que respondió al cartel de Persio
como es escrito, sabiendo el rey que estañan
concertados en la batalla, aseguró el canpo, y
señalando el lugar donde hiziesen, y ordenadas
todas las cosas que en tal auto se reqnerian
segund Ins ordenanzas de Maccdonia, puesto
el rey en vn cadahalso, vinieron los caualleros
cada vno acompañado y fauorecido como mere-
cía y guardadas en ygualdad las onrras den-
trambos entraron en el canpo: y como los fie-
les los dexaron solos, fuerouse el vno para el
otro donde en la fuerza de los golpes mostra-
ron la virtud de los ánimos, y quebradas las
lanyas en los primeros encuentros pusieron
mano ú las espadas, y assi se conbatian que
quien quiera ouiera enbidia de lo que obrauan
y compasión de lo que padecian.
Finalmente, por no detenerme en esto que
parece cuento de ystorias vicias, Leriano le
corto á Persio la mano derecha, y como la me-
ior part€ do su persona le viese perdida dixole:
Persio, porque no pague tu vida por la falsedad
de tu lengua deucs te desdezir. El qual respon-
dió: haz lo que as de hazer, que aunque me
falta el brayo para defender no me fallece cora-
yon para morir. Y oyendo Leriano tal respuesta
diole tanta priesa que lo puso en la postrimera
necesidad; y como ciertos caualleros sus pa-
rientes le viesen en estrecho de muerte supli-
caron al rey mandase cc^har el bastón, que ellos
le fíauan para que áé\ hizíese iustícia si clara-
mente se hallase culpado; lo qual el rey assi les
otorgó. Y como fueson- despartidos, Leriano de
tan grande agrauio con mucha razón se sentio,
no podiendo pensar porqué el rey tal cosa man-
dase. Pues como fueron despartidos, sacáronlos
del canpo yguales en ceriinonia avnque de^-
yguales en fama, y assi los leñaron á sus posa-
das donde estuvieron aquella noche; y otro dia
de mañana ávido Leriano su conseio, acordó de
yr á palacio á suplicar y requerir al rey en pre-
sencia de toda su corte, le mandase restituir
en su onrra haziendo iustioia de Persio. El qual
couio era malino de condición y agudo de iuyzio,
en tanto que Leriano lo que es contado acor-
daua, hizo llamar tres onbres muy conformes
de sus costumbres que tenia por nuiy suyos, y
iuranientandolos que le guardasen secreto dio
á cada uno infinito dinero porque dixesen y
iurasen al rey que vieron hablar á Leriano con
Liiureula en lugares sospcHíhnsos y en tienpos
desonestos, los quales se profirieron á afirmarlo
y i tirarlo hasta perder la vida sobrello. No
quiero dezir lo que Laureola en todo esto sentía
porque la pasión no turbe el sentido para acabar
lo comentado, porque no tengo agora menos
nueuo su dolor que quaudo estaua presente.
Pues tornando á Leriano qnc mas de sa prisión
della se dolia que de la vitoria del se gloriana,
como supo que el rey era leñan tado fuese á
palacio y presentes los caualleros de su corte
hizole una habla en esta manera.
LEÍ. I ANO AL RET
Por cierto, señor, con mayor voluntad su-
friera el castigo de tu iusticia que la vergueuya
de tu presencia, si ayer no leuara lo mcior de la
batalla, donde si tú lo ouieras por bien, de la
falsa acusación de Persio quedara del todo libre:
que puesto que á vista de todos yo le diera el
galardón que merecía, gran ventaia va de hi-
zieralo á hizolo. La razón por que despartir nos
mandaste no la puedo pensar, en especial to-
cando á mí mismo el debate, que aunque de Lau*
reola deseases venganza, como generoso no te
faltaría piedad de padre, comoquiera que en este
caso, bien creo quedaste satisfecho de tu des-
cargo. Si lo heziste por conpasion que auias de
Persio, tan iusto fuera que la vuieras de mi onrra
como de su vida, siendo tu natural. Si por ven-
tura lo consentiste por verte aquexado de la su-
plicación de sus parientes, quando les otorgaste
la merced deuieras acordarte de los seruicios que
los mios te hizieron, pues sabes con quanta cos-
tanya de coraron, quantos dellos en muchas
batallas y combates perdieron por tu seruicio
las vidas. Nunca hueste iuntaste que la tercia
parte dellos no fuepe. Suplicóte que por iuyzio
me satisfagas la onrra que por mis manos me
quitaste: cata que guardando las leyes se con-
seruan los naturales. No consientas que biua
onbrc que tan mal guarda las preeminencias de
sus pasados, porque no corronpan su Inquino los
que con él participaren. Por cierto no tengo
otra culpa sino ser amigo del culpado, y si por
este indicio merezco pena, dámela avn que mi
inocencia della me asuelua, pues conseruc' su
amistad creyéndole bueno y no iuzgandole malo.
Si le das la vida por seruirte del, digote que te
sera el mas leal cizañador que puedas hallar en
el mundo. Requierote contigo mismo, pues eres
obligado á ser ygual en derecho, que en esto de-
termines con la prudencia que tienes y senten-
cies con la iusticia que vsas. Señor, las cosas de
onrra deuen ser claras, y si á este perdonas por
ruegos, ó por ser principal en tu reyno, 6 por
lo que te plazera, no quedará en los iayzios de
las gentes por desculpado del todo; que si vnos
creyeren la verdad por razón, otros la turbarán
con malicia: y digote que en tu reyno lo cierto
se sepa. Nunca la fama lena lexos lo cierto;
como sonará en los otros lo que es pasado, si
queda sin castigo publico; por l)ios, 8eñi»r, dexa
mi onrra sin disputa, y de mi vida y lo mío
ordena lo que quisieres.
CÁRCEL DE AMOR
13
EL ÁÜCTOB
Atento estuao el rey á todo lo que Lcriano
quiso dczir, y acabada su habla respondióle que
el anria su conseio sobre lo que deuiese hazer,
que en cosa tal con deliberación se auie de dar la
sentencia. Verdad es que la respuesta del rey
no fue tan dulce como deniera, lo qual fue por-
que sí á Laureola daua por libre segund lo que
vido, él no lo estaña de enoio; porque Leriano
pensó de semilla auiendo por culpado su pensa-
miento avuqne no lo fuese su entencion: y asi
por esto como por quitar el escándalo que anda-
na entre su parentela y la de Persio mandóle yr
á ma Tilla suya que cstuua dos leguas de la
corte, llamada Susa, entre tanto que acordaua
en el caso. Lo que luego hizo con alegre cora-
ron teniendo ya á Laureola por desculpada, cosa
que él tanto deseaua.
Pues como del rey fue despedido, Persio que
siempre se trabaiaua en ofender su onrra por
condición y en defenderla por malicia, llamó los
coniurados antes que Laureola se delibrase y
dixoles qnc cada yno p.ir su parte se fuese al
rey y le dixese como de suyo por quitar le dub-
das, que él acusó á Leriano con verdad de lo
qual ellos eran testigos, que le vieron hablar
dinersas veces con ella eu soledad. Lo que ellos
hizieron de la manera que el gelo dizo, y tal
forma supieron darse y assi afirmaron su testi-
monio que turbaron al rey, el qual después de
auer sobrello mucho pensado mandólos llamar
y como vinieron, hizo á cada uno por si pregun-
tas muy agudas y sotiles para ver si los hallaría
mudables ó desatinados en lo que respondiesen.
Y como deuieran gastar su vida en estudio de
falsedad, quanto mas hablauan nieior sabian
concertar su mentira, de manera que el rey les
diü entera fé: por cuya información teniendo á
Persio por leal seruidor, creya que mas por su
mala fortima que por su poca verdad auia leuado
lo peor de la batalla. ¡ O Persio, quanto meior te
estouiera la muerte vna vez que merecella tan-
tas! Pues queríendo el rey que pagase la ino-
cencia de Laureola por la traycion de los falsos
testigos acordó que fuese sentenciada por iusti-
cia: lo qual como viniese á noticia de Lcriano
estouo en poco de perder el seso, y con vn arre-
batamiento y pasión desesperada acordaua de
yr á la corte á librar á Laureola y matar á Per-
sio ó perder por ello la vida. Y viendo yo ser
aquel conseio de mas peligro que esperanza,
puesto con el en razón desviólo del, y como es-
laua con la aceleración desacordado quiso ser-
uirse de mi parecer en lo que ouiese de deli-
brar, el qual me plogo dalle porque no dispusiese
con altorncion, para que se arrepintiese con po-
sar, y después que en mi flaco iuycio se repre-
san to lo mas seguro, dixele lo que se sigue.
BL AUCTOR Á LBBIANO
Asi, señor, querria ser discreto para alabar
tu seso como poderoso para remediar tu mal,
porque fueses alegre como yo deseo y loado
como tú mereces. Digo esto por el sabio sofri-
miento que en tal tiempo muestras, que como
viste tu iuyzio enbnrgado de pasión conociste
que sería lo que obrases no segund lo que sabes
mas segund lo que sientes, y con esto discreto
conocimiento quesiste antes errar por mi conse-
io sinple y libre que acertar por el tuyo natural
y enpodido. Mucho he pensado sobre lo que en
esta tu grande fortuna se deue hazer y hallo se-
gund mi pobre iuyzio que lo prímero que so cun-
ple ordenar es tu reposo, el qual te desuia el
caso presente.
De mi voto el primer acuerdo que tomaste sera
el postrero que obres, porque como es gran cosa
la que as de enprender, assi como gran pesadun-
bre se deue determinar; sienpre de lo dubdoso
se ha de tomar lo mas seguro, y si te pones
en matar 4 Persio y librar á Laureola denos an-
tes ver si es cosa con que podras salir, que como
es de mas estima la onrra della que la vida tuya,
sino pudieses acabarlo dexarias a ella condonada
y a ti desonrrado. Cata que los onbrt- s obran y
la ventura iuzga; si a bien salen las cosas son
alabadas por buenas, y si a mal anidas por des-
uariadas. Si libras a Laureola diraso quo hozís-
tc osadia y sino que pensaste locura; pnos tie-
nes espacio daqui a nueue dias que so dará la
sentencia pruoua todos los otros roniodios que
muestran osporanoa, y si en ellos no la hallaros
díspornas lo que tienes pensado, que en tal de-
manda avnque pierdas la vida la darás a tu fama.
Pero en esto ay una cosa que deue ser proueyda
primero que lo cometas y es esta: estenios ago-
ra en que as forrado la prisión y sacado della
a Laureola. Si la traes a tu tierra es condonada
de culpa; donde quiera que allá la dexos no la li-
brarás de pona. Cata aqui mayor mal quo ol pri-
mero. Pareceme a mi, para sanear esto <»brando
tú esto otro, quo se deue tener tal forma: yo lle-
garé de tu parte a Galio, hermano do la rey na,
que en parte desea tanto la libertad dt' la prosa
como tú mismo, y le diré lo quo t ion os acor-
dado, y le suplicaré, por que sea salva do! cargo
y de la vida, (|uo esté para el dia quo fueres
con alguna gonto, para que si fuero tal tu ven-
tura quo la puedas sacar, en sacándola la pon-
gas eu su poder a vista de todo el mundo, en
testimonio de su lindad y tu linpi<M;a; y (¡ue
rooobi<la, entro tanto que el rey sabe lo viio y
provee en lo otro, la ponga en Dala fortaleza
suya di»ndo poilra vonir ol hocho a buen fin. Mas
como te tongo dicho, esto se hado tomar por
postrinioro partido. L«i quo antes so c«>iiu¡one
negociar os o:sto: yo y re a la corlo y ¡untaré
14
orígenes de la novela
con el cardenal de Gausa todos los caualleros y
perlados que ay se hallaron, el qnal con volun-
tad alegre suplicará al rey le otorgue a Lau-
reola la y ida; y si en esto no hallare remedio
suplicaré a la rey na que con todas las onestas y
principales nuigercs de su casa y cibdad le pidÁ
la libertad de su hija, á cuyas lagrimas y peti-
ción no "pi^rá, a mi creer, negar piedad. Y si
aqui no hallo esperanza diré a Laureola que le
escriua certificándole su inocencia; y quando
todas estas cosas me fueren contrarias proferir-
me al rey que darás ma persona tuya que haga
armas con los tres maluados testigos; y no apro-
uechando nada dcsto probarás la fuerya en la
que por ventura hallarás la piedad que en el
rey yo buscan a. Pero antes que me parta me
parece que deues cscreuir a Laureola esfor9ando
su miedo con seguridad de su vida la qual en-
teramente le puedes dar. Que pues se dispone en
el cielo lo que se obra en la tierra, no puede ser
que Dios no reciba sus lagrimas inocentes y tus
peticiones instas.
EL AUGTOR
Solo vn punto no salió Leriano de mi pare-
cer porque le pareció aquél propio camino para
despachar su hecho mas sanamente, pero con
todo esso no le aseguraua el coraí;on, p<)r(]ue te-
mia, segund la fama del rey, mandarla dar antes
del plazo la sentencia, de lo qual no me mara-
villaua, porque los firmes enamorados lo mas
dudoso y contrario creen mas ayna,y lo que mas
desean tienen por menos cierto. Concluyendo
él escriuió para Laureola con mucha duda que
no querría recebir su carta, las razones de la cual
dezian assi:
CARTA DE LEBIANO A LAUREOLA
Antes pusiera las manos en mi para acabar
la vida que en el papel para comentar a esc re-
ñirte, si de tu prisión uvicran sido causa mis
obras como lo es mi mala fortuna. La qnal no
pudo serme tan contraria que no me puso es-
tado de bien morir segund lo que para saluarte
tengo acordado; donde si en tal demanda mu-
riese tú serás libre de la prisión y yo de tantas
desuuenturas: assi que será vna muerte causa de
dos libertades. Suplicóte no me tengas enemiga
por lo que padeces, pues como tengo dicho no
tiene la culpa dello lo que hize, mas lo que mi
dicha quiere. Puedes bien creer por grandes que
sean tus angustias, que siento yo mayor k>r-
mento en el pensamiento dolías que tú en
ellas mismas. Pluguiera a Dios que no te uvie-
ra conocido, que avnque fuera perdidoso del ma-
yor bien desta vida qae es averte visto, fuera
bienauenturado en no oyr ni saber lo que pade-
ces. Tanto he vsado beuir triste que me con-
suelo con las mismas tristezas por causallas tú.
Mas lo que agora siento, ni recibe consuelo, ni
tiene reposo porque no deja el coraron en nin-
gún sosiego. No acreciente la pena que sufres
la muerte que temes, que mis manos te sainarán
della. Yo he buscado remedios para templar la
ira del rey; si en ellos faltare esperan9a, en mi
la puedes tener, que por tu libertad haré tanto
que será mi memoria, en quanto el mundo du-
rare, exemplo de fortaleza. Y no te parezca gran
cosa lo que digo, que sin lo que tú vales la
iniusticia de tu prisión haze insta mi osadia.
¿Quien podra resistir mis fuerzas pues tú las po-
nes? qué no osará el corazón enprender están-
do tú en él? Solo vn mal ay en tu saluacion,
que se compra por poco precio segund lo que me-
reces. Avnque por ella pierda la vida, no sola-
mente esto es poco; mas lo que se puede desear
perder no es nada.
Esfuerza con mi esperanza tu flaqueza, por
que si te das a los pensamientos della, podría
ser que desfallecieses, de donde dos grandes co-
sas se podrian recrecer. La primera y mas prin-
cipal, seria tu muerte; la otra que me quitarías
a mi la mayor onrra de todos los onbres no po-
diendo saluarte. Confía en mis palabras, espera
en mis pensamientos, no seas como las otras
mugeres que de pequeñas causas reciben gran-
des temores. Si la condición mugeril te causa-
re miedo, tu discreción te dé fortaleza la qual
de mis seguridades puedes recebir, y porque Id
que haré será prueua de lo que digo, suplicóte
que lo creas. No te escribo tan largo como qui-
siera por proueer lo que a tu vida cunple.
EL AÜCTOB
En tanto que Leriano escrenia ordené mi
camino y recebida su carta partime con la ma-
yor priesa que. pude; y lle^uio á la corte tra-
baié que Laureola la recibiese, y entendi pri-
mero en dargela que ninguna otra cosa hiziesse
por dalle algún esfuerzo; y como para vella me
fuese negada licencia, informado de vna cáma-
ra donde dormia vi una ventana con vna reza
no menos fuerte que cerrada; y venida U no-
che, doblada la carta muy sotilmente pnsela en
vna lan^a y con mucho trabaio échela dentro
en su cámara. Y otro día en la mañana como
disimuladamente por alli me andnuiesc, abier-
ta la ventana vila, y vi como vido, como quie-
ra que por la espesura de la rexa no la pude
bien deuisar. Finalmente ella respondió: y ve-
nida la noche quando sintió mis pisadas echó
la carta en el suelo, la qual recebida, sin ha-
CÁRCEL DE AMOR
15
Uarlc palabra por el pelig^ que en ello para ella
auia, acordé de yrme; y sintiendunic yr dixo:
cata qni el gnalardon qtíe recibo de la piedad
qae toTe. Y pozqne los que la gaardanan esta-
llan ianto coinigo no le pude responder. Tanto
me lastimo aquella razón que me dixo, que si
Fuera buscado, por el rastro de mis lagrimas pu-
dieran hallarme. Lo que respondió á Loriano
fue esto.
CARTA DX LAUREOLA i LERIANO
Xo sé, Leríano, qué te responda sino que en
las otras gentes se alaba la piedad por virtud
y en mi se castiga por vicio. Yo hize lo que
deuia segund piadosa y tengo lo que merezco
segund desdichada. No fue por cierto tu fortuna
ni tus obras causa de mi prisión, ni me quere-
llo de ti ni de otra persona en esta vida, sino
de mi sola que por librarte de muerte me car-
gué de culpa, como quiera que en esta compa-
sión que te uve mas ay pena que cargo, pues
remedié como inocente y pago como culpada.
Pero todavía me plaze mas la prisión sin yerro
que la libertad con él, y por esto avnque pene
en sofríUa, descanso en no merecella. Yo soy
entre las que biucn la que menos deuiera ser
biua. Si el rey no me saina espero la muerte,
si tú me delibras la de tí y de los tuyos, de ma-
nera que por vna parte o por otra se me ofrece
dolor. Si no me remedias he de ser muerta; si
me libras y lieuas seré condenada; y por esto
te ruego mucho te trabaies en sainar mi fama
y no mi vida, pues lo vno se acaba y lo otro
dora. Busca como dizes que hazes quien aman -
se la saña del rey, que de la manera que dizes
no puedo ser saina sin destruycion de mi onrra.
Y dexando esto á tu conseio que sabrás lo
meior, oye el galardón que tengo por el bien
que te hize.
Las prisiones que ponen á los que han hecho
muertes me tienen puestas porque la tuya es-
cusé; con gruesas cadenas estoy atada, con as-
peros tormentos me lastiman, con grandes guar-
das me guardan, como si tuuicse fuer9as para
poderme salir. Mi sofrimiento es tan delicado
y mis penas tan crueles, que sin que mi padre
dé la sentencia, tomará la venganza muriendo
en esta dura cárcel. Espantada estoy cómo de
tan cruel padre nació hija tan piadosa; si le pa-
reciera en la condición no lo temiera en la ius-
ticia, puesto que iniustamente la quiera hazer.
A lo que toca á Persio no te respondo porque
no ensuzie mi lengua como ha hecho mi fama.
Verdad es que más querría que de su testimo-
nio se desdixese que no que niuriese por él ;
mas avnque yo digo tú determina, que segund
tu iuyzio no podras errar en lo que acordares.
EL ACCTOR
Muy dudoso estuue quando recebi esta carta
de Laureola sobre enbialla á Leriano ó esperar
á lenalla yo, y en fin hallé por meior seso no
enuiargela por dos inconuenientes que hallé. El
vno era porque nuestro secreto se ponia á peli-
gro en fiarla de nadie, el otro porque las lasty-
mas della le pudieran causar tal aceleración
que eiTara sin tiempo lo que con el acertó, por
donde se pudiera todo perder. Pues boluiendo
al proposito primero, el dia que llegué á la cor-
te tenté las voluntades de los principales della
para poner cu el negocio a los que hallase con-
formes a mi opinión; y ninguno hallé de con-
trario deseo saino á los parientes de Persio, y
como esto vue sabydo supliqué al cardenal que
ya dixe le pluguiese hazer suplicación al rey pc»r
la vida de Laureola, lo qual me otorgó con el
mismo amor y compasión que yo gelo pedia.
Y sin mas tardanya ¡untó con él tocios los per-
lados y grandes señores que allí se hallaron, y
puesto en presencia del rey, en su noml)re y de
todos los que yuan con él hizole vna habla en
esta forma.
EL CARDENAL AL REY
No sin razón los soberanos principes pasa-
dos ordenaron conseio en lo que vnieseu de
hazer segund quantos prouechos en ello halla-
ron, y puesto que fuesen diuersos, por soys ra-
zones aquella ley deue ser conseruada. La pri-
mera porque meior aciertan los onbi*es en las
cosas agenas que en las suyas propias, porque
el corazón de cuyo es el caso no puede estar
sin yra ó cobdicia ó afición ó deseo ó otras co-
sas semejantes, para determinar como deue.
La segunda porque platicadas las cosas siem-
pre quedan eu lo cierto. La tercera porque si
aciertan los que aconsejan, avnque ellos dan
el voto, del aconseiado es la fi;loria. La (^uarta
por lo que se sigue del contrario; que si por
aȒeno seso se yerra el negocio, el que pide el
parecer queda sin cargo y quien g<ílo da no sin
culpa. La quinta porque el buen conseio muchas
vezes asegura las cosas dudosas. La sosta por-
que no dexa tan ayna caer la mala fortuna y
sienpn? en las aduersiJades pone esperanza.
Por cierto. Señor, turbio y ciego conseio puede
ninguno dar á ssi mismo siendo ocupado de
saña ó pasión, y por esto no nos culpes si en
la fuerya de tu yra te venimos á enoiar, que
más queremos que ayrado nos reprehendas por-
que te dimos enoio que no que arrepentido
nos condenes porgue no t^? dimos conseio. Se-
ñor, las cosas ol «radas con deliberación y acuer-
do procuran prouecho y alabanya para quien la.s
16
ORÍGENES DE LA NOVELA
hazc, y las que con saña se hazeii con arrepenti-
miento se piensan. Los sabios como tú quando
obran, primero delibran que disponen y son-
Íes presentes todas las cosas que pueden venir
assi de lo que esperan prouecho como de lo que
temen renes. Y si de qualquiera pasión enpedi-
dos se hallan no sentencian en nada fasta verse
libros ; y avnque los hechos se dilaten hanlo por
bien, porque en semeiantes casos la priesa es
dafiosa y la tardanza segura; y como han
sabor de hazer lo insto piensan todas las cosas,
y antes que las hagan siguiendo la razón es-
tablecenles secucion onesta. Propriedad es de
los discretos prouar los conseios y por ligera
creencia no disponer, y en lo que parece dubdo-
80 tener la sentencia en peso, porque no es
todo verdad lo que tiene semeian9a de verdad.
El pensamiento del sabio agora acuerde, agora
mande, agora ordene, nunca se parta de lo que
puede acaecer, y siempre como zeloso de su fa-
m:i se guarda de error, y por no caer en él
tiene memoria en lo pasado por tomar lo meior
dcllo y ordenar lo presente con tenplan^a y con-
tenplar lo porvenir con cordura por tener aniso
de todo. Señor, todo esto te avemos dicho
porque te acuerdes de tu prudencia y ordenes
en lu que agora ebtás, no segund sañudo, mas
segnnd sobidor. Assl buelue en tu reposo, que
fuerye lo natural de tu seso al acidente de tu
yra. Auemos sabido que quieres condenar á
muerte á Laureola. Si la bondad no merece ser
iusticiada, en verdad tu eres iniusto iuez. No
quieras turbar tu gloriosa fama con tal iuyzio,
que puesto que en él vuiese derecho, antes se-
rias, si lo dieses, infamado por padre cruel que
alabado por rey iusticiero. Disto crédito á tres
malos onbres; por cierto tanta razón auia para
pesquisar su vida como para creer su testi-
monio.
Cata que son en tu corte mal infamados,
con forman se con toda maldad, síenpre se ala-
ban en las razones que dizen de los éntranos
que hazen. Pues por qué das más fé A la in-
formación dellos que al iuyzio de Dios, el qual
en las armas de Persio y Lcriano se mostró
claramente? No seas verdugo do tu misma
sangre, que seras entre los onbres muy afea-
do; no culpes la inocencia por conseio de la
saña.
V si to pareciere que por las razones dichas
Laureola no deue ser salua, por lo que dcues á
tu virtud, pr.r lo que te obliga tu realeza, por
los soruioios que te auemos htícho, te suplicamos
lingas merced de su vida. Y porque menos pa-
labras do las dichas bastaban s.'iíun tu clemen-
cia para hazollo, no te qu-^remos dozir sino que
pienses quanto es meior que parezca íu ira (jue
tu fama.
IIBBPUBSTA DEL BBT
Por bien aconseiado me tnuiera de vosotros
sino tuuiese sabido ser tan devido vendar las
desonrras como perdonar las culpas. No era
menester dezirme las razones porque los pode-
rosos deuen recebir conseio, porque aquellas y
otras que dexastes de dezir tengo yo conocidas;
mas bien saines quando el coraron está enbar-
gado de pasión que están cerrados los oydos al
conseio, y en tal tiempo las frutuosas palabras
en lugar de amansar acrecientan la saña por-
que reuerdecen en la memoria la causa della;
pero digo que estuuiese libre de tal enpcdimen-
to yo creería que dispongo y ordeno sabiamente
la muerte de Laureola, lo qual quiero mostraros
por causas iustas determinadas segund onrra j
iusticia. Si el yerro desta muger quedase sin
pena no seria menos culpante que Leriano en
mi desonrra. Publicado que tal cosa perdoné
seria de los comarcanos despreciado y de los
naturales desobedecido y de todos mal estima-
do, y podría ser acusado que supe mal conser-
uar la generosidad de mis antecesores, y á tanto
se estenderia esta culpa si castigada no fuese
que podrie amanzillar la fama de los pasados
y la onrra de los presentes y la sangre de los
por venir, que sola vna macula en el linage
cunde toda la generación. Perdonando á Lau-
reola seria causa de otras mayores maldades
que en esfuer90 de mi perdón se harían, pues
más quiero poner miedo por cruel que dar atre-
uimiento por piadoso y seré estimado como con*
uiene que los reyes lo sean.
Segund iusticia mirad quantas razones ay
para que sea sentenciada. Bien sabeys que es-
tablecen nuestras leyes que la muger que fuere
acusada de tal pecado muera por ello. Pues ya
voys quanto más me conuiene ser llamado rey
insto que pordonador culpado, que lo seria
muy conocidí» si en lugar de guardar la ley la
quebrase, pues a sí mismo se condena quien al
que yerra perdona. Ygualmente se deue guardar
el derecho, y el cora9on del juez no se ha de
mouer ¡x^r fauor ni amor ni coMícia ni por
ningún otro acídente; siendi) derecha la iusti-
cia es alabada y si es fauorable aborrecida.
Nunca se deue torcer pues de tantos bienes es
causa: pone miedo á los malos, sostiene los
buenos, pacifica las diferencias, ataia las ques-
tiones, escusa las contiendas, abiene los deba-
tes, asegura los caminos, ourra los pueblos, fa-
uonco los poíiueños, enfrena los mayores. Es
para el bien común en gran manera muy pro-
uechosa: pues para conseruar tal bien porque
las leyes sl' sostonfían iusto es que en mis pro-
prias oosíis la vse. Si tanto la salud de Laureola
queroys y tanto su bondad alabays, dad vn tes-
tigo de su inocencia como ay tres de su cargo y
CÁRCEL DE AMOR
17
será perdonada con razón y alabada con verdad.
Dezis que deuiera dar tanta fe al iujzio de Dios
como al testimonio de los onbrcs; no os maraui-
llejB de aasi no hazello, que reo el testimonio
cierto j el inyeio no acabado; que puesto que
Leriano leuase lo meior de la batalla podemos
inzgar el med'o y no saber el fin. No respondo
i todos los apuntamientos de vuestra habla por
DO hazer largo proceso y en el fin enbiaros sin
esperanza. Mucho quisiera aceutar vuestro rue-
go por vuestro merecimiento; sino lo hago
aveldo por bien, que no menos deucys desear
la onrra del padre que la saluacion de la hija.
EL AUCTOB
La desesperan 9a del responder del rey fué
para los que la oyan causa de grane tristona, y
como yo triste viese que aquel remedio me era
contrario, busqué el que creya muy prouechoso
que era suplicar a la rey na le suplicase al rey
por la saluacion de Laureola. Y yendo a ella
con este acuerdo como aquella que tanto parti-
cipaua en el dolor de la hija, tópela en vna sala,
que venia a hazer lo que yo queria dezille,
aconpañada de muchas generosas dueñas y
damas cuya auctoridad bostaua para alcan9ar
qualquiera cosa por iniusta y grane que fuera,
quant-o mas aquella que no con menos razón el
rey deuiera hazclla que la rey na pe<lilla. La
qual puestas las rodillas en el suelo le dixo pa-
labras assi sabias para culpalle con] o piadosas
para amansalle. Deziale la moderación que cou-
uienc á los reyes, reprehendiaJe la perseuoran-
9a d«j su yra, acordauale que era padre, habla-
uale razones tan discretas para notar como las-
tymadas para sentir. Suplicauale que si tan
cruel inyzío dispusiese se quisiese satisfazer con
matar a ella' que tenia los mas dias pasados y
desase a Laureola tan dina de la vida. Prona-
oale que la muerte de la salua matarle la fama
del iuez y el beuir de la inzgada y los bienes de
la que supUcaua. Mas tan endurecido estaua el
rey en su proposito que no pudieron para con
él las razones que dixo ni las lagrimas que
derramó y assi se boluio a su cámara con poca
fuerza para llorar y menos para beuir. Pues
riendo que menos la reyna hallaua gracia en
el rey, llegué a él como desesperado sin temer
su s:ifia y dixele porque su sentencia diese con
iusticin clara, que Leriano daría vna persona
que hiziese armas con los tres falsos testigos,
o que él por si lo baria avnque abaxase su
merecer, porque mostrase Dios lo que insta-
mente deniesc obrar. Respondióme que me de-
sase de enbaxadas de Leriano, que en oyr su
noubre le creeia la pasión. Pues loluicndo á la
reyna, como supo que en la vida de Laureola no
ania remedio fuese ú la prisión donde estaua y
besándola diaersas veces deziale estas palabras:
OEÍaBN'ES DE LA NOVELA.— 2
I
LA BEYNA Á LAUREOLA
O bondad acusada con malicia! O virtud sen-
tenciada con saña! O hija nacida para dolor de
su madre! Tú serás muerta sin iusticia y de
mi llorada con razón. Más poder ha tenido tu
ventura para condenarte que tu inocencia para
hazerte salua. Beuire en soledad de ti y en con-
pañia de los dolores que en tu lugar me dcxcs
los quales de conpasion viéndome quedar sola
por acompañadores me diste. Tu fin acabará dos
vidas; la tuya sin causa y la mia por derecho, y
lo que biuiere después de tí me será mayor
muerte que la que tú recibirás, porque muy uias
atormenta desealla que padecella. Pluguiera á
Dios que fueras llamada hija de la madre que
muryo y no de la que te vido morir. De las gen-
tes serás llorada en quanto el mundo durare.
Todos los que de tí tenian noticia auian por pe-
queña cosa este rey no que auies de eredar, se-
gund lo que merecías. Podiste caber en la yra
de tu padre y dizen los que te conoscen que no
cupiera en toda la tierra tu merecer. Los cie-
gos deseauan vista para verte y los mudos habla
por alabarte y los pobres riqueza para seruir-
te; á todos eras agradable y á Persi<» fuiste»
odiosa. Si algund tiempo bino, él recebirá de sus
obras galardón insto, y avnque no me queden
fueryas para otra cosa sino para desear morir
para vengarme del, tomallas he prestadas de la
enemistad que le tingo, puesto que esto no me
satisfaga, porque no podra sanar el dolor de la
manzillalasecueiondela vengan(;a. ;0 hija mia!
¿por qué si la onestad es prueua de la virtud no
dio el rey mas crédito á tu presencia que al tes-
timonio? En la habla, en las obras, en los pen-
samie;.tos siempre mostraste coraeon virtuoso,
¿pues porqué consiente Dios que mueri;s? No
hallo por cierto otra causa sino que puede mas
la muchedumbre de mis pecados que el mereci-
miento de tu iustedad y quiso (*) que mis erro-
res comprehendiesen tu innocencia. Pon , hija mia,
el coraron en el cielo; no te duela dexar lo que
se acaba por lo que permanece. Quiere el señor
que padezcas como martyr porque gozes como
bienauenturada. De mi no lenes deseo, que si
fuere dina de yr do fueres, sin tardanea te sa-
caré del. ¡Qué lastyma tan cruel para mi que su-
plicaron tantos al rey por tu vida y no pudie-
ron todos defeudella y podrá vn cuchillo aea-
balla el qual dexará el padre culpado y la ma-
dre con dolor y la hija sin salud y el reyno sin
eredera! Detengo me tíinto contigo, luz mia, y
digot-e palabras tan lastimeras que te quiebren
el coraron porque deseo que mueras (?n mi po-
der de dolor por no verte morir en el del ver-
dugo por iusticia, el qual avnque derrame tu
{*) Quiero^ en la primera cdiciún.
18
orígenes de la novela
sangre no terna tan crueles las manos como el
rey la condición. Pero pues no se cumple mi
deseo, antes que me vaya recibe los postrimeros
besos de mi, tu piadosa madre; y assi me des-
pido de tu yista y de mas querer la mía.
EL AÜCTOR
Como la rey na acalxS su habla, no quise es-
perar la respuesta de la innocente por no rcce-
bir doblada manzilla, y assi ella y las señoras
de quien fue aconpañada se despidieron della
con el mayor llanto de todos los que en el mun-
do son hechos. Y después que fue yda enbié á
Laureola vn mensaiero suplicándole escriuiese
al rey, creyendo que auria más fuerca en sus
piadosas palabras que en las peticiones de quien
auia trabaiado su libertad. Lo qual luego puso
en obra con mayor turbación que esperanza. La
carta dezia en esta manera:
CARTA DE LAUREOLA AL REV
Padre, he sabido que me sentencias á muerte
y que se cumple de aquí á tres dias el termino
de mi vida, por donde conozco que no menos
deuen temer los inocentes la ventura que los
culpados la ley, pues me tiene mi fortuna en el
estrecho que me podiera tener la culpa que no
tengo, lo qual conocerias si la saña te dexase
ver la verdad. Bien sabes la virtud que las co-
ronicas pasadas publican de los reyes y reynas
donde yo procedo; pues ¿porqué nacida yode tal
sangre creyste mas la información falsa que la
bondad natural? Si te plaze matarme, por vo-
luntad óbralo, que por iusticia no tienes porqué;
la muerta que tú me dieres, avnque por causa de
temor la rehuse, por razón de obedecer la con-
siento, auiendo por meior morir en tu obedien-
cia (jue l>euir en tu desamor. Pero todavia te
suplico que primero acuerdes que determines,
porque, como Dios es verdad, nunca hize cosa
porque mereciese pena. Mas digo, señor, que la
hiziera, tan conuenible te es la piedad de padre
como el rigor de iusto. Sin dubda yo deseo tanto
mi vida por lo que á ti toca como por lo que á
mi cunple, que al cabo so hija. Cata, señor,
que quien crueza haze su peligro busca. Mas
seguro de caer estaras siendo amado por cle-
mencia que temido i)or crueldad. Quien quiere
ser temido for9ado es que tema. Los reyes
crueles de todos los cubres son desamados y es-
tos á las vezes buscando cómo se venguen ha-
llan cómo se pierdan. Los suditos de los tales
mas desean la rebuelta del tienpo que la con-
semacion de su estado; los sainos temen su con-
dición y los malos su iusticia. Sus mismos fa-
miliares les tratan y buscan la muerte vsando
con ellos lo que dellos aprendieren. Digote, se-
ñor, todo esto porque deseo que se sostente tu
onrra y tu vida. Mal esperanza ternan los tuyos
en ti viéndote cruel contra mi; temiendo otro
tanto les darés en (*) exemplo de qualquier osa-
día, que quien no está seguro nunca asegura. ¡O
quanto están libres de semeiantes ocasiones los
principes en cuyo coraron está la clemencia; si
por ellos conuiene que mueran sus naturales,
con voluntad se ponen por su saluacion al pe-
ligro, veíanlos de noche, guardanlos de dia;
más esperan va tienen los beninos y piadosos
reyes en el amor de las gentes que en la f uerva
de los muros de sus fortalezas; quando salen á
las placas el que más tarde los bendice y alaba
más temprano piensa que yerra. Pues mira, se-
ñor, el daño que la crueldad causa y el prouecho
que la mansedumbre procura, y si todavia te pa-
reciere meior seguir ant^s la opinión de tu saña
que el conseio propio, malauenturada sea hija
que nació para poner en condición la vida de su
padre, que por el escándalo que pomas con tan
cruel obra nadie se fiará de ti ni tú de nadie te
deues fiar porque con tu muerte no procure al-
gund su seguridad. Y lo que más siento sobre
todo es que darás contra mi la sentencia y harás
de tu memoria la iusticia la qual será siempre
acordada mas por la causa della que por ella
misma. Mi sangre ocupará poco lugar y tu
crueza toda la tierra. Tú serás llamado padre
cruel y yo seré dicha hija innocente, que pues
Dios es iusto él aclarará mi verdad. Assi que-
daré libre de culpa quando aya recebido la pena.
EL AUOTOR
Después que Laureola acabó de escreuir, en-
bió la carta al rey con vno de aquellos que la
guardavan, y tan amada era de aquel y todos
los otros guardadores que le dieran libertad si
fueran tan obligados á ser piadosos como leales.
Pues como el rey recibió la carta, después de
avella leydo mandó muy enoiadaraente que al
leñador della le tirasen delante, lo qual yo vien-
do comenye de nueuo a maldezir mi ventura y
puesto que mi tormento fuese grande ocn-
paua el coraron de dolor mas no la memoria de
oluido para lo que hazer conuenia, y a la ora
porque auia mas espacio para la pena que p ira
el remedio hablé con Gaulo tio de Laureola, co-
mo es contado, y dixele como Leriano quería
sacalla por fuerza de la prísion, para lo quél le
suplican a mandase inntar alguna gente para
que sacada de la cárcel la tomase en su poder
y la pusiese en saino, porque si el consigo la le-
ñase podria dar lugar al testimonio de los ma-
los onbres y a la acusación de Persio. Y como
no le fuese menos cara que a la reyna la muer-
te de Laureola, respondióme que aceutaua lo
(*) Quizá debe leerse km en vez de en.
CÁRCEL DE AMOR
19
qae dozia, y como sa voluntad y mi deseo fue-
ron conformes dio priesa en mi partida porque
antes qucl hecho se supiese se despachase. La
qaal puse luego en obra, y llegado donde Leria-
no ostaua dile cuenta de lo que hize y de lo
poco que acubé, y hecha mi habla dile la carta de
Laureola, y con la compasión de las palabras
della y con pensamiento de lo que esperaua ha-
zer traya tantas rebucltas en el cora9on que no
sabia qué responderme. Lloraua de lastyma, no
sosegaua de sañudo, desconfiaua segund su for-
tuna, esperaua segund su iusticia. Qnando pen-
sana que sacarie á Laureola alegrauase, quaudo
dudaua si lo podría hazer enmudecía. Fiual-
mente dezadas las dubdas, sabida la respuesta
que Galio me di6, comento a proueer lo que
para el negocio conplia, y como onbre pro-
ueydo, en tanto que yo estaua en la corte, iuiitó
quinientos onbres darmas suyos, sin que paríen-
te ni persona del mundo lo supiese. Lo qual
acordó con discreta consideración, porque si con
sus deudos lo comunicara, vnos por no deser-
uir al rey dizieran que era mal hecho y otros
por« asegurar su hazienda que lo deuia dexar
y otros por ser al caso peligroso que no lo de-
uia enprender; assl que por estos inconuenien-
tes y porque por alli pudiera sa))erse el. hecho
quiso con sus gentes solas acometello; y no
quedando sino yn dia para sentenciar á Lau-
reola, la noche antes iuntó sus caualleros y di-
zoles quanto eran mas obligados los buenos ¿
temer la rerguen^a que el peligro. Alli les acor-
do como por las obras que hizieron avn biuia
la fama de los pasados; rogóles que por cobdi-
cia de la gloria de buenos no curasen de la de
biuos, trazóles a la memoría el premio de bien
morír y mostróles quanto era locura temello no
podiendo cscusallo.
Prometióles muchas mercedes y después que
les hizo yn largo razonamiento dizoles para qué
los ania llamado^ los qoales a vna boz iuntos
le profirieron a morír con el. Pues conociendo
Leriano la lealtad de los suyos tunóse por bien
•conpañado y dispuso su partida en anoche-
ciendo, y llegado a tu valle cerca de la cibdad
estuuo alli en celada toda la noche, donde dio
forma en lo que auia de hazer. Mandó a vn ca-
pitán suyo con cient onbres darmas que fuese
a la posada de Persio y que matase a él y a
quantos en defensa se le pusiesen. Ordenó que
otros dos capitanes estuviesen con cada cin-
quenta cananeros a pie en dos calles príncipa-
les que salian a la prisión, a los quales mandó
que tuviesen el rostro contra la cibdad y que á
qoantoB vioieseu defendiesen la entrada de la
cárcel entre tanto que él con los trezientos que
le quedaaan trabaiaoa por sacar 4 Laureola. Y
al que dio cargo de matar á Persio dizole que
en despachando se fuese á ayuntar con él y cre-
yendo que a la buelta si acabase el hecho auia
de salir peleando, porque al sobir en los cana-
Uos no recibiese daño, mandó aquel mismo cau-
dillo quél y los que con el fuesen se adelanta-
son a la celada a caualgar para que hiziesen ros-
tro a los enemigos en tanto quél y lus otros to-
mauan los cauallos, con los quales dexó cin-
quenta onbres de pie para que los guardasen. Y
como acordado todo esto comentase amanecer,
en abriendo las puertas mouio con su gente, y
entrados todos dentro en la cibdad cada vno
tuuo a cargo lo que auia de hazer. El cnpitan
que fué a Persio dando la muerte a quantos to-
paua no paró hasta el que se comenzaua a ar-
mar, donde muy crueluientc sus maldades y su
vida acabaron. Leriano que fue á la prisión,
acrecentando con la su&a la virtud del esfueryo
tan duramente peleó con las guardas que no
podia pasar adelante sino por encima de los
muertos quél y los suyos derribauan, y como
en los peligros mas la bondad se acrecienta,
por fuer^'a de armas llegó hasta donde estaua
Laureola a la qual sacó con tanto acatamiento
y cerinionia como en tienpo seguro lo podiera
hazer, y puesta la rodilla en el suelo besóle las
manos como a hija de su rey. Estaua ella con
la turbación presente tan sin fuerza que ape-
nas podia mouerse, dcsmayauale el coraron, fa-
llccialc la color, ninguna parte de bina tenia.
Pues como Leríano la sacaua déla diehossa cár-
cel que tanto bien mereció guardar, halló á Ga-
lio con vna batalla de gente que la estaua es-
perando y en presencia de todos gola entregó,
y como quiera que sus caualleros pclcauan con
los que al rebato venian, púsola en una hacanea
que Galio tenia adcr^9ada, y después de besalle
las manos otra vez fue á ayudar y fauorccer su
gente boluiendo siempre a ella los oios hasta
que de vista la perdió. La qual sin ningún con-
traste leuó su tyo a Dala, la foi-taleza dicha.
Pues tomando á Leriano, como ya ell alboroto
llegó a oydos del rey, pidió las armas y tocadas
las tronpetas y atabales armóse toda la gente
cortesana y de la cibdad; y como el tienpo le po-
nia necesidad para que Leríano saliese al canpo
comenyolo á hazer esforzando los suyos con ani-
mosas palabras, quedando siempre en la reyaga,
sufríendo la multitud délos enemigos con mu-
cha firmeza de corayon. Y por guardar la ma-
nera onesta que requiere el rrctracr, y\'a orde-
nado con menos priesa que el caso pcKÜa, y assi
perdiendo algunos délos suyos y matando a
muchos de los contrmos llegó a donde dexó los
cauallos, y guardada la orden que para aquello
auie dado, sin recebir renes ni peligro caualga-
ron él y todos sus caualleros, lo que por ventura
no hiziera si antes no proueyera el i*emedio.
Puestos todos como es dicho a cauallo, tomó de-
lante los peones y siguió la via de Susa donde
20
ORÍGENES DE LA NOVELA
auic partido, jcomo se le acercauan tres batallas
del rey, salido de paso apresuró algo ell andar
con tal concierto y orden que ganaua tanta onrra
en el retraer como en el pelear. Yva siempre en
los postreros haziendo algunas bneltas quando
el tiempo las pedia, por entretener los contra-
rios, para leuar sn batalla mas sin congoxa. En
el fin, no auiendo sino dos leguas como es dicho
hasta Susa, pudo llegar sin que ningund suyo
perdiese, cosa de gran marauilla, porque con
cinco mili onbres darmas venia ya el rey enbuel-
to con di.
El qual muy encendido de coraie puso a la
ora cerco sobre el lugar con proposito de no
leuantarse de allí hasta que del tomase vengan-
za. Y viendo Leriano que el rey asentaua real
repartió su gente por estancias segund sabio
guerrero. Donde estaua el muro mas flaco po-
nia los mas rezios caualleros; donde auia apa-
reio para dar en el real ponía los mas sueltos;
donde veya mas dispusicion para entralle por
traycion 6 engaño j)onia los mas fíeh?s. En todo
proueya como sabido y en todo osaua como va-
ron. El rey como aquel que pensaua leuar el
hecho a fin, mandó fortalecer el real, y proueó
en las prouisiones; y ordenadas todas las cosas
que a la hueste cumplía, mandó llegar las es-
tancias cerca de la cerca de la villa, las quales
guarneció de muy bona gente, y pareciendole
segund le acuciaua la saña gran tardanva espe-
rar á tomar á Leriano por hanbre, puesto que
la villa fuose muy fuerte, acordó de conbatilla
lo qual prouo con tan brano cora(;on que vuo
el cercado bien menester el esfuerzo y la dili-
gencia. Andaua sobre saliente con cient caua-
lleros que para aquello tenia diputados; donde
veya flaqueza se esfor(;aua, donde veya cora<;on
alabíiua, donde veya mal recaudo proueya. Con-
cluyendo, porque me alargo, el rey mandó apar-
tar el combate con perdida de mucha parte de
sus caualleros, en especial de los mancebos cor-
tesanos que sic-npre buscan el peligro por glo-
ria. Leriano fue lierído en el rostro y no menos
perdió muchos onbres principales. Pasado assi
este conbate diole el rey otros cinco en espacio
de tres meses, de manera que le fallecían ya las
dos partes de su gente, de cuya razón hallaua
dudoso su hecho, como quiera que en el rostro,
ni palabras, ni obras nadie gelo conosciese, por-
que en el coraron del caudillo se esfuerzan los
acaudilladlos. Finalmente como supo que otra
vez ordenauan dele conbatir, por poner coraron
a los ((ue le quedauan hizoles una habla en esta
forma.
LERIANO A sus CAUALLEROS
Por cierto, caualleros, si como s'oys pocos en
número no fuésedes muchos en fortaleza yo ter-
nia alguna duda en nuestro hecho según
nuestra mala fortuna, pero como sea mas esti-
mada la virtud que la muchedumbre, vista la
vuestra antes temo necesidad de ventura que
de caualleros y con esta consideración en solos
vosotros tengo esperanza. Pues es puesta en
nuestras manos nuestra salud, tanto por sus-
tentación de vida como por gloría de fama nos
conviene pelear. Agora se nos ofrece causa
para dezar la bondad que eredamos á los que
nos han de eredar, que malauenturados sería-
mos sí por flaqueza en nosotros se acabasse la
eredad. Assi pelead que libreys de vergüenza
vuestra sangre y mi nombre. Oy se acaba ó se
confirma nuestra onrra; sepámosnos defender
y no avergonzar, que muy mayores son los ga-
lardones de las victorías que las ocasiones de
los peligros. Esta vida penosa en que bevimos
no sé porqué se deua mucho querer, que es
breue en los días y larga en los trábalos, la
qual ni por temor se acrecienta, ni por osarse
acorta, pues quando nascemos se limita su
tiempo, por donde escusado es el miedo y devi-
da la osadía. No nos pudo nuestra fortuna po-
ner en meior estado que en esperanza de- on-
rrada muerte ó gloriosa fama. Cudicia de ala-
banca, auaricia de onrra acaban otros hechos
mayores quel nuestro; no temamos las gran-
des conpañas llegadas al real, que en las afren-
tas los menos pelean; á los sinples espanta la
multitud de los muchos y á los sabios esfuerza
la virtud de los pocos. Grandes apárelos tene-
mos para osar; la bondad nos obliga, la iusti-
cia nos esfuerza, la necesidad nos apremia. No
ay cosa porque deuamos temer y ay mili para
que deuamos morir. Todas las razones, caua-
lleros leales, que os he dicho eran escusadas
para creceros fortaleza pues con ella nacistes,
mas quísolas hablar porque en todo tiempo el
corazón se deue ocupar en nobleza, en el hecho
con las manos, en la soledad con los pensa-
mientos, en conpañia con las palabras como
agora hazcmos, y no menos porcjue recibo ygual
gloria con la voluntad amorosa que mostrays
como con los hechos fuertes que hazeys. Y por-
(pie me parece segund se adereza el comíate que
somos costreñidos á dexar con las obras las
hablas, cada vno se vaya á su estancia.
EL AUCTOR
Con tanta constancia de animo fue Leriano
respondido de sus caualleros que se llamó di-
choso por hallarse diño dellos; y porque estaua
ya onlenado el conbate fuese cada vno á de-
fender la parte que le cabia; y poco después
que fueron llegados tocaron en el real los ata-
nales y tronpetas y en pequeño espacio estañan
iuntos al muro cincuenta mili onbres los quales
con mucho vigor comenzaron el hecho, donde
Leriano tuno lugar de mostrar su virtud y se-
CÁRCEL DE AMOR
21
gnnd los de dentro defendían oreja el rey que
ninguno dellos faltaua. Doró el coubatc des-
de medio día hasta la noche que los departió.
Fueron heridos y muertos tres mili de los del
real j tantos de los de Leriano, que de todos
los suyos no le auian quedado sino ciento y
cincuenta, y en su rostro segnnd et(for(;ado no
mostraua ayer perdido ninguno, y en su sen-
timiento segund amoroso parecia qnc todos le
auian salido del anima. Estuuo toda aquella no-
che enterrando los muertos y loando los biuos,
no dando menos gloria á los que enterrana que
á los que veya. Y otro día en amaneciendo, al
tienpo que se remudan las guardas aeonlo que
cincuenta de los suyos diesen en vna estancia
que vn pariente de Persio tenía coreana al
muro, porque no pensase el rey que le faltaua
cora^'on ni gente; lo qual se hizo con tan firme
osadía que quemada la estancia mataron mu-
chos de los defensores dclla, y como ya Dios
tuviese por bien que la rerdad de aquella pen-
dencia se mostrase, fue preso en aquella vuelta
vno de los damnados que condenaron á Lau-
reola, y puesto en poder de Leriano mandó que
todas las maneras de tormento fuesen obradas
rn él basta que dixese porqud leuautó el testi-
monio, el qual sin premia ninguna confesó
todo el hecho como pasó. Y después que Le-
riano de la verdad se informó, enbiole al rey
suplicándole que sainase á Laureola de culpa
y que mandase iusticiar aquel y á los otros
que de tanto mal auícn sido causa. Lo qual el
rey sabido lo cierto acento con alegre voluntad
por la insta razón que para ello le rc(jueria. Y
por no detenerme en las prolixidades que en
este caso pasaron, de los tres falsos onbres se
hizo tal la iusticia como fue la maldad. El cer-
co fue luego al9ado y el rey tuno á su hija por
libre y á Leriano por desculpado, y llegado á
Snria enliió por Laureola á todos los grandes
de su corte, la qual vino con ygual onrru de su
merecimiento.
Fue recebida del rey y la reyna con tanto
amory lagrimas de gozo como se derramaran de
dolor; el rey se desculpaua, la reyna la besana,
todos la seruian y assi se entre^ü^auan con ale-
gría presente de la pena pasada. A Loriano
mandóle el rey que no entrase por estonces cu
la corte hasta que pacificase a e'l y a los pa-
rientes de Persio, lo que recibió a gniveva por-
que no podría ver á Laureola, y no podiendo
hazer otra cosa sintiólo en cstrufia manera. Y
viéndose apartado della, dexadas las obras de
guerra, boluiose á las congoxas enamoradas, y
descoso de saber en lo que Laureola estaña ro-
góme que le fuese á suplicar que diese alguna
forma onesta para que la pudiese ver y hablar,
que tanto deseaba Leriano guardar su onestad
que nunca pensó hablalla en parte donde sos-
pecha en ella se pudiese tomar, de cuya razón
él era merecedor de sus mercedes. Yo que con
plazer aceutaua sus mandamientos, partime
para Suria, y llegado allá, después de besar las
manos á Laureola, supliquele lo que. me dixo, a
lo quél me respondió: que en ninguna manera
lo haría por muchas causas que me dio para
ello. Pero no contento con dezir gelo aquella vez
todas las que veya gelo suplicaua; concluyendo
respondióme al cabo que si mas en aquello le
hablaua que causaría que se desmesurase con-
tra mí. Pues visto su enoio y responder fui á
Leriano con grane tristeza y qnando le dixc
que de nueuo se comenzauan sus desauen turas,
sin duda estuuo en condición de desesperar. Lo
qual yo viendo, por entretenelle, dixele que es-
criuiese á Laureola acordándole lo que hizo por
ella y estrafiandole su mudanza en la merced
que en escrinille le comen90 á hazer. Respon-
dióme que auia acordado bien, mas que no te-
nia que acordalle lo que auia hecho por ella
pues no era nada segund lo que merecía y tan-
bien porque < ra de onbres baxos repetir lo he-
cho; y no menos me dixo que ninguna memo-
ria le haría del galardón recebido porque se de-
fiende en ley enamorada escreuir que satisfa-
cion se recibe, por el peligro que se puede re-
crecer si la carta es vista, asi que s'n tocar en
esto cscriuio á Laureola las siguientes razones:
CARTA DE LERIANO Á LAUREOLA
Laureola, segund tu virtuosa piedad, pues sa-
bes mi pasión, no puinio creer que sin alguna
causa la ct»nsientas, pues no te pido cosa á tu
onrra fea ni ¿ ti grane. Si quieres mi mal ('por
qué lo dudas? á sin razón muero, sabiendo tú
que la pena ^rand(; assi ocupa el coraron que
se puede sentir y no mostrar Si lo has por
bien pensado (pie me satis fazes con la pasión
que me das por(|ue dándola tú es el mayor
bien que puedo esperar, iustamente lo barias si
la dieses a fin de galardón. Pero ¡desiliehado
yo! que la causa tu hermosura y no haze la
merced tu voluntad. Si lo consientes inzgan-
donie desagradecido porque no me contento con
el bien que me heziste en darme causa de tan
ufano pensamiento, no me culpes, queavncine la
A'oluntad se satisfaze, el sentimiento se querella.
Si te plaze porque nunca te hize seruizio, no
pude sobir los seruizios á la alteza de lo fpie me-
reces; (pie quando t«Klas estas cosas y otras mu-
chas pi«Miso ballonu' que dexas de hazer lo que
te suplico porque me puso en cosa que no pude
merecer. Lo qual yo no niego; pero atreuime á
ello pensan<lo que me harías merctni no segund
quien la pedia mas segund tú ^que la auies de
dar. Y también pense que para ello me ayuda-
daran virtud y compasión y piedad porque son
22
ORÍGENES DE LA NOVELA
acetas á ta condición, que qnando los qne con
los poderosos negocian para alcanzar su gracia,
primero ganan las yolnntades de sus familiares;
y parcccme que en nada hallé remedio. Busqué
ayudadores para contigo y hállelos por cierto
leales y firmes y todos te suplican que me ayas
merced; el alma por lo que sufre, la vida por lo
qne padece, el coraron por lo que pasa, el sen-
tido por lo que siente. Pues no niegues galar-
dón á tantos que con ansia te lo piden y con
razón te lo merecen. Yo soy el más sin ventura
de los más desauenturados. Las aguas reucrde-
cen la tierra y mis lagrimas nunca tu esperan9a
la qual cabe en los canpos y en las yemas y
arboles y no puede caber en tu coraron.
Desesperado auna segund lo que siento si al-
guna vez me haUase solo, pero como siempre
me acompañan el pensamiento que me das y el
deseo que me ordenas y la contemplación que
me causas, viendo qne lo vo á hazer consuelan-
me acordándome que me tienen conpafíia de tu
parte, de manera que quien causa las desespe-
raciones me tiene que no desespere. Si todavia
te plaze que muera, házmelo saber, que gran
bien liarás á la vida pues no será desdichada del
todo. Lo primero della se pasó en inocencia y
lo del conocimiento en dolor; a lo menos el fin
será en descanso porque tú lo das, el qual, si ver
no me quieres, será fon;ado que veas.
EL AUCTOR
Con Diucha pena recibió Laureola la carta de
Leríano y por despedirse del onestAuícnte res-
pondióle desta manera, con determinación de
iamas recebir enbaxada suya.
CARTA DB LAUREOLA X LERIANO
El pesar qne tengo de tus males te seria sa-
tisfacion dellos mismos si creyeses quanto es
grande, y él solo tomarías por galardón sin que
otro pidieses, avnque fuese poca paga segund lo
que tienes merecido, la qual yo te daria como
deuo si la quisieses de mi hazienda y no de mi
onrra. No responderé á todas las cosas de tu
carta porque en saber que te escriño me huye la
sangre del coraron y la razón del iuycio. Nin-
guna causa de las que dizes me haze consentir
tu mal sino sola mi bondad, porque cierto no
esto dudosa del, porque el estrecho á que lle-
gaste fue testigo de lo que sofriste. Dizes que
nunca me hizfste seniicio. Lo que por mi has
hecho me obliga á nunca oluidallo y sienpre de-
sear satisfacerlo, no segund tu descomas segund
mi onestad. La virtud y piedad y conpasion que
pensaste que te ayudarían para comigo, aunque
son aceptas á mi condición, para en tu caso son
enemigas de mi fama y por esto las hallaste con-
trarias. Quando estaña presa sainaste mi vida
y agora que esté libre quieres condenalla. Pues
tanto me quieres, antes devrias querer tu pena
con mi onrra que tu remedio con mi culpa; no
creas qne tan sanamente binen las gentes, que
sabido que te hablé, iuzgascn nuestras linpias
intenciones, porque tenemos tienpo tan malo
que antes se afea la bondad que Se alaba la vir-
tud; assi que es escusada tu demanda porque
ninguna esperan9a hallarás en ella aunque la
muerte que dizes te viese recebir, auiendo por
mejor la crueldad onesta que la piedad culpada.
Dirás oyendo tal deses]>eran9a que s6 mouible
porque te comencé á hazer merced en escreuirte
y agora determino de no remediarte;. Bien sabes
tú quan sanamente lo hize y pue>to que en ello
mñera otra cosa, tan conuenible es la mudanza
en las cosas dañosas como la firmeza en las
onestas. Mucho te ruego que te esfuerces como
fuerte y te remedies como discreto. No pongas
en peligro tn vida y en disputa mi onrra, pues
tanto la deseas, qne se dirá muriendo tú que ga-
lardono los seniicios quitando las vidas, lo que
si al rey venyo de (lias se dirá al renes. Ternas
en el reyno toda la parte que quisieres, creceré
tu onrra, dol)liiré tu renta, sobiré tn estado,
ninguna cosa ordenarás que reuocada te sea,
assi que hiñiendo causarás que me iuzguen
agradecida y muriendo que me tengan por mal
acondicionada. Avnque por otra cosa no te es-
forzases, sino por el cuydado que tu pena me da
lo devrias hazer. No quiero mas dezirte porque
no digas que me pides esperanza y te do conseio.
Plugiere á Dios que fuera tu demanda insta, por
que vieras que como te aconseió en lo vno te
satisfíziera en lo otro; y assi acabo para sien-
pre de más responderte ni oyrte.
EL AÜCTOR
Cuando Laureola vuo escrito dixome con
proposito determinado qu^ aquella fuese la
postrimera vez que pareciese en su presencia
porque ya de mis pláticas andana mucha sos-
pecha y porque en mis ydas auia mas peligro
para ella que esperanza para mi despacho. Pues
vista su determinada voluntad, pare^iendome
que de mi trabaio sacaua pena para mi y no
remedio para Leriano, despedime della con mas
lágrimas que palabras y después de besalle las
manos sal i me de palacio con vn nudo en la
garganta que ]>ense ahogarme, por encobrir la
pasión que sacaua, y salido de la cibdad, como
me vi solo, tan fuertemente comencé á llorar
que de dar bozes no me podía contener. Por
cierto yo tuuiera por meior quedar muerto en
Macedonia que venir bino á Castilla; lo que
deseaua con razón pues la mala ventura se
acaba con la muerte y se acrecienta con la vida.
Nunca por todo el camino sospiros y gemidos
CÁRCEL DE AMOR
2S
me fallecieron, j qaando Ihí^aé á Leríano (lile
la cart.i, j coido acabé de leelln d¡xi;te que ni se
esfon.-ase, ni en alegrase, ni recibiese consnelo
eies tanta rozón anin pnra que deiiicsu morir.
] qiial me respondió que mus qnu basta a)li
me touia por suyo porque le atonseiaua lo pro-
pio, j con l)oz y color mortal eomenco a condo-
lerse. Ni culpaua su flaque^'a, ni avergoiigana
BU desfallecimiento; todo lo que pCMlie acallar
su Tida alabaiia, inostraaase amigo de loa dolo-
res, rccreaua con los tormentos, nuiaua las tris-
tezas ; aquellos llamaua sns bienes pnr ser
mensaieros de Laureola y porque fuesen trata-
dos se¡|,'und do cnya parte venían, aposentólos
en el coraron, festeíúlos con el sentimiento,
coiiridúlos con la memoria, rognnaics que aca-
basen presto lo que veniau a hazer porque Lau-
reola fuese seniida. Y desconfiando ya de nin-
gnn bien ni esperanza, aquexado de mortales
males, no podiendo sust«nerse n¡ sofrirse vuo
de TcQÍr á la cama, donde ni quiíio comer ni
lieuer ni ayudarse de cosa du las que snstentun
la vida, llamándose sienjire bienaacuturado
porque era venido á sazón de hazer scmicio á
Laureola quitándola de enoios. Pues como por
la corte y todo el rcyno se publicase que Le-
ríano se dexaua morir, jbanle a Ui^er t<idos sns
anii^s j parientes y para desnialle su propo-
>ita desianle todas las cosas en que jiensaunn
prouís^ho, y como aquella enfermedad se ania
de cnrar con saliias raeones, cada uno aí^iznuH
el seso lo meior que podia: y como vn caunllero
lUmailo Tefeo (') fuese grande buiíl'o de Le-
ritnn riendo que bu mal era de ennmonida }>n-
tton puesto que quien la cansaua él ni nadie lo
■■Inndixolo infinitos males de lasniui^eresTpara
bdorecer su habla truxo tii>das las razones que
n diatamia dellas pudo pensar, creyendo por
•lli restitnylle la TÍda. Lo qua! oyendo Lerinno,
««dándose que era muger Laureola, afeó mu-
cho i Tpfeo porqne tal cosa bablaua y puesto
qne m disposición no le consintiese mucho lia-
Uw, Mfori,'ando la lengua con la jmsion de la
M» comento a contradezille en esta manera.
Teten, para que recibieras la pena que merece
tilenipa, onbre que te tuuiern menos amor te
uat d(' contradezir, que las m^i'ini's mias uias
« Mr»n en exenplo para qnc cnllos que oostigo
J*n que penes. En lo qual sigo la condición de
**fdídera amistad, porque puiliern ser, si yo no
(cnoBtrara por binas causan tu i'nrgo, que en
IBslqaier» pla^a t« deslenguaras como aqni has
l'l Tr/ro diea claramBaU la primera «dÍeÍ<>n,T no
A**, iDnqne mia corriente parccia el degundo líom-
wqn»»! primero.
hecho; asi que te será mas prouechoso emen-
darte por mi contradicion que auergonvarte por
tu persevernin;8. El fin de tu habla fue segimd
amigo, que bien note que la dt'xist*^ porque
aborreciese la que me tiene qual rees, diztendo
nial de todas mugeres, y como quiera que tu
intciici'ui no fue por remedianne, por la ria
que me causaste remedio tú por cierto me lo as
dado, porque tanto me lastimaste con tus feas
palabras, por ser muger quien me pena, que de
paeiou de ancrte oydo beuire menos de lo que
creya, en lo qual señalado bien rccebi, qne peua
tan tastiuiadu meior es acalmlla presto que sos-
tenella mus; tissí que me tmxist<' alírio para
el padecer y dulce descanso para ella acabar.
Porque las postrimeras palabras mias sean en
alabanza de las mugeres, porque crea mi fe
la que tuno merecer para causalta y no voluntad
para satisFazelle.
Y dando comiendo á la intención tomada,
quiero mostrar quinze cansas porque yerran loa
que en esta nación ponen lengua, y Tcynte ra-
zones pnrqae les somos los onbres obligados,
y diuers<'S cnxenplos de su bondad. Y quanto
a lo primero que es proceder por las causas
que hazeu yerre tos qne mol las tratan, fun-
do la primera por tal razón . Todas las cosas
hechas por la mano do Dios son buenas nece-
sariamente, que según el obrador lian de ser las
obras;pne3 siendo Insmugen'S BUS criaturas, no
solamente á ellas ofende quien las afea, mas
blnsfeuia de las obras del mismo Dina. La se-
gunda causa es ponjHe delante del y de los on-
bres no ay pecado uiís abominable ni más gra-
ne de perdonar qneldesconocimiento; ¡pues quál
lo puede ser mayor que desconocer el bien que
por Nuestra Señora nos vino y nos viene? Ella
nos libró de pena y nos hizo merecer la gloría;
ella nos saina, ella nos sostiene, ella nos defien-
de, ella nos guia, ella nos alumbra, por ella que
Fui- muger merecen todas las otras corona de
alabanca. La tercera es porque a todo onbre es
defendido segnnd virtud mostrarse fuerte cuntra
lo flai'O, que SÍ por ventura los que con ellas se
deslenguan pensasen reccbir contra<licion de
manos, podria ser que tuuiesen menos libertad
en la lengua. La quarta es porque no puede
ninguno dezir mal dellas sin que a si mismo se
dcsonrre, porque fne criado y traydo i-n entra-
ñas de muger y es de su misma sustancia, y
después desto, por el acatamiento y reuerencia
qne a las madres deuen los hijos. La quinta es
por la desobediencia de Dios, que dixn por sn
boca qnc el padre y la madre fuesen onrrailos y
acatados, de cuya causa los que en las otras
twaii miTcven peua. La sesta es porque todo
noble, es obligado a ocuparse en antos virtuosos
assi í-n los hechos como en las hablas; pues si
las palabras torpes ensusian la linpieza, muy a
24
ORÍGENES DE LA NOVELA
peligro de infamia tienen la onrra de los que en
tales platicas gastan su yida. La sétima es
porque quando se estableció la caualleria, entre
las otras cosas que era tenudo a guardar el que
se armana cauallero era vna que a las mugeres
guardase toda reuorencia y oncstad, por donde
se couosce que quiebra la ley de nobleza quien
Tsa el contrario della. La otaua es por quitar
de peligro la onrra; los antiguos nobles tanto
adelgazauan las cosas de bondad y en tanto la
tenian que no auian mayor miedo de cosa que
de memoria culpada; lo que no me parece que
guardan los que anteponen la fealdad de la
virtud poniendo macula con su lengua en su
fama, que qualquiera se iuzga lo que es en lo
que habla. La nouena y muy principal es por la
condonación del alma. Todas las cosas tomadas
se pueden satisfazer y la fama robada tiene du>
dosa la satis f ación, lo que más conplidaniente
determina nuestra fd. La dezena es por escusar
enemistad. Los que en ofensa de las mugeres
despienden el tiempo hazense enemigos dellas
y no menos de los virtuosos, que como la vir-
tud y la desmesura diferencian la propiedad no
pueden estar sin enemiga. La onzena es por
los daños quede tal auto malicioso se recrecian,
que como las palabras tienen licencia de llegar
á los oydos rudos taubien como a los discretos,
oyendo los que poco alcanzan las fealdades di-
chas de las mugeros, arrepentidos de auerse ca-
sado danles mala vida o vansc dellas, o por
ventura las matan. La dozena es por las mur-
muraciones, que mucho sodeuen temer, siendo vn
onbre infamado por disfamador enlas playas y en
las casas y en los canpos y donde quiera os ro-
tnitado su vicio. La trozona os por razón del pe-
ligro, cjao quando los maldizientcs que son ani-
dos por talos tan odiosos son a todos (*) que
quakinier les es mas contrario, y algunas por
satis flazor a sus amigos, puesto que ellas no lo
pidan ni lo <iuicran (*), ponen las manos en los
que on todas ponen la lengua. La catorzena es
por la hermosura que tienen, la qual es de tanta
eceloncia que avnque copiesen en ellas todas
las cosas que los deslenguados les ponen, más
ay en vna que loar con verdad que no en todas
que afear con malicia. La quinzena es por las
grandes cosas de que han sido causa. Dolías
nacieron onbres virtuosos que hizieron hazañas
do dina alabunoa, dellas procedieron sabios ((ue
alcunrarou a conocer qué cosa era Dios on cuya
fé somos sainos; dolías vinieron los inueiiti-
uos <|uo hizioron cibdados y fuerzas y odofij ios
de ptrpotual ooelencia; por ellas vuo tan sotyles
varones que buscaron todas las cosas necesarias
para sustentación del linage vmanal.
(*) Atadof dice la primera edición.
(') Querían dice la primera edición.
DA LBRIAKO VETKTE RAZONES PORQCB
LOS OKBEES SON OBLIGADOS k LAS IIUGEBKS
Tefeo, pues as oydo las causas porque soya
culpados tú y todos lo que opinión tan errada
seguis, dexada toda prolixidad, oye vcynte ra-
zones por donde proferí a prouar que los onbres
á las mugeres somos obligados. De las quales la
primera es porque & los sinples y rudos dispo-
nen para alcan9ar la virtud de la prudencia y
no solamente á los torpes hazen discretos mas
á los mismos discretos mas sotyles, porque si de
la enamorada pasión se catyuan, tanto estudian
su libertad que abiuando con el dolor el saber
dizen razones tan dulces y tan concertadas que
alguna vez de compasión que les an se libran
della: y los sinples de su natural inocentes
quando en amar se ponen entran con rudeza y
hallan el estudio del sentimiento tan agudo que
diuersas vezes salen sabios, de manera que su-
plen las mugeres lo que naturaleza en ellos
faltó. La segunda razón es porque de la virtud
de la iusticia tanbien nos hazen suficientes, que
los penados de amor, aunque desy^ual tormento
reciben, hanlo por descanso iustifícandose por-
que iustamente padecen: y no por sola esta
causa nos hazen govar dest i virtud mas por otra
tan natural: los firmes enamorados para abo-
narse con las que simen buscan todas las for-
mas que pueden, de cuyo deseo binen iustificada-
ment<í sin ccedor en cosa de toda ygualdad por
no infamarse de malas costunbres. La tercera
porque de la tenplanga nos hazen dinos, que
por no selles aborrecibles para venir á ser des-
amados somos templados en el comer y en el
beuor y en todas las otras cosas que andan con
esta virtud. Somos tenplados en la habla, somos
t^BU) piados on la mesura, somos templados en
las obras, sin que vn punto salgamos de la oncs-
tad. La qnarta es porque al que fallece forta-
leza g«»la dan, y al que la tiene gela acrecien-
tan. Haconnos fuertes para sofrir, causan osa-
día para conioter, ponen cora9on para esperar;
quando á los amantes se les ofrece peligro se
los aparoia la gloria, tienen las afrentas por
vicio, estiman mas ell alabanoa del amiga quel
precio del largo bouir. Por ollas se comienyan
y acaban hechos muy hazañosos, ponen la for-
taleza on oí estado que merece. Si les somos
obligados aqn¡ so puede iuzgar. La quinta ra-
zón os porque no menos nos dotan de las vir-
tudes teologales que de las cardinales dichas. Y
tratando do la primera ques la fé, avnque al-
gunos en ella dudasen, siendo puestos en pensa-
miento enamorado creerian en Dios v alabarían
su poder porque pudo hazer á aquella que de
tanta eceloncia y hermosura les parece. lunto
con esto los amadores tanto acostumbran y sos-
tienen la fe que de vsalla en el corayon conocen
CÁRCEL DE AMOR
25
j creen con más firmeza la de Dios, y porque
no sea sabido de quien los pena qne son malos
cristianos, ques rna mala señal en el onbre, son
tan deuotos católicos que ningún apóstol les
hico réntala. La sesta razón es porque nos crian
en el alma la virtud del csperanya, que puesto
que los sngetos á esta ley de amores mucho
penen, siempre esperan en su fe, esperan en su
firmeza, esperan en la piedad de quien los pena,
esperan en la condición de quien los destruye,
esperan en la ventura; ^pues quien tiene espe-
ranza donde recibe pasión, como no la terna en
Dios qne le promete descanso? Sin duda ha-
zicndonos mal nos apareian el camino del bien
como por esperiencia de lo dicho parece. La se-
tena razón es porque nos hazcn merecer la ca-
ridad, la propiedad de la qual es amor. Esta te-
nemos en la voluntad, esta ponemos en el pen-
samiento, esta traemos en la memoria, esta fir-
mamos en el corayon, y como quiera qne los
que amamos la vsemos por el prouecho de nues-
tro fin, del nos redunda que con bina contrición
la tengamos para con Dios, porque trayendo-
nos amor á estrecho de muerte hazcmos lynios-
ñas, mandamos dezir misas, ocnpamosnos en
carítatiuas obras porque nos libre de nuestros
crueles pensamientos: y como ellas de su natu-
ral son denotas, participando con ellas es for9a-
do que hagamos las obras que hazen. La otaua
razón, porque nos hazcn contenplatiuos: que
tanto nos damos á la contenplacion de la her-
mosura y gracias de quien amamos y tanto pen-
samos en nuestras pasicmes, qne quando quere-
mos contenplar la de Dios, tan tiernos y que-
brantados tenemos los corayones, que sus lla^^as
7 tormentos parece que recebimos en nosotros
mismos; por donde se conosce que tanbicn por
aquí nos ayudan para alcanzar la perdurable
holganza. La nouena razón es porque nos hazen
contritos, que como siendo penados pedimos
con lagrimas y sospiros nuestro remedio acos-
tunbrado en aquello, yendo á confesar nuestras
colpas assi gemimos y lloramos quel perdón
dolías merecemos. La dezena es por el buen
conseio que sienpre nos dan, que á las vozos
acaece hallar en su presto acordar, lo que nos-
otros con (}) largo estudio y dilii^encias busca-
mos. Son sus conseíos pacíficos sin ningund es-
cándalo, quitan muchas muertes, consoruan las
pazes, refrenan la yra y aplacan la saña; sien-
pre os muy sano su parecer. La onzena es por-
que nos hazen onrrados: con ellas se alcanzan
grandes casamientos, muchas haziondas y ren-
tas. Y porque alguno podría responderme que la
onrra está en la virtud y no en la riqueza, digo
qne tanbien causan lo vno como lo otro. Ponen
(*) Cumple dice la primera edición, pero parece
emta.
nos presunciones tan virtuosas que sacamos de-
llas las grandes onrras y alabanyas que desea-
mos; por ellas estimamos más la verguenva que
la vida; por ellas estudiamos todas las obras de
nobleza, por ellas las ponemos en la cunbre que
merecen. La dozena razón es porque apartán-
donos del auaricia nos iuntan con la libertad, de
^cuya obra ganamos las voluntades de todos; que
como largamente nos hazen despender lo que
tenemos, somos alabados y tenidos en mucho
amor, y en qualquier necesidad que nos sobre-
venga recebimos ayuda y seruizio; y no solo nos
aprouechan en hazernos usar la franqueza como
deuemos, mas ponen lo nuestro en mucho re-
caudo porque no ay lugar donde la hazienda
esté mas segura que en la voluntad de las gentes.
La trezena es porque acrecientan y guardan
nuestros averes y rentas, las quales alcanzan
los onbres por ventura y consemanlas ellas
con diligencia. La catorzena es por la limpieza
que nos procuran asi en la persona, como en el
vestir, como en el comer, como en todas las cosas
que tratamos. La quinzena es por la buena
crianea qne nos ponen, vna de las principales
cosas de que los onbres tienen necesidad. Sien-
do bien criados vsamos la cortesya y esquinamos
la pesadumbre, sabemos onrrar los pequeños,
sabemos tratíir los mayores; y no solamente nos
hazen bien criados mas bien quistos, porque
como tratamos á cada vno como merece, cada
vno nos da loque merecemos. La razón desiseys
es porque nos hazen ser galanes. Por ellas nos
desudamos en el vestir, por ellas estudiamos en
el traer, por ellas nos atauiamos de manera que
ponemos por industria en nuestras personas la
buena disposición que naturaleza algunos negó.
Por artificio se enderezan los cuerpos pidien-
do (*) las ropas con agudezi y por el mismo se
pone cabello donde fallece y se adelgazan 6 en-
gordan las piernas si conuiene hazello; por las
mugeres se inuontan los galanes cntretales, las
discretas bordaduras, las nueuas inuenciones ; de
graneles bienes por cierto son causa. La dezisiete
razón es porque nos conciertan la música y nos
hazen gozar de las dulcedumbres della; ¿por
quién se asuenan las dulces enneiones? ;por
quién se cantan los lindos romanees? ,"por quién
se acuerdan las bozes? ; por quién se adelgazan y
sotilizan todas las cosas que en el canto eonsis-
ten? La dizeochona es porque enM-en las fuereas
á los braceros, y la mafia á los luchadores, y la
ligereza á los que boltean y corren y saltan y ha-
zen otras cosas senieiantes. La dezinueue razón
es porque afinan las gracias. Los que como es di-
cho tañen y cantan por ellas, se desuelan tant^j
que subían á bnnas perfeto que en aquella gracia
se alcauea. Los trobadores ponen por ellas tanto
26
ORÍGENES DE LA NOVELA
estudio en lo que troban que lo bien dicho ha-
zen parecer meior, y en tanta manera se adel-
gazan que propiamente lo que sienten en el co-
rayon ])í)nen por nueuo y galán estilo en la can-
ción ó inuencion ó copla que quieren hazcr. La
veyntena y postrimera razón es porque somos
hijos de mugeres, de cuyo respeto les somos
mas obligados que por ninguna razón de las
dichas ni de quantas se pueilan dezir. Diuersas
razones auía para mostrar lo mucho que á esta
nación somos los onbres en cargo, pero la dis-
posición mia no me da lugar á que todas las
diga. Por ellas se ordenaron las reales instas y
los poni)oso8 torneos y las alegres fiestas, por
ellas aprouechan las gracias y se acal tan y co-
mien<;an todas las cosas de gentileza; no sé cau-
sa i>orque de nosotros deuan ser afeadas. ¡ O cul-
pa merecedora de graue casti^^o, que porque al-
gunas ayan piedad de los que por ellas penan
les dan tal galardón! ¿X qué muger deste mun-
do no harán conpasion las lagrimas que verte-
mos, las lastimas que dezimos, los s()spiros que
damos? ¿Quál no creerá las razones iuradas,
quál no creerá la fé certificada, á quál no move-
rán las dadiuas grandes, en quál coravon no
harán fruto las alabancas devidas, en quál vo-
luntad no hará mudanza la firmeza cierta, (juál
se podra defender del continuo seguir? Por cier-
to segund las armas con que son conbatidas,
avnque las menos se defendiesen, no era cosa de
marauillar y antes deurian ser las que no pueden
defenders(í alabadas por piadosas que retraydas
por culpadas.
PRCEUA POR EXXEXPLOS LA. BONDAD
DE LAS MUUEUES
Para que las loadas virtmb'S desta nación
fueran tratadas segund merecen avisé de poner
mi deseo en otra plática ponjue no turbase mi
lengua ruda su bondad clara, como quiera que
ni loor pueda crecella ni malicia apooalla segund
su propiedad. Si vuiese de hazer memoria de
las castas y virgines pasadas y presentes, cou-
venia que fuese por diuina reuelacion, ponqué
son y an sido tantas que no se piied»* c«in el
seso humano conprehender, pero diré de algu-
nas (|ue he leydo assi cristianas como gentiles
y indias por enxenplar con las pocas la virtud
de las muchas. En las autorizadas por santas
por tres razones no (juiero hablar. La primera
ponpie loíiue a UAns es manifít.'Sto parece sim-
pleza repctillo. La segunda pon|ue la y-clesia
les tía d»'vida y uniuorsul alabanva. La tercera
p<n* no poner en tan malas palabras tan ecelente
bondad, en especial la de Nu(?8tra Señora que
quantos dotores y deuotos y contenplatiuos en
ella hablaron no pudieron llegar al estado que
mcrecia la menor de sus eceleneias, assi que me
baxo a lo llano donde mas libremente me puedo
mouer. l)e las castas gentiles comen (;áré en
Lncrecia, corona de la nación romana, la qual
fue muger de Colatyno y siendo fon/ada de
Tanjuino hizo llamar a sn marido y venido
d(mde ella estaua dixóle: sabrás, Colatyno, que
pisadas de onbre ageno ensuziaron tu lecho
donde avnque el cuerpo fue forvado quedó el
coraron incxíente, porque soy libre de la culpa,
mas no me asueluo de la pena porque ninguna
dueña por enxenplo mió pueda ser vista erra-
da. Y acabando estas palabras acabó con vn
cuchillo su vida. Porcia fue hija del noble Ca-
tón y uuiger de Bruto varón virtuoso, la qual
sabiendo la muerte del, aquexada de gniue
dolor acabó sus dias comiendo brasas ]>or hazer
.sacrificio de si misma. Penelope fue mn^jer de
ülixes, e ydo él a la guerra troyana, siendi) los
mancebos de Ytalia ac^uexados de su hermosura
pidiéronla muchos dellos en casamiento, y de-
seosa de guanlar castidad a su marido, pur de-
fenderse dellos dixo que le dexassen conplir
vna tela como acostunbrauan las señoras de
aquel tienpo esperando a sus maridos, y que
luego baria lo que le pedian, y couío le fuese
otorgailo, con astucia sotyl, lo que texia de dia
d(*shazia de noche, en cuya lauor pasaron veynte
años, despu«'S de los quales venido IJh'xes vieio,
solo, destruydo, asi lo recibió la casta dueña
como si viniera en fortuna de prosjK'ridad.
Julia hija del Cesar primero enperador en el
mundo, siendo muger de Poni>eo en tanta
manera lo amana que trayendo vn dia sus ves-
tiduras sangrientas, creyendo ser muerto, cayda
en tierra súpitamente murió. Artemisa entre
los mortales ttm alabada, como fuese casada
con Mauzol rey de Ycaria, con tanta firmeva lo
amó (pie después de muerto le dio sepultuní en
sus ¡)eclníS, (juemando sus huesos en ellos, la ce-
niza de los «piales ptx^o a poco se beuio y des-
pués de acabados los oficios que en el auto se
requíTÍan creyendo que se yua para el matóse
con sus manos. Ari^ia fue hija del n^y Adrastro
y caso c(m l*olliníces hijo de Edipo r.y de
Tel»as, y como Pollinices en vna batalla a ma-
nos de su hermano muriese, sabido del la salió
de Tebas, sin teuKr la inpiedad de sus enemi-
gos, ni la braueza de las fieras bestias, ni la ley
del enpt'rador, la qual veilaua que ningún
cuerp<» muerto se bMiantase del canpo, fue por
su marido en las tiniebras de la nwhe y hallán-
dolo ya entre otros nnichos cuerpos leuolo a la
ciudad y haziembile quemar segund su costun-
bre, con amari^osas lagrimas hizo poner sus ce-
nizas en una área de oro, prometiendo su vida
a i)erpetua castidad. Ipola greciana, nauegando
por la mar (juiso su mala fortuna que tomasen
su nauío los enemigos, los ((uales queriendo
tomar della mas parte «pie les daua,consernando
CÁRCEL DE AMOR
27
su castidad hizose a la vna parte del naiiio y
dexada caer en los ondas pudieron ahogar a
ella mas no la fama de su hazaña loable. No
menos dina de loor fue su mnger de Anied rvj
de Tesalia, que sabiendo que era profetizado
por el dios Apolo que su marido recebiría
muerte sino ruiese quien voluntariamente la
tomase por él, con alegre voluntad porque el
rey biuiese dispuso de so matar. De las indias
Sarra, muger del padre JVbraham, como fuese
presa en poder del rey Faraón, defendiendo su
castidad con las armas de la oración rogú a
nuestro Seftor la librase de sus manos, el qual
como quisiese acometer con ella toda maldad,
oyda cu el cielo su petición enfennó el rey y
conocido que por su mal pensamiento adokH:ia,
sin ninguna manzilla la mandó librar. Delbora
dotada de tantas virtudes mereció avcr espíritu
de profecía y no solamente mostró su bondad
en las artes muger iles mas en Ins feroces bata-
lles, pideando contra los enemigos qon virtuoso
aniu)o; y tanta fue su excelencia que juzgó qna-
renta años el pueblo iudayci). Ester siendo
leaada a la catiuidad de Babilonia, por su vir-
tuosa hermosura, fue tomada para muger de
Asuen\ rey que sefioreaua a la sazón ciento y
veynte y siete prouincias, la qual por sus me-
ríto6 y oración libró los indios do la catiuidad
que tenian. Su madre de Sansón deseando aver
hijo mereció por su virtud que el ángel le reuo-
lase su nacimiento de Sansón. Elisabcl muger
de Zacarías, como fuese verdadera sienia de
Di(»s, por su merecimiento uvo hijo santificado
antea que naciese, el qual fue san luán. De las
antiguas cristianas mas podría traer que escre-
air pero por la breuedad alegaré algunas mo-
dernas de la castellana nación.
Dofia María Cornel en quien so coinon<^o el
linage de los Cómeles, porque su castidad fuese
loada y su liondad no escurecida quiso matarse
con fuego, aniendo menos miedo a la nmerte
que a la culpa.
Doña Isabel, madre que fue del maestre de
Calatraua don Rodrigo Tellez Ginm y de los
dos condes de Hurueña don Alonso y dnn luán,
siendo biuda enfermó de una grano dolencia, y
como los médicos procurasen su salud, conocida
su enfermedad hallaron que no po<lia biuir sino
casase, lo qual como de sus hijus fuese sabido,
deseosos de su yida dixeronle (|ue on todo caso
recibiese marido, a lo qual ella respondió: nunca
plega a Dios que tal cosa yo haga, que moior
me es a mi muriendo ser dicha madre de talos
hijos qne biuiendo muger do otro marido; y con
esta casta consideración assi so dio al ayuno y
dis'riplina qne quando murío fueron vistos mis-
terios de su saluacion.
Doña Mari Garcia la beata, siendo nacida
en Toledo del mayor linage de toda la cil»dad,
no quiso en su vida casar, guardando en
ochenta años que biuio la virginal virtud, en
cuya nmerte fueron conocidos y aueriguados
grandes miraglos de los qualcs en Toledo ay
agora y aura para sienpre perpetuo recordan^a.
¡O! pues de las vírgenes gentiles: que po-
dría dezir? Atrisilia, Seuila, nacida en Babilo-
nya, por su mérito profetizó por reuolaoion di-
uina nuK'has cosas aduenideras consoruando
linpia virginidad hasta que murió. Palas o Mi-
nerua vista primeramonte corea de la laifuna
de Tritonio, nu<?ua inuontora de muchos ofi-
cios do los uuigoriles y avn de algunos dolos
onbros, virgen biuio y acabó. Atalanto la que
primero hirió el puerco de Calidon, on la virgi-
nidad y nobleza le pai^ocio. Camila, hija de Ma-
cabeo rey de los bolosques, no monos que las
dichas sostuuo entera virginidad. Claudia ves-
tal, Clodia romana, aquella misma ley hastii la
muerte giuirdar(Ui. Por cierto si el alargar no
fuese enoioso no me fallecerian daqui a mili años
virtuosos enxenplos que pudiese dtzir. En ver-
dad, Tefeo, fiogund lo (jue as oydo, tú y los que
blnsfemays ih todo linage de mugores suys di-
nos de castigo iusto, el qual no esperando que
nadie os lo dó, vosotros mismos lo t<:»mays pues
usando la malicia condenays la vergüenza.
BUELÜE EL AUCTÜU Á LA ESTOUIA
Mucho fueron mar.iuilhidos los que se halla-
ron presentes oyendo el eonciorto que Lorian o
tuvo en su habla por estar tan eorcano u la
muerte, en cuva sazoií las monos vozos so halla
sentido; el qual quando acabó de hablar tenia
ya turbada la lengua y la vista casi perdida.
Ya los suyos no p<">dieudose contener dañan
bozos, ya sus amigos eomonzauan a llorar, ya
sus vasallos y vasallas gritauan por las calles,
ya todas las cosas alegres eran huoltas on dolor.
Y como su madre siendo absentó, sionpro lo
fuese el mal de Loríano negado, dando mas
crédito a lo (|ue tenia que n lu que le dozian,
con ansia do amor maternal partyda de donde
estaua llegó a Susa on esta trísto eoinntura, y
entrada por la puerta tnilos qnantr.s la veyan 1«»
dañan nueuas do su dolor mas eon bozes las-
timeras (|U0 con razones onbnadas, la <[ual
oyendo que Loriano «staua en ell aginia mor-
tal, fallocion<lolo la fuena. sin ninirun sentido
cayó en el sueln y tanto ««stuvo sin acuerdo que
todos pensauan que a la madre y al liijn enter-
rarían a un tiempo, pero ya que eon grandes
remedios lo restituveron el oonooimiento fuese
al hijo y después (|U<.' eon traspasanii«*nt<) do
nmorta con muchedumbre de lagrimas lo vinio
el rostro ('), comento on esta manera a dezir.
(*) Parece que del »e Ucvóq lavó.
28
ORÍGENES DE LA NOVELA
LLANTO DE SU MADBE DB LERIAVO
¡ O alegre descanso de mi yegez, o dulce har-
tura de mi voluntad , oy dexas dezir hijo (}) j
yo de más llamarme madre, de lo qual tenia
temerosa sospecha por las iiueuas señales que
en mi vi de pocos dias a esta parte. Acaescia-
me muchas Tczes quando mas la fuer9a del
sueño me vencía, recordar con vn tenblor súpito
que hasta la mañana me duraua; otras vezes
quando en mi oratorio me hallaua rezando por
tu salud, desfallecido el cora9on me cobria de
un sudor frío en manera que donde a gran
pie^a tornaua en acuerdo. Hasta los animales
me certifícauan tu mal. Saliendo vn dia de mi
cámara vínose vn can para mi y di6 tan gran-
des aullydos que assi me corté el cuerpo y la
habla que de aquel lugar no podía mouei*me, y
con estas cosas daua mas crédito a mis sospe-
cha que a tus mensaieros, y por satisfazerme
acordé de venir a veerte donde hallo cierta la fe
que di a los agüeros. ¡O luubre de mi vista, o
ceguedad della misma, que te veo morir y no
veo la razón de tu muerte; tú en edad para
beuir, tú temeroso de Dios, tú amador de la
virtud, tú enemigo del vicio, tú amigo de ami-
gos, tú amado de los tuyos ! Por cierto oy quita
la fuerza de tu fortuna los derechos a la razón
pues mueres sin tienpo y sin dolencia. Bien-
auenturados los baxos de condición v rudos de
engenio, que no pueden sentir las cosas sino en
el grado que las entienden, y malauen turados
los que con sotíl íuyzio las trascenden, los qaa-
les con el entendimiento agudo tienen el senti-
miento delgado. Pluguiera a Dios que fueras
tú délos torpes en el sentir, que meior me estu-
viera ser llamada con tu vida luadjre dol niJo
que no a ti por tu fin hijo que fue de la sola. ¡O
umerte cniel enemiga, que ni perdonas los cul-
pados ni asuelues los inocentes! Tan traydora
eres que nadie para contigo tiene defensa; ame-
nazas para la vejez, y licúas en la mocedad; a
vnos matas por malicia y a otros por onuidia,
avnqne tardas nunca olbídas, sin ley y sin orden
te riges. Más razón auia para que conseniases
los veynte años del hijo mo^o que para que
dexases los sesenta de la vieia madre. ¿Por qué
volviste el derecho al renes? Yo estaña harta de
estíir bina y él en edad de beuir. Perdóname
porque asi te trato, que no eres mala del todo,
porc^ue si con tus obras causas los dolores, con
(*) Parece que debe leerse de ser en vez de decir.
ellas mismas los consuelas leuando a quien
dexas con quien leuas, lo que si comigo hazes
mucho te seré obligada. En la muerte de Le-
ríano no aj e8peran9a y mi tormento con la mía
recebira consuelo, j O hijo mío, que será de mi
veiez contenplando en el fin de tu iouentud?
Si yo bino nmcho será porque podran mas mis
pecados que la razón que tengo para no bi-
vir; ¿con qué puedo recibir pena mas cruel que
con larga vida? Tan poderoso fue tu mal que
no tuviste para con él ningund remedio, m
te valió la fuer^*a del cuerpo, ni la virtud dd
cora9on, ni el esfuerzo del animo; todas las co-
sas de que te podías valer te fallecieron. Si
por precio de amor tu vida se pudiera con-
prar, mas poder tuviera mi deseo que fuerza
la muerte. Mas para librarte della ni tu fortuna
quiso, ni yo triste pude. Con dolor será mi
beuir y mi comer y mi pensar y mi dormir hasta
que tu fuer^'a y mi deseo me lieuen a tu sepol-
tura.
EL AUCTOB
El lloro que hazia su madre de Leríauo cre-
cía la pena a todos los que en ella participauan
y como él siempre se acordase de Laureola, de lo
que allí pasaua tenia poca memoria, y viendo
que le quedaua poco espacio para gozar de ver
las dos cartas que della tenia, no sabia qué for-
ma se diese con ellas ; quando pensaua rasgallas
parecíale que ofendería a Laureola en dexar
perder razones de tanto precio, quando pensaua
poner las en poder de algún suyo temía que se-
rian vistas, de donde para quien las enbi6 se
esperaua peligro. Pues tomando de sus dudas
lo mas seguro hizo traer una copa de agua y
hechas las cartas pedamos echóles en ella y aca-
bado esto mandó que le sentasen en la cama y
sentado beuioselas en el agua y assi quedó con-
tenta su voluntad. Y llegada ya la ora de su
fin, puestos en mi los oíos díxo: acabados son
mis males, y assi quedó su muerte en testimo-
nio de su fe. Lo que yo senty y hize, ligero está
de iuzgar; los lloras que por él se hizíeron son
de tanta lastima que me parece crueldad escri-
u i líos. Sus onrras fueron conformes a su mereci-
miento, las quales acabadas acordé de partirme.
Por cierto con nieior voluntad caminara para
la otra vida que para esta tierra. Con sospiros
camine, con lagrimas party, con gemidos hablé
y con tales pasatienpos llegué aquí a Peñafiel
donde quedo besando las manos de vuestra
merced.
ACABÓSE ERTÍL OBRA INTITULADA «CÁRCEL DE AMOR»
EN LA MUY NOBLE I MUY LEAL CIBDAD DE SEUILLA
A TRES días de MAR^O ANO DE 1492
POR QUATRO CONr AÑEROS ALEMANES
TRAGTADO
QVE HIZO NICOLÁS NÜÑEZ SOBRE EL QVE DIEGO DE SAN PEDRO
COMPUSO DE LERIANO Y LAUREOLA LLAMADO
dCARCEL DE AMORD.
Mvy uirtuoBos señores: Porque sí conos-
ciendo mi poco saber, cnlpardes mi atreuimien-
to en nerme poner en acrescentar lo que de
■OJO está crescido, quiero, si pudiere, con mi
descargo satisfazer lo que hize, aunque mi in-
tención me descarga. Leyendo nn dia el trac-
tido del no menos airfcnoso que discreto Diego
de sant Pedro que hizo de cárcel de amor: en
la historia de Lcríano a Laureola que enderezó
al mvy uirtnoso señor el señor alcaydc de los
Donzeles, parecime qne quando en el cabo del
dicho (}) qae Leriano ñor la respuesta sin espe-
ranza que Laureola le liauia embiado se dexaua
morir, que se partió desque lo ui muerto para
Castilla a dar la cuenta de lo passado, que
deuiera uenirse por la corte a dezir a Laureola
de cierto como ya era muerto Leriano. Y aun-
qne le paresciera qne al muerto no le aproue-
chana, a lo menos satisfíziera se a si si luuiiora
en ella alguna muestra de pesar por lo que
bauia hecho; pvcs sabia que si Leriano pudiera
alcanzar a saber el arrepentimiento de Laureo-
la diera su muerte por bien empleada. E porque
me páreselo que lo dexaua en aquella corte con
occnpacion de algunos negocios, o por se dcsoc-
cnpar para entender en otros que mas le cum-
plian, no lo hize yo por dezillo mejor, mas por
saber si a la firmeza de Leriano en la muerte
daña algún galardón, pues en la uida se lo
hania negado, acordé hazer este tractado que
para la publicación de mi falta fuera mvy mejor
no hazello; en lo qoal quise dezir: que desque
el avctor lo nido morir e nido que se hízierou
BUS hunras, segim sus merocíuiicntos; c los
llantos, según el dolor; se fue por do Laureola
estaua, e le cont<} la muerte del injustamente
muerto, lo qual fenesce en el cabo que ella dio,
e comienza desta manera.
EL AVCTOR
Pvcs después que ui que a la muerte del sin
piedad consintiendo morir no podia rcmedinr,
ni a mi consolar, acordé de me paiiir para mi
(1) Parece qae debe leerse cccnando en el cabo del
dicho >>.
tierra, de baxo de la qual antes quisiera morar
que en la memoria de mi pensamiento, e por
uer e por oyr las cosas que en la corte de su
muerte se dczian y Laureola por él hazia, pensé
de me yr por alli, assi por esto, como por des-
pedirme de algunos amigos qne en ella tenia, y
por dezir a Laureola (si en disposición de arre-
pentida la uiesse) quanto á mal le era contado
entre los leales amadores la crueldad que usó.
contra tan quien merecido el galardón le tenia;
yo que en mi partida, no poca pricssa me daua
por huyr de aquel lugar donde le ui morir, por
ver si f uyendo pudiera partirme de pensar en él,
llegué a la corte más acompañado de tristeza
que de gana de biuir, membrandome como el
que de su conoscim lento me dio principio hauia
ya hecho fin, e después de reposar, no que el
pensar rcposasse, fuyme a palacio, donde con
mucha tristeza de muchos que su muerte sabian
fui reeebido. E después de contalles la secreta
muerte del amigo suyo y enemigo de sí, fuyme
a la sala donde solia Laureola hablarme, por
uer si la ueria. Pero yo que la uista de las lagri-
mas que por él lloraua tenia quasí perdida, mi-
rando no la ueya, e como ella tan embarazado
me uiesse, e como discreta sospechando que le
quería hablar, creyendo que no la hauia uisto se
bol vio a la cámara do hauia salido; poro yo que
el sentir tan perdido como el uer no tenia, sentí
que se yua, e buelto en mi ui que era la qne a
Leriano sin uida, e a mi sin anima hauia hecho.
A la qual con muchas lagrínias e penados sos-
piros en esta manera comenzé a dezir.
TROSIGUE EL AVCTOR A LAUREOLA
¡Qvanto me cstuuiera mejor perder la uida
que conoscer tu mucha cnieza e poca piedad!
Digo esto, señora, porque assi quisiera con
razón alabarte de generosa en uerte satisfazer
los seniicios con tíinta fe hechos, como la tengo
en loar mucho tu fermosura e gran merecer, c
no que dieras la muerte a quien tantas uozes
con mucha noluntad por tu seruicio quería to-
malla. E pues esto esperauas hazer, no enga-
ñaras a él, ni cansaras a mi, ni turbaras la lim-
pieza de tú linaje. Cata que las de tan alta
80
ORÍGENES DE LA NOVELA
sangre como tú, mas son obligadas a satisfazer
el menor seruicio del mundo, si del son consen-
tidoras, que a guardar su mayor honra; que
cierta te hago que si su muerte uieras, siempre
tu uida lloraras; mira quauto le eres en cargo,
que en el tiempo de su morir, quien mas memo-
ria de su alma e de su cuerpo hauia de tener,
se meuibrv> de tus cartas, las quales fechas pe-
damos, en agua beuió, porque nadie dellas me-
moria huuiesse, e por Ueuar consigo alguna
cosa tuya, e porque mas compassion hayas de'l
eu la uíuerte que huuiste en la uida, te hago
saber que si como yo lo uieras morir, de com-
passion hizieras en presencia lo que en ausen-
cia tu poco amor c mucho oluido fízieron que
no feziste. O quantos su muerte llorauan c la
causa no sabían ! pero a mi que el secreto no se
me escondió, con mas razón mucho mas que a
nadie pesaua, membrandome como en tu mano
estaua su uida, uiendo tu mucha crueldad e su
poco remedio, a el heziste morir e a su madre,
porque no muere, e a mi que hiñiendo muera.
No creo que codicias la uida, conoscicndo lo
que has hecho, sino en que sabes que pocos lo
sabian, e agora temerás menos la fama de tu
mala fama que ues clara mi muerte, do aunque
quiera no quedará quien tu crueza publicara. No
pensd tan poco dezirte, ni tanto miedo mos-
trarte. E si con la calidad te enojo, con la can-
tidad te contento. Pues si gran razón hauia de
osar, mas no de acabar tau ayna; e si por atre-
uido algo merezco, mándame matar, que mas
merced me harás en darme la muerte que en
dexarme tal uida.
SIOUE EL AVCTOR
Myy assossegada estuuo Laureola a todo
quanto le dixe, no porque el rostro no mostraua
las alteraciones del cora9on, pero como discreta
suffriendo las lagrimas dissinmlando el enojo,
no culpando mi atreuimicnto con muclia mues-
tra de pensar, comento a responder desta ma-
nera.
RE8PVE8TA DE LAUREOLA AL AVCTOR
Tanto saber quisiera tener para satisfazcrte
como t^ngo razón para desculparme. E si esto
assi fuera, por tanto desculpada me tuuiera
como a ti tengo por diligente. Dizes me que
quisieras iener causa para alabarme de piadosa,
como la tienes para culparme de cruel. Si esta
tuuieras, ni yo mas biuiera, ni tú te quexaras.
Culpas me que pues le esperaua matar, porque
enganaua a él e cansaua a ti. Ya tú sabes que
yo nunca tal e8peran9a le quise dar, que hazien-
do lo que tú dizes que he fecho, nada quebran*
tasse. ¿Pues yo qué deuia a ti, pues no era yo
por quien tú trabajauas, ni tau poco con tu in-
tención de ser satisfecho lo que hazias? Assi
que a el sin duda e a ti sin carga mi poco
cargo me haze. Dizes que deuera mirar a la
limpieza de mi linaje; mirando lo que dizes
hize hazer lo que he hecho, porque ya tú sabes
quanto mas son obligadas las mugeres a su
honra que a cumplir ninguna voluntad enamo-
rada. Pues quando todas son obligadas a esto,
¿quanto más y con más razón lo deuen ser las
del linaje real? No creas que de su muerte re-
cibo plazer, ni creo que a ti tanto puede pesar
como a mi me duele; pero el temor de mi honra
y el miedo del rey mi padre pudieron mas que
la noluntad que le tenia, ni creas que el conos-
cimiento que yo de sus seruicios tengo desco-
nozco, ni menos desagradezco, e si con otro
gualardon pudiera pagallos que la honra no
costara, tú me tuuieras por tan agradecida,
quanto agora me culpas por desamorada; e pues
en la uida sin costarme la muerte no se lo pudo
pagar, quiero agora que conozcas que la nmerte
del haze que mi uida biua muerta. Agora veris
quanto me duele. Agora conoscerás si della me
plugo. Agora juzgarás ^i amor le tenia. Agora
sabrás si hizo bien en dexarse morir, que ya tú
sabes que con la uida se puede alcau9ar lo que
con la muerte se desespera. E pues a él no
puedo pagar, a ti satisfago e doy por testigo;
que si seruicios le deuia, con durable esperanza
se lo pagaua.
EL AVGTOB
Con tanta tristeza acabó su fabla, que ape-
nas podía acabar de hablar, e sin de mi despe-
dirse, desatinada de mucho llorar, turbada la
lengua e mudada la color se boluio a la cámara
do antes se yua, con tan rczios gemidos, que
assi de miedo que no la oycssen, como del dolor
de lo que hazia, sin me despedir me fuy a mi
posada con tanta tristeza, que muchas uezes
de mi desesperada uida con la muerte tomara
uengan9a, si pudiera hacellc sin que por deses-
perado me pudieran culpar. E como tan solo de
plazer como de amigos con quien le hablasse
me hallan a, acostéme en mi retray miento, y en
esta manera, como sí bino delante de mi esta-
uiera, contra el desdichado de Leriano comenzé
a dezir.
EL AVCTOR ▲ LIRIAVO
¡o enemigo de tu uentura, amigo de tu des-
dicha! ¿quién pudiera ser causa de tu uida con
su embazada, como yo fuy de tu muerte con tu
mensaje? Agora si tú supiesses el arrepenti-
miento de Laureola, no trocarías la gloría celes-
tial, si por dicha la tienes, por la temporal, que
por darte muerte perdiste; o sí tan arrebatada
no la tomaras, con tu uida no dubdo pudieras
TRACTADO PE NICOLÁS NÜNEZ
31
alcaii9ar lo que con perdclla perdiste. Xo sd
quien dio tnrbó mi entendimiento j robó mi
jnjzio, que en el tiempo de tu morir no te dixes-
Be cumo con la muerte se pierde lo que con la
nida a las rezcs se gana. ¡A desdichado de mi!
;qnién te tuuiessc en lugar donde pudiesse de-
zir todo lo que Laureola me dixo, lo que mues-
tra de pesar por perderU^ I Pero si con la muerte
ganaste la uoluntad que agora muestra, por bien
empleada la deues dar. Mucho descanso recibie-
ra si creyesse que me oyes, o me crees, porque
Hieras que con solo arrepentirse bastaria pagar-
te, quanto mas que muy mas quexosa está de ti,
que tú della deues estar. Agora si biuiesses no
temias de que quexarte. Agora seria tu [>ena
con esperanza suffrida. Agora ni de la uida pu-
dieras quexar, ni la muerte tomaras i)or abo-
gada. O ¡quanto bien me haría Dios si pudiesse
perdiendo mi uida cobrar la tuya! ¿Para qud
me dex6 sin mi ucrdadero amigo? ¿Quién pudo
perderte que mas pudiesse biuir? Pluguiesse a
Dios que la noluntad que te tengo y la que en
tu nida taue en rogar por mi muerte me la
pa.sfasses, lo qual assi espero que haga^ si tanta
uoluntad de uerme tienes como yo tengo de
gemirte. E assi me despido de más enojarte, lo
que do la uida quería hazer.
BL ATCTOR
Tanto cansado de enojo e menguado del con-
suelo quedé de mi habla, que desatinado, sin
sentir qué hacia, me traspaasé y entre muclias
cosas que comenzé a softar, que mas pesar que
plazer que dañan, sofiaua que ueya a Leriano
delante de mi en esta manera uestido. Trahya
vn bonete de seda morada muy encendido, con
vna ueta de seda nerde de mala color que a
penas se podia determinar, e con vna letra bor-
dada que dezia:
Ya está muerta la espcran9a,
e su color
mat¿ nuestro desamor.
Llegando mas cerca de mi, ni que trahya
vna camisa labrada de seda negra, con vnas
cerraduras y mas letras que dosta manera
dtfzian :
Fue cresciendo mi firmeza
de tal suerte
que en el fin halló la muerte.
Trahya yn jubón de seda amarilla c colora-
da, con vna letra que dezia:
Mi passion a mi alegría
satisfaase
en hazella quien la haze.
Trahya mas vn sayo Je terciopelo negro con
vna cortadura de raso de la misma, con vna
letra que dezia:
En la firmeza se muestra
mi mal e la culpa nuestra.
Trahya mas vn cinto de oro con vna ktra
que dezia:
Muy mas ríca fue mi muerte
que mi uida
si della quedays seruida.
Trahya mas vn puñal los cabos e los cuchi-
llos de azoro dorado con vna letra que dezia:
Mas fuerte fue la passion
que me distes
y nunca os arrepentís tes.
Vile mas vna espada con la uayna e correas
de seda azeytunada, con vnas letras bordadas
que dezian:
Dio a mi uida mi tristura
tal tormento,
que muerto biuo contento.
Tile mas vnas calcas francesas, la vna blan-
ca e la otra con vna letra bordada que dezia:
Castidad quedó zclosa
de la uida
por no dexaros seruida.
Trahya mas vnas agujetas de seda leonada,
con vnos ñudos ciegos, con vnas letras que
dezian:
Vedes aquí mi congoxa
que en uida ni en muerte afioxa.
Vi que trahya mas en cima de todo esto,
vna capa negra bordada de una seda pardilla
escura, con vna letra que dezia:
No pudo tanto trabajo
ni trísteza
que muden la mi firmeza.
Mirele mas que trahya calcados vnos zapa-
tos de punta con vnas letras en ellos muy me-
nudas que dezian:
Acabados son mis males
por seruicio
de quien niega el beneficio.
32
ORÍGENES DE LA NOYELA
Mírele mas las manos, e ui que trahja vnos
guantes con Tnas eles e aes, e con la letra que
dezia:
Assi comicn9a c fenesce
el nombre que mas meresce.
Después de bien mirado lo que trahya nes-
tido, e lo que las letras dezian, e la firmeza e
pesar que aeñalauan, miré a la cara e uile el
gesto tan hermoso que páresela que nunca pe-
sar hauia passado, e con amoroso semblante,
después de muj cortesmente saludarme, con
el mismo tono que antes uie solia hablar, co-
mentó á dezir en esta manera.
LERIANO AL AVCTOR
;0 mi uerdadero amigo! bien pensarás tú
que mi presencia estaua de ti tan lexos que no
padiesse saber lo que hazias, ni oyr lo que ha-
blauas; no lo creas, que nunca de ti tan apar-
tado me fallasse que junto contigo no estuuies-
se. Porque después que uentnra en la uida de
ti me partió, nunca en la muerte de ti me parti.
Junto contigo siempre he andado, e a todo lo
qno. a Laureola de mi parte e de la tuya dezias
estaua presente. Sabe Dios que si pudiera qui-
siera hablarte. Pero ni yo podia, ni su miedo
me dexaba, que antes te certifico que por esto
que hago, aunque es poca la habla, espero mu-
cho el tormento; e porque desto según la con-
fianga tengo tle tu gran uirtud, no recibas la
píMia que yo. doxo de mas hablar en ello y ñen-
go a lo que bazo al caso de tu habla, e mi res-
j)uesta. l)iz»»s me, señor, que quisieras poderme
dar la uida, como me diste la muerte; no creas
que tu nuMisujo me la dio, ni yo, según el prin-
cipio llouaua, me pudiera eseusar de llegar a
este ñu. Dizcs que quisieras que estuuiera en
disposición que pudiera gozar del arrepenti-
miento de Laureola; no te lo quiero agradesccr,
pues no te !<> puedo pagar, íjue el mayor ser-
uieio que puede ni puedo hazer, no es tan
grande que la menor merced que de ti he rece-
bido no sea mayor. Pues sus mercedes ya no
las quiero ni puedo gozar dellas aunque quiera,
e si con arrepentimiento me satis faziesse, de su
crueza quedé tan (juexoso que aunque mas hi-
ziesseno seré pagado. Dizes me, mi buen amigo,
que dé mi nnierte por bien empleada pues con
ella gané lo que sin ella perdia; luego lo baria
yo si de la uida quedara algo con que pudiera
gozallo. 4 Perú qué me aprouocha a mi creer lo
que dize sin ver lo que haze? E creo que si pu-
diera otra uez norme bino, tornara a darme mas
pena e menos esperaut^^a, pues esto al mejor
librar de biuir se esperaua; más quise suffrir
buena nnierte que pasear mala oída. No creas
que si creyera que era mas semida hiñiendo,
qne dexandome morir, me matara. Pero como
con la uida no me podia aprouechar, pense con
la muerte remediarme; que no me tengas por
tan nencido de seso, que no sé que fuera bien
biuir para semilla aunque no para gozalla. Pero
como nunca de su respuesta supe de lo que
mas que seruia, como tú sabes, dexéme morir,
pues ya la uida quería dexarme. Dizes me, se-
ñor, que querrías poder cobrarme aunque su-
píesses penlerte; yo te lo creo y en esto lo pago,
pues en otra cosa no puedo. Dexiste que qui-
sieras que rogasse por tu muerte, porque en
ella de nuestra amistad gozassemos, pues en la
uida no podíamos; no tengas tal esperan9a,
que mas quiero oyr dezir que bines sin uerme,
que saber que conmigo bines muerto, aunque
en tu muerte nmera tu uida, e bina tu fama, e
assi te dexo, no porque de ti me alexo, suppli-
candóte que no hagas por mal que te hable,
pues aunque quiero, no puedo.
EL AVCTOR
Después que Leriano acalcó de hablarme,
quando yo ya quería respondello, sin hauer de
mi sueño recordado, soñaua que ueya a Lau-
reola entrar por la cámara tan uisiblemente
como si uerdaderamente estuuiera despierto, con
dissimulada ropa e nueua compañía, e emba-
ra9ado de uer cosas tan granes, dexé de respon-
delle, e comencé a notar la galana manera de
que uenia uestida. E también me pareció que
no míraua a Leriano ni hauia recebido altera-
ción de uerla uenir. Venia toda en cabello con
vna tira labrada de seda encarnada con vna le-
tra que en ella dezia:
No da muerta mi seruicio
mi cnideza y condición
ni menos da galardón.
Trahya más vna camisa lal»rada de seda blan-
ca con vnas cerraduras, y con* vnas letras que
dezian:
Cerró tu muerte a mi uiia
de tal suerte,
que no saldrá sin la muerte.
Trahya mas vn brial de seda negra con vn
follaje de soda leonada, con vnas letras que
dezian:
Tu firmeza y mi congoxa
pudieron tanto penarme
que en el fin han de acabarme.
TRACTADO DE NICOLÁS NU5?EZ
33
Trahja mas vna cinta de caderas labrada de
hilo de oro, cou vna letra que dezia:
Mas rica seria mi gloria,
si el biair
consintiesse en mi morir.
Trahya roas vna faldilla de dos sedas, la vna
azejtanada e la otra colorada, con vua letra
qne dezia:
No puede ya el alegría
alegrar
sin más pesar.
Tralija vna tauardcba francesa azul j ama-
rilla, 7 dezia la letra conque uenia bordada:
Con tu muerte mi memoria
se concierta
que biua mi gloría muerta.
Más trahya vn manto de aletas verde y mo-
rado, bordado con vnas matas de yema buena,
con vna letra que dezia desta manera:
Si no tuviera la uida
en tu muerte^
no me mostrara tan fuerte.
Trahya mas unos guantes cscriptas on ellos
vuas eles e oes, e vna letra que dezia desta ma-
nera:
Con lo que acaba e comien9a
fenesció
quien muerte no mereció.
Trahya mas vnos alcorques con vnas nemas,
e vnas letras que dezian desta manera:
;Qué pena más en tu pena
que en la mial
más meresció mi porfía.
Acabado de mirar como uenia vestida, e lo
que las letras siguifícauan, ui que con mucha
tristeza e poco plazer, mas con semblante de
muerta que con fuerza de biua buelta la cara a
do estaua Leríano, comen90 a hablar enesta
manera.
LAVREOLA A LERIANO
Nvnca pense, Leríano, que la fuerza de tu es<
fuerzo por tan poco inconuiniente consintieras
perder, por que si como dizes, seruirme dessea-
iias, mas honra me hazias en biuir que en darte
la muerte. E cierto te hago que mas tu flaque-
0EÍOINK8 DE LA NOVELA.— 3
za que tu mucha pena, ni menos amor me he-
ziste creer; e si claro quieres uer quan mal lo
hiziste, piensa si yo por bailar, o por prouar^c
lo hiziera, quan errado hauia sido tu proposito.
Pues si los leales amadores los desconciertos
del amor no saben suffrir, quien será para pa-
dezellos? Pues quien no sabe suffríllos no pien-
se gozallos: e pocas veces espere su gloria, pues
no estala uirtud sino en saber forjar la pena, que
en gozar la bien aucnturan^a quien quieraquan-
do le uiene, sabe della aprouecharse. Assi que
tú mas culpado deues ser siendo discreto por lo
que feziste, que loado por enamorado por lo que
passaste. E no creas que si de tu fe no estuuiera
segura que diera crédito a tu fingida firmeza,
e no dando principio no deuiera llegar a tan
errado fin. E más para dezirte uerdad, que para
pagar a tu pena te hago cierto que si tu muerte
creyera, antes la mia tomara que la tuya con-
sintiera, porque me paresce que fuera concien-
cia suffrirlo. Pero si la confianza de lo que por
mi scruicio hazias, me hazia creello, la seguri-
dad de tu buen seso me hazia dudarlo. E desta
manera daua mas crédito a tu discreción que a
tu arrebatada muerte. Bastarte deuiera a ti, Le •
riano, membrarte en la disputa que estuuo mi
honra e peligró mi uida, e contentáraste tú con
saber que te queria e tu mal mas que el mió me
penaua, aunque no te lo dezia. E si esto me
niegas, micmbrate quien yo era e la poca nece-
sidad que de tus seruicios tenia, e como con
solo escreuirte bastaua para desto asegurarte;
e para que conozcas que no procedia de deuda
sino de noluntad. E pues está el testigo delante
no me negarás que cuando con mi mensaje te
desesperaste, e dexaste morir no te daua espe-
ranza, pues que te dezia que esperaras uencer
al Rey mi señor por dias, para que tú uieras si
ante no merescia ser loada por de buen conos-
cimiento, que culpada por desagradecida. E
porque de más hablarte pues no espero uerte,
no reciba la passion que de tu muerte rescibo,
acorto la habla, aunque es larga la pena, ha-
ziendote cierto que pagase a tu alma lo que a
tu cuerpo, tu muerte e mi po a dicha no me
dexaron, quanto la muerte me deza.
EL AVCTOR
Qvando Laureola hablaua estas cosas a Le-
riano, estaua yo en estraña manera espantado,
uiendo su mucha piedad, juzgando su seso, co-
nosciendo su noluntad. E tanto sus amorosas
razones sin fuerza uencian, que aunque conmi-
go no hablaua, muchas vezes sino para descor-
tesía aun le respondiera agradcsciendole mucho
lo que dezia, aunque aprouechaua poco; pero
como sus razones a mi pensar parescian justas,
84
orígenes de la novela
nunca crey que Lcriano tuuiera cosa que le res-
ponder, ni con que le satisfaztT. No por la poca
confian9a de su seso, mas por la umcha turba-
ción de su alma en uer delante si la que mas
que a si quería. A lo qual los ojos en el suelo
con mucha cortesía c acatamiento, com€n90 a
responder en esta manera.
LERIANO A LAYBEOLA
I O qrien tuuiesse, señora, tanto saler para
quexar mi mal como tengo razón para padcs-
cello! Yo sabría tan bien responderte como si
pudiera láuir supiera scniírte. Dizes, señora, que
nunca creyste que la fuer<?a de mi morir pudiera
mas que mi esfuen^o. No te marauilles; que
como yo sin mi me hallaua, no tenia con que
defenderme. Assi que lo que me culpas, mere-
ces la pena, pues tú que podías remediallo con-
sentiste hazello. E si dizes que erré en no de-
fenderme a f firmándote todauia que pudiera La-
sello, si tú por pronarme o por burlar lo hizie-
ras, juzga lo que dizes e mira qual estaña,
6 uerás que el coraron lastimado nunca toma
la buena nueua por cierta, ni la mala por du-
dosa, e con esto todo lo que de tu parte me de-
zían, creya, couoscicndo tu mucha crueza e mi
poca dicha. E no pienses que tan poco trabajo
puse en defender mi uida por seruir la tuya,
que mas pena no me daua defenderme de la
muerte ({uo padescella, y en membrandonie
como no codiciaua biuir sino para seruirte, ueya
que era yerro no querer lo que quesiste, pues
do acjuello te seruias. E no pienses que tan
poco gané en ella que la do en mi por muí em-
pleada, pues en ella descobriste la piedad que
on la nlíhi siempre ganaste. E si dizes que me
bastaua la esperanza que me daua.>, no t«? lo
niego según quien tú eres, que con solo mirar-
me, quanto te pudiera seruirme pagaras, quanto
más con lo (jue dizes: porque quanto menoij es-
peranca parescia cierta, tanto más de lo mucho
que merescias se membrana; e de merescerte
estalla dubdoso, porque quanto mayor era la
merced, tanto menos la creya, e con esto hize
las 'obras (|ue ues. E a lo que me dizes de la
iientui*a en que tu honra c uida se puso, bien
sabes, si lo cierto no oluidas, a quan poco cargo
te era, e la esperiencia de lo que me pensaua tú
la sabes, e las obras son testigos. E si dizes
que en lo primero estañas sin cargo y en t^nto
peligro te ui.ste, que mas aparejado estnniera
dando occasion para que algo so8pechas8en,pues
andauan sobre el auiso, no te engañes, que
pues e a tu limpieza se hauia mostrado, nunca
nadie dixera lo cierto que por dubdoso no se
tuuiera, niendo la paga que a los otros hauia
dado, de quien menos el secreto se fíaua mas lo
temieran, e por esto uerás que con lo que ie
escusas más te temieran, e por esto uerás que
con lo que te escusas mas te condenauas. E
pues no te puedo seruir, no quiero enojarte ni
más te hablar, saino pedirte en galardón de mi
fe, que me des las manos que te bese, porque
desta gloria goze en la muerte, pues en la uida
no pude ni tú me dexaste. E assi me despido,
supplicandote que del ánima como dizes tengas
memoria, pues el cuerpo pussiste en oluido; e
por mas enojoso no serte, ni con mis razones
importunarte, acal)o pidiéndote por merced, que
si alguno presumiere aprouecbarse de la riqueza
de seruirte, de la fé de mi noluntad te acuerdes,
la qual delante tus ojos pongo, porque de mi
muerte hayas la compasión que de la uida no
huuiste.
EL AVCTOE
Qyando estas cosas entre ambos passauan,
estaña mirando la cortesía e mucha firmeza con
que Leriano hablana, e quan poco pesar de su
muerte mostraua, porque conoscia que a Lau-
reola no menos que a él le dolia, e por no le
enojar suffria su pena callando su muerte, e
quanto me alegraua de vellos juntos tanto me
entristecía membrandome de la muerte de Le-
riano e según sus razones me parescian, aunque
yo de las menos dellas gozana, nunca quisiera
uellos acabar; e porque yo conoscia que si Le-
riano recebía gloria de uella que Laureola no
recebia pena sino de uer que era muerto, qui-
siera que nunca su fabla tuuiera cabo ni su
uísta apartamiento; pero como nunca las cosas
que dan plazer suelen nuicho durar, antes mas
ayna se pierden, yo estando en esto contem-
plando soñaua que ohya yna boz muy triste
que decía: juen Leriano que tardas! e con vn
rezio e dolorido sospiro, el bonete en la mano,
se fue a Laureola por le besar las manos. La
qual por alguna gloria dalle en la muerte, pues
en la uida no quiso, se las dio. E besándoselas
dixo estas palabras muy rezio e desapareció.
; O sí la muerta matasse
la memoria
pues que dí6 muerte a la gloria!
PEOSIOVE EL AVGTOR
Qvando yo ui que no lo ueya, miré a la parte
donde Laureola tstaua, por uer si la ueia, e
uila con tanto pesar y los ojos bañados en
agua, que no como ella era hermosa, mas como
si uerdaderamente estuuiera muerta, estaua
amarilla, perdida la habla, uencida la fner9a y
en tal disposición la uí, que mas conpassion
TRACTADO I>E NICOLÁS NUSEZ
hania de nell», qne de Leríano, aunque estaitn
macrto; e de ner tal el vno 7 el otro en peor
peligro ealana taa desesperado, qne diziendo
oerdad 70 qnisiera mas acompañar a Leríano
muerto qne eejpiir a Laureola bina ; la qual con
mucha tristeza diesimulando quanto podia la
pena qne la muerte de Leríano le daiía, for9an-
io las lagrimas como discreta, comentó a ba-
blanne en esta manera.
s mejor
LAUKEOLA AI. i
Verdaderamente con mas cora(
noluntad me despidiera de la uida
muerte, qne salir de tu posada, sino crejcssc
que saliendo me bania de salir el alma, l'urquc
cierto es que si creyera que viendo a Lcriano
tal me bauia de uer, nnnca en tal me pusiera,
antes Buffríem la pena de sa ausencia qne la
gloría de nelle, pues 110 podia remediarle, que
nunca pense que asai me penara, porqne quanto
mas sus acruicios e lealtad delante mi ponia
para algo querelle, tanto mi bondad e la gran-
deza de mi estado me lo cstoruaua; e no por-
que contra esto esperana jr, antes la uida de
tul fe naya, saluo que con más traluijo e mencis
«luido trabajara con el rey mi señor eu libertad,
sunque a mi no ero dado, para que ciitrasse en
Ir corte e hnuicra lugar de ucrme, c con esto
según se dezia y en muerte manifestaua, e con
la eiperan^a que te daua buntera lugar de no
desesperar; pero si yo con mi crue^ lo conacu-
tia, con la passion lo he pagado y esporo pagar
también, que para mi salud estuuiera tnmbicik
hazello como para mi bondad por qualquiera
parte negallo. Mas de la bcrmosura que Dios
me dio me quexo, y el dcue qucsarse, que esta
pudo m&s ayna que mi condición ni noluntad
engañarse; e porque el tiempo es corto e la
paaaion es larga, no quiero mas dezirte, saino
que te bago cierto, que aunque Leríano según
mi estado e linaje por mujer no me uierescia,
nunca deniera él perder la esperanza. E pues a
41 no puedo pagar sus obras e buenos seruicios,
a ti te mego que de la corta no te partas, aun-
que el desseo de tu naturaleza te peue, parque
conozcas en las mercedes que te haré aqui s¡
tnuieres, las honras que a Leriano bizicra bi-
niendo.
ZL
Qrando Laureola acabó de hablarme quedó
tan tríst«, e tan llenas sus uestiduras de lagri-
mas de sus ojos qne en gran manera uie ponía
mis manzilla sn penada uida que la muerte
del muerto; e a todo lo que me dixo quisiera
mocho respondelle, a grádese iendole las merce-
35
les que queria Iiazemie, como la cortesía con
que me hablaua, saino que qvando mas seguro
B pensatiuo en lo que me Sania dicho estaña,
se partió de mi con vn gran sospiro, e run Tna
hoz con que pudo recordarme qne dezio: Ya
no pnede más doler la muerte, aunque está
cierta, que la uida qne esti muerta.
Despres qne miré al derredor e ni qne hania
quedado solo, hálleme tan tríate e tan embele-
ñado, que no sabia lo que de mi hiziesse, ni de
lo que hauin soñado que peiisasse. E como no
tenia con quien hablar, cstaiia tan pensatiuo
que mili uezes con mis manos quisiera darme
la muerte, si creyera hallar en ella lo qne con
ella pcrdi; e como pense que con mi ranerte no
se cobrana la uida del mnerto, ni que era yerro
perder el anima sin gozar del cuerpo; e como
ea cierta espericncia qne la música cresce la
pena dunde llalla, e accrescieuta ol plazer en el
coraron contento, tome la uihuela, e mas como
desatinado que con saber cierto lo que hazla,
comente a tañer esta canción o nillancico;
Canción.
TTo te pene de penar,
corafon, en esta uida,
que lo que ua de uencida
no puede muebo durar.
Porque según es mortal
el mal que se muestra, e fuerte,
Ipara qué es tomar la muerte
pues la uida es mayor mal?
Comienza te a consolar,
no umestres fuerza uencida;
que lo que mata la uida
con muerte se ha de ganar.
Villancico.
Pues porque es buena la uida
sin la muerte,
se toma por mejor suerte.
Quien mucre muerte biuieudo
no liaae mucho su suerte,
mas el que biue muriendo
sin la muerte,
jqué mal ni pena hay mas fuerteí
Quien puede suffrir su mal
o queíallo a quien lo haze,
con en mal se satisfaze
su uida aunque es mortal,
pero el dolor desigual
de mal e peua tan tuerte
¿quien lo auffre que no acierte?
86
ORÍGENES DE LA NOVELA
EL AVCTOR
Acabada de dezir la canción e desecha lo
nicno6 mal que 70 pnde, dexé la nihuela, sin
mas pensar lo que deuía hazer, mandé ensillar,
porque me páresela que era tiempo e bien de
partir a mi tierra; e despedido de los que hallé
por la calle, sali de la corte, más acompañado
de pesar que consolado de plazer. E tanto mi
tristeza crescía e mi salud menguaua,que nunca
piense llegar biuo a Castilla, e después que co-
I
men^^ a entrar por mi camino, uinieronme tan-
tas cosas a la fantasía, que no tuuiera por mal
perder el seso, por perder el pensamiento dellas.
Pero mem brandóme como no hauia ningún
prouecho pensar más en ello, trabaja ua conmigo
quanto podia por me defender de traellas a la
memoria. E assi trabajando el cuerpo en le
camino, 7 el ánima en el pensamiento, llegué
aqui a Peñafíel como Diego de Sant Pedro,
do quedo besando las manos de unestras mer-
cedes.
SERMÓN ORDENADO
I»OIi
DIEGO DE SANT PEDRO
PORQUE DIXEBON VNAS SEÑORAS QUE LE DESSEAUAN OYR PREDICAR
Para que toda materia sea bien entendida y
notada, conuiene qae el razonamiento del que
dize sea conforme a la condición del que lo oye;
de cuya rerdad nos queda que 'si ouieremos de
hablar al cauallero, sea en los actos de la caua-
llería. E si al denoto en los méritos de la pa-
sión. E sí al letrado, en la dulzura de la scien-
cia. E assi por el consiguiente en todos los
otros estados. Pues siguiendo esta ordenanza
para conformar mis palabras con vuestros pen-
samientos; porque sea mejor escuchado, pares-
cerne que dcuo tratar délas enamoradas passio-
nes; pero porque sin gracia ninguna obra so
puede comentar, ni mediar, ni acabar, rogue-
mos al amor (en cuya obediencia biuiraos) que
ponga en mi lengua mi dolor; porque mani-
fieste en el sentir lo que fallescicre en el razo-
nar. E porque esta gracia nos sea otorgada,
Í>ongamos por medianera entre amor e nosotros
a Fe que tenemos en los corazones. E para mas
la obligar, offrecerle hemos sendos sospiros por-
que nos alcance gracia; a mi para dezir, e a
Tosotras señoras, para escuchar; e a todos final-
mente para bien amar.
Dice el Ihema: In patiencia vestra sustincte
dolores vestros.
Lastimados señores, y desagradecidas seño-
ras: Las palabras que tomé por fundamento de
mi intención, son escriptas en el libro de la
muerte, a los siete capitulos de mi desseo. Da
testimonio dellas el Evangelista Afición. E
traydas del latín a nuestra lengua, quieren
dezir. En vuestra paciencia sostened vuestros
dolores. E para conclusión del tema, será el
sermón partido en tres partes.
La primera será vna ordenan9a para mostrar
como las amigas se deuen seguir. La segunda
será vn consuelo en que se esfuercen los cora-
zones tristes. La tercera, vn consejo para que
las señoras que son seruidas remedien a los que
la siruen. E para aclaración de la primera parte,
digo que todo edificio para que dure, conuiene
ser fundado sobre cimiento firme, si quiere el
edificador tener su obra segura. Pues luego con-
uiene que lo que edificare el desseo en el cora-
zón catino, sea sobre cimiento del secreto, si
quisiera su labor sostener e acabar sin peligro
de vergüenza. Donde por essa conparacion pa-
resce que todo amador deue antes perder la
vida, que escurecer la fama de la que siruiere,
auiendo por mejor recebir la muerte callando su
pena, que merecerla, trayendo su cuydado a
publicación. Pues para remedio deste peligro
en que los amadores tantas vezes tron piolan,
deue traer en las palabras mesura, y en el me-
neo honestidad, y en los actos cordura, y en los
ojos aniso, y en las muestras soffrimiento, y en
los desseos tenplan^a, y en las platicas dissimu-
lacion, y en los mouimientos mansedunbre. E
lo que más deue proueer, es que no lieue la per-
sona tras el desseo, porque no yerre con priessa,
lo que puede acertar con espacio; que le hará
passar muchas vezes por donde no cunple, e
buscar mensajeros que no le conuienen, y em-
biar cartas que le dañen, e bordar inuenciones
que lo publiquen. E porque competencia suele
sacar el seso de sus recogimientos honestos,
poniendo en coraron sospechas, y en el mal
desesperación, y en las consideraciones discor-
dia, y en el sentimiento rauia; deue el que ama
templarse e suffrirle, porque en tales casos quirn
buscare su remedio, hallará su perdición. E
quando al que compete le paresciere que su
competedor llenó mas fauor de su amiga que
no él, entonces deue mas recogerse. E aquel
mudar déla color, e aquel encarnizar de los ojos,
e aquel temblar déla boz, e aquel atenazar délos
die*nU>s, e aquella sequedad de la boca que traen
disfauores, deuelo cerrar en el juyzio, cerrando
la puerta con el aldaba del soffrimiento, hasta
38
orígenes de la novela
((lie gasto Ift razón los a'^cidontes de la ira; que
las armas ron que se podría vengar, cortarian
la fama de la amiga, cosa que más que la muerte
se deue temer. Lien se yo, señoras, que lo que
trato en mi sermón con palabras, aueys sentido
vosotras en obras. De manera que son mis ra-
zones molde de vuestros sentimientos. Empero
porque muchas vezes la passion ciega los ojos
del entendimiento, es i^ien recordar os la Imz
j el enues destas ocasiones. Sean los passos del
que ama espaciosos, e las passadas por do está
su amiga, tardias; e t^'nga en publico tristeza
tenplada; porque esta es vn rastro por donde
van las sospechas a dar en la celada de los pen-
samientos; cosa de que todo enamorado se deue
apercibir, porque diuersas vezes las aparcncias
del rostro son testigos de los secretos del co-
raron; e no dudo que no peneys mucho en hazer
esto, porque más atormentan los plazeres for-
zosos que las tristezas voluntarias; mas todo se
deue Buf frir en amor y reuerencia de la fama de
la amiga, e guardaos, señores, de vna erro-
nia que en la ley enamorada tienen los galanes,
comenzando en la prímera letra de los nom-
bres de la que simen sus inuenciones o cime-
ras o bordaduras, porque semejante gentileza
es vn pregón con que se haze justicia de la in-
famia dellas. Ved qué cosa tan errada es mani-
festar en la bordadura avn lo que en el pensa-
miento se deue guardar. Y no menos, señónos,
os escusad de vestidos de sus colores, porque
aquello no es otra cosa sino vn espejo do se
muestra que la seruis. £ porque los ojos suelen
descobrir lo que guarda la voluntad, sea vues-
tro mirar general, ¡wr quitar de tino los sospe-
chosos. Conuione a todo enamorado ser virtuo-
so, en tal manera, que la bondad rija el esfuei^
co, aconpañe la franqueza; e la franqueza adoi^
nc la tenplan^a, e la ten planea afeytc la con-
uersaciou, e la conucrsacion ate la buena crian-
za, por via que las vnas virtudes de las otras se
alumbren, que de S(»mejante8 passos se suele
hazer el escalera por do suben los tristes a a<jue-
11a bienaventurada esperanza que todos desea-
mos. Nunca vuestro juyzio responda á las bozes
de la pena ; e qnando ella se a((uexa con dolor
rija el seso la teuplanza, atando el cuerpo con
consejo, porque no se vaya tras el pensamiento
hazicndo asomadas y meneos. No según la ley
del discreto lo establesce, mas según la priessa
de la pena lo pide. E porque suelen recrescerse
a l(js penados iu*aesciuiientos de tanta angustia
que dí-ssean liablar la, porque la passion comu-
nicada duele nieiu>s, no so yo de consejo que a
nadie se descubra p(»r(jiie quien a otro su se-
creto descubre, hágale señor de si.
Pues porque no rebi<»nte el que se viere en
tal estrechura, apartase a tal lugar solo, y sen-
tado en medio de sus pensamientos, trate y par-
ticipe con ellos sus males; porque aquellos solo
son compañia fíe!. £ si vn pensamiento le tra-
xere desas (aeraciones, otro le traerá esperanza.
£ si vno hallase torpe, otro hallará tan agudo
que le procure su remedio. E si vno le dixere
que desespere según su desdicha, otro le dirá
que espere según su fe,'e si vno le aconsejare
que acorta con la muerte la vida e los males,
otro le dirá que no lo haga, porque con largo
biuir todo se alcanza; otro le dirá que tiene su
amiga grane condición como desamorada, otro
le dirá que tiene piedad natural según muger;
otro le consejará que calle, que nmera c siiffra;
e otro que sima e hable e siga. De manera que
él de si mismo se podra consolar y desconsolar.
Direys vosotros, señores, que todavia querría
desconsolación e consejo de amigo, porque los
honbres ocupados de codicia, o amor, o desseo
no pueden determinar bien en sus cosas propias,
lo qual yo no reprueuo. Pero assi como en los
otros casos lo conozco, assi para esto lo niego;
porque en las otras negociaciones se turba la
razón, y en los dolores de este mal se aguza el
seso. E si sobre todo esto la ventura vos fuese
contraria, en vuestra paciencia sostened ruestros
dolores.
LA SEGUNDA PARTE
La segunda parte de mi sermón dixe que
sería vn consuelo de los corazones tristes. Pan
fundamento de lo qual conuicne notar que todos
los <)ue catiuaren sus libertades, deuen primero
mirar al mercscer de la que cansare la captiui-
dad, porque el affícion justa aliuia la pena. De
donde se aprende; el ma^ que se sufre con razón,
se sana con ella misma. De cuya causa las pas-
s iones se consuelan e suffren. £ avn que las la-
grimas vos cerquen, e angustias vos congoxen,
e sospechas vos lastimen, nunca, señores, vos
aparteys de seguir e seruir e querer, que no ay
conpañia mas amigable que el mal que vos viene
de quien tanto quereys, pues ella lo quiere. E
si no hallnrdes piedad en quien la buscays, ni
esperanza de quien la quereys, esp<>rad en vues-
tra Ke, y confiad ei. vuestra fírmeza; que
uinchas vezes la piedad responde quando fir-
meza llama a sus puertas. E pues soys obedien-
t4\s a vuestros desseos, sf)ffrid el mal de la pena
por el bien de la causa. ¡Que, señores, si bien
lo miramos quantos bienes recebimos de quien
siempre nos quexamos! La soledad causa deses-
j>era<ion algunas vezes, donde nuestras amigas
sií'mpre nos socorren, dando nos quien nos
aeonipañe e ayudi en nuestra tribulación. £m-
bian no< a la memoria el desseo que su hermo-
sura nov cau>a. e la passion «pie su gracia nos
pune; y el tt)rmento que su discre(*ion nos pro-
cura: y el tral>ajo <]ue su d»'<amor nos da. E
porque e>tas cosas mejor conpañia nos hagan
SERMÓN DE DIEGC) DE SANT PEDRO
39
crezcan nuestros cora^ncs con ellas; en ma-
nera que por venir de do Tienen arn que el
pensamiento se adolezca, la voluntad se satis-
faze; porque no nos dexeii desesperar. Y es esto
como las feridas que los caualleros receben con
honrra, arn que las sienten en las personas con
dolor, las tienen en la fama por gloria. O ama-
dor! si tu amiga quisiere que penes, pena; e si
quisiera que mueras, muere; e si quisiera con-
denarte, vete al infierno en cuerpo y en ánima.
¿Qué más beneficio quieres que querer lo que ella
quiere? Haz ygual el coraron a todo lo que te
pueda venir. £ si fuere bien, amalo. E si fuere
mal, Buffrclo. Que todo lo que de su parte te vi-
niere, es galardón para tí. Direys a cstx) que
vos dé fuerza para suffrír, y que vosotros me
dareys voluntad para penar. Mirad bien, seño-
res, quan engañados en esto biuis; que si po.leys
íostener tan graue pena, cobrareys estimación.
£ si el Buffrimiento cansare y os traxere a es-
tado de muerte, no puede veniros cosa más bien-
anenturada; que quien bien muere, nunca mue-
re; pues qué fin más honrrado espera ninguno
que acabar debaxo de la seña de su señor: por
fe y firmeza e lealtad e razón? Por donde esta-
ña bien m mote mió, que decia, que en la muer-
te está la vida. Dize vn varón sabio, que no
TÍdo honbrc tan desuenturado, como aquel que
nunca le vino desuentura; porque est<; ni sal>e
de si para quanto es, ni los otros conoscen lo
que podría si de fortuna fuesse prouado. Pues
qué mas quereys de vuestras amigas sino que
con sus penas esperímenteys vuestra fortale<;ía?
Que no haUo yo por menos coraron recebir la
muerte con voluntad, que sostener la vida con
tormento: porque en lo vno se muestra resis-
tencia fuerte, y en lo otro oI)edionl'ia justa; de
forma, qiic con el mal que amor os ordena, os
procura alabanza. Esforzad vos en la vida, e sed
obedientes en lu muerte. Pues luego bien dize
el tema: que sostengays en vuestrii paciencia
vuestros dolores.
LA TERCERA PARTE
Dixe cjue la tercera parte de mi sermón seria
vn consejo para que las señoras que son serni-
das remedieu a quien las simo. Poro primero
qm; venga a las razones desto, digo que qui-
siera, señoras, conosccros con seruicio, antes que
ayudaros con consejo: porque lo vno hiciera
con sobra de voluntad, y liaré lo otro con men-
gua de discreción; mas como desseo librar vues-
tras obras de culpa, e vuestras aluuis de pena,
dezir vos he mi parecer lo menos mal que pu-
dien\ Pues para comenvar el proposito, solo
por salud de vuestras animas, devtíriades reni(f-
diar los que penays: qu(í incurrís por el tormen-
to que les days en quatro pecados mortales; en
el de s(»beruia que es el primero, pecays por
esta razón : Quando veys que vuestra hermosu-
ra y valer puede guarescer los muertos e matar
los biuos, e adolescer los sanos, e sanar los do-
lientes, creeys que podeys Lazer lo mismo que
Dios, al qual por esta manera offendeys por
este peccado. E no menos en el de auaricia;
que como recogeys la libertad e la voluntad e
la memoria y el coraron de quien os dessea,
guardays todo esto con tanto recaudo en vues-
tro desconocimiento que no les volvereys vna
sola cosa destas, fasta que muera por llenarle
la vida con ellas. Pecays assi mesmo en el pe-
cado de la yra; que como los que aman, siem-
pre siguen, es forjado que alguna vez enojen, e
importunadas de sus palabras e porfías, tomays
yra con desseo de venganza. En el pecado de
la píTc^a no podeys negar que también no caeys,
que los catinos del afición, avn que mas os es-
criuan y os hablen, e os embien a dezir, teneys
tan perezosa la lengua, que por cosa del mun-
do no abris la boca para dar vna buena repues-
ta. E si esta razón no Imstare para la redenp-
cion de los catinos, sea por no cobrar mala es-
timación. ¿Qué os paresce que dirá quien sopiere
que quitando las vidas galardonays los serui-
cios? Para el león e la sierpe es bueno el ma-
tar. Pues doxar, señoras, por Dios, vsar a cada
vno su officio; que para vosotras es el amor,
e la buena condición y el nnlimir; el consolar.
E si por aqui no aprueuo bien el consejo que
08 do, sea pur no ser desconocidas; culpa de
tan gran grauedad. ¿Cómo, señoras; no es bien
que conozcays la obediente voluntad con que
vuestros siervos no quieren ser nada suyos por
serlo del t«xio vuestros, que trasportados en
vuestro merescimiento, ni tienen seso para fa-
blar, ni razón para responder, ni sienten donde
van, ni saben por do vienen, ni fablan a propo-
sita), ni se mudan con concierto: estando en la
yglesia y cabo el altar, preguntan si es horade
comer? ¡<> quantas vezes les aeaesce tener el
UKinjar en la mano, entre la boca y el plato por
gran espacio, no sabiendo de desacordados quién
lo ha de comer, ellos o el platell (¿uando se
van a acostar, preguntan si aniane.s«v, e quan-
do se levantan preguntan si es ya d<' noche.
Pues si tales cosas deseonoceys, a la mi le, se-
ñoras, ni j)odeys quitar las eond¡rion»*s de cul-
pa, ni las ánimas de pena, quando por precio
de sus vidas no quereys dar vuestras esperan-
Cas. K como vean los que os siru«ui su poco
rt'nií.'dio, traen h)S ojos llorosos, las colores
amarillas, sus lioeas secas, las lenguas enmu-
decidas, quí' avn([ue no con ál, sino eon sus la-
grimas, deurian reuerdecer vuestras srijueda-
des. l*ues ponjué en hura mala jiara nn', po-
deys n<*gur galardón tan dr.sseíido, i- por tantas
uiant-ras nierescido.*
40
ORÍGENES DE LA NOVELA
Dircys vosotras, señoras: ¿no reys, predica-
dor simple, que no se pueden remediar sus pe-
nas sin nuestras culpas?
A lo qual yo respondo, que no me satisfazc
vuestro descargo; porque el que es af finado
amador, no quiere de su amiga otro bien, sino
que le pese de su mal ; y que tractando lo sin
ai^pere^a, le muestre buen rostro; que otras
mercedes no se pueden pedir. Assi que reme-
diado su mal, antes screys alabadas por piado-
sas, que retraydas por culpadas. Pues si de pie-
dad e amor qucreys, señoras, enxemplo,fallarey8
que en Babilonia biuiau dos caualleros, y el vno
dellos tenia fijo llamado Piramo, y el otro vna
hija que Uamauan Tisbe; y como se yiessen
muchas vezes encendió la conuersacion sus des-
seos. Y conformes en vna voluntad, acordaron
de salirse vna noche porque tuuiesen compañia
sus personas, assi como sus corazones, e toma-
do este acuerdo, concertaron el que primero sa-
liesse, esperasse al otro en vna puente que es-
taña fuera de la ciudad junto con el enterra-
miento del rey Niño; pues como Tisbe fuesse
más acuciosa en el andar y en el amor, llegó
antes que Piramo a la fuente. Y estando acom-
pañada de sola esperanza del, salió de vna sel-
va que alli se hacia yusl leona toda sangrienta
e sañuda, de miedo de la qual Tisbe se fue a
meter en el enterramiento dicho. E como fues-
se desatinada, cayosele el manto que cobria.
Llegada la leona a aquel lugar, después que
vuo beuido en la fuente, despedazó el manto e
cubrió lo todo de la sangre que traya, e boluio-
se luego a la montaña. Pues como ya el desdi-
chado Piramo a la fuente llegasse, vistas las
señales del manto sospechó que su amada Tis-
be fuese de alguna vestía fiera comida, e dando
crédito a su sospecha después que con palabras
lastimeras lloró su mala ventura, púsose Vn
cuchillo por los pechos. La sola e desdichada
Tisbe quando ya el roydo de la leona cessó,
salió de donde estaua por saber si era llegado
su Piramo; y como llegase debaxo de vn moral
do cayó con la ferida, hallóle que ya quería
dar el ánima, c cayendo en la razón que pudo
causas su muerte, llegó a el boluiendole el
rostro arríba, que lo tenia en la tierra, y be-
sándole diuersas vezes su fría boca, mezclando
sus lagrimas e su sangre, comen90 a dezir.
Buelue el rostro, señor mió, ti tu desamparada
Tisbe. No tengas mas fimor con la tierra que
comigo. Por cierto también temé fuerza para
acompañarte en la muerte como para amarte
en la vida; assi seguiré yo muerta á ti muerto.
E dichas estas palabras, sacó le el cuchillo de
los pechos, y puesto en los suyos, abracóse
con su amado e assi acabaron entrambos. Mu-
chas razones y enxemplos y autoridades podría
traer para enchir de verdad mi intención; e
no las digo por esquinar prolixidad. Solamen-
te, señoras, os suplico, que parezcays a la leal
Tisbe, no en el morir, mas en la piedad que
por cierto mas grave que la de Piramo es la
muerte del desseo; porque la vna acaba, y la
otra dura. E do vos segundad que no os arre-
pintays de mi consejo. Catad que este amor que
negays, suele emendarse con pena de quien lo
trata con desprecio. E si todavia quisierdes se-
guir vuestra condición, sostengan los que aman
en su paciencia los dolores. E porque da ya las
doze, e cada vno ha mas gana de comer que
de escuchar.
Ad quam gloriam nos perducat. — Amen.
QUESTION DE AMOR
DE DOS ENAMORADOS
AL VNO ERA MUERTA SU AMIGA; EL OTRO SIRUE SINT ESPERANZA
DE GALARDÓN. DISPUTAN QUAL DE LOS DOS SUFFRE MAYOR PENA.
ENTÍÍETEXENSB tN ESTA CONTROUERSIA MUCHAS CARTAS Y ENAMORADOS
RAZONAMIENTOS, Y OTRAS COSAS MUY SABROSAS Y DELEITABLES (O-
EL PROLOGO
Mnchos son los que del loable j fructuoso
trabajo de escreuír reliuyr suelen ; unos por no
saber, a los qnalcs su ygnorancia en alguna ma-
nera escusa; otros por negligencia, que tenien-
do habilidad y disposición para ello, no lo ha-
zen : y a estos es menester que Dios los perdo-
ne en lo passado y emmiende en lo ponienir.
Otros dexan de hazerlo por temor do los de-
tractores y que mal acostumbran dezir, los qua-
les, a mi parescer, de toda reprehensión son dig-
nos, pues siendo el acto en si virtuoso, dexan
de usarlo por temor. Mayormente que todos o
los que más este exercicio usan, o con buen
ingenio escrinen o con buen desseo querrían
escreuir. Si con buen ingenio hazen buena
obra, cierto es que debe ser alal)ada. Y si el
deffecto de más no alcanzar algo la haze di-
minuta de lo que mejor pudiera ser, deuese
loar lo qne el tal quisiera hazer si más su-
piera, o la inuencion y fantasía de la obra,
porque fue o porque desseó ser buena. De ma-
nera qne es mucho mejor escreuir como quiera
que se pueda hazer, que no por algún temor
dexar de hazerlo. Mayormente que o estas co-
^as han de uenir a vista o juyzio de discretos
y buenos, o de nescios y malus; y el discreto no
habla mal y el bueno siempre dize bien. Pues
el grossero y nescio mal puede juzgar las cosas
agenas, que ni a si ni a las suyas conosce; el
malo ¿qué mal puede dezir de nadie, pues él en
si es mtflo? Assi que por ninguna uia el bien
obrar deuria cessar. De donde el que la pre-
sente obra compuso, oluidado todo lo que se
podía temer, deliberó lo mejor que pudo escre-
uir este tractado, dexando su nombre encubier-
to, porque los que con mas agudo ingenio que-
rrán en ella algo emmendar lo puedan mejor ha-
zer y de la gloria gozar su parte.
AIIGVMENTO
Y DECLABACIÓN DB TODA LA OBRA
El auctor en la obra presente calla y encubre
su nombre por la causa arriba dicha, y porque
los detractores mejor puedan saciar las malas
lenguas no sabiendo de quién detractan. Tam-
bién muda y finge todos los nombres de los caua-
lleros y damas que en la obra se introduzen, y
los títulos, ciudades y tierras, perlados y señores
que en ella se nombran, por cierto respecto al
tiempo que se escriuio necessario, lo qual haze
la obra algo escura. Mas para quien querrá ser
curioso, y saber la verdad, las primeras letras
(') Hemos copiado el título de la obra, como también el Prólogo y el Argumento, de la edición de Venecia
S>r Gabriel Giolito de rerrariis, año 1553, porque al ejemplar que de la de 1513 se conserva en la Biblioteca
arional faltan dos hojas al principio.
El titulo de la edición de Aml^reí* i^or Filipo Nució, nño 157C, es' muy distinto y dice asi:
QUESTION DE AMOB.
Lo que en e*te presente libro so contiene es lo sigvietttc:
Vna qyettion ae amor de dos enamorados, al rno vra murria su amiga; el otro sirve sin e*pera»ra de
galardón. Disputan ffVal de los dos sufre mayor pena.
Entretexense en esta controuersia muchas cartas y ttt^moradoa razonamientos.
Introdvxense mas, vna ea^a, rn juego de cañnsf mu égloga, ciertas juxtas y muchos caualleros y damas
ron dinersos y ricos atavio»^ con letra» y inuencionts.
Concluye con la salida del svtíor Visorey de Xapoles^ donde los dos enamorados al presenta se hallauon
para socorrer al Santo padrs. Donde se cuenta el numero de a/¿ml lucido exercito y la contraria fortuna
de Bauena.
La mayor parte de la obra, historia verdadera.
42
ORÍGENES DE LA NOVELA
do los nombres feíigidos son las primeras de los
nerdaderos de todos aquellos caualleros y da-
mas que representan, j por las colores de los
atauios qne alli se nombran, o por las primeras
letras de las ¡nueneiones, se puede también co-
noscer quien son los seruidores y las damas a
quien simen. Y puesto que la dicha fícion
haga la obra algo sospechosa de nerdad, es cier-
to que todos los caualleros y damas que en ella
se iutroduzen, a la sazón se hallauan presentes
en la ciudad de Ñapóles, donde este tractado se
conpuso; y cada uno dellos seruia a la dama que
aqui se nombra. Bien es uerdad qne el aactor
por mejor sernar el estilo de su inuencion y
accompañar y dar mas gracia a la obra, mezcla
a lo que fue algo de lo que no fue. Finalmente
el principal proposito suyo ha sido querer ser-
uir y loar una dama, que en la obra Belisena
se nombra; por servir y complazer un cauallero
a quien llama Flamiano, que aquella dama ser-
nia. Entre el qual Flamiano y otro que en la
obra Vasquiran se nombra, se mueue una con-
tienda o question a manera de dialogo, en de-
manda y respuesta, qual de los dos con mas ra-
zón de la fortuna, como mas lastimado o mas
apassionado se deue quexar: Flamiano de ena-
morada passion, sin remedio ni espiTaní;a en vi-
nas Uammas uiondose arder, ó Vasquiran sién-
dole muerta su amiga, que era la cosa que en
el mundo mas amauá. La qual estando en su
poder, la cruel muerte della de toda speranya
desesperado le dexó. Sol)re lo qual con diuersas
letras y embaxadas largos dias contienden; e
al fin hallándose juntos, j)rosiguiendo la ques-
tion, sin darle fin, pendiente la dexan, porque
los que leyeren sin leer tengan, si querrán, occa-
sion y manera en que altercar y contender
puedan .
COMIENgA LA OBRA
Acaescio pues que al tiempo que el rey Car-
los de Francia entró en Ytalia e ganó el rey no
de Ñapóles, vn cauallero que Basquiran hauia
nombre, de nación Española, natural de la ciu-
dad de Todomir, andando en la corte del sere-
nissimo e catholico rey don Fernando de Espa-
ña hallándose en la diclia corte o passando a la
sazón por vna ciudad (jue Ciracunda se nombra,
de vna dama que Violina se llaniaua de la di-
cha ciudad natural estroniadamente so enamoró,
con la qual onel principio de sus enamorados
desseos tan prospera la fortuna le fue, que si al
fin i'omo suele la rueda no le houiííra hecho des-
fazer, el más de los gloriosos en tal caso se pu-
diera llannir, pon(ue oon tales ojos do Violina
fue mirado qne no nn-nos presa de amor quedó
con su vista que prendido hauia c«.>n su hermo-
sura. Pues venido en conocimiento do Vasqui-
ran lo que la ventura a su desseo le aparejaua,
no sin mucho trabajo e peligro con assaz difi-
cultad con Violina secretamente habló, de que
sucedió que por la imposibilidad de la guarda
que Violina délas compañas de su padre tenia
para que más hablar como desscanan se pndies-
sen, Vasquiran tentó en las voluntades deles
parientes de Violina lo que la suya desseaua;
esto era que por muger se la diessen, lo qual no
pudo alcauQar por algún respecto que aqui no
se escriue.
Pues visto por esta parte el impedimento
que sus desseos impedia, tentaron en la ven-
tura suya de hallar el remedio que en las vo-
luntades ajenas les fallecia. E fue que con
acuerdo délos dos, postpuesto todo peligro assi
de sus vidas como de sus honrras, Vasquiran
vna noche e hurtadamente de casa de su padre
á Violina sacó. Con la qual e con mucho peli-
gro e trabajo e no menos contentamiento llegó
en la ciudad de Valdeana, donde hanida vna
suma de moneda con que según su condición
biuir pudiessc c ofreciéndosele seguro passaje
con Violina se eml»arcó, hazicndo su via a las
partes de Italia. E llegados con tiempo pros-
pero a la gran insida, en la ciudad Felernisa se
desembarcó, que es en la dicha insola la mayor
entre muchas que en ella hay. En la qual por
algún tiempo deliberó biuir y estar; e alli com-
prada vna nmy honrrada possession algún tiem-
po los dos muy alegres y contentos biuieron.
En el qual tiempo muchas vezes se vio con vu
grande amigo suyo, que Flamiano liauia nom-
bre, natural de la ciudad de Valdeana de no
menos noble linage que crianya. El qual en la
ciudad de Noplesano habitaua que es en Italia
vna délas nobles que en ella haya. En la qual
al presente muchos grandes señores e nobles
caualleros habitanan, assi de la mesma nación
e patria naturales como de los rey nos de Espa-
ña e otras muchas tierras. E quando estos ca-
naílones con las presencias ver no se podian,
con sus letras jamas de visitar se doxanan.
Estando pues las cosas en este termino, se si-
guio que la duíjuesa de Meliano que era vna
muy noble señora binda con vna hija suya Be-
lisena llamada, en todo estremo de virtud y
hermosura complida, a la dicha ciudad de No-
]>losano vino para estar en ella algún tiempo.
De la qual Belisena este Flamiano en tanta
uninora se enamoró, que ni a su passion sabia
dar roniíKÜo, ni a su dv»sseo podia dar cont^n-
taniionto. Porque mirado e considerado el va-
lor, moreoor e virtud de lU'lisena, todas las es-
peranoas que osporanoa de algún bien darlo
podian la puerta le oerrauan. Donde viéndose
de si vencido e de ostremada passion combati-
do, no podiendo más consigo sofrir su pena,
acordó prouar en ageno remedio lo que en el
QUESTION DE AMOR
13
sayo para sa descanso no hallaua. E esto fue
que con la compañía de su amigo Vasquiran
pensó poder dar a sus males algan aliuio. Por
el qual determinó enbiar para hazerle notoria
parte de su congoxa, pero como nunca los nia-
les a solas pueden yenir, acacscio que en este
mismo tiempo que a este Flamiano esta pnssion
enamorada sin libertad dcxó, en aquel mesmo
la cruel muerte dexó a Vasquiran su amigo
sin libertad e alegría dando fin en los dias de
Violina e comienzo en sus males.
Lo qual por Flamiano sabido tanto dolor
creció en su coraron que pensó perder el natu-
ral jnyzio. Pues después de muchos e ranos
pensamientos que por la fantasia le passaron
sobre lo que en tal caso de si determinaría, acor-
dó por mas breuedad con yn camarero suyo que
Fclisel hauia nombre, para el presente embiar-
lo a visitar e consolar de su desastrada fatiga
e descolpar de su indisposición. El qual Feli-
sel después c^e informado de lo que su señor le
mandó que hiziesse e de su part« dixesse, dio
comiendo a sa camino. E assi en pocos dias
llego a la ciudad de Felemisa.
COXO FSLISEL DKSrUES DB LLEGADO X LA
CIUDAD DE FBLBBNISA B VISTO X VASQUI-
RAN, LB NOTIFICO SU BICBAXADA
Pues llegado Felísel á Felemisa donde Vas-
quiran estaua, e vistas e notadas muchas cosas
como adelante se contará, comiénzale a hablar
desta manexa:
La necessidad, señor, en que me pone lo que
ue ha sido mandado, me fucr^'a a que mi eni-
baxada te haga notoria; la compassion de ver
tas sospiros me conbida más a dessear ayudarte
a plañir tus males que no a poner remedio con
mis razones en ellos, porque creo que quanto
en mi saber con su flaqueza mengua razón
para consolarte, en la sobra de tu trísteza so-
bra causa para más entristecerte, de suerte que
no sé determinarme a lo que contigo deno hnzor.
Mi obligación me constriñe á hablarte, la con-
passion me cierra la boca; tu virtud e noblezii
me dan atreuimiento, tu daño y desuentura
me lo quitan, de maneni'que peor aparejo hallo
on mi para dezir, que disposición veo en ti
para escuchar; c assi no sé lo que en tal caso
de mi determine; pero al fin será mejor que
louío pudiere 6 supiere cumpla lo que soy obli-
gado, diziendüte ú lo que soy venido, e aun quo,
señor, mi habla te muestre lo que en mi falta
de saber pura consolarte?, en mi pesar conoce-
rás quanto el tuyo me pesa, la volnnt-nd c anmr
qae mi sefior te tiene, y el nial que tus males
tn los suyos de dolor acrecientan e quanto tu
perdida le ha sido graue, la qual si como con
la voluntad siento, pudiese con las fucn;as
remediarla, lo menos que por ti ofrecería seria
la vida desscando tu salud que como la suya
le es cara; e assi, señor, me mandó que de su
parte te dixesse que si al presente a visitar no
te viene es por dos cansas. La una porque
como te he dicho, tanto tu dolor le pena que
más presto a crecer tus lloros te ayudaría que
no a poner en ellos el remedio que tú has me-
nester y el dessea. La otra es que sus males
tan sin plazer le tienen, que juntados con los
tuyos que más crudos los juzga tan rezio los
vnos como los otros se podrían encender, que
])odrian ser causa que las entrañas de entram-
bos en mayores llamas se viessen arder, de
suerte que ni él a ti ni tú á el, remedio os pu-
dicssedes poner. E por tanto te ruega que al
presente por escusado le tengas, hasta que Dios
quiera que el tiempo e la razón en tus lagri-
mas pongan algún sossiego, porque mas des-
ocupado tu joyzio pueda fablar quando a verte
viniere; porque assi viniendo a te consolar de lo
que perdiste, de su mal te pueda como á ver-
dadero amigo pedir algún consejo que consue-
lo le pueda dar, lo que ya para hazer estaua
aparejado e detenninado si esta ventura tuya
para mayor hazer la suya no houicra acaecido;
y asi, señor, te niega que á él con tu virtud ten-
gas por escusado e a ti con tu discreción co-
miences a dar algún reposo en tu congnxa,
pues que la nniertc, como mejor sabes, a todos
es natural y escusarla no podem<»8, ni en esta
vida seguridad ninguna alcanzar se puede de
su salteada venida, ni de los secretos desastres
y pesares que nuestra naturaleza por tantas
partes tan secretos e ajuirejados nos tiene. A
vnos en la muerte en medio de su contenta-
nn'ento dexándolos á solas acompañados de
pesar como agora a ti liaze; á otros con fati-
gada e tralla josa vida haziendoles aborrecer el
biuir, como a él ha hecho; que le tiene tal su
pensamiento que sin esperan ea de verse jamas
libre le bazo desear lo que á ti te ha lastimado.
Porque su mal es de tal manera que quando a
ti el tiempo e la razón te oomen^arán natural-
mente á enfriar el fuego de tu llaga, entoiiees
a él mas los rayos de la passion le acabarán de
abrasar las entrañas, de suert^í que entonces
haurá de venir á buscar en ti el remedio que tú
a^ora tanto has in«*nester. Esto te dize, ]M>rque
como sabes c<^nsn(?lo pone á los atriimlados ha-
llar a sus males alguna com]mñ¡a como agora
tú rn la suya jmcdcs hallar, viendo quanto mas
peligroso su mal es que el tuyo. E por tanto
deues desseando consolar a él por o\ amor (jue
le tienes e comenrar a poner consolac¡«»n en ti
de lo que sientes, y en esto hams lo que dcues
contigo y lo que eres obligado con él. ^luchas
otras cosas, s«'ñor, te j)odria en esto dezir que tú
niesnio nniebo mejor que no yo las sabes e lo-
44
ORÍGENES DE LA NOVELA
noces, e aun lo que te he dicho para contigo
con muchas menos palabras pudiera ser razo>
nado, sino que la diversidad e graueza de
vuestros males no me han dado lugar a que
monos pudiesse hazer. Assi que, señor, yo te he
dicho lo que de parte de mi señor me fue man-
dado que te dixcsse porque sepas que te dexé
plañiendo tu perdida y doliéndose della c de-
sesperado de esperanoa para su remedio e de
salud para su vida. Plega á nuestro Señor
que ponga en cada vno de vosotros tanta ale-
gría quanto agora veo que os sobra pesar.
RESPUESTA DE VASQUIEAN Á FELI8EL
Mis pesares y desuentura tan sin plazer me
tienen que me pesa no poder hauerte hecho
aquella cortesía y acogimiento que mi condición
requiere e tú mereces, porque verdaderamente,
Felisel, tanto tu buena crianca siempre me plu-
go que me duele no poder dártelo con mis obras
a conocer. Verdad es que agora con tus palabras
y embaxada me has enojado en tanta manera, e
si a esto y a la intención de quien te embia no
niirasse,dndo(iue note houiesse respondido más
ásperamente, lo que tú no mereces por ser manda-
do. E aun creo que si en mi houiera lugar donde
nueuo pesar pudiera caber, que la yra houiera
vencido la voluntad a lo que no houiera querido,
tratándote no como la razón requiere más como
tu habla me ha puesto alteración; poro como
dicho he, ya mis males tal me tienen que los
enojos que agora llegan lugar no hallan do ca-
ber puedan. También considero que quien te ha
embiado más a ello le mouio amor que malicia,
e por esto ni a ti respondo como querría, ni a
él como deuiera, según el fin de su mensa-
jería. E también porque conozco que como á mi
la pasión me quita la razón de la lengua, assi a
él el afición le ciega el entendimiento para tur-
barle el verdadero conocimiento de lo que dize.
E pues que ansi es, no quiero con larga res-
puesta castigar su culpa ni crecer mi enojo,
porque la sana amistad de entre nosotros la pon-
voña de nuestras enfermedades no la adolezca
e sea causa de tomarme a lastimar de nueuo
con perder mis amigos más de lo que me ha las-
timado con el haberme hecho perder aquella en
quien mi vida consistía. Verdad es que no los
querría pnra que como el con tales consolacio-
nes me enojassen, mas para que de mi daño les
pese como es razón y íes duela, pues que re-
medio no tiene; e por tanto por agora de mi
j)arte no quiero que le llenes otra respuesta sino
una breue carta, la qual no menos graveza me
pone escreuirla que tristeza e alteración me
puso oyrte, solo por tratar de cosa que han ría
más menester oluídalla sí possible fucsse que
reduzilla á la memoria. E como se la des dile
de parte mia que más valiera que me pusiera
remedio si en mi daño le houiera, que no que
me diera consejo de lo que yo no pido ni me
aprouecha.
. EL AUCTOR
Y luego recebida por Felisel la letra de Vas-
quiran e atentamente escuchada su respuesta,
no solamente conprehendio lo que Vasquiran
espresamente le dixo, mas aun lo que de dolor
en las entrañas le quedaua secreto, viendo lo que
publicaua con la boca, gesto, meneo y reposo en
el comer, dormir e velar, assi a solas como
acompañado, y en todos sus actos, atauios e
arreos de su casa, e asi de las cosas que en el!a
vio en todos sus criados e scruidores e aun en
todo el exercicio suyo tantas cosas notó, que
pudo claro juzgar según lo que veya lo que sin
ver en su pensamiento juzgaua. E assi la letra
recebida e de Vasquiran despidido, con algunos
de sus criados se salió razonando hasta vn patio
donde ya vn criado suyo la caualgadura apare-
jada le tenia con las otras cosas que al abito del
camino se requerían.
E después de hauer caualgado se despidió de
aquellos que le acompañauan hablandoles assi:
Señores, plega á Dios que ponga en el señor
Vasquiran tanto consuelo y en vosotros tanta
alegría quanto sus males e vuestra tristeza han
menester; e quanto su dolor a mi me da pe-
sar e vuestro enojo me duele, porque pueda go-
zar de la parte que dello me cabrá quando acá
tornare, que será mucha según lo que del daño
me cabe, porque de lo que agora peno entonces
descanse; que en verdad os digo que con lo que
me ha afligido ver vuestra fatiga y con la pena
que los muchos sos piros e tristeza de mi señor
Flamiano me han dado, yo la haure bien me-
nester. Porque os certifico que no menos atri-
bulados él a nosotros con su tormento nos tiene,
que el señor Vasquiran a vosotros con su las-
tima. Acabadas las palabras di6 comiendo a su
camino, el qual con varios pensamientos de las
cosas que auía visto prosiguió hasta llegar
donde su señor estaña, el qual salió apareján-
dose para justar en vnas justas que después <|ue
él de allí era partido se eran concertadas.
Pues como Flamiano le vio, después de ha-
uerle saludado con mucho amor le dixo:
Felisel, tu seas bien llegado; ya vees a que
tiempo vienes e como me hallas, por mi amor
(jue por agora no me cuentes ninguna cosa
hasta que esta jornada sea passada, porque ni
te podría bien (»yr ni entender; pero ven con-
migo e mostrarte he lo que para este día tengo
aparejado e dezirme has lo ([ue dello te parecerá,
auníjue tu ausencia me ha hecho falta.
QUESTION DE AMOR
4:>
Ci8 COSAS QlTE FLaMIAKO MOSTRÓ A FELI8EL
QUE PARA LA FIESTA TENIA APAREJADAS
Tomando Flatníauo a Felisel su criado por
la mano, le metió en vna quadra donde todos
sas atauíos tenia aparejados, c antes de nada
moetralle le dixo: Sabrás, Felisel, que después
que de aqui partiste uucca mis ojos más de
vna Tez, para lastimarme muchas, han podido
rer a mi señora Belisena, la qual salió a los
desposorios del conde de la Marca, de que yo
dos días antes fny anisado, e por no dexar el
luto de Violina como no era razón, no quise
aquel día mas vestirme de vna loba frisada
forrada do damasco negro acuchillada toda
por encima, de manera que por ella mesma
se mostrasse la forradura con las cuchilladas
todas atadas cou vnas madexas de seda negra
con vna letra que dezia:
Claro descubre mi pena
mi tristeza y el agena.
E assi salí quando supe que caualgaua, y lle-
gado que fuy en su presencia conoci en su ros-
tro que de mi vista le pcEÓ, e para mas lasti-
marme no quiso consentir que la rienda le 11c-
vasse, de que seuti lo que puedes juzgar. Lle-
gados a la fiesta, el danzar duro gran parte de
la noche, donde concertamos vna partida do
justa quatro a quatro a ocho carreras. Ya de
precio de la vna partida a la otra, vna gotera
de plata de ocho marcos la qual se dará a quien
mejor justare; al que más galán saliere a la
tela- con dos cauallos atauiados vno con para-
mentos e cimera, otro con un paje e guarni-
ción e a la noche con ropa de estado de broca-
do forrada de raso o damasco; se dan ocho
canuas de raso carmesí.
Somos de la vna parte el marqu<*s de Per-
siana, el conde de la Marca, Camilo de Lconis
e yo. De la otra son el señor marques Carliauo
j el prior d'Albano y el marques de Yillatonda
7 el prior de Mariana.
Esta fiesta concertada para la noche en casa
de la señora duquesa de Meliano, en la qual
estamos concertados todos ocho de salir en mo-
mería con las ropas que te he dicho, e para
esto tengo hecho esto que agora verás. E assi
le mostró vnos paramentos o vna guarnición
de raso encamado chapados todos de vnos
braseros de plata llenos de brasas, e la cimera
de lo mismo con vna letra que dezia:
Es imposible saltar
de las brasas donde muero
pues que m*abrasa el brasero.
E mostróle para la noche vna ropa de bro-
cado bUnco forrada de raso encarnado con vnas
faxas de raso por de fuera llenas de vnas villc-
tas de oro de martillo con vna letra que di-zia:
Encontráronme en los ojos
e hizieron la herida
en el alma y en la vida.
Y después le mostró doze vestidos para doz.í
moyos e vn paje de damasco blanco y rasf> en-
carnado, con todo su conplímiento.
Y después que todo se lo houo mostrado,
Felisel le dixo que le parecia que t<xlo estaña
muy bueno. Pues llegado el día de la fiesta
después de las damas ya salidas, los cauallen»s
salieron a la tela todos a vn tiempo, por dos
partes como es costumbre hazerse, e hecha su
buelta y mesuras y cerimonias como en tal
fiesta se acostumbra, el justar se comen vo.
Salió Flamiano con los atauios que hauenios
dicho, al qual se dio el precio de gentil hombre.
Sacó el marques de Persiana vnos paramentos
de terciopelo leonados con vnas puentes de
plata rompidas, sembrados todos los paramen-
tos, con vna cimera de lo mesmo. Dezia la letra:
No pueden pasar mis males
pues que en medio (')
les ha faltado remedio.
Sacó a la noche vna ropa de brocado blanco
forrada de raso leonado con vnas faxas del
mismo raso chapadas de vnas plumas de escre-
uir de oro, con vna letra que dezia:
No se puede mi passion
escreuir
pues no se puede suffrir.
Sacó los moyos e pajes vestidos de los uiis-
moR colores de blanco y leonado.
Sacó el conde de la Marca vnos paramentos
e guarnición de terciopelo negro con vnas
puertas de jubileo cerradas, sembrados todos
los paramentos dellas hechas de plata cou vna
letra que dezia:
Aunque haya en todos los males
redompeion,
no se espera en mi passion.
Sacó a la noche vna ropa de brocado morado,
forrada de raso blanco con faxas del mismo raso
sembradas de vnas faxas de oro, con vna letra
que dezia:
Yo solté tras mi esperanya
mi plazer,
y jamas le vi boluer.
(*) En la edición de 1513 te lee:
Vutñ que entonces.
46
orígenes de la novela
Sacó los mofos e pajes vestidos de raso mo-
rado y terciopelo negro con gaarniciones de
damasco blanco.
Sacó el señor Camilo de Leonis vnos para-
mentos de raso morado con rnos castillos de
cartas sembradas por encima de plata e la ci-
mera de lo mismo, con vna letra que dezia:
Tiene puesta mi esperan9a
el pensamiento
donde la derriba el viento.
Sacó a la no.he vna ropa de brocado mora-
do forrada de raso leonado con las faxas del
mismo, con vnos cíanos de oro sembrados por
ellas con vna letra que dezia:
La poca firmeza haze
á mi cuydado
que este en el alma clauado.
Sacó los moyos e pajes vestidos de tercio-
pelo leonado e damasco morado.
Sacó el señor marques Carliano vnos para-
mentos quartcados de pardillo y morado, cha-
pados de vnas serpientes, llamadas ydrias, de
plata, con vna por cimera, con vna letra que
dezia :
Si vn inconueniente quito
4 mi pesar
me nacen siete a la par.
Sacó a la noche vna ropa de brocado pardi-
llo forrada de raso morado con las faxas del
mismo raso sembradas de vnos improperios
bordados do oro con vna letra que dezia :
Muy mayor fuera no veros
que sofrillos por quereros.
Sacó los moyos vestidos de terciopelo pardi-
llo e damasco leonado.
Sacó el señor prior de Mariana vnos para-
mentos e guarnición de raso encamado chapa-
dos de vnos manojos de plata con vna letra
que dezia:
De quantas muertes padezco
mis querellas
ponen las señales dellas.
Sacó a la noche vna ropa de brocado mora-
do forrada de raso encarnado con las faxas del
mismo raso sembradas de medallas de oro con
vna letra que dezia:
No hay treslado vuestro
sino en mi cuydado^
Sacó los moyos e paje vestidos de raso en-
carnado e terciopelo morado.
El marques de Víllatonda sacó vnos para-
mentos y guarnición de raso carmesí con vnos
mallos de plata, e la cimera con los mismos
mallos y las palas, con vna letra que dezia:
Qoando mas vn pensamiento
llega cerca de mi quexa
tanto vn otro mas lo alexa.
Sacó a la noche vna ropa de brocado carme-
si forrada de raso amarillo e las guarniciones
con vnos manojos de maluas bordadas por
ellas con vna letra que dezia:
Si quiés ver de tu porfía
la esperanya que hay en ella
mira al mismo nombre della.
Sacó los moyos e paje vestidos de brocado
carmesi.
Sacó el prior Dalbano vnos paramentos de
terciopelo encarnado e vnos ramos de laurel
e vna corona de lo mismo por cimera con vna
guarnición desta manera, e una letra que dezia:
Corónese mi desseo
pues que ha sabido emplearse
do no sabe remediarse.
A la noche sacó vna ropa de brocado azul
forrada de raso encarnado con las faxas llenas
de vnas lantemas de oro, con vna letra que
dezia:
El fuego que el alma abrasa
aunque se encubre
con la pena se descubre.
Sacó vestidos los moyos de raso azul e da-
masco encarnado. E desta suerte salieron los
caualleros.
La fiesta duró quasi toda la noche. Y des-
pués de todos tomadod a sus posadas e Fla-
miano a la suya, hauieudo reposado de la passa-
da fatiga, tomando al trabajo de la congoxa
presente mandó llamar a Felise], el qual en su
presencia venido le dixo: Agora di lo qoe con
Baf quiran pasaste y lo que á mi embaxada te
respondió y qué tal le has dexado.
Al qual Felisel respondió: Pluguiera a Dios,
señor, que de tal trabajo me houieras escusado
porque lo que tus enojos de contino me tienen
atormentado me bastaua para que de otros
nueuos me escusaras. Lo que con el señor
Vasquiran he pasado e lo que en él he visto e
juzgado es tanto que dudo que della te pueda
naaer tan conplida relación como seria menes-
QUESTION DE AMOR
47
ier. Empero lo mejor que podré te daré dello
en sama alguna cnenta. E assi comenzó a dezir:
BE8FUBBTA PB FBLISEL A FLAMIANO
Después, señor, que de aqni partí, en poco
tiempo aunque con mucha fatiga por la dificul-
tad del largo camino e fatigoso tienpo, yo llegué
a Feleniisa donde como yua informado, pense
hallar a Yasquiran, pero como en su posada
fny apeado, supe de yn mayordomo suyo que en
ella hallé como pocos días después de la muer-
te de Violina se era partido a vna heredad suya
que cuatro millas de la ciudad estaua, lo qual
seg^n aquel me informó hauia hecho por dos
respectos. £1 vno pcnr desuñarse déla importuni-
dad de las muchas ristas; el otro por mejor po-
der en medio de su dolor dar lugar a que sus
lagrimas más honestamente compafiia le hizies-
sen. Pues esto sabido, la dora era ya tal que
me fue foryado apearme y reposar allí aquella
noche. E assi aquel su mayoitlomo con mucho
amor e cortesia sabiendo que era tuyo, después
de hauer mandado que a mi mo^o e caualga-
dura complido recaudo diessen, por la mano me
tomó e razonando en muchas e diucrsas cosas
assi de ti como del desastre de su señor, todos
o los mas principales aposentos de aquella casa
me mostró, en los quales vi muchas estrañezas
que sobre la muerte de Violina Yasquiran liauia
hecho hazer, y el primero que vi fue en vna
puerta principal vna muerte pintada en ella con
Tna letra que dezia:
Esté en la puerta primei*a
do se vea
que mi vida ladessea.
Entrando en la sala vi que toda estaua cu-
bierta de Tnas sargas negras con vnos escudos
bordados en medio de cada vna en que estañan
las armas de 'Yasquiran quarteadas con las de
Violina, con Tnas flechas sembradas quo la
mmerte las tiraaia de la puerta con vna letra que
díoúñ:
Con mis tiros he apartado
las vidas, por ser mortales,
mas no ddlas las señales.
Vi andando por todas las otras partes de la
casa que todas las puertas estañan teñidas de
negro de dentro y de fuera, y la letra dczia:
La muerte dexó el dolor
e trísteya de manera
que se muestre dentro y fuera.
Vi mas en cada ma de las cámaras e retray-
mientos vna cama sin cortinaje con vnas sar-
gas pardillas que las cubrían con unas fazas
amarillas en torno, con vna letra en cada vna
por las faxas que dezia:
La vida desesperada
trabajosa
con el trabajo reposa.
Vi mas, que todos los suelos estañan cubier-
tos de reposteros de grana, con vnas aimaras
l)ordadas en ellos, con vna letra en cada ropos-
tero que dezia:
Todas van mis alegrías
por el suelo,
pues no hay en mi mal consuelo.
E assi discurríendo por las otras partos del
aposento llegamos a vn hermoso jardín, dol qual
estaua la principal puerta cerrada de cal y cauto
con vna letra encima que dezia:
La puerta de mi espera nya
no se puede más abrir
hasta que tome el morir.
Entramos por vna puerta pequeña que de vn
estudio baxaua en la huerta, en la qual entre
muchas o grandes gentilezas que vi liauia vna
muy rica fuente la qual estaua seca que no cor-
ría, con vna letra en torno que dezia:
Secáronla mis enojos
para passarla en mis ojos.
De esta manera, señor, andouimos mirando
toda la casa, donde vi tantas cosas lastimeras de
notar que casi atónito me tenían. Pues hauiendo
ya la mayor parte visto nos tomamos a cenar
e gran parte de la noche passamos ratonando
de diucrsas cosas, hasta que el camarero me
traxo a vna cámara donde Vasquiran e Violina
solían dormir, en la qual hauia vna rica cama
de campo parada e allí me aposentó, e después
de quedar a solas miré muchas cosas que en la
cámara hauia, en que vi vn mote escripto de la
mano de Vasquiran que dezia:
Sin ventura ni remedio.
Vi mas en vn aparador donde hauia muchas
cosas assi de ropas de vestir menudas de Vas-
quiran como de Violina, entre las quales vi un
rico espejo e según yo noté creo, según deuia
ser, con que Violina se tocaua, según juzgué
de vna letra que en él hauia que dezia dcsta
manera:
Yo te miro por mirar
si veré en ti el bien que viste
y tú muestrastemc triste.
48
ORÍGENES DE LA NOVELA
Pues al fin, señor, ya del sueño vencido y del
trabajo fatigado yo me dormi. La mañana re-
ñida, después de lenantado, sin oyr missa, con
vna guia que el mayordomo me dio yo me parti
para donde Vasquiran estaua, y en poco espacio
llegué a vna muy herniosa heredad con vna
gentil morada, donde hallé todos los criados de
Vasquiran passeandose por vna playa que de-
lante la puerta de la casa estaua, al costado de
la qual hauia vn gentil passeador cubierto de ci-
prés, e al cabo vna gentil yglesia aunque pe-
queña. Pues como me conocieron, ante que me
apeasse todos me rodearon con mucho amor,
aunque con poco plazer. e como en medio del los
me vi, vilos vestidos todos de amarillo con unos
rétulos en las mangas izquierdas que dezian:
Vistenos el csperanya
del que espera
el remedio quando muera.
Acordándome lo que el dia e la noche antes
hauia visto e lo que en ellos comenyaua a ver,
marauilleme e supe después de apeado, cómo no
estaua alli su señor, pero tomóme su camarero
por la mano y lleuóm3 por debaxo de vnos ar-
boles hasta la marina cerca de alli á vnas gru-
tas que la mar la batia, donde hallamos a Vas-
quiran a solas sobre vna pequeña roca assen-
tado, con vn laúd en la mano, cantando este vi-
llancico:
No dexeys, lagrimas mias,
de dar descanso a mis ojos
pues lo days a mis enojes.
Pues salis del coraron
donde está mi pensamiento,
con vosotras solas siento
gran descanso en mi passion,
sientolo porque es razón
que repose en mis enojos
con vosotras en mis ojos.
Estaua vestido todo de pardillo y con vnos
torzales de seda leonada torcida por toda la
ropa, con vna letra que dezia ansi:
Mi trabajosa congoxa
nunca en mis males afloxa.
Algo estuve escuchándole sin que me viesse,
p3ro como me vido, dexado el laúd, con los bra-
zos abiertos a mi se vino. E después de muchas
vezes con mucho amor hauerme abra^'ado, co-
mento a dar los mayores y mas doloridos ge-
midos e sollozos que nunca vi, e después de
algo hauer dado espacio con su llanto a su do-
lor me comenyo a dezir. ¡ O mi buen amigo Fe-
lisel! ¿quién te ha traydoa verme pues que a nin-
guna cosa mi triste suerte da lugar que me vea
sino a posares y desuenturas que me lastimen?
¿Como consintió mi ventura que me vie8se6?No
creo que lo haya por otra cosa hecho sino por
lastimar con el plazer de tu vista la memoria de
mis males. ¿Qué te parece de tu amigo Vasqui-
ran quán sin alegría la muerte le ha dexado?
¿Cómo en medio de sus plazeres son nacidas tan
crudas tristezas? ¿Cómo te dexo mi soledad lle-
gar aqui para que me riesses, pues que las puer-
tas tiene cerradas a todas las cosas que conso-
larme puedan? Qué te parece quan solo de plazer
tu buena amiga Violina me ha dexado e quan
aconpañado de tristezas? Las quales palabras
me dezia con tan graue dolor que pense que con
cada palabra se le arrancauan las entrañas . Assi
estouimos vna pieya hasta que algo reposado
me tomó por la mano e demandándome de ti e
dándome razón de sus males me truxo hasta la
posada suya que te dixe, e ante de entrar en ella
me llevó a la yglesia que delante della estaua,
en medio de la qual estaua la sepultura de Vio-
lina con vna tumba grande cubierta de vn paño
de brocado rico, con vna cortapisa de raso ne-
gro ancha en torno, con vnas letras bordadas
en ella que dezian:
Dentro en esta sepultura
está el bien de mi ventura.
Llegados cerca de la sepultura me dexó de la
mano e echóse de pechos encima, donde más do-
loridos gemidos y más tristes palabras que a mi
me hauia dicho, tornó de nueuo a dar. En tanta
manera, señor, le vi atribulado, que nunca me
acuerdo en part« verme que tanta trísteza sin -
tiera como mi alma alli scntio de verle tal. E
después que algún espacio assi estuvo me tomó
a tomar por la mano e dixome:
Perdóname, Felisel, que no tengo en mi mas
alegre recibimiento con que alegrarte pueda,
que este que vees. E assi nos venimos hasta la
casa, la qual toda vi con los mismos misterios
que la otra hauia visto, e después de hauer co-
mido e gran parte del dia pasada en diuersas
cosas que de su mal me contó y de tu congoxa
le dixe, lo qual oyó con tanto amor como si
tristeza en el no houiera. E tanto de tus pesa-
res sintió pesar que con los suyos los juzgué
yguales. Al fin tu embaxada le hize notoria de
la manera que me mandaste. A la qual con assaz
enojo me respondió, aunque con muy corteses
razones, pero parecióle que en las cosas que le
embiauas a dezir haziendole entender que tu
mal juzgauas mayor que el suyo, e le hazias
no solo gran enojo mas aun casi por injuria lo
recibia. E después de hauerme a muchas cosas
satisfecho con razonables palabras y muchas ra-
zones, passado aquel dia e otros quatro que alli
me tuvo, siempre de tus cosas demandándome
QUESTION DE AMOR
49
e de las suyas contándome, le pedí licencia, la
qoalcon macha dificultad del alcancé, porque
qnisicra detenenne alli algún dia más si pu-
diera.
Al fin viendo que mi porfia for^aua su vo-
luntad, al tiempo que del me despedi, con mu-
chos sospiros me dio esta carta que te traygo.
GARTA DE VASQUIRAN Jí FLAHIANO
Si como has pensado, Flamiano, consolarme,
pudiesscs darme remedio, bien conozco de ti que
lo desseas lo harías, mas como mis males reme-
dio no tienen, ni tú me le puedes dar, ni yo de
nadie le espero sino de la muerte que dellos fue
la causa. Y por tanto no te deues fatigar en
dar consejo a quien no puedes dar socorro.
E no quieras ver más de mi daño, sino que
en sola la muerte está su remedio. Verdad es
que tu intención fue sana, mas tu parecer es
falso, pensando qne con hazer mayor tu uml ([ue
el mió, me ponias en él algún consuelo, y es al
contrarío; antes me le quitas viendo que siendo
el tuyo tan pequeño te tenga tan cegado que
no conozcas la clara differeucia que hay del vno
al otro. Quieres tú hazer yguales tus dosseos e
sospiros que de sola passion de bien quenT con
tus quexas nacen, con mis lagrimas que la
muerte de aquella por quien yo alegre biuia lo
causa.; Qué engaño recibes tan grande queriendo
ygualar con las angustias mortales los pensa-
mientos ú congoxas veniales! Por mi auior, que
pues bien me quieres, mal no me tratos tor-
nando á enojarme con otra semejante enibaxada
que tales razones la acompañen. En especial
queriéndome dar a entender quo mis lastimas
con el tienpo y la razón se harán menores, pues
que es por el contrarío, que ante la razón, como
es razón, las hará siempre mayores y el tiempo
quanto mas se alargará mas las hará alargar.
rorque quantos mas mis dias fuesen pues que
en todos y en cada vno he de contino de sentir
nuevos e muchos dolores del bien que he per-
dido, más serán las penas que en ellos sentiré.
De manera que quanto mas presto mi vida se
acabe tanto mas presto mi mal se acabará, e
qnanto más durare por el contrario. E si quie-
res saber más claras razones por do conozcas
qnanto mi desuentura es mayor que la tuya, es-
críucme las causas della e yo te mostraré las de
mi daño e assi vemás en el verdadero ccmiocí-
miento de t^o; y porque conozcas della parte,
glosa este villancico y verlo has.
Si el remedio do mis males
es morir,
¿que vida me es el biuir?
Si en el mal de mi querella
no hay remedio sin la muerte,
ORÍGENES DE LA MOVELA.-
claro está que desta suerte
la vida es ocasión della.
pues si está el bien en perdella
con morir,
todo el daño está en biuir.
LO QUE FLAMIANO HIZO DESPUÉS DE HAUER
OYDO Á FEL18EL E LBIDA LA GARTA
Muy atentamente Flamiano escucho todas
las cosas que Felisel le contó y no podia menos
hazer de no derramar infinitas lagrimas acom-
pañadas de muchos sospiros, e después de ha-
uerle oydo comento a leer la carta, e leyda como
dicho es, estuvo ima pie^a callando sin ninguna
cosa dezir; e passado un poco espacio tomó a
preguntar a Felisel muchas cosas por menudo
particularmente, de las quales cosas siendo muy
bien de todas informado, publicando lo mucho
que los males de Basquiran le dolian, comenyo
assi á dezir:
;Por quantas vias e maneras en esta misera
vida los pesares e desuen turas á los humano!»
saltean de impensadas congoxas, e aquellos más
de perder están seguros que menos tienen que
perder puedan y en aquellos menos los muy
lastimados golpes de la manzilla lastiman que
más gruesso o rudo el entendimiento para sen-
tirlo tienen ! De manera que en esta vi Ja traba-
josa no se puede reposar ninguno del miedo del
perder sino con el misero defeto de la pobreza,
nin se puede alcanyar de carecer de no doler sino
con la mengua del saber, e assi los que no 1 ienen
fatigas con la pena del dessear, los que algo pos-
seen atormentados del temor de perder, los de
agudo ingenio lastimados con las vexaciones de
los acontecimientos desastrados, los rústicos- o
grosseros aborrecidos por su defecto, a los vnus
e a los otros nimca jamas les falta lugar por do
el mal entre. De manera que biuir no se puede
por ninguna via sin penar. Al fin todos dessea-
mos alcanzar las prosperas vanidadíís desta que
llamamos fortuna e con este desseo cegamos,
nuestro entendimiento; ella con lo que nos da
turba nuestro juyzio; en conclusión, quien menos
della alcaní'a más sin remedio bive. Pues (juien
no teme no pena, quien pena no siente contento
se halla, quien contento vine siempre está ale-
gre, pues do está alej2:ria no hay tristeza, e quien
no está triste siempre con el plazer ríe e no
llora. Gomo por el contrario agora este sin ven-
tura Vast|uiran e yo hazemos. El con lo que ha
perdido sin remedio de cobrarlo, yo con lo que
desseo sin esperanya de alcancarlo, nuestms
dias siempre en lagrimas veremos consumir
assi como hazemos.
Acabado su razonamiento se voluio a Felisel
e dixole: l*or mi amor, que no ayas en fatiga
tornar a ver a tu amigo e mi hermano Vasqui-
50
orígenes de la novela
rail, y licuarle has vna carta mia, porque aun-
que cou las razones della enojo reciba, más yale
que mi enojo le ocupe el tiempo que no que el
pensamiento del suyo le trastorne el juyzio con
su dolor, como podria acontecer, e aun a mi el
mió.
E ante que mi carta le dos le dirás de parte
mia que aunque mis embaxadas e cartas alguna
importunidad le den, más pesar e fatiga siento
yo de la de la que el dolor a él le da, e que me pa-
rece Yua cosa que le deue a él coatecer assi como
a mi, que el platicar en las cosas de mi passion
tantas passiones me trae a la memoria que de
alli dan en el pensamiento; del pensamiento dan
en el coraron, llegados alli la calor de su fuego
haze destilar en lagrimas por los ojos el pesar
y en sospires por la boca las congoxas. E assi
andando de la vna a la otra parte no dexan a
sus ponzoñas que en las entrañas se reparen
porque de tristeza las abogan, porque como
sabe, dulce conipafíia es á los atribulados estas
dos cosas, y quo juzgue de mi voluntad lo que
deue y no lo que le parece, e que ya sabe que el
buen marinero en la mayor fortuna en medio
del golfo busca saluacion y en la tierra el mayor
peligro. E que assi yo en el golfo de sus fortu-
nas y en el de las mias mejor podremos saluar-
nos nauegando que no sorgendo sobre las an-
coras de la desesperación en el puerto de los
ágenos plazerescon nuestras tristezas.
Pues recebida la carta Felisel y todo su razo-
namiento bien entendido, otro día se partió.
E llegado á Feleniisa halló que ya Vasquiran
a la ciudad era tomado, el qual con mucho amor
aunque con poca alegria lo recibió. Apeado qne
fue comen9aron passcandosc por vnos corredo-
res que sobre la huerta salian, a hablar de mu-
chas cosas entre las quales Felisel le contó todo
lo que en las justas passadas hauia passado.
E después de mucho hauer los dos razonado a
cenar se retraxeron. E otro día de mañana ha-
uiendo oydo missa Vasquiran caualgó e Felisel
con él e salidos fuera de la ciudad tomaron de
nueuo al mesmo razonamiento, en el qual le
contó todo lo que de palabra su amo le hauia
encomendado, y en el fin le dio su carta, la qual
assi dezia.
CARTA DB FLAUIAKO ÁVA8QUIBAK
EN BESPÜE8TA DE LA 8ÜTA
Basquiran, recebida que houe tu carta e ley-
da, considerando el amor que te tengo y la pe-
na que en ti conozco, aunque mi passion me
tiene atribulado vine en conocimiento del en-
gaño que con el pesar recibes, de manera que me
ha sido foryado vsar contigo tres cosas en mi
carta. La primera será consolarte de tu mal. La
segunda sanamente como amigo, de tu dema-
siado sentimiento reprehenderte e de los estre-
mos que con él hazes. La otra será descnga-
ñai*te del engaño que recibes de ti mesmo en lo
que sientes, no conociendo la ventaja qae le
haze lo que siento. E pues eres discreto juzga
mi intención que es sin malicia, y conocerás tn
yra ser demasiada. E has de saber que a darte
consuelo, piedad me mueue; a reprehender tu
flaqueza, amistad me obliga; a contradezirte
me combida e aun me costriñe la razón. Una
cosa te ruego, que no te desuies con la passion
de la verdad, porque más presto vengas en co-
nocimiento deUa. E assi digo que para tu con-
suelo deues mirar lo primero, como todos so-
mos más obligados a loar lo que Dios haze que
no a querer lo que nuestra voluntad dessea, e
que quien esto no haze como sabes, grauemente
yerra cumo hazes, en especial en estas cosas de
la muerte y de la vida cuyos términos están en
sola su mano y secreto determinados, ni como
vees ninguno de los mortales puede escusarse
de no pasar por este trance. Y querrías ago-
ra tú repunar lo qne no es possible, e assi yer-
ras todo lo possible. A lo que he dicho que
quiero Reprehender tu demasiado quexarte, di-
go que semejantes autos a los feminilcs cora-
zones son atribuydos e aun assi lo demasiado
parece feo, y en los varones, en especial como
tú, son feamente reprouados. Mucho llorar
es de niños, poco suffrír es de hembra. Bien sé
que si a otro lo viesses hazer, lo mismo e mas le
dirías, e libre que te haya dexado la passion
en ti lo conocerás; pues corrige por Dios con
discreción lo que los que como yo no te aman
te afearán con razón e algunos con malicia te
juzgarán con menoscabo de tu honrra, que ya
sainas quanto mas que la vida e todas las otras
cosas te deue ser cara. Lo terct»ro que dixe que
desongañaiie quería y contradezir, por tantas
partes lo puedo hazer que no sé por qual co-
meix/ar. Te quexas porque gozanas la cosa que
en el mundo mas amauas y que la has per-
dido posscycndola; ninguna cosa se possee se-
gura« mas parcceme a mi que pues que go-
zaste no perdiste, sino que se acabó tu gozo.
Todas las cosas han de hauer cabo, e aun a ti
del gozo te queda la vanagloría de lo que al-
canzaste y la gloría de lo que has gozado. Por
la menor cosa de las que tú has hauido que el
encendido fuego de mi deseo alcanyasse, sola
vna hora, no pediría más bien ni temcria mis
mal e daría mili vidas en cambio, e con tal mo-
rir me contaría más gloríoso que con biuir como
biuo.
Bien sabes tú quanto más cara es la cosa des-
seada mayor gloría es alcangalla, e no hay más
bien en el desseo de complirlo e complido nin-
gún recelo queda del; pues ¿qué te quedaua que
pedir, ni qué tienes de que quexarte si todo lo
QUESTION DE AMOR
51
que dessear se pudo alcanyastc y gozaste? Quis-
sieras que no hoiiiera cabo? Aqiii está tu yerro;
qaerer lo qae no puede ser, hauiendo goziÉulo lo
que puede ser. Yo te ruego que te acuerdes
quál cosa te daua mas pena en el tiempo que
penando amanas; el desseo de ver el ñn de tu
desseo no teniendo esperanza o agora el dolor
de la memoria del plazcr pasado. Sola vna cosa
te condena a que nunca deuieras ser triste;
esta fue el dia que alcancaste lo que agora pla-
ñes, porque claro manifiestas en el dolor que
muestras de lo que has perdido el gran bien de
lo que ganaste en ganarlo, porque no pudo me-
nos ser el plazer que es el pesar sino ante
mas. Sin ventura yo que todos los males sé y
padezco e para ninguno de ningún bien tt*ngo
esperan(;a. A ti tu ventura te enderezó a lugar
donde el sobrado pla;;or plañes; a mi mi desuen-
tora me guió a parte donde todas las e8¡)eran(;as
e razones no solo de gloria me despiden, mas
aun donde con mi pena no me dcxan viuir con-
tento. Assi que tú plañes hauer visto de tu
bien el cabo, yo desespero de nunca verlo en
mi mal. Tú plañes ngeiía muerte, yo desseo lu
mia como esta canción lo muestra.
Quien vine sin esperanza
de ver cabo en su querella,
¿que puede esperar enella
pues remedio no se alcanza?
¿Que vida puede viuir
quien vlue desesperado?
pues no espera en su cuydado
mas remedio de morir,
con el qual esta en balanr;a
de la vida por perdella
viendo que de su querella
ningún remedio se alcanza.
RESPUESTA DB VASQUIRAN Á FELISEL
Acabada de leer Yasquiran la carta, hauiendo
yo oydo el razonamiento de Felisel se boluio a
el e dixole: Verdaderamente, Felisel, más des-
canso siento contigo qne consuelo con las car-
tas que me traes, porque tu buena crianza y el
amor que me tienes, c la voluntad que te ten-
go, dan causa para lo vno; lo poco que las car-
tas me aprouechan quit«n el aparejo á lo otro;
e assi Inidgo más de verte a ti qne de respon-
der a quien te embia, porque tu buen seso, mi
macho mal, tu reposo y buena razón con mi
fatigado e lastimado hablar, tu mucha cr¡an9a
con mi poca paciencia, mejor cierto las vnas
cosas con las otras se templan que no hazen las
ansias de Flamíano con las mias. Las suyas
baylan c cantan, las mias gimen e lloran; al
templezillo sonarán juntas. ¡Qué ensalada se
hará de su morado y encamado e blanco con
mi pardillo e negro e amarillo! El entre can-
ciones, yo tras lamentaciones, él haciendo ci-
meras para justar, yo inuenciones para sepultu-
ras; casi juntos andamos, el vno cantando, el
otro llorando e los dos sospirando; do tí me
pesa que padeces sin merecello, porque él con
sn porfía de embiarte te da trabajo, yo con mi
poca alegria te do tristeza, de manera que los
dos te damos fatiga. \ la verdad poique tú
me vengas a ver so contento de responder a él,
y assi te ruego que aunque algo lo sientas gra-
ue, que por mi amor lo sufras e no dexes de
venir muchas vezes con la importunidad de sus
vanidades a ver la de mis lástimas. E por esta
voz de palabra de mi parte no le dirás ninguna
cosa, porque vna carta que le llenarás le dirá lo
qne no querrá hauer oydo quundo la aya leydo.
Pues otro dia de mañana ante que Felisel se
leuantuse vino a él el camarero de Vasquiran el
qual le dixo como dos horas antes del dia su se-
ñor se era partido para aquella heredad donde
la primera vez lo hauia hallado, e diole la letra
que para Flamiano hauia de llenar, e con ella
vna ropa suya forrada en armiños de raso car-
mesí, vn sayo de terciopelo morado am vnas
fnxa$ de raso blanco bordados encima dellas de
oro e de grana vnas madexas, con vna letra
que dezia:
No m*a dexado alegria
(|ue dexe su compañia.
Diole vn jubón de brocado que con ^quel
atauio Vasquiran se hauia vestido vn dia poco
ante de la muerte de su señora acompañándola
a vnas fiestas de las bodas del conde de Camar-
lina que cerca de la ciudad de Felernisa se he-
ran hechas, a las quales ella fué combidada e
nunca quiso yr sin él; e diole vna hacanea en
que él hauia caualgado aquel dia con vna guar-
nición de terciopelo morado, con vnas f mujas
de hilo de plata e bordada con la mcsma bor-
dadura e dixole:
Esto te ha mandado dar mi señor para en
satisff ación de alguna parte del traiiajo que
passas en venirle á ver e para en señal del amor
que te tiene e aun por respecto de quitar el in-
conueniente de ver estas ropas porque no le
traya a la memoria el dia que se las vcstio que
fue el ultimo de sus plazeres y contentamiento.
E hauiendolo todo Felisel recebido con la carta
de Vasquiran se partió para donde su señor es-
taña. Llegado a Koplesano donde le hallo, des-
pués de muchos razonamientos passados Ic
mostró todo lo que el camarero de Basquiran
de su parte hauia dado, e diole su carta la qual
Flamiano comento luego a leer, e dezia en esta
manera:
52
ORÍGENES DE LA NOVELA
CARTA DE VASQUIRAK A FLAMIANO
Si ansí como te puedo responder e condenar
tn razón padiesse, Flamiano, conortarme e dar
remedio á mi mal, quan presto los dos seriamos
satisf fechos! A tus consolaciones no quiero
responder pues que no me dan consuelo; a tus
reproches e castigo, aunque á mi proposito ha-
zen poco, digo que no desseo ni repnieuo lo que
Dios haze e ordena, ante por ello le doy ala-
banvas, pero esto no me escusa a mi que no
pueda plañir lo que su juyzio me lastima con
el dolor que siento de lo que pierdo, lo que si
no hiziesse mostraría menospreciar lo que él
haze, o seria juzgado por irracional. Dizes que
es fragilidad o poquedad casi de niño o de
hembra semejante estremo. Mayor estremo se-
ria semejante crueldad que la que dizes, purque
si miras el estremo de mi pérdida poco estremo
es el de mi lloro. Temes que no sea juzgado
por lo que hago, mas temeria serlo si esso hi-
ziesse, en especial que ya tú me embias á dezir
que lagrimas y sospiros son descanso de los
males. Pues ¿cómo me consejas yna cosa en tu
razón y escriuesme otra contraria en tu carta?
Bien muestras en lo que hazes lo que dizes,
que tu passion te tiene tan desatinado que no
sabes de ti parte e quieres! a saber de mi. A lo
tercero te respondo que dizes que no perdi sino
que se te figura que se me acabó mi bien ; pues
tú lo dizes Iqué quieres que responda? si te pa-
rece que es pequeño mal acabarse el bien, tú lo
juzga pues que sabes que a esta razón el Dante
respondió: Quien ha perdido el bien...
Dizes que me deue bastar la vanagloria de
lo que alcancé e la gloria de que gozé; dizes
verdad que estas me bastan para sentir lo que
yo siento e mucho más, porque si quanto la
gloria de lo ganado fue grande y el dolor de
hauerlo perdido fuesse ygual, no bastaría mi
juyzio a sofrirlo como el tuyo no basta a enten-
derlo. Dizes que por la menor cosa de las que
yo gozé que tu alcanoasses, contenta) darias
mili vidas, tú darias mili por hauerlo ¿e no quie-
res que pierda yo vna por perderlo? Dizes que
no hay más bien en el desseo de complirlo;
dizes verdad; mas tampoco no hay mayor mal
en el bien que perderlo; dizes que alcancé todo
lo que se pudo dessear, también perdi todo lo
que se pudo recelar; e dizes que gozé de lo
possible, también peno lo possible. Dizes que
me acuerde del tiempo que penando desseaua
sin osperanya; ¿no te parece que peno agora
con menos esperan9a? pues si entonce me pe-
naua la poca esperanca del desseo, ¿no me
dará más pena agora la desesperación de no co-
brar lo que he perdido? Quexaste que penas sin
esperanza e que desesperas della; si no esperas
lo que ganar se puede no recelarás perderlo
como yo hize; no deuio ser tuya la letra que
dixo: todo es poco la possible. Pones por diffi-
ciütad los merecimientos e virtudes e noblezas
de Belisena, que son las cosas que contenta-
miento te deuen dar. Esto es querer con el de-
fecto de tus flaquezas dar culpa á tus virtudes.
E señalaslo en vna cosa que dizes: que por sola
vna hora que gozasses darias mili vidas; más
razón seria ofrecerlas porque ella viuiesse mili
años como es razón. No te oya nadie tal razón;
que parece que desseas poco, o mereces poco, o
tienes tu desseo en menos, porque la cosa cara
ante de hauerse dessea alcanyarse, después de
hauida dessease posseer, de manera que nunca
el deseo pierde su oficio. Pluguiera a Dios que
sin alcanzar lo que he perdido, perdiera yo la
vida, porque ella viniera e yo no gozara, porque
agora no plañera, o que de nueuo pudiesse con
la que me queda conprar la que ella perdió,
que con esto sería mas contento que con viuir
como vino, como esta canción mia te mostrará.
Yo no hallo a mi passion
comiendo, cabo ni medio,
ni descanso, ni razón,
ni esperanza, ni remedio.
Es tanta mi desuentura,
tan cruel, tan sin medida,
qu'en la muerte n¡*n la vida
no s'acaba mi tristura,
ni el seso ni la razón
no le pueden hallar medio,
ni tiene consolación
ni esperanya ni remedio.
FLAMIANO A FELISBL
Leyda que houo Flamiano la letra mandó
llamar a Felisel e dixole.
Pareceme que según Vasquiran e yo con
nuestras passiones te tratamos que con mas
razón te podras tu quexar de nosotros que
nosotros de nuestras quexas, o mt»jor será que
te consolemos de la fatiga que te damos que no
tú a nosotros de lo que sentimos. Esto te digo
porque agora que hauias menester descansar
con algún reposo del trabajo que has passado
en estos caminos que has hecho, te tengo apa-
rejado de nueuo otro trabajo en que descanses.
Esto es que yo he sabido que la señora du-
quesa va a caja la semana que viene con otras
muchas señoras e damas que para ello tiene
combidadas: ya vees qué jornada es para mi,
pues que mi señora Belisena va allá. Es menes-
ter que tomes por descanso esta fatiga; da re-
caudo a mi necessidad con tu diligencia, e ma-
ñana darás orden como se haga para mi vn
sa3'o e una capa, e librea para estos moyos e
pajes de las colores que te daré en vn memo-
rial, e que hagas adereyar vn par de camas do
QUESTION DE AMOR
53
campo e mis tiendas e algunas confitaras e
todas las cosas que te parecerán que son nece-
sarias para tal menester, porque su señoría es-
tara allá toda la semana j es necessario que
para estos galanes que alia jran vayas bien
prouejdo, en especial de cosas de colación; por
causa de las damas te prouee sobre todo. Assi
que reposa esta noche j de mañana scy comigo
e acabarte he de dar la información de lo que
has de hazer.
AQin EL AÜOTOR CÜBNTA LO QUE FELI8EL
OTRO día PUSO EN ORDEN, B TODOS LOS
ATAUIOS DE LAS DAMAS E CAÜALLER08 QUE
A LA ca<;a Fueron, e algunas cosas que
EN* ellas se siguieron
Otro día de mañana venido a la cámara de
Fhimiano Felisel, Flamiano le mandó que para
el le hiziesse hazer vn sajo de terciopelo en-
camado con vnas faxas de raso blanco e vnos
vasariscos (*) de oro bordados en ellas, con vna
letra que dixesse.
Lo que este haze hazeys
a quantos veys.
£ dixole mas. Harásme hazer vna capa de
paño amarillo con vnas tiras de raso blanco y
encamado antorchadas vnas con otras de tres
en tres tiras, guarnecida toda la capa con vna
letra que diga.
Son de vuestra condición
porque s'espere de vos
la color do van las dos.
Harás más para los pajes ropetas de paño
encamado guarnecidas de raso blanco, y a los
moyos de espuelas vnos capotines encamados e
la manga yzquierda blanca; las calyas la dere-
cha blanca y encarnada, la yzquierda amarilla,
e. harás para todos jubones de raso amarillo e
en las mangas derechas vna letra bordada que
diga.
¿Qué se puede esperar dcllas
sino lo que va con ellas?
Acabado de darle la información de lo que
hauia de hazer, con mucha diligencia Felisel
dio en todo complido recaudo. Assimesmo
todas las damas e muchos caualleros que a la
caya hauian de yr se atauiaron de la manera que
adelante vereys; e fue assi concierto 'entre to-
das las damas que no pudiessen atauiarse para
esta jomada sin que cada vna llevase en las
ropas o guarniciones sus dos colores principa-
les, las quales en las inucnciones se señalarán.
Sabido esto los caualleros todos se vistieron de
(*) En la edición de Nució hasiligcos.
los colores de las damas que scruian con alguna
otra color que les hazia al proposito de la letra,
como arriba haueys oydo que Flamiano añadió
lo amarillo a las dos colores de la señora Bolise-
na. Venido el dia de la partida, todas las da-
mas se juntaron en casa de la señora duquesa
donde los caualleros vinieron. E de alli partie-
ron todos juntos. Fueron en la caya aquel dia
las señoras y damas e caualleros que aqui se
nombran. Primeramente la princesa de Salu-
sano con sus damas y el principe su marido, e
la señora Candina e su esposo el conde de Mu-
ralta, hijo del duque de Traysano. La marque-
sa de Persiana y el marques su marido. La
marquesa de Guariano, e la condesa Dauertino
y el conde su marido. Marciana de Scuerin
hija de la condesa Daliser. La señora doña
Persiana, e la señora Laurencia de Montal,
Ricarda de Marian, Violesa Daguster, e Polin-
dora de Marin, e la señora Ysiana e Graciana
Desclauer, e la señora Belisena.
De los caualleros el conde de la Marca, el
marques Carliner, el prior Dalbano, el marques
de Villatonda, el prior de Marian, el duque de
Fcnisa, Francaluer, el conde de Sarriseno e
Yusandre el faborido, Galarino Desian, Escla-
uian de la Torre, Fermines de Mesana, Fran-
castino de E redes, Camilo de Lconis, Lisaudro
de Xarqui. E más los caualleros que arriba ha
nombrado.
La señora duquesa salió como suele vestida
de negro. La señora -Belisena su hija sacó vna
saya de raso blanco con muchas faxas de bro-
cado encarnado sentadas sobre pestañas de car-
mcsi, con vn papahigo de raso carmesi e la gor-
ra de lo mesmo con muchos cabos e pieyas de
oro de martillo, con cintas e pestañas blancas
y encamadas, e la hacanea con vna guarnición
de terciopelo carmesi con franjas e muchos no-
ques negros e blancos encamados, con vna le-
tra que dezia.
Las tres hazen compañía
all alegría.
Sac6 la señora princesa de Salusana vna sa-
ya de terciopelo negro con vnas cortaduras de
brocado morado a manera de vnas escalas, for-
rada la saya de raso blanco, e vna hacanea
con vna guarnición de terciopelo negro con las
mismas escalas de brocado morado con franjas
e floques de hilo de plata, con vna gorra rica e
papaliigo de raso morado, forrada de damasco
blanco con muchas piezas e cabos de oro es-
maltados de negro con vna letra que dezia:
Nunca jamas subió amor
en lugar
que estas dos Tan de guardar.
54
orígenes de la novela
Sacó la señora Ysiana vna saya de raso par-
dillo con muchas faxas de brocado morado for-
rado de raso leonado; la gorra e papahigo de
terciopelo leonado forrado de raso amarillo e
machas cintas por todo amarillas. Una haca-
nca con vna guarnición de terciopelo leonado
y raso pardillo, con las franjas y noques mora-
dos e amarillos con vna letni que dezia:
A la ñu han de tomar
lo leonado en pardillo
el morado en amarillo.
Salió la señora Candina, hija de la princesa
de Salusano, con vna saya qnarteada de tercio-
pelo morado e brocado leonado, enrrexados los
quartos de vnas tiras de lo vno enlo otro, sen-
tadas sobre pestañas de raso blanco, forrada la
ropa de damasco leonado. Una guarnición de
Yua muía del mismo damasco leonado, cubierta
toda de vnas cifras enlazadas de raso blanco;
yna gorra de raso leonado con cintas blancas e
unas piezas de oro de martillo esmaltadas de
blanco c morado con vna letra que dezia:
Do passion de amor no afloxa
lo blanco da mas congoxa.
La señora Porfísandría sacó ma saya de
chamelote de seda leonado, con unos fresos de
plata anchos y angostos de tres en tres tiras
muy espesos, con vnas pestañas de raso negro
en todos ellos e vna gorra de terciopelo leona-
do con muchas cintas blancas e negras; vna
guarnición de terciopelo negro con franjas de
hilo de plata con vnos tormentos de plata sem-
brados por encima con vna letra que dezia.
La guarnición os condena
y la ropa da la pena.
Sacó la señora Laurencia vna saya de paño
amarillo con mas lisonjas toda cubierta de ter-
ciopelo encamado sobre pestañas de raso azul
y en cada lisonja vna de plata estampada, pe-
queña, puesta en medio déla seda también sobre
raso azul. Una gorra de raso amarillo de la
mesnm manera; guarnecida vna guamicion de
rna muía de la misma manera, con vna letra
que dezia.
Lo m&s porque desespere
quien vencer lo blanco espera,
las dos porque vaya fuera.
La señora marquesa de Persiana vna saya
de brocado carmesi con vnas barras de tercio-
pelo carmesi anchas, sentadas sobre raso blanco
cortadas por encima; vna gorra de raso carme-
si acuchillada forrada de raso blanco; la saya
forrada de raso blanco: vna guarnición de vna
hacanea de oro tirado con floqnes e franjas de
grana y blanco, con vna letra que dezia.
Los dos de la guarnición
goza bien quien Las merece,
y el enforro quien padece.
Salió la señora Mariana de Senerín, hija
de la condesa de Aliser, con vna saya de ter-
ciopelo morado cortada toda con muchas cu-
chilladas, forrada de raso encamado, que se des-
cabría por ellas, con vnas madexas de seda en-
camada que ataña las cortaduras muy espesas.
La gorra de lo mesmo. La guarnición de la
hacanea ni más ni menos, con vna letra que
dezia.
' No hay esperan9a en amor
donde está estotra color.
La señora Melisena de Ricarte sacó vna sa-
ya de raso blanco con vnos girones de tercio-
pelo morado, trepados tan juntos que á la parte
de la cortapisa juntauan el vno con el otro, for-
rada de raso morado. Una gorra e papahigo
de raso blanco con pestañas e cintas moradas.
Una guamicion de una mola, de terciopelo
morado, con cubierta de vnas matas de plata,
con vna letra que dezia.
Si el blanco es tal qual deue,
aunque el morado con bata
a la fin muere ó se mata.
La señora condesa de Auertina vna saya de
raso verde muy claro e de terciopelo verdescuro
á nesgas, con vnas alcarehofas de oro bordadas
por ella. Una gorra del mesmo terciopelo con
las mismas alcarehofas de oro de martiUo. Una
guamicion de terciopelo verde con las franjas
de seda verde clara con la mesma bordadora,
con vna letra que dezia.
De las dos la qne es perdida
mostrará a vuestras querellas
lo que haueys de coger dellas.
Sacó la señora xVngelera de Agostano, vna
saya a nesgas de terciopelo negro e raao blanco
con vnos estremos cortados de la vna e de la
otra seda e gaaraecidas todas las nesgas dellos
por el contrarío. Una gorra de terciopelo ne-
gro e papahigo con muchos estremos de plata
guamecidos. Una guamicion de vna mola de
la misma manera, con vna letra que dezia.
Para que se gane gloria
des tas dos que defendemos
menester son sus estremos.
QCESTION
8k6 1a seBore marqneBa de Ouarmno vna
Mjk de brocado negro, forrada de raso leonado
con Tnas ÍAxae muy espeeaa de terciopelo leo-
nado, con ana gom leonadA con piezas de oro
martillo eemaltodas de negro. Una gnamíeion
de Tnn bacanes de terciopelo leonado con mb-
cbo9 floquea de seda negra e nna letra qae
dezia.
Del bonesto pensamiento
se gnamece
la gaamicioo qne parece.
La seCora Ypoliuudra sac<$ ma saya de ter-
ciopelo verde cnbíert» toda de Tiias ondas de
raso negro Bobre ttifetan blanco, con vna gorra
del mesino terciopelo con cintas blancas. Una
guarnición de vna bacanea de lo mismo con
TU letra qne desia.
TSo me dexa andar sin ellas
la misma esperanza dellas.
Sacó la BCHora Lantoria Dortonisa viia snya
entretallada toda á centelloB de brocado e raeo
blanco, con pestañas de tafetán morado. Una
gorra de raso blanco coa Diuchas centellas de
oro de martillo; rna gnamicidn de rna baca-
nea con franjas e floqaes morados de las mis-
nuu centellas con vna letra que dezia:
£■ lo blanco quien abrasa
de paBnoB & loe centellas
eon U misma color dellas.
Sacó la señora Graciana vna saja de raso
asnl con vna geloeia encima, de terciopelo azul
Bobre pestaflas de raso blanco, atadas las juntas
de la gelosia con rnas lazadas de madcxas de
bilo de oro, con vna gorra de raso azul e unas
fiemas de oro de martillo bechas como geloeias.
Tna giiamicion de rna faacanea de la misma
manen de la saja-, la saja forrada de raso
btanco con ma letra qne dezia:
Do el recelo está doUado
lo blanco está bien guardado.
Sacó la aefion Violeea de Agustcr vna saja
de raso blanco e terciopelo morado entretallada
a quadros, e de rn qnadro de la rna seda sa-
cado Tn pequefio e cambiado en el otro con
mas cortadnraa de brocado encima de las jnn-
tas, cortadas de manera qne las sedas e el bro-
cado todo luuda ma obra. Una gorra de raso
morado con mnchos caboB de oro. Una gnamí-
eion de Tna mola de la misma manera, con
ma letra que dezia.
El contentamiento base
DE AMOR 55
Las damas todaa salieron vestidas deita ma-
nera qne haueys ofdo, con todas estas letras
las qualcs, & petición i^ cada vna dellas fneron
Salió Flamiano con los atanios qne ya arriba
desimos. El señor principe de Salnsanam sayo
de brocado tiegro con faxas de terciopelo mora-
do con pestañas blancas. Un capuz morado
con vnas tiras blancas de raso. Los mo(OB ves-
tidos de morado e negro con la vna cal^a blan-
ca j morada, la otra n^ra; con vna letra que
Bazos me baze que sea
qnal me manda la librea.
Sacó el marques de Persiana vn sayo de raso
blanco eon vnas tiras de tafetán leonado, enla-
zadas por todos los giroties con vnas madexas
de seda blanca que las aündaaan; vna capa de
paflo leonado con vnas tiras de tafetán blanco
trabeasadas por todo el capaz; e loa m09O8 e
pajes vestidos de raso blanco e pallo leonado,
con vna ktn qae deua.
Porque la vna es en vos
tan complida
mi congoxa es tan crecida.
Saetí el conde de la llarca vn sayo de ter-'
ciopelo morado con vna capa de pafio morado
ribeteado todo con vnos ribetes de terciopelo
negro puestos sobre tiras de raso blanco. Sacó
los mofoe e pajee besttdos dcsta manera, con
vna letra que dezia.
Quanto a
mis pasioT
r mis en mi crece.
e la guarnición.
Salió el señor Lisandro de Dixarqni con nn
Bayo de terciopelo negro con vn capuz de ter-
ciopelo negro forrado todo de raso blanco con
vnas pestañas de tafetau morado que descu-
brían muy poco entre las dos sedas; loa mo{os
e pajes de negro vestidos con guarniciones de
raso blanco sobre pestafias moradas eon vna le-
tra qne dezia.
Taln
: tiene lo qne veys
ubre mi deseo.
Sacó el señor Camilo de Leonis vn sayo de
raso leonado; vn capuz de paflo leonado con
viias fasas de terciopelo morado con vnas pes-
tañas de raso amarillo, y loe mogoa y pajei
vestidos destas colores, con vna letra que
Harto es grande la congoxa
qunndo amor está en lugar
c'aucis de deseipanr.
56
ORÍGENES DE LA NOVELA
El señor marques Carliner salió todo vestido
de terciopelo pardillo forrado de damasco mo-
rado guarnecido todo con ynas lisonjas de raso
leonado. Los moyos e pajes vestidos de leona-
do e pardillo con guarniciones moradas y vna
letra (jue dezia.
No puede causar en mi
menos mal la forradura
que muestra la vestidura.
El señor prior de Albano vn sayo e capa de
paño amarillo con vnas cifras enlazadas de
terciopelo azul e raso encarnado sembrado todo.
Los moyos vestidos de amarillo con la vna
manga azul y- encarnada, con vna letra que
dezia.
Pues con vuestra condición
mi rezelo va enlazado
ya mi mal va señalado.
Sacó el marques de Villatonda vn sayo de
raso carmesi con faxas de brocado. Una capa
de paño amarillo con vnas tiras de terciopelo
carmesi. Los moyos vestidos con jubones de
Virocado e carmesi quarteado, con calyas e ca-
potines de pafio amarillo e de grana, con vna
letra que dezia.
Va ell. alegría fengida
do desespera la vida.
Sacó el prior de Mariana vn sayo e capuz c
jubón de terciopelo morado, passado todo a es-
caques de raso encamado, a manera de vn ta-
blero daxedrez; los moyos e pajes vestidos de
paño morado e raso encamado con vna letra que
dezia.
Todos los males de amor
nacen destotra color.
Premines de Castilpana salió todo vestido
de verde claro, que es esperanya perdida, e los
moyos de la misma color, porque la dama que
seruia sus colores eran dos, verde escaro y cla-
ro que son esperanya cobrada y perdida. El no
saco mas de la vna con vna letra que dezia.
Pues que en mi toda es perdida
¡qnán sin ella está mi vida!
El duque de Femisa sacó vn sayo quartea-
do de damasco blanco e bellutado morado, con
vn capuz de paño morado forrado de damasco
blancíí, con vnas cortaduras de raso blanco
perfiladas por encima del paño. Los moyos e
Í)ajes vestidos de las mismas colores con vna
etra que dezia:
¿Que sperará mi ventura
del dolor que es mas escuro,
siendo el otro tan seguro?
Francaluer sacó medio sayo de terciopelo
blanco e medio de raso negro con faxas troca-
das de lo vno en lo otro; vn capuz medio de
terciopelo negro, medio de raso blanco forrado
de lo mismo, cambiado lo vno en lo otro, con
una letra que dezia.
Dos contrarios so vn subjeto
veo en vuestra castidad:
hermosura, honestidad.
El conde Sarriano salió vestido todo de ne-
gro con los moyos e pajes vestidos todos de
leonado con vna letra que dezia.
La tristeza de mis daños
da congoxa en los estraños.
El señor Yusandriano salió vestido todo de
leonado forrado de raso blanco; los moyos ves-
tidos de lo mismo con vna letra que dezia.
Lo cubierto causa en mi
aunque s'encubre
lo que fuera se descubre.
Sacó el señor Guillermo de Canes vn sayón
de raso blanco y raso naranjado e terciopelo
carmesi, gironado a puntas con tafetán blanco
e naranjado; debaxo las puntas naranjadas vn
capuz de paño naranjado guarnecido con qua-
tro tiras de carmesí e raso blanco. Los moyos
e pajes vestidos de blanco e naranjado con vna
letra que dezia.
Salió en blanco mi alegria
pues que va desesperada
mi porfía.
Salió el conde de Auertino vestido todo de
verde escuro con vnos ribetes por baxo del sa-
yón e de la capa de raso verde claro, porque
son las colores de la señora condesa, forrado
todo de raso carmesi. Los moyos vestidos de
terciopelo verde e de grana con vna letra que
dezia.
Ya's perdida la perdida
para quien
por vos cobra todo el bien.
Galarino Difían salió a la gineta con vn&
marlota de brocado blanco e terciopelo leonado
con unos lazos de plata por toda; vn capuz de
terciopelo leonado forrado de raso blanco con
los mismos lazos guarnecidos, con vna letra
que dezia.
La vna es sobrada en vos
y la otra en mi por ella
y assi sobra mi querella.
QUESTION DE AMOR
57
Salió Esclaiiiano de la Torre a la ginetu con
Tna marlota nesgada de raso leonado e azeytu-
u¡ negro, yna capa leonada toda guarnecida de
machos lazos moriscos de oro e de grana, con
vn rico jaez de las colores , con vna letra bor-
dada en tomo de la marlota e del capuz, que
dezia.
Pues que son vuestras colores
siendo vuestra mi porfía
para mi son alegría.
Fermines de Mesano, hecho a escaques de
azeytuni leonado y raso blanco con vna P cor-
tada del terciopelo leonado en cada escaque
blanco e vna F de raso blanco en el leonado;
^-na capa de paño leonado con vna cortapisa
de las dos sedas por bazo de los mismos esca-
ques del sayo y en ellos bordada esta letra que
dezia.
Es mi fe la que no afloxa
la pena de mi congoxa.
De la manera que aqui es dicho, salieron ves-
tidas las damas e galanes, los quales todos con
mucho plazer llegaron a la ca9a. Estando allí
a cabo de quatro dias llegó el señor cardenal de
Brujas con muchos caualleros que lo acompa-
ñaron. Los quales fueron el marques de la
Chesta, Francastino de Redes, el señor Alar-
eos de Reyner, Pomerin Russeller el pacifico,
Alualader de Caronis, con otros muchos caua-
lleros que por que no salieron vestidos de co-
lores de inuencion aqui no se nombran.
El señor cardenal vino vestido de negro por
cierto respecto que le conucnia; lleuó veynte
palafrancros e doze pajes vestidos de terciopelo
negro e paño morado con vna letra que dezia:
Es la que menos me plaze
la que más me satisfaze.
Vino el marques de la Gehesta vestido todo
de amarillo, con los mo90s vestidos de la misma
colur, con ana letra escripta en los pechos des-
ta manera que hablara el color, e traya dos
U. R. e una A en medio puestas en los pe-
chos, que quería dezir.
Amar y llorar.
Vino Francastíl de Redes vestido todo de
azul e sus moyos vestidos de la misma color
con vna letra que dezia:
Mi recuelo
68 que en mi mal no hay consuelo.
Vino el señor Alarcos de Reyner con vn sa-
yo de raso amarillo e azeytuni morado con
unas tiras de tres en tres de la vna seda en la
otra puestas a escaques por los girones; vn ca-
puz morado forrado de raso amarillo con vna
letra que dezia.
Mi pensamiento ha subido
lo morado
do desespera foryado.
Pomerin traya luto e assi vino vestido de
negro sin letra.
Rosseller el pacifico salió vestido de azul e
carmesí con vna letra que dezia:
Aunque yo me visto dellas
no tengo porque traellas.
Alualader de Caronis vino todo vestido de
pardillo forrado el sayo e capuz de damasco
leonado, acuchillado todo por encima lo pardi-
llo, de manera que lo leonado se descubriese,
con vna letra que dezia.
El trabajo es quien descubre
]a congoxa que se encubre.
Otro dia después de llegado el señor carde-
nal con todos estos caualleros, la señora du-
quesa con todas las damas y ellos fueron a caya
de monte, e puestos todos en sus paradas como
suelen, la señora Belisena con Isiana quedaron
en vna parada c#n Jusander e con otros dos
caualleros de casa de la señora duquesa su ma-
dre, en la qual parada acudió vn cierno muy
grande e dadas laxas las señoras a sus canes,
los caualleros que con ellas estañan comenta-
ron a seguirlo. La señora Belisena quedó a so-
las con Isiana a la sombra de vnas espesas ma-
tas, donde a suerte aquella hora Flamiano acu-
dió impensadamente. El qual viéndose en pre-
sencia de su señora fue tan atónito e turbado
que no sabia parte de si viendo lo que le era
seguido; reconocido algo en su juyzio, aunque
no sin mucha turbación, después de hecho a la
señora Belisena aquel acatamiento que ella me-
recía e su crianza del le oblip^ava e más su
apassionada voluntad, informado de la señora
Isiana de la causa de su quedada allí a solas,
comento con muy temeroso acatamiento a de-
zir en esta manera a su señora.
DE LAS COSAS QUE FLAMIANO E BELISENA
PASSARON EN AQUEL RAZONAMIENTO
El temor, señora, de los males que cada dia a
causa vuestra por mi pasan e padezco, me tie-
nen tan sin razón la lengua, y el sentido tan
turbado junto con el gozo de verme en vuestra
presencia, que me falta razón para hazeros no-
58
ORÍGENES DE LA NOVELA
torias las sobras de mis passioncs, e aun atre-
viniieuto para osaros las dezir aunque no me
falta voluntad para suffrírlas. El temor de eno-
jaros me cierra, señora, la boca, y el fuego que
mis entrañas abrasa, pronuncia por ella lo que
dentro se siente. E assi señora quiero tener
atreuimiento para poner mis quexas en vuestra
presencia; no que yo, señora, de vos me quexe
ni Dios lo quiera, que no deuo más para que las
pasiones que con mis deseos me aqucxau sepays,
por mérito de las quales os suplico que no me-
dido lo que yo en respecto vuestro me merezco,
mas considerado lo que por haueros visto e de-
sear sor vuestro padezco, por tal señora me
acepteys; no para dar más bien a mi mal de
consentir que yo señora por vuestro seruicio lo
padezca, por que ni más osaria, señora, pedir, ni
tanto me atreueria creer merecer.
BBLISBNA
Muchos dias ha, Flamiano, que conozco en tus
meneos lo que el desaario de tu pensamiento te
ha puesto en la voluntad; e no creas que mu-
clias vezes dello no haya recebido enojo, e al-
gunas han sido que me han puesto en voluntad
de dártelo a entender, sino que mi reputación
e honestidad me han apartado dello, e aun en
parte el respecto de la buena figura en que tu
discreción hasta agora he tenido. Mas pues que
ta atreuimiento en tal estremo te ha traydo, que
en mi presencia tu fantasia hayas osado publi-
car, forjado me será responderte, no lo que de-
zirte quería según mi alteración, mas según la
vanidad de tu juyzio merece. Lo qual aunque
consejo te parezca deues tomar por reprehen-
sión ; e digo que no te acontezca semejante pensa-
miento poner en parte differente de ti, donde no
puodas menos hazer de verte cada hora en in-
finitas necessidades e ai fin sin ver cabo á lo que
desseas, que lo hayas de ver de tu vida y de tu
honrra. Mas razón seria que primero ygoalasses
la medida donde bastas llegar con el merecer,
que no que publicasses do querrías subir con el
dessear e aun allí, segan se suele, hallarás tarde
el contentamiento que el deseo querría.
FLAMIAMO
Mis ojos, señora, que de mis males lian sido
la cansa, no tuvieron juyzio más de para mira-
ros e ver las perficiones que Dios en vos puso,
para que viéndoos pusiesen mi corazón en el
fuego que arde; llegada alli vuestra figura, no
pudo menos hazer de lo que ha hecho. Mi saber
no pudo ser tanto para temer los inconuenientes
de mi daño que vuestra hermosura no fuesse
más para causallo sin poder ser resistido. Pues
llegado aquí mi pensamiento determinóse en
que lo mucho que el merecer desyguala mi pena
del desseo, las sobras dclla misma son tantas
que lo y guala todo, pues que, señora, mi inten-
ción no 08 pide mas de licencia para padescer,
que desta suerte cierto no puede ser reprouada
pues que no es mala. Ansi que, señora, pues que
tanto la virtud y nobleza en vos sobra, no useys
comigo por el rasero de la crueza, pues que
mudarse ya mi cuydado es imposible. E assi de
vos no quiero consejo; remedio es el que pido
pues que no le puedo esperar sino de vuestra
mano.
BELISENA
No creas tú, Flamiano, que la pasión o males
que publicas que sientes, a mi dellos me plega,
ante en muchas maneras dello me pesa. Lo vno
es que á mi causa siendo en mi perjuyzio tú los
padezcas. Lo segundo que te atreues á ponerte
en ello y aun publicarlo. De suerte que en mu-
chas maneras me enojas y en más me barias
plazer y ser>'icio que dello te dexases. Y esto
sería seruirme como dizes qucdesseas; para esto
que te digo, como ya te hie dicho, los inconue-
nientes de mi estado y de mi condición y ho-
nestidad me dan ínconuenicnt€ no solo para que
como hago dello reciba mucho enojo, mas para
que tú aunque mili vidas como dizes perdiesses
yo dellas haya de hazer ni cuenta ni memoría.
Assi que lo mejor será que desto te apartes e
en esto me harás seruicio como dizes que des-
seas y aun me temas haziendolo contenta; e
pues que tanto mío eres, según dizes, yo te
mando que lo hagas, porque quites tu vida de
peligro e aun a mi de ser enojada.
FLAMIANO
Quando, señora, la pena verdadera de amor
como es la mia está sellada en el alma, pues que
justa razón alli la haya puesto, en el cora^ou
está imprimida de suerte que sin él e sin ella
no pueda salir de alli. Pues ¿como quereys, se-
ñora, que mi cuydado se mude, que el dia pri •
mero que os vi, dentro en mis entrañas e cora-
9on quedó el propio traslado vuestro perfecta-
mente esculpido, e después acá quantas estra-
llas me haucys tirado que son infinitas, llegadas
alli, el fuego que en tal lugar hallan las funde,
porque son de oro siendo vuestras e fundidas
hallan allí vuestra effigia e de cada vna dellas
se haze vn otra semejante. Assi que aunque el
coraron y el alma con las príncipales sacassen, el
cuerpo quedaría lleno con tantas que de aqui a
mili años en mi sepultura se hallarían dellas
sin cuento, e aun en todos mis huessos se ha-
llaría vuestro nombre escripto en cada vno.
Ansi, que señora, si quereys que de quereros me
aparte, mandad sacar mis huessos e raer de alli
QUESTION DE AMOR
59
mestro nombre, e de mis entrañas quitar vues-
tra figara, porque ya en mi está conuertido en
qae ai alguno me pide quien so digo que Tues-
te. E 8i esto a desuario se me juzgasse, mayor
lo haría quien tal quissiese juzgar, porque no
hay nayde que con mis ojos, señora, os mire que
no conozca ser justo lo que hago; e como ya he
dicho, aunque en la razón mia encobrir lo qui-
siesse no puedo, porque el fuego de dentro haze
denunciar a la lengua la causa. Pero pues que
en vuestra mano está matarme o danne la vida,
e pues que della teueys la llane, ved vos si lo
p<xleys liazer e ganaroys la AÍctoria del tal ven-
cimiento. E si con quitarme la vida pcnsays
acabarlo, dudólo, porque aunque del cora9on e
las otras partes vos apartassedes con matarme,
ni mas ni menos en el alma os qnedaríadcs, de
do jamas os podreys quitar parque es inuiortal
a causa de estar vos en ella. E si de mi so par-
tiesse donde agora mis pasaiones la tienen presa
y atonueutada, jamas de yuestra presencia se
partiría, donde con mucho contentamiento esta-
ría contino. Assi que si ag^ra estando couiigo
os enoja ausente, mira que hará entonces estan-
do presente, e bien sé que pues agora os enojnys
prir seros yo de mi grado captiao, que después
de yo muerto más enojo recibireys do vos ma-
tadora, e sola esta gloria que de mi muerte se
espera me basta a mí para que contento pierda
la vida, pues que con ello yo seré fuera de pena
e TOS con pesar arrepentida. Podreys señora de-
zir entonces que no es vuestro el cargo sino mia
la culpa pues que yo mesmo me lo he buscado
y querido mi dafio contra Tuestra Toluntad. En-
tonces mi alma os negará la partida diziendo:
no, no, no es ansi, que el cargo, señora, tuyo es
pues que tan cruelmente tan mal le trataste no
pidiéndote más bien de licencia para sofrir su
mal sin ninguna offeusa tuya ni más gloria
soya.
BELISENA
Si sofrirte lo que faces me offende, oyrte lo
qae dises me perjudica y enoja; ¿qué hará res-
ponder a la vanidad de tus razones? Yo te he
ya dicho lo que te cumple, bastarte deue para
no esperar masr disputa en este caso de lo que
te conniene. No delibero mas sobre ello hablarte,
poraae creo que tu discreción te hará dcteruii-
nar lo que te cumple. Los mios Tienen, quédate
con DioB y créeme hazíendo lo que te tengo di-
cho.
FLAXIANO
Digo, sefiora, finalmente que no puedo porque
ni mi voluntad a ello no puede doblarse, ni mi
qaerer puede dello quitarse, e aunque aquí tan
lolo de bien e tan aci»mpafiado de posar me de-
xeis, digo que allá donde tos Tays, allá Toy, y
aunque vos vays, aqui quedays donde yo ípodo,
porque ni allá, ni acá, ni en ninguna parte don-
de yo me halle, nunca vuestra vista de mis ojos
se quita, sino que en mi fantasía do quiera que
estoy 8, do quier que estén, los dos juntos esta-
mos. E si esto, señora, no creoys, mis obras os
liaran dello testigo.
Al fin la señora Belísona se partió con Isiana
e muy enojada, a lo que mostraua, e llegó a la
compañía de los suyos. Flamiano quedó a solas,
fuesse por otra via con el consuelo que pensar
podeys ; en aquella noche todos los caualleros ce-
naron con el señor cardenal, donde se concertó
do yr venidos de la ca^a a vnos baños que ocho
millas de la ciudad están de la mar, en vn muy
hermoso lugar que Virgiliano se llama, porque
supieron que la señora duquesa e la príncesa de
Salusano con otras muchas damas se yuan por
estar allí todo el mes de Abril, como cada año
las damas y señoras de Noplesano acostumbran
hazer. Visto Flamiano que esta jornada se le
aparejaua conforme a su desseo, suplicó al señor
cardenal que ordenase vn juego de cañas para
el segundo día de pasqua que todas las damas
ya a Virgiliano serian venidas. De lo qual el se-
ñor cardenal, fue tan contento que se ofreció
tener el tu puesto con la meytad de aquellos
caualleros, dosta manera: que los de su puesto
saldrían a la estradíota vestidos como turcos con
mascaras y rodelas turquescas, vestidos t^dos de
las colores que su señoría les daria, y que juga-
rían con alcanzias. £ que Flamiano tuviesse el
otro puesto a la gineta con los otros caualleros
que allí príniero se hallaron en la caya. E que
ante que al puesto saliessen, que saliessen ellos
todos juntos e comen^Assen su juego de cañas
partidos por medio. En el qual juego él con sus
turcos llegaría como hombre que viene de fuera,
e assi juntados ellos todos, comen9arían el otro
juego contra los que en él TÍniessen. E ansi el
señor cardenal tomó a cargo de suplicar a la
sefiora princesa que para aquella noche conbi-
dase a la señora duquesa e á Belísona, con to-
das las otras damas que allí se hallassen, para
que en su posada aquella noche passado el jue-
go todas cenassen y allí hiziosscn la fiesta. Pues
acabada la cat/a, donde a dos días con mucho
plazer los Tnos e los otros todos juntos a la
ciudad se tornaron.
Donde después de llegados, Flamiano acordó
de enbiar a Folisol a visitar a Vasquiran con el
qual acordó rospondelle a su carta. E despa-
chado que le houo, Folisol se partió, e Uegado
a Folernissa donde halló a Vasquiran, después
de hauer hablado mucho con él en especial de
las cosas déla ca^a e lo que en ella se era segui-
do, la carta de Flamiano le dio, la qual en esta
manera razonaua.
60
ORÍGENES DE LA NOVELA
CARTA DE FLAMIANO A VASQUIRAN
EN RESPUESTA DE LA SUYA POSTRERA
No quiero, Vasquiran, dexarme de responder
a tus cartas e quexas, si quiera porque no pien-
ses que razón me falta para ello, como a ti
crees que te sobra para lo que hazes. Yo, si
bien me entiendes, no digo que de la muerte de
Violina no te duelas como es razón que lo ha-
gas, mas que los estremos dexcs c apartes de ti,
pues que in genere son reprobados; porque
como ya te he dicho y tú dizes, tus lastimas
todas la muerte las ha causado, y en verdad al
parecer estas son las mas crudas de sofrir, y al
ser las mas lenes de conortar, pues como dicho
tengo, el tiempo e la razón naturalmente las
madura e aplaca de tal suerte que assi como la
carne muerta en la sepultura se consume, assi
el dolor que dexa en la viua. se resfria. Porque
si assi no fuesse, muchas madi'es que ardiente-
mente los hijos aman e los pierden, por ser
frágiles para soffrir el dolor con la braueza del,
con la ñaqueza de la complision, si este remedio
el t iempo naturalmente no les pusiesse, las mas
dellas del seso o de la vida vernian a menos, e
aun algunos padres lo mismo harian, e otras
muchas personas que de conjunto amor conten-
tos acompañados viuian como tú hazias. Em-
pero como he dicho el natural remedio lo reme-
dia continuamente, e donde este faltasse o si
assi no fuese, digo que por razón más obligado
serias según quien eres a hazer lo que digo que
lo que hazes, por muchas causas que ya te tengo
dichas, porque como sabes, la estremidad del
plañir nace de la voluntad, la virtud del soffrir
es parte de la razón.
Pues mira quan grande es, nuestra dif ferencia
entre la voluntad e la razón. Lo vno parte de dis-
creción e cordura; lo otro o es o está a dos dedos
de locura, en especial que los virtuosos varones
más son conocidos en las aduersidades por su
buen seso e sofrimiento que no en las prosperida-
des por grandezas ni gouierno; porque lo vno
muchos respectos lo pudieron causar parahazer-
se, lo otro sola virtud lo templa para sofrirse.
Assi que por todas las partes verás que por fuer-
za tu dolor hade menguar. Mas ¿qué haré yo que
si sola vna vez que vi a la que mi mal ordena,
de tantos malos me fue causa? en las otras que
la veo ¿qué puedo sentir? Su ausencia me ator-
menta de passion; su presencia me condena de
temor; su condición e valer me quitan cspe-
ranya; mi suerte y ventura me hazen descon-
fiar. Mi pena me da congoxa incomportable.
Lo que siento me haze dessear la muerte; re-
medio en mi no le hay; della no se espera.
E assi tengo más aparejado el camino de des-
esperar que abierta la puerta de esperanya para
ningim bien.
Assi que por Dios te ruego que comiences á
poner consuelo en ti, porque puedas presto con
tu compañía venir a poner remedio en mí, y
con tal confían9a me quedo cantando este vi-
llancico que a mi proposito haze y a mi pesar
he hecho.
Yo consiento por seruiros
mi muerte sin que se sienta
vos señora no contenta.
El primer dia que os vi
tan mortal fue mi herida
que en veros me vi sin vida
y el viuir se vio sin mi ,
pues que en viéndoos consentí
mis males que son sin cuenta,
vos señora mal contenta.
Consentí verme sin ella
solamente por miraros
y por solo dessearos
tune por bueno perdella;
y más que los males della
quise qn'el alma los sienta
y vos dello descontenta.
Consentí que mi tormento
tan secreto fuese y tal,
que el menor mal de mi mal
dicsse muerte al sentimiento;
quise más qu'el soffrimiento
que lo suffra y lo consienta
por hazeros más contenta.
De suerte que mis sospiros
aunque sean sin compás
los quiero sin querer mas
de quereros y seruiros,
sin más remedio pediros
de la muerte que m'afrenta
que veros deDa contenta.
LAS COSAS QUE VASQUIRAN CONTÓ A FELI8BL
DESPUÉS DE LEYDA LA CARTA, QUE LE HA-
UIAN SEGUIDO YENDO A CA<;?A
Después de leyda Vasquiran la carta que
Felisel le dio, hablando de muchas cosas Feli-
scl le contó todas las cosas de la ca9a, assi de
los caualleros y damas que en ella fueron como
de los atauios que todos sacaron, e aun parte
de lo que su señor con Belisena passó hablán-
dose con ella a solas. Pues hauicndolo todo
muy bien relatado, otro dia paseandosse los
dos como otras vezes solian por vna sala, Vas-
quiran le comento á dezir:
Pues que ayer, Felisel, me contaste todos los
mysterios de la caya que allá haueys tenido, e
aun lo que a tu señor en ella le siguió, quiero
contarte lo que a mi en otra me ha acontecido.
Flamiano, como dizes, fue por acompañar a
quien de enamorados pensamientos acompaña-
QUESTION DE AMOR
do le tiene e aun por dar con su TÍsta descanso
a ana ojos. Yo por acompañar a mi soledad de
mu Boledsd e por dar a los mios con ella de la-
grimas más compañía con meaos atsuios e mas
angustias la semana paseada tambicn me fuy á
caya, en la qital me aconteció lo qnc agora oyras.
Gl
BECDSMTA TASQUIBAÍT A F2LISBL LO QCR LE
ACOHTECIO EK LA CAi;A, 8 LA OBRA QUE
80BBK ELLO HIZO
Estando con sus canes estos mis seraidores
en sns paradas puestos como jo los hania denta-
do, contecio que vn cierro e ras cieña juntos
en la vna dellaa dieron, de que dadas laxas a los
perros comeDyaron a seguirlos por vua llanura
qne cntrellos e un bosque se hazia. E siendo
los canes maj buenos dicronles vn alcance eji
el cual la cierna se houo de apartar de su com-
pañía e Tino a dar donde yo estaiia, por su des-
ventura e la mia, e assi como yo la vi venir so-
lile por gI traues adelante e ante que al bos-
que Uegasse la maté. Llegados alli parte destos
mia seruidorcB, porque ya era algo tarde mán-
dela cargar sobre vna azemila con la otra ua<;n
que muerto haniamos, y yo comencé a venirme
U via de aquella eredad mía a donde la otra ve/,
me hallaste, e scjeudo ys a! aquanto del losque
alongados, sentimos los mayores bramidos, del
mundo, los quales por nos oydos, paramos por
saber qné podria ser, e vimos venir vn cierno que
en el bosque se nos era entrado bramando, y era
el que en compafiia de la cierna venia, el qual ní
por el temor de los canes que al encuentro le
salieron, ní por lo que los mios le ocuparon ja-
mas dex<i de hazer su via basta llegar al sze-
mila do la cierna venia cargada. E como yo lo
TÍ pense lo que podia ser como fue, aunque mi-
lagro parezca, e assi mandé que ninguno le lii-
zícEse daño. Pues llegado que fue do su dolor
lo gnisua, comengo á dar de nuevo inuy mayo-
res bramidos derramando de los ojos infinitas
lagrimas. Como tal le v¡ bazer tanto dolor, co-
mento a re[reBcar en mi llaga, que temiendo en
mi algún desmayo que afrenta me hiziesse,
mandé lo dexaesen estar e segni uii camino para
doude él jvn, mas como nos vido partir, con
mayores genñdos comenco s si'guinios íiasta
llegar do yo yva, de donde jomas se ea par-
tido. Como cato ví mondé que a la cierna dcso-
Uassen el cuero c lo hinchiesscn de feno c den-
tro en el jardín lo colgassen en \'ua lonja que
en el bay tan alto que el ciervo solamente pu-
diesse alcanzar a su cabera. E desde aquel dia
que alli lo pusieron mandé meter dentro al cier-
no e jamas de donde la cierua está se es partido,
■alno cuando costrefiido de la bambrc algiin
poco por la hnerta a pacer se aparta. Piisomc
tanta tristeza ser, Feíisel, lo que te he contado,
que después de hancr cenado a solas rctraydo
en mi cauíara, veniendomc a la memoria todas
mis glorias pasadas y la congoxa presente, juz-
gando por lo que este irracional bazia lo que
de razón yo deuia bazer, con infinitas lagri-
mas comencé contra mi maldiziciido mi dcs-
nentura a dezir infinitas e niuy lastimeras pa-
labras, tantas que largo aeria Contarlas. 8alu>>
que estando assi yo me aenti assi venir a menos
el sentido e no sé si traaportado del juyKio o si
de do'or y del aueño vencido, yo vi en visión to-
das laa cosas que o tu amo embio dentro en una
carta que le tengo ya cscripto, lo qua] verás en
versos rimados conpnestos más como supe que
como dcniero o quisiera, E después hize sobre
este caso deste cierno esto canción, la quol no
be querido que tu amo la vea, por que no lioUo
en ella con que responder o mi carta como suele.
iQue dolor puedo quexar
de mis angustias c males
viendo que los animales
mayor sienten mi pesar?
Quexaré de mi dolor
que es tan crudo su tormento
Íue vn bruto sin sentimiento
: siente muebo mayor,
de pesar que yo le siento,
nios lio se puede ygiialar
con mis angustias mortales
porque eU alma de mis males
mayor siente mi pesar.
Acabado que houo de decirle la canción le
diio: Feüsel, yo querría que maílana tc par-
tiessoB, porque lleTasses a Flamiano vn cauallo
mió de la gineta con vu gentil jaez, que agora
poco ha me lian traydo de EspaQo, porque apro-
ueche para el, pues que a mf ya scniír no me
puede. Querría que Ilegasaes a tiempo que para
el juego de las caSas que me has dicho le sir-
uiesse. Otro dia recebído Felisel el cauallo e k
carta se partió. B llegado a Noplesano, halló
que Flamiano con todos los couallcros eran ya
partidos para Virgiliano, porque la señora du-
quesa e la princesa con todas las damas ya es-
tañan alli. üoiide otro dia Feüsel llegó, con el
qual Flamiano holgó mucho e bono mucho pla-
zer de ojrle contar lo que a Vasquiran hauia
acontecido e también con el cauallo que era muj
bueno y el jaea muy rico, en especial llegando a
tal tiempo. Y recebida la carta comentóla a leer
la quol assi dezia.
Qiianto mejor seria, Flamiono, que a c«ta
question pusicssemos silencio que no proseguir-
lo, puesque tan poco prouecho a los dos nos acar-
G2
ORÍGENES DE LA NOVELA
roa. Tú me dizcs que no uie rcpnieuas porque
de mi mal me duelo pues que es razou que lo
baga, sino que no deuo tanto en estremo doler-
me. Mi mal quisiera yo que limitaras que no
fuera tan grande, que mi tristeza pequeña es
para con el. Dizes que como la carne muerta en
la sepultura se consume, assi el dolor que dexa
en la viua se resfria; falso es esse argumento
pues en mi que lo prucuo por el contrario lo
veo. Tornasme a alegar las mugeres que perde-
rían el sentido si por esto no fuesse. A la fe por
ser ellas flacas de sentido e frágiles pierden
dello la memoria, que no por lo que dizes. Si
honesto me fuesse alegarte cosas de nuestra fe,
vna cosa te diria de la que no tuvo par, que en
tal caso hizo, con que callasses. También me
alegas como philosopho lo que de la voluntad o
de la razón parte, quál es auto mas virtuoso, e
das lexos del torrero, que los que desso han
glossado, en especial Juan de Mena e umchos
no ponen contraste en tal caso, entre la volun-
tad e la razón, sabio de aquellos apetitos que
vioiosaínente nmestra naturaleza, desseo volun-
tario, que el dolerse nadie de la cosa amada de
j>uro amor e gratitud y contentamiento que le
tenia, le parte viéndola perdida. Pues estos
autos virtuosos y razonables son, que no volun-
tad voluntaria. Ansi que no te cale philosophia
comigo que poco te aprouecharia ni a Aristó-
teles si mi mal sintiera. Mas sabia el Petrarca
que no tú ni yo, mas ya sabes lo que respondió
siendo juzgado porque a cabo de veynto años
que madama Laurea era muerta la plañia e la
seniia, quando dixó: ¿Que salud dio a mi herida
quebrarse la cnerda del arco? Nunca de tu mal
vi ningún mártir e del mió veras todas las poe-
sias y escripturas dende que el mundo se co-
mento hasta albora llenas, de lo que aun la san-
gre del mártir Garcisanchez viua tenemos e no
oluidada la del mesmo Petrarca que te he dicho,
sin otros infinitos que dellos no se escriue. Tú
no hallas remedio para ti que cada día hablas
o puedes hablar a quien te pena; quieresle ha-
llar para mi que no le tengo. También me dizes
que la primera vista tanto tanto mal te cansó,
¿que sentirás en las otras? Digo que la prime-
ra Tez te enamoró, las otras te reenamoran,
todo el mal que te cansa su ausencia es desseo
de verla. El que te haze su presencia es desseo
de codiciarla. En fin, son vanidades que la vna
con la otra se texen ; mas si lo quieres ver, mira
qual pena es mayor: la que sientes viendo, o la
que ausente padozes por ver; aqui juzgarás mi
mal qué tal es. En fin, que tú careces de con-
sejo e confíam;a, yo de consuelo y esperanza;
tú buscas compañía, yo huyo della; tú des-
seas gozar, yo morir; lo que tú no dessearas si
quiera por ver a Belisena. Mira qué mal te cau-
sa verla. Assi que en esto no habría cabo, crée-
me, y dexalo estar; y pues que lo que en la ca^s
te aconteció me has hecho saber, Felisel te con-
tará lo que a mi en otra me ha seguido, sobre
lo qual hize esta obra que aqui te embio.
VISION DE AMOR EN QUE VASQUIRAN CUENTA
LAS COSAS QUE VIO ESTANDO TIIA3PÜEST0
Y LO QUE HABLO Y LE RESPONDIERON.
Combatido de dolores
o penosos pensamientos,
desesperado d'amores,
congoxado de tormentos,
vi que mis males mayores
turbauan mis sentimientos,
e turbado,
yo me puse de cansado
a pensar
las tristeyas e pesar
que causauan mi ouydado.
E vi que la soledad
teniéndome conpañia
no me tiene piedad
de las ponas que sentia,
mas con mucha crueldad
lastimaua mi porfia
de dolor
diziendome: pues que amor
te tiene tal,
no te quexes de mi mal
qu'es de todos el mayor.
(Responde Viuqutran á la soledad,)
Si el menor mal de mi mal
eres tú e de mis enojos
teniéndome siempre tal
que me sacas a manojos
con rabia tríste mortal
las lagrimas a los ojos
de passion
sacadas del coraron
donde están,
dime qué t«les serán
los que mas crueles son.
(Prosigue,)
Con mi soledad hablando
sin tornar a responderme,
ni dormiendo, ni velando,
ni sabiendo qué hazenue
en mis males contemplando,
comencé a trasponerme
no dormido
mas traspuesto sin sentido
no de sueño
mas como quien de veleño
sus ponzoñas h» beuido.
QUE8TI0N DE AMOR
03
Pues sintiendo desta suerte
mis sentidos ya dexarme
aun qn'el dolor era fuerte
comencé de consolarme;
dixe: cierto esto es la muerte,
que ya viene a remediarme
según creo;
mas dudo pues no la too
qu*esta es ella
por hazer que mi querella
cre7iCa mas con su desseo.
Y con tal medio turbado
mas qu'en ver mi vida muerta,
aunque del pesar cansado
comencé la vista abierta
a mirar e vi en vn prado
vna muy hermosa huerta
de verdura,
yo dudando en mi ventura
dixe: duermo
y en sueño qu'esto es vn yermo
como aqui se me figura.
Y assi estando yo entre mi
tarl)ado desta manera
comencé quexarme assi;
no quiere el morir que uniera;
luego mas abaxo vi
vna hermosa ribera
que baxaua
de vna montaña qn^estaua
de boscaje
muy cubierta, e vi vn saluaje
que por ella passeaua.
Vilc que volvió a mirarme
cou vn gesto triste y fiero,
yo comencé de alegrarme
e a decir: si aqui le espero
este viene a remediarme
con la muerte que yo quiero,
mas llegado
vile muy acompañado
que traya
gente que mi compañía
por mi mal haoian dexado.
(Admiración.)
Gomenceme de admirar
dudando si serían ellos,
por mejor determinar
acorde de muy bien vellos
tomándolos a mirar
y acabé de conocellos
claramente,
dixe entre mi: ciertamente
agora creo
qu^es complido mi desseo
pues que a mi toma esta gente.
(Declara quien riene con el saluaje
e (le la manera (¡fie tiene.)
Mis plazeres derramados
venian sin ordenanza
guarnecidos de cnydados,
ya perdida su esperanza,
dizieudo: fuynios trocados
con la muerte y la mudanza
que ha nmdado
nuestras glorias en cuydado
de dolor
pues do el gozo era mayor
mis triste<;as ha dcxado.
Vi mi descanso al costado
con vna ropa pardilla
de trabajo muy causado
asscntado en vna silla
de dolor bien lastimado
publicando su mancilla
e su piísar,
comentando de cantar
esta canción:
no me dexe la passion
un momento reposar.
Venia el contentamiento
más cansado vn poco atrás
con esquino pensamiento
sospirando sin compás,
diziendo: de descontento
no espero plazer jamas
que me contente,
pues murió publicamente
quien causaua
el bien que me contentaua,
ya plazer no me consiente.
Mi esperanza vi primera
de amarillo ya vestida
quexando desta manera:
donde s'acabó la vida,
¿qué remedio es el que espera
la esperan^A qu'es perdida
e acabada?
verse mas desesperada
de remedio
pues que en el mal do no hay medio
s 'espera pena doblada.
También vi a mi memoria
cubierta de mi dolor
recordándome la gloria
que senti siendo amador,
e con ella la vitoria
de los peligros d*amor
ya passados
porque no siendo oluidados
fuessen vinos
para hazer mas esquiuos
mis males e lastimados.
6-4
Mi desseo vi venir
postrero con gran pesar
e sentile assi dezir:
lo mejor es acabar
pues que s'acabo el viuir:
¿qué puedo ya dessear
sino la muerte
para que acabe y concierte
que fenezca
mi dessear e padezca
lo que ha querido mi suerte.
(Pregunta quien es el saluaje
y responde el Desseo,)
Como a mí los vi llegar
aunque muy turbado estaua
comencé de demandar
quien era el que los guiaua
que con tan triste pesar
de contino me miraua
desnudado:
este es el tiempo passado
de tu gloria
el que agora tu memoria
atormenta con cuydado.
(El Desseo,)
Este que miras tan triste
con quien vees que venimos,
este es el que tú perdiste
por quien todos te perdimos,
que después que no le vimos
nunca vn hora mas te vimos
ningún dia
e dexo en tu compañía
que te guarde
soledad, la que muy tarde
se va do hay alegria.
Pues aquella a quien fablauas
diziendo que mal te trata
e aunque dclla te quexauas
no es ella la que te mata
mas es la que desseauas,
triste muerte cruda ingrata
robadora
que te quitó la señora
cuyo eras
e no quiere que tú mueras
por matarte cada hora.
(Responde y pregunta,)
Quien comigo razonaua
claramente lo entendía,
mas tan lexos de mi estaua
que aunque muy claro le oya
ORÍGENES DE LA NOVELA
la distancia me quitaua
que ya no le conocía,
6 atordído
dixe: bien os he entendido
mas no veo
quídn soy 8 vos. Soy tu desseo
que jamas verás compiído.
(Pregunta á su desseo y respóndele.)
Demándale, como estas
tan apartado de aquí
que yo siento que me das
mil congoxas dentro en mi?
Dixo: nunca me veras
qu*estoy muy lexos de ti,
sé que desseas
verme, pero no lo creas,
porque amor
no consiente en tu dolor
por saluarte que me veas.
Qu'este jardín que aquí esta
con tantas rosas y flores
es el lugar que se da
a los buenos sofridores
que con mucha lealtad
en su mal sufren dolores,
y es ley esta
y an los amadores puesta
por razón
que gana tal galardón
el que mas caro le cuesta.
(Replica,)
Quando bien lo houe entendido
tanto mal creció en mí mal,
que ya como aborrecido
dixe con rabia mortal:
¿quién ha tanto mal sofrido
que del mío sea ygual
en nada del?
pues porqué sí es tan cruel
bien no merezco
la muerte pues la padezco
con la misma vida del?
Quanto más que yo no quiero
mi suerte más mejorada,
ni más beneficio espero
que la muerte ver llegada,
pues qu'en desealla muero
máteme de vna vegada
con matar,
e sí esto amor quiere dar
que a ti te plaze,
poco es el bien que te haze
pues da fin a tu pesar.
QUESTION DE AMOR
65
(El Desseo replica,)
Que la pena aborrecida
con qne tú te desesperas
es que mueres con la yida
ante qn'en la muerte mueras,
que es la gloría conocida
de todo el bien que ya esperas,
j essa fue
con quien Petrarca y su fee
ganó la toz
de mártir, e Badajoz
sin otros mili que yo sé.
(Cuenta como vio su amiga.)
Escuchándole turbado
sin saber qué responder
tí venir por medio un prado
quien causaua mi plazer
y agora con su coydado
tan triste me haze ser;
pues en relia
yo me fuy muy rezio a ella,
e allegado
nie yidc resuscitado
quando pude c(»nocclla.
(Habla Vasquiran a su amiga,)
Viéndome con tal yitoria
comencele de dezir:
mi bien, mi dios, y mi gloria,
¿cómo puedo yo yiuir
Tiendo yiua tu memoria
después que te vi morir?
¿No bastaua
el dolor que yo pasaua
a no matarme?
pero no quería acabarme
porque yo lo desseaua.
(Responde Violina,)
Gomen90 de responderme:
ya sé quanto yiues triste
en perderte y en perderme
el dia que me perdiste:
e sé que en solo no verme
nunca más descanso viste,
e también sé
qne t'at-ormenta mi fe,
e assi siento
más mal en tu sentimiento
qu'en la muerte que passé.
Pero deues consolarte
e dexarme reposar
pues que por apassionarte
no me puedes ya cobrar
ni menos por tú matarte
podré yo resuscitar,
ORÍQENBB DE LA NOVEL \.— -5
e tu pena
a los dos ygual condena,
e tu dolor
lo sintieras muy mayor
si me vieras ser agena.
(Responde Vasquiran,)
Todo el mal que yo sentia
y el tormento que passaua,
si penaua, si moría,
tu desseo lo causaua,
que jamas noche ni dia
nunca vn hora me dexaua,
mas agora
que te veo yo, señora,
yo no espero
más dolor ni más bien quiero
de mirarte cada hora.
( Violina,)
Tú piensas que soy aquella
que en tu desseo desseas
e que acabas tu querella;
no lo pienses ni lo creas
bien que soy memoria della,
mas no esperes que me veas
ya jamas,
que aunque comigo estás
soy visión
metida en tu coraron
con la pena (}uc le das.
Tus males y tus enojos
con tu mucho dessear
te pintan a mi en tus ojos
que me puedas contemplar,
pero no son sino antojos
para darte más pesar
e más despecho,
que mi cuerpo ya es dessecho
e consumido
y en lo mesmo convertido
de do primero fue hecho.
( Vasquiran.)
Casi atónito en oylla
como sin seso turbado,
quisse llegarme y asilla,
e hálleme tan pesado
como quien la pesadilla
sueña {{we le tiene atado
de manera
que no pude aun([ue quisiera
más hablallc,
e assi la vi por el valle
tornarse por do viniera.
Quando tal desdicha vi
causada sin mas concierto
luego yo dixe entre mi:
ciertamente no soy muerto;
CG
ORÍGENES DE LA NOVELA
estando en esto sentí
mi paje y vime despierto
acostado
sobre vn lecho, tan cansado
que quisiera
matarme sino temiera
el morir desesperado.
Vime tan aborrecido
que comencé de dezir:
tanto mal mi nial ha aido
que me desecha el morir
conociendo que le pido;
dame muerte en el vinir
por alargar
mi pesar de más pesar
para que muera
viniendo desta manera,
mugiendo en el dessear.
Vine mi vida captiua
desseandose el morir
porque le haze el vinir
(¿u'cl mismo ijue muere vina.
Quien la muerte se dessea
y la vida no le dexa
con mayor dolor Taquexa
el viuir con quien pelea
qu'ol morir que se le alexa,
pues la pena mas esípiiua
de coniportar y sofrir
es la muerte no viuir
do la rida muere viua.
E assi, Flamiano, estando qnal has oydo, cre-
yendo que ya mis fatigas eran acabadas con la
muerte como se comentaron, recordóme un
f aje mió que entro en la cámara y assi con el
plaz(T (|ue puedes pensar que de qual estoy,
honie parecido escrebirt^^lo porque mis passa-
tiempos sopas, assi como tus desesperaciones
me escriños, que en ninguna cosa hallarás que
la razón te pueda dar esperanya. Nunca vi me-
jor neg<K'io para poner en razón que passion de
amores; si tanto en tu caso entendieses como
en el mió piensas saber, verias como estas cosas
enamoradas ningima dellas por razón se go-
vierna, porque son cosa» que la ventura las
guia; pues lo que ventnra ha de hazcr qué has
menester pesarlo con el peso de la razón? Por
tu fe que cesses de más escreairme sobre esto,
ni más ygualar tu questiou con mi perdida,
bástete que tú has de esperar la ventara, yo ya
he desesperado con mi desuentura.
LO QUB EN ESTE TIEMPO QUE FELIBEL FUE Y
TORNÓ, SE CONCERTÓ EN EL JCBOO DE CAÑAS
En este tiempo la señora duqaesa con mu-
chas otras damas e señoras fue partida para
Virgiliano, y el señor cardenal con todos los
caualleros. En el qnal tiempo Flamiano dio
orden en lo que para el juego de cañas hauia
menester, y el señor cardenal assimesmo. Fue-
ron del puesto de Flamiano el conde de la Mar-
ca, el marques Galerín, el prior de Albano, el
marques de Villatonda, el prior de Mariana, el
duque de Fcnisa, el duque de Braverino, su
cuñado Francalver, el conde de Sarriseno, Qu-
sander el fauorido, Galarino de Isian, Eselevan
de la Torre, Guillermo Lauro, el marques de
Persiana. Fueron con el señor cardenal el conde
de Auertino, Atineo de Leuerin, el conde de
Ponteforto, Fermines de Mesano, Francastino
de E redes, Camilo de Leonis, Lisandro de
Xarqui, Preminer de Castilplano, el marques
de la Chesta, Alarcos de Reyner, Pomerin,
Russeler el pacifico, Alnalader de Caronis, el
conde Torrior, Perrequiu de la Gruta.
Salió primero Flamiano con todos los de su
partida e por ser el cabo de aquel juego todos
salieron de las colores de la señora Belisena
con aljubas de brocado blanco e raso encantado,
cada uno de la manera que le pareció, con capas
del mismo raso forradas del damasco blanco;
algunos sacaron sobre las mesmas colores al-
gunas invenciones de chapería de plata entre
las quttles fue vno el marques de Persiana que
sacó vnas palmas de plata sembradas por la
ropa y vna palma grande en medio de la adar-
ga, con vnas letras en tomo que dezian:
La primera letra dcsta
tengo yo en las otras puesta.
No quiso Flamiano sacar más de las colores
por no perjudicar a los que con él salían, mas
sacó en torno de la adarga y en vna manga
rica que sacó, unas letras de oro esmaltadas
que dezian:
De la obra qu'en mi hacen
vuestras colores y obras,
bastan a todos las sobras.
Sacó el señor prior de Albano toda la mar-
Iota e adarga cubierta de lazadas de oro con
vna letra en torno de la capa e de la adarga
bordada de oro que dezia:
No pueden desañadarse
las lazadas
estando en el alma atadas.
Sacó el señor prior de Mariana vnas mues-
tras de dechado labradas en el adar^i^ con vna
letra que dezia:
No se maestra
lo que peno a causa vuestra.
QüESTION DE AMOR
67
alidos todos, como en tal muestra se suele
. a yn llano entre la villa y el mar donde en
:rau tablado con macha tapecería todas las
AS (^tauan, comenc^iron entrellos mismos
lego de cañas; habiendo jugado rna pie^a,
'ñor cardenal apareció con su batalla por
ina un montecico quanto un tiro de ballesta
Ili; venían en su ordenanza a usanza de tur-
con sus añafílcfl e randeras en las langas
idiotas. Salieron todos con al jubas de bro-
I negro forradas de raso pardillo, con .sus
caras turquesas.
*nes al tiempo que se descubrieron los dos
puesto de Flaraiano, juntaron tcxlos, e con
nzias en las manos los salieron a recebir al
) del llano, j echadas las alcanzias quaudo
líos llegaron dieron la vuelta e los turcos
sus estradiotas enristradas en el alcance
ta ponerlos en el lugar del juego: j ansi se
\6 muy reziamente, tanto que pareció a todos
Y gentil fiesta, c duró un quarto de ora hasta
•te despartieron e passaron otra hora en
?.ir carreras los mos a la gineta, los otros
i estradiota. Siendo ya tarde, la duquesa con
I lija Beliscna e todas las otras damas fue-
so a apear a la posada de la señora princesa,
uk* se dio yntL rica colación, e duró el dan-
liasta la cena. Pues en muy largo y ancho
redor se paró vna tabla muy larga, tanto
' las damas cabían a la una parte della, y
os los caualleros a la otra. Excepto el car-
lal que no cenó allí, los otros todos cenaron
I mucha alegria. Acauado el cenar todos los
lalleros se fueron a sus aposentos e mudaron
Vestidos e tomaron a danzar e cada uno lo
s galán que venir pudo. Llegado Flamíano
II posada enbió su atauío a vn tanborino déla
iora duquesa que se llamaua Perequin ; todas
i otras ropas o las mas se dieron aquella noche
Ic'S ministriles y albardanes. Flamíano se
toao en su posada con otros quatro caualle-
^ |>ara r.?citar aquella noche vna égloga en la
al se contiene pastorilmente todo lo que en
ca^a con Belisena passó. Quando supo que
los los caualleros ya eran en casa de la se-
ra princesa y el dan9»r comentado, él partió
SQ posada e con to.lo su concierto llegó a la
sta e recitó su égloga, como aquf se recita.
INTRODUCION DB LA ÉGLOGA
Entran tres pastores e dos pastc)ras, el prin-
pal qu'es Flamiano se llama Torino. El otro
uillardo. El otro Quiral que es marques de
arliner. La principal pastora se llama Benita,
le es Belisena. La otra se llama Illana qu'es
liana. Entra primero Torino e sobre lo que
elisena le mandó en la ca^a qu'es la fantasía
^ ^ %loga, con vn laúd tafie e canta esta can-
ción que ul principio de la égloga está, y acos-
tado debaxo de vn pino que allí hazen traer;
a^'abado de cantar, comienza a (juexarse del mal
que siente e del amor. En el tiempo que e'l
canta entra Guillardo quél no lo siente; óyele
todo lo que habla, marauíllase no sabiendo la
causa qué mal puede tener que en tanta ma-
nera le fatiga; comienza consigo a hablar razo-
nando qué mal puede ser; ve venir a Quiral,
llámale e cuéntale lo que ha oydo, e juntos los
dos lleganse a Torino demandándole de qué
dolor se quexa, él se lo cuenta. Guillardo no le
entiende, Quiral sí aunque no al principio. Al-
tt»rcan entre ellos gran rato, estand») en la con-
tienda entra Benita, pídeles sobre qué contien-
den. Torino le torna a decir en metro lo que en
la ea^a passó en prosa, y assi los dos contien-
den. Al fin Benita se va; quedan todos tres
pastores en su question. Acaban todos tres con
vn villancico cantado.
COMIE^rA LA CANCIÓN
No es mi mal para sofrir
11 í se puede remediar
pues deciende de lugar
do no se puede subir.
El remedio de mí vida
mi ventura no le halla
viendo que mí mal deualla
de do falta en la subida,
si se quiere arrepcntir
mi querer para mudar
no puede, qu'está en lugar
do no se puede subir.
COMÍ EN VA LA ÉGLOGA
)' tfi'ze Torino.
O grave dolor, o mal sin medida,
o ansia rabiosa mortal de sofrirse,
ni puede callarse, ni osa dezirse
el daño que acaba del todo mi vida ;
mi pena no puede tenerse escondida,
la causa no sufre poder publicarse,
ni para decirse ni para callarse
ni entrada se halla, ni tiene salida.
Mudar ni oluidar ya no es en mi mano,
ni puede quererse ni puedo querello,
porque el menor daño está en padezello
y en mí lo doliente es mejor que lo sano;
es grande el dolor, mas es tan ufano
que veo perderse mi vida de claro,
si más no perdiessc no es mucho ni caro
que cierto en perdella perdiendo la gano.
El fuego que dentro del alma m'abrasa
su pena es tan graue que no sé dezilla,
68
querría viuir por solo sofrílla
mas este querer la muerte me acusa;
conoze en mis males que no se m'escusa,
pues toda la causa está en mí desseo,
más mal no pudiera hacerme Perseo
aunque me mostrara la faz de Medusa.
(Habla contra el amor,)
Conténtate agora, amor engañoso,
pues todos tus fuegos con tanto furor
encienden y abrasan de yn pobre pastor
sus tristes entrañas, sin dalle reposo:
bien te podrás llamar vitorioso
venciendo rn rencido que quiso vencerse
de quien imposible le fue defenderse
ni tú si le viesses serias poderoso.
Esfuerza tus fuerzas en mi pobrecillo,
enciende con ellas mi fuego mortal,
que quanto más creces la pena en mi mal
la causa me hace contento sofríllo;
empleas tus ñechas en rn pastorcillo
rustico, solo de bien y de abrigo,
que no podrán tanto tus mañas comigo
que desto m'apartes, ni menos dezillo.
(Habla con su soledad,)
Venid soledad, leal compañía,
que solo con tos me hallo contento,
con vos gozo más de mi pensamiento
que nunca se parte de mi fantasía,
TOS no me dexais, dexóme alegría,
plazer ni esperanza en quien ya no espero,
reposo, descanso, tampoco los quiero
ni nada de quanto príniero tenia.
(Habla al ganado,)
O triste ganado qu^estás sin señor
a solas paciendo, pues solo te dexo,
qu exarte has de mí, también yo me qnexo
del mal que sin culpa me haz' el amor.
No plangas perder tan tríste pastor
de quien no esperabas ya buena pastura,
pues él ya no espera sino desuentura,
dexalo a solas passar su dolor.
E vos mi turrón, e vos mi rabel
que soys el descanso que traygo comigo,
pues veys que me veo quedar sin abrigo,
razón es que quede sin vos e sin él;
n'os duela partir agora d'aquel
que hasta el morir aun del se desdeña,
e vos mi cuchar e vos mi barreña
andayos con dios, partios también del.
A solas quedad comigo, cayado,
pues todo lo dexo y pasar no me dexa,
al menos con vos del mal que m'aquexa
podré sostenerme estando cansado;
dezé mi ^urron, rabel e ganado.
ORÍGENES DE LA NOVELA
la yesca, eslabón, barreña, cuchar,
dexé mis plazeres, mas no mi pesar
e menos a vos tampoco he dexado.
Agora reposo que solo me veo.
agora descauso en medio mis males,
o lagrimas mías, o ansias mortales,
o tristes sospiros con quien yo peleo;
la vida aborrezco, la muerte no veo,
que aun essa me niega sQ tríste venir
e trueca el matarme con darme el viu
por no complazer mi triste desseo.
O más aborrido pastor sin ventura
de quantos oy viuen en toda la tierra,
nin todo lo llano, nin toda la sierra
nin todos los bosques, ni otra espesun
quien t*a de sanar, tu muerte procura,
no tienes reparo, ni tienes abrigo,
ni tienes pariente, ni tienes amigo,
si mueres te falta también sepultura.
Agora estaras, Torino, contento
que tú de tu mano te diste herida
que basta quitarte mili vezes la vida
sola la causa de tu pensamiento,
medido do llega su merecimiento
vista tu suerte quedar tan atrás
que quieres tu pena y no quieres más
y no te consienten sofrir tu tormento.
¿Dónde toviste, Torino, el sentido,
cómo podiste tan presto perdello?
¿que vees tu mal, no pues no querello
si quexas, tus quexas no eres oydo,
consientes tu mal e no eres creydo.
Mejor te seria del todo morir
que verte penando muriendo seruir
do solo es tu pago tenerte aborrido.
G. Oído yo a hucgo quexuras tamañas
como este pastor descubre que siente,
yo nunca vi en otro qu'estando dolien
dixese que s'arden en él sus entrañas
yo creo que tiene heridas extrañas
que quieren del todo con yema matalL
quiero buscar quien venga a curallo
sí puedo hallarlo por estas cabanas.
Qui^a Ta monlido perro dañado
o qualq'animal o IoIk) rabioso
pues da tales buelcos, no tiene reposo
y está délos ojos ciego turbado;
no vee do dexa (urron ni cayado,
vertida la yesca, quebrado el rabel,
o es el demoño que anda con él
o qualque desastre que tiene el granad<
O si con su amo quiya si ha reñido
si quiere lleualle qualque mecada,
mas él no haria por poca soldada
estándose a solas tamaño roydo;
miafe que pienso que no es so mordid<
c'aquellos sollozos no son de buen ran
quiero traballe del pie con el gancho,
quÍ9a si lo sueña estando adormido.
QUESTION DE AMOR
69
(Habla el mismo Guillardo admiranrlose
porque no le sintió trauando del.)
O dolo a dios j cómo no siente?
mayor es qae sueño este su mal,
alli me pareze que viene Quiral
que le es gran amigo y aun cabo pariente,
quiero llamallo, zagal es valiente,
oyes, Quiral, allégate acá.
Q. Míafe, Ouillardo, yo ya me yua allá
que bien ha buen rato que lo tengo en
[miente.
Q. Pues yo te he llamado por fazer tu ruego
que rengas a rer tu amigo Torino,
que aquí le he hallado tan fuera de tino
que dize que s'arde en brasas de fuego.
Q. Qui^a habrá perdido o choto o borrego
y está maldiziendo la res que lo cría.
G. No es esse el mal, Quiral, que dezia,
mayor es el dafio de qu'él está ciego.
Yo me he quillotrado tan junto con él
que de las mauos le quité el cayado,
ni él me sintió ni mira al ganado,
ni cora si andan los lobos en él;
acá está el ^urron, allá está el rabel,
y el no son sospiros y ahuncos de muerte
diziendoyquexando su mal qu'es tan fuerte
que passa los otros de pena cruel.
Y aun tengo sospecha qui^a qu'está en-
[formo
según l'he sentido tan gran comezón ,
que deue tomalle qualque torozón
d*andar passeando de noche este yermo.
Q. Miafe, pues ramos a vello, Guillermo,
pues sabes la ria, da tú camino.
G. Helo aquí está debaxo este pino.
Q. Duermes, Torino?
T. ¿Que qués, que no duermo?
Q* Pues saínete Dios.
T. Vengáis norabuena. [te?
Q. Qué sientes, Toríno, que gimes tan f uer-
T. Siento, pastores, el mal de la muerte
y essa no llega por darme mas pena;
passion me combate, razón me condena,
dolor me fatiga, tristeza rae aquexa,
querría sanar, querer no me dexa,
los malea son mios, la causa es agen a.
Q. Yo creo que tienes esprito malino,
p3r signum crucis a dios recomiendo,
ni sé lo que dizes ni menos t*entiendo,
harasme dezir que hablas con riño.
Retoma, retoma, retoma, Torino,
razona con tiento, con seso y de rcro,
peor seras tú que Juan Citolero
con sus patrafiuelas que s'anda contiiio.
^> No te marauilles m'abraso en inuiemo
y enmedio el rerano perezco de frió,
no he risto otro mal assi como el mió
y assi le juzgo de todos moderno.
Q. Date, Torino, date gobierno,
si aqui no estás sano muda majada.
T. Primero, Quiral, por medio el yjada
mi mal reuiente y se raya al inñerno.
Q. ¿Qué mal puede ser tan erado que sientas
lo mucho que duele y callas tu fatiga?
(CS mal dellonbrigo o dolor de b(;rriga
que dices el daño y la causa no cuentas?
Veo en ti dolor que rerientas,
¿es mal de costado que a todos aran^a? (})
T. No es esse, Quiral, es poca csperan9a,
qu'es muy mas cruel quecuanto me mientas.
Q . ¿De qué desesperas ? ¿has algo sembrado
que piensas perdello o quÍ9a que no na9a,
o has miedo que falte lugar donde pa9a
en estos exidos tu poco ganado?
T. No es este, pastor, mi graue cuydado,
mas rerme penado e de muerte herido
de mano de quien me tiene aborrido
y assi desespero de ser remediado.
Q. Ahotas qucr pienso que tu mal oteo
e dudo que creo qu'es mal d'amorío,
dalo al demoño tan gran desuario
que mata la vida su solo desseo.
T. Mayor es el daño, Quiral, que possco
qu Vn todos los males que sufro e consiento
fallece esperanza e crece tormento
y en todos los medios remedio no veo.
Q. • Do yo al demoño la hembra maldita
que mata un zagal assi de passiou.
T. Calla, Quiral, por Dios tal razón
que solo en oyllo la vida me quita,
que no es quél tú dizes mas antes l>endita
según las virtudes que caben en ella.
Q. ¿Pues cómo la alabas y quexaste della ?
Dime quien es, qui^a si es Benita.
La nieta d'aquel que hu mayoral
de todos los hatos d' aquesta dehesa
y hija d'aquel que con justa empresa
teniendo justicia perdió tribunal,
y aun hija d' aquella que dizen qu'es tal
qu'en todas las otras que viuen agora
ninguna se halla tan noble señora
que sea con ella en nobleza ygual.
Pues si esta que digo tanto es hermosa
que basta alegrarte con su fermosura
e basta a dar vida a qualquer criatura
e mas como dizes qu'es tan virtuosa,
pues date reposo, reposa, reposa,
si assi como dizes tan fuerte la quieres,
siendo ella tal, dime porqué mueres,
siendo tu llaga en si gloriosa?
T. Vo no sé dezir el mal de que muero
ni tú lo sabrias podiendo sen tillo,
yo sélo sentir mas no sé dczillo,
ni sé lo que pido ni sé lo que quiero,
socuños termeños, te digo de vero
{*) Ahunca dice por error en las edicioncfl, pero el
coDsonautc exige qae se lea avanza.
70
ORÍGENES DE LA NOVELA
que tiene quien yella d'amor me condena,
tomando a miralla me crece más pena
qoe dexame siempre más mal qne primero.
Q. Plazer me daría sí yo de ti fuesse.
T. Dolo al demoño, Qiiiral, tu consejo,
dirán que yí en ella algún aparejo
por do mí esperanza esperanza tuuiesse,
j aun más me diría quien tal en mi yiesse
que ando perdido sin seso j sin tiento
pues saben qu'es tanto su merecimiento,
qu'es poco mí mal si del yo muriesse.
Q. Miafe, pues quédate con tu dolor
pues tú te lo quieres y quexas tu mal.
T. Querría una cosa tan solo, Quiral,
que fuese tan grande qual es e mayor
con que Benita mostrasse color,
qu'es ella contenta que yo lo sufriesse;
si esto, Quiral, Benita liíziesse
jamas pediría más bien ni favor.
G. Di que t'a dicho por tu fe, Quiral,
¿x;[ué dolor siente que assí lo apollina?
¿Tienes tú huzia que haura mclecina
o asmo que pienso qu'es gota coral?
Q. Miafe, Guillardo, su mal es un mal
c'allá do se sienta por mal de pecados
harto mal año y pro malos hados
tí en el pastor que se pone en lo tal.
G. ¿Qué mal puede ser c'asi percudía
y assí lo ahuncava con tanto cariño
que daua chillidos assí como un niño
que no parecía so que se moría?
Q. Un mal es, Guillardo, de tanta porña
qu'es bien de plañir aquel q'el acude.
G. Dolo al demofio y tan fuerte percude
que no da reposo ni noche ni día.
Q. Un mal es que s'entra por medio los ojos
e yase derecho hasta el corazón,
alli en ser llegado se torna afficiou
e da mil pesares, plazeres y enojos,
causa alegrías, tristezas, antojos,
haBe llorar y haze reyr,
faase cantar y hace plañir,
da pensamientos dos mili a manojos.
G. ¿jBs biuora o qué o es alacrán
o es escorpión, o es basilisco,
que yo oy dezír aquí en nuestro aprisco
que A todos los mata los qu'á relie ran?
Q. Amor es, Guillardo, que da mas afán
de peaa crecida y ansiosas fatigas.
G. Daldo al demoño, hartaldo de migas,
dalde cuajada e queso y aun pan.
Sí fruta quisiere dalde castañas,
dalde man9anas, vellotas, piñones.
Q. No come Guillardo sino corazones
y hí.:ados yíuos y riuas entrañas.
G . Eehaldo de fuera de vuestras cabanas
a ese demoño gusano cruel.
Q. Miafe, no valen sañas con él
ni valen razones ni fuerzas ni mañas.
G. ¿Pues como se sana quillotro tan fuert
dalde triaca, yo la traygo en mi esquero
Q. No es buena, modorro, que si es verd
[d€
no tiene salud jamas sin la muerte.
G. Pues si ese diabro es mal dessa suerto
según que yo veo morir so Toríno.
Q. Morir si me dizes, ya muere el me
[quii
¿no vees que su vida en morir se conviert
G. O dome a dios y a san Berríon,
si vello pudít'sse. Dios me confonda
si no le matasse con esta mí honda
porque él no matasse assi esse garlón.
Q. Calla, liestiazo, que no anda en visi^*:
para que puedas assí dalle empacho.
G . O dolo al fuego, ¿es hembra o es macl
o es duen de casa o qualque abejón?
Q. Es cosa que nace de la fantasía,
y poneee enmedio déla volimtad,
su causa primera produze beldad,
la vista la engendra el corazón la cria,
sostienela vina penosa por£a,
dale salud dudosa esperanza,
si tal es qual deuc no haze mudan9a,
ni allí donde está nunca entra alegría.
G. O yo no t'entiendo o no sé que s'es,
ni es esso ni essotre, ni es cosa ni al,
tú dizes qu'es bien, tú dizes qu es mal,
no es bestia, ni es ave, ni pece, ni es r
no está del derecho ni está del enues,
no dexa viuir, ni mata tampoco,
no es gusarapa, no es cuerdo ni loco;
pues yo te prometo que a la fin algo es.
Mas helo aquí toma Toríno turbado,
con su mortalera de rabÍA o cordojo,
quiero pedille si es fiebre o enojo
y hazer que lo diga por fuerza o de grac
Dime, Toríno, qué mal t'a tomado
que assí na te trae desaborrecido,
ca este demoño jamas Tentendido
mili desbaríoncs chaqui m*a contado.
T . Guillardo, Guillanlo, mi mal es c'ad(
d*amor a Benita porqu'es mi señora,
mi vida la quiere, mí alma Tadora
y ella me trata peor que a un moro.
G. O dom*a dios e agora lo yñoro,
esso que dizes querencia se llama,
quando un zagal dize que ama,
yo ya lo sabia, miafe, de coro.
Tú andas, Quiral, chuchurreando
con chichorrerías en chicharramanchas,
en príetas, en blancas, en cortas y en a
[chi
y no me quillotras lo aue te demando,
¿qué te calle andar quillotrando
del mal que a Toríno le daua porfia?
que aunque no lo sé yo ya lo sabia
qu'es una locura que s'anda burlando.
QUESTION DE AMOR
71
Y d¡, tá, Tormo, qu'eres sabioudo
¿assi te percoBsas por una z&giúhl
Iiaae vergaenpa de ti noramala,
no di^n que eres algan berríondo. [do
T . Guillardo, Guillardo, mi mal es tan hou-
qne no paedo ja ni quiero valerme,
si hallo remedio con qne defenderme
aquel es el mismo con que me confondo.
G. Pues hela aqoi viene, laque assi te mata,
con otra zagala que se anda tras ella,
levanta, Torino, e vamos a ella
por baxo estas matas pues no se dacata,
c pues que te qnezas qne assina te trata
abúrrele un tiro con este mi dardo.
T. No plega a dios, amigo Guillardo,
qne yo merezca tocar su ^apata.
G. Do JO al diablo pastor tan sandio
que d*una zagala ian fuerte sa ahunca.
T . Calla, cariDo, que nunca tú nunca
has visto otro mal jgual con el mió.
G. Dalo al demofio qu'es mi desuarío
que s'anda tras bobos e los modorrece.
T . "No digas esso, que aquesta merece
tener sobre el mundo major señorio.
(Acercándose Benita habla Quiral,)
Q.
¿Qué estajs hablando con tanto zum-
[bido>
cala qu'está cerca Benita j escucha.
T. Escucha, Quiral, mi pena qu'es umcha,
j no puedo della cobrir el gemido.
Q. A buenafe pn^ qui^ que os ha oydo
qu'entranbas a dos están razonando.
T. Y JO entre vosotros plañiendo y que-
[xando
el mal que a su causa me tiene perdido.
(Llegada Benita con su compañera habla,)
B. ¿Qu*eataj8 iiablando a solas, pastores,
c'asi embeuecidos estajs razonando?
T. Mis males, señora, estamos contando
que vos los hazeis ser los majores.
B. Torino, Torino, tú no te enamores
en parte do nunca se sientan tus males,
que busques j siruas tus pares jguales
j allí verás tarde alcanzarse f añores.
T. Mis ojos c'an sido la puerta j escala
por do liennosara hirió con sus tiros,
estos m^an hecho, señora, seruiros ;
lo que no merezco mi pena lo jguaia,
si causa no tengo razón no me vala,
pues que jo no quiero que mi mal mereja,
si no que querajs que jo lo pade^a,
que tal intención por cierto no es mala.
E pues que virtud en todo os es guia
valer, merecer j mucha nobleza,
no usejB comigo de tanta crueza
porque es imposible mudar mi porfía ;
consejo no quiero, remedio querría
de vos mi señora de quien jo lo espero,
en veros doler de verme que muero
j es vuestra la culpa, la pena es la min.
6. A mi no me plaze tu mal por mi vida
assi como dizes según se t^antoja,
tu pena j seruicio en todo me enoja,
pues dexate dello j tener m'as seruida:
a esto que digo razón me combida
a mi honestidad que da inconuenientes.
que nunca jo mire el mal que tú sientes
porque aun que más sea mi estado lo ol-
[vida.
Pues dexa, Torino, esta querella,
seré JO contenta, serás tú sin quexas,
hazer me has enojo si esto no dexas,
darás a tu vida ocasión de perdella.
T . Cuando la pena en el alma se sella
siendo cansada con mucha razón,
después d'empremida en el corazón,
es imposible que salga sin ella.
¿Pues cómo podré mudar mi cujdado?
quel dia que vi tu gran hermosura
quedó en mis entrañas, tu gesto j figura
assi como es perfecto estampado,
j quantas saetas después m'as tirado
de oro que hieren mi corazón,
el fuego las hunde <ie tanta pasión
j está en cada una tu propio treslado.
Assi que jo muero en mi sepultura,
de aqui a mUl años que vengan a ver
de tus cfígias se podran coger
tantas sin cuento que no haurá mesura,
j en todos mis huessos aura una escritura
que ja dend'agora la tengo jo escrita
e dizen las letras: esta es Benita
la que desde entonces su nombre nos dura.
Assi que si quieres, Benita, que olvide
tu nombre e qu^aparte de mi tu querer,
saca mis huessos j hazte raer
e de mis entrañas d*alli te despide,
si a mi por ventura alguno me pide
por no conocerme mi nombre quál es,
diré que Benito so en el enues,
c'asina me llaman después que te vide.
Si tal fantasia me juzgan ser loca
más loco seria quien tal me juzgasse,
que si con mis ojos te viesse e mirasse
vería qu'es justo mi vida ser poca,
que no puede menos, señora, mi boca
hazer que no diga del mal la ocasión
j aunq^ella quissiese trocar la razón
el fuego de dentro la causa prouoca.
Mas miras si puedes quitar esta salma
que tanto in*agraiui con pena tan graue,
pues que de mi vida tú tienes la llauc
podras de vitoría ganar una palma,
e aun dudo con esto que pongas en calma
72
ORÍGENES DE LA NOVELA
B.
T.
O.
i
T.
mis ondas crecidas de tanta passion;
por qnc te quites de mi corazón
pintada te quedas en medio del alma.
La qual yo mirando es fner9a que viua
porqu'es inmortal estando tú en ella
agora comigo mi misma querella
a mata e la hiere e la tiene captiua.
Mi mucho tormento la gloria le priua
lo que siendo libre de mi no podra
mas en tu presencia contino estara
dándote quexas de mi muerte esquina.
Assi que pues ella agora te adora
con mucha razón por ver tu excelencia,
entonces contino estara en tu presencia
muy más contenta que no haze agora,
7 pues que te enojas de serme señora
siendo contento yo serte captiuo,
después de ser muerto que no seré viuo
haurás mas pasar de ser matadora.
Y solo esta gloria me basta que baste
hazerme contento perdiendo la vida
pues yo seré muerto y tú arrepentida
de ver que sin culpa, assi me mataste;
negarte has a ti que no lo causaste,
que yo lo busqué e mi mal consentí,
entonces mi alma dirá: no es assi,
que tuyo es el cargo pues mal le trataste.
Esto me haze quedar satisffecho
hazerte contenta después ver dolerte,
¿y quien no será quien quiera la muerte
si della se espera tamaño provecho?
¡ O quan contento mi cuerpo dessecho
en la sepultura estara sin abrigo
con ver esta gloria mi alma contigo
haziendotc mientes del mal que m'as hecho!
Oyes, Torino, ¿quiés que te diga?
ten una cosa por muy verdadera,
que en esto me enojas en tanta manera
qu'e miedo que dello mas mal no te siga,
pues tu vanidad m'aprieta e obliga
a tenerte omizillo y estar enojada
por ver tu porfía tan importunada
que no puedo menos de serte enemiga.
Pues créeme, pastor, e haz lo que digo
e quédate a dios con tu compañia.
Miafe, Benita, imposible seria,
que aunque me dcxas allá voy contigo,
e tú aunque te vas aqui estas comigo,
que siempre en mis ojos tu ñgura está,
Benita está aqui, Torino está allá,
si esto no crees la obra es testigo.
Escucha, Quiral, que yo nunca tal vi,
Benita s*es yda, Illana tras ella,
el se está aquí, diz que va con ella,
la otra está alli y diz que esta aqui,
Dios me defienda e me libre de ti,
¿no eres, Torino? ¿Aqui t'an dexado?
Mi cuerpo dexo, mi alma he llevado
q*estando con ella no parte de mi.
O. Entiendes, Quiral, qué algarauia
que diz que sin alma puede estar viuo,
estase consigo, diz que esta captiuo,
a pocas de noche dirá qu'es de dia,
yo creo que sabe nigromancia
o es qñelque hechizo qu'está enhechizado.
Q. Calla, modorro, que no es son penado
de aquello que agora Benita dezia.
Y eres un bouo tú que no sientes
estotro perdido que s'anda sin tiento,
¿no sabes que dize: do está el pensamiento
allá está el que piensa do tiene las mientes.'
G. Y essa y essotro qui^a son parientes
c*asina se andan juntos los dos,
si esto no es, prometote á Dios,
c'asina como él te burlas o mientes.
Q. O dot*a mal año a tí e a tu hablar,
vete al demoño tú e tus consejas,
¿piensas qu'es esto andar tras ouejas?
pues tú no lo'ntiendes dexalo estar;
también tú, Torino, te quieres matar
con este qu*es bouo e con tu querella,
habla comigo pues yo ya sé della,
que ambos podremos mejor razonar.
T . i Qué quiés que te diga, Quiral compa-
[fiero/
pues pierdo la vida de huzia y de veras.
Q. Miafe, Torino, que penes y mueras.
T. ¿Cómo y no vees en mi que ya muero/
Q. Morirte a la fe, morirte de vero,
que más es que vida la muerte qu'es tal.
T. iPlugiesse a Dios hauria fin el mal
pues muero viniendo e remedio no espero!
Q. ¿Qué no morirás? ¿qu'estás diziendo?
clamor aunque mate no acaua la vida,
que aunque su pena no tiene medida
aquel que más mata le dexa viniendo.
T . Yo esso que dizes claro lo entiendo,
porque essa razón es muy verdadera,
más es que morir contino que muera
penando en la vida, mili muertes sufriendo.
Q. Calla, Torino, sufre contento
que a fe qu'es tu pena y gloria bendita,
busca zagala ygual de Benita
c'asina te haga ufano el tormento.
T. Yo bien suffríria, carillo, contento
conque le plugiesse dexarme sofrillo.
Q. Ojo al demoño deuria de dezillo,
porque te fuesscs burlándote al biento.
Es essa, pastor, muy necia querella
e más necio tu e más atreuido
osar publicar de qu'estás herido,
poniendo tus quexas en presencia della,
no es nada tu pena que más fue sabella
e pues que lo sabe conténtate dello,
que harto es tu bien Benita sabello
y grande tu gloria sin tú merecella.
E pues has tenido tal atreuimiento
de osarte vencer de quien t« venciste
QUESTION DE AMOR
73
e dezirselo a ella a más te atrcuíste,
no hay más que pedir, vine contento,
mas pues c'as subido tu pensamiento
en parte tan alta j tan alto lugar
DO lo consientas jamas abaxar,
son tenlo allá' riva con esse tormento.
C'ansi hago 70 la pena e dolor
que passo e padezco por causa de Illana,
la llaga es mu j grande mas es tan ufana
que quant<» mas peno mi gloria es mayor,
el mal que me crece faltarme fauor,
pues nadie lo alcanza por ser ella tal
tan grande es el bienquan grande es el mal,
porque esta es la ley perfecta de amor.
T. Bien sé que en seruir a quien más me-
perdiendo la vida la gloria se gana, [rece
lo uno te hiere, lo otro te saua,
mas dame razón de quien te aborrece,
penar ni senur no lo agradece
ni verte ni oyrte jamas no le plaze.
Q. ¿Ya mi su plazer qué fruto me haze
si huelgo yo en vella pues bien me parece?
Mándame Illana puesqu'es tan hermosa
que nunca la vea ni nunca la hvya,
8Í quiere matarme la vida no es suya
e si ella la mata será venturosa,
¿pues no te parece que es poderosa
Benita que puede mandarte que mueras?
pues sime, Torino, que nunca dcuieras
en toda tu vida hazer otra cosa.
T . Al fin tu consejo haure de seguir
pues pena me sobra y en ella razón,
que poco es mi daño según la ocassion,
pues quiero penando muriendo viuir,
quiero cantar, llorar e reyr,
quiero plañir, baylar e quexar,
quiero snffrír, gritar e callar,
quiero por fuerza de grado scniir.
G. Verás qué cántica liará tan donosa
que quando en el frío, que quando en el
ya está de veras, ya está de juego [fuego,
él se lo dize y él se lo glosa;
agora rebulle, agora rebosa,
agora se alaba, agora se quexa,
agora comienza, agora se dexa,
a pocas dirá qué qu'es cosa y cosa.
San Blas me bendiga y señor Santanton
con este perdido e con su cachondez,
lo que agora dize no dize otra vez
ni mas de una buelta os dirá una razón,
dot'a nuil fuego a ti, a tu question,
ven acá, Quind , tañe y bailemos.
Q . ^ Mejor es, Ouillardo, que todos cantemos,
si quiere Toríno, alguna canción.
Toríno, cantemos, dexa el pcnsío,
date descanso en algún gasa jado.
T. ¿Qué quieres que cante el más desdi-
[chado
pastor que s'es visto de mal como el mió?
G. O do al diablo tan gran modorrio
como el de vosotros para ser zagales;
cantemos si quiera e canta vuestros uiales.
T . Si esso cantamos yo no do dcsuio.
( Villancico, que cantan los tres pastores,)
Nunca yo pense que amor
con sus amores
d'amor matasse pastores.
Tras galanes palaciegos
yo pense que siempre andana
e no pense que mataua
los pastores ni matiegos,
mas do van tras sus borregos
veo que con su dolor
les da dolores
con que los mata de amores.
Con su nombre falso engaña
que parece que no es nada
e de majada en majada
e de cabana en cabana
va con su engañosa maña
prometiendo su fauor,
e sus fauores
matan después los pastores.
(Otro villancico de Quiral y Torino.)
G. Zagal, mal te va en amores,
ya lo sé.
T. Guillardo, mal a la fe.
G. Mal te deue d'ir, zagal,
según veo en ti señales.
T . Tanto* mal me va de males
que no hay remedio en mis males.
G. Luego en ver que estañas tal
me lo pense.
T . Mucho mal me va a la fe.
LO QUE PASSÓ ACABADA LA ÉGLOGA
La égloga acabada, Flamiano se tornó á su
posada; e tornaron á la ñesta vestidos de más-
cara él y el cardenal de Brujas, con aljubas e
capas de paño negro frisado enrrejadas encima
de fresos de oro angostos puestos sobre pesta-
ñas blancas: en medio de los quadros Imuia
sobre el paño vnas mariposas de plata con las
alas abiertas bolando, c^n vna letra que Fla-
miano sacó que dezia:
May reposa
la vida qu'está dudosa.
Assi estuuioron tanto que la fiesta del dan-
zar duró que fue la mayor parte de la noche.
Después de tomados a sus posadas, hauiendo
reposado dos dias Flamiano apartó á Felisel
e mandóle que tornase a ver a Vasquiran con
74
ORÍGENES DE LA NOVELA
vna carta suya, e que le licuase vna uiula quel
señor cardenal de Feleniisa le hauia dado con
dos muy buenos lebreles que le hauia dado el
señor cardenal de B ni jas c después de hauerle
despachado, le mandó que de parte suya afin-
cadamente le rogasse e importunasse que se u¡-
niesse a ver e descansar con él algún tiempo.
Despachado Folisel se partió, e llegado á Feler-
nisa halló á Vasquiran que se era leuantado
pocos dias hauia de Tnas calenturas que liauia
tenido. Hauieudole dado su letra e las cosas
que le Ueuaua le preguntó la causa de su en-
fermedad. Vasquiran le dixo: Felisel, verdade-
ramente yo pense que me hallaras alegre con el
mal de la muerte, e hallasmc triste con la des-
esperación de la vida. Yo he estado doliente de
vnas calenturas que he tenido á las quales
quando venirlas vi, creyendo que serian más
como desseaua, del gozo que con ellas houe
hize esta canción.
CANCIÓN
Pues que remediays mis males
bien seays venido, mal,
pero haueys de ser mortal,
que los mios son mortales.
Si TOS guareceys mi pena
y passiones con matarme,
pues que venis á sananue
vos vengays en ora buena,
mas mira bien que son tales
y la causa dellos tal
que si vos no soys mortal
nunca sanareys mis males.
Assi et$tuue, Felisel, con esta <;ancion e con
mi enfermedad algún dia reposado esperando
con ella dar fin á mis enfermedades, e no quiso
mi desuentura que houiessen fin hasta que yo
en ellas fenezca, sino que la salud del cuerpo
me tornó por llenarme la del desseo, y assi con
tal desesperación yo tomé á hazer este vi-
llancico.
Paes que ya tomays, salud,
a matarme con la vida
vos «eays la mal venida.
Yo pensaua ya gozar
de mi riéndome sin vr»s
e que os ybades con Dios
por dexarme reposar,
mas pues que quereys tornar
donde os tienen aborrida
vos seays la mal venida.
Pues assi e&tnuierou todos aquel dia en di-
uersas cosas hablando, assi de lo que en el juego
de cañas hauia pasado como de las damas y se-
ñoras que en Virgíliano hauian estado aquellos
dias y de los caualleros assimesmo y de muchas
cosas que hauian passado. En especial le recitó
la égloga que Flamiano habia representado, de
que Vasquiran holgó en mucha manera. E assi
a la noche hauiendo cenado, Felisel lo dio la
carta que le traya, porque hasta alli no se la
hauia dado, la qual dezia en esta manera.
CARTA DE FLAMIANO i VASQUIRAN
Verdaderamente, Vasquiran, tus cartas nic
desatinan porque quando miro en ellas el encare-
cimiento de tu daño me parece grande, quando
considero la causa del lo juzgo pequeño. Pero
en esta carta tuya pí>8trera he conocido en las
cosas que me escribes lo que te engañas, en es-
pecial en quererte hazer ygual en el martirio
con Petrarca y Garcisanchez. Si supiesses de
quan lexoe vas errado, maravillarte yas por
cierto. Los tiros de su combate muy lexos
hizieron los golpes de donde los tuyos dan. Do
virgines y mártires ganaron ellos la palma si
bien lo miras, que no de confessores de sus Vi-
torias como tú hazes. Sí gozo ellos han hauido,
en la muerte lo habrían; que en la vida nunca
lo houieron. Mi dolor sintieron e tu gozo igno-
raron. Claro está aeg^n muestran las liciones
del uno e los sonetos del otro, e quanto ambos
escríuierou, porque de ninguno dellos leemos
sino pesares en la vida, congoxas y dolores en
la muerte; desseos, sospiros, ansias apassiona-
das, cuydadoB e disfauores e desesperados pen-
samientos; quando quexando, quando plañen-
do, quando pidiendo la muerte, quando aborre-
ciendo la vida. Destos misterios dexaron llenos
de tinta sus papeles e de lastimas su memoria,
estos hizieron sus vidas llenos de pena e sus
fines tan doloridos; con estos que son los males
do mis males se engendran, con estos que fue-
ron martirizados como yo lo soy; verdad es que
do dias vencieron como tú a quien de amor y
fe vencidos los tuvo e los hizo viuir desseando
la muerte con mas razón que tú la desseas.
Assi que mira lo que por la boca cscríuiendo
publicaron e conocerás lo que en el alma ca-
llando encubierto suffrieron, e mira si hallarás
en ellos vn dia de victoria como tú plañes doze
años de gloria que dizes que perdiste. Yo digo
que los ganaste, mas hate parecido a ti que la
fortuna te era obligada a tenerte queda la rueda
en la cumbre del plazer; yo te prometo que si
de sus bienes no te houicra hecho tan contento,
que de sus males no fueras tan quoxoso sin
razón, como estos e yo lo somos. También me
escriues como soñaste que viste en visión tn
alegría, tus placeres, tu descanso, tu consenti-
miento, tu csperan<;a, tu memoria, tu desseo;
beato tú que primero las gozaste en la vida y
QUESTION DE AMOR
en la muci-te las eusacfias, yo te prometo que
ATiique uii placer, ni mi alegría, ni mi descanso,
ni mi contentamiento, ni mi esperan<;.a yo los
encontrasse a medio día, que no los conociesse
pues que nunca los vi; mi desseo y mi memo-
ria no me los cale soñar, que velando me hazen
soñar la muerte sin dormir cada hora. También
me escribes que viste á Violina e te habló, e
quexaste dello, ¿qué te pudo liazer viniendo que
muerta no te quiere oluidar? "No me alegraré
yo de lo que tú, que ni agora en vida ni des-
pués de mis dias acabados de mi tuuo memo-
ria ni tema, no digo de verme que es impossi-
ble, mas avn de pensar si soy en el mundo. Con-
téntate puee, recobra tu juyzio, no des mas
cansa para que las gentes te juzguen, no cor-
rompas la reputación de tu fama, ni el agudeza
de tu ingenio con tan flaca causa, dando lugar
a tu dolor que de pesar te haya de tener tal
que á ti pierdas e a mi no ayudes, pues que
vees que mi vida penando se consume; sino te
voy a ver es por la necesidad que tengo que a
verme vengas. Lo qual te pido que hagas tanto
caramente quanto rogártelo puedo, porque avn-
qne soledad busques para tu descanso, la com-
paflia de mis sospiros te la dará, e con la mucha
confianza que de ti tengo quedo con tu vista
esperando la respuesta glosando esta canción:
Sin remedio es mi herida
pues se cansa quondo os veo
y en ausencia mi desseo
más dolor me da en la vida.
¿Qué remedio haurá en mi pena
si veros fue causa della
y el dolor de mi querella
vuestra ausencia lo condena?
de suerte que no hay salida
para mi, ni yo la veo,
pues veros é mi desseo
son el cabo de mi vida.
LO QUE VABQUIRAK ORDENÓ DESPUÉS DE LEY-
DA LA CARTA, E GOXO SE PARTIÓ PARA NO-
PLEBANO.
Otro dia Vasquiran después de leyda la carta
de Flamiano, de gran mañana se fue a ca^a de
ribera y llenó a Felisel consigo, al qual des-
pués de hauei volado una píe^a del dia le dixo
tomándole aparte:Ya sabes, Felisel, comotengo
deliberado de yr a ver a tu señor, porque pues
mis ccmgoxas no bastan para acabarme quilas
las suyas lo harán; quissiera tenerte comigo
para llenarte por el camino para mi descanso e
no es cosa que hazerse pueda por la necesidad
que Flamiano tiene de ti, en especial con mi
yda c también porque no seria razón tomalle
impensado, aasi que más eres nllá menester
para seruir a Flamiano que no acá para mi pla-
zer pues no le tengo, assi que mañana te parte
y darle has aviso, e pues que yo allá seré tan
en breue, no le delibero áíscriuir sino que sola-
mente de mi parte le digas que sí su señora le
ha mostrado sospirar que consigo aprenderá
bien á llorar; e assi hablando se tornaron a
Felemisa. Otro dia Felisel se partió e llegado
que fue á Xoplesano flzo saber a Flamiano la
venida de Vasquiran. Sabido que Flamiano la
hono mandó aparejar dentro en su posada vn
aposento para Vasquiran, el qual se contenía
con vu jardín que en la casa hauia el qual mandó
aderezar conforme a la voluntad c vida del que
en el hauia de posar.
LO QUE VASQUIRAN HIZO DESPUÉS DE PARTIDO
FELISEL HASTA LLEGAR A XOPLEBANO
Partido Felisel, Vasquiran deliberó de yr
aquel camino por mar e mandó fletar vna umy
buena ñaue de las que en el puerto hauia, e
mandó meter en ella las cosos que hauia neces-
sarias para el camino, y embarcar la ropa e
caualgaduras que deliberaua llenar: e assi par-
tía á su heredad ante de embarcar por visitar
la sepultura de Violina. Llegado allí vna tarde
mandó sobre la tumba pussiesen un título con
esta letra:
Aquí yaze
todo el bien que mal me haze.
E assi mandó dar orden en todo lo que en
ausencia suya deuia hazer assi en el concierto
de la casa como en los offícios de la capilla, e
assi despidiéndose a la partida hizo esta can-
ción a la sepultura:
Pues mi desastrada suerte
contigo no me consiente,
quiero ver sí estando ausente
pudiesse hallar la muerte.
Lo que mí viuir querría
es no verse ya comigo
porque yo estando contigo
más contento viniria,
e pues que veo qu'en verte
mi pena descanso siente,
cierta so que estando ausente
no venia buscar la muerte.
Otro día se tornó a Felernisa e queriendo
partirse para Noplesano mandó poner sobre el
portal de su casa un título que dezia:
Queda cerrada lu puerta
que la muerte halló abierta.
7r,
ORÍGENES DE LA NOVELA
Aquesta noche mandaron embarcar sus ser-
vidores, él Be embarcó ante que fuesse de dia
por escasarse de la importunidad de las visi-
taciones c de los que al embarcar le houieran
querido acompañar, hauiendo empero visitado
algunas personas principales a quien la rayón
e alguna obligación le constrifíia. Pues siendo
ya embarcado queriendo la ñaue bazer vela
ante que amaneciese, hizo esta canción:
El morir vino a buscarme
para matar mi alegría,
e agora que yo querria
no me quiere por matarme.
El me vino a mi a buscar
teniéndole aborrecido
e agora que yo le pido
no le halla mi pesar,
assi que ha,urá de foryarme
a bui^calle mi porfía
pues veo que se desuia
de mi para más matarme.
Hecho que houo vela la ñaue, en pocos dias
fueron a vista de la tierra de Noplesano, e por
hauer tenido algo el viento contrarío haUaronse
algo baxos del puerto, e no podiendole tomar
acordaron por aquella noche de surgir en vna
costa que está baxo de dicho puerto a quarenta
millas de Noplesano, la qual es tan áspera de
rocas e peñas e alta montaña que por muy
pocas partes se puede andar por ella a cauallo,
empero í*8 muy poblada de jardines e arboles
de diuersas maneras, en especial de torongeros
e sidras e limones e toda diuersidad de rosas,
o muchas caserías assentadas por lo alto de las
rocas ; e a la marina hay algunos lugares e vna
gentil cilniad que ha nombre Malhaze de donde
toma el nombre la costa. Pues assi llegados, la
ñaue surgió en vn reparo del viento que venian
muy cerca de tierra, en el qual lugar, ya otra
vez hauia estado Vasquiran trayendo consigo
a Violina hauia mucho tiempo. Pensar se puede
lo que Vasquiran sentiría viniéndole a la me-
moria, la qual le renouo infinitos c trístes pen-
samientos los quales le sacauan del corayon en-
trañables sospiros e infinitas lagrímas, las
quales porque mejor e mas encobierto derra-
mallas podicssc. con una viuela en la mano, de
la nao se salió e sentado sobre una roca muy
alta que la mar la batia, debaxo de vn árbol
comenro a cantar esta canción :
No tardará la vitoria
de mi morir en llegar,
pues que yo vi este lugar
qu'era tan lleno de gloria
quanto agora de pesar.
Yo vi en toda esta ríuera
mili arboles de alegría,
veola agora vazia
de plazer de tal manera
que me da la fantasia
qu'el dolor de su memoría
ya no dexará tardar
mi morír de no llegar
para darme tanta gloria
quanto m'a dado pesar.
Estando alli assi cantando e pensando acor-
dóse que en aquel mismo lugar hauia estado,
quando por alli passaron él e Violina e otras
señoras que en la ñaue venian, toda vna tarde
a la sombra de aquel árbol jugando a cartas e
razonando, e hauian cenado con mucho plazer
mirando la mar, e assi acordándose dello co-
menyo a cantar este villancico.
Di, lugar sin alegria,
¿quién te ha hecho sin plazer
que tú alegre solias ser?
¿Quién ha hecho tus verdores
e tus rosas e tus flores
l)oluer todas en dolores
de pesares e tristuras,
quién assi t'a hecho ascuras*
tus lumbres escurecer
(¿ue tú alegre solias ser?
Passada parte de la noche, ya Vasquiran
recogido en la ñaue, con el viento de la tierra
hizieron vela e llegaron a hora de missa al
puerto de Noplesano. Mandó Vasquiran que
ninguna señal de alegría la ñaue en la entrada
hiziesse de las que acostumbran hazer. Sabido
Flamiano por un paje suyo que de unos corre-
dores de su casa vio la ñaue entrar, lo que en
la entrada hauia hecho, pensó lo que podía ser,
e con algunos caualleros mancebos que con él
se hallaron, sin más esperar junto con ellos al
puerto se vino, e llegaron al tiempo que la ñaue
acabaña de surgir, e assi todos apeados en vna
barca en ella entraron e hallaron a Vasquiran
que se queria desembarcar. E assi se recibieron
con mucho amor e poca alegria. Estando assi
todos juntos teniendo Flamiano a Vasquiran
abrayado, en nombre de todos ellos le dixo: Vas-
quiran, a todos estos caualleros amigos tuyos e
señores c hermanos mios que aqui vienen o son
venidos a verte, no les duele menos tu pesar
que a mi; con tu vista se alegran tanto como
yo. Al qual él respondió: Plega a Dios que a
ti e a ellos haga tan contentos con la vida,
como a nn' con la muerte me fazia. Al qual res-
pondió el marques Carlerin: Señor Vasquiran,
para las aducrsidades estremó Dios los ánimos
de los caualleros como vos, pues que no es
menos esfuerzo saber suffrir cuerdamente que
QUESTION DE AMOR
77
osar venzer aniniosamciite. Yasquirau le res-
pondió: Verdad es, señor marqnes, lo qne de-
zÍR, pero también hizo Dios a los discretos para
saber sentir las perdidas, como a los esfor9ádos
para gozarse de las ganancias de las yitorías,
e no es menos TÍrtuoso el buen conocimiento
qne el buen animo, ni vale menos la virtud por
saber bien doler, que saber bien sofrir e osar
bien resistir.
E assi razonando en muchas otras cosas
semejantes, salieron de la ñaue, e todos juntos
vinieron a la posada de Flamiano donde halla-
ron muchos caualleros que los espcrauan, e
todos juntos alli comieron hablando de muchas
cosas. E assi aquel dia passaron en visitas de
los que a ver vinieron a Vesquirán y de mu-
chos señores que a visitar le embiaron.
LO QUE YASQÜIRAN HIZO DESPUÉS DE LLEGADO
Á N0PLBSA170
Otro dia después de haner comido, Vaeqni-
ran acordó de yr a besar las manos a la señora
duquesa de Meliano e a Belisena, e después al
visorej e al cardenal de Brujas e a la señora
princesa de Salusana e a algunas otras perso-
nas que S{is estados e la ra9on lo requería.
E assi acompañado de algunos mancebos que
con él e con Flamiano se hallaron, hauiendolo
hecho saber a la señora duquesa se fueron a su
posada, j yendo por el camino, Flamiano se
uegó a Vasqniran e le dixo: agora ymos en lu-
gar donde tú de tus males serás consolado e
yo de los mios lastimado. Al qual respondió
Vasquiran: mas voy a oyr de nueuo mis lasti-
mas; tu vas a ver lo que desseas; yo recibiré
pena en lo que oyre; tú recibirás gloría en lo
que verás. Assi razonando llegaron a la posada
de la señora duquesa, a la qual hallaron en vna
quadra con aquel atauio que a tan gran señora
siendo uiuda se requería, acompañada de la se-
ñora Belisena su hija, con todas las otras da-
mas e dueñas de su casa. E como las congoxas
de los lastimados con ver otros llagados de su
herida no pueden menos de no alterar el dolor
de las llagas, alli hauiendo sido esta noble se-
ñora vna de las que con más ra9on de la ad-
aersa fortuna quexarse deuia, uiendole perder
en poco tiempo el católico abuelo, la magestad
del serenissimo padre, el clarissimo hermano
en medio del triunfo mas prospero de su go-
bierno reynando, e sobre todo el ylustrissimo
marido tan tiranamente de su estado e libertad
con el heredero hijo dcsposseidos , de manera
que no pudo menos la vista de Vasquiran ha-
zer que de mucho dolor su memoria no lasti-
masse, e verdaderamente ninguna de las que
Tiuen para ello mas ra^on tiene.
Pues assi llegados, hauiendo Vasquiran be-
sado las manos a la señora duquesa, e a Belise-
na hecho aquel acatamiento que se deue hazer
e a todas las otras señoras e damas, después
de todos sentados, la duquesa comen9<S de ha-
blar en esta manera.
LO QUE LA SEÑORA DUQUESA HABLÓ A VASQUI-
RAN EN PRESENCIA DE TODOS ; E LO QUE
VASQUIRAN LE RESPONDIÓ E ALLI PASSÓ.
Vasquiran, por vida de mi hija Belisena
qu'es la mas cara cosa que la fortuna para mi
consuelo me ha dexado, que considerado el va-
lor e virtud e crian9a tuya, y el amor e volun-
tad que al duque mi señor, que haya santa
gloria, e a mi casa siempre te conoci tener, sa-
bido tu perdida tanto tu daño me ha pessado,
que con los mios ygualmente me ha dado fati-
ga. Esto te digo porque conozcas la voluntad
que te tengo, lo que consolarte podria rcmitolo
a ti pues te sobra tanta discreción para ello
quanto a mí me falta consuelo para mis males.
Vasquiran le respondió: Harto, señora, es
grande mi desuentura quando en tan alte lu-
gar ha hecho señal de compasión, mas yo doy
gracias a Dios que me ha hecho tanto bien en
satisffacion de tanto mal qu'en tan noble señora
como vos e de tan agrauiados males combatida
mi daño haya tenido cabida o lugar de doler; lo
que yo señora siempre desseo A-uestro seruicio
Dios lo sabe; lo que en vuestras perdidas yo
he sentido ha sido tente que el dolor dellas te-
nia ya en mí hecho el aposento para quando
las mias llegaron.
En este y en otras cosas hablando llegó el
tiempo de despedirse, en el que nunca Flamia-
no los ojos apartó de Belisena. Pues siendo de
pies ya de la duquesa despedidos, Vasquiran
se despidió de Belisena a la qual dixo: señora.
Dios os haga tan contente como vos mereceys
e yo desseo, porque ensanche el mundo para
que sea vuestro y en que mi pesar pueda ca-
ber. Al qual ella respondió: Vasquiran, Dios
os dé aquel consuelo qu3 con la vida se puede
alcanzar, de manera que ten alegre como ago-
ra triste podays viuir muchos dias. E assi la
señora Yssiana se llegó a ellos o muy baxo le
dixo: señor Vasquiran, osfor9aos, que no juzgo
menos discreción en vuestro seso que dolor en
vuestro pesar; la fortuna os quitó lo que pudo,
pero no la virtud que en vos queda que es más.
Señora, dixo Vasquiran, plega á Dios que
tenta parte os dé la tierra quante en vuestra
hermosura nos ha dado de lo del cielo, pues
que está en vos mejor aparejado el merecer
para ello que en mi el consuelo para ser alegre.
Bien sé yo que si posible fuera que en mí pu-
diera hauer remedio para mi tristeza, el espe-
ranza de vos sola la esperara.
78
ORÍGENES DE LA NOVELA
Al qiial respondió la señora Persiana: Vas-
quiran, por la compasión que tengo de ver
Tuestra tristeza, quiero consentir que me sir-
uays e sin perjuizio mió yo haré que perdaya
mucha parte de vuestra passion con mis fa-
uores.
Assi tornado a la señora duquesa se despidió
con todos aquellos caualleros que con él ha-
uian venido, c quedóse alli el marques Carle-
rin. De alli se fueron a visitar al señor visorey
con el que hallaron al cardenal de Brujas y el
cardenal de Felernisa, lus qualcs todos con
mucho amor le recibieron. El restante de lo que
alli passü, por abrcuiar aqui se acorta. Assi se
tornaron á su posada. Otro dia fue a besar las
manos a la reina Noplesana e a su madre, e
después a otras muchas señoras que a la sazón
en Noplesano se hallaron.
LO QUE DESPUÉS DE LAS VISITACIONES E HACER
REPOSADO ALGUNOS DÍAS, ENTRE FLAMIANO
Y VASQÜIKAN PA88Ó SOBRE SU QUESTION
Estando vn dia atiabado de comer Vasquiran
e Flamiano en vna huerta de su posada acos-
tados de costado sobre vna alfombra debaxo
vnos naranjos, comento Vasquiran en esta ma-
nera de dezir. No quiero, Flamiano, qu'el pla-
zer de nuestra visita con su plazer ponga si-
lencio en nuestra question a sus pesares, por-
que tanto por dalle fin a nuestra question soy
venido, quanto por verte; a tu postrera carta
no respoiidi por hazerlo agora. Muchas varie-
dades he visto en tus respuestas assi de lo que
en mi contradizes como de lo que en ti ma-
nifiestas, en especial agora que a Bclisena he
visto, o digo que todo ol fin de tu mal seria
perder la vida por sus amí res; digote vna cosa,
que si tal perdiesses el más de los bien auentu-
rados te podrias llamar, ¿pues si tu muerte se-
ria venturosa, tu pena no es gloriosa? claro esta.
Todas las cosas que me has escripto en cuenta
de tus quexas, agora que lo he visto juzgo en
cuenta de tus glorias; quando nunca más bien
tuuicss(»s de verte su servidor es mucho para
hacerte ufano, quanto más que tus ojos la pue-
den ver muchas veces, que más bien no le hay.
Qaantas cosas me podrias encarecer de los ma-
les qtie pregonas no son nada, por qne Quiral
en tu égloga te ha respondido lo que yo po-
dría; digote vna cosa, que te juzgo por mas
dichoso penando en seruicio suye que no si
alegpre te viese sin semilla. Si assi supicsses
tú suffrír contento tu pena como supiste esco-
ger la causa della, ni comígo competerias como
hazes, ni yo te reuocaría como hago. No plega
a Dios qne mi mal sepas a qué sabe, ni de tu
pena sanes porque vinas bien auenturado. Mi-
rado el lugar do tu desseo e voluntad possistc,
de todo lo possible gozas; visto lo que quexas,
todo lo impossible desseas. Visto lo que yo
perdi no hay mas bien que perder; visto lo que
yo desseo no hay mas mal que dessear, pues qne
al fin con la vida se acaba todo.
A todas las cosas que me has escripto te he
respondido; a lo que agora me querrás dezir
también lo verás, oyrte quiero.
RESPUESTA DE FLAMIANO
Vasquiran, tixlo quanto hasta agora en mis
cartas y de palabra te he escrípto y enbiado a
dezir, en dos cosas me parece que consiste. La
vna, ha sido parecerme que quexas mas de lo
que deues e que no perdiste sino que se acabó
tu plazer, e que demasiado estremo dello mues-
tras. La otra ha sido que mi mal es mayor qu'el
tuyo. Agora quiero que despacio juntos lo de-
terminemos, e quiero oomení;ar por mí. Dizes-
nie que las virtudes e merecimientos de Beli-
sena con quantas excelencias en ella has visto,
me deuen hazer ufano y contento, e qne si por
ella perdiesse la vida sería bien auenturf^do,
e que no puedo mas perder, e que cada hora
la veo, que no hay más bien que perder e que
desseo lo impossible y gozo lo possible. ¿Cómo
se podra hazer que las perficiones de Bclisena
si estas mismas encienden el fuego do m'abraso
hagan mi pena gloriosa? quanto más dt> su valer
contento, más de mi remedio desconfió, e si
como dizes por ella la vida perdiesse, bien dizes
que sería bien auenturado, mas no la pienlo y
muero mili vezes cada hora sin que agradecido
me sea ; el bien qne me cuentas que por su vida
gano, es todo el mal que cada hora reuueua mis
males, pues que para más no la veo de para
mis pesares. Pues mi desseo es impossible, ('qué
bien puedo hauer que sea lo posible como ti\
dizes? A mi me pareze que el fin de todas las
glorias está en alcancarse e no en dessearse,
porque el desseo es un aciden te que trae con-
goxa, e quanto mayor es la cosa deseada ma-
yor es la congoxa que da su desseo; ¿pues cómo
me cuentas tu a mi el desseo por gloria siendo
él mismo la pena? Visto estar claro que de
todas las cosas e desseos se espera algún fin,
de todos los trabajos se espera algún descanso.
Todos los desseos se fundan sobre alufuna eape-
ranca, porque si cada cosa destas esta causa no
la caussase, no temia en si ninguna razón, pues
que no tuuiesse príncipio donde naciesse no ter-
nia termino do acabase, pues no teniendo prín-
cipio ni cabo consiguiente caduca seria. Pues
luego si mi desseo es impossible y es grande y
grande la pasión que me da, ¿qué cuenta haura
en mi mal? no otra sino que no hay remedio
para él? Pues si el remedio le falta, el mió es
grande, que el tuyo no.
QUE3TI0N DE AMOR
Bien me plaze Iiaunrte ojdo lo (]Uc díxee.
Veanios aflora, FlamiaiKi, ¿ta mal c tn pasHÍun
no es e nuce del dernaaiado amor r(np n Beli-
stn.i tienes? Si. Tú no dizes r|u'cl l>ien que la
cfULi^rcB en estrenio te trae cu I" que esto8? Si.
'iii desseo que es galardón de tus seruit-ios? Si.
Y este galardón que desseae que se ver cumplida
tu voluntad.' Si. De qué te qnexns, do tjue ni
Tolunlad va lexos de lo qne la tuya qacria? Si.
Tú no quieres, seprun di/es y es riiKon, más a
ella que a ti? Si. Pues desta manera o fú no
«abes lo que quieres o es falso lo qne iIíki's. No
diíes, como es, que en ella está el fin e medio
eomien^o de toda la virtud, e noblei;a e perfi-
cion? Si Pues si tal es, como es, e tu voluiitnd
e desseo fnessen buenos, no deai'onf. miaria
dello sn Tolnutad, por consistiente, o ell» no
os qnal tú distes, o tu desseo es malo; si es malo,
.como dizes qno bien la quieres e le desseaB mal?
Haj^Ttmoe agora que tu voluntad fuesse buena 7
la suya buena como es, no <lÍKes qno In <|nieres
mas que a ti? Pues si más qne u ti l¡\ quieres,
razón es que quieras más !o qu'elia quiere i[He
lo que tú quieres, pues si lo qn'ella quiere, quie-
res, no ternas de queiarte: no teniendo qiiexa
no temas mal, no teniendo mal, ganado ¡mure
TU la questioD.
FLAHIAKO A VABQUIRA»
!No me contenta lo que dizes porque no satis-
faze a lo que digo; yo te dijío que ninguna cosa
se linze sin esperanza de algún fin, como rcmim
olur.-imcnte. Dexando agora lo de arriba que no
es razón que en ello hablemos, pero en lo d<.' acá;
,'porqué semimos al rey a quien deuida obliga-
ción nos obliga? ,'110 le seruimos pi'r lo que so-
mos obligados? Si. Si pnes le si'uios oMigiidos,
¿ponjué nos quesamos si de nuestros seruicjos
algún seniicio no nos baze, e si de nuestros
faaores algún galardón no alcanzamos? V por
consiguiente de nuestros mismos padres lo niis-
nio queremos e si no lo liazen lo mismo qne-
xamos. y aun como el Tolgo dize, a los santos
uo querria seruir ai gafardon no esperasee, pues
pnra Síruir a estos no nos tallesce amor, pero
si satisFccha no es nuestra volunUnl no nos falta
qaexa, e qnauto mal nuestros- ¡-eruicioa e to-
liuitad han sido, tanto más nos da pena c eon-
goxa lo poco que uoa es agradecido. Liu'>;o
,' que haré qu'en satiefacion de lo qne bien quiero
suy aborrecido que es el mayor nial, en pago
de mis aeniicios e pasaion no alcanco mas de
diafauorea, menosprecios, desdenes e mili nU
trajea? Pnea ai mi querer no puede mudarse, mi
pasaion no puede aflosar, esperanza de más no
la espero, remedio no le Iiny ni le linllo, qné
mayor mal quieres qnel mió?
VAS<tUIRAy A PLAUIANO
Harto es poco tu mal si má^ m/Ain no tienes
de la qne d¡;^cs jiara él; muy lexns van tus pa-
labras e razones de tna eongnxas, pero o haga-
mos <[\w sea como dizes, o llevemos las cusas por
razón; digamos lo qne dizee que sen razón, qne
sin la rozón que nos uMiga seniir al n'y dena-
mos esperar mercedes e satisfacion de nuestros
seruicios e hagamos ygual este sentir cou lo que
a lielisena simes; yo quiero qne assi sen como
dizes e ansi te mostrare como en una manera
U'j tienes rnzon de qnexarte y en otra te mos-
traré como eres satisfecho. I>Ígo que no has
ruzon desta mauera. Loa seruicioa que til al rey
liazes en que le simes? O le sinu's en sus gue-
rras y conquistos en guarda o defensión de su
persona y estado, o en acrecentamiento de sus
reynoa con peligni de la tuya, o le simes en la
paz acompafkandule e siguiendo au corte con
mucha costa que te cneata, de manera que tudos
tus aeraicios son buenos e merecen liauer bien.
Pnea veamos a Beliscna si la simes en na<la de
esto.JDigí) (juc lio. (■ Pues en qué la einies ? ," Sa-
bea en qué? En apocar su honrra, en alterar eq
fama, en poner en juyzio de mal tíospechautta
an bondad, en todas ¡as cosas r^ue peor juyzio
le pueden hazer, en dessear por tn bien su mal,
o por tu voluntad su mengua. Y quiereslo ver?
El mayor bien e mas honesto <¡ne en tn despeo
pudiesse liauer seria cjue sin eapp'ii nlcanzasses
lo qne de otra dama (jue ygnal b- tueese alcan-
var podrías; pues eso no se podria hazer sin
(jne ella de su estado al tuyo basase, luego nial
le desseas. Podrías dessear que Di'* te subiesse
a tanto que ygnal le fuesaes? La penu <ine desto
recibirías mi te la da ella sino li> que en ti Falta.
Luego sin razón te qiiexariaa. Toruamln al pro-
posito dig'i <)ue si al rey siruiesaes en cosa i|ue
le perjudicasse, ni él te lo deiiería agradecer, ni
tú qnexarte de SU ingratittul. Pen) aun de otra
uianera digo que eres satiafccho de lo que te
quexas; bien saK's tú que hay muHias maneras
de seniicios en las quales Imy nlguuiis que i'n la
misma obra dellns está el galardón, est.is son
aquellas de que obrándolas ^fauanioa liourra,
pnea que esta es la cosa mas deeseada como
sea señalarse el hombre en una batalla de cam-
po o de tierra, en otra semejante afrenta he-
cha en aeruicio de señor o persona tal o de
qne el que In haze, assi por señalarse, como por
la calidad de aquel a ijuien sime, queda honrra-
do. Pues parécete a ti rpie solo este uiimLro sea
poca gloria e fama e lionrra? tü sabes que es
mucha ser seruidor de quien eres siendo más
fio
ORÍGENES DE LA NOVELA
publico que oculto, no pueden tanto merecer tue
teniicioa qne esto no sea más; no serán jamas
tai) grandes tus passionea e tornientos <iiie esta
gloria mayor no sea; n¡ng:un (lia puedes tanto
penar que su vista no te dé mas descanso, nin-
guna c-ongosa te puede dar tu deaseo que tn
pensamiento no te dé mayor gloria. Mi nial es
de doler por que en él no hay remedio; en los
plazereí ágenos yo peno; en las passiones e
males de los otros, los mios se dobJnn, y cato
te basta paro que esta question baste, e acabo.
BEBPOKBTA DX PLAUIANO
Foco a poco me ecliarias de la tierra con
tus argumentos de lógico, ante que lo fagas
quiero bjrnar a] comiendo de nnostra question
e digo que nunca mis males menos de grandes
tos senti, ni nunca los tuyos más de pequeQos
los juzjfué; desta manera que a mi se me figura
como nnnca otra cosa conocí, que mal es que
ningún mal con el mÍo se yguala.
La lengua es yn instniumnto en qu'ol dolor
del coraron suena, e deata manera la mia liaze
el son que ores. A ti como el plazer has per-
dido figúrasete qiie tienes mucha ra^ou c que
pues que la raQon es mucha que la cansa es
grande; assi qne te qnexas como quien mucho
bien ha perdido, jo me quexo como quien mu-
abo Dial ha passado e paaaa y el bien nunca
YÍ6. Pues si tú faas habido bien e grande, yo
mal e grande, tú haa sabido qnd es bien, yo sé
queee mal; agora tú sabes qué es bien o mol;
yo mal e mal ; claro está qué más mal es el
mió que el tayo. A mí me parece qu'es tanta
Dii pena que con el máa penado trooaria, crc~
yendo que no es tanta la suya. Tú gofando
til bien tan contento estañas, que con el máa
gozoso no trocaras, creyendo que nohauiamis
bien que gofAr. Yo querria saber ft qué sabe
por juzgar tu perdida qnanto ea grande, por-
que a mi se me figura que el mayor dafio mió
ea el mal con que tú lo luizes menor, diziendo
que pues n
a tiiTe bien.
cu.
tir qué ea mal; yo digo que harto mal es saber
qué ea bien, después passar mal, pero mayor
es nunca saber qué es sino mal. y aun te digo
Tna cosa, pues los consuelos que tú me das bas-
tarían para Tn rustico qne nunca de ningún
bien gozó e poco del le parecería mucho, o para
un grosero que en su entendimiento no entra
ni lo que desscor se deue, ni lo que penar se
puede, que este con cualquier cosa que le acae-
ciesse sería satisfecho como tú quieres que yo
haga, pero para mi que desaco lo que dcssearsc
puede do bien e padezco lo qne padecer se pue-
de de mal, no roe parece que yerro como dizes,
ante que tengo ragon de llorar de mis males su
dolor e de los bienes ágenos su cnnidia. E assi
esto puesto en el estremo que Tces para no po-
der reñir en conocimiento de tu ra^on, porqnc
todo lo que hablamos tiene dos aentidos^ tú lea
das el que te parece Ó sientes, yo les doy el que
parece o siento, e assi sería insolnble nuestra
porfia. Ponerla en manos de quien la determi-
ne no la consiente su causa, mejor seria dexar-
la suspensa.
BBSrDEBTA I
: TASUDinAN
No quiero, Flamiano, que suspensa quede>
sino que se determine e que tú aeas el juez, e
no quiero aino en breve darte la determinación
que has de hazer, y es que juzgues qual de nos-
otros m&s mal padece, que esto es todo el fin
desta question. Ta mal no puede ser mucho
sino siendo grande el amor que a Belisena tie-
nes, f si tal no es, no es tal tu mal como dizes.
Si tal no es, como dixes, fingido sería, e assi
seria mayor el mío. Pues si tú quieres mncbo
como JO creo e creo que tu paaaion es grande,
mas digo que la mia es mayor. Tú dízes que
querrías saber a qué sabe mi mal por mejcr
juzgarlo; bien sé que no lo dizea por lo que
agora jo padezco sino por lo que ho gozado.
Mal lias hablado, porque no podrías saber lo
vno e lo otro aino passando por todo, pero pues
que dicho lo has, aobr'esto quiero huzerte juez
de la causa. Hagamos agora que la ucntura te
ajudasse para que de Beliaena gozaases ni moa
ni menos que jo de Violina; que tu gozo y el
tiempo e vuestras Toluntades conformes fues-
aen tanto e con tanto contentamiento como el
nuestro fue, con tal condición quo Dios dcnde
agora te conteulasse, e que a cabo de otro tanto
tiempo tu seflora en tu poder mnriesse en tu
praaencia j tú sin ella quedaaies como yo sin
la mia he quedado qual me rees, aceptarlo yss?
Di la Tcrdad e conocen s que si mi gozo fue
grande, que mi mal es grande, e que si tú ago-
ra tan gran gozo alcan^baa que sería mayor
tu bien que agora es tn mal; pues desta mane-
ra quBiido tan gran bien perdiesses, quál aerín
mayor mal, el que entonces aentirias en perder-
lo, o el que agora sientes en deaaeario? No te
quiero mas dezir; juzga lo que quema, qne si
esto niegas, qnanto has dicho negarás e seria
fengido de lo que padeces.
RBSPDBaTA SK FLANIAHO
Mejor sería, Yasquiran, qu'esta question no
houiessemoa comentado, que no que a este paso
houiessemos llegado, porque temo que la pon-
9ofia de nuestras passiones nuestras amistades
alteren.
No puedo responderte a esta partida porque
eu mi boca no puede caber tal ra^on, ni quisie-
ra que en la tuya houiera cabido; no lia hecho
QUESTION DE AMOR
81
Dios los dias de Belisena para que en nuestras
lenguas termino les pongamos, no por compa-
ración como agora has hecho. Baste esto, qne
todaaia me parece segand lo que siento que es
rerdad lo que digo; creo que lo mismo hazcs.
El mal de los infernados tenemos, qu'el menos
penado trocaría con el que más pena, juzgando
mayor la suya que la del otro; yo me refiero a
lo que he dicho e tú no menos. Dexcmos nues-
tro processo abierto, determinenlo los que lo
leyeren, pues que ya está determinado que cada
vno de nosotros tiene tan poca alegría, que no
nos cabe llorar duelos ajenos.
Mudemos la platica en otras cosas, que pues
que tan poco plazer tenemos, pesar no nos fal-
tará sin que le busquemos. Bien sé que sabes
que tu mal más que a nadie me duele, bien sé
que mi descanso mas que otro lo desseas. El
dia qne fuymos a casa de la sefiora duquesa me
parece que te vi hablar con la señora Yssiana;
no me soy acordado agora de pedirte qué pas-
easte con ella; agora que me acuerdo, te aviso
qne te g^oardes, que tiene mala mano. Podría
ser que si mucho la mirasses, que como agora
de tu mal plañes que del mió llorasscs, e qui-
^ entonces juzgarías de nuestra question lo
qne agora no conosces.
RESPUESTA DE VASQUIRAN
Bien sabia que a tal estrecho te hauia de
traer como has llegado. En tu alteración conoz-
co lo que en mi passion conoces, hacerte quiero
contento, mudasme de nuevas, quiero te res-
ponder a lo qne pides. Lo que con cssa señora
paasé, fue que hallándome la señora Belisenu,
ella se llegó con nosotros c dixomc que me es-
forzase e me allegase, que no juzgaba menos
discreción en mi seso, que dolor en mi pesar,
e que la fortuna me pudo quitar lo que pudo,
pero no la virtud que en mí quedaua que era
más. Yo le respondi que Dios le diesse tanta
parte del bien en la tierra, quanto de su her-
mosura le hauia dado de la del cielo, pues que
estaña en ella más aparejado el merecer para
ello, que en mi el consuelo para ser alegre, e
qne bien sabia yo que si possible fuera que cu
mi pudiera haber de remedio para mi tristeza
esperanza, que della a solas la esperaua, pero
qne no solo me faltaua remedio, mas esperan-
za del. Respondióme que no hauia cosa sin re-
medio viniendo, e que lo mucho que le dolia
verme tal, y el dessco que tenia do verme con
menos tríatela le offrecia a consentirme que la
siruiesse, e que dello seria contenta, e que aSsi
me aceptaua por su seruidor con prometimiento
de fanorecenne de manera que sin perjuicio
suyo que algo de mi congoxa afloxaria. Yo le
respondi que lo hauia por impossible. E por no
oeíobnes de la novela.— 6
poderle más responder al presente, la eubic
después estas coplas sobre el caso mesmo.
COPLAS QUE VASQUIRAN EMBIÓ A YSSIANA
SOBRE QUE LE MANDÓ QUE LE SIRUIESSE
Tan llagada está mi vida
de los males de mi mal
que por ser la causa tal
no ay do quepa otra herída,
de manera
que si mi mal tal no fuera,
solo veros
me forzara de quereros
por cuya causa viniera.
Mas estoy como el herído
que la ra^on e natura
le descubren en la cura
no poder ser guarecido,
bien que cierto
vuestra beldad e concierto
darán vida
a quien la tenga perdida,
pero ya passo de muerto.
Porque si'l morir recrece
do la vida se dessea,
con la muerte se pelea
pues llegado s'aborrece,
pero quando
vive el vino desseando
s'el morir,
aquel tal es de dezir
que es más que muerto penando.
Desta suerte, dama, muestro,
siendo vuestras gracias tales,
que la sobra de mis males
no m'an dexado ser vuestro,
ni soy mió,
porque mi franco albedrío
es verdad
que no'stá en mi libertad
mas está en el daño mió.
Pues si vos no me sanays
yo no quiero guarecer,
no quiero querer poder
aunque vos, dama, querays;
¿sabeys porqué?
Porque ya murió mi fe,
e pues no es viua
no será jamas captiua
sino de quien siempre fue.
No, porque mi desuentura
con su mucha crueldad
a mi fe e mi libertad
las metió en la sepultura
con aquella
por quien vine mi querella
assi penando,
yo la mueii/e desseando
más que no viuir sin ella.
82
ORÍGENES DE LA NOVELA
LO gUB SE CONCEETO ACABADO LA HABLA
EKTRB ELLOS DOS
Assi pussieron silencio por entonces en sn
contienda, mudando en otras cosas sa passa-
tiempo, e dende a pocos días, estando yn dia
sobre tabla razonando el vno con el otro, Fla-
miano con muy ahincados ruegos rogo a Vas-
quiran que quissiese ser contento que los dos
tuviessen vna tela de justa real, pues que avn-
que cosa de fiesta e plazer fuesse para los atri-
bulados del mal que ellos lo cstauan, tanto
para publicar sus apassionados dolores daña
aparejo como a los alegres e contentos de pla-
zer les abria camino. Porque no holgauan me-
nos los vnos en manifestar su mal, que los
otros en publicar su bien con sus intenciones,
e que en esto no solo él liaría señalada gracia
e merced, mas aun a todas las damas haría
gran seruicio. A lo qual Vasquiran le respon-
dió: Verdaderamente, Flamiano, más aparejo
hay en mi para llorar como vees, que no para
justar como quieres, pero pues que el amistad
nuestra me Íür90 en tal tiempo venir a verte, e
el amor que te tengo me obliga a complazerte
en todo lo que possible me será. Assi que or-
dena lo que te parecerá, que de aquello seré
contento, no en esto que es poca cosa, mas
donde la vida e honrra en todo peligro se pus-
siese lo seria. En especial que yo recibo tanta
pena en ver la que con la mia te doy, que des-
seo hallar algo con que te pueda couiplazer.
Flamiano agradeciéndoselo mucho, respondió:
Si tan complido te hiziera la fortuna de ven-
tura como de virtud, jamas vinieras desconten-
to. E assi los dos caualgaron disfrazados e se
fueron a casa del cardenal de Brujas que era
vn notable cauallero e mancebo, e tan inclinado
a las cosas de la caualleria, aunque perlado,
quanto en el mundo lo houiesse, e assi llegados
a su posada, retraydos todos tres a solas, su
pensamiento e a lo que eran ydos, le hizieron
saber, de lo qual él holgó demasiadamente.
Puos en la misma hora, todos tres vestidos de
mascara, al palacio del visorey se fueron. El
qual con mucho plazer los recibió, c assi todos
quatro en la cámara de su guarda ropa senta-
dos a vna ventana que sale sobre la mar, ha-
blaron todo el caso porque allí eran venidos, e
con mucho contentamiento c plazer fue dello
contento. E hauiendo assi estado vna gran pie^a
de la tarde, los tres se tomaron a casa del car-
denal, donde cenaron con muchos otros caualle-
ros que alli acostumbrauan venir a comer, y en
la cena se publicó la tela que querían tener, lo
qual puso en mucho plazer e regocijo a todos.
E hauiendo cenado, en presencia de todos, se
ordenó el cartel con las condiciones siguientes
e diosse a vn albardan que la pregonasse.
LAS CONDICIONES DEL CARTEL
Dado fue el cartel a vn albardan para que
lo pregonasse, el qual con muchos atabales e
trompetas e menestriles, fue publicado en todos
aquellos lugares que les pareció que publicarse
deuia. En el qual cartel se contenian las con-
diciones siguientes: Primeramente se daua al
que mas gentil cauallero a la tela saliesse con
paramento e cimera, vna cadena de oro de do-
zientos ducados. Dauase mas seys canas de
brocado al cauallero que con lauQas de fiesta
mejores quatro carreras haría, e que no pudiesse
justar a este prez quien al otro no tirasse, esto
es, sin paramentos ni cimera. Dauase mas a la
dama que mejor e mas galanamente vestida
aquel dia a la fiesta saliesse, vn diamante de
cien ducados de peso (*). Mas al galán que a la
noche a la fiesta en casa del señor visorey sal-
dría mejor e mas galán vestido, vn rico rubi.
A este precio de la noche los tablajeros tirauan.
Fueron juezes de los caualleros el señor Visrey
y el principe de Salusana y el almirante Vilan-
der y el conde Camposalado. Juezes de las
damas fueron la señora Reyna e Nobleuisa e
la señora duquesa de Meliano e la duquesa de
Francouiso, todas tres viudas. Tunóse el ren-
que dia de Santiago, que hauia quarenta días
desd'el dia que el cartel se publicó hasta aquel
dia. En el qual tiempo todos los caualleros e
damas se aderezaron de la manera que adelante
se dirá. De lo que en este tiempo se siguió
ninguna cosa aqui se cuenta hasta el dia de la
tela.
COMO LAS DAMAS SALIEROlf EL DIA
DE LA TELA
En el dia de la fiesta la señora Reyna con
sus damas, e la señora duquesa de Francouiso
se vinieron a comer con la señora duquesa de
Meliano, porque assi juntas se fuessen a la
tela, donde houo muchos galanes e muy rica-
mente vestidos que hasta alli las acompañaron
e de alli hasta la tela. De los quales atauios aqui
no se haze mención, saluo que hauiendo comido
todas tres caualgaron con sus damas e salieron
desta manera. La señora Beyna salió vestida
de negro como siempre va; Terdad es que en
vna gorra y en vnas mangas de vna saya de
terciopelo que lleuaua, hauia muchas piezas de
oro e joyeles muy ricos e muchas perlas.
Lleuaua vn cauallo blanco con vna guami-
cion ríca e veynte mo^os de espuelas vestidos
con sayos de grana guarnecidos de terciopelo
negro sobre raso amarillo, con jabones de da-
masco naranjado, vna calza negra e otra azol
e amarílla.
(<) En otras báiúoiíea precio.
QUESTION
La señora duqnesa de Moliano salió su per-
sona vestida de uegro con vn cauallo morcillo
con vna guarnición de U-rciopclo negro; dozc
mo^os d'espnelas vestidos con sayos morados
guarnecidos de raso pardillo. Jul iones de raso
negro con vna cal^a negra, otra negra e morada.
La señora duquesa de Franoouiso salió ves-
tida de negro. Los mo^os dV'spuelas vestidos
todos de leonado.
Salió la señora Bi>lisena con vna saya de bro-
cado raso blanco cubierta de raso negro, cor-
tado todo el raso de vnas cortaduras uiuy es-
pessas que se bazia dellas vna obra como vnos
manojos, atadas todas las cuchilladns con vnos
torzales de oro, e de seda encamada con los
cabos hechos de perlas ; vn collar de oro hechas
laa piezas a manera de las cortaduras de la saya,
esmaltadas tudas las piezas de negro. Hauia en
la saya en cada pie9a de terciopelo vna pie^a de
oro de martillo que hazia la obra de las corta-
duras, vna gorra de raso encarnado guarnecido
de las piezas del collar; vn cauallo blanco con
Tua guarnición de plata toda esmaltada con
muchos noques de oro y encarnado que salian
por las piezas de la guarnición uuiy largos.
Doze mo^os d*espuelas vestidos de amarillo y
encarnado.
La señora Yssiana sacó vna saya de terciopelo
leonado e brocado pardillo hecha a tableros como
vn marro; estañan las costuras juntadas con
pestañas de tafetán amarillo. Hauia en cada
pie^a de la seda e del brocado vna cifra trocada
de lo vno en lo otro bordadas con cordones de
plata. Vna gorra de raso leonado llena de cabos
de oro hincados a manera de vn erizo, muy lle-
na con collar de piezas de manera délas cifras.
Sacó la señora Graciana vna saya de raso
azul con vna reja encima de terciopelo azul
•obre pestañas de raso amarillo, e con vnas la-
zadas de vnas madexas de hilo de oro que ata-
na las juntas de la reja. Vna gorra de terciopelo
azul llena délas mismas madexas trauadas vnas
de otras; vn collar hecho de madexas de hilo
de oro tirado muy rico.
Todas las otras damas de la señora duquesa
salieron vestidas con saya de raso morado, con
barras de brr^cado negro sobré pestañas de ta-
fetán blanco; con gorras de terciopelo morado
con cintas blancas atadas.
Las damas de la señora Rey na que salieron
con ella, son: la señora doña Costautina toda
restida de terciopelo negro forrado de damasco
negro, acuchillada toda la seda de encima, atada
con madexa de seda negra con cabos de oro.
Vna gorra de terciopelo negro con muchos jo-
yeles e piezas de oro muy ricas.
Sacó la señora duquesa de Grauisa vna saya
de brocado rico a la lomlmrda, forrada de da-
masco blanco con vna mantilla de damasco
DE AMOR
83
blanco forrada de raso carmesi guarnecida de
tros tiras del mcsmo brocado sobre pestañas de
raso carmesi: vna gorra de raso blanco forrada
de raso cannesi acuchillado lo blanco con vnas
g. g. de oro esmaltadas. Vn rico collar hecho de
las mismas letras muy rico.
La señora Porfísana sacó vna saya de raso
blanco con vna gelosia de fresos de oro encima
d^ellos puestos sobre pestañas de tafetán leo-
nado, con vn collar uniy rico hecho a manera de
vna gelosia. Vna gorra de raso blanco con mu-
chas piezas de oro fechas como gelosia.
La señora doña Merlesa de Uicart sacó vna
saya de brocado blanco a la francesa, con vnas
cortaduras de terciopelo morado a manera de
vnas espinas de pescado, forrada la saya de raso
morado. Estañan las cortaduras de alto a baxo
de manera que la obra que hazia la seda hazia
el brocado, con vn collar de la manera de la cor-
tadura. Vna gorra de terciopelo morado con
muchas piezas como las del collar.
La señora Angelera de Agustano sacó vna
saya de terciopelo negro con muchos fresos de
plata puestos en tornos a manera de ondas, muy
espessos a manera de puntas, sobre pestañas de
tafetán amarillo. Vna gorra de raso blanco con
muchos cabos de oro. Vn collar de oro hecho a
puntas.
La señora Caronisa sacó vna saya de bro-
cado e terciopelo morado hecha a quartos, al)ier-
ta por la delantera c costados, forrada de da-
masco naranjado con las mangas de la misma
manera, con vnos torzales de oro e morado que
atauan las aberturas, con vnas lisonjas cortadas
de brocailo en el terciopelo e del terciopelo en el
brocado. Vn collar de lisonjas de oro e de nx;hi-
cler; vna gorra de raso morado llena de lisonjas.
La señora Gantoria Dortonisa sacó yna saya
d(í raso blanco con vna roja de fresos de oro
cubierta que hazia toda la saya centellas; en
medio de cada centella vna estrella de oro mar-
tillo estampada. La gorra delí^ mesma manera.
La saya forrada de damasco morado. Vn collar
de centellas de oro grandes, en medio de cada
vna, vna estrella de rochicler.
La señora Violcsa de Aguster sacó vna saya
de brocado de oro tirado con vnas faxas angos-
tas de terciopelo morado por encima sobre pes-
tañas blancas, vna mantilla de raso morado fo-
rrado de damasco blanco con faxas anchas del
brocado, guarnecida la mantilla con vna gorra
de terciopelo cannesi; con umchas piezas de
oro. Vn collar muy rico.
Muchas otras damas salieron con la señora
reyna, que por abreuiar aqui no se escriuen aun-
que muy atuuiadas fuessen.
Salidas estas tres señoras vino la señora vi-
soreyna, que es una muy hermosa dauja, e con
ella su hermana qu^es desposada con el hijo del
84
orígenes de la novela
principe de Salusana, e niuchas señoras de ti-
tulo con ellas.
La señora visoreyna saco vna saya francesa
cubierta todas de vnas alcarehofas de oro do
martillo, vna gorra de la misma manera, vn
rico collar de alcarehofas, vna guarnición de vna
mnla de terciopelo carmesí con vnos fresos de
oro en lugar de franjas, chapada de vnas alcar-
ehofas de plata e muchos batientes dorados en-
cima. Diez mo<^os d'espuelas vestidos de mora-
do, de grana c azul turquesado.
Sacó su hermana vna saya de oro de marti-
llo escacado forrada de raso carmesí con vna
mantilla de damasco azul guarnecida de vnas
pití9as de oro de martillo muy ricas a manera
de vnas penas. Vna gorra del mismo raso con
las mismas pie9as.
Salió con la señora visoreyna, la condesa de
Camposalado con vna saya de altibaxo carmesí
abierta por los costados e delantera, forrada de
damasco blanco con vnos fresos de plata e sem-
brada con vnas visagras de oro; vna gorra de
raso caniiesi con las piezas; vn rico collar de lo
mismo; vna guarnición de vna muía chapada
de las mismas piezas de plata. Los mo^os d'es-
puelas con jubones de raso carmesí e sayos de
paño naranjado guarnecidos de terciopelo ne-
gro, calcas coloradas o blancas.
La condesa de Auertino, su hija, sacó vna
saya hecha a puntas de brocado rico e raso mo-
rado forrada de raso blanco, hauia sobre el mo-
rado vnos cardos de oro sembrados; una gorra
morada de las mesmas piezas, vn collar rico de lo
mismo, la guarnición de la muía de la misma
manera; los mo^os vestidos de morado e blanco.
La señora princesa de Salusana llego ve-
nida la visreyna c con ella su hija Candína e la
duquesa de Altamura. Sacó la señora princesa
vna saya de terciopelo negro cubierta de vnos
alacranes de oro forrada de brocado blanco; vna
gorra de raso blanco con las mismas piezas , vn
collar de lo mismo, vna hacanea con vna guar-
nición rica de lo mismo. Los mo^os d*espuelas
con sayos de terciopelo negro e los jubones de
brocadelo morado; vna cal^a negra, otra morada
e blanca.
La señora Candína su hija sacó una saya de
terciopelo morado cubierta de chapería de oro
con vnas faxas de brocado assí por la cortapisa
y a}>crturas de la delantera e costados forrada
do raso leonado; vna gorra leonada con las pie-
9a8 mesmas guarnecida; vn collar de bueltas;
la guarnición do la hacanea muy rica, los mo^os
vestidos de raso leonado e terciopelo morado.
La duquesa de Altamura salió en angarillas
con vna saya do raso carmesí, vna loba de bro-
cado negro forrada de damasco blanco. La muía
guarnecida de terciopelo carmesí, los mo^os ves-
tidos de terciopelo negro e grana.
Salió con la marquesa de Persiana la señora
Mariana de Seuerín, la señora marquesa de
Guaríano. La marquesa de Persiana sacó vna
saya de terciopelo carmesi con vnos fresos de
oro de tres dedos de ancho passados por la saya
a escaques, de manera que estaua hecha vn ta-
blero; hauia en cada escaque del carmesi vna
coluna de oro, la gorra de la misma manera, vn
rico collar de colunas, la guarnición de vn ca-
uallo déla manera de la suya, los mo^os yestidos
todos de amarillo.
La marquesa de Guaríano salió vestida de
negro. Sacó vna saya de plata tirada escacada
con vnas tiras de terciopelo carmesi de tres en
tres angostas, e sobre las faxas vnas palmas pe-
queñas de oro, la saya forrada de raso encar-
nado, con vn collar de oro muy rico hecho de
dos palmas, vna guarnición de vna hacanea d*?
raso morado con muchas palmas de plata do-
radas e blancas como batientes.
La marquesa del Lago sacó vna saya fran-
cesa, las mangas forradas de oro tirado e por
de fuera cubierta de fresos de oro tan cspessos
que casi cobrian mas de la mitad de la saya; vn
rico collar hecho a manera de vnas carrancas, vna
guarnición de vna muía cubierta de plata a ma-
nera de collar; los mo^os vestidos todos de
leonado.
Salió con ella la señora Laurencia con vna
saya de brocado y raso encamado hecha a li-
sonjas, hauia en cada lisonja vna cruz de sant
Juan trocada de lo vno en lo otro. Vna gorra
de raso amarillo con muchas lisonjas de oro < n
cada vna, vna cruz blanca esmaltada, ^ni collar
de las mismas piezas, vna guarnición de vna
muía con la obra de la saya.
Salió la señora de la Isla Elpania que primero
fue princesa de Saladino e con ella salió la se-
ñora Casandra de Beluiso e la señora Ipolisan-
dra. La señora de la Isla sacó vna saya de ter-
ciopelo carmesí e raso carmesi hecho a trián-
gulos no grandes e por encima délas costuras
vnos fresos de oro angostos ; dentro en cada
triangulo hauia un triangulo de oro bien rele-
uado, algo mas pequeño; vna muy rica gorra
llena de pedrería, vn collar de balaxos muy rico ;
vna muy rica guaniiciou de vna hacanea; dozc
mo^os vestidos de morado e amarillo.
La señora Casandra de Baluiso sacó vna
saya de raso blanco con mucha chapería sem-
brada por ella, eran vnas eles de plato bruñida,
forrada la saya de brocado azul. Vna gorra de
lo mismo; vn collar de perlas muy rico, vna
guarnición de >Tia muía como la suya.
Sacó la señora Ipolisandra vna saya de bro-
cado leonado forrada de raso negro, con vnas
cortaduras de terciopelo nogro sobre el brocado
de tiras angostas, cubierta la saya a manera de
vna reja, hazian en los vazíos del brocado vnas
QUESTION DE AMOR
85
rosas, eu las juntas de la trepa hauia vnas pic-
eas peqneñas de oro qne hazian la obra del bro-
cado. Vna gorra de raso leonado con machas
piezas de las de la suya; vn collar de p¡e9as de
las mismas de bueltas.
Salieron la condesa déla Marca e la mar-
quesa de la Chesta juntas. La condessa sacó
vna saya de raso azul e cubierta toda de Tnas
escamas de brocado tan grandes como rna mano
sobrepossadas sobre la saya que la cubrían, ata-
das sobre ynos tor9ales do plata vnas con otras;
TU rico collar d^escamas, yna guarnición de vna
hacanea de lo mismo.
La marquesa de la Chesta sacó vna saya a
girones de oro tirado y de plata tirada escacado,
los girones estañan sueltos sobre vna forradura
de damasco carmesí atados ynos con otros con
cintas azules; vn collar e gorra muy ríca de
muchas piedras de precio.
Salieron la condessa de Trauiso e madama
de Andría e las dos Carlinas de Rosseller. La
condesa sacó ma saya de brocado negro e raso
carmesí a quartos, e los quartos estañan forra-
dos de lo vno en lo otro e lo de encima acuchi-
llado a todas las cortaduras con cintas blancas
con cabos de oro; vna gorra de lo mismo, tu
cauallo con vna rica guaniieíon estradiota, yn
rico collar.
La señora madama de Andia sacó vna saya
de terciopelo negro e de raso negro de la ma-
nera de la condessa, saino que las cintas eran
de hilos de perlas e la seda estaua cubierta de
cliapería de oro.
Las dos hermanas Carlinas salieron vestidas
con dos sayas lombardas de raso amarillo fo-
rradas de damasco blanco c sobre lo amarillo
muchas madexas de hilo de plata tan espessa
que apenas lo amarillo se mostraua.
Muchas otras damas en aquella ñesta muy
atauiadas salieron que por abrcuiar el autor no
las pone, saluo que quenta de los caualleros que
con el señor visorey salieron aquel dia, en los
qualcs no quenta los que justaron ni a la noche
vinieron galanos que tiraron al precio del nibi,
porque eu su lugar se hablará de cada vno dellos.
El señor visrey sacó vna ropa de terciopelo
carmesi forrada en raso carmesi con vnas alle-
luyas de oro sembradas por ella; vna guarni-
ción de lo mismo con muchos batientes, vn ju-
bón de raso carmesi, vn sayo de brocado blanco
con faxas de raso carmesi con las mismas alle-
luyas, vn muy rico collar de las mismas. Sacó
troynta alabarderos vestidos de grana blanca,
doze mo^os de espuelas con sayos e calcas de
grana, jabones de raso blanco. Sacó vnas letras
por las alleluyas que dezia:
Son pocos los que en tal dia
les contenta eiralegria.
Salió el almirante señor de Camposalado con
vna ropa de altibaxo carmesi, vn jubón de bro-
cado rico, un sayo do vellutado morado, vn co-
llar de vueltas muy rico. Seys mo^os de es-
puelas con sayos de Perpifian y jubones de da-
masco pardillo.
Salió el principe de Salusana con vna ropa
de brocado raso negro forrada en raso blan-
co, vn sayo de vellutado morado, vn jubón
de oro de martillo, vn collar muy rico de pie-
dras, los mo^os de espuelas con jubones de bro-
cado, calcas moradas e blancas, vn cauallo con
vna rica guarnición. Estos fueron juezes del
precio de los caualleros e por esto se nombran
primero.
Salieron con el señor visorey los dos carde-
nales de Brujas e Fclemisa, en su habito.
Salió con el conde de Lconis, el duque de
Terminado, el conde de Ponte Forto con mu-
chos otros caualleros e cincuenta continos del
rey que le aguardan, todos mancebos e gentiles
caualleros, todos muy bien atauiados. De lo
qual no se cuenta mas.
Salieron con la reyna e con la duquesa el
gran Antolino, el qual sacó vna ropa de raso
carmesi forrada en brocado blanco, vn jubón de
brocado rico, vn muy rico collar, doze mo^os
de espuelas con jubones de brocado e terciopelo
carmesi c calcas moradas e pardillas; vna haca-
nea ricamente guarnecida.
Salió con ellas el señor Fabricano con vna
ropa de altibaxo morada forrada de raso blanco,
vn jubón de brocado morado rico forrado de lo
mismo. Los mo^os de espuelas vestidos de las
mismas sedas e colores, con vn rico collar de
bueltas, vn cauallo guarnecido de lo mesmo.
Salió con ellas el duque de Altamira con vna
ropa de terciopelo leonado faxada toda de fre-
sos anchos e angostos de oro escacados, vn
sayo de raso leonado de lo mesmo guarnecido,
con vn jul)on de oro tirado. Los mo^os vesti-
dos de terciopelo leonado e raso pardillo.
Salió con ellas el duque de Belisa con vna
ropa de raso negro colchada a ondas bordada de
oro, vn sayo de brocado rico, un jubón de raso
carmesi con muchas p¡e<^as de oro de martillo.
Salió con ellas el duque de Feniissa con vna
ropa de raso blanco forrada de damasco mo-
rado faxada de brocado, un sayo de lo mismo,
un jubón de raso carmesí guarnecido de piezas
de oro de martillo. Estos señores salieron con
muchos caualleros que los acompañaron.
COHO LOS MANTENEDORES E AVENTUREROS
SALIERON Á LA TELA
Salieron los mantenedores juntos. Sacó Fla-
miano vn cauallo con vn paje con el que traya
unos paramentos de brocado blanco, vnas corta-
86
ORÍGENES DE LA NOVELA
pisas encarnadas sobre las cuales auia vnas le-
tras de plata grandes que dczia:
Quien á lo blanco tirare
donde guarda lo encarnado
por demás haurá tirado.
Salió el mismo con ynos paramentos de raso
encarnado chapados con yna obra relevada de
plata muy rica, la cual hazia vnos vacios en el
raso en los quales hauia dos riboras de oro en
cada vno. La cimera de las mismas yiboras.
Veynte mo90S vestidos a la tudesca de tercio-
pelo encarnado e raso blanco, con otro cauallo
en que hauia de justar, con yna guarnición de
lo mismo. Vn paje yesti4o do lo mismo. Dezia
la letra de las yiboraa:
Cuando llega al coraron
su herida,
no hay roas remedio en la vida.
Sacó Vasquiran ynos paramentos de tercio-
pelo negro, y su persona vestida de negro. Vn
paje en otro cauallo con una guarnición negra,
vestido de negro; veynte mo^-os vestidos de ne-
gro, yna cimera con vna muerte que dezia:
Pequeño mal os tenella
pues qu'es mayor mal querella.
Sacó vn otro paje con vn cauallo que traya
vnos paramentos de terciopelo verde oscuro e
raso verde claro que son esperanpa perdida e
cobrada, con vnas letras por la cortapisa que
dezia:
Perdióse la de la vida
pero la del morir queda
porqu*el dolor viuir pueda.
Salió el conde Sauriano con vnos paramen-
tos de raso naranjados cubiertos de vnas jao-
las de plata, con otro cauallo con vna guarni-
ción de lo mismo, con vn paje vestido de blanco
e naranjado; doze mo908 de las mismas colores,
vna cimera de vna jaola con una calandria de
plata. Dezia la letra de la calandria: (Está en
el jaguer verso el nombre de la dama).
Pues que de mi vida poca
su silencio da señal,
calle el bien e cante el mal.
Sacó el señor marques de Carlerin vnos pa-
ramentos de plata tcxida cubiertos de ymaginc-
ría de oro, con vna cimera hecha de portales y
en cada vno vna imagen; eran todas las ymagi-
ues de rostro de damas. Dezia la letra de las
ymagines:
No está en estas vuestra ymagen
porque es tal
que ninguna Tes ygual.
Sacó Alaroos de Reyner vnos paramentos de
brocado rico do pelo, con vn paje vestido de
negro, en otro cauallo con vnos paramentos de
terciopelo negro, con una reja de plata que los
cobria. Hauian en los vacios de las rejas vnas
erres doradas. Traya por cimera un relox. De-
cía la letra:
No fuera fino mi mal
porque mi ventura es tal.
Sacó el marqties de Persiana vnos paramen-
tos de terciopelo leonado con vnas palmeras de
plata chapadas de todos. Vn otro cauallo con
vn paje con vna guarnición de lo mesmo. Vna
palmera por cimera. La letra:
Ha sembrado mi ventura
m¡ querer e mi querella
e no espero fruto della.
Sacó el conde de la Marea vnos paramentos
de terciopelo carmesi cubiertos de chapería de
plata de vnos llobres o señuelos, con otro caua-
llo con vn paje, con vnos paramentos de bro-
cado negro e brocado blanco con vnas faxas de
terciopelo morado que partia los quartos, con
una cimera de los mismos señuelos, con vna
letra que dezia:
Mi pensamiento ha subido
do no le calle llamar
pues que no cabe baxar.
Sacó Lísandro de Xarqui vnos paramentos
de terciopelo negro cubierto de lagrimas de
plata con vna cortapisa ancha de vnas peñas
bordadas de oro llenas de lagrimas que las rom-
pian todas, e la cimera de lo mismo. Vn paje
con vna guarnición de brocado en otro cauallo.
Dezia la letra:
Mis trístes lagrimas viuas
en estas hazen señal,
y en vos nunca por mi mal.
Sacó el prior de Albano vnos paramentos
de brocado encamado; ^tro cauallo con vna
guarnición ^de lo mismo, los paramentos e la
guarnición con vnas lamparas de plata que
mostrauan estar muertas, con una cimera de
las mismas lamparas con una letra que dezia:
Muertas están, pues la vida
de males viue encendida.
Sacó el marques de Villatonda vnos para-
mentos de raso carmesi cubiertos de otros de
brocado, cortados todos de manera de unas cla-
rauoyas, estañan releuados los unos de los otros,
encima del el brocado, estañan cubiertos de vnos
pésales de plata; la cimera de lo mismo con vna
letra que dezia:
QUESTION
No hay con qué puedan pesarse
mis querellas
sino con el pesar dellas.
Sacó d prior de Mariana unos paramentos
de oro tirado escacado a girones, con otros de
raso encarnado, chapado el raso de vnos mar-
moles de plata, e la cimera de lo mismo; otros
tres eanallos sacó pero ni del ni de los otros,
por acortar no se cuenta, sino de uno. Los
marmoles de los paramentos e cimera eran que-
brados. La letra dezia:
No haj quien pueda sostener
de mis males su pesar
que no le haga quebrar.
Sacó el duque de Felemisa mos paramentos
de raso blanco cubiertos de vnos manojos do
masiega hechos de plata con muchos batienti s
dorados de las espigas de la masiega, sacó por
cimera un mundo. Dezia la letra:
Menester fuera crecerse
para dalle complimiento
a vuestro merecimiento.
Sacó Francalver vnos paramentos de tercio-
pelo negro cubiertos de puntas de plata como
rn erizo espesas y en cada punta un batiente
de plata blanca; sacó por cimera las arpias de
Fineo. Dezia la letra:
Mi codicia es más terrible
pues desseo lo impossible.
Sacó el conde de Torremucstra vnos para-
mentos de terciopelo leonado cubiertos todos
de vna obra de plata enrrejada; hauiaen los es-
pacios vna cosa de los martirios de la passion ;
sacó por cimera todos los martirios. La letra
dezia:
Si con la fe e con sofríUos
los mártires se han sainado,
yo soy bien auenturado.
Sacó el duque de Grauisa vnos paramentos
de brocado rico blanco con unas piezas de amins
como trofeos de vitoria o de triunfo sembradas
por ellos, con la cimera de las mismas piezas
con una letra que dezia:
Pues no quise defenderme
de ser el mejor perdido
yo triunfo de bien vencido.
Sacó Rosseller el pacifico vnos paramentos
de brocado negro con vnas ruedas de fortuna
sembradas de plata, con vna rueda de la for-
tuna quebrada por cimera, con vna letra que
desia.
Si anduuiera como suele
después que yo ando en ella
cabo houiera mi querella.
DE AMOR
87
Sacó el marques de la Chesta vnos para-
mentos de brocado blanco e terciopelo leonado
cubiertos de vidrios de muchas maneras hechos
de plata, e por cimera un aparador de los q\ie
tienen los que venden ridrios, con muchas pie-
zas de vidrio. Dezia la letra:
Peligrosa está la vida
do ventura
no tiene cosa segura.
Sacó el marques del Lago vnos paramentos
de raso azul con vnos niueles de plata muy
ricos, e por cimera un niuel de niuelar con vna
letra que dezia:
No es possible que mi bien
venga al niuel de mis males
porque son muy desiguales.
Sacó Antineo de Leverin vnos paramentos
de raso amarillo cubiertos de espinas de plata,
con una cimera de muchas coronas de espinas
e vna real encima, con vna letra que dezia:
La vna mereceys vos
de ra^on,
yo las otras de passion.
Sacó Alualadcr de Caronis vnos paramentos
de terciopelo carmes i con vnas esponjas de
plata por encima, vn bra^o por cimera que te-
nia vna esponja en la mano apretada que salían
vnas llamas de fuego, con una letra que dezia:
Del cora9on ha sacado
lo que muestra
qu'está dentro a causa vuestra.
Sacó Ipolito de Castríl vnos paramentos de
raso pardillo cubiertos de vnos tomos de tirar
hilo de oro con su hilera, e sacó por cimera
vno dellos con vna letra que dezia:
Mi pena puede alargarse,
que mi vida
corta tiene la medida.
Sacó el conde de Poncia vnos paramentos
de raso azul con vnos laberintos de oro borda-
dos por ellos, con vn laberinto con el minotau-
ro dentro preso, con vna letra que dezia:
No hay prission
do remedio no se espere
sino en la qu'el preso quiere.
Estos fueron los caualleros que a la tela sa-
lieron, e dexase aíjui de contar, por abreuiar,
muchos otros atauios que sacaron e a quien se
dieron los precios, assi de gentil hombre como
de mejor justador. Agora se contarán los que
a la noche salieron galanes a la fiesta que tira-
ron al precio.
88
ORÍGENES DE LA NOVELA
Primero nombraremos a los que fueron sin
invenciones, que al precio no tiraron. Losqua-
les fueron el señor visorey, los dos cardenales,
el duque de Altamura, el conde de Traviso,
príncipe de Melisena, su hijo el marques de
Telandra, el duque de Belisa, el conde de Leo-
nis Pomerin, el duque de Terminado, el señor
Fabrícano, el gran Antolino, los hermanos del
conde de Tormestra, Guillermo de Lauro, Pe-
trequin de la Gruta, el conde de Ponteforto, el
Franco Ortonis e muchos otros caualleros de
los quales aquí no se haze memoria.
Los que a la fiesta salieron inuencionados
fueron los que agora contaremos.
Sacó Flamiano yna ropa de azetuni carmesi
forrada de damasco encamado con vnas faxas
de raso blanco sobre el azetuni cubiertas de
cuentas de oro esmaltadas de las que se ponen
por señales en los rosarios, con ma letra que
dezia:
Son señales
de las cuentas de mis males.
Sacó Yasquiran la ropa de carmesi que el
visorey hauia sacado aquel dia con las alleluyas,
Í)orque era conocida que no era suya, con vna
etra que dezia:
Siendo alegría agena,
al que no tiene plazer
mas tríste le haze ser.
Sacó el conde de Sarríano vna ropa de da-
masco blanco forrada de brocado con vnos ma-
nojos de cascaueles de oro bordados por ella
con yna letra que dezia:
Ya la vida
de males está dormida.
Sacó el marques Garlerín vna ropa de la
misma plata texida délos paramentos, con vnas
faxas c cortapisa sembradas de vnos yugos de
oro de raso leonado forrada délo mismo, con
vna letra que dezia:
El que os viere
verse Hbre no lo espere.
Sacó Alarcos de Reyner vna ropa de tercio-
pelo azul oscuro forrada de brocado con remos
de oro bordados por ella quebrados, con vna le-
tra que dezia:
Todos estos se rompieron
bogando con mi porfía
e jamas hizieron via.
Sacó Lisandro de Xarque vna ropa de ter-
ciopelo morado forrada de raso negro con vna
cortapisa ancha de raso blanco e faxas cubier-
tas de medias lunas de oro, como quando que-
da de la luna muy poco. Dezia la letra:
Muy poca es la claridad
donde tantas desuenturas
se dexan la vida ascuras.
Sacó el prior de Albano vna ropa de brocado
e raso encamado hecho a lisonjas, con vnas li*
sonjas de oro pequeñas en las otras lisonjas.
Dezia la letra:
No son sino de veras
mis quexas e verdaderas.
Sacó el marques de Villatonda vna ropa de
altibaxo carmesi forrada de raso amarillo, cu-
bierta de muchas medallas de oro de diuersas
caras. La letra dezia:
No está aqui vuestra figura
porque su propio treslado
en mi alma está estampado.
Sacó el prior de Mariana vna ropa de bro-
cado pardillo con faxas e cortapisa de tercio-,
pelo morada cubiertas de vnas cifras de cuento
de al guarismo que cada vna hazia millar, eran
de oro de martillo. Dezia la letra:
Las cuentas de mis pesares
se han de contar a millares.
Sacó el duque de Grauisa vna ropa de vellu-
tado negro forrada de damasco blanco con vnas
alas de oro de martillo que cubrían la ropa, con
vna letra que dezia:
Han subido tan arríba
mi pensamiento e querer
que no pueden decender.
Sacó el conde de Torremuestra vna ropa d*al-
tibaxo negro con vnas manos bordadas en ella
que mostrauan el sino de la ventura con vna
letra que dezia:
Luego se vio en'mi ventura
que hauia de ser mi vida
venturosa de perdida.
Alualader de Caronis sacó vna ropa de raso
leonado forrada de raso carmesi con vnas se-
pulturas abiertas bordada de oro tirado, muy re-
jeuadas, con vna letra que decía:
Hala de tener abierta
la vida que viue muerta.
Sacó RosseUer el pacifico vna ropa de bro-
cado de oro tirado negro forrada de raso azul
con vnos ramos del domingo de ramos porque
dizen que valen contra los rayos. Dezia la letra:
No han semido, pues mi vida
del mcsmo nombre es herída.
QÜESTION DE AMOR
89
Saco el conde de Poncia vna ropa de broca-
do forrada de raso azul con muchos joyeles, en
ella,''e vno muy rico sobre el coraron, con rna
otra que dezia:
La joya que más se estima
se guarda donde lastima.
Sac($ el marques del Lago yna ropa de bro-
cado azul con unas limas sordas bordadas so-
bre ^-na cortapisa de raso azul. La letra dezia:
¿Cómo puedo yo librarme
secreto del mal que siento,
siendo publico el tormento?
Sacó el marques de la Clicsta vna ropa de
raso'leonado forrada de brocado blanco con vna
chapería de oro de rnos sellos de sellar cartas
secretas, con yna letra que dezia:
El secreto de mis males
aunque es grave padccello
la causa merece sello.
Sacó el marques de Persiana vna ropa de
brocado rico leonado forrada de damasco blanco
con yn collar rico hecho de peones d'axedrez,
con vna letra que dezia:
La primer trecha fui mate,
por ser mortal mi debate.
Sacó el duque de Femisa vna ropa d'altibaxo
morado forrada de raso blanco con yna corta-
pisare guarnición del mismo raso chapada de
ynas matas de maluas con vna letra que esta-
ña ^entre mata e mata que dezia:
Si te mata tu querella
mal vas en yr más tras ella.
Sacó Altineo de Leuesin vna ropa de ter-
ciopelo naranjado con faxas de raso blanco
con unos candeleros de oro por las guarnicio-
nes sin yelas. Dezia la letra:
Van sin yelas porque ves
siempre escura
la lumbre de mi yontura.
m
Sacó Ipolito de Castril vna ropa de brocado
pardillo con yna cortapisa e faxas de raso par-
dillo con ynos alambines de oro de martillo
sembrados por ellas; yna letra que dezia:
El fuego qu*el cora9on
tiene secretos de enojos
sale en agua por los ojos.
Sacó Francaluer vna ropa de raso negro for-
rada de brocado blanco e la ropa guarnecida de
frcáos de oro e por el raso sombrados vnos an-
tojos de oro, con yna letra que dezia:
Nunca yi su nombre a mi
después que os vi sin enojos
ni vieron mas bien mis ojos.
▲QUl DA BA^'ON BL AUTOR DE LO PA8SAD0
Y DECLARA LA FICION DE AQUELLO
Los caualleros e damas que en la presente
fiesta salieron assi atauiados como a la tela,
como a la noche en la fiesta, son arriba men-
cionados. Digo en parte los que principalmente
alli se señalaron, porque sin ellos houo muchos
otros e muchas damas que aqui no se ha hecho
dellos relación por acortar la obra. E assimes-
mo dexa de especificar las cosas que en la
fiesta se siguieron, ni la determinación del
jnyzio de los precios, esto tanto por la breue-
dad, qnanto porque pues los atauios e inuen-
cioncs e letras están relatados tengan los lec-
tores en qud especular e porfiar, a quién cada
precio se deue dar scgund el juyzio de cada vno.
Y esto conformará con la causa principal de la
obra, pues su fundamento es sobre la porfia e
question de Flamiano e Vasquiran ; la qual se
queda también indeterminada. Verdad es que
el precio de mejor justar ganó Alualader de
Carouis. Agora aqui mudaremos el estilo o
forma de obra. Esto será que agora todos los
caualleros e damas assi de titulo, como los
otros, nombraremos por propios nombres en las
cosas acaecidas después dcsta fiesta hasta la
dolorosa batalla de Ravena donde la mayor
parte destos señores c caualleros fueron muer-
tos o presos. E assi haurá otra manera de es-
pecular en sacar por los nombres yerdaderos
los que en lugar de aquellos se han fengido o
trasfígurado. E ha de saber el lector que aun-
que en lo que hasta aqui se ha escripto algo se
haya compuesto o fengido, como al principio
deximos, que en lo que agora se escriuira ni
houo mas, ni ha hauido vn punto menos de lo
fue e como passó. Assi que los agudos e dis-
cretos miren de aqui adelante los nombres ver-
daderos e tornen atrás, que alli los hallarán.
LO QUE SB SIGUIÓ HASTA LA PARTIDA
DEL yiSOREY
Para mejor esto contenderse es de saber que
las cosas en este tratado escriptas fueron o
se siguieron o escriuieron en la nobilissima
cibdad e reyuo de Ñapóles en el año de qui-
nientos e ocho e quinientos e nueve et diez et
onze que fue la mayor parte e quinientos e doze
que fue la fin de todo ello. En el qual tiempo
todos estos caualleros, mancebos e damas e
muchos otros principes e señores se hallauan
en tanta suma e manera de contentamiento c
fraternidad los vnos con los otros, assi los Es-
90
ORÍGENES DE LA NOVELA
pañoles vnos con otros como los misnios natu-
ralos de la tierra con ellos, qne dudo en diuer-
sas tierras ni reynos, ni largos tiempos passa-
dos ni presentes, tanta conformidad ni amor
tan esfor^Ados c bien criados caualleros ni tan
galanes se hayan hallado. En tanta manera
que mouida la fortuna de enemigable einbidia
comen90 a poner en medio destc fuego vna
fuente de agua tan cruel c fría, que la mayor
parte, como agora se diría, casi consumió, e lo
que por consumir dexó quedó en el plazer e
alegría que sin escriuirsc quien quiera contem-
plar puede. E por mejor entendello liabeys de
saber que en el año de quinientos e onze, como
a todo el mundo ha sido y es notorio, se hizo
la liga e concordia del summo pontífice e san-
tissimo padre nuestro Julio segimdo e del ca-
tólico rey don Fernando de España e los vene-
cianos. Para lo qaal fue diputado por general
capitán de toda la santa liga el ylustríssimo
don Remon de Cardona visroy del realme de
Ñapóles, el qual en el dicho tiempo goTemana
y es vno de los arríua nombrados. Pues llegán-
dole la determinación e mandado del rey en las
cosas que hazer deaia, en la cibdad de Ñapóles
se comentó a hazer vno de los mas nobles e
poderosos exercitos de gente de guerra que por
ventura entre los christianos hasta oy se haya
visto, de tantA por tanta gente, assi de los
caualleros de titulo que en él fueron, como de
los capitanes de gente d'armas e hombres d*ar-
mas que Uevauan e de los capitanes de infante-
ría e infantes que con ellos yuan, cada vno en
su suerte e manera segund para lo que era di-
putado; dudo que los que han escripto, por
mucho que hayan sabido bien componer, si este
canpo al tiempo que partió de Ñapóles vieran,
no conocieran ser el más noble e mejor de los
hasta oy vistos, assi en esffuerzo e saber de
capitanes, como esffor9ado8 e platicos soldados
e discretos en la guerra. Qoanto aun en ser el
mas rico e luzido campo de aderezos e atauios
assi de armas e ropas como de tiendas e los
otros aparejos a la guerra competiíntes que
jamas se vio, de lo qual adelante más largo se
contará; solo agora se dirá como en este tíenipo
viniendo la señora condessa de Avollino muger
del noble don Juan de Cardona conde de Ave-
llino, visrey de la provincia de Calabria, de las
dichas tierras de Calabria para Ñapóles, por la
mar adoleció en el camino e murió en la cibdad
de Salerno, que fue la primera aldaliada que en
esta alegre corte de tristeza la fortuna comento
a dar. Pues ya su fuego comentado dende a no
mucho? dias con vna enfermedad assaz breue
pusso fin la muerte en la vida del reverendissi-
mo don Luys de Burja, cardenal de Valencia,
que desta corte, aunque perlado, en las cosas de
caaallero mancebo era vno de los quiciales sobre
quien las puertas de las fiestas e gentilezas se
rodeauan. E dende a ocho dias no más fizo lo
mismo en los dias e juuentud do doña Leonor
de San Severino, princesa de Visiñano que era
vna de las que al cabo de la dan9a desta cscrip-
tura ha llenado. En el mismo tiempo acabo la
juvenil c luzida juuentud de doña Marina de
Aragón, princesa que hauia sido de Salerno e
a la ora era señora de Piombino. Assi qne mi-
rad señores si estas quatro pie9as bastan para
vn comiendo de combate.
LO QUE ADELANTE SE SIGUIÓ ANTE DE LA PAU-
TIDA E LA SUMA E CUENTA DEL NUMERO DE
LA GENTE QUE PARTID
Passando las cosas adelante e poniéndose en
orden las cosas del campo, fueron señalados
todos los cargos que se deuian de dar sin los
que ya estaban dados. Estos eran los capitanes
de gentes d'armas. Los quales son los siguien-
tes: Primeramente el señor duque d") Termens
con cient hombres d^amias, el qual fue deputa-
do por capitán de la Iglesia. El señor Pros-
pero Colona con cient hombres d'armas. El
señor Fabricio Colona que fue elegido lugar
teniente general del canpo con cient hombres
d'armas. El conde Populo con cinquenta hom-
bres d'armas. El conde de Potencia don Juan
de Guevara con cinquenta hombres d*armas ; don
Juan de Cardona, conde de AvcUinocon sesenta
hombres d'armas; el prior de Mesina con cin-
quenta hombres d'armas. Don Jerónimo Llo-
riz con cinquenta hombres d'armas. El capitán
Pomar con cinquenta hombres d^armas. Diego
de Quiñones con cient hombres d'armas que
era la compañía del gran Capitán. Estas eran
las ordenan9a8 que el rey nuestro señor alli
tenia e los capitanes que la tenían. Después
llegó Carauajal con quatrocientos hombres d'ar-
mas e seyscientos gínetes de los quales capita-
nes no nombramos ninguno porque en nuestro
tratado ninguno dellos hay nombrado. Solo
baste que fue la suma de la gente d'armas que
el visrey llenó mili e dozíentos hombres d'ar-
mas e setecientos cauallos ligeros o gínetes, con
la compaña que don Pedro de Castro alli tenia
e los cinquenta ballesteros a cauallo del rey.
Fue elegido capitán general de los cauallos li-
geros el marques de Pescan. Fueron maestros
de canpo el señor Alarcon e Diego do Cornejo.
Hizo el visrey cien alauarderos para la guarda
de su persona, de los quales fue capitán mossen
Tallada. Fueron los coroneles de la infantería
onze, los capitanes fueron ciento c ocho, sin
onze que el visrey hizo para su guarda con tres
mil infantes escogidos. Los coroneles fueron el
prímero, Zamudio con dos mili infantes que
licuó de España, Arríeta, Joanes, Dondiaqui-
QÜESTION DE AMOR
91
to ('), Luxan, Bouadilla, Francisco Marques,
Salgado, Mexia, Cornejo sobrino del camarero.
De los capitanes no se habla por ser muchos,
salao de los que el visrey hizo, que fueron don
Pedro de Arellano, Martin Gómez, Juan de
OrTÍna, Juan de Vargas, Crístoual de Paredes,
Chrístoaal de Helin, Bregúela, el trinchante
del visrey, Diego Montañés, Buytron, Vente-
lloys.
Murió alli ante de partir Diego Montañés,
diose su conpaña a Torres; murió Torres, diose
su conpaña a Borregan. Assi que fue en suma
la infanteria española que de Ñapóles salió,
diez mili infantes, mili e dozientos hombres
d^armas, setecientos cauallos ligeros, cinquonta
oontínos ciiados del rey, e muchos otros hom-
bres de titulo e caualleros napolitanos e espa-
ñoles o algunos sicilianos, de los qnales ade-
lante señaladamente hablaremos.
DE LOS ATAUIOS B GASTOS DBL VISRBY
Por mezor lleuar ordenado el estilo e manera
debte campo e de la partida del visrey será me-
nester primero hablar de la orden e atauios de
su persona e el estado que llenó, el que fue
desta manera. Primeramente, como dizimos,
llenó su señoría cien alabarderos vestidos con
ropetas de paño verde escuro e rosado de grana,
jubones de raso o tafetán blanco e morado, cal-
cas blancas e moradas, e gorras de grana.
£1 capitán dellos que fue mossen Tallada
lleaó sin otros atauios, dos cauallos d^armas para
su persona atauiados con todo suconplimiento;
el vno con vnas sobrenardas de raso morado
cubiertas de chapería de plata de unos cordones
de san Francisco que hazian una reja, e en los
qoadros de la reja sobre el raso hauia dos esscs
de plata con vn sayón de terciopelo canuesi
hecho a punta con pestañas de raso blanco; el
otro cauallo llenó con vnas sobre cubiertas do
terciopelo verde e raso amarillo a metades cu-
biertas de unos escaques de tiras de tres en tres
de la vna color en la otra sobre pestañas de raso
blanco. El sayo desta manera, sin los otros ata-
uios que llenó.
Llenana mas el visrey cinquenta continos del
r^ todos mancebos, hijos de caualleros, los
qoales ynan tan bien atauiados que ninguno
llenana menos de dos cauallos de armas con
todo sn conplimiento de las personas. Lleuaua
mas veynte mo9oe de espuelas con ropetas de
paño morado e jubones de terciopelo verde e
calcas de grana. Lleuaua veinte e quatro caua-
llos de 8U persona; ocho de armas, ocho estra-
diotas, ocho a la g^neta, con veinte c quatro
(*) £a la edición de Nació: don Diaguito.
pajes en ellos, vestidos con ropetas do grana,
jubones de terciopelo o de raso negro, gorras
de grana, capas aguaderas de paño de Pcr-
piñan.
Lleuaua dozientos gastadores con su capitán
para assentar sus tiendas. Lleuaua su capilla
con doze cantores muy complida. Lleuaua sus
atauales e trompetas ytalianas, con todos los
conplimientos de su casa e criados ordinarios
como se requería. De los atauios de su persona
solamente hablaremos de los que lleuaua de las
armas, que fueron ocho para ocho cauallos; los
otros dexaremos por abren iar.
Primeramente llenó vnas sobrenardas e sayón
de brocado blanco c raso carmesi hechos a giro-
nes, e los girones hechos a puntas do lo vno en
lo otracon pestañas de raso azul. Lleuaua vnas
sobrenardas e vn sayón de raso azul cubierto de
unos lazos de brocado que lo cubría todo, sen-
tados sobie raso blanco. Llenana vnas sobrenar-
das e vn sayón de terciopelo carmesi e raso
blanco hechos a quartos, e sobre los quartos de
carmesi hauia vna rexa de fresos de oro do vn
dedo en ancho, hecha a centellas, dentro en las
centellas hauia vnos otros de oro releuados
que descubrían tanto de la seda como era do
ancho el freso. Sobre los quartos del raso blan-
co hauia vna rexa del mismo freso, dentro en
los quadros hauia dos yes de oro, en cada vno
lleuaua vnas sobre cubiertas e vn sayón de
raso blanco con faxas anchas de brocado ne-
gro de pelo rico, con vna faxa ancha e dos fa-
xas angostas, todo guarnecido. Lleuaua vnas
sobrenardas do brocado raso e vn sayón con
vnas faxas de dos dedos en ancho de raso car-
mesi con vn ribete negro por medio de la faxa,
con vnas franjas angostas de plata de vn cabo
e de otro del ríbetc. Lleuaua vnas sobrenardas
e sayo de raso amaríllo cubiertas de chapería de
plata como vnas medias rosquillas que hazian
la obra como escama de pescado, saino que en
las cubiertas era la obra gruesa y en el sayo
menuda. Lleuaua vnas sobrenardas e sayo de
raso carmesi con vnas cortapisas muy anchas
de lazos de cordones de oro e plata releuados,
que sentauan sobre dos bordones de brocado
embutidas e releuadas, bordados de los mismos
cordones de oro muy ricos. Lleuaua otras sobre-
nardas e un sayo de brocado ríco sobre ríco que
costó a ciento e veynte ducados la cana.. De
todos los otros atauios assi forrados como por
forrar, e cadenas c vagílla no escreuimos por
abreuiar, saino dos cortinajes e cobertores que
llenó para dos lechos, vno de brocado carmesí
todo, o otro do brocado blanco e raso carmesi.
Baste que se supo por muchas corten idades que
gastó sin lo que propio suyo tenia, veynte o dos
mil ducados de oro antes que de Ñapóles par-
ticsse, en solo el aparejo de su persona o casa.
92
orígenes de la novela
LOS ATAUI08 DE LOS CAPITANES d'aRMAS,
SOLO DE LAS ARMAS
Los aderemos de los capitanes solamente con-
taremos los de los caaallos de armas e los de
sus personas para las armas, de los qiiales el
primero que aqai se cuenta es el duque de Ter-
nieus, el qual entre otros cauallos muchos que
lleuaua vimos quatro atauiados señaladamente,
los dos con dos pares de sobreuardas de brocado
c sus sayones de lo mismo, otro con vnas sobre-
uardas de terciopelo carmesi e sayón con faxas
de raso carmesi, el principal con vnas sobre-
uardas de terciopelo morado j el sayón de lo
mismo, con vnos troncos bordados de oro de
martillo muy releuados con vnos fuegos que
salian por los eoncauos dellos, de manera que
los troncos e las flamas hencbian el campo de
los paramentos e del sayón, con vnas cortapisas
en lo uno y en lo otro de letras grandes del
mismo oro bordadas en que blasonaua la fan-
tesia de la iuuencion.
El señor Prospero Colona hizo seys atavios
aunque entonces no partió. El vno era de car-
mesí vellutado, los dos eran el vno de brocado
rico, el otro de brocado raso; los tres eran bor-
dados, vno de terciopelo negro con vnos toros
de oro en cada pie^a o en cada quarto del sayo
muy releuados; estaua el toro puesto sobre vu
fue^^o de troncos del mismo oro de manera que
se licnchia todo el campo. Era el toro que dizen
de Ñero. En las cortapisas hauia bordada vna
letra de letras de oro que dezia:
Non es questo símil al nuestro.
El otro atauio de raso azul con vnos soles en
cada cantón de las pie(?as en lo alto y en lo baxo,
vnos espejos en que dauan los rayos del sol de
do salían flamas que sembrauan los campos de
las piezas. En las cortapisas estañan como en
lo otro, las letras de la inuencion. El otro ata-
uio e mas rico, era de raso carmesi con vna viña
bordada por todas las piezas, con sus sarmien-
tos e hojas e razimos maduros e por madurar,
hecho todo de oro tirado e plata e matizes de
seda de relieue, de manera que la obra allende
de ser muy galana era muy rica.
El señor Fabricio Jleuó cinco cauallos de su
persona; los dos con atauios de sedas de colo-
res, el vno con vnas sobreuardas de sayo car-
mesi e brocado hecho a quartos, otro de broca-
do raso, otro de brocado rico.
El marques de la Padula no hizo alli nin-
gún atauio por el luto que Ih'uaua de su cu-
ñada, pero lleuó oro de martillo texído escaca-
do para vn sayo e sobre cubiertas e brocados
para otros atauios; su hijo don Juan no lleuó
otra cosa sino paño negro por el luto de su
muí^er.
El conde de Populo licuó sus cauallos ata-
uiados de brocados e sedas, pero su persona no
llevaua mas que vna joniea a la usanza anti-
gua; mas lleuó su sobrino don Antonio Can-
telmo que yua por su lugar teniente, tres ca-
uallos con tres atauios, uno de brocado, otro
de raso azul e brocado a puntas, otro de raso
azul chapado de vnas matas de siempre vinas
muy releuadas.
Él conde de Potencia lleuó dos cauallos con
sobre cubiertas e sayones de sedas de colores e
vn otro atauio de brocado, y el principal de
raso azul con vnas estrellas, en cada campo vna,
que los rayos della henchían toda la pie^a, eran
de oro texido bordadas muy releuadas, en las
cortapisas yua bordada la letra de la inuencion.
El prior de Mesina hizo quatro atauios para
quatro cauallos; el vno era de brocadelo e de
brocado rico a mitades; otro de raso pardillo e
terciopelo leonado a puntas; otro de terciopelo
leonado e raso encamado a centellas con vnas
tiras de tafetán blanco sueltas por encima las
costuras como vnas lazadas de lo mismo que
las atañan a las juntas de los centelles. El
principal atauio era de raso carmesi e brocado
rico de pelo hecho a ondas a puntas. Hauia
por medio de la tira del raso vnos f resos de oro
que hazian la misma onda a puntas, e de la vna
parte e de la otra dos tiras de margaritas de
perlas. Estañan juntado el brocado e el raso
con pestañas blancas.
Antonio de Leyua lleuó quatro cauallos de
su persona, atauiados, vno de raso naranjado
e raso blanco á puntas; otro con vnas sobrc-
caidas e sazón de brocado e damasco blanco
hecho a escaques, assentadas vnas tiras angos-
tas en torno del escaque del brocado en el de
la seda, e de la seda en el brocado e dos cees
encanadas de lo vno en lo otro, bordado todo
de cordón de oro. El principal cauallo con vnas
sobre cubiertas de brocado blanco e terciopelo
carmesí hecho assimesmo a escaques, e dos
barras travessadas en cada escaque de lo vno
en lo otro sentadas sobre raso blanco, e en las
barras de brocado hauia en cada vna tres can-
deleros de plata estampados y en las de car-
mesi otros tres dorados.
Don Jerónimo Lloriz lleuó quatro cauallos
de su persona; vno con vnas cubiertas de azero,
otro con sobre cubiertas e sayo de azeituni ne-
gro e de brocado hecho a puntas. Otro con
sobre cubiertas e sayo de raso blanco e tercio-
pelo carmesi hecho a centelles con vnas tiras
de brocado de otro tirado, assentadas encima
las costuras como vna reja, e vnos lazos dentro
en cada centelle del mismo brocado, bordado
todo de cordón de oro. El otro cauallo lleuó
con vnas cubiertas de carmesí raso de la ma-
nera de las ricas del visrey.
QUESTION DE AMOR
93
Aluarado lleuó tres cauallos de su persona;
el vno con vnas sobre cubiertas de terciopelo
negro con ynas tiras de raso amarillo; el otro
con vnas sobre cubiertas e sayo de terciopelo
morado e raso amarillo a meatades, cubierto
de escaques de tres en tres tiras de la vna seda
en la otra, sentadas sobre raso blanco. El otro
con mas sobre cubiertas o sajo la mitad de
brocado rico e raso carmes i, la mitad de brocado
raso c terciopelo carmesi, liecho todo a esca-
ques con Tnas cruzes de Jerusalen, de lo vno
en lo otro, bordadas de cordón de plata.
El capitán Pomar lleuó tres cauallos de su
persona; vno con ynas sobre cubiertas e sayo-
de raso carmesí con vnos entornos de puntas
de raso blanco; otro con vnas sobre cubiertas e
sayo de raso blanco c terciopelo carmesi c bro-
cado hecho a puntas de manera de vna venera ;
el otro con mas sobre cubiertas de raso azul
con ma reja de tiras de brocado con ynas pie-
Vas de plata estampadas, en cada quadro eran
ynas aes góticas.
Diego de Quiñones lleuó tres cauallos de su
persona; el vno con vnas sobre cubiertas e sayo
de terciopelo negro c raso amarillo hecho a
puntas; otro de terciopelo morado con vnas
laxas de brocado entorno; otro con vnas sobre
cubiertas e sayón de brocado.
Carauajal lleuó cinco cauallos de su persona
aderezados los dos de brocado con sus sayones,
dos de sedas de colores con sus sayos, vno con
vnas sobreuardas e sayos de terciopelo camiesi
g^niecido de fresos de oro, con vnas rosas de
plata sembradas por encima.
Los capitanes que nucuamente con Caraua-
jal yuan fueron bien en orden; no los contamos
porque en nuestro tratado no están nombrados
e no queremos turbar los nombres para los que
querrán sacar por los vnos nombres los otros.
Rafael de Pacis se partió ante destc porque
se fue a viuir con el papa e houo una conducta
de setenta langas, pero lleuó tres aderezos fe-
chos de Ñapóles para su persona e tres caua-
llos. El vno era vnas ricas cubiertas pintadas
con vn braeo en cada pieza que t<;nia vna pal-
ma en la mano, con vn rétulo rcuuelto en ella
con vna letra que dezia:
La primera letra desta
tengo yo en las otras puesta.
Para este atauio lleuó vn sayo de brocado
negro; lleuó otro atauio de brocado con vnas
cruíses coloradas de sant Jorge sembradas por
encima; otro atauio lleuó de terciopelo negro
cubierto de lazos de brooado sentados sobre
raso blanco e todos los vazios llenos de vnas pal-
mas [>equeflas de plata a manera de batientes.
El marques de Pescara lleuó "quatro cauallos
con cuatro aderemos; los tres con sobreuardas
e sayos de brocado; los dos de rico, el vno de
raso. El principal era de raso carmesi con vnos
fresos de oro entomeados, vna mano vno de
otro e de freso a freso estaua cubierto el car-
mesi de hilo de oro que cubría la seda, saluo
que de tres a tres dedos se ataua el oro con vn
cordoncico pequeño fecha vna lazada e quedaua
entre vno c otro hecho vn centelle de la seda
y el oro hecho dos medio centelles.
El conde Atorran Farramosca entre otros
atauios que lleuó, el principal fue vnas sobre-
uardas e vn sayón de raso carmesi con vnas
águilas de oro bordadas en las piezas, de las
quales salian vnos fuegos que ocupauan todos
los vazios. Era tan rico que se cree que fuesso
el atauio que más avia costado vno por vno.
Su hermano Guidon Farramosca lleuó el
principal atauio de su persona de brocado e ter-
ciopelo carmesi hecho a triangulof, con vnos
tríanguloB del brocado en el carmesí; del car-
mesi en el brocado pequeños, con pestañas de
raso blanco.
Don Luys de Hiscar hizo dos atauios de su
persona; vno de brocado de oro tirado, sobre-
uardas e sayos, otras sobreuardas e sayo de
raso amarillo e raso blanco a meatades; el raso
amarillo cubierto de una red de plata con vnos
batientes de plata en los nudos, y en lo vazio
sobre el raso vna cifra de plata estampada;
sobre el raso blanco la misma red de oro con
los batientes e piezas doradas. Pero este murió
ante de la partida de Ñapóles.
Mossen Torel hania hecho sin otro atauio
vnas sobreuardas e sayo de terciopelo carmesi
e raso carmesi a meatades cubierto todo de vnas
tortugas de plata, saluo que en las iiardas eran
grandes y en el sayo pequeñas; pero este tam-
bién murió antes del partir e llevólo su hijo.
El marques de Bitonto sin otros atauios de
brocado qne lleuó hizo vnas sobrecubiertas e vn
sayo de terciopelo negro con vnas epigramas
de oro bordadas por él, muy ricas.
El prior de Roma hizo vn atauio de brocado
azul e terciopelo carmesi hecho a triángulos
con pestañas de raso blanco, sobre los trián-
gulos de carmesi hauia vnas piezas de oro es-
tampadas tan espessas que a penas se deseu-
bria la seda.
Don Jerónimo Fenollet lleuó dos atauios
^'no de terciopelo morado e raso encamado he-
cho a centellas con tiras e lazadas de tafetán
blanco, como el del prior de Mesina; lleuó otras
uardas de terciopelo negro con vna reja de fre-
sos de oro sobre tafetán encamado hecho a cen-
telles; en las juntas de los fresos hauia vnns
puntas de plata bien releuadas e vn batiente
en cada punta; en los vazios del terciopelo ha-
uia vn centelle de plata estampado tan grande
que de terciopelo se descubria tanto como era
94
ORÍGENES DE LA NOVELA
el freso de ancho. Lleuó con ellas vn sayo de
raso blanco c raso encarnado a nicatades, con
vnos lazos de brocado por medio de los giro-
nes e cortapisa sentados sobre lo encamado
con pestañas !>lancas, sobre lo blanco con pes-
tañas encarnadas. Hauia en los vazios de los
lazos vnas yilletas de plata estampadas, en lo
blanco doradas, en lo encamado blancas, con
muchos batientes de la misma manera. El cuer-
po del sayo estaña Forrado de brocado muy rico
acuchillado el raso de encima e muy guarnecido.
Mossen Gomaran fue por alférez real; lleuó
vn rico atauio bordado.
El duque de Grauina, el duque de Trayeto,
el marques de la Tela, el marques Gaspar de
Toralto, el conde de Montclion destos no es-
pecifica la escriptura particularmente lo que lle-
uauan, porque según estos otros quien quiera
lo puede considerar e porque sus atauios eran
de brocados c de sedas, sin manera de denisas
ni inuenciones.
De Cicilia vinieron algunos caualleros; aqui
no se nombra sino el conde de Golisano y el
lugar teniente de Cicilia que se llamaua Don
Juan de Veyntemilla. Cualquier destos caua-
lleros napolitanos e cecilianos que no tenían
cargos, fueron tan complidamente en orden,
que ninguno lleuó menos de veynte gentiles
homl»res do cadenas de oro de su nación. De
manera que se estima que sin las mili c dozien-
tas lan^iis de ordenan9a c capitanes, lleuó el
visrey con los cincuenta continos del rey y estos
señores e los italianos que con ellos yuan e
muchos otros caualleros Españoles que viuian
con el rey, e otros que de nueuo allí se llega-
ron délos otros campos de Francia e venecia-
nos e del papa e de Ferrara, trozientos caualle-
ros de cadenas de oro entre hombres de titulo
e varones e caualleros.
Agora hablaremos del dia qu'el virrey partió;
las damas que en tres o quatro partes se jun-
taron, porque por su nombre propio las nom-
braremos, mas como hauemos hecho los caualle-
ros, para quien quiera especular o escamar por
los vnos nombres los otros, pues que se podran
hallar vnos por el principio de los nombres o
títulos fengidos, otros por las deuisas e colo-
res; assi que mire bien cada vno que no es esto
nada falso ni fengido.
LA PARTIDA DEL VISREY
,E1 señor visrey partió de Ñapóles, domingo
a medio dia, ocho de noniembre, acompañado
de todos estos caualleros e otros nmchos princi-
pales e perlados e señores que en la tierra queda-
ron, entre los quales, fue el cardenal de Sorren-
to, el arzobispo de Ñapóles, el principe de Visi-
ñano, el príncipe de Melfa, el duque de Ferran-
dino, el señor Prospero, el duque de Bísella, el
duque de Atria, el conde de Soriano, el conde de
Matera, el conde de Charíata, el conde de Tra-
uento, el almirante Yillamarin, el marques de
Layno, el conde de Mareo e nmchos otros caua-
lleros. En estos que aqui se nombran que que-
daron hay muchos de los que en el tratado ha-
uemos continuado en las fiestas nombradas; los
quales son el marques de Nochito, el duque de
Bisella, el duque de Ferrandina, el conde de
Marco, el conde de Sarao, el conde de Trauento,
el almirante, el cardenal don Carlos de Aragón.
En las casas del principe de Salemo estañan
las señoras rey ñas de Ñapóles con sus damas,
doña Juana Castriote, la duquesa de Grauina,
doña María Enriquez, doña María Cantelmo,
doña Porfida, doña Angela Villaragut, doña
Juana Carroz, doña Violante Celles, la señora
Diana Gambacorta, la señora Mamia, la mar-
quesa de Layno, la marquesa de Toralto e otras
muchas damas.
En Castel Novo estaua la visreyna e su her-
mana, la condesa de Capacho muger del almi-
rante, su hermana la nmgcr de don Alonso de
Aragón, e otras muchas señoras.
En casa del conde de Trauento estaña la
condessa e su hemiana la condessa de Terra-
noua e sus hijas, la marquesa de Nochito, la
condessa de Soriano, la condessa de Matera o
otras muchas señoras.
En casa de la señora duquesa de Milán la
señora su hija doña Bona, la duquesa de Tra-
yeto, la señora Isabel, la señora doña María de
Aragón, la Griega e las otras damas de la se-
ñora duquesa e la condessa de Marco.
En casa de lamarquessa de Pescara estaua la
marquesa, e la marquesa del Guasto, la marque-
b.-i de la Padula, la condessa de Benafra, doña
Castellana muger de AntoniodeLeyua, la mar-
quesa de Vitonto, la duquesa de Franca Vil a.
En casa de madame Andríana estaua ella e
su hija e doña María Dalise e las hijas de Cario
de Fango.
LO QUE DESPUÉS DE PARTIDO EL VISREY SE
SIGUIÓ £ LO QUE FLAMIANO HABLÓ A VAS-
QUIRAN DESPIDIÉNDOSE DEL. — DONDE EL
AUTOR TORNA A USAR EL ESTILO PRIMERO
DE LOS NOMBRES FENQIDOS.
Las otras damas que en aquel dia liouo no
se nombran aunque fueron muchas, mas no ha-
zen al proposito de nuestro tratado porque en
el no se han hallado. Partido el visrey quedaron
alli algunos caualleros por algunos negocios que
les cumplian o satisfazian, entre los quales que-
dó Flamiano por poderse despedir deVasquirau
más a su plazer, él queriéndose partir comenyo
a hablar con Yasquiran desta manera:
QUESTION DE AMOR
95
Agora, Vasqniran, conozco que mi vida es
{)oco o durará poco, porque dos cosas que viua
a sostenían agora la acaben ; la vna era tener
yo esperan9a de ver a mi señora Belisena que
della era señora, la otra era tu compañía e cou-
nersacion que a los males della ponía consuelo.
Pues agora el ausencia apartándome dos bie-
nes tan grandes no puede sino encausarme dos
mili males mayores, por donde conozco en mí
que me acerco a la muerta apartándome de ti.
Una cosa te suplico, que no te enojes de escri-
uirmc, por que yo sé que poco te durará tal fa-
tiga. E si de mi fuere lo que pienso que será,
megote que este amor tan grande que agora
nos sostiene e con sema en tanto estremo de
bien querer, que de tus entrañas no lo dcxes
amenguar ni venir a menos, como muchas vezes
acont<?ce, según yo te lo he escripto contradi-
ciendote; mas ante te suplico que en el pligo de
tus lastimas lo envueluas, para que con aque-
llas, de mi te duelas como dellas liazes. Esto te
pido no por darte a ti fatiga como dello recibi-
rás, mas por el consuelo que mi alma recebira
de ver la memoria que de mi tienes, e plcga a
nuestro Señor que en ti dé tanto consuelo e
alegría quanto yo desseo e tú has menester. No
me cuentes esto a pobreza de animo, porque pa-
recen palabras en algo mugeriles, ante lo atri-
buye a lo qu'es razón, porque lo mucho que tu
ausencia me lastima, la poca esperanza que de
vida tengo me lo haze dezir. Suplicóte que en
tanto que aquí estaras no dexes de visitar a mi
señora Belisena, porque sola esta esperanya me
dará esfuerzo para lo que me quitará la vida,
que será poder caminar donde de su presencia
me alexaf e. No quiero más enojarte con mis fa-
tigas, pues que siempre desseé complazerte con
. mis seruicios, sino que me encomiendo a ti, e
te encomiendo a Dios.
BE8PÜE8TA DE VASQUIRAK A FLAMIANO
Todo el bien que la muerte me pudo quitar
me quitó; todo el consuelo e descanso que la
fortuna me podia apartar para mis trabajos, me
apartó en tu partida, y esta lastima te deue bas-
tar, Flamíano, viendo con tu ausencia quál me
dcxas, sin que con tal pronostico más triste me
dexes como hazes. No son tus virtudes, siendo
tantas, para que tus dias sean tan breues, por-
que muy fuera andaría la razón e la justicia de
sus quicios si tal consintiesse. Tu viniras e plega
a Dios que tan contento e alegre como yo
agora tríate e descontento viuo. Lo que a mi
memoría encomiendas, por dos cosas es escu-
sado; la una por lo que he dicho, la otra por-
que si otro fuesse lo que no será, quien a tus
dias daría fin a los mios daría cabo, por muchas
razones que escusar no lo podrían;- mas en esto
no se hable más porque parece feo. Mandas me
que a la señora Belisena visite; también es es-
cusado mandaiiuelo, porque quando tu amistad
no me obligara a hazerlo, su merecimiento me
for9ara. Lo que me pides que te oscriua, te su-
plico que hagas como es razcn. Yo me partiré
lo mas presto que pudiere para Felemisa, ne-
gociado que alli haya algimas cosas que me
conuienen, trabajaré de ser muy presto contigo
si algún graue impedimento no me lo estorua,
lo que Dios no quiera. Entre tanto viue alegre
como es razón, pues que vas en tal caun'no que
por muchas causas a ello te obliga. La una yr
en semicio de la yglesia como todos ys. La otra
en el de tu rey como todos deuen. La otra
por que vas a usar de aquello para que Dios te
hizo, quVs el habito militar donde los que tales
son como tú, ganan lo que tú mereces e gana-
rás. La otra e principal que llenas en tu pen-
samiento a la señora Belisena c dexas tu cora-
9on en su poder, qu'esto solo basta para fazorte
ganar quantas vitorías alcanzar se podrían. Una
cosa temo, que la gloria de verte su seruidor e
las fuerzas que su seruitio te ofrecerán, no te
pongan en mas peligro de lo que haurias me-
nester. Yo te ruego que pues la honrra es la
prenda deste juego, que dexes donde menester
fuere la voluntad e te gouienies con la discre-
ción. E assi te encomiendo a Dios hasta que
nos veamos e siempre.
LA PARTIDA DE FLAMÍANO
Acauados sus razonamientos hablaron en
otras muchas cosas todo aquel dia, hasta la
tarde que Flamiano fue a besar las manos a la
señora duquesa e despedirse della c de su se-
ñora con la vista. A la qual embió estas coplas
que hizo por la partida, después de haberse
despedido.
Poco es el mal que m*aquexa
estando en vuestra presencia
en respecto del que ausencia
dentro en el alma me dexa
y en la vida,
porque siento en la partida
tanta pena e tal tormento
que no hallo a lo que siento
ya medida
ni me basta el suffrímiento.
E siendo mi pena tal,
no me quexo ni hay de quién
que quien nunca tuvo bien
no se ha de quexar de mal,
ni yo lo hago
porque con la pena pago
aunque me sea cruel
mi pensamiento, pues del
9G
ORÍGENES DE LA NOVELA
me satisfago
con que no hay remedio en ól.
Callo porque siempre crece
mi dolor que nunca mengua
pues ha callado mi lengua
lo que mi alma padece,
con tal pena,
mas agora me condena
este mal deste partir
para que os ose dezir:
aun no suena
que se acaha mi viuir.
Acabase porque veros
me mata con dessear
7 el desseo con pesar
de verme no mereceros,
pues presente
de tal bien tan mal se siente
el triste que no os verá,
dezidme qué sentirá
siendo ausente,
claro esta que morirá.
Assi que, señora mia,
lo que siempre desseé
fue morir en vuestra fee
como agora se me guia,
si mi suerte
alcan9asse con la muerte
tanto bien en pago della
qu*os pesasse a vos con ella,
menos fuerte
me seria padecella.
Mas nunca vos hareys tal
porque vuestro merecer
no lo consiente hazer
viendo que es pequeño mal
morir por ello,
assi que si me querello
será, señora, de mi,
porque nunca os merecí
e sin merecello
tantos males padcci.
E podeys ser cierta desto
qu'en veros supe juzgar
que no se podia pagar
UíTíto bien con menos qu'esto,
de manera,
que conocerá quien quiera
pues que se muestra tan claro
que a muy poco mal me paro
aunque muera
c que no me cuesta caro.
Assi que con la partida
no'stá mi mal en morir
siendo qual será la vida,
mas consiste en el viuir,
que si pensaua
todo el mal que me causaua
lo que yo no mcrecia.
quauto en ella adblecia
me sanana
cada vegada c'os vía.
De suerte que mi dolencia,
me fuer9a para que muera
pues la salud no se espera
que daua vuestra presencia,
pues sin ella
todo'l mal de mi querella
no'stá más d'en el viuir
junto con ella,
no hauria mucho que sofrir.
Assi que parto muriendo
e voy vino desseando
la muerte que ya demando
por no morir mas viniendo.
Dios me guaixle
que 6u venir no se tarde
mas que abreuie su venida,
porque ya estoy de la vida
tan cobarde
quanto estoy de la partida.
De manera que tardarse
lo poco que durará
no es viuir pero será
la muerte más alargarse,
porque della
menor mal es padeceFa
que penando desealla
pues el triste qu*en buscalla
va tras ella
descansará si la halla.
Y de ser con ella cierto
no puedo mucho tardar
pues comen9adme a contar
dende agora ya por muerto:
que lo ya soy
e no creays que dende hoy,
porque dende el primer dia
c*os puse en mi fantasía
muerto estoy
e muerta el anima mia.
Pues embiadas estas coplas con vn paje suyo
para que a la señora Yssiana se las diessc, por-
que de su mano a noticia de Belisena vinies-
sen, Flamiano se partió con el marques de Per-
siana que avn no era partido, e con el prior de
Albano y el prior de Mariana, los quales jun-
tos partieron. Yasquiran salió con ellos vn:i
gran pie9a del camino, en la cual siempre con
Flamiano fue hablando. Llegados donde des-
pedirse deuian, Flamiano dizo a Yasquiran:
Señor Yasquiran, esto que agora os quiero de-
zir, va fuera de todas las passiones e fantasías
de las cosas de amores, ni sus vanidades, saluo
que la verdad es esta, que después que esta
partida determine nunca mi coraron, dello ha
podido tener contentamiento e alegría, ante
QÜESTION DE AMOR
9:
vna intrínseca tristeza que del espíritu e del
animo me nace e nunca vna hora me dcxa, sin
ptKler conocer cansa que para ello tenga, qui-
tadas las que te dixc que no son desta quali-
dad, por lo que apartarme do tí me fatiga, des-
seo y esperanza de tornarte a ver daria con-
suelo c de la señora Belissona assi niesnio;
mas créeme vna cosa e mira en qué lioi-a te lo
" digo, que mi vida seré muy poca porque yo me
lo siento en la mano c verlo has que assi será.
A lo qaal Vasquiran con muchas razones sa-
tisfizo, apartand(»8elo de la memoria y en algo
reprehendiéndole, aunque en lo intrínseco no
menos alteración recihia qu'el otro puhlicaua.
E assi se despidió Vasquiran del señor mar-
ques e de los dos priores e de otros caual loros
que con ellos yuan, e a la fin do Flamiano con
tantas lagrimas que ninguno podía pronunciar
palabra al otro; ante estando vn poco abraca-
dos, al vno e al otro las entrañas verdadera-
mente se les arrancaban, hasta que despartidos
sin hablar se dieron paz, e assi Vasquiran e los
suyos se torno a Noplcsano tanto lleno de tris-
teza que en todo el camino ni en aquella noche
a ninguno habló palabra, ante la j)as6 toda
trastornando por el juyzio diuersas cosas; ve-
níanle a la memoria sus viejas e frescas llagas,
su nueua soledad, las palabras que Flamiano
le hauia dicho que de nueuo dolor lo afligían,
recelando lo que tenia como fue.
CÜBNTA BL AÜGTOB LO QUE VASQUIRAN HIZO
D&6PUES DB TORNADO TODO BL TIEMl'O QUE
DÜBÓ HASTA QUE SUPO LA NURUA DE LA
BATALLA
Tornado Vasquiran a Noplesano conion^o
aderezar las cosas de su partida, en el qual
tiempo cada día yua a visitar a la señora du-
quesa e muchas vezos hablaua con la señora
Bclisena de diversas cosas, en especial de los
caualleros que eran partidos. E assi a cu)>o do
algún tiempo, hauida vna ñauo se partió. Lio-
gado a Felemisa comento a poner en orden
las cosas nccessarias para partirse al campo, y
en este tiempo siempre estuuo con mucha con-
gf>xa e tristeza recelando alguna mala nueua
como después le vino, la qual fue causa qu í di-
uersas uezes determinara partirse dissimulada-
Dicnte, porque las palabras que Flamiano en la
partida le habló le causauan infinitos e temero-
sofl pensamientos. Pues estando assi recelando e
BU partida poniendo en orden, vna noche pas>
sada la semana de passion, que ora la primera
de la pascua dé alegría en la qual fue la cruel
batalla de Rauena, Vasquiran estando en su
lecho dormiendo le siguió vn sueño en el qual
vio todo o lo mas que en aquella triste jornada
de Rauena se era seguido. Lo qual con mucha
ORÍGENES DE LA NOVELA—?
turbación otro día contó a sus criados, siempre
diziendoles lo que temía, assi como fue.
CUENTA VASQUIRAN A SUS CRIADOS LAS COSAS
QUE LA NOCHB ANTE HAUIA SOÑADO
Habeys de saber, honnanos, que no puedo
menos do hazor do no descobriros vn caso qu'es-
tA noche nio ha seguido, como a fieles seruido-
ros o l)uenoR amigos, aunque las cosas de los
sueños en general por cosas vanas son tenidas,
como plega a Dios que esta soíi. Mas como la
materia dolía tan grane me sea, el recelo que
dello tengo me haze que me parezca a la vista
ver 'adora. Hauoys de sai>or que esta noche es-
tando de mis fatigas con el dolor mas atónito
que doiTiiido, como suelo, me pareció que me
hallaua (caminando a la marina de Venecía por
vna llanura cerca de vna ciudad la qual veya
cercada de gente que no podía ningimo conocer.
E assi andando por vna ribera de vn rio arriba
sintia uniy gran roydo de armas e de artílleria
en tanta manera que me parecía que la tierra
toda se quería hundir e que el cielo se cay a. E
como tal roydo sentí, apressuré mi andar por
vn pequeño bosque y en poco espacio me vi al
salido de'l en vna altura e assi mirando el gran
alarido de las vozos, miré allende el rio que
junto me cstaua, vi la mas cruda batalla e la
mayor que parece hauer oydo, no solo en vna
parte, mas en diuersas, de la qual me parecía
que vía salir muy mucha gente e meterse en el
río en vnas barcas e los vnos yuan el río arriba
o los otros el rio abaxo, de los quales no podía
<!onocer quídn ninguno dollos fuesse, sainos que
los que yuan por el rio arriba lleuauan vnas
cnizes coloradas en los pechos e los cuerpos e
ropas teñidos de sangre, e parecía que yuan
(rantando e muy alegres. E los que yuan el rio
ayuso lleuauan vnas cruzes blancas en los pe-
chos e los cuerpos assi mesmo de sangre teñi-
dos, e los rostros assi mesmo de sangre lloro-
sos, e parecíame que sus barcas yendo el rio
abaxo, que se hundían en el agua e ninguna
parecía, ni los que en ellos yuan. E las otras
que arriba caminauan me parecía que se metían
por vna floresta la mas hermosa del mundo, e
que todos yuan cantando o muy alegres, o assi
desaparecían de mi uista. Estando assi vi ve-
nú* vna gran barca con muchos caualleros man-
cebos, con la deuisa do los que arriba camina-
uan, e vilos a todos Cí>n vnas coronas de flores
en las caberas e vnos ramos en las manos, can-
tando muy alegres, e como en par de mi llega-
ron, vino la barca acostándose a la ribera del
rio donde yo estaña, e como mas cerca de mí
fue, conocí ([u'en la proa de la barca venía Fla-
miano con muchas heridas en el rostro y en la
persona, o vi que me saludó con la cabera e no
98
ORÍGENES DE LA NOVELA
hablaua. Vi junt<» con é\ a su costado al conde
de Auertino, de la misma manera del herido.
Vi en la delantera assentados al prior de Ma-
riana e al prior Albano, e vi a Hossellcr el pa-
cifico e Alualader de Carón is o a Pomcrin e a
Petrequin de la Gruta, c vi a Guillermo de
Lauro e a su hermano el conde de Torremues-
ira e mas de cien caualleros Españoles e do
Noplesano, e vilos todos con umchas heridas
en sus personas. Vi infinitas barcas de a(iuella
manera, en las quales parecia que nlucha genU^
conocia. E como esta barca principal tanto cer-
ca de mi llegó, pusemo al orilla del agua por
entrar en ella, e siendo cerca de mi Flamiano,
alargó la mano contra mi, e yo por entrar en
la barca, parecióme hauer caydo en el agua. Con
la qual turbación recordé, e tan alterado que
mas no podia ser. Assi que todo lo que de la
noche quedaua, passé velando en diuersos pi^n-
samientos. Plega a Dios que no hayamos al-
guna mala nueua.
OUEMTA EL AUGTOR COMO DENDE A TOCOS DIA8
LLEGÓ FBLI8EL A FBLERNI8A CON LA NUBÜA
DE LA BATALLA
Passados algunos dias después desto, llegó
en el puerto de Felernisa vna nave que de No-
plesano venia, por la qual se supieron las n ne-
nas de la batalla passada. Venia en la nave
Felisel , el qual como a Vasquiran vio, ¿quién
podrá contar los dolorosos gemidos, los entra-
ñables gritos que en su presencia dio, estando
gran pie9a sin palabra poderle pronunciar? Al
qual con muchos ruegos e consolaciones, Vas-
quiran comento a rogar que se reposassc, aun-
que no menos alteración en él haiiia para oyr
lo que ya pensaua que le podría contar que en
él para podérselo dezir. Pues algo Felisel so-
segado, comentó en esta manera a dezir:
Agora podras, Vasquiran, de verdad plañir,
agora no tienes quien tu porfía te vcn9a, agora
el más de los solos te puedes llamar, agora el
más verdaderamente lastimado, agora el más
sin consuelo e con menos remedio; agora po-
dras dezir que tus males esperan9a de bien no
tienen, agora con ra^on pedirás la muerte por-
que en ella halles reposo, agora con ra^on della
te podras quexar, pues lo que recelas perder te
llena c a ti que la pides dexa, agora tienes ra-
9on de aborrecer la vida, agora conozco que
ninguno en desdichas te es igual, agora puedes
dezir que la fortuna teniéndote debaxo su rue-
da ha parado fuera de toda ra9on cínitra ti;
agora comien9a de nueuo a plañir e llorar con
la muerte de Violina, la de tu caríssimo amigo
Flamiano, con todos quantos ann'tífosen el mun-
do tenias, pues ([ue la muerte ninguno te ha
dexado. Assi que no me pidas más particula-
ridades de tu mal e mis malas nueuas, sino que
ninguno te queda de quien alegrarte puedas;
por eso en general comienza de todos a dolerte
e de ti a hauer lastima, porque ellos con hon-
rrosas muertes ya repossan e tu amarga e tris-
te vida viuiras desscandola. Vna carta te tray-
go de mi señor, la (|nal en mi presencia acauó
de esc reñir dando fin a su vida.
CARTA DE FLAMIANO A VASQUIRAN
ESTANDO TARA MORIR
Vasquiran, si la breuedad de mi muerte más
largo espacio me diera, más larga te huuiera
hecho mi carta. Pero pues la vida, no ha tenido
más lugar para partirse de mi, perdóname. No
te escribo del caso, ni de como nuestra batalla
passó, porque de muchos le sabrás, e ninguno
sabe como fue» ni puede saber mas de lo que
vio. Solo quiero que sepas que sin mi ninguno
de quantos amigos tenias te queda vino, salvo
algunos que en prission quedan. Bien sé que
nos ternas envidia por no hauerte hallado con
nosotros para dexar nuestra compañia, como
soy cierto que lo hizieras. Yo te lloro porque
agora conozco que tu vida será qual publicanas.
Ningún remedio para tu consuelo tienes mejor
que con la discreción esperar tras lastimada
vida honrrosa muerte, donde según comienvio
a sentir, creo que el verdadero reposo se halla.
Assi que discreto eres, conforma tu desseo con
la voluntad de I)i('S y él te dará remedio a tus
pesares como a mi me ha hecho. De mi te rue-
go que no plangas mi muerte porque es la cosa
de que en este mundo he sido más contento.
Si mi ausencia te fuere grane, piensa en que la
vida no es tan larga que presto no nos veamos
e con esta esperanza que de tu desseo me con-
suela, vive contento. Solo vna cosa me parece
que a mi anima da pena queriendo de mí par-
tirse e a mi cuiíi^po queriendo despedirse della,
esto es que mis ojos no ayan podido ver a mi
señora antes de mi fin, para que dcnde aqui co-
men9ara a sentir la gloria que allá espero, pues
que acá siempre me falleció. Verdad es que
siempre esperé en la muerte el descanso que en
la vida no hallaua. E no alargo mas porque mi
viuir se acorta, que a esta e a mi vida a vna dio
cabo, encomendándote a Dios a quien mi alma
encomiendo. Hecha en Ferrara a XVII de
Abril. Año 1512.
El que en la muerte mas que tú ha sido ven-
turoso, tu verdadero amigo, Flamiano. Deo
gratias.
FIN
CRISTÓBAL DE VILLALON
"»/«^^ *"»»^»'""»»»'»- ••^<" •« •« «««>A/«AM/> A/>«^ •> A^^^« r> «V» »/«»»_ •\/^av/>^M/> ^ »n/W>/> o*» <»^ •«
DIALOGO
QUE TRATA DE I.AS TBASFORMACTONES DE IMTÁGORAS,
BN QUE SE ENTBUDUCE UN ZAPATERO LLAMADO MIOYLLO E UN GALLO
EN QUYA FIGURA ANDA PITÁQORAS.
OBRA INÉDITA
^
CAPITULO PRIMERO
Como el gallo despertó á 8u amo Micillo e los
consejos f¡ue le da,
Micillo. — Gallo.
\ MioiLLO. — ¡Oh maldito gallo! quo con esta
tu I>oz ynbidiosa tan aguda Júpiter to destru-
ja, porque con tus bozes penetral Oes lue has
despertado del sueño más apazible que hombre
nunca tubo, porque jo gozaba de muy conplida
bienabentnran9a, sonnando que poseja muy
gandes riquezas jj que ni en la noche no me
sea posible huyr de la pobrera, clamándome tú
: con tu canto enojoso ¿pues según yo conjeturo
H^ttn no es la media noche, agora por el gran si-
,' lencio, ora por el gran rygor del frió que avii
no me hace cosquillas como suele hacerme quan-
do quiere amanescer, lo.qual me es muy cyerto
pronostico de la mañana ; mas este desventu-
rado Telador desde que se puso el sol bozea
como si guardase el bellocyno dorado; yo te
prometo que no te bayas sin castigo porque
con vn palo te quebrantaré esa tu cal)e9« ^i
amanesciere tap presto^ porque agora mayor,
serbjcio me arias si callases^ en esta tan csqura
noche.
Gallo. — ^Mi señor amo Mi[ci]llo, en verdad
\ que pensaba jo que te azia muy agladable ser-
I bizyo si te manifestase la mañana con mi can-
to, porque levantándote antes del dia pudieses
azer gran parte de tu labor. Si antes quel sol
saliese hubieses cosidos vnos <^patos, trabajo
I más provechoso seria pari^ ti /comer, y si más
i te aplaze el 'dormir yo te contentaré callando
y me haré más mudo que los peces de la mar;]
mas mira bien que aunque durmiendo te pares-j
cas rico no seas pobre quando despiertes. .
MioiLLO. — ¡O Júpiter! destruydor de malos
agüeros; ¡o Herqules! apartador de todo mal,
¿qué cosa es esta, quel tiene vmana hoz?
Gallo. — ¿Y encantaniyento te paresce. Mi
cyllo, si yo asi hablo como vosotros ablays?
MioiLLO. — ¿Pues quién más verdadero en-
cantamiento? ¡o Dios sol)erano! apartad tan
gran mal de mi!
Gallo. — Por cierto tú me paresces muy sin
letras ¡o Micillo! pues que no as leydo los Ver-
sos de Omero, en los quales quenta que Xanto
caballo de An*hilles, después de aver relinchado
en medio de la batalla, comento a cantar en alta
boz rezando por orden los versos e no como yo
que ablo en prosa; mas él profetizaba y dezia
grandes oraqulos de las cosas que estaban por
venir, mas a ninguno pareszio que azia cosa
misteryosa ni prodigiosa, ni alguno de los que
le oyan le juzgaban por cosa mala ni dannosa,
como tú agora azes llamando a Dios, pues no
es maravylla que yo able boz de honbre siendo
tan allegado de Meren9Ío (*), el más parlero
y oloquente orador entre tocios los dioses y más
siendo yo vuestro continuo conpannero, que lo
puedo bien aprender; y si me quieres olgaré
mucho de te dezir la causa mas principal de
donde yo tenga lengua y boz como vosotros y
tenga esta faqultad de ablar.
Micillo.— Oyrete, Gallo, con tal condicyon
que no sea suenno lo que me contares, mas que
me digas la muy berdadera ocasión que-te nio-
bio a ablar como onbre.
(*) Sie, por Mercurio. ' t'
■ ". ■ ".7 ''■
100
ORÍGENES DE LA NOVELA
CAPITULO II
Como el Gallo da a entender a su amo Micy-
lio quel es Pitagoras y comojue tras/ormado
en gallo y My cilio dize vna fábula de guien
fue el gallo.
Pues óyeme, Micyllo, que tú oyras de mi vn
quento muy nuevo o incleyble; que te ago sa-
ber queste que agora te parezco gallo no a mu-
cho tienpo que fue oubre.
Mycillo.— En verdad yo he oydo ser esto
ansi quel gallo fue vn paje muy privado del
dios Mares que sienpre le aconpannó en los
plazeres y doleytes e que vna noche le llevó
consigo quando yba a dormir con Venus, y que
porque tenia gran temor del sol y que no los
viese y lo parlase a Vulcano, dexóle en su guar-
da, requeriendole que no se durmiese porque si
el sol salía y los bia que lo parlarya a Bulcano,
y dizen que tú te dormiste y el sol salió y que
como los vido f uelo a dezir á su marido de Ve-
nus, y asi Bulcano con gran enojo vino y pren-
diólos en vna rez que fabrycó y j)re80s llevólos
ante los dioses, y que Mares con el gran enojo
que hubo te bolbio en gallo y que agora por
satisfazer a Mares quando no haces otro pro-
vecho alguno manifiestas la salida del sol con
grandes clamores y cantos.
Gallo. — Es la verdad todo eso que se
cuenta, mas lo que yo agora quiero dezir otra
cosa es; muy poco tienpo ha que yo fuy trasfor-
mado engallo.
Myoillo. — ¿Deque manera es eso ansi; por-
que lo deseo mucho saber 1
Gallo. — Dime, Micyllo, ¿oyste algún tien-
po de vn Pitagoras sabio?
' Mycillo. — ¿Acaso dizes por vn 'sofista en-
j cantador el qual constituyo que no se comiesen
' carnes ny abas, manjar muy suabc, para la des-
pedida de la mesa, y aquel que presvadio a los
onbres que no ablasen por cynco años?
Gallo. — Pues sabes tanbien como Pitago-
ras abia sido Eufurbio?
Mycillo. — Yo no sé mas sino que dizen
queste Pitagoras abia sido vn honbre enbaydor
que azia prodigios y encantamientos.
Gallo.— Pues yo soy Pitagoras, por lo qual
tíí ruego que no me maltrates con esas enju-
ryas, pues no conoscystc mis costumbres.
Mycillo. — Por cierto esto es mas milagroso
ver vn gallo filosofo; pues dec^laranos, buen y jo
de Menesarca, qué causa fue la que te mudó de
h onbre en ave, porque ny este acontecimiento
t eS verísimile ni razonable creer, e ademas por
jpi^ver visto en ti dos cosas muy ajenas de Pita-
goras.
Gallo. — Di
les son.
Mycillo. — Lo vno es verte que eres parle-
ro y bullicyoso, mandando el que por cynco
años enteros no ablasen los onbres; lo otro
contradize a su ley porque como yo no tubiese
ayer que te dar de comer te eché vnas abas y
tú las comiste con muy buena boluntad, por lo
qual es muy mas necesario que mientas tu en
dezir que seas Pitagoras; que si eres Pitagoras
tú le has contradezido pues mandaste que se
abya de huyr de comer las habas como la misma
cabera del ¡)adre.
Gallo. — ¿No has conos<'ido ioh Micillo! qué
sea la causa de aciueste acaescimiento que qun-
ple para qualquicr género de bida? entonces
quando era filoso !'o desechaba las habas; mas
agora que soy gallo no las desecho, por serme
agradable manjar; mas si no te fuere molesto,
óyeme e dezirte he cómo de Pitagoras comencé
a ser esto que agora soy, anque hasta agora he
sido transformado en otras muchas diversas
figuras de animales; dezirtelo he lo que me
acaescyo en cada vna por si.
Mycillo. — Yo te ruego me lo quentes por-
que a mi me será muy sabroso oyrte e tanto
(pie si alguno me preguntare quál queria mas,
oyrte a ti o bolver aquel dichoso sucnno que
sonnava astaqui, juzgarya ser yguales los tus
sabrosos quentos con aquella sabrosa posesión
de riquezas en que yo me sonnava estar.
Gallo.— Tú tanbien me traes a la memoria
lo que en el sucnno biste como quien guarda
vnas vanas y majin aciones, tu fant-asia te re-
gozijas de vna vana felicydad.
Mycillo. —Mas sé cyerto que m'es tan dul-
ce este suenno que nunca del me olvydaré ni
de otra cosa más me quiero acordar.
Gallo. — Por cierto que me muestras ser
tan dulce este suenno que deseo 8al>er qué fue.
CAPITULO III
Que quinta Mycyllo lo que le sucedió en
el conbite del rico Everates,
Mycillo. —Yo te [lo dejseo contar porque
me es muy sabroso dezirlo y acordarme del;
mas dime tú, Pitagoras, ¿quando me contarás
estas tus transfonnacyones?
Gallo. — Quando tú, Micyllo, acabares de
contarme lo que te acontecyo en la cena y me
dixeres tu suenno, porque te lo deseo saber.
Mycillo. —Bien te acordarás que no comi
ayer ninguna vez en casa, porque topándome
ayer aquel rico Eberates en la pla^ti me dixo
que labado y polido me fuese con él a comer.
Gallo. — Bien me aqnenlo, porque yo en
todo el día no comi, asta que viniendo tu a la
noche bien arto, me dist«s vnas cynco abas, por
VILLALON. -DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
101
cjerto esplendida cena para gallo el qual en
otro tiempo fue rey y poderoso peleador.
Mycillo. — Pues entonces yo lue eché a
dormir quaudo te di las abas ; luego me dormi
c comencé a sonnar en la noche vn suenno mas
sabroso quel vyno, netar ny anbrosia.
Gallo. — Pues antes que me quentes el suen-
no ¡oh Mycyllo! me quenta todo lo que paso
en la cena de Eberates, porque me plazerá ny
tanpoco te pesará a ti si agora quisieres, con-
tándome todo lo que comiste, rumiarlo como
entre suennos.
Mycillo. — Yo pienso serte enojoso si lo que
alli pasó te contase, mas pues tú lo deseas sa-
ber, yo huelgo de te lo dezir porque nunca asta
agora he sido conbidado de algún ryco, ¡o Pita-
gora! e sabrás que ayer rejido con buena for-
tuna mo topé con Eutratas (^) y saludándole
como yo lo tenia en costunbre, encobryame
quanto podia por verguen9a que no byese my
capa despedazada, y dizeme el: Mycyllo, oy ce-
lebro el nascimieuto de vna hija mía, he con-
bidado a muchas personas para comer e ce-
nar; e porque me dizen que vno de los conbi-
dados está enfermo e no puede venir, vente tú
en su lugar y haz de manera que por ser festi-
bal el conbite vayas polido e ataviado lo mejor
que pudieres e comerás allá si acaso si aquel
faltare, porque avn lo pone en duda. E como yo
oí a Uencrates adórele y fume (sic) rogando a
Dios todopoderoso, porqu(} tubiese hefeto my
felicedad, diese aquel henfermo en quyo lugar
yo había de oqupar la silla en el conbite algún
frenesí o modorylla o dolor de costado o gotata
(«ir) de tal manera que le yzíese quedar en su
casa y no fuese allá. Pues myentras llegaba la
ora de la cena yo me fui al baño y me labe y
este tíenpo se me yzo vn siglo o vna gran
edad, mas qnando fue el tienpo llegado voyme
8olycy[to] lo mejor que yo pude atabiado, pues-
ta mi pobre capa de la parte más linpia y que
sus agujeros menos se parescyesen; allegando
a las puertas hallo otros umchos onbres, entre
los quales veo que cuatro mo90s traen sentado
en vna silla aquel enfermo en quyo lugar yo
era combídado e bcnia el mismo manifestando
traer gran enfermtKlad, porque jemia muy do-
loroso y tosía y escopia muy as({uerosamente;
venia amaryllo e ynchado; era viejo de más de
setenta años y dezian ser vn filosofo que lee en
esquelas y aze cancyones en publyco; traya
vnas vístidnras muy yploclitas, y como Arche-
bio el medico le vio y quVra allí conbidado le
dixo: señor, mejor fuera que os quedarades en
vuestra casa estando tan enfermo que salir
(*) En Lacianu el nombre del rico es Kncrates. Su
imitador lo eftcribe con la di?erMÍdad qne ne ?erá eu
el texto, KÍ ya esta yariedad de forman no C9 deftcoido
del copÍHta.
agora acá; el qual respondió: no es razón que
Daron filosofo quebrante a su amigo la palabra
avnque esté enfermo de qualquiera enfermedad.
E dixo yo: mas veo, sennor Tromopol, que ansí
se llama va el filosofo, que olgara Ancrates que
os muryerades en vuestra casa y cama en el
servicyo de vuestros qryados que no venirle a
ocupar el conbyte con hami)riento8, y que si
acierta aquí a salírseos el anima, que le pa-
resce según venís que no podeys mucho du-
rar. El filosofo, como su yntencyon era pades-
cer qualquiera muerte o ynjuria por comer de
fiesta para satisfazer a su glotonía, disimulé el
donayre que le dyxe con mucha gravedad, y
estando en esto vino a nosotros Encrates y mi-
rando por el filosofo podrydo dixo: buen Te-
mospol , muchas gracias te doy por aver venido
con esta tu enfermedad al conbite, puesto caso
que aimque no bínieras no se te dexara de en-
biar todo el conbite por orden a tu posada;
siéntate e comerás; e como yo oí que los mo-
90S le metían adentro para le asentar a comer,
muy triste comienzo a maldezir su fiaca enfer-
medad, pues no le bastó a destruyr, y muy ama-
rillo de afrenta de mí desventura, pues pense
cenar mejor, dispuseme para salir de la sala
del conbite para conplir la condicyon con que
Encrates me abia conbidado, e comenceme a
deleznar con alguna pesadunbre, mostrándome
al vespede cada vez que bolbia la cara a mí, y
casi con my rostro amaryllo le dezia: voyme a
mí pesar. También me enojaba más ver que en
toda la mesa no avía sylla vazia para mi, por-
que estaban puestas en derredor en numero
ygual con los conbídados; en fin como Encra-
tes me bio tan triste y me yva, alcan9Óme casi
a la puerta y dixome: tu, Mycyllo, buelbe acá
e cenarás con nosotros, y mandé a vn yjo suyo
que se entrase a cenar con las mujeres y me de-
xase aquel lugar. Pues como poco antes me yva
triste y desventurado, buelbo luego muy alegre
con mí prospero suceso; como ninguno se qui-
so sentar junto al hanbriento filosofo por no le
ver toser, viendo a(|uella sylla va [cía] que es-
tava enfrente del fuime ally asentar de lo qual
mucho me pesó; luego comen90 la cena; ¡oh
Pitagoras! qué opulento comer, qué fertylídad
de manjares, qué diversidad de vinos, qué co-
piosidad de guisados, de salsas y espeoya, e
quién te lo bastase a contar; quánto vaso de
oro; plateles, copas y jarros eran todos de oro;
los pajes muy dispuestos y muy bien atabya-
dos; abia cantores que nunca dexaban de can-
tar; abía dibersos ynstrumentos de música que
azian muy diversos instrumentos de melodía
y muchos que dan^avan y bailavan muy gra-
cyosamente; en suma toda la fiesta pasó en
mucha curyosídad, sino (jue tenia yo vn con-
trajKíso ([ue me tercyaba el plazer, y era que
102
ORÍííENIíS DE LA NOVELA
aquel maldito v¡<^j<) da TresniopoleB el qual
con 8U tos y rsqupir me ynchia tiinto de asco
que yo no podia comer si la aubre no me ayu-
dara, y por otra parte no me dexaba tener aten-
cyon a la música porque me fatigava con dis-
putar comigo quistiones de filosofía, preguntán-
dome qué scntia de Juan de voto a Dios con
que espantan los ninnos las amas que los qrian;
afirmóme con grandes juramentos que abia
sido su conbidado y que le diera vna blanca de
aquellas cynco que consygo suele traer, la qual
dixo que tenia en gran veneracyon y después
quísome matar sobre presbadirme con mucha
ynstancya que quando era de dia no era de no-
che y cuando era noche no era de dia. En estas
y en otras vanidades me molia, hasta que llega-
do el fin de la cena, que quisiera yo yer antes su
fin de aquel traidor por que el gozo de tanto
bien me estorbaba. Ya as oido ¡oh Pitágoras!
lo que en la cena pasó.
Gallo. — Mucho rae ha parescido bien tu
buena fortuna; mas no puedo estar en mi, de
enojado de aquel malaventurado filosofo e con
quantas importunaciones estorbaba placer tan
sabroso.
CAPITULO IV
Que pone lo que soñaba Micillo, y lo que da a
entender del sueño; cosa de gran sentencia.
Micillo. — Pues oye agora, que no me s.^ria
menos gracioso contártelo. Soñaba y(; qu(*l rico
Everates era muerto y sin hijo alguno que le
heredase y que me dejaba en su t<}stamento
como hijo que le hubiese de heredar; y asi yo
aceté la herencia y fui allá y comencé a tomar
de aquella plata y oro aquellas ollas que se aca-
baban de sacar debajo de tierra; tenia alrede-
dor de mi tanto de tesoro que no pensaba ser yo
el que antes solia coser zapatos; ya cabalgaba
en muy poderosos caballos y muías de uniy ri-
cos jaeces y muy acompañado de gente me iba a
pasear; todos me hacian gran veneración; hacia
muy esplendidos convites a todos mis amigos
y deleitábame mucho en ver aquel servicio con
vasos de oro y plata; y estando en estas pros-
peridades veniste con tu voz a mí despertar,
que me fue mas enojoso i\\ie si verdaderamente^
todo lo perdiera, y deseaba soñar veinte noches
a reo sueño tan deleitoso para mi.
Gallo. — Deja ya, mi buen Mida, de más fa-
bular del oro con esa tu insaciable avaricia; cie-
go estás, pues solamente pones tu bienaventu-
ranza en la posesión de mucho oro y plata.
Micillo. — ¡Oh mi buen Pitágoras! parés-
cete que seré yo solo el que lo suele afirmar;
pues aun creo yo que si verdad es lo que dices
que te has transformado en todos los estados
de los hombros, (jue podrías decir quanto más
deleite rescebias cuando del mendigar desca-
pado, ó cuando poseías grandes riquezas y
andabas vestido de oro y te preciabas de hacer
grandes prodigalidades distribuyendo tu posi-
ción y no es ahora nuevo consentir en el oro
nuestra felicidad, pues abasta la esperanza de
lo haber para dar animo al cobarde, salud al
enfermo.
CAPITULO V
Pone ú quantos peligros se ponen las personas
por adquirir riquezas y lo que dello les su-
cede y si es lícito o no.
Micillo. — Dime agora quantos son los que
menos preciada su vida y pospuesta la seguri-
dad de vivir se disponen a salir de sus propias
tierras donde son nacidos y criados, y desampa-
rados sus padres y parientes, no estimando el
sosiego de su anima, se ponen en el mar de las
tempestades ciertas a mal comer y mal beber,
a peligro de morir cada hora en manos de sus
enemigos, para pasar a las Indias por adquerir
las inciertas riquezas del oro, por gozar do la
f eb'cidad de lo poseer, y después de {)asado8 diez
años en las Indias o en otros semejantes luga-
res a quantos peligros se disponen por lo ganar
de aquella gente imrbara y sin fe ni sin ley,
quanto animó con arte uno solo a docientos de
aquellos solo por ver entre las piedras el oro
relucir; y aun despucfct de haber pasados todos
estos peligros plugiese a Dios fuese licita su
posesión porque no sé yo con qué color pueden
olios tomar a(|uella gonto el oro (jue poseen; y
a fin si fuesen a lo cavar de las venas de la tier-
ra y con su propio trabajo y sudor lo procurasen
adquerir descubriendo las minas donde está,
aun con justo título lo podrían tomar, no ha-
ciendo cuenta si era nescesario de lo tomar a su
rey por estar on su territorio y juridicion, j)or-
que no (juiero agora dudar si posean los reinos
con razón ni los extraños se los puedan tomar;
bien sé yoque por vedar ellos qu<» se les predique
el Evangelio de J)ios los pod(?mos hacer guer-
ras y todo lo demás; en suma todo lo puede
el dinero; las piañas quebranta, los rios pasan
en seco; no liay lugar tan alto que un asno car-
gado de oro no lo suba: ¡olí, qué bienaventu-
ranza es el tener qu(i dar; qué miseria es el con-
tino rescebir; las riquezas conservan los amigos,
allegan los parientü'S, adquieren quien de vos
diga bien; t<Klos le saludan, linios le llaman al
rico señor, y si pobre es, de todos es desechado
y aborrescido de con tino; quel pobre os hablo,
oís pensando qué os quiero pedir; on conclu-
sión siempre oi decir quel oro mandaba todas las
cosas criadas; mas dime, Gallo, por qué te ríes.
VILLALON.— DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
103
Gallo. — Rióme porque tú también, Micillo,
estás en la misma necedad quc^stá el inorante
vulgo en la opinión que tienen los ricos; pues
créeme a mi, que muy más trabajada y desven-
turada vida pasan ellos que vosotros, y hablo
esto por saberlo como lo sé muy bien porque
yo soy inspirimentado en todas las vidas de los
hombres: en un tiempo fui rico y en otro pobre
como ago agora; si esperas lo oirás.
MiGiLLO. — Pues, por Dios, que es razón que
tú nos cuentes como fueste transformado y qué
has pasado en cualquier estado de tu vida.
Gallo. — Pues óyeme y ten por prosupuesto
que en toda mí vida nunca yo vi estado de
hombre mas bienaventurado quel tuyo.
MiGiLLO. — Yo te ruego que me enseñes mi
bienaventuranza y cuenta desde qué fueste
nascido hasta ahora que eres gallo y como fues-
te en cada uno transformado y qué te acaesció
en cada una de tus transformaciones, porque
necesariamente paresce que han de ser cosas
diversas y notabres.
CAPITULO VI
Como cuenta que fue Euforhio y da a entender
a BU amo quél había sido hormiga.
Gallo. — ^No es necesidad que te diga ago-
ra cómo Apolo trujo mi ánima á la tierra y
la invistió de cuerpo humano porque seria
muy prolijo al contar, ni debes tú saber mas
de que al prencipio vine á ser Euforbio y
vine á defender los muros de Troya contra los
griegos.
MiGiLLO. — Dime i oh preclaro varón Pita-
goras! qué fui yo antes que fuese Micillo y si
hubo en mi la misma conversión?
Gallo. — Sabrás que tú fueste una hormi-
ga de las Indias de las que cavan oro para
comer.
Micillo. — ¡Oh, desdichado de mi! ¿por qué
no traje yo acá un poco de lo que me sobraba
allá, para salir desta miseria? pues dime. Ga-
llo, en qué tengo de convertirme después de
que deje de ser Micillo?
Gallo. — Eso yo no lo sé porque está por
venir; mas volviendo á mi propósito, como al
prencipio de mi ser yo fuese Enforbio y pelease
ante los muros de Troya matóme Menelao y
dende á poco tiempo vine á ser Pitágoras;
por cierto vine á vevir sin casa ni techo don-
de pudiese posar hasta que Menesarca me la
edificó.
Micillo. — Ruégote que me digas, ¿hacias
vida sin comer ni beber?
Gallo. — Por cierto no usaba de más de lo
que al cuerpo le podia bastar.
Micillo. — Pues primero te ruego me digas
lo que en Troya pasó y lo que viste siendo tú
Euforbio, por ver si Homero dijo verdad.
Gallo. — ¿Cómo lo podia él saber, pues no
lo vio? que cuando aquello pasaba era él came-
llo ei) las Indias ; una cosa quiero que sepas de
mí; que ni Ayax Telamón fue tan esforzado
como lo pinta Homero ni Helena tan hermosa
porque ya muy vieja era, casi tanto como Hé-
cuba, porque esta fue mucho antes robada de
Teseo en Anfione; ni tampoco fue tan elegante
Archiles (jsíc) ni tan astuto Ulise«, que en la
verdad fábula es y muy lejos de la verdad,
como suele acaescer que las cosas escritas en
historias y contadas en lejos (sic) tierras sean
muy mayores en la fama y mas elegantes de lo
que es verdad. Esto te baste de Euforbio y de
las cosas de Troya.
CAPITULO VII
(¿ue siendo Pitagoras lo que le acaesció.
Gallo. — Vengo á contar lo que siendo Pi-
tagoras me acaesció y porque cumple que di-
gamos la verdad, yo fue en suma un sofista y
no nescio, muy poco ejei citado en las buenas
disciplinas, e acordé de me ir en Egito por dis-
putar con los filósofos en sus altas ciencias, con
los cuales deprendí los libros de la diosa Ceres
la qual fue inventíidora de la astrología y pri-
mera dadora de leyes, y después volvime en
Italia, donde comenze á enseñar á los latinos
aquello que deprendí de los griegos y de tal
suerte doctriné que me adoraban por Dios.
Micillo. — Ya yo he oido eso y cómo de los
Ítalos fueste creido; mas dime agora la verdad;
¿qué fue la causa que te movió que constituye-
ses ley que no comiesen carne ni habas ningún
hombre?
Gallo. — Aunque tengo vergüenza de lo de-
cir, oirlo has, con tal condición que lo calles;
yo te hago saber que no fue causa alguna ni
cosa notable ni de gran majestad; mas miré
que si yo enseñaba cosas comunes y viejas al
vulgo no serian de estimar; por tanto acordé
de inventar cosa nueva y peregrina á los mor-
tales porque más conmoviese á todos con la
novedad de las cosas de admiración; ansi yo
procuré de inventar cosa que denotase algo,
mas que fuese á todos incónita su interpreta-
ción y en conjeturas hiciese andar á todos ató-
nitos sin saber qué quería decir, como suele
acaescer de los oráculos y profecías muy os-
curas.
Micillo. — Dime agora, después de que de-
jaste de ser Pitagoras, ¿en quién fuistes trans-
formado y qué cuerpo tomaste?
104
orígenes i)K la novela
CAPITULO VIH
Como siendo PiUigoras fue transformado en
Dionisio rey de Sicilia y lo que por mal go-
bernar se sucede.
Gallo. — I)<?spiies sucedí en el cuerpo de
Dionisio rey de Secilia.
MiciLLO. — (Fueste tú aquel que tuvo por
nombre Dionisio el tirano?
Gallo. — No ese, mas su hijo el mayor.
MiciLLO. - Pues di la verdad, que también
f ueste algo cruel y aun si digo mas no mintiré;
tu ¿no mat-astí* á tus hermanos y parientes poco
á poco porque temías que te habian de privar
del reino? bien sé que sino te llamaron el tira-
no fué porque en el nombre difirieses de tu pa-
dre; basta que t« llamaron siracusano por las
crueldades que heciste en los siracusanos; dime
la verdad, que ya no tienes que perder.
Gallo. — No te negaré algo de lo que pasó
desde mi niñez, porque veas el mal reinar á qué
estado me vino á traer. Yo fue el mayor entre
los hijos de mi padre y como el reinado se ad-
quirió por tiranía no sucedimos los hijos here-
deros, sino trabajábamos ganar la gente del
pueblo que nos habia de favorcscer, y ansi yo
procuré quanto á lo primero haber á pesar de
mis hermanos los tesoros de mi padre, con los
cuales como liberal distribuí por los soldados y
gente de armas, que habia mucho tiempo (|ue
mi padre los tenia por pagar, y después por
atraer el pueblo á mi favor solté tres mil va-
rones que mi padre tenia en la carcer muy mi-
serablemente atados porque no le querían acu-
dir con sus rentas y haciendas para aumentar
sus tesoros y sol teles el tributo por tres años
á ellos y á todo el pueblo. Mas después que fue
elegido de los ciudadanos y comarcanos, ¡oh
Micillo! vergüenza tengo de te lo decir.
MiGiLLO. — Dimelo, no tengas vergüenza de
lo contar 4 un tan amigo y compañero tuyo
como yo.
Gallo. — Comencé luego de siguir la tiranía
y porque tenía sospecha de mis hermanos yo
los degollé y después los quemé á ellos y 4 mis
parientes y aquellos mayores de la ciudad, que
fueron mas de mili, y después dóbleles el tri-
buto fingiendo guerras con las cercanas provin-
cias y grandes prestamos; mi intención era au-
mentar tesoros para defender mi misera vida;
deleitábame nmcho en cortar cal»eza8 de los
mayores y en robar haciendas de los menores;
hacia traer ante mí a(|uellas riquezas; delei-
tábame en verlas; en fin, todo este mi deleite
se me convertio en gran trabajo y pesar, por-
que como el pueblo se agraviase con estas sin-
razones, conspiraron contra mi y por defen-
derme re trújeme á la fortaleza con algunos que
me quisieron seguir. Ya estando allí cercado, yo
aun quisiese usar de crueldad porque iuviando-
me embajadores de paz los prendí y los maté
y plugo á Dios que por mi maldad fue echado
por fuerza de allí y fueme acoger con los lu-
crenses, que era una ciudad sujeta á Siracusa,
y ellos me rescibieron muy bien como no sabían
que yo iba huyendo; yo como hombre habitua-
do á las pasadas costumbres comencé á robar
entrellos (sic) lucrenses las haciendas de los
ricos, tomando las mujeres hermosas 4 sus ma-
ridos y sacando las encerradas doncellas que
estaban consagradas á los templos, y robaba los
templos de todos los aparejos de oro y plata
que habia para los sacrefícios, y con estas obras
viniéronse los lucrenses a enojar de mi; joh
omnipotente Dios! y qué trabajo tenía en con-
servarme en la vida; ¡cu4n tenieroso estaba de
morir! ni osaba beber en vaso, ni aun comer ni
donnir, por([ue en lo uno y en lo otro temía
que me habian de matar; ¿qué más quieres,
sino que te doy mi fe que con un carbón ar-
diendo me cortaba la barba por no me fiar de
la mano y navaja del barbero, y trabajé por en-
señar el oficio de barbero, á unas dos hijas que
yo tenia, porque me quemaba con el carbón que
no lo podía ya sufrir? Después que por seis
años pasé estos trabajos, no me pudiendo sufrir
los lucrenses (H'haronme por fuerza de la tierra,
y sintiendo en paz á Siracusa volvime para ella,
y como de ahí algun(>s días yo volviese 4 ser
|)eor me venieron á cvhar de la tierra jion (sic)
e yo desventurado, corrido y afn'utado, sin po-
derle resistir me fue (*) en Corintio destruido
I>orme guarescer; a(|ui vine 4 vevir en mucha
miseria demandando á mis amigos y enemigos
por limosna el mantininiiento e no lo querían
dar, 4 que vine á vevir en mucha miseria y
tanta necesidad que no tenia una capa con que
me defender del frió; en fin, yo me vi aquí en
extrema misería, tanto que me vine 4 enseñar
niochachos 4 leer y escrebir porque de aquel
salario me pudiese mantener.
Micillo. — Mas antes yo he oido decir que
lo hacías por ejercitar tu crueldad castigando
los mochachos con continas disciplinas, y eras
tan extremadamente cruel que dicen de tí que
en Siracusa una bieja de muy grandísima edad
rogaiía 4 los dioses continuamente por tí que
te dejasen vivir por muchos años, y preguntan-
do pr)rqué lo hacía, pues toda la cíbdad blas-
femaba de ti, respinidio que habia visto en su
vida larga nuichos señores tíranos en aquella
ciudad y que de contino sucedía otro tirano
peor y que rogaba 4 los dioses que tú vivieses
mucho, porque si acaso había de suceder otro
(*) Kn ente diálogo entá asnilo /t/r ini\nnierables
vpfiCH en el Hentidü ác/vi.
VTLLALON.- DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
105
tan malo y más peor, que á todos inandaria
quemar juntamente con Siracusa.
Gallo. — ¡Oh Micillo! todo me lo has de de-
cir, que no callarás algo; bien has visto el tra-
bajo que tienen los hombres en el mundo en el
reinar y regir mal las provincias tiranizando los
subditos; mira el pago que los dioses me dieron
por mi mal vivir; y si piensas que más descan-
so y contento tiene un buen rey que con tran-
quilidad y quietud gobierna su reino, engañaste
de verdad, porque visto he que viven sin algún
deleite ni placer; piensa desde los primeros jus-
tos gobernadores de Atenas é de toda Asia,
Europa, África y hallarás que no hay mayor
dolor en la vida de los hombres quel regir y go-
bernar. Si no, pregúntalo á Asalon (Solón) el
cual decía que tanto cuanto más trabajaba por
ser buen gobernador de su república tanto y más
trabajo y mal anadia; pero si consideras tú cuan
gran carga echa acuestas el que de república
tiene cuidado y aquel que bien ha de regir las
cosas, piensa que no tiene de pensar en otra
cofla en todos los dias de su vida, sin nunca
tener lugar para pensar un momento en su pro-
pio y privado bien, con cuánta solicitud pnx^u-
ra que se guarden y estén en su vigor y Fuerza
las leyes quel fundó y no firmó ; <íon cuánto
cuidado trabaja que los oficiales de su repú-
blica sean justos, no robadores, no coecheros
ni sosacadores de las haciendas de los míseros
de ciudadanos y quó continua congoja tiene,
considerando que*stá puesto sobre el pueblo por
propio ojo de todos con el cual todos se han
de gobernar, como piloto de un gran navio
en cuyo descuido está la perdición de toda la
mercadería y junto en el flete del navio va, y
tienen gran cuidado en ver que si en el menor
pecado ó vicio incurre, á todo el pueblo lleva
de si; de otra parte le combate su umcha li-
bertad y su mando y señorío para usar del de-
leite de la lujuria, del robar para adquirir teso-
ros, vendiendo synos (si'cj preturas y gobier-
nos para personas tiranas que le d(>struyan los
vasallos 6 suditos, lo cual huye el buí^n prin-
cipe posponiendo cualquiera interese; ¿pues qnd
soberano trabajo es sufrir los adúlteros y li-
sonjeros que por servirles le cantan moviendo
al buen rey con loores que claramente ves que
en si mismo no los hay; pues, ¿qué afrenta rcs-
cibe cuando le canta en sua versos: hice esca-
ramuzas notables, si nunca entró en batalla ni
pelea, y cuando le procura importunar trayendo
á la memoria la genología de sus antecesores,
de cuya gloria, é\ como buen rey no se quiere
preciar, sino de su propia virtud? Alleganse á
esto los odios, las iuvidias, las murmuraciones
de los menores, de las guerras, disenciones y de-
sasosiegos de sus reinos, que todo ha de caer
sobre él y sobre su buena solicitud; pues allen-
de desto qué trabajos se ofrecen en las enco-
miendas de las capitán ias y de los oficios del
campo, de oír las quejas de los miseros labra-
dores que los soldados les destruyen sus mieses
y viñas y les roban su ganado, que no basta
mantenerlos de balde, mas que les toman por
fuerza las mujeres y hijas y sin les poder de-
fender de todo esto. ¿Di, Micillo, el buen rey
que siutirá, con que sosiego podrá dormir, con
([ué sabor comer é que felicidad ó deleite pien-
sas que puede tener? Pues ¿qué te contaré de
bs caballeros y escuderos y coutinos que co-
munican en casa del rey y llevan salarios en el
palacio real, á los cuales como en el mundo no
sea cosa más baja ni más enojosa ni desabrida
ni más trabajosa ni aun más vil quel estado del
siervo, ellos se precian de serlo, con decir que
tratan y conversan con el rey y que le veen
comer y hablar y por esto se tienen por los pri-
meros; en todos los negocios y horas con una
sola cosa son contentos, sin tener invidia de
algimo, y tratando ellos la seda y el brocado y
las piedras preciosas menos pueden y curan de
todos los buenos estados del vevir y de la vir-
tud que engrandece los nobres y este dejan por
otros, diciendo que les sea cosíi muy contraria
el saber; en esto solo se tienen por bienaventu-
rados en poder llamar amo al rey, en saber sa-
ludar á todos conforme al palacio y que tienen
noticia de los títulos y señores que andan en
la Corte y saben á cuál han de llamar ilustre,
a cuál manifico, á cuál serenísimo señor; pre-
cianse de saber bien lisonjear, porque esta es la
ciencia en que más se ha de mostrar el hombre
del palacio. Pues si miras toda la manera de
su vivir en qué gast^in el tiempo de su vida,
¡oh qué confusión y ([ué trabajo y qué laberin-
tio de eterno dolor! óyemelo y cree (jue lo dirá
hombre expirimentado y que todo ha pasado por
mi sudor hasta el medio día porque se fueron
acostar cuando queria amanescer; luego man-
dan que esté aparejado un asalariado sacerdote
que muy apriesa sacrefique a Dios junto á su
cama á la hora de medio día y después comen-
zanse á vestir con mucho espacio con todas las
pesadumbres y polidezas del mundo y a la hora
de las vísperas van á ver si quiere comer el Rey;
¡oh que hacen en palacio! dispónense á servir
á la mesa; á la hora que ni entra en sabor ni
en sazón se van ellos á comer frió y mal guisa-
do y lu(?go á jugar con las rameras ó acompa-
ñar al Rey doquiera que fuere; venida la hora
dií la cena tornan al mismo trabajo y después
que á ellos les dan de cenar, á la media noche
vuelven al juego y si juega el Rey ó Principe
ó otro cualquiera que sea su señor, están alli
en pie basta que harto su apetito de jugar se
quieren ir á dormir cuando quiere amanescer.
l*u<*s las camas y posadas de la gente de pa-
106
orígenes de la novela
lacio, ¿quién te las pÍ4itará? cada día la suya
y tres 6 cuatro echados en una, unos sobre
arcas é otros sobre cofres tumbados. En cuanto
se debe estimar; ¡oh vida de más que desespe-
rados! ¡oh Purgatorio de perpetuo dolor! Pues
entre estos anda un género de hombres mal-
aventurados que no los puedo callar; su nom-
bre es truanes chucarreros, los cuales se pre-
cian deste nombre y se llaman ansi y pienso
que en los decir su trabajo no merezco culpa
si a[ca]8o no me erré. Estos para ser esti-
mados y ganar el comer se han de hacer bo-
bos 6 infames para sofrir cualquier afrenta que
les quisieren hacer; precianse de sucios borra-
chos y glotones; entre sus gracias y donaires
es descobrir sus partes vergonzosas y deshones-
tas á quien las quiere ver; sin ninguna ver-
güenza ni temor nombran muchas cosas sucias
las cuales mueven al hombre á se recoger en
si; sirven de alcahuetes para per\'ertir a las muy
vergonzosas señoras y doncellas y casadas y
aun muchas veces se desmandan á tentar las
monjas consagradas á Dios. Su principal oficio
es lisonjear al que tiene presente porque le dé
y decir mal de la gente publicando que nunca
le dio; y en fin de todos dicen mal porque otra
vez tienen aquel ausente. Esta es su vida, este
es su oficio, su trato y conversación y para esto
son hábiles y no para mas; de tal suerte que si
les vedase algún principe esta su manera de
vivir por les rescatar sus ánimas, no sabrían
de qué vivir ni en qué entender, porque que-
darían bobos, necios, ociosos, holgazanes, in-
útiles para cualquier uso y razón, inorantes de
algún oficio en que se podiesen aprovechar, en
este género de vanidad, trabajando hechos pe-
dazos por los palacios tras los unos y los otros
confusos sin se conoscer y al fin todos mueren
muertes viles é infames; que estos mismos que
les hicieron mercedes los hacen matar porque
en su malaventurado decir no les trato bien. De-
jémoslos, pues pienso nuestra reprensión poco
les aprovechará; solo una cosa ¡oh Micillo! po-
demos de aqui concluir; que en la vida y ejer-
cicio destos necios bobos malaventurados no
hay cosa que tenga sabor de felicidad, mas gran
trabajo y peligro y desventura para si.
Micillo.— ¡Oh! Euforbio, ¡oh! Pitágoras,
¡oh! Dionisio, que no sé como te nombre, qué
admirables cosas que me has contado en el tra-
bajo de mandar reinos y provincias, á tanto que
me has hecho conceder que no hay estado mas
quieto quel mió, pues en los reyes y los que
comunican en el palacio real donde parcsce
estar la bienaventuranza está tanto trabajo y
desasosiego de cuer|)0 y de ánima que casi no
parezcan vivir. Dime agora porque me place
macho saber mas; después que fuoste Dionisio
¿qué venitte á ser?
CAPITULO IX
Que pone como fue trasformaf/o He Dionisio en
Epulón el rico y cuanto trabajo tiene uno
en ser rico y lo que le sucedió.
Gallo. — Mira, mi amo Micillo, yo no hago
caudal en el nombre, llámame como mas te
placerá. Sabrás que después de poco tiempo
que fui Dionisio vine á ser un rico de Siria lla-
mado Epulón el rico, de cuyo desasosiego y
trabajo te quiero ahora decir. Yo fue hijo de«
padres muy ricos; yo ansi por herencia, como
por la gran contratación sobrepijé en el poseer
muy mayores tesoros que ellos, por lo cual fue
muy estimado del pueblo y todos me deseaban
servir; hacianmc gran veneración con gran re-
verencia; no habia noble que en estima se me
pensase igualar; tenia grandes vajillas de plata,
vasos de oro para me servir en el comer; hacia
grandes convites y banquetes á mis amigos por
hacer gran fama de fiíi ; servíanse con gran apa-
rato de pajes muy graciosamente ataviados los
manjares; en mucha copiosidad aquellos pota-
ges y salsas en perfección; asalariaba grandes
cocineros examinados en su arte que supiesen
gran diversidad de los guisados como para un
rey; mientras comía tenia gran diversidad de
música, de cantores é instnmientos que daban
mucho deleite; bebía las aguas destiladas y co-
cidas y los vinos puestos á infriar, muy acom-
pañado de juglares y chocarreros que me da-
ban á los convidados mucho placer. Después
de haber comido jugaba todo el día grandes
cantidades de moneda por me solazar; ataviá-
bame muy suntuosamente; tenia muy podero-
sos cavallos; iba á caza de altanería y de gal-
gos; mas ¡ay de mi! que Dios sal»e con qué
ánimo hacía yo estas profanidades, que del
alma ine salia cada pequeña moneda que se
gastaba, porque si me esforzaba á lo Lacer
era por los (|uc á mi se allegaban por dar de
mi buena fama, que escondido donde no me
podían ver en mi casa con mis familiares y apa-
niguados esforzábame á pasar con un misero
potaje de miseras lentejas y aunque en él no
había para toílos po<ler comer, siempre andaba
amarillo y pensativo como se me gastaba lo que
con tanto trabajo habia adquerido yendo á las
ferías de todo Egito e Palestina y aun á las de
Grecia por convenir con loa tratan tí»s y merca-
deres y con los deudores á quien Cí)n grandes
intereses y usuras yo prestaba mí moneda; ve-
nia por los caminos y por el mar aventurando
mi persona y hacienda á los cosarios que me
robasen y me quitasen la vida, sufriendo las
cruelea tempestades que cada hora me ponían
VTLLALON.— DIÁLOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
107
en peligro de me perder; no osaba dar á ningún
mendigo un solo cornado pensando de me ve-
nir empobrecer; pesábame con grandísimo dolor
en pensar que con la muerte lo habia de dejar.
Si préstamos 6 tributos se habianjde dar al
Emperador yo habia de ser el primero; si gue-
rra habia en la provincia 6 que Roma las qui-
siese tener jo habia de ir allá y aun habia de
llevar lanzas á mi costa y mension; en todo esto
pasaba en el campo la misera vida que pasan
los soldados y suelen pasar en el campo de la
guerra. Tcmia siempre si mi hacienda que habia
dejado soterrada pensando que si me la halla-
ban quedaría pobre y si moría sin que supiesen
donde estaba pesábame. pensar que se habia de
pi*rder. Pues venido á mi patria y no sin con-
goja y dolor, venida la noche, cuando todos es-
taban en silencio y quietud, levantábame yo y
abría las huesas adonde tenia el tesoro enter-
rado y en una mesa comenzábalo á contar y
mirándolo me pesaba porque lo poseia, pues
en conservarlo me daba tanta'Vongoja y dolor,
y después de vuelto á la tierra no podía dormir
considerando si estaba seguro allí, si los cofres
en que estaba la plata y aparador los podian
hurtar; en viendo un ratón 6 una mosca luego
saltaba de la cama pensando que ladrones me
hurtaban y rohal>an; voceaba^ con gran priesa
y espauto y levantada mi gente decianme de-
nuestos é injurias, que aun agora con ser gallo
no loB querria sufrir, llamabanme'abariento rí-
x«tso miserable y que ellos mismos me robarían
con enojo de mi misera abaricia, dezian que no
querían serbirme y tenían mucha razón porque
muchas noches los azia lebantar cinco y seys
vezes que no losdexaba dormir: ¿Quién contaría
agora, MiciUo, por orden los sobresaltos, las
malas comidas y bebidas que yo pasé? Hallarías
de verdad que son los ricos verdaderos infelices
sin algún descanso ni plazer porque se les va
la gloría y el descanso por otros albañares de
asechanzas que no se paresce, ladrillados por
encima con lisonjas. E quánto mejor duerme el
pobre que no el que tiene de guardar con soli-
citud lo que con trabajo ganó y con dolor de lo
dejar. El amigo del ipobre^será berdadero"y el
del ríco simulado y fingido, el pobre es amado
por su persona y el rico por su azicnda, nunca
el ríco oye verdad, todos ledizen lisonjas y tixlos
les maldizen en ausencia por la enbídia que
tienen á su posesión. Con gran dificultad aliarás
en el mundo un rico que no confiese que le será
mejor estar en su mediano estado e en esta po-
bleza, porque en la benlad las riquezas no hazen
ríco sino oqupado, no hazen Señor, sino ma-
yonlomt), y más son siervos de sus riquezas y
ellas mesmas les acarrean la muerte, quitan el
plazer, borran las buenas costumbres; ninguna
cosa es tan contraria del sosiego y buena bida
quel guardar y arquerír tesí>ros y habellos de
conservar. Gran trabajo es sobre todo ver el
honbre veynte hyjos alredor de si de contino
pregón á Dios que yo me aya de morir ponjue
ellos se entreguen y hereden mi posesión. Pues
sobre todos mis males te quiero contar los tra-
bajos que pasé después.
CAPITULO X
(¿ue pone votno fue casado con <juatro mtigeres
y lo que ¡e sucedió con la primera; cosa de
notar.
Yo fui casado con quatro nmgeres mientras
bibi, que si me oyes me maravillaré cómo no
lloras como yo en acordarme de la mala vida
que me dieron porque sepas que no hay dolor
hasta en el casar: con cuatro nmgeres fue ca-
sado é con todas deseando tener paz mucha
nunca me faltó guerra; la primera con quien me
casé se llamaba Alcybia que por ser fija de Teo-
dosio Rey, menos preciaba mis palabras y tenia
en poco mis obras y aun los dioses saben las pa-
labras que me dezia en S(H'reto, mis críados sa-
inan cómo me trataba en publico y por que bia,
que procedía su desacato de ser mejor que yo
por ser hyja de Rey.
CAPITULO XI
Como fue casado la segunda vez y lo que
pasó con la segunda mujer.
Ya sabrás que yo me casé la segunda vez
con mujer que era mi ygual, que se llamaba
Tribuna hyja de un Tribuno de Jerusalen y
traxo á mi poder el mayor dote que hasta
hoy se halla haver dado en estas partidas y pen-
sando que por ser yguales en personas nos
acompañaría la paz jamás con ella me faltó
guerra díziéndome que guardaba lo mío sin lo
querer comunicar y que gastaba lo suyo en con-
bytes con nmjeres públicas y desonestas hazien-
do d(*sordenados gastos, dándome afrentas en
lo publico y amenazas en lo secreto, de donde
nos l>enia tan cierta la discordia quando más
me era deseada la conformidad. Querieudomc
dar los dioses entera vengan9a en ella, dieron-
me en ella un hyjo que después de sus dias que
fueron brebes hereiló los bienes de la madre por
quya muert<' sucedieron en mi; en hiendo la
desgracia que había tenido en las dos vezes que
m<» abia casado, la vna por ser la mujer me-
jor que yo é la segunda por 1<> umcho que me
dieron.
108
orígenes de la novela
rAPlTÜLO XII
Como se casó la tercera vez y lo que con ella
le sucedió.
Gallo. — IVoquré de casarme la tercera vez
con una que se llamó Laureola byja de Áureo
Coiisul que ni on j^^eneracion ni estado era mi
yj^ual, saibó que era la más apuesta dama que
en toda la probincia se bailó, la qual tomé por-
que siendo pobre y no de tan buena parte no ic-
nia causa de conqnistanne como las pasadas.
Quiero dezir, amigo Micyllo, sy con las pasadas
Iiabia tenido trabajada bida, con aquella no me
faltaron tragos de mu(»rte, porque sintiéndose
tan soblimadaen hermosura ya mi con sennales
de vejez en la cara y c(m algunas canas y con
algún desquydo della en la cama y sin dientes
para comer, dezia cosas abominables contra su
pa'dre, porque siendo ella tan hermosa la liabia
casado con honbrc tan feo, ])udiendo enplearla
en persona de mayor merescimiento y de inenor
edad con que ella pudiera mejor í^ozar su edad
é hermosura; digotc en verdad, Mioillo amigo,
que haziendome vna maunana de dormido le oí
dezir estando en contemplación: joh! malan-
dantes sean los dioses y todo esto que permi-
ten y ordenan, pues ordenaron y permitieron
que mi gentileza y hermosura se pusiese en po-
der deste monstruo, el qual piensa (¿ue con los
bienes me paga y que con el buen tratamiento
me contenta y con las palabras me eatisfaze. Sy
supiera en quauto t«?ngo sus riquezas y el caso
que hago de su tratamiento y lo (f ue estimo sus
buenas palabras, no haria l)ida conmigo, é mal-
dita sea la donzella que se casa con quien no co-
nosce porque no se vea engannada y lastimada
según YO agora; plugiiiera á los dioses que me
traxeran agora no á poder de quien tíinto duer-
me y de quien tan poco bela, bueno para lo (jue
le cumple, malo para lo que le conbicne, dies-
tro á las malicias, torpe en las I menas obras.
Bien pensó Areo Cónsul, mi padre, (¡ue en dar-
me este marido me hazia gran bien y men.-cd;
bien paresce que tubo mayor quydado de su
probecho que dolor de mi dafio. Si tubiera me-
moria de mi bien no me pnK'urara t^into mal;
pensó que me casaba con él para tener descanso,
yo pienso que jamas me faltará trabajo, porque
quien duerme después de haber dormido y no
trabaja después de hal>er holgado como este
bestiglo haze <*qué puedo esperar del sino que
el bibira cOn su desquydo y yo moriré con mi
quydado.' a él se pasa en suerios la vida y a mi
se me trasporta en trabajos el tiempo, maldita
sea yo quando dixe de sy ; ¿por qué no dixe de
no? porque m(» matara un honbrc l>¡bo y no me
diera vida un hombre muerto; aunque creo que
la vida que me dará será tal como de las otras
dos mugeres que ha tenido; pluguiese á los dio-
ses que asi como agora está se quedase y que
nunca mas mis ojos le viesen despierto. Y quan-
do vi, Miedlo, que tan deshonestas cosas dezia
hizc que despertaba por no oyr otras peores en
viéndome despierto; lebautóse de apar de mi
más enojada que contenta, diziendo que me le-
vantase en hora mala que se me pasaba el tiem-
po en dormir, sobre lo qual heñimos en tanta
descordia que no descansé hasta que puse las
manos en ella y de aquel enojo murió, de cuya
muerte y no menos de la vida quedé con tal es-
carmiento que acordándome de aquella nmger
y no poniendo en olbido las otras propuse de
hacer vida solo y no mal acompañado, y no q\u;-
riendo olbidarme la rigorosa fortuna de conten-
tarse con el mal pasado me dieron a Coridona
por muger, con la qual por...
CAPITULO XIII
Como casó la quarta vez y lo que con esta
muger le sucedió.
Gallo. — Y ansi no quiriendo olbidarme la
rigurosa fortuna de contentarse con el mal pa-
sado me dieron a Coridona por muger, con la
qual por su buena fama casé, ponjue ni era her-
mosa ni fea, ni tan poco baxa de estado ni alta
de generación y antes pobre que rica, y si con
ella casé no pienso, amigo Micillo, que lo causó
el api'tito de la voluntad ni aun el contento que
me ({uedó de las mujeres pasadas , salvo por el
di seo qufí tenia d<? haber hijos y también por
la necesidad que tenia de la guarda de mis bie-
nes y por otras causas que son legitimas para
ello y también ponjue i)ensaba que no teniendo
alguna cosa de las que las otras pasadas tenian
no me daña la vida ()ue las otras me daban, en
especial siendo en todas sus operaciones la me-
jor y mas sana donzella que creo en el mundo
se hallase; mas quiero ([ue sepas, Micillo, que
si me guerreó la primera por ser de mejor par-
te que yo y la segunda por ser el dote tan gran-
de que me dio y la tercera por la gran hermo-
sura que poseyó, que también me dio guerra
Coridona pon pie muy buena se lialló. La qual
quando guerrear me qu.'ria me ponía delante
el tratamiento que las otras mujeres pasadas
me hazian, dirieudome: ni \ns me meresceys ni
ellas fueron mis yguales, porque aunque en li-
naje la una me hizo ventaja y la otra en rique-
zas y la otra en hermosura, yo se la hago á ellas
en ser nniy mejor de nú persona y condición
que ninguna dellas, porque si la primera c>s tra-
tó con píK'a estima yo os tnito von mucha, y si
la segunda os pedia quunta en qué dispendiays
VILLALi ií.— DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
109
Hus bienes yo hnelgo (}iio d'iKpeiidíayR ]o8 vues-
tros; 7 si la tercera os agraMaba cou sobra do
palabras jo os sirvo con sobra d(^ buenas obras;
de tal manera que apenas le hablaba con pa-
ciencia, quando luego me respondía con yra di-
ciendoine: peores afrentas qne las pasadas mu-
jeres habia menester yo que no delía; í[ue ellas
Die trataban como yo merescia; de donde venia
que ella por mucho hablar, yo por poco sufrir le
daba algunos castigos y venia en tanta diferen-
cia con ella y en tanta guerra y discordia ({ue
páresela que era más que no las pasadas, y aun
digote, amigo, en verdad que fueron mayores
las que tubimos después que engendró un hijo,
que quisimos mucho, y aun mucho, mas á me-
nudo reñíamos que antes que lo hubiese; lo uno
jK)r el preñado; lo otro porque se tenia por uniy
buena no osaba hablarle lo que me comben ia
por no venir con ella en enojo; en fin ella se
murió y si más me durara yo me enterrara vivo,
porque no me aquerdo estar dia sin pasión ni
noche sin renzilla, y yo quedé della tan hosti-
gado que me paresce que hace mas el houibre
que sufre á la muy buena mujer que la mujer
que sufre al mal varón; por que no hay ningu-
no por malo que sea que una vez en el dia no
perdona la falta de su muger, ni ninguna nni-
ger por muy buena que sea que disimule ni en-
qnbra la quiebra del barón; nunca vi cordura
tan acertada como lo que hizo Udalio Gario en
Jcrosalen cuando fue importunado por los tri-
bunos que se casase con Palestina, que porque
no veníese el casamiento en efeto puso fuego a
todos sus bienes y prógutado porqu(^ lo hizo
responde que porque quería mas estar pobre y
solo que no rico y mal acompañado, porque sa-
bia que Palestina era mujer l(K*a y presuntuosa;
y otra cosa hizo Anteo en Grecia; que por no
sufrir las airadas palabras de Uentria su mujer
se subió á un gran monte y hizo sacrefício de
si mismo quemándose en un gran fuego; Ful-
sio Católo en Asía que era del linaje de los
partos, viéndose descontento con Mina su mu-
jer por la mala vida que con ella tenía, se subió
con ella á la mas alta torre de sus palacios y
diciendo, nunca plega á los dioses que tú, Mi-
na, des á otro ningún varón mala vida, ni á mi
buena otra mujer; y acabadas estas ])alabras la
lanzó de la torre abajo no quedando él encima.
Mira bien, Micillo, que felicidad tienen con sus
riquezas los ricos y que descanso con las muje-
res que son casadas; nn'ra sí tíen aquí qué de-
sear.
MioiLLO. — i Oh! mí buen Pitágoras, cuan
notables cosas has traído á mí noticia; por cier-
to á mi me parescen increíbles cuando son tan
admirables. Mas dime agora, porque rescibo
graiT deleite [en] te oír, ¿que fueste de ti des-
pués que fueste Epulón el rico?
CAPITULO XIV
Como fíe /epulón fue tran/iformado en asno;
cana f/e notar // gran sentencia.
Gallo. — Óyeme, mi buen Micillo, que yo
te satisfaré; sabrás que como complí el es])acio
de mi vida en el qual habia de dejar de ser
Epulón, fue llevado á los infiernos á ser sen-
tenciado de mis costumbres y despui'S que con
gran compaña de ánimas me pas(') en su barca
Aqueron, fue presentado ante las Furias infer-
nales Aleto y Tesífone y los jueces Minos y
Pluton, los quales estaban asentados en un tri-
bunal cercados de los acusadores y en siendo
empresentado vi ante los ojos junto todo mí
mal, que me parescío que otra vez pasaba por
él; y como le vi rescebí nmy entrañable dolor,
tan grande que tuviera por bien dejar de ser;
después que Minos me hubo desaminado man-
dó que me leyesen la sentencia conforme á su
ley é levantóse un viejo calvo de gran autori-
dad é abriendo un libro dijo ansí: ley tenéis
¡ oh dioses ! conforme á la qual el mismo se pue-
de condenar; pues oíd; el viejo en alta voz h»yo
ansí : porque los ricos en el mundo mientras
viven cometen nefandisinios pecados, robos,
usuras, latrocinios, fuerzas, teniendo á los po-
bres en menosprecio, es determinado por toda
nuestra infernal congregación qiie sus cuerpos
padezcan penas entre los condenados y sus áni-
mas vuelvan al mundo á informar cuerpos de
asnos, hasta que conforme á sus obras sea nues-
tra voluntad. V como fuese leida esta ley, man-
dó Minos que fuese asno diez años y luego lo
aprobó tíxla la congregación y aulló Proserpina
y ladró nmy fieramente el can Cerbero, porque
se requería esta solenídad porque fuese alguna
cosa firme y enviolabre en el infierno, y como no
pude suplicar fue sacado de alli y en esta opor-
tunidad ofrecióse en Egíto estar de parto una
burra de un gecíano, y como vino á parir yo mo
vine á ser el asno primero que nasció, y desque
yo me vi metido en cuerpo tan vil pense reben-
tar de enojo; mas como vi que era escusada mi
pasión pues traia poco provecho el mucho me
doler, aunque por una parte pense dejarme mo-
rir de hambre y no nuimar pensándome esca-
par de la cruel sentencia, mas desque consideré
que era inviolabre ley y ya estaba determinado
en el senado infernal y como vi que ac^uel egí-
cío era rico que me podía bien mantener deter-
miné de sufrir con paciencia mí malhadada
suerte, pensando que podía venir á manos de
otro en el nnindo que no me tratase tan bien,
y más que como mi amo me veía pequeño y bo-
nito y el primero y que con grandes aullidos
lio
ORÍGENES DE LA NOVELA
inc apartaba do la luadrc j no quoriu mamar,
entre tres hermanos mios se condolia de mi y
me traia con gran piedad á las totas y pnestas
á la boca me las apretaba y aunque yo no quer-
ría me hacia mamar por fuerza.
MiGiLLO. — ¡Oh! donosa transformación de
rey y filósofo en asno; ¿y no rcicibias en ello
enojo? porque me huelgo en to lo oir.
GalloT — Ansi como acaescc deleitarse el
hombre recontando entre sí aquello qu(; en tiem-
pos pasados con prospero estado le acaesció y
se regocija en lo contar de nuevo mili veces á
sus amigos, n*prcsentándoles qualr|uiera parti-
cularidad notable qu<í en ello se ofreciere, ansi
sin ninguna comparación apasionan más las
adversidades traidas á la memoria, enojan con-
siderar de mucho qualquiera miseria y fatiga
que cada cual pasó ; mas yo tengo por bien pa-
descer cualquiera dolor que de contarte nn's tra-
bajos se me puede seguir, por te complacer. Y
ahora, Micillo, sabrás que como fue convales-
ciendo en edad con gran regalo ctimo el egicio
me criaba, esforceme 4 sufrir mi miseria aun-
que conosciesí» mi dolor, y mientra fue peíjueño
no tengo cosa que de contarte sea, porque, con
la niñez todos ios animales pasan el nial sin
sufrir. Inviábame con [mis] hermanos al prado
y después que d<í mamar y pascer las yerbas
tiernas estábamos hartos, armábamos batallas
por aquellos campos deleitosos ; corriamos con
grandes relinchos y saltos; ansiveniamos á jun-
tar con los pechos c lx)ca, ])eleabamos sin nos
herir y después con mucbo placer volviam»»s á
escaramuzar é íbamos á las viñas y mieses; con
gran sabor hartábamos nuestros estómagos á
nuestro querer, y si los viñadores ó misigeros
nos prendaban, nuestro amo sin pasión alguna
nos rescataba. Por nos ver borricos, que la edad
nos citaba al trabajo, comenzónos el egicio á
dar paja y cebada ponjue nos pusiese el manjar
fuerzas y ya yo iba á llevar la comida al cam-
po á los gañanes y la cebada y trigo á la sem-
brada y aun llevaba á mi amo sobre mi á re-
querir el ganado y labranzas, y en fin que fue
ya grande para llevar cualquiera carga, ofreció...
CAPÍTULO XV
Como su amo siendo asno lo vendió d los
recueros y lo que le sucedió.
Gallo. — Ofreciéronse unos recueros que lle-
vaban á una feria aceite y miel y como me vie-
ron bueno y gordo dieron á mi amo lo que por
mi les fue pedido, y comprado, porque entonces
no habia carga para mi, fue vacio hasta la fe-
ria, que era unas veinte millas .de ahi; y como
me pusieron en el caniino pasé adelante de
todos y comencé á caminar apriesa, y como mis
amos me vieron contentáronse de mi y yo
porque no me adelantase mucho acosaron los
otros asnos de manera que tanto quanto yo an-
daba sin carga, con fuertes palos les hacían cami-
nar á ellos; iban nmy airados mis compañeros
de mi porque les fatigaban á mi causa, y cada uno
que me alcanzaba me mordía con grande enojo,
y como no tenían remedio alguno para su tra-
liajo esforzábanse á padescer haciendo conjura-
ción que llegados al higar yo se lo pagaría. Y
como continuando nuestro camino llegamos á
donde habiamosde [)arar en la feria, echándonos
á la caballeriza, y todos descargados unos se
volcaron por estregar el sudor y otros tenían
ojo á la comida para vengarse de nú; y en fin,
después que nuestros amos hubieron puesto á
recado su bacienda, comenzaron echar á cada
uno su paja é cebada, é desque á todos dejaron
contentos en su pesebre y á mi también mi pe-
sebre, fuenmse á cenar, e luego juntos todos los
otros asnos se vientan á mi pesebre y mordién-
dome y acoceándome quitaron del, y yo que-
riendí me ir á los suyos volvían ccm gran furia
y no me <!onsentian llegar, á tanto que me fué
nescesario sal irme fuera de la caballeriza, vcomo
había gana d«' comer acordeme que por la puer-
ta de atjuella ciudad por donde entramos había
visto unos hu(»rtos frescí»s con muy buenas ber-
zas verdes, y corrí y fue acertar por las calles
allá, y como llegué á los huertos, desbordando
los valladares y defensas que tenían hechas y
entibando, comí á medida de mi estómago y sa-
tisfacion, y en lo mas sabroso de mi comer sale
un egicio renegando con un gran varal y dame
en estas espaldas y cabeza tantos de palos que
no podia menearme y dernx'ado en el s\ielo daba
en mi sin t'Cner pieiíad de nn' miseria. Estando
el egicio e yo en esta contienda, que me pares-
cia que no pedia escapar de allí vivo ni se diera
por mi vida un maravedí, llegan los recueros
que ya me andalian á buscar, porque cuando yo
salí no me vieron, que estriban comiendo, y pa-
gan el daño hecho en el huerto, y sin liace r cuen-
ta de los palos que hasta entonces me habia
dado aquel malaventurado egicio, me dieron
otros tantos para me levantarme de alli, asién-
dome unos de la cola y otros de la cabeza, pen-
sando que estaba beodo de algún beleño que
hubiese comido. Me levantaron á poiler de palos
y aun por el camino me daban tantos y dagui-
jones que aguijase; llegados al mesón metié-
ronme en el establo donde hallé á mis compa-
ñeros muy ufanos, y no contentos de concierto
se toman á mi dándome muchas coces vmnesos,
y con el trabajo pasado y con este yo me
eché en el suelo; y no contentos con lo pasado
no hacían sino pasar por cima de mi, parescien-
doles que estaban contentos por haberse ven-
VILLALON.— DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
111
gado de mi: y jo me quedé en el suelo por des-
cansar; del dolor del cuerpo y de la calK>za no
pnde dormir; pues venida la mañana yol vieron
nuestros amos á nos echar de comer; estaban
tan enojados los otros asnos, que no contentos
no me dejaron llegar al peseble, y yo por no en-
corrir en otra como la pasada tuve paciencia y
callé y quedé sin comer hasta el medio día .que
ya desenojados tuvieron por bien de me dejar é
comi é maté mi hambre, é como duro la feria ese
día é otro convalesci en salud algo, y como los
recaeros vendieran su mercaderia compraron
cargas iguales de trigo para todos, y cargados
Tolvimonos para su tierra y aun como no fuese
bien sano y con la carga no pudiese andar tanto
como mis compañeros, alli viérades la gran
priesa que de con ti no hacían de varearme con
umchos aguijones para que anduviese como los
otros, é yendo el camino pasé hasta que fuemos
llegado. La vida de aquellos recueros desven-
turados era á mi parescer la mas misera y la
Días trabajada de los hombres, porque nunca
bacian sino caminar por sierras y valles y de-
siertos, por llanos y por pedriscos, ellos á pie,
nosotros cargados, con tempestados, j)luv¡as y
siestas, sin alguna piedad de si ni de nosotros,
con muy gran fatiga y ningún descanso; nunca
gozan de sus casas y mujeres c hacienda, ni
sosiego de un momento, mas contino trabajo y
afán, como verdaderos esclavos alquilados por
vil dinero é mandados por su señor; su contino
mantinimiento es una pobre fnita ajo é cebolla
y pan de perros, y si alguna vez se desmanda-
ban á comer algún miserable tasajo en alguna
renta, danselo guisado que yo siendo asno no lo
querría ver y aquello tienen por bueno y sano.
Acaescio que venimos en un arroyo y en un
turbio cenagal donde caidas las cargas reniegan
como perros y maldicen su ventura; teníamos
yo y mis compañeros metidos los brazos y pies
en el lodo hasta las espaldas y el agua que nos
cobria; ¡oh miseria do nucístro vivir! qué tra-
bajo era vernos sin remedio de nuestra salud!
que mientra más fuerza poniamos para levan-
tarnos más so nos somian los pies en el lodo
hasta más no poder entrar ya la agua que nos
cubría por cima; ¡oh miseria de nuestro vivir!
¡qué trabajo era vernos sin remedio de poder es-
capar con las vidas! En fin, como pudieron des-
liaron el trígo y atollando en el lodo hasta la
cintura lo sacaron á la orilla, no les pesando
tanto por nosotros como porque perdían el in-
terés y trabajo pasado; buscaron unas muías
de carreta uncidas en uno, echaron unas sogas,
por medio del cuerpo nos ataban y ansí las mu-
las nos sacaban arrastrando del charco. Ansí,
escapados desta tempestuosa fragosidad, fue-
mos con todo trabajo hasta sus casas, adonde
llegados salen unas brutas amazonas que t<>nían
por mujeres y puestas las cargas en tierra y nos
dan de comer. Estábamos tan fatigados que
ninguno curo de comer ni llegar al pcseble,
sino arrojarnos en aquel establo por descansar;
y como las mujeres ^^^ron la fortuna acon-
tecida, rasgábanse Sirias uñas el rostro y
traían los hijos porque llorasen con ellas. Des-
pués que por algunos días hubieron llorado su
dolor, como vieron perdido el trígo acordaron
de remediar con vender algunos de nosotros
para tornar á tratar, y para esto nos trujeron
á una ciudad que estaba en los confines de Gre-
cia, adonde se hacía una feria.
CAPITULO XVI
Cuenta como los arrieros lo vendieron á un
húngaro y lo que allí le sucedió.
Gallo. — Y llegados que fuemos aquella feria,
alli se ofreció un hombre natural de la isla de
Rodas, que era mercader de bestias, y est^ nos
compro á mí y á otros dos compañeros míos y
luego nos pasó en su patria, y acaso se ofreció
un húngaro que tenía nescesidad de mi para
ir á su tierra y como me hubo comprado dis-
puso de me llevar á su tierra. Este era un mí-
sero labrador del campo é venido en un peque-
ño lugar de donde era natural, descansamos por
algunos días del trabajo pasado é después hi-
zome ir á la labranza; junto con otro asno que
tenía me hacía arar todo el día y si tenía al-
guna peresui dábame muy grandes palos en los
costados, metíame un aguijón por las ancas que
me hacía saltar con ánimo, y yo cansado con
su furia y gran trabajo que me daba, ya pospo-
nía mi salud y me determinaba aborrido á con-
sentir que me matase, y era que como él no
quisiese perder el interés molíame á palos y con
esto se satisfacía. Tenia otra bellaquería, que
si le acontecía alguno quererme ver andar, ago-
ra por su placer, ora por rae querer comprar,
sobía el vellaco del húngaro sobre mí en pelo
sin albarda, porque yo aguijase lanzábame un
clavo ó un aguijón por el lomo y por la espalda
y cniz, que me hacía salir el alma; era tan
grande mi pasión que por muchas vwes me
quise echar en un río y ahogarme allí, antes que
no servir á un tan mal hombre; un día acaescio
que quiso ir á sembrar cuatro millas de ahí y
cargóme muy bien de trigo y sacóme delante
de sí, y caminando hacía muy gran agua y
lodos en tanta manera que él no pudiendo an-
dar subió encima del costal de trigo y comen-
zóme á herir, é yo como le vi pertinaz en su
mala costumbre díspúseme á andar lo más que
pnde, y él se descuidó y comenzóse á donnir y
quando yo le sentí dormido comienzo á correr
112
ORÍGENES DE LA NOVELA
|)or una sierra abajo, pedregosa y llena de pi-
carros, á tanto que derroqué al húngaro y dio
eon la cabeza en nna piedra, que se descalabro
y no pudo tan bien escapar de mí que al tieui •
po que le Bentí oaido lo di un par de pernadas
en aquellas espaldas, de lo cual yo quedé muy
contento; y después eclio de mi el costal de
trigo y aun quiebro la cincha de la albarda y
dejóla allí y roznando y saltando me vuelvo
para casa, pensando haberme bien vengado de
aquel ladrón; y él corriendo sangre fue tras de
mí por el campo y como no me alcanzó volvió-
se al trigo y acordó de lo levar acuestas hasta
la sembrada, porque estaba una milla de allí;
yo fueme á un prado é dime á placer; y el hún-
garo desíjue hubo hecho su labor tom<í la al-
l)arda acuestas é fuese á su casa é iba por los
lodos cansado renegando, y llegando ])regunt()
á su mují^r por nu* ; y como ella no me había
visto fueron al establo y halláronme echado, y
toma el marido un palo grueso c descanso por
dos veces en mis costados, que me dejo por
nuierto, diciendo que determinadamente me que-
ría matar, y estaba tan enojado de mi que si no
fuera por su mujer que se lo estorbó, cierta-
mente me matara. Tuvo Dios por bien que sa-
liese desús manos, aunque bien castigado, den-
de á pocos días.
CAPITULO XVII
Como el húngaro lo vendió d los soldados
y lo que le acaescio con ellos.
Gallo. — Dende á pocos días suscedio que
unos dos mancebos se deterun'naron de ir en
Alemania que al presente estaba en diferencia
de guerra y disencion con las señorías de Ita-
lia y querían ir á tomar sueldo para defender
la parcialidad que mejor lo pagase.
MiciLLO. — ¡Oh! válame Dios, que donoso
ínteres para ir á pelear; paresce verdaderamente
é los letrados que en Corte del Rey toman suel-
do é salarios de señores obligándose á los defen-
der cualesquiera pleitos que se le ofrezcan, aun-
que sean sin justicia ni razón.
Gallo. — Mas lo mismo es, porque se obli-
gan de vejar con todas cautdas á las partes
contrarias que les pidan ante cualquier juez.
MiciLLo. — ¡Oh I poderoso Dios, qué segu-
ridad de ánimas; pues di, Pitágoras, ¿pues qué
te acaescio?
Gallo. — Estos mancebos me compraron
para levar su fato y dispuestos para se ])artir
cargáronme todas sus ropas y fardaje, y por
sobrecarga echáronme encima nna mujer que
sacaron de con su marido para que en el real
ganase para ayuda de sus juegos y glotonería,
y como asno lo hube de sofrir. ¡Oh¡ Dios in-
mortal, qué vida tan trabajada y quién lo hu-
biese de contiir lo que pasaban y por el camino
los robos, los hurtos, los desafueros que hacían
á los venteros y caminantes, las sinrazones que
hacían á los labradores, las blasfemias y renie-
gos, los adulterios, los sacrilegios, ;qu¡én te lo
hubiese de dcícir? en un año no te acabaría de
contar todas sus maldades y todo lo que hacían ;
ensoñaban á la pobre nmjer que levaban, cómo
se había de haber con los hombres que so la
ofreciesen en conversación, cómo los había de
atraer ansí y cómo los había de robar y después
de despojados cómo se habia de descabnllir de-
llos; inventaban ellos entre si nuevas maneras
de fieros para blasfemar y espantar hombros;
en conclusión, ellos sn iban emponieníio en todo
género de maldad y bellaqueria. Llegados al
ducado de Sajonia fueles necesario de me vender.
CAPITULO XVIII
Como los soldaths lo vendieron á unos alema-
nes que iban n Roma y lo que cuenta por el
camino; cosa de notar.
Gallo. — Puesto por obra de me vender por
alguna necesidad me compraron unos alemanes
que á título de peregrinación iban á un nego-
cio á Roma y yo pense de nuevo resucitar cuan-
do me vi escapaílo de las manos de tan mala
gente porque me temía mucho que por su mal-
dad habia Dios de permitir en nosotros algún
mal acaesci miento. En fin, con la ayuda de
Dios comenzamos nuestro viaje, y más que tenía
yo mucho deseo de ir á Italia porque después
que yo fue Pitágoras no habia vuelto por allá y
por verlas novedades que de allá contaban totlos
los que de allá venían, y iba muy cont<ínto por-
que ya habia cristiandad y residía un Pontifico
de toda la monarquía en la ciudad de Roma y
todas las cosas de la gobernación y templos y
sacreficios eran mudados. Pues una mañana,
ya que comenzaba á salir el sol, íbamos por una
deleitosa floresta de muy hermosas huertas de
fresca arboleda; iban por alli mis dos buenos
amos á veces contando, de la manera que habían
de tener en su negociación en llegando á Roma,
cómo habian de verse con el Papa en la expe-
dición de las bulas; hablaban de un Cardenal
que tenía el cargo de los despachos; decían no
sé que, el uno que llamaban abr(?viador; en
cuanto yo pude colegir de la calidad del nego-
cio alcancé que era una dispensación para que
se pudiesen casar dos grandes señores do aque-
lla tierra, que no lo podían hacer por ser pa-
rientes dentro en el cuarto grado; concortaban
entre sí que llegados á Roma y presentada sn
VILLALOK.— DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
113
aplicación ante los oficiales del papa no le ha-
blan de decir la calidad de las personas, si no
solamente los nombres.
MiciLLO. — Dime, Gallo, ¿porque se fengían
j trataban ansi?
Gallo. — No se declaraban del todo ellos,
mas sigan yo conosci de sns pláticas, creo qae
fue porque si dijeren al Papa 6 á los oficiales
6 aquellas personas con quien habian de dis-
pensar que eran sefiores de mucha calidad y
valor, les Ueyarian mas cuantía de mararedis
por la dispensación, á tanto que decian que si
salian con su propósito sin ser descubiertos que
no les baria de costa más de cien ducados y que
si supiesen la verdad de la calidad de las per-
sonas les costaría más de seis mili ducados.
MiciLLO. — ¡Oh; nefandísimo género de si-
monía, que en las cosas de la Iglesia que ya
tanto interés á nuestra salud no haya otra iva-
yor dificultad para las alcanzar si no es añadir
dinero.
Gallo. — Después que hubieron bien con-
certado su negocio vinieron de platica en pla-
tica á tratar de la gran suma de dinero que se
consumía en Roma; hablaban de las riquezas
que tenia el Papa, de las posesiones de los Car-
denales y de los tesoros que habia entre los
obispos y oficiales que trataban este género de
contratación.
Micillo. — Mira, Gallo, avisóte no hables
de la Iglesia ni de las cosas sagradas de la cris-
tiandad; ¿de qué te ríes, que paresce que burlas
de^mi?
Gallo. — Rióme de que me acuerdo que lle-
gando ellos á este paso yo iba tan atento á su
plática que descuidado cal en un charco y me
hinchi de lodo, y viniendo ansi por nuestro ca-
mino hubieron nos de alcanzar dos hombres
que en su reprosentacion paresciau ser gente do
bien, y como llegaron á nosotros saludáronse
entre sí y dijeron el uno dellos: razón es que
no perdamos vuestra compañia y conversación,
pues Dios nos ha juntado; y apeados de sus
cuartagos ataron los cabestros á mí y mandá-
ronnos andar delante; uno de mis amos les pre-
guntó que dónde era su viaje; respondiéronle
que una ciudad de los confínes de Italia, de la
.señoría del Papa y que venían de complir un
voto que habian hecho por devoción, y era ir á
ver el cuerpo de Santa Ana, madre de Nuestra
Señora, é que la mostraban los alemanes en
Dura, ciudad en Alemania, que por una peque-
ña limosna voluntaría concedía el Papa muchos
años de ponlon. Dijo mi amo: ya somos nos-
otros estados ahí é tenemos con esa señora
gran devoción porque nos ha hecho grandes
mercedes. Respondió el italiano: basta que sea
haber trabajado en venirla á vesitar; mas yo no
sé si esté aquí ó si esté mas de verdad en León
ORÍOENES DE LA NOVELA.— 8
de Francia, porque lo mesmo dicen que está allí
en Ñapóles, y como dicen muchas veces estas
cosas nos hacen perder la devoción á les cuer-
pos santos, porque por estas diferencias les de-
jamos de hacer la veneración debida, sospe-
chando que hagamos á cuerpos que debemos
maldecir en lugar de santificarlos. Respondió
mi amo: verdad dices, mas luego sacamos cuál
sea el verdadero de los milagros que hacen en
cuerpos enfermos y en personas necesitadas, y
también el Papa concede sus indulgencias adon-
de está persuadido por buena información que
esté lo verdadero y veda que se publique lo que
no fuere ansi. Dijo el italiano: pues decirme,
señor, ¿y no dio también perdones para* Fran-
cia como para Dura? y pues se precian en Roma
de tener la cabeza de San Juan Bautista, ¿por
qué se consiente que también se publique que
esté en Francia en la ciudad de Aniañes? y si
fue un prepucio el que circundaron á Jesu
Cristo, ¿por qué se precian los cristianos de
tener tres: uno en Roma, y otro en Brujes y
otro en la ciudad de Unberes (sic). Con una
cosa me consuelo, que conozca Dios mi sana
intención y que no sea dado á mi hacer bas-
tante información de lo verdadero para evitar
la idolatría; pecan los principes que lo consien-
ten por sus particulares intereses; mas dejemos
agora esto, que es muy larga cuestión; yo os
quiero hacer saber que entre otras cosas notabres
que yo vi en la iglesia de Santa Ana en Dura,
que en un altar junto á la madre vi á Nuestra
Señora la madre de Dios tan al natural de una
linda mujer en una imagen que con todas las
partes de su rostro y cuerpo mostraba estar vi-
va; en sola una cosa me descontentó, que es en
los vestidos que tenía, porque de creer es que
fuese ella la más honesta que en el mundo nun-
ca nnijer nasció ni fue; pues no sé porqué la
atavian los cristianos tan deshonestamente con
unos cannesis y brocados cuchillados de colo-
res y puestos que reprueban aun las mujeres
por mofstrarse honestas en si. Esto quería yo
qu'el pueblo cristiano mirase sin pasión ni boba
aiicion é se piensen mas la servir si la pintan
y la visten en hábito que por la reverencia que
le debo quiero callar; con unas mangas acuchi-
llatlas y llenas de bocadillos y con colores de
afeites en el rostro y con grandes pechos des-
cubiertos y con camisas rayadas y polainas muy
galanas y polidas, y dicenme que en España
son en e>to muy demasiados, porque les ponen
unos verdugados que usan allá y unos reboci-
ños en el cuello y otras cosas deshonestas que
fuerzan á los hombres á pecar teniendo con las
tales imagines poca reverencia y devoción, y
acaesce uuichas veces que si urt pintor ha de
pintar una imagen de Nuestra Señora ó de la
Madalena, toma ejemplo de alguna nnijer des-
114
ORÍGENES DE LA NOVELA
honesta ramera la qiial tiene puesta delante.* por
muirstra de su labor y pintura; yo no digo esto
de uií, porque en la venladyo lo he visto. Dijo
mi amo: en este caso solamente tienen la culpa
los obispos porque en sus obispados no vcsitun
ni proveen estas cosas, pues nos va en ellas
tan gran parte de nuestra cristianidad, no se
habiíin de descuidar con sus regalos y deleites
y con sus rentas y t*8t»ros, los cuales habién-
dose de gastar juntamente con todas las rentas
de toda la Iglesia, digo del Papa y de los Car-
denales y obispos y todas las otras dinidades
con los pobres y otras muchas obras de caridad,
y consúmenlas en juegos, en banquet<'S y fies-
tas y íTtros muchos deleyt«« del mundo, que yo
no digo, que solo en decirlo me paresce seria
deshonesto y sin tener memoria del morir ni
de la estrecha cuenta que han de dar á i >ios,
porque me paresce á mi que pues los obispos
son obligados é visitiir cada año su obispado y
no lo visitan, sino repélanlo, no quedando me-
jor que de antes; por el mismo caso ansí ha-
bían de ser obligados los Papas á visitar su
papazgo de dos en dos años, porque de contino
se pierden las ovejas por el descuido del pastor:
antes son ellos en ocasión de perderlas y des-
truirlas desasosegándolas con guerras y tumul-
tos, tiranizando en la cristiandad con mayor
crueldad (jue todos los Dionisios juntos tirani-
zaron en su tiempo; por cierto yo querría ser
dos años Papa y no mas porque en estos yo
pomia en orden el Pontificado y lo haría tan
ejemplo y regla de Cristo y de sus apóstoles
que ninguno le viese que se quejase. Respon-
dió el italiano: ¡ay, señor I por amor de l)iüs
que no llevéis tal carga acuestas porque yo <>s
doy mi fe que es la más incomportable que nun-
ca hombres pudieron sufrir, ni tenga ninguno
envidia ¿ sus deleites ni Iwinquetes y placeres,
porque os doy mi fe (jue desde el Papa hasta el
muy mísero sacristán viven en contina miseria
y dolor; tómense para si bus placeres y pasa-
tiempos los obispos si juntamente con ellos han
de rezar por toda su familia, emitará los apos-
tóles «MI cuyo lugar vinieron á suceder y á loqual
cumplir con lo que denota su habito obispal:
que aquella túni(*a blanca lavada, limpia, blan-
ca, sin mácula heciía á ejemplo de pueblo ('):
((|ué sinifíca la mitra con dos cuernos si no el
cuidado que han de t^ner en declarar al pueblo
ambos testamentos Viejo y Nuevo? qué deno-
tan los guantes limpios en sus manos? la ad-
ministración pura de los sacramentos; ¿qué los
zapatos (|ue le calzan en los {)ies? la vigilancia
de su gley ; ('qué la cruz é l»áculo que le dan en
la mano? la vitoria y triunfo de los humanos
afetos; y lo nn'smo es al Cardenal; ¿no os pares-
(') Parece que falta algo en el manuscrito.
ce que el que debe tener est^) de coutino en su
pecho y consideración que tiene trabajo? pues
allégansc á esto otros dos mili embarazos de la
vidfj^ que á un momento no le dejan descansar
el ánima, porque la trae solicita en mili cuida-
dos que le menoscaban la vida: la visitación de
su obispado, el examen de sus curas é benefi-
ciados los qnales han de encargar la adminis-
tración de su iglesia y ánimas de sus feligreses:
la visitación de los pobres y destribucion de sus
lúcnes} a({uel contino despachar negocios para
la Cort« romana é imperial, su\ne\ asestir a plei-
tos (|ue les ponen en las dinidades é pensiones;
¡oh Dios inmortal! pues también tienen ellos
sus prestamos y censuras de las quales deman-
dan prestados á nunca volver; pues ¿qué traba-
jo tienen en las judicaturas de todo el dia, oyen-
do quejas é pleitos de agraviados; con todos ha
de complir, á todos ha de responder, á todos ha
de satisfacer, á ninguno ha de inviar quejoso,
sino a todos contentos v satisfechos. Pues ven-
■r
gamos al descanso y deleite del l*apa; por cier-
to si bien considerase su dolor y trabajo conti-
no, no hay hombre de sano juicio que un dia le
pudiese sufrir, ni aunque se le diesen con toda
la posesión y mando de universo mundo no le
querría tomar por un momento; mas la desor-
denada codicia que agora reina en nuestras
ánimas causa en todos tan gran ceguedad que
no hay quien mire con ojos libres su tan traba-
jada carga é la repudie y la eche de si; ¡oh I qué
trabajo considerar que ya no se abscondan los
hombres como hacian en otro tiempo los san-
tos por no ser Pontífices, mas antes hay ya
quien nmcho antes que vaque lo negocia con
sobornos inlícitos y si menester es con yerl)as lo
al>en (iftc) antes, y que no hay uno en toda la
cristiandad de quien se jm^sunia que si se lo
diesen no lo tomaría. Pues si se ponen á con-
siderar que tiene el Papa las veces de Cristi>
y que está puesto en su lugar en el mundo
y que le delx' remedar y seguir en la pobre-
za, en los trabajos, en la dotrina, en la cruz,
en el menosprecio del mundo, en las conti-
nas lágrimas, en los ayunos, en las <»raciones,
en los sospiros, en los sennones, en otras dos
mili fatigas, decirme ¡ v|uien !« querrá ? ('quien
le t4)mará? y esto no es nada en comparación
de lo que á esto se les allega: aquella guarda
de tesoros: aquella conservación de honras, au-
mentar las Vitorias, acrecentar los oficios y
multiplicar las dispensa4'ioues, engrandecer las
rentas, ensanchar las indulgencias, proveer-
se de caballos y muías, de grandes fanu'lias y
criados, que conoscer de nuevo tantos escrito-
res, tantos notarios, tantos abogados, tantos
fiscales, tantos s(»cretarios. tantos cal allerizos,
tantos despenseros; á todos ha de mirar é fa-
vorescer, con todos ha de cum])lir, á todos ha
VILLALON. -DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
115
(le pagar con proveer al uiíu el obispado, al otro
el abadía, al otro ol beneíieio, al otro la canon-
jia, c la dinidad, por pagar sas servicios; pues
,'qu¿ trabajo es el despachar cada día los in-
dultos, las indulgencias, las conipiisiciones, las
espetativas, los entredichos, las suspensiones,
las citaciones y descomuniones? Por cierto que
me parescc a cni que por penitencia no lo habia
un bueno do tomar á cargo ó ya no es tiempo
üino que todos trabajen é nieguen por el Pon-
tificado, porque ya no es tiempo que los Papas
hagan milagros como los santos lo hacian an-
tiguamente, ni ya enseñan al pueblo porc|ue
es trabajoso, ni declararán las Sagradas Escri-
turas porque es de maestroe de escuelas, ni llo-
ran porque es de mujeres, ni con sien t(»n en su
casa pobreza porque es gran miseria; procuran
siempre rencer porque es gran vileza ser venci-
do: seguir la cruz es gran infamia; huir cuanto
pueden de la muerte porque les es el morir muy
amargo. Pues si algunos soberbios papas acaes-
ce predominar en la UKmarquia del mundo, ;oh!
Dios inmortal, qué trabajo incompleneible tie-
nen en conserrar su ruin vida con sus odios,
enemistades é sediciones; para salir con su ti-
ranía hacen grandes ligas con soldados, con ti-
ranos y robadores, los cuales les hagan espal-
das y los favorezcan y defiendan, y para estas
cosas echan susidios, bulas, iiululgcMicias y prés-
tamos; vereislos tan solícitos y tan cuidadosos
en recatarse de todos, en no se fiar de alguno;
todos le son enemigos y le cavilan la vida; \mo
le da el veneno; otro le procura matar porque
suceda su patrón; ¡oh I qué trabajo, ¡oh I qué fa-
tiga, ¡oh I qué curiosidad vana, ¡oh! qué costo-
sa vida, ¡oh! qué desabrida muerte, ¡oh! qué in-
fernar de ánima é martirizar del cuerpo: de ver-
dad os digo, señor, y créame quien quisiere, que
no tengo mas que os decir sino (jue me quiero
ser mas esto poco que me soy con no t<Mier más
cargo de mi, ni de más tengo de dar cuenta á
Dios que ser cualquiera destos papas que ago-
ra se ofrecen, porque con sus trabajos é cuida-
dos yo no podía mucho vivir; t<5melo quien qui-
siere que ni á mi me lo dan, ni yo lo demando,
ni yo lo querria. Como el italiano acabó su tra-
gedia dijo mi amo: por Dios, señor, quo tenéis
mucha razón; que es gran trabajo su vitla: bue-
na sin alguna comparación; si la hacen mala
porque viven siempre en sobresalto y desasosie-
go, muriendo siempre sin nunca venr. Estas
^osas y otras semejantes iban [pajsando tiempo
por aquella floresta y ya iba calentando el sol,
por lo cual procuraron darse alguna priesa por
llegar á comer á un lugar que cerca estaba.
MiciLLO. — Admirado me tienes ¡oh! fortu-
nnoso Pitágoras con tan inumerables trabajos
y tan bien representados que con mis mismos
ojos me los haces ver; basta que me pensaba
yo que esos grandes Pontífices se tenían la su-
prema Felicidad, porque pensaba yo que los
grandes Pontífices junto con los grandes teso-
ros y riquezas y el gran mando no tenían que
desear otra cosa alguna. Agora que tengo visto
su dolor paresceme que ellos viven en eí estado
mas mísero de los mortales. Prosigue» por amor
de mi y acaba tu tragedia como mientras f ueste
asno, ¿que te sucedió?
Gallo. — Pues llegado al lugar, lo primero
que se proveyó en entrando en la posada fue
dar á nosotros las bestias de comer: fueron lue-
íío muy llenos los pesebres, donde matamos
nuestra hambre del caminar; después se salie-
ron ellos á un poi-tal fresco donde con mucho
placer les aparejan su comer; por estar yo le-
jos de su mesa y porque venia cansado no oí
nada de lo que en la mesa pasó; mas después
que todos hubimos reposado y que fue caída la
siesta, despedíeronse los it-alianos de nosotros
diciendo que iban por otro camino á su tierra,
demandada licencia de los compañeros, salu-
dándose se fueron con Dios; nosotros también,
pagada la huéspeda, comenzamos nuestro ca-
mino. Pierres, ({ue ansí se llamaba uno de los
dos mis amos dijo á Perequin que ansí se lla-
maba ol otro: hermano Perequin, si mí juicio
no me engaña en pronosticar...
CAPITULO XIX
(¿ue menta en pronosticar // lo de los agüeros;
cosa (fe notar.
Estoy turbado de una cierta ave que agora
voló y vengo á conjeturar que nos ha de suce-
der en esta noche algún enojoso acontcscímien-
to, por lo cual encomendémonos á Dios y apa-
rejémonos á padescer, pues no se puede escusar.
Perequin, se rió mucho burlando de Pierres; y
dijo: por Dios que me maravillo de tí que con
todo tu sal>er des crédito á liviandades tan sin
razón, y sí en agüeros crees nunca harás cosa
buena, porque sí viendo esas vanidades esperas
á ver si aciertan ó no, agora por temor, agora
por engaño del demonio puedes peligrar en tu
salud, por lo cual te ruego que dcponicas de tu
pecho esta tu errada opinión y no le dos alguna
fe, porque permitirá Dios que acaezca el mal
pronosticado por castigar tu yerro y no porque
de allí hubiese de suceder necesariamente. Res-
pondió I*íerres: más me maravillo yo de tí, por-
que me quieres convencer que sea arte de vani-
dad, pues en todos los at^aescimientos pronos-
ticados he hallado qu(í vengan á suceder según
é como yo los he agüerado; y no pienses que lo
supe de mí, (jue mucho trabajo me costó á la
deprender do grandes sabios que me la enseña-
116
ORÍGENES DE LA NOVELA
ron; y cree tú que tiene gran fundamento, pues
todos los Babios antigaos mentau qne tenían
en suprema veneración y le daban tanta fe como
á los umy dinos oráculos de su Dios, pronosti-
caban do cosas acaescidas de improviso, agora
en cuerpos muertos de animales sacrificados a
sus dioses, agora de vuelo a graznido de las
aves, y convencíales á lo creer las grandes ex-
periencias que se les ofrecian, como fue lo que
cuentan de Julio Cesar, qu*el primero día que
se asentó en la silla imperial sacreficó un buey
á Júpiter y abriéndole fue hallado sin corazón,
de lo qual los agüeros pronosticaron tristemen-
te y le señalaron todo el mal, lo qual asi ha su-
cedido, que de veinte é tres puñaladas fue muer-
to en el senado. Y también leemos que Cayo
Claudio ó Lucio Petilio cónsules sacrefícaron
como lo hablan de costumbre á los dioses, y en
matando el buey ante las aras le sacaron el co-
razón, el qual de improviso se corrompió de po-
dre, por lo qual los agüeros venieron á pronos-
ticar triste suceso en sus muertes, á los cuales
dijeron que morirían muy breve;. é ansí fue,
que no mucho tiempo murió Claudio Cayo de
nna grave enfermedad y Petilio en la guerra.
Como Antioco rey de Siria tuviese guerra con
los partos aconteció que estando en el real hizo
una golondrina nido en su mismo pavellon, de
lo qual los agüeros denunciaron mal suceso de
la batalla, y así fue, que en el comitimiento de
los eje'rcitos fue muerto eí rey Antioco y todo
desbaratado y perdido. Otros muchos en jemplos
de las historias notables te pudiera yo agora
traer para corroboración de que fue creída mi
verdad; mas ])Uos tu pertinacia me lo ha todo
de destruir, aguardemos á lo que hubiere de
acaescor. Luego le respondió Perequin: por
hombro })Ara po<!0 me tienes si confiando en
Dios no te convenciere á que creas sin hacerme
algiin porjuieio tus argumentos ser falsos y dia-
bólico y vano el agorar; yo te probaré que estos
sus acaes'.'in lien tos no pueden ser causa ni oca-
sión para que dellos se pudiese pronosticar lo
que esta por venir, y porque no parezca que mi
persuacion procede sin autoridad, sabrás que se
lee en los Proverlu'os del sapientísimo Salomón
que no queramos ser como los hombres minti-
rosos que se mantienen de viento y dan crédito
á las aves que vuelan, jwrque en la verdad gran
liviandad es seguir cosa tan incierta y cosa que
nunca se pn»Ale saber; [de] sentencia de tíinta
autoridad sf» puede colegir la vana superstición
que está en esta ciencia; después desto quiero
que vengamos 4 considerar cuanta fuerza c sus-
tentación de las aves é cualesquiera otros bru-
tos en el ser y oleras del hombro; do las unas
aves con su canto ó con su vuelo o chellidí»; los
brutos con sus corporales dispusicioncís de co-
razón ó bazo, para que señalen lo que nos ha
de acaesccr, y porque tú y cuantos nascieron
mejor se pueden convencer, vengamos á la ra-
zón natund que muestra mi entencion. A todos
es notorio que los brutos animales tan solamen-
te se mueven por un sentido aquello que de pre-
sente le es y solo se aplican aquello que ante sí
tienen, sin consideración de lo que en ausencia
les está. E ansí todas las aves nmeven su cuer-
po, alas é pies por solo impeto de su naturale-
za, por hacer cualquiera ejercicio, como para
hablar, para comer (> cantar, sin ser de otra par-
te costreñidos á ello ó sin primero lo pensar
que lo salgan hacer; pues esto es ansí ¿quien
será tan falto de sal>er que pueda afirmar que
las aves con su vuelo ora en la mano diestra ó
siniestra cantan ó no, que senifíca en nuestras
obras bien ó mal? si con hambre comen ¿qué tie-
nen que hacer si yo moriré.* y si con sed beban
¿qué tiene que hacer? y si comiendo algo se les
caiga del pico, ¿qué convenencia tiene con si
me sucederá prósperamente un viaje? ¿qué ra-
zón lieva que los hom tires veneren todas las
obras y movimientos de los brutos y tengan por
muy cierto que todo aquello les venefique que
ellos de su libre alluídrio han de hacer? por cier-
to gran bajeza. Y después pensar que Dios oni-
potente hiciese un tan perfeto animal como es
el hombre y de tan alto intendimiento que co-
nosciese lo que estaba por venir por las obras
de las roiserabres avecicas y de brutos sin uso
de razón, las quales como ellas mesmas comien-
zan á volar no sal>en donde van ni qué les pue-
da suceder, pues cuanto ellas en este caso pue-
dan muy bien nos lo mostró Mosolamon indio,
hombre de muy iminente saber é industria de
la guerra, de muy facunda prudencia; de aques-
te leeuios que siguió ¿ los griegos y mactnloni s
después de la muertt» de Alejandro, y como un
día fuese con él al ejército é por el camino
acaesciese (jue so puso un ave en un árbol é
como los agoreros la viesen comenzaron agorar
sobre si debían de pasar adelante: paró alli el
Mosolamo como los vio en esta disputa, tomó
el arco y mató el ave, burlando do la venera-
ción del agorar; y como el agorero mayor lo
vio entristcHiiose mucho, é alzando Mosolamo el
ave del suelo dijo ansi: decir porque os acele-
réis; nunca esta ave supiera lo que nos había
de acaescer pues do si misma no supo procu-
rando por su salud, y pues inorante de su muer-
te se puso en el árbol para que la matase yo,
mal podria saber nuestro mal ó bien acaescí-
miento; ansi que do todo est<3 so puede muy bien
deducir la vanidad del agorar do las aves é bru-
tos cualesquiera é de cualesquiera otros acon-
tecimientos que se puedan ofrecer, como varo-
nilmente nos lo mostró aquel glorioso y felice
gran capitán espoAol Gonzalo Hernández de
Córdoba, varón que después (jue la fama lo co-
VILLALON.— DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
117
noscio solo ^1 quiso, no César inmortal, porque
aunque muerto, la eternal memoria de sus bue-
nos hechos le hace revivir; fue en fin tal que si
le alcanzaran los gentiles que á Aquiles yá Ma-
res 7 á Palas hicieron sacrefício, á este sin con-
troversia le adoraran todos por Dios. Leemos
del que estando aparejado en Ñapóles para aco-
meter con su ejército gran compañía de ene-
migos acaescio por mal recado se les prendió
la pólvora de la artilleria, y entristeciéndose
toda la gente teniéndolo por mal agüero, salió
ante todos con gran ánimo diciendo: no des-
maye nadie, caballeros; esforzad el corazón, que
estas almenares (stc por luminarias) son de
nuestra vitoría; y diciendo esto los esforzó tan-
to para acometer que brevemente destniyó los
enemigos. Convencido me estoy yo bastante á
creer que todo género de agorar sea vano y de
ninguna certedumbre, ni sé mas de que el demo-
nio nos quiere engañar con hacernos entender
que todo sea ansi como nos lo muestra y tra-
baja con toda su industria que suceda aquello
que nos mostró ó que pronosticaron del vuelo
del ave, ó de cualquiera otra cosa, y esto aunque
nunca hubiera de acontecer, porque solamente
le creáis; y agora me temo yo, señor Fierres,
que pirmitirá Dios que nos suceda el mal que
vos habéis agorado, por castigaros el yerro que
cometisteis en dar crédito á cosa tan vana y
tan errada, la qual es de pura industria y enga-
ño del demonio y no porque creo que hubiese
ansi de acaescer. Fierres quedó convencido y
atemorizado con el miedo que lo puso Forcquin
de parte de Dios porque daba crédito al agorar;
y asi razonando fueron toda la tarde en esta
materia hasta que llegamos á una aldea de po-
cos vecinos.
MiciLLO. — Pues, tú Pitágoras, ("porque no
diste en aquel arte tu parcscer, que bien se te
entendia, puis fuesü» discípulo de los magos?
Gallo. — Poi-que mientras fue asno no pude
hablar. Como fuenios llegados á la aldea apa-
rejóse la cena, porque llegamos tarde é después
de haber cenado fuéronse mis amos á reposar y
sosegóse la cnsa. Sucedió que junto á la me-
dia noche, en lo mas sabroso del sueño, entran
en casa unos ladrones v roban las arcas del
huespede, que era rico, y levantados con la pre-
sa porque no lo podian levar acuestas, vienen
al establo y tomanme á mí para que mis hom-
bros lo lieven, y como vicrcaí que tenían cogido
quien lo levase sin trabajo suyo, tornaron á hur-
tiar, doblado y cargáronme de aquellos tesoros y
buena ropa una carga que no la levaran dos
como yo, y abiertas íos puertas sin ser sentidos
me sacaron fuera del lugar. Tenían su vivienda
en una cueva que habian hecho cinco millas de
aquella aldea y habiamos de pasar un rio para
ir allá por un vado, y como los ladrones vinie- |
sen tan alegres con su priesa y fuese algo os-
cura la noche, perdieron el vado, y llegados al
rio, confiando en que yo pasaría delante agui-
járonme para que pasase y en entrando no muy
lejos de la orilla, lancé los pies y las manos en
un tremadal, y como el agua era alta luego me
ahogué y la hacienda todo se perdió sin poder
cobrar nada.
CAPITULO XX
Como fue convertido en rana // lo t/ue le sucedió
de allí.
Gallo.— Yo ahogado á la verdad no me
pesó, por dejar tanto trabajo y mala compañía
que me llevaba. Plugo á Dios que me dieron
por complida la penitencia por las deudas de
Epulón é fui convertido allí en rana.
MiciLLO. — Cuéntame ¡oh Pitágoras! qué
vida hacías cuando eras rana.
Gallo. — Muy buena, porque luego hice
amistad con todos los géneros de peces que alli
andaban é todos me trataban bien; mi comer
era de las ovas del rio, é salida á la orilla sal-
tando y holgando con mis compañeras pascia-
mos unas yerbecitas delicadas é tiernas que
eran buenas para nuestro comer; no teníamos
fortuna, ni fuego ni tempestad ni otro género
de acaescimiento que nos perjudicase. Pasado
ansi algún tiempo...
CAPITULO XXI
Como fue convertido en ramera mujer llamada
Clarichea.
Pasado así algún tiempo en aquel rio fue
convertido en Clarichea, ramera famosa.
MiciLLo. — ¡Oh! qué admirable transforma-
ción; de asno en rana; de rana en ramera ga-
lana.
Gallo. — Pues quién bastara á t« contar lo
que siendo rana me aconteció y siendo ramera
la solicitud que tenía, si no lucra por sernos ya
el dia tan cercano para te lo contar nniy por ex-
tenso, lo qual no me da lugar; y aquel cuidado
que tenía de eii adquerir los enamorados y el
trabajo que sufría en conservar los servidores y
el astucia con que los robaba su moneda; aque-
lla manera de los despedir y aquella industria de
los volver y el contino hastio que tenia de un"s
afeites y composturas de atavíos y el martirio
que pasaba mi rostro y manos con las mudas;
aquel sufrir de pelar las cejas, que con cada
pelo que sacaba se me arrancaba el alma de
dolor, y con los afeites y adobos, pues todo mi
llA
ORÍGENES DE LA NOVELA
cuerpo con los baños y uugüeutos j otras mu-
chas cosas que aplaciesc á todos los que me
querían; y aquel sufrir de malas noches y malos
dias, no tengo ya fuerza para te lo contar por
extenso. Después...
CAPITULO XXII
Como fue coiwertidn en ganan del campo y como
servio á un avariento y después fue tornado
privón c otras muchas cosas.
Después desto fue convertido en gañan del
campo, adonde de con tino con mucho trabajo
sin reposo ninguno ni nunca entrar en poblado
pasaba muy triste vida. Vine á servir y ser
críado de un misero avariento que me mataba
de hambre, de lo cual no te doy entera cuenta
lo que en este caso me sucedió, y fue transfor-
mado en pavón y agora gallo. ;0h! Micilló, si
particularníente te hobiese de decir la vida y
trabajos que he pasado en cada uno destos mí-
seros estados no bastarían cien mili años que
no hiciese sino contártelo. Por eso ya viene la
mañana, por lo qual quiero concluir por<jue va-
yas al trabajo, porque en esperanza de tu sue-
ño no moramos de hambre, que creo que desde
las diez encomenzamos la pratica sin nada nos
estorbar y son dadas cinco horas.
MiciLLO. — Admirado me tienen los traba-
jos desta vida, ¡oh Gallo! Pues dime ahora lo
que me prometiste, que deseo mucho saber:
¿cual estado te paresció mejor?
Gallo. — Entre los brutos cuando era rana;
entre los Iiombres siendo im pobre hombre como
tú, porque tú no tienes que temer próspera ni
adversa fortuna, ni te pueden perjudicar, no
estás á la luz del mundo porque nadie te calu-
nie; solo vives sin perjuicio de otro, comiendo
de tú sudor ganado á tu placer, sin usuras ni
daño de tu ánima; duermes sueño seguro, sin
temer que por tu hacienda te hayan de matar
ni robar; si hay guerra no hacen cuenta de ti;
si préstamos ó censuras no temes que te ha
de caber nada. En conclusión que bienaventu-
rado el que vive en pobleza si es prudente en la
saber sollevar.
MiciLLO. — ¡Ohl mi buen Gallo, yo conozco
que tienes mucha razón y pues es venido el día
quiero ir al trabajo y por el buen coasuelo que
me has dado en tu comer te lo agradeceré, como
por la obra lo verás. Que'date con Dios, que yo
me voy á trabajar.
FIX DEL DIALOGO DE LAS TRANSFORMACIONES
EL GROTALON
DE
GHRISTOPHORO GNOSOPHO
Natural de la ínsula Eutrapelia, una de las ínsulas Fortunadas.
TROLOGO DEL AÜCTOR
AL LECTOR CÜBIOSO
Porque cualquiera persona en cuyas manos
cayere este nuestro trabajo (si por ventura fuere
digno de ser de alguno leydo) tenga entendida
la intiucion del auctor, sepa que por ser ene-
migo de la ociosidad, por tener esperien^ia ser
el o^io causa de toda malicia; queriéndose ocu-
par en algo que fuesse digno del tieujpo que en
ello se pudiesse consumir; pensó escreuir cosa
que en apazible estilo pudiesse aprouecbar. Y
ansi imaginó como debajo de yna corteja apa-
zible y de algún sabor diesse á entender la ma-
licia en que los hombres emplean el dia de oy
su yiuir. Porque en ningún tiempo se pueden
más á la verdad que en el presente verificar
aquellas palabras que escriuió Moysen en el Gc-
nessi (*): «Que toda carne mortal tiene corrom-
pida y errada la carrera y regla de su viuir».
Todos tuercen la ley de su obligación. Y por-
que tengo entendido el común gusto de loa hom-
bres, que les aplaze más leer cosas del donayre;
coplas, changonetas y sonetos de placer, antes
que oyr cosas granes, principalmente si son he-
chas en reprehensión, porque á ninguno aplaze
que en sus ñac^uezas le digan la verdad; por
tanto procuré darles esta manera de doctrinal
abscondida y solapada debajo de face^ias, fábu-
las, nouelas y donayrcs: en los quales tomando
sabor para leer vengan á aprouecharse de aque-
llo que quiere mi intiíicion. Este estilo y orden
tuuieron en sus obras muchos sabios antiguos
endere<;ados en este mesmo fin; Como Ysopo y
Catón, Aulo gelio, Juan bocacio, Juan pogio
florentin; y otros muchos que seria largo con-
tar. Hasta Aristóteles, Plutíirco, Platón. Y
(') Nota al margen: genes, cap. 6.
Cristo enseñó con parábolas y exemplos al pue-
blo y á sus discípulos la dotrina celestial. El
titulo de la obra es Crotalon (*) : que es voca-
blo griego; que en castellano quiere decir; jw^^o
de sonajas, ó terrenuelas, conforme á la intin-
vion del auctor.
Contrahaze el estilo y inuenyion de Luciano;
famoso orador griego en el su gallo: donde ha-
blando vn gallo con vn su amo yapatero lla-
mado M¡9¡lo reprehendió los vic/ios de su tiempo:
y en otros muchos libros y diálogos que escri-
uió. También finge el auctor ser sueño imi-
tando al mesmo Luciano que al mcsuio dialogo
del gallo llama sueño. Y hazelo el auctor por-
que en esta su obra pretende escreuir de diuer-
sidad de cosas y sin orden: lo qual es proprio
de sueño: porque cada vez que despierta tor-
nándose á dormir sueña cosas diversas de las
que antes soñó. Y es de notar que por no ser
tradu^ion a la letra ni al sentido le llama con-
trahecho: porque solamente se imita el estilo.
L'ama a los libros o diversidad de diálogos,
cunto: porque es lenguage de gallo cantar. O
porque son todos hechos al canto del gallo en
el postrero sueño a la mañana: donde el esto-
mago hace la verdadera digestión: y entonces
los vapores que suben al cerebro causan los sue-
ños: y aquellos son los que quedan des])ues. En
las transformaciones do que en diuersus esta-
dos de hombres y brutos se escriuen en el pro-
ceso del libro imita el auctor al heroico poeta
O nidio en su libro del Methamorphoseos: donde
el poeta finge muchas transformaciones de ves-
tías, piedras y arlx)les en que son conuertidos
los malos en pago de sus vi<^ios y peruerso viuir.
En el primero canto el auctor propone de lo
(*) Nota al mnrgen. Crotalon ídem est quod instrn-
nie:itnm muAicnm qao in deorum ceremoniis Ttel»an-
tur antiqai.
120
orígenes de la novela
que ha de tratar en la presente obra: narrando
el primer nacimiento del gallo, j el suceso de
su vida.
En el segundo canto el auctor imita á Plu-
tarco en vu dialogo que hizo entre Ulixes y yn
griego llamado grilo: el qual hauia cyr^es con-
uertido en puerco: j no quiso ser buelto a la
naturaleza de hombre, teniendo por mas felice
el estado j naturaleza de puerco. En esto el
auctor quiere dar a entender que quando los
hombres están encenagados en los ricios, y prin-
cipalmente en el de la carne son muy peo-
res que bnitos. Y ayn hay muchas fieras que
sin comparación los exceden en el vso de la
virtud.
En el tercero y quarto cantos el auctor trata
vna mesma materia : porque en ellos imita a
Luciano en todos sus diálogos: en los qnalcs
siempre muerde a los philosophos y hombres
religiosos de su tiempo.
Y en el quarto canto espresamente le imita
en el libro que hizo llamado Pseudomantis: en
el qual descríue maranillosamente grandes taca-
ñerías, embaymientos y engaños de vn falso
religioso llamado Alexandro: el qual en Mace-
dón ia (Tracia), Bitinia y parte de la Asia fin-
gió ser propheta de esculapio, fingiendo dar res-
puestas ambiguas y industriosas para adquirir
con el vulgo crédito y moneda.
En el quinto, sexto y séptimo cantos el auc-
tor debajo de una graciosa historia imita la pa-
rábola que Cristo dixo por san Lucas en el
capitulo quinze del hijo prodigo. AUi se verá
en agraciado estilo vn vicioso mancebo en poder
de malas mugeres, bueltas las espaldas a su
honro, a los hombres y a dios, disipar todos los
doctes del alma que son los thesoros que de su
padre dios heredó, y veráse también los hechi-
zos, engaños y encantamientos de que las ma-
las mugeres usan por gozar de sus laciuos de-
leitas por satisfacer a sola su sensualidad.
En el octano canto por auer el auctor ha-
blado en los cantos precedentes de los religio-
sos, prosigue hablando de algunos intereses que
en daño de sus conciencias tienen mugeres que
en titulo de religión están en los monesterios
dedicadas al culto divino (*). Y en la fábula de
las ranas imita a Homero.
En el nono y décimo cantos el auctor imi-
tando a Luciano en el dialogo llamado Toxaris
en el ijual trata de la amistad. El auctor trata
de dos amigos fidelissimos, que en casos muy
arduos aprobaron bien su intincion y en Ro-
berto y Beatriz imita el auctor la fuerca que
hizo la muger de Putifar a Joseph.
En el honceno cauto el auctor imitando a
(') En el códice qae inv de GayangoA se añnde, á
modo de aclaración, monjas.
Luciano en el libro que intitulo de luctus, habla
de la superfluidad y vanidad que entre los cris-
tianos se acostumbra hazer en la muerte entier-
ro y sepultura, y descriuessecl entierro del mar-
ques del Gasto Capitán general del Emperador
en la ytalia: cosa muy de notar.
En el duodécimo canto el auctor imitando a
Luciano en el dialogo que intituló Icaromenipo
finge subir al cielo y descríue lo que allá vio
acerca del asiento de dios, y orden y bienauen-
turanca de los angeles y santos y de otras mu-
chas cosas que agudamente se tratan del estado
celestial.
En el décimo tercio canto prosiguiendo el
auctor la subida del cielo fing^ auer visto en los
ayres la pena que se da a los ingratos y hablando
maranillosamente de la ingratitud cuenta vn
admirable acontecimiento digno de ser oydo en
la materia.
En el décimo quarto canto el auctor concluye
la subida del cíelo: y propone tratar la bajada
del infierno declarando lo que acerca del tuuie-
ron los gentiles: y escriuieron sus historiadores
y poetas.
En el décimo quinto y décimo sexto cantos
imitando el auctor á Luciano en el libro que in-
tituló Necromancia finge descender al infierno,
donde descríue las estancias, lugares y penas
de los condenados.
En el décimo sexto canto el auctor en Rosi-
cler hija del Rey de Syría descríue la ferocidad
con que vna muger acomete qualquiera cosa
que le venga al pensamiento si es lisiada de vn
lascino interés, y concluye con el descendi-
miento del infierno imitando a Luciano en los
libros que varios diálogos intituló.
En el décimo séptimo canto el autor sueña
auerse hallado en vna missa nueua: en la qual
descríue grandes acontecimientos que cdmun-
mentc en semejantes lugares suelen passar en-
tre sacerdotes.
En el d(íci"io octano canto el auctor sueña
vn acontecimiento gracioso: por el qual mues-
tra los grandes daños que se siguen por faltar
la verdad del nmndo dentre los hombres.
En el décimo nono canto el auctor trata del
trabajo y miseria que hay en el palacio y ser-
vicio de los principes y señores, y reprehende
á todos aquellos que teniendo algún officio en
que ocupar su vida se privan de su bienaventu-
rada libertad que naturaleza les dio, y por vivir
en vicios y profanidad se subjetan al ser\'icio do
algún señor (').
En el vigésimo y vltimo canto el auctor des-
cribe la muerte del gallo.
(I) En el códice de Gnyangos esta rúbrica está may
abreviada: «y reprehende a aquellos que pndieudo ser
«¡efiores, viviendo de algnn ofhcio, .se privan de sa li-
bertada)
EL CROTALOX
121
SIGÜESSE EL «OROTALON DE CHRIS-
lOPHORO GNOSOPHO:!) EN EL QUAL
SE CONTKAHAZE EL SUEÑO, O GA-
LLO DE LUgiANO FAMOSO OBADOB
GRIEGO.
ARGUMENTO
DBL PRIMER CANTO DIL GALLO
En el primer ranto que üe i4gae el aurtor pro]»onc lo que ha de
tratar en la presente obra: narrando el primer nacimiento
del gallo y el ituecso de ra vida.
DIALOGO. — INTERLOCUTORES
MI (JILO f¡apatero pobre y vn GALLO suyo,
O líbreme Dios de gallo Un maldito y tan
l)Ozinglero. Dios te sea aduerso en tu deseado
mantenimiento, pues con tn ronco y importuno
I osear rae quitas y estorbas mi sabroso y bien-
auentnrado sueño, holganza tan apazible de
todas las cosas.
Ayer en todo el dia no leuanté cabe^*« traba-
jando con el alesna y cerda: y ayn con dificul-
tad es passada la media noche y ya me desaso-
siegas en mi dormir. Calla, sino en verdad que
te dé con esta horma en la cabera; que mas
pronecho me harás en la olla quando amanezca,
que hazes ay bozeando.
Gallo. — Maranillome de tu ingratitud, Mi-
9Ílo, pues a mi que tanto prouecho te hago en
despertarte por ser ya hora conveniente al tra-
bajo, con tanta cólera me maldizes y blasfemas.
No era eso lo que ayer dezias renegando de la
pobreza, sino que querías trabajar de noche y
de dia por auer alguna riqueza.
MiriLO.— O Dios inmortal, ¿qué es esto que
oyó? ¿El gallo habla? ¿Qué mal agüero o mons-
truoso prodigio es este?
Gallo. — ¿Y deso te escandalizas, y con
tanta turbasion te marauillas, o Micilo?
M14.ILO. - ¿Pues, cómo y no me tengo de
marauillar de vn tan prodigioso acón te<^imiento?
¿Qué tengo de pensar sino que algún demonio
habla en ti? Por lo qual me conuiene que te
corte la cabera, porque acaso en algún tiempo
no me hagas otra mas peligrosa ylusion. ¿Hu-
yes? ¿Por qué no esperas?
Gallo. — Ten pa^ien^ia, Micilo, y oye lo que
te diré: que te quiero mostrar quán poca razón
tienes de escandalizarte, y avn confio que des-
pués no te pessará oyrme.
Micilo. — Agora siendo gallo, dime ¿tu
quién eres?
Gallo. - ¿Nunca oyste dezir de aquel gran
philosopho Pithagoras, y de su famosa opinión
que tenia?
Mi(;-iLO. — Pocos 9apateros has visto te en-
tender con filósofos. A mi alo menos, poco me
vaga para entender con ellos.
Gallo. — Pues mira que este fué el hombre
mas sabio que huno en su tiempo, y este afir-
mo y tuvo por 9Íerto que las almas después de
criadas por Dios passauan de cuerpos en cuer-
pos. Probaua con gran effíca^ia de argumentos:
que en qualquiera tiempo que vn animal muere,
está aparejado otro cuerpo en el vientre de al-
guna hembra en dispusi^ion de recibir alma, y
que a este se passa el alma del que agora mu-
rió. De manera, que puede ser que una mesma
alma aniendo sido criada de largo tiempo haya
venido en infinitos cuerpos, y que agora qui-
nientos años huuiese sido rey, y después vn mi-
serable azacán (*), y ansi en vn tiempo vn hom-
bre sabio, y en otro vn ne9Ío, y en otro rana, y
en otro asno, cauallo o puerco. ¿Nunca tu oyste
dezir esto?
MiriLO.— Por 9Íerto, yo nunca oy cuentos
ni músicas mas agraciadas que aquellas que ha-
zen entre si quando en mucha priesa se encuen-
tran las hormas jr charanbiles con el tranchete.
Gallo. — Ansi parece ser eso. Porque la
poca esperien^ia que tienes de las cosas te es
íXíasion que agora te escandalizes de ver cosa
tan común a los que leen.
Mi(.ilo. — Por cierto que me espantas de
oyr lo que dizes.
Gallo. — Pues dime agora, de dónde pien-
sas que les viene á muchos bnitos animales ha-
zer cosas tan agudas y tan ingeniosas que avn
muy enseñados hombres no bastaran hazerlas?
¿Qué has oydo dezir del elefante, del tigre, le-
brel y raposa? ¿Que has visto hacer a vna mo-
na, que se podria dezir de aqui a mañana? Ni
habrá quien tanto te diga como yo si el tiempo
nos diesse a ello lugar, y tú tuuieses de oyrlo
gana y algún agradecimiento. Porque te hago
saber que ha mas de mil años que soy criado
en el mundo, y después acá he viuido en infini-
tas differencias de cuerpos, en cada vno de los
quales me han acontecido tanta diuersidad de
cuentos, que antes nos faltaria tiempo que me
faltasse a mi que dezir, y a ti que holgasses
de oyr.
Mk'ilo. — O mi buen gallo, qué bienauentu-
rado mt, -seria el señorío que tengo sobro ti, si
me qnissieses tanto agradar que con tu dulce
y sabrosa lengua me eonuinicasses alguna par-
te de los tus fortunosos acontecimientos. Yo te
prometo que en pago y galardón de este inex-
timable seruivio y plazer te dé en amaneciendo
la ración doblada, avnque sepa quitarlo do nú
mantenimiento.
Gallo. — Pues por ser tuyo te soy obligado
agradar, y agora más por ver el premio roluzir.
(') En el cóiiicc de Gnyangos aguadero.
122
ORÍGENES DE LA NOVELA
Mn.iLO. — Pues, aguarda, encenderé candela
y pon« rmelie a tralmjar. Agora comienza, qii*^
oycnto tienes el mas obediente y atento que
nunca a maestro oy6.
Gallo. — O dioses y diosas, favoreced mi
ñaca y dezlenable memoria.
Mn.'iLo. — <Qué dizes? ¿Eres hereje ó gentil,
cómo llamas á los dioses y diosas?
Gallo. — Pues, cómo y agora sabes que to-
dos los gallos somos franceses como el nom-
bre nos lo dize, y que los franceses hazemos
deso pi)co caudal/ Principalmente después que
liizo liga con los turcos nuestro Rey, truxolos
alli, y medio proffesamos su ley por la conuer-
sacioii (*). Pero de aquí adelante yo te prometo
de hablar contigo en toda religión.
MiriLO. — Agora pues comienza, yo te rue-
go, y has de contar desde el primero dia de tu
ser.
Gallo. — Ansi lo haré; tenme atenvion, yo
te diré cosas tantas y tan admirables que con
ningún tiempo se puedan medir, y sino fuese
por tu mucha cordura no las podrias creer. De-
zirte he muchos acontevimientos de grande ad-
mirnvion, verás los honbres conuertidos en ves-
tías, V Ins vestiad conucrtidas en honl)res vcon
gran facilidad. Oyrás cautelas, astu<;ias, indus-
trias, agudezas, engaños, mentiras y tráfagos
en <[ue a la contina en pican los honbres su na-
tural, verás en conclusión como en vn espejo
lo que los honbres son de su natural inclina-
vion, por donde juzgarás la gran liberalidad y
nnSíTÍ»'ord¡a de Dios.
Mi«;iLo. — Mira, gallo, bien, que pues yo me
cüiiíio de ti, no picnsses agora con arrogancias
y soberuia de eloquentes palabras l>urlar de mi
contándome tan gnmdes mentiras ijue no se
puí'daii criM^r, porque puesto caso <jue todo me
In lia.ü:íis con tu elot|uenvia muy claro y apa-
rente, auen turas ganar poco interés mintiendo
a vn honl>re tjín bajo como yo, y hazer injuria
a ese lilosofo Pithagoras que dizes que en otro
tiempo fueste y al respeto que todo honbre se
deue á si. Ponpie el virtuoso en el cometimiento
de la po<pK»íla<.l no ha de tener tíuito temor a
los que la verán, como a la vergueiica que deue
auer d»' si.
Gallo. — No me marauillo, M ¡vilo, (jue tomas
oy de te confiar de mi que te diré veixlad por
auer visto una tan gran cosa y tnn no vsada ni
oyda de ti como ver vn gallo hablar. Pero mira
bien que te obliga mucho, sobre todo lo que has
dii.'ho, a niti creer, considerar que pues yo hal)lé,
y para ti que no es pequeña muestra de deydad,
a lo qual repugna el mentir; y ya qunndo no
{*) Ku el cótHce ile La Romana hc añade, á mcxJo
de upostilln, |ieix> de la misma letra: oy agora que son
lutbcniuos no diítieren de la gentilidadi».
me quisieres c(»n8Íderar mas de gallo conña de
mi, que temé respecto al premio y galardón que
me has prometido dar en mi comer, porque no
quiero que me acontezca contigo oy lo que acon-
tegio a aquel andiicioso músico Euangelista en
esta ciudad. Lo qual por te hazer perder el te-
mor quiero que oyas aqui. Tu sabrás que acon-
teció en Castilla vna gran pestelencia, (año de
1525 fue esta pestclencia) (') que en un año en-
tero y más fue perseguido todo el Reynode gran
mortandad. De manera que en ningún pueblo
que fuesse de algunos vezinos se sufria viuir,
porque no se entendia sino en enteiTar muer-
tos desde que amanecía hasta en gran pieza de
la noi'he ([ue se recogían los hombres descansar.
Era la enfermedad un genero de postema na-
quÍA en las ingles, sobacos ó garganta, a la qual
]lamal>an landre. De la qual siendo heridos su-
Ccdia vna terrible calentura, y dentro de veyn-
te y cuatro horas heria la postenui en el cora-
ron y era cierta la nmerte. Conuenia huyr de
conuersavion y compañia, ponqué era mal con-
tagioso, <[ue lui>go se pegaua si auia ayunta-
miento de gentes, y ansi huyan los ricos <{ue
podían de los grandes pueblos a las pecjueftas
aldeas que menos gente y congregación huuies-
se. Y después se defendía la entrada de los
que viniessen de fuera cv)n temor que trayendo
consigo el mal corrompiesse y contaminasse el
pueblo. Y ansi acont^'cia que el <^ue no salia
temprano de la ciudad juntamente con sus al-
hajas y hazienda; si acaso saliese algo tarde,
quando ya est«ua encendida la pestelencia an-
dana vagando por los campos ponjue no le
querían acoxer en parte alguna, por lo qual su-
ciMÜa morir por allí por mala prouision de ham-
bn? y miseria corridos y desconst»lado8. Y lo
que más era de llorar, que puestos en la níH^-e-
sidad los padres, huyan dellos los hijos con la
mayor crueldad del mundo, y por el semejante
huyan dellos b»s padres por escapar cada qual
con la vida. Y succilia que por huyr los sacer-
dotes el peligro de la pestclenci", no a\iia quien
confesasse ni adminístrasse los sacramentos,
de manera que toilos morían sin ellos, y en el en-
tierro, o quedauan sin st^poltura, o se e<'hauan
veynU^ j>ersonas en una. Era, en suma, la mas
trabajada y miserable vida y infeliz que ninguna
lengua ni pluma pueile escriuir ni encare\*er.
Teniasse por conueniente medio, do quiera que
los honbres estañan exercitarsí» en cosas de ale-
gría y plazer, en huertas, ríos, fuentes, flores-
tas, xardines, prados, juegos, l»ayles y todo ge-
nero de regocijo: huyendo a la c»nitína con to-
das $us fui'rcas de ((ualijuiera ocasión que los
(•) Ia iniUcación del ano que parece un parónte^i^
está en el códice de Gayangor*, pero f.dta en el de La
Rumana.
EL CROTALON
123
padiosse dar tristeza y pesar. Agora quiero te
desir vua cossa notable que en esta nuestra
lindad passó; y es que so tomó por ocupación
y exer^¡9Ío salutífero y muy conueniento para
euitar la tristeza y ocasión del mal hazcr en
todas las calles, passos, o lo que los antiguos
llamaron palestras o estadios, y porque mejor
me entiendas digo que se hazian en todas las
calles vnos palenques que las cerrauan con tu
seto de madera entretexida arboleda de flores .
rosas y yemas muy graciosas, quedando sola
yna pequefia puerta por la qual al principio de
la calle pudiesscn entrar, y otra puerta al ñii
por donde pndiessen salir, y allí dentro se ba-
zia yn entoldado tálamo (') o teatro para que se
seutassen los juezes, y en cada calle auia vn
juego particular dentro de aquellos palenques
o palestras. £n vna calle auia lucba, en otra
esgrima, en otra dan^a y bayle; en otra se ju-
gauan virios, saltar, correr, tirar barra; y a to-
dos estos juegos y exer9Í9Íos bauia ricas joyas
que se dnunn al que mejor se exercitasse por
premio, y ansi todos aqui venian a llouur el pa-
lio, o premio ricamente vestidos i^) o disfra<;ados
que agradaban (•) mucboalos miradores y ador-
nauan la íiesta y regocijo. En vna calle estnuu
hecbo vn palenque de mucho más rico, hermoso
y apazible aparato que en todas las otras. Es-
taña hecbo yn seto con muchos géneros y di-
ferencias de arboles, flores y frutas, naranjos,
camuessos, 9Íruelas, guindas, claveles, azuí-e-
nas, alelies, rosas, violetas, marauillas y jazmi-
nes, y todas las frutas colgauan de los árboles
que juzgaras ser allí naturalmente nacidas (*).
Auia a vna parte del palenque vn teatro rica-
mente entoldado, y en él auia vn estrado: deba-
jo de vn dosel de brocado estauan sentados
Apolo y Orfeo principes de la música de bien
contrahechos disfrazes. Tenia el vno dellos en
la mano yna bihuela, que dezian auer sido aque-
lla que hubieron los insulanos de Losbos : que
yua por el mar haziendo con las olas muy tris-
te música por la muerte de su señor Orplieo
qnando le despedazaron las mujeres griegas, y
cortada la cabera juntamente con la vihuela la
echaron en el Negro Ponto, y las aguas del mar
la llenaron hasta Lesbos, y los insulanos la pu-
sieron en Delphos en el templo de Apolo, y de
allí la tnixieron los desta ciudad para esta ties-
ta y desafío ('). Ansi dezian estos juezes que la
darian por premio y galanlon al (jue mejor can-
(*) Falta la palabra tálamo en el c«>dice de La
BoiDana.
O En el códice de La Romana ataviados.
\^) En el mismo códice agradaban,
[^) En el códice de Gayangos dice 8<)lo qne acolga-
han de los ramos».
(>) En la Romana <i<j de allí la trnxieron los de esta
ciudad por cosa admirable, y la daban agora al que
faese trmnfoeo en esta fiesta y desafio».
tasse y tafíiessc en vna vihuela, por ser la mas
estimada joya que en el mundo entre los músi-
cos se podia auer. En aquel tiempo estaña en
esta nuestra ciudad vn honbre umy ambi^io^o
que se llamalm Euangelista, el qual avnque era
mancebo de edad de treynta años y de buena
dispusivion y rostro, pero era muy mayor la
presunción que de si tenia de passar en todo a
todos. Este después que obo andado todos los
palenques y palestras, y que en ninguno pudo
auer vitoria, ni en lucha, ni esgrima, ni en otro
alguno de aquellos exerficios, acordó de se ves-
tir lo mas rico que pudo ayudándose de ropas
y joyas muy preciadas suyas y de sus amigos,
y cargando de collares y cadenas su cuello y
onbros, y de muchos y muy estimados anillos
sus dedos, y procuró auer vna vihuela con gran
suma de dinero, la qual lleuaua las clauijas de
oro, y todo el mástil y tapa labrada de vn tara-
ce de piedras finas de inestimable valor, y eran
las maderas del cedro del monte Líbano, y del
ébano fino de la ínsula Meroe, juntamente con
las costillas y cercos. Tenía por la tapa junto a
la puente y lazo pintados del mesnio tarace a
Apolo y Orpheo con sus vihuelas en las manos
de muy admirable offícial que la labró. Era la
vihuela de tanto valor que no auia precio en que
se pudiesse estimar. Este como entró en el tea-
tro, fue de todos muy mirado, por el rico aparato
y atauío que traya. Estaua todo el teatro lleno
de tapetes y estancias llenas de damas y caiia-
lleros que auian venido a ver dit'fiíiir aí|uella
preciosa joya en aquella fiesta posponiendo su
salud y su vida. Y como le mandaron los juezes
que comencasc a tañer esperando del que llena-
ría la ventaja al mesmo Apolo que resucitase.
En fin, el comenco a tiñer de tal manera c[ue
a juizio razonable que no fuese piedra pan?<;ería
no sal>er tocar las cuerdas mas que vn asno!
Y cuando vino a cantar todos se mouieron a
escarnio y risa visto que la canción era muy fría
y cantada sin algún arte, gracia, y donayre de
la nuisica. Pues como los juezes le oyeron can-
tar y tañer tan sin arte y orden es¡>erando del
el extreuio de la música, hiriéndole con vn palo
y con mucho baldón fue traydo por el teatro
diciendole vn pregonero en alta voz «írandos vi-
tuperios, y fue mandado por los juezes estar
vilissimamente sentado en el suelo con mucha
inominia a vista de toilos hasta que fue sen-
tenciado el juizio, y luego entro vn mancebo de
razonable dispusieion y lídad, natural de vna pe-
queña y baja aldea desta nuestra ciudad, pol)re,
nial vebtido y peor atauíado en cabello y apues-
to. Este traya en la mano una vihuela grosera
y mal dolada de pino y de otro palo común, sin
polideza ni afeyte alginio. Tan grosero en su
representación que a tcxios los que estauan en
el teatro mouio a risa y escarnio juzgando que
124
ORÍGENES DE LA NOVELA
este también pagaria con Euangclista su atreui-
miento y temeridad, y puesto ante los juezes
les demandó en alta yoz le oyessen, y después
de auer oydo a aquellos dos tan señalados mú-
sicos en la vihuela Torres Naniaez y Macotera,
tan nombrados en España que admirablemente
auian hei*ho su deuer y obligación, mandaron
los juezes que tañese este pobre varón, que di-
xo auer por nombre Tespin. El qual como co-
mento a tañer hazia hablar las cuerdas con tan-
ta cx^elen^ia y melodia que lleuaua los honbres
bobos, dormidos tras si ; y a vna buclta de con-
sonancia los dcspertaua como con vna vara.
Tenia de yoz vn tenor admirable, el qual quan-
do comen90 a cantar no auia honbre que no sa-
liessc de si, porque era la voz de admirable
fuerya, magestad y dulzor. Cantaba en vna in-
geniosa composición de metro castellano las ba-
tallas y Vitoria del Rey católico femando sobre
el Rey no y ^iudad de Granada, y aquellos razo-
namientos y aniso que pasó con aquel antiguo
moro Auenamar, descripción de Alixares, alca-
zar y meschita. Los juezes dieron por Tespin la
sentencia y vitoria, y le dieron la joya del pre-
mio y trihunfo, y luego voluiendose el prego-
nero á Euangelista que cstaua miserablemente
mentado en tierra le dixo en alta voz: ves a(}ui,
o souerbio y ambicioso Euangelista que te han
aprouechado tus anillos, vihuela dorada y ricos
atauios, pues por causa dellos han aduertido
todos los miradores mas a tu temeridad, locura,
ambición y ne^fxiad, quando por sola la apa-
riencia de tus riquezas pensaste ganar el pre-
mio, no sabiendo en la verdad cantar ni tañer.
Pues mentiste a ti y a todos pensaste engañar
fterás infame para siempre jamas por extMupIo
del mentir, llenando el premio el pobre Tespin
como músico de verdad sin aparenyia ni fisión.
Esto te he contado, Micilo, porque me dixiste
que con aparato de palabras no pensnsse dezir-
te grandes mentiras, yo digo que te prometo
de no ser como este músico Euangelista, que
quiso ganar el premio y joya con solo el aparato
y apariencia de su hermosura y riíjueza, con te-
mor que después no solamente me quites el co-
mer que me prometes por galardón, pero avn me
des de palos, y avn por mas te asegurar te hago
juramento solemne al gran poder de dios; y,
MiriLO. — Calla, calla gallo, óyeme, — dime,
y no me prometiste al principio que hablarlas
conmigo en toda religión?
Gallo.— Pues en qué falto de la promesa?
Mh,iLO. — En (jue con tanta fuerza y behe-
mcncia juras a dios.
Gallo. — Pues no puedo jurar?
MiriLO. — Vnos clérigos santos que andan
en esta villa nos dizen ({uc no.
Gallo. — Dex;it<^ desos santones. Opinión
fue de vnoí> herejes llamados Manicheos conde-
nada por concilio, que dezian: que en ninguna
manera era liyito jurar. Pero a mi parecemo
qne es licito imitar a Dios, pues el juró por si
mesmo quando quiso luizer yierta la promessa a
habraan. Donde dize San Pablo qne no auia
otro mayor por quien jnrasse Dios, que lo jura-
ra como juró por si, y en la sagrada escríptura
a cada passo se hallan juramentos de profetas y
santos que juran por vida de Dios (}),J el mes-
mo San Pablo le jura con toda su santidad, que
dixo escriuiendo a los Galatas: si por la gracia
somos hijos de dios, luego juro a dios que so-
mos herederos. Y. hazia bien, porque ninguno
jura sino por el que más ama, y por el que co-
noce ser mayor. Ansi dize el refrán: quien bien
.le jura, bien le cree. Pero dexado esto, yo te
prometo contar cosas verdaderas y de admira-
ción con que sobrellenando el trabajo te deley-
te y de plazer. Pues venido al principio de mi
ser tú sabrás que como te he dicho yo fue aquel
gran fílosofo Pythagoras samio hijo de Menc-
sarra, honbre rico y de gran negocio en la mer-
caderia.
Mi(;iL0. — Espera, gallo, que ya me acuerdo,
que yo he oydo dezir dése sabio y santo filoso-
fo, que enseñó muchas buenas cosas a los de su
tiempo. Agora, pues, dime, gallo, porque via de-
xando de ser aquel fílosofo veniste a ser gallo,
vn aue de tan poca estima y valor?
Gallo. — Primero que viniesse a ser gallo
fue transformado en otras diuersidades de ani-
males y gentes, entre las quales he sido rana,
y hombre bajo popular y Rey.
MiriLO. — V qué Rey f ueste?
Gallo. — Yo fue Sardanapalo Rey de los
Medos mucho antes que fuese Pithag^ras.
MiriLO. — Agora me parece, gallo, que me
comiencas a encantar, o por mejor dezir a en-
gañar, por<iue comiencas por vna cosa tan re-
pugnante y tan lejos de verisimilitud para po-
derla creer. Porque según yo te he oydo y me
acuerdo, ese filosofo Pithagoras fue el mas vir-
tuoso hombre que huno en su tiempo. El qual
por aprender los secretos de la tierra y del cie-
lo se fue a Egipto con aquellos sabios que alli
auia en el templo que entonces dezian Sacer-
dotes de Júpiter Amon que vibian en las Syr-
tes, y de alli se vino a visitar los magos a Jia-
bilonia, que era otro genero de sabios, y al fin
se voluio a la ytalia, donde llegado a la ciudad
de Crotón hallo que reinaua nuicho alli la luxu-
ria, y el deleyte, y el suntuoso comer y l»eber,
de lo qual los apartó con su buena doctrina y
exemplo. Este hizo admirables leyes de teni-
jílanca, modestia y castidad, en las quales man-
dó que ninguno comiesse carne, por apartarlos
de la luxuria, y desta manera bastó refrenarlos
{*) Así en Ja Romana. En Gayangos «vive Dios».
EL CROTALON
125
de los v¡9¡08 y también mandaua a sus dísoipii-
los que por yinco años no hablassen, porque
cono9Ía el buen sabio quantos males vengan en
el mundo por el hablar demassiado. ¡ Quan con-
trariáis fueron estas dos cosas a las costumbres
y vida de Sardanapalo Rey de los Medos, del
qnml he oydo cosas tan contrarias que me ba-
sen creer que finges por burlar de mi! Porque
he oydo dezir que fue el mayor glotón y luxu-
ríoso que hnuo en sus tiempos, tanto que seña-
lana premios a los innentores de guisados y co-
meres, y a los que de nueuo le enseñasen ma-
neras de luxuriar, y ansi este infeliz su^io man-
do poner en su sepoltura estas palabras: aqui
yaze Sardanapalo, Rey de Medos, hijo de xVna-
zindaro: Come honbre, l»ebe y juega, y cono-
ciendo que eres mortal satisfaz tu animo de
los delcytes presentes, porque después no hay
de que puedas con alegría gozar. Que ansi hizo
yo, y solo me queda que comi y harté este mi
apetito de luxnría y deleyte, y en fin todo se
queda acá, y yo resulto conuertido en poluo!
Mira pues, o gallo, qué manifiesta contrariedad
ay entre estos dos por donde veo yo (jue me es-
times en poco pues tan claramente propones
cosa tan lexos de verisimilitud. O parece que
descuydado en tu fingir manifiestos lu vanidad
de tu ficion.
Gallo. — O quan pertinaz estás, Mi^ilo, en
tu mcrcdulidad, ya no se con que juramentos 6
palabras te asegure para que me quieras oyr.
Qnanto mas te admirarías si te dixessc, que
fue yo también en vn tiempo aquel Emperador
Romano Heliogabalo, vn tan disoluto glotón y
vicioso en su comer.
MiriLO. — O valame dios si verdad es loque
me contó este dia passado este nuestro vezino
Demophon, que dixo que lo hauia leido en vn
libro que dixo llamarse Selua de varia len'on .
Por cierto si verdad es, y no lo finiré aíjuol auc-
tor, argumento me es muy claro de lo que pre-
sumo de ti, porque en el vi^io de comer y beber
y luxuriar excede avn a Sardanapalo sin com-
paración.
Gallo. — De pocas cosas te comienzas a ad-
mirar, ó MÍ9ÍI0 y de cosas fáciles de entender
te comienzas a alterar, y mueues dubdas y ob-
jeciones que causan repunancia y perplegidad
en tu entendimiento. Lo qual todo na^e de la
poca esperíencia que tienes de las cosas, y prin-
cipalmente procede en ti esa tu confusión de
no ser ocupado hasta aqui en la especulación
de la filosofia, donde se aprende y sabe la na-
turaleza de las cosas. Donde si tú te hubieras
exercitado supieras la rayz porque aborrecí el
deleyte y luxuria siendo Pythagoras, y le scjüjuí
avn con tanto estudio siendo Heliogabalo, o
Sardanapalo. No te fatigues agora por saber
el principio de naturaleza por donde proceda
esta variedad de inclinación, porque ni haze a
tu proposito ni te haze menester, ni nos deue-
mos agora en esto ocupar. Solamente por te
dar manera de sabor y gracia en el trabajar pre-
tendo que sepas como todo lo fue, y lo que en
cada estado passé, y conocerás como de sabios
y necios, ricos, pobres, reyes y filósofos, el me-
jor estado y mas seguro de los bayuenes de for-
tuna tienes tú, y que entre todos los hombres
tú eres el mas feliz.
MiriLO. — Que yo t« parezco el mas bien
anenturado honbre de los que has visto, o gallo?
Por cierto yo pienso que burlas pues no veo en
mi porqué. Pero quiero dexar de estorbar el
discurso de tu admirable narración con mis per-
plexos argumentos, y bástame gozar del deley-
te que espero reyebir de tu gracioso cuento para
el passo de mi miserable vida sola y trabajada,
que si como tú dizes, otro más misero y traba-
jado ay que yo en el mundo respecto del qual
yo me puedo dezir bienauenturado, yo concluyo
que en el nmndo no ay que desear. Agora pues
el tiempo se nos va, comiencame a contar desde
que fueste Pythagoras lo que passaste en cada
estado y naturaleza, porque necesariamente en
tanta diuersidad de formas y variedad de tiem-
pos te deuyeron de acontecer, y visto cosas y
cuentos dignos de oyr. Agora dexadas otras
cosas muchas aparte yo te mego que me digas
como te sucíhIío la muerte siendo Heliogabalo,
y en qué estiwlo y forma sucediste después, y
de ay me contarás tu vida hasta la que agora
possees de gallo que lo deseo en particular oyr.
(tallo. — Tú sabrás, cómo ya dizes que oys-
te a Demophon, que como yo fuesse tan vicioso
y de tan luxuriosa inclinación, siguió la muerte
al mi muy más continuo vso de viuir. Porque
de todos fue aborrecido por mi sucio comer y
luxuriar, y ansi vn dia acabando en todo deley-
te de comer y beber espléndidamente, me retray
a vna privada a purgar mi vientre que con gran-
de instancia me aquexó la gran repleción de
y ríe a bayiar. En el qual lugar entraron dos
mis mas pribados familiares, y por estar ya en-
hastiados de mis vicios y vida sucia, con mano
armada me comencaron a herir hasta que me
mataron, y después avn se me Inivo de dar mi
conueniente sepoltura por cumplido galardón,
que me echaron el cuerpo en aquella privada
donde estuve abscondido mucho tiempo que no
me hallaron, hasta que fue a salir al Tibre en-
tre las inmundicias y suciedades que uienen por
el común conducto de la ciudad. Y ansi sabrás,
que dexando mi cuerpo caydo alli, salida mí
ánima se fue a laucar en el vientre de una
fiera y muy valiente puerca que en los monti s
de Annenia estaña preñada de seys lecliones,
y yo vine a salir en el primero que parió.
MiriLO. — O valame Dios; yo sueño lo que
i2r>
ORÍGENES DE LA NOVELA
oyó.' Qiuí (lo lioiibrc venist<í a ser puei-co, tan
suvio y üiii bnito animal? No piioclo disimular
admiración quando veo quu tiene naturaleza
formadas criaturas como tú que en esperiencia
y coiKx^i miento llena ventaja a mi inhabilidad
tan sin comparación. Ya me voy deseugafian-
do de mi ceguedad, y voy conociendo de tu mu-
cho saber lo poco que soy. Y ansi de oy más
me quiero someter a tu disciplina, como veo que
tiene tanta muestra de deidad.
ÍÍALLO. — Y este tienes, Mi(;ilo, por caso de
admiración? Pues menos }>odrias creer que aura
alguno que juntamente sea honbrc y puerco, y
avn phi^uicsse a dios no fuessc peor y mas vil.
Que avn la naturaleza del puerco no es la peor.
Mic.iLo. — Pues cómo y puede auer algún
animal mas torpe y sucio que el.^
írALLO.— Pregúntaselo a Grilo, noble varón
griego, 4»! qual boluieudo de la guerra de Troya
passando por la ysla de Candia le conu<Ttio la
maga Cyrces en puerco, y después por ruego
de Ulixcs le quisiera boluer honbre, y tanta j
ventaja hallo Grilo en la naturaleza de puerco,
y tanta mejora y bondad que escogió queilarse
ansi, y menospreció boluerse a su natural pa-
tria.
Mk.ilo. — Por cierto cosas me cuentas que
avn a los hombres de mucha esperieucia cau-
sassen admiración, quauti> más a vn pobre ca-
patero como yo.
(ÜALLo. — Pues porque no me tengas por
mentiros*», y que quiero ganar opinión contigo
contándote fábulas, sabrás que esta hi>toria
auctorizó Plutarco el historiador griego de más
auctoridad.
Mn.iLü. — Pues, valame dií)S, que bondad
halló esc Grilo en la naturaleza de puerco, por
la ({ual a nuestra naturaleza de hombre la pre-
firiu.'
(¡ALLo. — La que yo hallé.
Mi»; I LO. — Eso deseo mucho saber de ti.
Gallo. — A lo menos vna cosa trabajaré
mostrarte como aquel que de ambas naturale-
zas por esperieucia sabrá dezir. Que comparada
la vida y inclinación de muchos hombres al co-
mún viuir de vu puerco, es mas perfeto con
gran ventaja en su natural. Princi]»almente
quando d<.' vicios tiene el hombre ocupada la
razón. V agora pues es venido el dia abre la
tienda y yo me passcaré con mis gallinas por
la casa y corral en el entretanto que nos apa-
rejas, el manjar que emos de comer. Y en el
cantu <¿ne se sigue verás claramente la prueba
de mi i:itincion.
Mn;iL0. — Sea ansi.
Fin dd primer canto del gallo.
ARGUMENTO
DEL SEGUNDO CANTO DEL GALLO
Ln el sojeundo ranto qao m» «uguo, el aarfor imita .1 Plul.irro ru
vn <lialügi> que hizo ontrt' l'lixi'o y vu griego Uamadu Gñlu:
«•i c|aal aula Cyi-^es conuerlido eu puerro. Kn e*<to el auctor
qnií'iv dar a entender, que qiiaiidu los iMiiubresesl.in ciii'ena-
f!.iilos en lo« vi^-ios y ¡irín^iialmeiitc delaranicMtn muv {leo-
re>i que l>rulii«, y avn ay murlias li<>ra« que «in rouipara^ion
los exceden en el Tfo de la viituil.
Gallo. — Ya parece, Micilo, que es hora con-
ueniente para comencar a vibir, dando gracias
a dios que ha tenido por bien de passar la no-
che sin nuestro peligro, y traernos al dia para
que con nuestra buena industria nos podamos
tfjdos mantener.
^IiriLO. — Bendito sea dios que ansi lo ha
permitido. Pero dime, gallo, es esta tu primera
canción* Porque holgaria de dormir vn poco
más hasta que cantes segunda vez.
Gallo. — Note engañes, Micilo, que ya canté
a la media no<;he como ax^ostumbramoB, y como
estañas sepultado en la profundidad y dulcura
del primer sueño, no te bastaron despertar mis
bozes, puesto caso que trabajé por cantar lo
mas templado y bien comedido que pude por no
te desordenar en tu suave dormir. Por la for-
taleza dest^ primer sueño creo yo que llamaron
los antiguos al dormir ynnigen de la muerte, y
por su dulcura le dixeron los poetas, apazible
holganza de los dioses. Agora ya será casi el
dia, que no ay dos horas de la juche por pas-
sar, despierta que yo quiero prosseguir en mi
obligación.
Mi r I LO. — Pues dizes ser essa hora yt) me
quiero leuantar al trabajo, porque proueycudo
a nuestro reuiedio v hambre, ovrte me sera so-
laz. Agora di tu.
Gallo. — En el canto passado quedé de te
mostrar la bondad y sosiego de la vida de las
ñeras, y avn la ventaja que en su natural htizen
a los hombres. Esto mostmré ser verdad en
tanta manera que podria ser, que si alguna de-
llas diessen libertad de quedar en su ser, o ve-
nir a ser hombre como vos, escogería quedar
ñera, puerco, IoIk) o león antes que venir a ser
hombre, por ser entre todos los animales la es-
pecie mas trabajaíla y infeliz. Mostrart<'! he el
orden y concierto de su vibir, tanto que te con-
uencas afirmar ser en ellas verdadero vso de
razón, por lo qual las fieras sean dignas de ser
en mas tenidas, elegidas y estimadas que los
hombres.
Mk.ilü. — Parece, gallo, que con tu el<Mjuen-
cia y manera de dezir me quieres encantar, pues
te profieres a mo mostrar vna cosa tan lexos de
verdadera y natural razón. Temo me que en
eso te atreues a mi presumiendo que fácilmente
como a pobre capatero qualquiera cosa me po-
dras persuadir. Agora j>ues desengáñate de ojr
EL CROTALON
127
mas que confiado de mi naturaleza yo me pro-
fiero a te lo defender. Ui, que me plazeni mu-
cho oyr tus sophisticos argumentos.
Gallo. — Por ^ierto yo espero que no te pa-
rezcan sophisticos, sino muy en demo8tra(;>ion.
Principalmente que no me podras negar que yo
mejor que quantos ay en el mundo lo sabré
mostrar, pues de ambas naturalezas de fiera y
hombre tengo hecha espcriencia. Pues agora
pareceme a mi que el principio de mi prueba se
deue tomar de lus virtudes, justicia, fortaleza,
prudencia, continencia y castidad, de las quales
vista la perfecion con que las vsan y tratan las
fieras conocerás claramente no ser manera de
dezir lo que he propuesto, mas que es muy aue-
rignada verdad. Y quanto a lo primero quiero
que mo digas; si huviesse dos tierras, la vna de
las quales sin ser arada, cabada ni sembrada,
ui labrada, por sola su bondad y generosidad de
buena naturaleza lleuasse todas las frutas, ño-
res y miesses muy en abundancia? Dime, no
loarías más a esta tal tierra, y la estimarias y
antepornias a otra, la qual por ser montuosa y
para solo pasto de cabras avn siendo arada,
muy rompida, cabada y labrada con dificultad
diesse fruto poco y miserable?
Mi VILO. — Por cierto avnque toda tierra que
da fruto avnque trabajadamente es de estimar,
de mucho mas valor es aquella que sin ser cul-
tivada, o aquella que con menos trabajo nos
comunica su fruto.
Ctallo. — Pues de aqui se puede sacar y co-
legir como de sentencia de prudente y cuerdo,
que ay cosas que se han de loar y aprobar por
ser buenas, y otras por muy mejores se han de
abracar, amar y elegir. Pues ansi de esta ma-
nera verdaderamente y con necesidad me con-
cederás que avnque el ánima del homl)re sea de
^ran valor, el ánima de la fiera es mucho más;
pues sin ser rompida, labrada, arada ni cabada;
quiero dezir, sin ser enseñada en otras escue-
las ni maestros que de su mesma naturaleza es
mas abil, presta y aparejada a producir en abun-
dancia el fruto de la virtud.
Mic;iLO. — Pues dime agora tú, gallo, de qual
virtud se pudo nunca adornar el alma del bru-
to, porque pareze que contradize a la naturale-
za de la misma virtud?
Gallo. — Y eso me preguntas? Pues yo te
probare que la vsan mejor que el más sabio va-
ron. Porque lo veas vengamos priuicro a la vir-
tud de fortaleza de la qual vosotros, y princi-
palmente los españoles entin; todas las nacio-
nes, os gloriáis y honrraís. Quan víanos y por
qnan gloriosos os tenéis quando os oys nom-
brar atreuidoe saqueadores de ciudades, viola-
dores de tem[)los, destruidores de hermosos y
sumptuosos edificios, disipadores y abrasadores
de fértiles campos y miesses? Con los quales
exorcicios de engaños y cautelas aueis adquiri-
do falso titulo y renombre entre los de vuestro
tiempo de aninkosos y esforcados, y con seme-
jantes obras os aueis usurpado el nombre de
virtud. Pero no son ansi las contiendas de las
fieras, porque si han de pelear entre si o con
vosotros, muy sin engaños y cautelas lo hazcn,
abierta y claramente las verás pelear con sola
confíanca de su esfuerco. Principalmente por-
que sus batallas no están subjetas a leyes que
obliguen a pena al que desamparare el campo
en la pelea. Pero como por sola su natura-
leza temen ser vencidos trabajan quanto pueden
hasta vencer a su enemigo avn que no obligan
el cuerpo ni sus ánimos a subjecion ni vasalla-
je siendo vencidas. Y ansi la- vencida siendo
herida cay da en el suelo es tan grande su es-
fuerco que recoxe el animo en vna [>equeña par-
te de su cuerpo y hasta que es del todo muerta
resiste a su matador. No hay entre ellas los
ruegos que le otorgue la vida; no suplicaciones
lagrimas ni peticiones de misericordia; ni el
rendirse al vencedor confesándole la vitoria,
como vosotros hazeis quando os tiene el enemi-
go a sus pies amenacandoos degollar. Nunca
tú viste que vn león vencido sirua a otro león
vencedor, ni vn cauallo a otro, ni entre ellos ay
temor de quedar con renombre de cobardes.
Qualesquiera fieras que por engaños o cautelas
fueron alguna vez presas en lazos por los caca-
dores, si de edad razonable son, antes se dcxu-
rán de hambre y de sed morir que ser otra vez
presas y captiuas si en algún tiempo pudieran
gozar de la libertad. ^Vunque algunas vezcs
aconte<;e que siendo algunas presas siendo pe-
queñas se vienen a amansar con regalos y apa-
cibles tratamientos, y ansi aconte^-e dárseles por
largos ti(*mpo8 en seruidumbre a los hombres.
Pero si son presas en su vejez o edad razona-
ble antes morirán (jue sub jetárseles. De lo qual
todo claramente se muestra ser las fieras natu-
ralmente nacidas para ser fuertes y vsar de for-
taleza, y que los hombres vsan contra verdad
do titulo de fuertes que ellos tienen usurpado
diziendo que les venga de su naturaleza, y avn
esto faí;ilniente se verá si consideramos vn prin-
cipio de philosophia <|ue es vniuersalmente ver-
dadero; y es, que lo que conuicne por naturah»-
za a vna especie conuiene a todos los indiuiduos
y particulares igual y indifcrenttímeute. Como
acontece que conuiene a los hombres por su na-
turaleza la risa, por la qual a qualquiera honbre
en particular conuiene reyrse. Dime agora, Mi-
Cilo, antes que passe adelante, si ay aqui alguna
cosa que me puíKlas negar?
Mi<;iLO. — No porque veo por espcriencia
que no a y honbre en el mundo que no se rya
y pueda reyr; y solo el honbre propiamente se
rye. Pero yo no sé a que proposito lo dizts.
128
ORÍGENES DE LA NOVELA
Gallo. — Digolo porque pues esto es verdad
y remos que igualmente en las ñeras en forta-
leza y esfueryo no diffíeren machos y hembras,
pues igualmente son fuertes para se defender
de sus enemigos, y para sufrir los trabajos ne-
cesarios por defender sus hijos, o por vuscar
su mantenimiento, que claramente parece con-
uenirlcs de su naturaleza. Porque ansi hallarás
de la hembra tigre, que si a caso fue a vuscar
de comer para sus hijos que los tenia pequeños
y en el entretanto que se ausentó de la cueua
vinieron los cazadores y se los llenaron; diez y
doze leguas sigue a su robador y hnllado haze
con él tan cruda guerra que veynte honbres no
se le igualaran en esfueryo. Ni tampoco para
esto aguardan favorecerse de sus maridos, ni
oon lagrimas se les quexan contándoles su cuy-
ta como hazen vuestras hembras. Ya creo que
habrás oydo de la puerca de Calidonia quantos
trabajos y fatigas dio al fuerte Theseo con sus
fuertes peleas. Que diré de aquel sphinge de
Pheniyia y de la raposa telmcsia? Que de aque-
lla famosa serpiente que con tanto esfueryo pe-
leó con Apolo? También creo que tú abrás vis-
to umchas leonas y osas mucho mas fuertes que
los machos en su naturaleza. Y no se han como
vuestras mugercs las quales quando vosotros
estáis en lo mas peligroso de la guerra están
ellas uuiy descuidadas de vuestro peligro sen-
tadas al fuego, o en el regalo de sus camas y
deley tes. Como aquella Reyna Clithenestra, que
mientra su marido Agamenón estaua en la gue-
rra de troya gozaua ella de los bessos y abra-
yos de su adultero Egisto. De manera que de
lo que tengo dicho pareyeme no ser verdad, no
ser natural la fortaleza a los hombres, ponjue
si ansi fuesse igualmente conuernia el esfueryo
a las henbras de vuestra espeyie, y se hallaría
tomo en los machos como aconteye en las fie-
ras. Ansi que podemos dezir, que los honbres
no de su voluntad, mas foryados de vuestras
leyes y de vuestros principes y mayores veuis
a exeroitaros en esfueryo, porque no osáis yr
Contra su mandado temiendo grandes penas.
Y estando los honbres en el peligro más fra-
goso del mar, el que primero en la tenpestad
se uiueue no es para tomar el mas pesado re-
mo y trabajar doblado; pero cada i(ual prot?iira
yr primero por escoger el mas ligero y dexar
para los de la postre la mayor carga, y avn del
todo la rousarian sino fuesse por miedo del cas-
ti^f»), o peligro en que se ven. Y ansi este tal
no so puede dezir esforyado, ni este se puede
gloriar ser doctado desta virtud, porque aquel
que se defiende de su enemigo con mietlo de
reyobir la muerte este tal no se deue dezir mag-
nánimo ni esforyado pero cobarde y temeroso.
Desta manera aeontt»ye en vosotros llamar for-
taleza lo (^ue bien mirado con prudencia es ver-
dadera cobardia. Y si vosotros os halláis ser
mas esforpados que las fieras, por qué vuestros
poetas y historiadores quando escriuen y de-
cantan vuestras hazañas y hechos en la guerra
08 comparan con los leones, tigres y onzas, y
por gran cosa dizen que igualas tes en esfuer-
yo con ellos? Y por el contrario nunca en las
batallas de las fieras fueran en su ánimo cora-
paradas con algún hombre. Pero ansí como
aconteye que comparamos los ligeros con los
vientos, y a los hermosos con los angeles, que-
riendo hazer semejantes los nuestros con las
cosas que exceden sin alguna medida ni Usa:
ansi pareye que desta manera comparais los
honbres en vuestras historias en fortaleza con
las fieras como a cosas que exceden sin com-
parayion. Y la causa desto es, porque como la.
fortaleza sea vna virtud que consista en el
buen gouierno de las passiones y ímpetus del
animo, el qual más sincero y perfecto se halla
en las peleas que entre si tienen las fieras.
Porc|ue los hombres turbada la razón con la yra
y la soberuía los ciega y desbarata tanto' la
colera que ninguna cosa hazen con libertad que
merezca nombre de virtud. Avn con todo esto
quiero dezir que no tenéis porqué os quexar do
natiiraleza porque no os diese vfias, colmillos,
conchas y otras armas naturales que dio a las
fieras para su defensa, pues que vn entendi-
miento de que os an^ó para defenderos de vues-
tros enemigos le enbotais y entorpecéis por
vuestra culpa y neglígenyia.
MiviLO. — O gallo, quan admirable maestro
me has sido oy de Éetorica, pues con tanta
abundanyia de palabras has persuadido tu pro-
posito avn en cosa tan seca y estéril. Foryado
me has a creer que hayas sido en algún tiempo
vno de los famosos philosophos (pie obo en las
escuelas de athenas.
Gallo. — Pues mira, Micilo, que por pensar
yo que (juerias redarguirme lo que tengo dicho
con algunos argumentos, o con algún genero
de contradiyion no pasaua adelante en un* de-
zir. Y ya que veo que te vas conuenciendo quie-
ro que pasemos a otra virtud, y luego quiero
que tratemos de la castidad. En la qual te mos-
traré que las fieras exyeden a los houíbres sin
alguna comparación. Mucho se preyian vues-
tras nuigeres tener de su parte por exemplo de
castidad vna Penelope, vna Lucreyia Poryia,
Doña María de Toledo, y doña Ysabel Reyna
de Castilla; porque dezis qu»» estas menospro-
yiauan sus vidas por no violar la virtud de su
castidad. Pues yo te mostraré muchas fieras
castas mil vezes mas qu{' todas esas vuestras,
y no (juiero que comencemos por la castidad de
la corneja, ni Crotón, admirables fieras en este
caso, que después de sus marid(»s muertos guar-
dan la viudez no qual({u¡era tiempo, pero nue-
EL CROTALON
129
ue hedadcs de hombres sin ofeuder su castidad.
Por lo qual necesariamente me deues con^-eder
ser estas fieras nueue vezes mas castas que las
Tuestras mugeres que por exemplo tenéis. Pero
porque tienes entendido de mi, MÍ9ÍI0, que soy
retorico, quiero que procedamos en el discurso
desta virtud según las leyes de Retorica, por-
que por ellas espero vencerte con mas facilidad,
Y ansi primero veamos la difínÍ9Íon desta vir-
tud continencia, y después defenderemos a sus
inferiores especies. Suelen dezir los philoso-
phos, que la virtud de continencia es vna buena
y cierta dispusiciou y regla de los deleytes, por
la qual se desechan y huyen los malos, vedados
y superfinos y se faborecen y allegan los nece-
sarios y naturales en sus conuenientes tiempos.
Quanto a lo primero vosotros los hombres todos
los sentidos corporales corrompéis y deprabais
con vuestros malos vsos y costumbres y incli-
naciones, enderecandolos sienpre a vuestro vi-
cioso deleyte y luxuria. Con los ojos todas las
cosas que veis enderecais para vuestra lacinia
y cobdicift. lo qual nosotras las fieras no haze-
raos ansi. Porque quando yo era hombre me
holgana y regocijaua con gran deleyte viendo
el oro, joyas y piedras preciosas, a tanto que
me andíma bobo y desbanecido vn dia tras vn
Rey o principe si anduuiesse vestido y adorna-
do de jaezes y atauios de seda, oro, purpura y
hermosos colores. Pero agora, como lo hacen las
otras fieras, no estimo yo en más todo eso que al
Iodo y a otras comunes piedras que ay por las
pedregosas y ásperas sy erras y montañas. Y ansi
qnando yo era puerco estimana mucho más sin
comparación hallar algún blando y húmido cie-
no, o picina en que me refrescasse rebolcando-
me. Pues si venimos al sentido del oler, si
consideramos aquellos olores suaues de gomas,
especias y pastillas de que andáis siempre olien-
do, regalando y afeminando vuestras personas.
En tanta manera que ningún varón de vosotros
viene a gozar de su propia muger si primero no
se vnta con vnciones delicadas y odoríferas, con
las qnales procuráis incitar y despertar en vos-
otros a venus. Y esto todo avn seria sufridero
en vuestras hembras por daros deleyte usar de
aquellos olores laboratorios, afeytes y vn turas;
pero lo que peor es que lo vsais vosotros los
varones para incitaros a luxuria. Pero nos-
otras las fieras no lo vsamos ansi, sino el lobo
con la loba, y el león con la leona, y ansi todos
los machos con sus hembras en su genero y es-
pecie gozan de sus abracos y acessos solamente
con loe olores naturales y proprios que a sus
cuerpos dio su naturaleza sin admistion de otro
alguno de fuera. Quando mas ay, y con que
ellas mas se deleytan es al olor que producen
de si los olorosos prados quando en el tiempo
de su brama, que es quando vsan sus bodas,
obIqenks de la novela.— 9
están verdes y floridos y hermosos. Y ansi nin-
guna hembra de las nuestras tiene necesidad
para sus ayuntamientos de afeytes ni vnturas
para engañar y traer al macho de su especie.
Ni los machos tienen necesidad de las persua-
dir con palabras, requiebros, cautelas ni ofreci-
mientos. Pero todos ellos en su propio tiempo
sin engaños ni intereses hazen sus ayuntamien-
tos atsaydos por naturaleza con las dispusicio-
nes y concurso del tiempo, como los quales son
incitados y llamados a aquello. Y ansi este
tiempo siendo passado, y hechas sus preñezes,
todos se aseguran y mortiguan en su incentiuo
deleyte, y hasta la buelta de aquel mesmo tiem-
po ninguna hembra cobdicia ni consiente al ma-
cho, ni el macho la acomete. Ningún otro inte-
rese se pretende en las fieras sino el engendrar
y todo lo guiamos y ordenamos como nuestra
naturaleza lo dispone. Y añade 4 esto que en-
tre las fieras en ningún tiempo se cobdicia ni
solicita' ni acomete hembra a hembra, ni macho
con macho en acesso carnal. Pero vosotros los
hombres no ansi, porque no os perdonáis vnos
a otros; pero muger con muger, y hombre con
hombre contra las leyes de vuestra naturaleza,
os juntáis, y en vuestros carnales acessos os to-
man vuestros juezes cada dia. Ni por esto te-
méis la pena, quanto quiera que sea cruel, por
satisfazer y cumplir nuestro deleyte y luxuria.
En tanta manera es esto aborrecido de las fíe-
ras, que si vn gallo cometiese acesso con otro
gallo, avn que le faltasse gaUina, con los picos
y vñas le hariamos en breue pedacos. Parece,
micilo, que te bas conuenciendo y haciéndote
de mi sentencia, pues tanto callas sin me con-
tradezir.
Mi VI LO. — Es tan efficaz, gallo, tu persua-
sión, que como vna cadena me llevas tras ti sin
poder resistir.
Gallo. — Dexemos de contar quantos varo-
nes han tenido sus ayuntamientos con cabras,
ouejas y perras; y las mugeres que han effec-
tnado su lexuria con gimios, asnos, cabrones y
perros : de los quales acessos se han engendrado
centauros, sphinges, minotauros y otros admi-
mirables monstruos de prodigioso agüero. Pero
las fieras nunca vsaron ansi, como lo muestra
por exemplo la continencia de aquel famoso
mendesio, cabrón egipcio, que siendo encerrado
por muchas damas hermosas para que holgase
con ellas, ofreciéndosele desnudas delante, las
menosprecio, y quando se pudo soltar se fué
huyendo á la montaña 4 tener sus plazeres con
las cabras sus semejantes. Pues quanto ves que
son mas inferiores en la castidad los hombres
que las fieras, ansi lo mesmo se podra dezir en
todas las otras especies y differencias desta vir-
tud de continencia. — Pues en lo que toca al
apetito del comer es ansi, que los honbres todas
130
orígenes de la novela
las cosas que comen y beben es por deleyte y
complacencia de la suauidad. Pero las fieras
todo (jnanto gustan y comen es por neyesidad
y fin de se mantener. Y ansi los honbres se en-
gendran en sus comidas infinitos géneros y es-
pecies de enfermedades: porque llenos vuestros
cuerpos de excesiuos comeres, es necesario que
á la contina haya diuersidad de humores y yen-
tosidades: y que por el consiguiente se sigan
las ind¡spusi<;iones. A las fieras dio naturaleza
á cada vna su comida y manjar conueniente
para su apetito; a los yuos la yema, a los otros
rayzes y frutas; y algunos ay que comen carne,
como son IoIkw y leones. Pero los vnos no es-
torban ni ysurpan el manjar ni comida á los
otros, porque el león dexa la yema á la oueja
y el cierno dexa su manjar al león. Pero el
honbre no perdona nada constreñido de su ape-
tito, gula, tragazón y deleyte. Todo lo gusta,
come, traga y engulle; pare^iéndole que solo á
el hizo naturaleza para tragar y disipar todos
los otros animales y cosas criadas. Quanto á lo
primero, come las carnes sin tener dellas nece-
sidad alguna que á ello le constriña, teniendo
tantas buenas plantas, fmtas, rayzes y yemas
muy frescas, salutíferas y olorosas. Y ansi no
ay animal en el mundo que á las manos puedan
auer que los honbres no coman. Por lo qual les
es necesario que para auer de hartar su gula
tengan pelea y contienda con todos los anima-
les del mundo, y que todos se publiquen por
sus enemigos. Y ansi para satisfazer su vien-
tre tragón á la contina tienen guerra con las
aues del cielo y con las fieras de la tierra y con
todos los pescados del mar; y á todos vuscan
como con industrias y artes los puedan ca^ar
y prender, y han venido á tanto extremo, que
por se pre9Íar no perdonan ninguna criatura de
su gusto acostumbran ya 4 comer las veneno-
sas serpientes, culebras, anguilas, lampreas,
que son de vna mesma especie; sapos, ranas,
que son de vn mesmo natural, y han hallado
para tragarlo todo vnas maneras de guisados
con ajos, especias, claue, pimienta, y a^eyte en
ollas y cazuelas, en las quales hechos 9Íertos
conpuestos y mezclas se engañan los desuen-
turados pensando que les han quitado con aque-
llos cocimientos sus naturales poncoñas y ve-
neno, quedándoles avn tan gran parte que los
bastan dar la muerte mucho antes que lo re-
quiere su natural. ¿Pues qué si dezimos de los
animales y cosas que de su vascosidad y podri-
dunbre produce la tierra; hongos, turmas, setas,
caracoles, galápagos, arañas, tortucas, ratones
y topos? Y para guisar y aparejar esto ¿quantos
maestros, libros, industrias y artes de cozina
vsan y tienen, tan lexos del pensamiento de las
fieras? Y después con todo esto quéxanse los
desaenturados de su naturaleza, diziendo que
les di6 cortas las vidas, y que los licúa presto
la muerte. Y dizen que los médicos no entien
den la enferaiedad, ni saben aplicar la mediyi-
na. ¡Bobos, necios! ¿Que culpa tiene sn natura-
leza si ellos mesmos se corronpen y matan con
tanta multitud de venenosas comidas y man-
jares? Naturaleza ttxlas las cosas desea ypri»-
cura consemar hasta el peryodo y tiempo que
al común let tiene puesto la vida (}), y para
esto les tiene enseñados ciertos remedios y me-
dicinas por si acaso por alguna ocasión heridos
de algún contrario viniessen 4 enfennar. Pero
es tanta la golosina, gula y desorden en su co-
mer y mantenimiento de los hombres, que ya ni
ay medicina que los cure, ni medico que curar-
los sepa ni pueda. Porque ya las artes naturales
todas faltan para este tiempo: porque bastan
más corronper y quebrar de dus vidUis con sus
comidas que puede remediar y soldar la philo-
sophia y arte de naturaleza. Pero las fieras no
hazen ansi: porque si al perro di6 naturaleza
que viba doze años y trecientos á la come ja: y
ansi de todas las otras fieras: si los honbres no
las matan, naturaleza las conser\'a, de manera
que todas mueran por pura vejez; porque á cada
vna tiene enseñada su propria medicina, y
cada vna se es á si mesma médica. ¿Quién ense-
ñó á los puercos quando enferman yrse luego
4 los charcos á comer los cangrexos con que
luego son sanos? ¿Quién enseñó al galápago
quando le ha mordido la vibora payer el oréga-
no y sacudir luego de si la ponzoña? ¿Quién en-
señó 4 las cabras montesas siendo heridas del
cavador comer de la yema llamada dftamo, y
saltarle luego del cuerpo la saeta? ¿y al ci<íruo
en siendo herido yr huyendo 4 vuscar las fuen-
tes de las aguas porque en vanándose son sanos
del veneno? y 4 los perros fatigados del dolor de
la cal)eca, quién los enseñó 4 yr luego al prado
y pacer yema porque luego son sanos con ella?
Naturaleza es la maestra de todo esto para
consemarlos: en tanta manera que no pueden
morir sino por sola vejez, si la guerra que les
da vuestra gula insaciable c^sasse. ¿Pues qué
si hablassomos de las l)el)idas, los vinos de es-
trañas proninci^s adobados con cocimientos de
diuersidades de especias, después de aquellas
curiosas y artificiales bebidas de aloxa y cerbe-
Ca? Y sola la fiera mantenida en todo regalo y
deleyte sana y buena con el agua clara que na-
turaleza le da y le cria en las fuentes perenales
de la concanidad de la tierra. Pues ac|uellas
agudecas, industrias y viliezas que saben y vsan
las fieras qué dirás dellas? El perro al manda-
do de su señor salta y vayla y entra cien vezes
(') Estas y las demás palabras que yayan en letra
bastardilla se encnentran en el manuscrito qne f né de
GayangoB y faltan en el de Ja llomana. Estos irán
designados en lo RQceaivo con las iniciales G. y R.
EL CROTALON
181
[>- )r vil aro rodondo que para ganar dineros le lie-
lu' fiipnrsto y enseñado el pobre peregrino. Los
papagayos hablan vuestra mesma lengua, tor-
dos y oacnios. Los canallos se ponen y vaylan
en los teatros y plazas públicas. ¿Parécete qne*
todo esto no es más argamonto de vso de ra-
zón qne de ñaqaeza que aya en su naturaleza?
Por 9¡erto que no so puede dezir otra cosa sino
que todos estos doctes les venga del valor y per-
fe9Íon de su natura] ; en el qual con tanta ventaja
08 exceden las fieras á los honbres. A lo qual
todo sino lo quisieres llamar vso de razón, buen
JQÍsio, TÍrtad de buen injenio y prudencia: vista
aquella facilidad con qne son enseñadas en las
mesmas artes y agude9as que vosotros, en
tanta manera qne en las fieras parezca verda-
deramente que nos acordamos de lo que por
nuestra naturaleza sabemos quando nos lo en-
señan, lo qne vosotros no aprendéis sin grande
y muy contino trabajo de vosotros mesmos, y
de vuestros maestros. Pues si á esta ventaja no
la quisieres llamar vso de razón, con tal que la
conozcas auerla en las fieras, llámala como más
te pluguiere. Yo á lo menos téngola tan conoci-
da, después que en cuerpos de fieras entré, que
me marauillo de la ceguedad en que muchos
de vuestros philósophos están ; los quales con
infinita diuersidad de argumentos persuaden
entre vosotros á que creáis y tengáis por aue-
ríguado, que las fieras sean muy más inferiores
en su naturaleza que los hombres; dizicndo y
afirmando que ellos solamente vsan de razón;
y que por el consiguiente á ellos solos conuen-
ga el exer9Í9Ío de la virtud. Y ansi por esta
causa llaman á las fieras brutos. Añaden á esto
afirmando que solos los hombres vsen de la ver-
dadera libertad; siendo por esperien^ia tan cla-
ro el contrario. Como vemos que las fieras á
ningunas leyes tengan subje^ion ni miramiento
mas de a las de su naturaleza; porque por su
buena inclinación no tnuieron de más leyes ne-
cesidad. Pero vosotros los honbres por causa de
vuestra soberuia y aubi^ion, os snbjetó vues-
tra naturaleza á tanta diuersidad de leyes, no
solamente de Dios y de vuestros principes y
mayores: pero aueis os snbjetado (}) al juizio y
sentencia de vuestros vezinos amigos y parien-
tes. En tanta manera que sin su parecer no
osáis comer, ni beber, vestir, calcar, hablar ni
comunicar. Finalmente en todas vuestras obras
aoys tan snbjetos al parecer ajeno, tan atentos
a aquella tirana palabra y manera de dezir (que
dirán) qne no puedo sino juzgar los hombres
por el más miserable animal y más infeliz y
descontento de todos los que en el mundo son
criados. Agora tú, Micilo, si algo desto que yo
tengo alegado te parece contrario á la verdad
(M H^mhjado,
arguye y propon, que yo te responderé si acaso
no me faltasse á mi el vso de la razón con que
solia yo en otros tiempos con euidente efficacia
disputar.
Mk^ilo.^^íO Gallo! quan admirado me tiene
esa tu eloquencia, con la qual tan efficazmente
te has esf oreado á me persuadir esa tu opinión.
Que puedo dezir, que nunca gallo cantó como
tu oy. En tanta manera me tienes contento que
no creo que ay oy en el mundo hombre más
rico que yo pues tan gran joya como á ti poseo.
Pero de lo que me as dicho resulta en mi vna
dificultad y dubda que deseo saber ('): cómo
anima de fiera bruta pueda ver y gozar de Dios?
Gallo. — Y agora sabes que las vestías se
pueden sainar? Ansí lodizeel Rey Dauid (*):
Ilomines et jumenta aaluabie Domine. Dime qué
más bruta vestia puede ser que el honbre en-
cenagado en vn vicio de la carne, o auaricia, o
soberuia, o yra, o en otro qualquiera pecado?
Pues ansi teniendo Dauid á los tales por viles
brutos vestias ruega por ellos á Dios diziendo
en su psalmo o canción: yo. Señor, por quien
vos sois os suplico que sainéis honbres y ves*
tias. Y por tal vestia se tenia Dauid con ser
Rey quando se hallaua pecador que dezia ('):
Ut iumentum Jactus sum apud te. Yo señor soy
vestia en vuestro acatamiento. Y ansi quiero
que entiendas que en todos mis cantos preten-
do mostrarte como por el vicio son los honbres
conuertidos en bnitos y en peores que fieras.
Mi^iLO. — Dime agora yo te mego, Gallo,
dónde aprendiste esta tu admirable manera de
dezir (*)?
Gallo. — Yo te lo diré. Sabrás que demás
de ser asessor de Mercurio, el más eloquente
qne fue en la antigüedad, y ser el gallo dedi-
cado a Esculapio, que no fue menos eloquente
que muchos de su tienpo, y demás de criarme
yo a la contina entre vosotros los honbres,
quiero que sepas con todo esto que yo fue aquel
philosopho Pythagoras, qne fue vno de los mas
facundos que la Grecia celebró; y principal-
mente as de tener por aneriguado que la mayor
eloquencia se adquiere de la mucha esperiencia
de las cosas, la qual he tenido yo entre todos
los que en el mundo son de mi edad.
MigiLO. — Por c'^rto» yo ine acuerdo que
quando yo era niño oy dezir vna cosa que no
me acordaua: que f ueste vn paje muy querido
de Mars: y que te tenia para qne quando yua
á dormir algunas noches con Venus muger de
(*) G., pero TDa dificultad y dnbda tengo en el
alma, que resulta de lo que has persuadido basta aqai;
lo qual deseo entender.
m R. Psalm. XXXV.
R Paalm. LXXII.
(*) G., porque nolamente me acuerdo aner oydo
quando jo era niño.
182
ORÍGENES DE LA NOVELA
Vulcano le vclasses la puerta que ninguno le
viesse (O- y principalmente se guardaua que ve-
nida la mañana el sol no le yiesse siendo salido:
porque no auisasse á Vulcano. Y dezian que
el sol te echó vna mañana vn gran sueño (*):
por lo qual, viéndolos el sol juntos auisó a
Vulcano, y viniendo donde estaua el adultero
de tu amo los tomó juntos en vna roa de hier-
ro y los. presentó á .lupiter que los castigasse
el adulterio, — V Mars enoja lo de tu descuido
te conuertió en gallo, y agora de puro miedo
pensando que siempre (•) estás en guarda ve-
lando al adultero de tu amo cautas a la maña-
na, despertando a todos mucho antes que salga
el sol (*). Y esto te dio Mars en i)ena de tu
descuido y sueño.
Gallo. — Todo eso es fábula y fingimiento
de poetas para ocupar sus versos: que también
me han hecho asesor de Mercurio: y los anti-
guos me dedicaron á Esculapio. Pero la verdad
es que yo fue aquel filosofo Pythagoras: que
fue vno de los mas facundos que la Gret^ia t;e-
lebró, y principalmente es de tener por aueri-
guado, qiie la mayor eloquencia se adquiere de
la mucha esperiencia de las cosas; la quxl he
tenido yo entre todos los que en el mundo son
de mi edad.
MigiLO. - Pues (') dizes que Cueste philo-
sopho Pytagoras dime (*) algo de philosophos,
de su vida y costumbres: porque de aquí ade-
lante teniendo tan buen preceptor como 4 ti me
pueda preciar de philosopho: y philosophe entre
los de mi ciudad y pueblo. Y muéstrame como
tengo de vsar de aquella presunción, arogan^ia,
y obstentacion, desden y sobrecejo con que los
philosophos tratan 4 los otros que tienen en la
república estado de comunidad.
Gallo. — De todo te diré, de sus vidas y cos-
tumbres. Pero porque se me ofrecen otras cosas
que dezir, mas 4 la memoria, querría eso dexar-
lo para después. Pero por no te desgraciar quie-
ro te obedecer. Y ansi te quiero dezir de vn
poco d(i tiempo que fue clérigo: la qual es pro-
fesión de philosopho (') cristiano: donde conje-
turar4s lo que en la vna y otra philosophia son
los honbres el dia de oy. Y pues es venida la
mañana abre la tienda: y en el canto que se
sigue te diré lo demás.
(M G., y le despertasHefl reñida la mañana, porqoe.
(3) G.. de manera qae lofl tomó juntos y trnxo alli
a Vulcauo, el qiial los temó como oAtanan, en rna red,
(») G., aun.
{*) G., canta» ordinariamente antes que venga el
dia y salga el sol.
(■) G., pero pues.
(*') G., melote me dig^.
C) G., clérigo.
Fin del segundo canto del gallo de Luqiano,
ARGUMENTO
DKL TKK(.'ERO CANTO DEL GALLO
En el tercero canto que m sigue el auctor imita a Lu^no en
todo» su diálogos: en los quales riempre reprehende á los
philosophos y Religtows de su tiempo (<).
Mi VILO. — Esme tan sabrosa tu música, o
gallo, que durmiendo te sueño, y imagino que á
oyrte me llamas. Y ansi soñando tu canción
tan snaue umchas vezes me despierto con deseo
que mi sueño fuesse verdad o que siendo sueño
nunca yo despertasse. Por lo qual agora avn no
has tocado los primeros puntos de tu entona-
ción quando ya me tienes sin pereza muy des-
pierto con colKÍÍ9Ía de oyrte: por tanto prosi-
gue en tu graciosa canyion.
Gallo. - Ne^^sitado me tienes o MÍ9ÍI0 á te
conplazer pues tanto te aplaze mi dezir. Y
ansi yo procurare con todas mis fuercas á obede-
cer tu mandado. Y pues me ptídiste te dixe^se
algo del estado de los philosophos, dexemos los
antiguos gentiles que saber agora dellos no hará
i tu proposito, ni a mi intin^ion. Pero pues en
los cristianos han professado y sucedido en su
lugar los eclesiásticos por ser la mas incunbrada
philosophia la euangel¡c«: por tanto quiero ha-
blar deste proposito: y dezirte de vn poco de
tiempo que yo fue vn clérigo muy rico.
Mi(;iLo. — ¿Y en que' manera era esa ri-
queza?
Gallo. — Serui a vn obispo desde mi niñez:
y porque nunca me dio blanca en todo el tien-
po que le serui h izóme clérigo harto sin pen-
sarlo yo: porque yo nunca estudié, ni lo deseé
ser.
Mi(.iLO.— Tal clérigo serias tú después.
Gallo.— La vida que después tnlw te lo
mostrará. En fin procuróme pagar el obispo mi
amo con media dozcna de beneffívios curados
que me dio.
Mi^iLO. — Por cierto con g^n carga te
pagó (*). ¿Pues dime podiaslos tú todos tener
y seruir/
Gallo. — No que descargauame yo: porque
luego hallaua quien me los tomaua frutos por
pensión.
Mi VILO. — Por Dios, que era ese buen disi-
mular. Para mi yo creo que si tú ordeñas la le-
che y tresquilas la lana, quiero dezir: que si
tú gozas los es(¿uiImos del ganado tú te quedas
el mesmo pastor. O me has de confessar que los
hurtas al que los ha de auer.
Gallo. — Por Dios, gran theologo ores. No
canto del saeño o
contrahecho en el
í*) Taeh4ído: Sigueftie el tercero
gallo de Ln^iano, orador griego,
castellano por el mesino auctor.
(*) G., por cierto esa no era paga, sino agranlo y
carga
EL CROTALON
querría 70 zapatero tan argutivo como tú. A
la fe pueE ethele que paasa eso comunmente el
día de uy. Y anai yo me llené de sejB benefñ-
9Í0S L-iinujuii luB frutoa por pensión cada año
i¡ue montiiuan mas de treyientas mil maraue-
diaes. Con esto eieiipre después que mi amo
murió ribi eii ValladoÜd vna viUa (') tan auu-
tiioaa en Castilla, donde sienpre (') reside la
corle real. Y Unbien concurren allí de todají
difreren^ias du gentes, tierras 7 naciones por
residir alli la Can^iileria autiieni;ia principal
•Ul rt^no. Traya á la contina muj bien trateda
uii persona con gran aparato de muía ; iuO(;os.
Y con este fausto tenia cabida j eonuersa9Íon
con todos los perladoB y señore^i. y por me en-
tretener eoii todoa con vnos fingía negof ios, y
con otros procurana Unerivx verdaderos, pro-
pios O ágenos. Kn fin con todos procuraua te-
ner qne dar y tomar, y ansi en esta manera de
vida pasB¿ mas de treyata años los mejores de
ttii edad sobre otros treynta qne en semifio del
ubispo pase¿.
Miv'iLo. — Por 9Íerto no me parece esa TÍda:
Gallo.— En este tienpo yo goE^ demnchaa
fiestas, de muchas galas; y inuen^ioneH. Era
de tanta dama querido, requerido j tenido qnan-
to nunca galán cort«Bano lo fue. Porque demás
de ser yo muy aaentajado y platico en la cor-
tesanía tenia más, qne era muy liberal.
Mi<;iLO. — Por Dios, bien se gastanan (') los
dinen>B de la iglesia: que dizen ios predicadores
que son hazienda de los pobres.
Gallo. — Pues dizen la verdad; que porque
la hazienda de la iglesia es de los clérigos se
diae ser de loa pobres porqne ellos no tienen ni
luui de tener otra heredad; porque ellos suce-
dieron al tribu de Leui; á los quales no dio Dio»
otra posesión.
MigiLC— Por Dios (*), (Jallo, mejor argu-
mentas tú que yo, y avn eaa me parece grandís-
sima razón para qne los señorea seglares no de-
nan llenar los diezmos de la iglesia, pues elloa
tienen sns mayorazgos y rentas de que se man-
tener.
Gallo. — Y avn otra mayor razón ay para
tío, y es: qne los diezmos fueron dados a los
sacerdotes porque rueguen a Dios por el pue-
blo, y por la administrsi^.ion de los (') aacra-
luentos. Y anai porque (*) loe seglares no son
hábiles pan toa administrar, por tanto tengo
yo (') por aucriguado que no pueden comer (*)
|<) R., nn pneblo,
1*1 G., ■ la contina.
H G., por vierto, bien t^Mlaiiaa.
(•I G., por fierto.
y porqne nilminiítraD lo*.
(JG.ypoi
W G., poo,
(1) G-, qned
II) C llena
los diezmos, Y que anr^í de ti'idos los que llena-
ren aeran obligados a restitución.
Mi^iLO. — o valame Dioa, que praticos estáis
en lo que toca a la defensa deatos vuestros
bienes y rentas tenporales, cómo mostráis estar
llenos de viieiítra canina cubdi^ia. ¡ SÍ la mey tad
de la cuenta hiziessedes de los almas que tenéis
a vuestro cargo!
Gallo. — Puch sienpre es esa vuestra opi-
nión, qne los seglares no querriadcK que nín-
){un clérigo tuuiesse nada, ni avn con que se
mantener.
Mi^iLO. — Pues qué malo sería? Antes me pa-
rece que les seria muy mejor, porque más libre-
mente podrían entender en las cosas spirítna-
les para qne fueron ordenados, sino se ocnpas-
sen en las temporales ; y avn yo os prometo que
li el pueblo os viesee que haziadea le que de-
uiades a vuestro estado, que no solo 110 os lle-
uasaen la parte de los diezmos que dezis que os
lleuan, pero qne oa darían mucho más, Y avn
si bien miramos el papa, cardenales, obispos,
curas y todos loa demás da la iglesia ('), ¿como
hallas qne tienen tierras, ciudades y villas j ren-
tas sino dcsta manera? Porque los euperado-
res y reyes y principes pasaados vista au bon-
dad les dañan quauto querían para se mante-
ner. Y pues anai lo tienen y poseen, ya que los
qne agora siin ae lo quitasen ¿porqué con p!cy-
to9 y mano armada lo han de defender? (*).
Qne están llenoa los consejos reales, awiieni;ia»
y chancilleriaa de frayles y clérigos; de comen-
dadores y religiosos. Que ya no ay en estos pú-
blicos y ^«líraie» juizioa otros pleytos eu qué
entender sino en (•) ecleaiasticoa. Veamos ¿si
a Jesncriato en cnyo lugar están le quitaran la
capa estando en el mnndo, defendierala en jui-
zio o con mano armada?
Gallo. — No, pues avn la vida uo defendió,
r/ue an/ís la o/re'^io de «« volnntad por los
hanbret.
Mii;iL0.— Pues por eso reniego yo de vos-
otros (*) que todos queréis (') qne o« (*) guar-
den vuestros (') prenillegios y exenciones; ser
tenidos honrradoB y eatimados de todos, dizien-
do que estáis {') en lugar de Cristo (*) para
lo que os (") toca de vuestra (") propria esti-
ma y opinión, y en el hazer vosotros ('•) lo
(') O., ec
n pleytos y
134
ORÍGENES DE LA NOVELA
que soy 6 (O obligados, que es en el recogimien-
to de vuestras (•) personas y buena fama y
santa ocupación; y en el menospre9Ío de las
tenporales haziendas y posesiones no diferis (')
de los niás crueles tiranos soldados que en los
exeryitos ay.
Qallo. — Valame dios, qaan indignado estas
contra los eclesiásticos que los conparas con
aquellos malos y pemersos y desuella caras (*).
Mi(;'iL0. — Por cierto avn no estoy en dos
dedos de deziros que avn soys peores, porque
soys nmcho mas perniciosos a toda la república
cristiana con vuestro mal exenplo.
Gallo. — ¿Por que?
Mi VILO. — Porque aquellos no han hecho pro-
fesión de ministros de dios como vosotros, ni
les damos a ellos de comer por tales como a
vosotros, ni ay nadie que los quiera ni deua imi-
tar como a vosotros, y por tanto con sus vidas
no hazen tanto daño como vosotros hazeis. Pues
dezidme ¿tenéis agora por cosa nueua, que todo
qnanto los eclesiásticos poseéis os lo dieron por
amor de dios?
Gallo. — Ansi es verdad.
MigiLo. — Pues claro está que todos los ver-
daderos cristianos con tal condición poseemos
estos bienes tonporales que estamos aparejados
para dexarlos cada vez que viéremos cumplir a
la gloría y honra de Jesucrísto y a su iglesia
y al bien de su cristiandad.
Gallo. — Tú tienes razón.
HiQüLO. — ¿Pues qnanto mas de veras lo de-
bría de hazer el pontifi^e, el cardenal, el obispo
y ansi todos los frayles y en común toda la ele-
ri^ia pues se lo dieron en limosna, y lo pro fes-
san de particular profesión? Que a ninguno di-
xo Cristo: si te demandaren en juizio la capa,
da capa y sayo? Que si preguntamos al clerígo
que si dixo Crísto a él que no contendiesse en
juizio sobre estas cosas tcnp>rales diría que no
lo dixo sino al frayle, y el frayle dize, que lo
dixo a los obispos y perlados que representan
los apostóles, y estos dirán que no lo dixo sino
al papa que representa en la iglesia su mesma
diuina persona, y el pontifica dize que no sabe
qué os dezis. Que a todos veo andar arrastrados
y desasosegados de audiencia en audiencia, de
juizio en juizio. ¿Qué ley sufre que vn guardián
o vn prior de vn monesterio de San Francisco,
6 de Santo Domingo, o de San hieronimo trayga
vn año y diez (') años pleyto en vna chan^illeria
sobre sacar vna casa o vna miserable viña qv^
dizen conuenirles por vn su frayle conuentual?
f
(«) G., HU8
(') G., diffieren.
{*) G.f con loldadoK, muchofl de Inti qualcí* son ma-
lo^ pemerww y demiella carani.
(*) G., Mys y diei años.
Gallo. — Ese tal pleyto no le trae el prior
ni el gnardian, sino la casa.
Mi(;íilo. — Ño me digas, gallo, esas niñerías.
Pues quién paga el procurador y al letrado y al
escríbano, y al que lo solicita? y avn como cosa
a ellos natural el pleytear tienen todos estos
offíciales perpetuamente asalariados. O dezid-
me, que llaman en el moncsterío la casa? las
paredes, piedras y texados? Dexadme que esas
cosas no son para entre niños, y lo que peor es
y cosa nmy de rísa: que de cada dia buscáis
nueuos juezes. Agora dezis que el Rey no es
vuestro juez, agora le queréis que os juzgue, y
os sometéis a su tribunal. No ay ley que os li-
gue ni Rey que os subjete; porque soys gente
sin Rey y sin ley. Que todo genero de animal
hasta las ranas tienen Rey y le demandaron a
Dios: y (') vosotros los eclesiásticos queréis
vibir libres y exentos. Y ansi es necesario que
qnanto mas libres soys seays mas pemersos, y
ya quando os sujetáis a alguno dezis que ha
de ser al pontifí^e solo; y a este queréis por
juez porque esta nmy lexos y muy ocupado; y
cometiendo la causa vos cligereis juez que no
os aya de matar.
Gallo. — Tú dizes, M¡9Ílo, la verdad. Pero
¿qué quieres que se haga en tales tienpos como
estos en que estamos; que si alguno el dia de oy
es sufrido, manso y bueno todos se le atrcucn?
cada vno piensa de tomarle la capa, y avii algu-
nas vczes es ^euar la malÍ9Ía ajena. Quiero dczir :
que es dar ocasión con tanta manscdunbrc a que
cada vno se atreua a tomarle lo suyo; y avn-
que sea eso virtud euangelica pero no sé si
la podria sienpre executar el honbre con pni-
dcnpia euangelica avnque más fuesse obligado
a ella.
MigiLO. — Mira, Gallo, si fuesse vn hombre
que tiene casa (^) hijos y muger de mantener,
con estado, si le tomassen lo suyo, lo que con
justo titulo posee, no creo que seria pniden^ia
euangelica dcxarlo ¡xírder. Pero tengo que este
tal ligitimamcnte lo puede cobrar; y si puede por
medios lÍ9Ítos de justicia defenderlo. Pero vn
fraile, o perlado: y qualquiera sacerdote que es
solo: y no deue tener, ni tiene cuydado de más
que de su persona, yo bien creo que seria obli-
gado a exer^itar esta virtiid euangelica.
Gallo. — Por dios, si los clérigos por ay hu-
uiessen de yr no abria honbre del mundo que
no mofasse dellos, y todo el vulgo y pueblo los
tuuiessc por escarnio y risa.
Mi<.'iLO. — Por 9Íerto más obligados son to-
dos los eclesiásticos, pont¡fi9o, perlados, frayles
y clérigos a Dios, que no a los honbros: y más a
(«) G., y qne.
(') G , tíene casa, hijo8 y mager y estado que man-
tener.
EL CROTALON
185
los sabios que a los necios. Gentil cosa es que
el pontifí9e, perlados, frayles y eclesiásticos de-
xen de liazer lo qne dcacii al seriiÍ9¡o de Dios y
bien de sus con9Íen9Ías, y buen cxeuplo de sus
personas, y mejora de su República por lo que
el Yulgo vano podria juzgar. Hagan ellos lo
qne deuen y juzguen los necios lo que quisie-
ren. Ansi juzgauan de Dauid porque vaylana
delante del arca del Testamento. Ansí juzga-
uan de Jesucristo porque moría en la cruz.
Ansi juzgauan a los apostóles porque predi-
cauan a Crísto. Ansi juzgan agora a los que
muy de veras quieren ser cristianos menospre-
9Íando la vanidad del mundo: y siguiendo el
Terdadero camino de la verdad. Y quién ay que
pueda escusar los falsos juizios del vulgo? Antes
aquello se deue de tener por muy bueno lo que
el vulgo condena por malo: y por el contrario,
qnereislo ver? A la malÍ9Ía llaman industria. A
la auarí9Ía y ambÍ9¡on grandeza de animo. Y al
maldiziente honbre de buena conuersa9Íon. Al
engañador injenioso. Al disimulador y menti-
roso y trafagador llaman gentil cortesano. Al
buen tranpista llaman curial. Y por el contra-
rio al bocno y verdadero llaman simple. Y al
qne con humildad cristiana mcnospre9Ía esta
vanidad del mundo y quiere seguir a Jesucris-
to dizcn que se toma loco. Y al que reparte
sus bienes con el qne lo ha menester por amor
de Dios dizen que es prodigo. El que no anda
en tráfagos y engaños para adqnirír honrra y
hazienda dizen qne no es para nada. El que
meno8pre9Ía las injurias por amor de Jesucrísto
dizen que es cobarde y honbre de poco animo (}),
Y finalmente conuertiendo las virtudes en VÍ9Í0S,
y los VÍ9Í0S en virtudes, a los ruyncs alaban y
tienen por bienauenturados, y alos buenos y vir-
tuosos vituperan llamándolos pobres y desas-
trados. Y con todo esto no tienen mala vergneu-
9a de vsiirpar el nombre de cristianos no tenien-
do señal de serlo. Pne8pare9eto, Gallo, que por-
que el vulgo (que es la muchedunbre destos des-
nariadog qne hazen lo semejante) juzguen mal
de los eclesiásticos que mcnospre9Íen los bienes
tenporales y recoxau sus spiritus en la imitación
de 8u maestro Cristo dexcn de hazer lo que
deuen? -Por 9Íerto miserable y desuenturado
estado es ese que dizes que tnuiste, ¡o Gallo!
Pero dexado agora eso, que después bolueras a
tu proposito: di me yo te ruego, pues todo lo sa-
inas: quién fue yo antes que fuesse MÍ9ÍI0? Si
tube esas conuersiones que tú?
Gallo. — Eso quiero yo para que me puedas
pagar el mal que has dicho de mi.
MigiLO. — Que dizes entre dientes? Por qué
no me hablas alto?
(*) G., 68 un apocado, y que de cobarde y honbro de
poco uiimo lo haze.
Gallo. — Dezia que mucho holgaré de te
conplazor en lo que me demandas: porque yo
mejor que otro alguno te sabré dellodar razón.
Y ansí has de creer, que todos passamos en
cuerpos como has oydo de mi. Y ansi te digo
que tú eras antes vna hormiga de la India que
te manten ias de oro que acarreauas del 9entro
de la tierra.
Mn;iLO. — Pues desuenturado de mí, quien
me hizo tan grande agrauio que me quitassc
aquella vida tan bienaueuturada en la qual me
niantenia de oro, y me truxo a esta vida y es-
tado infeliz, que en esta pobreza de hanbre me
quiero finar?
Gallo. — Tu auarÍ9Ía grande y insaciable que
a la con tina tuuíste te hizo que de aquel esta-
do viniesses a' esta miseria, donde con han-
bre pagas tu pecado. Porque antes auias sido
ti(}uel auaro mercader ricacho, Menesarco, deste
pueblo.
Mi<,:iL0. — Qué Menesarco dizes? Es aquel
mercader a quien licuaron la muger?
Gallo. —Vergüenza tenia de te lo dezir.
Ese mesmo f ueste.
Mi(.:iLo. — Yo he oydo contar este aconte9Í-
miente de diuersas maneras a mis vezinos: y
por ser el caso mió deseo agora saber la verdad:
por tanto ruegote» mucho que me la cuentes.
Gallo. — Pues me la demandas yo te la quie-
ro dezir, que mejor que otro la sé. Y ante todas
cosas sabrás que tu culpa fue porque con todas
tus fuer9as temaste por interés saber si tu mu-
ger te ponia el cuerno. Lo qual no deuen hazer
los honbres, querer saber ni escudriñar en este
caso mas de aquello que buenamente se los ofre-
9Íere a saber.
Mkilo. — Pues en verdad que en ese caso
avn menos debrian los honbres saber de lo- que
a las vezes se les trasluze y saben.
Gallo. — Pues sabrás que en este pueblo fue
vn hombre rico sacerdote y de gran renta: que
por no le infamar no diré su nonbre. El qual
como suele aconte9er en los semejantes siendo
ricos y regalados, avnque ya casi a la vejez
como no tuuiesse muger propria compró vna
donzella que supo que vendia vna mala madre:
en la qual ovo vna mut/ gra9Íosa y nmy hermosa
hija. A la qual amó como a si mesmo^ como es
propria passion de clérigos: y crióla en todo re-
galo mientra niña. Y quando la vio en edad
razonable procuró de la trasegar porque no su-
piesse a la madre. Y ansi la puso en compañia
de Religiosas y castas matronas que la ordenas-
sen (') en buenas costunbres: porque pare9Íes-
se a las virtuosas y no tuuiesse los resabios de
la madre que vendió por pre9Ío la virginidad
que era la mas valerosa joya que tubo de natu-
(*) G., impasiessen.
136
ORÍGENES DE LA NOVELA
raleza. Ensefiola a cantar j Uñer dinersas dif-
feren^ias de instramentos de ninsica: en lo qual
fue tan auentajada que cada vez que su ange-
lical voz exer9Ítaua aconpañada con m suaue
instrumento conuertia los hombres en piedra,
o encantados los saeaua fuera de si, como lee-
mos de la vihuela de Horpheo que a su sonido
hazia vajlar las piedras de los muros de Troya.
En conclusión la donzella se hizo de tan gran
velleza, gracia y hermosura, en tanta manera
que no auia mancebo en nuestra 9¡udad por de
alto linaxe que fuesse que no la deseasse y rc-
quiriesse auer por muger. Y tus hados lo que-
riendo, vuscando su padre vn honbre que en
virtud y riquezas se le igualasse te la ofreció a
ti. Y tú avnque te pare9Ío hermosa donzella
áxgntL de ser deseada de todo el mundo: como
no fuesse menor tu cobdiyia de auer riquezas
que de auer hermosura: por añadirte el buen
clérigo la dote a tu voluntad la acetaste. Y
luego como fueron hechas las bodas, como sue-
le aconte9er en los semejantes casamientos que
se hazen más por interés mundano que por Dios,
Satanás procuró reboluer/^ por castigar tu aua-
rienta inten9Íon. Y ansi te puso vn gran pen-
samiento de dezir que tu muger no te guarda-
ua la fe prometida en el matrimonio. Porque
después de ser por su hermosura tan deseada
de todos, por fuer9a te pare9Ía que deuia seguir
la naturaleza y condÍ9Íon de su madre. Des-
pués que passados algunos dias que se murió
tu suegro, con cuya muerte se engrande9Ío (')
tu posession avnque no tu contento, porque de
cada dia cre9Ían mas tus zelos y sospecha de
la castidad de tu Ginebra, la qual con su canto,
gra9Íay donayre huniillaua ol 9Íelo. i O quantas
vezes por tu sosiego quisieras más ser casado
C(m vna negra de Guinea que no con la linda
Ginebra! Y prin9Ípalmente porque su9edioque
Satanás despertó la soñolienta affi9Íon que es-
taña adormida en vuo de aquellos man9ebos, ge-
neroso y hijo de algo de quien fue seruida Gine-
bra antes que casasse. El qual con gran conti-
nua9Íon tomó a la requerir y passear la calle
solÍ9Ítandole la casa y criados. Pero a ella poco
la mouio porque 9Íertamente te amaua a ti: y
tanbien porque ella cono9Ía tu amor y cuyda-
do (*) en la guardar. Pues como tú viniesses
acaso a tener notÍ9Ía de la intin9Íon del man-
9ebo: porque tu demasiada sospecha y zelos
te lo descubrió: procuraste vnscar alg^n me-
dio por donde fuesses 9Íerto de su fidelidad.
Y ansi tu diligen9ia y 8olÍ9Ítud te truxo a las
manos vna injcniosa y aguda muger gran sabia
en las artes mágica y innoca9Íon de demonios.
La qual por tus dones se comouio a tus ruegos :
ÍM G., augmentó.
(>) G., oono9ia el amor que la tenias y el caydado.
y se ofre9Ío a te dezir la verdad de lo que en
Ginebra huuiesse. Y ansi comen9ando por sus
artes y conjuros halló solamente que a ti solo tu
Ginebra tenia fe. Pero tú 9Íego de tu passiou
porfíauas que amaua mas a LÍ9Ínio, que ansi se
llamaua el man9ebo. Y la maga avn por mas
te asegurar vsó contigo de vna admirable pniel
ba. Y fue que ella tenia vna copa que obo de-
demonio por la fuer9a de sus encantamentos:
la qual auia sido hecha por mano de aquella
gran maga Morganda: la qual copa tenia tal
hado: que estando llena de vino si beuia hon-
bre al qual su muger le era herrada se le vertía
el vino por los pechos y no beuia gota. Y si su
muger le era casta beuia hasta hartar sin per-
der gota. De la qual tú beuiste hasta el cabo
sin que gota se perdió (*). Pero avn no te satis-
faziendo desta prueba le demandaste que te mu-
dasse en la figura y persona del man9ebo LÍ9Í-
nio, que la querias acometer con prueba que se
oertificasse mas su bondad por tu seguro; y ansi
fingiendo en tu casa que auias de caminar cierta
xomada, que serían {*) quinze dias de ausen9Ía,
la maga te mudó en forma y persona de LÍ9Í-
nio, y ella tomó (*) figura de vn su paje. Y to-
mando en tu seno muy gra9Íosas y ricas joyas
que huuistede vn platero te fueste para Ginebra
a tu casa la qual avnque estaña labrando ocupa-
da en sus labores rodeada de sus donzellas, por
ser salteada de tu adultero deseo fue turbada
toda su color y agra9Íado rostro. Y ansi con el
posible desdeño y aspere9« procuró por aquella
vez apartarte de si dándote señas (*) de dest^s-
pera9Íon. Pero continuando algunas vezes que
para ello hallaste oportunidad te oyó con algu-
na mas pa9Íen9Ía. Y vista tu inportunidad y las
joyas que lo ofre9Ías: las quales bastan a que-
brantar las diamantinas peñas: bastaron en ella
ablandar hasta mostrar algún plazer en te oyr.
Y de alh' con la continua9Íon de tus dadiuas y
ruegos fue conuen9Ída a te fabore9er por del
todo no te desesperar. Y ansi vn dia que llora-
uas ante ella por mitigar tu pasión comouida
de piedad te dixo: Yo effetuaria tu voluntad y
demanda^ LÍ9Ínio, si fuesse yo 9Íerta que no lo
supiesse nadie. Fue en ti aquella palabra vn
rayo del 9Íelo del (]ual sentiste tu alma trespa-
sada. Y súbitamente corrió por tus huesos, ve-
nas y nieruos vn yelo mortal que dexó en tu
garganta elada la boz, que por gran pieza no
podiste hablar.
Y quitando a la hora la maga el velo del en-
canto de tu rostro y figura por tu importuni-
dad, como vio tu Ginebra que tú eras Menesarco
su marido, fue toda turbada de verguen9a: y
i
G., se te (lerramaflAe.
*\ G., xoriiada de.
') G., tomó la.
*) G., muestran.
EL CROTALON
137
quisiera antes ser mi] vczes muerta que auer
caydo en tan grande afrenta. Y ansi mirándote
i] rostro muy vergonzosa, solamente sospiraua
j solloBcana cono9Íendo su culpa. Y tú cortado
de ta demasiada diligencia solamente le podis-
te responder diziendo: De manera, mi Ginebra,
qne Tenderías por precio mi honrra si hallasses
comprador. Desde aquel punto todo el amor
que te tenia le conuertio en yenenoso aborre-
cimiento. Con el qual no se pudiendo sufrír, ni
fiándose de ti, en viniendo la noche tomando
quantas joyas tenia, lo mas secreto que pudo se
«alio de tu casa y se fue a vuscar al verdadero
Li^inio cuya figura le auias representado tú:
con el qual hizo verdaderos amores y liga con-
tra ti por se satisfazer y vengar de tu necedad.
Y ansi se fueron juntos g9zandose por las tier-
ras que mas seguras les fueron: y a ti dexa-
ron hasta oy pagado y cargado de tus sospe-
chas y zelos. El qual veniste a tan grande estre-
mo de afrenta y congoja que en breue tiempo
moríate ('): y f ueste conuertido en hormiga
y después en MÍ9ÍI0 venido en tu pobreza y
misería, hecho castigo para ti y exemplo para
otros,
MiviLO. — Por cierto eso fue en mí bien em-
pleado: y ansi creo que de puro temor que tie-
ne desde entonyes mi alma no me ha sufrido
casarme. Agora prosigue yo te ruego, Gallo, en
tu transformación.
Gallo. — Pues emos comencado a hablar de
los philosophos deste tiempo, luego tras este de
quien emos tratado hasta aqui te quiero mos-
trar de otro genero de honbres en este estado:
del qual yo por transformación participé. En
cuyo pecho y vida veras vn admirable misterio
o modo de vibir sin orden, sin principio, sin me-
dio y sin fin. Sin cuenta passan su vida, su co-
mer, su beber, su hablar y su dormir. Sin due-
ño, sin señor, sin Rey. Ansi nacen, ansi viben,
ansi mueren, que en ningún tiempo piensan que
ay otra cosa más que nacer y morír. Ni tienen
cuenta con cielo, ni con tierra, con Dios, ni con
Satanás. En conclusión, es gente de quien se
pueden dezir justamente aquellas palabras del
poeta Homero: Que son inútil carga de la tier-
ra ('). Estos son los falsos philosophos que
los antiguos pintaban con el libro en la mano
al reues. Y pues parece que es venido el dia, en
el canto que sig^e se prosiguira.
{}) G., te vino la muerte.
(') K. Primeramente se leía: que tan carga pejtxa'
da de la tierra, nn apntrechar, Despneii se tacharon
laii palabras /7^«tff<^/ y sin aprovechar,
^^ <
Fin del ierqero canto del gallo.
ARGUMENTO
DEL gUARTO CANTO DBL GALLO
Ed el i|uarU> canto que fe sigue el aurtor imila k Lafiano en el
libro aue hiao llamado Fseodomanti!*. En el qual deacriue
marauIlloMinente mil (>) tacafferíaf y embaymientos y en-
gaños de vn falw) religioso llamado Aleíandro, que en mnchaa
partes dd mundo fingió ser propheta, dando respuestas am-
biguas y industriosas para adquerir con el vulgo crédito y
moneda (*).
Gallo. — En este canto te quiero, Micilo,
mostrar los engaños y perdición de los hombres
holgacanes; que bueltas las espaldas á Dios y
a su verguenca y conciencia, a vanderas desple-
gadas se van tras los vicios, cenados de un mi-
serable precio y premio con título apocado de
limosna, por solo gozar debajo de aquellos sus
viles hábitos y costunbres de vna sucia y apo-
cada libertad. Oyras vn genero vil de encan-
tamento ñngido; porque no bastan los inje-
nios bajos y viles destas desuentnradas gentes
mendigas a saber el verdadero encantamento,
ni cosa que tenga titulo verdadero de saber:
no mas de porque su vilissima naturaleza no es
para conprehender cosa que tenga titulo de
sciencia, estudio y especulación. Son amanceba-
dos con el vicio y ociosidad; y ansi, puesto caso
que no es de aprobar el arte mágica y encan-
tar, digo que por su vileza se hazen indignos
de la saber. Y vsando de la fingida es vista su
ruyn intención: que no dcxan de saber la ver-
dadera por virtud. Y ansi sabrás, Micilo, que
después de lo passado vine a ser hijo de vn po-
bre labrador que vibia en vna montaña, vasallo
de vn señor muy eobdicioso que los fatigaua
ordinariamente con infinitos pedidos de in-
posiciones, que vno (') alcancaua a la conti-
na al otro. En tanta manera que solo el hidal-
go se podia en aquella tierra mantener, que el
labrador pechero era necesario morir de hanbre.
Mk.'Ilo. — ¿Pues porque no se iba tu padre
á vibir a otra tierra?
Gallo. Son tan acobardados para en eso
los labradores, que nunca se atreuen a hazer
mudanca de la tierra donde nac^ii: porque vna
legua de sus lugares les parece que son las In-
dias: y imaginan que ay alia gentes que comen
los honbres biuos. Y por tanto muere cada vno
en el pajar donde nació, avnque sea de hanbre.
Y deste padre nacimos dos hijos varones, de
los quales yo fue el mayor, llamado por nonbre
Alexandro. Y como vimos tanta miseria como
passauan con el señor los labradores, pensaua-
mos que si tomauanios officios que por enton-
(*) G., las.
{^\ K. {tachado y. aSiguesse el qaarto canto del
Gallo de Lociano, orador griego, contrahecho en el
castellano por el meamo anctor».
(s) G., p«dido8 de pechos, alcanalaa y censoa y otras
machas imposiciones, qne la Tna.
138
ORÍGENES DE LA NOVELA
968 nos libertassen se olaidaria nuestra vileza,
y nuestros hijos serían tenidos y estimados por
hydalgos y viuirian en libertad. Y ansi yo ele-
gí ser sacerdote, que es gente sin ley; y mi
hermano fue herrero, que en aquella tierra son
¡08 herreros exentos de los pedidos, pechos y
Ytilas del higar donde simen la ferrcria. Y ansi
yo demandé licencia a mi padre para aprender
a leer: y avn se le hizo de mal porque U sertUa
(le guardar tmos patos, y ojear los pájaros que
no comiessen la simiente de rn linar. En con-
clusión mi padre me encomendó (}) por críado y
mona^ino de vn capellán que seruia vn benef-
fí9Ío tres leguas do alli. ¡O Dios omnipotente,
quien te dixera las bajezas y poquedades deste
honbre ! Por ^ierto si yo no huuiera tomado la
mano oy para te contar (*) de mi y no de otros,
yo te dixera cosas de gran donayre. Pero quie-
rote hazer saber que ninguno dellos sabe más
leer que deletrear y lo que escriben aslo de
sacar por discreción. En ninguna cosa estos
capellanes muestran ser auenta jados, sino en
comer y l)ei)er: en lo qual no guardan tiempo
ni medida ni razón. Con este estuuo dos años
que no me enseñó sino a mal hazer, y mal r/«-
zir, y mal pepsar y mal perseuerar. A leer me
enseñó lo que el sabia, que era harto poco, y é
escreuir vna letra que no pare^'ia sino que era
arado el papel con pies de escarabajos. Ya yo
era buen mo^o de quinzc años, y entendía que
para yo no ser tan asno como mi amo que deuia
de sabor algún latin. Y ansi me fue é Zamora
a estudiar alguna gramática: donde llegado me
presentó ant<í el bachiller y le dixe mi necesi-
dad, y el me preguntó si traya libro: y yo le
mostré vn arte de gramática que auia hurtado
a mi amo, que fue de los de Pastrana, que auia
mas de mil años que se inprimió. Y el me
mostró en el los nominatiuos que auia de es-
tudiar.
Mu; I LO. — ¿De qué te mantenías?
Gallo. - Dauame el bachiller los domingos
vna yedula suya para vn cura, o capellán de
vna aldea comarcana el qual me daua el petre
del agua bendita los domingos y andana por
todas las casas a la hora del comer echando a
todos agua: y en cada casa me dauan vn pe-
da90 de pan, con los quales mendrugos me
manten ia en el estudio toda la semana. Aquí
estube dos años: en los quales aprendi declina-
ciones y conjugaciones: genero, pretéritos y
supinos. Y porque semejantes honbres que (')
yo luego nos enhastiamos de saber cosas bue-
nas, y porque nuestra intincion no es saber
más: sino tener alguna noticia de las cosas y
(*) R., para aftrender a leer; para lo qnal me dio.
(*) G., prometído de solo desirte.
(>) G., como.
mostrar que emos entendido en ello quando al
tomar de las ordenes nos quisieren examinar.
Porque si nuestra intincion fuesse saber algo
perseueraríamos en el estudio. Pero en orde-
nándonos comencemos a oluidar y damonos tan
buena priesa que si llegamos a las ordenes ne-
cios, dentro de vn mes somos confirmados as-
nos. Y ansi me sali de Qamora, donde estudia-
ua harto de mi espacio, y por estar ya ense-
ñado á mendigar con el c^tre sabiame cc»nio
miel el pedir: y por tanto me bolui a ello (•).
Y ansi acordé de yrme por el mundo en com-
pañía de otros perdidos como yo, que luego nos
hallamos vnos a otros. Y en esta compañía fue
gran tiempo zarlo, ó espinel: y alcanye en esta
arte de la zarleria todo lo que se pudo al-
cancar.
MiviLO. — Nunca esa arte á mi noticia llegó:
declárate me mas.
Gallo. — Pues quiero descubrírtelo todo de
raiz. Tu sabrás que yo tenia la persona de es-
tatura crecida y andana vestido en diucrsas pro-
uincias de diuersos atauios, porque ninguno
pudiesse con mala intincion aferrar en mí. Pero
mas á la contina traya vna vestidura de vurici
algo leonado obscuro, honesta, larga y con vna
bama espesa y muy prolíxa, de grande autori-
dad y un manteo encima, puesto á los pechos
vn botón (^). Otras vezes mudando las tierras
mudaua el vestido: y con la mesma barua vsaua
de vn habito que en muchas prouíncias llaman
veguino: con vna saya y vn escapularío de Re-
ligioso que hazia vida en la soledad de la mon-
taña; vna cayada y vn rosarío largo, de vuus
cuentas muy gruesas en la mano, que cada vez
que la vna cuenta caya sobre la otra lo oyan
todos quantos en vn gran templo estuuiessen.
Publiqué adiuinar lo que estaua por venir, ha-
llar los perdidos, reconciliar enamorados, des -
cubrir los ladrones, manifestar los thesoros, dar
remedio fácil á los enfermos y avn resucitar los
muertos. Y como de mí los honbres tenían n<í-
ticia venían luego prostrados con mucha hu-
mildad a me adorar y bessar los píes y a ofre-
cerme todas sus hazíendas, llamándome todos
propheta y dicipolo y sieruo de Dios, y luego
les ponía en las manos vno versos que en vna
tabla yo traya scríptos con letras de oro sobre
vn barniz negro; que dezían de esta manera:
Munerihus decorare meum vatem atgue ministrum
precipio: nee opum mihi cura, at máxima vatvt.
Estos versos dezia yo auermelos enbíado
Dios con vn ángel del cielo, para qüé^JOr (•*)
(*) G., no me pude del todo despegar dello.
(>) G., traya la barua larga y eH|>esa, de grande
autoridad.
(*) G., porque por.
EL CROTALON
189
su mandado faesse yo de todos honrrado y
agradecido como ministro y siemo de su diuina
magestad. Hallé por el reyno de Portogal y
Castilla infinitos honbres y mugcres los quales
avnqae fnessen muy ricos y de los más prin^i-
/ pales de sa república, pero eran tan tímidos
I sapersti^iosos que no allanan los ojos del suelo
i HÍn escmpulizar. Eran tan fáciles en el crédito
I qne con yna piedra (') arrebujada en unos tra-
^ pos 6 vn pergamino con ynos plomos ó sellos
colgando, en las manos de vn hombre desnudo
y descalco luego se arrojauan y humillauan al
snelo, y veniau adorando y ofreciéndose a Dios
KÍn se leoantar de alli hasta que el prestigioso
questor los leuantasse con su propria mano; y
ansí estos como me yian con aquella mi sánti-
ilad vulpina fácilmente se me rendian sin poder
resistir. Yenian é consultar en sus cosas con-
migo todo lo que deuian , 6 qucrian hazer y yo
les dezia, que lo consultaría con Dios, y que yo
les responderia sii diuina determinación, y ansi
a sus preguntas procuraua yo responder con
gran miramiento porque no fuesse tomado en
palabras por falso y pcrdicssc el crédito. Sien-
pre daña las respuestas dubdosas, ó coii diuer-
soB entendimientos, sin nunca responder abso-
lutamente a su intincion. Como a yno que me
preguntó; qué preceptor daria a vn hijo suyo
que le quería poner al estudio de las letras. Ros-
pondi qne le diesse por preceptores al Antonio
de Nebrija y a Sancto Thomas. Dando á en-
tender que le hiziesse estudiar aquellos dos
auctores, el vno en la gramática y el otro en la
theologfa; y sucedió morírsc el mochacho den-
tro de ocho dias, y como sus amigos burlasen
¡ del padre porque daua crédito a mis dcsuaríos
¡ y de mis juizios llamándolos falsos, respondió
' qne muy bien me auia yo dicho: porque sa-
biendo yo qne se auia de morír, di a entender
qne auia de tener por preceptores aquellos allá.
Y a otro que auia de hacer vn camino y temiasse
de ynos enemigos que tenia, que me preguntó
si le estaña bien yr aquel camino. Respondí que
más seguro se estaña en su casa si le podia cs-
cnsar; y caminó por burlar (*) de mi juizio, y
sucedió que salieron sus enemigos y hiriéronle
mal. Después como aquel juizio se publicó me
valió muchos dineros a mi: porque desde alli
adelante no auian de hazer cosa que no la vi-
níessen comigo á consultar pagándomelo bien.
En fin en esta manera dy muchos y diuersos
rfuizios que te quisiera agora contar, sino fuera
I porque me queda mucho por dezir. Dcziamos
j yo ser Juan de vota Dios (*).
Mi<;!iLO. — ¿Qué hombre es ese?
Gallo. — Este fingen los zarlos snpersticio-
{*) G., vn palo arrebaxado.
[>) G., bañando.
*" G., voto á Dioe.
sos vagabundos que era vn c^P^tero que estaña
en la calle de amargura en Hierusalen, y que
al tiempo que passauan a Cristo ])resso por
aquella calle, salió dando golpes con vna hor-
ma sobre el tablero diziendo: vaya, vaya el hijo
de María; y que Crísto le auia respondido: yo
yré y tú quedarás para sienpre jamas para dar
testimonio de mi; y para en fe dosto mostraua
yo vna horma señalada en el braco, que yo ha-
zia con cierto artificio muy fácilmente, que pa-
recía estar naturalmente empremida alli: y a
la contina traya vn compañero del nicsmo offi-
vio y perdición que fuesse mas viejo que yo,
porque descubriéndonos el vno al otro lo que
en secreto y confession con las gentes trataua-
mos, pareciendo vn dia el vno y otro dia el otro
les mostrauamos tener speyie de divina^ion y
spiritu de profecía, lo qual sienpre nosotros
queríamos dar á entender. Y haziamos se lo
fácilmente creer por variarnos cada dia en la
representación; y deziales yo que en viéndome
viejo me yba a bañar al río Xordan y luego
boluia de edad de treynta y tres años que era:
la edad en que Cristo murió. Otras vezes dezia
que era vn peregríno de Hierusalen, honbre de
Dios, enviado por él para declarar y absoluer
los muchos pecados que auia (*) secretos en el
mundo, que por vergucuca los honbres no los
osan descubrir ni confesar a ningún confessor.
Mi<;iLO. — ¿Pues para qué era eso?
Gallo. — Porque luego en auiendoles hecho
creer que yo era qualquiera des tos dos fácil-
mente los podia abunir a qualquiera cosa que
los quisiesse sacar. Luego como los tenia en
este estado comencaua la zarlería cantándoles
el espinela, que es vn genero de diuinanca, a
manera de dezir la bnenauentura. Es vna agu-
deca y desenboltura de hablar, con la qual los
que estamos platicos en ello sacamos fácilmente
qualesquier genero de scollos (que son los pe-
cados) que nunca por abominables se confessa-
ron a sacerdote. En comencando yo a escantar
con esta arte luego ellos se descubren.
Mi4;iL0. — Yo querría saber qué genero de
pecados son los que se descubren a tí por esta
arte, y no al sacerdote?
Gallo. — Hallaua mugeres (¿ne tuuieron a^c-
80 con sus padres, hijos y con muy cercanos pa-
rientes, y vnas mugeres con otras con instru-
mentos hechos para ofFoctuar este vicio; y otras
maneras que es vergüenza de las dezir; y ha-
llaua honbres que se me confessauan auer co-
metido grandes incestos , y con animales bru-
tos, que j>or no inficionar el ayre no te los
quiero contar. Son estos pecados tan abomina-
bles que de pura verguenca y miedo honbres ni
mugeres no los osan fiar ny descubrir a sus
(•) G., ay.
]
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ORÍGENES DE LA NOVELA
curas ni confessores; j ansi acontece machos (')
deslos necios morirse sin nunca los confessar.
Mi(;iL0. — Pues de presumir es que muchos
destos honbres j mugeres, pensando bastar
confessarlos a ti se quedaron sin nunca á sa-
^4>rdotc los confessar.
Gallo. —Pues ese es vn daño que trae con-
sigo esta peniersa manera de vibir, el qual no
es daño qualquiera sino de gran caudal.
MiriLO. — Querría saber de ti, qué virtud, o
faert;a tiene esa arte que se los hazeis vosotros
confessar, y qué palabras les dezis?
(tallo. — Fuer9a de virtud no es: pero antes
industria de Sathanas. La manera de palabras
era: que luego les dezia yo que por auer aquella
persona nacido en vn dia de vna gran iiesta en
^inco puntos de Mercurio y otros 9Íncode Mars,
por esta causa su ventura estaua en dos puntos
de gran peligro, y que el vn punto era vibo, y
el otro era muerto, y que este punto vibo con-
uenia que se cortasse, porque era vn gran pe-
cado que nunca confessó, por el qual corría gran
I)eligro en la vida. En tanta manera que si no
fuera {)orque Dios le quiso guardar por los rué-
1J0H del hienauenturatlo San Ptdro, que era mu-
cho en abogado ante Díoh, que umchas vezes le
ha cometido el demonio en grandes afrentas
donde le quiso auer traydo a la muerte ; y que
agora era enbiado por Dios este su peregrino
de ¡íi'crusalen y santo profeta; que soy vno de
los doze peregrinos que residiMi á la contina en
el sancto sepulcro de Híerusalen en lugar de los
doze apostóles de Cristo; ^ que yo soy su abo-
gtulo San Pedro que conuieno que el me 1q aya
de descubrir y confessar para que yo se le ab-
suelua, y avn pagarle (^) por el, y asegurarle
que no p4ínará ni peligrará por el (') pecatlo
más. Y ansi él luego me descubre su pecado por
grane y inorme que sea ; y prostrado por el
suelo llorando me pide misericordia y remedio y
le mande quanto yo quisiere que haga para ser
ttbsuelto, que en todo me obecle^erá y avn me
dará quanto yo le pidiere y el tuuiere para su
necesidad; y ansi quando yo veo a la tal per-
sona tan obediente y rendida digola. Pues mira,
hermana, que este pecado se ha de absoluer con
tres signos y tres cruzes y tres psalmos y tres
misas solenes: las quales se han de dezir en el
templo del Santo Sepulcro de Hierusalon, y que
(son misas de mucha costa y trabajo, porque las
han de dezir tres cardenales y relwstirse con
ellos al altar tres obispos; y Jianlas de offi9¡ar
tres patriarcas vestidos de pontifical , y han de
arder alli tres ^irios a cada misa, quepesse cada
vno seys libras de cera; y luego dize el tal pe-
(*) O., mnchafl de^ta^ genten nerian.
(') ü., le pagaré.
(«) G., aquel.
nitente: Pues vos mi padre y santo sefior vayí
allá hazedlas dezir, y yo al presente daré los
dineros y limosna que pudiere y boluiendo vos
por aquí lo acabaré de pagar; y yo respondo:
que a mi me conuiene forjado estar en Híeru-
salen la Semana Santa, y que en llegando se
las haré dezir, y ansi luego el penitente me da
diez y veinte (') ducados y más, o menot como
cada qual tiene la facultad, y yo la doy vna se-
ñal por la qual quedo de boluer a la visitar den-
tro de vn año o dos, sin pensarla mas ver; y
otras vezes para auctori^ar esta mi mala arte
digoles: que yo le daré parte del gran trabajo
que tengo de re^*ebir en el camino que emos de
hazer los escolares peregrinos de Hierusalen
quando todos juntos vamos la Santa pasqua de
Resure9Íon por el olio y crisma a la torre de
Babilonia, como lo tenemos por costunbre y
promesa traerlo nosotros doze para la iglesia de
Dios; lo qual se trae en doze cauallos yendo
nosotros a pie. Que van luego los siete y que-
dan los 9Ínco aguardando; y aquellos siete que
van llenan siete ropas ricas y siete armas, con
las quales peleamos con siete gigantes que
guardan el santo crisma y el olio de noche j de
dia, y como son mas fuertes que nosotros dan-
nos grandes palos y bofetadas, liasta que vienen
del 9Íe]o siete donzellas en siete nubes y en su
fabor siete estrellas; las quales peleando con los
gigantes los vencen y ansi las damos las siete
ropas, y nos cargan los cauallos del Santo olio
y crisma y nos venimos con ello á Hierusalen
para que en la Santa pcucua de Resurret;ion
se distribuya por toda la cristiandad; y ansi por
la misericordia de Dios nuestro señor, por esta
tu Innosna te haré par9Íonera deste trabajo que
en este viaje tongo de llenar por la iglesia de
Dios; y demás desto porque quedes más pur-
gada deste pe(*ado me vanaré por ti en la fuente
y rio Xordan vna vez. Y con este fingimiento
y enbaymiento, fisiones y engaños las hazia tan
obedientes a mi mandado, que después de auer-
me dado su hazienda si qneria tenia a^esso con
ellas a nuniida de mi voluntad, y ellas se pre-
ciaban auer tenido a(;esso con el profeta di-
9Ípulo de Dios y |K*regrino (*) santo de Hie-
rusalen, sieruo de Jesyi-Cristo ('). Y se te-
nian por muy dichosos los maridos por auer
querido yo ansi líendezir a su nmger; y ellas
se piensan quedar l)enditas para sienpre ja-
mas con semejantes bendi'^iones. En estas mal-
dades querria yo mucho que el mundo estuvies-
sc anisado, y que no diesse lugar ninguno a se
dexar engañar de semejantes honbres malos,
pues todo esto es manifiesta mentira y fisión.
(*) G., diez dacado<(, o neyít, o qiiatro, y algimot me
dan Teynte.
8G., homhre.
G., peregrínu de Hieruialen.
EL CROTALON
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Y 8^ yo qne al presente andan mnchos por el
mnudo, los quales tienen engañada la mayor
Í}mrte de los cristianos, y se dcbria procurar qac
os jaezes los voscassen , y hallados los casti-
gassen en las vidas, porque es vna spe^ie do
superstición y hurto el mas nefando que entre
infieles nunca se vsó, ni se sufrió. Y porque
vfas quanta es la desvergüenza y poquedad de
los semejantes hombres te quiero contar vn
passo qne passé, porque entiendas que los tales
niaguna vellaquería ni poquedad doxan de aco-
meter y executar. Sabrás que vn dia yuamos
tres compañeros del offíyio del zarlo y espinela,
qne andauamos vuscando nuestra ventura por
el mundo. Y como llegamos acaso en vna ciu-
dad á la hora del comer, nos entramos en vn
bodegón, donde comimos y bebimos muy a pasto
todos tres, y acordamos que se saliesse el vno
á Yusear ^ierto menester, y como se tardasse
algo fuele el otro vuscar: y ansi me dexaron
solo a mi por gran pieza de tiempo, y dixome
la bodegonera: hermano, pagad, ¿que aguardáis?
Respondí yo: aguardo aquellos compañeros que
fueron á vuscar yierta cosa para nuestra nece-
sidad; y ella me dixo: pagad que por demás loa
esperáis: por necios los ternia si ellos boluicssen
acá; y yo le pregunté quánta cost« estaua he-
cha, para pagarla; y ella contando á su volun-
tad y sin contradi^ion dixo que quatro reales
auiamoe comido y bebido; y luego me leuanté
de la mesa viniéndome para la puerta de la casa
mostrando vuscar la bolsa para la pagar, y di-
xela: señora echadme en vna copa vna vez de
vino, que todo junto lo pagaré: y díziendo esto
nos fuemos llegando a vn cuero de vino que
sobre vna mesa tenia junto a la (*) puerta, y la
buena dueña, avnque no era menos curial en
semejantes maldades que yo, descuydose: y
desató luego el cuero echando la cuerda sobre
ol hombro por tener con la vna mano oí piezgo
y con la oim la medida, y comen<;^iKlo ella a
medir le tomé yo la cuerda del ombro y fueme lo
mas solapadamente que yo pude por la calle ade-
lante y avnque ella me llamaua no le respoudia:
ni ella por no dexar el cuero desatado me vio
mas haista oy. Cansado ya desta miserable y
trabajada vida fueme a ordenar para clérigo.
Mi(;iLO. — ¿Con que letras te yuas al exa-
men?
Oallo. — Conseys conejos y otras tantas per-
dices que Ueué al prouisor, y ansi maxcando vn
euangelio que me dio a leer, y declinando al re-
nes vn nominatiuo me passó, y al escrivano que
le dixo que no me deuia de ordenar respondió:
andad que es pobre y no tiene de qué viuir.
Mi<;iLO. — For cierto que todo va ansi. Que
yo conozco clérigos tan necios y tan desuentu-
(«) G., vna.
rados que no les fiaría la tauerna del lugar. No
saben sino coger la pitanca y andar, y si les
preguntáis, ¿donde vays tan apriesa? Responde
él con el mesnio desasosiego: a dezir misa. ¿Que
no ay mas? Por vn miserable estipendio, que si
no fuesse por él no la dina.
'Gallo. — La cosa que más lastimado me
tiene el coraron en las cosas de la cristiandad
es esta: el poco acatamiento que tienen estos
capellanes en el dezir misa. Que de todas las
naciones del mundo no ay ninguna que más
bienes aya rebebido de su L)ios que los cristia-
nos: que los de los otros no son dioses: no los
pueden dar nada; y con tantas mercedes como
los ha hecho, que avn asi mesmo se les dio, y
no ay u ación en el mundo que menos acata-
miento tenga á su Dios que los cristianos: y por
eso les da Dios enfermedades, pestclen9iafi,
hambres, g^ierras, herejes. Que en vn rincón de
la cristiandad ay todos estos males y justamen-
te los merecen. Que como ellos tratan a Dios
ansi los trata él a ellos a osadas. Que vno que
para tauernero no es suficiente se haze sacer-
dote por ganar de comer: y tanbien tien(»n desto
gran culpa los seglares, por el trato que anda
de misas y varatos malos: que si esto no hu-
uiesse no se ordenaria tanto perdido y ocioso
como se ordenan con confianca desto. Escriben
los historiadores por gran cosa, que vn papa
ordenó tres sacerdotes y c¡nco diáconos, y ocho
subdiaconos. Y agora no hay obispo de anillo
que cada año no aya oi*denado quinientos de-
sos ydiotas y mal comedidos asnos. Por eso de-
terminó la iglesia que los sacerdotes no se pu-
diessen ordenar sino en qvatro témporas: por-
que entonces ayuoasse el pueblo aquellos dias,
y rogassen á Dios que les diesse buenos sacer-
dotes, y por yr en ello tanta parte del bien de
la república. Pues y crees tú que se haze esto
alguna vez? Yo confio que nunca le passa por
pensamiento mirar en esto a honbre de toda la
cristiandad: ni avn creo que nunca tú oyste esto
hasta agora.
Mi(;iLO. - No por cierto.
Gallo. — Pues sábete que es la verdad. Aveis
de rogar a Dios que os dé buenos sacerdotes:
porque algunos sacerdotes ay que no os los dio
Dios, sino el demonio, la simonía y avaricia.
Como a mi que en la verdad yo me ordené por
auaricia de tener de comer: y simoniacamente
me dieron las ordenes por seys conejos y otras
tantas (') perdices, y permitelo Dios, Quia qua-
lis populus talis €8t sacerdos. Quiere Dios da-
ros ruynes sacerdotes por los pwados del pue-
blo: porque qual es el pueblo tales son sus {^)
sacerdotí»s.
{*) O., »evs.
(=) G , loa
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ORÍGENES DE LA NOVELA
Mn.'iLO. — Por piertoque en qnanto dizes has
dicho verdad, y que me he holgado mucho en
()3Tto. Bohiamos, pues, a donde dexaste: porque
quiero saber tú que tal saperdote heziste.
Gallo. —Por pierto dése mesmo jaez: y avn
peor que todos los otros de que emos hablado.
Luego como fue sacerdote el primer año mos-
tré gran santidad: y pertifícote que yo mudd
muy poquito de mi vida passada: pero mostra-
ua'gran religión: y ansi vibi dos años aquí en
esta villa: y como me viessen la bondad que yo
representaua, que siempre andana en compañía
de vna trulla de clérigos santos que ha anido
de pocos tiempos en ella, andando a la cortina
visitándolos hospitales y corrales donde ania (')
pobren, en compañía de vnas raugerpillas anda-
riegas y vagarosas, callegeras que no sufren
estar vn momento en sus casas quedas, que estas
con todo desassosiego tratanan en la mcsma san-
tidad.
Mi VI LO. — Mayor santidad tuuieran estando
en sus casas en orarion y recogimiento.
Gallo. — De las quales (*) teníamos nues-
tras ciertas granjerias, como camisas, pañizue-
los de narizes: y la ropa blanca labada cada se-
mana: y algunas ollas y otros guisadillos rega-
lados (^) y algunoe vizctxíhos y rosquillas: y
como vian todos la bondad que re])resentaua
hablóme vn letrado rico si quería enseñarle vnos
niños pequeños que tenia, sus hijos.
Mn,'iL0. — Por cierto a cuerdo lobo encomen-
daua los corderos : hydeputa y qué Sócrates,
Pythagoras o Platón: ¿y qué les cnseñauas?
Gallo. — Lleuaualos y trayalos del estudio,
de casa <lel bachiller de la gramática.
Mu; I LO. — Eso no era sino enseñarles el ca-
mino por donde auian de yr y venir. De mane-
ra que m(>90 de vi<*g^ ^ pudieran llamar.
Gallo. — Ansi es. Acompañaua tanbien á
su niuger á qnalquiera parte que quería salir,
lleuauala de la mano, y avn algunas vezes la
rasoaua en la palma. Aquí estul>e dos años en
esta casa y de aquí me fue a mi tierra á seruir
vn curazgo.
MiriLO. — Pues ¿porque te fucste de Valla-
dolid? (•).
Gallo. - Porque obo pierta sospecha en casa
(pie me fuo forjado salir de allí.
Mi(,iL0. — ¿Pues de que fue esa sospecha?
Gallo. — Allégate acá y dezirtelo he a la
oreja.
MiriLO. — En ese caso poco se puede fiar de
todos vosotros.
Gallo. — De aípii me vine á viuir á una muy
buena aldea de buena comarca y de honbres
(* ) G., y caaaR pobres.
(') G., deflta«.
("») (i., y regalofl.
\S) G., saliste de este pueblo/
muy ricos. Ofrepianmc cada domingo mucho
vino y mucho pan : y quando moría algnn feli-
grés toda la hazienda le comíamos con macho
placer en entierro y honrras: teníamos aqae-
llos días muy grandes papilorríos: qne ansi se
llaman (') aquellas comidas entre nosotros, que
se dan en los mortuorios,
MiriLO. — ¡O desdichados de hijos del de-
funto sí alguno quedaua: que todo se lo auiades
de comer; que bien heredado le dexauades co-
miéndoselo todo!
Gallo. — Gánenlo.
Mic;iLO. — Pues y vosotros ¿porqué no lo ga-
nanades tanbien?
Gallo. — Pues yo ¿a qué lo ania de ganar?
Aquel era mi ofíi^io.
MigiLO. — Holgar.
Gallo. — Pues y agora sabes, quod sacerdo-
tium dicit ocium* Toda nuestra vida era holgar
y holgar en twla ociosidad, andándonos cada
dia en papilorrios, sin tener ninguna buena ocu-
pación. Porque después que vn capellán de
aquellos ha dicho misa con aquel descuydo que
qualquier ojjitp'al entiende en su ojfiqio, y cun-
plido con el papilorrio, no auia mas que yr a
cazar. Por Dios que estoy bien con la costum-
bre que tienen los sa<^erdotcs de Grecia, que to-
dos trabajan en particulares offí^ios: con los
quales bien ocujkuIos ganan de comer para sí y
para sus hijos.
Mi^ilo. —¿Pues cómo y casados son?
Gallo. — Eso es lo mejor que ellos tienen:
porque de allí van mejor dispuestos al altar que
los de acá.
Mu.'iLO. — Pues ¿porqué no te ocupanas tú
en leer algún libro?
Gallo. — Porque quando el hombre no es
buen lector no le es sabrosa la lectura. Y des-
pués desto no podía acal)ar comigo a oi'uparme
ansi.
Mii.'iLo. — Pues ¿cómo te auias en el rezar?
Gallo. — Como leya mal hazíasseme gi*an
trabajo rezar maytines cada día: prin^ipalmenti*
a la mañana que tardaua tres horas en los re-
zar. Y yo quería dezir misa en amane9Íendo,
porque a la contína me leuantaua con gran sed:
y ansi por comer temprano dezia misa rezando
solo prima.
MigiLO. — Pues ¿porqué no rezauas maytines
anti^s que te acostasses?
Gallo. — Porque siempre me acostaua las
noches con mala dispusi^ion, y me cay a dormi-
do sobre la mesa: y ansi por gouemarme mal
en mí comer y l>euer me dio vn dolor de cos-
tado del qual en tres días me acabé, y luego mi
alma fue lan9ada en vn corpezuelo de vn burro
que estaña por na^er. Saly del vientre de mi
(') G., se llaman entre Icm clérigos
EL CROTALON
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madre saltando y rcspiugando: el Días contento
j yfano que nanea se vio animal.
MigiLO. — ^¿Y asno fueste? Poco trabajó na-
turaleza en te mudar. ¡O desventurado de ti!
¿y en cuyo poder?
Gallo. -Por cierto desuen turado fue: que
bien pagué lo que holgué en el sacerdocio. Qui-
sieron loB mis tristes hados que cayesse en ma-
nos de yn branoso (}) recuero andaluz que
nunca hazia sino beodo renegar. ¡ O Dios in-
mortal, qué carga comiendo agora! Aqui se me
dio el triste pago de mi mere^^r. Porque luego
que fue de edad para carga serui con la requa
de ^euadero o fatero de seys buenos machos que
mi amo traya. Y llenando a la contina casi
tanta carga como cada vno dellos, cada vez que
se sentía cansado subia en mi tan grande como
yo: y queria que siempre fuesse delante de to-
dos: y ansi sobre esto (') me daña tantos de
palos que no podía más lleyar. Nunca le pare-
mia al desnenturado que yo merecía el comer: y
ansí siempre entresacaua de todos los machos
vna pobre rabión con que me hazia perder el
deseo. Y ayn de paja no me queria hartar. Pero
Ysaua yo de una cautela por me mantener: que
luego en la noche como llegauamos a la posada
me entraba en la caualleri^a y echauamc luego
en el suelo, fingiendo querer descansar: y como
yo a la contina andana con ruyn albarda y peor
xaquima fácilmente rompía mis miserables ata-
duras: y como echauan de comer á mis compa-
ñeros procuraua remediarme entre ellos; y avn
algnnos dellos me dañan muy fuertes cozes de-
fendiendo su pasto; otros auia que teniendo
piedad de mí me dexauan comer. Pero ; ay de mí !
si aquel traydor de mi amo entraña en aquella
sazón, haziamelo a palos gormar. A la contina
caminauamos en compañía de otros recueros (').
porque ellos lo (^) acostumbrauan ansi por se
ayudar en necesidad y peligros que de cada dia
se les ofrecen, para cargar y descargar. Y ansi
vna vez yuamos por vn camino sobre auer 11o-
uído tres días a rreo; y llegamos a vn allozar
donde estaña vn grande atolladero por causa de
vnos grandes llamares de agua que en todo
tiempo auia allí; y el bellaco de mí amo por po-
der passar mejor subió sobre mi ; y como yo no
sabía el passo y yua delante de todos atollé y
cay. ¡O desnenturado de asno! vierasme cubier-
to de lodo y agua que no podía sacar brayo ni
pie; y mi amo apeado en medio del barro palos
y palos en mi. Por cierto mil vezes me quisiera
alÚ ahogar; y avn te digo de verdad que otras
tantas vezes me quise matai si no fuera por no
caer en el pecado de desesi^eracion.
(<) O., VMtial.
S*) G., por lo qoal.
*) O., traginerofl.
*j G., se.
Mi VI LO. — Pues deso ¿qué se te daña á tí?
Gallo. — Tuuíera más que pagar. Porque
has de tener por yierto que los trabajos que yo
padecía en vn estado o naturaleza, era en peni-
tencia de pecados que cometía en otra. Pues
sobre todo esto verás otra cosa peor; que guian-
do tras mi vn mulo de aquellos que lleuaua vna
gran carga de aceyte, y tanbíen atollé junto a
mí, Y tanto tuuíeron que entender en su reme-
dio que me dexauan a mí ahogar; y el vellacode
mi amo no hazia sino renegar de Dios. En fin
entraron él y sus compañeros en medio del bar-
ro y ronpíendo los lazos y sobre carga y avn
vn cuero de seys arrobas que no se pudo reme-
diar; y ansí arrastrando sacaron el mulo afuera.
Y después boluíeron por mí y a palos tirando
i)or las orejas y cola me hnuieron de sacar.
Nunca me pareció que era yo inmortal sino allí,
y pessauame mucho porque en todas las specíes
de anímales en que viui me duraua aquella tanto
siendo la peor; y lloraua porque quando yo fue
clérigo, rana, o puerco no me perpetué; y vine
á viuir tanto en vn tan ruyn natural. Después
salidos a tierra todos los duelos auian de caer
sobre mí; porque como el macho era vestía de
valor, como le sintieron algo fatigado, fue de
voto de todos que me cargassen vn rato el otro
cuero que lleuaua el mulo y que le regalassen
a él; pro|)oniendo (}) entre si que llegando a la
primera venta le tornarían a cargar; y yo como
vi j ser tal su determinación, y que no podía
ipelar, porque para ellos mesmos no me admi-
tían (^) suplicación, por tanto callé y sufrí y
mal que me pessó le llené hasta que anocheció. -
Aqui es de llorar; que si por malos de mis pe-
cados me detenia algo al pasar de vn lodo, o de
alguna aspereca, o por piedras, o por qualquie-
ra otra ocasión, cogia aquel vellaco vna vara
que lleuaua de doze palmos y vareauame tan
cruelmente por barriga y ancas y por todo lo
que la carga descubría que en todo mi cuerpo
no dexaua lugar con salud. Por cierto yo llegué
tal aquella noche al mesón que rogué con gran
affeto a Dios que me acabasse el viuir. En lle-
gando que me descargaron me arrojé al suelo
en la caualleríza, que ni tenia g:ana de comer,
ni avn era yo tan bien pensado ijue me sobrase
la cenada. Pero basta que yo llegué tal que no
sabia parte de mi. Tenia quebrantadas las pier-
nas del cansancio, y herido todo el cuerpo ma-
gullado á palos; y como me hallé tan miserable
aborrecime en tanta manera que estime por
desesperar. Y estando ansi tan desbaratado con
mí passion a(;ordé (que no deniera) de probar
a me libertar, y huyendo yrme a mis venturas,
pensando que a acertar a libertarme ganaua
(*) G , poniendo.
(') G., aproaechara.
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ORÍGENES DE LA NOVELA
descanso para toda m\ vida; y que a salirme
mal no podia ser mas que o caer en manos de
otro vil, o en manos de mi amo que me tomasse
a palear, o en manos (*) de vn lobo que me co-
miesse. Y ninguna destas cosas tenia por peor;
y ansí como me determiné auiendo ^^.mado los
recueros y aparejado sus camas en que se acos-
tar, y sobre su cansancio y vino comen9aron a
dormir, y como tube gran cuydado de ver todo
lo que passaua, lo mas seguro que pude sali por
la puerta del mesón ; y como yo me vi en liber-
tad, ¡o Dios soberano! quien podra encarecer
el gozo en que se vio mi alma. Luego me fue
al mas correr la calle que mas a mano tomé
hasta salir del lugar; y por el camino que acerté
comiendo con tanta furia a correr que no auia
cauallo que en ligereza se me pudiesse compa-
rar. Que con quanto cansado venia con el cuero
de a9eyte quando al mesón llególe, me pareció
quando de la possada sali que en todo deleyte
auia estado aquel mes; y quando yo pensé que
me auia alongado de mi amo cuatro leguas
por la gran furia con que en dos horas corri ; y *
como la noche hazia obscura por el nublo que
tenia el ^ielo; écheme con gran seguro en vn
prado á descansar, y plugo a mis tristes hados
que en el mesón obo (^) ocasión como me ha-
llaron menos en la caualleriza; y como mi amo
fue anisado me procuró luego seguir; porque
avn no faltó quien me vio quando yo sali del
lugar, y el camino que lleué. Y como caminó a
toda furia quando amaneció se halló junto a
mí. ;0 valame Dios! quando yo le vy, quisiera
tener vn arma, ó qualquier otro medio como (•)
me matar. Pluguiera a Dios que luego me ma-
tara allí; y como me vio dixo: ¡a! don traydor,
(Pensastes os me yr? Agora me lo pagareis; y
dizíendo esto diome tantos de palos que no pen-
sé mas viuir; y puedes creer que digo la verdad
que en alguna manera me alegré, pensando que
me acabaña ya, esperando que con la muerte
me su9«díera (*) mejor. Pero no mere9Ía yo
tanto bien ; y ansí me salió al renes ; porque
quando vio que me auia bien castigado subió
en mi y corriendo como en vna posta me tomó
al lugar con la posible furia; donde llegamos
antes que los compañeros pudiessen aparejar.
Y ansí sin perder ellos punto de xomada perdi
yo la ^ena y almuer90 y descanso; porque luego
en llegando cargando a todos y a mi nos hizie-
ron caminar.
MigiLO. — Por 9Íerto mal te trataua ese hon-
bre. Mala gente deue de ser recueros.
Gallo. — Por Dios mala quanto se puede
encare9«r. Es el genero de honbres mas vil que
[U (i., en poder.
(') G., se ofreyio.
(») G , con Que.
(*) G., lovedería.
en el mundo Dios crió; la hez, escoria y deshe-
cho de todos quantos son. No tienen cuenta
sino con beuer, y quanto hurtan, ganan y tra-
pazan no es sino para vino, y vino y mas vino.
T^o parece su cuerpo sino vna cuba manantial.
Es gente que por su boca nnnca professó ley,
porque sino es lo que el padrino respondió por
ellos al baptísmo nunca de la ley de Cristo hon-
bre dellos se acordó, ni otro sacramento reci-
bió. Porque toda su vida no entienda (*) sino
andar con la recua nunca paran quaresma en su
feligresía para se confesar; y si vienen después
de quaresma a su pueblo y su cura les dize que
se confíessen muestran (*) vnas 9edulas de con-
fession fingidas y falsas, hechas para cumplir.
Con esto no les verás hazer cosa por donde en-
tiendas de qué ley son, porque sus dos mas
principales obras es (•) bel)er y renegar. Que
quaresma ni quatro témporas, ni vísperas de
Santos, ni viernes no hazen differen^ia en el
comer. Ant«s mofan de los que en aquellos días
hazen alguna especificación. No quiero hablar
desta ruyn gente mas, porque avn mi lengua,
avnque de gallo, tiene asco y enpacho de hablar
de hombre tan peruerso y tan vil. Que si en sus
bajezas me quisiesse detener, tiempo faltaría
para dezír. Pero pues tengo intención de te can-
tar (^) de honbres mas altos, de los que tiene
el vulgo por nobles y los celebra con solenidad,
no me quiero detener en honbres tan 8uec<»s,
porque me parece que del tiempo que en los
tales se gastasse se deuria restitución. En fin
quiero concluir con la miserable vida que me
dio; que ella fue tal que en ninguna manera la
pude sufrir; y ansi viniendo vn dia de Cordoua
para Salamanca con vn cargo de aceyte, y yo
traya tanbien mi parte, y no la menor, yo venia
tan aborrido y tan desesperado que propuse en
my determinación de tomar la muerte, ofrecida
la oportunidad; y ansi vna mañana bajando vn
portecuelo que dizen de la Corchuela, decen-
diendo sobre el rio Taxo a passar la puente del
Cardenal, viniendo por la ladera de la sierra
parecese el rio de Taxo abajo que va por entre
vnas peñas con mucho ruydo y braueza, que a
todos quantos por allí passan pone. espanto
Luego como vi aquella ocasión pense arroxamie
de allí al rio y acabar aquella vida de tanto tra-
bajo, hambre y miseria contina; y ansi a vna
vuelta que la sierra da en que descubre el rio
vn gran pedaco, por razón de auer comido con
la fuerca que por alli llena vna gran parte de
la montaña, está vn despeñadero muy grande,
que el que de allí cayere no puede parar hasta
el rio.
(*) G., entiende.
(') G., muestranle.
(') G., son.
(*) G., contar.
EL CROTALON
145
Sn9«l¡o que yendo yo pensando en esto dio
mi amo vn palo a vn molo que venia iras mi,
y herido el mulo con algún pauor quiso (*) pas-
sar ante mí; y con la furia y fuerza que llcuaua
encontró con mi ñaqueza y fa9ÍImcnte me hizo
rodar a mi y a mis cueros de aveyte. De tal ma-
nera que dando de peña en pefia hecho pedacos
lleguen al rio sin sentir el dolor que pade9en con
la demasiada agua los que se ahogan; y ansi
acab¿ la más misserable vida y más penosa que
en el mundo jamas se pade9Íó. Con protesta-
ción que hize mil vezes de ser bueno por no
Ten ir á otro tan gran mal.
Mi r I LO. — Deseo tenia de verte salir de tan
gran (*) penitencia, y heme holgado mucho en
avertc oydo hasta aqui ; ya parc(;c que es veni-
do el dia, y avn pare<;e que ha más de media
Lora que salió el sol; y porque no perdamos la
coyuntura de nuestro ganar de comer, calla y
abriré la tienda, que timcho á mi sabor has can-
tado oy; y a la noche yo velare el rato que se
me hn passado desta mañana sin trabajar, y
oyrtc he hasta que te quieras dormir. Agora
despierta tus gallinas y venios a comer.'
UALLO.— Mira, MÍ9ÍI0, no te engañes en eso
comigo, porque yo antes despertare a la media
noche y quedaré sin dormir mas, que no velaré
a la prima noche. Pero yo haré vna cosa por te
conplazer; que recogeré vn hora antes que ano-
chezca mis gallinas, y aurc dormido un sueño
bueno qoando tú acaben de ^enar, y despertán-
dome tú yo velaré todo lo que (lucrras. Y al
sabor de la historia que yo cantaré trabajarás
tu hasta que quieras dormir.
Mi(;iL0. — Muy bien dizes ; hagasse ansi.
Quisiera que me dixeras una cosa que se me ol-
oidó de te preguntar, y es: quaudo f ueste ca-
pellán de aquel curazgo (que cura te podriamos
llamar) ¿como te sabias auer con tus oucjas?
¿cómo sabias gouernar tus feligreses? En fin,
¿cómo te aulas en su gouicmo y confef^sion? ('*)
cómo to huuiste cuando eras cura con tus feli-
greses.
Gallo. -Eso te diré yo de muy buena vo-
luntad, y cantarte he otras muchas cosas muy
graciosas, que confío holgarás de oyr. Porque
en el canto que se sigue te cantaré (•) de vn
mancebo de animo generoso, ^iego y obstinado
en los deseos y apetito de la carne. Encantado
y hechizado con el veloño y embaymioiiio de
una maga mala muger. Qiego do la razón, disi-
pamlo el tesoro del buen mitural que de su pa-
dre Días heredó; hasta que por la (**) miseri-
(*) G., trabajo por.
P) G , cruel.
(>) G., que me dixeras como to huaÍHto, quaudo
eras cura, con tus feligreses. {Falta lo restante,)
{*) G » contare.
(■) G., su diuina.
ORfORNBS DE LA NOVEL \.— 10
cordia de Dios me quiso alumbrar para salir de
tan gran confusión y vestialidad.
Mi(;iLO. — Pues por agora calla que llaman
a la puerta, que deuen de venir a conprar.
Fin del quarto canto del gallo de Lui;iano.
ARGUMENTO
DEL QUINTO CANTO DEL GALLO
En d quinto, mxIo ^ séptimo cantos que se siguen el auctor de-
bajo de vna graciosa historia imita la parábola que Cristo «lixo
por San Lucas en el capitulo quince, del hijo prodigo. Veme
ha en agraciado estilo vn ví^íoík) mancebo en poder de malas
ningeres, huellas las espaldas a su honrra,a los honbres y a
Dios, disipar todos los doctes del alma, que son los tliesuros
que de su padre Dios heredó; y vcrase también los hechiios,
engaftos y cncantamientoa de que las malas mugeres vsan por
f^ozar de sus la^ivos deleytcs por satisfiuer a sola su sensua-
idad («).
Mi(,'iLO, — Por pierto pessado tienen los ga-
llos el primer sueño, pues con aueree entraído
este gallo acostar dos horas antes que anoche-
9Íesse no ha mostrado despertar.
Gallo. — No pienses, MÍ9ÍI0, que avnque no
canto que duermo, porque yo despierto estoy
aguardando a que vengas de la 9ena al traba-
jar («).
Mi(;iLO. — Pues ¿porqué no cantas, que yo
huniera ya venido?
Gallo. — No canto porque avnque nosotros
los gallos somos músicos de nación, tenemos
esta ventaja a los cantores {^) de allá: que nos-
otros tenemos tanto seso y cordura en nuestro
canto que con el buen orden de nuestra música
gouernais vuestras obras como con muy 9Íerto
y reglado relox. Pero vuestros músicos cantan
sin tiempo, orden y sazón, porque han de care-
cer de seso para bien cantar. Cantamos a la
media noche, y esta no la es; y cantamos al
alúa por dar loores a Dios nuestro hazedor y
criador.
Mi(;iLO. — Pues ante todas cosas te mego
me digas: quando f ueste capellán de aquel cu-
razgo (que cura te podemos llamar) ¿como te
sabias auer con tus ouejas? ¿Como sabias repas-
tar tus feligreses ? ¿ Como te auias en su go-
uierno y confession? Porque no sé quien tiene
mayor culpa, el cura proprio con (*) encomen-
dar su ganado á vn honbre tan sin letras como
tú, o tú en lo aceptar.
(*) Tachudo: Sigucsse el quinto cauto del Gallo
de Luviano, orador griego, contrahecho en el caste-
llano por el mesmo autor prete.
O G., trabajo.
\^\ G., muflicoH.
(*) G , por.
146
orígenes de la novela
Gallo . — Qu¿ quieres que te diga a eso sino
lo que se puede presumir de mi? En ñn yo lo
hazla como todos los otros pastores merpena-
rios, que no tenemos ojo ni cuenta sino al pro-
prio interés y salario, obladas y pitanzas de
muertos; y quanto a las con9Ícn9Ía8 y pecados,
quantos (*) quiera que fuesscn granes no les
dozfa más sino: no lo hagas {*) otra vez; y
esto avnque ^ien vezes me viniessen lo mcsmo
a confessar; y avn esto era quanto a los peca-
dos claros, y que ninguna dificultad tenian.
Pero en otros pecados que requerían algún
consejo, estudio y miramiento dísímulaua con
ellos, porque no sabia yo más en el juizio de
aquellas causas que sabia quando rod($ por la
montaña sobre Tcxo ('). En fin en todo me
auia como aquel mcr9enario que dizc Cristo en
el Euangelio, que quando ve venir el lobo a su
ganado huye y lo desampara. Ansí en quales-
quiera ne^-esidadcs y afrontas que al feligrés
86 le ofreviesse (•) me tocaua poco a mi, y me-
nos me daña por ello.
MigiLO. — Dimc,-8Í en vna quaresma sabias
que algún feligrés estaua en algún pecado mor-
tal, de algtma enemistad a en amistad viciosa
de (') alguna mugcr, ¿qué hazias? No trabaja-
uas por hazer a los vnos amigos, y a los otros
vuscar medios honestos y secretos como los
bpartar del pecado?
Gallo. — Esos cuydados ninguna pena me
dauan. Proprios eran del proprio pastor cmra:
viniessc a verlos y prouecríos. Gomiassc él en
cada vn año trecientos ducados que valia el be-
ncfíicio paseándose por la corte, y auia yo de
llenar toda la carga por dos mil marauedis? No
parece cosa justa.
Mi<;;iL0. — i Ay de las almas que lo padecían!
Ya me parejo que te anias obligado con aque-
lla condición; que el cura su culpa pagara.
Gallo. — Doxa (•) ya esto; y quiero te con-
tar vn acontecimiento que passé en un tiempo,
en el qual juntamente siéndote gracioso verás
y conocerás la vanidad desta vida, y el pago
que dan sus vicios y deleytes. Y también verás
el estado en que está el mundo, y los engaños
y lacinia de las peruersas y malas mugeres, y
el fin y daño que sacan los ([uc a sus sn^ias
conuersaciones se dan; y viniendo al caso sa-
brás, que en vn tiempo yo fue vn muy apuesto
y agraciado mancebo cortesano y de buena
conucrsacion, de natural crianca y contina re-
sidencia cu la corte de nuestro Rey. Hijo de
vn valeroso señor de estado y casa reul ; y por
P.
') O., qnanto.
I G., bagalH.
;») G., Taxo.
ofrecea.
con. •
dexemos.
n G.,
no me dar más a conocer, basta, que porque
haze al proceso de mi historia te llego a denr,
que entre otros prcuillejios y gajes que estañan
anejos á nuestra casa, era vna compañía de
cien (}) laucas de las que están en las guardas
del Reyno, que llaman hombres de armas de
guarnición. Pues passa ansí que en el afio del
señor de mil y quinientos y veynte y dos,
quando los franc^sses entraron en el Reyno de
Nauarra con gran poder, por tener ausente a
nuestro principe. Rey y Señor, se juntaron to-
dos los grandes y señores de Castilla; guiando
por gouernador y capitán general el condesta-
ble Don Yñigo de Velasco para yr en la de-
fensa y amparo y restitución de aquel Reyno,
porque se auian ya laucado los francesses has-
ta Logroño; y ansí por ser ya mi padre viejo y
indispuesto me cometió y dio el poder do su
capitanía con cédula y licencia del Rey; y ansí
quando por los señores gouernadores fue man-
dado mouer, mandé a mi sota capitán y alférez
que caminassen con su estandarte, siendo todos
muy bien proueydos y bastecidos por nuestra
reseña y alarde; porque yo tenia cierto negocio
cu Logroño en que me conuenia detener le
mandé que guiassen, y por mi carta se pressen-
tassen al Señor Capitán General, y yo quedé
allí; y después quando tune acabado el negocio
partí con vn escudero mío que á la contina le
llenaba para mi coupañía y servicio en vn ro-
<;in ; y luego como entramos en (•) Nauarra fue
anisado que las mugeres en aquella tierra eran
grandes hechizeras encantadoras, y que tenian
pacto y comunicación con el demonio para el
effecto de su arte y encantamiento, y ansí me
auisanan que me guardasse y viuiesse recatado,
porque eran poderosas en pemertir los honbres
y avn en conuertirlos en vestías y piedras si
querían; y avnque en la verdad en alguna ma-
nera me escandalizasse, holgué en ser anisado,
porque la mocedad como es regocijada recibe
pasatiempo con semejantes cosas; y tanbíen
porque yo de mi cogeta fue affícionado a seme-
jan ti^s acontecimientos. Por tanto yua deseoso
de encontrarnuí con alguna que me encantasse,
y avn yua de voluntad y pensamiento de trocar
por alguna parte de aquella arto el fauor del
principe y su capitanía; y canu'nando vna ma-
ñana (') yendo reboluiendo estas cosas en mí
pensamiento, al bajar de vna montaña me apeé
por estender las piernas, y tanbien porque des-
cansasse algo mí cauallo, que conicncana ya
algo el sol a calentar; y ansí como fue apeado
tirándole de las orejas y estregándole el rostro
di la rienda a mi escudero Falomades que ansí
8
*^ K. {Tachado): qvuiirocientñB.
G., comeucamofl a caminar por.
(^) G., montana.
EL CROTALON
147
té llamaua^ mandándole (}) que caminasse ante
mi; y en eito bolui la cabera atrae y yeo venir
tras mi yn honbre en vna vestía, el qoal en su
habito y trato luego que llegó me pareció ser
de la tierra; por lo qnal y por holgar yo mucho
de la cónuersa^ion le aguardé, y ansí llegando
a mi me saludó; y por el semejante se apeó
para bajar, y luego comonfe a le pregimtar por
su tierra y lugar ,^ como en el camino suele
acontecer y él me dixo qno era de una aldea
pequefia que estaua vna legua de allí; y yo
trabajaua meterle en conuorsa9Íon presumien-
do dál algún encogimiento, porque como aque-
lla tierra cstuuiesae al presente en guerras tra-
tan con nosotros con algún recato no se nos
osando confiar. Pero en la verdad aquel honbre
no mostró mucha cobardía, mas antes dema-
siada liberalidad. Tanto que de sns hablas y ra-
Eones fácilmente juzgaras ser otra cosa que
honbre, porque ansi con su habla me embelleñó
que casi no supe de mi, y ansi del Rey y de la
Rey na, y de la guerra (le los franceses y caste-
llanos venimos a hablar de la costumbre y bon-
dad de la gente de la tierra, y el ciertamente
vino a hablar en ello de buena voluntad. Co-
moncomcla a loar de fértil y viciosa, abundan-
te de todo lo necesario, y yo dixe: hombre hon-
rrado yo tengo entendido desta tierra todo el
cnnplimiento cutre todas las prouincias del
mundo, y que la gente es de buena habilidad y
injenio, y las mugerea reojanbien que son her-
mosas y de apuesta y agrai;inda representación',
y ansi di me replicó: por cierto. Señor, ansi es
como Bcntis: y entre todas las otras cosas quie-
ro que ÉMjpais que las mugercs, detnas de su
hermosura, son de admirable habilidad, en tan-
ta manera que en saber exceden a quantas en
el mundo son. Entonces yo le repliqué desean-
do saber de su scien^ia; importunándole me di-
zesae algo en particular de su saber; y él me
respondió en tanta abundancia que toda mi
atención lleuaua puesta en lo que el desia. I)i-
BÍendo: sefior, mandan el sol y obedece, a las
estrellas foercan en su curso, y a la luna quitan
y ponen su lus conforme a su voluntad. Añu-
blan loa ayrcB, y hacen si quieren que se huelle
y paacj^ como la tierra. Al fuego hazen que
enfrie, y al agua que queme. Uazense mocas y
en vil punto viejas, palo, piedra y vestía. Si les
contenta vn honbre en su mano está gozar de-
llos O a su voluntad; y para tenerlos niab
aparejados a esto effecto los conulerten en di-
uersos animales entoqjecK*ndules sus (•) senti-
dos y su buena naturaleza. Han podido tanto
con BU arte que ellas mandan y los honbres
(*) G., V mándele.
P) G., del.
(>) Om los.
obedecen, o les cuesta la vida. Porque quieren
vsar de mucha libertad yendo de dia y de noche
por caminos, valles y sierras a hazcr sus en-
cantos y a coxer sus yemas y piedras, y hazer
sus tratos y conciertos. Lleuauame con esto
tan traspuesto en si que ningún acuerdo tenia
de mi quando llegamos al lugar; y cabalgando
en nuestras vestías nos metimos (■) por el pue-
blo, y queriendo yo passar adelante me forcó
con grande importunidad y buena crlanca que
quisiessc apearme en su posada porque seruia a
vna dueña valerosa que acostunbra recebir se-
mejantes caualleros en su casa do buena volun-
tad; y como fucsse llegada la hora del comer
holgué de me apear. Sallónos a n'cebir vna
dueña de alta y buena dlspusiciou, y (') avn-
que representaua alguna edad tenia ayre y des-
enboltura de moca, y en viéndome se vino para
mi con vna boz y habla halagüeña y nniy de
presto dispuso toda la casa y aparato con tanto
seruicio como si fuera casa de un principe o
poderoso sefior; y quando miré por mi guia no
la vi ; porque entrando en casa se me desapare-
ció; y según parece por todo lo que passó antes
y después no puedo creer sino que aquella mu-
ger tenia aquel demonio por familiar en hábito
y figura de honbre. Porque según mostró en su
habla, tcato y conuersavion no creo otra cosa,
sino que lo tenia para enbiarle a caza de hom-
bres quando para su apetito y recreación le
daua la voluntad. Ponjne anKÍ me cazó a mi
como agora oyras. Luego como llegamos, con
mil regalos y ofrecimientos dispuso la comida
con grande aparato, con toda la diligencia y so-
licitud posible; en toda abundancia de fnitas,
flores y manjares de mucho gusto y sabor, y los
vinos muy preciados en toda suauidad, seruidos
de diuersas dueñas y donzellas, que casi pare-
cían diferentes con cada manjar. Tubome la
fiesta en mucho regocijo y passatiempo en vna
sala baja que caya sobre un huerto de frutas y
de flores muy suabes; ya me parecía que por
poco me quedara alli, sino fuera porque ansi
como en sueño me acordé de mi naje y com-
pafiia, y consideré que corria gran peligro mi
honrra si me descuydasse; y ansi sospirando
me leñante en pie proponiendo yr con la posi-
ble furia a cunplir con la guerra y luego bol-
nerme a gozar de aquel parayso terrenal. Y ansi
la maga por estar muy contenta de mi buena
dispusicion me propuso a quedarme aquella
noche alli; diziendo(]ue ella no ([ueria, ni tenia
quanta prosperidad y aparato poseyu sino para
seruir y hospedar semejantes caualleros. Prin-
cipalmente por auer sido su marido vn caste-
llano de gran valor, al (|ual amó sobre todas
(!) LancamoB.
(«) G., la qoal.
148
ORÍGENES DE LA NOVELA
las cosas desta vida, y aiisi no podía faltar a
los caualleros castellanos, por representársele
qoalquiera dellos aquellos sus primeros amores
que ella a la contina tenia ante sus ojos pre-
sente. Pero como avn jo no auia perdido del
todo mi juizio j vso de razón trabajé de agra-
decerle con palabras acompañadas de mucho
cumplimiento y crianza la merced que me ha-
zia; con protestación que acabada la guerra yo
vemia con mas libertad a la seruir. No le pessó
mucho a la maga mi defensa como esperaua
antes de la mañana satisFazerse de mi mucho a
su voluntad; y ansi me dixo: pues señor, pre-
supuesto que tenéis conocido el deseo que ten-
go de os seniír, y confiando que cumpliréis la
palabra que me dais, podréis hazer lo que que-
rréis; y por mas os seruir os daré un criado
mió que os guie quatro leguas de aqui, donde
08 vays a dormir con mucho solaz. Porque ten-
go alli una muy valerosa sobrina que tiene vn
fuerte y muy hermoso castillo en vna umy de-
leytosa floresta que estará quatro leguas de
aqui, llegando esta noche allí, no perdiendo
zomada para vuestro proposito, por ser mia la
guia y por la gracia de mi sobrina que tiene por
costunbro (}) hospedar semejantes caualleros,
como yo, os hospedará, y alli pasareis esta no-
che mucho a vuestro contento y solaz; yo le
bcssé las manos por tan gran merced, la qual
acepté; y luego salió el viejo que me truxo allí
cabalgando en vn rozín y despidiéndome de la
maga (^) comencamos a caminar. Fuemos ha-
blando en muchos loores de su señora, que nun-
ca acabaña de la engrandecer. Pues dixome: Se-
ñor agora vays a este castillo donde veréis vna
donzella que en hermosura y valor exC'Cde a
quantas en el mundo ay; y demandándole por
su nonbre, padres y calidad de estado me dixo
él: eso haré yo, señor, de muy buena voluntad
de 08 detiTy porque después desta mi señora a
quien yo agora siruo no creo que ay en el mun-
do sa igual, y a quien con mejor voluntad de-
seasse ni deua yo scniir por 9u gran ralor* y
ansi Señor, sabed (') que esta donzella fue
hija de vn señor natural desta tierra, del mejor
linaje que en ella ay, el qual se llamaua el gran
varón; y por su hermosura y linaje fue deman-
dada de muchos caualleros de alta guisa, ansi
desta tierra como de Francia y Castilla, y a
todos los menospreció proponiendo de no casar
con otro sino con ol hijo de su rey; y siendo
tratadas entre ellos palabras de matrimonio
respondió el Rey de Nanarra que tenia despo-
sado 8U hijo con la segunda hija del Rey de
Francia, y que no podia faltarle la palabra. Por
(') O., que tiene la mesma costumbre que yo en.
(') O., baena dneña.
(*) Q., Ofl digo.
lo qual sintiendo ella afrenta no auerle salido
cierto su deseo, por ser dama de alta guisa pro-
puso de nunca se casar hasta oy; y ansi por
auer en su linaxe dueñas muy hadadas que la
hadaron, es ella la mas hadada y sabia muger
que en el mundo ay. En tanta manera que por
ser tan sabia en las artes la llaman en esta
tierra la donzella Saxe hija del gran varón; y
ansi hablando en esto fuemos a entrar en vna
muy hermosa y agraciada floresta de mucha y
deleytable arboleda. Por la qual hablando en
estas (O y otras muchas cosas caminamos al
parecer dos leguas hasta que casi se acabó el
dia. Y ansi casi media hora antes que se pu-
siesse el sol llegamos a vn pequeño y muy apa-
zible valle donde parecía que se augmentaua
mas la floresta con muchos jazmines altos y
muy graciosos naranjos que comunicauan en
aquel tiempo su oloroso azahar, y otras flores
de suabe y apazible olor. En el medio del qual
valle se mostró vn fuerte y gracioso (2) casti-
llo que mostraua ser el parayso terrenal. Era
edificado de muy altas y agraciailas torres de
muy labrada cantería. Era labrado de muy re-
lumbrante marmol y de jaspes muy finos, y del
alabastro y del musayoo y mocaraues muy per-
fetos ?/ otras piedras de mucha estima (•). Pa-
recióme ser dentro de exceso sin conparacion
más polido, pues de fuera auia en el tanta ex-
celencia. Y ansi fue que como llamamos a la
puerta del castillo y por el portero fue conocida
mí guia fueron abiertas las puertas con nmcha
liberalidad, y entramos a vn ancho patio; del
qual cada cuadro tenia seys colnnas de forma
jónica, de fino marmol, con sus arcos de la mes-
ma piedra, con vnas medallas entre arco y arco
que no les faltan a sino el alma para hablar.
Eran las imagines de Piramo y Tisbe, de Phí-
lis y Demophon; de Cleopatra y Marco An-
tonio. Y ansi todas las demás de los enamora-
dos de la antigüedad; y antes que passe ade-
lante quiero que entiendas que esta donzella
Saxe de que aqui te contaré, no era otra sino
la vieja maga que en el aldea al comer me hos-
pedó. La qual como le parecíesse que no se
aprouechara de mi en su casa tan a su plazer
como aqui, tenia por sus artes y industrias del
demonio esta floresta y castillo y todo el serui-
cio y aparato que oyras, para holgar con quien
quería noches y días como U^. contaré. Por ol
friso de los arcos del \miio y na vna gruesa ca-
dena dorada que salía releuuda en la oantiTia, y
vna letra que dezia:
(íQuantos van en derredor,
son prisioneros de amor».
(«) G., esta.
(*) O., hermoso.
(') G., aaia mosayco y mncaranes mnv perfectos.
EL CROTALON
149
Ania por todo el torno ricas imagines y pie-
dras del Oriente, y ania en los corredores altos
gruesas colanas enteras de diamante, no sé si
verdadero o falso, pero oso juzgar que no auia
mas bella cosa en el mundo. Por lo alto de la
casa ania terrados de muy hermosos y agra9Ía-
doB edefí^ios, por los quales andauan lindas y
hermosas damas vestidas de verde y de otros
amorosos colores, con guirnaldas en las cabe-
zas, de rosas y flores, danzando a la muy sua-
ue música de arpas y dul9aynas que les tañian
sin parefer quién. Bien puedo qualquiera que
aqui entre anrmar que fuesse aquí el parayso
o el lugar donde el amor fue na9Ído: porque
aqui ni entra, ni admiten en esta compañía cosa
que pueda entristecer, ni dar passiou. No se
vsa (') aqui otra (*) cosa sino (*) juegos, pla-
zeres, comeres, danzar, vaylar y motexar. Y
otras vezes juntas damas y caualleros cantar
música muy ordenada, que juzgaras estar aqui
los angeles en contina conueraat^ion y featim-
dad. Nunca alli entró cana, arruga, ni vejez;
sino solamente jauentud de doze hasta treynta
a&os, que se sepa comunicar en todo deleyte y
plazer. En esta casa siempre es abril y mayo,
porque nunca en todo el año el suaue y tem-
plado calor y fresco les falta; porque aquella
diosa lo dispone con su arte a medida de su vo-
luntad y necesidad. Acompañanla aqui a la
eontina muy valerosas damas que ella tiene en
BU compañía de su linaxe, y otras por amistad,
las quales atraen alli caualleros que vienen en
seguida de su valor. Estos hazen la corte mas
vfana y graciosa que nunca en casa de Rey ni
emperador tan adornada de cortesanía se vio.
Porque solamente entienden (}) en inucnciones
de traxes, justas, darnos y vayles; y otras a la
sonbra de muy apazibles arboles nouelan, mo-
tejan, rien con gran solaz; qual demanda ques-
tiones y pregmitas de amores; hazer sonetos,
coplas, villancicos, y otras agudezas en que a
la contina reciben plazer. Por lo alto y por los
xardines, por cima de chopos, fresnos, laiureles
y arrayanes, huelan calandrias, sirgueros, cana-
rios y ruyseñores que con su música hazen
Buaue melodía. Estando yo mirando toda esta
hermosura ya medio fuera de mi, se me pusie-
ron delante dos damas más de diuina que de
humana representación porque tales parecían
en su habito, modo y gesto; que todas venían
vestidas como de casa real. Trayan muy ricos
roquamados, joyas y piedras muy finas; rubíes,
esmeraldas, diamantes, balajes, zafires, jacintos
y de otras infinito numero que no cuento. Es-
tas puestas ante mi con humilde y agraciado
(*) Q., entiende,
rt G., en otra.
(") G., sino en.
(*) G., Re ocupan.
semblante, auicndoles yo hecho la cortesía que
a tales damas se les dcuía, con muy cortés ra-
zonamiento me ofrecieron el hospedaje y ser-
uícío de aquella noche de parte de la señora del
castillo; y yo auiendo aceptado la merced con
hazimíento de gracias, me dixeron estar me
aguardando arriba; y ansí dexando el cauallo a
mí escudero me guiaron por el escalera. Avn
no auiamos acabado de subir quando vimos a la
bella Saxe que venia por el corredor, la qual
con aquella cortesía y semblante me recibió
como si yo fuera el Señor de todo el mundo, y
ansí fue de toda aquella y trihunfante y agra-
ciada corte tan reuerenciado y acatado como sí
yo fuera todo el poder que los auia de mandar.
Era aquel palacio tan adornado y excelente, y
tan apuesta aquella bienauenturada (*) compa-
ñía que me parece que mi lengua la haze inju-
ria en querértelo todo pintar. Porque era ello
todo de tanto aparato y perfección, y mi inje-
nio de tan poca eloquencia que es necesario que
baje su hermosura y grandeza muy sin compa-
ración. Muchos abría a quien yo contasse esta
historia que por su 'poca esperiencia les pare-
ciese (*) manera de fingir. Pero esfuercome a te
la pintar a ti Mi*¡ilo lo más en la verdad que
puedo porque tengo entendido de tu cordura
que con tu buen crédito debajo destas toscas y
cortas palabras entenderás lo mucho que quiero
sinificar. Porque ciertamente era aquella corte
y compañía la más rica, la más hermosa, agra-
ciada y generosa que en el mundo nunca fue:
ni lengua humana con muy alta y adornada
eloquencia nunca podría encarecer, ni pluma
escreuir. Era toda de florida y bella edad, y
sola entre todas venia aquella mi bella diosa
relumbrando como el sol entre todas las estre-
llas, de belleza estrafia. Era su persona de
miembros tan formados quanto pudiera con la
agudeza de su ingenio pintar aquel famoso
Apeles con su pincel. Los cabellos luengos,
rubios y encrespados; trancados con vn cordón
de oro que venia a hazer una injeníosa lacada
sobre el lado derecho de donde colgaua vn jo-
yel que no auia juizio que le bastasse esti-
mar (^). Traya los carrillos muy colorados de
rosas y jazmines, y la frente parecía ser de vn
liso marfil; ancha, espaciosa, llana y conue-
níente, que el sol hazia eclipsar con su resplan-
dor. Debajo de dos arcos de cejas negras como
el fino azabache le están baylando dos soles
piadosos a alunbrar a los que los miran, que
parecía estar amor jugando en ellos y de alli
disparar tiros gentiles con que visiblemente va
matando a qualquier hombre que con ellos echa
(•) G., juuenil.
(»l G., parecería.
(^) G., de inestimable valor.
150
ORÍGENES DE LA NOVELA
dfí Yor, La nariz pequeña y afilada, en quo na-
taraloza mostró su pcrfecion. Muí^strasse debajo
do dos poquoños valles la chica boca de coral
nuiy fino, y dfMitro della al abrir y cerrar de un
lubrio angelical se niuostran dos liylos de per-
las nricütttles i\\io, trae por dientes. Aqui se for-
man celestiales palabras que bastan aiilandar
corazones de diamanta*. Aqui se forma vn reyr
tan suaue que a todos fuerza a obede9er. Tenia
el cuello redondo, luengo y sacado, y el pecho
ancho, lleno y blanco como la nieue, y a cada
lado puesta en di vna mangana qual siendo ella
diosa pudiera poner en si para mostrar su her-
mosura y perfe^ion. Todo lo demás que secreto
está, como cuerdo puedes juzgar corresponder
a lo que se nuiestra de fuera en la mesma pro-
porción. En fin en edad de catorce años escogió
la hern)osura que naturaleza en yna dama pudo
dar. Pues visto lo mucho que te he dicho de su
veldad no te marauillarás, Mi^ilo, si te digo que
de enamorado de su belhíza me perdi; y encan-
tado sali de mi, porque depositada en su mano
mi libertad me rendi a lo nue de mi quisiesse
hazer.
MiriLO. — Por cierto no me marauillo, Gallo,
si p^rdicRses el juizio por tan estremada hcr-
mosura, pues a mi mo tiene encantado en solo
te lo oyr.
Gallo. — Pues andando ansi. como al lado
me tomó, siguiéndonos toda aquella graciosa
compañia, me yua ofreciendo con palabras de
toda cortesania á su sabjecion: proponiendo
nunca (pierer ni demandar libertad, teniendo
por aueriguado que todo el merecer del mimdo
no podia llegar a poseer joya de tan alto valor;
y avn juzgaua por bíenauenturado al que resi-
diendo en su presencia se le diesse sola su gra-
cia sin mas pcMÜr. Hablando en muy graciosos
reípiiebros, faboreciendome con vnos ofrecimien-
tos muy comedidos: vnas vezes por mi persona,
otras diziondo que por quien me embiaua alli.
Entramos a vna gran sala adornada de muy
sumptuosa y cstraña tapicería: donde al cabo
della estaua vn gran estrado, y en el medio ddl
yn poco más alto, que mostrana alguna diffe-
rencia que se daua algo a sentir, estaua debajo
de un ríco dosel de brocado hecho el asiento de
la bella Saxc con muchos coxines, debajo del
qual junto consigo me metió; y luego fue lleno
todo el estrado de graciosas damas y caualleros,
y comencando nuicha música de menestriles se
eomenco vn diuino serao. Y después que todos
aquellos galanes huuieron dancado con sus da-
mas muy a su contento y yo con la mia dance,
entraron en la sala muchos pajes con muy ga-
lanes libreas, (^on hachas en sus manos, que los
guiaua vn maestresala que nos llamó a la cena;
y leuantandose todos aquellos caualleros, to-
mando cada qual por la mano a su dama fue-
mos guiados por vna escalera que decendia
sobre vn vergel, donde estaua hecho m paseo
debajo de vnos corredores altos que (*ayan sobre
la gran huerta; el qual paseo era de largo de
dí>cientos pies. Eran tocüís las colunas de ver-
dadero jaspe puestas por muy gentil y agra-
ciado orden ; t<xlas corradas de arriba abajo con
muy entretexidos gazmines (}) y rosales que
dañan en aquella pieza muy suave olor, con
lo (') que lancanan de si muchos clabeles y al-
bahacas y naranjos que estañan c^rca de alli.
Estaua vna mesa puesta en el medio de aquella
pieza que era de largo i^ien pies, puestos los
manteles, sillas y aparato, y ansi como delu-
dimos a lo bajo comencó a sonar gprandissimo
numero y differencia de música: de trompetas,
cheremias, sacabuches, dulcaynas, nautas, cor-
netas y otras muchas differencias de sonajas
muy graciosas y apazibles que adomauan ma-
cho la fiesta y engrandecian la magestad y en-
chian los coracones de nmcha alegría y plazer.
Ansi se sentaron todos aquellos caualleros y
damas en la mesa, vna dama con vn cauallero
por su orden ; y luego se eomenco la cena a
seruir, la qual era tan sumptuosa y epulenta
de viandas y aparato de oro^ plata, ríqueaa y
seruicio que no hay injenio que la pueda des-
creuir en particular.
MiviLO. — Alguna parte della nos falta agora
aqui.
Gallo. — Fueron alli semidosen oro ¡f plata
todos los manjare» que la tierra produce y los
que el ayre y el mar crían, y los que ha inqni-
rído por el mundo la ambición y gula de los
hombres sin que la hambre ni negerídad lo
requiriesse. Seruian a las manos en fuentes de
cristal agua rosada y do azahar; y el vino en
perlas cabadas muy grandes, y no se precia-
uan (') alli de beuer niños muy preciados de
Castilla; pero traídos de Candía, de Grecia y
Egipto. Eran las mesas de c^dro eoxido del
Lil)ano, y del ciprés oloroso asentadas sobre
peanas de marfil. Los estrados y sillas en que
estañamos sentados al comer eran labradas a
manera de taraces de gemas y jaspes finos; ^os
asientos y respaldares eran de brocado y de
muy fino carmesí de Tiro.
Mi<;iL0. — ¡O gallo! qué sabroso me es es-
te (•) tu canto: no me parece sino que poeeo
al presente el oro de aquel ríco Midas y Creso,
y que estoy asentado a las opulentas mesas del
emperador Eliogabalo. Querría que en <}\en
años no se me acabasse esta bienaventuranca
en que agora estoy. Mucho me entrísteze la
misería en que pienso venir quando amanezca.
(<) G., jazmines.
IM G., el.
(>) G., conten tauan.
(í) R., eRe.
EL CROTALON
151
Gallo.— Todos aquellos canalleros enten-
dían con sns damas en macho regocijo y pala-
cio, en motejarse y en discantar donayrcs y
motes y sonetos de amores: notándose Ynos a
otros de algunos graciosos dcscuydos en las
leyes del amor. La mi diosa puesto en mi su
coraron me sacaua con fabores y donaires á
toda cortesanía. Cada yee que me miraua, agora
fuesse derecho, agora al traues, nic encantoua
y me conuertia todo en si sacándome de mi
natural. Sentimc tan preso de su gran valor
que no pudiendo disimular lo dixe: ¡O. señora!
no más. Piedad, señora, que ya no sufro pa-
9Íen9Ía que no me dé a merced. Como fueron
acabadas las viandas y aleadas las mesas, cada
qual se apartó con su dama sobre topetes y co-
xines de rcquamados de diuerso color. Donde
en el entre tonto que se Ucgaua la hora del
dormir ordenaron vn juego para su solaz. El
qual era: que cada qual con su dama muy se-
creto y á la oreja le (}) preguntosse lo que más
se le antoje; y la primera y mas principal ley
del juego es: que infalíbrcmente se responda
la verdad. Fue este juego gran ocasión y apa-
rejo para que entre mí y mi diosa se doclaras-
se (*) nuestro deseo y pena: porque yo le pre-
gunté conjurándola con las leyes del juego, me
diga en quien tuuiesse puesto su fe, y ella muy
de coraron me dixo, que en mí. Con la qual
confession se perro el proceso, estando ella se-
gura de mi voluntad y amor; y ansí concerta-
mos que como yo fuesse recogido en mi cámara
en el sosiego de la obscura noche, ella se yria
para mi. Con esto promessa y fe se desbarató
el juego de acuerdo do todos, y ansí parecieron
muchos pajes delante con hachas que con su
lunbre qnitauan las tinieblas, y hazian de la no-
che dia claro, y después que con confites, cane-
lones, alcorzas y mazapanes y buen vino hezi-
mos todos colapion: hecha por todos vna general
reuerenpia, toda aquella graciosa y excelente
corte mostrando quererme acompañar se des-
pidió de mi ; y hecho el deuido cunplimiento á
la mí bella dama, dándonos con los ojos á en-
tender la palabra que quedana entro nos, me
guiaron las dos damas que me metieron en el
castillo basto vna cismara de entoldo y aparato
celestial, donde llegado aquellas dos diosas con
vn agraciado semblante se despidieron de mi.
Dexaronme vn escudero y vn paje de guarda
que me descalcó, y dexando vna vela encendida
en medio de la cámara se fueron, y yo me de-
posité en vna cama díspucRto á todo dcleyte y
Slazer, entre vnos Heneas que parecía auerlos
ilado arañas con todo primor. Olia la cámara
á muy Ruabes pastillas: y la cama y ropa á agua
i
«) R.. ie.
*) R., declare.
de angeles y azahar; y quedando yo solo puse
mi sentidos y oreja atento todo á si mi diosa
venia. Por muy poco sonido que oya me alte-
raua todo creyendo que olla fuosso, y como me
hallase engañado no hazia sino enbiar sospiros
que la despertossen y luego de nueuo me reco-
giti con nueua atención midiendo los passos
que de su aposento al mío podía auer. Consi-
deraua cualquiera ocupación que la podía estor-
bar; lebantauame de la cama muy pasito y
abría la puerto y miraua á tadas partes si sen-
tía algún meneo o bullicio, o vía alguna luz: y
como no via cosa alguna con g^n desconsuelo
me boluía acostor. Deshaziame de zelos sospe-
chando por mi poco merecer, sí burlándose de
mí estoua en los brazos de otro amor, y estondo
yo en esto congoja y fatiga estoua mi diosa
aparejándose para venir con la quietud de la
noche: no porque tiene necesidad de aguardar
tiempo, pues con echar en todos vn sueño pro-
fundo lo podia todo asegurar. Poro por enca-
recerme á mí más ol propio de su valor, y la
estima que de su persona se deuia tener, aguar*
daua haziendoseme vn poco ausente, estando
siempre por su gran poder y saber ante mí; y
quando me vi más desospenuio siento que con
vn poco de rumor entre la puerto y las cortinas
me com'ienca pasito á llamar, y yo como la oy,
como suele acontecer si alguno ha peleado gran
rato en vn hondo piélago con las malezas que
le querían ahogar, y ansí afanando sale asién-
dose á las espadañas y ramas de la orilla que
no se atreue ni se confía dellas porque se le
rompen en las manos, y con gran trabajo meto
las uñas en el arena por salir, ansí como yo la
oy á mi señora y mi diosa salto de la cama sin
sufrimiento alguno: y recogiéndola en los (})
bracos me la comience) á bessar y abracar. Ella
venia desnuda en vna delgada camisa: cubier-
tos sus delicados mienbros con vna ropa sutil
de cendal, que como las rosas puestos en vn
vidrio toda se trasluzia. Traya sus hermosos
y dorados cabellos cogidos con vn gracioso y
rico garbín, y dexando la ropa de acuestas, que
avn para ello no le daua mi sufrimiento lugar,
nos fuemos en vno á la cama. No te quiero
dezir más sino que la lucha de Hercules y An-
teo te pareciera alli. Tan firmes estouamos
afferrados como puedes imaginai* de nuestro
amor: que ninguna yedra que á planto se
abraza podia compararse á ambos á dos. Ve-
nida la mañana la mi diosa se leuantó: y lo
más secreto que pudo se fue á su aposento, y
luego con vn su camarero me enbió vn vestido
de recamado encamado con vnos golpes sobre
vn tafeton aznl, tomados con vnas cintos y
cíanos de oro del mesmo color; y quando yo
(•) G., mis.
152
ORÍGENES DE LA NOVELA
sentí el palacio estar de conuersa^ion m<» leñan-
te y atauié y salí á la ^ran sala donde hallé
vestida á la uii diosa de la inesma librea, que
con amoroso donayrc y semblante me recibió;
á la qual sígaieron (*) to<lus aquellos cortesa-
nos por saber que la bazian mucho plazer; y
ansí cada dia mudauamos ambos dos y tres li-
breas de vna mesma denisa y color á vna y otra
vsan^a, de diuersidad dí> na(;i(íne8 y j)rouin9Ías;
y luego tíxloB nos ruenn»s a ver muy lindos y
poderosos estanques, riberas, bosques, jardines
que auía en la casa para entretemos hasta que
fue llegada la hora del comer. La qual como
fue llegada y el maestresala nos fue a llamar
beluimos a la gran sala: donde cstaua todo
aparejado con la mesma sumptuosidad que la
noche passada; y ansí conmenyando la música
comcn9o el 8eruÍ9Ío del comer; fuemos seruidos
con la mesma magestad y aparato que allí es-
taua en costunbre, y después como fue acabado
el yantar y se leuantaron las mesas quedamos
todos hablando con diuersas cosas, de damas,
dé amores, de fiestas, justas y torneos. De lo
qual venimos a hablar en la corte del Enpera-
dor Garios Quinto deste nonbre nuestro Rey y
señor de Castilla. En la qual platica me quise
yo mostrar adelantándome entre todos por en-
grandecer su estado y magestad, pues de mas
de ser yo su vasallo, por llenar sus gajes era
mi Señor. Lo qual todos aquellos caualleros y
damas oyeron con atención y voluntad, y al-
gunos que de su corte tenian noticia proseguían
comigo en la pnieba de mi intento; y como mi
diosa me conoció tan puesto en aquel proposi-
to, sin darme lugar a muchas palabras me dixo.
Señor, porque de nuestra corte y hospedaje va-
yas contento, y porque ninguno deste parayso
sale desgraciado, quiero que sepas agora como
en esta nuestra casa se honrra y se estima ese
bienauenturado príncipe por Rey y Señor. Por-
que nuestra progenie y decendencia tenemos
por derecha linea de los Reyes de Castilla; y
por tales nos trataron los reyes catholicos don
Fernando y doña Ysabcl, dignos de eternal
memoria; y como fuesse de tanto valor esc
nieto suyo por los buenos hados que se junta-
ron en él, esta casa siempre le ha hecho gran
veneración, y ansi vna visabuela mia que fue en
esta tierra la más sabia muger que en ella imnca
nació en las artes y buen hado, se empleó mu-
cho en saber los sucesos deste valeroso y Ínclito
principe, y ansi edificó vna sala muy ríca en
esta casa y todo lo que con sus artes alcancó
en vna noche lo hizo pintar alli ; y porque en
ninguna cosa aquella visabuela mia mintió de
quanto alli hizo a sus familiares pintar confor-
me a lo que por este fclicissimo príncipe pasara,
(I) G., úgaiendo.
te lo mostraré hecho por nuiy grau orden do-
Cientos años ha. Alli verás su buena fortuna y
su buen hado do que fue hadado, por las gran-
des vatallas ((ue en tiempos aduenideros ven-
cerá, y gentes belicosas que traerá a su subje-
cion ; y diziendo esto se leuantó de donde estaua
sentada, y con ella vo y toda aquella corte de
damas y caualleros (jue por el semejante lo de-
seauau ver, y ansi nos f nomos todc)8 donde nos
guió, ((ue como con vna cadona nos lleuaua
tras si. Y porque ya parece, Micilo, que es tarde
y tienes gana de dormir, porque siento que es
ya la media noche, quiero por agora dexar Q)
de cantar; y ]>orqne parece que nos desordena-
mos cantando a prima noche, nos boluamos a
nuestra acostunbrada hora de nuestra canción,
que es quando el alúa quiere romper, porque es
mas conforme a nuestro natural; y ansi para el
canto que se sigue quedará lo demás.
Mic,'iLO. — ¡O gallo! quan fuera de mi me
has tenido con esta tu sabrosa canción de co-
mida y aparato sumptuoso; y nosotros no te-
nemos más de cada quatro habas que comer oy.
Solamente quisiera tener el cargo de limpiar
aquella plata y oro que alli se ensució, por go-
zar alguna parte del deleyte que reciben estos
ricos en lo tratar. Ruegote que no me dexes de
contar lo que en el ñn te sucedió; y agora,
pnes quieres, vamonos a donnir.
Pin del quinto canto del gallo de Lua'ano.
ARGUMENTO DEL SEXTO CANTO
En el sexto canto que se f^lgue el auctor descríue por Industria
admirable de vna pintara las victorias que el nuestro inoic-
Üstimu Emperador Carlos quinto deste nombre obo en U
prisión del Rey Francisco de Francia en Paula, y la que obo
en Túnez y en la batalla que dio a Lansgraue y a Juan duque
de Saxonla y liga de herejes alemanes junto al rio AIUs en
Alemania ["*).
Gallo. — Si duermes, Micilo, despierta.
MiriLO. — Di, gallo; que despierto estoy y
con voluntad de oyrte.
Gallo. — Deseo mucho oy discantar aquella
facunda historia que alli descriuio aquel pintor.
Porque era de tanta excelencia, de tanto spirí-
tu, y de tanta magestad; de tanta extrafieca el
puesto y repuesto de todo quanto alli pintó
que no ay lengua que pueda llegar allá. Dezian
los antiguos que la escriptura era la Retorica
sin lengua; y de aquella pintura dixeran que
era la eloquencia hablada. Porque tanta ventaja
me parece que lleuaua aquella pintura a lo que
Demostenes, Tiülio, Esquines^ y Tito Linio
(*) G., quiero que por agora dexemoa.
{*) Tachado: SigneRse el aeiito canto del gallo de
Luciano orador griego, contrahecho en el castellano
por el mesmo autor.
EL CUOTALON
153
pudieran en aqnol proposito orar, como lo ver-
dadero y renl llena d¡ffereii<;ia y ventaja a la
sonbra y fisión. Veras alli los lionhres vibos
que no les fftltaua sino el spirítn y lengua con
que hablar. Si con grande aífecto hasta agora
Le hablado por te conplazer, agora en lo que
dixerc pretendo mi ínteres; que es descriuiendo
la suuptuosidad de aquella casa y el gran saber
de ai|uella maga discantar el valor y magestad
de Carlos medio Dios; porque sepan oy los
honbres que el gallo sabe orar.
MiciLO. — Pues de mi confiado puedes estar
que te prestaré la deuida atención.
Gallo. — Pues como al mouimiento de la mi
bella Saxe toda aquella corte diuina se leuantó
en pie, tomando yo por la mano a mi diosa nos
fuemoB a salir a vn corredor; y en yn cuarto del
llegamos a vnas grandes puertas que estañan
perradas, que mostrauan ser del parayso terre-
nal. Eran todas, avnque grandes, del hebano
mareotico sin mezcla de otra madera; y tenia
toda la clabazon de plata; y no porque no fues-
se alli tan fa^il el oro de auer, sino porque no
es el oro metal de tanta trabazón. Estañan por
las puertas con grande artifípio entretexidas
conchas de aquel preciado galápago indio, y en-
tresembradas muchas esmeraldas que variaban
el color. Eran los vnbrales y portada del mar-
mol fino y marfil^ jaspe y cornerina; y no sola-
mente era destas pre9Íosas piedras lo que pare-
mia por los remates del edeíipio, pero avn auia
tan grandes piezas que por su grandeza tenian
fuerza bastante para que cargasse en ellas parte
del edefípio. La bella Saxe sacó vna llaue de
oro que mostró traerla siempre consigo, por-
que no era aquella sala de confiar, por ser el
secreto y vigor de sus artes, encanto y memo-
ria; y como fueron las puertas abiertas hizie-
ron vn brauo niydo que a todos nos dio pa-
bor« Pero al animo que nos dio nuestra diosa
todos con esfuer90 entramos. Era tan sunptuo-
so aquel edefiyio como el templo mas rico que
en el mundo Fue. Porque excedia sin compara-
ción al que descriuen los muy eloquentes histo-
riadores de Diana de Effeso y de Apolo en Del-
phos quando quieren más encarecer su hermo-
sura y sumptnosidad. No pienso que diria mu-
cho quando dixease expeder a los siete edefipios
que por admirables los llamaron los antiguos
los siete milagpros del mundo. Era el techo de
artesones de oro mapipo, y de mozaraues carga-
dos de riquezas. Tenia las vigas metidas en
grueso canto de oro: y el marmol y marfil, ja«-
pe, oro y plata no tenia solamente la sobrehaz
y cubierta del preciado metal y obra rica, pero
la coluna era entera y ma^'ipa, que con su gro-
sera y fortaleza sustentaua el edefipio; y ansi
auia de pedazos de oro y plata grandes piezas
de aquellas entalladuras y molduras. Alli estaña
la ágata, no solo para ser vista, poro para cre-
pimicnto de la obra; y la colorada sardo está (')
alli que a todo daña hermosura y fortaleza; y
t<xlo el pabiniento ora enladrillado de corneri-
nas y turquesas y jacintos; yua quatro palmos
del suelo por la pared por orla de la pintura vn
musayco de piedras finas del Oriente, (|ue des-
baraUuan todo juizío con su resplandor. Dia-
mantes, esmeraldas, rubi(>s, zafires, topazios y
carbuncos ; y luego comentaba la pintura, obra
do gran magcstad; y ansi luego comenpo la mi
bella Saxe a mostrarnos toda aquella diuinada
historia, cada pailc por si, dándonosla a enten-
der. Dixo: veys alli ante todas cosas cómo vien-
do el Rey Franpisco de Francia las alterayiones
que en Castilla lenantaron las Comunidades por
la ansenpia de su Rey , pareciendole que era tiem-
po conueniente en aquella disensión para tomar
fácilmente el Reino de Nauarra, enbiósuexergi-
to. El cual apoderado en la piudad de Pamplo-
na y en todas las villas y castillos della han cor-
rido hasta Estella y puesto cerco sobre la ciudad
de Logroño: la cual ciudad como valerosa se
ha defendido con gran daño de franceses. Ago-
ra veys aqui como los gouemadores de Castilla
auiendo pacificado las disensiones del reyno,
auiendo nueua del estado en que al presente
está el reyno de Nauarra determinan todos jun-
tos con su poder venir a remediar el daño he-
cho por franceses y restituir el reyno a su rey
de Castilla que al presente estaña en Flandes:
lo qnal todo que veys ha dopientos años que se
pintó; y quierotc agora, señor, mostrar lo que
desta tu guerra, a que ybas agora sucederá.
Ves aqui como sintiendo los franceses venir los
gouernadores de Castilla leuantan el cerco de
Logroño, y retiranse a la ciudad de Pamplona
por hazerse fuertes alli. Yes aqui como el Con-
destable y todos los otros Señores de Castilla,
ordenadas sus batallas los siguen en el alcance
a la mayor furia y ardid que pueden; ansi ves
aqui como los atajan el camino junto a la ciu-
dad de Pamplona (*), donde el miércoles que
vema, que serán quinze deste mes, todos con
animo y esf uerpo de valerosos principes los aco-
meten diziendo: España, España, Sanctiago:
y ansi veslos aqui rotos y muertos mas de cinco
üvüL franqesea sin peligrar veynte personas de
Castilla. Dexote de mostrar las brauezas que
estos capitanes en particular hizieron aqui con-
forme a lo que se pintó: las quales no ay lengua
que las pueda encarecer. Entonces le demandé
a mi diosa licencia para me hallar alli: y ella me
dixo: no te hago, señor ('), poco seruicio en te
detener: porque yo he alcancado por mi saber
(*) G., estaaa.
('i G., antefl que entren en la ciudad, eistando ya
junto.
(■) G., pequeño.
154
ORÍGENES DE LA NOVELA
el i>el¡gro en quo tu persona nuia de venir: y
ansi prouoyeron tuB hados que yo te aya de
sainar (u\\i\. No qnieras más Imonanentura que
posfenue a mi. Yo me le rí^ndi [x^r perpetuo
basallo y juró de nunca me reuelar a su imperio.
Y ansi luego prosiguió diziendo: Veys acjui
cómo con esta vitoria quedó desenbara^ado de
fi*an9eseB todo el rey no do Nauarra, y los go-
ucrnadores se buelucn en Castilla dejando por
virrey deste rcyno al conde de Miranda. El qual
va luego sobre el castillo de Maya y le combate
con gran ardid, y lo entra y mata a quantos
dentro están. Veis aquí cómo siendo Garlos
anisado por los de su reyno la necesidad que
tienen do su venida y preBen9Ía, despedidos
nmi'hos y muy arduos negocios que tenia en
Alemania se embarca para venir cu España en
diez y ocho do julio del año de mil y quinien*
tos y veynte y tres con gran pujanza de arma-
da. Veys aqui cómo se viene por Ingalaterra
por visitar al rey y reyna su tia, de los quales
será re^evido ccm nmeha alegría, y lo hazcn
muchas y muy solones fiestas. Las quales aca-
badas y despedido do aquellos cristíanissimos
Reyes so viene a España aportando a la villa
de Laredo, dondo os recibido con plazer de los
grandes del reyno que le estaran allí aguardan-
do. Veis aqui cómo viendo el Rey Francisco de
Francia no aucr salido con la empresa de Na-
uarra, y visto que el Prin9¡pe (O de Castilla
Carlos está ya en su reyno, determina en el año
de mil y quinientos y veynte y quatro empren-
der vn acometimiento de mayor interés, y fue
que acuerda con todo su poder y muy pujante
ezcr^íto tomar el ducado de Milán y teniendo
gentis de su valia dentro de (}) la ^iudad de Mi-
lán tumesma persona estawlo presente poner (*)
9erco a la 9iu(lml de Pauia, en que al presente
está por teniente el nunca venyido capitán An-
tonio de Lcyna con alguna gente española y
ytaliana que tiene para en su defensa. Veys
at[ui cómo teniendo el rey do Fran9Ía 9ercada
esta 9Íudad acuden a su defensa todos los capi-
tanes y compañías que el Rey de Castilla tiene
en aquella sason por la Italia y Lombardia, y
todos los prin9ipes y señores que están en su
8eniÍ9Ío y liga. Viene aqui en defensa Cario de
Lanaya, o Charles de Limoy que enton9C8 es-
tara por visorrey de Ñapóles, y el marques de
Pescara, y el illustríssimo duque de Borbon, y
el duque de Tracto, y don Femando de Alar-
con, y Pero Antonio conde de Policastro; y
avnqne todos estos señores tienen aqui sus ca-
pitanes y compañías en alguna cantidad, no es
tanto como la tercera (}) parto de la que el Rey
(•)G.,Rey.
(•) G., en.
(3) G., puflo.
(^) G., teryia.
de Francia tiene en su campo. Pues como el
exeryito del rey de Castilla está aqui seys me-
stís en que alcnnca UAo el inuierno, padc9Íendo
gran trabajo, y como el Rey de Fran9Ía no aco-
mete ni hazo cosa de que le puedan entender
su determinayion, determinan los españoles
darle la batalla por acabar de partir esta porfia;
y veys íu\\x\ cómo auiendo el marques do Pea*
cara a los diez y nueue de hebrero del año de
mil y quinientos y veynte y finco dado vn asal-
to en el campo de los fran9«8es por probar su
cuy dado y resÍ8tcn9Ía, en el qual con dos mil
españoles acomete a diez mil, y sin perder diez
hombres de los suyos les mata mil y do9Ícnto8,
y les gana vn bestión con ocho piezas de arti-
llería. Pues viendo esta flaqueza acuerda el vir-
rey con todos aquellos señores dar la batalla al
rey de Fran9Ía en el lugar donde está fortale-
zido; y ansi el viernes que son veynte y qnatro
dias del dicho mes de hebrero; vn hora antes
del dia trayendo todos eamisas sobre las armas,
porque se (conozcan en la batalla, dando alguna
poca de gente con muchos atamborcs y trom-
petas al arma por la puerta del hospital de San
Lázaro, donde están los fosos y bestiones de
los franpeses para estorbar que los imperiales
no entren en Pauia; y mientra estos hazen este
ruydo, la otra gente rompe con 9Íertos injenios
y instrumentos por algunas partes el muro del
parco; y dan aqui como veys en sus enemigas.
De todo esto es anisado el Rey de Fran9Ía por
secreto que se haze, y ansi manda la noche an-
tes que todos los mercaderes, y los que venden
mantenimientos y otra gente inútil para la guer-
ra salgan del real por dezar escuta la plaza. Los
quales luego se ])onen el campo y el Tesin so-
bre Pauia, donde el Rey tiene echo vn puente
para passar las vituallas que vienen de Piamon-
tc. De manera que quando los imperíales po-
nen en effecto su empresa ya el Rey de Fran-
9Ía con todo su exer9Íto está armado y puesto
en orden de batalla, y no se rompe tan presto
el muro que no se puedan muy bien cono9er
vnos a otros en la batalla sin diuisa. El mar-
ques de Pescara toma consigo sete9Íento8 caba-
llos ligeros y otros tantos arcabuzeros españo-
les, y la gente de armas hecha dos partes llena
el virrey la auang^ardia, y el duque de Borbon
la batalla: y los otros caualleros ligeros llena el
duque de Tracto. El marques del Gasto lleva
la infantería española; la infantería ytaliana y
lan9enequeneques se haze tres partes; la vna es
cabo el conde do Guiama; y de la otra es cal>o
Jorge cauallcro alemán; y del otro es cabo otro
capitán de alemanes; y ves aqui cómo en el
punto que el muro del parco es derribado y los
imperiales llegan a la plaza los snyzaros se ha-
zen en contra de los alemanes y juntos comba-
ten muy hermosamente de las picas, y juega
EL CROTALON
155
con tanto espanto la (') artillería, qne todo el
campo mete a temor y braueza, y ansí cada qnal
lleno de yra TUsca a su enemigo: y rcbolnien-
dose todas las csquadras y batallas de genio de
armas y caaallos ligeros, se en9Ícudo vna cruel
y sangrienta contienda (^) y luego del castillo
y 9Íudad do Paula, por oñta puerta que se dize
de Milán, salen en fabor de España quatro mil
y quinientos infantes con sus piezas de artille-
ría y do^ientos hombres de armas, y trecientos
canallos ligeros. Los quales todos dan en la
g^nte ytaliana de los franceses, qne está en esta
parte aposentada, la qaal fácilmente fue rota y
desbaratada. Aqui llega vn soberuio soldado, y
sin catar reuerencia al gran Musiur de la Pa-
usa le echa yna pica por la boca, que encon-
trándole con la lengua se la echa juntamente
con la Tida por el colodrillo. Un arcabuzero es-
pañol asesta a Musiur el Almirante que da bo-
zcs a sus soldados que passen adelante: y ha-
llando la pelota la boca abierta, sin hazer feal-
dad en dientes ni lengua le passa a la otra par-
te, y cae muerto luego; yendo Musiur de Alue-
ñi con el brapo aleado a (}) herir con el espada
a Yn príncipe español, llega al mcsmo tiempo
yn otro eaoallero de España y córtale el braco
por el honbro y juntamente cae el braco y su
poseedor sin la vida. Musiur Buysi recogién-
dole con ma herída casi de muerte le alcancau
otra que le acaba. El conde de Tracto arrojó (})
una lanca a Musiur de la Tramuglia, que dán-
dole por cima la yedixa le cose con la brída y
cae muerto él y su oauallo. El duque de Bor*
bon hyere de vna hacha de armas sobre la ca-
beca a Musiur el gran Escuir, que juntamente
le echó los sesos y la yida fuera. Un cauallero
ytaliano, criado de la casa del marques de Pes-
cara, da ana cachillada sobre la zelada a Mu-
siur de Cliete que le saltó de la cabeca: y acu-
diendo con otro golpe, antes que se guarde le
abre hasta la nariz. Un soldado csj)añol esgrí-
miendo con yn montante se encontró en la ha^
talla con Musiur de Boys, y derrocando de yna
estocada el cauallo, en cayendo en el suelo cor-
ta al señor la cabeca. Otro soldado de la mes-
ma nación, jugando con yna pica, passa de yn
bote por yn lado al duque de Fusolca y (') le
salió el hierro al otro; y luego da otro golpe al
herniano del duque de Loren en los pechos que
le derrneca del cauallo: y la furía de otros oa-
uallos que passan le matan hollándole. Tam-
bién este mismo hiere a Musiur de Sciampaña,
que yenia en compañia destos dos principes, y
le hase igual y compañero en la muerte. Veis
(«) G., el.
>) O., batalla.
'•) Gm por.
¡^) G., arroja.
^) G., qne.
i
aqui cómo el Rey de Francia, viendo roto su
cam])o piensa saluarse por el puente del Tosin ;
y otra mucha jmrte do su exorcito quo ant« él
van huyondo con intención do so sainar por alli:
los quales todos son muertos a manos de los
canallos ligeros borgoñones, y muchos ahoga-
dos on el rio; porque los mercaderes y tenderos
que el dia antes hazcn salir del real, como ven
en rota el campo de Francia, se passan el rio
y quiebran el puente por asegurar que los es-
pañoles no los signan y roben; y ansi sucede,
que yendo el Rey de Fran<;ía al puente por se
sainar, a cinco millas de donde la batalla se dio,
le encuentran en su cauallo quatro arcabuzeros
españoles, los quales, sin conocerle se le ponen
delante, y le dizen que se rinda; y no respon-
diendo el Rey, mas queriendo passar adelante,
vno de los arcabuzeros le da con el arcabuz vn
golpe en la cabeca del cauallo de que el cauallo
cae en vn foso, como aqui le veys caydo; y
a esta sazón llega vn hombre de armas y dos
canallos ligeros del marques de Pescara: y como
ven el cauallero rícamente atauiado y ol collar
de San Miguel al cuello quieren que los arca-
buzeros partan con ellos la presa, amenayando-
les que donde no la partieren que les matarán
el prisionero. En esto llegó vn criado de Mu-
siur de Borbon, y como conoce al Rey de Fran-
cia ya al virrey qne viene alli cerca y auisale el
estado en que está el Rey; y llegado el virrey
haze sacar al Rey debajo del cauallo: y deman-
dándole si es el Rey de Francia y a quién se
rinde, responde, sabiendo que aquel es el virrey,
que el es el Rey de Francia, y que se rínde al
Emperador; y veys aqui cómo luego le desar-
man quedando en calcas y jubón, herido de dos
pequeñas herídas, yna en el rostro y otra on la
mano: y ansi es llenado a Pauia y puesto en
buena guarda y recado. Y el virrey luego des-
pacha al comendador Peñalosa que lo haga sa-
ber en España al Rey Q). El qnal es recebido
con aquella alegría y plazer que tal nueua y vi-
toría merece. En compañia del Rey de Francia
son presos el que se dize ser Rey de Nauarra,
y Musiur el Gran Maestre, y Memoransi, y el
vastardo de Sauoya, y el señor Galeazo Vis-
conte, y el señor Federíco de Bozoli, y Musiur
San Pole, y Musiur de Bríon, v el hermano del
marqués de Saluzo, y Musiur la Valle, y Mu-
siur Sciande, y Musiur Ambrecomte, y Musiur
Caualero, y Musiur la Mota, y el thesorero del
Rey, y Musiur del Escut, y otros muchos ca-
ualleros, príncipes y grandes de Francia que
veys aqui juntos rendidos a prisión, cuyos nom-
bres sería largo contaros.
Y luego acabado de nos mostrar en aquella
pintura esta vitoria y buenauentura del nuestro
(*) G.. Emperador.
15C
ORÍGENES DE LA NOVELA
foli^issiino Carlos prin9Ípo y lioy de Espafui
nos pasaó a otro quarUíl, donde no con menos
primor j pcrferion del arte estaiia pintada la
imporial coríma^ion y trihunt'o (,Vsar¡co (*) que
hi/iO en Bolonia en el ano de mil y quinientos y
veynte y nueue afío«, siendo pontifice el papa
Clemente séptimo; y tanbien el viaje que liaze
luego alli en Alemana por resistir al tvirco (¿ue
viene con gran píxler hasta Viena por destruir
la cristiandad; y veys aqui todo su campo y ba-
tallas puestas apunto, y cómo le haze retirar.
Y como nos obo mostrado en todo primor de
la pintura todas estas grandezas nos paseó a
otro paño de la pared, y nos mostró la tercera
Vitoria igual a las passadas que obo en el rey no
de Túnez diez años después, que fue en el año
de mil y quinientos y treynta y vinco; y ansi
nos comentó a dezir. Veis aqui cómo después
que este bienauenturado príuQipe huuiere hecho
vn admirable alarde de su gente y cxer^ito en
la 9Íudad de Barcelona sin dezir a ninguno
donde va: veis aqui cómo vn miércoles nueue
de Junio, estando todo el campo a punto de
guerra y partida como conuiene, auiendo los
tres diaA antes anisado, manda leuantar las ue-
las: las quales son trecientas en que va la ñor
y prez de España, y con gran música y bozeria
mueuen soltando mucha artillería del mar y
tierra, que es cosa marauillosa de ver. Veis
aqui cómo el sábado siguiente a las seys de la
mañana llega toda la armada a la ysla de (^er-
deña, donde hallan al marques del Gasto que
con Ru armada y compañía les (^) está aguar-
dando. Tiene consigo ocho mil alemanes y dos
mil y quinientos españoles de los viejos de Yta-
lia; y siendo aqui rebebidos con muy solene
salua se rehazen de todo lo necesario, y luego
el lunes adelante, que son catorce del mes, salen
del puerto alas seys de la mañana con prospero
viento, guardado el orden necesario; y el mar-
tes alas nueue horas de la mañana llegan a la
vista de la Goleta, que es en las (') riberas y
costa de Túnez: puerto y castillo inexpugnable.
Pues tomada tierra avnque con alguna defensa
de los contrarios (*) ; ponqué luego acudieron al
agua gran caiüidad de moros, turcos y geniza-
ros, a defenderles el puerto. Pero jugando desde
los nauioB muy poderosa artillería apartaron (')
los enemigos del puerto, tanto, que todos aque-
llos señores y principes sin peligro se pueden
saltar a tierra; y ansi todos recogidos por aque-
llos campos con la mejor guarda y miramiento
que pueden se aloxan hasta que todo el canpo
es desembarcado. Después que en dos dias en-
(*) G., Qe»reo.
n G., los.
(*) R. (Tachado), pnertoR y.
(*) G., renifitencia de loe enemigos.
(■) G., apartan.
toros han desenbarcado armas y cauallos y apa-
ñijos manda su Príncipe bienauenturado (')
que todos so pongan apunto de guerra: porque
los moros los desasosiegan mucho, que a la
contina están sobre ellos escaramucando. Veys
aqui cómo viene a bessar las manos del Empe-
rador Muley Alhazen Bey de Túnez, con tre-
oientos de cauallo, y no so parto de aqui hasta
que el Rey (*) le meto y apodera en su yindad.
Veis aqui cómo se hazen trancheas y vestiones
y terreplenos para conlmtir la Goleta: en los
quales tardan veynte y ocho dias. Veis aqui
nmchas y muy cotidianas escaramuzas y reba-
tes que tienen los moros con los chrístianos a
vista de sn principe: donde cada qual se señala
con gloria eterna de buena fama. Pues como
es acabado este vestion muy fuerte que aqui
veis, en contra deste castillo de la Goleta, man-
da el Enperador que se ponga en orden de va-
teria; y ansi ponen en él treynta y seys piezas
de artillería gruesa, los mejores tiros de toda
la armada, los quales asestan a las dos torres
prín^ipales del castillo; y en los otros vestiones
y trancheas ponen hasta quatro^ientos cañones
gruesos y menudos, los quales asestan á la for-
taleza y galeras que tenían (') los moros en el
estaño de agua que viene de Túnez hasta la
mar. Veis aqui cómo estando todos apunto
para dar la vatería haze el Emperador vn ad-
mirable razonamiento a todos sus capitanes y
soldados, animándolos al acontecimiento y pro-
metiéndoles grandes premios. Veys aqui cómo
miércoles que serán catorce del mes de Julio,
quando fue (}) venida la mañana el Emperador
manda que se comience la vatería por la (') mar
y tierra. La qual es la mas fuerte y contina y
admirable que nunca se dio en campo de gríe-
gos, romanos ni egipcios. Porque dentro de
quatro horas están deshechos y hundidos por
tierra los muros, percas y valuartes mas fuertes
que tubo la antigüedad. Todo es aqui en breue
roto y horadado, que ya no tienen loa moros
con que se amparar, cubrir ni defender, y les es
necesario salir al canpo a pelear como están los
de fuera. Veys aqui cómo a las dos horas des-
pués de medio día los soldados españoles enbian
a suplicar al Emperador les dé liyencia para
entrar la fuerza, porque ya no es menester gas-
tar mas munición; ya comienzan los moros a
salir al campo viendo poca defensa en su fuerza,
y los españoles los reciben con gran animo y
matándolos y hiriéndolos lanzan animosamen-
te en sos muros que ya están sin albergue ni
defensa, y tanta es la matanza que en ellos ha-
(1) G., manda el Emperador.
(') G., este nuestro dichoso caudillo.
(*) G., tienen.
(*) G., es.
(■) G., el.
EL CBOTALOK
167
zen que Iob hazen liiiyr (') por vi cst-nflu ade-
lante, donde se bahogsn innnitoE ddlua. Vcjs
aqoi cómo con ijran (*) aJcgrí» y esfuersio poncii
los tfpañoUí las randeras sóbrelos iiinroBy fuer-
za, aaieiido niuerto más de treinta mil moros
qaeeatanan en aqnclla defensa sin morir (')dicK
de loe cristianos. Están tan esforc«dos y ani-
mosos estos soldados españoles con esta vitoria,
que si en esta coTiintiira los tomasse de aqni el
Emperador serian bastantes p»rft fai^ílmente
yen^rer los exei^itos del Turco y gran Can y
'Sophi si todos estos poderosos prin^ipee y sus
fuerzas se juntasen en vno. Porque aquí ganan
la Dtas fuerte y ínexponalile tiicrí» que en el
nmndo está en edili^io. OauMi aqni trcfientas
piezas de artillería groesa de broucc muy Ikt-
mosa, y mucha mum'^ion ile poluora y pelotas,
flechas, laii^as y otros infinitos géneros de ar-
mas y munii;ion. Tomarse Iiit en estn vitoria la
mejor armada que nunca pagano perdió: porque
catan sctcíientos nauios gruesos y treyntay seis
galeras; y la resta de gaJeotos y fustas luas de
viento. De aquí parte luego el Emperador otro
dia adelante a dar combate a la ^iudad por dar
fin a esta empresa. Y suifcdc que le sale al ca-
mino Boruorroxa con fien mil convatientes por
resistirle la entrada: donde con muy poca difi-
cultad fncron todos desbaratados, y muerta in-
finita multitud delloa; y reys af^ni «.'ónju riendo
el mal sufcao el Capitán Baruarruxa huye por
se librar de las manos del Emperador y se aco-
gió alapiudoddeBona.Tn puerto vezinoa]l¡(')
en lat riberas de África; y roya aqni cómo lle-
gado el Emperador a la ciudad de Tune?, se le
abren las puertas sin resistencia, y le enbiau las
llares con los mas antignos y principales de la
ciudad ofreciéndoselo en su obediencia. Veis
aqoi cómo resulta desta ritoria ser libres reyn-
te mil cristianos que en dinersos tiempos auian
sido presos eaptiacffi por el mismo Baruarroja:
los qnales todos estauan en el alcazaus de
veyntc años antes presos. Veys aqni como he-
chos BUS capítulos de conciertos, parias y rehe-
nes entre el Emperador y Rey de Túnez le pone
en su poder la ciudad, dándole las llanes, man-
do y Sefiorio como de su mano; y después de
auerlo todo pacificado se embarca jiara Sif i-
lia: y de alli para Sauoya por libertar lo qne
do aquel ducado tiene vsurpado en aquella
sazón el Rey do Francia a su hermana la dn-
Pasaudo mas adetanti' di.\or veys oijui cómo
prosigniendo esto bie ñauen turado prini.-ipe en
sil buen hado trabaja por juntar concilio en la
ciudad de Trento en Alemania, por dar buen
(') O., fuercan jr.
medio (') en los herrores hitheranos que i'u
aquella tierra estaran arraygndos muy en dafio
de la iglesia cathoÜea, V veys aqui cómo no
podiendo atraer (*) por esta vía los principes
electores del imperio al buen proposito, deter-
mina de licuarlos por fuerza de anuas; y ansí
el año de mil y quinientos y quarenta y siete,
a reynt« y qnatro de Ahril les da rna batalla
de grande ardU y csfuerco: siendo (') capitanes
de su liga y confederación aquellos dos cabefas
de BU principado: Lansgranc y Juan duque de
Saxonia, a los qnales venció (*) y prendió jimto
al rio Albis en aijnflla batalla campal con gran.-
de anliz ('). En la qnal murieron (•) y son pre-
sos muchos señores y jirincipcB (^) de su coui-
pafíia, y amque en los ticuipus adelante viendo
los principes alemanes que las cosas del con<;i-
liú se ordenan en sn destmiciou, trabajan a ser
vengados por mano del duque Mauricio y con
labor del Rey de Francia, con el quol y de su
liga liazcn vn exerfito en el nfio de mil y qui-
nientuB y cinquenta y dos y vienen con fuerca
determinada, siendo cajiitnn el duque Mauricio
por desbaratar el concilio que rstó en effecio
junto en !a ciudad de Trento; y tan bien procu-
ran intentar prender al Emperador que está sin
aoiso alguno de su atreuimiento y desuerguen-
ca; y aruque esto vema ansi, pero veys oqu¡
cómo plaxe a Dios por ser bnena la intención y
zelo deete bien au enturad o principey buen hado,
como no tiene algún cf Fectu la dañada voluntad
destos herrados herisarchas. Mas antes veys
nqui cómo luego bueluc todo a nuestro buen
principe en prosperidad, liolniendo a trilinufor
de sus enemigos. Porque sus basallos y princi-
pes de España la pronceron de gent« y dinero
en tanta anundancia que le sobren fuercas para
todo y roma en fin a proseguir su concilio:
donde auida condenación de sus pcruersos hor-
rores se les dará el justo castigo que merecen
cabecas de tanta peruersidad; y después de lar-
gos aBos effectuando en vn hijo suyo Don fe-
lipc sus grandes y cesáreos deseos yri a goaar
con Dios a lá gloria. Todas estas son xomadas
en que se mnestra admirablemente su buenanen -
tura y hado, profetizado todo y dininado do^icn-
toa aQoB antes que cosa alguna des tas sucedan;
porque veáis el saber desta mi abuela, y el va-
lor y bnen hado destc bienauentnredo principe
y Señor nuestro.
Y estando en esto riño el maestresala di-
ciendo que estaña tu c^'na aparejada, y ansi
todos engrandeciendo el saber de la maga y el
CU
, remedio.
.,-'•. trayendo cllcn por.
(') Ct,, reoce y prande.
(') ií., batalla que les da.
(') tí., mueren.
(') r.., principules.
158
ORÍGENES I)E LA NOVELA
injcnio admirable de la pintnra y la baeuaucn-
tura y hado do imestro principo noa salimos de
la Rala admirados todos do la suntuosidad del
edificio: la qual tornó mi diosa a 9errar y acom-
pañándola por nuestra guia nos venimos al
lugar donde a la 9cna soliamos conuenir, donde
hallamos las mesas puestas con el mesmo apa-
rato y niagestad que ania en las passadas; y
ansi conicn9ando la música se simio con aquella
abundancia que se acostunbraua hacer: la qual
9ena duró hasta que anocheció, y como fue aca-
bada sentándose todas aquellas damas y caua-
lleros cu sus proprios asientos y aleadas las me-
sas dol medio se representó vna comedia de
amor con muchos y muy agraciados entremeses,
agudezas, inuonciones y donayrcs de grande in-
jcnio. Fue juzgada de todos aquellos caualleros
y damas por la mas injoniosa cosa que nunca
los humanos hayan visto en el arte do repre-
sentación : porcjue después de tener en olla
passos y auisos admirables, fue el ornato y apa-
rato todo en gran cumplimiento. Todas aque-
llas damas recibieron gran deleyte y plazer con
ella: porque notablemente fue hecha para su
fabor, persuadiendo licuar gran ventaja a los
hombres el natural de las mngeres. Eran los
representantes de tan admirable injenio que en
todo te pareciera ver el natural, y conuencido no
pudieras contradezir su persuasión. En fin en
aquella casa no se trataua otra cosa sino donay-
rcs y plazer: y todo ora dííleyte nuestro obrar y
razonar, y como el mundo de su cogeta no tenga
cosa (^ue no cause hastio y enhado, y todo no
enoje y harte, aunque mas los mundanos y vi-
ciosos a el se den, en fin buelue su tiempo, y
los doleytes hazen a su natural, y como el ape-
tite) os cosa que se enhada y fastidia presto
buelue la razón a so desengañar por ol fabor y
gracia de Dios. Esto quiero que veas cómo en
mi [)a8só; lo (¿ual por ser ya venido el dia doze-
mos para ol canto que se siguirá.
Fin del sexto canto del gallo fie Luf¡iano,
AROUMEirrO
DEL SÉPTIMO CANTO DEL GALLO
En r1 séptimo ctnto que m fllgu* el aortor eoDcluyemlo la pará-
bola del hijo prodigo Gnge loquo romanmenle lualu aconUs-
fvr en los man^bos quo. aborrídos de vn vl^o dan en me-
terse rrayien: y en el fin del canto se deserine Tna ramu!« cor-
tesana ramera (*),
Gallo. — Despierta Mic¡lo, oye y ten at<ín-
Cioii, (juc ya te quiero mostrar el fin, suceso y
remat(f que suelen tener todas las cosas desta
(*) Tachado: Sigueiwo el séptimo cantu del GhiUo
de Laciano orador griego, contrahecho en el castella-
no por el mesmo autor.
vida: cómo todos los deleytes y plazeres van a
la contina a parar on el hondo piélago del
pentimiento , verás la poca dura que los pli
res desta vida tienen, y cómo quando el hombre
buelve sobre si halla auer perdido macho mas
sin comparación que pudo granar.
Mi(;iLO. — Di, gallo; que muy atento me tie-
nes a tu graciosa caución.
Gallo.-— Pues vibiendo yo aqni en tanto de-
leyte, tanto plazer, tan amado, tan aemidoy
tan contento que parecia que en el parayso no
80 podia el gozo y alegría más comunicar, de
noche toda la passaua abracado con mi diosa;
y de dia ynamonos a estanques, ríberas de ríos
y muy agraciadas y suaues fuentes, a bosques,
xardincs, huertos y vergeles, y todo genero de
deleyte, á pasear y solazar en el entretanto
que 80 llegauan las horas del c^nar y comer.
Porque para esto tenia por su arto en sus huer-
tas y tierra grandes estanques y lagunas on las
quales juntaua todos quantoe gpenoroe de |k*s-
cadoB ay en el mar. Dolfinea, atunes, rodaba-
llos, salmones, lampreas, bbIhiIos, tmchas, mu-
los marínos, congrios, marraxos, coracinos, y
otros infinitos géneros de pescados : los qoales
puestos alli a punto echando los ancuelos o re-
des, los hazia fácilmente caer para dar plazer a
los amantes. Demás dcsto tenia muy deleytosos
vosques do laureles, palmas, ciprés^» plátanos,
arrayanes, c<Hlros, naranjos y frescos chopos y
muy poderosos y sombríos nogales y otras es-
I>ecics do arboles de gran rama y ocupayion.
Y todos estos cstauau entretexidos y rodea-
dos de rosas, jazmines, azuci^nas, yedras, li-
lioR y de otras muy graciosas ilores y olorosas
que junto a vnas perenales y vibas fuentes ha-
zian vnas suaues cárceles y unos deleytosos es-
condríxos aparejados para oncubrír qnalquier
desmán que entre damas y caualleros hizicsse
el amor. Por aqui corrían muy mansos conejos,
liebres, gamos, ci^nios: que con manoe, sin cor-
rida, los cacaba cada qual. En estos plazeros y
deleytes me tubo c^ego y encantado esta maga
un mes o dos: no teniendo acuerdo, cuenta, ni
memoría de mi honrra y fe deuida a mi prínci-
|)c y Señor, el tiempo perdido, mi viaje y com-
pañia, ni de la ocasión que me tmxo alli ; y ansi
vn dia entre otros (porque muchos dias, ni lo
podia ni osaua hacer) me baje solo a vn jardin
por me solazar con alguna libertad, y de alli
guiado no sé por qué buen destino que me dio,
traspuesto futura de mi, sin tener miramiento ni
cuenta con la tierra, ni con el c¡^-lo> con el se-
reno, nublo, ni sol, el alma sola traspuesta en
si mosma yna trac«ndo en manera de eleua-
mionlo y eontenplacion la ventaja que los de-
leytes del cielo tenian a los do por acá; y ansi
passé de aquel jardin a vn espeso y c^irado
vosque si» mirar por mi; y por vna angosta
EL CROTALON
159
senda caminé hasta llegar a vna apazíble y de-
leytosa fuente que con yn gra9¡oso corriente
jaa haciendo vn sonido por entre las piedras y
yemas que sacaua los honbres de si: y con el
descuydo que llegué alli me arrimé a vn alto y
fresco arrayan, el qual como los mienbros des-
cuydados y algo cansados derroqué sobre el co-
mcn9o a gemir; y como quien soñando que se
ahoga, o está en algún peligro despierta, ansi
con gran turbación bolui sobre mi. Pero tór-
neme a sosegar quando consideré estar en tier-
ra y casa donde todas las cosas causan admi-
ración, y el manjar en el plato acontece hablar;
y como sobre el arrayan mas el cuerpo cargué,
tomó oon habla humana a se quexar diziendo:
tente sobre ti, no seas tan cruel; y yo como le
oy que tan claro habló leiiantéme de sobro él y
él me dixo: no temas ni te marauilles, Señor,
quo en tierra estas donde has visto cosas do
mas espanto que verme hablar á mi; y yo le
dixc: deesa, o nínpha del voscaxo, o quien quie-
ra que tu seas, perdona mi mol comedimiento;
quo liicn creo que tienes entendido do mi que no
he hecho cosa por te ofender. Que la inorancia
y poca eeperien^ia quo tengo de ver espíritus
humanos cubiertos de cuerpos y cortejas de ár-
boles me han hecho injuriar con mis descuyda-
dos mienbros tu diuinidad. Ansi los buenos ha-
dos en plazer contino cffectuen tu dichoso que-
rer, y las celestiales estrellas se humillen a tu
voluntad, que me hables y conmniquos tu hu-
mana boz, y me digas si agora o en algún tiem-
po yo puedo con algún beneffício purgar la
offensa que han hecho mis miembros a tu diui-
no ser. Que yo juro por vida de mi amiga aque-
lla que morir me haze, de no reusar trabajo en
que te pueda seruir. Declárame quién eres y qué
hazes aqni. Respondióme él: No soy, señor, yo
deesa, ni ninpha del vosque; no sé cómo me has
tan presto desconocido, que sov tu escudero
Palomades. Pero no me marauiUo que no me
conozcas, pues tanto tienpo ha que no te acuer-
das de mi ni te conoces a ti. Gomo yo oy que
era mi escudero quedé confuso y sin ser, y ansi
ron aquella mesma confusión me le fue abracar
deseoso de le tener con quien a solas razonar,
como con él solía yo tener otros tiempos en mi
mas contina conuersacion. Pero ansi abracando
ramas y hojas y troncos de arrayan le dixe;
¿que es esto mi Palomades? ¿quien te encarceló
ay? Respondióme: mira, s('ñor, que esta tierra
donde estás los ar1>olü8 quo ves todos son como
yo. Tal costumbre tiene la señora que te tiene
aquí, y todas las damas y dueñas que en su
eom|iafi¡a están. Sabe que esta es vna maga en-
cantadora, treslado y trasuuipto de Venus y
otras rameras famosas de la antigüedad. Ni
Sienses que obo otra Cyrces, ni Morganda, ni
[edea; porque a todas estas excede en lacinia
y engaños que en el arto mágica se pueden sa-
ber. Ésta es la huéspeda que bajando la sierra
nos hospedó; y con la guia nos enbió á este cas-
tillo y vosque fingiendo nos enbiar a su sobrina
la donzella Saxe. Pero engañónos, que ella mes-
ma es; que por gozar de tu mocedad y locana
juuentud haze con sus artes que te parezca su
vejez tan hermosa y moca como agora está. Y
ansi como me dexaste en el patio quando en-
tramos, aquí fue depositado en poder de otra
vieja hcchizera que con regalos quiso gozar de
mi; y ansi la primera noche encendida en su
luxnria me descubrió todo este engaño y su da-
ñada y pemersa intiuyion ; cicg^ 7 desuentura-
da pensando que yo nunca della me auia de
partir. No pretenden estas maluadas sino har-
tar su lacinia con los honbres que pueden aucr;
y luego los dexan y vuscan otros de quien de
nueuo gozar, y hartas, porque los honbres no
publiquen su torpeca por allá conuierteulos en
arboles y en cosas que ves por aqui; y para
effectuar su pemersa suciedad tienen demonios
ministros que de cien l<*guns se los traen quan-
do saben ser coiiuenientes para su mal propo-
sito; y ansi viéndome mi encantadora desgra-
ciado y descontento de sus corruptas costun-
bres y que andana deseoso para te anisar, tra-
bajaron por me a[>artar de ti, y avn porque no
huyesse me conuertierou desuenturado en esta
mata de arrayan que aqui ves, sin csperanoa de
salud; y ansi han hecho a otros valerosos cana-
lleros con los quales ya con sus artes y enga-
ños satisfizieron su suciedad, y después los con-
uertierou en arboles aqui. Ves alli el que mandó
la casa de Guevara conuertido en aquel ciprés;
y aquel nogal alto que está alli es el quo man-
dó la casa de Lomos después del de Portogal;
y aquel chopo hermoso es el que gouemó la
casa de Cénete antes del de Nasao. Y aquel
plátano que da alli tan gran sonbra es uno de
los principales Osónos. Aqui verás Mendocas,
Pimenteles, Enrriques, Manrriques, Vélaseos,
Stuñigas y Guznianes; que después de largos
años han quedado penitenciados por aqui* Buel-
ne, buelue, pues, señor, y abre los ojos del en-
tendimiento ; acuérdate de tu nobleza y linaxe.
Trabaja por te libertar; no pierdas tan gran
ocasión. No bueluas allá; huye de aqui. Es tuno
por g^n pieza aqui confuso y enbobado, que no
Babia qué hablar a lo que me dczia mi escudero
Palomades; y como al ñ\\ en mí bolui y con los
ojos del cnttMuliniieiito aduerti sobn* mí, pcho-
mo de ver; y hallé que en lui habito y natural
era estrañado de mi ser. Hálleme todo afemi-
nado sin parecer en mi ni semejanca de varotí :
lleno de luxuria y de vicio; mitado el rostro y
las manos con vnguentos, colores y aceites con
que las rameras se suelen adornar para atraer
a si a la diuersidad de amantes, principalmente
160
ORÍGENES DE LA NOVELA
si en la nicsnia calle y voziiidad aj dos que la
viia esta con la otra en porfía. Traya vn deli-
cado y polido vestido que a su modo y plazer
lue auia iexido la mí ma^a por más se agradar,
con muy gentil aparato y labor. Lleuaua vn
collar rico de nmy pre9Íada8 piedras de Oriente
y esmaltes que de ambos hombros cuelga hasta
el pecho; llenos de anillos los dedos, y dos bra-
zaletes en cada bra^o que parecían axorcas de
muger. Traya los cabellos encrespados y ani-
llados (*) ru9¡ados y vntados con aguas y a^ey-
tes olorosos y muy preciados. Traya el rostro
muy amoroso y bello, afeytado a semejan^íi de
los mancebos que en Valencia se vsan y quie-
ren festejar. En conclusión por el rostro, sem-
blante y dispusi^iou no huuiera honbre que me
cono^iesso sino fuera por el nombre; tan troca-
do y mudado tenia t<Klo mi ser. Luego como
mirándome vital y de capitán fíero estimado me
hallé conucrtido en vÍ9Íosa y delicada nmger,
de vergüenza me quise morir; y se me cayeron
las hazes en el suelo sin osar leuantar los ojos
avn a mirar el sol; marchicho (^), confuso y sin
saber qué dezir; y en verdad te digo que fue
tanta la vergüenza que de mi tenia y el arre-
pentimiento y pcssar que en mi spiritu entró
que mas quisiera estar so tierra metido que
ofrecerme a ojos de alguno que ansi me pudie-
ra ver. Pcnsaua dónde yría; quién me acogeria;
quien no se reyria y vurlaria de mi. Lastima-
uame mi honrra perdida; mis amigos que me
aborre^^rian ; mis parientes que me huyrian.
Comienzo en esto tan miserable y cuytadamente
a llorar, que en lagrimas me pensaua conuertir.
De-zia: ¡o malditos y miserables (') placeres del
mundo, qué pago tan desuenturado dais. ¡O
pluguiera a Dios que fuera yo a la guerra y mil
vezes muriera yo allá antes que auer yo queda-
do en este deleytc acá! Porque con la nmerte
hubiera yo hecho la xomada mucho a mi hon-
rra; y ansi quedando acá muero zicn mil vezes
de muerte vil sin osar pare9<;r. He faltado a mi,
a mi principe y señor. Por muchas vezes miré
por el rededor de aquella fuente por ver si anria
alguna arma, o instrumento de fuerza con que
me poder matar; porque la mi maga de armas
y do animo me pribó; y ansi con esta cnyta me
bolui al arrayan por preguntar a mi compañero
si auia dexado sus armas por alli, siquiera por
poder con ellas caminar y por me defender
si alguna de aquellas malas mugen^s salicsse a
mi; y como junto a si me vio comenzó a darme
grandes bozes; huye, huye, señor, ipieya apare-
jado el yantar anda la tu maga umy cuydadosa
a te vuscar; y si te halla aqui sospechosa de tu
(<) G., nilladui.
j') G., marchito.
P) G*i miseros.
fe tomará luego venganza cruel de ti. Porque
esto vsan estas maiauenturadas de mugercs por
más que amen; si alguno les falta y hierra no
fían del honbre más, y nunca se acaban de sa-
tisfazer; ponqué sicnpre quieren mny hartas de
todos trihunfar; y ansi alzando mis faldas al
rededor comenze con grande esfuerzo a correr
cara donde sale el sol; yua huyendo, sudando,
cansado y caluroso, boluiendo a cada passo el
rostro atrás. Plugo a los mis bienauentarados
hados que auiendo corrido dos horas, avnqne
con gran fatiga y dolor por aquel vosque espe-
so zurrado de aspereza y maú>rral, en fín, sali
de la tierra de aquella mala muger; j)orqne a
qualquiera honbre que con effícaz voluntad
(luiere huyr de los vizios le ayuda luego Dios;
y como fuera me vi, hunn'llado de rodillas, pues-
tos las manos al zielo, con animo verdadero de-
mandé perdón dando infinitas grazias a Dios
por tan soberana merzed. Senteme a vua fuente
({ue vi alli ; la qual avnque no tenia al rededor
aquella deleytosa sombra de aquellas arl>oledas
y rosas que estañan en el vosque de la encan-
tadora, me dio a mi mayor deleytc y plazcr, por
ofrczerseme a mayor nezesidad; y tomando con
las manos agua me comenzó á labar el rostro,
cabeza y boca por echar de las venas y huesos
el calor inmenso que me abrasaua; y ansi des-
nudándome de todas aquellas delicadas ropas y
atauios me ayreé y refresqué, proponiendo de
en toda mi vida más me las vestir. Arroje por
aquel suelo collar, oro y joyas que saqué de
aquel Babilon; pareziendome que ningún dia
por mí pasó mas bienauenturado que aquel en
que ansi me vi muerto de hambre y sed. Temía
aquellos arreos y delicadezas no me tornasscn
otra vez a encantar; pareziendome tener en si
vn no sé que, que aun no me dexaoan (^) del
todo boluer en mi; y ansi lo mas pobre y senzi-
11o que pude comenze á caminar poniendo mil
protestazioues y juras sobre mi de nunca yr
donde honbre me pudiesse conozcr; yendo por
aquellos caminos y soledad me deparó Dios vn
pastor que de pura piedad con pan de zenteno
y agua de vn barril me mato hambre y sed; y
por acabar de echar de mi del todo aquellos en-
beleñados vestidos hize trueque con algunos
andraxos que él me quiso dar. Pues con aque-
lla pobre refezion llegué ya casi que anochezia
a vn monesterio de frayles de San Bernardo
que estaña alli en rn grazioso y apazíble valle;
donde apiadándome el portero, lo mejor que
pude me all»ergué, y luego a la mañana trabajé
con toda afabilidad y saibor a los comunicar y
conuersar, pareziendome a mí que de buena vo-
luntad me quedaría aqui si me quisiesen rez<s
bir. Pero como las guerras acabauan en aquella
(') G., tlexana.
EL CROTALON
161
sazón en aquella tierra, pare^iendoles que yo
hmiiese sido soldado y qac por no ser bueno
venia yo ansi, no se osauan por algunos dias
del todo fiar; pero por pare^erme que aquel lu-
gar y estado era conveniente para mi proposito
y necesidad, trabajé con mucha humildad y ba-
jeza a los asegurar continuando en ellos mi ser-
UÍ9Í0 quanto pude; y ansi passados algunos
dias, ya que se comen9aron a fiar me obligué a
los semir. Barríales las claustras y iglesia; y
tanbien scruia al comer en 0) 1* mesa de com-
paña porque luego no pude mas; y después an-
dando el tiempo pediles el habito y como me
vieron algo bien inclinado pingóles de me le dar
con ¡ntin9¡on que fuesse para los seruir.
M191LO. — De manera que te obligauas por
aciano de tu voluntad.
Oallo. — Por 9Íerto de mayor seruidunbrc
me libnS Dios quando de poder de la maga me
escapó (*). Que lo que peor es que entrando
los hombres alli luego se comienzan a peniertir.
Que todos quantos en aquella orden ay todos
entran ansi; y luego tienen pensamiento y es-
peranza de venir a mandar.
Miv^iLO.^Buena intin^ion llenáis de seniir a
Dios.
Gallo. — ¿Pues qué piensas? Todo es ansi
quanto en el mundo ay. Luego me dieron cargo
de la limpieza del refítorío, compañero del refi-
tolero.
Mi^iLO. — Entonces holgarte yas mucho en
gozar de los relieues de todos los vasos de los
frayles.
Gallo. — Pues como yo aprobé algimos años
en este offi^io comentaron me a ordenar. En
fin, me hizieron de misa.
MigiLO.— Grandes letras lleuauas.
Gallo. — Lleuaua todas las que aquellos
vsan entre ii; y yo luego comente a desembol-
uerme y enderezar la cresta y fue subiendo por
sus grados, que quando ubo vn año que fue de
misa me dieron la portería; y a otro año me
dieron el cargo de zillerero.
Mi^'iLO. — ¿Que offizio es esse?
Gallo. — Proueer todo el mantenimiento de
casa.
Mi^iLO. — Gran offi^io era ese, gallo, para te
faltar; a osadas que no estuuiesses atado a nues-
tra pobre rabión.
Gallo. — Entonces cobré yo en la casa mu-
chos amigos: y gané mucho crédito con todos
de liberal; porque a ninguno negué nada de
todo quanto pidiesse. Porque siempre trabajé
que a costa ajena ninguno se quezasse de mi ;
y ansi me hizieron príor.
Mi^iLO. — Fuera de todas esas cosas; en lo
(•) G., a.
(«) G., escape.
OBÍOSNBS DI LA KOVBLA.— 11
que tocaua a la orden mucho trabajo se deue de
tener.
Gallo. — Antes te digo que no ay en el
mundo estado donde más sin cuydado ni tra-
bajo Be goze lo bueno que el mundo tiene; si
algo tiene que bueno se pueda dezir. Porque
tres cosas que en el mundo se estiman las tie-
nen alli los frayles mejores que las gozan todos
los hombres. La prímera es el comer ordinarío;
la segunda son los aposentos en que viben, y
la tercera es el crédito y buena opinión. Porque
a casa de qualquiera príncipe, o señor que vays,
todos los honbres han de quedar a la puerta
aguardando para neg09iar; y el fray le ha de en-
trar hasta la cama; y a ningún honbre dará vn
señor vna silla, ni le sentará a su mesa sino
vn frayle quanto quiera que sea de todo el mo-
nesterio el mas vil.
Mi^'iLO. — Tú tienes mucha razón; y ansi
me marauillo como ay honbre cuerdo que no
se meta frayle.
Gallo. — ^Al fin mis amigos me eligieron por
abbad.
MiviLO. — ;0 cómo gozariasde aquel su buen
comer y beber y de toda su bienauent urania!
Pero dime ¿en que te ocupauas siendo abbad?
Gallo. — Era muy amigo de edificar y ansi
hize dos arcos de piedra muy fuertes en la bo-
dega; porque estaña cada dia para se nos hun-
dir; y porque vn rcfitorio que teniamos bajo era
frío, hize otro alto de muy ríeos y hermosos ar-
tesones y molduras; y vna sala muy sunptuosa
en que comiessen los huespedes.
Mi<;ilo. — ^¿Pues no tenias alguna recreación?
Gallo. — Para eso tenia la casa muchas ca-
sas en riberas de plazer, donde auia muy pode-
rosos cañales y hazeñas.
Mi<;iLO. — Dime g^o ¿con los ayunos tienen
los frayles mucho trabajo?
Gallo. — Engañáis os; porque en ninguna
orden ay mas ayunos que vosotros tenéis se-
glares (^), sino el auiento; y este ayuno es tal
que siempre le deseamos que venga; porque
vn mes antes y aun dos tenemos de recreación
para auerle de ayunar. Vamonos por las gran-
jas, ríberas, deesas y huertas que para esto tie-
ne la orden muy granjeado y aderezado; y des-
pués venido el auiento a ningún frayle nunca
mataron avnque no le ayunasse. Que a todo
esto dizen: tal por ti qual por mi (^).
MigiLO. — El contino coro de maytines y
otras horas no daua passion?
Gallo. — El contino coro por pasatiempo le
teniamos y a los maytines con vn dolor de ca-
beza que se fingiesse no van a ellos en vn mes.
Que hombres son como vosotros acá.
(*] G., los MglarM tenéis.
(^) G., por mi qnal por ti.
162
orígenes de la novela
Mn.'iLo. — Por 9Íerto eso es lo peor y lo que
mas es de llorar. Pues si eso es aiisi, que ellos
son lioiibres como yo ¿de qué tienen presun-
ción? ¿De solo el habito han de presumir?
Gallo. — Calla, Mi^ilo, qnc muchos dellos
pueden presumir de mucha sanctidad y religión
que en ellos ay. Que en el mundo de todo ha
de auer; que no puede estar cosa en toda per-
f eoion .
MiriLO. — Espantado me tienes, Gallo, con
lo mucho que has passado, lo nmcho que has
visto, y la mucha esperiencia que tienes; y
principalmente con este tu cuento (*) me has
dado mucho plazer y admiración; yo te ruego
no me dexes cosa por dezir. üime agora ¿en
qué estado y naturaleza viniste después?
Gallo. — Quiero te dezir del que más me
acordare conforme á mi memoria; porque como
es la nuestra mas flaca que ay en el animal no
te podre guardar orden en el dezir. Fue monja,
fue ximio, fue aucstniz, fue vn pobre Timón,
fue vn perro, fue un triste y miserable serui-
dor (2), y fue vn rico mercader; fue Icaro Me-
nipo el que subió al cielo y vio allá a Dios.
Mk.'Ilo. — Dése Icaro Menipohe oido mucho
dezir, y do ti deseo saber más del, porque me-
jor que ninguno sabrás la verdad.
Gallo. — Pues mira agora de quién quieres
que te diga, que en todo te quiero complazer.
MiriLO. — Aunque al presente vurles de mí
¡o ingeniossissimo gallo! con tu admirable y
fingido cuento (•) te ruego me digas: luego
como te desnudaste del cuerpo de frayle, de
cayo cuerpo te vestiste?
Gallo. — El de vua muy honrrada y rene-
renda monja; avnque vana como es el natural
de todas las otras.
Mk.'ILO. — ;0 valame Dios! que conuenien-
Cia tienen entre si capitán, frayle y monja? De
manera que fue tiempo en el qual tú, genero-
sissimo gallo, te atauiauas y lauauas y ungias
como muger; y tenias aquellas pesadunbres,
purgaciones y miserias que tienen todas las
otras. Marauillome como pudiste subjetar aque-
lla braueza y orgullo de animo con que regias
la fiereza de tus soldados, a la cobardia y ña-
queza de la mujer; y no de qualquiera, pero de
vna tan afeminada y pnsUanime como una
monja; que demás de su natural, tiene profesa-
da cobardia y paciencia.
Gallo. — ¿Y deso te marauillas? Antes te
hago saber que yo fue aquella famosa ramera
Gleopatra egipcia hermana de aquel bárbaro
Tholomeo que hizo cortar la cabeca al g^n
Pompeo quando vencido de Julio Cesar en la
(<) G., esta tn hintoria.
Í') O., sierao sclaao.
') G., canto.
Far salía se acogió á su ribera; y otro tienpo
fue en Roma vna cortesana llamada Julia As-
passia mantuana en tienpo del papa Leou dé-
cimo. Que en locania y aparato excedía a las
cortesanas de mi tienpo; y ansi tuve debajo de
mi dominio y subjecion a todos quantos cor-
tesanos auia en Roma desde el mas grane y
anciano cardenal, hasta el camarero de monse-
ñor. Pues cómo te marauillaras si vieras el brío
y desdeño con que solia yo a todos tratar! Pues
qué si te dixesse los engaños, fingimientos y
cautelas de que yo vsaua para los atraer; y
después quanto i n jen ¡ana para los sacar la mo-
neda que era mi vltimado [}) fin. Solamente
querria que el tienpo nos diese lugar a te con-
tar quando fue vna ramera de Toledo en Es-
paña. Que te quisiera contar las costunbrcs y
vida que tuue desde que naci; y principalmente
como me ube con vn gentil mancebo mercader
y el pago que le di.
MiriLO. — ¡O mi eloquentissimo gallo! que
ya no mi sieruo sino mi señor te puedo llamar,
pues en tienpos (^) de tu buena fortuna no so-
lamente capateros miseros como yo, pero tuuis-
te debajo de tu mando reyes y Cesares de gran
valor. Di me agora, yo te ruego, eso que pro-
pones, que con affccto te deseo oyr.
Gallo. — Pues tú sabrás que yo fue hija de
vn pobre perayre en aquella ciudad de Toledo,
que ganaua de comer pobremente con el traba-
jo con tino de vnas cardas y peynes; que ya sa-
bes que se hazen en aquella ciudad nuichos pa-
ños y bonetes ; y mi madre por el consiguiente
viuia hy lando lana; y otras vezes labando pa-
ños en casa de hombres ricos mercaderes y otros
ciudadanos.
MiriLO.— Semejantes mujeres salen de tales
padres: que pocas vezes se crian bagasas de
padres nobles.
Gallo. — Eramos vn hermano y yo peque-
ños, que él auia dozc años y yo diez; ni mi ma-
dre nunca tubo mas; y yo era mochacha lK)nica
y de buen donayre y ciertamente cobdiciosa de
parecer a todos bien; y ansi como fue creciendo
de cada dia más me preciaua de mi y me yua
apegando a los honbres; y ansi avn en aquella
poca edad qualquiera que podia me daua vn
alcance, o empellón, de qual que pellizco en el
braco, o trauarme de la oreja o de la bania. De
manera que parecia que todos trabajauan por
me madurar, como quien dize a pulgaradas, y
yo me vine saboreando y tascando en aquellos
saynetes que me sabían como miel; y ansi vn
moco del cardenal Fray Francisco Ximene: de
QUneros, que viuia junto a nosotros me dio
vnos zarcicos de plata y vnas calcas y semillas
C«) G., vltimo.
(») G., tienpo.
EL CROTALON
1G3
con que me comencé a pulir y a pisar de pun-
tillas. Al9aua la cofia sobre las orejas j traya
la saya corta por mostrarlo todo; y ansí comen-
cé yo a gall(*ar, andar y mirar con donayre, el
cuello erguido, y no me dexaua tanbien hollar
de mi madre: que por qualquiera cosa que me
dixesse la ha<;ia rostro rezongando a la contina
y murmurando entre dientes, y cuando me eno-
jaua luego la ameua^aua con aquel cantar di-
ziendo: Pues l»icn, para esta; que agora reñi-
rán los soldados de la guerra, madre mía, y lle-
narme han; y ansi sucedió como yo quería. Que
en aquél tienpo determinó el cardenal Fray
Francisco do (|)isneros emprender la conquista
de Oran en África, y haziendo gente todos me
combidauan si queria yo yr allá, y acosáronme
tanto que me hizieron dezirque si, y ansi aquel
mo^o de casa del Cardenal dio noticia de mi a
vu gentil honbre de casa que era su amo, que
se Uamaua Francisco de Vaena que yua por
Capitán; el qual sobre ciertas conuenien^ias y
capítulos que comigo firmó, y en mi omblujo
selló, se encargó de me llenar, y porque era mo-
chacha parecióle que yría yo en el habito de
paje con menos pesadunbre; y ansi me vistió
muy graciosamente sayo y jul^on de raso de co-
lores y calyas con sus tafetanes, y me puso (*u
vna muy graciosa acauea, y como la partida
estuuo a punto, dando cantonada a m\9> padres,
me fue con él. Aqui te quisiera dezir cosas
marauillosas que passauan entre si los soldados,
pero porque avn abrá tiempo y proposito quie-
ro proseguir en lo que comen<^é. Aqui supe yo
mil auisos y donayres y gentilezas; las cuales
aprendí porque otras muchas mugeres que yuan
en la compañia las tratauan y hablauan con el
alférez, sargento y caporal y con otros of filia-
les y gentiles houbres delante de mi, pensando
que era yo yaron. En fin yo amaestrada desea-
ua boluer ya acá para vinir por mi y tratar a mi
plazer con mas libertad; porque no podia ha-
blar todo lo que quería en aquel habito que me
TÍstió; que por ser zeloso el capitán no me de-
xaua momento de junto a si, y mandóme que
sopeña de muerte a ninguno descubríesse ser
mnger. Pues sucedió que en vna escaramuza -
qne se dio a los moros fue mal herído el capí-
tan, y mandándome qnanto tenia murío; y por
dudar el sn^^so de la guerra y pensando que
amqae los nuestros huniessen vitoría y dieasen
la pindmd a saco más tenia yo ya saqueado qae
podia saqaear, me determine boluer a España
antes que fuesse de algún soldado entendida; y
ansi me concerté con vn mercader que en vna
caranela llenava de España al real prouision,
que me hnniesse de passar; y ansi cogido mi
fato, lo mas secretamente que pude me passé,
y con la mayor príessa que pude me bolui a mi
Toledo, donde en llegando supe qae mi padre
era muerto; y como mi madre me vio me reci-
bió con plazer, poif^uc vio que yo venia razona-
blemente proueyda: que de más de las ropas de
seda muchas y muy buenas que hube del Capi-
tán, traya yo do^ientos ducados que me dixo
que tenia en vna bolsa secreta al tienpo de su
muerte. I )e lo qual todo me vestí bien de todo
genero de ropas de dama al vso y tiempo muy
gallardas y costosas, y por tener ojo a ganar
con aquello más. Hize vas(|uifía8, saboyanas,
verdugados, saltaenbarca, nazarena, reljo^iños,
faldrillas, hriaUs, manteos, y otras ropas fU
paseo, de por casa, de raso, de tafetán y de
chauíelote; y quandr> lo tube a punto nos fue-
mos todos tres a Salamanca, que ya era niy
hermano buen moco y de buena dispusiyion, y
en aquella ciudad tomamos una buena casa en
la calle del Príor. Donde llamándome doña
Uieronima de Sandonal, en dos meses que allí
estuue gané horros (¡xcn ducados entre estu-
diantes generosos y caualleros naturales del
pueblo; y como supe que la corte era venida a
Valladolid enbié a mi hermano que en vna calle
de conversación me tomasse vna buena posada,
y él me la alquiló de buen recebimiento y
cunplimiento en el barrio de San Miguel. Don-
de como llegamos fuenios recebidos de vna
huéspeda hourrada con buena voluntad. Aqui
mi madre me recató mucho de todos quantns
auia en casa, diciendo que ella era vna bibda de
Salamanca, muger de vn cauallero defunto, y
que venia en vn gran pleyto por sacar diez mil
ducados que auia de auer para mi de docte, de
la legitima de mi padre que tenia vsurpado un
tio mío qne sucedió en el mayorazgo: y yo ansi
me recogí y me escondí con gran recatamiento
qne ninguno me pudiessc ver sino en acecho y
asalto; y ansi la huéspeda comenco a publicar
que estaña alli vna linda donzella, hija de vna
viuda de Salamanca, muy rica y hermosa a ma-
rauilla, procediendo con quantos hablaua en el
cuento de mi venida y estado; y tanbien ayudó
a lo publicar vna moca que para nuestro semi-
Cio tomamos; y yo en vna ventana baja de vna
sala que salía a la calle hize vna muy graciosa
y vistosa zelosia, por donde a la contina aze-
chana mostrándome y escondiéndome, dando a
entender que a todos queria huyr y que no me
viessen. (') Con lo qual a todos quantos corte^
sanoa passauan daua ocasión que de mi estado
y persona procurassen saber; y algunas veces
parándome muy atauíada a vna ventana gran-
de, COA mi mirar y aparato, a las vezes hazien-
do que queria huyr, y a las (*) vezes queríen-
dome mostrtLT Jingiendo algunos detcuffdos^ po-
nía a todos más (') deseo de me ver. Andana
!' ) qae nÍDgano me viesse*
») G., otras.
(») G., gran.
164
ORÍGENES DE LA NOVELA
ya gran maltitad de seraidores, caualleros y
señores de salaa enbiando presentes y semidiós
7 ofre9Ímieuto8, y a todos mi madre despedía
diziendo que su hija era donzella y que no era-
mos mugeres de palaqio y pafsatiempo, que se
sufría herrar; que se fuessen con dios. Entre
todos quantos en mí picaron se adelantó más
yn mancebo mercader estrangero rico, gentil
honbre y de gran aparato: era en fin como le
deseaua yo. Este más que ninguno otro se
arriscas, a se me ofrecer trabajando todo lo po-
sible porque yo le diesse audiencia; y como la
mo9a le inportuuaua sobre muchos mensajes,
músicas y semidiós y contíno pasearme la puer-
ta, alcanzó de mi que yo le huuíesse de oyr, y
sobre tienpos tasados y aplazados le falt¿ mas
de yeynte yezes diziendo que mi madre no lo
aula de sauer; y en el entretanto ningún men-
saje le rebebía que no me lo pagana con el
doblo: que ^amarro, saboyana, pieza de tercio-
pelo, joyel, sortíxa: de manera que ya que yna
noche a la hora de maytines le vine a hablar
por entre las puertas de la calle sin le abrir, me
auia dado joyas de mas de do^íentos ducados.
En aquella vez que allí le hablé yo le dixc que
en la yerdad yo era desposada con un cauallero
en Salamanca, y que agora esperaua auer la
sentencia de los diez mil ducados de mi docte,
y que aguardaua a mí esposo que auia de ye-
n ir a me uer: por lo qual le rogaua yo mucho
que no me infamasse, que daría ocasión de
gran mal ; y el pobre man9ebo desesperado de
salud lloraua y maldcziase con gran cuyta, su-
plicándome puesto de rodillas an el suelo ante
las puertas perradas que le diesse li^en^ia como
yu día se viesse delante de mi, que le paremia
no desear otra beatitud; y yo mostrándome algo
piadosa y como por su gran importunidad le
dixe: Señor, no penséis ni esperéis de mi, que
por todos los tesoros del mundo haría cosa que
menoscabasse mi honrra y honestidad; pero
eso que me pedís alcan^adlo yos de mi señora,
que podra (*) ser que lo haga yo. Con esti pa-
labra se consoló en tanta manera que pareció
entonces de nueuo (*) resucitar, porque enten-
dió della dezirla yo con alguna parte de affí^ion
sino que ser yo donzella y niña me causaua te-
ner sienpre aquel desden, y no me atreuer a
más liberalidad; y ansí me despedí dexandole
a la puerta soUozcando y sospirando, y sin nin-
guna (') pena ni cuydado me fue a dormir, y
porque estuuiesse mi madre anisada de lo que
se deuia hazer le contó lo que la noche passó.
Luego por el dia proueyo mí seruidor para mi
casa todo lo que fue menester, enbiando a su-
í<) O., podría.
[>) O., muerto.
[*) G., algnna.
plicar a mí madre le diesse li^en^ia para la ye-
nir a yisitar, y ella le enbíó a dezir que yiniessc
pero que fuesse con tanto auíso y miramiento
que no pcligrasse nuestra honrra, y que antes
ella le deseaua hablar por aduertirle de lo que
nos conucnia, y que ansí le encomendaoa y¡-
niesse cuando fuesse anochecido, y que la hués-
peda no le Q) síntiesse; y ansí él yino anoche-
ciendo y entró con tanto recatamiento como si
escalara la casa del rey.
MiviLO. — Dime, gallo, ¿porqué te detenias
tanto y hazias tantos encarecimientos?
Oallo. — Poco sabes deste menester. Todo
esto que yo hazia era para encenderle más el
apetito ; para que le supiesse más el bocado de
la manzana que le esj)eraua dar. Que ayn mu-
cho más se le encarecí como yerás. Pues como
mí madre le recibió se sentó en la sala con él
díziendolc: señor, yo os he deseado hablar por
pediros de merced que pues publicáis que te-
néis afñcion a mi hija doña María, no la hagáis
obras que sean su destruicion. Porque ya creo
que, señor, sabréis, y sino quiero os lo dezir,
que yo fue muger de yn valeroso cauallero de
Salamanca de los mejores Maldonados; del qual
me quedó vn hijo y esta hija que es la lunbre
de mys ojos; y sabed que mí marido poseyó vn
cuento de renta mientra viuío; porque su padre
dispuso en su testamento que le poseyesse él
por su vida por ser mayor; y que siendo él
muerto sucediesse el hijo menor, hermano de
my marido (^), con tal condición que diesse a
cada vno de los hijos que quedassen al mayor
cinco mil ducados; y sino se los quisiesse dar
que sucediesse en ello el hijo mayor adelante
en su linea; y ansí el hermano de mi marido
se ha metido en el mayorazgo y no quiere dar
los diez mil ducados que deue a mis dos hijos;
y ansí ha dos años que pleyteo con él, donde
espero la segunda sentencia que es final en
esta causa, que se dará antes de diez días. En
cuya confianza yo desposé a mi hija con yn ca-
uallero muy principal de aquella ciudad, man-
dándole los diez mil ducados en docte porque
mi hijo le (') haze donación de los suyos sí yo
le diese agora quinientos (}) ducados, porque
ya a Rodas por la encomienda (') de San Juan,
y está todo el despacho hecho del Rey y de su
información. Agora, señor hijo, yo os he que-
rido hablar por dos cosas. Lo prímero suplica-
ros que os tenpleis en vuestro ruar; porque cada
dia esperamos al esposo de doña María; y si él
venido tomasse sospecha de vos seria tomar
(•) G., lo.
(*) G., y qae ú al tiempo de bu muerte íoease fino
vn otro hermano que era menor, que suoedieM en el.
W G., la.
{*) G., quatro^ientofl.
(>) G , a tomar el habito.
EL CROTALON
165
m siniestro que la echassedes a perder ; y lo
segando qne os quiero suplicar es que hagáis
esta buena obra a doña María mi hija, pues tcxlo
es para su remedio 7 bien, que nos prestéis
estos quinientos (}) ducados para con que en-
biemos mi hijo de aqui: que yo os haré yna cé-
dula de os los pagar anida agora la senten9Ía y
execu^ion; y en lo demás mi hija y yo estamos
aqui para os lo servir; que no será ella tan in-
grata que visto el bien que la hazeis no huelgue
de 08 hazer el plazer que querréis; y diciendo
esto le tomó mi madre por la mano y me le
metió a vna cámara donde yo estaña con una
vela rezando en vnas Horas, y la verdad que te
dig^ estaua rogando al demonio acertase mi ma-
dre en su petÍ9¡on; y como le (*) vi entrar fingi
alguna alteración ('), y mirando bien le rebebí
con mi mesura; y él mostró quererme (}) bessar
el pie, y auiendo algo hablado en cosas uniuer-
sales de la corte, del Rey, de las damas y ca-
ualleros, traxes y galanes, saliéndose mi madre
me dexó sola con él. El qual se fue luego para
mi trabajando por me bessar, pero yo me de-
fendí por gran pieza hasta que mi madre entró
y le sacó afuera diziendo que le quería hablar,
y él se le quexó mucho de mi desabrímiento y
desamor jurando que me daría toda su hazienda
si le quisiesse complazer. Mira, MÍ9ÍI0, si el de-
tenerme como tú antes me reprehendías si me
aprouechó.
Mic;iLo. — Por pierio, artificial maestra es-
tañas ya.
Gallo. — Pues mira mi madre como acudió,
que luego le dixo: Señor es niña y teme a su
esposo, y nunca en tal se vio. Ella me obedecerá
si le mando que se meta en vna cama con vos.
Pues echándose á los pies de mi madre le dixo:
hazedlo vos, Señora, por las plagas de Dios,
que' yo os daré quanto queráis, y ansi fueron
luego entre si concertados que él le daría los
quinientos ducados, y que mi madre le hiziessc
la cédula de se los p&gar dentro de vn mes; y
que ella hiziesse que yo dormiesse vna noche
con él, y ansi quedó que para la noche siguiente
se truxiessen los dineros y hecha la cédula me
diessen en rehenes a mi, y ansi en ese otro dia
entendimos en aparejar lo que se deuia de ha-
zer. Que pagamos la huéspeda y despedimos la
casa diciendo que en anocheciendo nos auiamos
de yr, y comprando mi hermano vn par de mu-
las le anisamos de todo lo que auia de hazer.
Pues luego venida la noche vino el mercader a
lo concertado qtie ai^n no se le co^ia el pan^ y
nos dio luego los quinientos (') ducados y mi
!*) O., quatrocientoR.
') G., la.
Í') G., algún Bobito espanto.
^) 6., querer bes^arme.
O O., qnacrocientofl.
madre le hizo la cédula a sn contento (}) de se
los pagar dentro de vn mes^ y luego se aparejó
la cena qtutl el nonio la proueyó; la qual aca-
bada con mucho contento suyo nos metió mi
madre en mi cámara y cerró por defuera, y el
se desnudó suplicándome que me acostasse con
él, y yo dezia llorando con lágrímas que no
haría a mi esposo tan g^n traición, y él se le-
uantó y asiendo de mi se mostnS enojar a por-
fía (*) conmigo f y yo por ninguna fuerca le
quise obedecer, pero Uoraua muy vivas lágrí-
mas, y él tomando a requerirme por bien; y yo
ni por bien ni por mal, y ansi auiendo pasado
alguna parte de la noche en esta porfia oymos
llamar a la puerta de la calle con furia, sintiendo
gran huella de caualgaduras, y era mi hermano
que traya l«i molas en qtó amamos de partir,
y entonces mostrando alteración dixele que es-
tuuiesse atento. Estando ansi hyrio mi madre a
la puerta de la cámara con furia y entrando
dixo: ¡ay hija! que tu esposo es venido y pre-
guntando por ti sube a te (') ver, y diziendo
esto tomamos ambas a mi seruidor, y ansi en
camisa con vna espada en la mano le hezimos
salir por vna recamara a un corredor que para
este caso auiamos quitado unas tablas del suelo,
y como él entró por alli con intinrjon de se re-
coger hasta ver el sw;esOj al prímcr passo cayó
en vn corral, de donde no podia salir por estar
cerrado al rededor; y luego yo vestiendome de
todos los vestidos de mi galán, que me cono-
Cian ya porque en ellos me crié, y despedidos
de la huéspeda los vnos a los otros no nos vi-
mos mas hasta oy. De aqui nos fuemos a Se-
uilla y a Valencia, donde hize lances de grande
admiración.
MigiLO.^ Espantado me tienes ¡o gallo!
con tu osadia y atreuimiento con que acometías
semejantes hazañas. Que la flaqueza de ser
mnger no te encogia el animo a temer el (*)
gran peligro en que ponias tu persona?
Gallo. — ¿ Qué dices , Micilo, flaqueza y
encogimiento de animo? Pues más de veras te
espantaras de mi quando yo fue Cleopatra: si
me vieras con quanto estado y magestad me
presenté ante Julio Cesar quando vino en Egip-
to en seguimiento de Pompeo, y (') vieras vn
vanquete que le hize allí para le coger (^) la
voluntad, y que si me vieras en vna vatalla que
di a Octauiano ^esar junto al proniontorío de
Leucadia, donde estuuo la fortuna en punto de
poner en mi poder a Roma. En la qual mostré
bien con mi ardid y desemboltura varonil la
(*) G., a mi madre, la caal le hizo vna coda!a.
(') G., enojado porfiando.
(») G, por te.
(<) G., tener temor al.
(») G., si.
(•) G., ganar.
166
orígenes de la novela
voluntad y ánimo que tune de Tender las ran-
deras Ilomanas y Henar delante de mi trihunfo
a (^) (^'esar vencido. Todo esto quiero dexar
para otro tiempo en que tengamos mas lugar;
y agora quiero te dezir de quando fue monja,
lo qual por ser ya venido el dia en el canto que
se sigue proseguiré.
Fin del séptimo canto del gallo.
ARGUMENTO
DEL OCTAÜO CANTO DEL GALLO
En el ociaao canto que m signe el anclor se finge haurr sido
monja, |H>r notarle» algunos intereses que en daño de sus
run^ienvias tienen. Concluye con vna batalU de ranas en
imitarion de Homero (.').
Gallo^ — 6i despertassc Mi^ilo holgariale
entret<?ner en el trabajo gustando é\ de mi can-
tar; porque la pobreza ciertamente nos fatiga
tanto que con dificultad nos podemos mante-
ner, y no sé si le soy ya algo odioso, porque
algunas mañanas le he despertado algo más
ttíuprano que él acostnnbraua, por lo qual pado-
Viamos mucba más lianbre, y agora porque esta
macilenta loba no nos acabe do tragar tomóme
por ocasión para atraerle al trabajo contarle mi
vida miserable; donde parece que lia tomado
liastn agora algún sabor, y plega a Dios que no
le enhade mi dezir; porcjue avnque sea a costa
de mi cabeza quiera él trabajar y ambos tenga-
mos que conjer.
Mii;ilo. — ¿Qué dizes, gallo; qué hablas entre
ti ] No me has prometido de me despertar cada
mañana, y con tu gracioso cantar ayudarme en
mi trabajo contándome tu vida?
Gallo. — Y ansi lo quiero yo, Miyilo, hazer;
que no quiero yo por ninguna ocassion quebran-
tar la palabra que ta di.
MiriLO. — Pues di, que colgado estoy de tu
habla y gracioso cantar.
Gallo. — Yo me proferí ayer de te dezir lo
que siendo monja passé, y solo quiero reseruar
para mí de qué orden fue, porque no me saques
por rastro. Pero noramala se diga, quiero que
sepas que este es el genero de gente más vano
y más perdido y de menos seso que en el mundo
ay. No entra en cuento de los otros estados y
maneras de viuir; porque se precia de mostrar
en su habla, trato, traje, y conuersaciou ser
vníca y particular. Lo que sueñan de noche tie-
nen por reuela^ion de l>ios, y en despertando
«
G., el.
(* ¡ ( Tachado], Sigaeesc el octano canto del Gallo de
Lnyiano orador griego, contrahecho en el castellano
por el ineflmo antor.
lo ponen por obra como si fuesse el principal
precepto de su ley. Dizcnse ser ortlen de reli-
gión: yo digo que es más confusión; y si algún
orden tienen, es en el comer y dormir; y en lo
que toca a religión, es todo ayre y libiandad, tan
lexos de la verdadera religión de Cristo como
de Hierusalen. No saben ni entienden sino en
mantener parlas á las rt»des y loqu torio (*). Sn
principal fundamento e* hazerse de los godos y
negar su proprio y verdadero linaxe; y ansi lue-
go que yo entré alli fue como las otras la más
profana y ambiciosa que nunca fue muger, y
ansi porque mí padre era algo pobre publiqué
que mi madre auia tenido amistad con vn cana-
llero de donde me auia auido a mí, y por des-
mentir la huella me mudé luego el nonbre; por-
que yo me llamaua antes Marina, como muía
falsa, y entrando en el monesterio me llame
Vernardina, que es nombre estraño, y tral^jé
quant<> pude por llamarme doña Bernaldina,
fingiendo la dependencia y genealogía de mi
prosapia y generación, y para esto me falwreeio
mucho la abbadesa; que de puro miedo de mi
mala condición // desasosiego procurana de me
agradar. Acuerdóme que vn dia vn pariente mió
enbio a visitarme con un paje; y preguntándole
la j»ort«'ra a quien vuscaua respondió el mocha-
cho, bnscaua a Bernardina, y yo acaso estaña
a\\i junto a la puerta; y como le oy sali á él con
aquella ansia que tenia que t^dos me llamassen
doña Bernardina y dixele: ¡O! los diablos te
llenen, t rapaz, que no te cabe en esa l>oca vn
don donde cabe vn pedazo de pan mayor que tú.
De lo qual á todas quantas esta;uan allí di oca-
sión de reyr (*) de mi vanidad.
Mk.ilo. — Pues tu padre ¿tenia antes don?
Gallo. — Si tenia: sino que le tenia (') al fin
del nombre.
MiriLO. — ¿Como es eso?
Gallo. — Llamanase Francisco remendón.
Ves alli el don al cabo. Mi mayor ocupación era
enbiar casi cada dia a llamar los principales y
mas honrrados del pueblo vuscando negocios
que tratar con ellos; y dilatábalos por los entre-
tener, y de alli venia a fingir vn pariente suyo
con el qual dezia que mi padre tubo gran paren-
tesco o afinidad (*). Desta manera con todos los
linajes de Castilla mostraua tener parte; con
Mendosas, ]\[anriqaes, Ulloas, Cerda, Varanes,
El dia que yo no tenia con quien librar a la red
y loqutorio me tenia por menos que muger, y si
la abbadesa me negasse la licencia me la yba a
las tocas queriéndola mesar, y la llamaua peor
de su nonbre. Dos dias en la semana enbiana por
(') G , loqatoriof».
(') G., que se riesen.
(M pero teníale.
{*j G , fingirme pariente suyo, por rodeos de cono,
cimiento o atinídad de algnno de sn linaxe.
EL CROTALON
167
el confesor para me conjesaar y consolar; y desde
que sallamos de comer hasta la noche nos esta-
ñamos en el confessonario tratando de 7idas
ajenas; porque no se mencaua monja que yo no
tuviese cuenta con ella. Otra vez me quexaua
de la abbadessa que no me qucria dar ninguna
consolación, que estaña para me desesperar, o
hazer de mi vn hecho malo; y amenazauala con
la visita. Aconte^iame a mí vn mes no entrar
en el coro a las horas fingiendo estar enferma
de xaqueca, que es enfermedad de señoras, y
para fingir este dolor hazla vnos géneros de
birretes portogueses af forrados en martas, o
grana fina de poluo (}) demandada a mis serui-
dores, y deuotos y familiares. Pues para susten-
tar mis locuras y intereses lebanté vn vando en
el monesteriode los dos san Juanes Euangclista
y Baptista, y como yo tube entendido que mis
contrarias con quien yo tenia mis dif ferencias y
pundonores seguian al Euangelista, tomé yo
con mis amigas la devoción el apellido y par-
cialidad del Baptista; no más de por contrade-
zir. Que de otra manera nunca tube cuenta ni
eché de ver quál dellos mere^ia más, ni qnál era
mejor.
MiriLo. — ¡O gran vanidad! Quánto mejor
fuera que trabajaras por imitar a qualquiera
dellos en virtud y costunbrcs!
Gallo. — Pues quando venia el dia de San
tJuan de Junio, quanto era mi desasosiego y
uúi inquietud! Rebol uia todo el pueblo vuscan-
do la tapizcria para la iglesia, claustras y refi-
torío. El hinojo, claueles, clauellinas, halelies,
azuzenas y albahacas puestas en mil maneras
de l)asíjas de mucha curiosidad; y otras frescas
y odoríferas yerbas y flores, yuncos y espada-
ñas. Aparejaua las pastillas, moxquete, estora-
que y menxni, que truxiessen toda la casa en
grande y suane olor. Traya aplazado el predi-
cador de veynte leguas; y vn año antes nego-
ciado, y la música vnica y peregrina de muchos
instnimentos de suabe y acordada melodia.
Nego^iana las bozes de cantores de todos los
señores y iglesias cathredales y colegiales quan-
tas aula en la comarca. Después para todos
estos aparejaua casas, camas y de comer. Yus-
caoa aucs, pescados y frutas de toda diferencia,
precio y estima. Un mes antes hazia los maza-
panes, bizcochos, rosquillas, alcorzas y confi-
tnras, y avn mucho sebillo de manos y guantes
adobados, para dar a vnos y a otros conforme
a la calidad y libiandad de cada qual que inter-
aenia en mi fiesta.
Mi<;iLO. — Todo eso no se podía hazer sin
gran costa. Dime ¿de dónde auias todo eso?
Gallo. — Por auerlo grangeaua yo vn año
antes los amigos y seruidores por diuersas vias
(•) G., Florencia.
y maneras. Procurando negocios, dares y to-
mares con todo género de honbres. De los vnoe
me aprouechaua para que me diessen algo; y
de los otros para que demandasscn a otros ('),
y a otros quería para que me lleuasson mis re-
cados y mensajes con que vuscaua y adqneria lo
demás. De manera que yo me em picana tan
toda en este caso que nunca me faltaua cosa
que hiziesse a mi menester (*).
Mi<;ilo. — O quán molida y quebrantada
quedarías passada la fiesta; y más orgullosa,
presuntuosa y profana en auer cunplido con tu
vano interés! O quán miserable y desuenturada
era esa tu ocupación, lo que es más do llorar!
Gallo. — Las contrarias hazian otro tanto
por Nauidad día de San Juan Euangelista,
que es ol tercero dia de la pasqua.
Mi(;ilo. — Parece que tenía el demonio vn
censo cada año sobre todas vosotras; la mey-
tad pagado por las vnas por Nauidad; y la
otra meytad a pagar por las otras a San Juan
de Junio. ¿Que libiandad tan grande era la^
vuestra; que siendo ellos en el cielo tan yguales
y tan conformes, aya entre sus denotas acá tan-
ta desconformidad y disensión? Antes me pa-
rece que como verdaderas y buenas religiosas
deuieredes preciaros ser mas denotas del Santo
quanto mas trabajauades en su imitación. Las
baptistas procurar exc^er a las otras en el
ayuno con tino, en el vestido poco; en la peni-
tencia y sanctidad, y las euangelistas procurar
licuar uentaja a las otras en el recogimiento,
en la oración, en el amor que tubo a su maes-
tro, en aquella virginidad santa por la qnal le
encomendó Dios (•) su madre virgen. Pero
como toda vuestra religión era palabras y vani-
dad, ansi vuestras obras eran profanas y de
mundo, y ansi ellas tenian tal premio y fin
mundano. Porque si vosotras os matáis a cha-
pínazos sobre quál de los dos San Juanes fue
mejor, y vosotras no tenéis ni seguís punto de
su bondad seriades como son dos negras escla-
uas de dos señoras que se matassen a puñadas
sobre quál de sus amas era más hermosa; y
ellas dos quedassen negras como vn tizón. O
como dos romeros que muy hanbrientos y mi-
serables con gran enojo se matassen sobre qnál
es el más rico desta ciudad, y ellos quedassen
muertos de hanbre sin que nadie (*) les dé vn
pan que comer.
Gallo. — De lo que yo sentí entonces desta
gente tengo por opinión que naturaleza hizo
este genero de mngeres en el mundo por demás;
y por esta causa las echó en los monesterioB
como quien las arrima a vn rincón ; y como ellas
(*) G., me vuflcasHen lo qne hazia a mi menester.
(') al camplimiento de mi voluntad.
í») G., Cristo.
(^) G., ningono.
168
ORÍGENES DE LA NOVELA
se yen tan fuera de cuenta trabajan con estas
industrias de Sathanas darse a entender; j ansi
el primer pensamiento que la monja concibe en-
trando en el monesterio es que le tienen Tsur-
pado el rejno j que se le tienen por fuerza; y
que por eso la metieron como en prisión alli, j
seríale mas conueniente j prouecboso hazerse
entender que aquella es casa de orates 6 locos,
donde fue lan9ada porque está sin seso desde
que na9Ío, porque acá afuera no haga mal. Pues
sabrás, que jo fue enferma de m jaratan de
que en los pechos fue herida, de que padecí
mucha passion hasta que la muerte me llenó; j
luego mi alma fue lanzada en vn cuerpo de yna
Baña en el lago de Genesareth que esta en Pa-
lestina. Donde por yr tan acostunbrada a par-
lar no hazia sino cantar a la contina: prín9Ípal-
mente quando queria llouer por dar plazer al
labrador que lo tiene por señal. En aquella vida
viuia yo en algún cont^^nto por la gran liber-
tad do que gozamos todas alli. Tratauanos
muy bien vn benignissimo rey que teniamos;
manteníanos el lago en toda paz y tranquilidad
avnque algo contra la condÍ9Íon que yo auia
tenido acá: pero la nueua naturaleza me mudó.
Ko hazíamos sino salir a la orilla al sol y es-
tendemos con mucho plazer, y a su hora tor-
narnos a entrar en toda quietud; y como en
ningún estado en esta vida falte miseria, ten-
ta9Íon y trabajo, y creo que el demonio entien-
de en desasosegar toda criatura que en el mun-
do ay, ansi nos dio a nosotras rn desasosiego
el mayor que se puede encarecer, y sabrás que
como es cosa común, teniamos alrededor do
nuestro lago mucha copia de ratones que se
vienen por alli a viuir de los pueblos comarca-
nos en sus cuchas y chocas, por viuir en más
seguridad; y estos por ser gente de buena con-
uerza^ion liizieron con nosotras gran vezindad:
y nosotras los tratamos a la conthia muy bien.
Sucedió que vn día (juiso (que no deuiera) vn
hijo de su rey con algunos otros sus principa-
les y vasallos passar a la otra parte del lago a
visitar 9¡erto8 parientes y amigos y aliados que
vibian allá. Y por ser muy largo el lago tenia
gran rodeo y trabajo y avn peligro para passar,
y comunicando su voluntad vn dia con 9¡ertas
ranas del lago, ellas, o por enojo que tuuiesscn
dellos, o por mala incliua9Íon pensaron hazer-
les vn gran daño y vurla, y fue que ellas se les
ofre9Íerou de los passar sin lission, si fiándose
dellas se subían sobre sus lomos; que cada vna
dellas toniaria el suyo sobre si y ansi nadando
los passariau a la otra parte, y que por más
asegurar (') atarían las colas dellos a las pier-
nas traseras de las ranas, porque si se delezna-
ssen del cuerpo no peligrassen en el agua. Ansi
(*) G , las atarían.
ellos confiados de su buena oferta vinieron
hasta vnos veynte de los prín9¡pale8 de su va-
sallaje, quedando sus criados y familiares a la
orilla mirando la lastimosa tragedia; y qoando
las ranas tnnieron a los señores ratonen en el
medio del lago ante los ojos de todos los que
quedaban a la orílla se van con ellos a lo hon-
do, y zapuzándose muchas vezes en el agua los
ahogaron a todos: y luego como fue anisado su
Rey y los padres y paríentes de los otros vinie-
ron al agua a ver si acaso podrian remediar
aquel cruel aconte9Ímiento, y como ni por rue-
gos, ni por lagrimas, ni promesas, ni amena94i8
no pudieron alcan9ar de nuestras ranas que no
llenasen aquel daño a execu9¡on dieron muy
grandes bozes, llantos y alaridos, jurando por
la grandeza del sol su padre, y por el valor y
loa entrañas de su madre la tierra de vengar
tan gran traición y alebosia. Protestauan la in-
juria contra nuestro Rey pare9Íendoles que no
podia ser tan grande atreu ¡miento sino con su
mandado y espreso fabor; y como nuestro Rey
oyó las bozes y pesquisó la causa y la supo,
salió de su pala9Ío con algunas ranas prin9Ípa-
les que se hallaron con él, y por aplacar los ra-
tones mandó con gran diligen9Ía se buscassen
los malhechores a do quiera que los pudiessen
auer y los truxiessen ante su magestad, y avn-
que todos no se pudieron auer luego, en fin
fueron presas alguna cantidad dellas: de las
cuales se tomó su confesión por saber si algún
señor particular les mandó hazer aquel daño;
y como todas (}) confessaron que ellas de su
propio motiuo (*) y ma]Í9Ía lo auian hecho fue-
ron condenadas a muerte, y avn se quiso de-
zir que alguna de aquellas ranas que fueron
presas, por ser hijas de personas señaladas fue-
ron secretamente sueltas y ausentadas, porqu(>
vntaron las manos a los juezes, y avn más los
escríuanos en cuya mano dizen que está más
9Íerto poderse hazer; y ansi escaparon las vidas
del morir.
MiviLO. — Pues Dios las guardó viban y ha-
galas Dios bien. Por cierto gran descuydo es el
que passa en el mundo el dia de oy: que siendo
vn offí9Ío tan prin9Ípal y caudaloso el del es-
criuano, y tan ne^'csario, que sea (^) honbre de
fidelidad para que todos viban en paz y quietud,
consienten y permiten los prin9Ípes criar nota-
rios y escríuanos hombres viles y de ruynes
castas y suelo: los quales por pequeño interés
peruierten el derecho y justicia del que la ha
de auer; y sobre todo los proueen de los oFfícios
mas principales y de más peligro en su Reyno:
como es de escriuanias de chan^illerías (*) y
(<) 6., ellas.
(*; G., motu.
*] G., este en.
i) G., chaD9eIlerias.
8
EL CROTALON
169
consejos y regimientos j gouiernos de sa ha-
zienda y república: lo qual no se aoia de hazer
por ninguna manera, pues en ello ra tan gran
ínteres y peligro.
Oallo. — Y ansí un dia de mañana como
salió el sol fueron las condenadas sacadas a la
ribera y pregonándolas yn pregonero a alta boz
por alebosas, traydoras, matadoras, homiqidaa
de sus bezinos y aliados, que las mandaua su
Rey morir; y ansi ante gran muchedunbre de
Ranas que salieron del lago y muchos ratones
que lo vinieron a ver fueron publicamente de-
golladas. Pero el Rey Ambrocos (que ansi se
llamaua el Rey de los ratones) y todos aquellos
señores estañan retraidos en sus cuebas muy
tristes y afligidos por la perdida de sus hijos;
y ansi mandó su rey llamar a cortas, y luego
fueron juntos los de su Consejo y grandes de
su Reyno. Donde con g^nde encarecimiento de
palabras les propuso la cniel traición que hauian
cometido las ranas: y no en qnalesquiera de su
reyno, sino (') en su mesmo hijo y de los prin-
cipales señores y caualleros de su tierra. Por lo
qual avnque pudieran disimular qualquiera otra
injuria por ser sus bezinas y aliadas, pero que
este caso por ser tan atroz en la persona real y
sucesor del Reyno no se sufría quedar sin cas-
tigo; y ansi los ratones indignados por las la-
grimas y encarecimientos de su Rey se ofrecie-
ron con sus personas y estado salir luego al
campo: y que no boluerían a sus casas hasta sa-
tisfazer y rengar su príncipe Rey y señor o per-
der en el campo sus vidas. Y ansi el Rey les
mandó que dentro de quinze dias todos saliessen
al campo a acompañar su persona real, y mandó
luego anisar con sus patentes, cartas y proui-
siones a todos los ratones bezinos al lago, que
supiessen la injuria hecha a su rey: y que todos
80 pena de muerte saliessen a las oríllas y hi-
ziessen el posible daño en las ranas que pudie-
ssen auer. Luego todos aquellos señores se fue-
ron a sus tierras aparejar y venir con sus com-
pañias al mandado de su rey. Porque esto tie-
nen los ratones que son muy obedientes a sus
mayores; porque al que no lo es le de&pedacan
todos con los dientes; ni es menester para el
castigo del tal delito que venga particular pes-
quisidor ni executor de la corte: que (^) luego
es tal delintjuente castigado entre ellos con
muerte: y ansi no se osa ninguno desmandar.
Ya nosotras las ranas de todo esto eramos sa-
bidoras, porque no faltaron algunos de sus ra-
tones que por tener con algunas de na^^otras es-
trecha amistad se lo comunicasen. Principal-
mente todo aquel tiempo que passó antes que
se publicasse la guerra, porque hasta entonces
8
*^ G., pero.
** G., porque.
avn estañan en pie muchas de las antiguas amis-
tades que auia entre vnos y otros en particular,
y tanbien lo uiamos por esperiencia en nuestro
daño: porque ningún dia auia que no parecie-
ssen a la costa del lago muchas ranas muertas,
porque los ratones se llegauan a ellas con disi-
mulación y con los dientes las hazian pedacos ;
y principalmente hazian esto vna compañia de
malos soldados que de estrañas tierras el Rey
auia traydo alli de rn su amigo y aliado: gente
muy belicosa y de grande animo, que ninguna
perdonauan que tomassen delante de si. Ya eran
tan grandes los (*) daños que se nos hazian
que no se podian disimular, y dentro de quinze
dias parecieron ante las (^) ríberas de Genesa-
reth más de cien mil ratones, en tanta manera
que el campo cubrían. Vino alli su (♦'*) Rey
Ambrocos con gran magestad con todo el apa-
rato de tristeza y luto, protestando de no yr de
alli sin vengar muy a su voluntad la muerte de
su hijo; y ansi mandó dar en el campo vn muy
brauo y sangríento pregón. Traya vn fiero ratón
por capitán general, al qual llamauan Lani-
pardo el cruel: viejo y de maduro juizio, que
toda su vida auia vibido en los molinos y las
hazeñas que están en el rio Xordan y Eufrates.
Traya debajo de su vandera en nombre de Am-
brocos su rey quarenta mil ratones de grande
esperiencia y valor. Venia alli Braqnimis (*)
Rey de los ratones que habitan toda la tierra
de Samaría y Cana, el qual traya treynta mil.
Venia Aplopetes, Rey de los ratones que moran
Nazareth, Belén y Hierusalen: el cual traya
otros treinta mil y más. Vinieron otros señores,
príncipes, vasallos y aliados del Rey Ambrocos
que trayan a cinco mil y a diez mil. De manera
que en breue tiempo todo el campo se cubrió.
Gomo nos vimos en tanta necesidad y apríeto
acudimos todos a nuestro Rey llorando nuestra
libertad perdida, al qual hallamos en la mesma
aflicion sin saber cómo se remediar.
Mi^iLO. — Entonces, gallo, hallado auias
oportunidad para executar tu belicosa condi-
ción que tenias siendo monja.
Gallo. — Muchas mas fuercas y orgullo te-
nia yo en el monesterío para reboluer. No auia
en todo el lago ninguna rana que no cstuuiesse
acobardada y como abscondida y encogida de
temor, y ansi la nuestra reyna, mandó que todas
las ranas sus subditas se juntassen, que se que-
ría con ellas aconsejar. Las quales quando fue-
ron juntas les (') propuso el afiito y miseria en
que estañan (*). A algunas dellas les pareció
{*\ G., ya los daños eran tan grandes.
(i) G^ naestras.
(») G., el.
(«) G., Brachimis.
¡*) G., nos.
(') G., estañamos.
170
orígenes de la novela
que seria bueno dexar aquella ribera a los ra-
tones y passarse a la contraria, donde les pa-
recía que no abria quien las dañasse. Pero como
aula alli ranas de todos los rededores y partes
del lago dieron fe que no auia dónde huyr ni
poder salir con libertad: porque por todas par-
tes e&tauan puestos {}) gran multitud de rato-
nes a punto de guerra, los quales procurauan
dañar y matar en las ranas como las podian
auer, no dexando alguna a vida. De manera que
como nosotras vimos el ardid con que nuestros
enemigos nos perseguían determinamos que se-
ria bien salir al campo y darlos una batalla:
porque nos pareció mejor morir, que no infames
y encerradas y sin liberta<l cada dia pade^'er.
Pero lo que más nos afligía era el faltarnos ar-
mas con que pelear. Porque esta ventaja tienen
de su naturaleza todos los animales: que a to-
dos dio armas naturales na9Ídas consií^^o para
se defender de sus enemigos y de aquellos que
los ([uisiessen dañar. Al león dio vñas, esfuen^o
y destreza. A la sierpe dio concha. A las aues
dio vñas y buelo, y al cauallo herraduras y dien-
tes con que se defienda, y ansí al ratón dio vñas
y dientífs con que hiera, y a cada qual animal
en su naturaleza armó; y a la rana, por hazer-
nos el animal más simple y miserable le dexó
sin armas algunas con que pudiese defender de
íiuien le procurasse dañar.
MiriLO. — A mí me parece, gallo, que en todo
eso prouellú con gran prudencia naturaleza,
poniue como quiso criar la rana simple y sin
perjnizio y daño, ansi lo crió sin enemigo que
la dañasse; y porque alguna vez se podía ofre-
9er que con furia la acometiesse otro algún ani-
mal la proueyó de l¡gere9A para nadar, y el sal-
to para huyr. (Que culpa tiene naturaleza si vo-
sotras enrruynais y corrompéis la sinpleza con
que ella os crió?
Gallo. — Tú tienes mucha razón, porque en
el innntlo no aif animal que no aya corrompido
, confia malicia las leyes que su naturaleza le dio]
y ansi por vernos confusas en este caso sin
poder alcanyar a sabernos dar remedio, acordóse
que nos socorriessemos del consejo y ayuda de
9Íerto8 géneros de pescados que en aquel lago
andauan en nuestra compañía, y prin9Ípalmen-
mente de vnos grandes barbos que alli se cria-
uan y a estos nos fuemos contándoles nuestra
miseria, y ellos como es gente muy honrrada
y bien inclinada y trabajan vibir sin perjuizio
de nadie, que hasta oy no se quexódellos alguna
naQÍon. Por esta causa pare9Íoles tan mal la
traÍ9Íon que nuestras ranas hivieron á los rato-
nes que casi con disimulación se determinauan
ver de nosotros (sic) (*) vengados los ratones.
(<) G., estaoii puesta.
(') ü., nosotras.
Pero ya por la estrecha y antigua amistad qne
por la contina vibienda entre nosotros auia nos
estimaban por parientes y naturales, y ansi se
dolieron de nuestra ne9esidad y se proferieron
a la remediar, ayudándonos (') con consejo y
fuer9as; y puestos luego en esta detcnuinacioD
se leuantó vn baruo anyiano y de buen consejo
y nobleza y ante todos propuso ansi: Honrra-
das dueñas (*), i*ezinas^ amifjas y partentas, a
mí me pessa auer de seguir y fabore9€r en esta
empresa parte tan sin razón y justicia: pues
vosotras aueis injuriado y ofendido a vuestros
amiiros vezinos y comarcanos tan sin os lo
mereyer; yo nunca pensé que vuestra simpleza
tuuiera acometimiento de tanto doblez. Ni sé
quien os díó lengua ni alma para fingir, ni ma-
nos para ansi dañar con tan aleuoso engaño.
¿Quién no se fiara de vuestra flaqueza, pensan-
do que vuestra humildad seria tal como la mos-
tráis? Quán justo fuera f alborecer antes a (•)
vuestro castigo qne a vuestra defensa? Pero de
oy más neyesitais nos a vivir con vosotras con
aniso; y por venir á demandarnos (*) socorro;
porque es la ley de los nobles no le negar á
quaiitos afligidos le pidan, es razón que se 08
dé: y ansí es mi parecer que ante tollas cosas
tratenios de os dar armas con que peléis y os
defendáis ; porque ciertamente os tienen en esto
gran ventaja los ratones en dientes y vñas. Por
lo qual auiendolo mirado bien, es mi consejo;
que hagáis capacetes de las caxcaras de huebos
que se pudieren auer, que nmehas hay en este
lago, que los pescadores nos (') echan por 90U0
para nos pescar; y estas caxcaras puestas en la
cal>eza os será alguna defensa para las heridas;
y por lan9as llenareis unos yuncos que ay cu
estji ribera, que tienen buenas puntas con que
podáis herir; que nosotros con nuestros dientes
os los cortaremos quantos tengáis necesidad, y
vosotras trabajad por os hazer diestras con estos
yuncos como podáis con destreza herir; apren-
ded con la boca y manos como mejor os apro-
uechois dellos. Saldréis al campo con estas ar-
mas; y si os vieredes en aprieto recogeros eis
al agua, donde estara gran copia de nosotros (•)
a la costa escondidos ; y como ellos vengan con
furia siguiendo su vitoria caerán en nuestras
manos; y con nuestras colas y dientes el que en
el agua entrare perderá la vida. De todos fue
aprobado el consejo del buen pez, y ansi deshe-
cha la consulta cada cual se fue a aprouechar de
lo que más pudiesse auer. Las ranas todas nos
dimos a vuscar caxcaras de huebos por mandado
(*) G., a nofl faborecer.
Í*) G., Honrrada gente.
») G., en.
^) G., Tenimofl a demandar.
(8) G., las.
[^) G., estaremos machón de vueptios amigos.
EL CRÓTALOS
171
de nueatra Reina; j los barbos ¿ cortar ynncoa;
y avnqve Et; hallaron alguna cantidad de calca-
res no fueron tantas que pndiessen nrmar a to-
das; por tanto se mandaron primero proneer ka
Sefloras (') y principales ranas; y despncB fne-
ron repartidas las armas por randeras y compa-
fiias. Pero ninguna fue sin laii;^, porque los
barbos proueyeron de gran copia de yuncos; y
ansi proQoydike las Tanderas j capitanías por
aquellas Señoras (*), a mi como sabia la Reyna
que yo en la mas diestra en armas de todas
qtiantae ania en el lago ('), porque del mones-
téño yua yo ya diestra por la mucha costumbre
en que estañamos a jugar de chapinaso y reme-
són por dame acá esa paja, principalmente sobre
quién soys ros, mas qnién soys tos, qtiando co-
menfauauos a apurar los linajes. Ansi que por
conocerme a mí más indastriada en la» armav
que a todas me rogó quisiesse aceptar el offifio
(le capitán general; y ansi ordenadas las esqua-
dras que cada Tna acometicsse a su tienpo y co-
yuntnra; piirque avn siendo mucha gente si Ta
desordenada Ta perdida. Quanto mas siendo
nosotras pocas en con pa rae i un de loa ratones
era más necesario el buen orden y confierto; y
nuai yo me tomé a Marfisa marquesa de la costa
de Galilea que lleuatia vcynte mil, y a Manila
duquesa de la costa de Tiinriades que llenatia
otras veynte mil, y yo que de mi costa tomé
otras diez mil. Con estas f;¡nqneüta mil ranas
las mejor armadas que auia en la compañía sali-
mos del agua al campo. Salimos rna mañana en
saliendo el sol con eran canto y grita. Quedaua
la nnestra Reyna (*) con otras reyntc mil ranas
dentro en el lago para socorrer en la ne9eBÍdad:
!■ con otras muchas señoras (*) y principales del
Bgo; y esto porque las ranas en sus batallas y
gnerras no consienten que sos reyes salgan al
peligro hasta qne no se puede escusar: que sus
capitanes y señores hazen primeros acometü-
mientos y rompimientos de la guerra; y demas-
de la gente dicha estaña Tna buena compañía de
(inco mil barbos todos escogidos y muy platicos
en la guerra, que se hallaron en las batallas que
vuierort los atuneg en tiempo fie Lazara de Tor~
me» con loa otro» pennuloe, los quales estañan
encomendados por e) Rey a Galafron (■), Duqne
de la costa de genesaretb, por su capitán, barbo
de grande esperíencia y ardid; ya de nuestra
salida tenian noticia loa ratones que no se les
pudo esconder, y estañan a punto para nosrece-
bir, y pensando nosotras ser Tentaja acometer
(') G., loa Mñore*.
l<) G., aqnelloa aefiom.
(*) G., coDmderandffla Rejnaqna en toda m comar-
ca no aaia maa Miña lua que yo ni mas e«p«riinen-
tada en guerra y dÍMiuioaei.
{*) G., En«tro Bey.
(■) G , muehoa ««florea.
(*j G,, Kitoa trafan por «n capitán a.
arremetimos con grande csfncrco, grita y animo,
cubiertos (') bien de nuestros yclmiji', puestas
las puntas de nuestras lanc-as en ellos (^) para
qne se lancassen por ellas, y ansi conieiicamos
con mucho compás y orden a camiiiar jiara
ellos. Venia en la delantera de toda la compaña
aquel fuerte Lampnrdo su Capitán Kt^neral
dando grandes saltos por el campo, que no pa-
recía sino que ere aqueste (*} su dia, y yo con
aquella sobra de animo que se podía comparar
con el de vn fuerte varón sali a c'l, y como él no
era anisado de aqnella nuestra arma vinosu de-
recho por me dañar: pero como le puse la punta
del yanco (') y le piqué saltd afuera hasta reco-
nocer bien el arma con que le herí; ya se jun- ■
taron las liazes de la una parte y de la otra
donde las nuestras mostraron tratar a los rato-
nes mal, porque cowo ellos no auían pensado
qne nosotras tuuieromos armas tomaron algún
temor: y ansi se coniencaron a detener, y en
alguna manera se Kentia de nuestra parte ven-
taja : porque si IfS diéramos ocasión de nos
temer no quisiéramos más. Pero de nuevo Lam-
pardo y Brachiuiis y Aplopetes tornaron a nos
acometer: y como sintieron que nuestras laucas
y armas eran de ninguna fuerca ni valor laucá-
ronse por nosotras con facilidad. Matanan y
dcspedacaban qnantaa querían, en tanta manera
que no los podimns resistir su furia, y ansi fue
necesario rccojer el exercito al lago: y los rato-
nes con aquel animo que la Titoria les daña vi-
nieron a se laucar por el lago adelante: donde
saliendo los barbos dieron en ellos con tanta
furia qne hiriendo con las colas y dientes en
breue tiempo mataron y ahogaron más de diez
mil; y quiso mí ventiu% qne yo quedase en la
tierra ptir recoger mi gente que venia huyendo
desmandada (*} a lancarae »i* orden al lago, y
sucedió que como Lampardo me vído en el
campo se tÍuo para mi: y arnque yo le re(ebí
con algún animo no me pudo negar mi natura-
leea de flaca rana y no exercitada: por lo qual
no le podiendo resistir se apoderó en mi, y tro-
pellandome con la furia que traya me hizo sal-
tar el yelmo de In caliera, y hincó con tanta furia
los dientes y Tñas en nil que luego espiré; y
ansi ro supe en aquella batalla lo que mas
passó. Avnque sospecho que por bueno (*) que
i'nessc el fanor de los barbos no quedarían los
ratones siu satisfazerse bastantemente.
Mii:iL0.~Por vierto gran deseo me queda de
saber el suceso de la batalla: porque no puedo
yo creer que no tuuiesse (7) satisfazion la jus-
<•) G., ciiliiertai.
D ^.. nnestros enemigos porqOe.
0)Ü.,e.te.
t*l O , jnnqne.
f>| G.. dennaratada.
<') G-, grande.
(') G., qaedacse sin bastante.
172
ORÍGENES DE LA NOVELA
tÍ9Ía de Dios. Coea roaraciillosa es, que yn ani-
mal tan sin manos, y ser simple y pusilánime
tenga atreuimiento para ansí con tanto daño
engañar. Vn animal tan callado, tan hnmilde,
tan sin alteración, de tanta religión y recogi-
miento acometa yn tan atroz 7 nefando insulto,
spe^ie tan calificada de traÍ9Íon. ¿Quién no fiara
dellas? A quién no engañaran con su fingida (')
simpleza? No en yano dizen: que más daño haze
un rio manso, que yn hondo 7 furioso. Porque
á la contina se yio por eBperien9Ía estar la hon-
dura y 9Ícnago en el remanso y quietud del
agua, Pero sobre todo lo que me has contado,
gallo, estoy espantado quando considero quán
estremado animal es la muger. Tan presun-
tuoso, tan yanagloríoso, tan desasosegado, tan
cobdÍ9Íoso do estima, mando y yenera9Íon,
auiendo sido criado por Dios para tanta bajeza
y humildad: que poca di/ferencia y ventaja ay
entre la rana y este animal que no ay (2) mu-
ger por pobre y miserable que sea que no pre-
suma de si ser merecedora y poderosa para
mandar y gouemar la monarchia del yniuerso,
y que es pequeño el mundo para lo mucho que
tiene entendido de si. (Jiertamente tú tienes
mucha razón en sustentar auer toda criatura
corrompido la carrera y regla de su viuir.
Gallo. — Ciertamente tú dizes la yerdad;
que no saben tener en sus cosas templanza
ni medio; mas en todo son amigas del es-
tremo.
MiriLO. — Hasta (^) yna monja que está en
yn moiiesterío encerrada, auiendo professado la
liumildad y menosprecio de los mandos y pre-
heminencias y yentajas con que el mundo fabo-
rece a sus mas incumbrados naturales, y auien-
do prometido a Dios y a la religión de negarse
a sí y a su proprío interés; y que solamente hará
la voluntad ajena y de su perlada y mayor, y
veys con quanto estremo se sacude de su pro-
fesión y en alma y o', ras y pensamiento yibe al
renes; y porque me parece que es especie de
estremada yileza dezir mal de mugcres quiero
acortar en este proposito (*); porque los hon-
bres honrradoB antes las deuen defender /707* ser
flaco animal ('); que de otro materia se nos
auia ofrecido de que pudiéramos largo hablar.
Pues, ¿qué si dezimos en el estremo que tienen
en el amar y aborrecer? En el qual ningún in-
conueniente ni estonio se le pone delante para
dexar de effectuar su yoluntad; y sino las
obedc9eis y respondéis quando os llaman con
igual amor vueluen en tanto odio y yra que se
(M G., aparente.
(') G , y no rereis.
(') G., Qae hasta.
{*) G., callar.
(■) G., Vna sola cosa no puedo dexar de dezir y en*
carecer: el extremo.
arriscan al mayor peligro del mando por se sa-
tisfazer.
Gallo.— Ay Micilo, que en mentarme ese
proposito me has laucado yn espada por las en-
trañas, porque me has acordado de yn amigo
que por esa causa perdi (*), el mayor y máifel
que nunca tuuo la antigüedad. Que si mi cora-
Con sufriesse a te lo contar maranillarte yas
cómo acordándome dello no reuiento de passion.
Mi VILO.— Gran deseo me pones, gallo, de te
lo oyr, y ansi te ruego que te esfuerces por amor
de mí a me lo contar: que según me lo has en-
carecido deue de ser cosa digna de saber.
Gallo. — Pues aynque sea a costa de mis
ojos y coracon yo te lo quiero contar por te
obedecer. Cantarte he yn amigo qual nunca
otro como el se yio. En fin, qual deyen los bue-
nos amigos ser, y lo demás que a este proposito
acompañare en el canto que se sigue lo oyras.
Fin del octauo canto del gallo de Luciano.
ARGUMENTO
DEL NONO CANTO
En «1 nono canto que se sigue d tuctor imitando a Lu^no en
el fUalogo llamado Tozarís, en el qual trata de la amistad, el
anctor trata de dos amigos fideliüdmos qua en casoa mny ar>
duoa aprobaron bien su inlin^ion.Enseftassequalesdenen ser
los buenos amigos (.*).
Gallo. — ¿Estás ya despierto, Micilo, qne
yo a punto estoy para proseguir en lo que ayer
quedé de te contar? Porque aynque sea a costa
de mis entrañas y me dé algún dolor, oyras yna
conformidad y fidelidad de dos amigos los ma-
yores y mas yerdaderos que nunca entre los
hombres se yi6. Una confianca y afficion que
dixeras yiuir yna sola alma en dos. Yna casa,
yna yol¿a, ynos criados, yn spiritu sin parcia-
lidad ni diuision.
MiviLO. — Gran pieza de tiempo ha que estoy
deseando que despiertes, cobdicioso de te oyr.
Agora di tú, que sin distraimiento alguno te
oyre todo lo que querrás.
Gallo.-^Pucs ante todas cosas te quiero
hazer saber que siendo yo yn tiempo natural
francés y de Paris llamado Alberto de Cleph,
y siendo mancebo mercader tubc yn amigo na-
tural de la mesma ciudad llamado Arnao Gui-
llen, el más yerdadero y el más fiel que nunca
tubo la antigüedad. Este fue casado en la yilla
(*) G., acordado qae por esa caura estañe en panto
de perder vn amigo.
(^] (Tachado). Bíguesse el nono canto del Gallo de
Lnyiaño, orador griego, contrahecho en el castellano
por el mesmo autor.
EL CROTALON
173
de Embers en el dncado do Branante con vna
donzella llamada Beatriz Deque, hija de hon-
rrados padres, hermosa j de baen linaxe, la
qoal truxo consigo a TÍair á Paris. Pues por
aner sido grandes amigos en nuestra niñez j
juuentud no ^só nuesti^ amistad por ser Amao
casado, mas antes se augmento y creció más; y
ansi porque sepas a quanto llegó nuestra afi-
ción y amor sabrás que por tener ciertas cuen-
tas yiejas que conuenia desmarañarlas con cier-
tos mercaderes de Londres huimos de yr allá,
y aparejado nuestro flete y matalotaxe dimo*
nos a la vela encomendándonos a Dios; y yo
era honbre delicado y de flaca conplezion , ne-
cesitado al buen regimiento, y a mirar bien
por mi salud. Pero Amao era hombre robusto,
yaliente, membrudo y de muy fuerte natural; y
luego como salimos del puerto a mar alta co-
men90seme a leuantar el estomago y a bomitar
con gran alteración y desasosiego de mi cuerpo,
con ^ran desbanecimiento de cabera, y ansi su-
cedió a esto que nos sobreuino luego vna tan
fragosa (*) y espantosa tempestad que paremia
que el ^ielo con todas sus fuerzas nos quería
destruir. ¡O Dios omnipotente! que en pensarlo
se me espelucan y enherícan agora las plumas
de mi cuerpo. Comen^osse a obscurecer con
grandes nublados el dia que a noche muy cer-
rada semejaua. Bramaua el viento y el tempes-
tuoso mar con espantosos truenos y temerosos
relámpagos: y mostrándose el cielo turbado con
espesas plubias nos tenia a todos desatinados.
El viento soberuio (*) nos cercana (*) de todas
partes: agora heriendo a popa, agora a proa,
y otras vezes, lo que más desespera al piloto,
andaua (}) rodeando la ñaue hiriendo el costado
con gran furia. Andauan tan altas las olas que
parecían muy altas montañas: que con tan te-
merosa furia nos mojauan en lo mas escondido
del nauio como si anduuieramos a pie por medio
del mar. Cada vez que venian las olas a herír
en el nauio tragauamos mil vezes la muerte
desesperados de salud. Gritan los pilotos y gru-
metes, qnal en popa, qual en proa, qual en la
gania, qual en el gouemalle, amarillos con la
muerte esperada; grítan mandando lo que se
deue hazer: pero con la brama del mar y vien-
tos no se pueden vnos a otros oyr, ni se haze lo
que se manda; las velas llena ya el mar hechas
andraxos y del mastel y antena no ay pedaco
de vn palmo; todo saltó en rachas, y muchos al
caer fueron mal heridos en diuersas partes de
8U cuerpo. Sobreuino ya la noche que hizo do-
blada la obscuridad, y por el consiguiente la
tempestad más atroz y soberuia. Era tanto el
i
G., íagron.
G., ho§ Tientos aobemios.
(>) O., cercanan.
(^ G., andanan.
estruendo que sonaua en los concauos cielos, y
tantos los truenos que de la parte del septen-
trional polo procedían que parecía desconcer-
tarse los exes de los nortes, y que el ciclo se
venia abajo; la naturaleza mesma por la parte
de la tierra temió otra vez la confusión del dilu-
uio que en tiempo de Noe pasó: porque los ele-
mentos parecía auer rompido su concordia y
limites, y que boluia aquella tempestuosa lluuia
que en quarenta dias bastó 5ubrir toda la haz de
la tierra. Muchas vezes el toruellino de las olas
nos subió tan altos que víamos desde encima
tan gran despeñadero de mar quanto se ve es-
tando las aguas serenas desde las altas rocas de
Armenia. Pero quando nos bajaua el curso al
vaUe entre ola y ola apenas se descnbria el mas-
tel sobre las ondas. De manera que vnas vezes
tocauamos con las velas en las nubes: y otras
vezes con el rostro del nauio en el arena, y el
miedo era ya tanto que no sabia el maestro so-
corro alguno en su arte, ni sabia a quál ola se
auenturasse, ni de quál se asegurasse y guar-
dasse. Porque en tal estado estañamos que la
mesma discordia del mar nos socorria para que
no fuessemos a lo hondo: porque en trastor-
nando vna ola la nao por la vna parte, llcgaua
otra por la contraria que expelía la parte ven-
cida y la leuantaua. De suerte que era forcado
que qualquier viento que llegasse fuesse en su
fabor para enderecarla; ymaginaquó confusión
hubiesse allí con el gritar, amayiiar y cruxir, y
matarse los vnos sin oyr (') los otros por el
grand (*) estruendo y ruydo del mar y vientos,
y sin verse por la gran obscuridad que hazia en
la noche. Pues estando el cíelo y el mar en este
estado que has oydo quiso mi ventura que como
mi estomago fuesse indispuesto y alterado por
el turbado mar y su calidad, bomitaua muy
amenudo de lo intimo de las entrañas. Sucedió
que queriendo vna vez con gran furia bomitar
colgado algo al borde sobre el agua por arroxar
lejos, y espeliendo vna ola el nauio me sacudió
de si al mar, y avn quiso mi ventura que por
causa de mi mala díspusícíon no estuuiese yo
desnudo como estañan ya todos los otros a
punto, para nadar si el nauio se anegasse; y
como yo cay en el agua de cabeca fue luego
sumido a lo hondo, pero ya casi sin alma la
mesma alma me subió arriba y ansi llegando a
lo alto comencé a g^tar y pedir socorro; y como
Amao andaua vuscandome por el navio y no
me halló donde me auía dexado, miró al agua
y plugo a Dios que me reconociesse (') entre las
ondas, y sin temer tenpestad, obscuridad ni (*)
braueza de las olas saltó junto a mi en el agua
(') G., oyrse.
(*) G., grande.
{A G., reconoció.
W Gm y.
174
ORÍGENES DE LA NOVELA
que ya estaua desnudo con los otros, y luego
animándome dixo: esfuer9ate hermano Alberto,
no ayas miedo que aqui estoy yo; que no pere-
cerás mientras la vida me acompañare; y como
junto a mi llegó me Icuantó con las manos trar
yendi.me al amor del agua y al descanso de la
ola; lleuauaunos los Tientos por el mar acá y
allá sin pod<.'rlos resistir, y la ola furiosa con
Ímpetu aílmirable nos arrebataua y por fuerza
nos liazia apartar lexos el vno del otro. Pero
luego boluia Arnao a las bozes que yo le daua,
y con fuerzas de más que honbre me tomaua y
con amorosas palabras me esfor^aua no le do-
liendo a él su propria muerte tanto como verme
a mi cercano a la mia. Procurauan del nauio
echarnos tablas y maderos con intincion de nos
remediar; pero no nos podíamos aprouechar
dellas por el gran viento que las arrebataua de
nuestras manos, y lo que más nos desesperaua
y augmenta ua nuestra miseria era que durasse
tanto la tenpestad, y avn paremia que sobre ser
pasadas diez lioras de la noche comencaua.
Piensa agora,yo te ruego MÍQ¡lo,sien el mundo
se puede agora hallar vn tal amigo que en tan
arduo caso, estando seguro en su nauio en lo
más fragoso desta tan furiosa tenpestad, viendo
en semejante necesidad su compañero tan cer-
cano a la muerte, con tanto peligro se arroje a
la furia y fortuna del agua, viento y ola y a la
oscuridad de la t4?npestuosa noche. Pon, yo te
ruego, ante tus ojos todos aquellos tan encare-
cidos peligros, que no ay lengua que los pueda
poner en el estremo que tiene en la oportunidad
la verdad, y mira cómo despreciándolo todo
Arnao y posponiéndolo, solamente estima sai-
nar al compañero por tenerle tan firme amor.
En fin plugo a Dios que trayendonos las olas
vadeando por el mar venimos a topar vn grueso
madero que el agua traya sobre si de algún
nauio que d<íuio (') auer dado al traues: y como
se abrió arroxonos aquel madero para nos reme-
diar (^). Pues ambos trabados a él con la fuerca
que pudimos (^), que ya afloxaua algo la ten-
pestad, trabajando ^Vrnao ponerme encima, las
olas amorosas nos huvieron de poner en el
puerto ingles sin mas lision. Este aconcimiento
te he contado, Micilo, porque veas si tengo
razón de te encarecer tanto nuestra amistad:
porque al principio to propuse que eramos los
mayores amigos que nunca el mundo tuno en
si* Agora avras visto si tengo razón.
MiriLO. — Por cierto, gallo, tú dizes gran
verdad: porque no se puede mayor prueba
ofrecer.
Gallo. — Pues agora quiero proceder en mi
i*) G., deuia.
{^) G., niie^itro socorro y remedio.
P) G., podimos.
intincion, que es contarte el peligro que eu
nuestra amistad se ofreció por ocasión de vna
muger. Pues agora sabrás que baeltos en Fran^
cía huuimos de yr a vna feria de Embers, de
Junio, como solíamos a la contina yr, y Beatriz
inportunó a Arnao su marido que la llenasse
consigo por visitar a sus padres que después
de las bodas no los vio; y ansi Arnao lo hizo
por darle placer. Pues aparejado lo necesario
para el camino salimos de nuestra (') ciudad
de París, y por ser yo tan obligado a Arnao
procnraim seruir a su muger todo lo que podia,
pensando en qué le pudiessc yo a él pagar algu-
na parte de lo que le deuia por obligación, y
ansi procuraua en esta xomada y en quaíquiera
cosa que se ofrecía, ansi en su dueña como en
él, auerle con todas mis fuercas de agradar y
seniir; y ansi a él le parecía estar bien empleado
en mi el peligro en que por mi se vio; y como
el demonio siempre solicite ocasiones para sem-
brar discordia entre hermanos, que es la cosa
que más aborrece Dios, parecióle que haría a
su proposito si encendía el coracon de Beatríz
de laciuo amor de mi; y ansi la pobre muger
alterada por Sathanas concibió en su pecho que
todo quanto yo hazia por respecto de la obliga-
ción que tenia a mi bondad, concibió ella que
lo hazia yo lisiado de su amor, por lo cual pare-
Ciendole deuer a noble piedad y gratitud res-
ponder con el mesmo amor, y avn poniendo de
su parte mucho más de lo que por valauca st^
podía deuer, pensando incurrír en gran falta a
su nobleza y generosidad si mucho más no daba
sin comparación, ansi me amó tanto que en tixio
el camino y fería de Junio no sufría apartar sn
coracon vn punto de mi; y esto era con tanta
passíon que con ninguna lengua ni juizio te lo
puedo encarecer. Porque como algnnas vezes le
mostrasse tenerla afición; q^ras vezes como yo
hizíesse mis obras con el descuvdo natural,
haziala desbaratar y afligir. ¡O quantas vezes
conocí della tener la habla fuera de los dientes
para me manifestar su intención (^), y con los
labríos tomarla a compremir por no se afrontar.
Yuscaua lagares conuenientes delante de su
mando y padres, ocasiones que no se podían
escusar para me abracar, tocar y palpar por se
consolar y satisfazer. Por los ojos y por el ayre
con sospiros, con el rostro y mejieos del cuerpo
me enbíaua mensajeros de su pena. Pero yo di*
simulaua pensando que cansándola se acabaría
sn pasión: y ello no era ansi, pero cada día cre-
cía mas; yo recebia grandissima pena en verme
puesto en tanto peligro, y pensaua de cada día
cómo se podría remediar, y creyendo que sola
el ausencia sería el remedio ('), dolíame apar-
(•) G., la.
{*) G., intincion.
(') G., podría ser medicina.
EL CRÓTALOS
175
tarme de la compañía de raí amigo Arnao. Por
lo qual machas vezcs llorando amargauíeiite
maldezia mi yentura y a Sathauas pues a tanto
mal auia dado ocasión; j estando pensando
cómo me despediría, como fue acabada la feria
acordó Arnao que nos boluiessemos a Paris» y
ansí mandó a toda furia aparejar; y estando
todo lo necesario a punto dixome que partiesse
yo con su dueña, que él quería quedar a nego-
ciar 9Íerto contrato que le faltaua, y que le fue-
ssemos aguardando por el camino, que a la se-
gunda zomada nos alcanzaría. Dios sabequánta
pena me dio oyr aquel mandado, y me pessaua
no aner huydo antes, pensando que fuesse vr-
dimbre de Sathanas para traerme por fuerza a
la ocasión de ofender; y por el contrario fue
muy contenta Beatriz, pensando que se le apa-
rejaua la oportunidad forzosa que yo no podría
huyr ; y ansí disponiéndonos Arnao todo lo
necesario, tomando la mañana comenzamos
nuestro camino; yua Beatriz muy alegre y re-
gocijada llenándome en su conuersazion. Dezia-
mo (}) muchos donayres y gentilezas que d
amor le enseTiaua, debajo de los quales quería
que yo entendíesse lo que tenía en su voluntad,
no se atreniendo a descubrirse del todo hasta
verse en lugar oportuno que no la corríesse peli-
gro de afrenta, porque le parecía a ella que yo
no respondía a su intinzion (*) como ella qui-
siera. Aviique algunas vezcs juzgaua mi couar-
dia ser por que temía des<.*ubrír mi tray<;ion, y
ansí ella se desemboluía algunas vezes demasia-
damente por me hazer perder el temor, y sufría-
sse pensando que aquella no<^he no se podría
escusar sin que a ojos z^^rrados se effectuasse la
prueba de nuestra voluntad; y ansí aquella xor-
nada se cumplió con llegar ya casi a la noche a
vna villa buena que se llama Bruxelas, que es
en el mesino duca(^ de Brauante. Donde llega-
dos mandé que ios mozos diessen buen recado
a las caualgaduras, y al huésped preuíne que
tuuiesse bien de cenar; y parecióme ziertamente
estar acorraladoy que en ninguna manera podía
huyr aquella oportunidad y ocasión, porque
Zierto sentí de la dama que estaña determinada
de me acometer, de lo qual yo demandé socorro
a Dios; y como fue aparejada la z^na venimos
a z^nar* lo qual se hizo con mucho regozíjo,
abundancia y plazer, y como fue acabada la zena
quedamos sobre la tabla hablando con el hués-
ped y huéspeda su muger en díuersas cosas que
se ofrecieron de nuestra conuersazion ; y como
fue passada alguna pieza (') de la noche díxe
al huésped por manera de cumplimiento: Señor
gran merzed rezebiré, que porque esta Señora
(») G., Dezía.
(•) G., intenzion.
(*i G » parte.
que comigo traygo es muger de vn grande ami-
go mío que me la fió, duerma con vuestra mu-
ger, que yo dormiré con vos. Beatriz mostró
rezebir esto con gran pena, pero calló esfor-
qandose por (*) la disimidar; y el huésped res-
])ondíó : Señor, en esta tierra no osamos fiar
nuestras mugeres de ninguna otra persona mas
que de nosotros, quanto quiera que venga en
habito de muger; porque en esta tierra suzedió
vn admirable caso en el qual vn hijo del señor
destc ducado de Brauante en habito de muger
gozó de la hija del Rey de Ingalaterra y la truxo
por suya aquí; y como Beatriz vio que se le
aparejaua bien su negozio, avnque se le dilata-
sse algo, ínportunó al huésped le contasse aque-
lla historia como acontezíó.Loqual no me possó
a mi pensando sí en el entretanto pudíesse ama-
nezer; y importunado el huésped ansí comenzó:
Sabréis, señores, que en este ducado de Brauan-
te fue en un tiempo vn bienaventurado señor,
el qual tubo vna virtuosa y agrazíada dueña por
muger. Los quales siendo algún tiempo casados
y conformes en amor y voluntad sin auer gene-
ración, y después en oraciones y ruegos que hí-
zieron a Dios suzedió que vino la buena dueña
a se empreñar y de vn parto parió dos hijos, el
vno varón y el otro hembra, los quales ambos
en hermosura no tenían en el mundo par ; y
ansí fueron los niños criados de sus padres con
tanto regalo como era el amor que los tenían;
y como fueron de vn parto fueron los más seme-
jant<ís que nunca criaturas fueron (•); en tanta
manera qu(^ no auia hombre en el mundo que
pudíesse poner differenzia entre ellos: ni los
mesmos padres lo sabían dízemir; mas en todo
el tiempo se engañaron mientra los criauan,
que por solas las amas los yeniau a conocer; y
ansí acordaron de los llamar de vn nombre por
ser tan semejantes en el aspecto, rostro, cuerpo,
ayre y dispnsízion. Llamaron al varón Julio y
a la hija Julieta. Fueron estremadamente ama-
dos de los padres por ser tan lindos y tan desea-
dos y no tener más; y ansí yendo ya creziendo
en edad razonable, conoziendo ya ellos mesmos
su similitud vsauau para su pasatiempo de do-
nayres y graziosos exerz¡zioB por dar plazer a
sus padres; y ansí muchas vezes se mudaban los
vestidos tomando Julio el habito de Julieta; y
Julieta el de Julio; y representándose ante sus
padres con vn donayre gracioso rezebian (^)
plazer como con tanta gracia se sentían vurla-
dos por sus amados hijos; y ansí Julieta en el
habito que mas le plazía se yua machas vezes
a solazar, agora por la ziudad, agora por el mar;
tomando la compañía que más le plazía; y vn
(«)G.,a. ^
(*) G., nazieron.
(*) G.| rcyibian.
17C
ORÍGENES DE LA NOVELA
día entre otros salió de su aposento atauiada de
]os vestidos de sn hermano Jalio a toda gallar-
día y con sa espada ceñida: y passando por la
sala tomó dos escuderos que allí halló y lanzóse
por el mar en vn rergantin qne para sa solaz
estaua a la contina aparejado, y sucedió que
e8for9ando8e el viento a su pesar fueron llena-
dos por el mar adelante sin poder resistir; y
como a los que Dios quiere guardar ningún peli-
gro les daña, avnque con gran temor y tristeza
fueron llegados vna pieza de la noche a la costa
de Ingalaterra y lanzados por un seguro puerto
sin saber donde estañan; y como sintieron la
bonanza y el seguro del puerto aunque no cono-
cían la tierra, llegándose lo más que pudieron
a la ribera determinaron esperar alli el dia; y
ansi, como Julieta venia triste y desgraciada y
desudada por causa de la desusada tempestad
se echó luego debajo del tapete a dormir, y lo
mesmo hizieron por la plaza del vergantin los
escuderos, y fue tan grande y de tanta grauedad
sn sueño que siendo venida gpran pieza del dia
avn no despertaron; y suyedió aquella mañana
salir la infanta Melisa hija del rey de Ingala-
terra a caza con sus monteros por la ribera del
mar, y como mirando acaso vio dentro del agua
el vergantin ricamente entoldado y que no pa-
remia persona que vinicsse en él, mandó que sal-
tassen de sn gente y viessen quién venia alli, y
luego fue anisada por los que dentro saltaron
qne en la plaza del vergantin estañan dos escu-
deros dormiendo, y que dentro en el tapete es-
taua el mas lindo y agraciado mancebo de edad
de catorce años que en el mundo se podia hallar.
Y cobd¡9Íosa la infanta de lo ver mandó echar
la puerta en tierra y apeándose de su palafrén
saltó dentro del vergantin, y como vio a Julieta
dormida (*) con su espada Reñida juzgóla por
varón y ansi como la vio tan linda y tan her-
mosa en tan conueniente edad fue luego enamo-
rada della (^), y aguardando a que despertasse,
por no la enojar, estuuo por gran pieza contem-
plando BU belleza y hermosura ; y como despertó
la saludó con gpran dulzura preguntándola por
su estado y viaje. Julieta le dixo ser un caua-
Uero andante qne la fortuna del mar le auia
echado alli, y que se tenia por bien acertado y
venturoso si la podiesse (*) en algo servir. Me-
lisa ofreciéndosele mucho para su consuelo la
rogó saliesse a tierra combidandola a la ca^a,
diciendo que por aquellas partes la auia mucha
y muy buena de diuersos animales; y ansi como
reconoció Julieta el valor de la dama, y por
verse en su tierra, holgó de la complazer, y ansi
le fue dado vn muy hermoso palafrén, en el qual
(<) G , dormiendo.
{}) G., prena de nu amores.
(») G., podi<
caualgando Julieta, y Melisa en el suyo, se
metieron con su compañía por la gran espesam
de la montaña a vuscar venados 0); y como no
se podia sufrir la infanta Melisa por la herida
de su llaga que la atormentaua sin poderla su-
frir, procuró quanto pudoalong^arse de su gente
y monteros por probar su ventura, y quando con
Julieta se vio sola entre vnos muy cerrados ma-
torrales la inportunó se apeasen a beber y a sola-
zar junto a vna muy graciosa fuente que corría
alli, y quando fueron apoadas las dos graciosas
damas comencó Melisa a hablar a Julieta con
gran piedad; y avnque con mucha verguencay
empacho le fue descubriendo poco a poco sn
herida, y teniendo los ojos lanzados en el suelo,
sospirando de lo intimo del coraron, yendosele
vn color y veniendosele (•) otro le muestra per-
dérsele la vida si no la socorre; y ansi como ya
tiene por el gran f uegoque la abrasa descubierta
la mayor parte de su dolor, queriéndose apro-
uechar de la oportunidad se arriscó a tanto que
abracando a Julieta la besó (*) en la boca con
mucho dulzor y suauidad; yendo pues el hués-
ped muy puesto en el proceso de su historia
estaua Beatriz toda tresladada en él pare^ien-
dole que todo aquel cuento era profecía de lo
que a ella le auia de suceder; y ansi como el
huésped aqui llegó, Beatriz con vn gran sospiro
me miró con ojos de piedad y el huésped pro-
medio sin echarlo de ver, diziendo: Pues como
Julieta por el suceso tiene entendido que Melisa
la tiene por varón, y viendo que a su passion
no la puede dar remedio, estando confusa y
peusosa (}) qué camino tomaría, acordó ser
muy mejor descubrirle ser muger como ella,
antes que ser tomada por cauallero ne^io y co-
barde para semejantes casos de amor, y dixo la
verdad; porque cierto era cosa de hombre apo-
cado O rcusar vna dama de tanta gentileza
que se ofrece con tanta dulcura y buena opor-
tunidad; y asi con vn gentil y agraciado modo
la anisa ser donzella como ella, contándola toda
su ventura y riaje, padres y naturaleza, Pero
como ya la saeta de amor auia hecho en ella su
cruel effet'to, estaua ya tan enseñoreado en su
coracon el fuego que la abrasaua que le vino
tarde el socorro y aniso que de su naturaleza le
dio Julieta, y por esta causa no le pareció me-
nos hermoso el rostro de su amada, mas antes
a más amarla se enciende, y entre si pensaua
su gran dolor por estar desesperada de reme-
dio, y ansi reuentando toda en lagrimas Tañada,
por consolar algo su pena dezia palabras que
mouian a Julieta a gpran lastima y piedad. Mal-
(*) G., alguna caca.
') G., Teniendoeele.
0) G.,
(^) G., penwtiua.
(>) G., eanallero afeminado.
EL CROTALON
dezia su mml hado 7 rentara, paes qaalquieni
□tro auQor santo o deshonesto podría tener algii-
^na esperanza do bnen fin, y este no tiene sino
Boapiros 7 llorar con inmensa fatiga. Dezia llo-
rando: si tepareyia, amor, que por estar 70 libre
di la gofta eataua muy rfana, 7 querías con
algan martirio subjetarme a ta randera 7 sefio-
río, bastara que fuera por la común manera de
penar, qae es la dama por Taron : porque enton-
ces 70 empleara mi coraron por te seruir- Pero
hasme berído de llaga mu7 contra natnral, paes
nunca rna dama de otra se ensmorú: ni entre
los animales aj qué pueda esperar roa Lenbra
de otra en este caso de amor. Esto parece,
amor, que has hecho porque en mi penar sea a
todos manifiesto tu imperio. Porque arnque
ÍJemiramia se enamoró de su hijo 7 Mirrha de
BU padre 7 Paaiphe del toro, ninguno destos
amores es tan loco como el mío: pues avn se
snfríera si tauiera alguna esperan;» de effe-
tuaree mi deshonestidad 7 deseo. Pero para mi
locura ¿no habría Dédalo qae injeniasse dar al-
gún remedio contra lo que naturaleza tan firme-
mente apartó? Con estas lamentaciones se aflige
la gentil dama mesando sus dorados cabellos 7
amortiguando su bello rostro, vuscando ven-
ganza de si mesma por auer enprendido em-
presa sin esperanza de algún fin; 7 Julieta lo
mejor que podía se la consolaua aníeiido gran
piedad de su cn7ta 7 lagrimas que afligían so
belleza. Ya se Uegaua la noche 7 se pouia el
sol, 7 como las damas no a7an vsado donuir
en la montaOa raega Melisa a Julieta se TB7a
con ella á su ciudad que estaua ;ercn: lo qual
Julieta a^tó por su console^ion, 7 ansi se fue-
ron juntas a la ciudad 7 entraron en el gran
palacio, donde muchas damas 7 canalleros la
salieron a refebir; 7 considerando Melisa que
ningún proaecho refibe en (*) tener a su Julieta
en habito de raron la ristio de mu7 ríeos bria-
lea au70s. Porque gran 7crro fuera no reci-
biendo pronecho auenturarse al peligro de infa-
mia que de allí se pudiera seguir; 7 tanbieu lo
hizo, porque como en el restido de raron la
dañó quiere rer sí en el de mnger se puede
remediar 7 curar su dolencia, 7 ansi recogién-
dose anbas en su retrete lo mas presto que pudo
la riatio mu7 ricos requamados 7 io7ele3 con
qae ella ec solía adornar, 7 ansí la sacó a su
padre a la gran sala diziendo ser luja del duque
de Brauante; que la fortuna del mar la aaia
tra7do allí saliéndose por él a solazar; 7 ansi el
Re7 encomendó mucho a su hija Melisa In fes-
tejasse por la consolar 7 luego se despacharon
mensajeros para anisar al duque su padre; los
duques fueron mD7 consolados por auer (*) esto-
(•I C, de.
(■) G., porqna aaian.
OBiOBNIS HE LÁ NOVELA. -
177
do en grancnjta por la perdida de su hija Ju-
lieta, 7 enbiarou a dezir a! Re7 oue en todo
hiziesse a su Tolnntad. Aquella noche fae Ju-
lieta mu7 festejada de damas 7 csnalleros con
vn Bolene sereo, donde Julieta dan^o a contento
de Melisa (*), damas 7 caualleros, que todos la
juzgauan por dama de gran gallardía, hermo-
sara 7 yalor,y tobre todas contentó a la infanta
Melisa; 7 siendo llegada la hora de la cena fue-
ron scraidos con gran solenidad de manjar,
música 7 aparato ; la qual acabada, Melisa combi-
dó a Jalieta a dormir; 7 recogidas en su cámara
se acostaron juntas en rna cama, pero con gran
diferencia en el reposo de la noche. Porque
Julieta duerme 7 Melisa sospira con el deseo
que tiene de satisfazer su apetito, 7 si acaso m
momento la rence el sueño es breae 7 con tur-
badas 7maginBCÍoDeB, 7 luego sueña que el cielo
la ha concedido que Julieta sea buelta varón;
7 como acontece a algún enfermo si do rna gran
calentura cobdicioso de agua se ha dormido con
gran sed, en aquel poquito de saeQo se le pare-
cen quantas fuentes en su vída vido, ansi estan-
do el spirítu de Melisa deseoso parecíale que
ría lo que suefia; 7 ansí despertando no se con-
fia hasta que tienta con la uiano 7 re ser vani-
dad sn sueño, 7 con esta passíon comieucA la
desdichada a hazer rotos de romeria a todas las
partes que 87 (*) deuocion porqne el fíelo hu-
uícsse della piedad. Pero en vano se aflige, que
poco le aprouechaa sus promesas 7 oraciones
por semejantes fines; 7 ansi pasó en esta con-
gojosa contienda algunos días hasta que Julieta
la importuna (') que quiere bolner para sns
padres, prometiéndola que tomando delloí li-
cencia (_') boluera a la visitar lo m&s breue que
ella pueda. Lo qual por no la desgraciar se lo
concedió la infanta, atnque con gran dificultad
7 pasión, confiando que Jalieta cunplírá la (')
palabra que le da de boluer. Paes como fue apa-
rejado todo lo necesario para la partida la mes-
ma Melisa le entoldó el rcrgautin de sus colo-
res j deaíaas lo mas ricamente que pudo, 7 a
ella O dio nmchaa donas de jo7as 7 brialcs (')
de gran eetima 7 valor; 7 como Julieta se des-
pidió del Ke7 7 Reina la aeonpañó Melisa hasta
el mar. La qual como allí fueron llegadas, llo-
rando inu7 amargamente la abraca 7 bessa su-
plicándola con gran ca7ta buclua si la desea que
vina, 7 ansí Julieta hazicudola nneuas juras 7
promesas se lancó en el rcrgautin; 7 leuanta-
das velas 7 continuando sus remos se cometió
(11 0., del Rey.
(') G.. parte* de.
('') G., imporlansí
Ikencia
(') G.,
('|0.,vle.
(') -G., brialM T jofeles.
178
orígenes de la novela
al mar, el qual en prospero y brene tiempo se
passó. Qaedaua Melisa a la orilla del mar paes-
tos los ojos y el alma en las velas delnanio hasta
que de vista se le perdieron, y moy triste y sos-
piraiido se bolnio a sa palacio. Gomo Julieta
llegó a su» riberas los padres la salieron a re^^
bir con grande alegría como si de muerta resu-
citara, haziendose muchas fiestas y alegrias en
toda su tierra. Muchas vezes contaua a sus pa-
dres la tenpestad y peligro en que en el mar se
vio conmouiendolos a muchas lagrimas; y otras
vezes les encare^ia el buen tratamiento que de
la infanta Melisa auia re^^ebido: su grande her-
mosura, gracia, donayre y gran valor, dando a
entender ser digna entre todas las donzellas del
umndo a ser amada y seruida del cauallero de
más alteza y valor; y como Julio la oya tantos
loores de la infanta encendió su coraron a em-
prender el serui^io de dama de tan alta guisa.
Dezia en su pecho: ¿en qué me podía yo mejor
emplear que estar en su acatamiento todos los
días de mi vida, avnqne yo no merezca colocar-
me en su coraron? Pero a lo menos gloriarme
he auor emprendido cosa que me haga entre
cauftlleros de valor afamar; y ansi con esta ín-
tin^ion muchas vczcs estando solo con su her-
mana «fulicta la importunan» le contasse muy
por estenso y particular todo lo que auia pasca-
do con Melisa; y por le complazer le contó,
cómo dormiendo ella en el vergantin aquella
mañana que a Ltmdres llegó la salteó la infanta
Melisa; y cómo teniéndola por varón por lleuar
el vestido y espada ceñida se enamoró della, y
tanto que junto a vna (*) fuente la abracó y
bessó dulcemente demandándola sus amores, y
cómo le fue forjado descubrirle ser muger, por
lo qual no podía satisfazer a su deseo, y cómo
no se satisfizo hasta que la tuuo consigo en su
cania muchas noches; y la pena y lagrimas con
qu3 della se despidió prometiéndole con muchas
juras de la boluer a visitar; y luego como su
hermana Julieta contó a Julio su historia resu-
citó en su coracon vna viua y (jiortA esperanca
de la gozar (*) por esta via, teniendo por inpo-
sible auerla por otra manera, y ansi industriado
por amor tomó auiso, que con el vestido y joyas
de su hermana seria por el rostro tomado por
ella. En fin, sin mas pensar auenturandose a
qualquier suceso se determinó tentar donde al-
cancaua su ventura, y ansi un dia demandó a
Julieta le diesse el tapete que le dio Melisa
para el vergantin con la fleuisa, porque se que-
ría salir a solazar; y vestido de vn rico brial
que Melisa dio a Julieta, y cogidos los cabellos
con vn gracioso üfarbín, adornado su rostro y
cuello de muy estimadas (**) joyas y perlas de
ÍM G , la.
(») G., (le gozar los amores de Melisa.
('') (i., ricas y hermosas.
gran rnlor se laucó a manera de solazar por el
mar, y quando se vio dentro en él, mando a los
que gouernauan guiassen para Londres, y en
breue y con prospero tiempo llegó al pnerto, y
por las señas reconoció (') el lagar donde sn
señora Melisa cada dia venia por esperar a sn
hermana Julieta; y como la compañía de la in-
fanta reconoció la deuisa y orla del tapete que
lleuaua el vergantin corrían a Melisa por de-
mandar las albricias, y como Melisa le vio,
engañada por el rostro, le juzgó por Julieta
recibiéndole con la posible alegría ¡porque cierto
se le representó Julio lo que mas amana su co-
razón, y ansi luego le apríeta entre sus bracos,
y mil vezes le bessa en la boca con mucha dnl-
Cura, nunca pensando de se satisfazer. Agora
pues^podeis vosotros, señores, pensar si fue Julio
passado con la misma saeta con que amor hirío
a Melisa, y pensad en quánta l^eatitud estaña
su anima quando en este estado se vio. Metióle
en vna cámara secreta donde estando solos con
bessos y abraC'Os muy dulces se tomó de nueuo
á satisfazer, y luego le haze traer vn vestido
suyo muy rico a manguilla que le auia labrado
para se le dar sí riniesse a visitarla, o enbtar-
stle, y vistióle de nuevo cogiéndole los cauellos
con una redecilla de oro: y ansi todo lo demás
del vestido, y atauio le dispuso en toda genti-
leza y hermosura como mas agraciado la pare-
Ciesse: y la hoz que en alguna manera le podía
ditferenciar trabajó Julio por excusarla todo lo
que pudo: y luego le llevó a la gran sala, donde
estañan sus padres con (^) muchas damas y
caualleros ('), los quales todos las (*) recibie-
ron con gran alegría, y todos le mirauan a Julio
contentos de su belleza, pensando que fuesse
muger, y ansi con senblante amoroso le hazian
señas mostrándole desear seniir y agradar.
Pues siendo ya passada alguna parte de la no-
che en grandes fiestas y después de ser acabada
la sunptuosa c<?na y gracioso serao, llevó la in-
fanta Melisa consigo a Julio a dormir, y ansi
qutKlando solos en su cámara y despojados de
todos sus paños quedaron en vna cama ambos
sin compañía ni luz ('), y como Julio se víó
solo y en aquel estado con su señora, y que de
su habla no tenia testigo le comencó ansí a
dezir. No os marauilleis, señora mía, si tan
presto bueluo a os visitar, avnqne bien creo que
pensantes nunca mas me ver. Si este dia que
por mi buenauentura os vi yo pensara p<KÍerde
vos gozar con plazer de ambos a dos, yo me tu-
(M (i., conoció.
(*)G.,y.
(^) G.| canalleria.
{*) (;., la.
("i G., v anri fdondo despojados de todos sus paños,
de^ipidienao su compañía, quedaron solos en una cama
ambos dos y sin luz.
EL CROTALON
179
iiiera por el mas bienandante cauallero del
mundo residir para siempre en vuestra presen-
t;ia, Pero por sentir en vos pena y no os poder
satis f azor ni bastar a os consolar determiné de
me partir de tos, porqae gran pena da al muy
sediento la fuente que tiene delante sí de ella
por ninguna vía puede beuer; y podéis, señora,
ser muy ^ierta que no faltaua dolor en mi cora-
^n; porque menos podia yo estar sin vos vn
hora que vos sin mi, porque de la mcsma saeta
nos hirió amor a ambos a dos; y ansí procuré
de me partir de vos con deseo de vuscar reme-
dio que satisfíziessc a nuestra llaga y contento,
Por lo qual, señora, vos sabréis que yo tengo
vn O abuela la muger mas hadada y mas sabia
que nunca en el mundo jamas se vio, que la
tienen los honbres en nuestra tierra por diosa,
o ninfa; tanto es su poder y saber. Haze que el
sol, estrellas, fíelos y luna la obedezcan como
yo 06 obedezco a vos. En conclusión, en la tier-
ra, ayre y mar haze lo que solo Dios puede
hazcr. A esta me fue con lagrimas que mouian
a gran compasión demandándola piedad, por-
que QÍerto sino me remediara fácilmente pen-
sara morir; y ella comouida a lastima de su
Julieta dixomc que demandasse qualquiera
don, y yo contándola (*) la causa de mi afli-
9Íon la demandé que me conuertiesse varón por
solo gozar de vos y os complazer, y ella con
aquella liberalidad que a vna nieta tan cercana
a la muerte se dcuia tener me llenó a un lago
donde ella se baña quandosus artes quiere exer-
gitar, y alli comengando a inuocar se zapuzó en
el lago tres vezes y rujiándome el rostro con el
agua encantada me vi vuelta en varón, y como
taJ me cono^i quedé muy contento y muy ma-
rauillado que criatura tuuiesse tan soberano
poder. Agora pues, señora mia, pues por vues-
tro contento yo impetré este don veysme aqui
subjeto a vuestro mandar: hazed de mi lo que
os pluguiere, pues yo no vine aqui a otra cosa
sino por os seruir y complacer; y ansí acabando
flulio de la dezir esto hizo que con su mano
toque, y vea y tiente; y como acontece a alguno
que deseando mucho vna cosa, quanto mas la
desea mas desespera de la alcanzar, y si después
la halla dubda si la posee, y mirándola y pal-
pándola avn no cree que la tiene, ansi acontece
a Melisa: que avnque ve, toca y tienta lo que
tanto desea no lo cree hasta que lo pnieba; y
ansi dezia: si este es sueño haga Dios que nunca
yo despierte; y ansi se abracaron con bessos de
gran dulzura y amor, y gozándose en gran sua-
uidad con apazibles juegos pasaron la noche
hasta que amaneció. Esta su gloria es tubo se-
creta mas de vn mes, y como entre podero-
(«) G., vna.
(') O., contándole.
sos no se sufre auer secreto alguno, entendie-
ron que se les comenfaua a descubrir, y ansi (')
acordaron de se hurtar (*) y venirse en Bra-
uante, por no caer en las manos del Rey que
con cruel muerte castigara ambos a dos. El
qual con mano armada vino a esta tierra por los
auer; y porqae el duque los defendió hizo tanto
daño y mal en esta tierra que Como el hués-
ped llegaua aqui dieron a las puertas del mesón
golpes con gran furia, y como yo estaba tan
deseoso que viniesse Arnao arremetí a las puer-
tas por las abrir, y vile que se quería apear.
Rego^ijosseme el alma sin coupara^ion y di
gracias a Dios por hazerme tan gran merced.
Sentí en Beatriz vna tristeza mortal, porque ,
cierto aquella noche esperaua ella hazer anato-
mía de mi coraron, por ver qué tenia en ék
Luego dimos de cenar a Arnao y se acost<5 con
su muger. Otro día de mañana partimos de alli
con mucho i*egocíjo, avnque no mostrana Bea-
triz tanto contento, parecíendole a ella que- no
se le auia hecho a su voluntad. En esta manera
fuemos continuando nuestras xomadas hasta
llegar a Paris, donde llegados procuró Beatriz
proseguir su iutincíon (') y ansi en todos los
lugares donde auia oportunidad y se podia ofre-
cer mostrana con todos los sentidos de su cuerpo
lo que sentía su coracon; y vn día que se ofreció
entrar en casa y hallarla sola, como ya no po-
dia disimularla llaga que laatormentaua, encen-
dido su rostro de vn vergoncoso color se deter-
minó descubrir su pecho diziendo padecer por
mi amor: que la hizíese tanta gracia que no*la
dexasse más penar, porque no tenía ya fuercae
para más lo encubrir; y yo le respondí. Señora,
Arnao ha sido conmigo tan liberal, que después
de auer arriscado en el mar su vida por mi me
ha puesto toda su hazíenda y casa en poder, y
más dispongo yo della que él, y sola tu persona
reseruó para si. ¿Cómo podría yo hazer cosa tan
nefanda y atroz faltando a mi lealtad? y ansi
a muchas vezes que me dixo lo mesmo le res-
pondí estas palabras; y vna mañana sucedió que
vistiéndose Arnao para yr a negociar la dexó
en la cama, y sin que ella lo sintiesse se entró
Arnao en vn retrete junto a la cama a vn ser-
uidor que estaña a la contina alli, y luego suce-
dió que entré yo preguntando por Arnao: y
como ella me oyó pensando que Arnao era ya
salido de casa me mandó con gran importunidad
llegar á si, y como junto a su cama me tubo
apañóme de la ca^ü fuertemente y dixo: Alberto,
échate aqui, no me hagas mas penar; y yo dexan-
dole la capa en las manos me retiré fuera no lo
queriendo hazer ; y luego me salí de casa por
t
') G., por lo qnal.
3) G., palir secretamente.
(») ü., intención.
180
ORÍGENES DE LA NOVELA
no esperar mayor mal; y ella como se sintió
menospreciada comentó a llamar sus criados a
gandes bozes diziendo que la defendiessen de
Alberto que la auia querido forjar; y que por
muestra de la yerdad mostraua (*) la capa que
le auia yo dexado en las manos y que a las bozes
auia yo echado a huyr, y añadió: llamadme aquí
a Arnao porque vea de quien fia su hazienda y
muger. Y a estas sus bozes salió Arnao del
retrote donde estaua y dixole: Calla Beatriz,
que ya tengo visto que corre él mas peligro con-
tigo que tú con él; y fue tanta la afrenta y con-
fusión que ella recibió de ver que todo lo auia
visto Arnao que luego alli delante de todos sus
criados y gente de su casa súbitamente murió;
y como el buen Arnao vio su desdicha, auer
perdido tan afrontosament« el amigo y la muger
acordó lo mas disimuladamente que pudo ente-
rrar a ella y yrme a mi a vuscar, y ansi de mi
peregrinaje y del suyo sabrás en el canto que
se siguirá.
Fin del nono canto del gallo.
ARGUMENTO DEL DEQIMO CxiNTO
En el (Ip^iino rnnto que se sigue el aurtor prodigue lo murho que
Arnao húo por robrar a Alberto después que »u muger
9c murió. En lo qual niostrú bien el valor de su ainislail,
y quales todos los amigo.'* deueii ser ('}.
Gallo. — Despierta, ¡o MÍ9ÍI0I yo te ruego
potque quiero oy entre los otros dias admirar
con mi facundia tu humana capacidad, quando
veas por vn gallo admirablemente mostrada la
grande y incomparable fuerza de la santa y di-
uina amistad. Verás con quanta razón dixeron
los antiguos que en este solo don y virtud os
quiso Dios hazer semejantes a si. Excmplo ad-
mirable nos dio, pues por esta se hizo él seme-
jante a vos, vistiendo vuestra naturaleza y mi-
serable ser.
Mi VILO. — Prosigue ¡o bien auenturado (*)
gallo, que no tengo yo menos voluntad de te
oyr que tú de dozir, y llamóte generoso y bie-
nauenturado pues en algún tiempo mere9Íste
tener vn amigo de tanto valor.
Gallo. — Pues sabrás que luego como Ar-
nao enterró su Beatriz se salió de su patria y
casa con intin^ion de no boluer hasta me hallar
y ansi le pareció que yo me abria ydo para los
amigos que teniamos en Londres y Ingalaterra
para nuestras mercaderias; y ansi partió dere-
cho para allá, donde me buscó con gran dili-
(') G., tenia.
(*) [Tachado): SigaesHO el décimo canto del Saeño
o Gallo de Ládano, famoso orador griego, contrahe-
cho en el caHtef laño por el mesmo aactor.
^) 0.| generoso.
gen9Ía; y dexemosle a él que con todo el estu-
dio y trabajo posible me sale a miscar; y quie-
ro te dezir de lo que sucedió en mi peregrína-
9Íon ; yo luego que de casa de Arnao salí me
fue sin parar momento en la 9Íudad el más solo,
el más miserable y atíito que nunca en el mun-
do se vio, y acordándome de lo mucho que yo
deuia a Arnao auiendo puesto la vida por nn',
como fuesse llamado de su muger y le díxiesse
lo que ella fingió, que yo la auia querido forvar
y como ella le muestre la capa que en las manos
le dexé, tan bastante indÍ9Ío de mi culpa, qué
dirá? que pensará? que juzgará? que será razón
de dezir? Dirá luego: ¡o maluado! ¡o sin fe!
esto te mere9¡ yo; o este pago te merc9ÍÓ el pe-
ligro en que yo me puse por ti? /En qué entra-
ñas sino fueran de un tigre cupiera tan gran
ingratitud? Pare9e que vuscaste la e8pe9Ío de
injuria en que más me pudiste lastimar, por
mostrar más tu pcruersa condÍ9Íon. Pues si su
nobleza y su gran valor instigado del buen des-
tino que anda siempre vnido con el estimulo
de la verdad; si esta lumbre de Dios que nunca
al virtuoso desamparó me quissiese en ausen-
9Ía fabore9«r, ¿qué alegará por mi parte? ¿que
dirá para me desculpar? ;0! si yo estuniesse
presente; y por tenerme tan gran affí9Íon de-
seasse oyr de mi alguna razón avnque fuesse
fingida ¿qué color le podría dar yo quanto
quiera que fuesse verdadera? ¿o qué fuer9a ter-
nia afinnando el contrarío su mujer? ¿Qué po-
drá concluyr, sino, vete infiel^ maluado, ingra-
to, vilissimo, no parezcas más ante mí? y ansi
yo le digo agora que no presuma de mi ser yo
de cora9on tan de piedra que en mi vida parez-
ca ante él ; y ansi acabadas estas razone» enxu-
gando algún tanto los ojos que yuan llenos de
lagrimas, que en ninguna manera las podía
contener ni agotar, me apresuré al camino. De-
terminé en my intin9Íon ofre9erme a los pcfes
del mar si me quisiessen comer, o rendirme de
mi propría voluntad a cosarios turcos infieles
que acabassen mi vida en perpetua mazmorra,
o prisión; y ansi yo me fue con la mayor furia
que pude hasta Mai*sella, donde estañan a pun-
to 9Íertas galeras que ha9Ía el Rey de Francia
de armada para yr por el mar, en las quales me
asenté por mi sueldo, y como estuvo todo a
punto y nos dimos a la vela, no huvimos salido
del puerto ocho leguas quando vimos asomar
vua grande armada, de la qual aynque luego
no alcan9amos a ver más de seys fustas, yen-
donos juntando más vimos hasta diez, y des-
pués muchas más, y quando venimos a recono-
9er la deuisa de la na9Íon hallamos que eran
turcos ; y como nos vimos tan yercados de
nuestros enemigos y que ni podíamos, ni era
seguro, ni honrroso huyr, avnque vimos que era
su fiota doblada que la nuestra nos determina-
EL CROTALON
181
mos defender; y ansi estando la vna nota a
rostro de la otra 7 en dÍ8tan9¡a que a m golpe
de los remos se podían juntar, leuantamos por
el ayre de ambas las partes tan grande alarido
que el tropel de los remos no sonauan con la
grita, ni las trompetas podiamos oyr ninguno
de la pelea; 7 a este tiempo como los remos
hirieron a vna las aguas con todas sus fuerzas,
ambas las ilotas se encontraron con gran furia
rostro con rostro, 7 todos acudimos a la popa
por herir cada qnal a su enemigo; 7 ansi co-
men^^S tan cruda la vatalla que los tiros cubrían
el ayre, 7 los que ca7an fuera de las galeras
cubrían el agua. Estañan ynas con otras tan
trabadas que no pare^ian las aguas, por estar
fuertemente aferradas con fuertes gauilanes de
hierro 7 cadenas, de manera que todos podia-
mos 7a pelear a pie quedo como en campo
llano. Estañamos tan apretados vnos con otros
que ni los remos podian aprouechar. Estaua el
mar cubierto de galeras que ningún tiro hería
de lexos; pero cada qual estaua en su galera
ahinojado alcanzando a herir al enemigo avn
con el espada. Era tanta la mortandad de los
ynos 7 do los otros que ya la sangre en el mar
hazia espuma y las olas andauan cubiertas de
sangre quaxada, y cayan tantos cuerpos entre
las galeras por el agua que nos hazian apartar
arnque estañan fuertemente afferradas, de ma-
nera que nos hazian perder muchos tiros, y
muchos cuerpos que cayan al agua medio muer-
tos tornauan a sorber su sangre, y apañados
entre dos galeras los hazian pedamos, y los tiros
que desmentían en ya^io de las galeras quando
llegauan al agua herian cuerpos que ayn no
eran muertos, que con su herida los acabañan
de matar: porque todo el mar estaua lleno de
entrañas de hombres que los re^ibiessen. Acon-
tecieron alli cosas dignas de oyr y de notar, en
las quales se mostraua la fortuna a partes don-
de quería espantosa y arriscada. Acaeció a vna
fusta francesa que encendidos en la pelea todos
los que estañan en ella se pusieron a vn borde
dexando del todo va^io el otro lado por donde
no auia enemigos, y cargando alli el peso se
trastornó la fusta tomando debajo todos los
que yuan dentro, que no tuuicron poder para
estender sus brayos para nadar, pero (}) todos
perecian (') en el mar acorralados en agua cer-
rada. Sucedió también que yendo nadando vn
mancebo franc<is por el mar, que auiamos for-
mado amistad poco auia él y yo, se encontraron
dos fustas de rostro que cogiéndole en medio no
bastaron sus micnbros ni huesos, tan molidos
fueron, a que no sonas&cn las fustas ambas
vna con otra, por quedar él hecho todo menu-
(*) G., y ansi.
(') G«» perecieron.
zos y molido como sal. En otra parte de la va-
talla se hundió vna galera francesa, y vinién-
dose los della todos nadando a socorrer a otra
compañera, con el agonia de escapar de la
muerte alcanan sus (') bracos asiéndose a día
para subir; y los miserables de dentro temiendo
no se hundiessen todos si aquellos entrañan los
estoruauan que no Uegassen y ellos (*) con el
temor de las aguas echando mano de lo más
alto que podian de la nao, cortauanles desde
encima los bracos por medio, y dexandolos ellas
colgados de la fusta que auian elegido para so-
corro cayan de sus propias manos, y como yuan
sin bracos a manera de troncos no se podian
más sufrír sobre las aguas, que luego eran sor-
bidos. Ya toda nuestra gente estaua sin armas,
que todos nuestros tiros auiamos arrojado; y
como el furor que trayamos nos daua armas,
vno toma el remo y rebuelue con él a su con-
trarío; otro toma un pedaco de la galera y no
le faltan fuercas para tirarlo; el otro trastorna
los remadores para sacar vn vaneo que poder
arrojar. En ñn, las fustas que nos sostenían
deshaziamos para tener con qué pelear, o con
qué nos defender. Avn hasta aqui te he contado
el peligro sufridero; pero avn el daño que nos
hazia el fuego con ninguna defensa se podia
euadir ni huyr. Porque nos tirauan los turcos
hachos empegados con sufre, pez, cera y resina,
que arrojauan de si gran fuego vibo, y como
llegauan a nuestras fustas luego ellas lo (') re-
Cebian y los alimentauan de su mesma pez de
que estañan nuestros natdotf labrados y calafe^
teados; y ansi las llamas eran tan fuertes y tan
vibí s que no bastauan las aguas del mar a las
venyer y apagar, mas antes yua en pedacos ar-
diendo la fusta por el mar adelante con todo
furor. De manera que los que yuan nadando ya
no se podian socorrer de las tablas que yuan
por el mar; porque visto que el fuego vibo que
en ellas estaua encendido los abrasaua, esco-
gían antes ahogarse en las crueles hondas, o a
lo menos gozar lo que pudiessen de aquella mi-
serable vida con esperanca de poder de alguna
manera ser sainos, antes que faborecerse del
fuego que luego en llegando a la tabla los abra-
saua y consumía. Ya inclinaua a la clara la vi-
toría y nos lleuauan a todos de corrída sin po-
derlos resistir: de manera que nos fue f oreado
rendirnos, porque ya avn no ania quien noé
quisiesse dar la muerte, porque eran tantos
nuestros enemigos que todo su ardid era pren-
dernos sin poder ellos peligrar. Y ansi como
nos entraron fuemos todos puestos en prisión;
y dexado lo que do los otros fue, de mí quiero
í«) G., loa.
(*) G., los miierablet.
(») G., loe.
182
ORÍGENES DE LA NOVELA
dezir que fue puesto en rna cadena por el pes-
cuevo con otros diez, y puestas rnas esposas a
las manos; y ansí nos metieron en ma (}) su-
sota debajo de cubierta. Estauamos tan juntos
▼nos con otros, y tan apretados que ningún
genero de cxer9Í9¡o humano auia lugar de po-
ner en effecto sin nos ofender. En fin en esta
manera boluieron para su tierra con esta presa,
y llegados a vna gran fuerza de Grecia en la
Morea fuemos todos sacados de las galeras y
metidos en prisión allí. Con aquella mesma
dispusi^ion de hierros y miseria fuemos lan<;«-
dos en ^na honda y horrible mazmorra y carmel
de yna húmida y obscura torre, donde quando
entramos fuemos reyebidos con gran alarido de
otra gran multitud de presos cristianos que de
gran tiempo estañan alh. Era aquel lugar de
toda miseria, que en breue tiempo se acabañan
los honbres por la dispusieron del lugar, por-
que demás de otros daflos grandes que tenia
era grande su humidad, porque estañan en dos
o tres lugares áé\ manaderos de agua para el
8eniÍ9Ío de la fuerza. Teniamos el cuerpo echa-
do en la tierra, los pies metidos en yna viga
que cabian cincuenta personas, y el cuello en
la cadena, y ningún exer9¡9Ío humano se auia
de hazer sino en el mesmo lugar. De manera
que solo el inficionado olor que de aquella car-
mel salia era de tanta corru9Íon (^) que no auia
juizio que en breue tiempo no le bastasse cor-
romper, sino ol mió, que huya la muerte de mi.
Ni yo nunca pade9Í en ningún tiempo muerte
que no fucsso de mejor suerte que aquella vil
y miserable vida que allí passc. No teniamos
otra recreación sino sacarnos en algunos tiem-
Í)Os alguna cantidad de nosotros a trabajar en
os edificios y reparos de los muros y fuer9as
de la ciudad, y ansi saliamos cargados de hier-
ros, y solo pan de C'<?uada, o zenteno, era
nuestro mantenimiento (•); y avn pluguiera
a dios que dello alguna vez nos pudiéramos de
mediar. Esto quiero que noten; que a la contina
los maestros de las obras escogian los mejores
y mas dispuestos trabajadores. De manera que
conuenia esforzamos en la mayor flaqueza nues-
tra a trabajar más que lo sufrian nuestras fuer-
zas, por gozar de aquella miserable recrea<;ion.
En fin comprauamos con nuestros seruiles tra-
bajos aquella captiua libertad de algún dia que
al trabajo nos qnerian elegir. En esta vida, o
por mejor dezir muerte, passc dos años, que
del infierno no auia otra differencia sino la
perpetuidad. Aqui auia vna sola esperanc» de
salud, y era que quando se aparejaua armada,
escogía el capitán entre nosotros los de mejor
(•) G.,la.
(*) G., corrupción.
(') G., siendo nuestro mas principal mantenimiento
solo pan de ceaada o yenteno.
dispus¡9Íon para el remo, y aquellos sallan que
él señalaua ; desnudos y aherrojados a vn ban-
co los ponian vu remo en la mano y los aaisa-
nan que remassen con cuydado; sino con vn
pulpo o anguilla que traya en la mano el capi-
tán de la galera los 9efiia por todo el cuerpo
que los hazia despertar al trabajo. Esta era la
mas cierta ventura en que nos podiamos liber-
tar, porque yendo aqui el sucesso de la batalla
era de nuestro mal 6 bien ocasión; y ansí suce-
dió que por mandado del gran turco aparejó
vna gran fiota Baruarroja para correr la Cala-
bria y el reyno de Si9ilia, y quisieron los mis
hados que f uesse yo elegido con otros cristianos
captivos para vn remo, donde fue puesto en
aquella dispusÍ9Íon que los otros; y ansi pasan-
do el mar Adriático salió de Genoua Andrea
Doria capitán de las galeras de la cristian-
dad O con gran pu janea de armada, y dio en
la flota turca con tan gran ardid que en breue
tiempo la desuarató echando a lo hondo quatro
galeras, y prendió dos, en la vna de las qnales
venia yo; y el cosario Baruarroja se acogió con
algunas que le pudieron seguir. Pues 8U9edio
que luego nos metieron con la presa en el puer-
to de Genoua, y como se publicó la vitoría por
la 9Índad, todos quantos en ella (^) auia acu-
dieron al agua a nos ver. ^gorn oye, MÍ9ÍI0, y
verás como a lo que Dios ordena no podemos
huyr.
Mi<;'iLo. — Dichoso gallo, dy, que muy atento
te estoy.
Gallo. — Pues como ya te dixe, Amao auia
corrido a Londres y toda Ingalaterra, Brauante,
Flandes, Floren9Ía, Sena, Vene9Ía, Milán, y
todo el Reyno de Ñapóles y Lombardia vuscan-
dome con la diligencia y trabajo posible; y no
me auiendo hallado en dos años passados vino
a Genoua por ver si podria auer alguna nueua
de mi, y ansí sucedió llegar al puerto por ver
desembarcar la gente del armada, donde entre
la otra gente alcancó a me ner y conocer, de lo
qual no recibió poca alegría su corapon, y auien-
do con9ebido que por causa del temor y empa-
cho que del yo ternia por ningunos regalos ni
palabras se podria apoderar de mi, ni yo me con-
fiaría del, mas que en viéndole echaría yo a
huyr, por tanto pensó lo que deuia de hazer
para cobrar el amigo tan deseado; y ansi con
este aniso lo mas diligentemente que pudo se
fue al gouernador y justicia de la ciudad, ha-
ziendole saber que en aquella gente que venia
en las galeras tomadas a Baruarroja auia cono-
cido vn honbre que auia adulterado con su mn-
ger; que le demandaua (') le pusiesse en prí-
(*) G., del Emperador.
(*) G., la ciudad.
0) G., y demandóle que.
EL CROTALON
183
sioiies hasta que del hecho 7 yerdad diesse bas-
tante infornia9Íon, y fuesse castigado el adul-
terio conforme a justÍ9Íay satisfecha suhcnrra;
j estando ansí, que el capitán me queria liber-
tar, llegó la justicia muy acompañada de gente
armada por me prender, y como llegó con aquel
tropel de ruydo y armas que la (}) suele acom-
pañar y apañaron con gran furia de midizíendo:
sed preso; yo respondi; ¿porqué? Ellos me di-
xeron (') ; allá os lo dirá el juez. Enton9es me
pareció que no estaua cansada mi triste ventura
de me tentar, pero que comen^aua desde aqui
de nueuo a me perseguir. Comen9ose de la gente
que acompañaua la justicia a murmurar (') que
yo yoa preso por adultero. Dezian todos quan-
tos lo sabían monidos de piedad; ¡o quanto te
fuera mejor que hunieras muerto a manos de
turcos, antes que ser traydo a poder de tus ene-
migos! ;0 soberano Dios! que no queda pecado
sin castigo; y quando yo esto oía Dios sabe lo
que mi anima sentia. Pero quierote dezir que
avnquG siempre tube confían9a que la verdad no
podia pere9er (*), yo quisiera ser mil vezes
muerto antes que reñir a los ojos de Arnao.
Ni sabia cómo me defender yo; antes me deter-
miné dexarme condenar porque él satisfíziesse
su honrra, teniendo por bien enpleada la vida
pues por él la tenia yo; y ansi dezia yo hablan-
do comigo; ¡o si condenado por el juez fuesse
yo depositado en manos del burrea que me cor-
tasse la cabe9a sin yo ver a Arnao! Con esto
rae pusieron en vna muy horrible cancel que
tenia la 9Íudad, en vn lugar muy fuerte y muy
escondido que auia para los malhechores que
por inormes delitos eran condenados a muerte,
y alli me cargaron de hierros teniéndolo yo todo
por consola9Íon. Todos me mirauan con los ojos
y me señalauan con el dedo auiendo de mi pie-
dad: y avnque ellos tenian ne9esidad della, mi
miseria les hazia oluidarse de si. En esto passé
aquella noche con lo que auia passado del dia
hasta que vino a visitar y proueer en los delitos
de la car9el, y ansi en vna gran sala sentado en
vn soberuio estrado y teatro de gran magestad,
delante de gran multitud de gente que a deman-
dar justÍ9Ía alli se juntó, el gouernador por la
importunidad de Arnao mandó que me truxies-
sen delante de si, y luego fueron dos porteros
en cuyas manos me depositó el alcayde por
mandado del juez, y con una gruesa cadena me
presentaron en la gran sala. Tenia yo de em-
pacho incados los ojos en tierra que no los osa-
oa al9ar por no mirar a Arnao: de lo qual todos
quantos presentes estañan juzgauan estar cul-
0) G., se.
(•) Girecipondieron.
(*) G., comentóse a marmnrar de entre la gente que
acompaiiaaa la jufltiyia.
(i) G., faltar.
pado del delito que mi contrario y acusador me
imponia. Y ansi mandando el gouernador a
Arnao que propusiessela acu8a9Íon ansi comen-
9Ó. ¡ O bienauenturado monarca por cuya recti-
tud y equidad es mantenida de justicia y paz
esta tan yllustre y re8plande9iente república, y
no sin gran cono9Ímiento y agradecimiento de
todos los subditos! Por lo qual sabiendo yo esto
en dos años passados que tusco en Ingalaterra,
Brauante, Flandes y por toda la Italia a este
mi delinquente me tengo por dichoso por ha-
llarle debajo de tu señoría y jur¡sdÍ9Íon, con-
fiando por solo tu prudentissimo juizio ser res-
tituido en mi justÍ9Ía (}) y ser satisfecho en mi
voluntad; y por que no es razón que te dé pes-
sadumbre con muchas palabras, ni ¡npida a
otros el juizio, te hago saber que este que aqui
ves que se llama Alberto de Clep... Y hablando
comigo el juez me dixo: ¿vos, hermano, llamáis
08 ansi? Y yo respondi: el mesmo soy yo. Bol-
uio Arnao y dixo: El es o jnstissimo monarca:
el es, y ninguna cosa de las que yo dixere puede
negar. Pues este es vn hombre el mas ingrato
y oluidado del bien que nunca en el mundo na-
ció. Por lo qual solamente le pongo demanda
de ser ingrato por acusa9Íon, y pido le des el
castigo que mere9e su ingratitud, y por más le
conuen9er pasa ansi: que avnque las buenas
obras no se deuen referir del aninao liberal, por-
que sepas que no encarezco su deuda sin gran
razón, digo que yo le amé del mas firme y cons-
tante amor que jamas vn hombre a otro amó: y
porque veas que digo la verdad sabrás que vn
dia por 9Íerto neg09Ío que nos conuenia parti-
mos ambos de Fran9Ía para yr en Ingalaterra,
y entrando en el mar nos sobrenino vna tem-
pestad la mas horrenda y atroz que a nanegantes
su9edió en el mar. En fin con la alteración de
las olas y soberuia de los pieloa nos pareció a
todos que era buelto el dilubio de Koe. Cayó él
en el agua por de8gra9Ía y indispusicion, y pro-
curando cada qual por su propria salud y reme-
dio, en la mas obscura y espantosa noche que
nunca se vio me eché al agua y peleando con las
inuen9Íble8 olas le truxe al puerto de salud. Su-
cede después desto que tengo yo vna muger
mo9a y hermosa (que nunca la huuiera de te-
ner, porque no me fuera tan mala ocasión) y
está enamorada de Alberto como yo lo soy, que
della no es de marauillar, pues yo le amo mas
que a mi; y ella persiguiéndole por sus amores
la responde él que en ninguna manera puede
en la fe ofender a Arnao, y «iendo por ella
muchas vezes requerído vino a las manos con
él queriéndole for9ar, y passa ansi que vna ma-
ñana yo me leuanté dexandola a ella en la cama
(*) G., en mi honrra y satisfecho en mi justiyia y
volantad.
184
ORÍGENES DE LA NOVELA
y por limpiar mi caerpo me lan^é a rn retrete
sin me ver ella. De manera que ella pensó que
yo era salido de casa a negociar, y sn^edio en-
trar por allí Alberto por saber de mi, y ella ase-
gurada que no la viera yo le hizo con importu-
nidad llegar a la cama donde estaua, y tomán-
dole fuertemente por la capa le dixo: duerme
comigo que muero por ti; y Alberto respondió:
todas las cosas de su casa y hazicnda ñó de mi
Amao, y sola a ti reseruó para si: por tanto
señora, no puedo hazer esa tu toI untad; y él
luego se fue que hasta oy no pareció; y como
ella se sintió menospreciada y que se yua Al-
berto huyendo dexando la capa en las manos co-
mento a dar grandes bozes llamándome a mi por-
que viesse o de quién solía yo conñar; y como del
retrete sali, y conoyio que de todo auia yo sido
testigo, de empacho y afrenta enmudeyio, y sú-
bitamente de ay a pequeño rato murió; y como
tengo hecha bastante esperien^ia de quién me
tengo de ftar, pues mucho más le deuo yo a él
que él a mi, sin comparación, pues si yo le guar-
dé a él la Tida, él a mi la honrra que es mucho
más, agora, justissimo monarca, yo te demando
que me condenes por su deudor y obligado a
que perpetuamente le aya yo a él de seruir: que
yo me constituyo por su perpetuo seruidor(*);
y si dixere que por anerle yo dado la vida en la
tempestad me liaze gracia de la libertad, a lo
menos ne^esitale a que por ese mesmo respeto
me tenga en la vida compañia, pues por su cau-
sa perdi la de mi muger; y dizieudo esto Ar-
nao calló esperando la sentencia del juez. Pues
como yo cntendi por la proposición de A rnao
que auia estado presente a lo que con su Bea-
triz passé, y que yo no tenia necesidad de me
desculpar, porque esto era lo que más lastimado
y encogido tenia mi coraron hasta aqui, luego
alcé mi caldca y lancé mis ojos en Amao, y con
ellos le agradcci el reconocimiento que tenia de
mi fidelidad, y aguardé con mucha humildad y
mansedumbre la sentencia del juez, esperando
que sobre el seguro que yo tenia de Amao, y
con el que él auia mostrado de mi, ningún daño
me podia suceder; y ansi todos quantos al rede-
dor estañan se alegraron mucho quando oyeron
a Amao y entendieron del su buena intincion,
y que no pretendia en su acusación sino asegu-
rarme para nuestra amistad y que fuesse con-
firmada y corroborada por sentencia de juez, y
ansi todos con gran rumor encarecian vnos con
otros la amistad y fe de Arnao y se ofrecian
por mi que no apelaría de ningún mandado del
juez, pues me era notorio el seguro de mi amigo
Arnao; y haziendo callar el gouemador la gente
se boluio para mi y me dixo. Di tú, Alberto ¿qué
dizes a esto que contra ti se propone? ¿Es ver-
(*) G., deador.
dad? Respondí yo: señor, todo quanto Amao
ha dicho todo es conforme a verdad, y no auia
otra cosa que* yo pndiesse alegar para en de-
fensa de mi persona si alguna culpa se me pu-
diera imponer sino lo que Amao ha propuesto:
porque hasta agora no padecia yo otra confu-
sión sino no saber cómo le pudiera yo persua-
dir la verdad. Lo qual de oy mas no tengo por-
que trabajar pues Amao estnuo presente a lo
que passé con su muger. Por lo qual tú, señor,
puedes agora mandar, que a mi no me resta sino
obedecer. Luego dixo el juez: por cierto yo es-
toy marauillado de tan admirable amistad; en
tanta manera que me parece que podéis quedar
por exemplo de buenos amigos para los siglos
venideros y ansi pues estáis conformes y cier-
tos ser en vosotros vna sola y firme voluntad,
justa cosa es según mi parecer que sea puesto
Alberto en su libertad, y mando por mi senten-
cia que le sea dado por compañero perpetuo
a (^) Arnao en premio de su sancto y vnico
amor; y ansi me fueron luego quitados los hier-
ros y me vino Arnao a abracar dando gracias
a Dios pues me auia podido auer, con protes-
tación de nunca me desamparar, y ansi nos fue-
mos juntos a Paris perseuerando siempre en
nuestra amistad mientra la vida nos duró.
MiviLO. — Por cierto, gallo, admirable amigo
te fue Amao quando te libró del mar pospuesto
el gran peligro a que las soberuias hondas ame-
nacaban. Pero mucho mayor sin comparación
me parece auerlo tú sido a él, quando ofrecida
la oportunidad de gocar de su graciosa muger,
por guardarle su honrra con tanto peligro de tu
vida la liuyste. Porque no ay animal tan indig-
nado y arriscado como la muger si es menos-
preciada quando de su voluntad ofreC'C al varón
su apetito y deleyto, y ansi conuierte todo su
amor en verdadero odio deseando mil muertes
al que antes amó como a si; como hizo la mu-
ger de Putifar a Josep h.
Gallo. — Ciertamente no tenéis agora entre
vosotros semejantes amigos en el mundo; por-
que agora no ay quien tenga fe ni lealtad con
otro sino por grande interese proprio y avn con
este se esfuerca hasta el peligro; el qual como
se ofrece buelue las espaldas; ya no hay de
quién se pueda fiar la vida, muger, honrra, ha-
zienda ni cosa que inporte mucho menos.
Mií.iLO. — No hay sino amigos para los pla-
zeres, combites, juegos, burlas, donayres y vi-
cios. Pero si se os ofrece vna neyesidad antes
vurlarán de vos, y os injuriarán que os sacaran
della. Como me contauan este dia passado de
vn Durango hombre muy agudo y industrioso,
que en la uniuersidad de Alcalá auia hecho vna
vurla a vn Uieronimo su compañero de cámara^
0) G., de.
EL CROTALON
185
que se fió del ofreciéndose de le sacar de vna
afrenta y metióle en mayor; y fue que siendo
ambos compañeros de cámara y letras, sn^edió
que yn dia vinieron a visitar a Hieronimo vnos
parientes sayos de su tierra, y fue a tiempo que
el pobre mancebo no tenia dineros, como acon-
tece muchas vezes a los estudiantes; principal-
mente si son passados algunos dias que no les
vino el recuero que les suele traer la prouision.
Y porque los quisiera combidar en su posada
estaua el más afrontado y triste hombre del
mundo. Y como Durango su compañero le pre-
guntó la causa de su añicion como doliéndose
della, é\ le comenyó a consolar y esforzar pro-
metiéndole el remedio, y ansile dixo: no te
aflixas, Hieronimo, por eso, antes ve esta noche
al mesón y combidalos que vengan mañana a
comer contigo, que yo proueere de los dineros
necesarios entre mis amigos; y el buen Hiero-
nimo confiándose de la palabra de su compa-
ñero hizo lo que le mandó; y ansi los huespedes
aceptaron, y el dia siguiente se leuantó Duran-
go sin algún cuydado de lo prometido a Hiero-
nimo y se fue a su lición y no boluio a la pos-
sada hasta mediodía. Donde halló renegando a
Hieronimo de su (') descnydo que auta tenido; y
el no respondió otra cosa sino que no auia po-
dido hallar dineros entre todos sus amigos; que
el auia hecho todo su poder; y estando ellos en
esta porfia llamaron a la puerta los combidados,
de lo qual recibió Hieronimo gran turbación
vuscando dónde poder huyr aquella afrenta;
y luego acudió Durango por dar conclusión a
la vurla por entero diziendole que se lancasse
debajo de vna cama que estaua alli, y que él
los despideria lo mejor que pudiesse cunpliendo
con su honrra; y ansi con la turbación que
Hieronimo tenia le obedeció, y los huespedes
subieron preguntando por Hieronimo, los qua-
les Durango respondió: señores, él deseó mucho
combidaros a comer avnque no tenia dineros,
pensando hallarlos entre (') sus amigos, y
auiendolos vuscado, como no los halló, de pura
verguenca se ha lancado debajo de esta cama
por no os ver; y ansi diziendo esto se llegó
para la cama alyaudo la ropa que colgaua y le
comenco á importunar con grandes vozes a
Hieronimo que saliesse, y el pobre salió con la
mayor afrenta que nunca hombre recibió, lleno
de pajas, flueco, heno y pluma y tierra, y por
ver reyr a todos ('), quiso de afrenta matar a
su conpafiero (*) si no le huyera. Por lo cual
los huespedes le llenaron consigo a su mesón y
enbiaron luego por de comer para todos, y tra-
bajaron por le sosegar quanto pudieron.
(«) G., por el.
(*) G^ eo.
(*\ y como f aesse la risa de todos tan grande.
{*) 0.9 DaraDgo.
Gallo. — Desos amigos ay el dia de hoy ;
que antes mofarán y vurlarán de vos en vues-
tra necesidad que procurarán remediarla.
MigiLO. — Por cierto tú dices verdad, que en
estos tiempos no ay mejores amigos entre nos-
otros que estos; mas antes muy peores. Agora
te ruego me digas, ¿en qué sucediste después?
Gallo. — Después te hago saber que vine a
nacer en la ciudaid de México de vna india na-
tural de la tierra, en la qual me engendró un
soldado de la compañía de Cortés marques del
Valle, y luego en naciendo me suyedio morir.
Mi^iLO. — Desdichado fueste en luego pade-
cer la muerte; y tanbicn por no poder gozar de
los tesoros y riquezas que vienen de allá.
Gallo. -^ ¡O Micilo! quan engañado estás.
De contraria opinión fueron los griegos, que
fueron tenidos por los mas sabios de aquellos
tiempos; que dezian que era mucho mejor, o
nunca nayer, o en naciendo morir; yo no sé por-
que te aplaze mas el viuir; principalmente vna
vida tan miserable como la que tienes tú.
Mi<;iL0. — Yo no digo que es miseria el mo-
rir sino por el dolor y pena grande que la muer-
te'da; y ansi tengo lastima de ti porque tantas
vezes padeciste este terrible dolor, y ansi desea-
ua mucho saber de ti por ser tan esperimen-
tado en el morir: ¿en qué esta su terribilidad?
Qverria que me dizesscs, qué ay en la muerte
que temer? Qué cosa es? En qué está? Quién
la siente? Qué es en ella lo que da dolor?
Gallo. — Mira, Micilo, que en muchas cosas
te encañas; y en esa mucho mas.
Mi(;iLO. — Pues ¿qué dices? ¿que la muerte
no da dolor?
Gallo. — Eso mesmo digo: lo qual si atento
estás fácilmente te lo probaré; y porque es ve-
nido el dia dexalo para el canto que se siguirá.
Fin del decjmo canto del Gallo.
ARGUMENTO
del uonzeno canto (*).
En el honieno canto que w sUgue el auctor imitando a Luciano
en el libi-o que intituló de Luctu habla de la .«u|>erflui(lad y
sanidad que entre los CT¡j*tiano»s «e v!«a en la muerte, entierro
y sepoltura. DeMriueüse el entierro del marque:» del Gasto,
Capitán general del Emin^rador en la Ytolia; co«t de muy
de notar (^).
Mk.'ilo.— Ya estoy. Gallo, a punto aguar-
dando para te oyr lo que me prometiste en el
canto passado: por tanto comienca tú a dezir,
y yo a trabajar, y confía de mi atención.
(<) G., canto del Gallo.
(') (Tachado): Siguease el honseno canto del Gallo
de Lnciano, orador griego, contrahecho en el caste-
llano por el mesmo auctor. {Ante* te leia en tez de
autor): interprete.
18G
ORÍGENES DE LA NOVELA
Gallo.— Por 9¡erto no tengo yo, Mi^ilo,
menos voluntad de te conplazer que tú de oyr;
y ansi porque tengamos tiempo para todo ven-
gamos a lo que me demandaste ayer. Que me
pediste te dixesse como honbre experimentado
algo de la muerte, pues por esperien^ia tanto
puedo yo dezir; y ansi ante todas cosas quiero
que tengas por auerígnado esta conclusión ; que
en la muerte no ay qué temer.
Mií;ilo. — Pues ¿porqué la huyen todos?
Gallo. — Porque toda cosa criada se desea
conseniar, y ansi procura resistir su corm9Íon.
MiriLO. — ¿Qué, no ay dolor en la muerte?
Gallo. — No en verdad. Quiero que lo veas
claro, y para esto quiero que sepas que no es
otra cosa muerte sino apartamiento del anima
y cuerpo: el qnal se hazc en un breue punto,
que es como solemos dezir, en vn abrir y ferrar
de ojo. Avn es mucho menos lo que llaman los
philosophos instante: lo qual tú no puedes en-
tender. Esto presupuesto quiero U.' preguntar;
¿quáiido piensas que la muerte puede dar dolor?
No dirás que le da antes que el alma se aparte
del cuerpo; porque ent<jn9e8 la muerte no es; y
lo que no es no putKle dar dolor. Pues tanpoco
creo que dirás que la muerte da dolor después
de apartada el alma del cuerpo; porque enton-
ces no ay subjeto que pueda el dolor sentir;
porque entonces el cuerpo nnierto no puede
sentir dolor; ni el alma apartada tiene ya por-
qué se doler. Pues muy menos dirás que en
aquel punto que se aparta el alma del cuerpo
se causa el gran dolor; porque en vn breue
punto no se puede causar tan terrilJe dolor, ni
se puede mucho sentir, ni mucho puede penar.
Quanto más que esto que digo que es muerte,
no es otra cosa sino care^'er del alma que es la
vida ; y carecer (que los philosophos llaman pri-
bacion) no es cosa que tiene ser; es nada; pues
lo quíí nada es y no tiene ser ¿cümo puede cau-
sar dülor? Ansi que claro está si bien quieres
uíirar, que la umerte no tiene qué temer, pues
solo se auia de temer el dolor; el qual ves que
no ay quien le pueda entonces causar; y ansi de
mí te sé dezir, como aquel que habla bien por
esperien^ia, que nunca la muerte me dio dolor;
ni nunca yo la sentí. Pero con todo esto quiero
que notes que ay dos maneras de muerte: vna
es violenta; que estando sano y bueno el hom-
bre, por fuerza o caso, o por violencia se la dan.
Como si por justiyia degollassen, o ahorcassen
vn honbre. Desta tal muerte bien se podra de-
zir que el que la padece sienta algún dolor;
porque como el paciente está sano y tenga to-
dos los sentidos sanos y enteros es ansi que al
passar del cuchillo por la garganta, o al apretar
de la soga en aquel punto que sale el alma por
causa de la herida se le dé pena ; y no qualqaiera
pena, pero la mayor que en esta vida vn hon-
bre pueda padecer y sentir, pnes es tan grande
que le baste (') matar. Pero ay otra manera de
muerte que llamamos natnral, la qnal viene al
honbre por alguna larga enfermedad y indispa-
sipion, o por la vltima vejez. Esta tal cierta-
mente no da dolor; porque como el enfermo se
va llegando a la muerte vansele sn^esioamente
entorpeciendo los sentidos y mortificándosele
todos, de manera que quando viene a salirsele
el alma ya no ay sentido que pueda sentir la
partida si algún dolor vsasse (^) causar. Que
de otra manera ¿quien dubda sino que el hon-
bre haria al tienpo del morir gestos, meneos y
visajes en que mostrasse naturaleza que le dies-
se alguna pena y 'dolor la muerte? Mas antes
lias de tener (') por verdad, que ansi como en
las cosas que os pertenecim y conuienen de
parte de vuestra naturaleza no se re9Íbe nin-
guna pena ni trabajo al tienpo que las ef fectna-
mos (*), mas antes twhs lo9 anímale» nos hol-
gamos y nos plaze ponerlas en obra y exercicio
porque naturaleza nos dio potencias y órganos
y instrumentos conque sin pesadnnbre alguna
las pudiessemos exercitar. Pues desta mesma
manera como la muerte nos sea a todos los
honbres cosa natural, quiero dezir, que los (')
conuiene de parte de su (*) naturaleza; porque
todos los honbres y animales nacieron mortales
y C'), no se les puede excusar, ansi deues pre-
sumir, y avn creer, que la muerte natural no
solamente no causa dolor, pero avn consuela y
recibe el alma gran plazer en se libertar y salir
desta carceJ del cuerpo y yr a vibir mejor vida.
Porque la verdad este morir no es acabar sino
passar desta vida a otra mejor, y de aqni viene
& los honbres todo su mal y dolor al tiempo del
morir, por carecer de fe con que deuen creer
que esto es verdad. Porque aquellos bienauen-
turados (*) mártires que con tanto regopijo se
ofrevian a lia muerte ¿de dónde piensas que les
venia? sino que tenian por mas cierto lo que
creyan por fe de los buenos que l)io8 les pro-
mete, que los tormentos y muerte que vian
presentes aparejados para padecer. Que no ay
cosa más fácil que el morir. Ni cosa de más
risa que veros liazer de la muerte caudal. Prin-
cipalmente siendo cristianos que aniades de de-
mandarla, y venida tomarla con gran plazer.
Mk^^ilo. ^Por cierto mucho me has consola-
do, Gallo, con las verdades que me has persua-
dido; y tanto que estoy muy esf oreado para
(«) G., harta.
(') G., pndieflse.
(*) G., creer.
{*) G., effetnais.
(•) G., nos.
(*) G., nuestra.
(') G., nacieron con naturaleza obligada a morir.
{*) O., verdaderos.
EL CROTALON
187
qnando a Dios pluguiere de me llevar desta
aida: pues voy a viuir para sienpre jamas.
Gallo.— -Pues si esto es ansi, qué cosa es
que vosotros siendo cristianos hagáis tanta
cuenta al tienpo de vuestra muerte, de acumu-
lar 7 juntar todas vuestras honrras para allí?
Avn ya quando estáis sanos y con salud, que
os procuréis honrrar no es gran marauilla, por-
que estáis en el mundo y habéis lo que de pre-
sente se goza del. Pero al tienpo de la muerte,
la rica sepoltura y la ponpa funeral, tanto luto,
tanta 9eni, tanto clérigo, tanta cruz, tanta con-
paña (^); can tanta solenidad; tanto acofnpaña-
intento de tanto noble, guardado el tienpo y lu-
gar que cada qual ha de llenar; con aquella
pausa, orden, passo y grauedad como si os lle-
vassen a bodas. Pues todo esto ¿qué es sino
memoria y honrra mundana? Que vean grandes
aparatos, y lean grandes rótulos: Aqui yaze se-
pultado, etc. Que si vos sois más rico que otro
y tcniadcs mejor casa, bien consiento que ten-
gáis mejor sepoltura. Pero que gastéis en vues-
tra muerte grandes aparatos y íiagais rica se-
poltura diziendo que es obra muy sancta y muy
cristiana, desengañaos, que mentis. Que antes
es cosa de gentilidad; que con sus estatuas
querían dexar memoria eterna. Hazeis gran
honrra a vuestro cuerpo en la muerte viendo
que peligra el alma de vuestro próximo por
pobreza' en la vida. Por Dios, MÍ9ÍI0, que estoy
espantado de ver las necedades y bobedades que
los honbres tenéis y vsais en este caso, que no
puedo sino añeros lastima; porque he yo visto
muchas vezes rejTse destas cosas mucho los
angeles y Dios. ¡O si vieras en el año de mil
y quinientos y quarenta y seys quando enter-
raron al marques del Gasto, Capitán general
del Emperador en la Ytalia!; porque vn lunes,
honze dias del mea de Abril que murió, me ha-
llé yo en Milán; 'jquau de veras te rieras alli!
Estaban los Banctos del 9Íelo que de rísa que-
rían rebentar.
Mi VI LO. — Hazme agora tanto plazer que
pues te hallaste alli me cuentes algo de lo que
passó.
Gallo. — Temóme Mipilo, que no acabare-
mos oy. Porque dexada la braueza de lo que
en el testamento de su ex9elen9Ía se podia
dezir de rey, menos te podras contener en lo
que toca a la ponpa funeral, que no cabrá en
diez pliegos de papel.
Mir,!iLO. — liuegote mucho que me digas
algo de lo que passó en el entierro; porque en
lo del testamento no te quiero fatigar.
Gallo. — Yo te quiero conplazer. En el
nonbre de Dios. Murió bu ext^elen^ia el domin^
go ya casi a la noche; y luego con la diligenf¡ia
(*) G., tanto tañer de campanas.
posible se dispuso lo net¡esario que tocaua al
aparato y lutos; que no quedó en toda la (¡iudad
offiqial, ni en gran parte de la comarca, que
supiesse de sastrería, o de labr;tr qera, o car-
penteria que no tuuiesse mucho en que' entender
toda aquella noche del domingo y el lunes ade-
lante hasta la hora de las dos que el cuerpo de
su exqelemiia salió del palaqio para la iglesia
mayor ('). Prímeramente y han delante la (*)
clere9Ía, quinientos niños de dos en dos, vesti-
dos de luto con capirotes en las cabezas cada
vno con vna hacha en9endida en la mano, de
9era blanca, con las armas de su ex9elen9Ía co-
sidas en los pechos.
Mi VILO. — Quánto mejor fuera que aquella
limosna de vestido y hacha fuera secreta y co-
sida entre Dios y el cora9on de su ex9elen9Ía,
y el mochadlo se quedara en casa; tuuicra en
aquella hacha aquel día y otros quatro qué
comer.
Gallo. — Después destos yban 9¡ento y diez
cruzes grandes de madera, con 9Ínco velas en
cada vna hincadas en vnos cíanos que estañan
en las cruzes como se acostunbra en Milán en
semejantes ponpas funerales.
Mi VILO. — Deuian de llenar tantas cruzes
porque el diablo si viene por el muerto más
huye de muchas que de vna.
Gallo. — Seguia luego a las cruzes el reue-
rendo cabildo ("*) de la iglesia mayor y toda la
clere9Ía con cruzes de plata y (•) todas las par-
rochias (') con todos sus capellanes, clérigos,
frayles y monjes de todas las ordenes y reli-
giones, cada vno en su grado, con hachas de
cera blanca en las manos, en9endidas, de dos en
dos que eran mil y seysgientos. A la clere9Ía
seguia la g^rda de cauallos ligeros de su exye-
len9Ía a pie con lobas de luto y capirotes en las
cabezas (•) ; cada vno con su lan9a negra y vna
veleta de tafetán negro en cada vna, con el
hierro en la mano, arrastrando las lau9as por
tierra; con dos tronpetas que yban delante con
lobas de luto y capirotes en las cabezas. Estos
tronpetas yban a pie con las tronpetas echadas
(*) £sta re1a9Íon es la mi8ina qne apare9e copiada
en la conocida Miscelánea de Seoastian de Horozco
(Bibl. Nac. Ag. 105, fol. 167 á 169), con el título de
Memoria de la orden y forma que te tvvo en Milán
en el enterramiento del Ilvetristimo tenor Marques
del Oatto, capitán general de tv Ma gestad, y en fl
aeompahar su cuerpo desdel monesterio de Santo
Éuttttrgio, de la hordcn de los Predicadores^ hasta
la iglesia mayor, lunes diez tf seis de abril de mili
y quinientos y quarenta y seis aüos^ y el dia siguien-
te en las onrras que alli se hizieron.
Indicamos las variantes de este manascríto con la
inicial II.
(») H., toda la.
(^) H., capitulo. G. (Tachado), capitulo.
(*) G., de.
(') G , perrochias.
(*) U., la cabeya.
188
ORÍGENES DE LA NOVELA
a las espaldas, con randeras negras con las ar-
mas de sa excelencia.
• Mi vilo. — ^Estos bastaran defenderle el cuer-
po si todos loe diablos del infierno yinieran.
Gallo. — Bastaran si todos fneran españo-
les. Después yba la casa de su excelencia con
hasta quatrocientas personas con lobas y capi-
rotes en las cabezas, cada yno en su grado.
Después yba la guaixia de soldados alemanes;
lleuaua cada yno m manto hasta tierra de luto,
con collares encrespados, y las alabardas negras
echadas al honbro, y con gorras grandes negras
a la alemana.
MiviLO. — Agora digo más de veras que le
bastaran defender avnqne yiniera Luzifer por
capitán.
Gallo. — Tras estos yenian seys atambores
con los mesmos mantos como (■) los alemanes,
y caperucas a la española, de luto: cubiertos los
atambores de yelos negros puestos a las espal-
das. Después destos yban dos pajes a pie ves-
tidos de terciopelo negro, con las gorras caydas
sobre las espaldas. El de la mano derecha lle-
uaua vna celada cubierta de brocado rico de tres
altos en la mano: y el otro lleuaua vna pica
negra al ombro, cayda sobre las espaldas, (^cr-
ea destos yenian dos capitanes a pie con lobas
de luto con faldas muy largas rastrando y ca-
pirotes en las cabezas. El de la mano derecha
lleuaua vna vandera de infantería, de tafetán
amarillo con las armas inperiales, y el otro lle-
uaua vn estandarte negro con las armas de su
excelencia doradas: y en el canpo vna cruz co-
lorada a la borgoñona. Estos lleuauan los estan-
dartes cay dos sobre las espaldas, arrastran-
dolos Q^) por tierra, que significaua el cargo
que primero auia tenido de su magostad de ge-
neral de la infantería. Qerca destos yba vna
persona muy honrrada con vna gran loba de
luto y capirote en la cabeza, en vna muía guar-
necida de luto hasta tierra: lleuaua vna vara
negra en la mano, como mayordomo mayor (*)
de su excelencia. Después deste (*) yenian seys
tronpetas a cauallo vestidos de negro con sus
tronpetas a las espaldas y vanderas de tafetán
negro con las armas de su excelencia. Tras estos
yban un rey de armas borgoñon a cauallo con
loba y capirote, y encima vna sobre vista do-
rada con las armas inperiales: el qual auia sido
enbiado de su magestad el mesmo dia que falle-
ció su excelencia, con cartas, a darle cuenta de
los nueuos caualleros del Tusón. A este seguian
cinco caualleros honrrados con lobas de luto
y capirotes en las cabezas a cauallo, cubieilos
los cauallos de paño negro hasta tierra, que no
ÍM ^M qnc. H., como.
^) G., arrastrándolas.
'') H., de la ca
(*) H., de este.
se veyan sino los ojos: los quales lleuauan los
estandartes siguientes caydos sobre las espal-
das rastrándolos por tierra. El primero era yn
estandarte colorado con las armas de su exce-
lencia, puestas en vna asta negra. El segundo
era de la niesma color, pintada nuestra Señora
con el niño en los bracos, y la luna debajo de
sus pies. Este era señal de guión de gente de
armas. El tercero estandarte era blanco pintado
dentro el escudo de las armas del duque de
Milán, con vna (') águila que abrazaua el es-
cudo, en señal del gouiemo del estado de Milán.
El quarto lleuava vna vandera quadrada pe-
queña, que es el guión que su excelencia Ilenana
delante como general, y en el canpo blanco
della pintado vn mundo con los elementos apar-
tados: y de la una parte nuestra Señora pinta-
da con su hijo en los bracos: y de la otra parte
el ángel san Raphael y Tobias, con vn letrero
que dezia: Sic sita vigent. El quinto lleuaua vn
estandarte amaríllo con el águila y armas impe-
riales, echado sobre las espaldas, que es la in-
sinia de capitán general del exercito de su ma-
gestad. Después destcs yban ocho pajes vestidos
de terciopelo negro hasta tierra que no se veyan
sino los ojos. El primero lleuaua vna espada
dorada con vayna de brocado rico de tres altos
sobre el ombro, por señal que quando el Em-
perador entró en Ñapóles venia delante del el
Marques como gran camarlengo a quien toca
aquella ciremonia y preeminencia. El segando
lleuaua vn escudo en el braco yzquierdo con
las armas de su excelencia de relieues dorados
en canpo negro. El tercero lleuaua vna lanca
negra en la mano derecha cayda sobre la es-
palda con su yerro muy polido. El quarto lle-
uaua vn almete puesto en vn vaston negro cu-
bierto de brocado rico de tres altos en la mano
derecha. El quinto lleuaua vn estoque dorado
con su vayna de brocado rico de tres altos caydo
sodre la espalda derecha, y vnas espuelas do-
radas vestidas en el braco derecho guarnecidas
del mesmo brocado. El sesto lleuaua vn vaston
dorado en la mano caydo sobre el ombro, pin-
tadas las armas inperiales en señal del cargo
primero de general de la infantería. El séptimo
lleuaua otro bastón dorado con las armas del
ducado de Milán abracados con el águila inpe-
rial, en señal del gouierno del estado de Milán.
El octano y ultimo lleuaua vn bastoir cubierto
de brocado rico de tres altos, en señal de capi-
tán general de Ytalia. Seguia luego vn mo^'O
de espuelas con vna loba de luto hasta tierra
con capirote en la cabeza: el qual lleuaua de
diestro vn cauallo guarnido (*) de terciopelo
negro con estribos, freno y clauazon platca-
(M G., vn.
(') U., giiarnescido.
EL CROTALON
189
do ('): y sobre la silla yna reata de ter9Íopelo
negro, y junto al cauallo doze mojos de espue-
las con lobas de luto rastrando y capirotes
en las cabezas, y el canalleriza detras; venia
después el cuerpo de su ex9elen9Ía puesto sobre
vnas grandes andas, hechas a manera de vna
gran cama cubierta (*) de brocado de plata de
dos altos que colgaua ^erca de tu bra^o de cada
lado de las andas. Del brocado estaua pen-
diente yna gran vanda de ter9Íopelo carmesí
de la que colgaua yn friso, o guarnición de ta-
fetán doble carmesí con las armas de su exce-
lencia doradas. Esta cama, o andas Ueuanan
doze caualleros yestidos con lobas de luto y
capirote (') en las cabezas, y porque el trecho
es casi yna milla del monesterio a la iglesia
mayor se yban mudando. El cuerpo de su ex-
celencia yba vestido con vna túnica o veste
de raso blanco hasta en pies, ceñida, y encima
de la túnica vn manto de grana colorada con
ynas bueltas afforradas de veros aleado sobre
los bracos. En la cabeza Ueuaua vna barreta
ducal af forrada en los mesmos veros, con vn
friso y corona de principe. Lleuaua al cuello
el collar rico del Tusón, y al lado vna espada
dorada con su vayna de brocado rico de tres
altos. Este habito es según la orden del offijio
del gran camarlengo del rey no de Ñapóles que
su excelencia tenia y ha gran tienpo que está
en su yllustrisima casa. Lleuaua por cabecera
vna almohada de terciopelo carmesí guarnecida
de plata, y a la mano derecha sobre la cama o
anclas lleuaua la rosa sagrada de oro que la
sanctídad del papa Paulo le enbio el año de
mil y quinientos y treynta y nueue por gran
don y publico fauor, que es vn árbol de oro con
veynte y dos rosas.
Mi(;iLO. — t Supiste qué virtud tenía esa rosa
sagrada porque la lleuaua al lado en el entierro?
¿Si era alguna indulgencia que su Santidad le
enbio para que no pudiesse yr al infierno avn-
que muriesse en pecado mortal?
Gallo. — Eso se me olnidó de preguntar.
Qerca de las dichas andas yuan veynte y qua-
tro (*) gentiles hombres muy honrrados de su
casa con lobas (') y capirotes en la cabeca (•),
y vnas hachas grandes do qorfi negra en las ma-
nos con las armas de su excelencia. Después
yua el señor marques de Pescara, primogénito
de su excelencia, con los señores don Yñigo y
don Qesareo de Aualos los sus hermanos, y el
señor principe de Sulmona, y el señor don Al-
uaro de Luna, hijo del señor castellano de Mi-
cnbicrtas.
(*) H., capirotes.
(*) G., cinco. H , qaatro.
m H., lobas de lato.
(') H., en las cabecas.
lan, a quien el señor marques (') sustituyó
en los cargos que en este estado de Ytalia te-
nia, por ser la persona más principal que aqui
se halla. El por estar enfermo enbio al señor
don Aluaro su hijo en su lugar; yban alli los
comisarios generales de su magestad, y los go-
nemadores y alcaldes del estado, y los enbaja-
dores de los potentados de Ytalia que aqui se
hallaron, y otros principes y señores que vinie-
ron a honrrar el enterramiento; yban alli los
señores del senado y magistrado, y los feuda-
tarios del estado, marqueses, condes y caualle-
ros, capitanes y gentiles honbres, todos con sus
lobas de luto rastrando y capirotes en las espal-
das. Toda la iglesia mayor estaña entoldada al-
rededor de paño negro con las armas de su ex-
celencia: y sobre los paños hachas blancas de
cera muy juntas. Después en medio del cimbor-
rio de la iglesia, antes de entrar en el coro, es-
taña hecho vn grandissimo cadahalso o monu-
mento, mayor y más hermoso y de mayor ar-
tificio que jamas se hizo a ningún principe en
estas partes, todo pintado de negro. El qual te-
nía encima yna pirámide llena de velones y ha-
chas de c^r& blanca: y encima do cada lado o
haz del cadahalso auia ocho escudos grandes
con las armas de su excelencia, donde fue pues-
to su cuerpo como venia en las andas o lecho
en que fue traydo. Sobre el qual auia vn dosel
muy grande de terciopelo negro. Al rededor del
cadahalso auia infinitas hachas, y en medio de
la iglesia auia ocho grandes candeleros, que en
España llaman blandones, hechos a manera de
vasos antiguos. Eran de madera, negros, llenos
de hachas pendientes de lo alto de la yglesia
iguales. Estos candeleros con las otras hachas
estauan en rededor de toda la iglesia. Delante
del cadahalso estaua hecho vn tálamo alto de
tierra dos bracos, y en ancho setenta bracos.
De todas partes desde el cadahalso hasta el al-
tar mayor estauan asentados en rededor (^) to-
dos los señores principales que aconpafiaron el
funeral hasta ser acabados los offícios; y todo
el tálamo era cubierto de paño negro, ansi lo
alto como lo bajo, donde estauan asentados to-
dos aquellos señores. El retablo del altar mayor
estaua todo cubierto de terciopelo negro con su
frontal, con doze hachas muy grandes: y ansi
mesmo los otros altares priuados que son mu-
chos, con su c^ra conucniente. ¿Dime, Micilo,
qué juzgas desta honrra?
MiQíLO. — Pareceme que el mundo le dio to-
da la honrra que le pudo dar, y que aunque en
la vida le honrró bien, en la muerte le acumuló
juntas todas las honrras por aparencia y por
existencia, ansi por los blasones de sus ditados
í
*) H., marqnea, qae aya gloría.
*) G., derredor.
190
orígenes de la novela
y insignias que alli yuan, como por la conpa-
fiia y honrra (}) que en su muerte se le hizo.
Gallo. — El dia siguiente se celebro misa so-
lene en el altar mayor y los offi^ios por el ani-
ma, y en el medio de la misa se dixo vna muy
elegante oración en loor de su ex^elen^ia (^),
a la qual estuuieron presentes todos los seño-
res sobredichos que fueron para este auto con-
bidados, hasta que se acabaron todos los of fi-
nios; y en los altares y capillas que auia en la
iglesia se dixeron hasta quatro^icntas missas
rezadas.
Mi<;iLO. — ;No hubo ay alguna missa del al-
tar de San Sebastian de la Caridad de Valla-
dolid que le sacara del purgatorio?
Gallo. — Vn sacerdote enbió alli el pontifi^u
con todo su poder para le sacar.
Mi^iLO. — ¿Pues esa no bastó?
Gallo. — Sí bastó: pero todas las otias mis-
sas se dixeron por magestad: las quales apto-
nvcharon a todas las animas del purgatorio por
limosna de su ex*;eleni¡ia. Las hachas que se
gastaron en acompañar el cuerpo y en las hon-
rraR del dia siguiente llegaron a 9Ínco mil.
Mn;iL0. — Por^ierto con tantas hachas bien
a<;^ertara vn honbre a media noche a yr al 9Íelo
si las obras le ayudaran.
Gallo.— En verdad te digo que sin perjudi-
car a ningún principe y capitán general y go^
uernador de los passados, no se acuerda ningu-
no de los que viuen, ni se halla en ningún libro,
auerse hecho en Milán ni en el mundo obsc([UÍas
más honrradas, concertadas y sumptuosas.
MiviLO. — Mucho deseo tengo de saber si con
esto fue al ^ielo su excelencia.
Gallo. — Pues ¡cuerpo de mi vida! ¿no auia
de yr al cielo? Buena honrra le auian hecho to-
das las glorias del mundo si le vuieran solapa^
gado con las de acá. Ningún excelente dexa de
yr alia, porque San Juan Baptista es abogado
de los excelentes ; que ansi le llaman los ciegos
en su oración excelente pregonero. Alia le vi yo
en el c¡elo quando alia fue (^). La gente que de
la ciudad y comarca vino pareció por las calles
a la entrada del cuerpo, y que esperaua en la
iglesia passaron de dos cicutas mil personas,
las quales mostrauan infinito sentimiento y
dolor.
Mi^iLO. — Bien se puede eso presumir: prin-
cipalmente si estañan alli algunos padres y ma-
dres, hijos y parientes de muchos capitanes, al-
férez y gentiles honbres que e'l dio garrote en
su cámara quando se le antojó.
Gallo. — Pregúntenselo a Mosquera, alcay-
de de Simancas, que se le escapó por vña de ca-
(*) G., gasto.
(^) II., del señor marques, qne aya gloria.
(») G., subí.
uallo, sobre la sentencia mental; y pregúnten-
selo a Hieronimo de Leiua quando en Cremes
le depositó en manos de Machacao, su maestre
de campo, quando le degolló ('). Pero todo esto
y quanto en ese caso hizo fue con justicia y por
razón y porque muchas vezes por el cargo qw
tenia conuenia qu€ se hiziesse ansí por excusar
motin {}) en el canpo de su magestad. Todo
esto ha venido a proposito de tratar al principio
de vuestra vanidad de que vsais en vuestros en-
tierros. Que por ninguna cosa queréis caer en
la cuenta, y c^sar de tan gran hierro, quanto
quiera que os lo dizen quantos cuerdos han es-
crito en la antigüedad y modernos. No vi ma-
yor desuario que por Ueuar vuestro cuerpo en
las andas honrrado hasta la sepoltura dexeis a
vuestro hijo desheredado y necesitado a pedir y
a lus pobres desnudos y hambrientos en las ca-
mas. Gran locura es est«r el cuerpo hediendo
en la sepoltura vn estado debajo de tierra, 1k^
cho manjar de gusanos, y estar muy hufano por
tener acuestas vna lancha que pessa ciuquenta
quintales dorada por encima. O estar encerrados
en ricas capillas con rejas muy fuertes, como
locos atados hasta (*) en la muerte. Gran con-
fusión es de los cristianos aquella palabra de
verdadera religión que dixo Sócrates philoso-
pho gentil. Siendo preguntado de sus amigos
quando beuia el veneno en la cárcel, dónde que-
ria que le enterrasen, respondió: echad este
cuerjío en el campo; y diziendole que le come-
rian las anes, respondió: ponedle vu palo en la
mano para oxearlas; y diziendole que siendo
muerto no podria oxearlas respondió: pues me-
nos sentiré si me comieren. Donde quiera qno
qnisieredes me podéis enterrar, que no ay cosa
mas fácil ni en que menos vaya que en el se-
pulcro.
MiriLO. — Por cierto, gallo, tú tienes mucha
razón en cuanto dizes, poi'C[ue en este caso de-
masiadamente? son dados lo$ hombres a la vana
aparenyia y ambición y ponpa de fuera sin ha-
zer cuenta de lo del alma, que es de lo que se
deue hazer más caudal.
Gallo. — Pues quán de veras dirias eso, Mi-
cilo, si huuiesses subido al cielo y decendida (*)
al infierno como yo, y huuiesses visto la mofa
y risa que passan los santos allá viendo el en-
gaño en que están los mundanos acá acerca
desta ponpa de su morir y enterrar, y si viesses
el pessar que tienen los dañados (') en el in-
(*) G.j Bien se puede eso presumir, aviK^ue era co-
mún opinión ser honbre cruel, y que ansí mató mo-
chos capitnnes, alférez y gentiles honbres haziendoles
degollar.
(') G., motines.
(•) G., ann.
(*) G., descendido.
(>) G., condenadofl.
EL CROTALON
191
fiemo porque se les añaden graues penas por la
Tanidad de qne se arrean en su morir, j O qué
te podría en este caso contar!
MiviLO. — i O mi 9elestial gallo! si pndiesse
yo tanto acerca de ti que me quisiesses por na-
rra9Íon comunicar esa tu bienauenturan9a de
que gozaste siendo IcaroMenipo^y cantarme (^)
lo mucho que viste alia. Si esto impetrasse de
ti profíerome de quedar yo oy sin comer por
darte doblada rabión.
Gallo. — No puedo, Micílo, dexar de te
complazer en quanto me quisieres mandar; y
ansi te quiero dezir cosas que los honbres nunca
vieron ni oyeron hasta oy. Tienes necesidad de
nueua atención, porque hasta agora has oydo
cosas de mi que tú las puedes auer visto y espe-
rimentado como yo. Pero hablar del 9Íelo, y de
los angeles, y del mesmo Dios no es capaz hom-
bre mortal para le comprehender mientra está
aqui, sin muy particular priuilegio de Dios; y
porque la xomada es grande y t^ngo flaca me-
moria dcxame recolegir: que si tu gusto está
dispuesto como requiere la materia de qne emos
de tratar, yo me profiero de hazerte bienauen-
turado oy, de aquella bienauenturan^a de que
se goza por el oyr; y pues el dia pareye ser ve-
nido aparéjate en tu tienda para (*) mañana y
oyras lo demos.
Fia delhonzeno canto del gallo de Lui^iano.
ARGUMENTO
DEL DUODÉCIMO CANTO DEL GALLO (')
Kn el ranfo dote {*) qun so sigut.» t-l nuctor imitando a Lugano
en el dialogo que intituló Tcaro MeniíK), tiiigt> subir al rielo
y üe«cTÍue lo mucho que vio allá (').
Gallo. — Ayer te prometí, Mi^ilo, de tratar
oy materia no qualquiera ni vulgar, pero la mas
alta y mas encumbrada (^) que humano ingenio
puede concebir. No de la tierra ni de las cosas
bajas y suezes de por acá: mas de aquellas que
por su estrañeza el juizio humano no las basta
conprehender. Tengo de cantar oy cómo siendo
Icaro Menipo subi al cielo morada y habitación
propria de Dios; oy tienes necesidad de nueuo
entendimiento y nufua atención, porque te
tengo oy de dezir cosas que ni nunca las vieron
ojos, ni orejas las oyeron, ni en entendimiento
humano pudo nunca caber lo que tiene allá
(*) G., contarme.
(') G., que.
(5) Falta en el ms. R. este titulo.
{*) G , daodecimo canto.
(•) G. ( Tachado): Si^uesse el dozeno canto del Gallo
de Luciano, orador griego, contrahecho en el caste-
llano por el mesmo autor. {Antes se leia) interprete.
(') G., incambrada.
Dios aparejado para los que le desean seruir.
Despierta bien: ronpe esos ojos del alma y mi-
rame acá, que quiero dezir las cosas marauillo-
sas que en el cielo vi, oy, hablé y mire'. La es-
tancia, asiento, lugar de los Santos y de Dios.
Dezirte he la dispusicion, mouimiento, camino,
distancia que tienen los ciclos, estrellas, nubes,
luna y sol entre si allá. Las quales si oydas no
creyeres, esto solo me sera gloría a mi, y señal
de mi mayor felicidad, pues por mis ojos vi, y
con todos mis sentidos gusté cosas tan altas
que a todos los honbres causan admiración, y
passan a lo que pueden creer.
MigiLO. —Yo te ruego, mi gallo, que oy con
intimo affecto te esfuerces a me conplazer, por-
que me tienes suspenso de lo que has de hablar.
Que avn si te plaze dexaré el offício por mos-
trarte la atención que te tengo, pues con los
ojos temia los sentidos j entendimiento todo
en ti. Especie me parecería ser de infidelidad si
vn honbre tan bajo y tan suez como yo no cre-
yesse a vn honbre celestial y diuino como tú.
Gallo. —No quiero, Micilo, que dexes de
trabajar: no demos ocasión a morir de hanbre,
pues todo se puede hazer. Príncipalmente quan-
do de ti tengo entendido que cuelgas con tus
orejas de mi lengua, como hizieron los f ranee •
ses de la lengua de Hercules Ogomio admirable
orador. Agora, pues, óyeme y sabrás que como
yo considerasse en el mundo con gran cuydado
todas las cosas que hay entre los mortales, y
hallasse ser todas dignas de rísa, bajas y pere-
cederas, las riquezas, los inperios, los officios
de República y mandos, menospreciando todo
esto, con gran deseo me esforcé a emplear mi
entendimiento y affícion en aquellas cosas que
de su cogeta son buenas a la verdad; y ansi
cobdicié passar destas cosas tenebrosas y obs-
curas y volar hasta la naturaleza y criador de
todas, y a este desseo me mouio y encendió más
la consideración deste que los philosophos lla-
man mundo. Porque nunca pude en esta vida
hallar de qué manera fuesse hecho, ni quién le
hizo: donde tubo principio y fin. Después desto
quando en particular le decendia a contemplar
mucho más me causaua admiración y dulda:
quando via las estrellas ser arroxadas con gran
furia por el cielo yr huyendo. Tanbien desoaua
saber qué cosa fuesse el sol, y sobretodo deseaua
conocer los acidentes de la luna, porque me
parecian cosas increybles y marauillosas, y pen-
saua que algún gran secreto que no se podia
declarar causaua en ella tanta mndanca de es-
pecies, formas y figuras. Aquella braueza con
que el rayo sale con aquel resplandor, tronido
espantos») y ronpimiento de nube, y el agua, la
nieue, el granico enbiada (}) de lo alto. Pare-
(*) G.| enbiado.
192
ORÍGENES DE LA NOVELA
9¡anme ser todas estas cosas (lifi(,^iles al enten-
dimiento, en tanta manera que por ninguna
fuerga de nuestra naturaleza se podian por al-
gún honbre conprehender acá. Pero con todo
esto quise saber qué era lo que destas cosas los
nuestros philosophos sentian: porque oya dezir
a todos, que ellos enseñauan toda verdad. Tan-
bien re^ebia gran confusión considerando aque-
lla sublimidad y alteza de los ^ielos: principal-
mente del empireo y de su perpetuidad. El trono
de Dios; el asiento de los santos, y la manera
de su premiar y beatifica9Íon. El orden que ay
en la nuieheduubre de todos los coros angelica-
les. Pues primero quisse sujetarme a la disci-
plina destos nuestros maestros, los quales no
poco están incliados y presumptuosos con estos
títulos, dizíendo que enhastiados de las cosas
de la tierra rolan a alcanzar la alteza de las
cosas velestiales: lo qual no seria en ellos poco
de estimar si ello fuesse ansí. Pero quando en
aquellas comunes academias entré y miré todos
los que en la manera de disputa y lición mos-
trauan enseñar, entre todos vi el habito y ros-
tro muy particular en algunos, que sin pregun-
tar lo conocieras auerse leuantado con el titulo
de celestiales. Porque todos los otros avuque
platicauan profesión de saber, debajo de un
Tniuersal baptismo y fe trayan tu vestido no
differente del común. Pero estos otros mostra-
uan ser de vna particular religión, por estar
vestidos de una cuculla y (*) habito y traxe
particular, y avn entre ellos differian en el
color ; y aunque en su presunción, arogancia,
obstentacion, desden y sobrecejo mostrassen
ser los que yo vuscaua, quise preguntar por me
satisfazor, y ansi me llegué a vno de aquellos
que a aprender concurrían alli, y a lo que le
pregunté me respondió señalándomelos con el
dedo: estos son maestros de la philosopbia y
theologia natural y celestial; y ansi con el deseo
que llcnaua de saber, con gran obediencia me
deposité a su disciplina, proponiendo de no
salir de su escuela hasta que huuiesse satisfecho
a mi dubda y confusión (*). ¡O Dios inmortal
qué martirio passé allü: que comencando por
vno de aquellos maestros según el orden que
ellos tenian entre sí, a cabo de vn año que me
tenia quebrada la cabeca con solo difínir térmi-
nos cathegorematicos y sincathegorimaticos,
análogos, absolutos y conotatiuos, contradicio-
nes y contrariedades, solo me hallé en vn labe-
rinto de confusión. Quise adelante ver si en el
otro auria algo más que gustar: y en todo vn
año Tiunca se acabó de enseñar vna demostra-
ción: ni nunca colegi cosa que pudiesse enten-
(*) G., do vn habito.
(') Al margen de este párrafo hay en el mi. G , una
nota en letra ael siglo xvi, qae dice: todo esto es lu-
theraiiismo.
der. Consolauame pensando que el tiempo,
avnque no el arte, me traería a estado y prece-
tor que sin perdida de más edad (}) me llega-
ría (^) a mi fin; y ansi entré ya a oyr los prin-
cipios de la philosophía natural; y esto solo te
quiero hazer saber: que a cabo de muchos días
solo me f altana ser libre de aquella necedad y
ignoranca con que vine alli. Porque fueron tan-
tas las opiniones y diuersidad de no seque prin-
cipios de naturaleza : insecables átomos : ínn-
merables formas; diuersidad de materias; ideas
primeras y segundas intenciones; tantas ques-
tiones de vacuo y infinito que quanto más allí
estaña más me enboscaua en el laberinto de
confusión ; y esto solo entre todas las otras co-
sas no podía sufrir; que como en ninguna cosa
entre si ellos conueniessen, mas antes en todo
se contradezíau, y contra todo quanto affínna-
ban argüían, pero con todo esto me mandaban
que los creyesse dezir la verdad, y cada vno
dellos me forcaua persuadir y atraer con sn
razón.
Mi(.^iLO. — Cosa marauillosa me cuentas; que
siendo esos hombres tan santos y religiosos y
d^ conciencia no eacassen en breue la suma de
sus sciencias, y solo aquello enseñassen que no
se pudiesse contradezir. O a lo menos que se
cnseñasse lo que en suma tuuiesse más verdad,
dexados aparte tantos argumentos y questiones
tan inpertinentes al proposito de lo que se pre-
tende saber.
Gallo. — Pues en verdad mucho más te rey-
rías, M¡cilo, si los viesses con la aroganria j
conñanca que hablan, no tratando cosa de ver-
dad, ni que avn tenga en si sustancia ni ser.
Porque como quiera que ellos huellan esta tier-
ra que nosotros hollamos, que en esto ninguna
ventaja nos llevan, ni en el sentido del viso son
mas perspicaces que nosotros, mas antes ay
muchos dellos que casi están ciegos y torpes
por la vejez. Y con todo esto afirman ver y
conocer los términos del cielo, y se atreuen a
medir el sol, y determinar la naturaleza de la luna
y todo loque sobre ella está; y como si huuie-
ran decendido de las mesmas estrellas señalan
su figura y grandeza de cada qual ; y ellos que
puede ser que no sepan quantas leguas ay de
Yalladolid a Cabezón, determinan la distancia
que ay de cielo a cielo, y quantos cobdos ay del
cielo de la luna al del sol ; y ansi difínen la al-
tura del ayre, y la redondez de la tierra, y la
profundidad del mar; y para estas sus vanida-
des pintan no sé que circuios, triángulos y qua-
drangulos, y hazen vnas figuras de espheras
con las quales sueñan medir el ambitu y mag-
nitud del cielo; y lo que es peor y mayor señal
(*) R. ( Tachado), de azeyte.
(*) R. (Tachado)^ traería.
EL CROTALON
193
de prc8an(;¡on y arogaih;¡a, que hablando de
cosas tan ín(;ierta8 como estas, y que tan lexos
están de la aaerigiiayion, no hablan palabra ni
la proponen debajo de conjecturas, ni de mane-
ras de dezir que muestren dubdar. Pero con
tanta certidumbre lo afirman y bozean que no
dan lugar a que otro alguno lo pueda disputar
ni contradezir. Pues si tratamos de lo alto del
rielo tanto se atreuen los theologos deste tien-
po a difinir las cosas reseruadas al pecho de
Dios como si cada dia sobre el gonierno del
mundo Yiiiuersal comunicassen con él. Pues de
la dispusi^ion y orden de allá ninguna cosa
dizen que no quieran (}) que sea aueriguada
conclusión, o oráculo que de su mano escriuio
Dios como las tablas que dio a Moysen. Pues
como yo no padiesse de la dotrina destos i'olc-
«^ir algo que me sacasse de mi ignoramtia, mas
antes su 3 opiniones y variedades mas me con-
fundiau, dime a pensar qué medio abria para
satis razer a mi deseo, porque ^iei-to de cada dia
más me atormentauan. Como suele acontecer
ul natural del honbre, que si algima cosa se le
antoja y en el alma le eucaxa, quanto mas le
priban della mas el apetito le solicita. Prinyi-
pálmente porque se me cnoaxó en el alma que
no podia alcanzar satis Fat,* ion de mi deseo acá en
ol mundo si no subia ai QÍelo y a la coumnica-
cion de los bienauenturados; y avnque en este
pensamiento me reya de mi, el gran cuydado
me mostró la yia como me sm-^dio. Porque
viéndome mi genio (digo el ángel de mi guarda)
vn tanto aflito comouido por piedad y tanbien
por se gloriar entre todos los otros genios auer
iui¡)etrado de Dios este priuiilejio pava su clien-
tulo, ansi se fue a los pies de su magestad con
irran inportunidad dizieudo que no se leuanta-
ria de alli hasta que le otorgase vn don: le pidió
lirenfia para me poder subir a los (-ielos y pu-
diesse gozar de todo lo que ay allá; y como el
mi genio era muy pribado suyo se lo concedió,
con tal que fuesse en vn breue termino y (*) no
me quedasse allá; y ansi venido a mi, como me
hallo en aquella agonia casi fuera de mi juizio,
sin exeryitar ningún sentido su officio me arre-
bató y voló comigo por los ayres arriba. ;0
soberano Dios! ¿por donde comenraré, Micilo,
lo mucho que se me ofrece dezir? Quiero que
ante todas cosas sepas que desde el punto que
mi buen genio de la tierra me desapegó y eo-
meneamos por los ayres a subir fue dotado de
\iia agilidad, de vna ligereza con que fácilmente
y sin sentir pesadunbre volaua por donde que-
na sin que alguna cosa, ni elemento, ni <;i^lo
me lo cstoruase; fue con esto doctado de vna
perspicaridad y agudeza de entendimiento y
(*) G., quieren.
(•) G., que.
ORÍGENES DE
LA NOVELA.— 13
habilidad de sentidos que juzgaua estar todos
en su perfe^ion. Porque quanto quiera que muy
alto subiamos no dexaua de ver y oyr todas las
cosas tan en particular como si estuuiera en
aquella distancia que acá en el mundo estos sen-
tidos acostunbran sentir.
MigiLO. — Pues yo te ruego agora, gallo»
porque mas bienauenturada y apazible me sea
tu narración, me cuentes en particular lo que
espero de ti saber, y es que no sientas molestia
en me notar aquellos secretos que procediendo
en tu peregrinación de la tierra, del mar, de los
ayres, cielos, luna y sol y de los otros elemen-
tos, pudiste entender y de lo alto especular.
(jráLLO. — Por cierto, Micilo, bien me dizos.
Por lo qual tú yendo comigo con atención, si
de algo me descuydare despertarme has, por-
que ninguna cosa reseruaré para mi por te
conplazer. Penetramos todos los ayres y es-
phera del fuego sin alguna lisien, y no paramos
hasta el ci<^lo de la luna, que es el cielo primero
y más inferior, donde me asenté y comente de
alli a mirar y contenplar todas las cosas; y lo
primero que miró fue la tierra que me pareólo
muy pequeña y muy menor sin conpara«;ion
que la luna. Mirela muy en particular y hol-
gué mucho en ver sus tres partes principales:
Europa, Assia y África. La braueza del mar,
los deleitosos xardincs, huertas, florestas, y las
fuentes y caudalosos rios que la riegan, con sus
apacibles riberas. Aquellas altas y brauas mon-
tañas y graciosos valles que la dan tanto do-
leyte.
MigiLO. — Dime, gallo, ¿cómo llaman los
philoBophos a la tierra redonda, pues vemos por
la esperiencia ser gibosa y por muchas partes
prolongada por la muchedumbre de montañas
que en ellaay?
Gallo. — No dubdes Micilo, ser redonda la
tierra considerada según su total y. natural con-
dición, puesto caso que en algunas partes esté
alterada con montañas y bagios de valles; por-
que esto no la quita su redondez natural; y ansi
considera el proueymiento del sumo Hazed^>r
que la fundó para el prouecho de los honbrrí?.
Que viendo auer en diucrsas partes diuersos
naturales y disposiciones de yernas, rayzes y
arboles necesarios para la conseniacion de los
honbres para cuyo fin los crió, dispuso las mon-
tañas altas para que alli con el demasiado calor
y sequedad se crie vn genero de arboles y fru-
tas que no na(;erian en los valles hondos y son-
brios; y hizo los valles porque nasciesen alli
otros géneros de frutas, mieses y pastos por
causa de la humidad ('), los quales no nac^'rian
en lo alto de la montaña. Arriba en la montaña,
en vnas ay grandes mineros de metales, made-
(*) G., hoineda<1.
194
ORÍGENES DE LA NOVELA
ras pre9Ío8&a y especias odoríferas; jemas sala-
dables; 7 en otras maraaillosas (') yestias y
C'tros animales de admirable fiereza. Abajo en
el valle ñapen los panes, pastos abundantes y
gruesos {*) para los ganados, y los rinos mny
prcriados, y otras muy ^ra4;io8a8 frutas y arb<>-
ledas. Ves aqui como todo lo dispuso Dios
conforme a la vtilidad del minerso, como quien
él os. Esta quiso que fuesse inmobil como cen-
tro y medio del vniuersal mando que crió; y
hizo que elementos y ^ielos reboluyesscn en
torno della para la disponer mejor. Y después
que on estas sus partes contcnplé la tierra de-
vendí mas en particular a mirar la vida de los
mortales, y no solo en coman, pero de particu-
Inres naciones y piudades, scithas, árabes, per-
sas, indos, medos, partos, griegos, germanos,
Ttalos y hispanos; y después despendí a sas
tcistanbres, leyes y vibiendas. Mire las ocupa-
ciones de todos, de los que nauegan, de los que
van a la guerra, de los que labran los campos,
de los que litigan en las audienpias forales, de
la> mngeres, y de todas las fieras y animalias C»),
T finalmente'todo lo que está sobre la tierra;
y no solamente alcanzó a ver lo que hazen en
jniblico, pero avn via muy claro lo que cada qual
liaría en secreto. Via los muy vedados y peli-
grosos adulteríos que se hazian en cámaras y
retrotes de príncipes y señores del mundo; los
hurtos, homicidios, sacrilegios, incendios, tray-
C iones, robos y engaños que entre hermanos y
amigos passauan. De los quales si te huuiesse
dezir en particultir no abria lugar para lo que
t^ugo en intención (*). Las ligas, los monipo-
dios, passiones por proprios intereses; las vsu-
ras, los canbios y los tráfagos de merchanes y
inerc»aderes en las (') ferias y mercados.
Mk;ilo. — Gran plazer me liarías, gallo, si
df? todo me dixeses algo de lo mucho que
viéndolo te doleytó.
Gallo. — Es inposible que tantas cosas te
cuente, porque avn en mirar tanta variedad y
muchedunbre causaua confusión. Parecia aque-
llo que cuenta Homero del escudo encantado de
Achiles, en el qual parecia la diuersidad de las
cosas del mundo. En vna parte parecían (•) lia-
zerse bodas, en otra pleytos y juizios. en otra
los t«nplos y los que sacrífican, en otras bata-
llas, y en otra plazen»8 y fiestas, y en otra los
lloros de los def untos. Pues piensa agora si de
]»resente viessemos passar todo lo que aqui digo
que' cosa abria semejante a esta confusión. No
]':irecia otra cosa, sino como si juntasses agora
(') G., fortisBimas.
1^ G., grayinsofl.
i') G., animalei.
(^i G , intenyion.
(3) G., trapazofide.
(•) G., parecía.
aqui con poderoso mando todos qaantoe masí-
cos de quantos instrumentos y bozes hay en el
mundo, juntamente con quantos saben de vay-
lar y dauyar, en vn punto mandasses qoe jun-
tos todos comenoassen su exercicio, y cada qual
trabajasse por tañer y cantar aqaella canción
I que mas en su juizio estimasse, procurmudo con
su boz, y instrumento sobrepujar al qae tiene
más cerca de sí. Piensa agora por tu vida (*),
Mic¡lo, qué donosa sería esta vaylia y mosica
si tanbien los dancantes comencassen a vav-
lar («).
MiviLo.— Por citíi^ en todo estr^mo seria
confusa y digna de risa.
Gallo. - Pues tal es la vida de los honbres,
concierto ny orden entre si. Cada vno piensa,
trata, habla y se exerc-ita según su condición
particular y parecer mientra en el teatro deste
mundo dura la representación desta farsa; y
después de acabada (qne se acaba con la muer-
te) todas las cosas bueluen en silencio y quie-
tud; y todos desnudos de sos disfraces que se
vestieron (•) para esta representación qaedan
iguales y semejantes entre si, porque se acabó
la comedia. Que mientra estauieron en el teatro
todo qaanto representaron era varia y risa; y
lo que más me monia a escarnio era ver los
grandes ánimos de principes y Reyes contender
entre si y poner en campo grandes exércitos, y
auentarar al peligro de muerte gran multitud
de gentes por vna pequeña prouincia, o por vu
reyno, o por vna cindad; que ay diez y seys es-
trellas en el ci^lo, sin otras muchas que ay de
admirable cantidad, que cada vna dellas es cien-
to y siete vezes mayor que toda la tierra; y
toda junta la tierra es tan pequeña que si la
mirassen de acá abajo fixa en el cielo no la ve-
rian, y escarnecerian de si mosmos viendo por
tan poca cosa como entre si contienden; y lo
que más de llorar es, el poco cuydado y arrisco
que ponen por ganar aquel reyno celestial; vn
reino tan grande que a vn solo punto del cielo
corresponden diez mil legnas de la tierra. No
me parecia todo el reino de Nauarra vn paso
de vn honbre pequeño. Alemana no vn pie.
Pues en toda la Ysla de Túgala térra y en toda
Francia no parecía qne auía que harar vn par
de bueyes vn dia entero; y ansi miraua qué era
lo que tanto haze ensoberuecer a estos ricos del
mundo, y marauillauame porr^ue ninguno posee
tanta tierra como un pequeño átomo de los qne
los philosophos epicúreos imaginan, que es la
cosa más pequeña que el honbre puede ver.
Pues quando bolui los ojos a la Ytalia y eché
de ver la ciudad de Milán, que no es tan gran-
Í*) G., mi amor.
*) G., a hazer su ynylin.
(*) G., TÍ8tieron.
EL CROTALON
196
de como yna lenteja; considere con lágrímas
por qoán poca cosa tanto príncipe y tanto cris-
tiano como en vn dia se paso a riesgo. Pnes
qué diré de (') Túnez y de Argel? ¿Pues qué
HTn de toda la Turquía? Pues toda la India de
la NucT» España j Perú, y lo que niieuamente
hasta salir al mar del Sur se nauega no parece
t»er de dos dedos. Pues ¿qué, si trato de las
minas del oro y plata y metales que hay en el
vniuerso? Por ^íerto todas ellas desde el ^ielo
no tienen cuerpo de vna hormiga.
Mi<;!iLO. — O bíenauenturado tú, gallo, que
(le tan dichosa vista g^aste. Pero dime, ¿qué
te paremia desde lo alto la muchedumbre de los
lionbrcs que andaban en las ciudades?
Gallo. — Pare^ian yna gran multitud de
hormigas que tienen la cueba junto a ynos
campos de miesses, que todas andan en rebuel-
t<a y 9Írculo, salir y entrar en la cueba, y la que
uiás se fatiga {*) con toda su diligencia trae (')
vn grano de mixo, 6 ccula vna medio grano de
trigo; y con esta pobreza está cada qual muy
liafana, soberuia y contenta. Semejantes son
los trabajos de los honbres puestos en común
rebuelta y circulo cu audiencias, en ferias, en
debates y pleytos; nunca tener sosiego: y en
fin todo es por yh pobre y miserable manteni-
miento. Como todo esto obe bien considerado
dixe a mi genio que me llcuasse adelante, por-
que ya no me sufria, anhelaiia por entrar en el
cielo empireo y yer a Dios; y ansí mi guia me
tomó y subimos passando por el cielo de Mer-
mrio al de Venus, y de alK passamos la casa
del Hol hasta la de Mars; y de alli subimos al
cielo de Júpiter, y después fuemos al de Satur-
no y al firmamento y cielo cristalino, y luego
entramos en el <í\q\o empireo, casa real de
I>ios.
MiriLO. — ^Antes que passes (*) adelante,
íjrallo, querría que me dixesses: estos elementos,
cielos, estrellas, luna y sol ¿de qué naturaleza,
de qué masa son ? [ De qué materia son aquellos
cuerpos en sí? que lo deseo mucho saber.
Gallo. — Esa es la mayor bol»edad que vues-
tros philosophos tienen acá: que dizen que to-
dos esos cuerpos celestiales son compuestos de
materia y forma, como es cada vno de nos; y
dizen muchos dellos que son animados ; lo qual
es deuanear C^) ; por que no tienen matería ni
composición. En suma, sabrás que todos ellos,
los elementos puros, cielos, estrellas, luna y
Sol, no son otra cosa sino vnos cuerpos simples
que Dios tiene formados con su infinito saber,
|Kir instrumentos de In administración y go-
i<) li., que.
(*) G., lai que más se Catigan.
(5) G., traen.
(*) G., pas8cmo.H.
(■) G., dMuariar.
uiemo deste mundo inferior para el cumpli-
miento de su necesidad. Estos no tienen com-
posición ni admistion en si, ni ay matería que se
rebnelua con ellos estando en su perfecion; y
ansi te hago saber que los elementos simples y
puros no los podéis los honbres vsar, tratar, ni
comunicar sino os los dan con alguna admis-
tion. £1 agua sinple y pura no la podríades be-
ber sino US la mezdassc naturaleza con otro
elemento para que la podáis palpar y gustar; y
ansi se ha de entender del fuego, ayre y tierra ;
que sí no estuuiessen mezclados entre si no los
podríamos comunicar. Pues ansi como el puro
elemento no tiene materia ti i con posición en sí,
menos la tienen los cielos, estrellas, planetas,
luna y sol. Tubo necesidad el mundo de luz en
el dia, y para esto formó Dios el sol. Tubo ne-
cesidad de luz en la noche, y para esto formó
luna y estrellas. Tubo necesidad de ayuda para
la común nacencia y generación de las cosas y
conseruacion y para esto dio Dios a los plane-
tas, luna y sol y otras estrellas y cielos yirtud
que en lo inferior puedan influir para esta ne-
cesidad. Y passando por la región de Eolo, rey
de los yientos, vimos vna gran multitud de al-
mas colgadas por los cabellcis en el ayre, y ata-
das las manos atrás, y niuciios cueruos, grajos
y milanos que uibas las cominn los coracones;
y entre todas estaña con muy notable dolor vna
que con gran furía y crueldad la comian el co-
racon y entrañas dos muy poderosos y han-
brientos buytres, y pregunté a mi genio qué
gente era aquella. El qual me respondió que
eran los ingratos que auian cunplido con sus
amigos con el viento de palabras, pagándoles
con engaño y muerte al tienpo de la necesidad:
y yo le inportuné me dixesse quién f uessc aque-
lla desdichada de alma que con tanto afán pa-
decía entre todas las otras, y él me respondió
que era Andronico, hijo del Rey de Vngria, el
qual entre todos los honbres del mundo fue
más ingrato a la belleza de Dnisila, hija del
Rey de Macedonia; y yo rogándole mucho que
me dixesse en que especie de ingratitud ofen-
dió, se sentó por me complazcr y ansi comencó.
Tu sabrás que el Rey de Albania y Morea hizo
gran exercito contra el Rey de Lydia por cierta
differencia que entre ellos auia sobre vnas yslas
que auian juntos conquistado en el mar Egeo,
y por tener el IXay de Vngria antigua liga y
deuida amistad con el Rey de Albania le enbió
su hijo Andronico con algún exercito que le
faboreciesse, que tenía ya su real asentado en
la Lydia, y vn dia, casi al puesto dd sol, sa-
liendo Andronico del puerto de Macedonia en
vna galera ligera para hazer su xomada, por-
que ya adelante auia enbiado al Rey su gente,
yendo ya a salir del puerto casi a mar alta vio
que andana por el mar vn vergantin ricamente
196
ORÍGENES DE LA NOVELA
entoldado con la cubierta de vn requemado
sembrado (}) de mucha pedrería que daua gran
resplandor a los que andauan por el mar; y
como Andronico fue anisado del vergantin
mandó a los que juan al remo que se acercas-
sen a el, y yéndose más acercando reconocieron
más su riqueza y yr damas de alta guisa alli;
y asi Andronico como al rergantin llegó, por
trozar de la presa mandó af ferrar, y luego saltó
en él y con muy gallardo y cortés semblante se
representó ante las damas, y quando entre ellas
tío a la linda Drusila que en el mundo no te-
nia par, que por fama tenia ya noticia della, y
supo que se era salida por alli a solazar con sus
damas sin caballero alguno, se le humilló con
gran reuerenyia ofreciéndosele por su prisio-
nero; y como él era mancebo y gentil honbre y
supo ser hijo del Rey de Vngria, que por las
armas era cauallero de gran nonbradia, ella se
le rindió {^) quedando concertados ambos que
acabada aquella batalla donde yua boluería a su
seruicio, y se trataría con su padre el matrimo-
nio que agora por palabras y muestra de volun-
tad delante de aquellas damas otorgaron entre
si; confiando la donzella que su padre holgaría
de lo que ella huuieso hecho, porque en el es-
iremo la deseaua conplazer; y ansí dándose paz
con algún sentimiento de sus coracones se apar-
taron, y siguiendo Andronico su xornada, ella
se boluio a su ciudad. Luego el día siguiente
vinieron á Macedonia los mas valerosos y prin-
cipales del reyno de Tracia, enbiados por su
Rey, que estañan en vn confín y comarcanos,
los quales venían a demandar al Rey de Mace-
donia su hija Dnisila por muger para el hijo de
su rey y señor; y lo que sucedió, porque ya creo
({ue estás cansado de me oyr, y es venido el día,
en el canto que se sigue te lo diré. Por agora
abre la tiendJa y comienca a vender.
Fin (le dozeno (') canto del gallo de Lv(¡iano,
ARGUMENTO
DEL DB(,'IHOTERriO CANTO DEL GALLO (*)
En el decimotrr^io canto que <se tigue el aaclor proMguIendo la
sabida del ^elo descríue la pena que m da a los ingrato* 'S;
Gallo. — ;0 malaventurados ingratos, abor-
recidos de Dios que es suma gratitud!: ved el
(*) 'R,{7acKado\ entretexido.
(>j R ( Tachado)^ entretexidc,
(') G , dnodecimo.
(«) Falta en el nui. R.
(>) (Tachado). Sigaesae el treceno canto del Gallo
de Luciano, orador griego, contrahecho en el caste-
llano por el mesmo antor. {Antet te leía), interprete.
pago que Dios y el mundo os da. Pues ayer te
dezia, Micilo, cómo Drusila no aoia acabado é^
dar su fe y palabra de matrimonio á Andro-
nico, quando la demandó Raymundo, hijo del
rey de Tracia, por muger. Pues agora sabrás
que ni cobdicia de más señorío y reynos, ni de
más riquezas, ni de más poder, la pemertio a
que negasse lo prometido a su amante. Mas
antes de cada día penaua más por él y le pare-
cía auer mucho más herrado y ser digna de
gran pena por auerle dexado yr; y con esta
firmeza y intincion respondió á su padre des-
cubriéndole el matrimonio hecho, al qnal no
podía faltar, y como el padre la amaua tanto
despidió los cnbajadores dizíendo que al pre-
sente no auia oportunidad para el effecto de su
petición ; y como el soberuio rey de Tracia se
vio ansí menospreciado, por ser el mas pode-
roso rey que auia en toda la Europa y por ser
su hijo Raymundo muy agraciado principe y
vnico heredero, y de todas las princesas de-
seado por marido. Pero por la gran ventaja y
valor (le la hennosura de Drusila la demandó
á su padre por muger, y quanto más se la ne-
garon más él se aficionó a ella, y ansí propuso
con gran yra de la conquistar por armas, de tal
suerte que quando ella no pudiosse ser vencida
a lo menos perdiesse el reyno y necesitarla ha-
zerlo por fuerca, avnque no con intinc-ion de
afrontar ni injuriar su valerosa persona; y ansí
luego se laucó en el reyno de Macedonia con
grande exercito quemando, talando y destru-
yendo todo el estado; y la desdichada Drusila
quando vio á su padre y hermanos con tanta
aflicion, llorando maldezia su triste hado que ú
tal estado la auia traydo, y no sabia con quó
más cunplir con ellos que con rogarles la qui-
tassen la vida, pues ella era la ocasión y cansa
de aquella tenpestad, y por muchas vezes se de-
terminó a se la quitar ella a si mesma, sinoquo
temía el estado miserable de la desesperación, y
hazer pessar a su querido y amado Andronico,
porque creya vierto (') del que la amaua; y ansi
suc-^ió que en vna batalla campal que les dio
Raymundo, por la gran pujanc-a de esfuerzo y
exercito los venció y mató al rey de Macedonia
y dos hijos suyos. De lo qual la desdichada
Drusila se sintió muy afligida y le fue forciidu
huyr del enemigo y su furia y recogerse en vn
castillo que era en el fin de su reyno en los con-
fines de Albania, que no tenia ya más que per-
der; y alli muy cubierta de luto y miseria espe-
raua lo que della Raymundo quisíesse hazer,
teniendo por mejor y más fácil perder su vida,
pues ya la estiraaua por muerte, antes que per-
der al su Andronico la fe; y estando ansi des-
consolada, huérfana y sola sin algún socoiTn,
(*) G.. contiaua.
EL CROTALON
197
vino nneua al reyuo de Albania cómo (') el rey
de Ljdia haaia rendido en batalla a du rey y
tenía preso a Andronico, hijo del rey de Vn-
gría; y como Drusila tenia toda su esperanza
en el fin de aquella batalla, pensando que como
della saliesse vitorioso el rey de Albania vernia
con Andronico ^n su fabor y que anbos basta-
rían para la restituir en su reyno, como ya se
tío la misara sin alguna e8peran9a de remedio
no hazia sino llorar congojándose (^) amarga-
mente, maldiziendo su suerte desdichada, no
sabiendo a quién se acorrer. No tuvo la cuy-
tada otra cosa de qué asir para el entreteni-
miento de su consola9Íon sino considerar la
causa tan bastante que tenia porque llorar, que
le sería ocasión de morir, y ansi de acabar su
dolor; y como Ray mundo la importunaba acor-
tándola de cada dia mas los términos de su de-
terminación, ya como muger aborrída, teniendo
por 9Íerto que ningún suceso podría venir que
peor fuesse que venir en manos de Raymundo
siendo vibo su Andronico, determinó yr por el
mundo a vuscar alguna manera como le liber-
tar o morir en prisión con él : y ansi se vistió
de loa vestidos de vno de sus hermanos, y cor-
tándose los cabellos redondos al uso de los va-
rones de la tierra se armó del ames y sobre
veste de su hermano sin ser sentida, ni comu-
nicándolo con alguna persona, y un dia antes
que amane^iesse se salió del castillo sin ser sen-
tida de las guardas de fuera, porque a las de
dentro ella las ocupó aquella noche como no la
pudiessen sentir; y ansi con la mayor furia que
pudo caminó para el puerto, donde halló vna
galera ligera que estaña de partida para la
Lydia, en la qual se flet-ó pagando el conue-
niente salario al piloto, y con mucha bonanca y
buen tenporal hizo su viaje hasta llegar al
puerto de su deseado fin. Consolauasse la des-
dichada en hollar la tierra que tenia en prisión
todo su bien, y quando llegó a la gran 9Íudad
donde residía el rey teniasse por muy contenta
quando vía aquellas torres altas en que pen-
saua estar secrestado su amor, y ansi a la más
alta y más fuerte le dezia: ¡O la más bienauen-
turada eptancia que en la tierra ay! ¿Quién te
hizo tan dichosa que mereciesses ser caxa y
buzeta en que estuuiesse guardado el precioso
joyel que adorna y conserua mi coraron? ¿Quién
te hizo bote en que en^crrasse conserua tan cor-
dial? ¡O si los hados me conuertiessen agora en
piedra de tan feb'z edcfi^io, porque a mi con-
tento gozasse de mi desseado bien! Y diziendo
estas y semejantes lastimas, llorando de sus
ojos se entró en la ciudad y fuesse derecha al
palayio y casa del rey . y apeada de su cauallo
(•) G., que.
(>) G., fatigándose.
i
se entró al retraimiento (') real, y puesta de
rodillas ante el rey le habló ansi. Muy alto y
muy poderoso sefior, a la vuestra alteza plega
saber cómo yo soy hijo del rey de Polonia; y
deseo de exercitarmc en las armas para mere-
cer ser colocado en la nonbradia de cauallero
me ha hecho salir de mi tierra, y teniendo no-
ticia que tan auentajadamente se platican las
armas en vuestra corte soy venido a os seruir.
Be manera que si mis obras fueren de caua-
llero, ofrecida la oportunidad témeme por di-
choso tomar la orden de cauallería de tan vale-
loso principe como vos; y si en vuestro serui-
cío me recebis me haréis, sefior, muy gran
merced. Estañan delante la reyna y su hija So-
phrosína que era dama de gran veldad, y el
hijo del rey; y como vieron a Drusila tan her-
moso y apuesto donzcl á todos contentó en es-
tremo, y les plazió su of raimiento, y a Sophro-
nisa (éíc) mucho más; y después que el rey su
padre le agradeció su venida y buena voluntad,
le ofreció todo aquel aprouechamiento que en
su casa y reyno se le pudiesse dar. Sophrosina le
demandó a su padre por su donzel y cauallero,
su padre se le dio: y Dnisila le fue a bessar
as manos por tan gran merced: Sophrosina es-
taña muy hufana de tener en su semicio vn
tan apuesto y hermoso donzel, porque cierta-
mente ansi como en su habito natural de mu-
ger era la mas hermosa donzella que auia en el
mundo, y con su veldad no auia cauallero que
la viesse que no la deseasse. Ansi por la mesma
manera en el habito de varón tenia aquella ven-
taja que todfM lengua puede encarecer, en tanta
manera que no auia dueña ni donzella que no
deseasse gozar de su amor ; y ansi Sophrosina de-
zia muchas veces entre sí que si fuesse a ella cier-
to que el su donzel era hijo del rey de Polonia,
como él lo auia dicho, que se ternia por muy
contenta casar con él: tan contenta estaña de
su postura y veldad; y ansi en ninguna cosa
podía Sophrosina agradar á Drusila que no lo
hiziesse de coracon. Y un dia hablando delante
de algunos caualleros y reyna sn madre, de la
batalla y de la muerte del rey do Albania, vi-
nieron á hablar de la prísion de Andronico hijo
del rey de Vngría, y la reyna dixo que cierta-
mente sería justiciado muy presto, porque mató
en la batalla vn sobríno suyo hijo de su her-
mana, y que su madre no se podía consolar por
la muerte de su hijo sino con auer Andronico
de morír, y que para esto tenia ya la palabra
del rey; y como Drusila esto oyó pensó perder
la vida de pessar, y con mucha disimulación se
puso a pensar cómo podría libertar a su amante
avnque ella muriesse por. él; y ansi como So-
(*) G.. en la mía real, donde hallando al rey, puerta
de rodillas ante 61.
198
ORÍGENES DE LA ITOVELA
phroeiak se recogió a su mposcnto pasosse Dru-
sils de rodillas ante ella saplicando la liiziese
vna merv-cd, hasiendole saber en cátoo ella aaia
coQ^cbido gran piedad de Andronieo, por ^o^i-
ficarle Ib rcjia bu señora qae ania de inorír.
Que te snplicaoa le diesae lífCD^ia para le visi-
tar j consolar porque en ningniia manera se
podría aafrir a estar presente eo la ^'iadad a le
ver morir. Sophrosina como entendió que en
esto haria a Dmsila gran plazer le d¡¿ Incgo vn
anillo mnj preciado que ella traja en sn dedo
j le dizo qne se Fnesse con el al alcajde del
castillo j le dizesse que Be le dezasse ver j ha-
blar. No t* puedo encarecer el go^o míe Dm-
sila con d anillo llenó, j oomo llego al castillo
y le niORtrú al alcayde y reconofiíS el anillo muy
preí-iwlo de bo seQora Sophrosina: y por lo que
conofia de los fabores que daiía al sn donzel,
Inego l(t liízn franco el castillo y le áiá las
llanca, y sin mas coiipañia ni guarda le dizo
qne ontrasse en la torre de la prisión. Gomo
Androiiico sintió abrir las puertas temióse si
era llegada la hora en qne lo anian de jnstifiar,
porqnc le ¡lar.'^ió desasada aqaella risita, y es-
taña confnsso pensando qa¿ podía ser; y afn~
qne no tenia mas prisiones qae la fuer^ de
aquella torre afligíale mucho la soledad y el
pensar la hora en que ania de morir; y como
Drusila entró en la prisión y reconoció al su
amado Andronico, anique flaco y demudado
todo, se le fac a aliraear y bcssar en U boca,
que no se podia contener; y como Andronico se
sintjo ansi acariciar de vn mancebo en rn es-
tado tan miserable como aquel, estaba confnsso
y turbado, sospechoso qne le llorauan c] punto
de sn muerte; y cuando ya su Dmsila se ie dio
k cono9er y boluió en sí no ay lengua qne pueda
contar el plazer que tunieron anbus b (') dos.
Luego le contó por cstcnso cómo auia venido
alli, y cómo perdió sus padres, hermanos y
reyno, y el estado en que estaña en el fabor de
su seflora Sophrosina, y la confian^ y crédito
que se le daña eu todo el reyno ('), y cómo
sabia v'i"tamente que auia de morir y muy
breue, sin poderlo ella remediar por ser muger;
y qne por tanto conaenia que luego tomando
los hábitos que ella traya, que ae los dio So-
phrosina, la dexasBc con los que él tenía Tcsti-
dos en la prisión, y que él se fnesse a Tusi;ar
cómo la libertar. En £n, pareciendo bien a
anbos aquel consejo y siendo auisado por Dru-
sila de mucliBB cosas qne conuonia hazer antes
que saliuBse de la yiiidád: cómo Be ania de des-
pedir de Sophrosina, y cómo auia de aner su
arnés, vestiéndose las ropas qne ella lleuans, y
tomando el anillo, y vcrrando las puertas de la
torre se salió, j dadas las IlBues al alcBvi)i' i<'<i
mucha disiuink^ion se fue al palacio si'i <>iii'
alguno le ecbasse de rer por ser ya cu^i a la
noche, y entrando a la gran sala balli' '.. Su.
phrosina con sus padrea y corte de caualleroi
en gran conuersafion; y puesto de rodillas ante
ella le dio el anillo; y por no dar Sophrosina
cuenta «1 rey ni reyna de ninguna coaa no le
habló en ello mas, pensando que estando Bolos
sabría lo que con Andronico paasó; y Andro-
nico sin mas detenimiento se fue al aposento
de Drusila conforme al aniso que U dio, y re».
tido sn ames y subiendo en su caaallo Be salió
la puerta de la yindad. Esperó Sophrosina aque-
lla noche si paremia ante ella el tn douEel, y
como no le vio, venida la mañana le enbió a
vuscar, y como le dizeron que la noche antes se
auia ausentado de la ;iudad pensó auerlo hecho
por piedad que tubo de Andronico por no le ver
morir; y ansi trabajaua Sophroeiua ponina, se
ezecotasse la muerte en Antlfoniro esperando(')
que luego bolueria su Jontel sabiendo (') auerse
hecho justicia del; y ansi se sufrió, y respondía
al rey y reyna quando preguutauan por el, di-
siendo que clU le enbió vna zomada de alli ron
DH recado. Andronico con la mayor priesa que
pudo caniíuando toda la noche se íne para el
rey de (') Armenia, porque snpo que tenia gntn
encmiatnd con el rty de Lydia, y le dizo ser rn
canallero de Tra^ia, que ania reccbido vn gran
agranío del rey de Lydia; qne le suplícana le
díease uu ezen-ito, y qne éi le quería hacer sn ca-
pitán general; que él le prometía darlo fácil-
mente el reyno de Ijydía en eu poder, y que
solo quería en pago le híziesse merced del (')
despojo del palacio real y prisioneros del caeti-
llo; y ansi cou^ertjtdos caminó Andronico par»
Lydia con el rey de Armenia y sn ezer^ito, y
salido el rey de Lydia al campo con su ezer^ito
le mató Andronico en la ('] batalla y le des-
uarató y (*) entró la eindad, y tomó en sn
guarda el palacio del rey, y se fue al castillo y
abierta la prisión siicó de alli a bu Drusila con
gran alegría y plazer de anbos j gran gozo de
bessos y abraeus; y descubriendo su estado y
ventura a quantoe loquerian saber C), vislioa
Dmsila de hábitos de dama, que admírana a
todos su hermosnrn y vellcza; y poniendo en
poder del rey de Arux'nia Á la ri'yna (,*) y todo
el rryno de LydÍA, y ilizicndo que qneria á So-
plirosiiiB para dársela por muger a rn hcrmauíj
snyo la cuiíarcó juntamente con todo el tcsiTii
('I G., áiiieiido.
l'l <i., como Hipie*8e.
j'l G. en pago el.
n 'i'ljle.'
EL CROTALON
199
del rey. No huuieron salido dos leguas del
puerto qoando se les leoantft el mar con tem-
pestad muy furiosa; que (') después de dos dias
aportaron a Tiia ysla sola y desierta y sin habi-
tación que cstaua en los confínes de Rodas (^) ;
yua Sophrosina muy miserable y cuytada llena
de luto, y Andronico se la yua consolando, y
como era donzella y linda que no auia cun-
plido catorce años bastó entre aquellos regalos
y lagrimas mouer el coraron de Andronico con
su hermosura y belleza; y ansi como enhastiado
de la su Drusila passó todo su amor en So-
phrosina: que ya si a Drusila hablaua y comu-
nicaua era con simula9Íou, pero no por vohm-
tad; y ansi fingiendo regalar á Sophrosina de
piedad, disimulaua su malicia encubierta, por-
que so color de que la lleuaua para su hermano
la acarí^áaua para si, pare^iendolc no ser aque-
lla joya para desechar, y ansi ardiendo su cora-
pon con la llama que Sophrosina le causaua,
sospírana y lloraua disimulando su pena. Pues
llegados al puerto de la ysla, como Drusila
llegó cansada de las malas noches y dias paasa-
dos (') saltó luego en tierra ya casi a la noche,
y auiendo penado no queriendo Sophrosina
salir del nauio por su desgracia, sacaron (*) al
prado verde vn rico paucllon con vna cama:
el C^) qual recibió aquella noche los desiguales
cora9ones (•) de Andronico y Dnisila en vna;
y como la engañada Dnisila con el cansancio
se adormió, y el infiel de Andronico la sintió
dormida, poco a poco sin que le sintiesse se
Icuantó de la cama C') junto á la media noche
y tomándola todos sus vestidos la dezó sola y
desnuda en el lucho y se lan^ó en el nauio; y
ansi mandó a su gente y marineros (*) que sin
más detenimiento leñan tassen vela y partiessen
de alli, y con tienpo de bonan9a y prospero
viento vinieron en breue a tomar puerto en el
reyno de Ma^edonia, algunas villas que avn
estañan por Dnisila, porque Raymundo era
ydo a conquistar a Sicilia. La desdichada de
Drusila como de su sueño despertó comentó a
vuscar por la cama su amante, estendiendo por
la vna parte las piernas, y por la otra echana (•)
los brazos; y como no le luilló, como fañosa y
fuera de seso saltó del locho desnuda en car-
nes jf sin sosiego alguno se fue a la ribera
adonde cstaua (*•) el nauio, y como no le vio,
(*) G., Inego como entraron en el mar les vino
ana tormenta mny f ariona, por la qnal.
(') G., en el mar Egeo.
(') G , dias del mar.
(M 6., aniendo cenado, Dmrila mando sacar.
(5 G., la
(<) R. {Taehéido), jnntofl.
(*) G., deleznándose por la cama se Icnantó.
(') G., a los marineros y gente.
{*) G^ echando.
(*•) G., vaflcand
presumiendo avn dormir y ser sueño aquello
que via (') se comentó cruelmente a herir por
despertar; y ansi arañando (^) su hermoso
rostro que el sol obscurecía con su resplandor
y mesando sus dorados cabellos corría a vna
parte y a otra por la ríbera como adiuinando ^u
mala fortuna. Daua grandes l)ozes llamando su
Andronico; pero no ay quien la responda por
alli, sino de pura piedad el equo echo que por
aquellas concauidades resuena (^). En grandes
alaridos y miseria passó la desdichada aquel
rato hasta que la mañana aclaró, y ansí como
el alúa comencó a ronper, ronca de llorar, todo
su rostro y delicados miembros despedazados
con las vñas, tomó de nueuo a correr la ríbera
y vio que a vna parte subia vn peñasco muy
alto sobre el mar, en que con gran Ímpetu
batian las olas, y alli sin algún temor se subió,
y mirando lezos, agora porque viesse yr las
velas inchadas, o porque al deseo y ansia se le
antojó, comentó a dar bozes llamando a su An-
dronico, hiríendo con furia las palmas; y ansi
cansada, llena de dolor, cayó en el suelo amor-
tecida; y después que de gran pieza boluió en
si comentó a dezir. Di, infiel traidor, ¿por quó
huyes de mi, que ya me tenias vencida? Pues
tanto te amana esta desdichada, ¿en qué podía
dañar tus delcy tes? Pues llenas contigo el alma,
¿por qué no llenaste este cuerpo que tanta fe te
ha tenido? ¡O pérfido Andronico! ¿Este pago
te mereció este mi coracon que tanto se cnploó
en ti, que huyendo de mí con tus nueuos amo-
res me dexas aqui hecha pasto de fici-as? ;0
amor! ¿Quién será aquella desuenturada que
sabiendo el premio que me das de (*) mi fe, no
quiera antes que amar sor comida de sierpes?
¿De quien rae quexaré? ¿De mi, porque tan
presto a ti, Andronico, me rendí desobedeciendo
a mi padre y recusando a Raymundo? ¿O que-
xarme he de ti, traidor fementido, que en pago
desto me das este galardón? Juzgúelo Dios; y
pues mis obras fueron por la fe del matrimo-
nio que no se deue violar, pues la tuya es ver-
dadera trayC'ion arrastrado seas en campo p«:>r
mano de tos enemigos. /Quien contara el an-
gustia, llanto, duelo, querella y desauentwa dt
tanta belleza y mujer desdichada? yo me mará-
uillo cómo el ^ielo no se abrió de piedad wiendo
desnudos aquellos tan delicados miembros glo-
ria de naturaleza desamparada de su amante^
hecha manjar y presa de fieras, esperando su
muerte futura. No puedo dezir más; porque me
siento tal, que de pena y dolor reuitnlo, Y (')
(•)G,lo.
(*) G., rasgando.
£) G.» que habita y resuena por aquellas c«aca-
ides.
{*) G., das a.
(•) G., pnes.
200
ORÍGENES DE LA NOVELA
ansí con la gran ansia que la atormentaaa 8e tor-
nó a desmayar en el medio de vn prado teniendo
por cabezera una piedra, y porque Dios nunca
desampara a los que con buena intin^ion son
fieles, sucedió que aniendo Raymundo conquis-
tado ol reyno de Sicilia boluia yitoríoso por el
mar, y aportando a aquella ysla, aunque de-
sierta se apeó por gozar del agua fresca, y an-
dnndo con su arco y saetas por la ribera solo,
por se solazar, vio de lexos a Drusila desnuda,
tendida en el suelo; y como la vio, avnque luego
le pareció ser fícra, quando reconoció ser muger
TÍnose para ella, y como ^erca llegó y halló ser
Drusila enmudeció sin poder hablar, pensando
sí por huyr del se auia desterrado aqui quando
a su padre le mató. De lastima della comentó
á llorar, y ella boluiendo en si se leuantó del
suelo y muy llena de vergüenza se sentó en la
piedra. Pare<f ia alli sentada como solían los an-
tiguos pintar a Diana quando junto a la fuente
está echando agua a Antheon en el rostro. O
como pintan las tres deesas ante Paris en el
jiiizio de la mangana, y (guando trabaja enco-
giéndose cubrir el pecho y el yientre descúbre-
sele mas el costado. Era su blancura que a la
iiieue Ten^ia. Los ojos, pechos, mexillas, nariz,
boca, honbros, garganta que Drusila mostraua
se podia anteponer a quantas en el mundo ay
do damas bellas ('); y después de89endiendo
mas abajo por aquellos miembros secretos que
por su honesticbid trabajaua en cubrir, en el
mundo no tenían en velleza par; y como acá-
baua de llorar parecia su rostro como suele
ser de primavera alguna vez el ^ielo, y como
queda el sol acabando de llouer auiendo des-
conbrado todo el nublado de sobre la tierra: y
ansi Raymundo captiuo de su velleza le dixo:
/Vos no soys, mi señora, Drusila? Al qual ella
respondió: yo soy la desdichada hija del rey de
Mavedonia: y luego alli le contó por estenso
todo lo que por Andronico su esposo pasó, y
como viniéndose para su tierra la auia dexado
sola alli como ve. El se marauilló a tanta fe
auer hombre que diesse tan mal galardón, y le
dixo: pues yo, señora, soy vuestro fiel amante
Raymundo de Tra9Ía, y porque me menospre-
fiastes me atreui a os enojar; yo tengo el vues-
tro reyno de Ma^edonia guardado para vos,
juntamente con mi coraron, y qnanto yo tengo
está a vuestro mandar; yo quiero tomar la em-
presa de vuestra satisfa^ion; y diziendo esto
saltó al nauio y tomó vnaB preciosas vestidu-
ras, y solo sin alguna compañia se las boluió a
uestir, y la truxo al nauio, donde dándola a
comer algunas consenias la consoló; y dados a
la vela la lleuó a la ^iudad de Constantinopla
donde estaña su padre, el qual como supo que
(*) quantas natoralesa tiene formadaí hasta agora.
traya a Drusila y mucho a su voluntad re^'ibio
gran plazer, y luego Raymundo se dispuso yr
a tomar la satisfa^ion de Andronico que se
auia lanzado en algunas villas del reyno de
Ma^edonia, por ser marido de Drusila; y como
no estaña en lugar (*) avn conocido no se pudo
defender^ que en breue Raymundo le venció, y
como le hubo a las manos le hizo atar ios pies
a la cola de su cauallo y heríendole fuertemente
de las espuelas le truxo por el campo hasta que
le despeda9Ó todo el cuerpo, y ansi le pusieron
por la justicia de Dios acjui al ayre como le ren,
en pena de su ingratitud; y Raymundo en pla-
zer y contento de aquellos rey nos se casó con
Drusila, los q nales dos se gozaron por muchos
años en su amor, y enbiaron a Sophrosina para
su madre a Lydia con mucho plazer, y después
el rey de Armenia, por ruegos del rey de Tra-
9Ía, boluió el reyno de Lydia a Sophrosina y a
su madre, casó su hijo con Sophrosina y vinie-
ron todos en prosperidad, Ansi que ves aqui la
pena que se da a este maluado por su ingra-
titud.
Mi^iLO. — Por cierto, gallo, el cuento me ha
sido de gran piedad, y la pena es qual merejo
ese traydor. Agora procede en tu peregrina-
ción.
Gallo. — Luego como subimos al cielo em-
píreo, que es el 9¡elo superior, nos alunbró vna
admirable luz que alegró todo el spiritu con vii
nueuo y particular plazer, que no ay lengua ni
avn entendimiento que se sepa declarar. Era
este 9Íelo firme, que en ningún tienpo se niuene,
ni puede mouer, porque fue criado para eternal
morada y palacio real de Dios ; y con él en el
prín9¡pio de su crea9Íon fueron alli criados vna
inumerable muchedunbre de inteligencias, spi-
ritus angélicos como en lugar proprio y depu-
tado para su estan9ia y a ellos natural. Como
es lugar natui-al el agua para los pescados, y
el ayre para las aues , y la tierra para los ani-
males fieros y de vso de razón (*). Este 9Íelo
es de imensa y inestimable luz, y de vna diuina
claridad resplande<;iente sobro humano enten-
dimiento y capacidad. Por lo qual se llama En-
pireo, que quiere dezir fuego; y no porque sea
de naturaleza y sustancia de fuego, sino por el
admirable resplandor y glorioso alumbramiento
que de si emana y procede. Aqui está el lugar
destinado ante la constitución del mundo para
silla y trono de Dios, y para todos los que han
de reinar en su diuino acatamiento. La qual luz
qnanto quiera que en si sea clarissima y acu-
tissima no la pueden sufrir los ojos de nuestra
mortalidad, como los ojos de la lechuza que no
pueden sufrir la luz y claridad del sol. Ni tau-
(') ^'t y como no era avn.
(>) G., ánimalM, hombres y fieras.
EL CROTALON
201
poco esta Inz bieiiauenturada alumbra fuera de
aquel lugar. En conclusión es tan admirable
esta luz y claridad que tiene a la luz del sol j
luna, 9Íelo8 y planetas ventaja sin conpara^ion.
Es tanta y tan inestimable la ocupación en que
se arrebata el alma alli, que de ninguna cosa
que acá tenga, ni dexa ni se acuerda allá. Ni
más se acuerda de padre, ni madre, ni parien-
tes, ni amigos, ni hijos, ni muger más que si
nunca los huuiera visto. Ni piensa, ni mira, ni
considera mal ni infortunio que les puede (')
acá venir. Sino solo tiene cuenta y ocupación
en aquel gozo inestimable que no puede enca-
re^r.
Mi4?iL0. — ¡O gallo! qué bienaventurada cosa
es oyrte. No me pare<?e sino que lo veo todo
ante mi. Pues primero que llegues a Dios y á
dezirme el estado de su magestad, te niego me
digas :a dispusi^ion del lugar.
Gallo. — Eran vnos canpos, vna llanura que
los ojos del alma no los puede alcan^.ar el fin.
Eran campos y estauan cubiertos porque era
casa real donde el Rey tiene todos sus cortesa-
nos de si; y mira bien agora, MÍ9ÍI0, que en
aquel lugar auia todas aquellas cosas que en el
mundo son de estima, y que en el mundo pueden
causar magestad, deleyte, hermosura, alegría y
plazer; y otras muchas más sin cuento ni fin.
Pero solo esto querría que con sola el alma en-
tendiesses; que todo aquello que allá ay es de
mucho más virtud, ex^elen^ia, fuerza, e]egan9Ía
y resplandor que en las que en el mundo ay,
sin ninguna conpara^ion (^). Porque en fin has
de considerar que aquellas están en el 9¡elo, na-
cieron en el QÍelo, adornan el 9¡elo, y avn son
de la celestial condÍ9Íon para el semi^io y aca-
tamiento de Dios, y ansí has de considerar con
quanta ventaja deuen á estas exceder. En tanta
manera que puedes creer, o presumir que aque-
llo es lo verdadero y lo que tiene vibo ser, y que
es sonbra lo de acá, o fisión. O que lo del ^ielo
es natural, y lo del mundo es artificial y con-
trahecho y sin algún valor. Gomo la ventaja
que ay entre ('), vn nibi, o (*) vn diamante
hecho en los hornos del vidrio en (•) Venecia,
en Cadahalso, que no ay cosa de menos estima;
y mira avn quánta ventaja le hazc vn natural
diamante que fue nacido en las minas de acá ;
que puesto en las manos de vn principe no se
puede apreciar ni estimar. Auia por comunes
piedras por el suelo de aquellos palacios y pra-
derías esmeraldas, jacintos, rubíes, carbuncos,
SI G., pueda.
R (Nota al jfie de lapáffina): Gregorius *»/wír
Job, cap. 14. Kt vide Johanem Echium fuiper Eaan-
gelíum secunde dominicc pont Fentecosten, nomilia 4.
(») G.. de.
(*) G.,ode.
(•) G., de.
topacios, perlas, ^afires, crisotoles y diamantes,
y por entre estas corrían muy graciosas y pe-
renales fuentes, que con su meneo hazían spi-
ritual contonto que el alma solo puede sentir.
Auia demás dcstas piedras y gemas que cono-
cemos acá otras infinitas de admirable perfc-
9Íon, y avn deucs creer que por ser nacida allá
qualquiera piedra que por allí estaña í;¡en mun-
dos no la podrían pagar í tanta y tan admira-
ble era su virtud! Ansí con este mesmo presu-
puesto puedes entender y considerar qué era el
oro de allí y todo lo demás. Porque no es razón
que me detenga en te encarecer la infinidad de
cosas preciosas y admirables que auia allí; la
multitud de árWes que a la contina están con
sus flores y frutas; y quauto mas sabrosas, dul-
ces y suaues que nunca humana garganta gustó.
Aquella umchedunbre de yernas y flores ; que
jazmines, oliuetas, alelíes, albahacas, rosas, azu-
zenas, clabellínas, ni otras flores de por acá
dañan allí olor; porque las pribauan otras mu-
chas más que auia sin numero por allí. En vn
gran espacio que por entendimiento humano no
se puede conprehcnder estaña hecho vn admi-
rable teatro preciosamente entoldado, del medio
del qual salía un trono de diuiua magestad.
Auia tanto qué ver y entender en Dios que al
juizio y entendimiento no le sobró punto ni mo-
mento de tienpo para poder contemplar la ma-
nera del edificio y su valor. Basta que asi como
quien en sueños se le representa vn inumerable
cuento de cosas que en confuso las ve en par-
ticular, ansí mientra razonauamos los mirado-
res acerca del díuino poder eché los ojos y al-
cancé á juzgar ser aquel trono de vna obra, de
vna entalladura, de vn musayco, mocaraue y
tarece que la lengua humana le Iiaze gran baja,
ultraje y injuria presumirlo conparar, tasar o
juzgar. Que aun presumo que a los bienauen-
turados spiritus les está secreto, reseruado solo
a Dios, porque no hace a su bienaventuranca
aucrlo de saber. En este trono estaña sentado
Dios; de cuyo rostro salía vn díuino resplan-
dor, vna deydad que hazia aquel lugar de tanta
grandeza, magestad y admirable poder que
a todos engendraua vn terrible espanto, reue-
rencia y pabor.
Mi VILO. — ¡Oh gallo! aqui me espanta donde
estoy en oyrtelo representar. Pero dime ¿a qué
parte tenia el rostro Dios?
Gallo. — Mira, M¡c¡lo, que en esto se mues-
tra su gran poder, magestad y valor; que en el
C'ielo no tiene espaldas Dios, porque a todas
partes tiene su rostro entero, y en ninguna
parte del cí^lo el bienauenturado está que no
vea rostro a rostro la cara a su magestad; por-
que en este punto está toda su bienaucnturanca
que se resume en solo ver a Dios; y es este
preuillegio de tan alto primor que donde quiera
202
orígenes de la novela
que está el bienaucnturado, avnqne cstaniesBC
acaso en el infierno, 6 en purgatorio se le co-
municana en sa visión Dios, y en ninguna parte
estaría que entero no le tuuicssc ante si.
MigiLO. — Dime ¿allá en el 9¡elo viades y
oyades todo lo que se hazia y dczia acá en el
mundo?
Oallo. — Después que los i)ienaueu turados
están en el acatamiento de Dios ni ven ni oyen,
lo que se dize y haze acá, sino en el mesmo
Dios, mirando a su diuina magestad reluzen
las cosas a los santos en é\,
MiviLO. — Pues dime, ¿comanicales Dios
todo quanto passa acá? ¿Ve mi padre y mi ma-
dre lo que yo hago agora aqui si están delante
Dios?
Galf.o. — Mira, Mi^ilo, queavnque te he di-
cho que todo lo que los bicnauenturados ven es
mirando á Dios no por eso has de entender
que les comunica Dios todas las cosas que pas-
san acá. Porque no les comunica sino aquellas
cosas de más alegria y más plazer y augmento
de su gloría, y no las cosas inpertinentes que
no les caussasse gozo su comunicayion. Porque
no es razonable cosa que comunique Dios á tu
padre que tú adulteras acá, o reniegas y blas-
femas de su poder y majestad. Pero alguna
voz podrá ser que le comunique que tú eres (*)
bueno, limosnero, denoto y trabajador. Quiero
te dar un exemplo porque mejor me puedas en-
tender. Pongamos por caso que estamos agora
en vn gran t(>npIo, y que en el lugar que está
el retablo en el altar mayor cstuuicssc vn pode-
roso y grande espejo do vn subtil y fino a/.ero.
£1 qual por su linpioza y polídeza y i>erfe9¡on
mostrasse a quien cstuuiosse junto á él t<xlo
quanto passa y entra en la iglesia, tan en par-
ticular que aun los afíectos del alma mostrasse
de quantoR entrassen alli. Enton^-t^s sin mirar
a los que están en el tcnplo, con mirar al espejo
verías todas quantas cosas alli passan aunque
se hizicBsen en los rincones muy ascendido.
Pero con esto pongamos que este esjHíjo tuuies-
se tal virtud que no te comunicasse otra cosa
de todas quantas alli passan sino las que te
oonueniessen saber. Como si dixessemos que te
mostrasse los que entran (^) alli a rezar, a llo-
rar sus pecados, a dar limosna y adorar a Dios.
Pero no te mostrasse ni viesses en 6\ el (^) que
entra a. hurtar los frontales: ni los que entran
a murmurar de su próximo: ni am los que en-
tran alli a tratar canbios y contratos yli^itos y
profanos, |K>rquc los tales no aproucchan auer-
los tú de saber. Pues desta manera deuei en-
tender que es Dios vn diuino espejo a los bien-
(M G., serta
(*) O., entraasen.
auenturados, que todo lo que passa en el
mundo reluzc en su magestad: pero solo aque-
llo ve el bienaucnturado que haze á su mayor
bien, y no lo demás. Pero alguna vez acontece
que es tanta la vanidad de las peticiones que
suben a Dios de acá que muestra Dios reyrse
en las oyr, por ver a los mundanos tan necios
en su oración. Unos le piden que les dé rn
reyno, otros que se muera su padre para here-
darle. Otros suplican a Dios que su mugcr le
dexe por heredero, otros que le dé venganza de
su hermano; y algunas vezes permite Dios qin>
redunde en su daño la necia petición. Como vn
dia que notablemente vimos que se reya Dio^,
y mirando hallamos qué era, porque auia un
mes que le inportunaua vna mugerzilla casada
que le tnixiesse un amigo suyo de la guerra, y
la noche que llegó los mató el marido juntos a
ella y a él. Do aqui se puede colegir a quién s<»
deue hazer la oración, y qué se deue en ellas
pedir, ])orque no niueüa en ella a risa a Dios.
Que pues las cosas van por via de Dios a los
santos, y en él ven los santos lo que passa acá,
será cordura que se haga (*) la oración a Dios.
MiriLO. — ¿No es licito hazer oración a los
Santos, y pedirles merced?
GalIíO. — Si, licito es: porque me hallo muy
pecador con mil fealdades que no oso parecer
ante Dios. O como ora la iglesia, que dize m
todas sus oraciones ansi C*): Dios, por los mé-
ritos de tu santo N. nos haz dignos de tu gra-
9ia, y después merezcamos tu gloria. ¿Y vos-
otros pensáis <pie os quiere más algún santo
que Dios? No por 9¡erto; ¿ni que es mas mise-
ricordioso, ni que ha más conpasion de vos que
Dios? No por pierio. Pero pedislo a los 8ant<^
porque nunca estáis para hal>lar con Dios, y
porque son tales las cosas que pedis que aueis
verguenpa de pedirlas a Dios, ni parecer con
tales demandas ante él, y por eso pedislas a
ellos. Pues mirad que solo deueis de pedir el fin
y los medios para él. El fin es la bienauentu-
ranpa. Esta sin tasa se ha de pedir. Pero avii
muchos se engañan en esto, que no saben cómo
la piden: Es vn honbre vsurero, aman9eba(lo,
homipiano, enu idioso y otros mil vicios: y pi<le:
Señor dadme la gloria. Por yierto que es nui-
cha razón que se ria Dios de vos, porque pcilís
cosa que siendo vos tal no se os dará.
MigiLO. — Pues ¿cómo la tengo de pedir?
Gallo. — Desta manera: mejorando primero
la rida^ y después dezid á Dios: Señor, supli-
cos yo que resplandezca en mí vuestra gloria.
Porque en el bueno resplandepe la gloria do
Dios; y siéndolo vos darse os ha; y pues en los
bienes eternos ay que saber cómo se han de |)e-
{^\ G., hazer.
(*) (>., base oravion la iglesia, diziendo.
EL CROTALON
208
dir, qoánio más en los medios, que son los
bienes temporales. Qne no ansi atregaadamente
los aneis de pedir para que se rian (*) de vos,
sino con medida, si cumplen como medios para
vuestra salua9Íon. ¿Que sabéis si os sainareis
mejor con riqueza que con pobreza? ¿O mejor
con salad que con enfermedad?
Mi^iLO. — Pues dime, g^llo, pues es ansi (^)
cerno tú dices, que ninguna cosa, ni petición va
a los santos sino por via de Dios, y él se la re-
presenta a ellos, ¿porqué dizc la iglesia en la
letanía: Sánete Petre, ora pro nobis? Sánete
Paule, ora pro nobis? Porque si jo deseasse
mucho alcau9ar vna morded de vn señor, su-
perfina cosa me pare^«ria escreuir a vn su cria-
do vna carta para que me fuesse buen tercero,
si supiesse yo yierto qne la carta auia de yr
primero a las manos del señor que de su pribñn
do. Porque me ponía a peligro, qne no tenien-
do gana el señor de rae la otorgar rasgasse la
carta, y se me dcxasse de hazcr la merced por
ftdo no auer intercesor.
Gallo. — Pues mira que esta ventaja tiene
oste principe celestial a todos los de la tierra,
que por solo ver que hazeis tanto caudal de su
criado y pribado y os estimáis por indignos de
hablar con su magostad, tiene por bien otorgar
la petición, avn muchas vezes reteniendo la
carta en si. Porque a Dios bástale entender de
vos que soys denoto y amigo de su santo qne
ama él, y ansi por veros a vos denoto de su
santo (*) os otorga la meri?ed; y poco va que
comunique con el santo que os la otorgó por
amor del, o por sola su voluntad.
MigiLO. — Por ^ierto, gallo, mucho me has
satisfecho a muchas cosas que deseaua saber
hasta aquí, y avn me queda mucho mas. Deseo
agora saber el asiento y orden que los ángeles
y bienauenturados tienen en el q'cIo, y en que
se conoce entre ellos la ventaja de su bienauen-
turan^a. Ruegote mucho que no reuses ni hu-
yas de conplazer a mi, que tan ofre9Ído y obli-
gado me tienes a tu amistad. Pues de oy más
no señor, sino amigo y compañero, y aun dis-
9¡pulo me puedes llamar.
Gallo. — No deseo, Mi^ilo, cosa más que
anerte de conplacer; pero pues el dia es venido
quédese lo que me pidos para el canto que se
seguirá (*).
Fin del trezeno (•) canto del gallo de Luciano,
(*) 6., n ría Dion.
j') G., pDM 68 ansí, ^llo.
(*) G.9 en Mta deaovion.
(*) G., Ngoira.
(*) G., décimo tercio.
ARGUMENTO
DEL DE<,^IM0 QUABTO CAKTO DEL GALLO (*)
Eo el dc^mo quarto canto que m sifi^ne el aurlor ronclnj-e con
la Hihida del fklo y propone tratar la bajada del infierno (^
declarando muehat eotat que acerca del ttiviei'on lo$
gentitet hitloñadoret y poetat antiguos.
Mi^iLO. — Ya estoy esperando, ¡o gra9Íoso
gallo y celestial Menipo! que con tu dul9e y
eloqnente canto satisfagas mí spirito tan de-
seoso de saber las cosas del 9Íe]o como de estar
allá. Por lo qual te mego no te sea pesadum-
bre auer de satisfazer mi alma que tanto cuelga
de lo que la has oy de dezir.
Gallo. — No puedo, Mi^ilo, negar oy tu po-
tÍ9Íon, y ansi digo que si bien me acuerdo me
pediste ayer te dixesse el asiento y orden que
los angeles y bienauenturados tienen en el
cielo, y en qué se conoce allá entre ellos la ven-
taja de su bienauenturan9a. Para lo qual deurs
entender que todo aquel lugar en que angeles y
santos están ante Dios está relumbrando de
oro muy marauilloso que excede sin compara-
9Íon al de acá, juntamente con el resplandor
inestimable de que su cogeta da el 9Íelo en que
está, como te dixe en el canto passado; y este
lugar está todo adornado de muy preciosas
margaritas conuenientes a semejante estancia.
Están pues todos aquellos moradores ocupadoR
en ver a Dios, del qual como de vna fuente pe-
renal pro9ede y emana sumo g09o y alegría la
qual nunca los da hastio; pero mientra mns
della gozan mas la desean. En esto está su
bienauenturan9a y la ventaja conogela en sí
cada qual en la más, o monos comunica9Íon en
qne se les da Dios. Cada vno está contento
con ver a Dios, y ninguno tiene cuenta con la
ventaja que otro le pueda (•) tener, porque alH
ni ay delantera, ni lugar en que la prehemi-
nen9Ía se pueda conoyer. No ay asientos ni
sillas, porque el spiritu no re9Íbe cansan9Ío sen-
tado ni en pie, ni ocupa lugar, y do quiera quí»
el bienauenturado está tiene delante y a su
lado y junto a si a Dios, y ninguno está tnn
9erca de si mesmo como está Diosí del. De ma-
nera que sillas y lugares y orden y prehemi-
nen9ia del 9Íelo no está en otra cosa sino en el
pecho de Dios, quanto a su mayor o menor co-
munica9Íon ; y todo lo demás que vosotros en
este caso por acá dezis es por via de metaphora,
o manera de dezir, porque lo podáis mejor en-
tender en vuestra manera de hablar. En esta
pre8en9Ía vniuersal de Dios que te he dado a
entender están en coros los santos ante su ma-
(«) Falta en R.
(>) U. ( Tachado^: Sigaesseel deyimo quarto caato
del saeno o gallo de Luciano, íamofio orador griego,
contrahecho en el cantelfano por el mesmo anctor.
(=*) G., pacde.
204
ORÍGENES DE LA NOVELA
gestad, a los qnales todos mi ángel me guió
por los ver. Estaua en lo mas cercano (a lo que
me pareció) al trono j acatamiento de Dios la
madre benditissima del Saluador rodeada de
aquella compañia de los viejos padres de la re-
ligión cristiana, doze apostóles j dis^ipulos de
Cristo y euangclistas, roileados de aniveles que
con gran música j melodia de diuersos instru-
mentos y admirables bozes continúan sin nunca
^■esar gloria a Dios. Siguen a estos grandes
compañas de mártires con palmas en las manos
y vnas guirnaldas de roble c'-lestial en las ca-
bezas, que dcnotaua su fortaleza con que su-
frieron los martirios por Cristo. Por el seme-
jante estos estañan acompañados de la mesma
abundancia de música, y enl»elesados y arreba-
tados en la visión diuina. Estaña luego vna
inuracrable multitud de confessores, pontifí^es,
perlados, sacerdotes y religiosos que en vidas
honestas y recogidas acabaron y se fueron a
gozar de Dios. En vn muy florido y ameno
prado de flores muy graciosas y de toda her-
mosura y deleytc estaua vna gran compaña de
damas, de las quales demás do su veldad
ecliauan de si vn tan adnn'rable resplandor que
pribara todo juizk) humano si de beatitud no
comunicara. Estas, sentadas en tomo en aque-
lla celestial verdura, hazian gran cuenta de vna
principal guia que las entonaua y ponía en una
música que con altissimo orden loaua á Dios.
Tenían todas muy graciosas guirnaldas en sus
cabccas, entretexidas r(»sas, violetas, jazmines,
halhelies y de otro infinito genero de flores na-
cidas allá que no se podiau marchitar ni cor-
romper. Dellas tafíian órganos, dellas clauicor-
dios, monacordios. dauicimbanos y otras diuer-
sas sonaj'QH acompañados (') con vozes de gran
suauidad. Estas, me dixo mi ángel que era la
bianauonturada Santa Úrsula con su compañia
de virgeues; porque demás de sus honze mil
auia ttlli otro inumerable cuento dellas. Aqui
conoci las almas de mis padres y parientes y de
otras muchas personas señaladas que yo acá
conoci, que dexo yo agora de nombrar por no
te ser importuno. A las quales conoci por vna
cierta manera de alumbramiento que por su
bondad Dios me comunicó, la cual es vna ma-
nera de conocerse los bienauenturados entre si
para su mayor gozo y gloriosa comunicación.
En esta alta y soberana conuersacion que tengo
contado estuue ocho dias por preuillegio y don
soberano de Dios.
Mu;iLo.— Por cierto, gallo, mucho me has
dicho; y tanto que humano pensamiento nun-
ca tal concibió; bien parece que has estado
allá; por lo qual bien te podemos (2) llamar
(I) G., acompafiadaf.
(>) G., podremos.
celestial. Dime agora que deseo mucho saber;
allá en el cielo ay noches y dias differentes en-
tre si?
Gallo. — No, pero después venido acá me
saludauan mis amigos como ausente de tanto
tiempo, y por la cuenta que hallé que contanan
en el mes. Que allá todo es luz, claridad, ale-
g^ia y plazer. No ay tinieblas, obscuridad ni
noche donde está Dios que es luz y lumbre
eterna a los que viben allá. En estos ocho dias
vi, hablé y comuniqué con todos mis parientes,
amigos y conocidos, y a todos los abracé con
mucho plazer y alegria, y me preguntaron por
los parientes y amigos que tenían acá, y yo
los (*) dezia todo el bien dellos con que más
los podia complazer y deleytar, y no era en mi
mano dezirles cosas que los pudiesse entriste-
cer, avnque de ninguna cosa recibieran ellos
turbación ya que se la dixera: porque allá están
tan conformes con la voluntad de Dios que
ninguna cosa que acá suceda los puede turbar,
porque tienen entendido que procede todo de
Dios, porque en Dios y ellos sola ay vna vo-
luntad y querer.
Mi(;iL0. — Dime agora, gallo, ¿qué manera
de habla y lenguaje vsan allá?
Gallo. — Mira, Micilo, que los bienauentu-
rados que no tienen sus cuerpos allá no hablan
lenguaje ni por boz esterior: porque esta solo
se puede hazer y formar por miembros que
como instrumentos dio naturaleza al cuerpo
para se dar a entender como lengua, dientes y
paladar. Pero las almas que no tienen cuerpo,
cada qual queriendo puede comunicar y mani-
festar sus concibimientos sin lengua a quien le
plaze, tan claros como cada vno se puede asi-
mesmo entender, y ansi Cristo y la virgen Ma-
ría y San Juan euangelista que tienen sus
cuerpos allá hablan con bozes como nosotros
hablamos aqui, y ansi será después del juizio
vniuersal de todos los buenos que tiene consigo
Dios, que hablarán como agora nosotros quan-
do después del juizio tuuieren sus cuerpos allá.
Pero en el entretanto con sola su alma se pue-
den entender.
MiviLO. — Dime más que deseo saber: ¿si
esas almas desos bienauenturados, si algún
tiempo vienen acá?
Gallo. — Quando yo subi allá muchas almas
de buenos subieron a gozar, en cuya compañia
entramos en el cielo: pero al boluer ninguna vi
que boluiese acá: porque creo que no seria cor-
dura que siendo el alma del defnnto libertada
de tan cruel cárcel y mazmorra como es la del
mundo, poseyendo tanto deleyte y libertad allá
desee ni quiera boluer acá. Bien es de presumir
que el demonio muchas vezes viene al mundo
(•) G., les.
EL CROTALON
205
haziendo (^) ylusíoneB y apariciones dizicndo
que es algún defuuto por infamarle, o por en-
gañar a sus parientes.
M191LO. — Pues dime, gallo: ¿qué dezian allá
en el ^ielo de las bulas y indulgencias/ Que
casi quieren dezir los theologos deste tiempo
que el Papa puede robar el purgatorio absolu-
tamente.
Gallo. — Dexemos esas cosas, MÍ9ÍI0, que
no conuiene que se diga todo a ti ; y sabe que
otro lenguaje es el que se trata acá differente
del que passa allá. Que muchas cosas tiene en
el 9Íelo Dios y haze, cuya verdad y fin rescrua
para si, porque quiere é\, y porque dene ansi
de conuenir para el suceso, orden y dispusÍ9¡on
del mundo y a la grandeza de fu magestad,
y nuestra salua^ion. Por lo qual no deuen los
hombres escudriñar en las cosas la causa, fin
y voluntad de Dios, pero deuense en todo re-
mitir a su infinito y eterno saber, y principal-
mente en las cosas que determina y tiene la
iglesia y ley que profesas; no inquieras más
porque es ocasión de herrar: y boluiendo al
proceso de mi peregrinación sabrás que como
huuimos andado todas las estancias y choros
de angeles y sanctos me tomó el ángel de mi
guia por la mano y me dixo: vn gran don te
ctorga Dios como a señalado amigo suyo, el
qual ieues estimar con las gracias que te ha
hecho hasta aqui; y es que te quiere comunicar
vna visión de grandes y admirables cosas que
están por venir; y dizicndo esto llegamos á vn
templo de admirable magestad, el qual sobre la
puerta principal tenia vna letra que a quantos
la leyan mostraua dezir. Este es el templo de
prophecia y diuinacion. Era por defuera ador-
nado de toda hermosura, edificado de jaspes
muy claros, de ámbar y veril transparente más
que vidrio muy precioso. Era tan admirable su
resplandor que turbaua la vista: y como entra-
mos dentro y vi t^nta magestad no me pude
contener sin me derrocar a los pies de mi án-
gel queriéndole adorar, y él me leuantó dizien-
dome: no hagas tal cosa, que soy criatura como
tú. Leuantate y adora al criador y hazedor de
todo esto, que tan gran merced te concedió.
Era fundado y adornado i)or dentro este diuino
templo de muchas piedras preyiosas: de zafires,
calcedonias, esmeraldas, jacintos, nibies, car-
buncos, topacios, perlas, crisotoles, diamantes,
sardo y veril; y luego se me representó en diui-
na visión todo el poder de la tierra quanto del
oriente al poniente, medio dia y septentrión se
Ímedc imaginar, y estando ansi atento por ver
o que se me mostraua vi de<;endir de lo alto
de los montes Kipheos a las llanuras de Tra(;ia
vna grande y disforme vestia llena de cuernos
(*) G., y haze.
y cabecas, con cuyo siluo y veneno tenia cor-
rompida y contaminada la mayor parte del
mundo: árabes, egicios, syrot* y persas: hasta
Trasiluania y Bohemia: teutónicos, anglos y
gálicos pueblos. Esta trac cabalgando sobre si
vn monstruoso serpiente que la guia y ampara,
adornado de mil colores y nombres de gran so-
bernia, y estos juntos son criados para examen,
prueba y toque de los verdaderos fieles y seca-
Ces de Dios, y será el estado y señorio desta
fiera más estendido por causa de las cobdicias
y disensiones y intereses de los principes de la
tierra, porque ocupados en ellos tiene mas lu-
gar sin auer quien le aya do resistir. Lleuaua
este serpiente en su cabeca vna gran corona
adornada de muchas piedras preciosas, y vesti-
do de purpura y de muy ricos jaezes, y en la
mano un ceptro imperial con el qual amenara
subjetar todo el uniuerso. Lleuaua en vna di-
visa y estandarte vna letra de gran soberuia
que dize. Ego regno a Gange et Indo vsque in
omnes fines terre. Que quiere dezir. Yo reino
desde (*) los rios Ganges y I ndus hasta los fines
de la tierra. Lleuaua las manos y ropas t^^ñidas
de sangre de fieles, y dauale a beuer en vasos
de oro y de plata a sus gentes por más las en-
crueleC'Cr. Entonces sonaron tnienos, grandes
terremotos y relámpagos que ponian gran te-
mor y espanto, que parecía desolarse el trono
y templo y venir toido al suelo, y tan grande
que nunca los hombres vieron cosas de tan
grande admiración, y fue tanta que yo cay ató-
nito y espantado a los pies de mi ángel. El
qual leñan tandome por la mano me dixo. ¿Do
qué te espantas y te marauillas? Pues mira con
gran atención, que aunque este monstruo y
vestia tiene agora gran soberuia muy presto
caerá; y no lo acabo de dezir quando mirando
vi salir de las montañas hespéricas vn g^ran
león coronado y de gnn magestad que con su
bramido juntó gnu muchedumbre de fieras ge-
nerosas y brauas que están sobre la tierra, las
cuales juntas vinieron contra el fiero serpiente
resistiendo ru furia; y a otro bramido que el
fuerte león dio juntó en los valles teutónicos
todos los viejos fieles que auia en la tierra; por
cuya sentencia (aunque con alguna dilación)
fue condenada la vestia y sus secacos á muerte
crael, y ansi vi que a deshora dio vn terrible
trueno que toda la tierra tenbló, y de<;endiendo
de la gran montaña vn espantoso y admirable
fuego los abrasa todos connertiendolos en zeni-
za y pauesa. En tanta manera que en breue
tiempo ni pareció vestía ni secaz, ni avn rastro
de auer sido alli; y ansi todo cumplido vi de-
Cendir de la alta mcmtafia gran compaña de an-
geles que cantando con gran melodia subieron
(•) G , de.
20G
ORÍGENES DE LA NOVELA
a los 9¡clos al león, donde le coronó Dios y le
asentó para sienpro jamas junto á si; y acabada
la visión me mandó Dios llamar ante sa tríba-
nal j que propussiesc la cansa porque aaia su-
bido allá, porque cualquiera cosa que yo pi-
diesse se me baria la razonable satisfaüion.
Mi VI LO. — Querria que antes que pasasses
adelante me declarasses esa tu visión o pro-
pbcQia. ¿Quién se entiende por la vestia que
defendió de aquellas montañas, monbtmo y
león?
Gallo. — La interpretación desie enigma
no es para ti: a los que toca se les dará. Va-
mos adelante que me queda mucho por dezir.
Como ante Dios fue puesto me humillé de ro-
dillas ante su tribunal y luego propuse ansi.
Sacra y diuina magestad, omnipotente Dios.
Porque no ay quien no enmudezca viendo
vuestra incomparable celsitud, querria, señor,
demandaros de merced, que de alguno de vues-
tros cortesanos más acostunbrados a hablar
ante vuestra grandeza mandassedes leer esta
petipiou; la qual estendiendo la mano mostré;
y luego salió alli delante el cuangelista San
Juan, que creo que lo tenia por offi^io, y andi
en alta voz coraencó.
Sacra y diuina magestad, omnipotente Dios.
Vuestro icaromenipo, griego de nación, la más
humilde criatura que en el mundo tenéis, besso
vuestro sacro tril)unal y suplico a vuestra divi-
na magestad tenga por bien de saber, en como
el vuestro mundo está en necesidad que le re-
mediéis mientra no tuuieredes por bien de le
destruir llegado el juizio vniuersal; el tiempo
del qual esta según nuestra fe reseniado a
vuestro diuino sabiT. Soy venido de parte de
todos aquellos que en el mundo tenemos deseos
de alcanzar la vuestra alta sabiduría y rspccu-
lar con nuestro miserable injenio los secretos
iiicumbrados de nuestra naturaleza. Para lo
qual sabrá vuestra magestad, que avnque de
noche y de dia por grandes cuentos de años no
hagamos sino trabajar estudiando, no se puede
por ningún injenio quanto quiera que sea per-
piea(?issimo alcanzar alguna parte por pequeña
que sea en estas buenas letras, artes y s^iencias.
Porque han salido agora en el mundo vn gene-
ro de hombres somnoliento, dormilón imagina-
tino, ríxoso, vanaglorioso, lleno de ambición y
soberuia, y estos con gran presunción do si
mesmos hanse dotado de grandes títulos de
maestros philosophos y theologos, diziendo que
ellos solos saben y entienden en todas las
sciencias y artes la suma verdad; ñendose a la
con ti na de todo quanto hablan, dizen, comuni-
can, tratan, visten la otra gente del común. Di-
ziendo que todos deuanean y están locos, sino
ellos solos que tienen y alcancau la regla y ver-
dad del vivir; y venidos al enseñar de sus
sciencias, muestran según parec^c, queremos
confundir (^). Porque han inuentado tdos no
sé qué géneros de setas y opmiones que nos
laucan en toda confusión. Unos se Ujuimui rea-
les y otros nominales. Que dexado aparte las
niñerías y argucias de sophistas (*), actos sin-
chatcgorematicoe, y reírlas de instar dd Maes-
tro Enzinas y los sophismas de Gaspar Lax y
las súmulas de Zelaya y Coroneles que abso-
lutamente, señor, deueis mandar destruir, y que
ellos y sus auctores no salgan mas a luz. En
la philosophia es verguenca de dezir la diuerai-
dad de príncipios naturales que ponen; inseca-
bles átomos, inumerables formas, diucrsidad de
materias, ydeas. Tantas questiones de vacuo
y infinito que no están debajo de numero con-
que se puedan contar. En la theologia ya no
ay sino relaciones, segundas intinciones, entia
rationis; cosas que solamente tienen ser en el
entendimiento y imaginación ('); en fin cosas
que no tienen ser. Es venido el negocio a tal
estado que ya diuididas estas gentes en qnadrí-
llas, glosan y declaran según sus dos opiniones
real y nominal, vuestra sagrada Escriptnra y
Ley; y según tengo visto. Señor, en esta xor-
nada que he hecho acá, que en todo devanean
y sueñan, sin nunca despertar; y esto, sag^rada
magestad, sucede en gran confusión de los que
nos damos al estudio de las s^'iencias (*). En
lo qual creo que entiende Sathanas por la per-
dición y daño del común. En esto pues supli-
camos a vuestra sagrada magestad proueais
que Lucifer mande a Sathanas que sobresea y
no se entremeta en cansar tan gran mal, y los
auctores se prendan destas setas, y se les man-
de tener perpetuo silencio, y que sus libros y
scriptnras en que están sus barbaras opiniones
las mandéis quemar y destruir, que no parez-
can más; y pedimos en todo se nos sea heclia
entera justicia. Para la qual imploramos el so-
berano poder de vuestra diuina magestad.
Luego como la petición fue leyda proueyo
Dios que yo y el mi ángel fuessemos por el in-
fierno y notifícassemos a Luzifer lo hiziesse
ansi como se pedia por mí, y mando que se Ile-
uasse luego de alli al mundo al consejo de la
Inquisición y que lo cumpliessen y hisiessen
cunplir conforme a la petición ('). El qual auc-
to luego escríuio San Juan en las espaldas de
la petición, y la refrendó y rubrícó de su mano
como por Dios omnipotonte fue proueydo; y
nos timbajsn oonf andir que enseñar.
i*) G., antes
(*j G., Bophiemas.
(') G., Terdaderas imaginaciones.
{*) G., a tal eRtado qae ya se ^Iom y dechura Toeitra
Scriptnia y Ley eegnn doe opiniones, oomioal y real;
y seéan parece wtA maltiplicacjon de coeas todo re-
dunda en confusión de los injenios que á estas buenas
sciencias se dan.
(*) G., como yo lo demande.
EL CROTALON
207
luego abracando a todos nuestros amigos y pa-
rientes j conocidos, despidiéndonos (}) de todos
ellos nos salimos del 9Íelo para nos bajar, 7
quanclo nos fueron abiertas las puertas de los
cielos para salir hallamos junto a ellas infinita
multitud de almas que con grandes fuerzas j
inportunidad nos e8torl)auan, que ellas por en-
ti'ar no nos dexauan salir; hasta que un ángel
con gran poder, furia j magestad las apartó de
alli, Y JO pregunté a mi ángel qué gente era
aquella que estaua aqui, que con tanto deseo 7
inportunidad hazian por entrar 7 no las abrían ;
Y el me respondió que eran las almas de los
que en el mundo tienen toda la Yida buenos de-
seos de hazer bien, liazer obras de Yirtud, ha-
zer penitencia 7 recogerse en lugares santos 7
buencs con deseo de se sainar y en toda su Yi-
da no passan de allí ni hazen más que prome-
ter 7 mostrar que desean hazer mucho bien sin
nunca comencar, ni aYU se aparejar a padecer.
A estos tales danles la gloria en la mesma for-
ma, porque los ponen a la puerta del para7so
con el mesmo deseo de entrar, 7 aqui tienen la
ma7or pena que se puede imaginar: porque
tanto quanto mucho desearon hazer bien sin
nunca lo comen9ar tanto mucho más en hiíinito
sin comparación les atormenta el deseo de en-
trar sin nunca los querer abrir; 7 en el tormen-
to des te deseo prouee Dios de su gran justicia
y poder, porque en esta manera los quiere cas-
tigar para siempre jamás abrasándoles con el
fuego de la justicia diuina. Pues como del ^ielo
salimos licuóme mi ángel 7 guia por un camino
sin huella ni sendero 7 aYU sin señal de auer
pisado ni caminado por él alguno, de que me
marauillé, 7 pregúntele qnal fuessc la causa de
aquella esterilidad 7 respondióme que no se
continuaua mucho después que Crísto passó
por alli quando resucitó, 7 la compaña de loe
santos padres que entonces sacó del limbo.
Aunque tanbien le passan los angeles que se
bueluen al cielo dexando después de la muerte
sus clientulos y encomendados allá. Repliquele
yo: ¿dime ángel, el purgatorio no está a esta
parte? Respondióme: si está: pero aYn los que
de a7 passan son tan pocos que no le bastan
tríllar ni asenderar. Por cierto mucho deseo he
tenido, Micilo, de llegar hasta aqui.
MiciLO. — En verdad 70 lo deseana mucho
más, porque espero que con tu injeniosa elo-
<iuencia me has de hazer presente a cosas es-
pantosas 7 de grande admiración que deseamos
acá los honbres saber. Espero de ti que harás
verdadera narración como de cierta esperiencia,
y no de cosas fabulosas 7 mentirosas que los
poetas 7 hombres prestigiosos acostumbran
fingir por nos lo más encaroc<*r.
(') G., despidiéndome.
Gallo. — Mucho me obligas ;o Micilo! a te
complazer quando veo cu ti la confianza que
tienes dezirte 70 verdad; 7 ansi protesto por la
de7dad angélica que en esta xomada me acom-
pañó de no te contar cosa que salga de lo que
realmente vi 7 mi guia me mostró, porque no
me atrcuere a hazer tan alto spirítu testigo de
falsedad 7 ficion. Contarte he el sitio 7 £spa-
sicion del lugar: penas, tormentos, fuñas, car-
Celes, mazmorras, fuego 7 atormentadores que
a la contina atormentan alli. En conclusión
descrínirte he la suma 7 puesto del estado in-
fernal, con aquellas mesmas sombras, espantos,
miedos, tristezas, grítos, lloros, llantos 7 mise-
ria (}) que los condenados padecen alli, 7 tra-
bajaré por te lo pintar 7 proponer con tanta
esaxerncion 7 orden de palabras que te haré
las cosas tan presentes aqui como las tube 70
estando allá. Pero primero quiero que sepas
que no a7 allá aquel Pluton, Proserpina,
ÍEaco 7 Cancerbero, ni Minos, ni Rhadaman*
to (^), juezes infernales. Ni las lagunas ni rios
que los poetas antiguos fingieron- con su infi-
delidad: Flegeton, Cocitou, Sthigie 7 Letheo.
No los campos Eliseos de dele7te differentes
de los de misería. Ni la varea de Acheron que
passe O las almas a la otra riñera. Ni a7 para
qué vestir los muertos acá porque no parezcan
allá las almas desnudas ante los juezes, como
lo hazian aquellos antiguos: pues siempre que
fueran a los sepulcros hallaran sus defuntos
vestidos como los enterraron. Ni tampoco es
menester poner a los muertos en la boca aque-
lla moneda que otros vsauan poner porque
luego los passasse Acheron en su varea, pues
era mejor que no llenando moneda no los pas-
sara en ningún tiempo 7 se boluieran para
siempre acá. O que si las monedas que algunos
defuntos Ueuauan no corrian ni las conofian
allá por ser de lexas prouincias, como acontece
las monedas de vnos reynos no valer en otros,
necesario seria entonces no los passar, lo qual
seria auentajado partido a muchos (*) que al]7
en el infierno vi. Todo esto, Micilo, cree que es
mentira 7 ficion de fabulosos poetas 7 historia-
dores de la falsa gentilidad, los quales con sus
dulces 7 apazibles versos han hecho creer á sus
vanos secaces 7 lectores. Avnque quiero que
sepas que esto que estos poetas fingieron no
carece del todo de misterio a]g6 dello, porque
avnque todo fue ficion. dieron debajo de aque-
llas fábulas 7 poesias a entender gran parte de
la verdad, grandes 7 mu7 admirables secretos
7 misterios que en el meollo 7 en lo interior
querían sentir. Con esto procurauan introducir
(*) G., miserias.
(') G., Uhodamante.
(^) G., pama.
(*) G., muchas.
208
ORÍGENES DE LA NOVELA
las virtudes y destorrar los vicios encareciendo
j pintando los tormentos, penas, temores, es-
pantos que los malos y peruersos padecen en
el infierno por sn maldad; 7 ansi dixeron ser el
infierno en aquellas partes do Sj^ilia, por causa
de aquel monte ardiente que está alli llamado
Ethna (*) que por ser el fuego tan espantoso
7 la B7ma tan horrenda los dio ocasión a fingir
que fuesse aquella rna puerta del infierno; 7
tanbien porque junto a este monte Ethna y
si/nia dizen los historiadores que Pintón, re7
de aquella tierra, hurtó a Proserpina hija de
(^eres que siendo niña donzella andana por
aquellos dele7toso8 prados a coxer flores. Ansi
con estos sus nombres 7 vocablos de lugares,
rios 7 lagunas que fingían auer en el infierno
significauan 7 dañan a entender las penas,
dolores 7 tormentos que se dan a las almas por
sus culpas allá. Ansi fíngian que Acheron (que
significa priba9Íou de gozo) passa las almas
por aquella laguna llamada Stigie, que signi-
fica tristeza perpetua. En esto dan a entender
(jue desde el punto que las almas de los conde-
nados entran en el infierno son pril»ado8 (}) de
gozo 7 consolación spiritual 7 puestos en tris-
teza perpetua. Este es el primero y prino^ipal
atotTnentador de aquel luyar^ en contrario del
estado feliciesimo de la gloria que es contina
alegria y plazer, Tanbien fingen que está ade-
lante el rio ílegeton que significa ardor 7 fue-
1(0, dando a entender el fuego perpetuo conque
entrando en el infierno son atormentadas las
almas por instrumento 7 execucion do la jus-
ticia diuina; fingen más que adelante está el
rio Letheo, que significa oluido, al qual llegan
a beber todas las almas que entran allá, di-
viendo que luego son pribadas de la memoria de
todas las cosas que le pueda dar consolación.
V dizen que todos estos rios van a panir en la
gran laguna Cociton, que significa derriba-
miento perpetuo, dando a entender la suma de
la misería de los malauentnrados que son per-
petuamente derribados 7 atormentados; avn-
quo principalmente significa el derribamiento de
los soberuios. Tanbien dizen que este var(|uero
Acheron hubo tres hijas en su muger la noche
obscura 7 cí^g^; l^s quales se llaman Aletho,
que significa inquietud, 7 Thesifone, que signi-
fica vengadora de muerte, 7 Megera, que signi-
fica odio cruel. Las quales tres hijas dizen que
son tres furias, o demonios infernales, ator«
montadoras (*) de los condenados. En esto
quisieron dezir y dar a entender 7 descreuir la
(>) Q., Ethena.
f'j G., pribadas.
rM G., atormentadores.
s
guerra que cada alma consigo tiene entrando
allí, 7 en estas tres hermanas se descriuen los
males que trae consigo la guerra que son odio,
venganca de muerte 7 inquietud; que son tres
cosas que más atormentan en el infierno (') 7
avn acá en el mundo es la cosa de mas daño 7
mal, porque demás de aquellos trabajos 7 mi-
serias que consigo trae la guerra, que por ser
todos los hombres que la siguen 7 en ella en-
tienden el más peruerso 7 bajo genero de hom-
bres que en el mundo a7, por tanto a la conti-
na la siguen robos, incendios, latrocinios, adul-
terios, incastos, sacrilegios, juegos 7 continuas
blasfemias; 7 domas del espanto que causa en
el soltar de las lombardas 7 artillería, el relin-
char de los cauallos, la fiereza con que se aco-
meten los hombres con enemiga sed 7 deseo de
se matar; de manera que si en aquel encuentro
mueren van perdidos con Luzifer. Demás de
todos estos malos que siguen a la guerra a7
otro ma7or que es anexo a su natural, que es el
desasosiego común. Que toda aquella prouíncia
donde al presento está la guerra tiene alterado
los spirítus; que ni se vsan los oficios, ni se
exercitan los sacrificios; c^^an las labrancas
del campo, 7 los tratos de la república; piérdese
la honestidad 7 verguenca. Acometense infini-
tas in junas v desafueros 7 no es tiempo de ha-
zer a ninguno justicia. En conclusión es la
guerra vna furia infernal que se lanca en los
coraconos humanos que los priba de razón;
porque con razón 7 sin furia no se puede pe-
lear. Esto quisieron entender 7 significar algu-
nos de aquellos antiguos en aquellas sus ficio-
nes ; 7 todo lo domas es poético 7 fabuloso y
fingido para cumplir sus metro^^ 7 poesias; 7
otros ritos gentílicos como vestir los muertos 7
ponerles dineros (*) en la boca 7 ofrecerlos
viandas que ellos coman (') allá en el infierno,
todo esto es mentira 7 vanidad de gentiles A«-
tTculos por el demonio que los engañaua; lo
cjual (*) todo tiene (') reprobado la cristiana
religión conforme a la verdad que te contaré 7
07ras como 70 lo vi, si me tienes atención; 7
pon|ue el dia es venido doxomoslo para el
canto que se seguirá.
(*) G., cusas (jue a la contina i-esiden en el alma qae
está en el infierno.
P) G , monedas.
(') G., dixiendo qne las comen.
[*) G., V ansi.
[») G., lo tiene.
Fin del deHm) cuarto canto del Gallo,
EL CROTALON
209
ARGUMENTO
DEL DSgiMO QUINTO CANTO (').
En el défliino quinto canto que se »igue d «actor imitando a
La^no en el libro que intituló >^eroman(l8 flnge def endir
al infierno. Donde descriue h» estan^av y lugares y penas de
los condenados (*).
Gallo. — Despierta, Miyilo, y tenme aten-
ción» y contarte he oj cosas qae a toda oreja
pongan espanto. No cosas que oi fingidas por
hombres que con arte lo acostumbran hazer,
pero dezirte he aquellas oue vi, comuniqué y
con mis pies hollé; y tí a hombres padecer con
graue dolor.
MigiLO. — Di gallo, que atento me ternas.
Gallo. — Faborezcame oy mi (•) memoria
Dios que no me falte para dezir lo mucho que su
magestad tiene alli para muestra de su justicia
y gran poder, porque siquiera los malos por te-
mor cesen de ofender. Pues yiniendo al princi-
JHO, por no dexar cosa por dezir sabrás, que
desde lo alto del cielo ya decendiendo a la tie-
rra Timos unas brauas y espantosas montañas
en muy grandes y ásperos desiertos, que según
tube cuenta con las dispusicíones del sol, cielo
y tierra, era la seca Lybya en tierra de los ga-
ramantas, donde estaua aquel antiguo oráculo
de Júpiter Amon, la mesa del sol y fuente de
Tántalo. Donde Tiben los satyros, «pgipanes,
himatopodes, y psillos, monstruosas figuras de
hombres y animales. Pues como aquí llegamos
sin se nos abrir puerta ni ver abertura, sin -que
syerra ni montaña nos hiziesse estorbo nos f ue-
mos laucando por aquellas alturas y asperecas,
lugares obscuros y sombríos. Como acontece si
alguna Tez Tamos por yna montuosa deesa cer-
rada de altos y espesos castaños, robles y enci-
nas. Sy acontece caminar al puesto de yna nu-
blosa luna, quando la obscura noche quita los
colores a las cosas. En este tiempo que a cada
passo y sonido de los mesmos píes resuena y
retamba el solitario monte y se espeluzan y en-
herican los cabellos , comencé a caminar en se-
guimiento de mi guia. Estañan por aquí a las
entradas gran multitud de estancias y aposen-
tos de furias y miserias, y porque el mi ángel
se me yua muy adelante sin parar, a gran cor-
rida le rogue se parase y me mostrasse en par-
ticular todas aquellas moradas. Luego entra-
mos en Tnos palacios hechos en la concauidad
de aquella áspera peña, lúgubres y de gran obs-
curidad. En lo mas hondo y retraydo desta casa
auiendo pasado por muchas y muy desbarata-
í<) G., canto del gallo.
(') R. (TafhadoY Siguease el décimo quinto canto
del sueño o gallo cíe Lncii^uo» famoeo orador griego.
Ckmtiahecho en el catteilano por el meemo aactor.
(»)0.,oyla.
orIqbnes db la nótela.— U
das cámaras y aposentos asomamos la cabeca
a TU retrete, y a la parte de yn rincón, a la muy
quebrada y casi no yisíble luz, como a claridad
de yna candela que desde que comenco a arder
no se despabiló y se quería ya apagar, ansí (')
yimos estar sentada a yn rincón yna muy rota
y desarrapada muger; esta era el lloro y triste-
za miserable. Estaua sentada en el suelo puesto
el cobdo sobre sus rodillas, la mano debajo de la
barba y mexilla. Yimosla muy pensatiua y mi-
serable por gran pieza sin se menear; y como
al meneo de nuestros pies miró alcancé a la yer
TU rostro amarillo, flaco y desgraciado. Los
ojos hundidos y mexillas que hazian mas larga
la nariz, y de rato en rato daua tu sospiro de
lo íntimo (*) del coracon, con tanta fuerca y afli-
cion que parecía ser hecho artificial para solo
atormentar almas con las entristecer. Es este
gemido de tanta efficacia que traspasa y hiera
el alma entrando alli; y con tanta fuerca que le
trae cada momento a punto de desesperación;
y esta es la primera miseria que atormenta y
hiere las almas de los dañados (') y es tan gran
mal que sin otro alguno bastaua Tengar la jus-
ticia de Dios. Tiene tanta fuerca esta miserable
muger en los que entran alli que ayn contra
nuestro preuillegio comencaba con nosotros a
obrar y empecer. Pero el mi ángel lo remedió
con su deydad y pasando adelante yimos en
otro retrete donde estañan los miserables cuy-
dados crueles yerdugos de sus dueños, quiü
nunca hazen sino comer del alma donde están
hasta la consumir, como gusano que roe al ma-
dero el coracon. Aquí moran las tristes enfer-
medades y la miserable y trabajosa yejez toda
arrugada, flaca, fea y de todos aborrecida.
Aquí habita el miedo enemigo de la sangre yi-
tal, que luego la acorrala y de su presencia la
haze huyr. Aquí reside la hambre que fuerca
los hombres al mal, y la torpe pobreza, de crue-
les y espantosos aspectos anbas a dos. Aquí se
nos mostró el trabajo quebrantado molido sin
poderse tener. Vimos luego aquí al sueño, pri-
mo hermano de Antropos, aquella cruel dueña,
y la muerte mesma se nos mostró luego allí con
yna guadaña en la mano, cobdiciosa do segar.
Estañan luego adelante las dos hermanas del
desasosiego; guerra y mortal discordia. Por
aquí nos salieron a rec<^bir infinitos monstruos
que estañan arroxados por alli; c<^i^^<^os,
sphinges, satyros y chimeras; gorgones, harpías
sombras y lemas; y estando ansí mirando to-
das estas miserables furias infernales que era
ciertamente cosa espantosa de yer sus puestos
y figuras monstruosas, sentimos yenir yn gran
(t) G , aquí.
m R. (Tachado) hondo.
(^ G., condenadoe.
210
orígejíes de la novela
tropel y raydo como qne se auia soltado Toa
jET'an presa que cstuiiieasc hecha de muchos
dias de algún caudaloso bra90 de mar. Sonaua
vna gran huella de pies, murmuración de len-
guas de diuersas naciones, y como más se nos
yuan cercando sentíamos grandes lloros y ge-
midos, y acercándosenos más entendíamos gran-
des blasfemias (*) de españoles, alemanes, fran-
ceses, ingleses y ytalianos; y como sentimos
que se nos yuan más llegando y que comen va-
nan ya a entrar por donde nosotros estañamos
me apañó mi ángel por el braco y me aparto a
vn rincón por darles lugar a passar; que venia
tan gran multitud de almas que no se podían
contar, y quanto topauan lo lleuanan de tropel;
y preguntando qué gente era aquella nos dixe-
ron qne el Enperador Carlos auia dado vna ba-
talla campal al Duque de Gueldres, en la qual
le auia desuaratado el excrcito y preso al Du-
que, y qne en ella auia muerto de ambas las
partee toda aquella gente que yua allí.
Mi(;iL0. — Pues ¿cómo, gallo, todos fueron
al iniiemo quantos murieron en aquella vatalla?
Pues licita era aquella guerra, a lo menos de
parte del Emperador.
Gallo. — Mira, Micilo, qne ya que esa gue-
rra no t'uesse licita según ley euangelica. basta
serlo de auctoridad eclesiástica para que se pue-
da entre principes cristianos proseguir; porque
con este titulo ayuda para ellas con indulgen-
cias su sanctidad. Pero mira qne no todos los
que mueren en la guerra van al infierno por
morir en ella, pues muchos buenos y justos
Holdados andan en ella; ni van al infierno por
causa de ser injusta la guerra (*) porque saber
lá verdad de su justicia no está a cuenta de los
soldados, sino de los principes que la mueuen;
los vnos por la dar y los otros por se defender
y principalmente si la muene el supremo prin-
cipe siempre se presume ser justa. Pero sabe
que los soldados que mueren en la guerra van
principalmente al infierno porque en vniuersal
los toma la muerte en pecados que los llenan
allá. En juegos, blasfemias, hurtos, ninguna
guarda en los preceptos de la iglesia, ni reli-
gión. Enemistades, yrns, enojos, pasiones, lu-
xurias, robos, sacrilegios y adulterios; y ansí
dnró este tropl de gente más de seys meses
continos que no hazian a toda furia sino entrar
porque dezian que entonces el Emperador pro-
siguió la guerra entrando por Francia con gran
mortandad y rigor hasta llegar a vna rindad
que llaman Troya muy principal en aquel rey-
no, y por otra parte entraña el rey de Yngala-
terra c<»n grande exercito desolando a Francia
(*) G., entendía niofl grandes blasfemias de.
(') R. {Nota marginal). AugwiÚnuñ Contra FatU'
tum herecticMm^ lib. 22, cap, 74.
sin auer piedad de ninguna criatura que en su
poder pudiesse auer. Marauillado estaña yo
pensando dónde podía caber tanta gente, y en-
trando adelante vimos vna entrada a manera do
puerta que parecía diffcrenciar el Ingar. Oyn-
mos dentro gran ruydo de cadenas, bozes, la-
grimas, sospiros y sollozcos que mostranaa
gran miseria. Pregunté a mí ángel que lugar
era aquel. Respondióme ser el purgatorio, doi:-
de se acaban de purgar los buenos para subir
después a gozar de Dios; y tanbien yo alcé la
cabeca y leí ser aquello verdad en vna letra que
estaña sobre la puerta; y por no nos detener
determinamos de pasar adelante, y en esto su-
cedió qne llegaron donde estañamos vn demo-
nio y vn ángel que trayan vn alma; que segiui
parece el ángel era su guarda y el demonio era
su acusador, como cada vno de vosotros tiene
en este mundo mientras vibis; y como llegaron
donde entauamos paróse un poco el su ángel
con el mío como a preguntarle donde venía; oí
qual nos respondió que a traer este su clientulo
al purgatorio, que auia sesenta años que le
guardana en el mundo: y en el entretanto arre-
bato el demonio de aquella anima y corriendo
por vn campo adelante la Ueuaua camino del
infierno, y como el alma conoció por la letra
que la possaua del purgatorio comencó a dar
vozes a su ángel que la defendiesse; y ansí fue
presto su angol y alcancandolos tubo recio de-
11a y conuenieron ante nosotros como en jnizio.
Dezia el demonio que la auia de llenar al in-
fierno porque no mostraua preuillegío de aueti»-
ridad {}) para la dexar en el purgatorio, y oí
alma mostró vna fraternidad qne traya, sellada
y firmada del (jreneral de San Francisco; el do^
monio respondió que no la conocía ni la qneria
obedecer; luego, llorando, alegó el alma tener
la Bulla de la Cruzada, sino qne se le oluidó en
casa vna caxa de Bullas que tenia en su cáma-
ra, y rogo que le doxasse boluer por ellas; y mí
ángel los procuró concertar diziendo que se
quedasse alli en rehenes el alma mientras el
ángel de su guarda boluia al mundo por la
Bulla; y ansí boluio, pero tardóse tanto en bus-
carla que nos descny damos y el demonio cogió
del alma y lleuósela, que nunca mas la vi-
mos (*). Principalmente porque la probó que
la mayor parte de la vida hauia sido vicioso, co.
medor, glotón y disipador de hazienda y tiem-
po, y distraydo de la Ley de Dios; y a esto la
conuencio a consentir. Pero por el contrario
alegaron el alma y su ángel por su parte qne
aunque todo esto fuesse verdad, pero qne a la
contina tubo cuenta con Dios y con su concion-
(*) 6., no aaia raxon.
{(') Este párrafo se halla tachado en el manuscrito
^ de tal manen que nos ha costado sumo trabajo el
eerlo.
EL CKOTALON
211
9.ia, confessando a los tiempos douidos sas pe-
cados 7 haziendo peniten9Ía dellos, y (') ansi lo
auia hecho en el d¡9e80 y salida de la vida re-
cibiendo todos los sacramentos de la iglesia, te-
niendo gran confianza en la passion de Cristo
con gran arrepentimiento de sus culpas; y ansi
fue concluydo por mi ángel serles perdonadas
por Dios, y que solo qnedaua obligada a algu-
na pena temporal del purgatorio; y ansi la dexó
alli, y nosotros luego comentamos a caminar
por vnos campos llanos muy grandes quanto
nuestros ojos y vista se podia estender (*),
Mi<;iL0. — Pues dime, gallo, ¿no dizes que
estaua todo obscuro y en tinieblas? ¿De dónde
teniades luz para ver?
Gallo. — Obscuro es todo aquel lugar a so-
los los condenados por la justi^'ia de Dios; pero
para los otros todos prouee Dios alli de luz,
porque do quiera que está el justo tiene bas-
tante claridad para perspica^issimamente ver;
y desde Icxos comen^mos a oyr la grita y mi-
sería de las almas, el ruido de los hycrros y
cadenas, los golpes y furia de los atormenten
dores, el sonido y tascar dol fuego, humo y
9entellas que de aquellos lugares de miseria
salian. Era tan g^nde y tan temerosa la des-
uenturade aquel lugar que mil yezes me arre-
pentí de venir alli, y quisiera dexar de presen-
tar la petición, sino que el ángel me esforzó y
no me quiso bolucr. Ya se despartían por aque-
llos campos (aun (') lexos del lugar de las
penas) tantas quadrillas de demonios tan feos
y de íÁuto espanto que avn del preuillegio que
lleuanamos no me osaua fiar temiendo si auia
de quedar yo alli; y vna vez se llegó vn demo-
&¡o a me trauar, ¡o dios inmortal en quanta
confusión me vi! que casi perdi el ser, y prin-
(^ipalmente qnando tornaua aquel demonio que
embió al ángel por la Bulla... (^) Es tan su^ia,
tan contagiosa, tan hidionda su conuer6a9Íon,
y alanza de si tanta confusión y mal, que me
Í tárele que vna de las principales penas y ma-
es de aquel lugar es su compafiia y conuersa-
9Íon. Porque ansi como en el cielo aquellas al-
mas benditas de su naturaleza hasta el uiesmo
suelo que hollamos, y el ayre que corre por alli
consuela, alegra; aplaze y os anima y esfuerza
para vibir en toda su anidad, ansi por el con-
trario acá estos (') demonios de su natural, el
lugar y el todo lo que alli veys tiene toda tris-
teza y desconsolación ; y tanta que no la podéis
sufrir, porque todo está alli criado, enderecado
y puesto para tormento y castigo, para satis-
(y G., y f\nt.
(^ Esto párrafo está escrito al margen del anterior
(') G., aanqne avn eKtaaamoA.
{*) Signen tres ó caatro palabras tachadas 6 ile-
gibles.
(*) G., en el infierno los.
fazer la justicia de Dios después que el pecador
la injurió traspasando (^) su ley.
MigiLO. — ^¿No ay puerta que guarde estas
almas aquí?
Gallo. — ^No tiene necesidad de puerta por-
que para cada alma ay veynte mil dcmoni(>s
que no se les puede yr, ni nunca momento .
están sin las atormentar. El vno las dexa y el
otro las toma: de manera que nunca cosan para
siempre jamas: ni ellos se pueden cansar, ni
ellos pueden morir, sino siempre padescer. Ansi
llegamos a vn rio admirable, espantoso y de
gran caudal, que corria con gran furia vn licor
negro que a parecer y juizio nuestro era pez y
Cufre, y este ardía vn fuego el mas fuerte y
efficaz que nunca se vio, o que Dios crió. Ca-
lentaua a gran distanyia y avn a infinita a los
condenados a él sin le poder resistir ni sufrir
sin mortal passion. Corria de oriente a poniente
sin cesar. En este anía imnumerable cuento do
almas que nunca faltan alli; y preguntó al mí
ángel qué rio era aquel tan espantoso y él uto
respondió que era el que los antiguos llamaron
Flegeton, en el qual entran todas las almas
que entran en el infierno, porque este es el fue-
go que tiene fuerya en la^ almas, por ser ins-
trumento de la justicia de Dios. Este fuego las
abrasa y quema do quiera que están para siem-
pre jamas. Ninguna alma puede passar ade-
lante sin entrar por él, porque no tiene puente
ni varea; y si el alma quisiese lK)lar la quema-
ría aquel fuego las alas y caería en él. Por la^
riberas deste río están infinitos coxixos, sier-
pos (*), culebras, coquodrillos, áspides, escor-
piones, alacranes, emorrhoys, chersidros, che-
lidros, cencris, amodites, conistas, scithalas, y
la seca dipsaa; anphísibena sierpe de dos cabe-
C^is, y natrix, y jáculos que con las alas volan
gran distancia. Están aquí las sierpes phareas,
porphíro, pester, seps y el A'asilísco. También
están aquí dragones y otros ponyoñosos anima-
les; porque si acaso acontece salirse alguna
alma del rio pensando respirar por la ribera con
algún alibio y consolación luego son heridas
destas venenosas serpientes y coxixos que las
hazen padecer doblado tormento y nial ; y ansi
de algunos que salieron te quiero contar su ar-
repentimiento. Aconteció salir a la ribera de-
lante de nosotros vn viejo capitán español que
conocimos tu y yo. El qual acertó a pisar vna
dipsas, sierpe ct-uel, y ella bnelta la cabeca le
picó, y luego en un momento se estendió por
todo él la ponzoña de vn fuego que le roya los
tuétanos y vn calor que le corrompía las entra-
fias, y aquella pestelencia le chupaua el rededor
del corayon y partes vitales, y le quemaua el
(1) (v., qae passo el pecador su ley.
(') G., BÍerpee.
212
orígenes de la novela
paladar y lengua con vna sed imensa j sin
compara9Íon, qae en todo sa ser no aaia deza>
do punto de humor que sudar, ni lagrima con
que llorasse, que todo se lo ania ya la pon90ña
resoluido; y ansi como furioso corria por los
campos a yuscar las lagunas que en las entra-
ñas le pedia el ardiente veneno. Pero aynque
se fuera al rio Tañáis y al Ródano y al Po, y
al Nilo, Indus, Eufrates, Danubio y Xordan
no le mataran todos estos rios vn punto insen-
sible de su ardiente sed, y ansi desesperado de
hallar aguas se bolnio a zapuzar en su rio de
donde salió. Pregunté que pecado auia causado
tal genero de tormento y respondióme mi án-
gel que este auia sido en el mundo el mas in-
sa9Íable y yÍ9Íoso vebedor de vino que nunca
en el vniuerso se vio, y que por tanto le (')
atormentauan (^) ansi. Dende a poco a9erto a
salir a la ribera, otra alma, y vna serpiente (')
pequeña llamada seps le picó en la pantorrí-
11a, y avnque en picando saltó afuera, luego se
le abrió en tomo de la picadura vna boca que
mostraua el hueso por donde auia sido la mor-
dedura, todo nadando en podre, y ansi se le
resoluio y derritió la pantorrilla, morcillos y
muslos destilando del vientre vna podre negra,
y reuentole la tela en que el vientre y entesti-
nos están y cayeron con las entrañas. En fin
las ataduras da los neruios y contextura de los
huesos y el arca del pecho, y todo lo que está
ascondido en derredor de las vitales partes, y
toda la compostura del hombre fue abierta
con (^) aquella peste; y todo lo que hay natu-
ral en el honbre se dexaua bien ver, que no pa-
remia sino vna muerte pintada; sino que mira-
mos que con estar todo deshecho y conuertido
en podre nunca acabó de morir, pero ansi fue
tomado ante nosotros por vn demonio y fue
arroxado por los ayres en Fleton. ^sta me
dixo mi ángel que era el alma de vna dueña
muy delicada y regalada que con vnturas cu-
riosas y odoríferas cnraua su cuerpo y adelga-
9aua sus cueros, y que con semejantes tormen-
tos son fatigados los que en tales exer9Í9¡os se
ocupan en el mundo para satisfazer la la9Íuia
de su carne. Desde ay a poco salió del rio otra
alma que como escapada de vna prisión o tor-
mento muy brauo yua por el campo huyendo
pensando poderse librar, y acaso le picó vna
sierpe llamada pester y al momento paró y se
le en9endió el rostro como fuego y se comen9Ó
toda a inchar que en breue tiempo vino a estar
tan redonda qne ningún miembro mostraua su
forma ni fa^ion, sino toda ella so hizo redonda
como vna pelota y mucho mayor de estatura
(•) G.,so.
») G., sierpe.
*) G., de.
que ella vino allí, y por cima desta incha9on por
todas partes le salian vnas gotas de sudor de
vna espuma dañada que la ponzoña le hacia
votar, y ella estaña allá dentro zabullida en su
cuerpo que le tenia dentro del pellejo abscon-
dida como a caracol, y estaña dentro en si her-
uiendo como vna olla de agua puesta a vn gran
fuego; ansi la hernia aquella en9endida pon90-
fia dentro en las entrañas, hasta que subiendo
en demasia la cre9iente de la hincha9on, dando
un gran sonido a manera de trueno reuentó, sa-
liendole aquella pestelen9Íal podre por muchas
partes con tan fuerte hidiondez que por nin-
guna via se podia sufrir; y luego llegó vn de-
monio atormentador que la cogió por una pier-
na y la boluio por el ayre arrojar en el medio
del rio. Esta nos dixo aquel demonio ser el
alma de vn muy inchado y sobcruio juez que
con tirania trauajaua tropellar a todos en el
mundo sin hazer a alguno justizia, pero a todos
hazia Q) agrauio y sin razón. A otra alma que
yua huyendo del fuego y prisión mordió vna
serpiente llamada hemorrois en vn bra90 y
luego súbitamente saltó dól al suelo y quedó
toda el alma acreuillada de agujeros pequeños
y muy juntos por los quales la pon9oña les
salia enbuelta en sangre; de manera que por to-
dos los poros le manaua con gran continur9Íon
y las lagrimas que por los ojos le salia era de
aquella empon90ñada de sangre ;ypor las narizes
y boca le salia vn grande arroyo sin nunca 9esar.
Todas las venas se abrieron y súbitamente se
desangró, y con gemidos muy doloridos pan^ia
morir sin poder acabar; y ansi tomándola vn de-
monio sobre sus espaldas se lan^ó al fuego con
él. Esta era vn alma de vn medico que en el mun-
do con gran descuydo sin estudio ni considera-
ción vsaua de la medÍ9Ína por solo adquirir honr-
ra y riquezas con peligro de los que a sus manos
venian ; principalmente vsaua de la sangría con
peligro de los pai^ientes sin miramiento alguno, .
Luego fue mordida por vna serpiente llamada
áspide vna alma de vn solicito cambiador des-
pierto y vibo para atesorar, la qual en siendo
mordida se adormerio de vn sueño mortal (*) y
luego cayo en el suelo. Aun le parecía a la des-
uenturada alma auer acertado en alguna suerte
que la pudiesse dar algún momento de des-
canso, pues el punto que dormiesse podría no
sentir, y ansi no pade9er; y avn juzgamos que
le era buen trueque, pues no auiendo dormido
con sosiego en el mundo por adquerir ríquezas
venia a dormir aqui. Pero engañóse; porque
llegó a ella vn demonio atormentador que a su
pesar la despertó, porque tanto quanto más el
veneno del áspide la adormecía el demonio la
(*) G., tropellaua lutziendolep.
(') G., profando sueño.
EL CROTALON
213
despertaaa cou vii agudo (') aguijón de tres
pnntas de azero. En esto padeció la desaenta-
rada alma per gran pieza el más cruel y des-
graciado tormento que con ninguna lengua hu-
mana se puede encarecer; porque con ningún
genero de muerte ni tormento se puede compa-
rar. Estando pues mirando esta tragedia cruel
llegó al rio yna gran multitud de almas que
querian pasar, las quales todas venian hermo-
sas, agraciadas y bien dispuestas al parecer, y
miré que cada vna dellas Ueuaua yh ramillete
en la mano quál de enzina, quál de castaño,
roble y yipres; yo pregunté a mi ángel qué com-
pañia era aquella de almas que estañan alli,
porque me pareyio ser para el infícrno de dema-
siado solaz. El me respondió, que todas eran
almas de mancebas de clérigos; yo le pregunté,
¿qucs qué significan aquellos ramilletes que
llenan en las manos, pues en ellas no denotan
la virginidad?; y él me respondió que desde la
primitiua iglesia auian sido las mancebas de los
abbades umlas del diablo para acarrear lefia
para atizar el fuego del infierno; y que por ser
entonces pocas avnque trayan grandes cargas
no lo podían abastar, y agora les mandauan
que llenasse cada vna vn solo ramillete con el
qual por ser tantas bastauan proueer con gran
ventaja lo que antes no se podia con mucho
bastecer; y ansi las arrebataron sus demonios
atormentadores y las metieron en el rio Flege-
ton. En fin, mi ángel me tomó por vn bra^o y
fácilmente me pasó de la otra parte de la ribe-
ra, y plugo a Dios que avnque era gran distan-
cia fue sin alguna^lisiou; y cierto el mi ángel
acertó a me passar sin me lo dezir, porque pre-
sumo de mi que no quisiera passar allá. JPorque
según lo que vimos antes que passasscmos pa-
recióme que no me atreuiera a passar; pero el
mi ángel lo hizo bien. Púsome en vn g^n
campo. ¡O dios inmortal! ¿que te diré? ¿Por
donde comencarc? «Que vi? ¿Que senti? Mi án-
gel ¿que me mostró? ¿Duermes acaso, Micilo?
Agora te mego me prestes tú atención.
Mi<;iLO. — ¡Oh gallo! quán engañado estás
conmigo pues me preguntas si duermo. Cosas
me cuentas que aun con ser picado del áspide
vn puro flemático no podria dormir. Despierto
estoy y con gran atención. Porque es tan
grande el espanto y miedo que me han metido
en el cuerpo esas visiones, sierpes, demonios,
penas, tormentos que viste alli que si me vies-
ses abrias de mi piedad. Enhericados los cabe-
llos, fría toda la sangre, sin pulso y sin pesta-
ñear. En fin, estoy tal que de temor he cesado
del trabajo; por tanto dy, que ansi te quie-
ro oyr.
Gallo. — Porque ya rasi viene la mañana
(») <i., cmel.
oye, que solo proporne lo que adelante oyras
Parecióme como en aquel gran campo me apeé
vn poderoso y estendido real, qual me acuerdo
auerle visto por Xerses Rey de persas en la se-
, gunda expedición que hizo contra, athenienses
después de muerto su padre Dario. En el qna.
exercito juntó vn millón y cien mil hombres.
En aquel dia que Xerxes se subió en vna alta
montaña por ver su exercito que estaña por vn
gran llano tendido por chozas, ramadas, tien-
das y pabellones, que a vna parte ania fuegos,
a otra humos, a otra comian y bebían los hon-
bres, y a otra se matauan. En fin, espantado
el mesmo Xerxes de ver tanta multitud lloró
considerando que dentro de cien años ninguno
ania de quedar de aquella multitud. Ansi me
pareció Micilo, ser aquel campo del infierno,
donde auia vna inimaginable distancia, en la
qual vagaua inumerable cantidad de demonios
y almas. Auia vn rnydo, vna grita, vna confu-
sión que no sé a qué te la pueda comparar,
porque en el mundo nunca tal se vio. Auia lla-
mas, fuegos, humos, golpes de espada, de se-
gures y hachas. Sonido de grillos y cadenas,
lagrimas, lloros y bozes. ¡O Dios inmortal!
quando aqui me vi, no sé con qué palabras te
lo pueda encarecer; ¡tanta era la confusión y
espanto! En fin no me osaua soltar vn mo-
mento de la mano del my ángel, porque del
mesmo suelo que ollaua tenia temor. Auia hor-
cas de diuersas maneras en que estañan almas,
vnas colgadas por los pies, otras por la cabera,
otras por medio del cuerpo, otras por los cabe-
llos. Auia hoyas muy hondas llenas de cule-
bras, sierpes, lagartos, sapos, alacranes, áspi-
des y otros animales ponzoñosos, donde los de-
monios echauan gandes cantidades de almas.
Otros nadanan por ríos y lagunas de pez, azu-
fre y resina, ardiendo sin se hundir ni nunca
poder llegar a la orílla; y en ¿tras lagunas de
fuego eran echadas otras que en cayendo se
hundian sin más las poder ver; lo qual proue-
nia de la granedad de los pecados de parte de
sus circunstancias. En otros lugares se dauan
tormentos muy crueles de agua de toca, de
garrote y de cordel, y a otras atormentauan
lenantandolas atadas por las muñecas atrás y
subidas con fuertes cordeles por carrillos y po-
leas en lo alto, colgadas vnas grandes pessas
de hierro de los pies, y soltándolas con furia
venian a caer sin llegar al suelo. De manera
que aquel g^n pesso las descoyuntana todos
los miembros con grandissimo dolor. A otras
hazian cabalgar en canal loa de arambre, que en
lo huero del cuerpo estañan llenos de fuego
que los abrasana hasta las entrañas, que los
hazian renegar de sus padres, y del (') dia en
(*) G., maldisiendoloB jantam«ntc con el.
2H
orígenes de la novela
que nayieron y fuerou eugeiidradoa ('). Esta-
uan infíaitaff almas de mugeres bagabundas la-
xuriosas y yi^-iosas, atadas a yiios palos y tro-
nos de arboles y acotadas por demonios con pul-
pos, anguillas y culebras^ abiertas a a^tes
luuBta las entrañas, gimiendo miserablemen-
te (^); almas de rufianes, ladrones y soldados
atados por los pies a fieros cauallos, potros y
yeguas sin rienda ninguna eran Ueuadas arras-
trando con gran furia por montañas y sierras
de grandes pedregales y asperezas. A las almas
de los blasfemos renegadores sacanan las len-
guas por el colodrillo y luego alli delante dcllos
se las picauau en ynos taxones con ynas agu-
das segures y ausi se las hazian comer y que
las maxcassen y comiesseu moliéndolas entre
sus dientes con graue dolor. Las almas de los
yanos lisonjeros de prin9Ípes y señores, y de
truhanes y cliocarreros las trayan los demonios
gran piez:i por el ayre jugando con ellos a la
pelota sin dexarlas sosegar yn momento, y
después las arrojauan en lo más hondo de aque-
llas ardientes lagfunas. Estaña tan admirado de
uor la (*) espantosa tragedia y miseria infernal
que casi andana fuera de mí, y ansí con m
descuydo notable, que de mi mesmo no tenia
acuerdo ni atención, me senté en yn troco de vn
árbol seco y chamuscado que estaña alli, y ansi
CDHkO descargue mis miembros como hombre
algo cansado gimió el madero mostrando que
por mí causa auia rebebido afli^iou y dixo:
tente sobre tí, que harta miseria tengo yo: y
como lo oy espelu^aronseme los cabellos que-
dando robado del calor natural, tentiendo que
algún demonio súbitamente me quería sorljer,
y ansi apartándome afuera por me purgar de
alguna culpa sí en mi huuiesse le dixe: diosa,
o dcydad infernal, quien quiera que tú seas per*
dona mi ignorancia, que por poco aniso he fal-
tado a tu deuída veikera^ion. Dime, yo te su-
plico, quién seas, que con digna penitencia te
satisfaré; y sí eres alma miserable habíame con
seguridad, que yo no soy furia que a tu mise-
ria deseo añadir; y ella dando yn geniido de lo
intimo del corayon dixo: yo soy el alma de
Rosicler de Syria, la más infeliz y malhadada
donzella que nunca en el mundo fue, pues por
amar a quien me engendró me fue a mí mesma
tan cruel que peno aquí con acérrimo dolor para
siempre jamas. Mi ángel la importunó nos dixe-
sse la pena que padeyia alli, y ella con gran fati-
ga prosiguió. Y porque el día es ya yenido, en
el canto y mañana que se sigue oyras lo demás.
(*) O , en qae fa«ron engcfudradoii j nayidos.
(*) G , hasta abrirles las entrañas gimiendo miHera-
mente.
(^) G., tan.
Fin del deqimo quinto canto del gallo.
ARGUMENTO
DKL DK.'IMO SBXTO CANTO DEL QALLO
£n d definió sexto canto auc se úgat el tuclor ea Reeicler hija
del Rey de Siria descriue la Tcrocidad con que rna Biug«r
acomete qualquiera com que le venga al peoMuntento si es
lisiada de \n Unfioo ínteres, y eoncluye con el defendimienie
del Ínfleme imitando a Luciano en lus libros qoe de vario»
dlalogoH intituló.
Gallo. — ¿Qué has, Mi^ilo, que tales Tozes
das? Despierta y sosiega tu coraron, que parece
que estás alterado.
Mi<:iL0.— ¡O gallo! en quanta congoja y
afli^ion me y i, y de quanta misericordia has
vsado comígo en me despertar; porque soñana
que ora llenado por todos esos lugares espan-
tosos de penas y tormentos que propusiste en
el canto de ayer, y soñana que por la gran acti-
uidad y fuerza que tiene aquel averrimo y es-
pantoso calor con que abrasa el fuego infernal
era imposible entrar alli alguno sin se conta-
minar, ahumar, chamuscar o quemar; y ansi
en sueño me y i en yn gran campo tan rodeado
de llama que el resuelgo me faltaua, que por yn
momento que tardaras se me acabara el yibir.
Gallo. — Fnes oye agora y yerás quanta
differen^ia ay de yerlo a tronarlo; como de lo
fingido, sonbra a lo yerdadero y real ; yerás con
quanta fa9Ílidad se ofende Dios mientras yiben
los malos aquí, y con quánto rigor se satisfaze
la suma justicia después. Verás la malicia hu-
mana quan en el estremo se colocó en el sexo
femenil, y los homiyianos y incestuosos en el
rigor que yan a pagar; y yenidos pues donde
dexamos el canto de ayer, si bien me acuerdo
te dixe que por inportunidad de mi ángel pro-
ponía Rosicler la pena que padecía alli, y ansi
la desdichada nos dixo: Sabréis que este es el
lugar donde son atormentadas las almas mise-
rables de los auaríentos ysurcros, cambiadores,
rcnoueros, uego^adores, que a tuerto y a de-
recho no hazen sino llegar gran suma de dine-
ros para satisfazer su insaciable cobdivia, y
cada día son traydas aquí estas y otras muclias
almas de otros díuersos géneros de pecadores,
las quales con gran tormento son aquí picadas
tan menudas como sal con ynas hachas y se-
gures sobre mi cuerpo como sobre yn taxon.
Bien puedes (') pensar el dolor que me hazen
cada yez que hieren sobre mí. Di nos agora la
causa de tu (}) mal, dixe yo; porque según he
oydo dezír, descansan los afligidos dando parte
a otros de su passion ; principalmente si pre-
sumen que en alguna manera los que oyen (')
sienten su u)al. Respondióme la desuenturada
(*) G., podéis.
(') G., tanto.
(=*) G , oyeren.
EL CROTALON
2ir>
alma: ¡Aj! que a las infernales almas es al
reaos, porque despnes qae entramos aqui, cada
momento se nos ofrece a la memoria, la culpa
y causa de nuestra infelicidad con que nos
atormenta más Dios. Pero por os complazer yo
os lo quiero dezir amque augmenta las llagas
j renneuase el dolor recontando la causa del
mal. Pero el tdbI no se puede augmentar a
quien tiene el supremo que se puede padecer,
como yo. Pues sabed que yo fue hija de Nar-
ciso, rey de Damasco y de toda la Syría, prin-
cipalmente de aquella prospera y deleytosa
prouin^ia decapolitana, que ansi so llama por
las diez ricas ciudades y antiquissimas que en
ella ay. Damasco, Philadolphca, Scitoplis, Ga-
dara, Hypodron, Pella, Galasa, Gamala y Jope;
yo era por marauilla en el estremo hermosa
don sella y deseada de todos los poderosos prin-
cipes del mundo y a todos los menosprecié
porque mis tristes hados lo permitiendo y mi
infeliz suerte lo ayudando fue presa de amores
de Narciso mi padre, que en hermosura y dis-
pustcion no auia en el mundo varón de su par,
y por serle yo ynica hija y heredera me amana
más que a si de amor paterno. Pero por mi
desaenturada suerte todos quantos plazeres y
regalos me hazia era para en daño y miseria
mío, porque todos redundauan en augmento de
mi malicia. Agora os quiero contar hasta dónde
llegó mi mal (}), Sabréis que por tener yo fama
de tan agraciada (^) donzella vino a la corte
de mi padre 7n gracioso y valiente cauallero
hijo del Rey do Scocia con voluntad de se casar
comigo si lo tuuiesse yo por bien, y trabajar
por su esfueryo y buenos hechos merecerme la
Yoluntad. El qual como me rio fue de nueuas
y fuertes cadenas preso, y encendido de nueuo
amor de mí, por lo qual procuró con todas sus
fuercas por mí seruir y agradar ezercitandose
en señalados hechos en las armas; v ansi mi
padre por ennoblecer su corte y exercitar su
cauallería a la contina tenía justas y torneos
echando vando por todas las tierras del mundo
que viniessen los caualleros andantes y de
nombradia a verse en las armas lo que yalia
cada qual, y como Dares (que ansi se llamaua
el principe de Scocia) me seruia y pretendia
ganarme por sus señalados hechos a la contina
se anentajaua a todos quantos a la corte y fies-
tas yenian, dando mucha honrra a mi padre y
enobleciendole y afamándole su casa por el
mucho yalor de su persona. De manera que
demás de estar contento mi padre de Dares,
demás de ser hijo del rey de Scocia, por sus
grandes hechos y ardid en las armas deseaua
que yo le quisiesse por marido y que fuesse
(*) G , mi desuentara.
(') G., graciosa.
comigo su sucesor. Pero como yo tenia puesto
mi eoracon tan asentado en Narciso mi padre,
los hechos de Dares y su gentileza, ni ser hijo
de Rey no me mouia la voluntad a le estimar,
más (*) me era ocasión de aborre^rle con coraje
deseando que en las justas y torneos le suce-
diesse peor; y ansi muchas yezes le eché qua-
dríllas de caualleros y puestos doblados que le
acometiessen con furia para le auer de matar,
y buenauentura, ardid y esfnerco hazia sobre-
pujar a todos en armas y valentía, de manera
que a la contina salia de la contienda vitorioso
y vencedor; y en todo esto rebebía mi padre
infinito pessar por yerme tan desgraciada y tan
desabrida con Dares, trabajando con palabras
de me le encomendar cada y qnando se ofre^ia
la oportunidad en sala ante cauaUeros quando
se razonaua del suceso del torneo, o justa de
aquel dia; y yo tenía tan situado mi amor en
mi padre en tanta manera que qnando me per-
suadia con palabras que faborcciesse a Dares
me atrauesaua (^) cnielmente las entrañas con
mortal rauia, pensando que procuraua echarme
a otro por aborrec-erme él, y teniame por des-
dichada y indigna de su amor, pues a quien
tanto le amana mostraua tan cruel estremo de
ingratitud; y ansi vn dia entre otros muchos
concebí en mi pecho tanta desesperación que
sospirando con gran ansia de lo profundo del
alma me fue (^) de la sala de la presencia de
mi padre determinada de me matar, y cierta-
mente lo hiziera sino que mi padre sintiéndome
alterada se fue tras mí a mi aposento y mos-
trando de mí gran pessar me mandó echar en
vna cama donde con bessos muy dulces por
entonces rae dexó algo sosegado el eoracon; y
Daros con licencia de mi padre y fabor suyo
mostraua quanto podia amarme y tenerme en
lo intimo de sus entrañas solicitándome a la
contina con los ojos, sospiros, alma y muestras
que él más podia, y con sus cartas y criados
manif estaña lo que dentro el alma sentia; y
quanto más él lo publicaua tanto yo más le
daua a entender el aborrecimiento y odio que
le tenía, y él por me conuencer trabajaua a la
contina mucho más, haziendo a mí padre mu-
chos seruicios de gran afrenta y peligro, porque
con el exercito de mi padre dentro de vn año
ganó a Sylicift y a Caria y a Pamphilia, Tarso
y Comagena y me lo dio todo a mi añadiendo
lo al estado y señorío de mi padre. Pero todo
esto le aprouechó poco, porque pidiéndome a
mi padre que me diesse por su muger le res-
pondió que sabría mi yoluntad, y como mi
padre me hablasse le respondí con muchas la-
(*^ G., antes.
(*) G., atormentana.
(s) G., salí.
216
orígenes de la novela
grimas, que no me quería casar, y que si él me
for9aua como padre le asscguraua que otro dia
yería el fin de mi vida; j como mi padre le
declaró mi voluntad a Dares se le encaxó en el
pensamiento que mi padre no tenia voluntad
de dármele por su muger, porque tenia por
9Íerto serle yo tan obediente hija que si él me
lo mandasse lo haria, y ansi sin más esperar
se -despidió jurando con gran solenidad de se
satis fazer con gran pessar y vergüenza de mi
padre, y ansi se fue en Sco^ia y dentro de
breue tiempo tmxo gran exer^ito sobre la 9¡u-
dad de Damasco y región decapolitana y en
tanta manera nos conquistó que dexandole
todo el reyno nos fue forjado recogemos en la
yiudad de Jope que sola nos auia de todo el
señorío dexado. Aqui nos puso en tanto aprieto
y necesidad que no teníamos ya qué comer, ni
esperanza de salud, y yo siempre pertinaz en
el odio y aborre9Ímiento que del auia concebi-
do, y mi padre llorando a la contiua mi obsti-
nación y mal destino; como el amor paterno le
constrefiia padecía por no me contradezir, y
por verle que Uoraua cada dia con gran afli-
9Íon (}) su miseria y abatimiento me derroqué
en vna peruersa y obstinada determinación:
asegurar a Dares en su real y cortarle la ca-
beca; y ansi trabajé sosegar a mi padre con
palabras dizíendo que yo le quería hazer plazer
y salir a Dares al real y dármele por muger,
y si me menospreciasse ofrecérmele por su
sierua, o manceba amiga; y ansi venida la noche
adorné mi cuerpo y rostro de los más preciosos
paños y joyas que tenia, y con vna sola criada
de quien me confié me fue al real de Dares, y
como llegué a las guardas y me conocieron me
recibieron con gran reuerencia y con presteca
lo hizieron saber a su señor teniendo por muy
cierto que seria muy alegre con tales nueuas.
Porque desta conquista no pretendía alcancar
otra empresa ni interés más que auerme por
muger a mi, porque estaña a esta causa el más
afligido que nunca en el mundo se vio; y como
Dares supo que yo venia a él al real (^) se
leuantó muy presto de vna silla donde estaña
razonando con sus capitanes y principales de
su exercito y me salió a recebir a la puerta de
su tienda y pabellón acompañado de todos
aquellos varones que estañan con él y como a
mi llegó me dixo: ¿De manera señora que por
fuerca (^) has de tener piedad? ya yo no te la
deuo: y yo respondí: pues yo te la vengo a
demandar contra la dureca y obstinación de mi
padre: perqué sabiendo que ya no tenemos en
quién esperar, ya que él por ser viejo tiene
(') 6., yerl« tan amargamente llorar an.
]') G., estaña en ra real.
•) G., ÍOTcada.
í
aborrecida la vida quierola gozar yo. Que esto
por mi voluntad ya fuera muchos dias ha hecho,
sino que las donzellas tenemos obligación a
obedecer. Entonces todos aquellos caualleros y
principes que allí estañan como me vieron se
espantaron de mi hermosura, juzgando por
dichoso a Dares si de tal donzella era posee-
dor, y dezian entre si que a qualquiera peligro
se podían los honbres arriscar por me auer, y
con esto se boluian a mí dizíendo: cuerdamente
has hecho, señora, pues ansi has comprado la
vida con tu venida, porque agora no te puede
negar su fabor el nuestro príncipe; y con esto
rendido Dares de mi beldad me lancó en sus
retretes y secretas estancias donde se confirmó
en su fe con palabras que descubrían su afición.
Pues con esperanca que tenia que esta noche
tomara la posession y gozo de su tan deseado
bien mandó aparejar sus preciados estrados y
mandó disponer con mucha abundancia el comer
y beber con que (}) hizo vn sumptuoso conbite
aquella noche a todos aquellos sus príncipes y
capitanes. De manera que con aquel regocijo
que todos teuian bebieron demasiado, y también
por cierta confecion que yo Ueuaua que con
la bebida la mezclé se desbarató que se dormía
en tanta manera que de sueño no se podía con-
tener; y ansi mandó que se fuessen todos a su
sosiego y nos dexassen solos sin pensamiento
de más guerra, pues ya se le auia la fuerza y
homenaje rendido; y ansi como yo le sentí tan
vencido y fuera de su juizio por el ejfecto del
vino, y tan confiado de mi, ayudada de mi don-
zella (que solas auiamos quedado con él) le
tomé su espada de la i;inta y le corté con ella
la cabeca; y como era el primer sueño en todos
los del real, todas las guardas estañan dormidas
y sin cnydado por auer todos comunicado aque-
lla noche el vino en abundancia. Ansi laucando
la cabeya de Dares en vna caxa que allí halla-
mos dexando el vaso que dentro tenia, que era
el en que agoraua Dares, nos salimos por medio
del real sin que de ninguno fuessemos sentidas
y nos fuemos para la nuestra ciudad de Jope.
Donde siendo recebida de mi padre y hazien-
dole saber mi atreuimiento le pessó, y por ser
ya hecho se proueyo a lo que se deuia de hazer.
Que luego se mandó poner a punto toda la
gente de la cindad y fue puesta al muro la
cabeca de Dares en vna lanca, y luego como
amaneció se dio con furia en el real, que todo8
dormían sin cnydado pensando que por mi es-
tañan hechas pazes perpetuas, y ansi en breue
tiempo fueron todos los capitanes y príncipales
del exercito puestos a cuchillo, y la otra gente
que despertó procuró con huyda ponerse en
Ñduo. Pues como mi padre tubo destruydos sus
EL CROTALON
217
enemigos y cobrado su reyno quiso se aconse-
jar comigo qué debria de hazer, y como yo
desdichada tenia determinada mi malÍ9¡a y a la
contina creyia en mi pemersa ob8tina9Íon saca-
nale de qualquiera determinación que confi-
biesse de me casar, teniendo esperanza de ef fec-
tuar con él mi incestuosa voluntad, y ya no
dando lugar a más dilación me determiné yna
noche en el mayor silencio, estando mi padre
en su lecho sosegado y dormido, aseguradas las
guardas de su persona que le entraña a visitar
como hija a su padre, entré a su lecho pensando
laucarme en él, confiada que quando desper-
tando me hallasse con él abracada holgaría con
mi conuersacion, y ansi como junto a su cama
me despojé de todos mis paños, como comencé
a andar con la ropa de la cama para me laucar
despertó con furia y sospechando estar en poder
de sus enemigos tomó su espada y antes que
yo tuuiesse lugar de manifestármele me hirió
tan fieramente que me sacó la vida, y ansi en
pena del effectuado homicidio y del deseado
incesto fue trayda aqui donde padezco la pena
que aueis oydo para siempre jamas. Quando
acabé Rosicler su tragedia yo quedé maraui-
llado de ver tan hazañosos acometimientos en
pecho femenil; y luego vimos llegar gran com-
paña de demonios que trayan muchas almas
atormentar en aquel taxon, y preguntando qué
almas eran respondieron ser Luthero, Zuinglio,
Osiander, Regio, Bulzero, Rotenaclzer, Oeco-
lampadio, Phelipe Melampto, horesiarcas en
Alemania, con otra gran compaña de sus seca-
yes. Los quales fueron tomados por los demo-
nios y puestos sobre Rosicler, y con vnas haclias
y segures los picaron alli tan menudos como
sal, y ellos siempre doliéndose y gimiendo entre
si; y después de muy picados y molidos los
echauan en vnas gran calderas de pez, azufre
y resina que con gran furia hernia (') en gran-
des fuegos, y alli se tomauan a juntar con
aquel cocimiento y asomauan por cii^ft Ifts
cabecas con gran dolor forcando a salir, y los
demonios tenian en las manos vnas vallestas
de garrucho y asestando a los herir al soltar se
zapuzauan en la pez feruiente, y algunos heri-
dos con grane dolor se quexauan y tornauan a
salir con las saetas lanzadas por el roetro, y los
demonios los tornauan otra y otra vez a herir,
y algunos salian que de nucuo boluian al tor-
mento en diucrsas otras maneras, y ansi se
procedia con ellos para siempre sin fin.
MigiLO. — Agora, gallo, muy maranillado
estoy de ver como se despedacauan estas almas,
pues los cuerpos que podian ser despedacados
estañan sepultados en Alemana y las almas so-
las alli.
(<) G., haaian.
Gallo. — Pues ese es mayor género de tor-
mento: que el alma en el infierno padezca sola
los mesmos tormentos que el cuerpo pueda pa-
decer, lo qual ordena y haze la justicia de Dios
para su mayor punición. Pasando adelante por
estos espantosos y sombríos campos vimos in-
finitas estancias de diuersos tormentos de pon-
tífices, cardenales, patriarcas, arcobispos, obis-
pos, perlados, curas y rectores eclesiásticos que
auian passado en el mundo las vidas en herror
y deleyte. En otros miserables y apartados lu-
gares auia gemidos y lloros de reyes, principes
y señores injustos y tiranos*^ vnos asados en
parrillas, otros en aisadores y otros cruelmente
despedacados. Aqui vimos a aquel desasosega-
do alemán {}) Juan, Duque de Sazonia, ene-
migo de la paz, en contina guerra y contienda,
y llegúeme a él y dixele (por que allá en el in-
fierno no se tiene respecto a ninguno.) ¡O crís-
tianissimo! ¿acá estás? El me respondió con vn
gran sospiro; como lo ves, ¿Menipo? yo me ma-
ranillo, porque cristiano quiere dezir el que si-
gue a Cristo; y cristianissimo, el que más le
sigue de todos. Pues si el que más signe a
Cristo está acá, ¿quanto más el que le siguiere
(^) como quiera? y él sospirando me respondió.
Y yo le dixe: O Menipo que allá en el mundo
compranse los buenos nombres y títulos por di-
nero, y después poseense con gran falsedad.
Pluguiera a Dios que yo fuera el más pobre
hombre del mundo, y que por algún infortunio
yo perdiera todo mi reyno y f oreado viniera a
mendigar, antes que venir aqui. Luego adelan-
te vi aquel mi grande amigo Calidemes griego,
' el qual como llegué le dixe. ¿Acá estás tu tan-
bien, Gallidemes? y él me respondió: si, Meni-
po como ves; y yo le dixe: dime por mi amor
quál fue la causa de tu muerte; y él luego me
comencó a dezir: ya sabes, Menipo, que yo te-
nia gran amistad y conuersacion con aquel gran
rico Theodoro natural de Corintho, al qual ser-
ui y obedecí porque como él era viejo y rico, y
sin heredero auia prometido dexarme por suce-
sor, y como en vna enfermedad hizo testamento
deseaua que se muriesse: pero vino a conuale-
Cer, de lo que me pessó, y asi coucerteme con
el paje que nos daña a beber que le echasse en
el vaso de su bebida vn veneno que le di: y
mándele que se lo (•) diesse á beber quando lo
demandasse prometiéndole hazerle heredero
juntamente comigo; y vn dia que comimos de
vanquete y festiuidad como demandó á beber
Theodoro y dixo que me diessen luego a mi,
sucedió que tomó el paje por hierro el vaso mió
con que yo auia de beber y diosele al viejo y a
i?
(*) G., FrmDCMco íimnces.
G., qnt DO.
•^ O., le.
218
orígenes de la novela
mi cliome que bebiessc el que cstaoa aparejado
cou yeneno para el viejo, y luego como yo le
bebí, porqne con la sed bebi las hezee del suelo
no pensando que el mo^o se podia engañar, y
yo Inego cay en el suelo muerto, y el viejo bibe
agora muy aleg^; y como yo le oya este acon-
tecimiento reymc del suceso como hazes agora
tú. De lo qual Calidemcs se afrontó y me cUxo.
¿Ansi ríes y vurlas del amigo, Menipo? yo le
respondí ¡O Calidemes! ij ese acontecimiento
es para no reyr? ¿Púdose nunca a hombre dar
pago tan justo como se dio a tí? Pero dime, el
viejo Theodoro ¿qué dixo cuando te rio caer?
El me respondió: marauillose quando ansi sú-
bito me vio morir, pero quando del paje supo
el CASO de hierro del vaso, también el se rió; yo
le dixe: por cierto bien hizo, porque f i aguar-
daras rn poco, ello se viniera a hazcr conforme
a tu deseo, y ansi pensando auentajarte atajas-
tes el vibir y heredar. V estando en esto luego
llegó a hablarme Chyron, mi grande amigo,
aquel que fae tenido por medio dios por su
gran saber. Al qual en llegando le abracé ma-
rauillandome, porque pense que le dexaua vibo
acá, y él me dixo: ¿de qué te marauillas, Meni-
po? yo le dixe: de verte tan presto acá, que no
pense que eras muerto. Dime Chiron ¿cómo
fue tan súbita tu muerte? y él me respondió:
yo me maté porque tenia aborrecida la vida.
Dixele: mucho deseo tengo de saber qué mal
hallaste en la vida pues solo tú aborreces lo que
todos aman y grangean, y él me respondió:
pues esto has de saber, Menipo, que avnque to-
do el popular vulgo tenga la vida del mundo
por muy buena yo no la tengo simplemente por
tal, mas antes la tengo por variable y de mucha
miseria. Porque como yo tanto vibiesse en el
muudo vsando tanto tiempo de las mesmas co-
sas, del sol, de la noche, del comer, del beber,
del dormir, del desnudar, del vestir; oyr cada
dia las mesmas horas del relox por orden reci-
proco, inportunauan mis orejas en tanta ma-
nera que ya la alK)rrecia; y enhastiado de tanta
frecuencia por hallarme cansado me quise aca-
bar pensando venirme acá a descansar de tan
inconportable trabajo. Porque en la verdad yo
hallo que el deleyte ni descanso no consiste en
gozar perpetuamente de las mesmas cosas, pero
conuiene en tiempos vsar de la dinersidad y
mudimca dellas; yo le repliqué 0) P^es dime
¡o sabio Chiron, ¿sientes te mejorado en esta
vida que tienes en el infierno? El me respondió:
avnque no mejore (*) no me tengo por nmy
agrauiado, Menipo, porque si acá recibe tor-
mento y pena el alma no me era menor tor-
mento la importunidad que me daua el cuerpo
(*) G.. resDondi.
(') G., mejorado.
por la necesidad que tenía de regalarle y sobre-
llenarle allá, y esta ventaja ay acá: la ig^ldad
en que vibimos todos. Porque no ay pena a que
se iguale la obligación que se tiene en el nran-
do a tenerse respecto entre sí los hombrea. A
los parientes, á los amigos, a los bezinos, a los
perlados, a los principes, reyes y señores. En
conclusión, vninersalmente vnos a otras. Acá
siempre estamos en un ser, libertados de aque-
llas pesadumbres de allá. Y yo le dixe: mira,
Chiron, pues eres sabio no te contradigas en lo
que vna vez dixeres, porque es gran descuydo.
Porque si tú dizes que dexastc el mundo por-
que te daua hastio vsar a la contina de las mes-
mas cosas, mucho más te enhastiarás aquí pues
en las mesmas has de estar para siempre jama».
Respondióme: ansi lo veo yo ag^ra por expe-
riencia que me engañé, Menipo. Pero ya ¿qué
quieres que haga? Y como le vi vencido por no
le dar más miseria con mi importunidad le dixe:
solo esto quiero, Chiron, que vibas contento con
la suerte que posees, y en aquello prestes pa-
ciencia que sin mayor mal eaitar no se puede;
y ansi desapareció de ante mi aquella alma. Es-
tañan por alli religiosos apostatas, falsos pro-
phetas y dininadores, zarlos, questores, y otra
gran trulla de gente perdida. Estañan letrados,
abogados, juezes, escribanos y of Aciales de au-
diencias y chancellerias. Vimos tanto que no
ay juizio que te lo baste descreuir en particular.
Basta que cuanto yo puedo te sé desir que va
tanta differencia de lo oyr a lo ver, como de la
apariencia a la existencia; como de lo vibo a lo
pintado; como de la sombra a lo real. En fin,
quiero dezír, que con todas las fnercas huma-
nas no se puede pintar con la lengua, ni enca-
recer tanto el dolor y miseria que padecen alli
los dañados (') que en cautidad de vna muy
pequeña hormiga, o grano de mixo se pueda
sentir por ningún entendimiento quanto quiera
que teng^ la posible atención. Sé dezir, que
quando me huuiere mucho fatigado por dezir
más no abré dicho vna minima parte de lo in-
finito que alli ay; y ansi vimos a deshora en
vna alta roca vn alto y muy fuerte castillo de
doblado muro que con gran continacion no ha-
zia sino ahumar, (*), donde nos dixeron habi-
tar Luzifer, y ansi guiamos para allá; no ha-
zian (') demonios sino entrar y salir, que no
parecia sino casa de vna chanciller audiencia
(*), ó de vniuersal contratación. Porque era
tanta la multitud y concurso de demonios y al-
mas que con gran dificultad podimos romper.
Entramos vnas puertas de fino diamante a vn
gran patio, donde en el fin de una gran distan-
(') G., condenado!.
(') (t., ahamana.
(') G., freqnentanan mocho Ior.
\*) G., chancellería.
EL CROTALON
219
9¡a catana m gran ti'ouo que me pareció ser
edificado del fuerte y iuuiolable marmol, donde
estauA sentado Luzifer. Era ni gran demonio
que en cantidad era muy mayor, más terrible,
más feo y más espantoso que todos los otros sin
comparación. Tenia tu gran ceptro de oro en
la mano, y en la cabera vna poderosa corona
inperial, y todos le tenían gran obediencia.
Pero tenia muy gruesas cadenas que con muy
fuertes candados le atauan y amarrauan en la
fuerza de aquel marmol del teatro donde estaña
sentado, que mostraua en ningún tiempo se
poder mouer de alli. Dizen que estos candados
le echó Cristo quando entró aqui por los sáne-
los padres al tiempo de su resurre^ion, y que
entonces le limitó el poder, porque antes de la
muertis de Cristo todo el yniuerso tenia vsur-
pado Luzifer y a todos los hombres lleuaua al
infierno para siempre jamas. Puestos alli ante
el juez infernal auia tanta grita, tantas quexas,
tantas demandas que no sabia a quál oyr: por-
que es aquel lugar natural vibieuda de la con-
fusión. Pero el Luzifer los mandó callar y di-
jeron unos demonios ancianos: Señor, ya sa-
béis como está éste vuestro infierno muy car-
gado de presos que ya en él no pueden cauer,
y la mayor fatiga que tenemos es con la gran
muchedumbre de ricos canbiadores, vsureros;
mercaderes, merchanes y renoueros, trapazeros
que acá están, que cada dia emos de atormen-
tar: tanto que ya no lo podemos cumplir. Por-
que no ay genero de pecadores de que más ven-
gan acá después qne crió Dios el mundo. Que
ya sabéis que estos no se pueden saluar como
Cristo lo auctorizó diziendo ser tan posible su
galnagión como es posible entrar vn camello por
el ojo de vn aguja, que es harta inposibilidad.
i>e manera que por esta sentencia desde que
Dios crió el muudo hasta agora no viene otra
ícente más común acá, y principalmente como
en este caso de los ricos el mundo va de peor
en peor, de cada dia vernan más. Porque agora
vemos por experiencia que la cobdi^ia de los
liombres es en el mundo de cada dia mayor, y
mayor sed por enrriquezer. Porque agora se
casa vn manqebo ciudadano con mil ducados de
docte, y viste y adorna a su muger con todos
ellos, y luego toma las mejores casas que ay en
su pueblo con la meytad de censo por se acre-
ditar, y haziendo entender que es rico con aque-
llas casas y familia, mocos y muías luego se
liazc canbiador de ferias, y con esto come y jue-
ga mejor, y luego no se ha de hallar la merca-
dería sino en su casa: porque fiado, ó moha-
trado, o cohechado, o relancado él lo ha de
tener por tener con todos que entender, dar y
tomar.
El man, la holanda, el augeo, la tapizeria y
otras cosas qnantas de mercadería son, todas
las ha de tener como quiera que a su casa pue-
dan venir. En fin por negociar, por trapazar,
por trampear todo lo ha de tener con cobdicia
que tiene de ser rico y ser estimado ante todos
los otros. De manera qne hallareia vn hombre
solo que no ay mercadería que no trate con esta
sola intincion ; y ansí ninguno se escapa que no
venga acá, y por yr el negocio en esta manera
puede venir tienpo que no podamoa^ caber en el
infierno, ni aya demonios qne los basten ator-
mentar. Porque cada qual quanto quiera que
sea vilissimo xorualero cavadcM* se presume
enoblecer (') con negocios. Porque de cala dia
se augmentan las vsuras, los cambios, las mer-
chanerias, trampas, y engaños, trapazando fe-
rias y alargándolas. En fin, señor, es grande su
cobdicia, en tanta manera que han hallado y
ínnentado maneras para se condenar que nos*
otros no las podemos entender. Por lo qual, se-
ñor, deueís suplicar a Dios os ensanche el in-
fierno, o enbiaidlos al mundo a purgar. Como
Luzifer huno {}) bien oydo este caso acerca del
negocio de los desuenturados ricos, consideran-
do bien el hecho como conuenia publicó vna
sentencia por la qual en effecto mandó que to-
das las almas de los ricos qne de quatro mil
años a esta parte estañan en el infierno f uessen
laucadas en cuerpos de asnos y saliessen al
mundo a servir a honbres pobres; y luego por
esta scnt4;ncia fueron tomadas por los demonios
infinito número de almas y llenadas por diner-
sas prouíncias del mundo. En la Asia a los in-
dos, hybemios, hyrcanos, batrianos, parthos,
carmanios, persas, medos, babilones, Armenios,
sauromatas, masagetas, capadoces, frigios, ly-
dos, syros y árabes. En África fueron llenadas
a los Egipcios, trogloditas, garamantes, etio-
pes, carthaginenses, numidianos (**) y masilien-
scs. Y después en toda la Europa fueron lic-
uadas a los scithas, traces, gctas, macedones,
corinthos, albanos, sclauones, rosios, daces, vn-
garos, tudescos, germanos, anglos, ytalos, ga-
los y hyspanos. Y todas aquellas almas fueron
laucadas en cuerpos de asnos y dadas en posse-
ssion de pauperrissimos aguaderos, azacanes,
recueros, tragineros y xomalcros miserables, los
quales todos con muchos palos y poco mante-
nimiento los atormentan con grane carga, mi-
seria y dolor; y luego como Luzifer huno des-
pachado este negocio tnirando por nosotros
quiso proueer en nuestra petición. La qual
leyda la bessó y puso sobre su cabeca, y man-
dó a Sathanas ansí la obedeciesse como le era
mandado por Dios; y como huuimoa negociado
despedimonos del Luzifer, y él mandó a Asmo-
(M G., adelantarse a otros enoblef iendow.
(>) G., ono.
(^) G., namidaB.
220
ORÍGENES DE LA NOVELA
del que era vn demonio anciano y may gran su
prílNulo y familiar que nos sacasse del infierno
sin rodeo alguno y nos pnsiesse en el mundo
donde residía entony^s el Consejo real. Lo qual
hizo con gran diligen9Ía, que al presente residia
en Valladolid. Y vn dia de mañana procuramos
presentar la petÍ9¡on en el Consejo de la Inqui-
sición de su magestad y vista por los del Con-
sejo nos respondieron que se vería y proueería
lo necesario y que conueniesse; y andando por
algunos de aquellos señores por hablarlos en
sus casas nos dezían que era eseusado esperar
prouísion, porque hallaaan que si qnitassen es-
tas saperfiuidades de las s^ien^ias no se podría
el mundo conseruar, porque los sabios y maes-
tros no temían que enseñar, y por el consi-
guiente no podrían ganar de comer.
Mi<;iL0. — Espantado estoy de ver qttanto
mejor obede<;en los diablos que los hombres.
Gallo. — Y ansí (*) como vimos que yua la
cosa tan a la larga lo dcxamos de seguir, y el
mi ángel como me hubo guiado en toda esta
xomada me dixo : mira, Men ipo, yo he hecho este,
camino por tu contenplacion, por quitarte de
pena; que bien sabia yo en lo que auia de pa-
rar. Agora te quiero dezir la suma de mi ín-
tin^ion. Sabe que el mejor y más seguro estado
de los hombres en el mundo es de los ydiotas,
simples populares que passan la vida con pru-
dencia. Por lo qual dexate de oy más de gas-
tar tienpo en la vana consideración de las cosas
altas y que suben de tu entendimiento, y dexa
de inquirir con especulación los fines y princi-
pios y causas de las cosas. Menosprecia y abor-
rec-e estos vanos y caut<ilosos sylogismos que
no son otra cosa sino vurla y vanidad sin pro-
uccho alguno, como lo has visto por csperien-
cia en esta xornada y peregrinaje; y de aquí
adelante solamente sigue aquel genero de vida
que te tenga en las cosas que de presente po-
sees lo mejor ordenado que a las leyes de virtud
puedas; y como sin demasiada curiosidad ni so-
licitud en alegría y plazer puedas vibir más so-
segado y contento; y ansí el mi ángel me dexó
y yo desperté como de vn graue y profundo
sueño (*) espantado de lo mucho que auia visto
como te lo he narrado por el orden que has
oydo y yo mejor he podido.
Mi^iLO. — ¡O gallo! Dios te lo agradezca el
plazer y honrra que me has hecho en (*) tu fe-
licissima narración. De oy más no quiero otro
maestro, otro phílosopho, ni (*) otro sabio con-
sejero que a ti para passar el discurso de la
vida que me queda, y ruegote que no me dexes,
que juntos passaremos aqní nuestra vida; que
(<) G. Poef.
(t) Ba«ño may profundo.
(») G , con.
(«j G., más.
según me dizes es la más segara, según tengo
entendido por tu esperíencia (').
Gallo. — Ya te he contado, Micílo, hasta
agora mi dichosa y admirable peregrinación, en
la qual por su espanto y terribilidad te he te-
nido suspenso y algo desasosegado, según he
hechado de ver (*) ; por lo qual de oy más te
quiero contar cosas graciosas y suaues, con que
en donayre y plazer passes mejor el trabajo del
dia. Ofrecesseme; quiero te contar agora vn
suaue y gracioso conbite; vna opulenta y admi-
rable copiosidad de vna missa nueua, en que
siendo clérigo en vn tiempo me hallé* Dezirtc
he tanto regocijo de aquellos clérigos, tanto
canto, tanto vayle, tanta alegría que no se
puede encarecer más ; y después dezirte he vna
fragosa y arriscada tragedia que calentando el
vino las orejas de los abbades sucedió. Confio
que con esto soldarás el espanto en que te he
puesto hasta aquí. Agora abre la tienda, que
en el canto que se sigue lo prosiguire.
Fin del de^¡imo sexto canto del gallo.
ARGUMENTO
DBL DErlMO SÉPTIMO OANTO DBL GALLO
Kn el décimo ¡«eptinio ranto quo. ím> sigue el tuctor imitando i
Luciano en vi dialogo llamado Coniz/Mmn philowj^oruwi^
suefia anenc halbdo en vna misa naeiia, en la qual dcs-
criui' gran«I<>s aconte^micntos que entre clrrígoit en rUa
pafsaron {*).
Mi VI LO. — Despierta, gallo, que parece ser
hora para que con tu promesa me restituyas en
mi prístina alegría, porque el peregrino y nne-
uo proceso y manera de dezir de tu prodigiosa
narración infernal me tiene tan espantado que
por ninguna contraria manera de dezir pienso
poder boluer en mi para oyr y hablar con mi
primera libertad; y es ansí qve aunque por su
admiración el cuento mueue a atención contina
hazesse más estimar quando se considera el cré-
dito que se deue a tu ser por auer sido celestial.
Porque no parece ni se puede dezir que solo me
le has contado por darme deletacíon, como ha-
zcn los fabulosos inuentores de mentiras en las
prestigiosas y monstniosas (}) narraciones qne
escriuen solo por agradar y dar a los lectores
ociosos con que el tiempo se pueda entretener
(•) auntiite sea con t*ana ocvparíon. Porque me
(*) G., legDn tengo entendido per tu esperimentada
narración w la mejor y más negara.
O me ha parecido.
(') ^'m qae comanmente en semejantes lagares !>ae-
len paraar.
(*) G., monstraosas y prodisioflas.
(*) G., puedan entretener el tiempo.
EL CROTALON
281
dizeD que han sido mucbos philosophos aiicto-
rea de temíante» obra»; cotuo Cthesias j Jam-
blico (') ; de Iob quales el tdo ha egcripto cosas
■dmirables de las Indias; j el otro del mar
Dfeano ('} sin que niognao dellos humease vis-
to, ni en algún auctor lejdo cosa de las que
cada qual dellos escríoiú, Pero fue tan grande
sn eloqaengia f admirable nwDem de dezír que
qnanto quiera que manifiestamente escríuian
(*) fifion, por escrenir en aquel estilo hizieron
graciosa j estimada su obra. Otros dJzen que
ba hanido que con ingenio espantoso han con-
tado de si grandes riajes 7 peregrinaciones. fi&-
rena de Testias y diuersidad de tierras j coa-
tunbrea de hombres, atn atter ninguna cota de
la» que detcrítten en el mundo, que (*) por la
dulfun de bablar (*) los han tenido en Tenc-
nfion. Como aquel ingenioso inuentor (*) Uo-
mero escríni¿ de sn Uiizes auer risto animales,
; gigantes monstruosos Poliphemos con solo
m ojo en la frente que se tragauan los hombres
enteros y vibos; y esto sin los auer engendra-
do basta oy naturaleza. Desto estoy bien se-
guro yo que tú no imitas a estos en tu paseada
historia, poique no es de presumir que infames
los 9eIicolas como tú con (^ mentirosa narra-
íion. Por tanto despierta y prosigue que yo te
oyré. Cuéntame aquella sangrienta batalla,
aquel sufeso canpal que ayer me propusiste (')
deair, pues de tu promesa no te puedes excusar.
Gallo. — Por ^ierto Mifilo, mucho estoy
arrepentido en anerte propuesto esa sacrilega
tragedia, pues en ella hago ser públicos los de-
satinos tan exuesinos que el Tinático furor causó
en aqaellofl religiosos jnizioa y habito sa9erdo-
tal, lo qual más conucnia ser callado y sepultado
en el profundo del oluido por auer acontecido
en personas que auian de ser ejemplo de tem-
plan9a, prudenpia y honestidad; ant«s que ser
To agora relactor de las deshonestas y desua-
riadaa furias que paaaaron entre su beber. Mal
parece dar yo ocasión con m¡ lengua a que
Buiendo tú plazer te rías y mofes de aquella
conaagrads caterua que e^tá en la tierra en lu-
gar de la diuina megestad (*). De manera que
templaofa coa qai rata ^ente conugrada toma (
jautei ijaDtamicDtoi; loa qualea In aaian de m
dadw por n\a ptrladof y juextü, j s «toa aaerr
KT doltiM ralaetor, porqae lo podríaa remediar, antai
qne no a ti i porqne en contártelo boIo doy ocasión con
mi langna ■ qne aaieado tú plaisr, ta rías y mofea de
aqaella ccoaagrada eateraa qnc eatá en la tierra en
lagar d« la diniíiB raagestad .
si yo me hnuiere flaca y fríamente en el persua-
dir y demostrar esl« acont«9Ímiento corro pe-
ligro en mi persona de tinio orador; y quando
por el contrario en el encarefer y esazerar me
mostrare eloquente Ber¿ para más augmentar
tu rísa y mofa, baziendo en mayor infamia de
aquella religioaa gente. Por tanto mira, Mi; ilo,
si es m&s conueniente a hombre bien acostum-
brado como tú dexar de inportnnarme que te
cuente semejantes acontecimientos; porqne a
mi me pare9e ser obligado a los callar.
TAifirLO. — ¡O gallo! quiero que sepas que
qnanto más niegas mi petición tanto mis aug-
mentas en mi el deseo de te lo oyr. Por lo qual
procediendo en la costumbre de nuestra buena
connersafion y tu gracioso dezir podras comcn-
Cando luego ganar el tienpoque se podría con
la dilación perder.
Qallo. — Agora, pues ansí quieres j tanto
me importunas yo t« quiero obede9er: pero con
Tsa condición, qne con juramento te t«ngo de
ligar & ella; y es que no ae ba de (*) publicar
faera de aqni.
MiciLO. — Agora comienza, qne yo lo prome-
to, qne no sea (*) más publico por mJ, ni seré
causa qne otro lo sepa. Dime por orden todas
las cosas: qué fue la causa (■) de la cena ('):
y qué personas fueron alli en el combite, y que
passé en el suceso.
Gallo, — Pues comentando por el principio
sabrás qne la causa fue vna misa nneua: por-
que Arísteneto cambiador, hombre ríco. tiene (')
Tubijoque sollama (*) Zenon: hombre estudio-
so y sabio, como sabes, el qual P) por tener ya
edad conueniente para elegir estado Tino a can-
tar misa y para esto el padre de sn parte com-
bid<i todos sus paríentes, vezinos y amigos,
juntamente con sus mngeres, y Zenon (*) misa
cantano da la suya (*) llamó a todos sus pre-
ceptores ywe auian eido de lai sfienfias, gra-
mática, lógica, philosopbia y tbeologia, y des-
pués con eatoi combidó a todos los curas y be-
neffiviados caii desta f iudad que eran en gran
copia (">) j con estosania dos religiosos de cada
orden,
MigiLO. — Yo nunca vi conpaftia de tanto
santidad.
Gallo.— Pues viniendo al proceso del acon-
tecimiento (") aabras que el dia señalado que
(•) Q, qne jure» de no I
C) G.. aera.
(') G-, «1 fnndamento.
O G., fÍMta.
(') G-, de aa parte.
(") G.,erBn laochoa,
(") G., de la historia,
21Lt
ORÍGENES DE LA NOVELA
fue vn domingo primero de majo, que os el mes
más apacible j gracioso a todos, (*) connenimos
luego por la mañana todos los combidados a
casa de Aristeneto para acompañar a Zenon
liasta el templo; fuemos con gran ^-elebridad (^)
de can9Íon de clérigos, 7 gran música de ins-
trumentos, laúd, de arco, rabel, t ¡huela, psalte-
río, y otras agraciadas sonajas que tañian hom-
bres que para semejantes autos se suelen alqui-
lar. Quando fue acabada aquella diuina cele-
bración de la miasa, con el orador que con
ingenio discantó el mentó y grandeva de la
dignidad, 7 ofrecimos todos al misa cantano,
nos boluimos (^) juntos con la mesma mtuica
a casa de Aristeneto. Donde despedidos aque-
llos que solo fueron conbidados para el acom-
paüam lento, se llegó Aristineto a mi 7 a la
oreja me dixo que me quedasse a conter allá (^)
con el. Dios sabe quanto me holgué, porque
yierto que sobraua en mi casa ¡a rabión; prín<;i-
palmente porque después que en el templo
ofre^i no fue nmcho lo que en la bolsa me
quedó. Fuemos lanzados todos a vn gran pala-
cio mu7 adornado 7 dispuesto para el conbitc.
En el qual auia dos messas a la larga de la
sala,]a ma que 7ua a la vna pared, 7 otra por
otra. En la frontera de la sala 7ua rna (')
messa como cabecera de las otras dos, en la
qual se sentó en el medio Zenon (*) tomando
a su mano derecha a su padre Aristeneto; 7 a
la izquierda C) est«ua su padrino que era aquel
Cleodemo, antiguo 7 honrado varón que fue
cura del abogado de las estrenas (*) San Julián.
Mi(;iL0. — ¡O qué monarcha v principe de
sacerdotes me has contado!
Gallo. — A los lados ocupauan esta mesa de
la cabecera, a la yna mano el guardián 7 com-
pañero de San Francisco 7 á la otra el Prior
de Sancto Domingo con vn (•) conpañero de
grande (**) auctoridad. En la mesa de la mano
derecha se sentaron ('*) por onlen los maestros
de Zenon 7 clerecía que fuemos ('*) muchos en
numero; 7 a la otra mano se sentaron los casa-
dos, cada qual con su muger; 1/ quando fuemoa
todos sentados eomcnyaronse las mesas a seruir
con grande abundarn;ia de frutas del tiempo.
Mk.ilo. — ¿Pues entre los dos perlados de
San Francisco 7 Sancto Domingo no uvo di-
(M G., del año.
(') G , flolenidad.
(') (t , bolaimonos.
(M G., allí.
(') G., aaia otra.
(*) G., el misRa cantano.
P) G- , otra mano
{*) G.« de San Jnlian.
(•1 G., 8U.
m G , gran.
(*') B , se sentó.
(•>) G., fueron.
f fcrencia sobre la mano a que cada qual se ania
de sentar.
Gallo. — Mucho antes se consultó con ellos
7 diffínió. Entre los dos curas de Sancteaidro 7
San Miguel uvo un poco de contienda; porque
preferiendo Arísteneto en el asiento el de Sauc-
tesidro al de San Mig^iel por su ma7or anti-
güedad (') se lenantó en pie el de San Miguel
porque era prec^eptor de Gramática 7 presumía
de philosopho 7 dixo: S7 a ti, Arísteneto, te pa-
rece que el cura de Sanctesidro se ha de prefe-
rir a mi, engañaste; 7 por no lo consentir me
V07 7 08 dexo libre el combite. Porque avoque
él sea viejo por dos razones se me deoe a tai
la uentaja, pues dize Salomón que capas mu7
antiguas son (^) en el hombre el saber qnanto
quiera (¡tie sea moro, 7 ansi tomó por la !saDO
su mochacho 7 comencó a fingir querer caminar
7 luego el cin'a de Sanctesidro dixo: nmica
plega a Dios que por mí dexes de te holgar;
7 apartándose afuera le hizo lugar en la delan-
tera 7 él se sentó (') atrás.
MiriLO. — Conuenieron presto esoif dos por
gozar.
Gallo. — Fue a todos ocasión de gran rísa,
7 no se pudiendo {}) sufrír Zenothemo maes-
tro de Philosophia (•) dixo en alta voz ser
aquello exemplo de la figura Antiptosis isteron
proteron (*) de lo qual todos aduertiendo se
rieron mas \}),
MiviLo. — Pues entre los casados ¿no se ofre-
ció cosa que pudiesses notar?
Gallo. — Los casados solamente tenían ojo
7 atención en aquellos hombres sabios 7 reli-
giosos, su ambición, su puesto, hablar, beber 7
comer v conuersacion : en fin, todos aquellos
seglares se fingían tener cuenta con el plato,
l>ero más la tenían con lo que entre los clérigos
passaua (*). Porque como todos al principio
comoncamos a comer de aquellos sabrosos 7 bien
aparejados manjares, todos mírauamos al cura
de San Miguel que todo quanto delante le ser-
nian lo daua al mochacho que tenia junto (*)
a si, pensando que ninguno lo vía, 7 el mocha-
cho lo echaua en vna talega. El comía con in-
saciable agonia 7 lancaua en los pechos 7 fa-
triguera medias limas 7 naranjas, 7 algunas
guindas que andauan rodando (}^) por la messa.
(*) G., por Rer más viejo.
(') G., «{lie la ecícncia son canaR en el hombre.
) G., atiento.
*) G., asento.
(*Í Y luego dixo.
{
(•) G., de la Gramática.
(^) R. (Nota marginal) Gramática. Figura antijh
tosis eH ca*U4pro ca^uptrn.
{*) G., notándolos de ambiciosos, glotonee 7 de poco
sosiego: fingiéndose todos tener cneuta con el pkto,
pero más la tenían con lo que entre los derígos na^aa
(•) G , tras.
(**) G.; que rodanan.
EL CROTALON
223
Dni» a moulinRho piomaKdv perdizydepato;
pcdn^OE de vsc» y de fwiiüro, y ntguiiofl anelos
de pttstelee {') y pedícos du pun y torta. Uiole
paflisoelo, la tupH en que iH'liia; basta el CQehí-
ila y el aiilero le dio. lJi-«to tujah todos los ca-
sados y sus niinieref, íjiip lea era mny ffran pa-
satiempo. Estando ina's todü:^ ocupados en eato
COD gran aolax y ddiyte. porttac ya aiiía llega-
do de mano tti niann hu^ta la mt-sa de Aríste-
neto y laitsa cantano qne mncho ae reyan dello,
sucedió qne eiitrd por la puerta de la sala A](i-
dsnMB cura de San Ntcolss, sin ser llamado, y
puesto en medio de todos (') el rostro a Zenon
y a AríBteneto BU padre dixo: señoreB, perdo-
nadme qne no vengo nika temprano a vuestro
plazer porque agors disieodo la misa mayor a
luis perrochanos, saliendo (*) a ofrecer en mi
igletia me díxo vu feligrés mío qne haciadcs
esta fiesta; y unsi luego me ppretinrc, qne no
tard¿ en lo que restaña de la mis&vn momento;
qne casi no me vagana (*) desnudürme la ca-
snlia por venir a honrrsros por dcr tan vuestro
amigo; que loa tales no emon de aguardar 6 xer
combidados, pero sin Hcr llamados vcngamo» (')
de los primeros.
Mi^iLO. — Por fierto cosa digna de risa me
Gallo. — Cada qual le comentó a dcsir su
donayre dando a entender en dcsncrgnenfa;
|>efo él lo disimnló por gozar del coinbite; por-
que luego acudió Aristeneto encareciendo su
buena amistad y acusando su descuydo y el de
su hijo pues de conibidarle se auian oluidado,
y ansí le mandó dar vna silla y qne se sentassc
en aquellas mesas jnnto (*) aquellos liombres
reiierendos y bourrados ('). Alfidamas era rn
mancebo grande, membrudo, robnsto y de gran-
des fuerzas; y ansi como le pnssicrou delante
la sillft arroxandola (") lexos dé ti qne casi la
qnebrara (*) y diera con ella al cnra de Santis-
pirítuB y dixo qne las dueñas y hombres rega-
lados se auian dceeutaracomcretifiil1a,qne ('*)
vn hombre moyo y robneto como é\, que por
alli quería comer passearidoae; y que si acaso
se cansaase, que él se solitaria en aquella tierra
sobre su capa. Resjiondiole Aristeneto: anssi
sea pues te plazo. Twlo esta hazia Ali;iilamas
mottrando querer regO';ijar Urjietta y dar pía-
:cr a loi combidadog pentando el de ti tiiesmo
{') G., paMel.
(■] G., da 1« mía.
!*) (i., agoTt, cnmo ati.
') G.. iipr«sBT£ por ncabar presto to tni^ qtw avn
no un mina.
O G.,«r.
(*) O , eotr*.
O K. ( Tachado) faas da nber que.
(•) G., la arroxo.
(«') G , y no.
»er graqiogo fingiéndote loco g beodo; y ansiAl-
fidamas rodeó {*) en pie (*) todas las mesas mi .
randopor los mejores manjares, como lo liasen
loB músicos chocarreros en los conibites de fies-
ta. Ansi comia Al^idamas donde más le plasia
si via cosa qne bien le parefiesse a su apetito,
mezclándose con aquellos que sernian Us copas
y manjares, y como a las vezes se aprouechasse
de las copas que cstauan llenas en la messa,
y otras (*) vezes de Ins que passanan en el scr-
nicio, hallanase beber doblado; y ansi eon el
vino demasiado comenfó a m<¡¿ salir de si.
Uezía malicias y atreuimíentos en todos los
que en el combite estañan. A Hcrmon, cura de
Sancto Xhome dixo que a cabo de su veje^
echasee la inaii;£ba de casa que tenia diez años
ania so color de moya; y a Eucrito, cura de
3an Dionisio, dixo que si pensaua licuar al
otro mundo los ^ien ducados que tenia dados
a Aristeneto a cambio. MoCaua de aquellas co-
pas de plata, mesas, sillas, tapipcs y grande
aparato llamando a Aristeneto el gran (*) veu-
rcro; eugrandefiale con mali^^ia su grande ¡n-
jenio y tudustria pues por bu buena soli^itnd
tenia por el cambio (*) tan grande hazienda y
riquezas aniendo sido poco antes muy pobre.
, Y Aristeneto ya mohino j afrontado <¡ae latti'
mauan ¡us donat/reí mandó a dos criados snycs
que le tomassen y echasBen fuera de casa y
ferrassen las puertas porque no los aíivintusse
míe. Pero como AI('idatnas lo sintió apartóse
a vil lado y con m vaneo qne ustaiia va^io juró
qne le quebraría en la cabei,'a del que llegasse;
y ansi de consejo de todos fue qne agora le
dexossen, esperando tiempo más oportuno para
hazer la pressa necesaria. Pero de cada mo-
mento se fue empeorando, diziendo injurias a
los frayles, y después passando o los casodox
tot afrontaua vituperándolos (*) en sus muge-
res; dijo delante del rícu Mencdemo a su mn-
ger que quién le auia dado más faidrillas, Ue-
mócrító, cambiador, su amigo, 6 Mencdemo su
marido. De lo qnnl la dama se afrontó mucho,
y Mencdemo recibió grande injuria; y ansi
Aristeneto, pensándolo remediar y qne le haria
su amigo mandóle dar mny bien a beber, pur
que pensó que ansi uo le afrontaria más y por
esta causa mandó a tu criado suyo C) que to-
maBBe vna gran copa de vino afiejo y mny puro
y se la diease, no pensando que fuera ocasión
de mayor mal, como fue. Pero tomando Alvi-
(*) li-,
Aa».
(') G-. premie.
['\ G., protandn j cambiando aaia adquirido.
(*) G.. y TÍtaperaiia.
(') U., mngi'Tv; J anri, psoMndolo Teroediar Aris-
teneto dándole mn^ bien ■ bcbei y qae con «alo la
luria BU amigo, aun maado.
ORÍGENES Í)E LA NOVELA
damas el raso con ambas manos porque era
grande ae boinio con él a la mesa de los ca-
sados j en alta voz dijo, que todos coa silencio
le quisieron ojr: seBora Magen9Ía, muger de
nnestro haesped Arieteneto, y madre de víenon
nuestro misa cantano: jo bebo a tj, y mirad,
señora, qae aueis de beber otro tanto del vaso
que yo bebiere eo pena que no lo caaplieado
no ajas más hijo; j si lo cumplieres, por la
bendivicn de mi San Nicholaa, auras un hijo
fuerte gentil hombre sabio como yo; j aleando
la copa bebió della casi vn azumbre y luego
cstendiendo el brago la daua a lUagen^ia di-
ziendo que si no bebia que caería en la maldi-
ción, y Uagen^ia enct^endose con gran ver"
gnen<^ reustS el raso con algún miedo que Al-
fidamas no la afroutosse; j los combídados te-
miéndole hizieron por apartarle afaera; pero
éi juró por bus ordenes que el no daua vn fia-
dor que bebiesse por ella, que se lo ania de
derramar acuestas; j el cura de San Uíguel
que era va gran bebedor dando a enteader que
lo hazia monido de piedad, dijo que él quería
beber por ella, j ansi tomando el vaso en sus
manos bebió vn terrible golpe que a jaizio de
todos igualó (*). Pero Al^idamas que cstaua ja
seutado en el sudo recostada la cabera sobre
el bra^o derecho diío a grandes vozes: mos-
tradmc el vaso, que quiero ver si cunplio con-
forme a su obl¡ga9Íon. Y lenantandose en pies
todos los pechos y zarabuelles desabrochados,
de manera que casi todo estaña desnudo, que
se le parecían las partea vergonjosas, g perdi-
do el bontte de ¡a cabe<;a, tomó el vaso en sus
manos y afirmando con juramento que no auia
cunplido el fiador amagó para mojar con el
vino que qaedaua a Magenfia, y el (') cura de
San Miguel parefiendole que estaña obligado
, , . tendiendo el brifo u dio a Mageii(,'[a,
diúendola qns ñno beaia ÍDCucreria en la pena puesta
y qne la abrá de ejecutar; j Magen^ia encogiendoM
con gran Tergaen^, diiieado que no acostumbraaa
bener, nunh el laso con miedo qaa AlridaroM no la
afronUsae; j teniendo ¡o mesmo [os combidadoa traba-
jaron poi le npnrtar foero, pero ól juró por sus orde-
- - - ■ 10 duoa »n fiador qne ben1e<«e por elU qne
ia de derramar ai
ijyelcí
afro
gual, ^ue alcanzo» buena parU desls
leaanto y dando a entender qae lo baiia pa
a la aeüora haespeda y emp^ir qae no la
Alvidamaa, pu«se«teaeleaantóde sn lagar j aalíeado
en el medio de la sala dÍKO a Alijidamax: dame acá
la copa, qae jo qaiero cumplir por la seSora Idagen-
^1a; T ansi tomando el raao en »a» msaas beuio vn
terrible golpe, qae a jaiiio de todo* ignaló.
(') G^ amago determinado de arrojar aobie Magen-
via lo que en el raso qnedó, pero el cara.
a responder saltó jw^r c,'.ma k? mesas, dexadas
8UB lobas y pantiiros, y ton-s-do (') por lo«
cabellos a Al^idama^ lo uizu ;,*) por fuer;*
bolner para sy, y Alfidamae hirió de vn tan
fiero golpe cou el vaso al :ura de San Miguel
que dándole en la frente hizo vn amyfo de
sangre y de vino mezclado que todos nos pen-
samofl anegar. Liirgo vienideíi las haxes de
ambas partes reliueltas, pw/ue tos motfabor»-
(¡itndo a Alrjdnmaa. i/ lot utrng al cura de San
Miguel que no auia •¡uien Ion pwlieete apartar.
Porque contra Al?idaiiia» s» liuaataron Her-
mon, cura de Sanrto Ttnxiié, y Encrito cura de
San Dionisio porqur e^tauan injuriados de las
afrentas qne let: auiít iii^h'i, y tanbien Ensto-
chio cura de San Miirtiii por que te attia dicho
Alqidamas que fi¡ aiJia acabado Je jugar el ose-
gor y afilador que .su padre le dcxó de la c^
necería; y ansí tstos se tuuuiituron licuando los
manteles tras sí; y en favor de Al^idamas se
leuantaron el cuia de San Juan j el cura de
Sancta Marina j el cura de San Pedro j el
sacristán de San Miguel.
Mi<;[LO. — íQué, tanbien estaua alU el sacris-
tán de San Miguel? jo seguro que no faltaasen
uozes.
Qallo. — Alli vino cou grande importuni-
dad; que en vna silla te tmsieron porque es-
taña enfermo {'), Reboluyeronse todos traba-
dos por los cabellos que no paremia amo la
pelea de loB andabatas. Uigo de aquellos que
entran ea el palenque a se matar sin poderse
vnos a otros ver. Andauan los xarros, los sale-
ros, las sjUas y vancos arroxodos (*) de la vna
parto a la otra tan espesos quecubriaaelsol(').
En fin se leuantaron Aristeneto y el padrino
Cleodemo, j el prior y el guardián, y en con-
clusión todos aquellos maestros y sabios, y de
la otra parte los casados, avnqne estaian con-
fusos de ver lo que passaua. Los quales todos
metiéndose en el máiio los apartaron y posíe-
ron en paz, y llenaron Inego a curar al cur» de
San Miguel, parque Ált¡idamat le descalabra
mal quando con la copa le dio. Luego Al^ida-
mas se tendió en el suelo que paremia a Hercu-
les como le pintan los antiguos en el monte
I') G., tomó.
("i G., j hiíole.
n G., j EntCochio, cnra de San Uartin, porque
a lodos ania injoríado con sne donajrea; y por «1 con-
trario, en fabor de Atvidaniaa, por ser sus Tenaos v
amigos Tiejoi se lenantaron el lacrielaQ de Sao Mí-
guelj et cura de San Jnan j el cora da San Pedro
y el cnra de Santa Uarina.
Ml^lLO.— Que, alli vino oí cnra de San Podro? do
faltarían gargaijoa y ímportanidad on in Tejez.
Gallo — Allí riño con asco y deigra^ta de todos;
qne en Tna lilU le trazieron porqae eatana may ea-
!() G., arroiadaa.
') G,, como granito.
EL CROTALON
225
Phc:<> acabando Je p:'lear con aquella brauosa
hyd.i.t, «íi^rpc ÍHuiosa, y muy sosegados, ygua-
ladas )as mesas se tornaron todos a sentar y
luego a Zimotheiiio maestro de la gramática
coro'*nvó a cantar vna ensalada de (') roman9e
y de latin que ne^esitaua a 9errar las damas los
ojos y avn las orejas tanbieu (*), por no ver
peruertida la grauedad de tanto maestro, Pero
como es costumbre en los tales lugares en el
proceso de la comida cantar los clérigos seme-
jantes donayros a su misa cantano, no pare^'e
que les hazia asco aquel lenguaje a sus palada-
res: porque si (•) vno ¡o comen^aua 6U9Í0, el
otro lo ensn^iaua mas; y ansi acabando Zeno-
themo su canción prosiguió el cura de Sancte-
sidro con toda su vejez vn cantar que no ay
lengut. tan desuergon^ada que fuera de alli le
pueda referir.
MigiLC— 3/aW/7a aea costumbre tan mala
y tan corrupta y deshonesta^ y tan indigna de
bocas y lenguas de hombres que han de mostrar
la regla del buen hablar y vivir, Xo se deurian
en esto los perlados descuydar.
Gallo. — En esto (•) auia en la sala mucha
paz, porque ya Al^idamas se comento a dor-
mir, y por las partes inferiores y superiores
comento a roncar con gran furor. Entonces
dixo el prior: salua res est: y de consejo de
todos fue que le atassen pies y manos por po-
der passar su fiesta más en paz, y ansi se le-
nanto Dionico maestro do capilla de la iglesia
mayor con otros seys cantores que estañan alli,
los quales todos puestos en calcas y jubón le
ataron (') fuertemente las manos y pies con
vn cordel.
Mi<7iL0. — Nunca de cantores se pudo tan
buen consejo esperar.
Gallo. — "Ni por esto Al^idamas despertó.
Dionico con sus seys compañeros quedando
ansi en medio de las mesas desnudos como es-
tañan (•) comentaron a cantar y vailar: can-
tauan cantares del mesmo jaez y peor, y des-
pees ^alebraron la fiesta que dizen de los ma-
tachines, hazian puestos y visajes tan desuer-
gon^ados y subios que avn acordándome agora
estoy por bomitar. Porque en el proceso de su
dan^a se desnudó el maestro Dionico hasta
quedar en carnes y vinieron los compañeros a
poner sus bocas, rostros y manos en partes y
lugares que por reneren^ia del sacerdocio de
que eran todos señalados no lo quiero dezir, y
avn no me querria acordar. Pues como estos
f
{*) G., en.
[^ G., a qae las damas 9erra.<t^Q las orejas y avn
los ojos.
(') G., y ansi a este tono si.
{*) 6., este tiempo.
(*í G., con vna cnerda
(*) G., de la sala, comenfaron.
ORÍOINSS DE LA N0VBL\.-r-15
acabaron su sucia y deshonesta (') fiesta so
fueron a sentar cada qual en su lugar: y co-
niencaron de nueuo (*) el comer y beber, que
avn no se auia dado fin porque de nueuo los co-
mencaron a seruir.
MigiLO. — Dime por tu vida (•) gallo: desto
todo que estos clérigos hazian, que sentían y
dezian {}) los casados?
Gallo. — Todos dexaron (') de comer y nii-
rauan en los clérigos con gran atención. Las
dueñas con sus pañizuelos fingiéndose limpiar
del (•) sudor cubrian su rostro no queriendo
de empacho ver aquellas sucias desuerguencas
que en joglares fueran notable deshonestidad.
Estando en esto que todos comian y callauan C)
entró vn mochacho en medio de la sala , y sa-
ludando con el bonete en la mano a Aristeneto
en alta boz le dixo: Señor Aristeneto, mi amo
Etemocles, cura de Sancto Eugenio me mandó
que delante de todos quantos están en este
combite te lyesse este carta que te embia: por
tanto mira si me das licencia. Aunque Aristi-
ueto pensó si seria bueno tomar la carta al mo-
chacho y después leerla, en fin de consejo de
todos aquellos varones granes que estañan a
los lados se le dio licencia para la leer, y prin-
(;ip límente porque todos la deseauamos oyr\ y
ansi el mochacho en alta voz, callando todos,
comencó.
CARTA DE ETEUOCLES A ARISTENETO (*)
Muy noble Aristeneto. Este tu Etemocles
antiguo capellán y padre de confession, como
a hijo muy querido te enbian a saludar, y no
quiero que tengas presunción que por esto que
te escriño y a tal tiempo sea yo muy cobdicioso
de combites, porque de mi vida pasada, y de
otras vezes que ya me has combidado temas en-
tendida mi templada condición, y tanbien lo
tienen mucho antes bien conocido de mi otros
nmy más ricos que tú que de cada dia me com-
bidan a sus cenas y comidas, y las reuso por-
que sé bien los desmanes y desbarates que en
semejantes congregaciones y lugares se suelen
ofrecer. Pero agora mueuome a te escreuir por-
que como me has hecho la afrenta publica, y en
ese lugar donde estás, es mucha razón que
publicamente y en ese lugar donde estos me
Cl G., de santoricada.
('j G., y procedió el
(s) G., por mi amor.
(«) G , hazian.
(>) G., dexauan.
(•) G., limpiarse el.
(7J G., sncias maneras de festejar, porque avn vi-
les loglares se desdeñarían tratarlas, por no perder
creaito con el anditorío. Estando en esto que todos
callauan.
(*) Falta este epígrafe en el ms.
226
ORÍGENES DE LA NOVELA
aja ( * ) de Ratisfazcr. A todos es notorio, se-
ñor Aristcneto, ser yo tu confesor desde que
agora diez años te quisiste morir. Que publico
fue en esta ^iudad que yo solo hallándote vsu-
rero publico cambiador, porque no te negassen
la sepoltura sagrada como a tal, te hize prestar
cau9Íon, y pregonar publicamente que porque
estañas en el articulo de morir Tiniessen a tu
casa todos quantos a tu hazienda por canbios, o
intereses vsurarios tuuiessen hazion y derecho,
que tú se lo querias restituir; y como éste
fuesse tan famoso consejo y mico para tu sa-
lud fue por todos devulgado por consejo de
mí (*) que era tu confessor, y después que tú
tornaste a conuale^er corrí peligro en (•) mi
honrra por verte todos a boluer a canbiar, di-
ziendo tener la culpa yo (*) ; y esto todo sufrí y
passó por conseruar tu buena amistad, y es pu-
blico que yo solo contra todo el común sustenté,
que en nonbre y como criado de otro podias
Tsunir no ysurando por tí; y agora sobre todas
estas mis industrias (') y publica amistad has
procurado en tu combite nueuos amigos, de
hombres que avnque mil vezes les (•) des de
comer no auenturarán por tí sus con9Íen9Ías
como yo. Sino pregunta al prior y al guardián
y a los otros letrados y curas que tienes ay,
cómo te sabrán sustentar, cómo se puede su/nr,
sin ser publico vsurero ser en ferias, ni avn en
la i^iudad cambiador? Pues bien sabes que esto
yo lo he defendido al perlado por ti. Pues
acuérdate que tienes tú ,publicado en esta lin-
dad, que tienes Tcynte mil ducados por mí;
porque ( -'•) confessandome tú que los auias ga-
nado con 9Ínquenta mil marauedis que tu sue-
gro en dote te dio, lo (*) poseyas tú por solo
no te los mandar yo restituir, lo qual todo era
injuriarme a mí; pues, (•paro9ete que con (•)
todas estas cosas me das buen pago de nuestra
publica amistad? Paróleme a mi que no; por-
que en fin no han de pensar sino que en mí ay
méritos de tu ingratitud, y por tanto te pido
que pues publicamente me afrentas sin darte
yo a ello causa, publicamente me hagas la sa-
tisfa^ion, todos quantos tienes en ese (^®) com-
bite me buelue (**) en mi honrra; sino de aqui
protesto que ni ante Dios ni ante los hombres
en mi vida te lo perdonaré. Al mochacho man-
IM (i., ajrae.
(') (i., mió,
(^) G., fue infamado con peligro y jatara de mi
lionrra.
(*) G.. que tenía.
(■) G., ¡ninrins.
(•) G., lo«.
(^) diziendo tú a todos que.
(») G., loe.
(») G., en.
(«0) G., ay cutan en to.
(<<) G., buclaafl.
I
dé que aunque le des torta, «» xarro de vino, o
capón, o perdiz, o pernil de tozino no !♦» (')
tome, so pena que le daré de cozes y se lo haré
boluer, porque no pienses satisfazer con tan
pocas cosas tan grande injuria como me has
hecho. Ni tanpoco te puedes escusar diziendo
que te oluidaste por auer mucho tiempo que no
me viste, pues ayer te hablé dos vezes; vna a
tu puerta pasando yo, y otra en el templo de
Sanctiago donde yo fue a dezir (*) misa y tu
f ueste a oyrla ('). No alargo más por no ser
molesto con larga carta a los que procuras ser
gracioso con tu combite, del qual salgas tan
prospero como yo satisfecho de mi injuria. —
Vale.
Como el mochacho ouo leydo la carta se la
demandó Aristeneto y le dixo: anda y dy á tii
señor Etemocles que ansi lo haré como me lo
enbia a mandar: y ansi se fue el mochacho que-
dando la carta en Aristeneto, la qual le deman-
dé para leer, que la deseaua ver porque á nii
parecer es la más donosa que yo nunca vi. Es-
tando todos murmurando (*) sobre la carta cada
qual según su ingenio, los vnos (') la loauau
de aguda maliciosa; otros dezian ser ne^ia;
otros acusauan a Etemocles de hombre glotón,
por se afrontar por no le auer combidado a co-
mer. En fin, estando iodos ocupados en esta
diuersidad de juizios, aunque la mayor parte y
de los mas cuerdos fue que fue escripta con
animo de afrontar a Aristeneto, estando todos
ansi entró en la sala vno de aquellos chocarreros
que para semejantes cenas y combites se suelen
alquilar, disfrazado de xoglar, y con vn laúd on
la mano entró con vn puesto tan gracioso qm*
a todos hizo reyr, y con admirable (*) indus-
tria comencó a dar a todos plazer. Representó
ingeniosamente en portogues el sermón de la
batalla de Aljubarrota C), en el qual dixo co-
sas muy graciosas y agudas con la procesión
del (/aeri>ü de Dios. Después que este ouo n»-
presentado su habilidad se salió y entró otro que
por el semejante traya oti-a dif feren<?ia de agra-
ciado disfraz y en la mano vn laúd y alliant^.'
todos representó vn gra9Íoso coloquio en cua-
(•) G.,lü.
n G.; dixe.
(*) G., la oyste.
{*\ G., comencaron todoA a mnrmarar.
(*) G., y nos dezian qae ora aguda, a lo menos \on
amigos de Etemocles, y dezian que era moy sabía-
miente escripta, que bien paremia ser de letnulo. Ixis
contrarios dezian que no eru muy cuerda y acnsauan
a Ktemocles de hombre glotón y dezian que la auia
escripto como afrontado por no le a ver combidado a
la ñesta y comida. Estando...
(") Cr., graciosa.
(^) G., representó ingeniasamente la pro^-cí^ion que
hacen los portugueses el día de Corpus Cnsti y pre-
dicó el sermón que ellos suelen predicar el dia que ce-
lebran la batalla del Aljubarrota.
EL CROTALON
2i>7
tro lenguas: ytaliana, española, francesa y por-
tuguesa; en el qual con grandes donayres j en-
tremeses mostró yn tema que propuso provar:
que los y tállanos parecen sabios j sonlo; y los
españoles parean sabios y no lo son; y los
franceses parean locos y no lo son ; y los por-
tugueses parean locos y sonlo. Fue juzgado
por todos por ingeniosa esta representación por
orden, comen^ndo del misa caniano, padre y
padrino, no perdonando frayles, clérigos ni ca-
sados; y aunque a vnos era gracioso y apazi-
ble a otros fue en esto molesto y enojoso y
aun injurioso. De lo qual reyendo algunos Q)
donayres se comcn9aron entre si a alborotar en
tanta manera que dieron ocasión a que desper-
tase Al9Ídamas de su sueño y elevamiento pro-
fundo, y como despertó y él se echó de ver ata-
do, y vio que el xoglar se reya con todos y to-
dos del ('), dixo con vna boz muy horrenda lo
que dixo aquel Syleno; Soluite me; y ansi el
xoijrlar dexando en el suelo su (•) laúd enten-
dió en le (*) desatar, y como Alcidamas se vio
desatado arrebato (*) del laúd antes que el xo-
glar le pudiese tomar, y dale tan gran golpe
sobre la cabera con él que bolandole en infini-
tas piezas dio con el xoglar en el suelo sin jui-
zío ni acuerdo de si, y con el mástil y trastes
que en la mano le quedó como vio que sus
tres enemigos se reyan arrebató del, Ermou,
Eucrito y Eustochio curas antiguos y muy
honrrados dio a cada vno su palo que a todos
descalabró mal, y de aqui partió para la mesa
principal y hirío al guardián y prior, y ya eran
levantados los amigos de los tres heridos que
se venian para Alcidamas a se vengar; y de la
otra parte el xoglar que bolviendo en si tomó un
palo que halló a vn rincón y haziendo campo
por entre todos viene rostro a rostro con Alci-
damas tirándose muy fuertes golpes ambos a dos.
Vieras un consagrado sacerdote cura dar y reci-
bir palos de un xoglar; cosa por cierto digna de
lagrimas; y porque todos esüivan injuriados,
qual del vno, qual del otro, no auia quien en-
tre ellos se quisiesse meter, ni avn osauan (•)
por no tener armas con que los despartir; tanta
era la furia con que se herían y andauan tra-
liados, Arrojauanles los manteles, sillas, van-
óos, vasijas. Vieras vna. batalla tan sangrienta
y trabada qual de la Pharsalica C^), puedes ima-
.^inar. Las mugeres y niños dando gritos echa-
r.
(*) G., después tañendo con ru laúd comencó en co-
la de repente a motejar a todos qnantos estañan en
a mesa, sin perjudicar ni afrontar a ninguno, y re-
yendo donayres.
C\ G., con el.
(') G., dexando el.
ÍM G., procuró por le.
»i G., tomo.
(*i G., osasse.
n ^'t y <^^®1 como de la Farsalia.
ron a la calle a huyr, |)or lo qual alterado iodi>
el pueblo acudieron (*) a los socorrer. Despar-
tidos todos hallamos que estando trabados Al-
cidamas con el xoglar le auia rompido la Uk'o
y descalabrado con el laúd (^): pero el xoglar
arrancó a Alc-idamas con la vna mano vn gran
pedazo de vna oreja y con la otra mano le
arranoaua la nariz. De todos los otros curas,
no quedó hombre sin sangpricnta herida par-
ticular, qual en la cabera, qiuil en el rostro<
qual en otra parte de su cuerpo, y siendo todos
presos por el eclesiástico juez se sentenció nin-
guno auer incurrido en in'egiüaiidad, porque
aueriguó ninguno estar en su libre poder y jui-
zio. Pues plazio a Dios que echados fuera ár
la sala todos los heridos, porque todos fueron
embiados a sus casas a se curar y luego quedó
sosegado todo el campo. Que esto tiene de
bueno esta gente sacerdotal: que tan presto
como la colera o fuego los enciende y se eno-
jan, tan presto son desenojados: y cualquiera
persona que se meta en medio los hará amigos:
por que dizen que no puede en ellos durar ene-
mistad poixjue ganan de comer en offício que
no sufre enemigo; que es dezir misa. Y ansi A
sacerdote cuando ryñe, no tiene más que el pri-
mer golpe, del qual sino hiere, sed seguro que
no tirará más. Pero como no estaña avn asen-
tado lo bebido y cada momento bebian más tv-
nian avn los ánimos prestos y aparejados por
qualquiera oportunidad a batalla. Y ansi Clett-
demo que estaña al lado de su ahijado Zenoii
boluieudo a la carta de Etemocles, porque sin-
tió afrontado a Aristeneto, y avn a aquellos re-
ligiosos que junto a si tenia dixo: ¿Qué os pa-
rece señores de la elegancia de Etemocles en
su cscrivir? piensa que no entendemos su in-
tincion y dónde va a parar su eloc|uencia. Por
cierto sy Aristeneto le embiasse agora vna ga-
llina (') y vn xarro de vino con que le mutasse
la (^) hambre yo le asegurasse su (') amistad.
En esto Zenothemides que era cura de 8an
Leandro que tenia la perrocha junto a la de
Sancto Eugenio respondió por su vezino Ete-
(*) G., acudió.
O ^t y que el xoglar auia dado a Alcidamas con
el palo yn gran golpe que le descalabró mal. De ma-
nera que todos aquellos curas fueron por el semejante
heridos, qual en la cabeyo, qual en el rostro; por lo
2ual fue necesario que todos los llenassen a sus po^-
as a los curtir. Fuen echada toda aquella gente arrÍM- ,
cada f ueru de la sala, se alearon las mesas y se tomn-
ron los que quedaron a sosegar. Pero como el diablo
nnnca sosiega de meter mal y dar ocasión a qne^ m-
ceda siempre peor, su^dio que Cleodemo, padrino,
boluieudo a la carta de Ktemocles, porgue sintió afron-
tado a Aristeneto y avn a aquellos religiosos que jun-
to a si tenía, dixo: ;qué oe parece, señores, de las ele*
gantes razones de Ktemocles?
(S) G., torta.
{*) G., el.
(•) G., la.
228
ORÍGENES DE LA NOVELA
nioí'los, y dixo: por cierto, Cleodemo, mal mi-
ras lo que dizes, pues sabes bien que a Eterno-
cíes no le falta muy bien de comer y beber, y
que no tiene necesidad de la rabión de Ariste-
neto como tú. Dixo Aristeneto: señorea no ri-
ñáis, 7it toméis passion: por cierto la carta fue
muy buena, elegante, que muestra bien ser de
letrado (•), yo me conozco culpado, y (*) pro-
testo purgar mi pecado satis faziendo a mi acree-
dor. Dixo Cleodemo; por cierto poca obliga-
ción tiene Zcnothemides de responder aqni por
Etimoclides, pues si aqui se le huniesse hecho
injuria en lo quo yo he dicho auria muchos que
respondicssen por di; y no me marauillo que
responda Zcnothemides por él, pues ambos tie-
nen hecho concierto de no enterrar los feh'gre-
ses muertos (^) sin que primero le enbien pren-
da por el tañer y sacar la cruz. Respondió Ze-
nothemides; por cierto peor es lo que tú hazes,
Cleodemo, que los tienes en la carmel hasta que
te hayan de pagar (juexandote al juez; y di-
ziendo esto se leuantó de la mesa donde estaña
sentíido y se vino para él; y Cleodemo cenia
la copa en la mano que queria beber, y dixole:
Zcnothemides, en esa arte es más cic^rto, Cleo-
demo, que morirás tú que no piloto en el mar;
que 2í\iú tienes tú finquen ta cof radias en esta
9Íudad que en todo el año no vas a tu casa a
comer. V como Cleodemo tuno a Zenothemides
junto a si le arrojó todo el vino acuestas, que
todo el rostro y cuerpo le inchó del; luego Ze-
notliemides rompiendo por la mesa tomó a Cleo-
demo por los vestidos y sobrepelliz y le truxo
al suelo sin le poder ninguno quitar. No pare-
mia sino garza debajo del halcón. Daua el des-
uenturado grandes vozes diziendo: que me
mata, que me ahoga; váleme Aristeneto y Ze-
non; y aquellos religiosos se le quitaron, que le
mataua; y cuando debajo salió no tcnjfl.i¿üma^
ni aun hueso en ftu_hlft«j:j.-El rostro todo ara-
ñadoy un ojo casi fuera, del qual se sintió muy
lastimado y fué ne9esario que luego le llevas-
sen a su casa á se proueer, y hizieron que Ze-
nothemides se fuese tan bien, pensando que la
JustÍ9Ía acudiera alli. Pues purgada la casa de
todos aquellos arriscados y belicosos curas, por-
que todos fueron de tres recuentros heridos y
sacados del canpo, como te he contado... (*).
(') G., que la carta venia elegante muy cuerdamen-
te escrípto y como de letrado.
(*) G., por lo qual.
(') G., principümente porque en lo que yo he di*
cbo ninguna injuria le hize, pues de todoa es conocido
Etimoclides bien de quantos aqui están, y no me ma-
rauillo que responda por él, pues ambos tienen hecho
liga y monipodio en el trato de sus feligreses, y ansí
an jurado ambos a dos de no enterrar a ninguno en
su leliopresia.
(*) G., le dio con la copa de vino en el rostro, que
le ennistio todo del, y luego Zenotemides tomó a Cleo-
demo por la sobrepelliz y le truxo al suelo y hisole I
MigiLO.— /No supiste si el perlado los cas-
tigó.^ Por(¡ue (¡ierto en vn tan desuaratado acón-
terimiemto auia con grandes penas de proueer.
Gallo. — Supe i/ue ese otro dia los ama el
vicario llenado a la cari^el a todos y que se
senten*;ió que ninguno auia incurrido en irre-
gularidad ^ porque se aueriguó ninguno estar en
su juizio y libre poder, Pero en fin a cada rno
del los condeno qual en seys ducados, y a otros
a diez para la cámara del obispo que la tenia
necesidad de se trastejar.
Mi^iLO. — ¡O que' cosa tan jufta fue!
Gallo. — Pues quedando la otra gente del
combite ansi muy confusos y marauillados (')
de ver su poco sosiego y templanya y mal exem-
plo (*), todos los seglares se salieron cada qual
con su muget* sin saludar al huésped ni ser sen-
tidos de alguno. Luego Dionico maestro de ca-
pilla y todos sus compañeros pensaron enten-
der en algún recolijo (') por lK)luer la fiesta a
su deuido lugar, y como la comida fne acabada
y el misa cantauo echó (*) la bendición y ora-
(¡ion de la m¿ssa^ llegó (') Dionico (•) con la
mano llena de tizne de vna sartén y entiznó Q)
todo el rostro del misacantano que no le quedo
cosa blanca, y como no tenia padrino le toma-
ron por fuerza y le sacaron (•) de casa a la
puerta donde estaña el medio pueblo que era
llegado al ruydo y vozes de la batalla pasada
y vistiéronle vn costal abierto por el suelo que
se acabaña de vaciar de (*) harina, y salió Dio-
nico á la calle en alta voz diziendo: Kcce homo.
Todos prosiguiendo gran grito y mofa le tira»
uan trapos SU9Í0S y puños del 9Íeno que estaña
en la calle, que me hicieron llorar.
MiviLO. — Por cierto con mucha razón (*•).
Gallo. — Pues ansi le subieron en vn asno
y le llenaron con gran denuesto por toda la ciu-
dad 0«).
MigiLO. — Pues en el entretanto, ;qué hazias
tú? («).
dar con el rrntro y cabe<;'a en yn vaneo, de que mal le
descalabró. Kn tí n los íraylcs y mv^ cantauo y los de-
mas los apartaron, y fue neyesario que Cleodemo se
fuesse luego a su coíia a curar, y tamoien Zenothemi-
des^ se fue. Pues purgada la casa de todos nnuellos
arriscados y belicosos capitanes, porque todos lueron
de tres recuentros heridos y sacados del campo, como
te be contado...
(*) G., enbolie^'idos.
y) G., yer en gente de tanto exemplo tanto dc«^man.
(') (¡ , pensaron que hazcr.
{*) G., como fue echada.
(*) G., liémosse.
(*) G., Dionico al misa cantauo.
C) G., entiznóle.
(*) (t , y llenáronle fuera de.
(•) G , del.
(«0) G., homo. MisgiLO. Tropriamente lo pudo
dezir.
(<«) G. todo el luffar.
(**) G., Díme, gallo, en el entretanto que estas cosas
pasaaan, ¿quo penaauas tú?
EL CROTALON
i'áO
Gallo. — En -I i niri-iiiiiin -.^.c estas cosas
passauaii, qiit- !■' fciig" i 'tiU.K.. 'ntaiu jo en-
tre mi pei)gaii<l() ni ras ni.^lins ('), Lo primero
qiie considci'uua ora ()i[i.! ii-iu.'l nueno Tugido
por BaferdoU' i-fiTi'seiHií;ia al \it. ladero Cristo
Sacerdote eterno segan el orden de Mclchise-
dech, y allí en aquel nial tratamiento se me re-
prescutú todo el <iue Ci'isto padeció por mi en
sus vituperios, injurias y tormentos; en tanta
manera que no aic pude conti'ner sin llornr, ;
dolíame mucho porque era tanta la ^egncdad
de aquellos vanos sa^eitlotee que sin teniplauga
alguna proseguiaii en aqueüti vanidad con tan-
ta disolución, perdida la iiiagestad y retierencia
deaida a tan alta dignidad y representación de
nuestro Dios, y para alguna consolación uiia
pense sor aquello como vexamen de doctor; por-
que aquel aneuo sacerdote no se ensobcrnezca
por ser do nueuo admitido a tan (elestinl (*)
dignidad y después desto considerana en todo
lo que en la comida aiiia pror.edido entre aque-
llos qne tenían el titnlo y prelieminen^ia en la
anctoridad y s^ien^ias (') pensando que no ny
cosa mas preciosa en las letras (') que procurar
el que las estudia componer la vida i;on ellas,
ponjue no veo cosa in¿s común en el vulgo que
los que de la virtud más parlan estar m¿s lexoa
del iieclio; y después veníame a la memoria
qiian corruptos están en las costumbres los ijuc
tienen obligación a dar buen cxemplo. Consi-
derana quanto pliilosoplio, religioso, cura y sa-
cerdote estaña allí, tan distraydos en el recogi-
miento, que si los vnos Iiazian vajezas loe otros
las deziaii muy ninyorefl, y tantii que ya no po-
día echar toda la culpa al vino y comida quando
oy y ley lo que esiando ayuno escriuio Etímo-
cles. Parecióme en alguna manera aquella carta
a lo que íabulosaniene cuentan los poetas de la
diosa Erido: que por no ser combidada a las
bodas del rey Peleo hcclió on medio de las me-
sas aquella mañana que después fue causa de
aquella brauissima y meninrable contienda tro-
yana. Enfin todas las cosas me parecían que
estañan alli al reucs, porque via alli una mesa
ilü feligreses, casados ydiotas populares, callan-
<to j comiendo con mucho orden y tenplan^s,
que ni con el vino hablauan, ni en el puesto ni
meneo mostrauan algún desciiydo deshonesto,
j solamente so reyaii de aquellos que hasta en-
tonces por solo el hábito, estado y opinión ve-
ueranan lionrrauan y obedefian pensando que
en sí fuessen de algún valor y precio: y agora
se acusan por verdaderos ydiotas cngañculoa,
pues ven por experiencia desto sus desmanes,
sil poco recogimiento y poca vergüenza. Quan-
(') (i.,cosattec«lebraiianpi
(») G-, alta.
I>) Q., Ittnut.
(<) G., ellai.
iichai.
do los ven tan desordenados, descomedidos en
su comer y beber, tan infames y disoluti>s en
sus injnriaa, con tantas vozes y gritn por tan
fáciles y ligeras ocasiones venir á las manos y
caballo; y sobre todo me admiran* ver aquel
monstruo de naturaleza Alcidamaa cura de San
Xicholas tan desbaratado en su vibir y cristum-
brcs, obras, conuersacion, que nos d«xó confu-
sos y admirados a quantos estañamos alli. Sin
empacho ninguno de las dueñas haiiia cosas de
su cuerpo y partes vergoncosas, y dezia de su
IcnfíUB que avn avria empacho de lo desiir y ha-
zcr vn muy profano joglar.
Mii,iL0, — Por cierto que me has admirado.
gallo, con tu tan horrenda historia, o por mejor
dczir, atroz tragedia, ¡(juán común cosa es fal-
tar los hombres de su mayor obligación! Supli-
quemos n nucsto Señor los haga tan buenos
que no herremos en los imitar, ff merengan can
tu oficio inpetrar gracia de nuettro St&nr para
si, ¡I para noí, y atiinemo^ de oy iíiíÍí a todot lo»
perlados que pues en la iglesia son pantorn
desle ganado no permitan r¡at «n tos tales aiK-
los i¡ relebridades d'- misa» nueuas aya fsloi
ayuntamienton, porque no censan a tanto des-
Gallo. — Ya, Micílo, quiero desar guerras y
contiendas y heridas y muertes de honbrcs con
las cuales te lie escandalizado hasta aquí, y
quiero que a;tora oyas la más alta y más fclíci-
s:-ima naucgacíon qne nunca a honbres acon-
teció. En fin oyras vna admirable rcntum que
te quiero contar, la qual juntamente con el pros-
pero suceso te dará tanto deleyte qne lipli,rará8
grandemente de le (') oyr; y pues et ya venido
el dia abre la tienda, que en el canto ^ue se si-
gue lo oyras.
Fin del de/^imo séptimo canto del gallo.
ARGUMENTO
DRL DEt.'IUO OCTACO CANTO D
Mii,'iLO. — Pues por tu buena uentiira, gallo,
o Pitkagoras, o como más te quisierts Humar,
de todas las cosas tienes esperien^ia que en tí
rielo 1/ en la tierra pueden acontecer agora: yo
deseo mucho de ti saber me declares vna admi-
rable dubda que grancmcntc atormenta mí spí-
ríf 11 sin poder hallar quí^n me satisfaga con bas-
tante respuesta. , 'De d¿ndc prouiene en algunos
m G.. lo.
(■) G , Tcrdsd del mundo.
230
ORIÜENES 1»E LA NOVELA
riia inso^blc coliclicia de mentir en qnanti> ha-
tilaa, en tanU manera que a st mesmoE con su-
mo dcleyte se laborean, como sepan que todo
es vanidad qnanto dizen, y eotí sunin crficayia
tienen en aten9¡on los siiinios de los oyenteR?
QáLLO. — Mochas cosas son jo Micilpj las
>iue fuerfan algunas Tezes los hombres a men-
tir. Comu es en los belieosos j houilires de gue-
rra se tiene por ardid saber con mentira enga~
iUr ni enemigo, como en esta arte fue muy sa-
IftT. y ¡uduBlrioso Ultses; j tanbien lo Tsan los
cobdi'^iosos de riquezas j lionrras mundanas por
Tender sus mercaderías y auentajarsc en sus
•'ontratapiones. Pero avnque todo esto sea ansí
(c ruego me digas ja ocasión que a saberlo te
Mueuef
Mi<;ii,o.— Todo eso se aiiFre que me has ái-
<-ho por ofrecerse en sfos casos intereses que a
mentir os (') mneue. Pero donde no pc les
ofrece interés de más que satisfazer (^) su ape-
tito. ;de diínde les viene la iiiclinai^iou a tnn ne-
fando y odioso VÍ9Í0? Qne ay hombn^íi qnc en
ninguna cosa ponen mis arte, cujdado y in-
dustria que en mentir sin algún Ínteres como
al presente te quiero contar. Itien eono^'Cfl a
I>oraoplion nuestro veziiio.
(íali.o. — ¿Es este rico qitc está en nncBtrn
Tozindadr
Mi'.iLO. — Ese mcamo. Va Babes que abrá
■•ello dias que se le mnrío su ningor. Pues a
esta causa por ser mi vexino y amigo que
Kionpre nio combidó a sus <;Mtas y celebridades,
quisele yr la noche passada a visitar y «■onsolar
Oai.lo. — Antes anias de ib'zir (*) a le líar
la buena pro haga.
Mli.'iLO. — Puea iiiiiiinuie dii;ho que con el
Kiitu pe:^sur que teniíi de la muerte d>> !=ii uui-
^er estnim i-nfernio, y ausi le halle en la rama
muy afli;{Í(Ii) y llorando, y como yo entré y le
siiludé nii: r<.-9Íbio «ron alguna lilieralidad uiau-
duudome sentar en vna silla que tenia uniy cer-
ca de si, y (le8puei< que lo vi» dÍeho ajueHnB
palabras que se suelen dezir en el común; se-
ñor, pessanie do la muerte de vuestra miiger y
de vuestro ma!; coméntele a inporlunar me di-
xease qué era la causa que de nucut) le liazia
verter Ingrimas auiendo ya algunos días que se
le nuia muerto la muger. A lo qual nic ri'sjiun-
did, que no se le ofrecía eosn que más nueua le
fiies-c que nuersele muerto la muger, su com-
paúera la que íl tanto amó (•) en esto vida y
de que tanto se deuia perpetuamente ueor-
dtir ('), y dixome que estando alli cu su cama
(*) G , «aber.
(^) G, Muí propiamente ilixeni.
[*) G-, aniAUA
I') U., que porpetiiamente «e <i«ni« aeordor della.
solo la nocht pastada tai considera-:^ ion de la (*)
soledad y misma qne lu qnedana sin su (*)
«moda Felicia, que ansí se llauíau» su muger,
pessandole mucho por aiiola desgraciado O
poco antea de br niucrtí* ('), p<irqne rogándole
ella que le renouosse viertas joyas de oro y fal-
drilloH que ella tenia de (') otro tiempo, no lu
nuia licclio, y que estando muy apesarado pen-
sando en exto, por no It avfr complatido le apa-
rento ]<'dÍ9Ía increpándoles porque autendolc
sido en todo muy cunplido y liberal, auia sido
muy corto en lo que más lia/ia (*) a su honrra,
porque en su entierro y obsequias do la auian
acompañado oí cabildo mayor y cantores con
música, y porque no la auian tañido las cam-
panos cou solenidod, que llaman enpino, j que
la llc-uaron al tenplo en i'uas comunes andas
auiendola de llenar en ataúd; y otras cosas dixo
del paño que encima de si lleuaun C), si era
de brocado, luto o seda. Lo qnsl todo parc^iEU-
dome muí/ grandes disparates y liiiiandades me
reí diiiendo que se consolasse mucho, que Lmcn
remedio tenia tornando de iiueuo a hazer lus
obsequias; y por pare^erle que yo no lo crcya
lo traiMÍú apoyar con grandes juramentos, y
por que ria que mientra él más jiiraiia yo me-
nos le creya, se leuautú en camisa de la cniíia y
so abajó inclinado de rodillas en el suelo seña-
lándome con el dedo las señales de sus pies que
olli MOÍa dexado y imprimido, y estaua todo el
suelo tan llano y tan igual que no se hallara vn
cabello de differen^ia aunque tuuiersdes ojos de
liu(;c; y ansí por me persuadir su sueño se tor-
nó a la cama donde sentado y mandándose en-
corporar de (') almohadas </r;e le tiiuiesgen pro-
medio eu cosas tan monstruosas y tan sin orden
orírco i/e su sueño ¡/ vigion, y en loor de íh
mujer (¡uf tío huvicra (*) en el mundo tan viino
juizio que las creyera ("), liasta que quebrachi
la eabe?a de le oyr (") me despi-di del y me
vine ('^) ac(«tar.
U.tLLo. — Verdad es ¡o, Mi^ilo! que esas co-
sas que Demiiphon a/f te eonto no son á>-
creer de razonable jiiiziu, porque ya te he dicho
lo qne en la bnelta de los almas de los delnuto:!
ay ("}. Pero mira bien no incurras tú en vu
genero de increílnlidad que tienen algunuj
(') (i . »a.
yi G., y de su umaila.
C) por roa ile9¡;ra(ia ^ua le aujn bccho.
{*) Q, antes que muño, t M qiií.
(>) Chcehiua.
i' I G.p toraua.
(') G., que laa andas cubría.
<") li , de RSH TasidadtK.
i") G., a acoaUr.
("} G., leilixeloqueay ci
ajiiujas de IcM dcfnntw.
, verdad a^eica <le 1u>
■ •
EL ( lioTAI.ON
281
hombres, que ninguua cosa les dizeu por úk.mI
y comnn qne sea que la quieran creer; ]kt«»
marauillandose de todo, se espautan y santi-
guan y todo dízen que es mentira y monstiim-
sidad. Lo qual todo es argumento de poca cs-
perien9Ía y sab'U'. Porque como no han visto
nada, ni han leydo nada, qualquiera cosa que
de nneuo vean les parece ser hecho (}) por arte
de encantamiento o embay miento, y por el se-
mejante, qualquiera cosa quo de nueuo oyan
y (*) les digan se encogen, espantan y admi-
ran, y tienen por aueriguado que la fingen
siendo mentira por vurlar dellos y los engañar.
Pero los sabios, los que todo lo han visto, los
que todo lo han leydo, todo lo menosprecian,
todo lo tienen en poco, y ansi passando ade-
lante lo ríen y mofan 1/ tachan y reprchendei),
mostrando auer ellos visto mucho más sin com-
paración. Ansi agora tú considera que no es
peor estremo, no creer nada, que creerlo todo,
y piensa que nin.<^una cosa puede imaginar el
entendimiento humano que no pueda ser, y que
raarauilla es que todo lo que puede ser, sea de
lieeho ya y acontezca. Pues ansi agora yo, Mi-
9¡lo, me temo si no quieres creer cosa de quan-
tus hasta agora te he dicho, y pienses y sospe-
ches que todo ha sido mentira y fingido por te
(hir passamiento, y ansi creo que menos creras
vn admirable acón te^iui lento que agora te que-
ría contar, porque junto con lo que hasta aqui
te he contado excede en admiración sin compa-
ración alguna a lo qu(í Demophon tu vezino te
persuadió auer visto.
Mi VI LO. — Mira, gallo, que entendido tengo
que todas las cosas verdaderas que se dizen si
bien se quieren mirar muestran en sí vna veri-
similitud que t'uercan al entendimiento humano
a las creer; porque luego representan y reluze
en ellas aquella deidad de la verdad que tienen
en sí, y después desto tiene gran fuerca la auc-
toridad del que las dizc, en tanta manera que
avn la mesma mentira es tenida por verdad.
Ansi que por todas estas razones soy í'orcado
a que lo que tú dixercs te aya yo de creer; por
lo qual, di, yo te ruego, con seguridad y con-
fianca, que ninguna cosa que tú dixeres dubda-
n^, principalmente que no ay marauilla alguna
i{ue rae marauille después que vi a tí siendo
gallo hablar nuestra lengua; por lo qual me
persuades a creer que tengas alguna deydad de
beatitud, y que por esta no podras mentir.
Gallo. — Por cierto yo quería cesar ¡o Mi-
C¡Iot de mi narración por auerla interrumpido
con alguna señal dedubda. Dexaras en verdad
de gozar de la más alta y más íelicissima his-
toria que nunca hasta agora ingenio de bisto-
(«) G., hecha.
(») G., que.
liailor h.:\ (}) escripto, y principalmente por
iii.rnirtela yo que soy el que la pasflé. Pero por
la stigurídad que al crédito y fe me tienes dada
quiero proceder, porque no quiero príbarte del
gusto y deleyte admirable que en oyrla goza-
rás, y veráH después que la ayas oydo de quanto
sabor te pribarás si por ignorar antes lo que
era menos preciaras de lo oyr, y conocerás
quanto amigo te soy y buen apaniguado y fa-
miliar, pues no estimando la injuria que me
hazlas con tu dubdar te comunico tan gran
beatitud. Por tanto préstame atención, que oy
verás quan elegante rectorico soy. Tú sabrás,
que en vn tiempo siendo mancebo y cobdicioso
de ver, vino nueua en Castilla que se auian ga-
nado en las partes ocidentales aquellas grandes
tierras de la Nueua España (^) que nueuamente
ganó aquel animoso marques del Valle, Cortés,
y por satisfazer en alguna manera el insacia-
ble animo de mi deseo que tenia de ver tierras
y cosas nuouas determíneme de enbarcar, y
auen turarme a esta nauegacion, y ansi en este
mesmo deseo me fue para la ciudad y ysla de
Cáliz donde se hazia el flete mas conueniente y
natural para semejante xoniada; y llegado
alli (*) hallé diez conpañeros que con el mesmo
affecto y voluntad eran venidos alli, y como en
aquella ciudad venían muchos de aquella nueua
tierra y nos dezian cosas de admiración, crecía*
nos mas el apetito de caminar. Dezian nos el
natural de las gentes, las costumbres, atauio y
dispusicion; la diuersidad de los animales, anea,
frutas y mantenimientos y tierra. Era tan ad-
mirable lo que nos dezian juntamente con lo
que nos mostrauan los que de allá venían que
no nos podíamos contener (^), y ansi juntán-
donos veynte compañeros todos mancebos y de
vna edad, hecho pacto entre nosotros inuiolablo
de nunca nos faltar, y celebradas las cerimo-
nias de la (^) amistad con juramento solenc
fletamos vn nauio vezcayno velero y ligero,
todos de bolsa común, y con prospero tiempo
partimos vn día del puerto, encomendados a
Dios, y ansi nos continuo siete dias siguientes
hasta que se nos descubrieron las yslas fortu-
nadas que llaman de Canaria. Donde tomado
refresco (•) después de vista la tierra, con pros-
pero tiempo C) tornamos a salir de alJi y cami-
nando por el mar al tercero día dé! nuestro ca-
mino dos horas salido el sol haziendo claro y
sereno el c¡*?lo dixeron los pilotos ver vna ysla
de la qual no tenían noticia ni la podían cono-
cer, de que estañan admirados y confusos por
(*) íngeníosisMmoB historiadores hnn.
(^) G., Us Indias, México, Nueua España y Pern.
(^) G., donde llegando.
{*) G., sufrir.
(5) G., nuestra.
(•) nuestro fre-mo.
(') G., viento.
ORIGESES DE LA NOVELA
no se ealxT Jet«riuÍDar, poniéndonos en graa
t<'[iiOT aníii a deshorn, admirauanRC más turl>a-
lius de rer que la yata caminaua más vonioiido
vlla azia (') nosotros «jiie camiiiananios nos-
otros para ella. En fin un hrene tiempo nos ve-
niuios tanto jnntando que venimos a cono^r
<|ue aquella qne antes nos parecía ysla era vn
fipro y terrille animal. Coiiofinios ser vna va-
llcna de grandeza inercylile, qne en í^ola la
Frente con im pedazo del ^i^rro que se nos des-
cubría sobre laa aguas del mar juzgatiauíos auer
qnnlro millas. Venia contra nosotros abierta
la boca soplando muy fiera y espantosamente
(|ue a diez millas havia retener el nauio con la
furia de U ola que ella arroxana de si; de ma-
nera que viniendo ella de la porte del poniente,
y oaiuínauílo nosotros con prospero leñante nos
Tor^ana calmar, j avn boluer airas vi camino.
Venia desde lexos espumando y turbando el
mar con gran alteración: ja que estuuimoB más
^rca que alcan^jiuamos (^) a verla más en par-
ticulnr pare^Lausele los dienb's tun terribles
cada vno como rna nionta&a (') de beclnira de
ffianiU» palas; blancos como el fino marfil.
Venimos adelante a juzgar por la grandeza
que se nos mostró sobre las aguas, ser de Ion-
gura <lc dos mil leguas. Pues como nos vimos
ya en Kns manos y que no le pmliamos liuyr (*)
coinen^unonos a abracar entre los eonipafieros,
y a darnos las manos con grandes lagrimas y
alarido, porque víamos el fin de nuestra vida y
compnfiia estar en aquel punto sin remedio al-
guno, y ansi dando ella un tcrrilOe empujón por
1^1 agua adelante y abriendo la boca nos tragi5
tan sin embarazo ni esloihu de dientes ni pala-
<lar que sin tocar en parle alguna eon gauia,
velos, xar(iay numifion^v obráis miurl-is [ue-
mos colados y sorbidos por la garganta de
a'[m-l [iiunstruoso pez sin lision alguna del
miuio hasta llegar a lo muy espacioso del esto-
mago, donde auift Tnos campos en que cupieran
otras veyntc mil; y como el nauio encalló qne-
dainos espantados de tan admirable suceso sin
pensar qué podía ser, y aviiqiie lui'go estuui-
nios algo obscuros porque cerró el pabular para
nos tragar, pero después que nos tuuo dentro
y se sosegó traja abierta la boca a la contina,
de nianera que por alli nos entraña bastante
luK, y con el ayre de su conlino resolgar nos
entretenía el viuir a mucliu descanso j plazer.
Parecióme qne ya que no quiso mi ventura que
yo ruesac & les Indias por ver allá, que era esta
eonuenible comuta^ion, pues fortuna nos for-
tana en aquella carmel a ver y gustar de admi-
rables cosas que te contaré; y mirando alrede-
('] n. (Ibelíado) cara.
(*) G , s1e«n(amo>.
(') il« terrible gianilata,
(•) Cenadir.
dor vimos muy grandes y espaciosos campos
de rr<-ecas fuente!^ j arboledas de diuersas y
muy Guares flores y (rutas, y ausi todos salta-
mos en tierra por gustar y ver aquellas estan-
cias tan admii'ablcs. Comeiivsmos a comer de
aquellas frutas y a beuer de aquellas aguas
alegres y delieadcs (') que nos fue muy suaue
refe^ion. Estañan ]ior alli infinitos pedamos de
hombres, piernas, culalHiras j huesos, y nnichas
espinas y costillas de ttriiblcs pe^cs y (*) pes-
cados, y utroü enteros qne nos enipídiau el an-
dar. Auia tabkii, niaderi>s de nauios, ancoran,
gauias, manteles, «ar^ia, artillería y munición,
que tragaua i«¡uella fiera vestía por se uiant^
ner ('). Pero salidos adelante de aquella en-
trada a vn grnnde espacio que ulcancamos a ver
desde vn alto monte más de quinientos leguas
de donde atídayamos {*) grandes llanos y cam-
pos muy fértiles, abundantes y hermosos. Auia
muclias aues muy hermosas y graciosas, ile ili-
ueriot ettloie» mlununlat en svk pUimat f¡ve
eran de gnwjoso ¡MUíetr, Avhi águilas, garr-as,
papagayos, sirgueros, rujsefiorcs y otras diffe-
rencios espi-cies y genei-os de (_') anes de inn-
cha Uennosnro. Pues proueyendo que algiiuos
compañeros que (*") iiuedascn en (_'') la guarda
del nauio, les sacamos fuego del pt-demal y de-
xauíos les mauteniínieuto de aquellos Ttianjares
y carnes qne irayauíus de nuestra prouisioii y
matalotaje: y ansi escogidos algunos compañe-
ros nos salimos a descubrir la tierra {,'). Dis-
curriendo pues por aquella delejtosos y ferti-
lissimos campos [^) al fin de dos días, casi al
puesto del so!, descendiendo de rna alta mon-
taña a vn valle de mucha arboleda, llegamos a
vn rio que con mucha obuudancin y frequen^ia
torria vino muy suave: tan hondo y ton cauda-
loso que por muchas pnrtes podian nanegar
muy gruesos nauíos. Del qual comencamos a
beuer y a gustar, y algunos de nuestros com-
pañeros se comciii/iirun de la l>euida a venc^iTy
se nos qneUauan dormidos por alli que uú los
podíamos llenar. Todas las riberas de aquel
Buaue y gracioso río están (") llenas de muy
grandes j fcrlilissiuins c'psH cargadas de muy
copiosas vides nm suf pámpanos y racimos
muy sabrosos y de gran gust): de que (") eo-
(') G., MtbrrKB* y <lelici<ln4 nguai.
(') <i., Liiinlirea, expinas v hiicMM áe.
{') G., arUlIvría. hi^iilirñ y otrus muchos animale*
•{■at triigiiDa por re mantener.
(') G , viraos.
(>) G , gncioüís niift.
(•I G.. Hfi.
(■) G . o.
(') V dexandolen la ne^Tíaria promsmn, la majnr
eantidad de norotroü fceincM de acuenlo que f iies^-
tnnii a descubrir Ea tierra por U raconocer.
(•) G , ilclertoío J teclUiíaimH tierra.
('•l G-, Mtaaan.
(■<) G-, los qnatei>.
EL CROTALON
233
men9amos a c<^iiar y comer; j tonian algunas
de aquellas ^cpas figura j imagen de mugeres
que hablando en nuestra lengua natural nos
conyidauau con agraciadas palabras a comer
dellas, prometiéndonos mucho dulzor. Pero a
todos aquellos que conuen^idos de sus ruegos
y halagos llegauan a gustar de su fruto los dor-
mian y prendían allí, que no eran libros para
se mouer y las dexnr, ni los podíamos arran-
car de allí. Dcstas, de su frecuente emanar Q)
destilaua vn continuo liquor que hazia yr al rio
muy caudaloso. Aqui en esta ribera hallamos
yn padrón de piedi'a de dos estados alto sobre
la tierra, en la qual estañan mas letras griegas
escríptas que mostrauan ser de gran antigüe-
dad, que nos signifícauan (^) auer sido este el
peregrinaje de Bacho. Passado este gracioso rio
por algunas partes que se podia vadear, y su-
bida vna pequeña cuesta que ponia differencia
entre est« valle de Bacho, descendimos á otro
no menos deleyte (') y de gran sabor. De cuyo
gusto y dulzor nos paremia beuer aquella bcuida
que dezian los hombres antiguos ser de los dio-
ses por su grande y admirable gusto, que 11a-
manan néctar (*) y ambrosía. Este tenia vna
prodigiosa virtud de su naturaleza; que si al-
guno escapado del rio de Bacho pudiessc llegar
R beuer deste licor era marauillosamente conso-
lado y sano de su embriaguez, y era restituido
en su en toro y primero juizio, y avn mejorado
sin comparación. Aqui beuimos hasta hartar, y
bolnimos por los compañeros y quál a braco,
quál acuestas y quál por su pie los traymos (')
allí, y sanos caminamos con mucho plazer. Ño
lexos desta suaue y salutifera ribera vimos sa-
lir humo, y mirando más con atención vimos
que se descubrían vnas caserías pobres y paji-
zas, de lo qual nos alegramos mucho por uer si
habitaua por alli alguna gente como nosotros
con que en aquella prisión y mazmorra nos
pudiessemos entender y consolar. Porque en
la verdad nos parocia ser aquello vna cosa fan-
taseada, o de sueño, o que por el rasgo nos la
descriuia algún delicado (•) pintor. Pues con
esta agonia que por muchos dias nos hazia an-
dar sin comer y i^) beuer sin nos defatigar,
llegamos cerca de aquellas casas, y luego en la
entrada hallamos vna vieja de edad increyble,
porque en rostro, meneo y color lo monstró ser
ftnsi. Estaua sentada entre dos nmy perenales
fuentes, de la vna de las quales mañana vn
muy abundante caño de miel, y de la otra mano
corría otro caño nmy fértil y gniesso de leche
(*) G , manar.
(') 6., que dezian.
(M G., deleytoso.
(*) G., a la qual llamaron del netar.
(*) tranximoB.
(*) G., ingenioso.
O G., ni.
muy cristalino. Las quales dos fuentes bajadas
a un vallico que estaua junto alli se junta-
uan (O 7 hazian ambas el (^) un rio caudal.
Estaua la dueña anciana con vna vara en la
mano, con la qual con gran descuydo hcria en
la fuente que tenia a su mano derecha que cor-
ría leche, y a cada golpe hazia vnas campani-
llas, las cuales corriendo por el arroyo adelante
se hazian nmy hermosos requesones, nazulas,
natas y quesos como ruedas de molino. Los
quales todos <]uando llegauan por el arroyo
abajo donde se juntanan con Q) la fuente del
miel se hazian de tanto gusto y sabor que no
se puede encarecer. Auia en este rio peces de
diuersas formas que sabían a la (•) miel y le-
che; y como nosotros la viuíos espantamonos
por parecemos vna prodigiosa visión y ella por
el semejante en vernos como vista súbita y no
acostumbrada se paró. Pues quando bolnimos
en nosotros, y con esfuerco cobramos el huelgo
que con el espanto auiamos perdido, la saluda-
mos con mucha humildad, duldosos si nos en-
tendiesse la manera de nuestra lengua, y ella
luego con apazible semblante dando a entender
que nos conocía por conaturales en patria y (')
naturaleza nos correspondió con la mesma sa-
lutación, y luego nos preguntó; dezid hijos (•)
¿quien soys vosotros? ¿Acaso soys nacidos del
mar o soys naturales de la tierra como nos-
otras? A la qual yo respondí: señora, nosotros
hombres somos, nayidos en la tierra , y agora
cerrados por infortunio en el mar, encarcelados
por nuestra desuentura en esta monstruosa
vestía, dubdosos donde nuestra ventura nos
llenará; y avnque nos parece que vinimos, cree-
mos que somos muertos; y agora salimos por
estos campos por ver quien habitaua por a([ui,
y ha querido Dios que os encontrassemos para
nos consolar, y que viésemos no ser nosotros
solos los encarcelados aquí ; y ya que nuestra
buena uentura acá nos aportó, comunícanos tu
buena naturaleza y quál hado te metió aqui (J);
(I) G., mezcla lian.
\') G , vn
(^) G., Be mczclana la.
(^¡ G., tenían i?abor del.
!') G , por de vna natnraleza.
•) G., nijog, -qaál yentnra os ha traydo en eí»ta
tierra, o qnal hado o suerte os encerró eñ esta cárcel
y mazmorra?
(^ G., seíiora, no sabemos hasta agora dezír si
nuestra bnena o maln fortuna nos ha traydo aqni, que
avn no emos bien reconocido el bien o mal que en
esta tierra ay; (¡oto sabemos ser tragados en el mar
por vn fíero y espantoso pez, donde laucados creemos
que somos muertos, y pnra esperiencia o mas <;eTÚ-
dnmbre desto, nos salimos por estos campos por ver
quien habitaua por aqui; y ha querido Dios que os
encontrassemos y esperamos que sera para nuestra
consolación, pues vemoe no ser nosotros solos loe en-
carcelaaos aqui. Agora querríamos de ti, señora, saber
quien eres; que hazes atiui; si eres nacida del mar o si
eree natural de la tierra como nosotros.
234
OlilGENES DE LA NOVELA
7 sí de alguna parte de díuinidad eres comuni-
cada prophetizanofl nuestra buena, o mala uen-
tura: porque pi^uenidos nos haga menor mal.
Respondió la buena dueña: ninguna cosa os
diré hasta que en mi casa entréis, porque veo
que venis fatigados. Sentaros eis 7 comeréis,
que vna hija raia donzella hermosa que aquí
tengo os lo guisará 7 aparejará; 7 como eramos
tctdos mo^os 7 nos hablo de hija donzella 7 de
(romer, todos nos regocijamos en el coraron, 7
ansi entrando dixo la buena yieja (') con vna
boz algo alta quauto bastaua su natural: hija,
sal acá, apareja a esta buena gente de comer.
Luego como entramos 7 nos sentamos en vnos
P070S que estañan por alli salió vna donzella
do la más bella hermosura 7 dispusi^ion que
nunca naturaleza humana crió. La qual avnque
debtijo do paños 7 restidos pobres 7 desarrapa-
áoB representaua celestial díuinidad (*), porque
por los ojos, rostro, boca 7 frente ecíiaua rn
resplandor que a mirarla no nos podíamos su-
frir, porque nos hería con vnos ra70S de ma7or
fuon;a que los del sol 7 (') como tocaua (*) el
alma eramos ansí como pauesa abrasados: 7
rendidos nos prostramos a la adorar. Pero ella
haziendonos muestra con la mano, con vna di-
uina magostad nos apartaua de si, 7 mandán-
donos asentar con rna presta diligencia nos
puso vbas7 otras frutas muchas 7 mu7 suaues,
7 do vnos UU17 sabrosos peces; de que |)erdi-
do (') el miedo que por la reuerfnyia teniamos
a tan alüi uiagci^tad comimos 7 beuinios de vn
pro^ioso vino quanto nos fue menester; 7 des-
puos quo so louantó la mesa 7 la vieja nos vio
sosegados comonco u regocijarnos 7 a deman-
darnos lecoiitiissemos nuestro camino 7 suceso;
v 70 como vi que todos nn's conpañeros calla-
uan 7 me doxanan la mano en el hablar la conté
niu7 por orden (®) nuestro deseo 7 cobdiciacon
quo víiiiamos muchos años en la tierra, 7 nues-
tra junta 7 conjuraQÍon hasta el estado en que
estauamos allí, 7 después le dixe; agora tú, ma-
dro bienauon turada, te suplicamos nos digas si
es sueño esto quo vomos; quién soys vosotras
7 cómo entrastes aquí. Ella nos dixo con vna
alhaguoña humildad que de contentarnos tenia
deseo ('). ¡O huespedes 7 hijos amados, todos
parece que traemos (•) la mesma fortuna, pues
pc»r juizio 7 voluntad de Dios somos lacados
aqni, avnque por differentes (') ocasiones como
(') G., yieja en «a casa, dixo.
1') G., iliguidnd.
('•) G., que.
(*) tocanan.
(•'') G , perdiendo.
^*) G.,e8ten8o.
{'') ir. y que de contentarnos mostrana tener deieo,
dixo:
(») G., tenemos.
(•) G., diuersas.
07reÍ8. Sabed que yo S07 la bondad si la aueis
o7do dozir por allá; que me crió Dios en la
eternidad de su ser, 7 esta mi hija es la verdMi
que 70 engendré, hermosa, graciosa, apazible ¡f
afable, parienta mu7 cercana del mesmo Dios,
que de su cogeta a ninguno desgració (*), ni
desabrió si primero me quisiesseu (^) a mi. £m-
bionos Dios del cielo al mundo siendo nacidas
allá, 7 todos los que me receuian a mi no k
podían a ella desechar, pero amada 7 querida
la abracauan (^), como a si, 7 ansi moramos
entre los primeros hombres en las casas de los
principes ^ re7es y señores que con nosotras
gouernauan 7 regían sus repúblicas en paz,
quietud 7 prosperidad. Ki auia malicia, cobdi-
cia, ni poquedad que a engaño tuuieese nmes-
tra. Andauamos mu7 regaladas, sobrelleuadas
7 tenidas de los hombres; el que más nos podía
hospedar 7 tener (*) en su casa so tenia por
más rico, más poderoso 7 más valeroso. Anda-
uamos vestidas 7 adornadas de preciosas jo7as
7 mu7 alto brocado. No entrañamos en casa
donde no nos diessen {^) de comer 7 beuer
hasta hartar, 7 pessaualos porque no recibía-
mos más; tanto era su buen deseo de nos tener.
Topauamos cada día a la riqueza j a la men-
tira por las callos por los lodos arrastradas,
baldonadas 7 escarnocidas; que t^xios los hom-
bres por la ma7or parte por nuestra dcuocion
7 amistad las gritauan y corrían 7 las echauan
de su conuersacion 7 compañía como a enemi-
gas do su contento 7 j)rosporidad. De lo qual
estas dos falsarias 7 malas conipañeras rece-
bian grande injuria 7 vituperio, 7 con raliia
mu7 canina vuscauan los medios posibles para
se satisfazor. Juntauanse cada día en consulta
ambas 7 echauanse a pensar 7 tratar quales-
quiera caminos faboreciendoso de muchos ami-
gos que avn trayan entre los hombres encu-
biertos 7 solapad(>8 que no osauan parecer de
vorguonca do nuestros amigos. Estas malditas
bastaron on tiempo a juntar gran parte do
gontos quo por industria de la cobdicia (•) los
porsuadioron yr a descubrir aquellas tierras do
las Indias, Nueva España, Florida 7 Perú,
donde vosotros decís que yuades caminando^ de
daiide tanto tesoro salió, V estas se las ense-
ñaron 7 guiaron, dándoles después industria
a7uda 7 fabor como pudiosscn en estas tierras
traer grandes tesoros ij) de oro 7 de plata y
joyas pnM^tiosas quo estañan t<Miidas en menofc
{*) G , de sagrado.
')G,
") Cx.,
quisiesen.
*) G , amanan.
') G., tenia.
(>) G., diessen abundantemente.
(•) de vna ducíía pariouta suya que se llama lacub-
di(;ia.
(') G., piezas y cargas.
EL CROTALON
235
pre9Ío allá ('). Estas pei^ersats dueñas los for-
toaron a aquel trabajo teniendo por auen'gaado
qae estos tesoros les serian bastante medio
para entretener su opinión y desarraigamos
del coman con9¡bimiento de los lionbres, «n
que estañamos nosotras enseñoreadas hasta
*lí» (*); y *^si fue, que como fuemn aquellos
honbres que ellas enbiaron en aquellas partes y
comentaran a enbiar tesoros de grande admira-
9Íon, luego comen9aron todos a gustar y a te-
ner (*) grandes reíitas y hazienda, y ansí an-
dando estas dos falsas hermanas con aquella
parienta casi de casa en casa les hizicron a
todos entender que no aula otra nobleza, ni otra
felipidad, ni otra bondad sino tener (*), y que
el que no tenia riqueza (') en su casa (*) era
ruyn y vil, y ansi se fueron todos corrompiendo
y depravando en tanta manera que no se ha-
blaua ni se trataua otra cosa en particular ni
en común; ya desdichadas de nosotras no tc-
niamos donde entrar (}) ni de quién nos fabo-
rezer. Ninguno nos conoc;ia, ni amparaua, ni
re9ebía, y ansi audauamos a sombra de texados
aguardando a que fucsse de noche para salir a
reconocer amigos, no osando salir de dia, por-
que nos auian anisado algimos que andauan
estas dos traydoras voseándonos con gran con-
pañia para nos afrontar do quiera que nos to-
|)a8sen; principalmente si fuesse en lugar solo
y sin testigos; y ansi nosotras madre y hija
nos fuemos a quexar a los señores del Consejo
Real del Emperador, diziendo que estas falsa-
rias se auian entremetido en la república muy
on daño y corruptela della, y porque a la sazón
i^tauan consultando a9crca de remediar la gran
carestía que auia en todas las cosas del reyno
les mostramos con argumentos mnt/ claros y in-
falibles, como era la (*) causa anemos echado
todos de si, la bondad y verdad madre y hija, y
auerse entremetido estas dos (•) perucrsas her-
manas riqueza y mentira, y la cohdidn las
({uales dos si se tomaua a expeler (}^) nos ofre-
cíamos y obligauamos de boluer todas las cosas
a su primero valor y antiguo, y que en otra
manera auia de yr (^') de peor en peor, y nos
quexamos que nos amena9auanque nos auian de
(') G., que de los de aquella tierra estañan menos-
preciadas y holladas, reconociendo 8n poco Talor.
(') G , concebimieoto nuestra amistad con la qual
estañamos nosotras ensef¡oread&< en la miiyor parte
de la gente haHta alli.
C*) G., poseer.
(*) G., ser rico vn hombre.
(■) G., po^ya.
(*) G., a la riqueza.
(') G., nos acoger.
(») G., ser la.
(«) G., y auer estos
{^^) G-, las quales si se remediaiiau y se echanan
fuera.
(**) G , verían como necesariamente }'rian las cosas.
matar; ])orque ansi eramos anisadas, que con
sus amigos y aliados que eran ya muchos nos
andauan avuscar (*) procurando de nos auer;
y los Señores del Consejo nos oyeron muy bien
y se apiadaron de nuestra miseria y fortuna
y nos mandaron dar carta de amparo y dixc-
ron que diessemos información como aquellas
nos andauan a vuscar para nos afrontar y que
liarian justizia; y con esto nos salimos del Con-
sejo, y yendo por vna ronda pensando yr más
seguras por no nos encontrar con nuestras ene-
migas (^), fuemos espiadas y salen a nosotras
en medio de aquella ronda y tomannos por los
cabellos a ambas a dos y traxieronnos por el
polvo y lodo gran rato arrastrando y dieron nos
todos quantos en su compañia Ueuauan muchas
coces, puñadas y bofetadas, y por ruyn se tenia
el que por lo menos no lleuana vn pedaco de la
ropa en las manos. En fin nos dexaron con
pensamiento que no podiamos viuir ('), y ansi
como de sus manos nos vimos sueltas, cogiendo
nuestros andrajos, cubriéndonos lo más hones-
tamente que pudimos nos salimos de la ciudad,
no curando de informar á justicias, temiendo-
nos que en el entretanto que informauamos nos.
tomarian a encontrar, y nos acabarían aquellas
maluadas las vidas; y ansi pensando que como
en aquellas tierras de la Nueua España (*)
quedanan sin aquellos tesoros, y las gentes
eran simples y nueuas en la religión, que nos
acogerían allá; enuarcamos en vna nao, y agora
parecenos que ponjue (') no nos quiere rece-
bir (^) nos ha tomado e]i si el mar, y ha echado
esta vestía que tragándonos nos tonga presas
aqui rotas y despedac-adas como veys. Maravi-
llados Q) deste aconteciniiento las pregunté
como era posible ser en tan breue tienpo de-
sanpa radas de sus amigos que en toda la ciudad
ni en otros pueblos comarcanos no hallassen de
quién se amparar y socorrer. A lo qual la hija
sospirando, como acordándose de la fatiga y
miseria en que en aquel tienpo se vio, dixo ¡O
huésped dichoso! si el coracon me sufríesse n
te contar en particular la prueba que de nues-
tros amigos hize, admirarte has de ver las fuer-
Cas que tnuieron aqui^llas maluadas: temomi'
(*) G., V aseando.
(>) G,, nuestros enemigoH.
h) G., y salteadas en medio de aquella ronda, y
saliendo a nosotras nos tomaron por los cabellos a
ambas y truxieronnos por el poíno y lodo gran rato
arrastrando, y dieronnos todos quantos en bu com])a-
ñía lleuauan muchas coces, puñadas y 'x>fetadas, que
por ruyn se tenia el que por lo menos no llenaua en
las manos vn buen golpe de cabellos ó vn pedaco de
la ropa que vestíamos. £n fin nos dexaron con pen-^i-
miento que no podiamos mucho viuir.
(4) G., de Indias nueuas.
(5) G., pues.
(•) G., sufrir.
(') G. Y marauillandono.s todos.
2;^C)
orígenes de la novela
que acorJftndome de tan grande injuria fenez-
ca yo oy. Tu sabrás que entre todos mis ami-
gos yo tenía vn sabio y anciano juez, el qual
engañado por estas mahiadas y aborreciéndo-
me a mi, por augmentar en gran cantidad su
liacienda tor^ia de cada dia las leyes, peruertien-
do todo el derecho canónico y ^euil; y porque
vn dia se lo dixe, dándome un enpujon por me
ochar de si me metió la vara ¡x)r vn ojo que
casi me lo sacó: y mi madre me le restituyo a
su lugar (*); y porque a vn esoriuano que esta-
ña (*) ante é\ la dixe que passaua el arancel me
respondió que sino re<^ibiesse más por las es-
crijituras de lo que disponían los Reyes que (^)
no ganaría para zapatos, ni avn para pan; y
porque le dixe que porqué interlineaua los con-
tratos, enojándose me tiró con la pluma vn
tildón por el rostro que me hizo esta señal que
ves aqui qne tardó vn mes en se me sanar; y
de allí me fue a casa de vn mercader y demán-
dele me díesse vn poco de paño de que me ves-
tir, y el luego me lo puso en el mostrador, en
el qual, avnque de mi naturaleza yo tenía ojos
más perspicaces que de lin^e, no le poilia ver, y
, rogándole que me diesse vn poco de más Inz se
enojó. Demándenle el precio rogándole fjue tu-
uiesse respecto a nuestra amistad, y luego me
mostró vn papel que con gran juramento
juró (*) ser aquel el venladero valor y coste que
le tenía, y que por nuestra amistad lo pagasse
por alli; y yo afirmé ser aquellos lexos de nn,
y porque no me entendió esta palabra que le
dixe me preguntó qué dezia. Al qual ya repli-
<iué que aíjuel creya yo ser el coste, cargando
cada vara de a(|uel paño (plantas gallinas y
pasteles, vino, puterías y juegos y desordenes
en la feria y por el camino auian él y sus cria-
dos pasado quando fueron por ello (').
Mi<;iLo. — Ylomesmoesentodosquantosof-
firios ay en la república; que no hay quien supla
las costas comer y beber, juegos y puterías de
los officiales, en la ft-ria y do quiera qne están;
y halo de pa(jar el que dellos va a comprar.
Gallo. — De lo qual recibió tanta injnria y
yra que tomando de vna vara con que medir en
la tienda me dio vn pah) en esta (•) calK'^a que
me descalabró muy (') mal, y después tendida
en el suelo me dio más de mil; que si no fuera
por gentes que passaron (•) que me libraron
(•) G., torno adereyar.
(') eRcreuia.
{^) O., 8i iK)r la tassa del aranyel en la paga de los
derechos se nauieBc de negiiir.
(*) G., afirmo.
I*) (t., anifln hecho 6\ y bus criados en la feria y
por el camino de yr j venir allá.
n G., la.
D G , hirió.
(*) G., qae si no me socorrieran las gentes que pa-
rtían.
de sus manos me acabara la vida con su rabiosa
furia; con que avn juraua que se lo auia de
pagar si me pudíesse auer, por lo qual no osé
aportar mas allá (^). De alli me lleuó mi ma-
dre a vn <;irujano, al qual rogo con gran piedad
que me curasse y él le dixo que niirasse que
le auia de pagar, porque la cura seria larga y
tenía hijos y muger que mantener, y porque no
teníamos ((ué le dar, mi madre me lo vntó con
un poco de a^eyte rosado, y en dos días se me
sanó. Fueme por todos a((uellos que hasta en-
tonces yo auia tenido en mi familiaridad, y
hallé los tan mudados que ya casi no los cono-
cía sino por el nonbre, porque auia muchos que
yo tenía en mi amistad que eran armeros, ma-
lleros, lanceros, espe9Íeros, y en otros géneros
de offí^ios llanos y humildes contentos con
poco, que no se quería apartar del regado de
mi madre y mío, vnidos comigo; los quales
agora aquellas dos falsas hermanas (*) los te-
nían encantados, locos, 8ol)eruios y muy fuera
de si, nmy sublimados en grandes riquezas de
canbios y mercaderías y pio:stos ya en grandes
honrras do regimientos con hidalguías pungidas
y compaesta» ocupados en exer^i^ios de caua-
lleros, de (') justas y juegos de cañas, gastamlo
con gran prodigalidad la hazienda y éndor de
los pobres initterahUs, Estos en tanta manera se
estrañaron de mí que no los osé hablar, porque
acaso ayrados no me hiriessen y uituperassen
como auian hecho los otros; y porque pare^je
que los eclesiásticos auian de permanecer en la
verdadera religión y que me acogerían me fue
a la iglesia mayor donde concurren los clérigos
y sarerdot^ís (•) donde solía yo tener umchos
amigos: y andando por ella a vuscar clérigos
no hallé sino grandes cuadrillas y compañías
de monas o ximios «jue me espantaron. Los
quales con sus rocpietes, sobrepellízes y capas
de coro andauan por alli cantando en derre-
dor ('). Marauillauame de uer (•) vnf»s tan
graciosos animalejos criados en la montaña
imitar {'^) todos los oJfi<;ios y exerci^ios de
sa^^^rdotes t^n al proprio y natural a lo menos
en lo exterior; y viniendo a mirarlos debajo de
aíjuellos vestidos eclesiásticos y ornamentos
benditos descubrían el vello, golosina, latroci-
nio, cocar y mofar, rusticidad y fiereza que tie-
nen puestos en su libertad en el campo (•).
(M G , y quedó jurando (^uc »i me tomaua on al^un
lugar o bolaia roa.4 alli, r^ne me acalmria; y aasi yo
nunca más Ik)1uI alh'i.
(3) G., aquellas íalKarian.
(-') (i., en.
(*Í G., los saverdotes y clerivla.
{^) G., andauan paseandoi>e por alli, y otros can-
tando en el coro.
(<) G. Marauillauame que.
(7) G., imitassen.
O G., tienen en la montana.
EL CROTALON
237
Acordóme auer leydo de aquel rey de Egipto,
de quien escriuen los historiadores (*) que
quiso enseñar a dan9ar vna quadrilla de ximios
y monas, vestidos todos de grana, por ser ani-
mal que más contra liaze los exer^i^ios del
honbre; y andando vn dia metidos todos en su
dan9a, que las traya el u.aestro ante el Rey,
se allega a lo ver vn philosopho y echó vnas
nnezes en medio del corro y dan^a ; y como co-
nocieron los ximios ser la fruta y golosina,
dcsanparando el teatro, maestro y Rey, so die-
ron a tomar de la fruta (*) y mordiendo y ara-
fiando a todos los que en el espectáculo esta-
van, rasgando sus vestidos echaron a huyr a la
montaña, y avn yo no lo pude creer que aíjue-
Uos eran verdaderos ximios y monas si no me
llegara a vno que representó mas sanctidad y
dignidad al qual- tentándole con la tenta en lo
interior, rogándole que pues era sacerdote y me
paremia más religioso, me dixesse vna missa
por mis defuntos, y pusele la pitanza en la
mano, y él muy hinchado me dio con el dinero
en los ojos diziendo que él no dezia misa, que
era vn arcediano, que no queria mi pitanya;
que sin dczir misa en todo el año passaua y se
mantenia él y vna gran trulla de honbres y
mugeres que traya en su casa (^) ; y como yo
le oy aquello no pude disimular tan bárbaro
genero de ypocresia y soberuia, viendo que
siendo mona rcpresentava vna persona tan
digna y tan reuercnda en la iglesia de Dios (*).
Acordeme de aquel asno cumano, el qual vién-
dose vn dia vestido de vna piel de león, queria
parecer león asombrando con grandes roznidos
a todos, hasta que vino vno de aquellos cuma-
nos que con vn gran leño nudoso le hirió tan
fuertemente que reprehendiéndole con palabras
le desengañó y le hizo (') entender que era
asno y no león, y ansi le abajó su soberuia y
locura; y ansi yo no me pude contener que no
le dixesse: Pues señor ¿el arcedianazgo depone
el saceidocio que no podéis (•) dezir missa? y
él se enojó tanto que me conuino huyr de la
iglesia, porque ya miraua por sus criados que
me hiricssen. En estos y semejantes cuentos
(*) G., escriue LuciaDO.
(') G., ximioBo monas, y para esto los vistió todos
de grana, y andando vn dia metidos en el teatro on en
danca con rn maestro de aquel exeryicio al qual los
encomendó, m allegó n lo ver vn philosopho que co-
nocla bien el natural de aqnel auimalexo y echóles
vnas nnezes en el medio del corro donde andauan
danyando, y los ximios como conocieron ser nuezes,
fmta apropríada a lu golosina, desamparando el tea-
tro, corro y maestro so dieron a tomar de la fruta.
(>) G., no dezia missa en todo el año, y oue se man-
tenía él y vna gran familia que tenía, de la renta de
su dignidad;
(*) G., añade: que dezian ser arcediano,
Í>) G , haziendole.
') G., podáis.
nos estuuimos gran parte del dia hasta que su
madre le mandó que no procediesse adelante
porque recebia dello mucha pena; y yo enamo-
rado della me ofrecí a su perpetuo seruic-io pa-
reciendome que en el mundo no auia cosa más
perfeta que desear, y ansi pense si querría, por
viuir en aquella soledad y prisión dárseme por
muger; pero no me atreui hasta mirarlo mejor,
Salimonos luego (') todos en su compañia por
aquellos campos, fuentes y praderias por tomar
solaz, porque eran aquellas estancias llenas de
todo gusto y deleyte. No auia por alli planta
alguna que no fuesse de dulcura admirable por
ser regadas por aquellas dos fuentes de leche y-
miel. En esta conuersacion y compañía nos
tuuieron muchos días muy a nuestro contento,
y acordándonos de nuestros conpañeros que
dexamos en el nauio pensamos que seria bueno
y ríos a vuscar y traerlos a aquella deleytosa
estancia, porque gozassen de tanta gloria, y
ansi demandando licencia a la madre y hija
guíandonos como por señas al camino boluí-
mos por los visitar, prometiendo boluernos
luego para ellas (^) y ansi comencemos a ca-
minar, y passando aquellos dulces y sabrosos,
ríos venimos al de iJaclio, el qual passado (')
por los vados, hallamos ya casi por moradores
naturales a nuestros conpañeros, casados con
aquellas yepas que díxe estar por aquellas ribe-
ras, que tenían ñgura y natural de mugeres: de
las quales no los podimos desapegar sin gran
dificultad y trabajo, porque los tenían ya cogi-
dos con gran affícion. Pero con gran cuydado
trabajamos despegarlos de allí, y porque nos
temimos no poderlos llevar a la casa de la ver-
dad, por pensar que no acertaríamos (*) acor-
damos probar a salir de aquella cárcel maz-
morra ('), pensando que sí saliésemos con ello
seria vna cosa admirable: y que temíamos más
que dezir (•) que de las Indias si allá fuéramos,
ni de los siete milagros del mundo; y ansi pense
rna industria que cierto nos valió, y fue que yo
hize poner a punto de naucgar todo el nauio,
xarcia y obras muertas y compañeros, y hize
luego enbarcar todo lo necesario para caminar,
y quando todo estuuo a punto hezimos inge-
nios cOn que llegamos el nauio hasta meterle
por la garganta de la vallena, y como la junta-
mos al pecho que le ocupamos la entrada al
paladar nos lancamos todos en el nauio, y con
fuertes arpones, laucas, picas y alabardas co-
mencamos a «herirle C) en la garganta, y como
(M y ansi nos salimos.
{}) G., a su compañia.
(') G., passando.
' {*) G., no acertar a la casa de la verdad,
("í G., prisión y cárcel.
(•) G., contar.
(T; G., herirla.
238
ORÍGENES DE LA NOVELA
acontece a (¿ualquiera de nosotros si tiene en la
garganta algnna espina que acaso tragó de al-
gún pez que le fatiga, que comienza de toser
por la arrancar, j ansi la Tallena quanto más
la heriamoB (}) m¿B se aÜigia con toser, y a cada
tos nos echaua ^inqnenta leguas por la gar-
ganta adelante, porque ^iei'to i*e9cbia gran con-
goja y fatiga que no podía sosegar, y tanto
continuó sn toser que nos lan^^S por la boca
a fuera muy lexos de si sin alguu daño ni lision ;
y como escarmentada y temerosa del passado
tormento y pena huyó de nosotros pensando
nuer escapado de vn gran mal; y ansi dando
todos muchas gra9Ía8 a Dios guiamos por bol-
ner a nuestra España deseosos de desengañar
a todos que se ha ydo la verdad huyendo de la
tierra: por lo qnal no te marauilles, Mi^ilo, sino
te la dixo tu vezino Demophon, y avn si no la
vieres ni oyeres en el mundo de oy más.
MiriLO.— iO soberano Dios, que me has
contado oy! i Que es posible, gallo, que está
oy el mundo sin la verdad!
Gallo. — Como oyes me aconteció.
MigiLO. — Por cierto cosa es de admiración:
y me parece que si el mundo está algún tiempo
ansi, en breue se destruirá y se acabará de per-
der. Por tanto supliquemos con lagrimas de
grande affecto a Dios nos quiera restituir en
tan soberano bien de que somos pribados hasta
aqui; y agora, pues es venido el dia, dexa lo
demás para el cauto que se siguirá.
Fin dv.l (irrhno octmio canto fiel gallo.
ARGUMENTO
DEL DBVIMO NONO CANTO (*)
Kn <'l décimo nono canto qurt st> si<;ui> r\ aurlor trata dil tra-
bajo y nu^iioría que. ay rn ol i^att^o y «rruií-io de lo.<' prin^-
l>e*» y jvfiorc!», y rcpr<'hondí' a todo"* aiiui'llo^ que toniendo
alp(una li.ibilldad pura alKiin offípo en que ocu])ar %u vida,
sk' prib.in de su bien.'iuentuiada lüxTlad qu*> n.itura1«!ia !(••(
(lío, y por viuir vn \i^'io>« y profaniílud s«* ^ubjirtan al vniirio
de algún ScHor.
Gallo. Mi«;ilo.
Gallo. — Muchas son las cosas, o ¡Mi^ilo!
que en breue te he narrado, en diuersos estados
de la vida acontecidas. Cay das y leuantamien-
tos, yerros, engaños de todas las condiciones
de los hombres, las (juales como honbre espe-
riment^o te lo he con palabras trabajado pin-
tar, tanto que en algunos acontecimientos te
ha parecido estar presente, por te conplazer y
agradar, y por hazer el trabajo de tu vida qut;
(*) G., DOBotrod la daaamoff.
(') O., canto del gnllo.
con tu ilaqueza se pudiese compade9er: y ya
querría que me di^cesses qué te parece de quan-
to te he mostrado, quanto sea verdad el tema
de mi dezir que tomé por fundamento para te
probar quanto esté corrompida la regla y orden
de vibir en los honbres y quán torcido vaya
todo el común. Deseo agora de ti saber qnál
es el estado que en el mundo te parece más
contento y más feliz, y de dónde se podría de-
zir que mi thema, fundamento y proposición
tenga menos cabida y de que no se pueda de
todo en todo verífiear. Habla, yo te mego, tu
parecer: porque si por fafta de esperíencia te
pareciere a ti que de algún estado no se pueda
con justa razón dezir, yo trabajaré como bien
esperiraentado de te desengañar; y quiero que
oy passemos en nuestra conuersacion mostrán-
dote que ya en el nmndo no aya estado ni lu-
gar que no esté deprabado, y en que el honbn»
pueda parar sin peligro y corroto de su viuir.
MiriLO. — Por cierto, gallo, yo puedo con
gran razón gloríarme de mi felicidad, pues en-
tre todos los mortales alean ctí tenerte a ti en mi
familiar conuersacion, lo qual tengo por pro-
nostico de mi futura beatitud. No puedo sing
engrandecer tu gran liberalidad, de la qual has
comigo vsado hasta aqui, y me admira tu espe-
ríencia y gran saber, y príncipalmente a(|uella
eloquencia con que tantas y tan diuersas cosas
me has narrado; en tanta manera que a todas
me has hecho tan presente como si passaran
por mí. He visto muy bastantemente la verdad
de tu theina y proposición, en que propusiste
probar todos los honbres tener engaño y en
ningún estado auer rectitud. Preguntasme ago-
ra te diga qué dubda o perplegidad aya en mi
spiritu de que me puedas satisfazer. Qiei-ta-
mente te quiero confesar vn pensamiento inv
table que tune desde mi juuentud: y avn agora
no estoy libre del: y es que siempre me admi-
ró el estado de los ríeos y poderosos principes
y señores del mundo; no solamente estiman-
dolos en mi coracon a ellos por bienauen tu-
rados como a poseedores y señores de aquellas
ríquezas, aparatos y familias que poseyan ('),
pero aun me tuuiera por bionauenturado si co-
mo ministro y criado de alguno de aquellos
mereciera yo frequentar su familiaridad, serui-
Cio y conuersacion. Porque aunque no ostu-
uiera yo en el punto de la bicuauenturanya qn í
ellos tienen como poseedores y señores, a lo
menos me contentara si por criado y apani-
guado yo pudiera gozar do aquella poca felici-
dad y contento t^ue dan aquellos aparatos y ri-
quezas a solo el qu(i los ve; y lo mesuio tengo
agora, en tanta manera, que si me faltasses a
me entretener la vida miserable que padezco
(') G., poseen.
EL CROTALON
239
me y ría para allá, principalmente viéndome
tan perseguido de pobreza que me parece mu-
chas yezes, que TÍuir en ella no es vibir, pero
muy miserable muerte (*), y me turnia por muy
contento si la muerte me quisiesse llenar antes
que passar en pobreza acá.
Gallo, — Admirado me has, ¡oMi^ilo! quan-
do auiendote mostrado hasta agora tanta diner-
sidad de cosas y los grandes infortunios que
estén anejos y como naturales a todos los esta-
dos de los honbres, a solo el de los ricos tienes
inclinada la afición, a los quales el trabajo es
tan natural ; y más me marauillo quando que-
xandote de tu estado feli^issimo di^es que por
hnyr de la pobreza tcmias por bien trocar tu
libertad y nobleza de señor en que agora estás
por la seruidumbre y captiuerio a que se some-
ten los que viuen de salario y merced de algún
rico señor; yo condeno este tu deseo y pensa-
miento por el mas herrado y miserable que en
el mundo ay, y ansi confío que tu mesmo te
juzgaras poi tal quando me acabes de oyr.
Porque en la verdad yo en otro tiempo fue
desa tu opinión , y por oxpcrionciíi lo gusté y
me subjcté a esa miseria; y te hago saber, por
el Criador, que acordarme agora de lo que en
aquel estado padecí se me vienen las lagrimas
a los ojos, y de tristeza se me aflixe el coraron,
como de acordarme (*) de aucrino visto en vna
muy triste y profunda cárcel, donde todos los
dias y noches aherrojado en grandes prisiones,
en lo obscuro y muy hondo de vna torre, aniar-
rrado de garganta, de manos y pies passé en
lagrimas y dolor; ansi aborrezco nconlarmc de
aquel tienpo que como sieruo subjete a señor
mi libertad; ([ue so me esp(>luvan los cabellos,
y me tienblan los mienbros como si me acor-
dasse agora de vna gran tenpestad en que en
ol golfo de Ingalaterra, y otra que en el archi-
piélago de Grecia en otro tienpo passé. Quando
me acuerdo de aquella contrariedad de los vien-
tos que de todas partes nos herian el nauio,
el mastel y antena roto y las velas echadas al
mar, ya sin remo ni gouemalle ni jnizio que lo
pudiesse regir. Vernos subir vna vez por vna
ola que por una gran montaña de agua nos
Ucuaua a las estrellas, y después desyendir
a los abismos, y fácilmente boluernos a cubrir
de agua otra ola que venia por sol)re puente y
plaza del nauio como si ya sorbido el caxco
nadáramos a pie por el mar. ¡Hay! que no lo
puedo dezir sin sospiro; quando me acuerdo ver-
nos yr con toda la furia que los vientos nos
podián llenar a enuestir con el uanio en vna
muy alta roca que paremia fuera del agua, y por
comiseracion de Dios incharse tanto el mar,
(•J G., morir.
(*) G., acordarEfieme.
que cubierta la roca de agua fuemos llenados
por cima en gran cantidad sin alcanzar a piciir
el nauio en ella. Por lo qual, ¡o Micilo! porque
no te puedas quexar en algún tienpo de mi,
que te fue mal amigo y consejero, y que vién-
dote inclinado a ese yerro y opinión no acon-
sejé bien descubriéndote el veneno que en qsU*.
miserable ceno está ascondido, y el daño que
después de tragado el anyuelo tiene en si la
meluca y bocado que alli deseáis comer. Mas
antes quiero que teniendo el manxar en la boca
bomites la sangre cou el dolor antes que pren-
diendo la punta en el paladar miserablemente
arroxes la vida (}), Antes que vengas en este
peligro te quiero amonestar como amigo, des-
cubriéndote la perdición (*) que en este nn'sc-
rablo estjido de sieruo está ascondido porque
en ningún tienpo te puedas quexar de mí: y si
lo que yo te dixere no fuere verdad, si lo pro-
bar quisieres, entonyes dirás con justa razón
que soy el más fabuloso mentiroso que en el
mundo ay, y no te fies otra vez de mi; y todo
lo que en este proposito dixere quiero dezir
principalmente por ti, Micilo, por satisfacer a
tu perplegidad; y despves quiero que tanbien
entiendan por si todos quantoa en el mundo
son, los quales son dotados de naturaleza de
al gima habilidad para aprender, o que salvan ya
algún arte mechan ica, la qnul tomada por offí-
cio cotidiano, trabajando a la contina se pneduu
mantener. O af^uellos que en alguna manera
se les comunicó por su buen natural aljjfuna
sciencia, gramática, rectorica, o philosophia.
Estos tales merecían ser escupidos y negados
de su naturaleza si dexando el exercicio y ocu-
pación destas sus sciencias y artes que para la
conseruacion de su bienauenturada libertad les
dio, si repudiada y echada de si se lanyau cu
las casas de los principes y ricos honbres a sor-
uir por salarío, precio, xornal y merced. Con
solos aquellos no quiero al presente hablar quo
el vulgo llama tnihanes, chocarreros, que tie-
nen por officio lisonjear para sacar el precio
miserable. Que estos tales son locos, necios,
bobos: y porque sé que en los tales ha de apro-
uechar poco (*) mi amonestación dexarlos he,
pues naturaleza los dexó privados del sumo
bien, que es de juicio y razón con que pudiessen
dicemir la verdad, y ansi pues ella los dexó por
la hez y escoria de los honbres que crió, no la
quiero con mi buen consejo al presente repug-
nar ni contradezir, corrrigiendo lo que ella a pu
(') G., el daño qne despucs de tragado el yeao en el
anzaclo está, y teniendo la meluca en la boca para Va
trabar no te la hago echar fuera antes que prendien-
do la punta en. ta paladar bomites la sangre y viJa
con dolor.
!*) G., el veneno.
3) O., no ha de aprouechar mi.
a40
OltlGEJÍES UE LA NOVELA
¡.ropositi) formó; j taiibicn porque estos tales
Ki>i) tan inutiltís j tan sin habilidad que si les
(jiiitasscinos por alguna minora este su modo
de viitir no rostaua sino abrirles el sepulcro en
■ qntí loa enterrar; y aiisi ellos por esta causa no
lus es aljínua culpa ui injuria si afrontados y
vituperados de sus aeflores sufren sin sentir
ton tal que les paf^ien su sornal vilissituo y
interés. Viniendo pues ol proposito de nuestra
intitiíion, harto pienso que haré oy, Mi^ilo, si
con mi eloencuíin destruyere aquellas fuertx's
razones que tienen a ti y a los semejantes se-
cares, penierlida y conuenrida vuestra íntín-
i'ion; ponjue necesariamente lian de ser de do-
blada eíficaíia las nii«>, puet* a las vuestras
teii^o de eehar (le la posessiou y fortnle?^ en
que estañan scñureadan hasta aqui, y deuo
mostrar ser tlaeas y de ningún valor y que de
aqui adelaiite no tensáis loa tales cou qué os
esensar, encubrir y defender. IJiinuto a lo pri-
mero dizes tú, Mi^ilü, ser tan brauo enemigo la
pobreza en el animo generoso, que por no le
poder sufrir te quieres acoger a los palacios y
casos de los poderosos y ricos houhres, en cuya
semidunbre te piensas enrriiiuezer viniendo por
nicn.'ed, prefio, y xornal. ;Dizes est",MÍ9Ílo?
Mii,'iLO. — Eso digo, gslln. ser ansi; y no
solo yo, pero qnantos honbrcs en el mmi-
du ny.
Gallo. — Por cierto, Mi^ilii, ja que tienes
BÍiorretida la pobreza en tanta manera que
más (juerrias morir que en ella vibir: jo no
hallo quanto remedio os sea para huyr della
lon^nros a la serniditubre del palaeio, ni me fa-
tigaría mucho en persuadir a los que esa vida
segiiia por remedio do rnestra nei;es¡dad el va-
lor y estima en que b pmpria lil)ertad so dfiW
teTiiT. Pero si yo veo por cxiH'rienvia que el
palacio no es a los tales menesterosos sino como
vil xaraue, o flaca medicina que «Igu» medico
da al enfermo jwr entretenerle en la vida que-
dando sieupre el fuego y furia (') de la enfer-
medad en su vigor, ansí que jo no jiixlré apo-
Lrar vuestra opinión (^). ¡ Si sienpre cou el pa-
lavio queda la pobreza, sicnpre la nei;esidad del
rcvolir, sienpre la ocasión del pcdiry tomara SÍ
arn en aquel estado del palacio nada nj tnton-
ce» que se guarde, ninguna que Robr<>, ninguna
que se rescrue, pero lodo lo que se da j que se
rei.ibe, (uí/o es menester para el ordinario gasto
y avn sieupre falta j nunca la necesidad sujile
lo que se resille ('), por mejor se deuria tener,
Micilo, aueros quedado en vuestra pobreza con
esperanza que algún dia o» alegrara la prospera
fortuna, que no auer venido a estado y causas
(<; G., luerca.
(') G , ;cumo podre jo aprolor vuestra opinión?
(') G.. K sople.
en que la pobreza se conserua y cría, y avn
augmenta como t« eu la vida que por remedio
escogéis. En verdad que el que viniendo en ser-
uidunbre le parece bnjr la pobreza no puedo
sino afirmar que grandemente a si mesmo se
engafia, pues aienpre veo al tal menesteroso
y miserable y en necesidad do pedir, y qne
láii.'iLO. — Ya quiero, gallo, responder por
mf y por aquellos que la necesidad los trae a
este viliir, con los quales comunicando muchas
vezes con mucho gusto y plnzer me solían de-
zÍT los fundamentos y razones con que apoys-
uan y defendian su opinión, que a muchos oy
dezir que seguían aquella vida del palacio por-
que a lo menos en ella no se temia la pobreza,
pues que conforme a la costumbre de otros mu-
chos lionbres trabajauan auer su cotidiano
niautcnimieoto de su industria y natural solici-
tud, porque ya venidos a la vejez, quando las
fuercas faltan por flaqueza o enfermedad, espe-
ran tener alli en qné se poder mantener.
Gallo. — Pues veamos agora si esos dizen la
verdad. Mas ñutes me parece que con mucho
mayor trabajo ganan esos tales el mantenimien-
to que quaiitos en el mundo son. Porque loque
alli se gana bnsc de alcancar con ruegos; lo qnal
es mas caro que todo el trabajo, sudor v precio
conque en el mundo se pueda comprar. Qoanto
más que avn quieren los señores que se trabaje
y .'(■ sude el salario; y de eada dia se les aug-
mentan dos mil negocios y (>cupaciones (') pars
el cunplimiento do las (') quales no basta al
lionbre la natural salud y buena dispusil^io^
paro los acabar ('); por loqual es necesario ve-
nir a enfermedad y flaqueza j cuando los seño-
res (*) eienti>n a sus criados que par su iudis-
pusivion no los puctlen seruir y abastar a sus
negocios los despiden de su seruicio, casa 7 fa-
milia ('). Uo manera que cUramenti' ves ser
ongafiados por esa razón, pues les acarreó el
palacio más miseria, enfermedad y trabajo, lle-
uanan (•) quando a él fueron.
Mn;iLO. — Pues dimc agora /«, gallcí; jim» no
te parece que U>s miseros como yo sin culpa po-
drían elegir y seguir aquella vi<Ía por gozar (si-
quiera) de aquel dclcyte y contentamiento que
da vibir en aquellas anchas y espaciosas casas,
babítacion y morada de los diodos y de sola per-
sona real? enhastiados 7 mohínos destas nues-
tras niiserabli's y aliumadas choi.'as que más son
pozilgas de puercos que casas y habitación de
l'j G.,filoyto*.
l'l G , pud«r mi ¡citar.
l')G.,ío.iÍeMcii.
O fJ,, y casa,
i') G., trabajo, y por el coiiii guíente mú mUcria v
«nfermedad qne licúan.
EL CHOTA LON
241
hoobree; j ansi nioiiidos (') «ometcrDOa a bu
■ernifio, STnque no se t;ozc b11¡ de más (¡ue de
la Tiata de aquellos maratiillosos tesoros que
estaD eu aquellos Buntuosoe aparadores de
oro (*) ydc plata, ba^illas y tapetes y otras ad-
min^fes riquesas que entretienen al bonbre
con sola la vista en delejte j con tenti miento,
j avn comiendo j beiiiendo en ellos, casi en es-
peranfa de los comer y tragar?
Gallo. — Esto ee, Mi^ilo, lo verdadero que
primero se ania de dczir, que es causa principal
que muene a los semejantes honbrcs a trocar
riu libertad por scruiduuibrc, que es la cobdifia
y ambición de solo gustar y ver las cosas pro-
tanaa, demasiadas y superfliias; y no el ir a
Tusoar (como primero deziades) lo necesario y
L'ünueniente a vuestra miseria (*), pues eso me-
jor 80 halla (') en vuestras chocos y pobres (')
easaa auoqnc vacias (*) de tesoro, pero ricas pi>r
libertad, y esas esperanzas que dezis que pro-
meten loa seflores con la conuersa^ion de su
generosidad, digo que son esperanzas vanas, y
de semejante condifion tgue las promesas con
que el amante mancebo entretiene a su amiga,
que nunca le Falta vns esperanza que la dar de
algnn suceso, o herencia que le ha de venir,
porque la vanidad de su amor, no piensa po-
derla conseruar sino con la vana esperanza de
que algún tienpo (^) ha de tener grandes te-
soros que la dar, y ansi ambos dos confiados de
aquella vanidad llegan a la vejez mantenidos
de solo el deleyte que aquella vana esperanza
les dio, abiertas las bocas hasta el morir, y se
tienen ostoa por muy satiafeclios porque goza-
ron de vn contentamiento que les entretubo el
viuir, avnque con trabajo y miseria. Desta ma-
nera se on los que viben en el palacio, y avn es
de mejor condición la esperanza destos miseros
amantes que la de que se sustentan los que vi-
nen d<! salario y mcrc«d, porque aquellos per-
nwne^n en su señorío y libertad, y estos
no. Son como los compafieros de Ulixes, que
transformados por (ijr^^a en puercos rebol-
candose en el sufio ^ieiio cstimaimi) en mus
gOKar de aquel presente delcyte y miserable
contentamiento que ser bucltos a su humaui'
natural.
MiijiLO,— ¡Y no le parece, gallo, que es
(') G , dcaen dwear >i[uetla viila, pot aoto el delej-
te y coiitsntami«nt<i que Jn vibtr en aquellan anchas
y espn^íom caBui, babita^-ian ds diosaa j de rola per-
Mina HBal j insudo* de aqDeItu g^ndev esperanva^
ina prometen aquellos poderoso» seiloreí con BU real J
{(eneroaa conaera^iou.
(*j G., por goiar eolamente de ai[uell0B maraaillo-
soí tewiroH, ap>ndorta de orn.
V) G., al cDopUmieiito de vuestra nei'Csidad.
t'l fi , hallara.
I') G-, projña^
(•) G., pobre».
CJ G.. Su.
ORtURHIS DI LA NOVKLA.- 16
gran Felicidad y cosa do gran (') estima y valor
tener a la contiua comunicafiou y familiaridad
con ylnstres, generosos principes y seilOKS,
aunque del palacio no se sacasse otro bien ni
otro pronecho, ni otro ínteres?
Gallo.— Ha, ba, ha.
MiviLO. — ¿Y de qué te ríes, gallo?
Gallo. — Porque nunca oí cosa más digna
de reyr. Porque yo no temía por cosa más vana
que comunicar y asistir a] Rey más principal
que en el mundo ay, si otro iuteres no se sa-
coase de alli: ¿pues no me seria igual trabajo en
la vida que auer de guardar tanto tienpo aqui>l
respeto, aquel sosiego y aaíento, miramícaü) j
seueridad que se deue tener ante la presencia y
acatamiento de la gran magestad del Rey?
Agora, pues que emoa tratado de las causas
que les traygan a estos a vibír en tal estado de
seruidunbrc (*), vengamos agora a tratar los
trabajos, afrentas y injurias que padecen para
ser por los seQores elegidos en su scruí^io, y
para ser preferidos a otros que están oppnestoii
con el niesmo deseo al meamo salario; y tanbien
TereraoH lo que padecen en el profeso de aquella
miseraiile vida, y al (*) fin on que acaban (').
Quanto a lo primero es necesario que sí haa de
entrar a viuír con algún sefior, que vn día y
otro vayas y vengas con gran continuación sn
casa, j que nunca te apartes de hus vmbrales
y puerta, aunque t4' tengan por enojoso y impor-
tuno, y aunque con el rostro y con el dedo te lo
den a ententer, y aunque te den con la puerta
en loa ojos no te has de enojar, mas antes has
de disimular, y comprar con. dineros al portero
la memoria de tu (*) nonbre, y que al llegar a
la puerta no le seas importuno. Demás desto
es nes^esario que te vistas de nueuo con más
sumptuoaidad y costa que lo sufren tus faerfan
conforme a la magestod (*) del seflor que pre-
tendes (^) seniir. Para lo qual conuiene qnc, o
vendas tu hacienda ('), o te empeñes para de-
lante pagar del salario (') si al presente no tie-
nes qué vender, y con esto has de vestirte del
color y corte que sepas que más vsas o le aplazo
al BGfior ('*) porque en cosa uingnim no discre-
pes ni passes su voluntad, y tanbien lias di<
mirar que le acompañes con gran cordura do
quiera que fuere, y que mires ai has de yr ade-
lanto, o detrasi en que lugar, u mano. Sí has de
yr entrt; los priiu'ipales, o con la tndla y comu-
(-'1 G.. a U.
(<) Ü., ical«D.
(') 1}., porque ne acuerde do tu.
'.*) G , dignidad.
j'í G.. qnevasa.
(■) G-, palrimonio.
<■) ü., seroi^io.
(-) G., a tu amo.
242
ORÍGENES DE LA NOVELA
Bidad df familia por hazor pompa y aparato de
irentc; y con todo esto has do sufrir con pa-
74cn9Ía uunque passou diucIiok dius siu que tu
Httw te quiera mirar a la cara, ni ecliarte de ver,
y 8i alguna vez fuere» tan dichoso que te qui-
siere mirar, si te llamare y te dixere qualquic-
ra cosa que él quisiere, o se le viniere a la bocii,
enton<;'>e6 verás te cubrir de vn gran sudor, y to-
marte vna gran congoja, que se te Riegan los
ojos de vna súbita turbayion, principalmente
quando ves loa que están al rededor que se ryen
viendo tu perplegidad y que mudo no sal>e8 qué
dezir. En tanta manera que a vna cosa que aca-
ho te pregunta respondes vn gran disparate por
verte cortado, lleno de em¡>acho {}), V a est^
enibara^ do naturaleza llaman los virtuosos
que delante están verguen9ii, y los desuergon-
^ados lo llaman temor (*) y los maliciosos dizeii
que es necedad y poca esperencia; y tú, mise-
rable, quando has salido tan mal desta pri-
mera conuersacion de tu señur quedas tan mo-
híno y acobardado que de descontento te al»o-
rre^es, y después de auerte fatigado muchos
dias y aner passado muchas noches sinjsueño
con cuydado de asentar y salir con tu intinvion
y quando ya has padeoid*) mil tormentos y
aflicciones, injurias y afrentas, y no por alcan-
C«r vn rey no en posesión, o vna riudad, sino
solamente vn pobre salario de rinco mil mara-
uetlis, ya que algún buen hado te faborecio, al
cabo de nmchos dias vienen a infomiarhC de ti
y de tu habilidad (•). y esta rsiHTienvia que de
tu persona (*) se haze no pienses que le es poca
vfaneza y presunción al (') s?eñor, porque le va
gran gloria quererse scruir i^') do honbres cuer-
dos y habik'S (') para (lualquiera i-osa que se
le» i*ucomiende; y avn to has dv aparejar que
han de liazer examen y iiilorniavion de tu vida
yco^tunbres. ¡O desuenturado de ti! que congo-
jas te toman quando piensas si por malicia de
vn ruyn vezino que quiera informar de ti vna
riiyn cosa, o que quando moco passó por ti al-
guna liuiana flaqueza, y p«»r no te ver auenta-
jado, |K)r tener enuidia de tus padres, o linaje
informa mal de ti, por lo qmil <'Stás en ventura
de ior desechado y excluido; y tanbien eonio
acaso tengas algún opOf?itor que pretenda lo
que tú y te contradiga, es necesario que con
toda su diligencia rodee toda a las cabás y nmros
por donde pueda contnmiinar y abatir tu forta-
(') (t , que to acontece que preguntándote el señor
que hombre f ne el rey Tholomeo. rcs|H)ntlas tu que fue
nerraano y marido do Clopatra: o otra comí que va
inay Icxoh de la intincion de tu ««efior.
{h G., dizen qno en temor.
(' G., de tu habilidad, |>ersoiia y linaje.
i*) G , y c»ta pesquÍMi que de ti.*
(•) G., a tu.
!■) G., que dígAn que se sirue.
') G., sabios y cuerdos.
lesa. Este tal ha de examinarte la vida y dee-
cubrirte lo que esté muy oculto y enterrado por
la antigüedad del tienpo (*) y sabida alguna
falta, o miseria, lia de procurar con toda su
industria porque el Seilor lo sepa. Que ten^o
por mayor el daño que resulta en tu persona
sabor el señor tu falta verdadera, o impuesta,
que lio el prouccho que podra resultar de ser-
uirse de ti todos los ¿Lias de su vida. Considera
¡o Micilo! al pobre ya viejo y barbado traerle
on examen $v cordura ^ su linaje^ costunbreít jf
ser; de lo que ha estudiado, qué sabe, qué lia
aprendido: y si cstaua en opinión de sabio hasta
agora, y con ello cunplía, agora lia de mostrar
lo que tiene verdadero. Agora, pues, pongamos
que todo te suceda bien y conforme a tu volun-
tiid. Mostraste tu discreción y habilidad (') y
tus amigos, vezinos y parientes todos te fabo-
recieron y informaron de ti bien. El señor te
recibió: la muger te aceptó; y al mayordomo
despensero y oficiales y a toda la casa plugo
con tu venida. En fin venciste. ¡O bienauentu-
rado vencedor (') de vna gran Vitoria!: mere-
C-cs ser coronado como a trihnnfador de \nñ
antigua Olinpia (*), o que por ti se ganó el
royno de Ñapóles o pusiste sobre el muro la
vandera en la Goleta. Razón es que rec¡l>as
el premio y corona igual á tus méritos, traba-
jos y fatigas. Que de aqui adelante víbas des-
cansado, comas y bebas sin trabajo de la abun-
dancia del señor, y como suelen dezir, de oy
más duermas a pierna tendida. Mas ante todo
esto es al renes. Porque de oy más no has de
sosegar a comer ni a Iníber. No te ha de va>;ar,
dormir ni pensar vn momento con ocio en tu>
proprias miserias (') y necesidades; porque
sienpre has de asistir a tu señor, a tu señora,
hijos y familia. Sienpre despierto, sienpre con
cuydado, sienpre solicito de agradar niás a tu
señor, y quando todo esto huuieres heeho i'oii
gran cuydado, trabajo y solicitud te ptxlrá dezir
tu señor que heziste lo que eras obligado, que
para esto te eogií» por su salario y merced, por-
que si mal siruieras» te despidiera y no te jva-
gara, porque él no te cogió para holgar. En íin
mil cuydados, trabajos y pasiones, desgraciüN
y mohinab te suei'deran de cada dia en estii
vida de palacio; las ((uales no solamente ii>»
podra sufrir vn libre y generoso corayon exer-
Citado en vna (•*) virtuosa oeupjvcion, o estudio
de buenas letras, pero aun no es de sufrir d<'
alguno que por pereza, cobdicia y anib¡v¡oii
desee comunicar «quidlas grandeca-s y sunij;-
Í*) G., ocnlto y Honoliento.
') G., tu 8al>er, cordura y discreción.
^) G., trihuníador.
(*) G., merecefl, no de roble o arrayan como Ick otros
on la Olimpia.
(•) G., COMA.
(*) G., al^^una.
EL CROTALON
243
tuosidades agenas que de si no le dan algún
otro ínteres más qae (}) verlas con admiración
siu poderlas poseer. Agora qaicro que conside-
res la manera que tienen estos señores para
señalar el salario que te han de dar en cada m
año por tu semi^io. £1 procura que sea a tienpo
7 a coyuntura y con palabras y maneras qne
sean tan poco que si puede casi le simas de
ralde, y pasa ansi que ya después de algunos
días que te tiene asegurado y que a todos tus
parientes y amigos y a todo el pueblo has dado
a entender que le sirues ya, quando ya siente
que te tiene metido en la red y muestras estar
contento y Imfano y que precias de le seruir,
vn día señalado, después de comer hazete llamar
delante de (') su muger y de algunos amigos
¡goales a él en edad, auarÍ9Ía y condición, y es-
tando sentado en su (') silla como en teatro, o
tribunal, limpiándose con yna paja los dientes
hablando con gran grauedad y seueridad te
comienza a dezir. Bien has entendido, amigo
mió, la buena voluntad que emos tenido a tu
persona, pues teniéndote rc8i)eto te preferimos
en nuestra compañia y seruiQio a otros muchos
qne se nos ofrecieron y pudiéramos re^^bir.
Desto, pues, has yisto por espcriencia la verdad
no es menester agora referirlo aqui, y ansi por
el semejante tienes visto el tratamiento, orden
y ventajas que en estos dias has tenido en
nuestra casa y familiaridad. Agora, pues, resta
que tengas cuenta con nuestra llaneza, poco
fausto, que conforme a la pobreza de nuestra
renta vinimos recogidos, humildes como ciuda-
danos en ordinario común. De la niesma ma-
nera querría que subjctasses el entendimiento
a vinir con la mesma humildad, y te conten-
tftsses con aquello poco que por ti podemos
hazer del salario común (*), teniendo antetí res-
peto al contentamiento que tu persona terna de
seruirme a mi, por (') nuestra buena condición,
trato y familiaridad; y también con las merce-
des, prouechos y fabores que andando el tienpo
t<e podemos hazer. Pero razón es que se te
señale alguna cantidad de salario y merced, y
quiero que sea lo que te pareciere a ti. Di lo
que te parecerá, porque por poco no te querria
desgraciar. Esto todo que tu señor te ha dicho
te parece tan gran llaneza y fabor que de valde
estás por le semir, y ansi enmudeces vista su
liberalidad; y porque no ve que no quieres dezir
tu parecer soys concertados que lo mande vno
de aquellos que están allí viojos, auarientos,
semejantes y criados de la mocedad con él.
Luego el tercero te comienoa a encarecer la
(M G.,de.
(») G., ante.
I') G^ magran.
(*) G., qaanto a grandei aalaríod .
í») G., con.
buena fortuna que has anido en alcancar a
seruir tan valeroso señor. £1 qnal por sus mé-
ritos y generosidad todos quantoa en la cindad
ay le desean seruir y tú te puedes tener por
glorioso, pues todos quedan enuidiosos (') de-
seando tu mesmo bien; avnque (^) los fabore»
y mercedes que te puede cada dia hazer son
bastantes para pagar qualquiera soruício sin
alguna comparación, porque parezca que so co-
lor y titulo del salario te pueda (3) mandar, re-
cibe agora cinco mil maravedís en cada vn año
con tu ración ; y no hagas caudal desto que en
señal de aceptarte por criado te lo da para vnas
calcas y vn jul>on, con protestación que no parará
aqui, porque más te recibe a titulo de merced,
debajo del qual te espera pagar; y tú confuso
sin poder hablar lo dexas ansi, arrepentido mil
vezes de auer venido a le seruir, pues pensaste
a tnieque de tu liberdad remediar con vn razo-
nable salario todu tu pobreza y necesidades con
las quales te quedas como hasta aqui, y avn te
ves en peligro que te salgan más. Sy dizes que
te den más, no te aprouechará y dezirte han que
tienes ojo a solo el interés y que no tienes con«
fíanca ni respeto al señor; y avnque ves claro tu
daño no te atreues (^) despedir, porque todos
dirán que no tienes sosiego ni eres para seruir
vn señor ni para le sufrir; y si dixeres el poco
salario que te daua, injuriaste, porque dirán que
no tenias méritos para más. Mira batalla tan mi-
serable y tan infeliz. ¿Qne harás? Necesitaste a
mayor necesidad; pues por fuerca has de seruir
confiado solo de la vana esperanca de merced, y
la mayor es la que piensa la que te hazc en se
seruir de ti, portjue todos estos señores tienen
por el principal articulo de su fe, que los hizo
tan valerosos su naturaleza, tan altos, de tanta
manificencia y generosidad que el soberano
poder afirman tenérsele (') vsurpado. £s tanta
su presunción que les parece que para solos ellos
y para sus hijos y descendientes es poco lo que
en el mundo ay, y que todos los otros honbres
que en ol mundo viben son estiércol, y que les
basta solü pan que tengan qué comer, y el sol
que los quiera alunbrar, y la tierra que los
quiera tener sobre sí; y teniendo ellos diez y
veynte (") cuentos do renta y más, no les pa-
rece vn niarauedi: y si liablan de vn clérigo
que tiene vn benefficio que le renta cien duca-
dos, o mil, santiguansp con admiración: y pre-
guntan a quien se lo dize si aquel benefficio
tiene pie de altar; que puede valer; y muy de
veras tienen por opinión que para ellos solos
(*) O., ¡DaidiofloR.
(*) G., puefl.
('•) G., puede.
(*j (j., o«a«.
(•) G., lea tienen.
(•) G., (/inquenta.
244
ORÍGENES DE LA NOVELA
hizo naturaleza el feysan, el francolín, el abu-
tarda, gallina j perdiz y todas las otras aues
pre9Íada8, j tienen muy por cierto que todo
hombre es indigno de lo comer. Es, en concln-
sion, tanta su (}) soberuia y anibÍ9Íon destos
que tienen por muy aueriguado que todo hon-
bre les deue a ellos salario por quererse dellos
seruir; ya que has visto como eligen los hom-
bres a su proposito, oye agora cómo se lian
contigo en el discurso de tu serui^io. Todas
sus promesas Tcrás al renes, porque luego se
Tan hartando y enhadando de ti, y te van
mostrando con su desgracia y desabrimiento '
que no te quieren ver, y procuran dArtelo a en-
tender en el mirar 'y hablar y en todo el trata-
miento de tu persona. Dizen que vcniste tarde
al palacio y que no sabes seruir y que no ay
otro hombre del palacio sino el qnc vino a él
de su niñez. Si tiene la mujer o hija mo^a y
herniosa, y tú eres mo<;o y gentil hombre tiene
de ti zelos, y vibe sobre aniso recatándose de
ti: miratc a las manos, a los ojos, a los pies.
Mandan al mayordomo que te diga vn dia que
no entres en la sala y comunicación del señor,
y otro dia te diV.e que ya no comas en la mesa
de arriba, que te bajes abajo al tinelo a comer,
y si porfías por no te injuriar mandan al paje
que no te dé silla en que te asientes, y tu tra-
gas destas injurias dos mil por no dar al vulgo
mala opinión de ti. ¡Quanta mohina y pesa-
dumbre recibes en verte ansi tratar! y ves la
nobleza de tu libertad trocada por vn vil sala-
rio y merced. Verte llamar cada hora criado y
sieruo de tu señor. I Qué sentirá tu alma quando
te vieres tratar como a más vil esclauo que
dineros costo? Que criado y sioruo te han de
llamar; y no te puedes consolar con otra cosa
sino con que no naciste esclauo, y que cada dia
te puedes libertar si quisieres, sino que no lo
osas hazcr porque ya elegiste* por vida el seruir,
y quando ya el mundo y tu mal hado te ven
ya desabrido y medio deses{>eradu, o por ma-
nera de piedad, o por te entretener y prendarte
para mayor dolor, date vn ^^vo muy delicado,
vna dieta cordial como a honbre que está para
morir, y sucede que se van los señores vn dia
a holgar a vna huerta, o romeria, mandan apa-
rejar la litera en que vaya la señora y anisan
a toda la gente que esté a punto, que han todos
de caualgar; t/ quando está a cauallo el señor
y la señora está en la litera, mándate la señora
a gran priesa llamar. ¿Que sentirá tu alma
quando llega el paje con aquel fabor? Estás en
tu cauallo enjaezado a toda gallardía y cortesa-
nía, y luego partes con vna braua furia por ver
tu señora qué te quiere mandar (*). V ella
(M (»., la.
{') G., que te manda tu señora.
haziendose toda pedayos de delicadeza y ma-
gestad te comieuca a dezir: Mi^ilo, ven acá;
mira que me hagas vna gracia, vn soberano
seniicio y plazer. Haslo de hazer con buena
voluntad, porqne tengo entendido de tu buena
diligencia y buena inclinayion que a ti solo
puedo encomendar vna cosa tan amada de mi ('),
y de ti solo se puede fiar. Bien has visto qnanto
yo amo a la mi armenica pernea graciosa; está
la miserable preñada y muy cercana al parto,
por lo qual no podre sufrir que ella se quede
acá. No la oso fíar (^) destos mal comedidos
criados que avn de mí persona" no tienen cuy-
dado, quanto menos se presume que teman de
la. perrilla, avnque saben que la amo como a
mí. Ruegote mucho que la traigas en tus manos
delante de ti con el mayor sosiego que el caua-
llo pudieres llenar, porque la cuytada no reciba
algún daño en su preñez; y luego el buen Mi-
cilo recibe la perrilla encomendada a su cargo
de llenar, porque casi Uoraua su señora por se
la encomendar, que nunca a las tales se les
ofrece fabor que suba de aquí. ¡Qué cosa tan
de reyr será ver vn escudero gallardo, gracioso,
o a vn honbre honrrado de barba larga y gra-
uodad llenar por medio de la ciudad vna perrica
miserable delante de si, que le ha de mear y
ensuciar sin echarlo él de veri y con todo esto
quando se apean y la señora demanda su arme-
nica no le faltará alguna liuiana desgracia qut'
te poner por no te agradecer el trabajo y afrenta
que por ella pasaste. Dime agora, Micilo, ¿quál
hombre ay en el mundo por desuenturado y
miserable que sea, que por ningún ínteres de
riqueza ni tesoro que se le prometa, ni por
gozar de grandes deíeytes que a su imaginación
se le antojen auer en la vida del palacio, true-
que la libertad, bien tan nunca bastantemente
estimado de los sabios, que dizen que no ay
tesoro con que se pueda comparar; y viban en
estos trabajos, vanidades, vurlerias y verdade-
ras niñerias del umndo en seruídumbre y cap-
tiuerio miserable? ¿Quál será, si de seso total-
mente no está pribado, y mira sienpre con ojos
de alinde las cosas, con que todas se las hazen
muy niavores sin comparación? ¿Quién es aquel
que teniendo algún offício, o arte mecainca,
avnque sea de vn pobre capatero como tú, que
no quiera más con su natural y propría libertad
con que nació ser señor y quitar y poner en su
casa conforme a su voluntad, dormir, comer,
trabajar y holgar quando querrá, antes que a
voluntad agena viuir y obedecer?
Mi^iLO. — Por cierto, gallo, conuencido me
tienes a tu opinión por la efficacia de tu per-
suadir, y ansi digo de hoy más (fue quiero más
(M G., que yo tanto amo.
(•) (f ., confiar.
EL CROTALON
245
vibtr en mí pobreza con libertad que en los tra-
bajos y miserias del agcno 6era¡9Ío viuir por
mer9ed. Pero parece que aquellos solos serán
de escusar, a los quales la naturaleza puso ya
en edad razonable y no les dio offípio en que se
ocupar para se mantener. Estos tales no parece
que serán dignos de reprehensión si por no pa-
de<;er pobreza y miseria quieren seruir.
GrALLO. — MÍ9ÍI0, engañaste; porque esos
muchos más son dignos de reprehensión, pues
naturaleza dio a los honbres muchas artí'S y
offí^ios en que se puedan (K'upar, y a ninguno
dexó naturaleza sin habilidad para los poder
aprender; y por sn oyio, negligenvia y vi^io
quedan torpes y necios y indignos de gozar del
t«soro inestimable de la libertad; del qual creo
que naturaleza en pena de su negligencia los
privó; y ansi merecen ser con vn garrote viva-
mente castigados como menospreciadores del
soberano bien. Pues mira agora, Micilo, sobre
todo, el fin que lo» tales han. Que quando han
consumido y empleado en esta suez y vil trato
la flor de su edad, ya qup están casi en la
vejez, quando so les ha de dar algún galardón,
quando parece que han de descansar, que tie-
nen ya los miembros por el seruicio contino in-
hábiles para el trabajo; quando tienen obliga-
dos a sus señores a alguna merced, no les falta
vna brizna, vna miserable ocasión para le des-
pegar de 8^. Dize que por tenor grande edad le
perdió el respeto que le deuiu como a señor. O
que le trata mal sus hijos; o que quiere mandar
más que él ; y si eres mo^o leuantate que te le
quieres echar con la hija, o con la muger; o
que te hallaron hablando con vna donzella de
casa en vn rincón. De manera que nunca les
falta con que inPanie y miserablemente los
echar, y avn sin el salario que siruio, y donde
pensó ^1 desuenturado del sieruo que auia
proueydo a la pobreza y necesidad en que pu-
diera venir se ofreció de su voluntad a la causa
y ocasión de muy mayor, pues echado de aque-
llas agenas casas viene foryado al hospital. AUi
viejos los tales y enfermos y miserables los dan
de comer y beber y sepoltura por limosna y
amor de Dios. Resta agora, Micilo, que quie-
ras considerar como cuerdo y anisado animo
todo lo que te he representado aqui, porque
todo lo esperimenté y passó por mi. No cenes
ni engañes tu entendimiento con la vanidad de
las cosas desta vida, que fácilmente suelen en-
gañar, y mira bien que Dios y naturaleza a
todos crian y producen con habilidad y estado
de poder gozar de lo bueno que ella crió, si por
nuestro apetito, ocio y miseria no lo venimos a
perder, y de aqui adelante conténtate con el
e«tado que tienes, que no es <:iOTto digno de
menospreciar.
Mií;ilo. — ¡ O gallo bienauenturado I que
bienauenturado me has hecho oy, pues me has
anisado de tan gran bien; yo te prometo nunca
serte ingrato a beneffício de tanto valor. Solo te
niego no me quieras desamparar que no podre
viuir sin ti; y porque es venido el día huelga,
que quiero abrir la tienda por vender algún par
de c^p&tos de que nos pod tmos mantener oy.
Fin del derimo nono canto del gallo.
ARGUMENTO
DEL VIGBSSIMO Y VLTIMO CANTO
En e»l(.> viffnsüimo canto el auclor re pre'^nla a Dt'mophon, «J qoal
viniendo vn día a ca!«a dr Micilo >u vpxino a Ir? vítitar 1^ haliA
triste y ailigido por la muerte de *\i gallo, > procuran :1o dc-
xarlc consolado se vuelue a su ca<«3.
1)£MOPHOK. MlrlLO.
Dbmophon. — jO Mícilo! vezino y amigo
mío, ¿qué es la causa que ansí te tiene ator-
mentado por cuydado y miserable aconteci-
miento? veote triste, flaco, amarillo con repre-
sentación de philosopho, el rostro lanC'ado en
la tierra, pasearte por este lugar obscuro dexado
tu contino ofücio de capateria en que tan a la
contina te solías ocupar con eterno trabajo,
¿consumes agora el tiempo en sospiros? Núes -
tra igual edad, vezindad y amistad te obliga a
fíar de mi tus tan miserables cuydados; porque
ya que no esperes de mí que cunpliese tus faltas
ayudarte he con consejo; y si todo esto no es-
timares, bastarte ha saber que mitiga mucho
el dolor comunicar la pena, principalmente con-
tándose a quien en alguna manera por propria
la sienta. ¿Qué es de tu belleza y alegría, des-
emboltura y comunicación con que a todos tus
amigos y vezinos te solías dar de noche y de
día en cenas y combites y fuera dellos? ya son
pasados muchos días que te veo recogido en
soledad en tu casa que ni me quieres ver ni ha-
blar, ni visitar como solías.
MiviLO. — ¡O mí Demophon! mi muy caro
hermano y amigo. Solo esto quiero que como
tal amigo de mi sepas, que no sin gran razón
en mi ay tan gran muestra de mal. Principal-
mente quando tienes de mí bien entendido que
no qualquíera cosa haze en mi tan notable nm-
danca, pues has visto en mi auer disimulado en
varios tienpos notables toques de fortuna y in •
fortuníos tan graues que a muy esforcados va-
rones huuíeran puesto en ruyna, y yo con igual
rostro los he sabido passar. Avnque comun-
mente se suele dezír que al pobre no ay infor-
tunío, que aunque esto sea ansi verdad no de-
xamos de sentir en nuestro estado humilde lo
246
ORÍGENES DE LA NOVELA
qnc al anima le da a entender su nataral. Ansí
que tengo por ^¡erto, Demophon, que no ay
igual dolor de perdida ni miseria que con gran
distancia se compare con el mío.
Dbuophok. — Mientras más me le has enca-
revido más me has augmentado la piedad y mi>
seria que tengo de tu mal; de donde na^c en
mi mayor deseo de lo saber. Por tanto no r(?-
serues en tu pecho tesoro tan perjudicial, que
no hay peor especie de auaric^ia que de dolor.
Por 9¡erto en poco cargo eres a naturaleza pues
pribandote del oro y riquezas, de pasiones y
miserias fue contigo tan liberal que en abun-
dancia te las comunicó. Dime porqué ansi te
dueles, que no podré consentir lo passes con
silencio y disimulación.
Mi VILO. — Quiero que ante todas las cosas
sepas, jo Demophon! que no es la que me fa-
tiga falta de dineros para (jue con tus tesoros
me ayas de remediar, ni de salud para que con
médicos me la ayas de restituir. Ni tanpoco me
añixo por mengua que me hagan las tus yasi-
xas, ni aparatoB y arreos de tapetes y alhaja^
con que en abundancia te sueles seruir. Pero
fáltame de mi casa yn amigo, v.i conpañero de
mis miserias y trabajos y tan igual que era otro
yo; con el qual poseya yo todos los tesoros y ri-
quezas que en el mundo ay ; fáltame, en conclu-
sión, vua cosa, Demophon, que con ningún
poder ni fuercas tuyas la puedes suplir: por lo
qual me escuso de te la dezir, y a ti de la sabor.
Deüophon. —No en vano suelen dezir, que
al pobre es prí)prio el fih'aofar, como agora tú ;
yo no creo que has aprendido esa retorica en
las scuolas de Athenas, con que agora de nueuo
me encareces tu dolor: ni sé (|ué maestro has
tenido del la de poco acá.
MiviLo. — Ese maestro se nio murió, cuya
nniorte es causa de mi dolor.
Demopuon. — ¿Quien fue? (*).
Mi<;iLO. — Sabrás, amigo, que yo tenia vn
gallo que por mi casa andana ostos dias en con-
pafiia destas mis pocas gallinas qne las al-
bergaua y recogía y defendia como verdadero
marido y varón. Sucedió que este dia de car-
nestolendas que passó, vnas mugeres desta
nuestra vezindad, con temeraria libertad, ba-
ziendo solamente cuenta, y pareciendoles que
era el dia priuillegiado me entraron mi casa es-
tando yo ausente, que cautelosamente aguar-
daron que fuesse ansi, y tomaron mi gallo y
llenáronle al campo, y con gran grita y alarido
lo corrieron arroxandosele las vnas a las otras:
y como quien dize ('-*), daca el gallo, toma el
gallo, les quedanan las plumas en la mano. En
fin fue pelado y desnudo de su adornado y hcr-
(M ü., es
(') G.j Bnclcn dezir.
moso vestido; y no contentas con esto, reu-
diendosele el des uen turado sin poderles huyr,
confiándose de su inocencia: pensando qne no
pasara adelante su tiranía y (') cmeldad, sub-
jetandoseles con humildad, pensando que por
esta via las pudiera conuencer y se les pudiera
escapar, sacaron de sus estuches cuchillos, y sin
tener respecto alguno a su inocencia le corta-
ron su dorada y hermosa c^niiz, y de común
acuerdo hicieron cena opulenta del.
Dbmophon. — Pues ¿por faltarte vn gallo te
afliges tanto que estés por desesperar? Calla
que yo lo quiero remediar con embiarte otro
gallo criado en mi casa, que creo que hará tanta
ventaja al tuyo quanta haze mi despensa a la
tuya para le mantener.
Mi<;iL0. — ¡O Demophon.' quánto viaes en-
gañado en pensar que mi gallo perdido con*
qualquiera otro gallo se podría satisfazer.
Demophon. —¿Pues qué tenia más?
MiviLO. — Óyeme, que te quiero hazer saber
que no sin causa me has hallado philosopho
rectorico oy.
Dbmophon. — Dimelo.
Mi^'iLO. — Sabrás que aquel gallo era Pytha-
goras el philosopho, eloquentissimo varón, si
le has oydo dezir.
Demophon. — Pythagoras, muchas vezes le
oy dezir. Pero dime ;cómo quieres que entienda
que el gallo era Pythagoras: que me pones en
confusión?
MiriLO. — Poriiue si oyste dezir de aquel
sapientissimo philosopho, también oyrias dezir
de su opinión.
Demophon. — ¿Quál fue.*
MiriLO.— Este afinnó que las animas pas-
sauan de vn cuoi*po a otro. De manera que
dixo que niuriendo vno de nosotros luego des-
anparando nuestra alma este nuestro cuerpo en
que vibio se passa a otro cuerpo de nueuo a
viuir: y no sienpro a cuerpo de honbre. Pero
acontece «¿ue el que agora fue rey passar (*) a
cuerpo de vn puerco, vaca ó león, como sus
hados y sureso (•*) lo permiten, sin el alma lo
poder evitar; y ansi el alma de Pythagoras
después acá que nació auía viuido en diuersos
cuerpos, y agora viuia en el cuerpo de aquel
gallo que tenia yo aqui.
Demophon. — Esa manera de dezir ya la oy
que la afirmaua él. Pero era un mentiroso,
prestigioso y embaydor, y tanbien como el era
efficaz en el persuadir y aquella gente de su
tienpo era sinple y ruda, fácilmente les hazia
creer quaU[uiera cosa que él quisiisse soñar.
MiriLO. — (,'ierto es yo ({Xia aujsi como lo de-
zia era verdad.
(M G., tirana.
{*) (t., ])a88a.
(') G , fsnsceí't^
EL CROTALON
'247
Dbmophon.— ¿Como ansi.'
Mn;iLO. — Porque en aquel gallo me liabló
y me mostró en muchos dias ser él.
Demophon. — ¿Que te habló? Cosa me cuen-
tas digna.dc admiración. En tanta manera mo
marauillo de (') lo que dices por cosa naeua
que sino huuiera conocido tu bondad j sincera
condívion pensara yo agora que estañas fuera
de seso y que como loco denaneas. O que te-
niéndome en poco pensauas con semejantes
sueños Turlar de mí. Pero por Dios te conjuro
¡o Miyilo! y por nuestra amistad, la qual por
ser antigua entre nos (^) tiene muestra de
deydad, me digas muy on particular todo lo que
on la verdad es.
MiriLO.— ¡O Demophon I que sin lagrimas
no te lo puedo dezir, porque sé yo solo lo mu-
cho que perdi. Auianra(í tanto fabore^ido los
hados que no creo que en el mundo haya sido
honbre tan -Feliz como yo. Pero páreseme que
este fabor fue para escarne^or de mi, pues me
comunicaron tan gran bien con tanta breucdad,
que no parece sino que como anguila se me
delezno. Solamente me pareye que entendí
mientra le tune en le apretar en el puño para
le poseer, y quando pense que lo tema con al-
guna seguridad se me fue. Tanbien sospecho
que los hados me quisieron tentar si cabia on
mí tanto biai, y por mi mala suerte no fue del
morevedor; y porque veas si tongo razón de lo
í'ucarever, sabnis que en él tenía yo toda la con-
solación y bienauentnranca qno en el mundo se
l>odia tener. Con él pasaun yo mis trabajos de
noche y fie dia: no auia cosa que yo quisiesse
sal>cr o auer que no se me diesse a medida de
mi voluntad. El me mostró la vida de todos
quantos en el mundo ay: lo bueno y malo que
tiene la vida del rey y del ciudadano, del caua-
llero, del mercader y del labrador. El me mos-
tró quanto en <?/ cielo y el infierno ay, porque
me mostró a Dios y todo lo que gozan los bien-
auenturados allá. En conclusión ¡o Demophon!
yo perdi vn tesoro que ningún poderoso señor
on el mundo más no pudo poseer.
Demophon. — Por cierto tengo, ¡o Mi(;ilo!
sentir con mucha razón el gran mal que te han
hecho esas mugeres en pribarte de tanto bien,
quando queriendo satisfazer a sus vanos apeti-
tos, c^^lebrando sus lasciuas y adulteras fiestas
no perdonan cosa dedicada ni roseruada por nin-
gún varón, con tanto que exccuten sii volun-
tad. No miraron que tú no eras honbre con
quien tal dia se suelen festejar, y que por tu
edad no entras en cuenta de los que celebran
semejantes fiestas. Que los mocos ricos sub je-
tos al tirano y Lisriiio {^) anmr, cnpleados en
(•) G., me admira.
(') G., nosritro.s.
(^) G., al liuiano.
las contentar no les pueden negar cosa que
haga a su querer, y ansi por (') los entretener
les demandan en tales dias cosas curiosas, en
el cumplimiento de las quales conocen ellas su
mayor y más fiel enamorado y seruidor; y ansí
agora dándoles a ent-ender que para su lacinia
no los han menester en el tienpo que entra (*)
de la quaresma, mostrando gran voluntad de s«
contener pelan aquellos gallos en lugar de la
juuentud; mostrando menospreciar su gallardía
por ser tienpo santo el que entra, y que no se
quieren dellos en este tienpo seruir; y ansi, bur-
lando dellos, pelan aquellos gallos en su lugar,
dando a entender que los tengan en poco, pues
pelados de toda su pluma y liazienda en el tien-
po pasado que les fue disimulado el luxuríar,
ya, recogiéndose a la santidad, los dexan (^) ;
i o animal tirano y ingrato a todo bien!; que
en todas sus obras se precian mostrar su mala
condición. / >' no rían f¡ñe tú no estauañ en
edad para vurlar de ti?
Mi^iLO. — Y avn por conocer yo bien esa
verdad ni me casé, ni las quise ver; y am no
me puedo escapar de su tiranía, que escripto
me dizen que está que no ay honbre a quien no
alcance siquiem la sombra de su veneno y mal-
dición. Solamente me lastima pensar que ya
que me auian de herir no fue de llaga que se
pudiesse remediar. Quitáronme mi consejero,
mi consuelo y mi bien. Avn pluguiesse a Dios
que en este tienpo tan santo se recogicssen de
veras y sin alguna ficion (•) tratassen de veras
la virtud. Ayunar, no beber, ni comer con tanta
disolución, no se afeytar, ni vestirse tan profa-
namente, ni vurlar, ni mofar como en otro
qualquiera tienpo común ('). Pero vemos que
sin alguna rienda viben el dia de quaresma
como qualquiera otro. Son sus fiestas las que
aborrece Dio?, porque no son sino para le
ofender.
Demophon. — Por vierto, Aíicilo, espantado
estoy de ver la vurla destas vanas mugeres;
con quantas inuenciones (•) passan su tienpo.
y quantas astucias vsan para sacar dineros de
sus amantes. Principalmente vi\ estos j)ueblo8
grandes de villas y cindíides; ponjue estas cosas
ñolas saben los aldeanos C^), ni ha llegado del
todo la malicia humana por allá. Por cierto
cosas ay de gran donayre que so inuontan en
(*) G., para.
(>) G-, por entrar el tienpo.
(^) G., gallardía de oy más; y tanbicu pelando
aqnellofl gallos muestran a los mancebos tenerlos én
poco, pues pelados de todas sas plomas y haiicnda en
el tienpo passado, agora ñngiendo recogimiento y
cantidad, dizen que no los han menester.
C*) G., fingir nada.
(>) profanamente, y Tiair con tanta dlsoln^-ion como
en otro qualquiera tienpo del aflo.
(«'.I (i., maneras de inaencion.
(') G., por los pueblos |)equeñ03.
248
orígenes de la novela
t'stos pueblos grandes ('); con las quales los
tnuentores deltas entretienen sus cosas, y hazen
bus hechos (^) por su proprio fin de cada qual
j interés; 7)01* i^ierto que me tienen de cada día
<fw más admirarion. Principalmente en este
pueblo donde ay tanta concurrencia de gentes,
o por causa de corte Real o por (•) chant^elle-
ria; porque la diuersidad de estrangeros haze
dar en cosas, y inuentar donayres que confun-
den el ingenio auerlas solamente de notar.
Quantas maneras de santidades fingidas, rome-
rías, bend¡9Íones y peregrinaciones. Tanto hos-
pital, colejios de santos y santas; casas de ni-
ños y niñas é hospitales de viejos. Tanta cofra-
dia de disciplinantes de la ci-u: y de la pasión,
y progresiones. Tanto pedigüeño de Huiosnas,
que más son los que pidan que son los pobres
que lo (*) quieren (**) reí^ebir.
Mi<;iL0. — Por cierto, Demophon, tú tienes
nnicha razón y vna de las cosas de que yo es-
toy más confuso es de ver que en este nuestro
lugar, siendo tan noble y el más principal de
nuestra Castilla, donde (*) ay más letrados y
honbres más agudos en la conuersacion y cosas
del mundo y cortesanía, y en estas fla<|uezas y
engaños que so ofre^n (''), son todos en vn
común más fácilmente arrobados y derrcK-ados
que en todos quantos en otros pueblos ay; y
avn engañados para lo aprobar, auctorizar y
seguir (•). Que se atreua vn honbre a entrar
aqui en este pueblo donde está la flor de cor-
dura y agudeca y discreción, y que debajo de
vn habito religioso engañe a todo estado ecle-
siástico y seglar, diziendo que haní lM)hier los
rios utras, y hará cuaxar el mar, y que f oreará
los demonios que en los infiernos están, y que
hará (•) parir qnantas (^•) mugeres son, quan-
to quiera que de su naturaleza sean esteriles y
í{uo no puedan concebir ('^), y que en esto ven-
gan a caer todos los más principales y genero-
si>s principes y señores, y se le vengan a rendir
quantas dueñas y donzellas viben en este lu-
gar ('*). Que se sufra vibir en este pueblo vn
honbre que debajo de nonbre de .íuan de Dios,
no se le cierre puerta de ningún Señor ni le-
trado, ni se le niegue cosa alguna (}ue quiera
(*) G., qoe Ae innentan de cada dia.
i^) G ,8u Lecho.
(•; G.,ode.
O) (i. Ja.
(^) (f., quieran.
(*) G., princil>al que ay en el reyno, pues de conti-
no reside en éi la Curte, y a esta cansa ay en él.
(') G., estas cofias.
(*) G., arroxadofl y avn engañador qne todos qnan-
toB otros pueblos ay.
(*) G., profíeresse de hazer.
(«*») G., las.
(«•) G., parir.
(**) G., y mandan a sn^ mujeres y parientas se ra-
yan para el zarlo embaydor, para qne Yul^a dellas lo
qne qnerra.
demandar, y después le quemen públicamente
por sometico engañador. Pnes, ¿no se ha disi-
mulado tanbien un clérigo <¡ue avia sido pri~
mero frayle reynte años, al qual por tener
muestra de gran santidad le fue encargado
aquel colegio de niñas* tal sea su salud qual
deltas cuenta dio, ¿En que está esto, amigo?
Deuophok. — A tu gallo quisiera yo, Micilo
que lo huuidras preguntado antes que a mi por-
que él te supiera mejor satisfazer. Pero para
mi bien creo que en alguna manera deuo de
acertar; que creo que de los grandes pecados
que ay en esti? lugar (') viene esta común con-
fusión, o ceguedad. Que como no hay en este
pueblo más principal ni más coumn que peca«
dos y ofensas de Dios: pleytos, hurtos, vsuras,
mohatras, juegos, blasfemias, symonias, trapa-
zas y engaños, y después deste una putería ge-
neral, la qual ni tiene punto, suelo, ni fin. Que
ni se resenia dia, ni fiesta, quaresma, ni arn
Semana Santa ni pasqua en que se 9ese (}) de
exercitar como officio conueniente a la repúbli-
ca, permitido y aprobado por ne9e8ar¡o en la
ley, en pena deste mal nos (;iog(i i^ios nuestros
entendimientos, orejas y ojos, para qne anisán-
donos no entendamos, y oyendo no oyamos, y
con ojos (') seamos como ciegos que palpamos
la pared. En tanta manera somos traydos en
^'cguedad que estamos rendidos al engaño muy
antes que se ofrezca el engañador. Hanos he-
cho Dios escarnio, mofa y risa a los muy chi-
cos (*) niños de muy tierna edad. ¿En qué lu-
gar por pequeño que sea se consentirá, o disi-
mulará lo mucho, ni lo muy poco que se disi-
mula y sufre aqui? ; Dónde hay tante juez sin
justicia como aqui? /Dónde tanto letrado sin
letras como aqui? /Donde tante executor sin
que se castigue (') la maldad? / Dónde tanto es-
cribano, ni más común el borrón? Que no ay
honbre de gouierno en este pueblo que trat^*
más íjue su proprio interés, y como más se
auentajará. l*or esto permite Dios que vengan
vnos zarlos, o falsos prophetas que con embay-
n lientos, aparencias y falsas demostraciones
nos hagan entender qualquiera cosa que nos
quieran fingir. Y lo que peor es, que quiere
Dios que después sintamos más la risa qne el
interés en que nos engañó.
MiriLo. — Pues avn no pienses, Demophon.
que la vanidad y perdición destas liuianas mu-
geres se le ha de passar a Dios sin castigo;
qne yo te oso afirmar por cosa muy vierta y que
no faltará. Que por ver Dios su disolución,
desemboltura, desuerguenvay poco recogimien-
(*) G., puel>lo.
(') G., dexe.
(•") G., y viendo.
(') G., pequeño.
(*) G., execnte.
EL CROTALON
249
to quo en ellas en este tieuipo ay ; visto que ansí
virgines como casadas, viudas y solteras, todas
por vn comiin yiben uiuy sueltas y muy diso-
lutas en su mirar, andar y. meneo, nmy curio-
sas, ^ ^«/>or la calle van con vn curioso passo
en su andar, descubierta su (*) cabeya y cabello
con grandes y deshonestas crenchas; muy alto
y estirado el cuello, guiñando con los ojos a
todos quantos topan (*) haziendo con sus cuer-
pos lascivos menees. Por esta su común desho-
nestidad sey cierto que verna tienpo en el i[ual
ha de hazer Dios yu gran castigo en ellas; pe-
larse han de todos sus cabellos, haciéndolas a
todas caluas ('') ; y sera tienpo en que les qui-
tará Dios todos sus joyeles, sortixas, manillas,
zarzillos, collares, medallas, axoivas y apreta-
dores de cabera. Quitarles ha los (^) partidores
de crenchas, tena?icas, salsericas, redomillas y
platericos (') de colores, y todo genero de afey-
tes, sahumerios, guantes adouados, sebos y vn-
turas de manos y otros olores. Alfileres, agujas
y prendederos. Quitarles ha las camisas muy
delgadas-, y los manteos, vasquiñas, briales, sa-
l>oyanas, nazarenas y rebociños, y en lugar de
aquellos sus cabellos encrespados y enrrifados
les dará pelambre y caluez, y en lugar de aque-
llos apretadores y xoyeles que les cuelgan de
la frente les dará dolor de cabe(;a, y por ^inta
de caderas de oro muy esmaltadas y labradas,
les dará sogas de muy áspero esparto con que
se pifian y aprietan; y por aquellos sus muy
curiosos y sumptuosos atauios de su cuerpo les
dará silicio; y desta manera hará Dios que llo-
ren su las^iuia y desorden, y que de su luxuria
y deshonestidad hagan grane penitencia. En-
tonces no aura quien las quiera por su hidion-
dez y miseria; en tanto que siete mugeres se
encomendarán a vn varón y él de todas huyrá
menospreciándolas y aborreí/iendolas como de
gran mal.
DEMOPHoy. — Gran esperiencia tengo ser
todo lo que dizes verdad ; por lo qual verna este
mal por justo castigo (^) de Dios; y tanbien
tienen los varones su parte de culpa, y avn no-
table, por darles tanta libertad para vsar ellas
mal destas cosas, y avn de si mesmas sin les yr
a la mano; por lo qual permite Dios que ellos
viban injuriados y infames por ellas. Que avn
ellos no tienen modo ni rienda en su viuir, te-
niendo respeto a su estado y fuercas de cada
(lual (7). Que todos passan y se quieren adelan-
(•) G., la.
!*) G., encuentran en la calle.
*') G., y sera qae hará (|iie Re pelen de todos sas ca-
los y que se hagan toda» calnan.
{*] G., SUR
(') G., platelicos.
(•) G., pago.
C) Vinir en su estado y fuerzas de cada (^aal hien-
do casados.
tar a la calidad de su persona (') 7 dependen-
cia de linaxe, en el traxe, comer y beber y ma-
nera de familia y seru¡c¡o y porque nos enten-
damos quiero decendir a particular. Que se ha-
llará vn escriuano vil de casta y jaez, que quiere
justar, correr sortixa y jugar cañas y otros exer-
Cicios de caualleros en conpañia de los más po-
derosos y generosos de toda la Corte (*) y
acerca de su officio (al (') qual indignamente
subió) no sabe más tratar, ni dar razón que el
asno que está roznando en el prado. Pareceme
que vna de las cosas que nuestro Rey, principe
y señor auia de proueer en esta su república
sería de un particular varón de gran seueridad,
el qual f uesse censor general de todas las vidas
y costunbres de los honbres de la re])ublica,
como lo fue aquel Catón famoso reiisoren la re-
pública romana, y a la contina se procurasse
informar de la vida y costimbres de cada vno;
y quando supiesse de alguno por algima infor-
mación, de su desorden y mal viuir, hasta ser
informado de su casa, trato y connersacion de
su muger, familia, comer y beber, entonces le
auia de enbiar a llamar a su casa y con^girle
de palabras ásperas y vergoncosas, poniéndole
tasa y orden y modo de viuir; y sino se qui-
slesse enmendar le enbiasse (*) desterrado
de la república como hombre que la infamaua
y daua ocasión que por su mal viuir entre los
estrangeros se tuuiesse de nuestra repúbli-
ca deprabada opinión; y ansí por el semejante
el tal juez y censor fuesse cada dia passan-
do las calles de la ci^idad mirando con gran
atención el traxe del vno, el ocio del otro, la
ocupación y habla y conuersacion de todon en
particular y general; y a la contina entendicsse
en los arrendar, enmendar y corregir, porque
ciertamente del hierro y falta del particular
viene la infamia de (*) todo el común; y ansí
por el consiguiente viene a tenerse en el vni-
uersopor infame y corrompida vna nación. To-
do está ya deprabadoy corrompido, M¡c¡lo; y ya
no lleua este mal otro remedio, sino que enbio
Dios vna general destruicion del mundo como
hizo por el diluvio en el tienpo de Noe y reno-
uando el honbre dársele ha de nuevo la manera
y costumbres y (•) viuir; porque los que agoró
están nescesariamente han deyrde mal en peor;
y solamente te ruego, M¡cilo, por nuestra buena
y antigua amistad, que por este triste suceso
tuyo, ni por otra cosa que de aduersa fortuna
te venga no llores, ni te aflixas más, porque ar-
guye y muestra poca cordura en Q) vn tan hon-
(*) G., sus personas.
(*) G , ciudad.
D O., en el.
(*) Q., fuesse.
(») (;., en.
(•) (J., de.
(') G., de.
250
ORÍGENES DE LA NOVELA
rrado hombre como tú, pues en morirte tú se
aaentura más, j la falta que el gallo hizo a tu
buena compafiia j consolación la procuraré yo
suplir con mi hazienda, fuercas y cotidiana con-
iiersa^ion. De la qual espero adquirir yo gran
interés, pues tu buen vezino y amigo con nin-
gún tesoro del mundo se puede comparar.
MigiLO. — Por cierto gran consuelo me ha
sido al presente tu venida ¡o Demophon! de la
qual si pribado fuera por mi miserable suerte
y fortuna yo pensara en brene peret;er ('). Pero
{*) (>., fenevcr.
ya lo que me queda de la vida quiero tomar a
ti por patrón: al qual trabajaré regraciar en
quanto podre, porque espero que la falta del
gallo se me recompensará con tu buena conuer-
sa^ion, y aun confio que tus buenas obras se
auentajarán en tanta manera que me forjarán
de oy más a le oluidar.
Demophon. — Mucho te agradezco ;o M¡-
9ÍI0! el respeto qué tienes a mi persona, pues
ansi concedes con agradecimiento mi peti-
ción. Y pues es hora ya de nos recoger queda
en paz.
MiriLO. — Y tú, Dem«^phon, ve con Dios.
FIN DEL CR0TAI.05 DE ClIBISTOPHORO (iNOSOPHO
Y DE LOS IN<iEX10S0S SUEÑOS DEL (JALLO DE LrciANO, FAMOSO ORADOR ORIEüO
LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA
DE
GEORGE DE MONTEMAYOR
DIRIGIDA AL MUY ILLUSTRE SEÑOR DON JUAN DE CASTELLA DE VILLAXííüA,
SEÑOR DE LAS BARONÍAS DE BICORB Y QUESA
EPÍSTOLA
AL MUY ILLUBTRE SEÑOR DON JUAN DE CASTE-
LLA DB BILLANOUA, SEÑOR DE LAS BARONÍA»
DB BICORB Y QUESA, DB OBORQE DB MONTE-
MAYOR.
Aunque no fuera antigua osta costumbre,
muy illustrc Señor, de dirigir los autores sus
obras a persona de cuyo valor ellas lo recibiessen,
lo mucbo que V. M. nieresce assi por sii antigua
casa, y esclarecido linaje, como por la gran
suerte y valor de su persona, me mouiera á mi
y con muy gran cansa a hazer esto. Y puesto
caso que el baxo estilo de la obra, e el poco mc-
rescimicnto del autor della, no se auia de es-
tender a tanto, como es dirigirlo á V. M., tam-
poco tnuiera otro remedio, sino tíste, para ser
en algo tenida. Porque las piedras preciosas no
reciben tanto valor del nombre que tienen, pu-
diendo ser Falsas y contrabecbas , como de la
persona en cuyas manos estén. Supplico á vues-
tra merced dcbaxo de su amparo y correction
recoja este libro assi como el estrangero autor
tiella recogido: pues que sus fuerzas no j)ue-
den con otra cosa seniir a vuestra merced. Cuya
uida y estado nuestro Señor por muchos años
aeresciente.
AL DICHO SESOU
Meccna fue de a({uel Marón famoso
particular señor y amigo caro,
de Homero, (auníjue finado) el belicoso
Alexandro, gozó su ingenio raro:
Y asi el de Villanoua genf^roso
del lusitano autor ba sido amparo,
haciendo qu.* un ingenio baxo y falto
hasta las nubes suba, y muy más alto.
DE DON GASPAll DE ROMANI, AL AUTOR
Soneto.
Si de Madama Laura la memoria
Petrarca para siempre ba leuantado
y a Homero assi de lauro ba coronado
escribir de los griegos la uictoria:
Si los Reyes también para más gloria
vemos que de contino han procurado
(jue aquello que en la uida han conquistavlo
en uuierte se renueve con su historia.
Con mas razón serás, ¡o, excelente
Diana, por hennosa celebrada,
([ue quantas en el uumdo hermosas fueron.
Pues nadie meresció ser alabada,
de quien así el laurel tan justamente
merezca más que quantos escriuieron.
HIERÓNVMO SANT TERE, Á GBORGR
DE MONTEMAYOR
Stnieto.
Parnaso monte, sacro v celebrado:
nmseo de Poetas deleytoso,
venido a parangón con el famoso
paresceme qup estás desconsolado.
— Estoy lo, y con razón; pues se han passado
las Musas, y su toro glorioso, .
á este que es mayor monte dichoso,
en quien mi fama, y gloria se han mudado.
Dichosa fué en extremo su Diana,
pues para ser del orbe más mirada
mostró en el monte excelso su grandeza.
Allí vive en su loa soberana,
por todo el uniuerso celebrada,
gozando celsitud, que es más que alteza.
252
ORIOENES DE LA NOVELA
ARQVUENTO DESTE LIBRO
En los campos de la principal y antigua ciii-
daiL de León, riberas del rio Ezla, huuo una
pastora llamada Diana, cuya hermosura fué
extremadissima sobro todas las de su tiempo.
Esta quiso y fue querida en extremo de un
pastor llamado Sireno: en cuyos amores hubo
t<Kla la limpieza, y honestidad possible. Y en el
mismo tiempo, la quiso más que sí, otro pastor
llamado Syluauo, el qual fué de la pastora tan
al>t)rrecido, que no auia cosa en la uida á quien
peor quisiesse. Sucedió pues, que como Sireno
fuesse forcadament^í fuera del reyno, a cosas que
su partida no podía escnsarse, y la pastora
quedase muy triste por su ausencia, los tiempos
y el coraron de Diana se mudaron ; y ella se
caso con otro pastor llamado Delio, poniendo
en oluido el que tanto auia querido. El qual,
yiniendo después de un año de ausencia, con
jarran desseo de ver ú su pastora, supo antes que
Ue^assccomo era ya casada. Y de aquí comienza
el })rimero libro, y en los demás hallanin muy
diuersas historias, de casos que verdaderamente
han suí^cedido, aunque van disfrazados debaxo
de nombres y estilo pastoril (*).
LIBRO PRIMERO
DE FiA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAVOR
I>axaua do las montañas de León el oluidado
Sireno, á quien amor, la fortuna, el tiempo,
tratauan de manera, que del menor mal que en
tan triste uida padescia, no se esperaua menos
que perdella. Ya no lloraua el desuenturado
pastor el mal que la ausencia le prometía, ni los
teinonís de oluido le importunauau, porque vía
cumplidas las prophecías de su recelo, tan en
perjuyzio suyo, que ya no tenia más infortunios
con que amenazalle. Pues llegando el pastor a
los verdes y deleitosc)s prados, que el caudaloso
rio Ezla con sus aguas va regando, le vino a
la memoria el gran contentamiento de que en
algún tiempo allí gozado auia: siendo tan se-
ñor de su libertad, como entonces subjecto a
quien sin causa lo tenia sepultado en las tinieblas
de su oluido. Consideraua aquel dichoso tiempo
que por aquellos prados, y hermosa ribera apas-
centaua su ganado, poniendo los ojos en solo el
interesse que de traellc bien apascentado se le
seguía, y las horas que le sobrauan gastaua el
past<jr en solo gozar del suaue olor de las dora-
das flores, al tiempo que la primauera, con las
alegres nueuas del uerano, se esparze por el uní-
(1) En la edición de Milán, adebaxo de nombres
paiftorales».
uerso; tomando a uezes su rabel, que muy poli-
do en un curron siempre traía, otras neces ana
jampona, al son de la qual componía los dulces
versos con que de las pastoras de toda aquella
comarca era loado. No se metía el pastor en la
consideración de los malos, o buenos successos
'de la fortuna, ni en la mudanza y uariacion de
los tiempos; no le passana por el pensamiento
la diligencia, y codicias del ambicioso cortesano,
ni la confianza y presunción de la Diana cele-
brada por solo el noto y parescer de sus apas-
sionados: tampoco le daua pena la hincharon,
y descuydodel orgidloso priuado. En el campo
se crió, en el campo apascentaua su ganado, y
ansí no salían del campo sus pensamientos,
hasta que el cnido amor tomó aquella posscs-
sion de su libertad, que él suele tomar de loe
que más libres se imaginan. Venia pues el
triste Sireno los ojos hechos fuentes, el rostro
mudado, y el coraron tan hecho a sufrir des-
uenturas, que si la fortuna le quisiera dar al-
gún contento fuera menester buscar otro cora-
ron nueuo para recebíUe. El uestido era de un
sayal tan áspero como su uentura, un cayado
en la mano, un <íurron del brazo yzquierdo col-
gando. Arrimóse al pie de un haya, comento a
tender sus ojos por la hermosa ribera, hasta
que llegó con ellos al lugar donde primero auia
uisto la hermosura, gracia, honestidad de la
pastora Diana, aquella en quien naturaleza su-
mó todas las perfeciones, que por muchas par-
tes auia repartido. Lo que su coraron sintió
imagínelo aquel que en algún tiempo se halló
metido entre memorias tristes. No pudo el des-
uenturado pastor poner silencio á las lagrimas,
ni escusar los sospiros <jue del alma le salían.
Y l)oluiendo los ojos al cíelo, comenyo a dezir
desta manera: ;Ay, memoria mía! enemiga de
mi descanso, no os ocuparades mejor en íiazer
me oluidar desgusto» presentes, que en ponerme
delante? los ojos contentos passados? ¿Qué dezis,
memorin? Que en este prado vi á mi señora
1 )iana. Que en el ^comencé a sentir lo que no
acabaré de llorar. Que junto a aquella clara
fuente, cercada de altos y verdes sauces, con
muchas lagrimas algunas vezes me juraua, que
no auia cosa en la vida, ni noluntad de padres,
ni iH^rauasion de hermanos, ni importunidad de
parientes que de su pensamiento le (') apartasse.
Y que quando esto dezia, salían por aquellos
hermosos ojos vnas lagrimas, como orientales
perlas, que parescian testigos de lo que en el
coraron le quedaua, mandándome só pena de
ser tenido por hombre de baxo entendimiento,
que creyesse lo que tantas vezes me dezia. Pues
espera vn poco, memoria, ya que meaueis puesto
(*) /> en la edición de Venecio, 15S5, y en otras.
L(i en la rarísima de Milán.
DIANA J)E GEORGE DE MONTEMAYOR
258
lantc los fundamentos do mi desnentnra (qne
les fueron ellos, pnes el bien que entonces
.ssó, fué principio del mal qno ahora padezco)
t se os oluiden, para templar me este descon-
nto, de poner me delante los ojos vno a vno,
3 trabajos, los desassossiegos, los temores, los
celos, las sospechas, los celos, las desconfian-
s, que aun en el mejor estado no dexan al que
rdaderamente ama. ;Ay, memoria, memoria,
istnijdora de mi descanso! jquau cierto está
sponder me, qu*el mayor trabajo que en estas
>n sideraciones se passaua, era muy pequeño,
i comparación del contentamiento que a t ruc-
ie del recebia; Vos, memoria, tenéis mucha ra-
m, y lo peor dello es tenella tan grande. Y
itando en esto, sacó del seno un pai)el, donde
nia embueltos ynos cordones de seda yerde y
ibellos (') y poniéndolos sobre la verde yerua,
>n muchas lagrimas sacó su rabel, no tan lo-
mo como lo trafa al tiempo que de Diana era
uorescido, y comento a cantar lo siguiente:
¡Cabellos, quanta mudanza
he yisto después que os vi
y quan mal paresce ahí
esta color de esperan^!
Bien pensaua yoícaBe ¿lío?)
(aunque con algún temor)
que no fuera otro pastor
digno de verse cabe ellos.
¡Ay, cabellos, quantos días
la mi Diana miraua,
si os traya, ó si os dexaua,
y otras cien mil niñerias!
Y quantas vezes llorando
¡ay!, lagrimas engañosas,
pedia celos, de cosas
de que yo estaña burlando.
Los ojos que me matauan,
dezid, dorados cabellos^
¿que culpa tuue en creellos,
pues ellos me assegnrauan?
¿No Tistes vos que algún dia,
mil lagrimas derramaua
hasta que yo le juraua\
que sus palabras creya?
¿Quien vio tanta hermosura
en tan mudable subjecto? j
y en amador tan perfecto,
quien vio tanta desuentura?
Oh, cabellos ¿no os correys,
por venir de ado venist^s,
viendo me como me vistos
en uerme como me voys?
Sobre el arena sentada
de aquel rio la u i yo
(*) Ytjué cabello4f añade, á mcnlo de paríntesÍB, la
ic Milán.
do con el dedo escriuió:
antes muerta, que mudada.
Mira el amor lo que ordena,
que os uiene hazer creer
cosas dichas por mujer,
y escritas en el arena.
No acabara tan presto Sireuo el triste canto,
si las lagrimas no le fueran a la mano, tal es-
taña como aquel a quien fortuna tenia ataja-
dos todos los caminos de su remedio. Dexó
caer su rabel, toma los dorados cabellos, buelue-
los a su lugar, diziendo: ¡Ay, prendas de la
más hermosa, y desleal pastora, qne humanos
ojos pudieron ver! Quan a vuestro saluo me
aueis engañado. ¡Ay, que no puedo dexar de
veros, estando todo mi mal en aueros visto! Y
quando del 9urron sacó la mano, acaso topó
con una carta, que en tiempo de su prosperi-
dad Diana le auia embiado; y como lo vio, con
vn ardiente sospiro que del alma le salia, dixo:
¡ Ay, carta, carta, abrasada te vea, por mano do
quien mejor lo pueda hazer (][ue yo, pues jamas
en cosa mía pude hazer lo que quisiesse; mal-
haya quien ahora te leyere. Mas ¿quien podra
hazerlo? Y desoogiendola vio que dezia:
CARTA DE DIANA A 61REK0
Sireno mió, quan mal suffriria tus palabras,
quien no pensasse que amor te las hazia dezir!
Dizes me qne no te quiero quanto deuo, no se
en qne lo uees, ni entiendo cómo te pue<la que-
rer mas. Mira que ya no es tiempo de no creer-
me, pues vees que lo que te quiero me fuer9a a
creer lo que de tu pensamiento me dizosy Mu-
chas vezes imagino que assi como piensas que
no te quiero, queriéndote mas que a mi, assi
dones pensar que me quieres teniendo me abor-
rescida. Mira, Sireno, qtie'l tiempo lo ha hecho
mejor contigo, de lo que al principio de nues-
tros amores sospechaste, y quedando mi honra
a saluo, la qual te done todo lo del mundo, no
auria cosa en él, que por ti no hiziesso. Supli-
cóte quanto puedo, que no te metas entre zolos
y sospechas, que ya sabes quan pocos escaj»au
de sus manos con la uida, la qual to dé Dios
con el contento que yo te desseo.
¿Carta es esta, dixo Sireno sospirando, para
pensar que pudiera entrar oluido en <>l coraron
donde tales palabras salieron ?y Y palabras son
estas para passallas por la memoria, al tiempo
que quien las dixo, no la tiene de mí? ¡ Ay, tris-
te, con quanto contentamiento acal)é de leer esta
carta, quando mi señora me la embió, y quan-
tas vezes en aquella hora misma la bol ni a leer.
Mas pagóla ahora con las setenas: y no se suf-
fria menos, sino venir de vn extremo a otro:
que mal contado le seria a la fortuna, dexar de
2d4
ORÍGENES DE LA NOVELA
liaztT comigo, lo que con todos baze. A este
tiempo por vna cuesta abaxo, quodel aldea ve-
nía al verde prado, vio Sireno venir vn pastor
bu passo a passo, paraudose a cada trecho, vnas
vezes mirando el ciclo, otras el verde prado y
herniosa ribera, que desde lo alto desí*ubriu:
cosa que mas le augnientaua su tristeza, yiendo
el lugar que fue principio de su desuentura:
aireño le conoscio, y dixo buelto el rostro hazia
la parte de donde venia: ;Ay, desuen turado
pastor, aunque no tanto como yo, ;en qué han
parado los competencias que comigo trayas
por los amores de Diana? y los disfauores que
aquella cruel te hazia, poniéndolos a mi cuenta?
Mas si tú entendieras que tal havia de ser la
summa, quduto mayor merced hallaras que la
fortuna t^ hazia, en sustentarte en un iiifelice
estado, que a mi en derribarme del, a tiempo
que menos lo temia? A est<? tiempo el des-
amado Syluano tomó vna <^ampoña, y tañendo
vn rato, cantaua con gran tristezza estos versaos:
Amador soy, mas nunca fuy amado;
quise bien, y quem», nn soy querido;
fatigas passo, y nunca las he dado;
sospiros di, mas nunca fuy oydo:
quexarine quise, y no fuy escuchado,
huyr quise de amor, quedé corrido;
de sulo oluido, no podré qnezarme,
porque aun no se acordaron de oluidarm<\
Yo hago a todo n/al sglo vn semblante,
jamas estuue oy triste, ayer contento,
no miro atrás, ni temo yr adelante;
vn rostro hago al mal, o al lúen que sient<.>.
Tan fuera voy de mi. como el dan<^anti\
que haze a qualquier son mouimiento,
y ansí me grit-au todos como a loco;
pero según estoy aun esto es poco.
La noche ajk'n amador le es enojosa,
qiumdo del^lja alTendj bien alguno:
y el otro de la" íióc he" espera cosa
qu'el dia le haze largo vimportuno;
con lo que vn hombre^nsaj otro reposa,
tras su desseo camina cada vno,
mas yo siempre llorando el dia espero;
y en viendo el dia, por la noche nmero.
Quexarme yo de amor, es escusado:
pinta en el agua, o da bozes al viento:
busca remedio en quien jamas le ha dado
que al fin venga a dexalle sin descuento.
Llegaos a él a ser aconsejado,
dirá os un disparate y otros ciento.
Pues quién es estt» amor? P^s una sciencia
que no la alcanza estudio ni experiencia.
Ama <ji mi sefíora a su Sireno;
dexaua a mi, quÍ9a que lo acertaua:
yo triste a miVpesar, tenia por bueno,
lo (|ne enla vida y alma me tocaua.
A estar mi cielo algún dia sereno.
quexara yo de anior si le auublaua,
mas ningún bien diré que me ha quitado,
ved cómo quitará lo que no lia dado.
No es cot» amor, que afjuel que no lo tiene
hallará feria a do pueda comprallo,
ni cosa que en llamándola, se uiene,
ni que le hallareys, yendo á buscallo:
Que sí de nos no nace, no conuiene
pensar que ha de nascer de procurallo:
y pues que jamas puede amor forjarse,
no tiene el desamado que quezarse.
No estaña ocioso Sireno, al tiempo que Syl-
uano estos versos cantaua, que con sospiros
respondía a los vltímos accentos de sus pala-
bras, y con lagrimas solennizana 1<» que dellas
entondia. El desamado pastor, después que
vuo acabado de cantar, se comento a tomar
cuenta de la poca que consigo tenia: y como
por su iB^fiora Diana auia oluidado todo ol
hato y t1^b¿6; y esto era lo menos. Consideraoa
que sus seruicios eran sin esperanza de galar-
dón, cosa que a quien tuniera menos ñrmeza,
pudiera fácilmente atajar el camino de sus
amores. Mas era tanta su constancia que puesto
en medio de todas las causas que tenia de oluv
dar a quien no se acordaua del, se salia tan a su
saluo dellas, y tan sin peijuyzio del amor que a
su pastora tenia, que sinfíiied?|alguno cometía
qualquiera imaginación (■) que en daño de su
fe le sobreuiniesse. Pujes como vio Sireno junto
»r la fuente, (|uedó espantado de velle tan triste,
no porque ignorasse la causa de su tristeza, mas
pnn]ue le paresció, que si él huniera» resc^bido
el mas pequeño fauor que Sireno algún tiempo
rescibio de Diana, aquel contentamiento bastara
para toda la uida tenelle. Llegué se a él, y abra-
9andose los dos, con muchas lagrimas se bol-
uieron a sentar encima de la menuda yerba: y
Syluano comenco á hablar desta manera: ¡Ay.
Sireno, causa de toda mi desuentura, o del ]kh*o
remedio della, nunca Dios quiera que yo de la
tuya reciba uen^an9a, que quando muy a mi
saíno pudiesse hacello no permitiría el amor
que a mi señora Diana tengo, que yo no fucsse
contra aquel en quien ella con tanta voluntad
lo puso. Si tus trabajos no me duelen, nunca
en los míos haya fin: sí luego que Diana so
quiso desposar, no se me acordó que su desp<v
sorio y tu muerte auian de ser a vn tiemjx),
nunca en otro mejor me vea que este en que
aora estoy. Pensar deues, Sireno, que te quería
yo mal, ponqué Diana te quería bien y que los
fauores que ella te hazia eran parte para quo
yo te desamasse: Pues no era de tan baxos
quilates mi fe, que no siguiesse a mi señora,
no solo en quererla, sino en querer todo lo que
(*) Abí en la edición de Milán. Ignorancia eii la
de V enecia.
DIANA hj; ííKORGE DE MONTEMAVOR
255
ella qnisk'sse. Pesanuí' de tu tatíi^a, no iienes
porque n^radescerruclo ponjiic ost^\v tan he-
cho a pesares que aun de bienes mios uie pesa-
ría, cuanto más de males ágenos.
No causó (') poca admiración a Sireno las
palabras del pastor Sjluano; y an.si estuuo un
poco suspenso, espautado de tan ^ran suffri-
miento j de la qualidaddcl amor ([ue a su pasto-
ra tenia. Y boluiendo en si, le respondió (*). Por
ventura, Syluano, has naacido tú para ezemplo
lie los que no sabemos suffrír las aduersidades
que la fortuna delante nos pone/ O acaso te
ha dado naturaleza tanto animo en ellas que
no solo baste para suffrir las turas, mas (^ue
aun ayudes a sobrellenar las agenas? Veo. que
«ístás tan conforme con tu Huerte, que no te
prometiendo esperanca de remedio, no sabes
pedille mas de lo que te da. Yo te digo, Syl-
uano, que en ti muestra bien fl tiempo, que
cada dia Ya descubriendo nom^dades muy agenas
de la imaginación de los hombres. O quánta
más embidia ie dene tener este sin ventura pas-
tor, en verte suffrir tu-s males, que tú podrías
tenelle a él al tiempo que le veías ^ozar sus
bienes. ¿Viste los fauores que me hazia? Viste
la blandura de palabras, con que me manifes-
taua sus amores? Viste como llenar el ganado
ul río, sacar los corderos al soto, traer las oue-
jas por la siesta a la sombra destos alisos,
jamas sin mi compañía supo hazello? Pues
nunca yo vea el remedio de mi mal, si de Diana
espiaré, ni desseé, cosa que contra su honrra
fuesse, y si por la ymaginocion me pasaua, era
tanta su hermosura, su valor, su honestidad, y
la limpieza del amor que me tenia, que me qui-
tauan del pensamiento qualquiora cosa que en
daño de sn bondad imagí ñaua {^). Esto creo yo
por cierto, dixo Syluano sospirando: porque lo
mesmo podré afürmar de mi. Y oreo que no
vniera nadie que en Diana pusieni los ojos, que
osara dessear otra cosa, sino verla vconuersarla.
Aunque no sé si hermosura tan grande, en
algún pensamiento, no tan subiccto como el
nuestro, hiziera algún excesso, y mas si como
yo un dia la vi, acertara de vella, que estaña
sentada contigo, junto a aquel arroyo, peinan-
do sus cal.Híllos de oro: y tú estañas teniendo
el ospcjo, en que de quando en quando se mi-
ran^. Mas no sabiadcs los do*^, que os estaña
yo' acechando deste aquellas matas altas, que
están junto a las dos enzhias: y aun se me
acuerda de los uersos que tú le cantaste, sobre
auerle tenido el espejo en quanto se peinaua.
Como los Yiiiste a las manos, dixo Sireno? Syl-
uano le respondió: El otro dia siguiento hallé
(O M., rautaron.
i* i M., desta manera.
(') M., imaginaste.
aquí vn papel, en que estañan escrítoe!, y los
leí, y aun los encomendé a k memoria. \
luego vino Diana por aquí llorando, por aue-
Uos perdido, y me preguntó por ellos; y no fue
pequeño contentamiento para mi, ver en mi se-
ñora lagrimas que pndiesse (*) remediari Acuer-
dóme, que aquella fue la ])rímera vez que de.
su boca oí palabra sin yra, y mú*a qnan neces-
sitado estaña de su fabor (*), que de decirme
ella que me agradecía darle lo que buscaba,
hize tan grandes reliquias (') que mas de un
año de grandissimos males desconté por aqm^-
11a sola palabra, que traya alguna apariencia do
bien. Por tu uida, dixo Sireno, que digas los
uersos, que dizes que yoUe>cant<', pues los tai-
maste de coro. Sov contento, dixo Svlnanc». de
esta manera dezían.
De men?ed tan extremada
ninguna deuda me queda,
pues en la misma moneda,
señora, quedays pagada.
Que si gozé estando allí
viendo delante de mi
rostro, y oyos soberanos :
vos también viendo en mis manos
lo que en vuestros ojos vi.
Y esto no os parezca mal,
que de \uestra henno6Ui*a
vistes sola la figiu'a,
y yo vi lo natural.
Vn pensamiento extremado,
jamas de amor subjetado,
mejor uee, que no el captiuo.
aunque el uno uea lo biuo,
y el otro lo debuxado.
Qvando esto acabó Sireno de oyr, dixo ci>]i-
tra Syluano: plega a Dios, pastor, que el ami>r
me dé esperanza de algún bien impossible, si
ay cosa en la vida con que yo mas facilmenU^
la passasse «^ue con tu conuersaciou, y si agora
en estremo no me pesa que 1 )iana te aya sido
tan cruel, que siquiera no mostrasse agradeci-
miento a tan leales seruicios, y a tan verdadero
amor como en ellos has mostrado. Svluam* le
respondió sospirando. Con poco me c<»ntt?ntaríi
yo, si mi fortuna quisiera: y bien pudiera Dian:i,
sin offender á lo que a su honra, y a tu fe deniu
darme algún contentamiento, mas no tan solo
huyó siempre de dármele, mas aun de hazrr
cosa por donde imaginasse que yo algnn tiempo
podría tenelle. Dezia yo muchas vezes entre mí:
Aora esta fiera endurescida no se enojaría al-
gún día con Sireno, de manera (jue por vengar-
(•) M., //?//• yo pndiesse.
(>J M., de favores,
(~>) Todo e8to falta en la eiUción de Venecia, y mc
ha tomado de la de Milán.
256
ORÍGENES DE LA NOVELA
fie del, fíngiessc favorescernie a mi? Que vn
Iiouibrc tan desconsolado, y falto de fauorcs,
aun fingidos los ternia por buenos. Pues quando
desta tierra te partiste, pense verdaderamente,
<{uc el remedio de mi mal me estaua llamando
a la puerta, y que el olnido era la^^os§^ más
cierta, que después de la ausencia so esperaua,
y m^s en coraron de muger. Pero quando des-
pués vi las lagrimas de Diana, el no reposar en
la aldea, el amar la soledad, los continuos sos-
j)¡ro8. Dios sabe lo que senti. Que puesto caso
([ue yo sabia ser el tiempo vn medico muy
aprouado para el mal que la ausencia suele
causar, vua sola hora de tristeza no-quisiera yo
(jue por mi señora passara, aunque della se me
siguieran a mi cien mil de alegría. Algunos
dias, después que te fuyste, la vi junto a la de-
besa del monte, arrímada a vna cnzina, de pe-
chos sobre su cayado, y desta manera cstuuo
gran pie^ antes que me vicsse. Después al^ó
los ojos, y las lagrimas le estoruaron verme.
Deuia ella entonces imaginar en su trist.? sole-
dad, y en el mal que tu ausencia le hazia sentir,
])ero do ay a vn poco (no sin lagrimas, acoui-
l)anadas de tristes sospiros) sacó vna jampona,
que en el purron traya, y la comento a tocar tan
dulcemente, que el valle, el monte, el rio, las
aues enamoradas, y aun las sierras de aquel es-
pesso bosque quedaron suspensas, y dexando
la ^ampofia al son que ella auia tañido, comento
esta canción:
Canción,
Ojos que ya no veys quien os miraua,
(({uando erades espejo en que se via)
qué cosa podreys ver que os dé contento?
Prado ñorido y verde, do algún dia
por el mi dulce amigo yo esperaua,
llorad comigo el grane mal que siento.
A((ui me declaró su pensamiento,
oyle yo cuytada,
mas que serpiente ayrada,
llamándole mil vezes atreuido.
y el triste alli tendido ('),
parcsce que es ahora, y que lo veo,
y aun cssc es mi desseo,
!ay 8Í lo viesse yo, ay tiempo bueno!
ribera vmbrosa, qué es del mi Sireno?
At^uella es la ribera, este es el prado,
de alli parece el soto y valle vmbroso,
íjue yo con mi rebaño repastaua./
Veys el arroyo dulce y sonoroso,
a do pascia la siesta mí ganadlo
quando el mi dulce amigo aquí morana.
Debaxo aquella haya verde estaua,
y veys alli el ot«TO
a do le vi primero,
Cj M., rendido.
y a do me vio: dichoso fue aquel dia,
si la (K'idiclia inia,
\n ti'ju){)o tan dit^hoso no acabara.
O haya, o fuente clara,
todo está aquí, mas no por quien yo peno.
Ribera vmbrosa, (ju'es de mi Sireno?
Aquí tengo un retrato que me engaña,
pues veo a mi pastor quando lo veo,
aunque en mi alma está mejor sacado:
Quíindo de verle llega el "gran desseo
de quiejí el tiempo, luego desengaña,
a a([uella fuente voy, que está en el prado,
Arrimólo á aquel sauze y a su lado
me assieiito (ay amor ciego)
al agua mirol^figo,
y veo a mí^a él,Xonío la via
quando él aqnr-rfíiia.
Esta inuencion vn rato me sustenta,
después caygo (* ) en la cuenta
y dizo el corar/on, de ansias lleno:
ribera vuibrosa, qu'es d'el mi Sireno?
Otras vezes le hablo, y no responde
y pienso que de mí se esta vengando,
porque algún tiempo no le respondía.
Mas digole yo triste assi llorando:
hablad, Sireno. pues estays adonde
jamas ymaginó mi fantasía.
Ko veys, dezi, que estays n'el alma mia?
Y éJ todavía callado
y estarse alli a mi lado:
en mi seso le ruego que me hable:
¡qué engaño tan notable
pedir a una pintura lengua o seso!
¡ay tiempo, que en un peso
está mi alma y en poder ageno!
ribera umbrosa, qn*es del mi Sireno?
Xo puedo jamas yr con mi ganado,
quando se pone el sol, a nuestra aldea,
ni desde ella nenir a la majada.
Sino por donde, aunque no quiera, uea
la choca de mi bien tan desseado,
ya por el suelo toda derribada:
Allí me assiento un poco y descuidada
do ouejas y corderos,
hasta que los uaqueros
me dan bozes diziendo: ha pastora,
en que piensas aora,
y el ganado pascíendo por los trigos?
mis ojos son testigos
por íjuien la yerna crece al ualle ameno;
ribera umbrosa, (ju'es d'el mi Sireno?
Razón fuera, Sireno, que hizieras
a tu opinión más fuerza en la partida
pues que sin ella io entregué la mía:
t'jVIas yo de quién me quexo ¡ay, perdida I
¿pudiera alguno hazer que no partieras
si el hado o la fortuna lo quería?
O M., raj/o.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
257
No fac la colpa tn ja ni podría
creer qao tú hiziesscs
cosa con que offendiceses
a este amor tan llano 7 tan sencillo,
ni quiero presumillo,
aunque aya muchas muestras j señales;
los liados desiguales
me an anublado yn cielo muy sereno;
ribera ymbrosa, qu*es del mi Sireno?
Canción mira que vays adonde digo,
mas quédate comigo,
que puede ser te lleue la fortuna
a parte do te llamen importuna.
Acabado (}) Syluano la amorosa canción de
Diana, dizo a Sireno (que como fuera de si esta-
ua oyendo los uersos que después de su partida
la pastora auia cantado): quando esta canción
cantaua la hermosa Diana, en mis lagrimas
pudieran ver si yo sentia las que ella por tu
causa derramaua: pues que no queriendo yo
della entender que la auia entendido, dissimu-
lando lo mejor que pude (que no fue poco po-
dello hazer) llegúeme adonde estaua. Sireno
entonces le atajó diziendoc Ten punto, Syluano;
¿que yn coraron, que taics cosas sentia pudo
mudar fe? O constancia, o firmeza, y quantas
pocas uezes hazeis assiento sobre coraron de
hembra, que quanto mas subiecta está á quere-
ros, tanto mas propuesta (') para oluidaros. Y
bien creya yo que en todas las mugeres auia esta
falta, mas en mi señora Diana, jamas pensé
que naturaleza auia dexado cosa buena por ha-
zeri Prosiguiendo pues Syluano por su historia
adelante, le dixo: Como yo me llegase más
adonde Diana estaua, yi que ponia los ojos en
la clara fuente, adonde prosiguiendo bu acos-
tumbrado offício, comen<^ó a dezir. Ay ojos y
quanto más presto se os acabaran las lagrimas
que la ocasión de dcrramallas; ay mi Sireno,
plega a Dios que antes que el desabrido inuier-
no desnude el yerde prado de frescas y oloro-
sas flores, y el uallc ameno de la menuda yer-
na, y los arboles sombríos de su ucrde hoja,
uean estos ojos tu presencia tan desáeada de mi
anima, como de la tuya dcuo ser aborrecida.
A este punto a1^ el diuiuo rostro, y me uido:
trabajó por disimular ei triste llanto, mas no
lo pudo hazer, de manera que las lagrimas no
atajassen el passo a su disimulación. Leuantoac
a uii,d¡zicndo: Siéntate aqui, Syluano, que asaz
vengado está8, y a costa mia. Bien paga esta
desdichada lo que dizes que a su causa sientes
si es ucrdad que es ella la causa. Es possible,
Diana, (le respondí) que eso me qucdaua por
oyr? En fiu, no me engaño en dezir, que nasci
para cada dia discubrir nu uos géneros de tor-
(*\ M., acabando.
(') M., prompta ettá, ^
ORlOENKS DE LA NOVELA.— 17
mentos, y tú para hazermc más sinrazones, de
las que en tu pensamiento pueden caber. Acra
dudas ser tú la causa de mi mal? Si tú no eres
la causa d'el, quién sospechas que merecieese
tan gran amor? O qué coraron auria en c)
mundo si no fuesse el suyo, a quien mis lagri-
mas no yuiessen ablandado? E a esto añadí
otras muchas cosas, de que ya no tengo memo-
ria. Mas la cruel enemiga de mi descanso, atajó
mis razones, diziendo: Mira, Syluano, si otra
yez tu lengua se atreue a tratar de cosa tuya
y a dezar de hablarme en el mi Sireno, a tu
plazer te dexaré gozar de la clara fuente donde
estamos sentado. Y tú no sabes que toda cosa
que en mi pastor no tratare, me es aborres-
cible y enojosa? y que a la persona que quie-
re bien, todo el tiempo que gasta en oyr cosa
fuera de sus amores le parece mal empleado? Yo
entonces, de miedo que mis palabras no fnes-
sen causa de perder el descanso que su yista
me offrescia, puse silencio en ellas, y estnue allí
yn gran rato gozando de yer aquella hermosura
sobrehumana, hasta que la noche se dexó yo-
nir (con mayor presteza de lo que* yo quisiera)
y de alli nos fuymos los dos con nuestros ga-
nados al aldea. Sireno sospirando, le dixo:
grandes cosas me has contado (Syluano) y to-
das en daño mió; desdichado de mi, quán presto
yine a esperimentar la poca constancia que en
las mugeres ay. Por lo que los deuo me pesa.
No quisiera yo, pastor, que en algún tiempo se
oyere dezir, que en yn yaso, donde tan gran
hermosura y discreción junt(> naturaleza, hu-
biera tan mala mixtura, como es la inconstan-
cia que comigu ha usado. Y lo que más me lle-
ga al alma, es que el tiempo le a de dar a en-
tender lo mal que comigo lo ha hecho: lo qual
no puede ser sino a costa de su descanso. ¿Cómo
le ua de contentamiento después de casada?
Syluano le respondió: dizenme algunos que le
ua mal, y no me espanto, porque como sabes,
Delio su esposo, aunque es rico de los bienes
de fortuna, no lo es de los de naturaleza, que en
esto de la disposición ya yes quan mal le va.
Pues de otras cosas de que los pastores nos
preciamos, como son tañer, cantar, luchar, ju-
gar al cayado, baylar con las mozas el Domin-
go, paresce que Delio no ha naseido para más
que mirallo. Aora pastor (dixo Sireno) toma
tu rabel y yo tomaré mi jampona, que no ay
mal que con la música no se passe, ni trist(.>za
que con ella no se acrescientc. Y templando los
dos pastores sus instrumentos con mucha gra-
cia y snauidad comentaron a cantar lo siguiente.
SYLVANO
Sireno, en qué pensauas, que mirándote
estaua desde el soto, y condoliéndome
de uer con el dolor qu'cstás quexaudotc?
258
orígenes de la xovela
Vo dexo mi ganado allí, atendiéndome,
(|ne en quanto el claro sol no oa encubriéndose
bien puedo estar contigo entreteniéndome.
Tu mal m? di (') pastor, que elmaldiziendose
8c passa a menos costa, que callándolo,
j la tristeza en fin ya despidiéndose.
Mi mal contaria yo, pero contándolo,
se me acrecienta, j más en acordárseme
de quan en vano, ay triste, estoy llorándolo.
La yida a mi pesar yeo alargárseme,
n)i triste coraron no ay consolármele,
y vil desusado mal veo acercárseme.
De quien medio esperó, vino a quitármele,
mas nunca le espera, porque esperándole,
pudiera con razón dexar de dármele.
Andana mi passion sollicitandole,
con medios no importunos*, sino licitos,
y andana el crudo amor ella estoruandole.
Mis tristes pensamientos muy solícitos
d(; vna á otra parte reboluiendose,
huyendo en t¿lA cosa el ser illicitos,
pedian<4 l^iana^ <iue pudiéndose
dar medio cñ tanto mal, y sin causártele
se diesse: y fucsse vn triste entreteniéndose.
Pues qué hizieras, di, si en vez de dártele
te le quitare? ay triste, que pensándolo,
callar querria mi mal, y no contártele.
Pero después (Sireno) ymaginandolo
vua pastora inuoco lierniosissima,
y ansi va a costa mía en fín passandolo.
SIRENO
Syluano mió, vna afección rarissima,
vna verdad que ciega luego en viéndola,
vn seso, y discreción excelentissima:
con una dulce habla, que en oyéndola,
las duras peñas mueuc cnterneoiendolas,
qué sentiría un amador perdiéndola?
Mis ouejuelas miro, y pienso en viéndolas
quantas uezcs la uía repastándolas
y con las suias propias recogiéndolas.
Y quantas uezes la topé llenándolas,
al rio por la siesta, a do sentándose,
con gran cuidado estaña allí contándolas?
Después si estaua sola, desti.>candoso,
vieras el claro sol embidiosissimo
de sus cabellos, y ella alli peinándose,
Pues (o Syluano amigo mio'íarísslmíí)
quantas uezes de 'súbito encontrándome
se le encendía aquel rostro henuosissimo.
Y con qué gracia estaua preguntándome
que como auia 'tardado, y aun riñieudome
y kí esso m*enfadaua halagándome.
Pues (}uantos dias la hallé atendiéndome
on esta clnra fuente, y yo buscándola
por aquel soto cspesso, y deshazicndome,
(*) Así en M. La de Venecia y otrafl dicen en mirar
mi pa$tor^ lo cual no hace sentido.
Cómo qualquier trabajo en encontrandoU
de ouejas y corderos, lo oluidauamos
hablando ella comigo, y yo mirándola.
Otras uezes (Syluano) concertauamos
la 9ampoña y rabel con que tañíamos,
y mis nersoB entonce alli cantauamos.
Después la flecha y arco apercebiamos
y otras uezes la red, y ella siguiéndome
jamas sin ca^a a nuestra aldea boluiamos.
Assi fortuna andouo entreteniéndome
que para mayor mal yua guardándome,
el qual no terna fin, sino muñéndome.
SYLCANO
Sireno, el crudo amor que lastimándome
jamas cansó, no impide el acordárseme
de tanto mal, y muero en acordándome.
Miré a Diana, y ni luego abreuiarseme
el plazer y contento, en solo uiendola,
y a mi pesar la uída ni alargárseme,
O quantas uezes la hallé perdiéndola,
y quantas uezes la perdí hallándola,
y yo callar, suffrir, morir sirviéndola (*) ?
La uída perdí yo, quando topándola
miraua aquellos ojos, que ayradíssimos
boluia contra mí luego en hablandola.
Mas quando los cabellos hermosissimos
descogía y peinaua, no sintiéndome
se me boluian los males sabrosissimos.
Y la cruel Diana en conosciendome
boluia como fiera, que encrespándose
arremete al león, y deshazicndome.
Vn tiempo la esperanza, ansi burlándome
mantuno el coraron entreteniéndole,
mas el mismo después desengañándome,
burló del esperar, y fue perdiéndole.
•
No mucho después que los pastores dií'i\ \\
fin al triste canto, uieron salir dentro el arbo-
leda que jnnto al rio estaña, una pastora ta-
ñendo con una jampona, y cantando con tanta
gracia y suauídad como tristeza: la qual enco.
bria gran parte de su hermosura (que no era
poca) y preguntó Sireno, como quien aui:i
mucho que no rcpastaua por aquel valle, quit'n
fuesse(*). Syluano le respondió: esta es una her-
mosa pastora, que de pocos dias acá apascientu
por estos prados, muyqnexosa de amor, y según
dize con mucha razón, aunque otros quieren
dezir, que ha mucho tiempo que se burla con el
desengaño. Por uentura, dixo Sireno, está on
su mano el desengañarse ?(5i)íespondió Sylua-
no, porque no puedo yo creer, que ay muger
en la uída, que tanto quiera que la fuerza del
amor le estorue entender si es querida, o no.
(*) M., así. V,, ñutiéndola i
(«) U,,/uessí\
DIANA J>E GEORGE DE MONTEMAYOR
259
De contraria opíiiion soy. De contraria (dixo
Sjluano) pues no te irás alabando, que bien
caro te cuesta auerte fíado en las palabras de
I >iana, pero no te doy culpa, que ansi como no
ay a quien no ucn9a su hermosura, assi no aura
a quien sus palabras no engañen. ¿Cómo pue-
des tú saber esso, pues ella jamas te engañó con
palabras, ni con obras? Verdad es (dixo Syl-
nano) que siempre fuy della desengañado, mas
yo osMÍa jurar (por lo que después acá ha suce-
dido) C^ jamas me desengañó a mi, sino por
engañarle a ti. Pero dexemos esto, y oyamos
esta pastora que es gran amiga de Diana, y
según lo que de su gracia y discrcccion me di-
zen, bien meresce ser oyda. A este tiempo lle-
gaua la hermosa pastora junto a la fuente, can-
tando este soneto.
Soneto.
Ya he uisto yo a mis ojos más contento
y he uisto mas alegre el alma mia,
triste de la que enfada do algún dia
con su uista causó contentamiento.
Mas como esta fortuna en un momento
os corta la rayz del alegría,
lo mismo que ay de yn es, a un ser solia,
ay de un gran plazer a un gran tormento.
Tomaos allá con tiempos, con mudanzas,
tomaos con mouimientos desuariados,
Ycreys el coraron quan libre os queda.
Entonces me fiaré yo en esperanzas,
quando los casos tenga sojuzgados
V ecliado un clano al exe de la rueda.
•r
Después que la pastora acabó de cantar se
uino derecha a la fuente adonde los pastores
estañan, y entretanto que nenia, dixo Syluano
(medio riendo) no hagas sino liazer caso de
aquellas palabras, y acceptar por testigo el ar-
diente sospiro con que dio fin a su cantar.
Desso no dudes (respondió Sireno) que tan
presto yo la quisiera bien como aunque me pese
creyera todo lo que ello me quisiera dezir. Pues
estando ellos en esto llegó Seluagia, y quando
conoscio a los pastores, muy cortesemente los
saludó, diziendo: Qué hazeys, o desamados
])astorcs, en este verde y deleytoso prado? No
dizes mal, hermosa Seluagia, en preguntar qué
Iiazemos (dixo Syluano) hazemos tan poco para
lo que deuiamoB liazer, que jamas podremos
concluyr cosa que el amor nos haga dessear?
No te espantes desso, dixo Seluagia, que cosas
ay que antes que se acaben, acaban ellas a quien
las dcssea. Syluano respondió: a lo menos si
hombre pone su descanso en manos de muger,
primero se acabará la uida, que con ella se acabe
cosa con que se espere recebille. Desdichadas
destas mugeres (dixo Seluagia) que tan mal
tratadas son de nuestras palabras. Mas destos
hombres (respondió Syluano) que tanto peor
lo son de nuestras obras. Puede ser cosa más
baxa, ni de menor ualor, que por la cosa más
liuiana del mundo, olyidcys nosotras a quien
más amor ayais tenido? Pues ausentaos algim
dia de quien bien quereys, que a la buelta aureys
menester negociar de nueuo. Dos cosas siento,
dixo Seluagia, de lo que dizes, que uerdadera-
mente me espantan, la y na, es que ueo en tu
lengua al renes de lo que de tu condición tune
entendido siempre, porque imaginana yo quan-
do oya hablar en tus amores, que eras en ellos
yn Fénix, y que ninguno de quantos hasta oy
an querido bien, pudieron llegar al estremo
que tú as tenido, en querer a una pastora que
yo conosco, causas harto sufficicntes para no
tratar mal de mugeres, si la malicia no fuera
más que los amores. La segunda es que hablas
en cosa que no entiendes, porque hablar en ol-
uido, quien jamas tuuo osperiencia del, más se
deue atribuir a locura que a otra cosa. Si Diana
jamas se acordó de ti, cómo puedes tú quexarte
de su oluido? A ambas cosas, dixo Syluano,
pienso responderte, si no te cansas en oyrme.
Plega a Dios que jamas me uea con más con-
tento del que aoraJ«ngo, si nadie, por más
exemplo que me ^rayg^^ puede encarecer el po-
der que sobre mi alma tiene aquella desagra-
descida, y desleal pastora (que tú conoces, y
yo no quisiera conocer) pero quanto mayor en
el amor que le tengo, tanto más me pesa, que
en ella aya cosa que pueda ser reprehendida;
porque ay está Sireno, que fue más fauorescido
de Diana que todos los del mundo lo an sido
de sus señoras y lo ha oluidado de la manera
que todos sabemos. A lo que dizes, que no puedo
hablar en mal, de que no tengo esperiencia,
bueno sería que el medico no supiesse tratar de
mal que él no uuiessc tenido, y de otra cosa,
Seluagia te quiero satisfazer, no pienses qm;
quiero mal a las mugeres, que no ay cosa en la
uida a quien más dessee scruir: mas en pago de
querer bien, soy tratado mal, y de aqui nasce
dezillo yo, de quien es su gloria causármele. Si-
reno que auia rato que callaua, dixo contra Sel-
uagia. Pastora, si me oyesses, no pornias culpa
a mi competidor (o hablando mas propriamente,
a mi charo amigo Syluano) dime, por qué causa
soys tan mouibles, que en un punto derríbais
a un pastor de lo más alto de su uentura, a lo
más baxo de su miseria? Pero sabeys a qué
lo atribuyo? a que no teneys ucrdadero conosci-
miento de lo que tracys entre manos; tratavs de
amor, no soys capazes de entondelle, ved cómo
sabreys auenir<js con el. Yo te dixo Sireno (di-
xo Seluagia) que la causa porque las pastoras
oluidamos, no es otra, sino la misma porque
de nosotros somos oluidadas. Son cosas que
260
ORÍGENES DE LA NOVELA
el amor haze y desliaze: cosas qae loa tiem-
poB 7 los lagares las mueueii o las (}) ponen si-
lencio: mas no por defecto del entendimiento
de las mngeres, de las qnales ha anido en el
mundo infinitas que pudieran enseñar a ninir a
los hombres, y aun los enseñaran a amar, si
fuera el amor cosa que pudiera enseñarse. Mas
con todo esto, creyó que no ay mas baxo estado
en la uida, que el de las mugeres: porque si os
hablan bien,pensays que están muertas de amo-
res; si no 08 hablan, creeys que de alteradas y
fantásticas lo hazcn; si el recogimiento que
tienen no haze a uuestro proposito, teneys lo
por hypocresia: no tienen deseraboltura que
no 08 parezca demasiada: si callan, dezis que
8on necias, si hablan, que son pesadas: y que
no ay quien las suffra, si os quieren todo lo
del mundo, creeys que de malas lo hazen, si
os oluidan, y se apartan de las occasiones de
Ber enfamadas, dezis que de inconstantes y
poco firmes en un proposito. Assi que no está
en más pareceros la muger buena, o mala, que
en acertar ella a no salir jamas de lo que pide
nuestra inclinación. Hermosa Seluagia (dixo
Sireno) si todas tuuiessen ese entendimiento y
biueza de ingenio, bien creo yo que jamas da-
rían occasion a que nosotros pudiesscmos que-
xarnos de sus descuydos. Mas para que sepa-
mos la razón que tienes de agrauiarte de amor,
ansi Dios te de el consuelo que para tan grane
mal es menester, que nos cuentes la hystoria de
tus amores, y todo lo que en ellos hasta aora
te ha succedido (que de los nuestros sabes más
de lo que nosotros te sabremos dezir) por uer
si las cosas que en él as passado te dan licencia
para hablar en ellos tan sueltamente. Que cierto
tus palabras dan a entender ser tú la más espe-
rimentada en ellos, que otra jamas aya sido.
Seluagia le respondió: si yo no fuere (Sireno)
la más esperimentada, seré la más mal tratada
que nunca nadie pensó ser, y la que con más
razón se puede quexar de sus dcsuariados effec-
tos, cosa harto suffíciente para poder hablar
en él. Y porque entiendas por lo que passé, lo
que siento de esta endiablada passion, poned
un poco nuestras desuenturas en mano del
silencio, y contaros he las maíorcs que jamas
aiieys oydo.
En el ualeroso y inexpugnablií reino de los
Lusitanos, ay dos caudalosos ríos que cansa-
dos de regar la mayor parte de nuestra España,
no muy lexos el vno del otro entran en el mar
Océano, en medio de los qnales ay muchas y
muy antiguas poblaciones, a causa de la ferti-
lidad de la tierra ser tan grande, que en el uni-
uerso no ay otra alguna que se ygnale. La uida
desta prouincia es tan remota y apartada de
(') Lss en la edición de Milán.
cosas que puedan inquietar el pensamiento, que
si no es quando Venus, por manos del ciego
hijo, se quiere mostrar poderosa, no ay quien
entienda en más que en sustentar una vida
quieta, con suffíciente mediania, en las cosas
que para passalla son menester. Los ingenios
de los hombres son aparejados para passar la
uida con assaz contento, y la hermosura de las
V mugeres para quitalla jj,^ue mas confiado bi-
uiere. Ay muchas ^sas por* entre las florestas
sombrías, y deleytosos ualTes: el termino de los
quales siendo proueydo de roció del soberano
cielo, y cultiuado con industría de los liabita-
dores dellas, el gracioso uerano tiene cuydado
de offrecerles el fruto de su trabajo, y socor-
rerles a las necessidades de la uida humana.
Yo uiuia en una aldea que está junto al cauda-
loso Duero (que es vno de los dos ríos que os
tengo dicho) adonde está el suntuosissimo tem-
plo de la diosa Minerua, que en ciertos tiem-
pos del año es uisitado de todas o las más pas-
toras y pastores que en aquella prouincia binen.
Comentando un dia, antes de la celebre fiesta
a solemnizalla las pastoras y nymphas, con can-
tos y hymnos muy suaues, y los pastores con
desafios de coiTer, saltar, luchar, y tirar la bar-
ra, poniendo por premio para el que uictorioso
saliere, quales una guirnalda de uerde yedra,
quales una dulce gampoña, o flauta, 6 un ca-
yado de 'nudoso fresno, y otras cosas de que los
pastores se precian. Llegando pues el dia en
que la fiesta se celebraua, yo con otras pasto-
ras amigas mias: dexando los seruiles, y baxos
paños, y uistiendonos de los mejores que te-
níamos, nos fuyuíos el dia antes de la fiesta de-
terminadas de uerlas aquella noche en el U'm-
plo, como otros años lo solíamos hazer. Estan-
do pues como digo en compañía de estas ami-
gas mias, u irnos entrar por la puerta, una com-
pañía de hermosas pastoras, a quien algunos
pastores aconipañauan: los quales dexandolas
dentro, y auiendo hecho su deuida oración, se
salieron al hermoso ualle, por que la orden de
aquella prouincia era que ningún pastor ])n-
diessc entrar en el templo, más que a dar la ol>o-
diencia, y se boluiesse lueyo a salir, hasta que
el dia siguiente pudiessen:]t^i^^ntrar a parti-
cipar de las cerimonias y sacrificios que enton-
ces hazían. Y la causa desto era, porque las
pastoras y Nimphas (^uedassen solas y sin oca-
sión de entender en otra cosa, sino celebrar la
fiesta regozíjandose vnas con otras, cosas qu^
otros muchos años solían hazer, y los pastores
fuera del templo en vn uerde prado que alli es-
taña, al resplandor de la nocturna Diana. Pues
^a|uíendo entrado los pastoread que digo en el
suntuoso templo, después deliechas sus oracio-
nes y de haber offrescído sus offrendas delante
del altar, junto a nosotros se asscntaron. Y quí-
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
261
80 mi uentura que jaato a mi se sentasse una
dellas para qae yo faesse dgaugntnrada todos
los diasque su memoria me^ara88e)('). Las pas-
toras venian disfrazadas, To^'rostros cubiertos
con unos uelos blancos j presos en sus chápele-
tes de menuda paja subtilissimamente labrados
con muchas guarniciones de lomismo tan bien
hechas j entretexidas, que de(oroyio les llenara
nentaja. Pues estando yo miranSo la que junto
a rai se auia sentado, u¡ que no qnitaua los
ojos délos mios, y quando yo la miraua, abaxa-
va ella los suyos fíngiendome quererme uer sin
que yo mirasse en ello. Yo desseaua en estremo
saber quién era, por que si hablasse comigo, no
cayesse yo en algún yerro a causa de no cono-
celia. Y todauia todas las uezes que yo me des-
cuydaua, la pastora no quitaua los ojos de mi,
y tanto que mil uezcs es tune por habla] la (^),
enamorada de unos hermosos ojos que ella sola-
mente tenia descubiertos. Pues estando yo con
toda la atención possible, sacó la más hermosa
y la más delicada mano, que yo después acá he
iiisto, y tomándome la mia, me la estuuo mi-
rando un poco. Yo que estaña más enamorada
dcUa de lo que se podría dezir, le dixe: Her-
mosa y graciosa pastora, no es sola essa mano,
la que aora está aparejada para semiros, mas
también lo está el coraron, y el pensamiento de
cuya ella es. Ysmenia(que assi se Uamaua aque-
lla que fue causa de toda la inquietud de mis
pensamientos) teniendo ya imaginado hazerme
la burla que adelante oireys, me respondió muy
liaxo, que nadie lo oyease: graciosa pastora, soy
yo tan nuestra, que como tal me atreui a hazer
lo que hize, suplicóos que no os escandalizeys,
porque en uiendo nuestro hermoso rostro, no
tune más poder en mi. Yo entonces muy con-
tenta me llegué más a ella, y le dixe {medio
riendo). ¿Cómo puede ser, pastora, que siendo
uos tan hermosa os enamoreysdc otra que tanto
le falta para serlo, y más siendo muger como
uos? Ay pastora, respondió ella, que el amor
que menos uezes se acaba es este, y el que más
consienten passar los hados, sin que las bueltas
de fortuna ni las mudanzas del tiempo les vayan
a la mano. Yo entonces respondí: si la natura-
leza de mi estado me enseñara a responderá tan
discretas palabras, no me lo estoruara el desseo
quede semiros tengo: mas créeme, hermosa pas-
tora, que el proposito de ser nuestra, la muerte
no será parte para quitármele. Y después desto
los abramos fueron tantos, los amores que la
Tua k la otra nos deziamos, y de mi parte tan
uerdaderos, que ni teniamos cuenta con los
cantares de las pastoras, ni mirauamos las dan-
tas de las Nymphas, ni otros regozijos que en
!') M., turaae.
*) M., hablelU.
el templo se hazia (}). A este tiempo importu-
naua yo a Ysmenia que me dixesse su nombre,
y se quitasse el reboco, de lo qual ella con gran
dissimnlacion se escusaua y con grandisSima as-
tucia mudaua proposito. Mas siendo ya passada
media noche, y estando yo con el mayor desseo
del mundo de verle el rostro, y saber cómo se
llamaua, y de adonde era, comencé a quexarmc
d'ella, y a dezir que no era possible que el
amor que me tenia fnesse tan grande, como
con sus palabras me manifestaua: pues auien-
dolé yo dicho mi nombre, me encubria el suyo,
y que cómo podia yo biuir, queriéndola como la
quería, si no supiesse a quién quería, o adonde
auia de saber nueuas de mis amores? E otras
cosas dichas tan de veras que las lagrimas me
ayudaron a mouer el corazón de la cautelosa
Ysmenia, de manera que ella se leuantó: y
tomándome por la mano me apartó hazia una
parte, donde no auia quien impedir nos pu-
diesse y comenzó a dezirme estas palabras (fin-
giendo que del alma le salían). Hermosa pas-
tora, nascida para inquietud de un espíritu, que
hasta aora ha bíuido tan esento quanto ha
sido possible, quién podra dexar de dezirte lo
que pides auíendote hecho señora de su liber-
tad? Desdichado de mi, que la mudanza del ha-
bito te tiene engañada aunque el engaño ya
resulta en daño mío. El rebozo que quieres
que yo quite, ues lo aquí donde lo quito, de-
zirte he mi nombre, no te haze mucho al caso,
pues aunque yo no quiera me uerás mas uezes
de las que tú podras suffrir. Y diziendo esto,
y quitándose el rebozo, vieron mis ojos un
rostro que aunque el aspecto fnesse un poco
uaronil, su hermosura era tan grande que me
espantó. E prosiguiendo Ysmenia su plática,
dixo: y por que, pastora, sepas el mal que tu
hermosura me ha hecho, y que las palabras que
entre las dos como de burlas han pcssado son
de ñeras: sabe que yo soy hombre y no muger,
como antes pensauas. Estas pastoras que aqui
uees'por reyrte comigo (que son todas mis
párlentas) me han uestido desta manera que
de otra no pudiera quedar en el templo, a causa
de la orden que en esto se tiene. Quando yo
hube entendido lo que Ysmenia me auia dicho,
y le ni comodigo en el rostro, no aquella blandu-
ra, ni en los ojos aquel reposo que las donzellas
por la mayor parte solemos tener, crey que era
uerdad lo que me dezia, y quedé tan (•) fuera
de mi, que no supe qué respondelle. Todauia
contemplaua aquella hermosura tan estremada,
miraua aquellas palabras que me dezia con tanta
dissimnlacion (que jamas supo nadie hazer cier-
to de lo fingido como aquella cautelosa y cruel
(') M , hazian,
(*) V-» d^tedara.
262
ORÍGENES DE LA NOVELA
pastora). Vime a<j\ic]la hora tan presa de sus
amores, y tan contenta de entender que ella lo
estaña de mi, qne no sabría encarecello, y puesto
caso que de semejante passion hasta aquel pun-
to no tuuiesse experiencia (causa harto suffí-
ciente para no saber dezilla) todavía esforzán-
dome lo mejor que pude la hablé desta manera:
Hermosa pastora, que para hazerme quedar sin
libertad, o para lo (^ue la fortuna se sabe, to-
maste el habito de aquella que el de amor a
causa tuya ha profcssado, bastara el tuyo mismo
para uencerme sin que con mis armas proprías
me vieras rendido. Mas quién j>odra huir de lo
que la Fortuna le tiene solicitado? Dichosa me
pudiera llamar si unieras hecho de industria lo
que a caso hiziste: porque a mudarte el liabito
natural, para solo verme y dezirme lo que des-
seauas, atribuyeralo yo a merecimiento mió y a
grande afección tuya, mas ver que la intención
fue otra aunque el efecto aya sido el que tene-
mos delante, me haze estar no tan contenta
como lo estnuiera, a ser de la manera quo^g5)
Y no t? espantes, ni te pese deste tan gñín
desseo: por que no ay mayor señal de una per-
sona, querer todo lo que puede, que dessear ser
querida de aquel a quien ha entregado toda
su libertad. De lo que t(\ me as oydo podras
sacar, qual me tiene tu uista. Plegué a Dios
que vses también del poder que sobre mi as to-
mado, que pueda yo sustentar el tenerme por
muy dichosa hasta la fin de nuestros amores,
los quales de mi parte, no lo teman en quanto
la uida me durare. La cautelosa Vsmenia me
supo también responder a lo que dixe, y fingir
las palabras que para nuestra conuersacion
eran necessarías, que nadie pudiera hnyr del
engaño en que yo cay, si la fortuna de tan
diffícultoso laberinto con el hilo de pnidencia
no le sacara. Y assi estuuimos hasta que ama-
nescio, hablando en lo que podría imaginar,
quien por estos desnariados casos de amor ha
paseado. Dixome que su nombre era Alanio, su
tierra Gallia, tres millas de nuestra aldea: que-
damos concertados de uemos muchas uezes.
La mañana se niño, y las dos nos apartamos
con más abramos, y lagrimas, y sospiros de lo
que aora sabré dezir. Ella se partió de mi, y
boluicndo atrás la cabera por uerla, y por uer
si me miraua, ni que se yua medio riendo, mas
crey que los ojos me auian engañado. Fuese
con la compañía que auia traydo, mas yo bolui
con mucha más porque lleuaua en la imagina-
ción los ojos del fingido Alanio, las palabras
con que su vano (') amor me auia manifestado,
los abramos que del auia recebido, y el crudo mal
de que hasta entonces no tenia experiencia. Aora
(M Falta el vano en la edición de Yenecia y otraa.
Esta en U de Milán
aueys de saber, pastores, que esta falsa y cante-
losa Ysmenia tenia un primo, que se llamaua
Alanio, a quien ella más que a si quería: porque
en el rostro, y ojos, y todo lo demás se le pare-
cía, tanto que si no fueran los dos degenero dif-
ferente, no uniera quien no juzgara el ano por
el otro. Y era tanto el amor que le tenia que
quando yo a ella en el templo le pregunté su
mismo nombre, auiendome de dezir nombre de
pastor, el primero que me supo nnmbrar fue
Alanio: porque no ay cosa más cierta, que en
las cosas súbitas encontrarse la lengua con lo
que está en el cora9on. El pastor la quería bien
mas no tanto como ella a él. Paes quando las
pastoras salieron del templo para boluerse a su
aldea, Ysmenia se halló con Alanio su primo,
y él por usar de la cortesia que a tan grande
amor como el de Ysmenia era deuida, dexando
la compañía de los mancebos de sn aldea, de-
terminó de acompañarla (como lo hizo) de qne
no poco contentamiento recibió Ysmenia, y por
dársele a el en alguna cosa, sin mirar lo qu¿
hazia, le contó lo que comigo auia passado, d¡-
ziendoselo muy particularmente, y con gran-
dissima rísa de los dos, que también le dixo,
como yoquedaua, pensando que ella fuesse hom-
bre, muy presa de sus amores. Alanio quando
aquello oyó, dissímuló lo mejor qne él pudo, di-
ziendo que auia sido grandissimo donayre. Y
sacándole todo lo que comigo auia passado que
no faltó cosa, llegaron a su aldea. E de ay a ocho
días (que para mi fueron ocho mil años) el tmy-
dor de Alanio (que assi lo puedo llamar con
más razón que él ha tenido de oluídarme), se
niño a mi lugar, y se puso en parte donde yo pu-
diesse uerle, al tiempo que passaua con otras 2sa-
galas a la fuente que cerca del lugar estaña. E
como yo lo uíese, fue t^nto el contentamiento
que recibí, que no se puede encarescer, pensando
qne era el mismo que en habito de pastora auia
hablado en el templo. E luego yo le hize señas
que se uiniesse hazia la fuente a donde yo yua
y no fue menester mucho para entendellas. El
se uino, y allí estuuimos, hablando todo lo que
el tiempo nos dio lugar: y el amor quedó (a lo
menos de mi parte) tan confiado que aunque
el engaño se descubriera, (como de ay a poco
días se descubrió) no fuera parte para apartar-
me de mi pensamiento. Alanio también creo
que me quería bien, y que desde aquella hora,
quedó preso de mis amores, pero no lo mostró
por la obra tanto como deuia. Assi que algu-
nos días se trataron nuestros amores con el
mayor secreto que pudimos, pero no fue tan
grande, que la cautelosa Ysmenia no lo snpies-
se: y uiendo qne ella tenia la culpa, no solo
en auerme engañado, mas aun en aucr dado
causa a que Alanio descubriéndole lo que pas-
saua, me amasse a mi, y pusíesse a ella en ol-
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
263
uido, cstaao para perder el seso, mas consolóse
con parezclle, <£uc eu sabiendo yo la uerdad, al
punto oluidaria. Y engañauase en ello, que
después le quise mucho más, y con muy mayor
obligación. Pues determinada Ysmenia de des-
bazcr el engaño, que por su mal auiauíe hecho,
iD^^^riulo esta carta:
CARTA DE YSMBNIA PARA 8BLÜAQIA
Seluagia, si a los que nos quieren tenemos
obligación de quererlos, no ay cosa en la uida
a quien más deua que a ti, pero si las que son
causa que seamos oluidadas deuen ser ahorres-
(ridas, a tu discreción lo dcxo. Querría te poner
alguna culpa, de aucr puesto los ojos en el mi
Alanío, mas ¿qué haré desdichada, que toda la
<'ulpa tengo yo de mi desuentura? Por mi mal
te ui. ¡O Seluagia! bien pudiera yo escnsar lo
que passé contigo, mas en fin dcsembolturas de-
masiadas las menos uezes succeden bien. Por
reyr una hora con el mi Alanio, contándole lo
que auia passado, lloraré toda mi uida, si tú no
to dueles d'ella. Suplicóte quanto puedo, que
I'aste este desengaño, para que Alanio sea de
ti oluidado, y esta pastora restituyda en lo que
pudieres, que no podras poco, si amor te da la-
gar a bazcr lo que suplico.
Quando yo esta carta ui, ya Alanio me auia
desengañado de la burla que Ysmenia me auia
hecho, pero no me auia contado los amores
que entre los dos auia, de lo qual yo no biza
mucho caso, porque estAua tan confiada en el
amor que mostraua tenerme, que no creyera
jamas, que pensamientos passados, ni por venir,
podrían ser parte para que él me dexasse. Y
p'irque Ysmenia no me tuuiesse por descome-
dida, respondi a su carta desta manera:
CARTA DE SELUAGIA PARA YSMENIA
No sé, hermosa Ysmenia, si me quexe de ti,
(i si to dé gracias > por auerme puosto en tal
p.Misamiento, ni creo sabría determinar quál
(testas cosas bazer, basta que el snccesso de
mis amores me lo aconseje. Por vna parte me
duele tu mal, por otra veo que tú saliste al ca-
mino a recebillo. Libre estaua Seluagia al tiem-
]>o que en el templo la engañaste, y aora está
subiecta a la noluntad de aqnel a quien tú que-
siste entregalla. Dizesmc que dexe de querer a
Alanio: con lo que tú en esse caso harías, puedo
responderte. Vna cosa me duele en cstremo, y
os uer que tienes mal de que no puedes qae-
xarte, el qual da muy mayor pena a quien lo
padesce. Considero aquellos ojos con que me
uiste, y aquel rostro que después de muy im-
portunada me monstraste, y pésame que cosa
tan parescida al mí Alanio, padezca tan estraño
descontento. Mira qué remedio este para poder
auello en tu mal. Por la liberalidad que comigo
has usado en darme la más preciosa joya que
tenías, te beso las manos. Dios quiera que en
algo te pueda seruir. Si uieres aÜá el mi Ala-
nio, dile la razón que tiene de quererme; que
ya él sabe la que tiene de oluidarte. Y Dios te
dé el contentamiento que desseas, con que no
sea a costa del que yo recibo en uermc tan bien
empleada.
Ño pudo Ysmenia acabar de leer esta carta,
porque al medio della, fueron tantos los sospi-
ros y lagrimas que por sus ojos derramana,
que pensó perder la uida llorando. Trabajaua
quanto podia porque Alanio dexasse de quoror,
y buscaua para esto tantos remedios, como él
para apartarse donde pudiessc uerla. No porque
la quería mal, mas por parecelle que con esto
me pagana algo de lo mucho que me dcuia. To-
dos los dias que en este proposito biuio, no
vuo alguno que yo dexasse de ucrle: porque el
camino que de su lugar al mió auia jamas de-
xaua de ser por él passado. Todos trabajos tenía
en poco, si con ellos le parescia que yo tomaua
contento. Ysmenia los dias que por él pregun-
taua, y le dezian que estaua en mi aldea, no te-
nia paciencia para suffrillo. E con todo esto no
auia cosa qne más contento le diesse, que ha-
blalle en él. Pues como la neccssidad s<>a tan in-
geniosa que uenga a sacar remedios donde na-
die pensó hallarlos, la desamada Ysmenia se
auenturó a tomar uno, qual pluguiera a Dios,
que por el pensamiento no le passaia, y fue
fingir que quería bien a otro pastor llamado
Montano, de quien mucho tiempo auia sido re-
querida. Y era el pastor con quien Alanio peor
estaua: y como lo determinó, assi lo puso por
obra por uer si con esta súbita nmdan^a podría
atraer a Alanio a lo que desseaua, porque no
ay cosa que las personas tengan por segura,
aunque la tengan en poco, que si de súbito la
pierden, no les llegne al alma el perdella. Pues
como uiesse Montano que su señora Ysmenia
tenia por bien de corresponder al amor que él
tanto tiempo le auia tenido, ya oyreys (^) lo que
sintiria. Fue tanto el gozo que recibió, tantos
los seruicios, que le hizo, tantos los trabajos en
qne por causa suya se puso, qne fueron pai'te
juntamente con las sin razones que Alanio lo
auia hecho, para que saliesse ucrdadero, lo qne
fingiendo la pastora auia comentado; y puso
Ysmenia su amor en el pastor Montano con
tanta firmeza, que ya no auia cosa a quien
más quisiesse que a él, ni que menos deseasse
uer que al mi Alanio. Y esto le dio ella a en-
tender lo mas presto que pudo, paresciendole,
que en ello se vengaua de su oluido, y de aner
(•) M., veii.
264
ORIGENES DE LA NOVELA
puesto en mi el pensamiento. Alanio aunqne
sintió en estremo el rer a Ysmenia perdida por
pastor con quien él tan mal estaua, era tanto
el amor que me tenia, que no daua a entenderlo
quanto ello era. Mas andando algunos dias, 7
considerando que él era causa de que su ene-
migo fuesse tan fayorescido de Ysmenia, 7 que
la pastora jva huia de uelle (muriendose no
mucho antes quando no le ueia) estuuo para
perder el seso por enojo, y determinó de estor-
bar esta buena fortuna de Montano. Para lo
qual comento nueuamente de mirar a Ysmenia,
7 de no uenir a uerme tan publico como solia
ni faltar tantas uezes en su aldea, porque Ys-
menia no lo supiesse. Los amores entre ella
7 Montano 7uan mu7 adelante, 7 los mios con
el mi Alanio, se quedauan atrás todo lo que
podian, no de mi parte, pues sola la muerte
podría apartarme de mi proposito, mas de la
8U7a, que jamas pense uer cosa tan mudable.
Porque como estaua tan encendido en colera
con Montano, la qual no podia ser executada,
sino con amor en la su Ysmenia, 7 para esto
las ucnidas a mi aldea era gran impedimiento,
7 como el estar ausente de mi, le causasse ol-
uido, 7 la presencia de la su Ysmenia grandis-
simo amor, el boluio a su pensamiento prime-
ro, 7 70 quedié burlada del mió. Mas con todos
los seruicios que a Ysmenia hazia, los recados
((ue le embiaua, las quexas que formaua della,
jamas la pudo mouer de su proposito, ni uuo
cosa que fuesse parte para hazelle perder un
punto d*el amor qne a Montano tenia. Pues
estando 70 perdida por Alanio, Alanio por Ys-
menia, Ysmenia por Montano, succedio que a
mi padre se le offresciessen ciertos negocios
sobre las dehesas del Estremo, con Phileno,
padre del pastor Montano; para lo qual los
dos uinieron muchas uezes a mi aldea, 7 en
tiempo que Montano, o por los sobrados fauo-
res que Ysmenia le hazia (que en algunos hom-
bres de baxo espíritu causan fastidio) o por-
que también tenia celos de las diligencias de
Alanio, andana 7a un poco frío en sus amores.
Finalmente que él me uio traer mis ouejas a la
majada, 7 en uicndome comento a quererme,
de manera (según lo que cada día 7ua mous-
trando) que ni 70 a Alanio, ni Alanio a Ys-
menia, ni Ysmenia a él, no era possible tener
ma7or afeotion. Ved qué estraño embuste de
amor. Si por uentura Ysmenia 7ua al campo,
Alanio tras ella, si Montano yua al ganado,
Ysmenia tras él, si 70 andaua al monte con mis
ouejas, Montano tras mi. Si 70 sabia que Ala-
nio ostnua en un bosque donde solia repastar,
allá me 7ua tras el. Era la más nueua cosa del
mundo 07r cómo dezia Alanio sospirando, ¡a7
Vsmenia!, 7 cómo Ysmenia dezia ¡aySeluagia!,
7 cómo Seluagia dezia ;a7 Montano! 7 cómo
' * .'
Montano dezia ia7 mi Alanio! Succedio que un
dia nos juntamos los quatro en una floresta,
que en medio de los dos lugares aula, 7 la
causa fue, que Ysmenia auia 7do a oisitar
unas pastoras amigas su7as, que cerca de allí
morauan; 7 quando Alanio lo supo, forjado de
su mudable pensamiento, se fue en busca della,
7 la halló junto a un arro7o, peinando sus do-
rados cabellos. Yo siendo anisada por un pas-
tor, mi uecino, que Alanio 7ua a la floresta del
ualle (que assi se llamaua) tomando delante
de mi unas cabras que en un corral jnnto a
mi casa estañan encerradas, por no 7r sin al-
guna occasion, me fu7 donde mi desseo me en-
caminaua, 7 le hallé a él llorando su dcsuentu-
ra, 7 a la pastora riéndose de sus escusadas
lagrimas, 7 burlando de sus ardientes sospiros.
Quando Ysmenia me uio, no poco se holgó eo-
migo, aunque 70 no con ella; mas antes le
puse delante las razones que tenia para agra-
uiarme del engaño passado; de las quales ella
supo escusarse tan discretamente, qne pen-
sando 70 que me deuia la satis faction de tanto8
trabajos, me dio con sus bien ordenadas razo-
nes a entender, que 70 era la que le estaua
obligada, porque si ella me auia hecho una bur-
la, 70 me auia satisfecho tan bien que no tan
solamente le auia quitado a Alanio, su primo,
a quien ella auia querido mas que a si, mas que
aun tan aora también le tra7a al su Montano
mu7 fuera de lo que solia ser. En esto llegó
Montano, que de una pastora amiga mia, lla-
mada Solisa, auia sido anisada que con mis
cabras nenia a la floresta del ualle. E quando
alli los quatro discordantes amadores nos halla-
mos , no se puede dezir lo que sentíamos, por-
que cada uno miraua a quien no quería que lo
mirasse. Y preguntaua al mi Alanio la causa
de su oluido; él pedia misericordia a la cauUv-
losa Ysmenia, Ysmenia quexauase de la ti-
bieza de Montano; Montano de la crueldad de
Seluagia. Pues estando de la manera que 07S,
cada uno perdido por quien no le quería, Ala-
nio al son de su rabel comento a cantar lo
siguiente:
No más, n7mpha cruel: 7a estas rengada,
no prueues tu furor en un rendido:
la culpa a costa mia está pagada.
Ablanda 7a esse pecho endurescido,
7 reáuscita un alma sepultada
en la tiniebla escura de tu oluido;
que no cabe en tu ser, ualor 7 suerte,
que un pastor como yo pueda oFfendcrtc.
Si la ouejuela siempre ua hu7endo
de su pastor, colérico y ayrado,
y con temor acá, y allá corriendo,
a su pesar se alexa del ganado;
mas ya que no la siguen, conosciendo
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
265
que es más peligro auerse assi alexado,
balando buelue al hato temerosa,
será no recebiUa justa cosa.
Lenanta ya essos ojos que algún día,
Ysmenia, por mirarme leuantauas,
la libertad me buelue que era mia,
j un blando coraron que me entreganas.
Bíira (Nympha) que entonces no sentia
aquel senzillo amor que me mostrauas,
ja triste lo conozco j pienso en ello,
aunque ha llegado tarde el conoscello.
¿Cómo que fue possible, di, enemiga,
que siendo tú muy más que yo culpada,
con titulo cruel, con nueua liga,
raudasses fe tan pura y estremada?
¿Qué hado, Ysmenia, es este que te obliga
a amar do no es possiblc ser amada?
Perdona, mi señora, ya esta culpa,
pacs la occasion que diste me desculpa.
¿Qué honra ganas, di, de auer uengado
yn yerro a causa 4uya couietido?
¿<\\iá excesso hize yo, qne no he pagado,
qué tengo por suffrir, que no he suffrido?
I Qué animo cruel, qué pecho ayrado,
qué coraron de fiera endurescido,
tan insuffrible mal no ablandaría,
sino el de la cruel pastora mia?
Si como yo he sentido las razones,
que tienes, o has tenido de oluidarme:
las penas, los trabajos, las passiones,
el no querer oyrme, ni aun mirarme,
llegasses a sentir las occasiones, .
que sin buscallas yo, quissiste darme:
ni tú temias que darme más tormento,
ni aun yo más que pagar mi atreuimiento.
Ansi acabó mi Alanio el suaue canto y aun
yo quisiera que entonces se me acabara la uida,
y con mucha razón, porque no podría llegar a
más la desuentura, que a uer yo delante mis
ojos aquel que más que a mi quería, tan perdido
por otra, y tan oluídado de mí. Mas como yo
en estas desuenturas no fuese sola, dissimulé
por entonces, y también porque la hermosa
Ysmenia, puestos los ojos en el su Montano,
comen9aua a cantar lo siguiente:
¡Qran fuera estoy de pensar
en lágrímas escusadas,
siendo tan aparejadas
las presentes, para dar
muy poco por las passadas!
Que SI algún tiempo trataua
de amores de alguna suerte,
no pude en ello of fenderte,
porque entonces m'ensayaua,
Montano, para quererte.
Enseñauame a querer,
snffria no ser querida:
sospechaua quan rendida.
Montano, te auia de ser,
y quan mal agradescida.
Ensáyeme como digo,
a suffrir el mal de amor:
-desengaflese el pastor
que compitiere contigo,
porque en balde es su dolor.
Nadie se quexe de mi,
si me quiso, y no es querído;
que yo jamas he podido
querer otro sino a ti,
y aun fuera tiempo perdido.
Y si algtm tiempo miré,
miraua, pero no uia;
que yo, pastor, no podia
dar a ninguno mi fe,
pues para ti la tenia.
Vayan sospiros a cuentos,
bueluanse los ojos fuentes,
resusciten accidentes:
que passados pensamientos
no dañarán los presentes.
Vaya el mal por donde ra,
y el bien por donde quisiere:
que yo yre por donde fuere,
pues ni el mal m'espantará,
ni aun la muerte si uiniere.
Vengado me auia Ysmenia del cruel y des-
leal Alanio, si en el amor que yo k^ tenia cu-
piera alg^m desséo de venganza, mas no tardó
mucho Alanio en castigar a Ysmenia, poniendo
los ojos en mí, y cantando este antiguo cantar.
Amor loco ¡ay amor loco I
yo por uos, y uos por otro.
Ser yo loco, es manifiesto:
• por uos ¿quien no lo será?
que mayor locura está
en no ser loco por estO;
mas con todo no es honesto
que ande loco,
por quien es loca por otro.
Ya que uiendoos, no me ueys,
y moris porque no muero,
comed aora a mi que os quiero
con salsa del que quereys
y con esto me hareys
ser tan loco,
como uos loca por otro.
Qyando acabó de cantar esta postrera copla,
la estraña agonía en que todos estañamos no
pudo estoruar que muy de gana no nos ríesse-
mos, en uer que Montano quería que engafiassc
yo el gusto de miralle, con salsa de su compe-
tidor Alanio, como si en mi pensamiento cu-
piera dexarse engañar con aparíencias de otra
266
ORÍGENES DE LA NOVELA
cosa. A cBsa hora comencé yo con gran con-
ñ&iK^a a tocar mi jampona, cantando la can-
ción que ojrejs; porque a lo menos en ella pen-
sana mostrar (como lo mostré) quanto mejor
me aaia yo auido en los amores, que ninguno
de los que alli estauan.
Pves no puedo descansar
a trueque de ser culpada,
guárdeme Dios de oluidar,
más que de ser olnidada.
No solo donde ay olnido
no ay amor ni puede auello,
mas donde ay sospecha dcUo
no ay querer, sino ñngido.
Muy grande mal es amar,
do e8peran9a es escusada;
mas guárdeos Dios de oluidar,
f}ue es ayre ser olnidada.
Si yo quiero, ¿por que quiero,
para dexar de querer?
¿que mas honrra puede ser,
(jue morir del mal que muero?
El biuir para oluidar,
es uida tan afrentada,
que me está mejor amar,
hasta morir de olnidada.
Acabada mi canción, las lagrimas de los
pastores fueron tantas, especialmente las de la
hermosa pastora Ysmenia, que por fuerya me
hizieron participar de su tristeza, cosa que yo
pudiera bien escusar, pues no se me podia atri-
buir culpa alguna de mi gran desuentura (como
todos los que allí estauan, sabían muy bien),
íjuego a la ora nos fuymos cada uno a su lu-
gar, porque no era cosa que a nuestra honesti-
dad conuenia estar a horas tan sospechosas
fuera del. E al otro dia mi padre sin dezirme
la causa, me sacó de nuestra aldea, y me ha
traydo a la nuestra, en casa de Albania mi tia,
y su hermana, que nosotros muy bien conoceys,
donde estoy algunos dias ha, sin saber qué aya
sido la cansa de mi destierro. Después acá en-
tcndi, que Montano se auia casado con Ysme-
nia, y que Alanio se pensaua casar con otra
hermana suya, llamada Syluia. Plega a Dios
(jue ya que no fue mi nentura podelle yo gozar,
qnc con la nueua esposa se goce, como yo des-
seo (que no seria poco) porque el amor que yo
le tengo, no suffre menos, sino dessealle todo el
contento del mundo. Acabado de dezir esto la
hermosa Selnagia comento a derramar muchas
lagrimas: y los pastores le ayudaron a ello por
ser un offício de que tenían gran esperiencía.
B después auer gastado algún tiempo en esto,
Sireno le dixo: hermosa Selnagia, gpundissimo
es tu mal, pero por muy mayor tengo tu dis^
crecion. Toma exemplo en males ágenos, si
quieres sobrelleuar los tuyos; y porqoe ya se
haze tarde, nos uamos a la aldea, y mañana se
passe la fiesta junto a esta clara fuente donde
todos nos juntaremos. Sea assi como lo dizes
(dixo Seluagía) mas porque aya de aqui al lu-
gar algún entretenimiento, cada uno cante una
canción, según el estado en que le tienen sns
amores. Los pastores respondieron que diera
ella principio con la suya: lo qual Selnagia co-
men9o a hazer, yéndose todos su passo a passo
hazia la aldea.
Zagal, quien podra passar
uida tan triste y amarga,
<^ue para biuir es larga,
y corta para llorar?
Gasto sospiros en uano,
perdida la confían^-a:
siento que está mi esperanza
con la candela en la mano.
¡ Que tiempo para esperar
que esperanza tan amarga,
donde la uida es tan larga,
quan corta para llorar!
Este mal en que me ueo,
yo le merezco ¡ay perdida!
pues ñengo a poner la uida
cu las manos del desseo.
Jamas cessc el lamentar (');
que aunque la uida se alarga,
no es para biuir tan larga
quan corta para llorar.
Con un ardiente s<>spiro, ([ue del alma le sa-
lía, acabó Selnagia su canción, diziendo: Des-
ueiiturada de la que se uec sepultada entre ce-
los y desconfianzas, qne en fin le pom&n la
uida a tal recaudo, como dellos se espera. Lutv
go el oluidado Sireno comento a cantar al son
de su rabel esta canción:
Ojos tristes, no lloreys,
y si llorades pensad,
que no os dixeron verdad,
y quÍ9a desean sareys.
Pues que la imaginación
haze causa en todo estado,
pcnsá que aun soys bien amado,
y teneys menos passion:
Si algún descanso qnereys,
mis ojos, imaginad,
que no os dixeron uerdad,
y qui^a descansareys.
Pensad que soys tan querido,
como algún tiempo lo fuystes.
Mas no es remedio de tristes
imaginar lo que ha sido.
(*) M., ^fa« no cttc el lamentar.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOU
267
Pues ¿qaé remedio terncys,
ojos? alguno pensad,
si no lo pensajs, llorad:
o acaba, y descansareys.
Después que con muchas lagrimas el triste
pastor Sireno acabó sn canción, el desamado
Sylnano desta manera dio principio a la suya.
Perderse por ti la uida,
zagala, ser/. for9ado,
mas no que pierda el cuydado
después de auerla perdida.
Mal que con muerte se cura
muy cerca tiene el remedio,
mas no aquel que tiene el medio
en manos de la uentura.
E si este mal con la uida
no puede ser acabado
qué aprouecha a un desdichado
uerla ganada, o perdida?
Todo es uno para mi
esperan9a, o no tenella:
que si oy me muero por uella
mañana porque la ui.
Regalara yo la uida,
para (lar fin al cuydado,
si a mi me fuera otorgado,
perdella en siendo perdida.
Desta manera se fueron los dos pastores en
compañía de Seluagia, dcxando concertado de
nerse el dia siguiente en el mismo lugar; y
aqui haze fin el primer libro de la hermosa
Diana.
Fin del primer libro de la Diana,
LIBRO SEGUNDO
DE LA DIANA DB OEORGB DE MONTEMAYOR
Los pastores ya, que por los campos del cau-
daloso Ezla apascentauan sus ganados, se co-
men9auan a mostrar cada uno con su rebaño
por la orilla de sus cristallinas aguas tomando
el pastor, antes que el sol saliesse, y aduirtiendo
el mejor lugar, para después passar la calurosa
fiesta, quando la hermosa pastora Seluagia por
la cuestift que de la aldea baxaua al espesso bos-
que, nenia trayendo delante de si sus mansas
ouejuelas, y después de aucllas metido entre
los arboles baxos y espessos, de que alli auia
mucha abundancia, y uerlas ocupadas en alcan-
zar las más baxuelas ramas, satisfazíendo el
hambre que trayan, la pastora se fue derecha a
la fuente de los alisos, donde el dia antes, con
los dos pastores auia passado la siesta. E como
uio el lugar tan aparejado para tristes imagi-
naciones, se quiso aprouechar del tiempo, sen-
tándose cabe la fuente, cuya agua con la de
sus ojos acrescentaua. Y después de auer gran
rato imaginado, comenzó a dezir: ¿Por uentu-
ra, Alanio, eres tú aquel, cuyos ojos nunca ante
los mios uí cnxutos de lagrimas? ¿Eres tú el
que tantas uezes a mis pies ui tendido, pidién-
dome con razones amorosas, la clemencia que
yo por mi mal usé contigo? ¿Dime pastor (y
el mas falso que se puede imaginar en la uida)
es uerdad que me querias, para cansarte tan
presto de quererme? Deuias imaginar, que no
estaña en más olnidarte yo, que en saber que
era de ti oluidada: (jue officio es de hombres,
que no tratan los amores, como deuen tratarse,
pensar que lo mismo podran acabar sus damas
consigo, que ellos an acabado. Aunque otros
uienen a tomallo por remedio, para que en ellas
se acrescicnte el amor. Y otros porque los celos,
que las mas uezes fingen, uengan a subjectar a
sus damas: de manera que no sepan, ni puedan
poner los ojos en otra parte, y los más uienen
poco a poco a manifestar todo lo que de antes
fingían, por donde nmy más claramente descu-
bren su doslealtad. E uienen todos estos cstre-
mos a resultar en daño de las tristes, que sin
mirar los fines de las cosas, nos uenimos a affi-
cionar, para jamas dexar de quereros, ni nos-
otros de pagárnoslo tan mal, como tú me pagas
lo que te quise y quiero. Assi que qual destos
ayas sido, ño puedo entendello. E no te espan-
tes, que en los casos de desamor entienda poco,
quien en los de amor está tan exercitada. Siem-
pre me mostraste gran honestidad en tus pala-
bras, por donde nunca menos esperé de tus
obras. Pense que un amor, en el qual me
dañas a entender que tu desseo no se estendia
a querer de mi más que quererme, jamas tu-
uiera fin; porque si a otra parte encaminaras
tus desseos no sospechara firmeza en tus amo-
res. ¡Ay triste de mí! que por temprano que
uine a entenderte, ha sido para mí tarde. Ve-
nid nos acá, mi jampona, y passare con nos el
tiempo, que si yo con sola uos lo uuiera pa-
sado, fuera de mayor contento para mí; y to-
mando su zampona, comento a cantar la si-
guiente canción:
Aguas que de lo alto desta sierra,
baxays con tal ruydo al hondo ualle
porqué no imaginays la que del alma
destilan siempre mis cansados ojos,
y que es la causa, el in felice tiempo,
en que fortuna me robo mi gloría?
Amor me di¿ esperanza de tal gloria,
que no ay pastora alguna en esta sierra,
que assi pensasse de alabar el tiempo
pero después me puso en este ualle
268
ORÍGENES DE LA NOVELA
de lagrimas, a do lloran mis ojos
no uer lo que están viendo los del alma.
¿En tanta soledad, qué haze nn alma
que en fin llegó a saber que cosa es gloría?
¿o a donde boluere mis tristes ojos,
si el prado, el bosque, el monte, el soto y sierra
el arboleda j fuentes deste ualle
no hazen oluidar tan dulce tiempo?
¿Quien nunca imaginó que fuera el tiempo
yerdngo tan cruel para mi alma?
¿o qué fortuna me apartó de un ualle,
que toda cosa en el me daua gloria?
hasta el hambriento lobo, que a la sierra
subia, era agradable ante mis ojos.
¿Mas qué podran, fortuna, uer los ojos,
que ueian su pastor en algún tiempo
baxar con sus corderos, de una sierra,
cuja memoria siempre está en mi alma?
i o fortuna enemiga de mi gloria!
¡cómo me cansa este enfadoso ualle!
¿Mas cuando tan ameno y fresco valle,
no es agradable a mis cansados ojos,
ni en él puedo hallar contento, gloria,
ni espero ya tenelle en algún tiempo?
ued cu qué estremo deue estar mi alma:
¡o quien boluiese á aquella dulce sierra!
i O alta sierra, ameno y fresco ualle
do descansó mi alma, y estos ojos!
dczid: uerme he algún tiempo, en tanta gloria.
A este tiempo Syluano cstaua con su ganado
entre unos myrthos que cerca de la fuente auia,
metido en sus tristes imaginaciones; y quando
la boz de Seluagia oyó, despierta como de un
sueño, y muy atento estuuo a los uersos que
cantaua. Pues como este pastor fuesse tan mal
tratado de amor, y tan desfauorecido de Diana,
mil uezcs la passion le hazia salir de sedo, de
manera, que oy se daua en dezir mal de amor,
mañana en alaballe, un dia en estar ledo, y otro
en estar más triste que t<»do8 los tristes; oy
en dezir mal do mugeres, mañana en encarece-
lías sobre todas las cosas. Y ansi biuia el triste
una nida, que seria gran trabajo dalla a enten-
der; y más a personas libres. Pues auíendo
oydo el dulce canto de Seluagia, y salido de sus
tristes imaginaciones, tomó su rabel, y comen-
90 a cantar lo siguiente:
Cansado esta de oyrme el claro rio,
el ualle y soto tengo importunados:
y están de oir mis quexas jo amor mió!
alisos, hayas, olmos ya cansados:
iuuierno, primauera, otoño, estio,
con lagrimas regando estos collados,
estoy a causa tuya, o cruda fiera,
¿no anria en esta boca vn nó, si quiera?
De libre me heziste ser catino,
de hombre de razón, quien no la siente.
quesiste me hazer de muerto, biuo,
y alli de biuo muerto encontinente:
De afable me heziste ser esquino:
de conuersable, aborrescer la gente:
solia tener ojos, y estoy ciego,
hombre de carne fuy, ya soy de fuego.
¿Qué es esto coraron, no estays cansado?
¿aun ay más que llorar? ¿dezi, ojos mios?
mi alma, ¿no bastaua el mal passado?
lagrimas, ¿aun hazeys crecer los ríos?
entendimiento, ¿vos no estays turbado?
sentido, ¿no os turbaron sus desuios?
¿pues cómo entiendo, lloro, veo y siento,
si todo lo ha gastado ya el tormento?
¿Quién hizo a mi pastora ¡ay, perdido!
aquel cabello de oro, y no dorado,
el rostro de cristal tan escogido,
la boca de un rubi muy estremado,
el cuello de alabastro, y el sentido
muy más que otra ninguna leuantado?
¿por qué su cora9on no hizo ante
de cera, que de marmol y diamante?
Vn dia estoy conforme a mi fortuna,
y al mal que me ha causado mi Diana,
el otro el mal me afflige y importuna,
cruel la llamo fiera, y inhumana,
y assi no hay en mi mal orden alguna,
lo que oy af firmo, niegolo mañana:
todo es assi, y passo assi una uida,
que presto uean mis ojos consumida.
Guando la hermosa Seluagia en la boz co-
noscio al pastor Syluano, se fue luego a el, y
rjcebiendose los dos con palabras de grande
amistad, se assentaron a la sombra de un espes-
a o myrtho, que en medio dexaba vn pequeño
pradezuelo (') más agradable por las hermosas
y doradas flores de que él estaña matizado, de
lo que sus tristes pensamientos pudieran des-
sear. Y Syluano comen9Ó a hablar desta ma-
nera: No sin grandissima compassion se deue
considerar, hermosa Seluagia, la diuersidad de
tantos y tan desusados infortunios, como suc-
ceden a los tristes que queremos bien. Mas entre
todos ellos ninguno me paresce que tanto se
deue temer, como aquel que succede después de
auerse uisto la persona en un (^) buen estado.
Y esto como tú ayer me dezias, nunca llegué a
sabello por experiencia. Mas como la uida que
passo es tan agena de descanso, y tan entregada
a tristezas, infinitas uezes estoy buscando in-
uenciones para engañar el gusto. Para lo qual
me uengo a imaginar muy querido de mi seño-
ra, y &in abrir mano desta imaginación me es-
toy todo lo que puedo, pero después que llego a
la uerdad de mi estado, quedo tan confuso que
no sé decillo; porque sin yo querello, me uiene a
8
'^ M., pradeeillo.
'^ Falta el un en la edición de Milán.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
faltar la pabMc^. ^ f tSSTft imagínacioii no es
cosa qne se pueda soffrir, ued qné baria la ner-
dad? Seluagia le respondió: Quisiera yo, Syl-
uano, estar libre desta passion, para saber ha-
blar en ella, como en tal materia sería menester.
Que no quieras mayor señal de ser el amoc mu-
cho, o poco, la passion pequeña o grande, que
oilla dezir al que la siente. Porque nunca pas-
( sion bien sentida, pudo ser bien manifestada
\ con la lengua del que la padesce. Ansi que es-
tando yo tan subjecta a mi desuentnra, y tan
quexosa de la sin razón que Alanio me haze,
no podré dezir lo mucho que dello siento. A tu
discreción lo dexo, como a cosa de que me pue-
do muy bien fiar. Syluano dixo sospirando.
Aora yo, Seluagia, no sé qué diga, ni qué re-
medio podria auer en nuestro mal. ¿Tú por
dicha sabes alguno? Seluagia respondió, ¿y
como aora lo sé? Sabes qué remedio, pastor?
Dexar de querer. ¿Y esso podrías tú acabar-
lo (•) contigo? (dixo Syluano). Gomo la for-
tuna, o el tiempo lo ordenasse (respondió Sel-
uagia). Aora te digo (dixo Syluano muy ad-
mirado) que no te haría agprauio en no auer
manzilla de tu mal, porque amor que está sub-
jecto al tiempo, y a la fortuna, no puede ser
tanto que dé trabajo a quien lo padece. Sel-
uagia le respondió. ¿Y podrías tú, pastor, ne-
garme, que seria possible auer fin en tus amo-
res, o por muerte, o por ausencia, o por ser fa-
norescido en otra parte, y tenido en más tus
seruicios? No me quiero (dixo Syluano) hazer
tan hypocrita en amor, que no entienda lo que
uie dizes ser possible, mas no en mi. Y mal
aya el amador que aunque a otros uea succcder-
les, y la manera que me dizes, tuuiere tan poca
constancia en los amores, que piense poderle
a él succeder cosa tan contraria a su fe. Yo
muger soy (dixo Seluagia) y en mi uerás, si
quiero, todo lo que se puede querer. Pero no
me estoma esto imaginar, que en todas las co-
sas podría auer fin, por más firmes que sean
porque offício es del tiempo, y de la fortuna
andar en estos mouimientos tan ligeros, como
<;llos lo han sido siempre; y no pienses, pastor,
que me haze dezir esto el pensamiento de ol-
uidar aquel que tan sin causa me tiene olui-
dada, sino lo que desta passion tengo esperí-
mentado. A este tiempo oyeron un pastor, que
por el prado adelante nenia cantando, y luego
fue conocido (') ser el oluidado Sireno, el qual
uenia al son de su rabel cantando estos uersos:
Andad mis pensamientos do algún dia
os yuades de vos uuiy confiados,
vereys horas y tiempos ya mudados,
yereys que nuestro bien passó: solia.
(<) M^ acahallo,
(') Delhé añade la edición de Milán.
271
^'IWfeyírqúe en el AfpCj. • .
y en el lugar do fuystes estimados,
se mira por mi suerte y trístes hados
aquel que ni aun pensallo merescia.
Vereys también cómo entregué la uida
a quien sin causa alguna la desecha,
y aunque es ya sin remedio el graue daño
dezilde (si podéis) á la partida
que allá prophetizaua mi sospecha,
lo que ha cumplido acá su desengaño.
Después que Sireno puso fin a su canto, nido
como hazia el uenia la hermosa Seluagia, y d
pastor Syluano, de que no recibió pequeño con-
tentamiento, y después de auerse recebido, de-
terminaron yrse a la fuente de los alisos, donde
el dia antes auian estado. Y primero qne allá
llegassen (dixo Syluano). Escucha, Seluagia,
¿no oyes cantar? Si oigo (dixo Seluagia) y aun
paresce mas de una boz. ¿Adonde será? (dixo
Sireno). Paresceme (respondió Seluagia) que
es en el prado de los laureles por donde passa
el arroyo que corre desta clara fuente. Bien
será que nos lleg^iemos allá, y de manera que
no nos sientan los que cantan, porque no inter-
rumpamos la música. Vamos (dixo Seluagia)
y assi su passo a passo se fueron hazia aquella
parte donde las bozes se oyan: y escondiéndose
entre unos arboles, que estañan junto al arroyo:
uieron sobre las doradas flores assentadas tres
nimphas, tan hermosas, que parescia auer en
ellas dado la naturaleza clara muestra de lo
que puede. Venian uestidas de unas ropas blan-
cas labradas por encima de follajes de oro: sus
cabellos, que los rayos del sol oscurescian, re-
bueltos a la cabera, y tomados con sendos hilos
de oríen tales perlas, con qne encima de la crys-
tallina frente se hazia una lazada, y en medio
della estaña una agpiila de oro, que entre las
Tñas tenia un muy hermoso diamante. Todas
tres de concierto tañian sus instrumentos tan
suau emente, que junto con las diuinas bozes
no parescieron sino música celestial, y la prí-
mera cosa que cantaron, fue este villancico:
Contentamientos de amor
que tan cansados llegays,
si uenis.¿para qne os uays?
Aun no acab^ys de uenir
después de umy desseados,
cuando estays determinados
de madrugar y partyr,
si tan presto os aueys d'yr,
y tan tríste me dexays,
placeres, no me ucays.
Los contentos huyo del! os,
pues no me uicncn a ucr
más que por darme a entender
lo que se pierde en perdellos,
;
«•*■.
descontentos, no oh partajs,
pues bolaéys después que os uays.
Después que uuieron cantado, dixo la una,
que Dorida se Uamaua: Cinthia (*), ¿es esta la
ribera adonde un pastor llamado Sireno anduuo
perdido por la hennosa pastora Diana? La otra
le respondió: esta sin duda debe ser: porque
junto a vna fuente, que está cerca de este prado,
me dizen que fue la despedida de los dos digna
de ser para siempre celebrada, según las amo-
rosas razones que entre ellos passaron. Cuando
Sireno esto oyó quedó fuera si en uer (^ue las
tres nimphas tuuiessen noticia de sus desuen-
turas. Y prosiguiendo Cinthia dixo: Y en esta
misma ribera ay otras muy hennosas pastoras
y otros pastores enamorados, adonde el amor ha
mostrado grandissimos effectos, y algunos muy
al contrario de lo que se esperaua. La temcaí,
que Polidora se llamaua, le respondió: cosa es
essa de que yo no me espantaría, porque no ay
successo en amor por auieso que sea, que ponga
espauto a los que por estas cosas han passado.
Mas dime, Dorida, ¿cómo sabes tú de essa des-
pedida? Selo (dixo Dorida) porque al tiempo
que se despidieron junto a la fuente que digo lo
oyó Celio, que desde encima de un roble les es-
taña acechando, y la puso toda al pie de la letra
en uerso, de la misma manera que ella passó;
por esso si me escuchays, al son de mi instru-
mento pienso can talla. Cinthia le respondió:
hermosa Dorida, los hados te sean fauorables,
como nos es alegre tu gracia y hermosura, y no
menos sera oyrte cantar cosa tanto para saber.
Y tomando Doria su harpa, comento a cantar
desta manera:
Canto de la nimpha,
Ivnto a una uerde ribera,
de arboleda singular,
donde para se alegrar
otro que mas libre fuera,
hallara tiempo y lugar:
Sireno, un triste pastor,
recogia su ganado,
tan de ueras lastimado
quanto burlando el amor
descansa el enamorado.
Este pastor se moria
por amores de Diana,
una pastora lozana
que en hermosura excedia
la naturaleza humana,
la qual jamas tuno cosa
que en si no fuese estremada,
pues ni pudo ser llamada
(*) M., Hermana Cinthia,
aiscrettt, p«^« ^j ii^&4«.o»tt.
ni hermosa por no auisada.
No era desfauorecido,
que a serlo qui^ pudiera
con el uso que tuuiera,
suffrir después de partido,
lo que de absencia sintiera:
Que el coraron desusado,
de suffrir pena, o tormento,
si no sobra entendimiento,
qualquier pequeño cuydado
le cantina el suffrimiento.
Ca))e un rio caudaloso,
Ezla por nombre llamado,
andana el pastor cuytado
de absencia nmy temeroso,
repastando su ganado:
Y a su pastora aguardando
está con grane passion,
que estaña aquella sazón
su ganado apacentando
en Io8 montes de León.
Estaña el triste pastor
en quanto no parescia,
imaginando aquel dia
en que el falso dios de Amor
dio principio a su alegria:
Y dQze viéndose tal:
el bien que el amor me ha dado
ymagino yo cuytado,
porque este cercano mal
lo sienta después doblado.
El sol por ser sobre tarde
con su fuego no le offendo,
mas el que de amor depende,
y en el su coraron anlo
mayores llamas enciende.
La passion lu combidaua,
la arboleda le niouia,
el rio parar Imzia,
el ruyseüor ayudaua
a estos uersos que dezia.
Canción de Sireno.
Al partir llama partida
el que no sabe de amor,
mas yo le llamo un doli)r
que se acaba con la uida.
Y quiera Dios que yo pueda
esta uida sustentar,
hasta que llej^^ne al lugar
donde el coraron me queda;
porque el pensar en partida
me pone tan gran pauor
que a la fuerza del dolor
no podra esperar la uida.
Esto Sireno can tana
y con su rabel tañia.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
271
tan ageno de alegría,
(^uel llorar non le dojana
pronunciar lo que dezia.
Y por DO caer en mengua
8Í le estoma su passion,
accento, o pronunciación,
lo que empezaua la lengua
acabaua el coraron.
Ya después que yuo cantado,
Diana tío que Tenia
tan hermosa, que Yestia
de nueua color el prado,
donde sus ojos ponia.
Su rostro como Tna flor,
j tan triste que es locura
pensar que humana criatura
juzgue qual era major,
la trísteza o hermosura.
Muchas uezes se paraua
bueltos los ojos al suelo,
y con tan gran desconsuelo
otras uezes los alyaua
que los incaua en el cielo:
Diziendo con más dolor,
que cabe en entendimiento:
pues el bien trae tal descuento,
de oy más bien puedes, amor,
guardar tu contentamiento.
La causa de sus enojos
muy claro alli la mostraua;
si lagrímas derramaua
pregúntenlo a aquellos ojos
con que a Sireno mataua.
Si su amor era sin par,
su ualor no lo encubría,
y si la absencia temia
pregúntelo a este cantar
que con lagrímas dezia:
Canción de Diana
No me diste, o crudo amor
el bien que tuue en presencia,
sino porque el mal de absencia
me parezca muy mayor.
Das descanso, das reposo,
no por dar contentamiento,
mas porque esté el suffrimiento
algunos tiempos ocioso.
Ved qué inuenciones de amor
darme contento en presencia,
porque no tenga en absencia
reparo contra el dolor.
Siendo Diana llegada
donde sus amores uio,
hablar quiso y no habló (^),
y el triste no dixo nada,
aimque el hablar cometió:
(>) M.. quito hablar^ mas no habló.
Quanto auia que hablar,
en los ojos lo mostrauau,
mostrando lo que calianan,
con aquel blando mirar
con que otras uezes hablauan.
Ambos juntos se sentaron,
debaxo un myrtho florido,
cada uno de otro uencido
por las manos se tomaron,
casi fuera de sentido:
Porque el plazcr de mirarse,
y el pensar presto no uerse,
los hazen entemescerse
de manera que a hablarse,
ninguno pudo atreuersc.
Otras uezes se topauan
en esta uerdc ribera,
pero muy de otra manera
el toparse celebrauan,
que esta que fue la postrera:
Estraño effecto de amor
Terse dos que se querían,
todo quanto ellos podian
y recebir mas dolor,
que al tiempo que no se uian.
Via Sireno llegar
el grane dolor de absencia,
ni alli le basta paciencia,
ni alcanza para hablar
de sus lagrimas licencia.
A su pastora miraua,
su pastora mira a él,
y con un dolor cruel
la hablo, mas no hablaua
que el dolor habla por el.
¿Ay, Diana, quien dixera,
que quando yo más penara
que ninguno imaginara,
en la hora que te uiera
mi alma no descansara?
¿En qué tiempo y qué sazón,
creyera (señora mia)
que alguna cosa podría
causarme mayor passion
que tu presencia alegría?
¿Quién pensara que estos ojos
aIgun*tiempo me mirassen,
que, señora, no atajassen,
todos los male» y enojos
que mis males me causassen?
Mira, señora, mi suerte,
si ha traydo buen rodeo;
que si antes mi desseo
me hizo morir por uerte,
ya muero porque te tco.
Y no es por falta de amarte,
pues nadie estuuo tan fírme,
mas por porque suelo uenirmc
a estos prados a mirarte,
272
orígenes de la novela
y Aora ueiigo a despedirme:
Oy diera por no te uer.
aunque no tengo otra nida,
eata alma de ti uencida
Bolo por entretener
el dolor de la partida.
Pastora, dame licencia
que diga que mi cuydado
sientes en el mismo grado,
que no es mucbo en tu presencia
mostrarme tan confiado.
Pues Diana, si es así,
¿cómo puedo yo partirme?
¿o tú cómo dexas yrmc?
¿o cómo uengo yo acjui
sin empacho a despedirme?
Ay Dios, ay pastora mia,
¿cómo no ay razón que das
para de ti me quexar?
, ('y cómo tú cada dia
la temas de me oluidar?
No me hazes tú partir
esto también lo diré,
menos lo haze mi fe:
y si quisiesse dczir
quien lo haze: no lo sé.
Lleno de lagrimas tristes,
y a menudo sospirando
estaña el pastor liablando
estas palabras que oystes,
y ella las oye llorando:
a responder se offrescio,
mil uezes lo cometia,
mas de triste no podia
y por ella respondió
el amor que le tenia.
A tiempo estoy, o Sircuo,
qne diré mas que quisiera:
que aun ({ue mi mal s*entend¡era
tuuiora, pastor, por bueno,
el callarlo, si pudiera.
Mas ay de mi desdichada,
uengo a tiempo a descubrillo,
(juc ni aprovecha dezillo
para escusar mi jomada,
ni para yo despidillo.
¿Porqué te uas, di, pastor,
porqué me quieres dexar
donde el tiempo y el lugar,
y el gozo de nuestro amor,
no se me podra oluidar?
¿Que sentiré, desdichada,
llegando a este uallc ameno,
cuando diga: jah tiempo bueno,
aqui estuue yo sentada,
hablando con mi Sireno?
Mira si será tristeza,
no uerte, y uer este prado,
de arboles tan adornado,
y mi nombre en su corteza,
por tus manos señalado:
o si aura igual dolor,
que el lugar adó me niste,
uerle tan solo, y tan triste,
donde con tan gran temor
tu pena me descubriste.
Si esso duro cora9on
se ablanda para Uorar
¿no se podria ablandar
para uer la sin razón,
que hazes en me dexar?
Oh, no llores, mi pastor,
que son lagrimas en uano;
y no esta el seso muy sano
de aquel que llora el dolor,
si el remedio está en su mano.
Perdóname, mi Sireno,
si te offendo en lo que digo,
dexa me hablar contigo
en aqueste valle ameno,
do no me dexas comígo.
Que no quiero ni aun burlando
uerme apartada de ti:
;No te nayas, quieres, di?
duélate ora uer llorando
los ojos con que te ui.2>
Volvió Sireno a hablar,
dixo: ya deues sentir
si yo me quisiera yr,
mas tú me mandas quedar,
y mi ucntura partir.
Viendo tu gran hermosura,
estoy, señora, obligado,
a obedecer te de grado;
mas triste, que a mi uentura
he de obedecer forjado.
Es la partida for9ada,
])ero no por causa mia,
que qualquier bien dcxaria
por uerte en esta majada,
do ni el fin de mi alegria.
Mi amo aquel gran pastor,
es quien me haze partir,
a quien presto uea uenir
tan lastimado de amor,
como yo me siento yr.
Oxala estuuiera aora,
porque tú fueras seniida,
en mi mano mi partida
como en la tuya, señora,
está mi muerte y mi uida.
Mas créeme que es muy en uano,
según eontino me siento
passarte por pensamiento
que pueda est-ar en mi mano,
cosa que me dé contento.
l>ien podria yo dexar
mi rebaño y mi pastor.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
273
7 buscar otro señor:
mas sí el fin yoj a mirar
no conuiene a nuestro amor:
Que dexanio este rebaño,
j tomando otro qualquiera,
dime tú de que manera
podré uenir sin tu daño
por esta uerde ribera:
Si la fuer9a desta llama
me detiene, es argumento
que pongo en ti el pensamiento:
y uengo a uender tu fama,
señora, por mi contento.
Si dizen que mi querer
en ti lo puedo emplear,
a ti te uiene a dañar
¿que yo qué puedo perder?
¿o tú qué puedes ganar?
La pastora a esta sazón
respondió con gran dolor:
Para dexarme, pastor,
¿c<5mo has hallado razón,
pues que no la ay en amor?
Mala señal es hallarse,
pues vemos por esperiencia,
que aquel que sabe en presencia
dar desculpa de absentarse,
sabrá suf frir el absencia.
Ay triste, que pues te uas,
no sé qué será de ti,
ni sé que será de mi,
ni si allá te acordaras,
que me uiste o que te ui?
Ni sé si recibo engaño,
en auerte descubierto
este dolor que me ha muerto:
mas lo que fuere en mi daño,
esto sera lo más cierto.
No te duelan mis enojos,
vete, pastor, a embarcar,
passa de presto la mar,
pues que por la de mis ojos
tan presto puedes passar.
Guárdete Dios de tormenta,
Sireno mi dulce amigo,
y tenga siempre contigo
la fortuna mejor cuenta,
que tú la tienes comigo.
Muero en uer que se despiden
mis ojos de su alegría,
y es tan grande el agonia
que estas lagrimas me impiden
dezirte lo que quería.
Estos mis ojos, zagal,
antes que cerrados sean
ruego yo a Dios que te uean ;
que aunque tú causas su mal
ellos no te lo dessean.
Respondió: señora mia,
OBÍQBNBS DE LA NOVELA. — IB
nunca viene solo vn mal,
y vn dolor aunque mortal
siempre tiene compañía,
con otro mas principal.
Y assi uermc yo partir
de tu vista y de mi uida,
no es pena tan desmedida,
como verte a ti sentir
tan de veras mi partida.
Mas si yo acaso oluidare
los ojos en que me vi,
oluidese Dios de mi,
o si en cosa imaginare,
mi señora, si no en ti.
Y si agena hermosura
causare en mi mouimiento,
por vna hora de contento
me trayga mi desuentura
cien mil años de tormento.
£ si mudare mi fe
por otro nueuo cuy dado,
cayga del mejor estado
que la fortuna me dé
en el más desesperado.
No me encargues la venida,
muy dulce señora mia,
porque assaz de mal seria
tener yo en algo la uida
fuera de tu compañía.
Respondióle: oh mi Sireno,
si algún tiempo te oluidare,
las yemas que yo pisare
por aqueste ualle ameno
se sequen quando passare.
Y si el pensamiento mío
en otra parte pusiere,
suplico a Dios que si fuere
con mis ouejas al rio
se seque quando me uiere.
Toma, pastor, vn cordón
que hize de mis cabellos,
porque se te acuerde en uellos
que tomaste possession
de mi coraron y dellos.
Y este anillo as de Ueuar
do están dos manos asidas,
que aunque se acaben las uidas,
no se pueden apartar
dos almas que están vnidas.
Y él dixo: que te dexar
no tengo, si este cayado
y este mi rabel preciado,
con que tañer y cantar
me uias por este prado:
Al son del, pastora mia,
te cantaua mis canciones,
contando tus perfecciones,
y lo que de amor sentia
en dulces lamentaciones.
274
ORÍGENES DE LA NOVELA
Ambos a dos se abra9aron,
y esta fue la uez primera,
y pienso fue la postrera
porque los tiempos mudaron
el amor de otra manera.
E aunque a Diana le dio
pena rauiosa y mortal
la ausencia de su zagal,
en ella misma halló
el remedio de su mal.
Acabó la hermosa Dorida el suaue canto,
dexando admiradas á Ciuthia y Polidora en uer
que una pastora f uesse vaso donde amor tan en-
cendido pudiesse caber. Pero también lo que-
daron de imaginar cómo el tiempo auia curado
8u mal, pareseiendo en la despedida sin reme-
dio. Pues el sin uentura Sireno en quanto la
pastora con el dulce canto manifestaua sus an-
tiguas cuy tas y sospiros, no dexaua de darlos
tan a menudo, que'Seluagia y Syluano eran
poca parte para consolalle, porque no menos
lastimado estaua entonces, que al tiempo que
por él avian passado. Y espantóse mucho de
uer que tan particularmente se supiesse lo que
con Diana passado auia. Pues no menos admi-
radas estaban Seluagia, y Syluano, de la gracia
con que Dorida cantaua y tañiaj A este tiempo
las hermosas nimphas, tomando cada una su
instrumento, se yuan por el uerde prado ade-
lante, bien fuera de sospecha de podelles acae-
cer lo que aora oyreys. E fue, que auiendose
alexado muy poco de adonde los pastores es-
tañan, salieron de entre unas retamas altas, a
mano derecha del bosque, tres saluages, de ex-
traña grandeza y fealdad. Venían armados de
coseletes y celadas de cuero de tigre. Eran de
tan fea catadura, que pouian espanto, los cose-
letes trayan por brapales unas bocas de serpien-
tes, por donde sacauan los bra90S que gniessos
y uellosos parescian, y las celadas nenian a ha-
zer encima de la frente unas espantables cabe-
ras de leones, lo demás trayan desnudo, cubier-
to de espesso y largo uello, unos bastones her-
rados de muy agudas puntas de azero. Al cuello
trayan sus arcos, y flechas, los escudos eran de
unas conchas de pescado muy fuerte. E con
una increyble ligereza arremeten a ellas dizien-
do: a tiempo estays, o ingratas y desamoradas
Nimphas, que os obligaua la fuer9a a lo que el
amor no os ha podido obligar, que no era justo
que la fortuna hiziesse tan grande agrauio á
nuestros captiuos cora9onis como era dilatallos
tanto su remedio. En fin tenemos en la mano
el galardón de los sospiros, con que a causa
nuestra, importunauamos las aucs, y animales
de la escura y encantada selua donde habitamos,
y de las ardientes lagrimas con que haziamus
crescer el impetuoso, y turbio rio que sus teme-
rosos campos ua regando. E pues para que qae>
deys con las uidas, no teneys otro remedio, sino
dalle, a nuestro mal, no deys lugar a que nues-
tras crueles manos tomen uengan9a de la que
de nuestros affligidos cora9ones aueys tomado.
Las nimphas con el súbito sobresalto, queda-
ron tan fuera de si, que no supieron responder
a las soberuias palabras que oyan, sino con la-
grimas. Mas la hermosa Dorida, que más eu
si estaua que las otras, respondió: Nunca yo
pense que el amor pudiera traer a tal estrenio
a un amante, que Anniesse a las manos con la
persona amada. JCostumbre es de couardes to-
mar armas contra las mugeres: y en un campo
donde no hay quien por nosotras puede respon-
der, sino es nuestra razón. Mas de una cosa
(ó crueles) podeys estar seguros, y es, que nues-
tras amenazas no nos harán perder un punto
de lo que a nuestra honestidad deuemos, y que
más fácilmente os dexaremos la uida en las ma-
nos, que la honra. Dorida (dixo uno dellos) a
quien de mal tratamos ha tenid^ poca razón no
es menester escuc halle alguna. \E sacando el
cordel al arco que al cuello traya, le tomó sus
fTermosas manos, y muy descomedidamente se
las ató, y lo mismo hizieron sus compaileros a
Cinthia y a Polidora. Los dos pastores y la
pastora Seluagia, que atónitos estañan de lo
que los saluages hazian, uiendo la cnieldad con
que a las hermosas nimphas tratauan, y no pu-
diendosuffrillo, determinaron de morir o defen-
dellas. E sacando todos tres sus hondas pro-
ueydos sus zurrones de piedras salieron al uerde
prado, y comien9an a tirar a los saluages, con
tanta maña y esfuer90, como si en ello les fuera
la uida. E pensando occupar a los saluages, de
manera que en quanto ellos se defendian, las
nimphas se pusiessen en saino, les dauan la ma-
yor priessa que podian, mas los saluages recelo-
sos de lo que los pastores imaginauan, que-
dando el uno en guarda de las prisioneras, los
dos procurauan herirlos ganando tierra. Pero
las piedras eran tantas, y tan espessas, que se
lo defendian. De manera que en quanto las
piedras los duraron, los saluages lo passaban
mal, pero como después los pastores se oceu-
paron en baxarse por ellas, los saluages se les
allegauan con sus pesados alfanges en las ma-
nos, tanto que ya ellos estañan sin esperan9a
de remedio. Mas no tardó mucho que de entre
la espessura del bosque, junto a la fuente donde
cantauan, salió una pastora de tan grande her-
mosura y disposición» que los que la uieron que-
daron admirados. Su arco tenia colgado del
bra90 yzquíerdo y vna aljaua de saetas al hom-
bro, eu las manos un bastón de syluestre enzi-
na, en el cabo del qual auia una muy larga
punta de azero. Pues como assi uiesse las tres
Nimphas, la contienda entre los dos saluages.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
275
j los pastores, qne ya no esperauan, sino la
muerte, poniendo con gran presteza vna aguda
saeta en sa arco, con tan grandissima fuerza y
destreza la despidió, que al uno de los salua-
ges se la dexó escondida en el duro pecho. De
manera que la de amor, que el cora9on le tras-
passaua, perdió su fuerya, y el saluage la uida
a bueltas della. Y no fue perezosa en poner otra
saeta en su arco, ni menos diestra en tiralla,
pues fue de manera, que acabó con ella las
passiones enamoradas del segundo saluage,
como las del primero auia acabado. Y queriendo
tirar al tercero, que en guarda de las tres Nim-
phas estaua, no pudo tan presto hazello, que
él no se uiniesse a juntar con ella, queriendo
la herir con su pesado alfange. La hermosa
pastora al9<5 el bastón, y como el golpe descar-
gasse sobre las barras del fino azero que tenia,
el alfange fue hecho dos pedamos: y la heirnosa
pastora le dio tan gran golpe con su bastón,
por encima de la cabera, que le hizo arrodillar
y yantándole O con la azerada punta a los ojos,
con tan gran fuerya le apretó, que por medio
de los 86808 88 lo passó a la otra parte: y el fe-
roz saluage dando vn espantable grito, cayó
muerto en el suelo. Las nimphas viéndose li-
bres de tan gran fuerya, y los pastores y pas-
tora de la muerte de la qual muy cerca estañan :
y Tiendo cómo por el gran esfuerzo de aquella
pastora, ansi ynos como otros auian escapado,
. no podian juzgarla por cosa humana. A esta
hora, llegándose la gran pastora a ellas, las co-
menyo a desatar las manos, diziendoles: Ko
merescian menos pena que la que tienen, o
hermosas nimphas, quien tan lindas manos
osaua atar, que mas son ellas para atar corayo-
nes, que para ser atadas. Mal ayan hombres tan
sol^eruios, y de tan mal couoscimicnto, mas
ellos, señoras, tienen su pago, y yo también le
tengo en aúeros hecho este pequeño seruicio, y
en auer llegado a tiempo que a tan gran sin
razón pudiesse dar remedio, aunque a estos ani-
mosos pastores, y henuosa pastora, no en menos
se deue tener lo que an hecho, pero ellos y yo
estamos muy bien pagados, aunque en ello per-
diéramos la vida, pues por tal causa se auentu-
raua.|Las nimphas quedaron tan admiradas de
su hermosura y discreción, como del esfueryo
que en su defensa auia mostrado. E Dorida con
un gracioso semblante le respondió :j Por cierto,
hermosa pastora, si vos según el animo y valen-
tía que oy mostrastes no soys hija del fiero
Marte, según la hermosura lo deueys ser de la
deesa Venus, y del hernioso Adonis, y si de nin-
guno destos, no podeys dexallo de ser de la dis-
creta Miuerua, que tan gran disrretioii no puede
proceder de otra parte, aunque lo mas cierto
(*) M., apuntándole.
deue ser añeros dado naturaleza lo principal de
todos ellos. E para tan nueua y tan grande
merced, como es la que auemos recebido, nue-
uos y grandes auian de ser los seruicios con
que deuia ser satisfecha. Mas podría ser que
algún tiempo se osfresciesse ocasión, en que se
conosciesse la voluntad que de seruir tan seña-
lada merced tenemos. E porque paresce que
estays cansada, vamos a la fuente de los alisos,
que está junto al bosque, y alli descansareys.
\ Vamos señora (dixo la pastora) que no tanto
por descansar del trabajo del cuerpo, lo desseo,
quanto por hablar en otro, en que consiste el
descanso de mi anima y todo mi contentamien-
to. lEsse se os procurará aqui con toda la dili-
gentia possible (dixo Polidora) porque no aya
a quien con mas razón procurar se deua. Pues
la hermosa Cinthia se boluio a los pastores, di-
ziendo: Hermosa pastora, y animosos pastores,
la deuda, y obligación en que nos aueys puesto,
ya la veys, plega a dios que alg^n tiempo la
podamos satisfazer, seg^n que es nuestro des-
seo. Seluagia respondió: A estos dos pastores,
se deuen, hermosas nimphas, essas offertas, que
yo no hize mas de dessear la libertad, que tanta
razón era que todo el mundo desseasse. Enton-
ces (dixo Polidora): ¿Es este el pastor Sireno
tan querido algún tiempo, como aora oluidado
de la hermosa Diana: y esse otro su comp**ti-
dor Syluano? Si (dixo Seluagia). Mucho me
huelgo (dixo Polidora) que seays personas a
quien podamos en algo satisfazer lo que por
nosotras aueys hecho. Dorida muy espantada
dixo: ¿qué cierto es éste Sireno? Muy contenta
estoy en hallarte, y en auerme tú dado ocasión
a que yo busque a tu mal algún remedio, que
no será poco. Ni aun para tanto mal bastaria
siendo poco, dixo Sireno. Aora vamos a la
fuente (dixo Polidora) que allá hablaremos mas
largo. Llegados que fueron a la fuente llenando
las nimphas en medio a la pastora se assenta-
ron entorno della; y los pastores a petición de
las nimphas se fueron a la aldea a buscar de
comer, porque era ya tarde, y todos lo auian
menester. Pues quedando las tres nimphas
solas con la pastora, la hermosa Dorida comenyó
a hablar desta manera.
Esforyada y hermosa pastora, es cosa para
nosotras tan estrafia ver una persona de tanto
ualor y suerte, en estos ualles y bosques apar-
tados del concurso de las gentes, como para ti
será uer tres Nimphas solas, y sin compañía que
defendellas pueda de semejantes fueryas. Pues
para que podamos saber de ti lo que tanto
desseamos, foryado será meryello primero con
dezir quien somos: y para esto sabrás, esforyada
pastora, que esta Nimpha se llama Dorida, y
aquella Cinthia, y yo Polidora: vinimos en la
selua de Diana, adonde habita la sabia Felicia, '
276
orígenes de la novela
cuyo offí9Ío es dar remedio a passiones enamo-
radas: y Teniendo nosotros de visitar auna Nini-
pha su parienta, que biue desta otra parte de los
puertos Galicianos, llegamos á este valle vu>
broso y ameno. E pares^iendonos el lugar con-
ueniente para pnssar la calorosa siesta, a la som-
bra de estos alisos y verdes lauros, embidiosas
de la harmonia que este impetuoso arroyo por
medio del verde prado llena, tomando nuestros
instrumentos, quisimos imitalla, e nuestra ven-
tura, o por mejor dezir, su desuentura, quiso
que estos saluages, que según ellos dezian, mu-
chos dias ha que de nuestros amores estañan
presos, vinieron a caso por aqui. Y auiendo mu-
chas vezes sido importunadas de sus bestiales
razones, que nuestro amor les otorgassemos, y
viendo ellos que por ninguna uia les dañamos
esperanza de remedio, se determinaron poner
el negocio a las manos, y hallando nos aqui
solas, hizieron lo que vistes al tiempo que con
vuestro socorro fuimos libres. La pastora que
oyó lo que la hermosa Dorida auia dicho, las
lagrimas dieron testimonio de lo que su affli-
gido cora9on sentia, y boluiendose a las Nim-
phas, les comento a hablar desta manera:
No es amor de manera (hermosas Nimphas
de la casta diosa) que pueda el que lo tiene te-
ner respecto a la razón, ni la razón es parte
para que un enamorado eora9on dexe el camino
por do sus fieros destinos le guiaren. Y que
esto sea nerdad, en la mano tenemos la expe-
riencia, que puesto caso que fuessedes amadas
destos saluages fieros, y el derecho del buen
amor nodaua lugar a que fuessedes dellos offen-
didas, por otra parte, vino aquella desorden
con que sus vario^ effectos haze, a dar tal in-
dustria, que los mismos que os auian de sor-
uir, vos offendiessen. E porque sepays que no
me mué 70 solamente por lo que en este valle os
ha succedido, os diré lo que no pense dezir, sino
a quien entregué mi libertad, si el tiempo, o la
fortuna dieren lugar a que mis ojos le vean, y
entonces vereys, cómo en la escuela de mis des-
ucnturas deprendí a hablar en los malos su(;cc-
ssos de amor, y en lo que este traydor haze en
los tristes coracones que subjeetos le están.
Sabreys pues, hermosas Nimphas, que mi natu-
raleza es la gran Vandalia, provincia no muy
remota desta adonde estamos, nascida en una
ciudad llamada Soldina: mí madre se llamó
Delia, y mi padre Andronio, en linaje y bienes
de fortuna los más principales de toda aquella
prouincia. Acaescio pues que como mi madre
auiendo muchos años que era casada, no tuuie-
sse hijos (y a causa dest^) biuiosso tan descon-
tenta, que no tuuiesse un dia de descanso) con
lagrimas y sospiros cada hora importunaua el
cielo, y haziendo mil ofrendas y sacrificios, su-
plicaua a Dios le diesse lo que tanto desseaua,
el qnal fue seruido, vistos sus continuos megos
y oraciones, que siendo ya passada la mayor
parte de su edad, se hiziesse prefiada. El aie-
gria que dello recibió juzgúelo ^iiien después
de muy desecada una cosa, la uentnra se la pone
en las manos. E no menos participó mi padre
Andronio deste contentamiento porque lo toao
tan grande, que seria impossible podelle enea-
rescer. Era Delia mi señora afficionada a> leer
historias antiguas, en tanto estremo, que si
enfermedades, o negocios de grande importan-
cia no se lo estoruauan, jamas passaua el tiempo
en otra cosa. E acaescio que estando, como digo,
preñada, y hallándose una noche mal dispuesta,
rogo a mi padre que le leyesse alguna cosa,
para que occupando ella el pensamiento, no
sintiesseel mal que la fatigaua. Mi padre que en
otra cosa no entendia, sino en dalle todo el con-
tentamiento possible , le comenco a leer aque-
lla hystoria de Paris, quando las tres Deas (})
se pusieron a juyzio delante d<^l, sobre la man-
Cana de la discordia. Pues como mi madre tu-
uiesse que Paris auia dado aquella sentencia
apassionadamentc, y no como deuia, dixo que
sin duda él no auia mirado bien la razón de la
diosa de las batallas, porque precediendo las
armas a todas las otras qualidades, era justa
cosa que se le diesse. Mi señor respondió que
la mancana se auia de -dar a la más hermosa, y
que Venus lo era más que otra ninguna, por lo
qual Paris auia sentenciado muy bien, si des-
pués no le succediera mal. A esto respondió mi
madre, que puesto caso que en la mancana
estuuiesse escrito so diesse a la más hermosa,
que esta hermosura no se entendia corporal, si-
no del ánima: y que pues la fortaleza era una de
las cosas que más hermosura le dañan, y el
exercicio de las armas era un acto exterior desta
virtud, que a la diosa de las batallas le deuia
de dar la mancana, si Paris juzgara como hom-
bre pnidente y desapassionado. Assi que, her-
mosas Nimphas, en esta porfia estuuieron gran
rato de la noche, cada uno alegando las razones
más a su proposito que podia. Estando en esto,
niño el sueño a uencer a quien las razones de
su marido no pudieron. De manera que estando
muy metida en su disputa, se dexó dormir. Mi
^ padre entonces se fue a su aposento, y a mi
señora le parescio, estando dormiendo, que la
diosa Venus venia a ella, con un rostro tan
ayrado, como hermoso, y le dezia: Delia, no sé
quien te ha mouido ser tan contraria de qnien
jamas lo ha sido tuya. Si uiemoria tuniesses del
tiempo que del amor de Andronio tu marido
fuyste presa, no me pagarías tan nial lo mucho
que me dones: pero no quedarás sin galardón;
yo te hago saber que parirás vn hijo y vna hija,
(*) M. Deetai.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
277
cuyo parto no te coFtará menos que la vida, y
a ellos costará el contentamiento lo que en mi
daño as hablado: porque te certifico que serán
los más di'sdichados en amores, que hasta su
tiempo se ayan uisto. E dicho esto, desaparos-
vio, y lue<i^o se le figuró a mi señora madre que
venia a ella la diosa Pallas, y con rostro muy
alegre le dezia: Discreta y dichosa Delia, ¿con
que' te podré pagar lo que en mi fauor contra la
opinión de tu marido esta noche has alegado,
sino con azerte 8al)er, que pajúji^s vn hijo y yna
hija los mas venturosos en armas que hasta su
tiempo aya anido? Dicho esto luego desapares-
ció, despertando mi madre con el mayor sobre-
salto del mundo: y de ay a un mes, poco más
o menos parió a mi, y a otro hermano mió, y
ella murió de parto, y mi padre del grandissi-
mo pesar que vuo murió de ay a pocos dias.
E porque sepays (hermosas Niraphas) el estre-
mo en que amor me ha puesto, sabed que siendo
yo muger de la qualidad que aueys oydo, mi
desuentura me ha forjado que dezc mi habito
natural, y mi libertad, y el debito que a mi
honrra deuo, por quien por ventura pensará
que la pierdo, en ser de mi bien amado. Ved
qué cosa tan escusada para vna muger ser di-
chosa en las armas, como si para ellas se vuie-
asen liecho. Deuia ser porque yo (hermosas
Nimphas) les pudiesse hazer este pequeño
serui^io, contra aquellos peruersos; que no lo
tengo en menos que si la fortuna me comen-
passe a satis fazer algún agrauio de los muchos
que me ha hecho.
Tan espantadas quedaron las Nimphas de lo
que oyan, que no le pudieron responder, ni
repreguntar cosas de las que la hermosa pas>
tora dezia. Y prosiguiendo en su historia, les
dixof Pues como mi hermano y yo nos críasso-
mos en un monasterio de monjas, donde vna
tía mia era abadessa, hasta ser de edad de
doze años, y auiendolos cumplidos, nos sacassen
de alli: A él llenaron a la corte del magná-
nimo y innencible Rey de los Lusitanos (cuya
fama, y increyble bondad tan esparzida está
por el vniuerso) a donde, siendo en edad de
tomar armas, le succedieron por ellas cosas
tan aiicntajadas y de tan gran esfuerzo, como
tristes y desuen turadas por los amores. E con
todo esso fue mi hermano tan amado de aquel
inuictissimo Rey, que nunca jamás le consintió
salir de su corte. La desdichada de mi, que para
mayores desuenturas me guardauan mis hados,
fue (') llenada en casa de vna agüela mía (que
no deuiera, pues fue causa de biuir con tan gran
tristeza, qual nunca muger padescio). Y por-
que (hermosas Nimphas) no ay cosa que no me
sea for9ado dezirosla, ansi por la grand uirtud,
(•) M., fui.
de que vuestra estremada hermosura da testi-
monio, como porque el alma me da que aueys
de ser gran parte de mi consuelo: sabed que
como yo estuniosse en casa de mi agüela, y fue-
sse ya de quasi diezisiote años, se enamoró de
mí un caualleroque no biuia tan lexos de nues-
tra posada que desde un terrado que en la suya
auia no se viesse un jardin adonde yo passaua
lar tardes del uerano. Pues como de alli el des-
agradescido Felis uiesse a la desdichada Felis-
mena (que este es el nombre de la triste que sus
desuenturas está cr>ntando) se enamoró de mí,
o se fingió enamorado. No sé quál me crea, pero
sé que quien menos en este estado creyere más
acertará. Muchos dias fueron los que Felis gastó
en darme a entender su pena : y muchos más
gasté yo en no darme por hallada que él por mi
la padesciesse: y no sé cómo el amor tardó tanto
en hazerme fuer9a que le quisiesse; denio tar-
dar, para después uenir con mayor Ímpetu. Pues
como yo por señales, y por passeos, y por músi-
cas, y torneos, que delante de mi puerta muchas
uezes se hazian, no mostrasse entender que de
mi amor estaña preso, aunque desde el primero
dia lo eniendi: determinó de escriuirme. Y
hablando con una criada mia, a quien muchas
uezes auia hablado, y aun con muchas dadinas
ganado la noluntad, le dio una carta para mí.
Pues uer las sainas que Rosina (que assi la
llamauan) me hizo primero que me la diesse,
los juramentos que me juró, las cautelosas pala-
bras que me dixo, poptjue no me enojasse. cierto
fue cosa de espanto. E con todo esso se la bolui
arrojar a los ojos, diziendo: Si no mirasse a
quien soy, y lo que se podria dezir, esse rostro
que tan poca uerguen^a tiene, yo le haría seña-
lar, de manera que fuesse entre todos conos-
cido. Mas porque es la primera uez, basta lo
hecho,y anisaros que os guardeysdela segunda.
Paresceme que estoy aora viendo (dezia la her-
mosa Felismena) cómo aquella traydora de
Rosina supo callar, dissimulando lo que de mi
enojo sentio: porque la vierades (o hermosas
Nimphas) fingir vna risa tan dissimulada, di-
ziendo: lesus, señora, yo para que ryessemos
con ella la di a nuestra merced, que no para que
se enojasse dessa manera: Que plega a Dios,
si mi inten(?ion ha sido dalle enojo, que Dios me
le dé el mayor que hija de madre aya tenido. Y
a esto aña' lio otras muchas palabras, como ella
las sabia dezir, para amansar el enojo que yo de
las suyas auia rebebido: y tomando su carta, se
me quitó delante. Yo después de passado esso
comen9e de imaginar en lo que alli podría uenir,
y tras esto, paresce que el amorme yua poniendo
desseo de ver la carta; pero también la vergüen-
za estoniana a tornalla a pedir a mi criada,
auiendo passado con ella lo que os he contado.
Y assi passé aquel dia hasta la noche en muchas
278
ORÍGENES DE LA NOVELA
variedades de pensamientos. Y qaando Rosina
entró a desnudarme; al tiempo que me quería
acostar. Dios sabe, si yo quisiera que me bol-
uiera a importunar, sobre que re9Íbies6e la carta:
mas nunca me quiso hablar, ni por pensamiento
en el' a. Yo por ver si saliendole al camino, apro-
uecharia algo, le dixe: ¿ansi, Rosina, que el se-
ñor Felis sin mirar más, se atrcue a escreuirme?
Ella muy secamente me respondió: Señora, son
cosas que el amor trae consigo: suplico a vues-
tra mer9ed me perdone, que si yo pensara que
en ello le enojaua, antes me sacara los ojos.
Qual yo en entonces quedé, Dios lo sabe: pero
con todo esso dissimulé, y me dexó quedar aque-
lla noche con mi deseo, y con la ocasión de no
dormir/ Y assi f ue, uerdaderamente ella fue para
mi la nias trabajosa y larga, que hasta entonces
auia passado. Pues uiniendo el dia: y más tarde
de lo que yo quisiera, la discreta Rosina entr¿
a darme de uestir, y se dexó adrede caer la carta
en el suelo. Y como la vi le dixe: ¿qué es esto
que cayó ay? Muéstralo acá. No es nada, señora,
dixo ella. Ora muéstralo acá, dixe yo, no me
enojes o dime lo que es. lesus, señbra, dixo ella,
¿para qué lo quiere uer? la carta de ayer es. No
es por 9Íerto, dixe yo, muéstrala acá por ver si
mientes. Aun yo no lo vae dicho, quando ella
me la puso en las manos, díziendo: mal me haga
Dios si es otra cosa. Yo aunque la conoci muy
bien, dixe: en verdad que no es esta, que yo la
conozco, y de algún tu enamorado deue ser: yo
quiero leella, por ver las ñe9edades que te escri-
ue; abriéndola vi que dezia desta manera:
Señora: siempre imaginé que vuestra discre-
ción me quitara el miedo de escreuiros, enten-
diendo sin carta lo que os quiero: mas ella mis-
ma ha sabido tan bien dissimular, que alli estuuo
el daño, donde pense que el remedio estuuiessc.
Si como quien soys juzgays mi atreuimiento,
bien sé que no tengo vna hora de vida: pero si
lo tomays según lo que amor suele hazer, no
trocaré por ella mi esperanza. Suplicóos, señora,
no os enoje mi carta, ni me pongays culpa por
el escreuiros, hasta que experimenteys si puedo
dexar de hazerlo. Y que me tengáis en posse-
Esion de vuestro, pues todo lo que puede ser
de mi, está en vuestras manos, las quales beso
mil bezes.
Pues como yo viesse la carta de mi don Fe-
lis, o porque la lei en tiempo que mostraua en
ella quererme más que a si, o porque de parte
de esta ánima cansada auia disposición para
imprimirse en ella el amor de quien me escre-
uia: yo comente a querelle bien, y por mi mal
yo lo comente, pues auia de ser causa de tanta
desuentura. E luego pidiendo perdón a Rosina
de lo que antes auia passado, como quien me-
nester la auia para lo de adelante: y encomen-
dándole el secreto de mis amores, bolui otra
vez a leer la carta, parando a cada palabra un
poco, y bien poco deuio de ser, pues yo tan presto
me determiné, aunque ya no estaua en mi mano,
el no determinarme: y tomando papel y tinta,
le respondi desta manera.
No tengas en tan poco, don Felis, mi honra
que con palabras fingidas pienses perjadicalla.
Bien sé quien eres y vales, y aun creo que desto
te aura nascido el atreuerte, y no de la fuerga
que dizes que el amor te ha hecho. E si es ansi
como me afirma mi sospecha, tan en vano es sn
trabajo, como tu valor y suerte, si piensas ha-
zerme yr contra lo que a la mia deuo. Supli-
cóte que mires quán pocas uezes sacceden bien
las cosas que debaxo de cautela se comienzan,
y que no es de cauallero entendellas de una
manera, y dezillas de otra. Dizesme que te
tengo en possession de cosa mia. Soy tan mal
condicionada que aun de la esperien^ia de las
cosas no me fio quanto más de tus palabras.
Mas con todo esto tengo en mucho lo que en
la tuya me dizes, que bien me basta ser des-
confiada, sin ser también desagradescida.
Esta carta le embié que no deuiera, pues fue
occasion de todo mi mal, porque luego comento
a cobrar osadia para me declarar más sus pen-
samientos, y a tener ocasión para me pedir que
le hablasse: en fin (hermosas Nimphas) que
algunos dias se gastaron en demandas, y en
respuestas, en los quales el falso amor bazia en
mi sn acostumbrado offi^io: pues cada hora
toniaua más possession desta desdichada. Los
torneos se tomaron Q) a renouar, las músicas
de noche jamas cessauan, las cartas, los amores
nunca dexauan de yr de una parte a otra, y
ansi passó casi un año: al cabo del qual, yo me
vi tan presa de sus amores, que no fui parte
para dexar de manifestalle mi pensamiento,
cosa que él dessean a mas que a su propia uida.
Quího pues mi desuentura, que al tiempo en
que nuestros amores más encendidos andauan,
su padre lo supiesse, y quien se lo dixo se lo
supo encarescer de manera , que temiendo no
se casasse conmigo, lo embió a la corte de la
gran príncessa Augusta Cesarína, diziendo
que no era justo que un cauallero moco y de
linage tan principal, gastasse la mocedad en
casa de su padre, donde no se podian aprender
sino los vicios de que la ociosidad es maestra.
El se partió tan triste, que su mucha tristeza
le estoruó anisarme de su partida, yo quedé tal
quando lo supe, qual puede imaginar quien
algún tiempo se vio tan presa de amor, como
yo por mi desdicha lo estoy. Dezir yo aora la
vida que passaua en su ausencia, la tristeza,
los sospiros, las lagrimas, que por estos cansa-
dos ojos cada dia derramaua no sé si podré:
(•) M., volvieron.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
279
que pena es la mia, qne aun dezir no se puede,
ved c<5mo podra suffrirse: Pues estando yo en
medio de mi desuentura, y de las ansias que la
ausencia de don Felis me hazia sentir, paros-
ciendome que mi mal era sin remedio, y que
después que en la corte se viesse, a causa de
otras damas de más hermosura, y qualidad,
también de la ausencia que es capital enemiga
del amor, yo auia de ser oluidada: determiné
auenturarme a hazer loque nunca mu^er pensó.
Y. fue vestirme en habito dejipmbre, y yrme a
la corte, por ver aquel en cuya vista e8tauirt5d&^ -
mi esperanza, y como lo pense, ansi lo puse por
obra> no dándome el amor lugar a que mirasse
lo que a mi propria deuia. Para lo qual no me
falto industria, porque con ayuda de vna gran-
dissima amiga mia y thesorera de mis secretos
que me compró los vestidos que yo le mandé, y
un cauallo en que me fuesse, me parti de mi
tierra, y aun de mi reputación (pues no puedo
creer que jamas pueda cobralla) assi me fue
derecha a la corte, passando por el camino cosas
q\ie si el tiempo me diera lugar para contallas,
no fueran poco gustosas de oyr. Veynte dias
tardé en llegar, en cabo de los quales llegando
donde desseaua, me f ny a posar vna casa la más
apartada de conuersa^ion que yo pude. Y el
grande desseo que lleuaua de ver aquel destruy-
dor de mi alegría, no me dexaua imaginar en
otra cosa, sino en cómo, o de dónde podia velle.
Preguntar por él a mi huésped no osaua, por-
que qui^aóiase descubríesse mi venida. Ni tam-
poco me parescia bien yr yo a buscalle: porque
no me succediesse alguna desdicha, a causa de
ser conoscida. En esta confusión passé todo
aquel día hasta la noche, la qual cada hora se
me hazia un año. Y siendo poco más de media
noche, el huésped llamó a la puerta de mi apo-
sento, y me dixo que si queria gozar de una
música que en la calle se daua, qne me leuan-
tasse de presto, y abríesse una ventana. Lo que
yo hize luego, y parándome en ella, oí en la
calle vn page de don Felis, que se llamaua
Fabio (el qual luego en la habla conos^i) cómo
dezia a otros que con el y uan : Ahora, señores,
es tiempo, que la dama está en el corredor sobre
la huerta tomando el frescor de la noche. E no
lo vno dicho, quando comen9aron a tocar tres
cometas y un sacabuche, con tan gran concierto,
que parescia una música celestial. E luego co-
menpo una hoz cantando a mi parescer lo mejor
que nadie podría pensar. E aunque estuue sus-
pensa en oyr a Fabio, en aquel tiempo ocurrie-
ron muchas imaginaciones, todas contrarías a
mi descanso, no dexé de aduertir a lo que se
cantaua, porque no lo hazian de manera que
cosa alguna impidiesse el gusto que de oyllo se
re^bia, y lo que se cantó prímero, fue este
romance:
Oydme, señora mia,
si acaso os duele mi mal,
y aunque no os duela el oylle,
no me dexeys de escuchar;
dadme este breue descanso
porque me fuerce a penar:
¿no os doleys de mis sospiros,
ni os enternesce el llorar,
ni cosa mia os da pena
ni la pensays remedyar?
¿Hasta quándo mi señora,
tanto mal ha de durar?
no está el remedio en la muerte,
sino en vuestra voluntad,
que los males que ella cura,
ligeros son de passar:
no os fatigan mis fatigas
ni os esperan fatigar:
de noluntad tan essenta
¿qué medio se ha de esperar
y esse corapon de piedra
cómo lo podré ablandar?
Bolued, señora, estos ojos
que en el mundo no ay su par.
Mas no los boluays ayrados
si no me quereys matar,
aunque de una y de otra suerte
matays con solo mirar.
Después que con el prímero concierto de
música vuieron cantado este romance, oí tañer
vna dul^yna, y vna harpa, y la hoz del mi don
Felis. El contento que me dio el oylle, no ay
quién lo pueda imaginar: porque se me figuro
que lo estaña oyendo en aquel dichoso tiempo
de nuestros amores. Pero después que se des-
engañó la imaginación, viendo que la música
se daua a otra, y no a mi, sabe Dios si quisiera
más passar por la muerte. Y con un ansia que
el ánima me arrancaua, pregunté al huésped, si
sabia a quién aquella música se daua. El me res-
pondió, que no podia pensar a quien se diesse,
aunque en aquel barrío biuian muchas damas y
muy principales. Y quando vi que no me daua
razón de lo que preguntaua, bolui a oyr el mi
don Felis, el qual entonces comentaba al son
de una harpa que muy dulcemente tañia a can-
tar este soneto:
Soneto.
Gastando fue el amor mis tristes años
en vanas esperanzas, y escusadas:
fortuna de mis lagrimas cansadas,
exemplos puso al mundo muy estrafios.
El tiempo como autor de desengaños,
tal rastro dexa en él de mis pisadas
que no aura confianzas engañadas,
ni quien de oy más se quexe de sus dafios.
Aquella a quien amé quanto deuia,
280
ORÍGENES DE LA NOVELA
enseña a conoscer en sus amores,
lo qae entender no pode hasta aora,
Y yo digo gritando noche y dia:
¿no veys qne os desengaña, o amadores,
amor, fortuna, el tiempo, y mi señora?
Acabado de cantar este soneto, pararon vn
poco tañiendo quatro vihuelas de arco, y un
clauicordio tan concertadamente, que no sé si
en el mundo pudiera auer cosa más para oyr,
ni que mayor contento diera, a quien la tristeza
no tuuiera tan sojuzgada como a mi: y luego
comen9aron quatro bozes muy acordadas a can-
tar esta canción:
Canción,
No me quexo yo del daño
que tu uista me causó,
qnexome porque llegó
a mal tiempo el desengaño,
lamas ui peor estado,
que es el no atreuer ni osar,
y entre el callar y hablar.
Terse un hombre sepultado:
y ansi no quexo del daño,
por ser tú quien lo causó,
sino por ver que llegó
a mal tiempo el desengaño.
Siempre me temo saber
qualquiera cosa encubierta
porque sé que la más cierta,
más mi contraría ha de ser:
y en sabclla no está ol daño,
pero sela a tiempo yo
que nunca jamas simio
de remedio, el desengaño.
Acabada esta can9Íon, comentaron a sonar
muchas diuersidades de instrumentos, y bozes
muy excellentcs concertadas con ello, con tanta
suauidad, que no dexaran de dar grandissimo
contentamiento a quien no estnuiera tan fuera
del como yo. La música se acabó nmy cerca del
alúa, trabajé de ver a mi don Felis, mas la escu-
ridad de la noche me lo estoruó. Y viendo cómo
eran y dos, me volvi a acostar, llorando mi des-
uentura, que no era poco de llorar, viendo que
aquel que más quería me tenia tem ol nidada,
como sus músicas dauan testimonio. Y siendo
ya hora de leuantanne, sin otra consideración,
me sali de casa, y me fuy derecha al gran pala-
cio de la príncessa, adonde me parespio que po-
dria uer lo que tanto desseaua, determinando
de llamarme Valerio si mi nombre me pregun-
tassen. Pues llegando yo a una placa, que de-
lante del palacio auia, comencé a mirar las ven-
tanas y corredores, donde ui muchas damas tan
hermosas, que ni yo sabria aora encarescello,
ni entonces supe más que espantarme de su
gran hermosura, y de los atauios de joyas, y
¡nuenciones de uestidos y tocados que trayan.
Por la placa se passeauan muchos caualleros
muy ricamente vestidos, y en muy hermosos
cauallos, mirando cada vno a aquella parte don-
de tenia el pensamiento. Dios sal>c si quisiera
yo uer por alli a mi don Felis, y que sus amo-
res fueran en aquel celebrado palacio, porque a
lo menos estnuiera yo segura de que él jamas
alcancara otro gualardon de sus siTuicios sino
mirar y ser mirado: y algunas uezes hablar a
la dama a quien siruiesse, delante de cien mil
ojos, que no dan lugar a más que esto. Mas
quiso mi uentura, que sus amores fnessen en
parte donde no se pudiesse tener esta seguri-
dad. Pues estando yo junto a la puerta del
gran palacio, vi vn page de don Felis, llamado
Fabio, que yo muy bien conoscia: el qual entró
muy de priessa en el gran palacio, y hablando
con el portel o que a la segunda puerta estaua;
se boluio por el mismo camino. Yo sospeché
que avia uenido a saber si era hora que don
Felis uiniesse á algún negocio de los que de su
padre en la corte tenía: y que no podria dexar
de uenir presto por alli. Y estando yo imi^-
nando la gran alegría que con su uista se me apa-
rejaua, le vi venir muy acompañado de criados,
todos muy ricamente vestidos, con una librea
de un paño de color de ciclo, y faxas de tercio-
pelo amarillo, bordadaá por encima de cordon-
zillo de plata, las plumas azules y blancas y
amarillas. El mi don Felis traya calcas de ter-
ciopelo blanco recamadas, y aforradas en tela
de oro azul: el jubón era de raso blanco, reca-
mado de oro cañutillo, y vna cuera de tercio-
pelo de las mismas colores y recamo, una ropi-
lla suelta de terciopelo negro, l>ordada de oro
y aforrada en raso azul raspado, espada, daga,
y talabarte de oro, una gorra muy bien adere-
Cada de vnas estrellas de oro, y en medio de
cada vna engastado un grano de aliofar grue-
sso, las plumas eran azules, amarillas y blan-
cas, en todo el uestido traya sembrados muchos
botones de perlas: venia en un hermoso caua-
Ilo rucio rodado, con unas guarniciones azules
y de oro, y mucho aliofar. Pues qunndo yo assi
le vi, quedé tan suspensa en velle, y tan fuera
de mi con la súbita alegria, que no sé cómo lo
sepa dezir. Verdad es, que no pude dexar de
dar con las lagrimas de mis ojos alguna mues-
tra de lo que su vista me hazia sentir: pero la
verguenca de los que alli estañan, me lo estor-
uó por entonces. Pues como don Felis llegan-
do a palacio, se apeassc y subiesse por vna es-
calera, por donde yuan al aposento de la gran
princessa, yo llegué a donde sus criados esta-
ñan, y viendo entre ellos a Fabio, que era el
que de antes auia visto, le aparté, diziendole:
Señor, ¿quién es este cauallero que aqui se apeó,
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
281
porqae me paresce macho a otro que yo he visto
bien lexos de aqni? Fabio entonces me respon-
dió: Tan nueuo soys en la corte, que no conos-
ceys a don Felis? Pues no creo yo que ay caua-
llero en ella tan conoscído. No dudo desso, le
respondí, más yo diré quán nueuo soy en la
corte, que ayer fue el primor día que en ella
entré. Luego no hay que culparos, dixo Fabio:
sabed que este cauallero se llama Don Felis,
natural de Vandalia, y tiene su casa en la antir
gna Soldina, está en esta corte en negopios su-
yos y de su padre. Yo entonces le dixe: supli-
cóos me digáis porqué trae la librea destas
colores. Si la cansa no fuera tan publica y lo
callara (dixo Fabio) mas porque no ay persona
que no lo sepa, ni llegareys a nadie que no os
lo pueda dezir, creo que no dcxo de hazer lo que
deuo en deziroslo. Sabed que él sime aqui a
una dama que se llama QgUa, y por esto trae
librea de ^¿u), que es color de ^ielo, y lo blanco
y angarillo que son colores de la misma dama.
Quando esto le oi, ya sabreys quál quedaría,
mas dissimnlando mi desuentura le respondí.
Por QÍerto esta dama le deue mucho, pues no
se contenta con traer sus colores, mas aun su
nombre proprío quiere traer por librea, hermosa
deue de ser. Sí es por ^ierto, dixo Fabio, aun-
que harto más lo era otra a quien él en nuestra
tierra seniya, y aun era más fauorescido de ella
que desta lo es. Mas esta uellaca de ausenyia
deshaze las cosas que hombre piensa que están
mas firmes. Quando yo esto le oy, fueme for-
jado tener cuenta con las lagrimas: que a no
tenella, no pudiera Fabio dexar de sospechar
alguna cosa, que a mi no cstuuierc bien.
Y luego el page me preguntó, cuyo era, y
mi nombre, y adonde era mi tierra. Al qual yo
respondí, que mí tierra era Vandalia, mi nom-
bre Valerio, y que hasta enton9es no biuia con
nadie. Pues desta manera (dixo él) todos somos
de una tierra, y aun podriamos ser de una casa,
si uos quísiessedes: porque don Felis mi señor,
me mandó que le buscasse un page. Por esso si
uos quereys seruirle, uedlo. Que comer, y be-
uer, uestir, y quatro reales para jugar, no os
faltarán: pues mo^as, como unas reynas, aylas
en nuestra calle: y uos que soys gentil hombre,
no aura ninguna que no se pierda por uos. Y
aun sé yo que una criada de un canónigo uiejo
harto bonita, que para que fuessemos los dos
bien proveydos de pañizuelos y torreznos, y
niño de sant Martin, no auriades menester
más, que de seruirla. Quando yo esto le oy, no
pude dexar de reyrme en uer quan naturales
palabras de page eran las que me deaia. Y por-
qae me pares^io, que ninguna cosa me conue-
nía más para mi descanso que lo que Fabio me
aconsejaua, le respondi: Yo a la uerdad, no te-
nia determinado de seruir a nadie: mas ya que
la fortuna me ha traydo a tiempo, que no puedo
hazer otra cosa paresceme que lo mejor sera
biuir con nuestro Señor: porque deue ser caua-
llero más afable y amigo de sus criados, que
otros. Mal lo saboys, me respondió Fabio. Y os
prometo, a fe de hijo dalgo (porque lo soy: que
mi padre es de los Cachopines de Laredo) que
tiene don Felis mi señor de las mejores condi-
ciones que aueys uisto en nuestra uida, y que
nos haze el mejor tratamiento, que nadie haze
a sus pages, si no fuessen estos negros amores,
que nos hazen passear mas de lo que querría-
mos, y dormir menos de lo que hemos menester,
no auria tal señor. Finalmente (hermosas Ním-
plias) que Fabio habló a su señor don Felis en
saliendo: y él mandó que aquella tarde me fues-
se a su posada: yo me fuy, y él me recibió por
su page, haziendome el mejor tratamiento del
mundo, y ansí estuuc algunos días, uiendo lle-
nar y traer recaudos de una parte a otra: cosa
que era para mi sacarme el alma, y perder cada
hora la paciencia. Passado un mes,- uino don
Felis a estar también conmigo, que abierta-
mente me descubrió sus amores, y me dixo des-
dad principio dellos, hasta el estado en que en-
tonces estañan, encargándome el secreto de lo
que en ellos passaua, diziendome cómo auía
sido bien tratado della al principio, y que des-
pués se auía cansado de fauorescelle. Y la causa
dello auia sido, que no sabia quienMe auia dicho
de unos amores que el auia tenido en su tierra,
y que los amores que con ella tenia, no era sino
por entretenerse, en quanto los negocios que en
corte hazia no se acabañan. Y no ay duda (me
dezia el mismo don Felis) sino que yo los co-
menpe, como ella dize, mas agora Dios sabe si
ay cosa en la uida a quien tanto quiera. Quando
yo esto le oy dezir, ya sentireys, hermosas Nim-
phas, lo que podria sentir. Mas con toda la
dissímula^ion possíMe respondí: Mejor fuera,
señor, que la dama se quexara con causa, y que
esso fuera ansí, porque si essa otra a quien
antes semiades, no os meres^io que la oluidas-
sedes, grandissimo agrauio le hazeys. Don Fe-
lis me respondió: no me da el amor que yo a mi
Celia tengo lugar para entendello ansí, mas
antes me pareye que me le hize muy mayor en
auer puesto el amor primero en otra paite, que
en ella. Dessos agrauíos (le respondi) bien sé
quién se lleua lo peor. Y sacando el desleal una
carta del seno, que aquella hora auia reyebido
(le su señora, me la leyó (pensando que me
hazia mucha fiesta) la qual dezia desta manera:
OARTA DE (^BLIA A DON FBLIS
«Nvnca cosa que yo sospechasse de nuestros
amores, dio tan lexos déla uerdad queme diesse
occasion de no creer más yezes a mi sospechas
282
OBtGEKES DE LA DOVELA
que auestra disculpa, y si en esto os hago agrá-
aio, ponedlo a cuenta de uuestro descujdo, que
bien pudierades negar los amores passados, y
no dar occasion a que por nuestra confession
08 condenasse. Dezis que fuj causa que olui-
dassedes los amores primeros: consolaos con
que no faltará otra que lo sea de los segundos.
Y asseguraos, señor don Pelis, porque os certi-
fico, que no ay cosa que peor esté a un caua-
llero, que hallar en qualquier dama occasion de
perderse por ella. Y no diré más, porque en
males sin remedio, el no procurárselo es la
mejor».
Después que uuo acabado de leer la carta,
me dixo,'¿qué te parescen, Valerio, estas pala-
bras? Paresceme, le respondí, que se muestran
en ellas tus obras. Acaba, dixo don Felis. Señor,
le respondi yo, parescer me han según ellas os
parescieren, porque las palabras de los que
quieren bien, nadie las sabe tan bien juzgar
como ellos mismos. Mas lo que yo siento de la
carta, es que essa dama quisiera ser la primera,
a la qual no deue la fortuna tratalla de manera
que nadie pueda auer embidia de su estado. Pues
¿qué me aconsejarías? dixo don Felis. Si tu mal
suf fre consejo (le respondí yo) parescer me hya
que pensamiento no se diuidiesse en esta segun-
da passion, pues a la primera se deue tanto. Don
Felis me respondió (sospirando y dándome yna
palmada en el ombro), o Valerio, qué discreto
eres. Quán buen consejo me das, si yo pudicsse
tomalle. Entrémosnos a comer, que en acaban-
do, quiero que llenes una carta mia a la señora
Qelia, y uerós si meres9e que a trueque de pen-
sar en ella, se oluide otro qualquier pensamien-
to. Palabras fueron estas que a Felismena lle-
garon al alma: mas como tenia delante sus ojos
aquel a quien mas que a si quería, solamente
miralle era el remedio de la pena que qualquiera
destas cosas me hazia sentir. Después que uni-
mos comido, don Felis me llamó, y haziendome
grandissimo cargo de lo que deuia, por auerme
dado parte de su mal, y auer puesto el remedio
en mis manos, me rogó le lleuasse una carta,
que escrita le tenia, la qual él prímero me leyó,
y dezia desta manera:
CARTA DE DON FELIS PARA <;ELIA
cDexase tan bien entender el pensamiento
que busca ocasiones paraoluidar a quien dessea,
que sin trabajar mucho la imagina9Íon, se uiene
en conoscimiento dello. No me tengas en tanto,
señora, que busque remedio para desculparte de
lo que conmigo piensas usar, pues nunca yo
llegué a ualer tanto contigo, que en menores
cosas quesiessc hazello. Yo confessé que auia
qnerído bien, porque el amor quando es uerda-
aero, no sufre cosa encubierta, y tú pones por
occasion de oluidarme. lo que auia de ser de
quererme. No me puedo dar a entender que te
tienes en tan poco, que creas de mi poderte olui-
dar, por ninguna cosa que sea, o aya sido: mas
antes me escriues otra cosa de lo que de mi sé
tienes experíment«do. De todas las cosas que
en perjuizio de lo que te quiero imaginas, me
assegura mi pensamiento, el qual bastará ser
mal gualardonado, sin ser también mal agra-
descidoi>.
Después que don Felis me leyó la carta que
a su dama tenia escríta, me preguntó si la res-
puesta me parescia conforme a las palabras que
la señora Qelia le auia dicho en la suya, y que
si auia algo en ella qué emendar. A lo qual yo
le respondi: No creo, señor, que es menester
hazer la emienda a essa carta, ni a la dama a
quien se embia, sino a la que en ella offendes.
Digo esto, porque soy tan affí^ionado a los
amores primeros que en esta uida he tenido, que
no auria en ella cosa que me hiziesse mudar el
pensamiento. La mayor razón tienes del mundo
(dixo don Felis). Si yo pudiesse acabar comi-
go otra cosa de lo que hago: mas qué quieres,
si la absen9ia enfrió esse amor, y encendió este
otro? Desta manera (respondi yo) con razón se
puede llamar engañada aquella a quien prímero
quesiste, porque amor sobre que ausencia tiene
poder, ni es amor, ni nadie me podra dar a en-
tender que lo aya sido. Esto dezia yo con más
dissimuIa9Íon de lo que podría: porque sentia
tanto verme oluidada de quien tanta razón tenia
de quererme, y yo tanto queria, que hazia más
de lo que nadie piensa, en no darme a entender.
E tomando la carta, y informándome de lo que
auia de hazer me f uy en casa de la señora ^lia,
ymaginando el estado triste a que mis amores
me auian traydo, pues yo mismo me hazia la
guerra, siéndome for9ado ser intercessora de
cosa tan contraria a mi contentamiento.
Pues llegando en casa de Qelia, y hallando
vn page suyo a la puerta, le pregunté, si podia
hablara su señora. Y el page informado de mi
cuyo era, le dixo a Qelia, alabándole mucho mi
hermosura y disposÍ9Íon, y diziendole que nue-
uamente don Felis me auia re9ebido. La señora
Qelia le dixo: Pues a hombre re9ebido de nueuo
descubre luego don Felis sus pensamientos,
alguna grande occasion deue auer para ello.
Dile que entre y sepamos lo que quiere. Yo
entré luego donde la enemiga de mi bien esta-
ña: y con el acatamiento debido le besé las
manos y le puse en ellas la carta de don Felis.
La señora Qelia la tomó y puso los ojos en mi,
de manera que yo le senti la altera9Íon que mi
uista le auia causado: porque ella estuuo tan
fuera de sí, que palabra no me dixo por enton-
9es. Pero después boluiendo un poco sobre si,
me dixo. ¿Que uentura te ha traydo a esta corte,
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
288
para que don Felis la tauiesse tan buena, como
es tenerte por criado? Señora (le respondí yo)
la uentura que a esta corte me ha trajdo, no
puede dexar de ser muy mejor de lo que nunca
pense, pues ha sido causa que yo uiesse tan gran
perfc9Íon y hermosura, como la que delante mis
ojos tengo: y si antes me dolían las ansias, los
sospiros y los continuos desassosiegos de don
Felis mi señor, agora que he nisto la causa de
su mal, se me ha conuertido en embidia la
manzilla que del tenia. Mas si es uerdad, her-
mosa señora, que mi uenida te es agradable,
suplicóte por lo que deues al grande amor que
él te tiene, que tu respuesta también lo sea. No
ay cosa (me respondió Qelia) que yo dexe de
hazer por ti, aunque estaua determinada de no
querer bien a quien ha dexado otra por mi. Que
grandissima discreción es saber la persona apro-
uecharse de casos ágenos, para poderse ualer en
los suyos. Y entonces le respondí: No creas,
señora, que auria cosa en la nida porque don
Felis te oluidasse. E si ha oluidado a otra dama
por causa tuya, no te espantes, que tu hermo-
sura y discreción es tanta, y la de la otra dama
tan poca, que no ay para qué imaginar, que por
auerla oluidado a causa tuya te oluidara a ti a
causa de otra. ¿Y cómo (dixo Qelia) conosciste
tú a Felismena, la dama a quien tu señor en su
tierra seruia? Si conosci (dixe yo) aunque no
tan bien como fuera necesario, para escusar
tantas desuenturas. Verdad es que era uezina
de la casa de mi padre, pero uisto tu gran her-
mosura, acompañada de tanta gracia y discre-
ción, no ay porque culpar a don Felis, de auer
oluidado los primeros amores. A esto me res-
pondió Qelia ledamente y riendo. \Presto has
aprendido de tu amor a saber lisongear. A saber
te bien seruir (le respondí) qu-rria yo aprender,
que adonde tanta causa hay para lo que se dize
no puede caber lisonja. La señora Qelia tomó
muy de ueras a preguntarme, le dixesse, qué
cosa era Felismena^ A lo qual yo le respondí.
Quanto a su hermosura, algunos ay que la tie-
nen por muy hermosa: mas a mi jamás me lo
paresció. Porque la principal parte que para
serlo es menester, muchos días ha que le falta.
¿Que parte es essa? preguntó Qelia. Es el con-
tentamiento (dixe yo) porque nunca adonde él
no está puede auer perfecta hermosura. La ma-
yor razón del mundo tienes (dixo ella) mas yo
he uisto algunas damas, que les está también
el estar tristes, y a otras el estar enojadas, que
es cosa estraña: y uerdaderamente que el enojo,
y la tristeza las haze más hermosas de lo que
son. Y entonces le respondí. Desdichada de
hermosura, que hade tener por maestro el enojo,
o la tristeza; a mi poco se me entiende de estas
cosas, pero la dama que ha menester industrias,
mouímientos, o passiones para parecer bien, ni
la tengo por hermosa, ni hay para qué contarla
entre las que lo son. Muy gran razón tienes
(dixo la señora Qelia) y no aura cosa, en que
no la tengas, según eres discreto. Caro me
cuesta (respondí yo) tenelle en tantas cosas.
Suplicóte, señora, respondas la carta, porque
también la tenga don Felis mi señoc de recebir
este contentamiento por mi mano. Soy contenta
(me dixo Qelia) mas primero me has de dezir,
cómo está Felismena en esto de la discreción,
¿es muy anisada? Yo entonces respondí. Nun-
ca muger ha sido más ayisada que ella, porque
ha muchos días que grandes desuenturas le
anisan ('), mas nunca ella se anisa, que si ansí
como ha sido anisada ella se auisasse, no auria
uenido a ser tan contraria a si misma. Hablas
tan discretamente en todas las cosas (dixo Qe-
lía) que ninguna baria de mejor gana, que es-
tarte oyendo siempre. Mas antes (le respondí
yo) no deuen ser, señora, mis razones, maniar
para tan subtil entendimiento como el tuyo: y
esto solo creo que es lo que no entiendo mal.
No aura cosa (respondió QelU) que dexes de
entender más, porque no gastes tan mal el
tiempo en alabarme, como tu amo en seruirme,
quiero leer la carta, y dezirte lo que as de
dezir: y descogiéndola, comenco a leerla entre
si, estando yo muy atenta en quanto la leya, a
los mouímientos que hazia con el rostro (que
las más uezes dan a entender lo que el coracon J
siente). Y auiendola acauado de leer, me dixo: y
Di a tu señor: que quien también sabe dezir lo
que siente, que no deue sentillo tan bien como
lo dize. E llegándose a mi, me dixo (la boz algo
más baxa): y esto por amor de ti, Valprio, que
no porque yo lo deua a lo que quiero a don
Felis, porque ueas que eres tú el que le fauo-
resces. Y aun de ahi nascio todo mi mal, dixe
yo entre mi. Y besándole las manos, por la
merced que me hazia, me fuy a don Felis con
la respuesta, que no pequeña alegría recibió
con ella. Cosa que a mi era otra muerte, y mu-
chas yezes dezia yo entre mi (quando a casa
lleuaua, o traya algún recaudo), ¡o desdichada
de ti, Felismena, que con tus proprias armas te
vengas a sacar el alma! ¡Y que ñengas a gran-
gear fauores, para quien tan poco caso hizo de
los tuyos ! Y assi passaua la uida, con tan grane
tormento que si con la uista del mi don Felis
no se remediara, no pudiera dexar de perdella.
Más de dos meses me encubrió (Jelia lo que
me quería, aunque no de manera que no vinies-
se a entendello, de que no recebí poco aliuio
para el mal que tan importunamente me seguía,
por parescerme que seria bastante causa para
que don Felis no fuesse querido, y que podria
ser le acaesciesse como a muchos, que fuerca
(') M., la art#an.
S84
ORÍOENES DE LA NOVELA
de disfauorcs los derriba de su pensamiento.
Mas no le acaeseio assi, a don Folis, porque
quanto más entendía que su dama le oluidaua,
tanto mayores ansias le sacauan el alma. Y assi
biuia la más triste vida que nadie podría ima-
ginar: de la qual no me lleuaua yo la menor
parte. Y para remedio desto, sacaua la triste
de Felismena, a fuerza de bracos, los fauores de
la señora Qelía poniéndolos ella todas las uezes
que por mí se los embiaua, a mi cuenta. E si
caso por otro criado suyo le embiaua algún re-
caudo, era tan mal rebebido, que ya estaua sobre
el auiso de no embiar otro allá, sino a mí: por
tener entendido lo mal que le succedia, siendo
de otra manera: y a mí Dios sabe si me cos-
taba lagrimas, porque fueron tantas las que yo
delante de Qelia derramé, suplicándole no tra-
tasse mal a quien taíito le quería, que bastara
esto para que don Felis me tuuiera la maior
obligación, que nunca hombre tuno a muger.
A Qelia le lle^^auan al alma mis lagrimas, assi
porque yo las derramaua, como por parescelle
que si yo la quisiera lo que a su amor deuia, no
sollicitara con tanta diligencia fauores para
otro: y assi lo dezia ella muchas ueces con una
ansia, que parescia que el alma se le quería
despedir. Yo biuia en la mayor confusión del
mando porque tenía entendido que sino mos-
traua quererla como a mí me ponía a riesgo que
Qelia boluiesse a los amores de don Felis; y
que boluiendo a ellos, los míos no podrían auer
buen fin: y si también fingía estar perdida por
ella, sería causa que ella desfauoresciesse al mi
don Felis, de manera que a fuerza dtí disfauo-
res perdiesse el contentamiento, y tras él la
nida. Y por estoniar la menor cosa dostas, diera
yo cíen mil de las mías, si tantas tuuiera. Deste
m(xlo se passaron muchos dias, que le seruia de
tercera, a grand¡«8Íma costa de mi contí'nta-
miento, al cabo de los quales los amores de los
dos yuan de mal en peor, porque era tanto lo
que Qelia me quería, que la gran fuerza de amor
la hizo que perdiesse algo de aquello que deuia
a sí misma. Y un día después de auer llenado
y traydo muchos recaudos, y de auerle yo fin-
gido algunos, por no uer triste a quien tanto
quería, estando supplicando a la señora Qelia
con todo el acatamiento possible, que se dolies-
se de tan triste uida, como don Felis a causa
suya passaua, y que mirasse que en fauores-
celle, yua contra lo que a si misma deuia, lo
qual yo hazia por uerle tal que no se esperaua
otra cosa sino la muerte, del gran mal que su
pensamiento le hazia sentir. Ella con lagrimas
en los ojos, y con muchos sospiros me respon-
dió: Desdichada de mí, o Valerio, que en fin
acabo de entender quan engañada bíuo contigo.
No creya yo hasta agora, que me podías fauo-
res para tu señor, sino por gozar de mi uista
el tiempo que gastauas en pedírmelos. Mas ya
conoz(*o, que los pides de ueras, y que pues gas-
tas de que yo agora le trate bien, sin dada no
deues quererme. O quán mal me pagas, lo que
yo te qui«*ro, y lo que por ti dexo de qoerer.
Plega a Dios, que el tiempo me uengue de ti,
pues el amor no ha sido parte para ello. Qac
no puedo yo creer que la fortuna me sea tan
contraría, que no te dé el pago de no auella
conocido. E di a tu señor don Felis, que si bina
me quiere uer. que no me uea, y tú, traydor
enemigo de mí descanso, no parezcas más de-
lante (lestos cansados ojos: pues sos lagrimas
no han sido parte para darte a entender lo
mucho que me deues. Y con esto se me quitó
delante con tantas lagrimas, que las mías no
fueron parte para detenella: porque congrandis-
sima príessa se metió en un aposento, y cer-
rando tras si la puerta, ni Imstó llamar, sapli-
candole con mis amorosas palabras, qae me
abriesse, y tomasse de mi la satis facion que
fuesse seruida, ni dezille otras muchas cosas,
en que se mostraua la poca razón que aaia te-
nido de enojarse, para que quisiesse abrirme.
Mas antes desde allá dentro me dixo (con una
furia estraña): ingrato y desagradecido Valerio,
el más que mis ojos pensaron uer, no me neas,
no me hables: que no hay satisfacion para tan
grande desamor, ni qaiero otro remedio para el
mal que me heziste, sino la muerte, la qual yo
con mis proprias manos tomaré, en satisfa^ion
de la que tú mereces. Y yo uiendo esto, me uine
a casa del mi don Felis, con más tristeza de la
que pude dissímular : y le dixe , que no aaia
podido hablar a Qelia, por cierta uisita en que
estaua occupada. Mas otro día de mañana supi-
mos, y aun se supo en toda la ciudad, que
aquella noche le auia tomado un desmayo con
que auia dado el alma, que no poco espanto
puso en toda la corte. Pues lo que don Felis
sintió su muerte y quanto llegó al alma, no se
puede dezir, ni ay entendimiento humano que
alean vallo pueda: porque las cosas que dezia,
las lastimas, las lagrimas, los ardientes sospi-
ros Vran sinumero. Pues de mí no digo nada,
porque de una parte la desastrada muerte de
Qelia me llegaua al alma, y de otra las lachri-
mas de don Felis me tras{)assauan el coracon.
Aunque esto no fue nada, según lo que después
sentí, porque como don Felis supo su maerte,
la mismtf noche desparosció de casa, sin qae
criado suyo ni otra persona supíesse del. Ya
ueys, hermosas Nimplias, lo que yo sentiría:
pluguiera a Dios que yo fuera la muerta, y no
me sucediera tan gran desdicha, que cansada
deuia estar la fortuna de las de hasta allí. Pues
como no bastasse la diligenvia que en saber del
mi don Felis se puso (que no fue pequeña) , yo
determiné ponerme en este habito en que me
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
285
ueys: en el qual ha ma9 de dos años, que he an-
dado buscándole por muchas partes, y mi for-
tuna me ha estoruado hallarle, aunque no le
deuo poco, pues me ha traydo a tiempo, que
este pequeño seruicio pudiesse hazeros. Y creed-
me (hermosas Nimphas) que lo tengo (después
de la yida de aquel en quien puse toda mi espe-
ran9a) por el mayor contento que en ella pu-
diera rebebí r. r
Quando las Nimphas acabaron de oyr a la
hermosa Felismena, y entendieron que era
muger tan principal, y que el amor le auia
hecho dexar su habito natural, y tomar el de
pastora, quedaron tan espantadas de su firme-
za, como del gran poder de aquel tirano, que
tan absolutamente se haze seruir de tantas liber-
tades. £ no pequeña lastima tuuieron de uer las
lagrimas y los ardientes sospiros con que la
hermosa donzella soleuizaua la historia de sus
amores. Pues Dorida, a quien más auia llegado
al alma el mal de Felismeua,y más affíQionada le
estaua que apersona a quien toda su uida uuies-
se conuersado, tomó la mano de respondelle,
y comen9Ó a hablar desta manera: ¿Qué hare-
mos, hermosa señora, a los golpes de la fortuna
qué casa fuerte aura adonde la persona pueda
estar segura de las mudanzas del tiempo? ¿Qué
ames ay tan fuerte, y de tan fino a^ero, que pue-
da a nadie defender de las fuer9as deste tirano,
que tan injustamente llaman amor? ¿Y quécora-
9on ay, aunque más duro sea que marmol, que
un pensamiento enamorado no le ablande? Ño es
por 9Íerto essa hermosura, no es esse ualor, no
es essa discre9¡on, para que merezca ser oluida-
da de quien una uez pueda uerla: pero estamos
a tiempo (^), que mercscer la cosa es principal
parte para no alcauQalla. Y es el crudo amor de
condición tan estraña, que reparte sus conten-
tamientos sin orden ni concierto alguno: y alli
da mayores cosas donde en menos son estima-
das: medecina podria ser para tantos males,
como son los de que este tirano es causa, la
discreyion y ualor de la persona que los padesce.
Pero ¿a quién la dexa tan libre, que le pueda
aprouechar para reuicdio? ¿o quién podra tanto
consigo en semejante passion, que en causas
agenas sepa dar consejo, quanto más tomalle
en las suyas proprias? Mas con todo eso, her-
mosa señora, te suplico pongas delante los ojos
quién eres, que si las personas de tanta suerte
y valor como tú no bastaren a suff rir sus aduer-
sidades, ¿cómo las podrian suffrir las que no lo
son? Y demás desto, de parte destas Nimphas,
y de la mia, te suplico en nuestra compañía, te
uayas, en casa de la gran sabia Felicia, que no
es tan lexos de aquí, que mañana a estas horas
no esteraos alli (^). Adonde tengo por auerigua-
8
*) M., tn tiempo.
>) M., allá.
do, que hallarás grandíssimo remedio para estas
angustias como lo han hallado muchas perso- *
ñas, que no lo merescian. De mas su sciencia,
a la qual persona humana en nuestros tiempos
no se halla que pueda ygualar su condición, y
su bondad no menos la engrandesce, y haze que
todas las del mundo, desseen su compañía. Fe-
lismena respondió: No sé (hermosas Nimphas)
quién a tan graue mal puede dar remedio, si no
fuesse el proprio que lo causa. Mas con todo
esso no dexare de hazer nuestro mandado, que
pues nuestra compañia es para mi pena tan
gran aliuio, injusta cosa sería desechar el con-
suelo en tiempo que tanto lo he menester. No
me espanto yo, dixo (¡^iiithia, sino cómo don
Felis, en el tiempo que le seruias, no te cono-
ció en esse hermoso rostro, y en la gracia, y
el mirar de tan hermosos ojos. Felismena enton-
ces respondió: tan apartada tenia la memoria
de lo que en mi auia uisto, y tan puesto en lo
que ueya en su señora Qelia, que no auia lugar
para esse conoscimiento. Y estando en esto,
oyeron cantar los pastores que en compañia de
la discreta Seluagia yuan por una cuesta abaxo
los mas antiguos cantares que cada uno sabia,
o que su mal le inspiraua, y cada qual buscaua
el uillancico que más hazia a su proposito, y el
primero que comeuQO a cantar fue Syluano, el
qual cantó lo siguiente:
Desdeñado soy de amor,
guárdeos Dios de tal dolor.
Soy del amor desdeñado
de fortuna perseguido;
ni temo uerme perdido,
ni aun espero ser ganado:
un cuydado a otro cuydado
me añade siempre el amor,
guárdeos Dios de tal dolor.
En quexas me entreten ia,
ued qué triste passatiempo:
ymaginaua que un tiempo,
tras otros tiempos nenia:
mas la desuentura mia
mudóle en otro peor,
guárdeos Dios de tú dolor.
Seluagia que no tenia menos amor, o menos
presump(^ion de tenelle al su Alanio, que Syl-
uano a la hermosa Diana, tan poco se tenia por
menos agrauiada, por la mudanza que en sus
amores auia hecho, que Syluano en auer tanto
perscucrado en su daño; mudando el primero
verso, a este villancico pastoril, antiguo, lo
comen9u a cantar aplicándolo a su proposito
desta manera:
Di, ¿quién te ha hecho pastora
sin gasajo y sin plazer,
I que tú alegre solías ser?
2d6
ORfOKHBS DE LA NOVELA
Memoria del bien passado
en medio del mal presente,
ay del alma que lo siente,
sí está mucho en tal estado:
después que el tiempo ha mudado
a Yn pastor por me ofender,
jamás he visto el plazer.
A Sireno bastara la canción de Seluagia,
para dar a entender su mal, si ella y Sylnano,
se lo consintieran: mas persuadiéndole que él
también eligiesse alguno de los cantares que
más a su proposito huuíese oydo, comen90 a
cantar lo siguiente:
Oluidastesme señora,
mucho mas os quiero agora.
Sin ventura yo oluidado
me veo, no sé por qué,
ved a quien distes la fe,
y de quien la aúeys quitado.
El no os ama, siendo amado,
yo desamado, señora,
mucho más os quiero agora.
Paresceme que estoy uiendo
los ojos en que me ui,
y uos i>or no uerme assi,
el rostro estays escondiendo,
y que yo os estoy diziendo:
al^a los ojos, señora,
que muy mas os quiero agora.
Las Nimphas estuuieron muy atentas a las
canciones de los pastores, y con gran contenta-
miento de oyllos : mas a la hermosa pastora no
le dexaron los sospiros estar oyiosa en quanto
los pastores cantauan. Llegado que fueron a la
fuente, y hecho su deuido acatamiento, pusie-
ron sobre la yema la mesa, y lo que del aldea
auian traydo, y se iissentaron luego a comer,
aquellos a quien sus pensamientos les dauan
lugar, y los que no, importunados de los que
más libres se sentian, lo unieron de hazer. E
después de auer comido, Polidora dixo ansi:
Desamados pastores (si es licito llamaros el
nombre que a nuestro pesar la fortuna os ha
puesto ) el remedio de nuestro mal está en
manos de la discreta FelÍ9Ía, a la qual dio na-
turaleza lo que a nosotras ha negado. E pues
ueys lo que os importa yr a uisitarla, pidoos
de parte tiestas Nimphas, a quien este dia tanto
8eruÍ9Ío aueys hecho, que no rehuseys nuestra
compañía, pues no de otra manera podéis re^e-
bir el premio de nuestro trabajo: que lo mismo
hará esta pastora, la qual no menos que nos-
otros lo ha menester. E tú, Sireno, que de un
tiempo tan dichoso, a otro tan desdichado te
ha traydo la fortuna, no te desconsueles: que
si tu dama tuuiese tan yerca el remedio de la
mala uida que tiene, como tú de lo que ella
te haze passar, no sería pequeño aliuio para
loa desgnstos y desabrimientos que yo sé que
pa8sa& cada dia. Sireno respondió: Hermosa
jPolidcwft, ninguna cosa da la hora de agora
mayor descontento, que auerse Diana uengado
de mi, tan a coeta suya , porque amar ella a
quien no le tiene en lo que meresce, y estar por
f uer9a en su compañía, ii^ja lo que le deue cos-
tar; y buscar yo remedio a mi mal, hazerlo ia,
si el tiempo, o la fortuna, me lo peimetiessen,
mas neo que todos los caminos son tomados y
no sé por donde tú y estas Nimphas pensays
llenarme a buscarle {}), Pero sea como fwe
nosotros os seguiremos, y creo que Syluano y
Seluegia harán lo mismo, si no son de tan mal
conoscimiento, que no entiendan la mer9ed que
a ellos y a mi se nos haze. Y remitiéndose los
pastores a lo que Sireno auia respondido, y
encomendando sus ganados a otros, que no
muy lexos estañan de allí, hasta la buelta, se
fueron todos juntos por donde las tres Nimphas
los guyauan.
Fin del segundo libro.
LIBRO TERCERO
DE LA DIANA DB OEOROB DE MONTEMATOR
Con muy gran contentamiento caminauau
las hermosas Nimphas con su compañía por
medio de un espesso bosque, y ya que el sol se
quería poner, salieron a un muy hermoso ualle,
por medio del qual yua un impetuoso arroyo,
de una parte y otra adornado de muy espessos
salces y aliso», entre los quales auia otros mu-
chos géneros de arboles más pequeños, que en-
redándose a los mayores, entretexendose las
doradas flores de los unos por entre las uerdes
ramas de los otros, dauan con su uista gran
contentamiento. Las Nimphas y pastores toma-
ron una senda que por entre el arroyo y la her-
mosa arboleda se hazia, y no anduuíeron mu-
cho espayio, quandu llegaron u un uerde prado
muy espacioso, a donde estaña un nmy hermoso
estanque de agua: del qual promedia el arroyo
que por el ualle con gran (*) ímpetu corría. En
medio del estanque estaua una pequeña isleta
adonde auia algunos arboles por entre los qua-
les se deuisaua una cho^a de pastores: alrede-
dor della andana un rebaño de ouejas,pasciendo
la uerde yema. Pues como a las Nimphas pa-
rescíesse aquel lugar aparejado para passar la
noche que ya muy cerca venia, por unas piedras
n
M., btincalle.
*^ M., grande.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
287
que del prado a la isleta estañan por medio del
estanque puestas en orden, passaron todas, j
se fueron derechas a la cho9a, que en la isleta
parescia. Y como Polidora, entrando primero
dentro, se adelantasse un poco, aun no huno
entrado, quando con gran priessa boluio a salir,
y boluicndo el rostro a su compañía, puso un
dedo encima de su hermosa boca, haziendoles
señas que entrassen sin ruido. Como aquello
uiessen las Nimphas y los pastores, con el me-
¿nes. rumor que pudieron entraron en la cho9a:
y mirando a una parte y a otra, uieron a un
rincón un lecho, no de otra cosa sino de los ra-
mos de aquellos salces, que en torno de la cho9a
estañan, y de la \ierde yema, que junto al estan-
que se criaua. En9Íma de la qual uieron una
pastora durmiendo, cuya hermosura no menos
admira9Íon les puso, que si la hermosa Diana
uieran delante de sus ojos. Tenia una saya azul
clara, un jubón de una tela tan delicada, que
mostraua la perfeyion y compás del blanco pe-
cho, porque el sayuelo que del mesmo color de
la saya era, le tenia suelto, de manera que aquel
gra9Íoso buelto se podía bien diuisar. Tenia los
cabellos, que más muios que el sol parescian
sueltos y sin orden alguna. Mas nunca orden
tanto adornó hermosura, como la desorden que
ellos tenían, y con el descuydo del sueño, el
blanco pie descal90, fuera de la saya se le pa-
rescia, mas no tanto que a los ojos de los que lo
mirauan paresciesse deshonesto. Y según pares-
cia por muchas lagrimas, que aun durmiendo
por sus hermosas mexillas derramaua, no le
deuia el sueño impedir sus tristes imaginacio-
nes. Las Nimphas y pastores estañan tan ad-
mirados de su hermosura y de la tristeza que
en ella conoscian, que no sabian qué se dezir,
si no derramar lagrimas de piedad de las que á
la hermosa pastora ueyan derramar. La qual
estando ellos mirando, se boluio hazia un lado,
diziendo con un sospiro que del alma la salía:
¡ay desdichada de ti, Belisa, que no está tu mal
en otra cosa, sino en ualer tan poco tu uida,
que con ella no puedes pagar las que por causa
tuya son perdidas! Y luego con tan grande
sobresalto despertó, que paresció tener el fin de
sus días presente, mas como uiesse las tres
Nimphas, y las hermosas dos pastoras, junta-
mente con los dos pastores, quedó tan espan-
tada, que estuuo un rato sin bolver en si, bol-
uiendo a mírallos, sin dexar de derramar mu-
clias lagrimas, ni poner silencio a los ardientes
sospiros que del lastimado cora9on embiaua,
comento a hablar desta manera. Muy gran
consuelo seria para tan desconsolado cora9on
como este mío, estar segura de que nadie con
palabras, ni con obras pretendiesse dármele,
porque la gran razón, ;o hermosas Nimphas!
que tengo de biuir tan embuelta en tristezas,
como bino, ha puesto enemistad entre mi y el
consuelo de mi mal. De manera que si pensasse
en algún tiempo tenelle, yo misma me daría la
muerte. Y no os espanteys preuenirme yo deste
remedio, pues no ay otro para que me dexe de
agrauíar del sobresalto que re9ebi en ñeros en
esta cho9a (lugar aparejado no para otra cosa,
sino para llorar males sin remedio), y esto sea
auiso, para que qualquiera que a su tormento
le esperare, se salga del: porque infortunios de
amor le tienen cerrado, de manera que jamás
dexan entrar aquí alguna e8peran9a de con-
suelo.
Mas ¿qué uentura ha guiado tan hermosa
compañía do jamás se uio cosa que diese con-
tento? ¿Quién pensays que hazecres9er la uerde
yerna desta isla, y acres9entar las aguas que la
9ercan, si no mis lagrimas? ¿Quién pensays
que menea los arboles deste hermoso ualle, sino
la hoz de mis sospiros tristes, que inchando el
ayre, hazen aquello que él por si no haría?
¿Porqné pensays que cantan los dul9es paxaros
por entre las matas, quando el dorado Phebo
está en toda su fuer9a, sino para ayudar a llo-
rar mis desuenturas? ¿A qué pensays que las
temerosas fieras salen al uerde prado, sino a oyr
mis continuas quexas? ¡Ay herniosas Nimphas!
no quiera Dios que os aya traydo a este lugar
nuestra fortuna para lo que yo uine a él, por-
que 9¡erto paresce (según lo que en él passó),
no auelle hecho naturaleza para otra cosa, sino
para que en él passen su triste uida los incu-
rables de amor. Por esso sí alguna de nosotras
lo es, no passe más adelante: y vayase presto
de aquí: que no seria mucho que la naturaleza
del lugar le híciesse fuer9a. Con tantas lagri-
mas dezia esto la hermosa pastora, que no auia
ninguno de los que allí estañan, que las suyas
detener pudiesse. Todos estañan espantados de
uer el spiritu que con el rostro y mouímientos
daua a lo que dezia, que 9Íerto bien pare9Ían
sus palabras salidas del alma: y no se suffria
menos que esto, porque el triste successo de sus
amores, quitaua la sospecha de ser fingido lo
que mostraua. Y la herniosa Dorida le habló
desta manera: Hermosa pastora, ¿qué causa ha
sido la que tu gran hermosura ha puesto en tal
estremo? ¿Qué mal tan estraño te pudo hazer
amor, que aya sido parte para tantas lagrimas
acompañadas de tan triste y tan sola uida,
como en este lugar deues hazer? Mas ¿qué pre-
gunto yo? Pues en nerte quexosa de amor, me
dizes más de lo que yo preguntarte puedo. Que-
siste assegurar quando aquí entramos, de que
nadie te consolasse: no te pongo culpa, officio
es de personas tristes, no solamente aborrecer
al consuelo, mas aun a quien piensa que por
alguna nia pueda dársele. Dezir que yo podría
darle a tu mal, ¿que aprouecha si él mismo no
288
ORÍGENES DE LA NOVELA
te da ]Í9en^ia que me croas? Dezir que te apro-
ueches de tu juyzio y discrtí9¡on bien sé que no
le tienes tan libre, que puedas hazello. Pues
¿qué podria yo hazer para darte algún aliuio,
si tu determinación me ha de salir al encuen-
tro/ De una cosa puedes estar certificada, y es
que no auria remedio en la uida, para que la
tuya no fuesse tan tristi», que yo dexase de
dártele, si en mi mano fuesse. Y si esta nolun-
tad alguna cosa meresQe, yo te pido de parte de
los que presentes están, y de la mia, la causa
de tu mal nos cuentes, porque algunos de los
que en mi compañia uienen, están con titn gran
ne^essidad de remedio, y os tiene amor en tanto
estrecho, que si la fortuna no los socorre, no sé
que sera de sus uidas. La pastora que de esta
manera uio hablar a Dorida, saliéndose de la
cho^a, y tomándola por la mano la llenó cerca
de una fuente que en un uerde pradezillo esta-
ña, no muy apartado de alli, y las Nimphas y
los pastores se fueron tras ellas, y juntos se
assentaron en torno a la fuente, auiendo el
dorado Phebo dado fin a su xornada, y la noc-
turna Diana principio a la suya, con tanta cla-
ridad como si el medio dia fuera. Y estando de
la manera que aueys oydo, la hermosa pastora
le comen9<5 a dezir lo que oyreys.
Al tienpo (o hermosas Ninphas de la casta
Diosa) que yo estaua libre de amor, oy dezir
yna cosa que después me desengañó la expe-
riencia (hallándola muy al renes de lo que me
certifícauan). Dezian me que no auia mal que
dezillo no fuese algún aliuio para el que lo
padczia, y hallo que no ay cosa que más mi
desuentura acresciente, que pasalla por la me-
moria y contalla a quien libre della se vee. Por-
que si yo otra cosa entendiese, no me atreueria
a contaros la historia de mis males. Pero pues
que es verdad, que contárosla no será causa
alguna de consuelo á mi desconsuelo que son
las dos cosas, que de mi son mas aborres^idas,
estad atentas, y oyreys el mas desastrado caso
que jamas en amor ha suecedido. No muy lexos
deste valle, hazia la parte donde el sol se pone,
está vna aldea en medio de vna ñoresta, cercha
de dos ríos que con sus aguas riegan los arbo-
les amenos cuya espressura es tanta que desde
vna casa a la otra no se parescc. Cada vna deltas
tiene su termino redondo, adonde los jardines
en verano se visten de olorosas flores, de mas
de la abundancia de la ortaliza, que alli la natu-
raleza produze, ayudada de la industria de los
que en la gran España llaman Libres, por el
antigüedad de sus casas y linages. En este
lugar nasció la desdichada Belisa (que este
nonbre saqué de la pila, adonde pluguiera a Dios
dexara el anima). Aqui pues biuia vn past^^r de
ios principales en hazienda y linage, que en
toda esta prouincia se hallaua, cuyo nombre era
Ai-senio, el qual fue casado con una zagala la
más hermosa de su tiempo: mas la presurosa
muerte (o porque los hados lo permitieron o
por cuitar otros males que su hermosura pu-
diera causar) le cortó el hilo de la nida, pocos
años después de casada. Fue tanto lo que Arae-
nio sintió la muerte de su amada Florída que
estuuo muy cerca de perder la uida: pero con-
splauase con un hijo que le quedara llamado
Arsileo, cuya hermosura fue tanta que conpetia
con la de Florida su madre. Y con todo, este
Arsenio biuia la más sola y triste uida que na-
die podria imaginar. Pues uiendo su hijo ya en
edad conuenible para ponelle en algún exer^icío
uirtuoso, teniendo entendido que la ociosidad
en los mo90S es maestra de uicios, y enemiga
de virtud dctenninó embialle a la academia
Salmantina con intención que se exercitasae
en aprender lo que a los hombres sube a mayor
grado que de hombres, y asi lo puso por obra.
Pues siendo yu quinze años pasados que su
muger era muerta, saliendo yo un dia con otras
uezinas a un morcado, que en nuestro lugar se
hazia, el desdichado de Arsenio me uio, por su
mal, y aun por el mió, y de su desdichado hijo.
Esta uista causó en él tan grande amor, como
de alli adelante se paresció. Y esto me dio él a
entender muchas ueze^, porque ahora en el
campo yendo a llenar de comer a los pastores,
aora yendo con mis paños al río, aora por agua
a la fuente, se hazia encontradizo conmigo. Yo
que de amores aquel tiempo sabia poco, aunque
por oydas alcan^asse alguna cosa de sus desua-
riados effcctos, unas uezes hazia que no lo en-
tendia, otras uezes lo echaua en burlas, otras
me enojaua de uello tan importuno. Mas ni
mis palabras bastauan a defenderme del, ni el
grande amor que él tenía le daua lugar a dexar
de seguirme. Y desta manera se passaron más
de quatro años , que ni él dexaua su porfía, ni yo
podia acabar conmigo de dalle el mas pequeño
fauor de la uida. A este tiempo uino el desdi-
chado de su hijo Arsileo del estudio, el qual
entre otras ciencias que auia estudiado, auia
florescido de tul manera en la poesia y en la
música, que a todos los de su tiempo hazia uen-
taja.
Su pudre se alegró tanto con él que no ay
quien lo pueda encarecer (y con gran razón)
porque Arsileo era tal, que no solo de su padre
que como a hijo deuia amalle, mas de todos los
del mundo merescia ser amado. Y asai en nues-
tro lugar era tan querido de los principales del
y del común, que no se trataua entre ellos sino
de la discreción, gracia, gentileza, y otras bue-
nas partos de que su mocedad era adornada.
Arsenio se encubría do su hijo, de manera que
por ninguna uia pudiesse entender sus amores,
I y aunque Arsileo algún dia le viese tríste,
DIANA DE GEORGE DE MONTKMAYOR
2aí
nanea echó de aer la cansa, mas antes peusaua
qne eran reliquias que de la muerte de su ma-
dre le auian quedado. Pues desseando Arsenio
(como su hijo fuese tan excelente Poeta) de
ayer de su mano yna carta para embiarme, y por
hazer lo de manera que él no sintiese para
quien era, tomó por remedio descubrirse a un
grande amigo suyo natural de nuestro pueblo,
llamado Argasto, rogándole muy encares^ida-
mente como cosa que para si auia menester, pi-
diese a su hijo Arsileo una carta hecha de su
mano, y que le dixese que era para embiar lexos
de alli a una pastora a quien seruia, y no le
queria aceptar por suyo. Y asi le dixo otras co-
sas que en la carta auia de dezir de las que más
hazian a su proposito. Argasto puso tan buena
diligencia en lo que le rogó, que huno de Arsileo
la carta, importunado de sus ruegos, de la
misma manera que el otro pastor se la pidió.
Pues como Arsenio le uiese muy al proposito de
lo que él deseaua, tuuo manera cómo uiniese a
mis manos, y por ciertos medios que de su
parte huno, yo la recebi (aunque contra mi
noluntad) y vi que dezia desta manera.
CARTA DB ARSENIO
Pastora, cuya uentura
Dios quiera que sea tal,
qne no uenga a emplear mal
tanta gracia y hermosura,
y cuyos mansos corderos,
y orejuelas almagradas
Teas crecer a manadas
por cima destos oteros.
Oye a un pastor desdichado,
tan enemigo de si,
quanto en perderse por ti,
se halla bien empleado;
buelue tus sordos oydos,
ablanda tu condición,
y pon ya esse coraQon
en manos de los sentidos.
Buelue esos crueles ojos
a este pastor desdichado,
descuydate del ganado,
piensa un poco en mis enojos,
haz ora algún mouimiento,
y dexa el pensar en ál,
no de remediar mi mal,
mas de uer como lo siento.
¡Qnantas uezes has venido,
al campo con tu gauado,
y qnantas uezes al prado,
los corderos has traydo!
Que no te diga el dolor,
que por ti me buelue loco,
mas ualeme esto tan poco,
qne encubrillo es lo mejor.
ORÍQSMBS OB LA NOVELA. -19
¿Con qué palabras díre,
lo que por tu causa siento,
o con qué conos^imiento
se conos^era mi fe?
¿qué sentido bastará,
aunque yo mejor lo diga,
para sentir la fatiga
que a tu causa amor me da?
¿Porqué te escondes de mi,
pues conosces claramente,
que estoy quando estoy presente,
muy más absenté de ti?
quanto a mi por suspenderme,
estando adonde tú estes,
quanto a ti porque me uees,
y estás muy lexos de uerme.
Sabesme tan bien mostrar
quando engañarme pretendes,
al reucs de lo que entiendes,
que al fíu me dexo engañar:
mira sy hay que querer más,
o ay de amor más fundamento,
que biuir mi entendimiento
con lo que a entender le das.
Mira este estremo en que estoy,
uiendo mi bien tan dudoso,
que ñengo a ser embidioso
de cosas menos que yo:
al aue que lleua el uiento,
al pcsce en la tempestad,
por sola su libertad
daré yo mi entendimiento.
Veo mil tiempos mudados,
cada dia hay nouedades,
mndanse las voluntades,
rebinen los oluidados,
en toda cosa hay mudanza,
y en ti no la vi jamás,
y en esto solo nerás
quan en balde es mi esperanza.
Passauas el otro dia
por el monte repastando,
sospiré imaginando,
que en ello no te offendia:
al sospiro, al9Ó un cordero
la cabera, lastimado:
y arrojastele el cayado,
ved qué coraron de azero.
¿No podrías, te pregunto,
tras mil años de matarme,
solo un dia remediarme,
o si es mucho, un solo punto?
hazlo por uer como prueuo,
o por uer si con fauores
trato mejor los amores,
después mátame de nueao.
Desseo mudar estado,
no de amor a desamor,
mas de dolor a dolor,
290
orígenes de la novela
7 todo en nn mismo grado:
7 aunque fuesse de una saerte
el mal, qnanto a la 8nbstan9Ía,
que en sola la circunstancia
íuesse más, o menos fuerte.
Que podría ser señora,
que vna circunstancia nueua
te dicsse de amor más prueoa,
que te he dado hasta agora,
7 a quien no le due e rn mal,
ni ablanda un firme querer,
podría qui^a doler
otro que no fuesse tal.
Vas al rio, uas al prado,
7 otras uezes a la fuente,
70 pienso mu7 diligente,
si es 7a 7da, o si ha tomado,
si se enojará si 707,
si se burlará si quedo,
como me lo estorba el miedo,
▼ed el estremo en que esto7.
A Siluia tu gran amiga
vó a buscar medio mortal,
por si a dicha de mi mal,
le has dicho algo, me lo diga:
mas como no habla en ti,
digo que esta cruda fiera,
no dize a su compañera,
ninguna cosa de mi.
Otras uezes acechando
de noche te ueo estar,
con gracia mu7 singular
mil cantáronlos cantando:
pero buscas los peores,
pues los 070 uno a uno,
7 jamás te 070 ninguno
que trate cosa de amores.
Vite estar el otro día
hablando con Madalena,
contauate ella su pena,
ozala fuera la mia:
pense que de su dolor,
consolaras a la triste,
7 riendo le respondiste:
es burla, no ha7 mal de amor.
Tú la dexaste llorando,
70 llegúeme luego alli,
qnexoseme ella de ti:
respondilc sospirando:
no te espantes desta fiera,
porqne no está su plazer
en solo ella no querer,
sino en que ninguna quiera.
Otras uezes te ueo 70
hablar con otras zagalas,
todo es en fiestas 7 galas,
en quien bien o mal ba7l<l!,
fulano tiene buen ayre,
fulano es yapateador,
8i te tocan en amor
echaslo luego en donayre.
Pues guarte, 7 bine contento,
que de amor 7 de uentura
no ha7 cosa menos segara,
que el coracon más exempto:
7 podría Rer ansí
que el crudo amor te entregasse,
a pastor que te tratasse
como me tratas a mi.
Mas no quiera Dios que sea,
si ha de ser a costa tu7a,
7 mi uida se destru7a
primero que en tal te uea:
que un coraron que en mi pecho
está ardiendo en fuego estraño,
más temor tiene a tu daño,
que respecto a tu prouecho.
Oon grandissimas maestras de tristeza, 7 de
coraron mu7 de aeras lastimado, relatana la
pastora a Belisa la carta de Arsenio, 6 por
mejor dezir, de Arsileo su hijo: parando en
muchos uersos 7 díziendo algunos dellos dos
nezes: 7 a otros boluiendo los ojos al cielo, con
una ansia que parescia que el coracon se le
arrancaua. Y prosiguiendo la historia triste de
sus amores, les dez!a: Esta carta (o hermosas
Nimpbas) fue principio de todo el mal del triste
que la compuso, 7 fin de todo el descanso de la
desdichada a quien se escríuió. Porque aaien-
dola 70 le7do, por cierta diligoncia que en mi
sospecha me hizo poner, entendi que la carta
aula procedido más del entendimiento del hijo,
que de la affícion del padre. Y porque el tiempo
se Uegana en que el amor me auia de tomar
caenta de la poca que hasta entonces de sus
ef fectos auia hecho, o porque en fin haaia de
ser, 70 me senti un poco más blanda qae de
antes: 7 no tan poco que no diese lugar a que
amor tomasse possession de mi libertad. Y fue
la ma7or nouedad que jamás nadie aio en amo-
res lo que este t7rano hizo en mí, paes no tan
solamente me hizo amar a Arsileo, mas aun a
Arsenio su padre. Verdad es que al padre amaos
70 por pagarle en esto el amor que me tenia, 7
al hijo por entregalle mi libertad, como desde
aquella hura se la entregué. De manera qae al
uno araaua por no ser ingrata, 7 al otro por no
ser más en mi mano. Pues como Arsenio me
sintiesse algo más blanda (cosa que él tantos
dias auia que desseaua), no huno cosa en la
uida que no la hiziesse por darme contento:
porqne los presentes eran tantos, las jo7as 7
otras muchas cosas, que a mi pesaua uermc
puesta en tanta obligación. Con cada cosa que
me enibiaua, nenia un recaudo tan enamorado,
como él lo estaña. Yo le respondía no mostrán-
dole señales de gran amor, ni tan poco me mos-
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
2D1
trana tan esqtiiaa como solia. Mas el amor de
Arsíleo cada dia se arraigaua mas en mi cora-
ron, 7 de manera me occnpaua los sentidos,
que no dezaua en mi anima lugar ocioso. S ac-
cedió, pues, que una noche dol uerano, estando
en conuer8a9Íon Arsenio j Arsileo con algunos
uezinos sujos debaxo de un fresno muy gran-
de, que en rna pla9uela estaua de frente de mi
posada, comento Arsenio a loar mucho el tañer
y cantar de su hijo Arsílec, por dar occasion a
que los que con él estañan le rogassen que em-
biasse por una harpa a casa, y que alli tañesse.
porque estaua en pajte que yo por fner9a auia
de gozar de la música. Y como él lo pensó, assi
le uino a suc^eder, porque siendo de los presen-
tes importunado, embiaron por la harpa y la
música se ( omento. Qaando yo oi a Arsileo y
senti la melodía con que tañia, h\ soberana
gracia con que cantaua, luego estuue al cabo de
lo que podia ser: entendiendo que su padre me
quería dar música, y enamorarme con las gra-
cias del hijo. Y dize entre mi: lAy, Arsenio,
que no menos te engañas en mandar a tu hijo
que cante, para que yo le oyga, que embiarme
carta escríta de su manol A lo menos si lo que
dello te ha de succeder, tú supiesses, bien po-
drías amonestar de oy más a todos los enamora-
dos, que ninguno fuesso osado de enamorar a
su dama con gra9¡as agcnas: porque algunas
uezes, suele acontes^er enamorarse más la dama
del que tiene la gra9¡a, que del que se aproue-
cha de ella, no siendo suya. A este tiempo el mi
Arsileo, con una gra9ia nunca oyda, comen9Ó a
cantar estos nersos:
Soneto.
En este claro sol que resplande896
en esta perfe9Íon (') sobre natura,
en esa alma gentil, esa figura
que alegra nuestra edad, y la enrriqneze
h[ay luz que ziegb, rostro que enmude9e,
pequeña piedad, gran hermosura,
palabras blandas, condÍ9Íon muy dura,
mirar que alegra y TÍsta que entri8te9e.
Por eso estoy, señora, retirado,
por eso temo yer lo que deseo,
por eso paso el tiempo en contemplarte.
Estraño caso, efecto no pensado,
que vea el maior bien quando te reo,
y tema el mayor mal si yo a mirarte.
Después que huno cantado el soneto que os
he dicho, comenzó a cantar esta can9Íon, con
gra9ia tan estremada, que a todos los q^e lo
oian, tenia suspensos, y a la triste de mi más
presa de sus amores que nunca nadie lo estuyo.
Al9é los ojos por veros,
baxelos después que os vi,
porque no ay pasnar de alli,
ni otro bien sino quereros.
¿Que más gloria que miraros,
si os entiende el que os miró?
Porque nadie os entendió -
que canse de contemplaros.
Y aunque no pueda entenderos,
como yo no os entendi,
estará fuera de sí,
quando no muera por veros.
Si mi pluma otras loaua
ensayóse en lo menor,
pues todas son borrador
de lo que en vos trasladaua.
Y si antes de quereros,
por otra alguna escreui,
creed que no es porque la u¡,
mas porque esperaua ñeros.
Mostróse en vos tan subtil
naturaleza y tan diestra,
que una sola fayíon vuestra
harú hermosas 9ien mil.
La que llega a pareceros
en lo menos que en vos vi,
ni puede pasar de alli
ni el que os mira sin quereros.
Quien ve qnal os hizo Dios,
y uee otra mui hermosa,
parece que vee una cosa,
que en algo quiso ser vos.
Mas si os vee como ha de veros
y como señora os vi,
no hay comparagi u alli,
ni gloria, sino quereros.
No fue solo esto lo que Arsileo aquella no-
che al son de su harpa cantó. Asi como Orfeo
al tiempo que fue en demanda de su ninfa Euri-
dice, con el snabe canto enterne9Ía las furias in-
fernales, suspendiendo por gran espacio la pena
de los dañados ('): asi el mal logrado man9ebo
Arsileo, suspendía, y ablandaua, no solamente
los cora9ones de los que presentes estañan, mas
aun a la desdichada BelÍ8a,que desde una ayotea
alta de mi posada le estaua con grande aten-
ción (*) oyendo. Y assi agradaua al 9ÍeIo, estre-
llas y a la clara luna, que cnton9es en su uigor y
fuer9a estaua, que en qualquiera parte que yo
enton9es ponía los ojos, pare9e que me aniones*
taua que le quisiesse más que a mi uída.Mas no
era menester amonestármelo nadie, porque si
yo enton9es de todo el mundo fuera señora me
páresela muy poco para ser suya. Y desde alli,
propuse de tenelle encubierta esta noluntad lo
(•) V., dnñ09,
(') V., atr^uimiento.
292
ORÍGENES DE LA NOVELA
menos que yo pudiesse. Toda aqaella noche
estuuc pensando el modo que teruia en descu-
brille mi mal, de suerte que la uerguen^a no
regibiessc daño, aunque quando este no hallara,
no me estoruara el de la muerto. Y como quando
ella ha de uenir, las occasiones tengan tan gran
cuydado de quitar los medios que podrían im-
pedilla, el otro dia adelante, con otras donze-
lias mis uezinas me fue forjado yr a un bosque
etpesso.en medio del qual auiauna clara fuente,
adonde las mas de las siestas Ucuauamos las
uacas, assi porque alli pasciesscn, como para
que uenida la sabrosa y fresca tarde cogiesse-
mos la leche de aquel dia siguiente, con que las
mantecas, natas y quesos se auian de hazer.
Pues estando yo y mis compañeras assentadas
en torno de la fuente, y nuestras vacas, echa-
das a la sombra de los vmbrosos y sihiestres
arboles de aquel soto, lamiendo los pequeüuolos
bezerrillos, que juntos a ellas estañan tendidos,
una de aquellas amigas mias (bien descuydada
del amor que en tonyes a mi me hazia la guerra)
me importunó, so pena de jamás ser hecha cosa
de que yo gustasse, que tuuiese por bien de en-
tretener el tiempo cantando y na canción. Poco
me valieron escusas, ni dezilles que los tiempos
y ocasiones no eran todos vnos, para que de xas-
se de hazer lo que con tan grande instancia me
roganan, y al son de vna 9ampoña, que la vna
dellas comentó a tañer, yo triste comen9e a
cantar estos versos:
Passaua amor su arco desarmado
los ojos baxos, blando y muy mtxlesto,
dezauame ya atrás nmy descuydado.
Quán poco espa9Ío pude gozar esto;
fortuna de embidiosa dixo luego:
teneos amor, ¿porque passays tan presto?
Boluió de presto a mi sh{íiq\ niño yi^g^^
muy enojado en verse reprendido:
que no ay reprehensión, do está su fuego.
Estaña yiego amor, mas bien me vido:
tan yiego le vea yo, que a nadie vea,
que ansí yegó mi alma y mi sentido.
Vengada me vea yo de quien dessea
a todos tanto mal que no consiente
vn solo coraron que libre sea.
El arco armó el traydor muy l)reueuiente,
no me tiró con xara enerbolada,
que luego puso en él su flecha ardiente.
Tomóme la fortuna desarmada,
que nunca suele amor hazer su hei'ho,
sino en la más esscnta y 'descuydada.
Rompió con su saeta un duro pecho,
rompió una libertad jamás subiecta,
quedé tendida, y él muy satisfecho.
¡Ay uida libre, sola, y muy quieta!
¡Ay prado visto con tan libres ojos!
¡Mal aya amor, su arco y su saeta!
Seguid amor, seguilde sus antojos,
venid de gran descuido a vn gran cuydado,
passad de un gran descanso, a mil enojos.
Vereys quál queda un coraron cuytado:
que no ha mucho que estuuo sin sospecha
de ser de un tal tyrano sojuzgado.
Ay alma mia en lagrimas desecha,
sabed suffrir, pues que mirar supistes:
mas si fortuna quiso, ¿qué aprouecha?
A y tristes ojos, si el llamaros tristes
no offende en cosa alguna el que mirastes,
¿do está mi libertad, do la pusistes?
Ay prados, bosques, seluas que enastes
tan libre corayon como era el mío,
¿porque tan grande (*) mal no le estomastes?
¡O apresurado arroyo, y claro rio,
adonde beuer suele mi ganado
inuierno, primauera, otoño, estio!
¿Porqué me has puesto, di, a tan mal recado,
pues solo en ti ponía mis amores,
y en este ualle ameno y uerde prado?
Aquí burlaua yo de mil pastores,
que burlarán de mi, quando supieren,
que a esperimentar comíenyo sus dolores.
No son males de amor los que me hieren,
que a ser de solo amor, passallos hía,
como otros mil que en fin de amores mueren.
Fortuna es quien me aflige y me desuia
los medios, los caminos y ocasiones,
para poder mostrar la pena mia.
¿Cómo podra, quien causa mis passiones,
si no las sabe dar remedio a ellas?
Mas no ay amor do faltan sinrazones.
A quanto mal fortuna, trae aquellas
que haze amar, pues no ay quien no le enfade
ni mar, ni tierra, luna, sol, ni estrellas.
Sino a quien ama, no ay cosa que agrade,
todo es assi, y assi fuy yo mezquina,
a quien el tiempo estoma y persuade.
Cessad mis uersos ya, que amor se indigna
en uer quán presto del me estoy quexando,
y ])¡do ya en mis males medicina.
Quexad, mas ha de ser de quando en quando,
aora tallad uos, pues ucys que callo,
y quando veys (^ue amor se ua enfadando,
cesHad, que no es remedio el enfadallo.
A las Nimphas y pastores parescieron muy
bien los versos de la pastora Belisa, la qual
con muchas lagrimas dezia, prosiguiendo la
historia de sus males: Mas no estaña muy lexos
de alli Arsileo quando yo estos uersos cantaua,
qu(> auiendo aquel dia salido a caya, y estando
en lo más espeso del bosque passando la siesta,
paresye que nos oyó, y como hombre affí^iona-
do a la música, se Fue su passo a passo entre
una espesura de arboles, que junto a la fuente
(*) M., grave.
DIANA DE GEOROE DE MOKTEMAYOR
298
éstauan: porque de allí mejor nos pudiesse ojr.
Pues auiendo ^ssado nuestra música, él se niño
a la fuente, cosa de que no poco sobresalto re-
yebi. Y esto no es de marauillar, porque de la
misma manera se sobresalta vn corayon enamo-
rado, con un súbito contentamiento, que con
una tristeza no pensada. El se llegó donde es-
tañamos sentadas, y nos saludó con todo el
comedimiento possible, y con toda la buena
crianya que se puede imaginar: que ucrdadera-
mente (hermosas Nimphas) quando me paro a
pensar la discreción, grayia j gentileza del sin
uentura Arsileo, no me paresye que fueron sus
hados y mi fortuna causa de que la nmerte me
lo qnitasse tan presto delante los ojos, mas an-
tes fue no meresyer el mundo gozar más tiempo
de un moyo a quien la naturaleza auia dotado
de tantas y tan buenas partes. Después que
como digo, nos uno saludado, y tuno liyenyia
de nosotras, la qual muy comedidamente nos
pidió, para passar la siesta en nuestra compa-
ñia, puso los ojos en mi (que no deuiera) y que-
dó tan preso de mis amores como después se
paresyio en las señales con que manifestaua su
mal. Desdichada de mi que no une menester yo
de mirallc para querelle, que tan presa de sus
amores estaña antes que le uiessc como é\ estu-
uo después de auerme uisto. Mas con todo esso,
alyé los ojos para mirallc, al tiempo que alyaua
los suyos para uerme, cosa que cada uno qui-
siera dexarde auer hechoryoporque la uerguen-
ya me castigó, y él porque el temor no le dcxó
sin castigo. Y para dissimular su nueyo mal,
comenyó a hablarme en cosas bien diferentes de
las que él me quisiera dezir, yo le respondi a
algunas dellas, pero más cuidado tenia yo en-
tony-es de mirar, si en los mouiraientos del ros-
tro, o en la blandura de las palabras mostraua
señales de amor, que en respondelle á lo que me
preguntaua. Ansi desseana yo entonyes uelle
sospirar, por me confirmar en mi sospecha:
?omo si no le quisiera más que a mi. Y al fin
no desseaua uer en el alguna señal que no la
uiesse. Pues lo que con la lengua alli no me
pudo dezir, con los ojos me lo dio bien a enten-
der. Estando en esto las dos pastoras que con-
migo estañan, se leuantaron a ordeñar sus va-
cas: yo les rogné que me escusassen el trabajo
con las mías: porque no me sentia buena. Y no
fue menester rogárselo más , ni a Arsileo mayor
occasion para dezirme su mal: y no sé si se
engañó, imaginando la occasion, porque yo
quería estar sin compañía, pero sé que determi-
nó de aprouecharse de ella. Las pastoras anda-
uan occupadas con sus vacas, atándoles sus
mansos bezerrillos a los pies, y dcxandose ellas
engañar de la industria humana, como Arsileo
tanbien nueuamente preso de amor se dexaua
ligar de manera que otro que la pressurosa
muerte, no pudiera dalle libertad. Pues uiendo
yo claramente, que quatro o cinco uezes auia
cometido el hablar, y le auia salido en uano su
comedimiento: porque el miedo de enojarme s^
le auia puesto delante, quise hablarle en ofro
proposito, aunque no tan lexos del suyo, 4'ue
no pudiesse sin salir del, dezirme lo (^'\ des-
seaua. Y assi le dixe: Arsileo, ¿hallaste t^ien en
esta tierra? que según en la que hasta agqra has
estado, aura sido el entretenimiento y C'jnuer-
sayion diff érente del nuestro: estraño te deues
hallar en ella. El entonyes me respQ?idió: no
tengo tanto poder en mi, ni tiene tanta libertad
mi entendimiento, que pueda res*)onder a essa
pregunta. Y mudándole el prop'í'sito, por mos-
tralle el camino con las occasijnes le bolui a
dezir: an me dicho, que ay por allá muy her-
mosas pastoras, y si esto es ansi, quán mal te
deuemos parescerlas de por acá. De mal conos-
cimiento seria (respopdió Arsileo) si tal confes-
sasse: que puesto caso, que allá las ay tan her-
mosas como t;é han dicho, acá las ay tan anen-
tajada«i, i^zno yo las he uisto. Lisonja es essa ,
en todo el mundo (dixe yo medio riendo) mas
con todo esto, no me pesa que las naturales estén
tan adelante en tu opinión, por ser yo una dellas.
Arsileo respondió: y aun essa seria harto bas-
tante causa, quando otra no uuiesse, para dezir
lo que digo. Assi que de palabra en palabra, me
uino a dezir lo que desseaua oylle, aunque por
entonyes no quise dárselo a entender, mas antes
le rogué, que atajasse el paso a su pensamiento.
Pero reyelosaque estas palabras no fuesen causa
de resfriarse en el amor (como muchas uezes
acaesce que el desfauorescer en los principios
de los amores , es atajar los passos a los que
comienyan a querer bien) bolui a templar el
desabrimiento de mi respuesta, diziendole: Y si
fuere tanto el amor (o Arsileo) que no te dé
lugar a dexar de quererme, en lo secreto: por-
que de los hombres de semejante discreyion que
la tuya, es tenello aun en las cosas que poco
importan. Y no te digo esto, porque de una, ni
de otra manera te ha de aprouechar de más que
de quedarte yo en obligayion, si mi consejo en
este caso tomares. Esto dezia la lengua, mas
otra cosa dezian los ojos con que yo le miraua,
y echando algún sospiro que sin mi liyenyia
daua testimonio de lo que yo sentia, lo qual
entendiera muy bien Arsileo, si el amor le diera
lugar. Desta manera nos despedimos, y después
me habló muchas uezes, y me escriuio machas
cartas, y vi muchos sonetos de su mano, y aun
las más de las noches me dezia cantando, ai son
de su harpa, lo que yo llorando le escuchaua.
Finalmente que venimos cada vno a estar bien
yertifícados del amor que el vno al otro tenía.
A este tiempo, su padre Arsenio me importu-
naua de manera con sus recaudos y presentes,
294
orígenes de la novela
^ ^ qae jo no sabia el medio que tauiesse para de-
fenderme del. Y era la más estraña cosa qae se
I rió jamás: pues ansi como se yua más acreácen-
4ando el amor con el hijo, assi con el padre se
yaa más estendiendo el affí^ion, aunqne no era
to¿to.^de vn metal. Y esto no me daña lugar a
dcsfaé^rescelle, ni a dexar de re^ebir sas recau-
dos Pres viniendo yo con todo el contenta-
miento del mundo, y riéndome tan de veras
amada de Arsileo, a quien yo tanto queria, pa-
re69e qae la fortuna determinó de dar fin a mis
amores, ^on el más desdichado suc^esso, que
jamás en ellos se ha visto, y fue desta manera:
que anienJ^yo con9ertado de hablar con mi
Arsileo vna náche, que bien noche fue ella para
mi: pues nunca^snpe después acá, qué cosa era
dia, concertamosiqne él entrase en una huerta
de mi padre, y yo Sesde vna ventana de mi apo-
sento, que cuya enfrcrtt-e de vn moral, donde él
se podia subir pnr estar ^nás perca, nos habla-
riamos: ¡ay desdi jhada de iwí^ue no acabo de
entender a qué proposito le pus*^ en este peli-
gro, pues tolos los días, aora en el c^po, aora
en el rio. aora en el soto, llevando a él mis vacas,
aora al tiempo que las traya a la majada, me
pudiera él muy bien hablar, y me hablaua los
más de los dias. Mi desuentura fue causa que
la fortuna se pagasse del contento, que hasta
entonces me auia dado, con hazerme que toda
la uida biuiesse sin él. Pues ueuida la hora del
concierto y d '1 fin de sus dias, y principio de
mi desconsuelo, vino Arsileo al tiempo, y al
lugar concertado, y estando los dos hablando,
en lo que puede considerar quien algún tiempo
ha querido bien, el desuentnrado de Arsenio ku
padre, las más de las noches me rondana la
calle (que aun si esto se me acordara, mas qni-
tomi'lo mi desdicha de la memoria, no le con-
sintiera yo ponerse en tal peligro); pnro asi se
me oluidó, como si yo no lo supiera. Al fin que
él acertó a venir aquella hora por alli, y sin que
nosotros pudicssemos velle, ni oylle, nos vio él,
y conospió ser yo la que a la ventana estaña,
mas no entendió que era su hijo el que estaña
en el moral, ni aun pudo sospechar quien fuesse,
que esta fue la causa principal de su mal suc-
cesso. Y fue tan grande su enojo, que sin sen-
tido alguno se fue a su posada, y armando una
ballesta, y poniéndola vna saeta muy llena de
venenosa yerna, seuino al lugar do estañamos,
y supo tan bien acertar a su hijo, como sino lo
fuera. Parque la saeta le dio cu el coraron, y
luego cayó nmerto del árbol abaxo, diziendo:
lAy Belisa, quán poco lugar me da la fortuna
para seruirte, como yo desseaua! Y aun esto no
pudo acabar de dezir. El desdichado padre que
con estas palabras conosció ser homicida de
Arsileo su hijo, dixo con una boz como de
hombre desesperado: ¡Desdichado de mi, si
eres mi hijo Arsileo que en la boz no pareares
otro! Y como Uegasse a él, y con la lana que
en el rostro le daua le deuisasse bien y le ha-
llase que auia espirado, dixo: O cruel Belisa,
pues que el sin ventara mi hijo, por ta causa, de
mis manos ha sido muerto, no es justo qne el
desuentnrado padre quede con la vida. Y sa-
cando su misma espada, se dio por el coraron
de manera que en un punto fue muerto. O des-
dichado caso, o cosa jamás oida ni vista. ¡O
escándalo grande para los oydos, que mi desdi-
chada historia oyeren, o desuenturada Belisa,
que tal pudieron uer tus ojos, y no tomar el
camino que padre y hijo por tu causa tomaron!
No paresciera mal tu sangre mixturada con la
de aquellos que tanto desseauan seruirte. Pues
como yo mezquina ui el desauentnrado caso,
sin más pensar, como muger sin sentido, me sali
de casa de mis padres, y m^ uine importunando
con quexas al alto pielo, y inñamando el ayre
con sospiros, a este triste lugar (quexandome
de mi fortuna , maldiziendo la muerte que tan
en broue me auia enseñado a sufrir sns tiros)
adonde ha seys meses que estoy sin aaer uisto,
ni hablado con ¡tersona alguna, ni procurado
uerla. Acabando la hermosa Belisa de contar
su infelice historia, comenpo a llorar tan ama^
gañiente, que ninguno de los que alli estauan,
pudieron dexar de ayudarle con sus lagrimas.
Y ella prosiguiendo dezia: Esta ea (hermosas
Nimphas) la triste historia de mis amores, y
del desdichado sucpesso dellos, ved si este mal
es de los que el tiempo puede curar? ¡ Ay Arsi-
leo, quantas vezes tenii, sin pensar lo que temia!
mas quien a su temor no quiere creer, no se
espante, quando vea lo que ha temido, que bien
sabia yo que no podiades dexar de encontraros,
y que mi alegría no auia de durar más que basta
que su padre Arsenio sintiesse nuestros amo-
res. Pluguiera a Dios que assi fuera que el
mayor mal que por esso me pudiera hazer faera
desterrarte: y mal que con el tiempo se cura, con
poca diffícultad puede suffrirse. ¡Ay Arsenio,
que no me esterna la muerte de tu hijo dolerme
de la tuya, que el amor que continuo me mons-
traste, la bondad y limpieza con que me qui-
siste, las malas noches que a causa mia passas-
te, no sufíre menos si no dolerme de tu desas-
trado fin: que esta es la hora que yo fuera casada
contigo, si tu hijo a esta tierra no uiniera!
Dezir yo que entonces no te quería bien seria
engañar el mundo, que en ñn no hay muger que
entienda que es uerdaderamente amada, qae no
quiera poco o mucho, aunque de otra manera
lo dé a entender: ay lengua mia, callad que más
aueys dicho de lo que os an preguntado. ¡ O her-
mosas Nimphas! perdonad si os he sido impor-
tuna, que tan grande desuentura como la mia
no se puede contar con pocas palabras. En
DIANA DE GEORGE DE MONTEMATOR
395
bo la pastora contana lo qne ane3'8 oydo,
o, Sylaano, Sehiaaia, y la hermosa Felis*
, j aan las tres Nimphas fueron poca
para oylla sin lagrimas: annqne las Ním-
como las qne de amor no auian sido toca-
sintieron como mujeres su mal, mas no
rcunstan^ias del. Pues la hermosa Dorída
oque la desconsolada pastora no cesaua
argo llanto, la comen90 a hablar diziendo:
m, hermosa Bel isa, tus lagrimas, pues
el poco remedio dellas: mira que dos ojos
istan a llorar tan graue mal. Mas qué
puede auer, qne no se acabe, o acabe al
o que lo pades^e? Y no me tengas por tan
][ue piense consolarte, mas a lo menos po-
mostrarte el camino por donde pudiesse
i poco aliuiar tu pena. Y para esto te
), que uengas en nuestra compafiia, ansi
te no es cosa justa que tan mal gastes la
porque adonde te llenaremos podras esco-
a qne quisieres, y no aura persona, que
lalía pueda. La pastora respondió: lugar
ire9Ía este harto conTcniente para llorar
al y acabar en él la uida: la qnal si el
»o no me haze más a^rauios de los hechos,
ue ser muy larga. Mas ya que tu uolun-
i essa, no determino de salir della en solo
mto: y de oy mas podéis (hermosas Nim-
> usar de la mía, según a las nuestras les
^iere. Mucho le agrades9Íeron todos aue-
on^edido de irse en su compafiia. Y por-
a eran más de tres horas de la noche aun-
i Inna era tan clara, qne no echanan me-
i\ dia penaron de lo que en sus turrones
istores trayan, y después de haber penado,
yno escogió el lugar de qne más se con-
, passar lo que de la noche les quedana.
lal los enamorados passaron con más la-
is que sueño, y los qne no eran reposaron
knBan9Ío del dia.
Fin del tergero libro.
LIBRO CUARTO
LA DIANA DB OEOROE DE UONTEMAYOR
. la estrella del alna comen^ana a dar su
imbrado resplandor, y con su luz los dul-
lysefiores embiauan a las nnues el suane
, quando las tres Nimphas con su enamo-
^ompañia, se partieron de la islcta, donde
% su triste nlia passaua. La qnal aunque
más consolada en connersa^ion de las
ras y pastores enamorados, todania le
liaba el mal de manera que no hallaua re-
>, para dezar de sentillo. Cada pastor le
con tana sn mal, las pastoras le dañan cuenta
de sus amores, por ner si seria parte para ablan*
dar su pena. Mbs todo consuelo es escusado,
quando los males son sin remedio. La dama
disimulada yna tan contenta de la hermosura y
buena gra9Ía de Belisa, qne no se hartaua de
pregnntalle cosas, aunque Belisa se hartaua de
responderle a ellas. Y era tanta la connersa-
9Íon de las dos, que casi ponia embidia a loa
pastores y pastoras. Mas no nuieron andado
mucho, quando llegaron a nn espesso bosqne
tan lleno de sylueFtres y espessos arboles, qne a
no ser de las tres Nimphas guiadas, no pudie-
ran dexar de perderse en él. Ellas ynan delan-
te por una muy angosta (') senda, por donde no
podian yr dos personas juntas. Y auiendo ydo
qnanto media legua por la espessura del bosqne,
salieron a nn muy grande, y espa9Íoso llano en
medio de dos caudalosos ríos, ambns 9ercado8de
muy alta y nerde arboleda. En medio del pares-
9Ía una gran casa de tan altos y sobemios edifí-
9¡os, qne ponian gran contentamiento a los que
los miranan, porque los chapiteles que por en9Í-
ma de los arboles sobrepuja uan, dañan de si tan
gran resplandor, qne pare9Ían hechosde nnfinis-
simo cristal. Antes que al gran pala9Ío llegas-
sen, uieron salir del mnchus Nimphas de tan
gran hermosura, qne sería impossible podello
dezir. Todas nenian (^) uestidas de telillas blan-
cas delicadas, texidas con plata y oro sotilissi-
mamente, sus guirnaldas de flores sobre los do-
rados cabellos qne sueltos trayan. Detras dellas
nenia una dnefia, que según la grauedad y arte
de sn persona, páresela muger de grandissimo
respecto, nestida de raso negro, arrimada a una
Nimpha muy más hermosa qne todas. Quando
nuestras Nhimpas llegaron, fueron de las otras
re9ebidas, con muchos abra90S, y con gran con-
tentamiento. Como la duefia llegasse, las tres
Nimphas le besaron con grandissima humildad
las manos, y ella las re9Íbio, mostrando muy
gran contento de sn nenida. Y antes qne las
Nimphas le díxessen cosa de las que anian pas-
sado, la sabia Felicia (qne asi se llamaua la
duefia) dixo contra Felisniena: hermosa pasto-
ra, lo que por estas tres Nimphas aneys hecho
no se puede pagar con menos que con tenerme
obligada siempre a ser en vuestro fauor: qne no
será poco, según menester lo aneys, y pues yo
sin estar informada de nadie, sé quien soys, y
adonde os llenan nuestros pensamientos, con-
todo lo qne hasta agora os ha suc9edido, ya en-
tendereys si os puedo aprouechar en algo. Pues
tened animo firme, qne si yo bino vos nereys lo
que desseays, y aunque ayays passado algunos
trabajos, no ay cosa qne sin ellos alcan9ar se
8
y.taiufvHa,
'^ M., venir.
2SÍ&
orígenes de lá novela
Í>ueda. La hermosa Felismena se maranilló de
as palabras de Felicia, j queriendo dalle las
gracias que a tan gran promesa se deaian, res-
pondió: Djscreta señora mía (pues en ñn lo
auejs de ser de mi remedio) quando de mi par-
te no haya mere<;im¡ento donde pueda caber la
mer9ed que pensays hazerme, poned los ojos
en lo que a vos misma deueys, y yo quedaré
sin deuda, y nos muy bien pagada. Para tan
grande merecimiento como el vuestro (dixo
Felicia), y tan extremada hermosura, como na-
turaleza os ha concedido, todo lo que por nos
se puede hazer es poco. La dama se abaxó en-
tonces por besalle las manos, y Felicia la abra<;(S
con grandissimo amor, y boluiendose a los pas-
tores y pastoras, les dixo: animosos pastores y
discretas pastoras, no tengays miedo a la per-
seuerencia de nuestros males, pues yo tengo
onenta con el remedio dellos. Las pastoras y
pastores le besaron las manos, y todos juntos
se fueron al snmptuoso palacio, delante del
qual estaua una gran placa cercada de altos
acipreses todos puestos muy por orden, y toda
la pla^a era enlosada con loi^s de alabastro y
marmol negro, a manera de axedrez. En medio
della auia una fuente de marmol jaspeado, so-
bre qnatro muy grandes leones de bronce. En
medio de la fuente estaua una columna de jas-
pe, sobre la qual quatro Nimphas de marmol
blanco tenian sus assientos. Los bracos tenian
aleados en alto, y en las manos sendos uasos
hechos a la romana. De los quales por vnas
bocas de leones que en oUos auia, echauan agua.
La portada del Palacio era de marmol serrado
con todas las basas, y chapiteles de las colum-
nas dorados. Y ansi mismo las vestiduras de
las imágenes que en ellos auia. Toda la casa pa-
rescia hecha de reluziente jaspe con muchas al-
menas, y en ellas esculpidas algunas figuras de
Emperadores, y matronas Romanas, y otras
antiguallas semejantes. Eran todas las ventanas
Cada vna de dos arcos, las c^^iraduras y clava-
zón de plata, todas las puertas de cedro. La
casa era quadrada, y a cada canto auia una
muy alta, y artificiosa torre. En llegando la
aportada, se pararon a mirar su estraña he-
chura, y las imágenes que en ella auia, que más
parescia obra de naturaleza que de arte, ni aun
industria humana, entre las quales auia dos
Nimphas de plata, que encima de los chapiteles
de las columnas estauan, y cada una de su par-
te tenian una tabla de alambre, con unas letras
de oro, que dezian desta manera:
Qvien entra, mire bien como ha biuido
: . y q1 don de castidad, si le ha guardado,
y la que quiere bien, o le ha querido,
mire si a causa de otro se ha mudado,
y 6i la fe primera no ha perdido.
y aquel primer amor ha consemado,
entrar puede en el templo de Diana,
cuya virtud y gracia es sobrehumana.
Qvando esto vuo oydo la hermosa Felismena
dixo contra las pastoras Beliza y Selvagia.
Bien seguras me paresce que podemos entrar
en este snmptuoso palacio de yr contra las le-
yes que aquel letrero nos pone. Sireno se atra-
uesso, diziendo: esso no pudiera hazer la hermo-
sa Diana según ha ydo contra ellas, y aan con-
tra todas las que el buen amor manda guardar.
Felicia dixo: no te congoxes, pastor, qne antes
de nmchos dias te espantarás de auerte congo-
xado tanto por essa causa. Y trauados de las
manos, se entraron en el aposento de la sabia Fe-
licia que muy ricamente estaua aderezado de pa-
ños de oro y seda de grandissimo ualor. Y luego
que fueron entradas, la cena se aparejó, las me-
sas fueron puestas, y cada uno por su orden se
sentaron junto a la gran sabia pastora. Felis-
mena y las Nimphas tomaron entre si a los
pastores y pastoras: cuya conuersacion les era
en extremo agradable. AUi las ricas mesas eran
de fino cedro, y los assientos de marfil, con pa-
ños de brocado; muchas tacas y copas hechas
de diuersas formas y todas de grandissimo pre-
cio,, las unas de uidrio artificiosamente labrado,
otras de fino cristal, con los pies y asas de oro:
otras de plata, y entre ellas engastadas piedras
preciosas de grandissimo ualor. Fueron seruidos
de tanta diuersidad y abundancia de manjares,
que es impossible podello dezir. Después de al-
eadas las mesas entraron tres Nhimphas por la
sala, una de las quales tañia un laúd, otra una
harpa, y la otra un salterio. Yenian todas tocan-
do sus instrumentos, con tan grande concierto y
molodia,que los presentes estauan como fuera de
si. Pusiéronse a una parte de la sala, y los pas-
tores y pastoras, importunados de las tres Nim-
phas, y rogados de la sabia Felicia, se pusieron
a la otra parte con sus rabeles y una campoña,
que Seluagia muy dulcemente tañia, y las Nim-
phas comenzaron a cantar esta canción, y los
pastores a respondelles de la manera que oy-
reys.
Nimphas.
Amor y fortuna,
autores de trabajo y sin razones,
más altas que la luna,
pornan las afficiones,
y en esse mismo extremo la passiones.
Pastores,
•
No es menos desdichado
aquel que jamas tuno mal de amores,
que el n)ás enamorado,
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
297
faltándole favores,
paes los que sufren más, son los mejores.
Nimphas.
Si el mal de amor no fuera,
contrario a la razón, como lo uemos,
quÍ4^ que os lo creyera;
mas uiendo sus extremos
dichosa las que del huyr podemos.
Pastorea.
Lo más dificultoso
cometen las personas animosas,
y lo que está dudoso,
las fuerzas generosas,
que no es honra acabar pequeñas cosas.
Nimphas,
Bien nee el enamorado,
que el crudo amor no está en cometimientos,
no en animo e8for9ado;
está en unos tormentos,
do los que penan más son más contentos.
Pastores.
Si algún contentamiento
del graue mal de amor se nos recres9e,
no es malo el pensamiento
que a su pas'sion se ofresce,
mas antes es mejor quien más padesce.
Nimphas.
El más felÍ9e estado,
en que pone el amor al que bien ama, ■
en fin trae vn cuydado,
que al seruidor, o dama
enciende allá en secreto uiua llama.
Y el más fauore^ido,
en un momento no es el que solia;
que el disfauor, y oluido,
el qual ya no temia
silen9Ío ponen luego en su alegria.
Pastores,
Caer de un buen estado,
es una graue pena y importuna,
mas no es amor culpado,
la culpa es de fortuna,
que no sabe exceptar persona alguna.
Si amor promote uida,
injusta es esta muerte en que nos mete:
si muerte conos^ida,
ningún yerro comete,
que en fin nos uieue a dar lo que promete.
Nimphas.
Al fiero amor disculpan
los que se hallan del más sojuzgados,
y a los esentos culpan,
mas destos dos estados
qualquiera escogerá al de los culpados.
Pastores,
El libre y el captiuo
hablar solo un lenguaje es escusado,
uereys que el muerto, el biuo,
amado, o desamado,
cada uno habla (en fin) según su estado.
La sabia Felicia, y la pastora Felismena,
estuuieron muy atentas a la música de las Nim-
phas y pastores, y ansi mismo a las opiniones
que cada uno mostraua tener, y riéndose FelÍ9Ía
contra Felismena, le dixo al oydo. ¿Quién cree-
rá, hermosa pastora, que las más des tas palabras
no os an tocado en el alma? Y ella con mucha
le respondió: han sido las palabras tales, que al
alma a quien no tocaren, no deue estar tan to-
cada de amor, como la mia. Felicia entonyes
(aleando un poco la boz) le dixo: En estos cas-
sos de amor tengo yo una regla, que siempre
la he hallado muy uerdaidera, y es, que el animo
generoso, el entendimiento delicado, en esto del '
querer bien lleua grandissima uentaja, al que
no lo es. Porque como el amor sea uirtud, y la
uirtud siempre haga assiento en el mejor lugar,
está claro, que las personas de suerte serán muy
mejor enamoradas, que aquellas a quien esta
falte. Los pastores y pastoras, se sintieron de
lo que FelÍ9Ía dixo, y a Syluano le pares^io no
dexalla sin respuesta y assi le dixo: ¿En qué
consiste, señora, ser el animo generosa y el en-
tendimiento delicado? FelÍ9Ía (que entendió a
donde tirana la pregunta del pastor) por no
descontentarle respondió: no está en otra cosa
sino en la propria uirtud del hombre, como es
en tener el juyzio vino, el pensamiento incli-
nado a cosas altas, y otras uirtudes que nas9<;n
(íon ellos mismos. Satisfecho estoy (dixo Syl-
uano) y también lo deuen estar estos pastores,
porque imaginauamos que tomauas (o discre-
ta Felicia) el ualor y uirtud de más atrás de la
persona misma, digolo porque asaz dcsfauores-
cido de los bienes de naturaleza está el que los
ya a buscar 'en sus passados. Todas las pastoras
y pastores mostraron gran contentamiento dé
lo que Syluano auia respondido: y las Nym-
phas se rieron mucho, de cómo los pastores se
yuan corriendo de la proposÍ9Íon de la sabia
FelÍ9Ía, la qual tomando a Felismena por la
mano, la metió en y na cámara sola, adonde era
su aposento. Y después de hauer passado con
298
ORÍGENES DE LA NOVELA
ella muchas cosas, le dio grandissima esperanza
de conseguir su desseo, y el virtuoso fin de sus
amores, con alcan9ar por marido a don Felis.
Aunque también le dizo, que esto no podia ser
sin primero passar por algunos tra ajos, los
quales la dama tenia muj en poco, viendo el
galardón que dellos esperaua. FelÍ9Ía le dixo
que los vestidos de pastora se quitasse por en-
ton9es, hastaquefuesse tiempo deboluer a ellos;
y llamando a las tres Nimphas que en su coui-
pañia auian venido, hizo que la vistiessen en su
trage natural. No fueron las Nimphas perezo-
sas en hazello, ni Felismena desobediente a lo
que FelÍ9Ía le mandó. Y tomándose de las ma-
nos, se entraron en vna recamara, a vna parte
de la qual estaua vna puerta, y abriendo la her-
mosa Dorida, baxaron por vna escalera de ala-
bastro, a vna hermosa sala, que en medio della
auia vn estanque de vna clarissima agua, adon-
de todas aquellas Nimphas se bañauan. Y des-
nudándose assi ellas como Felismena se baña-
ron; y peinaron después sus hermosos cabellos,
y se subieron a la recamara de la sabia FeIÍ9Ía,
adonde después de auerse vestido las Nimphas,
vistieron ellas mismas a Felismena, vna ropa,
y basquina de fina grana: recamada de oro de
cañutillo y aljófar, y vna cuera, y mangas de
tela de plata eiuprensada: en la basquina y
ropa, auia s'^mbrados a trechos vnos plumages
de oro, en las puntas de los quales auia muy
gruessas perlas. Y tomándole los cabellos con
vna 9Ínta encarnada, se los reboluiíron a la ca-
bera, poniéndole un escofion de redezilla de oro
muy subtil y en cada lazo de la red assentado
con gran artifí9Ío vn fínissimo rubí, en do^ gue-
dellas de cabellos, que los lados de la cristalina
frente adornauan, le fueron puestos dos joye-
les, engastados en ellos muy hermosas esmeral-
das y zafires de grandissimo pre9Ío. Y de cada
vno colguuan tres perlas orientales, hechas a
manera de vcllotas. Las arracadas eran dos na-
aezillas de esmeraldas, con todas las xar9Ías de
cristal. Al cuello le pusieron un collar de oro
fino, hecho a manera de culebra enroscada, que
de la boca tenia colgada una águila, que entre
las vñas tenia un rubi grande de infinito pre9Ío.
Quando las tres Nimphas de aquella suerte la
uieron, quedaron admiradas de su hermosura,
luego salieron con ella a la sala, donde las otras
Nimphas y pastores estañan, y como hasta en-
ton9es fuesse tenida por pastora, quedaron tan
admirados, que no sat)ian qué dezir. La sabia
FelÍ9Ía mandú luepro a sus Nimphas, que llena-
sen a la hermosa Felismena y a su compañia,
a uer la casa y templo adonde estañan, lo qual
fue luego puesto por obra, y la sabia FelÍ9Ía se
quedó en su aposento. Pues tomando Polidora
y Cinthia, en medio a Felismena, y las otras
Nimphas a los pastores y pastoras, que por su
discre9¡on eran dellas muy estimados se salie-
ron en un gran patio: cuyos arcos y columnas
eran de marmol jaspeado, y las basas y chapi-
teles de alabastro, con muchos follages a la ro-
mana dorados en algunas partes, todas las pa-
redes eran labradas de obra mosayca: las co-
lumnas estaban assentadas sobre Leones, Or9as,
Tigres de arambre, y tan al bino, que páresela,
que querían arremeter a los que alli entrauan:
£n medio del patio auia un padrón ochauado
de bronzo, tan alto como diez codos, en9¡ma
del qual estaua aimado de todas armas a la
manera antigua, el fiero Marte, a quien los
gentiles Uamauan el dios de las batallas. En
este padrón con gran artifi9Ío estañan figurados
los superbos esquadrones romanos a una parte
y a otra los Cartagineses, delante el vno esta-
ua el brauo Hanibal, y del otro el valeroso
S9¡pion Africano, que primero que la edad y
los años le acompañassen, naturaleza mostró eo
él gran exemplo de uirtud, y esfuer90. A la otra
parte, estaua el gran Marco Furio Gamillo
conbatiendo en el alto Capitolio por poner en
libertad a la patria, de donde él hauia sido des-
t rrado. Alli estaua Hora9Ío, Mu9¡o Sceuola,
el venturoso Cónsul Marco Varron, César,
Pompeyo, con el magno Alexandro, y todos
aquellos que por las armas acabaron grandes
hechos, con letreros en que se declaraoan sas
nombres, y las cosas en que cada vno más se
auia señalado. Un poco más arriba destos es-
taña vn cauallero armado de todas armas, con
vna espada desnuda en la mano, machas cabe-
9as de moros debaxo de sus pies, con vn letre-
ro que dezia:
Soy el Cid honra de Esp>afia,
si alguno pudo ser más,
en mis obras lo veras.
Al otra parte, estaua otro cauallero Espa-
ñol, armado de la misma manera, al9ada la so-
bre vista y con este letrero:
El conde fuy primero de Castilla,
Fernán González, alto y señalado,
soy honra y prez de la española silla
Sues con mis hechos tanto la he en6al9ado.
[i gran virtud sabrá muy bien dezilla
la fama que la vio, pues ha juzgado
mis altos hechos, dignos de memoría,
como os dirá la Castellana historia.
Junto á este estaua otro cauallero de gran
d¡sposÍ9Íon y esfuer9os, según en su aspecto lo
mostraua, armado en blanco, y por las armas
sembrados muchos Leones y Castillos, en el
rostro mostraua una 9Íerta braueza, que casi
ponia pauor en los que lo mirauan, y el letrero
dezla ansi:
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
299
Bernardo del Carpió soj,
espanto de los paganos,
honra 7 prez de los chrístianos,
pues qae de mi esfuer90 doy
tal ezemplo con mis manos:
fama, no es bien qae las calles
mis hazañas singulares,
7 si acaso las callares,
pregunten a Ron9esüalles,
qué fue de los doze pares.
A la otra parte estará vn valeroso capitán,
annado de vnas armas doradas, con sejs ran-
das sangrientas por en medio del escudo, y por
otra parte muchas randeras, 7 m rey preso con
ma cadena, cuyo letrero dezia desta manera:
Mis grandes hechos reran
los que no los han sabido
en que solo he merespido
nombre de gran capitán,
7 tuue tan gran renombre
en nuestras tierras 7 eztrafias,
que se tienen mis hazañas
por ma7ore8 que mi nombre.
lunto a este raleroso capitán, estaña m ca-
aallero armado en blanco, 7 por las armas sem-
bradas muchas estrellas, 7 de la otra parte rn
Re7 con tres flordelises en su escudo, delante
del qual él rasgaua ciertos papeles 7 rn letrero
que dezia:
S07 Fonseca cn7a historia
en Europa es tan sabida,
que aunque se acabó la uida,
no se acaba la memoria.
Fu7 seruidor de m7 Re7,
a mi patria tuue amor,
jamas dexé por temor
de guardar aquella le7,
que el sieruo deue al señor.
En otro quadro del padrón, estaña m caua-
llero armado, 7 por las armas sembrados mucho
escudos pequeños de oro, el qual en el ualor de
su persona daua bien a entender el alta sangre
de a do promedia: los ojos puestos en otros
muchos caualleros de su antiguo linaje, el le-
trero que a sus pies tenia dezia desta manera:
Don Lu7s de Yilanoua S07 llamado
del gran marques de Trans he procedido,
mi antigüedad, ralor muy señalado,
en Fran9ia, Italia, España es conospido,
Bicorbe antigua casa es el estado,
que la fortuna aora ha con9edido
a un corazón tan alto, y sin segundo,
que poco es para él mandar el mundo.
Después de auer particularmente mirado el
padrón, estos y otros muchos caualleros, que
en él estañan esculpidos, entraron en rna rica
sala, lo alto de la qual era todo de marfil, ipa-
rauillosamente labrado: las paredes de alabas-
tro, y en ellas esculpidas muchas historias an-
tiguas, tan al natural, que verdaderamente pa-
res^ia que Lucre9Ía acabaña alli de darse la
muerte, y que la cautelosa Medea deshazia su
tela en la isla de Ithaca, y que la ilustre Ro-
mana se entregaua a la parca, por no ofender
su honestidad, con la rista del horrible mons-
truo, y que la muger de Mauseolo estaña con
grandissima agonia, entendiendo en que el se-
pulchro de su marido fuesse contado por rna
de las siete marauillas del mundo. Y otras mu-
chas historias y ezemplos de mugeres cast'ssi-
mas, y dignas de ser su fama por todo el mun-
do esparzida, porque no tan solamente a algu-
na dellas pares9Ía aner con su uida dado muy
claro ezemplo de castidad, mas otras que con
la muerte dieron muy grande testimonio de su
limpieza: entre las quales estáñala grande es-
pañola Coronel, que quiso mas entregarse al
fuego, que dezarse ren9er de un deshonesto
apetito. Después de auer risto cada rna las fi-
guras, y uarias historias, que por las paredes
de la sala estañan, entraron en otra quadra más
adentro, que según su riqueza les parc69Ío que
todo lo que auian risto era ayre en su compa-
ra9Íon: porque todas las paredes eran cubiertas
de oro fino, y el panimiento de piedras pre9¡o-
sas, entorno de la rica quadra estañan muchas
figuras de damas españolas, y de otras na9Ío-
nes, y en lo muy alto la diosa Diana, de la
misma estatura que ella era, hecha, de metal
Corinthio, con ropas de ca9adora, engastadas
por ellas muchas piedras y perlas de grandissi-
mo ralor, con su arco en la mano, e su aljaua
al cuello, rodeada de Nimphas más hermosas
que el sol. En tan grande admira9Íon puso a
los pastores y pastoras, las cosas que alli reyan,
que no sabian qué dezir: porque la riqueza de
la casa era tan grande, las figuras que alli es-
tañan tan naturales, el art!fí9Ío de la quadra, y
la orden que las damas que alli auia retratadas
tenian, que no les pares9Ía poderse imaginar
en el mundo cosa más perfecta. A una parte de
la quadra estañan quatro laureles de oro esmal-
tados de uerde, tan naturales que los del cam-
po no lo eran mas: y junto a ellos una pequeña
fuente toda de fina plata: en medio de la qual
estaña una Nimpha de oro, que por los hermo-
sos pechos, rna agua muy clara echaua, y junto
a la fuente sentado el 9elebrado Orpheo, encan-
tado de la edad que era al tiempo que su Euri^
di9e fué del importuno Aristeo requerida: tenia
restida rna cuera de tela de plata guarne69Ída
de perlas, las mangas le Uegauan a medio bra-
800
ORÍGENES DE LA NOVELA
90 solamente, 7 de allí adelante desnudos; te-
nia vnas calcas hechas a la antigaa, cortadas
en la rodilla de tela de plata, sembrarlas en
ellas y ñas ^itharas de oro, los cal>ellos eran lar-
gos j muy dorados sobre los quales tenia una
muy hermosa guirnalda de laurel. En llegando
a él las hermosas Nimphas, comenzó a tañer en
una harpa que eu las manos tenia, muy dulce-
mente, de manera que los que lo oyan, estañan
tan ágenos de sí, que a nadie se le acordaua de
cosa que por el uuiessc passado. Felismena se
sentó en un estrado, que eu la hermosa quadra
estaña todo cubierto de paños de brocado, y las
Nimphas y pastoras entorno della, los pastares
se arrimaron a la clara fuente. De la misma
manera estauan todos oyendo al celebrado Or-
pheo, que al tiempo que en la tierra de los Ci-
conios cautaua, quando Cipariso fue eonuortido
en Ciprés y Atis en Pino. Luego comenco el
enamorado Orpheo al son de su harpa a cantar
dulcemente, que no hay sabello dezir. Y bol-
uiendo el rostro a la hermosa Felismena, dio
principio a los uersos siguientes:
CANTO DE ORPHEO
Escucha, o Felismena, el diilc^ canto
de Orpheo, cuyo amor tan alto ha sido:
suspende tu dolor, Seluagia, en tanto
que canta tu amador de amor vencido;
oluida ya, Belisa, el triste llanto,
oyd a un triste (o Nimphas) que ha perdido
sus ojos por mirar, y vos pastores
dexad un poco estar el mal de amores.
No quiero yo cantar, ni Dios lo quiera,
aquel processo largo de mis males,
ni quando yo cantaua de manera,
que a mi traya las plantas y animales:
ni quando a Pluton ni, que no deuiera,
y suspendi las penas infernales,
ni como bolui el rostro á mi señora,
cuyo tormento aun bine hasta agora.
Mas cantaré con boz suaue y pura,
la grande perfecion, la gracia estraña,
el ser, valor, beldad sobre natura,
de las que oy dan valor illustre a España:
mirad pues, Nimphas, ya la hermosura
de nuestra gran Diana y su compaña;
que alli está el fin, alli vereys la suma
de lo que contar puede lengua y pluma.
Los ojos louantad, mirando aquella
que en la suprema silla está sentada,
el sceptro, y la corona junto a ella,
y de otra parte la fortuna ayrada:
esta es la luz de España, y clara estrella,
con cuya absencia está tan eclipsada:
su nombre (o Nimphas) es doña Maria
gran Reyna, de Bohemia, de Austria Vngria.
La otra jauta a ella es doña loana,
de Portugal Princesa, y de Castilla
infanta, a quien quitó fortuna insana,
el secptro, la corona, y alta silla,
y a quien la muerte fue tan inhumana,
que aun ella assi se espanta y marauilla,
de ver quan presto ensagrento sus manos
en quien fue espejo y luz de Lusitanos.
Mirad, Nimphas, la gran doña Maria,
de Portugal infanta soberana,
cuya hermosura y gracia sube oy dia
a do llegar no puede vista humana:
mirad que aunque fortuna alli porfía
la vence el gran valor que della mana,
y no son parte el hado, tiempo, y muerte,
para vencer su grand bondad y suerte.
Aquellas dos que tiene alli á su lado,
y el resplandor del sol han suspendido,
las mangas de oro, sayas de brocado,
de perlas y esmeraldas guamescido:
cabellos de oro fino, crespo ondado,
sobre los hombros suelto y esparzido,
son hijas del infante Lusitano,
Duarte valeroso y gran Chrístiano.
Aquellas dos Duquesas señaladas
por luz de hermosura en nuestra España,
que alli veys tan al bino debuxadas
con vna perfecion, y gracia estraña,
de Najara y de Sessa son llamadas,
de quien la gran Diana se acompaña,
por su bondad, valor y hermosura,
saber, y discreción sobre natura.
¿Ueys vn valor, no vista en otra alguna,
ueys vna perfecion jamas oyda,
ueys una discreción, qual fue ninguna,
de hermosura y gracia guamescida?
¿ueys la que está domando a la fortuna
y a su pesar la tiene alli rendida?
la g^an doña Leonor Manuel se llama,
de Lusitania luz que al orbe inflama.
Doña Luisa Carrillo, que en España
la sangre de Mendoca ha esclarecido:
de cuya hermosura y gracia extraña,
el mismo amor, de amor está uencido,
es la que a nuestra Dea ansi acompaña
que de la uista nunca la ha perdido:
de honestas y hermosas claro exemplo,
espejo y clara luz de nuestro templo.
¿Ueys una perfecion tan acabada
de quien la misma fama está embidiosa?
¿ueys una hermosura más fundada
en gracia y discreción que en otra cosa,
que con razón obliga a ser amada
porque es lo menos de ella el ser hermosa?
es doña Eufrasia de Guzman su nombre,
digna de inmortal fama y gran renombre.
Aquella hermosura peregrina
no uista en otra alguna sino en ella,
que a qualquier seso apremia y desatina,
y no hay poder de amor que apremie el delln,
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
301
de carmesí ueetida j muy más fina
de su rostro el color que no el de aquella,
doña María de Aragón se llama,
en quien se ocupará de oj más la* fama.
¿Sabeys quién es aquella que señala
Diana, y nos la muestra con la mano,
que en gracia y discreción a ella yguala,
y sobrepuja a todo ingenio humano,
y aun ygualarla en arte, en ser y en gala,
seria (según es) trabajo en uano?
doña Ysabel Manrique y de Padilla,
que al fiero Marte ucnzc y marauilla.
Doña María Manuel y doña loana
Osorío, son las dos que estay s mirando
cuya hermosura y gracia sobre humana,
al mismo Amor de amor está matando:
y esta nuestra gran Dea muy vfana,
de ueer a tales dos de nuestro uando,
loallas, según son es escusado:
la fama y la razón teman cuydado.
Aquellas dos hermanas tan nombradas
cada una es una sola y sin segundo,
su hermosura y gracias extremadas,
son oy en dia un sol que alumbra el mundo,
al biuo me parescen trasladadas,
de la que a buscar fuy hasta el profundo :
doña Beatriz Sarmiento y Castro es una
con la hermosa hermana qual ninguna.
El claro sol que ueys resplandeciendo
y acá, y allá sus rayos va mostrando,
la que del mal de amor se está ríendo,
del arco, aljaua y flechas no curando,
cuyo diuino rostro está diziendo,
muy más que yo sabré dczir loando,
doña loana es de Q^aratc, en quien vemos
de hermosura y gracia los extremos.
Doña Anna Osorío y Castro está cal>e ella
de gran valor y gracia acompañada,
ni dexa entre las bellas de ser bella,
ni en toda perFecion muy señalada,
mas su infelize hado ys6 con ella
de una crueldad no vista ni pensada,
porque al ualor, linaje y hermosura
no fuesse ygual la suerte, y la uentura.
Aquella hermosura guarnecida
de honestidad, y gracia sobre humana,
que con razón y causa fue escogida
por honra y prez del templo de Diana,
contino uencedora, y no uen^ida
8U nombre (o Nimphas) es doña luliana,
de aquel gran Duque nieta y Condestable,
de quien yo callaré, la fama hable (*).
(*) En la edición de Milán se intercalan aquí las
caatro octavas signientes:
A Plania Lampuñana más hermosa
qne V hermosara misma, y más pcrfeta,
mirad, pastores, y yereis la cosa
qne más animes rinde y los sabjeta.
Mirad por nna parte qnán gmviosa,
Mirad de la otra plirte la hermosura
de las illustres damas de Valencia,
a quien mi pluma ya de oy mas procura
perpetuar su fama y su excelencia:
aqui, fuente Helicona, el agua pura
otorga, y tú, Minerua, enpresta scitMicia,
para saber dezir quién son aquellas
que no hay cosa que ver después de vellas.
Las cuatro estrellas víkI resplandescientes
de quien la fama tal ualor pregona
de tres insignes reynos descendientes,
y de la antigua casa de Cardona,
de la vna parte Duques excelentes,
de otra el trono, el sceptro, y In corona,
del de Segorbe hijas, cuya fama
del Borea al Austro, al Euro se derrama.
La luz del orbe con la flor de España,
el fin de la beldad y hermosura,
el ooracon real que le acompaña,
el ser, valor, bondad sobre natura,
aquel mirar que en verlo desengaña,
de no poder llegar alli criatura:
doña Anna de Aragón se nombra y llama,
a do por el amor, cansó la fama.
Doña Boatrix su hermana junto della
vereys, si tanta luz podeys miralla:
quien no podré alabar, es sola ella,
pues no ay podello hazer, sin agrauialla:
a aquel pintor que tanto hizo en ella,
le queda el cargo de poder loalla,
que a do no llega entendimiento humano
llegar mi flaco ingenio, es muy en vano.
Doña Fran9¡sca d* Aragón quisiera
mostraros, pero siempre está escondida:
su vista soberana es de manera,
que a nadie que la vee dexa con vida:
por esso no parescc. ¡Oh quién pudiera
por otra ved qnán grave y qnán discreta:
y yereis de las partes hecho nn todo,
qne a todas las del mnndo exrede el modo.
Aquella clara Inz qne rre8piande9e
de modo qne el sol hnye y se le esconde,
doña Artemisa es sola, qn^engrande^-e
Ift insigne y alta cosa de Vizconde.
I^a flor de Italia es ella j qnicn merece
estar adonde está: qne bien rrefipondc
linaje a hermosnra y gentileza
y a (|uanto pndo dar naturaleza
Mirad Barbara Kstanga, a quien R'inclinu
no solo Amor, sino Minerva y Marte,
donde hay tanta l)eldad qne sHmagina
qne roIo paró alli natura y arte:
su discreción, su platica divina
para escrenilla soi mny poca narte:
ni bastan las yien lenguas de la fama
para saber loar tan alta dama.
¿Quién es aquella fcnis do ha mostrado
su fuerza y su |x>der naturaleza?
¿Quien es la qne hoy al mnndo ha despojado
de ^n valor, virtud, bondad, grandeza/
;Qnién es esta, dezid, do se han sumido
la hermosnra, g^ayia y gentileza?
Doña Luisa de Lugo y de Mendoza
a quien la poca edad no haze moza«
802
ORÍGENES DE LA KOVELA
mostraros esta Inz, qne al mando olaida,
porque el pintor que tanto hizo en ella,
los passos le atajó de meres9ella.
A doña Madaiena estay s mirando
hermana de las tres que os he mostrado,
miralda bien, uerejs que está robando
a quien la mira, y bine descuydado:
su grande hermosura amenazando
está, y el fiero amor el arco armado,
porque no pueda nadie, ni aun miralla,
que no le rinda o mate sin batalla.
Aquellos dos luzeros que a porfía
acá, y allá sus rayos uan mostrando,
y a la expelente casa de Gandia,
por tan insigne y alta señalando,
su hermosura y suerte sube oy dia
muy más que nadie sube imaginando:
¿quién uee tal Margareta y Madaiena,
que tema del amor la horrible pena?
Quereys, hermosas Nimphas, uer la cosa,
que el seso más admira y desatina?
mira una Nimpha más que el sol hermosa,
pues quién es ella, o él jamas se atina:
el nombre desta fénix tan Tamosa,
es en Valen9Ía doña Gathalina
Milán, y en todo el mundo es oy llamada
la más discreta, hermosa y señalada.
Al^ad los ojos, y veréis de frente
del caudaloso rio y su ribera,
peynando sus cabellos, la excelente
doña Maria Pexon y ^^noguera
cuya hermosura y gracia es euidente,
y en discreción la prima y la primera:
mirad los ojos, rostro crístallino,
y aqui puede hazer fin uuestro camino. *
Las dos mirad que están sobrepujando,
a toda discreción y entendimiento,
y entre las más hermosas señalando
se uan, por solo vn par, sin par ni cuento,
los ojos que las miran sojuzgando:
pues nadie las miró que biua essento:
jued qué dirá quien alabar promete
las dos Beatrizes, Vique y Fenolletel
Al tiempo que se puso allí Diana,
con su diuino rostro y excelente
salió un luzero, luego una mañana
de Mayo muy serena y refulgente:
sus ojos matan y su uista sana,
despunta alli el amor su flecha ardiente,
su hermosura hable, y testifique
ser sola y sin ygual doña Anna Vique.
Bolued, Nimphas, uereys doña Teodora
Carroz, que del valor y hermosura
la haze ei tiempo reyna y gran señora
de toda discreción y gracia pura:
qualquiera cosa suya os enamora,
ninguna cosa uuestra os assegura,
para tomar tan grande atreuimiento,
como es poner en ella el pensamiento.
Doña Angela de Borja contempUmdo
uereys qne está (paatores) en Diana,
j en ella la gran dea está mirando
la gracia y hermosura soberana:
Cupido alli a sus pies está llorando,
y la hermosa Nimpha muy afana,
en uer delante della estar rendido
aquel tyrano fuerte y tan temido.
De aquella illustre cepa ^^nogaera,
sallo una fior tan extremada y pura,
que siendo de su edad la primauera,
ninguna se le yguala en hermosura:
de su excelente madre es heredera,
en todo quanto pudo dar natara,
y assi doña Hieronyma ha llegado
en gracia y discreción al sumo grado.
¿Quereys quedar (o Nimphas) admiradas,
y uer lo que a ningana dio uentnra:
quereys ai puro extremo uer llegadoi
nalor, saber, bondad y hermosura?
mirad doña Verónica Marradas,
pues solo uerla os dize y assegura
' que todo sobra, y nada falta en ella,
sino es quien pueda (o piense) merescella.
Doña Luysa Penarroja uemos
en hermosura y gracia más que humana,
en toda cosa llega los estremos,
y a toda hermosura uence j gana:
no quiere el crudo amor que la miremos
y quien la uió, si no la uee, no sana:
aunque después de uista el crudo fuego
en su vigor y fuerca buelne luego.
Ya ueo, Nimphas, que mirays aquella
en quien estoy continuo contemplando,
los ojos se os yran por fuerca a ella,
que aun los del mismo amor está robando:
mirad la hermosura que ay en ella,
mas ued que no cegueys quicá mirando
a doña loana de Cardona, estrella
que el mismo amor está rendido a ella.
Aquella hermosura no pensada
qne ueys, si uerla cabe en nuestro naso:
aquella cuya suerte fue estremada
pues no teme fortuna, tiempo o caso,
aquella discreción tan leuantada,
aquella que es mi musa y mi parnaso:
loanna Anna, es Catalana, fin y cabo
de lo que en todas por estremo alabo.
Cabe ella está un estremo no uicioso,
mas en uirtud muy alto y estremado,
disposición gentil, rostro hermoso,
cabellos de oro, y cuello delicado,
mirar que alegra, mouimicnto ayroso,
juyzio claro y nombre señalado,
doña Angela Fernando, aquien natara
conforme al nombre dio la hermosura.
Vereys cabe ella doña Mariana,
que de ygualalle nadie está segura;
miralda junto a la excelente hermana,
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
803
üereys en poca edad gran hermosara,
aercys con ella nuestra edad ufana,
aereys en pocos años gran cordura,
aerejs que son las dos el cabo j snmma
de quanto dezir puede lengua y pluma.
Las dos hermanas Borjas escogidas,
Hippolita, Ysabel, que estays mirando,
de gracia y perfe9Íon tan guarnes9Ídas,
que al sol su resplandor esté pegando,
miraldas y uereys de quantas uidas
BU hermosura siempre na triumphando:
mira los ojos, rostro, y los cabellos,
que el oro queda atrás y passan ellos.
Mirad doña Maria Qanogucra,
la qual de Catarroja es oy señora,
cuya hermosura y gracia es de manera,
que a toda cosa uen^e y la enamora:
su fama resplandece por do quiera
y su uirtud la ensalpa cada hora,
pues no ay qué dessear después de uella,
¿quién la podrá loar sin offendella?
Doña Ysabel de Borja está defrente
y al fin y perfepion de toda cosa,
mira la gracia, el ser, y la expelente
color más biua que purpurea rosa,
mirad que es de uirtud y grapia fuente,
y nuestro siglo illustre en toda cosa:
al cabo está de todas su figura,
por cabo y fin de grapia y hermosura.
La que esparzidos tiene sus cabellos
con hilo de oro fino atrás tomados,
y aquel diuino rostro, que él y ellos
a tantos corapones trae domados,
el cuello de marfil, los ojos bellos,
honestos, baxos, uerdes, y rasgados,
doña loana Milán por nombre tiene,
en quien la uista para y se mantiene.
Aquella que alli ueys, en quien natura
mostró su spienpia ser marauillosa,
pues no ay pasar de alli en hermosura,
no ay más que dessear a una hermosa:
cuyo ualor, saber, y gran cordura
leuantarán su fama en toda cosa,
doña Menpia se nombra Fenollete,
a quien se rinde amor y se somete.
La canyion del celebrado Orpheo, fue tan
agradable a los oydos de Felismena, y de todos
los que la oyan, que assi los tenia suspensos,
como si por ninguno de ellos uniera passado
más de lo que presente tenian. Pues auiendo
muy particularmente mirado el rico aposento,
con todas las- cosas que en él auia que uer, sa-
lieron las Nymphas por una puerta de la gran
sala, y por otra de la sala a un hermoso jardin,
cuya uista no menos admiración les causó que
lo que hasta alli auian uisto, entre cuyos arbo-
les y hermosas flores auia muchos sepulcbros
de nimphas y damas, las quales auian con gran
limpieza conseruado la castidad deuida a la
castissima diosa. Estauan todos los sepulehros
coronados de enredosa yedra, otros de olorosos
arrayhanes, otros de uerde laurel. De más desto
auia en el hermoso jardin muchas fuentes de
alabastro, otras de marmol jaspeado, y de me-
tal, debaxo de parrales, que por encima de arti-
ficiosos arcos estendian todas sus ramas, los
myrthos hazian cuatro paredes almenadas, y
por encima de las almenas, parescian muchas
flores de jazmin, madresclna, y otras muy apa-
zibles a la uista. En medio del jardin estaua
una piedra negra, sobre quatro pilares de me-
tal, y en medio de ella un sepulchro de jaspe,
que quatro Nimphas de alaba^ro en las manos
sostenían, entorno del estauan muchos blando-
nes, y candeleros de fina plata, muy bien labra-
dos, y en ellos hachas blancas ardiendo. En
torno de la capilla auia algunos bultos de caua-
lleros, otros de marmol jaspeado, y de otras
diferentes materias. Mostrauan estas figuras
tan gran tristeza en el rostro, que la pusieron
en el coracon de la hermosa Felismena, y de
todos los que el sepulchro veyan. Pues miran-
dolo muy particularmente, vieron que a los pies
del, ^n una tabla de metal que una muerte te-
nia en las manos, estaua este letrero:
Aqui reposa doña Catalina
de Aragón y S.-irmiento cuya fama,
al alto cielo llega, y se auezina,
y desde el Borea al Austro se derrama:
mátela, siendo muerte, tan ayna,
por muchos que ella ha muerto, siendo dama,
acá está el cuerpo, el alma allá en el cielo,
que no la merescio gozar el suelo.
Después de leydo el Epigramma, Yieron
cómo en lo alto del sepulchro estaua ma
águila de marmol negro, con vna tabla de oro
en las vñas, y en ella estos uersos.
Qual quedaria (o muerte) el alto cielo
sin el dorado Afollo y su Diana
sin hombre, ni animal el baxo suelo,
sin norte el marinero en mar insana,
sin flor, ni y^rua el campo y sin consuelo,
sin el roció d'aljoFar la mañana,
assi quedó el ualor, la hermosura,
sin la que yaze en esta sepultura.
Quando estos dos letreros vuieron leydo, y
Belisa entendido por ellos quién era la hermosa
Nimpha que alli estaña sepultada,^ lo mucho
que nuestra España auia perdido en perdella,
acordándosele de la temprana muerte del su
Arsileo, no pudo dexar de dezir con muchas
lagrimas: Ay muerte, quán fuera estoy de pen-
sar, que me as de consolar con males ágenos!
304
ORÍGENES DE LA NOVELA
Duéleme en estremo lo poco que se gozó tan
gran ualor y hermosura como esta Nimpha
me dizien que tenía, porque ni estaua presa de
amor, ni nadie meres^io que ella lo estuuiesse.
Que si otra cossa entendiera, por tan dichosa
la tuuiera yo en morirse, como a mí por desdi-
chada en uer, o cnida muerte, quan poco caso
hazos de mi: pues licuándome todo mi bien,
me dexas, no para más, que para sentir esta
falta. O mi Arsileo, o dis^re^ion jamás oyda, o
ol más claro ingenio que naturaleza pudo dar.
¿(jué ojos pudieron uerte, qué animo pudo suf-
frir tu desastrado fin? O Arsenio, Arsenio, Ar-
senio (juan poco pudiste suffrir la muerte del
desastrado hijo, teniendo más ocasión de suf-
frirla que yo? ¿Porqué (cruel Arsenio) noque-
siste que yo parti^ipasse de dos muertes, que
por estoruar la que monos me dolia, diera yo
9Íen mil vidas, si tantas tuuiera? A Dios, l)ien-
auenturada Nimpha, lustre y honrra de la real
casa de Aragón, Dios dé gloria a tu anima, y
saque la mia de entre tantas desuenturas. Des
pues Belisa vuo dicho estas palabras, y después
de auor uisto otras muchas sepulturas, muy ri-
quissimamente labradas, salieron por una puer-
ta falsa que en el jardín estaua, al verde prado:
adonde hallaron a la sabia Felicia, que sola se
andana recreando: la qual los re9Íbio con muy
buen semblante. Y en quanto se hazia hora de
9enar, se fueron a vna gran alameda, que yerca
de allí estaua, lugar donde las Nimphas del
Rumptuoso templo, algunos dias salían a re-
crearse. Y sentados en un pradezillo, jorcado
de uerdes salzes, comentaron a hablar vnos con
otros: cada yno en la cosa que más contento le
daua. La sabía Felicia llamó junto a si al pas-
tor Sireno, y a F(»lismena. La Nimpha Dorida,
se puso con Syluano hazia vna parte del verde
prado, y las dos pastoras, Seluagia, y Bolisa,
con las más (*) hermosas Nimphas, Cinthia y
Polydora, se apartaron ha9¡a otra parte: de ma-
nera que aunque no estañan vnos muy lexos de
los otros, podían muy bien hablar, sin que es-
toruasse vno lo que el otro dezia.lPues que-
riendo Sireno, que la platica, y conuersa(;ion se
conformasse con (il tiempo y lugar, y también
con la persona a quien hablaua, comento a ha-
blar desta manera: No me paresye fuera de
proposito, señora Felicia, preguntar yo una
cosa que jamás pude llegar al cabo del conos-
Vimiento della: y es esta: Affirman todos los
que algo entienden, que el uerdadero amor
nasye de la razón: y si esto es ansí, quál es la
causa porque no hay cosa mas desenfrenada en
el mundo, ni que menos se dexe gouernar por
ella?. FelÍ9Ía le respondió: Assí como essa pre-
gunta es más que de pastor: assí era ne9^'ssa-
(') Fnlta lú »iú* en la edioión de Milán.
rio que fuesse más que muger la que a ella
respondiesse, mas con lo poco que yo alcanzo,
no me pares9e que porque el amor tenga por
madre a la razón, se ha de pensar que él se li-
mite, ni gouierne por ella. Antes has de presu-
poner, que después que la razón del conos9Í-
miento lo ha engendrado las menos uezes quiere
que lo (1) gouierne. Y es de tal manera desen-
frenado, que las más de las ueces uiene en daño
y perjuyzío del amante, pues por la mayor
parte, los que bien aman, se uienen a desamar
a si mismos, que es contra razón, y derecho de
naturaleza. Y esta es la causa, porque le pin-
tan 9Í(^go, y falto de toda razón. Y como su
madre Venus tiene los ojos hermosos, ansí él
dessea siempre lo más hermoso. Pintanlo des-
nudo, porque el buen amor, ni puede dissiuin-
larse con la razón, ni encubrirse con la pruden-
9Ía. Pintanlc con alas, porque ueloyissimamente
entra en el anima del amante: y quanto más
perfecto es, con tanto mayor uelo9Ídád y eu-
agenamiento de si mismo, va a buscar la per-
sona amada: por lo qual dezia Eurípides, que
el amante híuia en el cuerpo del amado. Pin-
tanlo ansí mismo fiechando su arco, porque tira
derei'ho al cora9on, como a proprio blanco, y
también porque la llaga de amor, es como la
(jue haze la saeta, o Hecha en la entrada, y
profunda en lo intrínseco del que ama. Es esta
llaga diffícil de uer, mala de curar, y muy tar-
día en el sanar. De manera, Sireno, que no
done admirarte, aunque el perfecto amor sea
hijo de razón, que no se gouierne por ella, por-
(pie no hay cosa que después de nas9Ída menos
corresponda al origen de adonde nas9Ío. Algu-
nos dizen, que no es otra la differengia entre el
amor UÍ9Í0S0, y el que no lo es, sino que el uno
se gouierna por razón, y el otro no se dexa go-
uernar por ella, y engañanse: porque aquel ex
908S0, y ímpetu no es más propio del amor des
honesto, que del honesto: antes es vna propríe-
dad do qual([uier genero de amor: saluo que el
uno haze la uirtud mayor y en el otro acres-
9Íenta mas el UÍ9Í0. Quien puede negar que en
el amor que uordaderamente se honesta, no se
hallen marauillosos y ex9es8Íuos effectos? Pre- \
guntenlo a muchos que por solo el amor de ]
Dios no hizieron cuenta de sus personas, ni es «
timaron por él perder la uída (aunque sabido il
premio que por ello se esperaua, no dauan mu-
cho) pues quántos han procurado consumir sos
personas, y acabar sus uidas, inflamados del
amor de la uirtud, de alcan9ar fama gloriosa?
Cosa que la razón ordinaria no permite, antes
guia qualquiera effecto, de manera que la uida
pueda honestamente conseruarse. Pues quántoa
exemplos te podría yo traer de muchos que por
(') Zrr en la eilición de Milán.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
805
i
80I0 el amor de sus amigos, perdieron la aida,
y todo 10 más que con ella se pierde: Dexeraos
este amor, boluamos al amor del hombre con la
mnger. Has de saber, que si el amor que el
amador tiene a su dama (aunque inflamado en
desenfrenada affí9Íon) nas^e de la razón, 7 del
uerdadero conos^imiento y juyzio: que por so-
las sus uirtudes la juyzgne djgna de ser amada:
que este tal amor (a mi pares(;er, y no me en-
gaño) no es illi^ito. ni deshonesto, porque todo
el amor desta manera, no tira a otro fín, sino
a querer la persona por ella misma, sin espe-
rar otro interesse ni galardón de sus amores.
Ansí que esto es lo que me pares9e que se
puede responder a lo que en este caso me has
preguntado! Sireno entonces le respondió: Yo
estoy, discreta señora, satisfecho de lo que dcs-
seaua entender, y ansi creo que lo estare (se-
gún tu claro juyzio) de todo lo que quisiera
saber do ti: aunque otro entendimiento era
menester más abundante que el mió, para al-
cancar lo mucho que tus palabras comprehen-
den( Syluano, que con Polidora estaua hablan-
do^ dezia: Marauillosa cosa es (hermosa Nim-
pha) ver lo que suFre vn triste coraron, que a
los tran9es de amor está subjecto, porque el
menor mal que haze, es quitamos el juyzio,
perder la memoria de toda cosa, y henchir la
de solo él: buelue agen o de si todo hombre, y
proprio de la persona amada. Pues qué hará
el desuenturado, que se yee enemigo de plazer,
amigo de soledad, lleno de passiones, cercado
de temores, turbado de spiritu, martyrizado del
seso, sustentado de esperanza, fatigado de
pensamientos, afñigido de molestias, traspassa-
do de 9elos, Heno perpetuamente de sospiros,
enojos, y agrauios que jamás le faltan? Y lo
que más me marauillo es que siendo este amor
tan intolerable y estremado en crueldad, no
quiera el spiritu apartarse del ni lo procure: mas
antes tenga por enemigo a quien se lo acon-
seja. Bien está todo (dixo Polidora) pero yo
sé muy bien que por la mayor parte los que
aman, tienen más de palabras que de passiones. \
Señal es essa (dixo Syluano) que no las sabes
sentir, pues no las puedes creer, y bien paresye
que no has sido tocado deste mal, ni plega a
Dios que lo seas: el qual ninguno lo puede
creer, ni la calidad, y multitud de los males que
del pro9eden, sino el que participa dellos.
¿Cómo que piensas tú (hermosa Nimpha) que
hallándose continuamente el amante confusa la
razón, occupada la memoria, cnagenada la fan-
tasía y el sentido del ex9essiuo amor fatigado,
quedará la lengua tan libre que pueda fingir
pasiones, ni mostrar otra cosa de lo que siente?
Pues no te engañes en esso, que yo te digo que
es muy al renes de lo que tú lo imaginas. Vesme
aqui donde estoy que verdaderamente ningima
ORÍOBNBS DE LA NOVELA. <— 20
\
cosa ay en mi, que se pueda gouernar por ra-
zón, ni aun la podrá auer en quien tan ageno
estuuiere de su libertad como yo: porque todas
las subiectiones corporales dexan libre (a lo
menos) la volunted, mas la snbjection de amor
es tal, que la primera cosa que haze, es toma-
ros possesion della, y quieres tú, pastera, que
forme quexas, y finja sospiros, el que desta
manera se vee tratado? Bien paresQC en fin que
estás libre de amor, como yo poco ha te dezia.
\ Polidora le respondió: yo conozco, Syluano, que
los que aman, reciben muchos trabajos, y affli-
9Íones, todo el tiempo que no alcan9an lo que
dessean: pero después de conseguida la cosa
desseada, se les buelue en descanso y conten-
tamiente. De manera que todos los males que
passan, más proceden del desseo, que de amor
que tengan a lo que dessean. Bien paresye
que hablas en mal que no tienes experimen-
todo (dixo Syluano) porque el amor de aque-
llos amantes cuyas penas 9essan después de
auer alcanzado lo que dessean, no pro9ede
su amor de la razón, sino de un apetite baxo y
deshonesto. Seluagla, Bel isa y la hermosa Cin-
thia, estañan tratando, quál era la razón, por-
que en absencia las más de las uDzes se res-
friaua el amor. Belisa no podia creer que por
nadie passasse tan gran deslealtad, diziendo:
que pues siendo muerte el su Arsileo, y esf^ndo
bien segura de no uerle más, le tenia el mismo
amor que quando biuia, que ¿cómo era possible,
ni se podia suffrir, que nadie oluidasse en ab-
8en9ia los amores, que algún tiempo esperasse
ver? La Nimpha Ciuthia le respondió: [no po-
dré, Belisa, responderte con tanta sun9Íen9Ía
como por uentura la materia lo requería, por
ser cosa que no se puede esperar del ingenio
de vna Nimpha como yo. Mas lo que a mi me
pares9e es que quando uno se parte de la pre-
sen9Ía de quien quiero bien la memoria le queda
por ojos: pues solamente con ella uee lo que
dessea. Esta memoria tiene cargo de represen-
tar al entendimiento lo que contiene en sí, y
del entenderse la persona que ama, uiene la no-
luntad, que es la ter9era potentia del ánima, a
engendrar el desseo mediante el qual tiene el
ausente pena por uer aquel que quiere bien.
De manera que todos estos effectes se d(TÍaan
de la memoria, como de una fuente, donde
nas9e el priuíipio del desseo. Pues aueys de sa-
ber aora, herniosas pastoras, que como la memo-
ria sea una cosa, que cuanto más va, más pierde
su fuer9a y uigor oluidandose de lo que le en-
tregaron los ojos: ansi tanbien lo pierden las
otras poten9Ías, cuyas obras en ella tenían su
priu9Ípio, de la misma manera que a los rios
se les acabaría su corriente, si dexassen de ma-
nar las fuentes adonde nas9en. Y si como esto
se entiende en el que part^ se entendiera tam-
806
ORÍGENES DE LA NOVELA
bien en el que queda. Y pensar tú, hermosa
pastora, que el tiempo no curaría tu mal, si
dexasses el remedio del en manos de la sabia
Felicia, será muy gran engaño: porque ninguno
ay, a quien ella no dé remedio» y en el de amo-
res más que en todos los otros. \La sabia Feli-
cia, que aunque estaua algo apartada, oyó lo
que Ginthia dixo, le respondió: No seria peque>
fia crueldad poner yo el remedio, de quien tanto
lo ha menester, en manos de medio tan espa-
cioso, como es el tiempo. Que puesto caso que
algunas ues^s no lo sea, en fin, las enfermeda-
des grandes, si otro remedio no tienen sino el
suyo, se an de gastar tan despa9Ío que prímero
que se acaben, se acabe la uidA de quien las
tiene. Y porque mañana pienso entender en lo
que toca al remedio de la hermosa Felismena,
y de toda su compañia, y los rayos del dorado
Apollo paresce que iian ya dando fin a su jor-
nada, será bien que nosotros lo demos a nuestra
platica, y nos uamos a mi aposento, que ya la
9ena pienso que nos está aguardando. Y ansi
te fueron en casa de la gran sabia FelÍ9¡a,
donde hallaron ya las mesas puestas, debaxo de
unos uerdes parrales que estañan en un jardín
que en la casa auia. (■) Y acabando de 9enar,
la sabia Felicia rogo a Felismena que contasse
alguna cota, ora fuesse hystoría, o algún acres-
9Ímiento, que en la prouinpia de Vandalia
uuiesse suc^edído. Lo qual Felismena hizo, y
con muy gentil gracia comen9o a contar lo pre-
sente:
En tiempo del ualeroso infante dpn_ Fer-
nando, que después fue Rey de A.ragon, uuo
un cauallero en España llamado Rodrigo de
Naruaez: cuya uirtud y esfuer90 fue tan gran-
de, que ansi en la guerra, como en la paz al-
canzó nonbre muy prin9Ípal entre todos los de
su tienpo, y señaladamente se mostró quando
el dicho señor infante ganó de poder de los
moros la yiudad de Antequera: dando a enten-
der en muchas empífesas y hechos de armas
que en esta guerra suc9edieron, un animo muy
entero, yn cora9on inuen9Íble, y una liberalidad,
mediante la qual el buen capitán no solo es
estimado de su gente: mas aun la agena haze
suya. A cuya causa meres9Ío que después de
ganada aquella tierra en recompensa (aunque
desygual a sus ex9elentes hechos) se le dio la
alcaydia y defensa della. Y junto a esto, se le
dio también la de Alora, donde estuuo lo más
del tiempo, con 9Ín4uenta hidalgos escogidos a
(*) £q la edición de Milán termina aquí el libro 4.^
con efltan palabra^: aY acabando de ^>cnar, y tomando
Hyen^ia de la sabia Feli9ia, se fac cada uno al apo-
sento qae aparejado le estabai>
Falta, por consijkjfniente, toda la historia de Abin-
darráez, qae es adición, hecha en ediciones posterío-
reí á la maerte de Jorge de Montemayor.
sueldo del rey, para defensa y seguridad de la
fuer9a. Los quales con el buen gouiemo de su
capitán emprendían muy ualerosas empresas en
defen9Íon de la fe christiana, saliendo con mucha
honra dellas, y perpetuando su fama con los
señalados hechos que en ellos hazian. Pues
como sus ánimos fuessen tan enemigos de la
09Íosidad, y el exer9Í9Ío de las armas fuese
tan ac9epto al cora9on del ualeroso Alcayde,
Yna noche del uerano, cuya claridad y frescura
de un blando viento combidaua a no dexar de
gozalla, el Alcayde con nueue de sus caualle-
ros, porque los demás quedassen en guarda de
la fuer9a armados a punto de guerra, se sahe-
ron de Alora, por uer si los moros sus fronte-
ros se descuydauan, y confiados en ser de noche,
passauan por algún camino, de los que 9erca
de la villa estañan. Pues yendo los nueue caua-
lleros y su capitán ualeroso con todo el secreto
possible, y con muy gran cuydado de no ser
sentidos, llegaron a donde el camino por do
yua se repartia en dos, y después de tener su
consejo, acordaron de repartirse 9Ínco por cada
uno, con tal orden que si los unos se uiessen en
algún apríeto, tocando una corneta, serían socor-
ridos de los otros. Y desta manera el Alcayde,
y los quatro dellos echaron a la vna mano, y
ios otros 9¡nco a la otra, los quales yendo por
el camino, hablando en diuersas cosas y des-
seando cada vno dellos hallar en qiié emplear
su persona, y señalarse, como cada dia acos-
tunbrauan hazer, oyeron no muy lexos de si
vna boz de hombre que suauissimamente can-
tana, y de quando en quando daua vn suspiro,
que del alma le salia, en el qual daua muy bien
a entender que alguna passion enamorada le
occupaua el pensamiento. Los caualleros que
esto oyeron, se meten entre un arboleda que
cerca del camino auia, y como la luna fuesse
tan olara que el dia no lo era más, uieron uenir
por el camino donde ellos ynan un moro tan
gentil hombre y bien tallado, que su persona
daua bien a entender que deuia ser de gran
linaje y e8fuer9o: uenia en un gran cauallo ruó-
9Í0 rodado, uestida una marlota y albornoz
de damasco carmesí, con rapa9ejos de oro, y
las labores del 9ercadas de cordon9Íl]o8 de plata.
Traya en la cinta un hermoso alfanje con mu-
chas borlas de seda y oro, en la cabe9a una
toca Tunezi de seda y algodón listada de oro y
rapa9ejos de lo mismo, la qual dándole muchas
bueltas por la cabe9a le seruia de ornamento y
defensa de su persona. Traya una adarga en el
bra9o yzquierdo muy grande, y en la derecha
mano vna lan9a de dos hierros. Con tan gentil
ayre, y continente uenia el enamorado moro,
que no se podia más dessear, y aduertiendo a
la can9Íon que dezia, oyeron que el roman9«
(aunque en arábigo le dixesse) era este:
\
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
807
En Cártama me he criado,
nas^i en Granada primero,
mas íxxj de Alora frontero,
y en Coyn enamorado.
Aunque en Granada nas9Í,
7 en Cártama me crié,
en Coyn tengo mi fe,
con la libertad que di,
alli bino adonde muero,
y estoy do está mi cuydado,
y de Alora soy frontero,
y en Coyn enamorado.
Los cinco caualleros que qui^a de las pas-
siones enamoradas tenian poca experienyia, o
ya que la tuuiessen, tenian más ojo al interesse
que tan buena presa les prometía, que a la ena-
morada canción del moro, saliendo de la embos-
cada, dieron con grAn Ímpetu sobre él; mas el
valiente moro que en semejantes cosas era es-
perimentado (aunque entonces el amor fuesse
sefior de sus pensamientos) no dezó de boluer
sobre si con mucho animo, y con la lauQa en
la mano, comien9a a escaramuzar con todos los
9Ínco christianos, a los quales muy en breue
di6 a conos9er que no era menos ualiente que
enamorado. Algunos dizen que uinieron a él
uno a uno, pero los que han llegado al cabo
con la uerdad desta historia, no dizen sino que
fueron todos juntos, y es razonable cosa de
creer que para prendelle yrían todos, y que
quando uiessen que se defendia, se apartarían
los quatro. Como quiera que sea, él los puso en
tmtft nepeiidid que derribando los tres, los
otros dott cometían con grandisaímo animo, y no
era menester poco según el ualiente adueraario
que tenian, porque puesto caso que anduuiesse
herido en un muslo, aunque no de herida peli-
gro8a„no era su esfuerzo de manera que aun las
heridas mortales le pudiessen espantar, pues
auiendo perdido su lan^a, puso las piernas al
caoallo, haziendo muestra de huyr: los dos caua-
Ueros lo seguian, y él buelue a passar entrellos
como un rayo, y en llegando a donde estaña uno
de los tres quél auia derribado, se dexó colgar
del cauallo, y tomando la lanza se boluio a en-
derezar con grAií ligereza en la silla. A esta hora,
yno de los dos escuderos tocó el cuerno, y él se
yino a ellos, y los traya de manera que si aquella
hora el ufleroso Alcayde no llegara, llenaran
el camino de los tres compañeros que en el
campo estañan tendidos. Pues como el Alcayde
llego, y vído que ualerosamente el moro se
combatia tunólo en mucho, y desseó en extremo
. prouarse con él, y muy cortesemente le dixo:
I Por 9¡erto, cauallero, no es vuestra valentía y
esfuerzo de manera que no se gane mucha
honra en uenceros, y si esta la fortuna me otor-
gasse no temia mas que pedille: mas aunque
sé el peligro a que me pongo con quien tan bien
se sabe defender, no dexaré de hazello, pues
que ya en el acometello no puede dezar de
ganarse mucho. Y diziendo esto, hizo apartar
los suyos, poniéndose el vencido por premio del
uencedor. Apartados que fueron, la escaramuza
entre los dos ualientes caualleros se comenzó.
El ualeroso Naruaez desseaua la victoria, por-
que la valentia del Moro le acreszentaua la glo-
ria que con ella esperaua. El esforzado Moro,
no menos que el Alcayde la desseaua, y no con
otro fin, sino de conseguir el de su esperanza.
Y ansi andauan los dos tan ligeros en el he-
rirse y tan osados en acometerse, que si el can-
sancio passado y la herida que el Moro tenia no
se lo estoruara, con dificultad uniera el Al-
cayde victoria de aquel hecho. Mas esto, y el
no poder menearse su cauallo, muy claramente
se la prometían, y no porque en el Moro se
conosziesse punto de couardia, mas como uio
que sola esta batalla le yua la vida, la qual él
trocara por el contentamiento que la fortuna
entonzes le negaua, se esforzó quanto pudo, y
poniéndose sobre los estriuos, dio al Alcayde
vna gran lanzada por enzima del adarga. El qual
rezebido aquel golpe, le respondió con otro en
el brazo derecho, y atreu ¡endose en sus fuerzas
si a brazos uiniessen, arremetió con él, y con
tanta fuerza le abrazó que sacándolo de la silla,
dio con él en tierra diziendo :| Cauallero, date
por miuenzido, si más no estimas serlo, que la
vida en mis manos tienes.lMatarme (respondió
el Moro) está en tu mano como dizes, pero no
me hará tanto mal la fortuna que pueda ser
venzido, sino de quien mucho ha que me he de-
xado venzer, y este solo contento me queda de
la prisión a que mi desdicha me ha traydo. No
miró el Alcayde, tanto en las palabras del
moro, que por entonzes le preguntasse a qué
fin las dezia, mas vsando de aquella clemenzia
que el uenzedor ualeroso suele usar con el des-
amparado de la fortuna, lo ayudó a leuantar, y
el mismo le apretó las llagas, las quales no
eran tan grandes que le estoruassen a subir en
su cauallo, y assi todos juntos con la presa
tomaron el camino de Alora. El Alcayde lleuaua
siempre en el moro puestos los ojos, pareszien-
dole de gentil talle y disposizion, acordauase
de lo que le auia uisto hazer, paresziale dema-
siada tristeza la que lleuaua para un animo tan
grande, y porque también se iuntauan a esto
algunos sospiros, que dañan a entender más
pena de la que se podia pensar que cupiera en
honbre tan ualiente, y queriéndose informar
mejor de la causa desto le dixo: j Cauallero,
mira que el prisionero que en la prisión pierde
el animo, auentura el derecho de la libertad, y
que en las cosas de la guerra, se an de rezebir
las aduersaa con tan buen rostro, que se me-
308
ORÍGENES DE LA NOVELA
rezca por esta grandeza de animo gozar de las
prosperas, y no me pares^c que estos sospiros
corresponden al ualor y esfuerzo que tu persona
ha mostrado, ni las heridas son tan grandes,
que se auentura la uida, la qual no has mostrado
tener en tanto, que por la honra no dexasses
de oluidalla. Pues si otra ocasión te da tristeza,
dimela, que ]x>r la fe de cauallero te juro, que
use contigo de tanta amistad que jamas te
puedas quexar de anermelo dixo. El moro oyen-
do las palabras del Alcayde, las quales arguyan
un animo grande y magnánimo, y la offerta que
■le auia hecho de ayudallo, paresciole discreción
muy grande no encubrille la causa de su mal,
pues sus palabras le dauan tan grande espe-
ran9a de remedio, y aleando el rostro que con
el peso de la tristeza lo lleuaua inclinado, le
dixo: ¿Cómo te llamas cauallero, que tanto es-
fuerzo me pones y 8entim¡<»nto muestras tener
de mi mal? Esto no te negaré yo, dixo el Alcay-
de, a mi me llaman Rodrigo de Naruaez, soy
Alcayde de Alora y Antequera: tengo aquellas
dos fuerzas por el Rey de Castilla mi señor.
Quando el moro lo oyó esto, con un semblante
algo más alegre que hasta alli, le dixo: En ex-
tremo me huelgo, que mi mala fortuna traya
un descuento tan bueno, como es auerme puesto
en tus manos, de cuyo esfuerzo y uirtud muchos
dias lia que soy informado, y aunque más cara
me costasse la experiencia, no me puedo agra-
iiiar, pues como digo, me desagrauia uerme en
poder de una persona tan principal. Y porqué
ser uen9¡do de ti me obliga a tenerme en mu-
cho, y que de mí no se entienda flaqueza sin
tan gran occasion que no sea en mi mano dexar
de tenella, suplicóte por quien eres que mandes
apartar tus caualleros, para que entiendas que
no el dolor de las heridas, ni la pena de uerme
preso, es causa de mi tristeza. El Alcayde oyen-
do estos razones al moro tuuolo en mucho, y
porque en extremo d^seaua informarse de su
sospecha, mandó a sus caualleros que fucssen
algo delante, y quedando solos los dos, el moro
sacando del alma un profundo sospiro, dixo des-
ta manera: Valeroso Alcayde, si la experiencia
de tu gran uirtud no me la uniese el tienpa pues-
to delante los ojos, muy escusadas serian las pa-
labras que tu noluntad me fuerya a dezir, ni la
cuenta que te pienso dar de mi uida, que cada
hora es cercada de mil desassosiegos y sospe-
chas; la menor de las quales te parescera peor
que mil muertos. Mas como de una parte me
assegure lo que digo, y de la otra que eres ca-
uallero y que o auras oydo, ó avrá passado por
ti semeiante passion que la mia, quiero que
sepas que a mi me llaman Abindarraez el moco,
A differencia de un tio mío, hermano de mi
padre, que tiene el mesmo apellido. Soy de los
abencerrajes de Granada, en cuya desuentu-
ra aprendí a ser desdichado, y porque sepas
quál fue la suya, y de ay uengas a entender lo
que se puede esperar de la mia: sabrás que uuo
en Granada un linaje de caualleros llamados
abencerrajes; sus hechos y sus personas ansi
en esfuerfo para la guerra, como en prudencia
para la paz, y gouiemo de nuestra república
eran el espejo de aquel reyno. Los uiejos eran
del consejo del Rey, los mocos exercitanan sus
personas en actos de caualleria siruiendo a las
damas y mostrando en si la gentileza y ualor
de sus personas. Eran muy amados de la gente
popular, y no mal quistes entre la principal,
aunque en todas las buenas partes que un
cauallero deue tener se auentajassen a todos
los otros. Eran muy estimados del Rey, nunca
cometieron cosa en la guerra ni el consejo, que
la experiencia no correspondiesse a lo que dellos
se esperaua, en tanto grado era loada su ualen-
tia, lil)ertad y gentileza, que se trajo por exem-
plo, uo auer abencerraje couarde, cscasso, ni de
mala disposición. Eran maestros de los trajes,
de las inuenciones, la cortesía y seruicio de las
damas andana en ellos en su uerdadero punto,
nunca abencerraje simio dama de quien no
fuesse fauorescido, ni dama se tuuo por dig^a
deste nombre que no tuuiesse abencerraje por
seruidor. Pues estando ellos en esta prosperidad
y honra y en la reputación que se puede dessear,
uino la fortuna embidiosa del descanso y con-
tentamiento de los hombres, a d^riballos de
aquel estado, en el más triste y desdichado que
se puede imaginar, cuyo principio fue auer el
Rey hecho cierto agrauio a dos abencerrajes, por
donde les leuantaron que ellos con otros diez
caualleros de su linaje se auian conjurado de
matar al Rey y diuidir el reyno entre si, por
uengarse de la injuria alli recibida. Esta con-
juración, ora fuesse uerdadera, o que ya fuesse
falsa, fue descubierta antes que se pnsiesse en
execucion, y Fueron presos y cortadas las cabe-
Cas a tedos, antes que uiniesse a noticia del
pueblo, el qual sin duda se aleara, no consin-
tiendo en esta iusticia. Llenándolos pues a ius-
ticiar, era cosa estrafíissima uer los llantos de
los unos, las endt»chas de los otros, que de con-
passion de estos caualleros por toda la ciudad
se hazian. Todos corrian al Rey, comprauanle
la misericordia con grandes summas de oro y
Í)lata, mas la seueridad fue tanta, que no dio
ugar a la clemencia. Y como esto el pueblo
uio, los comenco a llorar de nueuo; llorauan los
caualleros con quien solian acompañarse, llo-
rauan las damas, a quien seruian; lloraua toda
la ciudad la honra y aiitoridad que tales ciuda-
dadanos le dauan. Las bozes y alaridos eran
tantos que parescian hundirse. El Rey que a
todas estas lagrimas y sentimiento c^rraua los
oydos, mandó que se executasse la sentencia, y
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
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de todo aquel linaje no quedo hombre que no
fuesse degollado aquel dia, saino mi padre y
un tio mió, los quales se halló que no anian
sido en esta conjuración. Resultó más deste mi-
serable caso, derríballcs las casas, aprcgonallos
el Rey por trajdores, confíscallcs sus heredades
y tierras, y que ningún abencerraje más pudies-
se biuir en Granada, saluo mi padre y mi tio,
con condición que si tuuiessen hijos, a los ua-
rones embiassen luego en nasciendo a criar
fuera de la ciudad, para que nunca boluiessen
a ella; y que si fuessen hcnbras, que siendo de
edad, las casassen fuera del reyno. Quando el
Alcayde oyó el estrafio cuento de Abindarraez
y las palabras con que se quexaua de su desdi-
cha, no pudo tener sus lagrimas, que con ellas
no mostrasse el sentimiento que de tan desas-
trado caso deuía sentirse. Y boluiendose al
moro, lo dixo(Por cierto, Abindarraez, tú tienes
grandissima occasion de sentir la gran cayda
de tu linaje, del qual yo no puedo creer que se
pusiesseen hazer tan grande traycion, y quando
otra prueua no tuuiesse, sino proceder della un
honbre tan señalado como tú, bastaria para yo
creer que no podría caber en ellos maldad.
^Esta opinión que tienes de mí, respondió el
moro, Alá te la pague, y él es testigo que la que
generalmente se tiene de la bondad de mis pas-
sados, es essa misma. Pues como yo nasciesse
al mundo con la misma uentura de los mios,
me embiaron (por no quebrar el edicto del Rey)
a criar a una fortaleza que fue de christianos,
llamada Cártama, encomendándome al Alcayde
della, con quien mi padre tenia antigua amis-
tad, hombre de gran calidad en el reyno, y de
grandissima uerdad y riqueza: y la mayor que
tenia era una hija, la qual es el mayor bien
que yo en esta uida tengo. Y Alá me la quite
si yo en algún tiempo tuuiere sin ella otra cosa
que me dé contento. Con esta me cric desde
niño, porque también ella lo era, debaxo de un
engaño, el qual era pensar que eramos ambos
hermanos, porque como tales nos tratauamos
y por tales nos teniamos, y su padre como a sus
hijos nos criaua. El amor que yo tenia a la
hermosa Xarifa (que assi se llama esta señora
qiie lo es de tnTlibertad) no sería muy grande
si yo supiesse dezillo; basta auerme traydo a
tienpo que mil uidas diera por gozar de su
uista solo vn momento. Yua cresciendo la edad,
pero mucho más crcs^ia el amor, y tanto que
ya páresela de otro metal que no de paren-
tesco. Acuerdóme que un dia estando Xarifa
en la huerta de los jazmines con poniendo su
hermosa cabeca, mirela espantado de su gran
hermosura, no sé cómo me peso de que fuesse
mi hermana. Y no aguardando más, fueme a
ella, y con los bracos abiertos, ansi como me
uio, me salió a recebir, y sentándome en la
fuente iunto a ella, me dixo: Hermano, ¿cómo
me dexaste tanto tienpo sola? Yo lo respondía:
Señora mia, gran rato ha que os busco: y nunca
hallé quien me dixesse do estañados hasta que
mi coracon me lo dixo: mas dezidme agora,
¿qué cortedad teneys nos de que somos herma-
nos? Yo no otra (dixo ella) más del grande
amor que os tengo, y uer que hermanos nos
llaman todos y que mi padre nos trata a los
dos como a hijos. Y si no fuéramos hermanos
(dixo yo) quisierades me tanto? ¿No ueys (dixo
ella) que a no lo ser, no nos dexarian andar
siempre juntos y solos, como nos dexan? Pues
si este bien nos auian de quitar (dixe yo) más
uale el que me tengo. Entonces encendiosele
el hermoso rostro, y me dixo: ¿Qué pierdes tu
en que seamos hermanos? Pierdo a mi y a nos
(dixe yo). No te entiendo (dixo ella), mas a mí
parescenie que ser hermanos nos obliga a amar-
nos naturalmente. A mí (dixe yo) sola nuestra
hermosura me obliga á quereros, que esta her-
mandad antes me resfria algunas uezes; y con
esto abaxando mis ojos de empacho de lo que
dixo, uila en las aguas de la fuente tan al pro-
prio como ella era, de suerte que a do quiera que
boluia la cabeca, hallaua su ymagen y trasunto,
y la uia uerdadora transladada en mis entrañas.
Dezia yo entonces entre mí: Si me ahogassen
aora en esta fuente a do neo a mi señora, quánto
más dcsculpado moriria yo que Narciso; y si
ella me amassc como yo la amo, qué dichoso
sería yo. Y si la fortuna permitiesse biuir siem-
pre juntos, qué sabrosa uida seria la mia! Estas
palabras dezia yo a mi mesmo, y pesárame que
otro me las oyera. Y diziendo esto lebanteme,
y boluiendo las manos hazia vnos jazmines, de
que aquella fuente estaña rodeada, mezclándo-
los con arrayanes hizo vna hermosa guirnalda,
y poniéndomela sobre mi cabeca, me boluí
coronado y vencido; entonces ella puso los ojos
en mi más dulcemente al parecer, y quitándo-
me la guirnalda la puso sobre su cabeca, pare-
ciendo en aquel punto más hermosa que Venus,
y boluiendo el rostro hazia mi, me dixo: ¿Qué
te parece de mí, Abindarraez? Yo la dixe: Pa-
roceme que acabays de vencer a todo el mundo,
y que os coronan por rey na y señora del. Le-
uantandose me tomó de la mano,diciendonie: Si
csso fuera, hermano, no perdierades no» nada.
Yo sin la responder la segui hasta que salimos
de la huerta. De ahi algunos dias, ya que ál
crudo amor le pareció que tardaua mucho en
acabar de darme el desengaño de lo que pen-
sana que auia de ser de mí, y el tiempo que-
riendo descubrir la calada, venimos a saber que
el parent(?sco entre nosotros era ninguno, y asi
quedó la afición en su verdadero punto. Todo
mi contentamiento estaña en ella: mi alma tan
cortada a medida de la suya, que todo lo que
810
orígenes de la novela
en sa rostro no ania, me parepia feo, físcusado
7 sin proaecho en el mando. Ya a este tiempo,
nuestros pasatiempos eran muy diferentes de
los pasados: ya la miraya con rebelo de ser sen-
tido: ya tenia zelo del sol que la tocaba, y aun
mirándome con el mismo contento que hasta
alli me auia mirado, a mi no me lo pare9Ía,
porque la desconfianza propia es la cosa más
pierta en vn coraron enamorado. Sucedió que
estando ella vn dia junto a la clara fuente de
los jazmines, yo llegué, y comenzando a hablar
con ella no me pare9Ío que su habla y conte-
nencia se conformaua con lo pasado. Rogóme
que cantasse, porque era yna cosa que ella mu-
chas vezes holgaua de oyr: y estaua yo aquella
ora tan desconfiado de mi que no crei que me
mandaua cantar porque holgase de oyrme, sino
por entretenerme en aquello, de manera que
me faltase tiempo para de9¡lle mi mal. Yo que
no estudiaua en otra cosa, sino en hazer lo que
mi sefiora Xarífa mandaua, comenze en lengua
arábiga a cantar esta can9Íon, en la qual la di
a entender toda la crueldad que della sospe-
chaua:
Si hebras de oro son vuestros cabellos,
a cuia sombra están los claros ojos,
dos soles cuyo pielo es yuestra frente;
faltó rubi para hazer la boca,
faltó el chrístal para el hermoso cuello,
faltó diamante para el blanco pecho.
Bien es el coraron qual es el pecho,
pues flecha de metal de los cabellos,
iamas os haze que boluays el cuello,
ni que deis contento con los ojos:
pues esperad yn si de aquella boca
de quien miró jamas con leda frente.
¿Hay más hermosa y desabrida frente
para tan duro y tan hermoso pecho?
¿Hay tan diuina y tan airada boca?
¿tan ricos y auaríentos ay cabdlos?
¿quién yio crueles tan serenos ojos
y tan sin mouimiento el dulce cuello?
El crudo amor me tiene el lazo al cuello,
mudada y sin color la triste frente,
muy cerca de cerrarse están mis ojos:
el coraron se mueue acá en el pecho,
medroso y erizado está el cabello,
y niiQca oyó palabra desa boca.
O más hermosa y más perfecta boca
que yo sabré dezir: o liso cuello,
o rayos de aquel sol que no cabellos,
o christalina cara, o bella frente,
o blanco ygual y diamantino pecho,
¿quando he de uer clemencia en esos ojos?
Ya siento el nó en el boluer los ojos,
oid si afirma pues la dulce boca,
mirad si está en su ser el duro pecho,
y cómo acá y allá menea el cuello,
sentid el cefio en la hermosa frente;
pues ¿qué podre esperar de los cabellos?
Si saben dezir no el cuello y pecho,
si niega ya la frente y los cabellos,
¿los ojos qué harán y hermosa boca?
Pudieron tanto estas palabras que siendo
ayudadas del amor de aquella a quien se dezian,
yo ui derramar ynas lagrimas que me enterne-
cieron el alma, de manera que no sabré dezir
si fue maior el contento de uer tan uerdadero
testimonio del amor de mi sefiora o la pena
que re^ibi de la ocasión de derramallas. Y lla-
mándome me hizo sentar junto a si, y me co-
menzó a hablar desta manera: Abindarraez,
si el amor a que estoy obligada (después que
me satisfize de tu pensamiento) es pequeño o
de manera que no pueda acauarse con la uida,
yo espero que antes que dejemos solo el lugar
donde estamos, mis palabras te lo den a enten-
der. No te quiero poner culpa de lo que las
desconfianzas te hazen sentir, porque sé que
es tan 9Íerta cosa tenellas que no ay en amor
cosa que más lo sea. Mas para remedio de esto
y de la tristeza, que yo tenia en uerme en alg^n
tiempo apartada de ti; de oy más te puedes te-
ner por tan Seftor de mi libertad, como lo serás
no queriendo rehusar el vinculo de matrimonio,
lo qual ante todas cosas impide mi honestidad
y el grande amor que tengo. Yo que estas pa-
labras oi, habiéndomelas esperar amor muy de
otra manera, fue tanta mi alegpria que sino fue
hincar los hinojos en tierra besándole sus her-
mosas manos, no supe hazer otra cosa. Debajo
de esta palabra yiyi algunos dias con maior
contentamiento del que yo aora sabré dezir: qui-
so la ventura envidiosa de nuestra alegre vida
quitamos este dulce y alegre contentamiento, y
fue desta manera: que el Rey de Granada por
mejorar en cargo al Alcaydede Cártama, embio-
le a mandar que luego dezasse la fortaleza, y se
fuesse en Cpyn, que es aquel lugar frontero del
nuestro, y me dexasse a mi en Cartania en
poder del Alcayde que alli viniesse. Sabida esta
tan desastrada nueua por mi señora y por mi,
juzgad vos si en algún tiempo fuesses enamo-
rado, lo que podríamos sentir. Juntamonos en
un lugar secreto a llorar nuestra perdida y
apartamiento. Yo la llamaua sefiora mia, mi
bien solo, y otros diuersos nombres quel amor
me mostraua. Deziale llorando: apartándose
nuestra hermosura de mi, ¿tendreys alguna uez
memoria deste nuestro captiuo? Aqui las lagri-
mas y sospiros atajauan las palabras, y yo
esfor9andome para dezir más, dezia algunas
razones turbadas, de que no me acuerdo: por-
que mi sefiora llenó mi memoria tras si. ¿Pues
quién podra dezir lo que mi sefiora sentia deste
apartamiento, y lo que a mi hazian sentir las
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
811
lagrimas que por esta causa derramaua? Pala-
bras me dixo ella entonces que la menor dellas
hastaua para dar en qué entender al senti-
miento toda la nida. Y no te las quiero dezir
(ualeroso Alcajde), porque si tu pecho no ha
sido tocado de amor, te paies^erian impossiblcs;
y si lo ha sido, ueriades que quien las ojesse,
no podra quedar con la uida. Baste que el fin
dellas fue dezirme que en auiendo occasion, o
por enfermedad de su padre, o ansenpia, ella
me embiaria a llamar para que vniesse effecto
lo que entre nos dos fue con9ertado. Con esta
promessa mi coraron se assossego algo, y besé
las manos por la merced que me prometía.
Ellos se partieron laego otro dia, yo me quedé
como quien camina por vnas ásperas y fragosas
montañas, y passandosele el sol, queda en muy
escuras tinieblas: comen^^ a sentir su ausencia
ásperamente, buscando todos lo» falsos reme-
dios contra ella. Miraua las nen tanas donde se
solia poner, la cámara en que dormia, el jardín
donde reposaua y tenia la siesta, las aguas
donde se bafiaua, andana todas sus estancias, y
en todas ellas hallaua vna cierta representación
de mis fatigas. Verdad es que la esperanza que
ma dio de llamarme me sostenía, y con ella
engafiana parte de mis trabajos. Y aunque
algunas uezes de uer tanto dilatar mi desseo,
me causana más pena, y holgara de que me de-
xaran del todo desesperado, porque la desespe-
ración fatiga hasta que se tiene por cierta, mas
la esperan^ hasta que se cumple el desseo.
Quiso mi buena suerte que oy por la mañana
mi señora me cumplió su palabra, embiandome
a llamar, con vna criada suya, de quien como
de si fiana, porque su padre era partido para
Granada, llamado del Rey, para dar bnelta
luego. Yo resns^itado con esta impronisa y di-
chosa nnena, aper^ibime luego para caminar.
Y dexando yenir la noche por salir m¿s secre-
to y encnbierto, puseme en el habito que me
encontraste el m¿s gallardo que pude, por
mejor mostrar a mi señora la yfania y alegría
de mi cora^n. Por cierto no creyera yo que
bastaran dos caualleros juntos a tenerme campo,
porque traya a mi señora comigo, y si tú me
venciste no fue por esfuerzo, que no fue possi-
ble, sino que mí suerte tan corta o la determi-
nación del cielo, quiso atajarme tan supremo
bien. Pues considera agora en el fin de mis
palabras el bien que perdí y el mal que posseo.
Yo yua de Cártama a Coyn breue jomada, aun-
que el desseo la alargana' mucho, el más vfano
abencerraje que nunca se uio, yua llamado de
mi señora, a uer a mí señora, a gozar de mi
señora. Veo me agora herido, captiuo y en
poder de aquel que no sé lo que hará de mi: y
lo que más siento es que el término y coyun-
tura de mi bien se acabó esta noche. Dezame
pues, christiano, consolar entre mis sospiros.
Dexame desahogar mi lastimado pecho, regan-
do mis ojos con lagrimas, y no juzgues esto a
flaqueza, que fuera harto mayor tener animo
para poder suffrir (sin hazer lo que hago) en
tan desastrado y rigoroso trance. Al alma le
llegaron al ualeroso Naruaiez las palabras del
moro, y no poco espanto recibió del estraño
successo de sus amores. Y paresciendole que
para su negocio, ninguna cosa podía dañar más
que la dilación, le díxo a Abindarraez: quiero
que ueas que puede más mi uirtud que tu mala
fortuna, y si me prometes de boluer a mi pri-
sión dentro del tercero día, yo te daré libertad
para que sigas tu comenyado camino, porque
me pesaría atajarte tan buena empresa. El
abencerraje que aquesto oyó quiso echarse a sus
pies, y díxole: Alcayde de Alora, si ros hazeys
esso, a mí dareys la vida, y nos agreys hecho
la mayor gentileza de coracon qne nunca nadie
hizo: de mi tomad la seguridad que quisieredes
por lo que me pedís, que yo cumpliré con
uos lo que assentare. {Entonces Rodrigo de
Naruaeí llamó a sus compañeros, y dixoles:
Señores, fiad de mí este prisionero, que yo sal-
go por fiador de su rescate. Ellos díxeron que
ordenasse a su noluntad de todo, que de lo que
él hiziesse serian muy contentos. Luego el Al-
cayde tomando la mano derecha a Abencerraje,
le dixo: Vos prometeys como cauallero de uenír
a mi castillo de Alora, a ser mí prisionero
dentro del tercero dia? El le dixo: sí prometo:
pues yd con la buena nentura; y sí para nues-
tro camino teneys necessidad de mi persona, o
de otra cosa alguna, también se hará.) El moro
se lo agradescio mucho, y tomó yn caúallo qnel
Alcayde le dio, porque el suyo quedó de la re-
friega passada herido, y ya yua muy cansado
y fatigado de la mucha sangre que con el tra-
bajo del camino le salía. Y huella la rienda se fue
camino de Coyn a mucha priessa. Rodrigo de
Naruaez y sus compañeros se boluíeron a Alora,
hablando en la yalentía y buenas maneras del
abencerraje. No tardó mucho el moro, según
la priessa que lleuaua, en llegar a la fortaleza
de Coyn, donde yéndose derecho como le era
mandado, la rodeó toda, hasta que halló una
puerta falsa que en ella auia: y con toda su
priessa y gana de entrar por ella, se detuuo un
poco allí hasta reconoscer todo el campo por
uer si auia de qué guardarse: y ya que uio todo
sossegado tocó con el cuento de la lanca a la
puerta, porque aquella era la señal que le auia
dado la dueña que le fue a llamar; luego ella
misma le abrió, y le dixo: | Señor mío, nuestra
tardanca nos ha puesto en gran sobresalto, mi
señora ha gran rato que os espera, apeaos y su-
bid a donde ella está.jEl se apeó de su ca-
úallo, y le puso en un lugar secreto que alli
«12
ORÍGENES DE LA NOVELA
/
halló, y arrimando la lan^a a nna pared con sn
adarga y cimitarra, licuándole la dueña por la
mano, lo mas passo que pudieron, por no ser
conos^idos de la gente del castillo, se subieron
por una escalera hasta el aposento de la her-
mosa Xarifa. Ella que auía sentido ya su
uenida, con la mayor alegría del mundo lo salió
a re^ebir, y ambos con mucho regozijo y sobre-
salto se abracaron sin hablarse palabra del
sobrado contentamiento, hasta que ya tornaron
en si. Y ella le dixo: ¿En qué os aueys dete-
nido, señor mió, tante que nuestra mucha tar-
dan<;^a me ha puesto en grande Fatiga y confu-
sión? Señora mia (dixo él) uos sabeys bien
que por mi negligencia no aura sido, mas no
siempre suc^eden las cosas como hombre des-
sea, assi que si me he tardado, bien podeys
creer que no ha sido más en mi mano. Ella
atajándole su platica, le tomó por la mano,
y metiéndole en un rico aposento se sentaron
sobre una cama que en él auia, y le dixo: Ue
querido, Abindarraez, que ueays en qué manera
cumplen ias captiuas de amor sus palabras,
porque desde el dia que uos la di por prenda
de mi coraron, he buscado aparejos para quitá-
rosla. Yo os mandé uenir a este castillo para
que seays mi prisionero como yo lo soy uues-
tra. He os traydo aqui para hazeros señor de
mi y de la hazienda de mi padre, debaxo de
nombre de esposo, que de otra manera ni mi
estado, ni nuestra lealtad lo consentiría. Bien sé
yo que esto será contra la noluntad de mi padre,
que como no tiene conos9Ímiento de nuestro
ualor t«nto como yo, quisiera darme marido
más rico, más yo nuestra persona y el conos9Í-
niiento que tendreys con ella tengo por la ma-
yor riqueza del mundo. Y diziendo esto baxó
la oabeca, mostrando vn ^ierto y nueuo empa-
cho (le auerse descubierto y declarado tanto.
El moro la tomó en sus bracos, y besándole
muchas uezes las manos, por la merced que le
hazia, dixole: Señora de mi alma, en pago de
tanto bien como me offre^eys no tengo qué
daros de nueuo, porque todo soy nuestro, solo
08 doy esta prenda en señal, que os recibo por
mi señora y esposa: y con esto podeys perder
el empacho y verguenca que cobrastes quando
uos me re^ebistes a mi. Ella hizo lo mismo, y
con esto se acostaron en su cama, donde con
la nueua experiencia encendieron el fuego de
sus coracones. En aquella empresa passaron
muy amorosas palabras y obras que son más
para contemplación que no para escriptura. Al
moro estando en tan gran alegría, súbitamente
vino vn muy profundo pensamiento, y dexando
llenarse del, paróse muy triste, tanto que la her-
mosa Xarifa lo sentio, y de uer tan súbita no-
uedad, quedó muy turbada. Y estando attenta,
BÍntiolc dar vn muy profundo y aquezado sos-
piro, reboluiendo el cuerpo a todas partes. No
pudiendo la dama suffrir tan grande offenaa
de su hermosura y lealtad, paresciendo que en
aquello se offendia grandemente, leuantandose
un poco sobre la cama, con voz alegre y sosBe-
gada, aunque algo turbada, le dixo: ¿Qué es
esto, Abindarraez? paresce que te has entriste-
cido con mi alcgria, y yo te oy sospirar, y dar
sollocos reboluiendo el coracon y cuerpo a mu-
chas partes. Pues si yo soy todo tu bien y con-
tentamiento, cómo no me has dicho por quién
sospiras, y si no lo soy, porqué me engañaste?
si as hallado en mi persona alguna falta de
menor gusto que imaginanas, pon los ojos
en mi noluntad que basta encubrir muchas. Si
sirnes otra dama dime quien es para que yo la
sima, y si tienes otra fatiga de que yo no soy
offendida, dimela, que yo moriré o te sacaré
della. Y trauando del con un Ímpetu y fueres
de amor le boluio. El entonces confuso y auer-
goncado de lo que auia hecho, paresciendole
que no declararse seria darle occasion de gran
sospecha, con un apassionado sospiro le dixo:
Esperanca mia, si yo no os quisiera más que a
mi, no uniera Iiecho semejante sentimiento, por-
que el pensar, que comigo traya, su f friera con
buen animo, quando yua por mi solo, más aora
que me obliga a apartarme de uos, no tengo fuer-
Cas para sufrillo, y porque no esteys más sus-
pensa sin aucr porqué, quiero deziros lo qus
passa. Y luego le conto todo su hecho, sin que
la faltasse nada, y en fín de sus razones le dixo
con hartas lagrímas: De suerte, señora, que
uuestro captiuo lo es también del Alcayde de
Alora; yo no siento la pena de la prisión, que
uos énseñastes a mi coracon a suffrir, mas
biuir sin uos tendria por la misma muerte. Y
ansi uereys que mis sospiros se causan más de
sobra de lealtad, que de falta della. Y con esto,
se tomó a poner tan pensatiuo y tríste, como
ante que comencasse a dezirlo. Ella entonces
con un semblante alegre le dixo: No os con-
goxeys, Abindarraez, que yo tomo a mi cargo el
remedio de vues*tra fatiga porque esto a mi me
toca, qnanto mas que pues es ucrdad que qual-
quier prisionero que aya dado la palabra de
boluer a la prisión cumplirá con embiar el res-
cate que se le puede pedir, ponelde uos mis-
mo el nombre que quisieredes, que yo tengo las
llaues de todos los cofres y riquezas que mi
padre tiene, y yo las pondré todas en uuestro
poder, embiad de todo ello lo que es paresciero.
Rodrigo de Narnaez es buen cauallero y os dio
vna vez libertad, y le fiastes el presente nego-
cio, por lo qual le obliga aora a usar de mayor
uirtud. Yo creo se contentará con esto, pues
teniéndoos en su poder ha de hazer por fuerza
lo mismo de rescataros por lo que él pidiere.
El abencerraje le respondió: Bien paresce, se-
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
313
ñora, que el amor que me tenejs no da lugar
que me aconsejeys bien, que gierto no caeré 70
en tan gran yerro como éste, porque si qnando
me uenia a uerme solo con uos estaña obligado
a cumplir mi palabra, agora que soy nuestro se
entiende más obligación. Yo mismo boluere a
Alora y me pondré en las manos del Alcayde
del la, y tras hazer yo lo que deuo, haga la for-
tuna lo que quisiere. Pues nunca Dios quiera,
dixo Xarifa, que yendo uos a sor preso, yo
quede libre, pues no lo soy: yo quiero acompa-
ñaros en esta jornada; que ni el amor que os
tengo, ni el miedo que he cobrado a mi padre
de auelle offendido, me consentirán hazer otra
cosa. El moro llorando de contentamiento la
abraco y le dixo: Siempre vays, alma mia, acres-
Rentándome las mercedes, hágase lo que uos
quereys, que assi lo quiero yo. Con este acuerdo
antes que fuessc de dia se leuantaron, y pro-
ueydas algunas cosas al viaje ne^essarías, par-
tieron muy secretamente para Alora. Ya ame-
nes^ia, y por no ser conospida, lleuaua el rostro
cubierto. Con la gran priessa que lleuauan lle-
garon en muy breue tiempo a Alora, y yéndose
derechos al castillo, como a la puerta tocaron,
fue luego abierta por las guardas, que ya tcnian
noticia de lo passado. El ualeroso Alcayde los
rcRibio con mucha cortesia, y saliendo a la
puerta Abindarraez, tomando a su esposa por
la mano, se fue a él y le dixo: Mira, Rodrigo,
de Namaez, si te cumplo bien mi palabra, pues
te prometí de boluer un preso, y te traygo dos,
que uno bastaua para uenRcr muchos. Ves
aqui mi señora: juzga si he pades^ido con
justa cau69) recíbenos por tuyos, que yo fio mi
persona y su honra de tus manos. El Alcayde
holgó mucho, y dixo a la dama: Señora, yo no
sé de nosotros quál ucurío al otro: mas yo deuo
mucho a entrambos. Venid y reposareys en
nuestra casa, y tenedla de aqui adelante por
tal, pues lo es su dueño. Con esto se fueron a
su aposento, y de ay a poco comieron, porque
nenian cansados. El Alcayde preguntó al moro
qué tal uenia de sus llagas. ParesRe (dixo el)
que con el camino las tengo harto enconadas y
con dolor. La hermosa Xarifa muy alterada
desto, dixo: ¿Qué es esto, señor, llagas teneys
uos que yo no sepa? Dixo el: Quien escapado las
nuestras en poco tendrá todas las otras. Verdad
es que de la escaramuRa de la noche saqué dos
pequeñas heridas, y el trabajo del camino y el
no auerme curado me ha hecho algún daño, pero
todo es poco. Bueno sera que os acosteys (dixo
el Alcayde) y yendra un cyrujano que yo tengo
aqui en el castillo y curaros ha. Luego la her-
mosa Xarifa le hizo desnudar, todauia altera-
da, pero con harto sossiego y reposo en su
rostro, por no le dar pena mostrando que la
tenia. £1 cyrujano uino, y mirándole las heri-
das dixo: Que como auian sido en soslayo no
eran peligrosas, ni tardarían en sanar mucho,
y con cierto remedio que luego le hizo, le mi-
tigó el dolor, y de ay a qnatro dias como le
curana con tanto cuydado cstuuo sano. Aca-
bando un dia de comer, el abencerraje dixo al
Alcayde estas palabras: Rodrigo de Naruaez
(según eres discreto) por la manera de nuestra
uenida auras entendido lo demás, yo tengo
esperanca que este negocio que aora tan da-
ñado está se ha de remediar por tus manos.
Esta es la hermosa Xarifa de quien te dixe es
mi señora y esposa, no quiso quedar en Coyn
de miedo de su padre, porque aunque él no sabe
lo que ha passado, todauia se temió que este caso
auia de ser descubierto. Su padre está aora con
el Rey de Granada, y yo sé que el Rey te ama
por tu esfuerzo y uirtnd aunque eres chrístiano.
Suplicóte alcances del que nos perdone auerse
hecho esto sin su licencia y sin que él lo supies-
se: pues ya la fortuna lo rodeó y traxo por este
camino. El Alcayde le dixo: Consolaos, seño-
res, que yo os prometo como hijo dalgo, de hazer
qnanto pudiere sobre este negocio, y con esto
mandó traer papel y tinta, y determinó de es-^
creuir una carta al Rey de Granada, que en
uerdaderas y pocas palabras le dixesse el caso,
la qual dezia assi:
íEluy poderoso Rey de Granada, el Alcayde
de Alora Rodrigo de Naruaez tu servidor beta
tus reales manos, y digo que Abindarraez
Abencerraje, que se crió en Cártama auiendo
nascido en Granada, estando en poder del Al-
cayde de la dicha fortaleza, se enamoró de la
hermosa Xarifa su hija. Después tú por hazer
merced al Alcayde, le passaste á Coyn. Los
enamorados porassegurarsc sé desposaron entre
si; y llamado el Abencerraje por el ausencia
del padre della que contigo tienes, fue a su for-
taleza, yo le encontré en el camino, y en cierta
escaramuca que con él tune- en que se mostró
muy valiente, esforcado y animoso, le gané por
mi prisionero, y contándome su caso, apiadado
y conmouido de sus megos, le hize libre por
dos dias, él fue y se vió con su esposa, de
suerte que en la jornada cobró a su esposa y
perdió la libertad. Pues uiendo ella que el Aben-
Cerraje boluio a mi prisión, quiso uenir con él,
y assi están aora los dos en mi poder. Suplico
te no te offenda el nombre de Abencerraje, pues
éste y su padre fueron sin culpa de la coniu ra-
ción contra tu Real persona hecha, y en testi-
monio dello binen ellos agora. A tu Alteza
humildemente suplico el remedio destos tristes
amantes se reparta entre ti y mí, yo perdonare
su rescate del, y libremente le soltaré, y manda
tú al padre della, pues es tu vassallo, que a ella
la peMone, y a él reciba por hijo, porque en
ello allende de hazerme a mi singular merced,
814
ORÍGENES DE LA NOVELA
harás aquello que de tn uirtud y grandeza 9e
espera.
Con esta carta despachó vno de sus es-
cuderos. El cual llegando hasta el Rey, se la
dio, él la tomó, y sabiendo cuya era, holgó mu-
cho, porque a este solo christiano amaua por
su ualor y persona, y en leyéndola, boluio el
rostro, y uio al Alcayde de Coyn, y tomándole
a parte, le dio la carta, diziendole: lee esta
carta, y él la leyó, y en uer lo que passaua, re-
cibió gran alteración. El Rey dixo: No te con-
goxes, aunque tengas causa; que ninguna cosa
rae pedirá el Alcayde de Alora, que pudiendo
la hazer, no la haga, y ansi te mando nayas
sin dilación a Alora, y perdones a tus hijos, y
los llenes luego á tu casa, que en pago deste
serui^io yo te haré siempre mercedes. El Moro
lo sintió en el alma, más uiendo que no podia
passar del mandado de su Roy, boluiendo de
buen continente, y sacando fuerzas de flaqueza,
como mejor pudo, dixo que ansi lo haría. Par-
tióse lo más presto que pudo el Alcayde de
Coyn, y llegó a Alora, a donde ya por el escu-
dero se sabía lo que passaua, y fue muy bien
rebebido. El Abencerraje y su hija pares^ieron
ante él con harta uerguen^a, y le besaron las
manos, e los recibió muy bien, y les dixo: No
se trate de cosas passadas; el Rey me mandó
hiziesse esto, yo os perdono ol aueros casado,
sin que lo supiesse yo; que en lo demás, hija,
UO0 escogpstes mejor mando que yo os lo su-
piera dar. Rodrigo de Naruaez holgó mucho
de uer lo que passaua, y les hazia muchas fíes-
tas y banquetes. Vn cQa acabando de conder,
les dixo: Yo tengo en tanto aner sido alguna
parte para que este negocio esté en tan buen
estado, que ninguna cosa me pudiera hazer más
alegre, y ansi digo que sola la honra de aueros
tenido por mis prisioneros, quiero por el' res-
cate desta prisión: vos, Abindarraez, sois libre,
y para ello teneys licencia de yros donde os plu-
guiere, cada y cuando que qoisieredes. El se lo
agradescio mucho, y ansi se aderecaron para
partir otro dia, acompañándolos Rodrigo de
Naruaez, salieron de Alora, y llegaron a Coyn
donde se hizieron grandes fiestas y regozijos a
los desposados, las quales fiestas pasadas, to-
mando los un dia a parte el padre, les dixo
estas palabras: Hijos, agora que sois señores
de mi hazienda, y estáis en sosiego, razón es
que cumplays con lo que deueys al Alcayde de
Alora, que no por aucr usado con uosotros de
tanta nirtud y gentileza, es razón pierda el
derecho de vuestro rescate, antes se le deue (si
bien se mira) muy mayor, yo os quiero dar qua-
tro mil doblas zaenes, embiadselas, y tenedle
desde aqui adelante, pues lo meresce, por amigo,
aunque entre él y uosotros sean las leyes dife-
rentes. El Abencerraje se lo agradescio mucho,
y tomándolas, las embió a Rodrigo de Namaes,
metidas dentro de un mediano y rico coffre, y
por no mostrarse de su parte corto y desagra-
decido, juntamente le embió seys muy hermo-
sos y enjaezados cauallos, con seys adftrgas y
laucas, cuyos hierros y recatones eran de fino
oro. La hermosa Xarifa le escrinio una muy
dulce y amorosa carta, agradesciendole mucho
lo que por olla auia hecho. Y no qneríendo
mostrarse menos liberal y agradescida que los
demás, le embió una caxa de acipres mny olo-
rosa, y dentro en ella mucha y mny preciosa
ropa blanca para su persona. El Alcayde uale-
roso tomó el presente, y agradesciendolo ma-
cho a quien se lo embiaua, repartió Inego los
cauallos y adargas y laucas por los hidalgos
que le acompañaron la noche de la escaramuca,
tomando uno para si, el que más le contentó, y
la caxa de acipres, con lo que la hermosa Xa-
rifa le auia embiado, y boluiendo las qnatro
mil doblas al mensajero, le dixo: Decid a la
señora Xarifa, que yo recibo las doblas en res-
cate de su marido, y a ella le simo con ellas
para ayuda de los gastos de su boda, porque
por sola su amistad 1a*ocaré todos los intereses
del mundo, y que tenga esta casa por tan suya
como lo es de su marido. El mensajero se bol-
uio a Coyn, donde fue bien recibido, y muy
loada la liberalidad del magnánimo capitán, cuyo
linaje dura hasta aora, en Antequera, corres-
pondiendo con magníficos hechos al origen
donde proceden. Acabada la historia, la sabia
Felicia alabó mucho la gracia, y buenas pala-
bras con que la hermosa Felismena la auia con-
tado, y lo mismo hizieron las que estaban pre-
sentes, las cuales tomando licencia de la sabia
se fueron a reposar.
Fin del cuarto libro.
LIBRO QUINTO
DE LA DIANA DE OBOROB DE MONTBMAYOR
Otro dia por la mañana, la sabia Felicia
lenantó, y se fue al aposento de Felismena, la
cual halló acabándose de vestir, no con pocas
lagrimas, párese iendole cada hora de las que
alli estaña mil años. Y tomándola por la mano,
se salieron a vn corredor que estaña sobre el jar-
din, adonde la noche anteis hanian cenado, y ha-
uiendole preguntado la causa de sus lagprimas,
y consolándola con dalle esperanca que sus
trabajos aurian el fin que ella deseaua, le dixo:
Ninguna cosa hay oy en la vida más aparejada
para quitalla a quien quiere bien, que quitalle
con esperancas inciertas el remedio de su mal:
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
815
porque no ay hora, en quanto desta manera
bine, qne no le paresca tan espaciosa quanto las
de la yida son apressuradas. Y porque mi des-
seo es, que el nuestro se cumpla, y después de
algunos trabajos, consigays el descanso que la
fortuna os tiene prometido, nos partireys desta
nuestra casa, en el mismo habito en que venia-
des, quando a mis Nimphas defendistes de la
fuerza que los fieros saluages les querían hazer.
Y tened entendido, que todas laa yezes qne
mi aiuda y fauor os fuera ne9e8sarío, lo hafia-
reys sin que ayays menester embiarmeío a pedir:
assi que (hermosa Felismena) vuestra partida
sea luegpo, j confiad en Dios que vuestro desseo
aura buen fin: porque si yo de otra suerte lo
entendiera, bien podeys creer, que no me falta-
rán otros remedios para hazeros mudar el pen-
samiento, como a algunas personas lo he hecho.
Muy grande alegría recibió Felismena, de las
palabras, que la sabia FelÍ9Ía le dixo, a las
quales respondió: No puedo alcan^r (discreta
sefiora) con qué palabras podría encares^er, ni
con qué obras podría seruir la mer9ed que de
vos recibo. Dios me llegue a tiempo en que la
ezperíeuQia os dé a entender mi desseo. Lo que
mandajs pondré yo luego por obra, lo cual no
puede dezarde supederme muy bien: siguiendo
el consejo de quien para todas las cosas sabe
dallo tan bueno. La sabia Felicia la abracó, di-
ziendo: yo espero en Dios, hermosa Felismena,
de veros en esta casa con más alegría de la que
llenáis. Y porque los dos pastores y pastoras
nos están esperando, razón será que vaya a
dalles el remedio que tanto an menester. Y sa-
liéndose ambas a dos a vna sala hallaron a
Syluano, y a Sireno, y a Belisa, y a Seluagia,
que esperándolos estañan, y la sabia Felicia
dixo a Felismena: Entretened (hermosa sefio-
ra) nuestra compafiia entre tanto que yo ñengo:
y entrándole en un aposento, no tardó mucho en
salir, con dos nasos en las manos de fino crístal
con los -pies de oro esmaltados, y llegándose a
Sireno, le dixo: Oluidado pastor, si en tus ma-
les uniera otro remedio, si no este, yo te lo (^)
buscara con toda diligencia possible, pero ya que
no puedes gozar de aquella que tanto te quiso,
sin muerte agena, y está este en mano de solo
Dios, es menester que recibas otro remedio
para no dessear cosa qne es imposible alcan^a-
Ua. Y tú, hermosa Seluagia, y desamado Syl-
uano, tomad esse naso, en el qual hallareys
grandissimo remedio para el mal passado, y
principio para grandissimo contento: del qual
nosotros estay s bien descuydados. "Y tomando
el naso, que tenia en la mano yzquierda, le
puso en la mano a Sireno, y mandó que lo
beuiesse, y Sireno lo hizo luego, y Seluagia y
C) Ze en la edición de Milán.
Syluano benieron ambos el otro: y en este
punto cayeron todos tres en el suelo adormi-
dos, de que no poco se espantó Felismena, y la
hermosa Belisa, que alli estaña, a la qual dixo
la sabia Felicia: no te desconsueles (o Belisa)
que aun yo espero de uerte tan consolada
como la que más lo estouiere. Y hasta que la
uentura se canse de negarte el remedio que
para tan grane mal as menester, yo quiero que
quedes en mi conpañia. La pastora le quiso
besar las manos por ello, Felicia no lo consin-
tió: mas antes la abracó, mostrándole mucho
amor. Felismena estaña espantada del sueño
de los pastores, y dixo a Felicia: paresce me,
señora, que si el descanso destos pastores está
en dormir, ellos lo hazen de manera, que biui-
ran los más descansados del mundo. Felicia le
respondió: No os espanteyR desso: porque el
agua que ellos benieron, tiene tal fuerca ansí
la una, como la otra, que todo el tiempo que yo
quisiere, dormirán, sin que baste ninguna per-
sona a despertallos. Y para que ueays si esto
es ansí, prona a llamarlo. Felismena llegó en-
tonces a Syluano, y tirándole por vn braco, le
comenco a dar grandes bozes, las quales apro-
necharon tanto, como si las diera a un muerto:
y lo mismo le aniño con Sireno y Seluagia, de
lo que Felismena qnedó assaz marauíllada. Fe-
licia le dixo: pues más os marauillareys des-
pués que se despierten, porque uereys una cosa
la más estrena que nunca imaginastes; y por-
que me paresce que el agua deue aner obredo lo
que es menester, yo quiero despertar, y estad
atenta, porque oyreys marauillas. Y sacando
un libro de la manga, se llegó a Sireno: y en
tocándole con él sobre la cabeca, el pastor se
leuantó luego en pie con todo su juyzio, y Feli-
cia le dixo: Dime, Sireno, si acaso niesses la
hermosa Diana con su esposo, y estar los dos con
todo el contentamiento del mundo ríendose de
los amores que tú con ella anias tenido, qué
harías? Sireno respondió: Por cierto señora,
ninguna pena me darían, antes les ayudaría a
reyr de mis locures passadas. Felicia le replicó:
¿y si acaso ella fuere ahora soltera y se qui-
siera casar con Syluano y no contigo, qué hi-
ziere? Sireno le respondió: yo mismo fuere el
que tretara de concertallo. ¿Qué os parece (dixo
Felicia contre Felismena) si el agua sabe des-
atar los nudos, que este pemerso de amor haze?
Felismena respondió: jamas, pudiere creer yo,
qne la sciencia de una persona humana pu-
diere llegar a tanto como esto. Y bolniendo á
Sireno, le dixo: ¿qué es esto, Sireno? Pues las
lagrimas y sospiros con que manifestauas tu
mal, tan presto se an acabado? Sireno le res-
pondió: pues que los amores se acabaron, no es
mucho que se acabase lo que ellos me hazian
hazer. Felismena le boluio adezir: ¿y que es pos-
316
ORÍGENES DE LA NOVELA
si ble, Sireno, que ya no quieres bien luás a
Diana/ El mismo bien le quiero (dixo Sireno)
que os quiero a uos, j a otra qualqniera per-
sona, que no me aya ol'fendido. Y viendo Feli-
cia quán espantada estaua Felismena de la súbi-
ta mudanza de Sireno, le dixo: Con esta medi-
cina curara yo, liermosa Felismena, \iie6tromal,
y el vuestro, pastora Belisa, si la fortuna, no
os tuuiera guardadas para muy mayor conten-
tamiento de lo que fuera ucros en nuestra li-
bertad. Y para que ueays quán differentemente
ha obrado en Syluano y en Seluagia la medÍ9Ína
bien será despertarlos, pues basta lo que han
dormido. Y poniendo el libro sobre la cabera a
Siluanoselcuautó, diziendo: ¡O hermosa Selua-
gia, quán gran locura ha sido, auer empleado en
otra parte el pensamiento después que mis ojos
te uieron! ¿Qué es esso Syluano, dixo Felicia,
teniendo tan presto el pensamiento en tu pas-
tora Diana, tan súbitamente le pones ahora en
Seluagia? Syluano le respondió: Discreta seño-
ra, como el nauio anda perdido por la mar sin
poder tomar puerto seguro, ansi anduuo mi
pensamiento en los amores de Diana todo el
tiempo que la quise bien, mas agora be llegado
a un puerto, donde plegaa Dios que sea tan bien
recebido, como el amor que yo le tengo lo me-
res9e. Felismena quedó tan espantada del se-
gundo genero de mudanya que uio en Syluano,
como del primero que en Sireno auia uisto, y
dixole riendo: pues qué hazes, que no despier-
tas a Seluagia, que mal podra oyr tu pena una
])astora que duerme? Siluano entonces tirándole
del brayo le comen9o a dezir a grandes bozes:
Despierta, hermosa Seluagia, pues despertaste
mí i>eusamiento del sueño de las ignoran9Ías
passadas. Dichoso yo, pues la fortuna me ha
puesto en el mayor estado que se podia dessear:
í'qué es esto, no me oyes, o no quieres respon-
derme? Cata que no suffre el amor que te
tengo, no ser oydo. O Seluagia, no duermas
tanto, ni permitas que tu sueño sea causa que
el de la muerte dé fin á mis dias. Y viendo
que no aprouechaua nada llamarla, comenyo a
derramar lagrimas en tan gran abundancia,
que los presentes no pudieron dexar de ayu-
da He, mas Felicia dixo: Syluano amigo, no te
ufflijas, que yo haré que responda Seluagia, y
que la respuesta sea tal, como tú desseas; y to-
mándole por la mano, le metió en un aposento,
y le dixo: No salgas de ay, hasta que te llame.
Y luego boluio a do Seluagia estaua, y tocán-
dola con el libro despertó, como los demás
auian hecho. Feliyia ledixo: Pastora, muy des-
cuydada duennes. Seluagia respondió: Señora,
qué es del mi Syluano? no estaua él junto con-
migo? Ay Dios, quién me lo lleuó de aqui? Si
i)oluiera? Y Feliyia le dixo. Escucha, Seluagia,
que pare89e que desatinas: a« de saber que el
tu querido Alanio está a la puerta, j dize que
ha andado por muchas partes perdido, en boBca
tuya . y trae lÍ9en9Ía de su padre para casarse
contigo. Essa Ii9en9ia (dixo Seluagia) le apro-
uechará a él muy poco, pues no la tiene de mi
pensamiento. Syluano qué os del? Adonde está?
Pues como el pastor Syluano oyó hablar a Se-
luagia, no pudo suffrir sin salir luego á la sala
donde estaua, y mirándose los dos con mucho
amor, lo confirmaron tan grande entre si, que
sola la muerte bastó para acaballo, de que no
poco contentamiento reyibio Sireno, y Felis-
mena, y aun la pastora Belisa. Fel¡9Ía les dixo:
Razón será, [pastores y hermosa pastora, qae
os boluays a vuestros ganados, y tened enten-
dido que mi fauor jamas os podra faltar, y el fin
de vuestros amores será quando por matrimo-
nio cada uno se*|ayunte con quien dessea. Yo
temé cuydado de anisaros, quando sea tiempo,
y vos (hermosa Felismena) aparejaos para la
partida, porque mañana cumple que partays de
aqui. En esto entraron todas las Nimphas por
la puerta de la sala, las cuales ya sabian el
remedio que la sabia Feliyia auia puesto en el
mal de los pastores: de lo cual reyibieron gran-
dissimo plazer, mayormente Dorida, Cínthia, y
Polidom: por auer sido ellas la principal oca-
sión de su contentamiento. Los dos nuenos
enamorados no enteudian en otra cosa, sino en
mirarse uno a otro, con tanta afeepion y blan-
dura como si uniera mil años que vuieran
dado prínyipio a sus amores. Y aquel dia estn-
uieron alli todos, con grandíssimo contenta-
miento, hasta que otro dia de mañana, despi-
diéndose los dos pastores, y pastora, de la
sabia FelÍ9Ía, y de Felismena, y de Belisa, y
assi mismo de todas aquellas Nimphas^ se bol-
uieron con grandissinia alegría a su aldea,
donde aquel mismo dia llegaron. Y^ la hermosa
Felismena que ya aquel dia se auia uestido en
trage de pastora, despidiéndose de la sabia
FelÍ9Ía, y siendo muy particularmente anisada
do lo que auia de hazer, con muchas lagrimas
la abrayó, y acompañada de todas aquellas
Nimphas, se salieron al gran patio, que delante
de la puerta estaua, y abrayundo a cada vna
por si, se partió por el camino donde la gnia-
ron. No yua sola Felismena este camino, ni aun
sus imaginaciones la dañan lugar a que lo
fuesse, pensando yua en lo que la sabia Feliyia
le auia dicho, y por otra parte considerando la
poca ventura que hasta alli auia tenido en sus
amores, le hazia dudar de su descanso. Con
esta contrariedad de pensamientos yua lidian-
do, los quales aun que por vna parte la cansa-
uan, por otra la entretonian, de manera que no
sentia la soledad del camino. No vuo andado
mucho por en medio de vn hermoso valle,
quando a la cayda del Sol, vio de lexos vna
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
317
oho^a de pastores, que entre ynas euzinas esta-
ña a la entrada do yn bosque, y persuadida de
la hambre, se fue hazia ella, j también porque la
fiesta comengaua de manera que le sería forjado
passalla debazo de aquellos arboles. Llegado
a la cho9a, oyó que vn pastor dezia a vna pas-
tora que cerca del estaua assentada: No me
mandes, Amarílida, que cante, pues entiendes la
i3>yon que tengo de llorar todos los dias que el
alma no desampare estos cansados miembros;
que puesto caso que la música es tanta parte
para hacer acres^cntar la tristeza del triste,
como la aleg^ia del que más contento biue, no
es mi mal de suerte, que pueda ser disminuydo,
lii accres9entado, con ninguna industria hu-
mana. Aqui tienes tu jampona, tañe, canta,
pastora, que muy bien lo puedes hazer: pues
que (') tienes el cora9on libre y la voluntad essen-
ta de las subiec^iones de amor. La pastora le
respondió: no seas, Arsileo, auariento de lo que
la naturaleza con tan larga mano te ha concedi-
do: pues quien te lo pide sabrá complazerte en
lo que tú quisieres pedillc. Canta si es possiblc
aquella canción que a petición de Argasto
heziste, en nombre de tu padre Arscnio, quando
ambos seruiades a la hermosa pastora Belisa.
El pastor le respondió: Estraña condipion es
la tuya (o Amarilida) que siempre me pides
que haga lo que menos contento me da. ¿Qué
haré que por fuerza he de complazerte, y no por
fuerza, que assaz de mal aconsejado seria quien
de su voluntad no te síniiesse. Mas ya sabes
cómo mi fortuna me va a la mano, todas las ve-
zes que algún aliuio quiero tomar: o Amarilida,
viendo la razón que tengo de estar contino llo-
rando me mandas cantar? Por qué quieres
ofender a las ocasiones de mi tristeza? Plega a
Dios que nunca mi mal vengas a sentillo en
causa tuya propia, porque tan a tu costa no te
informe la fortuna de mi pena. Ya sabes que
perdi a Belisa, ya sabes que bino sin esperanza
de cobralla: por qué me mandas cantar? Mas no
quiero que me tengas por descomedido, que no
es de mi condición serlo con las pastoras á
quien todos estamos obligados a coniplazor. Y
tomando un rabel^ que cerca de sí tenía, le co-
menco a templar, para hazer lo que la pastora
le mandaua. Felismena que acechando estaua
oyó muy bien lo que el pastor y pastora pas-
sanan: quando vio que hablanan en Arsenio y
Arsileo, seruidores de la pastora Belisa, a los
cuales tenia por muertos, según lo que Belisa
auia contado a ella, y a las Nimphas y pasto-
res, quando en la cabana de la isleta la halla-
ron, uerdaderamentc pensó lo que veya ser
alguna visión, o cosa de sueno. Y estando
atienta, uio como el pastor couienco a tocar el
(*) Falta ét que en la edición de Milán.
rabel tan diuinamente, que pares^ia cosa del
ciclo: y auiendo tañido vn poco, con vna boz
más angélica, que de hombre humano, dio prin-
cipio a esta canción:
iAy vanas esperancas, quantos dias
anduue hecho sieruo de vn engaño,
y quán en vano mis cansados ojos
con lagrimas regaron este valle!
pagado me an amor y la fortuna,
pagado me an, no sé de qué me quexo.
Gran mal deuo passar, pues yo me quexo,
que hechos á sufrir están mis ojos
los trances del amor, y la fortuna:
¿sabeys de quien me agrauio? de un engaño
de una cruel pastora deste valle,
do puse por mi mal mis tristes ojos.
Con todo mucho deuo yo a mis ojos,
aunque con el dolor dellos me quexo.
pues ui por causa suya en este valle,
la cosa más hermosa que en mis dias,
jamas pense mirar, y no me engaño:
pregúntenlo al amor y la fortuna.
Aunque por otra parte la fortuna,
el tiempo, la ocasión, los tristes ojos,
el no estar receloso del engaño,
causaron todo el mal de que me quexo:
y ansi pienso acabar mis tristes dias,
contando mis passiones a este valle.
Si el rio, el soto, el monte, el prado, el valle,
la tierra, el cielo, el hado, la fortuna,
las horas, los momentos, años, dias,
el alma, el coracon, también los ojos,
agrauian mi dolor, quando me quexo,
¿por qué dizes pastora que me engaño?
Bien sé que me engañé, más no es engaño,
porque de auer yo uisto en este ualle
tu estraña perfección, jamas me quexo,
sino de ver que quiso la fortuna
dar a entender a mis cansados ojos,
que allá ucmia el remedio tras los dias.
Y son pasados años, meses, dias,
sobre esta confianca y claro engaño:
cansados de llorar mis tristes ojos,
cansado de escucharme el soto, el valle,
y al cabo me responde la fortuna,
burlándose del nial de que me quexo.
¿Mas o triste pastor, de qué me quexo,
si no es de no acabarse ya mis dias?
¿por dicha era mi esclana la fortuna?
¿halo ella do pagar, si yo me engaño?
¿no anduuo libre, essento en este ualle?
¿quién me mandaua a mi alear los ojos?
¿Mas quién podra también domar sus ojos
o cómo biuire si no me quexo,
del mal que amor me hizo en este ualle?
mal aya un mal que dura tantos dias,
mas no podra tardar, si no me engaño,
que muerte no dé fin a mi fortuna.
818
orígenes de la novela
Venir saele bonan9a8 tras fortana,
mas ya nanea verán jamas mis ojos:
ui aun pienso caer en este engaño,
bien basta ya el primero de quien quexo,
y quexaré, pastora, quantos dias
durare la memoria deste ualle.
Si el mismo dia, pastora, que en el ualle
dio causa que te uiesse mi fortuna,
llegara el fin de mis cansados dias,
o al menos uiera esquiuos essos ojos:
yessara la razón con que me quexo,
y no pudiera yo llamarme a engaño.
Mas tú determinando hazerme engaño
quando me uiste luego en este ualle,
mostrauaste benigna, yed si quexo
contra razón de amor, y de fortuna;
después no sé por qué buelues tus ojos,
cansarte deuen ya mis tristes dias.
Canción de amor, y de fortuna quexo:
y pues duró vn engaño tantos dias,
regad ojos, regad el soto, el ualle.
Esto cantó el pastor con muchas lagrimas,
y la pastora lo oyó con grande contentamiento
de uer la grayia con que tañia y cantaua: mas
el pastor después que dio fin a su can9Íon, sol-
tando el rabel de las manos, dixo contra la
pastora: ¿Estás contenta, Amarilida, que por
solo tu contentamiento, me hagas hazer cosa
que tan fuera del mió es? Plega a Dios (o Al-
feo) la fortuna te trayga al punto a que yo por
tu causa he uenido: para que sientas el cargo
en que te soy por el mal que me hiziste. O Be-
lisa, quién ay en el mundo, que más te deua
que yo? Dios me trayga a tiempo que mis ojos
gozen de ver tu hermosura, y los tuyos vean si
soy en conos9Ímiento de lo que les deuo. Esto
dezia el pastor con tantas lagrimas que no
vuiera cora9on por duro que fuera, que no se
ablandara. Oyéndole la pastora, le dixo: Pues
que ya (Arsileo) me has contado el prin9Ípio
de tus amores, y cómo Arsenio tu padre fue la
prin9Ípa] causa de que tu quisiesses bien á Be-
lisa, porque siruiendola él, se aproucchaua de
tos cartas y can9Íones, y aun de tu música
(cosa que él pudiera muy bien escusar) te ruego
me cuentes cómo la perdiste. Cosa es essa (le
respondió el pastor) que yo querría pocas vezes
contar, mas ya que es tu condÍ9Íon mandar me
hazer y dezir aquello en que más pena recibo,
escacha, que en brcues palabras te lo diré. Auia
en mi lugar vn hombre llamado Alfeo, que en-
tre nosotros tuuo siempre fama de grandíssimo
nigromante, el qual queria bien a Belisa pri-
mero que mi padre la comen9asse a seruir, y
ella no tan solamente no podia velle, mas aun
si le hablauan en él, no auia cosa que más pena
le diesse. Pues como éste supiesse un con9Íerto
que entre mí y Belisa auia, de ylla a hablar
desde en9ima de vn moral, que en un* huerta
suya estaua, el diabólico Alfeo hice a dos es-
piritus que tomasse el uno la forma de mi pa-
dre Arsenio, y el otro la mia, y que foesse el
que tomó mi forma al con9¡erto, y el que tomó
la de mi padre uiniesse alli, y le tirasse con ana
ballesta, fingiendo que era otro, y que oiniesse
él luego, como que lo auia cono89Ído, y se ma-
tase de pena de auer muerto a su hijo, a fin de
que la pastora Belisa se diesse la muerte, nien-
do muerto a mi padre y a mi, o a lo menos hi-
ziesse lo que hizo. Esto hazia el traydor de
Alfeo, por lo mucho que le pesaua de saber lo
que Belisa me quería, y lo poco que se le daoi
por él. Pues como esto ansi fue hecho, y a Be-
lisa le pares9Íese que mi padre y yo fuessemos
muertos, de la forma que he contado, desespe-
rada se salió de casa, y se fue donde hasta
agora no se ha sabido della. Esto me contó la
pastora Armida, y yo uerdaderamente lo creo,
por lo que después acá ha su9edido. Felismena
que entendió lo que el pastor auia dicho, quedó
en extremo marauillada, pares9Íendole que lo
que dezia lleuaua camino de ser assi, y por las
señales que en él vio vino en cono89¡miento de
ser aquel Arsileo, seruidor de Belisa, al qual
ella tenia por muerto, y dixo entre sí: No seria
razón que la fortuna diesse contento ninguno
a la persona, que lo negasse a vn pastor qae
también lo merece, y lo ha menester. A lo me-
nos, no partiré yo deste lugar, sin dársele tau
grande, como lo re9ebira con las nueoas de su
pastora. Y llegándose a !a puerta de la cho9a,
dixo contra Amarílida: Hermosa ptttUxm, a
vna sin ventura que ha peidido el camino, y aun
la esperanza de cobraUe, no le dierades licencia
para que passasse la fiesta en este vuestro
aposento? La pastora quando la vio, quedó tan
espantada de ver su hermosura, y gentil dis-
pos¡9Íon, que no supo respondelle: empero Ar-
sileo le dixo: por 9Íerto, pastora, no falta otra
cosa para hazer lo que por vos es pedido, sino
la posada no ser tal como vos la meresceys,
pero si desta manera soys seruida, entra que
no aura cosa que por scruiros no se haga. Fe-
lismena le respondió: Esas palabras (Arsileo)
bien pare89en tuyas, mas el contento que yo eu
pago dellas te dexaré, me dé Dios a mi en lo
que tanto ha que desseo. Y diziendo esto, se
entró en la choya, y el pastor y la pastora se
leuantaron, haziendole mucha cortesia, y bol-
uiendose a sentar todos, Arsileo le dixo: por
ventura, pastora, ha os ha dicho alguno mi nom-
bre, o aueys me uisto eu alguna parte antes de
aora? Felismena le respondió: Arsileo, más sé
de ti de lo que piensas, aunque estés en trage
de pastor, muy fuera de como yo te ui, quando
en la academia Salamantiua estudiauas. Si al-
guna cosa ay que comer, mándamela dar, por-
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
819
que después te diré vna cosa que tú machos
días ha que desseas saber. Esso haré 70 de muy
bnena gana (dizo Arsileo) porque ningún ser-
aÍ9¡o se os puede hazer, que no quepa en vues-
tro meres9Ímiento. Y descolgando Amarilida y
Arsileo sendos 9urrones, dieron de comer a Fe-
lismena, de aquello que para si tenían. Y des-
pués que Yuo acabado, deseando Felismena de
alegrar a aquel que con tanta tristeza biuia, le
empe90 a hablar desta manera: No ay en la yi-
da (o Arsileo) cosa que en más se deua tener,
que la firmeza, y más en cora9on de muger
adonde las menos yezes suele hallarse, mas
también hallo otra cosa, que las más yezes son
los hombres causa de la poca con8tan9Ía que
con ellos se tiene. Digo esto, por lo mucho que
tú deues a yna pastora que yo conozco, la qual
si agora supiesse que eres bino, no creo que
auria cosa en la uida que mayor contento le
diesse. Y enton9es, le comen9o a contar por
orden todo lo que auia passado, desde que
mató los tres saluages, hasta que uino en casa
de la sabia Felicia. En la qual cuenta, Arsileo
oyó nueuas de la cosa que más quería, con todo
lo que con ella auian passado las Nimphas, al
tiempo que la hallaron durmiendo en la isleta
del estanque, como atrás aueys oydo, y lo que
sintió de saber que la fe que su pastora le tenia
jamas su cora9on auia desamparado, y el lugar
cierto donde la auia de hallar, fue su contenta-
miento tan fuera de medida, que estuuo en
poco de ponelle a peligro la vida. Y dixo con-
tra Felismena: ¿qué palabras bastarían (hermo-
sa pastora) para encares9er la gran mer9ed que
de yos he re9ebido, o qué obras para poderos
la seruir? Plega a Dios que el contentamiento,
que yos me aueys dado, os dé él en todas las
cosas que yuestro cora9on dessea. O mi señora
Belisa, que es posible, que tan presto he yo de
ver aquellos ojos, que tan gran poder en mi tu-
uieron? Y que después de tantos trabajos me
auia de suc9eder tan soberano descanso? Y di-
ziendo esto con muchas lagríraas tomaua las
manos de Felismena, y se las besana. Y la pas-
tora Amarilida hazia lo mesmo, diziendo: ver-
daderamente (hermosa pastora) vos aueys ale-
grado yn cora9on el más triste que yo he pen-
sado ver, y el que menos meres9Ía estarlo.
Seys meses ha, que Arsileo bine en esta cabana
la más triste vida que nadie puede pensar. Y
vnas pastoras que por estos prados repastan
sus ganados (de cuya compañía yo soy) algu-
nas uezes le entrañamos a ver y a consolar, sí
su mal sufriera consuelo. Felismena le respon-
dió: no es el mal de qne está doliente, de ma
ñera que pueda re9ebir consuelo de otro, sino
es de la causa del o de quien le dé las nueuas
que yo aora le he dado. Tan buenas son para mi,
hermosa pastora (le dixo Arsileo) que me han
renouado un cora9on enuege9Ído en pesares. A
Felismena se le entrenes9Ío el cora9on tanto de
uer las palabras que el pastor dezia, y de las
lagrimas, que de contento Uoraua, quanto con
las suyas dio testimonio, y desta manera estu-
uieron allí toda la tarde, hasta que la fiesta fue
toda passada, que despidiéndose Arsileo de las
dos pastoras, se partió con mucho contento,
para el templo de Diana, por donde Felismena
le auia guiado.
Syluano y Seluagia con aquel contento que
suelen tener los qne gozan después de larga
ausen9Ía de la vista de sus amores, caminauan
hazia el deleytoso prado, donde sus ganados
andauan pas9Íendo, en compañía del pastor Si-
reno; el qual aunque yna ageno del contenta-
miento que en ellos ueya, también lo yna de la
pena que la falta del suele causar. Porque ni él
pensaua en querer bien ni se le daua nada en
no ser querído. Syluano le dezia: Todas las ue-
zes que te miro (amigo Sireno) me pares9«
que ya no eres el que solías: mas antes creo
que te has mudado, juntamente con los pensa-
mientos. Por una parte casi tengo piedad de ti,
y por otra, no me posa de verte tan descuyda-
do de las desuenturas de amor. ¿Por qué parte
(dixo Sireno) tienes de mi manzilla? Syluano
le respondió. Porque me pares9e, que estar vn
hombre sin querer, ni ser querido, es el más
enfadoso estado, que puede ser en la vida. No
ha muchos días (dixo Sireno) que tú entendías
esto muy al renes, plega a Dios que en este
mal estado me sustente a mi la fortuna, y a ti
en el contento que re9Íbes con la vista de Sel-
uagia. Que puesto caso, que se puede auer em-
bidia de amar, y ser amado de tan hermosa
pastora: yo te aseguro que la fortuna no se
descuyde de templaros el contento que re9ebÍ8
con vuestros amores. Seluagia dixo entonces:
no será tanto el mal que ella con sus desuaria-
dos suc9eso8 nos puede hazer, quanto es el bien
de verme tan bien empleada. Sireno le respon-
dió: Ah Seluagia, que yo me he visto también
querido quanto nadie puede verse, y tan sin
pensamiento de ver fin a mis amores, como
vosotros lo estay s aora: Mas nadie haga cuen-
ta sin la fortuna, ni fundamento sin considerar
las nmdan9as de los tiempos. Mucho deuo a la
sabía FeIÍ9Ía, Dios se lo pague, que nunca yo
pense poder contar mi mal en tiempo que tan
poco lo sintiesse. En mayor deuda le soy yo
(dixo Seluagia) pues fue causa que quisiessa
bien a quien yo jamas dexe de uer delante mis
ojos. Syluano dixo boluiendo los suyos hazia
ella: essa deuda, esperan9a mía, yo soy el que
con más razón la denía pagar, a ser cosa que
con la vida pagar se pudiera. Essa os dé Dios,
mí bien (dixo Seluagia) porque sin ella la mía
sería muy escusada. Sireno viendo las amorosas
320
ORÍGENES DE LA NOVELA
palabras qiKi se dezian, medio riendo les dixo:
No me pares^e mal qne cada nno se sepa pagar
tan bien <jae ni quiera quedar en deada, ni que
le deuan, y aun lo que me parcs^e, es que seg^n
las palabras que unos a otros dezis, sin 70 ser
el tercero, sabríades tratar nuestros amores. En
estas y otras razones passauan los nuenos ena-
morados y el descuydado Sireno el trabajo de
su camino, al qnal dieron fin al tiempo que el
sol se queria poner, y antes que llegassen a la
fuente de los Alisos, oyeron vna boz de una
pastora, que dulcemente cantaua: la qual fue
luego conos^ida, porque Syluano en oyéndola,
les dixo: Sin duda es Diana, la que junto a la
fuente de los Alisos canta. Seluagia respondió:
Verdaderamente aquella es, metamonos entre
los rayrthos, junto a ella, porque mejor poda-
mos oylla. Sireno les dixo: Sea oomo nosotros
ordenaredes, aunque tiempo fue que me diera
mayor contento su música, y aun su yista ({ue
no agora. Y entrándose todos tres por entre
los espesos myrthos, ya que el sol se quería po-
ner, vieron junto a la fuente a la hermosa Dia-
na, con tan grande hermosura, que como si
nunca la vuieran yisto, ansi quedaron admira-
dos: tenia sueltos sus hermosos cabellos, y to-
madas atrás con una yinta encarnada, que por
medio de la cal>e9a los repartía. Los ojos pues-
tos en el suelo y otras vezes en la clara fuente,
y limpiando algunas lagrímas, que de quando
en quando le corrían, cantaua este romance.
Quando yo triste nas^i,
luego nas^i desdichada:
luego los liados monstraron
lui suerte desuenturada,
el sol escondió sus rayos,
la luna ((uedó eclipsada,
murió mi madre en pariendo,
mo<;.a hermosa, y mal lograda:
el ama ([ue me dio leche,
jamas tuno dicha en nada,
n¡ menos la tune yo,
soltera ni desposada.
Quise bien, y fuy querida:
oluidé, y fuy oluydada:
esto causo vn casamiento,
que a mí me tiene cansada.
Casarca yo con la tierra,
nn me viera sepultada
entre tanta desuentura
que lio puede ser contada.
Mo^a me casó mi padre,
(le su obediencia* forjada:
puse a Sireno en oluido
que la fe me tenia dada,
pai^o tan bien mi descuyJo
qual no fu(» cosa pagada.
Celos me hazen la guerra.
sin ser en ellos culpada:
con 9«lo8 uoy al gimado,
con celos a la majada,
y con celos me leuanto
contino a la madrugada:
con celos como a su mesa,
y en su cama só acostada,
si le pido de qne ha celos,
no sabe responder nada;
jamas tiene el rostro alegre,
siempre la cara inclinada,
los ojos por los ríncones,
la habla tríste y turbada,
¡cómo biuira la tríste
que se uee tan mal casada!
A tiempo pudiera tomar a Sireno el tríste
canto de Diana, con las lagrímas qne demma-
ua cantando y la tristeza de que su rostro daui
testimonio, que al pastor pusieran en nesgo de
perder la uida, sin ser nadie parte para reme-
dialle, mas como ya su coracon estaña libre de
tan peligrosa prisión, ningún contento recibió
con la uista de Diana, ni pena con sos tristes
lamentaciones. Pues el pastor Syluano, no te-
nia a su parescer porque pesalle de níngnn
mal que a Diana succediesse; visto como ella
jamas se auia dolido de lo que a su causa aaia
passado. Sola Seluagia le ayudó con lag^rímas,
temerosa de su fortuna. Y dixo contra Sireno.
Ninguna perfección, ni hermosura puede dar la
naturaleza, que con Diana largamente no la
aya repartido: porque su hermosura no creo yo
que tiene par, su gracia, su discreción, con to-
das las otras partes que una pastora deue tener.
Nadie le haze uentaja, sola una cosa le faltó,
de que yo siempre le yue miedo, y esto es la
ventura: pues no quiso dalle compañía con qoe
pudiesse passar la uida, con el descanso que ella
meresce. Sireno res|>ondio: quien a tantos le ha
quitado, justa cosa es que no le tenga. Y no
digo esto, ]K)rque no me pese del mal desta
pastora, sino por la grandissima causa que ten-
go do dessearsole. No digas esso (dixo Selua-
gia) que yo no puedo creer que Diana te aya
ofendido en cosa alguna. ¿Qué offeusa te hizo
ella en casarse, siendo cosa que estaua en la no-
luntad de su padn^ y deudos, más quen la tuya?
Y después de casada, qué pudo hazer por lo
que tocaua a su honra, sino oluidartc? cierto,
Sireno, para quexarte de Diana más legitimas
cansas auia de auer que las que hasta aora
einos uisto, Siluano dixo: Por cierto. Sirena,
Seluagia tiene tanta razón en lo que dize qne
nadie con ella se lo puede contradizir. Y si al-
guno con causa se puede quexar de su ingrati-
tud, yo soy: que la quise todo lo que se puede
querer, y tuuo tan mal conoscimiento, como fue
el tratamiento que vistes que siempre me bft-
DIANA^ DE GEORGE DE MONTEMAYOR
321
zia. Selnagia respondió, poniendo en el unos
amorosos ojos, y dixo: Pues no erades uos mi
pastor para ser mal tratado, (^ue ninguna pas-
tora aj en el mundo, que no gane mucho en que
uos la querays. A este tiempo Diana sintió que
9erca della hablauan, porque los pastores se
anian descujdado algo de hablar, de manera
qiie ella no les oyesse: j Icuantandose en pie
miró entre los mjrthos j conos9Ío los pastores
7 pastora que entre ellos estaba asentada. Los
iguales uicndo que auian sido uistos, se unieron
a ella, 7 la reB9Íbieron con mucha cortesía, 7
ella a ellos, con mu7 gran comedimiento, pre-
guntándoles adonde auian estado. A lo qual,
olios respondieron con otras palabras, 7 otros
mouimientos de rostro, de lo que respondían a
lo que ella solía preguntalles: cosa tan nueua
para Diana, que puesto caso que los amores de
ninguno dellos le diossen pena, en fin le pesó
de uerlos tan otros de lo que solían; 7 más
quando entendió en los ojos de S7luano el
contentamiento que los de Seluagia le dauan,
7 porque era 7a hora de recogerse, 7 el ganado
tomaua su acostumbrado camino hazia el aldea,
ellos se fueron tras él: 7 la hermosa Diana
dixo contra Sireno: muchos días ha (pastor) que
por este valle no te he visto: más ha (dixo Sire-
no) que a mi me 7ua la vida que no me vlesse
quien tan mala me la ha dado, mas en fin no da
poco contento hablar en la fortuna passada el
que 7a se halla en seguro puerto. En seguro te
pares^e, dixo Diana, el estado en que agora bíues?
No deue ser mu7 peligroso (dixo Sireno), pues
70 oso hablar delante de ti desta manera. Dia-
na respondió: nunca 70 me acuerdo verte por
mí tan perdido, que tu lengua no tuuiesse la li-
bertad que aora tiene. Sireno le respondió: tan
discreta eres en imaginar esso, como en todas
las otras cosas. Por qud causa? (dixo Diana)
Porque no a7 otro remedio, dixo Sireno, para
que tú no sientas lo que perdiste en mi, sino
pensar que no te quería 70 tanto que mi lengua
dexasse de tener la libertad que dizes. Mas con
todo esso plega a Dios (hermosa Diana) que
siempre te dé tanto contento quanto en algún
tiempo me quesiste, que puesto caso que 7a
nuestros amores sean passados, las reliquias
qne en el alma me han quedado bastan para
dessearte 70 todo el contentamiento posible.
Cada palabra dessas para Diana era arrojalle
vna lan9a, que Dios sabe sí quisiera ella más
7r 07endo quexas, que cre7cndo libertades, 7
aunque ella respondía a todas las cosas, que los
pastores le dezian, con ^íerto descu7do, 7 se
apronechaua de toda su discreción para no da-
lles á entender que le pesaua de uer los tan li-
bres, toda via se entendía mu7 bien el descontento
que sos palabras le dauan. Y hablando en estas
7 otras cosas, llegaron al aldea, a tiempo que de
OBÍQBNES DE LA NOVELA.— 21
todo punto el sol auia escondido sus ra708, y
despidiéndose anos de otros, se fueron a sus
posadas.
Pues bolniendo a Arsíleo, el qual con gran*
dissimo contentamiento, 7 desseo de uer a (})
su pastora, caminaua hazia el bosque donde el
templo de la diosa Diana estaua, llegó junto a
vn arro7o, que ^erca del sumptuoso templo por
entre unos uerdes alisos corría, a la sonbra de
los quales se asento, esperando que uiniesse
por allí alguna persona, con quien hiziesse sa-
ber a Belísa de su uenida, porque le parearía
peligroso dalle algún sobresalto, teniéndolo
ella por muerto. Por otra parte el ardiente de-
sseo que tenia de uerla no le daba lugar a nin-
gún reposo. Estando el pastor consultando
consigo mismo el consejo que tomaría, uio ue-
nir hazia si una Nimpha de admirable hermo-
sura, con un arco en la mano, 7 una aljaua al
cuello: mirando a una 7 a otra parte, si auia
alguna caca en qué emplear una aguda saeta,
que en el arco tra7a puesta. Y quando uio al
pastor se fue derecha a él, 7 él se leuantó, 7 le
hizo el acatamiento que a tan hermosa Nímpha
deuia hazerse. Y de la misma manera fue della
reyíbido, porque ésta era la hermosa Polidora,
una de las tres que Felísmena, 7 los pastores
libraron del poder de los saluagcs, 7 mu7 affí-
9Íonada a la pastora Belísa. Pues boluicndose
ambos assentar sobre la uerde 7crua, Polidora
le preguntó de qué tierra era, 7 la causa de su
uenida. A lo qual Arsíleo respondió: Hermosa
Nimpha, la tierra donde 70 nas9¡ me ha tratado
de manera, que pares^e que me hago agrauío
en llamarla mía, aunque por otra parte le deuo
más de lo que 70 sabría encares9er. Y para
que 70 te diga la causa que tnuo la fortuna de
traerme a este lugar, seria menester que pri-
mero me dixesses, si eres de la compañía de la
sabia FelÍ9Ía, en cu7a casa me dizen que está la
hermosa pastora Belísa (causa de mi destierro)
7 de toda la tristeza que la ausen9Ía me ha he-
cho suffrir. Polidora respondió: de la compañía
de la sabia Felicia S07 7 la ma7or amiga dessa
pastora que has nombrado que ella en la uida
puede tener, 7 para que también me tengas en
la misma posession, sí aprouechasse algo, acon-
sejarte h7a, que siendo posible oluídalla, que lo
hiziesscs. Porque tan imposible es remedio de
tu mal, como del que ella padesce, pues la dora
tierra come 7a aquel de quien con tanta razón
lo esperaua. Arsíleo le respondió: Será por
uentura esse que dizes que la tierra come, su
seruidor Arsilco? Si por cierto, dixo Polidora,
esse mismo es el que ella quiso más que a si, el
que con más razón podemos llamar desdichado,
después de ti, pues tienes puesto el pensamien*
(*) Falta el á en la edición de Milán,
322
ORÍGENES DE LA NOVELA
to en lugar donde el remedio es imposible. Que
pnesto caso que jamas fuy enamorada, yo tengo
por aueriguado, que no es tan grande mal la
muerte, como el que denc pades^er la persona
que ama a quien tiene la noluntad empleada en
otra parte. Arsileo le respondió: Bien creo, her-
mosa Nimpha, que según la constancia y bon-
dad de Belisa, no será parte la muerte para
que ella ponga el pensamiento en otra cosa, y
que no aura nadie en el nmndo que de su pen-
samiento le qnitasse. Y en ser esto ansi, con-
siste toda mi bienauenturan^a. ¿Cómo, pastor (le
dixo Polidora) queriéndola tú de la manera que
dizes, está tu felicidad en que ella tenga en
otra parto tan firme el pensamiento? Essa es
nueua manera de amor, que yo hasta agora no
he oydo. Arsileo le respondió: para que no te
marauilles, hermosa Nimpha, de mis palabras,
ni de la suerte del «mor que a mi señora Belisa
t<»ngo, está un poco atenta, y contarte he lo
que tú jamas pensaste oyr, aunque el principio
dello te deue auer contado essa tu amiga y ee-
fiora de mi coraron. Y luego le contó desdel
principio de sus amores, hasta el engaño de
Alfeo con los encantamientos que hizo, y todo
lo demás que destos amores hasta entonces auia
succedido, de la manera que atrás lo he conta-
do, lo qual contaua el pastor, aora con lagrimas
cansadas de traer a la memoria sus desuenturas
pasadas, aora con sospiros que del alma le sa-
lían, imaginando lo que en aquellos passos su
señora Belisa podia sentir. Y con las palabras
y mouimientos del rostro, daua tan grande spi-
rito a lo que dezia, que ala Nimpha Polidora
puso en grande admiración, mas quando en-
tendió que aquel era ucrdaderamcnte Arsileo,
el contento que desto recibió, no se atreuia da-
llo a entender con palabras, ni aun le part scia
que podría hazer más que sentillo. Ved qué se
podia esperar de la desconsolada Belisa, quan-
do lo supicsse! Pues poniendo los ojos en Ar-
sileo, no sin lagrimas de grandissimo contenta-
miento le dixo: Quisiera yo (Arsileo) tener tu
discreción y claridad de ingenio para darte a en-
tender lo que siento del allegre successo que a
mi Belisa le ha solicitado la fortuna, porque de
otra manera seria escusado pensar yo que tan
baxo ingenio como el mió, podria dallo a en-
tender. Siempre yo tuue creydo que en algún
tiempo la tristeza de mi Belisa se auia de l)ol-
ner en grandissima alegria, porque su hermo-
sura y discreción, juntamente con la grandissi-
ma fe que siempre te ha tenido, no merescia me-
nos. Mas por otra parte tuue temor que la for-
tuna no tuuiesse cuenta con dalle lo que yo
tanto lo desscaua. Porque su condición es, las
más de las uezes, traer los successos muy al
reues del desseo de los que quieren bien. Di-
choso te puedes llamar, Arsileo, pues mereciste
ser querido en la vida, de manera que en k
muerte no pudiesses ser oluidado. Y porque no
se sufre dilatar mucho tan gran contentamiento
a yn coracon que tan necossitado del está, dame
licencia para que yo vaya a dar tan buenas
nueuas a tu pastora, como son las de tu vida y
su desengaño. Y no te vayas deste lugar,
hasta que yo buelua con la persona que tú más
deseas ver, y con más razón te lo meresce. Ar-
sileo le respondió: hermosa Nimpha, de tan gran
discreción y hermosura como la tuya, no se
puede esperar sino todo el contento del mundo.
Y pues tanto desseas dármele, haz en ello tn
voluntad, que por ella me pienso regir, ansi en
esto, como en lo de más que succediere. Y des-
pidiéndose vno de otro, Polidora se partió a dar
la nueua a Belisa, y Arsileo la quedó esperando
a la sombra de aquellos alisos; el qual por en-
tretener el tiempo en algo, como suelen bazer
las personas que esperan alguna cosa que gran
contento les dé, sacó su rabel, y comeuco a
cantar desta manera.
Ya dan buelta el amor v la fortuna,
y vna esperanca muerta, o desmayada
la esfuerca cada vno, (^) y la assegura.
Ya dexan infortunios la posada
de vn coracon en fuego consumido,
y una alegria viene no pensada.
Ya quita el alma al luto, y el sentido
la posada apareja a la alegria,
poniendo en el pesar eterno oluido.
Qualquiera mal de aquellos que solia
passar quando reyuaua mi tormento,
y en fuego del ausencia me eucendia,
A todos da fortuna tal descuento,
que no fue tanto mal del mal paseado,
quanto es el bien, del bien que agora siento.
Bulued, mi coracon sobresaltado
do mil desassosiogos, mil enojos:
sabed gozar si quiera un buen estado.
Dexad vuestro llorar, cansados ojos,
que presto gozareys de ucr aquella,
por quien gozó el amor de mis despojos.
Sentidos que buscays mi clara estrella,
embiando acá y allá los pensamientos,
a uer lo que sentís delante della?
A fuera soledad y los tormentos,
sentidos a su causa, y dexen desto
mis fatigados miembros muy ossentos.
O tiempo no te pares, passa presto,
fortuna, no le estorues su uenida:
ay Dios? que aun me quedó por passar esto?
(*) Cada cual, en la edición de Milán.
DIANA DE GEORGE DE JÍONTEMAYOR
323
Ven mi pastora dol^e, qne la uida
que tú pensaste qac era ya acabada,
está para semirte aper^ebida.
No nienes, mi pastora desseada?
ay Dios, si la ha topado, o se ha perdido
en esta selua de arboles poblada?
O si esta Nimpha qae de aqai se ha ydo
qai^a que se olaidó de yr a buscalla:
más no, tal voluntad no suffre oluido.
Tú sola eres pastora adonde halla
mi alma su descanso y su alegría,
por qué no vienes presto a asseguralla?
¿No yees como se ua passando el dia,
y si se passa acaso sin yo verte,
yo boluere al tormento que solia,
y tú de veras llorarás mi suerte?
Quando Polidora se partió de Arsileo, no
muy lexos de alli topó a la pastora Belisa, que
en compañía de las dos Nimphas, Cinthia y
Polidora, se andana recreando por el espesso
bosque; y como ellas la viesscn venir con gran-
de priesa, no dexaron de alborotarse pares9Íen-
doles que yua huyendo de alguna cosa de que
ellas también les cumplicsse de (*) huyr. Ya que
auo llegado vn poco más cerca, la alegría que
en su hernioso rostro uieron las asseguró, y
llegando a ellas, se fue derecha a la pastora
Beb'sa, y abra9andola, con grandissimo gozo y
contentamiento le dixo: Este abraco (hermosa
pastora) si uos supiessedes de qué parte uiene,
con mayor contento le re9ibiriades del que aora
teneys. Belisa le respondió: de ninguna parte
(hermosa Nimpha) él puede uenir, que yo en
tanto le tenga, como es de la vuestra, que la
parte de que yo lo pudiera tenor en más, ya no
es en el mundo, ni aun yo deuria querer biuir,
faltándome todo el contento que la uida me
podía dar. Essa uida espero yo en Dios, dixo
Polidora, que uos de aqui adelante tcmeys con
más alegría de la que podeys pensar. Y senté-
monos a la sombra destc uerde aliso, que gran-
des cosas traygo que deciros. Belisa y las Nim-
phas se assentaron, tomando en medio a Poli-
dora, la qual dixo a Belisa: Dime, hermosa pas-
tora, tienes tú por 9Íerta la muerte de Arsenio
y Arsileo? Belisa le respondió, sin poder tener
las lagrímas: Tengola por tan 9Íerta, como
quien con sus mismos ojos la uio, uno atraues-
sado con una saeta, y al otro matarse con su
misma espada. Y qué dirías (dixo Polidora) a
quien te dixesse, que estos dos que tú uiste
muertos, son biuos, y sanos, como tú lo eres?
Respondiera yo a quien esso me dixesse (dixo
Belisa) que temía desseo de renouar mis lagri-
(1) Falta el deenlA edición de Milán.
mas, trayendomelos a la memoria, o que gus-
taua de burlarse de mis trabajos. Bien segara
estoy (dixo Polidora) que tú esso pienses de
mi pues sabes que me han dolido más que a
ningnna persona que tú lo ayas contado. Mas
dime, quién es un pastor de tu tierra, que se
llama Alfeo? Belisa respondió: El mayor he-
chizcro y encantador que ay en nuestra Euro-
pa: y aun algún tiempo, se pre^iaua él de ser-
uirmc. Es hombre (hermosa Nimpha) que todo
su trato y conuersa9Íon es con los demonios
a los quales él haze tomar la forma que quiere.
De tal manera que muchas uezes pensays que
con vna persona a quien conosyeys, estays ha-
blando, y vos hablays con el demonio a que él
haze tomar aquella figura. Pues has de saber,
hermosa pastora, dixo Polidora, qne esse mis-
mo Alfeo con sus hechizerias, ha dado causa al
engaño en que hasta agora has biuido, y a las
infinitas lagrimas que por esta causa has llora-
do porque sabiendo él que Arsileo te auia de
hablar aquella noche qUc entre nosotros estaña
concertado, hizo que dos spiritus tomassen las
figuras de Arsileo y de su padre, y queriendo
te Arsileo hablar, passassc delante de ti lo que
uiste. Porque pares9Íendote que eran muertos,
desespcrasses, o a lo menos, hiziosses lo que
heziste. Quando Belisa oyó lo que la hermosa
Polidora h auia dicho, quedó tan fuera de sí,
que por vn rato no supo respondelle; pero bol-
uiendo en si, le dixo, Grandes cosas, hermosa
Nimpha, me has contado, si mi tristeza no me
estoruasse creellas. Por lo que dizes que me
quieres, te suplico que me digas de quién has
sabido, que los dos que yo vi delante de mis
ojos muertos, no eran Arsenio y Arsileo? De
quién? (dixo Polidora) del mismo Arsileo. Como
Arsileo? Respondió Belisa. Que es posible que
el mi Arsileo está biuo? y en parte que te lo
pudiesse contar? Yo te diré quán posible es,
dixo Polidora, que si uienes comigo, antes que
lleguemos a aquellas tres hayas, que delante de
los ojos tienes, te lo mostraré. Ay Dios, dixo
Belisa, qué es esto que oyó? Qne es verdad, que
está alli todo mi bien? Pues qué hazes (hermo-
sa Nimpha) que no me llenas a uerle? No cum-
ples con el amor que dizes siempre me as teni-
do. Esto dezia la hermosa pastora, con vna mal
segura alegría, con vna dudosa esperanza de
lo que t uito deseaua, mas leuantandose Poli-
dora, y tomándola por la mano, juntamente con
las Nimphas Cinthia, y Dorida, que de plazer
no cabían en ver el buen su^-esso de Belisa, se
fueron hazia el arrroyo, donde Arsileo estaua.
Y antes que allá llegassen, vn templado ayre,
que de la parte de donde estaña Arsileo venia,
les hirió con la dulpe boz del enamorado pastor
en los oydos, el qnal aun a este tiempo no auia
dexado la música: mas antes comencó de nue-
324
orígenes de la novela
uo a cantar esta mote antiguo, con la glosa que
d mismo alli a su proposito liizo.
VENTURA, VEN V DURA
Glosa, m
Qué tiempos, que mouimientos,
((ué caminos tan estraños,
qué engaños, qué desengaños,
qué grandes contentamientos
nas^ieron de tantos daños:
todo lo sufre vna fe
y un buen amor lo assegura,
y pues que mi desuentura,
ya de enfadada se fue,
ven, rentura, uen y dura.
Sueles, ventura, niouert«
con ligero mouimiento,
y si en darme este contento
no ymaginas tener fuerte,
más me uale mi tormento;
que si te vas al partir,
falta el seso y la cordura:
mas si para estar segura
te determinas venir,
ven, ventura, uen y dura.
iSi es en nano mi uenida,
si acaso biuo engañado,
que todo teme vn cuytado,
no fuera perder la uida
consejo más a9ertado?
o temor, eres estraño,
siempre el mal se te figura,
mas ya que en tal hermosura
no puede caber engaño,
ven, ventura, uen y dura (*).
Qvando Belisa oyó la música de su Arsileo,
tan gran alegría llegó a su coraron, que sería
imposible sabello dezir, y acabando de todo
punto de dexar la tristeza que el alma le tenía
occupada, de adonde procedía su hermoso
rastro no mostrar aquella hermosura de que la
naturaleza tanta parte le auia dado, ni aquel
ayre y gracia, causa principal de los soepiros
del su Arsileo, dixo con vna tan nueua gracia
y hermosura que las Nimphas dexó aduiiradas:
Esta sin duda es la boz del mi Arsileo, si es
verdad, que no me engaño en llamarle mío.
Quando el pastor vio delante de sus ojos la
causa de todos sus males passados, íue tan
grande el contentamiento que recibió, que los
sentidos, no siendo parte para conprehendelle
en aquel punto, se le turbaron de manera que
por entonces no pudo hablar. Las Nimphas sin-
tiendo lo que en Arsileo auio causado la vista
(*) Kii la eílición de Milán, siempre tura en vez de
dura.
de su pastora, se llegaron a él a tiempo que
suspendiendo el pastor por vn poco lo que el
contentamiento presente le causana, con muchas
lagrimas dezia: O pastora Belisa, con qué pa-
labras podré yo encares^er la satisfacción que
la fortuna me ha hecho de tantos y tan desu-
sados trabajos, como a causa tuya, he passado?
O quién me dará un coraron nueuo, y no tan
hecho a pesares como el mío, para recebir vn
gozo tan estremado, como el que tu uista me
causa? O fortuna, ni yo tengo más que te pe-
dir, ni tú tienes más que darme. Sola una cosa
te pido. Ya que tienes por costumbre, no dar
a nadie ningún contento estremado, sin dalle
algún disgusto en cuenta dél, que con pequeña
tristeza, y de cosa que duela poco, me sea tem-
plada la gran fuerza de la alegría, que en este
dia me diste: O henuosas Nimphas, ¿en cayo
poder auia de estar tan gran thesoro, sino en
el vuestro, adonde pudiera él estar mejor em-
pleado? Alégrense vuestros corazones con el
gran contentamiento, que el mió res9ibe: que si
algún tiempo (juesistes bien, no os pares9ei^ de-
masiado. O hermosa pastora, por qué no me
hablas? ha te pesado por ventura de ver al tn
Arsileo? ha turbado tu lengua, el pesar de aue-
11o uisto, o el contentamiento de velle? Res-
póndeme, porque no sufre lo que te quiero yo
estar dudoso de cosa tuya? La pastora enton-
ces le respondió: muy poco sería el contento de
verte (o Arsileo) si yo con palabras pudiesse
dezillo. Conténtate con saber el extremo en que
tu fingida muerte me puso, y por él verás la
gnn alegría en que tu vida me pone. Y vi-
niéndole a la pastora, al postrero punto destas
palabras, las lagrimas a los ojos, calló lo mas
que dezir quisiera: a las quales las Nimphas
entemes9Ídas de las blandas palabras que los
dos amantes se dezian, les ayudaion. Y porque
la noche se les a^ercaua, se fueron todos juntos
hazia la casa de Felicia, contándose vno a otro
lo que hasta alli auian passado. Belisa preguntó
a Arsileo por su padre Arsenio: y el respondió
que en sabiendo que ella era desapares^ida, se
auia recogido en una heredad suya, que está
en el camino, a do biue con toda la quietud
posible, por auer puesto todas las cosas del
mundo en oluido, de que Belisa en extremo se
holgó, y assi llegaron en casa de la sabia Fe-
licia donde fueron muy bien recebidos. Y Be-
lisa le besó muchas vezcs las manos, diziendo
que ella auia sido causa de su buen sucesso, y
lo mismo hizo Arsileo, a quien Felicia mostró
gran voluntad de hazer siempre por él lo que
en ella fuesse.
Fin del quinto libro.
DIANA DE GEOllGE DE MONTEMAYOR
325
LIBRO SEXTO
DB LA DIANA DE GBOROB DB IIONTBHAYOR
Después que Arsileo se partió, quedó Felis-
mena con Auiarilida la pastora que con él es-
taña, pidiéndose vna a otra cuenta de sus vidas,
cosa muy natural de las que en semejantes par-
tes se hallan. Y estando Felismena contando
a la pastora la causa de su venida, llegó a la
cho9a vn pastor de muy gentil disposición j
arte: aunque la tristeza pares^ia que le traja
encubierta g^an parte della. Quando Amarilida
le vio, con la mayor presteza que pudo se Ic-
uantó para yrse, mas Felismena la trauó de
la saya, sospechando lo que podia ser, y le dizo:
"No seria justo (hermosa pastora) que essc
agrauio re^ebiesse de ti, quien tanto desseo
tiene de seruirte, como yo. Mas como ella por-
fiasse de yrse de alli, el pastor con muchas la-
grimas dezia: Amarilida, no quiero que tenien-
do respecto a lo que me haze snffrir, te duelas
deste desuenturado pastor, sino que tengas
cuenta con tu gran valor y hermosura, y con
que no ay cosa en la uida que peor esto a una
pastora de tu qualidad, que tratar mal a quien
tanto la (}) quiere. Mira, Amarilida mia, estos
cansados ojos, que tantas lagrimas han derra-
mado, y uerás la razón que los tuyos tienen de
no mostrarse ayrados contra este sin uentura
pastor. iAy que me huyes por no uer la razón
que tienes de aguardarme! Espera, Amarilida,
óyeme lo que digo, y siquiera no me respondas.
¿Qué te cuesta oyr a quien tanto le ha costado
uert«? Y boluiendose a Felismena con muchas
lagrimas le pedia que no le dexassc yr: la qual
importunaua con muy blandas palabras a la
pastora, que no tratasse tan mal a quien mos-
traua quererla más que a sí: y que le escuchasse
pues en ello auenturaua tan poco. Mas Amari-
lida respondió: Hermosa pastora, no me man-
dcys oyr a quien dé más crédito a sus pensa-
mientos que a mis palabras. Cata que este que
delante de ti está, es uno de los desconfiados
pastores, que se sabe, y de los que mayor tra-
bajo dan a las pastoras que quieren bien. File-
mon dixo contra Folismeim: Yo quiero (her-
mosa pastora) que seas el juez entre mi y Ama-
rilida, y si yo tengo culpa del enojo que comigo
tiene, quiero perder la vida. E si ella la tuuiera,
no quiero otra cosa, sino que en paga desto,
conozca lo que me deue. De perder tú la vida
(dizo Amarilida) yo estoy bien segura, porque
ni a ti te quieres tanto mal, que lo hagas, ni a
mi tanto bien, que por mi causa te pongas en
auentura de perder la vida. Mas yo agora quie-
ro, que esta hermosa pastora juzgue, vista mi
(*) Ze en la edición de Milán.
razón y la tuya, qnál es más digno de culpa
entre los dos. Sea assi (dixo Felismena) y sen-
témonos al pie desta verde haya, junto al prado
florido que delante los ojos tenemos, porque
quiero ver la razón, que cada vno tiene, de
quezarse del otro. Después que todos se vnie-
ron assentado sobre la nerde yema, Filemon
comento a hablar desta manera: Hermosa pas-
tora, confiado estoy, que si acaso has sido tocada
de amores, conocerás la poca razón que Ama-
rilida tiene de quexarse de mi y de sentir tan
mal de la fe que le tengo, que venga a ymagi-
nar lo que nadie de su pastor imaginó. Has de
saber, hermosa pastora, que quando yo nas^i, y
aun ante mucho que nasyiesse, los hados me
destinaron para que amasse esta hennosa pas-
tora que delante mis tristes y tus hermosos
ojos está, y a esta causa he respondido con el
ef fecto de tal manera, que no creo que ay amor
como el mió, ni ingratitud como la suya. Suc-
^edio, pues, que seruiendola desde mi niñez, lo
mejor que yo he sabido, aura como ^inco o seis
meses, que mi desuentura aportó por aqui a vn
pastor llamado Arsileo, el qual buscaua vna
pastora, que se llama Belisa, que por ^ierto
mal su^esso, anda por estos bosques desterrada.
Y como fuesse tanta su tristeza, sucficdio que
esta cruel pastora que aqui veys, o por manci-
lla que tuuo del, o por la poca que tiene de mí,
o por lo que ella se sabe, jamas la he podido
apartar de su compañia. Y si acaso le hablaua
en ello paresyia que me queria matar, porque
aquellos ojos que alli veys, no causan menos
espanto, quando miran, estando ayrados, que
alegria, quando están serenos. Pues como yo
estuuiesse tan occupado, el coraron de grandis-
simo amor, el alma de vna affe^ion (') jamas
oyda, el entendimiento de los mayores ^elos, que
nunca nadie tuuo, quexauame a Arsileo con
sospiros, y a la tierra con amargo llanto: mos-
trando la sin razón que Amarilida me hazia. Ha
le causado tan grande aborres^i miento auer yo
imaginado cosa contra su honestidad que por
vengarse de mi, ha perseuerado en ello hasta
aora, y no tan solamente haze esto, mas en
viéndome delante sus ojos, se va huyendo como
la medrosa pierna de los hambrientos lebreles.
Ansi que por lo que deues a ti misma, te pido
que juzgues, si es bastante la causa que tiene
de aborres^erme y si mi culpa es tan grane,
que merezca por ella ser aborres^ido. Acabado
Filemon de dar cuenta de su mal, y de la sin
razón que su Amarilida le haziu, la pastora
Amarilida comento a hablar desta manera:
Hermosa pastora, auerme Filemon, queahiestá,
querido bien (a lo menos auerlo mostrado) sus
seruicios an sido tales, que me seria mal con-
I (*) AJiciÓH en la edición de Milán.
^¿i',
ORÍGENES DE LA NOVELA
ia<lo «i^'/ír otra cosa; pero si yo también he dos-
ochado, por cauAa saja, el aemi^io de otros ruu<
choK pa8lon?M, que por estotí ralles repastan
HUH ^hUAfhjH, y za;^ale» a quien nataraleza no
luí dotadlo de ni«fnos gracia qac a otros, el mis-
ino ¡lUiíde df*zillo. Ponjuc las mu'-has nczes
t\Wi yt* lie sido n.*<|urHitada, y las que he tenido
la íirnw'Za qii<! a su fe dcuia, no creo que ha
sido muy lexos de su presenr/ia, mas no aula de
Sfír e^'.to parte para que él me tuuiesse tan en
{Kx;o que ymaginasse de mí cosa contra lo que
a mí misma soy obligada; porrjue si es ansí, y
di lo Hube, que a muchos que por mí se perdían,
yo he desi'cíiafio (jor amor del, ¿cómoauia yo de
desee liur a di por otro? ¿O pensaoa en el, o en
mis amores? Cien mil uezes me ha Filemon
a^*<;lmrlo, no pi^rdiifudo pisada, de las que el
paHt<jr ArsíJeo y yo dauamos por este hermoso
ualle, mas el mismo diga si algún dia oyó que
Arsilco me <l¡xesse cosa que supiesse a amores,
o si yo le r(>sj>ond¡a alguna que lo pares^iesse
¿Qué dia me vio hablar Filemon con Arsileo,
que entendicKHc de mis palabras otra cosa, que
conBohilh; di? tun gruuc mal como pades^ia?
Pues si esto aula de ser causa que sospecha&sc
mal de su pastora, i quién mejor puede juzgarlo
que él mismo? Mira, liemiosa Nimpha, quan
entregado estaua a sospechas falsas y dudosas
ymaginayiones, ({ue jamas mis palabras pudie-
ron satisfaz! 'lie, ni acabar con él que dexassc de
ausentarse des te ualle, pensando él que cou
ausencia duria fín a mis dias, y engañoso, por-
(}uc antes me pares9<> que lo dio al contenta-
miento de los suyos. Y lo bueno es que aun no
80 conttMitaua Filemon de tener ^elos de mi,
que tan libre ostnua como tú, hermosa pastora,
auras entendido, más aun lo publicana en todas
laa fíestaiH, i)ay]t>H, ludias, que entre los pasto-
res tiesta siorní se liaziun. Y esto ya tú conos-
901?, si ueniu en mayor dafto de mi honra ({ue
(le su contentamiento. En fín, él se ausentó de
mi proseneia, y pues tomó |>or mcdivina de su
mal cosa que más se lo ha acres^cntado, no me
cul[M» si n)o he sabido mejor aprouechar del
romiHÜo de lo quo él ha sabido tomalle. Y pues
tú, herniosa pastora, as uisto el contento que
yo revebi, en quo dixesses al desconsolado Ar-
sileo nueuas de su pastora, y (^ue yo misma fuy
la que le importuné que luego fuessc a busoal-
la, claro está qui' no podia aucr entre los dos
cosa vie ((ue pudiessemos ser t^in mal juzg^ados,
couu> i'ste pastor inconsideradamente nos ha
juKgadt^ Ansi que esta es la causa de yo me
auer resfriado ilel amor que a Filemon tenia, y
do no mo quoriT más poner a peligro de sus
falsas sospechas, pues me ha traydo mi buena
dicha a tiempo, que sin forcarme a mí misma,
pudiesse muy Imou hazello. Después que Ama-
rilida vuo mostrado la poca razou que el ¡castor
auia t^'uido de dar crédito a sus yiuagina^iones
y la l¡b4?rtad en que el tienpo le auia puesto
(cosa muy natural de corazones esaentos), d
pastor le respondió desta manera: No niego
yo (Amarílida) que tu bondad y discreción no
basta para desculparte de qualqoiera sospecha;
¿Mas quieres tú por uentura hazer nonedades
en amores, y ser inuentora de otros nuenoa
effectos de los que hasta agora anemoa uisto?
¿Quándo quiso bien m amador, que qualquien
occasion de ^elos, por peque&a qne fuesse, no
le atormentasse el alma, quanto más siendo tan
grande como la qne tú con larga conaersa^ion
y amistad de Arsileo me ha dado? ¿Piensas tú,
Amarílida, que para los ^elos son menester cer-
tidumbres? Pues engañaste, que las sospechas
son las principales causas de tenellos. Creer yo
que querías bien a Arsileo por ria de amores,
no era mucho, pues el publicallo yo, tan poco
era de manera que tu honra qnedasse offendi-
da: quanto más que la fuerza de amor era tan
grande, que me hazia publicar el mal de que
me temia. Y puesto caso que tu bondad me
assegurasse, quando a hurto de mis sospechas
la consideraua, todayia tenia temor de lo que
me podia succeder, si la connersa^ion yua de-
lante. Quanto a lo que dizes que yo me ausen-
té, no lo hize por darte pena, sino por oer si
en la mia podría auer algún remedio, no uiendo
delante mis ojos a quien tan grande me la dana,
y también porque mis importunidades no te la
causassen. Pues si en buscar remedio para tan
grane mal, fuy contra lo que te deuia: ¿qué más
pena que la que tu ausencia me hizo sentir?
¿O qué más muestra de amor que no ser ella
cansa de oluidartc? ¿Y qué mayor señal del
poco que comigo tenias, que auelle tú perdido
de todo punto con mi ausencia? Si dizes que
jamas quisiste bien a Arsileo, ann esso me da
a mi mayor causa de qucxarme, pues por cosa
en que tan poco te yua, dexauas a quien tanto
te desseaua seruir. Ansi que tanto mayor quexa
tengo de ti, quanto menos fue el amor que a Ar-
sileo has tenido. Estas son (Amarílida) las ra-
zones, y otras muchas que no digo, que en mi
fauor puedo traer: las quales no quiero que me
ualgan, pues en caso de amores suelen ualer tan
poco. Solamente te pido que tu clemencia y la
fe que sienpre te he tenido, estén, pastora, de
mi parte, porque si ésta me falta, ni en mis ma-
les podra auer fín, ni medio en tu condición. Y ^
con esto el pastor dio fín a sus palabras, y prin- '
cipio a tantas lagrimas, que bastaron junta-
mente con los ruegos, y sentencia que en este
caso Felismena dio, para que el duro coracon
de Amarílida se ablandasse, y el enamorado
pastor boluiesse en gracia de su pastora: de lo
qual quedó tan contento, como nunca jamas lo
estuuo. y aun Amarílida no poco gozosa de
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
827
auer mostrado quán engañado estaua Filemon
en las sospechas que della tenia. Y después de
auer passado allí aquel dia con muy gran con-
tentamiento de los dos confederados amadores,
y con mayor desassosiego de la hermosa Felis-
mena, ella otro dia por la mañana se partió
dellos, después de muy grandes abra90S, y pro-
metimientos de procurar siempre la una de
saber del buen suc^esso de la otra.
Pues Sireno muy libre del amor, y Seluagia
y Syluano muy más enamorados que nunca, la
hermosa Diana muy descontenta del triste
suc^esso de su camino, passaua la uida apas-
Rentando su ganado por la ribera del caudaloso
Ezla: adonde muchas uezcs, topándose unos a
otros, hablauan en lo que mayor contento les
daua. Y estando un dia la discreta Seluagia con
el su Syluano junto a la fuente de los alisos,
llegó acaso la pastora Diana, que nenia en
busca de un cordero que de la manada se le
auia Luydo, el qual Syluano tenia atado a un
myrtho, porque quando allí llegaron, le halló
beuiendo en la clara fuente, y por la marca co-
nos9Ío ser de la hermosa Diana. Pues siendo,
como digo, llegada y res9ebida de los dos nue-
uos amantes, con gran cortesia se assento entre
la uerde yema, arrimada a uno de los alisos
que la fuente rodeauan, y después de auer ha-
blado en muchas cosas, le dixo Syluano: ¿Cómo
(hermosa Diana) no nos preguntas por Sireno?
Diana entonces le respondió: Como no querría
tratar de cosas passadieis, por lo mucho que me
fatigan las presentes: tienpo fue que preguntar
yo por él le diera más contento, y aun a mi el
hablalle, de lo que a ninguno de los dos aora
nos dará, mas el tienpo cura infinitas cosas que
a la persona le pares9en sin remedio. V si esto
assi no entendiesse, ya no auna Diana en el
mimdo, según los desgustos y pesadumbres
que cada dia se me of frecen* No querrá Dios
tanto mal al mundo (respondió Seluagia), que
le quito tan grande hermosura como la tuya.
Essa no le faltará en quanto tá biuieres (dixo
Diana) y adonde está tu gracia y gentileza muy
poco se perdería en mí. Sino miralo por el tu
Syluano, que jamas pensé yo que él me olui-
dará por otra pastora alguna, y en fin me ha
dado de mano por amor de ti. Esto dezia Diana,
con una risa muy graciosa, aunque no se reya
destas cosas tanto, ni tan de gana, como ellos
pensauan. Que puesto caso que ella uuiesse
querido a Sireno más que a su uida, y a Syl-
nano le uuiesse aborres^ido, más le pesaua del
oluido de Syluano, por ser causado de otra, de
cuya rista estaua cada dia gozando con gran
contentamiento de sus amores, que del oluido
de Sireno, a quien no mouia ningún pensa-
miento nueuo. Quando Syluano oyó lo que
Diana auia dicho, le respondió: Oluidarte yo.
Diana, seria escusado, porque no es tu hermo-
sura y ualor de los que oluidarse pueden. Ver-
dad es que yo soy de la mi Seluagia: porque
de más de auer en ella muchas partes, que ha-
zello me obligan, no tuuo en menos su suerte,
por ser amada de aquél a quien tú en tan
poco t uniste. Dexemos esso (dixo Diana) que
tú estás muy bien empleado, y yo no lo miré
bien, en no quererte como tu amor me lo me-
res9Ía. Si algún contento en algún tienpo des-
seas te darme, ruegote todo quanto puedo que
tú y la hermosa Seluagia canteys alguna can-
9Íon por entretener la fiesta: que me pares^e
que comienza de manera que será for9ado pas-
salla debaxo de estos alisos, gustando del ruydo
de la clara fuente, el qual no ayudará poco a la
suavidad de vuestro canto. No se hizieron de
rogar los nueuos amadores, aunaue la hermosa
Seluagia no gustó mucho de la platica que
Diana con Syluano auia tenido. Mas porque
en la canción pensó satisfazer al son de la jam-
pona que Diana tañia, comen9aron los dos a
cantar desta manera:
Zagal alegre te neo,
y tu fe firme y segura.
—Cortóme amor la uentura
a medida del desseo.
¿Qué desseasto alcan9ar,
que tal contento te diesse?
— Querer a quien me quisiesse,
que no hay más que dessear.
Essa gloría en que te uco,
tienes la por muy segura.
—No me la ha dado uentura
para burlar al desseo.
¿En quanto estuuiese firme ('),
morírias sospirando?
— De oyllo dezir burlando
estoy ya para morirme.
¿Mudarías (aunque feo)
viendo mayor hermosura?
— ^No porque sería locura
pedirme más el desseo.
¿Tienesme tan grande amor,
como en tus palabras siento?
— Esso a tu meresgimiento
lo preguntarás mejor.
Algunas uezcs lo creo,
y otras no estoy muy segura.
— Solo en eso ía uentura
haze offensa a mi desseo.
Finge que de otra zagala
te enamoras más hermosa.
— No me mandes hazer cosa,
que aun para fingida es mala.
(*) M., Si yo no estuviate firme.
SZÜ
ORÍGENES DE LA NOVELA
Moj mb finnea te neo,
pulor. que » mi beniMwm.
— Y » inl maj major neniara
qae jamat cnpo es deueo.
A ecte tiempo taxaiu Sireno dei aldea, á U
ItsxnU de los ¿i«<j«, con gtandísnm'i dew«a de
topar a Seloa^ia. iib Sflnano. Porqie ainToiia
eoaa por entonce* le daña mis contento qae la
ccinaef^ion de l'M dos nn«noi enamoradoe. Y
¡MCfando por la memoria loi amorea de Diana.
iiO dexaoa d* cansalle soledad el tiempo que la
■ni* qqerído, no porque entonce* le dicsH pena
•o asi'ir, mas por^ne en todo tíenpo la memo-
ria de nn baen rstado canaa toledad al qne le
ha penlido. Y ant«s que U^acae a la fnente,
en medio d>l netde prado, qne de mjrthos j
latiréis rodeado catana, halló Ui onejas de
Diana, qoe solaa por entre loa ariioles andanan
pM^ieudo, ao el amparo de loe branca maatiaea.
Y como el paitor ae paraaae a miralUa, ima-
ginando ':1 tieupo en qne le aulan dado más en
q'ie entender que las «njaa proprias: hrt mas-
tinea i^ott ^ran faria se ninieron a él, mas como
llt^»t^^n r dfrlloa laesse cono^^ido, meneando
las colaa j Imxando loa peacne^os que de acu-
das piiDtaa de azero eatanan rodewlos, se le
echaron a los piea, j otroa se empinanan con
el mafor legiaijo del mando. Fnea las onejos
DO menos sentimiento hizieron, porqne la l»r-
i*g» ma/or, con sn nistteo fencerro, se niño ni
pastor, 7 todas laa otraa guiadas por ella, o por
el conoai;¡ miento de Sireno, le («icaron alrede-
dor, cosa qne é\ no pndo uer sin lagrimas, iL'or-
dandoeele qne en compañía de la hermosa paa-
tom Diana ania repastado aquel rebaño. Y
uíendo qne en loa animales xobraua el cuno^^i-
miento que en su sefiora saia faltado, cusa fue
ésta, que si la fueras del agua que la kMa Fe-
lif ia le ania dado, no le nriiera hecho oluidar los
auiorex, quifa no aniera Cfsa en el mundo que
le estoriura Uiluer a ellos. Mas niendosc cer-
cado de las onejas de Diana, j de los pensa-
mientos que la memoria della ante los ojos le
ponía, comenyo a cantar esta canción al son di.>
au lozano rabel.
Passados contentamientos
¿qoé qnerejs?
dczsdme, no me cansefs.
Hemoría, ¿quereys nyrme?
los dias, las noches bnenos,
pagúelos con las setenas,
no tencjs más que pedirme,
todo se ai-aUi en partirme,
dczsdme, no me cansejs.
Campo uerde, nallc Tmhroso,
donde algnn tiempo gozc.
Tfd lo que deapoes p*^.
T dexadtoe en mi repoao:
si estoT cotí t»ioa tnedroeo.
ra lo ney*,
dexadme, no me csafere.
Vi mojado no cora^oo,
cansado de aaseguntme.
[oe foi^«lo aprouecharme,
del tiempo, r de la occasion;
memoria do no ar paisios,
."qué qnereys;
dexadñie, no me cansen.
Corderoa j ouejai mías,
pues algnn tiempo lo fnistes,
las horas lentas o tristes
paísaron^e con loa dias,
o hagajs las alegrías
SoleTf
rngijjarers.
bien polers,
maiadme r acabareja.
Despnes qne Sireno rao cantado, en la liot
fue conos? ido de la liermosa pastora Diana J
de los dos enamorados. Setaria t Sjlnaoo.
Ellos le dieron Ixiies, diziendo qne si pensana
passar la tiesta en el campo, que alli estaña la
sabrosa fuente de los alijos, t U liermoea pas-
tora IHana, que no seria mal entretenimiento
para possalla. Sirenu le respondió que pm
fuerza auía de esperar todo el dia en el campo,
hasta qne fuesse hora de boluer con el ganado
a su aldea, j rlnieiidose adonde el pütor j
pastoras estauan, ec sentaron en tomo de la cia-
ra fuente, como otras uenea soliau. Diana, c&tb
uida en tan triste qual puede jmaginar qnien
uicsse una pastora la más hermosa j discreta
({uc entonces se sabia, tan fuera de sn gusto
casada, siempre andaua buscando entreteni-
mientos para pas&ar la uida hurtando el cuerpo
a sus imagina^iotics. Pues estando loe dos pas-
tores hablando en aJi^unss cosas tocantes si
pasto de los ganados v al aproo echamiento
dellos, Diana les rouipio e! hilo de su platica,
diziendo contra Syliiano: Buena cosa es, pastw,
que estando delante la hermosa Seluagia trates
de otra cosa, sino de encares^er su hermosura
y el gran amor que te tiene: dexa el campo, y
los corderos, los malos, o buenos suc^essos del
tiempo y Fortuna, y goza, pastor, de la bnena
que has tenido, en ser auiado de tan hermosa
pastora, qne adonde el contentamiento del spi-
rito es rAzon ijue sea tnn grande, poco al caso
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
bazen los bienes de fortuna. Süuano entonces
le respondió: Lo mncbo qae yo, Diana, te dciio.
S29
nadie lo Babría encaree^er,
quien hnaiese entendido la razón que tengo de
L'oii09er eata deuda, pues uo tan solo me eiise-
ñaíitt? a querer bien, luas aun «oro me gayas y
muestras rsar del contentamiento que mis amo-
res me dan. Infinita es la razón que tienes de
mandarme que no trate de otra cosa, estando
mi señora delante, sino de] contento que bu
vista me cansa, y assi prometo de liacelio, en
qnanto el alma no se despidiere destos cansa-
dos miembros. Mas de niia cosa estoy espan-
tado, y es de ver como el tu Sireiio buelue a
otra parte los ojos, quando hablas; parcele, que
no le agradan tus palabras, ni se satisfafe de lo
que respondes. No le pongas culpa (dixo Dia-
na) que hombres descuydados y enemigos de
lo que a si mismos deuen, esso y más liarán.
¿Enemigo de lo que a mi mismo deuo? (respon-
dia Sircno). Si yo jamas lo fuy, la amorte me
dé la pena de mi yerro. Buena manera es essa
de desculparte. jDescnlparme yo, Sircno (dizo
Diana) si la primera culpa contra ti no l«ngo
por cometer, jamas merea con más contento, qne
el que agora tengo! Baeno es que me pongas tú
culpa por auernie cacado, teniendo padres. Mas
bueno es (dixo Sireno) que casassca teniendo
amor. ¿Y qué parte (dixo Diana) era el amor,
adonde estaña la obediencia que a los pMulres se
dcuia? ¿Mas qué parte (respondió Sireno) eran
los podres, la obediencia, los tiempos, ni los ma-
los ó fsuorables suc^csbob de la fortuna, para
sobrepujar tu amor tan verdadero, como antes
de tui partida me mostraste? Ali Diana, Diana,
que nunca yo pense que vuiera cosa en la nida
que Tna fe tan grundc pudiera quebrar: quanto
más, Diana, que bien te pudieras casar, y no ol-
vidar a quien tanto te qucria. Mas mirándolo
desapassionad amento, muy mejor fue para mf
ya que te cosanas, el oluidarme. ¿Por qné razón
(dixo Diana?) Porque no ay (respondió Sireno)
peor estado que es querer vn pastor á una pas-
tora easodn: ni cosa quemas haga perder el seso,
al que uerdadero amor le tiene. Y la razón dcUo
es, que como todos sabemos, la principal pa-
ssion, que a un amador atormenta, después del
desseo de su dama son los ^elos. Pues que te pa-
res^e, que será para un desdichado que quiere
bien, labcr que su pastora está en bracos de su
aelado, y el llorando en la calle su desucutura:
Y no para aquí cl trabajo, mas en ser un mal
que no 08 podeys quezar del, porque en la hora
que os quexaredes, os tcrnan por loco, o desa-
tinado. Cosa la más contraria al descanso que
puede ser: que ya cuando los fclos son de otro
pastor que la sirua, en quexar de los fauores
qne le bazo y en oyr desculpae, paesays la vida,
mas este otro mal es de manera que en un
punto la perdcreys, sino teneys cuenta con
nuestro desseo. Diana entonces respondió:
Dexa essae razones, Sireno, que ninguna nc^es-
sidad tienes de querer, ni ser querido. A true-
que de no tenella do querer (dixo Sircno) me
alegro en no tenella de ser querido, Estrafia
libertad es la tuya (dixo Diana). Mas lo fue
tu oluido (respondió Sireno), si miras bien en
las palabras que a la partida me dixiste, mas
como dizes, dexemos de hablar en cosas possa-
das, y agradezcamos al tiempo y a la sabia Fe-
licia las presentes, y tú, Syluano, toma tu flauta
y templemos mi rabel con ella, y cantaremos
algunos versos: aunque coraron tan libre como
el mío, íqué podra cantar, que dé contento a
quien no le tiene? Pora esto yo te dsre buen
reniedio, dixo Syluano. Hagamos cuenta qne
estamos los dos de la manera qne esta pastora
nos trAyoal tiempo que por este prado esparzi-
mos nuestras quexas. A todos paresfio bien lo
que Syluano dezia, aunque Seluagia no estaña
muy bien en ello, mas por no dar a entender
^elos donde tan gran amor amor couos^ia, calló
por entonces y los pastores comentaron o can-
tar desta manera:
SYLUANO Y SIRENO
Si lagrimas no pueden ablandarte,
(cruel pastora) ¿que hará mi canto,
pues nunca cosa mia vi agradarte?
¿Qué coraron aura que snffra tanto,
que vengas a tomar en burla y risa,
vn mal que al mundo admira y causo espanto?
i Ay ^iego entendimiento, que te anisa
amor, el tiempo y tantos.desengaflnB,
y siempre el pensamiento de una guisa!
Ah pastora cruel, {en tantos daños,
en tantas cuy tas, tantas sin razones
me quieres ver gastar mis tristes años?
Do vn cora^'on que es tuyo, ¿ansi dispones?
vn alma que te di, ¿ansi la tratas,
que sea el menor mal Euffrir passiones?
Vn fiudo ataste amor, que no desatas,
es íiego, y (iego tú, y yo más íiego,
y íiega aquella por qnieu tú me matas.
Ni yo me vi perder vida y aossicgo:
ni ella vee que muero a causa suya,
ni tú, que esto abrasado en biuo fuego.
¿Qué quieres crudo amor, que me dcstraya
Diana con ausencia? pues concluye
con que la vida y suerte se concluya.
El alegría tarda, cl tiempo huye,
muere esperanza, biuc el pensamiento,
amor lo abreuia, alarga y lo destruye.
330
orígenes de la novela
Vergüenza me es hablar en un tormento
que aunque me aflija, canse y duela tanto,
ya no podría sin él biuir contento.
SYLÜANO
O alma, no dexeys el triste llanto,
y TOS cansados ojos,
no 08 canse derramar lagrimas tristes:
llorad pacs uer supístes
la causa principal de mis enojos.
SI RENO
La causa principal de mis enojos,
cruel pastora mia,
algún tiempo lo fue de mi contento:
ay triste pensamiento,
quan poco tiempo dura yna alegría.
SYLUAirO
Quan poco tiempo dura yna alegría
y aquella dulce risa,
con que fortuna acaso os ha mirado:
todo es bien empleado
en quien auisa el tiempo y no se auisa.
SIBBNO
En quien auisa el tiempo y no se auisa,
haze el amor su hecho,
mas ¿quién podra en sus casos anisarse,
o quién desengañarse?
ay pastora cniel, ay duro pecho.
SYLUANO
Ay pastora cruel, ay duro pecho,
cuya dureza estrafia
no es menos que la gra9Ía y hermosura,
y que mi desuentura,
¡quán a mí costa el mal me desengaña!
BYLVANO
Pastora mia, más blanca y colorada
que blancas (}) rosas por abril cogidas,
y más resplandcs^iente,
que el sol, que de oriente
por la mañana assoma a tu majada
¿cómo podré biuir si tú me oluidas?
no seas mi pastora rigurosa,
que no está bien crueldad a ma hermosa.
(*) Ambas, por errata patente, en la edidón de Mi-
lán y en otras.
SIRBÜO
Diana mia, más rcsplandes^icnte,
que esmeralda, y diamante a la vislumbre,
cuyos hermosos ojos
son fin de mis enojos,
si a dicha los rebuelues mansamente,
assi con tu ganado llegues a la cumbre
de mi majada gordo y mejorado,
que no trates tan mal a yn desdichado.
SYLÜANO
Pastora mia, quando tus cabellos
a los rayos del sol estás peynando,
no yees que lo escures9es,
y a mi me ensobemes9e8
que desde acá me estoy mirando en ellos,
perdiendo ora esperanza, ora ganando?
assi gozes, pastora, esa hermosura,
que des yn medio en tanta desuentura.
SIRSNO
Diana cuyo nombre en esta sierra
los fieros animales trae domados,
y cuya hermosura,
sojuzga a la yentnra,
y al crudo amor no teme y haze guerra
sin temor de occasíones, tiempo, hados,
assi gozes tú tu hato y tu majada,
que de mi mal no binas descuydada.
SYLUANO
La fiesta, mí Síreno, es ya passada,
los pastores se uan a su manida,
y la cigarra calla de cansada.
No tardará la noche, que escondida
está, mientra que Phebo en nuestro cielo
su lumbre acá y allá trae esparzida.
Pues antes que tendida por el suelo
yeas la escura sombra, y que cantando
de en9Íma deste aliso está el mochuelo.
Nuestro ganado yamos allegando,
y todo junto allí lo llenaremos,
a do Diana nos está esperando.
SIBBNO
Syluano mío, yn poco aquí esperemos,
pues aun del todo el sol no es acabado
y todo el día por nuestro le tenemos.
Tiempo ay para nosotros, y el ganado
tiempo ay para llenalle al claro río,
pues oy ha de dormir por este prado;
y aquí cesse, pastor, el cantar mió.
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
331
En qaanto los pastores cantauan, estaaa la
pastora Diana con el rostro sobre la mano,
cuya manga cayéndose nn poco, descubría la
blancura de un bra^o, que a la de la nieue escu-
res^ia, tenia los ojos inclinados hacia el suelo,
derramando por ellos vnas espaciosas lagrimas,
las quales dauan a entender de su pena más de
lo que ella quisiera dezir: y en acabando los pas-
tores de cantar con vn sospiro, en compafiia
del qual pares^ia aucrsele salido el alma se le-
uantó, y sin despedirse dcUos, se fue por el
valle abazo, entran^ando sus dorados cabellos,
cuyo tocado se le quedó preso en yn ramo al
tiempo que se leuautó. Y si con la poca man-
zilla que Diana de los pastores auia tenido,
ellos no templaran la mucha que della tuuieron,
no bastara el coraron de ninguno de los dos a
podello suffrir. Y ansi, unos con otros, se fue-
ron a recoger sus ouejas, que desmandadas an-
dauan, saltando por el veide prado.
Fin del sexto libro.
LIBRO SÉPTIMO
1>S LA DIANA DS QEORGE DB IIONTBMATOR
Después que Felismena tuo puesto fin en
las differen9Ías de la pastora Amarilida y el
pastor Filemon, y lo dexó con proposito de
jamas hazer el tuo cosa de que otro tuuiese
occasion de quezarse, despedida dellos, se fue
por el Talle abazo por el qual anduuo muchos
dias, sin hallar nueua que algún contento le
diesse, y como todauia lleuaua esperanza en las
palabras de la sabia FelÍ9Ía, no dezaua de pas-
salle por el pensamiento, que después de tantos
trabajos se auia de cansar la fortuna de perse-
guilla. Y estas ymagina^iones la sustentauan
en la grauissima pena de su dcsseo. Pues yen-
do yna mañana por en medio de yn bosque, al
salir de yna assomada que por encima de vna
alta sierra pares^ia, yio delante si yn yerde y
amenissimo campo, de tanta grandeza, que con
la yista no se le podia alcanzar el cabo, el qual
doze millas adelante, yua a fenes^er en la falda
de ynas montañas, que quasi no se pares^ian:
por medio del delcytoso campo corría yn cau-
daloso río, el qual hazia yna muy graciosa ri-
bera, en muchas partes poblada de salzcs, y
yerdes alisos, y otros diuersos arboles: y en
otras dezaua descubiertas las cristalinas aguas
recogiéndose a yna parte vn grande y espacio-
so arenal que de lexos más adomaua la her-
mosa ribera. Las mieses que por todo el campo
pares^ian sembradas, muy cerca estañan de dar
el desseado fruto, y a esta causa con la fertili-
dad de la tierra estañan muy crescidos, y me- )
neados de yn templado yiento hazian ynos yer-
des, claros, y obscuros, cosa que a los ojos daua ^
muy gran contento. De ancho tenia bien el
deleytoso y apazible prado tres millas en par-
tes, y en otras poco más, y en ninguna auia
menos dcsto. Pues baxando la hermosa pas-
tora por su camino abaxo, yino a dar en yn
bosque muy grande de verdes alisos, y azebu-
ches assaz poblado, por enmedio muchas casas
tan sumptuosamente labradas, que en gran ad-
miración le pusieron. Y do súbito fue a dar
con los ojos en vna muy hermosa ciudad, que
desde lo alto de vna sierra que de frente es-
taña, con sus hermosos edificios, venia hasta
tocar con el muí o en el caudaloso río que por
medio del campo passaua. Por encima del qual
estaña la más sumptuosa y admirable puente,
que en el vniuerso se podia hallar. Las casas y
edificios de aquella ciudad insigne eran tan altos,
y con tan gran artificio labrados, qne parescia
auer la industría humana mostrado su poder.
Entre ellos auia muchas torres y pirámides, que
de altos se leuantauan a las nuues. Los tenplos
eran muchos, y muy sumptuosos, las casas fuer-
tes, los superbos muros, los brauos baluartes,
dauan gran lustre a la grande y antigua pobla-
ción, la qual desde alli se diuisaba toda. La pas-
tora quedó admirada de ver lo que delante los
ojos tenia, y de hallarse tan cerca de poblado,
que era la cosa que con gran cuydado huya (').
Y con todo esso se assento vn poco a la sombra
do vn oliuo, y mirando muy particularmente,
lo que aueys oydo, viendo aquella populosa
ciudad, le vino a la memoría la gran Soldina
su patría y naturaleza, de adonde los amores
de don Felis la trayan desterrada: lo qual fue
ocasión para no poder passar sin lagrímas, por-
que la memoría del bien perdido, pocas vezes
deza de dar ocasión a ellas. Dezado pues la
hermosa pastora aquel lugar, y la cridad a
mano derecha, se fue su passo a passo por vna
senda que junto al río yua, hazia la parte,
donde sus crístallinas aguas con vn manso y
agradable mydo, se yban a meter en el mar
Océano. Y auiendo caminado seys millas por
la graciosa ribera adelante, vio dos pastoras,
que al pie de vn roble a la orilla del río passa-
uan la fiesta: las qiuilcs aunque en la hermo-
sura tuuiessen vna razonable medianía, en la
gp^CÍA y donayre auia.vn estremo grandissimo:
el color del rostro moreno, y gracioso: los ca-
bellos no mny ruuios, los ojos negros: gentil
ayre y gracioso en el mirar: sobre las cabecas
tenian sendas guirnaldas de verde yedra, por
entre las hojas entretezidas muchas rosas y
flores. La manera del vestido le páreselo diffe-
(*) M., de que eon mayor cuidado andaua huyendo.
332
orígenes de la novela
rente del que hasta enton9G8 auia visto. Pues
leuantandose la vna con grande priessa a echar
vna manada de ouejas, de vn linar adonde se
auian entrado, y la otra llegado a dar a beuer
a vn rebaño de cabras al claro rio se bolaieron
a la sombra del vmbroso fresno. Felismena
que entre vnos juncales muy altos se auia me-
tido, tan 9erca de las pastoras, que pudiesse
oyr lo que ontre ellas passaua, sintió que la
lengua era Portuguesa, y entendió que el reyno
en que estaua, era Lusitania, porque la una de
las pastoras dezia con gracia muy cstremada
en su misma lengua a la otra, tomándose de
las manos: Ay Duarda, quan poca razón tie-
nes de no querer a quien te quiere más que a
si: quánto mejor te estaría, no traer mal a vn
pensamiento tan occupado en tus cosas. Pésa-
me que a tan hermosa pastora la falte piedad,
para quien en tanta necesidad está della. La
otra, que algo más libre pare89Ía, con cierto
desden, y vn dar de mano, (cosa muy natural de
personas libres), respondía: ¿quieres que te diga,
Armia? si yo me fiare otra uez de quien ¿\n
mal me pago el amor que le tuue, no terna él
la culpa del mal que a mi desseo me suc9ediere.
No me pongas delante los ojos semidiós que
esse pastor algún tiempo me aya hecho, ni me
digas ninguna razón de las que e'l se da para
mouerme, porque ya passó el tiempo en que
BUS razones le nalian. El me prometió de ca-
sarse comigo, y se caso con otra. ¿Qu¿ quiere
aora? ¿o qud me pide esse enemigo de mi des-
canso? ¿dize que pues su muger es finada, que
me case con e'l? No querrá Dios que yo a mí
misma me haga tan gran engaño: dexalo es-
tar, Armia, dexalo: que si él a mi rae dessea
tanto como dize, esse desseo me dará uengau-
ca del. La otra le explicaua con palabras muy
blandas, juntando su rostro con el de la essen-
ta Duarda, con muy estrechos abrazos: ay pas-
tora, y como te está bien todo quanto dizes;
nunca desseé ser hombre, sino aora para que-
rerte más que a mí. Mas dime, Duarda aporqué
has tú de querer, que Danteo biua tan triste
vida? El dize que la razón con que del te que-
zas, essa misma tiene para su disculpa. Por-
que antes de que se casasse, estando contigo
vn dia junto al soto de Fremoselle te dixo:
Duarda, mi padre quiere casarme, ¿qué te pa-
resye que haga? y que tú respondiste muy sa-
cudidamente: ¿Cómo, Danteo, tan vieja soy yo
o tan grande poder tengo en ti, que me pidas
paresyer y li^en^ia para tus casamientos? Bien
puedes hazer lo que tu voluntad y la de tu pa-
dre te obligare, porque lo mismo haré yo: y
que esto fue dicho con vna manera tan estraña
de lo que solia como si nunca te vuiera pas-
sado por el pensamiento quererle bien. Duarda
le respondió: ¿Armia, eso le llamas tú discul-
pa? Si no te tuuiera tan conos^ida, en este
punto perdía tu discreción grandissimo crédito
comigo. ¿Qué auia yo de responder a vn pastor
que publicaua que no auia cosa en el mundo,
en quien sus ojos pussiese sino en mí?, qnanto
más, que no es Danteo tan ignorante que no
entcndiesse en el rostro y arte con que yo esso
lo respondí, que no era aquello lo que yo que-
siera respondelle. ¡ Qué donayre tan grande fue
toparme el vn dia antes que esso passasse jun-
to a la fuente, y dezirme con muchas lagrimas:
porqué, Duarda, eres tan ingrata a lo que te
desseo, que no te quieres casar comigo, a hur-
to de tus padres: pues sabes que el tiempo les
ha de curar el enojo que desso recibieren? Yo
entonces le respondí: conténtate, Danteo, con
que yo soy tuya, y jamas podré ser de otro, por
cosa que me suc^eda. Y pues yo me contento
con la palabra que de ser mi esposo me as dado,
no quieras que a trueque de esperar un poco
de tiempo más, haga vna cosa que tan mal nos
está; y des|)edirse él de mi con estas palabras,
y al otro dia dezirme que sn padre le quería
casar, y que le diesse licenyia: y no contento
con esto, casarse dentro de tres dias. Pares^t?
te pues, Armia, que es ésta algo suffícientc
causa, para yo vsar de la libertad, que con
tanto trabajo de mi pensamiento tengo gana-
da? Estas cosas (respondió la otra) fácilmente
se dizen y se passan entre personas que se
quieren bien, mas no se han de llenar por esto
tan a cabo, como las llenas. Las que se dizen
(Armia) tienes razón, mas las que se hazen,
ya tú lo vees« sí llegan al alma de las qne
queremos bien. En fin, Danteo se caso, pésame
mucho que se le lograsse poco tan hermosaa
pastora: y mucho más de ver que no ha vn mes
que la enterró, y ya conícncan a dar bueltas
sobre él pensamientos nueuos. Ai*mia le res-
pondía: Matóla Dios: porque en fin Danteo
era tuyo, y no podría ser de otra. Pues si esso
es ansí (respondió Duarda) que quien es de
vna persona, no puede ser de otra, yo la hora
de aora me hallo mía, y no puedo ser de Dan-
teo. Y dexcmos cosa tan escusada como gas-
tar el tiempo en esto. Mejor será que se gaste
en cantar vna canción, y luego las dos en su
misma lengua, con mucha grayia, comencaron
a cantar lo siguiente:
Os tempos se mudaráo
a vida se acabará:
mas a fe sempre estara,
onde meus olhos estilo.
Os días, y os momentos,
as horas, con suas mudancas,
inmigas son desperancas,
y amigas de pensamentos:
os pensamentos estáo
DIANA DE GEOROE DE MONTEMAYOR
333
a esperanza acabará,
a fe, me iiüo deixará
por hoiirra do cora9on.
He causa de nmjtos danos
dnuidosa confian9a
qne a vida sen esperan^A
ja nao teme desengaños,
os tempos se yem e t&o,
a yida se acabará,
mas a fe níio quererá,
hazer me esta semrazüo.
Acabada esta canción, Felismena salió del
lugar a donde estaua escondida y se llegó adon-
de las pastoras estañan, las quales espantadas
de su grapia y hermosura, se llegaron a ella,
y la recibieron con muy estrechos abracos, pre-
guntándole de que tierra era y de adonde ne-
nia. A lo qual la hermosa Felismena no sabia
responder, mas antes con muchas lagrimas les
preguntaua, qué tierra era aquella en que mo-
rauan. Porque de la suya la lengua daua tes-
timonio ser de la pronin^ia de Vandalia, y
que por 9Íerta desdicha uenia desterrada de su
tierra. Las pastoras portuguesas con muchas
lagrimas la consolauan, doliéndose de su des-
tierro, cosa muy natural de aquella nación, y
mucho más de los habitadores de aquella pro-
uincia. Y preguntándoles Felismena, qué ciu-
dad era aquella que auia dexado hazia la parte
donde el rio, con sus cristallinas aguas apressn-
rando su camino, con gran Ímpetu uenia, y que
también desseaua saber, qué castillo era aquel
que sobre aquel monte mayor que todos estaua
edificado y otras cosas semejantes. Y una de
a(|uellas, que Dnarda se llamaua, le respondió,
que la ciudad se llamaua Coymbra, yna de las
más insignes y principales de aquel reyno, y aun
de toda la Europa, ansi por la tierra comarcana a
ella, la qual aquel caudaloso rio, que Mondego
tenia por nombre, cou sus cristalinas aguas re-
gaña. Y que todos aquellos campos que con
gran ímpetu yua discurriendo, se llamauau
el campo do Mondego, y el castillo que delan-
te los ojos tenian, era la luz de nuestra Espa-
ña. Y que este nombre le conucnia más que el
suyo proprío, pues en medio de la infidelidad
del Mahomético Rey Marsilio, que tantos años
le auia tenido cercado, se auia sustentado, de
manera que siempre auia salido uencedor, y
jamas uencido, y qne el nombre que tenia en
lengua Portuguesa era Montemor o uclho,
adonde la uirtud, el ingenio, ualor, y esfueryo,
auian quedado por tropheo do las hazañas,
que los habitadores del, en aquel tiempo auian
hecho; y que las damas que en el auia, y los
caualleros que lo habitauan, florescian oy en
todas las uirtudes que ymaginar se podian. Y
assi le contó la pastora otras muchas cosas de
la fertilidad de la tierra, de la antigüedad de
los edificios, de la riqueza de los moradores, de
la hermosura y discreción de los Nimphas y pas-
tores, que por la comarca del inexpunable cas-
tillo habitauan, cosas que a Felismena pusie-
ron en gran admiración, y rogándole las pas-
toras qne comiesse (porque no deuia uenir con
poca necessidad dello) tuuo por bien de accep-
tallo. Y en quanto Felismena comia de lo que
las pastoras le dieron, la yian derramar algu-
nas lagrimas, de que ellas en estrerao se do*
lian. Y queriéndole pedir la causa, se lo estonio
la boz de un pastor, que muy dulcemente al
son de un rabel cantaua, el qual fue luego co-
noscide de las dos pastoras, porque aquel era
el pastor Danteo, por quien Armia terciana
con la graciosa Dnarda. La qual con muchas
lagrimas, dixo a Felismena: Hermosa pastora,
aunque el manjar es de pastoras, la comida es
de Princesa: qué mal pensaste tú, quando aqui
nenias, que auias de comer con musical Felis-
mena entonces le respondió: No auria en el
mundo (graciosa pastora) música más agra-
dable para mi, que yuestra uista y conuersacion,
y esto me daria a mi mayor ocasión para te-
nerme por Princesa, que no la música que
dezis. Duarda respondió: Más auia de ualer
que yo quien esso meresciesse, y más subido de
quilate auia de ser su entendimiento para en-
tendello, mas lo que fuere parte del desseo,
hallarse ha en mi cumplidamente. Armia dixo
contra Duarda: Ay Duarda, cómo eres discreta,
y quanto más lo serias si no fuesses cruel. ¿Hay
cosa en el mundo como esta que por no oyr a
aquel pastor que está cantando sus desuentu-
ras, está metiendo palabras en medio, y occn-
pando en otra cosa el entendimiento? Felis-
mena entendiendo quién podia ser el pastor en
las palabras de Armia, las hizo estar atentas,
y oylle, el qual cantaua al son de su instni-
mento esta canción, en su misma lengua.
Sospiros, minha lembranca
nao quer, porque nos nSio nades
que o mal que fazem saudades
se cure com esperanca.
A esperance nílo me nal,
polla causa en que se tem,
nem promete tanto bem,
quanto a saudade faz mal;
mas amor, desconfianca,
me deron tal qnalidade,
que nem me mata saudade,
nem me da uida esperanca.
Errarlo se se queyxarem
os olhos con que en olhey,
porque eu n¿lo me queyxarey,
en quanto os seus me lembraren.
334
ORÍGENES DE LA NOVELA
nem poderá aner mudan^ii,
jamas en minha uontade,
ora me mate saadade,
ora me deyxe esperanza.
A la pastora Felismena supieron mejor las
palabras del pastor, que el combite de las pas-
toras, por que más le paremia que la canción
se auia hecho para quexarse de su mal, que
para lamentar el agono. Y dixo, quando le
acabó de oyr. ¡ Ay, pastor, que uerdaderamente
pares9e que aprendiste en mis males, a que-
xarte de los tuyos! Desdichada de mi, que no
ueo ni oyó cosa, que no ponga delante la razón
que tengo, de no dessear la nida, mas no quie-
ra Dios que yo la pierda, hasta que mis ojos
vean la causa de sus ardientes lagrimas. Ar-
mia dixo a Felismena: Pares^eos (hermosa
pastora) que aquellas palabras meres^en ser
oydas, y que el coraron de adonde ellas salen
se deuo tener en más de lo que esta pastora lo
tiene? No trates, Armia (dixo Duanla) de sus
palabras, trata de sus obras, que por ellas se
ha do juzgar el pensamiento del que las hazc.
Si tú te enamoras de can9Íones, y te pare89en
bien sonetos hechos con cuydado de dezir
buenas razones, desengáñate que son la cosa
de que yo menos gusto recibo, y por la que
menos me certifico, del amor que se me tiene.
Felismena dixo entonces fauores9Íendo la ra-
zón de Duarda: Mira, Armia, muchos males se
escusarian, y muy grandes desdichas no uer-
nian en effecto, si nosotras dexassemos de dar
crédito a palabras bien ordenadas, y razones
compuestas de cora9ones libres, porque en nin-
guna cosa ellos muestran tanto serlo, como en
saber dezir por orden un mal, que quando es
uerdadcro, no ay cosa más fuera della. Desdi-
chada de mi, que no supe yo aprouechanne
dcsto consejo. A este tiempo, llego el pastor
Portugués, donde las pastoras estañan, y dixo
contra Duarda, en su misma lengua: A pas-
tora, se as lagrimas destes olhos, y as mngoas
destc cora^ao, sao pouca parte para abrandar
a dnrtza, com que son tratado, nfto quero de
ti mays, senílo que minha conpanhia }K)r estos
campos te nílo o seja importuna, ne os tristes
uersos que meu mal junto a esta hermosa ribei-
ra me faz cantar, te den occasiílo denfada>
mentó. Passa, hermosa pastora, a sesta a som-
bra destes salguyeros, que ho teu pastor te
leñará as cabras a o rio, y estará a o terreyro do
sol-, en quanto ellas ñas cristalinas agoas se
banharen. Pontea, hermosa pastora, os tous ca-
bellos douro iunto a aquella clara fonte donde
uen ho riboyro que ^erca este fremoso prado,
que eu irey en tanto em tanto a repastar teu
gado, y ter y conta com que as ouelhas nño o
entren ñas searas que ao longo desta ribeyra
estüo. Desojo que nao tomes traballho en
cousa nenhua, nen eu descünso em quanto
em cousas tuas niko trabalhar. Si isto te pares9«
pouco amor, dize tú en que te poderey mostrar
ho bem que te quero: que nao ha amor final da
pessoa dizer uerdade, en qualquer cousa que
diz, que offre^erse ha esperiencia déla. La pas-
tora Duarda entonces respondió: Danteo, se
he uerdade que ay amor no mundo, eu ho tiae
contigo, e tan grande como tú sabes, jamays
nonhun pastor de quantos apascentáo sens
gados pollos campos de Mondego, e beben as
suas claras agoas, alcan^ou de mí nem hua
so palabra conque tiuessos occasiílo de qney-
xarte de Duarda, nem do amor que te ella
sempre mostrou, a ninguen tuas lagrimas, e
ardentes sospiros mays magoarño que a mi, ho
dia que te meus olhos nao uiam, jamays se
leuantauan a coYsa que Ihes dessc gosto. As
nacas que tú guardauas cr&o mays que mi-
nhas, muytas mays uozes (roc^íosa que as
guarda^ deste deloytoso campo Ihes nam im-
podissem ho pasto) me punha eu desde aque-
llo outeyro, por uer se pare^iáo do que minhas
ouelhas erao por mi apas^entadas , nem pos-
tas em parte onde sem sobresalto pascessen as
eruas desta fermosa riboyra: isto me danaua
a mí tanto en mostrarme sojey ta, como a ti
em haberte comfiado. Bem soy que de minha
sogeicilo na^eu tua confían9a y de tua confian-
za hazer o que fizeste. Tu te casaste con An-
dresa, cuja alma este en gloria, ¿qué cousa he
esta, que algum tompo nao pidi a Déos, antes
Ihe pidi uingan^a déla, y de ti? eu passe y des-
poys de uosso casamento, o que tú e outros
muytos saben, quis minha fortuna que a toa
me nao desse pena. Doyxa me goxar de minha
libordado, y nño esperes que comigo poderas
ganhar o que por culpa tua perdcste. Acaban-
do la pastora la terrible respuesta que aueys
oydo, y queriendo Felismena meterse en medio
de la difforencia de los dos, oyeron a una parte
del prado nuiy gran ruydo, y golpes como de
caualleros que se conbatian: y todos con muy
gran príessa se fueron a la parte donde se
oyan, por uer qué cosa fuesse. Y nieron en
ima isleta que el rio con una buelta hazia.
tres caualleros que con uno solo se combatían:
y aunque se defendia ualientemente, dando a
entender su esfuerzo y ualentia, con todo esBO
los tres le dauan tanto qué hazer, que la po-
nian en no^essidad de aprouecharse de toda su
fuerza. La batalla se hazia a pie, y los cauaUos
estañan arrendados a unos pequeños arboles
que alli auia. Y a este tiempo ya el cauallero
solo tenia uno de h)s tres tendido en el suelo,
do un golpe de espada, con el qual le acabó la
uida: pero los otros dos, que muy ualientes
eran, le trayan ya tal, que no se esperaua otra
DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
335
cosa sino la muerte. La pastora Felismcna,
que nio aquel cauallero en tan gran peligro, y
que si no le socorriesse, no podría escapar con
la nida, quiso poner la suya a riesgo de per-
della, por hazer lo que en aquel caso era obli-
gada, y poniendo una aguda saeta en su arco,
dixo contra uno dellos: Teneos afuera, caualle-
roB, que no es de personas que deste nom-
bre se pre9Ían, aprouecharse de sus enemigos
con uentaja tan conos^ida. Y apuntándole a la
uista de la pelada, le acertó con tanta fuer9a,
que entrándole por los ojos passó de la otra
parte, de manera que aquel uino muerto al
suelo. Quando el caualUero solo uio muerto a
uno de sus contrarios, arremetió al tercero con
tanto esfuer90, como si enton9es comentara su
batalla, pero Felismcna le quitó de trabajo,
poniendo otra ñecha en su arco, con la qual,
no parando en las armas, le entró por debaxo
de la tetilla yzquierda, y le atrauesso el cora-
9on de manera que el cauallero licuó el cami-
no de BUS compañeros. Quando los pastores
vieron lo que Felismena auia hecho, y el caua-
llero vio de dos tiros matar dos caualleros tan
valientes, ansí vnos como otros quedaron en
extremo admirados. Pues quitándose el ca-
uallero el yelmo, y llegándose a ella, le dixo:
Hermosa pastora, con que podre yo pagaros
tan grande mer9ed, como la que de vos he re-
cibido en este dia, si no en tener conos^ida esta
deuda para nunca jamas pcrdella del pensa-
miento? Quando Felismena vio el rostro del
cauallero, y lo conos^io, quedó tan fuera de si,
que de turbada casi no le supo hablar: mas
boluiendo en si, le respondió: Ay don Felis,
que no CB ésta la primera deuda en que tú me
estás, y no puedo yo creer, que ternas della el
conos^imiento que dizes, sino el que de otras
muy majores has tenido. Mira a qué tiem-
po me ha traydo mi fortuna y tu desamor, que
quien Bolia en la piudad ser seruida de ti con
torneos y instas, y otras cosas con que me
cngaüauas (o con que yo me dexaua engañar)
anda aora desterrada de su tierra y de su li-
bertad, por auer tú querido vsar de la tuya.
Si esto no te trae a conos9Ímiento de lo que
me deues, acuérdate que vn año te estuue sir-
uiendo de page, en la corte de la princesa (Je-
sarína: y aun de tercero contra mí misma, sin
jamas descubrirte mi pensamiento, por solo dar
remedio al mal que el tuyo te hazia sentir. O
quantas vezes te alcance los fauores de Qelia
tu señora, a gran costa de mis lagrimas! Y no
lo tengas en mucho, que quando estas no bas-
taran, la vida diera yo a trueque de remediar
la mala que tus amores te dauan. Si no estás
saneado de lo mucho que te he querido, mira
las cosas que la fuerza del amor me ha hecho
hazer. Yo me sali de mi tierra, yo te vine a
seruir, y a dolerme del mal que suffrias, y a
suffrir el agrauio que yo en esto rebebía: y a
trueque de darte contento, no tenia en nada
biuir la más triste vida que nadie vivió. En
trage de dama te he querido, como nunca na-
die quiso, en habito de page teserui, en la
cosa más contraria a mi descanso, que se puede
ymaginar: y aun aora en trage de pastora vine
a hazerte este pequeño serui^io. Ya no me
queda más que hazer, sino es sacrificar la vida
a tu desamor, si te parece que deuo hacello, y
que tú no te has de acordar de lo mucho que
te he querido, y quiero: la espada tienes en la
mano, no quieras que otro tome en mí la ven-
ganza de lo que te merezco. Quando el caualle-
ro oyó las palabras de Felismena, y conoció
todo lo que dixo, auer sido ansi: el coraron se
le cubrió, de ver las sin razones que con ella
auia vsado: de manera, que esto y la mucha
sangre que de las heridas se le yua, fueron
causa de vn súbito desmayo cayendo a los pies
de la hermosa Felismena, como muerto. La
qual con la mayor pena que ymaginarse puede,
tomándole la cabera en su regado, con muchas
lagrimas que sobre el rostro de su cauallero
destilaua, comento a dezir: ¿qué es esto, for-
tuna? ¿es llegado el fin de mi uida, junto con
la del mi don Felis? Ay don Felis, causa de
todo mi mal, si no bastan las muchas lagrimas
que por tu causa he derramado, y las que sobre
tu rostro derramo, para que bueluas en ti: qué
remedio tema está desdichada, para que el
gozo de uerte no se le buelua en ocasión de
desesperarse? Ay mi don Felis, despierta si
es sueño el que tienes, aunque no me espanta-
rla si no lo hiziesses, pues jamas cosas mias te
le hizieron perder. Y en estas y otras lamenta-
ciones estaua la hermosa Felismena, y las otras
pastoras Portuguesas le ayudauan quando por
las piedras que pasauan a la isla, vieron uenir
una hermosa Ninplia, con un uaso de oro, y
otro de plata en las manos, la qual luego de
Felismena fue conoscida, y le dixo: Aj Dori-
da, quién auia de ser, la que a tal tiempo so-
corriesse a esta desdichada, sino tú? Llégate
acá, hermosa Kimpha, y uerás puesta la causa
de todos mis trabajos en el mayor que es possi-
ble tenerse. Dorida entonces le respondió: Para
estos tiempos es el animo, y no te fatigues,
hermosa Felismena, que el fin de tus trabajos
es llegado, y el principio de tu contentamiento;
y diziendo esto, le echó sobre el rostro de una
odorifera agua, que en el uaso de plata traya,
la qual le hizo boluer en todo su acuerdo, y le
dixo: Cauallero, si quereys cobrar la vida, y
dalla a quien tan mala, a causa vuestra, la ha
passado, beued del agua deste uaso. Y tomando
don Felis el uaso de oro entre las manos, be-
uio gran parte del agua que en él venia. Y
336
ORÍGENES DE LA NOVELA
como Tuo un poco reposado con ella, se sintió
tan sano de las heridas que los tres caualleros
le auian hecho, 7 de la que amor, a causa de la
señora ^elia, le aula dado, que no sentía más
la pena que cada uno dellas le podían cau-
sar que si nunca las uniera tenido. Y de tal
manera se boluio a renouar el amor de Felis-
mena, que en ningún tiempo le pares^io auer
estado tan bino como entonces: 7 sentándose
encima de la verde yerna, tomó las manos a su
pastora, j besándoselas muchas uczes, dczia:
Ay, Felismeña, quán poco haría yo en dar la
uida, a trueque de lo que te dcuo: que pues
por ti la tengo, muy poco hago en darte lo
que es tuyo. Con que ojos podra mirar tu
hermosura, el que faltándole el couos9Ímiento,
de lo que te deuia, osó pouellos en otra parte?
Qué palabras bastarían para disculparme, de
lo que contra ti he cometido? Desdichado de mi,
si tu condÍ9Íon no es en mi fauor, porque ni bas-
tara satisfa^ion, para tan gran yerro, ni razón,
para disculparme de la grande que tienes de
oluidarme? Verdad es, que yo quise bien a Qe-
lia y te oluidé: mas no de manera, que de la
memoria se me passasse tu valor y hermosura.
Y lo bueno es, que no sé a quién ponga á parte
de la culpa que se me puede attribuyr, porque
si quiero ponella a la poca edad que entonces
tenia, pues la tuue para quererte, no me auia
de faltar para estar firme en la fe que te deuia.
Si a la hermosura de ^elia, muy clara está la
ventaja que a ella, y a todas las del mundo
tienes. Si a la mudanza de los tiempos, esse
auia de ser el toque donde mi firmeza auia do
mostrar su valor. Si a la traydora de ansen9Ía,
tan poco pares9e bastante disculpa, pues el
desseo de verte, auia estado ausente de susten-
tar tu imagen en mi memoria. Mira, Felísmena,
(juán confiado estoy en tu bondad y clemencia,
que sin miedo te oso poner delante las causas
que tienes de no perdonarme. Mas qué haré
para que me perdones, o para que después de
perdonado, crea que estás satisfecha? Vna cosa
me duele más que quantas en el mundo me
pueden dar pena, y es, ver que puesto caso que
el amor que me has tenido, y tienes, te haga
perdonar tantos yerros , ninguna vez al9aré
los ojos a mirarte que no me lleguen al alma
los agrauios que de mi has re9Íbido. La pastora
Fclismena que uio a don Felis tan arrepenti-
do, y tan buelto a su prímero pensamiento,
con muchas lagrímas le dezia, que ella le per-
donaua, pues no suffría menos el amor que
siempre le auia tenido: y que ansi pensara no
perdonalle, no se vuiera por su causa puesto a
tantos trabajos, y otras cosas muchas con que
don Felis quedó confirmado en el prímer amor.
La hermosa Nimpha Dorída, se llegó al ca-
uallero, y después de auer passado entre los
dos muchas palabras y grandes offres9Ímientos
de parte de la sabia FeIÍ9Ía, le suplicó, que él,
y la hermosa Felismeña se fuessen con ella al
tenplo de la Diana, donde los quedaua espe-
rando con grandissimo desseo de verlos. Don
Felis lo con9edio: y despedido de las pastoras
Portuguesas (que en extremo estañan espan-
tadas, de lo que auian visto) y del affligido
pastor Danteo, tomando los cauallos de los ca-
ualleros muertos, las quales sobre tomar a
Danteo el suyo, le auian puesto en tanto aprie-
to, se fueron por su camino adelante, contan-
do Felismeña a don Felis con muy gran con-
tento lo que auia passado, después que no le
auia visto, de lo qual él se espantó cstraña-
mente, y cspe9Íalmente de la muerte de los
tres saluages, y de la casa de la sabia Feli-
9Ía y su9esso de los pastores y pastoras,
y todo lo más que en este libro se ha con-
tado. Y no poco espanto lleuaua don Felis,
en ver que su señora Felísmena le vuiesse
scruido tantos dias de page, y que de puro di-
ucrtido en el entendimiento, no la auia cono3-
9Ído, y por otra parte, era tanta su alegría, de
verse de su señora bien amado, que no podia en-
cubríllo. Pues caminando por sus jomadas, lle-
garon al templo de Diana, donde la sabia Fe-
lÍ9Ía los esperaua, y ansi mismo los pastores
Arsileo, y lielisa, y Syluano, y Seluagia, qae
pocos dias auia {\ue eran allí venidos. Fueron
rebebidos con muy gran contento de todos, es-
pe9Íalmente la hermosa Felísmena, que por su
bondad, y hermosura de todos era tenida en
gran possession. Allí fueron todos desposados
con las que bien querían, con gran reg09Íjo, y
fiesta de todas las Nimphas, y de la sabia Fe-
lÍ9Ía, a la qual no ayudó poco Sireno en su ve-
nida, aun(iuc della se le siguió lo que en la se-
gunda parte des te libro se contará, juntamente
con el sucycsso del pastor, y pastora Portugue-
sa, Danteo y Duarda.
FIN DE LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA DE GEORGB DE MONTEMAYOR
LA DIANA ENAMORADA
CINCO LIBROS QUE PROSIGUEN LOS Vil DE JORGE DE MONTEMAYOR
POR
GASPAR GIL POLO
A LA MUY ILÜSTRB SBSORA DOÑA HIEROHYMA
DB CASTRO Y BOLEA, &, GABPAR GIL TOLO.
Tanto le importa á este libro tener de su
parte el nombre y favor de V. S., que de otra
manera no me atreviera á publicarle, ni aun á
escribirle. Porque según es poco mi caudal, y
mucha la malicia de los detractores, sin el
amparo de V. S. no me tuviera por seguro.
Suplico á V. S. reciba y tenga por suya esta
obra, que aunque es servicio de poca importan-
cia, habido respecto al buen ánimo con que se
le ofrescc y á la voluntad con que libros seme-
jantes por Keycs y grandes señores fueron re-
cébidos, no se ha de tener por grande mi atre-
vimiento en hacer presente desta miseria, ma-
yormente dándome esfuerzo para ello la espe-
ranza que tengo en la nobleza, benignidad y
perfecciones de V. S. que para ser contadas
requieren mayor espíritu y más oportuno lu-
gar. El cual, si por algún tiempo me fuese con-
cedido, en cosa ninguna tan justamente habría
de emplearse como en la alabanza y servicio de
V. S. Cuya muy ilustre persona y casa nuestro
Señor guarde y prospere con mucho aumento.
De Valencia á nueve de Hebrero M. D. LXIV.
A LA ILÜSTRISSIHA Y BXCELENTISSIMA SE-
ÑORA mía LUISA DE LORENA, PRINCESA DE
CONTI.
En un siglo tal como el que agora possee-
mos, en el cual el trato es tan doblado, y tan
lleno de todas miserias, ¿quién se podrá esca-
par de las mordaces y pcrnicioFas lenguas, que
todo su ejercicio es buscar tachas en lo más
apurado; sirviéndose de las colores más falsas
y engañosas, sin acordarse de los ya passados,
ORÍGENES DE LA NOVELA.- 22
á los cuales la virtud les di¿ el nombre ie do-
rados, porque se admitía en ellos cualquiera
trabajo, recibiendo las intenciones, y perdo-
nando á los talentos, como dones que Dios re-
parte á su voluntad? De manera, señora mía,
que yo como persona tan necessitada dellos, y
en este siglo, buscando amparo, me subí en el
teatro deste mundo, y queriéndome arrojar en
él, me determiné entregarme en unas manos
que me defendiessen de las injurias del tiempo.
Y assi volviendo los ojos por una y otra parte,
por ver á quien me encomendaría para que me
librasse de las lenguas murmuradoras de los
mal intencionados espíritus, y no viendo alma
ni cuerpo más propio que el de Y. E. para este
efecto, siendo persona que á todo el mundo
enamora, con justa y debida razón se le debe
la más enamorada Diana encomendar, echán-
dome en el abrigo dessas tan ilustríssimas par-
tes, con la confianza de que recibirá la volun-
tad de la mano del curioso que ha tomado el
trabajo de tomarme á poner á luz, por manda-
miento de personas que hallaron la traza y el
estilo muy curioso, y que se iba á escurecer del
todo, por no se hallar ya este tratado en el
mundo. Ea, señora mía, abra esos brazos, y
enciérreme en esse pecho, como tan insigne y
inexpugnable fortaleza, en la qual vivirá mi
alma de todos los ya dichos espíritus malinos
descuidada y defendida con solo el saber que
Y. E. es su protectora; y con tal confianza vi-
virá rogando á Dios por la conservación de la
persona Ilustríssima de Y. E. que viva un
millón de años, amparando á las que se le en-
comiendan, y particulanncute á los del sexo
que tiene aún su particular consideración.
La muy humilde servidora de Y. E. que le
besa los pies,
Diana Enamorada,
338
ORÍGENES DE LA NOVELA
DB DON ALONSO GIRÓN Y DB REBOLLEDO
Soneto,
Lector. Diana.
liuen libro, Diana. En todo extremo es bueno.
iQué sientes dél7 Placer de andar penada.
¿Y qué es la pena? Amar cosa olvidada.
¿Y el gozo? Ver por cuya industria peno.
¿Es Jorge ó Pérez? No, que es muy terreno
amarme á mí. ¿Qué cosa hay más alzada?
Hacerme Gaspar Gil enamorada,
que lo estoy ya más del que de Syreno.
¿En qué tuvo primor? En verso y prosa.
¿Quién juzga eso? Ingenios delicados.
¿Tanta luz da? Alumbra todo el suelo.
¿Cuál quedará su patria? Muy dichosa.
¿Y los poetas todos? Afrentados.
¿Y él como se dirá? Polo del cielo.
SONETO DE HIERONYMO SAUPER
De fíoras armas la inmortal historia
ccssa por celebrar simples pastores;
canta Gaspar Gil Polo sus amores,
y en ello no consigue menos gloria.
A Marte da querellas la victoria,
por ver que calla Polo sus loores,
fama y honor á Palas dan clamores,
viendo que da á Diana tal memoria.
Dojad, númenes sacros, tal querella;
que Apolo ha prometido á su Diana
poeta el más famoso é importante:
Y diulc al gran Gil Polo, que por ella
con grave estilo y gracia sol)erana
dulce canción en las veredas cante.
OB UIGUEL JUAN TARREGA
Soneto.
m
Con la tuba Meonia j Mantuana
su canto Gaspar Gil liabia acordado
con tal furor, que el son ya era llegado
desde el Indico Gange hasta la Tana.
Mandóle en esto Apolo que á Diana,
dejando el canto de Mavorte airado,
cantaste al son que Pindaro ha cantado:
tanto le es dulce el nombre de su hermana.
Y ansi le d¡6 la lira, en que el taflía
siendo pastor de Admeto, y alegrando
los prados y aguas del dichoso Amphr}'80.
Y el sacro nombre Apolo á Polo dando,
con usado favor dar honra quiso
al que mayor renombre merescía.
HERNANDO DONAVIDA, CIUDADANO
YALEVCIAHO
Al lector.
Ovidio á su Corynna celebraba
con los sabrosos versos que escribía,
dos mil hermosos cantos componía
Propercio que á su Cynthia sublimaba.
Con las dulces canciones que cantaba,
á su Laura Petrarca engrándesela,
y destos cada cual con lo que hacia
al famoso laurel al fin llegaba.
A lauro el Lusitano ha ya llegado
á Diana pintando muy ufana,
mas Polo de otra suerte os la ha pintado:
Aquí veréis una obra sobrehumana,
y cuan bien el laurel Polo ha ganado,
pues Proserpina es la otra, ésta Diana.
LIBRO PRIMERO
DE DIANA ENAMORADA
Después que el apassionado Syreno con la
virtud del poderoso liquor fué de las manos de
Cupido por la sabia Felicia libertado, obrando
Amor sus acostumbradas hazañas, hirió de
nuevo el corazón de la descuidada Diaha, des-
pertando en ella los olvidados amores, para que
de un libre estuviesse captiva, y por un essento
viviesse atormentada. Y lo que mayor pena le
dio fué pensar que el descuido que tuvo de
Syreno había sido ocasión de tal olvido, y era
causa del aborrescimiento. Deste dolory de otros
muchos estaba tan combatida, que ni el yugo
del matrimonio, ni el freno de la vergüenza
fueron bastantes á detener la furia de su amor,
ni remediar la aspereza de su tormento, sino
que sus lamentables voces esparciendo, y dolo-
rosas lágrimas derramando, las duras pefías y
fieras alimañas entemescía. Pues hallándose
un día acaso en la fuente de loe alisos, en el
tiempo del estío, á la hora que el sol se acer-
caba al medio día, y acordándose del contento
que allí en compañía del amado Syreno mu-
chas veces había recebido, cotejando los delei-
tes del tiempo passado con las fatigas del pre-
sente; y conosciendo la culpa que ella en su tor-
mento tenía, concibió su corazón tan angus-
tiada tristeza, y vino su alma en tan peligproso
desmayo, que pensó que entonces la deseada
muerte diera fin á sus trabajos. Pero después
que el ánimo cobró algún tanto su vigor, fué
tan grande la fuerza de su passión, y el fmpetn,
con que amor reinaba en sus entrañas, que le
DIANA DE GASPAR GIL POLO
339
for»$ pablicar su tormento á las simples aveci-
llas, que de los floridos ramos la escnchaban, á
los verdes árboles, que de sa congoja paresce
que se dolían, y á la clara fuente, que el mido
de sus cristalinas aguas con el son de sus can^
tares acordaba. Y assi con una suaye zampona
cantó desta manera:
Mi sufrimiento cansado
del mal importuno y fiero,
á tal extremo ha llegado,
que publicar mi cuidado
me es el remedio postrero.
Siéntase el bravo dolor,
y trabajosa agonía
de la que muere de amor,
y olvidada de un pastor
que de olvidado moría.
¡Ay, que el mal que ha consumido
la alma qae apenas sostengo,
nasce del passado olvido,
y la culpa que he tenido
causó la pena que tengo!
Y de gran dolor reviento,
viendo que al que agora quiero,
le di entonces tal tormento,
que sintió lo que yo siento
y murió como yo muero.
Y cuando de mi crueza
se acuerda mi corazón,
le causa mayor tristeza
el pesar de mi tibieza,
que el dolor de mi passión.
Porque si mi desamor
no tuviera culpa alguna
en el presente dolor,
diera quejas del Amor
é inculpara la Fortuna.
Mas mi corazón esquivo
tiene culpa más notable,
pues no vio de muy altivo,
que Amor era vengativo
y la Fortuna mudable.
Poro nunca hizo venganza
Amor, que de tantas suertes
deshiciese una esperanza,
ni Fortuna hizo mudanza
de una vida á tantas muertes.
¡Ay, Syreno, cuan vengado
estás en mi desventara,
pues después que me has dejado,
no hay remedio á mi cuidado,
ni consuelo á mi tristura!
Que según solías verme
desdeñosa en solo verte,
tanto huelgas de ofenderme,
que ni tú podrás quererme,
ni yo dejar de quererte.
Yéote andar tan essento,
que no te ruego, pastor,
remedies el mal que siento,
mas que engañes mi tormento
con un fingido favor.
Y aunque mis males pensando,
no pretendas remediallos,
vuelve tus ojos, mirando
los míos, que están llorando,
pues tú no quieres mirallos.
Mira mi mucho quebranto,
y mi poca confianza
para tener entre tanto
no compassión de mi llanto,
mas placer de tu venganza.
Que aunque no podré ablandarte,
ni para excusar mi muerte
serón mis lágrimas parte,
quiero morir por amarte
y no vivir sin quererte.
No diera fin tan presto la enamorada Diana
á su deleitosa música, si de una pastora, que
tras unos jarales la había escuchado, no fuera
de improviso estorbada. Porque viendo la pas-
tora, detuvo la suave voz, rompiendo el hilo de
su canto, y haciendo obra en ella la natural
vergüenza, le pesó muy de veras que su can-
cióh fuesse escuchada, ni su pena conoscida,
mayormente viendo aquella pastora ser extran-
jera, y por aquellas partes nunca vista. Mas
ella, que de lejos la suavissima voz oyendo, á
escuchar tan delicada melodía secretamente se
había llegado, entendiendo la causa del dolo-
roso canto, hizo de su extremadíssima hermo-
sura tan improvisa y alegre muestra, como
suele hacer la nocturna luna, que con sus Inm-
brosos rayos vence y traspassa la espessura de
los escuros nublados. Y viendo que Diana ha-
bía quedado algo turbada con su vista, con
gesto muy alegre le dijo estas palabras: — Her-
mosa pastora, grande perjuicio hice al con-
tento que tenia con oirte, en venir tan sin pro-
pósito á estorbarte. Pero la culpa desto la tie-
ne el deseo que tengo de conoscerte, y volun-
tad de dar algún alivio al mal de que tan doloro-
samente te lamentas; al cual, aunque dicen que
es excusado buscalle consuelo, con voluntad li-
bre y razón desapassionada se le puede dar sufi-
cientemente remedio. No dissimules conmigo
tu pena, ni te pese que sepa tu nombre y tu
tormento, que no haré por esso menos cuenta
de tu perfición, ni juzgaré por menor tu m3re8-
cimiento.
840
orígenes de la novela
Oyendo Diana estas palabras estuvo un
rato sin responder, teniendo los ojos empleados
en la hermosura de aquolla pastora, y el enten-
dimiento dudoso sobre qué respondería á sus
grandes ofrescimientos y amorosas palabras; y
ftl fin respondió de esta manera: Pastora de
nneva y aventajada gentileza, si el gran con-
tento que de tu vista recibo, y el descanso que
me ofresccn tus palabras, hallara en mi cora-
zón algún aparejo de confianza, creo que fueras
bastante á dar algún remedio á mi fatiga, y no
dudara yo de publicarte mi pena. Mas es mi
mal de tal calidjftd, que en comenzar á fatigar-
me, tomo las llaves de mi corazón y cierro las
puertas al remedio. Sabe que yo me llamo
Diana, por estos campos harto conoscida;
contc'ntate con saber mi nombre, y no te cures
de saber mi pena: pues no aprovechará para
m&s de lastimarte, viendo mi tierna juventud
en tanta fatiga y trabajo. Este es el engaño,
dijo la pastora, de los que se hacen esclavos
del Amor, que en comenzalle á servir* son tan
suyos, que ni quieren ser libres, ni les parcsce
posaible tener libertad. Tu mal bien sé que es
amar, según de tu canción entendí, en la cual
enfermedad yo tengo grande experiencia. He
flido muchos años captiva, y agora me veo
libre; anduve ciega, y agora atino al camino de
la verdad; passé en el mar de amor peligrosas
agonías y tormentos, y agora estoy gozando
del seguro y sosegado puerto; y aunque más
grande sea tu pena, era tan grande la mía. Y
pues para ella tuve remedio, no despidas de tu
casa la esperanza, no cierres los ojos á la ver-
dad ni los oídos á mis palabras. Palabras serán,
dijo Diana, las que gastarán en remediar el
Amor, cuyas obras no tienen remedio con pala-
bras. Mas con todo querría saber tu nombre, y
la ocasión que hacia nuestros campos te ha en-
caminado, y holgaré tanto en sabello, que sus-
penderé por un rato mi comenzado llanto, cosa
que importa tanto para el alivio de mi pena.
Mi nombre es Álgida, dijo la pastora, pero lo
demás que me preguntas no me sufre contallo
la compassión que tengo de tu voluntaria do-
lencia, sin que primero recibas mis proveclio-
80S, aunque para ti desabridos remedios. Cual-
quier consuelo, dijo Diana, me será ograda-
ble, por venir de tu mano, con que no sea qui-
tar el amor de mi corazón: porque no saldrá de
allí, sin llevar consigo á pedazos mis entrarías.
Y aunque pudiesse, no quedaría sin él, por no
dejar de querer al que siendo olvidado, tomó de
mi crueldad tan presta y sobrada A'cnganza.
Dijo entonces xVlcida: Mayor confianza me
das agora de tu salud, pues dices que lo que
agora quieres, en otro tiempo lo has aborres-
cido, porque ya sabrás el camino del olvido, y
ternas la voluntad vezada al aborrescimiento.
Cuánto más que entre los dos extremos de
amar y aborrescer está el medio, el cual tú
debes elegir. Diana á esto replicó: Bien me
contenta tu consejo, pastora, pero no me pa-
resce muy seguro. Porque si yo de aborrescer
he venido á amar, más fácilmente lo hiciera si
mi voluntad estuviera en medio del amor y
aborrescimiento, pues teniéndome más cerca,
con mayor fuerza me venciera el poderoso Cu-
pido. A esto respondió Álgida: No bagas tan
gran honra á quien tan poco la meresce, n<Hn-
brando poderoso al que tan fácilmente queda
vencido, especialmente de los que eligen el
medio que tengo dicho: porque en él consiste
la virtud, y donde ella está, quedan los corazo-
nes contra el Amor fuertes y constantes. Dijo
entonces Diana: Crueles, duios, ásperos y re-
beldes dirás mejor, pues pretenden contradecir
á su naturaleza, y resistir á la invencible fuerza
de Cupido. Mas séanlo cuanto quisieren, que
á la fin no se van alabando de la rebeldía, ni
les aprovecha defenderse con la dureza. Porque
el peder del amor vence la más segura defensa,
y traspassa el más fuerte impedimento. De
cuyas hazañas y maravillas en este mesmo
lugar cantó un día mi querido Syreno, en el
tiempo que fué para mí tan dulce, como me es
agora amarga su memoria. Y bien me acuerdo
de su canción, y aun de cuantas entonces can-
taba, porque he procurado que no se me olví*
dassen, por lo que me importa tener en la me-
moria las cosas de Syreno. Mas esta que trata
de las proezas del Amor, dice:
Soneto,
Que el poderoso Amor sin vista acierte
del corazón la más interna parte;
que sieudo niño venza al fiero Marte,
haciendo que enredado se despierte.
Que sus llamas uic hielen de tal suerte,
que un vil temor del alma no se aparta,
que vuele hasta la aérea y summa parte,
y por la tierra y mar se muestre fuerte.
Que esté el que el bravo Amor hiere ó captiva
vivo en el mal, y en la prisión contento,
proezas son que causan grande espanto.
Y el alma, que en mayores penas viva,
si piensa estas hazañas, entretanto
no sentirá el rii^or de su tormento.
Bien encarescidas están, dijo Álgida, los
fuerzas del amor; pero más creyera yo á Svrr-
no, si después de haber publicado por tan gran-
des las furias de las flechas de Cupido, él no
hubiesse hallado reparo contra ellas, y despae's
de haber encarescido la estrechura de sus cade-
nas, él no hnbiesse tenido forma para tener h-
bcrtad. Y ansí me maravillo que creas tan do
DIANA DE GASPAR GIL POLO
841
ligero al quo con las obras contradice á las pa-
labras. Porque harto claro está que semejantes
canciones son maneras de hablar, y sobrados
encarescimientos, con que los enamorados ven-
den por muy peligrosos sus males, pues tan
ligeramente se vuelven de captivos libres y vie-
nen de un amor ardiente á un olvido descui-
dado. Y si sienten passiones los enamorados,
provienen de su mcsma voluntad, y no del
amor: el cual no es sino una cosa imaginada
por los hombres, que ni está en cielo, ni en tie-
rra, sino en el corazón del que la quiere. Y si
algún poder tiene, es porque los hombres mes-
mos dejan vencerse voluntariamente, ofrescién-
dole sus corazones, y poniendo en sus manos
la propia libertad. Mas porque el Soneto de
Syreno no quede sin respuesta, oye otro que
paresee que se hizo en competencia del, y oile
yo mucho tiempo ha en los campos de Sebetho
ú un pastor nombrado Aurelio; y si bien me
acuerdo decía asi:
Soneto.
No es ciego Amor, mas yo lo soy, que guío
mi voluntad camino del tormento;
no es niño Amor, mas yo que en un mo-
espero y tengo miedo, lloro y río. [mentó
Nombrar llamas de Amor es desvarío,
su fuego es el ardiente y vivo intento,
sus alas son mi altivo pensamiento
y la esperanza vana en que me fío.
No tiene Amor cadenas, ni saetas,
para prender y herir libres y sanos,
que en él no hay más poder del que le damos.
Porque es Amor mentira de poetas,
sueño de locos, ídolo de vanos:
mirad qué negro Dios el que adoramos.
¿Parescete, Diana, que debe fiarse un enten-
dimiento como el tuyo en cosas de aire, y que
hay razón para adorar tan de veras á cosa tan
de burlas como el Dios de Amor? El cual es
fingido por vanos entendimientos, seguido de
deshonestas voluntades, y conservado en las
memorias de los hombres ociosos y desocupa-
dos. Estos son los que le dieron al Amor el
nombre tan celebrado que por el mundo tiene.
Porque viendo que los hombres por querer bien
padescian tantos males, sobresaltos, temores,
cuidados, recelos, mudanzas y otras infinitas
passiones, acordaron de buscar alguna causa
principal y universal, de la cual como de una
fuente nasciessen todos estos efectos. Y assí
inventaron el nombre de Amor, llamándolo
Dios, porque era de las gentes tan temido y
reverenciado. Y pintáronle de manera que
cuando veen su figura tienen razón de ahorres -
cor sus obras. Pintáronle muchacho, porque los
hombres en él no se fíen ; ciego, porque no le
sigan; armado, porque le teman; con llamas,
porque no se le lleguen, y con alas, para que
por vano le conozcan. No has de entender, pas-
tora, que la fuerza que al Amor los hombres
conceden, y el poderío que le atribuyen, sea n¡
pueda ser suyo: antes has de pensar que cnanto
más su poder y valor encarescen, más nuestras
flaquezas y poquedades manifiestan. Porque
decir que el Amor es fuerte, es decir que nues-
tra voluntad es floja, pues permite ser por é!
tan fácilmente vencida; decir que el Amor tira
con poderosa furia venenosas y mortales sae-
tas, es decir que nuestro corazón es descui-
dado, pues se ofresce tan voluntariamente á re-
cebirlas; decir que el Amor nuestras almas tan
estrechamente captiva, es decir que en nosotras
hay falta de juicio, pues al primer combate nos
rendimos, y aun á veces sin ser combatidos,
damos á nuestro enemigo la libertad. Y en fin^
todas las hazañas que se cuentan del Amor no
son otra cosa sino nuestras miserias y flojeda-
des. Y puesto caso que las tales proezas fue-
sen suyas, ellas son de tal calidad que no me-
resccn alabanza. ¿Qué grandeza es captivar los
que no se defienden, qué braveza acometer los
flacos, qué valentía herir los descuidados, qué
fortaleza matar los rendidos, qué honra des-
asossegar los alegres, qué hazaña perseguir los
malaventurados? Por cierto, hermosa pastora,
los que quieren tanto engrandescer este Cupi-
do, y los que tan á su costa le sirven, debieran
por su honra dalle otras alabanzas; porque con
todas estas el mejor nombre que gana es de
cobarde en los acometimientos, cruel en las
obras, vano en las intenciones, liberal de traba-
jos y escaso de gualardones. Y aunque todos
estos nombres son infames, peores son los que
le dan sus mesmos aficionados, nombrándole
fuego, furor y muerte; y al amar llamando ar-
der, destniirse, consumirse y enloquecerse; j
á sí mesmos nombrándose ciegos, míseros, cap-
tivos, furiosos, consumidos y inflamados. De
aquí viene que todos generalmente dan quejas
del Amor, nombrándole tirano, traidor, duro,
fiero y despiadado. Todos los versos de los
amadores están llenos de dolor, compuestos con
suspiros, borrados con lágrimas y cantados con
agonía. Allí veréis las sospechas, allí los temo-
res, allí las desconfianzas, allí los recelos, allí
los cuidados y allí mil géneros de penas. No
se habla allí sino de muertes, cadenas, flechas,
venenos, llamas, y otras cosas que no sirven
sino para dar tormento, cuando se emplean, y
temor, cuando se nombran. Mal estaba con
estos nombres Herbanio, pastor señalado en Is
Andalucía, cuando en la corteza de un álamo,
sirviéndole de pluma un agudo punzón, delante
de mí escribió este
342
ORÍGENES DE LA NOVELA
Soneto.
Qaicn libre está, no yiva descuidado,
que en an instante puede estar captiro,
j el corazón helado y más esquivo
tema de estar en llamas abrasisulo.
Con la alma del soberbio y elevado
tan áspero es Amor y vengativo,
que quien sin él presume de estar vivo,
por él con muerte queda atormentado.
Amor, que á ser captivo me condenas,
Amor que enciendes fuegos tan mortales,
tú que mi vida afiigcs y maltratas:
Maldiga dende agora tus cadenas,
tus llamas y tus ñochas, con las cuales
me prendes, me consumes y me matas.
Pues venga agora al soneto de tu Syreno á
darme á entender que la imaginación de las
hasañas del Amor basta á vencer la furia del
tormento: porque si las hazañas son matar,
herir, cegar, abrasar, consumir, captivar y ator-
mentar, no me hará creer que imaginar cosas
de pena alivie la fatiga, antes ha de dar mayo-
res fuerzas á la passión, para que siendo más
imaginada, dure más en el corazón, y con ma-
yor aspereza le atormente. Y si es verdad lo
que cantó Syreno, mucho me maravillo que él,
recibiendo, según dice, en este pensamiento tan
aventajado gusto, tan fácilmente le haya tro-
cado con tan cruel olvido como agora tiene, no
sólo de las hazañas de Cupido, pero de tu her-
mosura, que no debiera por cosa del mundo ser
olvidada.
Apenas había dicho Alcida de su razón las
últimas palabras, que Diana, alzando los ojos,
porque estaba con algún recelo, vio de lejos á
BU esposo Delio, que bajaba por la halda de
un montecillo, encaminándose para la fuente de
los alisos, donde ellas estaban. Y ansi, atajando
las razones de Alcida, le dijo: No más, no más,
pastora, que tiempo habrá después para escu-
char lo restante y para responder á tus ñojos
y aparentes argumentos. Cata allá que mi es-
poso Delio desciende por aquel collado, y se
viene para nosotras; menester será que, por
dissimular lo que aquí se trataba, al son de
nuestros instrumentos comencemos á cantar,
porque cuando llegue se contente de nuestro
ejercicio. Y ansí, tomando Alcida su citara y
Diana su zampona, cantaron desta manera:
Rimaa provenzaUs,
ALCIDA
Mientras el sol sus rayos muy ardientes
con tal furia y rigor al mundo envia,
que de Nymphas la casta compañía
por los sombríos mora y por las fuentes.
Y la cigarra el cauto replicando,
se está quejando,
pastora canta,
con gracia tanta,
que entemescido
de haberte oído,
el poderoso cielo de su girado
fresco licor envíe al seco prado.
DIANA
Mientras está el mayor de los planetas
en medio del oriente y del ocaso,
y al labrador en descubierto raso
más rigurosas tira sus saetas.
Al dulce murmurar de la corriente
de aquesta fuente,
mueve tal canto,
• que cause espanto,
y de contentos
los bravos vientos,
el ímpetu furioso refrenando,
vengan con manso espíritu soplando.
ALCIDA
Corrientes aguas, puras, cristalinas,
que haciendo todo el año primavera,
hermoseáis la próspera ribera
con lirios y trepadas clavellinas,
el bravo ardor de Phebo no escaliente
tan fresca fuente,
ni de ganado
sea enturbiado
licor tan claro,
sabroso y raro,
ni del amante triste el lloro infame
sobre tan lindas aguas se derrame.
DIANA
Verde y florido prado, en do natura
mostró la variedad de sus colores
con los matices de árboles y flores,
que hacen en ti hermosíssima pintura.
En ti los verdes ramos sean cssentos
de bravos vientos;
medres, crezcas
en hierbas frescas,
nunca abrasadas
con las heladas,
ni dañe á tan hermoso y fértil suelo
el gp:tm furor del iracundo ciclo.
ALCIDA
Aquí de los bullicios y tempesta
de las soberbias cortes apartados,
los corazones ^-iven reposados,
DIANA DE GASPAR GIL POLO
en sosegada paz j alegre fiesta,
á veces recostados al sombrío
á par del rio,
do dan las ayes
cantos suaves,
las tiernas flores
finos olores,
j siempre con un orden soberano
se ríe el prado, el bosque, el monte, el llano.
343
DIANA
Aquí el ruido que hace el manso viento,
en los floridos ramos sacudiendo,
deleita más que el popular estruendo
de un numeroso y grande ayuntamiento,
adonde las superbas majestades
son vanidades:
las grandes fiestas,
grandes tempestas;
los pundonores,
ciegos errores,
y es el hablar contrario y diferente
de lo que el corazón y el alma siente.
ALCIDA
No tiende aqui ambición lazos y redes,
ni la avaricia va tras los ducados,
no aspira aqui la gente á los estados,
ni hambrea las privanzas y mercedes:
libres están de trampas y passiones
los corazones;
todo es llaneza,
bondad, simpleza,
poca malicia,
cierta justicia;
y hacer vivir la gente en alegría
concorde paz y honesta medianía.
DIANA
No va por nuevo mundo y nuevos mares
el simple pastorcillo navegando,
ni en apartadas Indias va contando
de leguas y monedas mil millares.
El pobre tan contento al campo viene
con lo que tiene,
como el que cuenta
sobrada renta,
y en vida escasa
alegre passa,
como el que en montes ha gruesas manadas,
y ara de fértil campo mil yugadas.
Sintió de lejos Delio la voz de su esposa
Diana, y como oyó que otra voz lo respondía,
tuvo mucho cuidado de llegar presto, por ver
quidn estaba en compañía de Diana. Y ansí,
corea de la fuente, puesto detrás un grande
arrayán, escuchó lo que cantaban, buscando
adrede ocasiones para sus acostumbrados celos.
Mas cuando entendió que las canciones eran
diferentes de lo que él con su sospecha presu-
mía, estuvo muy contento. Pero todavía la
ansia que tenía de conoscer la que estaba con
su esposa le hizo que llegasse á las pastoras,
de las cuales fué cortésmente saludado, y de su
esposa con un angélico semblante recebido. Y
sentado cabe ellas. Álgida le dijo: Delio, en
gran cargo soy á la fortuna, pues no sólo me
hizo ver la bdleza de Diana, mas conoscer al
que ella tuvo por merescedor de tanto bien, y
al que entrego la libertad: que según es ella
sabia, se ha de tener por extremado lo que
escoge. Mas espantóme de ver que tengas tan
poca cuenta con la mucha que contigo tuvo
Diana en elegirte por marido, que sufras que
vaya tan sólo un passo sin tu compañía, y
dejes que un solo momento se aparte de tus ojoe.
Bien sé que ella mora siempre en tu corazón;
mas el amor que tú le debes á Diana no ha de
ser tan poco que te contentes con tener en el
alma su figura, pudiendo también tener ante
los ojos su gentileza. Entonces Diana, porque
Delio respondiendo no se pusiesse en peligro
de publicar el poco aviso y cordura que tenía,
tomó la mano por él y dijo: No tiene Delio
razón de estar tan contento de tenerme por
esposa, como tú muestras estar por haberme
conoscido, ni de tenerme tan presente que se
olvide de sus granjas y ganados, pues impor-
tan más que el deleite que de ver la belleza
que falsamente me atribuyes se pudiera tomar.
Dijo entonces Álgida: No perjudiques, Diana,
I tan adrede á tu gentíleza, ni hagas tan grande
agravio al parescer que el mundo tiene de ti,
que no paresce mal en una hermosa el esti-
marse, ni le da el nombre de altiva moderada-
mente conoscerse. Y tú, Delio, tente por el más
dichoso del mundo, y goza bien el favor que la
Fortuna te hizo, pues ni dio ni tiene que dar
cosa que iguale con ser esposo de Diana. Aten-
tamente escuchó Delio las palabras de Álgi-
da, y en tanto que habló, la estuvo siempre
mirando, tanto que á la fin de sos dulces y avi-
sadas razones se halló tan preso de sus amores,
que de atónito y pasmado no tuvo palabras con
qué respondelle, sino que con un ¿diente sus-'
piro dio señal de la nueva herida que Cupido
había hecho en sus entrañas. A este tiempo
sintieron una voz, cuya suavidad los deleitó
maravillosamente. Paiáronse atentos á escu-
challa, y volviendo los ojos hacia donde reso-
naba, vieron un pastor que muy fatigado venia
hacia la fuente á guisa de congojado caminante,
cantando desta manera:
(544
ORÍGENES DE LA NOVELA
Soneto.
No puede darme Amor mayor tormento,
ni la Fortuna hacer mayor mudanza;
no hay alma con tan poca confianza,
ni corazón en penas tan contento.
Uácelo Amor, que esfuerza el flaco aliento,
porque baste á sufrir mi malandanza,
y no deja morir con la esperanza
la vida, la aflcción ni el sufrimiento.
;Ay, vano corazón! ¡Ay, ojos tristes!
¿por qué en tan largo tiempo y tanta pena
nunca se acaba el llanto ni la vida?
¡Ay, lástimas! ¿no os basta lo que hecistes?
Amor ¿por qué no aflojas mi cadena,
si en tanta libertad dejaste Alcida?
Apenas acabó Alcida de oír la canción del
pastor, que conosciendo quién era, toda tem-
blando, con grande priessa se levantó, antes
que él llegasse, rogándoles á Delio y Diana
que no dijessen que ella había estado allí, por-
que le importaba la vida no ser hallada ni co-
noscida por aquel pastor, que como la misma
muerte ahórresela. Ellos le ofrescieron hacello
ansi, pesándoles en extremo de su presta y no
pensada partida. Alcida, á más andar, metién-
dose por un bosque muy espesso que junto á la
fuente estaba, caminó con tanta presteza y re-
celo como si de una cruel y hambrienta tigre
fuera perseguida. Poco después llegó el pastor
tan cansado y afligido, que pareció la Fortuna,
doliéndose del, faabelle ofrescido aquella clara
fuente y la compafiia de Diana para algún ali-
vio de su pena. Porque como en tan calorosa
siesta, tras el cansancio del fatigoso camino,
vido la amenidad del lugar, el sombrío de los
árboles, la verdura de las hierbas, la lindeza do
la fuente y la hermosura de Diana, le paresció
reposar uu rato aunque la importancia de lo
que buscaba y el deseo con que tras ello se
perdía no daban lugar á descanso ni entrete-
nimiento. Diana entonces le hizo las gracias y
cortesías que conforme á los celos de Delio,
(jue presente estaba, se podían hacer, y tuvo
grande cuenta con el extranjero pastor, assí
porque en su manera le paresció tener meresci-
miento, como porque le vido lastimado del mal
que ella tenía. El pastor hizo grande caso de
los favores de Diana, teniéndose por muy di-
choso de haber hallado tan buena aventura.
Estando en esto, mirando Diana en torno de
sí, no vio á su esposo Delio, porque enamorado,
como dijiínos, de Alcida, en tanto que Diana
estaba descuidada, empleándose en acariciar el
nuevo pastor, se fué tras la fugitiva pastora,
metiéndose por el mesmo camino con intención
determinada de seguilla, aunque fuesse á la
otra parte del mundo. Atónita quedó Diana de
ver que faltasse tan improvisamente su e8po6i\
y assí dio muchas voces repitiendo el nombre
de Delio. Mas no aprovechó para que él desde
el bosque respondiesse, ni dejasse de proseguir
su camino, sino que con grandíssima priessa
caminando, entendía en alcanzar la amada Al-
cida. De manera que Diana, viendo que Delio
no parescía, mostró estar muy afligida por ello,
haciendo tales sentimientos, que el pastor por
consolarla le dijo: No te vea yo, hermosa pas-
tora, tan sin razón afligida, ni des crédito á ta
sospecha en tan gran perjuicio de tu descanso.
Porque el pastor que tú buscas no ha tanto
que falta que debas tenerte por desamparada.
Sosiégate un poco, que podrá ser que estando
tú divertida, convidado del sombrío de los ame-
nos alisos y de la frescura del viento, que los
está blandamente meneando, haya querido mu-
dar asiento, sin que nosotros lo viéssemos, por-
que temía quizá no le contradi jéssemos; ó por
ventura le ha tanto pesado de mi venida, y tu-
viera por tan enojosa mi compañía, que ha
escogido otro lugar donde sin ella pueda pasar
alegremente la siesta.
A esto respondió Diana: Gracioso pastor,
para conoscer el mal que maltrata tu vida,
basta oir las palabras que publica tu lengua.
Bien muestras estar del Amor atonnentado, y
vezado á engañar las amorosas sospechas con
vanas imaginaciones. Porque costumbre es de
los amadores dar á entender á sus pensamien-
tos cosas falsas é impossibles, para hacer que
no den crédito á las ciertas y verdaderas. Se-
mejantes consuelos, pastor, aprovechan más
para señalar en ti el pesar de mi congoja que
para remediar mi pena. Porque yo sé muy bien
que mi esposo Delio va siguiendo una hermo-
síssima pastora, que de aquí se partió, y según
la afición con que estando aquí la miraba y los
suspiros que del alma le salían, yo que sé cuan
determinadamente suele emprender cuanto le
passa por el pensamiento, tengo por cierto que
no dejará de seguir la pastora, aunque piense
en toda su vida no volver ante mis ojos. Y lo
que más me atormenta es conoscer la dura y
desamorada condición de aquella pastora, por-
que tiene un alma tan enemiga del amor, qne
desprecia la más extremada beldad y no hace
caso del valor más aventajado. Al triste pastor
en este punto paresció que una mortal saeta le
travesó el corazón, y dijo: jAy de mí, desdi-
chado amante! ¿con cuánta más razón se han
de doler de mí las almas que no fueren de pie-
dra, pues por el mundo busco la más cruel,
la mus áspera y despiadada doncella que se
puede hallar? Duélete do veras, pastora, de tu
esposo, que si la que él busca tiene tal condi-
ción como ésta, corre gran peligro su vida de
penlerse. Oyendo Diana estas palabras, acabó
DIANA DE GASPAR GIL POLO
845
de conoscer su mal, y rió clarameute que la
pastora, que en yer este pastor tan prestamente
haj¿, era la que él por todas las partes del
mundo había buscado. Y era ansí, porque ella
huyendo del, por no ser descubierta ni conos-
cida, había tomado hábito de pastora. Mas dis-
simuló por entonces con el pastor, j no quiso
decille nada de esto, por cumplir con la pala-
bra que á Alcida había dado al tiempo de par-
tirse. Y también porque vio que ella gran rato
había que era partida, corriendo con tanta pres-
teza por aquel bosque espessíssimo, que fuera
impossible alcanzalla. Y publicar al pastor esto,
no sirviera para más de dalle mayor pena. Por-
que aquello fatiga más, cuando no se alcanza,
que dio alguna esperanza de ser habido. Pero
como Diana deseasse conoscellos y saber la
causa de los amores del y del aborrescimiento
della, le dijo: Consuela, pastor, tu llanto, y
cuéntame la causa del ; que por alivio desta con-
goja holgaré de saber quién eres y oir el pro-
cesso de tus males; porque por la conmemora-
ción dellos te ha de ser agradable, si eres ver-
dadero amante, como creo. El entonces no se
hizo mucho de rogar, antes, sentándose entram-
bos junto á la fuente, habló de esta manera:
No es mi mal de tal calidad que á toda
suerte de gentes se pueda contar; mas la opi-
nión que tengo de tu merescimicnto y el valor
que tu hermosura me publica me fuerzan á con-
tarte abiertamente mi vida, si vida se puede
llamar la que de grado trocaría con la muerte.
Sabe, pastora, que mi nombre es Marcelio, y
mi estado muy diferente de lo que mi hábito
señala. Porque fui nascido en la ciudad Sol-
dina, principal en la provincia Vandalia, de pa-
dres esclarecidos en linaje y abundantes de ri-
quezas. En mi tierna edad fui llevado á la corte
del rey de lusitanos, y allí criado y querido,
no sólo de los señores principales della, mas
aun del mismo rey, tanto que nunca consintió
que me partiesse de su corte, hasta que me en-
cargó la gente de guerra que tenía en la costa
de África. Allí estuve mucho tiempo capitán
de las villas y fortalezas que él tiene en aque-
lla costa, teniendo mi proprío assiento en la
villa de Ceuta, donde fué el principio de mi
desventura. Allí, por mi mal, había un noble
y señalado caballero, nombrado Eugcrío, que
tenía cargo por el rey del gobierno de la villa,
al cual Dios, allende de dalle nobleza y bienes
de fortuna, le hizo merced de un hijo nombrado
Polydoro, valeroso en todo extremo, y dos
hijas llamadas Alcida y Clenarda, aventajadas
en hermosura. Clenarda en tirar arco era dies-
tríssima, pero Alcida, que era la mayor, en be-
lleza la sobrepujaba. Esta de tal manera en-
amoró mi corazón, que ha podido causarme
la desesperada vida que passo y la cruda
muerte que cada día llamo y espero. Su padre
tenía tanta cuenta con ella, que pocas veces
consentía que se partiesse delante sus ojos. Y
esto impedía que yo no le pudiesse hacer saber
lo mucho que la quería. Sino que las veces que
tenía ventura de vella, con un mirar apassio-
nado y suspiros que salían de mi pecho sin
licencia de mi voluntad, le publicaba mi pena.
Tuve manera de escrebille una carta, y no per-
diendo la ocasión que me concedió la fortuna,
le hice una letra que decía ansí:
CARTA DE MARCELIO PARA ALCIDA
La honesta majestad y el grave tiento,
modestia vergonzosa, y la cordura,
el sossegado y gran recogimiento,
Y otras virtudes mil, que la hermosura,
que en todo el mundo os da nombre famoso,
encumbran á la más suprema altura,
En passo tan estrecho y peligroso
mi corazón han puesto, hermosa Alcida,
que en nada puedo hallar cierto reposo.
Lo mesmo que á quereros me convida,
el alma ansí refrena, que quisiera
callar, aunque es á costa de la vida.
¿Cuál hombre duro vido la manera
conque mirando echáis rayos ardientes,
que no enmud^^zca allí y callando muera?
¿Quién las bellezas raras y excelentes
vido de más quilate y mayor cuenta
que todas las passadas y presentes,
Que en la alma un nuevo amor luego no sienta,
tal que la causa del le atierre tanto
que solamente hablar no le consienta?
Tanto callando sufro, que me espanto
que no esté de congoja el pecho abierto
y el corazón deshecho en triste llanto.
Esme impossible el gozo, el dolor cierto,
la pena firme, vana la esperanza:
vivo sin bien, y el mal rae tiene muerto.
En mí mesmo de mí tomo venganza,
y lo que más deseo, menos viene,
y aquello que más huyo, más me alcanza.
Aguardo lo que menos me conviene,
y no admito consuelo á mi tristura,
gozando del dolor que el alma tiene.
Mi vida y mi deleite tanto dura
cuanto dura el pensar la gran distancia
que hay de mí á tal gracia y hermosura.
Porque concibo en la alma una arrogancia
de ver que en tal lugar supe emplealla,
que el corazón esfuerzo y doy constancia.
Pero contra mí mueve tal batalla
vuestro gentil y angélico semblante,
que no podrán mil vidas esperalla.
Mas no hay tan gran peligro que me espante,
ni tan fragoso y áspero camino,
que me estorbe de andar siempre adelante.
346
ORÍGENES DE LA NOVELA
Siguiendo voy mi proprio desatine,
voj tras la pena y busco lo que daña,
y ofrezco al llanto el ánimo mezquino.
Perpetuo gozo alegra y acompaña
mi vida, que penando está en sossiego,
y siente en los dolores gloria extraña.
La pena me es deleite, el llanto juego,
descanso el suspirar, gloria la muerto,
las llagas sanidad, reposo el fuego.
Cosa no veo jamás que no despierte
y avive en mí la furia del tormento,
pero recibo en él dichosa suerte.
Estos males, señora, por vos siento,
destas passiones vivo atormentado
con la fatiga igual al sufrimiento.
Pues muévaos á piedad un desdichado,
que ofresce á vuestro amor la propia vida,
pues no pide su mal ser remediado,
mas sólo ser su pena conoscida.
Esta fue la carta que le escribí, y si ella fue-
ra tan bien h(?cha como fué venturosa, no tro-
cara mi habilidad por la de Homero. Llegó á
las manos de Alcida, y aunque de mis razones
quedó alterada, y de mi atrevimiento ofendida;
})ero al fin, tener noticia de mi pena hizo, según
después entondí, en su corazón mayor efecto de
lo que yo de mi desdicha confiaba. Comencé á
señalarme su amante, haciendo justas, torneos,
libreas, galas, invenciones, versos y motes por
su servicio, durando en esta pena por espacio
de algunos años. Al fin de los cuales Eugerio
me tuvo por niíTcscedor de ser su yerno, y por
intercessión de algunos principales hombres de
la tierra me ofresció su hija Alcida por mujer.
Tratamos que los desposorios se hiciesen en la
ciuda<l de Lisbona, porque el rey de lusitanos
en ellos estuviesse presente; y assí, despachan-
do un correo con toda diligencia, dimos cuenta
al rey de este casamiento, y le suplicamos que
nos diesse licencia para que, encomendando
nucHtros cargos á personas de confianza, fuésse-
mos allá á solemnizarlo. Luego por toda la ciu-
dad y lugares apartados y vecinos se extendió
la fama de mi casamiento, y causó tan gene-
ral placer, como á tan hermosa dama como
Alcida y a tan fiel amante como yo se debía.
Hasta ac^uí llegó mi bienaventuranza, hasta
aquí me encumbró la fortuna, para después aba-
tirnic en la profundidad de miserias en que me
hallo. ¡Oh, transitorio bien, mudable contento;
oh, deleite variable; oh, inconstante firmeza de
las cosas mundanas! i Qué más pude recibir de
lo que recibí y qué más puedo padescer de lo
que padezco? No me mandes, pastora, que im-
portune tus oídos con más larga historia, ni que
lastime tus entrañas con mis desastres. Con-
téntate agora con saber mi passado contenta-
miento, y no quieras saber mi presente dolor.
porque está cierta que ha de enfadarte mi pro- .
lijidad y de alterarte mi desgracia. A lo cul
respondió Diana: Deja, Marcelio, semejante!
excusas, que no quise yo saber los sucessos de
tu vida para gozar sólo de tas placeres, sin en-
tristecerme de tus pesares, antes quiero dcllos
toda la parte que cabrá en mi congojado con-
zón. ;Ay, hermosa pastora, dijo Marciuo,
cuan contento quedaría si la voluntad qae te
tengo no me forzasse á complacerte en cosa de
tanto dolor! Y lo que más me pesa es qne mil
desgracias son tales que han de lastimar tn co-
razón cuando las sepas, que la pena que he de
recebir en con tallas no la tengo en tanto que
no la sufriesse de grado á trueco de contentar-
te. Pero yo te veo tan descosa de sabellas, qae
me será forzado causarte tristeza, por no agra-
viar tu voluntad. Pues has de saber, pastora,
que después que fué concertado mi desventoim-
do casamiento, venida ya la licencia del rey,
el padre Eugerio, que viudo era, el hijo Poly-
doro, las dos hijas Alcida y Clenarda y el des-
dichado Marcelio, que su dolor te está contan-
do, encomendados los cargos que por el rey
teníamos á personas de confianza, nos embar-
camos en el puerto de Ceuta, para ir por mar á
la noble Lisl)ona á celebrar, como dije, en pre-
sencia del rey el matrimonio.
El contento que todos llevábamos nos hizo
tan ciegos, que en el más peligroso tiempo del
año no tuvimos miedo á las tempestuosas ondas
que entonces suelen hincharse, ni á los furiosos
vientos, que en tales meses acostumbran em-
bravecerse ; sino que, encomendando la frágil
nave á la inconstante fortuna, nos metimos en
el peligroso mar, descuidados de sus coutinoas
nmdanzas é innumerables infortunios. Mas
poco tiempo passó que la fortuna castigó nues-
tro atrevimiento, porque antes qne la noche Ue-
gasse, el piloto descubrió manifiestas señales de
la venidera tempestad. Comenzaron los espes-
sos nublados á cubrir el cielo, empezaron á
murmurar las airadas ondas, los vientos á so-
plar por contrarias y diferentes partes. ¡Ay,
tristes y peligrosas señales! dijo el turbado y
temeroso piloto; lay, desdichada nave, quedes-
gracia se te apareja, si Dios por su bondad no
te socorre! Diciendo esto vino un ímpetu y fu-
ria tan grande de viento, que en las extendidas
velas y en todo el cuerpo de la nave sacudiendo,
la puso en tan gran peligro, que no fué bastan-
te el golternalle para regirla, sino que, siguiendo
el poderoso furor, iba donde la fuerza de las
ondas y vientos la impelía. Acabó poco á poco
á descararse la tempestad, las furiosas ondas
cubiertas de blanca espuma comienzan á enso-
berlíecerse. Estaba el cielo abundante lluvia de-
rramando, furibundos rayos arrojando y con
espantosos truenos el mundo estremesciendo.
DIANA DE GASPAR GIL POLO
347
Sentíase uu espantable ruido de las sacudidas
maromas, j movían gran terror las lamentables
Yoccs de loe navegantes j marineros. Los Tien-
tos por todas partes la nave combatían, las on-
das con terribles golpes en ella sacudiendo, las
más enteras j mejor clavadas tablas hendían j
desbarataban. A veces el soberbio mar hasta el
cielo nos levantaba j luego hasta los abismos
nos despeñaba, y á veces espantosamente abrién-
dose, las más profundas arenas nos descubría.
Los hombres j mujeres á una j otra parte co-
rriendo, su desventurada muerte dilatando, unos
entrañables suspiros esparcían, otros piadosos
votos ofrescían j otros dolorosas lágrimas de-
rramaban. £1 piloto con tan brava fortuna ate-
morizado, vencido su saber de la perseverancia
y braveza de la tempestad, no sabía ni podía
regir el gobernalle. Ignoraba la naturaleza y
origen de los vientos, y en un raesmo punto mil
cosas diferentes ordenaba. Los marineros, con la
agonía de la cercana muerte turbados, no sabían
ejecutar lo mandado, ni con tantas voces y rui-
do podían oir el mandamiento y orden del ronco
y congojado piloto. Unos amainan la vela,
otros vuelven la antena, otros añudan las rom-
pidas cuerdas, otros remiendan las despedaza-
das tablas, otros el mar en el mar vacian, otros
al timón socorren, y en fin todos procuran de-
fender la miserable nave del inevitable perdi-
miento. Mas no valió la diligencia, ni aprove-
charon los votos y lágrimas para ablandar el
bravo Neptuno. Antes cuanto más se iba acer-
cando la noche, más cargaron los vientos y más
se ensañaron las tempestades.
Venida ya la tenebrosa noche, y no amansán-
dose la fortuna, el padre Euobrio, desconfiado
de remedio, con el rostro temeroso y alterado,
á sus liijos y yerno mirando, tenía tanta agonía
de la muerte que habíamos de passar, que tanto
nos dolía su congoja como nuestra desventura.
Mas el lloroso viejo, rodeado de trabajos, con
lamentable voz y tristes lágrimas decía de esta
manera: ¡Ay, mudable Fortima, enemiga del
humano contento, tan gran desdicha le tenías
guardada á mi triste vejez! ¡Oh, bienaventura-
dos los que en juveniles años mueren, lidiando
en las sangrientas batallas, pues no llegando á
la cansada edad no vienen á peligro de llorar los
desastres y muertes de sus amados hijos! ¡Oh,
fuerte mal; oh, triste sucesso! ¿Quién jamás mu-
rió tan dolorosamente como yo, que esperando
consolar mi muerte con dejar en el mundo
quien conserve mi memoria y mi linaje, he de
morir en compañía de los que habían de solem-
nizar mis obsequias? Oh, queridos hijos, ¿quién
me dijera á mí, que mi vida y la vuestra se ha-
bían de acabar á un mesrao tiempo y habían de
tener fin con una misma desventura? Querría,
hijos míos, consolaros; mas ¿qué puede deciros
un triste padre, en cuyo corazón hay tanta abun-
dancia de dolor y tan grande falta de consuelo?
Mas consolaos, hijos; armad vuestras almas de
sufrimiento, y dejad á mi cuenta toda la triste-
za, pues allende de morir una vez por mí, he de
sufrir tantas muertes cuantas vosotros habéis
de passar. Esto decía el congojado padre con
tantas lágrimas y sollozos, que apenas podía
hablar, abrazando los unos y los otros por des-
pedida, antes que llegasse la hora del perdi-
miento. Pues contarte yo agora las lágrimas de
Alcida, y el dolor que por ella yo tenía, sería
una empresa grande y de mucha dificultad.
Sólo una cosa quiero decirte: que lo que má«
me atormentaba, era pensar que la vida que yo
tenía ofrescida á su servicio hubiessc de per-
derse juntamente con la suya. En tanto la per-
dida y maltratada nave con el ímpetu y furia
de los bravos ponientes, que por el estrecho
passo que de Gibraltar se nombra rabiosamen-
te soplaban, corriendo con más ligereza de la
que á nuestra salud convenía, conbatida por la
poderosa Fortuna por espacio de toda la noche
y en el siguiente día, sin poder ser regida con
la destreza de los marineros, anduvo muchas le-
guas por el espacioso mar Mediterráneo, por
donde la fuerza de los vientos la encaminaba.
El otro día después paresció la Fortuna que-
rer amansarse; pero volviendo luego á la acos-
tumbrada braveza, nos puso en tanta necessi-
dad que no esperábamos una liora de vida. En
fin, nos combatió tan brava tempestad, que la
nave, compelida de un fuerte torbellino, que le
dio por el izquierdo lado, estuvo en tan gran pe-
ligro de trastornarse, que tuvo ya el bordo me-
tido en el agua. Yo que vi el peligro manifiesto,
desciñéndome la espada, p;»rque no fuesse em-
barazo, y abrazándome con Alcida, salté con
ella en el batel de la nave. ClenarcUfc, que era
doncella muy suelta, siguiéndonos, hizo lo mes-
mo, no dejando en la nave su arco y aljaba, que
más que cualesquier tesoros estimaba. Poly-
doro abrazándose con su padre, quiso con él
saltar en el batel como nosotros; mas el piloto
de la nave y un otro marinero fueron los pri-
meros á saltar, y al tiempo que PolyJoro con
el viejo Eugerio quiso salir de la nave, viniendo
por la parte diestra una borrasca, apartó tanto
el batel de la nave, que los tristes hul>ieron de
quedar en ella, y de allí á poco rato no la vi-
mos, ni sabemos della, sino que tengo por cier-
to que por las crueles ondas fué tragada, ó
dando al través en la costa de España, misera-
blemente fué })erdida. Quedando, pues, Alcida,
Glenarda y yo en el j)equeño esquife, guiados
con la industria del piloto y de otro marinero,
anduvimos errando por espacio de un día y de
nna noche, aguardando de punto en punto la
muerte, sin esperanza de remedio y sin saber la
1
348
ORÍGENES DE LA NOVELA
parte donde estábamos. Pero en la mañana si-
guiente nos hallamos muy cerca de la tierra, y
dimos al través en ella. Los dos marineros, que
muy diestros eran en nadar, no sólo salieron á
nado á la deseada tierra, pero nos sacaron á
todos, llerándonos á seguro salvamiento. Des-
pués que estuvimos fuera de las aguas, amarra-
ron los marineros el batel á la ribera, y reco-
nosciendo la tierra donde habiamos llegado,
hallaron que era la isla Formentera, y que-
daron muy espan toldos de las muchas millas
que en tan poco tiempo habiamos corrido. Mas
ellos tenían tan larga y cierta experiencia de
las maravillas que suelen hacer las bravas tem-
pestades, que no se espantaron mucho del dis-
curso de nuestra navegación. Hallémonos se-
guros de la Fortuna, pero tan tristes de la pér-
dida de Eugerio y Polydoro, tan mal tratados
del trabajo y tan fatigados de hambre, que no
teníamos forma de alegrarnos de la cobrada
vida.
Dejo agora de contarte los llantos y extre-
mos de Alcida y Clenarda por haber perdido
el padre y hermano, por passar adelante la his-
toria del de.sdichado sucesso que me acontesció
en esta solitaria isla; porque después que en
ella fui librado de la crueldad de la Fortuna, me
fué el Amor tan enemigo, que paresció pesarle
de ver mi vida libre de la tempestad, y quiso
que al tiempo que por más seguro me tuviesse,
entonces con nueva y más grave pena fuesse
atormentado. Hirió el maligno Amor el corazón
del piloto, que Bartofano se decía, y le hizo tan
enamorado de la hennosura de Clenarda, su
hermana de Alcida, que por salir con su inten-
to olvidó la ley de amicicia y fidelidad, imagi-
nando y efectuando una extraña traición. Y fué
assi, que después de las lágrimas y lamentos
que las dos hermanas hicieron, acontesció que
Alcida, cansada de la passada fatiga, se recostó
sobre la arena, y vencida, del importuno sueño
se durmió. Estando en esto le dije yo al piloto:
Bartofano amigo, si no buscamos qué comer, ó
por nuestra desdicha no lo hallamos, podemos
hacer cuenta que no habemos salvado la vida ,
sino que habemos mudado manera de muerte.
Por esso querría , si te place , que tú y tu com-
pañero fuéss^des al primer lugar que en la isla
se os ofresciere para buscar qué comer. Res-
pondió Bartofano: Harto hizo la Fortuna,
señor Marcelio, en llevarnos á tierra, aunque
sea despoblada. Desengáñate de hallar qué co-
mer aquí, porque la tierra es desierta y de gen-
tes no habitada. Mas yo diré un remedio para
que no perezcamos de hambre. /Ves aquella
isleta que está de frente, cerca de donde esta-
mos? Allí hay gran abundancia de venados, co-
nejos, liebres y otra caza, tanto que van por
ella grandes rebaños de silvestres animales.
Allí también hay una ermita, cuyo ermitaño
tiene ordinariamente harina y pan. Mi parescer
es que Clenarda, cuya destreza en tirar arco te
es manifiesta, passe con el batel á la isla pan
matar alguna caza, pues el arco y flechas no le
faltan, que mi compañero y yo la llevaremos
allá; y tú, Marcelio, queda en compañía de
Alcida, que será posible que antes qne se des-
pierte volvamos con abundancia de fresca 7
sabrosa provisión.
Muy bien nos paresció á Clenarda y á mi el
consejo de Bartofano, no cayendo en la alevosía
que tenia fabricada. Mas nunca quiso Cleniidi
passar á la isleta sin mi compañía, porque no
osaba fiarse en los marineros. Y aunque yo me
excusé de ir con ella, diciendo que no era Ika
dejar á Alcida sola y durmiendo en tan sditt-
ria tierra, me respondió que, pues el espacio de
mar era muy poco, la caza de la isla mucha 7
el mar algún tanto tranquilo, porque en estir
nosotros en tierra había mostrado amansane,
podíamos ir, cazar y volver antes que Alcida,
que muchas noches había que no había dormi-
do, se despertasse. En fin; tantas razones me
hizo que, olvidado de lo qne más me convenía,
sin más pensar en ello, determiné acompañaila,
de lo cual le pesó harto á Bartofano, porque no
quería sino á Clenarda sola, para mejor efec-
tuar su engaño. Mas no le faltó al traidor fo^
ma para poner por obra la alevosía: porque de-
jada Alcida durmiendo, metidos todos en d
esquife, nos echamos á la mar, y antes de llegar
á la isleta, estando yo descuidado y sin anuas,
porque todas las había dejado en la nare,
cuando salté de ella por salvar la vida, fui de
los dos marineros assaltado, y sin poderme va-
ler, preso y maniatado.
Clenarda, viendo la traición, quiso de dolor
echarse en el mar; mas por el pUoto fué dete-
nida antes; apartándola á una parto del esqnife,
en secreto le dijo: No tomes pena de lo hecho,
hermosa dama, y sossiega tu corazón, qne todo
se hace por tu servicio. Has de saber, señora,
que éste Marcelio, cuando llegamos á la isla
desierta, me habló secretamente y me rogó qne
te aconsejase que passasses para cazar á la isla,
y cuando estuviéssemos en mar, encaminasse
la proa hacia Levante, señalándome que estaba
enamorado de ti y quería dejar en la isla á tn
hermana, por gozar de ti á su placer y sin im-
pedimento. Y aquel no querer acompañarte era
por dissimulacion y por encubrir su maldad.
Mas yo, que veo el valor de tn hermosura, por
no perjudicar á tu merescimiento, en el ponto
que había de hacerte la traición, he determi-
nado serte leal y he atado á Marcelio, como
has visto, con determinación de dejarle ana i
la ribera de una isla que cerca de aquí está 7
volver después contigo adonde dejamos á Al*
DIANA DE GASPAR GIL POLO
349
Bsia ra2<$n te doy «de lo hecho; mira tú
lo que determinas.
mdo esto Glenarda, creyó may de veras
itira del traidor, y tú?ome una ira mor-
f aé contenta que yo fuesse llevado donde
fano dijo. Mirábame con nn gesto airado,
abia no podía hablarme palabra, sino que
íntimo de su corazón se gozaba de la ven-
que de mi se había de tomar, sin nunca
bir el engaño que se le hacía. Conoscí yo
3narda que no le pesaba de mi prisión, y
3 dije: ¿Qué es esto, hermana? ¿tan poca
be paresce la mía y la tuya que tan presto
on fin tus llantos? ¿Quizá tienes confianza
une presto libre para tomar venganza de
traidores? Ella entonces, brava como leona,
jo que mi prisión era porque había pre-
lo dejar á Alcida y llevarme á ella, y lo
9 que el otro le había falsamente recitado,
do esto sentí más dolor que nunca, y ya
o pude poner las manos en aquellos mal-
, los trate con injuriosas palabras; y á
í3 di tal razón, que conosció ser aquella
;rande traición, nascida del amor de Bar-
o. Hizo Glenarda tan gran lamento,
10 cayó en la cuenta del engaño, que las
piedras ablandara; nías no entemcsció
los duros corazones.
nsidcra tú agora que el pequeño batel por
spaciosas ondas caminando largo trecho
|!;ran velocidad habría corrido, cuando la
chada Alcida despertándose sola se vido,
amparada volvió los ojos al mar y no vido
luife; buscó gran parte de la ribera, y no
persona. Puedes pensar, pastora, lo que
sentir en este punto. Imagina las lágri-
que derramó, piensa agora los extremos
lizo, considera las veces que quiso echarse
mar y contempla las veces que repitió
)mbre. Mas ya estábamos tan lejos, que no
js sus voces, sino que vimos que con una
blanca, dando vueltas en el aire con ella,
ncitaba para la vuelta. Mas no lo consin-
% traición de Bai-tofano. Antes con gran
eza caminando, llegamos á la isla de Ibiza,
e desembarcamos, y á mi me dejaron en
)era amarrado á una auchora que cu tierra
la. Acudieron allí algunos marineros co-
dos de Bartofano, y tales como él, y por
que Glenarda les encomendó su honesti-
no aprovechó para que mírassen por ella,
que dieron al traidor suficiente provisión,
i ella se volvió á embarcar en compañía de
arda, que á su pesar hubo de seguille, y
ucs acá nunca más los he visto, ni sabido
s.
uedé yo allí hambriento y atado de pies y
08. Pero lo que más me atormentaba, era
H^essidad y pena de Alcida, que en la For-
mentera sola quedaba, que la mía luego fué
remediada. Porque á mis voces vinieron mu-
chos marineros, que siendo más piadosos y
hombres de bien que los otros, me dieron qué
comiesse. E importunados por mí, armaron un
bergantín, donde puestas algunas viandas y
armas se embarcaron en mi compañía, y no
pasBÓ mucho tiempo que el velocíssimo navio
llegó á la Formentera, donde Alcida había
quedado. Mas por mucho que en ella busqué y
di voces, no la pude hallar ni descubrir. Pensé
que se había echado en el mar desesperada ó
de las silvestres fieras había sido comida. Mas
buscando y escudriñando los llanos, riberas,
peñas, cuevas y los más secretos rincones de
la isla, en un pedazo de peña hecho á manera
de padrón hallé unas letras escriptas con punta
de acerado cuchillo, que decían :
Soneto,
Arenoso, desierto y seco prado,
tú, que escuchaste el son de mi lamento,
hinchado mar, mudable y fiero viento,
con mis suspiros tristes alterado.
Duro peñasco, en do escripto y pintado
perpetuamente queda mi tormento,
dad cierta relación de lo que siento,
pues que Marcelio sola me ha dejado.
Llevó mi hermana, á mí puso en olvido,
y pues su fe, su vela y mi esperanza
al viento encomendó, sedme testigos.
Que más no quiero amar hombre nascido,
por no entrar en un mar do no hay bonanza,
ni pelear con tantos enemigos.
No quiero encarescerte, pastora, la herida
que yo sentí en el alma cuando leí las letras,
conosciendo por ellas que por ajena alevosía
y por los malos sucessos de Fortuna quedaba
desamado, porque quiero dejarla á tu discreción.
Pero no queriendo vida rodeada de tantos tra-
bajos, quise con una espada traspassar el mise-
rable pecho, y assí lo hiciera si de aquellos
marineros con obras y palabras no fuera estor-
bado. Volviéronme casi muerto en el bergan-
tín, y condescendiendo con mis importunacio-
nes, me llevaron por sus jornadas camino de
Italia, hasta que me desembarcaron en el puerto
de Gayeta, del reino de Ná])oles, donde pre-
guntando á cuantos hallaba por Alcida, y dan-
do las señas della, vine á ser informado por
unos pastores que había llegado allí con una
nave española, que passando por la Formen-
tera, hallándola sola, la recogió, y que por es-
conderse de mí se había puesto en hábito de
pastora. Entonces yo, por mejor buscarla, me
vestí también como pastor, rodeando y escudri-
ñando todo aquel reino, y nunca hallé rastro
350
ORÍGENES DE LA NOVELA
delU hasta qae me dijeron que Imjendo de
mi, y sabiendo que tenia deUa información,
con una naye genovesa habia pasaado en Es-
Íjaña. Embarquéme luego en su seguimiento, y
legué acá á España, y he buscado la mayor
parte dclla, sin hallar persona que me diesse
nuevas desta cruel, que con tanta congoja
busco. Esta es, hermosa pastora, la tragedia
de mi vida, está es la causa de mi muerte, este
es el processo de mis males. Y si en tan pesa-
do cuento hay alguna prolijidad, la culpa es
tuya, pues para contarle por ti fui importunado.
Lo que te ruego agora es que no quierai dar
remedio á mi mal, ni consuelo á mi fatiga, ni
estorbar las lágrimas que con tan justa razun
á mi pena son debidas.
Acabando estas razones comenzó M&rcelio á
hacer tan doloroso llanto y suspirar tan amar-
gamente, que era gran lástima de vello. Quiso
Diana darle nuevas de su Alcida, porque poco
había que en su compañía estaba, pero por
cumplir con la palabra que había dado de no
decillo, y también porr^ue vi¿ que le había de
atormentar más, dándole noticia de la que en
tal extremo le aborrescia, por esso no curó de
decille más de que se consolosse y tuviesse
umcha confianza, porque ella esperaba velle an-
tes de mucho muy contento con la vista de su
dama. Porque si era verdad, como creía, que
iba Alcida entre los pastores y pastoras de Es-
paña, no se le podía esconder, y que ella la ha-
ría buscar por las más extrañas y escondidas
partes della. Mucho le agradesció Marcelío ¿
Diana tales ofrescimientos, y encargándole
mucho niirasse por su vida, haciendo lo que
ofrescido lo había, quiso despedirse della, di-
ciendo que passados algunos días pensaba vol-
ver allí, para informarse de lo que habría sabi-
do de Alcida; pero Diana lo detuvo, y le dijo:
No seré yo tan enemiga de mi contento que
consienta que te apartes de mi compañía. An-
tes, pues de mi esposo Delio me veo desampa-
rada, como tú de tu Alcida, querría, si te place,
que comicsses algunos bocados, porque mues-
tras haberlo menester, y después desto, pues
las sombras de los árboles se van haciendo ma-
yores, nos fuéssemos á mi aldea, donde con el
descanso que el continuo dolor nos permitirá,
passareuios la noche, y luego en la mañana
iremos al templo de la casta Diana, do tiene
su assieuto la sabia Felicia, cuya sabiduría da-
rá algún remedio á nuestra passión. Y porque
mejor puedas gozar de los rústicos tratos y
simples llanezas de los pastores y pastoras de
nuestros campos, será bien que no mudes el
hábito de pastor que traes, ni des á nadie á
entender quién eres, sino que te nombres, vistas
y trates como pastor.
Marcelio, contento de hacer lo que Diana
dijo, comió alguna vianda qne ella sacó de
zurrón, y mató la sed con el agua de la fna
lo que le era muy necessarío, por no babei
todo el día comido ni reposado, y hiego toi
ron el camino de la aldea. Mas poco trecho
bian andado, cuando en un espesso bosqueci
que algún tanto apartado estaba del cami
oyeron resonar voces de pastores, que al aoi
sus zamponas suavemente cantaban; yec
Diana era muy amiga de música, rogó á 3d
Celio que se llegassen allá. Estando ya jo
al bosquecillo, conosció Diana que los pa8t(
eran Tauriso y Berardo, que por ella pena
andaban, y tenían costumbre de andar sien
de compañía y cantar en competencia. Y i
Diana y Marcelio, no entrando donde los p
tores estaban, sino puestos iras unos roble
les, en parte donde podían oir la suavidad
la música, sin ser vistos de los pastores, es
charon sus cantares. Y ellos, annqae no sab
que estaba tan cerca la que era causa de
canto, adevinando cuasi con los ánimos que
enemiga les estaba oyendo, requebrando
pastoriles voces, y haciendo con ellas delica
possoe y diferencias, cantaban desta mane
TAURISO
Pues ya se esconde el sol tras las montafíaf
dejad el pasto, ovejas, escuchando
las voces roncas, ásperas y extrañas
que estoy sin tiento ni orden derramando
Oid cómo las míseras entrañas
se están en vivas llamas abrasando
con el ardor que enciende en la alma insí
la angélica hermosura de Diana.
BERARDO
Antes que el sol, dejando el hemisphero,
caer permita en hierbas el rocío,
tú, simple oveja, y tú, manso cordero,
prestad grata atención al canto mío.
No cantaré el ardor terrible y fiero,
mas el mortal temor helado y frío,
con que enfrena y corrige el alma insana
la angélica hermosura de Diana.
TAURISO
Cuando imagina el triste pensamiento
la perfección tan rara y escogida,
la alma se enciende assi, que claro siento
ir siempre deshaciéndose la vida.
Amor esfuerza el débil sufrimiento,
y aviva la esperanza consumida,
para que dure en mí el ardiente fuego,
que no me otorga un hora de sossíego.
DIAKA DE GASPAR GIL POLO
S51
BIRARDO
Cuando me paro á yer mi bajo estado
y el alta perfecci(!)n de mi pastora,
se arríedra el corazón amedrentado
y un frió hielo en la alma triste mora.
Amor quiere que yira confiado,
y estoilo alguna yez, pero á deshora
al yil temor me yaelyo tan sujeto,
que un hora de salud no me prometo.
TAUBIBO
Tan mala yez la luz ardiente yeo
de aquellas'dos claríssimas estrellas,
la gracia, el continente y el asseo,
con que Diana es reina entre las bellas,
que en un solo momento mi deseo
se enciende en estos rayos y centellas,
sin esperar remedio al luego extraño
que me consume y causa extremo daño.
BBBABDO
Tan mala yez las delicadas manos
de aquel marfil para mil muertes hechas,
y aquellos ojos claros soberanos
tiran al corazón mortales flechas,
que quedan de los golpes inhumanos
mis fuerzas pocas, flacas y deshechas,
y tan pasmado, flojo y débil quedo,
que yence á mi deseo el triste miedo.
TAÜBISO
¿Viste jamás un rayo poderoso,
cuyo furor el roble antiguo hiende?
Tan fuerte, tan terrible y riguroso
es el ardor que la alma triste enciende.
¿Viste el poder de un río pressuroso,
que de un peñasco altissimo desciende?
Tan braya, tan sobeibia y alterada
Diana me paresce estando airada.
Mas no aproyecha nada
para que el yil temor me áé tristeza,
pues cuanto más peligros, más fiíineza.
BEBABDO
¿Viste la nieye en haldas de una sierra
con los solares rayos derretida?
Ansí deshecha y puesta por la tierra
al rayo de mi estrella está mi y ida.
¿Viste en alg^ia fiera y cruda guerra
algún simple pastor puesto en huida?
Con no menos temor yiyo cuitado,
de mis oye jas proprias olyidado.
Y en este miedo helado
merezco más, y yiyo más contento,
que en el ardiente y loco atreyimiento.
TAUBISO
Berardo, el mal que siento es de tal arte,
que en todo tiempo y parte me consumo,
el alma no presume ni se atreye;
mas como puede y debe comedida
le da la propria yida al niño ciego,
y en encendido fuego alegre yiye,
y como alli recibe gran consuelo,
no hay cosa de que pueda haber recelo.
BEBABDO
Tauriso, el alto cielo hizo tan bella
esta Diana estrella, que en la tierra
con luz clara destierra mis tinieblas,
las más escuras nieblas apartando;
que si la estoy mirando embelesado,
yencido y espantado, triste y ciego
los ojos bajo luego, de manera
que no puedo, aunque quiera, ayeuturarmc
á yer, pedir, dolerme ni quejarme.
TAÜBlSO
Jamás quiso escucharme
esta pastora mía,
mas perseyera siempre en la dureza,
y en siempre maltratarme
continua su porfía.
;Ay, cruda pena; ay, fiera gentileza!
Mas es tal la firmeza
que esfuerza mi cuidado,
que yiyo más seguro
que está un peñasco duro
contra el rabioso yiento y mar airado,
y cuanto más yencido,
doy más ardor al ánimo encendido.
BEBABDO
No tiene el ancho suelo
lobos tan poderosos
cuya brayeza miedo pueda hacerme,
y de un simple recelo,
en casos amorosos,
como cobarde yil yengo á perderme.
No puedo defenderme
de un miedo que en mi pecho
gobierna, manda y rige;
que el alma mucho aflige
y el cuerpo tiene ya medio deshecho.
¡Ay, crudo amor; ay, fiero!
¿con pena tan mortal cómo no muero?
TAÜBISO
Junto á la clara fuente,
sentada con su esposo
la pérfida Diana estaba un día.
852
ORÍGENES DE LA NOVELA
y yo á mi mal presente
tras un jaral umbroso,
muriendo de dolor de lo que vía:
él nada le decia,
mas con mano grossera
trabas la delicada
á tomo fabricada,
y estuYO un rato assi, que no debiera;
y yo tal cosa viendo,
de ira mortal y fiera envidia ardiendo.
BRBABDO
Un día al campo vino
ascrenando al cielo
la luz de pcrfectíssimas mujeres,
las hebras de oro fino
cubiertas con un velo,
prendido con dorados alfileres;
mil juegos y placeres
passaba con su esposo;
yo tras un mirto estaba,
y vi que ¿1 alargaba
¡a mano al blanco velo, y el hermoso
cabello quedó suelto,
y yo de vello en triste miedo envuelto.
En acabando los pastores de cantar, comen-
zaron á recoger su ganado, que por el bosque
derramado andaba. Y viniendo hacia donde
Marcelio y Diana estaban, fué forzado habellos
de ver, porque no tuvieron forma de esconderse
aunque mucho lo trabajaron. Gran contento re-
cibieron de tan alegre y no pensada vista. Y
aunque Berardo quedó con ella atemorizado,
el ardiente Tauriso con ver la causa de su pena
encendió más su deseo. Saludaron cortésmente
las pastoras, rogándoles que, pues la Fortuna
ullí los habia encaminado, se fuesscn todos de
compañía hacía la aldea. Diana no quiso ser
descortés, porque no lo acostumbraba, más fué
contenta de hacello ansí. De modo que Tauriso
y Berardo encargaron á otros pastores que con
ellos estaban que los recogidos ganados hacia
la aldea poco a poco Uevassen, y ellos, en com-
pañía de Marcelio y Diana, adelantándose, to-
maron el camino. Rogóle Tauriso á Diana que
á la canción que él diría respondiesse; ella dijo
que era contenta, y ansí cantaron esta canción:
Tauriso. Zagala, ¿porqué razón
no me miras, di, enemiga?
Diana. Porque los ojos fatiga
lo que ofende al corazón.
Tauriso. ¿Qué pastora hay en la vida
que se ofenda de mirar?
Diana. La que pretende passar
sin querer ni ser querida.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
Tauriso.
Diana.
No hay tan duro corazón
que un alma tanto persiga.
Ni hay pastor que contradiga
tan adrede á la razón.
¿Cómo es esto que no tuerza
el amor tu crueldad?
Porque amor es voluntad,
y en la voluntad no hay fuerza.
Mira que tienes razón
de remediar mi fatiga.
Esa mesma á mi me obliga
á guardar mi corazón.
( Por qué me das tal tormento
y qué guardas tu hermosura?
Porque tú el seso y cordura
llamas aborresciraiento.
Será porque sin razón
tu braveza me castiga.
^Vntes porque de fatiga
defiendo mi corazón.
Cata que no soy tan feo
como te cuidas, pastora.
Conténtate por agora
con que digo que te creo.
(' Después de darme passión
nie escarnesces, di, enemiga?
Si otro quieres que te diga,
pides más de la razón.
En extremo contentó la canción de Taur
y Diana, y aunque Tauriso por ella sintió
crudas respuestas de su pastora, y con el
grande pena, quedó tan alegre con que ella
había respondido, que olvidó el dolor que de
crueldad de sus palabras pudiera rescebir.
este tiempo el temeroso Berabdo, esforzan
el corazón, hincando sus ojos en los de Dia
á guisa de congojado cisne, que cercono á
postrimería, junto á las claras fuentes va si
vemente cantando, levantó la débil y medro
voz, que con gran pena del sobresaltado pee
le salía, y al son de su zampona cantó ansí:
Tenga fin mi triste vida,
pues, por mucho que lloré,
no es mi pena agradescida
ni dan crédito á mi fe.
Estoy en tan triste estado,
que tomara por partido
de ser mal galardonado
solo que fuera creído.
Mas aunque pene mi vida,
y en ni i nial constante estt»,
no os mi pena agradescida
ni dan crédito á mi fe.
DIANA DE GASPAR GIL TOLO
S53
Después de haber dicho Berardo su canción,
pusieron los dos pastores los ojos en Marcelio,
y como era hombre no conoscido, no osaban
decille que cantasse. Pero, en ñn, el atreyido
Tauriso le rogó les dijesse su nombre^ y si era
possible dijesse alguna canción, porque lo uno
y lo otro les sería muy agradable. Y él, sin da-
lles otra respuesta, Tolriéndose á Diana, y se-
ñalándole que su zampona tocasse, quiso con
una canción contentallos de entrambas las co-
sas. Y después de dado un suspiro, dijo ansí:
Tal estoy después que vi
la crueldad de mi pastora,
que ni sé quién soy agora
ni lo que será de mi.
Sé nniy bien que, si hombre fuera,
el dolor me hubiera muerto,
y si piedra, está muy cierto
que el llorar me deshiciera.
Llámanme Marcelio á mi,
pero soy de una pastora,
que ni sé quién soy agora
ni lo que será de mi.
Ya la luz del sol comenzaba á dar lugar á
las tinieblas, y estaban las aldeas con los do-
mésticos fuegos humeando, cuando los pastores
y pastoras, estando muy cerca de su lugar, die-
ron fin á sus cantares. Llegaron todos á sus
casas contentos de la passada conversación,
pero Diana no hallaba sossiego, mayormente
cuando supo que no estaba en la aldea su que-
rido Syreno. Dejó á Marcelio aposentado en
casa de Melibeo, primo de Dolió, donde fué hos-
pedado con mucha cortesía, y ella, viniendo á
su casa, convocados sus parientes y los de su
esposo, les dio razón de cómo Delio la había
dejado en la fuente de los alisos, yendo tras
una extranjera pastora. Sobre ello mostró hacer
grandes llantos y sentimientos, y al cabo de to-
dos ellos les dijo que su determinación era ir
luego por la mañana al templo de Diana, por
saber de la sabia Felicia nuevas de su esposo.
Todos fueron muy contentos de su voluntad, y
para el cumplimiento della le ofrescieron su
favor; y ella, pues supo que en el templo de
Diana hallaría su Syreno, quedó muy alegre
del concierto, y con la esperanza del venidero
placer dio aquella noche á su cuerpo algún re-
poso, y tuvo en el corazón un no acostumbrado
sossiego.
Fin del libro prifnero.
ORIGEN fiS DE LA NOVELA.-— 23
LIBRO SEGUNDO
DE DIANA ENAMORADA
Es el injusto Amor tan bravo y poderoso,
que de cuanto hay en el mundo se aprovecha
para su crueldad, y las cosas de más valor le
favorescen en sus empresas. Especialmente la
Fortuna le da tanto favor con sus mudanzas,
cuanto él ha menester para dar graves tormen-
tos. Claro está lo que digo en el desastre de
Marcelio, pues la Fortuna ordenó tal acontes-
cimiento, que de su esposa Alcida forzado hubo
de dar crédito á una sospecha tal que, aunque
falsa, tenía muy cierto ó á lo menos aparente
fundamento; y dello se siguió aborrescer á fu
esposo, que más que á su vida la quería, y en
nada le había ofendido. De aquí se puede cole-
gir cuan cieita ha de ser una presunción, para
que un hombre sabio le deba dar entera fe: pues
ésta, que tenía muestras de certidumbre, era
tan ajena de verdad. Pero ya que el Amor y
Fortuna trataron tan mal á Marcelio, una
cosa tuvo que agradescelles, y fué que el Amor
hirió el corazón de Diana, y Fortuna hizo que
Marcelio en la fuente la hallasse, para que
entrambos fuessen á la casa de Felicia y el
triste passasse sus penas en agradable compa-
ñía. Pues llegado el tiempo que la rubicunda
Aurora con su dorado gesto ahuyentaba las
noctunias estrellas, y las aves con suave cant<j
anunciaban el cercano día, la enamorada Diana,
fatigada ya de la prolija noche, se levantó para
emprender el camino deseado. Y encargadas ya
sus ovejas á la pastora Polyntia, salió de su
aldea acompañada de su rústica zampona, en-
gañadora de trabajos, y proveído el zurrón de
algunos mantenimientos, bajó por una cuesta,
que de la aldea á tin espesso bosque descendía,
y á la fin della se paró sentada debajo unos
alisos, esperando que Marcelio, su compañero,
viniesse, según que con él la noche antes lo
había concertado. Mas en tanto que no venía,
se puso á tañer su zampona y cantar esta
Canción.
Madniga un poco, luz del claro día,
con apacible y blanda mansedumbre,
para engañar un alma entristescida.
Extiende, hermoso Apolo, aquella lumbre,
que á los desiertos campos da alegría,
y á las muy secas plantas fuerza y vida.
En ésta ameua silv», que convida
á muy dulce reposo,
verás de un congojoso
dolor mi corazón atormentado,
por verse ansí olvidado
de quien mil quejas daba de mi >lvido:
354
orígenes de la novela
la culpa es de Cupido,
que aposta quita j da aborrescimiento,
do ve que ha de causar njayor tormento.
¿Qué fiera uo eutemesce uu triste canto?
¿j qué piedra no ablandan los gemidos
que suele dar un fatigado pecho?
¿Qué tigres ó leones conducidos
no fueran á piedad oyendo el llanto
que quasi tiene mi ánimo deshecho?
S<51o 4 Sjreno cuento sin provecho
mi triste desventura,
que della tanto cura
• como el furioso viento en mar insano
las lágrimas que en vano
derrama el congojado marinero,
pues cuanto más le mega, más es fiero.
No ha sido fino amor, Sjreno mío,
el que por estos campos me mostrabas,
pues un descuido mío ansí le ofende.
¿Acuerdaste, traidor, lo que jurabas
sentado en este bosque y junto al rio?
¿pues tu dureza agora qué pretende?
¿No bastará que el simple olvido emiende
con un amor sobrado,
y tal, que si al passado
olvido no aventaja de gran parte
(pues más no puedo amarte,
ni con mayor ardor satisfacerte)
por remedio tomar quiero la muerte?
Mas viva yo en tal pena, pues la siento
por ti, que haces menor toda tristura,
aunque más dañe el ánima mezquina.
Porque tener presente tu figura
da gusto aventajado al pensamiento
de quien por ti penando en ti imagina.
Mas tú á mi ruego ardiente un poco inclina
el corazón altivo,
pues ves que en penas vivo
con un solo deseo sostenida,
de oir de ti en mi vida
siquiera un no en aquello que más quiero.
¿Mas qué se ha de esperar de hombre tan
[fiero?
¿Cómo agradesces, di me, los favores
de aquel tiempo passado que tenias
mas blando el corazón, duro Syreno,
cuando, traidor, por causa mia hacias
morir de pura envidia mil pastores.
¡Ay, tiempo de alegría! ¡Ay, tiempo bueno!
Será testigo el valle y prado ameno,
á do de blancas rosas
y flores olorosas
guirnalda á tu cabeza componia,
do á veces afiadia
por sólo contentarte algún cabello:
que muero de dolor pensando en ello.
Agora andas cssento aborrescíendo
la que por ti en tal pena se consmne:
pues guarte de las mañas de Copida
Que el corazón soberbio, que presume
del bravo amor estarse defendiendo,
cuanto más armas hace, es más vencido.
Yo ruego que tan preso y tan herido
estes como me veo.
Mas siempre á mi deseo
no desear el bien le es buen aviso,
pues cuantas cosas quiso,
por más que tierra y cielos importuna,
so las negó el Amor y la Fortuna.
Canción, en algún pino ó dura encina
no quise señalarte,
mas antes entregarte
al sordo campo y a] mudable viento:
porque de mi tormento
se pierda la noticia y la memoria,
pues ya perdida está mi vida y gloria.
La delicada voz y gentil gracia de la her-
mosa Diana hacia uniy clara ventaja á las ha-
bilidades de su tiempo: pero más espanto daba
ver las agudezas con que matiza Luí sns canta-
res, porque eran t«les, que parescian salidas de
la avisada corte. Mas esto no ha de maravillar
tanto los hombres que lo tengan por impossi-
ble: pues está claro que es bastante el Amor
para hacer hablar á los más simples pastores
avisos más encumbrados, mayormente si halla
aparejo de entendimiento vivo é ingenio des-
pierto, que en las pastoriles cabanas nnnea
faltan. Pues estando ya la enamorada pastora
al fin de su canción, al tiempo que el claro sd
ya comenzáis á dorar las cumbres de los mis
altos collados, el desamado Marcelio, de la pas-
toril posada despedido para venir al Ingar qoe
con Diana tenia concertado, descendió la cnesia
á cuyo pie ella sentada estaba. Viole elJa de
lejos, y calló su voz, porque no entendiesse la
causa de su mal. Cuando Marcslio Ucgó
donde Diana le esperaba, le dijo: Uennosa
pastora, el claro dia de hoy, que con la luz de
tu gesto amaneció más resplandeciente, sea tan
alegre para ti como fuera triste para mi si no le
hubiesse de passar en tu compañía. Corrido
estoy en verdad de ver que mi tardanza haya
sido causa que recibiesses pesadumbre con es-
perarme ; pero no será este el primer yerro qw
le has de perdonar á mi descuido, en tanto que
tratarás conmigo. Sobrado sería el perdón, dijo
Diana, donde el yerro falta: la cnlpa no la
tiene tu descuido, sino mi cuidado, pues ne
hizo levantar antes de hora y venir acá, donde
hasta agora he passado el tiempo, á veces can-
tando y á veces imaginando, y en fin enten-
diendo en los tratos que á un angustiado espí-
ritu pertenescen. Mas no hace tiempo de deter-
DIANA DE GASPAR GIL POLO
855
DOS aquí, quo aunque el camino hasta el templo
de Dttna es poco, el deseo que tenemos de
llegar allá es mucho. Y allende de esto me
paresce que conyiene, en tanto que el sol enria
más mitigados los rajos y no son tan fuertes
suii ardores, adelantar el camino, para después,
á la hora de la siesta, en algún lugar fresco y
sombrío tener buen rato de sossiego. Dicho
esto, tomaron entrambos el camino, travesando
aquel espesso bosque, y por alivio del camino
cantaban deste modo:
UABCBLIO
Mudable y fiero Amor, que mi ventura
pusiste en la alta cumbre,
do no llega mortal merescimiento*
Mostraste bien tu natural costumbre,
quitando mi tristura,
para doblarla y dar mayor tormento.
Dejaras descontento
el corazón: que menos daño fuera
vivir en pena fiera
que recebir un gozo no pensado,
con tan penosas lástimas borrado.
DIANA
No te debe espantar que de tal suerte
el niño poderoso
tras un deleite envié dos mil penas.
Que á nadie prometió firme reposo,
sino terrible muerte,
llantos, congojas, lágrimas, cadenas.
En Libya las arenas,
ni en el hermoso Abril las tierras flores
no igualan los dolores
con que rompe el Amor un blando pecho,
y aun no queda con ello satisfecho.
MARCBLIO
Antes del amoroso pensamiento
ya tuve conoscidas
las mañas con que Amor captiva y mata.
Mas él no sólo aflige nuestras vidas,
mas el conoscimiento
de los vivos juicios arrebata.
Y el alma ansi maltrata,
que tarde y mal y por incierta vía
allega una alegría,
y por dos mil caminos los pesares
sobre el perdido cargan á millares.
DIANA
Si son tan manifiestos los engaños
con que el Amor nos prende,
¿por qué á ser presa el alma se presenta?
Si el blando corazón no ée defiendo
de los terribles daños,
¿por qué después se queja y se lamenta?
Razón es que consienta
y sufra los dolores de Cupido
aquel que ha consentido
al corazón la flecha y la cadena:
que el mal no puede darnos sino pena.
Esta canción y otras cantaron, al cabo de las
cuales estuvieron ya fuera del bosque, y comen*
zaron á caminar por un florido y deleitoso pra^
do. Entonces dijo Diana estas palabras: Co-
sas son maravillosas las que la industria de los
hombres en las pobladas ciudades ha inventado,
pero más espauto dan las que la naturaleza en
los solitarios campos ha producido. ¿A quién
no admira la frescura deste sombroso bosque?
¿quién no se espanta de la lindeza de este es-
pacioso prado? Pues ver los matices de las li-
breadas flores, y oir el concierto de las canta-
doras aves, es cosa de tanto contento que no
iguala con ello de gran parte la pompa y abun-
dancia de la más celebrada corte. Ciertamente,
dijo Marcklio, en esta alegre soledad hay
gran aparejo de contentamiento, mayornieiv-
te para los libres, pues les es lícito gozar á
su voluntad de tan admirables dulzuras y en-
tretenimientos. Y tengo por muy cierto que
si el Amor, que agora, morando en estos desier-
tos, me es tan enemigo, me diera en la villa
donde yo estaba la mitad del dolor que agora
siento, mi vida no osara esperalle, pues no pu-
diera con semejantes deleites amansar la bra-
veza del tormento. A esto no respondió Diana
palabra, sino que, puesta la blanca mano de-
lante sus ojos, sosteniendo con ella la dorada
cabeza, estuvo gran rato pensosa, dando de
cuando en cuando muy angustiados suspiros,
y á cabo de gran pieza dijo ansi: ¡Ay de ni,
pastora desdichada! ¿qué remedio será bastante
á consolar mi mal, si los que quitan á los otros
gran parte del tormento acarrean más ardiente
dolor? No tengo ya sufrimiento para encubrir
mi pena, Marcelio; mas ya que la fuerza del
dolor me constriñe á publicarla, una cosa le
agradezco, que me fuerza á decirla en tiempo y
en parte en que tú solo estés presente, pues
por tus generosas costumbres y por la ex-
periencia que tienes de semejante mal^ no
tendrás por sobrada mi locura, principalmen-
te sabiendo la causa della. Yo estoy mal-
tratada del mal que te atormenta, y no ol-
vidada como tú de un pastor llamado Syre-
no, del cual que en otro tiempo fui queri-
da. Mas la Fortuna, que pervierto los huma-
nos intentos, quiso que, obedesciendo máa á
mi padre que á mi voluntad, dejasse de casai-
me con él, y á mi pesar mo hiciesse esckTa de
3ó<;
ORÍGENES DE LA NOVELA
lili marido (¿iio, cuando otro mal no tuviera con
él sino el que causan sus continuos 4 importu-
nados celos, bastaba paramatanne. Mas yo me
turiera por contenta de sufrir las sospechas de
I )el¡o con que viera la preferencia de Syreno,
ol cual creo que por no verme, tomando de mi
forzado cubamiento ocasión para olvidarme, se
apartó de nuestra aldea, y está, según he sabi-
do, en el templo de Diana, donde nosotros imos.
i )e aquí puedes imaginar cuál puedo estar, fa-
tigada de los celos del marido y atormentada
con la ausencia del amado. Dijo entonces Mar-
CKLio: Graciosa pastora, lastimado quedo de
saber tu dolor y corrido de no haberle hasta
agora sabido. Nunca yo me vea con el deseado
contento sino querría verle tanto en tu alma
como on la mía. Mas, pues sabes cuan genera-
les son las Hechas del Amor, y cuan poca
cuenta tienen con los más fuertes, libres y más
honestos corazones, no tengas afrenta de pu-
blicar sus llagas, pues no quedará por ellas tu
nombre denostado, sino en mucho más tenido.
Lo que á mí me consuela es saber que el tor-
mento que de los celos del marido recibías,
el cual suele dar á veces mayor pena que la
ausencia de la cosa amada, te dejará algún rato
descansar, en tanto que Delio, siguiendo la fu-
gitiva pastora, estará apartado de tu compa-
ñía. Goza, pues, del tiempo y acasión que te
concede la fortuna, y alégrate, que no será
poco alivio para ti passar la ausencia de Syre-
no libre de la importunidad del celoso marido.
No tengo yo, dijo Diana, por tan dañosos los
celos, que si como son de Delio fueran de Syre-
no, no los sufriera con sólo imaginar que te-
nían fundamento en amor. Porque cierto está
que quien ama huelga de ser amado, y ha de
tener los celos de la cosa amada ppr muy bue-
nos, puí's son claras señales de amor, nascen
del y siempre van con él acompañados. De mí
á lo menos te puedo decir que nunca me tuve
por tan enamorada como cuando me vi celosa,
y nunca me vi celosa sino estando enamorada.
A lo cual replicó Maugblio: Nunca penseque
la pastoril llaneza f uesse bastante á formar tan
avisadas razones como las tuyas en cuestión
tan dificultosa como es ésta. Y de aquí vengo
á condenar por yerro muy reprobado decir, como
muchos afirman, que en solas las ciudades y
cortes está la viveza de los ingenios, pues la
hallé también entre las espessuras de los bos-
ques, y en las rústicas é inartificiosas cabanas.
Pero con todo, quiero contradecir á tu parescer,
con el cual heciste los celos tan ciertos mensa-
jeros y compañeros del amor, como si no pu-
diesse estíir en parte donde ellos no estén. Por-
que puesto que hay pocos enamorados que no
sean celosos, no por eso se ha de decir que el
enamorado que no lo fuere no sea más perfecto
y verdadero amador. Antes muestra en eDo el
valor, fuerza y quilate de su deseo, pues está
limpio y sin la escoria de frenéticas sospechas.
Tal estaba yo en el tiempo venturoso, y me
preciaba tanto delio, que con mis versos lo iba
publicando, y una vez entre las otras, que mos-
tró Alcida maravillarse de verme enamorado j
libre de celos, le escribí sobre ello este
Soneto.
Dicen que Amor juró que no estaría
sin los mortales celos un momento,
y la Belleza nunca hacer assiento,
do no tenga Soberbia en compañía.
Dos furias son, 'que el bravo infierno envía,
bastantes á enturbiar todo contento:
la una el bien de amor vuelve en tormento,
la otra de piedad la alma desvia.
Perjuro fué el x\mor y la Hermosura
en mí y en vos, haciendo venturosa
y singular la suerte de mi estado.
Porque después que vi vuestra figura,
ni vos fuistes altiva, siendo hermosa,
ni vo celoso, siendo enamorado.
Fué tal el contento que tuvo mi Alcida
cuando le dije este soneto, entendiendo por él
la fineza de mi voluntad , que mil veces se le
cantaba, sabiendo que con ello le era muy agra-
dable. Y verdaderamente, pastora, tengo por
muy grande engaño, que un monstruo tan ho-
rrendo como los celos se tenga por cosa bue-
na, con decir que son señales de amor y que
no están sino en el corazón enamorado. Porque
á essa cuenta podremos decir que la calentura
es buena, pues es señal de vida y nunca está
sino en el cuerpo vivo. Pero lo uno y lo otro
son manifiestos errores, pues no dan menor pe-
sadumbre los celos que la fiebre. Porque son
pestilencia de las almas, frenesía de los pensa-
mientos, rabia que los cuerpos debilita, ira que
el espíritu consume, temor que los ánimos
acobarda y furia que las voluntades eníoqucsce.
Mas para que juzgues ser los celos cosa abomi-
nable, imagina la causa dellos, y hallarás que
no es otra sino un apocado temor de lo que no
es ni será, un vil menosprecio del propio me-
rescimiento y una sospecha mortal, que pone en
duda la fe y la bondad de la cosa querida. No
pueden, pastora, con palabras encarescerse las
penas de los celos, porque son tales, que sobre-
pujan de gran parte los tormentos que acom-
pañan el amor. Porque en fin, todos, sino e'l,
pueden y suelen parar en admirables dulzuras
y cont(»ntos, que ansí como la fatigosa sed en
el t¡emj)o caloroso hace })arescer más sabrosas
las frescas aguas, y el trabajo y sobresalto de
la guerra hace que tengamos en mucho el scs-
DIANA DE GASPAR GIL POLO
;557
KÍogo de la paz, ansí los dolores de Cupido sir-
ven para mayor placer en la hora que se resci-
be un pequeño favor, y cuando quiera que se
goze de un simple contentamiento. Mas estos
rabiosos celos esparcen tal veneno en los cora-
zones, que corrompe y gasta cuantos deleites se
le llegan. A est« propósito, me acuerdo que yo
oí contar un día á un excelente músico en Lis-
bona delante del Key de Portugal un soneto
que decía ansi:
Quando la brava ausencia un alma hiere,
se ceba, imaginando el pensamiento,
que el bien, que está más lejos, más contento
el corazón hará cuando viniere.
Remedio hay al dolor de quien tuviere
en esperanza puesto el fundamento;
que al fin tiene algún premio del tormento,
o al menos en su amor contento muere.
Mil penas con un gozo se descuentan,
y mil reproches ásperos se vengan
con sólo ver la angélica hermosura. ^
Mas cuando celos la ánima atormentan,
aunque despue's mil bienes sobrevengan,
se toman rabia, pena y amargura.
¡ Oh, cuan verdadero parescer ! i Oh, cuan cier-
ta opinión es ésta! Porque á la verdad, esta pes-
tilencia de los celos no deja en el alma parte
sana donde pueda recogerse una alegría. No
hay en amor contento, cuando no hay esperan-
za, y no la habrá, en tanto que los celos están
de por medio. No hay placer que dellos esté se-
guro, no hay deleite que con ellos no se gaste
y no hay dolor fiue con ellos no nos fatigue. Y
llega á tanto la rabia y furor de los venenosos
celos, que el corazón, donde ellos están, recibe
pesadumbre en escuchar alabanzas de la cosa
amada, y no querría que las perfecciones que él
estima fuessen de nadie vistas ni conocidas,
liaciendo en ello gran perjuicio al valor de la
gentileza que le tiene captivo. Y no sólo el ce-
loso vive en este dolor, mas á la que bien (juie-
re le da tan continua y trabajosa pena, que no
le diera tanta, si fuera su capital enemigo. Por-
que claro está que un marido celoso como el
tuyo, antes querría que su mujer fuesse la mas
fea y abominable del mundo, que no que fuesse
vista ni alabada por los hombres, aunque sean
honestos y moderados. (Qué fatiga es para la
mujer ver su honestidad agraviada con una
vana sospecha/ ¿qué pena le es estar sin razón
en los más secretos rincones encerrada? ¿qué
dolor ser ordinariamente con palabras pesadas,
y aun á veces con obras combatida? Si ella está
alegre, el marido la tiencr por deshonesta ; si
está triste, imagina que se enoja de verle; si
está pensando, la tiene por sospechosa; si le
mira, paresce que le engaña; si no le mira.
piensaque le aboiTosce; si le hace caricias, pieii-
sa que las finge; si está grave y honesta, cree
que le desecha; si ríe, la tiene por desenvuelta;
si suspira, la tiene por mala, y en fin, en cuán-
tas cosas se meten estos celos, las convierten
en dolor, aunque de suyo sean agradables. Por
donde está muy claro que no tiene el nmndo
pena que ¡guale con esta, ni salieron del infier-
no Harpías que más ensucien y corrompan los
sabrosos manjares del alma enamorada. Pues
no tengas en poco, Diana, tener ausente el
celoso Delio, que no importa poco para passnr
más ligeramente las penas del Amor. A esto
Diana respondió: Yo vengo á conoscer quo
esta passión, que has tan al vivo dibujado, es
disforme y espantosa, y que no meresce estar
en los amorosos ánimos, y creo que esta pena
era la que Delio tenía. Mas quiero que sepas
que semejante dolencia no pretendí yo defen-
derla, ni jamás estuvo en mí: pues nunca tuve
pesar del valor de Syreno, ni fui atormentada
de semejantes passiones y locuras, como las quo
tú me has contado, mas sólo tuve miedo de ser
por otra desechada. Y no me engañó de mucho
este recelo, pues he probado tan á cost« mía el
olvido de Syreno. Esse miedo, dijo MARCBt.io,
no tiene nombre d¿ celos, antes es ordinario en
los buenos amadores. Porque averiguado está
que lo que yo amo, lo estimo y tongo por bueno
y merescedor de tal amor, y siendo ello tal, he
de tener miedo que otro no conozca su bondad
y merescimiento, y no lo ame como yo. Y ansí
el amador está metido en medio dol temor y la
esperanza. Lo que el uno le niega, la otra se lo
promete; cuando el uno le acobarda, la otra le
esfuerza; y en fin las llagas que hace ol temor
se curan con la esperanza, durando esta reñida
pelea hasta que la una parte de las dos queda
vencida, y si acontesce vencer el temor á la es-
peranza, queda el amador celoso, y si la espe-
ranza vence al temor, queda alegre y bien afor-
tunado. Mas yo en el tiempo de mi ventura
tuve siempre una esperanza tan fuerte, que no
sólo el temor no la venció, pero nunca osó aco-
metella, y ansi recibía con ella tan grandes gus-
tos, que á trueque dellos no rae pesaba rocebir
los continuos dolores; y fui tan agradescida á la
que mi esperanza en tanta firmeza sostenía, que
no había pena que viniesse de su mano que no
la tuviessc por alegría. Sus reproches tenía por
favores, sus desdenes por caricias y sus airadas
respuestas por corteses prometimientos.
Estasy otras razones passaron Diana y Mar-
celio prosiguiendo su camino. Acabado de tra-
vessar aquel prado en nniy dulce conversación, y
subiendo una pequeña cuesta, entraron por un
ameno bosquecilío, donde los espessos alisos
hacían muy apacible sombrío. Allí sintieron una
suave voz que de una dulce lira acompañada re-
358
orígenes de la kovela
sonaba con extraña melodía, 7 parándose á es-
cachar, conocieron que era toz de una pastora
que cantaba ansí:
Soneto,
Guantas estrellas tieue el alto cielo
fueron en ordenar mi desventura,
7 en la tierra no ha7 prado ni rerdura
que pueda en mi dolor darme consuelo.
Amor subjecto al miedo, en puro hielo
convierte el alma triste ¡a7, pena dura!
que á quien fué tan contraria la ventura,
vivir no puede un hora sin recelo.
La culpa de mi pena es justo darte
á ti, Montano, á ti mis quejas digo,
alma cruel, do no ha7 piedad alguna.
Porque si tú estuvieras de mi parte,
no me espantara á mi serme enemigo
el cielo, tierra, Amor 7 la Fortuna.
Después de haber la pastora suavemente
eantado, soltando la rienda al amargo 7 dolo-
roso llanto, derramó tanta abundancia de lágri-
mas 7 dio tan tristes gemidos, que por ellos y
por las palabras que dijo, conoseieron ser la
causa de su dolor un engaño cruel de su sos-
pechoso marido. Pero por certificarse mejor de
quién era 7 de la causa de su passión, entraron
donde ella estaba 7 la hallaron metida en un
sombrío que la espessura de los ramos había
compuesto, a:<6entada sobre la menuda hierba
junto á una alegre fuentecilla, que de entre
unas matas graciosamente saliendo por gran
parte del bosquccillo, por diversos caminos il»a
corriendo. Saludáronla con mucha cortesía, 7
ella aunque tuvo pesar que impidiessen su
llanto, pero juzgando por la vista ser pastores
de merescimíento, no recibió mucha pona, es-
perando con ellos tener agradable compañía, 7
ansí les dijo: Después que de mi cniel esposo
fttí sin razón desamparada, no me acuerdo,
pastores, haber recebido contento que de gran
parte iguale con el que tuve de veros. Tanto
que, aunque el continuo dolor me obliga á hacer
perpetuo llanto, lo dejaré por agora un rato,
pura gozar de vuestra apacible 7 discreta con-
versación. A esto respondió Marcelio: Nunca
yo vea consolado mi tormento, p¡ no me pesa
tanto del tu70, como se puede encarescer, 7 lo
mesmo puedes creer de la hermosa Diana, que
ves en mi compañía. ()7cndo entonces la pas-
tora ol nombre de Diana, corriendo con grande
alegría la abrazó, haciéndole mil caricias 7 íios-
tas, porque mucho tiempo había que deseaba
conoscella, por la relación que tenía de su
hermosura 7 discreción. Diana estuvo espan-
tada de verse acariciada de una pastora no co-
noscida; mas todavía le respondía con iguales
cortesías, 7 deseando saber quién era, le dijo:
Los aventajados favores que me heciste, jnn-
tamente con la lástima que tengo de tu mal,
hacen que desee conoscerte; por esso declára-
nos» pastora, tu nombre, 7 cuéatanos ta pena,
que después de contada verás nnefltros corazo-
nes a7udarte á pasalla 7 nuestrofl ojos á la-
mentar por ella. La pastora entonces se esensó
con BUS graciosas palabras de emprender el
cuento de su desdicha; pero en fin, importu-
nada se volvió á sentar sobre la hierba, 7 co-
menzó assí:
Por relación de la pastora Selvagia, que era
natural de mi aldea, 7 en la tn7a, hermosa
Diana, está casada con el pastor S7lv8no, creo
que serás informada del nombre de la desdi-
chada IsMBKiA, que su desventara te está con-
tando. Yo tengo por cierto que ella en tu aldea
contó largamente cómo 70 en el templo de Mi-
nerva, en el re7no de Lusitanos, arrebozada la
engañé, 7 cómo con mi proprío engaño quedé
burlada. Habrá contado también cómo pok^ ven-
garme del tra7dor Alanio, que enamorado della
á mi me había puesto en olvido, fingí querer
bien á Montano, su mortal enemigo, 7 cómo
est^ fingido amor, con el conoscimiento que
tuve de su perfección, salió tan verdadero, qac
á causa del est#7 en las fatigas de que me quejo.
Pues passando adelante en la historia de mi
vida, sabréis que como el padre de Montano,
nombrado Fileno, viniesse algunas veces á casa
de mi padre, á causa de ciertos negocios que
tenía con él sobre una compañía de ganados, 7
me viesse allí, aunque era algo viejo, se ena-
moró de mí de tal suerte, que andaba hecho
loco. Mil veces me importunaba, cada dia sus
dolores me decía; mas nada le aprovechó para
que le quisiesse escuchar, ni tener cuenta con
sus palabras. Porque aunque turiera más per-
fección 7 menos años de los que tenia, no olvi-
dara 70 por él á su hijo Montano, CU70 amor
me teiiía captiva. No sabia el viejo el amor que
Montano me tenía, porque le era hijo tan obe-
diente 7 temeroso, que escusó todo lo possible
que no tuv¡(?sse noticia dellc, temiendo ser por
él con ásperas palabras castigado. Ni tampoco
sabia Montano la locura de su padre, porque él
por mejor castigar 7 reprender los errores del
hijo se guardaba mucho de mostrar que tenia
semejantes 7 aun ma7ore8 faltas. Pero nunca
dejaba el enamorado viejo de fatigarme con sus
iuiportuuaciones que le quisiesse tomar por
marido. Decíame dos mil requiebros, haciame
grandes of rescimientos , prometíame mochos
vestidos 7 jo7as 7 enviábame machas caitas,
pretendiendo con ello vencer mi propósito j
ablandar mi condición. Era pastor que en M
tiempo había sido señalado en todas las habiH-
dades pastoriles, mu7 bien hablado, avisado 7
entendido. Y porque mejor lo creáis, quiero
DIANA DE GASPAR GIL POLO
359
deciros ana carta qae una vez me escribió, la
cual, aanque no mudó mi intención, me con-
tentó en estremo, y decía ansí:
CAETA DE FILENO k IBIIBNIA
Pastora, el amor fué parte
que por su pena decirte,
tenga culpa en escrebirte
quien no la tiene en amarte.
Mas si á ti fuere molesta
mi carta, ten por muy cierto
que á mi me tiene ya muerto
el temor de la respuesta.
Mil veces cuenta te di
del tormento que me das,
y no me pagas con más
de con burlarte de mí.
Te ríes á boca llena
de verme amando morir,
yo alegre en verte reir,
aunque ríes de mi pena.
Y ansí el mal, en que me hallo,
pienso, quando miro en ello,
que porque huelgas de vello,
no has querido remediallo.
Pero mal remedio veo,
y esperarle será en vano,
pues mi vida está en tu mano
y mi muerte en tu deseo.
Vite estar, pastora, un día
cabe el Duero caudaloso,
dando con el gesto hermoso
4 todo el campo alegría.
Sobre el cayado inclinada
en la campaña desierta,
con la cerviz descubierta
y hasta el codo remangada.
Pues decir que un corazón,
puesto que de mármol fuera,
no te amara, si te viera,
es simpleza y sinrazón.
Por esso en ver tn valor,
sin tener descanso un p<x'o,
vine á ser de amores loco
y á ser muerto de dolor.
■
Si dices que ando perdido,
siendo enamorado y viejo,
deja de darme consejo,
que yo remedio te pido.
Porque tanto en bien quererte
no pretendo liaber errado,
como en haberme tardado
tanto tiempo á eonoscerte.
Muy bien sé que viejo esto,
pero á más mal me condena
ver que no tenga mi pena
tantos años como yo.
Porque quisiera quererte
dende el día que nascí,
como después que te vi
he de amarte hasta la muerte.
No te espante verme cano,
que á nadie es justo quitar
el mcrescido lugar,
por ser venido temprano.
Y aunque mi valor excedes,
no paresce buen consejo
que por ser soldado viejo
pierda un hombre las mercides.
Los edificios humanos,
cuantos más modernos son,
no tienen comparación
con los antiguos Romanos.
Y en las cosas de primor,
gala, asseo y valentía,
suelen decir cada día:
lo passado es lo mejor.
No me dio amor su tristeza
hasta agora, porque vio
(|ue en nn viejo, como yo,
suele haber mayor firmeza.
Firme estoy, desconrK'ida,
para siempre te querer,
y viejo para no ser
querido en toda mi vida.
Los mancebos que más quieren,
falsos y doblados van,
porque más vivos están,
cuando más dicen que mueren.
Y su umdable afición,
es segura libertad,
es gala, y no voluntad,
es costumbre, y no passióii.
No hayas miedo que yo sea
como el mancebo amador,
íliu' en r<»cebir un favor
lo sal>e toda la aldea.
Que aunque reciba trescientos
he de ser en los amores
tan pit*dra en callar favores
como en padescer tormentos.
Mas según te veo estar
puesta en hacerme morir,
mucho habrá para sufrir
y poco para callar.
r.íiO
ORÍGENES DE LA NOVELA
Que el mayor favor qac aquí,
pastora, pretendo hacer,
es Diorir por no tener
mayores quejas de ti.
Tiempo, amigo de dolores,
sólo á ti quiero inculparte,
pues quien tiene en ti más parte
menos rale en los amores.
Tarde amé cosa tan bella,
y es muy justo que pues yo
no nascí, cuando nasci<5,
en dolor muera por ella.
Si yo en tu tiempo yiniera,
pastora, no me faltara
conque á ti te contentara
y aun favores recibiera.
Que en apacible tañer,
y en el gracioso bailar
los mejores del lugar
tomaban mi parescor.
Pues en cantar no me espauto
de Amphion el escogido,
pues mejores que él han sido
confundidos con mi canto.
vVro muy grande comarca,
y en montes proprios y extraños
paseen muy grandes rebaños
almagrados de mi mai*ca.
¿Mas qué vale, ¡ay, cruda suerte.'
lo que es, ni loque ha sido
al sepultado en olvido
y entregado á dura muerto?
Pero valga para hacer
más blanda tu condición,
viendo que tu perfección
al fin dejará de sor.
Dura estás como las peñas,
mas quizá en la vieja edad
no tendrás la libertad
conque agora me desdeñas.
Porque, toma tal venganza
de vosotras el Amor,
que entonces os da dolor
cuando os falta la esperanza.
Estas y otras muchas cartas y canciones me
envió, las cuales, si tanto me movieran coin<>
me contentaban, él se tuuiera por dichoso y yo
({Uedara mal casada. Mas ninguna cosa ora
bastante á borrar de mi corazón la imagen dol
amado Montano, el cual, según mostraba, res-
pondió á mi voluntad con iguales obras y pala-
bras. En esta alegre vida passamos algunos
años, hasta que nos paresció dar cnm])limiento
á nuestro descanso con honesto y casto matri-
monio. Y aunque quiso Montano antes de casar
conmigo dar razón dello á su padre, por lo qnc
como buen hijo tenia obligación de hacer: pero
como yo le dije que su padre no venia bien cu
ello, á causa de la locura que tenía de casarse
conmigo, por esso, teniendo más eaenta con d
contento de su vida que con la obediencia de
su padre, sin dalle razón, cerró mi desdicliadu
matrimonio. Esto se hizo con voluntad de mi
padre, en cuya casa se hicieron por ello gran<
des fiestas, bailes, juegos y tan grandes rego-
cijos, que fueron nombrados por todas las
aldeas vecinas y apartadas. Cuando el enaihu-
rado viejo supo que su propio hijo le había sal-
teado sus amores, se volvió tan frenético cou-
tra él y contra mi, que á entrambos aborresció
como la misma muerte, y nunca más nos quiso
ver. Por otra parte, una pastora de aquella
aldea, nombrada Felisarda, (¿ue moría de amo-
res de Montano, la cual él, por quererme bien
á mi, y por ser ella no muy joven ni bien acou-
dicionada, la había desechado, cuando vido á
Montano casado conmigo, vino á perderse de
dolor. De manera que con nuestro casamiento
nos ganamos dos mortales enemigos. El mal-
dito viejo, por tener ocasión de desheredar el
hijo, determinó casarse con mujer hermosa y
joven á fin do haber hijos en ella. Mas aunque
era muy rico, do todas las pastoras de mi lugar
fué desdeñado, si no fué de Felisarda, que por
tener oportunidad y manera de gozar deshones-
tamente de mi Montano, cuyos amores tenía
frescos en la memoria, se casó con el viejo
Fileno. Casada ya con él, entendió luego por
muchas formas en requerir mi esposo Montano
por mf'dio de una criada nombradla Silveria,
enviúndole á decir que si condescendía á sn vo-
luntad le alcanzaría perdón de su padre, y ha-
ciéndole otros muchos y muy grandes ofresíM-
mientos. Mas nada pudo bastar á corromper su
ánimo ni á pervertir su intención. Pues como
Felisarda se viese tan menospreciada, vino á
tenerle á Montano una ira mortal, y trabajó
luego en indignar más á su padre contra él, j
no cont(mta con esto, imaginó una traición muy
grande. Con promessas, fiestas, dádivas y gran-
des caricias, pervirtió de tal manera el áninm
de Silveria, que í\iv contenta de hacer cuanto
ella le mandasse, aunque fuesse contra Mon-
tano, con ((uien olla tenia mucha cuenta, por el
tiempo que había ser>'ido en casa de su padre.
Las dos s(;cretamonte concertaron lo que se
había de hacer y el punto que había de ejecu-
tarse; y luego salió un día Silveria do la aldea,
y viniendo á una Horestíi orilla de Duero, donde
Montano apasoentaba sus ovejas, le habló mnj
secretamente, y muy turbada, como quien trata
un caso muy importante, le dijo: ¡ Ay, Montano
amigo! cuan sabio fuist<» en despreciar los amo-
DIANA DE GASPAR GIL POLO
3í;i
n>s de tu maligna madrastra, qnc aunque yo á
(;IIos te movía, era por pura importunación.
Mas agora que se lo que passa, no será ella
bastante para hacerme mensajera de sus des-
lioncstidades. Yo he sabido della algunas cosas
qnc tocan en lo vivo, y tales que si tú las su-
picsses, aunque tu padre es contigo tan cniel,
no dejarías de poner la vida por ku honra. No
to digo más en esto, porque sé que erf s tan dis-
í-reto y avisado, que no son menester contigo
muchas palabras ni- razones. Montano á esto
quedó atónito y tuvo sospecha de alguna des-
honestidad de su madrastra. Pero por ser cla-
ramente informado, rogó á Silvbria le con-
tarse abiertamente lo que sabía. Ella se hizo
de rogar, mostrando no querer descubrir cosa
tan secreta, pero al fin, declarando lo que Mon-
t^ino le preguntaba, y lo que ella mesma decirle
quería, le explicó una fabricada y bien com-
puesta mentira, diciendo deste modo: Por ser
4'osa que tantf) importa á tu honra y á la de
Fileno, mi amo, saber lo que. yo só, te lo diré'
muy claramente, confiando que á nadie dirás
que yo he descubierto este secreto. Has de
baber que Felisarda tu madrastra hace traición
á tu padre con un pastor, cuyo nombre no te
din?, pues está en tu mano conoscerle. Porque
si quisieres venir esta noche, y entrar por donde
yo to guiare, hallarás la traidora con el adúl-
tero en casa del mesmo Fileno. Ansí lo tienen
concertado, porque Fileno ha de ir esta tarde
ú dormir en su majada por negocios que alH se
lo ol'rescen, y no ha de volver hastíi mañana á
medio día. Por esco apercíbete muy bien, y ven
á las once de la noche conmigo, que yo te en-
trare' en parte donde podrás fácilmente hacer lo
que conviene á la honra de tu padre, y aun
j)<>r medio desto alcanzar que te perdone. Esto
dijo Silveria tan eucarescidamente y con tanta
dissimulación, que Montano determinó de po-
nerse en cualquier peligro, por tomar venganza
tic quien tal deshonra hacía á Fileno, su padre.
y ansí la traidora Silveria contenta del engaño
*]ue de consejo de Felisarda había urdido, se
volvió á su casa, donde dio razón á Felisarda,
su señora, de lo que dejaba concertado. Ya la
e.scura noche había extendido su tenebroso
velo, cuando venido Montano á la aldea tomó
un puñal, que heredó del pastor Palemón, su
tío, y al punto de las once so fué á casa de
Fileno, su padre, donde Silveria ya le estaba
esperando, como estaba ordenado. ¡Oh, traición
nunca vista I ¡Oh, maldad nunca pensada! To-
móle ella por la mano, y subiendo muy queda
una escalera, le llevó á una puerta de una cá-
mara, donde Fileno, su padre, y su madrastra
Felisarda estaban acostados, y cuando le tuvo
allí, le dijo: Agora estás. Montano, en el lugar
donde has de señalar el ánimo y esfuerzo que
semejante caso requiere; entra en essa cámara,
que en ella hallarás tu madrastra acostada con
el adúltero. Dicho esto, se fuó de allí huyendo
á más andar. Montano engañado de la alevosía
de Silveria, dando crédito á sus palabras, es-
forzando el ánimo y sacando el puñal de la
vaina, con un empujón abriendo la puerta de
la cámara, mostrando una furia extraña, entró
en ella diciendo á grandes voces: ¡Aquí has de
morir, traidor, á mis manos, aquí te han de
hacer mal provecho los amores de Felisarda! Y
diciendo esto furioso y turbado, sin conoscer
quién era el hombre que estaba en la cama,
pensando herir al adultero, alzó el brazo para
dar de puñaladas á su padre. Mas quiso la
ventura que el viejo con la lumbre que allí te-
nía, conosciendo su hijo, y pensando que por
habelle con palabra y obras tan mal tratado, le
quería m^atar, alzándose presto de la cama, con
las manos plegadas le dijo: ¡Oh, hijo miol ¿qué
cnieldad te myieve á ser verdugo de tu padre?
vuelve en tu seso, por Dios, y no derrames
agora mi sangre, ni des fin á mi vida; que si
yo contigo usé de algunas asperezas, aquí de
rodillas te pido perdón por todas ellas, con pro-
pósito de ser para contigo de hoy adelante el
más blando y benigno padre de todo el mundo.
Montano entonces, cuando conosció el engaño
que se le había hecho y el peligro en que había
venido de dar muerte á su mcsmo padre, se
quedó allí tan pasmado, que el ánimo y los bra-
zos se le cayeron y el puñal se le salió de las
manos sin sentirlo. De atónito no pudo ni supo
hablar palabra, sino que corrido y confuso se
salió de la cámara; íbase también de la casa
aterrado de la traición que Silveria le había
hecho y de la que él hiciera, si no fuera tan ven-
turoso. Felisarda, como estaba advertida do
lo que había de suceder, en ver entrar á Mon-
tano, saltó de la cama y so metió en otra cá-
mara que estaba más adentro, y cerrando tras
sí la puerta, se asseguró de la furia de su
alnado. Mas cuando se vio fuera del peligro,
por estar Montano fuera de la casa, volviendo
donde Fileno temblando aún del pasado peli-
gro estaba, incitando el padre contra el hijo, y
levantándome á mí falso testimonio, á grandes
voces decía ansí: Bien conoscerás agora, Fi-
leno, el hijo que tienes, y sabrás si es verdad lu
que yo de sus malas inclinaciones nuichas ve-
ces te dije. ¡Oh, cruel, oh traidor Montano I
;cómo el cielo no te confunde? ¿cómo la tierra
no te traga? i cómo las fieras no te despedazan ?
¿cómo los hombres no te persiguen? Maldito
sea tu casamiento, maldita tu desol>ediencia,
malditos tus amores, maldita tu Ismenia, pues
te ha traído á usar de tan bestial crueza y á
cometer tan horrendo pecado. ¿No castigaste,
traidor, al pastor Alanio, que con tu nuijer
362
ORÍGENES DE LA KOVELA
Ismciiia á podar y deshonra tuya deshonesta-
mente trata, y á quien ella qaiere más que á ti,
y lias querido dar muerte á tu padre, que con
tu vida y honra ha tenido tanta cuenta? ¿Por
haberte aconsejado le han querido matar? ¡Ay,
triste padre! ¡ay, desdichadas canas! ¡ay, an-
firustiada senectud! ¿qué yerro tan grande co-
metiste, para que quisiesse matarte tu proprio
hijo? ¿aquel que tú engendraste, aquel que tú
regalaste, aquel por quien mil trabajos pades-
ciste? Esfuerza agora tu corazón, cesse ag^rá
el amor paternal, dése lugar á la justicia, há-
gase el debido castigo; que si quien hizo tan
nefanda crueldad no recibe la merescida pena,
los desobedientes hijos no quedarán atemoriza*
dos, y el tuyo, con efecto, Tendrá después de
pocos días á darte de su mano cumplida muerte.
El congojado Filbso, con el pecho sobresal-
tado y temeroso, oyendo las voces de su mujer
y considerando la traición del hijo, rescilíió tan
grande enojo, que, tomando el puñal que á
Montano, como dije, se le había caídt), luego en
la mañana saliendo á la plaza, convocó la justi-
eia y los principales hombres de la aldea, y
cuando fueron todos juntos, con muchas lágri-
mas y sollozos les dijo desta manera: A Dios
pongo por testigo, señalados pastores, que me
lastima y aflige tanto lo que quiero deciros, que
tengo miedo que el alma no se me salga tras
habello dicho. No me tenga nadie por cruel,
porque saco á la plaza las maldades de mi hijo;
que por ser ellas tan extrañas y no tener re-
medio para castigarlas, os quiero dar razón da-
llas, porque veáis lo que conviene hacer para
darle á él la justa pena y á los otros hijos pro-
vechoso ejemplo. Muy bien sabéis con qué re-
galos le crié, con qué amor le tratt», qué habi-
lidades le enseñé, qué trabajos por él padesci,
qué cous<íjos le di, con cuánta blandura le cas-
tigué. Casóse á mi pesar con la pastora Isme-
nia, y porque dello le reprendí, en lugar de
vengarse del pastor Alanio, que con la dicha
Ismenia, su mujer, como toda la aldea sabe,
trata deshonestamente, volvió su furia contra
mí y me ha querido dar la muerte. La noche
})ftssada tuvo maneras para entrar en la cámara,
donde yo con mi Felisarda dormía, y con este
puñal desnudo quiso matarme, y lo hiciera, sino
que Dios le cortó las fuerzas y le atajó el poder
de tal marníra, que medio tonto y pasmado se
fué de allí sin efectuar su dañado int<*nto, de-
jando t'l puñal en mi cámara. Esto es lo que
verdaderamente passa, como mejor de mi que-
rida nmjer podréis ser informados. Mas iK>rque
tengo por muy cierto que Montano, mi hijo, no
hubiera cometido tal traición contra su padre,
si de su mujer Ismenia no fuera aconsejado, os
ruego (jue nn'réis lo que en esto se debe hacer,
para que mi hijo de su atrevimiento quede cas-
tigado, y la falsa Ismenia, ansí por el consejo
que dio á su marido, como por la deshonesti-
dad y amores que tiene con Alanio, rescibi
digna pena. Aúii no había Fileno acabado sa
razón, cuando se movió entre ia gente tan gran
alboroto, que páreselo hundirse toda la lüdea.
Alteráronse los ánimos de todos los pastores y
pastoras, y concibieron ira mortal contra Mon-
tano. Unos decían que fuesse apedreado, otros
que en la mayor profundidad de Dnero faesse
echado, otros que á las hambrientas fieru
fuesse entregado, y en fin, no hubo allí persona
que contra él no se embravesciesse. Moviólos
también mucho á todos lo que Fileno de mi
vida falsamente les había dicho; pero tanta in
tenían por el negocio de Montano, que no pen-
saron mucho en el mío. Cuando Montano snpo
la relación que su padre públicamente había he-
cho y el alboroto y conjuración que contra él
había movido, cayó en grande desesperación. V
allende desto sabiendo lo que su padre delante
de todos contra mí había dicho, rescibió tanto
dolor, que más grave no se puede imaginar. De
aquí nasció todo mi mal, esta fué la causa de
mí ¡K^rdición y aquí tuvieron principio mis do-
lores. Porque mi querido Montano, como sabía
que yo en otro tienpo había amado y sido que-
rida de Alanio, sabiendo que mnchas veces re-
viven y se renuevan los muertos y olvidados
amores, y viendo que Alanio, á qnien yo por él
había aborrescido, andaba siempre enamorado
de mí, liaciéndome importunas fiestas, sospechó
por todo esto que lo que su padre Fileno había
dicho era verdad, y cuanto más imaginó en
ello, más lo tuvo por cierto. Tanto que bravo?
desesperado, ansí por el engaño que de Silve-
ria había recebido como por el que sospechal«
que yo le había hecho, se fué de la aldea r
nunca más ha parescido. Yo que supe de su
partida y la causa della por relación de algunos
pastores amigos suyos, á quien él había dado
larga cuenta de todo, me salí del aldea por
buscarle, y mientras viva no pararé hasta ha-
llar mi dulce esposo, para darle mi disculpa,
aunque sepa después morir á sus manos. Mu-
cho lia que ando peregrinando en esta demanda,
y por más que cu todas las principales aldeas
y cabanas de pastores he buscado, jamás la for-
tuna me ha dado noticia de mi Montano. La
mayor ventura que en este viaje he tenido fué,
que dos días después que partí de mi aldea
hallé en un valle la traidora Silveria, que sa-
biendo el v(»luntario destierro de Montano, iba
siguiéndole, por descubrirle la traición que le
había hecho y pedirle perdón por ella, arrepen-
tida de haber cometido tan horrenda alevosía.
Pero hasta entonces no le había hallado, j
como á mí me vido, me contó abiertamente
cómo había passado el negocio, y fué para mí
DIAKA DE GASPAR GIL POLO
363
gi*an descanso saber la manera con que se nos
había hecho la traición. Quise dalle la muei'te
con mis manos, aunque flaca mujer, pero dejé
de hacerlo, porque sólo ella podía remediar mi
mal declarando su misma maldad. Roguéle con
jl^an priessa fnesse á buscar á mi amado Mon-
tano para dalle noticia de todo el hecho, y des-
pedíme della para buscarle yo por otro camino.
Llegué hoy á este bosque, donde convidada de
la amenidad y frescura del lugar, hice assiento
para tener la siesta; y pues la fortuna acá por
mi consuelo os ha guiado, yo le agradezco mu-
cho este favor, y á vosotros os ruego, que pues
es ya casi medio dia, si possible es, me hagáis
parte de vuestra graciosa compañía, mientras
durare el ardor del sol, que en semejante tiem-
po se muestra riguroso. Diana y Marcelio hol-
i^aron en extremo de escuchar la historia de
Ismenia y saber la causa de su pena. Agrades-
ciéronle mucho la cuenta que les había dado de
su vida, y diéronle algunas razones para con-
suelo de su nial, prometiéndole el possible favor
para su remedio. Rogáronle también que fuesse
con clk^s á la casa de la sabia Felicia, porque allí
sería possible hallar alguna suerte de consola-
ción. Fueron assí mesmo de parescer de repo-
sar alh', en tanto que durarían los calores de
la siesta, como Ismenia había dicho. Pero como
Diana era muy plática en aquella tierra, y sabía
los bosques, fuentes, florestas, lugares amenos
y sombríos della, les dijo que otro lugar había
más ameno y deleitoso que aquel, que no estaba
muy lejos, y que fuessen allá, pues aún no era
llegado el medio día. De manera que levantán-
dose todos, caminaron un poco espacio, y luego
llegaron á una floresta donde Diana los guió;
y era la más deleitosa, la más sombría y agra-
dable que en los más celebrados montes y cam-
pañas de la pastoral Arcadia puede haber. Ha-
lúa en ella muy hermosos alisos, sauces y otros
árboles, que por las orillas de las cristalinas
fuentes, y por todas partes con el fresco y suave
íiirecillo blandament<; movidas, deleitosamente
murmuraban. Allí de la concertada harmonía
(le las aves, que por los verdes ramos bullicio-
samente saltaban, el aire, tan dulcemente reso-
naba, que los ánimos, con un suave regalo,
enterneseia. Estaba sembrada tqda de una
verde y menuda hierba, entre la cual se levan-
taban hermosas y variadas flores, que con di-
vtírsos matices el campo dibujando, con suave
olor el más congojado espíritu recreaban. Allí
molían los cazadores hallar manadas enteras de
temerosos ciervos, de cabras montesinas y de
otros animales, con cuya prisión y niuertt» se
toma alegre pasatiempo. Entraron en esta flo-
resta siguiendo todos á Diana, que iba primera
y se adelantó un poco para buscar una espes-
sura de árboles, que ella para su esposo en
aquel lugar tenía señalada, donde muchas ve-
ces solía recrearse. 'No habían andado mucho;
cuando Diana llegando cerca del lugar que ella
tenia por el más ameno de todos, y donde que-
ría que tuviessen la siesta, puesto el dedo sobre
los labios, señaló á Marcelio y á Ismenia que
viniessen á espacio y sin hacer ruido. La causa
era, porque había oído dentro aquella espessura
cantos de pastores. En la voz le parescieron
Tauriso y Berardo, que por ella entrambos pe-
nados andaban, como está dicho. Pero por sa-
bello más cierto, llegándose más cerca un poco
por entre unos aceííos y lantiscos, estuvo ace-
chando por conoscellos, y vido que eran ellos y
que tenían allí en su compañía una muy her-
mosa dama, y un preciado cabalh ro, los cuales,
aunque parescían estar algo congojados y mal
tratados del camino, pero todavía en el gesto
y disposición descubrían su valor. Después de
haber visto los que allí estaban, se apartó, por
no ser vista. En esto llegaron Marcelio é Isme-
nia, y todos juntos se sentaron tras unos jara-
les, donde no podían ser vistos y podían oir dis-
tincta y clarament-e el cantar de los pastores,
cuyas voces, por toda la floresta resonando,
movían concertada melodía, como oiréis en el
siguiente libro.
Fin del libro segundo.
LIBRO TERCERO
DE DIAXA ENAMORADA
La traición y maldad de una ofendida y ma-
liciosa mujer suele emprender cosas tan crueles
y abominables, que no hay ánimo del más
bravo y arriscado varón que no dudaese de
hacerlas y no temblase de solo pensarlas. Y lo
peor es que la Fortuna es tan amiga de mudar
los buenos estados, que les da á ellas cumplido
favor en sus empresas; pues sabe que todas se
encaminan á mover extrañas novedades y re-
vueltas, y vienen á ser causa de mil tristezas y
tormentos. Gran crueldad fué la de Felisarda
en ser causa que un padre con tan justa, aun-
que engañosa causa, aborresciesse su propio
hijo, y que un marido con tan vana y aparent<}
sospecha desechasse su querida mujer, pero
mayor fue la ventura que tuvo en salir con su
fiero y malicioso intento. No sirva esto para
que nadie t4?nga de las mujeres mal parescer,
si no para que viva cada cual recatado, guar-
dándose délas semejantes á Felisarda, que serán
muy pocas; pues muchas dellas son dechado
del mundo y luz de vida, cuya fe, discreción y
honestidad mcresce ser con los más celebrados
;iG4
ORÍGENES DE LA NOVELA
nersus alabada. De lo cual da claríssíma praeba
Diana 7 Ismenía, pastoras de señalada hermo-
sura y discreción, cuya historia publica mani-
liestamente sus alabanzas. Pues prosiguiendo
c'n el discurso dclla, sabréis que cuando Maree-
lio y ellas estuvieron tras los jarales assentiidas,
oyeron que Tauriso y Berardo cantaban desta
manera:
Tert¡os esdrucciohs,
BERARDO
Tauriso, el fresco viento, que alegrándonos
murmura entre los árboles altissimos,
la vista y los oidos deleitándonos;
Las chozas y sombríos ameníssimos;
las cristalinas fuentes, que abundancia
derraman de licores sabro&issimos;
La colorada flor, cu) a fragrancia
á despedir bastara la triaticia,
qu .' hace al coraz<)n más fiera instancia:
No vencen la braveza y la malicia
del crudo rey, tan áspero y mortífero,
cuyo castigo es pura sin justicia.
Ningún remedio ha sido salutífero
á mi dolor, pues siempre enbraveciéndose
está el veneno y tóxico pestífero.
TAURISO
-\1 que en amores anda consumiéndose,
nada le alegrará: porque fatígale
tal mal, que en el dolor vivo muñéndose.
Amor le da más penas, y castígale,
cuando en deleites anda recreándose,
porque él á suspirar con tino oblígale.
Las veces que está un ánima alegrándose,
le ofrescc allí un dolor, cuya nieuioria
hace que luego vuelva á estar quejándose.
Amor quiere gozar de su victoria,
y al hombre que venció, mátale ó préndele,
pensando en ello haber famosa gloria.
El preso á la fortuna entrega, y véndele
al gran dolor, que siempre está matándole,
y al que arde en más ardiente llama encién-
[dele.
BEEARDO
El sano vuelve enfermo, maltratándole,
y el corazón alegre hace tristíssimo,
matando el vivo, el libre captivándole.
Pues, alma, ya que sabes cuan bravíssimo
es este niño Amor, sufre y conténtate
con verte puesta en un higar altissimo.
Reseibe los dolores, y prcséntatt»
al daño que estuviere amenazándoU»,
goza del mal y en el dolor susténtate.
Porque cuanto más fueres procurándote
medio para salir de tu miseria,
irás más en los lazos enredándote.
TAURISO
En mí halla Cupido más materia
para su honor, que en cuantos lamentándost
guardan ganado en una y otra Hesperia.
Siempre mis males andan aumentándose,
de lágrimas derramo mayor copia
que Biblis cuando en fuente iba tomándose
Extraño me es el bien, la pena propia,
Diana, quiero ver, y en vella muérome,
junto al tesoro esto, y muero de inopia.
Si estoy delante della, peno y quiérome
morir do sobresalto y de cuidado,
y cuando estoy ausente, desespéreme.
BERARDO
Murmura el bosque y ríe el verde prado,
y cantan los parleros niiseñores;
mas yo en dos mil tristezas sepultado.
TAURISO
Espiran suave olor las tiernas flores,
la hierba reverdesee al campo ameno;
mas yo viviendo en ásperos dolores.
BERARDO
El grave nial de mí me tiene ajeno,
tanto que no soy bueno
para tener diez versos de cabeza.
TAURISO
Mi lengua en el cantar siempre tropieza,
por esso, amigo, empieza,
algún cantar de aquellos escogidos,
los cuales estorbados con gemidos,
con lloro entrerompidos,
te hicieron de pastores alabado.
IIERARDO
En el cantar contigo acompañado,
iré muy descansado;
respóndeme. Mas no sé qué me cante.
TAURISO
Di la que dice: Estrella radiante.,
ó la de: O triste amante,
ó aquella: Xo se como se decía,
que la cantaste un día
bailando <'ou Diana en el aldea.
BERARDO
No hay ti^^^ro ni leona que no f?ea
á compassión movida
de mi fatigji extraña y peligrosa;
DIANA DE GASPAR GIL POLO
365
luas no la fiera hermosa,
fiera devoridora de mi vida.
TAÜRI80
Fiera devoradora de rui vida,
«quién si no tú estuviera
con la dureza igual á la hermoíurft?
y en tanta desventura
;cómo es possible, ay triste, que no muera?
BERARDO
;(/órao es possible, ay triste, que no muera?
dos mil veces muriendo;
;mas cómo be de morir viendo a Diana?
El alma tengo insana:
cuanto más trato Amor, menus le entiendo.
TAÜRISO
(.'llanto más trato Amor, menos le entiendo,
que al que le sirve mata,
y al que huyendo va de su cadena,
con redoblada pena
las míseras entrañas le maltrata.
BERAUDO
Pastora, á quien el alto cíelo ha dado
beldad más que á las rosas coloradas,
más linda que en Abril el verde prado,
do están las florecillas matizadas,
ansí prospere el cielo tu ganado,
y tus ovejas crezcan á manadas,
que á mí, que á causa tuya gimo y muero,
no me muestres el gesto airado y fiero.
TAURlSO
Pastora sobemna, que mirandc
los campos y Horestas asserenas,
la nieve en la blancura aventajando
Y en la beldad las frescas azucenas,
ansí tus campos vayan mejorando,
y dellos cojan fruto á manos llenas,
que mires á un pastor, que en solo verte
piensa alcanzar muy venturosa suerte.
A este tiempo el caballero y la dama, que los
cantares de los pastores escuchaban, con gran
cortesía atajaron su canto, y les hicieron mu-
chas gracias por el deleite y recreación que con
tan suave y deleitoso música les habían dado.
Y después desto el caballero vuelto á la dama
le dijo: ¿Oiste jamás, hermana, en las sober-
bias ciudadcb uiúsica que tanto cfmtente al oído
y tanto deleite el ánimo como la destos pasto-
ros? Verdaderamente, dijo ella, más me satis-
facen esos rústicos y pastoriles cantos de una
simple llaneza acompañados, qne en los pala-
cios de reyes y señores las delicadas voces con
arte curiosa compuestas y con nuevas inven-
ciones y variedades requebradas. Y cuando vo
tengo por mejor esta melodia que aquélla, se
puede creer que lo es, porque tengo el oído he-
cho á las mejores músicas que en ciudad del
mundo ni corte de rey pudiessen hacerse. Que
en aquel buen tiempo que Marcelio servía á
nuestra hermana Alcida, cantaba algunas no-
ches en la calle al son de una vihuela tan dul-
cemente, que si Orpheo hacía tan apacible mú-
sica, no me espanto que las fieras conmovíesse,
y que la cara Eurydice de averno escurissimo
sacasse. ¡Ay! Marcelio, ¿dónde estás agora?
i Ay ! ¿dónde estás, Alcida? Ay desdichada de mi,
que siempre la fortuna me trae á la memoria co-
sas de dolor, en el tiempo que me ve gozar de un
simple passatiempoí Oyó Marcelio, que con las
dos pastoras tras las matas estaba, las razones
del caballero y de la dama, y como entendió que
le nombraron á él y á Alcida, se alteró. No se fió
de sos mesmos oídos, y estuvo imaginando si
era quizá otro Marcelio y Alcida los que nom-
braban. Levantóse presto de donde assentado
estaba, y por salir de duda, llegándose más, y
acechando por entre las matas, conosció que el
caballero y la dama eran Polydoro y Clenarda,
hermanos de Alcida. Corrió súbitamente á
ellos, y con los brazos abiertos y lágrimas en
los ojos, agora á Polydoro, agora á Clenarda
abrazando, estuvo gran rato, que el interno do-
lor no le dejaba hablar palabra. Los dos her-
manos, • espantados desta novedad, no sabían
qué les había acontescido. Y como Marcelio
iba en hábito de pastor, nunca le conoscieron,
hasta que, dándole lugar los sollozos, y habida
licencia de las lágrimas, les dijo: ¡Oh, herma-
nos de mi corazón, no tengo en nada mi des-
ventura, pues he sido dichoso en veros! ¿Cómt»
Alcida no está en vuestra compañía? ¿Está por
ventura escondida en alguna espesura deste
bosque? Sepa yo nuevas della, si vosotros las
sabéis; remediad por Dios esta nn pena, y sa-
tisfaced á mi deseo. En esto U,>s los hermanos
conoscieron á Marcelio, y abrazados con él, llo-
rando de placer y dolor, le decían: ¡Oh ventu-
roso día! ¡oh bien nunca pensado! ¡oh hermano
de nuestra alma! ¿qué desastre tan bravo ha
sido causa que tú no goces de la compañía de
Alcida ni nosotros de su vista? ¿por qué con
tan nuevo traje te dissimulas? ¡Ay áspera for-
tuna! en fin no hay en ningún bien cumplido
contentamiento. Por otra partí», Diana é Is-
menia, visto que tan arrebatadamente Marcelio
halúa entrado donde cantaban los pastores,
fueron allá tras él, y halláronle passando con
Polydoro y Clenarda la plática que habéis oído.
Cuando Tauriso y Berardo vieron á Diana, no
se pueile encarescer el gozo que recibieron d(*
366
orígenes de la novela
tan improviga vista. Y ansí T acribo, sefiaUn-
do con el gesto 7 palabras la alegría del cora-
zón, le dijo: Grande íaror ea eate de la For-
tuna, herniosa Diana, que la qae hnje siempre
de nnefltra coin(»añia, por casos j saceeso^
nanea iniaginaílos venga tantas reines donde
noHOtros estarn^^s. No es causa dello la Fortu-
na, señalados pastores, dijo Diaxa, sino ser
vosotros en el cantar 7 tañer tan ejercitados,
(jue no ha7 lagar de recreación donde no os ha-
gáis sentir vuestras canciones. Pero paes aquí
llegad sin saber de vosotros, 7 el sol toca 7a la
ra7a del modio día, me holgaré de tener en
este deleitr^so lugar la siesta en vuestra compa-
ñía, que aunque me importa llegar con tiempo
á la casa de Felicia, tendré por bien de df'te-
nerme oqui con vosotros, por gozar de la fresca
vereda 7 escachar vuestra deleitosa música.
Por esso aparejaos á cantar 7 tañer, 7 á toda
suerte de ri'j;ocijo, que no sf»rá bien que falte
semejante placer en tan principal ajuntamiento.
V vosotros, generosos caballeros 7 dama, po-
ncíl fin por agora á vuestras lágrimas, que
tiempo ü;rnéirt para contaros las vidas los unos
á loH otros 7 para dolerí)8 ó alegraros de los
malos ó buenos sncessos de fortuna. A todos
paresció mu7 bien lo dicho por Diana, 7 ansí
en torno de una clara fuente sobre la menuda
hierba sí; absentaron. Era el lugar el más apa-
cible de aquel bos(|ue 7 aun de cuantos en el
famoso Parthenií), celebrado con la clara zam-
j)ofitt del Neapolitano S7ncero pueden hallar-
h(\ Había en él un espacio casi que cuadrado,
<|iie tuviera como basta cuarenta passoa por
cada parte, rodeado de muchedumbre de espe-
88ÍSKÍ1110S árboles, tanto que, á la manera de
un cercado castillo, á los que allá iban á ru-
«rrearse no se les eí>uce<lía la entrada sino por
sola una parte. Estaba sembrado este lugar
de verdes bierl>tts 7 olorosas flores, de los pies
de ganados no pisa<las ni con sus dientes des-
eom(Klidament(i tocadas. En medio estaba una
limpia 7 ciaríssima fuente, que del pie de un
antiquíssimo roble saliendo, en un lugar hondo
7 cuadrado, no con maestra mano fabricado,
mas por la provida naturaleza allí para tal
electo puesto, se recogía: haciendo allí la abun-
dancia de las aguas un gracioso ajuntamiento,
<iue los j)astores le nombraban la fuente bella.
Eran las orillas desta fuente de una ¡liedra
blanca tan igual, que no cre7era nadie que con
artifíeiosa mano no estuviesse fabricada, si no
desonganaraii \n vista las naturales piedras allí
nascidas, 7 l4in fijas en el suelo como en los
ásperos montes de fragosas peñas 7 duríssimos
pedernales. El agua que de aquella abundantí-
ssima fuente sobresalía, jK)r clos estrechas ca-
nales derramándose, las hierbas vecinas 7 ár-
boles cercanos regaba, dándoles contiima ferti-
lidad y vida 7 sosteniéndolas en mo7 apacible
v graciosissima verdura. Por estas lindezas que
tenia esta hermosa fuente, era de los pastores
V pastoras tan visitada, que nunca en ella fal-
taban pastoriles regocijos. Pero teníanla lo<:
pastore:^ en tanta veneración 7 cnenta, que vi-
niendo á ella dejaban faera sus ganadoe, por
no consentir qae las claras 7 sabrosas aguas
fuessen enturbiadas, ni el ameno pradecillo de
las mal miradas ovejas hollado ni apascentado.
En tomo desta fuente, como dije, todos se
asentaron, 7 sacando de los turrones la necessa-
ria provissión, comieron con más sabor que los
grandes señores la muchedumbre 7 variedad dp
curiosos manjares. Al ñn de la cual comida,
como Marcelio por una parte 7 PolTdoro por
otra deseaban por extremo darse 7 tomarse
cuenta de sus vidas, Marcblio fae primero k
hablar, 7 dijo: Razón será, hermanos, que yo
sepa algo de lo ([ue os ha sucedido después qup
no me vistes, que como os veo del padre Eu-
gerio V de la hermana A leída desacompañados,
tengo el corazón alterado, por no saber la can-
sa del lo. A lo cual respondió Polvdoro:
Porque me parece que este lugar queda muy
perjudicado con que se traten en él cosas de
dolor, 7 no es razón que estos pastores con oir
nuestras desdichas queden ofendidos, te con-
tare con las menos palabras qae será possible
las muchas 7 mu7 malas obras qae de la for-
tuna habemos recebido. Después que por sacar
al fatigado Eugerio de la peligrosa nave, espe-
rando buena ocasión para saltar en el batel, do
los marineros fui estorlmdo, 7 juntamente con
el temeroso padre á mi pesar hube de qoedar
en ella, estaba el triste viejo con t«nta angus-
tia, como se puede esperar de un amoroso pa-
ilre, que al fin de su vejez ve en tal peligro su
vida 7 la de sus amados hijos. No tenía cnenta
con los golpes que las bravas ondas daban en
la nave, ni con la furia que los iracundos vien-
tos por todas partes le combatían, sino que.
mirando el pequeño batel donde tú, Marcelio,
con Alcida 7 Clenarda estabas, qne á cada mo-
vimiento de las inconstantes aguas en la mayor
profundidad dolías páresela trastornarse, cnan-
to más lo vía de la nave alejándose, le desape-
gaba el corazón de las entrañas. Y cuando 09
perdió de vista, estuvo en peligro de perder la
vida. La nave siguiendo la braveza de la For-
tuna, fué errando por el mar por espacio de cin-
co días, después que nos despartimos; al cabo
de ^os cuales, al tiempo que el sol estaba cem
del occaso, nos vimos cerca de tierra. Con cuya
vista se regocijaron mucho los marineros, tanto
por hal>er cobrado la perdida confianza, coiv»
por conoscer la parte donde iba la nave enca-
minada. Porque era la más deleitosa tierra, y
más abundante de todas maneras de placer, de
DIANA DE GASPAR GIL POLO
367
;oI con sus rajos escalienta, tanto
los marineros sacando de ana arca
n que solía en la pesadumbre de los
^lignosos viajes deleitarse, ao puso á
tar ansi:
Soneto,
)s que aflige el mar airado,
íNTiNO, oh, venturoso suelo
nás se cuaja el duro hielo
JO el trabajo acostumbrado.
que seguro y sin recelo
fíeras ondas anegado,
la belleza de tu prado
or de tu benigno cielo.
liga el mar surca la nave
I )rador cansado tus barbechos :
1, antes que el mar se ensoberbezca,
)S perdidos j deshechos,
cuando en Tu ría jo me lave
Iditas aguas aborrezca.
cantar del marinero entendimos que
le íbamos á tomar era del reino de
, tierra por todas las partes del
brada. Pero en tanto que este canto
lave, impelida de un poderoso vicn-
) tanto á la tierra que si el esquife
ara pudiéramos saltar en ella. Mas
r unos pescadores fuimos devisados,
viendo nuestras velas perdidas, el
á la una parte, las cueidas destro-
1 castillos hechos pedazos, conoscie-
a noccfisidad. Por lo cual algunos
iénd<jse en un barco de los que para
o ejercicio en la ribera tenian ama-
riiiioron para nosotros, j con grande
poco trabajo nos sacaron de la nave
que en ella veníamos. Fué tanto el
nM'cbimos, cuanto se puede j debe
\ los marineros que en su barco tan
'ute j sin ser rogados nos habían
i^ugerio j JO les dimos las gracias, j
s ofrescimientos que á tan singular
0 debían. Mas ellos, como hombres
ral piadosos j de entrañas simples j
no curaban de nuestros agradésci-
mtes no queriendo recebirlos, nos
) delJOH: No nos agradezcáis, scfio-
bra á nosotros, sino á la obligación
os á socorrer necessidades j al buen
)hintad (jue nos fuerza á tales hechos,
or cierto que toda hora que se nos
semejante ocasión como ésta haremos
', aunque peligren nuestras vidas,
la mañana nos sucedió un caso, que
• hecho otro tal como agora hecimos,
1 después hast-a la muerte. El caso
fué qae al despuntar del día salimos de nues-
tras chosa» con nuestras redes j ordinarios
aparejos para entrar á pescar, y antes que lle-
gas8emo8 á la ribera vimos el cielo escurescido;
sentimos el mar alterado j el viento embraves-
cido, j dos veces noa quisimos volver del ca-
mino desconfiados de podernos encomendar á
las peligrosas ondas en tan malicioso tiempo.
Pero paresció 4 algunos de nosotros que era
conveniente llegar á la ribera para ver en qué
pararía la braveza del mar, j para esperar si
tras la rigurosa fortuna sucedería, como suele,
alguna súbita bonanza. Al tiempo que llega-
mos allá vimos un batel lidiando con las bravas
ondas, sin vela, árbol ni remos, j puesto en el
peligro en que vosotros os habéis visto. Movi-
dos á compassión, metimos en el mar uno de
aquellos barcos muj bien apercebido, j saltando
de presto en él, sin temor de la fortuna, fuimos
hacia el batel que en tal peligro estaba, j á cabo
de puco rato llegamos á él. Guando estuvimos
tan cerca del que pudimos conoscer los que en
él estaban, vimos una doncella, cu jo nombre
no sabré decirte, que con lágrimas en los ojos
se dolía, con los brazos abiertos nos esperaba
j con palabras dolorosas nos decía: Aj herma-
nob, ruégoos que me libréis del pelign) de la
Fortuna ; pero más os suplico que me saquéis
de poder deste trajdor, que conmigo viene, que
contra toda razón me tiene captiva, j á pura
fuerza quiere maltratar mi honestidad. Ojendo
esto, con toda la possible diligencia, j no sin
mucho peligro, los sacamos de su batel, j me-
tidos en nuestro barco los llevamos á tierra.
Contónos ella la traición que á ella j una her-
mana y cuñado sujo se les había hecho, que
sería larga de contar. Tenérnosla en compañía
de nuestras mujeres, libre de la malicia j des-
honestidad de los dos maríneros que con ella
venían, j á ellos los metimos en una cárcel de
un lugar que está vecino, donde antes de mu-
chos días serán debidamente castigados. Pues
habiéndonos acontescido esto, ¿quién de nos-
otros dejará de aventurarse á semejantes peli-
gros por recobrar los perdidos j hacer bien á
los maltratados? Cuando Eugerio ojó decir
esto al marinero le dio un salto el corazón, j
pensó si ora esta doncella alguna de sus hijas.
Lo mesmo me passó á mí por el pensamiento;
pero á entrambos nos consolaba pensar que
presto habíamos de saber si era verdadera nues-
tra presunción . En tanto el pescador nos
contó este sucesso, el barco, movido con la
fuerza de los remos, caminó de manera que
llegamos á poder desembarcar. Saltaron aque-
llos pescadores can los pies descalzos en el
agua, j sobre sus hombros nos sacaron á la
deseada tierra. Cuando estuvimos en tierra,
conosciendo que teníamos necessidad de reposo,
:%H
ORÍGENES I)E LA XOVELA
lino df IloK, qii« más ancúirio pmreiciA, trmvando
á mí padre fK/r la mauo, y hacíeiido seflal á mí
y ¿ l'iH otros que le sif^uiéesemos, tomó el ca-
tiiífio d^; f»u choza, que uo muy lejos estaba,
para darnos eu ella el refresco y sossiego neees-
sario. Siendo llegados allá, sentimos dentro
cantos de mujeres, y no entráramos allá antes
de oir y entender dende afuera sus canciones si
el trabajo que llevábamos nos consintiera dete-
m'Hios para escucharlas. Peto Eugerio y yo no
YitufA la hora de entrar allá por yer quién era
la doncella que libre de la tempestad y de las
manos del traidor allí tenían. Entramos en la
easa de improviso, y en remos luego dejaron sus
eantares las turlm<las mujeres; y eran ellas la
ujiíjer del ¡lescador y dos hermosas hijas que
«rantando suavemente hacían las ñudosas redes
con que los descuidados peces se cautiyan, y
en medio dellas estaba la doncella, que luego
fué conoKcida, porque era mi hermana Clenarda,
que está presente. Lo que en esta ventura sen-
timos, y lo í)ue ella sintió, querría que ella
mesnia lo dijcHse, parque yo no me atrevo á
tan gran empresa. Allí fu<>ron las lágrimas, allí
los gemirlos, allí los placeres revueltos con las
penas, allí loH dulzores mezclados con las amar-
guras y allí las obras y palabras que puede juz-
gar una persona de discreción. Al fin de lo cual
mi padre, vuelto á las hijas del pescador les
(lijo: IlermoHas doncellas, siendo verdad que
yo vine a(|ui pura dem'ansar de mis trabajos,
no es razón qu<; mi venida estorbe vuestros
regocijos y canciones, ])ueH ellas solos serían
bastan tes para darme consolación. Kssa no te
faltará, dijo el ])es(*ador, en tunto que estuvie-
rcH en mi vaihh: á lo menos yo procuraré de
dárt<>Ia por las maneras possibles. Piensa agora
(MI tomar refn'Kco, (jue la música no faltará á
NU tiempo. Su mujer en esto nos sacó para
('(inier algunas viaiulus, y mientras en ello está-
bamos ocupmloK, la una de aquellas doncellas,
(|ue s(f nombraba Nerra, cantó esta canción:
(Uinción (le Xereti.
En el campo venturoso,
donde con cluní corriente
(luadalavíar hermoso,
dt* jando el suelo abundoso,
da tributo al mar potente,
íialatra d<>sdeAo8a,
d<»l di>lor (jue á liycio daña
iba alegre y ImlÜciosa
por la ribera arent>sa,
(|Ui' el mar con sus ondas baña.
Mutre la arena cogiendo
conchas y piedras pintadas,
nuu'hiw cantares diciendo,
con el son del ronce» estruendo
de las ondas alteradas.
Junto al agua se ponía,
y las ondas aguardaba,
y en verlas llegar huía,
pero á veces uo podía
y el blanco pie se mojaba.
Lycio, al cual en sufrím¡ent<»
amador ninguno iguala,
suspendió allí su tormento
mientras miraba el con ten t^^»
de su polida zagala.
Mas cotejando su mal
con el gozo que ella había,
el fatigado zagal
con voz amarga y mortal
desta manera decía:
Nympha hermosa, no te vea
jugar con el mar horrendo.
y aunque más placer te sen,
huye del mar, Galatea,
como estás de Lycio huyendo.
I>(*ja agora de jugar,
que me es dolor importuno;
no me hagas más penar,
que en verte cerca del mar
tengo celos de Neptuno.
Causa mi triste cuidado,
que ú mi pensamiento crea,
porque ya está averiguado
que si no es tu enamorado
lo será cuando te vea.
V está cierto, porque Amor
sabe desde que me hirió
que para pena mayor
me falta un competidor
más poderoso que yo.
Deja la seca ribera
do está el agua infructuosa,
guarda que no salga afuera
alguna marina ñera
enroscada y escamosa.
Ihiye ya, y nura que siento
por ti dolores sobrados,
porque con doble tormento
celos me da tu contento
y tu peligro cuidados.
En verte regocijada
celos me hacen acordar
de Europa Nympha preciada,
del toro blanco engañada
en la ribera del mar.
Y el i>nlihRr¡o cuidado
baeo <pio pienso contino
DIANA DE GASPAR GIL POLO
Htíí)
de aquel desdeúoso alnado
orilla el luar arrastrado,
visto aquel monstnio marino.
Mas no veo en tí temor
de congoja y pena tanta;
que bien sé por mi dolor,
que á quien no t«nie el Amor,
ningún peligro le espanta.
Guarte, pues, de un gran cuidado;
que el vengativo Cupido
viéndose menospreciado,
lo que no hace de grado
suele hacerlo de ofendido.
Ven conmigo al bosque anjeno,
y al apacible sombrío
de olorosas ñores lleno,
do en el día más sereno
no es enojoso el Estío.
Si el agua te es placentera,
hay allí fuente tan bella,
que para ser la primera
entre todas, sólo espera
que tú te laves en ella.
En aqueste raso suelo
á guardar tu hermosa cara
no basta sombrero, 6 velo;
que estando al abierto cielo,
el sol morena te para.
No encuentras dulces contentos,
sino el espantoso estruendo,
con que los bravosos vientos
con soberbios movimientos
van las aguas revolviendo.
Y tras la fortuna fiera
son las vistas más suaves
ver llegar á la ribera
la destrozada madera
de lus anegadas naves.
Ven á la dulce floresta,
do natura no fué escaso,
donde haciendo alegre fiesta,
la más cahirosa siesta
con más deleite se passn.
Huye los soberbios mares,
ven, verás como cantamos
tan deleitosos cantares,
rjue los más duros pesares
suspendemos y engañamos.
Y aunque quien passa dolores,
Amor le fuerza á cantarlos,
yo haré que los pastores
no digan cantos de amores,
porque huelgues de escucharlos.
orígenes de la novela.— 24
Allí por bosques y prados
podrás leer todas horas
en mil robles señalados
los nombres más celebrados
de las Nymphas y pastoras.
Mas seráte cosa triste
ver tu nombre allí pintado,
en saber que escrita fuiste
por el que siempre tuviste
de tu memoria l>orrado.
Y aunque mucho estás airada,
no creo yo que te assombre
tanto el verte allí pintada,
como el ver que eres amada
del que allí escribió tu nombre.
No ser querida y amar
fuera triste desplacer,
más ¿qué tormento 6 pesar
te puede, Nympha, causar
ser querida y no querer?
Mas desprecia cuanto quieras
á tu pastor, Galatea,
sólo que en essas riberas
cerca de las ondas fieras
con mis ojos no te vea.
¿Qué passatiempo mejor
orilla el mar puede hallarse
que escuchar el ruiseñor,
coger la olorosa flor
y en clara fuente lavarse?
Pluguiera á Dios que gozaras
de nuestro campo y ribera,
y porque más lo preciaras,
ojala tú lo probaras,
antes que yo lo dijera.
Porque cuanto alabo aquí,
de su crédito le quito,
pues el contentarme á mí,
bastará para que á tí
no te venga en apetito.
Lycio muiího más le hablara,
y tenía más que hablalle,
si olla no se lo estorbara,
que con desdeñosa cara
al triste dice qu(» calle.
Volvió á sus juegos la fiera,
y á sus llantos el pastor,
y de la misma manera
ella queda en la ril)era
y él en su mismo dolor.
El canto de la hermosa doncella y nuestra
cena se acabó á un mesmo tiempo; la cual fe-
nescida, preguntamos á Clenarda de lo que le
370
ORÍGENES DE LA NOVELA
había sucedido después que nos departimos, y
ella nos contó la maldad de Bartofano, la neces-
sidad de Alcida, su prisión y su cautividad, y
en fin, todo lo que tú muy largamente sabes.
Lloramos amargamente nuestras desventuras;
oídas las cuales, nos dijo el pescador muchas
palabras de consuelo, y especialmente nos dijo
cómo en este parte estaba la sabia Felicia, cuya
sabiduría bastaba á remediar nuestra desgracia,
dándonos noticia de Alcida y de ti, que en esto
venía á parar nuestro deseo. Y ansí passando
allí aquella noche lo mejor que pudimos, luego
por la mañana, dejados allí los marineros que
en la nave con nosotros habían venido, nos par-
timos solos los tres, y por nuestras jornadas
llegamos al templo de Diana, donde la sapien-
tíssima Felicia tiene su morada. Vimos su ma-
ravilloso templo, los ameníssimos jardines, el
sumptuoso palacio, conoscimos la sabiduría de
la prudentísima dueña y otras cosas (j[ue nos han
dado tal admiración, que aun agora no tenemos
aliento para contallas. Allí vimus las hermosís-
siuias Nymphas, (jue son líjeniplo de castidad;
allí muchos caballeros y damas, pastores y pas-
toras, y particularmente un pastor nombrado
Syreno, al cual todos tenían en mucha cuenta.
A éste y á los demás la sabia había dado diver-
sos remedios en sus amores y necessidades .
Mas á nosotros en la nuestra hasta agora el que
nos ha dado es hacer quedar á nuestro padre
Eugerio en su compañía y á nosotros mandar-
nos venir hacia estas partes, y (jue no volviés-
semos hasta hallarnos más contentos. Y según
el gozo que de tu rista recebimos, me paresco
que ya habrá ocasión para la vuelta, mayor-
mente dejando allí nuestro padre solo y descon-
solado. Jíien sé que buscarle su Alcida impor-
ta mucho para su descanso: pero ya (jue la for-
tuna en tantf^s días no nos ha dado noticia
della, será bien que no le hagamos á nuestro
padre carescer tanto tiempo de nuestra compa-
ñía. Después que Polydoro dio fin á sus razo-
nes, quedaron todos admirados de tan tristes
desventuras, y Marcelio después de haber llo-
rado por Alcida, brevíssimamenti? contó á Po-
lydoro y Clenarda lo que después que no había
visto, le había acontescido. Diana élsmenia,
cuando acabaron de oir á Polydoro, desearon lle-
gar máspresto á la casa de Felicia: la una porque
supo cierto que Syreno estaba allí, y la otra por-
que, oyrndo tales alabanzas de la sabia, concibió
esperanza d<' haber de su mano algún remedio.
i\m esto (b'seo que tenían, aunque fué la iiit^»n-
ción d«í Diana reorearee en aqut4 deleitoso lugar
algunas horas, mudó de [)arescer, estimando
más la vista <Ie Svreno que la lindeza y frescura
del bosque. V por esso, levantada en pie, dijo á
Tauriso y Berardo: Gozad, pastores, de la sua-
vidad y deleite desta ameníssima vereda, porque
el cuidado que tenemos de ir al templo de Dia-
na no nos consiente detenernos aquí más. Hir-
to nos pesa dejar un aposento tan agradable t
una tan buena compañía; pero somos forzadf;3
á seguir nuestra ventura. ¿Tan cruda serás pas-
tora, dijo Tauriso, que tan presto te ausentes
de nuestros ojos y tan poco nos dejes gozar de
tus palabras? Maucelio entonces dijo á Diana:
Razón los acompaña á estos pastores, henucisa
zagala: razón es que tan justa demanda se les
conceda: que su fe constante y amor verdadero
merece que les otorgues un rato de tu conver-
sación en este apacible lugar, mayormente ha-
biendo bastantíssimo tiempo para llegar al
templo antes que el sol esconda su lumbre. To-
dos fueron deste parescer, y por esso Diana no
quiso más contradecirles, sino que, sentándose
donde antes estaba, mostró querer complacer
en todo á tan principal ajuntamiento. Isubnia
entonces dijo á IJerardo y Tauriso: Pastores,
pues la hermosa 1 >iana no os niega su vista, no
es justo que vosotros nos neguéis vuestras cau-
ciones. Cantad, enamorados zagales, pues en
ello mostráis tan señalada destreza y tan ver-
dadero amor, que por lo uno sois en todas par-
tes alabados y con lo otro movéis á piedad los
corazones. Todos sino el de Diana, dijo Bbrar-
oo ; y comenzó á llorar, y Diana 4 sonreír. Lo
cual visto por el pastor, al son de su zampona,
con lágrimas en sus ojos, cantó glossando una
canción que dice:
Las tristes I '¡grimas mías
en piedras hacen señal
y en vos nunca ^ por mi mal,
Glossa,
Vuestra rara gentileza
no se ofende con sen'iros,
pues mi mal no os da tristeza
ni jamás vuestra dureza
dio lugar á mis suspiros.
No fueron con mis porfías
vu(>stras entrañas mudadas,
aunque veis noches y días
con gran dolor derramadas
Ifis trifttes lágrimas mías,
FiKM'te es vuestra condición ,
{\\\o en acabarme porfía,
y más fuerte el corazón,
que viviendo en tal passión
no le mata la agonía.
Que si un rato aÜoja un mal,
uun({ue sea de los mayores,
no (la pena tan mortal;
mas los continott dolores
en piedras hacen señal.
DIANA DE GASPAR GIL POLO
371
Amor es un sentimiento
blando, dulce y regalado;
vos causáis el mal que siento,
que Amor sólo da tormento
al que vive desamado.
Y e'sta es mi pena mortal,
que el Amor, después que os vi,
como cosa natural,
por mi bien siempre está en mí,
1/ en vos nunca^ por mi mal.
Contentó mucho á Diana la canción de Be-
rardo; pero viendo que en ella hacia más duro
su corazón que las piedras, quiso volver por su
lionra, y dijo: Donosa cosa es, por mi vida,
nombrar dura recogida y tratar de cruel la que
guarda su honestidad. Ojala, pastor, no tuviera
más tristeza mi alma que dureza mi corazón.
¡ Mas, ay dolor, que la fortuna me cautivó con
tan celoso marido, que fui forzada muchas
veces en los montes y campos ser descortés con
los pastores, por no tener en mi casa amarga
vida! Y con todo esto el ñudo del matrimonio
y la razón me obligan á buscar el rústico j mal
acondicionado marido, aunque espere innume-
rables trabajos de su enojosa compañía. A este
tiempo, Tauriso, con la ocasión de las quejas
que Diana daba de su casamiento, comenzó á
tocar su zampona y á cantar hablando con el
Amor, y glossando la canción que dice:
Canción,
La bella mal maridada^
de las más lindas que rt\
si has de tomar amores,
vida no dejes á mi,
Glossa,
Amor, cata que es locura
padescer, que eu las mujeres
de aventajada hermosura
pueda hacer la desventura
más que tu siendo quien eres.
Porque estando á tu poder
la belleza encomendada,
te deshonras, á mi ver,
cu sufrir que venga á ser
la bella mal maridada.
Haces mal, pues se mostró
beldad ser tu amiga entera,
porque siempre ai que la vio,
á causa tuya le dio
el dolor que no le diera.
Y ansí mi constancia y fe
y la pena que está en mi,
por haber visto no fué.
mas por ser la que miré
de las más lindas que vi.
Amor, das á tantos muerte,
que pues matar es tu bien,
algún día espero verte,
que á ti mismo has de ofenderte,
porque no tendrás á quién,
i Oh qué bien parescerás
herido de tus dolores I
cautivo tuyo serás,
que á ti mismo tomarás,
ffi has de tomar amores.
Entonces dolor dobhvdo
podrás dar á las personas,
y quedarás excusado
de haberme á mí maltratado,
pues á ti no t« perdonas.
Y si quiero reprehenderte,
dirás, volviendo por ti,
razón forzarte y moverte,
que á ti mismo dando muerti»,
vida no dejes á mi.
£1 cantar de Tauriso paresció muy bien á
todos, y en pailicular á Ismenia. Que aunque
la canción, por hablar de mal casadas, era de
Diana, la glossa della, por tener quejas del
Amor, era común á cuantos del estaban ator-
mentados. Y por esso Ismenia, como aquélla
que daba alguna culpa á Cupido de su pena,
no sólo le contentaron las quejas que del hizo
Tauriso; mas ella, al mesmo propósito, al son
de la lira, dijo este soneto, que le solía cantar
Montano en el tiempo que por ella penaba:
A^oneio,
Sin que ninguna cosa te levante.
Amor, que de perderme has sido parte,
haré que tu crueldad en toda parto
se snene de Poniente hasta Levante.
Aunque más sople el Ábrego ó Levante,
mi nave de aquel golfo no se parte,
do tu poder furioso le abre y part?,
sin que en ella un suspiro se levante.
Si vuelvo el rostro estando en el tormento,
tu furia allí cnflaquesce mi deseo,
y tu fuerza mis fuerzas cansa y corta;
Jamás al puerto iré, ni lo deseo,
y ha tanto que esta pena me atormenta,
que un mal tan largo hará mi vida corta.
No tardó mucho Marcelio á respondelle con
otro soneto hecho al mismo propósito y de la
misma suerte, salvo que las quejas que daba
no eran sólo del Amor, pero de la Fortuna y de
sí mismo.
372
orígenes de la novela
Soneto.
Voy tras la uiiierte sorda passo á passo,
siguiéndola por campo, valle j sierra,
y al bien ansi el camino se me cierra,
que no hay por donde guíe un sólo passo.
Pensando el mal que de contino passo,
una navaja agtida, y cruda sierra
de modo el corazón me parte y sierra,
que de la vida dudo en este passo.
La Diosa, cuyo ser contino nicda,
y Amor que ora consuela, ora fatiga,
son contra mi, y aun yo mismo me daño.
Fortuna en no mudar su varia rueda,
y Amor y yo, cresciendo mi fatiga,
sin danne tiempo á lamentar mi duño.
El deseo que tenia Diana de ir á la casa de
Felicia no le sufría detenerse alli más, ni espe-
rar otros cantares, sino que acabando Marcelio
su canción se levantó. Lo mismo hicieron
Ismenia, Clenarda y Marcelio, conosciendo ser
aquella la voluntad de Diana, aunque sabian
que la casa de Felicia estaba muy cerca, y había
sobrado tiempo para llegar á ella antes de la
noche. Despedidos de Tauriso y Berardo, salie-
ron de la fuente bella por la misma parte por
donde habían entrado, y caminando por el bos-
que su passo á passo, gozando de las gentilezas
y deleites que en él había, á cabo de rato salie-
ron del, y comenzaron á andar por un ancho y
espacioso llano, alegre para la vista. Pensaron
entonces con ()uc darían regocijo á sus ánimos,
en tanto que duraba aquel camino, y cada uno
dijo sobre ello su parescer. Pero Marcelio,
como estaba siempre con la imagen de su Alcida
en el pensamiento, de ninguna cosa más hol-
gaba que de mirar los gestos y escuchar las
palabras de Polydoro y Clenarda. Y ansí por
gozar á su placer deste contento, dijo: No creo
yo, pastoras, que todos vuestros regocijos igua-
len con el que podéis haber si Clenarda os
cuenta alguna cosa de las que en los campos y
riberas de Guadalaviar ha visto. Yo passé por
alli andando en mi peregrinación, pero no pude
á mi voluntad gozar de aquellos deleites, por
no tenerle yo en mi corazón. Pero, pues para
llegar á donde irnos tenemos de tiempo largas
dos horas, y el camino es de media, podremos
ir á espacio, y ella nos dirá algo de lo mucho
que de aíjuella amenissiiiia tierra se puede con-
tar. Diana y Ismenia á esto mostraron alegres
gestos, s(!ñalando tener contento de oirlo, y
aunque Diana moría por llegar temprano al
templo, ] or no mostrar en ello sobrada passión
hubo de acomodarse á la voluntad de todos.
Clenarda entonces, rogada por Marcelio, pro-
siguiendo su camino, desta manera comenzó á
hablar:
Aunque decir yo con nial orden y rústicas
palabras las extrañezais y beldades de la Yaleu-
tina tierra será agraviar sus merescimientos j
ofender vuestros oídos, quiero deciros algo
della, por no perjudicar á vaestras vr^luntades.
No contaré particularmente la fertilidad del
abundoso suelo, la amenidad de la siempre flo-
rida campaña, la belleza de los más encumbra-
dos montes, los sombríos de las verdes silvas,
la suavidad de las claras fuentes, la melodía de
las cantadoras aves, la frescura de los suaves
vientos, la riqueza de los provechosos ganados,
la hermosura de los poblados lugares, la blan-
dura de las amigables gentes, la extrañeza de
los sumptuosos templos, ni otras muchas cosas
con que es aquella tierra celebrada, pues para
ello es menester más largo tiempo y más esfor-
zado aliento. Pero porque de la cosa más im-
portante de aquella tierra seáis informados, os
contaré lo que al famoso Turia, río príncipal
en aquellos campos le oí cantar. Venimos un
día Polydoro y yo á su ribera para preguntar
á los pastores deUa el camino del templo de
Diana y casa de Felicia, porque ellos son los
que en aquella tierra le saben, y llegando á una
cabana de vaqueros, los hallamos que deleito-
samente cantaban. Preguntárnosles lo que de-
seábamos saber, y ellos con mucho amor nos
informaron largamente de todo, y después nos
dijeron que, pues á tan buena sazón habíamos
llegado, no dejássemos de gozar de un suavis-
simo canto que el famoso Turia había de ha^'cr
no muy lejos de allí antes de media hora. C<»u-
tentos fuimos de ser presentes á tan deleitoso
regocijo, y nos aguardamos para ir con ellos.
Passado un rato en su compañía, partimos
caminando ril>eras del río arriba, hasta que lle-
gamos á una espaciosa campaña, donde vimos
un grandq a juntamiento de Nymphas, pastores
y pastoras, que todos aguardaban que el famoso
Turia comenzasse su canto. No mucho después
vimos al viejo Turia salir de una profundíssi-
ma cueva, en su mano una urna, 6 vaso maj
grande y bien labrado, su cabeza coronada con
hojas de roble de laurel, los brazos vellosos, la
barba limosa y encanescida. Y sentándose en
el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando
della abundancia de claríssimas aguas, levan-
tando la ronca y congojada voz, cantó desta
manera:
Cunto de Turia,
Regad el venturoso y fértil suelo,
corrientes aguas, puras y abundosas,
dad á las hierbas y árboles consuelo,
y frescas sostened flores y rosas;
y ansí con el favor del alto cielo
tendré yo mis riberab tan hermosas,
DIANA DE GASPAR GIL POLO
373
que grande envidia habrán de mi corona
el Pado, el Mincio, el Rhódano y Garona.
Mientras andáis el curso apressurando,
torciendo acá y allá vuestro camino,
el Valentino suelo hermoseando
con el licor sabroso y cristalino,
mi flaco aliento y débil esforzando,
quiero con el espíritu adevino
cantar la alegre y próspera ventura
que el cielo á vuestros campos assegura.
Oidme, claras Nimphas y pastores,
que- sois hasta la Arcadia celebrados:
no cantaré las coloradas flores,
la deleitosa fuente y verdes prados,
bosques sombríos, dulces ruiseñorci»,
valles amenos, montes encumbrados,
mas los varones célebres y extraños
que aquí serán después de largos años.
De aquí los dos pastores estoy viendo
Calixto y Alexandrb, cuya fama,
la de los grandes Césares venciendo,
desde el Atlante al Mauro se derrama:
á cuya vida el cielo respondiendo,
con lina suerte altissima los llama,
para guardar del báratro profundo
cuanto ganado pasee en todo el mundo.
De cuya ilustre cepa veo nascido
aquél varón de pecho adamantino,
por valerosas armas conoscido,
Cesar romano y Duque valentino,
valiente corazón, nunca vencido,
al cual le aguarda un hado tan malino,
que aquél raro valor y ánimo fuerte
t^índrá ñn con sangrienta y cruda muorte.
Lft mosma ha de acabar en un niomonto
al Hugo, resplandor de los Monga das,
dejando ya con fuerte atrevimiento
las mauritanas gentes subjectadas:
ha de morir por Carlos muy contento,
después de haber vencido mil jornadas,
y pelear con poderosa mano
con el francés y bárbaro africano.
Mas no miréis la gente embravescida
con el furor del iracundo Marte:
mirad la luz que aquí veréis nascida,
luz de saber, prudencia, genio y arte;
tanto en el mundo todo esclarescida,
que ilustrará la más oscura parte:
Vives, qué vivirá, mientras al suelo
lumbre ha de dar el gran señor de Délo.
Cuyo saber altissimo heredando
el Honorato Juan, subirá tanto,
que á un alto rey las letras enseñando,
dará á las sacras Musas grande espanto;
parésceme que ya le está adornando
el obispal cayado y sacro manto:
ojalá un mayoral tan excelente
sus greyes en mis campos apasciente.
Cuasi en el mesmo tiempo ha de mostrarse
NúÑEZ, que en la doctrina en tiernos años
al gi-ande Stagyrita ha de igualarse,
y ha de ser luz de patrios y de extraño^:
no sentiréis Demósthenes loarse
orando él. ¡Más, ay, ciegos engaños!
;ay, patria ingrata, á causa tuya siento
que orillas de Ebro ha de mudar su assiento!
¿Quién os dirá la excelsa melodía,
con que las dulces voces levantando,
resonarán por la ribera mía
poetas mil? Ya estoy de aquí mirando
que Apolo sus favores les envía,
porque con alto espíritu cantando,
hagan que el nombre de este fértil suelo
del uno al otro polo extienda el vuelo.
Ya veo al gran varón que celebrado
será con clara fama en toda parte,
que en verso al rojo Apolo está igualado
y en armas está al par del fícro Marte:
AusÍAS Margu, que á tí, florido Prado,
Amor, Virtud y Síuerte ha de cantarte,
llevando por honrosa y justa empresa
dar fama á la honestíssima Teresa,
Bien mc^strará ser hijo del famoso
y grande Pedro March, que en paz y en
[guerra,
docto en el verso, en armas poderoso,
dilatará la fama de su tierra;
cuyo linaje ilustre y valeroso,
donde valor claríssimo se encierra,
dará un JAime y Arnau, grandes portas,
á quien son favorables los planetas.
Jorge del Rey con verso aventajado
ha de dar honra á toda mi ribera,
y siendo por mis Niniphas coronado
resonará su nombre por do quiera;
el revolver del cielo apressurado
propicio le será de tal manera,
que Italia de su verso terna espanto
y ha de morir de envidia de su canto.
Ya veo, Franci Oliver, que el cielo hieres
con voz que hasta las nubes te levanU,
y á ti también, claríssimo Figuereb,
en cuyo verso habrá lindeza tanta;
y á ti, Martín García, que no mueres,
por más que tu hilo Lachesis quebranta;
Innocent de Curells, también te veo
que en versos satisfaces mi deseo.
:í74
Aquí t''fifJr*':íi un í^mi rarón. pa.«t^in^f,
V í'iiiii':i'l;irá í-on v^rj-y»*- vu^i-tras vida»:
|«»i«"i, NiíJipha-. í:«f/ap;i'l IíÍ'tI'ííí y fion-s
al ;^rantli: «I \imk IÍojg ai:ral«-5?itla.s,
roronail í-on latir^'l, v-rpíllo v apio
#•] í^raii HÍ'TVO d'í A¡*«>lo y *!*• Es^-ulapio.
V al Kraii Xabcih Vínole», que pr-goiia
su ^rtiii valor con levantada ríuja,
tííjí"! de venle lauro una corona,
haciendo al uiundo p^iblíca du estima;
t^j"<l otra á la altíissinia ¡«ersona,
que el verHO Buhirá á la excelsa cima,
y lia de igualar al amador de Laura,
CiiKHi'i cf'Iehradí.ssiuio Valldaura.
PareHcenie que veo un excelente
CoNi;K, que el claro nombre de su Oliva
hará que entre la extraña y patria v;*i\\U%
niíentruH que mundo ha'urá, florezca y viva:
HU hermoso vento irá respIandeKcii'nte
ron la perfecta lunibre, r|ue deriva
fiel encendido ardor de sus Cfntellaf,
que en luz couipetirán con las estrellaK.
Ximphas, haced del resto, cuando el cielo
con JuAK FKiiKAxnKZ os hará dichosas,
lu^ar no ({uede en t'xlo aqueste suelo,
dr) no sembréis los lirios y las Vosas;
y tú, libera Fuma, alarga el vueb»,
empl<*a atjuí tus fuerzas poderosas,
y dale aquel renoin)>re soberano
(|ue diste al celebrado Mantuano.
Mirando estoy u({ncl poeta raro
Jaimk (f azull, que (>n rima valentina
muestra el valor del vivo ingenio y claro
que á las más altas nubes se avecina;
y el Fknollau q\ie á Tityro acomparo,
uii consagrttdo espíritu adevina,
({ue resonando aquí su dulce verso
se escuchará par todo el universo.
(*on abundosos cantos del Pinkda
resonarán también estas riberas,
eo.i cuyos versos Pan v(»ncido ({ueda,
y amansan su ri^or las tigres fieras:
hará que su famoso nombre pueda
subir á las altíssimas espheras:
por éste mayor honra haber espero,
(jíie la soberbia Smyrna por Homero.
La suavidad, la gracia y el assiento
mirad con (pie el gravissiuio Vicente
FicnnANDiB mostrará el supremo aliento,
siendo en sus clart>s tienij)os excelent*^:
0RI0EXE3 DE LA NOVELA
pondrá freno á sn farÍA el !»rmTO Tiento.
T def'ndrán mis asoAS sn corrie-ute
m
<Ter;lo al S'-n anu'.'nico t *naTC
df su trra-?!''*:» verso, e-xcelso r erare.
El cielo y ¡a rmzón uo han consentido,
que hable con mi titilo humilde y llano
del e^í.-uadrón intacto y elegido
para tener oñ::u sol>rehumauo,
Febxas, Sans, Valdillos y el escogido
Cordero, y Blasco ingenio soliera no,
Gacet. lumbres más claras que la Aurora,
de quien mi canto calla por agora.
Cuando en el grande Borja, de Montesa
Maestre tan magnánimo imagino,
que en versos y en cualquier excelsa empresa
ha de mostrar valor alto t divino,
parésceme que más importa y pesa
mi buena suerte y próspero destino,
que cuanta fama el Tiber ha tenido,
por ser allí el gran Rómulo nascido.
A ti del mismo padre y mismo nombre
y misnu' sangre altíssima engendrado,
elaríssimo Don Juan, cuyo renombre
será en Parnasso y Pindó celebrado,
pues ánimo no habrá que no se assombre
de ver tu verso al cielo levantado;
las blusas de su mano en Ilelicona
te están aparejando la corona.
Con sus héroes el gran pueblo Romano
no estuvo tan soberbio y poderoso,
cuanto ha de estar mi fértil suelo ufano,
cuando el mai^no Aquilón me harádicbosn
(|ue i'n guerra y paz consejo soberano,
verso subtil, y esfuerzo valeroso,
le han de encumbrar en el supremo estado
donde Marón ni Fabio no han llegado.
Al Seraphin centellas voy mirando,
<j\ie el cauto altivo y militar destreza
á la revifión etérea subliuiaudo,
al verso añadirá la fortaleza,
y en un extremo tal se irá mostrando
su habilidad, su esfuerzo y su nobleza,
ijue ya comienza en mí el dulce contento
de su valor y gran merescimiento.
A Don Luis Millán recelo y temo
que no podré alabar como deseo,
(jue en música estará en tan alto extremo,
<|ue el nmudo le dirá segundo Orpheo;
tendrá estado famoso, y tan supremo,
en las heroicas rimas, que no creo
que han do poder nombrársele delante
Ciño Pistova v Guido Cavalcante.
DÍANA DE GASPAR GIL POLO
875
A tí, que alcanzarás tan larga parte
do\ agua poderosa de Pegaso,
á (juion de poesia el estandarte
darán las moradoras de Parnasso,
noble Falcón, no quiero aquí alabarte,
porque de ti la fama hará tal caso,
(jue ha de tener particular cuidado
(jue desde el Indo al Mauro estés nombrado.
Semper loando el ínclito imperante
Carlos, gran rey, tan grave canto mueve,
({ue aunque la fama al cielo le levante,
será poco á lo mucho que le debe;
veréis que ha de passar tan adelante
con el favor de las hermanas nueve,
que hará con famosissimo renombre
que Hesiodo en sus tiempos no se nombre.
W que romanas leyes declarando,
y delicados versos componiendo,
irá al sabio Licurgo aventajando
y al veronés poeta antecediendo,
ya desde aquí le estoy pronosticando
gran fama en todo el mundo, porque entiendo
que cuando de Olí ver se hará memoria
ha de callar antigua y nueva historia.
Nyniphas, vuestra ventura conoscíendo,
haced de interno gozo mil señales,
que casi ya mi espíritu está viendo
que aquí están dos varones principales:
el uno militar, y el otro haciendo
cobrar salud á míseros mortales,
SiüRAXA y el Ardévol, que levantan
al cielo el verso altíssimo que cantan.
; Queréis ver un juicio agudo y cierto
un general saber, un grave tiento?
('queréis mirar un ánimo despierto,
un sossegado y claro entendimiento?
; queréis ver un poético concierto,
que en fieras uuieve blando sentimiento?
Phelippb Catalán mirad, que tiene
j>ose88Íón de la fuente de Hipocrem».
Veréis aquí un ingenio levantado,
((lie gran fama lia de dar al campo nuestro,
de soberano espíritu dotado,
y en toda habilidad experto y diestro,
<'l Pbllicer, doctísimo letrado,
y en los poemas único maestro,
en quien han de tener grado excessivo
grave saber y entendimiento vivo.
Mirad aquel, en quien pondrá su assiento
la rara y general sabiduría;
con Qsto. Orpheo muestra estar contento,
y Apolo influjo altíssimo le envía;
dale Minerva grave entendimiento.
Marte nobleza, esfuerzo y gallardía:
hablo del Román í, que ornado viene
de todo lo mejor que el m ndo tiene.
Dos soles nascerán en mis riberas
mostrando tanta luz como el del cielo;
habrá en un año muchas primaveras,
dando atavío hermoso el fértil sueh»,
no se verán mis sotos y praderas
cubiertos de intractable v duro hielo,
oyéndose en mi selva 6 mi vereda
los versos de Vadillo y de Pineda.
Los metros de Artieda y de Clemente
tales serán en años juveniles,
que los de quien presume de excelente,
vendrán á parescer bajos y viles:
ambos tendrán entre la sabia gente
ingenios sossegados y subtiles,
y prometemos han sus tiernas flores
fructos entre los buenos los mejores.
Lá fuente que á Parnasso hace famoso
será á Juan Pérez tanto favorable,
que de la Tana al Gange caudaloso
por siglos mil tendrá nombre admirable;
ha de enfrenarse el viento pressuroso,
y detenerse ha el agua deleznable,
mostrando allí maravilloso espanto
la vez que escucharán su grave canto.
Aquel, á quien de drecho le es debido
por su destreza un nombre señalado,
de mis sagradas Nymphas conoscido,
de todos mis pastores alabado,
hará un metro sublime y escogido,
entre los más perfectos estimado:
este será Almudévar, cuyo vuelo
ha de llegar hasta el supremo cielo.
En lengua patria hará clara la historia
de Capoles el célebre Espinosa,
después de eternizada la memoria
de los Centellas, casa generosa,
con tan excelso estilo, que la gloria,
que le dará la fama poderosa,
hará que este poeta sin segundo
so ha de nombrar allá en el nuevo mundo.
Recibo un regalado sentimiento
en la alma de alegría enternescida,
tan sólo imaginando el gran contento
que me ha de dar el sabio Bonavioa:
tan gran saber, tiin grave entendimiento
tendrá la gente atónita y vencida,
y el verso tan sentido y elegante
se oirá desde Poniente hasta Levante.
•s
yr.K t»híOEyi:¿ DE
-Ti í •>!.■, *í ^,-. T*r».'. >i ^-. :. ■.ft.'r-
jtr. f >■■< fí, ", tí. :*.; \ ♦fc.í n ;. ., . .- A. . -A -.. : .
p*r*r*i'*T* H r.p^.f» zAf^r r'.'.-auí
'H í|//j A<'jri<Í. c//r» '^fiI-^Ti í-xtrar, > «^i panto
»j m'iri^f ha f\^ o*Q4*r riAtii raleza:
Uri r%f% harñ!Wad. fm^'iM. uoWi^-za.
U/nd^d. á\hyÁ\i'\ffZi, ubi-'! n ría.
f", 'livíríi<;¡óri. m^'^^tía y ral^í-ntúi.
Kíit/" *r« Al&j|]Víi, el úriKO Monarca,
í^jue jnnUí orlisnA rtrnm j nolda^ir/?,
qii-í frtí cnantr^ el ancho mar ciñe j af*arca,
con ((ran ra//n Ioa hor/ibreü Heñafadoa
en ífran dn/la f/<^fidrán, »¡ él ea Pf-trarca
^/ «i f'etrarcha #-h él, niaravílWW
de rer orje donde reina e| fi#f ro MarU»,
tenífa el fa/riindo Apolo tanta parte.
Tran ente no haj fy^TfKina á quien víi ptu-da
con win rerum ílar honra ef^irlarégcirla.
fjue f;ittando junto á PheUi, loe^c, queda
la ináH IfMifhr^ma entrella es^nrecída,
y allende deHto el cort<> tiempo reda
ú uAtm dar la gloria men*8cida.
AdiÓM, ailiÓK, que í^kIo lo restante
o» lo diré la otra vez qu^» cRnt4'.
KnUi fué el ífunto di-l río 'J'i.'ria, ul cual es-
tiivií-ron muy atentoH hm paKtores y Nyniphas,
anHÍ por hii diilztiru y Huavidud, como por los
Hí'rmJttílíiH lir>mbreH que <*n él á la tierra de Va-
i.KNCiA Kc promi'tíun. MuchaH otras cosas os
poílrÍH contar, <jne en aquelIoH dichosos campos
íi" visto; pero JH pesiidiinibre que de mi proliji-
diid habéis rceibido, no me da Inorar ú ello,
(¿ui'diiron Murcelio y Uh pastoras con gran
miinivilla d(! lo qui* ('lenanla les había contado,
pero cuando l|e^r(5 4 |,i f¡|, ^{^, b,, razón, vieron
qu«' estabun nniy cerca de! templo tic Diana y
<'omen/jiron á descubrir sus altos chapiteles,
íiue |M>r euí'ima de los árboles sobrepujaban.
MiiH antes que al gran palacio llegassen, vieron
)or Hcpn'l llano cogiciubi flores una hermosa
íynipha, c'uyo nombre, y lo (|ui> (h? su vista su-
cedió. sabriMM oii el libro <|ue se sigue.
Fin fii'l libro tercvro.
I
La X->VELa
LIBRO CTARTO
''jrirji-s» i-'Q ':*« ^■ir-:!.'» ax-* !•.-* b-Oi eres din
tariia.? lil cal. ^c<n¿ «: k carie<5f» «roeiita o^n
!•,* íí'jcLrs 'ii'? xnT:iíLA§ r^o^r^ HiCíS tí^ekii de sní
mi'iar^zaá. £1 «i^i-e r;»CADdo eCk ruiíi estado
kfiel;?» qir la f •: r^la 9«» zni>i«*. lv ií«De macha
raz»^:! de i n-. raparía j a: paritaria coa el nomlre
de DLodaM** c-:aLdv a!;iniii íiMitrario soi^-^s** le
a':oni«?¿i.->r. Mas pn^ s ella en el bien t c-n el mil
tiene portan natnrml la inco&stanciA. loque túci
al hoa.br» pndente es no TÍrir confiado en la
pos 9 r<* ion de k-5 bienes ni desesperado en el
Ba;nm:er.to de k^ males: ante« TÍrircon Unta
prudencia qne se pasaen los deleites como cosa
qne no ha de dnrar, y los tormentos comoco6a
qne puede ser fenescida. De semejantes hom-
bres tiene I>ios particolar caidado, como del
triste y congojado Marcelío, librándole de sa
necessidad por medio de la sapíentissima Feli-
cia, la caaL, como con ta espirita aderinasse
que Marcelio, Diana y los otros venían á su casa,
hizo de manera qne aquella hermosa NyiDpha
saliesse en aquel llano para que les diesse cier-
tas nuevas y sucediessen cosas que con sn ex-
traña sabiduría vio que mucho convenían. Paes
como Marcelio y los demás Uegassen donde la
Xympha estaba, saludáronla con mucha corte-
sia, y ella les respondió con la misma. Pregan-
tifies para dónde caminaban, y dijéronle que
para el templo de Diana. Entonces Arethia,
que este era el nombre de la Nympha, les dijo:
Según en vuestra manera mostráis tener mu-
cho valor, no podrá dejar Felicia, cuya Nym-
pha soy, de holgar con vuestra compañía. Y
pues ya el sol está cercano del occaso, volveré
con vosotros allá, donde seréis recebidos con la
fít'Sta possible. Ellos le agradescieron macho
las amorosas ofertas, y juntamente con ella ca-
minaron hacia el templo. Grande esperanza
recibieron de las palabras desta Nympha, y
aunque Polydoro y Clenarda habian estado en
la casa de Felicia, no la conoscian ni se acor-
daban halH*lla visto. Esto era por la muche-
dumbre de Xymphas que tenia la sabia, las
cuales obedesciendo su mandado entendían en
diversos hechos en diferentes partes. Por esso
le preguntaron su nombre, y ella dijo que se
llamaba Arethba. Diana le preguntó qué ha-
bía de nuevo en aquellas partes, y ella respon-
dió: Lo que más nuevo hay por acá es que ha-
brá dos horas que llegó á la casa de Fehcia
una dama en hábito de pastora, que vista por
un hombre anciano que allí hay fue conoscida
por su hija, y como había mucho tiempo que
andaba perdida por el mundo, fué tanto el gozo
DIANA DE GASPAR GIL POLO
377
que recibió, que ha redundado en cuantos están
en aquella casa. El nombre del viejo, si bien
ine acuerdo, es Eogerio, y el de la hija Ál-
gida. M ARGEL I o oyendo esto quedó tal como
un discreto puede presumir, y dijo: ;0h ven-
turosos trabajos los que alcanzan fm con tan
próspera ventura! ¡Ay, ayl y queriendo passar
adelante se le añudó el corazón y se le travo la
lengua, cayendo en el snelo desmayado. Diana,
Ismenia y Clenarda, sentándose cabe él, le es-
forzaron y le dijeron palabras para dalle áni-
mo. Y ansí tornando luego en sí, se levantó.
No se holgaron poco Polydoro y Cienarda con
semejante nueva, viendo que sus desventuras
con la venida de su hermana Alcida habían de
acabarse; y Diana y Ismenia también recibie-
ron grande alegría, assi por la que sus compa-
ñeros tenían, como por la que ellas esperaban de
mano de la que sabía hacer tales maravillas.
Diana, por saber algo de Syreno, á la Nym-
pha preguntó assí: Nympha hermosa, gran
confianza me distes de contento con decirme
el que hay en el palacio de Felicia por la ve-
nida de Alcida, pero más cumplido le recibiré
si me contáis los pastores más señalados que en
ella están. Respondió entonces Arethba: Mu-
chos pastores hallaréis allí de singular meres-
cimiento; pero los que agora se me acuerdan
son Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa, y un
pastor, el más principal de todos, llamado Sy-
reno, de cuyas habilidades hace Felicia mucho
caso; mas tiene un ánimo tan enemigo de Amor,
que á cuantos están allí tiene maravillados. De
la mesma condición es Alcida, tanto que des-
pués que ella ha llegado, los dos no se han par-
tido, tratando del olvido y platicando cosas de
desamor. Y ansí tengo por muy cierto que Fe-
licia los hizo venir á su casa para casallos, pues
son entrambos de un mesmo parescer, y están
sus ánimos en las condiciones tan avenidos,
que aunque él es pastor y ella dama, puede
Felicia añadirle á él más valor del que tiene,
dándole muchíssima riqueza y sabiduría, que
es la verdadera nobleza. Y prosiguiendo su
razón Arethea, vuelta á Marcelio dijo: Por
esso tú, pastor, pues ves tu bien en peligro de
venir á manos ajenas, no te detengas un punto,
que si llegas á tiempo podrás hurtarle la ven-
tura á Syreno. Diana, después de haber oído
estas palabras, sintió bravissima pena, y la se-
ñalara con voces y lágrimas si la vergüenza y
la honestidad no se lo impidieran. El mesmo
dolor, y por la mesma causa, sintió Marcelio,
y quedó del tan atormentado que pensó morir-
se, haciendo grandíssimos extremos: de manera
que un mesmo cuchillo travessó los corazones
de Marcelio y Diana, y un mesmo recelo les
fatigó las almas. Marcelio temía el casamiento
de Alcida con Syreno y Diana el de Syreno
con Alcida. La hermosa Nympha bien conocía
á Marcelio y Diana y todos los demás; pero
por orden sapientíssima, que Felicia les había
dado, había dissimulado con ellos y había dicho
una verdad, para darle á Marcelio una no pen-
sada alegría, y una mentira para más avivar su
deseo y el de Diana, y para que con esta
amargura después les fuessen más dulces los
placeres que allí habían de recebir. Llegados
ya á una plaza ancha y heimosíssima, que está
delante la puerta de aquel palacio, vieron salir
por ella una venerable dueña con una saya de
terciopelo negro, tocada con unos largos y blan-
cos velos, acompañada de tres hermosíssimas
Nymphas, representando una honestíssima
Sibila. Esta era la sabia Felicia, y las Nym-
phas eran Dorida, Cynthia y Polydora. Lle-
gando Aretqba delante su señora, avisada
primero su compañía cómo aquélla era Felicia,
se le arrodilló á sus pies y le besó las manos,
y lo mesmo hicieron todos. Mostró Felicia
tener gran contento de su venida, y con gestb
muy alegre les dijo: Preciados caballeros, dama
y pastoras señaladas, aunque es muy grande
el placer que tengo de vuestra llegada, no será
menor el que recibiréis de mi vista. Mas por-
que venís algo fatigados id á tomar descanso
y olvidad vuestro tormento, pues lo primero no
podrá faltaros en mi casa y lo segundo con mi
poderoso saber será presto remediado. Mostra-
ron todos allí muchas señales y palabras de
agrádese i miento, y al fin dellas se despidieron
de Felicia. Hizo la sabia que Polydoro y Cle-
narda quedassen allí diciendo tener que hablar
con ellos; y los demás, guiados por Arethea,
se fueron á un aposento del rico palacio, donde
fueron aquella noche festejados y proveídos de
lo que convenía para su descanso. Era esta casa
tan sumptuosa y magnífica, tenía tanta riqueza,
era poblada de tantos jardines, que no hay cosa
que de gran parte se le pueda comparar. Mas
no quiero detenerme en contar particularmente
su hermosura y riqueza, pues largamente fue
contada en la primera parte. Sólo quiero decir
que Marcelio, Diana y Ismenia fueron aposen-
tados en dos piezas del palacio entapizadas con
paños de oro y seda ricamente labrados, cosa
no acostumbrada para las simples pastoras.
Fueron allí proveídos de una abundante y de-
licada cena, servidos con vasos de oro y de
cristal, y al tiempo de dormir se acostaron en
tales camas, que aunque los cuerpos de sus
penas y cansancios venían fatigados, la blan-
dura y limpiezas dellas y la esperanza que Fe-
licia les había dado les convidó á dulce y repo-
sado sueño. Por otra parte, Felicia en compa-
ñía de sus tres Nymphas, y de Polydoro y
Clenarda; y avisándoles que no dijessen nada
de la venida de Marcelio, Diana é Ismenia, fué
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'J«' ví-r 4 *.í y 4 <-]Ío- ' '-ri tarii^j ' ';iil"rit'.', *:1 l'OZ'»
* '#íj 'iij*' t" a^razar'/ij. ]a« lá^fririia» ^'j*- v*-rti<í-
iMi, lai)? ra/oij' i> q'j'r j/ifti>f»apyij y lan j.r'';fiji:tji-
'Jamr. ^iriítA*rH /¡«^sUk hizo Alí.i'la á loh hí-r-
ffuri'/i!, p;ro iijiif:ha*< ruán á Polyd'-ro '|U'.' á
(.'J«'fjaHii, ¡ftfr la pr"»'iiriiji<;ióii qii'r t'riiía qu*;
í'Mi Man:'*Iio ü** ha I; ja ¡'lo, d'fiáii'lola <rri la d*--
hicrta í»íJa, coiiío h:tl><^ih oído, i'írro qu'-ri'.'iido
Fkmcm a'Iarar fhi'}^ «-rron-H v dar fin á tan-
í«H dí'hdií'haH, ha]»M ariKÍ: H<-nijoKa Ak'ida, por
ifián r^ut; la fortiiiia «on dr'Hwrn turan iniiy ^ran-
dcH Hf lia líiOhtrado tu «'iiciní^a, no negarás
íji|i' ron i'l ront^'ntí» ^|ii<r a^ora í'vuob, d«^ t^'^las
hüH ínjiir¡a»i no cHt^'H runiplidaintfntc vi-n^ada.
Y ponjín; el cngufio, qm* h:iHta agora tu visto,
fihorp'M'iifndo kíu razón ú tu Manvlio. h¡ vlreR
uiAh «mi 1*1, i'M l;ahtanlo pura altffrar tu corazón
y darlf* niiudio d('Halir¡ini<'nto, Rorá nicnostfT
íjiH! di* tu í'rror y HoMpoclm qu<'dt»H (IrscngaTia-
ila. Lo r|u<* dt: Man'(*l¡<> pn'Kunu's <'.s al n^vés
d(> lo rpn* piíMiHUK: pr)rrjU(> dt'jarto allí on hi isla
no fui' culpa Nuya, hiño d(> un traidor y df^ la
fortuiui. La cual, por satisfaiMT d daño que te
lii/.o, \n hii i'nraniiiNido ú mí, en cuya Imxu no
liallarás cosa ajena di' vcrditd. TíhIo |o (juc
urcrca dcHto paHsa. tu lirmniim Clfuardu lar-
^HUii'nlc l«i clirá; oy«' ku rn/.«»n y da cnMÜtn á
MUS paliiltniM, que por mí iv juro (^uc cuantas
ciwas Holu't' cili) Ir contará serán certíssinnis y
Verdaderas. (Sunenzó («ntonecK (^lenarda á con-
tar el eaNo como hidiía ]msHado, <li>sculpando á
Marcelio y á sí, n'citando largamente la grande
Iraiciiin y nmldad de Hartofano y todo lo demás
»|ue vhUi contado. ()íd«» lo <«ual, Alcida ijuimIó
muy Hatisl'(M«ha, y junto con el cngafn> salió de
nu cura/.ón d aliorrcscimiento. V tanto j>or
estar fuera di*I error pascado <'omo por la ohra
que hiN pt>dcrosaH palabras d(* Kclicia hacían en
nu alma, comen/ó á despertarse en ella el ador-
mido amor y avivarse el sepultadt> l'uegt\ y
i'omo tal le iliju á Felieia: Sabia señi»ra, bien
cono.-.io el verro mío y la nierced «pie me he-
ciste el» librarme del, pero si yo desenraizada
amo á Marcelio, estando »'l ausente cv>mo está,
m» ten*lre el euuq>limienio de aleuria quede tu
nmno espero, antes reeibiré tane\ir<Mnada pena,
\\\w para el remedio ilella será menester que me
Ini^rtN nuevos l*rtVv»rcs. Respondió á esto Fkli-
c:a: il.-T-fc -ÍJtl *^-i*- iiiL-r i'erifTSLkdídík
r'..v.- i bTz V. ti!-:d- E! ^''1 ja ^-* ny *hi
'i' ■'.•.; I . T .-• /j- ra ■;'- rr-. jrr?-^. : "«ric C''-h ta
• - - V • 1
di.'j. T ]•. ajrsOí':' Li'.ifrr. Ij ET2ffrhv j su* hi-ii.
y*::. !o á 1* fcp"S^!it<.* árl J^lib-io 411* FfrÜTa
i».-* X'.-nia *-:'»] ai'.-, q^lr Lmi^Vi a|«arudc4 d*
j'^ d*- Mip.--lio y sUS conji^aLeras. Qní^rcnna
rat'.i Don FViix y Frlisoiena, los í-tr:** pisiow
T ja-ítoras f'Zi tom-» de la fneiit*: ¡«^roh^o**
f»i<?ro!i á '-enar d»r jando ooDveriado de TuiT*r
allí al día hii¿7ii*:nte. ana hora antes del dii.
para ¡rozar d^ la frescara de la mañana. Pon
como la esperanza del placer les hieles se passar
la no'.-h'* con cuidado, u»do¿ niadnigaron taiit'^
que antf-s de la hora concertada acudieroa «n
sus instrumentos á la fuente. Eufirerio, con el
hijo y hijas, avilado de la música, madmgú, y
fué también allá. Comenzaron á tañer, cantir
y mover ;:randes juegos y bullicios á la Inmlre
de la Luna, que con lleno y resplaudecientí
gesto Iris alumbralia como si fuera día. ^íarcelio,
Diana y Ismonia dormían en dos apoBenti*>5, el
uno al lado del otro, cuyas ventanas dal)an en
<d jardín. V aunque por ellas no podían ver la
fuente, á causa de unos es)>essos y altos álamos
que lo estorbaban, pero podían oir lo que en
torno della se hablaba. Pues como al bullicio,
regocijo y cantares de los pastores Ismenia re-
cí)rdasso, despertó á Diana, y luego Diana
dando golpes en la pared que los dos aposen-
tos (lividía, despiTtó á Marcelio, y todos se aso-
maron á las ventanas, donde estuvieron sin sor
vÍ8t«»8 ni conoscidos. Marcelii» se paró á fscu-
cliar si por ventura sentiría la voz de Alci'ii.
Diana estaba muy atenta por oir la de Syreno.
Sola Ismenia no tenía confianza de oir á Mon-
tano, pues no sabía que allí estuviesse. IVw
ella tuvo nnis ventura, porque á la sazón un
pastor al son do su zampona cantaba desti*
modo:
lia ln»rmosa, rubicunda y fresca Aurora
ha tic venir tras la importuna noche;
sucede á la tiniebla el claro dia,
las Xymphas salirán al verde prado,
V el aire sonará el suave canto,
V dulce son de cantadoras aves.
m
Vo soy menos dichoso que las aves
tpte saludando están la alegre Aiirora,
mostrando allí n»giKMJado cauto;
iph' al alba triste estoy couio la noche,
ó i'stc desierto ó muy íiorído el prado,
ó este ñul'biso ó muv sereno el dia.
DIANA DE GASPAR GIL POLO
879
En hora desdichada j triste día
tan umorto fnf, que no podrán las aves,
qne en la maflana alegran monte y prado,
ni el rutilante gesto de la Aurora
de mi alma desterrar la escura noche,
ni de mi pecho el lamentable canto.
Mi voz no mudará su triste canto,
ni para mi jamás será de día;
antes me perderé en perpetua noche,
annque más canten las parleras aves
y más madrugue la purpúrea Aurora
para alumbrar y hacer fecundo el prado.
¡Ay, enfadosa huerta! ¡Ay, triste prado!
pues la que oir no puede este mi canto,
y con rara beldad vence la Aurora,
no alumbra con su gesto vuestro día;
no me canséis ¡ay! importunas aves,
porque sin ella vuestra Aurora es noche.
En la quieta y sossegada noche.
cuando en poblado, monte, valle y prado
reposan los mortales y las aves,
esfuerzo más el congojoso canto,
haciendo lloro igual la noche y día,
en la tarde, en la siesta y en la Aurora.
Sola una Aurora ha de vencer mi noche,
y si algún día ilustrará este prado,
darme ha contento el canto de las aves.
Luego Ismenia, que por la ventana estuvo
escuchando, conosció que el que cantaba era su
esposo Montano, y recibió tanto gozo de oirle,
como dolor en sentir lo que cantaba. Porque
presumió que la pena de que en su canción de-
cía estar atormentado era por otra y no por
ella. Pero luego quedó desengañada, porque
oyó que en acabando de cantar Montano dio
un suspiro, y dijo; ¡Ay, fatigado corazón, cuan
mal te fué en dar crédito á tu sospecha y cuan
Í'nstamente padesces los males que tu misma
iviandad te ha procurado! ¡ Ay, mi querida Is-
menia, cuánto mejor fuera para mí que tu so-
brado amor no te forzara á buscarme por el
mundo, para que cuando yo, conoscido mi error,
á la aldea volviera, en ella te hallaral ¡Ay, en-
f añosa Sylveria, cuan mala obra heciste al que
e su niñez te las hizo tan buenas! Mas yo te
agradesciera el desengaño que después me dis-
te declarándome la verdad, si no llegara tan
tarde, que no aprovecha sino para mayor pena.
IsMBNiA, oído esto, se tuvo por bienaventu-
rada, y recibió tanto gozo que no se puede ima-
ginar. Las lágrimas le salieron por los ojos de
placer, y como aquélla que vio cercana la fin de
sus fatigas, dijo: Ciertamente ha llegado el
tiempo de mi ventura, verdaderamente esta
casa es hecha para remedio de penados. Mar-
celio y Diana se holgaron en extremo de la
alegría de Ismenia, y tuvieron esperanza de
la suya. Quería Ismenia en todo caso salir de
su aposento y bajar al jardín, y al tiempo que
Marcelio y Diana la detenían, paresciéndoles
que debía esperar la voluntad de Felicia, oye-
ron nuevos cantos en la fuente, y conosció Dia-
na que eran de Syreno; Ismenia y todos se so-
segaron, por no estorbar á Diana el oir la voz
de su amado, y sintieron que decía ansí:
SYRENO
Goce el amador contento
de verse favorescido;
yo con libre pensamiento
de ver ya puesto en olvido
todo el passado tormento.
Que tras mucho padescer,
los favores do mujer
tan tarde solemos vellos,
que el mayor de todos ellos
es no haberlos menester.
A Diana regraciad,
ojos, todo el bien que os vino:
vida 08 dio su cnieldad,
su desdén abrió el camino
para vuestra libertad.
Que si penando por ella
fuera tres veces más bella,
y en todo extremo me amara,
tan contento no quedara
como estoy de no querella.
Vea yo, Diana, en ti
un dolor sin esperanza,
hiérate el Amor ansí,
que yo en ti tenga venganza
de la que tomaste en mí.
Porque sería tan fiero
á tu dolor lastimero,
que si allí á mis pies tendida
me demandasses la vida,
te diría que no quiero.
Dios ordene que, pastora,
tú me busques, yo me asconda
tú digas: <rMírame agorar»,
y que yo entonces responda:
o: Zagala, vete en buena hora».
Tú digas: «Yo estoy penando
y tú me vas desechando,
¿qué novedad es aquesta?»
880
ORÍGí^NES DE LA NOVELA
1
y yo te dé por respuesta
irme y dejarte llorando.
Si lo dudas, yo te ofrezco
que í'sto y aún peor Imré
(jue por ti ya no padezco,
porque tanto no te ame'
cuanto agora te aborrezco.
Y es bien que te eche en olvidu
quien por tí tan loco ha sido,
que de haberte tanto amado,
estuvo entonces penado
y agora queda corrido.
Porque los casos de amores
tienen tan triste ventura,
que es mejor á los pastores
gozar libertad segura
que aguardar vanos favores.
; Oh Diana, si me oyesses
para que claro entendiesses
lo que siente el alma mia!
que mejor te lo diría,
cuando presente estuviesses.
P(»ro mejor será estarte
en lugar de mi apartado,
porque perderé gran parte
del placer de estar vengado
con el pesar de mirarte.
No te vea vo en mis dias,
porque á las entrañas mías
les será dolor más fiero
verte cuando no te quiertí
que cuando no nw querías.
Acontecióle ú Diana como á los que ace-
chan su mesmo mal, pues de -oír los repro-
ches y determinaciones de Syreno sintió tanto
dolor, que no me hallo bastante para contarle,
y tengo por mejor dejarle al juicio de los dis-
cretos. Hasta saber que pensó perder la vida
y fué menester que Ismenia y Marcelio la con-
Holassen y esforz<issen con las razones que á tan
encarecida pena eran suficienti*s; y una dellas
fué decirle que no era tan poca la sabiduría de
Felicia, en cuya casa estaban, que á mayores
males no hubiesen dado remedio, según en Is-
menia desdeñada de Montano poco antes se
había mostrado. Con lo cual Diana un tanto
so consoló. Estando en estas pláticas, comen-
zando ya la dorada Aurora á descubrirse, en-
tró por aquella cámara la Nympha Arethea,
y con gesto muy apacible les dijo: Preciados
caballeros y hermosas pastoras, tan buenos y
venturosos días tengáis como á vuestro meres-
ciniiento son debidos. La sabia Felicia me en-
vía acá para que sepa si os llallas teis esta no-
che con más contento del acostumbrado y pan
que vengáis comigo al ameno jardín, donde
tiene que hablaros. Mas conviene que tú, Mar-
celio, dejes el hábito de pastor, y te vistas estai
ropas que aíjuí te traigo, á tu estado pertene-
cientes. No esperó Ismbnia que Marcelio rw-
pondiesse de placer de la buena nueva, sino que
dijo: Los buenos y alegres dias, ventaro6a
Nympha, que con tu vista nos diste. Dios por
nosotros te lo pague, pues nosotros no basta-
mos á satisfacer por tanta deuda. £1 contento
que de nosotros quieres saber, cou sólo estar
en esta casa sería muy grande, cuanto másqiK
h abemos sido esta mañana en ella tan dichosos,
que yo he cobrado vida y Marcelio y Diana es-
peranza de tenella. Mas porque á la Toinntid
de tan sabia señora como Felicia en todo se
obedezca, vamos al jardín donde dices, y orde-
ne Felicia de nosotros á su contento. Tom¿ en-
tonces Arethea de las manos de otra Nim{^
que con ella venía las ropas que Marcelio ha-
bía de ponerse, y de su mano le ayudó á ves-
tirlas, y eran tan ricas y tan guarnecidas de
oro y piedras preciosas, que tenían infinito va-
lor. Salieron de aquella cuadra, y siguiendo to-
dos á Arethea, por una puerta del palacio en-
traron al jardín. Estaba este vergel por la nna
parte cerrado con la corriente de un caudaloso
rio; tenía á la otra parte los sumptuosos edifi-
cios de la casa de Felicia, y las otras dos partos
unas pareiles almenadas cubiertiis de jazmín,
madreselva y otras hierbas y flores agradables
á la vista. Pero de la amenidad deste lugar se
trat<) abundantemente en el cuarto libro de la
primera parte. Pues como entrassen en él, vie-
ron que Sylvano y Selvagia, apartados de lo»
otros pastores, estaban en un pradecillo qne
junto á la puerta estaba. Allí Arethea se des-
pidió de ellos, diciéndoles que aguardasseu allí
á Felicia, porque ella había de volver al palacio
para dalle razón de lo que por su mandado ha-
bía hecho. Sylvano y Selvagia, que allí esta-
ban, conoscieron luego á Diana y se maravilla-
ron de vella. Couosció también Selvagia i Is-
menia, que era de su mismo lugar, y ansí se
hicieron grandes fiestas y se dieron muchos
abrazos, alegres de verse en tan venturoso In-
gar, después de tan largo tiempo. Sblvagií
entonces con faz regocijada lea dijo: Bien ve-
nida sea la bella Oiana, cuyo desamor dio oca-
sión para que Sylvano fuesse mío, y bien lle-
gada la hermosa Ismenia, que con au engaño
me causó tanta pena, que por remedio dells
vine aquí, donde la troqué con un felia estado.
;Qué l)uena ventura aquí os ha encaminado?
La que recebimos, dijo Diana, de tu vista, y
la que esperamos de la mano de Felicia. iOht
(lidiosa pastora, cuan alegre estoy del contento
DIANA DE GASPAR GIL POLO
SSl
que gauasttíl Hágate Dios de tan próspera for-
tuna, que goces de él por muchissimos años.
Marcelio en estas razones no se travesó porque
á Sylvano y Selvagia no conoscia. Pero en
tanto que los pastores estaban entendiendo en
sus pláticas y cortesías, estuvo mirando un ca-
ballero y una dama que, travados de las manos,
con mucho regocijo por un corredor del jardín
iban passeando. Contentóse de la dama, y le
dio el espíritu que otras veces la había visto.
Pero por salir de duda, llegándose á Sylvano
le dijo: Aunque sea descomedimiento estorbar
vuestra alegre conversación, querría, pastor, que
Die dijesses, quién son el caballero y dama que
por allí passean. Aquellos son, dijo Sylvano,
Don Félix y Felixmena, marido y mujer. A la
hora Marcelio, oído el nombre de Felixmena,
se alteró y dijo: Dime, ¿cuya hija es Felixmena?
ij dónde nasció? si acaso lo sabes, porque de
Don Félix no tengo mucho cuidado. Muchas
veces le oí contar, respondió Sylvano, que su
tierra era Soldina, ciudad de la provincia Van-
dalia, su padre Andronio y su madre Delia.
Mas haced placer de decirme quién sois y por
qué causa me hacéis semejante pregunta. Mi
nombre, respondió Marcelio, y todo lo demás
lo sabrás después. Pero por me hacer merced,
que, pues tienes conoscencia con esse Félix y
Felixmena, les digas que me den licencia para
hablarles, porque quiero preguntarles una cosa
de que pueda resultar mucho bien y alegría
para todos. Pláceme, dijo Sylvano, y luego se
fué para Don Félix y Felixmena, y les dijo que
aquél caballero que allí estaba quería, si no les
era enojoso, tratar con ellos ciertas cosas. No
se detuvieron un punto, sino que vinieron don-
de Marcelio estaba. Después de hechas las de-
bidas cortesías, dijo Marcelio, hablando con-
tra Felixmena: Hermosa dama, á este pastor
pregunté si sabía tu tierra y tus padres, y me
dijo lo que acerca dello por tu relación sabe; y
porque conozco un hombre que es natural de
la misma ciudad, que, si no me engaño, es hijo
de un caballero cuyo nombre se paresce al de
tu padre, te suplico me digas si tienes algún
hermano y cómo se nombra, pdrque quizás es
éste que yo conozco. A esto Felixmena dio un
suspiro y dijo: ¡Ay, preciado caballero, cómo
me tocó en el alma tu pregunta! Has de saber
que yo tuve un heruiano, que él y yo nascimos
de un mesmo parto. Siendo de edad de doce
años, le envió mi padre Andronio á la corte del
rey de lusitanos, donde estuvo muchos años.
Esto es lo que yo sé del, y lo que una vez con-
té á Sylvano y Selvagia, que son presentes en
la fuente de los alisos, después que libré unas
Xymphas y maté ciei-tos salvajes en el prado
de los laureles. Después acá no he sabido otra
I cosa del sino que el rey le envió por capitán en
la costa de África, y como yo tanto tiempo ha
que ando por el mundo, siguiendo mis desven-
turas, no sé si es muerto ni vivo. Marcelio
entonces no pudo detenerse más, sino que dijo:
Muerto he sido hasta agora, hermana Felixme-
na, por haber carcscido de tu vista, y vivo de
hoy en adelante, pues he sido venturoso de
verte. Y diciendo esto, estrecha y amorosamen-
te la abrazó. Felixmena, reconosciendo el gesto
de Marcelio, vio que era aquel mesmo que ella
desde su niñez tenía pintado en la memoria, y
cayó luego en la cuenta que era su proprio her-
mano. Fué grande el regocijo que passó entre
los hermanos y cuñado, y grande el placer que
sintieron Sylvano y las pastoras de verlos tan
contentos. Allí se dijeron amorosas palabras,
allí se derramaron tristes lágrimas, allí se hi-
cieron muchas preguntas, allí se prometieron
esperanzas, allí se hicieron determinaciones, y
se hablaron y hicieron cosas de mucho descan-
so. Gastaron en esto larga una hora, y aun era
poco, según lo mucho que después de tan larga
ausencia tenían que tratar. Mas para mejor y
con más sossiego entender en ello, se aascn ta-
ren en aquel pradecillo, bajo de unos sauces,
cuyos entretejidos ramos hacían estanza som-
bría y deleitosa, defendiéndolos del radiante sol,
que ya con algún ardor assomaba por el he-
mispherío.
En tanto que Marcelio, Don Félix, Felixme-
na, Sylvano y las pastoras entendían en lo que
tengo dicho, al otro cabo del jardín, junto á la
fuente estaban, como tengo dicho, Eugerio, Po-
lydoro, Alcida y Clenarda. Alcida aquél día
había dejado las ropas de pastora por mandato
do Felicia, vistiéndose adrezándose ricamente
con los vestidos y joyeles que para ello le man-
dó dar. Pues como allí estuviessen también Sj-
reno. Montano, Arsileo y Belisa cantando y
regocijándose, holgaban mucho Eugerío y sus
hijos de escucharlos. Y lo que más les con-
tentó fué una canción que Syreno y Arsileo
cantaron el uno contra y el otro en favor de
Cupido. Porque cantaron con más voluntad,
con esperanza de Una copa de cristal que Eu-
gerio al que mejor paresciese había prometido.
Y ansí Syreno al son de su zampona, y Arsi-
leo de un rabel, comenzaron deste modo:
SYRENO
Ojos, que estáis ya libres del tormente»,
con que mi estrella pudo enbelesaros,
;oh, alegre! i oh, sossegado pensamiento!
;oh, esquivo corazón!, quiero avisaros,
que pues le dio á Diana descontento
veros, pensar en vos y bien amaros,
vuestro consejo tengo por muy sano
de no mirar, pencar ni amar en vano.
882
ORÍGENES DE LA NOVELA
ARBILEO
Ojos, que niajor lumbre habéis ganado
mirando el sol que alumbra en vuestro día,
pensamiento en mil bienes ocupado,
corazón, aposento de alegría:
sino quisiera verme, ni pensado
hubiera en me querer, Belisa mío,
tuviera por dichosa y alta suerte
mirar, pensar j amar hasta la muerte.
Ya quería Sjreno replicar á la respuesta de
Arsileo, cuando Euqerio le ataj<5 j dijo: Pas-
tores, pues habéis de recebir el premio de mi
mano, razón será que el cantar sea de la suer-
te que á mi más me contenta. Canta tú prime-
ro, Sjreno, todos los versos que tu Musa te
dictare, y luego tú, Arsileo, dirás otros tantos
6 los que te paresciere. Plácenos, dijeron, y
Syreno comenzó assi:
SVRBNO
Alégrenos la hermosa primavera,
vístase el campo de olorosas ñores,
y reverdezca el valle, el bosque y el prado.
Las reses enriquezcan los pastores,
el lobo hambriento crudamente muera,
y medre j multipliqúese el ganado.
El rio apressurado
lleve abundancia siempre de agua dura;
y tú, Fortuna avara,
vuelve el rostro de crudo y variable
muy firme y favorable;
y tú, que los espíritus engañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
Deja vivir la pastoril llaneza
en la quietud de los desiertos prados,
y en el plKcer de la silvestre vida.
Descansen los pastores descuidados,
y no pruebes tu furia y fortaleza
en la alma simple, Üaca y desvalida.
Tu llama esté encendida
en las soberbias cortes, y entre gentes
bravosas y valientes;
y para que gozando un dulce olvido,
descanso muy cumplido
me den los valles, montes y campañas,
maligno Amor, no aquejes mis entrañas.
<*En que h?y hallas tú que esté sujeto
á tu cadena un libre entcndimionto
y á tu crueldad una alma descansada?
¿En quien mus huye tu áspero tormento,
haces, inicuo Amor, más crudo electü?
¡oh, sinrazón jamás acostumbrada!
¡Oh, crueldad sobrada!
¿No bastaría, Amor, ser poderoso,
sin ser tan riguroso?
¿no basta ser señor, sino tirano?
¡Oh, niño ciego y vano!
¿por qué bravo te muestras y te ensañan,
con quien te da su vida y sus entrañas.
Recibe engaño y torpemente yerra
quien Dios te nombra, siendo cruda Uai
ardiente, embravescida y furiosa.
V tengo por más simple el que te llama
hijo de aquella Venus, que en la tierra
fue blanda, regalada y amorosa.
Y á ser probada cosa
que ella pariessc un hijo tan malino,
yo digo y determino
que en la ocasión y cansa de los males
entrambos sois iguales:
ella, pues te parió con tales mañas,
y tú, pues tanto aquejas las entrañas.
Las mansas ovejuelas van huyendo
los carniceros lobos, que pretenden
sus carnes engordar con posto ajeno.
Las benignas palomas se defienden
y se recogen todas en oyendo
el bravo son del espantoso trueno.
El bosque y prado ameno,
si el cielo el agua clara no le envía,
la pide á gran porfía,
y á su contrario cada cual resiste;
sólo el amante triste
sufre su furia y ásperas hazañas,
y deja que deshagas sus entrañas.
Una passión que no puede encubrirse,
ni puede con palabras declararse,
y un alma entre temor y amor metida.
Un siempre lamentar sin consolarse,
un siempre arder, y nunca consumirse,
y estar muriendo, y no acabar la vida.
Una passión cresoida,
que passa el (jue bien ama estando anser
y aquel dolor ardiente,
que dan los tristes celos y temores,
estos son los favores,
Amor, con que las vidas acompañas,
perdiendo y consumiendo las entrañas.
Arsileo, acabada la canción de Syreno,
mf>nzó á tañer su rabel, y después de hal»er
nido un rato, respondiendo particulannent
cada estanza de su competidor, cantó de
suerte:
AhSILBO
Mil meses dure el tiempo qnc colora,
matiza y pinta el seco y triste mundo,
renazcan hierbas, hojas, frutas, flores.
El suelo estéril hágase fecundo.
Ecco, que en las espessas sylvas mora,
resjwnda á mil cantares de pastores.
Revivan los amores,
que el enojoso hibierno ha sepultado;
DIANA DE GASPAR GIL POLO
383
j porque en tal estado
mi alma tenga toda cumplimiento
de gozo y de contento,
pues las fatigas ásperas engañas,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
No presumáis, pastores, de gozaros
con cantos, flores, rios, primavera»,
si no está el pecho blando j amoroso.
¿A quién cantáis canciones placenteras?
t'á qué sirre de flores coronaros?
¿cómo os agrada el rio caudaloso
ni el tiempo deleitoso?
Yo á mi pastora canto mis amores,
y le presento flores,
y assentando par della en la ribera
gozo la primavera,
y pues son tus dulzuras tan extrañan,
benigno Amor, no dejes mis entrañas.
La sabia antigüedad Dios te ha nombrado,
vieudo que con supremo poderío
siempre ejecutas hechos milagrosos.
Por ti está un corazón ardiente y frío,
por ti se muda el torpe en avisado,
por ti los flacos tornan animosos.
Los dioses poderosos
en aves y alimañas convertidos,
y reyes sometidos
á la fueza de un gesto y de unos ojos,
han sido los despojos
de tus proezas é ínclitas hazañas,
con que conquistas todas las entrañas.
Vivia en otro tiempo en gran torpeza
con simple y adormido entendimiento,
en codiciosos tratos ocupado.
1 )cl dulce amor no tuve sentimiento
ni en gracia, habilidad y gentileza,
era de las pastoras alabado.
Agora coronado
estoy de mil victorias alcanzadas
en luchas esforzadas,
en tiros de la honda nmy certeros,
y en cantos placenteros,
después que tú ennoblesces y acompañas,
Iwnigno Amor, mi vida y mis entrañas.
t* Qué mayor gozo puede recebirse,
que estar la voluntad de amor cautiva
y á él los corazones sometidos?
Que aunque algunos ratos se reciba
algún simple disgusto, ha de sufrirse
á vueltas de mil bienes escogidos.
Si viven afligidos
los tristes sin ventura enamorados
de estar atormentados,
echen la culpa al Tiempo y la Fortuna,
y no den queja alguna
contra ti, Amor, que con benignas mañas
tiernas y blandas haces las entrañas.
Mirad un gesto hermoso, y lindos ojos,
que imitan dos claríssimas estrellas:
que al alma envían lumbre esclarescida.
El contemplar la perfección de aquellas
manos, que dan destierro á los enojos,
de quien en ellas puso gloria y vida.
Y la alegría crescida,
que siente el que bien ama y es amado,
y aquel gozo sobrado
de tener mi pastora muy contenta,
lo tengo en tanta cuenta,
que aunque á veces te arrecias y te ensañas,
Amor, huelgo que estés en mis entrañas.
A todos generalmente fueron muy agrada-
bles las canciones de los pastores. Pero vinien-
do Eugerío á dar el prez al que mejor había
cantado, no supo tan presto determinarse.
Apartó á una parte á Montano para tomar su
voto, y lo que á Montano le paresció fué, que
tan bien había cantado el uno como el otro.
Vuelto entonces Euoerio á Syreno y Arsileo,
les dijo: Habilissimos pastores, mi parescer es
que fuisteis iguales en la destreza y sin igual
en todas estas partes, y aunque el antiguo Pa-
lemón resuscitasse, no hallaría mejoría entre
vuestras habilidades. Tú, Syreno, eres digno de
la copa de cristal, y tú también, Arsileo, la
meresces. De manera que sería haceros agravio,
. señalar á nadie vencedor ni vencido. Pues re-
solviéndome con el parescer de Montano, digo
que tú, Syreno, tomes la copa cristalina, y á ti,
Arsileo, te doy esta otra de Calcedonia, que no
vale menos. A entrambos os doy copas de un
mesmo valor, entrambas de la vajilla de Felicia,
y á mí por su liberalidad presentadas. Los pas-
tores quedaron muy satisfechos del prudente
juicio y de los ricos premios del liberal Euge-
rio, y por ello le hicieron muchas gracias. A
esta sazón Álgida, acordándose del tiempo
passado, dijo: Si el error, que tanto tiempo me
ha engañado, hasta agora durara, no consintie-
ra yo que Arsileo llevara premio igual con el
de Syreno. Mas agora que estoy libre del, y
captiva del amor de Marcelio mi esposo, por la
pena que me da su ausencia, estoy bien con lo
que cantó Syreno, y por el deleite que espero
alabo la canción de Arsileo. ¡Mas ay, descui-
dado Syreno! guarda no sean las quejas que
tienes de Diana semejantes á las que tuve yo
de Marcelio, porque no te pese, como á mí, del
aborrescimiento. Sonrióse á esto Syreno, y dijo:
¿Qué más justas quejas so pueden tener de una
pastora que después de haberme dejado tomar
un desastrado por marido? Respondió entonces
Alcida: Harto desastrado ha sido él, después
que á mí me vido, y porque viene á propósito,
quiero contarte lo que ayer, estorbada por Fe-
licia, no pude decirte, cuando hablábamos eu las
384
ORÍGENES DE LA NOVELA
cosas de Diana. Y esto á fin que deseches el
olrido, sabiendo la desventura que uii desamor
le causó al malaventurado Delio. Ya te dije
cómo estuve hablando y cantando con Diana
en la fuente de h)S alisos, y cómo llegó allí el
celoso Delio, y luego tras él, cu hábito de pas-
tor, el congojado Marcelio, de cuya vista que-
dé tan alterada, que di á huii por una selva.
Lo que después me acont<»BCÍó fué, que cuando
llegué á la í)tra part<? del bosque, sentí do nuiy
lejos una voz que decia muchas vc*ccs: Aktda,
Alcidn^ eapera^ espera. Pensé yo (jue era Mar-
celio, que me seguía, y por no sít alcanzada,
con más ligera corrida iba huyendo. Pero por
lo que después sucedió, supe que era Delio,
marido de Diana, que tras mi corriendo venía.
Porque, como yo de haber corrido nuicho, vi-
niessc á cansarme, hube de ir tan á espacio,
que llegó en vista do mí. Conoscíle y páreme,
para ver lo que quería, no ptuisando la causa de
su venida, y él, cuando me estuvo delante, fati-
gado del camino y turbado de su congoja, no
pudo hablarme palabra. Al fín, con torpes y
desbaratadas razones me dijo que estaba ena-
morado de mí, y que le quisiesse bien, y no sé
(pié otras cosas me dijo, que mostraron su poco
caudal. Yo reíme del, á decir la verdad, y con
las razones que supe decirle, procuré de conso-
larle, y hacerle olvidar su locura, pero nada
aprovechó, porque cuanto más le dije, más loco
estaba. Por mi fe te juro, pastor, que no vi
hombre tan perdido de amores en toda mi vida.
Pues como yo probiguiesse mi camino, y él
siempre me siguiesse, llegamos juntos á una
aldea que una legua de la suya estaba, y como
allí viesse mi aspereza, y le desaniparasse del
todo la esperanza, de puro enojo adolesció. Fué
hospcnlado allí por un pastor que le conoscía,
el cual luego en la mañana dio aviso á su ma-
dre de su enfermedad. Vino la madre de Delio
con gran congoja y mucha presteza, y halló su
hijo que estaba abrasándose con una ardentís-
sima calentura. Hizo muchos llantos, y le im-
portunó le dijesse la causa de su dolencia; pero
nunca quiso dar otra respuesta, sino llorar y
suspirar. La amorosa madre con nmchas lágri-
mas le decia: ¡Oh, hijo míol ¿qué desdicha es
ésta? no me enculims tus secretos, mira que
soy tu madre, y aun p<Klrá ser que sepa de (»llos
algo. Tu esposa me contó anoi'he que en la
fuent<! de los alisos la dejastí», yendo tras no sé
(jué pastora: diiue si nasce de acjuí tu mal, no
tiiugas empacho de decirlo; mira que no pue<le
bien curarse la enfermMad, si no se sabe la
causa della. ¡O triste Diana! tú partiste hoy
para el templo de Felicia por sal>er nuevas de
tu marido y él estaba más cerca de tu lugar, y
aun más enfermo de lo que pensabas. Cuando
Delio oyó las palabras de su uiadre, no res-
pondió palabra, sino que dio un gran suspiro.
y de entonces se dobló su dolor; porque antes
sólo el amor le aquejaba, y entonces fué de
amor y celos atormentado. Porque como él sa-
picsse que tú, Syn>no, estabas aquí en casa de
Felicia, oyendo que Diana era venida acá, tN
miendo que no reviviessen los amores passaduii,
vino en tanta phrenesía, y se le arreció el mú
do tal manera, que combatido ác dos bravissi-
mos tormentos, con un desmayo acabó la vida,
con mucho dolor de su triste madre, parientes
y amigos. Y»» cierto me dolí del, por haber sido
causa (le su nuierte, pero no pude hacer más,
por li> que á mi contento y honra conveníi.
Sola una cosa mucho me posa, y es que, yaque
no le hice buenas obras, no le di á lo menos
buenas palabras, porque por ventura no viniert
en tal extremo. En fin yo me vine acá, dejando
nnierto al triste, y á sus parientes llorando, sin
saber la causa de su dolencia. Esto te dije á
propósito del daño que hace un bravo olvido, y
también para que sepas la viudez de tu Diani.
y pienses si te conviene mudar intento, pues
ella UHidó el estado. Pero espantóme que, se-
gún la madre de Delio dixo, Diana partió ayer
para acá, y no veo que haya llegado. Atento
estuvo Syreno á las palabras de AlciJa, y conjo
supo la uHierte de Delio, se le alteró el corazón.
Allí hizo gran obra el poder de la sabia Feli-
cia, (}ue aunque allí no estaba, con poderosati
hierbas y palabras, y por muchos otros medios
procuró que Syreno comenzasse á tener afición
á Diana. Y no fué gran maravilla, porque los
influjos de las celestes estrellas tanto á ello le
inclinaban, que paresció no ser nascido Syreno
sino para Diana ni Diana sino para Syreno.
Estaba la sapientíssima Felicia en su riquís-
simo palacio, rodeada de sus castas Nymphas
obrando (*on poderosos versos lo que á la salud
y remcílio de tt»dos estos amantes conveníi.
Y comí» vio desde allí con su sabiduría que yt
los engañados Montano y Alcida habían conos-
cido su error, y el esquivo Syreno se habí*
ablandado, conosció ser ya tiempo <lo rematar
los largos errores y trabajos de sus huéspedes
con alegres y no pensados regocijos. Saliendo
de la sum])tuosa casa en compañía de Dorída,
Cyntia, Polydora y otras muchas Nymphas,
vino al ameníssimo jardín, donde los caballeros,
damas, pastores y pastoras estaban. Los pri-
meros (jue allí vio fueron Maníelio, Don Félix,
Felixmena, Sylvano, Selvagia, Diana é Isnje-
nia, que á la una parte del vergel en el prade-
cillo, como dijo, junto a la puerta principal
estaban assentados. En ver llegar á la venera-
ble dueña tínlos se levantaron y le besaron las
manos, donde tenían puesta su esperanza. Hi-
zoles ella benigno recogimiento, y señalóles que
la siguiesseH, y ellos lo hicieron de voluntad.
DIANA DE GASPAR GIL POLO
385
Felicia, aeguida de la amorosa compañía, tra-
vesado todo el jardlo, que grandJasimo era,
riiio á !a otra parte del, á la fuente donde Eu-
gerio, Polj'doro, Alcida, Cienarda, Syreno,
Arsileo, Belisa j Montano estaban. Alzáronse
todoB en pie por honra de la sabia matrona; 7
cuando Alcida vio á Marcelio, Sjreno á Diana
y Montano á Ismenía, ne qaedaron ab^nitoa, 7
leci parescit! anefio ó encantamiento, no dando
crédito & sua mesmos ojos. La aabia, mandando
á t«dos qne bc aasenta^sen, mostrando qaerer
hablar c<»aa importantea, sentada en medio de
todoa elloB en un escaño de marfil habló desta
manera: Seflalodo 7 hermoso ajantamiento,
llegada es la hora que determino daros á todos
de mi mano el deseado cont«ntsn)ientú, pnes ¿
essc fin por diferentes medios 7 caminos os
hice Teñir i mi casa. Todos estáis aquí jantoa,
donde mejor podré tratar lo que á vuestra vida
satisface. Por easo, yo os ruego que os conten-
téis de mi voluntad 7 obedezcáis á mis pala-
bras. Tú, Alcida, qaedaste de tu aospecha des-
engañada por relación de tu hermana Cienarda.
Conoacido tenia que, después que deaechaste
aquel cruel aborresci miento, sentías mucho es-
tar ausente de MarceÜo. O frese i te qne esta
ausencia no seria larga, 7 ha sido tan corta,
que al tiempo que della te me quejabas, estaba
ya MarceÜo en mi casa. Agora le tienes delante
tan firme en su primera voluntad, que si á ti
placerá, y á tu padre 7 hermanos les estará
bien, se tendrá por dichoso de efectuar contigo
el prometido casamiento; el cual, allende que
por aer de tan principales personaa ha de dar
grande regocijo, le dará más cumplido á causa
de la hermana Felixmena, qne Marcelio des-
pués de tantos afioa halló en mi casa. Tú,
Montano, de la meama Sylveria, qne te engafió,
quedaste avisado de tu error. Llorabas por
haber perdido tu mujer Ismenia; agora viene á
vivir en tu coropallfa, 7 á dar consuelo á tu
congoja, después que por toda España con
grandes peligros y trabajos te ha buscado. Falta
agora que te dé remedio, hermosa Diana. Mas
para ello quiero primero avisarte de lo que
Syreno 7 algunos destoe pastores por relación
do Alcida aaben, aunque sea cuento que lia de
laatimar tu coraeón. Tu marido Delio, hermosa
pastora, como plugo á las inexorables Parcas,
acabó sus dias. Bien conozco que tienes alguna
razón de lamentar por el, pero en fin todos los
hombres eatán obli^'ados á pagar ese tributo, 7
lo que es tan común no debe á nadie nota-
blemente fatigar. No llores, hermosa Diana,
qne me rompes las entrañas en verte derramar
essas dolorosas lágrimas: enjuga agora tus
ojos, y conanela agora tu dolor. No vistas ro-
pas de luto ni hagas sobrado sentimiento, por-
que en esta casa no se sufre largo ni demasiado
úufaSNKfl DE LA KOVBLl.^5
llanto, y también porque mejor ventura de la
que tenías te tiene el cielo guardada. V puea á
lo hecho no se puede dar remedio, á tu pruden-
cia toca agora olvidar lo passado y á mi poder
conviene dar orden en lo presente. Aquí está
tu amador antiguo Syreno, cuyo corazón por
arte mia, y por la razón que á ello le obliga,
está tan blando y mudado de la passada rebel-
día como es menester para que sea contento de
casarse contigo. Lo qne te ruego es que obe-
dezcas á mi voluntad, en cosa que tanto te
conviene: porque, aunque perezca hacer ^ravío
al marido muerto caaarse tan prestamente, por
ser cosa de mi decreto y autoridad, no será
tenida por mala. V tú, Syreno, pues comen-
zaste á dar lugar en tu corazón al loable y ho-
nesto amor, acaba ya de entregarle tua entra-
ñas, 7 efectúeae eate alegre y bien afortunado
casamiento, al cumplimiento del cual son todas
lae estrellas favorables. Todos los restantes que
en este deleitoso jardin tenéis aparejo de con-
tentamiento, alegrad vneatros ánimos, moved
regocijados juegos, tañed los concertados ins-
trumentos, entonad apacibles cantarea y en-
tended en agradablea con veraac iones, por honra
y memoria destos alegres desengaños y ventu-
rosos casamientos. Acabada la razón de la sabía
Felicia, todos fueron muy contentos de hacer
su mandado, párese icndolea bien su voluntad
7 maravillándose de su s:ibiduria. Montano
tomó por la mano á su mnjer Ismenia, juzgán-
dose entrambos dichosos 7 bieua venturados; 7
entre Marcelio 7 Alcida 7 Syreno y Diana fué
al instante solemnizado el honesto 7 casto ma-
trimonio, con la firmeza y ceremonia debida.
Los demás, alegres de los felices acontesci-
mientos, movieron grandes cantos. Entre los
cuales Arsileo, por la volnntad que á Syreno
tenia, 7 por la amistad que había entre los dos,
al son de su rabel cantó en memoria del nuevo
casamiento de Syreno lo siguiente:
l>,
a friinceseg.
De flores matizados se vista el verde prado,
retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
olor tengan m&a fino las coloradas rosas.
floridos ramos muera el viento sossegodo.
El río apressurado
sus aguas acresciente,
y pues tan libre quedo la fatigada gente
del congojoso llanto,
moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.
Destíerre los nublados el prefulgente dfa,
despida el alma triste los ásperos dolores,
esfuercen más sus voces losanlcesniiselíores,
Y pues por nueva vía
con firme cesamiento.
38fi orígenes de
de nn deumor mnj itudi; b« bao uu gnu
Tocotrai entre tanto [contento,
mored,henno8aR Xyniphas, regocijado canto.
¿Quién puede hacer niudamoa U voluntad cons-
[tante,
j hacer que la alma trueque su firme presu-
[pueBtní
¿quién pui-de Iiarer que aiiicniGe aboirescido
[gesto
y el eoraz<5n esquivo hacer diclioso uinantcF
¿QuJi<n puede á su talante
mandar nnestras entrañas,
sino la gran Felicia, qne obrado lia más ba-
que la Tliebana Manto? [safias,
mored, heraiosas Njniphae, regocijado cauto.
Casados venturosos, el poderoso cielí)
derrame envuestroscampos influjo favorable,
7 con dobladas crías en número admirable
vuestros ganados crezcan cnbriendn ■m ancho
No os dafie el crudo hielo [suelo.
loM tiernos chiva ticos,
j tal cantidad de uro os haga entrambos ricos,
que no sepáis el cuánto:
moved,hermosasXymphaB,rego£Íjado canto.
Tengáis de dulce gozo bastante cumplimiento
con la progenie herraosaqnc os salga [>arec ida,
más qne el antiguo Néstor tengáis larga la
[vida,
y en ella nunca os pueda faltar contenta-
Moviendo tal concento [miento;
por campos encinales,
qne ablande duras peQas y á fiercis animales
cause crcscido espanto:
moved, hermosas Xymphas, regocijado canto.
Remeden vuestras voces las aves auiorosas,
los Tcntecicos suaves os hagan dulce fiesta,
alégrese con veros el campo y la floresta,
y 03 veng!in á las manos las llores olorosas.
Los lirios y las rosss,
ja:^min y flor de O nido,
la madreselva hermosa y el arrayán florido.
moved, hermosos Xyinphas, regocijado canto.
('oiicordü paz os tenga contentrtn muchos a&os,
sin ser de la rabiosa sospeclia nloruientados,
y en el estado alegre vivñis tan i-eposados,
quenoos cause recelo Fortuna y Huseng'nñoa.
Eli montea más extraños
tengáis nombre lamoso;
lúas jiorque el ronco pecho tan flaco y tiiiie-
repiMf agora un cnanto, [roso
dad fin, hcnuosfts Nyiiiphaü. «I deleitoso
[canto.
Al tiempo que .\r.tile<i ai'alió %» canción s<'
movió tan general regocijo, que los más anguu-
tiadus corazones alegrara. Cuuionüarou las de-
LA NOVELA
ieitosas canciones i reaonar por toda U hiHrts,
los concertados iastrumentoa levantaron iniTt
srmonla, y aun páresela que los floridoa árboles,
el caudaloso rio, la amena fuente y los canta-
doras aves, de aquella fiesta se alcf^ban. Dm-
pués que buen rsto se hubieron empleado en
esto, paresciéndole á Felicia ser hon de comer,
mandó qne allí á la fuente, donde estaban. íf
trajease la comida. Luego laa ninfas obedo-
ciéudole proveyeron lo necesario, j puestas lu
mesas y aparadores á Is sombra de aquellcs
árboles, sentados todos coofonne al orden de
Felicia, comieron. Berridos de sabrosas y deli-
cadas viandas en vasos de innehlssimo valor.
Acallada la comida, tornando al comensado pli-
ccr, hicieron las fiestas j juegos qn* en el il-
gniente libro se dirán.
/Vn lUl libro Ciiiirlii.
LIBRO QUINTO
DI DIAVA ]
Tan contentos estaban estos amantes en f\
dichoBO estado, viéndose cada cual con la dr-
seadn compañía, qne los trabajos del tiemp
passado t«nian olvidados. Mas los que de«d«
aparte miramos las penan que lea eoatií bu con-
tentamiento, los peligros en qne se vieron J
los desatinos que hicieron j dijeron ant/'S de
llegar á él, es razón que vamos advertidos de
no meternos en seuiejantes penas, aunque mái
cierto fuesse tras ellas el descsuBO, cuanto mil
siendo tan incierto y dudoso, que por uno qae
tuvo tal ventura se hallan mil cuyos cargos j
fatigosos tralwjos con desesperada mnerte fnr-
rou galardonados, Pero dejado esto aparte, ven-
gamos á tratar de las fiestas qne por los ckm-
niientoB y dcsengafioü en el jardín de Felicia !«
hicieron, aunque nn será poBsible contsrli»
todas en particular. Felicia, á cuyo uiatíds-
miento estallan todos oliedientes, j en cuya vo-
luiilnd estaba el orden y concierto de la finta,
quiso que el primer regocijo fuesse bailar \nf
pastores y pastoras al son de las canciones por
ellos mesmos cantadas. Y ansi. sentada con
Eup'iiio, Poljdoro, Cteuanla, Mareelio, Alei-
ila, l>. Félix y l-'elixmena, declaró a los pasto-
res su voluntad. Levantáronse á la hora todn.<.
y tomando Syreno a Diana por Is mano, S;\-
vano á Selvagia, Montano á lamenia y Ar*L-
leo á Itclisa. concertaron un baile más gracioso
que cnantos las hermosas Dryadas ó Napeas,
sueltas al viento las nibiae madejas del nru
fítiiaimo de Arabia, en los amenfsBÍmB« flores-
tas suelen hacer. No so detuvieron mnchoen
DIANA DE GASPAR GIL POLO .
387
cortesías sobre qoíén canUrto primero, porqné
cumo Sjreno, qae era principal en aquella
fiesta, estuTÍesee algo corrido del descuido que
hasta entonces taro de Diana, j el empacho
dello le hubiesse impedido el deBcalparee, quiso
cantando decirle & Diana lo que la vergüenza
le habla consentido razonar. Por esso sin más
aguardar, respondiéndole los otros, scgán la
coatnmbre, cantó angf:
Canción,
Morir debiera sin vert*,
hemioBiesima pastora,
pnes que oaé tan sola un hora
estar títo y no quererte.
De un dichoso amor gnsara,
dejado el tormento aparte,
fli en acordarme de amarte
de mi olvido me olvidara.
Que de morirme y perderte"
tengo recelo, pastora,
pues que osé tan Bola tin liora
estar vÍto j no quererte.
En diferente parescer estaba Diana. Porque
como aquel antiguo olvido que tuvo de Syreno
con un ardentlssimo amor le habia cumplida-
mente satisfecho, y de sus passada» fatigas se
viii sobradamente pagada, no tenia ya por qué
de sus descaídos se lamentasse; antea haHorJo
su corazón abastado del possible contenta-
miento y libre de toda pena, mostrando su ale-
gría é increpando el cuidado de Syreno, le res-
pondió con esta canción;
La alma de alegrfa salte;
que en tener mi bien presente
no hay descanso que me falte,
ni dolor que me atormente.
No pienso en viejos cuidados;
que agravia nuestros amores
tener presentes dolores
por los olvidos passados.
AUna, de tu dicha valte;
qne con bien tan excelente
no hay descanso que te falte,
ni dolor qne te atormente.
En tanto que Diana dijo bu canción, llegó á
la fuente una pastora de extremadiesima her-
mosura, que en aquella hora i la casa de Feli-
cia habla venido, é informada que la Babia
estaba en el jardín, por verla y hablarla, alli
habia venido. Llegada donde Felicia estaba,
arrodillada delante della, le pidió la mano para
se la besar, y despnéa le dijo: Perdonar se me
detie, 8abia señora, el atrevimiento de entrar
aquí sin tu licencia, considerando el deseo que
tenia de verte y la necesidad qne tengo de tu
sabiduría. Traigo una fatiga en el corazón,
cuyo remedio está en tu mano; mas el darte
cuenta della lo guardo para mejor ocasión, por-
qné en semejante tiempo y lugar es descomedi-
miento tratar coaaa de tristeza. Estaba aún
Melibx4, que este ora el nombre de la pas-
tora, delante Felicia arrodillada, cuando vido
por un corredor de la huerta venir un pastor
hacia la fuente, y en verle dijo: Esta es otra
pesadumbre, sefiora, tan molesta y cuojoaa, que
para librarme della no menos he menester
vuestros favores. En esto el pastor, que Xae-
oitso se decía, llegó en presencia de Felicia y
de aquellos caballeros y damas, y hecho el de-
bido acatamiento, comenzó á dar quejas á Fe-
licia de la pastora Melisea, que presente tenia,
diciendo cómo por ella estaba atormentado, sin
haber de su boca tan solamente una benigna
respuesta. Tanto que de muy lejos basta alli
habla venido en su seguimiento, sin poder
ablandar su rebelde y desdeñoso corazón. Hizo
Fkliciá levantar á Melisea, y atajando seme-
jantes contenciones; No es tiempo, dijo, de es-
cuchar largas historias ; por agora, tú, Melisea,
da á Narcisso la mano, y entrad entrambos cu
aquella danaa, que en lo demás i su tiempo se
pondrá remedio. No quiso la pastora contrade-
cir el mandamiento de la sabia, sino que en
compañía de Narcisso se puso á bailar junta-
mente con las otras pastoras. A este tiempo la
ventnroBa Ibhbhia, qne para cantar estaba
apcrcebída, dando con el gesto sefial del ín-
timo contentamiento que tenia después de tan
largos cuidados, cantó desta suerte: •
Canciún.
Tan alegres sentimientos
recibo, qne no me espanto,
si cuesta dos mil tormenb»
un placer que vale tanto.
con su deleite pagó
mi aguardar y en tardanza.
Vengan las penas á cuentos,
no hago caso del llanto,
si me dan por mil tormentos
un placer que vale tanto.
Ismenia, al tiempo qne cantaba, y aun antes
y después, cuasi nunca partió los ojos de bu
querido Montano. Pero él como estaba algo
afrentado del engaño en que tanto tiempo, con
tal agravio de sn esposa habla vivido, no osaba
mirarla sino á hurto al dar de la vuelta en la
danza, estando ella de manera que no podía
388
ORÍGENES DE LA NOVELA
mirarle, j esto porque algunas yeces, que había
probado mirarla en el gesto, confundido con la
Tergtienza oue le tenia j yencido de la luz de
aquellos radiantes ojos, que con afición de conti-
no le miraban, le era forzoso bajar los sujos
al suelo. Y como en ello yi6 que tanto perdía,
dejando de yer á la que tenía por su descanso,
tonuindo esto por ocasión, encaminando su
cantar á la querida Ismenia, desta manera dijo:
Canción,
Vuelve agora en otra parte,
zagala, tus ojos bellos;
que si me miras con ellos
es excusado mirarte.
Con tus dos soles me tiras
rajos claros de tal suerte,
que, aunque vivo en solo verte,
me matas cuando me miras.
Ojos, que son de tal arte,
guardados has de tenellos:
que si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
Gomo nieve al sol caliente,
como á flechas el terrero,
como niebla al viento fiero,
como cera al fuego ardiente:
Ansi se consume j parte
la alma en ver tus ojos bellos:
pues si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
; Ved qué sabe hacer amor,
j la Fortuna qué ordena!
que un galardón de mi pena
acrcscicnte mi dolor.
A darme vida son parte
essos ojos sólo en vellos:
mas si me miras con ellos,
es excusado mirarte.
Mblisba, que harto contra su voluntad con
el desamado Narciso hasta entonces había bai-
lado, quiso de tal pesadumbre vengarse con
una desamorada canción, j á propósito de las
penas j muertes en que el pastor decía cada
día estar á causa suja, burlándose de todo ello,
cantó ansí:
Canción .
/agal, vuelve sobre t¡;
que por excusar dolor
no quiero matar de amor,
ni que Amor me mate á mí.
Pues JO viviré sin verte,
tú por amarme no mueras,
que ni quiero que me quieras
ni determino quererte.
Que pues tú dices que ansi
se muere el triste amador,
ni quiero matar de amor
ni que Amor me mate á mi.
No mediana pena recibió Narcisao con e
crudo cantar de su querida, pero esforzándos
con la esperanza que Felicia le había dado d
su bien, j animándose con la constancia j for
taleza del enamorado corazón, le respondió aña
diendo dos coplas á ima canción antigua qm
decía:
Si os jHsa de ser querida^
yo no puedo no os querer^
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere rida.
Sufrid que pueda quejarme,
pues que sufro un tal tormento,
ó cumplid vuestro contento
con acabar de matarme.
Que según sois descreída,
j 08 ofende mi querer,
pesar habréis de tener,
mientras yo tuviere vida.
Si pudiendo conosceros,
pudiera dejar de amaros,
quisiera, por no enojaros,
poder dejar de quereros.
Mas pues vos seréis querida,
mientras jo podré querer,
pesar habréis de tenfr,
mientras yo tuviere vida.
Tan puesta estaba Mblisba en su crueldad,
que apenas había Narcisso dicho las postreras
palabras de su canción, cuando antes que otro
cantasse, desta manera replicó:
Canción,
Mal consejo me parescs,
enamorado zagal,
que á ti mismo quieres mal,
por amar quien te aborresce.
Para ti debes guardar
csse corazón tan triste,
pues aquella á quien le diste,
jamás le quiso tomar.
A quien no te favoresce,
no la sigas, piensa en ál,
j á ti no te quieras mal,
por querer quien te aborresce.
No consintió Narcisso que la canción de
Melisea quedasse sin respuesta, j ansi con
gentil gracia cantó, haciendo nuevas coplas á
un viejo cantar que dice:
DIANA DE GASPAR GIL POLO
5589
Después que mal me quesistes
nunca más me quise bien^
por no querer bien á quien
voSf señora, aborrescistes.
Si cuando os miré no os riera,
6 cuando os vi no os amara,
ni yo muriendo viviera,
ni viviendo os enojara.
Mas bien es que angustias tristes
penosa vida me den,
que cualquier mal le está bien
al que vos mal le quesistes.
Sepultado en vuestro olvido
tengo la muerte presente,
de mi mesmo aborrescido
y de vos y de la gente.
Siempre contento me vistes
con vuestro airado desdén,
aunque nunca tuve bien
después que mal me quesistes.
Tanto contento di6 á todos la porfía de Nar-
cisso y Melisea, que aumentara mucho en el
regocijo de la boda si no quedara templado con
el pesar que tuvieron de la crueldad que ella
mostraba y con la lástima que les causó la pena
que él padescia. Después que Narcisso dio fin á
su cantar, todos volvieron los ojos á Melisea,
esperando si replicaría. Pero call<5, no porque
le faltassen canciones crueles y ásperas con que
lastimar el miserable enamorado, ni porque dc-
jassc de tener voluntad para decirlas; más, se-
gún creo, por no ser enojosa á toda aquella
compañía. Selvagia y Belisa fueron r'>gadas que
cantassen, pero excusáronse, diciendo que no
estaban para ello. Bueno sería, dijo Dianíi,
que saliéssedes de la fiesta sin pagar el escote.
Esso, dijo Felixmena, no se debe consentir,
por lo que nos importa escuchar tan delicadas
voces. Ño queremos, dijeron ellas, dejar de ser-
viros en esta solemnidad con lo que supiére-
mos hacer, que será harto poco; pero perdonad-
nos el cantar, que en lo demás haremos lo pos-
sible. Por mi parte, dijo Álgida, no permitiré
que dejéis de cantar 6 que otros por vosotras
lo hagan. ¿Quién mejor, dijeron ellas, que Syl-
vano y Arsíleo, nuestros maridos? Bien dicen
las pastoras, respondió Marcelio, y aun seria
mejor que ambos cantassen una sola canción, el
uno cantando y el otro respondiendo, porque á
ellos les será menos trabajoso y á nosotros muy
agpradable. Mostraron todos que holgarían mu-
cho de semejante manera de canción, por saber
que en ella se mostraba la viveza de los inge-
nios en preguntar y responder. Y ansí Syl-
VANO y Abíilbo, haciendo señal de ser con-
tentos, volviendo á proseguir la danza, canta-
ron desta suerte:
Canción.
Sylvano.
Arbileo.
Sylvano.
Arsíleo.
Sylvano.
Arsilbo.
Sylvano.
Arbileo.
Sylvano.
Arsíleo.
Sylvano.
Arbileo.
Sylvano.
Arsíleo.
Sylvano.
Arsilbo.
Sylvano.
Arsilbo.
Pastor, mal te está el callar:
canta y dinos tu alegría.
Mi placer poco sería
si se pudiesse contar.
Aunque tu ventura es tanta,
dinos de ella alguna parte.
En empresas de tal arte
comenzar es lo que espanta.
Acaba ya de contar
la causa de tu alegría.
¿De que modo acabaría
quien no basta á comenzar?
No es razón que se consienta
tu deleite estar callado.
La alma, que sola ha penado,
ella sola el gozo sienta.
Si no se viene á tratar
no se goza una alegría.
Sí ella es tal como la mía
no Be dejará contar.
¿Cómo en esse corazón
cabe un gozo tan crescido?
Téngole donde he tenido
mi tan sobrada passión.
Donde hay bien no puede estar
escondido todavía.
Guando es mayor la alegría
menos se deja contar.
Ya yo he visto que tu canto
tu alegría publicaba.
Decía que alegre estaba,
pero no cómo ni cuánto.
Ella se hace publicar,
cuando es mucha una alegría.
Antes muy poca sería
si se pudiesse contar.
Otra copla querían decir los pastores en esta
canción, cuando una compañía de Nymphas,
por orden de Felicia, llegó á la fuente, y cada
cual con su instrumento tañendo movían un
extraño y deleitoso estruendo. Una tañía su
laúd, otra un harpa, otra con una flauta hacía
maravilloso contrapunto, otra con la delicada
pluma las cuerdas de la cítara hacia retiñir,
otras las de la lira con las resinosas cerdas ha-
cía resonar, otras con los albogues y chapas
hacían en el aire delicadas mudanzas, levan-
tando allí tan alegre música que dejó los que
presentes estaban atónitos y maraviUados. Iban
estas Nymphas vestidas á maravilla, cada cual
de su color, las madejas de los dorados cabe-
llos encomendadas al viento, sobre sus cabezas
puestas hermosas coronas de rosas y flores ata-
das y envueltas con hilo de oro y plata. Los
pastores, en ver este hermosíssimo coro, de-
jando la danza comenzada, se sentaron, aten-
890
ORÍGENES DE LA NOVELA
tos á la admirable melodía y concíprto de los
varios y suaves instninientos. Los cuales algu-
nas veces de dulces y delicadas voces acompa-
ñados causaban extraño deleite. Salieron luego
de través seis Nymphas vestidas de raso car-
mesí, guarnecido de follajes de oro y plata,
puestos sus cabellos en torno de la cabeza, co-
gidos con unas redes anchas de hilo de oro de
Arabia, llevando ricos prendedores de rubines
y esmeraldas, de los cuales sobre sus frentes
caían unos diamantes de extremadíssimo valor.
Calzaban colorados borzeguines, subtilmente
sobreiloradoR, con sus arcos en las manos, col-
gando de sus hombros las aljabas. Desta ma-
nera hicieron una danza al son que los instru-
mentos hacían, con tan gentil orden que era
cosa de espantar. Estando ellas en esto, salió
un hermosíssimo ciervo blanco, variado con
unas manchas negras puestas á cierto espacio,
haciendo una graciosa pintara. Los cuernos pa-
rescían de oro, muy altos y partidos en nmchos
ramos. En ñn, era tal como Felicia le supo fin-
gir para darles regocijo. A la hora, visto el
ci<»rvo, las Nymphas le tomaron en medio, y
danzando continuamente, sin perder el son de
los instruuientos, con gran concierto comenza-
ron á tirarle, y él con el mesmo orden, después
de salidas las flechas de los aróos, á una v otra
parte moviéndose, con muy diestros y graciosos
saltos se apartaba. Pero después que buen rato
passaron en este juego, el ciervo dio á huir por
aquellos corredores. Las Nymphas yendo tras
él, y siguiéndole hasta salir con él de la huerta,
movieron un regocijado alarido, al cual ayuda-
ron las otras Nymphas y pastoras con sus vu-
(*es, tomando desta danza un singular conten-
tamiento. Y en esto las Nymphas dieron tíu á
su música. La sabia Fklioia, porque en a(iue-
llos placeres no faltasse lición provechosa para
el onlen de la vida, probando sí habían enten-
dido lo que a({uella danza había querido signi-
ficar, dijo Diana: Graciosa pastora, ¿sabrásme
decir lo que por aquella caza del hermoso ciervo
se ha de entender? No soy tan sabia, respondió
ella, que sepa atinar tu subtilidades ni declarar
tus enigmas. Pues yo quiero, dijo Felicia,
publicarte lo que debajo de aquella invención
se contiene. El ciervo es el humano corazón,
hermoso con los delicados pensamientos y ric<^
con el sossegado contentamiento. Ofréscese á
las humanas inclinaciones, que le tiran morta-
les saetas ; pero con la discreción, apartándose
á diversas partes y entendiendo en honestos
ejercicios, ha de procurar de defenderse de tan
dañosos tiros. Y cuando dellos es muy perse-
guido ha de huir á más andar y podrá desta
manera salvarse: aunque las humanas inclina-
ciones, que tales flechas lo tiraban, irán tras él
y nunca dejarán de acompañarle hasta salir de
la huerta desta vida. ¿Cómo había jo, dijo
Diana, de entender tan difícultoto y moni
enigma si las preguntas en que las pastoras nos
ejercitamos, aunque fuessen muy llanas y fáci-
les, nunca las supe adevinar? No te amengui^
tanto, dijo Selvagia, que lo contrarío he visto
en ti, pues ninguna vi qne te fuesse dificultosa.
A tiempo estamos, dijo Felicia, que lo podre-
mos probar, y no será de menos deleite esta
fiesta que las otras. Diga cada cual de vosotros
una pregunta, que yo sé que Diana las sabrá
todas declarar. A todos les paresció muy bien,
sino á Diana, que no estaba tan confiada de sí
que se atreviesse á cosa de tanta dificultad;
pero por obedescer á Felicia y complacer á Sy-
reno, que mostró haber de tomar dello placer,
fué contenta de emprender el cargo que se le
había impuesto. Sylvano, que en decir pre-
guntas tenía mucha destreza, fué el que hizo
la primera, diciendo: Bien sé, pastiira, que las
cosas escondidas tu viveza las descubre, y las
cosas encumbradas tu habilidad las alcanza:
pero no dejaré de preguntarte, porque ta res-
puesta ha de manifestar tu ingenio delicado.
Por esBo dime qué quiere decir esto:
Pregunta.
Junto á un pastor estaba una doncella,
tan flaca como un palo al sol secado,
su cuerpo de ojos muchos rodeado,
con lengua que jamás pudo movella.
A lo alto y bajo el viento vi traella,
mas do una parte nunca se ha mudado,
vino á besarla el triste enamorado
y ella movió tristíssima querella.
Cuanto más le atapó el pastor la boca,
más voces da porque la gente acuda,
y abriendo está sus ojos y cerrando.
Ved qué costó forzar zagala muda,
que al punto que el pastor la besa ó toca,
él ({ueda enmudecido y olla hablando.
Esta pregunta, di jo Diana, aunquees buena,
no me dará mucho trabajo, porque á ti meimo
te la oí decir un día en la fuente de los alisos,
y no sabiendo ninguna de las pastoras que alli
estábamos adevinar lo que ella quería decir, nos
la declaraste diciendo que la doncella era la
zampona 6 flauta tañida por un pastor. Y apli-
caste todas las partes de la pregunta á los efec-
tos que en tal mi'isica comúnmente aconteicen.
Riéronte t(XÍos de la poca memoria de Sy Iva-
no y de la mucha de Diana; pero Sylvako,
por desculparse y vengarse del corrimiento,
sonriéndose dijo: No os maravilléis de mi des-
acuerdo, pues este olvido no paresce tan mal
como el de Diana ni es tan dafioso como el de
Syreno. Vengado estás, dijo Syrbno, pero más
DIANA DE GASPAR OIL POLO
391
lo estuvieras si nuestros olvidos no Imbiesscn
parado en tan perfecto amor y en tan ventu-
roso estado. No haya más, dijo Selvagia, que
todo está bien hecho. Y tú, Diana, respóndeme
á lo que quiero preguntar, que yo quiero probar
á ver si hablaré más escuro lenguaje que Syl-
rano. La pregunta que quiero hacerte dice:
Pregunta.
Vide un soto levantado
sobre los aires un día,
el cual, con sangre regado,
con gran ansia cultivado
muchas hierbas producía.
De allí un manojo arrancando,
y iólo con él tocando
una sabia y cuerda gente,
la dejé cabe una puente
sin dolores lamentando.
Vuelta á la hora Diana, á su esposo dijo:
¿No te acuerdas, Syreno, haber oído esta pre-
gunta la noche que estuvimos en casa de Ira-
nio mi tío? ¿no tienes memoria cómo la dijo allí
Maroncio, hijo de Femaso? Bien me acuerdo
que la dijo, respondió Syrbvo, pero no de lo
que significaba. Pues yo, dijo Diana, tengo
dello memoria: decía que e! soto es la cola del
caballo, de donde se sacan las cerdas, con que
las cuerdas del rabel tocadas dan voce«, aunque
ningunos dolores padescen. Selvaqia dijo que
era ansí y que el mesmo Maroncio, autor de la
pregunta, se la había dado como muy señalada
aunque había de mejores. Muchas hay más de-
licadas, dijo Bblisa, y una dellas es la que yo
diré agora. Por esso apercíbete, Diana, que des-
ta vez no escapas de vencida. Ella dice deste
modo:
Pregunta.
¿Cuál es el ave ligera
que está siempre en un lugar,
y anda siempre caminando,
penetra y entra do quiera,
de un vuelo passa la mar,
las nubes sobrepujando?
Anni vella no podemos,
y quien la está descubriendo,
sabio queda en sola un hora;
mas tal vez la conoscemos,
las paredes solas viendo
de la casa donde mora.
Más desdichada, dijo Diana, ha sido tu pre-
gunta que las passadas, Belisa, pues no decla-
rara ninguna dellas si no las hubiera otras ve-
ces oído, y la que dijiste, en ser por mí escu-
chada luego fué entendida. Hácelo, creo yo,
ser ella tan clara, que á cualquier ingenio se
manifestará. Porque harto es evidente que por
el ave, que tú dices, se entiende el pensamiento,
que vuela con tanta ligereza y no es visto de
nadie, sino conoscido y conjeturado por las se-
ñales del gesto y cuerpo donde habita. Yo me
doy por vencida, dijo Belisa, y no tengo más
que decir sino que me rindo á tu discreción y
me someto á tu voluntad. Yo te vengaré, dijo
Ismbnia, que sé un enigma que á los más
avisados pastores ha puesto en trabajo; yo
quiero decirle, y verás cómo haré que no sea
Diana tan venturosa con él como con los otros;
y vuelta á Diana dijo:
Pregunta.
J)ecí, ¿cuál es el maestro
que su dueño le es criado,
está como loco atado,
sin habilidades diestro
y sin doctrina letrado?
Cuando cerca le tenía,
sin oille le entendía,
y tan sabio se mostraba.
que palabra no me hablaba
y mil cosas me decía.
Yo me tuviera por dichosa, dijo Diana, de
quedar vencida de ti, amada Ismenia; mas pues
lo soy en la hermosura y en las demás perfecio-
nes, no me dará agora mucha alabanza vencer
el propósito que tuviste de enlazarme con tu
pregunta. Dos años habrá que un médico de la
ciudad de León vino á curar á mi padre do
cierta enfermedad, y como un día tuviesse en las
manos un libro, tómesele yo y púseme á leerle.
Y viniéndome á la memoria los provechos que
se sacan de los libros, le dije que me parescían
maestros mudos, que sin hablar eran entendidos.
Y él á este propósito me dijo esta pregunta,
donde algunas extrañezas y excelencias de los
libros están particularmente notadas. Con toda
verdad, dijo Ismbnia, no hay quien pueda ven-
certe, á lo menos las pastoras no tendremos
ánimo para passar más adelante en la pelea; no
sé yo estas damas si tendrán armas que puedan
derribarte. Álgida, que hasta entonces había
callado, gozando de oir y ver las músicas, dan-
zas y juegos, y de mirar y hablar á su querido
Marcelio, quiso también travessaren aquel jue-
go, y dijo: Pues las pastoras has rendido,
Diana, no es razón que nosotras quedemos en
salvo. Bien sé que no menos adivinarás mi pre-
gunta que las otras, pero quiero decirla porque
será possible que contente. Di jómela un patrón
de una nave, cuando yo navegaba de Ñapóles á
España, y la encomendé á la memoria, por pa-
rescerme no muy mala, y dice desta suerte:
ORÍGENES DE LA NOVELA
Pregunta.
iQméa janúa caballo TÍdo
que, por extraña mauera,
sin jamás haber comido,
con el viento sostenido,
ac le iguale en la carrera?
Obra muy grandes hazañas,
y en suk corridas extrañas
TA arrastrando el duro pedio,
sus riendas, por más proTeclio,
metidas en sus entrañas.
Un rato estaro Diana pensando, oida ei^ta
pregunta j hecho el discurso qne para declararla
era menester, j conNideradas las partes della,
al fin resolricndoae, dijo: Razón era, hermosa
dama, que de tu mano quedasae yo vencida, y
que quien se rínde á tu gentileza ae rindiesse á
tn discreción, j por ella se tuviesse por dichosa.
Si por el caballo de tu enigma no ae entiende
la tMrí, JO confiesao que no la ac declarar.
Harto más vencida quedo yo, dijo Álgida, de
tn respuesta que tú de mi pregunta, pnea con-
fesaando no saber eutendella subtilmente la dc-
claraíte. De ventura he acertado, dijo Diana,
y no de saber, que á bnen tino dije aquello, y
no por pensar que en ello acertaba. Cualquier
acertamiento, dijo Alcida, se ha de esperar de
tan buen juicio; pero yo quiero que aderines i
mi hermana Olenarda un enigma que sabe, que
no me paresce malo: no sé si agora se le acor-
dará. V luego vuelta á Clenarda le dijo: Hazle,
hermana, á esta avisada pastora aquella deman-
da qne en nuestra ciudad heciste uu dia, si te
acnerdaa, á Berintio y Clomenio, nuestros pri-
mos, estando en cosa de Eliaonia en conversa-
ción. Soy contenta, dijo Ci.ksabda, qne me-
moria tengo della, y tenía intención de decilla,
y dice deste modo:
Pregunta,
Decidme, señorea, ¿cuál ave volando
tres codoa en alto jamás ae levanta,
i'on piea más de treinta aul>iendo y bajando,
con alas ain plumas el aire azotando,
ni come, ni bebe, ni grita, ni canta;
l>ei áspera muerte vecina allegada,
con piedraa que arroja, nos hiere y maltrata,
amiga ea de gente captiva y malvada,
y á muertes y robos contino vezada,
esconde en las aguas la gente que mata.'
DiASA entonces dijo: Esta pregunta no la
adivinara jo si no hubiera oído la declaración
della á nn pastor de mi aldea que habla nave-
gado. No sé ai tengo dcllo niemoria, mas psrés-
ceme qne dijo que por ella se entendía Id gate-
ra, que estftudo en medio de tas peligrosas
Por los pie* me dijo que se entendían los rt-
mo», por las alas las retas y por las pi'edrai
qne tira las pelotas de artillería. En fin, dijo
Clbhabda, qne todas hablamos de decir por
UD ignal, porque nadie se fuesse alabando. Con
toda verdad, Diana, que ta extremado sabcriue
tiene extrañamente maravillada, y no veo prv-
mio que á tan gran merescimíento sea bastante,
sino el que tienes en ser mujer de Syreno. Es-
tas y otras pláticas j cortesiáa passaron, cdad-
do Felicia, que de ver el aviso, la gala, la criaii-
za y comedimiento de Diana espantada b*bi»
quedado, sacó de su dedo un riqnlssimo anillo
con una piedra de gran valor, que ordiniri*-
mente trata, y dándosele eu premio de an dea-
treza, le dijo: Este servirá por señal de lo qne
por ti entiendo hacer: guárdale muy bien, qne
á su tiempo hará notable provecho. Unchu
gracias hizo Diana á Felicia por la merced, j
por ella le besó las manos, y lo meanio hiio
SvBXKO. El cual acabadas las cortesías j agra-
deacimientos dijo: Una coaa he notado en lu
preguntaa qne aqui se han propuesto, qne li
mayor parte dellas han dicho las pastoras ;
damas, y loa hombrea se han tanto enmndes-
cido, que claramente han mostrada qne en cosas
delicadaa no tienen tanto voto como las muje-
res. D. Félix entonces burlando dijo: No te
marovillea que en agudeza nos lleven ventaja,
pues en las demás perfecciones las excedemus.
No pudo sufrir Bklisa la burla de Don Félix,
pensando por ventura que lo decía de veras, ;
volviendo por las mujeres dijo: Queremos noe-
otras, Don Félix, ser aventajadas, y en ello
mostramos nueatro valor, snbjetándouoe de
grado á la voluntad y saber de loe bombrt^.
Pero no faltan nmjeres qne puedan estar
á parangón con loa máa señalados varones:
que aunque el oro esté escindido ó no co-
nosi'ido, no deja de tener su valor. Pero la ver-
dad tiene tanta fuerza, qne nuestras alabaniií
os las hace pubÜcar á vosotros, que mnstrto
ser iiuestroa enemigos. No cataba en tn opiíiióu
Florisia, pastora de grande sabiduría y h^l¡-
dad, que un dis en mi aldea, en nnss bodas,
donde habia mnchednnibre de pastores y pas-
toras, que de los vecinos ; apartados Ingare»
para la fiesta ae hablan allegado, al son de un
rabel y unaa chapaa, que dos pastores dieatra-
mente tañían, cantó una caución en defenaióii
y alabanza de las mujerea, que no sólo á ellas,
pero á los hombrea, de los cnalea allí decía
harto mal, sobradamente contentó. V si mucho
porfías en tn parescer, no será macho decirtda,
por derribarte de tu falsa opinión. Rieron todos
del mojo qne Iteiiaa habla mostrado, y en ello
passaron algunos donaires. Al fin el viejo Ec-
DIANA DE GASPAR GIL POLO
898
OBRio y el hijo Polvdoro, porque no se per-
diesse la ocasión de gozar de tan buena músi-
ca, como de Belisa se esperaba, le dizeron:
Pastora, la alabanza y defensa á las mujeres
les es justamente debida, y á nosotros el oilla
con tu delicada voz suaremente recitada. Plá-
ceme, dijo Bblisa, aunque hay cosas ásperas
contra los hombres, pero quiera Dios que de
todas las coplas me acuerde; mas comenzaré á
decir que yo confio que, cantándolas, el mesmo
Terso me las reducirá á la memoria. Luego Ar-
siLBo, viendo su Bblisa apercibida para can-
tar, comenzó á tañer el rabel, á cuyo son ella
recitó el cantar oido á Florisia, que decía desta
manera:
Canto de Florisia.
Salga fuera el verso airado
con una furia espantosa,
muéstrese el pecho esforzado,
el espíritu indignado
y la lengua rigurosa.
Porque la gente bestial,
que, parlando á su sabor,
de mujeres dice mal,
á escuchar venga otro tal
y, si es possible, peor.
Tá, que el vano pressumir
tienes ya de tu cosecha,
hombre vezado á mentir,
¿qué mal puedes tú decir
de bien que tanto aprovecha?
Mas de mal harto crescido
la mujer ocasión fué,
dando al mundo el descreído,
que tras de habelle parido
se rebela sin por qué.
Que si á luz no la sacara,
tuviera menos enojos,
porque ansí no la infamara, '
y en fin cuervo no criara
que le sacasse los ojos^
¿Qué varón ha padescido,
aunque sea un tierno padre,
las passiones que ha sentido
la mujer por el marido
y por el hijo la madre?
¡Ved las madres con qué amores,
qué regalos, qué blanduras
tratan los hijos traidores,
que les pagan sus dolores
con dobladas amarguras!
¡Qué recelos, qué cuidados
tienen por los crudos hijos ;
qué pena en verlos penados,
y en ver sus buenos estados,
qué cumplidos regocijos!
¡Qué gran congoja les da
si el marido un daño tiene,
y si en irse puesto está,
qué dolor cuando se va,
qué pesar cuando no viene!
Mas los hombres engañosof}
no agradescen nuestros duelos:
antes son tan maliciosos,
que á cuidados amorosos
les ponen nombre de celos.
Y es que como los malvados
al falso amor de costumbre
están contino vezados.
ser muy de veras amados •
les paresce pesadumbre.
Y cierto, pues por amarlos
denostadas nos sentimos,
mejor nos fuera olvidarlos,
ó en dejarlos de mirarlos,
no aconlarnos si los vimos.
Pero donoso es de ver
que el de más mala manera,
en no estar una mujer
toda hecha á su placer,
le dice traidora y fiera.
Luego veréis ser nombradas
desdeñosas las modestas
y las castas mal criadas,
soberbias las recatadas
y crueles las honestas.
Ojalá á todas cuadraran
essos deshonrados nombres,
que si ningunas amaran,
tantas dellas no quedaran
engañadas de los hombres.
Que muestran perder la vida,
si algo no pueden haber,
pero luego en ser habida
la cosa vista ó querida,
no hay memoria de querer.
Fíngense tristes cansados
de estar tanto tiempo vivos,
encarescen sus cuidados,
nómbransc desventurados,
ciegos, heridos, captivos.
Hacen de sus ojos mares,
nombran llamas sus tormentos,
cuentan largos sus pesares,
los suspiros á millares
y las lágrimas á cuentos.
Ya se figuran rendidos,
ya se fingen valerQsos,
ya señores, ya vencidos,
alegres estando heridos
y en la cárcel venturosos.
994
ORÍGENES DE LA NOVELA
Maldicen sas buenas aaertes,
menosprecian el vivir;
y en fin, ellos son tan fuertes,
que passan doscientas njuertes
j no acaban de morir.
Dan y cobran, sanan, hieren
la alma, el cuerpo, el corazón,
gozan, penan, viven, mueren,
j en cuanto dicen j quieren
hay extraña confusión.
Y por esso cuando amor
me mostraba Melibeo,
contábame su dolor,
yo respondía: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
Hombres, ved cuan justamente
el quereros se difiere,
pues consejo es de prudente
no dar crédito al que miente
ni querer al que no quiere.
Pues de hoy más no nos digáis
fieras, crudas y homicidas;
que no es bien que alegres vais,
ni que ricos os hagáis
con nuestras honras y vidas.
Porque si acaso os miró
la más honesta doncella,
ó afablemente os habló,
dice el hombre que la vio:
Desvergonzada es aquélla.
Y ansí la pastora y dama
de cualquier modo padesce,
pues vuestra lengua la llama
desvergonzada, si os ama,
y cruel, si os aborresce.
Peor es que nos tenéis
por tan malditas y fuertes,
que en cuantos males habéis,
culpa á nosotras ponéis
de los desastres y muertes.
Vienen por vuestra simpleza
y no por nuestra hermosura,
que á Troya causó tristeza,
no de Helena la belleza,
mas de París la locura.
¿Pues por qué de deshonestas
fieramente nos tratáis,
si vosotros con las fiestas
importunas y molestas
reposar no nos dejáis?
Que á nuestras honras y estados
no habéis respetos algunos,
dissolutoB, mal mirados,
cuando más desengañados,
entonces más importunos.
Y venís todos á ser
pesados de tal manera,
que queréis que la mujer
por vos se venga á perder
y que os quiera aunque no quiera.
Ansí conquistáis las vidas
de las mujeres que fueron
más buenas y recogidas:
de modo que las perdidas
por vosotros se perdieron.
¿ Mas con qué versos diré
las extrañas perfecciones?
¿de qué modo alabaré
la constancia, amor y fe
que está en nuestros corazones?
Muestran quilates subidos
las que amor tan fino tratan,
que los llantos y gemidos
por los difuntos maridos
con propria muerte rematan.
Y si Hippólyto en bondad
fué persona soberana,
por otra parte mirad
muerta por la castidad
Lucrecia, noble romana.
Es valor cual fué ninguno
que aquel mancebo gentil
desprecie el ruego importano,
mas Hippólyto fué uno
y Lucrecias hay dos mil.
Puesta aparte la belleza
en las cosas de doctrina,
á probar nuestra viveza
basta y sobra la destreza
de aquella Sapho y Gorina.
Y ansí los hombres letrados
con engañosa cautela,
soberbios en sus estados,
por no ser aventajados
nos destierran de la escuela.
Y si autores han contado
de mujeres algún mal,
no descresce nuestro estado,
pues los mesmos han hablado
(le los hombres otro tal.
Y esto poca alteración
causa en nuestros meresceres,
que forzado es de razón
que en lo que escribe un varón
se diga mal de mujeres.
Pero allí mesmo hallaréis
mujeres muy excelentes,
y si mirar lo queréis,
muchas honestas veréis
fieles, sabias y valientes.
DIANA DE GASPAR GIL POLO
895
Ellas el mundo hermosean
con discreción j belleza,
ellas los ojos recrean,
ellas el gozo acarrean
y destierran la tristeza.
Por ellas honra tenéis,
hombres de malas entrañas,
por ellas Tersos hacéis
y por ellas entendéis
en las valientes hazañas.
Luego los que os empleáis
en buscar vidas ajenas,
si de mujeres tratáis,
por una mala que halláis
no infaméis á tantas buenas.
Y si no 08 pueden vencer
tantas que hay castas y bellas,
mirad una que ha de ser
tal que sola ha de tener
cuanto alcanzan todas ellas.
Los más perfectos varones
sobrepujados los veo
de las muchas perfecciones
que della en pocas razones
cantaba un día Proteo.
Diciendo: En el suelo ibero,
en una edad fortunada
ha de nascer un lucero,
por quien Cynthia ver espero
en la lumbre aventajada.
Y será una dama tal,
que volverá el mundo ufano,
su casta ilustre y real
haciendo más principal
que la suya el africano.
Alégrese el mundo ya,
y esté advertido todo hombre
que de aquesta que vendrá
Castro el linaje será.
Doña Hieronyma el nombre.
Con Bolea ha de tener
acabada perfección,
siendo encumbrada mujer
del gran vicecanciller
de los reinos de Aragón.
Viendo estos dos, no presuma
Roma igualar con Iberia,
mas de envidia se consuma
de ver que él excede á Numa
y ella vale más que Egeria.
Vencerá á Porcia en bondad,
á Cornelia en discreción,
á Livia en la dignidad,
á Sulpicia en castidad
y en belleza á cuantas son.
Esto Proteo decia
y Eco á su voz replicaba;
la tierra y mar parecia
recebir nueva alegría
de la dicha que esperaba.
Pues de hoy más la gente fiera
deje vanos pareceres,
pues cuando tantas no hubiera,
ésta sola engrandesciera
ol valor de las mujeres.
Parescieron muy bien las alabanzas y de-
fensas de las mujeres y la gracia con que por
Belisa fueron cantadas, de lo cual Don Félix
quedó convencido, Belisa contenta y Arsileo
muy ufano. Todos los hombres que allí estaban
confessaron que era verdad cuanto en la can-
ción estaba dicho en favor de las mujeres, no
otorgando lo que en ella liabía contra los varo-
nes, especialmente lo que apuntaba de los en-
gaños, cautelas y fingidas penas: antes dijeron
ser ordinariamente más firme su fe y más en-
carescido su dolor de lo que publicaban. TiO
que más á Arsileo contentó fué lo de la res-
puesta de Florisia á Melibeo, tanto por ser ella
muy donosa y avisada, como porque algunas
veces había oído á Belisa una canción hecha
sobre ella, de la cual mucho se agradaba. Por
lo cual le rogó que en tan alegre día, para con-
tento de tan noble gente, la cantasse, y ella,
como no sabía contradecir á su querido Arsileo,
aunque cansada del passado cantar, al mesmo
son la dijo, y era esta:
Canción»
Contando está Melibeo
á Florisia su dolor,
y ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo»
El dice: Pastora mía,
mira con qué pena muero,
que de grado sufro y quiero
el dolor que no querría.-
Arde y muérese el deseo,
tengo esperanza y temor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: El triste cuidado
tan agradable me ha sido,
que cuanto más padescido,
entonces más deseado.
Premio ninguno deseo,
y estoy sirviendo al Amor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo»
El dice: La dura muerte
deseara si no fuera
1
896
ORÍGENES DE LA NOVELA
por la pena que me diera
dejar, pastora, de verte.
Pero triste, si te veo,
padezco maerte mayor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo,
£1 dice: Muero en nnrart<>
y en no verte estoy penando;
cuando más te voy buscando
más temor tengo de hallarte.
Como el antiguo Proteo
nmdo figura y color.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
El dice: Haber no pretendo
más bien del que la alma alcanza,
porque aun con la esperanza
me parcsce que te ofendo.
Que mil deleites posseo
en tenor por ti un dolor.
Ella responde: Pastor,
ni te entiendo ni te creo.
En tanto que Belisa cantó sus dos cantares,
Felicia habla mandado á una Nympha lo que
había de hacer para que allí se moviesse una
alegre fiesta, y ella lo supo tan bien ejecutar,
que al punto que acababa la pastora de cantar
se sintieron en el río grandes voces y alaridos,
mezclados con el ruido de las aguas. Vueltos
todos hacia allá, y llegándose á la ribera, vieron
venir río abajo doce barcas en dos escuadras,
pintadas de muchos colores y muy ricamente
aderezadas: las seis traían las velas de tornasol
blanco carmesí, y en las popas sus estandartes
de lo mesmo, y las otras seis velas y banderas
de damasco morado, con bandas amarillas.
Traían los remos hermosamente sobredorados
y venían de rosas y flores cubiertas y ador-
nadas. En cada una dellas había seis Nymphas
vestidas con aljubas, es á saber: las de la una
escuadra de terciopelo carmesí con franjas de
plata, y las de^la otra de terciopelo morado,
con guarniciones de oro; sus brazos arregaza-
dos, mostrando una manga justa de tela de oro
y plata, sus escudos embrazados á manera de
valientes Amazonas. Los remeros eran unos
salvajes coronados de rosas, amarrados á los
bancos con cadenas de plata. Levantóse en
ellos un gran estruendo de clarines, chirimías,
cornetas y otras suertes de música, á cuyo son
entraron dos á dos río abajo con un concierto
que causaba grande admiración. Después desto
se partieron en dos escuadrones, y salió de
cada uno dellos un barco, quedando los otros á
una parte. En cada cual de estos dos barcos
venía un salvaje vestido de los colores de su
parte, puestos los pies sobre la proa, llevando
un escudo que le cubría de loe pies á la cabeza,
y en la mano derecha una lanza pintada de
colores. Amainaron entrambos las reías, y á
fuerza de remos arremetieron el uno contn el
otro con furia muy grande* Movióse gruide
alarido de las Nymphas y salvajes, y de Iw
que con sus voces los favorescian. Los remeroi
emplearon allí todas sus fuerzas, procurando
los unos y los otros llevar major ímpetu y k-
cer más poderoso encuentro. Y viniéndose 4
encontrar los salvajes con las lanzas en loi
escudos, era cosa de gran deleite lo que les
acaescía. Porque no tenían tantas fuerzas ni
destreza, que con la furia con que los barcos
corrían y con los golpes de las lanzas quedas-
sen en pie, sino que unas veces caian dentro de
los bajeles y otras en el río. Con esto allí w
movía la rísa, el regocijo y la música, qw
nunca cessaba. Los justadores la vez que caliB
en el agua iban nadando, y siendo de las Nym-
phas de su parcialidad recogidos, volvían otn
vez á justar, y cayendo de nuevo, mnltiplíct-
ron el regocijo. Al fin el barco de carmesí tído
con tanta furía y su justador tavo tanta des-
treza, que quedó en pie, derribando en el río á
su contrarío. A lo cual las Nymphas de sn es-
cuadrón levantaron tal vocería y dispararon tan
extraña música, que las adversarías quedaron
algo corridas, y señaladamente un salvaji
robusto y soberbio, que afrentado y muy fer<i
dijo: ¿Es possible que en nuestra compafiz
haya hombre de tan poca habilidad y faem
que no pueda resistir á golpes tan ligat)i!
Quitadme, Nymphas, esta cadena, y sirva en
mi lugar por remero quien ha sido tan flojo
justador, veréis cómo os dejaré á vosotras ren-
cedoras y á las contrarías muy corrídas. Biclw
esto, librado por una hermosa Nympha de b
cadena, con un bravo denuedo tomó la lana }
el escudo, y púsose en pie sobre la proa. A b
hora los salvajes con valerosos ánimos comen-
zaron á remar, y las Nymphas á mover grande
vocería. El contrario barco vino con el mesmo
ímpetu, pero su salvaje no hubo menester an-
plear la lanza para quedar vencedor, porqae d
justador, que tanto había braveado, antes qne
se encontrassen, con la furia que su barco lle-
vaba, no pudo ni supo tenerse en pie, sino qw
con su lanza y escudo cayó en el agua, daado
claro ejemplo de que los más soberbios y pn-
sumptuosos caen en mayores faltas. Las TSj^'
pas le recogieron, que iba nadando, aunque no
lo merescía. Pero los cinco barcos de mondo
que aparte estaban, viendo sa compañero Tci-
cido, á manera de afrentados todos arremetie-
ron. Los otros cinco de carmesí hicieron b
mesmo, y comenzaron las Nymphas á tinr
muchedumbre de pelotas de cera blanca y cok-
rada, huecas y llenas de ag^s olorosas, ln^^
DIANA DE GASPAR GIL POLO
Undo tal grita f peleando con tal orden y con-
i;Íerto, que figararon allí ana reñida Mtalla,
como si verdaderamente lo fuera. Al fin de la
cual loe barcoe de la devisa morada moatraron
qaedar rendidos, j las contrarias Xjmphaa
saltaron en ellos á manera de vencedoraa, ;
luego con la mesma música vinieron á la ribera,
j desembarcaron las vencedoras y vencidas con
los captivos salvajes, haciendo de su beldad
mu; alegre mnestra. Fassado esto, Felicia se
rolvi¿ i la fnente donde antes estaba, j Engc-
río J la otra compañía, signiéndola, bicieron lo
mesmo. Al tiempo que vinieron 6 ella, hallaron
nn paator que en tanto qne habla durado la
justa habla entrado en la huerta j se habla
sentado junto al agua. Paresciáles & todos mu;
gracioso, 7 especialmente á Fblicia, que ya le
conoBcla, j ansí )e dijo: A mejor tiempo no
pudieras venir, Turíano, para remedio de tu
pena ; para augmento desta alegría. En lo que
toca á tu dolor, después se tratará, mas para
lo dcm&s conviene que publiques cuanto spro-
▼eche tu cantar. Ya veo que tienes el rabel
fuera del znrnín, paresciendo querer complacer
á esta hermosa compaDJn; canta algo de tu El-
viuia, que dello quedarás bien satisfecho. Es-
pantado qued<5 el pastor qnc Felicia le nom~
brasse á él j á su tagala, j que i su pena alivio
prometíesse; pero pensando pagarle más tales
ofresciniientos con hacer su mandado que con
gratificarlos de palabras, estando todos assen-
tadoa 7 atentos, se puso á tañer su rabel j á
cantar lo siguiente:
Rima» prorenzale».
Cuando con mil colores devisado
viene el verano en el ameno suelo,
el campo hermoso está, sereno el cielo,
rico el pastor y próspero el ganado.
Philomena por árboles floridos
da BUS gemidos:
hay fuentes bellas,
y en tomo dellas,
cantos suaves
de Kjmphas y aves.
Mas si Elvinia de alli sus ojos parte,
habrá contino hibierno en toda parte.
Caando el helado Cierzo de hermosura
despoja hierbas, árboles y flores,
el canto dejan ya los niiseñores
y queda el yermo campo sin verdur».
Mil horas son más largas que los dias
las noches frías,
espessa niebla
con la tiniebla
escura j triste
el aire viste.
Mas salga Elvinia al campo, y por doqníera
renovará la alegre primavera.
Si alguna vez envia el cielo airado
el temeroso rayo 6 bravo trueno,
está el pastor de todo amparo ajeno,
triste, medroso, atiínito y turbado.
Y si granizo 6 duri piedra arroja,
la fruta y hoja
gasta y destruye,'
el pastor huye
á passo largo,
triste y amargo.
Mas salga Elvinia al campo, y su belleza
desterrará el recelo y la tristeza.
Y si acaso tañendo m\¿ 6 cantando
á sombra de olmos d altos valladares,
y están con dulce acento á mis cantares
la mirla y la calandria replicando;
Cuando siuive expira el fresco viento,
cuando el contento
más soberano
me tiene ufano,
libre de miedo,
lozano; ledo:
si assoma Elvinia airada, assi me espanto,
que el rayo ardiente no me atierro tanto.
Si Delia en perseguir silvestres fieras,
con muy castos cuidados ocupada
va de su hermosa escuadra acompañada,
buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Uamadriadas hermosss
con frescas ro§As
le van delante,
está triunfante
con lo que tiene;
pero si viene
al bosque donde casa Elvinia mía,
parecerá menor su lozanía,
Y cuando aquellos miembros delicados
se lavan en la fuent« esclarescida,
ai allí Cyntia estuviera, de corrida
los ojos abajara avergonzados.
Porque en la agua de aquella transparente
y clara fuente
el mármol fino
y peregrino
con beldad rara
so figurara,
; al atrevido Acteon, si la riere,
no en cieno, pero en mármol convertiera.
Canción, quiero mil veces replicarte
en toda parte,
por ver si el canto
amansa un tanto
mi clara estrella,
tan cruda ; bella.
Dichoso ;o si tal ventura hubiesse
que Elvinia se ablandasse 6 yo mnriesee.
398
ORÍGENES DE LA NOVELA
No 86 puede encarescer lo que les agradó
la voz y gracia del zagal, porque él cantó de
manera, y era tan hermoso, que paresció ser
Apolo, que otra yez había venido á ser pastor,
porque otro ninguno juzgaron suficiente á tan-
ta belleza y habilidad. Montano, maravillado
dcsto, le dijo: Grande obligación tiene, zagal,
la pastora Elvinia, d(; quien tan subtilmente
has cantado, no sólo por lo que gana en ser
querida de tan gracioso pastor como tú eres,
pero en ser sus bellezas y habilidades con tan
delicadas comparaciones en tus versos encares-
cidas. Pero siendo ella amada de ti, se ha de
imaginar que ha de tener última y extremada
perfección, y una de las cosas que más para
ello la ayudarán, será la destreza y ejercicio do
la caza, en la cual con Diana la igualaste, por-
que es una de las cosas que más belleza y gra-
cia añaden á las Nymphas y pastoras. Un za-
gal conosci yo en mi aldea, y aun Ismenia y
Selvagio también le conoscen, que, enamorado
de una pastora nombrada Argia, de ninguna
gentileza suya más captivo estaba que de ima
singular destreza que tenia en tirar un arco,
con que las fieras y aves con agudas y ciertas
flechas enclavaba. Por lo cual el pastor, nom-
brado Olympio, cantaba algunas veces un sone-
to sobre la destreza, la hennosura y crueldad de
aquella zagala, formando entre ella y la Diosa
Diana y Cupido un desafio de tirar arco, cosa
harto graciosa y delicada, y por contentarme
mucho le tomé de cabeza. A esto salió Cle-
NARDA diciendo: Razón será, pues, que tenga-
mos parte de esse contento con oirle. A lo me-
nos á mi no me puede ser cosa más agradable
que oírtele cantar, siquiera por la devoción que
¿Migo al ejercicio de tirar arco. Pláceme, dijo
Montano, si con ello no he de ser enojoso. No
puede, dijo Polvdoro, causar enojo lo que con
tan gran contento será escuchado. Tocando en-
tonces Montano un rabel, cantó el soneto de
Olympio, que decía:
Soneto.
Probaron en el campo su destrozn
Diana, Amor y la pastora mía,
flechas tirando á un árbol, que tenía
pintado un corazón en la corteza.
Allí apostó Diana su belleza,
su arco Amor, su libertad Argín,
la cual mostró en tirar más gallardía,
mejor tino, denuedo y gentileza.
Y ansí ganó á Diana la hermosura,
las armas á Cupido, y ha quedado
tan bella y tan cruel desta rictoría,
Que á mis cansados ojos su figura,
y el arco fiero al corazón cuitado
quitó la libertad, la vida y gloria.
Fué muy agradable á todos eate soneto, t
más la suavidad con que por Montano fué cui-
tado. Después de consideradas en particnlir
todas sus partes, y passadas algunas plática*
sobre la materia del, Felicia, viendo qoe la
noche se acercaba, paresciéndole que paia aqnd
dia sus huéspedes quedaban asaz regocijados,
haciendo sefial de ouerer hablar, hizo qu« la
gente, dejado el bullicio y fiesta, con ánimo
atento se sossegasse, y estando todos en repo-
sado silencio, con su acostumbrada gravedad
habló ansi:
Por muy averiguado tengo, caballeros y di-
mas, pastores y pastoras de gran merescimiento.
que después que á mi casa venísteis, no podrñi
de mis favores ni de los servicios de mis Nrm-
pbas en ninguna manera quejaros. Pero fué
tanto el deseo que tuvo de complaceros y el
contento que recibo en que semejantes personafl
le tengan por mi causa, que me paresce qne,
aunque más hiciera, no igualara de g^n parta
lo mucho que merescéis. Solos quáan entre
vosotros descontentos Karcisso con la asperea
de Melisea y Turiano con la de Elvinia. A loi
cuales por agora les bastará consolarse con It
esperanza; pues mi palabra, que no suele meD-
tir, por la forma que más les conviene, prests
y cumplida salud ciertamente lea promete. A
Eugerio veo alegre con el hijo, hijas y yerno,
y tiene razón de estallo, después que á cansa
dellos se ha visto en tantos peligros y ha safrí-
do tan fatigosas penas y cuidados.
Acabadas las razones de Felicia, el viejo Ea*
gerio quedó espantado de tal sabiduria, y loa
demás satisfechos de tan saludable repren-
sión, sacando della provechoso fruto para virir
de allí adelante muy recatados. Y levantándose
todos de entoino la fuente, siguiendo á la sa-
bia, salieron del jardín, yendo al palacio á reti-
rarse en sus aposentos, aparejando los ánioios
á las fiestas del venidero día. Las cuales y lo
que de Narcisso, Turiano, Tauríso y Berardo
acontosció, juntamente con la historia de Utn-
teo y I )uardo, portugueses, que aqui por algn-
nos respetos no se escribe, y otras cosai de
gusto y de provecho, están tratadas en la otn
parte dcstc libro, que antes de muchos dias,
placiendo á Dios, será impressa.
FIN I>E LA DfANA ENAMOKADA DE GASPAK GIL POLO
I PASTOR DE FILIDA
COMPUESTO POR
LUIS GÁLVEZ DE MONTALVO
OENTIL-HOMBRK CORTESANO
•$4$
TA DEDICATORIA DKL AUTOR AL MÜT ILÜ8-
RE SBfiOR DON BKRIQUE DE MENDOSA Y
RAGÓN
'onsiderando que desde el tiempo que U. S.
riaba en casa de sus ezcelentiss irnos abue-
aquel gran Duque del Infantado, tan digno
e nombre, j aquella gran señora, digna bija
Infante Fortuna, siempre U. S. fué ama-
de la rirtud; y siempre, desde aquella edad
la, ha ido resplandeciendo en. su pecho la
¡osa llama de su sangre, hasta ser el major
imonio della, de dó nace ser U. S. entre los
)s el más virtuoso de los ricos j el más rico
os virtuosos, con aquel don del cielo que
mayor premio el mundo puede dar: amado
grandes y menores, y de todos conocidas las
ciencias con que fué criado, sin que rabia
iempo ni rigor de envidia lo puedan negar
eshacer. Entre los venturosos que á U. S.
)cen y tratan, he sido yo uno, y estimo que
08 más, porque deseando servir á U. S. se
plió mi deseo, y assi dejé mi casa y otras
' señaladas, dó fui rogado que viviesse, y
á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi
or trabajo es estar ocioso, contento y hon-
», como criado de U. S. Y assi, á ratos éntre-
lo en mi antiguo ejercicio de la divina aliezA
i Poesía, donde son tantos los llamados y tan
)3 los escogidos, he compuesto El Pastor
^'iLiDA, libro humilde y pequeño, digníssimo
u nombre, de aquel favor con que U. S.
e amparar (". los necessitados del, en lo cual
) se le ofrezco, rudo y mal ataviado, como
e de las Selvas, para que U. S. le dos-
:e y componga de su mano, que cuanto es
soberbio en pensamientos, es humilde en volun-
tad; y sabrá conocer la merced que se le hiciere,
sin miedo de que nadie le ose enojar; y yo que
le envió, me atreveré á trocar su zampona en
trompeta heroica, que cante el bien que el
mundo de U. S. tiene y espera: cuya muy ilus-
tre persona y estado nuestro Señor guarde y
acreciente, como todo el mundo desea. De Ma-
drid, y Febrero 20 de 1682.
Las muy ilustres manos de U. S. besa su
criado
Oálvéz de Montalvo,
EL autor al libro
Pastor de mis pensamientos,
guardador de mis cuidados,
si quieres trocar los prados
por soberbios aposentos,
seráte fuerza volar
sin alas con que subir,
y habréme de lastimar,
de mí, por verte partir;
de ti, por verte quedar.
Dejarás la gravedad;
no me parezcas en esto;
también será deshonesto
que pierdas mi autoridad.
Si te vieres en aprieto,
mostraréte á ser bastante
para quedar sin defeto,
sei con el necio arrogante
y humilde con el discreto.
Cuando entre damas te vieres,
honestas, sabias, hermosas.
400
ORÍGENES DE LA NOVELA
encnbrirás cuantas cosas
contra sn opinión tnrieres;
mas si te catan los senos
y en sns orejas dissnenas,
diles, con ojos serenos,
que si todas fueran buenas
las buenas valdrían menos.
No llevas capas, ni ornatos
de Parnassos, ni Helicones,
que por mis pobres rincones
apenas tenias zapatos.
Y si los Faunos acaso
por los montes te encontraren,
passa quedo, habla passo;
que donde ellos agradaren
harán de ti poco caso.
No te quiero yo obligar
á hablar de mi por tassa;
que lo que passa 6 no passa,
ya sé que lo has de contar;
y si causares porfia
con lo que te enseño yo,
bajarás la fantasia,
y di que el que te enseñó
quizá menos lo entendía.
Si te aprobaren los más,
no te mueva hichazón,
que la perfeta eleci¿n
en los menos la verás;
pero si los pocos ves
contar tus hechos por vanos,
no pretendas tu interés,
ni te cures de las manos,
que más te valdrán los pies.
Para derramar tus obras,
no tomes larga carrera:
si agradas, vas tras do quiera,
si enfadas, do quiera sobras.
Donde tus prendas estáu
no temas los enemigos,
y si te ves en afán
acógete á mis amigos,
que éstos no te faltarán.
No quiero negarte aquí,
que otro gallo me cantara
si á mi se me aconsejara
lo que te aconsejo á ti ;
lo que sé te significo,
haz lo que será cordura,
no puedo dejarte rico;
mas si tuvieres ventura,
podrás valer por tu pico.
Bien conviene que recuerden
los Hados á te ayudar,
si te tienes de ganar
por lo que tantos se pierden,
podría ser que muriesses
como han hecho más de dos;
ó tantos siglos viviesses.
que hoy pidiesses por Dios,
y tú mañana lo díessea.
Si se rompiere la hebra
de mi nombre y de tu vida,
la hechura irá perdida,
como vidrio que se quiebra.
Y pues de vivir honrado
te partes tan sospechoso,
no debes juzgar tu estado
por larga vida dichoso, *
• ni por corta desdichado.
Mas íayl que me llevas cnanto
me tenía enriquecido,
que como lo he padecido
por fuerza lo estimo en tanto,
y otras prendas que no cuenta»,
que parece poco seso
mezclarlas en este intento;
mas van para contrapeso,
porque no te Heve el viento.
Ora cantes, ora llores,
ora provoques á risa,
siempre será tu doñea:
LA CAUSA DE MIS DOL0BB8.
Este es el blasón que quiero,
y del quiero que presumas;
y en lo demás te requiero,
que te faltarán las plumas
si te picas de altanero.
GBN8URA
Por comissión de los Señores del Con»
de su Majestad, he visto este libro, cuyo íí\a
es El. Pastor .db Filida, compuesto por Li
(lálvez de Montalvo, en prosa y verso casi
llano ; y habiéndole passado con atención, me;
rece no sólo digno de salir á luz, en conf(
midad de la pretensión de su autor, más ai
que me parece, por su pureza, propiedad, f
cilidad y dulzura, por la novedad de las inve
ciones, por la orden y disposición con que I
trata, ser estimado por uno de los más acepi
que hasta ahora on este género han salido
juicio del mundo; y aunque la materia, sientf
pastoril y amorosa, parece que de suyo p
quiere humildad y llaneza, no le ha costado ta
poco guardar el decoro que en ella se pide, qc
no haya hecho por igual el estilo y acomodar
al propósito que se sigue, guardando las partí
á él necessarias, todo lo que, con mucho estudit
de un aventajado ingenio se puede esperar:
assi, libre de pasión, me parece que se le del
conceder la licencia que pide. En Madrid á do
de Junio de 1581.
»
Pedro Laintz.
EL PASTOR DE FILIDA
401
PRIMERA PARTE
DKL PA8T0R DE FILIDA
Cuando de más apae^stos y lucidos pastores
ñorecia el Tajo, morada antigua de las sagra-
das Musas, vino á su celebrada ribera el cau-
daloso Mendiuo, nieto del gran rabadán Men-
diano, con cuya llegada el claro rio ensoberbeció
sus corrientes: los altos montes de luz y glo-
ria se vistieron; el fértil campo renovó su casi
perdida hermosura, pues los pastores del, inci-
tados de aquella sobrenatural virtud, de mane-
ra siguieron sus pisadas que, envidioso Ebro,
confuso Tormes, Pisuerga y Guadalquivir ad-
mirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas
urnas manaron con un silencio admirable: sólo
el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era
Mendino, cuya ausencia sintió de suerte He-
nares, su nativo rio, que con sus ojos acrecentó
tributo á las arenas de oro. Bien le fué menes-
ter al gallardo pastor, para no sentir la ausen-
cia de su carissimo hermano, hallar en esta ri-
bera al gentil Castalio, sn primo, al caudaloso
(!)ardenio, al galán Coridón, con otros umchos
valerosos pastores y rabadanes, deudos y ami-
gos de los suyos, con quien passaba dulce y
agradable vida Mendino, en quien todos halla-
ban tan cumplida satisfación, que como olvida-
dos de sus propias cabanas, sitios y albergues,
los de Mendino estaban siempre acompañados
de la mayor nobleza de la pastoría: de allí sa-
lían á los continuos juegos, y allí volvían por
los debidos premios; allí se componían las per-
didas amistades y por allí pasaban los bienes
y males de Amor, cuáles pesada y cuáles lige-
ramente: sólo Mendino entre todos era tan se-
ñor de sí en sus tratos, que si todos no le ama-
ran, todos le fueran envidiosos; mas ¿quién go-
zará perseverancia en tanto bien contra las
fuerzas del tiempo, si donde unas no bastan
otras sobran? Curiosamente Mendino, guiado
de los pastores de la nueva ribera, vido las más
hermosas pastoras y ninfas de ella: la gracia
y gallardía de Filena y Nise, la gran hermosura
de Pradelia y Clori, la sin igual discreción de
Nerea, acostumbrada á vencer en versos á los
más celebrados poetas del Tajo; el dulcíssimo
canto de Belisa, acompañado de igual valor, y
otras muchas, que no quedaban atrás, no bas-
taron á que la libertad de Mendino no passase
por muchos días adelante, hasta llegar el plazo
de su deuda, que fué en un día del florido Abril,
entre los salces del río, donde, retirados de los
silvestres juegos los más validos pastores y las
pastoras de más beldad, Elisa entre ellas fué
señalada para venganza de Amor, á quien Men-
dino rindió las fuerzas y la voluntad á un punto.
OBÍQENES DE LA NOVELA.- 26
Era Elisa de antigua y clara generación, de
hermosura y gracia sin igual, de edad tierna y
de maduro juicio, amada de muchos, mas de
ninguno pagada, y aun el saber esto fué causa
en Mendino de detenerse en descubrir su fuego,
que, como las plantas con los años, iba con. las
horas creciendo, hasta que el sufrimiento rom-
pió, y las secretas llamas resplandecieron por
mil diversas partes, ora en placer, ora en
tristeza; cuándo concertando fiestas públicas,
donde á todos los pastores se aventajaba, y
cuándo en profundas melancolías retirándose,
aunque lo más ordinario era, olvidado del hato
y los amigos, buscar los lugares donde Elisa
estaba, no inocente, aunque dissimulada, de la
afición de Mendino, el cual, entre temor y es-
peranza, determinó decirle su mal, y faltándole
aliento en la presencia, tomó por medio escri-
birle, no en versos propios ni ajenos, ni con
palabras de artificio y cuidado, sino con pura
llaneza del corazón, en razones humildes como
éstas:
MENDIirO
«Elisa: Si el conoceros ha sido causa para
desconocerme, podrálo ser también de mi dis-
culpa en esta osadía, que os certifico que no lo
es decir mis malee, sino un dolor, de que de-
béis doleros como causa del, y no le tuviera por
tal si le mereciera; pero verme indigno del daño
me quita la esperanza del remedio y me aco-
barda de suerte al descubrirle, que holgaría que
este papel perdiesse el camino, por que no nos
perdamos los dos: que esto es muy cierto, si
vos, como sola señora mía, no volvéis en todo
por mí, revolviendo á vuestro valor y hermosu-
ra, de cuya fuerza fuera impossible resistirme,
cuanto más librarme. En fin; peno, y no hay
para mí lugar de alivio, sino vuestra voluntad,
que, como yo la sepa, será la medida de mi de-
seo, del cual, pues antes que á vos he hecho tes •
tigos á las piedras y á las plantas, no es razón
que también antes que vos se duelan de quien
ama la muerte por amaros. )>
Este papel llegó á las manos de Elisa por
las de un zagal de Mendino, que en la cabana
de la hermosa pastora tenía entrada. No fué
Sirio (que assí el zagal se llamaba) mal reci-
bido, ant^s, pas&ando Elisa muchas veces los
ojos por la carta, passaron por su pecho mil
consideraciones tiernas, que con cada una iba
perdiendo de la entereza de su corazón, que
siempre fué desdeñoso y grave, y vuelta á Sirio,
le dixo: DUe, zagal ^ á Mendino, que si éstas
son verdades, el tiempo lo dirá por él. Con esto
el zagalejo volvió á Mendiuo. y Mendino tan
en sí, como de muerte á vida. Primero alabó su
pensamiento y la hora de su determinación, y
402
ORÍGENES DE LA NOVELA
ofreció de nuevo la libertad á Elisa, y luego es-
tudió los passos de su jornada con más cuidado
y menos demostraciones, que es muy de buen
enamorado, más recatado á más favor. No dejó
la compañía délos amigos y deudos, ni se apai-tó
de los ratos de exercicio público, aunque todos
eran pesados para él, pero con una templada
dissimnlación buscaba los de su contento, y
acompañaba al viejo Sileuo, venerable padre de
la hermosa pastora; y muchas veces en su com-
pañía, y en la de Galafrón y Barcino, Mireno y
Liardo, los tres deudos y el uno apasionado de
Elisa, passaban los días por la espessura del
monte ó por las sombras del llano, á gran pla-
cer de todos, que sin más industria de su na-
tural condición, de buenos y malos era amado,
y en cualquier lugar se le daba el primero; mas
(MI el pecho de Elisa no había segundo, ni el pas-
tor quería otro bien sino óste, ni ya ella podía
detenerse en allanarse, ni Amor en favorecer sus
intentos, y assí todo era verdad, todo amor y
todo llaneza sin estorbo, que los mismos deu-
dos y aficionados de Elisa entretenían á Men-
diiio y le llevaban á lascalmñas de Sileno; y el
mismo Sileno, sin esquivarse de que acompa-
ñasse á la cara hija por la soledad de los cam-
pos y las fuentes; y todo se podía fiar de la bon-
dad de Mendíno y del valor de Elisa, aunque
no en la opinión de Filis, hermosa ninfa del
Tajo, que, amando secretamente á Mend i no, sin
osar descubrirle su intención, combatida de
amor v celos, muchas veces los buscaba, v con
fingida amistad acompañándolos, escudriñaba
sus pedios, sin entender el pastor que Filis le
amaba ni Elisa que le al)orrecía. Pues como un
dia, entre otros, Elisa, Filis y Ciori, Meudino,
Galafrón y Castalio, se hallasen juntos á la
sombra y frescura de un manso arroyo, habien-
do passado gran rato en dulces pláticas y razo-
nes, ya que el sol il)a igualando los campos y
los sotos, Galafrón, incitado de los demás pas-
tores, sacó la lira y la acompañó cantando:
GALAFRÓN
Pastora, tus ojos bellos,
mi cielo puedo llamallos,
pues en llegando á mirallos
se me passa el alma á ellos.
Ojos cuya perfección
desprecia humanos despojos,
los ojos los llamen ojos,
que el alma sabe quien son.
Pastora, la fuerza del los
por espejo hace estimallos,
pues viene junto el mirallos
y el passarse el alma á ellos.
Muchas cosas dan señal
desta verdad sin recelo,
que tus ojos son del cielo
y su poder celestial.
Pastora, pues sólo Vellos
fuerza el corazón á amallos,
y la gloria de mira'los
á passarse el alma á ellos.
Elisa fué en quien menos Galafrón puso Iw
ojos mientras duró su canto, y aun ella la que
menos estuvo en él: pero todos conocieron A
recato del pastor y el desdén de la pastora, y no
osando alabarle á él por ella ni hablarle á*el]i
en él, todos callaban, hasta que Mendiuo, al son
de un rabel, con esta canción rompió el sÚentio:
UENDIXO
Si tanto gana, pastora,
quien mira tus ojos liellos,
;qué hai-á el mirado dellos?
Entre mirarse y mirar,
la ventaja es conocida,
como de buscar la vida
á venir ella á buscar.
No le queda qué hallar
á aquel que merece vellos,
sino ser mirado dellos.
Aunque en su luz sin igual
no puede haber. competencia,
por oficio hay diferencia
(le más y menos caudal;
que si el medio principal
(1(4 deseo es conocellos,
el fin ser mirado dellos.
Este breve cantar, dilatado con dulce son y
agradable harmonía, escuchó Elisa con rostro
alegro y grave, y los demás con mucha atenoióu
y gusto: y ya que el gentil Castalio, las manos
en el rabel y los ojos en la bella Clori, acrecen-
tarle quería, vieron venir al arroyo los dos
apuestos pastores Bruno y Turino, éste nue-
vamente cautivo y aquél escapado del Amor,
siendo verdad que poco antes fué Bruno el
amante y Turino el descuidado ; pero á todo
bastó la hermosura y aspereza de Filis, esti
misma Filis (¿ue áM endino secretameu ti* amaba.
Pues como agora los dos pastores llegaron, y
vieron la causa, uno de su presente y otro de su
passado daño, ambos destos pastores admitidos,
y ambus dellos mismos rogados, ambos las ma-
nos en las liras, desta arte Bruno y asaí Turino
cantaron :
BRUNO
Id, mis cuidados, de rigor vestidos
por los peñascos de dureza llenos,
que allí aun seréis por ásperos tenidos.
EL PASTOR DE FILIDA
403
TCRIKO
Venios á mi, llenad entrambos senos
de cuerpo y alma, que el que os busca y llama,
cuando sois más, os tiene por más buenos.
BUCXO
lüeu gana gloria, bien consiü^nc lama,
quien por amar á solo su eaemitro
de sí se olrida v su salud desama.
TUKIXO
Al cielo, Filis, quiero por testigo.
Filis hermosa, que me importa amarte
cuando procuro no estar mal conmigo.
BRUNO
Miedos ú una, celos á otra parte;
vayan y vengan fáciles antojos,
en cuyo gusto el alma tenga parte.
TÜRIXO
Si para mí nacieron los enojos,
í'cúmo podré no sujetar el cuello
al yugo amado sobre entrambos ojos?
liRÜNO
Ya que te ves colgado de un cabello
y tu esperanza encomendada al viento,
¿qué piensas ver en recompensa dello?
TDRIXO
Cuando no vea más de mi tonuento
y aquel valt>r que es ocasión del daño,
es paga justa de mi perdimiento.
BRÜXO
Mira y verás tu engaño,
que tu garganta con placer desnuda;
y el presto desengaño
el duro lazo al tierno cuello añuda,
la leña pone luego,
y tu fe misma está soplando el fuego.
TÜRISO
Los claros ojos miro
de quien el alma, vida 6 muerte quiere;
que allí sólo respiro,
donde el dolor con más rigor me hiere,
y aquella hermosura
es el Abril de mi mavor frescura.
BRtXO
i Oh desdén de perfeción,
hágate el mundo un soberano tomplo,
y el fiel corazón
se ponga allí en mi muerta por ejemplo;
y con él sean colgadas
estas cadenas, rotas de apretadas!
TU RING
A ti va mi destino.
Amor; por tuyas todas mis prisiones,
que en el agro camino,
en que á tu gusto mis pisadas pones,
más aliviado ando
cuando las llevo por tu honor rastrando.
BRUNO
Vive penando entre cuidados tristes.
TÜRINO
Cuenta tus chistes entre los pastores.
BRUNO
Bebe dolores, sudarás fatigas.
TÜRIKO
Come tus migas, vivirás contento.
BRUNO
Haz en el viento muros v castillos.
TURlNO
Haz tú á los grillos jaulas de la avena.
BRUNO
Siembra en la arena, perderás cuidado.
TURINO
Y sin perderle quedaré pagad*».
Si la hennosa Filis no fuera tan graciosa y
tan discreta, no pudiérase cansar destas can-
ciones, porque igualmente el cautivo y el exento
la enfadaban; mas viendo que los demás con
tanto deleite los oían, la pastora hizo lo mismo
hasta el fin, que como los pastores se metieron
en cuestión de firmezas y mudanzas, ella se
volvió á Elisa, y á poco rato, despedidas de los
pastores, se entraron por la espessura de los
árboles con poco gusto de todos, y menos de
Mendino, que las quisiera seguir, pero no pudo,
404
orígenes de la novela
quo Galafrón por diversa parte le lleyó hablan-
do, y cuando le vido eu soledad fayorable á su
intención, primero alabó la hermosura y discre-
ción de Filis, el caudal y suerte, y sobre todo
el trato tan lleno de bondad y llaneza; después
le aconsejó que pussiesse en ella el pensamiento,
pues en otra ninguna estaría tan bien ocupado.
Ni le pareció al cortés Mendino despreciar al-
p^una destas cosas, pero menos le salió al em-
pleo, y como no era esto lo que Galafrón bus-
caba, declaróse más, y dijo que él sabia que le
amaba Filis. Mendino hizo la estimación de-
bida, y tras largas razones, á más ver se des-
pidieron los dos y guiaron á sus ganados, que
en el amparo de nobles mayorales y pastores
los tenían. Graciosa cosa que Filis hizo el mis-
mo oficio con Elisa, pidiéndole quQ amasse á
Galafrón, pues su valor y su fe lo merecían; de
dó se deja entender que Galafrón y Filis esta-
ban de concierto, y aunque Galafrón á Mendino
y Filis á Elisa se encargaron el secreto, no por
osso Mendino y Elisa le guardaron; y bueno
fuera que los dos se celaran ningún propio acae-
cimiento, ésta fuera la falta, que si en essotro
la hubo quedóse en quien entendió que entre
Mendino y Elisa podía, habiendo sola una alma,
haber más de un corazón. Discreta era Elisa, y
viendo que Filis, enamorada y celosa, los podría
dañar, aconsejó á Mendino que con aparencías
la entretuviesse, y serviría de más seguridad y
secreto en sus veras. Lo mismo quiso Mendino
que Elisa hicicsse con Galafrón, y el ponei-se
assí por obra fué cansa en ellos de mayor de-
leite, porque las horas que los dos verdaderos
amantes se hurtaban de todos para solos verse
y conversarse, con toda aquella bondad que dos
alpins desnudas lo pudieran hacer, no era la
peor parte el contarse lo que á él con Filis y
á ella con Galafrón les sucedía. Ved si Men-
dino y Elisa vivirían contentos: puis Galafrón
y Filis también lo estaban, hasta que no faltó
quien lo viniesse á turbar en tíxios. Murió Pa-
delio, noble y próspero rabadán, y vino al Tajo
á heredar sus rebaños Palideo, ^u hermano,
mancebo sabio y galán, y quitando los ojos de
la herencia, los puso en la belleza de Elisa, con
tanta solicitud y ardimiento, que de día en sus
cabanas, con el viejo Sileno, que su grande
amigo era, y de noche cercándolas con sus pro-
pios ])astores, jamás faltaba: esto á gran costa
y pesar de Mendino, y no menos de Elisa, por-
que, estorbadas las horas de su contento, los dos
andaban tan sin él, que fácilmente se les echaba
do ver, y lo peor fué que Sileno, con sospecha
ó aviso, se receló de entrambos. Creció el cui-
dado en Mendino, y perdiendo el respeto á su
recato, los días velaba y las noches no dormía.
Y no es possiblo menos á quien ama en com-
petencia, aunque verdaderamente se vea triun-
fando de su enemigo. Desta diligencia, Padileo,
celoso, acrc-centó la suya, y Galafrón y Filis
vieron su perdición : que en los tiempos adver-
sos nadie sabe fingir. Nublados fueron éstos
que en Padileo tronaron, en Mendino y Elisa
turbaron la luz, y en los ojos de Galafrón y
Filis llovieron, y no por esso cesaron: pues
viéndose Elisa en tanto dolor y á su querido
amante, confusa y triste y imposibilitada de
poderle consolar, quiso hacerlo por escrito, y
con el zagal Sirio le envió una letra que decía:
ELISA
Es el papel en que escribo
el corazón que os he dado;
y el estilo mal limado,
el mismo mal en que vivo;
el agotado licor
de mis entrañas la tinta ;
y la pluma que le pinta,
es con la que vuela Amor.
Kecebid esta embajada,
á vos sola dirigida,
de una libertad perdida
y una voluntad ganada,
aunque por aqueste modo
pagados vamos los dos,
pues que hallo en solo vos
todo lo que pierdo en todo.
Viviendo sola y ausente
de mi propia compañía,
agravio al alma sería
preguntarle lo que siente.
Si á descubrirlo me ofrezco,
en vano me cansaré,
pues se ha de entender por fe
ó por mí que lo padezco.
Estas montañas á una
testigos firmes me son
que lo es más mi corazón
á los golpes de Fortuna.
Y este noble humilde techo,
que de albergaros fué diño,
salHí que sólo Mendino
puede caber en mi pecho.
Moradas de hombres y fieras
conocen esta verdad,
que mi mucha voluntad
no se extiende á menos veras.
Y si vos de aqueste intento
lo cierto queréis sentir,
sin alma podré vivir
con vuestro conocimiento.
Si no escucháis el dolor,
tenclde de verme así,
con tal que me deis á mí
el vuestro todo, pastor;
mas no me contenta, no,
EL PASTOR DE FILIDA
405
haceros tal demasía,
más á cuento nos Tendría
pagar por entrambos yo.
Si por Tentara estimáis
más mi fe que Tuestro gusto,
á tiempo estamos, que es justo
que mostréis lo que me amáis:
pues puedo y quiero juraros,
asi me Tala el quereros,
que cuanto pierdo de Teros
lo Toy cobrando en amaros.
El que dañamos pretende,
aqueste cargo nos echa,
si en estorbar se aproTecha,
que en aproTechar se ofende:
y no me juzguéis culpada
en su vana pretensión,
pues sola vuestra opinión
me hace á mi deseada.
El vela noches y días,
con enojo suyo y nuestro,
mas yo os ofrezco por vuestro
el fruto de sus porfías:
el verá, por más que haga,
el poco rastro que deja,
y siendo suya la queja,
veréis vos vuestra la paga.
Imposible me es quererle,
y aun no dexar él de amarme,
(^ue cansarále el cansarme
más que á mi el aborrecerle.
Su bien y su mal igualo,
y por ponerle más freno,
ni le encenderé con bueno,
ni le indignaré con malo.
Si estos medios no son tales,
dadme vos otros mejores,
que aunque me los deis p<ioros,
me serán los más cabales.
Esto es lo que Amor me enseña,
y lo que compro barato,
siendo de cera en el trato
y en la firmeza de peña.
Ausencias, muertes, debates,
adversidades y antojos,
son el toque en que á los ojos
muestra la fe sus quilates.
Los suyos os mostrará
la mía con tal excesso,
que la tomareis sin peso
y después no os pesará.
Y pues tan claro veréis
que es mi fe tan viva y cierta,
porque no parezca muerta,
mandadla obrar y veréis
cómo atropella al momento
honra y vida sin temor,
porque no hay vida ni honor
fuera de vuestro contento.
Andando á solas un poco
ayer, sin vos y sin mí,
en un álamo leí:
nunca mucho costó poco;
mas yo, que sé cómo lucho,
con deseo y con trabajo
bórrelo y puse debajo:
nunca mucho costó mucho.
En el mar seguro y manso
se anega el desconfiado;
y al que espera ser premiado
cualquier trabajo es descanso;
con la esperanza de gloria
no puede haber mucha pena,
que el que vence en la cadena,
mayor hace la victoria.
Hay un muro en mi vergel,
á la parte de la fuente,
y un resquicio suficiente,
para hablarnos por él,
dó podrás venir seguro,
entre el norte y el lucero,
que allí, pastor, os espero,
y en Dios, de veros sin nmro.
Aunque no fuera deseado, fuera de mucho
contento en Mendino el papel de Elisa, pues
viniendo á tan buen tiempo, fácil es de enten-
der cómo seria recebido y cómo celebrado. Qui-
siera el pastor poder mostrar su alegría sin que
fuera tan á costa suya; pero cerrándola dentro
ele su corazón, se dispuso á la siguiente noche
que apenas vido el silencio della, cuando mu-
dado el vestido, con un grueso bastón de en-
cina con que acostumbrado estaba Mendino á
despartir los toros en la pelea y á derribar los
ossos en los montes, se salió de su cabana, y
rodeando la de Elisa, con atento oído y pies
sordos llegó al muro señalado, donde ya la pas-
tora le esperaba y le avisó que aun no era tiem-
po para hablarle de espacio, que entretanto se
fuese y tornase acompañado, porque Padileo no
pudiese como á solo ofenderle ni como á ocu-
pado hallarle. A esto Mendino obedeció, y aun -
que pudiera buscar á su buen priuio Castalio, ó
al galán Coridón, su leal amigo, que con mu-
cho gusto de Elisa era consabidor doste caso,
no quiso más compañía que á Siralvo, uno de
sus mayorales, de quien fiaba mucho y más po-
día. Juntos se fueron á aquel secreto lugar, y
quedando Siralvo á la entrada dél, de donde to-
das las del campo descubría, Mendiano por cu-
tre el muro y las peñas, lugar estrecho y som-
brío, llegó al resquicio, y sentado sobre la húmi-
da hierba esperó, y no mucho, que presto vino
la hermosa Elisa, que con su luz esclareció la
noche y con su habla puso el día en e) alma de
Mendino. Allí hubo razones tiernas y turbadas;
allí lágrimas y risas, ruegos y promesas, y so-
406
orígenes de la NOVELxV
hvo todo Amor quo lo sazonaba. No fué sola
esta T(;z la que Mendino y Elisa por aquella
j)arte so hablaron; pero no todas Mendino llevo
ú Siralvo que le acompañasse, porque sabia que
el buniilde pastor no lo era en pensamientos.
Andaba furiosamente herido de los amores de
FiLiDA, F'iLiDA que por lo menos en hermo-
sura era llamada sin par y en suerte no la te-
nia; y como b)S días con la ocupación del ga-
nado y el recelo de Vandalio y sus pastores
(á donde Filida estaba) no le daban lugar á
procurar verla ni oiría, iba las noches y di^sean-
saba á vista de sus cabanas, y algunas veces
veía á la misma Filida, que en compañía de
sus pastoras salía á buscar la frescura de las
fuentes, y entre los árboles cantaba, y hacién-
dose encontrado con ellas, no se esquivaba Fi-
LiDA de oirle ni de entender que le amaba, que
bien sabia de Florela, pastora suya, con quien
Siralvo comunicaba su mal, y de cuantos más
al pastor conoíían, que cabía en su virtud su
deseo. Esto entendía Mendino, y lastimoso d<»
estorbarle, muchas noches se iba solo á hablar
á la herniosa Elisa, entre las cuales una el sos-
pechoso Padileo le acecho y le vido, y fué por
mejor qut», celoso y desconfiado, sin dí>cir la
causa de su movimiento, pidió luego por mujer
á la hermosa y discreta Albanisa, viuda del
próspero Mendineo, hija del generoso rabadán
Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y
allí desde las antiguas cabanas de su padre apa-
centaba en la fértil ribera 1.000 vacas, lO.OOÓ
ovejas criaderas y otras tantas cabras en el
monte al gobierno de su mayoral Montano, pa-
dre de Siralvo, pastor de Mendino. Esta famo-
sa empresa cons¡gui<í Padileo, y en conformi-
dad de los deudos de una y otra parte, partió
del Tajo, acompafiado de los mejores rabada-
nes dé), y ol mismo Mendino, que muy deudo
y amigo era de la gentil Albanisa, y desposado
y contento, con el mayor gassajo y fiesta que
jamás se vido entre pastores, volvió del Hena-
res con la cara esposa, enriqueciendo de beldad
y valor el Tajo y su ribera; desta suerte quedó
contento Mendino y pagado Padileo, y Elisa,
pagada y contenta; y como de nuevo comenzó
Mendino en sus amores, y forzosam(?nte á fin-
gir con Filis y Elisa con (íalafrón, que no les
importaba mení)S que el sossiego, y sin más
industria dellos, el viejo Sileno asseguró su
pecho, y el trato como primero y con más de-
leite tornó en totlos y Ins placeres y fiestas lo
mismo, porque para cualquier género de ejer-
cicio había en la ribera bastantíssima compa-
ñía: en fuerza y maña, Mendino. Castalio,
(•ardenio y Coridón; en la divina alteza de la
poesía, Arciolo, Tirsi, Oampiano y Siralvo;
en la música y canto, con la hermosa Belisa,
Salió, Matunto, Filanlo y Arsíano, aunque á
la sazón Filardo, enamorado de la pastora Fi-
lena y celos» de Pradelio, andaba retirado,
con mucho disgusto de todos, que nadie pro-
baba su amistad que no le amasse por su no-
bleza y trato; pero de muchas bellas pastoras
favorecido* amaba á sola Filena y sola ella
le aborrecía, siendo verdad que otro tiempo le
estimaba; pero cansóse el Amor, como otras ve-
ces suele, y con todo esso Filardo, tan cortes y
leal que se escondía á aquejarse, y en la mayor
soledad encubría sus celos; solos estaban Con-
dón y Mendino junto á una fuente, que al pie
de una vieja noguera manaba, cubierta por la
parte del Oriente de una alta roca, que alar-
gando la mañana gozaban de más frescura y
secreto, cuando por un estrecho sendero vienjii
venir á Fi lardo, buscando la soledad para sus
quejas, y al mismo tiempo fueron del sentidos;
y viendo ocupado el lugar que él buscaba, qui-
so volverse, pero los dos no lo consintieron, an-
tes Mendin(» le rogó que Uegasse, y llegado, Co-
ridón le pidió (pit^ tañesse, y tañendo ambos le
incitaron al canto, que, comedido y afable, no se
pudo excusar, ni aquí su canción, que fué ésta:
FI LARDO
Vuestra beldad, vuestro valor, pastora,
contraríos son al que su fuerza trata,
que si la hermosura le enamora,
la gravedad de la ocasión le mata;
los contentos del alma que os adora,
el temor los persigue y desbarata,
lucha mi amor y mi desconfianza,
crece el deseo y mengua la esperanza.
Los venturosos ojos del que os mira,
os juzgan por regalo del tormento,
y el alma triste que por vos suspira,
por rabia y perdición del pensamiento;
essa beld:ul que al corazón admira,
esse rigor que atierra el sufrimiento,
poniéndonos el seso cu su balanza,
sube el deseo y baja la esperanza.
xYunque me vi llegado al fin de amaros,
ningún niedit» hallé de enterneceros,
que como fué forzoso el desearos,
lo fué el desconfiar de mereceros;
el que goza la gloria de miraros
y padece el dolor de conoceros,
conocerá cuan poco bien se alcanza,
rey el deseo, esclava la esperanza.
Si pro]>ia obligación de hermosura
es mansedunibre al alma que la estima,
y al fuerte do razcui más assegura,
tantos peligros voluntad arrima,
vaya para menguada mi ventura,
pues lo más sano della me lastima;
mas si holgáis de ver mi mala andanza,
viva el deseo y muera la esperanza.
EL PASTOR DE FÍLIDA
407
Bion muestra Amor sa mano poderosa,
pero no justiciera en mi cuidado,
atando una esperanza tan medrosa
al jugo de un deseo tan osado,
que en cuanto aquél pretende, puede y oso,
ella desmedra, teme y cae al lado,
que mal podrán hacer buena alianza
fuerte el deseo 7 débil la esperanza.
La tierna planta que, de flores llena,
el bravo viento coge sin abrigo,
l»ate sus ramas y en su seno suena,
llévala y torna, y vuélvela consigo,
siembra la flor 6 al hielo la condena,
piérdese el fruto, triunfa el enemigo;
sin más reparo y con mayor pujanza
persigue mi deseo á mi esperanza.
Cantó Filardo, y Mendino quedó de su can-
ción muy lastimoso. Coridón no. que estaba au-
sente de su bien, y cuantos males no eran de
ausencia le parecían fáciles de sufrir. Cada uno
siente su dolor, y el de Filardo no era de olvi-
dar que era de olvido, y ahora, después de haber
alabado su cantar tan igual en la voz y el arte,
los tres pastores se metieron en largas pláticas
de diversas cosas, y la última fué la ciencia de
la Astrologia, que grandes maestros della había
en el Tajo; allí estaba el grave Erión, de quien
después trataremos; el antiguo Salcino, el tem-
plado Micanio, con otros muchos de igual
prueba; mas entre todos, Filardo alabó el gran
saber de Sincero, y la llaneza y claridad con
que oía y daba sus respuestas: por esto le dio
gran gana á Mendino de verse con Sincero, que
muchos días había deseado saber á dónde llega-
ba el arte destos magos; y como Filardo dijo
que sabia su morada, los tres se concertaron de
buscarle el día siguiente, antes que el Sol es-
torbasse su camino,* con lo cual tomaron el de
s;is cabanas, donde cada uno á su modo passó
el día y la noche, y ya que el alba y el cuidado
del concierto desterraron el sueño, Coridón y
Filarlo buscaron á Mendino, cuando él salía de
sus cabanas á buscarlos, y escogiendo la vía más
breve y menos agrá passaron el monte, y á dos
millas que por selvas y valles anduvieron, en lo
más secreto de un espesso soto hallaron un edi-
ficio de natura, á manera de roca, en una peña
vira, cercado de dos brazas de fosso de agua
clara hasta la mitad de la hondura; aquí quiso
Filardo merecer la entrada, y sentado sobre la
hierba sacó la lira, á cuyo son con este soneto
despertó á Sincero:
FILARDO
Si me hallassc en Indias de contento,
y descubriesse su mayor tesoro
en el lugar donde tristeza ó lloro
jamás hubiessen destemplado el viento;
Donde la voluntad y el pensamiento
guardassen siempre al gusto su decoro,
sin ti estaría, sin ti que sola adoro,
pobre, encogido, amargo y descontento.
¿Pues qué haré donde contmo suenan
agüeros tristes de presente daño,
propio lugar de miserable suerte;
Y adonde mis amigos me condenan,
y es el cuchillo falsedad y engaño,
y tú el verdugo que me das la muerte?
Con el postrero acento de Füardo abrió el
nmgo una pequeña puerta, y con aspecto gra-
v(» y afal)les razones los saludó y convidó á su
cueva. Pues como fuesse aquello á lo que ve-
nían, fácilmente acetaron, y por una tabla que
el mago tenía en el fosso, que sería de quince
pies en largo, hecha á la propia medida, passa-
ron allá y entraron en aquel lugar inculto, don-
de lo que hay menos que ver es el dueño. Aquí
en estas peñas cavadas solo vivo y solo valgo,
y aunque no á todos comunico mi pecho, bien
sé, nobles pastores, que sois dignos de amor y
reverencia; mas vos, Coridón ausente, y vos, Fi-
lardo olvidado, perdonaréis por ahora, y vos,
Mendino, oid quién sois y lo que de vos ha sido
y será, que dichoso es el hombre que sabe sus
daños para hacerles reparo y sus bienes para
alegrarse en ellos; y viendo que Mendino le
prestaba atención, en estas palabras soltó su
voz el mago:
SINCERO
Cuando natura con atenta mano,
viendo el Ser soberano di do viene,
el ser que el hombre, tiene y es dechado,
dó está representado, y junto todo,
quiso con nuevo modo hacer prueba
maravillosa y nueva, no del pecho,
cuyo poder y hecho á todo excede,
pero de cuánto puede y cuánto es buena
capacidad terrena en fortaleza,
en gracia, en gentileza, en cortesía,
en gala, en gallardía, en arte, en ciencia,
en ingenio, en prudencia y en conecto,
en virtud y respeto, y finalmente,
en cuanto propiamente acá en el suelo
una muestra del cielo sea possible,
con la voz apacible, el rostro grave,
como aquella que sabe cuanto nmestra
su poderosa diestra y sola abarca,
invocando á la Parca cuidadosa,
« Obra tan generosa se te ofrece,
le dice, que parece menosprecio
hacer caudal y precio de otra alguna
de cuantas con la luna se renuevan,
ó con el sol se ceban y fatigan,
ó á la sombra mitigan su trabajo;
tus hombros pon debajo de mi manto,
408
ORÍGENES DE LA NOVELA
obrador sacrosanto de tn ciencia,
j con tal diligencia Inego basca
aquel copo qne ofusca lo más diño,
que después del Austrino al mundo es solo;
de los rayos de Apolo está restido
de beldad, guarnecido de limpieza,
allí acaba y empieza lo infinito,
es Ave el sobrescrito sin segundo,
á cuyo nombre el mundo se alboroza,
de Mendoza, y Mendoza sólo suena
donde la luz serena nos alegra,
y á do la sombra negra nos espanta;
agora te adelanta en el estilo,
y del copu tal hilo saca y tuerce,
que por más que se esfuerce en obra y pueda,
mi mano nunca exceda en otra á ésta».
Dijo Natura, y presta al mandamiento,
Lachesis, con contento y regocijo,
sacó del escondrijo de Natura
aquella estambre pura, aquel tesoro,
ciñó la rueca de oro, de oro el huso,
y como se dispuso al exercicio,
la mano en el oficio, assi á la hora
la voz clara sonora á los loores:
«Oíd los moradores de la tierra
cuánta gloria se encierra en esta vida,
que hilo por medida más que humana;
aquí se cobra y gana el bien passado,
que del siglo dorado fué perdido
este bien, escogido por amparo
de bondad y reparo de los dañqs
que el tiempo en sus engaños nos ofrezca;
porque aquí resplandezca la luz muerta,
la verdad halla puerta y la mentira
cuchillo que la admira y nos consuela,
y la virtud espuela, el vicio freno,
en quien lo menos bueno al mundo espaute:
crece, gentil Infante, Enrique crece,
que Fortuna te ofrece tanta parte,
no que pueda pagarte con sus dones,
pero con ocasiones, de tal suerte,
que el que quiera ofenderte ó lo intentare,
si á tu ojo apuntare el suyo saque
y su cólera aplaque con su daño;
del propio y del extraño serás visto,
y de todos bien quisto, Infante mío;
mas ¡ay! que el desvario del tirano
mundo cruel, temprano te amenaza,
tan áspero fin traza á tus contentos,
que tendrás \oh tormentos por consuelo;
cuando el Amor del suelo lo más raro
te diere menos caro, hará trato
que tendrás por barato desta fiesta
lo que la vida cuesta; mas entiende
que sí el Hado pretende darte asalto,
y que te halles falto de la gloria,
do estará tu memoria, el cielo mismo
te infundirá un abismo de cordura,
con que la desventura se mitigue.
que aunque muerte te obligue, cuando á hecho
rompa el ínclito pecho de tu padre,
de claro agüelo y madre á sentimiento,
y el duro acaecimiento que te espera
de que á tus ojos muera la luz bella,
de aquella, digo, aquella que nacida
será tu misma vida muertos ellos,
serás la Fénix dellos; crece ahora,
que ya la tierra llora por tenerte,
por tratarte y por verte y será presto.
Dijo Lachesis esto, y yo te digo,
que tú eres buen testigo en lo que ba sido,
y si en lo no venido no reposas,
esfuérzate en las cosas que te ofenden,
que en el tiempo se entienden las verdades
y el franco pecho en las adversidades.
Ganoso anduvo Mendino de oír á Sincero, y
valiérale más no haberlo hecho, porque ana ves
le oyó y mil se arrepintió de haberle oído. Im-
primióse una imagen de muerte en su corazón,
que si juntamente en él no estuviera la de Eli*
sa, cayera sin duda en el postrer desmayo.
Cniel fué Sincero con Mendino en afirmarle lo
que fuera possible ser tan falso como yerdade-
ro, mas pocos hay que encubran su saber, aun-
que el mostrarlo sea á costa del amigo. Tal
quedó el pastor, que no fué poco poderse des-
pedir del mago, que con ofertas y abrazos sa-
lió con ellos hasta passar el soto, donde se
quedó, y ellos volvieron á la ribera, que al pa-
recer de Mendino ya no era lugar de contento,
sino de profundo dolor, con quien anduvo lu-
chando muchos días por no poderle excusar y
por hacerlo de que Elisa lo sintiesse. ¡Oh cuán-
tas veces el leal amador mostró placer en el ros-
tro, que en el alma era rabia y ponzoña, y
cuántas veces su risa fué rayo, que penetraba
su peclio y aun los mismos ratos de la presen-
cia de Elisa, que en muerte y afrenta le fueran
consuelo, le eran allí desesperación, y así no
tenia gusto sin acibar ni trabajo con alivio!
«¿Es possible, decía, que la celestial belleza de
Elisa ha de faltar á mis ojos, y que muerta Eli-
sa yo podré vivir, y mis esperanzas juntas con
Elisa se liarán polvo que llevo el viento? Pri-
mero ruego á la deidad donde todo se termi-
na que mude en mí la sentencia, y si no, yo me
la doy, Elisa, que ya que no sea poderoso para
que no mueras, serélo á lo monos para no vi-
vir.» Estas V tales razones decía Mendino i
solas con la boca, v acompañado con el corazón,
y Elisa, inocente d(»stos daños, siempre se ocu-
paba en agradarle y engañar á Galafrón, como
Mondino á Filis. Tres veces se vistió el Tajo de
verdura, y otras tantas se despojó della, en
tanto que Elisa sin sobresalto, y Mendino
siempre con él, gozaron de la mayor fe y amor
que jamás cupo en dos corazones Immanos, y
EL PASTOR DE FILIDA
409
al principio del tercero invierno, cuando el fres-
no de hoja v el cainpo de hermosora, janta-
mente se despojó de rida el corazón de Mendi-
no no olvidado, no celoso ni auaente menos qae
del alma, porque adoleció Elisa de grave enfer-
medad é inútiles los remedios de la tierra, aque-
lla alma pura, buscando los celestiales, desam-
paró aquel velo de tan soberana natural belleza,
dejando un dolor universal sobre la haz del
mundo y una ventaja de todo en el pecho del
sin ventura pastor, que aun para quejarse no le
quedó licencia, solo por la soledad de los mon-
tes buscaba á Elisa, y en lágrimas sacaba su
corazón por los ojos; allí, con aquellas ptfias
endurecidas, eouiuuicaba su terneza, y en ellas
mismas ponía sentimiento. Con di lloraron Si-
BALVo, Castalio y Coridón. Con é\ lloraron los
montes y ios ríos; con él las ninfas y pastoras,
mas nadie sentía que él lloraba. Gran pérdida
fué aquélla, y grande el dolor de ser perdida, y
muchos los que perdieron. Esto se pudo ver
por las majadas de Sileno, donde no quedó pas-
tor que no Uorasse y gimiese, y desamparando
las cubiertas cabanas, passaban la nieve y el
granizo por los montes las noches, y por los yer-
mos los días, mayormente en el lugar do fué Eli-
sa sepultada, en una gran piedra coronada de
una alta pirámide, á la sombra de algunos árbo-
les, y á la frescura de algunas fuentes, todos
los rabadanes, pastoras y ninfas de más estima
cubrieron sus frentes con dolor y bañaron con
lágrimas sus mejillas en compañía del anciano
padre, donde Mendino, que más sentía, era
quien menos lo mostraba, por el decoro de Eli-
sa y el estorbo de Filis, y asi apartado, donde
de nadie podía ser visto ni oído, satisfacía á su
voluntad en lágrimas sin medida y en quexas
sin consuelo; y cuando el bravo dolor le daba
alguna licencia, cantaba en vez de llorar, y peor
era su canto que si llorara, que cuando el triste
canta, más llora, y más Mbndino, que desta
suerte cantaba:
KEKDIKO
Yéndote, señora mía,
queda en tu lugar la muerte,
que mal vivirá sin verte
el que por verte vivía ;
pero viendo
que renaciste muriendo,
muero yo con alegría.
En la temprana partida
vieja Fénix pareciste,
pues tu vida escarneciste
por escoger nueva vida:
sentiste la mejoría,
y en sintiéndola volaste,
mas ay de aquel que dejaste
triste, perdido y sin guía;
y entendiendo
que te cobraste muriendo,
se pierde con alegría.
El árbol fértil y bueno
no da su fruto con brío
hasta que es de su natío
mudado en mejor terreno;
por esto, señora mía,
en el jardín soberano
te traspuso aquella mano
que acá sembrado te había ;
y entendiendo
que allí se goza viviendo,
muero aquí con alegría.
Bien sé, Elisa, que convino,
y te fué forzoso y llano
quitarte el vestido humano
para ponerte el divino;
mas quien contigo vestía
su alma, di, ¿qué hará,
ó qué consuelo tendrá
quien sólo en ti le tenía,
si no es viendo
que tú te vistes muriendo
de celestial alegría?
En esta ausencia mortal
tiene el consuelo desdén,
no porque te fuiste al bien,
mas porque quedé en el mal;
y es tan fiera la osadía
de mi rabiosa memoria,
que con el bien de tu gloria
el mal de ausencia porfía;
pero viendo
que el mal venciste muriendo,
ai fin vence el alegría.
Es la gloria de tu suerte
la fuerza de mi cadena,
porque no cesse mi pena
con la presurosa muerte,
que ésta no me convenía;
mas entonces lo hiciera
cuando mil vidas tuviera
que derramar cada día;
pues sabiendo
la que ganaste muriendo,
las diera con alegría.
Vi tu muerte tan perdido,
que no sentí pena della,
porque de sólo temella
quedé fuera de sentido;
ya mi mal, pastora mín,
da la rienda al sentimiento;
siempre crece tu contento
y el rigor de mi agonía;
pero viendo
que estás gozosa viviendo,
mi tristeza es alegría.
410
orígenes de la novela
Asií pasaba Mendiao bu congojosa vida,
huyendo do los lugares donde de Elisa se tra-
taba, honrándola 6 llorándola, porque para ella
y para él era este recato de grande importau-
<íia, y así se entretenía en sus cabanas con el
vaquero Coridon ó con Castalio su primo lo
más del tiem{)0, y esto porque en amor no falte
su costumbre, que es hal>er siempre quien de
nuevo llore; Cardenio, enamorado de Clori,
{)erdió el respeto á Castalio, que más que á si
la quería, y la pidió en casamiento, y el gene-
roso padre de rila, viendo la igualdad de los
dos ricos pastores en edad y suerte, y que am-
l>os le pedían y ambos eran dignos, y á Casta-
lio herederi) y á Cardenio heredado, dio la pala-
bra á Cardenio y dejó á Castalio, de manera
que estuvo mil vtHies por darse la muerte. En
estos trances tan dobrosos se pasó lo restante
del invierní). No o-* he dicho nada de Galafrón,
siendo mucho lo que hay que decir; mas presto
(H'lebraremos el sepulcro di» Elisa, donde serán
sus lá)L^rimas las mejores, porque allí faltarán
las de Mendino; y ahora veréis quí llega á la
ribera un galán cortesano en hábito de pastor;
Alfeo se llama, y con dolor vien»»: tratemos del,
on tanto que de Mendino y Castalio sus re-
cientes danos no nos dan lugar: que tal ven •
drá. que los hallemos más tratables, pues
El mal que el tiempo hace,
el tiempo le suele curar.
SEGUNDA PARTE
DEL PASTOR OB FILIDA
Eu tanto que el generoso Alfeo siguió las
pomposas Cortes tan satisfecho de su habita-
ción, que le parecía tiempo perdido el que en
otra partv' se gastaba, mayormente el de aque-
llos que de las ciudades y villas, retirados á las
humildes aldtias, vivían cutre aquella soledad
acompañada de murmuración, y aquella com-
])añía desierta de consejo, no es de maravillar
(jue asi amasse el trato cortes.ino: porque cria-
do en él y aficionado á las artes, hallaba allí
del muii(lo lo mejor; ayudábale á gozarlo ser
rico y liberal, gentil, cortés, discreto y bien na-
cido, aniailo de todos, y sobre todo, seíior de
su voluntad. Pero des])ués que vio la hermo-
sura de xVndria, que era lBÍn igual, y probó su
condición, tan fáL*il al mal y al bien, que tni
breves días, enamorado y creído, sintió el favor
de su parte, medida de su dtíseo, y en más
breves la ponzoña secreta de su dulzor, juzgó
í>Tu:migos al cielo y á la tierra, llamó la muer-
te, aborreció la vida, estragó su pecho hasta
quedar tan trocado de sí, que á sí mismo n
conocía, y tan eDemigo díel lug^r, que i <
cosa que iofierno no le comparmb*. Hayo
corrido de sxa smigos, desesperado de su <
teuto y atÓQÍto de su perdición ; bascó
aasencis, con deseo de que en ella le vinics
muerte sin que la despiadada Andría sup
de su muerte ni de su vida. Asi como iba
cada su fortuna, así lo iba su traje: camisa i
da llevaba y sayo pardo raquero, capeniz:
faldas y calzón de lienzo, polaina tosca y zs]
gruesso, é intencionado de encubrir su sner
guardar cabras y ovejas eu la ribera del I
donde al silencio de la noche enderezó sos
sos, sin más compañía que su dolor y cnid
que casi con alas del viento apresurabaí
jornada, llegó á su verde ribera al punto
el sol con la primera lumbre ahuyentaba
postreras sombras de la noche. £ra el tiei
que la deleitosa primavera, desechando las
res de sus plantas , casi apenas el des4
fruto entre las tiernas hojas descubría. Y i
aves de la noche por las cavernas encerrái
se, las del día (desamparados los nidos) do
simos cantares acordaban. Ya el rústico Ai
do, desde un alto peñasco que sobre el
pendía, tocaba una sonora bocina, á qa<
todas partes de la ribera le comenzaron á
ponder con Hautas, chapas, adufres y otros
trumentos pastorales, donde Alfeo entendií
día entre ellos de gran solemnidad y fiest
acrecentando su pena, se entró por la espe:
de unos tarayes, y recostado en la tierra ji
á un pequeño arroyo que del Tajo salía,
ojos en él y el pensamiento en Andria, al
del agua y al compás de sus suspiros como
á decir:
ALFEO
Apartado de la vida
pago, viniendo á morir,
con líi pena del partir
la culpa de la partida;
culp 4 que (si bien se apura)
procede en tal ocasión,
no por falta de razón,
mas por mengua de ventara.
Huyóme de vos agora,
aunquL' decirlo es afrenta,
mas si vos quedáis contenta,
iré pagado, señora;
sin derramar más querellas,
que en su mayor fundamento
las ha d«' llevar el viento
V á mí la vida tras ellas.
Partí me d«»vos sin veros,
porque no puedan dtH:irmc
que fué possible partirme
y no lo fué enterneceros;
EL PASTOR DE FILIDA
411
excusaré, rnal mi grado,
o I juzgar en la partida
á vos por desconocida
y á luí por desesperado.
"No haj fortuna que asscí^urc
aquel que de vos se parte,
ni tiempo, razón ni arte
que por su salud procure;
j asi á tan amarga suerte
no buscaré resistencia,
pues vos disteis la sentencia,
yo ejecutaré mi muerte.
Nü crece en esta jornada
la pena como el quereros,
que no es mayor mal no veres
que veros con ti no airada;
y purs iguala á la ausencia
lo que padezco presente,
no podrá llamarme ausente
quien no me lloró en presencia.
Yo me huyo, y no me quejo,
porquii no vengo conmigo,
perdonadme que os lo digo
por galardón de que os dejo;
y si os mostrárodes servida
en partirme desta suerte,
podré decir que la nmerte
me valió más que la vida.
Coged el fruto que ofrece
mi partida en mis enojos,
pues quita de vuestros ojos
lo que vuestra alma aborrece;
quedad satisfecha asi,
que aunque soy el agraviado,
triunfaré como vengado
si sé vengaros de mí.
De este bien desconfiando,
mis malos agradeciendo,
vuestro desdén conociendo,
de la vida no curando,
tal me voy á tierra extraña
á volverme en tierra poca
con vuestro nombre en la boca
y en el alma vuestra saña.
Bien pensó Alfeo que se quexuba á solas,
norando que 4 su siniestro lado, á la caída
;1 rio, al fin de la es{)esura, estaba la cabana
) la pastora Finea, discreta y bella serrana, la
tal, recordando á la bocina de Arsindo, fué
Tida de las palabras del afligido amante;
ientras las cuales duraron, dejó el humilde
L'ho, calzó abarcas de limpio cuero con cordo-
*s de fina lana, vistió su cuerpo gentil de saya
irda oscura con saino baxo y camisa blanca
lyada, cogió sus cabellos, y cubriéndolos con
i ancho y alto tocado á fuer de la serranía,
lió al lugar donde Alfeo estaba con más se-
ojauza de muerto que de vivo. V aunque la
graciosa Finea había bien entendido de sus pa-
labras la cansa de su dolor, díssimulando le
dijo: ¿Duermes, pastor? No duermo, dixo Alfeo.
¿Pues por qué, dixo Finea, dejas passar el rio tu
manada, que cuando della no cures, del daño
que puede hacer deberías tener cuidado? "So
tengo cosa, dixo Alfeo, que á nadie pueda da-
ñar, sin haberla en el mundo que á mí no me
dañe. Según esso, dixo Finea, tú eres el más
desdichado de los hombres, pues ninguno lo es
tanto que no halle quien del se duela. Y sin
duda ya yo lo hago de ti, porque me pareces
enamorado y forastero. En lo uno y lo otro,
dixo Alfeo, has acertado; sólo yerras en tener
compassión de mi, y así te ruego no la tengas
si no eres amiga de tiempo muy perdido. ¿Qu(^
sabes, dixo Finea, si puedes pagarme en mi
moneda? ¿Eres acaso, dixo Alfeo, enamorada y
forastera? Esso, dixo Finea, puedes tú ver, sin
preguntarlo, en mi traje por una parte y en mi
piedad por otra. Pero dime, pastor, asi triunfes
de tus enojos, ¿quién eres, de dónde y á qué
eres venido, que tu hábito me dice uno y tu
persona me descubre otro? No creas nada, dixo
Alfeo, que aquí estoy yo que te desengañaré de
todo, pues no puedo ser ingrato al cargo que
en tan breves razones me has echado: suplicóte
primero me digas qué es la causa del ruido que
esta mañana (al parecer del sol) sonó en la ri-
bera. La causa, dixo Finea, de las voces é ins-
trumentos que has oído es una junta casi gene-
ral de los pastores desta ribera que hoy se hace
en lugar señalado, por recordación de la difunta
Elisa, hija del caudaloso rabadán Silcno, cuyas
cenizas serán cada año en este mismo día cele-
bradas. Por esto subió el rústico Arsindo á
avisar con su ronca bocina desde las altas pe-
ñas, y toda la pastoral compañía desde sus mo-
radas le respondieron, á cuyo son recordé yo y
oí tus qncxas, j estimo en lo que es razón la
voluntad con que te ofreces á darme cuenta de
ti; poro el detenimiento en este lugar podría
sor peligroso, porque el sitio de Elisa es más de
una milla distante de donde estamos, y la obli-
gación de entrar yo á tiempo, forzosa, y sin
duda no hay pastor ni pastora que no vaya ca-
minando, así que en el camino podré saber lo
que tanto deseo, y tú mandar lo que ya quisie-
res de tu gusto, que responderé á él con toda
la obligación que me has hecho. Pastora, dixo
Alfeo. yo no debo hacer essa jomada si no es
porque tú lo quieras, y así te acompañaré hasta
donde fueres contenta, que para mi no tiene
más un lugar que otro, salvo los de la soledad
á que mí mala fortuna me tiene tan obligado.
Sígneme, pastor, dixo Finea, y saliendo de en-
tre los tarayes pe entraron por una senda estre-
cha y deleitosa, entre olmos y salces, y á poco
espacio, antes que nada pudiessen tratar, sobre-
412
ORÍGENES DE LA NOVELA
vino á la parte del río una banda de apuestos
pastores 7 hermosas pastoras, j entre ellos Li-
cio, pastor de mucha estima, desfavorecido y
celoso de Silvia, una de las pastoras que allí
¡han. FuéJes forzoso k los dos, Alfeo 7 Finea,
seguir su compañía, que sin esquivarse del nue-
vo pastor, iban en dulces plátit.'as entretenién-
dose, 7 á la mitad del camino Finea pidió á
Ergasto que tañese 7 á Licio que cantasse, á
CU70 mego Ergasto sacó la flauta, 7 á su son
Licio comenzó k cantar de aquesta suerte:
LICIO
¿De qué sirve, ojos serenos,
que no me miréis jamás?
De que 70 padezca más,
mas no de que os quiera menos.
Si el que con gusto moría,
queréis que rabiando muera,
aunque mudéis la manera,
firme está la fantasía:
de ira 7 gracia llenos
dais por un mismo compás
el mal de menos á más
7 el favor de más á menos.
Si imagináis que dexarrae
tan sin le7 7 sin razón
en mí ha de ser ocasión
para desaficionarme;
pues no bastan ser ajenos,
industrias son por demás,
antes el deseo es más
cuando la esperanza es menos.
Podéis con desabrimiento
quitarme el verme 7 el veros,
mas no que por conoceros
no me agrade mi tormento;
ser tan hermosos 7 buenos
que lo dcxáis todo atrás,
esto en mi siempre fué márt
7 lo demás todo menos.
Si por matar al amigo
no podéis ser alabados,
7 os queréis ver disculpados
con todo el mundo v conmigo;
cuando hu7a de sus senos
el alma triste además,
miradme, 7 no pido más,
mas tampoco pido menos.
Todos, sino Silvia, oyeron atentamente la
tierna canción del angustiado Licio; pero ella,
que de costumbre tenia esquivarse con él en
todo, mientras duró se entretuvo con Dinarda
en plática de poca importancia, según pareció
por lo que Dinarda hizo, que pidiendo á Er-
gasto que no cessase 7 á Licio que le respon-
diesse, Ergasto empezó á tañer, 7 ella á cantar,
y Licio á responder desta manera:
DINARDA T LICIO
— ¿Si Silvia se te desvia,
más la sigues? — Hago bien.
—Morirás por ello.— Amén;
quizá la contentaría.
— Pon más consideración
en tan confusa aspereza,
que te Ueva tu firmeza
carrera de perdición ;
¿cuando más males te enría
más te humillas? — Hago bien.
— Tú te destru7e8,— Amén;
que esso es lo que 70 querría.
— No abras con tal error
tu mal soldada herida,
que si es mala la caída,
la recaída es peor;
mira que es gran niñería,
no escarmentar. — Hago bien.
— ¿Y si te pierdes? — Amén;
que poco se perdería.
— De tantos males 7 enojos
¿qué nuevas esperas bueuas,
si tu afición 7 tus penas
son culpas ante sus ojos?
; A la que te desafía
te avassallas? — Hago bien.
— Veráse vengada. — Amén ;
que entonces yo triunfaría.
— Eres juez tan cruel
en Bentenciar tu processo
que, ó se te ha enjugado el seso
ó no naciste con él ;
lo que en tu frente se cria,
¿es locura? — Hago bien.
— ¡Y si te atassen? — Amén;
que por cuerdo quedaría.
O por oir Silvia á Dinarda, ó porque ei
tar la movió á más atención que el prí
mientras duró estuvo puestos los ojos (
pastores que cantaban. Mas ya que vio qi
acabado, con rostro grave 7 hermoso, vn
la pastora le díxo: Volvamos, Dinarda, á
tro cuento, que aunque el día es largo, par
faltará lugar y para essotro no, que llega
valle todos cantaremos. Esso creo yo, dixc
nio (pastor de pocas palabras, pero de i
aviso), mas será la diferencia que cantar
la rauía y Licio en la red. Si yo la hice
Silvia, en ella muera. «Pues quién la hizo
Licio. Tú, pastor, dixo Silvia; si alguní
aunque tu desassossiego no es prisión, sin
sino temor de venganza de las más con
sinrazones que jamás contra mujer se hi
cho. ( Quién las hizo? dixo Licio. Tú, dii
via, que en medio de una tiernissima vol
mía, ílonde eras solo señor, moviste en
tus pies y tu lengua contra mi. Si tú pr
EL PASTOR DE FILIDA
4ia
lixo Licio, me quitaste el seso, no fué mucho
[ue yo hiciesse locuras. ¿Pues tengo yo culpa,
lixo Silvia, á tus desvariadas sospechas? Desso,
lixo Licio, tú eres testigo, pero sey juez, que
0 huelgo de ser el condenado. Sola una cosa,
lixo Silvia, quiero preguntarte: ¿Qué te movió
k destarrar á Celio de la ribera? Esso, dixo el
lastor, fué concierto de nuestra contienda que
1 que quedasse vencido no pudiesse, por tér-
QÍno de un año, apacentar en la ribera del Tajo:
condición fué sacada por su boca y desafio
lecho por su mano, y pena por que yo passara
aunque ¿ mi pesar) si él me venciera. Y oxalá
!iicio fuera el vencido, con que el cielo me ayu-
lara con la más minima parte del sentimiento
[ue por Celio tienes. Mira, pastor, dixo Silvia
on rostro más altivo y tierno; vuelve á Celio
k su cabana, y de mi y de la mía no te acuer-
les jamás, y agradece mucho que me humillo
i enseñarte cómo podrás tenerme menos agra-
ciada. Si, agradezco á ti y al cielo, dixo Licio;
' llamando á Ergasto, á passo largo se entra-
on por una senda que á mano derecha estaba,
[uedando los demás pastores muy agradecidos
íel noble respeto del pastor y del buen proce-
ler de la pastora. Pero viéndola casi forzada á
lorar, no quisieron enternecerla; antes, vuelto
Jranio al nuevo pastor Alfeo, con gran corte-
lia le preguntó su nombre y su venida. Mi
lombre, dixo el pastor, es Alfeo; mi venida, de
)asso, y serlo ha más si os sov inconveniente.
Ssso estuviera á mi cargo, dixo la serrana Fi-
lea. Y volviendo á los demás les asseguró que
ilfeo era muy digno de 8U compañia y trato,
if en estos agradables razonamientos llegaron
i una hermosa y gran floresta que á la entrada
leí valle de Elisa estaba, y donde habia orden
le irse aguardando los pastores hasta que jun-
os entrassen al sagrado valle. Y assi agora
tallaron muchos, divididos por los arroyos y
aentes, tejiendo guirnaldas, juntando ramos
le diversas flores y algunos tañendo y cantando
on gran harmonia y arte, que allí estaban Sa-
io, Fílardo y Arsiano, y la pastora Bclisa,
lija del doctissimo lusitanio Coelio, los cuatro
aás aventajados en música y canto que en las
spafíolas riberas se hallaban. Ayudábales el
Qucho estudio, suaves voces y discreción v do-
laire, aunque en suavidad y harmonia Belisa
3S dejaba atrás. Cantando estaba Arsiano
aando nuestros pastores llegaron; pero á poco
ato, Belisa, ayudada de Sasio, al son de la lira
on gran dulzura comenzó á cantar aquestos
ersos:
BELISA
Entre hierbas fresquissimas floridas,
n cendal por los ojos rodeado,
lutos los pies, las alas escondidas.
Suelta la aljava, el arco floxo al lado,
durmiendo estaba con descuido y gana
el pequeñuelo dios de Amor echado.
Llevaba en el frescor de la mañana
FiLiDA sus ovejas, que las flores
iban barriendo con la blanca lana.
No sonaban zamponas de pastores,
iba cantando (cuando vio dormido
al mismo Amor) qué cosa es mal de amores.
No conoció quién era, aunque le vido,
porque nunca sintió su pena grave,
mas llegó á conocerle sin ruido.
Miróle y diio con su voz suave:
¿Hombre y ciego y con alas? No eres hombre.
¿Ave con solas alas? No eres ave.
Si te pusiste aquí porque me assombrc
con tu nueva facción, por no hacello
quiero saber de ti cuál es tu nombre.
Una trenza texió de su cabello
y atóle, y recordando el Amor luego,
se vio cautiva della y preso en ello.
FiLiDA dixo: Dime, alado ciego,
cómo te llamas. Respondió riendo:
Furor cansado de tu gran sossiego.
FiLiDA íe responde: No te entiendo.
Y dice Amor: Mi nombre es tu belleza,
con cuya luz la misma nieve enciendo.
Yo soy Amor, si quieres más certeza,
ves allí el arco, ves allí la aljaba,
tiéntalos y verás su fortaleza.
FiLiDA dice: El tiempo que me amaba
el que solo obligada me tenía
al yugo que atajó la muerte brava.
Cuatro coronas el Amor traía,
no era arquero, no era amor alado,
ni ciego como tú, que bien veía.
Tú vienes con dos jaras adornado,
una ligera y otra muy pesada,
y el efeto por dicha más pesado.
Dícele humilde Amor: Essa dorada,
de sólo bien querer está sangrienta,
y essa de plomo, en desamor bañada.
Sin quebrar la pesada te contenta
puedes, pues para el hombre que te viere
es imposible que su fuerza sienta;
Mas cuanto tu beldad acá viviere,
por fuerza essotra viyirá segura,
que cuando de mi aljaba se perdiere,
la hallaré en tu gracia y hermosura.
La mucha arte, la gran harmonía del vario
son que la pastora Belisa á sus versos iba dan-
do, fué de manera que no quedó pastor ni pas-
tora que por una y otra parte no la rodeassen.
Y al fin de su cantar, como maravillados de
oiría y no menos satisfechos de mirarla, no se
movían de aquel lugar, deseosos que tornasse á
su agradable canto. Pero á esta hora ya la flo-
resta estaba llena de la más noble y lucida gente
414
ORÍGENES DE LA NOVELA
que jamás se ha visto entre pastores. Y el viejo
Sileno, con largo sayo y retorcido bastón, la
barba al cinto, cana como la limpia nieve, y
sobre su arrugada frente una corona de funeral
ciprés, salió del valle acompañado de los cuatro
escogidos y gallardos pastores Mireno y Liar-
do, Galafrón y Barcino, en discreción y genti-
leza iguales, y en caudal y estimación lo mismo.
Traían de varios pellicos sus vestiduras, con
dardos g^iessos de fresno de puntas de luciente
acero en sus manos, sus cabellos limpios y pei-
nados, cubiertos con guirnaldas de verde yedra,
ú cuya entrada todo el pastoral concurso prestó
un atento silencio. Y después que Sileno con
sus cuatro pastores hubo pasado y visto por
todas partes la floresta, vuelto al encerrado va-
lle mandó que Arsindo tocasse en él su bocina,
cuyo son apenas fue oído cuando por una sola
entrada que el valle tenia se trasladó en él toda
la gente que en la floresta estaba. Dispuesto
era el lugar para la gran fiesta que se ordenaba.
Tenia de anclio media milla y una en largo.
Guardábale de ambos lados un espesso y alto
monte de gruessos robles y viejas encinas, por
entre los cuales baxaban muchos arroyos de agua
clara, que unos hacían estanques en el fresco
valle y otros por las cavernas sumiéndose, acnv
centaban su deleite v hermosura. No faltaban
en el llano fuentes pnrissimas que, como do
cristal, bañaban los troncos á las diversas v
hermosas plantas. Estaba entre ellas una alta
pirámide de rico mármol, casi toda cubierta de
nativa yedra y de compuestos ramos; aquí con
gran reverencia fueron llegando pastoms y pas-
tores sin quedar ninguno que no dejasse en el
devoto sepulcro verde ramo ó florida guirnalda.
Y apartados por orden, sentándose sobre la me-
nuda hierba, All'esibeo, caudaloso rabadán, de
edad madura y de presencia gentil, subiendo con
el viejo Sileno, Galafrón y Barcino, Mireno y
Liardo á un ramoso y alto assiento que á un
lado do la pira estaba, tomó la templada lira, y
lio imptídido de las aves del cielo, pero ayudado
de los suaves vientos y oído de los atentos pas-
tores, comenzó á cantar esta piadosa elegía.
ALFBSIBKO
Tues el suave sentido v dulce canto
perdió la causa, en testimonio desto
comenzad, Musas, vuestro amargo llant<í.
Presentes sean al dolor funesto
Beldad, Fortuna, Amor, Gracia y Prudencia,
en veste negra y dolorido gesto.
Llore Beldad la sin igual violencia
de la muerte cruel, acerba y dura
de quien le daba vida y excelencia.
Fortuna ofrezca suma desventura,
pues quien la pudo dar ai nnindo buena
guarda su luz en esta pira oscura.
Amor derrame cu abundante vena
su sentimiento, pues Ja cruda muerte
á fin eterno su poder condena.
La Gracia, viuda de mezquina saertc,
pues la fuente perdió de do manaba,
la de sus ojos crezca en mal tan fuerte.
I^rudencia llore su deidad, esclava
de la Parca cruel, pues juntamente
con las demás su breve corso acaba.
Y todos ellos mi cantar doliente
acompañen con lágrimas, en tanto
que diere luz al mundo el rojo Orient'?.
Sin igual es la cansa del quebranto,
débelo ser también en sentimiento;
proseguid. Musas, vuestro amargo llanto.
Yace á la sombra des te encerramieuto,
oscuro y negro, reverente y pío,
la misma Idea de merecimiento.
Mi voz cansada, en monte, en valle, en ri
Klisa, Elisa en triste son resuena
y uci)ge el cielo el tierno acento mío.
General es la pérdida y la pena,
general es el afligido lloro,
general la sentencia que condena.
En lo más alto del Castalio coro,
bis nueve Hermanas con estrecho luto
cubren la luz de sus cabellos de oro.
Allanan se á pagar este tributo
los que en mil lastimosas ocasiones
han conservado siempre el rostro enjuto.
Dolopes fieros, duros Mirmkloues.
los soldados de Ulises inclementes
ablandaran aquí sus corazones.
No es maravilla que unas y otras gentes
tomen el triste oficio por costumbre,
haciendo agora de sus ojos fuente««.
Que el Sol, subido en la más alta ciimlirCt
envuelto en nubes de mortal tristeza,
tiene eclipsada su serena lumbre.
Y el fértil suelo lleno de aspereza,
de seco invierno con estéril manto,
llora tiimbién la celestial belleza.
Y que llore ó no llore, el duro canto
que sus miembros bellíssimos encierra.
bañadlt\ oh Musas, con amargo llanto.
Fría piedra, estrecha pira, poca tierra,
que encerráis juntamente cuanta gloria
(le nuestras almas el dolor destiem.
De la Muerte cniel fué la vitoría:
vuestros son los raríssimos despojos,
nuestro será el dolor y la memoria.
La clara luz de los serenos ojos,
el semblante gentil, el aiie digno
de producir y refrenar antojos.
La blanca mano, el rostro cristalino,
la boca de rubín, ebúrneo cuello,
frente de nievo, trenzas de oro fino.
Beldad ({ue puso á la beldad el sello;
EL PASTOR DE FILIDA
415
3 está, pira oscura, piedra fría,
a tierra? Danos cuenta dello.
rra dichosa en cuanto el cielo cría,
0 en cuanto tú, Neptuno, bañas,
uanto mira el portador del día.
Atlante en las altissimas montañas,
liondo del Gange sólo suenes
MI venas de oro sus entrañas.
» las perlas y el oro no son bienes
>ii gran parte deban igualarse
lenor que eú tu custodia tienes,
ntes y mares rengan á humillarse
^ira; á ti, Piedra: á ti, Tirrheno,
ien tanta beldad quiso encerrarse,
arda, sepulcro, en tu dichoso seno
' guarda en el suyo todo cuanto
loce en el mundo amable y bueno.
;i oprimidas de piedad ó espanto
or os suspende, al mismo panto
I, oh Musas, al amargo llanto.
:lebe ser en todos tan á punto
or, la tristeza, el descontento,
lará en quien lo paga todo junto?
Ire Sileno, el alto entendimiento
a en tan justíssima querella
)casi6n de tanto sentimiento,
npiad los ojos y veréis aquélla
le nuestras graves ligaduras,
pura, gentil, beata y bella,
tre las almas gloriosas puras
'scarneciendo nuestros desatinos,
o. esperanza y de temor seguras;
si gozaba acá con los más dignos
ores humanos tanta estima,
snio hace allá con los divinos,
die, Pastor, se espantará que oprima
ro sentido tan pesada carga
? dolor que en general lastima,
ro por esso os dio, con mano larga,
• el ciíílo, con que la vitoria
gocéis de la contienda amarga;
cuando os diere assalto la memoria
ocasión de vuestro bien passado,
día luego á su présenle gloria.
) sé que su provecho, ponderado
uestro daño, y aunque no os lo qnite,
ortable hará vuestro cuidado,
i el dolor que la razón permite,
tomáis por vuestra su ganancia,
da fué que no terna desquite.
1 público lugar, en sola estancia,
mpo aplicaréis con celo santo
isideración tan de importancia,
después que digáis al mundo cuanto
írdes de dolor y de consuelo,
n las Musas el amargo llanto,
iba el incienso al cristalino cielo;
ersos píos, las ofrendas santas
lan de honor y de socorro el suelo;
Júntense ahora en est-a pira cuantas
nobles, piadosas y diversas gentes
hoy tienes á la sombra de tus plantas.
Cercanos deudos, próximos parientes,
que desto fuiste tan enríqnecida
como de otros bienes excelentes,
V junta la progenie esclarecida,
templos se hagan á tu nombre ilustre,
que pueda Fama eternizar su vida.
De siglo en siglo irán, de lustre en lustre,
contigo allí mil ínclitos varones,
sin que fortuna ó tiempo los deslustre.
Y entre sus gloriossísimos blasones,
otro se les añada por su parte
de tus virtudes y admirables dones.
Las venas cessarán de ingenio y arte,
mas no podrá jamás faltar, yo fío,
la voluntad perpetua de alabarte.
Los hombres con respeto y señorío,
á tu nombre pondrán de tiempo en tiempo
mil epitafios, y primero el mío:
Aquí se hace tierra; aquí contemplo
la más perfecta y singular criatura
que fué en su muerte de bondad ejemplo,
siendo en su vida sol de hermosura.
Fué escuchado Alfesibeo de toda la agrada-
ble compañía con un grave silencio, interrum-
pido á ratos con tcmíssimos suspiros. Voro ya
que hubo dado fin á sus versos, el venerable
Sileno le tomó la lira con que los tañía, y col-
gándola de la ancha rama que de una gran en-
cina sobre ellos pendía, mandó que Arsindo
tocasse nueva señal, á cuya bocina los pastores
y pastoras se fueron dividiendo por el ameno
valle, y sobre humildes mesas, cuál del cortado
tronco y cuál de la fresca y menuda hierba, gus-
taron las rústicas viandas que traían. Lo mis-
mo hicieron el viejo Sileno y los gallardos cua-
tro pastores que le ai;ompañaban con el raba-
dán Alfesibeo, y todos seis al cabo de su breve
comida, que fué al pie de una fuente que salía
de una viva peña poco distante de la alta pira,
enderezaron á la parte que la pastora Bel isa de
los más hábiles y nobles pastores de nuestro
Tajo estaba acompañada, y con gran cortesía
les pidieron que mudassen lugar, porque la fuen-
te de la peña estaba más fresca y el sitio más
acomodado. No gastaron mucho tiempo en
megos, que al punto Sileno fué obedecido, y
tras los llamados fueron otros muchos, deseosos
de gozar tan buen entretenimiento, y entre ellos
Alfeo y Finea, que, vistos de Sileno, por el co-
nocimiento de la gentil serrana y la pastora del
nuevo pastor, particularmente les hizo lugar
entre si y la pastora Belisa. A esta hora Pra-
delio, pastor mozo, robusto, de más bondad que
hacienda, llegó cansado y solo por la parte que
Sileno estaba, y disculpando su tardanza fué
416
ORIGENES DE LA NOVELA
de todos bien reccbido, pero más de la pastora
Filena, cuya hermosura y gracia traía robadas
mil secretas intenciones, sin poderse gaardar en
esto la cara amigos á amigos. Bien conoció Be-
lisa el contento de Filena en la llegada del pas-
tor, porqae sabia que con gran bondad y ter-
nura le amaba, y porque la vido mezclar áe fina
rosa el cristal de su cara con una alegría cono-
cida y honesta, y volviéndose á ella, por ayudar-
la á dissi mular, le dijo: Cantemos juntas, pas-
tora. Canta tú, dijo Filena, que es lo que Sileno
y los demás aguardan. Como mis cantares, dixo
Belisa; no nacen de propia ocasión, siempre he
menester quien me los acuerde. Esso haré yo,
dixo Arsindo: canta, pastora, aquel que ayer
dijiste en la ribera, que si no fuere á tu propó-
sito será al de todos, que esso tiene lo que por
si es tan bueno. Con lo cual Belisa, templando
el rabel de seis cuerdas, dixo con gran dulzura
aquesta letra:
BELISA
Ojos que cuesta el reposo
volver á mirar con ellos,
más valiera no tenellos.
Ojos que saben prenderme,
pero nunca rescatarme,
osados á aventuranne,
cobardes á socorrerme;
pues no estiman el perderme
en el menor gusto dellos,
más valiera no tenellos.
Ojos de tan malas mañas
que, estando por veladores ,
dan passo como traidores
á las banderas extrañas,
hasta las mismas entrañas
que eu llanto salen por ellos,
más valiera no tenellos.
Ojos con quien miro y veo
que aquí consiste mi daño,
y si dicen que me engaño
muero, y digo que lo creo;
pues llevan tras el deseo
la razón por los cabellos,
fnás valiera no tenellos.
Ojos que, cuanto se piensa
en los males que se ofrecen,
por su deleite escarnecen,
sin dur otra recompensa;
pues recibe el alma ofensa
si quiero vengarme dellos,
más valiera no tenellos,
No pudo tanto la pastora Finca, mientras
duró el suave cantar de Belisa, que no volvies-
se sus muy suaves ojos muchas veces á los de
Pradelío, que atentamente la miraban. Pero
Filardo. que cada vez que la pastora lo hacía,
como de agudo hierro sentía traspassar si
razón con la rabia de los celos y l\ fnersi
amor, turbó su rostro y cubríiSse de sude
frente, y sin aguardar á que le rogassen, ]
á Sasio que tocasse la lira, j acompañóle, (
arte lamentándose:
FILARDO
Los que consiguen favores
por sus servicios fíeles,
busquen alegres vergeles
para gozar sus dulzores;
* yo por los sepulcros feos
buscaré los infernales,
que éstos fueran mis iguaples.
si sintieran mis deseos.
Quien, mirando mi dolor,
burlare de mi cuidado,
do mí será perdonado
sí no sabe que es Amor;
y porque mi parecer
no tenga de hoy más por juego,
meta la mano en mi fuego,
mudará de parecer.
Hay mil montes de passión
delante de mi consuelo,
y ha cerrado el passo el cielo
con un mar de confusión.
En navegación tan fuerte
descanso no le procuro,
que en el puerto más seguro
está escondida la muerte.
A veces, por me acabar,
vienen á mis sentimientos
tan á tropel los tormentos,
que se estorban al entrar;
y en batalla tan reñida
por mi mano les es dada,
con tal condición la entrada
que no pidan la salida.
Lo que pudiera ayudarme,
esso viene á combatirme,
por ver si me halla firme,
para más y más dañarme:
mi cadena, es mi vitoria;
mi fe, mi condenación;
mi cuchillo, mi razón;
mi verdugo, mi memoria.
Más cantara Filardo si pudiera, mas la p
sión que le forzó á hacerlo le forzó á dexai
bañando los ojos y passando á priesa la nu
por su rostro, se levantó de donde estaba, di
do con su ida á todos ocasión de mucho ;
sar, que asaz amigos de estima tenía Filar
Pradelio desto no hizo sentimiento; pero la p
tora Filena, por dissimular el suyo, vuelta
nuevo pastor Alfeo, le pidió que no ga^^U
. ^
EL PASTOR DE FILIDA
417
más tiempo en escuchar, antes pagasse lo qne
había oído. A este ruego acudió Belisa y ayudó
Finea, y aunque Alfeo, poco ganoso de obede-
cer, no quiso parecer menos cortés á las prime-
ras vistas, antes pidió á Finea que tocasse la
zampona, y ella á Sasio la lira; y assí, al pas-
U)TSl\ son de los dos acordes instrumentos, cantó,
con gran dulzura estas querellas:
ALFEO
Si el dessabrido y rústico aldeano,
en quien Amor no luce ni parece,
por ajena ocasión hace jornada
Y por un solo acogimiento humano
suele cobrar amor á la posada,
y al despedirse della se enternece;
Con razón se entristece
el alma sola amarga,
que con mano tan larga
Regalada se vio en su pensamiento,
al inhumano, y triste apartamiento,
de su sombra, y abrigo:
y no 08 razón qne esté ftin ti conmigo.
Sale de Oriente con ligero passo
Febo, vistiendo el cielo de alegría,
coumnicando al mundo su grandeza;
Mas apenas le alberga el frió Ocaso,
cuando se ve una sombra, una tristeza
de negra noche temerosa y fría.
Desta arte el alma mía
del Sol de hermosura j
gozó la luz más pura
Que se puede mirar con vista humana,
y desta arte es ya noche su mañana,
y desta arte, en su ausencia,
es de tiniebla y muerte la sentencia.
La verde hierba que el arroyo baña,
la tierra, el aire, el sol, la favorecen;
rnai) si le falta el agua, assí se muda,
Qne el viento fresco la inficiona y daña,
quémala el Sol, la tierra no le ayuda,
V su verdor v su virtud fenecen.
Desta suerte perecen
gracia, salud y vida,
estando despedida
De tu presencia el alma que te adora;
porque sin este solo bien, señora,
cualquiera que se ofrezca
es mal y daño, con que más padezca.
Levanta el diestro artífice seguro
sobre muro y colunas su artificio,
que quiere competir con las estrellas ;
Mas si quebranta el tiempo el fuerte muro
ó rompe el peso las colunas bellas,
también ha de faltar el edificio.
Yo, qne de tu servicio,
y de mi bien y gloria
máquinas de Vitoria
OBÍOBNBS DB LA NOVELA.— 27
Sobre tu voluntad iba subiendo,
esta ilustre coluna falleciendo,
tu sen'icio v mi suerte
cairán por tierra en manos de la Muerte.
En tanto que el favor, y la privanza
siente el siervo leal del Rey benino,
8u lozanía y su contento suena;
Mas si después en esto ve mudanza,
por su mal hado ó por industria ajena,
corrido y tríate le veréis con tino:
Oh menguado destino,
mira cual he quedado,
solo, desamparado
De aquel favor y tiempo venturoso, .
que entre las gentes ando vergonzoso,
cabizbajo y con miedo
que me señalen todos con el dedo.
Canción de mi despecho,
si llanto y no canción quieres llamarte,
aqui podrás por mi amistad quedarte,
que en desventura tanta
bien se puede llamar loco el que canta.
Los tiernos afectos, la mucha harmonía, las
amorosas palabras del afligido Alfeo se hicieron
sentir generalmente, de suerte que, acabado ol
dulce canto, por gran rato unos con otros en-
carecieron, cuál los afectos, cuál la harmonía
y cuál las palabras. Pero Belisa, que de todo
quedó pagada, 4x)do lo encareció mientras du-
raba, y después de acabado, primero con el
semblante y después con mil discretas razones,
que ayudaron á confirmar en todos la buena
opinión de Alfeo. Pero él, agradecido á sus fa-
vores, no podía en lo interior tomar contenta-
miento. A esta hora Sileno ordenó queja
música cessase y se diesse lugar á otro entrete-
nimiento de los usados entre pastores, porque
no solamente las almas se recreasen en aquel
exercicio, que en efecto no era para todos; y
assí, señalando premios para la lucha, ofreció
al más fuerte un cayado de acebo guarnecido
de estaño, tallado de buril de despojos de caza,
y por la una parte un gran cuchillo sc-creto,
que tocando á una Uave salía y tocando á otra
se tomaba á esconder, obra ingeniosa del va-
liente Alcimedonte; y si este don era para el
más fuerte, para el más mañoso había otro tal,
un arco era de palo indio, con la empuñadura
de luciente p'ata y esmalte fino, cuerda de seda,
aljaba labrada y seis ligeros tiros de diversas
puntas, con plumas varíadas, blancas, encama-
das y verdes; premios qne movieron, por ser
tales, los ánimos más exentos de amor, que los
enamorados no han menester quien los mueva.
Hízose á la hora una ancha plaza de toda la
general compañía, con gran concierto y orden,
y á poco rato que esperaron, en medio dellos
se puso Colín, pastor de cabras, más robusto
41^
ORÍGENES DE LA NOVELA
que bien proporcionado, en el cuello y brazos
desnudo, camisa muy justa 7 zarefuelíe estre-
clio y medias de lienzo sin zapatos. No le dexó
mucho sossegar Barcino, rico ovejero y compe-
tidor suyo en amorrs, que con el mismo liábito
le salió delante, y sin ag^rdar más señal, se
fueron el uno para el otro, cada cual intencio-
nado de hurtar el cuerpo al contrario, y assí
sucedió que casi desta vez no se tixraron. Pero
queriéndolo ambos enmendar la segunda, con
tul maña se acometieron, y con tal fuerza se
hicieron presa, que ambos arrodillaron. Era el
perder ó el ganar á la primera calda, y el cono-
cimiento del vencido estar en tierra y su con-
trario ambas rodillas sin tocar al suelo; y como
agora assí se vieron, cada cual procurando que
el otro no se levantasse, anduvieron gran rato
volteando por la hierba, sin conocerse ventaja,
hasta que Colín, inadvertido, se cogpó la una
piorna debajo de la otra, y al revolver el cuerpo
se torció la rodilla de manera que, olvidado del
])rcmio y de Dinarda que le miraba, quezándose
se dejó tender en tierra, y Barcino sobre él co-
menzó á pedir vitoria. La grita de los pastores,
unos con gusto y otros con pesar, hicieron ma-
yor la honra del uno y el corrimiento del otro.
Luego salió Damón, mozo membrudo, aun-
que de poca edad, gran amigo de Colín, pero
presto le hizo compañía y alguna parte de con-
suelo.
Los dos vencidos pastores tenían á Barcino
más animoso y á los circunstantes menos de-
tíTminados. Y assí de la segunda lucha le de-
xaron algún tanto de lugar para que descan-
sarse; pero Pradelio, que, ardido en amores, los
ojos en la pastora Filena, con gran atención
veía mirar á los otros que luchaban, pareciéndole
quo le hurtaba á su corazón cualquier vuelta
que con sus ojos daba en otra parte, á la hora,
sin más prevención de quitarse el gal)án y el
cinto, se presentó con gentil cuerpo y donaire
al vitorioso Barcino, que ya lo esperaba. Asié-
ronse por los brazos igiuilmente, y aunque la
fuerza de Barcino era aventajada, la maña de
Pradelio no era menos, y cuanto el uno de la
fuerza del uno, el otro de la maña del otro se
debían recelar. Y assí, andando en torno gran
espacio, sin dar el uno lugar al otro para sus
fuerzas ni el otro al otro para sus mañas, ya
sus venas estaban tan gruesas que parecían
querer reventar, y el sudor de sus frentes les
quitaba la vista; pisaban sobre la verde hierba,
inconveniente grande para Barcino por no po-
der restribar en ella como quisiera, pero no para
pradelio, que tenía en esso la confianza. Y
assí, viendo á Barcino que con gran furia venía
sobre e'l, hurtándole el cuerpo, tuvo muy cerca
la Vitoria; mas el fuerte pastor, proveyendo al
daño, tan fuertemente tuvo á Pradelio por los
brazos, que juntos Ueg^aron á tierra y junios m
levantaron, juntos se tomaron á apercibir 7
juntos gimieron como dos bravos toros en pe-
lea. Ya la gente estaba admirada de la terriUe
y peligrosa lucha, y lastimosos los dos pastom;
pero ellos, más animosos que al principio, ibtn
buscando sus presas, cuando Sueno, puesto en
medio, les atajó su porfía, con aprobación de
toda la compañía, mayormente de las pastons
Dinarda y Filena. Y á Barcino le fué dado el
cayado gentil, y á Pradelio el galán arco, 7 á
Colín y á Damón licencia para tenerles en-
vidia.
Quedó Sileno nuevamente deseoso de ver ¿
los demás ejercitarse en saltar 6 correr ó tinr
á la barra. Gran turba de pastores se levantó
para estos ejercicios, pero con diferentes inten-
tos: porque Uranio y Folco, Frónirao y Tirseo.
se apercibieron para la carrera; Elpino, Bmno
y Sil veo para la barra; Delio, Lxdonio y Flo-
rino para el salto. Cupo la primera suerte d«
ejercicio á los cuatro corredores, quo sin nin-
gún detenimiento se despojaron de sus vesti-
dos, salvo de las camisas y zaraíuelles, sin me-
dias ni zapatos. Puso Sileno al cabo de la car-
rera, que era en una parte del valle, sin tro-
piezo ni hierba, cuatro premios. £1 primero, 7
menos bueno, un ralwl de tres cuerdas, de olo-
roso ciprés de Candía; el segundo, y mejor, nii
zurrón de soda y lana, labrado con gran arto;
el tercero, y mejor que el segundo, un espejo
de acero, guarnecido en palo de serval; el
cuarto, y mejor que todos, un puñal de monte,
por la una parte de corte vivo j por la otn
sierra muy fuerte, con vaina verde y empaña-
dura do cuerno de cier\'0, trabado con correas
blancas de venado. En esta forma: el rabel col-
gaba de un olmo; y adelante ocho pasos, el zu-
rrón, de un salce; y otros ocho adelante, el es-
pejo, de un mirto; y doce más el puñal, de uu
enebro. Y hecha calle vistosíssima de todos los
pastores y pastoras, ya que los caatro corredo-
res estaban los pies izquierdos adelante y los
derechos casi en las puntas, haciendo Arsindo
señal, el son de su bocina fué como el de la
cuerda de sacudido arco, y los pastores no otra
c(»sa parc<neron que ligeras saetas por el aiiv.
Fáltame por decir lo más gustoso: como Sil-
deo, pastor de claro entendimiento, aunque de
pies perezosos, vido el ordca con que los pre*
mios estaban, barruntó luego lo que había de
suceder, y alzó al viento las luengas haldas dd
sayo y púsose con los cuatro, que en ligereza
excedían al viento, y juntamente con ellos em-
pezó á medir sus passos por la carrera, y toda
la gente que lo miraba á reírse de so ossdia:
pero como los cuatro passaron tan adelante. 7
los ojos de todos iban tras ellos, Sildeo pudo
correr ú sus anchuras sin ser más mirado ni
EL PASTOR DE FILIDA
419
reído. Qne cosa fué ver á Folco del primer
vuelo tan aventajado, qne á la mitad de la car-
rera todos juzgaron el puñal por suyo; pero
Fronimo, corrido, criando alas de su afrenta,
con dos cuerpos se le puso delante. Uranio ilm
tras Folco, y Tirsco tras Uranio, cuando Fro-
nimo, vanaglorioso de su ventaja y codicioso de
la Vitoria, ó tropezó en la tierra 6 en sus pier-
nas, que súbito pareció tendido en la carrera, y
Folco sobre él, que no pudo apartase sin caer.
Uranio y Tirseo se vieron señores del campo,
y la grita y ruido de la gente, que les debiera
animar, parece que los desalentó, de modo que
los dos caídos, levantándose, y ellos dos entor-
peciéndose, todos cuatro llegaron casi juntos á
los premios, y todos cuatro, despreciándose del
rabel, passaron al zurrón, y desde allí al es-
pejo, y adelante al puñal, que en un instante
alargaron los brazos á tomarle. Bien se conten-
tara Sildeo (que tras ellos iba) con el rabel,
pero viéndolos que, asidos del puñal, reciamente
porfiaban, passó hasta el espejo y tomóle, y
Iioxó 9¡k znnón y púsosele al cuello y desde allí
al rabel, y pudo haoerio porque el concierto era
que, comenzando de premio mayor» podiessen
de allí tomar los menores que hallaseii. SHdeo,
risueño y gritado de la gente, enderezó los pas-
sos á Sileno, y los cuatro pastores asidos de su
puñal, cuál por la vaina, cuál por el puño y
cuáles por los correas, hicieron lo mismo. No
pudo Uranio (aunque quisiera) desnudar el cu-
chillo, porque tenía un secreto que le cerraba;
pero Sileno, presto en atajar su contienda,
tomó á su cargo el puñal y dióle á Sildeo para
que él le diesse á quien le agradasse. Discreto
y gracioso era Sildeo, y como se vio hecho juez
de todo, les dixo desta manera: Estos premios
se pusieron para el corredor que primero los
viesse en su poder; yo los veo en el mió sin que
nadie me tocasse á los tres en la carrera, y sin
que ninguno de vosotros haya tenido el cuarto
libremente como yo, y assí, por derecho y con-
dición son todos los cuatro míos, y asi lo juzgo.
No solos los amigos de Sildeo rieron de la gra-
ciosa sentencia, pero á los uiismos pretensores
hizo mucho donaire, y Sileno la cónfínnó como
bien dada, y mandó á Yalleto, zagal suyo, qne
diesse á los cuatro pastores, el siguiente día,
cada dos gruesos cameros de los mejores del
rebaño, con que quedaron los circunstantes muy
contentos y los pastores muy pagados.
Y mientras muchos se estaban culpando de
no haber tenido el aviso de Sildeo, Delio, Li-
donio y Florino pidieron lugar para los saltos,
y Elpino, Bruno y Silveo para la barra, y aun-
que quisiera Sileno dársele, viendo que del dia
estaba gastada la mayor parte, y aquellos ejer-
cicios (aunque de mucha estima) no eran de
tanta recreación, acordó que se ingeniasen en
pruebas de fuerza y ligereza, cada cual como
supiesse ó bastasse, prometiendo á todos dig-
nos premios de su exeruicio. Prueba haré yo,
dixo Bruno, que no la hará otro pastor de la
ribera. Hazla, dixo Elpino; veamos dónde llega
tu soberbia. Agora lo veréis, dixo Bruno, y ha-
ciéndose atar por las muñecas con dos cuerdas
de torcido cáñamo dio el un cabo á Elpino y
el otro á Silveo, y tomando en cada mano una
manzana, tirad, les dixo, cada uno por su parte,
veréis si salgo con mi intención. Con tanta
fuerza tiraban los dos' pastores, que parecía
quererle abrir por los peehos; pero Bruno, re-
cogiendo sus fuerzas, haciendo piernas, apre-
tando los dientes, á pesar de entrambos puso
las manzanas en la boca. No hubo entre todos
quien á otro tanto se atre viesse. Pero Lidonio,
que deseaba mostrarse en algo aquel dia, viendo
presente á la hermosa Silvia (digo aquélla que
á la ida del valle toparon Alfeo y Finea con la
pastora Dinarda), alegre de verla sin los dos
competidores Licio y Celio, le pidió licencia
para ejercitarse en su nombre, y ella, que de
nada tenía gusto, le dixo que hiciese el suyo;
esto tuvo Lidonio por g^n favor, y aivmado
con él, mientras que Delio y Florino, ha-
ciendo vueltas galanas y dificultosas por el
suelo y por el aire, entretenian la gente, envió
por perchas altas y delgadas á un huerto suyo,
que cerca del valle estaba, y puesto en medio de
la gente, las afirmo en tierra derechas sin hin- '
carias, y con ambas manos, sin otra ayuda, co-
menzó á subir por ellas con grande facilidad,
hasta poner los brazos sobre lo alto, y arrimán-
dolas al cuerpo sin otra ligadura, ni afirmar los
pies en nada, se comenzó á pasear por entre los
que le miraban, y después de ser bien visto, se
dexó deslizar por ellas hasta el suelo. Prueba
fué que agradó y admiró á todos en general.
Mas viendo que el luchador Pradelio tomaba
el puesto para hacer nueva prueba, todos vol-
vieron á él atentamente, y el mancebo gentil,
tendiéndose en tierra de espaldas, los brazos
abiertos, sobre la una mano se puso un pastor
de pies y sobre la otra otro, asiéndose los dos
de las manos para afirmarse. Pradelio levantó
en alto los brazos con ellos y estuvo assí un
rato, y luego se sentó en tierra con la misma
carga, tras lo cual se levantó en pie, y trayendo
á los pastores tres ó cuatro vueltas en el aire,
se fué sentando y tendiendo y baxando los bra-
zos hasta dexarlos donde los había tomado.
¡Oh, cómo fué prueba esta del esfuezo y maña
de Pradelio y cómo contentó á todos los pasto •
res y pastoras que la vieron! El gusto de Fi-
lena para después se quede, y aun las pruebas
por ahora, porque Sileno bien siente que no es
razón do exercitarse tanto con tanta fatiga, y
así, premiando á todos con mucha voluntad y
420
ORÍGENES DE LA NOVELA
franqueza, mandó tornar á componer las rústi-
cas mesas con regaladas yiandas, de donde bre-
vemente todos se levantaron, y siguiendo á Si-
leno, Oalafrón y Barcino, Mireno y Liardo y el
rabadán' Alfesibeo enderezaron á la devota
pirámide; y allí Galafrón, tierno y verdadero
amante de la difunta Elisa, la una rodilla en
tierra, al son de la flauta de Barcino, que de la
misma arte la tocaba, cantó estos versos tristes
y amorosos:
OALAFRÓN
Elisa, que un tiempo fuiste
descanso de los enojos
con sólo volver los ojos
á los que en llanto volviste,
la furia perpetua y triste
de nuestras continuas quexas
no es tanto porque nos dexas
como por ver que te fuiste.
Porque, Elisa, aunque dexarnos
sea lo mismo que irte,
sintiendo el mal de partirte
no se entiende el de quedamos;
y sólo en representarnos
la memoria que te has ido,
no queda libre el sentido
para de otro mal quexarnos.
Mas, dime: ¿en prisión tan grave
por qué nos dexas con cefio,
como cautivos sin dueño,
donde esperanza no cabe?
¿qué nueva vendrá suave
á nuestra prisión y pena,
si, cerrada la cadena,
el cielo rompe la llave?
Algún alivio tenemos
en ausencia tan amarga,
y es que no puede ser larga,
aunque ya larga la vemos;
otra rienda hallaremos
que más enfrene al tormento,
y es que vives en contento
ya que nosotros penemos.
Tengo aquí, pastora cara,
una canción que decias,
con cuyos versos cubrías
de mis lágrimas mi cara,
y aunque de dulzura avnra
y más que la muerte ñora,
si yo agora te la oyera
bien piadosa la juzgara.
De suerte nos igualaste,
que contra el competidor
nuestra venganza mayor
era ver que le miraste:
bien seguros nos dcxaslc
de memorias de contento.
porque aun de damos tormento,
señora, no te preciaste.
Por nuestra afición abrojos
nos diste, en lugar de palma,
y nunca sintió tu alma
lo que hicieron tus ojos;
nuestros más ricos despojos
llevaste sin pretendellos,
y este es el mal, que, á qucrellos,
gloria fueran los enojos.
Baxe ya tu luz preciosa
del alto cielo á la tierra,
y venga á hacernos guerra
si no quisiere piadosa,
por el mármol do reposa
tu ceniza sepultada,
que de mi diestra cuitada
fué pruel»ocilla amorosa.
Vaya lexos la alegría
de nuestro monte y ribera,
cuanto se teme y se espera
pare en la ventura mía;
fálteme el postrero día
una común sepultura,
que si yo busqué ventnni,
por tí sola la quería.
Huyame el contentamicMito,
nada me pn^te favor,
conviértaseme en dolor
cuah^uier causa de contento,
déme el cielo sólo aliento
para conocer mi mengua,
no quiera llegar la lengua
do no alcanza el sentimiento.
Bien puede, Elisa, subir
atrás el corriente río,
y el más importuno frío
nuevas flores producir;
mas no podrán permitir
tiempo, fortuna ó estrella
(^ue cesse nuestra querella
hasta que cesse el vivir.
En tanto que Galafrón cantaba desta suerte,
muchas de las pastoras habían traído blancoc
tabaques de hierbas y rosas de la florestas y en
un punto, sobre sus luengos cabellos ponieiidc
artificiosas guirnaldas, alrededor de la alta
pira, presas por las manos sus anchas mangas,
de blanco lienzo colgando, mientras cantáhuí,
iban en sossegado corro, y acabado el cantar,
vueltas las unas á las otras con gran donaire
bailaban. Ya en esto, el gran planeta parecía,
que, agradecido de la solenc fiesta, quería dejtr
libre sombra para que los pastores buscassen
sus moradas, y al trasponer del monte, su ros-
tro alegre y bello (recogiendo la lumbre de sos
rayos) desde el Ocaso arrojó una viva y tem-
plada claridad, que, bordando de fina plata j
EL PASTOR DE FILIDA
42^1
luciente oro las varías nubes, dejó nuestro cielo
hermosfssirao. Y luego las pastoras, trocando
las guirnaldas de sus frentes con las que en el
sepulcro estaban, 7 los pastores ramos con
ramos, todos juntos comenzaron á seguir al
viejo Sileno hasta la salida del valle, que alli
con alegre rostro y dulces abrazos se despidió
(uno por uno) de todos, y dejando con él sos
cuatro pastores y el rabadán Alfesibeo, se co-
menzaron por las sendas y caminos á dividir
desde la verde floresta.
TERCERA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Alegremente vinieron nuestros pastores al
fresco valle de la celebrada Elisa, y no menos
se dividieron al salir dé!, porque no quedó sen-
da, atajo ni camino donde no sonassen voces
acordadas, liras, rabeles, flautas y otros alegres
instrumentos; solos Finca y Alfeo, como solos
entraron por la vereda de los salces, camino
poco usado, por ser áspero y estrecho, al prin-
cipio del dixo Finea: ¿Qué te ha parecido, Al-
feo, de los pastores del Tajo? Tan bien, dixo
Alfeo, que no te lo sabré decir: su gala es ma-
cha; discreción y cortesía, grande, y lo que es
habilidad y mesara, aventajado á cuanto he
visto. Paréceme que de España lo mejor se re-
coge en estas selvas. Esso puedeó creer, dixo
Finea, que aunque lo natural dellas es bueno,
todos essos ricos pastores que hoy has visto y
essas pastoras de tanta gracia y hermosura,
cuál es del Ebro, cuál del Tormes, Pisuerga,
Henares, Guadiana, y algunos de donde, mu-
dando nuestro Tajo el nombre, se llama Tejo;
|>ero como el sitio es tan acomodado á la crian-
za de los ganados, á la labor de la tierra y á
la i*ecreación de la gente, muchos que aquí vie-
nen por poco, se quedan por mucho, como á mi
me ha sucedido y á ti creo que será otro tanto.
No hará, pastora, dixo Alfeo, que aunque en-
tiendo que no me estaba mal, véome impossi-
bilitado para ello. ¿Qué podría yo hacer aquí, ó
en qué entretendría el tiempo que no parecies-
se feo á todos? Yo te lo diré, dixo Finea: lo que
yo hago, ó lo que hace Si r alvo, forastero pas-
tor que aqai habita. Yo compré ovejas y cabras
conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales
las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro
tanto, gustó de entrar á soldada con el raba-
dán Mendino, por poder mudar lugar cuando
gusto ó comodidad le viniesse, sin tener cosa
que se lo estorbasse. ¿Quién es esse Siralvo?
dixo Alfeo. Es un noble pastor, dixo Finea, de
tu misma edad, honesto y de Uanissimo trato:
amado generalmente de los pastores y pasto-
ras de más y menos suerte, aunque hasta agora
no se sabe dé las suya más de lo que muestran
sus respetos, que son buenos, y sus exercicios,
de mucha virtud. ¿Cómo vería yo á Siralvo?
dixo Alfeo. Bien fácilmente, dixo Finea; por-
que las cabanas de Mendino están muy cerca
de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y
más agora que está su rádabán ausente y él
no podrá apartarse del ganado. Assí hayas
ventura, dixo Alfeo, que vamos allá. Vamos,
pastor, dixo Finea; y volviendo el camino so-
bre la mano derecha, mientras Alfeo, agrade-
ciendo á la serrana su voluntad y trabajo, ella
nuevamente con amor se le ofrecía, llegaron á
la fuente de Mendino, que poca distancia de
las cabanas estaba, y á un lado della, cerca del
arroyo, oyeron una flauta, que al son del agua
y de los inquietos árboles acordadamente so-
naba. Aquella flauta, dixo Finea, es de Siral-
vo, y si él canta, á buen tiempo hemos venido,
que no es menos músico el pastor que enamo-
rado, aunque él, no preciado desto, siempre
busca la soledad para cantar sus versos. Oyá-
moslc, dixo Alfeo, que no es possible que el
aparejo tan conforme á su condición no le in-
cite. Y con esto, sentándose los dos junto á la
fuente casi á un punto, Siralvo, dejando la
zampona, comenzó á cantar aquestas rimas:
SIRALVO
Ojos á gloria de mis ojos hechos,
beldad inmensa en ojos abreviada,
rayos que heláis los más ardientes pechos,
hielos que derretís la nieve helada,
mares mansos de amor, bravos estrechos,
amigos, enemigos en celada,
volveos á mí, pues sólo con mirarme
podéis verme y oirme y ayudarme.
Si me miráis, veréis en mí, primero,
cuanto con Yos Amor hace y deshace;
si me escucháis, oiréis decir que muero,
y que es la vida que me satisface;
si me ayudáis, lo que pretendo y quiero,
que es alabaros, fácil se me hace;
en tan altas empressas alumbradme,
mis ojos, vedme, oidme y ayudadme.
Siendo verdad que el alma que me ampara
es sólo un rayo dessa luz pendiente,
cuando no me miráis, es cosa clara
que estoy del alma con que vivo ausente;
mas no tan presto á la marchita cara
vuelve la vuestra, soles de mi oriente,
cuando, el espírítu mío renovado,
quedo vivo, contento y mejorado.
La causa fuistes de mi devaneo,
y podéis serlo de mi buena andanza,
que si á vuestra beldad cansa el deseo,
422
ORÍGENES DE LA NOVELA
Taestra color ofrece la esperanza,
esmeraldaB preciosas, donde yco
más porfeción qnc el ser linmanoalcr-nza,
viva mi alma entre essas dos serenas
lambres divinas, de Vitorias llenas.
¡Cnanto mejor en vnestra compañía
qae con la lira ó con el tierno canto,
pudiera Orfeo, el malliadado día,
robar la esposa al reino de! quebranto!
pues la amorosa ardiente ánima mía,
al resplandor de vuestro viso santo
suspende tantas ponas infernales.
Ojos verdes, rasgados, celestiales.
¿Sois celestiales, soberanos ojos?
Si que lo sois, aunque os alberga el suelo,
pues solas almas son vuestros despojos,
almas que os buscan como á propio cíelo;
fundó el Amor sus gustos, sus enojos,
estableció su pena y su consuelo,
dejó las armas frágiles de tierra,
7 escogió vuestra luz en paz y en guerra.
Estrellas, nortes, soles, que á la diestra
del Sol salís, por soles verdaderos,
si en cuanto el lugar cielo al mundo muestra,
no hay cosa que merezca paR^ceros.
¿quién verá sola una pestaña vuestra
que presuma, aun con muerte, mereceros?
Bástale á aquel que os ve, si os conociere,
morir, y ver que por miraros muere.
Pues los que os miran quedan condenados
á arder de amores si miráis piadosos
y á rabia eterna sí volvéis airados,
ved si los que abrasáis son venturosos;
yo que con pensamientos inflamados.
Ojos, os miro, y con deseos rabiosos,
ó rabie, ó arda, ó muera, ó viva, al menos
no dejéis de mirarme, Ojos serenos.
Al revolver de vuestra luz serena,
se alegran monte y valle, llano y cumbre;
la triste noclic de tinieblas llena,
baila su día en vuestra clara lumbre,
sois, Ojos, vida y muerte, gloria y pena;
el bien es natural; el mal, costumbre:
no más. Ojos, no más, que es agraviaros,
sola el alma os alabe, con amaros.
No tocó SiRALVo al fin de la postrera es-
tancia la flauta, como á las demás babía hecbo,
pero n*matóla con un teniíssimo suspiro, y Al-
feo y Finea, que con mucho gusto le habían
escuchado, dexando la fuente se llegaron á él,
saludándole con muy corteses palabras. «Qué
caáo, dixo Siralvo, te trae, Finea, | or esta parte
tan á deshora? Buscarte, Siralvo, dixo la gra-
ciosa serrana. Aquí me hallarás muy á tu vo-
luntad, dixo Siralvo, y levantándose del suelo,
echando al hombro el zurrón, todos tres se fue-
ron llegando á la fresca fuente, y allí sentados,
preguntó quién era el pastor que con ella ve-
nía. No dio lugar Finea ¿ que Alfeo raqpon-
diesse: mas ella lo hizo de Arte qae Sikalvo,
muy contento de su venida y deseoso de laber
su suerte, se le ofreció en lazo estrecho ¿o
amistad, á que Alfeo bastantemente correspon-
dió en voluntad y razones. No se contentó Fi-
nea con esto, pero pidió á Siralvo que diesse
orden en acomodar á Alfeo. Aquí cstali«n, dixo
Siralvo, mil ovejas del gran rabadán Pacir^o.
que las guardaba Liardo, y ahora está con S¡-
leno; este rebaño tiene cuatro ságrales diligen-
tes, cabana nueva, instrumentos muy cumpli-
dos, dehesa propia en que se apacienta y abre-
vaderos y corrales para él solo; estaba á mi
cargo buscar un mayoral que le gobierne, t si
AlFeo le quiere tomar al suyo, cu cuanto yo Ic
pudiere descuidar lo haré, con las mismas ve-
ras que lo ofrezco. Finea y Alfeo acetaron con
grande agradecimiento la voluntad y obra de
Siralvo; y contentíssima desto, le pareció á It
serrana irse á su cabana, y á los dos pastor»
hacerle compañía, y sin valer excusas, que elk
dio para desviarles aquel cuidado, los tres co-
menzaron á caminar por la espessnra, y la pas-
tora á contar á Siralvo lo que en el valle de
Elisa había passado, cuando Filardo, competi-
dor de Pradelio, hacia ella venia cantando, con
una voz llena de melodia y tristeza, y por no
ser causa de que lo dexasse, apartándose entre
los árboles con gran silencio, oyeron esta can-
ción que no con menos espacio iba diciendo:
FILARDO
No por sospiros que deis,
corazón, descanso espero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Estando la vida tal
de su tiempo bueno ausente,
que ser vida es acídente,
V cansarme es natural,
corazón, no alcanzaréis
con sospiros lo que quiero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
El rato que sospiráis,
desean sárades siquiera,
cuando la vida no fuera
el fuego en que os abrasáis ;
dad sospiros, y veréis
que el mejor es más ligero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Un solo ravo os abrasa,
mas sus lugares son dos:
las llamas tocan en vos,
y en el alma está la brasa;
con sospiros la encendéis.
EL PASTOR BE FILIDA
428
7 el sospiro yerdadero
es dar al alma el postrero,
7 ella 7 Vos descansaréis.
No qaíero 70, corazón,
quitaros el sospirar,
que sospiro podéis dar
que 08 valga por galardón;
si con sospiros movéis
la voluntad por quien muero,
sin dar el alma el postrero,
eUa 7 Vos descansaréis.
No estaba mu7 conñado de merecer Filardo
tanto bien (como sus versos decían), se ablan-
dasse por tiempo la causa de su dolor, 7 assi
t»l presente fué tanto, que, sin poder animar-
se, con los postreros acentos ca7Ó en tierra.
Siralvo con gran lástima 7 amor se le presen-
tó, diciendo: ¿Qué es esto, Filardo mío, qué
congoxa te mueve á tanto extremo? ¿Qué ha de
ser, dixo Filardo, sino lo que siempre suele? ¿ó
qué fatiga me puede descomponer, sino la que
Filena me quisiere dar? ¿ó qué rato podré vivir
sin que el la guste de atormentarme? ¡Maldita sea
la hora en que nací para amalla, 7 maldito sea
el hombre que nace para amar! Puesto osto7,
Siralvo, en el profundo de las miserias de Amor,
sin haber cosa de donde espere consuelo. Le-
vántate amigo, dixo Siralvo, que aunque 70
creo que tendrás razón, de tu propio humor
eres congojoso; vente con nosotros, 7 dime tu
pena, quizá no será tanta la causa como te pa-
rece. Como tú quizá, dijo Filardo, estás favo-
recido, parécete poco el mal ajeno. En cada
jomada, dixo Siralvo, ha7 su legua de mal ca-
mino; pero menester es resistencia, si ha de ha-
ber perseverancia. Si Filena se descuidó cu
algo contigo, 7a pensarás que el mundo es
acabado: no la fatigues con quejas continuas,
aunque la razón te sobre; no la pidas celos,
aunque te arranquen el corazón, que la mujer
apretada siempre desliza por donde peor nos
está. Haz lo mismo que Pradelio, que donde
quiera que la ve llega risueño 7 regocijado, 7
pone en fiesta á cuantos allí están, inventando
juegos 7 danzas, 7 cualquier cosa que la pas-
torcilla haga alaba por buena. Créeme, que la
primera fuerza que con mujeres se ha de pro-
bar es bien parecer, 7 un hombre marchito 7
trashojado viene á ofendellas, hasta ser demo-
nio en su presencia. Basta pastor, dijo Filar-
do, hablas como sano en fin, 7 tus medicinas
no son para el doliente: haga Filena conmigo
lo que hace con Pradelio, verás cuál ando 70
7 cuál anda él. Mas, si desde que entró en el
valle de Elisa hasta la salida, jamás del partió
los ojos ni los volvió á mirarme: ¿qué quieres
que sienta? ¿ó qué sintieras tú si como 70 la
amaras? Doliérame, dixo Siralvo, mas á las
veces una sinrazón notable suele desapassio-
nar al más enamorado. Y aun indignar, dixo
Filardo mas pássase essa ira en uñ momento
7 queda el triste que ama hecho un centro de
dolores, donde creo que nunca la muerte viene
por fuerza de los males, sino por contradición
del que la teme, que á mí que la deseo, tan ne-
cessitado de su favor, niégamele; 7 niegúemele
si quiere, que si nací para esto, 70 no lo puedo
excusar. ¿Qué ves, ingrata, en Pradelio más
que en mí, sino lo que tú le das? ¿ó qué en mí
menos que en él, sino lo que tú me quitas?
A7er pagada de mis servicios, 7 ho7 de mi
muerte, buen galardón lleva el que desea ser-
vir; tómate cuenta de lo que haces, 7 volverás
por tí misma, si no olvidas del todo, á lo que te
obliga tu propio valor. Passó Filardo, 7 dixo
Finea: Assí veas á Filena tan de tu parte
como deseas, que no te aflijas; mas saca la lira
7 canta un poco, 7 entretendrás tu dolor 7
nuestro camino. Gracia tienes, serrana, dixo el
pastor: ¿cantar me mandas de gusto, viéndome
morir? Pues haz como el cisne, dixo Finea, 7
ló que has de lamentar sea cantando, que no
enternecerán menos tus querella*. Por casti-
garte de lo que pides, dixo Filardo, quiero can-
tar, serrana; 7 sacando la lira, con tres mil sos-
piros, en son triste, pero artificioso 7 suave,
comenzó á decir Filardo:
FILARDO
Si á tanto llega el dolor
de sospechas 7 recelos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Dolor, que siempre está verde,
aunque vos más os sequéis,
7 á donde quiera que estéis,
veis presente á quien os muerde;
mal que para su rigor
se conjiíran ho7 los cielos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Pues derriba una sospecha
la vida más poderosa,
7 una presunción celosa
deja una gloria deshecha,
7 á fuerza de su furor
se aborrecen los consuelos,
no la llame nadie celos,
sino rabia del amor.
No valen fuerzas ni mañas
contra mal tan inhumano,
porque el hambriento gusano
que se ceba en las entrañas,
aUí vierte á su sabor
sus centellas 7 sus hielos;
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
42i
ORÍGENES DE LA NOVELA
1
Si deste diente tocado
debe un corazón rabiar,
nadie lo podrá juzgar
sino aquél que lo ha probado;
yo que en medio del favor
gusté tan enormes duelos,
no puedo llamarlos celos,
sino rabia del amor.
Quien tal pide que tal pague, dixo Filardo
al fin de su canción. Veis aqui, pastora, cuál
estoy, y cuál está la lira, y cuál el canto. Assi
ostuviera tu corazón, dixo Finca, que, como
cantas sin gusto, no te satisfaces á ti como á
nosotros. Pues assi te ha parecido el pastor,
págamelo en otro tanto, y di alguna canción
de las que suele decir Filena, que, aunque poco
ganoso de liacerlo ni excusarlo, quiero ver si
hay en el mundo orejas que se muevan á mi
ruego. Las mías, dixo Finea, prestas estarán
á oirte y á obedecerte: toca la lira, que á tu
son quiero cantar. No andaba tras esso, dixo
Filardo; mas hágase lo que quieres. Tocando el
instrumento, la serrana le acompañó diciendo
assi :
FINBA
Del Amor y sus favores,
lo mejor
es no tratar con Amor.
Esme el cielo buen testigo,
del cual voy tras mi deseo,
(lo con mil muertes peleo,
teniendo un solo enemigo,
no durarán lo que digo,
y aún peor
los que tratan con Amor.
Verán su fé y su razón
escrita en letras de fuego,
y verán que su sossiegu
es campo de altercación ;
verán que su galardón,
el mejor
no tiene señal de Amor.
Juntamente llegó Finea al fin de su canción
y á la puerta de su cabana, donde halló á Di-
naitla y á Silvia que la esperaba, y allí despi-
diéndose los pastores con gran cortesía. Filar-
do, á ruego de Silvia, se quedó con ellas, y
Al feo y Si R ALVO tornaron por su camino. No
(|uerría, dixo Sin alvo, cansarte con pregun-
tas ni congojarte con mi deseo; pero no dexaré
de decirte que holgara en extremo de saber
quién v de dónde eres. Las alabanzas que de
ti me dio la serrana, tu {)ersona las confirma
todas, y lo que t^íngo visto, bii»n basta para
])rocurar tu amistad; pero ya sal>es que entre
amigos no es justo haber nada encubierto:
prendóte mi fe, que no te arrepientas jamás df
lo que conmigo comunicares, fisso creo yo moy
bien, dixo Alfeo, pero sabe que es macho lo
que hay que saber de mi, y si más hulnwi,
más supieras, que tu bondad, Sibalvo, á esto
y más me obliga. Tú sabrás qao este hábito no
es mió: pluguiera al cielo que desde mi naci-
miento lo fuera, excusara las mayores desven-
turas que jamás han passado por hombre dr
mi suerte. Caballero soy, natural desta yecina
Mantua, que por toda ella se re el blasón de
mi verdadero apellido, y más sabrás que pago
en breves dia^ con las setenas lo que muchos
gocé de libertad y contento. No renuevas mí
mal con tu pregunta, que siempre se está pnt-
S4>nte, ni me aflige tu voluntad, que bien ense-
ñado estoy á no seguir la mia; mas porqoe
temo cansarte con mi cneúto largo y pesado,
te suplico cuando lo estés me avisos, que lle-
vándolo en dos veces, quizá te listará la fuer-
za y á mi el ánimo. Ser tú quien dices, dixo
Siralvo, bien claro lo muestras, y conocer yo
la merced que me haces, no lo dudes; y menoi
que es imposible cansarme de oir tus casos;
mas yo sé, Alfeo, que el día ha sido hoy largo
para tí. y será razón «.lar á la noche su parte
hasta el alba, y entonces, habiendo tú reposa-
do, podrás cumplir la promessa y oirme un
rato, quizá seré ocasión de alivio d tu .mal. Ko
espero menos de ti, dixo Alfeo; y en estas j
en otras agradables pláticas llegaron á las ra-
banas de MendtnOy donde Alfeo fué albergado.
y SíralvOf sin que él ni nadie lo sintiesse, to-
mó el camino de las huertas del rabadán Van-
dalio, donde Filida estaba, y á esta hora Si-
RALvo con seguridad podía buscarla para oir-
ía ó verla desde aparte. Poco tardó en llegar el
enamorado pastor, pero rato había que la ber-
mosissima Filida reposaba. Triste y despe-
chado se halló Siralvo por su tardanza, y sen-
tándose al pie de un olmo, junto al ancho j
rico albergo, se dejó transportar en un profun-
do pensamiento, de manera que, sin sentirlo el,
fué sentido, recordando con sus sospiros á Flo-
réis, hermosa y discreta pastora de la casa de
Vandalio, y tan amada de Filida, que en sa
mismo aposento se albergaba; bien conocía lo»
sospiros de Siralvo, y muchas veces deseó qoe
Filida los sintiesse y admitiesse la voluntad
del pastor, allí donde infinitas y de grande es-
tima eran despreciadas. Dexó el lecho Flonji,
y mal vestida salió donde halló á Siralvo. qaf
vuelto en sí se levantaba para irse. ¿Qué ve-
nida es ésta? dixo Floréis. La mia no té, dixo
Siralvo; pero la tuya mi remedio será, poiqnr
te certifico que estaba á punto de acabarme.
Consuélame, pues siempre lo haces, y no hsj
quien pueda hacerlo sino tú. Deja el pesar, dixo
Florela. que si esta noche vinieras á la hon
EL PASTOR DE FILIOA
425
qac sueles, pudieras ver y oir á Filida en el
lugar que estamos. Buena manera, dixo Siral-
YO, es essa de consuelo. ¡Maldita sea mi tar-
danza, que soj el más desazonado de los hom-
bres! Bien le bastaría al que ama una pequeña
sepultura donde passasse el tiempo que resta
de sus contentos, para que cuidados ajenos no
le estorbassen los suyos. Vinieron á mi cabana
Filardo y Finea, y otro pastor forastero, y
cuando dellos me pude librar, hallo la pérdida
que ves. Descongójate, dixo la pastora, que
por lo menos sabrá Filida tu sentimiento, y
vente conmigo, que tengo grandes cosas que
contarte, y este lugar no me parece muy se-
guro, que poco ha andaban por aquí pastores
de Vandalio buscando unos mastines. Vamos
donde quisieres, dixo Siralvo, y siguiendo á
Florela entraron por un camino estrecho que
dividía dos huertos, y entre las ramas que de
ellos sallan, que casi el camino cegaban, los
dos se sentaron, y la pastora comenzó dicien-
do: ¿Qué tanto amas á Filida, Siralvo? A
csse grado, dixo el pastor, no llegó mi propio
sentimiento. ¿ De manera, dixo la pastora, que
te parece mucho lo que la amas? Sí, mientras
no la veo, dixo Siralvo; que llegado á miralla
no me parece possible amarla lo que se le debe.
¿Pues quién te ataja la voluntad, dixo Florela,
para no pagar essa obligación? Un corazón de
hombre, dixo Siralvo, con que la amo, impossi-
bilitado á pagar deuda tan superior. Mucho me
agrada tu fe, dixo Florela, y ten cierto que
toda la debes como la pagas, que aunque te
parezca que Filida guaida su punto más que
las otras mujeres, pues es la mejor de to-
das, no hay exceso en esto, y al fin sólo has
bastado en lo que nadie ha sido parte: no se
desgusta de que la veas, y allánase á leer tus
versos y oir tus querellas cuando tú se las das,
á yo por ti. Ves aquí una carta de Carpino
que le envió con Silvia, y no la quiso leer ni
recebir, y yo por mostrártela se la tomé á Sil-
via. No me encarezcas, dixo Siralvo, mi buena
fortuna, que para conocer el bien que tengo no
es menester que le pierda: yo lo sé en más co-
sas de las que tú me dices. Pésame que hayas
tomado esse papel, que no pensará Carpino
que le quieres para tu gusto, sino para el de
Filida. En esta respuesta lo verá, dixo Flo-
rela, y sacando la carta, fácilmente á la luna
vio Siralvo que decía:
carta
Vive Amor, dulce señora,
y vivirá en mi cuidado,
al natural retratado,
del que en nuestros ojos mora,
que holgara de callar
si pudiera, mas no puedo;
con Amor sin culpa quedo,
con vos lo querría quedar.
Vuestra hermosura vi,
y luego mi muerte en ella,
que cualquiera parte della
tocó al arma contra mi;
ojos, frente, manos, boca,
que al ser humano excedéis,
tate, dije, no os juntéis
tantos á empresa tan poca.
Prendiéronme juntamente,
sin mostrar desto desdén:
vuestra voluntad también
se quiso hallar presente;
viendo que merecimiento
faltaba de parte mía,
puse yo lo que tenia,
que fué mi consentimiento.
A la sazón que el Amor
me prendió desta manera,
la montaña y la ribera
sin hoja estaba y sin flor,
y cuando os llegué á mirar,
mostróme Amor de su mano
el más felice verano
que el cielo puede mostrar.
Mas apenas fué llegada
vuestra ausení^ia fiera y cruda,
cuando mi verano muda
su fuerza en sazón helada ;
y assí será hasta ver
la luz dcssos claros ojos,
que entonces estos abrojos
flores tornarán á ser.
Pues, esmeraldas divinas,
lumbre generosa y alma,
desterrad ya de mi alma
tan rigurosas espinas,
que aunque ella siempre os adora,
y veros en sí merece,
sabed que se compadece
deste cuerpo donde mora.
Llevó mis pasaos ventura,
pensándome despeñar,
y heme venido á hallar
en minas de hermosura;
tan soberana riqueza,
tesoros tan extremados,
no permitáis que, hallados,
se me tornen en pobreza.
Por ventura á mis razones,
aunque ciertas desmandadas,
vuestras orejas, usadas
á más agradables sones,
tomarán alteración,
y la púrpura y la nieve
que en nuestras mejillas llueve,
crecerán por mi ocasión.
1
42G
orígenes de la novela
Señora, no lo hagáÍB,
reid y burlad de mí;
liaced cuenta que nací
para que vos os riáis;
mas no, pastora, no sea
tomada on baria la fe
que en vuestra beldad juré
y en mi alma se recrea.
No hay en mí cosa valida
que os ponga en obl¡;^ci6n
de estiuiar esta afíción
que estimo en más qne la vídn :
loaros es ofenderos;
serviros, ¿quién llega allí?
y si os quiero más qne á mí,
ya voy pagado en qnereros.
Ninguna cosa he hallado
que merecer pueda dar
de desearos mirar,
sí no es haberos mirado:
porque aquel conocimiento
de vuestro sumo valor,
es la dignidad mayor
que cal)e en merecimiento.
Ya veis que fuistes nacida
por milagro de natura:
sedlo también de ventura,
y hacelde en mi humilde vidn,
y vénganse luego á mí
los más bien afortunados;
volverán desconsolados,
muertí>s de envidia de mí.
¿Qué nos enseña en la tierra
el cielo por sobrescrito
de aquel poder qne, infinito,
todo lo abarca y encierra?
¿qué pinta imaginación?
¿qué descubre ingenio ó arte
que llegue á la menor parte
<le vuestra gran perFeción?
Juntáronse tierra y cielo
á poneros sus señales;
con las dotes celestiales
y las mejores del suelo
liizoos tan perfeta Dios,
que lo que es menos espanta,
y á mí de ventura tanta,
que venga á morir por vos.
Yo sé (jue, si lo que os quiero
acertara á encarecer,
os pudiera enternecer
aun(|ue fuérades de acero;
mas de lo poco que muestro
podéis ver mi mucho amor,
y que con ira 6 favor
me firmaré: Siempre vuestro.
Enamorado está Carpino dixo Siralvo al fin
de la carta, y, para decir verdad, no me hace
mny buen gasto. Siempre Tosotroe, dixo POent,
qaerríades qae la qae mofláis no pmreciesK bies
á nadie. Mal recado tendría yo, dixo Siralvo,
si esso quisiesae; qae á la belleza de Fiuda Iob
ciclos se enamoran, los hombres se admina
y pienso qne las fieras se amansan. ¡Ob, FV»-
rela, qaé excesivas ventajas puso Dios en eUt
sobre cuantas viven! Poes la condición, Sirahü,
dixo Florela, yo te prometo qae no es menoi
buena que sa hermosara; tiene ana falta, qoe
no es discreta, á lo menos como las otras mu-
jeres, porqne su entendimiento es de vam
muy maduro y mny probado, aquella profoB-
didad en las virtudes y en las artes, sqaeik
constancia de pecho á las dos caras de fortana.
¿Y la gracia, pastora? dixo Siralvo. No me ha-
bles en esso, dixo Florela, qae con ser yo mii-
jer, me veo con ella mil veces alcanzada de
amores; sa limpieza y aseo, liberalidad y trato,
¿dónde se hallará? Amala, Siralvo, y ámela fl
mundo, que no hay en él cosa tan puesta n
razón. Mas dime, ¿qué papel era el que le em*
viastes anoche, que no me acordé de pedirsele?
Florela, dixo Siralvo, era nn retrato en vctw»
que yo le hice. T)ímele, pastor, dixo Florela, que
aun podría yo pagártele en otro de pintara sa-
yo, que hizo el lusitano Coelio, padre de Be-
lisa: mira si será extremado. También lo ser»
la paga, dixo Siralvo, y por qne no la excns»,
oye el que yo hice, que el uno y el otro sé yo
qne cuando á Filida no se parezca, menos
habrá quién se parezca á ellos, pues de tan ricA
dechado no saldrá labor qne en otra pueda
hallarse.
siralvo
Ya qne me faltan para dibnxaros
pincel divino y mano soberana,
y no la presunción de retrataros,
con mal cortada péñola liviana,
de mis entrañas quiero trasladaros,
donde os pintó el Amor, coii tanta gana,,
que, por no ser á su primor ingrato,
se quedó por alcaide del retrato.
Ricas madexas de inmortal tesoro,
cadenas vivas, cayos lazos bellos
no se preciaron de imitar al oro,
porque apenas el oro es sombra dellos;
luz y alegría que en tinieblas lloro,
ébano fino, tales sois, cabellos,
que aun(|ue mil muertes muera qaicn os mira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Campo agradable, cielo milagroso,
hermosa fn»nte, en cuyo señorío
goza la vista un Mayo deleitoso
y el corazón un riguroso Estío;
nieve, blanco jazmín, marfil precioso,
fuego, espina cmel, espejo mío.
1
EL PASTOR DE FILIDA
427
pnes la beldad en vos de si se admira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Ojos, de aquella eterna Inz maestra
de donde mana estotra laz yisible,
que la noche y el dia, el cielo muestra,
de aquélla fuistes hechos, y es possible
ser verde el rayo de la lumbre ruestra:
para hacer vuestro poder sufrible,
ora miréis con mansedumbre 6 ira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Si distinto elemento el primor fuera
de la tierra, del agua, el aire, el fuego,
bella nariz, ros fuérades su esfera,
pues doquiera que estéis se halla luego
centro de la belleza verdadera,
donde la perfeción goza sossiego
y en quien naturaleza se remira,
dichosa el alma que por ros sospira.
Sale la esposa de Titón bordando
de leche y sangre el ancho y limpio cielo ;
van por monte y por sierra mfitizando
oro y aljófar, rosa y lirio el suelo,
vuestra labor, mejÚlas, imitando,
que, llenas de beldal y de consuelo,
dicen las Gracias puestas á la mira:
dichosa el alma que j)or vos sospira.
Puede humana invención, en breve y poca
materia, dibujar parte por parte
el cielo todo, soberano lK)ca;
mas no de vos la más pequeña parte,
ámbar, perlas, rubí, cristal de roca,
queconfndido habéis ingenio y arte;
espíritu que por tal gloria respira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Cuello gentil, coluna limpia y pura
por quien Amor un Hércules tomado,
por fin del Mundo y de la hermosura
sobre essc monte ilustre os ha plantado
pues en vos se remata la ventura,
y en vos sólo el deseo está amarrado,
aunque esperanza á vuelo se retira,
dichosa el alma que por vos sospira,
Jardin nevado, cuyo tierno fruto
dos pomas son de plata no tocada,
do las almas golosas á pie enjuto
para nunca salir hallan entrada,
que el cnido Amor, como hortelano astuto,
alli se acoge y prende alli en celada;
si á tal prisión de vuestro grado aspira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Hermosa mano, rigurosa y dina
de atar las del Amor en lazo estrecho,
á cuya fuerza la mayor se inclina
y el más exento y libre paga pecho:
pues veros es bastante medicina
del corazón, por vos mil partes hecho,
siendo la mano con que Amor nos tira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Donaire, gala, discreción, sujeto.
secretos solo al alma revelados,
quién fuera tan dichoso y tan discreto
que os viera encarecidos y gozados;
ya que tan alto don no me prometo,
ni me conceden tanto bien los Hados,
pues todo el ser del mundo en vos espira,
dichosa el alma que por vos sospira,
¡Oh, cómo está el retrato bonissimo, dixo
Florela; y sacando de la manga una cajuela de
marfil, aquí está, prosiguió, el que hizo el lu-
sitano: una ventaja hace el tuyo á éste, que se
puede oír sin verse; más otra hace éste al tuyo,
que se puede conocer sin oirse. Tómale, pastor;
que en nadie del mundo estará más seguro que
en ti, y yo sé que Filida holgará de que tú le
tengas. A la fe, Florela, dixo Siralvo, como
ella sabe que tengo el original en el alma, no
se recelará de que traya el traslado en el seno.
Essa es la verdadera, dixo Florela; mas ya ves,
si alguno te lo viesse, cómo sería caso peligroso.
Descuida, pastora, dixo Siralvo, y abriendo la
caja, vido á la luna su sol. Por gran rato estu-
vo elevado en él, y cuando su turbación le dio
lugar, assí dixo, puestos en él los ojos:
SIRALVO
Divino rostro, en quien está sellado
el postrer punto del primor del suelo,
pues de aquel, en quien tanto puso el cielo,
tanto el pincel humano ha trasladado.
Rostro divino, fuiste retratado
del que Natura fabricó de hielo,
ó del que amor, passando el mortal velo,
con vivo fuego en mí dejó estampado.
Divino rostro, el alma que encendiste,
y los ojos que helaste en tu figura,
por ti responden y por ellos creo;
Rostro divino, que de entrambos fuiste
sacado, en condición y en hermosura,
pues tiemblo y ardo el punto que te veo.
Lo que hace un buen sujeto, dixo Florela: no
me ha contentado menos el Soupto que las Es-
tancias; escríbemele, Siralvo, en estas mcniorías
que son de Filida y quiero que le vea. Assí lo
hizo el pastor, y pareciéndoles que ya la noche
tenía muy vecina la mañana, con gran amor se
despidieron. La pastora volvió al aposento de
Filida, y el pascor á la cabana donde quedó
Al feo, y hallándole dormido, se puso junto á él
á esperar que reeordasse, donde el Sueño, parece
que agraviado de lo poco que del curaba, llegó
con gran silencio y le bañó el rostro de un licor
suavíssimo, con que Siralvo quedó por gran
espacio trasportado, hasta que Alfeo recordó,
y á su movimiento Siralvo dexó el sueño y el
lr.gar, y saliendo á la puerta del albergue halló
428
orígenes de la novela
el Sol extendido por el monte y sa ganado por
la dehesa, j antes que la calor se lo impidiesse,
di¿ vuelta á las demás cabafiaR, y dexando or-
den en todas, para to<lo, toIyíó á la suya, don-
de ya Alfeo levantado le esperaba; allí passa-
roii duLres y ai^^radables pláticas, y después de
hab«*r visitado los zurrones, se bajaron á la
fuente, acom<xia<io y fresco lugar para su pro-
pósito, donde sin dar lugar Alfeo á que Siral-
vo le preguntasse, desta manera comenzó su
Cuento:
ALFEO
Sal^e el cielo, Andria, que cuantas señales
doy de vivo son para mí nueva muerte, después
que de mi vida y de tu fe tan mala cuenta
diste: pues mira si el qnexarme de ti será mi
gusto, ó cómo lo excusaré contra el poder de
tu crueldad. Yo «»oy el mismo que levantaste y
desvaneciste, y tú eres sola quien me pudo
hacer bien ó mal. sin haber en la tierra otra
parte de dó venir me pudicsse; ya tu bien no
le quiero, que sé cuan poco dura; tu mal me
basta para que hartos en mí tu condición te-
rril)le. Yo fui, Siralvo mío, el primero de los
dichosos, y soy do los desdichados el postrero,
porque jamás vendrá desdicha como la mía.
Vime hasta la inlad de veinte años tan señor
de mí, que jamás mis cuidados salían de mi
contento, no porque viviessc tan sencillamente
que no procurasse parecer bien y ser querido,
pero con una libertad sobre todo, que jamás
Amor ni Fortuna me dieron mala comida. Era
mi estancia en la Corte, y mis entretenimientos,
amigos, caballos y caza, música y libros, á que
principalmente era inclinado: las liviandades
del mundo passaban por mí sin d(»jar señal
ninguna; pero cansado Amor de mis burlas y
Fortuna de mis veras, armáronme un poderoso
lazo en la hermosura de xVndria, por lo menos,
donde tropecé y caí de manera que nunca me
lij* levantado. Es Andria de clara generación y
caudalosr)s parientes, de hermosura sin igual,
de habilidad raríssima, moza de dieciocho años
Y de más ligero corazón que la hoja al viento,
i Oh qué mal viene, Andria, lo uno con lo otro!
Ya que era forzoso tener algo para mostrarnos
que eres del suelo, no fuera tan contra nuestras
almas y vidas; quitara el cielo del fino oro de
tu cabeza, del cristal puro de tu frc»nte, de la
inmensa luz de tus ojos, del vivo rubín de tus
labios; hiciera menos buenas las perlas de tu
boca; descompusiera la rosa y el jazmín de tus
mexillas; de essa gracia y habilidad tan altas
cercenara un poco y un mucho pudiera, y que-
dar tú bastante á prender y nimca soltar;
mas no quiso, pastor, sino que probasse yo lo
que pruebo. No se mostró esquiva Andria á
mis deseos, ni gasté mucho tiempo en procurar
sus favores, ni cuando TÍnieron los sentí como
solía otros machos de qae sin trabajo habii
triunfado. Vime en un punto cautivo, de mi-
nera que contento ni gusto, si de Andria no
venía, me podía recrear. Retiróme de mis ami-
gos y deudos, dejé la caza y los Hbros, fundé
todo mi deleite en los papeles de Andria y en
visitar su calle y en rerla las horas hartadu
que ella me concedía. No fué menos lo que
Andria sentía por mi ni lo que menos medaño;
porque retirada de cuanto le solía dar contenta,
fué notada en sn casa j más en las ajenas, j
muchos, prendados de su amor (hombres de
suerte y caudal), procuraron saber la caun de
su novedad, y á pocos lances la hallaron en mi.
Luego comenzaron las asse chanzas, los chismee
y las mentiras, cartas falsas contra Andrit,
amenazas contra mí. Día me amaneció en qoe
mil veces deseé la muerte, porque Andria, apre-
tada de amigos y parientes, se enfriaba conmi-
go en verme y escribirme, y jo ¿ cada cosa más
encendido por ella, viendo levan tarse montes
de estorbos contra mi contento, no hallaba re-
medio de valerme; ya las horas de verla y de
oiría estaban impossibilitadas; sus Letras, po-
cas y de estilo caído; forzado destc dolor, con
su licencia me ausenté de mi casa, j caminan-
do por los passos de la maerte, Andria me hiio
buscar y me volvió á la passada vida, atrope-
11a ndo cuantos estorbos é ineonyenientes se
ofrecían; pero todo esto para más mal, porqoe
en medio desta felicidad comenzaron de uno t
otro lado á combatirme celos j sospechas. ¡Oh
crueles enemigos del alma y déla vida! ¿de qoe'
servían aquí mis quejas? De indignarla conmi-
go y de sufrir mil agravios para volver en su
gracia, de no dormir assechando, de no hablar
viendo y de no ver llorando mis desventaran.
¡ Oh, cuántas veces me despedí del cielo, y vael-
to á los abismos invoqué los infernales! y en
m.KÜo destc furor llamaba á Andria y con nn
breve papel de su mano quedaba sossegado mi
corazón, hasta que ocasión nueva tomaba á ver-
ter en mis venas la cruel ponzoña de los celos.
Día hubo que, después de haberme jurado coa
gran ternura y amor que solo en la tierra me
amaba y todo lo demás que hacía era fingido
y de ningún efeto, estando yo alentándome en
mi casa y contradiciendo lo que yelan mis ojos
y oían mis oídos, me envió á pedir cuantos pa-
peles tenía suyos y otras prendecillas de su
mano que yo estimaba más que á mi corazón,
y partiéndoseme en mil partes, le obedecí ftiu
réplica, y á la noche, cuando rae disponía al
sueño de la muerte, me tornó xa's caras pren-
das, culpándose de su ímpetu. Mil veces la in-
digné con lo que le solía agradar, y otras mil
la injurié honrándola; y no es, Siralvo, esto lo
peor que por mí ha passado: mis trabajos y mis
EL PASTOR DE FILIDA
429
celos con verme en sn memoria se aliviaban;
pero cansóse de todo y olvidóse de su honra y
de mi fe, y jantó en mi pecho todas las penas
del infierno, dolor, espanto y desesperación;
hálleme sin ella y sin uii, porque lo procurd re-
mediar y no pude: busqué medios lícitos, no
me bastaron; hice supersticiones, no me valie-
ron; llamé la muerto, no me oyó; dolime del
alma, y por esso no me privé de la vida;
determinémc á mudar lugar; mira, Siral-
vo, qué huésped te ha venido, para tu re-
creación, tan importante. Ereslo tanto, dixo
SiRALVo, que no te lo sabré encarecer. Lasti-
mado me ha mucho tu mal, mas no es possible
que la sinrazón de Andria no pare en gran
consuelo tuyo. Afrenta es amar á tan varia
mujer. ¿De qué sirve ahí la hermosura y discre-
ción, alto linaje y los favores colmados, si todo
es sin proporción de bondad? Yo sé de mi co-
razón que sabe amar á veces más de lo que le
está bien, pero en tu causa mejor supiera va-
lerse que el tuyo. No te quiero aconsejar que la
olvides, que esto no sera en tu mano; ni que te
alegres, porque nadie es tan señor de sus tris-
tezas que, cuando vienen, las pueda tomar ó
dexar: sólo encargo que no se aparten de tu me-
moria los agravios que Andria te hubiere he-
cho y la fe con que siempre la amaste, y cuan-
do su hermosura te salteare, acuérdate que de-
11a procedió el mal que has passado y pasas.
Si quieres proseguir con tu disfraz y tomar el
rebaño del gran Paciólo, no te será contrarío el
ejercicio para tu mal, y si quieres estarte en mi
cabana, della y de mi podrás hacer á tu gusto.
Todo cuanto dices me le da muy grande, dixo
Alfeo, y por ahora contigo me quiero estar,
que entiendo que has de ser el solo consuelo
de mis daños; mas no se gaste toda nuestra
plática en tristeza y desventura, alégrala con
algo de tu parte, debajo de fé, que te será
guardada con la mayor del mundo. Gran cosa
me pides, dixo Siralvo; pero, pues en essas se
han de ver los amigos, óyeme, Alfeo:
61RALV0
Tú sabes que yo no soy natural desta ribera;
mis bisabuelos en la de Ada ja apacentaron, y
alli hallaron y dejaron claras y antiquísimas
insignias de su nombre, son las alas de un
águila de plata sobre co'or de cielo, que de in-
memorial es blasón suyo. Mis abuelos y padres,
trasladados al Henares, me criaron en su ribe-
ra, 7 de alli yo, por favorable estrella, bebo las
aguas del Tajo. Bien habrás oído nombrar á
FiLiDA, aquella en cuya hermosura y bondad,
como en claríssimo espejo, resplandece la virtud
de sus mayores, y sabrás que dexó las aguas
de su pequeño río, anchas y felicíssiroas por
su nacimiento, y engrandeció con su presencia
las del dorado Tajo en los ricos albergues de
Vandalio, donde por deudo vive la sola seño-
ra de mi voluntad; que á lugar tan alto vola-
ron mis pensamientos, y en él permanecen sin
despeñarse. ¿Quién hay, dixo Alfeo, que la
ignore? ¿en qué Corte ó Ciudad, en qué mon-
taña ó camino no se celebra la sin par Filida?
¿Pero dirae, pastor, ella sabe que la amas? Sí
sabe, dixo Siralvo, que pues he comenzado
á descubrírme contigo (cosa que jamás pensé),
no quiero dejar nada para otro día. ¿Y dimc,
dixo Alfeo, estima tu voluntad? No soy, dixo
Siralvo, tan desvanecido que quiera tanto
como eso: basta que no se ofenda de que la
ame, para morir contento por su amor. Alguno
ha tenido fuerza en lá tierra para espantarla
toda, y no ventura para que allí se admita su
voluntad; pues ¿quién presumirá ganar aquella
plaza? Sola podría mi fe, por su grandeza; yo
la amo sobre todas las riquezas que Dios ha
criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no
fuera Filida quien es si despreciara esta obra
fabricada de su mismo poder. No es locura mi
intención, aunque en mil cosas lo parezca, ni
fuera desvalor suyo Valeria, pues sola se pue-
de ser digna de esta gloria, y como la mía no
la puede haber en lo terreno, digo que no le
pido á Filida que me ame, pero que vivo con-
tentíssimo con que no se desguste de mi amor.
No pienses, Alfeo, que por vivir en los campos
donde, en buena razón, la malicia debería ser
menos, lo debe ser el recato. Grandes son mis
inconvenientes, grandes mis peligros y gran-
des mis enemigos, de los que, en competencia,
miran la beldad de Filida; no me peno mu-
cho, aunque ellos lo son en caudal y en suerte,
sin haber en el mundo otros mejores; pero yo
sé cómo vuelven desta empresa los pastores de
Vandalio; éstos son grandes contrarios á mis
contentos, pues por ellos pierdo el verla mu-
chas veces, siendo su dulcíssima presencia prín-
cipio y fin de mis deseos. Ves aquí mi suerte,
y ves aquí mi vida, y ves aquí la voluntad que
te tengo, pues tan abiertamente te he manifes-
tado lo más íntimo de mi pecho. Plega al ciclo,
dixo Alfeo, de conservar tu vida sin que la sin
par Filida de tu bien se canse. El mismo,
dixo Siralvo, alegre la tuya, de suerte que
de la ingrata Andria te veas con entera satis-
facción; y ahora, por mi contento, cantemos un
poco, Alfeo, que por el tuyo se hará luego lo
que ordenaros. Y sacando la lira, Siralvo co-
menzó á cantar y Alfeo á responder:
SIRALVO
; Oh, más hermosa á mis ojos
que el florido mes de Abríl;
más agradable y gentil.
430
orígenes de la novela
quo la rosa en loa abrojos;
más lozana
que parra fértil temprana;
más clara y resplandeciente
que al parecer del Oriente
la mafiana!
ALFBO
¡ Oh, más contraria á mi vida
qne el pedrisco á las espigas;
más qne las viejas ortigas
intratable y dessabrída;
más pujante
que herida penetrante;
más soberbia que el pavón;
más dura de corazón
que el diamante!
■IRALVO
¡Más dulce y apetitosa
que la manzana primera;
más graciosa y placentera
que la fuente bullicioaa;
más serena
que ia hina clara y llena;
más blanca y más colorada
que clavelina esmaltada
de azucena!
ALFBO
¡Más fuerte que envejecida
montaña, al mar contrapuesta;
más fiera que en la floresta
la brava ossa herida;
más exenta
que fortuna; más violenta
que rayo del cielo airado;
más sorda que el mar turbado
con tormenta!
SI R ALVO
¡Más alegro sobre grave
que sol tras la tempestad;
y de mayor suavidad
que el viento fresco y suave;
más que goma
tierna y blanda; cuando assoma,
más vigilante y artera
que la grulla, y más sincera
que paloma!
ALFEO
¡Más fugaz que la corriente
entre la menuda hierba,
y más veloz que la cierva
que los cazadores siente;
más helada
que la nieve soterrada
en los senos de la tierra;
más áspera que la siena
no labrada!
SIRALVO
¡FiuoA, ta graabeldad«
porque agraviada no qoede,
ser comparada no puede
sino sola á tu beldad;
ser tan buena,
por ley 5^ razón se ordena,
y en razón ni ley no siento
quien tenga merecimiento
de tu pena!
ALFBO
¡Andría, contra mi se esmalta
cuanta virtud hay en ti^
donde sólo para mi
k^ qa» sdba e» I» ^»' &lla^
y porfías;
si te sigo, te desvias,
persigucsme si me guardo,
y cuando yo más me ardo
más te enfrias!
Prosiguiendo en su canción , los dos pas
res quedaron tendidos sobre la menuda hier
suspensos, oyendo la diversidad de aves c
cantaban junto á sus oidos, el manso arre
que de la fuente salía, á cuyo son,, las manos
las mejillas, se adurmieron. Duerman, dejes»
los, que en siendo hora, no les faltarán amig
que los recuerden, y cuando no lo hagan, ci
dados tienen ellos que lo sabrán hacer.
CUARTA PARTE
DBL PASTOR DM FILIDA
Possible será que una sola beldad ríjt
dispense en los amores, pero dificultoso me p
rece, porque no sólo sus efetos en nosotros se
contrarios, sino también en si mismo; pod
diviso es sin duda, y sí lo es, ¿cómo pennaseo
¿hay por ventura quien haya determinado es
contienda? Quiza si; pero cada nnó aprobs
conforme á su voluntad, de do se deja enteod
que en cada pecho nace y gobierna qoiea
condena ó le alisnelve, y este señor allí ni^;i
ó crece, como le viene la gana ó halla nnesÉi
sujeto. Grande es Amor, grande sobre el podi
humano; mas no se entienda que este giaad
Amor es aquel crimen del mundo injusto; q>
desde que la malicia tocó en su materia IÑj
EL PASTOR DE FILIDA
á31
y vil el cendrado oro de la edad dichosa, junta-
mente Amor se desterró del concurso de las
gentes, y bnscó la soledad de las selvas, con-
tento de habitar con los sencillos pastores, de-
jando en los anclios poblados (desde los más
humildes techos hasta los resplandecientes de
oro y plata) una ponzoña incurable, vengadora
de sus injurias, que hasta hoy permanece; lue-
go ya se determina que en las selvas vive
Amor, y en los poblados su ira y saña. Yo sin
ninguna duda lo oreo, que puesto caso que de
las incultas plantas apenas la esperanza y el
miedo se desvían, cualquier efeto suyo puede
fundarse en razón, que menos ó más se contra-
dice su fuerza allí donde el Amor se sigue con
vanagloria, y es la beldad estimada en menos
que el arreo, y la voluntad se hace precio, los
celos son invidias y pundonores, la perseveran-
cia tema y los servicios engaños. Imaginario
es el Amor, venganza justa del cielo, trihte del
que con él mora y infinito el número de los
tristes, porque los más moran con él. AUá se
avengan y no permita el cielo que llegue su
iufícióny daño á las silvestres cabanas, donde
al menos nadie finge, el celoso no es traidor, ni
el olvidado enemigo, el querido no es engañado,
ni el cohecho hace bien ni mal. No dudo yo que
en la mayor Babilonia permita Amor algún
pecho lleno de fe y lealtad, y entre la soledad de
los campos alguna intención dañada, para con-
fusión de aquéllos y ventaja de estotros; mas
pocos son, y tan pocos que por milagro se pue-
de topar con ellos. Bien probarán los pastores
del Tajo con su intención la mía, y bien me
acuerdo que el enamorado Filardo, la noche
antes quedó en la cabana de Fidea, con Silvia
y Dinarda; pues agora sabed que, recogidas las
tres pastoras después de largas y dulces pláti-
cas, el celoso amante, vencido del dolor que le
atormentaba, buscó á Pradelio y con palabras
graves y corteses le llevó á la falda de an co-
llado, lugar solo y propio para su intención.
No se receló Pradelio de Filardo porque sabía
que era noble de corazón y de trato llano y se-
guro, ni Filardo jamás pensó ofenderle, porque
de nada le tenía culpa, y junto con esso le co-
nocía por bastante para su defensa. Golpeán-
dole iba á Filardo el corazón, y mil veces en el
camino escogiera no haberse determinado, pero
ya que no se vino en tiempo de volver atrás, lo
más sereno que pudo soltó la voz y díxole:
¿Qué has entendido siempre de mi amistad,
pastor? Hasta ahora, dijo Pradelio, no la he
probado, pero entiendo que á mí ni á nadie la
puedes liacer ma!a. No cierto, dixo Filardo,
poro si esso es assí, ¿por qué me liaces tanto
daño? ¿Daño? dixo Pradelio; no sé cómo. Yo te
lo diré, dixo Filardo. ¿No sabes. Pastor, que yo
amo á Filena más que á mi, y que fui la causa
de que tú la conociesses, y después que ella te
conoce nunca más ha vuelto los ojos á mirarme,
y yo muero sin remedio, porque sin ella me es
imposible vivir? Pues yo, pastor, dixo Prade-
lio, ¿qué puedo hacer que bien te 08 té? Mucho,
dixo Filardo; con no verla, quitarás la ocasión
de mi tormento. ¿Qué es la causa, dixo Prade-
lio, que huelgas de verla tú? Amarla como la
amo, dixo Filardo. Pues si esso te obliga, dixo
Pradelio, la misma obligación tengo yo; y si te
parece que tú me la diste á conocer, quiérote
desengañar, que antes que tú la conociesses la
amaba yo. Basta decirlo tú, dixo Filardo, para
que yo lo crea, Y aun para ser verdad, dixo
Pradelio, y esto nadie mejor que Filena lo pue-
de saber; si tienes tanta parte con ella, que te
lo diga. Por gran amiga la tengo de aclarar
dudas, y si no estás tan adelante, no te penes,
Filardo, que os la vida breve y inhumanidad
gastarla en pesadumbres. Pastor, dixo Filar-
do, yo no vengo por consejos, que valen bara-
tos y cómprause muy caros. Tú te resumes en
no hacerme el gusto que te pido: Filena haga
el suyo, que quizá pararás en lo que yo pararé.
Sin duda, dixo Pradelio, tú fuiste muy favo-
recido de Filena. Como tú lo eres, dixo Filar-
do. (Pues qué se puede hacer? dixo Pradelio. A
las mujeres, y máis á las que tanto valen, amar-
las es lo más justo, y el tiempo del favor esti-
marle con el alma: y si esto faltare, como el
buen labrador cultivar de nuevo, que tierras son
que tras los cardos suelen dar el fruto. Mien-
tras tú la gozas, dixo Filardo, poca esperanza
del me puede á mí quedar. Y á mí poco miedo,
dixo Pradelio, mientras que tú la deseas. Fi-
lena, aunque moza y poco cursada en esto, es
de tan claro entendimiento y de bondad tan
natural, que lo que contigo hizo y contigo
hace, sólo le sale de una condición afable y
llana, con que generalmente trata sus amigos,
sino que los hombres biu'lados de aquella llane-
za, aficionados á su hermosura, al punto arma-
mos torres de viento y arrojamos la presunción
por donde jamás ha passado su pensamiento.
Yo assegiiro que si te entendió que no era tu
trato con ella tan llano como el suyo contigo,
essa fué la causa de sus desdenos, y lo mismo
haría conmigo si rae desviasse del camino que
ella lleva. Gracias te doy, pastor, dixo Filardo,
con la buena conclusión de tus- bienes y mis
males. Si yo no hubiera arado con Filena,
maestro quedaba para saberlo hacer. Yo nací
antes que tú, Pradelio, y moriré primero; vive
en paz con tus favores, que eres digno y muy
digno de gozarlos. En estas pláticas se les
pa8só la noche á los pastores, y ya que el alba
rompía, Finea y las dos pastoras, desaipparan-
do el lecho, guiaron á la cabana de Filena, por
complacer á Silvia que iba intencionada de va-
432
ORÍGENES DE LA NOVELA
1er con ella á Filardo en todo lo que padiesse.
Paes como toparon á los dos pastores, Diñar-
da les pidió compañía y todos cinco caminaron ;
pero no le pareció á Finca que fuesscn ociosos,
y vuelta á Filardo encarecidamente le pidió que
oantasse y á Pradelio que tañesse. El lo hará
todo, dixo Pradelio. Si har¿, dixo Filardo, que
fjiu'en consigo dtscorda, con ninguno se poiirá
templar,
FILARDO
Cuando el Amor, con poderosa mano,
prendió mi pensamiento,
prometióme salud, paz y alegria;
fieme del tirano,
V si ve mi contento,
por diverso camino se desvia;
no espere más. Amor, quien de ti fia.
¡Oh, mala rabia te atraviesse el pecho,
porque sientas un poco
de lo que siente el que por tí se huía,
tu voluntad despecho,
tu entendimiento loco,
y tu memoria como está la mia,
y vengárase. Amor, quien de ti fia!
¿Qué ley del cielo ó tierra puedes darnos,
que obliguen nuestras penas
á más de padecer en su- porfía?
mas quieres obligarnos;
nuevos fueros ordenas,
que llamemos reposo la agonía.
¡Oh, desdichado. Amor, quien de ti fia!
¿Hemos por dicha visto de tu casa
salir algún pagado,
como salen quexosos cada día?
¡Oh, mano al bien escassa!
¡oh, mal aconsejado
el que se alegra con tu compañía,
y más. Amor, aquel que de ti fía!
Pone en sulcar las ondas confianza,
on seca arena siembra,
coger el viento en ancha red confía,
quien funda su esperanza,
en corazón de hembra,
qué es tu templo, tu cetro y monarquía.
¿Qué fruto espera. Amor, quien de ti fía?
El que de libre se te hace esclavo,
cu tus leyes professo,
morir mejor partido le sería,
pues queda al cabo, al cabo,
pobre, enfermo, sin seso,
y arrepentidos los de su valia:
en esto para, Amor, quien de ti fía.
Buena ha estado la lisonja, dixo Silvia; si
dessa manera sobornas á todos los que has me-
nester, yo los doy por desapassionados de tu
gusto. Pastora, dixo Filardo, quien me hiciessc
á mi mudar estas canciones, bien poderosa se-
ría. Yo sé que cualquiera entieude cuan digí
• es de perdón el forzado. Cante Pradelio, q
como le hacen otro son, podrá llevar otros t
noresv Esso no se excusa, dixo Dínarda, y t
mando á Filardo la lira la dio á Pradelio,
cual ansí obedeció á la pastora, sin pon
excusa:
PRADBLIO
El tiempo que holgares.
Filena, en ver mis ojos de agua llenos,
ó los tuyos alzares
en mi favor serenos,
el ganado y la vida tendré en menos.
Viendo de dónde viene
el bien ó el mal que tu beldad me ha hecho,
obligado me tiene
con un constante pecho
á agradecer el daño y provecho.
Tu alta gentileza,
tu valor, tu saber, amé primerc»,
subíuie á más alteza
de un querer verdadero,
ámote mucho y mucho más te quiero.
El quererte y amarte
proceden de mirarte y conocerte,
cada cual por su parte;
el amarte es por suerte,
pero por albedrío el bien quererte.
Mis llamas, mis prisiones,
son los jardines donde me recreo;
tus gustos, tus razones,
espejo en que mo veo,
y en tu contento vive mi deseo.
A ser sólo dotada,
como otras, de caduca hermosura,
quizá fueras amada
de la misma hechura;
mas tu beldad de todo me asegura.
Ansí ciega y assombra
mi gran amor, que á todos escurece,
v el mundo es una sombra,
y cuanto en él parece
del sol que en mis entrañas resplandece.
Págame en mi moneda
mi amor (si tanto amor puede pagarsc\
ó á lo menos no pueda
con pesares aguarse
la fe más pura que podrá hallarse.
No son estos recelos
por no entender mi hado venturoso,
y tampoco son celos
de indicio sospechoso:
sólo mi valor me trac medroso.
Tú, mi dulce señora,
primera causa de mi buena andanza,
por la fe que en mí mora, •
si en la tuya hay mudanza,
haz que socorra engaño á mi esperanza.
EL PASTOR DE FILIDA
433
Entre otros cosas que los hombres tienen
malas, dixo Diuarda, esta es una: que desde la
hora que comienzan á amar, desde essa misma
comienzan á temer. Yo te asseguro, dizo Filar-
do, que si es agravio temellas, también lo es
amallas, porque verdaderamente el que no teme
no ama^ que bien lo dice aquel soneto de Siral-
vo, ¿hasle oído, Silvia? No, Filardo, dixo la pas-
tora. Pues JO te lo quiero decir, dixo Filardo.
Y yo oirle, dixo Silvia, que aunque me tienes
enojada, no tanto que no te quiera escuchar.
Tu sabes, dixo Filardo, la obligación que tienes
á mi voluntad, y ahora óyeme el soneto.
FILARDO
Poco precia el caudal de sus intentos
el que no piensa en el contrario estado;
el capitán que duerme descuidado
poco estima su vida y sus intentos.
El que no teme á los contrarios vientos,
pocos tesoros ha del mar fiado;
pocos rastros y bueyes fatigado
el que no mira al cielo por momentos.
Poco ha probado á la fortuna el loco
que en su privanza no temiere un hora
que se atraviesse invidia en la carrera;
Finalmente de mi y por mi, señora,
creed que el amador que teme poco,
poco ama, poco goza y poco espera.
En cuanto dixo Silvia: será para Filida el
soneto. Sólo esto me descontenta de Siralvo,
ser tan demasiado altanero: en el Henares á
Albana, en el Tajo á Filida; á otra vez que
se enamore será de Juno ó Venus. Amigo es
de mejorarse, dixo Dinarda, que aunque Albana
no es de menos suerte y de más hacienda, Fi-
lida es muy aventajada en hermosura y dis-
creción. Pues yo sé quién la pide en casamiento,
dixo Finca; y si se ha de casar no tomará otra
cosa que mejor le esté. Filida, dixo Dinarda,
no lo hará de su voluntad; y si la apremia, de-
jará los deudos y se consagrará á Diana, y si
considera lo que con tanta razón puede, que es
no haber hombre que la merezca, hará muy
discretamente. Unas coplas sé yo, dixo Prade-
lio, que hizo Siralvo á su deseo, aprobadas
por dos clarissimos ingenios: uno el culto Ttrsi^
que de Engaños y Desengaños de Amor va
alumbrando nuestra nación española, como
singular maestro dcllos, y otro el celebrado
Arciolo, que con tan heroica vena canta del
Árauco los famosos hechos y Vitorias. Esso
tienen las coplas, dixo Silvia, que por parecer
de uno aplacen á muchos; poro si a mi no me
agradan, poco me mueve que grandes poetas
las alaben, que por la mayor parte gustan de
cosas que no son buenas para nada. ¿Qué poe-
ORÍQBNES DE LA NOVELA.— 28
sia ó ficción puede llegar á una copla de la
Propaladla, de Alscio y Fileno, de las Áu-
diencias de Amor^ que todos son verdade-
ramente ingenios de mucha estima, y los de-
más, ni ellos se entienden ni quien se la da? ¿Y
los dos de un nombre, dijo Pradelio, el Cordo-
bés y el Toledano, y el claro espejo de la poe-
sía que cantó Tiempo turbado y perdido? No
falta, dixo Filardo, quien los murmure, y aun
al que por mayoría es llamado el Poeta Caste-
llano, porque hasta ahí llega la ciencia de los
que á sola su opinión lo entienden. Esta es la
mía, dixo Silvia; dínos las coplas, Pradelio,
que para mí no quiero mejor Tirsi ni Arciolo
que mi gusto; con lo cual, sacándolas el pastor
del seno, las leyó, y decían:
pradelio
Si no te he dicho, Deseo,
en la estimación que estás,
sabe que te tengo en más
que á los ojos con que veo;
y no es demasiada fiesta,
que una prenda tan valida,
no es mucho que sea tenida
en lo menos que me cuesta.
Aunque tú quedaste en calma
sin viento que te contraste,
bien sabes que me anegaste
la luz del cuerpo y del alma,
y visto parte por parte,
pues solo suples la falta,
de todo lo que me falta,
por todo debo estimarte.
Yo voy ciego, y voy sin guía,
por la mar de mis enojos,
y tú das lumbre á mis ojos
más que el sol á medio día;
no puede imaginación
engastar perla de Oriente
que esté tan resplandeciente
como tú en mi corazón.
Voy á remo navegando,
es la imán mi voluntad,
y sola tu claridad
el norte que va mirando
el débil barquillo abierto,
sin merecimiento en el,
y en el naufragio cruel
eres mi seguro puerto.
No espero jamás bonanza
en la vida ni en la muerte,
mas bástame á mí tenerte
en lugar de la esperanza;
bien sé que en ti se turbó
el sossiego más sereno,
mas no hay ninguno tan bueno
por quien te trocase yo.
434
ORÍGENES DE LA NOVELA
Vengan penas desiguales,
y por caudillo desdén,
que sola serás mi bien,
aunque les pese & mis males.
Tú, en la esperanza más dura,
tú sola, en el día malo,
tienes de ser mi regalo,
mi consuelo y mi blandura.
¿No fuiste engendrado, dinie,
de aquellos ojos bcninos
por quien quedarán indinos
los que el mundo en más estime?
Y en mi pecho concebido,
y en la vida alimentado,
hijo que tanto ha costado,
¿no es razón que sea querido?
(luzgnen el justo caudal
que hago de ti por vicio;
digan que en este edificio
eres arena sin cal;
llamen tu hecho arrogancia,
sin esperanza á do fueres,
que yo que entiendo quién eres
confessaré tu importancia.
; Oh, cuánto me has de costar
en cuanto no me acabares!
mas cuanto más me costares,
tanto más te he de estimar;
los daños de aquesta historia,
bravos son considerados;
vistos no, que van mezclados
contigo, que eres mi gloria.
El rato que considero
la gracia, la gentileza,
la discreción, la belleza,
por quien á tus manos muero,
no sólo el dolor terrible
passo sin dificultad,
pero con facilidad
to sufro en ser impossible.
Quizá dirán devaneas
muchos que saben de Amor.
('Qué os cosa y cosa, amador,
deseas ó no deseas?
Responderles he que si
y que el mal que Amor me hace,
de mi desventura nace,
y el bien y el honor, de ti.
Pues, ilustre Deseo mío,
; quién te torcera el camino,
si voniste por destino,
y vences por albedrio?
Eres una dulce pena,
eres un contento esquivo,
eres la ley en que vivo,
y en la que Amor me condena.
Las coplas me han contentado, dixo Silvia,
porque son del arte que yo las quiero; tienen
llaneza j juntamente gravedad. En mil obns
de poetas he leido á CaríbdÍB y Scila y Atiaote
y el húmido Neptono, cosa bien poco impor-
tante en amores, y qae ae dexa entender que
no le sobran conceptos al qne se acoge á km
ajenos. Mas ahora, ¿oué hará Siralvo? ¿Es n
cabafia aquélla? Si, dixo Pradelio, vamos mr
alii, qne él holgará de hacemos cotnpa&ia. Qm
fresca es, dixo Finea, esta Fuente de Mendine;
pues allí me parece que dnermen dos pastora
y, sin duda, son Alfeo y Siralvo. Si soo, di»
Finea; y llegando más cerca, al mido los doi
pastores recordaron, y salodándose alegremente
determinaron de seguir á Silvia, y ella, que en
extremo era graciosa y discreta, los fué entre-
teniendo hasta llegar á la cabafia de Fileni,
donde la hallaron vestida de una g^na ini,
con pellico azul de palmilla, pespuntado de
pardo y lazadas verdes; camisa labrada de
blanco y negro, y el cabello, en cinta leonada,
trenzado con ella; estaba Florela vestida de
verde claro, saya y pellico; el cabello cogido en
una redecilla de oro, y un cayado en la mano.
Con la llegada de los pastores creció su ber
mosura y gentileza, y tras breves pláticas lo-
pieron que la sin par Filidá iba a] templo de
Pan, Dios de los pastores, y enviaba por Fi-
lena, y tendría mucho gusto de qne todos foei-
sen allá, porque estaría sola con Belisa, ii
vieja Celia, Campiano y Mandronio, doctíssi-
mos maestros del ganado. Con esta seguridad
tomaron el camino del templo, donde en brere
espacio passaron grandes cosas. Siralvo supo
de Florela cómo trataban de casar á Filioa, j
FiLiDA estaba tan congojada de ver á sus dea-
dos determinados, que se pensaba ir con Ditnt
sin ninguna duda, y porque la tenían la Doche
antes no se lo había dicho, mas ya estaba de-
claiado por la una parte y por la otra. Este fo^
agudo puñal para el corazón de Siralvo, y mo-
cho más holgara de verla casada que eon
Diana en los montes, donde el verla y oírla le-
ría con mayor di6cultad; pero certificado de
que era su gusto hacerlo, se consolo con Flo-
rela cuanto pudo. Por otra parte, Silvia y Fi-
lena trataron de la causa de Filardo y Prule-
lío, y sin valerle á Silria sus megos ni razones,
Filardo quedó excluido y Silvia corrida y triste;
llamó al pastor y á Dinanla, y despidiéndole
los tres se volvieron, á gran pesar de Filardo 7
á mayor placer de Pradelio, porque tuTO bgir
de irse con la pastora Filena solo á su Tolnn-
tad platicando. Finea y Alfeo no se hicieron
mala compañía; porque si él se desterró enamo-
rado y desfavorecido, ella hizo otro tanto; no
mismo dolor los afligía, y una misma razón Km
del ñera consolar; mas agora, de todos seis »%>
Pradflio y Finea, contentos, llegaron al templo
dei scniicubro Pan, donde fueron de la sin ptr
I
EL PASTOR DE FILIDA
435
J^iLiDA j los qae con ella estaban faTorable-
mente recebidos, y sacando la anciana Celia
preciosas conservas, por mego de Filida, los
pastores comieron del desasado manjar y bebie-
ron del agua fresca que en el jardín del templo
había; laego anduvieron por él mirando y, en-
tre otras cosas, bailaron, de sutil mano y pin-
cel, la bella Siringa conyertida en caña, y el
silyestre amante juntando con cera los nuevos
cañutos. Adelante, en una gran tabla, estaban,
por letras y números, las leyes pastorales, el
tiempo de ¿esquilar, el modo de untar la roña,
el talle del mastín, la forma del cayado, el arte
de hacer el queso, manteca y otras muchas me-
nudencias más y menos importantes; y por si
alguno se acordasse que el silvestre Dios fué
de Hércules, por amores de Deyanira, despe-
ñado, quiso el pintor que se viesse la fuerza de
su despeñador, y assi puso alrededor del tem-
plo sus espantosas hazañas.
Primero, en su concepción, Júpiter, su padre,
trasformado en Amphitrion, marido de su ma-
dre Alcumcna.
Después, en su nacimiento, la madrastra
Juno hecha pobre vejezuela y con hechizos es-
torbando el peligroso parto; pero después, con
la astucia de Agalante, está nacido el pode-
roso Hércules en compañía del no menos vale-
roso hermano, hijo de su padrasto Amphitrion.
Después desto se veían los muchachos solos»
en sendas cunas; el de Ampliitrión llorando, de
dos culebras enviadas, de la venenosa Juno;
pero Hércules, que de soberano poder era ayu-
dado, asiendo con sus tiernas manecillas las
fieras culebras, las tenía ahogadas.
Tras esto estaba, cuando llevó vivo á Euris-
theo el fiero puerco de Arcadia del monte Eri-
mantho, donde estaba (por maldición de Diana)
destruyendo los campos y labores, y matando
cuanta gente hallaba ó le buscaba por la fama
de su fuerza.
Luego se veía la Selva Nemea, y el gentil
mancebo por ella, siguiendo al fiero León, al
cual, alcanzado, rompía con sus manos las
fuertes quijadas, y después desollándole se cu-
bría de su duríssima piel.
Assí vestido, estaba más adelante en la La-
guna Lcruea, llena por sus anchas islas de
juncos y cañaverales, peleando con la fiera
Sierpe Hidra; más viendo que si le cortaba
una cabeza, por sola aquella le nacían siete,
después que con la espada la tajaba el duro
cuello, sobre la misma herida ligeramente le
pegaba un hacha de vivo fuego.
Aunque esto se veía vivamente retratado, no
parecía menos bien la lucha suya y del gran
Anteo, al cual, como Hércules vido que deján-
dose caer sobre la Tierra (cuyo hijo era), cobra-
ba dobladas fuerzas en sus brazos, con los su-
yos le apretaba de manera que, quitándole el
alma, le hacía extender el cuerpo, desasido ó»
su bravo y fuerte vencedor.
Adelante estaba, en el Occcano de África,
matando el fiero Dragón de la Huerta de At-
lante. Y después victorioso con las Manzana»
de oro. Tras esto, en el monte Aveatino, vien-
do que el ladrón Caco, hijo de Vulcano y Ve-
nus, le había hurtado sus vacas, le estaba po^
niendo fuego á su fuerte cueva, donde con lum*
bre y humo le procuraba dar la muerte: y al
fin salido della, echando por su boca j oído*
grandes llamas, procuraba en vano defenderse;
pero el valeroso Alcides, teniéndole en el aaelo,
sin ninguna piedad le ahogaba.
Luego sustentando el Cielo con sus hombros.
Después, amarrando al Can Cerbero y sa*
candóle á él y á Proserpína robados, dejaba
herido á Pintón, Dios de los Infiernos. No con
menos agonía peleaba con el de las Aguas
Acheloo, al cual habiendo vencido en su propia
figura de gigante, y después de Dragón, cuan-
do le ve hecho Toro, con risa le abate, y.
quita el Cuerno de su frente. .
Tras esta lucha estaba la Cierva en Menalo,
con sus pies de metal y cuernos de oro, á
quien con gran trabajo Hércules mataba triun-
fante con los ricos despojos de su empresa.
Assimismo desterraba las Harpías, por vo-
luntad del Rey Fineo.
Luego, más trabajosamente, dividía los altos
montes de Calpc y Ahila, por donde el fiero
mar estrechamente passasse.
Más allí se mostraba con las pesadas colu-
nas en sus hombros.
Tras esto, en la ribera del mar, libraba á
Hesiona, hija de Laomedón, matando la fiera
que para su couiida la buscaba.
Después, á aquel que, por voluntad de los
Dioses, en el monte Cáucaso, viendo comer sus
hígados de una cnicl águila, brevemente criaba
otros donde el mismo tormento se le diesse.
Más adelante estaba cuando la gente Pig-
mea, al pie del monte, le quiso matar viéndole
dormido.
Y cuándo llevó los pueblos franceses atados
á su lengua.
Y cuándo al que con sangre humana engor-
daba sus caballos dio el mismo castigo, hacién-
dole manjar dellos.
Y cuándo en las l)odas mató los Sagitarios:
veíase el Centauro Nesso muerto con sus sae-
tas, al tiempo que al passar el río Eveno le lle-
vaba á Deyanira.
Llegado, pues, al fin dcsta historia, se veía
lastimosamente, casi en venganza de la que-
brantada pierna del Dios Pan, cuándo la celosa
mujer, con la engañosa camisa que el Centau-
ro le (lió, pensando remediar su mal, fué causa
4U
ORIGEXES DE LA SOTELA
9áú^J^ Vm tmáfwM r cntnSafl. d
HénmUít^ f tKr» de fa temido, T^rtia m
«i» mctííms, derrÍTjaba I<« limpios j
iMJKmát
kfi pr>>píot hn^íMfM j i^errk/á prjr doade, «o»
4e fprmn h^jfip»!:»^ MÍia un esp«s«*> hiiaio. j A,
manado á k» «Mos con manido rostro, ¿ nt»
de ta eraddftd pareú qoe •« qoezai». j otr»
fMdift •O'MffTO á ttta ínsaf ríUe t doloraa aoMr-
te, á rcees que, sin sentido, destmjetido sai
cmne^ se teniis en tíem j enlLtba.
Estabn sobre an altar, en medio del teaplo,
el Tettfdo, el cejado j U lírm de Apolo, nqoel
BÍsmo apero con qoe moró en las selvas, j por
las altas colanas sembrados infinitos despojos
de pastores y fieras, cajados j zamponas, ca-
bezas de lea lobos y ptea de ágnílas. Tersos j
prosas qae no poca hermosora acrecenUlMn al
grandioso templo. Pero Siralro, qoe en Fili>
DA reia el de so alma, pocas señas pndiera dar
de lo qoe aquél tenia; j ella, qne no dodaba los
efectos de so ralor, no lo hacía en Tolver la loz
de sos hermosos ojos al enamorado pastor, ro-
bándole noeramenie, á cada roeha, el alma, j
dejándole cada rez noera rida con qoe TÍriesse.
En tanto qoe esto passaba, Sasio j Arsiano
TÍnieron allí por orden de Mandronío, j riendo
jont^> coanto en la másica podía desearse,
amén de Filardo r Matonto, qoe si no eran
más no eran menos, acordaron de entrarse en
d jardín del templo, qae, aonqoc peqoefío, era
lleno de frescura y deleite. Nanea Vertono
toro los sayos compoestos con tanta destreza
como éste lo estaba sin arte; las flores y hier-
l>as, las aguas y las ares que en él moraban,
todo era extremadamente boeno. Paes como
dentro s ? vieron, Florcla, qne tiernamente á su
ffcfiora amal^i, mirando su hermosura y la ha-
Ifilídad de los pastores con la comodidad del
tiempo 7 del lugar, pidió encarecidamente que,
tomando el sujeto de la beldad de Pili da, can-
tassen; deseo fué el de Florcla qne todos le
tenían, y tocando el principio de la empresa á
la gentil Belisa, dcsta manera comenzó su can-
to^ y dcsta fueron por su orden prosiguiendo:
DELI8A
Las ondas quiero snlcar,
f'l ligua en red oprimir,
«•1 fuego quiero medir
y el vientij quiere pe8»ir
el que pretende loar,
FiLii>A, vuestra figura,
«¡elido el comenzar locura
é iijipossible el acabar.
f
KmmeM nnee tiro de&ns;
hMíyde
por evra gima
el sol w> táene
sin deal—UnKe de reHos.
Fl
El
sobre los dos daros ojos,
de mu mngrieBtos de^wjos
á costa ajena teñido,
es doro campo eonído
de la Moerte j del Amor,
donde ^ es el Tencedor
j ella el preaúo del Tencído.
Soles sois coQ qoe mlumbráis,
rayos con qoe
saetas con qoe
licor con qoe remediáis
los ojos con qoe miráis,
en qoien se mira el Amor,
ó para hablar mejor,
los ojos con qoe matáis.
Voestras mejillas, sembradas
de las insignias del día,
florestas son de alegría
de ia eterna trasladadas,
donde no por las heladas
ni por las machas calores
faltan de contino flores
divinamente mezcladas.
SASIO
El alinde qne divide
las dos florestas reales,
con frescuras celestiales
los rayos del sol despide;
á la misma invidia impide
6U proporción aguileña,
y aunque es medida pequeña,
al Amor inmenso mide. .
FILENA
Vuestra boca no es coral
ni vuestros dientes aljófar,
que el aljófar es azófar
y el coral bajo metal;
mas es puerta principal
fabricada dal primor,
archivo do tiene Amor
todo su bien ó su mal.
EL PASTOR DE FILIDA
487
PBADSLIO
La colana generosa
deste edificio tan claro,
más que del mármol de Paro,
más qne blanca poderosa
es la garganta graciosa,
fuente rica de dulzor,
donde la fuerza de Amor
segura 7 libre reposa.
CELIA
Vuestro pecho no bay braveza
que no se amanse con él,
ni hay quien pensando en él
no esforzasse su flaqueza,
á quien dio naturaleza,
por mezclar gracia y rigor,
de la leche la color
y del hierro la dureza.
CAMPIANO
Lo que falta por contar,
después de la blanca mano,
á quien el sentido humano
es imposible loar,
no quiero en ello hablar;
que aunque la fe, como diestra,
tan altos bienes nos muestra,
son más para contemplar.
HANDRONIO
Vuestra discreción loara,
á no haber considerado,
que como quedo agraviado
el cuerpo, al alma agraviara;
á Vos sola es cosa clara
que concede la razón,
qne hiráis al corazón
cuando amaguéis á la cara.
BIRALVO
Yo no me hallo bastante
á proseguir este intento
bien, hasta que el pensamiento
se pierda por arrogante.
Razón diga y Amor cante
y lleve la Fe el compás,
donde queda más atrás
quien passa más adelante.
No acabaran tan presto los pastores si la
bella FiLiDA, que, con una gravedad suavissi-
ma, estuvo escuchando sus loores, y acrecen-
tando la causa dellos en su soberano semblan-
te, no los atajara, tomando á Belisa la lira, y
obligpada de su liberal condición, vuelta á Si-
a ALVO le dixo: Pastor, yo quiero cantar una
glossa tuya, de una canción ajena á que soy
muy aficionada, porque me la dio Florela y
porque la glosa lo merece. Bien basta tu afi-
ción, dixo SiRALVo, para su merecimiento, y la
merced que nos haces para que todo el mundo
quede invidioso de nuestra ventura; y con esto
FiLiDA, alegrando tierra y cielo, comenzó á ta-
ñer y cantar, y los pastores á suspenderse
oyéndola.
FILIDA
Canción.
Mi alma tenéisla vos,
y yo á vos en lugar della,
¿á quién da más gloría Dios?
á ella sin mi con vos
ó á ella con vos y sin ella?
Glossa,
Aquel venturoso día
que Amor, con industria y arte,
me robó cuanto tenía,
fué tanta su cortesía,
qne os dio la más noble parte,
y como solo mi oficio
es contentar á los dos,
por principal ejercicio
mi cuerpo está en su servicio,
mi' alma tenéisla vos.
Bien galardonado voy
si sirvo como cautivo,
pues cuando en la cuenta estoy,
hallo que es lo que recibo
mucho más que lo que doy;
en gran deuda me dejáis,
no quedaréis sin querella,
pues por favor ordenáis
que vos mi alma tengáis
y yo á vos en lugar della.
En la gloría que se ven,
han movido gran cuestión
cuerpo y alma sobre quién
consigue más alto bien,
y entrambos tienen razón.
El alma dice que allá
está contino con vos;
el cuerpo que os tiene acá:
¿quién, señora, juzgará
á quien da más gloria Dios^
Firmes en su diferencia,
cada cual lleva victoria,
sin que se dé la sentencia,
' porque es tal la competencia,
que acrecienta más la gloría,
y como se ven en calma
en este pleito los dos,
que no importa, dice el alma,
que ya se le dio la palma
á ella sin mi con vos.
ORIGESES DE LA
njL
1
cif: lo q-* *ii FiLiDA Lar LO á* baila en el
£D';:-'do7::.v:. l] re:*rtlio. Pa*s<^-. i*í>Vjref, Íi:-
Filtra, cíe a;* tír^rtUj ir.ich-^ le '.Irm* I«:«r.
e! y^^jk iLiertr» majT irizenio. Un* ní.t3T
ijc^rra §^ t<>. dix'^ Sira'ro, t d'ré!* c^-n n I:«?en-
cía. Para efv^. pastor, dixo Filida, t.-i la tie-
ne», T ifji? §1 e- taja. Primero, dixo Si r alvo.
cae te di;ra el dneño. 'i i ¡ero de<jiria t sai-^r lo
'¿ne t/: y^r^.^..
^iüalvo
Efi r/ii penfiamieíito crecen
r/i¡- ef finanzas j Tiren:
en el aicna se coLcirxn
T en ella niisma íene^.en.
Porqoe en el mal qae me hiere
jierp«.'tQa f*ena reciba,
el A mor ordena j qaiere
qne en mi pensamiento rira
lo qrie en mi ventara maere;
¡jne« li allana vez %*: ofrecen,
ó de lejV^s aparecen
cft[>eninzas de ni i bando,
en vaestra jp'a^.'ia mens^iiando,
en mi pensamiento crecen.
¿Do llegará mi tormento?
Pues por caminos tan agros
do no llegó entendimiento,
Kiií^n á hacer milagros.
Ventura y mi pensamiento,
en ello gloría reciben,
y en li^iertad se aperciben
á morir desesperadas
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y e:¿ ¿a i<isáó& mplft&iiecn
T ^-ri LAt'-iTa! snaidaroii,
•.::e ei. el alica comwiraron
A' t villas contentó la fkssa de Siishtv j mái
á FiLi&A. q:3e rió en «i la cftttsoa della. j panr
c'.r:.d- le bont de que Io« pajtores descansa^sn,
man !•.• á FI* reía pr<r «efias lo que haik^itL de ht-
c>rr. y al pDLtf-» se paso en medio de todoc^ mu
!i:e<d aii- };a« limpia j aV^QMlante de daloes y re-
^ada» viandas, qae del albergue de Vandalio
halÍAü traidv, y sin esquivarle Filida deo^
mer c>>n ]•>& |<a>tores, tcid*:*s jantos lo hicieron,
5alv>> Finea y Alfeo, qae de secreta mano 5«
habían sentido trabar kM corasones, j entre d
viejo dt.'lor y el noera, estaban con ana sospen-
slún en los espiritas, qae sin poderse eUos en-
tender, fácilmente los entendieron todos. ¡Oh
grande y poderoso Amor! ¿seiá possible qae Al-
fe«:>. mn riendo ayer por Andria, belh'sima corte-
sana. h<~>v se enamore de la serrana Finea? Ver-
lo he menester para creerlo, qae Finea de Al-
feo. meno< maravilla me hace, poiqae, aanqae
rústica y criada en asperezi, es mnj discreta y
hermosa, j AlfeoexcesuTam^ite aventajado ai
pastar de qaien ella era despreciada. Si noe-
vaniente estos dos se aman, cosa es qoe no se
p^rá encnbrir: alcemoi; las mesas, levántense
los pastores y qaeden solas Filida t Celia en
el fresco jardín: qae los demás en ei templo
podrán passar la siesta, donde hallarán á Fi-
lardo, qne, á excasa de Silvia, se volvió tne
ellos, y aanqae había gran rato qne allí estabt,
no quiso entrar al jardín, antes, saliendo á li
ribera, por nn pequeño resqnicio del moro ei-
tavo mirando y oyendo lo qoe passaba, j cuan-
do sintió qae los pastores lü templo saUui,
adelantóse y entró primero. Filena 7 PlraddiD
holgaron poco de verie, pero Cawqdano^ inino
amigo sayo, con gran caricia le recibió j vá
i
EL PASTOR DE PILIDA
439
luego los dos se apartaron, j por otra parte
Floróla y Siralvo, Pradelio y Filena, Belisa y
Mandronio, Sasio y Arsiano, á un lado del
templo se pusieron á concertar alguna fiesta,
para entretener aquella tarde á la hermosa Fi*
LiDA, y la mejor les pareció representarle la
EoLOGA de Delio y Liria y Fanio, pastores de
aquesta ribera, que con sus casos habían dado
mil veces materia á los poetas. Belisa tom¿ la
persona de Liria; Sasio, la de Delio, y la de Fa-
nio, Arsiano, y mientras en baja toz estaban
ensayándose, Alfeo y Fínea en algo se ocupa-
ron: sentados los vio Siraho á una parte del
templo, hablando menos palabras que solían,
demudados de su color natural. No pudo tanto
consigo que no se llegasse á ellos, y antes que
nada les preguntasse, Alfeo le dixo, cuanto los
pudiera preguntar: Siralvo mío, por tres partes
me siento combatir y por todas tres vencer: las
sinrazones de Andría contrastan mi afición,
tus consejos me mudan la voluntad, la beldad
de Finea me cautiva. A mi me enamora todo,
dixo Siralvo: ¿pero á ti, serrana, ¿qué te parece?
¿Que' estás hablando por mí? dixo Finea. ¿Pues
qué haremos, dixo Siralvo, de Andria y Orin-
do? Lo que ellos hicieron de nosotros, dixo Al-
feo, y con esto se dieron las manos de no fal-
tarse jamás, tomando al Dios de los pastores
por testigo; y llenos de contento y placer se
fueron con los que ensayando se estaban. Cam-
piano y Filardo siempre se estuvieron aparta-
dos, y bien se le echó de ver al pastor el mal
que por Filena sufría, pues sin bastar su dolor
ni el menosprecio con que le dejaba, se iba tras
ella, sin pcíderse refrenar en sus deseos. No
tomó la sin par Filida mucho tiempo de repo-
so, antes, sintiendo que los pastores en el tem-
plo esperaban que los llamasse, mandó á Celia
que lo hiciesse, y assí fueron todos al jardín,
salvo Belisa, Sasio y Arsiano, que se quedaron
para entrar representando, y después que todos
se sentaron, por orden de Filida, los tres que
habían quedado, entraron por la suya, como
aquí veremos.
ÉGLOGA
Panto. — Delio. — Liria,
LIRIA
Floridos campos, llenos de belleza,
en cuya hermosura, sitio y traza,
gran estudio mostró Naturaleza.
En vosotros se halla espessa caza
de aves, bestias y animales fieras,
y tanta flor y fruto, que embaraza.
En vosotros, majadas y praderas,
donde se ven ganados abundosos
y en medio los inviernos, primaveras.
No faltan los pastores querellosos,
que forman al Amor quexas sin cuento,
y otros, regocijados, venturosos.
Unos, al ejercicio dan su intento,
cuál corre, salta, tira, lucha ó canta,
cuál en los huertos pone su contento.
Aquél enxiere, siembra, poda ó planta,
otros con su ganado se recrean,
viendo desde las sombras copia tanta.
Mira los cabrítillos que pelean,
y después á sus madres van buscando,
que con ubres pesadas los desean.
Allí ve BUS zagales ordeñando;
allí las cabras que la nueva hoja
no con poca codicia van buscando.
Una al agua parece que se arroja,
otra en lo mas espesso está mordiendo,
que el rigor de la zarza no la enoja.
Luego ve la ovejuela, que paciendo,
apoca simplemente lo que halla,
lo más dificultoso no queriendo.
Y si Orion se mueve á dar batalla,
permite que el pastor pueda avisarse
y con flacos ingenios roitigalla.
Veréis á los carneros alegrarse;
veréis las hormiguillas polvorosas,
ciegas, unas con otras encontrarse.
Las ánades bañarse presurosas,
y lamerse al revés el buey el pelo,
y pacer las becerras más golosas.
Cuervos, grajas, cornejas para el cielo
suben y bajan luego con ruido,
y toman para arriba con su vuelo.
Oyese en las lagunas el sonido
de las cantoras ranas en más grado
que en el sereno tiempo le han tenido.
Vese de blancas aves ayuntado
más número que suele en valle ó sierra,
y el cabrío dormir más apretado.
Escarba la orejuela por la tierra,
y la golondrinilla á la corriente,
con pobres alas hace flaca guerra.
Al fin esto se passa brevemente,
y en tanto, en la abrigada cabañuela,
arropado el pastor poco lo siente.
Después que nieva, que ventisca y hiela,
el nuevo sol su claridad extiende,
con que el mundo afligido se consuela.
Después, cuando á bañarse al mar deciende,
hallándose en la noche escura y fiera,
con las anclias hogueras se defiende.
Todo se acaba en dulce primavera
después que, fenecida esta contienda,
llena de paz el cielo la ribera.
Y contra el sol, en monte, en valle, en senda,
los árboles, ó en selva ó bosque ameno,
no sufren que su lumbre al suelo ofenda.
Con el frescor de su confuso seno,
la altiva haya y el ciprés frisado,
440
ORÍGENES DE LA NOVELA
ccm caerpo assaz de duro fruto lleno;
El laorel siempre Terde, presenrado
de 1a in del cielo, j el espino
de más pontas qae hojas adornado.
Con sn rebelde fruto ajnda el pino,
aguda boja y enredado saco,
del pacifico olivo de contino.
No se precia, entre todos, de más flaco,
ni el olmo que á las nubes se arecina,
con la planta gentil del libre Baco.
Allí se extiende la robusta encina,
con sus antiguos brazos y el precioso
cidro, que á todos su cabeza inclina.
V el pobo y el castafio, alto, ñudoso,
con las soberbias frentes acopadas,
uno en corteza feo, otro hermoso.
Las ricas palmas de hojas espinadas,
triunfante premio de gloriosa estima,
con los racimos de oro coronadas.
La que defiende con la espessa cima
que no caliente Febo el agua clara,
en pago, el ag^ al tronco se le arrima.
Ño se podrá decir que le es arara,
que si el agua no pieide, el tronco gana,
ella le da frescor cuando él la ampara.
Siembra el manzano la postrer manzana,
siembra el racimo la noguera fría,
el jazmín nieve j el madroño grana.
¿Hay mas beldad que ver la pradería
estrellada con flores de las plantas,
que van mostrando el fruto y la alegría?
Donde, con profundíssimas gargantas,
las tiernas avecillas estudiosas
están de señalar cuales y cuántas.
Allí veréis pastoras más hermosas
(no con maestra mano ataviadas),
que las damas en Cortes populosas.
Allí veréis las fuentes no tocadas
distilando, uo agua al viso humano,
mas el cristal de piedras variadas.
Allí veréis el prado abierto y llano,
donde los pastorcillos su centella
descubren al Amor, furioso, insano.
Este, de su pastora se querella;
aquél de sí, por que miró la suya;
el otro, más grossero, se loa della.
No hay quien por defeto se lo arguya,
ni quien de rico ponga sobrecejo,
ni quien á los menores dexe y huya.
En el prado se oye el rabelejo,
la zampona resuena en la floresta,
en la majada juegan chueca 6 rejo.
Pues qué ¿venido el día de la fiesta,
hay gusto igual que ver á los pastores
haciendo á las pastoras su requcsta?
Uno presenta el ramo de las flores,
y cuando llega, el rostro demudado,
otro dice suavíssimos amores.
Uno llora, y se muestra desamado;
otro ríe, y se muestra bien querido;
otro calla, y se muestra descoidado.
El uno baila, el otro está tendido;
el uno lucha, el otro core y salta,
el otro motejado va corrido.
En esta dulce vida, ¿qué noa falta?
y más á mi que trato los pastores,
y cazo el bosque hondo y la aíerrm alta,
Con arco, perchas, redes y ventores,
ni basta al ave el vuelo presoroso,
ni se me van los ciervos corredores.
Este sabuesso era un perezoso,
y ya es mejor que todos: halo hecho
que, como mal usado, era medroao.
Tiene buen espinazo y muy buen pecho
y mejor boca: ¡oh pan bien empleado!
toma, Melampo, y éntrete en provecho.
Quiérome ya sentar, que estoy cansado;
¡oh seco tronco, que otro tiempo fuiste
fresno umbroso, de Ninfas visitado!
Aquí verás el galardón que hubiste,
pues te faltó la tierra, el ag^a, el cielo,
después que este lugar ennobleciste.
Assí passan los hombres en el suelo;
después que han dado al mundo hermosan,
viene la muerte con escuro velo.
Ya me acuerdo de ver una fig^ura
que estaba en tu cogollo dibujada,
de la que un tiempo me causó tristura.
Estaba un día sola aquí sentada;
¡cuan descuidado iba yo de ella,
cuando la vi, no menos descuidada!
Puse los ojos y la vida en ella,
y queriendo decirla mis dolores,
huyó de mí, como yo ahora della.
Por cierto grande mal son los amores,
pues al que en ellos es más venturoso,
no le faltan sospechas y temores.
Igual es vivir hombre en su reposo.
¿Quién es aquel pastor tan fatigado?
Debe de ser Florelo ó Vulneroso.
La barba y el cabello rebuxado,
la frente baxa, la color torcida.
¡Qué claras señas trae de enamorado!
¿Es por ventura Fanio? ¡Qué perdida
tengo la vista! Fanio me parece.
¡Oh Fanio, buena sea tu venida!
rANio
Amado Delio, el cielo que te ofrece
tanta paz y sossiego, no se canse,
que solo es bien aquel que permanece.
DSLIO
Aquesse mismo, Famio mió, amanse
el cuidado cruel que te atormenta,
de suerte que tu corazón descanse.
He desseado que me diesses cuenta,
i
EL PASTOR DE FILIDA
441
pues que la debes dar de tus pesares
á quien contigo, como tú, lo sienta.
Y quiero, Fanio, por lo que tratares
perder la fe y el crédito contigo,
cuando en poder ajeno lo hallares.
Sabe que al que me ofrezco por amigo,
la hacienda pospuesta y aun la vida,
hasta el altar me hallará consigo.
FANIO
Dblio, tu voluntad no merecida
no es menester mostrarla con palabras^
pues en obras está tan conocida.
Pero después que tus orejas abras,
más lastimosas á escuchar mi duelo
en un lenguaje de pastor de cabras,
Ni á ti podrá servirte de recelo,
pues ya tienes sobradas prevenciones,
ni á mi de altivo en tanto desconsuelo.
Y no son de manera mis passiones
que se puedan contar tan de camino,
que aunque sobra razón, faltan razones.
DELIO
Conmigo te han sobrado de con tino,
entendiendo que la hay para encubrirme
lo que por más que calles adivino.
Y aunque me ves en porfiar tan firme,
sabe que poco más que yo barrunto
de tu importancia puedes descubrirme.
Y pues me ves en todo tan á punto
para mostrarme amigo verdadero,
no me dilates lo que te pregunto.
Cuéntame tus passiones, compañero,
cata que un fuego fácil encubierto
suele romper por el templado acero.
FANIO
Oh, caro amigo mío, y cuan más cierto
será hacer mis llagas muy mayores,
queriéndote contar mi desconcierto.
Porque siendo mis daños por amores,
tú pretendes saber, contra derecho,
más que la que ha causado mis dolores.
Salga el nombre de Liria de mi pecho
y toque á tus orejas con mi daño,
ya que no puede ser por mi provecho.
No me qnexo de engaño ó desengaño,
de ingratitud, de celos ni de olvido,
quéxome de otro mal nuevo y extraño.
Quéxome del Amor, que me ha herido;
abrióme el corazón, cerró la boca,
ató la lengua, desató el sentido.
Y cuanto más la rabia al alma toca,
la paciencia y firmeza van creciendo
y la virtud de espíritu se apoca.
De tal manera, que me veo muriendo,
sin osarlo decir á quien podría
sola dar el remedio que pretendo.
DBLIO
Amigo Fanio, aquessa tu porfía
tiene de desvarío una gran parte,
aunque perdones mi descortesía.
Díme, ¿por qué razón debes guardarte
de descubrir tu llaga á quien la hace?
¿ó cómo sin saberla ha de curarte?
FANIO
Porque de Liria más me satisface
que me mate su amor que su ira y saña,
y en esta duda el buen callar me aplace.
dblio
No tengo á Liria yo por tan extraña,
ni entiendo que hay mujer que el ser querida
le pudiesse causar ira tamaña.
Cierto desdeño ó cierta despedida,
cuál que torcer de rostro ó cuál que enfado,
y cada cosa de éstas muy fingida.
Aquesto yo lo creo, Fanio amado;
empero el ser amada, no hay ninguna
que no lo tenga por dichoso hado.
Y sí, como me cuentas, te importuna
aquesse mal y tienes aparejo,
no calles más pesar de tu fortuna.
Tú no te acuerdas del proverbio viejo:
que no oye Dios al que se hace mudo,
ni da ventura al que no ha consejo,
FANIO
Pues dame tú la industria, que soy rudo,
grossero y corto, y en un mismo graído
mi razonar y mi remedio dudo.
Bien que llevando Liria su ganado
por mi dehesa, junto con el mío,
me preguntó si soy enamorado.
Y el otro día estando junto al río
llorando solo, en medio de la siesta.
Liria llevaba al monte su cabrío.
Y díxome: Pastor, ¿qué cosa es ésta?
y yo turbado, sin osar m ¡ralla,
volvile en un suspiro la respuesta.
Mas ya estoy resumido de buscalla,
y decirle por cifra lo que siento,
al menos matárame el en o jalla.
De cualquier suerte acaba mi tormento,
con muerte, si la enojo, ó con la vida,
si mi amor y mi fe le dan contento.
Veremos esta empresa concluida,
venceré mí temor con mi deseo,
la vilorta, ¿ganada ó bien perdida.
¿Oyes cantar? D. Si oyó. F. A lo que creo.
Liria es aquélla. D. Eslo, F. Al valle viene.
¡ Ay, que te busco y tiemblo si te veo!
Ascóndete de mí, que no conviene,
si tengo de hablarle, que te vea.
442
ORÍGENES DE LA KOYELA
DELIO
Aflc¿nJein«, pastor; Amor ordene
qne tq mml sienta j tas cuidados crea.
LlEIA
El pecho generoso,
qne tiene por incierto
serle pf^ssible, al más enamorado
ser pagado, j qnejViso
vírir estando mncrto,
j Terse en medio de la llama helado;
coán bíenarentnnido
le llamará el extmfio,
j en cuánta des rento ra
jnzgará al que procara
hacerse con sas manos este daño,
y por su dcraneo
á la razón esclara del Deseo.
Memoria clara j pura,
voluntad concertada,
consiente al alma el coraz<jn exento;
no Tiene su dulzura
con acibar mezclada,
ni en merlío del placer ama el tormento
sano el ent^Midimiento,
que deja el Amor luego
más que la nievo frío,
pero el franco albedrío
y el acuerdo enemigo, á sangre y fuego;
y en tan dañosa guerra,
sin fe, sin ley, sin luz de cielo ó tierra.
Promessas mentirosas,
mercedes mal libradas
son tu tesoro, Amor, aunque no quieras;
las veras, peligrosas;
las burlas, muy pesadas;
huyan de mí tus burlas y tus veras,
que sanes 6 que hieras,
que des gloria ó tormento,
seas cniel 6 humano,
eres al fin tirano,
y el mal es mal y el bien sin fundamento;
no sepa á mi morada
yugo tan duro, carga tan pesada.
Corran vientos suaves,
suene la fuente pura,
píntese el campo de diversas flores,
canten las diestras aves,
nazca nueva verdura,
que estos son mis dulcíssimos amores;
mis cuidados mayores
el ganadillo manso,
sin varios pensamientos
6 vanos cumplimientos
que me turbí?n las horas del descanso,
ni me place ni duele
que ajeno corazón se abrase ó hiele.
FAVIO
Por ean colpa, Fasio, ¿que menee
LiEíA? L. Lo que padece; poes» penaado,
quiere monr eaUando. F, Grmn engmfio
recibes en mi daño. ¿Tú no sientas
que las flechas ardientes smorosis
vienen siempre forzosas? Si de grado
tomara yo el cuidado, bien hicieras
si me reprendieras y cnlparas.
LIBIA
Déxame, que á las claras te condenas:
pudo Amor darte penas j matarte,
y no debes qoezarte, pues que podo;
de ti, que has sido modo j vergonzoso,
debes estar quexoso. i De qué suerte
remediará tu suerte y pena grave
quien no la ve ni sabe? F. ¡ Ay, Liria mia!
que yo bien lo diría, pero temo
que el fuego en que me qnemo se acreciente.
liria
Pues, ¿tan poquito siente de piadosa
quien tu pena furíosa ensoberbece?
FAKIO
Mas antes me parece, y aun lo creo,
que tan divino arreo no es posible
en condición terrible estar fundado;
pero considerado aunque esto sea,
no es justo que yo vea mi bajeza,
y aquella gentileza soberana,
y que sufra de gana mis dolores
sin pretender favores. L. Grande parte
ha de ser humillarte, á lo que creo,
para qus tu deseo se mitigue,
porque Amor más persigue al más hinchado,
que está muy confiado que merece,
que al otro que padece, y de contino
se cuenta por indino; pero cierto,
tú no guardas concierto en lo que haces:
¿no se sabe que paces las dehessas,
con mil ovejas gruessas abundosas
y mil cabras golosas y cien vacas?
¿No se sabe que aplacas los estíos
y refrenas los fríos con tu apero,
y tienes un vaquero y diez zagales?
Todos estos parrales muy podados,
que tienes olvidados, ¿no son tuyos?
Pues estos huertos, ¿cuyos te parecen?
Todo el fruto te ofrecen; pues si digo
del cielo, ¿cuan amigo se te muestra,
tecuán to la maestra alma Natura
y dio de hermosura, fuerza y maña?
¿Hay ave ó alimaña que no matas?
¿Hay pastor que no abatas en el prado?
¿Hate alguno dejado en la carrera?
EL PASTOR DE FILIDA
448
Pues en la lacha fiero <$ en el canto,
¿hay qaién con otro tanto se te iguale?
Pues esso todo vale en los amores,
porque de los dolores no se sabe
8Í es su acídente graye 6 sí es liviano.
Todo lo tienes llano. F, ¿Qué aprovecha
tener la casa hecha j abastada,
si en la ánima cuitada no hay reposo?
LIRIA
Vivir tú doloroso, ¿qué te vale,
6i aquella de quien sale no lo entiende?
Tu cortedad defiende tu remedio.
FAKIO
¿Parécete buen medio que lo diga?
LIRIA
.Vntes es ya fatiga amonestarte.
FANIO
Pues, ¿tienes de enojarte si lo digo?
LIRIA
Fanio, ¿hablas conmigo 6 desvarías?
¿Pensabas que tenías y mirabas
presente á quien amabas? F, Si pensaba
y eii nada me engañaba. L, No te entiendo,
aunque bien comprehendo que el amante
tiene siempre delante á la que ama,
y allí le habla y llama en sus passiones.
FANIO
No glosses mis razones. L. Pues, ¿qué quieres?
FANIO
Hacer lo que quisieres, aunque quiero
preguntarte primero: ¿si mis males
y congojas mortales me vinieran
por ti y de ti nacieran, y el cuidado
te fuera declarado, ¿te enojaras?
LIRIA
Si no lo preguntaras, te prometo
que fueras más discreto. Tú bien sientes
los rostros diferentes de natura
en una compostura de facciones;
pues, en las condiciones, es al tanto,
aunque no debe tanto ser piadosa,
á mi ver, la hermosa que la fea,
que en serlo hermosea su fiereza.
FANIO
I Ay, cuánta es tu belleza! L, Assi que digo,
que no debes conmigo assegurarte,
pues sé certificarte que en tal caso,
aquello que yo passo por contento
puede ser descontento á tu pastora,
y no imagino agora por qué vía
con la voluntad mia quiés regirte.
FANIO
Porque puedo decirte que, en belleza,
en gracia y gentileza, eres traasunto,
sin discrepar un punto, á quien me pena.
LIRIA
¿Es por dicha Silbna tu parienta?
Si es ella, no se sienta entre la gente,
que eres tan sü pariente como mfo;
pueda más tu albedrío que tu estrella.
FANIO
i Ay, Liria, que no es ella! ¿Y aún te excusas
y de decir rehusas el sujeto
que en semejante aprieto mostrarías?
LIRIA
Horas me tomarías si lo digo,
que como fiel amigo te tratasse;
y horas que me enojasse, que aun no siento
mi propio movimiento. F» Dessa suerte
más me vale la muerte y encubrillo,
que al tiempo de dccillo verla airada.
LIRIA
Bien puede ser quitada tu congoxa,
si aquella que te enoja me mostrasses
y en mis manos fiasses tu remedio.
FANIO
Dessas espero el medio que conviene.
LIRIA
¿Es mi amiga quien tiene tu alegría?
FANIO
Si tanto fuera mía, en tal fortuna,
poca quexa 6 ninguna se tuviera.
LIRIA
Pues di dessa manera mal tan duro,
que, por mi fe, te juro de hablalla
y á tu amor incitalla. F. Que me place;
á mi me satisface tu promessa,
aunque en la alma me ptsa de probarte;
y antes quiero mostrarte aquesta carta,
que con angustia Imrta teugo escrita,
para aquella que quita mi contento;
jamás mi pensamiento fué adivino,
que fueras, papel, diño de hallarte
donde pudo llegarte mi osadía:
leedle, Liria mía, parte á parte.
444
ORÍGENES DE LA NOVELA
CAETA
Lm libertad ganada,
porqae en tan buena empresa ra perdida;
la Tolantad prendada,
el alma enriquecida,
riéndose en so senricio de partida.
Indignas de llamarte,
sin tu licencia, el nombre de sefic^a,
Tienen á suplicarte
que se la des ahora,
j cada cual se llamará deudora.
Recibe por cautiras
las que este nombre en su sepulcro escriben ;
verás, si no te esquivas
j tal merced reciben,
cómo en mi solo mueren, en ti viven.
Inclina á mis cansadas
razones tus orejas, por ventura;
no sean despreciadas
en afición tan pora
las mismas obras de tu hermosura.
Al fin mi fe y mi pena,
pues de ti nacen, tujo será el cargo,
j aquí cesse la vena
de estilo tan amargo,
corto en hablarte j en pedirte largo.
LIRIA
La carta está tan buena que, aunque pruebe
de mil maneras, no sabré loalla,
porque es, en fin, compendiosa y breve.
FANIO
i Parécete que puedo aventurolla?
LIBIA
Paréceme que pierdes de ventura
lo que te detuvieres en ccmlla.
FANIO
¿ Parécete que llegará segura
de que puedan culparme de arrogante?
LIBIA
Paréceme un retrato de mesura.
FANIO
¿Al fin me juzgas verdadero amante?
LIBIA
Y que mereces ser galardonado.
FANIO
Quiera Dios que assi digas adelante.
LIBIA
Pero ya que la carta me has mostrado,
dime, ¿quién fué la cansa de hacella?
Pues sé la pena, sepa quién la ha dada
FAKIO
En cinco partecillas que haj en ella,
pedrás saber el todo que pretendo,
si adivinares el secreto della.
LIBIA
Tómamelo á decir, que no lo entiendo.
FANIO
De cada cinco estancias ve tomando
la primer letra y velas componiendo:
Porque estas cinco letras ayuntando,
por el orden que digo, fácilmente
el nombre de mi alma irás formando.
LIBIA
No te he entendido verdaderamente,
¿acaso dice Lbbia? F, Con dos ies
no puede pronunciar Lería el leyente.
libia
¿Dice por dicha Libiat F. No porfíes,
¿con erre Libia] Buen descuido es esse.
LIBIA
Pues menester será que tú me guies.
FANIO
Habrélo de hacer, aunque me pese,
que Libia dice. L, Siria. ¿ Pues entiendes
que no lo sé decir si lo leyesse?
FANIO
Pues, Siria^ digo yo, ¿por qué me vendes
descuidos, cuando el alma me has rol^o,
y con falsa ignorancia te defiendes?
¿Dónde te vas, pastora? L, A mi ganado.
FANIO
Mira, pastora, tente. L. ¿Qué locura
es ésta que tan presto te ha tomado?
¿Estás loco, pastor? F. Que no hay corda
en quien no la perdiesse, contemplando
mi amor y tu desdén y hermosura.
LIBIA
Déjame, ¿qué pretendes? F. Que llorando
me veas fenecer. L, Deja mi mano.
FANIO
Y tú mi alma, que la estás matando.
LIRIA
¡Oh solitario valle! ¡ oh campo llano!
EL PASTOR DE FILIDA
445
¿Habi*á quien lastimoso me defienda
deste pastor perdido, deste insano?
FANIO
Escucha, Libia, ya solt^ la rienda
4 lo osadía para detenerte,
no bastará aunque Júpiter descienda.
LIBIA
¿Qué quieres? F. Quiero en todo obedecerte,
si no es ahora en esta fácil cosa,
que estés presente al passo de mi muerte.
LIRIA
Otra podrás buscas más animosa.
FANIO
Pues para dar la muerte eres osada,
para verme morir no seas medrosa.
LIBIA
Suéltame, Fanio. F, Ya serías soltada,
por no enojarte, si tuviesse cierto
que escucharías un rato sossegada.
LIRIA
Suéltame, que no aprietas como muerto.
FANIO
Asido á las aldabas de la vida,
pensar muerte prenderme es desconcierto.
LIRIA
Suelta ya. F. Sí haré; mas sei servida
de me escuchar. Z. Como no fuesses largo.
FANIO
Esso, tu voluntad será medida.
Y si te pareciere que me alargo,
mándame tú callar, y verás luego
cómo procuro en todo echarte cargo.
Ser contigo atrevido no lo niego;
mas ¿qué derecho guardará el forzado
6 cómo no caira sin luz el ciego?
LIRIA
Esso me agrada, llámate culpado,
y yo te escucharé de buena gana.
FANIO
Y aun si quieres me doy por condenado.
Mira esta parra fértil tan lozana,
cómo por este olmo infrutuoso
se abraza, y lo que él gana y ella gana.
El con ella se muestra más hermoso,
y ella sin él cayera por el suelo,
do no fuera su fruto provechoso.
La flor desamparada quema el hielo,
no hay cosa sola en la Naturaleza,
y lo que no aprovecha no es del cielo.
Goza con tiempo de tu gentileza,
que el día passado no puede cobrarse,
ni como rosa torna la belleza.
Guando un estado tiene de tomarse,
hallando la ocasión que es conveniente,
¿qué sirve ó qué aprovecha dilatarse?
No te niego yo. Liria, que al presente
podrías escoger otro que fuesse
en bondad y en hacienda preminente;
Mas si tomasses á quien más valiesse
que yo, yo juraré que no hallases
otro que más ni tanto te quisiesse.
Demás desto, pastora, si mirasses
mi edad y mi hacienda y mis respetos,
podría ser que no me despreciasses.
Y sobre todo, mira los efetos
que en mí hacen tu gracia y hermosura,
que bastan á suplir muchos defetos.
liria
Basta, pastor; que Dios te dé ventura;
yo te agradezco amor tan verdadero,
y escúchame otro poco, por mesara.
¿Qué sabes tú si por ventura quiero
y amo otro pastor, de tal manera
que, como tú por mí, por él me muero;
Y le tengo una fe tan verdadera,
que aunque la vida su afición me cueste,
ha de ser la primera y la postrera?
¿Qué es esto, Famio? ¿qué desmayo es éste?
¿háceslo adrede? No, que estás muy frío.
¿Hay algún Dios que su favor te preste?
Recuerda, Fanio. ¡ Oh Ninfas deste río,
venidme á socorrer un caro amigo,
porque no me castigue el error mío!
Recuerda ya, los Dioses sean contigo,
mira que lo que dije fué burlando,
y ahora es verdadero lo que digo.
FANIO
¿Yo muero, ó vivo, ó veo, ó estoy soñando?
¿qué ha sido, Liria? L, A lo que entiendo,
ibaste con el sueño transportando;
Que como yo te estaba persuadiendo
que te dejasses de tan vana empresa,
con el placer quedást^te durmiendo.
FANIO
Más que esso, Liria, á lo que entiendo pesa:
paréceme que me ponías un caso
donde el extremo de miserias cesa.
liria
De esso, pastor, no hagas mucho caso,
si le haces de mi, porque son cosas,
que en efeto las digo y no las passo.
44$
ORÍGENES DE LA l^OYELA
Mas porque son raeones peligrosas,
estas qae aquí passamos, quiero irme,
qne bien bastan dos horas para ociosas.
FAHIO
Yo de ti j de la yida despedirme,
que aqueste laxo acabará mis días
si como tá se me mostrare firme.
LIBIA
Mira, pastor, no hagas nifierias,
que para verme y aun para hablarme
no faltará lugar más de dos dias.
FANIO
Esso, pastora mía, ¿es engafiarme?
LIBIA
Es gran llaneza. F, Y aunque no lo
bien bastará para resucitarme.
sea.
LIBIA
Fanio, lo qne yp digo se me crea,
y forzada me Yoy de aquí tan presto,
adiós. F. El haga que otra rez te vea.
Publicar tanto bien, ¿seráme honesto,
ó á poderlo callar, seré bastante?
¿A quién iré que me aconseje en esto?
DBLIO
Tu verdadero amigo está delante.
FAVIO
;0h, caro Dblio mío, y cómo atas
mi voluntad con lazos de diamante!
¿Fuistete ó hasme oído? D, Mal me tratas.
('Irme tenía viéndote en tal punto?
FANIO
¿Pues dónde estabas? />. Entre aquellas matas.
Con tu desmayo me quede difunto,
pero decirte mi placer no puedo
viendo á Liria en valerte tan á punto.
Bien quisiera salir, mas tuve miedo
de darte sobresalto ó descontento,
y entre pena y placer me estuve quedo.
FANIO
¿Pues hizo en mi desmayo sentimiento?
DELIO
Tú como transportado no lo viste;
mas cree de mí, que la verdad te cuento.
Que se mostró tan alterada y triste,
que comenzó á pedir al cielo ayuda,
y mesuróse cuando en ti volviste.
Sabe disioiular, como es sesuda,
mas de quererte como tú la quieres,
no tengo yo (ni tú la tengas) duda.
PAVIO
Ya yo sé, Delio, qae á doqaii
ó tus consejos fueren admitidos,
no faltarán contentos j f^acerea»
qoefnei
DKLIO
Essos tengas de Libia moy cumplidos,
aunque en lo que quedaste aqni hablando
cuando se fué, ofendiste á mis oídos.
No sé qué te decias» no bastando
á cerrar en tu pecho la alegaría,
ora el callar, ora el hablar dudando.
Pues mira qué consejo te daria,
que, en lo que toca á Amor, antes rebientos
que confieses agora qne es de día.
Bien pareces sencillo, paes no sientes
cuánto debe excusar el hombre saino
la envidia y la malicia de las gentes.
Al qne te arrima dulcemente el labio
no le fíes el dedo, que á tu costa
podrá ser que conozcas su resabio.
Porque la fe del mundo es tan angosta,
tan ancha y prolongada la malicia,
que la virtud escapa por la posta.
Aquel que te hubiere más caricia,
si te escudrífia con industria el pecho,
cree qne tu mal y no tu bien codicia.
Los bienes que el Amor te hubiere hecho,
Fanio, tesoros son de duen de casa,
cállalos, y entráronte en buen provecho.
Y aquel refrán, que tan valido passa,
que pierde el bien si no es comunicado,
no atraviesse las puertas de tu casa.
Calla con el amigo más fundado,
que en prisión, en discordia ó en ausencia,
no te arrepentirás de haber callado.
Sabe que es general esta dolencia,
entre la gente moza respetarse
amigo á amigo sólo en la presencia.
Que ya hemos visto alguno, por fiarse
de un gran amigo, hecha su jomada,
pensar que es todo un tiempo, y engañarse.
Y algano vi con suerte confiada,
lleno de vanagloria en sus favores,
después hallarse un nido con no nada.
Y cuando la ocasión destos temores
cessasse (que ¡mpossible me parece),
por ley han de callar los amadores.
Y en lo que ahora de tu bien se ofrece,
no te descuides, menos te apressures,
que lo extremado apenas permanece.
¿Qué me respondes, Fanio? F. Que no cures
de decir más, que poco daño temo
con tal que tú por mi salud procures.
Demás que siempre huigo yo el extremo,
y callo bien, como si fuesse un canto,
y de mi hermano en mi afición blasfemo.
k
BL PASTOR DE FILIDA
447
DBLIO
Üumple que assi lo hagas; j con tanto
Yoj, qae tengo lejos el abrigo,
ísdobla la noche apríessa el manto.
r porqae pienso Incgo dar conmigo
ú monte de pino, á las paranzas,
date en paz. F, Y yuya Dios contigo.
DBLIO
iWk te ayén con ranas esperanzas, . •
aunqae se maestra tn fortuna mansa,
Ká te arrastrarán tos confianzas.
FAMIO
>elio me espanta cómo no descansa,
opa con quien ha de respetarle,
i habla tanto, que, aunque bueno, cansa;
yo lo estaba casi de escucharle.
Üon tales afectos representaron los discretos
itores, que á los oyentes no les parecia re-
scntacion, sino propio caso, y aunque agrá-
á todos, á FiLiDA Inucho más, porqae sa'uia
s por entero aquella historia. Liria era su
iga y Fanio y Delio muy conocidos de to-
i, y assi, estuvo con gran atención desde el
ncipio hasta el cabo; que le hizo gran donai-
verlos despedir murmarándose, y agrade-
udo á los pastores la curiosidad con que la
reten ian, pidió á Sasio que rematasse la fíes-
el cual, las manos en la lira y el pensamien-
en Silvera, pastora gentil, á quien nueya-
nte amaba, cantó con gran dalzura aques-
versos suaves:
SASIO
Esto que traigo en mi pecho
no puede ser sino amor,
pues me siento en su rigor
agraviado y satisfecho;
yo oso en la cobardía
y en el osar me acobardo;
¿qué me guardo,
si la nieve que me enfria
es el fuego en quo me ardo?
Guardóme de tal manera
que me guardo del contento,
pues la causa del tormento
fué mi ventura primera.
Amparóme con mi ofensa
porqae sé que aunque más pene,
me conviene
no hacer jamás defensa
sino al bien que sin vos viene.
En la empresa comenzada
no puedo faltarme gloria,
pues la primera vitoria
de mí la tengo alcanzada;
que aunque la pena contina
mi juicio desconcierte,
es de suerte
que estimo por medicina
lo que me causa la muerte.
En tan rabioso combate
bien se verá á lo que vengo,
pues por vencimiento tengo
ser vencido y. sin rescate;
porque, pastora, quedé
en lugar donde bonanza
no se alcanza,
que en los brazos de la fe
se desmaya la esperanza.
El que más se guarda y mira,
más en vano se defiende,
pues vuestra terneza prendo
y ejecuta vuesta ira,
y pasa tan adelante,
que entiendo en el daño fiero
de que muero,
aue sois hecha de diamante
ó pensáis que sois de acero.
Trayo comigo guardado
licor para mi herida,
un sufrimiento á medida
de vuestro rigor cortado,
que aunque en el alma me daña,
prestaiMio á vuestra aspereza
fortaleza,
crecer paede vuestra saña,
mas no menguar mi firmeza.
El suave son de la lira, la dulzura de la voz,
la harmonía de los versos faé tal, que echó el
sello á todo lo passado, y habiendo Filida he-*
cho traer de sus cabanas una curiosa caxa de
ébano fino, allí en presencia de todos la abrió,
y sacando della ricas cacharas de marfil, cuchi-
llos de Damasco, peines de box y medallas de
limpio cristal, con gran amor lo repartió de su
mano, y los pastores, con gran alegría recibieron
sus dones, salvo Filardo que no había cosa que
le pudiesse alegrar, y assi él solo triste y todos
los demás contentos, salieron á la ribera con
la hermosa Filida, y por la orilla del cristali-
no Tajo se anduvieron recreando. ¡Oh, quién
supiera decir lo que aquellos árboles oyeron !
porque Siralvo y Florela gran rato estuvieron
solos; Finca y Alfelio lo mismo; Pradelio y
Filena, por el consiguiente. Pues Sasio y Ar-
siano, Campiano y Mandronío, bien tuvieron
que hacer en consolar á Filardo, y la sin par
Filida, como señora de todo, todo lo miraba y
todo lo regía; hasta que el sol traspuesto forzó
á todos á hacer otro tanto. A Filida acompa-
ñaron los dos maestros del ganado y sus pas-
toras, Celia y Florela, y á Filena los demás,
porque assi Filida lo ordenó; sólo Filardo,
44S
0BIGE2^S DE LA XOVELA
r'jaAfj cttá* pon aSi gnajeala. pv diTeivate
'i d«tt<^ evento, om nao detmoÍDO dcs-
r ri b> j fl(n> ^«e iBWibira lo erté, podñ
QUISTA PARTE
BKl. riBTOE B( riLIDA
So <s powSrfe que á todoa agrade d
l«a áfbolea r ím hieritaa; ■!■■ ja Mhfn
tac srira* fofrMi digna* de raoaar en Ua ore-
jas de kia «ónaolea: la difereaeia «s aalír d «od
de la sampofia de Trtíro ¿ de la mis: ana esto
tieae n d^acnrato, que de nás j menoa te or-
dena d nmiMlo, tan aína hallaremoa qníen oja
el tamboril de Baeo eooio la lira de Apolo.
Hare una coaa difimltoAa para mí, pero Uc3
país tuloa, que aera paaaar en lüencio lo qoe
noa qneda del florido Abril j del tico j defn-
toso Majo, dod3e nneatroa pastores entre sos
bíenea j itu males eon Fortona j Amor, per-
diendo j ganando, passaron coaaa dignas de
mal coenta que la qne jo agora hago. Pociqne
Pradelio j Filena en este tiempo, entre macho
dnizor, hallaron mucho acíbar, d pastor celoso
j perdido j Is pastora apremtsda j coníoaa.
Fanio j Fines fneron creciendo en las volan-
tadea, basta hscerse de dos almas una. Ergasto
j Licio tm}eron i Celio, y hallaron á Silvia
enamorada, no te pnede decir de quién, qne
cnando se sepa, seii nn notable hechizo de
Amor; j lo qne sin ligrimas no podré contar,
aqoella sin par nacida, principio j fin de la ba-
mana bermosnra (qne por estos nombres bien
pnede enteoderae el sajo), oprimids de sn bon-
dad nataral j del conocimiento de en valor,
dex¿ los bienes, negó loe decdoa j despreció la
libertad, consagróse á la casta Diana j lleróse
tras si á 1m montes la riqueza j bermoenra de
loi campos: pnes si cnitado pastor qne mis
qae á si Is amaba, nada naevo la podo llei'ar;
porqae el alma dada se la tenia, pero dexóle en
Ingar de SD dnlciMima presencia nns noche de
eterno dolor j llsnto en qae ocupado passabs
la mezquina vida. No bascaba los montes, por-
qae no osaba; no segnia la ribera, porqae le
afligía; lo mis del tiempo, solo en sn cabafia
entre memorias crueles, esperaba la muerte, y
si slgnna rcz salís, no por la sombra de los ár-
boles ni por Ib trescnra de Isb fuentes, pero por
riscos j collados, donde el sol de Junio sbra-
saba la desierta áreas, sobre ella tendido lla-
maba en vano & la kermoss Filida, t entre
estas lamentaciones, im día, sentado sobre el
tronco seco de an ncebo, repentinamente socó
d niíA que estaba tas olndado. t ki
tierikos j faeiaJoc, qne ae podio» jncgarq
reía, desu saaaen aeonpMfió s«s la^riaai
¿Cnáadod jazmín! iCoándod color de
' con ioa doa elaraa ojoa ceUpaadoa?
iCnándo piensas rvoiper estos nnbladoc
T mosbariMa d día,
FiLiDA. duke mía?
Si en algún tiempo a loa deacwiaolados
aaancilla hubiste, tenia de mí pena:
eesse tan triste aoseneia,
qae en tu presencia la fatiga ea boena.
FiLiDi, lá te fniste, qne de otra arte
estar ansentea no foeía poaatUe,
poiqae aonca de tí jo me apartaia.
Qae ni acidentes de dolor teniUe
BJ pdigros de moerte fueran parte
para partirme de tn dulce can.
Vea, no te muestres á mi ttaat avan:
que si gnsto te diera,
PiUDA, si bien fnera,
entre tigres de Hircania le boacan;
mi mal me haee qne á mi bicsi na arieite
j estando tú escondida,
buco la Tida j topo toa la muerte.
FiLiDA, mira con qoíén riro ausente;
mira de qnién estoj acompañado
j lo qne saco de sn compañía.
La esperanza ligera, d mal pesado,
el bien passado con d mal presente
j el inter^ morir en mi porfía:
mas si JO riesse nn Tentnroeo dia
en que tu rostro riesse,
FtLiDA, annque mariesse
;por cuan riro j dichoso me tendría!
Has aj de mi. qne temo mis qne espen:
temo qne si haj Urdanza,
esta esperanza morirá primero.
FiLiDA, coantas lágrimas enrió,
no son jB tanto porqne no Xe reo
ensato porque jamás espero verte;
no sé si tiene culpa mi desseo,
bien sé qne tiene pena, j jo lo fio,
que si que espera salud, no haj dolor funl
i'qué juzgarías que perdí en perderte.'
Perdí la misma vida,
FiLiDA mis querida,
que en tn ausencia no es rída, sino ninciti
perdí los ojos, qne sin ti los ni^o,
y negarlos conviene,
pues quien los tiene j no te mira es cifgOi
EL PASTOR DE FILIDA
449
FiLiDA, tal quede de ti apartado
cual sin el alma el cuerpo, 6 cual la nave
sin marinero, 6 cual sin sol el día;
muriendo aprendo, ciencia harto grave,
á conocer un buen y un mal estado,
y cuánto ya de un es á un ser solía ;
edificando estoy de noche y día
labores sin cimiento:
FiLiDA el argumento;
y el oficial mi vana fantasía;
mas en hiendo la torre levantada
trazada á mi deseo,
luego la veo por tierra derribada.
FiLiDA mía, consuelo de mi alma,
más agradable que la luz serena
y muy más que la misma vida cara,
¿dónde suena tu canto de sirena?
¿Quién goza tu amistad sincera y alma?
¿Donde se mira tu hermosa cara?
;0h! cuan de veras me ha costado cara
la lumbre de los ojos,
FiLiDA, que mis ojos
de espaldas ven el bien, el mal de. cara,
la triste vida que posseo me culpa,
y ella misma me pena:
sufra la pena quien causó la culpa.
FiLiDA, en tanto que el sereno Apolo
ciñe nuestro horizonte, y entre tanto
que le da cuna el húmido Neptuno,
mis ojos, no en reposo, mas en llanto,
su oficio es llorar solo, y como solo
á solas estas rocas importuno,
exc asome que sepa ya ninguno
vida tan trabajosa.
FiLiDA mía hermosa,
si contasse mis males de uno en uno,
corta sería la vida, el tiempo, el modo,
corto el entendimiento,
que mi tormento no se entiende todo.
FiLiDA, viva 6 muera, llore 6 ría
ó trabaje ó repose, ó duerma 6 vele,
ora tema, ora espere y dude y crea,
ha de estar firme lo que siempre suele,
firme el querer y firme la porfía
del que mirarte y no otro bien desea.
Escrito est¿ en mi alma, allí se lea,
tu nombre y mi des?o.
FiLiDA, allí te veo,
mas haz que con mis ojos hoy te vea;
míralos viudos, tristes y enlutados,
coronados de nieblas,
con las tinieblas por Amor casados.
Ya falta aliento al espíritu cansado
que vencen las passiones,
FiLiDA, y las razones
con mi seca ventura se han helado;
OIlí'JENES DE LA NOVELA. — 29
muero, y si quieres que contento muera,
doquier que estes, señora,
acoge agora mi razón postrera.
Apenas Siralvo puso fin á su afligida canción,
cuando, llamado de un súbito ruido, volvió los
*)jos al monte, y por la falda del vido venir un
ligero ciervo herido de dos saetas en el lado
izquierdo, sangrientas las blancas plumas, y tan
veloz en su carrera, que sólo el viento se le po-
día comparar, y á poco rato que entró por la
espessura del bosque, por las pisadas que el
había traído llegaron dos gallardas cazadoras,
que con presuroso vuelo le venían siguiendo.
Descalzos traían los blancos pies y desnudos
los hermosos brazos; sueltos los cabellos que,
como fino oro, al viento se esparcían; blanco
cendal y tela de fina plata cubrían sus gentiles
cuerpos, las aljabas abiertas y los arcos col-
gando. Pues ahora, sabed que la una destas
era Florela, que juntamente con Filida se-
guía los montes de Diana, y como vido á Si-
ralvo, casi forzada de amor y compa&sión le
dixo: Pastor, ¿has visto por aquí un ciervo he-
rido que poco ha baxaba de la altura deste
monte? Sí he visto, respondió Siralvo lleno de
turbación de ver quién se lo preguntaba. Pues
guíanos, pastor, dixo la cazadora, que las sae-
tas que lleva nuestras son y tuya será parte de
los despojos. No respondió Siralvo, pero ató-
nito y contento tomS la senda del bosque, obli-
gándolas á correr más que solían, y des-
pués que gran rato anduvieron por la espessu-
ra, á un lado oyeron bramar el ciervo, y acer-
cándose á él se hallaron cerca de una fuente,
que al pie de un pino salía, asiendo de la
hierba sobre el agua. Prestamente, Siralvo le
asió por los anchos cuernos y con el puñal le
cortó las piernas, con que quedó tendido al pie
del árbol. Las cazadoras, contentas con la
presa, pidieron á Siralvo que le quitasse los
cuernos y los pusiesse en lo alto del pino en
tanto que ellas se alentaban de la larga ca-
rrera. Poco tardó Siralvo en hacer esto y menos
Florela en hablarle cuando á la compañera vio
dormida. Siralvo mío, le dixo, ¿qué buena suerte
te ha traído por donde yo te topasse? Esa, dixo
Siralvo, mía sola la puedes llamar, si siend(»
tan buena puede ser de quien tan mala como
yo la tiene. Esso me enoja, dixo Florela; viva
Filida y contenta; tú en su gracia, ¿cómo
puedes quexarte de tu suerte? Desde ahora,
dixo Siralvo, mal contado me sería que sé de ti
tales nuevas; pero ausente de su hermrsura y
ignorante de su contento, desesperado del mío,
¿cómo juzgas, Florela, que yo podría estar?
Como tú dices, respondió la cazadora; pero
porque á ti y a Filida no ofendas, te certifico
dos cosas: la una, su gusto, y la otra, tu favor;
I.V;
í»I{!V;EyE> T»E LA N'^VELA
'.'I- r.nri'-a íia h.i» !'i'i ii.U'iurza -n .a «.aiis i dv-
!!• ii. va fi'Uí í-!i '•! •stai" la iiav^. ,'E*ro t** ra-
íl" vi-r >'i l*-!«l;.íl «■''■:i:'« *■ ¡:;i.' Pn* * ««a: .^ -"{n»*
sinii'i'i'' 1*^'^ '^•i'.?^ 'I'.'l á?i:iiia iiiiri'-a ■!•• Filida * •
íiliirtar:. '--t- - i,il«- la Vi-r"!! V l.n la v.-li i ;;*-
t.iiit'- <-rií iii-i/r." ^•■Il f-ira íiirnnr in:s •■•:.>i] •!•■<.
; V «i yi> haL'o. «lix'í I''!"r'!ii. 'j'iv ;a v.a*? Ha-
ría- foiiiiiiifí.. rlix^i S: ral Vi i. ijj.is •¡ij»- ♦•! «■¡.•■i..
jiii' "í !■-» '|»i«* '•! ijj'" i»i"ira fú íii" !•» <lafa«. I*»* <
a!t-L'rat'-. pa-tor. 'Üxo rj<»r' !a, y v.-tv ■•:. I-:!"!»
hor.i, qii'r ni" iiii¡i rra q nielar aquí: mira «jj;»'
r|ii¡' r" - qu'r !'• 'li'/a á F'ilii»a. mM" •!•■ !a irri^:jja
art" >■ I'i «lin*. J>ilí', Fi'ip'ia. lÜx*» el }»a>t"r,
un- a'jM«-lla luisnia vi-ia f\w »-ri virtiil d*- >ns
/ij'i^ Sí- •*ii«'tí'!ita^a, «-stá alinra ^!i ^ii aiisfii'ia.
;<Jfii<* ijjá:^ !'• din*? 'lix'i Flun-la. I>il»* más, d¡x«>
Si ral Vil, íjiií* Sí? fiií' y mo d«'XÓ; y l'a>ta, qiii* «.-lia
¡•alx* Illas tU' lo quí' tú y yo N* {M>di-niiis <l«'i-ir.
I^'» qu" v»'- i'ii mí «'ara li* |ifi'lrás rontar, y ♦■]
l'ií'Il qUi* Illi: linliií'P' '!•* liaí'»T Si-a á tirnipn qil''
apr'iv-' íi'*, porqii»* im* llama la mn»Tt<' muy
afirl--*;!. y aiiri«{i|í* aímra \tnr ti i'iitP't'Midré la
\ ida. si tapias í-ii ''• infirmarla im >«• <jMtf «rá
<!«• mí. P¡í*rd(* r'iiidado, pastnr, dixn Fl«»n'la,
<jii<' y II 1<* t'Muln* coiin» v«Tás: con ht oiial Si-
ralvo -í* partió d^-lla, y por ji'*iisar mí'jnr tMi su
siirí'sso, filtró por \f> más ospi-sso di-l lios(|iii',
í'iitn* tí-mor y «spíTanza, Ih'im de tnrbariüii, y
s<'iitáMdn«í<* í'ii aqiU'lla solrdad smnliría oyó un
inspiro faii th'nio qu'd** juzí^ó ])Mr proprio suy*».
¡Olí, Ho>pir(»s míos, dixo Siraivo, si siTá possi-
M<í qm- al.LíiHi día 11í*iíu»*ís á las orejas d«^ V¡-
i.iri\, v vo'.ntpx, fristí'S ojos, v»*á¡s <*ii los su-
vns vuí'stra lumlip» VíT-ladiTal licNuma A ri»*lo
í'M rst'* solo l'iíMi (Miantns pí'usap^ haoTiu*.*»
Aquí Siralvn quí'íló snspi'iiSM rí»iisi;ro, y ú ]ioco
rato iivó otro sí)sr)iro iiiuv más tirnio, v yol-
vií'iido lo< njos á la part»* donde lial»ía saliólo,
j)or cntP! la rspí'ssura de sus ramas y\n un
l»ul<o íjue no dct^TinÍMÓ si d»» pastor «> di' pas-
tora fui'ss'», y levan laudóse en pie, In más (|u<'do
(jur pudo se t'uó aei'p'ando hastn ll<';r,ir dninje
vido, i'\ rutTpo en la f jiTra y en la mano la me-
xilla, una pastora, en tanto extrem<> híTinosa,
(|U<* s¡ no liul'icra visto la lnTUiosura de Filipa,
aquélla «'stimara por la pr¡m<'ra di'l mundo. Su
Ví'stiíhira liutnildc iTa y «'1 aj»í'p) humild»\ ]n'ri>
su •^U'Ttí'tan extranrdiruiria, qu'» Siralví» qm-íló
admirado. Sus e;»l»!'llí-j, cnirjjos <»n »*llos mis-
mo*í, d«"<pP'e¡jil»an al sol y al oro; el color de su
rostro, v»'Stido ib» leche y sauicre, con una ter-
nura <|ue rcpp'scntaha el all»a cuando nace: su<
ojos eran nci^'ros. rnsLrados, con las ¡icslnñas v
cejas «lí'i color mismo; lu boca v dientes «-xce-
ilían al rul«i y á las finas perlas oriinl:il«s. Tan
nueva eosa le pan-ejó á Siraivo, que sacó el re-
trato d-; \a *;:i p-ar Filipa: mas en viéudoli»,
arT»;Te:iii'i" de lialít-rl»? oj'U-^to á (-eldad ho-
ma'ia. ]*• t'-neí á '-ubrir. t r- rre-^+^ntán Jo«e á 1í
fa*t'-ra I.- d.xo: S sup •♦*>.*• 5 al t¡»-njpo qoi? me
\\r'^>.' á ti, V- ñas i-i qu*? hsLS podido o^iimií"».
!»•• tu iítiui", dixo la pastora. pK*o putídojo
sal-r: d-i uü" i»;* sé d»vir qiio os el peor qw
nun-a luv-'. Si lu Cí-mroja, tlix»! Siralví, m t«l
qu»f un pa>t- ri.on sn$ :uerza.s piiMa remediarla,
dimela, ;;-;íI¡! jastora. qno asjii liall** yo qoi^-ii
f or mi vu-!va «omo tú hallarás ú ii:i. ¿^Jw i*
mii>-v>'. dix-t la pastira. á tanta «.'••rt^-sia ivn
qui-ii I. o r. .no«-.-s.' Parivfin'.*. dixo A past»?r,
qu»' »••» muriio 1 1.1 que iner». •«;♦:•?. Meji«r K* diré ye.
■íix» la pa>t"ra. que es ser tú noble de corazón
y quizá lial-ne visto en nt>-es8Ídad c<.»mo me
ví'o. E^sa d'^»'i* "iiilier. dixo Siralvo. Por ahora,
dixo la past'ira. :io es pos-íiMo: poro yo v.-y ba-
rruntando ijue tú y los tienuis past«.»n-? d*^tas
>elvas V riÍM-ras seréis testiiros des;ie mal v do
p' "Iréis P-m^diarle. Hien ¡Mnini srr. dixo Si-
ralvo; pepi vit iranosoestov do STvirtí». vsi un.*
]iru"i'a*i, liailarnif lias niujá punto. Soy c^^nten-
ta, dixf) la ]i:istora. ;Conoc«'S á Alfi'««, un ^mstor
nui'Xod" esta ribera.* Sí conozí.-o, dix«> Siralví».
I*ui'S bus- -al»', dixo Iapast4»ra. y d¡leqi]enot''Tii:'i
aquí más armas d«» un eayado y un zurri'»n,y qiif
si toibivía me tfm«»,se ira va eonsipro á la .Si-rraM
Fin* -a que li- quite el munlo. A la íiora enten-
dió Siralvo (|u¡én era, mas no qniso haeer d^
mosiracituí, y s!u más detenerse, tomando aqne-
Ilo á su earLTo. dio la vuelta ú su eal»aña, doode
ya Alf'-o b» estaba aiíuaitüindo, triste y piMisa-
tivo. Heno de dolor. Siralvo, pues, aunque o'^n-
fuso. eontento iba v animado en las r)alabras
de Fl(>rela; mas ahora sin tratar nada de si:
pastor, le dixo, ;qué congoja es ésta en r^nde
liallo.' La mayor, dixo Alfeo. qu«" nie pudiVn
venir. Salu» que Andria, en hábito de }>astonL
»•< Venida á buscarme y está en el bosíjuodfl
pino. ;(\muo lo s:\Ih?s, dixo Siralvo? ;C'>mo'
dixo Alfeo. C\nno me ha enviado á llamar.
TanibifMi vo lo se, dixo Siralvo, v te travo nn
recado suyo, porque pasando yo por el iH'-íqne
encontré con ella y preguntándole quién era no
me lo quiso decir, pero rogóme que te diits*?
que estaba sola, sin más armas que el cayado v
el zurrón, y que si assí la temías, llevasseso-'j-
{'v^n á Finca que te quitasse el niiedo. Lucí?
lonoci (|uién era y te vine á dar aviso. Hart)
hemos menester ahora, dixo Alfeo, para i.-.'
errarlo; á ti te bastea tu mal sin ponerte á 1«
ajenos; yo estoy necessitado de consejo y de fa-
vor, y no sé adonde lo halle. Pastt)r, d i x*"» Si-
ralvo, no creas (jue mis passiones han de i*<t«;r-
Imrun' (d buscar remedio á las tuyas; yo qtiiíP
V(dver á Andria y saber della lo qne'quifn\ J
conforme á su intención podremos apero»'l*¡r la
nuestra para lo que mejor te estuviere. Mut
EL PASTOR DE FILIDA
451
bien me parece, dixo Alfeo, y quedándose en la
cabana tornó Siralvo al bosque, y por presto
que llegó, halló con ella á Arsiaiio, que era con
el que ])riniero había topado y había enviado á
llamar á Alfeo, y como volvió tan turbado de
la nueva, volvió luego á la pastora á darle
cuenta de lo que passaba; por parte llegó Si-
ralvo que los dos no le vieron, y gran rat<i es-
tuvo escondido oyendo sus razones. Ella lo
dixo que era una pastora de Jarauía, que se lla-
maba Amarantha, y por cierta adversidad era
allí venida, y Alfeo era un pastor que le estaba
muy obligado, y se admiraba que en el Tajo se
hubiera hecho tan descortés que no viniesse
llamándole. Arsiano le decía que Alfeo no se
osaba apartar de la serrana Finca, y que ningu-
na cosa querría ella mandar que no la hiciesse di
tan bien y mejor que Alfeo. A esto la pastora
replicaba que ninguna importancia al presente
tenía, sino verse con Alfeo en parte donde na-
die lo pudiesse juzgar; que se le truxesse allí si
quería dexarla muy obligada. Arsiano parece
que, pesaroso de apartarse del la, tornó con
aquel recado, y Siralvo que la vio sola llegó con
el suyo; pero el mismo despacho tuvo que Ar-
siano, y assí volvió á su cabana, donde llamaron
á Finea y le dieron cuenta de lo que passaba.
Su parecer, entre mil temores, fué que Alfeo
se escondiesse algunos días y se echasse fama
que se había ido, para que Andria también so
fuesse á buscarle; y cuando Arsiano volvió
certificáronle que Alfeo, en sabiendo la venida
de la pastora Amarantha, se había despedido de-
llos y ídose no sabían adonde. Con esto vol-
vió Arsiano á la pastora, y ella, que amaba y
era mala de engañar, posponiendo el crédito al
enojo, con Arsiano se vino á la ribera donde,
vista su gran hennosura, no quedó pastor ni
pastora que no so le ofreciesse, y ella, agrade-
cida á todos, escogió la cabana de Üinarda, por
consejo de Arsiano, que estaba herido de su
beldad, sin bastar su cordura para dissimularlo,
y assí la noche siguiente, cubierto de la capa
del silencio, tomó la flauta, y puesto donde
Amarantha le pudiesse oir, con estos versos
acompañó su instrumento:
ARSIANO
Si sabéis poco de amores,
corazón ,
agoras veréis quién son.
Esta empresa á que os pusistes,
confiado en no sé qué,
es la que os hará á la fe
saber para qué nacistes;
no os espanten nuevas tristes,
corazón,
pues vos les dais ocasión.
Llevaréis la hennosura,
que os ofende, por amparo,
pues este solo reparo
os promete y asegura
que no os faltará ventura,
corazón,
aunque os falte galardón.
No tan presto Arsiano diera fin á su can-
ción si no sintiera venir por la parte del río un
gran tropel de pastores, y escondióse entre lo
más espesso de los árboles; esperó lo que seria,
y vido llegar al lugar mismo donde él antes
estaba á Sasio con su lira, á Ergasto con la
flauta y á Fronimo con el rabel, y templando
los instrumentos, después de haber tíiñido un
rato, al mismo son Liardo comenzó á cantar
aquestos versos, tomando principio dcsta can-
ción ajena:
LIAIIDO
Donde sobra el merecer,
aunque se pierda la vida
bien perdida no es perdida.
Tal ganancia hay que desplace
y tal perder que es ganar,
que á todo suele bastar
la forma con que se hace;
de tal arte satisface
nuestro valor á mi vida,
que perdida no es perdida.
La vanagloria i!e verme
morir en vuestro s( rvicio
será el mayor beneficio
que el vivir puede hacerme ;
para pagar el valerme
quiero yo poner la vida,
do perdida no es perdida.
])e lo que el Amor ha hecho
no puedo llamarme á engaño,
que si fué en la vida el daño,
en la muerte está el provecho;
si de trance tan estrecho
se aparta y libra la vida,
es perdida y mas perdida.
Ser la vida despreciada
si en la muerte no se cobra,
bien se conoce que es obra
sobrenatural causada;
á vos sola es otorgada
tal potestad en la vida,
8i es perdida ó no es perdida.
Mal se les hace esta noche á los nuevos
amantes su propósito, que si Arsiano fué im-
pedido, á la primera canción de Liardo, Liardo
lo fué de la misma suerte, porque apercibién-
dose para la segunda, de la parte del soto co-
menzó á sonar una flauta y tamborino, y espo-
452
ORÍGENES DE LA NOVELA
rando qaieii fucsse llegó Dauíon, que ora el que
tañía, y con él Barcino y Colin, grandes apas-
sionados de Dinarda. Poco se l«'s dio que los
demás pastores cstuviessen junto á la cabana,
antes llegándose á ellos, Barcino los desafió á
bailar, y Fronimo (que no era menos presumi-
do) salió al desafío, y aunque al principio co-
menzaron á nombrar grandes precios en su
apuesta, al cabo acordaron que se Í)ailassc la
honra. Pusieron por juez á Sasio, y aguardan-
do que passasse una nube que los inipeilía la
luna, apenas mostró su cara clara y redonda
cuando Fronimo comenzó un admirable zapa-
teado, que el t^imborino tenía que hacer en al-
canzalle: acabó con una vuelta muy alta y za-
pateta en el aire que fué solenizada de todos;
y á la hora Barcino, qu»? ya tenía las ha das en
cinta y las mangas á los codos, entró con gen-
til compás bailando, y á poco rato comenzó
unas zapatetas salpicadas; luego fué apresu-
rando el son con mudanzas muchas y muy nue-
vas, y cuando quiso acabar tomó un boleo en
el aire con mayor fuerza que maña de arte, que
por caer de pies cayó de cabeza. Su dolor y el
polvo y la risa de los pastores fué causa de co-
rrerse Barcino, de manera que si Sasio no le
animara se alborotara la fiesta, y pidiéndole
que juzgasse les dixoque sabían que el premio
era la honra, y el uno la había hallado en el
aire y el otro en el j)olvo, que pues assí era toda
la del nnmdo, ambos quedaban muy honrados.
A este tiempo ya Arsiano se hal»ia mezclado
con ellos, cansando de estar escondido, y vién-
dose juntos Sasio y él, unas veces ellos can-
tando y otras Danión tañendo, passaron la ma-
yor parte de la ntxrhe. ;l)es«'ó saber si Ama-
rantba y Dinarda los oían? Sí, sin duda, por-
que? Dinarda acostumbrada estaba á oírlos; y
Anianintha, auníjue triste, no por esso seria
desconversable. Jdos los pastores, las dos vol-
vier<)n á sus consejas, que desde el principio de
la noche las tenían conienzailas: su resolución
fué que Amarantha se viesse con Finca y á
Arsiano se le encomendassc «jue buscase á Al-
feo donde quiera que estuviess«\ Con esto (sa-
liendo de la cíibaña) vieron los más altos mon-
tes coronados del vecino sn], y oyeron las aves
del día saludando la nueva mañana. Todo para
Amarantha era tristeza v desconsuelo, v no sé
si igual la gana dt» hallar á Al feo y de ver á
Finca. En fin, los dos, ^¡n más compañía, en-
derezaron á su cabana, donde la hallaron no tan
alegre como otras veces pudieran; pero dissi-
mulando lo más que pudo, las recibió con gra-
cioso semblante. Era dist-rct^i Finea y no me-
nos heruK'sn, y assí se lo ]íarcci(') á Ainaran-
tlia, y !•' dixo en viéndola: ^luy hermosa eres,
serrana. Al menos muv serrana, dixo Finea.
La cí.»r.J:ción, dixo Amarantha, no sé vo si lo
es, mas la cara de sierra. Lo uno j lo otro, dixo
Finea, fué criado entre las peñas do apenas
las aves hacen nidos. ¿ Y quién te troxo att.'
dixo Amarantha. .Qnien te podría llevar illi.
dixo Finea. De esso me guardaré yo, diio
Amantha; pero dime, serrana, ¿donde eslá.Vl-
feo? Como es grande, dixo Finca, para xrwrfc
en la manga, no te lo sabré decir. A estar ée
gana, dixo Amarantha, gustara de la respnesti:
pero dime, serrana, ¿6al>es cómo es Alfeo fu-
gitivo.* No, dixo Finea; pero sé que la eausí de
serlo le podría desculpar. Essa, dixo Amaran-
tha, yo te la diré: testigo me es el cielo qne m
se la di; porque si dexé de acudir á su contento
no fué por falta de voluntad, sino por luás? no
poder: y cuando pude ya no le hallé, y igora
cansada de esperarle, olvidé honra y vida. y.
como ves, le vengo á buscar: pues no será ri-
zón que tú me usurpes mi contento. Yo, dixo
Finea, muy poca parte soy para esso: homb^»
es Alfeo que sahrá dar cuenta de si y tú ma-
jer que acertarás á tomársela; quiérate él pa-
gar las deudas que publicas, que jo os senip
de balde á entrambos. Por mas cierto tengo.
dixo Amarantha, serviros yo á los drs; peroys
que no te hallas parte para lo que he üioho.
seilo siquiera para que yo le hable. Haz tú h
que yo hago, dixo Finea, cuando quiero ver-
le, y no habrás menester rogar á nadie. t"Quó
haces? dixo Amarantha. Buscóle, dixo Finea.
hasta que lo hallo. Yo estimo en mucho el o^n-
sejo, dixo Amarantha, y assí le pienso tomar:
adiós, serrana. Adiós, pastora, dixo Finea, t
quc»dándose en su cabana, ellas guiaron á la do
Siralvo, donde entendieron hallar á Alfeo: pero
como allá llegaron, Siralvo muy cortésmenw
las recibió y les dio la entrada franca, para qoe
se assegurassen de que no estaba allí. Ya íd
esto iba el veneno creciendo en el pecho d»*
^Vmarantha, porque estaba muy fiada que on
viéndola Alfeo sería lo que ella quisiesse; y
como veía que este medio le iba faltando, la pa-
ciencia también le faltó, y vuelta á la calaña
con Dinarda, soltó la rienda al llanto y al do-
lor» sin ser parte Dinarda para su consuela ni
la continuación de nmchos caudalosos pastun-s
que, vencidos de su beldad, de mil maneraí pro-
curaban su contento. Assi passaron alijun;^
días sin que Alfeo saliesse donde ella lep--
diesse ver; pero pareciéndole que el encerra-
miento iba nuiy largo, determinó de salir o«»
licencia de Finea, que aunque temerosa de U
hermosura de Amarantha, pudo más la cc-v
fiunza de su amador. Muchas veces Amaran-
tha V Alfeo se toi>aron v estuvieron á razoaes
solos y acomj)añados; pero siempre Finea Uto
la mejor parte, y no por esso Amarantha cefSi-
ba en su porfía. ¡(Mi cinintas voces se arix-pií--
tió de su mal término passado, y cuáuta?í qai-
EL PASTOR DE FILIDA
453
siera que so abriera la tierra y la tragara! Tal
andaba Amaraiitha, que muchas veces se quiso
dar la muerte, y tal andaba Arsiano por su
amor, que á sólo ella se podía comparar: que
aunque otros muchos comenzaron, ninguno con
las veras que di prosiguió. Yo le vi una vez
(entre otras) solo con ella en la ribera, tan des-
mayado y perdido que quise llegar á darle ayu-
da, pero cuando volvió en sí, viendo los ojos de
la hermosa pastora que (en nombre de Al feo)
vertían abundantes lágrimas, sacó la nauta y al
son della con gran ternura les dixo:
ARSIANO
Ojos bellos, no lloréis,
si mi muerte no buscáis,
pues de mi alma sacáis
las lágrimas que vertéis.
Esse licor que brotando,
de vuestra lumbre serena,
va la rosa y azucena
d'.'l claro rostro bañando,
ojos bellos, no penséis
que os agua que derramáis,
sino sangre que sacáis
do esta alma que allá tenéis.
Ya que el ajeno provecho
me hace á mi daño tanto,
al menos templad el llanto,
ya que vivís en mi pecho;
si no con él sacaréis
las entrañas donde estáis,
pues dolías mismas sacáis
las lágrimas que feriéis.
Do aquestas gotas que veo,
la más pequeña que sale,
si se compara, más vale
que todo vuestro deseo.
Ya yo veo que tenéis
pena de lo que lloráis
y culpa, pues derramáis
lágriuias que no debéis.
Ojos llenos de akgria,
entended que no es razón
que otro lleve el galardón,
de la fe, que es sola mía;
agraviad, si vos queréis,
al alma que enamoráis,
mas mirad que si lloráis,
alma y vida acabaréis.
Palabras eran éstas con que Amarantha se
pudiera enternecer si no tuviera toda su ternu-
ra sujeta á tan diferente causa; mas ahora no
hicieron en ella más que en los peñascos duros.
¡Oh, gran tirano do la humana libertad! ¿Es
possible que, siendo Amor, permitas que uno
muera deseando lo que otro desecha, y que sea
tan ílaco el hombre que no sólo se rinda, pero
te dé lazos con que le ates, armas con que le
hieras y veneno con que le atosigues las heridas?
Rómpase el cielo y caya una ley que borre todas
las tuyas; no venga escrita, que perecerá, sino
de mano oculta so injprima en tu voluntad,
para que con solo un ñudo ates dos corazones,
y cuando se rompiere, ambos se suelten, que
quedar uno riendo y otro llorando no es reli-
quia de amistad, sino de mortal desafío; mas,
¿cuándo podrá cumplirse este deseo? Assí te
hallamos y assí te dexaremos, Amor. Bien poco
ha que vimos á Al Feo morir por Andria, á Fi-
nca por Orindo, Silvia por Celio, Filardo por
Filena, y á Filena y Pradelio amándose tan
contentos. Pues mirad del arte que están aho-
ra: Alfeo y Finea se aman, y Andria llora;
Silvia y Filardo, amigos; Celio olvidado; Pra-
delio y Filena combatidos de irreparable tem-
pestad, donde la fe de Filena y la ventura de
Pradelio, con el agua á la boca, miserablemente
se van anegando. Llevó el cniel destino á la
cabana de Filena á Mireno, rico y galán pastor,
en fuerte punto para Pradelio, porque enamo-
rado della y continuando su morada, y persua-
dido de L irania, deudo suyo, y de la persona y
hacienda de Mireno, Pradelio iba á mal andar,
y cada día peor, pero con un corazón valeroso
dissimulaba su mal. Pues como llegasse el día
que se celebraba la fiesta de la casta Diana,
donde se habían de juntar los pastores de la ri-
bera y las ninfas de los montes, ríos y selvas,
Pradelio la noche antes, solo al pie de un roble,
estaba enajenado de sí, cuando un buho puesto
sobre el árbol, con su canto llenó do amargura
el pecho del pnstor, y queriéndose alentar can-
tando, los grillos no le daban lugar; y no eran
grillos, que en el temblor de la voz los hubiera
conocido, y si alacranes fueran, en el silbo breve
lo pudiera entender, y si al>ejarrones, en el ruido
prolongado: donde creyó Pradelio que el son
estaba en sus oídos, y retirado á su cabana,
llegaron sus mastines mordidos de los lobos, y
calentando sus zagales aceites para curarlos, la
cabana se comenzó á quemar. En reparar estos
daños se passó la noche, aunque el principal no
tenía reparo. Y ya que aparecía la hermosa ma-
ñana, más benigno el cielo, oyó Pradelio el son
de dos suaves instrumentos acordados, una lira
y un rabel, y atentamente escuchando, conoció
ser los pastores Bruno y Turino, que á poco
rato que tañeron, sobro estas dos letras aje-
nas comenzaron assí á cantar á su propósito:
TCniNO
Sembré el Amor de mi mano,
pensando haber galardón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
454
ORÍGENES DE LA NOVELA
Aré con el pensamiento
y sembré con fe sincera
semillas que no del)iera,
llevar la lluvia n¡ el viento;
reguélo invierno y verano
con agua del corazón,
y cogí (le cada grano
mil manojos de passtón.
Era la tierra moreno,
que el buen fruto sutle dar,
y cuando quise segar
hállela de abrojos llena:
probéla á escardar en vano,
y bajé la presunción,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Torné de nuevo á rompella,
por ver si rae aprovechaba,
y cuando el fruto assomaba,
vino borrasca sobre ella,
que quiso el Tiempo tirano
que no llegasse á sazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Aunque ella vaya faltando,
no ha de faltar la labor,
que como buen labrador,
pienso morir trabajando;
todo se me hace llano
por tan valida intención,
aunque me de' cada grano
mil manojos de passión,
BRUNO
Con Amor, niño rapaz,
Wí burlando ni de veras
os pongáis á partir peras
8¡ queréis la pascua en paz.
Por verle niño pensáis
que está la vitoria llana,
burláis del entre semana,
mas la fí sta lo pagáis.
Convertíseos ha el solaz
en fatigas lastimeras.
Sobre el partir de las peras
perderéis sossiego y paz.
Yo me vi que Amor andaba
tras robármela intención,
y mirando la ocasión
del y della me burlal)a;
fué mi confianza el haz
dondíi encendió sus hogueras,
el fuego el partir las jyeras
y la ceniza mi paz.
Prometióme sus contentos,
y al fin vencióme el cruel,
y fui perdido tras él.
Cuando me daba tormentos.
llamóme y fui pertinaz
á las demandas primeras,
una vez partimos peras
y mil me quitó la paz.
Ya que estoy desengañado
tan á propia costa mía,
su tristeza ó su alegría
no se arrime á m¡ cuidado;
para las burlas capaz,
inútil para las veras,
otro le compre sus ptras^
que yo más quiero mi paz.
Tanta fué la dulzura con que los pastor»
xeron sus cantares, que Pradelio suspt-ndi
poco su tristeza, y con pesar de que tan y
acabassen, salió á ellos y con mucha con
sentándose entre los dos, les pidió que toi
sen á su canto, y ellas, con no menos ami
lo otorgaron, y con otras dos letras viejas
naron á su intención, como primero.
TCRINO
t'En qué pueilo ya esperar,
pues á mis terribles daños
no los cura el passar años
ni mudanza de lugar?
Para el dolor, que camina
con mayor furia y poder,
tiempo ó lugar suelen ser
la más cierta medicina;
todo ha venido á faltar,
en el rigor de mis daños,
ponjue crecen con los años
sin respeto de lugar.
Sieinlo el tiempo mi enemigo,
¿cómo querrá defenderme?
(Qué lugar ha de valerme,
si me llevo el mal conmigo?
Bien puedo desesperar
de remedio de mis daños,
aunque gastasse mil años
en mudanza de lugar.
No hay tan cierta perdición
como la que es natural,
ni enemigo más mortal
que el que está en el corazón;
pues, ¿qué tiempo ha de bastar
para reparar mis daños,
si son propios de mis años
y es el alma su lugar?
No está en el lugar la ]H»na
ni tiene el tiempo la culpa;
mi ventura los desculpa,
y ella misma me condena:
la voluntad ha de estar
enterneciendo mis daños,
pues aunque passen más años,
serán siempre en un lugar.
EL PASTOR DE FILIDA
455
BRUNO
No me alegran los placeres
ni me entristece el pesar,
porque so suelen mudar.
Los gustos en sa reñida
tengo por cosa passada,
porque es siempre su llegada
víspera de su partida,
y en la gloria más cumplida
menos se puede fiar,
porque se suele mmlar.
Puede el pesar consolarme
cuando viene más terrible,
porque sé que es impossible
no acabarse ó acabarme,
y aunque más piense matarme
no pienso desesperar,
parque se suele mudar.
En la perseverancia del tiempo, verdad canto
irino, que después que él amai>a á Filis, el
cer planeta cuatro veces había rodeado el
inte cielo, y en la mudanza del lugar lo mis-
), porque después, si os acordáis, que estos
3 pastores otra vez cantaron en compañía de
isa. Filis y Galafron, Mendino y Castalio, á
orilla de un arroyo, Turino, con despecho y
lor se ausentó de la ribera: pero viendo que
mal no cesaba aún y el remedio se hacia más
possible, volvicsse al Tajo y allí passaba su
la amargamente, siempre en compañía de
uno, que aunque eran tan diversos en aque-
opinión, en todas las demás se conformaban,
)0T la mayor parte los hallaban por la sole-
1 de los campos 6 los montes, huyendo Tu-
o de cansar á Filis y temiendo Bruno hallar
a que la pareciesse, pues agora, como la ma-
tia se declaró, Pradelio, forzado de ir á la
>ta de Diana, con agradables razones se des-
lió destos amigos, y confuso y lastimoso,
isiderando el mal que tenía entre manos,
uó el camino por una fresca arboleda de po-
5 y chispos y otras plantas, donde las maña-
■; muchos paxarillos solían, dulcemente can-
ido, alegrar á quien passaba; mas entonces,
señal de descontento, sin parecer ave que
.nea fuesse; las verdes ramas, que de unos
i otros árboles solían apaciblemente abra-
•se, estaban apartadas y sin hoja, de suerte
e el sol pudiera hallar entrada y con sus ra-
f? calentar las aguas de un manso arroyo,
e desde el Tajo por entre ellos corría, todo
señal de la desventura de Pradelio, el cual,
:í caminando, ovó cantar á la celosa Ama-
itha, cuya dulzura enamoraba el cielo y pare-
que con tal deleite se iba clarificando; mas
i que vio al pastor, vergonzosa y turbada,
ió colgar al cuello la zampona con que á ra-
tos tañía, y assí á un tiempo cessó su son y
su canto; pero Pradelio, necessitando de entre-
tener su mal de cualquier suerte, llegándose á
ella, le dixo: Hermosa Amarantha, assí el cielo
te haga tan venturosa como gentil y discreta,
que no cesse tu comenzado cunto; antes tor-
nando á él muestres tu grande amor y la mu-
danza de Alfeo, porque ya todos sabían los ca-
sos destos pastores, y ella, vencida del dolor,
sin guardar ia ley de su respeto, como un pas-
tor aficionado usaba de libertad en sus quere-
llas, y assí Pradelio se atrevió á pedirle que
cantasse á propósito desta historia, y ella, que
no era menos cortés que enamorada, sin más
ruego comenzó á tocar su zampona, tras cuyo
son suavemente dixo assí sus males:
AMARANTHA
Agua corriente serena,
que desde el Castalio coro
vienes descubrieuilo el oro
de entre la menuda arena,
y haces con la requesta
del verde y florido atajo,
parecer que está debajo
una agradable floresta.
Más bella y regocijada
en otras aguas me vi;
ya no me conozco aquí
según me hallo trocada,
y assí no pienso ponerme
á mirar en ti mi arreo,
pues cual era no me veo
y cual soy no quiero verme.
De mi parte estaba Amor
caando me dexó mortal,
no vive más el leal
de lo que quiere el traidor;
vendióseme por amigo,
fuéme señalando gloría
y hizo de mi vitoria
triunfo para mi enemigo.
No quiero bien ni esperanza
de quien á mi costa sé
que tuvo en menos mi fe
que el gusto de su mudanza;
pero en tanto mal me place
que se goce en mi tonuento,
si puede tener contento
quien lo quí» no debe hace.
Contigo hablo, alevoso
Amor, que si tal no fueras,
de mis ojos te escondieras
de ti mismo vergonzoso;
mas en daño tan sin par
claro se deja entender,
que el que lo pudo hacer
lo sabrá dissimular.
456 . ORÍGENES DE
Qoerrás qaizá coudenariDe,
qiie merezca» djí [>a3giÓQ:
pije« sal^s l'ien la razón.
C'^*nfiiérjt€'üie disculfiarnie:
qni«'^ aniar v gf r amada.
[Kfro fortuna ordenó
qae la fe qae uic sobró
in? ten^a va condenada.
('Quien iazgará las centellf^s,
dinje. Aifeo. en que rivias,
viendo va la£ brasas mías
y á ti tan Ijelanio en ellas?
Tempestad fné ta dolor,
menos qae en agaa la sal,
pues no quedó de tu mal
cosa que parezca Amor.
Dime qué hice contigo,
6 lo que quieres que haga,
pues en lugar de la paga
me das tan duro castigo.
Tu Tcluntad se me cierra
cuando me ves que me allano*.
;tu corazón es serrano
que assí se inclina á la sierra?
No t<.»ngo celr>s de ti,
ni tu desamor se crea
que es por amar á Finca,
mas por dcfsamarme á mi;
quejarme della no quiero
pf>rque tú me vengarás,
que presto la dexarás
si no te dexa primero.
;Mas, ay, que un tigre sospecho
que cu mis entrañas se cria,
que las rasga y las desvía
y las arranca del pecho,
y un gusano perezoso
carcome mi corazón,
V vo canto al triste son
de su diente ponzoñoso I
V confieso que algún día
me sobró la confianza,
mas si no hice nmdanza
perdonárseme debía;
muera quien quiera morir,
V como lloro llorar,
que en esto suele parar
el demasiado reír.
Sólo aquel proverbio (pilero
por consuelo en mi quebranto,
pues en tan contino llanto
le hallo tan verdadero:
las abe judas, de flor
jamás tuvieron hartura,
ni el ganado de verdura,
ni de lágrimas Amcjr.
Los tiernos metros de la pastora Aniarantba
no sólo á Pradelio dieron contento, pero á otros
LA yOVELA
mach'^ que le escucharon, y por no miajilk
apartados del manso arroyo p*3r entre las plaih
tiis Sé iltan deteniendo: al fin de los cuales lle-
garon á la falda de nn fresco montecüio, donde
ol siti> de Diana comenzáis. Y en él Tieronal
pastor Alfeo que. en compañía de otros caai-
naf« al templo de la diosa; aqni qaedó la Tat-
cida Amarantha casi niaerta. v sin alzar 1»
ojos de la tierra dixo: Macho qoisiera, pastor,
acompañarte y dar á Diana loa debidos loons,
pero ya ves coán mal se me ha ordenado: poe^
yo no puedo vivir donde Alfeo estoriere, ann-
qne él sea mi propia vida v contento; mira
si mi dolor es grave y mi ventura ligera, potf
temo lo que deseo, y siendo aquella presendi
la cosa que yo más amo, tantas reces la excoso
cnantas puedo, como el que hoyesse la luz, me-
droso de ser abrasado della; porque, mi buen
Pradelio. cuando el amador no es desamido
debe seguir contino lo que ama; pero después
que conoce el adverso odio y enemiga, debe
siempre excusar de dar fastidie, porque es lUm
cosa que entonces son las gracias grosserias.li
lK?ldad fiereza y la luz tiniebla; assí qae el abo-
rrecido por donde mas gana es buen callar j
retraimiento, que nunca mejor me hallo qw
cuando sola llorando de mi misma me qaerr^
lio: por eso te ruego que, dexándome, te vis, y
si á Alfeo de mi mal hablares, antes le cuentes
mancillas que proezas, que aquellas creerá j á
estotras dará la poca fe que siempre ha dsda
Esto decía Amarantha con tantas lágrimis,
que para ayudarla Pradelio, sólo bastara cual-
quier movimiento de su lengua, y assí, forzado
desto, sin más respuesta que mirarla tierna-
mente, se partió della tan enemiis^o de nnen
compañía, que desando el camino derecho entió
per una angosta senda que más de una milla se
alargaba, y j)or ella apresurándose vino á rodear
el templo que estalxi en un valle escondido, no
edificado de cedros ni de cipreses, pero de súlo
laun^lesy fresca murta y no cortados: pero assí
desde sus troncos, los ramos entretejidos y las
bojas añudadas que por ninguna parte podía el
sol entrar, salvo por la que con artificio se ap»-
taban. En medio del estaba la imagen de la her-
mosa Diana, de mármol resplandeciente; caían
sus caliellos hasta la cinta, y en las blancas na-
nos su arco y saetas con la pendiente al}al»a,todo
de fina plata, cristal y oro; estaba cercada de
bultos de castas ninfas con las mismas anuas
de cazadoras: unas desnudas, sólo cubiertas
con sus luengos cal>ello8; otras entre flores,
tendidas, como fatigadas del presuroso curso, y
otras vestidas de ricos paños, hinchendo de
contentamiento el sacro templo, en el cual por
un lado y otro había clavados muchos despojos,
cal»ezas de jabalís, cuernos de ciervos, redes,
arcos, cepos y otros instrumentos de la gene-
EL PASTOR DE FILIDA
457
rosa caza; tenia dos altas puertas de maraTÍlloso
artificio abiertas, y cerrábanse con dos laureles
que, puestos en dos vasos grandes de tierra co-
cida, y allí bastantemente cultivados, se podían
quitar y poner cuando importaba. No era este
templo aquel que en la provincia de Jonia es-
taba sobre su fiera Laguna, con ciento y veinte
y siete colunas de rico mármol, parte dellas con
esculturas, parte lisas como el bruñido acero,
sobre las cuales todo el maderamiento era de
labrado cedro y las puertas de oloroso ciprés,
de anchura de doscientos y veinte pies y de Ion-
gura cuatrocientos y veinte y cinco y do alto
cada coluna ciento y veinte, hecho por las ma-
nos de Tesifón y Chersifon en doscientos y
veinte años de tralmjo. Pero creo que si el
nuestro vieran las fuertes Amazonas se excu-
saran de hacer aquél, y el maldito Herostrato
no se moviera á quemarle como el otro. Dejé-
mosle y hablemos del presente, el cual, en el
ancho pedestal de la bella Diana tenía, de me-
nuda talla, las otras seis maravillas de la tierra.
Primero, el espantoso edificio de Babel, he-
cho ó verdaderamente reparado por la antigua
Semíramis; en una parte del cual se veía el
anchuroso campo, lleno de agradables frescu-
ras, y de la otra parti herían las claras ondas
del río Eufrates, acrecentando belleza á las
puentes, alcázares, huertos y jardines que, sobre
arcos, en los muros estaban edificados.
Tras esto estaba e'. fiero colosso ó estatua
de Rhodas, que, aunque no pudo tallarse de se-
tenta codos en alto como él era, á lo menos
mostraban las facciones deste traslado clara-
mente la grandeza de su original; y para ma-
yor muestra muchos hombres de menor figura,
puestos á sus lados, proc^uraban abrazar solo
uno de sus dedos, pero menos podían que los
vivos, en tiempo que este colosso se sostuvo
en alto.
Después, entre la ciudad de Menfis y la isla
del Nilo, Delta, estaba la excelsa pirámide que,
comenzando en cuadro, subía su punta en in-
creíble altura de mármoles de Arabia; no tenía
cada piedra c(»mo ella treinta pies, pero cercá-
banla con extraña viveza los trescientos v se-
tenta mil hombres que tardaron veinte años en
hacerla.
Luego el ancho y alto sepulcro que la ho-
nesta Arthemisa hizo para su caro marido, rey
de Caria, que aunque no pudo dársele en cir-
cuito los cuatrocientos y seis pies, y en alto los
veinte y cinco codos que él tenía, al menos dié-
ronsele sus treinta y seis colunas de extraño
artificio y riqueza, sembrando por todo él pie-
zas de mucho valor y hermosura, y al)rién-
dole con anchurosos arcos al Norte y al Medio-
día, que era su propio asiento. Pero hacia la
parte del Oriente estaba su artífice Escopas, de
su propia labor maravillado, y á la del Septen-
trión Brias tendido como cansado de su larga y
trabajosa jornada, y á la de Mediodía Timotheo
con grande alegría; pero á la de Poniente Leo-
cares como esperando la paga de su trabajo,
junto á la viuda animosa que, más ocupada en
su largo planto, sin respuesta la detiene, acaso
por no ser la obra conforme á su voluntad aca-
bada.
Más la provincia de Acaya en el Olimpo,
entre las ciudades Elis y Pisa, y allí el simu-
lacro 6 figura de marfil de Júpiter, del artífice
Fidias, de riqueza y arte incomparable y no con
menos retratado.
Seguíanse otra vez los huertos pensiles de la
alta Babilonia, y con ellos, frontera á las bocas
del Nilo, de albissima piedra cercada de agua,
la alta y muy costosa Torre de Faros, en cuya
altura se mostraban muchas y grandes lum-
bres dando guía á los presurosos navios que
por la ancha mar iban á tomar puerto.
No faltaba el obelisco de Semíramis, á ma-
nera de pirámide, salvo que era todo de una
pieza, y en él por números señalados sus cien-
to y cincuenta pies en alto, y noventa y seis en
circuito, como de los montes de Armenia fué
sacado. Todo lo cual estaba en el último cua-
dro por la variedad de los que dello tmtan,
pero no estaba el antiguo templo de la Diosa,
por no ofender al presente que con tanto cum-
plimiento suplía.
Acababan aquí las esculturas, las pinturas no,
que sobre la una puerta estaba la ínsula Del-
fos, donde Latona, retraída de la fiera serpien-
te, se veía en el parto de la amada Diana, al fin
del cual la misma hija ayudaba á la madre en
el nacimiento de su hermano Apolo; el cual na-
cido se mostraba de tan perfetos matices, que
verdaderamente se juzgara que él daba la luz
al templo.
No era menos agradable el cuadro de la se-
gunda puerta, donde la misma Diana, metida
en su fresca y reservada fuente, había tomado
cierA'o al sin ventura Acteón, al cual sus pro-
pios lebreles rabiosamente despedazaban; y lo
que más era de mirar del sutil artífice, que ha-
biendo pintada una cabeza de perro ferocíssima
se pintó temeroso junto á ella, queriendo ho-
nestamente loar la viveza de su pintura. Aquí
entró Pradelio lleno de pesar, y viendo que la
gente aun no era entrada, imaginó que estu-
viesse en la floresta, y assí se fué allá, que muy
cerca estaba, donde con estudiosa y abundante
mano parecía que la maestra Natura hubiesse
querido señalarse. Eran las flores rojas, blancas
y amarillas casi como rubís y diamantes entre
el oro, y pienso que la esmeralda no llegasse á
la fineza de la hierba; estaba en medio de la
I hermosa estancia una pura fuente de relevado
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ORÍOEXES lE LA yOVELA
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*¡o. i-huiruv/j á '.a: llar ai ^ .'ii d»- su lira •ala
•'•«itiíia:
Faltó I& luz df tu-» iiorrnosos oios.
diik-'r pinina, á los do uii alma triste,
y a«sí qu '"Lirón ^ni í-t-irna iio;hf%
sin l/Uü'rar otro alivio d*r su pf;na,
HÍno la inU'Tt<- qii.- lis fu-ra vida:
;nias ruáiilo If'ñ v-ndrá tan dulce día*
•Si aqiK'sta cui'Uta p'nitita.ss'.? an día
c<;rrando ya mis afiii^ido^ o ios
para prin^-ipiod^' otra nu'^va vida,
v pudi"ssM salir *fl alma trísto
d':sta pr¡*i<í(t mortal d'* inlV'rnal p«fnn,
(•1 >n\ sal- Iría t.w medio d" la noche.
Ka/ón scríu tras tan lari^A n'^.'he,
que apíinr.¡»'ss(; <;ii <*1 Oriente »í1 día,
r|ur' no son dinos de llevar la pena,
pues que U') fue la culpa de nn's oj'is,
el yerro fué de la ventura triste,
qti" siempre yerra á costa de mi vida.
(Jomo podrá ¡lassar mi enferma vida
con la jx'sada carica d(í la noche,
quí* si es consuelo del doliente triste
la esperanza de ver el nu(;vi) día,
n¡n;,'una tienen mis eansailos ojos
que les pueda aliviar su i^rave ])enA.
Dure la ausencia, dól>lese la ])(Mia
(|Ue á todo h(> de pa;;ar con una vida,
no xení los ilespechos d í mis ojos,
ni andaré tropezando ]">r la ikk'Ik».
ni tendré envidia de quien ^oza el día,
ni mancilla de mí, p'ies volví triste.
Por cuan nuis ventun»so tenido al triste,
que lo acaha la furia de su pena,
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r'.r'j-.i •¿■:.ir»r srs-'nt* ií::.:a¿. r^íintc del ri-x
Tviri:- del ai''r»ie y vri:iit? de las sííras: tisdas
T-:.ian v^itMas le sgs propias telas de or>T
s^ia. i'^r-'i las unas trauíi cainialdas de d-jr»^
^rii ias ip-r.t»^: .a¿ otras ;uensr.s rami>s levan-
la-ios. T !•.? oab-Ilv? suelí»:»?: ¡as otras ooffidv-s
eii rari* 5 t^\*j> t r.-d-í??, t las ai abas á 1«» hom-
t'T s, los l«ni2«>s d.srialos y los arcos en lis
Uiun> ■^: tanta fué la hermosura de las Ninfas,
•^ue h'^ pastores ailni ira-ios. no sabian apartar
li.'S oíos dellas: no viniera alií la simpar Fiu-
DA >i n< • fuera por reparar la Tida de su amanta,
que ya ^aUa de FI órela en el estado que Si-
R.%L\o estalla. Entró. pue$, en la floresta un
a vtMi tajada á las de:nás. qno no sólo á ellü,
mas á la misma Diana, parecía qae despre-
cias se, 15 rotó el suelo nuevas llores, el ci^-lú
uiejitr luz, la fuente más ai; na y los suaves
vientos, arroirantes entre tanta Ivldad, d'^sde-
üándose de herir en l«>s verdes ramos, entri' las
vestiduras de las ninfas, v los oabellos de sus
cah^^zas mez«:lánd»^e, hicieron graciosos y agra-
dables iue.i?t)ís. Pu^s SiRALVo. que atcutamenie
miraba los ojos de Filid.i, y su alma cu eHi^i,
no es possible encar»?cer su sentimiento, ni o#
poi»a pruebp tle la hermosura de las pastora^no
haber parecido mal entre las ninfas. Xo se de-
tuvieron mucho en la floresta, antes Uauíando
luego á los pastores, entraron al sagrado tem-
plo, donde quince en quince hicieron cuatro co-
rros Y los tres ílanzand > v el uno tañendo, fu*?-
ri>n dejando sus insignias sobre el altar: las del
río sus guirnaldas, las de las selvas sus ramo»
y las ili? los montes, arcos y saetas. Cou esto
remitieron la oración al viejo Sileno, que entre
ellos iba, y con aquel aspecto grave y gentil,
vuelto al de la t'iforme Diana, primeramente
alabó su excessiva belleza, y después con liQ"
mildad le pidió perdón si algunas veces violaron
los montes con la misma sangre de las fieras
á ella consai^radas, ó si acaso cansados de la
propia caza, torpemente, el curso della maldi*
xeron, y assimismo do otros ermrcs y culpa?,
en que el frái^il juici.^ suele caer; pero despQ«*
do tollo le roü^ó los librasse de las venenwas
redes de los solícitos lisonjeros y falsos hJa-
EL PASTOR DE FILIDA
459
güeños, con la fuerza de los carnales apetitos,
destruidores de devoción y salud; antes prvs-
tándoles de su cumplido favor, les diesse resis-
tencia contra todo mal, contra todo daño y con-
tra toda malicia. Y con esto, callando él, la
música tornó á sonar, y las ninfas á la orden de
sus corros, en que por gran espacio se ocuparon,
hasta que parecióndoles hora del reposo, toman-
do por orden sus insignias, tornaron á la flo-
resta, y mezcladas con los pastores, se fueron
repartiendo por las sombras, donde no faltaron
rústicas y delicadas viandas, y algunos que
durmiessen, y alguno que velasse. No os he
contado la ventura de Siralvo : pues sabed
que al salir del templo estuvo gran rato con
Florela, que de parte de Filida le certificó que
holgaba de su vida, y de la suya le avisó que
se templasse en miralla, porque nunca apa-
rencias sirvieron sino de dañar. Con esto vol-
vió Siralvo tan contento que en sí mismo no
cabla, y mientras todos reposaban, él á la som-
bra de un fresno en voz baxa estuvo recitando
al silencio unos versos que hizo al principio de
la ausencia, cuando entre temor y esperanza
andaba el sufrimiento de partida; quien gusta-
re de oirlos, podrá llegarse al pastor, en tanto
que las ninfas duermen y quien no, passe por
ellos y hallarálas despiertas.
SIRALVO
¡ Oh tú, descanso del cansado curso
desta agrá vida, á mi pesar, tan larga,
oye un momento en suma su discurso!
Y si mi boca más que hiél amarga
note acertare á pronunciar dulzuras,
esso la culpa y esso la descarga.
Presentes sean mis entrañas puras,
mi limpio corazón, mi sano pecho,
atlantes firmes de mis desventuras.
Y tú, que con tus manos tienes hecho
el grave monte que su fuerza oprime,
no hagas cierto lo que yo sospecho.
Ya que tan grave mal no te lastime,
pues eres del la causa, no la niegues,
porque, siquiera, á padecer me anime.
Amor te obliga que á razón te llegues,
y aun ella quiere que su fuerza entiendas:
no lo será, que con su lumbre ciegues.
I Oh, es necesario que el rigor suspendas
de los duros peñascos, do no hallan
las aves nidos ni las bestias sendas!
Los perversos contrarios que batallan
por acabarme en desigual pelea
mientras te hablo, mira cómo callan.
Vieron mis ojos celestial idea
de gracia y discreción, tu soberana
beldad, que sola sin igual passea.
Desde la parte donde la lozana
aurora tierna de su luz hermosa,
abre á las gentes la primer ventana,
Hasta el ocaso á do la trabajosa
muestra, dada del sol, en premio justo,
en los brazos de Dórida reposa;
Y desde aquella do el ardor injusto
la habitación de su morada evita,
enflaqueciendo al Etiope adusto.
Hasta las fuentes donde el duro Scita
mata la sed y el inclemente Arturo
cuajando el mar, el curso al agua quita.
Y por essa beldad misma te juro
que, con ser en el mundo la primera,
es la menor que tiene en ti seguro,
La deleitosa y fértil primavera
de juventud, el sin igual tesoro
de esse rostro, do Amor teme y espera;
La mansedumbre y gravedad que adoro;
los cabellos que el ébano bruñido
han imitado, despreciando el oro;
El cristal de la frente, el encendido
rosicler puro ó púrpura de Oriente, '
sobre los blancos lirios esparcido;
Las finas perlas, el coral ardiente,
con las dos celestiales esuieraldas,
beldad que loor humano no consiente,
Aunque de preciosissimas guirnaldas
ciñen al sol y á Amor las francas sienes,
son las menores rosas de tus faldas.
Essotras plantas, que en el alma tienes,
que tocando en el cielo con sus ramas,
nos dan por fruto incomparables bienes:
Essos ricos tesoros que derramas
del pecho ilustre en abundancia tanta,
que á los deseos más remotos llamas ;
Esse juicio, que á la tierra espanta;
esse donaire, que enamora el cielo;
esse valor, que á todos adelanta ;
Essas y otras grandezas con que el suelo
tienes tan rico y tan enriquecida
el alma que te adora de consuelo,
Dejando aparte ahora el ser nacida
sobre las ilustrissimas llamada
y entre las más honestas escogida;
Y con ser de fortuna acompañada,
porque Himeneo al gusto te ofendía,
quisiste ser á Delia dedicada.
Aque!<tos bienes, que tu alma cría,
impressos en mi alma, y aun aquellos
de carne y sangre, en carne y sangre mía.
Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos,
que si no fuera más que de diamante,
fuera rompido á cada pa so dellos.
Cuando el cuello del cuerpo va delante
queda atrás el del alma, y cuando él passa,
cae el del cuerpo, y no hay quien le levante.
El uno quiere retirarse á casa,
llamado de la sombra y del reposo;
el otro al yermo, donde el sol abrasa;
IGí)
ORÍGENES DE LA NOVELA
El caerpo e*tá s«lkTit«', tral«Kjso:
r 1 ülítiíL harta de ><^:3^:e'^o lleca,
;'jijién conipí>ndrá coni1<ite tan furioso ?
De sii^rt« que, derecha la melena,
CQ«;rpo y alúa caminen, con templanza,
por la carrera para entrambos huena.
Y si hallaren mnerta la esperanza,
y á la fe siempre viva que la llora,
jautos alal^u á la confianza.
¿Mas, quién p^mdrá tan alta paz, señora,
entre dos enemigos tan contrarios.
'/M^ con lo que uno sana otro empeora.*
Estos combates son tan ordinarios,
que los dones del alma escarnecidos
me son también mortales adversarios.
Los deleites del cuerpo no cumplidos,
los del alma turbados con engaños
y los inconvenientes tan unifbis.
liien sé que el solo medio destos daños
fuera apartarse deste cuerpo esta alma,
poniendo fin á mis cansados años.
Aquella fuera generosa y alma
vida del cu<Tpo cuando en ti'-rra vuelto,
libre dejara al spíritu la palma.
Que como es el autor d'*l mal revuelto,
y el alma está bañada en sus zozobras,
la vida es furia de enemigo suelta.
;0h tú, que á todas las potencias solaras
<le bien y mal, tu pederosa mano
estampe en mi la fuerza de tna obras!
Que deste trance y cautiverio insano,
desta tristeza, deste mal terrible,
podrás dejanne libre, alegre y sano.
A ti h^ola ha deja<lo Amor posible
que aquesta pietlra de mi gran cuidado
hagas, sobre esta roca, inconmovible.
Y estas navajas, con que el tienin lado
abre la rueda de mis fantasías,
sean rotas, y mi cuerpo desatado.
Y esta águila infernal, que tantos dias,
me halla en este monte de 8osp(^chas,
nc sepa más á las entrañas mias.
Y estas plantas y frutas tan ahechas
á burlar por momentos al deseo,
dejen mi sed y ham))rc satisfechas.
Mil continos estorbos va los veo,
y otros más de creer dificultosos,
por mi corta ventura más los creo.
Ojos abiertos, pechos enconosos,
tu gran beldaíl, mis riiías intenciones,
cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
á querer tropellar dificultiidcs,
irás segura en carros de leones.
Bien tienes entendidas mis verdades,
y que en mí son llanezas conocidas
las que en mil otros son curiosidades.
Bien saU^s que quisiera tantas vidas
cuantos momenbis viro por contalla?,
por muy zaua'las. en tu Amor perdidas.
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
iugenio sol:>erano para amarte,
y sabes que te escucho auu cuando callts.
Entiendes que me huyo por buscart»?,
y alguna vez tan sin piedad me dexa<,
que pierdo la esperanza de hallarte.
Conoces claramente que mis quexas
llevan puro dolur sin artificio,
y con descuido mi cuidado aquexas.
Mis ojos ven que el principal oficio
que. sustentando el cuerpo, aJ alma honra,
es, no faltar los dos de tu servicio.
Y ven los tuy<")s, vueltos á mi honra,
que el rato que sin ellos me imagino,
tengo el alma y la rida por deshonra.
Algima vez creciendo el desatino,
á fuerza del pestífero veneno
matarme ó despeñarme determino.
Acoge ;oh mar I en tu sagrado seno ■
esta barjuilla, que á tu g)lfo embiste,
porque se alal^e fie algún día sereno.
Essos divinos Nortes, que escogiste,
de la primera inacessible lumbre,
para alegrar al navegante triste.
Muéstrense en essa soberana cumbre,
hincha la vela el viento favorable
contra la calma desta pesadumbre.
Deje el cuidado el remo incomportable,
y estotras jarcias de trabajos llenas,
tórnense en ejercicio saludable.
Cántenme tus dulcíssimas sirenas,
((ue vencida del sueño mi barquilla,
y á voluntad la s.ingre de mis venas,
Si tu Nejttuno á mi favor se humilla
aumentarás tus obras v mi suerte,
librando en tan heroica maravilla
á quien te ofrece el alma de la muerte.
Aunque Si r alvo en sus versos il^ mei
ciando tristeza, su corazón contento estalw
pero como pí>cas \eces hallaremos un alegí
sin un triste, Pradelio, que menos dormía, 1
fué buscando entre todos v le dio cuenta dol
poca que ya Filena tenía con él, antes le er
tan contraria, que á sus mismos ojos no s
hartaba de favorecer á Mireno, v hablándule é
no le había rosp<jndido. Esto decía con t^int
dolor y enojo, que casi quería reventar, y míen
tras SiKAi.vo pnx'uraba consolarse, ya losptó
tores y Ninfas, viendo passada la hora ardient
de la siesta, iban buscando la clara fuente y e
manso arroyo. A una parte del agua lle^rarw
las tres más hermosas del gremio de Diana
era la una Filida, diosa en los montes; la^'tn
Filis, deesa en las selvas; la otra Clori, Xinfi
en el río; con ellas estaban Silvia y Filardoj
i
EL PASTOR DE FILIDA
461
Filena y Mireno, entreteniéndose en dulces
pláticas y suaves canciones; también llegaron
Siralvo y Pradelio^ uno de placer y otro de
pesar incitados, y no faltaron los dos caudalosos
y apuestos rabadanes Cardenio y Mendino.
Gran cosa se había juntado si Pradelío no lle-
gara: porque de once, solo él dejaba de estar
contento; y mirando la sin par Filida la agra-
dable couipañia, escogió al triste para que can-
tasse; mas viendo Siralvo que no estaba para
cantares, le disculpó con Filida, y rogó á Fi-
lardo que lo biciesse; el cual, los ojos en la gra-
ciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó á cantar
assi al son della:
FILAKDO
Tus ojos, tus cabellos, tu belleza,
soles son, lazos de oro, gloria mía,
que ofuscan, atan, visten de alegría,
el alma, el cuello, la mayor trisU'za.
Fuego, no siente el alma tu aspereza;
yugo, no teme el cuello tu porfía;
que bastante reparo y osadía
concede Amor en tanta gentileza.
liabia, que por mis venas te derramas;
oro, que á servidumbre me condenas;
beldad, por quien la vida se assegura,
Pues soy un nuevo Fénix en las llamas,
y hallo libertad en las cadenas,
amo y bendigo tanta hermosura.
En extremo contentó á todos el soneto de
Filardo, pero más á Silvia y menos á Mireno,
que invidioso de verla tan loada, sin que nadie
le rogasse, sacó el rabel y vuelto á Filena, pre-
sumió de igualarla deste modo:
MI RENO
Sale la Aurora, de su luz vertiendo
las mismas perlas que el Oriente cría;
vase llenando el cielo de alegría,
vase la tierra de beldad vistiendo.
Las claras fuentes y los ríos corriendo,
las plantas esmaltándose á porfía,
las avecillas saludando el día,
con harmonía la nueva luz hiriendo.
Y esta Aiu-ora gentil, y esto adornado
mundo de los tesoros ricos, caros,
que el cielo ofrece, con que al hombre admira.
Es miseria y tristeza, comparado
á la belleza de tus ojos clan»s,
cuando los alzas á mirar sin ira.
Ya le pareció á Pradelio que perdía de su
punto si á vuelta de aquellos sentimientos dul-
ces no sonaba el amargo suyo, y pidiendo á Si-
ralvo que tocasse la zampona, los ojos y el
color mudado, la acompañó diciendo:
PRADELIO
Mientras la lumbre de tus claros ojos
estuvo en el Oriente de mi gloria,
entendimiento, voluntad, memoria
ofrecieron al alma mil despojos.
Mas después que, siguiendo tus antojos,
á gente extraña fue su luz notoria,
es mi rico tesoro pobre escoria,
mis blandos gustos ásperos enojos.
Vuelva ya el rayo á su lugar usado;
pero no vuelva, que una vez partido,
no puede ser que no haya sido ajeno.
Mas ¡ay! sol de mi alma deseado,
vuelve á mis ojos, que una vez venido,
mi turbio día tomarás sereno.
A este soneto hizo Filena tan mal semblan-
te, que Pradelio se arrepintió de haber cantado
y aun de ser nacido; pero las Ninfas, que con
gran gusto oían sus contiendas, pidieron que
cantassen las pastoras. Ellas respondieron que
aun faltaban pastores por cantar, y en hacién-
dolo ellos, ellas lo harían. Agradó á Clori la
respuesta y tomando á Filena la lira, la dio á
MsNDiNo, el cual, los ojos en Filis, dixo, sin
más excusa:
MENDINO
Ponen, Filis, en cuestión
mi corazón y mis ojos,
cuál goza de más despojos,
los ojos ó el corazón.
Los ojos dicen que os vieron,
y de vuestro grado os ven,
y que del presente bien
la prímera causa fueron,
prueba en la misma razón
el corazón á los ojos;
¿que gozarán más despojos
lo8 ojos ó el corazón.*
Poco importa más testigo,
dicen los ojos que á i\\
dice el corazón, ni á mí,
de lo que tengo conmigo;
lio les niega su razón,
el corazón á los ojos,
no le nieguen sus despojos
los ojos al corazón.
Su contienda es por demás,
pues todos llevan viti ria,
estando llenos de gloria,
sin que á nadie quepa mus;
mas viva la presunción
del corazón y los ojos,
por ser de quien son despojos
los ojos y el corazón.
Son estos competidores
flacos, aunque liberales,
que en efeto son mortales
462
orígenes de la novela
Y Kar.!^» «i-? s^r sa« fmrorp*:
fi ix>ri«' el alma el i«astón
ioif 0)0* y el réjraZ'iti.
r .iít*»nu qnp«ló Filis d<* la rifiW*í>i de Mcn-
*iino. d'; manera qn»f no lu pudo dissiioiilar. y
yiV T^asfar á Clori **n «a monMa, toinú la lira
y di'''8^-ia a Car»!» ni^», A cual, aunque nn."n«»s
ni»¡!»i -o qM«í enanjora/lo, assí enmendó !•> uno
c<-in lo f'tro:
CARDEN'IO
Por rnirar vuestros cabellos
quitóle la renda Amor,
y f-fitúv ¡érale mejor
dar ntro ñudo y no Tellog.
Quitdsela no entendiendo
lo que le p'xiia venir,
valiérale uiás vivir
desbando que muriendo,
j»u"s fué de líw laz'>s 1k?11os
atado C'in tal rie^^ir.
que se le tornó dolor
t^xla la í,^loria de vellos.
Entenderá desta suerte
que fué irrande devaneo
dar armas á su deseo
con que le diess • la mn«Tte.
Voluntad de coníxrellos
fu'Ta su pena mayor,
mi raíl si seni peor
perder la vida por ellos.
Hizo sus ojos testii^os
de tan alto merecer.
y dio su mismo po'ier
Vitoria ú sus eneniijíos:
que <i con estos cabellos
([uitú mil vidas Amor,
vengáranse en su dolor
los que padecen por vellos.
Quiso ver con (jué prendía
y sus rcíles le prendieron,
y á herirle se volvieron
¡as flichas con (pie hería.
(¿Uííílar cautivo de aquellos
cabellos fué ^ran honor,
pero fuérale m<'if)r
olviJallos V no vellos.
Cuando Cardenio acahó su canción, ya Si-
RALVO tí'uía la zampona en la mano, y mien-
tras las Ninfas ahil)aron el passado vanto^ leyó
él en los ojos de Filida el presente:
81 R ALVO
FiLiDA, tus ojos l»ellos
el que se atreve á mirallos,
muy uiás fácil qoe alahallos
le será morir por ellos.
Ante ellos c»lla el primor,
ríndese la fortaleza,
porque mata sa belleza
y ci»*íra so resplandor.
S'in ojos verdes, rasírados,
en el revolver suaves,
apacibles sf»bre firrave»,
mañosos y descaidados.
Con ira ó con mansedumbre,
de suerte alegran el suelo,
que fijados en el cielo
no diera el sol tanta lambre.
Amor, que suele ocupar
to-lo cuanto el mundo encierra,
señoreando la tierra,
tiranizando la mar,
para llevar más despojos,
sin tener contradición,
hizo su casa y prisión
en essos hermosos ojos.
Allí canta y dice: Vo
cieíTt^ fui, que no lo niego,
pero venturoso ciego,
que tales ojos halló,
que aunque es vuestra la Vitoria
en dán>sla fui tan diestro,
que siendo cautivo vuestro
sois mis ojos y mi gloria.
El tiempo que me juzgaban
por ciego, quiselo ser,
ponjue no era razón ver
si estos ojos me faltaban;
será ahora con hallaros,
esta h*y establecida:
que lo pague con la vida
quien se atreviere á miraros.
Y con esto, placentero
dice á su madre mil chistes:
el arquillo que me distes
tomáosle, que no le quiero:
pues triunfo siendo rendido
de aquefítas dos cejas bellas,
haré yo dos arcos dellas
que al vuestro dejen corrido.
Estas saetas que veis,
la de plomo y la dorada,
como lierencia renunciada,
buscad á (juien se las deis,
porque yo de aquí adelante
podré con estas pestañas,
atravessar las entrañas
á mil pechos de diamante.
Hielo que dexa temblando,
fuego que la nieve enciende,
gracia que cautiva y prende,
ira que mata rabiando;
con otros mil señoríos
EL PASTOR DE FILIDA
463
y poderes que alcanzáis
vosotros inc los prestáis,
dulcí ssimos ojos míos.
Cuando de aquestos blasones
el niño Amor presumía,
cielo y tierra parecía
que aprobaban sus razones,
y di dos mil juegos haciendo
entre las luces serenas,
de su pocho, á manos llenas,
amores iba lloviendo.
Yo que supe aventurarme
á vellos y á conocer
no todo su merecer
mas lo que basta á matarme,
tengo por muy llano ahora
lo que en la tierra se suena,
que no hay Amor ni hay cadena,
mas hay tus ojos, señora.
No cesara con esto el cantar de los pastores,
uque Silva y Filena también cantaran, si las
infas no oyeran señal en el templo que las
rzaba á ir allá y assí, con gran amor despedi-
is de los pastores, por no serles permitido ir
ta vez con ellas, por el mismo orden que pri-
ero, volvieron á visitar á la casta Diana, y los
stores y pastoras, que eran muchos y en dife-
iitos ejercicios repartidos, dejando la floresta,
ios con placer y otros c«m pesar tomaron el
uiino de sus ganados. Cardenio, Mendino y
mayoral Sin alvo, tales iban como aquellos
19 se apartaban de su propia vida y contento,
¡lardo, Al feo y Mireno, éstos sí que llevaban
nsigo todo su bien y descanso, pero el más
iitonto de todos era Sasio, que supo allí que
Ivera era venida al Tajo; y el más triste de
3 tristes Pradelio, que á rienda suelta Filena
► solo le negaba sus favores, pero, olvidada
la estimación que le debía, le iba escarne-
»ndo. Tal llegó Pradelio á la ribera, que sus
emigos se pudieran lastimar, y viendo que la
usa estaba tan lejos de hacerlo, determinó
rtirse y dejarse el ganado perdido, como él
iba, y aquella misma noche, sin dar parte á
ligos ni parientes, solo, sin guía, dexó los
nipos del Tajo con intención de pasar á las
as de Occidente, donde tarde ó nunca se pu-
^sse saber de sus sucessos, y para testigo de
apartamiento, llegando á la cabana de File-
, en la corteza de un álamo que junto á olla
taba, dexó escrita esta piadosa despedida:
rRADÍLIO
Ya que de tu presencia,
cruel y hermossísima pastora,
parto por tu sentencia,
la desdichada hora
que con tanta razón el alma llora;
Queriendo ya partirme
de cuanto me solía dar contento,
habré de despedirme,
dando, en tanto tormento,
mis esperanzas y mi lengua al viento.
Adiós, ribera verde,
do muestra el cielo eterna primavera;
que el que se va y ta pierde,
su partida tuviera
por muy mejor si de la vida fuera.
Adiós, serenas fuentes,
donde me vi tan rico de despojos,
que si quedáis ausentes,
presentes mis enojos
me dan otras dos fuentes de mis fjos.
Adiós, hermosas plantas,
adonde dejo el rostro soberano,
con excelencias tantas,
que todo el siglo humano
celebrará las obras de mi mano.
Adiós, aguas del Tajo
y Ninfas del, que en el albergue usado
sentiréis mi trabajo,
pues el cantar passado
en tristeza y en llanto se ha trocado.
Adiós, laurel y hiedra,
que fregando uno en otro os encendía.
Adiós, acero y piedra,
de do tami>ién salía
el fuego que ya va en el alma mía.
Adiós, ganado mío,
que ya fui por tu nombre conocido,
mas ya por desvarío
del hado endurecido
tu nombre pierdo, pues que voy perdido.
Adiós, bastón de acebo,
que conducir solías mis ganados,
pues los que agora llevo
de penas y cuidados,
de Fortuna y Amor serán guardados.
Adiós, mastines fieros,
bastantes á vencer con vuestras mañas
los lobos carniceros,
antes que yo las sañas
de aquella que se ceba en mis entrañas.
Adiós, espejo escaso,
donde sólo se ve lo pobre y viejo,
pues fuera duro caso
mirarse el sobrecejo,
faltando al alma su más claro espejo.
Adiós, cabana triste,
que en el tiempo passado más copiosa
de gozo y gloria fuiste;
ya, sola y enfadosa,
sierpes te habitarán, que no otra cosa.
Adiós, horas passadas;
testigo es aquel tiempo de vitoria,
que si debilitadas
4HU
ORÍGENES DE LA NOVELA
1
perdistes ya mi gloria,
lio os perderá por osso mi memoria.
Adiós, aves del ciclo,
que no puedo imitar vuestra costumbre.
Adiós, el Dios de Délo,
que tu sagrada lumbre
fuera de aquí no quiero que me alumbre.
Adiós, adiós, pastores,
adiós, nobleza de la pastoría,
que sin otros dolores
turbará mi alegría
dejar vuestra agradable compañía.
Adiós, luz de mi vida,
Filena ingrata; en tan mortal quebranto
cesse mi despedida,
porque el dolor es tanto
que se impide la lengua con el llanto.
SEXTA PARTE
DEL PASTOR DS FILIDA
Possible cosa será que mientras yo canto
las amorosac églogas que sobre las aguas del
Tajo resonaron, algún curioso me pregunte:
Entre estos amores y desdenes, lágrimas y can-
ciones, ¿cómo por montes y prados tan poco ba-
lan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿dón-
de pacen las ovejas? ¿á qué hora se ordeñan?
t quién les unta la roña? ¿cómo se regalan las
paridas? Y fíiialmentc todas las importancias
del ganado. A esso digo que como todos se in-
cluyen en el nombre pastoral, los rabadanes te-
nían mayorales, los mayorales pastores y los
pastores zíigales, que bastantemente los dos-
cuidaban. El segundo objtíto podrá ser el len-
guaje de mis versos. También darán mis pas-
tores mi disculpa con que todos ellos saben
que el ánimo del amado mejor se mueve con
los conceptos del amador (^ue con el viento las
hojas de los árboles. La tercera duda podrá ser
si es lícito donde también parecen los amores
escritos en los troncos de las plantas, qut» tam-
bién haya cartas y papeles: cosa tan desusada
entre los silvestres pastores. Aquí respondo
que el viejo Sileno merece el premio ó la pena,
que como vido el trabajo con que se escribía en
las cortt*zas, invidioso de las ciudades hizo mo-
lino en el Tajo donde convirtió el lienzo en del-
gado papel, y de las pieles del ganado hizo el
raso pergamino, y con las agallas del roble y
goma del ciruelo y la carcoma del pino hizo la
tinta, y c«>rtó las plumas de las aves : cosa á
que los más pastores lacilnieiite se inclinaron.
Dcsta arte potlría ser que respondiese á cuanto
se me culpasse; mas ya qae 70 no lo hago,
no faltará. en la necessidad algún discreto t
benigno que vuelva por el ausente. Confiído es
lo cual prosigo que la ausencia de PradtÜo »
sintió generalmente en el Tajo, porque era bue-
no el pastor para las reras y las burlas: Us^
tante para amigo y enemigo, hombre de ver-
dad y virtud y de nunca yista confianza; pero
sobre todos lo sintió Siralto, que en muchH
cosas le tenía probado. Lloraron sus nobles pt-
dres Vilorio y Pradelia; cubrieron sus cabellos
de oro las dos hermosas hermanas Abmia j
Via NA, y la misma Filena, causa de la partida,
bañó sus ojos en llanto en presencia del noeTO
amor Mircno. Tal fuerza tiene la razón, que el
que la niega con la boca con el alma la cou^
sa. Guíe el cielo á Pradelío, que donde qaien
que vaya amigos hallará y patria quizás más
favorable que la suya ; 7 vueltos á los qae que-
dan, sabed que los dos caudalosos rabadAues
Mendino y Cardenio j el pastor iS'/ra/ro qn^
da ron desta siesta de Diana tan desaficioni-
dos de los campos, tan enemigos de sus chozas
y tan sin gusto de sus rebaños, que á pocos
días ordenaron desampararlo todo y buscar sólo
su contento; y entrando en acuerdo sobre el
orden que tendrían, á Cardenio le pareció que
en el bosque del Pino hacia la falda del monte
se ediíicasse un albergue ancho y cubierto de
rama, donde, apartados del concurso de la ribe-
ra, pudiessen expender las horas á su gasto. Xü
le pareció á Mendino que el lugar era segoro
para esto, antes sería fácilmente barruntado sa
propósito, por ser aquella parte visitada machas
veces de las Ninfas; á lo cual dixo Siralvo des-
ta suerte: Yendo por el cerrado valle de los
fresnos hacia las fuentes del Obrego como dos
millas de allí, acabado el valle entre dos anti-
guos allozares, mana una fuente abundantissi-
ma, y á poco trecho se deja bajar por la aspe-
reza de unos riscos de caída extraña, donde por
tortuosas sendas fácilmente puede irse tras el
agua, la cual en el camino va cogiendo otras
cuarenta fuentes perenales que juntas con ex-
traño ruido van por entre aquellas peñas que-
brantándose, y llegando á topar el otro risco
soberbias le pretenden contrastar; mas viéndo-
se detenidas, llenas de blanca espuma, tnereen
por aquella liondura cavernosa como á buscar
el centro de la tierra: á pocos pasos en lo máí .
estrecho está una puente natural por donde las
aguas passando, casi corridas de verse assi opri-
mir, hacen doblado estraendo, y al fin de la
puente hay una angosta senda que, dando ^ti^-
ta á la parte del risco, en aquella soledad do*-
cubre al Mediodía un verde pradecillo de mn-
chas fuentes pero de pocas plantas, y entre ellas
de viva piedra cavada está la cueva del Mago
Erión , albergue ancho y obrado con suma en-
1
EL PASTOR DE FILIDA
465
riosidad. Este es el solo lagar qae os conviene,
porque el secreto, áél es grande j el aparta-
miento no es macho. ¿Qaé podréis allá pedir
que no halléis? Todo está lleno de caza y de
frescara, y aanqae es visitado continuamente
de las bellas Ninfas, no es lugar común á todos
como el bosque del Pino, pues la compafiia de
Erión seros ha muy agradable. Este sabe en
los cielos desde la más mínima estrella hasta
el mayor planeta su movimiento y virtud; en
los aires sus calidades y en las aves del y ali-
mañas de la tierra lo mismo; en la mar tiene
fuerza de enfrenar sus olas y levantar tempes-
tades hasta poner sobre las aguas las arenas:
la división de las almas irracionales y la virtud
de la inniortal con profundissimo saber. Pues
llegando á los abismos las tres Furias á su can-
to, Alecto tiembla, Tesifón gime y Megera se
humilla; Platón le obedece y los dafiados salen
á la menor de sus voces. Pues de las penas de
amor, sin hierba ni piedra, con sólo su canto
hace que ame el amado ó aborrezca el aborre-
cido; y si le viene la gana vuelto en lobo se va
á los montes, y hecho águila á los aires, torna-
dp pez entra por las aguas, y convertido en ár-
bol se aparece en los desiertos; no tiene Dios
desde las aguas del cielo á las ínfimas del olvi-
do cosa que no conozca por nombre y natura-
leza; no es de condición áspera ni de trato
oculto; allí recibe á quien le busca y remedia á
quien le halla. Aquí podemos irnos que en pro-
barlo se pierde poco, y yo sé que el ser bien
recebidos está cierto. Cardenio, como de la ri-
bera había estado tanto tiempo ausente, quedó
admirado del gran saber del nuevo Erión; pero
Mendino, que del y de su estancia tenía mucha
noticia, aunque pudiera desde el Mago Sincero
estar escarmentado, fácilmente dando crcklito
á sus loores, determinó que le buscassen el si-
guiente día por poner aquél en cobro lo que les
importaba dexar, que fué fácilmente hecho, y re-
cogiéndose á las cal>añas de Mendino, pusieron
orden en la cena, que fué de mucho gusto, y al
fin dclla no faltó quien se le acrecentasse, por-
que vinieron Batto y Silvano^ pastores cono-
cidissimos, ambos mozos y ambos de grande ha-
bilidad, á buscar juez á ciertas dudas que Batto
sentía de versos de Silvano; y el juicio de Si-
RALvo fué que si todos los poetas fuessen ca-
lumniados^ pocos escaparían de algún objeto; y
colérico Silvano, en un momento puso mil á
Batto, y de razón en razón se desafiaron á can-
tar en presencia de aquellos pastores, pero pa-
reciéndolcs la noche blanda y el aire suave, se
salieron juntos á tomarle y oirlos á la fresca
fuente: donde sentados sacaron la lira y el ra-
bel, á cuyo son assí cantó Silvano y assí fué
Batto respondiendo:
ORÍGENES DE LA NOVELA.- 30
SILVANO
Dime que Dios te dé para un pellico,
¿por qué traes tan mal vestido, Batto,
presumiendo tu padre de tan rico?
BATTO
Porque el pastor de mi nobleza y trato
no ha menester buscarlo en el apero,
que una cosa es el hombre y otra el hato.
Mas dime, esse capote dominguero
¿quién te le dio? ¿Quizá porque cantasses
en tanto que comía el compañero?
SILVANO
Si á quien yo le canté tú le bailasses,
yo sé, por más que de rico te alabes,
si te diesse otro á ti, que le tomasses.
Mas ¿por qué culpas tales y tan graves
de Lisio traes sus rimas desmandadas,
de lengua en lengua que ninguna sabes?
BATTO
Calla y sabrás: ¿no ves cuan aprobadas
del mundo son las mías y la alteza
de mis líricas odas imitadas?
Tú tienes por tesoro tu pobreza,
y si lo es, está tan escondido
que para descubrirle no hay destreza.
silvano
Pastor liviano, ¿qué libro has leído
que de ti pueda nadie hacer caso,
si no estuviesse fuera de sentido?
El franco Apolo fué contigo escaso ,
y por hacerte de sus paniaguados,
no te echarán á palos del Parnasso.
BATTO
Desso darán mis versos levantados
el testimonio y de mi poesía
sin ser como los tuyos acabados.
En diciendo ^fineza y hidalguía,
regalo, gusto y entretenimiento,
diosa, bizarro trato y gallardía.
SILVANO
;0h, qué donoso desvanecimiento!
Dessos vocablos uso, Batto mío,
porque son tiernos y me dan contento,
Pero las partes por do yo los guío,
son tan diversas todas y tan buenas,
que ellas lo dicen, que yo no porfío.
BATTO
(Sabes lo que nos dicen? Que van llenas
de muy bajas razones su camino,
y si algunas se escapan son ajenas,
Y no hurtáis. Silvano, del latino,
466
ORÍGElfES DE LA NOVELA
del griego 6 del francés ó del romano,
sino de mí y del otro su vecino.
8ILYAK0
Si tu trompa tomassen en la mano,
que la de Lisio apenas lo hiciste,
¿qué son harías, cabreriso hermano?
Para vaciarla el sueño no perdiste,
para cambiarla si, que no hallaste
otro tanto metal como fundiste.
BATTO
¡ Basta! que tú en la tuya granjeaste
de crédito y honor ancho tesoro;
mas dime si en mis Rimas encontraste
La copla ajena entera sin decoro,
ó espuelas barnizadas de gineta^
con jaez carmesí y estribos de oro,
SILVANO
Descubriréte á la primera treta
tu lengua sin artículos, defeto
digno de castigar por nueva seta.
Tu nombre es Pibdra toqüb y en efeto,
usando descubrir otros metales,
el miserable tuyo te es secreto.
BATTO
; Oh tú, que con irónicas señales,
cansas los sabios, frunces los misérrimos,
viviendo por pensión de los mortales!
SIRALVO
Pastores, dos poetas celebérrimos
no han de tratarse assí, que es caso ilícito
motejarse en lenguajes tan acérrímos.
Ni á vosotros, amigos, os es licito,
ni á mi sufrirlo, y es razón legitima,
que ande el juez en esto más solicito.
La honra al bueno es cordial epítima,
y los nobles conóccnsc en la plática,
dándose el uno por el otro en vitima.
Aquí, donde la hierba es aromática,
con el sonido de la fuente harmónica,
al claro rayo de la luz scenática.
Suene Silvano, nuestra lira jónica,
Batto rosponda el rabelejo dóri?o
y duerma el Jovio con su dota Crónica.
Cada cual es poeta y es histórico,
y cada cual es cómico y es trágico,
y aun cada cual gramático y retórico.
Pero dexado, en un cantar selvático,
si aquí resuena Lúcida y Tirrcna,
más mueve un tierno son que un canto mágico.
SILVANO
En hora buena, pero con tal pato
si pierde Batto, que esté llano y cierto,
que por concierto destc desafío.
ha de ser mió su rabel depino;
y si benino Apolo ee le sl&nm,
y en él se bamaiim para que me gane,
que yo me allane y sin desdéo 6 irm
le dé mi lira de cipr^ j aándaloe.
batto
No hagas más escándalas, ntírico,
ni presumas de Hríco y bnoólíco;
con algán melancólico hmático
te precias tú de plátíco en poética;
qne esté su lira ética y él ético,
que mi rabel poético odorífero
no entrará en tan pestífero catálogo
ni en tal falso diálogo ni cántico.
SIRALVO
SI estilo nigromántico bastasse
á poder sossegar vuestra contienda,
tened por cierto qne lo procnrasse,
O callad ambos ó tened la rienda,
6 poned premios ó cantad sin ellos,
pero ninguno en su cantar se ofenda.
SILVANO
Dos chivos tengo, y huelgo de ponellos,
para abreviar en el presente caso,
contento de ganallos ó perdellos.
batto
Pues yo tengo, Siralvo» nn rico vaso
que á mi opinión es de ponerse diño
con las riquezas del soberbio Crasso.
El pie de haya, el tapador de pino,
de cedro el cuerpo y de manera el arte,
que excede el precio del metal más fino.
Dédalo le labró parte por parte,
tallando en él del uno al otro polo,
cuanto el cielo y el sol mira y reparte.
Y cuando en tanta hermosura violo,
fuese por Delfos, y passando á Anfriso,
dióle al santo pastor el mbio Apolo.
Y cuando al carro trasponerse quiso
el retor de la luz, dejó el ganado
y aqueste vaso con mayor aviso,
A las Ninfas del Tajo encomendado;
y ellas después le dieron á Silvana,
de quien mi padre fué pastor preciado.
Ella á él y él á mí; mas si me gana
Silvano, ahora quiero que le lleve.
SIRALTO
Y yo juzgaros con entera gana.
Batto á pagar y á no reñir se atrere,
y tú. Silvano mío, bien te acuerdas
que has prometido lo que aquí se debe.
Pues fregad la resina por las cerdas,
muestren las claras voces su dulzura
al dulce son de las templadas cuerdts.
^
EL PASTOR DE FILIDA
467
Sentémonos ahora en la rerdura;
cantad ahora qne se ra cohnando
de flor el prado, él soto de frescura.
Ahora están los árboles mostrando,
como de nnero, nn año fertílissimo,
los ganados y gentes alegrando.
Ahora Tiene el ancho rio parfssíno,
no le turban las nieves, que el lozano
salce se re en su seno profundíssimo.
Descubrid ruestro ingenio mano á mano,
cada cual cante con estilo nu«TO,
comience Batto, seguirá Silvako,
diréis á Teces, gozaráse Febo.
BATTO
; Oh, rico cielo, cuya eterna orden
es claro ejemplo del poder dÍTÍno,
haz que mis Tersos y tu honor concorden!
SILTANO
Para que deste premio sea yo diño
en mis enamorados pensamientos,
muéstrame. Amor, la luz de tu camino.
BATTO
LleTen los frescos y suaTes Tientos
mis dulces Tersos á la cuarta esfera,
pues ama el mismo Apolo mis acentos.
SILVANO
Dichoso yo si Lúcida estuTiera
tras estos Terdes ramos escuchando,
y oyéndose nombrar me respondiera.
BATTO
Pues no me canso de TÍTir penando,
la que me está matando,
del»ia templar un poco de mí pena.
Ablándate, duleissiraa Tirrena,
que siendo en todo buena,
no es justo que te falte el ser piadosa.
SILVANO
Pues cuando te me muestras amorosa,
Lúcida mfa hermosa,
muy humilde te soy, seime beuina.
Regala, diosa, esta ánima u)e7X|nina,
que mi fineza es dina
de que tu gallardía me entretenga.
BATTO
Si quiere Amor que mi TÍTir sostenga,
de Tirrena me venga
el remedio, que es malo de otra parte.
Mira que de mi pecho no se parte,
Tirrena, por amarte,
nn Etna fiero, un Mongibelo ardiente.
SILTAVO
Si yo dijesse la que mi alma siente,
cuando me haUo ausente,
de tu grande beldad. Lúcida mia,
Etnas y Mongibelos helaría,
porque su llama es fría,
con la que abrasa el pecho de Silvano.
BATTO
Cuando en mi corazón metió la mano,
sin dejarme entendello,
robóme Amor la libertad con eQa,
dejando en lugar dolía
el duro yugo que me oprime el cuello.
silvano
El duro yugo que me oprime el cuello,
Í)or blando le he tenido
IcTado del dulzcur de mi deseo,
por quien de Amor me Teo
menos pagado y más agradecido.
BATTO
Menos pagado y más agradecido,
Amor quiere que muera,
quiéralo él, que yo también lo quiero,
y Teráse, si muero,
cuánto mi fe, pastora, es Terdadera.
silvano
Cuánto mi fe, pastora, es verdadera
es falsa mi esperanza,
porque mejor entrambas me deshagan,
y aunque ellas no la hagan,
nunca mí corazón hará mudanza.
BATTO
Tirrena mia, más blanca que azucena,
más colorada qne purpúrea rosa,
más dura y más helada
que blanca y colorada;
si no te precias de aliviar mi pena,
hazlo al menos de ser tan poderosa,
que queriendo tns ojos acabarme,
con ellos mismos puedas remediarme.
silvano
Lúcida mía, en cuya hermosura
están juntas la vida con la muerte,
el miedo y la esperanza,
tempestad y bonanza,
sin duda á aquél que de tu Amor no cura
darás vida, esperanza y buena suerte,
pues por amarte. Lúcida, me han dado
la muerte el miedo y el adverso hado.
BATTO
; Di, quién, recién nacido
de nn animal doméstico preciado.
468
del todo está crecido,
de padre sensitiro fué engendrado,
mas nació sin sentido
j en esto sa natura ha confirmado;
después, materna cara,
muda su ser, su nombre j su figura?
SILVAHO
Di tu, ¿quién en dulzura
nace, j en siendo della dividida,
la llega su ventura
á otra cosa, que teniendo vida
muere ella j si procura
rivir, queda la otra apetecida,
haciendo su concierto,
del muerto vivo j del vivo muerto?
BATTO
El canto se ha passado querellándonos,
de aquellas inhumanas que, ofendiéndonos,
quedan sin culpa con el mal pagándonos.
SILVANO
AI principio pensé que, defendiéndonos,
tan solos nuestros premios procuráramos,
menos desseo y más passión venciéndonos.
SIRALVO
PasUires, mucho más os escucháramos,
aunque en razones no sabré mostrároslo,
porque de oiros nunca nos cansáramos.
Ponerme yo en mis Rimas á loároslo,
por más que lo procure desvelándome,
no será más possible que premiároslo.
BATTO
Pues yo, Si RALVO, pienso, que premiándome,
saldrás de aquessa deuda conociéndote,
y en tu saljer y mi rozón fia udonie.
SILVANO
Yo no pienso cansarte persuadiéndote
á lo que tú, Siralvo mío, obligástete,
y la justicia clara está pidiéndote.
SIRALVO
Batto, de tal manera señalástete,
de suerte tus cantares conipusístelos,
que de tu mano con tu loor premiástete.
Y tú, Silvano, tanto enriquecistclos
tus conce))tos de amor, que deste ])remio
como de cosa humilde desviástclos.
Por esto sin gastar largo proemio,
firmen las nueve musas mi sentencia,
pues sois entrambos de su ilustre gremio.
Iguales sois en música y en ciencia,
iguales sois en artí*, en voz, en gracia,
assí yo os imitara en elocuencia,
como en cantar vosotros al de Thracia.
ORÍGENES DE LA NOVELA
Bien confiado estaba cada cual destos pas-
torea en an vitoría, porque á la verdad les capo
mucho al repartir de Im arrogancia, pero el pan-
to de honrados, que lo eran en extremo, vendó
en ellos, y pasaron afablemente por la senten-
cia de Siralro^ la cual aprobaron M endino j
CnrrJenio, y juntos se retiraron á las cahafias,
porque el aire comenzó á correr menos fresco 7
en el cielo parecieron unas nnbecillas, que ca>
brian la claridad de la Luna, entre relámpagos,
aunque pequeños^ muy espesos, y ja con des-
apacibilidad estanm en descubierto; no pareció,
después de recogidos, que Batto y Silvano que-
dasen cansados, porque nueva, aunque amiga-
blemente, sacaron* contiendas , muy dignas de
su habilidad, recitando versos propios y ajenos:
Batto loando el italiano. Silvano el español, y
cuando Batto decía un soneto lleno de musas.
Silvano una gloesa llena de amores, y no qui-
tándole su virtud al hendecasilabo, todos allí
se inclinaron al castellano, porque puesto caso
que la autoridad de un soneto es grande y dig-
no de toda la estimación que le puede dar el
más apassionado, el artificio y gracia de una
copla, hecha de igual ingenio, loa mismos Tos-
canos la alaban sumamente y no se entiende,
que les falta gravedad á nuestras rimas, si U
tiene el que las hace, porque siempre, 6 por U
mayor parte, las coplas se parecen á su dueño.
Y allí dixo Mendino algunas de su quinto abue-
lo, el gran pastor de Santillana^ que pndierau
frisar con las de Titiro y Sincero, [ Y quien
duda, dixo Sí r alvo, que lo uno 6 lo otro puedi
ser malo ó bueno? Yo sé decir, que igualmente
me tienen inclinado; pero conozco que á nuestn
lengua le está mejor el propio, al ¡ende de qne
las leyes del ajeno las veo muy mal guardadas,
cuando suena el agudo que atormenta como ins-
trumento destemplado; cuando se reiteran los
consonantes, que es como dar otavas en las mú-
sicas; la ortografía, el remate de las canciomt,
pocos son los que lo guardan, pues un soneto
que entra en mil epítetos y sale sin conceto
ninguno, y tiénese por esencia que sea eacaro
y toque fábula, y andarse ha un poeta desvane
cido para hurtar un amanecimiento ó traspues-
ta del Sol del latino 6 del griego, que aunqae
el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe,
que en fin cuesta poco; pues qne tras un voca-
blo exquisito ó nuevo, al gusto de decirle, le
encajarán donde nunca venga, y de aquí viene
que muchos buenos modos de decir, por tiempo
se dejan de los discretos, estragados de los ne-
cios hasta desterrallos con enfado de su prolija
repetición. Hora yo quiero deciros un sondo
mío á propósito de que he de seguir siempre li
llaneza, que aunque alguna vez me salgo della.
por cumplir con todos, no me descuido mucbo
fuera de mi estilo.
\
EL PASTOR DE FILIDA
469
BIRALVO
Si para ser poeta hace al caso
hablar de musas 6 del dulce riso,
por mi descargo de conciencia aviso
que haga de mi el mando poco caso.
Esto qne me saccde á cada passo,
si quien quise me quiso 6 no me quiso,
esto tengo en mis versos por más liso
que andar por Helicón 6 por Pamasso. .
Si Domcnga me miente 6 me desmiente,
¿qué me harán los Faunos y Silvanos,
6 el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres ñacos y livianos,
que á juicio de sabia y cuerda gente,
lo fino es: pan por pan, vino por vino,
A todos agrado el soneto de Siralvo, pero
Batto, que era de contraria opinión, dijo otros
suyos, haciéndose en alguno. Roca contrapues^
ta al mar, y en alguno, Nave combatida de
8U8 bravas ondas, y aún en alguno, Vencedor
de leones y pastor de inumerables ganados; en
estas impertinencias se passó la mayor parte
de la noche, y cargando el sueño, Batto y Si-
ralvo cortésmente se despidieron, y Mendino
y Cardbnio quedaron con mucho agradeci-
miento, y SiRALVO pagadissimo de la habilidad
de entrambos, con lo cual se entregaron al re-
poso, que aunque necesitado del, fué breve,
porque apenas cogió Titán los postreros abra-
zos de la tierna esposa, y la estrella del Alba
pidió albricias del alegre dia, y en los verdes
ramos, cargados del maduro fruto, las avecillas
comenzaron á moverse, cuando Mendino de sus
gallardos miembros sacudió el sueño, y libres
de aquella imagen de la muerte, salió del lecho
y sacó á Cardenio y Siralvo, y todos tres de-
sando bastantes pastores y zagales, se pusieron
en camino para buscar al sabio Erión, y á po-
cos pasos oyeron el son de una melodiosa zam-
pona, el cual llevando sus ojos á la parte donde
resonaba, vieron venir por entre los sombríos
ramos uno que en hermosura de rostro y ga-
llardía de miembros más cortesano mancebo
que rústico pastor representaba; eran sus luen-
gos cabellos más rubios que el fino ámbar, su
rostro blanco y hermoso, bien medido, cuyas
facciones, debajo de templada severidad, conte-
nían en sí una agradable alegría. Traía un sayo
de diferentes colores gironado, mas todo era de
pieles finíssimas de bestias y reses, unas de me-
nuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas
mangas abiertas y golpeadas salían los brazos
cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del
mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban,
donde se prendía la calza de sutil estambre.
Bien descuidado venía de ser visto y assí hacia
extremos extraños aunque no feos, entre los
cuales fué el uno quebrar furiosamente la zam-
pona con que las cercanas selvas resonaban;
pero después, como arrepentido ó constreñido
de necesidad, se llegó á un verde sauce, donde
con un pequeño cuchillo comenzó á labrar otra,
sentado sobre la fresca hierba, y allí las manos
en su oficio y los ojos en el cielo Comenzó á
decir:
«i Oh Cielo, que adornado de claro Sol y de
^agradable Luna, más te me muestras hermoso
]»que benigno, si después de tu ira sueles oir
)!>Ias voces de los que con dolor te llaman, oye
>>agora las querellas deste á quien todo bien y
»contentamiento es ajeno! Cierto yo creo que
:E>la causa de tanta pena y fatiga, de tanto mal
fiy cuidado, de sólo imaginarlo no se acuerde;
»la cual cosa, si cierto es verdad, no sé cómo
y>is baste dureza, no sé, ¡oh alto Cielo! cómo
^te baste justicia para no remediar tan fiero
jidaño, aplacando aquélla que con su rostro los
^ojos míos alegrar solía, mi alma con sus pala-
]»bras confortaba, mi corazón con su belleza
atraía domado, no como agora al yugo del des-
2>amor y olvido, pero á la sabrosa cadena de su
^templada voluntad. Cierto yo no sé quién de
J^aqui adelante me sea agradable, ni quién re-
i>medie mis daños, ni dé alivio á la carga de
]>mi mal, si la que más amo y es la causa del,
»tan olvidado le tiene, y tú, cielo sordo, tan
)>d€Scuidado estás de esta memoria. ¡Ay, Ar-
Dsia mía, causa principal, contigo me vi alegre
»en dulces pláticas, contigo en deleite cazando
:Dpor los altos montes, contigo dichoso visitan-
i>do los sacros templos; ya sin ti por pequeña
«ocasión me veo triste, lleno de dolor y miseria;
Dsin ti me veo mezquino, siempre llorando.
Insolo y sin voluntad de compañía; ¡ay cuántas
aveces contigo coroné los toros, reduje y estre-
Dché los ganados con el son de mi zampona y
Hu. lira, al cual unos de pacer olvidados escu-
Jachaban y otros de placer conmovidos rumiaban
x>]a8 tiernas y matutinas hierbas! ¡y cuántas
:»veces sin ti, olvidado el hato por los riscos y
^solitarios valles, me lamento, donde mis ojos
:»te dan ríos, ríos te dan mis ojos; y mi tríste
D zampona te canta, entre mis justas quere-
»lla8, alguna paite de tus más justos olores;
"báe manera que ya los árboles á tu suave
»nombre con sus hojas me responden, y yo
^enseñaré á las bestias que con sus bramidos,
»al son del , muestren temor y humildad, escri-
)>biendo por estos olmos, por estas hayas, por
»estos pinos, tu crueldad y mi pena, tu beldad
»y mi firmeza; de manera que en largos tiem-
i»pos dure tu memoria, y de temor sea tu nom-
]»bre reverenciado, sin que jamás la fama de tn
]» valor y mi dolor se acabe!».
Apenas el sin ventura había llegado á los
postreros acentos de su querellosa plática, cuan-
do repentinamente, sin poder los pastores avi-
470
ORÍGENES DE LA NOVELA
Sftne, le yieron caído en tíenrn, 7 qaeríendo lie-
gñr á tocorrelle^ les faé forzado dexarle por no
impedir á qna Ninfa qne laatimoea á é\ yieron
llegar, cuya hermosara juzgaron digna de las
palabraa del desmajado amante; mas ella llo-
rosa j con angnsiiado rostro rertió sobre el
pastor abundantes lágrimas, y después con ar-
dientes sospiros le decía:
«¡Oh, Livio, Livio, más hermoso que el sol,
»más gracioso que el alba y más suare que el
»anra! Tú solo, desde tu nacimiento, fuiste agra-
i»dablc á mis ojos, t6 sólo fuiste dulce á mi
>alma, tá solo deleitoso á mis sentidos, mas
»iú solo injusto á mis orejas. ¡Oh, Lítío, Li-
jiyío, amarga fue la hora que tu voluntad vio-
plaste; contentáraste con lo mucho que te ama-
cha; miraras la amistad que te hacía, pues l«s-
itara á entretener cualquier ardiente deseo;
»mas ;ay! que ni bastó mi honestidad á ref re-
mar tu apetito ni mi respeto á mudar tu in-
atención, y assí con ambas cosas me injuriaste
>y con tu Talor me tienes en tu cadena: con-
itóntate con que si penas, peno; kí amas, amo,
»y si me sigues, huyo de mi mismo contento y
^alegría, y no quieras más mal de lo |>as8ado,
ly agora, pues con mi yista te arrodillaste y
>con mis lágrimas recuerdas, quédate á Dios,
Bque no es justo que yeas á quien con el cora-
izón amas y con los hechos aborreces!».
En esto la hermosa Ninfa, temerosa del pas-
tor que en su acuerdo yolvía, cnnicnzó á apre-
surar los passos por la espessura; mas el pastor,
que con sobresalto en sí yolyió, mirando á una
y á otra parte se levantó del suelo y la comenzó
á seguir repitiendo su nombre muchas veces:
de la cual cosa nuestnw pastores extrañamente
admirados, quisieron ver el fin de aquella histo-
ria, y siguiéronlos á passo largo sin detenerse
más de una milla, que no los perdieron de vista
hasta la traspuesta de un monte, qne como tra-
g^ados de la tierra se desaparecieron ; y casi co-
rridos de no hal)erlo6 alcanzado, baxaron de la
cumbre y no se dexaron andar por un valle es-
pacioso donde á partes yermo y á partes plan-
tado estaba lleno de frescura y deleite. Llamá-
base éste el valle del Venero, porque casi en
medio de él estaba una fresquíssima fuente ro-
deada de olmos y salces. Aquí guiaron nues-
tros pastores con intención de reposar un rato
en ella y aliviar del peso á los zurrones co-
nuendo de lo que dentro traían ; mas esto no
podo ser como pensaron, que á poca distancia
antes que llegassen, ya que á sus oídos tocaba
el rumor de la agradable corriente, toparon á
Carpino qne les salió al encuentro, rico y no-
ble rabadán, de poca edad y de muchos casos,
amigo de Amor pero máa de su libertad, y assí
á eada cosa acudía con un mismo cuidado; éste
Ifs dijo qne se detuTÍesatn si no querían turbar
á cinco Ninfas que en la fuente reposaban, y él
había esperado si alguna desmandada ▼iniette
por allí con intenciún de hablarle; mas «Ilif,
después de largas pláticas se habían qnedido
dormidas, y que á la otra parte del valle á li
entrada de la selva tenían sos redes armadas j
otra Ninfa que las estaba guardando; al rato-
nar de Carpino, ó caso que ellas lo oyesaen, ó
que el cuidado les quitasse el sueño, comenzaron
á hablar, y los pastores, por oírlas, se entraroD
con gran silencio entre las matas, donde fácil-
mente las conocieron y se vieron llenos de con-
tentamiento. Por lo menos eran la sin par Fi-
LiDA, la discreta Filis, la gallarda Clon, 1a
hermosa y agradable A Iban isa y la graciosa y
bella Pradelia, entre las cuales Filida, sacan-
do la lira por su ruego casi divinamente ton-
da, y pienso que de los divinos espíritus stes-
tamente oída, cantó esta Utra antigua con eeti^
coplas de su raro ingenio:
Letra,
FILIDA
Enjuga, Filis, tus ojos,
que el tiempo podrá curar
lo qne no tú con llorar.
Coplas,
Si piensas que son las penas
con el llorar redimidas,
más lágrimas hay vertidas
que tiene la mar arenas;
y pues ellas no son buenas,
al tiempo debes llamar,
que puede más t¿ue llorar.
Si acaso el llorar bastara
á aliviar nuestros quebraatos,
yo que sufro y callo tantos,
hasta secarme llorara.
Pero pues es cosa clara,
que no tiene de bastar,
/para que sirre llorar?
No hay peligro tan ligero
que con llorar se asegure,
ni mal qne el tiempo no cure^
por desvariado y fiero;
el reparo verdadero
el tiempo te le ha de dar,
que no, Filis, el llorar.
Si es fuego que Amor emprende,
no le mata el agua, no,
que como en la mar nació
con el llorar más se enciende;
pues mi consejo te ofende^
toma el tiempo en su lugar,
raldráie más que llorar.
EL PASTOR DE FILIDA
471
Esta ccmciiki fnd solenizando Filida con sa
gracia, las Ninfas con sas loores y los pasto-
res con sn silencio, pero Filis con sos sospi-
ros, y al fin della, con ellos y este soneto acom-
paño la lira:
FILIS
Pues la contraria estrella de mi vida
no Lace cosa que no sepa á nmerte,
tenga piedad de mi dolor la maerto,
poniendo fin á tan cansada vida.
Tal ha sido el discurso de la vida,
que mil vidas daré por una nmerte;
qnizás satisfaré con esta muerte
á quien siempre ofendí con esta vida.
Siempre fueron contrarias vida y muerte,
que va la muerte á quien querría la vida,
que está la vida en quien desea la muerte.
Yo que soy enemiga de la vida,
líbrame della, perezosa muerte,
antes que muera á manos de tal vida.
Acabó Filis su cantar, mas no cessaron sus
sospiros, á la cual Clori piadosamente dixo:
Desde ayer te veo llorosa, Filia, y no te he pre-
guntado la cansa; pero pues Filida te ha pro-
curado consolar, dime qué nueva passión te
aflige para que yo también lo haga. A esto
respondió Filis: «No es nuevo tener yo que
^llorar, ni dolerte tú de mis pesares; mas ahora
i^son de manera que los extraños lo pueden ha-
i»ccr, cuanto más Filida y tú á quien yo tan-
»to amo. El descuido de Mendino me tiene
'llena de sospechas, y nunca el alma me dice
:»ccsa que me engañe». Palabras fueron estas
que hicieron temblar el corazón de alguna que
allí estaba y por muy amada de Mendino se
tenia; turbó el color de su rostro y atravesó
razones que descubrieron más su sentimiento,
lo cual mirando Clori con gracioso semblante
dixo: Todos los hombres son mudables, y á la
verdad menos nosotras nos dexamos olvidar,
pero yo muy disculpada estoy en haber dexado
Castalio por Cardenio, puetj hice la voluntad
de su padre y el mío, y aun mi negocio y el
suyo: pésame que Mendino te dé ocasión de
quexarte aunque ya tú le conoces; bien salies á
quién amó en el Henares, y en apartándose en
lo que se entretuvo, y que apenas murió Elisa,
cuando se ocupó en otras partes, que antes de
llegar á ti tuvo muchas leguas de mal camino.
A esto dixo Filis: ;0h, Clori, qué engaño tan
grande es pensar que tenga Mendino olvidado
su primer amor! Más vivo está en su alma
que nunca estuvo; con esta carga le tomé, Nin-
fa; y de otras muertas y vivaí antes de mí, poco
me penó, que es agtia passaila: cosas nuevas
son las que escuecen y lo harán hasta la muer-
te. Esso me admira, dixo Clori; luego cuando
trata Mshdiho, ¿pasatiempo y burla es? Ten-
lo por cierto, dixo la bella Albanisa; que yo soy
bastante testigo de sus veras y sé que con na-
die las puede tener, porque las consagró á buen
lugar. Su hado lo sea, dixo Pradelia, que el
contento general sería. A esto Filis quiso res-
ponder, mas fué impedida de Florela, que esta-
ba en guarda de las redes, y como vido llena la
selva de aves que se venían á recoger del sol,
presurosa le vino á avisar, y ellas sin detenerse
dejaron la plática y la fuente y siguieron á Flo-
rela. Los pastores, que ni palabra ni afecto ha-
bían perdido, cuál confuso y cuál contento se
fueron con el mismo secreto siguiéndolas por
entre las plantas; hasta que, sin avisarse, topa-
ron con una de las redes, teñida en verde per-
fetíssimo, que de dos altos chopos hasta la tie-
rra pendía. A un lado estaba una alta peña
cubierta con las copas de árboles, donde los
cuatro pastores subiéndose sin ser vistos, des-
cubrían la selva: vieron las hermosas Ninfas,
que, puestas en ala, con laigos ramos en las
manos comenzaron á sacudir las plantas, tra-
yendo cada una las aves hacia sus redes, que,
espantadas del raido, de rama en rama venían
hasta dar en ellas. Ño á cuarto de hora que
dcsta suerte fatigaron la selva, sus anchas re-
des se sembraron de más de cien maneras de
aves, desde el simple ruiseñor hasta la astuta
corneja. Y á este tiempo, passando Ergasto
por la selva, sentado sobre el asnillo, las Nin-
fas le llamaron para que las ayudasse á des-
prender las redes: ésta tomaron los pastores
por propicia ocasión, y decendiendo á las Nin-
fas, alegremente fueron dellas recibidos. Allí
v:ó Siralvo todo su bien; Cardenio todo su gus-
to, porque era general con Ninfas y pastoras;
pero Mendino, que había oído hablar tan pro-
fundamente de sí, con más recato gozo de
aquella buena suerte; y todos juntos llegándo-
se á las redes, baxó Síralvo las de Filida,
Cardelio las de Clon, Mendino las de Albani-
sa, que era su deudo y verdadero amigo; Car-
pino las de Filis y Ergasto las de Pradelia, y
echándolas sobre el asnillo, á Florela se le en-
comendó que las llevasse al monte, y en tanto
que tomaba acordaron de volverse juntos á la
fuente. ;0h, amadas Ninfas; oh, pastores mios!
¿quién podií decir lo que alÚ passastes? ¿Quién
viera á Siralvo ardiendo en su castíssimo amor,
donde jamás sintió brízna de humano deseo; á
Cardenio tan enriquecido de despojos; á Car-
pino tan inclinado á todas, y á Mendino de to-
das tan juzgado, que sola Albanisa le defen-
día? No se descuidó Cardenio en decir cómo
los tres iban bascando la cueva de Eríón, con
intención de habitar en ella, ni las Ninfas con-
tradijeron su propóaito, antes le aprobaron; y
1
472
ORÍGENES T)E LA NOVELA
al fin de sos razones Filida pidió á Sibalto
qne cantasse, 7 <^1, qoe qaizá lo tenia niás gana,
gacó la lira, á cuyo son dixo mirando los ojos
de la hermosa Ninfa:
SIBALVO
Ojos llenos de consuelo,
si vuestra luz me faltasse,
fálteme él, si no esqoirasse
los míos de la del cielo;
quien de vuestro mirar tierno
gozó la gloria algún día,
fuera della, ¿qué vería
que no le f uesse un infierno ?
Van el daño y el provecho
tan juntos en' esta historia,
que vuestra sola memoria
fabrica un cielo en mi pecho;
poro si el helado miedo
de perderos llega alli,
/.quién dará señas de mi?
Hable Amor, que yo no puedo.
No será poca osadía
tenerla Amor en hablar,
que yo le he visto temblar
á vuestra luz más de un día;
él me ofende y yo le ofendo
si nuestras causas callamos,
oíos, hablemos entramos,
el temblando y yo muriendo.
Vos sabéis que no hay qnien huya
do essos rayos vencedores,
y él sabe que sois señores
de mi alma y de la suya;
yo sé que si me dexáis
llevará Muerte la palma,
pues tanto tengo en el alma,
ojos, cuando me miráis.
Cuando miráis producís
mayos de contentamiento,
y á cualquier apartamiento
inviernos los convertís,
y en la sequedad mayor,
como toméis á mirar,
el más marchito lugar
vuelve de vuestro color.
Teniendo tales maestros,
tal espíritu quisiera,
que quien mis loores oyera
conociera que eran vuestros;
mas si en la intención se gana,
en el efecto se yerra:
mal podrá pincel de tierra
sacar labor soberana.
A la gloria de miraros
sólo iguala el bien de veros,
y á la pena de perderos
el dolor de no hallaros;
el pnnto qae os paedo ver
es el que tiene el deseo,
y sí no 06 veo, no veo;
ved si hay más qae encarecer.
Annque mi alma sastenta
vuestra luz en mis enojos,
la sed de veros, mis ojos,
con miraros se acrecienta;
y ¿qué señal más segura,
qué razón más conocida
de estar sin alma y sin vida,
que haber en veros hartura?
Sois grandezas peregrinas,
sois milagros inmortales,
sois tesoros celestiales,
sois invenciones divinas,
sois señales de bonanza,
sois muertes de los enojos,
sois ídolos de mis ojos,
£ois ojos de mi esperanza.
Por más agradable' tuviéramos á Florek, i
ser esta vez menos diligente, porque no hizo
más de llegar al monte y en lugar señalado de-
jar en guarda la caza y volverse con el asnilli»
de Ergasto á llamar á las ninfas qae la fosa-
sen á repartir. Llegó cuando Sírairo acsbsbs
su canción, y acabóseles á todos el contento,
porque á la hora, dejando sentimiento en el lo-
gta cuanto más en los corazones, qne más qoe
á sí las amaban, las ninfas se despidieran;
también el galán Carpino se fué por sa parte,
Ergasto por la suya; Cárdenlo, Mendino y Si-
ralvo atravessaron por sendas y veredas al valle
de los Fresnos, v á la misma hora de medio
día bajaron los riscos y passaron á la mortda
de Erión, donde le hallaron curando con hier-
bas á un miserable pastor que, sig^iiendo á ant
ninfa á quien amaba y se huía, con rabia y do-
lor se había despeñado, y sus amigos llevárou-
le al mago sin sentido. Luego conocieron los
pastores que era el mismo que ellos venían si-
guiendo, y después de saludar á Erión y ser
del alegremente recebidos, ayudaron alU en lo
que pudieron, hasta que Livio, que si os acor-
dáis assí le llamó la ninfa, volvió en sí, y ha-
ciéndole beber de un precioso licor, quedó to-
talmente reparado y arrepentido, que tal fuer-
za puso Dios en el saber humano. Con eito
Mendino apartó al mago y le dixo cómo loi
tres venían por algunos días á habitar sn mo-
rada, de que Erión recibió mucho contento, 7
despidiendo á Livio y á sus compañeros, entró
con los tres por los secretos de sn cueva, que,
para no la agraviar, era de realissima fábnct,
pero toda debajo de tierra, con anchas lambrr»
que en vivas peñas se abrían á una parte del
risco, donde jamás humano pie llegaba. No sé
yo si esto fuesse por fuerza de encantamiento
EL PASTOR DE FILIDA
473
ó verdadero edificio, pero sé que su riqueza era
sin par. Primero entraron á una ancha j larga
sala de blanco estuco, donde, en concayidades
embebidas, estaban de mármol los romanos Cé-
sares, unos con bastones y otros con espadas
en sus manos, y en los pedestales abreviados
versos griegos y latinos, que ni negaban á Ju-
lio César sus Vitorias ni callaban á Heliogába-
lo sus vicios. £1 techo desta sala era todo de
nnos pendientes racimos de oro y plata, que por
si pudieran clarificar el alto aposento, en me-
dio del cual estaba una mesa redonda de pre-
cioso cedro sobre tres pies de brasil, diestra-
mente estriados, y alrededor los assicntos eran
de olorosa sabina. Aquí pienso que el mago
adivinó la necessidad, porque los hiso sentar y
sacó fresquissima manteca y pan, que en blan-
cura le excedía, sin faltar precioso vino, que
con el agua saltaba de los curiosos vosos, y ha-
biendo satisfecho á esta necessidad, entraron
á otros aposentos (aunque no tan grandes), de
mucha más riqueza. Admirados quedaron los
pastores de que en las entrañas de los riscos
pudiesse haber tan maravillosa labor, pero á
poco rato perdieron la admiración desto, y la
hallaron mayor en un fresco jardín que sólo el
cielo y ellos le veían, donde la abundancia de
fuentes, árboles y hierbas, la harmonía de las
diversas aves y la fragancia de las flores, re-
presentaban un paraíso celestial; á la una par-
te del cual estaba una lonja larga de cien pas-
sos y ancha de veinte, cubierta de la misma la-
bor de la primera sala. Era el suelo de ladrillo
esmaltado, que por ninguna parte se le veía
juntura; á una mano era pared cerrada y á otra
abierta, sobre colunas de un hermoso jaspe na-
tural; por todas partes se veía llena de varias
figuras que, de divino pincel, con la naturaleza
competían, y en la cabecera se levantaba, sobre
diez grodoi* de pórfido, un suntuoso altar, cu-
bierto de ricos doseles de oro y plata, y en él
la imagen de la ligera Fama, cubierta de abier-
tos ojos y bocas, lenguas y plumas, con la so-
nora trompa en sus labios; tenia á sus lados
muchos retratos de damas de tan excesiva gra-
cia y hermosura, que todo lo demás juzgaron
por poco y de poca estima. Aquí Eríón los
hizo sentar en ricas sillas de marfil, y él con
ellos, al son de una suave baldosa, assí les dixo,
puestos los ojos en la inmensa beldad de las
figuras:
ERIÓN
Desde los Etíopes abrasados
hasta los senos del helado Scita,
fueron nueve varones consagrados
á la diosa gentil que al alma imita;
¡08 nueve de la Fama son llamados,
y lo serán en cnanto el que se quita
y se^ pone en Oriente para el suelo,
no se cansare de habitar el cielo.
Agora cuanta gloria se derrama
por todo el orbe, nuestra Iberia encierra
en otras lumbres de la eterna Fama,
por quien sus infinitas nunca cierra;
recuperaron con su nueva llama
aquella antigua que admiró la tierra,
para que, como entonces de varones,
muestre de hoy más de hembras sus blasones.
Estas cuatro primeras son aquellas
que á nuestro crístianíssimo monarca
han prosperado las grandezas dellas
más que cuanto su fuerte diestra abarca;
después que el mundo rió su fruto en ellas,
segó las flores la violenta Parca.
Luso, Gaita, Alemania con Bretaña
lloran, y Iberia el rostro en llanto bafía.
Tras ellas la Princesa valerosa,
aquella sola de mil reinos dina,
á quien fue poco nombre el de hermosa,
no siendo demasiado el de divina;
á cuya sombra la virtud reposa
y á cuya llama la del sol se inclina,
ínclita y poderosa doña Juana,
por todo el mundo gloria Lusitana,
Las dos infantas que en el ancho suelo
con sus rayos clarissimos deslumhran
como dos nortes en que estriba el cielo,
como dos soles que la tierra alumbran,
son las que á fuerza de su inmenso vuelo
el soberano nombre de Austria encumbran,
Uella Isabel y Catarina bella,
ésta sin par y sin igual aquélla.
De clarissimos dones adornadas
luego veréis las damas escogidas
que, al soberano gremio consagradas,
rinden las voluntades v las vidas;
ni de pincel humano retratud<is,
ni de pluma mortal encarecidas,
jamás pudieron ver ojos mortales
otras que en algo parecicssen tales.
Aquel rayo puríssimo que assoma,
como el sol tras el alba en cielo claro,
es doña Ana Manrique, de quien toma
la bondad suerte y el valor amparo;
la siguiente es doña Alaria Coloma,
que en hermosura y en ingenio raro,
en gracia y discreción y fama clara
su nombre sube y nuestra vida para.
Hoy la beldad con el saber concuerda ('),
hoy el valor en grado milagroso,
en otras dos que cada cual acuerda
la largueza del cielo poderoso;
ésta de Bobadilla y de la Cerda,
(*) En la primera edición se \eit acuerda, repitiendo
el consonante Mayans enmendó bien eoneucraa.
474
ORÍGENES DE LA NOVELA
con estotrm de Castro j de Mo§co90,
nna Mencia j otra Mariana'.
ésta el Incero y éaU la mafíAna.
Doña María de Aragón parece
esclareciendo al mundo sa belleza;
BU valor con su gracia resplandece,
su saber frisa con su gentileza,
y la que nuestra patria ensoberbece,
y á Lusitania pone en tanta alteza
con cuantos bienes comunica el cielo,
es la bella Guiomar, gloria de Meló.
La más gentil, discreta y valerosa,
la de más natural merecimiento,
será daña Marta, en quien reposa
el real nombre de Manuel contento;
y esta Beatriz, tan bella y tan graciosa,
que excede á todo humano entendimiento,
luz de Bolea, diga el que la viere:
Quien á tus manos muere, ¿qué más quiere?
Doña Lui9a y doña Madalena
de Laaso y Borja, el triunfo que más pessa,
vida de la beldad, de amor cadena,
de la virtud la más heroica empressa,
que cada cual con su valor condena
á la fama inmortal que nunca cessa,
ni cessará en su nombre eternamente:
veislas alli, si su beldad consiente.
Aquel cuerpo gentil, aquel sereno
rostro que veis, aquel pecho bastante,
es de doña Francisca, por ser bueno
Manrique, porque va tan adelante;
y aquellas dos, que no hay valor ajeno
que se pueda llamar más importante,
son doña Claudia y Jasincur, adonde
con el deseo la gloria corresponde.
De Diatristán el nombre esclarecido,
en Ana y en Hipólita se arrima,
y en ellas vemos el deseo cumplido
de cuantos buscan de beldad la cima;
su nuieho aviso, su valor crecido,
de suerte se conoce, assi se estima,
que vista humana no se halla dina
para mirar tal dama y tal Menina.
Doña Juana Manrique viene luego,
doña Isabel de fííaro en compañía,
y doña Juana Enriquez, por quien niego
que haya otras gracias ni otra gallardía;
por estas tres espera el Amor ciego
quitar la venda y conocer el día,
que esta estrella, este norte, este lucero,
serán prisión de más de un prisionero.
Aquesta es la clarissima compaña
quo el invicto Felipe escoge y tiene
con los soles puríssimos de España,
y cnanto el cielo con su luz mantiene;
de lo que el Tajo riega, el Ebro baña,
mostraros otras lumbres me conviene,
que donde aquestas son fueron criadas,
y otras no menos dinas y estimadas.
La que con gr^Mna y diacreciái ajodA
á su mucha beldad, coa ser tan bellsi
que si estuviera su beldad desnoda»
gracia y saber haUáramos en ella,
doña Luisa Enrtquez es sin duda;
duquesa es del Infantado, aquella
en quien el cielo por igual derrama
hermosura, linaje y clan fama.
Desta rama esta flor maraTÍllosa,
de aqueste cielo aquesta luz fulgente,
deste todo esta parte gloriosa,
de aquesta mar aquesta viva fuente;
bella, discreta, sabia, generosa,
es gloria y ser de inumerable gente,
dice doña Anaáñ Mendoza el mando»
y el Infantado queda sin segundo.
Aquellas dos duquesas de un linaje,
entrambas de Mendoza, entrambas Anas,
á quien dan dos Medina* homenaje,
de Sidonia j Huiseco, más hamanas
rinden las alabanzas vassallaje,
á sus altas virtudes soberanas,
Mendoza y Silva, en sangre y en ejemplo
de valor y beldad el mismo templo.
Doña Isabel, gentil, discreta y bella,
de Aragi'm y Mendoza, alli se maestra
marquesa de 1¿ Guardia, en quien se sella
todo el ser y valor que el mundo maestra;
¿qué bien da el cielo que no viva en ella?
¿qué virtud hay que allí no tenga maestra?
Diga el nombre quién es, que lo que vale,
no hay acá nombre que á tal nombre iguale.
Mirad las dos de igual valor, duna Ana
y doña Elvira, cada cual corona
de cuanto bien del cielo al mundo mana,
como la fama sin cessar entona,
Enriquez y Mendoza, por quien gana
tal nombre Villafranca y tal Cardona,
que de su suerte y triunfo incomparables
quedarán en el mundo inestimables.
Humane un rayo de su rostro claro
en mi pecho, si quiere ser loada,
aquélla que en virtud é ingenio raro
es sobre las perfetas acabada:
ser condesa de Andrada j ser amparo
de Apolo, 08 alabanza no fundada;
ser doña Catarina, ésta lo sea
de ZuTiiga y del cielo viva idea.
Veis las dos nueras del segundo Marte,
y de la sin igual en las nacidas,
á quien el cielo ha dado tanta parte,
que son por gloria suya conocidas:
la una dolías en la Alltana parte,
y la otra en Nararra obedecidas,
son María y Brianda y su memoria,
de Toledo y Viamonte honor y gloría.
Aquella viva luz en quien se avisa
para alumbrar el claro sol de Oriente,
que entre sus ojos lleva por devisa
EL PASTOR DE FILIDA
475
acia y la prudencia jantamente,
la sin ig^al daña Luisa
ann'qne y de Lcu-a precediente,
fsa de Maqueda, y más segura
y señora de la hermosura,
(uella que los ánimos recuerda
car alabanza más que humana,
ide, sr es possible que se pierda,
réis la beldad, pues della mana,
)ria de Mendoza y de la Cerda,
sabia y honesta dona Juana^
uien la gracia y el valor se humilla
enriquece el nombre de Padilla.
[uella en quien natura hiao (') prueba
poder, y el cielo y 1a fortuna,
Isabel riqueza de la Cueva^
•8a es de la felice Oésuna*
;laro sol que nuestros ojos lleya
templar sus partes de una en una,
/7a Aíanana EnrúpieZy bella,
del mundo, para no ofendella.
, que con sus virtudes reverbera
misma beldad, luz. sin medida,
ha Ghiiomar Pardo de Tavera,
líen valor y discreción se anida;
jne levantando su bandera
AS más bastantes preferida,
/7a Inés de Zúñiga^ en quien cabe
o la fama de más gloría sabe.
'is aquella condesa generosa
juilar, á quien Amor respeta,
las muy hermosas más hermosa
re las muy discretas más discreta,
e virtud y gracia milagrosa
la vemos una y otra meta,
Luisa de Cárdenas se llama,
i del mundo y vida de la fama,
d el portento que produjo el suelo
; natura mayor gloría halle,
llena gentil, que el cortes cielo
8 le plugo su consorte dalle,
s levanta de Quzmán el vuelo,
xán resuena en el felice Valle,
le el descnbrídor del Nuevo Mundo
del nuevo triunfo sin segundo»
uella de valor tan soberano
s agravio loarla en hermosura,
le natura, con atenta mano
¡so engrandecer en su figura,
ieii linaje y fama es claro, y llano
su raya en la suprema altura,
sa de Chinchan; mas es el eco,
) cabal es doña Inés Pacheco,
ña Juana y doña Ana, son aquéllas
Cueva y la Lama, madre y hija,
^a Celi y Cogolludo en ellas
Isi en la primera edición. Ed la de Mayansí
tienen el bien que al mondo regocija:
hermosura y valor que están en ellas,
sin que halle la invidia que corrija,
fama y linaje deste bien blasonan
y las virtudes dellas se coronan.
Aquella fortaleza sin reparo,
aquella hermosura sobre modo,
aquella discreción, aquel don raro
de dones, y el de gracia sobre todo,
del tronco de Padilla, lo más claro
de las reliquias del linaje godo,
en quien del mundo lo mejor se muestra»
es marquesa de Áuñón y gloría nuestra.
Aquélla es la princesa por quien suena
la temerosa trompa tan segura,
y dice doña Porcia Madalena,
por quien Asculi goza tal ventura;
y aquella que el nublado sol serena
y el claro ofusca con su hermosura,
tal que en Barajas vencerá la fama,
doña Mencia de Cárdenas se llama.
Otra más dulce y más templada cuerda,
otra voz más sonora y no del suelo,
cante á doña Mana de la CerdOy
que en la Puebla podrá poblar un cielo;
y pues el son con el nivel concuerda,
que escucha atento el gran señor de Délo,
y la voz oye y la harmonía siente,
doña Isabel de Ijeiva es la siguiente.
Aquella que entre todas raya hace
en valor, en saber y en gentileza,
que de Mendoza y de la Cerda nace,
y de Leiva quien goza su belleza;
por quien la Fama tanto satisface,
que con lo llano sin buscar destreza,
hace que el suelo Mariana diga
y que el deseo tras otro bien no siga.
La que á los ojos con beldad admira,
y á los juicios coa saber recrea,
Denia la ofrece, espérala Altamira,
y quien la goza más, más la desea;
doña Leonor de Rojas^ con quien tira
Amor sus flechas y su brazo emplea.
Fama se esfuerza, pero no la paga,
porque no hay cosa en que su prueba haga.
Veréis las dos de Castro, á quien Fortuna
impossible es que al merecer iguale,
son Juana, á quien jamás llegó ninguna;
Francisca, que entre todas tanto vale,
que el claro sol y la hermosa luna
de Mendoza y Pizarro en ellas sale,
Juana y Francisca Puñonrostro canta
y el mundo al son los ánimos levanta.
Hermanas son y bien se les parece
en valor y beldad y cortesía
las dos, do más el nombre resplandece
de Zapata, que el sol á medio día,
son Jeránima y Juana, en quien ofrece
el cielo cuanto por milagro cría.
476
orígenes de la novela
Rubí se engasta de su esmalte puro,
Puertocurrero el puerto re seguro.
En el discurso de la grave lista
id con nuevo recato apercebidos,
que la belleza ofuscará la vista
y el valor j el saber á los sentidoe:
la condesa mirad de Alba de Lista^
veréis en ella los deseos cumplidos,
que cuanto el mundo considera y sabe,
doNa María de Urrea es en quien cabe.
Aquella viva lumbre, decendiente
de Mendoza^ Velasco se apellida,
Juana Gentil, en quien Ramírez siente
bondad y gracia y triunfo sin medida;
es dona Juma Cuello la siguiente,
donde tal suerte y tal valor se anida,
tal beldad, tal saber, tal gentileza,
que empereza la Fama su grandeza.
Si queréis ver de discreción la suma,
si queréis de valor ver el extremo,
de hermosura el fin, donde la pluma
se ha de abrasar y al pensamiento temo,
golfo do bienes que, aunque más presuma,
no correrá el deseo á vela y remo,
volved, veréis las cuatro lumbres bellas,
y lo más que diré, lo menos dellas.
Brianda, Andrea serán, Teresa y .4wíi,
nortes del mundo y más de nuestra Iberia,
por quien gozan vitoria más que humana
Béja^, Gibraleóny Arcos y Feria;
Guzmán^ Sarmiento, Zúuiga, que llana
hacen la palma nuestra y dan materia
á la Fama, que haga formas tales,
que durarán por siglos inmortales.
Gracia, bondad, valor, beldad, prudencia,
linaje, fama y otras celestiales
partes se ven en firme competencia,
para quedar en un lugar iguales:
es Mariana quien les da excelencia,
la gloria de Bazán, por quien son tales
y á quien la casa de Coruna llama,
para más nombre, gloria, triunfo y fama.
Entre estas maravillas singulares
doña Marta Pimentel se mira,
valerosa condesa de Olivares,
en quien el valor mismo se remira;
y aquella preferida en mil lugares,
dona Luisa Faxardo es quien admira
á la natura, y MedelUn, dichoso
por ella, al mundo dexará invidioso.
Aquella gracia y discreción que iguala
á la beldad, con ser en tanto grado,
que lo menos que vemos tiende el ala
sobre lo más perfecto y acabado,
miradla bien, que es doña Inés de Ayala,
sin poder ser de otra aquel traslado,
aquel extremo de amistad y vida,
de antigua y clara sangre producida.
Mirad, veréis á la gentil doña Ana
Félix^ felicidad de nuestra era;
es condesa de Riela, es quien allana
al siglo el nombre de la edad primen;
y aquella que se muestra más que humana
en valor, suerte y gracia verdadera,
doña Guiomar de tSaa, será su historia
luz de VanegaSy de Espinosa gloria.
En T avara y Cerralvo contemplamos
nueva luz, que los ánimos assombrc,
con estas dos bellezas que juzgamos,
engrandeciendo de Toledo el nombre:
si ofuscada la vista retiramos,
veremos otro sol de tal renombre,
que el de Guzmán adelantado queda,
por quien compite con el cielo üceda,
Alli se muestre en rostro grave y ledo
aquella admiración de los vivientes,
honor de Enrique z, gloría de Acevedo,
siendo condesa sin igual de Fuentes;
y aquella (si en tan poco tanto puedo
que, dexadas sus partes excelentes,
diga su nombre) es doña Catarina
de Carrillo y Pacheco la más dina.
Mirad las dos de extraña maravilla
en valor, en saber y en hermosura:
la una de Escobedo, otra de Arcilla,
gloria y honor, y más de la natura,
María y Catarina, á quien se humilla
todo lo digno de alabanza pura,
ambas por albedrío y por estrella,
aquesta de Bazán, de Hoyo aquélla.
Llegue doña María de Peralta,
en quien se alegra y enriquece el suelo;
doña Angela de Tarsis, do se esmalta
más viva luz que la que muestra el cielo;
doña Isabel Chacón aquí no falta,
que faltara la gloria y el consuelo ;
tres tales son que, para no agraviallas,
gastar debía tres siglos en loallas.
Vamos á aquella de la antigua cepa
de Córdova, sin par doña Marta,
es marquesa de Estepa, y con Estepa,
serlo de un mundo entero merecía;
y á ti en quien no es possible que más qiup
suerte, valor, beldad y gallardía,
del tronco de Velasco, Mariana,
por quien el de Alvarado tanto gana.
Las tres hermanas que en mirar se goa
con atención el regidor de Oriente,
veislas aquí cómo las muestra Poza,
y cómo Arando, y cómo Avilafuente-,
en ellas el real nombre se alboroza
de Enrique z, y un misterio nuevo siente,
que aunque no es nuevo en él el bien cumplida
eslo en el mundo el que ellas han tenido.
De Castro y de Moscoso llana hacen
dos Teresas la luz, y al sol escaso,
por quien Mendoza y Vargas satisfacen
sin haber cosa que más haga al caso,
EL PASTOR DE FILIDA
477
con doña Mariana más aplacen,
por quien Mendoza, enriqueciendo á Lasso,
86 alegra el Tajo, y su feliz corriente
dirá LasBO y Mendoza eternamente.
Las dos hermanas en quien cupo tanto,
qne en lengua humana su loor no cabe,
son Blanca y Catarina, y son espanto
de quien lo menos de sus partes sabe,
el claro nombre de la Cerda, en tanto
abre su lumbre y éstas son la llave
con su gracia y virtud resplandecientes,
una de Denia y otra de Cifuentes,
Aquella que, aunque el sol más se le acerque,
es impossible que á su luz parezca,
y por más vueltas con que el cielo cerque,
no hallará quien tanto loor merezca,
es la gentil duquesa de Alburquertpie,
por quien después que todo el bien parezca,
recobrarse podiá en la antigua Cueva,
que ha de ser siempre milagrosa y nueva.
De singulares. dones mejorada
se ve doña Maria de Padilla,
del mundo por valor Adelantada,
siéndolo por estado de Castilla;
y la que fué de tal beldad dotada,
que la misma belleza se le humilla,
doña Juana de Acuña, en quien se halla
tanto, que mus la alaba el que más calla.
La de Velada y la del Carpió vienen,
aquesta de Toledo, ésta de Jlaro,
y ambas del cielo en lo qne en si contienen
de beldad y valor é ingenio raro;
junto con ellas á su lado tienen
á la que no fué el cielo más avaro,
es señora de Pinto, y es aquella
luz de Carrillo y de Faxardo estrella.
1^0 nos encubre la alta Catarina
de Mendoza su aspecto valeroso,
marquesa de Mondejar, sola dina
de hacer nuestro siglo venturoso;
ni aquella de bondad tan peregrina
del nombre de Velasco generoso,
que desde Peñafiel hinche la tierra
de cuanto bien y gloria el mundo encierra.
La qne al sol mira en medio de su esfera,
y el sol se ofusca al resplandor jocundo,
68 doña Ana del Águila, do espera
Ciudad Rodrigo, y goza el bien del mundo;
quise cantar aquesta luz primera,
al cabo de este templo sin segundo,
ya que en el orden no hay otro remedio
para igualar principio y fin y medio.
Dixo el mago Erión; y vuelto á los tres pas-
tores, que con sumo contento le es:uchaban,
recibió dellos las debidas gracias, y tomando
del fresco jaixlin, les señaló aposentos en que
habitassen y familiares suyos que los sirvies-
8en; donde gozaban sin medida su deleite.
cuándo con las dipsas de los montes, siguien-
do las fieras, cuándo con las deesas de las sel-
vas, cazando las aves, y cuándo con las ninfas
del sagrado rio, apartando el oro de entre la
menuda arena; vida dulce, más fácil de ser in-
vidiada que imitada, donde era la razón seño-
ra, el deseo cautivo, el gusto honor, el honor
regalo. Amor ardía y el respeto no se helaba;
bien se puede aquí esperar firmeza, que donde
falta virtud, difícil es la perseverancia. Y aho-
ra volvamos á la ribera, donde, con su bien ó
su mal, quedaron nuestros pastores esperán-
donos.
SÉPTIMA PARTE
DEL PASTOB DE FILIDA
Si en la llaneza y soledad de los campos se
lloran celos y se padece olvido, ¿de qué más se
puede Amor culpar, en la pompa de las Curtes
y en el tráfago de las ciudades, de la mentira y
engaño de un corazón que, dividido en mil
partes, sin reparar en ninguna, á todas se ven-
de por entero? ¿Y de la miseria del amador,
que á trueco de no ser olvidado, le es fácil pas-
sar callando por más mal que sospechas y re-
celos, donde claro se ve cuánto mayor sea el
dolor del olvido que la passión celosa? Celosos
he visto yo sin miedo de ser olvidados, y ja-
más vi olvidado que no viviesse celoso; ausen-
cia calle con celos; celo y ausencia con olvido;
que si el ausente carece de su contento, puéde-
le buscar, y el celoso 8Í le halla, es en poder
ajeno; y el olvidado ausente está, y con más
violencia, y celoso y con menos reparo; pero
todo esto no puede compararse, Amor, á la in-
justicia de un engaño, que mientras uno con
lealtad y fe sirva y ame, sea pagado con fingi-
da voluntad y agradecida esta paga. Mas, ('quién
me aparta á tan insufrible consideración? Vuél-
vame la verdad de mis pastores á la agradable
ribera, donde ya que como humanos hagan mu-
danza, no como dañados harán engaños. Vi-
mos venir á Sasio del templo de Diana, tan
contento de la venida de Si Ir era, como si tu-
viera muchas y grandes seguridades de su
Amor; mas sucedióle lo que suele á los confia-
dos, que la pastorcilla gentil, no estimando en
nada haberla él hospedado en la ribera de Pi-
suerga y agasajádola con su música y canto
tantas veces, y alabádola en tiernas y numero-
sas rimas, y menos la afición que de presente
le mostraba, puso los ojos en el prendado Ar-
siano; empleo que á la verdad pudiera tener
Sasio por venganza, si su mucho amor la con-
i78
ORÍGEiraS DE LA NOVELA
•mtien, porqae más qne nanea Antaño amaba
á la hermosa Amarantlia: t de aqai riño que
Sasio 7 Arsiano adolecieron á nn tiempo, «on
el coatino caidado, con el celoso dolor, oca las
noches malas y los peores días, j en muy hreres
Sasio marió, dexando un general sentimiento
por cuantas aguas riegan nuestra España, es-
pecial en los pastores y hermosas hijas del sa-
g^rado Tajo; y pienso que las nucTe masas y el
mismo Apolo sintieron esta pérdida. ¡Oh, gran
padre de la Música, sin duda callabas cuando
te llamó la muerte! Tá, con tu yoz dirina, mil
Teces alegraste los tristes y alíriaste los dolores
ajenos, digno fué tu acento de resonar en los
cielos y de mover las peñas en la tierra. ¿Cómo
ahora no lo haces en la que te cubre? Vengan,
Sasio, de las remotas naciones los hombres ra-
ros á llorar tu muerte, y de la propia, llore Fi-
lardo, lloren Arsiano y Matunto, y tu traslado
Belisa, en quien nos queda tu mayor herencia
y nuestro mayor consuelo. Fué puesto Sasio
poco distante de su cabana, en un mármol ca-
vado, negro como el ébano de Oriente, cubierto
de otro, blanco como la nieve de la sierra, y en
muchas plantas que alrededor tenia se escri-
bieron diversos epitafios en sus loores; mas en-
tre todos el famoso Tirsi, cuyas rimas tantas
veces Sasio solía cantar, en el tronco de un
olmo, qne con sus ramas cubría el ancho sepul-
cro, escribió estos versos de su mano:
DE TIBSI Á s.vsio
Yace á la sombra deste duro canto
el que le enterneciera, si cantara;
dexando al mundo su silencio en llanto,
dexó el velo mortal el Alma cara;
mas no pudieran Muerte y Amor tanto,
si el cielo para si no le invidiara.
Amor y Muerte dan; recibe el cielo,
el don es, Sasio, y quien le llora el suelo.
Entre las lágrimas justas destos amigos pas-
tores, nació otra justíssima ambición y codicia
para heredar la lira del sep^uudo Orfeo: los
opositores fueron Filardo y Matunto, Belisa y
Arsiano, que aunque enfermo y sin gusto, dexó
el lecho y se animó á esta empresa. Pusieron
por jueces al venerable Sileno, al celebrado Ar-
GiOLo, al famoso Tirsi, que todos tres sabían
la dignidad de los cuatro pretendientes, y aun
esto fué causa de no determinarse, antes reuii-
tieron el juicio y la lira á las ninfas del rio:
ellas la tuvieron un día en su poder y la cubrie-
ron de una rica funda de oro y seda, hei'ha por
las hermosas manos de Arethusa; y assi ador-
nada la enviaron á las deesas de las selvas,
donde estuvieron tres días, entre olorosas flo-
res y hierbas, y hecho un carro triunfal, cu-
bierto de hiedra y de ÍFesema nuBM, tind
los do6 blaaeoa beoerroc, fué Uermdft caél
diosas de loa montes, y slli seccwnagTÓál
DA, en cuyo poder, de ecmfonnidad de nia
pastores, quedó aquel don caro del cido, j
mayor fuerza que aates maero á Jos anis
y las gentes por la grandes» de ra poeen
Pero la lástima anfverMii de Sasio y el ga
aplauso de su muerte, ¿por ventora mofrj
el pecho de Silveim? Easo no; qne moni
Arsiano, y mientras an contento hoye,
puede hal)er otra cosa qae lastime. Janta
taban un día gran número de pastores y p
ras, caído el sol, gozando de la freseaia d
verde pradecillo y del templado Tiento qo
piaba, donde Alfeo loe ojos en Fines, As
los suyos en Alfeo, los de Arsiano en An
y los de Sil vera en Arsiano, Andria rompí
silencio y dixo al son de la zampo&a de Sih
A9DBIA
Suele en el bosque espesso el snimoeo
mozo gallardo, que con el agndo
venablo fuerte hía penetrado el erado
pecho del tigre, del león ó el osso.
Mirarle en tierra muerto, sangoinoso,
y recrearse viendo lo que podo;
y á las veces, dexándole desnudo,
la piel á cuestas irse victorioso.
¿No he sido digna yo de tanta caesta
como las fieras, que la muerte suya
baña de invidia mis cansados ojos;
Pues tienes el matarme por afrenta,
y estimas en tan poco mis despojos,
que te ofende mi alma porqae es tuya?
Acostumbrado estaba Alfeo á oir estasis
cillas y Arsiano á sentirlas por los dos, perc
por esso menguaba punto de sa Amor, y ec
ahora vído que, callando Silvera, Filardo tal
dixo assi, puestos los ojos en la fingida Ai
rantha:
ARSIANO
Mientras el más ocioso pensamiento
del bravo mozo, con soberbio pecho,
levanta de su honra ó sa provecho
hasta las nubes machinas de viento.
Las Vitorias allí de ciento en ciento,
la plata, el oro se le viene al lecho,
y alargando la mano á lo qae ha hecho,
se ve de rico pobre en un momento.
Dejando yo estas torres de vitoria,
de triunfos, de riquezas, de despojos,
Huelo fingir, pastora, por lo menos.
Que me miras de grado con tus ojos,
mas despiértame luego la memoria,
y quedo con los míos de agua llenos.
EL PASTOK DE FILIDA
479
lugar Silvera á qne Filardo dexasse
ña, qae al pnnto que Arsiano acabó
, vaelta á él, comenzó desta numera el
8ILVERA
la deMiondo del abismo el faego,
I 7 ansia de los condenados;
ontento de los agraviados;
tiranos el desasossiego.
lo en el alma donde el Amor ciego
1 merecer y mis cuidados,
lie sean mis males confirmados
mis ojos de mirarte luego.
de tu voluntad escarnecido,
i Amor que sólo me asegura
» afrenta j muerte de tu mano,
sólo no de lo que siempre ha sido
|uitar un punto, un tilde, un grano,
ira mi fe más firme y pura.
pastores cantaban y otros menos afli-
nque todos enamorados, se estaban
lo en grandes pruebas, cuando entre
JÓ un pastor robusto con un cayado,
ayo tosco, sin pliegues, hasta los pies.
*azo izquierdo un zurrón de lana, cin-
dc piel de cabra y caperuza t>aja de
írrario era el traje y el color del rostro
) la postura y brío tan gentil, que sus-
todos su llegada, y en lugar de corte-
ido el cayado y zurrón, desafió á tirar,
orrer á cuantos allí estaban. Muchos
k estos desafios, mas á ninguno le es-
, assi á los que saltaron y corrieron,
os que tiraron la barra, y entre ellos
el menos corrido Al feo, sino el más
le saber quién fuesse. Y si con este
nirara ú la serrana Finca, conociera
o. S(T el pastor Orindo, por cuyo des-
indaba desterrada, que la turbación de
bien claro se lo dixera: pero seguro
isó que era su mudanza porque aquel
í había vencido, y llegando-e á ella le
ica mía, en esto y en todo es fácil que
venzan, mas en amarte ninguno. A
•a le hizo señas que callasse, que vido
) rindo á donde estaban, el cual, tras
Litación ledixo: Finca, ¿hallaste mejor
10 que en la sierra? ¿Quién eres tú,
L»a, qne quieres saber esso do mí? Si tú
?s, dixo Orindo, menos lo quiero yo sa-
certi fícete que soy Orindo. Ya te co-
xo la serrana, v sin más hablar se le-
lexólos; no hizo .señal Orindo de se-
Al feo de sentimiento, aunque le tuvo
del corazón, y ya que la noche cerra-
á buscarla á su cabana, donde amar-
la halló llorando, y queriéndola alegrar
Muchos días passó Finca desta suer-
te, 7 muchos Orindo la sególa, y otrot machos
Alfeo confuso no sabia si perdía ó si ganaba,
basta que viniendo un día- Siralro á la ribera,
que muchos acostumbraba venir á visitar las
cabanas de Mendino y los pastores que curaban
su ganado, Alfeo le rogó que hablase con Fi-
nca y supíesse della la cansa de sus lágrimas,
porque si era pesar de ver á Orindo, él le echa-
ría fácilmente de la ribera, y si era voluntad de
volverse con él, no era razón desviárselo. Síral-
ro lo tomó á su cargo, y á pocos lances sintió
de Finea que andaba cruelmente combatida y
su salud á mucho riesgo. Orindo era de su
misma suerte, y Alfeo no, de manera que, es-
táiidole bien casarse con Orindo, á Alfeo no le
convenía casarse con ella; bu destierro había
sido por desdén de Orindo, 7 ya venía humilde
á su disculpa: Orindo era su amor primero;
Alfeo, segundo; por otra parte, amaba á Alfeo
y se veía del amada, y en él había tantos quila-
tes de valor y merecimiento, que antes ella se
debía dejar morir que hacer cosa en que le
ofendiesse; acordábase de la venida de Ama-
rantha y que su mucha hermosura y afición no
habían sido parte para torcer su voluntad. Es-
tas consideraciones y otras muchas en la dis-
creta Finea eran ponzoña que penetraba su
pecho; pero Siralvo^ que verdaderamente á los
dos amaba, valiéndose de toda su industria
echó el resto de su diligencia y pudo tanto, qne
en dos días que se detuvo en la ribera trocó
las lágrimas de aquellos pastores en súbito pla-
cer y contento; de manera que Orindo y Finea
tornaron á su primera amistad, Alfeo y la en-
cubierta Andria á la suya, y Arsiano, vencido
de la razón, volvió su» pensamientos á Silvera,
que tan tiernamente le amaba; con intención
Finea y Orindo de volverse á la sierra, Alfeo
y Amarantha á la olvidada corte, Arsiano y
Silvera de habitar el Tajo. No quedó en sus
campos pastor que de tanto bien no se alegrase,
y junta la mayor nobleza de la pastoría, con-
certaron celebrar estos conciertos hechos por
mano de Amor con alguna fiesta en memoria
dellos, y sabiendo ya que Alfeo era cortesano,
quisieron que la fiesta fuese á su imitación.
Propuso Elpino que se enramassen carros y en
ellos saliessen invenciones y disfraces con mú-
sicas y letras, cada uno á su albedrío. Ergasto
dixo que se cerrase una gran plaza de estacada
y dentro se corriessen bravos toros con horcas
y lanzas; pero Sileno dixo: Yo tengo yeguas
que en velocidad passan al viento. Menuino y
Cárdenlo lo nn'smo y holgarán de dallas para
el caso; hágase una fiesta de mucho primor que
en las ciudades suele usarse y sea correr una
sortija, donde se puede ver la destreza y áni-
mo de cada uno. Esta proposicicn de Sileno
agradó á todos, y de conformidad hicieron
480
ORÍGENES DE LA NOVELA
mantenedora Liardo, y acompañado á Licio, y
juez á Sileno, y á la hora se escribió un cartel
señalando luj^ar para el cuarto día, desde la
mitad del hasta puesto el sol, donde, allende de
los precios que ellos quisiessen correr, al más
galáu se le daría un espejo en que viesse su
gala; al de mejor invención, un dardo con que
la defendiese; á la mejor lanza, un cayado para
otro día; á la mejor letra, las plumas de un
pavón, y al más certero, una guirnalda de ro-
bre, por vííucedor, y al que cayesse, un vaso
grande en que pudiesse beber. Venida la noche,
por toda lu ribera se encendieron muchas ho-
gueras, y el buen Sileno con toda la compañía,
principalmente Mireno, Liardo, Galafrón, Bar-
cino, Alfeo, Orindo, Ániano, Colín, Ergasto,
Elpino, Licio, Celio, Uranio, Filanlo y Sir.vl-
vo, salieron por la ribera en yeguas de dos en
dos con largas teas encendidas en las manos,
corriendo por todas partes con mucho contento
de cuantos lo miraban; porque unos se veían ir
por la cumbre del monte, otros por los campos
rasos, otros por entre la espessura de los sotos,
y aun algunos arrojar las hierbas en el Tajo y
pasarle á nado reverberando sus lumbres en el
agua; después al son de la )KX*ina de Arsindo
se juntaron en un ancho prado que, á una parte
sin hierba y llano y á otra lleno de altas peñas,
era sitio para la fiesta principal muy acomoda^
do y allí fijaron su cartel en el tronco de una
haya, y con gran orden acompañando al viejo
Sileno se volvió cada cual á su cabana, excep-
to Sin ALVO, que fué á despedirse de Arsiano,
Orindo y Alfeo y de las hermosíssimas An-
dria, Finea y Silvera, prometiéndoles hallarse
allí el cuarto día, con lo cual guió ú !a morada
de Erión, donde Mendino y Cárdenlo le aguar-
daban maravillados de su tardanza; allí les
contó el pastor lo que pasaba en la ribera, y
cómo los pastores della les pedían sus yeguas
y Sileno daba las suyas; no lo excusaron Men-
dino y Cardenio^ antes por su orden volvió
SiRALvo á darlas el tercero día, y ellos también
se determinaron de ver aquella fiesta tan nueva
entre pastores; pero primero quisieron avisar á
las amadas ninfas, y pudiéronlo fácilmente ha-
cer porque hallaron á Florela en el monte, es-
perando que un ruiseñor se recogiese al nido
para llevarle á Filida, que aquella noche se
había agradado mucho de su canto; para este
cfeto la acompañaron los dos gallardos pasto-
res, y tomando Mendino el ruiseñor se le dio á
Florela y le dijo lo que en la ribera pasaba, y
que en t(Klo caso Filida y Filis y Ciori no
perdiesen de ver aquella fiesta, porque con la
esperanza de verlos él y Cardenio y Siralro
estarían allá; con esto Florela se encumltró al
monte y los pastores se bajaron con el Mago,
que ya la mesa puestA los esperaba. Costumbre
tenia Eríón de tomar el ¡nstramento sobre co-
mida para recrear juntamente los cnerpofl y los
ánimos; assi e«ta vez en siendo acabada VmÁ
un coro, que divinamente le tañía, á cuyo iod
los pastores se transportaron, y al fin del, ala-
bando al docto Mago, y tomando su licencia se
salieron con los arcos por el monte, deseosos d«
toparse con las Ninfas, mas no les fué posible,
porque como ellas tuvieron aviso de la fiesta,
juntáronse Filida y Filis, Clori y Praddia,
Nerea y Albanisa, Arcthusa y Colonia, y fiw-
ron al templo de la casta Diana por licenda
para ir á la ribera; assí gastaron el día, y Mn-
diño y Cardenio buscándolas en yano, y yt qae
bajaútn á la cueva, mataron dos corzos en la
falda del risco; á la hora, con Siralvo, qae en
venido á certificarles la fiesta, los enviaron á
Sileno, porque supieron que los había menester
el siguiente día; y ellos en amaneciendo dejara
la cueva v fueron á sus cabanas, donde le halla-
ron poniendo orden en todo. Era muy de veri
cada parte los sitios de los pastores donde te-
nían sus yeguas y ordenaban sus invenciontc,
cada uno en soledad con los de su cabafia, ííb
que de otra nadie los ocupase; y sabiendo SOfr
no de Florela. que vino delante, cómo lasXinías
venían, mando hacer tres enramadas, una pan
él y los precios^, otra para las Xinfas j otea
para las pastoras. En estos aperoebimieatoi,
pastores y Ninfas y la hora de la fiesta llega-
ron juntas; á cada cual poso Sileno en su sitio,
v tomando el cartel subió al siivo con Mendino
y Cardenio y los festejados Alfeo, Arsiano i
brindo. Sin duda eran estos los más apaestoi
pastores del Tajo, y éstas las más hermoaai
pastoras del mundo. A las Xinfas no alal^e lea-
gua humana, porque ellas no lo parecían: ion»
dioso Febo se puso tras las pardas nubes, j ata
passó el día todo sin dar fastidio con sns ravoe;
soberbia la tierra se alegró de arte qne coiupitíe
con el cielo, pues los pastores que tan mejor lo
sentían, celébrenlo con mirarlo si ojos uiortaki
basfan á tanto bien; y ahora digamos cómoi]^
gó el mantenedor Liardo vestido de un pafio
azul finíssimo, sayo largo Taquero y capenua
de falda, camisa labrada de blanco y negro coi
mangas anchas, atadas sobre los ctidns, con lis-
tones morados, zarafuelle y medias de lana par-
da y verde, zapato de vaca, que le servia Je *
tribo y espuela, en una yegua castaña acúf'
tumbrada á volver los toros á las dehens: A
freno era un cabestro de cerdas con una lazadi
revuelta por los colmillos, y la silla una piel de
tigre de varias colores, y presentándose á Si-
leno fué su letra:
Si no gano manteniendo
más que en mantener la fe,
pocos precios ganaré.
EL PASTOR DE FILIDA
481
Licio, Hn acompañado, salió de la misma
suerte, excepto que el yestido era leonado, la
yegua baya y por silla su gabán doblado, y la
letra:
El que con la fe ha perdido
la esperanza,
¿que ganará con la lanza?
Celio cogió de los campos gran diversidad
de flores y hierbas, j con el jugo dcllas y agua
de goma pintó la yegua y la lanza y su vesti-
dura, que era de un blanco lienzo todo á ban-
das, de más de diez colores; pero la que caía
sobre el corazón era negra, y la letra:
Las alegres son ajenas,
mas las tristes propias son,
y más las del corazón.
Puso por precio una bolsa de lana parda con
cerraderos verdes, y contra ella señaló Sileno
unas castañetas de ébano con cordones de seda;
luego al son de la bocina de Arsindo y de un
atabal de dos corchos, que Pirón tañia, toma-
ron lanzas, y á las dos que corrieron no hubo
ventaja, pero á las terceras Liardo llevó la sor-
tija y Celio la cuerda: recibió Liardo sus pre-
cios y diólos á la hermosa Andria, que á quien
él quisiera no podía; y vuelto al lugar, llegó
LTranio, vestida la piel entera de un osso que
el había muerto, y en la cabeza de la yegua,
hecha de cartones, otra de sierpe, que la cubria,
y en la anca una gran cola de la misma inven-
ción ; la lanza cubierta de pellejos de culebras,
de arte que parecía verdaderamente un osso;
sobre una sierpe con una gran culebra en la
mano, decía su letra:
Pero la que sigo es
al revés.
Puso por precio un cuerno de hierba balles-
tera, y Sileno un carcax con seis saetas, y li-
cencia para hacer un arco el que ganasse. Co-
rrieron sus lanzas Licio y Uranio, y las cinco
fueron con tanta gallardía, que á todos dieron
contento; pero á la sexta, como la yegua de
Uranio llevaba la cabeza cubierta, tropezó y
dio con el osso una gran caída: perdió el pre-
cio, pero diósele un vaso de agua, y tornando
á subir algo corrido se puso á un cabo.
Luego entró Síralvo en una yegua overa,
vestido de caza, de una tela blanca y verde,
por toda ella sembrada de FF y SS; de las
FF salían unos lazos que en muchos ñudos
enredaban á las SS, y la letra:
De ti nacieron los lazos,
y de mí
la gana de verme anssí.
ORÍOENBS DE LA N0VBLA.*31
Puso por precio doce cintas de colores, con
cabos blancos, y Sileno dos cenogiles de lo mis*
mo. Corrieron Liardo y Si r alvo, sin haber
ventaja entre ellos; pero como ya dos aventu-
reros habían perdido, quiso Sileno animar á los
demás, y juntamente hacer lisonja á Mendino
y dióle el precio á Siralvo: el cual, mirando á
quién pudiesse darle, vido llegar á la enrama-
da de las ninfas un pastor muy flaco, vestido
de un largo sayo de buriel, en un rocín que
casi se le veían los huessos, y á las ancas traía
otro pastor en hábito de vieja, ambos con más-
caras feíssimas; y llegándose á ellos, les dio los
cenogiles y las cintas.
Los cuales á la hora los presentaron á Sileno
y pidieron campo. Sileno se lo atorgó, y señaló
contra sus precios una bola de acero bruñida,
que servía bastantemente de espejo, y llegados
al puesto, el pastor disfrazado quiso suplir la
falta que había de padrinos en esta fiesta, y
hasta la media carrera le llevaba la vieja la lan-
za: allí la tomaba él y en corriendo se la tor-
naba á dar; la gracia de las lanzas era muy
conforme al talle, y la risa de las ninfas y pas-
tores no cessaba; al fin, por pagalles el conten-
to, Licio pidió al juez que les diesse los pre-
cios, y preguntándoles las ninfas si traían le-
tra, sacó la vieja un papel y diósele. Entre los
pastores no se supo lo que decía, entre ellas,
basta que fué bien solenizado con risa y colo-
res en algunas.
Aquí llegó Filardo en una yegua alazana de
hermoso talle; traía vestido sobre jubón y za-
rafuelles blancos, sayoy calzones de grana fina,
caperuza verde, y en ella un manojo de espinas,
y con un ramo de oliva, que salía de entre
ellas, y la letra:
Mi guerra produxo espinas,
mas Amor
mi paz les puso por flor.
Dio por premio un caramillo de siete puntos,
y contra él Sileno una flauta de trece. Corrió
Liardo la primera lanza, en que llevó la sorti-
ja. Siguióle Filardo de la misma arte; á la se-
gunda, Liardo tocó en ella y derribóla; lo mis-
mo hizo Filardo, y á la tercera Liardo no llevó
tal lanza como las passadas; pero Filardo la
aventajó á todas, y assí Sileno le dio el precio,
y él á Silvia, que con el deseo le tenía com-
prado.
A la hora oyeron gran ruido de instrumen-
tos y voces, y vieron llegar una ancha cuba,
sobre secretas rodajas, tirada con cuerdas ^e
cuatro máscaras, con rostros de gímios y pies
de sátiros; venía enramada toda, y encima un
pastor sentado, con carátula ancha y risueña,
los brazos desnudos, los pechos descubiertos, y
en su cabeza una guirnalda de pámpanos llenos
482
orígenes de la novela
de uvas j hojas, en una mauo una copa y en
otra nn odre; alrededor del, con las mismas
eoronas j alegría, venían machos hombres y
muchachos, que torciendo llaves, del vientre de
la ciii>a sacaban vino, henchían vasos j derra-
maban los unos sobre los utros. No faltaba
quien también tafiesse chapas, albogues, ban-
durrias y chamml>elas y otros instrumentos
más pla<;entero8 que músicos; todos general-
mente se alei^raron con la buena venida del fin-
gido Baco, y llegando á Sileno le dio esta Irtra:
El que de mí se desvia,
á sí y á mi madre en fía.
Pliso por priM?¡o un vaso grande Je vidrio
sembrado de verde pimpinela. Sileno señaló un
caracol muy hermoso que podía servir de vaso
y de bocina; con esto Baco y Licio fueron al
puesto. La lanza do Baco era hecha de luengos
sarmientos juntos y añudados con sus mismas
hojas. No quiso Licio correr primero por el
respeto del alegre rey; y en un punto, al son de
los envinados instrumentos, la gran cuba fué
ll(;vada con grandíssiuia velocidad, y sin hacer
calada ni cosa fea, Baco llevó la sortija, y lo
mismo hizo la segunda y la tercera lanza: y
aunque Licio corrió bien, quedóse en todas muy
atrás. Tornaron á sonar los instrumentos, y la
bocina de Arsindo y el atabal de Pirón, y con
gran aplaus y contento se le d*ó á Baco el ca-
racol, con lo cual hizo lugar á Galafrón, que
entró en una yegua cebruna, cubierto de hierba
tan compuesta y espessa, que por ninguna parte
se veía otra vestidura ; la cual lanza teñida del
mismo color, y un sol de ñores en la caperuza
con esta letra:
Mi sol fué la ñor de abril,
mi contento la verdura
y el invierno mi ventura.
Puso por precio un cinto de becerro bayo,
tachonado de nuevo latón, con su escarcela
plegada, y Sileno unas carlancas de cuero de
ante, herradas con puntas de acero, importan-
tíssimo reparo del mastín contra los noturnos
lobos robadores del ganado. Corrió Liardo la
primera lanzi con mucha destreza, y Galafrón
con mucha más; á la segunda se aventajó
Liardo, y á la tercera anduvieron tan iguales,
que Si HENO, M endino y Cardenio no se supie-
ron determinar; pero queriendo Sileno igualar
á entrambos, trocó los precios, dando á Gala-
frón las carlancas y á Liardo el cinto, con que
quedaron contenU)S, y más Silvera, á quien
ambas joyas se presentaron.
Gran rato después desto estuvieron Liardo
y Licio esperando aventureros, y ya casi admi-
rados de la tardanza, vieron venir un gran cas-
tillo almenado, con eztñño mido de cobetes,
que por todas partes salímn, ínTención que, á
ser de noche, sin duda pareciera Im mejor, poique
era todo ensetado de mimbres torcidos v cobier.
m
tos de lienzos pintados de color de piedra j
dentro los pastores de Mireno, por secretos !*•
zos le llevaban: y llegando á los jaeces, abiiéo-
dose de una parte una ancha pnerta, por elli
salió Mireno en una yegua melada, písadon,
vestido de un sayo corto, gironado á colores,
caperuza y calzón de lo mismo, zaraf uelle y et-
misa de varias sedas y lana, con una ai7;rollji al
cuello y esta letra:
Por hado y por albedrío.
Puso por precio una hermosa caja de cacha-
ras, labradas con gran primor, y Sileno otra de
ricos cuchillos, limados no con menos. Corriú
Licio mejor que nunca su primera lanza; nía?
bien le hizo menester, que la de Mireno fué con
gran gala y destreza; la aegnnda no menoe:
pero á la torcera , Licio se embarazó y perdióla.
Minuio, más animado, remató conllevar la sor-
tija y ol pnMiiio, el cual fué luego á nian<>s de
la hermosa Filida.
Po«'o después entró Ergasto, en nna yegiís
tordilla, vestido al modo de serrano, un sajo
pardo de pliegues, largo de faldas, escotado de
cuello, mangas abiertas de alto á baxo cou cin-
tas blancas, calzón de polaina, y sobre nna gran
cabellera postiza, la capeniza vaquera sembra-
da de cucharas y peines, y en lo alto della ana
mata de retama en flor, con esta letra:
Tales son. Amor, tus dores
que, del olor engañado,
el gusto queda burlado.
Quitó un peine de su caperuza, y púsole por
precio, y Sileno unas tijeras grandes lucías de
desquilar. Liardo fué en las dos lanzas prime*
ras desgraciado, y en la tercera muy gracioso;
pero como Ergasto en todas anduvo bieu j
igual, diósele el prei'io de que hizo presente á
la serrana Finea, y ella le recibió con rostro
afable.
Iba ya el sol tan cerca de ponerse, qneá
poco más que Barcino tardara no fuera de
efecto su venida; mas él llegó á tiempo en ana
hermosa yegua nicia rodada, vestido nn galái
pellico y calzón de armiño, sombrero en su ca-
beza, alto y ancho, de la misma piel, con zara-
fuelle y camisa de igual blancura, j sa letm:
En quererte,
y tan en blanco mi suerte.
Puso por precio un ramillete de rosas blau-
cas, y Sileno un vidrio do se pndiessen conser-
var en agua. Corrió Licio la primera lanza, j
EL PASTOR DE FILIDA
483
llevó la sortija; Barcino tras él hizo otro tanto
sin haber mejoría en la destreza, y volviendo á
la se^nda, mientras Lucio corría, y todos se
ocupaban en mirarle, Barcino, sin dejar la ye-
gua, se quitó el hábito de pastor y quedó he-
cho salvaje, cubierto de largo vello de pies á
cabeza, do suerte que no fuera conocido á no
serlo tanto la y^gua. Estas segundas lanzas
también fueron buenas; y de la misma suerte,
mientras Licio corrió la tercera menos bien que
las otras. Barcino tornó á dejar la piel de sal-
vaje, y quedó vestido de un cuero plateado en
forma de arnés desde el escarpe hasta la cela-
da: iba todo él y la lanza bañado en agua ar-
diente, y en medio de la carrera, cuando la
gente con más atención le miraba, con fuego
secreto se hizo arder todo el cuerpo, hasta la
armella de la lanza, de manera que no se pudo
tener con ella cuenta, mas ella la dio tan buena
de si que se llevó la sortija. Mucho placer hu-
bieron ninfas y pastores de la invención de Bar-
cino, y dándole Sileno el precio, él le dio á
Dinarda.
Con esto, viendo ya que el sol era traspues-
to, Sileno pidió á Mendino que diesse los pre-
míos del cartel; y .llegando todos ¿ la enrama-
da, Mendino^ con muchos loores, encareció su
fiesta, y á Barcino dio el dardo que era el pre-
mio de la invención; á Mireno el espejo, que
era el de gala; á Uranio confirmó el vaso de
agua que se le dio tan á mejor tiempo; á Baco,
que se supo que era Elptno, el cayado por me-
jor lanza: y á Tjiardo la corona, por vencedor,
y las plumas del pavón que eran para la letra,
remitió á las ninfas que las habían leído todas,
y ellas con mucho gusto las dieron á la vieja.
Bien quisieran los jueces que hubiera pre-
mios para cun)plir con todos, y alabando á
Aquel que sólo todo lo cumple, dejaron las en-
ramadas, y ninfas y pastores siguieron al buen
Sileno, que en su cabana estaba aparejada la
cena, donde passaron cosas de no menos gusto
y donde se vido junta toda la bondad y noble-
za humana, y donde quedaron en silencio has-
ta que más docta zampona los cante ó menos
ruda mano los celebre.
DEL AUTOR A Sü LIBRO
Soneto.
Por más que el viejo segador usado
la hoz extienda por la mies amiga,
no puede tanto que de alguna espiga
no se quede el rastrojo acompañado.
Aunque el corvo arador con más cuidado
los bueyes rija y el arado siga,
no le hace tan diestro su fatiga
que no vaya algún sulco desviado.
Y tú. Pastor, que con tan pobre apero,
de los humildes campos te retiras,
lleno de faltas, sin enmienda alguna,
Si te llamaren rústico y grosero,
tendrás paciencia, pues, si bien lo miras,
aquesta es mi disculpa y tu fortuna.
DE PEDRO DE MENDOZA
Sonrio.
Este Pastor en quien el cielo quiso
resumir el primor de los pastores,
que aunque son de los campos sus primores,
do vive Amor no ha de faltar aviso.
Por tal Pastor se vuelve paraíso
la ribera, caudal de amor y amores;
por tal Pastor merecen más loores
los pastores del Tajo que el de Anfriso.
;0h tú sola, sin par Filida bella,
y tú. Pastor, gentil que su renombn»
tomaste por triunfo verdadero,
Ella es digna por ti, más tú por ella,
ella de ser del Tajo eterno nombre
y tú de sus pastores el primero!
DE DIEGO MESSIA DE LASSARTE
Soneto.
Agradar al discreto, al más mirado,
al necio, al maldiciente, al envidioso,
medir los gustos de cortés curioso,
¿cómo podrá un Pastor con su cayado*
En su querido albergue del ganado
trate y cuide, si el pasto le es dañoso,
de FiLiDA su bien, sólo cuidoso,
y de otro fin ajeno y descuidado.
Pastor, este es oficio de pastores;
pero quien os leyere, dirá al punto
que sois un nuevo cortesano Apolo.
Con fama tal, del uno al otro polo,
viviréis agradando á todos, junto
discretos, envidiosos, detractores.
DE DON Lí»RENZO SUArEZ DE MENDOZA
Soneto.
Pastor, si estáis de serlo tan ufano,
¿cómo en las cort3S os habéis metido-.'
y si sois cortesano conocido,
¿para qué es bueno el traje de villano?
Si tocáis el rabel con ruda mano,
¿cómo sale de cíthara el sonido?
y si sois con los árboles nacido,
¿quién os mostró el lenguaje ciudadano?
Pastor, quiero deciros lo que siento,
después de descifrar vuestros primores
y do llegar con vos casi á las manos.
Que Filida os ha dado sor y aliento
para ser el mejor de los pastores
y el más discreto de los cortesanos.
484
orígenes de la novela
DE OREQORIO I>B QODOY
Soneto.
Pabtob, que por ovejas ha escogido
dulces cuidados, altos pensamientos,
aunque la leche y queso sean tormentos,
sola firmeza su cayado ha sido.
No es mucho que, cansado del exido,
se venga á los ilustres aposentos,
que es agradable y soulo sus intentos,
y es bien morir á donde fué naoido.
Por él puede decirse sin defecto
que 80 el sayal hay al, pues si queremos
apartarle el rebozo con cuidado,
Un Gálvbz db Montalvo hallaremos,
tan hidalgo y galán como discreto
y tan discreto como enamorado.
DE DON FRANCISCO LASSO DB MENDOZA,
SEÑOR DE JUNQUERA
Soneto.
Si al claro ilustre son que con victoria
tan célebre robó al olvido y muerte
los hechos grandes de aquel griego fuerte
tuvo Alejandro envidia tan notoria,
Tuviérala mayor á la alta gloria
de los pastores que do el Tajo vierte
habitan, pues les da el cielo por suerte
quien alce á más grandeza sa memoria.
Y á ti. Tajo mayor, qne por tu arena
dorada al Histro y Ganges igualabas,
mas ya tu nombre cielo y tierra llena.
Perlas, oro y rubis es cuanto lavas,
pues Montalvo, con rica heroica vena,
te enriquece del bien que no alcanzabas.
DBL DOCTOR OAMPUZANO
Soneto.
Hallar del Nilo la primera fuente
procuraba Nerón con gran trabajo.
¡Oh! quién me descubriesse l.i del Tajo,
avenidÜEi de amor, rica corriente.
El Pindó debe ser en Oriente,
de allí desciende por su falda abáxo,
dejemos sus rodeos, quel ataxo
más breve es esperarle en Occidente.
¿Dónde está eato, Pastor? quiero gustalle
aquí es el agua dulce, aquí se cria
aquel licor del monte soberano.
Este solo Pastor basta á loalle,
y á tal Pastor ninguno bastaría,
y ansí lo dejo por trabajo vano.
FIN DEL PASTOR DE FILIDA
.. Jl
COLLOOUIOS SATÍRICOS
HECHOS POR
ANTONIO DE TORQUEMADA
SECRETARIO DEL YLLU8TRISSIM0 SEÑOR DON ANTONIO ALFONSO PIMENTEL, CONDE DE BENA VENTE
DIRIGIDOS
AL MUY YLLÜSTRE Y MUY EXCELENTE SEÍÍOR DON ALONSO PIMENTEL
PRIMOGÉNITO Y SUCESSOR EN Sü CASA Y ESTADO
^4 continuacwn se detallan kis materias que se traetan en e^9tos siete colloquios.
Colloquio primero^ eu que se tratan los da-
ños corporales del juego y aun espirituales,
persuadiendo á los que lo tienen por vicio que
se aparten del, con razones muy snffícientes y
provechosas para ello, en que hallarán todas
quantas cautelas y engaños que los malos ju-
gadores usan y se aprovechan dellas en todo
género de juegos.
El segundo colloquio trata lo que los médi-
cos y boticarios están obligados á hazer para
cumplir con sus ofñcios y conciencias. Assi
mesmo se ponen las faltas que ay en ellos para
daño de los enfermos, declarando las faltas y
Inerros que hazen, con muchos avisos necesa-
rios y provechosos; divídense en dos partes: en
la primera se trata lo que toca á los boticarios;
en la segunda, lo de los médicos.
Colloquio tercero^ en que se tratan las exce-
lencias y perfíción de la vida pastoril para los
que quieran seguirla, provándolo con muchas
razones naturales y auctoridades y exemplos
de la Sagrada Escriptura, y de otros autores.
Es muy provechoso para que las gentes no vi-
van descontentas con la pobreza, ni pongan la
felicidad y bienaventuranza en tener grandes
riquezas y gozar de grandes estados.
Colloquio cuarto^ que trata de la desorden
que eu este tiempo se tiene en el mundo, y
principalmente en la christiandad, en el comer
y beber, con los daños que dello se siguen y
quán necessario sería poner remedio en ello.
Colloquio quinto^ que trata de la desorden
que en este tiempo se tiene en los vestidos, y
quán necessario seria poner remedio en ello.
Colloquio sexto, que trata de la honrra del
mundo, dividido en tres partes: En la primera
se contiene qué cosa es la verdadera honrra, y
como la que el mundo comúnmente tiene por
honrra las más vezes se podría tener por más
verdadera infamia.
En la segunda se tratan las maneras de las
salutaciones antiguas y los títulos antiguos en
el escrevir loando lo uno y lo otro y burlando
de lo que agora se usa.
En la tercera se trata una quistión antigua
y ya tratada por otros, sobre quál sea más
verdadera honrra, la que se gana por el valor
y merecimiento de las personas 6 la que pro-
cede de los hombres por la decendencia de sus
passados. Es colloquio muy provechoso para
descubrir el engaño con que las gentes están
ciegas en lo que toca á la honrra.
Colloquio sétimo. Pastoril en que un pastor
llamado Torcato cuenta á otros dos pastores
llamados Filonio y Brisaldo los amores que
tubo con una pastora llamada Belisia. Ya com-
puesto en estilo apacible y gracioso; y contie-
ne en sí avisos provechosos para que las gen-
tes huyan de dexarse vencer del amor, tomando
enxemplo en el fin que tuvieron estos amores,
y el pago que dan á los que ciegamente los si-
guen, como se podrá ver en el proceso deste
colloquio.
Fin de la tabla.
1
4>*í>
orígenes de la novela
Vo el maestro Alexio Yenf^gñ^ he lejdo
todo ííste libro, y lo que del niL* partísce es que
los colli^qui^rs satíricos son diurnos de ser im-
pressos para que vengan en la^ manos de todos,
|»orqu" jjoii ijiüj aY¡sa<lauientL' f'scritos y son
muy proveclio<i08, con que no .<'.' dexen ali^unas
correscionc?, que aunque S')ii pocas, algunas
son sustam.'iales.
IV'l cmIíxjiiío pastoril diiío que «'1 estilo sabe
no S' llaman te de pastores, más aun de muy
leyi'»« ciuiadanos, en el que aunque ay algu-
nos htísos contra el amor, especialmente en la
ti'p'fra parte ay muchas celadas, que enseñan á
amur á los ignorantes, por donde no selesdebría
dar arte para osar emprender 1«> que ignorancia
no iiiiprcndería, mas si se hubic^se de imprimir
vni:i <'on las enmiendas que en él se hizieron.
Ale. -¡o Vf-negas.
KL PRÍNCIPK
Por quanto per parte de vos Antonio de
Torqueniada, criado del conde de B»^navente,
nos ha sido hecha relación que vos habéis he-
cho en prosa castellana unos colbx^uios satíri-
cos con un coiloquio pastoril al cabo, suplicán-
donos y pidiéíidímos por merced que teniendo
consideración al trabajo que en componer la
dicha obra h'ibevs tenido os diéssemos licencia v
mandás!«emos que vos 6 la persona 6 personas
que vuestro p«MÍ<;r oviiíssen y no otras algunas
puedan imprimir ni vender los dichos collo-
qaios en estos reynrw y señoríos de la corona
de (!astilla ni traellos á vender de fuera dellos
ó como la uui'Stra mercwl fuere, y porque ha-
biéndose vist^ los dichos colloíiuios por nues-
tro mandadlo paresció que de imprimirlos no se
BÍgnía niri<^ún incombiniente, por la presente
os damos licencia y facultad y mandamos que
TOS ó la persona ó personas que vuestro poder
ubieren y no otras algunas puedan imprimir ni
vender ni impriman ni vendan los dichos coUo-
quios en los dichos reynos, señoríos de Castilla
ni traellos de fuera dellos por tiempo de diez
años primeros siguientes, que se cuenten desdel
día de la fecha desta mi cédula en adelante, so
pena que la persona 6 personas que sin tener
vuestro pcvler para ello lo imprimieren 6 hizie-
ren imprimir y lo vendieren ó hizieren vender
)ii(*rdan t^Kla la impresión que hizieren ó ven-
dieren y los moldes y aparejos con que lo hi-
-«ícren, y más incurra cada uno en pena de
treynta mil maravedís por cada vez que lo con-
trario hiziere, la qual dicha pena se reparta en
esta manera: la tenna parte para la persona
que lo acusare, y la otra tercia parte para el
juez (¿ue lo sentenciare, y la otra tercia parto
para nuestra cámara y fisco, y mandamos que
cada pliego de molde de la dicha obra se venda
al precio que por los del Consejo de Su Ma-
jestad fuere tasado, y mandamos á los del
dicho Consejo de Su Majestad, presidentes y
oydores de sus audiencias, alcaldes, al^raazí-
les de la casa corte y chancíllerías y i todos k»
corregidores, assistentes, gobernadores, alcal-
des, alguaziles, prebostes, merinos y otras mn-
chas justicias y juezesqualesqnierdestos nues-
tros reynos y señorita que guarden y cumplan,
y hagan guardar y cumplir esta nuestra c«lala
y contra lo en ella contenido, do vayan, ni pis-
sen, ni consientan hir ni passar en tiempo
alguno ni por alguna manera so pena de li
nuestra merced y de diez mil maravedís parí
la nuestra cámara á cada uno que lo contruio
hiziere. Fecho en Segovia á diez de abril de
mil y quinientos y cinquenta y dos años.
Yo el Principe,
Pttr mandado de Su Alteza, luaK Vósf vi»;.
AL MCV EXCELENTE SEÑOE DON ALOKSO PI-
MENTEL. PRIMOGÉNITO SUGE8SOR EN' EL ES-
TADO DE ItENAVENTE, ETC., Ifl SEÑOR.
Doctrina es común de todos los filósofos,
muy excelente señor, que aquello que se trata
en la niñez y tierna edad de los hombres es lo
((ue más se imprime en ell alma y hace aposen-
to en la condición, quedando como el sello en la
cera, que muestra las armas señaladas en ella
como en él estaban esculpidas, y assí todos los
([ue desean (¿ue sus hijos sean bien enseñados,
habrían de procurar que la primera conversación
f uesse tal que della pudiessen tomar buenos en-
xemplos y aprender buenas costuml>res, porque
esta era ley que los atenienses guardaban en sa
república de tal manera, que muchas veces si los
padres eran viciosos, les quitaban los hijos de
su poder para que no so estragassen y corrom-
piesen con sus vicios. La conversación, vuestra
excelencia la tiene tal en sus illustrissimos pa-
dres, que todo el mundo con muy justa razón
los puede tener ante sus ojos por perfectíssimo
dechado de virtudes. Y porque el tiempo que
vuestra excelencia se hallase en ociosidad deUa,
en ninguna cosa mejor puede emplearlo que en
leer los libros que hay escritos, de adonde se pue-
den sacar buenos exemplos y doctrina, los cua-
les, aprendidos en la edad de siete años que
vuestra excelencia tiene, hacen raíces en el alma
para todo el tiempo de la vida, tomé yo atrevi-
miento para poner en sus manos estos eolio-
quios en que se reprehenden algunos vicios j
se da á entender el daño que sigue dellos, pan
que si alguna vez viniesen disfrazados puedan
mejor couoscerse, y sepa vuestra excelencia
apartarlos de si y de sus repúblicas cuando nues-
tro señor fuese servido que Ycng^ á tener el
gobierno dellas. Y á los que les paresciere qoe
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
487
yo hago yerro en sacar á luz una obrecilla qne
no tiene mayor bien qne estar debajo del ampa-
ro y favor que para ello ha tomado, responder-
les he con lo que Sant Pablo dice: que todas
las cosas que están escritas se escribieron para
nuestra doctrina, y assí podrán inmitar lo bueno
que dixeso y huir de lo que vieren qne es malo;
pue? mi intención ha sido buena para no ser
mal juzgada porque todo en fin es acertar á ser-
vir á vuestra excelencia como lo hago agora en
servicio del conde mi señor y de la condesa mi
señora, á quien nuestro Señor dé tan larga vida
y con tan gran prosperidad como sus humildes
criados deseamos, para que con ella pueda au-
mentar su señorío y estado y dexar á vuestra
excelencia por sucessor en ellos, como lo merece.
Menor y más obediente criado de vuestra
excelencia que sus excelentí»s manos besa.
AXTONIO SÁNCHBZ lOLI EK LOOR DEL AUTOR
Mi lengua muy torpe, mi muy ruda pluma,
mi poco saber, mi grande deseo
agora conviene que largo resuma
en loor de persona, que con mayor suma
de lo que diré merece su arreo.
El grande tesoro de (*) acerva Siqueo
no se compara con este minero,
el oro y la plata parece muy feo
delante de aqueste á quien claro veo
Minerva lo tiene por su tesorero.
Las minas ó venas que hobo en España
de oros y platas y de otros metales,
al grande poder por fuerza y por maña
que tenia adquerido, que era cosa extraña,
de grandes haciendas y ricos cabdales.
Si el rey Hispan fundó cosas reales
y hizo otros hechos en ella famosos,
ya casi que vemos por tierra los tales;
pero aun que faltaron, por ser terrenales,
ya han adquirido otros más frutuosos.
El oro y la plata al fín, fin, fue tierra,
y asina se halló sin trabajo poner
las minas que ora hay, Tritona las cierra;
no se abren á nadie sino á pura guerra
que el que las quisiere con si ha de traer.
En esto está firme España y su ser,
toda bordada de sublimes ciencias
que están en personas de mucho valer,
y de los qne hay, podremos creer
vos sois el uno de más preeminencias.
V no 08 doy aquellas que os debria de dar
según que se debe á su merecimiento,
que seria manera de nunca acabar
un impríncipio de siempre contar
y al cabo que falte la suma y el cuento.
Porque habéis fundado tan hondo secreto
(*) li^rece que ha de nf que.
de dichos subtiles, avisos y cosas,
que cualquier curioso de noble talento
si los nota bien verá lo que siento
ser digno de fama y honrra gloriosas.
Todos los vicios que están embaucados
de aquellos que piensan apenas se engañan
reciban v noten los vuestros dechados,
que allí entenderán como andan burlados,
verán si coligen los bienes qne apañan.
E los que otros puntos también amarañaa
mirando muy bien lo que va apuntando
á sí mesnios cierto temen que se dañan;
de donde sucede qup muchos se ensañan
á Dios maldiciendo no habiendo pecado.
Vale, autor charissíme,
EL IMPRESOR Á LOS LECTORES SOBRE LA
CORRECCIÓN DE LOS LIBROS
Es costumbre tan usada en cualquiera que lee
un libro, si halla algunos defetos ó mentiras ó
letras mal puestas ó unas por otras, que luego
echan la culpa al impresor que lo imprimió,
sin saber sí aciertan ó si no, que como ya tiene
esta fama no habrá nadie que se la quite, y para
desengañar los que asi echan la culpa á los im-
presores determiné avisarles declarándoles la
manera que se tiene en las correcciones; y ha-
béis de saber que en cualquier euiplenta hay un
corretor asalariado para que corrija todos los
libros que se imprimen, y éste ha detcnercnida-
do de (corregir todas las faltas que hulla en el
original y que se liacen en la emplenta, y asi, si
algunos defetos se hacen, son á cargo del corre-
tor y no del impresor, y asi ninguno se debe
de maravillar por las faltas que halla, porque
por sí mesmo puede juzgar á los corretores: es-
táis («cribiendo una carta á donde tenéis todo
vuestro juicio y memoria y entendimiento, á
donde no tenéis más con quien entender sino
con el papel y la pluma y tinta, y después de
escrita, tornándola á leer halláis en ella harto
que tornar á enmendar, y aun tomarla á trasta-
das, cuanto más donde hay tantas menudencias
de letra que no basta juicio humano para hacer
que en lo que se imprime no lleve defetos; por-
que por mí lo he visto passar dos y tres veces
y aun cuatro una prueba, y si me tomasen jura-
mento juraría que no hay en ella qué corregir,
y tornarla á leer y hallar en ella algunas men-
tiras ó letras mal puestas, y aun algunos qne me
han dado obras á imprimir, y ellos mismos son
corretores de sus obras, y decirme qne en sus
obras no han de llevar sola una mentira, y al
cabo de impresa la obra tomarla á pasar el
antor y hallar tantas que estaban espantados;
assí que se pasan los ojos y no basta nadie á
hacer que no lleve defetos, aunque más mirar
y diligencia tengan.
488
ORÍGENES DE LA NOVELA
]
COLLOQUIO
En qiM M tratan lot daftof corporales del juego, persuadiendo á
loi qne ló tienen por T¡do qoe se aparten del, con ratones
mny suficientes y provecliosas para ello.
INTBBLOCUTOBSS
Ltu8, — Ántanio, — Bernardo.
Luis. — Verdaderamente, señor Antonio,
aunque la profesión ú orden de vida que los
hombres toman para sustentarse, á lo más sea
muy áspera y trabajosa, cuando los bienes de
fortuna no bastan para poder yivir con ellos con-
forme á la calidad de sus personas, todas me
parecen tolerables y que con mayor paciencia
se pueden sufrir los trabajos que acarrean pu-
diéndose passar sin venir á perder su propia
libertad, compelidos y apremiados á venderla
por dineros, haciéndose esclavos y muchas
veces por muy pocos, siendo esta libertad tan
sin precio que dice Ovidio della que no se vende
bien por todo el oro del mundo.
Antonio. — Antigua querella es esta de
todos los qne viven con sefiores, y los más de-
líos tienen poca razón de agraviarse, porque de-
más de llevarles sus dineros y sustentarse con
hacienda ajena, hay otras ganancias que obligan
á dissimularlas con sobras de la falta de liber-
tad, porque se ganan los favores en las necesi-
dades, el socorro en los trabajos, el valor y rae-
recimiento en las personas, que si bien lo con-
sideráis, á muchos tenéis mucho respeto por ser
criados de los señores qne decís, que no lo
siendo haciades poco caso dellos.
Luis. — Es muy gran verdad lo que habéis
dicho, pero todavía parece gran bien vivir los
hombres libres si tienen posibilidad de ha-
cerlo.
Antonio. — Pocos hay que la tengan que no
la hagan, y los que no lo hacen es porque pre-
tendan otras cosas que no tienen en menos que
la riqueza.
LciH. — ¿Qué cosas son esas?
Antonio. — De lo que he dicho lo pudiése-
des haber inferido. La honra, la autoridad, la
preminencia, el acatamiento que se les hace, el
respeto que se les tiene por causa de los seño-
res cou quien viven, y no quiero daros exemplos
desto porque serían perjudiciales, pues no pue-
do decir que se les da todo esto por causa ajena
sin mostrar que por la suya no lo merecían.
Luis. — Bien sería todo ello si no viniese tan
cargado de inconvenientes que apenas puede el
provecho y honra eon ellos, porque si hacéis
algún delito ó cosa por donde merezcáis ser
castigado en tierra del señor con quien vivís,
mayor es el rigor que se usa con vos que en
otra parte ninguna; porque dicen que eos
el castigo de su criado dan msjor eziemploá
sus subditos, y assí estáis con obligadón de
vivir más recatado y con mayor stíso. Y lo
que peor es que, conociendo esto los Ttaalloi,
tienen en poco á los criados de los señora,
desacatándose con ellos y tratándolos con poeo
respeto, y éstos porque saben que los han de
sufrir, y que por no dar ocasión á que el seto
se enoje con ellos y aun por Tentara loe des-
pida, sufren mu'^has veces más de lo que seris
justo.
Antonio. — Los señores que e^so permita
no pueden excusarse de culpa mientras asi lo
hicieren, pues es ley universal de naturaka
que haya unas personas preferidas á otru, y
los que quieren tan grande igualdad en sos tie-
rras, yerro es manifiesto que hacen. Pero de-
béis engañaros, que si algunas reces los sefio-
res muestran querer esa igualdad no es pan
más de quitar la ocasión á los criados qne do
se ensoberbezcan ni traten ásperamente á los
vasallos, pensando que con servirles tienen li-
bertad para ello.
Luis. — No sé lo que teng^ por peor; una cost
quiero que me confeséis.
Antonio. — ¿Qué cosa?
Lcis.- Que no conoscen los señores el Imen
servicio que tienen.
Antonio. — ¿Cómo es eso.'
Luis. — Yo os lo diré. Porque nunca supie-
ron ser mal servidos: tiene uno de nosotros un
mozo ó dos ó tres, que á cada paso que les
decimos ó mandamos alguna cosa fuera de su
voluntad se agravian en nuestra presencia j
nos dicen palabras sueltas y libres, y mnchas
veces se desvergüenzan á re8)x>nder que no
quieren hacer lo que se les manda, y aun algu-
nas con palabras iguales. Y todo esto sufrimos
y passamos y disimulamos, que no es menester
poca paciencia para ello.
Antonio. — ¿Y qué es la causa que la te-
nemos?
Luis. — Ser>' irnos nosotros de gente ruin,
desvergonzada y desenfrenada, y que se les di
poco vivir hoy con uno y mañana con otro. Y
si no hallan amos, pedirlo por Dios ó tomar
cordel y ser ganapanes. Y si nosotros los des-
pedimos, no hallamos otros mejores, y por ven-
tura serían de peor condición ; pero los señores
que se sirven de hombres que tienen y temen
la honra, no pasan por este trabajo, qne con ser
buenos y hijos de bUenos, demás de no hacer
vileza, procuran tener contento siempre al se-
ñor con quien viven, sufriendo sus desabrimien-
tos, sus importunidades y sus condiciones, qu?
son muchas veces fuera de todos términos de
razón, porque saben que han de salir con todo
lo que quieren, sin que sus criados se lo con-
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
489
tradigan ni dexcn de camplir lo qae les manda,
sea bueno ó malo, justo 6 injusto, ¿y qué pen-
sáis que lo hoce? La vergüenza y la virtud que
tienen; de manera que la mayor ventaja que
nos hacen los principes y señores es servirse de
buenos y hijos de buenos y que procuran hacer
y sufrir como buenos, y nosotros somos servi-
dos de gente ruin y de ruines costumbres y in-
clinaciones. Asi que si aquellos á quien ser-
vimos mirasen y pusiessen ante sus ojos, una
cosa tan áspera y terrible como es que nega-
mos nuestra propia inclinación y voluntad por
seguir la ajena; y muchas veces tan fuera de
razón y de propósito parecerles ya poca recom-
pensa el salario por grande que fuesse, y holga-
rían de disimular algunas flaquezas, si en nos-
otros las hubiese, en lo que toca á su servicio,
y juntamente con esto caerían en la cuenta de
la obligación que tienen de hacer merced á los
que bien y con trabajo les sirven.
Antonio. — Ese es el mayor que los servi-
dores padescen, á lo menos aquellos que, como
habéis dicho, son criados de grandes señores y
principes, porque no sirven tanto por el galar-
dón y premio que les dan de su salario y par-
tido, como por la esperanza que tienen de ser
remunerados en beneficios y mercedes. Y mu-
chas veces les pasa la vida bebiendo los vien-
tos como camaleones y cebándose en esperan-
zas vanas, sin sacar más fruto ni provecho de
hallarse burlados.
Luis. — No tienen de esso los señores toda
la culpa.
Antonio. — ¿Cómo no? Pues los servidores
¿hacen por su parte lo que son obligados?
JjUis. — Yo os lo diré: mucho está en ser
unos venturosos y más bien afortunados que
otros, digo cuanto á la opinión de algunos,
que la verdad católica no lo consiente; mas pro-
siguiendo en alguna manera la vulgar opinión,
para que mejor lo entendáis, quiero deciros en
breves palabras que cuando niño me acuerdo
que me contaron. Un rey que hubo en los tiem-
pos antiguos, cuyo nombre no tengo memoria,
tuvo un criado que le sirvió muchos años con
aquel cuidado y fidelidad que tenia obligación,
y viéndose ya en la vej'*z y que otros muchos
que habian servido tanto tiempo ni tan bien
como él habian rccebido grandes premios y
mercedes por sus servicios, y que él sólo nunca
había sido galardonado ni el rey le había he-
cho merced ninguna, acordó de irse á su tierra y
passar la vida que le quedaba en granjear un
poco de hacienda que tenia. Para esto pidió li-
cencia y se partió, y el rey le mandó dar una
mola en que fuesse, considerando que nunca ha-
bía dado nada á aquel criado suyo, y que tenien-
do razón de agraviarse se iba sin haberle dicho
ninguna palabra. Y para experimentar más su
paciencia invió otro criado suyo que, haciéndose
encontradizo con él, fuese en su compañía dos
ó tres jornadas y procurase entender si se tenia
por agraviado. El criado lo hizo así, y por mu-
cho que hizo nunca pudo saber lo que sentía,
más de que passando por un arroyo la umla se
paró á orinar en él y dándole con las espuelas
dixo: Arre allá, muía, de la condición de su
dueño, que da donde no ha de dar. Y passando
de la otra parte aquel criado del rey que le se-
guía, sacó una cédula suya por la cual man-
daba que se volviesse y lo hizo luego; y puesto
en la presencia del rey, el cual estaba infor-
mado de lo que había dicho, le preguntó la
causa que le había movido decir aquello. El
criado le respondió diciendo: Yo, señor, os he
servido mucho tiempo lo mejor y más leal-
mente que he podido; nunca me habéis hecho
merced ninguna, y á otros que no os han ser-
vido les habéis hecho muchas y muy grandes
mercedes, siendo más ricos y que tenían menos
necesidad que yo, y así dixe que la muía era de
vuestra condición, que daba donde no había de
dar, pues daba agua al agua, que no la había
menester, y dexaba de darla donde habia nece-
sidad della, que era en la tierra. El rey le res-
pondió: ¿Piensas que tengo yo toda la culpa?
La mayor parte tiene tu ventura; no quiero de-
cir dicha ó desdicha, porque, de verdad, estos
son nombres vanos, mas digo ventura, tu ne-
gligencia y mal acertamiento fuera de razón y
oportunidad; porque lo creas quiero que hagas
la experiencia dello. Y assí lo metió en una
cámara y le mostró dos arcas iguales y igual-
mente aderezadas, diciéndole: la una está llena
de moneda y joyas de oro y plata, y la otra de
arena: escoge una de ellas, que aquélla llevarás.
. El criado, después de haberlas mirado muy
bien, escogió la de la arena, y entonces el rey lo
dixo: Bien has visto que la fortuna te hace el
agravio también como yo; pero yo quiero poder
esta vez más que la fortuna, y assi le dio la
otra arca rica, con que fue bienaventurado.
Antonio. — Entendido he lo que ahí queréis
inferir, y lo que yo querría es que de la misma
manera hiciesen conmigo, que no soy más di-
choso que esse.
Luis. — Todavia quiero decir que los criados
tenemos la culpa de que los señores se descui-
den de hacernos merced, porque nosotros les
damos mucha ocasión para ello.
Antonio.— ¿Cómo es esso?
Luis. — Yo os lo diré. ¿Pareceos que es bien
lo que los criados por la mayor parte hacen,
que es agraviarse siempre de aquellos á quienes
sirven diciendo mal y blasfemar dellos públi-
camente y donde quiera que se hallan, como si
fuessen sus mortales enemigos, porque no les
dan cuanto tienen y porque no les hacen cada
'1
4 JO
ORIÜEXES DE LA NOVELA
■Ha mer-'.-do? oiU'i si Jr ¡u«-ro se las «lebicsen
A VTOSio. — X'» aiaiMj _vm á I^ia qu»^ osím) hacen
V es la Uiüror iu!tj qii>' piitUi.' hai.»«=T t'n los ser-
vidor-?, ¿i rct-iU'ii la justa n.voa)p*.'nsa d-.* su ser-
^icio »."i A partiii.) t en otras cosas; p*ro asi
i.-oiiio d'rj'} e-t-i de l'»5 que se agravian sin ra-
zón, q li-'r sairar á !••> que la tinnen con aquel
irxi'iíiíi!') de PniJii» '. r»íV d* Ma:ed'>nia. el
cual turo un orialu llainadi» Nicanor, dv quien
fué mar l'i»^n s»rrviil'.», v como n»» n-vihia el ^a-
lardón cotí forme á sus senricios, comenzó á
desenfrenar la leiii;aa v á di-cir mal del rtv,
tan lil're r sueltamenu* donde quiera que se
liallaba, que un'»s privados de PhiIi}H> que le
ojtrron s** l«i fueron á decir: a^rraviando el ne-
gocia y pareciéiidoles que no cumpiíau con me-
nos, le inducían á que le castigase irravemente
y Itf d»-5i»*rraí>e de su reino. El rey dixo que él
liaría en él lo que convenía, y de ahí á tres ó
cuatpi días hizo muy grandes y creci«las mer-
eedes á Nicanor. V passado muy \mjo tiempo
turnó a pret^uutar á aquellos criadi.'S suyos si
poríiaha Ni'^anor en d'ti-ir todavía tantos males
del como solía. Ellos le respondieron que antes
<lecía y pu tincaba tantos bienes que los tt'uia
maravillados de su mudanza. Y el rey les dixo
enU^uiees: A¡^3ra veréis qne no tenía el sólo la
culpa, sino yo, pues era en mi mano hacer que
dixese bien ó mal de mi v no lo había remediado
hasta agora.
Antosio. — Va no son essos tiempos, ni se
usa air«>ra esa manera de remedios, aunque no
hay menos obii.L^aeión que entonces para que
los señores tengan más cuenta con su tamilia
y con los que mayor trabajo pasan en su ser-
vicio, para que mejor sean remunerados. Pero
dexando esta materia, «'no veis cuál viene Ber-
nardo tan pen-^ativo y triste que apenas pu».Hle
moverse, la color mudada y levan tandi> los oji>s
al cielo como si tuviesse que tratar con las
nul>es?
Luis. — No trate con Dios de decir aliruna
blasfemia entre dientes, que á lo que yo entien-
lo, el que daba poco ha jugado y debe haber
n nlido lo que tenía.
Antonio — ¡ Ah, gentil hombre, por acá es
"1 camino si no vais hu vendo de nosotros!
Bernardo. — Antes vengo mejor guiado de
lo que pensaba, pues he venido á hallar tan
buena conversación para pasar el día.
Antonio. — Mejor viva yo que no quisiérades
vos más que durara lo que habéis dexado y que
vuestra bolsa os prestara más aparejo. Pero
vos hacéis con el juego lo que ella hace con vos,
que le dexáis cuando ella dexa de daros dine-
ros, y assí creo que delu» de haberos acaecido
agora.
Bernardo. — ¿En qué lo veis?
Antonio. — Vuestro gesto lo dice y el sem-
I I
blante que traéis maestra qae habéis perdido lo
que teuiades.
Bbbkarik). — Fingaiera á Dios que no foen
más de esso. y de lo que me pesa es qoe no
sólo perdí lo que tenia, pero también lo de mi»
amiiros, que treinta dncados me prestaron j
tampoco me dexaron blanca dellos.
Luis. — ¿Pues por qné dexaste de jugar.'
Quizá os desquitárade^.
Bernacdo. — Porque no liallé quien me pres-
taste mus dineros.
AsTONio. — Yo lo creo bien, qae si el joego
no os dexa á tos, no le dexaréis ros á á. ¿Y
quién os lo ganó?
Bernardo. - Raíz y G aerara me tntaroi
m
como os digo.
Antonio. — lY por haber perdido habéis de
mostrar essa tristeza? Péssanie ra qne nadie cf
lo sintiesse pt^r lo que toca á ruestra bonn.
Ya yo os he visto perder mayor cantidad y no
por eso dexasteis de quedar muy alegre y con-
tento.
Bernardo. — No st^ráu pocas reces las qoe
esso me ha acaivido, pero entonces queiiinme
con (|ué prnler tornar á jugar, j assi no sestil
tanto la pérdida, y agora ha días que el íaego
me tiene fatigado, y no solamente lie penÜdo
cuanto tengo, pero también el crétlito. Porque
ya no hallo quien me pri-ste un ducado, y kv
qne agora me prestaron fué p' irque les debii
más dineros, y quisieron arenturallos poqaen
ganasse se los pagasse t«)dos. Y también empe-
ñé mi palabra que lo uno y lo otro b*s pagana
dentro de tea^ero día, lo cual puedo tan bies
cumplir como volar de a(|uí al cielo.
Luis. — Essa es la mayor pérdida. Porque
con ello perdéis la autoridad, la fe que babeii
dado, y por ventura perderéis los amigos^ qne
de tales se os volverán enemiiras no cumplieiüdo
con ellos lo que habéis qaedado.
Bernardo. — Ningtmo se obliga á la impo-
sible, y si no lo tengo, como suelen decir, el
rey me hace franco; cuando pudiere les pi^wí
y en tanto tengan paciencia, pues yo la Itt-
go, no me quedando qué jugar, y lo peor es qv
gastar, ni con qué remediarme.
Antonio. — Muy mala razón es essa, Kfior
Bernardo, y por lo mucho que os quiero vo
querría qne la dixérades fuera de eutrc nosotros
pon|ue seríades mal juzgado. Y*^ pues que tur
tas veces tenéis expcríencia de los males y di^
ños y desasosiegos que el juego trae consigs^
dcbríades moderaros en jugar, y aun lo mqoí
sería dexarlo del todo, pues habéis risto la gt-
nancia que sacáis de andaros jugando tods h
vida, que en fin no la podéis sacar mejor qV
todos la sacan, la caal es acabaros de perder
del todo si no ponéis remedio en lo porreitiri
pues tenéis tiempo para hacerlo.
3
\
L
GOLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 491
Bernardo. — Por Dios que me parece, señor
Antonio, que queréis contrahacer al raposo, que
se vestía en hábito de fray re para predicar á las
gallinas; nunca vi yo rufián que después de
haber dexado el oficio por faltarle las fuerzas y
aparejos para seguirle trayendo un rosario muy
largo de agallones, y aun á las veces el hábito
de hemiitaño, mejor supiese hacer del hipócrita
y dar á entender á las gentes ser un sancto sin
' pecado, que vos lo hacéis agora conmigo como
8Í no tuviese noticias de vuestra vida ni os hu-
biese conocido hasta agora. Después que liabéis
jugado lo vuestro y lo de vuestros amigos, y
que lo habéis tenido por oficio toda vuestra
TÍda, pensáis de hacerme entender que es muy
mala cosa el juego. Muy gran traición le haréis
; siendo vos de los mayores amigos y privados
qne él ha tenido y tiene, tratarle tan mal en au-
" sencia; pero á fe que ó él podrá poco ó se ven-
"^ gara de vos en algún tiempo.
Antonio. — Ya le voy yo perdiendo el mie-
do, aunque no puedo negaros no ser verdad todo
lo que habéis dicho, assi dejásedes vos su amis-
tad como yo la he dexado. Por que he conocido
^118 traiciones y falsedades, sus trapazas y sus
engaños. He visto esto, hele cobrado odio y
enemistad y tan ruin voluntad, que de muy
grande amigo le he hecho muy grande enemigo,
Bernardo. — Ora ya que poco trabajo sería
Inencstv'r para que retomasen á hacer las amis-
tades.
Antonio. — IJien me tenéis entendido, si vos
queréis tener paciencia para escucharme un
cnarto de hora como la tenéis para jugar ciu-
eoenta días y noches, yo os mostraré lo que
siento del juego y de los que siguen su blande-
la para que entendáis cuál lexos estoy de tor-
nar á caer en este piélago, y por ventura podrá
aprovecharos á vos tanto que, aunque no sea
mny á vuestro salvo, no dexéis de saliros á buen
- tiempo d^te laberinto en que andáis tan per-
dido.
Bernardo. — Mirad, señor Antonio; si me
2 aeréis predicar los males y daños del juego y
1 peligro de la conciencia de los que juegan,
'. en mi posada tengo un librillo que se llama
^ demedio de jugadores, que trata esta materia
. muy copiosamente; si habéis de decirme lo
_ mismo que en él he leído, bien podéis dosde
agora excusaros de tomar esse trabajo.
Antonio.— ¿Y no os ha aprovechado nin-
^ gana cosa lo que aquel fray re os aconseja?
Bernardo. — No, porque con ver que no
hacia al propósito de mi voluntad, por un oído
.me entraba y pr.r otro me salía; porque estoy
determinado de no ser sancto como él me quiere
Sliacer.
Antonio. — Pues si no os aprovechó lo quél
- como buen frayre y muy buen teólogo os ha
dicho, por ventura os aprovechará lo que yo
como tahúr y como hombre qne he traído
á cuestas los atabales os dixesse, porque serán
diferentes cosas y conocidas por pura expirien-
cia, por haber passado las más dellas por mi
y haber visto las otras en otras gentes, y tam-
bién os quiero decir que no han passado menos
por vos. Y pues esse frayre trata lo que princi-
palmente toca al ánima y á la conciencia, yo
trataré agora de los males y persecuciones que
el cuerpo recil>e por el juego, aunque al cabo
también diré lo uno como lo otio. Lo primero
que tiene el juego es quitar á los hombres el
buen conocimiento, para que no entiendan lo
que hacen, que si lo entendiesen él quedaría
perdido del todo, porque no habría quien le si-
guiesse, ni aun quien le conociesse, y assí usa
deste ardid y de otros muchos, principalmente
de dar algunos alegrones de ganancias, para
después se le restituya todo con doblada pérdi-
da, de las cuales la mayor de todas es la del
tiempo mal empleado. Porque si San B<»rnardo
dice que todas las horas que se duermen se
han de quitar y descontar de la vida, ¿qué ma-
yor sueño que el del juego, donde todos los
sentidos están tan atentos, la memoria de otras
cosas tan olvidada y el juicio tan fuera de si
mesmo, para entender cuál es bueno ni cuál es
malo, que, como todos sabemos, muchas veces
estamos como beodos, porque conociendo la
ventura contraria, los naipes y suertes dellos,
en favor de los que juegan con nosotros, de
manera que casi claramente nos dicen qie he-
mos de perder, la beodez del juego nos detiene
y nos adormece, de manera que no despertamos
hasta acabársenos la moneda, y entonces cae-
mos en la cuenta de nuestro daño, cuando ya
no tiene remedio? Verdaderamente, señor Ber-
nardo, podéis creer que los qiie juegan no vi-
ven, y que, teniéndolo por oficio, su vida es como
sueño, porque cuando comen no toman gusto
en los manjares, pensando en lo que han per-
dido y cómo se desquitarán, y si han ganado
cómo acabarán de ganar cuantos dineros hay
en el mundo, y tan embelesados están en esto,
que acaesce nmchas veces acabando de comer
preguntarles lo que han comido y no saber de-
cirlo, ni acordarse dello; y con el bocado en la
boca van á buscar con quien jueguen, y si á su
posada vienen jugadores, primero están los
dados ó los naipes en la mesa qne se alcen los
manteles; y muchas veces les acaesce comenzar
á jugar y pasarse aquel día y después la no-
che y ^er otro día sin haberse levantado de un
lugar. Esta bien se puede decir que no es vida,
pues se passa el tiempo sin vivirlo, y de aquí
nascen muchos inconvenientes porque dcxan
los hombres de entender en lo que toca á las
haciendas y al aprovechamiento de sus casas:
492
ORÍGENES DE LA NOVELA
pierden el cuidado de las mujeres y de los hijos
y de lo que es menester proveer para ellos, y
tienen en poco la salud de los cuerpos; porque
de la desorden del juego suceden muchas en-
fermedades, que de estar tantas horas y tanto
tiempo sentados sin hacer ejercicio, ni movi-
miento, no se gastan los manjares que se co-
men, y vienen á corromperse y á engendrar
malos humores. Y demás desto, el que pierde
porque no se levante el otro con la ganancia, y
el que gana porque no se le passe la dicha 6
ventura que tiene, aunque tengan necesidad de
cumplir con lo que es forzoso con sus cuerpos,
se detienen y fuerzan á estar quedos, y desto
viene muchas veces la cólica pasión, la estran-
gurria, la disuria, mal de hijiuia y otras pasio-
nes diferentes destas, y aun muchas veces tras
ellab la muerte. Porque si estos trabajos del
juego ó se pasan ó pueden mejor tolerarse en
verano, veréis hombres en el ivierno que con
estar fuego y brasas en las piezas donde juegan,
están tan descuidados y embebecidos en los
juegos, que cuando los dcxan y se levantan
tienen las piernas casi entomidas con el frío, el
cual con la humidad les ha penetrado los hue-
sos, y cuando se van á sus camas no pueden
calentar en toda la noche, y cuando esto se
continúa se vienen á follecer y padecer mili
trabajos, poniendo la culpa dellos á otras oca-
siones muy diferentes y no al juego, por no
perder la amistad que con él tien<.Mi. Pues las
cabezas de los que juegan dosta manera, ¿no
padescen detrimento, que los más se levantan
con muy grande dolor dellas, y otros tan des-
vanecidos, que después que se levantan de ju-
gar no se pueden tener en los pies/ Tras esto
viene que los que han ganado mucho muestren
con grandes señales de regocijo la alegría que
llevan consigo, y los que han perdido, una in-
comparable tristeza, teniendo la color mudada,
los ojos baxos, el gesto turbado, dándonos tris-
tes y muy profundos suspiros, todo en men-
gua y afrenta y ignominia suya, no sintiendo
los desventurados lo que se platica, lo que se
dice y murmura dellos y de su poquedad y
desventura. Porque los que assí sienten la pér-
dida no debian aventurarla por la ganancia,
por no mostrar tan gran Haqucza en lo uno
como en lo otro. Otros cuando juagan, si están
perdiendo se congoxan y trasudan; vereislos
limpiar el sudor cien veces, ya dexan las capas,
ya las gorras, ya se atloxan los vestidos hasta
mostrar las camisas, porque la congoxa de la
pérdida les ahoga y quita el huelgo, y así hacen
diversos meneos y vi'^ajcs como si estuviesen
locos. De manera que dan qué mirar y qué reir
y burlar á los que están presentes. Cada cosa
que viene les embaraza; de cada uno que entra
se amotinan; cada palabra que oyen juzgan
•
que es en su perjuicio, y en fin, no hay coa
que no les saque de paciencia, y pluguiese i
Dios que parassen en est^, j no en perderio
del todo, offendiendo á Dios con las lenguis t
blasfemar, que aunque todos no lo hacen en pó-
blico, pocos hay que en secreto no hablen coo
Dios muy enojados, y unas veces con el pen-
samiento y otras veces entre dientes le dicen
lo que se les antoja, con palabras desacaiadM,
tratando entre sí muchas y diversas berejiu,
que por cada una dellas merecian ser gnie-
mente castigados en el alma y en el cuerpo.
Luis. — Ya esso es salir de lo que cotudo
comenzasteis esta materia prometisteis: pues
dexados los daños del cuerpo, comenzáis á tra-
tar los del alma.
Antonio.— No es posible menos pan qor
vaya bien enhilado; pues tomando á lo quede-
cía, despiiés que se van jngando los dineroíj
las haciendas, los que los llevan se aproveehin
dellos como de dineros de trasgos. Hay ligó-
nos tan avarientos y tjín codiciosos del jocgo,
que no gastarán en sus casas nn real aunque
hayan ganado cien ducados, porque no les fibe
para jtigar, teniendo aquello por suma felicidid,
y con esto tornan á jugar otro día, penüendo
lo que ganaron sin quedarles ninguna coíi;
otros hay co!)trarios desta opinión, que coiado
han ganado les parece que hallaron aquella bi-
cienda en la calle, y assí la gastan y destray«
comiendo demasiada y curiosamente, y hacienda
gastos excesivos, de manera que se les cae pflr
entre los dedos, y después cuando tornan i j»-
gar y pierden, páganlo de sus propias haciei-
das, padeciendo ellos y sus mujeres y hijos y
familia.
Luis. — Para esso yo os podré decir lo qw
pocos días ha yo mismo vi, que un amigo vio
ganó en tres ó cuatro veces hasta ochenta du-
cados, y de hoy á tres días, jugando sobre n
palabra, le ganaron los veinte dellos; y faéptn
mí muy congoxado, rogándome que se los bol-
ease sobre unas prendas, porque no los teníL
Y yo le pregunté qué había hecho de los q»
ganara. Y queriendo echar cuenta y averio»
en qué los había gastado, jamás pudo llegiril
término dellos, y jurábame que más daño re-
cebiría en pagar aquellos veinte que proTeck»
C()n los ochenta que había ganado.
Antonio. — Todas las ganancias de los ti-
hures son desa manera, y después, cuando w
tienen qué jugar, su officio es andar pidi«A>
emprestado de los unos y de los otros, eoTE-
goiizándose con muchos que no les dan loe di-
neros. Y si bien se considerase cuan gnaA
aff renta es ésta para un hombre que se til*
en algo, bastaría quitarle del juego de rnanff*
que lo aborreciese perpetuamente. Veréis de-
más desto andar las prendas suyas y de §tf
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA 493
amigos de casa en casa empeñadas y (lo que
es peor) los vestidos de las mujeres empeñados
y vendidos, que muchas veces no les dexan con
qué salir de casa, y cuando no hay más que ju-
gar (y aunque lo haya), si han perdido en al-
guna cantiditd, muchos quieren que los de bu
casa padezcan los desatinos que ellos han he-
cho, buscando ocasiones para reñir, y el des-
contento y desabrimiento que traen consigo,
hanlo de pagar las mujeres, los hijos y los cria-
dos, reñendo con ellos, dándoles y maltratán-
dolos sin causa; de suerte que parece que el
juego los dexó locos 6 desatinados, y assi an-
dan dando voces por casa como beodos ó gente
sin juicio, y después están en sus camas pen-
sando en la perdida, no duermen sueño, sino
dan vueltas á una parte y á otra, sospirar y
gemir y andar vacilando, con el sentido sin re-
poso alguno. Y si el cansancio los vence, para
que duerman algún poco, luego despiertan con
el sobresalto de la pérdida; de manera que una
noche mala de las que assi llevan habían
de estimar en más los hombres de buen cono-
cimiento que toda la ganancia que el juego
puede darles en la vida, y despegarse de su vi-
cio tan ponzoñoso. Y cuando esto no bastasse,
debria bastar lo que saben que han de sufrir
los que tienen por oficio andar siempre jugando.
Pintadme los caballeros, 6 muy valientes, ó
personas que estiman en mucho la honra de
cualquiera suerte que sean ; han de sufrir inju-
rias y afrentas por muchas vías y maneras, por-
que la codicia de la ganancia les hace jugar con
gente vil y de baja suerte, y el juego es de tal
condición que los hace á todos iguales. Y assi
los inferiores quieren tratar á los otros igual-
mente, porque si pierden quieren que les su-
fran y si ganan súfrenlos porque no se le-
vanten con la ganancia. Y cuando un hombre
rain ha dicho una injuria á un hombre honrado
y le reprende porque se la ha sufrido, responde
éste con pasión, y á los que pierden todos les
han de sufrir, y mayor mengua es tomarme yo
con aquél. De manera que anda la honra entre
los que juegan debajo de los pies, y si hay al-
gunos que son recatados y no sufren (como di-
cen) cosquillas, son muy pocos, y aun essos no
todas veces salen desto tan bien como querrían.
Bernardo. — No habéis dicho cosa que no
, sea muy verdadera, y por eso he sufrido escu-
charos. Proseguid vuestra plática, que hasta el
cabo della me tendréis muy atento.
Aktonio. — Huelgo que toméis gusto de lo
que digo, y más holgaría de que os aprovecha-
sedes dello. Pues escuchad, que no he acabado
de decir todo lo que siento. ¿Tenéis por pequeño
trabajo el andar buscando por las calles y de
casa en casa quien juegue, rogando al uno, fa-
tigando al otro, haciendo plegarias, conjurán-
dolos como á espirituados? Y como en los jue-
gos se prestan unos á otros dineros, y la prin-
cipal causa porque otra vez se los presten al
que los da, cuando no hay aparejo para pagar-
los, andan los hombres corridos, af frentados de
faltar sus palabras y promesas, y assi se escon-
den muchas veces de aquellos á quien son deu-
dores, y si los ven venir por una calle ellos hu-
yen por la otra, y si van á alguna casa á donde
están no entran en ella. Y aun no solamente
hacen esto los que no tienen aparejo para pa-
gar, que nuichos traen consigo los dineros y
tienen en poco esta vergüenza, y disimulan
porque no les falte para jugar. Ño es este el
mayor mal, que otros hay muy mayores. Los
hombres casados dan muchas veces ocasión á
que sus mujeres, viviendo mal, hagan desatinos
y los amengüen, lo que no harían por ventura
no teniendo tan buen aparejo. Porque como
saben que los maridos juegai^ noches y días y
que no han de entender lo que ellas hacen, por-
que todo su cuidado es en el juego, toman ma-
yor licencia con la libertad y con el tiempo que
les sobra para sus pasatiempos deshonestos. Y
demás desto suceden los debates y rencillas que
hay sobre el juego. Que aunque, como h? dicho,
se suffran muchas injurias, son tantas y tantas
veces, que algunas dellas vienen á parar en san-
gre y en muertes, como por experiencia se ha
visto; de allí suceden pasiones, desafíos y des-
asosiegos, y quedan los hombres afrentados
muchas veces sin poder tomar satisfa( ción ni
venganza de los que los afrentaron. Sin esto
veréis una pasión y flaqueza muy grande en
muchos de los que pierden ó qué son las plega-
rias, las rogativas, las amenazas, los conjuros
qué hacen á los que se levantan del juego para
que tornen á jugar con ellos para que dexen de
ser jurados, porque este nombre les ponen ó
que se han metido frailes. Desta suerte passan
la vida los tahúres noches y días con estos in-
convenientes y otros más dañosos. Porque mu-
chos dellos, cuando les faltan los dineros, pro-
curan haberlos por todas las vías i Ilícitas que
pueden, y vienen á hurtar y robar y hacer insul-
tos los hijos á los padres, los criados á los se-
ñores, y cuando de esta manera no pueden, lo
roban de sobre el altar si lo hallan ; y assi algu-
nos lo vienen á pagar en las horcas, y aun si no
lo pagan también las ánimas, no son tan mal
librados. Y si el juego es tan malo general-
mente para todos, los que sirven y son criados
de señores tienen mayor obligación de huir y
apartarse del, porque si tienen y les dan car-
gos en que trayan hacienda entre manos, ó se
han de aprovechar della para el juego ó ya que
no lo hagan, siempre han de tener á sus amos
sospechosos y recatados de que se aprovechan
y hurtan para jugar, y sobre esto les dicen mil
41)4
ORÍGENES J.)E LA NOVELA
uialicias y mil lástimas, que por ninguna rosa
habían de dar ocasión á rilas: t si no tratan ni
traon entn» manos cosa tle que ¡)ue<la aprove-
charse ni hacer men^s, sirven «my mal, hacen
mil faltas, cuando son menester no los hallan,
cuando los huscan no parecen, cuando han de
servir están embarazados, si topan con ellos
riicíían á los que los llaman (¿ue dii^an que no
los liallanm, y si les paresce que n< pueden ha-
cer menos de ir, van murnnirando, l>lasfeman-
do, perdiendo la paciencia con todos, diciendo
mil injurias en ausem-ia á sus amr^s, y, final-
mente, nadie puede servir bien iu.:j:ando; y de
mi consejo, quien juij:are no sirva ó quien sir-
viera no juegue.
Iíernardo. — Dtvidme, señor Antonio, ;por
qué no tomáis esse consejo para vos como lo
dais á los otros/
Antonio. — Bien habéis dicho si no lo hu-
biese tomado, y jio me acuséis ahora , pero acu-
sadme di» aquí adelante si me viératíes hacer
menos de lo (jue digo, que aunque haya sido
tard«', todavía (como dice el proverbio) vale
más que nunca; y por({iie no se me olvide lo
que tengo que decir, tornando al propósito, no
veo seguirse provecho ninguno del juego, y que
se siguen los daños que he diclio, y tantos, <[\ia
8¡ tolos se hubiessen de decir, sería para nunca
acal>ar. Pero no quiero parar acjuí. aunque os ])a-
rezca que soy largo, porcju*» no es de <>allar el tra-
bajo que tií'nen los que se han de andar guar-
dando de los chocarreros, que los <jue lo son ya
tien^'U perdida la vergüenza á Dios y al nniudo.
y con)o por la may r parte hacen mayor mal
los la<lron<»s secretas que los públicos, assí éstos
hacen grandísimo daño en las repúblicas, porque
hurtan y roban secretamente las haciendas aje-
nas, no se guardando las gentes dellos: y para
mí por tan gran hurto lo tengo, que á los <iue
assí llevan los dineros mal ganados, con nmy
gran justicia les podrían poner á la hora una
soga á la garganta y colgarlos sin ¡)iedad de
la horca. Esta es una manera de hurtar so-
til, ingeniosa, delica<la, encubierta, engañosa y
traidora, digna de muy gran castigo; y no veo
que jamás se castiga, que las ferias están siem-
pre llenas de ellos, en los pueblos se hallarán á
cada passo, y, en fin, las justicias se han muy
remisamente en no castigar un delito tan da-
ñoso y perjudicial como ést<í; que con razón po-
drían acriminarlo tanto en algunos, que de allí
tomasen ejemplo los otros para apartarse de
tan mal trato y offício, los cuales, por no verse
en este peligro, debríau tomar otra manera de
vida, y los t ihures, por no andar siempre reca-
tados y recelándose (como los que tienen ene-
migos y se guardan de traición), sería bien que
se apartasen de este vicio del juego, porque es
uno de los grandes trabajos que se pueden t<3-
ner: pero hacen como los be4)d<.>8, que, sabieu>]o
que el vino les hace mal, lo bascan y pr^^onn.
sin recelarse del daño qne recilKjn en bebíriu.
Luis. "¿No nos diríades qué son los delitos
que cometen y cómo loe haei*ii, pues que geiM^
raímente tanto mal decís dellos?
Aktosií». — Deciros lo he, pero no particv.
lamiente, porque seria imposible acal^r de coa-
tar sus maldades y traicioTies, perft todarii con-
taré algunas dellas, assí para qm* sepáis qik
teng«> razón en lo qne digo como pan qpt
tengáis aviso en conocerlos. Aunque ellos fio-
gen v disimulan v tienen talos astucias v nu-
ñus que dificultosamente podréis euti-ud«>r «
manera de vida. Los más destos andan mor
bien aderezados, con muv buenos atavíos t en
tal liábito, que los que no los conozcan los juz-
gan por hombres honrados y que uo presomi-
rán dellos que harán vileza ninguna. CoíihIo
van nuevamente á estar, 6 pt>r mejor decir, i
jugar en alg^n pueblo, bascan formas y mMiit-
ras para entrar donde juegan, entremeter» fB
conversación i-on los jugadores, y después qof
son admitidos al juego, sí se conocen dis áftit
oficio lu(\go se juntan, y si el uno juega, el otro
está mirando á los contrarios. Si el jueg») e«df
primera tienen escritas ciertas señas cjn que
dan á entender al compañero que el contnrio
(pie envida va á primera, otras para cuando n
á Ilux, y otras y otras'para cuando tiene tinte
ó tantos puntos, de manera que juega {>tir an-
bos juegos. Y estas señas son tan cncubíerttí,
que nadie puede entendérselas, porque ó pon»
la mano en la barba, ó se rascan en la calidit
ó alzan los ojos al cielo, ó hacen que lH>stezu
y otras cosas semejantes, que por cada nn
dellas entienden h> que entre idlos está concf^
tado. Algunos traen un espejo consigo, y cma-
do están detrás lo ponen cuando es menestff
de manera que sólo su compañero puedo rorlii,
y ver en él las cartas que tienen los que jnci?ia
para envidar ó sal)er si los envites que les lift-
cen son falsos ó verdaderos. Esto mesmo baca
en el tres, dos y as y en los otros juegos d«tt
calidad. Si juegan entrambos en un jae^ecn
otros, ayúdanse de manera que se entiendan U
carta que han mcnest4?r, y el uno la da al otro,
porque las conocen todas, ó á lo menos de qK
manjar es cada una dellas.
Luis. — Cosa rwia decís creer sí los naipe*
vienen nuevos á la mesa cuando couiienaH
juego, que no sé yo como los pueden conoeff
tan presto.
Antonio. — Yo os lo diré para que lo enfeu-
dáis. Algunos dellos están concertados t»
otros tenderos tan buenos como ellos, que pv
alguna parte de la ganancia qne les dan hio- '
gan de ser también participantes de la befli-
queria, y en casa destos ponen tres y caativ
í
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
495
docenas de barajas de naipes que tienen sus
flores encnbiertas, y cuando quieren jugar dan
orden que vayan alli á comprarlas, y assí jneg^n
con ellos sin sospecha, siendo tan falsos como
podréis entender.
Bernardo. — Declaradnos qué cosas son es-
tas flores, que yo hasta agora no las entiendo.
Antonio. — Estad atento, que yo os desenga-
ñaré. Toman los naipes y con- una pluma muy
delicada dan su punto con tinta tan subtil y
delicado que si no es quien lo supiere parece im-
posible caer en la cuenta del engaño; á los de
un manjar danlo en una parte, y de los otros á
cada uno en la suya diferentemente para cono-
cerlos. V cuando estas señales parece que no se
pueden tan bien encubrir, con una punta de
tijera 6 cuchillo 6 con una aguja ó alfiler muy
agudo los señalan tan delicada y encubierta-
mente que apenas los ojos los descubren. Y si
los naipes no son destos, á la primera vuelta
que dan con ellos están t^os señalados, que
con las uñas suplen la faltn de los cuchillos; de
manera que assí roban los dineros de todos los
que con ellos se ponen á jugar sin que lo sien-
¿Ein, 7 aun algunas veces se dan tan buena
maña, que toman para si los mesmos naipes
que están descubiertos. Otros, cuando se des-
cartan, echan un. naipe encima de los otros, y
si lo han menester lo toman con toda la genti-
leza del mundo sin ser vistos ni sentidos.
Bernardo. — No puedo yo entender lo que
les puede aprovechar tener los naipes señala-
dos, pues que en fin han de tomar los que en
suerte les venicren.
Antonio. — No estáis bien en la cuenta; lo
primero de que se aprovechan es conocer por
las señales cuántas cartas tiene el contrario de
un manjar, y lo otro que, aunque venga en
baxo, á segunda ó tercera carta, la que ellos han
menester, la sacan del medio y tienen tan gran
sutileza que, habiéndola de dar por suerte al
otro, la toman para sí, y para esto siempre,
cuando tienen los naipes, al sacar de uno dexan
tres 6 cuatro tendidos, que no juntan con los
otros, porque si los tienen bien juntos no pue-
den tan bien conocer las señales. Y si tienen
necesidad de la primera carta, dan á los otros
tres y cuatro de las otras, y guardan y toman
aquéllas para su juego ó para el de su compa-
ñero si son dos los que juegan de conciei-to. Y
esto llaman salvar las cartas, y entre ellos se
dice ir á salvatierra; mirad si es esta ventaja
para robar el mundo que se jugase, no los en-
tendiendo. Deciros he lo que á mi me sucedió
estando en la isla de Cerdeña cinco 6 seis com-
pañeros que alli quedamos aislados por espacio
de dos meses. Estalla entre nosotros un reve-
rendo canónigo de más de sesenta años, que
trataba en este oficio más que en rezar sus ho-
ras. Y jugando con nosotros con estas venta-
jas, ganónos el dinero que llevábamos para
nuestro camino, y á mí, que presumía de gran
jugador de ganapierde, me descubría á cada
mano las primeras seis cartas que tomaba ó yo
le daba, y con todo esto me ganó cuanto tenía,
porque yo vía las seis y él me conocía las mías
todas nueve. De manera que el negocio vino á
términos que nos prestó dineros para llegar á
Roma, á donde íbamos, sobre lus cédulas do
cambio que llevábamos. Llegado á Roma, acer-
tamos á posar juntos ambos en una casa, y des-
cuidándose un día este reverendo padre de ce •
rrar bien una puerta de su cámara, yo la abrí
y entré sin que él me sintiese, y estaba tan em-
bebido haciendo una flor, más sutil que las que
he contado, que por un buen rato no me sintió,
y cuando me hubo visto, bien podréis creer que
no se holgaría connngo, y quísome deshacer el
negocio con buenas palabras y burlas. Yo dissi-
mnlé también con él, porque me pareció que me
convenía. Y en saliéndose de casa abrí su cá-
mara y cogíle un mazo de bulas que habían cos-
tado á despachar más de doscientos ducados, y
puestas en cobro, delante de todos los de la casa
le dixe, cuando las halló menos, que yo las tenía
y que si no me volvía lo que me había mal ga-
nado que no se las daría. El me amenazó que
se quejaría al auditor de la cámara, y yo le
respondí que yo ¡ría primero á informarle de lo
que pasaba. El bueno del canónigo, por no ver-
se más afrontado, se concertó conmigo, enten-
diendo algunos amigos entre nosotros, y me
dio cuarenta ducados y me aseguró con una cé-
dula otros treinta, aunque él me había ganado
más de ciento.
Luis. — ¿Y acabólos de pagar?
Antonio. — No, y deciros he el por qué. Yo
jugaba un día en un juego de primera en que
hal)ía harta cantidad de dineros, y estando me-
tidos los restos de tres, un arcediano que tenía
los naipes en Ins manos había tenido su resto á
una primera de dos trcses y una figura, y cnn
ser de los mayores chocarreros que Iiabía en
Roma, quiso salvar una carta, porque con la
otra que venía hacía primera. Este canónigo
viejo estaba tras él, y entendiéndolo, porque un
ladrón mal puede hurtar á otro, hízome de se-
ñas que lo remediase. Yo caí luego en la cuen-
ta, y pásele la mano en los naipes haciéndole
tomar. El canónigo, vueltos á la posada, tanto
se apiadó conmigo por la buena obra que me
hizo, que le hube de volver su cédula, aunque
después cuando jugaba y ganaba me iba pagan-
do parte de la deuda, con qne no me la quedó
á deber toda. Sin esto que he dicho, hay otras
mil formas y maneras de malos jugadores; hay
hombres de tan sotiles manos, que sin sentirlo
juntan cinco ó seis cartas ó más de un manjar,
406
orígenes de la novela
á lo ccal llaman Iiacer empanadilla ó albardillav
V poniéndolas encima, siempre barajan por el
medio, porqae no se deshagan. Y cuando sale
la ana, saben que vienen las otras tras ella, 7
conforme á esto os envidan 6 tienen los envi-
tes con esperanza de la carta que les ha de ve-
nir de a4|uel manjar. Algunos chocarreros haj
que se hacen mancos y que no pueden barajar,
porque asi los ponen mejor á su voluntad. I Que-
réis más, sino que hay vellacos tan diestros en
^sto que ju^'ando al tres, dos y as, sí os descui-
dáis un p'x'O os darían las más veces tres figu-
ras y tomarán para si un seis, cinjo y tría, 6
otro risco con que os quiten las ganancias? Y
en el ju'ígo que agora se usa de la ganapierde,
si se juntan dos de concierto son para destruir
á todos cuantos jugaren con ellos, porque todas
las veces que el uno está rey, el otro se carga,
se deja dar bolo sin que se pueda entender, ha-
ciendo muy del enojado con los otros compañe-
ros ponqué no la metieron 6 porque jugaron
por donde se cargase, y después él y el otro
parten las ganancias. Pues los que esto hacen
¿(jué no harán en los o*ro8 juegos?
Bernardo. — Bien entendido todo lo que
habéis dicho; pero el juego de la dobladilla,
que es el que más agoran usan, casi ha deste-
rrado á la primera y á los otros, y este es un
juego tan á la balda, que no hay lugar en él de
hacer tantas maldades y bellaquerías.
Antonio. — Engañaisos, que si yo tuviese
agora los dineros que se han ganado á ella mal
ganados, más rico sería que un Cosme de Me-
diéis; veréis á esta gente que digo hacer y ur-
dir y componer en este juego veinte trascarto-
nes cuando los naipes les entran en las manos,
poniendo juntos todos los encuentros que pue-
den, para que si por ventura viniesen no pier-
dan sino una 6 dos suertes, y si acacsce alzar el
contrario por una carta antes, viene luego su
suerte y comenzan á contar subiendo lo que
pueden, de manera que aventuran á perder poco
y á ganar mucho. Otros hay que si pueden
haber los naipes antes que jueguen, ó si son de
los que he dicho, que tienen concertados con
los que los venden ó con el dueño de las casas
donde juegan, ponen entre ellos algunos nai-
pes mayores 6 más anchos que los otros alguna
cosa, assi como cuatro reyes, cuatro cincos 6
(ruatro sotas, los unos son mayores por los la-
dos y los otros por los cantos, y cuando no
pueden hacer esto doblan algún naipe de ma-
nera que no assiente bien y acierten á alzar por
el, y á estos naipes llaman el guión 6 la maes-
tra. Y cabe los que son mayores ó doblados
ponen siempre y procuran juntar los otros
como ellos, que si es as ponen los ases y si es
seis ponen los seises, para que cuando alzasen
por ellos, como lo hacen, venga cerca su suerte.
Lci8. — Poco les paede sprorechar esm, lí
los naipes se barajan bien, porqae todas essu
cosas se deshacen.
Antonio. — Vos tenéis razón, qae mnchi?
veces con el barajar no tiene efecto sa malicii,
pero tan á menudo procaran esta ventaja que
algunas suertes les salen como ellos prociuan,
y por pocas que sean bastan para destruir á sa
contrario, porqae como tienen este conoci-
miento de la suerte qae riene, cuando sienten
que no es la saya, procuran que se salga y ht-
cen veinte partidos hasta asegararla. Y aun lí-
ganos hay que pasan la saerte de sus contn-
ríos, á lo menos cuando los tienen picados, qw
están ya medio ciegos y para esto tienen mOl
formas y maneras exquisitas. Y' no para n
esto el negocio, qae hay algunos chocarreroi
de los que se conciertan que jendo por ambos
la moneda que juegan, el uno arma con dine-
ros al contrari«) de la cuarta 6 quinta pirté,
porque perdiendo allí gana acullá la mitad dd
dinero. Son tantas estas traiciones y bellaqa^
rías, que es imposible acabarlas de decir ni en-
tender, porque como estudian en ellas los qne
las .usan, cada dia inventan cosas naevas en
esta arte, como los otros oficiales que bosctn
nuevos primores en sus oficios, y si dos qae se
conciertan toman á ano en medio, no ledejtn
cera en el oído, siendo dos al mohíno. Yak»
que no entienden ni saben estas cosas, esta
buena gante los llama guillotes y bisofios. Y
dexando los naipes, vengamos á los dados, que
no hay menos que decir en ellos. Hay muchos
hombres tan diestros en jugarlos, que todas lu
veces que se hallan con suerte menor, como es
siete, ocho 6 nueve pantos, hincan un dado de
manera que le hacen que caya siempre de ai,
para que los otros corran sobre él, y cuando la
suerte es doce 6 de ahí arriba hincan otro dado
de seis, de manera que las más veces asegortn
su suerte; y esto quieren defender que no tt
mal jugar, sino saber bien jugar y tener mejor
habilidad y destreza en el juego que los otros.
Algunos hay tan hábiles, que hincan dos dados
desta manera, y de otros dicen que todos tns:
pero yo no lo creo ni lo tengo por posible slw
los estuviesen componiendo en las manos:/
si esto hiciesen habían de estar ciegos los qw
juegan con ellos. Y todo es sufridero pan coo
otras tacañerías que se usan, y la mayor (fe
todas es cuando meten dados cargados, qif
llaman brochas, los cuales hacen de esta mi-
nera: que á los que llaman de mayor, porb
parte del as hacen un agujero hueco y fÜ^
meten un poco de azogue, que es muy pesado,
y á los de menor donde están los seis pmitoi;
y después tapan el agujero, que es muy sotilT
encima pintan uno 6 dos puntos para qae no v
vean, y estos dados llevan los chocarreroa f«-
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
49:
condidos, j cuando tienen una suerte de doce
6 trece 6 catorce puntos, echan los dados de
manera que se les caja alguno en el suelo, y
haciendo que se baxan por él, sacan otro de los
de mayor, que meten en su lugar, y como está
cargado en el as, cae siempre para abaxo y el
sois para arriba; y de la mesma manera hacen
cuando tienen por suerte siete ú ocho puntos,
que meten un dado cargado en el seis porque
vaya el as para arriba, yendo el seis para
abaxo, y si es menester meten dos dados de
esta suerte cargados de mayor, y cuando tie-
nen suerte de doce ó de trece, alárganse en el
parar y en el decir, de arte que, no siendo en-
tendidos, todo el dinero es suyo. Otros dados
hay que llaman falsos, que son mal pintados
porque tienen dos ases y fáltales el seis, 6 tie-
nen dos seises, faltándoles el as, y conforme á
la suerte que echan y á la necesidad que tienen,
se aprovechan dellos metiéndolos en el juego
tan bien como las brochas. Y cuando juegan
á las tablas no penséis que se descuidan los
hombres desta professión, que lo mesmo hacen
con los dados, y verdaderamente yo tengo por
malo y dañoso también este juego, assi por ju-
garse con dados, como por ser trabajoso y mo-
llino. A todos los otros juegos podéis levanta-
ros y os toman en una petrera; habéis de espe-
rar á que se acabe el juego, perdiendo á cada
mano y cada vez que echáis los dados sabiendo
que se echa para perder y no para ganar, y assi
es el juego más aparejado de todos para perder
la paciencia, porque es menester esperar á que
el juego ó el dinero se acaben . Y aunque yo no
os lie dicho de diez partes la una de los males
y trabajos y fatigas y persecuciones y desaso-
siegos y afrentas, menguas y deshonras y infa-
mia que se siguen del juego, de lo dicho po-
dréis collegir cuan perjudicial es, assi para la
salud como para la hacienda y la honra de las
* gentes que lo siguen; porque pocos hay que
jueguen, por ricos y caballeros y grandes seño-
res que sean, que no les pese de perder, y mu-
chos dcstos se acodician á jugar mal por ganar,
y assi veréis muchas personas de muy gran au-
toridad, y de quien apenas se podría creer, que
hacen malos juegos, por la buena estima y re-
putación en que están tenidos que, apremiados
de la conciencia, restituyen dineros mal gana-
dos, de los cuales yo conozco algunos que lo
han hecho.
Bernardo.— ¿De manera que querc'is con-
denar á todos los juegos del mundo y no dejar
ninguno para recreación de la vida y para po-
der pasar la ociosidad del tiempo?
Antonio.— No digo yo tal cosa, que otros
juegos hay licitos, assi como birlos, pelota y
axedrez y los semejantes á éstos, y esto se en-
tiende jugando pocos dineros y que se tome
ORÍÜKNKS DE LA NOVELA.^32
más por recreación que no por vía de vicio y
exercicio continuo, de manera que por ellos de-
xen de entender las gentes en lo que les con-
viene, que si esto se hace ya dexan de ser bue-
nos y honestos y se convierten en la natura-
leza de los que habemos reprobado, y aun de
tal manera se podrían usar los juegos de nai-
pes y dados que no pudiesen tener reprensión;
pero hay pocos que no comiencen por poco que
si tienen aparejo no vengan á picarse y á per-
der ó ganar en mucha cantidad, y por esto
tengo por mejor dexarlos del todo. Y si queréis
que concluya, todo lo dicho es poco y casi nada,
porque son trabajos y premios y galardones
del mundo. Lo que toca á la ánima y á la con-
ciencia es lo que hace al caso, y lo que más de-
briamos temer y ponérsenos delante de los ojos,
para no solamente dexar de jugar, pero para
acordarnos de jamás tener memoria dello; y si
no hobiera prometido de no pasar más adelante
en esta materia, todavía dixera algo que apro-
vechara; pero assi quiero dexarlo para cuando
tengáis más voluntad de oir lo que sobre esto
puedo deciros.
Bernardo. — Agora que habéis comenzado,
queremos que no quede nada por decir, y estáis
obligado á hacerlo, pues de tan buena gana os
escuchamos y estamos atentos al discurso de
vuestra plática.
Antonio. —Pues que assi es, yo lo diré tan
brevemente cuanto he sido largo en lo pasado;
porque en esto no podré decir cosa nueva, ni
que dexe de estar escrita por muchos doctores,
canonistas y legistas y teólogos que desmenu-
zan y apuran esta materia de las restituciones
declarando los decretos y leyes en ella, alter-
cando cuestiones y detenninando la verdad de-
llas, hasta dexarlo todo en limpio; y quien qui-
siese satisfacerse y verlo todo á la clara, lea á
Santo Tomás y á Grabiel, y al Antonio, arzo-
bispo de Florencia, al Cayetano, que éstos sin
otros muchos le dirán lo cierto, y porque no de-
xéis de llevar alguna cosa en suma de que po-
dáis aprovecharos, digo que todos los que ga-
nan en los juegos con naipes ó dados falsos ó
con otro cualquier género de las chocarrei-ías y
traiciones que he dicho, están obligados á res-
tituirlo, so pena de irse al infierno, conforme á
lo que dice San Agustín: Non dimitUtur pecca-
tum, ni'si restt'tnatur ablatum. Pues lo que assi se
gana, tomado y hurtado es, siendo encubierto,
como si fuese robo manifiesto. Anssí mesmo,
todo lo que se gana á personas que lo que jue-
gan no es suyo, ni pueden disponer dello sin li-
cencia de otra persona, así como los criados que
juegan los dineros ó haciendas de sus amos, los
esclavos que juegan las de sus señores, los hi-
jos que para esto toman las haciendas á sus
padres, los que tienen curadores y por falta de
498
orígenes de la novela
edad no piiedon disponer de sns haciendas, y
también los que ganan dineros á otros que sa-
ben que los han ganado mal y están (antes que
los juegen) obligados á la restitución dellos. Lo
que se gana á personas simples y á enfermos
necesitados, lo que se gana atrayendo á uno por
fuerza 6 por engaño o por grandes persuaciones
á que juegue, todo esto obliga á restitución; y
en otros muchos casos que dexo de decir, en
que hay la mesnia obligación, el cómo y cuándo
y en qué manera se haya de restituir, déxolo
para (jue lo veáis en los doctores que os he di-
cho, y tauíbién porque los confesores os avisa-
rán de ello, aunque lo mejor sería no tener en
este casso necesidad de sus consejos. Solamente
quiero agora (jue consideréis, señores, entre vos-
otros, pues sois talmres y habéis conversado y
tratado con tahúres, ¿cuántos habéis visto tan
limpios y tan recatados que tengan advertencia
á estas cosas, sino, bien ó mal, juegan con quien
quiera, trayan dineros suyos ó sean cuyos fuesen,
sean libres ó siervos, padres ó hijos, bobos ó sa-
bios, los dineros que traen mal habidos? Por
cierto pocos ó ninguno hay (jue dt-xim do liacer á
cualesquiera dineros drstos, y procurar de ga-
narlos de la manora que pudieren, ahogando que
no están oblit^ados á la especulación dest^is co-
sas, ni á saberlas: sabiendo qu(! la ignorancia
no excusa el pecado y que San Pablo dice (/Ir/.
Cor, y XI ii): [giiorans tgfinrahitur, Y si queréis
que os diga lo que siento verdaderamente de
los que esto hacen, se puede presumir que no
son verdaderos cristianos, ni sienten biiiu de la
fe, porque más adoran á los naipes (jue á Dios,
más qnioríMi los dados qu»» todos los santos, (juc
por jurar no oyen misa ni sennón los días de
tiestas, por el juego pierden todos los otros ofi-
cios divinos, y se estarán una semana sin
entrar en la igl(?sia; si hacen alguna oración ó
devoción es |)or ganar: las cuentas (juíí tratMi
y lo que por ellas rezan es echar cuentas cómo
ganarán las haciendas á sus prójimos. Si pier-
den es abominable cosa su decir mal á l)i()s y
blasl'en)ar, y si lo dexan de decir en público, es
porque temen más el castigo del cuerpo que el
del alma y el del mundo más quel del infierno.
Así qu(» siendo cristianos usan tan mal de la
cristiandad, que roban las haciendas ajenas y
se aprovechan dellas, pierden el tiempo y mu-
chas veces pagan de sus haciendas lo que han
ganado de las otras, de los que viven de la ma-
nera que ellos, (juedando todos debaxo de la
obligación de restituirlas. (Qué diremos sin esto
de los que buscan supersticiones y hechicerías
para ganar con ellas diciendo que tienen virtud
para ello? Y assí unos traen consigo nóminas
con nombres no conoscidos, ó por mejor decir
de demonios, otros traen sogas de ahorcados,
otros las redecillas ó camisas en que nacen ves-
tidos los niños, algunos traen mandrignlas j
otras mil suciedades y abominaciones. Por cier-
to éstos tienen en tan poco sus ánimas, que his
darán á trueque de ganar caatro reales por ellas.
Pues decidme, señor Bernardo, ¿qué os parece
cómo es bueno el juego para -el cuerpo y p»n
el alma? ¿y qué provechos son tan grandes los
que del se sacan? ¿Xo es bien dexar su amistad j
trato y conversación á cualquier tiempo que sea,
pues que debaxo los halagos y placeres y delei-
tes que del se siguen hay tantos y tan grandes
desabriun'entos, tantas afrentas y menguas, tan
terribles desasosiegos, tanta turbación y peli-
gros, principalmente para la salvación de nues-
tras almas? Mirad bien en ello y considerald*.»
todo, que aunque nosotros como mah»s cristia-
nos no tuviésemos atención al daño y perjuicio
de nuestras conciencias, la liabriauíos detener
á que ningún contentamiento ni descanso de el
juego hay que después no se vuelva en doblado
trabajo y tristeza; y nunca dio ganancia que no
se pagase con doblada pérdida; y en fin, es siem-
pre UKiyor el dolor que se causa del perder qm?
la alegría que trae consigo el ganar: y no ale-
guéis á dos ó tres ó cuatro personas que per
ventura sabéis que se hayan hecho ricos pf»r fl
juego, que éstos son como una gohmdrina en el
invierno, porque por ellos veréis mili millorits
de gentes perdidas y abatidas por haU*r perdi-
do cuanto tenían. Dicho os he mi parecer y dado
os he consejo, como pienso tomarlo para mi. j
el que estí)y obligado á daros como vuestro
amigo; si os pareciere bien, seguilde, y si no
vuestro será el daño, (pie á mí no me cabrá dclln
más de pesarme d'3 ver que os quedáis tan cie-
gos como hasta aquí habéis estado.
Bernardo. — No penséis, señor AntoniOjqnf
no he caído en la cuenta de todo lo (¿ue habéis
dicho; píírque vuestras palabra.s me han alam-
brado el juicio y destapado los ojos del enten-
dimiento, que tenía ciegos, y con firme proposito
y determinación quedo desde agora de no jugar
en mi vida, y si jugare, á lo luenos de manera
que me puedan llamar tahúr por ello, que pnt^
decís que pasar el tiempo entre amigos e? a.'gn-
nas veces lícito, no se ganando tantos dinen"^
que el que los perdiese rei'iba daño por ello.
cuando alguna vez me desmandase será á esto
y no á más.
Antonio. — Y aun eso no ha de ser njay
continuo, p(>rque, si umchas veces se hiciese, d?
pasatiemj)o se volvería en vi<rio, y si pudiéscdeí
acabar con vos de dexar de todo punto el jacg<»t
sería lo más seguro; pero no quiero agora apre-
taros tanto que con ello quiebro este lance qn?
os he armado y prisión en que de vuestra volun-
tad os vais metido.
Luis. — Pues en pago de vuestra buena inten
ción, señor Bernardo, y porque me prometáis di
COLLOQÜIOS SATÍRICOS
seguir lo que agora tenéis determinado, os quie-
ro prestar los treinta ducados que quedasteis
debiendo, para que, pagándolos, cumpláis con
vuestra fe y palabra.
Bernardo. Muy gran merced es la que me
hacéis, y de los primeros que vinieren á mí po-
der seréis muy bien pagado dcllos.
Antonio. — Con esto nos podremos ir, que
platicando se nos ha passado el dia y yo tengo
mucho que hacer.
Luis. — Pues comenzad á caminar, que nos-
otros os acompañaremos hasta dexaros en vues-
tra posada.
r mis.
COLLOQUIO
En que se trata lo que los nii'dicos y boticarios están obltgailo^
á hacer ¡Kira cumplir coa sus oficios, y así mesmo fe ponen
Las faltas que hay en ellos para daño de los enfermos, con
machos avisos necesarios y provechosos. Divídese en dos ¡Kir-
tos: en la primera Si> trata lo que toca á los boticarios, y en
la segunda lo de Ion médicos.
INTERLOCUTORES
Médico, Licenciado Lerma,
Boticario, Z)/oni«/o.— Enfermo, />. Gaspar,
Caballero, Pimentel.
Lerha. — Dios dé salud á vuestra merced,
mi seüor D. Gaspar.
D. G ASPAR. — Así haga á vuestra merced para
que en ti<?mpo tan necesario no mo olvide tanto
como hoy lo ha hecho; que si no fuera con la
buena conversación del señor Pimentel, que me
ha entretenido, muy largo se me hubiera hecho
el día, y aun con el señor Dionisio no he hol-
gado poco, porque tiene gran cuidado de visi-
tarme, y cuando los médicos so descuidan, es
bien que los boticarios (como uno de sos miem-
bros) vengan á cumplir sus faltas con los en-
fermos.
Lerma. — Buena manera es essa de reñir
conmigo una falta que hago por no poder ha-
cer menos; y no la hiciera sino con dexar á vue-
sa merced esta mañana en tan buena disposi-
ción, que creo que debe estar ya sin calentura.
D. Gaspar. — Mejor viva yo que estoy sin
ella.
Lerma. — Muéstreme vuestra merced el pul-
so. En verdad que no es tiinta que se pueda de-
cir calentura, y de aquí á mañana yo sé cierto
que no habrá ninguna.
D. Gaspar. — Menos cuenta tengo con ella
que con este dolor que siento en el hígado, por-
que yo os digo, señor licenciado, que me ator-
menta tanto, que le temo, y esto es lo princi-
POR A. DE TORQUEMADA 499
pal para que yo querría que me buscáscdes re-
medio.
PiiiENTBL. — A lo que yo siento, más debe
proceder el accidente de la calentura del mal
que hay en el hígado que no el mal 6 dolor del
hígado de la calentura, y pocas veces el señor
Gaspar estará sin ella hasta que esté remedia-
da la causa principal de á donde se sigue el daño.
Lerma.— Vuestra merced dice gran verdad,
})ero, según esto, Dionisio no ha hecho el em-
plasto de melliloto que yo dexé ordenado, ni
vuestra merced lo debe tener puesto.
Dionisio. — Así es verdad.
Lerma. — ¿Pues por qué no se hizo?
Dionisio. — Porque no ha tantas horas que
vuestra merced lo ordenó que no se pueda ha-
ber sufrido sin él, como se han pasado tantos
días que el señor don Gaspar lo hubiera de ha-
ber tenido con otros beneficios que se le pudie-
ran haber hecho antes de ahora.
Lerma. — ¿Y qué descuidos parece á vos que
se ha tenido en esso?
Dionisio.— Yo no he visto qiie hayan pre-
cedido los remedios universales á los particula-
res que agora se hacen; pues no se han hecho
las evacuaciones conforme á las reglas de me-
dicina, las cuales han de preceder á las uncio-
nes y emplastos, según la doctrina de Ipocras
en sus aforismos.
Lerma. — No es malo que queráis vos hace-
ros dotor en Medicina sin saber letra della y
que os parezca que estoy yo obligado á sufrir
vuestra desvergüenza de enmendarme la cura
que yo hago. ¿Sabéis vos por ventura la inten-
ción principal que yo he llevado en ella, y si ha
habido otros accidentes más principales y que
tienen más necesidad de remediarse?
Dionisio. — Lo que yo sé es que no está toda
la fuerza en el emplasto para sanar el hígado.
Lerma. — Si no tuviera respeto á estos se-
ñores que están presentes, yo os respondiera
como vos moreciades; pero assí no quiero deci-
ros más de que atendáis á hacer bien lo que
toca á vuestro oficio, y no haréis poco.
Dionisio. — Vuestra merced se ha apasio-
nado sin razón, y en lo que toca á mi oficio, yo
lo hago de manera que no hay de qué repre-
henderme.
Lerma. — ¿Qué podéis vos hacer más que
los otros boticarios, pues en fin sois boticario
como ellos?
Dionisio.— ¿Y qué suelen hacer los botica-
rios que no sea muy bien hecho?
Lerma. — Por vuestra honra quiero callarlo,
y aun por la de los médicos, pues lo sabemos y
no lo remediamos.
Dionisio. — Si vuestra merced lo dixese, no
faltará para ello respuesta; pues no es justo que
' en esse caso paguen justos por pecadores.
500
orígenes de la novela
PiMENTKL.— Loque aquí se dixere no saldrá
desta puerta afuera, y coa esta condición, y cou
que sea sin ningún enojo, el señor don Gaspar
y yo recebiremos muy gran merced en que se
trate algo desta materia para satisfacerme de
algunas cosas que me han puesto duda y sospe-
cha de que algunos boticarios no cumplen con
el mundo y con Dios lo que son obligados.
Lerma. — Ningún engaño recibe vuestra
merced en esso, y plega á Dios que no sean to-
dos los que esso hacen, y pues que aquí puede
pasar, menester es que todas sean verdades las
(}ue se dixeren.
Dionisio.— Diga vuestra merced lo que qui-
siere, que ninguna pena recebirá dello con tal
que yo sea también oído antes que la cuestión
se determine, pues estos señores han de ser jue-
ces del la.
D. GAsrAB. — Razón tiene Dionisio en lo
que pide.
Lerma. — Yo soy contento de que, cuando
sea tiempo, pueda replicar y alegar de su dere-
cho. Y porque vuestras meníedes entiendan que
no me muevo sin razón á lo que he dicho, se-
pan que las condiciones que han de tener los
boticarios escriben muchos autores, y quien
particularmente las trata, es Saladino en la pri-
mera parte de su obra; y porque referir todo
lo que dice seria confusión y prolijidad, diré al-
gunas cosas dellas. Y lo primero es que el bo-
ticario ha de ser de muy buen ingenio, hombre
sin vicios, sabio y experimentado en su oñcio;
no ha de ser avariento, ni deseoso de adquirir
hacienda; sobre todo ha de ser muy fiel para que
no haga cosa contra su conciencia, ni por su
parecer, sino con consejo de médico docto, y
que en el precio de las medicinas sea conveni-
ble. Estas son cosas tan necesarias, que obligan
tanto al boticario á guardarlas y cumplirlas,
que no lo haciendo, no es poco ol daño ni po-
cos los inconvenientes que dello se siguen á los
enfermos; pero yo he hablado sin perjuicio do
los buenos loticarios (que son tan poces, que
apenas se hallará uno entre ciento), diré lo que
cerca desto hacen. Lo primero en lo que toca á
ser hombre sabio y experimentado en su oficio
no tienen ellos todía la culpa, que la mayor par-
te se puede dar á los protoniédicos porque exa-
minan y dan por hábiles y suficientes á muchos
que ni saben ni entienden qué cosa son medi-
cinas, ni tienen experiencia dellas ni conoci-
miento para alcanzar cuál es una ni cuál es
otra, sino que si van á la feria á comprar sus
drogas, no solamente se engañan en distinguir
y apartar lo malo de lo bueno, pero muolias ve-
ces toman uno por otro sin conocerlo, porque
ignoran la condición y calidades que han de te-
ner para ser aquella medicina que piensan; y
por no se mostrar ignorantes, quieren más de-
xarse engañar de los que los venden que tonur
consejo con quien podría desengañarlos pan
que no errasen.
PiiiENTEL. — Pues, ¿por qué los protomédi-
cos hacen una cosa tan fuera de razón como
essa?
Lbrua.^0 por no perder el interese do los
derechos que los pagan ó porqae reciben ser-
vicios con que se obligan á hacer lo que no de-
ben, y sin esto aprovechan mucho los favor»
de personas señaladas ó de algunos amigos i
quien estiman en más que á las conciencian, r
asi veréis que muchos vienen examinados j
con su carta de examen muy bien escrita y ila-
minada, que podrían con más jasta razón trarr
una albarda que usar el oficio. Y con poner su>
boticas muy compuestas con cajas doradas?
botes pintados, y las redomas con unos rétalos
muy grandes, á muchas gentes hacen entender
que es oro todo lo que reluce, y que vayan á
tomar medicinas á sus tiend:is, que aprovccbíD
más para enfermar con ellas los sanos qv
para dar salud á los enfermos.
D. Gaspar. — En esto también me parece
que tienen la culpa los médicos como los boti-
carios, pues lo saben y lo permiten.
Lerma. — Yo no quiero excusar á los qne
esso hacen.
Dionisio. — Ni podría vuesa merced hacerlo
aunque quisiese, pero yo lo guardo todo pin
mi respuesta, porque no quiero quebrar el hilo
satírico que vuestra merced lleva tan bien or-
denado.
Xerma. — Bien es que lo hagáis asi, que
tflnbién, como ya he dicho, os oiré yo lo qiu
en favor vuestro y de los boticarios alegasen*».
Y tornando al propósito, digo que es cosa rccii
la desorden que en esto se tiene, que cu au
cosa que va la salud y vida de los hombrí'», do
se ponga mayor diligencia en conocer á los qne
pueden tratar dello.
PiUENTEL. — ¿Y qué se podría hacer par»
remediarlo?
Lerma. — No dar el oficio de los protomédi-
eos á hombres que hubiesen de llevar derecixx
ni dineros algunos á los que examinaren, por-
que asi cesaría la codicia y no los cegaría ú
interés que se les sigue. Y demás desto haliio-
los de buscar personas muy santas, tenjerosts
de Dios y de sus conciencias, para que no per-
mitiesen que ninguno tratasse en esta arte qoc
no la entendiese y supiese muy bien lo qM
hacia.
D. Gaspar. — Harto buena gobernación se-
ría essa, y aun bien necesaria, si se h¡cies$eÍo
que decís, y aun las justicias y regimientos de
los pueblos habían de entender en remediar
esta falta, cuando saben qne un boticario norf
bastante, por el daño que dello se signe i I*
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
501
república; pero pasad adelante en tanto que
esto se remedia.
Lerva. — Es tanta la inorancia dcsta gente
do quien hablamos, que en lo que decían saber
más es en lo que menos saben, porque la prin-
cipal parte que han de tener es en el conoci-
miento de las hierbas y plantas y raices y pie-*
dms; notorio está que la mayor fuerza de la
medicina consiste en ellas, y tanto que, según
dice Rasis en ol segundo de los anforismos,
trayéndolo por auctoridad de aquel gran filósofo
Hermes, si se conociesen bien las propiedades
y virtudes de las hierbas y plantas, curarían los
médicos con solas ellas, de manera que pare-
ciese que curaban con arte mágica; pues si esto
es assi, al médico conviene ordenar y á los bo-
ticarios poner en efeto lo que ellos ordenassen,
lo cual pueden muy mal hac ir si no conocen
destintamonte las plantas y las hierbas y las
raices y piedras, y aun las condiciones y pro-
piedades dellas. i Oh cuántos y cuántos boti-
carios de los buenos se engañan en tener unas
hierbas por otras, y en no conocer y entender
muchas dellas! ¿Que harán los que no lo son?
¡ V esto de donde pensáis que procede? De que
no saben gramática para entender los libros que
tratan dellas, 6 si la saben, porque les falta la
experiencia, que ni nunca las han buscado ni
visto, y cuando las buscan, hallan algunas que
se parecen unas á otras en las hojas, en el ta-
maño y en las flores y en el olor, y por ventura
son tan distintas y diferentes en las propieda-
des, que la una mata y la otra sana, y los mez-
quinos de los enfermos han de estar sujetos á
la simpleza de un boticario, si acierta 6 no
acierta, y no solamente los enfermos, pero los
médicos, que desto y de otras muchas cosas nos
ponen la culpa, sin tenerla.
\), Gaspar. — ¿Y qué pueden hacer para
esso los protomédicos?
Lbrma. — Yo lo diré. Que al que examina-
sen, no había de ser ni en un dia, ni en ocho, ni
aun en quince, y también le habían de exami-
nar de la teórica como de la prática, y de la
experiencia como de la ciencia; mostrándole
mucha cantidad de hierbas juntas, á lo menos
de las que más le traen en uso, para que apar-
tasen las unas de las otras, y las nombrassen
por sus nombres y dixesen los efectos que tie-
nen y en qué pueden servir en las medicinas,
pues tienen á Dioscórides y á Plinio y á Leo-
nardo Susio, y á otros muchos que tan buena
noticia les dan de todas ellas, si ellos las hubie-
sen buscado y tratado para conocerlas. Pero el
mal es que nunca las buscan sino cuando tienen
necesidad dellas, y por esto caen en tantos ye-
rros, y tan perjudiciales como aquí he dicho.
Lo mismo habían de hacer en las piedras .y
raices y gomas y licores, y en todas las otras
medicinas; y dexando los pecados que hacen eu
esto por inorancia, líbrenos Dios de los boti-
carios que no tienen respeto sino adquirir y ga-
nar haciendas, que la avaricia y codicia les ha-
ce dejar de usar fielmente sus oficios, porque
éstos son aquellos de quien dice Jacobo Silvio
en el proemio de su obra que hizo de las cosas
que tocan á este arte, que se pueden llamar
carniceros y verdugos los boticarios que no sa-
ben ni usan bien su obligación, porque de lo
que aprovecha es de matar los hombres sin nin-
gún respeto ni piedad. Verdaderamente, si no
tienen conciencia y fidelidad, y si han ya per-
dido el temor de Dios por el de los dineros,
no hay cosa más cruel que sus manos, más sin
piedad que su intención ni más abominable
que sus hechos, porque no dan medicina que
sea buena, ni que haga buena operación. Lo
que los médicos hacen, ellos lo dañan, ellos
destruyen la buena cura. Y porque más clara-
mente se entienda quiero decir algunas parti-
cularidades, pues que para decirlas todas sería
menester muy largo tiempo. Tienen por flor
una cosa que diré, y es que cuando un médico
quiere recentar una purga ó pildoras, ó otra
cosa, y pide las medicinas que entran en ella
para verlas, suele decir: ¿Tenéis buen reubarbo
ó buen agárico? Mostradlo acá. Y entonces el
boticario saca tres ó cuatro pedazos que no va-
len dos maravedises, y entre ellos uno que es
muy bueno, y antes que el médico hable le dice:
Señor, todo el reubarbo es tal que no hay más
que pedir; pero este boleto del es el mejor del
mundo, y por tal me ha costado á tanto precio;
del se podrá gastar en esta purga lo que vuesa
merced mandare. El médico le dice: Pues echad
del una dracma, ó media dracma como ves que
es menester; y en volviendo las espaldas, el bo-
ticario guarda aquello bueno y echa de lo malo,
de manera que con un pedazo bueno vende
cuanto reubarbo tiene que no vale nada, por-
que después que lo muele y se echa en la purga,
mal se puede ver si era de lo uno ó de lo otro.
D. Gaspar. — Si no se pudiera ver, á lo me-
nos podráse sentir en la disposición y salud del
enfermo, pues no hará tan buena operación lo
malo como lo bueno.
Lkrma. — Lo mesmo que digo hacen en la
escamonea, en el acibar y en todas las otras
medicinas desta suerte.
PiHBNTBL. — ¿Y en la cañafistola hay algún
engaño desos?
Lerma. — Si sueltan la rienda al deseo de la
ganancia, no hay medicina en sus tiendas con
que no puedan engañar á las gentes, y en la
cañafistola hay lo que dice. Si se recenta dos
onzas della y es la cañafistola de la buena, sá-
cale la pulpa necesaria, y si es de la mala y
seca, todo el peso tiene la caña, y la pulpa no es
502
ORÍGENES DE LA NOVELA
casi nada ni hace operaciun ninguna, y para
engañar á los médicos 6 á los que la compran,
meten la cañafístola en las cuevas y lu<^ares muy
húmedos porque parezca mejor y pese más, y
así los enfermos con la cañafístola que les ha
de aprovechar como medicina benedita, toman
la mitad de humedad que no obra de otra cosa
sino de destmir la salud y el cuerpo.
PiMENTEL. — Y en las otras medicinas sim-
ples ¿qué pueilen o suelen hacer los boticarios?
Lerma.--Lo uno no conocerlas cuando las
compran ó cogen del campo o de los huertos en
que nacen; y lo otro, si las conocen, no enten-
der cuáles sean las mejores ni las peores para
usar dellas, y lo que peor es, que hay tantos
boticarios tan ne(?ios y inorantes, que no saben
gramática ni entienden los nombres de las me-
dicinas en latín, y cuando les dan las recentas,
por no mostrar su inorancia, dexan de echar
aquella medicina simple en el compuesto, y por
ventura es la que en todas más hace al caso; y
éstos tienen á Mesue y á la decílaración de los
fraires , y Antonio Musa y Jacobo Silvio, y
otros cien liliros muy bien encuadernados que
no sirven de más que de auctorizar su botica,
estando obligados á entenderlos tan bien como
los médicos mismos. Y para que vuestras mer-
cedes entiendan lo que pasa, yo sé boticario
que, recentando un médico en su casa cierta
medicina en que hubo necesidad de poner me-
dia onza de simiente de psilio, él no lo ent<ín-
diü ni supo qué cosa era, y para salir de la duda
que tenía fuesse á casa de otro boticario y pre-
giuitóle si tenía psilio. El otro le respondió que
sí. Pues dadme media onza del y ved lo que me
habéis de llevar j»or ella. El otro botieario, que
era astuto y avisado, ent<indió luego el negocio
y díxole: No os la puedo dar un maravedí me-
nos de un du«*ado, porque por dos ducados
compn'' la onza, y no os hago poca cortesía en
dárosla sin ganancia. Pues que assí es, dixo el
que compraba, veis aquí el ducado y dádmela.
El otro lo tomó y le dio en un papel la media
onza de psilio, y cuando lo hulio descogido y
mirado, vio que ei*a zaragatona y dixo: <'Qué me
dais aquí, que esta zaragatona es? Assí es ver-
dad, dixo el otro que se le había dado. Pue? por
cosa que valcí un maravedí, dixo él, ¿me lleváis
un ducado? Sí, respondió el que le había ven-
dido, que yo no os vendí la zaragatona, sino
el nombre, que no lo sabíades, y el aviso para
un boticario como vos vale más que diez duca-
dos. Y aunque sobre esto hubieron barajas y
fueron ante la justicia, se quwló con el du(»ado
y reyéndose todos del boticario nescio <pie se lo
había dado.
D. Gaspar. — Por cierto él lo menícía bien
por lo que hizo.
Lerha. — No es menos de oir lo que agora
diré, y pasa así de verdad; que queriendo htcvr
un boticario el collirio blanco de Rasis que apro-
vecha para el mal de los ojos, tío que al cabo
de las medicinas que habían de entrar en él es-
taba escrito tere stgilatim, que quiere decir qo?
las moliese cada una por sí, y él entendió qno
le mandaba echar una medicina que se llamaba
tierra sellada, y teniendo todo junto para re-
volverlo, llegó otro boticario, y conociendo la
tierra sellada, díxole: ¿Qué es esto que hacéis?
En el collirio de Rasis no entra esta medicina.
Y el que lo hacía porfiaba que sí y que asi es-
tal»a en la recenta del collirio. Sobre porfía h
fueron á ver, donde el boticario que había lle-
gado de fuera, conociendo la causa de su yerro,
le desengañó, mostrándole lo que quería decir
tf're sigHiitim^ y asi le hizo quitar la tierra se-
llada, y lo que en ello iba era que todas las me-
dicinas de aquel collirio son frías, y ésta era ci-
lida y de tal condición, que bastaba para que-
brar los ojos en lugar de sanarlos. Otras ma-
chas cosas pasan cada día desta niesma manera,
porque boticarios hay que, siendo el espodiode
Galeno, y de los griegos Tucia, y el de Avice-
na y los árabes raices de cañas quemadas, v ci
que nosotros comúnmente usamos dientes de
elefantes, que es verdadero marfil, ellos hacen
otro nuevo espodio echando los huesos y cani-
lla:^, y aun plega á Dios que no sean de la
primera bestia quo hallasen muerta, y con esto
les parece que tienen cumplido con lo que de-
ben. Y cuando vienen á hacer algún compuesto
en que entren muchas medicinas, algunas dellas
les faltan, otras están dañadas, otras secas j
que les falta la virtud y no dexan de echarlas
sin tener respeto á que: improhitas nnius #i«-
plicis totam compositionem riciat,
1). Gasear. — No entendemos muv bien la-
tín; vuestra merced lo diga en romanee.
Lerma. — Digo que la maldad de una medi-
cina simple, cuando se junta con otras, dcstraje
y hace que no valga nada toda la composición.
Pues si esto es assí, qué hará en la composi-
ción de los xaralH>s, y purgas, y pildoras, qne
alteran y descomponen los cuerpos humanos y
más adonde entran medicinas furiosas, recias j
venenosas, que se desvelan los médicos por no
errar en la cuantía y en el peso y medida, y loa
boticarios, yendo envidada la vida de un hom-
bre en acertar ó en (Trar, no se les da dos ma-
ravedís que sea más ni menos ni que obren
bien (|ue mal. Su atención y intención es de
ganar, y sea como fuere, que la culpa ha de ser
del médico y no del boticario.
D. Gaspar. — Esso es en las purgas; pero en
los xarabes /qué hacen que no sea bien hecbo?
Lerha. — Antes creo que no hay xarabe qne
se haga bien en las boticas de los hombres dea-
ta suerte (|ue he dicho, porque ó no tienen los
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMAÜA
503
zumos tan buenos como son menester y tan
perfectos como han de ser, ni los echan en la
cantidad que el xarabe ha de llevar; y en el
azúcar tienen nna alquimia que siempre com-
pran y traen el más rellaco y más sucio que
hallan^ porque con ser para xarabes, parésceles
que es pecado gastar azúcar bueno y limpio.
Y entre diez xarabes no hallaréis los dos que
tengan el punto necesario.
PiMENTEL. — En esso parece que no va tan-
to, aunque lo mejor sería que todo fuese per-
fecto.
Lerma. — En las pildoras hay también las
mesmas faltas que en las purgas, y aun otras
que parecen mayores, porque demás de lo que
he dicho, hay una massa de pildoras que se
quieren gastar en haciéndose, y otras que duran
cuatro meses, y otras seis y ocho y un año y más,
pero cuando passan de su tiempo sécansc y
pierden la virtud y fuerza las medicinas que
allí están incorporadas, y assi no son para
aprovechar; y los boticarios avarientos, por no
perder el int'A-eses que dellas se les ha de seguir,
ni gastar en hacer otras de nuevo, ¿qué pensáis
que hacen? Visitan las cajas donde tienen las
pildoras y miran un rétulo ó cédula que tienen
dentro dellas en que está puesta la hecha del
año, mes y día, y si es pasado el tiempo quitan
aquella cédula y ponen otra, por la cual parece
que no ha dos meses que se hicieron, habiendo
por ventura más do un año que estaban hechas,
estando ya perdidas y corrompidas; y assí en-
gañan al médico que las pide y recenta, y al
enfermo que con ellas se cura; y donde han de
hacer evacuar los humores si estuviesen en su
perfición, no tienen fuerza más de para alterar-
los y mover' os más de lo que están, en grandí-
simo daño y perjuicio de los enfermos y de su
salud y vida. Pues en las aguas que venden,
¿no hay eujüjaños? Muchas veces al medio año
acaban todas cuantas han destilado y hinchen
las redomas de agua de la fuente 6 del rio, y lo
que les costó una blanca hacen della tres 6 cua-
tro ducados, y jamás pedirán cosa ninguna en
su botica que digan que no la tienen 6 por gran
maravilla; y dan unas cosas por otras, diciendo
que tienen la misma propiedad y que hacen el
mismo efecto, y á esto llaman ellos dar quid
pro (jiiOj mudando las medicinas sin la volun-
tad y consentimiento de los médicos, por no de-
xar de vender y hacer dineros. Y por ventura no
halló el licenciado Monardis tantas medicinasen
un diálogo que hizo que se podiesen poner unas
por otras cuantas hallan los boticarios porque
los que traxeren dineros á sus tiendas no se
vuelvan con ellos. En los aceites, si se les van
acabando, con poco que tenga el cántaro ó la
redoma, la tornan á henchir encima del que se
vende en la plaza; y assí me dixeron á mí de
uno que vendió un gran cántaro de aceite rosa-
do no teniendo sino un poco en el hondón, so-
bre el cual tornólo a henchir, y revolviéndolo
todo, quedóle un poquito de olor con que lo
pudo vender, afirmando que era el mejor del
mundo. Y en los ingüentos también pecan, ó
por inorancia ó por malicia, que pocas veces
salen en su perfición. Lo mesmo hacen en los
polvos, y finalmente, no hay medicina ninguna
que no hagan de manera que justamente se
pudiese condenar por falsa si se pudiesen ave-
riguar los simples que echan en la composición,
á lo menos si son costosos ó dificultosos de ha-
ber ó de conocerse. Si mandaren á estos boti-
carios hacer una buena triaca, muchos de ellos
no conocerían la mitad de las medicinas sim-
ples que entran en ella, y plega á Dios que co-
nozcan las de la confeción de Hamech, que son
menos y más usadas, y las que entran en otras
confeciones desta suerte. La triaca de esmeral-
das que venden no creo más en ella que en
Mahonia, si no la viese hacer por los ojos, y
por más cierto tendría que echan esmeraldas
contrahechas de alquimia ó de vidrio ó de unas
;iue vienen de las Indias, que de las finas; y
por mi consejo nadie las tomaría, ni daría á
quien bien quisiese, si no la hubiese visto cuan-
do se hacia ó si no fuesse de mano de boticario
de quien estuviese tan saneado que no se tu-
viere duda de su conciencia y virtud.
I). Gaspar. — Harto ha dicho vuesa merced,
señor licenciado, para que estemos más avisados
y advertidos de lo que los boticarios pueden
hacer; pero no es posible que todos pequen tan
á rienda suelta.
Lerm A. — No digo yo que todos, porque ha-
ría injuria á algunos buenos que hay entre
ellos, aunque no sean muchos, y los que son
malos es, ó porque son simples y inorantes, ó
porque son malos cristianos y tienen poco te-
mor de Dios, ó porque son pobres, que la po-
breza es ocasión de grandes males.
PiMENTEL. — Pues, ¿qué r«*medio se pinina
poner en este desconcierto que bastase pura es-
torbar tan gran daño como los malos boticarios
hacen?
Lrrm A. —El primero ya yo le he dicho, que
no habían de permitir que ninguno usase el
oficio que no fuese nniy docto y muy experi-
mentado; y lo principal que ha de tener es ser
muy buen gramático, para entender los libros
de su arte, muy estudioso y curioso de saber y
aprender todos Ips primores que hay en ella, y
sin esto, se requiere que hayan estudiado al-
guna medicina para que sepan mejor lo que
hacen. Los boticarios que son buenos nmchas
veces aprovechan de advertir á los médicos en
algunos descuidos y yerros que hacen, y no
holgaría yo poco de que todos los boticarios
504
ORÍGENES DE LA NOVELA
con quien tratase fuesen tan safícieutes que
supiesen hacer esto.
1). Gaspar. — ¿Pues por qué os enojasteis
de que Dionisio dixo poco ha que la cura del
hígado no iba por los términos que convenía/
Lerxa. — Ño me enoje yo porque me lo di-
xese, sino porque me lo dixo en público, y no ha
do ser por vía de reprensión sino de consejo, y
en esto no me negará él que tengo razón; y,
aunque no lo quisiera decir en su presencia,
sería mal que vuesas mercedes pensasen que
ninguna cosa de las que he dicho aquí toca en
su honor, porque yo certifico que ninguna falta
tiene para que no sea uno de los mejores boti-
carios que hay en el reino y de quien mas sin
sospecha puedan confiarse los enfermos y los
médicos que los curaren.
PiMENTEL. — Bien me parece que después de
descalabrado le untéis la cabeza; yo fiador que,
á lo que creo, no os vais, señor licenciado, sin
i*espuesta, que no sin causa os ha escuchado sin
contradeciros en nada. Pero pasad adelante y
decidnos otros remedios.
Lerma. — No habían de ser los boticarios
pobres, sino que también les habían de pedir si
tenían patrimonio de donde ayudarse á susten-
tar, como hacen á los clérigos cuando van á or-
denarse; que recia cosa sería fiarse de un hombre
pobre muchos dineros sin contarlos, y sin pen-
sar que se aprovecharía dellos en sus necesida-
des, podiendo hacerlo, y lo mesmo de un boti-
cario con pobreza las medicinas, sin pensar que
procurase remediarla con ellas; y por esto hay
autores que dicen que en un tiempo se tuvo en
Roma tanta cuenta con este oficio, que las me-
dicinas estaban depositadas en ciertas personas
de gran confianza y que llevaban salario por
ello, y que allí iban los médicos á tomarlas y
los boticarios las gastaban así como las llevaban,
sin que en ello, ni por inorancia ni por descuido,
pudiese haber yerro ninguno. El otro remedio
que se podría tener es en las visitas que les ha-
cen, para las cuales, habiendo buena goberna-
ción, había de haber visitadores generales que no
entendiesen en otra cosa, y éstos habían de estar
proveídos en cada provincia y pagados del dine-
ro público, de manera que no se les s¡gui(«e in-
terés particular ni les cupiese parte de la pena ni
de otra cosa, para que más sin afición ni pasión
pudiesen juzgar, y que los que no hallasen sufi-
cientes los inhabilitasen y privasen del oficio sin
tener advertencia á la honra ó bien particular
de uno en perjuicio y daño de toda la repúljlica.
PiMBNTEL. — Bien sería esso, si se hallasen
personas de quien se pudiese tener tan buena
confianza, y el rey, con otros cuidados que tiene
mayores, no puede tener tan particular cuenta
con este neüfocio.
Lerha.— Pues habríala de tener él ó los
que tienen cargo de la gobernación de sus rei-
nos, como lo tienen con examinar á uno qae
ha de ser escribano real, que qui 3ren que sepa
hacer bien una escritura en que va la hacienda
de un hombre; y sería más justo que procura- *
sen de que también fuesen bien hechas las me-
dicinas en que va la salud y vida de los hom-
bres, Dorque no son pocos los que mueren por
culpa dellos. Y conforme á este parecer es lo
que dice Jacobo Silvio hablando desta gente
que digo: Dios haga y provea que la justicia
real alguna vez tenga cuenta con los que pri-
mero usan esta arte que la hayan entendió,
siendo á los cuerpos de los hombres tan salo-
dable cuando bien se hace v tan dañosa cuando
inoran temen te se trata. Y, finalmente, ha-
brían de tener los boticarios fieles que les mira-
sen Ins medicinas y se las tasasen en precios
convenibles, averiguando la costa que tienen y
dándoles ganancia con que se pudiesen susten-
tar, aunque fuese más de la que agora lleTan,
pues las medicinas serian mejores y de más va-
lor; porque si las que agora vencfcn son bne-
nas, yo digo que las venden muy baratas, t si
son malas, en cualquiera precio, aunque den di-
nero i)or que las lleven, son tan caras que nin-
guna mercaduría hay que tanto lo sea.
PiMENTEL. — Pues, dccidme, señor licencia-
do: ¿de que aprovecha el visitar las boticas
cuando los regimientos de los pueblos traen
boticarios de fuera para hacerlo?
Lerma.— Algún fruto hace, aunque poco,
porque si los médicos se hallan presentes, como
siempre lo están, es para ayudar á los botica-
rios, y ellos que habían de acusar sus defetcs
se los encubren, porque son sus amigos, t
cuando les preguntan alguna cosa que no sa-
ben, responden por ellos, tomándoles la palabra
de la boc*a, y también defienden algunas cosas
cuesta arriba, y con otras disimulan todos ellos;
y aun plega Dios que no haya algunas qnc ni
los unos ni los otros no las entiendan. Y so-
bre esto, no hay botica tan biea visitada qae
si veniesse otro día alguno que entendiese bien
el oficio no hallase cosas nuevas que reprender y
enmendar. Y cuando ya se viene á dar la sen-
tencia, nunca faltan amigos y favores que con
buena maña bastan para procurar con solicitud
que sea muy moderada; y de ciento que podrían
privar, no hallaréis dos inhabilitados, y ya qne
lo sean luego hay mil remedios para que la
sentencia no se execute y tornen á usar sus ofi-
cios contra justicia y conciencia suya y de los
que se lo peruiiten y consienten. Dios ponga
remedio en esto, que harta necesidad hay de qw
lo provea de su mano.
Fin de la primera parte fiel coUaquio
de los médicos y boticarios.
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
505
COMIENZA LA SEGUNDA TARTB
del collo.{uio, en h nial «¡e trata lo quo toca ¿ lo^ nK'dico'*.
INTERLOCUTORES
Los mesmos que en la pnmera,
Dionisio. — Hasta agora, señor licenciado,
no Dic ha faltado atención para oir ni paciencia
para escuchar todo lo que vuesa merced ha
querido decir de los boticarios, v, verdadera-
raente, no sería justo que por hacer buenos á
los que son buenos yo quiero que también lo
sean los malos, pues en todas las artos y oficios
que se usan en el mundo hay de los unos y
do los otros, y que los haya en este oíicio y
arte de boticario no es maravilla, aunque yo
confieso que tienen toda la obligación que vues-
tra merced ha dicho y que es muy mayor la culpa
({ue se les puede dar. Porque va poco en que un
platero yerre una vasija, y un sastre una ropa,
y un pintor una imagen, y va mucho en que un
boticario v un médico verren la cura de un
hombre en que le va la salud y la vida; el uno
por falta de las medicinas y el otro por faltarlo
la ciencia y la experiencia de manera que no lo
sepa curar. Que hay pocos boticarios en España
que sepan lo que han de saber y lo que se re-
quiere para no errar, no puedo negarlo, y que
hay también muchos que, sabiéndolo, pecan con
malicia y que la codicia se antepone en ellos á
la conciencia, también lo creo, y aun lo sé, por-
que lo he visto estando y tratando en las casas
y tiendas de muchos boticarios, donde pasan
cosas extrañas y tan desordenadas qu'? me han
espantado, y sin duda los malos boticarios, de
cualquier manera que sea, son cruel pestilencia
para los pueblos, y yo confiesso que no hay cosa
más justa que remediarlo si fuesse posible; y
porque no puedan decir los culpados que en mi
80 cumple el proverbio ¿quién es tu enemigo?
hombre de tu oficio, no quiero extenderme á
más, que por ventura pudiera decir otros mu-
chos y mayores secretos de las maldades que
hacen que no han venido á noticia del señor li-
cenciado. Pero con todo esto no quiero que se
dé toda la culpa á los boticarios en machas
cosas que tienen la mayor parte los médicos,
lun á las veces es toda, v asi las autoridades
que vuesa merced ha alegado de Jacobo S'lvio
contra los malos boticarios, si tiene memoria
dello, también las dice contra los que no son
buenos tnédicos, porque en aquel proemio con-
tra los unos V los otros va hablando.
Lbrma. — Creo que decís la verdad, pero
poco es lo que vos ni nadie podra decir contra
los médicos en comparación de lo que yo he
dicho y se podría decir contra los boticarios.
Dionisio. — Si vuesa merced quiere tener
sufrimiento para oirlo, no le parecerá sino mu-
cho; que no es menor el daño ni perjuicio que
hacen en la república, ni habría menos razón
para que los desconciertos que dellos se signen
se remediasen.
Lerma. — Decid lo que quisiéredes, que quie-
ro que estos señores no digan que no cumplo
mi palabra.
PiMENTEL. — Ni aun sería justo que se dexase
de cumplir, y vos, señor Dionisio, decid lo que
os pareciere, pues que el señor licenciado no
tiene tanta priesa que no pueda detenerse otro
tanto para escucharos como se ha detenido para
hacer verdadero lo que al principio propuso
contra los boticarios.
Lbrha. — Forzado me seria hacer lo que
vuestras mercedes mandan, aunque en verdad
que hago alguna falta á dos ó tres enfermos que
tengo de visitar.
]). Gaspar - Tiempo habrá para todo, que si
la plática se dexase en estos términos, era que-
dar pleito pendiente, y lo mejor será que luego
se determine.
Dionisio.— Aunque yo tenía harto en que
alargarme, procuraré ser breve diciendo en suma
lo que cerca desto entiendo, pues no será nece-
sario más de apuntarlo para que vuestras mer-
cedes lo entiendan y estén al cabo de todo. Y
digo lo primero que lo que Ipocras dice do los
que no son buenos médicos en el libro que se
llama Introductorio son las palabras siguientes:
Muy semejantes son éstos á los que se introdu-
cen en las tragedias, porque tienen la figura y
vestidos y atavíos y aun la presencia de médi-
cos de la misma manera que los hipócritas, y
asi hay muchos médicos de non)bre y que lo
sean en las obras son muy pocos. Pues Ipocras
evangelista de los médicos es llamado, y pode-
mos tener por cierto que en ninguna cosa de lo
que cerca desto dice recibe engaño, y pluguiese
á Dios que en nuestros tiempos no acertase tan
de veras como acierta en esto que ha dicho,
porque así no habría los daños y grandes in-
convenientes que para la salud de los enfermos
se siguen por falta de los buenos médicos.
Lbrma. — Assí es como vos decís, señor Dio-
nisio; pero decime: ¿quiénes son essos malos
médicos, que yo á todos los tengo por buenos?
Dionisio. — Antes son tan pocos los buenos
médicos, que apenas hay ninguno que no sea
malo, como vuesa merced ha dicho de los boti-
carios, y por no gastar palabras, quiérome ir de-
clarando más particularmente, para que nos en-
tendamos, de las condiciones que se requieren
para que un médico cumpla con Dios y con el
mundo. La primera, que sea hombre justo, te-
meroso de Dios y de su conciencia, conforme á
loque Salomón dice (EccL, i): El principio
de la sabiduría es el temor que á Dios se tiene;
1
50(5
ORÍGENES DE LA NOVELA
porque el que no llevare su fundamento sobre
esto, no podrá hacer las curas suficientes ni que
aprovechen á los enfermos, y asi dice Galeno:
Aquel cuyo juicio fuere débil y cuya ánima fue-
re mala, no aprenderá aquello que se enseña en
esta ciencia, y esto es porque su fin no es de
aprovechar á su prójimo con ella, sino á sí mis-
mo. No sé yo qué temor de Dios tienen los
médicos que curan sin tener la ciencia y expe-
riencia y las otras cosas necessarias y convi-
nientes para que curen, y s¡ éstas les faltan, y
faltándoles con la codicia do la ganancia se
ponen á curar no sabiendo lo que hacen, no so-
lameiitc pecan, pero dañan su ánima; de mane-
ra que no podrán aprender lo que son obligados
á saber, como Galeno les ha dicho, ni tampoco
puede ser piadoso ni misericordioso el médico
que cura las enfermedades que no conoce, ni
sabe, ni enti(;nde: antes es muy gran crueldad
y inhumanidad la que usan, pues que, o por
ganar dineros 6 por no confesar su inorancia,
ponen los enfermos en el peligro de la muerte
y no guardan lo que Rasis dice, trayéii lolo pur
autoridad de un gran médico judío, que los mé-
dicos han de ser muy piadosos con los enfer-
mos, para que con mayor cuidado y diligencia
curen dellos.
Lerma. i Pues cómo sabéis vos que los mé-
dicos no tienen suficiencia y habilidad que se
requiere para curar, de manera que no cumplan
con lo que deben á su conciencia?
Dionisio. — Ya yo he dicho que no son to-
dos los médicos, sino que hablo con la mayor
parte dellos, y si vuesa merced quiere que le de-
clare lo que sabe muy mejor que yo lo entiendo,
quiero aclararme más para que estos señores lo
entiendan. Cruel cosa y fuera de tíxlo término
de razones la ([U(» se consiente y permite á los
médicos que después qiu? se van á estudiar á
las universidades, con tros 6 cuatro años que
han oido de medicina presumen luego de po-
nerse á curar, ó por mejor decir á matíir los
enfermos. V con tres maravedís de ci<Micia
quieren ganar en un año quinientos ducados,
porque su intención es á sola ganancia, no te-
niendo atención á lo que Ipocras dice en su ju-
ramento, que siempre su principal intención
será en curar á los enfermos, sin tener respecto
á lo que por ello se ha de ganar.
Lerma. — Mal podéis vos juzgar las inten-
ciones de los médicos.
Dionisio. — Antes muy bien se pueden juz-
gar de las obras' que hacen, porque si el médico
es necio de su natural, mal acertará en el re-
medio de la vida de un hombre, donde tan gnu
discreción se requiere, y si es sabio, ha de saber
que con tan poca ciencia no ha de presumir de
hacer lo que otros con mucha no pueden ni
sal>en, y con este conocimiento está obligado á
no curar hasta que pueda tener mejor com-
tanza de sí, y si no lo hacen, claro está qne li
codicia de la ganancia les hace poner en aven-
tura la salud y vida de los hombres en si acier-
tan ó no aciertan en la cura que hacen.
D. Gaspar. — Pues si esso es asi, ;eaándo
han de comenzar á curar los médicos?
Dionisio. — Guando tuvieren la ciencia sufi-
ciente y la práctica que se requiere para poaerli
en obra.
D. Gaspar. — No os cutiendo lo que queréis
decir.
Dionisio. — Digo, que no solamente un mé-
dico ha de tener muy gran ciencia y saber mor
bien los preceptos y reglas de medicina, sioo
([ue. también ha de tener muy larga y conocklt
experiencia de las enfermedades y de la manfr
ra y orden que han de tener en curarse. Porque
el principal fundamento está en conocerlas, y
esta experiencia requiere muj largo tiempo,
conforme á lo que Ipocras dice: La vida de loi
hombres es muy breve y la arte es muy luenga:
el tiempo es agudo y la experiencia engañost.
Si est^ es así verdad, ¿qué experiencia pueden
tener los que ayer salieron del estudio, ni loi
({ue ha un año, ni dos, ni seis que curan, ¿ lo
menos si las curas que hacen son con sólo m
parecer y por su albedrio?
PiMENTEL. — Muy poca ó ninguna, y cuando
viniera á tenerla, habrían ya ninerto más hom-
bres que sanado enfermos.
D. Gaspar.— ¿Pues qué han de hacer kw
médicos para no errar?
Dionisio. — Lo que dice el señor licendido
de los boticarios: que es, tratar mucho tiempo
su oficio antes que comiencen á usar del por «o
actoridad, y primero que se atrevan á hacer uis
experiencia la han de haber visto muchas f^
ees, ó á lo menos otra semejante; y esto hade
ser curando umcho tiempo los médicos mance-
bos en compañía de los viejos experimentados,
lo que no hace ninguno, porque coa la leche»
los labios de lo que han estudiado, les parece
(jue son bastantes á curar cualquiera enfemw-
(lad por sí solos, y si la ganancia no estuviese
de por medio, todavía se humil lañan á io qoe
son obligados; porque no basta que den innj
buena razón de lo que les preguntassen si no lo
saben obrar, conforme á lo que dice Aviceoí:
Que no basta en la medicina la razón sin la ex-
periencia ni la experiencia sin la razón, pi^iqu
ambas son menester y han de andar juntas U
una con la otra.
PiMKNTKL. — ¿Pues qué han de hacer lo»
médicos en tanto qne no pudiesen ganar de \
comer? Que segím esso primero llegarán á vie-
jos que justamente puedan llevar alguna ^
nancia.
Dionisio. — Que coman de sus patrimonios,
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
507
j bí no lo tienen, que lo procuren por otra vía,
que no ha de ser su ganancia tan á costa y per-
juicio de las repúblicas que sean los médicos peor
pestilencia y más crueles verdugos que los boti-
carios, como el señor li«:enciado ba dicbo, pues
que están obligados á cumplir el juramento que
su evangelista juro en nombre de todos ellos.
Lbrxa. — Bien sería si los médicos de agora
que fuesen como los de los tiempos pasados
que esso escribieron, que hablaban á su seguro
y sin necesidad de ganar de comer por su tra-
bajo, que Ipocras, señor fué de la isla de Coo
y tan rico y poderoso, que no quiso las riquezas
de un potentísimo rey que se las ofrecía por que
le fuese á curar de una enfermedad, ni después
temió sus amenazas porque no quiso hacerlo.
Avicena, príncipe fué del reino de Córdoba.
Hamech, hijo fué de un rey, y así otros muchos
médicos que se podrían decir semejantes á és-
tos; pero los que agora aprendemos esta arte es
para sustentamos con ella y no para mostrarnos
sabios y ganar honra solamente, como ellos.
Dionisio. — Yo no quito que del trabajo se
saque el premio para sustentarse los médicos;
pero querría que con mayor cuidado procurasen
que yo no tuviese razón en lo que digo, porque
verdaderamente por lo menos habrían de haber
visto curar y tratar las enfermedades cinco ó
seis años antes que tuviesen licencia de curar
por si solos; porque sabe un médico dar razón
de las alteraciones que ha de haber en un pulso
para que un enfermo tenga calentura, y cuando
le toma el pulso no lo conoce por falta de expe-
riencia, y muchas veces desta manera vemos
que curando dos médicos a un enfermo, el uno
dice que tiene calentura y el otro que está sin
ella, y así mesmo yerran diversas veces, tenien-
do unas enfermedades por otras; y cuando Ga-
leno, siendo tan excelentísimo médico, confiesa
de sí mesmo haberse engañado una vez que
teniendo mal de cólico y muy gran dolor pensó
que le procedía de tener piedra en los reñones,
haciendo diferentes remedios de los que para
aquella enfermedad oran necesarios, ¿qué harán
estos médicos de quien yo digo, y más no te •
niendo las enfermedades en sus mesmos cuer-
pos para sentirlas, sino en los ajenos, donde por
la mayor parte juzgan por adivinanzas? Y el
nó conocer bien los médicos las enfermedades
que son tan diversas y diferentes es causa de
venir á morir muchos de los que las tienen, que
siendo curados dellas con los remedios que se
les suelen hacer no perderían las vidas; y sin
esto, ¿qué menos obligación tienen los médicos
que los boticarios á conocer si las medicinas son
buenas ó malas, y escoger las mejores cuando
mandan hacer una purga ó unas pildoras ó otra
cosa semejante, para que los boticarios no los
engañen, que así la culpa es de los unos y de
los otros ? Por cierto cosa es para reir ver al-
gunos médicos de los nuevos, y aun de los vie-
jos, ir á nuestras boticas y pedir que les mostre-
mos las medicinas y tomar las peores por las
mejores, y algunas veces unas por otras, y el
xarabe que está bueno dicen que está malo, y el
que está malo alaban por bueno, tanto que mu-
chas veces nos burlamos dellos, mostrándoles
una cosa por otra sin que lo conozcan. Y no
para en esto la fiesta, sino que hay médicos que
recetan disparates, y cosas que bastarían á matar
á los sanos, cuanto más é los enfermos, y tienen
necesidad las boticarios de remediarlo, por no
ser participantes en la culpa, que si las medici-
nas obran bien, quieren ellos llevar las gracias, y
si mal, que nos den á nosotros por culpados.
También hacen otra cosa perjudicial á sus con-
ciencias y honras, y es que se aficionan á unos
boticarios más que á otros para darles prove-
cho, no teniendo respecto á lo que saben y en-
tienden, ni al aparejo que tienen, sino á los
scr\'icios que les hacen, porque les dan parte
de las ganancias; y aunque no sea tan descu-
biertamente, en fin, aprovéchanse dellos en las
haciendas y en las personas, y el boticario que
no les sirviere y anduviere bailando delante,
poca medra tiene con ellos; y de aquí nace que
pocas veces los médicos son amigos de los bue-
nos boticarios, porque confiando en su sabor y
bondad y en el buen aparejo de medicinas que
hay en sus tiendas, no les quieren tener aquel
respecto que ellos desean y procuran, y con esto
no medran mucho con la ganancia que les dan,
porque se la quitan cuando pueden.
PiMBNTEL. — Si todos los boticanos les dan
el trato que vos agora les dais, poca razón ten-
drán de serles amigos; pero pasad adelante, por-
que me parece que os queda más que decir.
Dionisio. — Ño sería poco si se hubiese de
decir todo; pero todavía quiero pasar más larga
la carrera, que yo me iré abreviando por no can-
sar á vuesas mercedes. Por cierto, cosa es de
notar, y aun de burlar, ver á los médicos po-
nerse en los portales de sus casas, esperando
por las mañanas que les traigan las orinas de
los lugares comarcanos donde viven, que las
unas son tomadas cuatro horas ha y otras seis,
y algunas por ventura de una noche ó de todo
un día vienen mazadas y botadas, que no pare-
cen sino lodo, y así las están mirando como si
estuviesen para conocerse las enfermedades por
ellas, habiendo de estar la orina tomada por lo
más de una hora y reposada en el orinal para
que no esté revuelto el hipostasis, y con esto
cumplen los pobres simples, para que les den
dineros por ello, y si á un médico destos le lla-
man para cien enfermos, á todos irá á visitar y
á curarlos de cualquiera enfermedades que ten-
gan, no teniendo tiempo de estudiar para los
508
ORÍGENES DE LA NOVELA
^
sois dellos, ni para acabar de entender lo que
en rail y los remedios necesarios, j así andan
ciegos y desatinados en lo que es necesario te-
ner el mayor concierto y tino del mundo, fuera
de la salvación del ánima, porque no han de
confiar de lo que han estudiado ni de lo que
tienen en sus memorias, sino de ver de nuevo
cada (lia y cada hora cómo se ha de curar la
enfermeilad que tienen entre manos y qué re-
medios se le han de aplicar para sanarla.
PiMENTEii. — No me parece que tene'is tanta
razón en lo que decís que no podáis engañaros,
porque los médicos viejos que han visto y es-
tudiado mucho, con lo que saben pueden curar
sin tornar á ver los libros tantas veces como
vos decís.
Dionisio. — A los que eso hicieren, acaescer-
les ha como á los prídicadores, que siendo gran-
des teólogos, presumen de hacer algunos ser-
mones sin estudiar los primeros, y por una vez
que aciertan á llevarlos bien ordenados, diez
veces se pierden, de manera que luego se les co-
noce que lo que predican es sin estudio, y cuan-
do yerran, es ésta la disculpa que tienen; así
los médicos que quieren curar las enfermedades
sin estudiar de nuevo para cada una dellas, por
una que aciertan, errarán muchas, para acabar
la vida de aquellos que se ponen en sus manos
por alargarla.
D. Gaspar. — Todas estas faltas se suplen
con la discreción y buen natural de un médico,
y muchas veces aprovecha más con ello que con
la arte ni con cuanta medicina han estudiado.
Dionisio. — No digo yo menos que csso, y
vuestra merced me ha quitado de trabajo en
echarlo en el corro, para que aquí se declare;
pero (liga vuestra merced ¿cuántos médicos hay
hoy con las propiedades y condiciones que cerca
de eso se requieren? Pluguiese á Dios que antes
les faltase parte de la ciencia que no el buen na-
tural y el juicio claro, reposado y assentado,
porque teniéndolo, con él suplirían muchas fal-
tas, juzgando con discreción en algunas cosas,
que sólo ella bastaría; porque la buena esti-
mativa, como dice Averroes, sola hace bueno
al médico. Lo mismo tiene Halirodoan y Ga-
leno en el primero de los días críticos, y con-
forme á esto Damasceno: el ingenio natural
del médico con pequeño fundamento ayuda á
la naturaleza, y el que es defetuoso hace el
effeto contrario. Pues siendo esto assí, como
estos autores dicen, ¿qué podrán hacer mu-
chos médicos alterados, locos, desasosegados,
elevados y, lo que peor es de todo, muy grandes
necios? Por cierto, en los tales como éstos yo
tengo en muy poco la ciencia que tienen, porque
no sabrán usar della por mucha que tengan, ni
aprovechar á los que tuvieren necesidad de su
ayuda. Porque los unos dellos todo lo que saben
lo tienen en el pico de las lenguas, alegando
textos y autoridades á montones Bobre cada coa
que se trata, sabiendo entenderla para tratirlt
y no para usar della. Otros qae les parece qoe
todo su sal)er consiste en sustentar opiniones
contrarias de los otros médicos; y en fin si 1«
preguntasen dónde está el bazo 6 el hígado,
apenas sabrían mostrarlo, porque, como he di-
cho, no lo han tratado ni tienen experiencia
dello. Y estos tales son como unos marioerof
que saben aritmética, cosmografía y astrologia,
y dan buena razón de todo lo que les preguntan
cerca de la arte de marear, y les pusiessea un
timón de una nave en las manos, presto la pon-
drían en trabajo y peligro de anegarse, por no
saber gobernarla y guiarla, y asi como se hicie-
se pedazos en las ^ eñas 6 se encallase en alga-
nos vaxios, para no poder salir de la arena, por-
que no conocen la tierra, ni saben los paertoi
donde acogerse, ni los lugares seguros donde
echar áncoras hasta que pase la tempestad j
tormenta. Y así los médicos que no han visto
las enfermedades ni las han curado otras veces,
no saben guiarlas á puerto seguro, ni sacarlas
de los peligros desta mar del mundo en que na-
vegamos, y dan con los enfermos al través: dí
suerte que en lugar de sacarlos á puerto de sal-
vación, los llevan al de perdición de su salodr
vida; y de estas cosas muchas remedia el hm
entendimiento, y el buen natural y claro jnido
y la buena estimativa á donde la hay, annqne
esto todo juntamente con las letras necesants
pocas Ví»ces y en pocos médicos se llalla, y éstos
pierden la bondad que tienen por el fin quepretfn-
den de las riquezas, que la coilicia les hac«^ des-
ordenarse de manera que no atienden tanto á
hacer con su habilidad cuanto á sacar el prove-
cho que pueden della, y así hacen mil descaídos
y desatinos, proveyendo lo que conviene á las
en fenii edades bin haber estudiado sobre ellas,
no mirando lo que dice Galeno: Que conviene
al médico ser muy estudioso para que no diga
ni provea alguna cosa en la enfermedad qw
curare absolutamente y sin haberla primero bien
mirado. Al médico que esto hiciese no le acar
cería lo que á mí me han contado de uno qoe mi-
rando cierta enfermedad de un hombre dixoq»
con muy gran brevedad la curaría, y el enfenn'X
que lo deseaba, oyendo esto dióle mayor priesa
al médico. Por abreviar, mandóle que, asi codo
había de tomar para purgarse cuatro ó cinco
xarabes que digestiesen el humor, que se tIaj^
sen todos juntos y que los tomase de ona vei,
pareciéndole que por ser la mesmacantídid lia-
ría el mesrao efeto que si se tomaran en cinco
días; y así le dio luego la purga, la cual dob^
le salió del cuerpo, porque se murió con eHafl*
cual por ventura no pasara si el tiempo ajada*
ra á los xarabes repartidos, que en cinco éin
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
509
tuvieron el humor digesto para poder hacer la
evacuación que por falta de éste no se hizo. Y
porque ya me parece que me voy alargando,
quiero resumiruie con que el día de hoy hay
pocos médicos que verdaderamente lo sean, y
muchos que tienen los nombres de médicos
que no lo son, porque tienen el nombre sólo, sin
las obras; y no hay menos necesidad de que en
esto se pusiese remedio que en lo de los boti-
carios, no dexando curar sino á las personas que
fuesen suficientes para ello y que tuviesen todas
las partes y condiciones que se requieren para
no matar á los enfermos en lugar de sanarlos.
PiMENTKL.— Conforme á eso, ¿queriades que
los médicos fuesen tan perfetos que todas sus
obns fuese.i sin reprehensión?
Dionisio. — Yo querría lo que Galeno dice
que conviene á los médicos (así como antigua-
mente esta dicho) ser semejantes á los ángeles,
para que no yerren en lo que hicieren.
D. Gaspar. —Mucha medicina habéis estu-
diado, á lo que parece, señor Dionisio, pues tan-
tas autoridades y de tantos autores traéis para
probar vuestra intención contra los médicos.
Lbuxa. — Aquellas tiénenlas estudiadas y
recopiladas muchos, días ha, para satisfacerse de
los médicos que dixcren alguna cosa de los boti-
carios, aunque no puedo dexar de confesar que
Dionisio tiene tanta habilidad que basta para
más que esto, y en todo lo que ha dicho dice
muy gran verdad y tiene razón, porque son to-
das cosas convenientes y necesarias; y verdade-
ramente es mucho el daño que hacen los médi-
cos que no son suficientes ni tienen la habili-
dad que se requiere para usar bien sus oficios,
de las cuales es la mayor la arte y después la
experiencia, y con ellas se ha de juntar el buen
natural, la discreción y la buena estimativa para
conocer y juzgar y obrar con la calidad y can-
tidad, y guardar los tiempos, las condiciones,
diferenciando con el buen juicio la manera que
se ha de tener en las curas, que requieren di-
versas formas y maneras para ser curadas; y
conforme á esto, los médicos, para ser buenos
médicos, si fuese cosa que se pudiese hacer, ha-
brían de ver curar cuando mozos y curar cuan-
do viejos y experimentados.
PiUBNTEL. — Lo que yo infiero de lo que ha
dicho Dionisio y de lo que vos, señor licenciado,
• decís, hartos más son los que enferman y mue-
ren por la inorancia ó malicia de los médicos y
boticarios que los que sanan con las curas que
les hacen y medicinas que reciben. Y así lo que
dice Salomón, que el Señor altísimo crió de la
tierra la medicina y el varón prudente no la
aborrecerá, cutiéndolo yo por Ja buena me-
dicina; pero por lo que se ha platicado, pocas
medicinas tienen buenas los boticarios, y tan
pocas son las que oixlenan bien los médicos; y
asi lo n^ejor sería que las gentes se curasen to-
das como yo he visto á los mismos médicos
cuando están enfermos, y á sus mujeres y hijos
cuando están malos.
Lbrka. — ¿Y qué diferencia ha visto vuesa
merced hacer?
PiiiBNTEL. — Yo 08 la diré luego. Cuando
un médico está malo, jamás le veréis comer ni
tener dieta, á lo menos tan estrecha como la
mandan á los otros enfermos; no comen lente-
jas, ni acelgas cocidas, ni manzanas asadas, sino
muy buenos caldos de aves y ¡larte de lias con
otras cosas sustanciales. Beben siempre, aun-
que tengan calentura, un poco de vino aguado,
y no del peor que pueden haber. No permiten
sangrarse ni purgarse, si la necesidad no es tan
grande que vean al ojo la muerte; á sus muje-
res y hijos cúranlos tan atentadamente, que
siempre dicen que dexan obrar á la naturaleza,
y nunca les dan purgas ni les hacen sangrías,
sino son en enfermedades agudas y peligrosas
Pero si uno de nosotros está un poco mal dis-
puesto ó tiene calentura, por poca que sea, luego
recentan xarabes y purgas y mandan sacar cien
onzas de sangre, con que recibe el cuerpo más
daño que provecho puede recoger en toda su
vida de los médicos.
Lbrma. — La culpa desto tiene la común opi-
nión del vulgo, porque si un médico va á visitai-
tres ó cuatro veces á un enfermo y no provee
luego en hacer remedios, tiénenle por inorante
y murmuran del, diciendo que no sabe curar
ni hace cosa buena en medicina, y si no les
mandan comer dietas y estrecharse, parésceles
que aquello es para nunca sanarlos; y por otra
parte, desmándanse á comer mil cosas dañosas,
y muchas veces por esta causa estrechamos la
licencia, que bien sabemos que hay pocos en-
fermos que no la tomen mayor que nosotros se
la damos, y acaece á muchos venirles la nmerto
por ello. Y á la verdad, los médicos habrían
siempre de mandar lo que se ha de hacer pun-
tualmente, y los enfermos cumplirlo sin salir
dello; y lo que nosotros hacemos con nuestras
mujeres y hijos es porque osamos aventurar-
las, y si la cura fuere más á la larga, nuestro
ha de ser el trabajo.
D. Gaspar. —Si los médicos teniendo ma-
yor afición y voluntad para procurar la salud á
sus mujeres é hijos hacen eso con ellos, lo mis-
mo querría yo que hiciessen conmigo.
Ler3ia. — Vuesa merced, que lo entiende y
tiene discreción para ello, holgaría de que se tu-
viese esa orden en sus enfermedades; pero las
otras gentes, á los médicos que luego receutan
y sangran y purgan y hacen otras cosas seme-
jantes y experiencias malas ó buenas, tíénenlos
por grandes médicos y con ello cobran fama y
reputación entre las gentes.
510
PiMENTBL. — Entre las gentes necias será
esto; pero no es buena razón, señor licenciado,
que miren los médicos ninguna cosa desas para
dcxar de cumplir con lo que son obligados á
Dios y a sus conciencias, v al bien general y
particular de sus repúblicas; y habrían siempre
de tener cuenta con la necesidad de los enfer-
moH, y no con el juicio de las gentes; y cuenta
c(;n curar las enfermedades de manera que de
los remedios que aplican para sanar las unas
no se engendrasen otras mayores, y cuenta con
que la han de dar á Dios si usan bien 6 mal
sus oficios, y desta manera nunca errarán en lo
que lucieren ni tendrán de qué ser reprendidos
ni acusarlos. Pero ¿quién hay que haga esto?
Lerma. — Algunos habrá, si vuessa merced
muí ida no llevarlos á todos por un rasero.
PiMKNTEL. — Si los huy yo no los veo, y re-
niego íh'l nií'jor de vosotros, como dixo el que
araba con hm lobos.
Lekma. — Vamonos, señor Dionisio, que bas-
ta lo que el uno al otro nos hemos dicho sin es-
perar la cólera del señor Pimentel, que yo le
ve<jen términos de p<jnernos á todos muy presto
del lodo.
Pi mentes. — Eso será por no esperarse á
o¡r las verdades.
Dionisio. — ¿No bastan las que nosotros he-
mos tratado sin que vuessa merced quiera traer
cosas nuevas? Y si han de ser para echarnos
de aquí por fuerza, mejor será (jue nos vamos
antes que oyamos con que nos pese.
Lbrma. — AuiHiue yo quisiese detenerme, no
puedo ha((Tlo. Vuessa merc'cd, señor Gaspar,
está mejor, loado Dios, y para el dolor del lii-
gado se aplicarán luego los remedios necesa-
rios. Yo me voy por la botica de Dionisio, donde
dexaré dada la orden en lo que se hubiese de ha-
cer. No se beba otra agua sino la de doradilla,
y con taut^), beso las manos á vuesas mercedes.
D. CÍAsrAU. — No sea esta visitación para
olvidarme tanto como estos días.
Dionisio. — No será, porque yo tendré cui-
dado de ponerlo al señor licenciado para que
venga muchas veces.
J). Gaspau.— A vos, señor Dionisio, os
pido yo p(n* merced que vengáis, que no huelgo
menos con vuessa visitación que con la de
cuantos médicos hay en el umndo.
Dionisio. — Yo lo haré así, y agora vuestras
mércenles me perdonen, que el licenciado lleva
priesa y quiero seguirle porque no se agravie,
y aun j)()drá ser que sospeche que todavía que-
damos murmurando.
Pimkntei.. — No «:ería pecado mortal si la
murmuración fuesse tan verdadera y prove-
chosa como las passadas.
Finis.
ORÍGENES DE LA NOVELA
COLLOQUIÓ
Enire do< caballeros ÜAiDadoa Leaodro f Floiiia j n |uw
AminUs, ca que m tratan las excelfiicia» y ^Hkñém ^ b «ib
pastoril para lo» que quieren seguirla, probaadc^coaai-
eha5 rasooes aatorales t autoridades y ejcniplof de la S^n-
da EM-ritura y de otroA antore?^. Es nray proted— pm
que las /Erentes do viTan de«f ontentu con sn pobrea, Mp»
gao la felicidad y LienaTenturania en tener grande» ñfK-
las y gozar de grandes estados.
INTERLOCDTORB8
Leandro. — Flori'nn. — Aminta»,
Leandro. — Paréceme, señor Floríán, que
no es buen camino el que llevamos; porque agora
que pensábamos salir al cabo deste monte, entn-
mos en la mayor espesura, y sojlcúu veo no se
nos apareja buena nrx.'he, pues será excusado
salir tan presto de este laberinto donde andi-
mos dando vueltas á una parte y á otra, sis
hallar salida.
Floriák. — Culpa es nuestra, pues quessi-
mos que nos anocheciese en tierra tan monU-
ñosa, y cuanto más anduviéremos será major
el yerro no sabiendo á qué parte vamos. Lo
mejor será que nos metamos eu una mata dtf*
tas y desenfrenando los caballos para que pue-
dan pacer, passemos lo que nos queda de k
noche durmiendo, que venido el día piresto pod^^
mos aportar á poblado.
Leandro. — liien decís; pero á mí me parece
que oigo ladrar algunos mastines, y sin dudí
debe de estar cerca alguna majada de pastores.
Floríán. — Decís la rerdad, que yo también
los he oído; por aquí podremos ir, que el monte
está menos espeso.
Lbandro. — No sería malo hallar algún*
cosa que comer, porque yo os doy mi fe qne no
voy menos muerto de hambre que si hubiesse
tres días que no hubiesse comido bocado.
Floríán.- A mí la sed me fatiga, aunque
no lo había dicho; pero ima noche como quien
puede pasarse.
Leandro. — Mejor sería passarla bien qne
mal, si pudiéssemos, y no hemos traído mal tino,
que veis allí está fuego hecho y un pastor no
poco enzamarrado; pero doy al diablo estos
perros que assí nos fatigan como si veniésse-
mos á hurtalles el ganado.
Amintas. — Torna aquí. Manchado, qne mal*
rabia te mate y lobos te despedacen ; torna aquí;
dolos yo á la mala ventura, que no saben ladrtr
sino cuando no es menester.
Leandro. — Buenas noches, hermano mío-
Amintas.— Salud buena os dé Dios. ¿Qué
venida es ésta por aquí á tal hora?
Floríán. — Mi fe, hermano, no venimos por
nuestra voluntad, sino por haber perdido el
COLLOQÜIOS SATÍRICOS
camino, que tcxla esta noche hemos andado per-
didos por este monte, hasta agora que contigo
hemos topado, que no ha sido pequeña dicha.
AuiNTAS. — Esa yo la he tenido en haber
llegado á mi majada personas tan honradas, y
más y más si en ella quisiéredes ser mis hués-
pedes por esta noche, pues que á cualquiera
parte que queráis caminar, el pueblo más cer-
cano está de aquí dos leguas; y con la grande
escuridad que hace, dificultosamente podréis
atinar allá, aunque yo quisiese poneros en el
camino.
Leandro. — Uesa manera forzado será acep-
tar tu buena voluntad y ofrecimiento; pero
dinos, ¿por ventura tienes alguna cosa que coma-
mos, que lo que nos dieres te será todo muy
bien pagado?
Amintah. — Xo hade faltar, si queréis con-
tentaros con la miseria de que vivimos los pobres
pastores. Desenfrenad los caballos para que
puedan pacer, pues hay hierba en abundancia
que suplirá la falta de la cebada, que para vos-
otros pan hay con un pedazo de cecina y osta
liebre que mis mastines por gran aventura mata-
ron, para la cual tenía encendido el fuego que
veis, y assí está ya aparejada, y en lugar del
buen vino que solemos beber en vuestra tierra,
habréis de pasaros con agua que agora poco ha
he traido de una clara y. sabrosa fuente.
Leavoro. — Dios te dé buena ventura, que
más nos hartaiá tu buena voluntad y gracia
que todos los manjares y vinos del mundo, y
pues que asi es, comencemos á comer, que en
verdad yo estaba medio desmayado con p'»nsar
que esta noche la habíamos de pasar como
camaleones.
Floui.ín. — Nunca Dios hizo á quien des-
amparase, y yo os prometo que me sabe mejor
lo que como y bebo que si estuviéssemos en el
mejor banquete qn^ se hae** en la corte.
Amintas. — El buen gusto hácelo el buen
apetito y la hambre, que es la cosa que mayor
sabor pone á los manjares, y así agora no podrá
saberos mal el pan de centeno de mi convite
que tan buenos bocados os veo dar en él como
si fuesse de trigo y de lo muy escogido, blanco y
regalado.
FloriAn. — Así me ayuda Dios que hasta
agora yo no había mirado si era de trigo o de
centeno, porque me sabe tan bien, que no tengo
cuidado sino de hartarme.
Amistas. — Si queréis, señores, leche miga-
da, aí^uí la tengo en este cacharro nuevo; bien
podéis comer sin asco, que yo os digo está bien
limpio.
Leandro. — Está tan sabrosa y tan dulce
qnc ninguna cosa me ha sabido mejor en mi
vida. Comed della, señor Florián, que por ven-
tura nunca mejor la comistes.
POR A. DE TORQ CEMADA 511
Florián. — Assí es la verdad, pero no coma-
mos tanta que nos pueda hacer daño.
Leandro. — Bien habéis dicho, que yo ya
estoy satisfecho.
Florián. — Y yo muy bien harto. Dios dé
mucha salud á quien tan bien nos ha convi-
dado.
Amintas. — Assí haga, señores, á vosotros,
aunque no tenéis de qué darme gracias, si no es
por la voluntad, que, conforme á ella, de otra
manera fuérades convidados.
Leandro. — Dime, hermano mío, ¿cómo es
tu nombre?
Amintas. — Amintas, señor, me llamo, á
vuestro servicio. Mas decidme, ¿para qué lo
preguntáis?
Leandro. — Lo uno para saber de quién he-
mos recebido tan buena obra, y que cuando se
ofreciere tiempo podamos galardonarte della, y
lo otro para poderte mejor decir algunas cosas
que después que aquí estamos me lian pasado
por el pensamiento.
Amintas. — Cuando alguna buena obra se
hace, ella misma trae consigo el galanlón en ser
bien hecha, assí que yo me doy por bien pagado
si en algo he podido serviros. En lo demás, de-
cid, señor, lo que quisiéredes, que bien apareja-
do me hallaréis para oiros.
Leandro. — Pues tan buen aparejo hallo en
ti, hermano Amintas, para escucharme, quiérote
decir lo que estoy considerando, y no me tengas
á mal mis razones, porque en el fin dellas co-
nocerás que todas irán enderezadas en provecho
y honra tuya; y cuando así no fuere, bien po-
dré yo engañarme, pero mi intención será bue-
na, pues quiero darte en todo el consejo que yo
para mí mesmo lomaría, aunque por ello me
puedas dar la viga que dicen que está apareja-
da para quien lo da á quien se lo pide.
Amintas. — Aquellos que son aconsejados
mal ó bien, tienen una gran ventaja, y es que no
son forzados, antf^s quedan en su libertad para
escoger lo quo mejor les está y les pareciere;
que de otra manera no sería consejo, sino man-
damiento forzoso; así que los que aconsejan, no
solamente bien, pero aunque sea mal, han de
ser con atención oídos, porque si el consejo es
bueno pueden y deben los hombres aprovechar-
se del, y si es malo toman las gentes mayor
aviso para huir el peligro que consigo trae;
aunque para esto yo confieso que hay necesidad
de muy gran discreción, porque muchas veces
las gentes simples son engañadas con el con-
sejo de los maliciosos.
Leandro. — Tianes tanta razón en lo que
dices y tan buenas razones en lo que hablas, y
con tan polido y gentil estilo te muestras en tu
plática tan prudente, que sólo esto me mueve á
decirte mi parecer cerca de lo que debrlas hacer
512
ORÍGENES DE LA NOVELA
de ti y de tu vida; que según siento traes tan
mal empleada en la soledad de estos desiertos y
montes, y cu la braveza destas montañas, á
donde aun las l>estias fieras parece que de mala
voluntad habitarían. Y para que mejor, herma-
no mío Amintas, puedas entenderme, yo he con-
sid'jrado que, siendo tú un mancebo al parecer de
veintiuno á veintidós años, con muy buena dis-
posición en el cusrpo y tan hermoso de rostro
(}ue andando tratado de otra manera pocos ó
ninguno habría que te hiciesen ventaja, assí en
genti eza como en hermosura, teniendo otras
gracias que, según lo que de ti hemos visto y
conocido no deben faltarte, y sobre todo un
buen natural y juicio claro, dotado de gran dis-
creción, con sutil y delicado ent<;ndimiento, que
lo empleas tan mal todo ello, que con razón
podrías ser reprendido de los que te conocen y
sienten que podrías tener mayores y mejores
pensamientos que no los que muestras andando
tras el ganado, en hábito tan humilde que
nunca serás ni podrás ser más de lo que agora
paresces, que es ser pastor como los otros pas-
tores. Y contentándote con la pobreza y des-
ventura que todos tienen, sin pretender de pa-
sar más a<lelante ni venir á ser más estimado
y temido, habiendo en ti tanta habilidad y su-
ficiencia, á lo que hemos visto y conocido, que
más pareces hombre disfrazado que no criado
en el hábito que traes. Así que, amigo Amintas,
lo que todas las gentes pretenden, que es el va-
lor de la persona y las riquezas, por donde vie-
nen á ser más estimados y tenidos, tú tatnbic^n
lo habías de pretender y procurar, no teniendo
tan gran descuido para lo (^ue te cumple, que
si tú quieres ponerte en umdar el hábito y ma-
nera de vivir en que agora andas, yo fiador que
ni te falten aparejos para venir poco á poco á
poner tu persona en otra manera de vida con
que puedas vivir más honrado y contento (jue
agora lo estás, aunque á ti te parezca al con-
trario de lo que digo.
FloriAk. - Tocias las mudanzas son traba-
josas, y aunque sean de mal en bien ó de bien
en mejor se hacen con dificultad, porque la cos-
tumbre se convierte en otra naturaleza, y assi
debe de sor en Amintas, que aunque conozca
que vu stro consejo, señor Leandro, es bueno y
provechoso, con estar tan acostumbrado, y por
ventura toda su vida, en el oficio que agora ticí-
ne, dificultosamente querrá dexarlo, que si e'l
quisiesse todos le ayudaríamos para disponer
de sí, nmdando el hábit.) y procurando reme-
diarse por otra vía más aventajada y honrosa-
mente.
Amintas. — Conocido he, señores, la inten-
ción con que me habéis dicho lo que de mi vida
os parece, y que el consejo que me dais es como
de personas que deseáis mi bien y lo procura-
nades cuando en vuestra mano estaviese, t
pues no os lo puedo servir con las otras segúo
mi pobreza, agradecéroslo he siempre con mi
voluntad. Pero muy engañados estáis en lo qoe
de mí habéis juzgado, porque yo vojjor otnj
camino muy diferente deTque ú vosotros'orj^-
rece que siga, y no debelé ~mai'aTÍllai<» minn-
do lo que comúnmente se dice: qne cuinf»
cabezas hay, tantos son los pareceres v jnidos
diferentes. Vosotros fundáis vaestra opibióaen
aquello que tenéis por mejor y más bien aca-
tado, porque así está concebido y determiiudo
en vuestro entendimiento, y á mí pónenseme
delante otras razones tau fuertes en lo contn-
rio, que no me dexan determinar en dexir li
vida que tengo, ni en que tenga por mejor otn
ninguna de las que las gentes tienen ; y si no
fuesse por no cansaros y liaceros perder el sik-
ño, que os será más provechoso, yo las dirii*
para qne viésedes que no me faltan razones, si
por ventura con ellas me engaño, para querer
ser pastor, como lo soy, y no tener en nada
todo lo que el mundo para valer más me pueda
poner delante.
Leandro.— No podrás, Amintas, damos
mejor noche que será con oirías, que el sueño no
nos hace falta, y pues que descansamos recos-
tados en esta verde frescura, por amor de mi
te ruego que prosigas hasta el cabo de ta plá-
tica, que de muy buena gana escucharemos,
para poder entender qué causas pueden á ti mo-
verte, fuera de la simpleza qne los otros pasto-
res tienen, para tener y estimar en mnchola
vida que todos tenemos en poco, huyendo della
con todo nuestro poder y fuerzas, y que tú por
tu voluntad quieras seguirla, mostrando tan
gran contentamiento con ella.
Amintas. — Pues que assí lo tenéis por bien,
escuchadme, que yo las diré y con la mayor líe-
vedad que pudiere, para que si os parecieren
torpes. y mal fundadas, como salidas de an en-
tendimiento torpe y grosero, no recibáis can-
sancio en escucharlas, que los pastores á recfí
pueden leer cosas que los cüicfadanos. Impedidos
de sus tratos y conversaciones, por ventura no
leen, por donde recogeré en mi memoria algu-
nas cosas de las que en este yermo á mis solas
he leído acerca destc propósito de que hablamos.
FloriAn. — Antes te ruego que las digas sin
dexar ninguna cosa de lo que te pareciere que
hace al propósito, para que mejor las enten-
damos.
Auintas. — Todas las cosas como las liaor
y produce la naturaleza desnudas y con s<3oel
ser que de su sustancia tienen son de maror
perfíción que cuando los accidentes son adquiri-
dos y postizas, porque parece que la caasade
■tener necesidad dellos arguye aquella cosa ser
imperfecta y querría ser ayudada con p<'ncri()i
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
513
cu si, para la imperfección que en si sienten. Y
porque mejor me podáis entender, decidme, se-
ñores, ¿qué ventaja hace una cosa riva, aunque
sea fea y tenga muchos defetos para parecer
bien, ¿ la mesma cosa pintada, aunque el pintor
se esmere en hacerla j procure contrahacer na-
turalmente á la viva? Y así mesmo ¿qué ventaja
tan grande la de la hermosura igual al parecer
en dos mujeres, si la una la tiene suya sin poner
cosa ninguna j la otra la tiene postiza y con
afeites y otras cosas que la ayuden á estar her-
mosa? Pues si tomáis las hierbas y flores que na-
cen en los campos de diversos colores y matices,
¿cuánta mayor pertición muestran en si que las
que están pintadas y contrahechas? Y dexando
aparte la suavidad de los olores, y la virtud con
que están criadas, en el parecer les hacen ven-
taja muy conocida.
Pareceros ha, señores, que estas comparacio-
nes van sin propósito hasta que entendáis el
fíu para que las lie dicho, el cual es mostraros
que cuanto las cosas están más cerca y allega-
das á lo que manda y muestra querer la natu-
Cftlezaj tanto sé podrían decir que tienen mayor
bondad. y que son más pcrfetas, y con la per-
fición más dignas de ser queridas y seguidas de
las gentes. Todo esto he dicho para mostraros
que, siendo la vida pastoril, por muchas causas
y razones que para ello hay, más allegada á la
que la naturaleza quiso como por principal in-
tento y voluntad que los hombres scguiéssemos,
que os parezca también que los que la siguen
y se contentan con ella no solamente no hacen
yerro ninguno, pero que no por csso es razón
que sean tenidos en menos qne los otros hom-
bres que siguen y andan embebidos en las ri-
quezas y en los deleites y en las pompas y ho-
nores, que todas son vanidades del mundo.
Leandro. — No me parece mal fundamento
el que has tomado; pero yo no veo razón que
baste á probar cómo quiso la naturaleza más
que los hombres anduviesen guardando ganado
que no que entendiesen en los otros tratos y
negociaciones qne se acostumbran en el mundo.
Amintas.— No digo yo que la naturaleza lo
quiso de manera que no dexase lugar para que
pudiésemos entender en otras cosas; pero que
parece que esto nos puso delante como cosa
más principal, y assi lo podréis entender por
lo que agora diré. Cuando nuestro señor Dios
tuvo por bien de criar el mundo y en él á nues-
tros primeros padres á su imagen y semejanza,
fué con aquella llaneza y simplicidad que se
requería para estar en su ser\'icio, hasta que
comieron del fruto vedado, por el cual fue-
ron echados del Paraiso; y como por el pecado
cometido les fuese dado mandamiento, por
maldición, que comiesen del sudor de sus ma-
nos, hallaron para sustentarse las hierbas y las
ORÍGENES DE LA NOVELA.^33
raíces en los campos, las frutas en los árboles,
las aguas en las fuentes y ríos y las semientes
puestas, así verdes como maduras, en las mes-
mas hierbas; todo esto, después que una vez lo
hallaban, no huía ni se apartaba dellos; pero
los ganados, de cuya leche y lo que de ella
se hace, también habían de comer, aunque no
comían la carne para mantenerse, en descui-
dándose se iban por unas partes y por otras,
de manera que les era trabajoso el andarlos
buscando, y assí les fué forzado, juntando algu-
nos rebaños dellos, hacerse ellos mesmos guar-
das y pastores, obedeciendo á la naturaleza que
parecía mandarles, y aun forzarles, á que lo
hiciesen para que mejor pudiesen sustentarse. Y
assi en teniendo hijos los pusieron en el mesmo
cuidado; pues que el oficio de Abel fué guar-
dar los ganados, y el de Caín ser Ial>radór de
las Ií!ért)a8 y simientes que énliibncés producía
la tierra; y conforme á esto se puede creer que
en aquella edad ¿riniera y dorada los mejores
bienes y mayores riquezas que los hombres te-
nían eran los ganados, de que se sustentaban á
sí y á sus hijos y familias, gozando de los des-
pojos de la lana, leche y queso y manteca, y
aun haciendo vestidos de los pelejos dellos,
porque entonces no procuraba la malicia hu-
' mana las nuevas invenciones de los vestidos y
atavíos que agora se usan, ni conocían el oro
ni la plata, sino por unos metales muy buenos
de qne se aprovechaban en las cosas necesarias
y no para hacer «umeda^.que fué la mayor per-
dición, .que. pudo .venir Ski mundo, nó'pofBrdi-
Dero, que, por ser como un fiador dé las cosas
vendibles, excusa de muchos males que habría
sin él, mas por la cobdicia que vino al mundo
juntó. con eí dinero. Y el valor que tuvo e! di-
nero cuando sd hizo fué porque en él estaba
esculpida la figura de oveja ó cabra ó de otra
res de ganado, ó porque la primera moneda que
hubo fué hecha y esculpida la señal en el cuero
de los ganados, y por la una causa ó por la
otra en latín se llamó pecunia^ que quiere decir
cosa de ganado, de manera que los que más y
menos valían, todos debían de ser guardas y
pastores de sus ganados. Y aun después de
aquel universal diluvio, como parece por aquel
gran patriarca Abraham, que, siendo un hom-
bre tan poderoso, su principal patrimonio eran
los rebaños de los ganados, los cuales él vía y
visitaba de contino, y aun por aventura también
guardaba, como parece cuando estaba á la puer-
ta de su casa que se le parecieron tres ángeles
en figura de hombres mancebos que le denun-
ciaron que Sara, su mujer, en su senectud pa-
riría, y queriendo tenerlos por convidados, él
mesmo fue al ganado y trajo una ternera, con
que les hizo el convite. Y asi mesmo cuando
hizo el concierto y confederación con Abimelec
5U
ORÍGENES DE LA NOVELA
y Micho], para confirmar la amistad le dio
parte de los ^^anados qne tenia. También sa
hijo Isaac, cnando los de Palestina, parecién-
doles qao se hacia más rico j poderoso qae
ellos, le mandaron salir de la tierra, las mayo-
res riquezas qne llevó fueron sus ganados, y
haciendo pozos en nmchas partes para qne las
reses no pereciesen con la sed, tuvo contienda
sobre el agua con los pastores de G erare. Y
cuando aquel gran patriarca Jacob fué ¿ la tie-
rra de Oriente y allegó á la casa de Labán, su
tío, primero halló á su hija Rachel que, siendo
pastora, apacentaba los ganados de su padre,
por la cual y por el engaño que le fue hecho
con su hermana Lia, servio catorce años, y
cnando se despedia de Labán, su suegro, para
volverse a su tierra, siendo por él molestado
que no se fuesse, hizo concierto con Jacob que
porque tomase á ser pastor y guarda de sus
ganados le daría todas las ovejas y cabras que
de allí adelante naciesen manchadas y de di-
versos colores. Lo mesmo sal>emos todos de
los hijos de Ja<*ob, que también fueron past(.>-
res como su padre, y el menor dellos, que fué
José, les llevaba de comer al campo donde an-
daban con el ganado que Jacob tenía. Del pa-
cientísimo tfob es bien notorio que, siendo el
más rico hombre de toda la provincia donde
habitaba, sus principales riquezas eran los ga-
nados de todas suertes, asi como ovejas y ca-
bras, bueyes, asnos y camellos, con los cua-
les andaban sus criados y sus mesmos hi-
jos, no se desdeñando de ser guardas y pas-
tores dellos. Moisés, caudillo del pueblo de Is-
rael, y por cuyo consejo fué librado del poder de
Faraón, pastor era y a])acentando andaba el
ganado de su suegro Jetro cuando 1 )ios se le
.apareció en la zarza que ardía y no se que-
maba. Saúl, cnando fué ungido rey, andaba
buscando unos asnos de su padre que se le ha-
bían perdido, lo cual era señal que él era el que
tenía cuidado de guardarlos. Del real profeta y
grande amigo de Dios, el rey David, notorio y
muy claro es á todos que siempre andaba en
el campo apacentando el ganado de su padre,
y que de allí lo escogió Dios para que gol>er-
nase y regiese el pueblo de Israel. Y sin estos
que he dicho, hubo otros muchos patriarcas y
profetas y varones muy señalados, no sola-
mente entre los judíos, pero también entre
otras naciones y maneras de gentes que á mí
se me olvidan y de quien no hacen mención las
escrituras y corónicas que fueron pastores, no lo
teniendo en menos que cualquiera otro de los
oficios y manera de vivir que las otras gentes se-
guían, porque, como he dicho, entonces no ha-
bía las vanidades, las pompas, las presunciones,
los pensamientos altivos y soberbios que hay
agora, ni los bollicios y sutilezas de los inge-
nios, todos endrczados á sabir y valer más
como quiera que sea. lícita 6 ilícitamente, de»-
deñándose las gentes de todo aquello que solían
hacer y seguir los antiguos y personas señala-
das en vida y en dotrína, de quien están obli-
gados tomar enxemplo siguiendo sus pisadas,
haciendo lo que ellos hacían.
Leandro. — No tienes razón, Aniintas, en
parecerte que essas razones sean tan bastantes
que obliguen á todas las gentes para qne.
dexando todos los otros oficios y maneras de
vivir, se vuelvan á ser labradores ó pastores,
como tú querrías que lo fuessen.
Amintas. — Menos razón tenéis vos, señor,
en pareceros que no hace bien ningún hombre
que tenga buen entendimiento, con otras gra-
cias, en seguir la vida pastoril, pncs con tantu
razones á mí me estábades persuadiendo pan
que, pareciéndome tenerla mal empleada, li
desamparase.
Floriás. — Por cierto, Amintas, tú has di-
cho y alegado, defendiendo tu opinión, buenis
razones y enxemplos ; si hubiese agora algunof
de los pastores de los que había en aquellos
tiempos que supiesen y encendiesen tan bien lo
que les con venia para con Dios, para con lu
gentes; pero pocos se hallarán de tu manera,
que ya no hay en ellos aquella simplicidad
santa, ni la sabiduría llena de bondad, ni las
obras, para que merezcan t^ner aquella familia-
ridad con Dios, por la cual eran del visitados
y ayudados de su gracia, con que venían á ser
estimados y tenidos en mucho, como tú lo has
dicho.
Amintas. — ¿Sabéis qué puedo responderos
á csso? Ijo que un pastor á nn obispo, que re-
prendiéndole de cierta cosa en que había pe-
cado, le decía que los pastores de lps_t¡empo3
pasados todos eran santos y buenos y amigos
de Dios, y que por esso Dios los quería bien j
hacía tantos milagros por ellos, y así como á
santos y amigos suyos se les aparecieron los
ángeles á denunciarles el nacimiento de^hrísto
y fueron los primeros que le adoraron y oGí-
cieron dones; y que los pastores deste tiempo
eran muy mal inclinados y simples, y qne toda
su simpleza era inclinada á nial fin y á hacer
con ella malas obras. Y el pastor le respondió:
También, señor, en este tiempo, cuando moría
algún obispo ó perlado se tañían las campanas
de suyo, y ahora, cuando las qaieren tañer, no
bastan cien brazos y manos á moverlas. Major
obligación tenéis los obispos y los coru de
ánimas, los cardenales y patriarcas y aan el
papa, de no hacer cosa mala ni de que poder
ser reprendidos, pues sois .más xeidaderos pas-
tores que nosotros y habéis de dar cuenta i
Dios de mayores y mejores reBaficMTSe'giitt-
dos, so pena de pagar con yneatra ánima io
COLLOQUIOS satíricos POR A. DE TORQUEMxVDA
515
(
que por vuestra culpa se perdiere; que nosotros,
si algún mal ó dafio hacemos, á muy pocos
daña, y principalmente es para nosotros, que
pagamos de nuestras haciendas 6 soldadas las
reses que se nos perdieren; pero los perlados
inficionan sus ovejas con el mal enxemplo de su
vida y excesos; y en fin, todos somos pastores
y todos hacemos mal lo que somos obligados, y
asi tiene agora Dios tan poca cuenta y familia-
ridad con los obispos y con los otros perlados
y curas de ánimas como con los pastores que
andan con el ganado en el campo. Y la verda-
dera reprensión que me habéis de dar es con el
buen enxemplo y dotrina de vuestra vida, para
que yo me avergüence y confunda cuando no
hiciere lo mismo que vos hiciéredes.
Leandro. — Avisado pastor era esse, y bien
conozco yo que no solamente los obispos y los
otros perlados y pontífices son pastores y tie-
nen la obligación que has dicho, pero que desa
manera tambión se pueden llamar pastores los
emperadores^ rej-es y príncipes, y los otros
' grandes señores y £oJós aquellos que tienen
vasallos y subditos con cargo de gobernarlos.
Amintas. — Pues si todos. estos son pastores
como yo soy pastor^ harto mejor vida es la mía
qué no la suya; porque los unos han de tener
cuidado de las ánimas y los otros de los cuerpos
de muchas gentes, gobernándolos con muy gran
rectitud y justicia, y cuando dexan de hacerlo
por voluntad ó negligencia ó descuido, es gran-
dissima la pena que tienen, que no pagan con.
menos que con la condenación de sus ánimas;
y yo, aunque se me pierda un carnero, ó me
lleve el lobo una oveja, ó me coma un cabrito,
con pagarlo á mi amo le satisfago y quedo sin
pena ninguna; asi que no ten^o por buen con-
sejo dexar de ser pastor de rebaños de bueyes
y vacas, y ovejas y cabras, en que tan poco se
aventura, y procurar de serlo (como vosotros
me aconsejáis) de hombres y mujeres, poniendo
en mayor condición la salvación de mi ánima
de la que agora tengo.
Lb ANDRÓ. — Muy bien me parece, Amintas,
lo que dices si bastasse para hacerme entender
del todo lo que al principio dixiste.
Amintas. — ¿Y qué dixe?
— liBANDRO.— Que la vida pastoril era más
conforme á la manera en que la naturaleza que-
ría que viviesen las gentes que no ninguna de
las otras.
Amintas. — Ya me acuerdo, y lo que por me-
dio se ha tratado me embarazó á seguir la plá-
tica comenzada; pero tomando al propósito,
digo que la naturaleza hizo y crió todas aque-
llas cosas que le pareció que no solamente bas-
taban para socorrer á la necesidad de todos los
animales, pero también á la de los hombres; y
á todas las puso en gran perfíción, que si quisi^
sernos usar y aprovechamos dellas, sin otro nin-
gún artificio, por ventura las hallaríamos muy
más provechosas, y serían causa de alargamos
la salud y la vida mucho más tiempo; porque
cnando los hombres comían por pan las fratás
de los árboles, las hierbas, las simientes y rai-
ces y los otros mantenimientos sin hacer las
mezclas que agoran hacen, no se les acababa la
vida tan presto, y asi veréis que los ciudadanos
y ricos que no viven con otro cuidado si no de
procurar de poner artificiosameuJ^ otro diferen-
te sabor en los nlSlíjáres del que consigo tie-
nen, que no siguen la orden de naturaleza como
la seguimos los paistores, los cuales nos conten-
talnos con comer las cosas que he dicho, y el
pan de centeno tenemos por curíosidad para
nosotros; cuando hallamos algunas fratás mon-
tesinas ó algunas hierbas comederas y también
algunas raíces sabrosas, deleitámonos en comer-
las. Si matamos alguna liebre ó conejo con
nuestros cayados, ó si tomamos con lazos y
redes que armamos algunas aves, no las estima-
mos en tanto que se nos dé mucho por comer-
las, por la costumbre que tenemos de conten-
tamos con lo que ordinaríamente comemos, por-
que nunca nos falta esto que digo, con abun-
dancia de leche y queso y manteca y cuajada
que nos dan las cabras y las ovejas; y cuando
la sed nos acosa, buscamos las fuentes de las
jnontañas» y llegándonos á ellas, miramos cómo
Hsalen aquellos chorros de agua á borbollones
por medio de las venas de la tierra, y á donde
vemos que la arena está más limpia y dorada,
con unas pedrecillas pequeñas que con la clari-
dad transparente de la agua están reluciendo,
allí nos echamos de bruces y nos hartamos. Y
si esto no queremos hacer, con nuestras manos
encorvadas tomamos el agua y la traemos á la
boca, no tomando menos gusto en beber por
este vaso natural y de que nos poseyó natu-
raleza, que si bebiésemos por los más ricos de
oro y plata que tuvieron los reyes Creso y
Mida, como se cuenta en las historias. Cierto,
poco cuidado tenemos de los buenos vinos y si-
dras y cervezas y alojas, ni de los otros breba-
jes que se hacen, porque el no verlos ni tratar-
los nos quita la codicia dellos y de los manja-
res sabrosos y delicados; y el gusto, como está
hecho á comer y beber lo que digo, parécele que
no hay cosa que mejor sabor tenga. Y, verda-
deramente, muchos de nosotros, comiendo al-
gunas veces de las cosas que no acostumbra-
mos, por buenas que sean, nos revuelven los
estómagos y nos hacen mucho daño; assi que
no sentimos falta dellas, ni las procuramos, an-
tes nos reimos y burlamos de ver á las otras
gentes con un error y cuidado tan grande, y
con una solicitud tan extraña en tener muchas
cosas bien aderezadas y muchos manjares breí)
610
OKIOEXES I>E LA XOVELA
eaitdo por taitUf uaiíO^ íau c-DTCf-It^.^s T reruel-
Uji, ho paeden ir cou Jiquella lioipiTZJiqae lo qne
liCAOtro» coui^Ui'tv. «ULque á toi'.^ os pfirezcii ai
cobtnrio de-sto. Y dtiando lo qi:** toca al conjer
V Lif-U-r, muT trrari rentaja es la que haga la
i'ida paetoríl á la de t^jda» Ias otras :^eut<rs, eii
i* quietud T jnr|fUBO. TÍTÍeiido címa loajur sosie-
í:*k mki apartados de cuidadlo» j de todas la»
zozobra» que el Uiundo su*:Ie dar ¿ 1<^ que le
«iifueii: las cuales ^.>u tan ^raiides j tan pesa-
*1mb carífatr, que si las (rentes quisiesen vivir fM>r
la orden natural, liarían de ¡«rocurar p«>r todas
las vías que puii*.'s^n de huirlas j apartarse de-
lias: ji^ro no viven sino cuiitra todo lo que
quiere la naturaleza, h;iscan<lu riquezas, prui.-u-
i-anii'.« sefiorios, adquiriendo haciendas, usur-
pando renus, y t^'xio esto para vivir desasose-
i^ados V cou tral^jos, con revueltas y con lurran-
^es jK'rsecucioneé v fatigas. Los quf somos
j^stores, el mayor cuidado quo tenemos es de
dormir muy descansadamente: muy pocas esas
nos iiéicen p(;rder el sueno si u*» estamo» en al-
;;uiia parte donde tengamos temor á los lobos.
A donde quiera que vamos hallamos muy buena
camu, que es la tierra, en la cual nos acostauíos
fcin hallar menos los colchones y cabezah-s blan-
dos, ni las sábanas delgadas y mantas de lana
íina. Ponemos una piedra «> terrón porcal»ecera,
y muchas vecr^ se nos passa asi una noche en-
tvra sin que des¡>ertemo!f : y de mí os digo, que
«.'liando me [longu á pensar que la tii-rru es la
verdad<'ra cama en que nuestros cuerpos han de
rejKJsar después que la ánima los desampare,
tan largo tienjpo como será hasta que seamos
Ihimacios para el universal juicio, que me mara-
villo cómo por tan p<^x:os días y tan breve vida
ningiiu'i quien; hacer mudanza ni ten*'r otra
cama. Y si dixértdes que se hace p^r el daño
que rf'cebíríu la salud con la humedad de la tie-
rra, la costumbre es la que quita estos incon-
viínií'iiK's, que los pa'-tores por la mayor parte
viven muy «anos y con pocas enfermeda«les, y
•-i las t nemos, no tan recias y trabajosas como
los ^[\\e viven con regalos y delícadezji>. Y tam-
bién os sé decir que los vest¡do> que traemos,
aunque no son tan costosos, no son de meno>
provecho que lo> de los ciudadanos, porr^ue des-
pués de andar muy bien arropados, traemos en-
cima las zamarra> y pellicos en el invierno, con
el polo adentro, que nos pone mucho calor, y
en verano afuera, porque la lana uo> dtífiende
del sol y el pellejo es para nosotros templado;
sentimos muy poco los grandes fríos y los gran-
des calores, ponjue ya el cuerpo está curtido y
acostumbrado á sufrirlos y passarlos sin traba-
jo, do manera quo no nos espantan las nieves
ni liis heladas, porque cuando algo nos fatiga,
eslabón y pedernal traemos en los zurrones, y
la IítLm siempre está cerca, y cuando hace aiaj
grandes «.^alore^ j siestas, nnuca falta una coeri
6 wjza Kf la s^^mlim de algún árbol que nos de-
fiende de la :G«:rza del rK>l: j en el camp> pocas
reces falta al^'in viento fresco con qae mejor
puede (Asarse: y assí, muy contentos y rego-
cijados, cuando algunos pastores nos joau-
U"» en uno. tañiendo nuestras gaita> y chi-
rumbelas y rabeles uc» holgamos y passamos «1
tiempo muy regocijados, d^ndo saltos y hacien-
do l«iles y danzas j otros muchos juegos de
placer: y cuando yo quedo solo de día, ando co&
gran atención mirando por mi ganado y procn-
ráiidole bueno^ pastos para la noche, en la coil
Axk ningún sobresalto me echo j duermo, como
dic'?n. á surño suelto: y <i despierto antes del
día. limpiando k» ojos los levauto al cielo, y
mirando aquellas IaU>res con que los planetas j
e^trella^ lo pintan, estoy contemplando mucha'»
cvrsas, principalmente en Dios que loa hizov
dt.'>pués en la gloria que en ellos se espera. Y
con e<»to acuérda>en]e de los filósofos y astrólo-
g«j> que quieren medir los cielos y la grande»
del sol y el tamaño de la luna, la propiedad de
cada una de las estrellas, j rióme dellos v del
coutentamientü queiieuea con ^sl ciencia, pan^
ciéndoles tan cierta que no pueden errar en nin-
guna Cosa: porque á mi me parece que auHqhé
acierten en muchas dellas, es tanto lo que queda
por saber, que casi es nada lo qae saben, y que
mucho de lo que ellos tienen por cierto y ave-
riguado, lo debrían tener por dudoso y aun per
falso, y que sólo aquello se puede tener por mnj
verdadero que por la verdad y certidumbre de
nuestra, santísima fe estamos obligados á creer
sin duda alguna. Y de aquí uiétomo en otns
contemplaciones que me levantan los pensi-
mientos á mayores cosas que las del mundo, j
que ai^uellas que vosotros, señores, me aconse-
jáis y querríades que las empleasea£uandoyjeut^
la mañana, alegróme con la luz; estoy mirando
el lucero que viene como guía del resplande-
ciente sol, miro cómo se está descubriendo pOi\)
á poco, cómo tiende sus claros rayos sobre la
haz de la tierra. Levantóme luego en pie sin
tener trabajo de vestirme, como no lo tuve do
desnudarme, y bendigo y alabo á Dios con ver
que uuu'has veces el campo, que á la noche e»-
talta seco y limpio, á la mañana comienza á re-
verdecer saliendo los gromecitos pequeños de la
hierba, la cual (estándola yo mirando) va cre-
ciendo, y de ahí á pocos días veo salir las Hore»
y las rosas de diversos colores y matices, con
una hermosura y olor tan suave, que parece
cosa celestial. Oyó los cantos de las aves á lft¿
mañanas y á las tardes, que también con $Q
dulce harmonía parecen música del cielo, y, en
fin. veo pocas cosas que me den enojo y pocas
que me desasosieguen; como no veo lo qne
COLLOQUIOS SATÍRICOS. POR A. DE TORQUEMADA
517
pasa en el mando, tampoco lo codicio, ni me
parece qne me falta nada, j hartas veces con
el sobrado placer ando alrededor del ganado ta-
ñendo con mi chirumbela, dando saltos, qne
quien me viese pensaría que estoy fuera de jui-
cio, aunque yo cuando esto hago pienso que
tengo más seso y estoy más cueido que nunca.
— Leandro. — Según esso, hermano Amintas,
más amigo eres de la vida contemplatixa-^que
n o ;$S..ta " acíívari'TKr'tS' puedo nega r que no
tienes razdn eií ello, pues por la boca de Christo
se declaró y averiguó tener mayor perfición;
mas para hacer lo que ^tú dices, si yo no me
engafio, lo mejor seria ser flayre.
- Amiktas.— En esso cada uno hace lo que
Dios le da de gracia, que yo por agora no quie-
ro perder la libertad, sino hacer con ella lo que
Buaiere, para que Dios sea servido, que yo con-
fíessb que, no teniendo respecto sino al servicio
de Dios, es más perfecta vida la de los flay-
res; pero si queremos gozar juntamente dé la
liberúid del mundo, buena es la de los pastores,
y no es por fuerza que se han de salvar todos
los flayres ni condenarse los que no lo fuesen.
Leandro. — No tienen tan buen aparejo para
salvarse los pastores como ellos, porque cada
día dicen 6 ven misa, rezan sus horas y hacen
otras devociones y sacrificios que vosotros no
podéis hacer.
Amintas. — Yo no comparola vida de flayres
y pastores para hacerlas iguales, que bien co-
nozco la ventaja por las causas que he dicho,
pero tengo la vida de los pastores por mejor
que la de los otros hombres que siguen los ofi-
cios y tratos del mundo. Y lo que yo pretendo
que entendáis de mis razones no es sino la poca
razón que tenéis en persuadirme que dexe esta
manera de vivir y que siga cualquiera de las otras
que á vosotros os parece mejores, no lo siendo.
Florián.— ¿Parécete á ti que es bien oír
missa tan de tarde en tarde, confessaros mal y
por mal cabo, oir tan pocos sermones, saber
tan mal las cosas que tocan á la fe y tener tan
poca noticia de las cosas y precetos ordenados
por la Iglesia?
Amintas. — Harto peor es saberlo y no usar
dello como conviene, que aunque dicen que la
inorancia no excusa el pecado, como no se pue-
de negar, á lo menos quita la gravedad del pe-
cado, porque más gravemente peca el que co-
mete un pecado sabiendo que lo es, que no el
que iñoranteraente peca sin saber lo que hace,
y el pastor que no cumpliere con el preceto
divino y de la Iglesia en lo de la confessión, no
le meto yo en la cuenta de los pastores de quien
he hablado, ni tampoco el que dexase de oir
missa podiendo hacerlo, aunque los santos pa-
dres del desierto y los ermitafios con la con-
templación suplían las faltas que hacían en
esto, porque Sanct Antón y San Pablo y otro
muy gran número dcllos estuvieron muchos
afios y tiempos donde ni vían missa, ni oían
sermón, ni estaban al rezar de las horas; pero
no por esso dexarón de salvarse y venir á ser
santos y canonizados; assí que no por la falta
que en lo que he dicho hecieren los pastores
dexarán de tener por otras muchas vías aparejo
para su salvación.
Leandro. — Bien me parece lo que dices,
pero no me podrás negar que no vivís todos
los pastores apocados y abatidos y sin tener
parte en el mundo, y no porque la tuviéredes
dexaríades de ser tan buenos y aun por ventura
mejores de lo que sois ; contentándoos con la yi;^.
da solitaria, viviend<rmás eomT5'^BestiaÍB salva jes
que nó como hombres que usan de la razón,
con que sobrepujaron por excelencia á todos los
otros animales.
Amintas. —No paséis, señor, más adelante,
que estáis muy engañado en todo lo que habéis
dicho; porque dexando aparte que á mí me pa-
resce que lo que nosotros hacemos es ust^da ^
la razón, y. que lo que las gentes hacen ^n los
tráfagos y baratar» en la presunción de la hon-
ra, en procurar preminencias y estados^ es todo
muy gran desatino y locura, quiero responderos
á lo que habéis dichoque el mundo nos tiene co-
mo á cosa superfina y olvidada, y esto seria si
no se hubiese el mundo acordado de muchos pas-
tores y aun casi reconosciendo algunas veces
tener necessidad dellos; porque como en el prin-
cipio de nuestra plática os dixe, Moisés, caudi-
llo y capitán fue del pueblo de Israel, y para
serlo salió detrás del ganado que guardaba;
lo mesmo sucedió al rey David. Pero ya quó
queráis decir que á estos Dios los eligió por su
mano, yo os diré otros muchos que de pobres
pastores subieron á tener muy grandes y pode-
rosos estados y reinos algunos, porque por su
virtud fueron llamados para ellos, y otros que
de sí mesmos los procuraron, dándose tan bue-
na maña que hobieron y alcanzaron.
Flouián.— Por tu vida que nos los digas,
porque yo no sé ninguno y holgaré mucho de
saberlo.
Amintas. — A mí me place, que también lo
he leído en historias. Los primeros que yo sé
son Rómulo y Remo, que siendo criados por
aquel pastor Faustulo que los halló echados á
la ribera de una laguna, y por su mujer llama-
da Loba, después que iban creciendo les ayuda-
ban á guardar sus ganados, y de allí vinieron á
ser fundadores de la ciudad de Roma. Paris,
hijo del rey Priamo, pastor fué mucho tiempo,
y así lo era cuando la contienda de las tres dio-
sas sobre la manzana de la discordia, y después
por el robo de Elena fué causa de la destruc-
ción de Troya. Apolo, por haber sido en la
518
ORÍGENES DE LA NOVELA
inncrie de los cicoplcs, vino á ser pastor j guar-
dó loB ganados de Admeto, rey de Tesalia, y
despnes vino á ser contado entre los dioses ce-
lestiales. GigoSf rey de Persia, pastor fué prime-
ro, y hallando una piedra con la cual se hacia
invisible todas las veces que qneria, vino á te-
ner amores con la reina, y matando al rey se
casó con ella, y se dio tan buena maña que se
quedó cou el reino. Primislao, rey de Bohemia,
primero anduvo apacentando vacas y yeguas
que tuviese la gobernación del reino. Justino,
emperador que tuyo el imperio antes de Jubti-
niano, no solamente en su juventud fué pastor
de vacas y yeguas, pero también dicen del que
fué mucho tiempo guarda de los puercos de un
lugar donde vivía, ^^jüdiato^ qu^ fué principe y
jgolwnió mucho tiempo el reino de los portu-
gaeses, deffendiéndolo muy esforzadamente del
poder de los romanos, primero fué pastor y
después cazador, y de allí vino á hacerse tan po-
deroso. Talio Ostilio, rey de los romanos,
cuando era mozo anduvo mucho tiempo en el
campo apacentando las ovejas. Aquel tan po-
deroso y nombrado rey Ciro, estando en poder
de Mitridates y de su mujer llamada Espaco
(pastores que lo criaron cuando por mandado
de Astiages fué puesto á las bestias fieras que
lo comiesen), muchas veces les ayudó á guariar
los ganados. Lícasto y Parrasio fueron gol>er-
nadores y reyes de Arcadia, los cuales habiendo
sido echados en el campo cuando nacieron por
su madre Filonomia y criados por un pastor
llamado Teliso, lo ayudaron, primero que la
fortuna les ensalzase, á guardar los n^baños de
los ganados con que andaiían por los montes.
El papa Sixto, prim(íro deste nombre, hijo fué
de un pastor y criado en el oficio de su padre,
y no por esso dexó de alcanzar el pontificado.
El gran Taborláii, rey de los citas, que casi fué
en nuestros tiempos, el primor oficio que tuvo
fué guardar los puercos, y después ser pastor
de ganados, y de allí vino á ser entre los más
poderosos reyes del mundo, y en ser famoso ca-
pitán muchos lo quisieron comparar al gran
Alejandro, rey de Macedonia. También se dice
que el primero Sofi, antes que viniese a ganar
el señorío que agora tienen sus descendientes,
guardaba ovejas y cabras en una montaña
donde fue criado. Y porque viene al propósito,
quiero contaros lo que sucedió á dos hermanas
pastoras, hijas de nn hombre que hacia carbón,
lo cual me dixeron á mí por cosa muy cierta y
verdadera, y assi lo tengo también por verdad.
Florián. - No será malo tener en qué pasar
la noche, porque como estamos desvelados con
la plática comenzada, yo fiador que aunque la
dexásemos no nos venciese el sueño tan presto.
AifiNTAs. Pues escuchadme, que yo creo
que es historia que holgaréisdc oiría. Un rey de
Francia, de cuyo üfimbce uo tengo memoria*
era en gnin manera amigo de andar á caza y de
montear venados y }al)a1i8 y oínia liesiiae fieras;
y como la tuviese por ejercicio j an día estan-
do puesto en una parada se le faese su venadp.
della sin poderlo herir, f ué fánta la codicia que le
tomó de matarle, que encima de an muy lier-
moso caballo y muy ligero que t4^nia comenzó á
seguirle sin tener atención á otra cosa. La tie-
rra era muy montañosa y la espesara de los
montes muy grande, y cuando el rey con los le-
breles que le seguían vino á matar el venado,
babia corrido tan larga tierra, qae estaba maj
lejos de donde había dexado sus cazadores: y en
fin, cebando los^erros^en la presa, ^Jiai'iendn
todas las otras muestras de gniii cazador, so-
brevino la noche muy cerrada y escura, y como
hubiese venido dando vueltas á una parte y á
otra, y también la escundÍdTélIesáImase,^tltXUii-
do pensó que volvía donde sus cazadores teniín
puestas sus armadas, se metió mucho más aden-
tro_en la montaña^^ esto fué cansa de qae no
pudiesse oir las bocinas que sus criados buscán-
dole por unas partes y por otras tañían, y que
ellos tampoco pudiesen oir la suya. Viéndose el
rey perdido y soplando un viento cierzo que le
hacia haber muy grande frío, aquella noche de-
seaba hallar alguna parte donde albergarse pu-
diese, y acaso oyendo los ladridos de unos mas-
tines y yéndose al tino del los, halló dos mozas
_pas toras que guardaban la nna un rebaño de
cabras y la otra de bueyes y vacas, y como les
preguntase si por allí cen^a había algún pobla-
do, ellas le respondieron que por todas partes
estaba tan lejos que no podría allegar ni atinar
allá en toda la noche. El rey mostró congojar-
se con esta nueva, y sentiéndolo las pastoras, le
dixeron que si él quería irse con ellas, que por
aquella noclie se podría acoger en casa de sa
padre, el cual era un hombre carbonero, qn<»
por causa de su oficio y para mejor poderlo ha-
cer se había venido á vivir en aquella montafia.
El rey les respondió que no solamente quería,-
pero que se lo rogaba ; y assí Ue vando de sí los
liatos del ganado, se fueron todos tres á la casa,
que muy cerca estaba, y entrando dentro, el
carlwnero y su mujer (qiie^. muy buena gente
eran) acogieron al rey c.qü muy buena voluntad;
el que le dio á entender con buena disimulación
que era uno de los cazadores que con el rey ha-
bía salido á caza, y que por venir en seguimien-
to de un venado se había perdido de los otro|
cazadores; y apeándose del caballo y queriéndo-
lo meter en una caballeriza donde estaban ló<
asnos del carbonero, antes tomándoselo con
muy gentil gracia y desenvoltura lo ataron y
echaron mucho feno y cebada de que su padre
estaba bien proveído, y entre tanto la mujer
I hizo un fuego muy grande para que el rey se
COLLOQüIOS satíricos POR A. DE TORQUEMADA
519
calentase, j sentándose á él con el carbonero, se
estuvieron hablando en algunas cosas, en tanto
que las hijas aderezaron la cena lo mejor que
pudieron, porque en casa tenían buen aparejo
de aves, de caza y de otras cosas de que siempre
estaban proveídos; y puesta la mesa con mucha
limpieza, conforme al aposento donde se halla-
ban, la una pastora cortaba lo que se ponía en
eUa y la otra proveía en todo lo que más era
necesario. El rey las estaba mirando y diciendo
entre sí que, puestas en otro hábito, parecerían
á maravilla hermosas, y por poder disimular
mejor quién era, al asentarse porfío mucho con
el carbonero que tuviese la cabezera de mesa y
el mejor lugar cabe el fuego; pero el carbonero
fue tan bien comedido, que no lo quiso hacer.
Después, estando cenando, cuando las hijas po-
nían el primero plato, el rey se hacía de rogar
queriendo que el carbonero fuesse primero ser-
vido, y assí porfiando la segunda vez sobre ello,
el carbonero le dixo: Mirad, señor, cuando estu-
viéredes en vuestra casa, mandad y obedeceros
han, y agora que estáis en la mía, habéis de obe-
descer lo que os mandan y hacerlo sin tanta
porfía. El rey se rió dpstoy dixo: En verdad que
vos tenéis mucha razón y yo lo liaré assí de aquí
adelante, y si alguna vez vos fuéredes mi hués-
ped, acuérdeseos que quedáis obligado á hacer
lo mesmo. Con esto cenaron con mucho regoci-
jo y contento de todos, y acabada la cena, lue-
go se puso en orden una cama bien limpia y mo-
llida, en que el rey (aunque vestido) dormió lo
que quedaba de la noche y muy sosegadamente
con el cansancio que traía; y á la mañana le-
vantándose, halló que las pastoras le habían ya
piensado el caballo y le estaban aparejando una
perdiz que almorzase, la cual el rey comió, por
ver la buena voluntad con que se le daban, y
cuando se quiso partir, hallándose sin dineros,
sacó un anillo del dedo con una piedra de muy
gran valor y dándola al carbonero le dixo: Hués-
ped amigo, pésame de no tener dineros con que
satisfaceros la honra que en vuestra casa me
habéis hecho; pero en tanto que ya puedo mejor
agradecéroslo, tomad este anillo, que mucho
mayor valor tiene del que parece. El carbonero
no lo quiso tomar, antes mostrándose agravia-
do dello le dixo: Señor, yo no os he hecho corte-
sía para ser con dineros pagado della, antes vos
me habéis hecho merced en querer serviros de
mi pobreza; algún día podrá ser que yo Uegue
con necesidad á vuestra casa, y por ventura me |
favoreceréis vos mejor de lo que agora habéis '
fiido de mí socorrido, que los hombres se topan
con los hombres y no los montes con los mon-
tes. Pues que así queréis, dixo el rey, ha de ser
con una condición, y es que me prometáis, la
primera vez que fuéredes á la ciudad, de verme
y visitarme en mi posada. Eso haré, dixo el
carbonero, de muy buena voluntad, que de aquí
á seis días he de ir á vender dos carros de car-
bón que tengo hechos; mas no sabré yo á dónde
hallaros si agora no me lo decís, para que sepa
á dónde os he de buscar. En palacio me habéis
de hallar, dixo el rey, que allí tengo mi aposento,
y para que no podáis errarme, tened cuenta de
que vais un poco antes de medio día, que yo
tendré también aviso de mirar por vos, y si por
ventura no me viéredes tan presto, esperadme en
los corredores, que yo saldré allí sin falta. Assí
lo haré, dixo el carbonero; y con esto se vol-
vió el rey á los suyos, que toda la noche habían
andado perdidos en su busca. El carbonero para
el día que había quedado tomó sus dos carros
de carbón y se fué á la ciudad con ellos, y ven-
diéndolos de mañana, tuvo cuenta con lo que
el cazador le había mandado, y antes de medio
día se fué á palacio, y no mirando si burlaban
dél ó no, se subió á los corredores, y el rey, que
tenía avisados á los de su guarda para que le
hiciesen saber cuando viniese, habiéndoles dicho
las señas para que le conociesen, luego que supo
que era venido, salió de su cámara, y acompa-
ñado de muchos señores y caballeros. Y como
el carbonero viera salir tanta gente, quisiera es-
conderse; pero el rey mandó que le detuviesen,
y yéndose hacia él, el carbonero miraba si co-
nocería al cazador que había estado en su casa,
para que no le consintiese hacer mal, porque ya
estaba atemorizado y se había arrepentido de
haber venido alli, y mirando á unos y á otros,
puestos los ojos en él, conoció que era el rey el
que había tenido por huésped, y entonces él no
quisiera haber venido por ninguna cosa del mun-
do. El rey conociendo su turbación fué para él y
le abrazó. El carbonero se echó á sus pies y se los
besaba diciendo: Señor, perdonadme que no os
conocí cuando estuvisteis en mi casa. El rey le
dixo: Buen hombre, vos me hecistes en ella tan-
ta cortesía como si me conociérades, y assí quie-
ro yo que la recibáis vos en la niía, pues que lo
habéis tan bien merescido. Y con esto, alzándolo
y tomándolo por la mano, lo llevó consigo, con-
tando á todos lo que con él le había acaescido,
y assí lo llevó á la capilla donde se decía la mis-
sa y le hizo sentar cabe si para oiría, y después
de dicha, pediendo que le diesen de comer, hizo
poner al carbonero en una silla á la cabecera de
su mesa, y mandóle que se assentase en ella. El
carbonero lo rehusaba; pero vista la determina-
ción del rey, lo hubo de hacer, y venido el maes-
tresala, el rey le mandó que le diese agua á ma-
nos primero que á él. El carbonero comenzó á
excusarse y á porfiar por no mostrar las manos,
que debian de venir de la mesma color del car-
bón que había vendido. El rey estonces hizo
que se enojaba y dixole: Mirad, buen hombre,
no queráis vos mandar más en vuestra casa que
520
orígenes de la novela
yo en la mía, y paes que allá me mandasteis y
yo 08 obedecí, también quiero que cumpláis tos
agora lo que yo mandare, que ya yo os dize que
se 08 acordase para cuando fuéredes mi huésped,
como yo lo fui vuestro. El carbonero, acordán-
dose de lo que había pasado, no osó contrade-
cir á la voluntad del rey, el cual en toda la co-
mida quiso que fuese servido primero, y des-
pués que se alzó la mesa, delante de todos le
dizo: amigo mió, justo será que yo os pag^e, y
del galardón del buen servicio que me hicistcs y
porque yo no sé lo que más os agradará y con
qué estaréis más contento, vos me pedid mer-
ced en lo que quisiéredes, que yo os la haré con
muy buena voluntad. El carbonero estuvo pen-
sando un poco, y no siendo tan discreto en esto
como en el buen acogimiento que había hecho
el rey, le dixo: Lo que yo, señor, querría, y en lo
que vuestra alteza me hará muy gran merced, es
que de aquí adelante los carboneros en este
reino no paguen derechos ningunos y sean
francos del carbón que vendieren, que yo tendré
mucho que por mi causa reciban esta buena
obra, y que siempre tengan memoria de mí por
el l>enefício que les hago. Todos los que allí es-
taban se royeron de lo que el carbonero había
pedido, teniendo antes por cierto que pediera
i alguna cosa de muy gran valor y para sí solo,
1 porque de aquello poco era el aprovechamiento
' — que le venía. Y el rey reyéndose también le dixo:
Vos me habéis demandado la merced conforme á
vuestro estado y á quien sois, pero no por esso
me quitáis la obligación para dexarla de hacer
como quien yo soy. La merced de essa franqui-
cia yo os la hago á vos y á todos los carboneros
de aquí adelante, y también quiero daros con
qué viváis honradamente. Vuestras hijas ute
hicieron mucho servicio y con gran voluntad, y
porque creo que deben tener mayores y mejores
pensamientos que vos, quiero que conforme á
ellos lleven el galardón, y assi yo inviaré luego
recaudo para que vengan á mi palacio; haced
que á la hora se pongan en camino. Y con esto
mandó aparejar mucha gente y muchos aderezos
con que las hizo traer muy honradamente, co-
mo si fueran hijas de uno de los gandes de su
corte. La reina, por respeto del rey que lo quiso,
les hizo tan buen tratamiento que ninguna cosa
las diferenciaba de las damas de su casa, porque
en ellas hallaba aparejo para todo el bien que se
les hacía, y assi andando el tiempo, con estar tan
favorecidas y con muy gran dote que les dieron,
las casaron con dos caballeros de los más prin-
cipales del reino, porque ellas eran muy her-
mosas y muy bien entendidas, que no fué poca
partfi para su buena dicha, y en Francia dicen
que el día de hoy hay dos linajes que descienden
de estas dos pastoras y son de los principales
del reino, sin que ninguno de sus descendientes
se deshonren ni afrenten de haberlas tenido por
antecesoras, antes lo confiesan j se precian déllu
por el merecimiento que por su virtud estas d»
hermanas tuvieron. Y no penséis, señoree, que
lo que os he dicho no sea verdad, que yo «
digo que lo hallaréis muy cierto cuando mejor
quisiéredes informaros dello.
Leandro. — Yo no quiero tenerlo por evan-
gelio, pero lleva nzóii para creerse, porque jo
he oído decir por cosa muy cierta que los car-
boneros no pagan derecho ni tributo ningnno
del carbón que venden en el reino de Francia,
y essa que tú dices debe ser la causa dello.
Florián. — También yo he oido decir lomes-
mo y p^rte de lo que aquí Amintas ha contado.
Amintis.— Tomando al propósito comen-
zado, ya veis por estos ejemplos cómo de les
pastores y pastoras se acuerda Dios muchas
veces para hacerles merced; porque sin estos
que he dicho, podiera decir otros muchos qoe,
aunque no vinieron á ser reyes ni emperadores,
subieron á otros estados y dignidades en qoe
vivieron muy ricos y estimados y con muy gran
aparato y honra; pero parcceme que bastan
para que, señores, sepáis que Dios principal-
mente, y la opportunidad y el tiempo como des-
penseros de sus bienes, también se acuerdan
de los pastores como de las otras gentes. Y no
digo esto para que yo á los que assi han tenido
mandos y gobiernos y gandes riquezas les tenga
ninguna envidia, ni malicia, que maldita aqué-
lla en mí reina; pero tampoco digo que si se me
ofreciese otro mayor bien que ser pastor y me
venicse (como suelen decir) de mano besada j
sin trabajo. Jo rehusaría ni. dexaria deJiomarlo,^
mas no porque dexe de estar y vivir muy con-
tento con la vida que tengo, llena de tanta quie-
tud y reposo, fuera de la ocasión de los vicios,
quitada de todas contiendas y baratas, apartada
de muchos cuidados y desasosiegos. Maldito el
temor tengo de que me ha de faltar qué coma,
porque cuando hubiere esterilidad del pan, las
hierbas y raíces y frutas me bastan, que pocas
ó muchas, nunca el campo dexa de darlas. Tam-
poco dexaré de dormir con pensar que me han
de hacer mal los ladrones, que cuando más daño
me hacen es tomarme lo que trayo en el zurrón
y algún cabrito ó cordero del rebaño, que todo
vale poco dinero. De los lobos me guarde Dios,
que éstos, si me descuido, hacen muy gran des-
trozo; pero yo traigo muy buenos mastines y
procuro siempre de poner tan buen cobro, que
pocas veces hallan en mis rebaños aparejo pan
matar la hambre.
Leandro. — Paréceme, Amintas, que tú po-
drías decir lo que un filósofo, que todos tus bie-
nes los traes contigo, y verdaderamente en todo
lo que dices te has mostrado tan filósofo, que yo
no sé qué responderte, sino que si mucho tiemi'o
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
521
conversase contigo, creo que bastarías para
hacerme madar de propósito y que, dexando la
vida qae tengo, me tomase también pastor
como tú lo eres.
Florián. — A mí moy bien me parece lo que
dice y de muy buena gana lo he escuchado: pero
en fin, determinado estoy de dormir en buena
cama en cuanto podiere, y comer buenos manja-
res y beber buenos vinos y andar muy bien ves-
tido y procurar buenas conversaciones para pasar
el tiempo, sin cuidar de Jaa ¿josofías de A.miii-
tas ni de sus contemplaciones, quélá vida de los
nombres es muy breve y lo mejor y más bien
acertado, á mi parecer, es pasarla con las menos
zozobras y trabajos que los hombres podieren.
Amintib. — Sabed, señor, que la buena cama
es aquella donde los hombres duermen á su
sabor sin tener quien les estorve el sueño, y los
buenos manjares aquellos que hartan el estó-
mago y dan contentamiento al gusto, y los bue-
nos vinos los que matan la sed sin hacer daño
á la salud. Los buenos vestidos, los que tapan
el cuerpo y son amparo de la calor y del frío, y
la buena conversación la que se tiene sin per-
juicio del prójimo, y muy mejor la que se tiene
en la contemplación con los ángeles y con los
santos, teniendo siempre los pensamientos pues-
tos en el cielo. Y esta es la verdadera filosofía
y ciencia que todos debríamos aprender y saber
para jamás olvidamos della. Cuando yo duermo
en el suelo duro no despierto en toda una noche,
despertando ciento los que duermen en los col-
chones blandos y sábanas delgadas. El pan de
centeno con una cebolla ó con un tassajo de ce-
cina me sabe mejor que saben las perdices y
gallinas y capones á los que no saben comer
otra cosa. La agua dulce y clara de las fuentes
y arroyos para mí tiene mejor sabor que los me-
jores vinos del mundo, porque el gusto está
acostumbrado á bebería sin tener memoria del
sabor ni de la diferencia que tiene en los sabo-
res del vino. Mi jubón y mi capisayo y mi pellico
que trayo encima son tan calientes y me quitan
mejor el frío que á los señores las ropas de mar- •
tas que traen de Rosia.La con versación, cuando
la quiero, con otros pastores nunca falta, queca-
da hora podemos juntarnos, y si no en los luga-
res comarcanos la tenemos. Y en fin, esto que
hacemos los pastores todo es con harto menos
trabajo y peligro que lo que hacen los ciudada-
nos, y si á vosotros, señores, os parece otra cosa
y que la vida que tenéis es mejor que la nues-
tra, seguilda, que así haré yo la mía, y desta ma-
nera podemos decir que cada loco con su tema.
Leandro. — No te veo yó, Amintas, tan loco
que no seas muy cuerdo, y tan cuerdo que plu-
guiese á Dios que, assí como me satisfacen tus
razones, podiesse acabar conmigo de seguirlas,
y más si fuese con las condiciones que tú aquí
has dicho; pero assí es el mundo, que Dios pro-
vee para todas las cosas con el remedio nece-
sario y quiere que las gentes tengan pareceres
diferentes y diversos, y que po ^ quieran ^aeguk-
todos una mane|:9jd¿ jSJ^ y aun no es este el
is secretos si contemplamos cómo
para todos los oficios hay hombres que los quie-
ran, viendo que uno que tiene habilidad para
platero quiere ser herrero, y otro que podría ser
pintor huelga de ser embarrador, y el que tiene
suficiencia para ser sastre toma el oficio de
ganapán, y el que tiene aparejo para ser mer-
cader quiere usar el oficio de tejedor, y esto
todo procede de la voluntad y providencia del
que crió todas las cosas, dando quien las quiera
y las siga y tenga afición con ellas. Assí que
no todos podemosser señores^ ni caballeros, ni
ciudadanos, ni oficíalesTnl flayresTni pastóT^ír*
sino que unos han de seguir una manera de
vivir y otros otra; y pues que assí es, tú, Amin-
tas, si estás contento con la vida pastoril, como
aquí lo has mostrado, yerro sería que la dexases,
y nosotros, pues lo estamos con la que tenemos,
también la seguiremos. Plega á Dios que le sir-
vamos todos con ella. Y pues que ya el día se
viene acercando y el lucero se nos muestra
dando manifiesta señal de su venida, será bien
que nos vamos, y tú, hermano mío Amintas,
conócenos desde agora para tenernos por ver-
daderos amigos, que, si place á Dios, algún día
te podremos pagar la honra que esta noche nos
has hecho. Y porque con la espesura de los
árboles no podremos acertar el camino, por tu
fe que nos guíes por donde hemos de ir á la
ciudad, que también el trabajo que en esto to-
mares te será galardonado.
Amintas. — A mí me place de muy buena
voluntad; por aquí podremos ir mejor, y en
bajando aquel valle hallaréis un camino abierto
y ancho; por él os iréis sin tomar á una pai-te
ni á otra, que no lo podréis errar; y porque dcxo
el ganado solo no voy hasta allá; por tanto, per-
donadme y Dios vaya con vosotros y os guíe.
Florián. — Ese quede contigo y te haga bien-
aventurado.
FinÍB,
COLLOQÜIO
Que trata de la desorden que en este lirinpo m tiene rn el mun-
do, y principalmente en la cristiandad, en el comer y beber*,
ron los daAo« que dello se siguen, y cuan necesario feria po-
ner remedio en ello.
INTERLOCUTORES
Licenciado Velázquez . — Solazar .
Quiñones, — Euiz.
Rüiz.— ¿A dónde bueno, señor Quiñones?
Quiñones. — Hacia el monasterio de San
\
522
ORÍGENES DE LA NOVELA
Jerónimo, á gozar un rato del fresco de la tar-
de y de la buena conversación del licenciado
Yelázquez; porque él y Salazar ha poco que
iban para allá cabalgando, y yo mandé luego
aderezar mi caballo para salir á buscarlos.
Ruiz. -Si vuesa merced me lo paga, acom-
pañarle he yo, porque no vaya solo.
Quiñones.— Antes merezco que se me pa-
gue á mi el buen aviso, que no veo adonde me-
jor se pueda pasar el día.
Rüiz. — En fin, lo habré de hacer aunque
pensaba dar una vuelta por cierta parte que
me convenía.
QoiSoMEs. -Tiempo habrá para todo, que
agora no está para perderse la frescura del
campo. Por este camino creo que iremos más
ciertos de encontrar con ellos.
Ruiz. — Antes me parece que son aquéllos
que vienen entre las viñas; aquí podremos es-
perarlos si vuesa merced manda.
Quiñones. — Bien será, porque nos vamos
paseando liacia la ribera del río.
Licenciado. — Paréceme, señor Quiñones,
que por cumplir vuesa merced mejor su palabra,
lia traído al señor Ruiz en su compañía.
Quiñones. — De temor lo he hecho; como
vuestras mercedes eran dos, pudieran estar de
concierto contra mí, y he querido traer quien me
ayude si quisiesen acometerme.
Salazah.— Sea por lo que fuere, que á lo
menos tendremos una hora ó dos de buena re-
creación paseándonos por este campo, que la
tarde hace aparejada para ello.
Quiñones. —Y aun es bien menester para
ir á cenar de buena gana, que yo, como el conde
tuvo huésp(Hles, qm^léme á comer en palacio, y
fueron tantos los platos que se sirvieron y de
tan buenos manjares, que traigo el estómago
estragado de lo mucho que he comido.
Licenciado. — El mayor yerro que pueden
hacer los hombres es comer más de aquello que
puede gastar la virtud y calor natural; ponjue,
según doctrina de todos los médicos, la indi-
gestión y corrución de los manjares que della
se sigue es origen de todas las enfermedades,
y assí dice el Sal)io en el capítulo xxxvii del
EclesiYistico: No quieras ser deseoso en las co-
midas que hicieres, ni comas de todos los man-
jares, porque en la muchedumbre dellos hay
siempre enfermedad.
Salazah. — Pues en verdad que lo que en
nuestros tiempos más se usa es no tener aten-
ción á ningún daño que del mucho comer pue-
de seguir, sino al gusto que dello se recibe.
Licenciado. — [Y pareceos, señoi* Silazar,
quL' es pequeño mal esse? Yo os digo que si los
hombres que aman su salud y desean alargar
la vida conociessen y entendiesen los inconve-
nientes que del mucho comer tienen por con-
trarios, que por ventara ayunarían mochas ve-
ces, aunque no fuese para servir á Dios, sino
para su solo provecho.
Salazar. — Yo creo que hay machas peno-
nas que, aunque lo entienden, no dexanporeso
de comer á su volantad, porque el aparejo b
da ocasión á querer cumplir tanto con el apetito
como con la salad, y si no dígame vuesa memd
¿qué había de hacer el señor Quiñones si puesto
(. la mesa le servían tantos y tan diversos pis-
tos? ¿No fuera necedad dexar de comer de todos,
siquiera para saber si eran buenos ó malos 7
hacer lo que todos los otros que allí estabss
hacían?
Licenciado.—- Antes fuera muy gran dis-
creción tener sufrimiento para que el apsiep
de la gula no le diera causa de vencerse deIJs.
Salazar. — Pues si eso es assí, ¿para qué se
hacen y aderezan tantos y tan diferentes ins&-
jares en las casas de los grandes señores j sns
en las que no lo son, sino para que los apt
sientan á sus mesas los coman y se harten coi
ellos, pues que para este propósito se i^sre
jaron?
Licenciado. — ^Así ea la verdad; pero lo lo^
jor sería que no los aparejasen ni los habieset.
Ruiz. — Contraría opinión es esta de la co-
mún, porque todos los hombres generalmeste
querrían comer y beber lo mejor que pudiesaL
Licenciado.— Si comiendo bien, digo de
buenas cosas, no comiesen más de aquello qne
les basta para sustentarse, no es muy mala 0^
nión la que decís; pero por la mayor parte os-
een della la desorden y vienen los hombres con
el aparejo á comer más de lo necesarío, sin sen-
tirlo, y assí sin sentirse se recrece dello el ds&o,
y cuando ya se siente, muchas veces no pasde
remediarse, y aun algunas cuesta tan caro, qw
suele perdersi» por ello la vida.
Salazar. — Pues lo que con todas essas cofi-
dic iones el día de hoy más se usa en esta tiens
es comer y beber sin temor, y después veogs
lo que viniere.
Licenciado. — También se usa morirse Iss
gentes muy más presto de lo que solian es
otros tiempos.
Salazar.— ¿Y es por ventura el comer k
causa?
Licenciado. — Sí, por la mayor parte, y ¿
queréis escuchar la razón, yo os la diitá paraqoe
lo entendáis notoriamente. En los tiempos ss-
tiguos que los hombres vivían con mayor sim-
plicidad que agora, y contentándose coaloqw
la naturaleza les aparejaba para su manteni-
miento, sin andar buscando otras nuevas for-
mas de composiciones en los manjares que c<^
mían, vivían los hombres muy largos tifHopoB.
como á todos es notorio la larg^ vida de AdáSt
nuestro primero padre, de Matusalén y de otroi
^
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
523
muchos, los cuales se contentaban con comer
solas las fratás silrestras, y principalmente de-
bian de ser bellotas 7 castañas, 7 otras desta
manera, porque después del dilurio de Noé que
ya habían pasado mu7 largos tiempos, las gen-
tes comían esto mesmo 7 se sustentaban con
ello, principalmente los de la provincia de Ar-
cadia. Los atenienses su mantenimiento eran
higos secos. El de los caramanos, dátiles. £1 de
los meotides, mijo. £1 de los persas, mastuerzo.
Los de Tirinto comían peras silvestres, 7 assí
otras naciones se mantenían de otras diferentes
frutas y raíces, de las cuales dicen que era la
principal la de una hierba que llamamos gra-
ma, hasta que vino aquella mujer llamada Ce-
res, que andando buscando las simientes de las
hierbas que eran buenas para comer, halló la
simiente del trigo 7 la manera que había de te-
ner para hacerse pan delia, 7 por esta causa fue
adorada por diosa entre los gentiles. Y cuando
los antiguos comían algunas carnes no andaban
bascando que fuesen sabrosas ni delicadas, ni
bascaban de darles otro nuevo sabor con las
salsas 7 aparejos que agora se les hacen. Y asi
cuenta Homero que Alcinoo, rey de los feaces,
teniendo por huésped á Ulises 7 por convidados
á todos los principales de su reino, para el ban-
quete que les hizo mandó matar doce ovejas y
ocho puercos y dos bueyes, que estonces debían
ser los más preciados manjares que se usaban;
y en este tiempo también tenían los hombres
muy Iftrga la vida, y como comenzaron á inven-
tar manjares nuevos y compuestos, asi comen-
xaron á debilitar y enflaquecer con ellos los estó-
magos, porque la diversidad de los sabores que
hallaban en ellos les hacía comer más de lo que
podían gastar los estómagos. Y así dice Galeno
que del tiempo de Hipócrates hasta el suyo, la
naturaleza estaba debilitada en los hombres, y
el tiempo de Galeno acá también lo deben de es-
tar mucho más, pues siempre vemos que van en
disminución de los años de la vida, y que viven
agora menos que solían; pero la culpa que po-
nemos á la naturaleza no es suya, sino de nues-
tra desorden, porque si tuviéssemos mayor
concierto y templanza en el comer y beber,
nuestra vida generalmente sería muy más lar-
ga. Y así lo dice Hipócrates en el libro sexto de
Las enfennedades populares: £1 concierto de
nuestra salud en esto consiste que comamos
con tanta templanza que nunca nos liartemos
de los manjares; y si en algáu tiempo hubo des-
orden y desconcierto es en el de agora, que
cuando me pongo á pensarlo de ver las inven-
ciones que las gentes han procurado, todo en
daño de sus vidas, como si las tuviesen por
enemigas y su intención no fuese otra sino
db acabarlas nmy presto.
Quiñones. — No es mala materia ni poco
provechosa lo que se trata, si el señor licencia-
do la lleva adelante así como la ha comenzado.
Licenciado. — Si vuestras mercedes huel-
gan de oiría, yo mó iré declarando más parti-
cularmente, aunque no aproveche para más de
que entendamos el yerro que hacemos, porque
verdaderamente es muy grande, y tan grande,
que yo no he visto mayor desatino que el que
agora se ha introducido en el mundo, á lo menos
en la chrístiandad, que en las otras naciones 'de
gentes son más templadas y viven más mode-
radamente. Solían en nuestra España comer
las personas ricas y los caballeros un poco de
carnero assado y cocido, y cuando comían una
gallina ó una perdiz era por muy gran fiesta.
Los señores y grandes' comían una ave cocida
y otra assada, y si querían con esto comer otras
cosas, eran frutas y manjares simples. Agora
ya no se entiende en sus casas de los señores
sino en hacer provisión de cosas exquisitas, y si
con esto se contentasen, no habría tanto de qué
maravillarnos; pero es cosa de ver los platillos,
los potajes, las frutas de sartén, las tortadas en
que van mezcladas cien cosas tan diferentes las
unas de las otras, que la diversidad y contra-
riedad dellas las hace que en nuestro estómago
estén peleando para la digestión. Y es tanto lo
que en esto se gasta, que á mi juicio ha enca-
recido las especias, la manteca, la miel y la azú-
car, porque todo va cargado dello, y como co-
men á la flamenca, con cada servicio que llevan
va un plato destos para los hombres golosos, y
con no tocarse algunas veces en ellos, tienen
mayor costa que toda la comida. Y comer de
todos estos manjares diferentes (aunque cada
uno dellos sea simple) sería muy dañoso, cuan-
to más siendo los más dellos compuestos, que
muchos hay dellos que llevan encorporadas diez
y doce y veinte cosas juntas, no mirando lo que
Plinio dice contra ello en el undécimo capítulo
de la Natural Historia^ cuyas palabras son: El
manjar simple para los hombres es muy prove-
choso, y el ayuntamiento de manjares es pesti-
lencia, y más dañoso que pestilencia cuando los
manjares son adobados. Y lo peor de todo 3 i
que, muchos, cuando se sientan á la mesa y aun
casi todos, como es cosa natural, luego procuran
satisfacer á la hambre que llevan y comen hasta
hartarse de lo primero que les ponen delante, y
pudiéndose levantar y sustentar con ello con-
servando su salud y vida, como después vienen
otras cosas nuevas y que despiertan en la golo-
sina el apetito, aunque no hagan sino probar
de cada uno un bocado, haceii taif gran repli-
ción en el estómago, que no pueden gastarse, 7
desasosiegan 7 dan trabajo al que las ha comi-
do. Y esto es lo que dice Galeno en el tercer
libro de Régimen: Que la diversidad de las co-
sas que se comen, cuando no son semejantes en
524
ORÍGENES DE LA NOVELA
»u< vírtadcs, hacen en el estómago desaRosiego.
Y en otra parte: Las cosas compuestas de ma-
chas sustancias son de muy más fácil corrup-
ción que las simples y compuestas de pocas;
pero todo esto no basta para que las gentes se
concierten en el comer, porque con ver los hom-
bres plebeyos la desorden que los que pueden
y tienen mayores haciendas y más aparejo ha-
cen, toman argumento para comer y gastar más
de lo que tienen, y en esto está tan estragada
la razón y tan perdida la buena regla, que hay
muchos que, no teniendo sino dos reales, aque-
llo dan por una trucha ó por una gallina, que
comen aquel día sin mirar á lo de adelante, y
todo cuanto ganan lo echan en comer, sin guar-
dar un maravedí, y, después, si caen enfermos
ó se han de morir de hambre ó han de hacer
que pidan por Dios para ellos, y esto tienen en
menos que dejar de probar todas cuantas cosas
buenas y preciosas vienen á venderse, cuesten
lo que costaren.
Uuiz. — No se puede negar todo lo que vues-
tra m(>rced dice ser assi; pero muchas cosas hay
que, aunque se conozca en ellas el yerro, no hay
orden para que pueda remediarse, como es esto
d"l comer desordenado de la gentx? común, por-
que no se les puede ir á la mano en ello, sino
que han de hacer lo que quisieren, como coman
de sus haciendas y no de las ajenas.
Licenciado. — Bien se parece que no ha leí-
do vuestra men^ed algunos autores que tratan
de una ley que los romanos hicieron y se guardó
mucho tiempo en Roma, y principalmente lo
cuenta Macrobio en el tercero libro de las Satur-
nales.
Rüiz. — < Y qué ley era essa?
Licenciado.— Una ley que mandaba por
ella que todos comiesen públicamente en los
portales de sus casas y que hubiesse por los ba-
rrios repetidos veedores que andaban de casa
en casa mirando si alguno comía más curiosa-
tiientc ó suntuosamente de lo que convenía á
su estado, y luego eran castigados por esto, y
sí por acaso lo querían comer en ascendido, no
podían, porque no osaban comprarlo, temiendo
ser acusados de quien lo viese, y aun por ven-
tura de quien lo vendía; y como estonces se
cumplía esta ley, también se podía hacer agora,
y aun en algunas partes se guarda alguna cosa
della, porque dicen que en Francia los villanos
no pueden comer gallina ninguna, ni los pemi-
les de los tocinos, si no fuesse con mucha nece-
sidad.
QuiÑoxEB. — Bien lejos estamos de que en
España se hagan essas leyes ni se guarden tam-
poco, y hablar en ello es predicar en desierto.
Licenciado. — Yo no lo digo porque se ha
de hacer, sino porque sería justo que se hiciese;
y lo que más principalmente convendría es que
los caballeros y señores y jprandes se moden-
sen en sus gastos excesivos, y que ellos mis-
mos, juntándose, hiciesen entre sí mesmos ou
ley, ó que nuestro emperador lo hiciese, de qie
en ningún banquete ni comida suntuosa se sir-
viesen sino tantos platos tasados; porque <kf-
pués que un hombre come de cuatro manjiRi
ó cinco, el estómago está satisfecho y todo lo
lo demás es superfino, que no aprovecha pin
otra cosa sino para estragar los estómtgw j
disminuir la salud y las haciendas, y tan dismi-
nuidas, que de aquí viene que solían hacer nM
los señores y mantenerse más gentes y críadoi
con cuatro cuentos de renta que agora con doce,
y entonces ahorraban dineros para sus ueeen-
dades, y estaban ricos y prósperos, j iga
siempre andan empeñados y alcanzados, j todo
esto se gasta en comer y en beber, principal-
mente si tienen huéspedes, si andan en corte,
que han de hacer plato, porque entonces tieocí
por mayor grandeza lo que sobra y se pierde j
se gasta bien gastado. Y Terdaderamente eiti
es la principal causa de sus necesidades, quede
andar los señores ó un caballero en la corte m
año ó dos haciendo estos gastos Tienen i po-
nerse en necesidad, que con estar otros caitn
en sut» casas ahorrando y estrechándose nu poe-
den salir della y muchas veces en su vida. Td
mayor daño de todos es que lo mesoio qaieff
hacer un señor de dos cuentos de renta qoe de
quince, y también quiere que sirvan á sa men
veinte y treinta platos diferentes, como si no
gastasen en ello dineros.
Quiñones. — Poco es para lo que agón le
usa, que ya en un banquete no se sufre dir de
ochenta ó cien platos abajo, y aun averigoAdo
es y notorío que ha poco tiempo que en un btn*
quete que hizo un señor eclesiástico s .* sirrieroB
setecientos platos, y sí no fuera tan público, no
osara decirlo por parecer cosa fuera de ter-
mino.
Ruiz. — Mal cumple ese y todos los otros se-
ñores eclesiásticos lo que son obligados confor-
me aquel decreto que dice que los bienes de loi
clérigos son bienes de los pobres, porqne des-
pués de gastado lo necesario para sí y pin si
familia, todo lo demás tiene obligación de gtt-
tarlo con ellos, so pena de ir al infierno cono
quien hurta hacienda ajena, pues hacen esos
banquetes á los ricos, y sin necesidad, qoítia-
dolo á la gente pobre y necesitada. Pero todoi
me parece que van igualmente desordenado^
sin tener atención ninguna sino á comer y beber
á su voluntad.
Licenciado. — Bien conforma esso con k
que Valerio Máximo dice de la costumbre qv
se solía tener en el comer antiguamefite, loew
trata por estas palabras en el segando libro de
Laé instituciones antiguas: Hubo en los tien-
k
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
525
pos pasados, en los arítig^os, grandisima sen-
cilleza 7 templanza en el comer, lo cual es de.
mostración muy cierta de su moderación y con.
tinencia, porque no comian manjares los cuales
por su demasía hubiesen vergüenza de que to-
dos los viesen. Estaban en tanta manera los
hombres de mayor autoridad en sus pueblos
continientes, que lo que más ordinariamente
comian eran poleadas ó puchas, y con ellas se
contentaban. Y en el mismo capitulo y libro
torna á decir: La templanza en el comer y be-
ber era como verdadera madre de su salud, y
enemiga de los manjares superfinos y apartada
de toda abundancia de vinos y de todo uso de-
uiasiado de destemplanza. Agora me parece que
todo es ya al contrario de lo que Valerio ha di-
cho, como si toda la bienaventuranza de la vida
consistiese en el comer y beber destempladamen-
te, y muy pocos hay que no pecan en este vicio
si no son los que no tienen ni pueden más, que
destos Dios sabe su buena voluntad. Ydeste co-
mer mucho y beber demasiado se siguen gran-
des daños é inconvenientes que todos ayudan á
destruir y desconcertar la vida, como lo trata
Hipócrates en el libro De qfectionibug , Acaeció
Antiocheno en el tercero libro TetrahUbii^ y
esto procede de que no puede el estómago con
los muchos manjares, ni con la diversidad ni
abundancia dellos para gastarlos y digirirlos.
Y asi dice el filósofo en el quinto capítulo del
tercero libro De partibus animalium: Es verdad
que el calor natural no gasta ni digiere lo que
se come demasiado, no porque él sea pequeño,
sino porque comemos más de lo que es necesa-
rio para sustentamos; pero nosotros no tene-
mos atención á esto, sino á ser unos epicuros,
teniendo este vicio por suma felicidad; y es la
desorden tan grande, que si hoy hubiese quien
tomase á sustentar esta opinión epicúrea de
nuevo, no faltaran gentes que con muy gran
afición y voluntad la siguiessen. Y dejando lo
del comer, qué destemplanza tan grande es la
del vino, que ya que en muchos no se muestra
la beodez y desatinos que del demasiado bel)er
proceden, á lo menos veremos la curiosidad en
buscar vinos de olor y sabor exquisitos, no te-
niendo en nada la costa que se hace por estar
proveídos dellos, auiujiie éste no le tengo por
gran vicio cuando la templanza anda de por
medio, de manera que no beban demasiado ni
ri^ciban daño en su salud por lo que bebieren.
Salaz AR. — Paréceme que el señor licenciado
de teólogo se ha vuelto médico; pero bien es que
los hombros sean estudiosos, de manera que
puedan hablar en todas las materias que se pro-
pusiesen, que quien lo viere alegar tantas auto-
ridades á su pojnSsito, parecerle ha que no ha
estudiado más teología que medicina, y con todo
esto no quiero que se vaya alabando que no
halla contradicción en todos nosotros para lo
que ha dicho, porque yo quiero agora decir que
no hará poco cuando le hubiera dado buena
salida.
Licenciado.- Haré lo que pudiere, pues
que hasta agora no me ha obligado á más que
á esto.
S ALAZAR. — Ni yo quiero más tampoco, y
para que mejor nos entendamos, lo principal
que vuesa merced ha dado y sobre lo que más
ha fundado su intención es la templanza de los
antiguos en el comer y beber, y hay tantas co-
sas que alegar contra esto, que creo que algunas
se ofrecerán á mi memoria. Y la primera es la
destemplanza del gran Alejandro en los convi-
tes, que con ella vino á matar á Clito, su fa-
miliar y muy privado, y después en Babilonia
se estaban haciendo banquetes y fiestas cuando
le dieron la ponzoña con que le mataron. Sin
esto, á todos es notorio cuan destemplado fué
el emperador Nerón, que muchas veces durabau
los banquetes desde un día á la hora que él y
sus convidados se sentaban á la mesa hasta otro
día á la mesma hora. De Heliogábalo todos sa-
ben los grandes y excesivos gastos que hacia en
procurar manjares preciosos y delicados y cos-
tosos, tanto que algunos quieren decir que ha-
cia buscar papagallos que de los sesos dellos
pudiesen hacer salsa que bastara para muchos
convidados que con él comian. No es menos lo
que se dice del emperador Galba, y de Jovinia-
no escribe Bautista Ignacio que, comió tanto
en una cena, que por no gastarlo se murió. Otro
tanto dice Eufesio de Domicio Afro, y el ban-
quete que Marco Antonio hizo á Cleopatra to-
dos lo saben, y el que ella le tomó á hacer, que
porque fuese más costoso deshizo en vinagre
una perla de tan grande estima que no le po-
dían poner precio, y con él se hizo una salsa de
que comió Marco Antonio. También es autor
Flavio Vopisco, que uno llamado Phiago comía
cien panes y una ternera y un puerco á un co-
mer, aunque parece esto cosa que se creerá de
mala gana. Eracides, griego, era tan gran co-
medor, que convidaba á los que querían comer
con él á cualquiera hora del día por tornar á
comer con ellos muchas veces. De los pueblos
de Asia y de los asiríos, muchos escriben que
no entendían sino en comer y beber, y que en
esto ponían su bienaventuranza; y lo que más
se puede notar de todo es lo que escríbe Julio
César en el libro llamado AnticatoneUy que
Marco Catón uticense, con todas las virtudes
que del se cuentan, era tan destemplado en el
comer y beber, que muchas veces pasaba toda
una noche sin dormir por estar en los banque-
tes. Quinto Ortensio, orador, fué el primero
que hizo en Roma que los pavos se comiessen, y
Sergio Orata, según dice Plinio, inventó están-
1
526
ORÍGENES DE LA NOVELA
ques en el lago bavano por tener en él las ostraR
para vender á la gnla de los romanos, j Lóculo
rasgó una montaña sobre Ñapóles á grandísima
costa para hacer un estanque para tener pesca-
do con que satisfacer su gula. Y porque me pa-
rece que bastan «los ejemplos que he traído, oi-
gan vuesas mercedes las palabras de Macrobio
en el libro tercero de las Saturnales, las cuales
son e'stas: Quién negará hal)er sido grandissi-
ma y indómita gula entre los antiguos, los cua-
les de mar tan largo traían instrumentos á su
desorden, como son las lampreas que echalmn
en los estanques, y sin éstas, hay muchas cosas
y autoridades que podrían hacer al caso para
probar que los antiguos no tuvieron la tem-
planza que el señor licenciado ha dicho; pero si
él me satisface á esto, yo me daré por satisfe-
cho en todo lo demás qnc pudiere alegar.
Licenciado. —En trabajo me ha puesto el
señor Salazar, porque no tienen tan poca fuer-
za sus argumentos y razones que no será difi-
cultosa la respuest-a; pero yo espero en Dios de
darle tan buena salida que le contente y confies-
se ser verdad lo que yo he dicho, Y digo que
es assí, que también entre los antiguos hubo
algunos golosos y desordenados, tanto y más
que agora lo son, y que se hacían los bancjuetes
y gastos excesivos en muy gran cantidad; pero
esta desorden no era general como agora lo es,
sino particular, y de manera (lue generalmente
parecía mal á todos, porque no hay ciudad tan
bien ordenada donde no haya algunos delitos,
ni campo de soldados tan bien concertado que
no haya en él algunos revoltosos, ni aun mo-
nasterio, si es de muchos frayles, que no esté en
él algún desasosegado, y así no es mucho que
entre tan-gran multitud de gentes como en los
tiempos antiguos había en el mundo, hubiese
algunos dados á la desorden de la gula, así
como el señor S ilazar lo ha dicho, que de creer
es que aún serán muchos más de los que dice;
pero éstos, en comparación de los otros que
usaban di.' la templanza, es como una estrella
para todas las que hay en el cielo, y una golon.
drina, como suelen decir, no hace verano, ni
diez granos de neguilla en un muelo de trigo
no son causa de que se haga mal pan, ni es
justo ([ue por tan pocos golosos condenemos á
muchos templados; y la mayor señal de que lo
eran es que luego se conocían entre ellos los
que se desmandaban en el comer y beber dema-
siadamente. Y los poetas y oradores tratando de
este vicio lo traían por exemplo para que los
que después dellos viniesen, pensando que las
gentes habían siempre de permanecer en la tem-
planza que ellos comúnmente guardal>an; pero
agora en nuestros tiempos así podríamos notar
un hombre templado y tenerlo en mucho, como
si viésemos alguna cosa muy nueva, y los que
lo son es porque no paeden más, que la gvky
la curiosidad del comer está tan deaenfreBidi
en todofl, que es cosa para espantar á los ^
bien lo consideraren, y lo que peor es que k|
pobres y los que poco pueden machas veces sai
más golosos y destemplados que los ricos, y it
se contentan con un manjar ni con dos ni ooi
tres, que querrían comer cincuenta si podiena.
Y entre los antiguos no debian ser menos di-
co que agora ciento, porque así dice Juvenil ci
la primera sátira reprendiendo este TÍdo:
¿Quién hubo entre los antiguos qneenloscoo-
vites secretos comiesse siete manjares? Cono
si dizese: Gran desorden es la que agora haya
Uon)a, pues que haj banquetes en qae se bitcí
siete platos diferentes, lo cual nunca se Um
entre los antiguos. Y pues que Juvenal enn
tiempo reprendía este desconcierto, ;qué hieim
en el nuestro viendo los grandes descondenoi
que ya vienen en dar en locura? En que, como
he dicho, no sería poco necesario el remedio,
como lo pusieron los atenienses con los criadot
y hijos de uno que se llamaba Nosipio, qne por-
que supieron que comía y bebía demasiadainci-
te, mandaron que no comiesen con él, porqie
no quedasen avezados á aquella mala costoB-
bre. Agora hombres hay que comen mncbo;
pero si lo pido su estómago, no son tanto de re-
prenderle como los que quieren comer de mi-
chos y diferentes manjares, adobados con ma-
cha diversidad de cosas, entre las cuales aui
son calientes, otras son frías, unas templada
y otras sin ninguna templanza; unas sondar»
y pessadas y otras son fáciles de gastar, de mi-
nera que la virtud del estómago se embarui
con ellas y no puede recebir tanto provecho qie
no será mayor el daño para no se conserTir k
salud ni la vida. Y torno á decir que teniendo
atención á la moderación y buena regla que loi
antiguos tenían en sus comidas, qne todos a^
ra se habrían de moderar en ellas, y principal-
mente los grandes señores, á lo menos en no
hacer gastos superñnos y sin provecho, qoe
después que se sirven lo que se pueden comer,
y hasta sin hacer falta, no han de querer qoe
se sirva lo demás para sólo el humo de la anto-
ridad y de la g^ndeza, pues se conoce el poco
provecho y el gran dafio que so recibe. Y aon
el mundo y la gente conocen del tiene muy gran
razón de agraviarse, porque esto es cania de
que los mantenimientos se hayan sabido ea
precios tan excesivos, porque saben que baf
muchos que los compren y ^sten y que han díe
hallar por ellos lo que pidieren y quisieren h-
var. Y en verdad que no seria mal hecho qv
en esto se pusiese algún remedio y se hideM
alguna ley en que se diese orden pan reme-
diarlo. Y porque me he diTertído de lo qü
queda con el sefior Salazar, que fué satisi^cdí
COLLOQUIOS SATÍRICOS POH A. DE TORQUEMADA
527
á sns objeciones, quiero saber si queda satisfe-
cho con lo que he respondido, porque á no lo
estar, jo me conformaré con su buen parecer y
juicio.
. Salazar. — No faltará qué poder replicar,
pero JO sé que vnesa merced me satisfará tan
bien á ello como á lo pasado, j assi lo quiero
dexar, aunque no fuera malo que con reprender
la desorden j destemplanza de las comidas se
hubiera dicho algo de la que se tiene en el
tiempo dellas, porque también se estima por
grandeza no tener orden ni concierto en esto,
haciendo del día noche j de la noche dia, j
caando han de comer á las diez del dia comen
á las dos de la tarde, j si han de cenar á las
seis de la tarde cenan á las once j á las doce de
la noche, assi que es una confusión j desatino
la que ellos tienen por orden y concierto.
Rüiz. — Bien entendida está ja esta materia,
porque el señor licenciado la ha tratado tan
bien en tan pocas palabras, que queda poco por
decir de lo dicho, j paréceme que no hi^orá
menos que tratar de la desorden que se tiene
en los yestidos j gastos que en ellos se hacen,
porque no tienen monos destruido el mundo ni
es menos el jerro que las gentes cometen en
este desatino.
Licenciado. — Essa es materia más larga j
para tratarse más despacio que el que agora te-
nemos, porque la noche se viene acercando j el
sereno, con el frescor del río, podría hacernos
daño si más nos detuyiésenios, j si Tucstras
mercedes mandasen, será bien que nos vamos.
Quiñones. — También el señor licenciado se
ha querido en esto mostrar médico como en lo
pasado, j pues es su consejo tan bueno, justo
será que lo sigamos.
Ruiz. — Por entre las huertas podremos ir,
por no volver por donde venimos.
Salazar. — Guíe vuestra merced delante,
que todos le seguiremos.
Fi'nis,
COLLOQUIO
Que trata de la desorden que en este tiempo !(e tiene en los
Testidos y cnán ncceftario sería poner remedio en ello.
INTERLOCUTORES
Sarmiento, — Escobar. — Herrera .
Herrera. — ¿No veis, señor Sarmiento, qué
galán j costoso viene Escobar? Por Dios, que
me espanto de verle cada día salir con un ves-
tido de su manera, que si tuviera un cuento de
renta no podría hacer más de lo que hace.
Sarviento. " Passo que, según es delicado,
si nos oje pensará que estamos murmurando
del.
Herrera. — Y aunque lo hiciésemos sería
pagarle de lo que merece, porque jamás sabe
hacer otra cosa de todos cuantos haj en el
mundo.
Sarmiento.— No le arriendo la ganancia,
pues ha de pagar su ánima lo que pecare su
lengua.
Escobar. — ¿ Qué ociosidad es esta tan
grande? ¿Por ventura tenéis, señores, tomado el
paso á las damas, que hoj andan en visitacio-
nes, para gozar de verlas j juzgarlas? Pues á
fe que no tarden en venir dos dellas, que no
son de las más feas del pueblo.
Herrera. «-Antes estamos para juzgar los
galanes, y vos sois el primero, porque venís
tan galán que dais á entender á todos en mi^
raros.
Escobar. — ¿Y qué gala halláis que es ésta?
Herrera. — Si essa no lo es, ¿cuál queréis
que lo sea? En verdad que me parece á mi que
bastaría para un gran señor, cuanto más para
. un pobre caballero como vos. No fuera bien que
os contentárades con tafetanes en esas calzas,
sino que por fuerza había de ser telilla de oro,
j aun no de la de Milán?
Escobar. — Hícelo porque dice mejor con el
terciopelo blanco.
Herrera. — Pues, la guarnición de capa j
sajo, ¿no es costosa? Yo fiador que con lo
que ella costó se pudieran hacer bien dos sajos
j dos capas, sin que la capa está toda aforrada
en felpa para el fresco que hace, y la hechura,
según lleva la obra, no debió de ser muy barata.
Escobar. — No fué muy cara; en ocho duca-
dos sayo y capa.
Herrera. — Loado Dios que ocho ducados
os parecen poco. Agora acabo de confirmar lo
que muchas veces he pensado, que una de las
cosas, y aun la más principal, que el día de hoy
trae la gente pobre y perdida, sin alcanzar con
qué poder sustentarse, es la costa grande de los
vestidos, los cuales empobrecen harto más dul-
cemente que no los edificios. Y esta manera de
empobrecer no la puedo yo llamar por otro
nombre sino locura.
Escobar. — De essa manera todo el mundo es
loco, pues no hay ninguno que podiendo no
quisiese andar muy bien vestido.
Herrera. — Confieso que, generalmente, es
assi; pero muchos hay que no entran entre los
que decís.
Escobar. — Essos hacerlo han de desventu-
rados y mezquinos y que tienen en poco la
honra, porque una de las cosas con que los hom-
bres andan más honrados es con andar muy
bien aderezados y vestidos.
Herrera. — Bien habéis dicho, si en ello no
}
52H
orígenes de la novela
hubíea-: extremos, los caale« son maj odiosos
eu caalqoíera cosa, j mis en ésta que forzosa-
meriUr. tarde 6 temprano, se ha de dar señal
de un extremo á otro.
Escobar. — Yo os declaro que hasta agora
no oa he entendido.
líeKBKRi. — Pue?* JO haré que me entendáis
inny pn.'^to. Digo, que los hombres habrían
siempre de tener n.*speto á su posibilidad j mi-
rar lo de adelante, conformándoeie j contentán-
dole con lo que puedan para no caer de aquello
en que una tcz se pusieren, j si lo sustentaren,
que sea con no padecer trabajo por otra vía.
Qit<? muj bien puede un hombre yesitirse de
ter«'iopelos, rasos j gastar ciento 6 doscientos
dacad<>s si los tiene, j acabados aí^uellos vesti-
dos, como no tenga con qué comprar otros,
▼¡ene á caer de un extremo en otro, que es
burto peor que si al principio se contentara con
un sajo y una capa de paño, sin hacer tanta
costa, de manera que se hallan los hombres sin
la hacienda que gastaron y no pueden su<(ten-
tiir la honra que por ello decís que se les sigue.
Escobar. — Muy gran seso sería esse si los
mancebos hubiesen de contemplar essas cosas.
Hbrubra. - No pongo yo menos culpa á los
viejos (}ue á los mozos, porque también en esto
andan desordenados, aunque no sea tanto como
ellos.
Escobar.— Por vuestra vida, seílor He-
rrera, que dexéis estar el mundo como lo ha-
llasteis y como siempre fue, porque excusado
K(Tá que por vuestro parecer haya mudanza ni
las gentes dexen de vestirse costosamente como
lo liacen.
Hbureua. — Engañado estáis, señor Esco-
l)ar, ni yo, aunque no soy muy viejo, hallé en
los vestidos el mundo como agora le vemos, ni
fué siempre loque agora p.arece; antes hace en
esto tantas nmdanzas, y más en nuestros tiem-
pos, que ya es confusión pensar en ello.
Escodar. — Yo no las creo.
Herrera.— Es ponqué tenéis los pensa-
mientos embarazados, y será bien que yo os
diga algunas para que os desengañéis y para
(|ue veáis si se puede condenar las de agora por
una desatinada locura.
EscouAR. -Pues en verdad que yo huelgo
(le oiros de muy buena voluntad, y lo mismo
hucc, por amor de mí, el señor Sarmiento, que
hurto tiempo y espacio tenemos para todo.
Herrera. — No ha muchos tiempos que, en
España, andaban vestidas las gentes tan llana-
mente que no traía un señor de diez cuentos de
renta lo que agora trae un escudero de quinien-
tos ducados de hacienda, porque estonces no
había un sayo entero de terciopelo, y el que te-
nía un jubón, no hacía poco, que éste era el há-
bito que estonces se usaba, trayendo los sayos
sin mangas para que se parectesse. y algunoe
trmian solas las mangas con un colíar postilo
de terciopelo qne sabia encima del sayo para qnr
se pareciese. Y otros no ponían en las mangí»
más de las puntas, qne eran cuatro ó dneo
dedos de ancho, qne por macha gala sacibis
fuera de las mangas del sayo para qne se ptrs
ciesse. £1 hábito de encima eran capas caste-
llanas como agora se osan, 6 capuces cemdoi
de la manera qae los traen machos portugue-
ses, y por guarnición un rebate de terciopelo
tan angosto que apenas podía cobrar la onlk.
Los sayos eran largos y con girones; el que se
vestía de Londres no pensaba qae andaba poco
costoso; traíanlos escotados como camisas de
mujeres, y una pnerta muy pequeña delante df
los pechos puesta con cuatro cintas 6 agujeta»
y los musiquís de las mangas muy anchos.
Sarmiento. — Bien extremado está esto de
lo de agora, porque lo qae estonces echaban en
las faldas y en las mangas echan agora en W
collares, que hacen qne suban encima de lo¿
cocotes y ande el pescaezo metido en ellos de
manera que parecen los que los traen mastines
con carrancas.
Herrera. — No quiero yo altercar cuál es
mejor uso en los trajes, el de entonces ó el de
agora; pero solamente quiero que entendáis qae
el de estonces era muy á la llana y el de este
tiempo muy curioso, y cuanto al parecer bien,
aquello que se usa es lo que bien parece, y si se
usase traer los zapatos de lana y las gorras de
cuero, á nadie le parecería mal; pero dvxando
esto, el hábito de encima era un capuz cerrado
y el que lo traía de contray de Valencia no pen-
saba que era poco costoso, y había de ser muy
rico para traerlo, y las calzas todas eran llanas,
que no sabían qué cosa era otra hechura nuera;
usábanse estos bonetes que agora se traen cas-
tellanos y unas medias gorras con la radta
alzada 6 caída atrás, y gorras de grana grandes
con unos tafetanes de colores por debajo de la
barba.
Escodar. — Debían de ser como las qoe
agora se pintan en las mantas francesas.
Herrera. — Decís la verdad, v aun hov rereis
muchos trajes antiguos destos que digo. Los
señores por fiesta se vestían de grana colorada
6 morada, y era tan grande la templanza que
se solía tener en los vestidos, que andando ru
buscando unas escrituras de las de la casa de no
señor deste reino, vi entre ellas una carta qae
el rey cscrebia á uno de sus pasados, por la cual
le rogaba y mandaba que se llegase á la corte,
que para el gasto que se hiciese le ymbiaba once
mil maravedís de ayuda de costa, y que lo qu^
le encargaba era que en ninguna dejase de Uerar
él su jubón de puntas y collar de brocado.
Sarmiento. — Gentil antigualla esessaptr»
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
529
lo que agora usamos; cierto pocas acémilas
debían de ser menester en este tiempo para lie-
yar las recámaras de los señores.
Herrbra. — Lo que no llevaban de recámara
llevaban en la mucha y muy lucida gente de
que andaban acompañados, que parecía harto
mejor que los cofres en las acémilas, cargados
de plata y de oro y de vestidos demasiados, y
no por esso dejaban de ir bien proveídos de lo
necesario para la calidad de sus personas. Y
con esto traían también los señores una ropa
de martas que era la cosa de más estima que
estonces había, y agora así Dios me salve que
la he yo visto traer á mercaderes y personas
que no valían otro tanto su hacienda como el
valor que tiene la ropa. Pero esto no lo tengo
en tanto como ver que hoy ha cuarenta años si
vían á un pobre hombre con un sayo de terciopelo
por rico que fuese, le miraban como á cosa nueva
y desordenada, y en este tiempo hasta los mo-
zos y criados de los caballos y aun los oficiales
no lo tienen en más que á un sayo pardo, y plu-
guiese á Dios que se contentasen con andar
vestidos de terciopelo y de las otras maneras de
sedas llanamente, que lo que mayor daño hace
es las hechuras, las invenciones nuevas y cos-
tosas que muchas veces cuesta más lo acessorío
que lo principal, según las cosas que piden los
sastres y oficiales de seda para pespuntar, para
hacer los torcidos, los caireles, los grandu jados,
dando golpes y cuchilladas en lo sano, des-
hilando y desflorando, echando pasamanos, cor-
dones y trenzas, botones, alamares; y lo que
peor es, que cuando un hombre piensa que está
vestido para diez años, no es pasado uno
cuando viene otro uso nuevo que luego le pone
en cuidado, v lo que estaba muy bien hecho se
toma á deshacer y remendar, quitando y po-
niendo; y aun muchas veces no aprovecha toda
la industria que se pone, sino que se ha de tor-
nar á hacer de nuevo, de manera que los usos
é invenciones nuevas de cada día desasosiegan
las gentes y acaban las haciendas, porque somos
tan locos, que ninguno hay que se conforme
con lo que puede, sino que el que tiene veinte
ducados los quiere también echar en un sayo
V en una capa, como el que tiene dos mil, y no
na sido esto poca parte para encarecer los paños
y sedas hasta venir al precio que agora piden
y tienen, que si no hubiese quien los comprase,
gastándoloF tan mal gastados, ellos vendrían á
valer harto más barato de lo que valen.
Sarmiento. — Una cosa no puedo yo acabar
de entender, y es que cuanto más encarecen los
paños y sedas y van subiendo en precio, tanto
se desordenan más las gentes y procuran andar
mejor vestidos y más costosos.
Herrera. — Hacen como los hombres beo-
dos, que cuando hay mayor carestía de vino les
ORÍOBNBS DE LA NOVELA.— >S4
crece más el apetito del beber, y no tienen el
real cuando lo ofrecen en la taberna, aunque no
les quede otro ninguno; y pluguiese á Dios que
lo mismo hiciésemos nosotros yendo con los
dineros en casa de los mercaderes, pero no
hacemos sino sacar fiado tan sin medida como
si nunca se hubiese de pagar, y por esto sube
cada vara tres ó cuatro reales en precio, y el pagar
es muchas veces con essecuciones, de manera
que por la mayor parte viene á ser más el daño
y las costas que se pagan que lo principal que
se debe, y sin tener respecto á ninguna cosa
destas no dejan de andar todos desmedidos y
desconcertados. Y de lo que á mí me toma gana
de reir es de ver que los oficiales y los hombres
comunes andan tan aderezados y puestos en
orden que no se diferencian en el hábito de los
caballeros y poderosos, y topándolos en la calle
quien no los conozca, muchas veces juzgará que
cada uno dellos tiene un cuento de renta.
Sarmiento. — Sabéis, señor Herrera, que veo
que esta desorden y desconcierto que decís de los
vestidos solamente la hay eotre los cristianos.
Yaun no entre todos, porque dezando aparte los
que viven fuera del conocimiento y sujeción de
la madre Iglesia romana, aun de los que le son
subjetos hay muchos que no tienen esta curiosi-
dad, como son los húngaros, los escoceses y
otras gentes que andan con hábitos humildes y
poco costosos ; y lo que á mí me parece que me
da mayor causa de murmurar es ver la tem-
planza de los infieles, moros, turcos y gentiles.
Porque á los moros y turcos, que son los que
confinan con la christiandad y de quien más
noticia tenemos, vemos que andan todos con
hábitos y aderezos casi comunes, y los que
son más ricos y poderosos, cuando más se quie-
ren diferenciar en los vestidos, ponen una alma-
lafa 6 capuz cerrado de grana colorada ó de
otro paño de color, con unos borceguíes de buen
cuero. Todos ellos traen zarahuelles sin gastar
sus haciendas en muslos de calzas, ni en guar-
niciones, ni en otras cosas semejantes, que son
las que consumen las haciendas. Y esta orden
guardan los señores y los servidores, los ricos
y los pobres, porque los buenos y que algo pue-
den, quieren que tomen enxemplo dellos los in-
feriores para no desconcertarse, y no por esso
dezan de conoscer los que más valen, porque los
otros les reconocen la superioridad que sobre
ellos tienen mejor que nosotros hacemos. Por-
que no hay en el mundo tanta soberbia ni
tanta presunción y exención como en los chris-
tianos, y en esto de los vestidos mucho más,
porque tan bien los quieren traer el oficial como
el caballero y el criado como el señor, de ma-
nera que todo va desbaratado y sin ninguna
orden ni concierto, el que no falta entre las
otras generaciones de gentes de quien tengamos
630
ORÍGENES DE LA NOVELA
uoikuk de visU 6 de oidj» ó por escrítan, por-
que lo metiDO leemos de todos los antíianios qne
se moderaban en gran manera en los vestidos j
aderezos de sas personas.
Escobar. — Pues no se r^ ha acordado de
hablar en los aderezos del camino, qne no me
parece que habría poco que decir sobre ello.
Hrrriri. — Tenéis razón, p^irquecasi todos
son disparates, y si lo queréis ver, decidme,
/piiHÍe Hpr major dÍH{)arat<; en el mundo que
andar iin hombre coniúnuiente vestido do paño
procurando que un sajo y una capa h* dun* diez
afios, j cuando va de camino lleva terciopelos
y rasos, y los chapeos cron cordones de oro y
plata, para qne lo destruya to<io el airí; y el
polvo y la agua y los lodos, y muchas veces un
vestido destos que len cu¿*8ta cnanto tienen,
cuando han servido en un camino están tales
que no pueden servir en otros? Y á mi parecer
mejor sería mudar bissies^o y que los buenos
vestidos serviesen de rúa, y los que no lo fue-
sen de camino.
Escobar. — Cesse un poco esta plática y
mirad cuáles vienen la señora doña Petronila
y la señora doña Juana de Arellano que pare-
cen dos serafines en hermosura, pues poco vie-
nen bien aderezadas; yo fiador que pasa de
quinientos ducados de valor lo que trae sobre
si doña Petronila.
Herrera.- También puedo yo fiar qne no
vale otro tanto la hacienda que su marido tiene,
y asi conoceréis la razón que yo tengo en lo
que he dicho, porque si el desconcierto del ves-
tir de los hombres es muy grande, el de las
mujeres es intí)lerable.
Escobar. — Dexaldes pasar, que podrían
oiros.
Herrera. — Poco va ni viene que me oyan,
qne no soy servidor de ninguna dellas, y assi
estaré libre para decir la verdad, que quieren
panTcr fuera de sus casas unas reinas y morir
dentro dellas con sus mandos y liijos de ham-
bre. No sé que paciencia es la que basta á los
houibnis que se casan en cumplir con los ata-
vioK de las mujeres tan costosos y fuera de tér-
minos, que en otros tiempos la que tenia una
buena saya y un buen manto pensaba que no
le faltaba ninguna cosa; y assi los antiguos ro-
manos pusieron por ley y estatuto qu(" ningu-
na romana pudiese tiuicr más de un vestido de
su persona, y por cierta ayuda que hicieron á la
repúlilica dundo las joyan de oro para una gran
necesidad, entre otros Ixíiieficios que les hicie-
ron en nMinineración desto, fué el mayor dar-
!«'« licíMiciu cjue cada una pudicstí tener dos ves-
tidos. Agora no se conUuitan con seis, ni con
diez, ni con veinte, que hasta que no quede ha-
cienda ninguna, toda querrían que se consu-
miese en vestidos. Unas piden saboyanas, otras
galeras, say&os, saitanbAfcaa, ifiantollinat, u-
vas con mangas de punta qae tienen más pa&o
ó seda que la misma saja^ y otraa cincnenti
diferencias de ropas, anas cerradaa y ociae
abiertas, de paño y de seda de diferentes colom,
con las guarniciones tan anchas y tan costotu,
qne tienen más costa que la mesma ropa en qoe
están puestas: las veidugadas y las rasquiñii
que traen á cada día y en baxo de las otras ro-
pas y sayas más cuestan agora qne en otro
tiempo lo que se solía dar á una mujer cuando
se casaba, {»or rica que fuese. Y dexando I'j«
vestidíjs, en las invenciones de los tocados (ha-
bría poco que decii* si hombre quisiese .' Asi
Dios me salve que en pensarlo aborrezco sos
trajes, sus redecillas, sus lados huecos, sus ci-
bellos encrespados, sus pinjantes, sus pinas de
oro^ sus piezas de martillos, sus escosiones, ios
beatillas y trapillos por desdén echados tras lis
orejas, con que piensan que parecen más her-
mosas; y de lo que me toma gana de reir moj
de veras, es que lo mesmo quiere traer la nia-
jer de un hombre común que la de nn caballero
que sea rico, todas quieren ser igoales y todas
dan mala vida y trabajosa á sos maridos si no
las igualan con las otras annqne sean muy me-
jores y más ricas que ellas.
Sarmiento. — Por eso hicieron bien los gi-
noveses p<x;o6 tiempos ha, qae viendo caán
gran polilla y destryción para sa hacienda enn
los gastos excesivos y trajes de las mujeres, hi-
cieron en su república un estatuto y ley gene-
ral (la cual no sé si agora se guarda), y por ella
pusieron el remedio necesario, el cual fué que
ninguna mujer podiese traer ropa de seda ni
de paño fino, sino de otros paños comunes, j
solamente les dezaron lo que echan por cober-
tura sobre la cabeza cuando hace gran sol o
cuando llueve, que son dos varas de alguna
manera de seda, así como se corta de la pieza,
sin otra hechura ninguna.
Escobar. — En eso, agravio parece que re-
cebian las principales, pues no les dexaban en
qué diferenciarse de las otras.
Hbuubua. — Pluguiese á Dios que el mesm«)
agravio lii(Mesen á las principales de España,
({ue bien se sufriría tan poco mal por que se
ordenase tan gran bien, cuanto más qae en todo
se poílría poner buen remedio, y que la ley
se hiciese de manera que fuese justa, y que hu-
biese algunas particularidades en qne se dife-
renciasen las que más pueden y valen de las
otras mujeres comuiics.
Sahmiknto. — Esso sería jwner confusión
entn' rilas, ]H)rque no habría mujer que con
dos maravedís no pensase que podía traer lo qne
una condesa; lo mejor sería que ellas se come-
diesen y hiciessen lo que las romanas agora ha-
cen, y es que todas andan vestidas de pafto oe-
C0LL0QÜI08 SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 681
gro, sin guarnición ni gala ninguna, en qae
muestran su gran honestidad y bondad; no
traen sobre si oro, ni perlas, ni otras cosas con
que parezca acrecentar en su hermosura arti-
.fícialmente; los mantos son unos lienzos blan-
cos en que hay poca diferencia, que es de ser
unos más delgados que otros. Todo su fin es
andar honestas y sin traer sobre si cosa que
pueda dañar á su honestidad, y si algunas tie-
nen algún vestido rico, diferenciado deste, no
lo visten sino cuando hay algunas fiestas gran-
des, algunos ayuntamientos de mnclias roma-
nas en que quieren mostrarse. Y sin esto si
fuese decir los ritos y costumbres de otras na-
ciones en el vestir de las mujeres, todas ende-
rezadas á buen fin, seria nunca acabar; pero en
nuestra España la curiosidad de las mujeres es
tan grande, sus importunidades son tantas, sus
desatinos en el vestir tan fuera de tino, que no
hay quien las sufra, y en fin, todas hacen como
las monas, que todo lo que ven que hacen y
traen sus vecinas, quieren que passe por ellas,
no mirando á la razón ni á la calidad y possi-
bilidad de las otras, porque su fin no es sino de
vestirse tan bien y mejor y más costosamente
que todas, vaya por donde fuere y venga por
donde viniere.
Hkrrera. — jGuay de los pobres maridos
que lo han de sufrir y cumplir!
Escobar. — No cabrían en sus casas si qui-
siesen hacer otra cosa.
Sarmiento. — Assi es, y particularmente
mal podría remediarse este desconcierto; pero en
general, remedio tendría si las gentes quisiesen.
Herrera. — ¿Qué remedio?
Sarmiento.— Yo os lo diré. Que se hecie-
sen leyes y pramáticas sobre ello, diferenciando
los estados y dando á cada una qué ropas y de
qué manera las pediese traer, y si no quesiesen
tener respeto á las personas, que se tuviesen á
laa haciendas, y que no permitiesen que quisie-
sen andar tan bien vestidos el hombre y la mu-
jer que tienen doscientos ducados de hacienda
como el que tiene dos mili, como el que tiene
tres cuentos, porque de aquí nace la perdición,
de que dan á uno quinientos ducados en casa-
miento y muchas veces los echa todos en vesti-
dos sobre sí y su mujer, y después se ven en
necesidad y trabajos sin poder remediarse. Y
la pena que se pusiese en las leyes que sobre
esto se hiciesen, habría de ser la mayor parte
{>ara el que denunciase de los vestidos, porque
08 pobres con la codicia no dejarían de de-
nunciar do quienquiera que fuese, y assi las
penas serían mejor esecutadas, y esta sería bue-
na gobernación* que con ella se remediaría muy
gran parte de la perdición del reino, que según
veo trocadas y mudadas las cosas de el ser que
solían, yo me maravillo cómo las gentes se sus-
tentan ni pueden vivir con .estos desconciertos
que agora se usan.
Herrera. — Nosotros no bastamos para con*
certarlos, y lo que más en ello se hablase es ex-*
cusado; lo mejor será dexarlos y andar con el
tiempo, que aosadas, que él haga presto mu-
danza de lo que- agora se usa.
Escobar. — Plega á Dios que no sea de mal
en peor.
Sarmiento. — Quien más viviere más cosas
verá, y en fin, otros vendrán que digan que los
usos de agora eran los mejores del mundo; y
con esto nos vamos, que yo tengo un poco qué
hacer. Dios quede con vuestras mercedes.
Herrera. — Y á vuestra merced no olvide.
Finis.
COLLOQUIO
Qu« trata de U vanidad de la honra del mando, dividido ea tres
partes: En la primen m contiene qué coea ea la verdedera
honra y cómo la quel mundo comúnmente tiene por honn laa
más Teces le podria tener por más verdadera Infamia. En la
segunda se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y
los titulos antiguos en el escrebir, loando lo uno y lo otro y
burlando de lo que agora se usa. En la tercera se trata ana
cuestión antigua y ya tratada por otros sobre cnál sea más
verdadera honra, la que se gana por el valor y merecimiento
de las personas ó la que procede en los hombres por la de-
pendencia de sus pasados. Es coUoquio muy provechoso para
descubrir el engafio con qae las gentes están ciegas en lo
qae toca á la honra.
INTERLOCUTORES
A Ihanio. — An tonto . — Jerónimo.
Alranio. — Deleitable cosa es, sin duda, Je-
rónimo mío, ver la frescura deste jardín tan
hermoso y la verdura, tan apacible á los ojos,
mezclada con las diversas colores de las flores y
roeaa que en ella produce la natura, con la vo-
luntad de Aquél que todas las cosas hace, las
cuales no solamente sirven al contentamiento
.que la vista con ellas recibe, sino que con la
suavidad de su olor nos hacen alzar los juicios'
á la contemplación de mayores cosas, conside-
rando qué tal será lo del ciólo cuando en la tie-
rra hallamos lo que en tan gran admiración nos
pone.
Jerónimo. — En gran manera me contenta
todo lo que veo, y principalmente esta calle
plantada de chopos, por tan gran concierto,
que no sale el uno del otro con ser tan larga,
siendo todos ellos tan altos y veniéndose á jun-
tar las puntas los unos con los otros, como si
la naturaleza quisiera usar de todo su poder
hurtando la fuerza del sol para que con menos
pena y trabajo se pueda andar por ella, teniendo
532
ORÍGENES DE LA NOVELA
major oportunidad .para tender los ojos por tan
grande arboleda como por una parte y por otra
paresce, habiendo en algunas partes tan gran-
des espesuras que no lo puedo ver sin reñirme
á la memoria las deleitosas moradas y hermo>
sas estancias de las que los poetas llaman nin-
fas, y las florestas de los faunos y sátiros de la
ciega y antigua gentilidad estimados por dioses.
Si su diosa Diana agora estuviera en el mundo,
no hallara más amenas y deleitosas las flores-
tas y bosques á donde andaba cazando.
Albanio. — No lo digáis de burla, que de
veras podréis creerlo, porque dentro déste cer-
cado no faltará á quien poder tirar con su arco
ni en qué emplear las saetas de su aljaba; pero
todo lo que habéis visto es poco con lo que ve-
réis entrando por esta puerta. Y, lo primero,
mirad esta hermosa casa y morada, no menos
suntuosa que bien fabricada para el propósito
que fué hecha, y la deleitosa y bien ordenada
compostura deste deleitoso jardín, que es como
ánima del que allá fuera habemos visto; qué
orden de calles, qué plantas y hierbas tan olo-
rosas, qué sombras con sus descansos y asien-
tos á donde pueden gozarse, á lo cual pone
mayor contentamiento y alegría la grandeza y
suntuosidad del estanque lleno de tantos géne-
ros de pescados y tan crescidos que cuasi lo
podréis juzgar por otro mar Caspio.
Jbkónimo. — Así lo parece con las barcas y
navios, á los cuales no falta sino la grandeza,
Albanio. — Son conformes á la navegación
que tienen, que es muy corta y de poco peligro.
Jerónimo.-— Lo que más me aplace es la
dulce harmonía des tos ruiseñores, que con la
excelente suavidad de su música me tienen
elevado tanto, que sin dubda no he visto más
deleitoso lugar en el mundo. Pero, decidme:
¿por dónde sale el agua que vimos venir al
estanque cerca de la puerta por donde en-
tramos?
Albanio.— Allí donde está aquel chapitel
veréis una fuentecilla artificial por donde corre
y sale de la otra parte, tomando la corriente
por un valle más espeso de arboleda que nin-
guna floresta, en el cual se consume, recibién-
dola en sí la tierra para depcdirla por otros res-
piraderos, sin saber á dónde va á dar, aunque á
lo que se cree no puede ir á parar sino en el
caudaloso río que de la otra parte tan cerca de
las paredes del jardín tiene su corriente.
Jbrónívo. — ¿Quién es aquel que de la otra
parte del estanque anda passeándose tan embe-
lesado y contemplativo que, á lo que paresce,
hasta agora ni nos ha visto ni oído?
Albanio. — Antonio, nuestro grande amigo,
es, si yo no me engaño. Mejor conversación se
nos apareja de la que pensamos.
JsRÓNiMO.^En algún profundo pensamien-
to anda metido, y entre sí se está riyendo no
con poca gana.
Albanio. — ¿Qué es esto, sefior Antonio,
que tan de mañana nos habéis hartado el goio
deste hermoso jardín?
Antonio. — La ociosidad hace buscar algu-
nas cosas en que pasar el tiempo, y yo, no te-
niendo en qué emplearlo, me he venido aquí
adonde hay tanto para todos, que la mayor falta
que veo es venir tan pocos á gozarlo. Y así, con
la soledad que tenía, distraído en otros pensa-
mientos, con el juicio no gozaba tanto de lo que
presente tenía.
Albanio. — Así me pare?e que os habia
agora acaecido, porque de lo que pensárades os
estábades reyendo con tanta voluntad, que por
poco nos provocárades también á nosotros i
risa.
Antonio. — Estaba pensando en las opinio-
nes de aquellos dos filósofos, Heráclito y De-
mócrito, y por no llorar, como hacía Heráclito,
acordé reirme con Demócríto.
Jerónimo. — ¿Y qué era la cansa de la risa?
Antonio. — Ver la vanidad del mundo en
una cosa que, por no ser tenido por loco, no me
atrevería á decirlo.
Albanio. — Tampoco hubiéradea de deeir
esso para no ponemos en mayor agonía de sa-
berla, y pues qne forzosamente habréis de ve-
nir á declararos, mejor será que por mestra vo-
luntad lo digáis, que ninguna excusa podrá
valeros para quedar (como suelen decir) prefia-
do con vuestras razones.
Antonio. — Con una condición os lo diré, j
es, que por lo que dixere no me tengáis por des-
atinado, ó á lo menos no me condenéis hasta
oir mi justicia, que pues tenemos tiempo y el
lugar es oportuno, podréisme decir vuestro pa-
recer, oyendo también el mío, que después todos
podremos ser los jueces para determinar la
causa. Estaba pensando en la vanidad de la
honra mundana y en el engaño que todos resci-
bimos en desearla y procurarla, y cuan mal en-
tendemos qué cosa es honra para usar della
conforme á lo que en sí es, y, en fin, con cuánta
mengua y deshonra procuramos honramos to-
dos los mortales, teniendo tan grande oUiga-
ción para huir dello, como lo podrá ver cual-
quiera que con claro juicio procurare entender
el engaño desta honra fingida y engañosa.
Albanio. — Por cierto, señor Antonio, blas-
femia es esta que (según la opinión gen^ de
las gentes) dificultosamente puede oirse con pa-
ciencia. Porque yo no veo en el mundo cosa que
en más se deba tener, preciar y estimar que la
honra, de la cual dice el filósofo que es d ma-
yor bien de todos los bienes exteriores, y assi
todos la buscamos y anteponemos á los otros
bienes mundanos, y la tenemos por la más sn-
COLLOQUIOS satíricos POR A. DE TORQUEMÁDA
533
bida y más próspera felicidad y riqaeza de to-
das las que eu esta vida pueden alcanzarse para
vivir cu ella. Por(|ue por ella estiman las gen-
tes todos los otros bienes en poco: el dulce amor
de los hijos, la afición de sus mujeres, el sosiego
de sus casas y patrias, y, finalmente, tienen en
poco las vidas, ofresciéndolas á cada paso por la
honra, y vos sólo en dos palabras procuráis des-
truirla y desterrarla de entre los hombres como
á cosa abominable y digna de ser aborrecida.
No hay hombre tan justo que la desechase, como
podréis ver por lo que dice Esaias: Mi honra
no la daré á otro. Sant Pablo, en el capitulo
nono de la primera epístola á los de Oorintho,
dice: Más me conviene morir, que no que algu-
no deshaga mi gloria; y los hijos del Zebedeo,
por la honra principalmente echaron á su ma-
dre que pidiese á Ghristo el asiento de la mano
derecha para el uno y el de la siniestra para el
otro. Y sin estos, otros muchos enxemplos po-
dría traeros para confundir vuestra opinión
tan contraria de la común en la estimación y
precio de la honra, y autorizarlo con lo que dice
el Sabio en los Proverbios: No des tu honra á
gentes ajenas.
Antonio. — No cumplís, señor Albanio, la
condición con que se comenzó esta materia,
pues sin oirme me dais por condenado. Yo con-
fieso todo lo que habéis dicho ser assí, y lo que
os ruego es que me oigáis, porque veréis cómo
debaxo dello está el engaño manifiestamente
encubierto, y para que mejor lo entendáis, es-
cuchadme con atención, no dezando de replicar
á los tiempos necessarios, que á todo pienso sa-
tisfaceros.
Jkuónimo. — Justo es que assí lo hagamos y
que escuchemos cómo funda su razón, que se-
gún las dificultades que en ella hallo, tengo de-
seo de ver la conclusión que tendrá.
Antonio. — Pues hemos de tratar de la hon-
ra, para que mejor nos entendamos, es menes-
ter saber primero qué cosa es honra.
Albanio. — Según el filósofo, no es otra
cosa sino premio de la virtud.
Antonio. — Es tan contrario lo que agora se
usa de lo que el filósofo dice y otros muchos au-
tores que tratan desta materia, como veréis por
lo que adelante diré, que vosotros vendréis á
confesar sin tormento ser verdad todo lo que he
dicho, porque conforme á esa definición hemos
de considerar de una ó de dos maneras la hon-
ra. La una es como christianos, y si lo somos
tan de veras como es razón que lo seamos, ma-
yor obligación tenemos á nuestra fe que á nues-
tra honra.
Jerónimo. — Ninguno puede negarlo.
^ Antonio. — ¿Pues qué cosa hay hoy en el
mundo tan contraria á la verdadera fe de chrís-
tiano como es la honra tomándola, no conforme
á la difinición del filósofo, sino como nosotros
della sentimos, porque así la más verdadera di •
finición será presunción y soberbia y vanagloria
del mundo, y della dice Ghristo por el evange-
lio de San Juan: ¿(Jomo podréis creer los que
andáis buscando la honra entre vosotros y no
buscáis la que de solo Dios procede? Esta nues-
tra sanctissima fe es fundada en verdadera hu-
mildad christiana, y la honra, como he dicho, es
una vana y soberbia presunción, y desta manera
mal puede compadecerse, porque todos los que
quieren y procuran y buscan honra, van fuera
del camino que deben siguir los que son chris-
tianos; y así me parece que es mis sutil red y
el más delicado lazo y encubierto que el demo- [
nio nos arma para guiamos por el camino de '
perdición. ¿Y qué pensáis que es la causa? £l
deseo que tiene que nos perdamos por la mesma
razón que él fué perdido. Cosa es por cierto
para que todos nos espantemos y nos ponga en
gran admiración, ver la fuerza que tiene esta
ambición de la honra, que no solamente tenemos
en poco y menospreciamos los hijos y las muje-
res, los parientes, las haciendas, las vidas, pero
que no haga más cuenta de las ánimas, tenién-
dolas en menos que si no las tuviésemos, ni
esperanza ninguna de salvarlas, buscándola y
procurándola por diferentes vías que lo hacían
los hijos del Zebedeo y otras personas justas,
las cuales buscaban la verdadera honra aunque
erraban los verdaderos medios de la virtud,
puesto que no querían ser honrados y estima-
dos por las riquezas ni hazañas preñadas de la
vanagloria mundana.
Jkrónimo. — Conforme á eso, parésceme que
queréis condenar los notables hechos y dignos
de perpetua memoria que los romanos, los grie-
gos, los cartagineses y otras naciones hicieron,
ofreciendo las vidas de su propia voluntad,
como hicieron los Decios, Mucio Scévola y
otros que por la prolixidad dezo de decir.
Antonio.— Si essos pensaran que por ello
podían perder sus ánimas, yo los condenara;
pero así no quiero hacerlo cuanto á este artí-
culo, porque no tenían sino á la honra y á la
fama que ganaban, teniendo por cierto, confor-
me á su fe que ellos tenían, que lo que hacían
era también para ganar la gloria del otro mun-
do, como la tenían en éste por cierto; y esta es
la segunda manera de honra, la cual en su ma-
nera está fundada y tiene cimiento sobre la vir-
tud, pues que conforme á su ley, las cosas que
hacían eran lícitas y en provecho suyo ó de sus
repúblicas ó de otras personas particulares.
Pero los que somos christianos todo lo hemos
de tener y creer al contrario, porque la honra
que perdemos en este mundo estando en medio
la humildad y el amor de Christo y temor de
ofenderle, es para acrescentar más en la honra
534
ORÍGENES DE LA NOVELA
de nuestras ánimas, aunque hay pocos que ha-
gan esto que digo.
Ai.BANio. — ¿Y quien son esos pocos.'
Antonio. — A la verdad el día de hoy mejor
dixera que ninguno. El mundo cuanto á esto
está perdido y estragado sin sabor ni gusto de
la gloria del cielo; todo lo tiene en la pompa y
vanagloria deste mundo. ¿Quereislo ver? Si
hacen á un hombre una injuria y le ruegan é
importunan que perdone al que se la hizo, aun-
que se lo pidan por Dios y le pongan por tercero,
luego pone por inconveniente para no hacerlo:
¿cómo podre yo cumplir con mi honra? No mi-
rando á que siendo christianos están obligados
á seguir la voluntad de Christo, el cual quiere
que cuando nos dieren una bofetada pasemos el
otro carrillo estando aparejado para rescibir
otra, sin que por ello nos airemos ni tengamos
odio con nuestro prójimo. Si alguno ha levan-
tadp un falso testimonio en perjuicio de la buena
fama ó de la hacienda y por ventura de la vida
de alguna persona, por lo que su conciencia le
manda que se desdiga luego, pone por contra-
peso la honra y hace que pese más que la con-
ciencia y que el alma, y asi el premio que había
de llevar de la virtud por la buena obra que hacia
en perdonar ó en restituir la fama, en lo cual
ganaba honra, quiere perderle con parescerles
que con ello la pierde por hacer lo que debe,
quedando en los claros juicios con mayor vitu-
perio por haber dezado de hacerlo que su con-
cienciay la virtud le obligaba. Absolvió Christo á
la mujer adúltera, y paresce que por este enzem-
Í>lo ninguno puede justamente condenarla, pero
os maridos que hallan sus mujeres en adulterio,
y muchas veces por sola sospecha, no les per-
donan la vida.
Jkrónimo.— Pues ¿por qué por las leyes hu-
manas se permite que la mujer que fuere
hallada en adulterio muera por ello?
Antonio. — Las leyes no mandan sino que
se entregue y ponga en poder del marido, para
que haga della á su voluntad. El cual si qui-
siere matarla, usando oficio de verdugo, puede
hacerlo sin pena alguna cuanto al marido; pero
cuanto á Dios no lo puede hacer con buena
conciencia sin pecar mortalmente, pues lo hace
con executar su safía tomando venganza del
daño que hicieron en su honra; y si se permite
este poder en los maridos, es por embarazar la
ilaqueza de las mujeres para que no sea este
delito tan ordinario como seria de otra manera.
Y no para en esto esta negra deshonra, que por
muy menores ofensas se procuran las vengan-
zas por casi todos, y es tan ordinario en todas
maneras de gentes, que ansí los sabios como los
necios, los ricos como los pobres, los señores
como los subditos, todos quieren y procuran y
con todas fuerzas andan buscando esta honra
como la más dulce cosa á su gasto de todas Its
del mundo, do tal manera qne si se toca alguno
dellos en cosa que le parezca qne q'jeda ofen-
dida su honra, apenas hallaréis en él otra cosa
de christiano sino el nombre, y si no puede satis-
facerse ó vengarse, el deseo de la venganza moj
tarde ó nunca se pierde. Los que no saben qné
cosa es honra, ni tienen vaso en qne qaepa«
estiman y tienen en mucho esta honra falsa 7
fingida. Si no, mirad qué honra puede tener on
ganapán ó una mujer que públicamente vende
su cuerpo por pocos dineros, que á estos tales
oiréis hablar en su honra y estimarla en tanto,
que cuando pienso en ello no paedo dezar de
reirme como de vanidad tan grande; y no tengo
en nada esto cuando me pongo á contemplar
qne no perdona esta pestilencial carcoma de las
conciencias á ningún género de gentes de cual-
quier estado y condición qne sean, hasta venir
á dar en las personas que en el mundo tenemos
por dechado, de quien todos hemos de tomaren-
zemplo, porque los religiosos que, allende aqne
Ha general profesión que todos los christianoa
en el sancto bautismo hecimos, que es renunciar
al demonio y á todas sus pompas mundanas,
tienen otra particular obligación de humildad
por razón del estado que tienen, con la cual se
obligan á resplandecer entre todos los otros
estados, pues están puestos entre nosotros por
luz nuestra, son muchas veces tocados del ape-
tito y deseo desta honra, y ansí la procuran con
la mejor diligencia que ellos pueden, donde no
pocas veces dan de sí qué decir al mundo, á
quien habían de dar á entender que todo esso
tenían ya aborrecido y echado á un rincón como
cosa dañosa para el fin que su sancto estado
pretende; de donde algunas veces nacen entre
ellos, ó podrían nascer, rencillas, discordias, dis-
cusiones y desasosiegos que en alguna manen
podrían escurecer aquella claridad y resplandor
de la doctrina y sanctidad que su sancto estado
publica y profesa, lo cual ya veis que á la clara
es contra la humildad que debrían tener, con-
forme á lo que profesaron y á la orden y regla
de vivir que han tomado.
Jerónimo. — Conforme á esso no guardan
entre sí aquel precepto divino que dice: el que
mayor fuese entre vosotros se haga como me-
nor; porque desta manera todos huirian de ser
mayores, pues que dello no les cabría otra cosa
sino el trabajo.
Antonio. — Verdaderamente, los que más
perfectamente viven, según la religión chrístía-
na, son ellos, y por esto conoceréis cuan garande
es el poder de la vanidad de la honra, pues no
perdona á los más perfectos.
Jkrónimo. — No me espanto deso, porque en
esta vida es cosa muy dificultosa hallar hombre
que no tenga faltas, y como los flaires sean
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 535
hombres, no es maravilla que tengan algunas,
especialmente este ap(*tito desta honra que es
tan natural al hombre, que mo parece que no
haya habido ninguno que no la haya procurado.
Porque aun los discípulos de Jesu Chrísto con-
tendían entre si cuál había de ser el mayor en-
tre ellos, cuanto más los ñaires que, sin hacer-
les ninguna injuria, podemos decir que no son
tan sanctos como los discípulos de Jesu Ghristo
que aquello trataban. Pero quiero, señor Anto-
nio, que me saquéis de una duda que desta
vuestra sentencia me queda y es: ¿por qué ha-
béis puesto enxemplo más en los flaires que en
otro género de gente?
Antonio. —Yo os lo diré. Porque si á ellos,
que son comúnmente los más perfectos y más
sanctos y amigos del servicio de Dios, no per-
dona esta pestilencial enfermedad de la honra
mundana y no verdadera, de aquí podréis con-
siderar qué hará en todos los otros, en los cua-
les podéis comenzar por los príncipes y sefio-
res y considerar la soberbia con que quieren
que sea estimada y reverenciada su grandeza,
con títulos y cerimonias exquisitas y nuevas
que inventan cada día para ser tenidos por otro
linaje de hombres, hechos de diferente materia
que sus subditos y servidores que tienen. Los
caballeros y personas ricas quieren hacer lo
mesmo, y así discurriendo por todos los demás,
veréis á cada uno, en el estado en que vive, te*
ner una presunción luci ferina en el cuerpo,
pueb si las justicias hubiesen de hacer justicia
de si mesmos, no se hallarían menos culpados
que los otros, porque debajo del mando que tie-
nen y el poder que se les ha dado, la principal
paga que pretenden es que todo el mundo los
estime y tenga en tanto cuasi como al mesmo
principe 6 sefior que los ha puesto y dado el
cargo, y si les paresce que alguno los estima
en poco, necesidad tiene de guardarse 6 no ve-
nir á sus manos.
Albanic— Justo es que los que tienen se-
mejantes cargos de gobierno sean más acata-
dos que los otros.
Antonio. — No nieg^ yo que no sea justo
que así se haga; pero no por la vía que los más
dellos quieren, vanagloriándose dello y que-
riéndolo por su propia autoridad y por lo que
toca á sus personas, y no por la autoridad de
su oficio. Y dexando éstos, si queremos to-
mar entre manos á los perlados y dignidades
de la Iglesia de Ghristo, á lo menos por la ma-
yor parte, ninguna otra cosa se hallará en ellos
sino una ambición de honra haciendo el funda-
mento en la soberbia, de lo cual es suficiente ar-
gumento ver que ninguno se contenta con lo
que tiene, aunque baste para vivir tan honrada-
mente y aún más que lo requiere la calidad de
sus personas, y assi, todos sus pensamientos,
sus mañas y diligencias son para procurar
otros mayores estados.
Albanio. — ¿Y qué queréis que se siga de
esso?
Antonio. — Que pues no se contentan con
lo que les basta, y quieren tener más numerosos
servidores, hacer grandezas en banquetes y
fiestas y otras cosas fuera de su hábito, que
todo esto es para ser más estimados que los
otros con quien de antes eran iguales, y assi se
engríen con una pompa y vanagloria como si no
fuesen siervos de Ghristo sino de Lucifer, y
este es el fin y paradero que los más dellos tie-
nen. Puede tanto y tiene tan grandes fuerzas
esta red del demonio, que á los predicado-
res que están en los pulpitos dando voces con-
tra los vicios no perdona este vicio de la honra
y vanagloria cuando ven que son con atención
oídos y de mucha gente seguidos en sus sermo-
nes y alabados do lo que dicen, y así se están
vanagloriando entre sí mesmos con el contento
que reciben de pensar que aciertan en el saber
predicar.
Jerónimo.- Juicio temerario es este; ¿cómo
podéis vos saber lo que ellos de si mesmos
sienten?
Antonio.— Juzgólo porque no creo que hay
agora más perfectos predicadores en vida que
lo fué San Bernardo, el cual estando un día
predicando le tomó la tentación y vanagloria
que digo, y volviendo á conoscer que era illusión
del demonio estuvo para bajarse del pulpito,
pero al fin tomó á proseguir el sermón diciendo
al demonio que lo tentaba: Ni por ti comencé á
predicar ni por ti lo dejaré. En fin, os quiero
decir qué veo pocos hombres en \e\ mundo tan
justos que si les tocáis en la honra, y no digo
de veras, sino tan livianamente, que sin perjui-
cio suyo podrían disimularlo, que no se alteren
y se pongan en cólera para satisfacerse, y están
todos tan recatados para esto, que la mayor
atención que tienen los mayores es á mirar el
respeto que se les tiene y el acatamiento que les
guardan, y los menores el tratamiento que les
hacen, y los iguales, si alguno quiere antepo-
nerse á otro para no perder punto en las pala-
bras ni en las obras. Y medio mal sería que
esto pasase entre los iguales, que ya en nues-
tros tiempos, si una persona que tenga valor y
méritos para poderlo hacer trata á otra inferior
llanamente y llamándole vos, ó presume de res-
ponderle como dicen por los mesmos consonan-
tes, ó si no lo hacen van murmurando del todo
lo posible. Y no solamente hay esto entre los
hombres comunes y que saben poco, que entre
los señores hay también esta vanidad y tra-
bajo, que el uno se agravia porque no le llaman
señoría y el otro porque no le llaman merced;
otros, porque en el escribir no le trataron ig^l-
586
ORÍGENES DE LA NOVELA
mente, y un señor de dos cuentos de renta
quiere que uno de yeinte no gane con él punto
de honra. Pues las mujeres ¿están fuera desta
vanidad y locura? Si bien lo consideramos, po-
cas hallaréis fuera della, con muy mayores pun-
tos, quexas y agravios que tienen los hombres.
La cosa que, el día de hoy, más se trata, la
mercadería que más se estima, es la honra, y
no por cierto la verdadera honra, que ha de ser
ganada con obras buenas y virtuosas, sino la
que se compra con vicios y con haciendas y di-
neros, aunque no sean bien adquiridos. ;0h
cuántos hay en el mundo que estando pobres no
eran para ser estimados más que el más vil del
mundo, y después que bien 6 mal se ven ricos,
tienen su archiduque en el cuerpo, no solamente
para querer ser bien tratados, sino para querer
tratar y estimar en poco á los que por la virtud
tienen mayor merecimiento que ellos! Si vemos
á un hombre pobre, tratámosle con palabras po-
bres y desnudas de favor y auctoridad; si des-
pués la fortuna le ayuda á ser rico, luego le
acatamos y reverenciamos como á superior; no
miramos á las personas, ni á la virtud que tie-
nen, sino á la hacienda que poseen.
Jerónimo. — Si esa hacienda la adquirieron
con obras virtuosas, ¿no es justo que por ella
sean estimados?
Antonio. — Sí, por cierto; pero el mayor res-
peto que se ha de tener es á la virtud y bondad
que para adquirirlas tuvieron, por la cual yo he
visto algunos amenguados y afrontados, que
usando desta virtud gastaron sus patrimonios
y haciendas en obras dignas de loor, y como to-
dos tengamos en el mundo poco conoscimiento
de la honra, á éstos que la merecen, como los
veamos pobres, les estimamos en poco; así que
los ricos entre nosotros son los honrados, y
aunque en ausencia murmuramos dellos, en pre-
sencia les hacemos muy grande acatamiento; y
la causa es que, como todos andemos tras las
riquezas procurándolas y buscándolas, pensamos
siempre podemos aprovechar de las que aque-
llos tienen, los cuales van tan huecos y hincha-
dos por las calles, que quitándoles las gorras ó
bonetes otros que por la virtud son muy mejo-
res que ellos, abasándolos hasta el suelo con
muy gran reverencia, ellos apenas ponen las
manos en las suyas, y en las palabras y respues-
tas también muestran la vanidad que de las ri-
quezas se ha engendrado en ellos. ¡ Oh vanidad
y ceguedad del mundo! que yo sin duda creo que
esta honra es por quien dixo el Sabio: Vanidad
de vanidades y todas las cosas son vanidad.
La cual tan poco perdona los muertos como á
los vivos, que á las obsequias y saciifícios que
hacemos por las almas llamamos honras, como
si los defunctos tuviesen necesidad de ser hon-
rados con esta manera de pompa mundana; y
lo que peor es que muchos de los que mueren han
hecho sus honras en vida llamándolas por este
nombre, tanto para honrarse eu ellas como pare
el provecho que han de recibir sus ánimas. Es
tanta la rabia y furor de los mortales por adqui-
rir y ganar honra unos con otros, que jamás
piensan en otra cosa, y liarto buen pensamien-
to sería si lo hiciesen para que se ganase U
honra verdadera. Lo que tienen por muy gruí
discreción y saber es aventajarse coa otros en
palabras afectadas y en obras de viva la gala, y
cuanto se gana en lo uno 6 en lo otro entré
hombres que presumen de la honra, ¿qué desa-
sosiego de cuerpo y de .ánima nace dello? Por-
que si es tierra libre, luego veréis los carteles,
los desafíos, los gastos excesivos, pidiendo cam-
po á los reyes ó á los señores que pueden dario;
de manera que para venir á combatir han per-
dido el tiempo, consumido la hacienda, pades-
cido trabajo, y muchas veces los que qoierea
satisfacerse quedan con mayor deshonra, por
quedar vencidos. Y lo que peor es qne el que lo
queda, por no haber sido muerto en la contien-
da, pieide la honra en la opinión de loe parien-
tes, de los amigos y conoscidos, que todos qui-
sieran que perdiera antes la vida y aun la áni-
ma qne la honra como cobarde y temeroso. Y
es el yerro desto tan grande, que si muere (con
ir al infierno) los que le hacen se precian dello
y les paresce que en esto no han perdido su hon-
ra. Y si es en parte donde no se da campo á los
que lo piden, ¡qué desasosiego es tan grande el
que traen en tanto que dura la enemistad, qné
solicitud y trabajo insoportable por la satis-
facción y venganza! Y muchas veces se pasan
en este odio un año, dos años y diez años,j
otros hasta la muerte, y algunos se van con b
injuria y con deseo de vengarla á la sepultara.
Jerónimo. — Bien ciertos van éstos de la sal-
vación, quiero decir de la condenación de sn
ánima; poco más me diera qne murieran siendo
turcos y gentiles, y aun en parte menos, porque
no dieran cuenta del sancto baptismo qne no
hubieran recibido.
Albanio. — Decidme^ señor Antonio, ¿haj
alguna cosa que pueda ó tenga mayor faena
que la honra?
Antonio. — El interesse es algunas veces de
mayor poder, aunque no en los hombres de pre-
sunción y que se estiman en algo, y si por ven-
tura en éstos se siente esta flaqueza, pierden el
valor que tienen para con Ips qne tienen pre-
sunción de la honra, y luego son dellos menos-
preciados.
Albanio. — ¿Y cual tenéis ros por peor, el
que sigue el interés ó la vanagloria?
Antonio. — Si el interese es bien adquirido,
por mejor lo tengo, porque con él pueden venir
á hacer buenas obras y usar de yirtud, lo que
CÓLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
687
no se puede hacer con la honra vana sin el in- I
teresc.
Aldanio. — Pnes decidnos en conclnsión,
¿qué es lo que queréis inferir de todo lo- que ha-
béis alegado contra la honra, que según habéis
estado satírico, creo que ha de ser más áspero
que todo lo antecedente. ¿De manera que que-
réis desterrar la honra del mundo para que no
se tdnga noticia della?
Antonio.— Si tenéis memoria de todo loque
he dicho, por ello entenderéis que yo nunca he
dicho muí de la que es yerdadera honra, confor-
me á la diffínicion delU 7 al yerdadero enten-
dimiento en que habernos de tomalla, y si á los
virtuosos, los sabios, los que tienen dignidades
ó offícios públicos honrados, los esforzados, los
magníficos, los liberales, los que hicieron nota-
bles hechos, los que viven justa y sanctamente
también merescen esta honra y acatamiento que
el mundo suele hacer como ya arriba dixe y lo
dice Sancto Tomás. Y es razón que sean honra-
dos y estimados de los otros, y la honra que
ellos procuran por esta vía, justa y sancta
es, y nosotros estamos obligados á dársela. Pero
si la quieren y piden con soberbia, queriendo
forzamos á que se la demos, ya pierden en esto
el merecimiento que tenían por los méritos que
en ellos había.
Jbróniuo. — Desa manera ninguno habrá
que pueda forzar á otro á que le reverencie y
acate.
Antonio. — No es regla tan general ni la to-
méis tan por el cabo, que el padre puede forzar
á los hijos, los hermanos mayores á los meno-
res, y más si les llevan mucha edad, los señores
á los vasallos y á los criados, los perlados á los
subditos; pero esto ha de ser con celo de hacer-
los ser virtuosos y que hagan lo que deben, y
no con parescerles que les puedan hacer esta'
fuerza por solo su merecimiento, porque assí ya
va mezclada con ella la soberbia y vanagloria, y
en lugar de merescer por ello, serán condenados
en justicia.
Jerónimo.— Al fin lo que entiendo de vues-
tras razones es que la verdadera honra es la que
damos unos á otros, sin procurarla los que la
reciben ; porque las obras virtuosas que hicieron
las obraron por sola virtud y sin ambición ni
codicia de la honra, y que cualquiera que procu-
rare tomarla por sí mesmo, aunque la merezca,
esto solo basta para que la pierda.
Antonio. — En breves palabras habéis resu-
mido todos mis argumentos; ahí se concluye
todo cuanto he dicho, siendo tan contrario de
la común opinión de todos los que hoy viven
en el mundo. Y lo que he hablado entre vos-
otros, como verdaderos amigos, no lo osaría de-
cir en público, porque algunos no querrían escu-
charme, otros me tendrían por loco, otros dirían
que estas cosas eran herejías políticas contra la
policía, y otros necedades; no porque diesen
causa ni razón para ello,' ni para confundir las
que digo aunque no son gran parte la(< que se
podrían decir, lo que harían es irse burlando
dellas y reyéndose de quien las dice, aunque á
la verdad esto es decir verdades, y verdadera-
mente lo que se ha de sentir de la honra que
tan fuera nos trae del camino de nuestra salva-
ción. Y porque ya se va haciendo tarde y por
ventura el conde habrá preguntado por mi, es
bien que nos vamos, aunque algunas cosas que-
darán por decir, de que creo que no recibiérades
poco gusto.
Jerónimo. — Ya que no las digáis agora, yo
pienso persuadiros que las digáis hidlándoos
desocupado, porque quiero entender todo lo que
más hay que tratar desta honra verdadera y un-
gida, porque si alguna vez platicare esta mate-
ria con mis amigos, vaya avisado de manera
que sin temor pueda meterme á hablar en ella,
como dicen, á rienda suelta.
Albanio.— No quedo yo menos codicioso
que Jerónimo, y assí pienso molestaros hasta
quedar satisfecho.
Antonio. — Pues que así lo queréis, mañana
á la hora de hoy volveremos á este mesmo lu-
gar, que yo holgaré de serviros con daros á sen-
tir lo que siento. Y no nos detengamos más,
porque yo podría hacer falta á esta hora.
COMIENZA LA SEGUNDA PARTE
Del coíloquio de la honra, que trata de las salutaciones antiguas
y de los títulos y cortesías que se usaban en el escrebir,
loando lo que se usaba en aquel tiem'po, como bueno, y bor-
lando de lo que agora se usa, como malo.
' INTERLOCUTORES
A Ibanio, — A ntonio, — Jerónimo,
Albanio. — A buena hora llegamos, que
aquél es Antonio, que agora llega á la puerta
del jardín. No ha faltado punto de su palabra.
Jerónimo. — Paréceme que, dexando la calle
principal de los chopos, se va por otro camino
rodeando.
Albanio.— El rodeo es tan sabroso que no
se siente, porque toda esta arboleda que veis es
de muy hermosas y diferentes frutas, las cuales
no tienen otra guarda más de estar aparejadas
para los que quisieren aprovecharse y gustar
dellas. Toda esta espesura que miráis produce
fructo en muy gran abundancia, y los más de
los árboles que están en este tan hondo valle
son provechosos. Mirad qué dos calles estas que
parescen dos caminos hechos en alguna cerrada
y muy espesa floresta, y de la mesma manera
va otra calle por la otra parte. Por cierto de-
588
ORÍGENES DE LA NOVELA
leitosa y muy suave cosa es gozar en las fres-
cas mañanas deste caloroso tiempo de tan gran-
de y agradable frescura como aqui se muestra.
Jerónimo. — ¿Qué puerta grande es ésta que
aqui vemos?
Albanio. — Una puerta trasera por donde se
entra al jardín, y es la mesma que vimos cabe
la fnentcK^illa, cerca del estanque.
Jerónimo. — Agora entiendo lo que decís;
porque lo he visto, pero no veo á Antonio.
i Dónde se podrá haber escondido?
Albanio. — Acá en la huerta de los olivos,
que poco ha era otro laberinto fabricado por
otra mano de Dédalo.
Jerónimo. — ¿Por qué lo deshicieron?
Albanio. — Porque no hallaron al minotanro
que en él estuviese encerrado.
Jerónimo. — Bueno estoy jo entre un filóso-
fo y un poeta. Cada día podré aprender cosas
nuevas.
Albanio y Jerónimo. — Buenos días, señor
Antonio.
Antonio.— Seáis, señores, bien venidos, que
con temor estaba de vuestra tardanza. Parésce-
me que no solamente llegamos á un tiempo,
pero que todos venimos con una intención : vos-
otros de oir el fin de lo que ayer aqui tratamos,
V yo de decir lo que dello siento, á lo cual me
habéis dado mayor ocasión con la salutación
que me hecistes y con la que yo os he respon-
dido, que para los que agora quieren ser hon-
rados fuera una manera de afrenta saludarlos,
á su parecer, tan bajamente. Y cuando esto
contemplo, parésceme que no puedo dejar de
seguir la opinión de Demócrito de reirme de
BU ceguedad é locura. ¡ Oh mundo confuso, ciego
y sin entendimiento, pues amas y quieres y bus-
cas y procuras todo lo que es en perjuicio de ti
mesmo! Si no entendemos lo que hacemos, es
muy grande la ceguera y inorancia, por la cual
no se puede excusar el peccado; y si lo entende-
mos y no lo remediamos, viendo el yerro que
hacemos, ninguna excusa nos basta; y declarán-
dome más, digo que solían en otros tiempos sa-
ludarse las gentes con bendiciones y rogando
á Dios, diciendo: Dios os dé buenos días; Dios
os dé mucha salud; Dios os guarde; Dios os
tenga de su mano; manténgaos Dios; y agora,
en lugar desto y de holgamos de que asi nos
taluden, sentímonos afrentados de semejantes
salutaciones, y teniéndolas por baxeza nos des-
{)reciamos dellas. ¿Puede ser mayor vanidad y
ocura que no querer que nadie niegue á Dios
que nos dé buenos días ni noches, ni que nos dé
salud, ni que guarde, mantenga, y que en lugar
dello nos deleitemos con un besa las manos á
vuestra merced? Que si bien consideramos lo que
decimos, es muy gran necedad decirlo, mintien-
do á cada paso, pues que nunca las besamos, ni
besaríamos, aunque aquel á quien saladamos lo
quisiese. Por cierto cosa justa seria que agón
nos contentásemos nosotros con lo que en loi
tiempos pasados se satisfacían los emperadoret,
los reyes y príncipes, que con estft palabra <á ver»
se contentaban, porque quiere decir tanto como
Dios 08 salve; y como paresce por las corónicii
antiguas y verdaderas, á los reyes de CastÜlt
aún no ha mucho tiempo que les decían: cmsn-
téngaos Dios» por la mejor salutación del mun-
do. Agora, dezadas las nuevas formas y latne-
ras de salutaciones que cada dia para elloi m
inventan y buscan, nosotros no nos queremoi
contentar con lo que ellos dexaron, y es tan ordi-
naria esta necedad de decir que besamos Usina-
nos, que á todos comprenae generalmente, j
dexando las manos venimos á los pies, de ma-
nera que no paramos en ellos ni aun pararemoi
en la tierra que pisan, y, en ñn, no hay hombre
que se los descalce para que se los besen, y todo
se va en palabras vanas y mentirosas, sin con-
cierto y sin razón.
Albanio. — Gomo caballo desenfrenado me
paresce que os vais corriendo sin estropezar, por
hallar la carrera muy llana. Decidme: al empe
rador, á los reyes, á los señores, á los obispoi,
á los perlados, ¿no les besan también las manoi
de hecho como de dicho? Y al Summo Pontí-
fice, ¿no le besan los pies? Luego mejor podrían
decir los que lo hacen que no hacerlo.
Antonio. — Antes á esos, como vos deds, u
besan sin que se digan, y oblíganos la rasón
por la superioridad que sobre nosotros tienen,
y cuando no lo podemos hacer por la obra, pu-
blicárnoslo en las palabras, como lo haríamoi
pudiendo. Mas acá entre nosotros, cnando ano
dice á otro que le besa las manos, ¿besársebí
ya si se las diese?
Albanio. No por cierto, antes le tendrian
por nescio y descomedido si le pediese que cum-
pliese por obra las palabras.
Antonio. — Pues ¿ para qué mentimos?
¿Para qué publicamos lo que no hacemos? ¿Y
para qué queremos oir lisonjas y no salutacio-
nes provechosas? ¿Qué provecho me viene á mi
de que otro me diga que me besa las manos 7
los pies?
«JERÓNIMO. — Yo 08 lo diré, que en decirlo
parescerá recognosceros superioridad y estima-
ros en más que á sí, teniéndose en menos por
teneros á vos en más.
Antonio. — Mejor dixérades por ser pagado
en lo mesmo, que si uno dice qu(> os besa lis
manos, no digo siendo más, sino siendo menos,
no siendo la diferencia del uno al otro en mnj
gran cuantidad, si no le respondéis de la mesmi
manera, luego hace del agraviado y lo muestrt
en las palabras y obras si es necesario, buscan-
do rodeos y formas para igualarse y para no
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
580
tener más respeto ni acatamiento del qne se les
tuviere; y, en fin, todos se andan á responder,
como dicen, por los consonantes, y el oficial en
esto quiere ser igual con el hidalgo diciendo que
no le debe nada, y el hidalgo con el caballero, y
el caballero con el gran señor, y todo esto por-
que es tan grande la codicia y ambición de la
honra, que nó hay ninguno que no querría me-
recer la mayor parte, y no la meresciendo, hur-
tarla 6 robarla por fuerza, como á cosa muy co-
diciosa. Y tomando á lo pasado, es muy mal true-
que y cambio el que habemos hecho del saludar
antiguo al que agora usamos. Por menosprecio
decimos á uno: en hora buena vais. Tengáis en
buena hora, guárdeos Dios, y si no es á nues-
tros criados ó á personas tan baxas y humildes
que no tienen cuenta con ello, no osaríamos de-
cirlo, siendo tanto mejor y más provechoso que
lo que decimos á otros, cuanto podrá entender
cualquiera que bien quisiese considerarlo. Oran
falta es la que hay de médicos evangélicos para
curar tan general pestilencia, la cual está ya tan
corrompida y inficcionada,- que sólo Dios basta
para el remedio della; antes va el mundo tan de
mal en peor, que si viviésemos muchos tiempos
veríamos otras diferentes novedades, con que
tendríamos por bueno lo de agora.
Albanio. — Por ventura con el tiempo ven-
drá el mundo á (fonoscer lo bueno que ha dexa-
do,-y dcxará lo malo que agora se usa, porque
muchas cosas se usan que se pierJen, y des-
pués el tiempo las vuelve al primer estado.
Pero ¿no me diréis de que os estáis reyendo?
Antonio. — De otra vanidad tan grande
como la pasada; y también me río de mí mes-
mo, que no dexaría de picar en ella conosciendo
que es locura, como lo hacían todos los otros
del mundo.
Jerónimo.— Pues luego no pongáis culpa á
loB otros, que el que quiere en alguna cosa re-
prehender á su próximo ha de estar en ella dis-
culpado.
Antonio. —Con una razón podré disculpar-
me: que á lo menos conozco y siento el yerro
que hago.
Albanio. — Esso sólo basta para teneros
por más culpado; porque si vos conosciendo
qae erráis no os apartáis del yerro, menos ra-
¿ón tendrán los que, errando, tienen por cierto
que aciertan, y así el primero á quien habéis de
reprehender es á vos mesmo y conoscer que es-
toy dignamente debajo de la bandera desta lo-
cura.
Antonio.— No sé cuál tenga por mayor
yerro, seguir común opinión y parescer de to-
dos d quererme yo solo extremarme para ser
notado de todo el mundo, y assí pienso por
agora no me apartar de la compañía donde en-
tran buenos y malos, sabios y necios; y por no
teneros más suspensos, digo que es cosa para
mirar y contemplar los títulos y cortesías que
se usan en el escrebir. Solían en los tiempos
antiguos llamar á un emperador ó un rey es-
cribiéndole, por la mayor cortesía que podían
decir, «vuestra merced]», y cuando lo decían era
con haberle dicho cient veces un «vos» muy
seco y desnudo. Después, por muy gran cosa
le vinieron á llamar « señoría i>, y agora ya no
les basta «alteza», que otros títulos nuevos y
exquisitos se procuran, subiendo tan cerca de
la divinidad que no están á un salto del cielo;
y en los emperadores y reyes podríase sufrír,
por la digpiidad que tienen y principalmente
por la que representan, pero comenzando abaxo
por los inferiores veréis cosas notables. A los
mesmoB reyes que he dicho, en las cartas ó pe-
ticiones ó escrituras solían poner noble ó muy
noble rey, muy virtuoso señor. Agora no hay
hombre que, si se estima en algo, no quiera
ser noble ni virtuoso.
Jerónimo. — Eso debe de ser porque hay
poca virtud y nobleza en el mundo, que todo se
ha subido al cielo. Pero decidme, ¿qué es lo que
quieren ser?
Antonio. — Magníficos ó muy magníficos,
aunque en Valencia y Cataluña se tiene por
más ser noble que magnífico; mas andan á uso
de acá los que no siendo nobles se precian de
título de magníficos, y muchos de los que lo
quieren, maldita la liberalidad que usaron, ni
grandeza hicieron, y por ventura son los mayo-
res míseros y desventurados que hay en el
mundo.
Albanio. — ¿Luego quieren que mientan
como los otros que dicen que besan los pies ó
las manos?
Antonio. — Eso mesmo es lo que procuran,
y si usasen alguna liberalidad ó magnificencia
con quien se lo llama y escribe, tendría razón
para ello. Y dexando á éstos, que es la gente
que presume y tiene algún ser para ello y para
poderse estimar, los señores y grandes á quien
solían escrebir, por título, muy sublimado, muy
magnífico, agora ya lo tienen por tan baxo que
se afrentan y deshonran dello.
Jerónimo. — Tienen razón, porque se han
dado á no hacer ya merced ninguna, y lo que
peor es, que se precian dello, y así quieren dexar
este título para los señores pasados que usaron
magnificencias, y ellos tomar otros nuevos y
que más les convengan.
Antonio. — Llámanse ilustres y muy ilus-
tres y illustrísimos.
Albanio. — No puedo entender qué quieren
decir esos nombres.
Antonio. — Lo que ellos quieren que diga es
que son muy claros, muy resplandecientes en
linaje y en obras.
540
orígenes de la novela
1
Albanio.-- Bien es que lo qnieran los que
lo son; pero los que no lo fueren, poca razón
tienen de quererlo y usurpar los títulos ajenos;
y lo que me paresce mal es que los perlados,
que vemos ser hijos de humildes padres y la-
bradores y que se hicieron con ser renturosos
del polvo de la tierra, se agravien si no les lla-
man illnstres y muy illustres, dezando los títu-
los que más les convienen.
Antonio. — Yo os diré la causa y la razón
que tienen para ello, la cual es que, como los
solían llamar muy reverendos ó reverendísimos,
que quiere decir tanto como dignos de ser aca-
tados y reverenciados, y ellos por el linaje y
obras no lo sean, no quieren que mintamos
tanto, teniendo por menor mentira que los lla-
memos illustres, y ya que sea tan grande, quie-
ren el título que les paresce ser más honrado
cuanto á la vanidad del mundo, y en fin, esto
durará muy pocos días, que ya, como todos los
hijos de señores y de otras personas señaladas
quieren y procuran el illustre y muy illustre,
otros nuevos títulos hemos de buscar para los
otros. ^
Jerónimo.— Ya los hay, porque ya en Es-
paña se comienza á usar el excelente, muy ex-
cedente, sereníssimo, y en lugar de señoría se
llama «excelencia».
Antonio.— Decís verdad, que no me acor-
daba, aunque esos títulos no están bien confir-
mados; pero yo fiador que los que vivieren mu-
chos años vean*que de la excelencia suben á la
alteza.
Jebóniuo. — ¿Y qué quedará para los reyes?
Antonio.— No faltará algo de nuevo, y por
ventura volverán á dar vuelta al mundo y se
tornar á llamar virtuosos y nobles, y por alteza
nobleza; y esto sería acertamiento, que todo
esto otro son vanidades y necedades, y lo que
pior es, que 'todos cuantos las escrebimos, las
damos firmadas de nuestros nombres. Assí lo
hacen también los señores que, escrebiendo á los
inferiores dellos, á unos llaman parientes, á
otros parientes señores, y á otros nombres de
parentesco, sin haber entre ellos ninguno, ante
los quieren hacer sus parientes porque se tenga
en ellos por grandeza llamarlos parientes, por
ser más cosa magnífica el dar que el recibir,
siendo tan gran mentira y tan manifiesta, y no
piensan que es peccado venial mentir á cada paso,
y no tienen cuenta con que no es lícito el men-
tir, ni aun por salvar la vida del hombre.
Jerónimo. — No llaman á todos parientes
ni primos, que algunos llaman singulares ó es-
peciales amigos.
Antonio. — También mienten en esto, por-
que, según dice Tulio en el De amicicía: La
amistad ha de ser entre los iguales, y como no
lo sean, aquel á quien escriben no puede ser su
amigo singular. ¿Queréislo ver? Si el criado
ó el vasallo llamase al señor amigo, permitir-
lo ia? No por cierto, y assí no se puede lla-
mar amistad la que hay entre ellos; y si no eg
amistad, no se paeden llamar propiamente
amigos.
Albanio.— De essa manera ¿nodexáu títok
ninguno con que los señores puedan escriUrá
los criados y vasalloe y otros inferiores?
Antonio. — No faltan tftolos si ellos quie-
ren escribirlos, y más propios que los escribou
A los criados escribirles: á mi criado, á mi fiel
criado, á mi humilde criado, á mi buen eiiado
Fulano. A los qae no lo son: al honrado, il
virtuoso, al muy virtuoso, y otras maneruqoe
hay de escribir; que no parezcan desatinos, y de
los malos usos que en él se han introducido
que tendrán por mayor desatino este que dlfp).
Jerónimo. - No tengáis dabda desso.
Antonio. — Como quiera qae sea dig& 70 la
yerdad en tiempo y lugar, y el mundo diga 7
hag^ lo que quisiere, y porque no paremos aquí,
os quiero decir otra cosa no poco digna de reirw
como desatino y ceguera, que á mí me tiene ad-
mirado que las gentes no la destíerren dd,
mundo como á simpleza, qae los brutos ani-
males (si bastase su capacidad á entenderia),
burlarían de nosotros y della.
Jbrónimo. — ¿Y qué cosa es essa?
Antonio.-* La que agora se usa en los ei-
tornudos, que como sabéis es aquella tan es-
pantable y terrible pestilencia que hubo en la
ciudad de Roma siendo pontífice San Gregorio,
cuando las gentes estornudaban, se calan hiego
muertos, y assí los que los vian estornudar de-
cian: Dios os ayude, como á personas que se
les acababa la vida, y de aqui quedó en oso,
que después á todos los que vian estomadar
los que se hallaban presentes les ayudaban con
estas buenas palabras; pero agora, en lugar des-
to, cuando alguna persona á quien seamos obli-
gados á tener algún respeto estornuda, y annqae
sea igual de nosotros, le quitamos las gorras
hasta el suelo, y si tienen alguna más csdidad,
hacemos juntamente una muy gran revoeacia,
ó por mejor decir necedad, pues que no sirfede
nada para el propósito, ni haj causa ni raióa
para que se haga.
Jerónimo.— A lo menos senrirá pan q«
vos burléis della, y por cierto muy justamente,
porque esta es una de las mayores simpleías 7
necedades del mundo, y mayor porque caen en
ella los que presumen de más sabios, qne los
simples labradores y otras gentes de más poco
valor están en lo más cierto, pues que dexando
de hacer las reverencias se dicen unos á otros:
Dios 08 ayude; palabras dignas de que los s^
ñores y príncipes no se desdefiasen de oírlas,
antes están obligados á mandar á los criados 7
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQüEMADA 641
subditos que con ellas los reyerencien 7 acaten
cuando estornudaren.
Antonio. — Asi habrá de pasar esta necedad
como otras machas, porque el uso della se ha
convertido en ley que se guarda generalmente
en todas partes, aunque le queda sólo el reme-
dio de su invención, que ya sabéis que al nom-
bre de Jesús se debe toda reverencia, y es cierto
que cuando estornuda el que le quería ayudar
pronunciaba el nombre de Jesús, y juntamente
pronunciándole, quitaba la gorra y hacia la re-
verencia por reverencia de tan alto nombre;
quedóse la reverencia y dejóse de pronunciar
el nombre, y los señores reciben, no sin gran
culpa, para si la reverencia debida al divinissi-
mo nombre de Jesús, á quien toda rodilla en el
cielo y en la tierra y en los abismos se debe
humillar. Digo, pues, que el remedio seria que
se usase pronunciar el nombre de Jesús, que
valiese al que estornuda, y entonces la reveren-
cia quedarla para el nombre y no la usurparía
el que no quisiese ser ídolo terrenal y hacerle
un emperador entre manos.
Albanio. — Por cierto, señor Antonio, que
me parece que habéis dado en el blanco; mas
veo que no os habóis acordado en este artículo
de los fiayres.
Antonio. — No pecan tan á rienda suelta en
esto, pero todavía tienen su punta, y los que algo
presumen les pesa si les llaman vuestra reve-
rencia, porque les paresce que en esto les hacen
iguales á todos.
Jerónimo. — ¿Pues cómo quieren que les
Uamen?
Antonio. — Vuestra paternidad ó vuessa
merced, como á los seglares.
Albanio. — No entiendo cómo sea esso, que
para hacer mercedes teiñporales todos los nai-
res son pobres, por donde les está mejor decirles
padre fray Jb'ulano que el señor; ¿por qué quieren
ser más llamados señores que padres y no
resciben con buena voluntad el nombre de pa-
dres amando la paternidad?
Antonio. — Asi es, porque como siendo
flaires no dezen de ser hombres, aunque no sea
en todo en parte, siguen el camino de los otros
hombres en este articulo de la cortesía; pero, al
fin, del mal en ellos hay lo menos y pluguiesse
á Dios que nosotros fuésemos como ellos, que
poi malos que los extraordinarios dellos sean,
en la bondad nos hacen mucha ventaja.
Albanio.— 'Bien me paresce que después de
descalabrados les lavéis la cabeza.
Antonio. — No os maravilléis, que he comen-
zado á decir verdades, y para concluir con ellas
en esta materia que tratamos, digo que consi-
derando bien las de las salutaciones y cortesías
con los títulos que se usan en el hablar y en el
escribir, es todo un gran desatino, una ceguedad,
una confnsión, un género de mentiras sabrosas
al gusto de los que las oyen, y así no solamente
no hay quien las reprenda, pero todos las aman
y las quieren y procuran de hallarlas diciendo
lisonjas para que se las digan á ellos, y todo
para rescibir mayor honra en la honra que no
lo es, antes verdaderamente deshonra, pues en
ello no hay virtud, ni género de virtud, ni no-
bleza; y bien mirado, se podrían mejor decir las
causas torpes y feas y dignas de reprehensión
para que los que las hacen, y por medio dellas
quieren rescebir honra, se puedan tener por
afrentados y deshonrados.
Albanio.— Parésceme qué, conforme á esso,
no queréis dejar honra ninguna en el mundo,
Eorque no habiendo quién busque y procure la
onra por el camino que vos decís, habráse des-
hecho la honra y no quedaría sino sólo en
nombre.
Antonio. — ^Engañaios, señor Albanio, que
no digo yo que haya algunos, aunque no son
muchos, que tengan honra y la hayan ganado
por la virtud y por las obras virtuosas que han
hecho sin mezcla de las otras cosas que la des-
truyen y la deshacen, y á estos tales hemos de
tener por dignos de ser honrados y ¿catados, y
aunque ellos no quieran la honra, se la hemos
nosotros de dar. Porque cuanto más huyeren y
se apartaren de querer la vanagloria mundana,
se dan á si mesmos mayor merecimiento para
que nosotros les demos la verdadera honra que
merescen.
Albanio. — ¿Sabéis, señor Antonio, que me
paresce que hiláis tan delgado esta tela que se
romperá fácilmente, porque todo lo que decís es
una verdad desnuda, y oonosciéndola vos tan
bien y dándonosla á conoscer no usáis della
como la platicáis? Mirad qué harán los que no
lo entienden y piensan que aciertan en lo que
hacen.
Antonio. • No os maravilléis deso, porque
me voy al hilo de la gente, que si tomase nueva
manera de hablar ó de escribir, tendríanme por
torpe y necio y mal comedido, y por ventura de
los amigos haría enemigos, los cuales no juz-
garían mi intención sino mis palabras, y como
ayer dixe, esto he tratado con vosotros como
con verdaderos amigos y personas que lo enten-
déis, aunque no bastemos á poner remedio en
estos desatinos. Pero el tiempo, en que todas
las cosas se hacen y deshacen, truecan y mudan
y se acaban, por ventura traerá otro tiempo en
que á todos sea común lo que aquí hemos tra-
tado particularmente. Otras cosas se pudieran
tratar que agora por ser tarde quiero dexarlas
para cuando tengamos más espacio, porque yo
tengo necesidad de ir á despachar cierto ne-
gocio.
Albanio. — ¿Qué es lo que más puede quedar
>Í
}
542
ORÍGENES DE LA NOVELA
de lo dicho para que la honra que se piensa j
tiene por tal quede más puesta del lodo?
Antonio. — Una cuestión antigua y tratada
por muchos; sobre cuál tiene mayor y mejor
honra, el que la ha ganado por el ralor y mere-
cimiento de su persona 6 el que la tiene y le
viene por la dependencia de sus pasados.
Jerónimo. — Delicada materia es esa, y
como decís que requiere más tiempo para alter-
caría, y por saber si tenéis otras nueyas razones
sin las que sobre ello están dichas, tengo deseo
de oir hablar en ello, y asi os tomo la palabra
para que mañana á una hora del día estemos aquí
todos tres, que yo quiero que no sea como estos
dos días, porque tendré proveído el almuerzo
para que mejor podamos pasar el calor cuando
nos volvamos á nuestras posadas.
Albanio. — Muy bien habéis dicho sí así lo
hacéis, porque nos hemos venido dos veces muy
descuidados madrugando tan de mañana, y no
será mala fruta de postre acabar de entender lo
que el señor Antonio dirá sobre esta cuestión,
que yo aseguro que no faltarán cosas nuevas.
Antonio. — A mí me place que vengamos
por ser convidados del señor Jerónimo, que en
lo demás poco podré decir que no esté ya dicho;
bastará referir y traer lo mejor y más delicado
dello á la memoria» poniendo yo de mi casa lo
que me paresciere. Y agora comencemos á ir
por esta calle de árboles tan sombría.
Jbbónimo. — No me holgara poco que assi
fuéramos siempre encubiertos de arboleda hasta
palacio, porque el sol va muy alto y la calor
comienza á picar; bien será damos prisa.
TKEOBRA PARTB
Del coUoquio de la honra, que trata ana cuestión antigua: de cuál
•f más verdadera honra y se ha de estimar en más, la que
Tiene y procede en las gentcf* por dependencia de sus ante»
pasados ó la que es ganada y adquirida por el valor y mere»
cimiento de las personas.
INTERLOC0TORB8
A Ibanio, — Antonio, — Jerónimo,
Albanio. — Pues que Jerónimo tan bien ha
cumplido su promesa habiéndonos convidado y
dado el almuerzo de tan delicados y suaves
manjares, que yo no he comido en mi vida cosa
que más me satisfaciese, vos, señor Antonio,
cumplid lo que nos prometistes en proseguir la
materia comenzada de la honra, que no noi
dará menos gusti\ pues no falta apetito en el
enti*ndiini<>nt<) para ver el remate de la plática
en que quedamos cuando de aquí ayer nos apar-
tamos.
An'ton'io. — Por mejor tuviera que con des-
cuidaros no me obligárades á meter en tan
hondo piélago, en el ciuJ han luidAdo otroinii-
chos con mayores fuerzas j disoreción un hiber
podido hallar vado^ quedando confusa hi deter-
minación para lo que cada ano quisiere juzgir,
y lo que yo haré en ello será deciros por osa
parte y por otra algunas razones qne yo no ka
he oído. Vosotros podréis seguir las que mejw
os parecieren y más cuadraren á vuestro enten-
dimiento, que os haré determinar lo que hasta
agora no está determinado, habiendo tantos que
defienden la una y la otra opinión.
Jerókiuo. — Luego, ¿materia es ésta que ae
haya tratado otras veces?
Antonio. — Muchos la han tocado, aniiqiie
los que han dado sentencia en ella no son cñi-
dos, porque cada uno con pasión defendía lo
que le tocaba. Entre los cuales son los prioci-
pales Salustio y Marco Tulio, que despná de ae
perseguir con las obras, con las palabm qui-
sieron escurecer y abatir cada uno la honra del
otro. Salustio alegaba ser Tnlio nascido de baza
y escura gente y de padres humildes y de poco
valor, y que por esto habla de ser menospre-
ciado, Tulio contradecía diciendo que la virtod
de sus obras le habían traído al estado que tenía,
y que por esto era diño de mayor honra que
los que la habían heredado de sus pasados; y so-
bre esto escribieron el uno contra el otro, como
en sus libros agora parece.
Albanio.~¿ Y vos á cuál dellos estáis más
aficionado? Porque siempre en juegos y bata-
llas y en otras cosas semejantes, los hombni
se afficionan á una de las partes, aunque no las
conozcan, y esto sin saber por qué más de que
la natural inclinación les mueve en ello la to-
luntad.
Antonio. — A mí siempre me parecieroQ
bien las cosas de Tulio.
Albanio. — Pues yo quiero tomar y defender
la parte de Salustio, poique defendiendo el uno
y contradiciendo el otro, más fácilmente podre-
mos venir en el conocimiento de la yerdad.
Antonio. — Mucho huelgo qne me aüvíái
del trabajo, y pues que assí es, decidme: ¿qué
os parcsce de la opinión de Salustio con loa
que siguiendo su bandera la defienden?
Albanio. — Lo que me parece es que la mis
verdadera honra y la que más se debe estimar
y tener en mucho es la qne Tiene por antigüe-
dad de nobleza y la que redunda en nosotros de
los antepasados, nuestros progenitores. Porque,
como es notorio, todas las cosas se apuran j
perfícionan con el tiempo, en el cual lo qoe es
bneno lo hace venir á mayor perfición de bon-
dad, como se podrá ver por muchos ejemplo
que se pueden traer á esto propósito. VeoKi
que el plomo ó el estaño, se^pín la opinión de
algunos, con el tiempo se apura y perficiona, de
I manera que muchas veces se melve en plau
COLLOQÜIOS SATÍRICOS
fina, 7 el oro, con el tiempo, sabe á tener más
quilates. Las frutas que de su natural nascen
amargas j desabridas, si están en buenos árbo-
les, el tiempo las hace yenir á ser dulces y sa-
brosas, tomando con él otra perfición de la*que
turieron al principio cuando el árbol, desampa-
rado de la flor, comenzó á mostrar lo que debaxo
della tenia encubierto. También vemos que el
agua que no es buena ni sale de fuentes que no
sean buenas, por el contrario, con el tiempo se
corrompe más presto, y los vinos que no son
buenos, porque las cepas de adonde fueron co-
gidos no eran buenas 6 estaban plantadas en
mala tierra, con el tiempo se destruyen más fá-
cilmente que los otros, tomando diferentes gus-
tos malos y desabridos; de lo cual se puede infe-
rir que es más difícil corromperse lo bueno por
antigüedad que lo que es por accidente, y que
lo que no es bueno por naturaleza, que el
tiempo no lo haga bueno, antes le ayuda á se-
guir su natural y acrecienta lo malo que en él
hay para que sea y aparezca más malo cuanto
más el tiempo se alargare y pasare por ello. Y
asi los hombres que tienen la nobleza por sus
pasados y con la costumbre y antigüedad se
convierte en ellos en otra naturaleza, el tiempo
la perfíciona, de manera que la que se. tiene y
se adquiere de nuevo no puede llegar á tener
aquella perñción, y asi no se deben estimar ni
tener en tanto á los hombros que por sus per-
sonas han adquerido honra como á los que por
BUS pasados la adquirieron heredándola por su-
cesión para que sea más perfecta. Asi mesmo
estimamos en más U virtud que nasce y cresce
con un hombre que de su nacimiento ha sido
virtuoso, que no la que tiene un hombre que
toda la vida ha sido malo y entonces comienza
4 ser bueno. Porque el malo estropezará y
caerá más presto en la antigua costumbre, y el
bueno, que siempre ha sido bueno, dificultosa-
mente puede ser malo, y aunque lo sea, deten-
dráse poco en el mal, tomando luego á usar la
bondad que siempre ha usado y con que ha
sido nacido. De aquí podremos inferir cuánto
más puede y cuánto mayor fuerza tiene la vir-
tud y nobleza que viene por antigüedad y de-
pendencia de los antepasados, engendrada de
las obras grandes y virtuosas que hicieron, que
no la que de nuevo se gana, porque ansí, como
con facilidad se ha ganado, fácilmente puede per-
derse, y conforme á esto, mayor honra se debe y
en más deben ser estimados los que heredaron
la virtud y la honra que aquellos que por sus
personas y merecimientos la ganaron. Y cuando
viéramos que sus descendientes siguen las mis-
mas hazañas y procuran el mesmo mereci-
miento que aquél que fué principio dellas,
cuanto más á la larga fuere la dependencia,
tanto es razón de tener en más y dar mayor
POB A. DE TORQÜEMADA 548
honra á los que dellos descendieron. Demás
destas razones, notorio es á todos, por ser co-
mún opinión de todas las gentes, que se ha de
tener y estimar más saber conservar lo ganado
que no ganarlo y adquirirlo de nuevo; siendo
esto así, mayor virtud y excelencia es, descen-
diendo de un antiguo y estimado linaje, con-
servar la honra del y no dar ocasión á perderla
que no hacer y principiar linaje de nuevo. En
nn, que los que heredaron la virtud y nobleza
por la antigüedad parece ser natural, y en los
que la han ganado de nuevo, cosa postiza y col-
gada por hilo tan delgado que fácilmente po-
drá quebrarse.
Jerónimo. — Buenos fundamentos son, Al-
banio, los que habéis traído para defender vues-
tra intención; oyamos lo que dice Antonio con-
tra ellos, que yo quiero ser juez desta cuestión,
aunque será para mí solo, pues vosotros no ha-
béis puesto en mi mano la determinación dello.
Antonio.— Por cierto, Albanio, delicada-
mente habéis tratado esta materia con agudas
y delicadas razones, que parece no tener contra-
dición; pero lo mejor que supiere os respon-
deré á ellas y diré las que se me ofrecieren para
que conozcáis el engaño que en las vuestras
hay. Verdaderamente, el tiempo es el que hace
y deshace las cosas, da principio y fin á los que
lo pueden tener y con él puede ganarse la
honra, y con el mesmo tiempo podrá tornar á
perderse. No es cosa tan natural del tiempo
ayudar á lo bueno que sea más perfecto en bon-
dad y á lo malo para que sea más malo, que
muchas veces no veamos effetos contrarios des-
tos, como de vuestras mesmas razones podría co-
legirse, que las frutas amargas y con mal sabor
con el tiempo se toman dulces y de buen g^sto,
j las silvestres y campesinas, trasplantadas y
bien curadas, se perficionan y. vienen á ser tan
buenas y mejores que las otras criadas en los
apacibles jardines. Las aguas que se corrompen
y vienen á tener muy mal olor y sabor sin que
se puedan gustar, vemos que muchas dellas tor-
nan después más sabrosas y en mayor perficion
que antes tenían. La experiencia desto se ve
en la agua del río Tíber, y assí ha habido
en Roma agua cogida de cincuenta y sesenta
años, que después de haberse corrompido y
estado estragada y hedionda tornó en tan gran
perfíción, que no la tenían en menos que si fuera
otro tanto bálsamo. Lo mesmo acaesció en mu-
chas cisternas donde la agua llovediza se de-
tiene muchos tiempos. Vemos también sin esto
que muchas cosas de su natural muy perfectas
y buenas, el tiempo no solamente las corrompe,
pero con él se destruyen y deshacen del todo.
Perfectíssimo metal es el oro, pero tratándolo
se gasta y consume; las perlas y piedras precio-
sas se gastan y pierden la perfíción que tenían.
544
ORÍGENES DE LA NOVELA
1
y assi todo se corrompe 7 acaba. ¿Qaé cosa
puede ser más recia que el acero y el orín io
come y deshace? Y dcsta manera, la honra anti-
gua y de tiempos pasados, si no se conserra y
aumenta, se desminuye y riene á volverse en
nada, y algunas veces en un algo que es peor
que nada, porque se convierte en infamia y des-
honra; pero á esto diréis vos que ya habéis ale-
gado que tan grande y mayor hazaña es con -
servar lo ganado como ganarlo y adquirirlo de
nuevo, y los que vienen descendientes de anti-
guo y claro linaje, si no hacen cosas dinas de
infamia y viven conservando la honra que sus
pasados tuvieron sin perderla, que á estos tales
se debe dinamente mayor honra que á los que
por si mesmos y por sus obras la merecen. Yo
confieso que esta razón parece no tener contra-
dición ninguna, si para ello hubiese una cosa
que se nos pasa por alto y desimulamos porque
no hace á nuestro propósito, y es que en la con-
servación de la honra ha de haber trabajo y
contrariedad y no menos que en la de aquel
que por su persona la ha adquirido. Si vos me
dais que dos caballeros que sean iguales en
renta y en personas y desiguales en linajes, y
el que es de escuro y bajo linaje lo ha ganado
por hazañas valerosas y el otro teniéndola lo
ha conservado, defendiéndolo de enemigos, po-
niendo la vida por sustentarlos, no permitiendo
que por otros mayores, de mucho poder, le
fuese hecho agravio, en esto caso yo digo que
tendré por mis honrado al qne conservo y de-
fendió la hacienda y honra de su linaje; pero
si no hay contradición ninguna y el que ha he-
redado el mayorazgo lo está gozando sin tra-
bajo, holgando á su sabor, no lo quiero hacer
ni tener por tan honrado como al que por el
valor de su persona tuvo tanto merecimiento
que pudo venir á ganarlo. Y assi, los antiguos
romanos, que sabian bien dar la honra á quien
la merecia, tenian dos templos, el uno llamado
templo del Trabajo y el otro templo de la Hon-
ra, y con grandes estatutos y penas estaba pro-
hibido que ninguno entrase en el templo de la
Honra sin que primero hubiese entrado en el
templo del Trabajo, dando por esto á entender
que no es verdadera la honra que sin trabajo se
gana; y asi no se puede decir que conservan la
honra de sus progenitores los que sin trabajo
se hallan en ella y la gozan sin contradición al-
guna, salvo si estos tales dan nmestras y seña-
les de tan gran ánimo y valor, juntamente con
la virtud, que claramente se conozca dellos que
tendrían ánimo para las adversidades y forta-
leza para resistirlas y discreción para conquis-
tarlas, y, fínabiicnte, que serian bastantes para
la conservación de la honra y gloria de sus pasa-
dos. Y para esto, yo os ruego que me digáis: si
vos tuviéredes en un huerto vuestro un espino
qne diese muy hermosas flores, y después dellu
muy sabrosas manzanas, y nn peral que diese
muy hermosas peras, ¿á cuál dclloe estimiria-
des en más y tendríades por árbol más pre-
ciado?
A LBANio.— -Notorio es qae, como á coa
nueva y que hacia más de lo que en si era, ten-
dríamos el espino, porque del peral es cosa na-
tural dar las peras y del espino es cosa mons-
truosa y que excede á la naturaleza, y asi todo
el mundo querría verlo por cosa nneva y digna
de admiración, y no habría nadie qne no holgué
de llevar algún ramo ó raíz para plantar 7 po-
ner en sus heredades.
Antonio. — Y después qae de esse espinóse
hubiesen producido tantos espinos qne ya no se
tuviese por nuevo el haberlos, ¿tendríades en
tanto á uno dellos como tuvistes al primero?
Albanio. — Buena está de dar la respuesta:
que no.
Antonio. — Pues lo mesmo es en los hom-
bres, qne cuando es el primero el qne comienza
á dar la nueva fruta de virtudes y hazañas, te-
némosle, y es razón que le estimemos en más
que á los sucesores, y asi siempre el primero y
qne da principio al linaje es digno de mayor
honra que los que del proceden, aunque se
igualen en la virtud y fortaleza. Demás desto,
quiero traer á mi propósito ana razón muy co-
mún y que, siendo muy mirada, concluye á loa
que, queriendo conformarse con la razón, no es-
tán pertinaces en lo contrarío por lo qae les
toca, y es que, como sabéis, todos somos hijos
de un padre y de una madre, que faeron Adán
y Eva. Destos procedemos por diversas rías:
unos se engrandecieron y hicieron reyes y seño-
res por virtud y fortaleza y con hazañas dignas
de memoria; otros, con adqoerír riquezas con
las cuales compraron sus sefiorios; otros vinie-
ron á subir en gpitndes estados con crueldades
y tiranías, y asi vimos sd grande Alezandre,en
su vida señor casi de todo el mundo y en sn
muerte repartirse sn señorio en diversos reinos,
de los cuales fueron reyes unos por una ría y
otros por otras de las que he dicho. Desta mane-
ra sucedió el señorío y monarchia del imperio
romano; lo mesmo en el de los partos y asino^ y
en otros diversos, en los cuales hemos visto sa-
bir unos y abaxar otros, abatirse loe unos y en-
grandecerse los otros. Viniendo á particoUri-
zar más, lo mesmo so vio también en los parti-
culares; asi que hemos visto fenecerse j aca-
barse muchos linajes y comenzarse y princi-
piar otros, y de los que se acabaron no habrá
ninguno que no diga que el qne mayor gloria
alcanzó y el que mayor honra mereció ívéé
que hizo el principio del, digo el que dio pnB-
cipio con virtudes y hazañas, qae si el linaje le
principió por alguna via no licita, estonces esta
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 545
gloria se lia de dar al primero sucesor que lo
mereció por su virtud y fortaleza; y así siempre
merece más y tiene mayor fuerza el tronco que
las ramas.
Jerónimo. — ¿De manera que, según lo que
decís, el testamento que hizo Adán fué dexar
á todos sus descendientes por herederos, para
que el que más pudiese tomar y usurpar fuese
suyo?
Antonio.— Assí fuera si no dexara junta-
mente la razón y la justicia con que nos gober-
násemos; pero éstas en algunas partes tienen
poca fuerza, á lo menos para con los poderosos,
los cuales no quieren que valga razón con ellos
más de lo que vale su voluntad.
Albanio. — ¿Y qué es lo que queréis con-
cluir de lo que habéis dicho?
Antonio. — Lo que concluyo es que todos
somos hijos de un padre y de una madre, todos
sucesores de Adán, todos somos igualmente sus
herederos en la tierra, pues no mejoró á ningu-
no ni hay escritura que dello dé testimonio; de
lo que nos hemos de preciar es de la virtud,
para que por ella merezcamos ser más estima-
dos, y no poner delante de la virtud la antigüe-
dad y nobleza del linaje, y muy menos cuando
nosotros no somos tales que nos podemos igua-
lar con los antepasados, porque, como dice Sant
Agustín, no ha de seguir la virtud á la honra
y á la gloría, sino ellas han de seguir á la vir-
tud. Y en otra parte: No se ha de amar y pro-
curar la honra, sino la virtud y hazañas por
donde se merece; y, en fin, una cosa han de
considerar los que presumen de ensoberbecerse
y hacer el principal fundamento en su linaje
para su valor y estimación, y es lo que dice Sé-
neca: Que no hay esclavo ninguno, que si se
pudiese saber quiénes fueron aquellos de quien
procede, comenzando de muchos tiempos atrás,
que no se hallase por línea recta venir de san-
gre de reyes ó de príncipes poderosos, y que así
no hay rey que no venga y sea descendiente de
sangre de esclavos, qne, según las vueltas del
mundo, la confusión que en él ha habido, las
veces que se ha revuelto, las mudanzas que ha
hecho, los reinos y estados que se han tropado
tantas y tan diversas veces, podemos creer con
justa causa ser nmy verdadero el dicho de Sé-
neca. Y pensando en él debriamos perder la so-
berbia que tenemos, presumiendo con los linajes,
y tener en mayor estima y hacer más acatamien-
to á los que con sus obras hacen principio á su
linaje; que no hay razón para que queramos ho
redar los mayorazgos y no las virtudes de aque-
llos que los ganaron con ellas, y gozar de lo que
ellos gozaron por la prosperidad de las rique-
zas y no porque tengamos el mismo valor en
las personas. No dirá uno: «soy virtuoso ó soy
bueno»; sino: a soy de los godos, ó soy de tal ó
OBÍOENES DE LA NOVELA.— 35
de tal linaje, descendiendo de tal casta ó de tal
parentela)); y no miran lo que dice Ovidio en el
libro XIII de su Metamorphoseos:
Kt genuSj et proavos^ et qua nonfecimus ipsiy
Vix ea riostra voco.
Jerónimo.— Yo no he estudiado gramática
para entender eso.
Antonio. ~ Quiere decir, que el linaje y los
agüelos y las cosas que ellos hicieron mal puede
uno decir que son suyas, ni preciarse dellas,
pues él no las hizo. Y lo mesmo dice otro poeta,
que no tengo memoria quién es, aunque se me
acuerdan sus versos que son éstos:
Sanguine db etrusco quid refert ducere nomen
Cumfriget et virtus cumque relicta jacet.
Que quiere decir: ¿qué hace al caso traer el nom-
bre y descendencia de la sangre de los toscanos,
como la virtud se haya resfriado y habiéndola
dexado éste desamparada? Por cierto si los
hombres tuviesen buena consideración no ha-
brían de decir: <imis pasados fueron virtuosos y
buenos y por esto me precio dellos», sino: «yo
soy bueno y virtuoso como mis passados lo fue-
ron, y primero me quiero preciarde mí y después
de mis progenitores i», que más excelente cosa
es dar principio á un linaje que no irlo prosi-
guiendo, si no fuese con las condiciones que he
dicho. Y si lo queréis ver, por ejemplo, decid-
me: en las órdenes de Santo Domingo y San
Francisco y otros sane tos que las instituyeron,
¿á quien estimaréis en más, á los mesmos sane-
tos que las ordenaron y dieron principio ó á
los religiosos que las guardan y cumplen con
toda sinceridad y pureza? Por cierto mucho se
debe á los religiosos, pero no habrá nadie que
con razón pueda decir que no se deba mayor
honra á los mesmos sanctos, porque fueron cau-
sa y principio del bien de todos los otros. Y si
queréis decir que por esto se entiende que he-
mos de tener en más al que da principio á un
linaje que no á los sucesores, pero que no por
esto ha de ser más honrado que los que proce-
den de otros -linajes más antiguos, responderos
he yo que más estimo á San Francisco que
al mejor fraile de la orden de Santo Do-
mingo, y en más á Sant Benito que al mejor
fraile de la orden de San Bernardo, y así en
todas las otras órdenes, no porque cada uno de
los frailes no pudiessen igualar en bondad y en
santidad con los santos que he dicho, sino por-
que no fueron principio ni dieron principio á las
órdenes, como lo hacen los que comienzan y dan
principio á los linajes; asi que con esto alcan-
zaréis lo que se ha de sentir desta materia que
altercamos. En fin, en justa razón y verdadera
filosofía, el mundo en esto está tan ciego como
I en lo demás, y la causa es que, como hay pocoa
1
546
ORÍGENES DE LA NOVELA
que puedan alcanzar y tener el valor de sus per-
sonas por la virtud y bondad, y muchos que se
pueden preciar de sus antepasados, pueden m&s
en esta guerra los muchos i\\ie los pocos, y no
curando de razón ni justicia, ni queriendo escu-
char las que los otros tienen, defienden su par-
tido á puñadas y forzosamente.
Jerónimo. — Confórnianse en esso con el
desafuero de Mahoma, el cual mandó que su ley
86 defendiese con armas y no con razones, y
esto es claro (|ue lo hizo por la poca razón que
hay en ella para defenderse.
Albanio. — No niego yo, señor Antonio, que
vuestras razones no vayan muy bien fundadas;
pero tengo por recia cosa que queréis con ellas
abatir y deshacer la nobleza de la sangre con-
firmada j>or tantos descendientes como vemos
que hay en los linajes' antiguos, en los cuales,
aunque el primero haya hecho el principio y se
le haya dado por ello la gloria y honra que me-
rece, no por eso son de menos merecimientos los
que siguieron sus pisadas, á los cuales, si por
ventura se les offreciera cosa en que poder mos-
trar su valor, no lo hicieran menos, y pudiera ser
que se mostraran más valerosos. Y assi lo que
vois hacéis es juzgar sin oir las partes y sin te-
ner información ni averiguación de la justicia
que tienen.
Antonio. — Essa información y experiencia
no estoy yo obligado á hacerla, ni ninguno, para
juzgar lo que exteriormente parece; los (]ue qui-
sieren ser remunerados con el premio de la hon-
ra, la han de hacer de si mesmos y dar testimo-
nio dello con las obras que hicieren, porque se-
ria tomar cuidado de cosas aj(mas sin que á nos-
otros nos fuese encargado. Los que pretenden
la ganancia pretendan el trabajo y hacemos
ciertos de que la merecen, que si esa considera-
ción hubiésemos de tener, muchos hombres de
bajos y humildes estados hay que si se les ofre-
ciesen casos en que mostrar el valor de sus áni-
mos y el esfuerzo de sus corazones, no deberían
en ellos nada á los que más presumen. Assi
que yo (luiero tener en más á los ({ue hacen
grandes hazañas que á los (jue las poilrían ha-
cer no las haciendo; que también podría cada
uno de nosotros ser un rey y no lo somos, y no
por esso nos tienen en tanto como á los reyes.
Alhanio. — Todo lo que habéis dicho me pa-
rece bien si el decreto de San Gregorio no so-
nase lo contrario, en el cual declara que ha de
sor más estimado y honrado el hijo del bueno
que es bueno ([ué no el (jue por su persona tie-
ne este merecimiento, y la razón para que esto
sea asi es de tan gran fuerza, que yo no le hallo
contradicción ninguna ni argumento que pueda
desbaratarla, la cual os quiero poner en término
que me podáis responder á ella si hallareis qué
poder d(*cir para confundirla.
Antonio. — Proponed, qne yo iré respm-
diendo como supiere, aunque, según la habéis
encarecido, desde agora me pnedo dar por con-
cluso; pero todavía tengo creído que no faltarí
respuesta, y mejor de la qne vos pensáis.
Albanio. — Decidme: si un religioso rea
sus horas canónicas con mucho cuidado y devo-
ción, y un seglar hace lo mismo y en hi miBmi
igualdad, ¿cuál de ellos merecerá mayor premio
y será digno de más gloria?
xVntonio. — Paréceme que el religioso, por-
que assi como tendría mayor pena y mayor cas-
tigo no cumpliendo con la obligación que tiene
sobre si, assi es justo que se le dé mayor pre-
mio por hacerlo que es obligado; que de otn
manera seria notorío agravio el qne recibiese, j
como Dios sea juez tan justo, quiere que seso
iguales en la gloría y en la pena, para que el
que fuere digno de más crecida pena también
lo sea para llevar más crescida la gloria.
Albanio. — Lo cierto habéis respondido, y
de vuestra respuesta sale la razón que he dicho,
y asi me responded á lo que diré: ¿cuál es digno
de mayor infamia, nno qne es de muy buen li-
naje y hace alguna vileza ó cosa fea de que pue-
da ser reprehendido, ó uno que ha alcanzada va-
lor por su sola persona y comete la misma vile-
za haciendo lo que no debe?
Antonio. — El que ha ganado el merecimien-
to y valor por su persona.
Alkanio. — Pues ¿cómo puede ser esso, que
vos uK^smo os contradecís, porque esta razón
tiene la mesnia fuerza que la pasada? Claro es
y notorio á todos que mayor obligación tiene
un bueno á obrar cosas buenas y virtuosas
que uno que no lo es tanto, digo en la calidad
y linaje, y asi por esta obligación que tiene so-
bre si merece mayor premio y honra en ser bue-
no siguiendo la virtud de sus pasados, que no
el que es de bajo y oscuro linaje; porque éste no
está tan obligado á usar de aquella bondad, j
asi como al bueno se le ha de dar mayor premio
por esto, es digno de mayor infamia si se desvía
del camino que fundó el que dio principio á su
linaje y siguieron los que del han procedido, r
si es digno de mayor infamia faltando á su obli-
gación, justo será que se le dé mayor honra sin
contradicción ninguna.
Antonio.— Hermosa y fuerte razón es la
que, señor Albanio, habéis traido, y argumen-
to muy aparente, aunque no dexa de tener res-
puesta bastante, porque, como suelen decir, de-
l>axo de la buena razón á veces está el engafin,
y asi lo está debnxo desto que vos hal>éÍ8 dicho
cuando quisiéreiles bien entenderlo, porque jo
no niego (|ue al que es de buen linaje y hijo de
buenos padres se le debe mayor honra, siendo
bueno, (pie al que es de humilde linaje aunque
sea bueno; pero esto se entiende ouandoson
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 547
igualmente buenos, que bien podría ser bueno
el que es de buen linaje y tener mayor bondad el
((ue es de más bajo estado; y en este caso toda-
vía me afirmo en que es digno de mayor honra
el que mayor bondad tuviere; esto podréis me-
jor entender por lo que agora diré. Notorio es
([uc muchos romanos de escuros y bajos linajes
hicieron hechos tan valerosos que por ellos me-
recieron ser rccebidos en Roma con muy hon-
rados y sumptuosos triunfos, y á algunos dellos
se les pusieron públicas estatuas en los lugares
públicos y fueron tenidos y estimados como dio-
ses que dccian, héroes entre los hombres. No
faltaban juntamente en Roma algunos hombres
de antiguos y claros linajes, muy virtuosos y
sin mancilla que les pudiese embarazar la hon-
ra; pero con no igualar en los hechos, ni en la
fortaleza y virtud del ánimo con los otros, no
se igualaban con ellos en !a honra que se les
hacia, antes eran tenidos y estimados en menos.
El rey David, pastor fué que guardaba ganado,
y en su tiempo muchos varones sanctos y vir-
tuosos hubo que descendían de sangre de reyes,
á los que no les faltaba virtud ni fortaleza; pero
con no igualarse en ellas ni en las hazañas tan
valerosas, principalmente cuando mat(!) á Golias,
no fueron tan honrados ni tan estimados de las
gentes como lo fué el rey David. Y asi podría
traeros otros diversos exemplos, los cuales dexo
por la prolixidad y porque entre nosotros lo ve-
mos cada día; que dos hijos de un padre y de
una madre igualmente buenos, si á algunos de-
llos por permisión y voluntad do Dios ayuda y
le favorece la industria en poder acabar y salir
con hechos más hazañosos, le tenemos y esti-
mamos por más honrado que al otro.
Jerónimo. — Desa manera al acaecimiento
se ha de atribuir la honra de los hombres y en
él está darla á los unos y quitarla á los otros.
Antonio. — Principalmente se ha de atribuir
á Dios, pues todas las cossas se gobiernan por
su siimmo poder y voluntad. Pero con esto per-
mite que algunos sean más bien empleados que
otros, y así cuando unos se ensalzan, otros se
humillan y abaten, que no pueden estar todos
en una igualdad. Y así resolviendo me digo,
que cuando dos hombres, el uno de buen linaje
y el otro de no tan bueno, fueren igualmente
buenos, que ha de ser preferido y antepuesto en
la honra el de l)ueu linaje al otro, y si no son
iguales, siendo mejor en virtud y fortaleza el
que es inferior en linaje ha do ser más estimado
y preferido; y conforme á esto se ha de enten-
der el decn>to sobredicho, porque la razón que
habéis dicho de que merece mayor pena el
bueno, haciendo lo que no debe, que el que
no es tal como él, yo os jo confieso (jue así es
digno de mayor gloria. Pero (como en lo que
arriba he dicho bien á la clara yo he probado)
el que tiene más virtud y valor, aunque sea des-
igual en linaje, ya so ha hecho tan bueno con
ello como el otro, y aun mejor. Y así está ya
puesto debajo de la mesma obligación de usar
la virtud y bondad, y obligado á la mesma pena.
Lo que entenderéis por un ejemplo que diré:
Si un fraile ha que ee fraile cuarenta años, y
otro no ha más de uno que hizo proffesión, ¿no
estará éste obligado á los preceptos de la orden
como el otro? ¿y no pecará igualmente?
Alhanio. — Aunque en parte le relevaría no
estar tan habituado á las observancias de la or-
den; pero si no es pecado por inorancia, eso
no puede negarse.
Antonio. — Pues lo mesmo es en lo que tra-
tamos; que cuando uno se ensalza y engrandece
con virtudes y hazañas, hace profesión en la
orden de la honra, de manera que tan obligado
queda á guardar los preceptos della y conser-
varla como aípiel que de antiguo tiempo tiene
esta obhgacióu, pues que á todos nos obliga la
naturaleza igualmente á ser virtuosos, no quie-
ro decir en un mesmo grado, sino que nos obli-
ga á todos sin excetar alguno, dexando la puerta
abierta para que sea vicioso, y á lo mesmo la
verdadera ley christiana que tenemos y seguimos
nos obliga juntamente á todos, y desta manera,
si bien lo consideramos, no tenemos por qué de-
cir que es más obligado á sustentar la honra de
sus antepasados uno que desciende de claro y
antiguo linaje que uno que por si mesmo la ha
ganado de nuevo.
Albanio. — En fin, la común opinión es con-
traria de lo que decís, porque tienen en tanto una
antigua y clara sangre, que el que della partici-
pa, siempre es juzgado digno de mayor honra.
Antonio. — No entendemos qué cosa es ser
buena y clara la sangre, pues ya conocemos qué
cosa es ser antigua. Por cierto á muchos juzga-
mos de buena sangre gue la tienen inficionada
y corrompida de malos humores, y dexando de
ser sangre se vuelve en ponzoña que, bebiéndola,
bastaría á matar á cualquier hombre, y algunos
labradores hay viles y que no sabiendo apenas
(juiénes fuercíTi sus padres tienen una sangre
tan buena y tan pura que ninguna mácula hay
en ella. Esta manera de decir de buena sangre
es desatino y un impropio hablar. Pero dexando
esto, yo estoy espantado de las confusiones, no-
vedades, desatinos que cada día vemos en el
mundo acerca desto de los linajes; pluguiesse
á Dios (jue tuviesse yo tantos ducados de renta
en su servicio para no vivir pobre, como hoy
hay hidalgos, pecheros y villanos que no pechan,
(jue en esto hay algunos que se saben dar tan
buena maña, (jue gozan del privilegio (jue no
tienen, y otros hay tan apocados y tan pobres,
que no son bastanti^s á defender su h idalguia
cuando los empadronan, y assí la pierden para
548
orígenes de la novela
8Í y para sus descendioiitos. Y assi hornos visto
dos hermauos de padre y madre ser el uno hi-
dalgo y pechar el otro, y ser el uno caballero y
el otro lio alcanzar á ser hidalgo. Algunos de
los que son hidalgos no hallan testigos que ju-
ren de padre y agüelo, como la ley lo manda;
otros que no lo son, hallan cien testigos falsos
que por poco interese juran. Y assi anda todo re-
vuelto y averiguada mal la verdad cu este caso.
tÍERÓNiMO. — Así es, señor Antonio, como
vos lo decís, que muchas veces lo he considera-
do y aun visto por exi)er¡encia. Pero decidme,
¿<jud diferencia hay entre hidalgo y caballero,
que yo no lo alcanzo.*
Antonio. — Yo os la diré. En los tiempos
antiguos, los reyes hacían hidalgos algunos por
servicios que les hacían 6 por otros méritos que
en ellos hallaban; á otros armaban caballeros,
que era mayor dignidad, ponpie gozaban de más
y mejores essenciones; pero esto se entendía
en sus vidas, porque después sus descendientes
no gozaban de más de ser hidalgos. Los que
eran caballeros se obligaban á cumplir ciertas
cosas cuando recebian la orden de caballería,
como aun agora parece por algunas historias
antiguas, y en los libros de historias fingidas,
que tomaron exemplo de lo verdadero, se
trata más copiosamente, y por esta causa eran
en más estimados. Agora no se usa ac^uella
orden de caballería, y así hay muy pocos ca-
balleros á los cuales nuestro emperador ha dado
este previlegio 6 por sus virtudes 6 por otros
respetos, y con ser la mayor dignidad de todas
en la milicia, puede tanto la malicia de las gen-
tes, que si antes que hubiessen la orden de caba-
llería no eran de buen linaje, los llaman por des-
preciados caballeros pardos ó hidalgos de pri-
vilegio, paresciéndoles (|ue por ser en ellos más
antigua la hidalguía tiene mayor valor, y dexan-
do de guardar en esto la verdadera orden que
se ha de tener. A los hidalgos ricos Ihinian ca-
balleros, y á lo (jue creo es pon¡ue tienen más
posibilidad para andar á caballo, que yo no veo
otra causa que baste, porc|ue tan hidalgo es un
hidalgo que no tiene un maravedí de hacienda
como un señor que tiene veinte cuentos de ren-
ta, si, como he dicho, no es armado caballero; y
hay tan pocos caballeros en Castilla, que aunque
el rey ha dicho algunos, no sería muy dificul-
toso el numero dellos, y con todo esto no veréis
otra cosa, ni oiréis entre los que presumen sino
á le de caballero, yo os prometo como caballe-
rc, sin que tengan más parte con ser caballeros
que quien nunca lo fué ni lo soñó ser, ó dire-
mos que toman este nombre en muy ancho sig-
nificado porque el vulgo tiene por caballero que
es hombre rico que anda á calillo. Desta ma-
nera son tildas las otras cosas (¿ue tocan á esto
de la honra, que ningún concierto ni orden hay
en ellas, sino que cada uno juzga y defiende
como le parece y como más hace á sn apetito.
Albanio, — (* Sabéis, Antonio, qué veo? Qoe
cuando comenzamos esta materia prometisteis
de no sentenciar en ella, y á lo que he visto, por
más que sentenciar tengo vuestras palabras,
pues ningún lugar habéis dejado cou ellas par»
ser más estimados los herederos de la honra qoe
los que por sí la ganaron, y no os veo tan des-
apasionado en esto que queráis volver atrás de
lo que habéis dicho en ninguna cosa.
Antonio. — Y'o digo lo que siento, y no por
esso dejo de pensar que habrá otros que lo sien-
tan differentemente y de manera que tengan
otras muchas razones contrarías para contrade-
cir lo que he dicho, y así me pongo debaxo dp
la correción de los que más sabios fueren y me-
jor lo entendieren ; pero esto ha de ser no les
yendo en ello su propio interese, que desta ma-
nera podrán ser buenos jaeces, como vemos que
lo fué Salustio que cuando competía con Marco
Tu lio, porque le iba so propia pasión, fué del
parecer vulgar, mas cuando habló desapasiona-
do y como filósofo moral eu la batalla que es-
crebió del rey Ingurtadice asi:
Quanio vita majarum ploeclarior m/,
tanto posteroi'um iocordtaflagitior est,
que quiere decir: cnanto la vida de los antepa-
sados fué más illnstre, tanto la pereza délos des-
cendientes es más culpada.
Y pues que ya hemos dicho brevemente
todo lo que alcanza á nuestros claros juicios, j
yo he cumplido lo que quedé mejor qae he sa-
bido, justo será que nos vamos, que ya el sol
tiene tanta fuerza que no basta el frescor deU
verdura para resistirla.
Jerónimo. — Es ya casi medio día y con el
gusto de la cuestión no hemos sentido ir el tiem-
po. Caminemos, porque no hagamos falta, qa^
ya el conde habrá demandado la comida.
Finís.
COLLOQUIO PASTORIL
En que no pislor lUoudo Tornuto okdU á otro* dos pa»l<rH
UanMdoa FDonk> j Grisaldo los amores qoe tuvo eoa su pa^
tora Ilaouda Bditia. Va oompoesto en estilo aptdble j gn-
ríoso 7 contiene en si avisos pro?echosos para q«s las geste»
hayan de dexarse vencer del Amor, tomando eBS«mploea«i
fin qae tnvieron estos amores j el pago q«e dan é lo» qse
ciegamente los siguen, como se podrá ver en el proceso (le»i«
colloqoio.
A LOS LBCTOKRS DICB LAS OAÜ6A8 QUK LK
MOVIERON Á rONBR ESTE COLLOQUIO CON*
LOS PASSADOS.
Bien cierto e&toy q\ie no faltarán diferente
juicios para juzgar esta obra» como los hay pan
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
549
todas las otras que se escriben, y que aunque
haya algunos á quien les parezca bien, habrá
otros que tendrán otro parecer diferente y mur-
murarán diciendo que no fué bien acertado
mezclar con los colloquios de veras uno de bur-
las, como es el que se sigue, y que yo debiera
excusarlo assi, y quiero decir los motivos que
para ello tuve y me parecieron bastantes, en
los cuales pude acertar y también he podido
engañarme, que creo que habrá assimesmo en
esto diversos pareceres como en lo pasado. Lo
primero que me movió, fué que, dirigiendo este
libro al Sr. D. Alonso Pimentel, y estando
su señoría en edad tan tierna, cuando viniese á
leer cosas más pesadas que apacibles, como son
las que se tratan en estos colloquios, que por
ventura se enfadaría dellas, y con venia hallar en
qué mudar el gusto para tomar más sabor en lo
que se leyese, y asi quise poner por fruta de
postre la que también podrá servir en el medio
cuando entre manjar y manjar quisiere gustar
della; y demás desto, no dexa de tener en si este
colloquio muy buenos enxemplos y dotrina,
pues se podrá entender por él el fin que se sigue
de los amores que se siguen con vanidad, y
cuan poca firmeza se suele hallar en ellos. Tam-
bién en la segunda y tercera parte se hallarán
algunas cosas que, considerándolas, se sacará
dellas muy gran provecho, pues tienen más sen-
tido en si del que en la letra parece; y sin estas
causas que he dado, parecióme que podría yo
hacer lo que otros autores muy graves hicieron
sin ser repreliendidos por ello, y que tenia es-
cudo y amparo en su enxemplo contra las len-
guas de los que de mi por esta causa murmu-
rar quisiessen.
El primero es el poeta Virgilio, que con los
libros de Im Eneida, siendo obra tan calificada,
no le pareció mal poner las Bucólicas^ que tratan
cosas de amores, y los Parvos, que son todos de
burlas y juegos. El poeta Ovidio también mez-
cló con sus obras el de Arte amandi y el de Re-
medio amoris. Eneas Silvio, que después se
llamó el papa Pió, escribió cosas muy encare-
cidas y con ellas los Amores de Eurialo Franco
y Lucrecia Senesa, Luciano, autor griego, con
los colloquios de veras mezcló algunos de bur-
las y donaires, y también puso con ellos los
libros en que escríbe el Mundo nuevo de la luna,
fingiendo que hay en ella ciudades y poblacio-
nes de gentes y otras cosas que van pareciendo
disparates. Petrarca muchas obras escribió en
que se mostró muy gran teólogo y letrado, y no
por esto dexó de poner entre ellas la que hizo
sobre los amores que tuvo con madona Laura,
y asi yo pude escribir el colloquio que se sigue
con los pasados, teniendo por mí parte tantos
autores con quien defenderme de lo. que fuere
acusado. Y si estas razones y excusas no bas-
taren, bastará una, y es que á los que les pare-
ciere mal no lo lean y hagan cuenta que aquí
se acabaron los colloquios, que para mi basta
solamente que á quien van dirigidos se satisfaga
de mi intención, la cual ha sido de acertar á
servir en esto y en todo lo que más pudiere
hacerlo, como soy obligado.
Torquemada,
COLLOQUIO PASTORIL
En qae w tratan los amores de un pa^or llamado Tórralo ron
una pastora llamada Belisia; el cual da cuenta delloí* á otros
doa pa*«tores llamados Filonio y Gri^ildo, quexéndoae del
agravio que recibió de su amiga. \'a ¡Mirtido en tres parte«.
La primera o* dt>l proeeso de los amores. La segunda es un
sueño. En la tercera se trata la causa que pudo haber para
lo que Belij«ia con Tórralo hixo.
INTERLOCUTORES
Grisaldo, — Torcato. — Filonio,
FiLONio.--7¿Qué te parece, Grísaldo, de las
regocijadas y apacibles fiestas que en estos des-
posónos de Silveida en nuestro lugar hemos
tenido, y con cuánto contento de todos se ha re-
gocijado? Que si bien miras en ello, no se han
visto en nuestros tiempos bodas que con mayor
solemnidad se festejasen, ni en que tantos za-
gales tan bien adrezados ni tantas zagalas tan
hermosas y bien ataviadas y compuestas se'
hayan en uno juntado.
Grisaldo. - Razón tienes, Filonio, en lo que
dices, aunque yo no venga del todo contento,
por algunos agravios que en ellas se han reci-
bido, que á mi ver han sido en perjuicio de al-
gunos compañeros nuestros, que con justa cau-
sa podrán quedar sentidos de la sinrazón que
recibieron. Y porque no eres de tan torpe en-
tendimiento que tu juicio no baste para haber
conocido lo que digo, dime, asi goces muchos
años los amores de Micenia y puedas romper
en su servicio el jubón colorado y sayo verde
con la caperuza azul y zaragüelles que para los
dias de fiesta tienes guardados, ¿no fué mal juz-
gada la lucha entre Palemón y Melibeo dándo-
se la ventaja á quien no la tenia y poniendo la
guirnalda á quien no la habia merecido; que si
tuviste atención no fué pequeña ventaja la que
tuvo el que dieron por vencido al que por ven-
cedor señalaron?
Filonio. — Verdaderamente, hermano Gri-
saldo, bien desengañado estaba yo de que el
juicio fué hecho más con afición que no con
razón ni justicia; porque puesto caso que Pale-
món sobrepujase en fuerzas á Melil>eo, no por
eso se le debia atribuir la victoria, pues nunca
le dio caida en que ambos no pareciesen junta-
f
5fiO
ORÍOENES DE LA NOVELA
nif^nte en el Ráelo, y demás desto, b¡ bien mi-
THñio la dítfítreza de MeliU-o en «n-har los tras-
p¡''8, el aviso en armar las zaii'-a/iillas, la buena
mafia en dar los vaivenes, jnzf^arás qne no
había zap;al en t^^xlas estas aldeas qu>' en esto
pndiese sobrepujarlo; y ruando Palcmijn con sus
fuertes brazos en alto lo b^vantaba, así como
dicen que Hércules hizo al poderoso ^Vnteo, al
ca«¿r estaba Melil>eo tan mañoso que, alienas con
sus espaldas tocaba la tierra, cuando en un
punto tenía á Palemón debaxo de sí, que quien
qui(Ta qne le viera más dignamente le juzgara
por victíjrioso que por vencido. Pero ¿qué quieres
que hiciese el buen ])astor Quiral, puesto por
ju(*z, que por complacer á su atnada Floria le
era forzado que, cr)n justicia ó sin ella, di(*se la
8ent<mcia por Palemón su hermano?
ÍjIrisaldo. — Si al amor pones de por medio,
pocas cosas justas dexaián de tornar injusta-
mente hechas. Y dexando la lucha, no fué menos
de ver el ju<ígo de la chueca, que tan refiido fué
por todas partes, en el cual se mostró bien la
desenvoltura y ligereza de los zagales, que en
t<Mlo un día no pudieron acabar de ganarse el
precio que para los vencedores estaba puesto; ni
en la corrida del bollo se a(;abó de determinar
cuál de los tres que llegaron á la par lo había
tí»cado más presto que los otros, y en otras dos
veces que tornaron á correr, parecía que siempre
con igualdad habían llegado.
FiLOHic— Bien parece que con faltar Tor-
cato en estos regocijos y fíestas, todos los ])as-
tores y mancebos aldeanos pueden tener pre-
sunción que cuando él presente se hallaba, nin-
guno había que con gran parte en fuerzas y
maña le igualase; todas las joyas y preseas eran
suyas, porque mejor que todos lo merecía y en
tirar á mano ó con una honda, en saltar y
bailar á todos sobrepujaba, en tañer y cantar
con flauta, rabel y cherumbela, otro segundo
dios i*an parecía. No había zagala hermosa en
toda la comarca que por él no se perdiese; to-
das deseaban que las amase, y, en fin, de todas
las cosas de buen pastor á todos los otros pas-
tores era preferido; mas agora yo no puedo en-
tender (pié enfermedad le trae tan fatigado y
abatido, tan diferente del que ser solía, que
apenas le (conozco cuando le veo su gesto, que
en color blanca con Ins mejillas coloradas á la
blanca leche cubierta de algunas hojas de olo-
rosos claveles semejaba, agora flaco, amarillo,
con ojos sumidos, más fígura de la mesma
nuicrte que de hombre que tiene vida me pa-
rece; su tañer y cantar todo se ha convertido
en lloros y tristezas; sus placeres y regocijos
(MI suspiros y g(»mi(b>s; su dulce conversación
en una soledad tan triste que siempre anda hu-
yendo de aípuíllos que lo podrían hacer compa-
ñía. En verdad U* (ligo, Grisaldo, que las veces
que con él me hallo, en rerle ciiaI le veo, con
gran lástima que le tengo, me pesa de halarle
encontrado, viendo el [xx'o remedio que á sas
males puedo darle.
Gris ALDO. — Mal se puede remediar el mal
que no se conoce: pero bien sería procurar de
saberlo d(*l, si como amigo quisic^se manifes-
tamos lo qne siente.
Fi LOMO. —Muchas veces se lo he pregun-
tado, y lo que entiendo es qne él no entiende
sa mal, ó si lo conoce, no ha qncrído declarar»
conmigo; pero lo qne yo solo no he podido, po-
dría ser que entrambos como amigos pediése-
mos acabarlo. Y si su dolencia es tal qne por
alguna manera podiesc ser curada, justo será
que á cualquiera trabajo nos pongamos pan
(¿uc un zagal de tanta estima y tan amigo j
compañero de todos no acabe tan presto sus
días, trayendo la vida tan aborrída.
Grisaldo. — ¿Pues sabes tú por ventara
dónde hallarlo podiésemos? que assí goce yo
de mi amada Lidia, no prcx;ure con menor cui-
dado su salud que la mía propia.
Filón* 10. — No tiene estancia tan cierta que
no somos dudosos de encontrarle, porque siem-
pre se aparta por los xarales más espesos y al-
gunas veces en los valles sombríos, y en las
cuevas escuras se encierra, donde sus gemidos,
sus lamentaciones y qnei*ellas no puedan ser
oídas; pero lo más cierto será hallarle á la
fuente del olivo, que está enmedio de la espe-
sura del bosque de Diana, porque muchas veces
arrímado á aquel árbol lo he vistp tañer y can-
tar estando puesto debaxo de la sombra y
oteando de allí su ganado, el coal se puede de-
cir que anda sin dueño, según el descuido del
que lo apacienta.
Grisaldo. — Pues sigue, Filonio, el camino,
que cerca estamos del lugar donde dices. Y
para que menos cansancio sintamos, podremos
ir cantando una canción que pocos días ha can-
taba Lidia á la vuelta que hacia del campo
para la aldea trayendo á sestear sus ovejas.
FiLONio. — Comienza tú á decirla, que yo te
ayudaré lo mejor qufe supiere.
GRISALDO
En el campo nacen flores
y en el alma los amores.
El alma siente el dolor
del zagal enamorado,
y en el alma está el amor
y el alma siento el cuidado;
assí como anda el ganado
en este campo de flores,
siente el alma los amores.
FiLONio.— Calla, Grisaldo, no cantemos: qae
á Torcato veo adonde te dixe, y tendido en
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA 651
aquella verde yerba, recostado sobre el brazo
derecho, la iu«iiio puesta cu su mexilla, mos-
t raudo en el semblante la tristeza de que con-
tinuamente anda a(*om panado, y 4 lo que parece
hablando está entre sí. Por ventura antes que
nos vea podremos oír alguna cosa por donde
podamos entender la causa de su mal.
Grisaldo. — Muy bien dices; pues no nos ha
sentido, acerciuémonos más, porque mejor po-
damos oirle.
ToROATO. — jOh, claro sol, que con los res-
plandecientes rayos de la imagen de tu memo-
ria alumbras los ojos de mi entendimiento, pa-
ra que en ausencia te tenga presente, contem-
plando la mucha razón que tengo para lo poco
que padezco! ¿Porqué permites eclipsar con la
crueldad de tu olvido la luz de que mi ánima
goza, poniéndola en medio de la escuridad de
las tinieblas infernales, pues no tengo por me-
nores ni menos crueles mis penas que las que
en el infierno se padecen? ¡Oh, ánima de tantos
tormentos rodeada! ¿ccSmo con ser inmortal los
recibes en ti para que el cuerpo con el fuego en
que tú te abrasas se acabe de convertir en ceni-
za? Si el uso de alguna libertad en ti ha que-
dado, sea para dexar recebir tanta parte de tus
fatigas al miserable cuerpo que con ellas pueda
acabar la desventurada vida en que se vee. i Oh,
desventurado Torcato, que tú mesmo no sabes
ni entiendes lo que quieres, porque si con la
muerte das fin á los trabajos corporales no con-
fiesas que quedarán en tu ánima inmortal per-
petuamente! Y si han de quedar en ella, ¿no es
mejor que viviendo se los ayude á padecer tu
cuerpo eu pago de la gloria que con los favores
pasados de tu Belisia le fue en algún tiempo
comunicada? ¡Oh, cruel Belisia, que ninguna
cosa pido, ni desseo, ni quiero, que no sea des-
atino, sino es solamente quererte con aquel
verdadero amor y aficción que tan mal galar-
donado me ha sido! Ando huyendo de la vida
por contentarte y pienso que no te hago servi-
cio con procurar mi muerte, porque mayor con-
tentamiento recibes con hacer de mi sacrificio
cada día y cada hora que el que nicebirias en
venne de una vez sacrificado del todo, porque
no U^ quedaría en quién poder executar tu in-
humana crueldad, como agora en el tu sin ven-
tura Torcato lo haces; bien sé que ninguna
cosa ha de bastar á moverte tu corazón duro
para que él de mí se compadezca; poro no
por esso te dexaré de manifestar en mis versos
parte de lo que este siervo tuyo, Torcato, en el
alma y en el cuerpo padece. Escuchadme, cruel
Belisia, que aunque de mí estés ausente, si
ante tus ojos me tienes presente, como yo
siempre te tengo, no podrás dexar de oir mis
dolorosas voces, que enderezadas á ti hendirán
con mis sospiros el aire, para que puedan venir
á herir en tus oídos sordos mis tristes que-
rellas.
FiLONio. — Espantado me tienen las palabras
de Torcato, y no puede ser pequeño el mal que
tan sin sentir lo tiene que no nos haya sentido;
pero esperemos á ver si con lo que dixere po-
dremos entender más particularmente su dolen-
cia, pues que de lo que ha dicho se conoce ser
los amores de alguna zagala llamada Belisia.
Qrisaldo. — Lo que yo entiendo es que no
he entendido nada, porque van sus razones tan
llenas de philosofías que no dexan entenderse;
no sé yo cómo Torcato las ha podido aprender
andando tras el ganado. Mas escuchemos, por-
que habiendo templado el ral)el, comienza á ta-
ñer y cantar con muy dulce armonía.
TOEOATO
¡ Oh, triste vida de tristezas llena,
vida sin esperanza de alegría,
vida que no tienes hora buena,
vida que morirás con tu porfía,
vida que no eres vida, sino pena,
tal pena que sin olla morirla
quien sin penar algún tiempo se viese,
si el bien que está en la pena conociese!
Más acoda que el acebo al gusto triste,
más amarga que el acíbar desdeñosa,
ningún sabor jamás dulce me diste
que no tornase en vida trabajosa;
aquel bien que en un tiempo me quesiste
se ha convertido en pena tan rabiosa,
que de mi mismo huyo y de mi he miedo
y de mí ando huyendo, aunque no puedo.
Sabrosa la memoria que en ausencia
te pone ante mis ojos tan presente,
que cuando en mi conozco tu presencia,
mi alma está en la gloria estando ausente,
mas luego mis sentidos dan sentencia
contra mi dulce agonía, que consiente
tenerte puesta en mi entendimiento
con gloria, pues tu gloria es dar tormento.
i Oh, quién no fuese el que es, porqv;u no
no sentiría lo que el alma siente; [siendo
mi ánima está triste, y padeciendo;
mi voluntad, ques tuya, lo consiente;
sí alguna vez de mi me estoy doliendo
con gran dolor, es tal que se arrepiente;
porque el dolor que causa tu memoria
no se dexa sentir con tanta gloria.
Mis vooes lleva el viento, y mis gemidos
rompen con mis clamores Taire tierno,
y en el alto cielo son más presto oídos,
también en lo profundo del infierno;
que tú quieres que se abran tus oídos
á oir mi doloroso mal y eterno;
si llamo no respondes, y si callo
ningún remedio á mis fatigas hallo.
552
ORÍGENES DE LA NOVELA
También llamo la muerte y no responde,
que sorda está á mi llanto doloroso;
si la quiero buscar, yo no sé á dónde,
y ansí tengo el vivir siempre forzoso;
si llamo á la alegría, se me asconde;
respóndeme el trabajo sin reposo,
y en todo cuanto busco algún contento,
dolor, tristeza y llanto es lo que siento.
TORNA Á HABLAR TORCATO
i Oh, desventurado Torcato! ¿k quién dices
tus fatigas? ¿á quién cuentas tus tormentos? ¿á
quién publicas tus lástimas y angustias? Mira
que estás solo; ninguno te oye en esta soledad;
ninguno dará testimonio de tus lágrimas, si no
son las ninfas desta clara y cristalina fuente y
las hayas y robles altos y las encinas, que no
sabrán entender lo que tú entiendes. Das voces
al viento, llamas sin que haya quien te responda,
si no es sola Eco que, resonando de las conca-
vidades destos montes, de ti se duele, sin po-
der poner remedio á tu pasión. jAy de mí, que
no puedo acabar de morir, porque con la muerte
no se acaban mis tormentos; tampoco tengo
fuerzas para sustentar la miserable vida, la cual
no tiene más del nombre sólo, porque verdade-
ramente está tan muerta que yo no sé cómo me
viva! ¡Ay de mí, que muero y no veo quien
pueda valerme!
Grisaldo. — ¡Filonio, Filonio; mira que se
ha desmayado Torcato! Socorrámosle presto,
que, perdiendo la color, su gesto ha quedado con
aquel parecer que tienen aquellos que llevan á
meter en la sepoltura.
Filonio. — jOli, mal afortunado pastor, y
qué desventura tan grande! ¿Qué mal puede ser
el tuyo que en tal extremo te haya puesto?
Trae, Grisaldo, en tus manos del agua de aque-
lla fuente, en tanto que yo sustento su cabeza
en mi regazo; ven presto y dale con ella con
toda furia en el gesto, para que con la fuerza
de la frialdad y del miedo los espíritus vitales
que del van huyendo tornen á revivir y á cobrar
las fuerzas que perdidas tenía; tórnale á dar
otra vez con ella.
Grisaldo. — ¡Ya vuelve, ya vuelve en su
acuerdo! Acaba de abrir los ojos, Torcato, y
vuelve en ti, que no estás tan solo como piensas.
Torcato. — El cuerpo puede tener compa-
ñía; pero el alma, que no está conmigo, no tiene
otra sino la de aquella fiera y desapiadada Be-
lisia, que contino della anda huyendo.
Filonio. — Déxate deso, Torcato, agora que
ningún provecho traen á tu salud esos pensa-
mientos.
Torcato. — ¿Y qué salud puedo yo tener sin
ellos, que no fuese mayor emfermedad que la
que agora padezco? Pero decidme: ansí Dios
I os dé aquella alegría qne á mi me falta, ;que
ventura os ha traído por aquí á tal tiempo, qne
no es poco alivio para mí ver que en tan gran
necesidad me hayáis socorrido, para poder me-
jor pasar el trabajo en que me he visto; qne bien
sé que la muerte, con todas estas amenazas, no
tiene tan gran amistad conmigo que quiera tan
presto contarme entre los que ya siguen su
bandera?
Filonio. — La causa de nuestra venida ha
sido la lástima qne de ti y de tu dolencia tene-
mos; y el cuidado nos puso en camino, bos-
cándote donde te hemos hallado, para procurar
como amigo que vuelvas al ser primero qne
teníasi porque según la mudanza que en tus
condiciones has hecho, ya no eres aquel Tor-
cato que solías ; mudo estás de todo punto, j
créeme, como á verdadero amigo que soy tajo,
que los males que no son comunicados no
hallan tan presto el remedio necesario, porque
el que los padece, con la pasión está ciego pan
ver ni hallar el camino por donde pueda salir
dellos; así que, amigo Torcato, páganos la
amistad que tenemos con decimos la causa de
tu dolor más particularmente de lo cual hemos
entendido, pues ya no puedes encubrir que no
proceda de amores y de pastora que se llame
Belisia, á la cual no conocemos, por no haber
tal pastora ni zagala en nuestro lugar, ni qne
de este nombre se llame.
Grisaldo.— No dudes, Torcato, en hacerlo
que Filonio te ruega, pues la affíción con qne
te lo pedimos y la voluntad con qne, siendo
en nuestra mano, lo remediaremos, merecen
que no nos niegues ninguna cosa de lo qne por
ti pasa; que si conviene tenerlo secreto, se^run)
podrás estar qne á ti mesmo lo dices, porqne los
verdaderos amigos una mesma cosa son para
sentir y estimar las cosas de sus amigos, hacie'n-
dolas propias suyas, así para saberlas encubrir
y callar como para remediarlas si pueden.
Torcato. — Conocido he todo lo qne me
habéis dicho, y aunque yo estaba determinado
de no descubrir mi rabioso dolor á persona del
nmndo, obligado quedo con ruestras buenas
obras y razones á qne como amigos entendáis
la causa que tengo para la triste vida qne
padezco. Y no porque piense que ha de apro-
vecharme, si no fuere para el descanso qne reci-
biré cuando viere que de mis tribulaciones j
fatigas os doléis, las cuales moverán á cualqnier
corazón de piedra dura á que de mi se duela y
compadezca. No quiero encomendaros el secre-
to, pues me lo habéis offrecído, que nunca por
mí vaya poco en que todo el mundo lo sepa. £s
tanto el amor que tengo á esta pastora Belisia,
que no querría que ninguno viniesse á saber el
desamor y ingratitud que conmigo ha usado,
para ponerme en el extremo qué me tiene.
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
553
FiLONio. — Bien puedes
lo qnc quisieres, debaxo del
por ambos te ha dado.
ToRCATo. — Ora, pues,
yo quiero comenzar desde
amores y gozar del alivio
cuentan sus trabajos á las
que se han de doler dellos.
decir, Torcato, todo
seguro que Grisaldo
estad atentos, que
el principio de mis
que reciben los que
personas que saben
COMIENZA TOROATO i CONTAR EL PROCESO DE
SUS AMORES CON LA PASTORA BBLISIA
En aquel apacible y sereno tiempo, cuando
los campos y prados en medio del frescor de su
verdura están adornados con la hermosura de
las ñores y rosas de diversas colores, que la
naturaleza con perfectos y lindos matices pro-
duce, brotando los árboles y plantas las hojas
y sabrosas frutas, que con gran alegría regoci-
jan los corazones de los que gozarlas después
de maduras esperan, estaba yo el año passado
con no menor regocijo de ver el fruto que mis
ovejas y cabras habían brotado, gozando de ver
los mansos corderos mamando la sabrosa leche
de las tetas de sus madres y á los ligeros cabri-
tos dando saltos y retozando los unos con los
otros; los l)€cerros y temeros apacentándose
con la verde y abundante yerba que en todas
partes les sobraba, de manera que todo lo que
miraba me causaba alegría, con todo lo que
veía me regocijaba, todo lo que sentía me
dí\ba contento, cantando y tañendo con mi
rabel y chirumbela passaba la más sabrosa y
alegre vida que contar ni deciros puedo.
Muchas veces, cuando tañer me sentían los
zagales y pastores que en los lugares cercanos
sus ganados apacentaban, dexándolos con sola
la guarda de los mastines, se venían á bailar
y danzar con grandes desafíos y apuestas,
poniéndome á mí por juez de todo lo que
entre ellos passaba; y después que á sus maja-
das se volvían, gozaba yo solo de quedar ten-
dido sobre la verde yerba, donde vencido del
sabroso sueño sin ningún cuidado dormía, y
cuando despierto me hallaba, contemplando en
la luz y resplandor que la luna de sí daba, en la
claridad de los planetas y estrellas, y en la her-
mosura de los cielos y en otras cosas semejan-
tes passaba el tiempo, y levantándome daba
vuelta á la redonda de mi ganado y más
cuando los perros ladraban, con temor de los
lobos, porque ningún daño les hiciessen.
Y después de esto, pensando entre mí, me
reía de los requiebros y de las palabras amoro-
sas que los pastores enamorados á las pastoras
decían, gozando yo de aquella libertad con que
á todos los escuchaba, y con esta sabrosa y
dulce vida, en que con tan g^n contentamiento
vivía, pasé hasta que la fuerza grande del sol
y la sequedad del verano fueron causa que las
yerbas de esta tierra llana se marchitassen y
pusiesen al ganado eu necesidad de subirse á
las altas sierras, como en todos los años acos-
tumbraban hacerlo; y ansi, juntos los pastores,
llevando un mayoral entre nosotros, que en la
sierra nos gobernase, nos fuimos á ella. Y como
de muchas partes otros pastores y pastoras
también allí sus ganados apacentassen, mi ven-
tura, ó por mejor decir desventura, traxo entre
las otras á esa inhumana y cruel pastora, lla-
mada Belisia, cuyas gracias y hermosura así
aplacieron á mis ojos, que con atención la mira-
ban, que teniéndolos puestos en ella tan firmes
y tan constantes en su obstinado mirar, como si
cerrar, ni abrir, ni mudar no los pudiera, dieron
lugar con su descuidado embovescimiento que
por ellos entrase tan delicada y sabrosamente
la dulce ponzoña de Amor, que cuando comencé
á sentirla ya mi corazón estaba tan lleno della
que, buscando mi libertad, la vi tan lexos de
mí ir huyendo, con tan presurosa ligera velo-
cidad, que por mucha diligencia que puse en
alcanzarla, sintiendo el daño que esperaba por
mi descuido, jamás pude hacerlo, antes quedé
del todo sin esperanza de cobrarla, porque vol-
viendo á mirar á quien tan sin sentido robádo-
mcla había, vi que sus hermosos ojos, mirán-
dome, contra mí se mostraban algo airados, y
parecióme casi conocer en ellos, por las señales
que mi mismo deseo interpretaba, decirme: ¿De
qué te dueles, Torcato? ¿Por ventura has
empleado tan mal tus pensamientos que no
estén mejor que merecen? Yo con grande humil-
dad, entre mí respondiendo, le dije: Perdo-
nadme, dulce ánima mía, que yo conozco ser
verdad lo que dices, y en pago de ello protesto
servirte todos los días que viviere con aquel
verdadero amor y affición que á tan gentil y
graciosa zagala se debe.
Y ansí, dándole á entender, con mirarla todas
las veces que podía, lo que era vedado á mi
lengua, por no poder manifestar en presencia
de los que entre nosotros estaban el fuego que
en mis entrañas comenzaba á engendrarse, para
convertirlas poco á poco en ceniza, encontrán-
donos con la vista (porque ella, casi conociendo
lo que yo sentía, también me miraba), le daba
á conocer que, dexando de ser mía, más verda-
deramente estaba cautivo de su beldad y bien
parecer. Y mudando el semblante, que siempre
solía estar acompañado de alegría, en una dulce
tristeza, también comencé á trocar mi condi-
ción, de manera que todos conocían la novedad
que en mi había.
Y todo mi deseo y cuidado no era otro sino
poder hablar á la mi Belisia, y que mi lengua
le pudiese manifestar lo que sentía el corazón,
para dar con esto algún alivio á mi tormento;
1
554
ORÍGENES DE LA XOVELA
y p'irqn^ mejor se piid¡f'H<* fncubrir mi penea-
riií<'iito, (i''ti'nii¡né «m lo pnl»1¡co mostrar otros
aiJioH'», con lofi cualfs f eligidos eiir-nl 'ríese los
verdaderos, para que de tiingiino íiie.Ben seiiti-
áiJñ, y Hiií ifie mostré afíciona^lo y con volnntad
de s<'rrir á una pastora llamadla Aurelia, que
mu^'has vafees andaba en compañía de la mi 1^*-
lisia, y conversaba con muclia familiarídad y
grande amistad con ella. Y andando bascando
tiempo y oportunidad para que mi deseo se
cumpliese, hallaba tantos embarazos de por me-
dio, que no era pecjueña la fatiga que mi ánima
con ellos sentía. Y habiéndose juntado un día de
fiesta algunos pastores y pastoras en la majada
de sus padres de la mi Belisia, después de
hal>er algún rato bailado al son que yo con mi
cliiruml>ela les hacia, me rogaron que cantase
algunos versos de los que solía decir otras veces,
y sin esjierar á que más me lo dixesen, puestos
los ojos con la mejor disimulación que pude á
donde la afición los guiaba, dando primero un
peciuefio sospiro, al cual la vergüenza de los que
pr(*sentcH estalmn detuvo en mi pecho, para que
del tfxlo salir no pudiese, cfimencé á decir:
Extremos que con fuerza así extremada
<lais pena á mis sentidos tan sin tiento,
tfíniendo al alma triste, fatigada,
ÍJausáisme de continuo un tal tormento
que mi alma lo quiere y lo asegura,
porqiH3 viene mezclado con contento.
Si acaso ?ez alguna se figura
á mi pena cruel que se fenece,
ella misma el penar siempre procura.
Cuando el cuidado triste en mí más crece,
mayor contento siento y mayor gloria,
porque el mismo cuidado la merece.
De mal y bien tan llena mi memoría
está, que la razón no determina
cuál del los lleva el triunfo de vitoria.
Con este extremo tal (jue desatina,
mi esperanza y mí vida van Imscando
el medio (*) (jue tras él siempre camina.
Y si grandes peligros van pasando,
ninguno les empece ni fatiga;
de todos ellos salen escapando.
El agua no les dai\a, porque amiga
á mis lágrimas tristes se ha mostrado,
pues (jue ellas dan camino en ({ue las siga.
Kl fuego no las quema, qno abrasado
de otro fuego mayor siempre me siente,
y assí passau por él muy sin cuidado.
También mi sospirar imnca consiente
que el viento les fatigue ni dé pena,
kí a<(uel de mis suspiros no está ausente.
Amor con mi ventura así lo ordena,
(*) liemedUt dice la edición do Mondoñedo, aña«
diendo una sílaba al verüo.
|»ara mostrar en mi sa gran potencia.
¡rorque á perpetua pena me condena.
I)ada está contra mí cmel sentencia,
que no pueda morir, ni yo matarme
ni sanar pueda desta gran dolencia.
Sólo .Vmor put?de cctn fuerza acabarme
si me falta el consuelo y esperanza
de arguella que el consuelo pnedA darme.
Con mucha atención estuvieron escuchándo-
me todos los que allí estaban, y principalmente
aí^uella hermosa Belisia. conociendo que salían
mis palabras forzadas de la pasión que mi áni-
ma por ella sentía, y tornando al regocijo pri-
mero de los liailes y danzas, oímos muy gnn-
d(?s voces de pastores y ladridos de mastines j
perrris, que segtdan un lobo que de entre el ga-
nado un cordero llevaba, al cual todos los de la
compañía, deseosos de aquella provechosa caza,
comenzaron á seguir con gran grita y aland<?s,
acossando los perro€ para que con mayor volan-
tad al lobo siguiesen, y como todos con grande
atención lo fuesen mirando y siguiendo, sólo
yo miraba en lo que más me convenia, que era
en la mi querida Belisia, la cual, no sé si por no
poder más correr, ó con la lástima que de mi
tenia, por darme lugar á que con manifestár-
Sf^la recibiese algún descanso, se quedó harto
zaguera; y yo, deteniéndome de la mesma ma-
nera, hasta que ambos emparejamos juntos, con
la color mudada y la voz temblando, que casi
formar las palabras no ¡)odia, asi le comencé á
decir:
DESCUBRE TORGATO SUS AKORBS k DKUSIA
(t Aquel amor, cuyas fuerzas poderosas á nin-
guno perdonan, Belisia mía, en mi las ha exe-
cutado con tan gran fuerza, que forzosamente
me ha rendido y hecho poner las armas de mi
libertad en tus manos, haciéndome cautivo de
tu angélica belleza, porque como del resplande-
ciente sol la luna y estrellas resciben la claridad
que en ellas se muestra, no teniendo de si mes-
mas otra ninguna con que manifestársenos pue-
dan, asi mis sentidos, que la Tida tienen pres-
tada por el tiempo que tú dársela quisieres, re-
cibiéndola de ti, te pagan el tributo del conoci-
miento que desto te doben, poniéndose en tn
presencia con aquella humildad que más pien-
san aprovecharles, para que de mi atríbnlatlo
corazón te duelas. ¡Ay de mi, Belisia, qae si
como siento el trabajo de mi rabioso dolor sen-
tiese no ser de ti conocido, imposible sería sus-
tentar la vida con id bravo y contino tormento
que padece! Bien sé que, aunque no te he hasta
agora manifestado la crueldad de mi pena, ni la
causa de mi tristeza, ni el extremo en que tu her-
mosura me ha puesto, en mis ojos lo habrás co-
nocido, los cuales, habiendo querido mostrarse
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
555
amigos do uii lengua, y viéndola hasta agora que
estando muda ha callado, como no pueden for-
mar las palabras que la lengua diría, con lágri-
mas dan señal de la fatiga que el corazón siente;
lo que te suplico es que de mi terrible mal hayas
lástima, ayudándome con algún remedio que
pueda aliviarlo, pues que, faltándome tu favor,
del todo seria imposible sustentar la vida, y si
esto hacer no quisieres, á lo menos que muestres
que recibirás contento con mi muerte; porque
no está en más de que tú lo quieras para que yo
no pueda vivir más sola una hora en el mundo».
Acabando de decir esto, mis ojos regaban la
tierra con tanta abundancia de lágrimas, que yo
mesmo me maravillaba, parccicndome que del
todo me había de convertir en ellas, y mis sos-
piros parecia que rompían mis entrañas con la
fuerza que salían para alentar el corazón, que
en el golfo de mi pasión se ahogaba, y tem-
blando con el temor que de la respuesta de Be-
lisia esperaba, la vi que, mirando con el gesto
oigo alegre y risueño, me decía:
(iliien pensó, Torcato, que no llegara á tan-
to tu atrevimiento que assí tan claramente osa-
ses manifestarme lo que sientes, pues que no
has conocido de mí sor amiga de oir ni enten-
der cosa que á mi honra y fama en alguna ma-
nera dañar pueda; y no tengas en poco ha-
l^orte escuchado lo que muchos días ha que de
ti he conoscido, aunque más quisiera no cono-
cerlo; porque ni tú te vieras en el trabajo que
publicas, ni yo lo tuviera en pensar que por mi
causa lo padeces; y digo que lo pienso, porque
no sé cómo te crea habiendo publicado tus
amores oon Aurelia, de la cual entiendo que
como á su vida te quiere y ama; si lo que dices
es para engañarme, confiando en la simplicidad
de pastora que en mí sientes, engañado vives,
que con dificultad podrás hacerlo, y sí no el
tiempo descubrirá tu secreto y á mí me dirá lo
que hacer debo; por agora te baste que, si me
amas como lo muestras, te lo agradezco, y fue-
ra des te agradecimiento en la voluntad, no me
pidas otra cosa que no pueda, sin perjuicio mío
y de mi honestidad, en ningún tiempo hacerla».
Tal quedé con la respuesta de la mi Belisia
como los que en la profundidad de la mar con
gran tormenta navegan, inciertos del fin que
han de haber en su jornada peligrosa, port^ue
lo que por una parte en sus razones me conce-
día, que ora licencia para quererla, por otra me
la negaba para que más la serviesso; y lo que
más pena me dio era los celos que de Aurelia
me pedía, siendo yo tan verdadero testigo de
su engaño; y para desengañarla del mal pen-
samiento que tenía, le dixe: k Harto bien es
para mí, señora mía, que conozcas que la afición
que te muestro y el verdadero amor que tengo
no es fiingido; y así quiero que también me
creas que ningún engaño en él está encubierto,
sino es el aue recil)e Aurelia si piensa que yo
la quiero, habiendo subjetado mi voluntad á la
suya de manera que no quede por esta parte libre
del todo para amartey quererte como te quiero».
<fPues ¿por qué tienes tan engañosas mues-
tras para con ella, me dixo Belisia, que yo la
he lástima si es así?».
a Si tú me dices del engaño que recibe, ma-
yor la habrías de tener de mí, le respondí yo,
por la causa que tengo para engañarla, que no
es otra sino que mi ¡pensamiento no sea enten-
dido, por no poner en peligro el aparejo que
pienso hallar algunas veces para hablarte y ser-
virte conforme á mi deseo; que bien sabes, mi
Belisia, la sospechosa condición de tu madre, y
que si esto no tuviese creído, que con mayor
cuidado te guardaría de mí que agora lo hace,
de manera que pocas veces ó ninguna pudieses
oir en presencia lo que en ausencia por ti mi
ánima siente».
(tEl tiempo dirá lo que en todo se ha de ha-
cer, me dixo Belisia; bástete por agora el favor
que de mí lias recebido en haberte escuchado,
lo que jamás pensé hacer con ninguno; y por-
que la gente maliciosa no pueda pensar alguna
cosa de lo que hablamos, apártate de mí, por-
que ya vuelven cerca los que solos nos dexaron,
y lo mejor será que no te vean».
Yo, viendo la razón que tenía, con un sus-
piro que mis entrañas llevaba envueltas en me-
dio de sí, le dixe: a Adiós, ánima mía y des-
canso mío, hasta que yo pueda volver á buscar-
me á donde agora yo quedo más enteramente
que no voy conmigo». «Dios te guíe, respondió
Belisia, assí como yo lo deseo.»
Diciendo esto, cada uno de nosotros se fué
por su parte, viendo venir á todos los pastores
y pastoras que al lobo habían seguido, con tan
grande estruendo y alaridos y voces que todos
los valles cercanos resonaban con ellas; era la
grita y vocería de regocijo por haber muerto el
lobo, el cUal traían con sus manos arrastran-
do, y era tan grande que pocos mayores se ha-
bían visto en aquella montaña. Y como yo con
el mesmo regocijo me llegase á verlo, Aurelia,
que con Belisia me había visto hablando, to-
mando alguna sospecha de lo que podía ser,
casi pcdiéndome celos, me dixo: «Alegro te
veo, Torcato, y con mayor contento que estos
días passados te vía; mucho ha podido la bue-
na conversación de Belisia, pues tan presto te
ha mudado de lo que ser solías».
Yo entendiendo sus palabras y el fin con que
las decía, lo respondí: «Engañada estás, Aure-
lia, si de mí ni de Belisia piensas ninguna cosa
que en tu perjuicio sea; presto te nmcstras des-
confiada, sabiendo que por ambas partes puedes
estar muy segura, pesarmería si pensase que
55fi
orígenes de la novela
lo sientes asi como lo dices». Ella, reyéndose,
niedíxo: «Estoy Imrlando contigo, que aunque
de ti pudiese pensar mal, no lo pensaría de Be-
lisia, porque está mejor acreditada conmigo».
Y con esto, tornando al regCH'ijo que con el
IoIh) se tenia, llegamos á las majadas, y en un
pra<lo (pie en medio dellas se liairia se comenzó
la fiesta de bailes y danzas, que no con poco
placer y alegría tuvo hasta la noche, la cual yo
pasé más contento que las pasadas, por haber
podido manifestar á la mi Belisia la presunción
de mis pensamientos, que no me parecía haber
hedió poco, según lo mucho que \o deseaba. Y
con esto se pasaron algunos días, que el tiempo
no dio lugar á que más pudiese á solas hablar-
la; lo que procuraba con gran diligencia era
que por señales conociese lo que mi ánima sen-
tía, 7 aunque éstas eran tan disimuladas que
parecía imposible que ninguna persona enten-
derlas podiese, había quedado Aurelia con tanta
sospecha de lo pasado, que jamás de nosotros
los ojos quitaba, y entendiendo algunas veces
lo que hacía y diciéndome algunas palabras
maliciosas sobre ello, yo lo mejor que podía di-
simulaba con ello, haciéndola estar dudosa,
porque lo que por una parte sospechaba, por
otra no lo creía; mas con todo esto vivía tan
recatada y celosa, que una sola hora jamás de
la compañía de Helisia se apartaba, y así, era el
mayor estorbo y embarazo que yo hallaba para
mi deseo. Muchas veces estando ambas solas y
yo solo con ellas, pasábamos graciosas burlas y
donaires envueltos en algunas malicias; pero
no por eso dexaba de pasar mi disimulación
adelante, por lo mucho que á mí y á Belisia
nos importaba. Desta manera andaba es{)eran-
do tiempo y oportunidad para tornar á hablar-
la, ponjue la afición y pasión que en mí sentia
crecer cada hora, tan ásperamente me atormen-
taban, que en ninguna cosa hallaba descanso
ni sosiego.
Y andando con esta cuidadosa congoxa, vino
un día de fiesta para todos los pastores y za-
galas, no poco regocijado, porque queriendo
cumplir un voto ó promesa que de correr toros
tenían, comenzaron á cercar un corro con mu-
chas talanqueras y palenques á la redonda, con
i{ue de la braveza y ferocidad de los toros pudie-
sen defenderse, y en ellas todas las mujeres y
hombres para ver se pusieron, si no eran aquellos
que su ligereza y velocidad en el correr mostrar
querían, de los cuales los más eran zagales y pas-
tores enamorados, que con garrochas y inven-
ciones puestas en ellas, paseándose por el corro
con muchos ademanes y meneos mostraban su
gentileza, y en saliendo los toros las emplearon
en ellos cada uno lo mejor que supo y pudo ha-
cerlo. Y aiiáí se comenzó la grita y estruendo
de los síUk)8, las voces, el correr para una parte.
y para otra, el huir, el ascenderse, el salur t
trepar, por excusar el peligro con que se podiin
ver con una bestia fiera.
Tixios los que miraban estaban muy ateutoe
y embel)ec¡do8 «'on esto; sólo yo aquí en el amo-
roso fuego abrasaba, sin tener atención á nin-
guna cosa destas, como si presente no me ht-
llara; tenía los ojos puestos donde mi conzón
los guiaba, de manera que de mirar á Belisia no
podía apartarlos, á la cnal no hallé tan des-
cuidada que, doliéndose de mi, al^f^onas veces no
me mirase, y movida con alguna piedad y lás-
tima que de mí tuvo, hallando cierta ocasión
para poderlo hacer sin sospecha, se Tino á don-
de yo estaba y se puso á mí lado, sin qne nin-
guna persona estuviese entre nosotros, y con
una graciosa risa me habló diciendo:
«Bien fuera, Torcato, que como los otros za-
gales salieras al corro para mostrar con ellos el
valor de tu persona, y que no estuvieses tú mi-
rando el peligro á que se ponen por servir en
ello á sus enamoradas y amigas tan á tu salro,
que á lo menos estarás bien seguro de no venir
á caer en los cuernos de los torosa.
ocjAy, dulce ánima mía, le respondí yo,
cuánto mayor es el peligro en que cada hora me
veo de no caer en tu desgracia, que para mí es
harto más temerosa que no la braveza y feroci-
dad de los toros; y quien tan peligrosa contien-
da tiene consigo, no es justo meterse en otra,
donde tan poco provecho puede sacarse, cnanto
más que juzgando el dolor de las heridas de las
garrochas por las que yo en el alma siento, tira-
oas con la hermosa vista de tas ojos con tan
poderosa fuerza que las puntas de los clavúe
tienen llagado el corazón y puesto en el estre-
cho de la muerte, mal podía tirárselas ni hacer
mal ni daño á quien ninguno me liaee, antes tan
gran bien cuanto pueda encarecerio, pues son
causa de que yo dé algún alivio y descanso á
mi tormento, con que tu entiendas qne un panto
jamás sin él me hallo. Y créeme, mi Belisia.
que ya mis fuerzas no bastan para sufrir la pena
rabiosa que me está consumiendo la vida; de
manera que muy presto dará señales de tn cruel-
dad y de mi muerte, si no es socorrida con aque-
lla paga que mi verdadero amor te merece».
«No tienes razón, Torcato, me respondió, de
aqucxarte tanto ni de agraviarte de mi, pae>
hago más de lo que puedo y debo para darte
contento, el cual yo te deseo; assi los bado«
prósperamente me den la Tentara que yo qo^
rría, que si no desease complacerte no hobien
venido á hablarte, dexando la compañía de las
zagalas con quien estaba; y porque no poedaí
agraviarse de lo que he hecho, á Dios te qnedi.
que yo me vuelvo para ellas ^.
Con esto se fué la luz de mis ojos, dexán-
dome tal que pocas señas podría dar de los toros
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
que se corrieron; y cuanto mayor contenta-
miento me quedó con oir sus amorosas razones,
tanto crecía en mi más el deseo cada hora de
tornarla á hablar si pudiese; y así anduve algu-
nos días, que el poco aparejo que el tiempo me
daba y el estorbo que la presencia de Aurelia
me liacía me quitaron que no gozasse de per-
suadir á Belisia que de mis mortales cuitas se
doliese, habiendo lástima de quien las padecía;
lo que hacia era dar quexas al viento, echar mis
sospiros en el aire, derramar lágrimas sin que
ninguno las viese; pintaba con mi cañibete en
los árboles que hallaba el nombre de la mi Be-
lisia, y en la cabeza de un cayado que tengo tan
buena mafia me di, que contrahice su gesto, casi
tan natural como yo en el alma lo tengo pinta-
do. Con esto me consolaba, no queriendo que á
nadie fnesse descubierta la causa de mi pena, y
algunas veces con mi rabel tañía y cantaba, com-
poniendo versos, entre los cuales hice un día
unos que, por parecerme al propósito de lo que
08 he contado, los quiero decir, para que los
oyáis.
FiLONK). —Antes, Torcato, si te place, en
pago de la atención con que te escuchamos, y
de la lástima que de ti tenemos, te ruego que
cantados nos los digas, que después podrás aca-
bar de contamos lo que has comenzado, que no
es tan poco el gusto que con ello recibo, que
aunque tú quisieses dexarlo yo lo consintiria.
ToROATo. — Pues assí lo queréis, soy conten-
to de complaceros, que el rabel tengo templado
y luego quiero comenzarlos:
Los árboles y plantas con sus flores
se muestran apacibles y olorosos;
los campos, matizados con colores
que pintan su belleza, están hermosos ;
los anímales brutos con amores
andan regocijados y gozosos;
yo solo estoy penando y pensativo
con ver que Amor se muestra tan csíjuivo.
Los montes y los bosques, que el invierno
con las nieves y fríos tiene helados,
producen muchas hojas y gobierno
á las aves y bestias y ganados;
por todas partes sale el gromo tierno,
de que se vieron antes despojados,
y en mi engendró el Amor nuevo cuidado
con ver que del olvido estaba helado.
Los páxaros con cantos y armonía
regocijan el tiempo del verano,
publican con sus voces la alegría
que tiene cada uno muy ufano;
á mí me tiene tal mi fantasía,
que no hallo consejo que sea sano,
mi canto son aullidos, temerosos
sospiros y gemidos dolorosos.
Cuando (¿uicro alegrarme, sin contento.
557
de verme con sabores y esperanzas,
combate á mi alegría un gran tormento,
diciendo que no tenga confianza,
que todos los favores lleva el viento
cuando el bien que se espera no se alcanza,
y es causa de mayor mal y fatiga
sentir que la esperanza es mi enenn'ga.
La esperanza me alegra cuando espero
la gloria que mi pena ha merecido;
mas luego me fatigo y peno y muero
en ver que en balde espero, y afligido
con mi dolor rabioso desespero,
viendo que la esperanza se ha huido,
volviendo algnna vez para engañarme,
pues no tiene otro fin sino matarme.
Gris ALDO. — fincarescido has tu pena, Tor-
cato, de manera que gran sinrazón te hiciera
Belisia en no tener lástima della; y porque es-
toy con agonía de saber el fin que tus amores
tan penados tuvieron, te mego que prosigas el
cuento dellos, que con los muchos pastos que el
ganado tiene adonde agora anda, seguros esta-
remos de que no se irá á meter en los panes ni
en los cotos, para que pueda ser prendado por
nuestro descuido.
Toro ATO.— Pues que asi lo quieres, escu-
chadme, para que sepáis en qué pararon y co-
nozcáis la razón que me sobra para el senti-
miento que tengo, que con justa causa juzga-
réis ser menos del que debería tener de la paga
tan cruel con que el Amor y mi Belisia me
han pagado. Después que muchos días andu-
ve con la fatiga que me causaba no poder tor-
nar á hablar en mi trabajosa cuita, con la cau-
sa della suplicándole por el remedio para poder
mejor pasarla, vine á ponerme con el pensa-
miento y cuidado en tal estrecho de la vida,
que ni podía comer tanto que sustentarme pu-
diese ni cerrar mis ojos de manera que se pu-
diese decir que dormía; así que la falta del man-
tenimiento y del sueño pusieron á mi afligida
vida en tal estrecho, que contino me parecía
ver ante nn's ojos la muerte.
Y aunque todos vían claramente mi mal,
ninguno lo acababa de entender, si no era la
mi Belisia, la cual, doliéndose del, á lo que es-
tonces pareció, con una zagala que consigo te-
nía y de quien se fiaba, me envió á decir lo
mucho que de mi mal le pesaba, y que si yo su
contentamiento deseaba y quería, que ella me ro-
gaba que no me afligiese tanto y que me conten-
tase con saber que me quería y tenia tanto amor,
que verme á mí tan penado le daba á ella tan
gran pena, que si yo bien lo supiese holgaría
de hacerle placer en esto que me rogaba. Tan
gran fuerza tuvieron para conmigo estas amo-
rosas razones, que no menos que de muerte á
vida me resucitaron. Y después de haber dado
568
ORÍGENES DE LA NOVELA
las gracias lo mejor que supe á la pastora que
la cmbaxada me traia, le roguc que ])or respues-
ta della me llevase una carta á Helisia, porque
no podría tener memoria para decirle todo lo
que yo le respondiese. Y respondiéndome que
por amor do mi lo liaría, la escrilú luego y se
la di para que la llevasse; y ansí so volvió con
ella, dexándome á mí más contonto de lo t^ue
me había hallado; y porque quiero que voáis el
traslado, el cual tengo en este mi zurrón, lo sa-
caré y leeré, que dice dcsta manera:
CARTA DE TORGATO Á BELIBIA
uNo quiero negar, Bclisia mía, que no es
mayor la merced y favor que de ti recibo que
las mis rabiosas cuitas y crueles tormentos me-
recer agora ni en ningún tiempo te pueden; no
porque de tu parte ni de la mía haya habido
falta ninguna, sino ponjne no pueden igualar,
por mayores y más crecidos que sean, al mu-
cho merecimiento tuyo; y todo esto no basta
para que en lugar de menguarse no crezcan
más cada hora, porque conoi?iendo, por la glo-
ria que con tu consuelo he recibido, la diferen-
cia que hay de la que me has dado á la que dar-
me podrías si como á siervo tuvo me fuese per-
mitido que del todo gozarla pudiese, no siento
el gusto de la una contemplando en la otra, con
que tan bienaventurado y dichoso sobre todo
los del mundo me harías. Conozco ser el más
bien afortunado pastor que entre los pastores
ha nacido, por tener señales tan manifiestas de
estar mi verdadero amor y deseo admitidos en
tu gracia; pero también quiero que conozcas
que sov el más penado y afligido que entre to-
dos elfos podría hallarse, hasta que gozarla
pueda con aquella libertad que desea esta áni-
ma mía, más tuya que mía. Y en tanto que la
compasión y lástima que de mí muestras en las
palabras no me la certi6caras con las obras, en
lugar de disminuir mi mal, lo acrecentaras cada
hora, porque los consuelos fingidos al corazón
afligido son causa de doblar el sentimiento de
su jxíua; créeme, dulce ánima mía, (jue es tan
hondo el piélago de persecuciones en que mi
cuidado me trae navegando, que si tú no me
socorres con darme la mano de tus verdaderos
favores, yo corro peligro de quedar anegado
para siempre, porque ya voy perdiendo las fuer-
zas, y el esfuerzo me falta, el aliento se me aca-
ba, y estoy puesto en el último extremo de» la
vida, la cual no me pesa que se acabe, sino por
no podert<3 servir con ella, teniendo muchas vi-
das, para aue cada día pudieses hacer sacrificMO
de una dolías, hasta acabarlas, en pago de la
importunidad (juo con manifestarte mis rabio-
sas ansias y fatigas tantas veces de mí recibes.
Y porque agora no la recibas mayor con oír mis
lástimas, acabo con suplicarte qae de mí quie-
ras dolerte, poniéndome con ta favor en la ma-
yor gloria que entre todas las del mundo darse
puede.»
Después de inviada esta carta, Belisia por
señas me dio á entender haberla recibido. De
que no poco contento estuve algunos días, parc-
ciéndome que sienipre se ofrecían cosas que me
ponían mayor espt ranza, y así con ella audaU
entreteniendo y disimulando el dolor que con-
tinuamente mi ánimo atormentaba, y no pas<í
mucho tiempo que Belisia no me envió una
breve respuesta de la que le había e^scríto, qoe
es ésta que aquí trayo y dice desta manera:
CARTA DB nELISIA Á TORCATO
ff Ninguna razón, Torcato, tienes de agra-
viarte de mí, pues que hasta agora níngaiu
causa hay con que justamente puedas hacerlo.
Si me amas, yo te amo; y si me quieres, yo te
quiero; si me deseas hacerme placer, yo deseo
(larto todo el contentamiento que pudiese: 7
pues que en esto puedes estar satisfecho de mi
voluntad, debrías contentarte con ella y no pe-
dirme las obras que sin perjuicio de mi hones-
tidad no pueden hacerse. Lo que con grande
affíción te ruego es que me ames con el Terds-
dero amor que yo te tengo, j no con amores
ilícitos y dañosos, porque mi voluntad nanea
se ha podido inclinar á consentirlos; y si con
los favores que yo te pudiere dar desta manen
te contentare, jamás por mí te serán negados;
y los que fuera dellos me pidieres, no pienso
darlos en tanto que mi propósito no se moda-
re, el cual, poniendo á la razón de por medio,
no dexará de estar firme en esto que te digo.
Aunque no puedo negarte que nunca supe qaé
cosa era verdadero amor, si no es el que de mi
para contigo he conocido; y así querría conocer
el tuyo, dando alivio á U pena que en ti sientes,
la cual me da á mí poca fatiga, ni me tiene
puesta en poco cuidado de verte sin ella, cono-
ciendo que á mi causa la recibes.»
Ningún alivio me dieron las razones desta
carta, más del que recibí con el favor que Be-
lisia me daba en escribirme, ni tampoco perdí
del todo la esperanza por lo que en elhi me de-
cía, conociendo la condición de las mujeres y
que, haciendo guerra contra el Amor, se ha de
combatir procurando ir ganando las entradas y
salidas de su fortaleza poco á poco. Y como no
pudiese hallar lugar para hablar con ella, si no
era en público y delante de umcha gente, le
torné á escrebir otras cartas, á las cuales siem- '
pre me respondió con unas razones tan dudo- '
sas, que ni podía tomar de ellas verdadera es- ]
poranza ni tampoco perderla del todo. Así an- ]
daba confuso, cargado de pensamientos y coi-
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
569
dados, y el mayor que tenia era procurar que
mis ojos pudicssen contemplar en presencia de
Belisia la causa de su mal, j esto buscaba to-
das las ocasiones y achaques que podía; el ma-
yor tral»aju, 6 uno de los mayores, era la disi-
mulación fingida que traia con Aurelia, en la
cual conocía siempre algún recelo sospechoso
de lo que Tcrdaderamente pasaba, sin poder
averiguar la verdad, porque andaba recatado
para que ninguna persona del mundo enten-
derme pudiese. Desta manera se pasaron algu-
nos días, hasta que la ventura quiso que la mi
Belisia de una muy grave enfermedad se halla-
se fatigada; que como & mi noticia viniese, nin-
guna adversidad en el mundo pudiera venirme
que en tan gran confusión y fatiga me pusiera;
y así mayor esfuerzo que el mío era necesario
para poder passarla, y desmayando el corazón
y las fuerzas, quedé con esta triste nueva he-
cho un hombre de piedra, sin sentido, de ma-
nera que ni oía lo que me hablaban ni respon-
día á lo que me decían; tenia el juicio alterado
y todo lo que hacía y decía desatinaba, porque
el Amor mostraba estonces contra mi todo su
poder, y como los que andaban eml)elesados con
algún espanto por haber visto visiones ó fan-
tasmas, así anduve yo hasta que, siendo Beli-
sia sabidora dello, con alguna lástima buscó
aparejo para que yo pudiese entrar á verla don-
de estaba, que para mí, después de su salud,
ninguna cosa pudiera darme mayor alivio y
consuelo; y assi puesto delante su lecho, vien-
do en su hermoso gesto las señales del mal que
tenía, que eran amarillez y ñaqueza, le dixe:
<(No sé cómo pudo tener fuerza el mal donde
tan gran bien se encierra: y ten por cierto, dul-
ce ánima y señora mía, que más verdaderamen-
te lo siento yo en el alma que tú lo puedes
sentir en el cuerpo; y en tanto que lo tuvieres
enfermo, poca salud puedo yo tener, pues toda
la que en mi hay, por ti y por tu esperanza la
tengo, i Ay de mi, Belisia mía, que me sobra el
sentimiento y me faltan las palabras para po-
derte encarecer lo que siento! Pluguiesse á Dios
que con todo el mal que la fortuna puede dar-
me pudiese merecer tie verte á ti sin el que pa-
deces, que todo se me hacia poco por el menor
bien que venirte pudiese, para que por mi cau-
sa lo gozases; y si por decir lo que querría y
deseo dixese desatinos, no me pongas, señora
mía, culpa, que el dolor de verte á ti tal me ha-
ce que no pueíla atinar en ninguna cosa que
diga ni haga: y así te suplico tú mesma guies
mi lengua como eres señora de la voluntad,
para que mejor puedas entenderme lo que ella
por sí sola como muda delante de ti manifestar
no te puede».
Diciendo esto, mis lágrimas daban señal muy
manifiesta de que era más lo que quedaba en-
cubierto en mi corazón que lo que la torpeza de
mi lengua publicaba. Y Belisia, viéndome tal,
me dizo: «[Satisfecha estoy. Torca to, de todo lo
que me dices, y cada día me vas obligando más
con ver la verdadera fe que conmigo tienes, de la
cual no eres tan mal pagado que no halles en
mí mucha parte della para agradecerte y pa-
garte la affíción con que conozco que de ti soy
amada. Mi mal me ha dado hasta agora fatiga;
mas ya se me va aliviando, de manera que tengo
esperanza de verme presto buena del todo; y si
en tanto que del lecho no me levantare pudieres
alguna vez visitarme, no dexes de hacerlo, que
aunque no se puede hacer en secreto, como hoy
lo has hecho, ocasiones habrá para que pública-
mente puedas verme y hablarme, que para mi
no será pequeño alivio, pues no puedo negarte
que no recibo gran consolación con tu vista, y
mayor que de ninguno de los que visitarme
pu^en)>.
Diciendo esto, tomando mis grosseras manos
con las suyas delicadas y hermosas, me las
apretó con ellas, dándome á entender que no
era fingido lo que me decía, sino que sus pala-
bras procedían de verdadero amor y voluntad
que tenia.
Yo, con este favor transportado en una gloria
comparada, en mi entendimiento, á la mayor
que en la tierra se puede recebir, después de
aquella que los bienaventurados reciben en el
cielo, cobré un poco de más esfuerzo y osadía,
mezclados con un temor que me embarazaba
para no saber en qué determinarme; pero al fin,
vencido de mi mesmo deseo, junté mi boca con
la de mi Belisia, hallándome con tan gran bien
subido en un contentamiento tan glorioso, que
casi estaba para desconocerme, pensando que
era impossible que tan gran gloria se pudiese
hallar en el mundo para quien con tantos tra-
bajos y penas infernales contino andaba pade-
ciendo; y no sabiendo si por mi atrevimiento de
mí quedaba enojada, le dixe:
«Perdonadme, señora mía, si algún agravio
de mi has recebido, el cual no era yo parte para
hacerlo si el Amor no me forzara sin poder re-
sistirle, y aunque yo no tengo toda la culpa,
aparejado estoy para sufrir toda la pena que
por haberte ofendido te merezco».
Belisia, sintiéndome confuido y afligido, me
respondió: «La causa de tu yerro, Torcato, trae
consigo el perdón que me pides; bien fuera que
esperaras mi licencia, pero pues tú la has toma-
do, yo habré de tenerlo por bueno, que no veo
otro remedio para quedar satisfecha de lo que
conmigo has hechoJí». Yo, que tanto miraba lo
que me daba á entender en su hermoso gesto
como lo que en sus palabras me decía, la vi
quedar alegre y sonriéndosc, con que cobré
I mayor ánimo y esfuerzo para tornar á gozar de
560
ORÍGENES DE LA NOVELA
lo que me había consentido; y estando desta
manera, con un gozo y contentamiento ¡nconi-
l)arable, (jne yo jamás quisiera <jue se acabara,
fueme forzado, para no ser sentido, que me sa-
liese, Y abrazando y besando á la mi Belisia, le
dixe: íí Aquel consuelo y alegría con que, seño-
ra, me envías quede contigo, para que con ella
tengas la salud que yo te deseo, la cual plegué
á Dios que te dé á ti, pasando en mí la dolen-
cia que te aflige, para que en mí se junte todo
el mal ([ue tú tienes y en ti todo el bien que yo
tengo y tener puedo».
«Dios vaya contigo, respondió Belisia, que
mi mal no es tanto que no piense levantarme
muy presto del lecho, y así holgaría dello por
el contentamiento tuyo como por la salud que
me deseas)).
Con esto me salí templando la gloria de lo
que por raí había pasado con la pena de verme
tan presto sin ella; y con ver á Belisia en poco
tiempo fuera de su enfermedad se me alivió la
pasión que por esta causa muy congojoso y fa-
tigado me traía. Con estos favores que susten-
taban mi esperanza y con el deseo que se con-
tentaba hasta haberla gozado, pasaba la vida en
la soledad de los desiertos campos y deshabi-
tados montes, con una alegre tristeza, y tal ((ue
yo no la entendía; porque cuando se ponía ante
mis ojos la razón que para estar triste se me
mostraba, la alegría, muy agraviada, decía que
por fuerza y por sola mi voluntad era de mí
desecliada, pues sentía ser amado con el verda-
dero amor que yo amaba y pagado de lo que
mis mortales ansias v cuitas merecían.
¡Oh, cuántos y cuan diversos pensamientos
eran los que combatían mi entendimiento, sin
que pudiese quedar de ninguno dellos vencido,
por las razones contrarías que por cada parte
hallaba! Y, en fin, siempre me parecía inclinar
á la tristeza, que con mayores y más suffícientí*s
razones y pruel)a8 me combatía, assí admirando
el fin tan áspero, cruel y engañoso con (jue de
la mi Belisia he sido tratado, que al estado y
punto de la muerte en que me hal)éis visto me
ha traído.
Andando desta manera, dando sus vueltas
acostumbradas el movible tiempo, estando ya
Belisia fuera de la enfermedad y vuelta á lo (jue
de antes solía, parecíame ser requestada de al-
gunos zagales polidos, que confiando en su
apostura y vencidos de la gracia y hermosura de
Belisia, daban señales manifiestas del amor que
los aquexaba, serviéndola en lo que podían y
festejándola con bailes y danzas; y de día y de
noche, tañendo nautas y chírumbelas, con músi-
cas de ral)ele8 nmy acordados, procuraban agra-
darla con allx)radas, cantando versos muy bien
compuestos y canciones bien ordenadas. Lo
cual todo para mí era muy grande añición y
tormento, v niavor lo fuera rí la mi Belisia no
me confiara diciéndome que todas estas cosas le
eran enojosas y que no tenía de qué recelanue
ni vivir con cuidado, porque ninguno en el
mundo, por mayor valor que tuviese, llevaría
della jamás los favores que á mí me había dado;
y assí me traxo vacilando de mi ventura algu-
nas veces, con grandes sinsabores y sobresaltos
de disfavor, y otras con alguna manera de espe-
ranza, aunque siempre dudosa, porque Belisia
me daba á entender que no por aftición sino por
lástima era lo que conmigo hacía, y que yo no
tenía más que esperar de lo passado, y que con
ello pensaba haber of fendido á lo que á si mes-
ma se debía.
Y yo, aquexado con la tristeza que estas
cosas me causaban, andaba siempre buscando
aparejo para persuadirla á que de mis fatigas
se doliese, y así un día que mi yentura quiso
que en el campo entre unos espesos árboles la
hallase sentada, apartada de la compañía de las
otras pastoras y mirando cómo su ganado puf
los verdes y Hondos prados se apacentaba, lle-
gándome á ella con la voz temerosa y temblin-
dole, comencé á decir: «.Ya, hermosa Belisia
mía, mi ánima no puede con mis fatigas ni el
cuerpo con el trabajo de mis cuidados, ni todo
junto con el tormento que padezco en verqoe
de mí no te dueles para satisfacer al deseo con
la gloria de gozar tan excelentes gracias j
hermosura; porque los farores que me das y la
merced que con tus palabras me haces, y el amor
y voluntad que me muestras, todo es para acre-
centar en mi el dolor, poniéndome en mayor
agonía, como á los que, estando con gran calen-
tura y rabiosa sed con ella, si les muestiaii
alguna vasija de agua clara y dulce sin poder
beber della, muy más sedientos y fatigados los
dexa, y pues que conoces que mis palabras no
pUf^Klen acabar de manifestarte lo que mi cora-
zón siente, en mis ojos podrás conocer cnanto
es mayor mi fatiga y congoxa y cuánta ventaja
hace el dolor y pasión encerrada en mi («echo
al que publica mi lengua, que para poder decirlo
delante de ti se me enmudece; por el verdadero
amor que te tengo, por la affíción y fidelidad
con que te amo, te conjuro y requiero que no
uses conmigo de crueldad, dexándome acahar
la vida, pues con la muerte ningún servicio te
hago, que si con ella lo recibieses, en poco ten-
dría que se sacrificasse por tu voluntad, sin
dilatarlo por la mía solo una hora)».
En medio de estas palabras eran tantos mis
sospiros y sollozos, que me impidieron lo qaf
más pudiera decirle. \ Belisia, mirándome con
los ojos húmedos de la compasión y lástima
que de mí tuvo, me comenzó á decir: i: Vencido
han, Torcato, tus lágrímas á mi deterniinaciÓD
y propósito; mudado has mi voluntad ptf*
J
1
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
561
hacer contigo lo que jamás pensd hacer con
ningún hombre del mando, porque el verdadero
amor que en ti conozco me fuerza á que te
pague con amarte y quererte, procurando darte
el descanso y alivio que fuere en mi mano; y
no digo el que desseas, porque, aunque yo qui-
siese, no seria verdadero amor el que tú me
tienes si me quisieres poner en el peligro que
de ello podría seguirse. Y si de ti tengo segu-
ridad que en ninguna cosa procurarás offen-
dcrme, yo holgaré de qne de noche me veas á
donde con más libertad puedas hablarme y
gozar do aquellos favores que yo sin dañar del
todo á mi honestidad y bondad pudiere darte^^.
Tan gran contentamiento me dio esta nueva
de alegría, que para mí ninguna pudiera ser
mayor en la vida para resucitar la vida que
umcrta andaba, que tomándole sus hermosas
manos, se las besé muchas veces, bañándolas
con otras lágrimas alegres que mi corazón con
el nuevo descanso por mis ojos destilaba. Y
después lo mejor que supe di las gracias de tan
gran merced y beneficio y le supliqué que no
dilatase tan gran bien como me hacía; y ella
me señalo tercero día, diciéndome qne, por qui-
tar la ocasión de alguna sospecha, me fuese, lo
cual yo hice luego tan alegre, que á mi mcsmo
por el bien que esperaba no me conocía; y lle-
gando con muy gran regocijo á donde los otros
zagales y pastores estaban, y la mi Belisia por
otra parte, comenzamos todos, en tanto que el
ganado pacía, á hacer muchos juegos con que
nos solazamos, y después, rogándome que con
mi flauta les hiciese algunos sones, bailaron
hasta que de cansados tomaron á sentarse. Y
yo, que la alegría me tenía otro del que solía
ser, comencé á cantar estos versos, que agora
quiero deciros:
Alegre tiempo, sereno y claro día
en que el sol resplandeciente se ha mostrado,
no dexes parecer algún nublado
que pueda oscurecer nuestra alegría;
el campo con sus flores se cubría,
las yerbas con verdura se mostraban,
las rosas de sí olor suave daban
y la fruta estando en flor se descubría,
y el zagal enamorado,
aunque más ande penado
su gran dolor y tormento despedía.
Huyendo se va el pesar de este rebaño,
donde el placer en tal día se ha sentido;
el trabajo y el dolor se han escondido
de manera que no pueden hacer daño;
el regocijo y contento es ya tamaño
en pastores y pastoras de esta sierra
que ningún trabajo pueda darles guerra,
por ser el día mejor de todo el año;
y los zagales polidos
011ÍGENL.S DE LA IJOVELA. — 36
que de amor están heridos
hoy no pueden recebir algún engaño.
Las cabras con sus cabritos retozaban;
las ovejas y corderos van saltando;
las terneras van corriendo y saltos dando,
y este día con placer regocijaban;
los páxaros con dulzura voces daban,
mostrando en su dulce canto estar contentos;
los animales que andan muy hambrientos
en los pastos abundosos se hartaban;
los zagales con amores
hoy no sienten sus dolores
contemplando los favores que llevaban.
Acabando de cantar nos partimos los unos
de los otros, y yo, esperando la tercera noche
por mi tan deseada, unas veces reñía con el
tiempo, pareciéndome que contra mi ventura se
alegraba, y otras le rogaba que, apresurando su
curso, diese lugar para que se cumpliese mi de-
seo; y pasando en estas consideraciones, Beli-
sia me dio aviso de la manera que había de te-
ner para entrar á donde ella me esperaría, y no
siendo yo perezoso, sin faltar un punto y sin
ser 'de ninguno sentido me vine á hablar solo
con ella sola, pareciéndome qué, dexando de
estar en la tierra, gozaba de la gloria del cielo;
pero Belisia, antes que yo palabra ninguna pu-
diese hablarle, más de besar sus hermosas ma-
nos, que para mi boca eran el más precioso
manjar que gustar en el mundo podía, me dixo:
«Mira, Torcato, que, confiando yo en el gran-
de y verdadero amor que me muestras y tengo
por cierto que me tienes, me he osado poner en
tus manos, no para que de mí pienses aprove-
charte de manera que fueses causa de ponerme
en fatiga, procurando quitarme el mayor bien
de que la naturaleza me ha dotado, porque en-
tonces no seria amistad la tuya para conmigo,
antes te juzgaría por el mayor enemigo de to-
dos los que tener puedo, y aunque yo inconsi-
deradamente te diese lugar para cumplir lo que
deseas, obligado estás tanto á mi honra como
á tu contentamiento. Bien Sé que no tengo fuer-
zas para poder resistir las tuyas si quisieses;
pero tú eres el que has de forzarte á ti mismo,
contentándote con lo que fuera desto yo pudie-
re hacer para aliviarte de la pena con que estos
días te he visto andar tan fatigado, porque si
otra cosa hicieses gozarías breve tiempo de tu
voluntad, poniéndome á mí en el peligro de la
vida y á ti de perderme para siempre». Con
muy gran tristeza estuve escuchando estas ra-
zones; pero pensando que el tiempo, que todas
las cosas trueca y muda, podría hacer en esto
lo mesmo, me hizo recibirlo con paciencia res-
pondiéndole: « Dulce ánima y señora mía, yo
no tengo, no puedo tener otra voluntad sino la
tuya, y aunque con tan duro freno quieras go-
«■»
562
ORÍGENES DE LA NOVELA
bemarnie, yo lo pasaré todo en paciencia, go-
zando de la merced «{ue me haces, y con la con-
dición que tú hacérmela quisieres; no tengas
recelo de mis fuerzas para contigo, que la ma-
yor fuerza de todas es tu mandamiento, que
por mi en ninguna manera puede dexar de ser
obedecido 1». Hablando en esto y en otras mu-
chas cosas pasamos toda aquella noche, estan-
do yo siempre abrazado con la mi Belisia, y las
más veces la una boca con la otra, gozando
della y de sus hermosas manos, sin que otra
cosa yo intentase ni ella me lo prometiese, y
acercándose la mañana harto más presto de lo
que yo quisiera, fueme forzado salirmo, pasan-
do entre nosotros al despedirnos nmchas cosas
con que cada uno procuraba dar á entender al
otro el amor que le tenia.
Y tornándome yo á mi ganado, anduve; mu-
chos días contento y ufano con una sabrosa y
agradable vida, aunque no era cumplida mi glo-
ria del t(Kb>, porque algunas veces que con im-
portunidad y casi forzada Belisia me hacia la
merced pasada de verme y hablarme á solas de
noche y de dia, era con las condiciones que la
primera vez lo habia consentido; pero tanto po-
día el Amor para conmigo, que tenía en más
cualquier enojo, por muy pequeño, que JJeli-
sia á mi causa recibiese que todo el tormento
y trabajo que jo recibía con el buen comedi-
miento, el cual tí'ngo agora por cierto que fué
la en usa de todo ni i daño. Dest^ manera andu-
vimos muchos días, passando el tieuipo con en-
tretenimientos aplacibles, buscando siempre lu-
gares oportunos para que unas veces descansa-
sen los ojos y otras las lenguas, publicando lo
que los corazones sentían y procurando damos
todo el contento que podíamos, sin passar ja-
más aquella hy que me estaba puesta, la que
para mí no tenía menos fuerza que si con que-
brarla hubiera de perder la vida.
Y como las cosas no pueden estar sienjpre
en su ser, passándose este tiempo comenzó á
acercarse aíjuel en que nos era forzado hacer
mudaTiza, porque la aspereza del viento cierzo,
acari-eando las heladas y nieves, y el viento
ábrego hínchiendo el cielo de nubes, que con
grandes avenidas de aguas nos amenazaban,
nos pusieron á todos en cuidado de buxar los
ganados á la tierra llana. Y como esta nueva
fatiga tuviese acongoxada mi ánima, comen-
zándose á mostrar en mi gesto la tristeza gran-
de de que comenzaba á andar acompañado, sin-
tiéndolo Belisia me dixo:
«(•Qué nuevo cuidado es éste, Torcato? .la-
más te tengo de ver tan alegre i{\iv no sea más
parte la tristeza para hacer huir de ti la ale-
gría. Flaco andas y amarillo, de que á mi muy
de veras me pesa, porque el Amor no consien-
te que yo pueda ver en ti tal experiencia sin
que te haya de consentir lo mcsmo que tú sien-
tes; y assí, holgaría de que no te fatigasses,
pues nos es forzado passar las cosas como la
ventura las ordena, debrías contentarte coa lia-
ber conocido mi voluntad y obras, sin querer
con el fin dellas ponerme en aquella tnrbacióa
que sólo mi muerte tendría por remedio)).
((No es eso, le respondí yo, mi Belisia, lo
que agora me atormenta y desatina para andar
como uie ves, que con la vida que tengo más
verdaderamente podría ser contado entre los
umertos. Mi nuevo cuidado nace de ver que se
allega para mí el día más temeroso qne podría
halxír después de aquel universal juicio; porqae
assí como los que estonces fueren condenadas
carecerán de la gloria que los bienaventurad»
gozan en el ciclo, assí me falta á mi la mayor
de que gozo ni podría gozar sin tu vista en la
tierra. Si alguna cosa me puede dar alivio será
yt'i'te á ti, ánima mía, con alguna parte del s<mi-
timieiito (pie yo tengo, para que conozcas que,
ya que me aparto de tu presencia, no me apar-
taré de tu memoria ni de tu gracia, que son doss
cosas que pucnlen sustentarme la vida qne an-
da por acabarse muy presto. *>
«Desso puedes estar cierto, respondió Beli-
sia, que no será menos lo que yo sentiré que lo
que tú sientas ; pero menester es que tengamos
j)aciencia á donde no vemos otro remidió
Con esto nos apartamos, y todas las veces qne
después nos pedimos ver fueron para tratar es-
ta materia, preveniendo el trabajo y apercibién-
donos contra la fatiga; porque, á tcunarnos di's-
apercibidos, ninguna paciencia bastara según
lo que de mí conocía y lo que Belisia me mos-
traba, la cual con sus palabras siempre procu-
raba coiisolanne mostrándome una fe tan ver-
dadera, que yo jamás pensé que me faltara; j
bien fué menester estonces, porque verdadera-
m(*nte creo que sin ella en aquella partida tam-
bién se partiera el ánima de mi cuerpo.
Y venido el día señalado, que á entramUis
nos puso casi deffuntos en la sepoltura, no fué
poco poder en él sustentar la vida que no se
acabase del todo ó no mostrar tan claramente
que todo el mundo lo conociera cuan difficul-
tosamentv^ podía sufrirse una prueba tan áspe-
ra como el Amor en nosotros ambos hacia. Y«»
traía mis ojos hinchados por arreventar con las
lágrimas; un nudo hecho en mi garganta que
apenas hablar me dexaba; teníalas fuerzas ta»
perdidas, que con diffícultad moverme i>odía. y
(>n íin, andaba tal, que no tenía otn> remedio
sino mostrarme muy enfermo, para que nadie
podiosse conocer mi verdadera dolencia.
Ya ciert;» en este tiempo lo que Belisia ha-
cia no pan^cía f<>ngido, que las señales y mues-
tras que daba eran de verdadero amor y agra-
decimiento.
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
5(;3
Y asi aquella noche antes que nos partiése-
mos se dio tan buena nmña j la ventura nos
favoresció á entrambos de manera, que nos dio
lugar para pasar mucha parte della juntos, y
puesto yo en su presencia le decía: «Ño sé, se-
ñora mía, cómo podrá este cuerpo vivir ausen-
te de ti, que eres más ánima suya que la que
consigo trae; de una cosa podrás estar cierta,
que la que yo tengo queda contigo, y que con-
migo va sólo mi cuerpo oon el deseo de que
siempre andará acompañado, no teniendo otra
vida sino la esperanza de tornar á verte y ser-
virte, pues yo no puedo emplearme en otra co-
sa ninguna que fuera desto pueda darme con-
tentamiento».
Diciendo estas palabras, mis lágriuias eran
tus brazos se feneciera la vida que de aquí ade-
lante se pasará con tanta tristeza y tan des-
venturada muerte; mejor fuera que me dexaras
morir que buscarme remedio que tan caro me
costará todo el tiempo que viviere».
«No quiera Dios, mi señora, le respondí yo,
que tu muerte sea primero que la mía, ni á mí
me venga tan gran mal que yo ver ni saberla
pueda. No me pesa de que sientas el tormento
de nuestra partida, porque por el tuyo conozcas
el que yo siento, y acordándote del hayas lásti-
ma de mí, como de tu verdadero siervo, aunque
no querría que tu sentimiento fucsse tanto que
no pudiesse encubrirlo y pasarlo sin que con
señales de tanto dolor lo manifiestes. V pues
ningún otro remedio nos puede valer en esta
t^nt^is, mis sollozos y sospiros eran tan gran- I adversidad sino la paciencia, suplícotis ánima
n pasar adcílante. Y Be- mía, y por el verdadero amor que me tienes y
des, que no me dexaron pasar
lisia, viéndome casi sin aliento, ayudándome
con la mesma cong«>xa que yo t<Miía, mezclaba
sus lágrimas con las mías, porque los ojos do
entrainl)os estaban hechos manantiales fuentes,
y dando un profundo sospiro me respondió:
«Nunca pensé, Torcato, que á tal extremo
me traxera la affición y verdadero amor que
para contigo dexé aposentar en mis entrañas,
el cual me tiene tal que no sé cuándo podré
tí*ner una hora de alegría viéndome ausente de
ti, aunque nunca te apartaré de mi pensamiento
porque ya no soy parte para hacerlo si quisiese,
ni tengo la lil)ertad pasada con que hacerlo eu
otro tiempo pudiera. Y asi el tiempo que no te
viere, estaré desamparada y sola, como viuda y
triste y desconsolada, sin esperanza de bien
ninguno, hasta que mis ojos puedan tornar á
ver la luz que agora pierden en perder de po-
. der mirarte para su descanso, como hasta ago-
ra hacían».
Con esto, juntando una boca con otra, llo-
rando la cercana partida, pudo tanto el dolor
en el tierno corazón de Belisia, que no pudien-
do socorrerle con sus ñacas fuerzas, le tomó en
mis brazos un desmayo que sin sentido ningu-
no la dexó, y pareciéndome que la muerte le
ponía asechanzas, rodeando por todas partes
para hallar manera cómo sin vida la dexasse, á
mi me tenia casi sin ella, estando con una pa-
sión tan crecida y un dolor tan áspero y fiero,
que agora en pensarlo me espanto cómo pudo
sufrir una experiencia tan fuerte y poderosa,
la cual me puso en tal extremo, que por más
muerto me contaba que la mi Belisia; y no ha-
llando otro renieílio con (jue socorrerla pudiesse,
la abundancia de mis lágrimas socorrieron á la
falta de la agua para inharle en su hermoso
gesto, las cuales, despidiéndolas mis ojos por
mis mejillas y cayendo en él, fueron causa para
que más presto en si volviese diciendo:
«No fuera pequeño descanso, Torcato, si en
y por el verciaaero amor que
yo te tengo te conjuro que tú la tengas hasta
que yo busque y procure cómo los tiempos se
muden y truequen, para hallar otro descanso
del que agora tenemos, que yo no pienso per-
der la esperanza estando tan conformes las vo-
luntades.»
«Yo lo haré, me respondió, como lo dices, ó
á lo menos procuraré hacerlo, y pues la noche
se nos acaba y el día se nos nmestru en enemi-
go para apartarnos forzosamente, forzado será
que tú te vayas. Y porque no tengo prenda
mía que pueda darte para que de mí te acuer-
des, con este cordón de mi camisa quiero ligar
tu mano derecha, con la cual me diste tu fe,
porque no puedas nmdarte ni trazarla sin que
te venga á la memoria la injuria que haces
á quien tan verdadera la tiene y tendrá siem-
pre contigo, que jamás hallarás en ella mu-
danza.»
«Ya poca necesidad hay, le dixe yo, de pren-
darme con ninguna cosa más que con aquel
amor que tan gran fuerza tiene que ninguna
prosperidad ni adversidad bastará para quebrar
su finneza. Y pues yo voy tan prendado, que-
da, señora, segura que yo el mayor consuelo que
llevo es pensar que voy seguro de que nuestras
voluntades es una mesma voluntad, sin haber
entre, ellas differencia.»
Con estas palabras nos abrazanios, y acom-
pañados el uno y el otro de lágrimas y sospiros
nos apartamos, yendo yo tan cargado de cui-
dados y fatigas, que no me acordaba de otra
cosa, y así entre dus luces me torné al ganado,
sin que de ninguno de los pastores que cerca
estaban fuesse sentido. Y venido el día, pues-
tos todos á punto, nos partimos; pero antes en
lo público estando UkIos jnntí>s, l^elisia y yo
con los ojos nos díibauíos á entender h> que los
corazones en esta partida sentían, y no fué
poco poderlo encubrir de manera que los que
estaban presentes no lo conociessen. Assi nos
1
5G4
orígenes de la novela
apartamos, yendo los uuos por ana parte y los
otros por la otra; y si yo quissiese contar ni
encarecer el sentimiento que llevaba, imposible
sería que mi lengua podiese decirlo, porque yo
iba tan fuera de mi juicio, que ni entendía lo
que me hablaban ni oía lo que me decían, por-
que todos mis pensamientos y sentidos llevaba
ocupados en la contemplación de mi desventura
teniendo el retrato de la mi Belisia en el alma
de tal manera que los ojos espirituales, que mi-
rándola estaban siempre, también ocupaban á los
corporales para que en otra cosa ocupar no se
pudiesen; llegados que fuimos á nuestra aldea,
muchos días anduve con esta triste vida bus-
cando la soledad de los desiertos y montes des-
habitados, trayendo mis ganados por los riscos
y peñascos, huyendo de los otros pastores y de
cualquiera otra compañía que apartarme del
pensamiento de la mi Belisia pudiese, porque
sola esta era mi gloria y en solo esto hallaba
descanso y alivio; machas veces a voces la lla-
maba, llevándolas en vano el viento sin ser
oídas, y otras estaba hablando con ella contán-
dole mis passiones y trabajos, como si presente
la tuviera; pero después, hallándome burlado
de ver cuan lexos de mí estaba apartada, tor-
naba á mis pnncí()iada3 quexas conmigo solo,
de las cuales hacía muchos días t<;stigo á esta
clara fuente donde agora estamos, porque sola
ella las oía. Y andando con este cuidado, de-
terminé de escrebirla una carta dándole cuenta
de mi vida y rogándole que me enviase algún
consuelo con que sustentarla pudiesse; lo cual
ella hizo con muy amorosas razones, de manera
que en mi Salud y contento se pareció la ale-
gría que con ella había recebido. Passado algún
tiempo, la ventura me descubrió cierto negocio
y ocasión con que kcitaniente pude ir á la aldea
donde sus padres habitaban: y llegado sin ha-
ber sentido cansancio ninguno en el camino,
con la agonía que llevaba, aunque la mi Belisia
me recií)ió con alegre semblante y palabras
amorosas, el corazón, que pocas veces suele en-
gañarse, me daba á entender que no liallaba en
ella aquella fuerza de affíción con que otras ve-
ces eran dichas, antes me las representaba con
una tibieza que por una parte me espantaba y
ponía temor y por otra no la creía. Pero al fin,
dándome audiencia en secreto, con alguna im-
portunidad que me puso en mayor sospecha y
parecióme hallarla con alguna más libertad que
solía, aimque no de manera que pudiese tener
razón que por estonces bastase para agraviar-
me, y habiéndome detenido tanto espacio cuan-
to el negocio requería, el cual yo dilaté todo lo
que pude, fueme forzado volverme, dexando el
ánima con ella y llevando conmigo solo el cuer-
pu y el ruidado que me nconipañalm, porque ya
yo iua algún tanto buspeclioso, adivinando el
mal que esperaba de las señales encubiertas, que
hacían á mi atribulado corazón adivino, y assi
entreteniéndome algún tiempo la esperanza con-
fiando en la fe que había en un tiempo conocido
y en las promesas que con tan gran hervor y vo-
luntad se me habían hecho, determiné de tomar
á descubrir tierra, y para ello le escribí una cai-
ta, la cual le envié con mensajero cierto, j
si queréis oiría, decírosla he, porque la tengo
en la memoria de la mesma manera que fué
escrita.
Gri SALDO. — Antes te lo rogamos que lo ba-
gas; pero bien será, si te parece, Torcato, qne
primero, por ser passada tanta parte del dit,
comamos algún bocado si eir ta hatero traes
aparejo para ello, que ya la hambre me acusa j
á Fi Ionio creo que le debe tener fatigado.
FiLONio. —Antes os hago ciertos que casi de
hambre j de sed estoy desmayado; porqoe
ayuno me vine esta mañana, y como no lue sus-
tento en amores, de la manera que Torcato lo
hace, hasme dado, Grisaldo, la vida con tu buen
aviso de acordarlo á tan buen tiempo.
Torcato. — Yo confiesso que no ha sido
pequeño mi descuido en no convidaros, y aun-
que no esté tan bien aparejado couio vosotros
lo merecéis y como lo estuviera si fuera avisado
de vuestra venida, todavía no faltará qné
comáis, que aquí tengo un pedazo de cecina de
venado que mis mastines este invierno, por
estar herido en una pierna, mataron; también
hallaréis parte de un buen queso j cebolletas y
ajos verdes, y el pan, aunque es de centeno,
tan bien sazonado que no habrá ninguno de
trigo que mejor sabor tenga.
FiLONio.— Yo traigo conmigo la salsa de
San Bernardo para que todo me haga baen
gusto; pero bien será, Torcato, que también
tú nos ayudes, porque sin comer ni beber
mal pueden los hombres sustentarse, y, como
suelen decir, todos los duelos con pan sou
buenos.
ToROATo. — Quiero hacer lo que me dices,
qne no es poca mi flaqueza ni la necesidad qne
tengo de socorrerla.
Grisaldo. — En mi vida no comí cosa qne
mejor me supiese; ¡oh qué sabroso está todoj
qué bueno! que aunque nos esperaras no esta-
viera más á punto, ni nos pudieras hacer con-
vite que más agradable nos fuera.
FiLONio. — l)ame, Torcato, el barril, que no
es menor mi sed que mi hambre, y quiero qne
se corra todo junto.
Torcato. - Vedlo aquí; y aunque \ouolo
he probado, por nmy buen vino me lo dieron.
(irRisALDO. — Passo, Filouio, que nolohis
de acabar todo, que á dos vaivenes como c-se
apenas nos dexarías una gota.
FiLONio. — No había bebido tres tng»
s
COLLOQUIOS satíricos POR A. DE TORQÜEMADA
665
cuando ya te matabas; ¡no miras que tiene el
cuello muy angosto y que sale tan destilado
que casi no le he tomado el gusto?
ToRCáTo. — Bebe, Grísaldo, que no faltará
vino, porque acabado esse barril otro está en
aquel zurrón, con que podréis tomar á rehacer
la chanza.
GmsALDO.— ¡Oh, qué singular vino, mal
año para el de San Martin ni Madrigal, que
ninguna ventaja le hacen !
FiLONio. — For tu fe, Grisaldo, que ordeñes
aquella cabra negra que tan llenas trae las tetas
de leche como si el cabrito no hubiera hoy
mamado; que pues hay barreños y cuchares en
que la comamos, no vendrá á mal tiempo para
tomarla por fruta de postre.
Grisaldo. — Bien has dicho; harta tiene
para todos, aunque, según tú tienes las migas
hechas, no parece que te bastaría toda la que
traen las cabras y ovejas del rebaño.
FiLONio. — No las hago todas para mi, que
muy bien podrán repartirse, y assi haz tu de
la leche; bien está, para mi no eches más.
ToRCATo. — Pues harta tenemos yo y Gri-
saldo en la que queda.
Grisaldo. — Dios te dé muchos días de vida,
Torcato, que así nos has socorrido.
FiLONio. - El barril vuelva á visitarnos, que
la hambre ya la maté como ella me mataba.
Grisaldo.— Toma y bebe á tu placer; paré-
ceme que no hay sacristán que mejor ponga las
campanas en pino.
FiLONio.— De ti lo aprendí cuando fueste
monacino, que solías hacer de la mesma manera
á las vinajeras antes que se desnudase el clé-
rigo que había dicho la misa.
Grisaldo. — Hora sus, pues estamos hartos.
jDios loado! recoge, Torcato, lo que queda, que
no dexará de aprovechar para otro día.
Torcato. — Bien me parece que seas en tus
cosas tan bien proveído; y pues todo está ya
guardado, ved qué es lo que más os agrada
que hagamos.
FiLONio. — ¿Qué es lo que hemos de hacer
sino que nos digas la carta que á Belisia escri-
biste, con todo lo demás que sobre tus amores
tan penados te hubiere sucedido?
Torcato. — Por dos cosas quisiera dexarlo
en el estado que habéis oído: la una era por
pensar que con mi largo cuento os tenía enfa-
dados, y la otra porque, no podré decir cosa
que no os dé sinsabor y enojo, entendiendo
cuan contrario fue de aquí adelante el fin de
mi porfía á lo que de razón hubiera de serlo,
según los buenos prencipios con que el Amor
' me había favorescido; y para que entendáis
cuan pcxlerosamente executó contra mí sus
inhumanas fuerzas, escuchadme la carta, que
después os diré lo demás:
carta de torcato i BBLISIA
cMi mano está temblando, ánima mía;
mi lengua se enmudece contemplando
lo mucho que el dolor decir podría.
Tantas cosas se están representando
juntas con gran porfía de escrebirso,
que yo las dexo á todas porfiando.
Porque en mi alma pueden bien sentirse;
mas mostrar cómo están es excusado,
pues nunca acabarían de decirse.
Su confusión me tiene fatigado,
aunque lo que me da mayor fatiga
es verme estar de ti tan apartado.
Mi poca libertad es mi enemiga,
pues quiere que te escriba mis pasiones
sin estar yo presente que las diga.
No me falta razón; mas las razones
con que entiendas mi mal yo no las hallo
si tu en mi torpe lengua no las pones.
Mis cuitas y trabajos, porque callo,
me dan mayor fatiga y más cuidado,
y el remedio so alexa en procurallo.
No sé qué me hacer, desventurado,
que todo me aborresce en no tenerte
presente ante mis ojos y á mi lado.
En todo cuanto veo hallo la muerte,
todo placer me daña y da tormento,
todo me da pesar si no es quererte.
Los campos que solían dar contento
con los montes y bosques á mis ojos,
estrechos son agora al pensamiento.
Las ovejas y cabras, que despojos
de lana y queso y leche dan contino,
en lugar de esto me causan mil enojos.
No hay monte, valle ó prado, ni camino
donde halle holganza ni reposo,
que en todos me aborrezco y pierdo el tino.
A las fuentes me llego temeroso,
por no hallar en ellas mi figura
que en verme cuál estoy mirar no me oso.
EU alma tiene en mí la hermosura
con tenerte á ti en si representada,
que el cuerpo casi está en la sepoltura.
La vida trayo á muerte condenada
si tú no revocares la sentencia
que mi pena cruel ya tiene dada.
Porque no pasarla en tu presencia
no es pena, mas es muerte muy rabiosa,
ó que me da fatiga con tu ausencia.
En esta vida triste y trabajosa
paso mis tristes días padeciendo,
teniendo á mi esperanza algo dudosa.
56G
ORÍGENES DE LA NOVELA
Las noclios, si las paso, es no durruiemlo;
los días sin (íomer, giMnidos dan<lo,
y on Acmie qup estoy vivo no intí on tiendo.
Sustentase mi vida con templando
cnán bien está empleado mi tormento,
y por algún favor tuyo (esperando
con que pasarlo pueda más contento. i»»
Inviada esta carta, Belisia la recibió, se-
gún supe, mostrando poca voluntad, y pidién-
dole la respuesta de ella, couio ya las velas de
su voluntad y affición estuviessen puestas en
calma, ó por ventura vueltas á otro nuevo
viento con que navegaban, no la quiso dar por
escrito, sino que con gran desabrimiento de
palabras me invió á decir que no curase más
de escrebirla ni importunarla, porque su deter-
minación era de despedir de su memoria todas
las cosas passadas, las cuales estaban ya fuera
de ella, y que si alguna vez se acordaba de ellas
era para pesarle, y que estuviesse cierto de que
jamás liaría conmigo otra cosa de lo que me
decía, y que tendría por muy enojosa persecu-
ción la que yo le diese si quissiese proseguir
en mi porfía más adelante, do la cual no saca-
ría ningún fruto, si no era ponerla en mayor
cuidado, para que de mí y de mis importunida-
des con gran diligencia se guardasse.
Venido el mensajero, el cual yo esperaba con
alegres nuevas para mi descanso, y recibiendo
en lugar dellas esta desabrida respuesta, ya po-
déis sentir lo que mi ánima sentiría, que mu-
chas veces estuve por desamparar la compañía
de mi atonnentado cuerpo para procurar por su
parte algún alivio de sus passiones; pero no
habiendo acabado de perder del todo la espe-
ranza, y pensando que estt» nuevo accidente po-
dría presto hacer otra mudanza, quiso susten-
tar la vida para j)i>der ver con ella la razón que
llelisia me daba, mostrando la que tenía para
tratarme con tanta crueldad y aspereza.
Y comenzando á mostrar en mi gesto la tris-
teza que me acompañaba, desechando dv mí
toíla alegría, andal»a cargado de cuidad<»R y
pensamient^)s, no 8abien<lo qué decir ni qué Iíu-
cer (jue aprovecharme imdiesse; no donnía ni
reposaba; nn comer era tan po(*o que» dil'íii'ulto-
samentí» píwlía sustentarme; la ihupieza y la
falta del sueño, (jue me traían casi fuera de mi
juicio.
Y lo que mayor pena me daba ora que á
ninguno osaba descubrirla, ni con nadie la co-
municaba para recibir algún alivio. Anduve
ansí nmchos días, más muerto que vivo, y pen-
sando (pie Belisia por ventura lo había hecho
por probarme para saber de nn' si estaba firme
con la fe que siempre le había mostrado, det<a*-
miné de tomar el camino para su aldea, lo <*nal
puse luego por obra: y llegando allá ninguna
manera ni diligencia bast<5 para que Belisia
oírme ni escucharme quisíesee. á lo menos en
Síícreto como solía, que en lo público no pn^lía
díHíirle nada que á nuestros amf»res tocasse, y
con tal disinndación me inviaba como si jaiiiá.^
entre mí y ella ninguna cosa hubiera pasado;
estaba tan seca de razones y tan estéril de pa-
labras, que, en verlo, mil veces estuve por des-
esperarme.
Y, en fin, queriendo tomar á probar mi ven-
tura, me determiné de escribirle otra carta, en-
caresciéndole mi pena y passión todo lo que
pude, pensando que aprovecharía para que de-
11o se doliesse, y la carta era ésta, porque aqaí
tengo el traslado del la:
OARTA DE TORGATO A BELISIA
<rLo8 golpes de los azadones, Belisia mía,
que cavan en mi sepoltiira, con su tenieri«o
son ensordecen mis oídos; y el clamor délas
campanas, con su estruendo espantoso, no me
dexan oir cosa que para mi salud aprovecliase.
La tristeza de los que con verme tan al calo
de mi vida se duelen de mí, me tiene tan tris-
te, que ni ellos Imstan á consolarme ni yo es-
toy ya para recebir algún consuelo. En tal ex-
tremo me tienes puesto, que lo que con mayor
verdad puede pronunciar mi lengua es que me
han rodeado los dolores de la muerte y los pe-
ligros del infierno me han hallado. Desventa-
rado de mi, que vivo para que no se acaben mis
tormentos muriendo, y muero por acalcar do
morir si pudiesse. Mas ha querido mi desven-
tura que mi pena rabiosa tenga mayónos f^e^
zas que la muerte, la cual, viéndome tan muer-
to en la vida no procura matarme, antes, espan-
tada de venue cual estoy, va huyendo de mí
con temor de que no sea yo otra muerto mis
poderosa que pueda matarla á ella, y cuando la
•crueldad viene en su compañía con intención
(le ayudarla, para acabarme, movida á comi«-
sión de mí so pone á llorar conmigo mis fati-
gas; y tú, más cruel que la misma crueldad, te
del(Mtas y recibes con t^Mit amiento en verme me-
tido en este piélago de persecuciones. Bien creo
qu(», si alguno se puede llamar infienio, fuera
de aquel en que los condenados perpetuamente
padecen, que será éste en que agora yo mo veo,
que según son semejantes m\» penas á las sn^
yas, la mayor diferencia que me parece que hay
es que ellos sin redención penarán para píem-
I)re y tú podrías restituirme y ponerme en la
cund)re de la gloria de tu gracia, viéndome jn
con algún favor de manera que pensasen s»'r
restituido en ella, y no tan desfavorecido c<»nio
con respuestas tan desabridas me he hallatlo.
Pero ('de qué me agravio que, si bien lo niin»
tixlo, jíoí^a raz/>n tengo de quexarme, pues que
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMABA
567
todo el amor oatá on mí para contigo, sin dexar
ninguno ni parto (l(?l para que tú lo puedas te-
nor conmigo? Yo tengo la fe tan ent(»ra, la
amistad tan cumj)lida, la ley tan verdadera, que
tíKlo esto se queda en mí y tii estás tan lil^ro y
exenta, que para lo que aprovecharán mis agra-
vios será para que te rías dellos con aquella li-
bertad que lias mostrado, teniéndome á mí en
una prisión y cautiverio perpetuo; lo que sien-
to que rae puede quedar de lo passaao es la
contemplaci<)n de una tristeza dulce, trayendo
á mi memoria aquellas palabras de <í tiempo bue-
no, que dicen, fue tiempo y horas ufanas, en
({ue mis días gozaron, aunque en ellas se sem-
braron las simientes de mis canas: yo me vi ser
i»ien amado, mi deseo en alta cima contemplar
enlopassado; la memoria me lastima i>; el tiem-
po, Belisia mía, me da bien el pago de no haber
sabido gozarlo, y con verme cual me veo lo ten-
go por mejor que haber passado un punto de lo
que por tu voluntad mostrabas y querías; cuan-
do quiero quexarme <le mí mesmo, la razón ri-
ñe conmigo, diciendo que no me quexe del buen
comedimiento que tuve, pues que consigo tiene
el galardón y contigo queda la culpa de la in-
gratitud y desconocimiento de lo mucho que
me debes. Si (»1 tiempo fuera mas largo no me
maravillara tanto de ver esta mudanza, aunque
ninguna cosa había de bastar para hacerla; pe-
ro siendo tan breve, parécemo que aquel amor
que me mostraste, aquel sentimiento que vi pa-
ra verme á mi siempre sin libertad ninguna,
aquella fe que estonces se me puso delante tan
verdadera, aquellas lágrimas con que parecía
sellarse la affición y voluntad que se mostraba,
que todo estaba colgado de un hilo tan delgado
que sólo el viento bastó para quebrarlo. Cuan-
do me acuerdo de algunas cosas que por mí
pasaron, parécemo imposible lo que veo, por
que no eran prendas de tan poca fuerza que
tan presto habían tb» olvidarse, yassf ando coir
el juicio desatinado, buscando cuál podría ser
la causa; porque en mí no ha habido falta sino
de los servi<'ios, y ésta no croo que bastaría,
pues no sufro pensarse que tú me habrías de
tener amor ni affición por solo interese; ¡)or
otra parte, combato una sospecha celosa, á la
cual no quiero dar crédito, porque siempre cuan-
to á esto has estado bien acreditada para con-
nn'go. Bien sé que te irás enojada con carta tan
larga, pues se letírá ya sin gusto habiéndolo
perdido de todas las cosas que tocan á quien la
escribe, y si soy porfiado, suj)lícote, s(»riora mía,
me perdones, que lo hago con (let(»rniinación de
no enojarte más con otms, porque en esto quie-
ro que conozcas el deservicio que será, tenien-
do en menos mi fatiga y tormento (pie no dar-
U*. á ti pesadumbre con serte más importuno;
viviré los pocos días y tristes que tuviere con
aquella fe que de mí se ha conocido y con la
voluntad y affición que siempre he mostrado, y
con el dolor y trabajo que por galardón de todo
esto has (pierido danne, con el cual quedo, y
con aquel verdadero deseo de sen* irte, que no
se acabará en tanto que no se acabare la vida
que tú has querido que tan miserablemente
muera en el tiempo que viviere.»
Y in viada esta carta, supe que había veni-
do á sus manos y no con pequeña diligencia,
que para ello se puso, porque yo con gran diffi-
cultad quería oír ni ver cosa que á mí me to-
cassc, y viendo que no quería responder, aun-
que por otra cosa no espere algunos días, me
vine harto desconsolado y afñigido, pero toda-
vía con alguna esperanza, que del todo no me
había desamparado, porque pensaba que por
ventura Belisia lo hacía por probarme, ó que
le habían dicho de mí alguna cosa que, sabien-
do después no ser verdadera, le haría arrepen-
tirse de la aspereza y inhumanidad con que me
trataba. Y pasados algunos días, no sé si por
estorbar que yo no le diese más importunidad
con palabras ni cartas, ó si por ventura holgó
de desesperarme del todo, me escribió una car-
ta breve, que más verdaderamente se pudiera
decir sentencia de mi nmerte, la cual decía des-
ta manera:
CARTA DE BELISIA A TORCATO
«Tus cartas, Torcato, y tus importunidades
me son tan enojosas que me fuerzan á escrebirte
para que de mí lo entiendas y acal)e8 de cono-
cer mi voluntad, la cual está tan diferente de lo
que solía, que lo que estonces me agradaba es
la cosa que más agora aborrezco, y de lo passa-
do estoy tan arrepentida que no puedo {conso-
larme en tanto que te viere determinado en tu
porfía sin provecho; si en algún tiempo me tu-
viste verdadero amor, el mío no ra fl.i;^!»!*». y
con él te pagué lo que merecías, y <(nnn las cu
sas no puoílen permanecer siemi>rc «mi mu >cr,
antes so truecan y mudan cada hora, nn f« ma-
ravillarás con mucha razón de v«r i|(ic fU nií
haya habido esta nnidanza, para 1<> «umI no he
tenido otra ocasión sino parecerme (juc «rn cosa
que me convenía para tornar á cobrar el sosiego
que por tu caitsa he tenido mucho tiempo per-
dido; lo que te ruego es que si, como siempre
mostraste, deseas contentarme, que olvides las
cosas passadas, echándolas fuera de tu memoria
como si jamás no hubieran sido, y si no pudie-
res hacerlo será necesario que te hagas fuerza
y que procures de |>onerte en aquella lil)ertad
con que yo quedo, y si todavía te acordares de
algunas dellas, podrás hacer cuenta que pasaron
en sueños sin ser verdaderas, y assí como á cosa
de sueño las olvida, que por lo mucho que te
568
ORÍGENES DE LA NOVELA
quise y aun agora te quiero, te doy el consejo
que para rui he touiado, el cual holgaria que
siguieses, pues todo lo demás será acrecentar en
la pena que publicas, sin aprovecharte más de
para trabajar en vano y darme á mí fatiga para
que con justa razón y causa pueda tenerme por
agraviada, ;ayl porque esta será la postrera
mía; también estarás cierto de que no recibiré
ninguna tuya, y así te aviso que no te pongas
en desasosegarme más con ella, pues será per-
der el tiempo y el trabajo que en ello se pusiere.
Y fuera desto, yo te deseo el mesmo bien y ale-
gría que tú me deseas, con el cual plega á Dios
que, habiéndome olvidado, tan presto te veas
cuanto yo verte, sin ninguna memoria de mí,
para mayor bien mío y tuyo, he deseado.»
Las palabras desta carta alteraron tanto mi
juicio, que á muchas veces me hallé sin él para
desesperarme, y deseaba que la tierra dentro de
sí vivo me sumiese 6 que por otro algún acae-
cimiento 6 desastre se me acabase la vida, y
cierto yo me tomara del todo loco, si la razón
que conmigo peleaba no me venciera; pero con
todo esto no podía acabar de hallarme en ningu-
na compañía que pudiese apartarme de mi pen-
samiento, el cual jamás en otra cosa se ocupaba,
y andando como habéis visto por los montes
é desiertos deshabitados y por las montañas más
ásperas, nmchas veces era causa de que mi ga-
nado padeciese, y de lástima del me venia adon-
de mejores pastos hallaba; y adonde yo más des-
canso tenía era en este ñorído bosque, por causa
desta hermosa fuente, en el cual dando voces y
gemidos, sin ser de ninguno entendido mi mal,
un día tendido en el niesmo lugar donde esta-
mos, sobre la verde yerba deste prado, creciendo
en mí la pasión por estar considerando el agra-
vio que el Amor. y la mi Belisia me hacían,
dando un profundo sospiro, que parescía llevar
consigo mis entrañas, comencé á decir desta
manera:
EXCLAHAGIÓN DE TORCATO
¿A quién enderezaré mis clamores y gemidos,
que con alguna lástima procure socorrerme? ¿A
quién rogaré que escuche mi doloroso llanto,
para que, oyéndolo, de mi rabioso mal se com-
padezca? ¿A quién publicaré mis rabiosas cuitas
y fatigas, para que, con entenderlas, me procure
dar algún consuelo? Hienda mis dolorosas vo-
ces el aire, rompiendo las embarazosas nubes,
y pasando aquella región del fnego, menor que
el que á mí me abrasa, preséntense en los sobe-
ranos cielos pidiendo la ayuda y socorro que en
la tierra me ha faltado, en la cual no hay cosa
que contra mí no se muestre enemiga. Todas
me son contrarias. Todas me amenazan con la
muerte. Todas me la procuran, sin que ninguna
dellas pueda dármela, por no me dar el descanf^o
í\\\o con ella recibiría.
¡Oh, Fortuna cruel, mudable, ciega, menti-
rosa, traidora, engañosa, sin ninguna fe, incons-
tante, perversa, maliciosa y sobre iodo la ma-
yor enemiga del bien que los mortales tener
pueden! Porque tú raesma, que se lo das for-
zada y por no poder hacer otra cosa, después
con todÁs tus fuerzas procuras quitárselo, pa-
reciéndote que cuanto mayor mal hicieres á los
que con algún bien tienes en parte satisfechos,
quitándoselo muestras ser mayor poder el tajo,
el cual jamás conocen las gentes en la prospe-
ridad hasta que con mayor adversidad y tribula-
ciones no están amenazados, para que no pue-
dan gozarla, teniendo siempre temor de ta in-
constancia y condición sin ninguna firmeza.
Dime, tirana, perversa, perseguidora de aquelloe
á quien sientes tener algún contento, arrepin-
tiéndote de habérselo dado, ¿para queme pusiste
en la cumbre del mi deseo? ¿para qué me favor^
ciste? ¿para qué me quesiste poner ante mis ojos
la gloria que podías darme en la vida, si con
quitármela tan presto me habías de dexar en
tantas y tan escuras tinieblas, negándome la
ei^peranza de poderla gozar en ningún tiempo.*
;0h, baxa tierra fementida, que jamás das
cosa que prometes, jamás cumples cosa que di-
gas, siempre son al revés tus obras de las seña-
les que nmcstras! ¿con qué palabras podré en-
carecer el agravio que de ti recibo, pues al
tiempo que pensaba llegar á ¡a cumbre de tu
rueda con tantas angustias y trabajos me has
derrocado della, poniéndome en el centro de los
abismos?
¡ Oh, cruel enemiga de todo mi bien, ocasión
de todo mi mal ! ¿qué te han merecido las obras
y deseos de un pobre pastor para que contra el
tan poderosamente quisieses mostrart<^ airada,
executando tu dañosa condición, llena de mor-
tal ponzoña contra mi, persiguiéndome hasta
ponerme en el más misero estado de todos los
nacidos? ¡ Oh, verdugo cruel de aquellos á quien,
cumpliendo sus deseos, has hecho dichosos, por-
que siempre en la mayor prosperidad les armas
los lazos de las mayores adversidades I No quiero
maravillarme de que conmigo hayas hecho lo
mesmo, pues que, con ser propio officio tuyo,
heciste lo que hacer sueles con todos los mor-
tales, y assi, dexándote para quien eres, será
bien dexarte hacer y cumplir tu voluntad bus-
cando algunas fuerzas más poderosas que las
tuyas para que de tu falso poder puedan li-
brarme.
A la Muerte,
¡Oh, Muerte, dichosa para mí si, oyendo
mis llantos, mis sospiros y gemidos dolorosos,
quisieses socorrerme, para hacer dichoso con tn
COLLOQUIOS SATÍIUCOS POR A. DE TORQUEMADA
nfií)
acelerada venida al más desdicliado y sin ven-
tura pastor de todos los pastores! Tú que sola
eres socorro de los afflegidos cuerpos, tú que
sueles consolar á los que más han menester tu
consuelo, y tú que das alivio á los que con ne-
cesidad te lo piden, ayúdame, socórreme, no me
niegues tu favor en tiempo que la muerte que
me darías sería más verdadera vida que la que
agora, muñendo con ella, sostiene este misera-
ble cuerpo cercado de tantas angustias y tribu-
laciones; usa agora conmigo de aquella piedad
que sueles tener de los que con necesidad te lla-
man: respóndeme, pues que te llamo; recíbeme
en tu compañía, pues que te busco; no me nie-
gues lo que te pido, ni dexes de executer en mi
tu offício, pues yo ten de veras lo quiero y lo
desseo; no seas contra mi ten cruel como la For-
tuna lo ha sido, porque la herída de la flecha de
tu arco poderoso no me dará dolor, ni yo huird
mi cuerpo para recibirla, antes con muy gran
contentemiento estaré esperándola, conosciendo
el bien que con ella rescibo. Más agradable me
será la sepoltura que me dieres que los verdes
campos y prados y las deleitosas florestas en
que la Fortuna ten contra mi voluntad me trae;
tú sola serás mi descanso y mi reposo, y contigo
fenecerán todas mis penas, mis ansias y mis
trabajos. ¿Para qué terdas tentó? ¿cómo no vie-
nes? ¿como no me socorres? ; También me que-
xaré de ti! ; También publicaré que me haces
agravio! Mira que es crueldad la que conmigo
usas, y tentó será mayor cuanto más te detu-
vieres en hacer lo que te ruego, que ya el cuer-
po querría verse sin la compañía de mi alma y
el alma anda huyendo de la de mi cuerpo y no
espera sino tu voluntad y tu mandamiente. No
dilates más tu venida, para quien con tentó
desseo y con tan gran agonía la está esperando
para alivio de sus rabiosos tormentos y pas-
siones. ^
Al Tiempo.
Y tú. Tiempo, que con tu ligero movimiento
se hacen y deshacen todas las cosas, poniendo las
alas que en ti tienen principio, ¿por qué me
haces agravio en no poner fin á la terrible pa-
sión y á las rabiosas cuitas que contigo me cer-
caron? ¿por qué te muestras ten largo con ellas?
iVbrevia tu veloz corrida, haciendo conmigo la
mudanza que «ueles, pues el más verdadero offí-
cio que tienes es no dexar cosa ninguna ester
mucho tiempo en un ser, y assi como para mi
mal ten presto te mudaste, haciéndote de bueno
malo, de alegre triste, de dichoso desaventurado,
podrías si quisieses convertir al contrario tus
obras, para que yo no pudiese con tente razón
mostrar el agravio que de ti tengo por el daño
que de ti rescibo, siendo el mayor de todos
cuantos hacerme pudieras. ¡Oh, Tiempo, que un
tiempo para mí fuiste dulce, alegre, sereno y
claro, el más aj^acible y lleno de deleites de
cuantos tiempos por mí, no por otro ninguno,
han passado! ¿por qué te has temado ten pres-
te triste y amargo y ten escuro que mis ojos no
pueden ver ni mirar si no son tinieblas más es-
curas y espantebles que las de la mesma muer-
te? ; Oh, tiempo bueno, que por mi como sombra
pasaste, no dexando más de la memoria para
mayor tribulación del que en ti piensa conti-
nuamente! ¿cómo te trocaste en malo y ten
malo que ninguno para este desventurado pas-
tor á quien has dexado ten sin esperanza puede
haber en el mando que peor sea?
A Belisia,
Y tú, vida de la vida que conmigo contra mi
voluntad vive, ¿qué razón podrás dar de ti que
pueda excusarte de la más ingrate, inhumana,
cruel y despiadada pastera de todas las naci-
das? Mira que el amor verdadero con otro amor
se paga, y tú con un extraño y fiero desamor
quieres que yo quede pagado de lo mucho que te
quise y quiero, y de lo que he padecido y pa-
dezco por tu causa. ¿Es este el galardón de mi
rabiosa pena, la lástima que mostrabas de mis
angustias, la affíción con que mostrabas dolerte
mis lágrimas? ¡ Oh, Belisia, Belisia ! escucha
mis versos y entiende lo que por ellos te digo,
para que tú mesma te> conozcas y sientas la ra-
zón que yo tengo para sentir mi agravio de tu
crueldad, que por ello quiero publicar lo que
contra mí haces, para que otros se guarden de
no caer en el pozo de desventuras en que
por tu causa estey metido. Escucha, Belisia,
que mi voz, triste como de cisne que con ella
solemniza su muerte, ayudada con las cuerdas
de mi rabel, que otras veces en versos que loa-
ban tu beldad, gracias y hermosura se emplea-
ban, dirán agora lo que de ti y tus condiciones
he conocido, las cuales has descubierte contra
un pobre paster que, atedo de pies y de manos,
y, lo que peor es, ciega la voluntad y liberted,
flacas fuerzas halla en sí para poderlas resistir.
Las Fuñas infernales temorosas,
que al son de mis querellas han venido,
de mi mal espanteble muy medrosas
al centro del abismo se han huido;
las Parcas, que al vivir son enojosas,
de acortarme tel vida se han tenido;
tú sola me procuras mal eterno,
más que rabiosa Furia del infierno.
Los ángeles que fueron condenados
y en diablos espantebles convertidos,
de mi rabioso mal muy espantados,
escuchan un's clamores y gemidos,
paréceles ser poco atemientedos
570
ORÍGENES DE LA NOVELA
mirando mis tormentos tan crecidos,
y tú, criiol mus qiu^ leona fiera,
no qniores contentarte sin qne muera.
Ninguno por justicia condenado
que ton^A ya la soga á la garganta,
con esperar la muerte fatigado,
jamás se viera estar con jiena tanta;
tu ingratitud me tiene en tal estado,
que cosa más del mundo no me espanta,
pues te precias y quieres dar la muerte
á quien no quiere vida sin quererte.
Los tigres y leones muy furiosos,
los osos y las onzas muy ligeras,
los lobos muy crueles y rabiosos,
las bestias que se cuentan por más fieras,
siendo animales bnitos nmy medrosos
de mí se van huyendo muy de veras;
tú sola, que mi sangre estás bebiendo,
de mi rabioso mal te estás reyendo.
¿Qué vibora 6 serpiente ponzoñosa,
qué basilisco fiero 6 (jué dragón,
qué áspide cruel muy enconosa,
qué bravo cocodrilo y sin razón
podrán tener tu condición dañosa
ni tu duro y sangriento corazón?
¡ Oh, corazón cruel, áspero y fuerte,
que lo que más te aplace» es dar la muerte!
¿Qué corazón do acc<-o ó de diamante
puííde ser que no ablande mi fatiga?
•Y tú, en tu crueldad firme y constante,
con más rabia te muestras mi enenn'ga.
No hay nadie que lo sepa á quien no espant<»,
que no conozca y sienta y que no diga
que tu desamor fiero assl te agrada
como á sangrienta loba encarnizada.
Acabando de cantar estos versos, con la ayu-
da que mis lágrimas hacían para solemnizarlos
y cím la fatiga qne mi espíritu padwía pen-
sando en las cosas que por mí pasaban, de can-
sado venció á mis ojos un pesado sueño que sin
po<ler resistirlo dexó todos mis nn'embros sepul-
tados en el olvido <pie consigo traer suele; sola
mi memoria estaba volando, v de tal manera
me representaba dunniendo las cosas pasadas
como si presentes las tuviera; j)ero descuidándo-
se un poco, venció la imaginación, la cual en
sueños me puso delante lo que agora contaros
quiero, que más verdaderamente me parwió ha-
berlo vistíi pasando j^or mí dere<.*lio que no ha
brr¡«) soñfldo ni que fingidamente se me repre-
scntns'ií*.
I 'ARTE SEraiNDA
CnKSrA' TORCATO EL SÜKSO
Pareríann- que lo que en la fant^isía se me
representaba nns ojos lo vían palpablemente, y
que sin saber de qué manera ni por quién era
llevado, en muy breve tiempo caminaba muy
grande espacio y cantidad de ti'»rra, discurrien-
do por diversas provincias y regiones con una
velocidad tan arrebatada que mis pies apenas
tocaban la pesada tierra, y habiendo hecho fin
á mi tan larga jornada con algún cansancio del
trabajoso camino, me hallé en un muy verde y
florido prado, con tanta diversidad de hermo-
sas flores y rosas, que con diversos colores al
suelo matizaban, dando de sí un olor muy per-
fecto y suave, del cual mi fatigado cuerpo era
recrecido que del todo me sentí vuelto en mis
corporales fuerzas, y echando los ojos alrede-
dor de donde estaba, vi cosas aue me pnsiemn
tan grande espanto y admiración, que aun ag«>
ra en volverlas á mi memoria para contar-
las me espantan y tienen confuso, parec¡énd(w
nu» que apenas sabré decirlas. Era este hemK^so
y aplacibh» prado todo alrededor cercado de
unas florestas muy espesas y deleitosas en los
ojos que las miraban, porque demás de ser los
árboles njuy altos, verdes y floridos, y todo?
puestos con muy gran orden y concierto, esta-
ban cargados de uuichas y diversas frutas ma-
duras, y en tan gran perficióii, que sólo en ver-
las ponía gran deleite y conteniauíiento á mis
ojos que las miraban, viendo que las hojas con
un manso y amoroso viento se andalian me-
neando á una parte y á otra, haciendo un sor-
do ruido agradable á mis oídos, y sus sombras,
con que la fuerza de la calor del sol hurtaUn,
me ponían en agonía de gozarlas cuando con
mi ganado á sestear me venía; andaltan p<>r
ellas muy gran cantidad de diversos auinialps
bravos y mansos, envueltos los unos con Kw
otros, sin hacerse daño ninguno.
Y en las cunas de los árboles estaban sen-
tados grande abundancia de aves y páxaros di'
diversos colores y raleas, grandes y |>eqnefing,
los cuales con sus arpadas y^iff eren tes len-
guas (íant^ndo hacían una música y armonía
tan acordada que yo jamás quisiera dexar d«'
oiría si permitido me fuera; y después revo-
lando todos por el aire, t ruando sus lngart«.
tornaban como de principio á proseguir en la
suavidad de su cant^^.
Estaban estas ílorestas cercadas de una muT
alta montaña, que por tedas partes igualmente
parecía levantarse, llevando por si tendidos en
gran cantidad los montes y florestas, hasta qui»
en el remate della se hacía un muro tan alto,
que parecían comunicar con las nul>es las al-
menas (jue con nuiy gran orden y conciert^^ es-
taban inlificadas. Era es.te nniro triangtdado, y
de un ángulo á otro de diferenttís colores: por-
que la una parte estaba hecha de unas piedras
coloradas, (|ue en la fineza parecía ser muy ver-
daderos rnbís; en medio desta pared estal»aoil¡-
ficado un castillo, assimesmo de las mesmas
\
\
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
571
piedras, entretoxidas con otras verdes y azules,
enlazadas eon unos remates de oro que hacían
una tan excelente obra qne más divina qne hu-
mana pjirívia, porque <*í)n los rayos del sol que
en di daban, resplandeciendo, apenas de mis
ojos mirarse consentía. Estaba tan bien to-
rreado y fortalecido con tantos cubos y barba-
canas, que cualquiera que lo viera, demás de su
gran riqueza, lo juzgara por un castillo de for-
taleza inespugnable. Tenía encima del arco de
la puerta principal una letra que decía: <r Mo-
rada de la í^ortuna, á quien por permissión di-
vina muchas de las cosas corporales son sub-
jetas».
La otra pared del otro ángulo que cabe éste
estaba era toda hecha de una piedra tan nei^ra
y escura, que ninguna lo podía ser más en el
mundo; y de la mesma manera en el medio de-
11a estaba edefícado un castillo, que en mirarlo
ponía gran tristeza y temor. Tenía también
unas letras blancas que claramente so dexaban
leer, las cuales decían: «Reposo de la Muerte,
"de adonde executaba sus poderosas fuerzas con-
tra todos los mortales».
La otra pared era de un christalino muro
transparente, en que como en un espejo muy
claro todas las cosas que había en el mundo,
asi las pasadas como las presentios, se podían
mirar y ver, con una noticia confusa de las ve-
nideras. T(»nía en el medio otro castillo de tan
claro cristal que, con reverberar en él los ra-
yos resplandecientes del sol, quitaban la luz á
mis ojos, que contemplando estaban una obra
de tan gran perfición; pero no tanto que por
ello dexase el ver unas letras que de un muy
fino rosicler estaban en la mesma puerta escul-
pidas, (jue decían: a: Aquí habita el Tiempo, que
todas las cosas que se hacen en sí las acaba y
consumeT».
En el medio deste circuito estaba edificado
otro castillo, que era en el hennoso y verde
prado corea <le adondíí yo me hallaba, el cual
me puso en mayor admiración y espanto que
todo lo que había visto, porcpie demás de la
gran fortaleza de su ediíii'io era ccírcado de mía
muy ancha y t,'Ui honda cava, que casi parecía
licitar á los abismos. Las paréeles eran hechas
de unas picnlras amarillas, y toflas pintadas de
pincel, y otras de talla con figuras que gran
lástima ponían en mi corazón, que contemplán-
dolas estaba, ponqué allí se vían nuichas bes-
tias fieras, que con gran crueldad despedazaban
los cuerpos humaní)s de muchos hombres y mu-
jeres; otras que después de despedazad(ís, sa-
tisfaciendo su rabiosa hambre, á IxM'ados los es-
taban comiendo. Había también nuichos hom-
bres que por casos desastrados mataban á otros,
y otros que sin ocasión ninguna, por sólo su
voluntíid, eran causa de muchas muertes; allí
se mostraban muchos padres que dieron la
muerte á sus hijos y muchos hijos que mata-
ron á sus padres. Había también muchas ma-
neras y inAcnciones de tormentos con que nui-
chas personas morían, que contarlos particu-
larmente sería para no acabar tan presto de
decirlos. Tenía unas letras entretalladas de co-
lor leonado que decían : <». Aposento de la Cruel-
dad, qne toda compasión, amor y lástima abo-
rrece como la mayor enemiga suyai».
Tan maravillado me tenía la novedad destas
cosas que mirando estaba, que juzgando aquel
circuito por otro nuevo mundo, y con voluntad
de salirme del si pudiesse, tendí la vista por
todas partes para ver si hallaría alguna salida
adonde mi camino enderezase, que sin temer el
trabajo á la hora lo comenzara, porque todas
las cosas que allí había para dar contentamien-
to, con la soledad me causaban tristeza, desean-
do verme con mi ganado en libertad de poder-
lo menear de unos pastos buenos en otros me-
jores y volverme con él á la aldea cuando á la
voluntad me viniera; y no hallando remedio
para que mi deseo se cumpliese, tomando á la
paciencia y sufrimiento por escudo y compafiía
para todo lo que sucedernie pudiese, me fui á
una fuente que cerca de mí había visto, la cual
estando cubierta de un cielo azul, relevado to-
do con muy hennosas labores de oro, que cua-
tro pilares de pórfido, labrados con follajes al
romano, sostenían, despedía de sí un gran cho-
rro de agua que, discurriendo por las limpias y
blancas piedras y menuda arena, pusieran sed á
cualquiera que no la tuviera, convidando para
que della bebiesen con hacer compañía á las
ninfas que de aquella hermosa fuente debían
gozar el mayor tiempo del año; y assí, lavando
mis manos y gesto, limpiándolo del polvo y su-
dor que en el camino tan largo había cogido,
echado de bnices y otras veces juntando mis
manos y tomando con ellas el agua, por no te-
ner otra vasija, no hacía sino beber; pero cuan-
tas más veces bebía, tanto la seil en mayor
grado me fatigaba, creciéndome más cada hora
con (!uidad() de la mi Relisia, que el agua me
parecía convertirse en llamas de fuego dentro
(l(í mi abrasado y encendido pocho, y maravi-
llado desta novedsd me acordaba do la fuente
del olivo, donde agora estíimos, deseando po-
der beber desta dulce agua y sabrosa con que el
ardor matar pudiese que tanta fatiga me daba;
y estando con este deseo nmy congoxado, co-
mencé á oir un estruendo y ruido tan grande,
que atronando mis oídos me tenían casi fuera
de mi juicio, y volviendo los ojos para v<m- lo
que podía causarlo, vi que el castillo de U For-
tuna se había abierto por medio, dexando un
gran trecho descubierto, do] que salía uu < arro
tan grande, que mayor que el niesmo castillo
572
ORÍGENES T)E LA NOVELA
parocía; do los pretiles y almenas comenzaron
á disparar grandes truenos de artillería, y tras
ellos nna música tan acordada de menestriles
altos con otros muchos y diversos instrumen-
tos, que más parecía cosa del cielo que no que
en la tierra pudiese oirse; y aunque no me fal-
taba atención para escucharla, mis ojos se em-
pleaban en mirar aquel poderoso carro, con las
maravillas que en él vía que venían, que no sé
si seré bastante para poder contar algunas de-
ltas, pues que todo seria imposible á mi peqne-
ño juicio hacerlo. El carro era todo de muy fino
oro, con muchas labores extremadas hechas
de piedras preciosas, en las cuales había grande
abundancia de diamantes, esmeraldas y rubís
y carbnnclos, sin otras de más baxa suerte. Las
ruedas eran doce, t-odas de un blanco marfil,
asimesmo con muchas labores de oro y piedras
preciosas, labradas con una arte tan sutil y de-
licada que no hubiera pintor en el mundo que
así supiera hacerlo. Venían uncidos veinte y
cuatro unicornios blancos y muy grandes y po-
derosos, que lo traían; encima del carro estaba
hecho un trono muy alto con doce gradas, que
por cada parte lo cercaban , todas cubiertas con
un muy rico brocado bandeado con una tela de
plata, con unas lazadas de perlas, que lo uno
con lo otro entretexía; encima del trono estaba
nna silla toda de fino diamante, con los rema-
tes de unos carLmnclos que daban de sí tan gran
claridad y resplandor que no hiciera falta la luz
con que el día les ayudaba, porque en medio de
la noche pudiera todo muy claramente verse.
En esta silla venía sentada una mujer, cuya
majestad sobrepuja á la de todas las cosas vi-
sibles; sus vestidos eran de inestimable valor y
de manera que sería imposible poder contar la
manera y riqueza dellos; traía en sa compañía
cuatro doncellas; las dos que de una excelente
hermosura eran dotadas venían muy pobremen-
te aderezadas, los vestidos todos rotos, que por
muchas partes sus carnes se parecían; estaban
echadas en el suelo. Y aquella mujer, á quien
ya yo por las señales había conocido ser la For-
tuna, tenía sus pies encima de sus cervices, fati-
gándolas, sin que pudiesen hacer otra cosa sino
mostrar con muchas lágrimas y sospiros el
agravio que padecían; traían consigo sus nom-
bres escritos, que decían: el de la una, «Ra-
zón>, y el de la otra, <r Justicia». Las otras dos
doncellas, vestidas de la mesma librea de la
Fortuna, como privadas suyas, tenían los ges-
tos muy feos y aborrecibles para quien bien los
pnt,endiesse, conociendo el daño de sus obras;
traían en las manos dos estoques desnudos, con
que á la Razón y á la Justicia amenazaban, y
en medio de sus pechos dos rótulos que decían :
el de la una, «Antojo», y el de la otra, h Libre
voluntad^». Con grande espanto me tenían es-
tas cosas; pero mayor me lo ponía el gest^i de la
Fortuna, que algunas veces muy risueño y hala-
güeño se mostraba y otras tan espantable y me-
droso que apenas mirarse consentía. Estaba en
esto con tan poca firmeza, que en una hora mili
veces se mudiaba; pero lo que en mayor admi-
ración me puso fué ver nna rueda que la For-
tuna traía, volviendo sin cesar con sus manos el
exe della; y comenzando los anícomios á mo-
ver el carro hacia adonde yo estaba tendido
junto á la fuente, cuanto más á mi se acercaba
tanto mayor me iba pareciendo la meda, en U
cual se mostraban tan grandes y admirables
misterios, que ningún juicio humano sin ha-
l>erlos visto es bastante á comprenderlos en
su entendimiento; porque en ella se vían subir
y baxar tan gran número de gentes, assí hom-
bres como mujeres, con tantos trajes y atavíos
diferentes los unos de los otros, que ningún es-
tado grande ni pequeño desdé el principio del
mundo en él ha habido que allí no se conocie-
se, con las personas que del próspera ó desdi-
chadamente habían gozado, y como cuerpos
fantásticos y incorpóreos los unos baxaban j
los otros subían sin hacerse im|)edimiento nin-
guno; muchos dellos estaban en la enmbremás
alta ¿esta meda, y por más veloc* que el cor-
so della anduviese, jamás se mudaban, aunque
éstos oran muy pocos ; otros iban subiendo po-
niendo todas sus fuerzas, pero hallaban la rue-
da tan deleznable que ninguna cosa le apro-
vechaba su diligencia, y otros venían cabeza
abaxo, agraviándose de la súpita caída, on
que vían derrocarse; pero la Fortuna, dándose
poco por ello, no dexaba de proseguir en su co-
menzado offício. Yo que estaba mirando con
grande atención lo que en la rueda se me mos-
traba, vime á mí mesmo que debaxo della esta-
ba tendido, gemiendo por la grande caída con
que Fortuna me había derribado; y con dolor
de verme tan mal tratado, comencé á mirar la
Fortuna con unos ojos piadosos y llenos de lá-
grimas, queriéndole mover con ellas á que de
mis trabajos se compadeciese. Y á este tiempo,
cesando la música del castillo y parando lo?:
unicornios el carro, la Fortuna, mirándome
con el gesto algo airado y con una voz para mi
desabrida, por lo que sus palabras mostraron,
con una gran majestad me comenzó á decir
desta manera:
La Fortuna contra Torcato,
«Mayor razón hubieras, Torcato, de tener
para agraviarte de mí, como ha poco hacías,
tratándome tan desenfrenadamente con tu des-
comedida lengua, que fuera mejor darte yo el
pago que merecías con mis obras que no satis-
facerte con mis palabras; aunque si quisieres
COLLOQÜIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA
673
quitar de ti la pasión con que has querido juz-
garme no será pequeño el castigo tuyo hacién-
dote venir en conocimiento de que tú solo tie-
nes la culpa que á mi has querido ponerme sin
tenerla, pues no podrás decir ni mostrar causa
ninguna de tus agrarios que no sea testigo
contra ti mesmo para condenarte justamente;
y si no dime: ¿De qué te quejas, de qué te
agravias, por qué das voces, por qué procuras
infamarme con denuestos y injurias tan des-
atinadas? ¿Por ventura has recibido de mi hasta
agora, en el estado que estás, sino muy gran-
des beneficios, muy grandes favores y muy
buenas obras, las cuales por no hacer al propó-
sito de la causa de tus quexas quiero excusar
de decirlas? Veniendo á lo principal, que es la
congoxa y tormento que agora te aflige y tiene
tan desatinado que estando fuera de ti quieres
culparme del mal que nunca te hice, antes
todo el bien que pude hacerte conforme á tu
dcsseo, que era de que Belisia te quisiese y
amasse como tú á ella hacías, lo cual viste por
experiencia manifiesta, y muchos dias estan-
do firme en su propósito, de manera que por
ello me loabas y mili bienes de mi decias, dán-
dome gracias por el e>tado en que te tenía, que
para ti era el más dichoso y bienaventurado que
poseía ninguno de tus iguales, es verdad que
yo volví la rueda, abasando tu felicidad, tro-
cando tu contentamiento y consentiendo en tu
caida; pero no fué tanto por mi voluntad como
por tu descuido, pues dexaste de tomar pren-
das con que tu gozo se conservara y el Amor
venciera de la libertad que en la tu Belisia has
conoscido.
Bien sabes tú que mi propio officio es no
ser constante ni firme en ninguna cosa, como
poco ha lo manifestabas. Si lo sabías, ¿por qué
no te annabas contra mí/ ¿por que no tomabas
defensa contra mi condición? Tenías en las
manos el escudo para recibir mis golpes y per-
distelo, consentiéndolo tú mesmo en ello; pues
quéxate de ti y no de mi, que ninguna culpa
te tengo, y quéxate de tu ikb'sia, que por su
voluntad y no forzada se metió en essa forta-
leza de la Crueldad, de la cual te hacen am-
bas la guerra para destniirte, que aunque yo
soy parto para tu remedio, menester es su con-
sentimiento, el cual habrías tu de procurar
lo mejor que pudiesses, y no estarte haciendo
exclamaciones sin provecho ninguno para el
alivio de tu pena. No te desesperes, pues sabes
que todas las cosas se truecan y mudan, y
cuando no hallares piedad en la tu Belisia, por
ventura hallarás mudanza en tus desci^s, pares-
ciéndote que, aunque los hayas tan bien emplea-
do, te estará mejor verte y hallarte después sin
ellos. Y porque lo dicho basta para satisfacerte
del eiigañü que en agraviarte de mí recebias,
no quiero decirte más de que no te ensalces con
la prosperidad ni con la adversidad dexes aba-
tirte; siempre osadía y esfuerzo, que son las
armas con que yo puedo ser vencida, y si usare
de mis acostumbradas mafias haciendo mi offi-
cio, no te maravilles, ni me culpes, ni me mal-
trates con palabras tan ásperas y enojosas, que
al fin soy mandada y tengo superior á quien
obedezco, y por su voluntad me rijo y gobierno.
De Belisia te agravia, que si ella quiere bien
puede forzarme para que no te falte mi favor,
aunque yo no quiera, pues tu ventura está en
su voluntad, la cual está al presente más libre
que ésta que vees venir en mi compañía. >>
Acabando de decir esto, los unicornios con
la mesma solemnidad y aparato que haluan
traído el carro comienzan á dar la vuelta con
tanta presteza, que aunque á mí no me^altaban
palabras y razones para poder responder á lo
que la Fortuna me había dicho, no tuve lugar
para hacerlo como quisiera, porque antes que
yo pudiese abrir mi boca para comenzarlas, ya
estaba dentro en su castillo, siendo recebida
con aquella dulce armonía de música que al
salir la había acompañado; y siendo cerrado el
castillo de la manera que antes estaba, el sol
comenzó á escurecerse, y el día, con muchos
nublados escuros que sobreven ieron , perdía
gran parte de su claridad. Comenzaron luego
á sonar de las nubes grandes truenos, y á mos-
trarse muchos y muy espesos relámpagos que
en medio de la escuridad con el resplandor de
su luz fatigaban á mis temerosos ojos, de manera
que en cualquiera corazón es forzado miedo. Y
así, estando no poco medroso con lo que se me
representaba, vi que el castillo que en el muro
negro estaba edificado se abría de la mesma
suerte que el de la Fortuna había hecho, que-
dando en el medio del muy grande espacio
descubierto, en el cual se me mostró una tan
fiera y espantable visión, que aun agora en
pensarlo los cabellos tengo erizados y el cuerpo
respeluzado; y porque sepáis si tengo razón
para encarecerlo de esta manera, quiero deciros
particularmente la forma de su venida. Estaba
un carro tan grande y mayor que aquel en que
había venido la Fortuna, aunque en el parecer
harto diferentes el uno del otro; porque éste
era hecho de una madera muy negra, sin otra
pintura ninguna, con doce ruedas grandes de
la mesma suerte, á las cuales estaban uncidos
veinte y cuatro elefantes, cuya grandeza jamás
fué vista en el mundo, estando por su compás
dos de ellos entre cada rueda de un lado y de
otro, que todo el carro rodeal>an, y en el medio
del estaba un trono hecho, cercado de gradas
por todas partes, y encima una tumba grande
couiu las (|ue se ponen en las sepolturas; lu
uno y lo otro cubierU) todo de un paño negro
fi
574 ORÍGENES DE
dtí luto. En la delantera de este carro venían
tres mujeres muy desemejadas, flacas y amari-
llas, los ojos sumidos, los dientes cubiertos de
tierra, tanto que más muertas que vivas pare-
cían; traían en sus manos sendas trompas, con
que venían haciendo un son tan triste y doliv
roso, que atronando mis oídos parecía oir aquel
de las trompetas con que los muertos serán lla-
mados el día del juicio; y estándolas mirando
no con pequeño temor, vi que traían sus nom-
bres escritos, que decían: «(Vejez», «Dolor»,
«Enfermedad». Tras éstas venían otras tres,
sentadas junto á la tumba, de las cuales la una
tenía una rueca y la otra con un huso estaba
hilando, y la üTcera con unas tijeras muchas
y diversas veces ct>rtaba el hilo, sin cesar jamás
nin;]^una ile ellas de proseguir en su ol'ficio, por
el cual y por lo que ya yo muchas veces había
oído conocí ser las tres Parcas: Átropos, (.Moto
y Lac^iiesis: y después que bien las hube mi-
rado, puse los ojos en una fíi^ura ([Ue encima de
la tumba venía sentada, tan terrible y espan-
table de mirar que muchas veces se me cerra-
ban los ojos por no verla; porqui? con muy gran
mi(>do y temor de ver una fantasma tan teme-
rosa y aborrescible, comenzó á temblar todo mi
cuerpo y los sentidos á desfallecerme y dexarmc
casi sin vida. Tomóme un sudor muy frío y
congoxoso, como suelen tomar aquellos qu«í
están muy cerca de las sepolturas para ser
metidos en ellas; pero tomando algún esfuerzo
para que el desmayo del todo no me venciese,
alzando algunas veces y no con pequeña fuerza
la vista, vi que era toda compuesta de huesos
sin carne ninguna; por cutre todos ellos anda-
ban bullendo muy gran cantidad de gusanos;
en lugar de los ojos no traía sino unos hondos
agujeros; venía con un arco y una flecha en la
una mano y con una arma que llaman guadaña
en la otra. Cuando se meneaba, Unios los tuno-
sos se le descomponían, y cuando h)S elefantes
andando con el carro más hacia un' se acerca-
ban, mayor espanto me ponía; ninguna cosa
viva de las íjue en. el campo y en el aire poco
antes se mostraban dexó de desaparecer en el
miedo de su presencia, y cierto si yo pudiera
huir fuera de aquel circuito de buen grado lo
hiciera; pero así esperando muy espantado
hasta que el carro estuvo cerca de mí y los ele-
fantes se hubieron parado, vi qu<í aquella Acra
y temerosa voz nw comenzó á decir de est4i
manera:
Aa Muerte t'ontni ToraUo.
«I Si no me conoces, Torcato, yo soy aí|ncl|ji
Muerte que p<K'o ha «.'ii tus exclamaciones con
mti^ grande atición llamabas y pedías; y no te-
mas que vengo para matarte, sino para que por
LA NOVELA
mis razones conozcas la poca razón qne tienes
en mostrarte agraviado con la vida, pues qae
con ella estás en la pena que tu cobardía y des-
cuido merecieron, para ponerte en la desventu-
ra y miseria con que agora vives tan penado;
y por la culpa que en esto tuviste en la vidí
estás condenado á que viviendo padezcas la
pena que tan justamente has merecido, lo cual
es justo que sufras con mayor paciencia de la
que muestras. Y si te parece que de mí recibes
agravio en no matarte, ¿para qué te quexas de
la vida que tienes, llamándola verdadera uiaer-
te? Ponpie hallándote muerto (H)r mi mano
habrías de decir que te daba más verdadera
vida, y no puedo yo dexarte de eonfessar qne
tú viviendo estás muerto, y que es mayor y luáü
cruda la muertí» qne recibes que la <¿ue yu coü
toilo mi p<Kler darte p<xlría; pero la vida de^tu
muerta; y la muerUi de tu vida están en U&
manos de tu Belisia, de la cual te (piexa j
agravia más que de mí, pues que entrando en
este circuito de nuestra monula, y dexaudo la
compañía de los que estamos en ella, se ha en-
trado en el castillo de la Crueldad y hecho en
él su aposento, de adonde te persigue y fati^
y te hace tan cruel guerra como ya la Fortuna
estando contigo te dixo; y allí se lia hecho tan
fuerttí y poderosa que, temiendo mi poder, se
ha puesto en competencia conmigo para conti-
go, paresciéndole que es en su mano darte la
umerte ó la vida, y que en esto por agora jo
tengo obligación forzosa á seguir su voluntad,
aunque yo no sigo sino la mía, dexándote víao
para que procures el remedio con vencerla ó
con ponerte en la libertad sin que agora vives,
que no es pequeño género de muerte par» Lis
que sin ella passan la vida; y pues que la razón
está por mi parte y tú no tienes causa bastante
para poder estar de mí quexoso, no te aflixas
ni congoxes pediéndome ayuda y sooorro hasta
(jue yo por mi voluntad quiera dártelo, el cual
jamás te será tan agradal)]e como te ha parob-
cido, porque si agora con sólo visitarte puse
tan gran espanto y temor como en tu descolo-
rido gesto se parece, y si hallaras aparejo para
huir no me viei*as ni me esperaras, <*qué hicie-
ras si en mi compañía (piisiera luego lle^~arte?
Créeme, Ton-ato, que ninguno me llama con
tan gran voluntad, aunque mayores adversida-
dí's y trabajos le pí^rsigan, que no se espante y
le pese muy de veras cuando siente mi venida,
y que no qiiisiesse huir cien mili leguas de uu
si pudiesse. Y pues que con lo que te he dichu
queilo contigo desculpada, no quiero deiúrte
más sino que sufras pacientemente el vivir
hustji (jue sea cumplido el curso de la vida qne
por el soberano Hacedor de todas las cosas te
está prometido.»
Acabando la Muerte de decir estas cosas,
COLLOQUIOS SATÍRICOS
81*11 esperar la respuesta dolías, de qae á mi no
me pesó, por verla fuera de mi presencia, se
volvieron los elefantes con el carro, yendo
aquellas mujeres proseguiendo aquella infernal
j temerosa música de las trompetas, que por no
oiría puse mis manos encima de mis oídos, j
siendo entrado el carro en el castillo, se tornó
á cerrar de la manera que de antes estaba, de^
xándome á mi tal que apenas ninguno de mis
sentidos me acompañaba; y huyendo los nu-
blados y cesando la tempestad, el día tornó tan
claro y sereno como de antes había estado; las
aves y animales que con espanto y temor estu-
vieron ascondidos, volviendo á regocijarse, mos-
traban muy grande alegría por hallarse fuera
(Uí aquel temeroso peligro. Y yo, tornando poco
á poco á cobrar las fuerzas y aliento que per-
dido tenía, comencé á oir una música de voces
tan dulce y apacible que me parescii) ser impo-
sible que fuesse cosa de la tierra, sino que los
ángeles hubiessen venido de los altos cielos á
mostrarme en ella parte de la gloría que los
bienaventurados poseían.
Salían estas voces del castillo del Tiempo,
el cual luego se abrió como los passados, y del
medio del salió otro carro bien diferente de los
otros que había visto, porque era muy menor
que el.os, y h(»cho todo de una piedra trans-
parente, que como un espejo christalino por to-
das partes relucía. Estaban uncidos á él seis
griffos con unas alas muy grandes, que con muy
gran velocidad lo levantaban tan alto, que en
un instantes paresció sobrepujar á las altas nu-
bes; y batiéndolas con tan gran ímpetu y fu-
ror que el aire que con ellas hacían se sentía á
donde yo estaba, anduvieron revolando por el
aire totlo af[uel circuito a la redonda, y hecho
esto se baxaron, poniendo el carro tan cerca de
mí como los otros habían estado. Los griffos
eran en las plumas de varias y diferentes colo-
res, haciendo por sí labores tan extrañas como
las que los hermosos pavos en sus crecidas co-
las tener suelen; las ataduras de sus cuellos
eran torzales muy gruesos de oro fino. En me-
dio del carro vi que venía un hombre tan viejo
y arrugado que parecía ser compuesto de raíces
de árboles. La barba y cabellos tenía todos tan
blancos como la blanca nieve y tan largos que
pasaban de la cintura; su vestido era de una
tela blanca que todo le cubría, y en la mano
traía un báculo con que sustent^iba sus cansados
miembros. Estaba temblando, de la manera que
un solo punto jamás le vi estar firme, y con
unas pequeñas alas cpie de los hombros le salían
se hacia continuo viento, con que ayudaba al
movimiento que en si sin cesar tenía en ttxlo su
cuerpo; traía asida con la otra mano una don-
cella vestida con muy ricos y preciosos atavíos,
pero venia destocada y sobre su ges^ le caían
POR A. DE TORQUEMADA 575
un manojo de muy rubios y hermosos cabellos,
de manera que casi se lo cubrían, y de la media
cabeza atrás tresquilada, sin cabello ninguno.
Mirábame con los ojos algo airados, como si de
mi algún enojo tnviesse; traia su nombre escrito
en los pechos que decía: «Occasión», y en baxo
una letra, que fué por mí leída, vi que decía
desta manera:
<(E1 que pudiere alcanzarme
y asirme destos cabellos,
procure de no dexarme,
porque si me suelta deÚos
muy tarde podrá hallarme^».
Yo que casi atónito todas estas cosas estalla
mirando, vi qu(» a(¿uel tan anciano viejo <'on
una voz sonorosa y temblando comenzó á
decir:
J'JÍ Tiempo contra Torcato,
«(Ya me debes, Torcato, haber conotúdo, pues
que teniéndome presentía; c(m la tristeza que
muestras, me tuviste? en lo passado con no me-
nor alegría y me tendrás en lo por\'enir como
la divina Majestad por quien todos somos re-
gidos y gobernados lo ordenare y quisiere. Poco
ha que de mí, que soy el Tiempo, te agravia-
bas con grandes querellas, poniéndome la culpa
que tú tienes, y queriendo que contigo tuviesso
la firmeza ({ue con ninguno de los mortales he
tenido. Mi propio officio es, como en mí puedes
ver, no estar jamás un instante firme, y assi
como soy mudable, assi en mí se mudan todas
las cosas, unas de buenas en malas y otras de
malas en buenas, y que lo mesmo passasse por
ti no debe espantarte, ni por ello pienses
que tienes razón de estar mal conmigo ni de-
cinne las razones agraviadas que con tanto
enojo poco ha que de mi decías. De ti mesmo
podrás agraviarte más justamenti^, pues no su-
piste ayudarte de mí (ruando yo puse vn tus
manos esta doncella <|ue conmigo trayo, que es
la oí-asión (¿ue ío di poniéndote en lugares y
tiempos que te pudieras a])rovechar de la tu
Belisia, de la cual no quesiste gozar, antes
con tu floxedad temerosa perdiste los cabellos
que en tu mano á mi intercesión tenías, de-
xándola que te volviese las espaldas, poniéndote
en trabaxo de seguirla en vano, porque con es-
tar tresquilada por detrás, aun<(ue agora le
eches la mano no prnlrás asirla ni tenerla, y
será menester ([ue tengas paciencia ó trayas
compañía con que puteas ayudarte para ven-
cerla. Y ést« solamente es la de tu Belisia, la
cual está en la fortaleza de la Crueldad, tan
armada y tan fuerte contra ti, que no sé qué
diligencia podrá bastar para que quiera ayu-
darte á tornarla á poner en tu favor come ya
tú la tuvistes. ¿No has oído aquel común re-
57G
orígenes de la novela
fráa de la gente que dice: (¿tUen tiempo tiene y
tiempo atiende, etcJl En ti lo habrás conocido
ser muy verdadero, y assi no de mí sino de ti
te quexa y agravia, que pocas veces se cobra el
bien perdido si no es con el af fán y trabajo que
basta á comprarlo muy caro, y tanto está en ti
y en tu buena diligencia que yo vuelva á pare-
certe el que solía, como en mi, que sin tener
respeto á ninguna cosa no hago sino passar mi
jornada disponiendo de las cosas según el apa-
rejo que en ellas hallo, y pues ya has conocido
mi condición y tienes experiencia de lo passado,
aparéjate para lo porvenir, (jue harta parte se-
rás para vencerme y mudarme si te diores t«n
buena maña que puedas volver á la tu Belisia
de tu bando, sacándola del castillo de la Cruel-
dad, donde muy esforzada con su fortaleza está
metida agora.»
Acabando el Tiempo de decir esto, los gri-
ffos comenzaron á menear con gran fuerza y
velocidad sus alas levantado el carro con gran
ligereza, y en muy breve espacio volvieron á
ponerlo en el castillo, el cual se cerró como los
otros, cesando la música de voces que hasta
allí se habían oído, y en lugar dellas comencé
á oir otras nmy tristes y dolorosas, unos cla-
mores y gemidos como de gente apasionada y
que algunos tormentos grandes padescían ; sus
suspiros, rompiendo el aire, parecían llegar al
cielo y oírse en él con quexas de tan gran
lástima, que en cualquiera corazón la pusieran.
Todo esto sonaba en el castillo de la Crueldad,
el cual se abrió luego como los otros, y del me-
dio del vi que salía otro carro pequeño de color
leonado, sin otra pintura ninguna ; las ruedas,
que seis eran, venían historiadas de la manera
que el castillo estaba; traía uncidos este carro
doce dragones muy espantables, que por sus
crueles bocas echaban llamas de fuego; las alas,
levantadas y temerosas, eran enroscadas y
vueltas para arriba; su vista era muy ñera y te-
merosa; entre cada rueda de una parte y de
otra venían dos dellos, guiando desta manera
el curro, encima del cual venía asentada en una
silla, que al parcHjer era hecha de muy ardientes
brasas, una mujer con un semblante y gesto
tan fiero y espantable, que me puso harto ma-
yor temor que los dragones me lo habían
puesto; sus vestidos estaban todos ensangren-
tados, y en la una mano tenia una espada des-
nuda y con la otra á la mi Belisia, la cual ve-
nia con todo el regocijo y contentamiento del
nnindo, mostrándose nmy alegre y ufana por
estar en compañía para olla tan apacible. Ve-
nían en la delantera del carro tres mujoriís ves-
tidas de la niesma manera que la Crueldad,
])orü con los ojos tr¡stt»s y dolorosos, vertiendo
lágrimas en abundancia, bus manos puestas en
la mexilla, mostrando en su tristeza venir for-
zadas y contra su voluntad; sus nombres, qae
escritos traían, eran: cTribaUción>, «Angustia»
y «c Desesperación». Delante destas estaba un
hombre sentado, amarillo y flaco y tan pensa-
tivo que yo le juzgué más por muerto que viro:
su nombro era «Cuidado». Con esta compañía
llegó á mí la mi Belisia, reyéndose de verme
cuál estaba, y saliendo ella y la Crueldad del
carro saltando con el placer que mostraban, se
acercaron á mí, que atónito de lo que vía, nin-
guna palabra podía formar mi lengua, antes
hecho mudo estaba sin poderlos hablar ni me-
nearme de adonde estaba, y llegándose más
cerca la Crueldad, me comenzó á decir:
La Ci-uelíUid contra Torcato.
«Poco te aprovecha. Torcato, llamar oii ta
defensa á la Fortuna y á la Muerte y al Tiem-
po, pues ninguno dellos te ha podido socorror
ni valer de mis poderosas fuerzas ayudándome
de las de tu Belir.ia, la cual tiene por bien qae
contra ti las execute, para mostrarte cuan caru
cuesta el amor que no se sabe conservar en
prendas tan verd^.deras que basten ]>ara forzar
la libertad y voluntad, dexándolas su b jetas de
manera que no hallen camino ninguno que pue-
da guiarlas para meterse en mi castillo, como
Belisia agora con ellas ha hecho. Y pues de mi
nombre podrás conocer qué tales pueden ser mis
obras, no te espantarás que con ellas quiera
complacer á Belisia, á quien tan obligada estoj
por no tener piedad ninguna para contigo, qae
es la mayor enemiga que yo en este mando
tenga.)»
Diciendo esto, Belisia se llegó á mí y con sus
manos me comenzó á rasgar el capisayo y jul^n
y camisa que sobre mis pechos tenia, dexándo-
los descubiertos; y aunque yo conocía que todo
esto era para daño mío, no podía dexar de hol-
garme en gran manera que Belisia me tocase
con sus manos en mis carnes, recebiendo con ello
algún descanso; pero luego la Crueldad, abrien-
do con su espada mi lado siniestro, comenzó
con Belisia á beber la sangre que por la herida
salía, y metiendo por ella sus manos, sacaron mi
corazón, dándome tan áspero y terrible dolor,
que aun agora en pensarlo me desmayo, y am-
bas con muy gran ferocidad y agonía dalian en
él con sus dientes muy grandes bocados, mnio
si de rabiosa hambre estuvieran atormentada::,
y después que desta manera lo estuvieron des-
pedazando, Belisia, holgándosse y reyéndost^de
verme cuál estaba, comenzó á decirme:
Belii*ia contra Torcato,
li Porque no digas, Torcato, que en pago del
amor que me has tenido y tienes no te dexo
«onipañía que on la soledad con que quedas te
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQÜEMADA 577
acompañen, contigo quedarán estas cuatro per-
sonas, que jamás se apartarán de ti, y son las
que en este carro has visto que con nosotras
vinieron.»
Y diciendo esto, me vi rodeado de la Tribu-
lación, Angustia, I)esesperació^ y Cuidado; y
Belisia y la Crueldad, tornando á subir en el
oarro, so metieron en el castillo con gran con-
tentamiento de lo que contra mí habían hecho.
A esta hora, con los cuatro compañeros que
cercado sin desamparar me tenían, sentí alzar-
me de tierra, y de la mesma manera que habla
sido traído en aquel lugar tan extraño fui lle-
vado en el aire, passando por mucha tierra des-
habitada y por grandes ciudades y poblaciones
de extrañas provincias y gentes, por muy es-
pcssos montes y muy filtas montañas, hasta
venir á hallarme donde tendido estaba con el
pesado sueño que todas estas cosas en sí me
Imbía mostrado, y recordando y abriendo mis
ojos, pareciéndome que verdaderamente y no en
sueños por mí hubiese pasado todo lo que he
dicho, écheles alrededor, mirando por la com-
pañía que conmigo había traído, á la cual no
pude ver pero sentíla que había aposentado en
mis entrañas y en mi ánima, á donde aun agora
la siento y sentiré en tanto que la vida me du-
rare.
Este Fué, Filonio y Grisaldo, el fin de mi
sueño, y este ha sido el fin que han tenido los
amores de la mi cruel Belisia. Est« ha sido el
pago que por el amor que le he tenido y tengo
me ha dado. Si me sobra la razón para estar
triste y con el trabajo que me liabéis visto; si
con justa causa me ando quexando á vosotros
pongo pjr jueces, pues no podéis dexar de con-
fessarme que mi mal es sin remedio, faltándo-
me la esperanza, y que hago agravio á la vida
en sustentarla y tenerla, pues que con acabarse
acabaría de verme cual me veo; y cierto para mí
el menor mal de todos sería la muerte, que en
sueños y despierto huye de mí para no darme
la vida que con ella recibhia. Como á veidade-
ros amigos os he descubierto el secreto de mis
entrañas y os he dicho la verdad de todo lo que
por mí ha pasado; si como tales me podéis dar
algún consejo para aliviar mi tormento, pues
quitarlo del todo es impossible, yo os ruego, y
por la amistad que entre nosotros hay os con-
juro que lo hagáis, porque teniendo el juicio
más libre estará con mayor claridad que no el
mío para mirar y ver lo que más me conviene
hacer y de qué manera, para alivio de mis tra-
bajos, pueda ncibir algún descanso.
Fin de la segunda parte.
gríqinks dk la novela.— 37
COMIENZA LA TERCERA PARTE
En que se cuentan las raiones que podría haber para que Belisia
olvidase los amores de Torcato; hay en ella algunos avisos
provechosos.
FiLONio. — Grandes son las cosas, Torcato,
que por ti en estos tus amores han passado. No
puedo dexar de haberte muy gran lástima, aun-
que tú mesmo has tenido la culpa de todo tu
daño, según de tus razones se puede haber
atendido; pero muy bien has hecho en no en-
cubrir ninguna cosa, porque los enfermos que á
los médicos no dan particular cuenta de sus en-
fermedades, mal pueden ser curados dellas; y
assí, para que yo y Orisaldo con nuestros pobres
juicios podamos decirte lo que te conviene y
darte el consejo qne mejor nos parezca para
que tu trabajo y passión reciban algún alivio,
convenía que tan enteramente nos hubiesses in-
formado como con tu larga relación lo heciste.
Y lo primero que quiero decir es que las muje-
res de su naturaleza son movibles y inscons-
tantes y sin ninguna firmeza en sus hechos,
tanto que cuando con mayor af fición y voluntad
las vieres puestas en alguna cosa, has de pensar
y tener por averiguado que se mudarán más
presto que las hojas suelen menearse en los ár-
boles, y que poco viento basta para llevarlas á
donde quisiere; y assí todos los auctores que
escriben dellas lo dicen, y Salomón las compara
al mesmo viento en sus mudanzas. Belisia era
mujer, y en naturaleza y condición no diferente
de las otras, y assí no me maravillo que haya
hecho lo que las otras hacen, que hacen mudan-
za, pues esta es la más principal condición que
tiene la ausencia, y de aquí nace aquel común
proverbio que dixe: Cuan lexos de ojos, tan
lexos de corazón. Si tú estuvieras presente, el
amor se conservara, porque la continua conver-
sación es causa de acrescentarlo, y la ausencia
de disminuirlo, como por experiencia lo has co-
nocido.
Torcato. — Antes en mí he visto al contra-
rio, porque ninguna cosa por estar ausente ha
mudado mi voluntad, que si juntamente con la
de Belisia se mudara no tuviera de qué agra-
viarme.
FiLONio. — Yo fiador, si no se ha mudado,
que ella se mude, si no tomas tú por pnnto de
honra estar tan firme en ella que procures per-
manecer en tu desatino.
Torcato. — ¿Qué llamas desatino? que yo
por muy atinado me tengo en lo que hago, pues
una voluntad tan bien empleada no debe tar
presto mudarse.
FiLONio. — Bien digo yo que tú mesmo no
quieres dar lugar á tu propia salud. ¿Por ven-
tura puedes estar más desatinado que en querer
■1
578
ORÍGENES DE LA NOVELA
á quien no te quiere, y en amar á quien no te
ama, y en llamar á quien no te responde y
seguir á quien anda huyendo de ti, y en tener
tan verdadera fe con quien ninguna tiene con-
tigo? Esto digo que son desatinos y locuras,
que los hombres debrian desechar de sus pen-
samientos y fantasías, sacudiéndose dellos
para ponerse en libertad y conocer con ella
lo que les conviene; porque á los que están afi-
cionados, el Amor los tiene ciegos y sin juicio,
ni entienden, ni ven, ni conocen lo que les está
bien ni mal, como agora tú haces en parecerte
que es bien perseverar en los amores de Belisia,
conociendo della que ninguna fe, ni ley, ni amor
tiene contigo, y que si alguna te mostró en al-
gún tiempo no era verdadera sino fengida para
engañarte, y si lo fué, que era tan poca que
cualquiera causa por pequeña que fuese bastó
para que te olvidase, no se acordando del amor
tan verdadero que tenia y mostraba.
ToROATo. —Lo que mayor pena me da es no
saber essa causa, para juzgar si tuvo razón en
lo que conmigo ha usado.
Gribaldo. — Ninguna habría que á ti te pa-
reciese bastante porque no te pudiese condenar
por ella á ti mesmo.
TOBOATO. — No estoy tan fuera de razón que
me quitase el buen juicio, aunque fuesse contra
mi, pues no es menos el amor que tengo á la
mi Belisia; pero no veo cosa que bastase para
el desamor que muestra tenerme, que por mi
parte no ha habido falta ninguna para la mu-
danza que ha hecho.
FiLONio. — Si por tu parte no la ha habido,
por la suya había tantas que basten para qui-
tarla de culpa cuanto á ti te parecerá tener la
mayor por ellas.
ToRCATo. — Por tu fe, Filonio, que tú me las
digas, pues yo no las alcanzo ni entiendo.
Filonio. — Ya yo te dixe que la primera do
todas es ser mujer, á quien es propio y natural
no permanecer en un ser mucho tiempo, y si al-
guna cosa las detiene más de lo que por su vo-
luntad lo harían, es el interese de los servicios,
los cuales tú no heciste, según has confessado,
y assi mesmo tú me has confessado que cono-
ciste ser servida y secuestrada de otros pastores
y zagales, que con grande agonía procuraban
ganarle su voluntad, y estando tú presente tu-
vieras mucho que hacer en entretenerla para no
ser vencida, mira cómo podrás hacerlo estando
ausente tanto tiempo, que por ventura tendrá
ya perdida de ti la memoria como si nunca tt^
hubiera conocido.
ToRCATo. — Propiedad es de las nmjeres la
que me has dicho; pero no confesaré yo de Be-
lisia esse pecado, que porque en mí conociese el
grande y verdadero amor que le tenía y por él
me diese los favores que os he contado, los cua- I
les casi fueron sin perjuicio de su honestidtd,
no por esso podré pensar que me dexassede
querer á mí por poner el amor en otro ninguno,
pues sería difficultoso hallar otro que tanto !i
quisiese para forzarla á que se madasse con po<
nerme á mí en olvido.
Filonio. — Esso todo es á tu parecer; pero
otros hallarás muy diferentes, porque estando
sin pasión conocen mejor que tú la condición j
calidad de las mujeres, no haciendo á ningnni
dellas tan casta como tu quieres que lo sea tu
Belisia.
ToRCATO. — Yo por casta la tengo á ella y á
todas las mujeres, si las lenguas malas y testi-
monieras de los hombres dexasen de morderlas
,con testimonios falsos y levantados, como si las
tuviésemos por mortales enemigas.
Filonio. — Bien puede ser assi como tu dices;
perD escúchame lo que acaesció en el reino dt
Egipto, por donde conocerás el engaño que te
tiene ciego para tener por tan cierto lo que hi¿
dicho.
ToRCATO. — Alguna fábula ó hablilla quenís
contarme de las que suelen contar las vieju
tras el fuego.
Filonio. -- Antes te digo que es eo6:i omy
cierta y verdadera, porque la escriben y cuentan
notables varones y auctores á quien se da ninj
gran crédito: Diódoro, Herodoto (Libro II).
«Y fué que uno llamado Ferón, hijo de un m
de Egipto que llamaron Sofís, tuvo una recii
y muy grande enfermedad, de la cual vino i
quedar del todo ciego, que fué para él la niAjtf
persecución y trabajo que le podía venir en d
mundo, tanto que no la tenía en menos que Ii
muerte, y haciendo por su parte todas las dilh
gencias possibles para saber si podría tomar á
cobrar la vista que tenía perdida, y no hallando
en los médicos consejo que le aprovechasse,
acordó de consultar con grandes sacrificios los
oráculos de sus dioses, los cuales le dieron por
respuesta que después que hnbiesse sacrificado
con gran devoción á un dios que estonces en
reverenciado y servido en la ciudad de Eliópoli,
porque decían ellos que hacía grandes milagros
en aquel tiempo, que pussiese los ojos en una
mujer tan casta que no hubiese tenido pendencia
sino con solo su marido, y que luego sería sano
del mal que en ellos tenía. Ferón cumplió luego
lo que los dioses le dixeron sin faltar nada, y
teniendo confianza en su propia mujer, trayén-
dola delante de sí para cobrar por ella la saloil
que le faltaba, quedó como de ant<^8 sin ver nin-
guna cosa, y luego hizo traer todas las principa-
les mujeres del reino de Egipto, las cuales no le
aprovecharon más de lo que su mujer había
hecho, y viéndose por esto af fiigído y fatigado,
perdiendo del todo la esperanza de cobrar li
vista, comenzó á probar de poner los ojostf
COLLOQUIOS satíricos POR A. DE TORQUEMADA
579
todas las mujeres comunes, sin que le aprove-
chase, hasta que le traxeron una mujer de un
hortelano, y poniéndolos en ella, tomó luego á
ver de la manera que antes, como si no hubiera
tenido mal ninguno, y haciendo quemar por
esto á su mujer con otras muchas de las más
principales, se casó con ésta, aunque no falta-
ron maliciosos que dixeron que en aquel mesmo
día que la habían traído se había casado con el
hortelano, y que si esperaban á otro día, por
ventura Perón no viera ni tuviera la salud tan
deseada, porque no turara en ella la castidad
tanto tiempo. 1»
ToRCATo. — Si en Egipto había en este tiem-
po falta de buenas mujeres, ¿por ventura no la
hubiera en otras partes donde hay tanta abun-
dancia dellas que para cada hombre que haya
bueno se hallaHln mil que le hagan ventaja?
FiLONio. — Esas que tú dices yo no las veo,
porque si hablan en algunas partes de mujeres
que tuvieron en mucho su castidad, luego ve-
réis que traen por exemplo y dechado de todas
ellas á Lucrecia y Virginea, romanas, y 4 Pe-
nélope, griega, y á otras semejantes, y si todas
son tales como éstas fueron, poco tienen que
loarse de su bondad para que las tengan por
castas.
ToRCATO. — ¿Y qué defeto hallas tú que hu-
bo en la bondad desas?
FiLONio. — De Lucrecia yo te lo diré: si
cuando Tarquino la quiso forzar, poniéndole el
puñal á los pechos, ella consintiera que le diera
con él y la matara antes que su castidad fuera
violada, yo la tuviera verdaderamente por casta;
pero después que censen tió en que compliesse
con ella su voluntad, aunque fuesse forzada,
para cumplir con su marido Gollatino y aun
para cumplir con el mundo y alcanzar aquella
fama después de su muerte que todos los gen-
tiles procuraban, se mató públicamente, así mes-
mo preveniendo á la muerte que por ventura
Gollatino le diera cuando tuviera noticia de lo
que había pasado, cuanto más que no hay nadie
que sepa si ella consentió en el adulterio por su
voluntad, y arrepentida de haberlo hecho, ó te-
miéndolas causas que he dicho, quiso remediarlo
todo con la muerte; y no pienses que yo por
solo mi parecer la condeno, que muchos hay que
dicen lo mesmo, y un flaire en nuestra aldea me
dixo que Sant Agustín trataba della como de
mujer que no había dado de sí tan buen exem-
plo que se hubiesse de tener en mucho la cas-
tidad que había mostrado.
Toro ATO. — Paréceme que, según la enemis-
tad que muestras con la bondad de las mujeres,
que no corres menos peligro con ellas que aquel
su grande enemigo Torrella; pero, ¿de Penelope
qué tienes que decir; que, según yo he oído, to-
dos los libros griegos y latinos están llenos de
sus alabanzas, loándola de casta y recogida, assí
en el tiempo que su marido Ulises estuvo en la
guerra de Troya y anduvo peregrinando por el
mundo como en todo lo demás de su vida?
PiLONio. — Assí es como tú dices; pero entre
estos autores que escribieron della algunos hubo
que dixeron muy al revés, porque no faltó quien
ha escrito que, estando Ulises ausente. Pené-
lope usaba de su cuerpo como pública ramera,
y otro autor que dixo que Pan, dios de los pas-
tores, fué hijo suyo y de Mercurio, y que por
saber esto Ulises hizo divorcio con ella y se fué
á vivir á la insola Cortina; y otros muchos que
hablando de su vida trataron della como de mu-
jer que había vivido deshonestamente y que no
solamente tuvo por hijo al dios Pan, sino á
otros muchos de diferentes padres, hechos en
adulterio; y si Virginea fué muerta por no con-
sentir en la desenfrenada voluntad de aquel va-
rón de los diez que entonces gobernaban á Ro-
ma, que por tan exquisitas y desvergonzadas
formas y maneras procuraba gozar el amor
ilícito y deshonesto que con ella tenía, fué por-
que bU padre hizo sacrificio de la hija por no re-
cebir la afrenta que viviendo le estaba aparejada,
que si á la voluntad de Virginea lo dexaran,
por ventura excusara la muerte con dexarse co-
rromper su honestidad antes que recebir las piv-
ñaladas que le fueron dadas por su padre; así
que no estés, Torcato, tan confiado de la tu Be-
lisia que no puedas presumir que por haber
puesto sus amores y voluntad en otra persona
haya dexado los que contigo tenía, porque esto
es lo que yo por más cierto tengo.
ToROATO. — Y yo por más incierto, porque
no me podrás inducir con tus enxemplos que
pueda creerlo; porque ya que fuese verdad lo que
has dicho, ¿cuántas mujeres ha habido y hay en
el nmndo tan castas que ninguna mancilla se
puede poner en su bondad? Y si no mira lo que
hizo la reina Dido por no querer consentir en
los amores del rey Yarvas, ni que después de la
muerte de su marido Sicheo hubiese quien pu-
diesse triunfar de su honestidad, y así escogió
por mejor dexar hacer ceniza su cuerpo en el
ardiente fuego que no dar lugar á qm otro nin-
guno pudiese gozar de lo que él había gozado;
aunque el poeta Virgilio, no sé por qué causa
ó razón inducido, quiso poner en su bondad y
buena fama la mancilla que puso, diciendo que
había tenido amores con Eneas, siendo falsedad
averiguada, porque Dido fué mucho tiempo an-
tes que Eneas, saliendo de Troya, anduviesse
peregrinando por el mundo; y sin tratar de las
mujeres antiguas, ¿cuántas en nuestros tiempos
se sojuzgan al incomparable trabajo de las re-
ligiones, haciendo sacrificio de la vida hasta la
muerte, y otras que han tenido por mejor que
sus cuerpos fueran despedazados que no con-
1
580
orígenes de la novela
sentir en qne por sn rolnníad la castídad fuesse
en ellas riolada? Sola Susana bastaba para qai>
tar las lengnas de los maldicientes, viendo con
cuánta firmeza procuró guardarla de aquellos
viejos que procuraban aprovecharse della, te>
niendo por mejor ser por su falso testimonio
condenada á la muerte que consentir en sus tor-
pes desseos. Y sin ésta, te podría decir otras
muchas que bastan en nuestros tiempos á de-
fenderse de la importunidad de los hombres, sin
dezarse jamás vencer para que su castidad corra
peligro, ni ellas se puedan dexar de llamar mu-
jeres castas; y para que mejor entiendas la ven-
taja que en esto hacen las mujeres á los hom-
bres, mira lo que se usa en muchas partes j en-
tre muchas naciones de gentes idólatras, que en
muriendo los maridos se matan y se entierran,
ó se queman con ellos, por su propia voluntad,
y mostrando muy gran contentamiento en huir
de los peligros en que quedaría su honestidad
siendo viudas, y no verás hombre ninguno que
haga lo mesmo aunque se le mueran cien mu-
jeres; y ten por cierto que muchas habría en la
christiandad que seguirían esta mesma orden
si el temor de la perdición de sus ánimas no se
lo vedase.
FiLONio. — En cargo te son las mujeres, que
assí quieres defender contra la común opinión
de todo el mundo ser hechas de otra differente
condición y costumbres de las que tienen y en
ellas se conocen; continuamente todos cuantos
han escrito, cuando vienen á hablar en ellas, no
hallan palabras que basten á contar sus vicios
y torpezas; los libros están llenos dello, y no
solamente los proffanos, pero también los de la
Sagrada Escriptura, y si no pregúntalo á Sa-
lomón y verás con cuan encarescidas palabras
las pone muchas veces del lodo, tratándolas
como ellas lo merecen. Y en un libro que yo oí
una vez leer decía que la mujer nunca era buena
sino una vez en la vida, y que esta era la hora
que se moría, y que era mejor cuando más presto
se muriese; y con estas palabras consolaba
un amigo á otro porque su mujer se le había
muerto.
ToBCATO. — Bastaría que alguna mujer te
hnbiesse á ti tratado como á mi me ha hecho
Belisia para que tanto mal me dixeses dclla y
de todas las otras mujeres; pero no quiera Dios
que yo con pasión me ciegue para decirlo, ni
para consentir que tú pienses que tienes razón
en lo que dices. Y lo primero que quiero pre-
guntarte es quiénes son esos que escribieron los
libros que has dicho.
FiLONio. — ¿Quiénes han de ser sino hombres
muy sabios y avisados que las tienen bien co-
nocidas?
ToRCATO. — Bien se parece que son hombres,
que si fueran mujeres harto más tuvieran que
poder decir y escribir y con mayor verdad de
los hombres que no los hombres dcllas, porqae
verdaderamente muy mayores y más torpes y
más comunes son los vicios en los hombres que
en las mujeres, y nosotros, que las notamos j
acusamos de parleras y desenfrenadas en sos
lenguas, somos los que las infamamos dicieudo
tantos males dellas, que debríamos de tener rer-
güenza de que nuestras palabras saliessen por
nuestras bocas tan perjudiciales contra persouis
de quien tantos bienes recebimos; y annqae
haya algunas malas entre eUas, yo fiador qoo
no sean tantas como los hombres, y nosotros
mesmos somos la principal causa de sus males,
importunándolas y fati^ndolas con promesas,
con engaños, con lisonjas y con persuasiones
que bastarían á mover las piedras, cuanto más
á mujeres, para que algunas veces vengan á d&r
en algunos yerros; y ellas jamás nos imporiti-
nan ni fatigan requiriéndonos, y molestándome
con desvergüenza, antes tienen por mejor ca-
llando passar sus trabajos, que no dar á enten-
der lo que por ventura con su flaqueza k-s piden
sus apetitos. Y los que escribieron contra elk
no fué contra las buenas, sino contra las maks,
y lo que dixeron de las unas, siendo pocas, no
se ha de entender de las otras, que son muchas:
así que sería mejor que todos nosotros nos em-
pleásemos en decir bien de quien tantos hmes
habemos recebido y recebimos cada día, y no
mal de quien ninguno nos merece; y si algona
nos diere causa, con algunos desatinos, á qoe
podamos decir mal della, sea particularmente
para reñirla y castigarla con palabras y obm,
siendo necessario, y no queramos que paguen
las justas por las peccadoras y las que no tienen
culpa por las que merecen el castigo; qne ¡o que
fuera desto se hiciere ó dixere, será mal dicho
y mal hecho, y los vituperios y infamias y des-
honras quedarán en aquellos que las dixeren.
queriendo por una mujer mala hacer á todo el
género de las mujeres malas, siendo por la ma-
yor parte buenas y tan buenas que plugiesse á
Dios que no fuéssemos nosotros peores que
ellas; y concluyendo digo que yo no tengo la
sospecha que dices de que Belisia por haber lla-
mado amores con otro haya dexado los roios. y
primero lo habré visto por los ojos que lo con-
firme en el pensamiento.
FiLONio.— Paréceme, Torcato, que hablar
alguna cosa en perjuicio de Belisia es tocarte á
ti en el alma, y pues que con tanta afición v tar.
apassionadamente defiendes lo que le toca, vo
no te veo otro remedio para salir deste piélago
en que estás metido sino esperar á que el tiem-
po vaya consumiendo el agua poco á poco hasta
que te halles en seco, y entonces juzgarás las
cosas muy diferentemente de lo que agora lo
haces.
COLLOQUIOS SATÍRICOS POR A. DE TORQUEMADA
581
Gris ALDO. — Con estas pláticas se nos ha pa-
sado el dia, 7 pues que ya, Torcato, has descan-
sado con decirnos tu fatiga j nosotros queda-
mos obligados á procurar tu remedio y consuelo
en todo lo que pudiéremos hacerlo, aunque sea.
contra tu parecer y voluntad, procura de dexar
la compañía de la soledad con que andas, por-
que con la conversación no tiene tanto lugar la
tristeza que sin sentirlo te consumirá la vida, y
agora todos nos vamos al lugar, donde los re-
gocijos de las bodas de Silveyda no serán aún
acabados, y podremos llegar á tiempo que go-
cemos algima parte dellos.
ToROATO. — Haced lo que os pareciere, que
determinado estoy á forzarme y seguir vuestro
consejo.
FiLONio. — Pues i alto! I sus! caminemos, y
para que menos sintamos el camino, vamos can-
tando alguna cosa con que tomemos placer, que,
según veo, bien será menester para que Torcato
deseche parte de la tristeza con que anda.
Torcato. — Yo quiero comenzar unos versos
que hice en este desierto, al propósito de lo que
mi corazón siente; vosotros me ayudad, para
que mejor pueda cantarlos.
Grisaldo. — Comienza á decirlos, que asi lo
haremos.
TODOS TBBS PASTORES
Montes, sierras y collados, que entendido
habéis mi pena rabiosa y mis dolores,
escuchando mis fatigas y querellas
que al alto cielo han subido,
rompiendo con mis clamores
las estrellas,
Doleos de mis trabajos y fatiga;
llorad conmigo mis ansias y mis males;
moveos á compasión de mi tormento,
pues la dulce mi enemiga
quiere sean mortales
los que siento.
Los ríos desta montaña, con las fuentes,
testigos de mis fatigas y cuidados,
cansados ya de me ver con mis enojos,
detengan hoy sus corrientes,
dando lágrimas parados
á mis ojos.
Tú, Eco, que estás contino resonando,
de mis llantos* grande amiga y compañera,
llevando mis tristes voces por los vientos,
no dexes de ir publicando
cómo me acusan, que muera
mis tormentos.
Y tú, mi ganado triste y afligido,
con pastor tan sin ventura y desdichado,
que alredor deste acebo andas paciendo,
aquí te estarás tendido
tomando en ti mi cuidado,
y padesciendo.
Soledad muy agradable, y compañía
á mis tristes pensamientos y memoria,
con la cual siempre descansa mi tristeza,
no dexes de ser mi guia,
porque sienta en ti su gloria
mi firmeza.
Belisia, si mis clamores han herido
tus oídos, yo te ruego que escucharlos
quieras con lástima alguna y compasión
de verme tan afligido,
y no quieras ataparlos
sin razón.
Porque si no remediares mi dolor,
á mí me basta que sepas que padezco,
con entera libertad, y así lo quiero,
con muy verdadero amor,
pues á la muorte me ofrezco
y por ti muero.
Fin,
k LOOR Y HONRA DE NUESTRO SEÑOR .lESUCHRISTO Y DE SU BENDITA 31ADRE SANTA 3fAJlÍA.
NUESTRO AMPARO Y GUÍA, FUERON IMPRE6808 LOS SIETE COLLOQUIOS EN LA CIUDAD DE MONDOÑEDO
EN GASA DE AGUSTÍN DE TAZ, IMPRESSOR
#
ACABÓSE k XXV DÍAS DEL MES DE OCTUBRE DEL AÑO DE MDLIII
1
t
I
índice general
píos.
Introduooion I
IX. Oaentos j noyelas cortas.-^Tradaociones de Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio,
Straparola, Doni, Luis Gaiociardini, Belleforest, etc. — Silva de varía lección^ de
Pero Mexia, considerada bajo el aspecto norelistico. — MtBCélánea, de D. Luis
Zapata. — Philo$ophia Vulgar^ de Jaan de Mal Lara: relaciones entre la paremio-
logia 7 la norelistica. — Sobremesa y alivio de caminantes^ de Juan de Timoneda. —
El Patrañuelo: estadio de sos fuentes. — Otras colecciones de cnentos: Alonso de
Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Gáribay. — Oloeaa del eermán de
Aljubarrota, atribuidas á D. Diego Hartado de Mendoza. — 'Floréela Española,
de Melchor de Santa Graz.— Libros de apotegmas: Juan Rnfo. — El cuento espa-
ñol en Francia. — Silva Curíosa, de Julián de Meánno.^CUwellinas de recrea»
ción, de Ambrosio de Salazar. — Rodomuntadas españolas, — Cuentos portugueses,
de Gonzalo Fernández Trancoso.— El Fabularío, de Sebastián Mey. — Diálogos
de apacible entretenimiento^ de Gaspar Lucas Hidalgo. - Noches de invierno , de
Antonio de Eslava i
CÁRCEL DE AMOR, DE DIEGO DE SAN PEDRO 1
TRACTADO QVE HIZO NICOLÁS NUÑEZ, SOBRE EL QVE DIEGO DE SAN PE-
DRO COMPUSO DE LERIANO Y LAUREOLA, LLAMADO «CÁRCEL DE AMOR». . 29
SERMÓN ORDENADO POR DIEGO DE SANT PEDRO PORQUE DIXERON VNAS
SEÑORAS QUE LE DESSEAUAN OYR PREDICAR 37
-V QUESTION DE AMOR DE DOS ENAMORADOS 41
\ DIALOGO QUE TRATA DE LAS TRASFORMACIONES DE PITAGORAS, EN QUE
SE ENTRUDUCE UN ZAPATERO LLAMADO MICYLLO E UN GALLO, EN QUYA
í FIGURA ANDA PITAGORAS, POR CRISTÓBAL DE VILLALON.
•
^ iPÍTULO L — Gomo el gallo despertó á su amo Micillo e los consejos que le da 99
Uípítulo IL — Gomo el Gallo da a entender a su amo Micyllo quel es Pitagoras j como
¡ fue trasformado en gallo y Mjcillo dize yna fábula de quien fue el gallo 100
I 1^ PÍTULO III. — Que quenta Mycjllo lo que le sucedió en el conbite del rico Eyerates. . . 100
C PÍTULO IV. — Que pone lo qae soñaba Micillo, y lo que da a entender del sueño; cosa
de gran sentencia 102
CiifíTULo V.— Pone a quantos peligros se ponen las personas por adquirir riquezas y lo
que dello les sucede y si es licito o no 102
Capítulo VI. — Gomo cuenta que fue Euforbio y da a entender a su amo quél habia sido
hormiga 108
/
584 ÍNDICE OBKBRAL
Capítulo Vil. — Qae siendo PftagoraB lo que le acaesció 108
Capítulo VIH. — Como siendo Pitágoras fue transformado en Dionisio rey de Sicilia j
lo que por mal gobernar se sucede 104
Capítulo IX. — Que pone como fue trasformado de Dionisio en Epulón el rico y cuanto
trabajo tiene uno en ser rico y lo que le sucedió 10(>
Capítulo X. — Que pone como fue casado con quatro mugeres y lo que le sucedió con It
primera; cosa de notar 1U7
Capítulo XI.— Como fue casado la segunda vez y lo que pasó con la segunda mujer . . 107
Capítulo XII. — Como se casó la tercera yez y lo que con ella le sucedió lOH
Capítulo XIII. — Como casó la quarta vez y lo que con esta muger le sucedió lOH
Capítulo XIV. — Como de Epulón fue transformado en asno; cosa de notar y gran sen-
tencia 109
Capítulo XV. — Como su amo siendo asno lo vendió á los recueros y lo que le sucedió. . 110
Capítulo XVI. — Cuenta como los arrieros lo vendieron á un húngaro y lo que allí le
sucedió 111
Capítulo X VII. — Como el húngaro lo vendió á los soldados y lo que le acaescio con
ellos. 112
Capítulo XVIII. — Como los soldados lo vendieron á unos alemanes que iban á Roma
y lo que cuenta por el camino; cosa de notar 112
Capítulo XIX. — Que cuenta en pronosticar y lo de los agüeros; cosa de notar 115
Capítulo XX. — Como fue convertido en rana y lo que le sucedió de allí 117
Capítulo XXI. 'Como fue convertido en ramera mujer llamada Clarichea 117
Capítulo XXII. — Como fue convertido en gafian de campo y como servio un avariento
y después fue tornado pavón e otras muchas cosas ^18
EL CROTALON, DE CHRISTOFORO GNOSOPHO, NATURAL DE LA ÍNSULA
EUTRAPELIA, UNA DE LAS ÍNSULAS FORTUNADAS
Prólogo del auotor 119
Auqumbnto dkl pRiMBR CANTO DEL GALLO. ^-Eu el primer canto que se sigue el am-tor '
propone lo que ha de tratar en la presente obra: narrando el primer navimiento del \
gallo y el suceso de su vida 121
Arqumbmto del segundo canto del GALLO. — En el segundo canto que se sigue el
auctor imita á Plutarco en vn dialogo que hizo entre Ulixes y vn griego llamado Grilo;
el qual auia Cyrges conuertido en puerco. En esto el auctor quiere dar a entender, que
quando los hombres están encenagados en los viyios y principalmente de la carne son
muy peores que brutos, y avn ay muchas fieras que sin comparación los exceden en el
vso de la virtud 1 2(|
Argumento del tercero oanto del gallo. — En el tercero canto que se sigue el auctor I
imita á Luyiano en todos sus diálogos: en los quales siempre reprehendo ú los philo- /
sophos y Religiosos de su tiempo 1 3f
Argumento del quarto canto del gallo. — En el quarto canto que se sigue el auctor
imita á Luyiano en el libro que hizo llamado Pseudomantis. En el qual descriue mara-
uillosamente mil tacañerias y embaymientos y engaños de vn falso religioso Humado
Alexandro, que en muchas partes del mundo fingió ser propheta, dando respuestas
ambiguas y industriosas para adquerir con el vulgo crédito y moneda
Argumento del quinto canto del gallo. — En el quinto, sexto y séptimo cantos que
se siguen el auctor debajo de vna graviosa historia imita la parábola que Cristo dixo
por San Lucas en el capitulo quince, del hijo prodigo. Verse ha en agraciado estilo vn
*>4
ÍHDIOB OBnRÁL 585
TÍ9ÍO80 man^bo en poder de malas mngeres, bneltas las espaldas a su honrra, a los
honbres y a Dios, disipar todos los doctes del alma, que son los thesoros qae de sa
padre Díds heredó; y Terase también los hechizos, engaños y encantamientos de qne
las malas mngeres vsan por gosar de sns la^ivos deleytes por satisfazer a sola sn sen-
soalidad 145
^ROUMBNTo DBL 8BXT0 OÁVTO DEL GALLO. — En el ssxto csnto qne se signe el anctor
descriue por indnstría admirable de vna pintnra las victorias qne el nnestro innic-
tissimo Emperador Carlos qninto deste nombre obo en la prisión del Rey Fran-
cisco de Francia en Pania, y la qne obo en Tnnez y en la batalla qne dio a Lans-
grane y a Jnandnqne de Saxonia y liga de herejes alemanes jnnto al rio Albis en
Alemania. 152
ARGUMENTO DBL SBPTiMO OANTO DBL GALLO. — En cl septimo canto qnc se signe el anctor
concluyendo la parábola del hijo prodij;o«finge lo qne comnnmente snele aconte9er en
los mancebos qne aborridos de vn vi^io dan en meterse frayles; y en el fin del canto se
descrine vna famosa cortesana ramera 158
^RGUMBNTo DBL OOTAUO OANTO DBL GALLO. —En el octano canto quc se sigue el anctor
80 finge haner sido monja, por notarles algunos intereses qne en dafio de sns con9Íen-
^ias tienen. Concluye con una batalla de ranas en imitación de Homero 166
Vroumrnto DBL NONO OANTO DBL GALLO. — En ol uouo cauto quc sc sÍ£^e el anctor imi-
tando a Ln^iano en el dialogo llamado Toxaris, en el qnal trata de la amistad, el anctor
trata de dos amigos fídelissimos qne en casos muy arduos aprobaron bien sn intin^ion.
Enseñase quales denen ser los buenos amigos 172
\.ROUMBNTO DBL DBgiMO OANTO DBL GALLO. — En el de9Ímo cauto que se sigue el anctor
prosigue lo mucho que Arn<w hizo por cobrar a Alberto después que sn muger Fe
murió. En lo qual mostró bien el yalor de su amistad, y quales todos los amigos
denen ser 180
\.RG0MENTO DBL HONZBNO OANTO DBL GALLO. — Eu el houzeno CSUto que 86 sigUC el
auctor imitando a Luciano en el libro que intituló de Luctu habla de la superfluidad
y vanidad que entre los cristianos se vsa en la muerte, entierro y sepoltura. Descrínese
el entierro del marques del Oasto, Capitán general del Emperador en la Ytalia; cosa
muy^de notar 185
ARGUMENTO DBL DUODBgiMO OANTO DBL GALLO. — Eu cl CautO doZC qUC SC sigUC el aUCtor
imitando a Lu9Íano en el dialogo que intituló Icaro Menipo, finge subir al cielo y des-
criue lo mucho que vio allá 191
ARGUMENTO DBL DBgiMOTBR<;io OANTO DEL GALLO. — En el de9Ímoter9Ío canto que se
sigue el auctor prosiguiendo la subida del 9Íelo descríue la pena que se da a los
ingratos 196
íroumento DBL DBgiMo QUARTo OANTO DBL GALLO. — Eu el de9Ímo quarto canto que se
sigue el auctor concluye con la subida del 9Íelo y propone tratar la bajada del infierno,
declarando muchas cosas que aqerca del tuweron los gentiles historiadores y poetas
antiguos 203
ARGUMENTO DBL DBgmo QUINTO OANTO DBL GALLO. — En el dé9Ímo quiuto canto qne
se sigue el auctor imitando a Luciano en el libro que intituló Necroman^ia finge
de9endir al infierno. Donde descríue las estan9Ías y lugares y penas de los conde-
nados 209
'BGUMENfO DBL DBgiMO SEXTO OANTO DBL GALLO. —En el de9ÍmO SCXtO CSUtO qUC SO
si(;:ue el auctor en Rosicler hija del Rey de Siría descríue la fero9Ídad con que vna
muger acomete qualquiera cosa qne le venga al pensamiento si es lisiada de vn las9Íno
ORÍCIENIS DE LA NOVELA. — 38
586 ÍNDIOfl OBiriBAL ^
interés, j conclaje con el de^endimiento del infierno imitando a Ln^iano en los libros
qae de rarios diálogos intituló 2U
Arqümbnto dbl DsgiMO sBPTiiio CANTO DBL GALLO. — En el de9Ínio séptimo canto que
se signe el auctor imitando a Lu9Íano en el dialogo llamado Contuuium philoBoplíorum^
saefía anerse hallado en vna misa nneaa, en la qual descrine grandes aconte9Ímientos
qae entre clérigos en ella passaron 220
Aroümbnto dbl DBgmo ootaüo canto dbl gallo. — En el de9Ímo octano canto o saeño
qne se signe el auctor maestra los grandes daños que en el mundo se signen por faltar
la yerdad de entre los hombres 229
Arqumbnto dbl DBgiMO NONO CANTO DBL GALLO. — En el de9Ímo nono canto que se
sigue el auctor trata del trabajo j meseria que ay en el palacio j serui^io de los prín-
9Ípes 7 señores, y reprehende a todos aquellos que teniendo alguna habilidad para
algún offí9Ío en que ocupar su vida, se priban de su bienauenturada libertad que natu-
raleza les dio, y por viuir en TÍ9Í0S y profanidad se subjetan al serai^io de algún
Señor 2.38
Argumbnto dbl vioBssmo t vltimo canto dbl GALLO.^En este yigessimo canto el
auctor representa a Demophon, el qual viniendo tu dia a casa de MÍ9ÍI0 su vezino a le
TÍsitar le halló triste y afligido por la muerte de su gallo, y procurando dexarle conso-
lado se Tuelue a su casa 245
LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA, DE GEORGE DE MONTEMAYOR, DIRIGIDA
AL MUY ILLUSTRE SEÑOR DON JUAN DE CASTELLA DE VILLANOUA. SEÑOR
DE LAS baronías DE BICORB Y QUESA 251
Libro pbimbro 252
Libro sbgundo 267
Libro tbbqbbo 286
Libro cuarto 295
Libro quinto 314
Libbo sbxto 325
Libro sAptimo 331
LA DIANA ENAMORADA, CINCO LIBROS QUE PROSIGUEN LOS Vil DE JORGE
DE MONTEMAYOR, POR GASPAR GIL POLO S37
Libro primbro 338
Libbo sbgundo 353
Libro tbrcbbo 363
Libro cuarto 376
Libro quinto 386
EL PASTOR DE FILIDA, COMPUESTO POR LUIS GALVEZ DE MONTALVO,
GENTIL-HOMBRE CORTESANO W
Primbra partb -lOl
Segunda pabtb 410
Tbrcbra partb 421
Cuarta partb 480
Quinta partb 448
Sbxta pabtb 464
Séptima partb. . , 477
ilTBIOfl GflVnUL M7
COLLOQUIOS SATÍRICOS, HECHOS POR ANTONIO DE TORQUEMADA, SECRE-
TARIO DEL YLLUSTRISSIMO SEÑOR DON ANTONIO ALFONSO PIMENTEL,
CONDE DE BEN AVENTE, DIRIGIDOS AL MUY YLLUSTRE Y MUY EXCE-
LENTE SEÑOR DON ALONSO PIMENTEL, PRIMOGÉNITO Y SUCESSOR EN
SU CASA Y ESTADO 485
CoLLOQUio en que se tratan los daños corporales del juego, persuadiendo á los qae lo
tienen por vicio que se aparten del, con razones muy suficientes y provechosas para ello. . 488
CoLLOQUio en que se trata lo que los m^icos y boticarios están obligados á hacer para
cumplir con sus oficios, y asi mesmo se ponen las faltas que hay en ellos para daño de
los enfermos, con muchos avisos necesarios y provechosos. Divídese en dos partes: en
la primera se trata lo que toca á los boticarios, y en la segunda lo de los médicos. . . . 499
CoLLOQuio entre dos caballeros llamados Leandro y Florian y un pastor Amíntas, en que
se tratan las excelencias y perficiou de la vida pastoril para los que quieren seguirla,
probándolo con muchas razones naturales y autoridades y ejemplos de la Sagrada
Escritura y de otros autores. Es muy provechosa para que las gentes no vivan des-
contentas con BU pobreza, no pongan la felicidad y bienaventuranza en tener grandes
riquezas y gozar de grandes estados 510
CoLLOQUio que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en el mundo, y principal-
mente en la cristiandad, en el comer y beber; con los daños que dello se siguen, y cuan
necesario seria poner remedio en ello 521
CoLLOQüio que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en los vestidos y cuan
necesario seria poner remedio en ello 527
CoLLUQUio que trata de la vanidad de la honra del mundo, dividido en tres partes. En la
primera se contiene qué cosa es la verdadera honra y cómo la quel mundo comunmente
tiene por honra las más veces se podria tener por más verdadera infamia. En la segunda
se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y los títulos antiguos en el escrebir,
loando lo uno y lo otro y burlando de lo que agora se usa. En la tercera se trata una
cuestión antigua y ya tratada por otros sobre cuál sea más verdadera honra, la que se
gana por el valor y merecimiento de las personas 6 la que procede en los hombres por
la dependencia de sus pasados. Es colloquio muy provechoso para descubrir el engaño
con que las gentes están ciegas en lo que toca á la honra 531
Colloquio pastoril en que un pastor llamado Torcuato cuenta á otros dos pastores
llamados Filonio y Grisaldo los amores que tuvo con una pastora llamada Belisia. Va
compuesto en estilo apacible y gracioso y contiene en si avisos provechosos para que
las gentes huyan de dexarse vencer del Amor, tomando enxemplo en el fin que tuvieron
estos amores y el pago que dan á los que ciegamente los siguen, como se podrá ver en
el proceso deste colloquio 548
Colloquio pastoril en que se tratan los amores de un pastor llamado Torcato con una
pastora llamada Belisia; el cual da cuenta dellos á otros dos pastores llamados Filonio
y Orísaldo, quexándose del agravio que recibió de su amiga. Ya partido en tres partes.
La primera es del proceso de los amores. La segunda es un sueño. En la tercera se
trata la causa que pudo haber para lo que Belisia con Torcato hizo 549
Tetuán de Chamartín. — Imp. de Bailly-Bailliére é hijos.
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THE UNIVERSITY OF MICHIGAN
DATE DUE
SEP 2 7 1986
StP 2 1 1995
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UNIVt«SIT> Of MítHlO*N
3 9015 01069 8192